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Nuestros presos políticos por Luis Betancourt Oteyza – El Nacional – 18 de Enero 2020

«La fe es tal vez más fuerte que la realidad:

la fe crea la realidad«

Menahem Begin

Hoy me quiero hacer eco en una campaña necesaria iniciada hace varias semanas por mi hermano mayor Guillermo, publicista sin remedio, y opacada por los últimos acontecimientos ocurridos alrededor de la Asamblea Nacional, donde Venezuela con Guaidó a la cabeza ha cosechado importantes triunfos a la par que Maduro iguales derrotas, por lo que se hace más urgente retomarla, y me refiero a recordar y reclamar por nuestros presos políticos.

¿Qué es un preso político? Es un ciudadano privado de su derecho natural a la libertad, por sus ideas o acciones políticas, sin haber sido acusado o cometido falta o delito identificado en las leyes -tipificado-, por un régimen o gobierno que actúa despóticamente y en desconocimiento de la ley y los derechos ciudadanos.

Esa caracterización intentada es la que distingue a 388 venezolanos, según cifras del Foro Penal Venezolano, que dirigen con enorme valentía los abogados Alfredo Romero y Gonzalo Himiob, a quienes debemos mucho hasta ahora; de estos 388 seres, 370 son varones y 18 son hembras, 270 son civiles y 118 militares, activos y retirados -sí, esos militares que tantos bobalicones reclaman neciamente: «dónde están tus militares…»-; esa cifra, dada por el Foro Penal a principios de enero, representa la más alta de nuestra historia, que no es gloriosa desde el siglo XX, con Gómez y Pérez Jiménez en el escenario oprobioso de las dictaduras modernas que nos hemos gastado. Pero, además de los récords, representa una culpa casi colectiva por no mantenerlos en nuestra mente y vista de todos los días, porque ellos viven y sufren, con sus familias, todos nuestros días y no de vez en cuando.

Están repartidos en distintas ergástulas de la tiranía castrochavista que representa el sátrapa de Nicolás Maduro, con adláteres civiles y militares de monta. Está el Sebin, que muchos piensan que es una organización, no institución, exclusivamente para hacer y mantener presos políticos, dirigida por no importa quién, pero bajo el mando de un general sumiso a Maduro.

También tenemos eso que llaman degecim o DGCIM, antro bajo la férula de otro vergonzoso oficial del ejército de apellidos Hernández Dala, donde, según recientes noticias, se construyen más sótanos para albergar más calabozos en los que secuestrar a más oficiales dignos de nuestras FAN. Los recursos que se niegan para nuestros hospitales y escuelas se van a esas nuevas maravillas de la ingeniería militar de la barbarie y vergüenza. También hay que agregar a Fuerte Tiuna, que contiene una prisión de nueva data, de mucha seguridad y custodia para aquellos que piensan en unas FAN al servicio de Venezuela y no de la Cuba castrista.

No sé si hay otros antros y puede que existan recodos donde se esconden presos, al menos circunstancialmente, de momento, frescos o veteranos, mientras se interrogan y torturan – recordemos al capitán de fragata Rafael Acosta Arévalo, entre otros- pero no son de fácil ubicación e identificación. No importa, no son motivo de nuestra curiosidad porque nada bueno agregarían a la maldad de la satrapía para con los venezolanos.

No es un tema de estadísticas ni inventario, sino otro motivo de nuestra rebelión libertaria. Hay que derrocar la tiranía que nos oprime para rescatar nuestra libertad y dignidad de herederos de los próceres que nos dieron la nacionalidad y el orgullo de ser venezolanos, lo que implica y se manifiesta con la liberación, muy humana, de los presos políticos. Hay que forzar esa liberación de la tiranía de cualquier forma: con presiones nacionales e internacionales o con acciones heroicas contra las sedes donde quiera que los mantengan, con acciones civiles, civicomilitares o militares. Sé que es difícil, pero no imposible. En nuestras luchas juveniles por la dignidad de la UCV contra los hoy secuaces del tirano, repetíamos que «lo difícil nos costaría algo y lo imposible solo un poco más», y así fuimos liberando facultad tras facultad de las manos terroristas y subversivas del extremismo ya al servicio de la Cuba de Fidel.

Ahora ¡manos a la obra!, que nuestros presos políticos, civiles y militares, esperan por nosotros, compañeros civiles y militares.

20 años resistiendo por Mitzy Capriles de Ledezma – El Nacional – 19 de Noviembre 2019

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Los venezolanos sumamos más de 20 años marchando. Por diferentes motivos se juntan en las calles para que millones de ciudadanos adentro y afuera protestemos contra un régimen que perpetra una variedad de crímenes que hacen del caso Venezuela, un acontecimiento que no tiene parangón en ninguna parte del mundo.

En la obra Siete Sellos: Crónicas de la Venezuela revolucionaria, Gisela Kozak Rovero lo resume, palabras más palabras menos, «que han sido decenas de sacrificios tratando de poner en alto relieve las máculas de una tiranía que se identifica con el autoritarismo, asume crímenes de todo orden, hambruna, padecimientos de salud, martirios y perversidades que hunden a millones de venezolanos  dentro del territorio nacional, en una espantosa tragedia y han catapultado a otros millones a una diáspora que ya supera los 4,6 millones de desterrados.

“Han sido marchas para defender la educación de nuestros muchachos. Inolvidable aquella consigna de lucha que nos hacía gritar desde nuestras entrañas “con mis hijos no te metas”.

Desde entonces, hasta estas horas no menos aciagas, la gente ve como pulverizan nuestra moneda, ese signo monetario al que le cambian el nombre y le quitan y ponen ceros de forma antojadiza. Ha visto como asaltan tierras, centros comerciales, abastos, tiendas, van arrasando con todo, como esos huracanes que sacuden al estado de Florida en Estados Unidos, que son fenómenos naturales allá, mientras que aquí son acontecimientos primitivos protagonizados por turbas humanas en pleno siglo XXI.

Es una Venezuela desfigurada, con su rostro, o su mapa, cruzado de cicatrices, un país en donde en el sur igual en el norte, lo que se escucha es el lamento o el quejido de dolores y martirios.

Es la historia que se escribe con la exclusión de la que hemos sido víctimas millones de seres humanos, simplemente por disentir de las pretensiones dictatoriales de Chávez y de Maduro. Es la era de la más feroz persecución política desatada por los voceros de esa letrina mal llamada revolución. Y lo hacen sin ruborizarse, más bien sienten que es una hazaña salir en televisión, empuñando un mazo y mostrando en una cartelera las fotografías de las próximas víctimas, tal como hicieron con el oficial de nuestra Fuerza armada Rafael Acosta Arévalo.

El más rancio fascismo, tal como lo escribe Barrera Tyszka, en la obra compilada por Gisela Kozak, estamos viendo el “regreso de los gorilas”.

Esos matones que han ejecutado las masacres de Cariaco o la de Barlovento, enmascarados con los aperos que les facilita el mismísimo régimen para que se confundan como miembros de esas Operaciones de Liberación del Pueblo, que según el informe de la ex presidenta Michael Bachelet, han ejecutado de manera extrajudicial más de 7.300 venezolanos.

En definitiva, los venezolanos marchamos pidiendo que se fuera Chávez, también fuimos a votar varias veces y recogimos firmas para revocarlo a él y después a Maduro. Los venezolanos hemos marchado condenando la invasión de nuestro territorio por efectivos cubanos o por la traición de Chávez de entregar nuestro Esequibo. Los venezolanos hemos acompañado a nuestros estudiantes, ésos que se inmolaron luchando por la democracia que no llegaron a conocer, porque los mataron antes de que se produjera el cese de la usurpación de nuestros poderes públicos, como lo ha venido haciendo Maduro y su camarilla, que ahora usurpan la presidencia de la cuál pretendemos desalojarlos.

Al día de hoy toda movilización debe ser para exigir el cese de la usurpación, no para involucrarnos anticipadamente en elecciones que bien sabemos no serán nada libres, mientras Maduro y sus secuaces permanezcan controlando el aparato gubernamental del que se sirven sin ningún   miramiento.

Qué hace de un gobernante un tirano, según Juan de Mariana por Guillermo Rodríguez González – PanamPost – 6 de Septiembre 2019 

“Un tirano disfruta del poder no por sus méritos sino por la fuerza”, explicaba Juan de Mariana. Sus acotaciones y observaciones siguen lastimosamente vigentes.

«Un tirano se apodera de todo sin respeto por las leyes», afirmaba Juan de Mariana. (Foto: Flickr)

Esta columna será remotamente similar a la incompleta reseña de un libro que no se ha escrito —porque lo estoy escribiendo—. Aunque encuentro lejos de concluir, quise compartir un par de cosas que pudieran resultar sorprendentes, y espero interesantes, sobre la asombrosa actualidad que tiene para nuestro tiempo y circunstancia la voz de un teólogo español de siglo XVII al que hoy denominamos con más frecuencia «economista» que «teólogo». Los problemas morales que estudió a la luz de la teología, lo llevaron por el camino que, para nosotros, resulta ser —siempre que tengamos conocimiento del contexto histórico y la terminología que entonces prevalecía— el de la teoría de la ciencia económica y la teoría política contemporáneas.

Alguna vez cité a Mariana sobre derechos humanos en una conferencia. En ciclo de preguntas, un idiota ilustrado tomó la palabra y nada preguntó, se limitó a afirmar que no existían «derechos humanos» en el siglo XVII. Le pregunté si acaso no es «derechos humanos» como habría que traducir «Iura humanitatis (per quam homines sumus)» en un contexto como: «así, pues, los derechos humanos que nos constituyen como hombres, y la sociedad civil en que gozamos de tantos bienes y de tanta paz, deben atribuirse a la carencia de muchas cosas necesarias para la vida, al temor y a la conciencia de nuestra debilidad. (…) Y es así como el hombre, que en un principio se veía privado de todo, sin tener siquiera armas con que defenderse ni un hogar en que protegerse, está hoy rodeado de bienes por el esfuerzo realizado en sociedad con otros, y dispone de mayores recursos que todos los demás animales, que desde su origen parecían dotados de mejores medios de conservación y de defensa».

«Pero no son los derechos humanos de la declaración de la ONU«, me insistía. Respondí que estaba de acuerdo. Y no lo eran por lo mismo que los de la declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789 tampoco lo eran. Claro, yo mismo cometía una idiotez. Carece de objeto discutir algo así con quien cree que los derechos «se crean» al «decretarlos» porque en la universidad le «enseñaron» que eso era «derecho». Sería imposible que comprendiera que lo que considera «la teoría jurídica» no es la única, sino un paradigma teórico en competencia con otros, cuya existencia e influencia en derecho, jurisprudencia y legislación, de gran parte de la humanidad actual decidió ignorar en su propio perjuicio intelectual. Quien actúa caprichosamente en su propio perjuicio evidente, por el placer subjetivo que de ello obtiene es, por definición, un idiota. No hay mayor idiotez que discutir con idiotas.

Mariana es de asombrosa actualidad en su teoría económica, lo que no es un fenómeno aislado. Hay una teoría económica de valor subjetivo, precios de mercado y competencia como proceso creativo, que se extiende desde Diego de Covarrubias a Juan de Marina. También otros que, como ellos, para responder aquella pregunta clave de la filosofía de la antigüedad clásica (a saber, ¿qué es lo justo?, lo que a la luz del cristianismo reconsideró el pensamiento occidental hasta hace poco) llegaron a lo que hoy denominamos economía.

Ella nos explica el problema inflacionario desde una teoría que nos resulta perfectamente conocida. Explica la inflación como la entendemos hoy, como un fenómeno producto de excesos monetarios con los que se pretende financiar excesos fiscales imponiendo un «impuesto» subrepticio y empobrecedor. Sí, califica a la inflación de impuesto oculto (y quien infla la moneda, pasa a ser un tirano). Pero es en la definición del tirano (sus fines, sus vicios, sus ambiciones y sus resultados) en donde su voz parece hablar a nuestros tiempos y a nuestras preocupaciones.

«Un tirano (…) manchado con todo género de vicios (…) disfruta del poder no por sus méritos ni por concesión del pueblo, sino por la fuerza (…) Y aun cuando haya accedido al poder por voluntad del pueblo, lo ejerce con violencia y no lo acomoda a la utilidad pública, sino a sus placeres, a sus vicios (…) se esfuerzan por expulsar de la república a los mejores. Caiga lo que está más alto en el reino (…) atacan directamente o bien apelan a calumnias y secretas acusaciones (…) para impedir que los ciudadanos se puedan sublevar, procura arruinarlos imponiendo cada día nuevos tributos, sembrando pleitos entre los ciudadanos y enlazando una guerra con otra (…) teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos (…) suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas (…) para (…) desmoronar su confianza en sí mismos (…) Teme el tirano (….) a los propios súbditos, que, convertidos en sus propios enemigos, pueden arrebatarle el poder (…) les prohíbe hablar de los negocios públicos y se vale de espías para que no se informen ni hablen libremente, que es el mayor limite a que puede llegar la servidumbre, y no permite que nadie proteste de los males que les afectan (…) subvierte todo el Estado, se apodera de todo por medios y sin respeto alguno por las leyes, porque estima que está exento de la ley (…) obra de tal manera que todos los ciudadanos se sientan oprimidos por toda clase de males con una vida miserable, y les despoja de su patrimonio para dominar él solo en los destinos de todos», reza Mariana.

¿Le suena conocido? ¿De libros de historia contemporánea? ¿De prensa de actualidad? ¿Notó que a quienes propagandistas de esos tiranos acusan de ser «los verdaderos tiranos» no llenan el retrato que del tirano hace Mariana? ¿Notó quiénes lo llenan y quienes no? Porque, al respecto, les citaría encantado a Mariana sobre aduladores del poder. Si no desperté ya su curiosidad sobre un economista del siglo XVII tan sorprendentemente actual, sería inútil. Y si la desperté, es porque era innecesario.

Habemus idiota e imbécil por Eddy Reyes Torres – El Nacional – 7 de Septiembre 2019

A finales del pasado mes de agosto, en cadena de radio y televisión, Nicolás Maduro calificó a Henrique Capriles de idiota e imbécil por afirmar que en Venezuela hay una dictadura. El asunto me toca directamente porque desde hace muchos años, en mis escritos sobre este gobierno y el de Hugo Chávez, me he referido a ambos como dictaduras o tiranías. Realmente ignoro la razón de tanta sensiblería por parte del conductor de Miraflores pues él, más que nadie, debería tener clarísima la real naturaleza de la revolución socialista que pretende imponer a los venezolanos, sin importarle las limitaciones establecidas en la Constitución y las leyes pertinentes. Revisemos entonces el atributo o cualidad de la dictadura, por un lado, y la democracia, por el otro.

La figura del dictador no es para nada nueva. Ya en los tiempos de la antigua Roma encontramos al singular personaje. Este aparece en el momento en que la república confrontaba situaciones políticas de extrema gravedad. En circunstancias tales, los miembros del Consulado procedían a designar a un dictador que asumía todos los poderes del Estado hasta el momento en que la normalidad era reestablecida. Es a partir de la aparición de las modernas democracias, en el siglo XIX, que el término se pone nuevamente de boga, pero en esta ocasión para identificar a los gobiernos que usan como fachada la denominación democrática cuando en verdad su acción política se aparta del modelo democrático liberal.

En ese momento surge la necesidad de una definición clarificadora: se llama entonces dictadura a las formas de organización política en las que el poder supremo está encarnado o representado en una sola persona o un grupo pequeño de personas, que lo ejercen de forma total o absoluta. ¿Entiendes Nicolás? Esa precisamente es nuestra realidad política desde los tiempos del difunto de Sabaneta.

Nicolás debería leerse Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt y reflexionar sobre lo que esta autora señala hacia el final de su magna obra: “…la legalidad es la esencia del gobierno no tiránico y la ilegalidad es la esencia de la tiranía…”. Pero con Donald Trump tan cerca de nosotros, las posibilidades de aplicar una política de terror amplia y permanente es cada día más difícil.

Lo antes expuesto evidencia que eso de idiota e imbécil fumea por otro lado.

Del lenguaje por José Rafael Herrera – Revista Microfilosofía – 14 de Agosto 2019

Cortes del lenguaje por el gran tirano.
Como cortar el pelo, pero más adentro.
Los regímenes tiránicos se sustentan sobre el terror, la crueldad y la opresión con el premeditado propósito de mantenerse a toda costa en el poder, para lo cual tienen que someter la protesta hasta doblegarla y transmutarla en servilismo. Pero los siervos siguen pensando, y quienes piensan se convierten en potenciales enemigos de sus intereses. De manera que, cuando una determinada sociedad es arrastrada hasta la condición de servidumbre, las tiranías tienen la necesidad de arrojarla en los brazos de la idiotez. El idiota, por definición, es aquel que no se ocupa de los asuntos públicos sino sólo de sus mezquinos intereses. Por eso mismo, los latinos tradujeron del griego la expresión “idiota” por “ignorante”. Mientras mayor sea la ignorancia de los oprimidos más fácil será para los opresores permanecer indefinidamente en el poder. Y es por esa razón que las tiranías le temen tanto a los medios de comunicación y a los centros de enseñanza, especialmente a las universidades. Por lo cual se ven en la necesidad de controlar los primeros y de acabar con las últimas.

A mayor pobreza espiritual de un pueblo mayor será su sometimiento. Y el modo más efectivo de someter su espíritu y empobrecerlo es a través del lenguaje. Porque el lenguaje no es, como se supone, un mero instrumento, una simple herremienta de comunicación. El lenguaje es, en realidad, mucho más que un mecanismo comunicativo externo. El lenguaje es el espíritu existente de un pueblo, su ser-ahí, su cultura, su forma de ser, de pensar y de actuar, la conciencia y el sistema de sus representaciones. Es la potencia en la que el espíritu realiza la experiencia de su propia consumación como espíritu. Si se empobrece el lenguaje se empobrece el espíritu y se enriquece la idiotez de quienes, en el mayor y más desgarrador punto de la multiplicidad orgánica de la sociedad, son capaces de autoproclarse como quienes “tamos unidos”. Las tiranías terminan imponiendo su lenguaje raquítico, auténticamente escuálido, palúdico, y, con él, su miserable modo de percibir el mundo.

Como podrá observarse, el lenguaje no es sólo forma, sino también contenido. Porque quien es capaz de asumirse como el prius unitario de una totalidad entera, siendo apenas una pequeñísima parte de la concreta totalidad del ser social, pone de manifiesto su servil adecuación con la cultura de la miseria auspiciada y propiciada por una determinada tiranía. Y es que, a pesar del saludable beneficio de la duda -que en tales casos es conveniente mantener-, resulta inocultable el hecho de que el siervo ha terminado no sólo por asumir el lenguaje que le es grato a su señor -el tirano-, sino que con ello ha terminado por reconocerlo, precisamente, como su señor. Lo cual los hace, en la práctica, doblemente sospechosos. Nombrar implica reconocer. Ora et labora, dice Hegel, siguiendo las Escrituras. Dar nombre a las cosas comporta en sí mismo un hacer, un ejercer la acción. Por eso mismo, el lenguaje es, de suyo, acto. Sólo se puede reconocer al amo cuando se ha asumido el lenguaje del amo, cuando se le imita -o en el peor de los casos, se le remeda-, es decir, cuando se ha objetivado su lógica y se ha actuado según sus criterios, necesidades y determinaciones.

Sin lenguaje no hay modo de que se produzca reconocimiento, aunque tal reconocimiento no sea recíproco, es decir, correlativo, justo, sino unilateral, tal como sucede en sociedades sometidas a relaciones de dominio y vasallaje. Porque sin lenguaje no puede haber traspaso, ni del yo al otro ni del otro al nosotros. En consecuencia, sin lenguaje no hay ethos, no hay civilidad. Y a medida que el intercambio es más rico, más amplio y mejor elaborado, la formación social se constituye sobre relaciones sociales más sólidas, más consistentes, estables y ricas. En ese tipo de sociedades lo que se hace coincide con lo que se dice, la producción material se adecúa con la producción espiritual y la sociedad civil con la sociedad política. Son esos los pueblos libres. Todo lo contrario de los pueblos en los que impera la violencia, la injusticia y el enfrentamiento de todos contra todos. En sociedades marcadas por el menester y la impotencia, por la carencia y la lucha por la sobrevivencia, el lenguaje se empobrece cada vez más, sus signos y sus símbolos nada dicen, están marcados por el no reconocimiento. Son formas vaciadas de contenido, en las cuales las relaciones sociales que se establecen están limitadas por las necesidades básicas, primarias, instintivas, por el apetito, la pulsión y el deseo. La confrontación excede los límites de la más mínima cortesía. Los extremos se confunden, se truecan incesantemente. Al final, la vida salvaje reina a sus anchas y la muerte acecha a cada paso. Es la vuelta a la barbarie, propia del estado de naturaleza. El lenguaje se achica, se va haciendo cada vez más limitado, más tosco, más pobre, hasta que se extinge y calla. Ahora todo se reduce a los gritos de un silencio estremecedor, en el que sólo pueden hablar los odios, los golpes, los puñales, las pistolas y las metralletas. Y es así como el silencio -la ausencia de lenguaje- se confunde con el miedo.

Las heridas que han causado el desgarramiento se profundizan. Los días y las horas se cuentan entre esperanzas y temores. Son heridas hondas, y más que de una lucha por la sobrevivencia, se trata de una lucha a muerte. Los secuestradores no han dejado resquicio a los secuestrados y ya casi les resulta imposible respirar. El odio se torna contra el sí mismo desigual en sí mismo. Un odio que se mira en su propio reflejo purulento, que se percibe abyecto y vil, útil sólo para el otro que lo rodea, lo tortura lo hace morder el polvo de sus vergüenzas, de su mancillada dignidad, en medio del arrebato y la ganga, de la caja de sobras, de la línea muerta, del dinero inútil, de la remesa que no alcanza, del muchacho que se vá, de la doña que muere por desidia, de la casa sin luz y sin agua, de la miseria que se hace lenguaje y del lenguaje que se hace miseria. El que exhibe su poder sabe de su vileza de origen, una vileza que compra para satisfacer el ego de su alma en ruinas, objeto insaciable de su prostitución. No habla ya, no dice, no puede pensar. No es más que un despojo que balbucea el lenguaje de los rufianes, el código de lo predecible, el extraño y hueco ideograma que nada es y nada dice. Son esos los caracteres generales de un tiempo en bucle, las ruinas circulares de la decadencia que ahora toca reconstruir. Porque una vez que se termine este tiempo de salvaje impiedad, después del estallido del bar-bar de las ranas, cuando se apague el humo de la pira y exhalen sus últimos quejidos los victimarios, reaparecerá, otra vez, el lenguaje, sustituyendo la secta criminal por el debate de ideas y valores, la guerra por la política y la violencia por la palabra.

A Venezuela, el país que somos por Emmanuel Rincón – PanamPost – 30 de Junio 2019

Las bases putrefactas sobre las que se sostiene actualmente Venezuela deben ser abolidas. (Foto: EFE)

En Venezuela nos hemos convertido en cazadores de conspiraciones, en agitadores sociales, en implacables fuentes de animadversión y controversia, en caníbales de opiniones adversas. El chavismo ha sacado lo peor de nosotros, nos hemos vuelto implacables contra nuestros conciudadanos, dictatoriales contra quienes piensan diferente, radicales, en el amplio sentido de la palabra, para defender nuestras posiciones, sean erradas o correctas, o quizás, ninguna de las anteriores.

Incluso yo, que me gustaba pensar que era una persona razonable, he encontrado que de a ratos me vuelvo irracional, insoportable, que me molestan los que piensan que hay una salida amigable con estos delincuentes, y que mucho de esto, no es sino una somatización de la impotencia que produce el haber pasado casi un 80 % de mi vida siendo gobernado por narcotraficantes corruptos y asesinos.

Aquello me ha hecho implacable, sí, implacable y radical, contra la corrupción y la mentira, contra la manipulación, contra todo aquello que considero fomenta que el dictador Maduro siga en pie.

Es cierto que cometemos errores en el camino (que los he cometido), como particulares lo hacemos, puesto que vivimos en una histeria colectiva. Los errores son parte de la dinámica humana. Vivimos o venimos del país más errático del presente siglo, debemos encontrar una solución, y esa solo va a pasar por reconocernos, por mirarnos a la cara y decirnos lo que verdaderamente tengamos que decir.

El reciente escándalo protagonizado por la filtración del escándalo de corrupción, publicado por mi colega y amigo Orlando Avendaño en el PanAm Post, me enseñó muchas cosas, y la primera de ellas es que como sociedad, estamos realmente jodidos, pues incluso para señalar corruptos nos hemos vueltos enemigos, o no logramos ponernos de acuerdo. ¿Hay corrupciones malas o buenas? Creo que lo primero que debemos cuestionarnos es cómo hemos permitido que nos lleven tan bajo para que debamos preguntarnos si es oportuno o no señalar un caso de corrupción. Es comprensible que el chavismo ha dejado el listón por el piso, pero nosotros como venezolanos debemos aspirar a más, debemos esperar más, debemos querer más.

Con nuestros aciertos y desaciertos, los venezolanos hemos sido personas influyentes en el mundo. No en vano el libertador de gran parte de Sudamérica proviene de nuestras tierras, y si bien la épica de Bolívar en la historia quizás nos haya hecho más daño que favores, ya que ha servido sobre todo para alimentar las mentes, sueños y narrativas de pequeños dictadores, no podemos renegar de nuestro pasado.

Con tinos y errores, Bolívar fue un personaje que marcó la historia del mundo, como lo han hecho muchos venezolanos. Pero ha llegado la hora de que empecemos a hablar con la verdad en todo sentido. Bolívar también fue un dictador, también cometió excesos, su liberación no fue una forma de traer igualdad a los pueblos, sino quizás una manera de enriquecerse más, de engrandecer su nombre, o de gobernar toda América, nunca lo sabremos con precisión.

Algo similar sucedió con Hugo Chávez en los últimos tiempos, el pequeño tirano, basándose en el nombre de Bolívar, cometió inimaginables crímenes, regaló nuestras riquezas a una pequeña isla déspota, y nos sumergió en la peor crisis humanitaria de nuestra historia. A partir de allí, han salido a relucir los pequeños Bolívar, los pequeños Gómez, los pequeños Pérez Jiménez, los pequeños Chávez, y lo que es peor, los pequeños Maduro. Esa épica dictatorial hoy aflora desde muy dentro, la intolerancia nos corroe, nos ciega, todos queremos salir de la catástrofe imponiendo nuestra catástrofe personal, y así solo podremos conducirnos a un hoyo negro.

Es cierto, el primer paso que debemos cometer como sociedad para reconstruirnos es salir de la tiranía, pero también es cierto, no podemos permitir que la actual tiranía sea sustituida por nuevas formas de tiranía, por nuevas formas de demagogia, por nuevas formas de corrupción.

Las bases putrefactas sobre las que se sostiene actualmente la nación deben ser abolidas. Ese espacio público transitado por tantos que se han enriquecido a raíz de la desgracia de tantos millones de venezolanos, debe ser limpiado. El costo de implementar una nueva estructura social será pesado, la carga será fuerte, quienes están adheridos con yeso a la estructura corrupta no querrán desaparecer, y será nuestra misión demolerlos para poder limpiar el terreno, extinguir la maleza, sembrar de nuevo y recoger frutos comestibles, sin veneno, que realmente puedan reproducirse y generar un ecosistema de relaciones personales, sociales y económicas sanas.

En el PanAm Post yo encontré un espacio en el cual me puedo expresar libremente y sin censuras, y si algo compartimos todos los que trabajamos para esta casa editorial es que comprendemos que no puede haber compasión contra la corrupción, y que el único camino para que América Latina salga de la miseria es combatiendo el populismo, el socialismo en todas sus vertientes, e impulsando modelos sociales y económicos basados en el libre mercado.

A los colombianos, argentinos, mexicanos, peruanos, chilenos, y en definitiva, a todos los ciudadanos de América Latina, les pido que nos unamos, en primer lugar para acabar con la dictadura de Nicolás Maduro, con la Daniel Ortega y con la de los Castro, y que sobre todo, nos unamos para combatir los modelos políticos que buscan repartir la miseria de nuestras sociedades, y no multiplicar sus riquezas.

Y a los venezolanos, también les pido que nos unamos, pero no con cualquiera: vamos a unirnos con gente honesta, intachable, sin negocios sucios, vamos a unirnos con todo aquel que quiera aportar para hacer de Venezuela un país mejor, para progresar como sociedad y finalmente derrotar al chavismo y todo lo que el chavismo representa, junto a todos aquellos que desde la «oposición», han colaborado de una u otra forma para que se mantengan sus instituciones de miseria, sus negocios sucios, y la normalización de la barbarie.

Venezolanos, soñemos con un país mejor, soñemos como el país grande que somos.

Migrantes venezolanos: secuestro de identidad por María Gabriela Rovero – PanamPost – 21 de Junio 2019

Además del petróleo y el oro, el chavismo ha despojado a los venezolanos de su derecho más básico: su identidad

El régimen ha robado también nuestra identidad. (Foto: Flickr)

Sin identidad. La ausencia de pasaportes nos ha dejado en un limbo absoluto. Secuestrados dentro y fuera de las fronteras. La tiranía chavista-madurista  saqueó las arcas de la nación, mató a sus voces disidentes, y aún insaciables, a quienes sobrevivimos, nos secuestraron hasta la identidad. De hecho, ha sido uno de los peores castigos de la diáspora: ciudadanos vulnerables que se convierten en nadie. Literalmente. Indocumentados a la fuerza. Después de años de tal suplicio, gracias a administraciones como la de Estados UnidosColombia y Argentina,  en sus respectivas jurisdicciones, hemos reivindicado uno de los derechos humanos fundamentales: el reconocimiento irrestricto de la identidad para cumplir con una vida normal con exigencias y obligaciones ciudadanas. Pero este reconocimiento irrestricto es el que necesitamos para ser seres humanos, porque el hecho de que se haga de manera irrestricta es la que nos permite viajar, circular, realmente tener una vida.

¡Cuántos venezolanos por su pasaporte vencido no pudieron llorar la muerte de algún ser querido que se encontraba en otro país! ¡Cuántos venezolanos han perdido oportunidades de becas, estudios, o trabajo! ¡Cuántos venezolanos han truncado incluso planes de vida de pareja o de familia¡ ¡Cuántos venezolanos sencillamente no pueden viajar a hacerse tratamientos médicos necesarios, o sencillamente viajar por placer y porque se les da la gana! ¿O es que el poco o mucho placer que se pueda ganar en medio de una vida en el exilio  también debe borrarse de la vida del venezolano? Todo este secuestro de identidad ha sido mucho más grande y extenso que un muro de Berlín, porque se levanta invisible pero contundente a lo largo y ancho del mundo. Cada venezolano lleva consigo su propio muro aplastante.

¿Dónde están los países que reconocieron a Guaidó? ¿Qué sentido tiene reconocer a un presidente y dejar desprotegidos a sus ciudadanos? ¿Por qué  aún no se han adherido al decreto sobre la extensión de la vigencia de los pasaportes? Además, ¿dónde están las organizaciones defensoras de derechos humanos para realmente rectificar este problema? Según los tratados internacionales en la materia, a los refugiados se les dota de identidad. Si ACNUR ha instado a la comunidad internacional para que los venezolanos sean reconocidos como refugiados, ¿por qué no se consuma definitivamente tal exhortación?  No solo se trata de hablar de la extensión de la vigencia de los pasaportes, que claro que sería favorecedora para millones de venezolanos (solo un venezolano sabe cómo cuida hasta con su vida un pasaporte, porque ya sabe que es su vida misma). Sin embargo, hay robos, pérdidas y deterioro de este preciado documento y nadie, lamentablemente, está exento.

Veo en las noticias que Costa Rica aceptará pasaportes vencidos para renovación de trámites migratorios, ¿y qué hay con el libre tránsito? ¿Qué sucede con los residentes en Costa Rica que necesitan entrar y salir de ese país? Este secuestro que llevamos a cuestas se hace demasiado pesado ante la indolencia de los más fundamentales derechos humanos. Lo peor del caso es que de tanto lidiar con este traumático infierno en el que se ha convertido llevar nuestra nacionalidad a cuestas como una cruz, nos hemos acostumbrado a celebrar hasta la esperanza de que algo pueda estar aunque sea a un grado en nuestro favor.

España ha aceptado la vigencia de nuestros pasaportes para trámites consulares también. Sin embargo, en cuanto al libre tránsito no opera sola como nación, en tanto que el ingreso a cualquier país de la zona Schengen, debe ser decisión conjunta de la Unión Europea, cuya posición está siendo favorable, dadas las recientes declaraciones del gobierno de Francia, cuyos representantes expresaron su deseo de que los venezolanos puedan ingresar a Europa con pasaporte vencido.

A la limitada aceptación de Costa Rica, le sigue el silencio de otros países de la región, incluso el de la mayoría de los países firmantes de la declaración de Quito.

Esta falta de identidad, este «no ser nadie» se conjuga y es parte del robo de nuestra dignidad. Es asidero de xenofobia, de extrema vulnerabilidad. Es caldo de sustancia para reducirnos a la nada.

En cuanto a la xenofobia, como en toda diáspora  masiva (la más grande de la historia del hemisferio occidental) contamos personas buenas y malas, con recursos y sin recursos, con educación y sin educación.  Pero es claro: según las diferentes estadísticas, en su mayoría somos, en proporción, una migración positiva y profesional. Algunos países cerrados de la región, que aunque históricamente han sido migrantes, no se acostumbran a ser receptores, aún no calibran los aportes de la diáspora de los empresarios que aquí han invertido en restaurantes, comercios, franquicias, de los profesionales que aquí han aportado, en la ciencias, en el arte, y en diversos campos académicos.  En cualquier caso, más allá de si al nombrar Venezuela les venga a la mente los migrantes que a través de sus profesiones u oficios están incorporándose en el sistema de algún país del mundo, o solo se les venga a la mente aquellos que cruzan fronteras a pie (cabe destacar que entre ellos también hay gente con profesiones y oficios), somos seres humanos a quienes se nos niega el más elemental derecho humano: la identidad.

De tal modo, a la diplomacia internacional que tiene en sus manos la forma de liberarnos del secuestro de nuestra identidad. También a ACNUR: por favor, actúen. Y no lo hagan a medias. No solo nos quiten la venda de los ojos, desaten las manos, y los pies. Permítannos una identidad, con ella nos sabremos encargar de desplegar las alas.

A los venezolanos: alcemos nuestra frente y luego nuestra voz, merecemos una identidad. Con ella va nuestra dignidad de ser humano. La identidad es el reconocimiento como seres humanos por parte de los Estados.

María Gabriela Rovero es periodista egresada de la Universidad Central de Venezuela. Venezolana en el exilio.

Íbamos bien… (hasta Noruega) por Gustavo Tovar-Arroyo – El Nacional – 4 de Junio 2019

Gustavo Tovar-Arroyo

El novato del siglo XXI

Lo es, sin duda.

El primer presidente de la Venezuela que nace

Sé que Juan Guaidó no improvisa ni lo hará nunca, forma parte de una generación de líderes que conozco bien. Los he visto nacer, bregar, luchar, abrirse camino, sufrir, sonreír, sudar, sangrar, morir, volver a nacer y seguir, siempre seguir, nunca rendirse. Lo mismo Guaidó que Ceballos, Guevara, Pizarro, Stalin, Goicoechea, Requesens, Olivares, Manuela, Smolansky, Toledo, entre muchos otros, luchan y lucharán hasta que una nueva Venezuela nazca.

Y, sin duda, está naciendo.

Un lance sin precedentes

Desde que el pueblo lo proclamó presidente de la república en aquel evento tan emancipador como heroico de enero, Guaidó ha ido ganando tanta confianza en el pueblo venezolano como inimaginables apoyos internacionales. En un lance sin precedentes en la historia de la resistencia civil mundial contra una tiranía criminal, logró que, junto con la Asamblea Nacional, hasta 60 países lo reconocieran como presidente. Hecho inédito.

La estrategia, sin duda, con aciertos y desaciertos, estaba funcionando.

El complejo gobierno colegiado

Entiendo que el presidente Juan Guaidó conduce un gobierno –de resistencia– colegiado, con todas las complejidades que ello significa. No es él solo, está el líder de su partido y estratega de lo que estamos viviendo, Leopoldo López; está la organización política Voluntad Popular en la que milita, está la Asamblea Nacional y también los diferentes aliados sociales y políticos (todos los partidos de la oposición) con quienes forma el Frente Amplio, pero sobre todo está el pueblo de Venezuela que ha cifrado en él todas sus esperanzas para alcanzar la libertad. Está la nación honesta, democrática, humana y libre, apoyándolo y también exigiéndole. Estamos todos colegiadamente protagonizando este momento histórico.

No ha sido fácil, sin duda no lo ha sido, íbamos tan bien hasta Noruega.

La palabra “duda”

En esta entrega, he repetido adrede la palabra “duda” hasta ahora seis veces porque duda es lo que ha emergido desde que se conoció que se negociaba en “secreto” en Noruega. No se le puede pedir a un pueblo que salga a las calles, que manifieste y proteste, que asuma posiciones riesgosas para alcanzar su libertad si sus líderes no le hablan con claridad ni le razonan qué hacen con absoluta transparencia. Simplemente no se puede.

¿Quién lo duda?

Curtidos de decepciones, frustraciones y fracasos

El secretismo no solo generó duda entre los venezolanos, ya curtidos de decepciones, frustraciones y fracasos en pasados diálogos con la tiranía, también lo hizo con nuestros mayores aliados internacionales: Almagro, Duque, Bolsonaro, Piñera, entre otros. Duda además en el Frente Amplio y duda en los círculos más estrechos del partido de gobierno (Voluntad Popular), duda también con los demás partidos políticos. Dudas, muchas dudas.

Hay que rectificar, ¿alguien lo duda?

¿Y la Operación Libertad?

Pero la más grande duda que se tiene es la suspensión de la escalada de protestas de la Operación Libertad. ¿Qué pasó? ¿Por qué? Entendemos que la ilegal persecución contra los diputados de la oposición ha menoscabado la operación, pero también sabemos que la única manera de que haya “cooperación” internacional es que haya “operación” nacional. Tenemos que seguir, todos tenemos la responsabilidad de hacerlo. El país se cae en pedazos. Es el momento.

Que no quepa duda.

La toma del poder

Mientras haya aliento lucharemos en Venezuela contra la tiranía. El liderazgo y coraje de Guaidó nos ha traído hasta aquí, ha sido ejemplar y motivador. Estemos claros: si nosotros estamos agobiados, ellos –la tiranía– lo están aún más. Vemos al presidente intacto, entregado, desafiando al régimen y visitando cada rincón del país. Vemos a cada región apoyándolo decidida y masivamente. El mundo militar –como el país– se parte en pedazos. Pienso que el traspiés de Noruega se tiene que superar y tenemos que volver a lo verdaderamente nuestro: la rebelión nacional total. El pueblo venezolano no solo lo exige, lo implora. Yo confío en el liderazgo de Guaidó y de la coalición opositora. Íbamos bien, volvamos a la ruta. Organicemos la rabia, que el pueblo tome lo que le pertenece: todos los poderes públicos.

No tengamos duda, vamos a lograr la libertad pero hay que luchar.

Sigamos…

Muerte de niños y fábrica de metralletas por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 2 de Junio 2019

Miguel Henrique Otero

Vuelvo aquí a la cuestión que ha llenado de justa indignación a los demócratas y a las personas sensibles del mundo que siguen con atención los hechos de Venezuela: mientras en los hospitales continúan las muertes de niños por falta de insumos o porque no hay recursos para intervenirlos quirúrgicamente, al mismo tiempo, en los mismos días y horas, con el llanto de madres, padres y familiares como trasfondo, Maduro anuncia que su gobierno invertirá recursos económicos en una fábrica de ametralladoras y en uniformes militares.

Lo que hace de estas muertes un desconsuelo sin fondo, una especie de abismo para la comprensión, es que son muertes gratuitas. Muertes que hubiesen podido evitarse. Muertes causadas por la amoralidad del régimen encabezado por Nicolás Maduro.

Son gratuitas, como gratuitos han sido los fallecimientos de recién nacidos en hospitales de Monagas, Anzoátegui, Aragua, Carabobo y Zulia. Gratuitas como miles de muertes de pacientes que padecían enfermedades crónicas, cuya contabilidad se incrementa todos los días, que son las muertes por omisión del Estado, por la ausencia de autoridades y de responsabilidad, por la inexistencia de los recursos mínimos necesarios para que los profesionales de la salud puedan hacer su trabajo. Mueren quienes deben dializarse, mueren quienes no logran cumplir sus quimioterapias, mueren los que interrumpen sus tratamientos para el control de la diabetes. Mueren niños y ancianos que llegan a los hospitales en condiciones de agravada desnutrición y no encuentran respuesta alguna que salve sus vidas. En los hospitales venezolanos está ocurriendo esta escena: niños pacientes que anuncian a sus padres que van a morir.

El poder que deja morir a niños indefensos y anuncia la compra de armas es el mismo que no dice ni una palabra sobre el estado de las cosas en Venezuela. Es el mismo que habla de la felicidad de los ciudadanos, baila salsa en una tarima, viaja a comer chuletones de carne roja en Turquía, y que, cada vez con más frecuencia, hace declaraciones de un cariz a un mismo tiempo grotesco y ridículo, como, por ejemplo, que Venezuela invertirá en Huawei, porque asume que con sandeces de esa desproporción desafiará el castigo de las decisiones que el gobierno de Donald Trump ha tomado en contra de esa empresa china.

En lo esencial se trata –me he referido a esto en más de una ocasión– de un poder escindido de lo real. A lo largo del tiempo ha ido construyendo un estatuto de indiferencia y desdén por los problemas concretos del país. Puesto que desprecian a las personas, que las urgencias y necesidades reales de las familias les resultan insoportables, y que viven sumergidos en una burbuja de riquezas y guardaespaldas entrenados en Cuba, nada les importa. La pobreza les causa fastidio. Les agria el humor. Las imágenes de la destrucción resultan molestas, irritan la mentalidad que impera en Miraflores, que es la de ser los señores del país, dueños de riquezas y poderes ilimitados.

Insisto en esto: salvo reprimir, disparar, matar, herir, apresar, allanar, torturar, secuestrar, practicar el terror en todas sus vertientes y violar la ley en todas sus instancias, este poder nada hace por los ciudadanos. Es un poder que no auxilia. Que nada remedia. Que no dialoga con los ciudadanos. Que está completamente ausente de la cotidianidad. Es un poder que carece de soluciones que no sea el sometimiento a la fuerza de los ciudadanos. Ha cesado en sus funciones, salvo la de protegerse a sí mismo, rodeado de un séquito de hombres armados, cuya función consiste en aplastar cualquier forma de disidencia. El único mensaje que se desprende de la total omisión del poder en el país es uno: sálvese quien pueda. Que cada quien se las arregle como pueda.

El anuncio de que el régimen de Maduro fabricará metralletas no le escandaliza ni le avergüenza. Al contrario: lo celebra. Es lo que corresponde a su lógica de poder desquiciado, cuya única planificación consiste en preparase para seguir matando. Matando para mantenerse en el poder, al costo que sea.

El Mayor Daño por Laureano Márquez – Noticias Sigatoka Venezuela – 26 de Mayo 2019

download.jpgQuizá el mayor daño que el régimen ha hecho no es la destrucción de la industria petrolera ni la desaparición del oro ni la quiebra de la agricultura y de la industria; no es ni siquiera el condenar al exilio al 10% de la población, la destrucción del sistema educativo y el haber conseguido que Venezuela tenga la inflación más grande del planeta, que la mortandad de cada día sea solo un dato estadístico, que los niños estén muriendo de desnutrición.

El mayor daño lo ha hecho en la demolición del alma nacional, de la esperanza ciudadana, de la dignidad de un pueblo.

También han sucumbido —en este asalto a la cordura— el sentido común, la bondad, la tolerancia, la compasión y el respeto.

El mayor daño ha sido hecho en nuestros corazones, que se han vuelto incrédulos, desconfiados; que solo ven maldad y traición por todas partes. Ya no confiamos en nada ni en nadie; toda opinión que no sea la nuestra nos parece interesada, despreciable, digna de agresión e insulto.

Estamos en una torre de Babel de sentimientos. La destrucción es, pues, mucho mayor de lo que parece a primera vista. Ya hay momentos en los que dudamos de que Venezuela tenga salvación. Somos una tierra en la que toda maldad tiene su asiento. Estamos cercanos a eso que Hobbes llamaba el “estado de la naturaleza”, es decir, el estado previo al ordenamiento jurídico, a las leyes morales, a las normas de convivencia que hacen de un hombre un ser humano. Estamos —diría Hobbes— “en un estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos”.

Santo Tomás de Aquino decía que un tirano se apropia no solo de los bienes materiales de su pueblo, sino de sus bienes culturales; suprime los valores porque requiere un pueblo que sea lo menos virtuoso posible y promueve la enemistad entre los ciudadanos apelando al viejo principio de “divide y reinarás”. El .tirano “despojado de la razón, se deja arrastrar por el instinto, como la bestia, cuando gobierna”, nos dice el Angélico.
De esta manera logra envilecer a los ciudadanos hasta el extremo, porque sabe que así los somete mejor.

Sin duda, en Venezuela este instinto ha funcionado a la perfección. Los venezolanos hemos sido envilecidos al extremo.

Cómo haremos para volver a creer en nosotros mismos, para considerarnos un pueblo digno de progreso y bienestar, de libertad y democracia; digno de vivir feliz sin necesidad de huir de su tierra. Es una pregunta que nos atañe y nos concierne a todos. En nuestro horizonte hay demasiada hambre, demasiada sangre, demasiado odio. Necesitamos con urgencia volver a creer en algo:
creer que somos posibles, que podemos respetarnos y tolerarnos, que comer es una actividad normal del ser humano, que podemos transitar calles seguras, que los desacuerdos no nos condenan a asesinarnos, que hay esperanza y futuro y que ese futuro puede ser del tamaño del empeño que pongamos en él.

No puede ser que una tierra que es capaz de producir tanto talento, tantas individualidades inteligentes y capaces, esté condenada al fracaso como proyecto común.

Esta lucha comienza en nosotros mismos. Corazón adentro debemos hacer que Venezuela renazca como una aspiración de fe en nuestro espíritu, comprometida con valores, principios e ideas.

La lucha es afuera y es adentro. Volver a creer en nosotros es el primer paso para salir de esto, porque a esa certeza no hay fuerza humana que la someta.
Ese día veremos a la tiranía desvanecerse hasta convertirse en un mal recuerdo, como cuando, mirando un viejo retrato de nosotros mismos, caemos en cuenta de lo feos que fuimos alguna vez.

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