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Régimen de Maduro autoriza a empresas ofertar títulos valores en divisas – El nacional – 28 de Febrero 2020

Las ofertas de valores son consideradas por los empresarios como una vía para obtener financiamiento

Dólares

“Es normal que utilicemos alternativas para financiar capital de trabajo”, dijo Javier Riccobono, presidente ejecutivo de Coca Cola Femsa Venezuela.

Las empresas privadas de Venezuela pueden empezar a ofertar títulos valores en moneda  extranjera. Así lo estipuló una norma divulgada este jueves.

La oferta de títulos que podrá efectuar el sector privado requerirá aprobación previa de la Superintendencia de Valores, señaló la agencia de noticias Reuters.

Las ofertas de valores son consideradas por los empresarios como una vía para obtener financiamiento debido a que la banca de Venezuela tiene limitaciones por las regulaciones y la inflación.

Mercado de valores

A fines de enero, un reconocido fabricante de licores emitió acciones en moneda nacional. Adicionalmente, un grupo de empresarios señaló que buscaban persuadir a las autoridades para que se permitiera la emisión de acciones en divisas.

Otras empresas se preparan para realizar operaciones en el mercado de valores en moneda local. Coca Cola Femsa Venezuela ofertará papeles comerciales en los próximos días.

«Es normal que utilicemos alternativas para financiar capital de trabajo como la banca no tiene esa posibilidad y lo vimos venir hace mucho tiempo, comenzamos a trabajar en la posibilidad de entrar al mercado de valores. Esperamos que la emisión sea un éxito en los próximos días«, dijo este jueves a periodistas Javier Riccobono, presidente ejecutivo de Coca Cola Femsa Venezuela.

Responsabilidad por Gustavo Roosen – El Nacional – 3 de Diciembre 2019

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La generalización del caos, la aceptación casi resignada de un estado de cosas inaceptable, la falta de acción -y también la de reacción-, el imperio de la impunidad, el todo da igual, aplicado especialmente a los intereses colectivos, hacen pensar en el contagio de una actitud desmoralizante solo explicable por el deterioro de un valor fundamental: el de la responsabilidad.

La vida social no sería concebible sin responsabilidad: con uno mismo, con la familia, el equipo, el grupo, la sociedad en su conjunto. Ser responsable, se ha dicho, es medir las consecuencias de los actos y asumirlas, cumplir con los propios deberes y compromisos, respetar el principio según el cual no hay derechos sin obligaciones. Nada menos parecido a esto que la tendencia perniciosa a dejar hacer y dejar de hacer, a evadir la toma de decisiones o hacerlo sin medir las consecuencias, a incumplir los compromisos, mirar hacia otro lado, diluir la propia responsabilidad en la colectiva.

Visto desde la condición del dirigente, tampoco se compadecen con el sentido de responsabilidad la irreflexión, la inacción por el temor a las consecuencias, el acomodo para no hacer lo que se debe, la toma de decisiones o su abandono en atención a la conveniencia personal o al interés momentáneo, la postura fácil que apela a que lo arregle el que viene detrás. No es menor la irresponsabilidad de quien promete lo imposible, la del dirigente sin voz ni criterio propio, atento más a la popularidad que al verdadero beneficio colectivo, esclavo de la presión y de los intereses. Tampoco la de los falsos líderes que apuestan a la protesta por la protesta, incluso cuando no se tienen claros los objetivos, como no sea la creación del caos mismo.

Solo a modo de ejemplo puede uno preguntarse cuánta irresponsabilidad entrañan medidas alentadas o permitidas por quienes desde el poder tienen la obligación de procurar el bien colectivo y que, sin embargo, solo contribuyen al caos y a la destrucción. ¿No es un gesto de irresponsabilidad, para citar solo un caso, dejar correr –por conveniencia, no por convicción- una dolarización de facto que agrava la situación de las mayorías, sin acceso a la divisa americana, y hacerlo sin atender las causas profundas de la inflación, de la pérdida de valor de la moneda, de la paralización de la economía, del crecimiento desmedido de la deuda? ¿No refleja la irresponsabilidad oficial el estado de una economía que, dicho también solo a modo de ejemplo, si antes exportaba petróleo hoy exporta chatarra y si antes exportaba arroz de primera calidad hoy importa arroz con cáscara?

La deformación que desvincula los derechos de las obligaciones ha venido alimentando actitudes personales y colectivas que socavan el valor de la responsabilidad, que la vuelven acomodaticia o irrelevante, que sirven para el reclamo cuando se trata de la responsabilidad del otro pero en olvido o desconocimiento cuando se trata de la propia. Así se entiende la negativa conducta de quienes atribuyen toda la responsabilidad a la autoridad o a las instituciones o la de quienes negocian descargo de responsabilidades por dependencia. Repartida a conveniencia, la responsabilidad no solo se diluye, sino que su apelación sirve más para evadir la propia que para ejercerla.

No es un descubrimiento señalar que todo estaría mejor si cada quien asumiese su responsabilidad en el espacio y en la magnitud que le corresponde. La del líder es una responsabilidad con la verdad, con el bien colectivo, con los valores y principios, con la condición de guía, con el deber de escuchar, de inspirar, de promover. No haberlo entendido de esta manera explica las deformaciones de un liderazgo ejercido sin la conciencia de esa especial responsabilidad, tanto en la política como en la economía, en el ámbito empresarial como en el de las ideas.

La responsabilidad que reclama la sociedad genera seguridad, confianza, optimismo. Su negación desarrolla, al contrario, la desconfianza, el caos, la impunidad, el sálvese quien pueda y la dependencia.

Crónicas Bolivarianas: Sinvergüenzometría bolivariana por Omar Estacio – El Informador – 29 de Noviembre 2019

Crónicas Bolivarianas: Sinvergüenzometría bolivariana

“Cuando tu carácter está construido sobre bases morales y espirituales, esa forma de vivir contagia e influencia a millones de personas”. Excelente, muy auspiciosa la anterior frase de Martin Luther King. Solo que habría que sopesarla, para equilibrar las cosas, con la misma influencia y contagio,  cuando  el malvivir de determinado sujeto,  se levanta sobre bases contrarias.

Cierto, individuo, por ejemplo, ladrón, gordiflón, tragón – sobre todo de dólares, euros, yenes, yuanes y hasta de monedas envilecidas, porque de bolivaritos pa´rriba todo es cacería – bigotón, epulón, sinvergüenza pues de esto último, se trata la presente crónica.

– ¿Habrá en entre nosotros alguna oveja blanca, por ahí, que no haya salido como, yo, es decir, sin  la palabra pudicia en su diccionario vital, que se abochorne por algo, por una vainita aunque sea, y con ello,se constituya en  la deshonra de todos nosotros? ¿ ah?

– ¡Nooo!  – le responderán, al pater famliae,  en coro, sin faltar, ninguno – narcohijos, narcosobrinos, narcoprimos, narcoparientes, la narcolegal y la narcorreglamentaria, sin faltar  las narcosuegras.

Habrá que medir y pesar, en tales casos, la onda expansiva de la desvergüenza. Si hay que cerrar una calle completa, con garita y personal de seguridad, no para proteger a sus residentes sino para salvarnos a nosotros de semejante pandilla, el sinvergüenzómetro, de tal  onda  expansiva, marcará siete y medio,  en escala de Ritchner. Si el fenómeno, abarca toda una urbanización, se extiende a la casa del partido y de allí con metástasis,  campea fueros en la narcopatota desgobernante, de movimiento sísmico se convertirá en  terremoto y cataclismo, sucesivamente, hasta llegar al sálvese quien pueda del caradurismo..

Lo anterior me venía a la memoria, el jueves pasado, supuesto Día de la Aviación Militar, que no es más que otro aniversario del ominoso bombardeo contra hogares de Caracas por los celebrantes de la, no menos desvergonzada, fecha patria.

¿Y no hay en dicho componente ni un solo generalote o subalterno de generalote, que no sea tan Madrino y celestino, como para detener tal endemia de desvergǘenza?

Silencios, cobardias y entregas : ¿podremos cambiar? por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 20 de Septiembre 2019

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Es muy duro enfrentarse a las razones por las cuales Venezuela se ha desintegrado como sociedad en los últimos 20 años,  el escenario de masivos silencios, cobardías y entregas, de sumisión ante un régimen mediocre pero armado. Aunque el país ha tenido ciudadanos heroicos en su lucha contra la dictadura, parece claro que el grueso del país ha preferido dejarlos solos. La masa crítica social ha preferido ver los toros desde la barrera, “no meterse en líos”. Si hubiera actuado con más decisión para apoyar a sus héroes otra hubiese sido nuestra historia en el siglo XXI. ¿Qué nos ha sucedido?
Una sociedad con un desarrollado sentido de identidad,  con una fusión de sus miembros alrededor de principios y valores comunes  producirá una masa crítica decidida a hacer los mayores sacrificios para lograr su objetivo. Que esa masa crítica no se haya logrado en Venezuela es el producto, nos decía Arturo Uslar Pietri, de nuestra carencia de historia.  AUP nos hablaba de la necesidad de “una historia que fuese, a la vez, el reflejo y la explicación del quehacer humano en todas sus dimensiones y variedades, donde junto a la fuerza del hecho económico esté el poder de la creencia, donde junto a la acción del héroe esté la del medio, donde junto a las técnicas del trabajo estén las obras del pensamiento; donde junto a la estructura social esté la concepción cultural; una historia de los trabajos, de las acciones, de los pensamientos y de las creaciones; una historia de los grandes hechos y de las diarias tareas, una historia en que esté lo universal junto a lo peculiar de cada pueblo. Una historia del hombre entero para la comprensión completa del hombre.” (Uslar Pietri, 1988, 314 y 315). Lamentablemente, Uslar veía solo tres tiempos en la historia venezolana: “un borroso arranque, una culminación breve y fulgurante y una interminable decadencia”. Sus palabras no fueron atendidas por ser consideradas demasiado pesimistas y quizás por venir de un venezolano de perfil antropológico diferente a la normal venezolana, no reconocido por el grueso de la población como uno de ellos.
La fusión, la identidad de propósitos, la conciencia de pertenecer a un grupo con el cual compartimos nuestros principios, valores, sueños, deseos y ambiciones de progreso es la clave para explicar la acción o la inacción de una sociedad frente a sus oportunidades o amenazas. Una sociedad venezolana reblandecida por décadas de ingreso petrolero que no requería mucho esfuerzo, que literalmente manaba y era manejado por unos 30.000 venezolanos, una pequeña parte de la población, generó actitudes y aspiraciones bastante alejadas del sacrificio, orientadas al disfrute de un regalo que Dios le hacía a sus hijos favoritos. Se creó la imagen de que éramos una sociedad rica, chévere, “la mejor del mundo”. Nuestro verdadero nombre, se pensaba, no era Venezuela sino Tierra de Gracia. La adhesión a  esta mitología criolla consolidó una sociedad identificada con la idea del disfrute, dispuesta a hacer todo lo que fuese necesario para conservarla. Los ideales del venezolano fueron y siguen siendo esencialmente materiales, anhelos de gran bienestar y  vida muelle, más que de educación o del cultivo de ideas abstractas de progreso y mejoras colectivas. De allí que sacrificio no sea un concepto que figure en lugar destacado de nuestro imaginario social. Quienes lo han practicado, venezolanos de excepción, la mayoría muertos o en prisión o el exilio, han sido calificados con frecuencia de idiotas, mientras que quienes han violado las leyes de la decencia y del honor han recibido admiración.
De allí tanto silencio,  cobardía ciudadana y entregas que han apuntalado la sobrevivencia de un régimen mediocre, cruel e inepto, lleno de vulgaridad y pudrición moral. En la mente colectiva del venezolano sigue predominando la idea de que “mientras yo esté bien, no hay problemas” o el de “hasta ahora a mí no me han tocado”, la cual asfixia toda idea de solidaridad real o, menos aún, la de sacrificio por un objetivo colectivo.
Por supuesto, este tipo de reflexiones no es popular, no suena bien a nuestros oídos venezolanos, siempre dispuestos a preservar el mito de nuestra condición de pueblo elegido. Hemos aplazado para un mañana indefinido un encuentro con nuestra realidad, el cual debería ser inaplazable. No se trata de llamar, por capricho, a un ejercicio colectivo de auto-flagelación sino de enfrentar con los ojos abiertos nuestras limitaciones y los errores derivados de nuestra admiración por los hombres de a caballo o por demagogos pródigos en promesas incumplibles. Como cantaba Olga Guillot, hemos preferido el “Miénteme más, porque me hace tu maldad feliz”. 
 
El precio pagado por esta carencia de identidad nacional,  por los  silencios, cobardías y entregas ha sido horroroso. Salir del foso económico, social, político y, sobre todo, moral en el cual estamos  atascados no será tanto  asunto de fondos monetarios o acciones diplomáticas sino de crecer como pueblo. Y eso no se logra con un liderazgo que aún pretende construir una Venezuela futura sobre las ruinas, mitos y engaños que nos llevaron al fracaso. 
Los cuatro pasos que se requieren para un cambio radical en el país son la insurgencia (con ayuda externa) para expulsar al régimen miserable del poder, un gran debate nacional sobre lo que deberá ser Venezuela, la aparición de un nuevo liderazgo con verdadera visión de futuro, el cual hable claro, tenga coraje y se aferre a los principios y un Programa Nacional de largo plazo de Educación Ciudadana, diseñado para remplazar al gentío con ciudadanos.
Solo así, luchando con denuedo y algún día, podremos tener una nación de la cual sentirnos justamente orgullosos.  

Están botando el alma de Venezuela a la basura por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 18 de Septiembre 2019

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Durante los últimos 20 años un número creciente de venezolanos civiles y militares ha venido botando el alma de Venezuela a la basura. Son los integrantes de tres tribus bien diferenciadas: la tribu chavista, la tribu madurista y la tribu formada por quienes fueron alguna vez miembros de la Venezuela democrática y hoy se han transformado en parásitos de las dos primeras tribus. La acción conjunta de esos tres grupos criminales ha destruido una buena parte del alma de Venezuela y la ha enviado al tarro de la basura. No hablo de la ruina material, la cual es evidente. No me refiero a la destrucción de las instituciones, lo cual está a la vista o al espectáculo de miles de venezolanos muriendo de hambre o por falta de atención médica. Todo ello es cierto y ha sido, esencialmente, la obra maldita de las dos primeras tribus arriba mencionadas. Me refiero, esta vez,  a la traición de  los principios y valores que sustentan una sociedad democrática y libre, traición llevada a cabo por los chavistas y los maduristas, sí, pero también – de manera particularmente dolorosa – por una tercera tribu de invertebrados morales que fue creciendo durante estos 20 años, integrada por venezolanos quienes pertenecieron alguna vez a la Venezuela digna y democrática y quienes hoy se han convertido en simples parásitos de los criminales en el poder.
La tribu chavista tuvo sus principales cabecillas en Hugo Chávez y su familia; Diosdado Cabello y su familia; Nelson Merentes, Jorge Giordani, Rafael Ramírez y el Generalato que los acompañó durante la etapa de 1999 hasta la muerte del sátrapa, además de una cohorte de contratistas, banqueros y compañeros de viaje moralmente podridos, hoy multimillonarios y sueltos por todo el planeta. La tribu madurista tiene sus principales cabecillas en Nicolás Maduro, Vladimir Padrino López, Diosdado Cabello, Tareck El Aisami, Tareck Saab, los hermanos Rodríguez (Bonnie and Clyde) y en esa vergonzosa mafia de uniforme disfrazada de Fuerza Armada Venezolana, acompañada de un nutrido lumpen de banqueros y contratistas ladrones cuyos nombres son bien conocidos y se encuentran debidamente identificados por las policías internacionales y en la documentación preparada por investigadores venezolanos y extranjeros.
La tercera tribu, quizás la más detestable, porque está formada por gente que se definió alguna vez como demócrata, ha ido creciendo en número y en notoriedad.  Sus miembros comenzaron por llamar al país a la concordia, a la reconciliación, esgrimieron la bandera de la solución pacífica, democrática y electoral y levantaron la bandera del “o dialogamos o nos matamos”. Quienes se atrevían a disentir de esta postura gelatinosa fueron llamados radicales, sedientos de sangre, se les descalificaba y se les descalifica por estar fuera del país o por ser “partidarios de la violencia”. Buena parte de la buena e ingenua Venezuela defendió (y hasta defiende todavía)  a los miembros de esta nueva tribu  en nombre de la Unidad, término que se fue confundiendo en el tiempo con complicidad y acomodo.
Aparecieron en nuestra escena pública, portando diversas máscaras, los Timoteo Zambrano, los Henri Falcón, los Manuel Rosales, los Eduardo Semtei, los Carlos Raúl Hernández, los Felipe Mujica, presentándose como portaestandartes de la paz y de la reconciliación. Algunos encuestadores, a lo Schemel,  pasaron de ser “civilizados conciliadores” a ser miembros activos de la pandilla madurista, al no poder aguantar un cañonazo de un millón de dólares. Otros encuestadores, más discretos pero muy bien conocidos, han permanecido hábilmente en la frontera entre la moderación y la complicidad, pero no pierden oportunidad alguna para llamar a la calma, a la paciencia, es decir, juegan a la permanencia del régimen maldito en el poder, una postura con la cual han logrado grandes oportunidades de enriquecimiento personal. En una segunda etapa del deshonor emergieron grupos que abogaban por una aparente tercera vía, simples pantallas para la colaboración con el régimen, aparentes ni-nis que no lo eran en la realidad, liderados por gente como Enrique Ochoa Antich o surgieron, a título individual, antiguos miembros de la tribu chavista como Felipe Pérez Martí, Francisco Rodríguez o los ex-ministros chavistas Navarro, Giordani y Osorio, quienes aún pretenden tener figuración política en una futura Venezuela de medio pelo.
Hoy la desvergüenza, la traición y la deshonra inundan como mala yerba a Venezuela. Eduardo Fernández y su hijo Pedro Pablo, Claudio Fermín, Felipe Mujica y otros miembros de la tercera tribu que he mencionado arriba llevan a cabo un pacto con Maduro, a fin de trabajar juntos en una especie de gobierno de “transición”, de duración indefinida, respetando la permanencia de la maloliente Asamblea Nacional Constituyente y validando de manera sumisa un régimen ladrón, asesino, torturador, inepto, corrupto y mentiroso. Nadie que pacte con este régimen puede evitar ser contaminado de estas lacras arriba enumeradas. La aceptación de su validez hace cómplice, a quien lo acepta, de la mayor tragedia que ha sufrido nuestro país en toda su historia.
Esta acción descarada tiene, al menos, la ventaja de que termina con las apariencias. Ahora cada quien deberá responder por su traición o mostrar, con orgullo, su honestidad.
La ruina material del país generada por estas tribus es un crimen horroroso por el cual los chavistas y maduristas deberán pagar, pero hay algo peor. Malos venezolanos han estado botando nuestra alma, la cual, en cualquier sociedad es la depositaria de las virtudes, valores y principios que son de absoluta necesidad para sustentar una existencia armoniosa y digna. 
 
En la Venezuela de hoy se ha hecho difícil saber quiénes son los ciudadanos que no han vendido su alma al diablo. Si la sociedad venezolana no es capaz de mantener una masa crítica de gente digna y honesta vamos  directo a la ruina. Ya el país ha avanzado en ese camino.
Hoy oímos hablar de objetivos como la recuperación petrolera económica y política pero poco se está hablando sobre la pérdida de nuestra alma y  su urgente recuperación. Ello es ominoso porque sugiere que hay muchos, quizás ya demasiados, venezolanos que no se dan cuenta exacta de lo que nos está ocurriendo.
     
Es necesaria la denuncia abierta en contra de la inmoralidad de sectores del  liderazgo político, económico y social venezolano. Será necesaria una reacción moral de gran intensidad, a fin de limpiar al país de tanta basura como la que nos inunda hoy.
Será necesario aplicar una dura e implacable justicia, si no deseamos promover la venganza. Será preciso arrancar de raíz la mediocridad  que nos está hundiendo en el más profundo de los abismos y que nos hace hoy un país que provoca lástima y desdén.  
El infortunado Carlos Andrés Pérez nos dijo: “Hubiera preferido otra muerte”. Yo digo que Venezuela preferiría otra muerte, si es que la muerte debe llegarle. Una muerte con sus buenos ciudadanos de pie, enarbolando las banderas de la dignidad, de la honestidad, de la justicia, así las banderas estén teñidas de sangre. Lo que no es aceptable es la  muerte moral, sumisa, la de la gente arrodillada frente a la mediocridad y el crimen, mostrándose inferiores a los inferiores, la muerte de quienes se colocan al mismo nivel moral de Pedro Carreño e Iris Varela.
  
Es necesario y urgente repudiar al liderazgo invertebrado. Se acaba el tiempo para rescatar el alma de Venezuela.  

El Mayor Daño por Laureano Márquez – Noticias Sigatoka Venezuela – 26 de Mayo 2019

download.jpgQuizá el mayor daño que el régimen ha hecho no es la destrucción de la industria petrolera ni la desaparición del oro ni la quiebra de la agricultura y de la industria; no es ni siquiera el condenar al exilio al 10% de la población, la destrucción del sistema educativo y el haber conseguido que Venezuela tenga la inflación más grande del planeta, que la mortandad de cada día sea solo un dato estadístico, que los niños estén muriendo de desnutrición.

El mayor daño lo ha hecho en la demolición del alma nacional, de la esperanza ciudadana, de la dignidad de un pueblo.

También han sucumbido —en este asalto a la cordura— el sentido común, la bondad, la tolerancia, la compasión y el respeto.

El mayor daño ha sido hecho en nuestros corazones, que se han vuelto incrédulos, desconfiados; que solo ven maldad y traición por todas partes. Ya no confiamos en nada ni en nadie; toda opinión que no sea la nuestra nos parece interesada, despreciable, digna de agresión e insulto.

Estamos en una torre de Babel de sentimientos. La destrucción es, pues, mucho mayor de lo que parece a primera vista. Ya hay momentos en los que dudamos de que Venezuela tenga salvación. Somos una tierra en la que toda maldad tiene su asiento. Estamos cercanos a eso que Hobbes llamaba el “estado de la naturaleza”, es decir, el estado previo al ordenamiento jurídico, a las leyes morales, a las normas de convivencia que hacen de un hombre un ser humano. Estamos —diría Hobbes— “en un estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos”.

Santo Tomás de Aquino decía que un tirano se apropia no solo de los bienes materiales de su pueblo, sino de sus bienes culturales; suprime los valores porque requiere un pueblo que sea lo menos virtuoso posible y promueve la enemistad entre los ciudadanos apelando al viejo principio de “divide y reinarás”. El .tirano “despojado de la razón, se deja arrastrar por el instinto, como la bestia, cuando gobierna”, nos dice el Angélico.
De esta manera logra envilecer a los ciudadanos hasta el extremo, porque sabe que así los somete mejor.

Sin duda, en Venezuela este instinto ha funcionado a la perfección. Los venezolanos hemos sido envilecidos al extremo.

Cómo haremos para volver a creer en nosotros mismos, para considerarnos un pueblo digno de progreso y bienestar, de libertad y democracia; digno de vivir feliz sin necesidad de huir de su tierra. Es una pregunta que nos atañe y nos concierne a todos. En nuestro horizonte hay demasiada hambre, demasiada sangre, demasiado odio. Necesitamos con urgencia volver a creer en algo:
creer que somos posibles, que podemos respetarnos y tolerarnos, que comer es una actividad normal del ser humano, que podemos transitar calles seguras, que los desacuerdos no nos condenan a asesinarnos, que hay esperanza y futuro y que ese futuro puede ser del tamaño del empeño que pongamos en él.

No puede ser que una tierra que es capaz de producir tanto talento, tantas individualidades inteligentes y capaces, esté condenada al fracaso como proyecto común.

Esta lucha comienza en nosotros mismos. Corazón adentro debemos hacer que Venezuela renazca como una aspiración de fe en nuestro espíritu, comprometida con valores, principios e ideas.

La lucha es afuera y es adentro. Volver a creer en nosotros es el primer paso para salir de esto, porque a esa certeza no hay fuerza humana que la someta.
Ese día veremos a la tiranía desvanecerse hasta convertirse en un mal recuerdo, como cuando, mirando un viejo retrato de nosotros mismos, caemos en cuenta de lo feos que fuimos alguna vez.

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