elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Transición

¿Salir de esto a como dé lugar? – Editorial Revista SIC – Noviembre 2018

download.jpg

Estamos tan mal como país, está todo tan destruido, el Gobierno está tan atornillado en el poder y es tan impostergable salir de esto, que tenemos que salir a como dé lugar?

Plantear cómo salir de esto, porque no se puede salir de cualquier modo, y adónde salir, porque no da lo mismo cualquier reemplazo ¿son en verdad exquisiteces que hay que postergar para concentrarse en lo verdaderamente decisivo, que es salir de este régimen?

Creemos que muchos conciudadanos están tan afectados por la devastación que este régimen ha causado en cada uno de los ámbitos del país, desde la vida de las personas –porque es verdad que la vida no vale nada–, hasta la economía –porque está destruida–, lo mismo que la convivencia, o la educación, o la salud, o el transporte, que solo anhelan que se acabe esta pesadilla.

Nosotros estamos igualmente afectados hasta lo más profundo de nosotros mismos, porque nunca nos habíamos imaginado que podíamos caer tan bajo como país. Pero no estamos de acuerdo en que debemos jugarnos todo a una sola carta. Porque nos puede suceder que después de que salgamos, sigamos lamentándonos de que, aunque salimos de la pesadilla, no hemos mejorado sustancialmente y los que han venido están tan atornillados como los de antes, aunque sea con otros métodos, menos directos, pero, en el fondo, tal vez tan crueles o más.

QUE CUANDO REINA EL MAL, NO TENGA PODER SOBRE NOSOTROS

Nosotros creemos que lo más decisivo que tenemos que hacer en nuestro país para estar a la altura de la situación, y así poder discernir qué hacer para responder a ella realmente, es empeñarnos en que nosotros y nuestros conciudadanos lleguemos a adquirir una consistencia personal realmente sólida, de manera que nuestra libertad se libere y la situación, que nos afecta tanto, no nos influya nada, porque nuestra vida sale de lo más genuino de nosotros mismos. Solo si hoy somos capaces de vivir de ese modo realmente humano, podremos arbitrar una verdadera alternativa superadora, a la que llegaremos gradualmente y que nunca estará completamente consolidada.

Por eso, aunque nos alegramos profundamente de que muchas parroquias y comunidades religiosas y otros organismos de la Iglesia estén haciendo más de lo que pueden para enfrentar la emergencia humanitaria, dando comida a muchos que no tienen con qué y consiguiendo medicinas a personas que, si no, se morirían, creemos que sin omitirlo, lo primero que nos pide Papadios en esta situación es abrirnos lo más que podamos y cada día más para recibir su relación y la de Jesús y para corresponderlos y aplicarnos a discernir el Espíritu y seguir su impulso y ayudar a los más que podamos a hacer lo mismo. Y desde esas relaciones fundantes, fomentar en nosotros y en los demás las relaciones de fraternidad con todos, privilegiando a los pobres y sin excluir a quienes excluyen. Cuando estas relaciones lleven la voz cantante, seremos libres respecto de la situación, aunque nos afecte hasta matarnos de mengua, de enfermedades desasistidas o de una bala asesina.

No nos adensaremos como personas a base de puro voluntarismo. Es imprescindible fomentar estas relaciones de hijos y de hermanos. Tenemos que descansar en Papadios hasta poder decir, como Jesús, que “no solo de pan vive el ser humano” sino de la relación con él y los hermanos.

No es fácil confiar en Papadios cuando parecería que vivimos, como Jesús en el Huerto, “la hora del poder de las Tinieblas”. Pero si, como él y con él, perseveramos en la relación, llegaremos a entregarnos a su voluntad, que no es, obviamente, que se impongan las Tinieblas, pero sí que cuando reina el mal, no tenga poder sobre nosotros porque somos capaces, como Jesús, de vencer al Mal a fuerza de bien.

HOY MUCHA GENTE VENCE AL MAL A FUERZA DE BIEN

Tenemos que decir con alegría que eso está sucediendo, sobre todo en gente popular que, no teniendo cómo vivir, vive, no solo se sobrevive, sino que vive en plenitud en medio de su estrechez y de un esfuerzo más allá de sus fuerzas. Estas personas son capaces de ir más allá de sus fuerzas porque viven obedeciendo al impulso del Espíritu, que mueve desde más adentro que lo íntimo de cada uno. Por eso es verdad que estas personas viven de milagro. En medio de su debilidad, viven humanamente y ponen humanidad por donde pasan. También viven así profesionales solidarios, por ejemplo, muchos médicos y profesores que trabajan, obviamente que para vivir, pero mucho más para ayudar con lo que pueden a dar salud y elementos para desenvolverse en la vida con dignidad. Estos también se sienten frecuentemente extenuados, pero les compensa la alegría de dar de sí, de darse a sí mismos; porque, como decía Jesús, “hay más alegría en dar que en recibir”.

CONSTRUIR UNA ALTERNATIVA SUPERADORA

Ahora bien, desde este empeño que no ceja, Dios nos está pidiendo también que nos dediquemos a pergeñar y construir una alternativa superadora.

En tiempos de Jesús, como no había democracia política porque mandaba inconsultamente el emperador de Roma, la alternativa solo podía tener como ámbitos a las personas, a las familias y a grupos y asociaciones, siempre que tuvieran poca visibilidad social. Hoy tenemos que comenzar, como hemos insistido, por lo personal; pero desde ahí tenemos que transformar todos los demás ámbitos; ante todo la familia y las demás comunidades primarias, para los cristianos las comunidades cristianas de base, comunidades de vida, el vecindario, el lugar de trabajo y las asociaciones en las que estemos implicados.

En todas ellas tenemos que fomentar la cultura de la democracia, que comprende los siguientes elementos: todos tenemos que hablar con verdad y responsabilidad; tenemos que escucharnos descentrándonos y dando lugar a los demás; tenemos que dialogar buscando entender lo que se trae entre manos y entendernos los participantes. Tenemos que tomar decisiones que expresen a ese nosotros que es la comunidad o el grupo, y tenemos que realizar cada uno responsablemente aquello a lo que nos comprometimos; tenemos que evaluar en conjunto, poniendo por delante los fines trascendentes que nos convocan; desde ellos tenemos que ser capaces de procesar los conflictos buscando no salirnos con la nuestra, sino el bien del grupo y de cada participante; tenemos también que celebrar el don sagrado de la vida de la que participamos y los logros del grupo.

Solo desde este modo de proceder, llegaremos a una verdadera democracia política. Que tenemos también que trabajarla para que no se quede en lo meramente procedimental, sino que contenga el bien común, no el de los que se han cogido el poder y sus comparsas, ni tampoco el del capital –como sucede a nivel mundial–, y que configure un verdadero Estado de derecho, con una verdadera separación de poderes; con apoyo a la empresa que acepte su responsabilidad social, que nada tiene que ver con la propaganda corporativa; con seguridad social y siendo el gobierno responsable ante la ciudadanía, incluso a nivel administrativo y penal.

Así pues, no es el momento de aprovecharnos de la situación prevalidos de la impunidad, ni tampoco de vivir para llorar el bien perdido, ni menos aún de llamar a los amos del dinero y de las armas para que nos salven de los ineptos corruptos. Es hora de vivir con dignidad, como verdaderos hijos de Dios y como hermanos de todos, vivir fomentando lo más genuino nuestro, vivir libres de corazón en el seno de la tiranía, libres para vencer al mal a fuerza de bien; no para buscar rencorosamente el mal de los que nos hacen tanto mal, sino para vencerlos a fuerza de bien.

Y para buscar con esta actitud una alternativa superadora. Que el Señor nos acompañe.

A la comunidad internacional por José Ignacio Guédez – La Patilla – 5 de Noviembre 2018

El régimen de Nicolás Maduro devino formalmente en una dictadura militar luego de desconocer la eleccion parlamentaria anulando la Asamblea Nacional y sustituyéndola por una Constituyente electa ilegítimamente sin referéndum popular ni voto universal.

Actualmente en Venezuela hay cientos de presos políticos, muchos de ellos torturados, y miles de perseguidos que tienen alguna medida judicial por razones políticas, más allá de prácticas de sometimiento generales como la anulación de pasaportes o el impedimento de renovarlo. No en vano se activó contra el tirano un juicio en la Corte Penal Internacional, en el que se tiene evidencia de asesinatos viles como los cometido contra manifestantes pacíficos el año pasado, o el más reciente y cruento contra el concejal Albán. En esta materia, el valiente joven Lorent Saleh desterrado hoy en España, es testimonio viviente del terrorismo de Estado que impera hoy en Venezuela.

Es por esto que no podemos calificar sino de amenaza de muerte, las declaraciones recientes de Nicolás Maduro contra los dirigentes de nuestro partido Américo de Grazia y Andrés Velásquez, ordenando su desaparición y extinción luego de hacer unas acusaciones irresponsables que solo buscan tapar los crímenes cometidos por la cúpula gobernante en lo que respecta al Arco Minero, donde se ha cometido de forma sistemática un ecocidio y genocidio con la participación activa y comprobada de grupos guerrilleros colombianos como el ELN.

Adicional a lo anterior, es evidente también el secuestro institucional hecho por el régimen al ente electoral, perpetuando fraudes electorales consecutivos, siendo el último el simulacro de elección presidencial que no fue reconocido ni por el pueblo que venció el chantaje y se abstuvo, ni por la gran mayoría de la comunidad internacional. El caso es que según nuestra Constitución el próximo 10 de enero comienza un nuevo periodo presidencial y debe juramentarse a un nuevo mandatario escogido en elecciones libres, lo que no va a ocurrir mientras siga usurpando el poder el dictador. Tal situación obliga a restituir la democracia por cualquier vía, tal como rezan los artículos de nuestra propia constitución que al respecto señalan:

“Artículo 333: Esta Constitución no perderá su vigencia si dejare de observarse por acto de fuerza o porque fuere derogada por cualquier otro medio distinto al previsto en ella. En tal eventualidad, todo ciudadano investido o ciudadana investida o no de autoridad, tendrá el deber de colaborar en el restablecimiento de su efectiva vigencia.
Artículo 350: El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”.

Este es único parámetro concreto que existe para guiar un proceso de transición, entendiendo en primer lugar que la restitución de la vigencia de la constitución es un deber de todos y que no es negociable. Esto lo digo para quienes privilegian una negociación sobre el cumplimiento de la constitución. Que quede claro que tanto un referéndum aprobatorio de un nuevo texto constitucional propuesto por este adefesio constituyente, como una juramentación en cualquier circunstancia del dictador, son netamente inconstitucionales y deben ser desconocidos. Lo que aplica es colaborar con el restablecimiento de la efectiva vigencia de la constitución como dice el citado artículo 333, y el desconocimiento abierto tanto de un nuevo texto constitucional como de un nuevo periodo del dictador como ordena el 350.

Los venezolanos no queremos concesiones, sino derechos. No merecemos menos que democracia, la misma que tienen los demás países. No se trata de soltar unos presos para que sus celdas la ocupen otros, o de un canal humanitario para que siga el saqueo de parte de la misma cúpula corrupta, o de simular un respeto a la Asamblea Nacional mientras exista un poder supraconstitucional por tiempo ilimitado. Se trata de restituir la vigencia plena de la constitución para que cese la persecución de raíz y para que el pueblo recupere su derecho de cambiar y tener el Gobierno de su preferencia con elecciones libres y en condiciones justas.

La Asamblea Nacional puede llenar el vacío y conducir la transición en Venezuela, pero no es de su atribución expresa ni mucho menos exclusiva, toda vez que los precitados artículos le ortogan esa tarea a todos los ciudadanos “investidos de autoridad o no”. En este sentido deponer la dictadura para convocar elecciones generales debe ser la agenda de la población civil y militar comprometida con la democracia, con el apoyo activo de la comunidad internacional. Ninguna negociación cupular con cómplices que toda dictadura es capaz de fabricar, podrá sustituir el derecho a vivir en democracia y en el marco de un Estado de Derecho con garantías ciudadanas.

Sobre la amenaza a nuestros dirigentes responsabilizamos directamente a Maduro de lo que pueda pasarles y le solicitamos a la comunidad internacional la atención y protección debida ante esta peligrosa situación, al tiempo que ratificamos nuestro compromiso con la lucha por la libertad de Venezuela.

Sobre la naturaleza del conflicto político venezolano por Michael Penfold – ProDaVinci – 1 de Noviembre 2018

AFP-Venezuela-flag-Parra-150x150.jpg
Para Teodoro Petkoff In Memoriam

Desde hace algunas semanas atrás viene revoloteando en el ambiente político venezolano algo que trasluce como el principio de una posible nueva negociación. O, por lo menos, la revelación de algunos actores, tanto nacionales como internacionales, que asoman querer entrar en un espacio que abra con mayor certeza esa posibilidad. Todo esto ocurre en un momento en que la terrible muerte del Concejal Albán —que aconteció en las ergástulas de las oficinas de inteligencia del Gobierno— nos recuerda el lado más oscuro de un régimen que profundiza sistemáticamente la persecución y la violencia política.

Entre la evidencia informativa de que algo efectivamente está en movimiento destacan la visita a Caracas del senador Corker de los Estados Unidos, las declaraciones del canciller de España hablando del 10 de enero de 2019 como la fecha de vencimiento de la legitimidad de origen de Maduro, el anuncio de la directora de Relaciones Exteriores de la Unión Europea explicando la imperiosa necesidad de buscar acuerdos sin dejar de aumentar la presión internacional en caso de que fuese necesario, el anuncio de Bruselas de la creación de un Grupo Contacto para Venezuela, cuyo objetivo sería explorar las bases para una potencial mediación; la activación del Grupo de Boston como punto de encuentro entre chavistas y opositores, las palabras de algunos voceros de oposición sobre la importancia de entrar en una negociación que permita fijar una nueva elección presidencial con condiciones justas y transparentes, el rechazo de otros actores a repetir una ronda sin que haya acuerdos previos que sean verdaderamente sustantivos, e incluso el reconocimiento de algunos líderes —que hasta hace poco estaban completamente renuentes a la posibilidad de un acercamiento— que dicen ya haber entrado en contacto con facciones internas del chavismo.

Todas estas afirmaciones hacen pensar que algo está pasando, que muchos factores, bastante disímiles entre sí, andan construyendo túneles para abrir la comunicación política entre diversos grupos. Los partidos, como los topos, han terminado cavando pasos subterráneos, muchas veces de forma paralela, para poder intercambiar puntos de vista sin ser observados. Como resultado de esta mancilla todos prefieren mimetizarse, pues saben que la simple sospecha de que una ronda de acuerdos con el chavismo pudiese llegar a ocurrir causaría un enorme escozor, ante una opinión pública que ve cualquier transacción como una traición irreparable.

Es indudable que en Venezuela existen muy buenas razones para pensar de antemano que cualquier nuevo intento de negociación es una pésima idea. Las experiencias previas con dichos procesos terminaron más bien por desprestigiar a los partidos políticos que de buena voluntad decidieron participar en ellos, hundió en la desesperanza a la población que avaló la idea de buscar acercamientos, y también condenó al escepticismo a la misma comunidad internacional que los ha promovido. En el pasado, el Gobierno ha utilizado muy hábilmente a la negociación como una táctica para ganar más tiempo en su esfuerzo por posponer la entrega del poder y dividir al liderazgo opositor. En cada uno de los episodios en los que se abrió un compás para intentar alcanzar algunos convenios, el proceso culminó con un deterioro aún más acentuado de las condiciones políticas y económicas del país.

Los malos frutos están a la vista. La mesa de negociación que lideró El Vaticano en noviembre de 2016 le permitió al chavismo la posibilidad de bloquear el referéndum revocatorio. Esa suspensión fue una violación constitucional, que estuvo seguida por la inhabilitación judicial de la Asamblea Nacional y que abrió el camino para profundizar la cruel represión de las protestas ciudadanas. La negociación que lideró el expresidente Rodríguez Zapatero en República Dominicana, en marzo de 2018, culminó abruptamente sin acuerdos, y llevó a un evento electoral sin ningún tipo de reconocimiento internacional, con la ilegalización de los principales partidos políticos de oposición, con el exilio forzado del antiguo presidente de la Asamblea Nacional y con un mayor recrudecimiento del autoritarismo.  De modo que cada una de esas mesas se cristalizó en decepciones, que se han traducido a su vez en un mayor abatimiento general. ¿Para qué insistir en este tipo de alternativas?

La pregunta no es retórica. Esto es exactamente lo que argumentan aquellos que nos recuerdan que cualquier negociación en Venezuela no sólo es inmoral, sino estructuralmente imposible. Un tercer episodio de acercamientos tan sólo terminaría por deteriorar aún más las frágiles condiciones de lucha de las fuerzas democráticas del país. La alternativa es esperar. Incrementar la presión internacional. Elevar las amenazas creíbles. Dejar que el tiempo, conjuntamente con el deterioro de las condiciones socio-económicas, produzca un quiebre interno del chavismo. Tan sólo en un eventual momento de ruptura será conveniente negociar.

¿Pero por qué Maduro permanece en el poder a pesar de que la crisis ha adquirido proporciones ciclópeas? Muchos insisten en que las fuerzas oficialistas se van a terminar debilitando con la próxima ola de presiones internacionales —ayer encabezados por Macri o mañana por Duque y Bolsonaro—, así como con la aceleración hiperinflacionaria y la perpetuación de la crisis económica. Sin embargo, hasta ahora todos quedamos más bien sorprendidos ante la capacidad de resistencia del régimen. Eso no quiere decir que un evento en un futuro próximo no pueda ocurrir, pues es evidente que podría suceder, pero quizás también sea conveniente preparase o planificar lo que también se puede presumir con una altísima probabilidad: que el conflicto político permanezca incólume. ¿No será que una vez que suavicemos ese supuesto haremos nuevamente relevante a la lucha interna y nos obligue a planificar otro escenario?  ¿No será acaso que nos hemos equivocado, tanto chavistas como opositores, en la concepción del tipo de conflicto que vivimos en el país y que, sin importar el escenario, siempre vamos a terminar en una negociación?

La visión compartida de ambos bandos es que el conflicto político venezolano es por su propia naturaleza uno de desgaste y que es, además, temporalmente finito: alguien terminará por imponerse. Ante esa realidad, el juego del Gobierno es desmantelar la institucionalidad democrática, movilizar recursos para reprimir la protesta social, elevar capacidades para desarbolar cualquier amenaza interna o externa, incrementar las rentas económicas a sus aliados más cercanos y controlar directamente a la población. Todo esto siempre acompañado de algún barniz electoral que les permita mantenerse en el poder. Esta bárbara manera de ver la realidad política asume que, una vez que se alcancen todos estos objetivos, el país va a quedar en paz, sin oposición y con mucha revolución por delante.

Sin embargo, para sorpresa del propio chavismo, esa rotunda victoria nunca ha sido definitiva a pesar de haber logrado cada uno de los objetivos que se propusieron. La oposición, aunque disminuida y reprimida, no desapareció. Las sanciones internacionales se incrementaron. El declive del sector petrolero se aceleró. La hiperinflación explotó. El acceso al financiamiento internacional se cerró. Las elecciones del 20-M no fueron reconocidas. Y las protestas sociales aumentaron. Es así como, aun logrando mantener el poder, el conflicto de desgaste para el chavismo nunca llegó a producir un triunfo irreversible.

La oposición mantiene una visión similar sobre la naturaleza del conflicto político venezolano. Para derrotar al chavismo, y restaurar la democracia, es fundamental construir todo tipo de opciones que incrementen los costos de la coalición dominante asociados a mantenerse en el poder. Para ello la clave es deslegitimar y construir amenazas internacionales con un alto grado de credibilidad que hagan ver que si no hay concesiones políticas, especialmente electorales, o, incluso, si no abandonan el poder, esas amenazas terminarán siendo implementadas.

El peso de las acciones internacionales, que implican explorar el uso de “todas las opciones que están sobre la mesa”, pasan a ser el principal eje de la actual estrategia disuasiva opositora. El supuesto central detrás de esta concepción es bastante simple: el aumento de los costos asociados a esas amenazas “obligará” a los chavistas a cambiar su comportamiento y posiblemente a negociar pacíficamente su salida del poder. Otro supuesto colindante de esta manera de ver el cambio político es que el deterioro de las condiciones internas, entre ellas la depresión económica, así como el colapso de la infraestructura básica del país, ineludiblemente van a llevar a una implosión política dado el incremento exponencial de las presiones sociales.

Hasta ahora todos estos supuestos no han producido los resultados esperados: el chavismo ha logrado atrincherarse con cierto éxito. La ruptura final no se ha producido —lo cual no quiere decir que pueda ocurrir más adelante—. Los militares parecieran mantenerse leales o han sido efectivamente purgados. La amenaza internacional tampoco termina siendo ni suficiente, ni perfectamente creíble. Y la presión social, aunque mayor, hasta los momentos no ha alcanzado una gran escala como para dinamitar el proceso político. Es indiscutible que el diseño y la ejecución de esta estrategia han disminuido reputacionalmente al chavismo en la esfera internacional y también ha reducido sensiblemente su campo de acción, pero es necesario comenzar a reconocer que tampoco lo ha dejado fulminado domésticamente. Alguien podría responder que es cuestión de tiempo y que, por lo tanto, hay que seguir aguardando.

El problema es que la idea de que este conflicto de desgaste es temporalmente finito, es decir, que va a tener un final relativamente pronto o incluso feliz, puede ser cuestionable. Entonces, ¿cuál es la verdadera naturaleza del conflicto político venezolano? Mi visión es que es un conflicto existencial sin término temporal. O lo que algunos psicólogos sociales conocen como un conflicto grupal marcado por “odios mellizales”. En la literatura sobre los conflictos sociales, este tipo de situaciones ocurren cuando las “heridas” de ciertos grupos comienzan a ser traducidos en “reclamos” y éstos, a su vez, son “ajustados” a través de distintos medios, pero nunca logran ser saldados completamente. En esta dinámica social, el enemigo que debe ser dominado logra resistir: nunca termina siendo derrotado.  En el fondo, es la historia de dos grupos filiales que están condenados a vivir juntos pero que preferirían que el otro no existiese o que fuese reducido a su mínima expresión. La tragedia de este conflicto consiste en que el “otro” encuentra imposible prescindir totalmente del “mellizo”, pues no sólo no lo puede eliminar, sino que, al tratar de hacerlo, deteriora su propia probabilidad de supervivencia.

La mejor solución a este tipo de conflictos es la construcción de instituciones fuertes que otorguen garantías mutuas a ambas partes indistintamente del tamaño social y político de cada grupo.  Este fue el conflicto que caracterizó a la transición sudafricana de los años ochenta, que no era otra cosa que el conflicto de una minoría blanca que pretendía ejercer un dominio de facto sobre el resto del país, pero que, al hacerlo, aumentó considerablemente los riesgos de terminar destruyendo su propia supervivencia debido a las crecientes presiones internacionales. Esta élite política, que tenía cómo mantenerse en el poder autoritariamente e independientemente de esas mismas presiones,  terminó aceptando que dependía del “otro” para poder construir instituciones lo suficientemente sólidas, que le permitiese preservarse y blindarse frente a cualquier amenaza futura. Esto fue lo que Nelson Mandela logró resolver tan magistralmente después de décadas de duras luchas sociales y políticas.

Quienes dicen que en el país no hace falta una negociación tienden a subestimar la posibilidad de que la nefasta situación actual se siga extendiendo en el tiempo. La negociación es más bien un instrumento valioso, que es necesario preservar y que requiere estar técnicamente bien conducido. Para todos los que vivimos aquí en Venezuela, y que padecemos el conflicto directamente, comienza a ser cada vez más evidente que el Gobierno puede seguir resistiendo tan sólo con hacer su coalición cada vez más pequeña, pero también cada vez más extractiva y cada vez más autoritaria y mejor alineada ideológicamente. La oposición también ha demostrado su capacidad de infligir daños internacionales al chavismo, cada vez más severos, pero todavía sin lograr su objetivo final. De modo que la posibilidad de que ambos grupos puedan construir una salida sin una negociación, por la vía del dominio, de la implosión o de un colapso, es algo que luce cada vez menos probable. Es más: que hayamos quedado traumados por las experiencias anteriores no hace que la negociación requiera ser desechada o que, por lo menos, deba ser planificada. Es fundamental reconocer que las heridas que el chavismo ha dejado son enormes y grotescamente graves, pero no por ellas un movimiento político que ha dominado la escena venezolana durante las últimas dos décadas va a desaparecer instantáneamente. Persiste. La oposición tampoco puede ser ignorada. También existe. El chavismo sabe que si esa misma oposición se vuelve a unificar llegaría a tener una amplia mayoría electoral.

Ante este panorama, sin garantías mutuas, visto con crudeza desde el chavismo, ¿para qué negociar unas condiciones electorales perfectamente justas y transparentes de unos comicios que inevitablemente perderían? El único atractivo para el chavismo de una negociación de ese tipo sería entregar condiciones parciales en materia electoral que les permita una razonable probabilidad de ganar a cambio que se les otorgue legitimidad internacional o entrar a obtener esas garantías plenas (incluyendo la remoción de las sanciones) a cambio de la reinstitucionalización completa del país.

Ambos resultados son diferentes. El primer escenario de esa negociación podría terminar en una sucesión para el chavismo (que podría presentar otro candidato), y si llegase a perder culminaría en una transición pacífica dominada por la oposición. La negociación sería un “replay” con algunos ajustes menores de las rondas anteriores pues los temas estarían centrados en los asuntos estrictamente electorales. Dentro del chavismo es cada vez más notorio cómo el Gobierno comienza a pasearse por la posibilidad de una segunda sucesión revolucionaria y para poder asegurar ese resultado necesita una nueva elección general con aval internacional y continuar promoviendo la división completa de la oposición. El chavismo se prepara, al menos se planifica, para ese escenario. Lo que es más difícil de anticipar es más bien cuál va a ser la repuesta opositora. Lo que sí es evidente es que en el plano normativo, si la negociación se va a centrar simplemente en lo electoral, el objetivo no puede ser otro que obtener todas las garantías y, muy especialmente, un nuevo Consejo Nacional Electoral independiente así como la presencia de observación internacional.

El segundo escenario de esa misma negociación implica la reinstitucionalización completa del país a cambio de amplias garantías políticas y judiciales para el chavismo. Este acuerdo conllevaría ineludiblemente a un cambio político. De ahí que insistir en aumentar los costos asociados a las amenazas internacionales es insuficiente sin dar claras señales de estar dispuesto a ser igualmente creíbles a la hora de otorgar ciertas concesiones. Este intercambio pasa por comernos varios sapos: justicia transicional, sobrerrepresentación de las minorías, transferencias fiscales aseguradas y amnistías de todo tipo. Bajo esta perspectiva, la negociación no sería tratada como una simple transacción comicial, sino como un mecanismo para consensuar un conjunto de instituciones constitucionales, judiciales y electorales que garanticen a ambas partes que perder la presidencia no se convierta en un drama, que ejercer el poder no sea un burdo botín y que pasar a la oposición no implique andar desnudo o preso.  Este resultado va a depender de la confluencia de cuatro factores diferentes: la presión interna del chavismo, la unificación opositora, la condicionalidad internacional y la aceptación militar.

En el fondo, indistintamente de los escenarios, lo que hay comprender es que la negociación sólo sirve si cumple con  el objetivo de restaurar el orden democrático y el estado de derecho. Si la negociación no logra ese objetivo difícilmente puede ser justificada. A estas alturas, soluciones parciales ya no son suficientes. Ahora bien, debido a la naturaleza del conflicto venezolano, es cada vez más evidente que la salida nunca va a ser sencilla para llegar a ese puerto. Si Venezuela no es capaz de resolver el punto neurálgico de su problema político-institucional, es poco lo que en materia económica, social o incluso de reconstrucción de la infraestructura básica podremos realizar en el futuro. La sostenibilidad y la estabilidad de la nación seguirán totalmente comprometidas. En cambio, si por algún golpe de suerte comenzamos a entender que el conflicto puede ser procesado institucionalmente, sin perder las garantías básicas que mutuamente nos hemos concedido, y que perder elecciones no implica quedarse sin libertades y sin derechos económicos y políticos, entonces, y sólo entonces, quizás el país pueda salir de este primitivismo tan salvaje, de este perfecto infierno en el que la irresponsabilidad autoritaria del actual Gobierno nos ha condenado a vivir a todos los venezolanos. Es más que evidente que la negociación es inevitable. Lo difícil es explorar la forma de condicionar lo incondicional.

EE.UU. se prepara para el relevo de Nicolás Maduro por David Alandete – ABC – 21 de Octubre 2018

La Casa Blanca ha autorizado consultas sobre una acción armada si lo piden aliados suyos en Sudamérica

El Gobierno de EE.UU. trabaja en un plan de transición en Venezuela ante la certeza de que la crisis humanitaria que vive el país sudamericano puede provocar la caída del régimen, con un número de refugiados que superará al de la guerra en Siria. Varios altos funcionarios, diplomáticos y senadores consultados por este diario han aconsejado al presidente Donald Trump que prepare una propuesta de intervención en el país, ante la posibilidad de que la situación devenga pronto en un golpe militar, una revuelta popular o la propuesta de una coalición armada.

Recientes en la memoria norteamericana las experiencias de Afganistán e Irak, el único escenario que no contempla la Casa Blanca es una misión armada unilateral, a pesar de que Trump ha expresado esa posibilidad en varias ocasiones. Sí ha habido consultas en ese sentido entre EE.UU. y aliados suyos e instituciones como la Organización de Estados Americanos, cuyo secretario general, Luis Almagro, dijo recientemente: «Respecto a una intervención militar para deponer al régimen de Maduro, ninguna opción debe descartarse». De producirse, sería a través de una coalición, con un objetivo limitado.

Drama de los refugiados

Según admitió recientemente el almirante Craig Faller, candidato a liderar el Comando Sur de EE.UU., «los esfuerzos militares de momento han dado cobertura a la diplomacia para garantizar una transición pacífica en Venezuela, pero la situación es desastrosa, y está afectando a toda la región. Nuestro principal foco serán nuestros aliados». Colombia, Perú y Ecuador han acogido a 1,8 millones de los 2,6 millones de venezolanos que han abandonado hasta la fecha el país, ante la carestía de alimentos y medicinas y una inflación que el FMI estima que a final de año llegará al 1.000.000%.

Trump cuenta con apoyo de ambos partidos en el Capitolio, que trabajan en su propio plan de transición. Once senadores republicanos y demócratas han elaborado una ley dedicada a preparar a EE.UU. para un cambio de régimen inminente, con 55 millones en fondos de ayuda y créditos para la reconstrucción de Venezuela. Sus objetivos declarados son «restaurar la ley y la democracia, liberar a los presos políticos, permitir la entrega de ayuda humanitaria y crear las condiciones necesarias para que se celebren unas elecciones libres y democráticas».

Según opina uno de los autores de la ley, el senador republicano David Perdue, «muchas cosas deben cambiar, desde el hundimiento de la economía al deterioro del marco legal. Es de vital importancia que EE.UU. se mantenga junto a la ciudadanía de Venezuela frente a esta tiranía». «Hasta que Leopoldo López, Juan Requesens y los otros presos políticos sean liberados, se le devuelvan los poderes a la Asamblea Nacional y se restablezcan los mecanismos legítimos de la democracia, seguiré ejerciendo presión sobre ese régimen corrupto», añade el demócrata Dick Durbin.

Una de las medidas principales que ya ha tomado la Administración de Trump es aumentar la presión sobre Cuba. Según un alto funcionario de EE.UU., la Casa Blanca cree que lo único que mantiene a Maduro en el poder es «que la inteligencia cubana le ayuda a tener bajo control a los elementos del Estado que están insatisfechos con él y que podrían tomar la iniciativa para deponerle». Ese representante del Gobierno norteamericano, que explicó estas medidas a un grupo de periodistas bajo condición de anonimato, dijo que 22.000 cubanos se han infiltrado en las instituciones venezolanas.

En los próximos días, el Asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton, prevé ofrecer detalles sobre esas medidas de presión a Cuba, que pasan por mayores restricciones a los norteamericanos que quieran viajar o hacer negocios en la isla, revirtiendo varias medidas aperturistas de Barack Obama. Un impedimento para Bolton y EE.UU. son sus constantes ataques a la Corte Penal Internacional, ante la que Argentina, Canadá, Colombia, Chile, Paraguay y Perú han denunciado los crímenes contra la humanidad de Maduro. Varios senadores han aconsejado a la Casa Blanca que se sume a esas demandas, en lugar de boicotear a la Corte.

Una razón de peso para que la Casa Blanca se haya resistido hasta ahora a tomar medidas más enérgicas contra Maduro es que Venezuela fue el año pasado el cuarto país que más petróleo vendió a EE.UU., un 7% del total de sus importaciones. Las ventas a EE.UU. suponen un 80% de las exportaciones totales de crudo de Venezuela, y una fuente primordial de ingresos del régimen.

De momento, las sanciones económicas de EE.UU. se han dirigido al régimen y sus representantes, pero el secretario de Estado [ministro de Exteriores], Mike Pompeo, sugirió el mes pasado que Trump está considerando sanciones parciales a la producción de crudo, en concreto a las productoras de petróleo del Ejército y a las aseguradoras que cubren el transporte del crudo. El año pasado, Washington prohibió a bancos de EE.UU. conceder créditos a la petrolera pública venezolana, PDVSA.

Desde que llegó al poder, Trump ya ha impuesto cuatro rondas de sanciones al régimen. La última, el mes pasado, afectó entre otros a la mujer de maduro, Cilia Flores, la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, y al ministro de Defensa, Vladimir Padrino López.

Varios altos funcionarios de EE.UU. se llegaron a reunir con militares venezolanos que sopesaban un deponer a Maduro, pero finalmente decidieron no apoyar logística o militarmente ningún golpe de Estado, según reveló hace un mes «The New York Times». Dos intentos recientes de derrocar al régimen han fallado: una conspiración militar en mayo y un ataque con drones a Maduro en agosto.

 

Planning for Post-Maduro Venezuela by Andrés Velasco – Project Syndicate – 3 de Octubre 2018

No one in Venezuela or abroad can be sure how President Nicolás Maduro’s regime will go, but it seems increasingly clear that it will. When it does, Venezuela’s transition to democracy and a market economy will be filled with perils and pitfalls, and much sacrifice will be required.

In Ernest Hemingway’s 1926 novel The Sun Also Rises, a character is asked how he went bankrupt. “Two ways,” he replies. “Gradually, and then suddenly.”

In the last couple of years, the decline has accelerated to dizzying speeds. Now that the printing press is the only available financing tool, the International Monetary Fund is forecasting 1,000,000% inflation in 2018; the contraction in GDP dwarfs those of the Great Depression, the Spanish Civil War, and the recent Greek crisis; 87% of Venezuelans live in poverty; and untold millions have left their country.

“Gradually and then suddenly” could also describe the regime’s eventual demise. While no one in Venezuela or abroad can be sure how Maduro will go, it seems increasingly clear that he will.

Uncertainty about what happens the day after is one reason why Maduro has clung to power. One cannot fault frightened middle-class citizens who believe kings and dictators favorite dictum: après moi, le déluge. Yet a vision of what a post-Maduro Venezuela would look like is beginning to emerge, and that should speed up the regime’s demise.

Above all, Venezuela after Maduro should be democratic. What began as a populist but democratically elected regime has degenerated in recent years into textbook authoritarianism. Venezuela’s institutions, from the Supreme Court to the National Electoral Council to the Central Bank, no longer have any autonomy. The National Assembly (the unicameral parliament), where the opposition holds a two-thirds majority, has been stripped of most of its powers. Presidential elections in May, which returned Maduro to power, were a farce, and many of the world’s democracies said so in no uncertain terms.

Much will have to change – economically as well as politically – to guarantee Venezuelans’ freedom. One does not have to be a University of Chicago graduate sporting an Adam Smith tie to recognize that the collapse of production in Venezuela owes much to an ever-more intrusive state that has made production all but impossible. Maduro seems intent on realizing a version of Ronald Reagan’s maxim: “If it moves, tax it. If it keeps moving, regulate it. And if it stops moving, nationalize it.” The government today has 457 companies, many of them little more than shells. The Venezuelan state’s jewel in the crown, oil giant PDVSA, produces one-third of what it did in 1998, when Chávez was elected.

Restoring property rights and reforming this web of controls and regulations will be a colossal legal and political task, more akin to the transitions in Eastern Europe and the former Soviet Union than to previous episodes of Latin American stabilization-cum-reform. Yet one lesson of the region’s market reforms of the 1980s and 1990s seems relevant: privatization must be accompanied by genuine competition. Otherwise, the result may be economic stagnation (monopolies can make fat profits while failing to innovate) and political backlash (voters who see that happening get very upset, quickly).

Likewise, the crony capitalism typical of many post-communist economies must be avoided. When managers who are put in charge of returning assets to private ownership end up owning those assets, reform merely replaces one corrupt elite with another, rather than returning power to citizens.

Another priority for the leaders of post-Maduro Venezuela will be to ensure that the state does what it is supposed to do. The Venezuelan state has nearly three million employees and, by one count, more than 4,200 institutions, yet government fails miserably at its most basic tasks, such as providing education, health, and security.

Take health: public hospitals and clinics are crumbling and largely devoid of medicines (imports of which are barely one-third the level in 2012). One survey found that 79% of facilities did not even have running water. These precarious conditions have allowed the reemergence of long-dormant diseases such as malaria, diphtheria, measles, and tuberculosis.

Or consider security, which has collapsed, placing Venezuela on the verge of becoming a failed state. Vast swaths of territory are so lawless that the police – and in some cases even the army – dare not enter. In large urban centers, the murder rate has shot up, putting Venezuela at the top of the world homicide tables, behind only El Salvador and Honduras and far ahead of Brazil, Colombia, and Mexico.

Venezuela will need a smaller, leaner, yet much more muscular state, focused on those areas where government action is irreplaceable. How to pay for the far-reaching reform that will be required? And how to pay for the indispensable economic recovery?

The country is grossly over-indebted (the ratio of external public debt to exports is higher than in any other country for which the World Bank has data) and has run out of foreign currency. As a result, total imports per capita stand at 15% of their 2012 level, resulting in shortages not only of food and medicine, but also of the spare parts needed to get the country’s trucks and machines running again.

A plan that enables Venezuela to import and function more or less as a normal economy again should have at least three components. First, the international community should recognize upfront the need for large debt reduction, rather than kicking the can down the road for years, as it did with Greece. Second, the International Monetary Fund will have to provide emergency balance-of-payments, through a program not too different in size from the one that Argentina just signed. And, third, a grant component, estimated by Venezuelan experts at around $20 billion, will be needed both to meet emergency humanitarian needs and to avoid Argentina’s mistake of allowing foreign debt to accumulate too quickly just after debt reduction.

Venezuela’s government has been waging war on its own people. The least the world can do is to stand generously on the victims’ side. In doing so, it would help prevent full-scale state failure, thereby minimizing the impact of the country’s humanitarian crisis and massive refugee outflows – not to mention rampant drug trafficking and money laundering – on regional and global stability.

Venezuela’s transition to democracy and a market economy will be filled with perils and pitfalls, and much sacrifice will be required. The leaders of the new Venezuela should acknowledge this, and echo Winston Churchill in promising “[…] toil, tears, and sweat.” That shared effort will beget a new and better future. Sooner rather than later, the sun will also rise for all Venezuelans.

​Puerto Rico será un centro logístico para facilitar la transición política de Venezuela

Líderes internacionales se reunirán en Puerto Rico para preparar la transición política de Venezuela hacia una democracia plena

IMG_4004.JPG

Puerto Rico será un centro logístico de recepción de ayuda humanitaria y en el que se reunirán líderes internacionales para preparar la transición política de Venezuela hacia una democracia plena, según anunció hoy el gobernador de la isla caribeña, Ricardo Rosselló, en conferencia de prensa.

Rosselló, acompañado por el opositor venezolano y exalcalde metropolitano de Caracas, Antonio Ledezma, dio a conocer que el primer paso hacia ese objetivo se da con la creación de la Comisión de Reconstrucción de Venezuela, que celebrará una primera reunión los próximos días 20 y 21 en la capital puertorriqueña.

La alianza entre el Gobierno de Puerto Rico y la oposición venezolana que aglutina Ledezma quedó establecido con la firma hoy de un acuerdo entre las partes que compromete al Ejecutivo liderado por Rosselló a convertirse en un estandarte para la transición política en Venezuela.

“Puerto Rico será un colector de ayuda y soporte para Venezuela”, dijo Rosselló, tras afirmar que tiene que darse una intervención humanitaria y que la isla caribeña, por su cercanía geográfica al país sudamericano, es el territorio mejor situado para encabezar esa iniciativa.

Rosselló aseguró que Puerto Rico no se podía quedar sin hacer nada ante la catástrofe humanitaria que sufre el país sudamericano y destacó que por ello será “la sede para trabajar en la transición” política de Venezuela”.

El gobernador no dio detalles exactos sobre quiénes son las personas claves que llegarán a Puerto Rico para preparar la transición de Venezuela, pero subrayó que tiene que haber una intervención humanitaria inmediata.

Rosselló aclaró que la iniciativa fue comunicada a las autoridades estadounidenses, ya que Puerto Rico es un territorio estadounidense que se define como un Estado Libre Asociado a EEUU cuyo ámbito de relaciones diplomáticas queda en manos de Washington.

“Puerto Rico apoyará la transición para que haya una mejor Venezuela”, sostuvo el líder del Ejecutivo puertorriqueño.

Ledezma por su parte destacó que la situación en Venezuela es trágica, ya que el Gobierno de Nicolás Maduro, resaltó, ha provocado que actualmente el 92 % de la población de su país viva bajo el umbral de la pobreza y que ese territorio sudamericano sufra la inflación más alta del mundo.

El opositor aseguró que Venezuela “es un país en crisis que no soporta más la ‘narcotirania'”, además de denunciar que miembros del Gobierno de su país tienen además lazos con la droga y el terrorismo internacional.

Ledezma explicó que el papel que puede jugar Puerto Rico es fundamental, ya que una vez que caiga el Gobierno de Nicolás Maduro se convertirá, tras el acuerdo firmado con el Ejecutivo de Rosselló, en un centro logístico para el almacenamiento de alimentos, convirtiéndose en un puente aéreo dados los solo cerca de 1.000 kilómetros que separan a ambos territorios.

Dijo que la situación no será fácil, dado que el Gobierno de Maduro está apoyado en Venezuela por la presencia de miles de militares cubanos que trabajan para prolongar la actual situación.

El opositor subrayó que la situación geográfica de Puerto Rico respecto a Venezuela convierte a la isla en el lugar ideal para establecer un centro logístico internacional que aglutine toda la ayuda humanitaria para el país sudamericano una vez acabe que Maduro abandone el poder.

Ledezma fue muy crítico con la situación económica de su país y aseguró que una vez que se produzca la transición no se reconocerán deudas contraídas por Venezuela en operaciones financieras opacas.

Rosselló concluyó diciendo que se ha comprometido con Venezuela por su compromiso con que la democracia exista en todos los rincones de la región, valores que como sostuvo “son amenazados todos los días en ese país”.

El secretario de Estado de Puerto Rico, Luis Rivera Marín, aseguró que la iniciativa de convertir a la isla en un centro para avanzar hacia la transición política de Venezuela y logístico de ayuda humanitaria se ha comunicado al embajador de Estados Unidos ante la Organización de Estados Americanos (OEA), Carlos Trujillo.

Cómo producir una transición democrática en Venezuela por Benigno Alarcón Deza – Politika UCAB – 18 de Septiembre 2018

Esta

Dijimos en nuestra anterior columna que una transición política en Venezuela no es ya un tema de preferencias sino una condición sine qua non de la que depende la viabilidad del Estado y la vida misma de millones de venezolanos que, ante la desesperación, se exilian sin certeza de su destino, huyendo del hambre y la enfermedad, para buscar al menos un mañana menos incierto, haciendo cualquier cosa en cualquier otro lugar.

Atendiendo a la trascendencia de esta urgencia, desarrollamos una propuesta sobre cómo producir una transición democrática en Venezuela, la cual incluye cinco tareas básicas: presión interna, presión internacional, reducción de los costos de tolerancia, tener un plan para un gobierno que atienda la gobernabilidad durante la transición y prepararse para una elección presidencial.

Como también dijimos, la ruta descrita demanda un factor esencial, hasta ahora inexistente: un liderazgo responsable de la dirección del proceso. Tal como sucede con una orquesta, ésta no puede funcionar sin un director y una partitura (plan bien definido) y tampoco con varios directores que dan instrucciones simultáneamente siguiendo partituras distintas. Se necesita un director y una partitura. Sin tal liderazgo resulta imposible lograr avances significativos en ninguna de las tareas necesarias.

Sin liderazgo es imposible movilizar a la sociedad de manera masiva y coordinada para presionar internamente. Sin liderazgo no es posible coordinar esfuerzos con la comunidad internacional de manera eficiente. Sin un liderazgo que ejerza la dirección y vocería del cambio es imposible construir una visión coherente del país posible; ni los actores gubernamentales, o quienes les sostienen en el poder, encontrarán una contraparte con quien negociar. Sin un liderazgo unitario, alrededor de quien se generen expectativas creíbles de cambio, es imposible conformar equipos de trabajo que puedan prepararse, adecuada y oportunamente, para gobernar en medio de las dificultades e inestabilidades propias de una transición política. Sin un liderazgo unitario es imposible estar preparados para ganar una elección y blindar a un nuevo gobierno con la legitimidad necesaria para consolidar una democracia, bien sea que esta elección se produzca como resultado de la presión interna e internacional, de una negociación, o como consecuencia de una renuncia o ruptura del bloque de gobierno. Toca hoy desarrollar algunas ideas sobre cómo colocar un liderazgo legítimo al frente del proceso.

Tal liderazgo, para llevar al país hacia una transición y luego consolidarla, debe gozar de un importante nivel de consenso por lo que, difícilmente, éste puede derivarse de un acuerdo entre élites partidistas que nunca sería representativo de un país que, aunque hoy demanda por unanimidad un cambio democrático, dejó de confiar en los partidos, como demuestran la totalidad de los sondeos de opinión pública.

Si los partidos no pueden decidir tal liderazgo, en representación de los ciudadanos que hoy no se sienten representados por éstos, además de las dificultades más que demostradas para alcanzarlo –porque tal decisión no le otorgaría la tan necesaria legitimidad–, entonces toca a los ciudadanos decidir, de manera directa, en quien confían para liderar lo que sería el proceso político de mayor trascendencia nacional desde su independencia hace casi doscientos años.

Tal decisión sobre el liderazgo puede darse tan solo por dos caminos. Un primer camino es el propio de la evolución natural de un liderazgo, mediante un proceso de darwinismo político en el que la mayor parte de los líderes actuales se extinguirán, mientras otros, más aptos para lidiar con las actuales circunstancias, emergerán y se posicionarán políticamente hasta que tengan la fuerza y encuentren el camino para desplazar a quienes hoy ocupan el poder. Este proceso, como seguramente usted ya intuye, puede tomar años y hasta décadas, sin que muchos de nosotros alcancemos a ver su concreción, con costos humanos y de reconstrucción que serían inaceptables.

Una segunda alternativa es la de crear las condiciones necesarias para acelerar este proceso, es decir, para que los ciudadanos puedan elegir de manera directa un líder e iniciar, de manera inmediata, coherente y orquestada, el camino que nos llevaría hacia un proceso de cambio político. Eso podría concretarse en los próximos meses si existe la voluntad y determinación de amplios sectores de la sociedad venezolana.

La propuesta que hemos venido manejando, y que hoy hacemos pública a través de esta Carta, ha sido presentada recientemente ante partidos políticos y plataformas de la sociedad civil, como Creemos Alianza Ciudadana y el Frente Amplio Venezuela Libre, así como a otros actores representativos. Aunque no ha conseguido consenso entre los partidos de oposición –lo que no debe extrañar porque es la suerte que corren la mayoría de las propuestas por el “dilema de prisionero” del hemos hablado en otros artículos– sí ha merecido una mayor consideración de parte de actores y líderes sociales.

Esta propuesta consiste en la organización de una elección abierta para definir tal liderazgo. Esta elección debe ser organizada por los cinco actores que gozan de mayor credibilidad y confianza en el país: la iglesia, las universidades, los estudiantes, los líderes de la sociedad civil organizada y las fuerzas productivas del país (empresarios y trabajadores), sin la participación del Consejo Nacional Electoral. En esta elección deben poder participar todos los venezolanos mayores de 18 años, inscritos o no en el Registro Electoral, residentes o no actualmente en Venezuela, ya que su participación es la mejor prueba de su disposición para esta lucha. Si se logra que haya una elección presidencial también se podrá lograr que estas personas sean debidamente registradas para votar en una próxima elección.

En este mismo sentido, en esa elección deben tener el derecho a ser elegidos, en condiciones de igualdad, todos los que tengan la voluntad, preparación y disposición para liderar al país en un proceso de transición política, que será extraordinariamente complejo, sean éstos miembros de partidos políticos o no, estén o no habilitados políticamente, siempre que reúnan las condiciones establecidas por la Constitución para participar en una elección presidencial. Así, si se logra la presión necesaria para que se celebre una nueva elección presidencial, también se logrará que ésta se desarrolle bajo reglas distintas que permitan la participación del líder que el país escoja y no el que el régimen pretenda escoger por nosotros.

Obviamente, en una elección de participación abierta se corren dos riesgos principales: uno es la dispersión de votos entre candidatos (conocidos o emergentes), lo que pudiese traer como consecuencia que quien gane por una mayoría relativa no cuente con el reconocimiento de parte importante del resto de electores. El otro es que tal elección, como algunos temen, termine generando una importante pugnacidad que haga más difícil la posterior cohesión de todo el movimiento democrático en torno a un liderazgo.

Ambos obstáculos pueden superarse con una solución sencilla que ha sido probada en procesos electorales en otros países: una elección con selección múltiple; para ello existen varias metodologías con distintos niveles de complejidad. Creo que en nuestro caso lo más sencillo puede ser lo más eficiente.

Cada elector tendría la oportunidad de votar por tres candidatos de su preferencia. Esta metodología tendría dos ventajas. La primera es que todo candidato, al necesitar de los votos de los electores de sus contendores, se vería obligado a reducir su pugnacidad hacia los otros candidatos. Si alguien necesita los votos de otro, nadie que dedique su campaña a descalificarlo tendrá los votos necesarios para ser una de las tres opciones mayoritarias. La segunda ventaja es que el ganador será el que tenga el mayor consenso y el menor rechazo entre todos los competidores y se convertiría en una de las opciones para la gran mayoría de los electores.

Para quienes piensan que nadie participaría en un proceso electoral de esta naturaleza en medio de las actuales circunstancias, la respuesta es que la disposición a participar ya ha sido medida por dos estudios que, aunque no son nuestros, son coincidentes y la estiman en alrededor de dos tercios de los electores de oposición. Ello implicaría una participación superior a la de la consulta del 16 de julio de 2017, incluso superior a la de los supuestos resultados oficiales de la elección del pasado 20 de mayo.

¿Y después qué?

Las condiciones bajo las cuales se celebró la última elección presidencial hacen imposible para la comunidad internacional democrática el reconocimiento de la presidencia de Maduro a partir de la enero de 2019. Tal situación constituye una ventana de oportunidad que solo es posible aprovechar, sí y solo sí, el país y la comunidad internacional se unifican y se movilizan en torno a un solo objetivo que haría posible todas las demás aspiraciones: elecciones democráticas para elegir al gobierno de transición que deberá iniciar la gran reconstrucción nacional, a partir de enero de 2019.

Toca a todos los ciudadanos y sectores democráticos del país la tarea de iniciar un movimiento que, articulado como una gran orquesta bajo un mismo liderazgo y con una ruta claramente definida, nos permita llevar a ese líder, legítimamente electo y  decide.descarga reconocido, a encabezar un gobierno de reconstrucción nacional que debe ser también electo en un proceso democrático, todo lo opuesto a lo que vimos el 20 de mayo pasado. Un proceso que no ocurrirá porque el gobierno lo vaya a permitir por una concesión graciosa –que nunca ha sido ni será su intención– sino como consecuencia de la presión interna e internacional, tal como ha ocurrido en la mayoría de los procesos de transición en el mundo.

A partir de allí, aquellos actores moderados y racionales vinculados al gobierno –o las instituciones que lo sostienen– sabrán con quién hablar. A partir de allí, quienes quieran estar al servicio de la nación, y no de las élites que desesperadamente se aferran al poder, sabrán a quién escuchar y a quién dirigirse si quieren contribuir a un cambio que será inevitable. A partir de allí, quienes hoy ocupan puestos de liderazgo o autoridad en alguna institución tendrán que decidir entre servir a la nación o servir a las élites del actual régimen que gobiernan en contra de la voluntad de la nación.

Shimon Peres, cuando se le preguntó si veía la luz al final del túnel en el conflicto entre su país, Israel, y Palestina, dijo: “veo la luz, pero lo que aún no veo es el túnel que nos llevará a ella”. Si alguien tiene una propuesta más realista que no implique sentarse a esperar a que otros decidan o hagan algo que nosotros no hemos sido capaces de hacer, seré el primero en reconocer, con la mayor humildad, la pertinencia de otra alternativa y poner mi mayor esfuerzo en la construcción de un camino que sea factible hacia una Venezuela libre, próspera y democrática. Mientras tanto, seguiré insistiendo en la ruta propuesta con la esperanza de que caiga en tierra fértil y eche raíces entre aquellos liderazgos políticos y sociales, así como entre los ciudadanos que amamos esta tierra y actuamos de buena fe.

Propuesta para un Acuerdo Nacional – Frente Amplio – Septiembre 2018

Propuesta metodológica para un Acuerdo Nacional y Pacto de Políticas Públicas para el Desarrollo y la Salvación de Venezuela

Para acceder al documento abrir el siguiente enlace:

Propuesta Metodológica para un Acuerdo Nacional – Frente Amplio (1)

Acuerdo obligado por Luis Ugalde S.J. – Blog Cesar Miguel Rondón – 18 de Septiembre 2018

Luis-Ugalde-800x478Las cosas han llegado a tal extremo y la situación es tan dramática que la desesperación se ha apoderado del país. La gente no cree en el régimen y sus promesas-propaganda y cada medida nueva agrava la situación. El liderazgo opositor carece también de credibilidad por su falta de unidad y su impotencia frente a la dictadura y los urgentes problemas socioeconómicos.

El desastre es tan grave que la reconstrucción parece imposible sin un gran acuerdo de salvación nacional concretado en un gobierno de transición que incluya a buena parte de los que fueron y de los que todavía hoy son chavistas. El régimen actual no tiene futuro, pero puede resistir con un alto costo de vidas, dignidad humana y libertad democrática de millones de venezolanos. No puede haber un gobierno nacional que entusiasme y tenga éxito si no lleva en el corazón de sus políticas concretas las razones que hace 20 años tuvieron las mayorías chavistas. Si, según las encuestas más recientes, un 85 % de los venezolanos vive en pobreza, el nuevo gobierno sólo cuajará si renace en la vida de esa inmensa muchedumbre que agoniza en la pobreza y el exilio, y fracasará si no toma en serio la vida digna de ellos. Esa esperanza no se puede nutrir sólo de palabras y retórica, sino que necesita de entrada signos visibles de mejora socio-económica, lo que no es posible sin un vigoroso florecimiento de miles y miles de empresas privadas, entendidas y vividas como esperanza de los pobres y la superación de la pobreza como esperanza de la empresa privada, de la democracia y la libertad. Por otra parte, nada de esto es posible sin un apoyo decidido de las democracias y organismos internacionales, concretado en recursos materiales cuantiosos. Sin ese apoyo, ni el gobierno actual, ni cualquier otro que venga, tendrá estabilidad ni éxito y la solución no es la desesperanzada agonía dictatorial cubana de más de medio siglo.

El gobierno de transición sólo despertará entusiasmo nacional y concretará el apoyo externo si de inmediato enfrenta la hiperinflación (alimentada por el actual gobierno con enorme déficit fiscal y dinero inorgánico) y activa la producción económica que en cinco años se ha reducido a la mitad y que está matando a la gente, arrebatándole su salario y dignidad y bloqueando toda posibilidad de reactivación.

1-Para revertir de inmediato este despeñadero hay que combinar:

-No pago de la deuda externa ($ 132.000.000.000) en dos o tres años. Condonación de buena parte de ella, refinanciamiento de la otra parte y cuantioso préstamo (según los entendidos no menos de $ 40 mil millones)

-Reprivatización de las empresas estatizadas, hoy ruinas improductivas.

-Inversión extranjera (y nacional) con garantías jurídicas y economía social de mercado.

-Apertura petrolera (y gas) a las inversiones no estatales y recuperación productiva.

-Financiamiento de importación de bienes básicos de consumo (alimentos, medicinas…) e insumos para reactivar la producción.

2- Al mismo tiempo se requiere inmediata ayuda humanitaria internacional con activación nacional de los canales de distribución y también de un inmenso voluntariado de solidaridad con efectos en la regeneración moral y de reconciliación. Rescate del Estado y del caos, corrupción e ineptitud de los servicios públicos de agua, electricidad, transporte, seguridad… Rescate de la Constitución: libertad de presos políticos y exiliados, legalización de todos los partidos y de los candidatos vetados; separación de poderes públicos; eliminación de la ANC (supraconstitucional, es decir dictatorial); Fuerza Armada reconstitucionalizada; nuevo CNE; elecciones justas, libres y transparentes, una vez restablecidas las condiciones democráticas para ello.

No se trata de medidas sueltas ni de que cada grupo político pretenda instaurar en esta transición el modelo de su preferencia, sino de lo imprescindible para salir de esta dramática agonía. Sería fatal enredarse en debates ideológicos sin entender que la extrema emergencia exige un pragmatismo sanador previo a elecciones democráticas en las que la población escogerá al candidato de su preferencia entre alternativas que incluyan las que vienen del chavismo y también las que parecen más opuestas a él. Por ahora la negociación no puede ser maximalista, sino realista con la necesaria unidad nacional y el apoyo internacional imprescindibles.

3- La salida del gobierno actual tiene que ser pronta y negociada con espíritu de reconciliación, no de venganza sino de perdón, con una nueva primavera de reencuentro venezolano combinada con una acción serena y equilibrada de la justicia, en los casos que se requiera para evitar la impunidad.

4- Los militares (hoy unos cómplices y represores y otros reprimidos) y las democracias del Mundo y de las Américas deben formar parte de diversa manera de esta negociación y reconstrucción.

5-La Asamblea Nacional ha de ser la legítima pieza central de esta transición y quien la encabece debe excluirse de la contienda electoral democrática, que tendrá lugar tan pronto se restablezcan las condiciones básicas constitucionales para una elección libre, transparente y con garantías.

Ese acuerdo que incluya al chavismo democrático puede escandalizar a algunos, pero no será más chocante que el abrazo – en medio de tantos cadáveres y odios – de Bolívar y el jefe español Morillo en Santa Ana de Trujillo, como importante paso desagradable para salir de la guerra.

A %d blogueros les gusta esto: