elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Socialismo

La verdadera pandemia es el socialismo por Esteban Hernández – Revista Digital IF – 1 de Abril 2020

La-verdadera-pandemia-es-el-socialismo-cuestiona-todo-if-revista-digital-revista-libertaria-capitalismo-venezuela-libertad-900x550.jpg

Durante los últimos meses, el tema que ha estado ocupando todos los titulares en los medios de comunicación, los mensajes de redes sociales y las conversaciones cotidianas a nivel mundial ha sido la pandemia originada en Wuhan, China.


El pánico que esta ha generado en la ciudadanía ha traído como consecuencia la escasez de productos básicos en distintas naciones debido a un aumento significativo en su demanda, y la intervención del estado en el mercado y la vida privada de los individuos. Estas medidas, aclamadas por un sector importante de la población que desesperadamente buscan protección en una institución caracterizada por el abuso de poder, les han dado a varios países la oportunidad de vivir temporalmente bajo condiciones muy similares a la que genera la pandemia más peligrosa de la historia: El Socialismo.

Para cometer la irresponsabilidad de comparar a una ideología política con una enfermedad, se debe entender, en primer lugar, que según la Real Academia Española, una pandemia es “una enfermedad que ataca a todos o la mayoría de individuos en una localidad o región y que se extiende a varios países”; y en segundo lugar, se debe tener bien claro los postulados que el socialismo defiende y los resultados que dichas propuestas han traído a nivel global sin ningún tipo de discriminación geográfica o cronológica.

La definición más simple y precisa de la ideología socialista se puede encontrar en el Manifiesto Comunista de Karl Marx y Frederic Engels, quienes justamente denominaron a la primera parte de su proyecto criminal como socialismo; el cual a su vez, fue dividido en diez puntos claves para poder alcanzar los objetivos que ambos se plantearon. A pesar de que este modelo económico y político, no está catalogado como una enfermedad, por lo tanto, no cumple con una de las características necesarias para ser denominado como pandemia, sí recoge el otro elemento, y es que la mayoría de los países (varios ya inexistentes) en algún momento de su historia, han sufrido los estragos causados por políticas y políticos que promueven el robo institucionalizado. Además, una enfermedad, según la propia RAE, puede traducirse al funcionamiento dañino de una institución; y son precisamente las instituciones dañadas las que permiten que el socialismo se implemente.


“A pesar de que este modelo económico y político, no está catalogado como una enfermedad, por lo tanto, no cumple con una de las características necesarias para ser denominado como pandemia, sí recoge el otro elemento, y es que la mayoría de los países (varios ya inexistentes) en algún momento de su historia, han sufrido los estragos causados por políticas y políticos que promueven el robo institucionalizado”Esteban Hernández

Los efectos en el mediano y largo plazo de políticas que cercenan las libertades económicas, son muy similares a los causados por el virus chino. Es importante resaltar que las fallas que ha mostrado el supuesto capitalismo al momento de satisfacer las necesidades de los ciudadanos, han sido precisamente ocasionadas por el intervencionismo estatal (control de precios, aumentos de impuestos, estímulos fiscales, etc.). No es para nada sorpresivo que el nivel de urgencia que ha generado esta crisis sea aprovechado por los regímenes más totalitarios para afianzar su poderío dentro de sus fronteras; a su vez, las organizaciones internacionales han demostrado su “legitimidad” y “extrema importancia” para tratar temas de interés global como este. Solamente algunas excepciones honrosas, han decidido que el mercado sea el que tome un rol protagónico en la crisis actual.

Finalmente, es importante destacar que el socialismo es relativamente nuevo en comparación con las pandemias; sin embargo, esto no le ha sido un impedimento para causar millones de muertes directas e indirectas bajo la fachada de causas nobles. Por su parte, las enfermedades no se ocultan bajo agendas supuestamente justas. Es momento de medir por resultados, y no por intenciones, a las pandemias y a las ideologías, cualquiera de ellas que genere muertes debe provocar el rechazo mayoritario de los ciudadanos. Las enfermedades asesinan atacando a nuestro cuerpo, el socialismo asesina atacando las instituciones y nuestras libertades.

Indudablemente, la peor pandemia de todas se llama Socialismo.

 

 

La carta de Venezuela en las elecciones de Estados Unidos por Ricardo Hausmann – El Nacional – 9 de Marzo 2020

Tenía que suceder. En algún momento, Venezuela iba a entrar en el debate electoral en Estados Unidos. Ahora que lo ha hecho, probablemente siga siendo un tema importante. Venezuela, después de todo, representa el mayor colapso económico del continente americano, el mayor incremento de la pobreza, la peor hiperinflación y la mayor migración masiva de los últimos siglos.

También es un caso en el que terminar con la pesadilla –y la amenaza para la estabilidad regional que representa– se ha vuelto una de las principales prioridades de política exterior de Estados Unidos. Es una de las pocas políticas del gobierno de Donald Trump que cuenta con un amplio respaldo bipartidista, como quedó demostrado en la gran ovación que recibió el presidente encargado Juan Guaidó durante el discurso del Estado de la Unión en febrero.

Sin embargo, la tragedia de Venezuela está siendo utilizada como un arma político-partidista en la carrera hacia las elecciones presidenciales y parlamentarias de noviembre. Según Trump, Venezuela demuestra el fracaso del “socialismo”, y los demócratas son “socialistas”. Supuestamente, si los votantes sustituyeran a Trump por un demócrata, Estados Unidos sufriría el mismo destino que Venezuela.

Claramente, este es un argumento descabellado. Los demócratas han estado al frente de la Casa Blanca durante 48 de los últimos 87 años y, en general, a Estados Unidos le ha ido bastante bien.

Pero Bernie Sanders, el favorito en la primaria demócrata, no es un demócrata tradicional. De hecho, ni siquiera es miembro del partido. Él mismo se define como socialista democrático, no como un socialdemócrata, y sus declaraciones pasadas sobre Fidel Castro, así como sus viajes a la Unión Soviética y a Nicaragua, reflejan su apoyo de décadas a la izquierda radical.

Los seguidores de Sanders destacan que el socialismo que él tiene en mente es la socialdemocracia al estilo escandinavo. Pero Sanders aún no ha articulado ninguna diferencia ideológica o política con las tiranías indeseables que ha respaldado, y se siente incómodo hablando del tema. Por el contrario, ha tendido a responder con la defensa tipo “Mussolini hizo que los trenes anden a tiempo”.

Existen, por supuesto, otras lecciones políticas que aprender de Venezuela. El economista y premio Nobel Paul Krugman responsabiliza por el destino del país a los generosos programas sociales durante los años del boom petrolero (2004-2014). Cuando el precio del petróleo cayó, el gobierno recurrió a la impresión de dinero para financiar los consiguientes grandes déficits fiscales, y esto condujo a la hiperinflación. Según este discurso, el problema fue que había buenas intenciones, pero una mala gestión macroeconómica, no “socialismo”. Por el contrario, Moisés Naím y Francisco Toro culpan principalmente a la cleptocracia por el colapso de Venezuela.

Ambas son partes importantes de la historia del chavismo, pero ninguna le da al “socialismo” su debido lugar. Es más, al igual que Sanders, no explican cómo se diferencia el “socialismo” en Escandinavia de la versión tropical.

Por cierto, estos dos sistemas son prácticamente polos opuestos. El sistema escandinavo es profundamente democrático: la gente utiliza al Estado para darse a sí misma derechos y autonomía. Un sector privado pujante crea empleos bien pagados, y las relaciones de colaboración entre capital, gerencia y trabajadores sustentan un consenso que hace hincapié en el desarrollo de capacidades, la productividad y la innovación. Es más, dadas sus poblaciones relativamente pequeñas, estos países entienden que la apertura y la integración con el resto del mundo son fundamentales para su progreso. Se han fijado impuestos lo suficientemente altos como para financiar un Estado benefactor que invierte en el capital humano de la gente y la protege de la cuna a la tumba. La sociedad ha sido lo suficientemente poderosa como para “encadenar al Leviatán”, como dicen Daron Acemoglu y James A. Robinson en su último libro.

El chavismo, por el contrario, consiste en desempoderar plenamente a la sociedad y subordinarla al Estado. Los programas sociales que menciona Krugman no son un reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, sino privilegios concedidos por el partido gobernante a cambio de lealtad política. Grandes sectores de la economía fueron expropiados y puestos bajo propiedad y control del Estado. Esto incluyó no solo la electricidad, los servicios petroleros (la producción de petróleo ya había sido nacionalizada en 1976), el acero, las telecomunicaciones y los bancos, sino también empresas mucho más pequeñas: productores lácteos, fabricantes de detergente, supermercados, caficultores, distribuidores de gas de cocina, barcos y hoteles, así como millones de hectáreas de tierra cultivable.

Sin excepción, todas estas empresas colapsaron, incluso antes de que el precio del petróleo se derrumbara en 2014. Por otra parte, el gobierno intentó crear nuevas empresas estatales a través de asociaciones con China e Irán: ninguna de ellas está en funcionamiento, a pesar de miles de millones de dólares de inversión.

Además, los controles de precios, de las divisas, de las importaciones y del empleo tornaron prácticamente imposible la actividad económica privada, lo que desempoderó aún más a la sociedad. Se suponía que los precios tenían que ser “justos” y no vinculados a la oferta y la demanda, y por ende fijados por el gobierno, lo que llevó a desabastecimiento, mercados negros y oportunidades de corrupción y cleptocracia, mientras un gran número de gerentes y emprendedores eran encarcelados por violaciones de los “precios justos”. Durante el boom petrolero de 2004-2014, mientras se destruía la agricultura y la industria, el gobierno ocultó el colapso con importaciones masivas, que financió no solo con los ingresos petroleros, sino también con un inmenso endeudamiento externo. Obviamente, cuando los precios del petróleo cayeron y los mercados dejaron de prestar en 2014, la farsa ya no se pudo mantener. Y la farsa era la versión chavista del socialismo.

¿Pero cuál es la versión de Sanders? Un salario mínimo más alto, atención médica universal y libre acceso a una educación superior pública, como señala, son la norma en la mayoría de los países desarrollados y definitivamente no son socialistas en el sentido chavista, cubano o soviético de la palabra.

Por otra parte, Sanders casi nunca tiene algo positivo que decir sobre los emprendedores y las empresas exitosas, sean grandes o pequeñas. Es verdad, quiere justificar impuestos más altos para financiar sus políticas sociales, pero necesita de hecho que las empresas sean productivas y rentables para que paguen más impuestos. ¿Su socialismo, entonces, tiene que ver con la cooperación para empoderar al pueblo mientras impulsa a la economía, o con empoderar al Estado para ejercer un control más coercitivo sobre las empresas?

Esta pregunta debe ser respondida por razones tácticas, porque la carta de Venezuela también puede jugarse en contra de Trump. Después de todo, el chavismo ha politizado el uso de la policía y el Poder Judicial, ha pisoteado a la prensa libre, ha tratado a los opositores políticos como traidores y enemigos mortales y se ha entrometido con la imparcialidad de las elecciones. ¿Suena familiar? Ahora bien, el opositor de Trump en noviembre no puede pasar de la defensa al ataque con la carta venezolana hasta que la “cuestión del socialismo” no se aborde como corresponde.

Los votantes en las primarias demócratas hoy tienen derecho de saber si Sanders entiende lo que diferencia a Escandinavia de Venezuela. Además, deberían querer saber si su candidato luchará, junto con la coalición existente de 60 democracias de América Latina y del mundo desarrollado, para poner fin a la dictadura de Venezuela y restablecer los derechos humanos y la libertad.

La picaresca  revolucionaria por Ramón Peña – La patilla – 8 de Marzo 2020

download.jpgProgres y socialistas de otras latitudes, desde Bernie Sanders hasta el buscavidas Pedro Sánchez, insisten a conveniencia en afirmar que nuestro “problema” es el de un gobierno socialista enfrentado a la derecha y al imperialismo. Se evoca cómodamente el cuadro de la Guerra Fría y se enmarca a Venezuela dentro de los limites de una controversia ideológica.  Algunos insinúan un paralelo con Chile bajo el gobierno de Salvador Allende, donde el fracaso económico era atribuible a un desacertado modelo socialista, democrático pero incompetente para aliviar la pobreza del país austral.

Ciertamente, el proceso iniciado en 1999 en Venezuela se inscribió bajo bandera socialista como “Socialismo del Siglo XXI”  y emprendió el catecismo ortodoxo revolucionario, expropiaciones,  controles de todo tipo, asedio a la economía privada, estatizaciones y monopolio de todos los poderes públicos. Acertado en la devastación de la economía y el empobrecimiento de la población.

Pero la prominencia de la realidad de hoy es aun mas grave: es un país donde se trafica con alimentos lo mismo que con cocaína, oro, coltán; donde se establece un contrabando legalizado para suplir las carencias cotidianas de bienes primordiales. Bandas ilegales diezman impunemente el ambiente en las explotaciones minerales. Circulan a caudales divisas de origen oscuro. Fuerzas paramilitares del régimen devienen en poderosas bandas hamponiles…

Son realidades de un país arrastrado a la devastación bajo promesas de justicia socialista, pero que, como lo definen Moisés Naím y Francisco Toro en un reciente articulo en Foreign Affairs, “El impulsor mas profundo de la implosión de Venezuela no es la adhesión doctrinaria de Maduro al socialismo sino, más bien, la caída del país en la cleptocracia.”

El poder en la Venezuela actual corresponde al modelo de Estado que soñaba el antioqueño Pablo Escobar Gaviria para Colombia. Afortunadamente para nuestros hermanos del vecino país, aquel no pasó de ser suplente de una curul en el Senado…

 

 

.

 

 

 

 

La carta de Venezuela en las elecciones de Estados Unidos por Ricardo Hausmann – ProDaVinci – 3 de Marzo 2020

La carta de Venezuela en las elecciones de Estados Unidos

CAMBRIDGE – Tenía que suceder. En algún momento, Venezuela iba a entrar en el debate electoral en Estados Unidos. Ahora que lo ha hecho, probablemente siga siendo un tema importante. Venezuela, después de todo, representa el mayor colapso económico del continente americano, el mayor incremento de la pobreza, la peor hiperinflación y la mayor migración masiva de los últimos siglos.

También es un caso en el que terminar con la pesadilla –y la amenaza para la estabilidad regional que representa- se ha vuelto una de las principales prioridades de política exterior de Estados Unidos. Es una de las pocas políticas de la administración del presidente Donald Trump que cuenta con un amplio respaldo bipartidista, como quedó demostrado en la gran ovación que recibió el Presidente Encargado Juan Guaidó durante el discurso del Estado de la Unión de Trump en febrero.

Sin embargo, la tragedia de Venezuela está siendo utilizada como un arma político-partidista en la carrera hacia las elecciones presidenciales y parlamentarias de noviembre. Según Trump, Venezuela demuestra el fracaso del “socialismo”, y los demócratas son “socialistas”. Supuestamente, si los votantes sustituyeran a Trump por un demócrata, Estados Unidos sufriría el mismo destino que Venezuela.

Claramente, éste es un argumento descabellado. Los demócratas han estado al frente de la Casa Blanca durante 48 de los últimos 87 años y, en general, a Estados Unidos le ha ido bastante bien.

Pero Bernie Sanders, el favorito en la primaria demócrata, no es un demócrata tradicional. De hecho, ni siquiera es miembro del partido. Él mismo se define como socialista democrático, no como un socialdemócrata, y sus declaraciones pasadas sobre Fidel Castro, así como sus viajes a la Unión Soviética y a Nicaragua, reflejan su apoyo de décadas a la izquierda radical.

Los seguidores de Sanders destacan que el socialismo que él tiene en mente es la socialdemocracia al estilo escandinavo. Pero Sanders aún no ha articulado ninguna diferencia ideológica o política con las tiranías indeseables que ha respaldado, y se siento incómodo hablando del tema. Por el contrario, ha tendido a responder con la defensa tipo “Mussolini hizo que los trenes anden a tiempo”.

Existen, por supuesto, otras lecciones políticas que aprender de Venezuela. El economista y premio Nobel Paul Krugman responsabiliza por el destino del país a los generosos programas sociales durante los años del boom petrolero (2004-14). Cuando el precio del petróleo cayó, el gobierno recurrió a la impresión de dinero para financiar los consiguientes grandes déficits fiscales, y esto condujo a la hiperinflación. Según este discurso, el problema fue que había buenas intenciones, pero una mala gestión macroeconómica, no “socialismo”. Por el contrario, Moisés Naím y Francisco Toro culpan principalmente a la cleptocracia por el colapso de Venezuela.

Ambas son partes importantes de la historia del chavismo, pero ninguna le da al “socialismo” su debido lugar. Es más, al igual que Sanders, no explican cómo se diferencia el “socialismo” en Escandinavia de la versión tropical.

Por cierto, estos dos sistemas son prácticamente polos opuestos. El sistema escandinavo es profundamente democrático: la gente utiliza al estado para darse a sí misma derechos y autonomía. Un sector privado pujante crea empleos bien pagados, y las relaciones de colaboración entre capital, gerencia y trabajadores sustentan un consenso que hace hincapié en el desarrollo de capacidades, la productividad y la innovación. Es más, dadas sus poblaciones relativamente pequeñas, estos países entienden que la apertura y la integración con el resto del mundo son fundamentales para su progreso. Se han fijado impuestos lo suficientemente altos como para financiar un estado benefactor que invierte en el capital humano de la gente y la protege de la cuna a la tumba. La sociedad ha sido lo suficientemente poderosa como para “encadenar al Leviatán”, como dicen Daron Acemoglu y James A. Robinson en su último libro.

El chavismo, por el contrario, consiste en desempoderar plenamente a la sociedad y subordinarla al estado. Los programas sociales que menciona Krugman no son un reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, sino privilegios concedidos por el partido gobernante a cambio de lealtad política. Grandes sectores de la economía fueron expropiados y puestos bajo propiedad y control del estado. Esto incluyó no sólo la electricidad, los servicios petroleros (la producción de petróleo ya había sido nacionalizada en 1976), el acero, las telecomunicaciones y los bancos, sino también empresas mucho más pequeñas: productores lácteos, fabricantes de detergente, supermercados, caficultores, distribuidores de gas de cocina, barcos y hoteles, así como millones de hectáreas de tierra cultivable.

Sin excepción, todas estas empresas colapsaron, incluso antes de que el precio del petróleo se derrumbara en 2014. Por otra parte, el gobierno intentó crear nuevas empresas estatales a través de asociaciones con China e Irán: ninguna de ellas está en funcionamiento, a pesar de miles de millones de dólares de inversión.

Además, los controles de precios, de las divisas, de las importaciones y del empleo tornaron prácticamente imposible la actividad económica privada, lo que desempoderó aún más a la sociedad. Se suponía que los precios tenían que ser “justos” y no vinculados a la oferta y la demanda, y por ende fijados por el gobierno, lo que llevó a desabastecimiento, mercados negros y oportunidades de corrupción y cleptocracia, mientras un gran número de gerentes y emprendedores eran encarcelados por violaciones de los “precios justos”. Durante el boom petrolero de 2004-14, mientras se destruía la agricultura y la industria, el gobierno ocultó el colapso con importaciones masivas, que financió no sólo con los ingresos petroleros, sino también con un inmenso endeudamiento externo. Obviamente, cuando los precios del petróleo cayeron y los mercados dejaron de prestar en 2014, la farsa ya no se pudo mantener. Y la farsa era la versión chavista del socialismo.

¿Pero cuál es la versión de Sanders? Un salario mínimo más alto, atención médica universal y libre acceso a una educación superior pública, como señala, son la norma en la mayoría de los países desarrollados y definitivamente no son socialistas en el sentido chavista, cubano o soviético de la palabra.

Por otra parte, Sanders casi nunca tiene algo positivo que decir sobre los emprendedores y las empresas exitosas sean grandes o pequeñas. Es verdad, quiere justificar impuestos más altos para financiar sus políticas sociales, pero necesita de hecho que las empresas sean productivas y rentables para que paguen más impuestos. ¿Su socialismo, entonces, tiene que ver con la cooperación para empoderar al pueblo mientras impulsa a la economía, o con empoderar al estado para ejercer un control más coercitivo sobre las empresas?

Esta pregunta debe ser respondida por razones tácticas, porque la carta de Venezuela también puede jugarse en contra de Trump. Después de todo, el chavismo ha politizado el uso de la policía y el poder judicial, ha pisoteado a la prensa libre, ha tratado a los opositores políticos como traidores y enemigos mortales y se ha entrometido con la imparcialidad de las elecciones. ¿Suena familiar? Ahora bien, el opositor de Trump en noviembre no puede pasar de la defensa al ataque con la carta venezolana hasta que la “cuestión del socialismo” no se aborde como corresponde.

Los votantes en las primarias demócratas hoy tienen derecho a saber si Sanders entiende lo que diferencia a Escandinavia de Venezuela. Además, deberían querer saber si su candidato luchará, junto con la coalición existente de 60 democracias de América Latina y del mundo desarrollado, para poner fin a la dictadura de Venezuela y restablecer los derechos humanos y la libertad.

***

Ricardo Hausmann, ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de Harvard y director del Harvard Growth Lab.

Copyright: Project Syndicate, 2020.
www.project-syndicate.org

El coronavirus de la izquierda latinoamericana – Boletin # 41 Avila/Montserrate – 1 de Marzo 2020

Screen Shot 2020-03-03 at 1.35.48 PM.png

Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas”. Quien esto afirma es Pablo Stefanoni, colaborador de Nueva Sociedad una revista auspiciada por la socialdemocracia alemana, a quien nadie puede acusar de ser vocero de la derecha. O del “Imperialismo”.

En un artículo titulado La izquierda latinoamericana frente a Venezuela, Stefanoni desarrolla dos argumentos para explicar cómo el chavismo pasó de ser un proyecto inspirador a convertirse en un lastre que ha contribuido a la pérdida de credibilidad y al extravío ideológico de la izquierda en la región.

El primer argumento es la enfermedad contagiosa. El chavismo se ha convertido en el coronavirus de la política latinoamericana. “Si votas por la izquierda”, dicen las campañas adversarias, “terminarás como Venezuela”. Para poder ganar las elecciones, Ollanta Humala y de la izquierda latinoamericana Manuel López Obrador tuvieron que abjurar de sus simpatías chavistas. Y, a pesar de que a última hora Petro también lo hizo en Colombia, la fórmula mágica que puso a ganar a Duque fue la consigna «Petro traerá consigo el castrochavismo».

El segundo argumento de Stefanoni es más importante. Tiene que ver con la incapacidad de las izquierdas para haber desarrollado a tiempo antídotos analíticos que dieran cuenta rápidamente de que el proceso venezolano se había ido alejando a gran velocidad de la promesa de construir un socialismo democrático para convertirse en, de nuevo Stefanoini, “un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturarlo”.

Es así. El chavismo construyó una sociedad Frankenstein, un cuerpo social cabezón y deforme, hecho de una colcha de retazos de los nazi fascismo, los totalitarismos comunistas y las dictaduras militares de América Latina y África que nada, o poco, tenían que ver con un pensamiento de izquierda democrático.

Pero la solidaridad mecánica de muchas izquierdas, incluyendo las muy democráticas como la uruguaya, ancladas en un esquema de la guerra fría, o enamorados de los petrodólares que recibían, les impidió ver lo que estaba ocurriendo y terminaron haciendo de alcahuetas de uno de los más espeluznantes fenómenos de violación de los derechos humanos desde los tiempos de Pinochet y Galtieri, y de uno de los procesos de destrucción de una democracia joven, un aparato productivo y una boyante industria petrolera como nunca antes había ocurrido en América Latina.

En el prólogo de un libro de obligatoria lectura para quienes todavía se asumen como “progresistas”, La izquierda como autoritarismo en el siglo XXI, Gisela Kozak, una de su compiladoras, dejó caer esta idea fuerza: “Una izquierda acorde a las exigencias de nuestro tiempo podría crear un contrapeso a una derecha que, en algunos casos, ha intentado imponer una agenda cultural conservadora. Por ello es indispensable que América Latina tenga una izquierda democrática. Pero, lamentablemente, la región está lejos de tenerla”.

Venezuela Is the Eerie Endgame of Modern Politics by Anne Applebaum – The Atlantic – 27 de Febrero 2020

Citizens of a once-prosperous nation live amid the havoc created by socialism, illiberal nationalism, and political polarization.

Protestors look at a flag of Maduro burning near Las Mercedes in Caracas.

Last month, juan Guaidó appeared in Washington in the role of political totem. Venezuela’s main opposition leader—the man who is recognized by that country’s National Assembly, millions of his fellow citizens, and several dozen foreign countries as the rightful president of Venezuela—was one of the special guests at the State of the Union address. President Donald Trump welcomed Guaidó as living evidence that his own administration was “standing up for freedom in our hemisphere” and had “reversed the failed policies of the previous administration”; he called Venezuela’s current leader, Nicolás Maduro, an illegitimate ruler whose “grip on tyranny will be smashed and broken.” He gave no details of how that would happen. Trump, who has never been to Venezuela or shown any prior interest in it—or, for that matter, shown any interest in freedom anywhere else —presumably knows that the country matters to some voters in South Florida. To their credit, members of Congress gave a bipartisan standing ovation to Guaidó nevertheless.

Trump is not the only world leader to cite Venezuela for self-serving ends. Regardless of what actually happens there, Venezuela—especially when it was run by Maduro’s predecessor, the late Hugo Chávez—has long been a symbolic cause for the Marxist left as well. More than a decade ago, Hans Modrow, one of the last East German Communist Party leaders and now an elder statesman of the far-left Die Linke party, told me that Chávez’s “Bolivarian socialism” represented his greatest hope: that Marxist ideas—which had driven East Germany into bankruptcy—might succeed, finally, in Latin America. Jeremy Corbyn, the far-left leader of the British Labour Party, was photographed with Chávez and has described his regime in Venezuela as an “inspiration to all of us fighting back against austerity and neoliberal economics.” Chávez’s rhetoric also helped inspire the Spanish Marxist Pablo Iglesias to create Podemos, Spain’s far-left party. Iglesias has long been suspected of taking Venezuelan money, though he denies it. Even now, the idea of Venezuela inspires defensiveness and anger wherever dedicated Marxists still gather, whether they are Code Pink activists vowing to “protect” the Venezuelan embassy in Washington from the Venezuelan opposition or French Marxists who refuse to call Maduro a dictator.

And yet—Venezuela is not an idea. It is a real place, full of real people who are undergoing an unprecedented and in some ways very eerie crisis. If it symbolizes anything at all, it is the distorting power of symbols. In reality, the country offers no comfort for youthful Marxists or self-styled anti-imperialists—or for fans of Donald Trump. I spent a few days there earlier this month, on an academic invitation. During the course of ordinary conversations with me, three people burst into tears while talking about their life and their country.

One of the three was Susana Raffalli, a widely recognized Venezuelan expert in nutrition and food security. During her long career, Raffalli has worked all over the world, never imagining that her skills would be necessary in Venezuela, which has large oil reserves and was long a middle-income country. Raffalli and I met in a deceptively chic restaurant in Altamira, one of the wealthiest neighborhoods in Caracas. Just around the corner stood one of the shiny new hard currency stores, where people with dollars can buy things like Cheerios or large bottles of Heinz ketchup. Imported goods like these had disappeared in recent years as hyperinflation rendered the Venezuelan bolívar almost worthless, and as international sanctions and Venezuela’s own import controls disrupted trade. Now they are again available—but only to those who have access to foreign currency.

Eyes of Chavez
Emin Ozmen / Magnum Photos

Members of the Chavista-Madurista elite do indeed have such access, and the new dollarization of the Venezuelan economy has suddenly allowed them to flaunt their money. One academic I met described how shocked he was to see a woman reach into her handbag and pull out $3,000 in cash to buy a designer coat. “What kind of person,” he mused, “could have that kind of money?” By contrast, his elderly neighbors—formerly middle-class people, living on fixed pensions with no access to dollars—look thin and wasted. He himself had left his university to work for a foreign charity, because an academic salary paid in bolívares is no longer sufficient to buy food.

The glitzy evidence of dollarization also masks the deep crisis of the rural poor. Upon Chávez’s death in 2013, Corbyn thanked him on Twitter for “showing that the poor matter and wealth can be shared.” But neither Chávez nor Maduro has ever shown anything of the sort. Whatever progress the country made against poverty in the past was due to high oil prices, which have since slumped. Now Maduro presides over a disaster that is devastating the poor above all. Raffalli told me that the food-production system began to break down nearly a decade ago, thanks to the expropriation of land and the destruction of small agricultural companies, though a few big ones survive. Widespread malnutrition began a few years later. The Catholic charity Caritas believes that 78 percent of Venezuelans eat less than they used to, and 41 percent go whole days without eating. The side effects of hunger—higher rates of both chronic and infectious diseases—are spreading too. But if you haven’t heard about hunger in Venezuela, that’s not an accident: The government is going to great lengths to hide it.

The tactics of deception include the use of outdated nutrition measures, which help conceal the severity of the problem. Government departments have also resorted to euphemistic jargon. “Malnutrition” has become “nutrition vulnerability,” Raffalli said, and a system of health centers for starving children is now the Service for Nutritional Education. The country’s National Assembly, which is controlled by the opposition, passed special measures to address the health crisis; the Supreme Court, which is controlled by Maduro, rejected them. Most ominously, doctors in Venezuelan hospitals have faced pressurenot to list malnutrition as either a cause of illness or a cause of death. Though the official media do not mention these policies, people know about them anyway. Raffalli herself witnessed an extraordinary scene in one hospital: The parents of a child who had died from starvation tried to give her the corpse, because they were afraid that state officials would take it away and hide it. She was also in a rural region where children leave school at midday to hunt for birds or iguanas to cook and eat for lunch.

To anyone who knows the long history of the relationship between Marxist regimes and famine, this development seems uncannily familiar. More than 80 years ago, in the winter of 1932–33, Stalin confiscated the food of Ukrainian peasants and did nothing while nearly 4 million died. Then he covered up their deaths, even altering Soviet population statistics and murdering census officials to disguise what had happened. To anyone who knows the long history of Communist countries’ use of food as a weapon, the Venezuelan regime’s manipulation of the food supply comes as no surprise, either. Most Venezuelans—80 percent according to a recent survey—now rely on boxes of food, containing staples such as rice, grain, or oil, from the government. Agencies known as Local Committees for Supply and Production hand the packages out to people who register for a Patria (“fatherland”) card or smartphone app, which are also used to monitor participation in elections. Raffalli has called this policy “not a food program, but a program of penetration and social domination.” The hungrier people get, the more control the government exerts, and the easier it is to prevent them from protesting or objecting in any other way. Even people who are not starving now spend most of their time just getting by—standing in lines, trying to fix broken generators, working second or third jobs to earn a little bit more—all activities that keep them from politics.

But when Raffalli’s voice broke, she was talking about something else: the indifference that was growing, both at home and abroad. The United Nations, perhaps thanks to some officials who admired Chávez—or who do not admire Trump—has not launched a major humanitarian-aid program in Venezuela. “The trauma here is that it is forgotten by outsiders, and also forgotten by us,” Raffalli said. “We are getting used to it … you have to keep saying, ‘No, it’s not normal!” This, she said, is what Venezuela has become: “a country with some of the world’s biggest rivers, and yet we have water shortages. A country with vast reserves of oil, and yet people are cooking food over wood fires.” In this type of protracted crisis, “people start to lose hope. Hunger co-exists with fatigue and lack of hope. And we are forgetting what we used to be.”

And yet, despite the clear historical echoes, the cause of the crisis in Venezuela is not merely the familiar, fanatical application of Marxist theory. If some elements of recent Venezuelan history sound amazingly like a replay of Soviet history, other elements strongly resemble the more recent histories of Russia, Turkey, and other illiberal nationalist regimes whose leaders slowly chipped away at civil rights, rule of law, democratic norms, and independent courts, eventually turning their democracies into kleptocracies. This process also took place in Venezuela. Like the destruction of the economy, the destruction of the political culture took some time, because there were several decades’ worth of democratic institutions to destroy. Writing in The New Yorker in 1965, not long after a round of successful elections, a visitor to the country observed, rather elegantly, that “the high-minded, steadfast enthusiasm for the republican ideal is one of the determining factors in Venezuelan history … the Venezuelan seeks the City of Justice as his forerunners sought the City of Gold, with the same dedication, the same indestructible hope, and the same splendid determination.”

But democracy became weaker in the 1990s, thanks to widespread corruption linked to the oil industry. Chávez broke the rule of law completely. His first attempt to take power was via a coup d’état, in 1992. He won a legitimate election in 1998, but once in power he slowly changed the rules, eventually making it almost impossible for anyone to beat him. In 2004, he packed the Supreme Court; in 2009, he altered the electoral system. Just like other illiberal governments, the Venezuelan regime also sought to undermine abstract ideas of justice—which might have protected ordinary people from the authoritarian state—by dismissing them as a Western plot. Rafael Uzcátegui, an activist who runs PROVEA (the Venezuelan Education-Action Program on Human Rights), told me that the country’s rulers had tried to redefine the problem: “They said everything that we understood as human rights was a ‘liberal hegemonic imposition.’” They also created parallel institutions—such as the Bolivarian Alliance for the Peoples of Our America, Chávez’s version of the Organization of American States—to limit the influence of established multinational bodies and global human-rights groups inside Venezuela.

Having gained full control of his nation’s legal and judicial institutions, Chávez did not use it to benefit poor Venezuelans, contrary to the mythology spread by far-left admirers. Instead, Chávez began to transfer the wealth of the country to his cronies. This process was extraordinarily well documented, in real time, by many people. AForeign Affairs article about Chávez in 2006 spoke of “blatant violations of the rule of law and the democratic process.” A 2008 article in the same publication noted that “neither official statistics nor independent estimates show any evidence that Chávez has reoriented state priorities to benefit the poor.” The slide into spectacular corruption grew worse under Maduro. In Caracas, I met at least a dozen academics and journalists who are still charting the regime’s dishonest social-media campaigns, infringements on what remains of the constitutional order, and stunning corruption, as well as its humanitarian disaster. Their ability to observe and describe all of these things has not necessarily helped them to stop them.

Some elements of Chávez’s method will seem strangely familiar to anyone who has studied other kleptocracies. The Venezuelan writer Moisés Naím has described his country’s political system as a “loose confederation of foreign and domestic criminal enterprises with the president in the role of mafia boss,” which makes it sound very much like Vladimir Putin’s Russia. In Caracas, I sat in a room full of people who were debating just exactly how much money the regime had stolen—$200 billion? $600 billion?—a parlor game that gets played in Moscow too. Scattered around the Venezuelan capital are several brand-new, completely empty apartment buildings that are reportedly a side effect of money laundering: Their owners are storing stolen money in glass and concrete, hoping that real-estate prices will rise someday. A couple of years ago, a court in Miami charged a network of Venezuelan officials with laundering $1.2 billion into property and assets in Florida and elsewhere. Investigations into that case and others still involve law-enforcement agencies all over the world.

How did Chávez get away with this level of theft? How can Maduro sustain it? Among other things, the two strongmen have made it almost impossible for the independent press to function, undermined the credibility of experts, and distracted supporters, both domestic and foreign, with a combination of fairy tales—how wonderful were the lives of the poor!—and conspiracy theories. For Americans, some elements of this story should hit uncomfortably close to home. At the height of his power, Chávez appeared every Sunday on his own surreal, unscripted reality-television program, called Aló Presidente. He would interview supporters, hire and fire ministers, insult people, even declare war while on air, using television much as President Trump uses Twitter, to shock and entertain, sometimes continuing for many hours. Chávez made up names for his enemies—“El Diablo” was one of several for President George W. Bush—and he was vulgar and rude. These traits convinced people that he was “authentic.” Just as Trump used to shout “You’re fired” as a kind of punch line on The Apprentice, Chávez would shout “Exprópiese!” at buildings and property, supposedly owned by rich people, that he intended to expropriate.

Over time, Chávez successfully polarized society into groups of fanatical supporters and equally dedicated enemies—warring tribes who felt they had little in common. Some of the differences were based on class or race, but not all. One Venezuelan I met—he owned a bookstore before people could no longer afford to buy books—told me that he fell out with a university friend who’d become a fanatical Chavista. They never made up.

Even now, polarization is built into the streetscape of Caracas. In the middle-class Chacao district, which is controlled by the opposition, the names of activists murdered by the regime are painted onto a fence that stands near a square where many anti-Maduro demonstrations have been held. In the working-class neighborhoods, one sees pro-regime murals and billboards, though many of these defy the clichés. Some of them, heavy on Venezuelan flags and “No Trump” slogans, could easily be described as nationalist rather than socialist. Others—the paintings of Chávez’s eyes, for example—belong more strictly to what can only be described as a cult of personality.

None of those signs and symbols necessarily means that the regime is popular. Most of the political scientists whom I met reckoned that Maduro has the support of no more than a quarter of the population—some of whom support him only for the food boxes or out of fear. Those who speak out, especially from the slums, are periodically subjected to violence too. In one poor neighborhood, I met a woman whose cousin had recorded a video of himself, draped in a Venezuelan flag, going to an anti-government demonstration, and posted it on Facebook. A neighbor recognized him and told the authorities—another act with Stalinist echoes. A couple of days later, police thugs from the Special Actions Force—a unit known as FAES, which Maduro created in 2017 supposedly to “fight terrorism” —abducted and murdered him.

Extrajudicial murders like this one are now common. An initiative called Mi Convive—whose mission is to monitor and reduce violence—registered 1,271 extrajudicial murders in Caracas alone from May 2017 to December 2019, out of more than 3,300 violent deaths in the city. Late last year, the UN high commissioner for human rights concluded that FAES and other police had killed 6,800 Venezuelans from January 2018 to May 2019, a period of sharp political conflict. The commissioner’s report included details of torture, such as electric-shock treatment and waterboarding. Precisely because those who criticize the government can be subjected to harassment or violence, especially if they come from the slums, I am withholding the names of some of the Venezuelans whom I met or interviewed.

But cynicism is just as powerful a demotivator as fear. Over and over again, people told me that while they don’t dislike Guaidó, they do not believe he can win. So what if the Trump administration recognizes him as the rightful president? The Venezuelan army does not. Democracy is broken, elections are unfair, the police can enter anyone’s house at any time, so how can the regime be brought down? One of Guaidó’s former teachers, a university professor, told me he had let his former student know that he would not come to any more demonstrations until he knew exactly what he was demonstrating for. What is the realistic path to change?

Polarization adds to this cynicism by creating suspicion and mistrust on both sides; people hear politicians shouting diametrically opposing slogans or presenting contradictory facts, and their instinct is to cover their ears. Then they retreat inward—or they leave, in vast numbers. The 4.5 million people who are thought to have left Venezuela in recent years have done so either by walking across the border into neighboring countries or by seeking to study or work abroad. Historically, Venezuela was a magnet for immigrants, not a source of refugees. The current exodus has left enormous gaps in many institutions, broken up families, and destroyed circles of friends.

The second person I met who started to cry was a translator. At one event, I responded in English to a question about the wave of Venezuelan refugees now spreading across South America, North America, and Europe. As the translator put my answer into Spanish, she broke down. “I suddenly thought of my nieces and nephews,” she told me afterward. “All of those hopeful young people, all gone.”

The third time someone cried was in rather different circumstances. I was in La Vega, one of the slums that cling to the hills around Caracas, a little bit like the favelas around Rio de Janeiro. The paved roads in La Vega attest to the money that was once available to spend on infrastructure; the jerry-rigged electricity cables and water pipelines attest to that infrastructure’s decline. We were sitting in a community kitchen created by a group called Alimenta la Solidaridad (a name that translates loosely to “food solidarity”), which serves regular meals to children in poor neighborhoods. This is one of a pair of initiatives originally conceived by Roberto Patiño, a young opposition politician turned humanitarian activist. The first one is Mi Convive, the group that monitors and mitigates violence; its name, also translated loosely, means “live together.” Patiño was a student leader who campaigned on behalf of a previous opposition leader, Henrique Capriles, who ran for president and lost by a tiny and probably fraudulent margin in 2013. As he traveled around the country, Patiño told me, he was shocked by the lack of faith that people had in the whole process. They didn’t hate Capriles; they just thought that “everything related to politics is a lie.”

Patiño’s organizations are not political, and they are not intended to affect election campaigns directly. Instead, they seek to undermine the polarization, and dampen the cynicism, that has frozen Venezuelan society. Propaganda divides people. Fear isolates them. By contrast, Alimenta and Mi Convive create projects that bring people together, regardless of their socioeconomic status or political views, building networks of friendship and support. The projects are staffed, in part, by educated, middle-class people in their 20s and 30s who have deliberately decided not to emigrate, though any of them could. Alberto Kabbabe, the co-founder and executive director of Alimenta, has a degree in chemical engineering; he says most of his university friends have left for the U.S. or Colombia. Back when he was in the student movement with Patiño, Kabbabe didn’t imagine himself running community kitchens, but then, none of the group did. “I thought I would be doing politics, but something more … sophisticated,” one told me. But in a society where sophisticated politics feel pointless and impossible, working to create links between wealthy and poor neighborhoods feels positive and creative. “The government made people believe that we are all different and enemies. In fact, we are all different, but we can work together,” Kabbabe told me.

A trio of them took me to see a couple of the kitchens in La Vega. We began with a visit to a Jesuit school. Alimenta has worked closely alongside the order, which has a particular interest in refugees and the very poor. The Jesuit fathers in Caracas—I met several—reminded me of the kinds of priests who used to work in Polish working-class neighborhoods in the 1980s, when the Catholic Church was a unifying national institution in Poland and not part, as it is now, of a divisive war over modern culture.

From the school we went to one of the community kitchens—in reality, a dining space set up on a dirt floor beneath a corrugated-tin roof. The women who worked there were all volunteers, some of whom had lost their access to the free government food boxes because they work for Alimenta. They said they didn’t care—the food served at the kitchens is healthier anyway—and there are other benefits. “We can do something to make a difference,” one of the volunteers told me, and that creates a kind of psychological satisfaction, even aside from the food. Some of the women have become advocates for their communities, speaking out about school closures, water shortages, and the other hardships that Venezuela’s decline has imposed on them.

Conditions were a little better in another section of La Vega, farther down the hillside. There, the community kitchen is inside a real building, connected to a convent. Posted on the walls are lists of daily menus; the space smells slightly of disinfectant and the floors positively shine. The volunteer who runs the kitchen—gray-haired, wearing blue jeans and an Alimenta la Solidaridad T-shirt—showed us around. She started to tell her life story, a tale of bad luck and crises, a son who was shot during local violence, another who died in an accident. But now she has had some success: Her daughters are studying, and she is feeding children—a role that allows her to keep an eye on local families in trouble. This is when she started to cry. One of the women from Alimenta—several decades younger, from a different neighborhood and a luckier family background—stood up and put her hand on her shoulder. The older woman stopped for a moment, and then resumed her story.

I am tempted to end here with a warning, because Venezuela does represent the conclusion to a lot of processes we see in the world today. Venezuela is the endgame of ideological Marxism; the culmination of the assault on democracy, courts, and the press now unfolding in so many countries; and the outer limit of the politics of polarization. But I don’t want, as so many have done, to treat Venezuela as just a symbol. It’s a real place, and the hardships faced by the people who live there have not ended, culminated, or been limited at all. Whatever the United States and other members of the international community do next in Venezuela, the goal should be to help real Venezuelans, not to further an ideological argument, especially as the humanitarian and political crises deepen and spread.

ANNE APPLEBAUM is a staff writer at The Atlantic. She is a senior fellow of the Agora Institute at Johns Hopkins University. Her latest book is Red Famine: Stalin’s War on Ukraine.

El problema de Venezuela no es el socialismo por Moisés Naím y Francisco Toro – Foreign Affairs – 3 de Febrero 2020 

El desastre de Maduro poco tiene que ver con la ideología

El líder de la oposición, Juan Guaidó, frente a la Asemblea Nacional en Caracas, Venezuela, enero del 2020Adriana Loureiro Fernández / The New York Times / Redux

En los últimos tres años, las escenas trágicas de pobreza y caos han dominado la cobertura de la crisis política en Venezuela, una nación que fue uno de los países más ricos y democráticos de Sudamérica. Venezuela se ha convertido tanto en un sinónimo de fracaso como, curiosamente, en una especie de papa caliente ideológica, un artefacto retórico que se introduce en las discusiones políticas en todo el mundo.

En países tan diversos como Brasil y México, Italia y los Estados Unidos, los políticos invocan a Venezuela como un cuento con moraleja sobre los peligros del socialismo. Los candidatos de izquierda —desde Jeremy Corbyn, en el Reino Unido, hasta Pablo Iglesias, en España— se ven acusados de simpatizar con el socialismo chavista y sufren serios daños políticos por su asociación con los gobernantes venezolanos. La imputación, repetida sin cesar, es que el fracaso de Venezuela es el fracaso de una ideología. Según esta tesis, el socialismo tiene la culpa, y si los votantes toman la decisión equivocada en las urnas, el caos y la crisis podrían extenderse a sus países también.

Como toda publicidad engañosa, esta es efectiva porque contiene un elemento de verdad. Las políticas socialistas del expresidente Hugo Chávez devastaron el país. Las expropiaciones caóticas y a gran escala, los desastrosos controles de precios y de cambio, las regulaciones sofocantes y la hostilidad desenfrenada hacia el sector privado ayudaron a producir la catástrofe económica en Venezuela. Pocas guerras han destruido tanto la riqueza de una nación como las políticas de Chávez y de su sucesor, Nicolás Maduro.

Pero también, como toda publicidad engañosa, esta oscurece más de lo que revela. La causa más profunda de la implosión de Venezuela no es la adhesión doctrinaria de Maduro al socialismo sino, más bien, el deslizamiento del país hacia la cleptocracia. Centrarse en que Venezuela es un fracaso del socialismo es nublar el quid de la cuestión: el colapso del estado venezolano y la apropiación de sus recursos por una confederación de criminales despiadados que actúan dentro y fuera del país.

Esta dinámica se ignora en muchas de las discusiones sobre Venezuela, las cuales siguen tratando el enfrentamiento de Maduro con sus oponentes como una variante de la ya conocida confrontación política entre la izquierda y la derecha. Tales apreciaciones tienden a describir el país como si fuera otra democracia fraccionada, donde hay batallas feroces y en ocasiones violentas entre partidos rivales. Pero pensar en Venezuela como una democracia perturbada o solo como un ejemplo del fracaso del socialismo impide captar plenamente las causas y consecuencias del trance que vive el país.

En realidad, la democracia de Venezuela colapsó hace años. Las encuestas muestran consistentemente que cuatro de cada cinco venezolanos quieren que Maduro deje su cargo de inmediato, pero ningún mecanismo democrático puede satisfacer su demanda. Con las elecciones groseramente amañadas, varios observadores han propuesto soluciones más drásticas, pero las demás opciones —los golpes militares, las conspiraciones palaciegas y las intervenciones extranjeras— parecen solo posibilidades remotas. Algunos expertos extranjeros aconsejan negociar y se ofrecen como intermediarios. Pero los intentos de facilitar conversaciones eluden el problema principal: el hecho de que la oposición en Venezuela no es una facción reconocida por el gobierno como en una democracia parlamentaria normal. Los miembros de la oposición son más bien como rehenes —y, en el caso de los muchos presos políticos, son literalmente rehenes— de una camarilla criminal que explota despiadadamente la riqueza mineral del país para su propio beneficio.

UNA GUARIDA DE LADRONES

Maduro sigue vendiendo la retórica del socialismo, pero su gobierno autoritario ha construido no un paraíso obrero sino una guarida de ladrones. La clásica dictadura latinoamericana del siglo XX —la que los politólogos denominan un “régimen autoritario burocrático”— era sumamente institucional: una máquina estatal opresiva pero eficiente, apuntalada por una amplia burocracia, mantenía el poder y suprimía la disidencia. La Venezuela contemporánea no es para nada así.

El gobierno de Maduro es una confederación de grupos criminales domésticos e internacionales cuyo presidente tiene el rol de capo de la mafia. Lo que mantiene unido al régimen no es ni la ideología ni la búsqueda de un orden rígido: es la lucha por el botín que emana de una vertiginosa variedad de fuentes ilegales.

Hoy en día, Venezuela es un nodo central para los traficantes de todo tipo de contrabando: desde productos básicos de consumo cuyos precios están controlados hasta cocaína destinada a los Estados Unidos y Europa, así como diamantes, oro, coltán, armas y trabajadores sexuales. La proliferación de bodegones —comercios semilegales que se burlan de los controles de precios vendiendo bienes de consumo contrabandeados— ha reestructurado cada vez más el mercado interno para lo que queda de la clase media. Estos intermediarios luego canalizan los ingresos directamente a amigos, familiares y cómplices de la élite gobernante.

Hoy en día, Venezuela es un nodo central para los traficantes de todo tipo de contrabando.

Pero los compinches del gobierno y de los militares no son los únicos que controlan las grandes empresas criminales. Las denominadas megabandas que operan desde las cárceles se han convertido en la única autoridad civil efectiva en vastos territorios, al igual que los insurgentes de los movimientos guerrilleros de la vecina Colombia. Ambos extorsionan a miles de pequeños comerciantes, agricultores y ganaderos. Algunos controlan las minas ilegales, de modo que alivian a las autoridades locales del violento asunto de poner orden en los asentamientos mineros, y proporcionan al gobierno su última fuente confiable de divisas tras las sanciones al sector petrolero.

Al regresar a sus oficinas con aire acondicionado en Caracas, los peces gordos del régimen se posan en la cima de su botín. Jorge Giordani, el ministro de planificación de Chávez y ahora opositor al régimen, calculó que estos funcionarios malversaron 300.000 millones de dólares durante el auge petrolero entre 2003 y 2014. La cifra exacta podría discutirse, pero no la escala macroeconómica de la cleptocracia chavista.

Caracas se ha convertido en una de las capitales del mundo del lavado de dinero. Tras haber robado sumas incalculables, los funcionarios venezolanos y sus compinches han forjado amistades poderosas en todo el mundo. TheWashington Post reveló recientemente que un empresario vinculado al régimen contrató los servicios legales del abogado y político Rudy Giuliani, mientras que Erik Prince, el dueño de la empresa militar Blackwater, vuela con frecuencia a Caracas para conseguir negocios.

Cuando los investigadores judiciales de los Estados Unidos y Europa miran a Venezuela, lo que ven es una inmensa red de crimen organizado torpemente encubierta tras la fachada de un gobierno socialista.

LIBIA EN EL CARIBE

Para los diplomáticos y políticos en el exterior, el país luce como un estado fallido. Gran parte de su vasto territorio sigue sin gobierno y está totalmente alienado de las disputas políticas de la capital. Desde el comienzo de 2019, cuando Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, se convirtió para muchos —dentro y fuera de Venezuela— en el presidente interino y líder legítimo del país según la Constitución, Venezuela se ha visto envuelta en una crisis de autoridad que sigue sin resolverse. El país corre el riesgo de convertirse en la Libia del Caribe: una nación con dos gobiernos que compiten por el poder, cada uno con el apoyo de una coalición distinta de naciones extranjeras.

Más de 50 países reconocen la reivindicación de la presidencia hecha por Guaidó y la mayoría de las grandes democracias lo apoyan. Pero dentro de Venezuela, quienes tienen las armas siguen leales a Maduro, quien ha hecho todo lo posible por mantener el monopolio de la violencia, aun cuando ha perdido el reconocimiento internacional. A principios de este año, Maduro instaló como presidente de la Asamblea Nacional a un antiguo aliado de Guaidó. Con su cargo en disputa, Guaidó apeló a la ayuda externa: este enero recorrió el mundo, reuniéndose con líderes latinoamericanos y con el Secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, así como con Emmanuel Macron, Angela Merkel, Boris Johnson y Justin Trudeau. Guaidó también ocupó un codiciado lugar en la lista de oradores del pleno del Foro Económico Mundial en Davos.

Como los libios, los venezolanos van descubriendo que tener dos presidentes puede ser peor que no tener ninguno. En bancarrota por la corrupción, la mala gestión y las sanciones que han paralizado el sector petrolero —su principal fuente de divisas— el estado venezolano ahora vive de los ingresos comparativamente exiguos de la minería ilegal y de las exportaciones ilícitas de petróleo facilitadas por empresas rusas. El éxodo masivo de venezolanos, desde 2017, es otra señal inequívoca del fracaso de este estado. Aproximadamente el diez por ciento de la población ha abandonado el país en los últimos años. Los venezolanos están huyendo no solo de la indigencia sino también del colapso del orden público y de la falta de los servicios más básicos: la electricidad, el agua corriente, las telecomunicaciones, las carreteras, una moneda que funcione, la salud y la educación. A fin de cuentas, estos refugiados no huyen del “socialismo” —se escapan de un gobierno infernal y fracasado.

Refugiados venezolanos esperando para entrar al pueblo fronterizo de Paracaima, Brasil, agosto del 2017
Refugiados venezolanos esperando para entrar al pueblo fronterizo de Paracaima, Brasil, agosto del 2017Lianne Milton / Panos Pictures / R​edux

NO LLEGAN LOS REFUERZOS

El colapso de Venezuela amenaza la estabilidad de toda la región. Colombia es el país más vulnerable, pero el fracaso del estado venezolano repercute en todo el hemisferio, desde Brasil, cuyo distrito más septentrional soporta el peso de los refugiados venezolanos hambrientos y enfermos, hasta Aruba, un centro del narcotráfico y de la trata de personas.

Los líderes de Venezuela también han tratado de exportar la inestabilidad. Desde los años de Chávez y con la dirección de Cuba, el régimen venezolano ha prestado un apoyo entusiasta a los grupos de extrema izquierda en toda América Latina. Maduro habla con frecuencia sobre su deseo de socavar a sus opositores en toda la región. En la medida que una América Latina estable y democrática es una prioridad para la seguridad nacional de los Estados Unidos, la implosión de Venezuela es una amenaza no solo para los países vecinos sino también para la superpotencia norteamericana.

Mientras Maduro siga desestabilizando la región, los observadores y comentaristas políticos no descartarán la perspectiva de una intervención militar para deponerlo. Durante más de un año, la administración del presidente estadounidense Donald Trump ha ostentosamente proclamado que “todas las opciones siguen sobre la mesa”. Esta formulación —una alusión taimada a una intervención militar— parece dirigida más a los exiliados venezolanos registrados para votar en la Florida que a los planificadores militares del Pentágono. Desesperados por una solución rápida y mágica a un problema que ha trastornado sus vidas, los exiliados se han unido a la causa de Trump. Al fin y al cabo, no es sorprendente que los venezolanos clamen por deshacerse de Maduro y sus secuaces.

Pero los gobiernos extranjeros no están muy dispuestos a invadir Venezuela y arriesgar vidas y recursos para forzar un cambio de régimen. Tanto los países latinoamericanos como la Unión Europea rechazan de manera categórica la sugerencia de una intervención armada. Y los Estados Unidos no tiene ninguna intención de llevar a cabo una operación militar de gran envergadura en Venezuela. Una invasión podría terminar desastrosamente, dada la presencia de grupos armados por todo el país. El gobierno de Maduro coopera estrechamente con Rusia en cuestiones de defensa, lo que hace de Venezuela un complicado teatro militar. Además de Rusia, China, Cuba y Turquía se opondrían a cualquier intervención dirigida por los Estados Unidos. Así que aunque muchos venezolanos en el exilio creen que solo una fuerza externa podría tumbar a Maduro, ningún gobierno extranjero parece querer exponerse a una desventura tropical.

LAS TEORÍAS DEL CAMBIO

En los últimos tres años, varias “teorías del cambio” han presentado posibles salidas a la calamidad actual de Venezuela. Pero hasta ahora tales teorías han fracasado por ver, equivocadamente, la crisis de Venezuela en términos ideológicos.

En el 2017, las esperanzas se centraban en las urnas. Los activistas venezolanos solicitaron un referéndum revocatorio para acortar el período de Maduro en el cargo. Esa medida está consagrada en la constitución del país, y parecía la última y mejor esperanza para asegurar una transición ordenada. Pero ese mismo año, el Tribunal Supremo —una entidad controlada por Maduro— la impidió. Después, en el 2018, Maduro ganó una elección presidencial que casi todo el mundo consideró fraudulenta, visto que este inhabilitó a las principales figuras de la oposición para que no pudieran postularse y que las bandas de Maduro se dedicaron a intimidar a los votantes. Además, no se permitió la presencia de ningún observador electoral extranjero en el escrutinio de las urnas y los medios de comunicación estuvieron fuertemente controlados. En retrospectiva, la esperanza de que las urnas pudieran vencer a una cleptocracia violenta ahora parece perdidamente ingenua.

Desilusionados con los resultados electorales, algunos venezolanos llegaron a desear un golpe militar. Dada la catástrofe económica y las protestas callejeras diarias, estos suponían que los militares venezolanos optarían por expulsar a Maduro antes de perder totalmente el control de la situación. Pero a finales de 2017, a pesar de un ciclo de protestas callejeras que dejó a miles de personas encarceladas y docenas de muertos, los militares se mantuvieron leales al gobierno.

Los militares arremetieron contra los manifestantes de las clases populares tan despiadadamente como lo habían hecho contra los manifestantes de la clase media en 2014 y 2017.

Cuando la situación económica de Venezuela implosionó en 2018, muchos observadores dentro y fuera del país pensaron que los venezolanos empobrecidos, empujados al borde del abismo por la escasez de alimentos, podrían sublevarse. Los opositores al régimen esperaban que esos mismos soldados que el año anterior habían reprimido a los manifestantes de clase media estuviesen menos dispuestos a atacar a la gente hambrienta de los barrios pobres, pues, se suponía que el gobierno de Maduro era el abanderado de una revolución socialista. Una vez más, el lente ideológico resultó engañoso: los militares arremetieron contra los manifestantes de las clases populares tan despiadadamente como lo habían hecho contra los manifestantes de la clase media en 2014 y 2017.

El surgimiento de Guaidó como figura clave en 2019 inspiró más visiones de cambio radical. Los países democráticos —desde Chile hasta Croacia— dejaron de reconocer el régimen de Maduro, y los ingresos petroleros se derrumbaron. Pero Maduro respondió aumentando los recursos de sus fuerzas de seguridad con las ganancias, blanqueadas internacionalmente, del oro extraído por bandas armadas que usan como mano de obra a venezolanos desesperados y hambrientos.

A lo largo de ese período, voces conciliadoras intentaron lograr una solución negociada. Se esperaba que un actor neutral de la comunidad internacional (tal vez Noruega o Uruguay) pudiera negociar un acuerdo de reparto de poder que allanara el camino hacia un cambio de régimen controlado. Pero Maduro tiene un fuerte control sobre su empresa criminal; así que no sintió ninguna presión que lo obligara a hacer concesiones significativas durante las diversas conversaciones que han tenido lugar en los últimos años. Al contrario, ha utilizado las negociaciones para dividir a sus contrincantes, tanto en Venezuela como en el exterior.

LA TRANSICIÓN DESEABLE

La mejor opción para los venezolanos sería un acuerdo con respaldo internacional entre Maduro y sus oponentes. Pero esa negociación solo puede tener éxito cuando Maduro esté convencido de que es su último recurso. Hasta que no se den esas condiciones, usará las conversaciones solo para despistar y agotar a sus oponentes.

Solo cuando el régimen se haya quedado sin dinero, cuando no tenga ni amigos ni opciones, accederá a un inevitable acuerdo negociado. Pero sacar a un régimen abominable del poder sin derramar sangre implica compromisos difíciles. En España en 1978, en Chile en 1988 y en Sudáfrica en 1991, las figuras aborrecidas de los antiguos regímenes autocráticos mantuvieron su influencia y su poder por muchos años tras la llegada de la democracia.

La mejor opción para los venezolanos sería un acuerdo con respaldo internacional entre Maduro y sus oponentes.

Los venezolanos hoy en día no están preparados para aceptar este tipo de solución. El gobierno no está dispuesto a considerarla, porque no siente que su poder esté realmente amenazado, ni lo está la oposición, porque los crímenes del régimen aún están a flor de piel. La gente rechazaría un acuerdo que, por ejemplo, garantice escaños en la legislatura a figuras del régimen, lo cual los protegería de ser enjuiciados, o permita que los nuevos potentados se queden con parte del botín robado.

Lamentablemente, la historia de las transiciones exitosas a la democracia, a finales del siglo XX, socava su viabilidad el día de hoy. El arresto y eventual enjuiciamiento del exdictador chileno Augusto Pinochet en 1998 (una década después de haber cedido el poder) creó un precedente que obliga a la comunidad internacional a tratar los graves abusos de los derechos humanos como sujetos a la jurisdicción universal. Maduro y sus secuaces no solo han robado enormes sumas, sino que han encarcelado, torturado y asesinado a cientos de opositores. Si toman en cuenta el precedente del caso Pinochet, tienen muy pocas razones para confiar en cualquier amnistía que se les ofrezca. El arresto de un antiguo dictador de derecha reduce drásticamente las opciones de los supuestos revolucionarios socialistas de Venezuela, lo cual subraya, una vez más, lo tangencial que es la ideología para entender esta crisis.

Incluso si se pudiera persuadir a Maduro y sus secuaces de que acepten una salida negociada, los problemas de Venezuela ni de lejos estarían resueltos. El fin del régimen de Maduro, cuando llegue, revelará el cascarón vacío de un estado. Los administradores públicos competentes huyeron hace años. La infraestructura física (mucha en estado crítico) podría reconstruirse rápidamente, pero la reconstrucción de la infraestructura institucional va a llevar mucho más tiempo. La caída del régimen será solo el indispensable comienzo de la tumultuosa década del resurgimiento de Venezuela.

¿Quiénes deciden: civiles o militares? por  Isabel Pereira Pizani – El Nacional – 12 de Enero 2020

download.jpg
Quizás uno de los momentos más trascendentales en los episodios que rodearon la designación de Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional sea el episodio que permitió a un militar joven conocer que las decisiones en la República las toman los civiles. Este episodio es de una gran riqueza porque el militar actúo como quien por primera vez en su vida profesional oye una orden distinta a la que indica la obediencia, la verticalidad que rige en los cuerpos armados, la que ordena someter al civil en defensa de una ideología e imponer el orden.

En esta escena vimos cómo el militar desgranaba al caletre los mandatos que había recibido de su comando, lo instaban a asumir el poder de decidir quiénes entre los diputados electos podrían entrar a su sede natural. Se puede deducir que el militar obedecía, no razonaba, jamás debe haber pensado ni oído que quienes deciden son los civiles. De allí la estupefacción y sorpresa del militar al recibir la fuerza del mensaje de Guaidó  “Tu no decides quién puede entrar”.

Tenemos que concluir amargamente que el militar actuó según la enseñanza que ha recibido en la última década, la que repite el irresponsable Vladimir Padrino en cada acto militar: “Viva Chávez y el socialismo”.

No sé a ciencia cierta dónde adquirió Padrino esa formación comunistoide, o si solo es defensa de privilegios que le ha permitido convertirse en un nuevo millonario petrolero, conjuntamente con los miembros del corrupto “Alto Mando Militar”.

Puedo imaginar la cara de estupefacción del militar increpado por Guaidó, nunca pensó que la orden de sus superiores era una prueba clara de violación de los derechos y obligaciones establecidas en la Constitución que pauta al militar proteger, cuidar a los ciudadanos, velar por su integridad, sin importar el color político de los individuos, grupos  o localidades bajo su responsabilidad (Arts. 328 y 330).

Los militares no sirven a una ideología, trabajan para la ciudadanía. Esta reflexión nos lleva a pensar la enorme responsabilidad que tiene el liderazgo nacional en la misión de reeducar a los militares venezolanos, catequizados durante 20 años por cubanos, como  defensores del socialismo, cultores ciegos de la memoria de Hugo Chávez, quien supo muy bien que a los militares había que dominarlos insuflándoles ideas comunistas, no solo doblegándolos por la fuerza.

Esta convicción cambia por completo nuestra visión de la relación civil-militar y permite comprender por qué no han reaccionado frente a la crisis que sufre el país, al sufrimiento de sus paisanos, a la infancia acosada por la desnutrición y el abandono. No reaccionan porque aceptan sin duda alguna la corrección de las órdenes de sus jefes, jamás piensan que puedan estar equivocados, que violan la Constitución.

El reto ahora es cómo transmitir nuevas ideas, cómo lograr que recuperen los niveles de conciencia desperdiciados, que puedan valorar la democracia, la libertad y el respeto al ciudadano.

El enfrentamiento de Guaidó con los militares pareció una reedición de aquel otro ocurrido el 8 de Julio de 1835 cuando Vargas, electo por sufragio y Carujo militar, escenificaron un debate histórico.  Allí, Carujo increpa al presidente electo: “Señor doctor, usted sabe ya del pronunciamiento. Evítenos los males tremendos que pueden sobrevenir. Los gobiernos son de hecho”. Vargas responde: “Permítame usted, el gobierno de Venezuela no es de hecho; la nación se ha constituido legítimamente y establecido su gobierno, hijo de un grande hecho nacional y de la voluntad de todos, legítimamente expresada”. Nace allí la consigna que tanto hemos oído y que hoy podemos calibrar en justa medida: Carujo: “Este será más tarde un hecho nacional. El mundo es de los valientes”. A lo que Vargas responde: “No, el mundo es de los justos: es el hombre de bien y no el valiente el que siempre ha vivido y vivirá feliz sobre la tierra y seguro de su conciencia”.

Podemos pensar que hemos retrocedido a 1835, pero también mirar el lado positivo que significa comprender que la postura militar en su apoyo irrestricto a la dictadura no es una muestra de envilecimiento, falta de conciencia y solidaridad con sus compatriotas y aceptación del dominio del régimen cubano detestado por el mundo libre. Tal como se pregunta uno de los antiguos defensores del régimen, hoy en rebeldía: ¿Cómo pueden aceptar los propósitos del gobierno los comandantes de Guarnición que saben cómo sufre el pueblo sin rebelarse?

Las Fuerzas Armadas son una institución cuya columna vertebral es la disciplina y la obediencia, condición que ha sido utilizada perversamente por Chávez, Fidel y sus acólitos, torciendo las enseñanzas de nuestros jóvenes militares y colocándolos bajo el dominio de una ideología depredadora de la condición humana y de la libertad. Frente a esta realidad surge una gran oportunidad, los militares jóvenes que se han formado bajo los designios socialistas merecen la oportunidad de aprender el rol de los hombres armados en la defensa de ciudadanos  libres y responsables. Toca al liderazgo, siguiendo el ejemplo de Juan Guaidó, enseñar a los militares quién decide en este país.

Socialismo desde adentro: un viaje por el interior de Venezuela por Antonella Marty – Panampost – 2 de Diciembre 2019

“Disculpe, señorita. No tenemos queso, puede ser solo un poquito de jamón porque tampoco nos queda tanto”

“Pongan al gobierno a cargo del desierto del Sahara y lo único que obtendrán es escasez de arena”. (Youtube)

Hace algunos días regresé de una gira de conferencias en Caracas y distintas zonas del interior de aquel país tan destrozado por las garras del socialismo. Un país que se ha convertido en la zona de las despedidas más dolorosas de la región, con un éxodo migratorio nunca antes visto y un caso de totalitarismo al que se le suman las peores mafias criminales antioccidentales del mundo: Venezuela.

Me ha tocado recorrer muchas calles en el interior del país, y lo he hecho en horas prudentes, ya que a partir de cierto horario hay una especie de toque de queda y, ante la inseguridad, ya nadie sale de su casa. Las calles de Caracas, de Mérida, de Puerto Cabello, de Naguanagua, entre otras, son sitios que reflejan los claros resultados de la ideología que más daño le ha hecho a la humanidad: el socialismo. En aquellas zonas se observa una devastación absoluta generada tras veinte años de populismo; zonas a las que parecen haberles pasado varias guerras mundiales por encima. Las fachadas de las casas están deterioradas, no hay colores, no hay materiales nuevos, todo es precario y todo se encuentra en mal estado.

Son muchos los detalles que uno puede llevarse de estas complejas visitas. Al pisar en el primer instante el Aeropuerto Internacional de Maiquetía. Una vez aterriza el avión de Copa Airlines, se pueden experimentar con claridad los resultados de las malas políticas socialistas: un aeropuerto internacional que otrora fue la cabeza aérea de América Latina, y que en pleno siglo XXI se ha convertido en un aeropuerto vacío que ya no recibe aerolíneas internacionales (solo Copa Airlines) y de resto algunas aerolíneas internas como Laser, Avior o Conviasa. Esto muestra que Venezuela se ha aislado del mundo y ha decidido acercarse a muy pocos países con los que se vincula de una manera casi carnal: Irán, Turquía, Rusia, China y Cuba. Todos ellos con grandes intereses en territorio venezolano. Respecto de la fuerte relación que tiene el régimen incluso con el terrorismo islámico, se observa que este aeropuerto cuenta con algo que se llama “Centro Islámico de Venezuela”. Aquí cabe recordar que hoy operan más de cinco campos de Hizbulá en el territorio venezolano.

Además, tuve la posibilidad de visitar otro aeropuerto: El Vigía, que queda a unos 45 minutos de Mérida, una tierra bella, repleta de paisajes naturales inigualables, pero que padece de manera todavía más cruda los nefastos resultados del chavismo. Este aeropuerto se ha convertido en un cementerio de avionetas con patentes provenientes de México. ¿Qué significa esto? Sí, lo que pensamos. Avionetas que utilizan los grupos narcotraficantes y luego dejan abandonadas allí, como sucede también con cientos de pistas ilegales que existen a lo largo del país. Mérida es la ciudad de una de las grandes cabezas del régimen de Nicolás Maduro y Diosdado Cabello: Tareck El Aissami, el capo de la corporación sirio-venezolana desde donde se manejan las grandes redes del narcotráfico que se desenvuelve dentro de las Fuerzas Armadas de Venezuela. En estas ciudades opera incluso el cartel de Sinaloa, más precisamente en el estado Zulia, dentro de la Sierra de Perijá: el narcotráfico internacional hoy opera libremente en suelo venezolano con el total aval del régimen que forma parte central de aquella red que lo sostiene.

Al aterrizar en El Vigía, luego de ver aquel cementerio de avionetas narco y una gigantografía algo desgastada y sin color de Maduro, busqué el bus transfer que me llevaría hasta la ciudad de Mérida (no tuve que buscar mucho porque tan solo hay uno). A este bus le toma aproximadamente una hora arrancar, ya que debe esperar que se llene con pasajeros de varios vuelos, debido a que, como no hay gasolina, no pueden hacer muchos viajes a la vez, motivo por el cual tampoco hay viajes individuales como remises o taxis, todo por la falta de gasolina. De todos modos, este transporte deja a todos los pasajeros en un mismo punto de la ciudad de Mérida. Le consulté al conductor si había chance de que me dejara más cerca del hotel donde me hospedaría y su respuesta fue la siguiente: “Si nos alcanza la gasolina puedo llevarte, solo si nos alcanza”.

Y aquí está el otro gran problema del país petrolero: la escasez de gasolina. Como lo dijo en su momento el economista Milton Friedman: “Pongan al gobierno a cargo del desierto del Sahara y lo único que obtendrán es escasez de arena”.

Pero resulta altamente preocupante esta situación. He contemplado con mis propios ojos filas de más de treinta cuadras para poder cargar algo de gasolina y, lo peor, es que esas filas no son ni para el momento ni para cargar en el mismo día: son para mañana o pasado, nadie sabe cuándo vuelven a abrir los surtidores.

Jorge, un trabajador de la ciudad de Mérida, me contó lo siguiente: “Yo he llegado a pedir un día entero en el trabajo, una vez por semana, para poder hacer la fila para cargar gasolina. En esos días no produzco, no genero ingresos y paso el día entero en una fila, expuesto a la inseguridad”. En ciudades como Valencia (Carabobo) incluso se puede estar en una fila por más de diez horas esperando para cargar gasolina.

Además de este gran problema —que acarrea otros tantos como la imposibilidad de transportarse uno, de transportar productos para venta, de transportar a personas enfermas en ambulancias (aunque a hospitales carentes de insumos necesarios)— puede observarse otro que es la complejidad del uso de las telecomunicaciones ante la falta de señal y cobertura en todo el país. En Venezuela es casi imposible la comunicación telefónica y lo mismo sucede con el Internet (tengamos en cuenta que solo funciona el 3G y con suerte).

Los problemas que se refieren a la infraestructura y a los servicios públicos del país abundan por doquier. La infraestructura está plenamente quebrada, los puentes que no están caídos se encuentran cerrados porque están a punto de caerse ante la falta de mantenimiento e inversión. Todos los servicios públicos han colapsado en Venezuela: no hay casi agua potable, no hay acceso al gas y la electricidad se corta constantemente o se dan las típicas bajas de tensión cada dos horas.

La señora Mercedes, quien vive en la urbanización Los Caobos y con quien tuve la oportunidad de conversar, me contó con lágrimas en los ojos y un claro cansancio cómo funciona el racionamiento del agua en el condominio de aquella zona de Caracas en el que vive: “A nosotros nos hacen un aviso diario por un grupo de WhatsApp que tenemos los que vivimos en el condominio y nuestro conserje. En ese grupo el administrador del edificio nos avisa todos los días de qué hora a qué hora tendremos agua. Casi siempre hay un total de una hora de agua por día y en esa hora uno tiene que hacer todas las tareas que requieran agua, como lavar ropa, lavar platos y bañarnos. Suele haber media hora en la mañana, casi siempre de 6 a 6:30 a. m., así que uno tiene que despertarse temprano para aprovechar el agua del día, y luego nos dan otra media hora, generalmente, entre las 19 y las 19:30 p. m. A veces el agua no llega y se vacía todo el tanque, y a veces pasamos hasta dos días o tres días sin agua en todo el condominio, pero el racionamiento es algo de todos los días”.

La situación de la falta de luz también es altamente preocupante. De hecho, una de mis primeras conferencias en el estado Carabobo (Puerto Cabello) la di sin luz y con más de treinta grados de calor.

Por su parte, el profesor Gil, de la Universidad de los Andes, me dijo lo siguiente al respecto de la falta de electricidad: “En mi casa no se va la luz, a veces llega”. En Maracaibo lo más común es que la gente tenga un máximo de cinco a seis horas diarias de luz en sus hogares, lo mismo sucede en estados como Carabobo, donde el calor es agobiante y hay que sobrellevarlo sin ventiladores y sin aire acondicionado.

También me ha tocado ir a varias panaderías o algunos restaurantes (muchos de ellos con menús de comida bastante limitados ante la escasez de ciertos alimentos). En todos los sitios a los que he ido falta papel higiénico (por lo que uno siempre debe viajar con rollos encima), no hay sistemas para bajar la cadena del baño y, entonces, en muchos de aquellos baños solo hay baldes grandes con agua vieja que uno tiene que abrir y meter un balde más pequeño para botarlo en el inodoro y así hacer bajar el agua. Solo encontré dos o tres lugares con papel higiénico en Venezuela, y todos ellos tenían los baños con candado y con cajas en las que, de algún modo, se atesora el papel higiénico bajo llave.

En el viaje a Mérida tuve la oportunidad de conversar en el bus con el señor Alberto, quien se dedica a hacer trabajos de mecánica de automóviles. Me contó que ya no sale a la calle a protestar ante la falta de servicios públicos o ante la situación política del país porque está muy defraudado con como se han dado los últimos desenlaces: “Los jóvenes que protestaban ya se fueron del país, nosotros ya no podemos protestar, nos tuvimos que acostumbrar. Además, si uno molesta mucho llegan las fuerzas especiales y…”. En aquellos puntos suspensivos el señor Alberto hace una seña con la mano: la seña de un arma con el dedo pulgar y el dedo índice levantados.

Por otra parte, la señora Adela, a quien conocí en una de mis conferencias, me contó todo el proceso que llevan adelante para conseguir comida en el interior — partamos de lo siguiente: el salario promedio en Venezuela es de 50.000 bolívares, es decir, de dos dólares mensuales—: “Nosotros salimos de Mérida a Cúcuta (Colombia) en bus para comprar comida. Sale el bus en la medianoche, pasamos más de diez alcabalas con fuerzas de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y llegamos a las 4 de la madrugada a Cúcuta. Ahí esperamos hasta las 7 de la mañana que es cuando abre el mercado, compramos y tenemos que esperar con las bolsas a que salga otro bus que regresa recién a las 9 de la noche. Igual, al regresar a Venezuela, al pasar por la frontera, la GNB del régimen revisan todo lo que traemos y nos quitan buena parte de la comida o de los dólares que podemos conseguir. Nuestros ahorros ya no son en bolívares ni en dólares, son en alimento. Por ejemplo, el arroz cuesta más de 60.000 bolívares, eso es más de 2 dólares, es decir, un salario promedio no nos alcanza para comprar una bolsa de arroz, entonces tenemos que rebuscárnosla”.

El problema de la escasez de alimentos es claramente visible y mucho más en el interior de Venezuela. En mi caso, me tocó ir a un modesto bar en el interior del país y al pedir un sándwich de jamón y queso el camarero me respondió lo siguiente: “Disculpe, señorita. No tenemos queso, puede ser solo un poquito de jamón porque tampoco nos queda tanto”. A todo esto le respondo que sí, que por supuesto, que no pasa nada, pero que si podía poner un poco de mayonesa al sándwich. La respuesta del señor que atendía el bar fue la siguiente: “Es que tampoco tenemos mayonesa, pero puedo ver si queda algo de mantequilla”. Esta es la realidad de las consecuencias del socialismo.

De todas maneras, esto no es todo. Algo que me impacto fuertemente fue la visita al estado Carabobo, un territorio gobernado por el chavista Rafael Alejandro Lacava, del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Este joven gobernador parece tener una obsesión con el Conde Drácula: él mismo se hace llamar “Drácula”, se transporta en un automóvil negro con la imagen de un vampiro (al automóvil lo llama el “Dracumóvil”), celebra fiestas mensuales a las que llama “Dracufest” y allí vende cervezas a las que denominó “Dracubeer”. Todas las ciudades del estado Carabobo están repletas con el símbolo de un murciélago que representa al gobernador Lacava. Los peajes tienen una imagen inmensa de un murciélago, las patrullas policiales también y el número telefónico de la policía de Carabobo es 0-800 3722852 (es decir, 0-800 DRÁCULA). Todo esto en un estado que se está cayendo a pedazos y donde vivir se hace cada día más difícil.

Esto es Venezuela, un país con algunos de los paisajes más bellos de toda América Latina e incluso del mundo. Un país que en otro momento fue rico, próspero y lo tuvo todo, pero que hace veinte años, luego de largas décadas de socialismo vegetariano, cayó en las garras del peor socialismo carnívoro que ha visto nuestro hemisferio: el chavismo.

Ricos y pobres por Luis Ugalde S.J. – El Nacional – 29 de Noviembre 2019

downloadEvo Morales y cualquier empresario neoliberal de Chile coinciden en algo fundamental: ambos piensan que su éxito es el éxito para todo el país y debe perpetuarse. Sin duda la presidencia de Evo en los primeros años tuvo notables logros socioeconómicos y políticos. Bolivia y su mundo indígena mejoraron, lo que llevó a Evo y a su equipo a buscar la perpetuación en el poder, violando la expresa voluntad de la mayoría. Chile llegó a la salida del dictador Pinochet con una economía en auge. Por eso hasta los socialistas hicieron una transición política respetando la economía neoliberal y la Constitución que restringía las lógicas aspiraciones sociales de la población. Todo razonable excepto la perpetuación de esas restricciones.
Evo creía que su presidencia debía prolongarse por el bien de su pueblo y el neoliberal piensa que basta seguir las divinas leyes del mercado para que la prosperidad llegue a todos. Con ello unos y otros suplantan el sentir y el malestar del resto de la población y van acumulando un combustible en espera de una chispa para prender incendios indetenibles.
Vivimos en un mundo marcado por la revolución de las expectativas que unifica las aspiraciones de ricos y pobres; revolución contagiosa y general que lleva a aspirar al cambio político y a la alternancia democrática, mientras que todo presidente “revolucionario” se aferra al poder con el deseo de perpetuarse en nombre del pueblo: inevitable el choque entre el deseo de cambio y la voluntad de eternizarse en el poder. En lo económico-social la revolución de las expectativas lleva a nivelar las aspiraciones del más pobre con las del rico. Podrá restringirlas temporalmente, pero no renunciar a ellas para sí o para sus hijos. En la sociedad estamental la pertenencia a cada clase venía con las aspiraciones reducidas: se transmitía, enseñaba, aceptaba y parecía lógico que unos tuvieran más y otros menos, de acuerdo a su estamento.
Chile es una sociedad moderna, camino de la prosperidad con todas las expectativas desatadas y no acepta la fría prédica neoliberal de que con las prósperas cuentas de su empresa toda la sociedad tiene que estar feliz y agradecida esperando que el incremento macroeconómico se desborde y por “derrame” lleva la satisfacción hasta los más pobres. Lo que ciertamente no es así. Una sociedad democrática se cimienta sobre un pacto social con el objetivo de desarrollar juntos acciones que beneficien a toda la sociedad. La sociedad d que surge del pacto democrático necesita dos alas para volar: la exitosa producción económica y el bienestar, que están relacionados pero no son sinónimos. Hasta ahora en el mundo los hechos demuestran que la economía capitalista de libre mercado es superior a todas las demás. Pero ella no es igualadora sino diferenciadora: gana más, prospera más, el que más riqueza produce, más tecnología inventa, más poder tiene en el mercado. Con solo esa ala la sociedad no puede levantar vuelo y termina en unas diferencias crecientes que incrementan el malestar y llevan al conflicto. La otra ala se basa en el pacto social constitucional que sella la solidaridad y desarrolla un “instinto de conservación” y una “conciencia ética”, orientados a tender puentes entre sectores distintos y desarrollar programas sociales comunes (educación, salud, infraestructura…) para ir haciendo verdad que todos somos iguales en dignidad, en derechos y en oportunidades básicas. Hay que cultivar el diálogo que cohesiona y acerca y no la frialdad que congela las relaciones entre distintos y fomenta el deseo de cualquier aventura populista de izquierda o de derecha.
Históricamente se ha demostrado que el marxismo no sirve para lograr esto porque tiene una idea deformada de la condición humana. Aunque en la empresa (sobre todo en la liberal del siglo XIX) el capital y el trabajo explotado tienden a ser antagónicos y aquel trata de ganar más pagando menos a este y mantenerlo en la miseria, empresarios del siglo XXI – luego de guerras sociales y dramáticas guerras mundiales- por instinto de conservación y por conciencia van descubriendo que les conviene la constante mejora del trabajador y su familia con las puertas abiertas al permanente ascenso social. Pero a muchos les ciega su ambición. Al mismo tiempo la empresa del siglo XXI tiene que ir a la competencia internacional jugando en equipo y le interesa que el conjunto de su capital, gerentes y trabajadores sean de primera; lo que solo se consigue si todos ellos se proponen permanente mejoramiento educativo y desempeño productivo, todos participan en los beneficios y se sienten humanamente satisfechos. Lo que pasa es que todavía gran cantidad de empresarios dan la razón a Marx y son más del siglo XIX que del siglo XXI.
Algo similar le pasa al llamado socialismo, que se autocalifica “del siglo XXI”, pero es del XIX: cuando llegan al Estado lo convierten en dictadura sobre el proletariado y secuestran el poder para perpetuarse tratando de que “ni por las buenas ni por las malas” los desalojen, como repite en Venezuela el militar con mazo y disfraz de “socialista”. Lo que está pasando en Chile, Bolivia, Argentina, Venezuela… o va a pasar en México, Brasil etc. es inevitable mientras se busque la solución para evitar el enfrentamiento de pobres y ricos, y la negación recíproca del otro. Para que nuestros países superen la pobreza y los pobres dejen de serlo, ambas partes tienen que aliarse en la producción exitosa, para ambos ser ganadores jugando en equipo; revolucionar juntos la educación y avanzar hacia la igualdad de dignidad, de derechos y de oportunidades, aunque todos seamos distintos. De ahí surge la confianza, la convivencia y la paz social, con calidad de vida compartida. Es el bien común que solo lo pueden alcanzar juntos y con instituciones solidarias. En Venezuela a los ricos no les irá bien mientras en su bienestar no incluyan la superación de la pobreza y no se sientan un “nos-otros” con los trabajadores. Y el pobre no podrá superar sus carencias si no incluye y busca la prosperidad de las empresas y la calidad de las instituciones públicas.
La revolución de las aspiraciones es un hecho, pero para satisfacerlas hay que elevar la capacidad de producir lo que las satisface. Muy frustrante, aspirar mucho y producir poco, individual y colectivamente. Hoy lamentablemente (aquí, en Europa, en EE.UU…) se nos induce a querer más de lo que producimos. Muchos políticos ganan prometiendo lo que no pueden o no saben cómo producir y el consumismo capitalista exacerba los deseos y pone la felicitad en el mercado, es decir donde no está. Así el malestar y los estallidos sociales son inevitables.

A %d blogueros les gusta esto: