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Cómo producir una transición democrática en Venezuela por Benigno Alarcón Deza – Politika UCAB – 18 de Septiembre 2018

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Dijimos en nuestra anterior columna que una transición política en Venezuela no es ya un tema de preferencias sino una condición sine qua non de la que depende la viabilidad del Estado y la vida misma de millones de venezolanos que, ante la desesperación, se exilian sin certeza de su destino, huyendo del hambre y la enfermedad, para buscar al menos un mañana menos incierto, haciendo cualquier cosa en cualquier otro lugar.

Atendiendo a la trascendencia de esta urgencia, desarrollamos una propuesta sobre cómo producir una transición democrática en Venezuela, la cual incluye cinco tareas básicas: presión interna, presión internacional, reducción de los costos de tolerancia, tener un plan para un gobierno que atienda la gobernabilidad durante la transición y prepararse para una elección presidencial.

Como también dijimos, la ruta descrita demanda un factor esencial, hasta ahora inexistente: un liderazgo responsable de la dirección del proceso. Tal como sucede con una orquesta, ésta no puede funcionar sin un director y una partitura (plan bien definido) y tampoco con varios directores que dan instrucciones simultáneamente siguiendo partituras distintas. Se necesita un director y una partitura. Sin tal liderazgo resulta imposible lograr avances significativos en ninguna de las tareas necesarias.

Sin liderazgo es imposible movilizar a la sociedad de manera masiva y coordinada para presionar internamente. Sin liderazgo no es posible coordinar esfuerzos con la comunidad internacional de manera eficiente. Sin un liderazgo que ejerza la dirección y vocería del cambio es imposible construir una visión coherente del país posible; ni los actores gubernamentales, o quienes les sostienen en el poder, encontrarán una contraparte con quien negociar. Sin un liderazgo unitario, alrededor de quien se generen expectativas creíbles de cambio, es imposible conformar equipos de trabajo que puedan prepararse, adecuada y oportunamente, para gobernar en medio de las dificultades e inestabilidades propias de una transición política. Sin un liderazgo unitario es imposible estar preparados para ganar una elección y blindar a un nuevo gobierno con la legitimidad necesaria para consolidar una democracia, bien sea que esta elección se produzca como resultado de la presión interna e internacional, de una negociación, o como consecuencia de una renuncia o ruptura del bloque de gobierno. Toca hoy desarrollar algunas ideas sobre cómo colocar un liderazgo legítimo al frente del proceso.

Tal liderazgo, para llevar al país hacia una transición y luego consolidarla, debe gozar de un importante nivel de consenso por lo que, difícilmente, éste puede derivarse de un acuerdo entre élites partidistas que nunca sería representativo de un país que, aunque hoy demanda por unanimidad un cambio democrático, dejó de confiar en los partidos, como demuestran la totalidad de los sondeos de opinión pública.

Si los partidos no pueden decidir tal liderazgo, en representación de los ciudadanos que hoy no se sienten representados por éstos, además de las dificultades más que demostradas para alcanzarlo –porque tal decisión no le otorgaría la tan necesaria legitimidad–, entonces toca a los ciudadanos decidir, de manera directa, en quien confían para liderar lo que sería el proceso político de mayor trascendencia nacional desde su independencia hace casi doscientos años.

Tal decisión sobre el liderazgo puede darse tan solo por dos caminos. Un primer camino es el propio de la evolución natural de un liderazgo, mediante un proceso de darwinismo político en el que la mayor parte de los líderes actuales se extinguirán, mientras otros, más aptos para lidiar con las actuales circunstancias, emergerán y se posicionarán políticamente hasta que tengan la fuerza y encuentren el camino para desplazar a quienes hoy ocupan el poder. Este proceso, como seguramente usted ya intuye, puede tomar años y hasta décadas, sin que muchos de nosotros alcancemos a ver su concreción, con costos humanos y de reconstrucción que serían inaceptables.

Una segunda alternativa es la de crear las condiciones necesarias para acelerar este proceso, es decir, para que los ciudadanos puedan elegir de manera directa un líder e iniciar, de manera inmediata, coherente y orquestada, el camino que nos llevaría hacia un proceso de cambio político. Eso podría concretarse en los próximos meses si existe la voluntad y determinación de amplios sectores de la sociedad venezolana.

La propuesta que hemos venido manejando, y que hoy hacemos pública a través de esta Carta, ha sido presentada recientemente ante partidos políticos y plataformas de la sociedad civil, como Creemos Alianza Ciudadana y el Frente Amplio Venezuela Libre, así como a otros actores representativos. Aunque no ha conseguido consenso entre los partidos de oposición –lo que no debe extrañar porque es la suerte que corren la mayoría de las propuestas por el “dilema de prisionero” del hemos hablado en otros artículos– sí ha merecido una mayor consideración de parte de actores y líderes sociales.

Esta propuesta consiste en la organización de una elección abierta para definir tal liderazgo. Esta elección debe ser organizada por los cinco actores que gozan de mayor credibilidad y confianza en el país: la iglesia, las universidades, los estudiantes, los líderes de la sociedad civil organizada y las fuerzas productivas del país (empresarios y trabajadores), sin la participación del Consejo Nacional Electoral. En esta elección deben poder participar todos los venezolanos mayores de 18 años, inscritos o no en el Registro Electoral, residentes o no actualmente en Venezuela, ya que su participación es la mejor prueba de su disposición para esta lucha. Si se logra que haya una elección presidencial también se podrá lograr que estas personas sean debidamente registradas para votar en una próxima elección.

En este mismo sentido, en esa elección deben tener el derecho a ser elegidos, en condiciones de igualdad, todos los que tengan la voluntad, preparación y disposición para liderar al país en un proceso de transición política, que será extraordinariamente complejo, sean éstos miembros de partidos políticos o no, estén o no habilitados políticamente, siempre que reúnan las condiciones establecidas por la Constitución para participar en una elección presidencial. Así, si se logra la presión necesaria para que se celebre una nueva elección presidencial, también se logrará que ésta se desarrolle bajo reglas distintas que permitan la participación del líder que el país escoja y no el que el régimen pretenda escoger por nosotros.

Obviamente, en una elección de participación abierta se corren dos riesgos principales: uno es la dispersión de votos entre candidatos (conocidos o emergentes), lo que pudiese traer como consecuencia que quien gane por una mayoría relativa no cuente con el reconocimiento de parte importante del resto de electores. El otro es que tal elección, como algunos temen, termine generando una importante pugnacidad que haga más difícil la posterior cohesión de todo el movimiento democrático en torno a un liderazgo.

Ambos obstáculos pueden superarse con una solución sencilla que ha sido probada en procesos electorales en otros países: una elección con selección múltiple; para ello existen varias metodologías con distintos niveles de complejidad. Creo que en nuestro caso lo más sencillo puede ser lo más eficiente.

Cada elector tendría la oportunidad de votar por tres candidatos de su preferencia. Esta metodología tendría dos ventajas. La primera es que todo candidato, al necesitar de los votos de los electores de sus contendores, se vería obligado a reducir su pugnacidad hacia los otros candidatos. Si alguien necesita los votos de otro, nadie que dedique su campaña a descalificarlo tendrá los votos necesarios para ser una de las tres opciones mayoritarias. La segunda ventaja es que el ganador será el que tenga el mayor consenso y el menor rechazo entre todos los competidores y se convertiría en una de las opciones para la gran mayoría de los electores.

Para quienes piensan que nadie participaría en un proceso electoral de esta naturaleza en medio de las actuales circunstancias, la respuesta es que la disposición a participar ya ha sido medida por dos estudios que, aunque no son nuestros, son coincidentes y la estiman en alrededor de dos tercios de los electores de oposición. Ello implicaría una participación superior a la de la consulta del 16 de julio de 2017, incluso superior a la de los supuestos resultados oficiales de la elección del pasado 20 de mayo.

¿Y después qué?

Las condiciones bajo las cuales se celebró la última elección presidencial hacen imposible para la comunidad internacional democrática el reconocimiento de la presidencia de Maduro a partir de la enero de 2019. Tal situación constituye una ventana de oportunidad que solo es posible aprovechar, sí y solo sí, el país y la comunidad internacional se unifican y se movilizan en torno a un solo objetivo que haría posible todas las demás aspiraciones: elecciones democráticas para elegir al gobierno de transición que deberá iniciar la gran reconstrucción nacional, a partir de enero de 2019.

Toca a todos los ciudadanos y sectores democráticos del país la tarea de iniciar un movimiento que, articulado como una gran orquesta bajo un mismo liderazgo y con una ruta claramente definida, nos permita llevar a ese líder, legítimamente electo y  decide.descarga reconocido, a encabezar un gobierno de reconstrucción nacional que debe ser también electo en un proceso democrático, todo lo opuesto a lo que vimos el 20 de mayo pasado. Un proceso que no ocurrirá porque el gobierno lo vaya a permitir por una concesión graciosa –que nunca ha sido ni será su intención– sino como consecuencia de la presión interna e internacional, tal como ha ocurrido en la mayoría de los procesos de transición en el mundo.

A partir de allí, aquellos actores moderados y racionales vinculados al gobierno –o las instituciones que lo sostienen– sabrán con quién hablar. A partir de allí, quienes quieran estar al servicio de la nación, y no de las élites que desesperadamente se aferran al poder, sabrán a quién escuchar y a quién dirigirse si quieren contribuir a un cambio que será inevitable. A partir de allí, quienes hoy ocupan puestos de liderazgo o autoridad en alguna institución tendrán que decidir entre servir a la nación o servir a las élites del actual régimen que gobiernan en contra de la voluntad de la nación.

Shimon Peres, cuando se le preguntó si veía la luz al final del túnel en el conflicto entre su país, Israel, y Palestina, dijo: “veo la luz, pero lo que aún no veo es el túnel que nos llevará a ella”. Si alguien tiene una propuesta más realista que no implique sentarse a esperar a que otros decidan o hagan algo que nosotros no hemos sido capaces de hacer, seré el primero en reconocer, con la mayor humildad, la pertinencia de otra alternativa y poner mi mayor esfuerzo en la construcción de un camino que sea factible hacia una Venezuela libre, próspera y democrática. Mientras tanto, seguiré insistiendo en la ruta propuesta con la esperanza de que caiga en tierra fértil y eche raíces entre aquellos liderazgos políticos y sociales, así como entre los ciudadanos que amamos esta tierra y actuamos de buena fe.

Propuesta para un Acuerdo Nacional – Frente Amplio – Septiembre 2018

Propuesta metodológica para un Acuerdo Nacional y Pacto de Políticas Públicas para el Desarrollo y la Salvación de Venezuela

Para acceder al documento abrir el siguiente enlace:

Propuesta Metodológica para un Acuerdo Nacional – Frente Amplio (1)

Acuerdo obligado por Luis Ugalde S.J. – Blog Cesar Miguel Rondón – 18 de Septiembre 2018

Luis-Ugalde-800x478Las cosas han llegado a tal extremo y la situación es tan dramática que la desesperación se ha apoderado del país. La gente no cree en el régimen y sus promesas-propaganda y cada medida nueva agrava la situación. El liderazgo opositor carece también de credibilidad por su falta de unidad y su impotencia frente a la dictadura y los urgentes problemas socioeconómicos.

El desastre es tan grave que la reconstrucción parece imposible sin un gran acuerdo de salvación nacional concretado en un gobierno de transición que incluya a buena parte de los que fueron y de los que todavía hoy son chavistas. El régimen actual no tiene futuro, pero puede resistir con un alto costo de vidas, dignidad humana y libertad democrática de millones de venezolanos. No puede haber un gobierno nacional que entusiasme y tenga éxito si no lleva en el corazón de sus políticas concretas las razones que hace 20 años tuvieron las mayorías chavistas. Si, según las encuestas más recientes, un 85 % de los venezolanos vive en pobreza, el nuevo gobierno sólo cuajará si renace en la vida de esa inmensa muchedumbre que agoniza en la pobreza y el exilio, y fracasará si no toma en serio la vida digna de ellos. Esa esperanza no se puede nutrir sólo de palabras y retórica, sino que necesita de entrada signos visibles de mejora socio-económica, lo que no es posible sin un vigoroso florecimiento de miles y miles de empresas privadas, entendidas y vividas como esperanza de los pobres y la superación de la pobreza como esperanza de la empresa privada, de la democracia y la libertad. Por otra parte, nada de esto es posible sin un apoyo decidido de las democracias y organismos internacionales, concretado en recursos materiales cuantiosos. Sin ese apoyo, ni el gobierno actual, ni cualquier otro que venga, tendrá estabilidad ni éxito y la solución no es la desesperanzada agonía dictatorial cubana de más de medio siglo.

El gobierno de transición sólo despertará entusiasmo nacional y concretará el apoyo externo si de inmediato enfrenta la hiperinflación (alimentada por el actual gobierno con enorme déficit fiscal y dinero inorgánico) y activa la producción económica que en cinco años se ha reducido a la mitad y que está matando a la gente, arrebatándole su salario y dignidad y bloqueando toda posibilidad de reactivación.

1-Para revertir de inmediato este despeñadero hay que combinar:

-No pago de la deuda externa ($ 132.000.000.000) en dos o tres años. Condonación de buena parte de ella, refinanciamiento de la otra parte y cuantioso préstamo (según los entendidos no menos de $ 40 mil millones)

-Reprivatización de las empresas estatizadas, hoy ruinas improductivas.

-Inversión extranjera (y nacional) con garantías jurídicas y economía social de mercado.

-Apertura petrolera (y gas) a las inversiones no estatales y recuperación productiva.

-Financiamiento de importación de bienes básicos de consumo (alimentos, medicinas…) e insumos para reactivar la producción.

2- Al mismo tiempo se requiere inmediata ayuda humanitaria internacional con activación nacional de los canales de distribución y también de un inmenso voluntariado de solidaridad con efectos en la regeneración moral y de reconciliación. Rescate del Estado y del caos, corrupción e ineptitud de los servicios públicos de agua, electricidad, transporte, seguridad… Rescate de la Constitución: libertad de presos políticos y exiliados, legalización de todos los partidos y de los candidatos vetados; separación de poderes públicos; eliminación de la ANC (supraconstitucional, es decir dictatorial); Fuerza Armada reconstitucionalizada; nuevo CNE; elecciones justas, libres y transparentes, una vez restablecidas las condiciones democráticas para ello.

No se trata de medidas sueltas ni de que cada grupo político pretenda instaurar en esta transición el modelo de su preferencia, sino de lo imprescindible para salir de esta dramática agonía. Sería fatal enredarse en debates ideológicos sin entender que la extrema emergencia exige un pragmatismo sanador previo a elecciones democráticas en las que la población escogerá al candidato de su preferencia entre alternativas que incluyan las que vienen del chavismo y también las que parecen más opuestas a él. Por ahora la negociación no puede ser maximalista, sino realista con la necesaria unidad nacional y el apoyo internacional imprescindibles.

3- La salida del gobierno actual tiene que ser pronta y negociada con espíritu de reconciliación, no de venganza sino de perdón, con una nueva primavera de reencuentro venezolano combinada con una acción serena y equilibrada de la justicia, en los casos que se requiera para evitar la impunidad.

4- Los militares (hoy unos cómplices y represores y otros reprimidos) y las democracias del Mundo y de las Américas deben formar parte de diversa manera de esta negociación y reconstrucción.

5-La Asamblea Nacional ha de ser la legítima pieza central de esta transición y quien la encabece debe excluirse de la contienda electoral democrática, que tendrá lugar tan pronto se restablezcan las condiciones básicas constitucionales para una elección libre, transparente y con garantías.

Ese acuerdo que incluya al chavismo democrático puede escandalizar a algunos, pero no será más chocante que el abrazo – en medio de tantos cadáveres y odios – de Bolívar y el jefe español Morillo en Santa Ana de Trujillo, como importante paso desagradable para salir de la guerra.

Encuesta de Meganalisis 5-10 de Septiembre 2018

Objetivo de la encuesta :

  • Investigar y conocer la situación social , política y económica de Venezuela.
  • Medición de las opciones para una probable Junta de Transición en el País

Para acceder a la encuesta vaya al siguiente enlace :

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Dos Venezuelas por Luis Manuel Aguana –

Caricatura LMA 1990 - Con NombreEn el actual estado de la situación política que vive el país, es difícil hacer pronósticos. Los venezolanos dejaron de esperar por algo que no termina de ocurrir mientras el régimen avanza exitosamente en la destrucción de lo poco que queda. La gente está huyendo de Venezuela. Esa gente que pasa por miles a través de la frontera hacia Colombia y Brasil no son los “ricos” que huyen del comunismo, son paradójicamente los pobres cuyas vidas se hicieron inviables en la Venezuela actual. O se van o no comen, tan simple como eso. Esa es nuestra realidad al día de hoy.

Mientras Maduro y su régimen destruyen la economía y nuestra forma de vida republicana, los venezolanos que quedamos, nos seguimos debatiendo en como afrontamos este problema. Como paramos el desangre de la herida que le han hecho a nuestro país y no morir en el intento. Podríamos decir sin temor a equivocarnos que Venezuela se ha dividido en dos grupos: aquellos que creen que la solución saldrá desde dentro del país, y aquellos que creen que dentro de Venezuela ya no hay mas nada que hacer porque la institucionalidad está destruida, por lo que es necesaria la ayuda internacional para resolver el problema.

Ambas Venezuelas están enfrentadas. El primer grupo, llamémoslo el grupo de la solución local, tiene una policromía que va desde buscar una vía electoral para convivir con el régimen “hasta que esto se resuelva”, claro está sin dar un horizonte claro de tiempo más allá de indicar que ellos “ganaran” el siguiente proceso electoral, hasta los grupos más beligerantes que desechan las salidas electorales pero sin decir claramente cuál es el camino de lucha mas allá de exigir que el régimen “dimita” de sus funciones, apelando a la presión social, preludio de otro baño de sangre en las calles.

El segundo grupo, llamémoslo el grupo de la solución internacional, parte del supuesto que en Venezuela difícilmente levantará cabeza debido a la situación de secuestro institucional de todos los Poderes Públicos, incluida la Asamblea Nacional, que hace que cada día que pase resulte mas difícil desalojar a un régimen que se ha pegado como una hiedra venenosa al tronco del país, al punto de que lo está matando. La solución en ese caso pasa porque la Comunidad Internacional venga en nuestro auxilio para cortar la hiedra y sanear el árbol moribundo.

Ambos grupos se presentan incompatibles, al punto que el primero sabotea al segundo. El grupo de la solución local piensa que una intervención que ellos no controlen –y no podrían controlarla aunque quisieran- no sería bienvenida, y en consecuencia hacen lobby internacional y se mueven políticamente para arruinar los esfuerzos que se hacen para que se logre cualquier solución que termine en una intervención humanitaria en Venezuela, aunque el régimen nos ponga en prisión y nos estemos muriendo de hambre y enfermedades.

Mientras tanto, el grupo de la solución internacional dice que sin el apoyo de los sectores políticos, económicos, sociales, y eclesiásticos del país, difícilmente podría lograrse convencer a una fuerza internacional –y particularmente a los Estados Unidos- para que apoye el rescate de la democracia y la libertad en Venezuela, ya que la Comunidad Internacional no nos vería unidos para lograr el mismo propósito. Insisten en que hay que convencer a los principales sectores que hacen vida en Venezuela para que esa intervención humanitaria pueda ser posible.

Resultado: Ninguno de los dos tiene la solución del problema, pero ambos tienen la solución del problema. Luce contradictorio pero no lo es. Lo cierto es que ya la Comunidad Internacional, y en particular el gobierno de los Estados Unidos, se cansó de recibir a los múltiples representantes de la oposición venezolana, cada uno con una idea diferente de cómo resolver el problema ocasionado por el régimen. Y eso es lógico. Me imagino oyéndolos: “cuando se pongan de acuerdo en lo que quieren hacer y como lo quieren hacer, que presenten un plan y entonces los ayudamos”. Y eso nunca ocurrirá en las presentes condiciones con dos Venezuelas opositoras con dos visiones distintas del problema. Y mientras tanto el régimen haciendo estragos con nosotros en el país.

¿Se podrían conciliar ambas posiciones? No lo sé. Recuerden que los intereses de los grupos políticos en Venezuela están por encima de los intereses del país. ¿Les parece duro? Si no fuera así, hace muchísimo tiempo el tema se hubiera resuelto. ¿Y cómo? Un apoyo irrestricto de la Asamblea Nacional a sus propios Magistrados en el exilio y al Alto Tribunal que ellos constituyeron, daría la solución política por excelencia para lograr un Consejo de Gobierno de Emergencia Nacional que conduzca y coordine las acciones desde el exterior para forzar una salida pacífica del problema en Venezuela con el auxilio de una fuerza multinacional.

Es así como la Comunidad internacional nos vería juntos y coordinados para afrontar un problema que a ellos les interesa tanto o más que a nosotros resolver. No es un tema que los grupos de afuera o de adentro tengan la razón. El asunto es que hay que deponer los intereses de todos en favor del país. Ya parece un lugar común repetirlo pero hay que hacerlo miles de veces para ver si se entiende. No se necesita estar de acuerdo en todo, lo que se necesita es tener la disposición para andar juntos un trecho de camino hasta salir del problema.

Pero también somos venezolanos: “En comparación con un grupo de 45 países de todas partes del mundo, Venezuela demostró tener uno de los índices más altos en necesidad de poder. Rasgos culturales semejantes han aparecido repetidamente en otros estudios sobre identidad cultural del venezolano” (1) De acuerdo a esto nadie en Venezuela cederá poder aun cuando eso suponga el sufrimiento de personas. Ningún sector político cederá a favor de un Gobierno en el cual no participe o en el que no tenga alguna influencia, por lo que se hace necesaria otra solución más drástica que de paso a los intereses de terceros en esta ecuación.

En un ejercicio de política ficción, el ex Embajador Diego Arria, ex Presidente del Consejo de Seguridad de la ONU, hizo circular en las redes sociales una nota de prensa donde señala lo que podría ocurrir luego de una muy posible decisión del Consejo de Seguridad de la ONU, y que reproducimos enteramente en este blog (ver Gobierno de Emergencia Nacional de Venezuela, en http://ticsddhh.blogspot.com/2018/07/gobierno-de-emergencia-nacional-de.html). Utilizó para hacerla una de las muchas notas publicadas cuando el Consejo de Seguridad autorizó una fuerza multinacional para restaurar la democracia en Haití en 1994, solo cambiando el nombre del país por Venezuela.

De acuerdo a esa nota, basada enteramente en la Resolución 940, de 1994, del Consejo de Seguridad de la ONU, “Aprobación del establecimiento de un grupo de avanzada de la UNIH para restablecer la democracia en Haití y el pronto retorno del Presidente legítimamente electo y las autoridades del Gobierno de Haití, y prorrogar el mandato de la UNMIH” (ver Resolución 940 Consejo de Seguridad de la ONU http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=S/RES/940%20(1994) )no existe ningún impedimento para que el Consejo de Seguridad de la ONU no haga lo mismo para el caso de Venezuela, excepto que exista un Gobierno legítimo de venezolanos a quien entregarle el poder.

Léase bien esto último: la solución política de Venezuela pasa porque primero nos pongamos de acuerdo en la designación de un Gobierno Legítimo que se ponga al frente de una coordinación conjunta con esa fuerza multinacional. Que este Gobierno salga de la Asamblea Nacional o del Tribunal Supremo de Justicia legítimo en el exilio, no es del problema de la Comunidad Internacional, pero si nuestro. Y es absolutamente necesario para desalojar a quienes ilegítimamente ejercen el poder en Venezuela como ocurrió en Haití en 1994.

Tenemos ya introducida la solicitud al TSJ legítimo en el exilio para el nombramiento de un Consejo de Gobierno de Emergencia Nacional (ver solicitud completa en https://tinyurl.com/y7x87ldb), y también existe una sentencia de ese Alto Tribunal que urge la necesidad a la Asamblea Nacional de llenar el vacío de Poder conforme a la Constitución (ver sentencia del TSJ-L en https://twitter.com/TSJ_Legitimo/status/1014611587745886211). ¿Qué esperan ambos Poderes para proceder, conjunta o separadamente?

Foro “UCV Global: Retos para la reconstrucción de un país” – UCV – 22 de Junio 2018

Antonio Ledezma: “Hay que sustituir a Maduro y la Asamblea tiene la palabra” por Orlando Avendaño – Panampost – 16 de Julio 2018

“Este es un momento de relanzar la lucha cívica”, dijo el exalcalde metropolitano de Caracas

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El líder de la alianza Soy Venezuela envió un sólido mensaje a los venezolanos. (Archivo)

Se cumple un año de una de las mayores muestras de rebeldía de la sociedad venezolana; y, al mismo tiempo, de una de las mayores estafas de gran parte de la dirigencia presuntamente opositora.

A propósito de ello, algunos políticos hablaron. Recordaron el 16 de julio del año pasado, día en que se celebró el plebiscito en contra de la tiranía de Nicolás Maduro. En el acto, más de siete millones de venezolanos alzaron su voz.

El dirigente de la alianza Soy Venezuela, exalcalde y expreso político, Antonio Ledezma, publicó un mensaje. En él, además de recordar el dieciséis de julio, plantea una ruta para lograr la salida del dictador Maduro. Según dice, la Asamblea Nacional debe jugar un papel esencial en esa ruta.

“Hoy 16 de julio es un día histórico para todos los venezolanos. Un día inolvidable. Y por eso, es ocasión para rendirle un tributo al valeroso pueblo venezolano. El gran protagonista de esa jornada, épica, que deja un punto significativo marcado en la historia de Venezuela y de nuestro continente”, dice Ledezma.

“A ese pueblo, que salió a las calles el 16 de julio del año 2017, y un reconocimiento a los miles de venezolanos que, por razones que todos conocemos, han tenido que huir de la tragedia, del martirio, que sobrellevan millones de compatriotas, deambulando”, agrega.

Luego, el líder de Soy Venezuela y jefe del partido Alianza Bravo Pueblo, recuerda muchos de los atropellos de la dictadura chavista contra la ciudadanía: las manifestaciones, la crisis humanitaria o la muerte de Franklin Brito, cuya protesta de huelga de hambre, por una propiedad que le expropiaron, lo llevó a la muerte. También, mencionó el asesinato de Óscar Pérez y su grupo de rebeldes.

“Es una hora de reconocimiento y de homenaje póstumo a los estudiantes, a los escuderos. A las mujeres y hombres, muchachas y muchachos de todos los sectores de Venezuela, que murieron en marcha. Que fueron arrinconados por el oprobio y por la ignominia”, dice.

Por último, Antonio Ledezma propone a los venezolanos, remar en la misma dirección.

“¿Es que acaso es muy difícil comprender que lo urgente es salir primero de la dictadura para luego hablar de elecciones presidenciales y candidaturas? Es la hora en la que todos tenemos que estar comprometidos en luchar para desalojar al dictador del poder. Para vencer a las mafias”.

El exalcalde metropolitano de Caracas, asegura que se debe continuar la ruta esbozada en el plebiscito del año pasado: hay que sustituir al dictador, exigir a los militares acompañar a la sociedad y renovar las instituciones chavistas.

“Este es un momento de relanzar la lucha cívica. Al lado del pueblo y con el único compromiso de hacer resplandecer de nuevo la luz de la paz, del progreso y la esperanza”, espeta Antonio Ledezma.

Y, en su cuenta de Twitter, el dirigente señaló su senda: “1. Cubrir vacante de Maduro. 2. Designar nuevos poderes públicos. 3. FAN debe acatar Constitución Nacional. 3. Intervención humanitaria para desarrollar concepto de responsabilidad de proteger. La Asamblea Nacional tiene la palabra”.

Hace una clara referencia al enjuiciamiento del Tribunal Supremo de Justicia contra Nicolás Maduro, y la responsabilidad de los diputados de suplir la ausencia que deja el dictador.

Es, entonces, otra de las voces que se alza para presionar al Parlamento. Que le exigen que admita el juicio y, en consecuencia, proceda a nombrar un Gobierno de transición, que sea apoyado por lo que él llama “intervención humanitaria”.

¿Qué puede producir un cambio?por Luis Vicente León – ProDaVinci – 8 de Julio 2018

lvl-300x359Hay muchos estudios sobre las condiciones necesarias para producir los cambios desde las autocracias a las democracias. La mayoría coincide en que estos no se producen por crisis económica, aunque pueda ser un condimento.

No es cierto que, cuando un país entra en barrena, basta sentarse a esperar el desenlace, rascándose la barriga o desperdiciando el tiempo en ataques furibundos desde los medios y redes sociales. Eso es pura paja. Los cambios políticos se producen por crisis políticas y, en la mayoría de los casos, no son eventos espontáneos. Los elementos necesarios para el cambio son conocidos: 1) liderazgo creíble y fresco, 2) articulación opositora y 3) acción y participación masiva. Tres vacíos que en Venezuela paran los pelos.

Con respecto al liderazgo opositor, me parece que no hace falta convencer a nadie de que hay un problema monumental. No se trata de una crítica o ataque a quienes han hecho su mejor esfuerzo para conducir las acciones opositoras hasta ahora. Arranco por decir que dirigir a la oposición aquí es una actividad de alto riesgo, que supone sacrificios de vida, persecuciones, amenazas, posibilidad de cárcel, pérdida de patrimonio, afectación de la familia y exilio, sin contar con los ataques demoledores de los propios opositores, que suelen ser aún más despiadados que los verdaderos enemigos (imaginen que han sido capaces de atacar y vilipendiar a Laureano, que ha sido un opositor insigne, impecable y comprometido, para entender qué pueden hacer con el resto, que no piensa como ellos o los ven como un competidor interno).

Pero no hay que ser muy perspicaz para entender que los liderazgos opositores, con sus virtudes, esfuerzos, sacrificios, aciertos, y también errores, conflictos, contradicciones y desaciertos, están desgastados y no generan ni la confianza ni la motivación necesaria. Desde los líderes opositores más inteligentes, estructurados y serios, hasta los loquitos y loquitas de carretera, que tratan de conectar masas con gritos, insultos, ofertas y amenazas increíbles, inventos de épicas martirizantes y ladridos de perro echado, todos están desconectados de quienes quieren cambio, pero no con ellos, abriendo las compuertas para el surgimiento de outsiders. Puede resultar injusto, pero así es la política. Simplemente, no son los líderes que conectan ya a la población. No generan esperanza de cambio, ni establecen lineamientos racionales y accionables, ni hacen soñar a la gente con la que sí se puede, ni provocan unidad a su alrededor.

La articulación opositora es otra tarea pendiente y ya no depende de una negociación entre los partidos y líderes opositores, sino del surgimiento de una propuesta que alinee a su alrededor a las mayorías, elevándose respecto a sus contrincantes a tal nivel que quien no lo siga se queda como la guayabera: por fuera. Ya no parece haber espacios para la articulación negociada de la oposición (y conste que sigo pensando que la solución del país pasará por una negociación al final de toda esta historia). Pero, internamente, en la oposición lo que queda es la articulación inducida por el despegue de un líder o propuesta que se adueñe de los sueños de la gente y presione a los demás a seguirlo por supervivencia.

Finalmente, no hay cambio sin que la gente participe y actúe en la defensa de sus derechos. La presión será efectiva cuando las masas actúen en conjunto y obliguen al abusador a respetarla. La comunidad internacional es una ayuda, pero no un sustituto de la acción interna. Si la oposición no logra que la gente se articule para provocar los cambios, es probable que se articule espontáneamente, pero para recibir las migajas de quien las tiene. Y, entonces, simplemente será mucho más largo y difícil el cambio.

 

¿Para qué serviría la justicia transicional en Venezuela?por José Ignacio Hernández – ProDaVinci – 6 de Julio 2018

justicia-150x150.jpgEn días pasados, la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, presentó ante la Asamblea Nacional un proyecto de “Ley de Amnistía”, cuyo propósito básico es otorgar beneficios penales a aquellos funcionarios que decidan colaborar con el restablecimiento del orden constitucional.

Esta idea no es nueva. Así, más que una amnistía, pareciera que la fiscal está refiriéndose a lo que se conoce como “justicia transicional”, cuya finalidad es crear condiciones favorables para promover una transición de regímenes autocráticos a regímenes democráticos. En el pasado, esta idea ha sido promovida por la Asamblea Nacional y por diversas ONG. En general, el tema de la transición democrática en Venezuela ha venido siendo estudiado, entre otros, por el Centro de Estudios Políticos de la UCAB, así como por el profesor Miguel Mónaco, en un artículo publicado aquí en Prodavinci.

Tomando como referencia casos comparados de transiciones democráticas, convendría analizar cuál sería el rol de la justicia transicional en Venezuela.

¿Qué es una transición?

Siguiendo la definición de O’Donell y Schmitter, la transición puede definirse como el intervalo entre un régimen político y otro. Por ello, la transición democrática es el proceso por el cual un régimen autocrático da paso a un régimen democrático. La transición se considera exitosa si la democracia logra establecerse de manera permanente, al menos, con condiciones mínimas o básicas.

Este concepto aclara varias ideas. La primera de ellas es que el cambio de autocracia a democracia no siempre es instantáneo; por el contrario, se trata de un cambio gradual en el cual el régimen autocrático es desmontando al mismo tiempo que el régimen democrático es construido. Por ello, la segunda idea es que es difícil marcar el momento en el cual se inicia el paso de una autocracia a una democracia. La tercera idea está asociada con la imperfección: la transición implica que el régimen democrático no será instalado de manera pura, sino que, por el contrario, se irá construyendo sobre la base de instituciones autocráticas.

La gradualidad de la transición puede justificarse por dos causas. La primera está asociada a las condiciones políticas que impiden un cambio súbito de la autocracia a la democracia. La segunda se refiere al éxito del proceso: cambios súbitos suelen generar regímenes democráticos inestables. Como señala Popovic, el objetivo final no es sólo promover un cambio político, sino establecer un Gobierno democrático permanente.

¿Por qué se inicia una transición?

Acemoglu y Robinson, junto a otros autores, han concluido que los gobernantes autocráticos sólo deciden ceder el poder cuando calculan que luego del cambio podrán estar en una posición igual o mejor a la que tenían durante la autocracia.

Por ello, las transiciones están asociadas a cambios que afectan el poder que el régimen autocrático ejerce, lo que le lleva a aceptar cambios hacia un régimen democrático en la medida en que ese cambio pueda preservar sus propios derechos, tal y como North y otros han señalado. De allí surge el concepto de pacto, como el acuerdo que promueve la cooperación entre diversos actores políticos con intereses y posiciones disímiles, para organizar una transición beneficiosa para todas las partes.

Una ecuación matemática

Robert Dahl resumió todas estas ideas al señalar que la democratización comienza cuando se logra aumentar los costos de represión y disminuir los costos de tolerancia. Vamos a explicar en términos sencillos esa ecuación.

Un gobernante autocrático manda por el uso de la fuerza y de la coacción, y no por la legitimidad de elecciones libres y transparentes. Pero, por más poder que tenga, el gobernante necesita de personas que cumplan sus órdenes, como por ejemplo, funcionarios policiales y judiciales. Estos funcionarios –y las instituciones a las cuales pertenecen- son llamados “pilares de soporte”, pues ellos soportan al régimen autocrático. La base de tales pilares es, por ello, el deber de obediencia.

Por lo tanto, para iniciar la transición, lo primero que hay que hacer es minar esos pilares, para lo cual es preciso aumentar el costo de represión, o sea, el costo de los funcionarios del régimen autocrático de seguir apoyando medidas que consoliden el autoritarismo. Esto se logra, por ejemplo, con amenazas de sanciones, en especial, en el ámbito internacional.

Pero no basta con aumentar el costo de represión. Además, es necesario disminuir el costo de tolerancia. ¿Y eso qué significa? En términos sencillos, ello implica que es necesario promover que los funcionarios del régimen dictatorial sean aceptados e incluidos en el nuevo gobierno democrático. Ningún funcionario de la dictadura va a colaborar con el restablecimiento de la democracia si a cambio obtendrá la cárcel. Por el contrario, ese funcionario tendrá incentivos de colaborar si obtiene ciertos beneficios que garanticen sus derechos luego de la transición.

La justicia transicional

Ahora estamos en posición de explicar qué es la justicia transicional.

Retomemos lo antes señalado. Imaginemos una dictadura en la cual la sociedad civil ha logrado incrementar los costos de represión, pero, a la par, han aumentado los riesgos de penas y sanciones, o sea, han incrementado los costos de tolerancia. En ese escenario es difícil que se inicie un proceso de democratización, pues los funcionarios del régimen autocrático tenderán a no apoyar un cambio que podrá conducirlos directamente a la cárcel.

Precisamente, para evitar ello, existe la justicia transicional. Se trata de un mecanismo de justicia orientado a investigar crímenes cometidos por funcionarios de regímenes dictatoriales, a los fines de restaurar la dignidad de las víctimas y otorgar mecanismos de reparación efectivos, pero bajo beneficios penales a los funcionarios que decidan contribuir con el restablecimiento de la democracia. Esos funcionarios no serán objeto de penas privativas de libertad, o en su caso, serán objeto de sanciones atenuadas, precisamente, por su contribución a la transición democrática.

La justicia transicional es el término medio entre la amnistía y la justicia penal. Así, de la justicia penal toma la posibilidad de investigar crímenes cometidos para reparar a las víctimas y de la amnistía toma los beneficios penales. Sin embargo, mientras que la amnistía implica el olvido del delito cometido, la justicia transicional implica determinar la verdad de las violaciones cometidas por los funcionarios de la dictadura.

¿Por qué la justicia transicional implica beneficios penales? Ello se justifica para disminuir los costos de tolerancia. Así, un funcionario estará más dispuesto a colaborar con la transición si sabe que el nuevo régimen democrático no lo pondrá en la cárcel. Por ello, en la justicia transicional, la imposición de penas se sacrifica por un objetivo superior: asegurar la transición democracia estable y, con ello, la reconciliación.

¿Implica la justicia transicional impunidad? No. La impunidad supone que determinado crimen no será investigado. En la justicia transicional, los crímenes son investigados, las víctimas son reparadas y, eventualmente, los culpables tendrán alguna consecuencia, que no será, sin embargo, las penas privativas convencionales.

Pero no todos los crímenes pueden ser objeto de estas medidas. Graves crímenes de lesa humanidad –como los tipificados en el Estatuto de Roma– deberían tener un tratamiento distinto.

Con lo cual, en resumen, una Ley de Justicia Transicional podría ser parte de una estrategia mayor, a saber, para diseñar y promover un proceso de transición hacia la democracia en Venezuela. De allí la pertinencia de discutir este tema.

 

La transición en Venezuela es posible pero no estamos “condenados” a ella – TalCual – 3 de Julio 2018

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Durante la 74° Asamblea Anual de Fedecámaras, el analista de Políticas Públicas *Michael Penfold* se refirió a cómo una transición política en Venezuela es posible pero no ocurrirá por sí sola ni por la mera presión económica o internacional

Mientras Julio Borges dice que Venezuela está “condenada” a ser un país libre y que el cambio político es “inevitable” e incluso “inminente”, el analista Michael Penfold no se anda con rodeos y hasta se atreve a pinchar algunos globos a quien crea la retórica de que el cambio es inevitable, que el sistema “ya no aguanta”, que falta un empujoncito o que Maduro está caído pero él no se ha enterado.

Es la manera que tiene profesor del Centro de Políticas Públicas del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA) de *alertar sobre los peligros de quedarse esperando a que tales escenarios simplemente lleguen, ocurran*. Así lo planteó un día después de que Borges afirmara que el gobierno va a colapsar y la oposición estará lista para entonces encabezar una transición.

Penfold, doctor en Políticas Públicas expuso, durante su participación en la asamblea anual 2018 de Fedecámaras, que pensar que la catástrofe económica barrerá con el gobierno es ingenuo, especialmente porque “los sistemas autoritarios no son tan vulnerables a los factores económicos y sociales como los sistemas democráticos”.

Insistió en que “la transición no es solo un problema de legitimidad sino de alternativas”. Por tanto, hay que construirlas. Por eso enfatizó que *para lograr el cambio político hace falta: 1) el quiebre de la coalición dominante, 2) ofrecer una alternativa creíble e incluyente, 3) motorizar el apoyo internacional y 4) reducir los costos de salidas.*

Pero nada de eso será posible si no se producen escenarios de encuentro entre todos quienes desean la llegada de esa transición. *“No hay forma de salir de esta crisis sin altísima cooperación política. Hay muchos factores compitiendo creyendo que van a dominar una transición. No podrán. Hay que cooperar para reinstitucionalizar al país. Solo así se podrá enfrentar la estabilización”*, apuntó el académico.

Penfold llamó a no desestimar al contrario. “El chavismo no es un pie de página de la historia”, soltó.

A partir de allí, puntualizó los factores que complican el quiebre del oficialismo: se trata de un régimen autoritario de carácter hegemónico, que tiene control político sobre la renta petrolera en un petroestado y ejerce control social de la acción ciudadana “mediante la salud, la vivienda y la comida”. Además, entra en juego la corrupción “que es tan grande que cualquier cambio pasa por abordarla inteligentemente”. Se refiere, claro, a los incentivos para quienes han hecho de la acción del Estado y los enriquecimientos a través de la economía negra un modus vivendi.

La construcción del cambio político pasa por tragar grueso. Entender que sin incentivos para el quiebre, o con costos de salida muy alto las oportunidades de que ocurra serán menores. A juicio de Penfold, al ser el actual un sistema hegemónico y no solo uno autoritario militar, lograr el quiebre de la coalición es más difícil.

Insistió el director de Strata Apoyo Empresarial que *la presión internacional es necesaria, pero pasa por la existencia de presión interna.* “Las sanciones pueden obligar a buscar una salida pero también incrementan los costos de salidas y suelen no ser muy eficaces en procesos de democratización”, añadió.

En eso coincidió con el diputado Miguel Pizarro, quien aprovechó su intervención en Fedecámaras para afirmar que *“afuera pueden presionar, ayudar, pero sí aquí adentro no hay fuerza, movilización, activación, reclamo, aquí no va a haber cambio”.* El parlamentario insistió además en que la clase política debe ser autocrítica: “Los políticos no estamos para ser analistas de la realidad sino para marcar caminos”.

De igual forma, Pizarro condenó que los partidos políticos “mantengan la discusión estúpida de cuál es mas grande en un país donde no pueden competir. Merecemos mejor politica y mejores políticos. Hemos sido sumamente ineficaces en la construcción de expectativas y hemos terminado construyendo frustraciones”, admitió.

Según Penfold, el abordaje de la crisis política debe ser multifactorial, con estrategias combinadas y “con algo de alquimia”.

Por eso insistió en que sin protesta social es imposible el cambio, pero solo con protestas tampoco; que la negociación por sí misma no genera el cambio, pero que es ilusorio pensar que sin negociación se puede llegar a ella; que es ingenuo pensar que el gobierno va a entregar solo por la vía electoral, pero sin la vía electoral también es imposible transitar el cambio.

Mientras tanto, la conflictividad social aumenta, sin guía, desperdigada, sin la tan mentada conducción política que se ha afirmado hace falta desde hace un lustro; dicho incluso por los propios dirigentes opositores que describen más que lideran.

Penfold añadió que “el país no está en paz. Hay tantos saqueos como el julio del año pasado. Las protestas han caído, pero en estos dos meses van subiendo. Hay días con más de 30 protestas sociales, fundamentalmente de temas reivindicativos y de servicios públicos”. Todo ello en un país donde la salida ya no necesariamente es por Maiquetía, como se decía hasta que la emigración la protagonizan los buses.

“Hace un año atrás la opción de irse era más atractiva porque con 12 salarios integrales ahorrados se podía viajar a Perú. Ahora hacen falta 240 salarios mínimos integrales. Entonces protestar es más atractivo”, puntualizó el experto.

 

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