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La traición… por Eduardo Fernández – Ultimas Noticias – 26 de Octubre 2018



…presentamos en el Centro Cultural Chacao un libro de conversaciones con Manuel Felipe Sierra. Al libro lo titulamos: “La Traición de los Mejores”… tiene la intención de proponer una agenda para sacar a Venezuela de la pesadilla que representa el socialismo del siglo XXI y avanzar hacia una nueva esperanza.



El jueves presentamos en el Centro Cultural Chacao un libro de conversaciones con Manuel Felipe Sierra. Al libro lo titulamos: “La Traición de los Mejores”. Ese título lo tomamos prestado de un ensayo escrito por Briceño Iragorry en 1953. Lo del maestro Mario Briceño se subtitulaba: “Esquema interpretativo de la realidad política venezolana”. El nuestro lleva como subtítulo: La Agonía del Rentismo Petrolero.

El acto de presentación fue una excelente reunión prestigiada por la presencia del Nuncio Apostólico, Aldo Giordano y también por la de Monseñor Ovidio Pérez Morales, figura relevante del episcopado venezolano. Las palabras de presentación estuvieron a cargo de Rafael Arraiz Luca, figura distinguida del mundo intelectual venezolano. El prólogo lo escribió Rafael Simón Jiménez y, finalmente, hablamos Manuel Felipe Sierra, y yo.

En la introducción de su ensayo, Briceño Iragorry nos dice: “Estas páginas no constituyen acusación directa contra persona alguna, sino un examen fervoroso de nuestra conciencia nacional”.

Y agrega: “Venezuela, más que de acusaciones personales, está urgida de un “mea culpa” colectivo. Hasta tanto no adoptemos una actitud humilde y serena frente a los problemas de la Nación, no alcanzaremos la claridad requerida para entender nuestra propia realidad como país. Se necesita abrir un proceso de sinceridad y de austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico”.

En un ensayo anterior “Mensaje sin destino” publicado en 1950 decía Mario Briceño: “Acaso nadie niega hoy, ni en Venezuela ni fuera del país, que existe una delicada situación en todos los estratos sociales, agravada por innumerables circunstancias que han degenerado en la mayor de las crisis por la que pudiera verse afectada nación alguna: la crisis humanitaria. Así las cosas, hay quienes dicen, y no les faltan razones para afirmarlo, que la actual es la peor época en la historia de nuestro país, pues sin estar en guerra nos encontramos incluso peor que si estuviéramos en una guerra”

Las frases de Briceño Iragorry escritas en la década de los cincuenta del siglo pasado tienen una extraordinaria vigencia y actualidad.

Nuestro libro tiene la intención de proponer una agenda para sacar a Venezuela de la pesadilla que representa el socialismo del siglo XXI y avanzar hacia una nueva esperanza.

Vida y muerte en un país de excepción por Tomás Straka – Debates IESA – Julio/Diciembre 2017

Fotografía: Gabriella Di Stefano.

El drama de los baby boomers venezolanos —los nacidos entre 1940 y 1960— dibuja el periplo de un ensayo de modernidad tan vertiginoso en sus subidas como en sus caídas. De ser una excepción latinoamericana por su democracia y su capitalismo, Venezuela es otra vez una excepción: ser la peor economía del mundo, con una crisis económica y social que sorprende a todos.

Pocos venezolanos fueron tan felices en su juventud y pocos han tenido una vejez tan triste. Nacieron entre mediados de la década de 1940 e inicios de la de 1960. Antes de ellos, nunca los hubo con tantas oportunidades de estudio, con sueldos tan altos, con una alimentación igual de sana, servicios médicos de similar calidad, una estabilidad institucional tan larga ni tanto respeto por sus libertades. Después de ellos, tampoco los ha habido. Han sido una especie de excepción histórica: la expresión de un momento excepcional en la vida venezolana, unos sesenta o setenta años en los que todo pareció salir bien. Son las décadas en que Venezuela, en su condición de primera exportadora y tercera productora mundial de petróleo (ambas condiciones las perdió en 1970), se benefició como pocas de la bonanza que gozó Occidente durante la posguerra, con la que estaba firmemente articulada como proveedora y destino de sus inversiones; así como de la convicción de Estados Unidos de convertirla en una de sus vitrinas durante la Guerra Fría. Los años en los que las élites locales tenían un consenso básico en modernizar y democratizar el país (aunque no tanto en el modo y la velocidad de hacerlo), aspecto que no debe minusvalorarse: las experiencias posteriores han mostrado que los solos petrodólares no crean bienestar.

Estos baby boomers criollos recibieron unas inversiones para su formación y salud nunca antes vistas; no solo porque había los recursos para hacerlo, sino también porque se esperaba mucho de ellos. Habrían de ser, según el clima de optimismo, el gran producto del esfuerzo modernizador, la nueva clase de venezolanos que dejaría atrás todo lo que los demócratas y revolucionarios del siglo XX detestaban del país (el hambre, las enfermedades, el personalismo, la violencia, la ignorancia), para que se parecieran más a Santos Luzardo que a Doña Bárbara. Si la modernidad es antes que nada una forma de entender y vivir el mundo, esta solo es posible si hay mujeres y hombres modernos. Por eso, se construyeron carreteras, autopistas y superbloques (aún soñados como «máquinas de vivir» capaces de moldear con su arquitectura a sus habitantes), escuelas definidas por la nueva pedagogía y una arquitectura de vanguardia, hospitales, centros recreacionales, industrialización.

Todo en lo que se depositó tanta confianza tendría que traducirse en ese hombre «sano, culto, crítico y apto para convivir en una sociedad democrática, justa y libre basada en la familia como célula fundamental y en la valorización del trabajo; capaz de participar activa, consciente y solidariamente en los procesos de transformación social…», que preveía la Ley de Educación de 1980 como síntesis de todo lo hecho y pensado hasta entonces. La clase media venezolana, que para la década de 1970 comprendía, vista en términos muy amplios, más del cincuenta por ciento de la población, era la gran muestra del éxito alcanzado en el proyecto. Era el producto de las oportunidades de ascenso social: hombres y mujeres que eran los primeros de sus familias en graduarse de bachilleres, los primeros en ir a la universidad y muchas veces en salir al exterior, por lo general con una beca para hacer posgrado. Ellos supieron pronto lo que era comprar un escarabajo Volkswagen con sus primeros tres sueldos de ingeniero recién graduado; dar la inicial de un apartamento en un edificio a estrenar antes del primer año en la empresa; o pasar un fin de semana en Curazao o Miami sin que eso significara un descalabro en su presupuesto. Pero ellos también han sabido lo que es llegar a los setenta años sin poder jubilarse, porque las pensiones no dan para vivir, sin poder cambiar de carro después de una vida de trabajo duro, peregrinar para buscar medicinas que demasiadas veces no consiguen y enfrentarse solos a la vejez porque sus hijos y nietos están todos en el exterior.

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo ocurrir un desplome tan grande? El drama de los baby boomers criollos dibuja el periplo de un ensayo de modernidad tan vertiginoso en sus subidas como en sus caídas. Tanto los éxitos que hacían de Venezuela una excepción entre los países en desarrollo, sobre todo los latinoamericanos (lo que el historiador Steve Ellner ha llamado el «excepcionalismo venezolano»), como sus tribulaciones actuales, que nuevamente la hacen excepcional en su región y en el mundo entero, sirven para comprender el periplo del país en los últimos sesenta o setenta años. La forma en la que su relación con el petróleo generó unas convicciones determinadas, que llevaron a tomar ciertas decisiones entre las que se destaca, por sobre todas, el ensayo socialista actual, es el tema de las siguientes páginas. Venezuela tuvo un excepcionalismo hasta la década de 1990, como la democracia capitalista modelo; luego, sin romper esencialmente con su lógica, tuvo otro en los primeros años del dos mil, al intentar convertirse en un socialismo cuando nadie, ni siquiera el resto de la izquierda latinoamericana, pensó en hacerlo con la misma radicalidad; y, finalmente, acaso como producto de los dos excepcionalismos anteriores, ahora tiene el de ser la peor economía de la región, con una crisis económica y social que sorprende a todos.

Personas excepcionales de un país excepcional

La tesis del excepcionalismo fue concebida como una respuesta al entusiasmo de la mayor parte de la academia estadounidense por el modelo de desarrollo de Venezuela. Es uno de los tantos casos en los que la academia y la ideología se cruzan, así como suelen hacerlo los deseos y los datos reales. Ellner señala, y con razones de peso, que en la mirada de Venezuela como un país latinoamericano «excepcional» se descuidaban las muchas contradicciones que existían en su sociedad, su economía y su sistema político; problemas que ya en la década de 1980 eran evidentes y que en el Caracazo estallaron en la cara de todos los analistas. Por eso es probable que, detrás de ese excepcionalismo, no hubiera poco de propaganda e intereses ideológicos, del deseo de presentar sin fisuras la vitrina en el Caribe.

Ahora bien, cuando el resto del Tercer Mundo optaba por la vía del comunismo o de las dictaduras de derecha para emprender sus planes de industrialización y cambios sociales, Venezuela lo hacía bajo las reglas de una democracia liberal… y parecía tener éxito. La derrota de los golpes militares y de la guerrilla comunista en los años sesenta, la sucesión presidencial en elecciones libres, las derrotas del analfabetismo y las principales pandemias, la electrificación y las autopistas, ¡esa clase media próspera, sana y educada!, eran un motivo de justa esperanza para quienes habían apostado por el camino de la Alianza para el Progreso; es decir, la modernización y las reformas sociales como un freno al comunismo.

Entre los críticos del sistema tampoco hubo poco de ideología: para muchos, simplemente, el capitalismo y la democracia no podían ser mejores que lo que ocurría en Cuba. Así, las falencias venezolanas a veces eran vistas con más alegría que preocupación. Por eso muchos terminaban por subrayar solamente lo negativo, sin darle crédito a lo que funcionó bien del ensayo. Venezuela sí era excepcional. Como primera exportadora mundial de petróleo, con el promedio de crecimiento económico más alto del planeta, con varias décadas de paz y un sistema de libertades, que si no era perfecto era la envida en una región dominada por dictaduras y guerras civiles, negar las excepciones es, cuando menos, poco preciso.

Si los baby boomers criollos fueron una generación excepcional, en comparación tanto con lo que solía pasar en su vecindario como con lo que habían vivido sus padres y abuelos (y lo que vivirían sus hijos), no fue por una asociación aleatoria de personalidades y destinos individuales, sino por una sociedad de la que fueron expresión. Otra cosa es reconocer que, al mismo tiempo, había importantes problemas detrás de ese excepcionalismo. No una voz de izquierda e hipercrítica de la democracia venezolana como la de Ellner, sino las de Ramón Piñango, Moisés Naím y los otros investigadores que convocaron para escribir su célebre El caso Venezuela: una ilusión de armonía, aparecido en 1984, desde el mismo título del volumen llamaban la atención sobre lo que podía tener de ilusoria esa excepcionalidad. Era una sociedad sin grandes conflictos, por ejemplo, en parte porque la renta petrolera alcanzaba para que todos los sectores estuvieran más o menos contentos. Un conflicto entre importadores y productores se resolvía con dólares baratos a unos y subsidios a otros; entre empresarios y obreros, con créditos blandos y a la vez aumentos de salarios e inmovilidad laboral; y así infinitamente, para que el conflicto no se viera en el horizonte. Uno de los recuerdos más recurrentes de los baby boomers criollos —«antes todos éramos amigos», «al final todos tomábamos whisky juntos»— es más una demostración de esa aversión sistemática al conflicto, que una prueba de civismo, convivencia o movimiento de cintura política. Lo más excepcional del excepcionalismo era la ausencia de conflictos.

El texto de Asdrúbal Baptista que aparece en el libro da cuenta de las cifras y los cambios sociales de aquella excepcionalidad: entre 1960 y 1980 el promedio de crecimiento de los países desarrollados fue 3,1 por ciento, de los latinoamericanos 2,1 por ciento y de Venezuela, 3,8 por ciento; la tasa de mortalidad en la región había bajado de 111 por mil a 64, en Venezuela bajó a 42 por mil; el PIB por habitante del primer mundo era en 1976 unos 4.347 dólares, en Latinoamérica 898 y en Venezuela 1.344. Sin embargo, junto a todo esto, que sin duda daba motivos para estar felices, Baptista consignó otro dato: mientras que el porcentaje del ingreso total recibido por el veinte por ciento más rico de la población era 59,1 en América Latina y 44,9 en el mundo desarrollado, en Venezuela era 69,5 por ciento. Es decir, estaba entre los países más desiguales del mundo. Pero como todos, a su escala, habían mejorado sus condiciones de vida y, además, tenían la esperanza de seguir mejorando estas diferencias no importaban tanto: sí, todos podían ser amigos, todos estaban en ese renglón de más de un cincuenta por ciento de la población al que se podía definir de clase media. Esto expresa un conjunto de convicciones que probablemente fueron el peor legado del momento: es un país infinitamente rico, donde siempre habrá para todos; por ser tan ricos, merecemos los mejores beneficios sin dar contraprestación alguna, sin ser productivos; por la misma riqueza, no hay que defender el sistema, podemos ser apolíticos. Si Piñango y Naím hablaban de ilusión, estos fueron los embelecos fundamentales de todos los venezolanos: tanto los más pobres como, especialmente, la muy mimada clase media.

Cuando sobrevino el despertar, porque ya no fue posible repartir la torta igual, una sociedad que había olvidado cómo manejar los conflictos —que no tenía idea de las peripecias prepetroleras de un José Antonio Páez, un Antonio Guzmán Blanco y sus equipos de gobierno para conciliar a cafetaleros con prestamistas— tuvo que enfrentarse por primera vez, en muchos años, a ellos. Para 1979, el ingreso promedio de una familia estaba alrededor de 3.000 bolívares, y el costo de la canasta alimentaria era 798. Con una inflación de doce por ciento, que ya era un escándalo, había, sin embargo, espacio para gastos suntuarios —ese whisky que todos bebíamos juntos— y para ahorrar. Pero, ¿qué pasó cuando, a partir de ese año, el ingreso promedio bajó sistemáticamente todos los años?

El nuevo excepcionalismo

Lo que pasó fue que muchos de esos baby boomers criollos votaron, al cabo de dos décadas, por un candidato que prometió demoler el sistema político; pero, cuidado, no la ilusión. Las cifras de Venezuela en las décadas de 1980 y 1990 no dejan espacio para muchas dudas: ningún gobierno en el que la pobreza pasa de 25 a 70 por ciento y el ingreso real se reduce seis veces (es decir, la familia que ganaba 3.000 bolívares en 1979 pasó a ganar 700) logra mantenerse mucho tiempo en el poder. Ahora bien, ¿cuáles herramientas podían tener los baby boomers criollos que entonces estaban en su mediana edad para enfrentarse a eso? La frase «este ya no es más mi país» lo expresa bastante bien: en efecto, ya no era el país en el que habían nacido y crecido. Pero no por eso la mayor parte de ellos estaba dispuesta, como se demostró con el programa de ajustes impulsado por Carlos Andrés Pérez en 1989, a renunciar a la ilusión.

La forma de contar la historia fue clave: al sistema anterior se le echó la culpa de todos los males sufridos en las últimas dos décadas. Ayudada por los escándalos de una clase política poco dada a los cambios (Pérez fue finalmente defenestrado por ella y buena parte del empresariado) y señalada por una corrupción que se creyó generalizada (hoy se sabe que era enorme, pero no llegaba a esos extremos), la conclusión fue que, al removerla del poder, un gobierno menos corrupto podría revivir el sueño del ascenso social ilimitado. Al cabo, en un país infinitamente rico, se trataba apenas de frenar a los corruptos. Los más jóvenes que no habían vivido el excepcionalismo aspiraban a hacerlo y se consideraban objeto de algún tipo de injusticia histórica por no poder hacerlo; y sus padres baby boomers tenían el resentimiento de quien está convencido de haber sido despojado de algo que le pertenece. Por un momento, la burbuja de precios petroleros de 2004 a 2008, cuando el barril pasó de 25 a 140 dólares, hizo creer que era posible volver a algo parecido a lo vivido antes, para que a los pocos años se cayera de forma aún más estrepitosa.

Pero lo más significativo fue que la lógica del excepcionalismo mostró su poder cuando la Revolución Bolivariana se radicalizaba, hasta proclamar el socialismo en 2007. Aunque el resto de América Latina también se inclinó hacia gobiernos de izquierda, en buena medida apoyada por los petrodólares y el prestigio de Chávez, ningún país se atrevió a ir tan lejos en las reformas socialistas; de hecho, ninguno renunció a las reglas esenciales de la economía de mercado y la disciplina fiscal. Ninguno jugó con la inflación, las inversiones extranjeras y la propiedad privada. ¿Por qué precisamente Venezuela, el país vitrina, el éxito caribeño del capitalismo durante la Guerra Fría, decidió revivir algo parecido a un socialismo real light diez años después de la caída del Muro de Berlín? ¿Por qué volvió a ser excepcional? En parte por la herencia del excepcionalismo anterior: la disciplina fiscal, las políticas antinflacionarias y el respeto a la propiedad privada que nunca discutieron, al menos no seriamente, un Rafael Correa o un Evo Morales, eran una herencia de las reformas llamadas neoliberales que en Venezuela no se llegaron a aplicar plenamente. Es difícil pensar en un Lula Da Silva sin el Plan Real de Fernando Henrique Cardoso. Pues bien, como no se consideró necesario hacerlo en los noventa —¿para qué si somos tan ricos?— menos se iba a considerar ahora que el neoliberalismo es anatema.

Cuando el precio del petróleo volvió a caer, junto con los de las otras materias primas, con la crisis de 2008, evolucionó el excepcionalismo: el resto de la región ha logrado capear el golpe de forma relativamente exitosa, pero Venezuela está en la peor crisis de su historia. La bancarrota no se debe solamente a la caída del precio sino, sobre todo, a la desastrosa política de estatizaciones, que destruyeron lo que quedaba de industria y agricultura, a los controles excesivos en el mercado, a las distorsiones generadas por las políticas cambiarias y a la casi absoluta falta de disciplina monetaria y fiscal; es decir, a las decisiones tomadas desde la experiencia del primer excepcionalismo. Basta con decir que entre 2013 y 2017 la economía se ha contraído alrededor de 35 por ciento y que la inflación es la mayor del mundo (más de 700 por ciento), para ver cuán excepcional ha vuelto a ser este país.

El baby boomer criollo que tiene para este momento sesenta y tantos años, o entra en sus setenta, ha pasado su vida en un país excepcional. Sus altibajos profesionales y económicos, las cosas en las que creyó y en las que dejó de creer, las esperanzas alcanzadas y sobre todo las perdidas, las que se pusieron en él, que fueron tantas, y las que pudo lograr, cuentan como pocas la historia contemporánea del país. Este país de excepción tiene el reto de aprender a vivir lo que, a falta de otra palabra, podría llamarse normalidad.


Tomás Straka, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello e individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

Toxinas por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 23 de Septiembre 2018

Dijo que la religión era el opio del pueblo sin saber que sus concepciones sobre la lucha de clases, la propiedad y la alienación iban a producir regímenes autoritarios y una toxina ideológica de potentes efectos venenosos que causan y han causado aflicciones, purgas, gulags, exclusiones, seres perversos y millones de víctimas del rigor comunista y de algo incalificable llamado socialismo del siglo XXI.

En el ardor de mi inocencia, creía que con el nuevo siglo, es decir, en el inicio de un segundo milenio enriquecido con los aporte tecnológicos, la velocidad, la biogenética y todos los avances científicos íbamos a entrar en una nueva era liberados de convenciones, nacionalismos e ideologías de toda clase o naturaleza, pero no ha sido así: crece el hambre en el mundo, recrudecen la tristeza y la violencia, se extreman los fanatismos políticos y religiosos, se acrecienta la intolerancia, domina la vulgaridad en el lenguaje, los asomos culturales se desvanecen abrumados por la satisfacción del espectáculo fácil y superficial y un pequeño país en el mundo llamado Venezuela muere de hambre y agoniza enfermo de diáspora y de múltiples agobios.

Las toxinas son venenosas. Las biotoxinas son sustancias malignas que producen algunos seres vivos: plantas o animales. A veces actúan como mecanismos de defensa: las serpientes, los escorpiones y sus aguijones; algunas espinas, ciertas hojas que al rozarlas sueltan venenos cuando creen estar amenazadas. ¡Hay insectos! Pero las toxinas más peligrosas son las ideológicas, ¡cualesquiera que ellas sean! No solo te invaden, toman por asalto y anulan tu imaginación y se apoderan de tu personalidad, sino que expulsan de ti tus propias ideas e instalan en tu mente y en tu corazón otras que no te pertenecen; te excluyen del ser social en el que te desplazabas como individuo para que ingreses al rebaño, te borres, sigas fielmente al pastor o líder de tu comunidad y acates y bajes la cabeza dejándote guiar por opiniones y juicios ajenos.

Cuando supe que podía caminar con mis propios pies sin necesitar muletas ideológicas lo primero que hice fue decirle ¡No! al Partido Comunista, a pesar de no haber militado nunca en él ni en su “gloriosa” Juventud. Debo advertir que Gustavo Machado, Jesús Faría, Pompeyo Márquez, entre otros, fueron intelectuales de valor que introdujeron el pensamiento marxista en el país y actuaron con dignidad y no de la manera bochornosa como lo están haciendo los comunistas lamesuelos del chavismo.

Sin embargo, me distancié tarde, es decir, esperé demasiado tiempo para hacerlo: ¡cincuenta años! Mucha edad, si se considera que Rómulo Betancourt siendo muy joven supo que el comunismo era impracticable en un país petrolero como el nuestro. Recelo ahora de los cogollos de los partidos tradicionales y me muerdo la lengua al reconocer y aceptar que quien siempre tuvo la razón fue Betancourt y no yo; que la insurrección armada de los años sesenta venezolanos fue un doloroso error político; que El Techo de la Ballena no se abrazó a ninguna estética sino que sirvió como brazo cultural de la guerrilla; que la República del Este fue el coletazo de una derrota, un animal herido, el patético camino de una bohemia absurda y trasnochada; el trágico arrastre hacia una autodestrucción que aniquiló a muchos artistas e intelectuales junto con la frustrada invasión cubana de Machurucuto que quiso clavar el aguijón de su revolución en el cuerpo democrático del país.

Descubro tardíamente que quien sabe gobernar no es la izquierda sino la derecha, y comienzo a vislumbrar que no simpatizo con la democracia a la que considero fraudulenta, pero creo en la república sin saber muy bien qué significa creer en ella.

¡He logrado liberarme de muchas toxinas: errores, desatinadas concepciones políticas e influencias desventuradas; recuerdos de malos amores, ofensas; una inútil retórica que adjetivaba y envenenaba mi escritura; memorias devoradas por la polilla del tiempo…!

Me siento más ágil sabiendo que sin toxinas y sin el peso abrumador de las pertenencias camino más ligero y me preparo mejor para emprender el largo viaje que me espera para adentrarme en la oscuridad.

Quedan atrás los dogmatismos, el pensamiento único y ajeno, el realismo socialista, los ríos de leche y de miel del socialismo autoritario; la Joven Guardia: ¡Que esté en guardia, siempre en guardia el burgués insaciable y cruel!; y establecí definitivamente que el mejor Neruda quedará anclado en su Residencia en la tierra, y que Stalin, Mao Tse-tung, Pol Pot, Fidel Castro, León Trotski –el abnegado viejecito de Leonardo Padura que amaba a los perros–, Elena Petrescu y Nicolai Ceausescu continuarán siendo seres perversos repudiados por la historia como personajes de abominación.

¡Las toxinas junto con los eufemismos siguen allí, pero fuera de mí! Me quedan algunas, pero las ideológicas ya no me carcomen por dentro. ¡No las tengo y espero no alimentar ninguna otra en mi mente y mucho menos en el corazón!

Por el contrario, creo haberme liberado. Hoy me miro y me complazco. ¡Soy mi iglesia y mi propia liturgia! ¡Soy mi único camino hacia Dios! El perfecto enunciado de mi personalísimo destino: me debo a mí mismo y, como Whitman, el viejo patriarca, me canto y me celebro, y a mi avanzada edad me acuesto sobre hojas de hierba… ¡y sueño!

 

Los costes de la crisis venezolana por Kenneth Rogoff – El País – 16 de Septiembre 2018

No es demasiado pronto para empezar a planear la reconstrucción para cuando el estado clientelar termine

Los costes de la crisis venezolana
La implosión del gran experimento de Venezuela con el socialismo “bolivariano” está creando una crisis humanitaria y de refugiados comparable a la de Europa en 2015. En autobús, en barco e incluso a pie por caminos peligrosos, cerca de un millón de venezolanos han huido solo a Colombia y se calcula que hay otros dos millones en otros países (en su mayoría vecinos).

Allí muchos terminan viviendo en condiciones desesperadamente inseguras, con poco alimento y ninguna medicina, y durmiendo donde pueden. Hasta ahora, no hay campos de refugiados de Naciones Unidas, solo una modesta ayuda de organizaciones religiosas y otras ONG. Cunden el hambre y la enfermedad.

En general, Colombia está haciendo lo mejor que puede por ayudar; da atención a los que acuden a los hospitales, y su voluminosa economía informal está absorbiendo a muchos refugiados como trabajadores. Pero con un PIB per capita que solo llega a unos 6.000 dólares (contra los 60.000 de Estados Unidos), los recursos de Colombia son limitados. Y el Gobierno también debe reintegrar urgentemente a unos 25.000 guerrilleros de las FARC y a sus familias, según lo estipulado por el acuerdo de paz firmado en 2016 que puso fin a medio siglo de cruenta guerra civil.

Los colombianos han sido comprensivos con sus vecinos, en parte porque muchos recuerdan que durante la insurgencia de las FARC y las narcoguerras relacionadas, Venezuela absorbió a cientos de miles de refugiados colombianos. Además, durante los años de bonanza en Venezuela, cuando el precio del petróleo era elevado y el régimen socialista todavía no había destruido la producción, varios millones de colombianos consiguieron trabajo en Venezuela.

Pero el reciente tsunami de refugiados venezolanos está creándole a Colombia problemas enormes, que trascienden los costes directos del mantenimiento del orden y la provisión de atención médica urgente y otros servicios. En particular, el ingreso de trabajadores venezolanos generó una importante presión a la baja sobre los salarios en la economía sumergida de Colombia (que incluye agricultura, servicios y pequeñas fábricas) justo cuando el Gobierno tenía esperanzas de subir el salario mínimo.

Con las primeras oleadas de venezolanos vinieron muchos trabajadores cualificados (por ejemplo, cocineros y conductores de limusina) con expectativas razonables de hallar empleo remunerado en poco tiempo. Pero los refugiados más recientes carecen en su mayoría de instrucción y capacitación, lo que complica los esfuerzos del Gobierno para mejorar la suerte de la propia población desfavorecida de Colombia.

Los problemas a largo plazo pueden ser incluso peores, ya que enfermedades que otrora estaban bajo control, como el sarampión y el sida, hacen estragos en la población de refugiados. Los dirigentes colombianos más previsores, incluido el nuevo presidente, Iván Duque, sostienen en privado que dispensar a los refugiados venezolanos un trato humano y digno beneficiará a Colombia en el largo plazo, cuando el régimen caiga y Venezuela vuelva a ser uno de los principales socios comerciales de Colombia. Pero nadie sabe cuándo ocurrirá eso.

Lo que sí se sabe es que tras muchos años de política económica desastrosa, iniciada en el mandato del difunto presidente Hugo Chávez y continuada con su sucesor, Nicolás Maduro, el régimen venezolano dilapidó una herencia que incluye algunas de las reservas comprobadas de petróleo más grandes del mundo. Los ingresos del país se redujeron en un tercio, la inflación va camino de llegar a un millón por ciento, y millones de personas padecen hambre en un país que debería ser razonablemente rico.

Aunque podría pensarse en una revolución, hasta ahora Maduro ha podido mantener al Ejército del lado del régimen, en parte dándole licencia para manejar un inmenso negocio de tráfico de drogas que exporta cocaína a todo el mundo, y en particular a Europa y Oriente Próximo. Y a diferencia del petróleo (sobre cuya exportación pesan inmensas deudas con China y otros acreedores), las drogas ilegales reportan a sus vendedores ganancias ilimitadas (salvo en los pocos casos de decomiso).

Por desgracia, muchos miembros de la izquierda en todo el mundo (por ejemplo, el líder de la oposición británica, Jeremy Corbyn) hicieron la vista gorda ante el desastre en gestación, tal vez por un impulso automático a defender a sus hermanos socialistas. O peor aún, tal vez creyeron realmente en el modelo económico chavista.

Demasiados economistas de izquierda (incluidos algunos que terminaron trabajando para la campaña presidencial de 2016 del senador Bernie Sanders en Estados Unidos) fueron partidarios incondicionales del régimen venezolano. También hubo cómplices oportunistas, incluido Goldman Sachs (que con su desacertada compra de bonos venezolanos sostuvo sus precios) y algunos de la derecha; por ejemplo, el comité a cargo de la ceremonia de asunción del presidente estadounidense Donald Trump, que aceptó una gran donación de Citgo, la filial estadounidense de Petróleos de Venezuela.

Hace poco, Maduro puso en marcha un plan absurdo para estabilizar la moneda, mediante la emisión de nuevos billetes supuestamente respaldados por la criptomoneda del Gobierno (que es como levantar un castillo de naipes sobre arenas movedizas). Sea que la nueva moneda funcione o no, es seguro que el Ejército venezolano seguirá usando billetes de cien dólares para sus operaciones.

En respuesta a las crisis interna y regional generadas por el régimen de Maduro, Estados Unidos implementó graves sanciones comerciales y financieras, y se dice que Trump propuso la idea de invadir Venezuela. Por supuesto, una intervención militar estadounidense sería una locura, e incluso los muchos Gobiernos latinoamericanos que ansían la caída del régimen jamás la apoyarían.

Pero Estados Unidos puede y debe enviar mucha más asistencia financiera y logística a los países vecinos para ayudarlos a hacer frente al enorme problema de los refugiados. Y no es demasiado pronto para empezar a planear la reconstrucción y la repatriación de los refugiados, para cuando la variedad venezolana del socialismo —o, más precisamente, del clientelismo basado en el petróleo y la cocaína— finalmente se termine.

Kenneth Rogoff, execonomista principal del FMI, es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

Six Reasons Why Venezuela Still Has Socialism by Fergus Hodgson – The Epoch Times – 28 de Agosto 2018

The undeniable crisis in Venezuela and the largest mass exodus in Latin-American history has led socialists to contend that the Chavistas have not introduced real socialism. All problems in what was supposed to be revolutionary socialist paradise are the fault of an “economic war” from the evil American empire.

Given the cultish allegiance to socialism around the world, this obfuscation has garnered plenty of traction. Unfortunately, that includes prominent members of the Venezuelan opposition, who appear incapable of seeing what is before their eyes. For example, the Popular Will political party of Leopoldo López—a political prisoner and perhaps the most recognized opposition leader—is a full member of Socialist International.

The scapegoating and continued push for socialism, however, spells no end to the insanity. It also dooms more nations to follow Venezuela’s lead to a self-imposed economic and political nightmare.

The word “socialism” is not necessarily the crucial element; what socialism stands for is the centralization of the means of production. Often couched in feel-good terms, such as “liberation” and “justice,” socialism means a command-and-control economy that dismisses property rights and individual autonomy, in contrast to capitalism.

In the words of the newspaper Socialist Worker, socialism means “a society based on workers collectively owning and controlling the wealth their labor creates … in the Marxist tradition.” The dominant theme in socialist publications is the pursuit of egalitarian outcomes, achieved through the redistribution of resources and heavy intervention in the economy, especially with explicit state ownership and control of industries.

Here are a few ideologically symbolic socialist policies from the Chavista era, grouped into five categories:

1. Confiscation, Nationalization of Industries

Seizures of private businesses have become standard procedure in Venezuela, and a recent international court decision awarded a $2 billion settlement to ConocoPhillips for a 2007 appropriation. That year also includedcommunications companies. In 2008, it was cement, steel, mining, and dairy products. Likewise, in 2009, it was rice, a local airline, and some farmlands.

Inevitably, in 2010, as shortages became glaring, the regime took control of supermarket chains, food processors, and package manufacturers—not that this relieved the shortages. In 2008, there were 800,000 private companies registered in Venezuela. By 2017, that number had dwindled to 270,000.

2. Price Controls

Fixed prices are the bastion of economic illiterates, since they generate shortages or surpluses and fuel black markets. However, the Chavista propaganda arm, TeleSUR, celebrated 33 minimum-wage increases between 1999 and 2016, driven by reckless monetary policy and astronomical inflation.

The minimum wage was just the start. To achieve “just prices,” since 2014 all businesses have been limited to a maximum profit margin of 30 percent of costs. Meanwhile, almost all household items have had prices set by the Superintendent for the Defense of Socio-Economic Rights (SUNDDE), generating empty shelves for everything from toilet paper and deodorant to beer. Venezuela’s free-market think tank, Cedice Libertad, estimates that price controls forced 28,000 businesses to close in 2015 and 20,000 in 2016.

A useful first step for any reform-oriented government would be to dismantle entirely the National Center for Foreign Commerce (CENCOEX), which administers (read: corrupts and dislocates) currency exchange in Venezuela.

3. Utopian Projects

Chávez started more pet projects than one can keep track of, but perhaps the largest giveaway has been for new houses and housing renovations. In a population of 32 million, the program that began in 2009 has renovated almost 600,000 homes. An expansion in 2011 saw the building of 1.9 million new houses for those deemed poor.

One can see how the regime managed to spend enough money to generate inflation and eventually hyperinflation. Such was the dependence and entitlement mentality of the people that, when oil prices declined, the regime refused to cut back and merely printed more currency to maintain spending levels.

To show how faithful he was to socialist ideals, Chávez also started 50 communes (comunas), new suburbs or villages with “social” property. The initial sizes were about 250 families, and the hope was to get 350 functioning. However, given the economic crisis, residents and candidates have abandoned that pipe-dream idea.

4. Demonization of Employers

What good would a socialist movement be without greedy capitalists to demonize? The common recipients of vitriol are employers, and Venezuela is no exception.

Chávez pitted employees against employers and made firing someone essentially impossible. Aside from upping the required benefits to include a minimum of 15 percent profit sharing, Chávez banned trial periods. The tremendous risk associated with hiring labor means that more than half of people work off the books in the informal sector of the economy.

Can you blame employers for their reluctance? The revolutionary red tape means starting a new business in Venezuela takes at least 230 days.

5. Anti-Capitalist, Marxist Alliances

Chávez’s socialist alliances began well before his tenure as president. After leading two bloody coups d’état in 1992, Chávez received a pardon and release in 1994 (what a mistake that was). When he got out, he accepted an invitation from Fidel Castro to meet in Havana, and Chávez didn’t hide his admiration for the totalitarian dictator and subsequent mentor.

The Chavista international alliances have had two main purposes: to unify socialist regimes and to work with anyone who opposes the United States. Since the United States is the capitalist symbol, the logic has been that the enemy of my enemy is my friend. The less ideological allies have included Belarus, Iran, Libya, and Syria.

The friendly relationship between the Chavista regime and the terrorist Revolutionary Armed Forces of Colombia (FARC) is just as bad. In 1995, Chávez received guerrilla training from these violent Marxists, and he and Maduro backed the FARC peace deal, which Colombian voters rejected in 2016. FARC commanders roam freely throughout Venezuela and poach Venezuela’s natural resources.

6. Rationing

“Free” is the ultimate price control, since it places a maximum of zero. When people face no cost at the margin, they consume as much as they can, up until they garner zero additional benefit.

Socialist regimes and mixed economies have come up with many ways to impede unbridled consumption, from making people wait in lines for hours to setting maximum quantities per person or household, as in Cuba.

The Chavistas have a particularly elaborate scheme called the Motherland Card (carnet de la patria). It is a personal ID card that gives Venezuelans access to social programs, medical care, rationed food, and subsidies. It also lets the regime know who voted in the sham elections.

Chávez ran for president in 1998 on a militantly socialist agenda—backed by Cuba, the Venezuelan Communist Party, and the Socialist Movement—although he branded himself as a revolutionary “humanist.” He and his successor, Maduro, proceeded to enact every socialist policy in the book for almost 20 years. They spent precious national resources on a litany of social-engineering schemes, and they imposed countless price controls.

International rankings affirm Venezuela’s transition to radical socialism, not to be confused with Nordic welfare states that rest heavily on capitalist production. The Fraser Institute’s Economic Freedom of the World ranking places Venezuela as the least free economy—the most centrally planned—in the entire world.

Useful idiots around the world celebrated the rise of 21st-century socialism.

Yet now that the catastrophic results have arrived—shortagespovertymiseryunemploymenthyperinflationemigrationcorruptionhungerlawlessness, and conflict—suddenly everything that happened is no longer socialism.

The rulers in Venezuela are no idealistic saints, to say the least, and their socialist policies have coincided with the end of democracy. The notion, however, that the latter rather than the former is responsible for the crisis is misleading at best.

Consider Singapore, with limited democracy and restricted rights to press and association. With one of the world’s most capitalist economies, Singapore offers high standards of living and safety, and attracts expats. How many socialists want to live in Venezuela? Even the Chavistas are getting out.

Authoritarians tend to favor socialism because it emboldens them with more power and leaves the populace weak. In contrast, laissez-faire capitalism—the right to property and freedom to exchange—emboldens the individual and leaves rulers with a limited role.

Fergus Hodgson is the founder and executive editor of Latin American intelligence publication Antigua Report.

Chavismo : La Peste del siglo XXI – Documental – Junio 2018

El salario nominal: estrategia de dominación política y destrucción empresarial por Jesús Alexis González – El Pizarron 93.1 FM – 26 de Junio 2018

Existe un pensamiento popular, según el cual, cuando H. Chávez asumió la presidencia en el año 1999 e inicia su demagógica y populista “economía de izquierda” no tenía definido un modelo económico ni al menos una política macroeconómica, a lo cual agregan que la “revolución” todavía hoy día carece del conocimiento económico necesario para controlar la hiperinflación ya que se rigen por leyes misteriosas. Tal percepción es, a nuestro parecer, una verdad a medias ya que muy por el contrario están aplicando al “pie de la letra” la enseñanza de Vladimir Lenin: “La mejor manera de destruir un sistema capitalista es corromper la moneda”, que implícitamente equivale a disminuir profundamente el valor del dinero en manos del público mediante una elevada inflación, al tiempo de contraer significativamente el poder adquisitivo de los ciudadanos con la intención soterrada de acabar con las bases de la sociedad. A la luz de esta visión, el denominado “socialismo del siglo XXI” impulsó desde el inicio la “confrontación” entre la remuneración al trabajo (salario) y la remuneración al capital (ganancia empresarial) conociendo a la perfección que cuando el salario compite en términos de ganancia con el capital lo ¡destruye!

Es de obviedad manifiesta, que el fortalecimiento del Estado “socialista” empresario en Venezuela fue posible mientras el ingreso petrolero lo permitió, hasta convertirse en el gran importador de alimentos, medicamentos, productos terminados y de materias primas que profundizó el dominio político y la coerción (presión que se ejerce sobre alguien para obligarlo a asumir determinada conducta) por intermedio de una economía alejada de la ortodoxia, utilizando como principal estrategia la denominada ilusión monetaria entendida como un tema psicológico que hace referencia a la confusión mental inducida por el régimen para que el trabajados asuma que un aumento del salario nominal no se traduce en un aumento de su poder de compra ¡por culpa de los empresarios privados y de la guerra económica! hasta convertirlos en cooperadores inconscientes de la destrucción de su fuente de empleo; en un escenario donde un 82% de la población que se encuentra por debajo de la línea de pobreza espera, con sacrificio de su dignidad recibir, su “cajita de alimentos”.

Ha de quedar suficientemente claro, que en la Venezuela “revolucionaria” el aumento del salario nominal sin la existencia de una concreta política contra la inflación, ha sido una estrategia instrumentada en pro de alcanzar una “victoria del salario sobre la ganancia empresarial y el capital”, al punto que se han materializado 45 aumentos hasta junio 2018 (cuarto del año) cuando se incrementó el salario mínimo integral hasta Bs 5.196.000 al variar desde Bs 2.550.500 que había sido aumentado ¡un mes antes!; haciendo la salvedad que el valor nominal del salario para el año 1999 (inicio de la “revolución”) era de Bs 120.000 con un poder adquisitivo promedio del 40% y una inflación de 20,5%; en contraste con el año 2018 cuando dicho valor nominal supera los Bs 5.100 000 con un poder adquisitivo negativo y una inflación anualizada a febrero de 6.147% y mensual a mayo de 110,1%. Tal situación refleja con transparencia, que el régimen utiliza los “los aumentos salariales nominales” más con la intención de dominar políticamente el país, de controlar la voluntad del pueblo y de acabar con el sector empresarial e industrial privado; que para elevar el salario real y aumentar el poder adquisitivo del trabajador, habida cuenta que durante el mandato “revolucionario” Venezuela ha visto reducir su “tamaño empresarial” en más de un 60%, mientras que al propio tiempo la economía se ha contraído en un 57%.

Reflexión final: Para retomar el sendero del progreso y bienestar económico se requiere liberar las fuerzas productivas bajo la conducción del sector privado a la luz de un estímulo a la inversión nacional y extranjera, en el marco de un desmontaje del control de la economía, de la interrupción de la emisión de dinero inorgánico, de una unificación del tipo de cambio, entre otras medidas, lo cual resulta poco menos que ¡imposible! con el actual régimen más aún, y como también señaló V. Lenin: “No hay moral en la política, hay sólo oportunismo. Un sinvergüenza puede ser de utilidad para nosotros sólo porque es un sinvergüenza”.

 

La “fatwa” bolivariana por Xavier Velasco – Milenio – 23 de Junio 2018

Hay libros que dan miedo, y éste es de esos. Más que sobre política y políticos, tiene que ver con crímenes en tal modo escandalosos, y no obstante secretos, que pasan fácilmente por delirios. Pero ahí están los datos, los testigos, las fechas y registros que han hecho de la larga investigación una auténtica bomba de papel, donde narcotráfico, terrorismo, latrocinio, tiranía y asesinato son cosa cotidiana para sus tenebrosos protagonistas: malandros con poder y buena prensa cuyos alcances son tan incalculables como el dinero sucio y ensangrentado que cada día pasa por sus manos.

El brasileño Leonardo Coutinho es uno de esos periodistas atrevidos y duros cuya supervivencia se antoja prodigiosa. Luego de varios años entregado a la investigación de crímenes de Estado en las modalidades de terrorismo y narcotráfico, el reportero y editor de la revista Veja ha reunido en un libro inenarrable los hallazgos bastantes para situarlo entre el horror y el thriller. Editado en Brasil bajo el título de Hugo Chávez, el espectro, el ancho reportaje de Coutinho es a un tiempo increíble y verosímil, chusco y escalofriante; tanto así que los hechos y dichos que relata pecarían de absurdos en una buena novela de espías, pero una vez reunidos adquieren un sentido siniestro y elocuente.

A lo largo de tres años de pérdidas, el vuelo 3006 de Conviasa e Irán Air —primero semanal, más tarde quincenal— conectó las ciudades de Teherán, Damasco y Caracas. Nunca iba el avión lleno de pasajeros, y si bien los boletos se ofrecían a la venta, éstos sólo se hacían disponibles por intercesión gubernamental. Apodada “Aeroterror” por varios de sus mismos operadores, la ruta cumplía funciones tan poco turísticas como el transporte de armas, dinero, militares, terroristas y eventualmente drogas entre Irán y Venezuela, regímenes hermanos ante el mundo.

Parecería un chisme amarillista, pero su larga cola lo hace apenas otro síntoma insólito de la complicidad documentada entre los dos gobiernos, por motivos profundos que Coutinho rastrea sistemáticamente hasta pintar un fresco entre hilarante y estremecedor. ¿Qué pensar de las “fábricas de cemento” en Venezuela, teóricamente binacionales pero celosamente administradas y custodiadas sólo por iraníes, de donde nadie vio salir ni entrar cemento? ¿Y aquella mina de oro adjunta a un yacimiento de uranio enriquecido, protegida asimismo por oficiales persas e inaccesible para nadie más? ¿Era Hugo Chávez el primer valedor de Cristina Kirchner, o apenas un atento intermediario entre ayatollahs y neoperonistas, en el nombre de cierto programa nuclear inmencionable?

Pocas licencias son tan auspiciosas como las que se otorgan los protagonistas de El espectro. Si parece incongruente la imagen de un clérigo islamista traficando con drogas, una fatwa lanzada hace treinta años por Mohammad Hussein Fadlallah, señalado gurú de Hezbolá, hace polvo las dudas al respecto: “Producimos drogas para Satanás, que son Estados Unidos y los judíos. Si no podemos matarlos con armas, los vamos a matar con drogas”. A partir de coartada tan oportuna, no precisaba ya el sumo socialista del siglo XXI más que acercar un poco a sus amistades. ¿O es que unos luchadores de su calibre serían tan ingratos para dejar colgados de la brocha a los buenos amigos de las FARC? Y ya entrados en gastos, ¿por qué no trabajar todos unidos, en nombre de principios tan ínclitos y prístinos que unos cerros de coca, unos litros de sangre y un diluvio de dólares nunca podrían manchar?

“Chávez derribó la frontera entre su país y el narcoterrorismo”, escribe Coutinho, e ilustra con ejemplos tan conspicuos como los 173 cambios de identidad fabricados por el gobierno venezolano a terroristas islámicos, que a partir de ahí viajaban por el resto de América Latina sin ser importunados por la Interpol. Nada del otro mundo, tras el relato de Pablo Escobar visitando a los Castro a domicilio y durmiendo en la casa donde diez años antes pernoctó Leonid Brézhnev. Según las oficiosas pesquisas de Coutinho, de este lado del charco la fatwa la dictó el mismo Fidel Castro, impulsor y creyente de la “guerra asimétrica” que faculta al rebelde para hacerse maleante sin restar galanura a su plumaje.

Ya entrados en tirar barreras y fronteras, cuenta el autor que Chávez, Cabello, Maduro y el resto de la banda bolivariana no escatimaron bríos para impulsar la agenda de sus leales, y ello incluiría el envío de tropas de asalto y armas a Bolivia, así como el ingreso de Evo y los suyos en el negocio del tráfico de coca, valiéndose de aviones y bases militares, con algunos difuntos de por medio —uno de ellos, muy bien documentado, el suicidio asistido del fiscal Nisman— y la amable miopía de los gobiernos de Lula y Dilma.

Y así hasta nuestros días: el thriller negro de Leonardo Coutinho (“una fantasía sin credibilidad”, han coincidido ya, sin otra explicación, algunos entre sus protagonistas) se extiende hasta el inicio de 2018. Lo único hasta hoy inexplicable, dado el calibre usual de tantos años lleva divulgando, es que el propio Coutinho siga aún con vida, habidas tantas fatwas en su contra.

Otro gorila se reelige en la salvaje amazonia por César Indiano – La Patilla – 25 de Mayo 2018

unnamed-7Latinoamérica es una subregión políticamente perdida y malograda. Todo esto dio comienzo en 1998 cuando un gorila venezolano engatusó a los electores diciéndoles que traería para Venezuela y para América Latina “una revolución sin armas”, es decir, una revolución de gallinas que consiste en montar farsas electorales, en convertir a los militares en sicarios de sus propios paisanos y en burlarse de las instituciones establecidas las veces que sean necesarias con tal de mantener incólume “un altar socialista para venerar a una bestia”.

Cuando en 1998 los venezolanos salieron en masa a votar por aquel proyecto político depravado no sabían, los pobres, que estaban labrando las estacas de su propia perdición. Fue cosa de años para que se revelaran las verdaderas intenciones del primer mandamás que perifoneaba insultos contra el mundo entero mientras suprimía – de forma metódica – las libertades básicas del comercio, de la convivencia y de la propiedad privada en su propia nación. Venezuela había caído en la trampa política más brutal de su historia.

Todo “plan socialista” siempre ha tenido dos objetivos estrictos, uno, robarle los bienes a las personas prósperas y dos, quitar de los cargos públicos a los individuos honorables para colocar en su lugar a una trulla de cretinos. Lo curioso es que a partir de 1998 estos atracadores vestidos de redentores, descubrieron que pueden lograr estos nefastos objetivos sin necesidad de derramar tanta sangre y sin necesidad de fatigarse inútilmente en guerrillas de montaña.

Los socialistas del Siglo XXI simplemente idearon un modelo de emboscaba para inmovilizar a las frágiles democracias de América Latina y digamos que les ha ido muy bien. Con la muerte del Gorila I el 28 de diciembre del 2012 a las 4 am de un paro respiratorio, las riendas de este proyecto ignominioso quedaron en manos del Gorila II, Nicolás Maduro. Leer más de esta entrada

Auge y caída del socialismo del Siglo XXI por Susana Seleme – Blog Polis – 19 de Abril 2018

Downloadseleme.jpg“Si bien sólo unos pocos son capaces de dar origen a una política, todos nosotros somos capaces de juzgarla”. Pericles de Atenas Siglo IV a C.

José Rafael Vilar no escribe desde el Derecho ni la Jurisprudencia pura y dura. Lo hace desde el relato histórico para hablar del Socialismo del siglo XXI, implantado por Hugo Chávez (+) gracias al pensamiento ideológico del sociólogo alemán izquierdista Heinz Dieterich Steffan.

El libro narra la génesis de ese socialismo, su historia y los contextos que la precedieron, la demarcaron y traspasaron mientras recorría el continente. Hoy llega a su ocaso por el desastre económico que afecta a sus países miembros, entre ellos Venezuela, cercano a la crisis humanitaria.

José Rafael Vilar hace seis ‘aclaraciones necesarias’ que son una declaración de principios. La primera, que no es historiador, pero yo afirmo que es un excelente recopilador de hechos históricos. La segunda, porque disfruta de los “vaivenes” de la política, “suma de causalidades y consecuencias” aunque a veces las sumas son restas. Una tercera: las etiquetas lo confunden. La cuarta es que es “un crítico permanente del populismo –cualquiera sea su signo- porque solo genera poblaciones clientelares vinculadas a traspasos de dinero” que a la larga conllevan mayor pobreza. Con la quinta, reniega de “las faltas de transparencia, que siempre ocultan engaños” y afectan “derechos humanos inalienables”. Y la sexta, porque detesta “todo lo que sea autoritario, totalitario y antidemocrático.” ¡No es poca cosa!

Escribir sobre los avatares del socialismo del s. XXI, no requiere ser historiador ni juez. Sí buen narrador y analista político, como el autor, con datos, conocimientos e información de erudito, objetivo, pero no un aséptico imparcial.

Así narra los sucesos que dieron lugar a ese fenómeno político que pretendió reescribir la historia y deshacer la democracia, para convertirse en enemigo de la democracia, la libertad y la civilización modernas. Es la distopía del siglo XXI.

Vilar la describe, instalada en realidades enervadas por el populismo, el autoritarismo, el clientelismo, el prebendalismo, la corrupción, la sentida ausencia de democracia, de transparencia y gobernanza. De respeto al Estado de Derecho.

Afirma que en los países del Socialismo del siglo XXI existen realidades marcadas por la cooptación total de todos los poderes del Estado y otros emergentes, amén de la judicialización de la política, la eliminación de la oposición y el electoralismo como sustituto de la democracia.

Habla de los “pecados no originales” de los países bajo ese signo, adictos a economías duramente ideologizadas y centralistas, con “intentos de centralización y autorreproducción del poder, sin llegar a la ‘democracia socialista cubana’, y no porque le falten entusiasmos”.

El autor afirma que el socialismo del s. XXI fue un “síndrome latinoamericano” cuyo hito es el discurso de Chávez en el Quinto Foro Social Mundial, de Porto Alegre 2005, aunque se remonta a 1999. Se profundiza con el inicio de la ‘Revolución Bolivariana’ en 2002 y las instituciones creadas a su alrededor. Cuando se une al socialismo real cubano, el ‘Socialismo del siglo XXI’ hace su debut político, se convierte en política de Estado y empieza su ‘exportación’ al calor del ‘boom’ de las materias primas.

Ese fue el momento de gloria. Gracias al ‘boom’ salieron de la pobreza y de la extrema pobreza muchas poblaciones, lo cual fue un éxito innegable. Hoy, sin los recursos del ‘boom’, vuelven a su pobreza, y los corruptos a seguir disfrutando de los dineros de la hipercorrupción.

Después de la cubana, fue la más influyente corriente política-ideológica de las últimas décadas en Latinoamérica. Hoy está en su ocaso, además, por la irrupción de una nueva centro-derecha en el continente. Es como la rueda de la fortuna, gira, pero Vilar no augura el fin del populismo, porque en América Latina ese fenómeno va ligado a la tradición caudillista. Y tampoco el fin de las izquierdas, porque en ausencia de las diferencias derecha/izquierda, el “mundo sería centrista, no centrado”.

Vilar transita en este trabajo de relojería histórica y conceptual por América Latina y el Caribe con mapas didácticos, que acompañan la lectura imprescindible del texto. Recorre la trayectoria política de todos los países, desde 1959. Pasa por las guerrillas de los ‘60 hasta los ’80; inserta el mapa de “La Multinacional del Terror”: los países del plan Cóndor; otro con los países del ‘Foro de San Pablo’; el mapa del Socialismo del siglo XXI, rojo chavista abrumador, y el de su actual declive.

En el Epílogo, el autor va a España, donde afirma que “el bolchevismo distópico” fue derrotado por la recuperación económica. Por último, le dedica un “Adiós al Patriarca”, al mayor de todos: Fidel Castro. El traslado de sus cenizas desde La Habana a Santiago de Cuba, fue su “Viaje a la semilla”, recordando a Alejo Carpentier, alegoría cargada de mitos.

José Rafael Vilar no juzga: narra y describe de manera impecable la aparición del fenómeno de marras. Al hacerlo, da su visión personal, aunque el veredicto final lo darán la historia y la ciudadanía que vivió, sufrió, o en su defecto se aprovechó, de los avatares del ‘Socialismo del siglo XXI’.

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