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Los costes de la crisis venezolana por Kenneth Rogoff – El País – 16 de Septiembre 2018

No es demasiado pronto para empezar a planear la reconstrucción para cuando el estado clientelar termine

Los costes de la crisis venezolana
La implosión del gran experimento de Venezuela con el socialismo “bolivariano” está creando una crisis humanitaria y de refugiados comparable a la de Europa en 2015. En autobús, en barco e incluso a pie por caminos peligrosos, cerca de un millón de venezolanos han huido solo a Colombia y se calcula que hay otros dos millones en otros países (en su mayoría vecinos).

Allí muchos terminan viviendo en condiciones desesperadamente inseguras, con poco alimento y ninguna medicina, y durmiendo donde pueden. Hasta ahora, no hay campos de refugiados de Naciones Unidas, solo una modesta ayuda de organizaciones religiosas y otras ONG. Cunden el hambre y la enfermedad.

En general, Colombia está haciendo lo mejor que puede por ayudar; da atención a los que acuden a los hospitales, y su voluminosa economía informal está absorbiendo a muchos refugiados como trabajadores. Pero con un PIB per capita que solo llega a unos 6.000 dólares (contra los 60.000 de Estados Unidos), los recursos de Colombia son limitados. Y el Gobierno también debe reintegrar urgentemente a unos 25.000 guerrilleros de las FARC y a sus familias, según lo estipulado por el acuerdo de paz firmado en 2016 que puso fin a medio siglo de cruenta guerra civil.

Los colombianos han sido comprensivos con sus vecinos, en parte porque muchos recuerdan que durante la insurgencia de las FARC y las narcoguerras relacionadas, Venezuela absorbió a cientos de miles de refugiados colombianos. Además, durante los años de bonanza en Venezuela, cuando el precio del petróleo era elevado y el régimen socialista todavía no había destruido la producción, varios millones de colombianos consiguieron trabajo en Venezuela.

Pero el reciente tsunami de refugiados venezolanos está creándole a Colombia problemas enormes, que trascienden los costes directos del mantenimiento del orden y la provisión de atención médica urgente y otros servicios. En particular, el ingreso de trabajadores venezolanos generó una importante presión a la baja sobre los salarios en la economía sumergida de Colombia (que incluye agricultura, servicios y pequeñas fábricas) justo cuando el Gobierno tenía esperanzas de subir el salario mínimo.

Con las primeras oleadas de venezolanos vinieron muchos trabajadores cualificados (por ejemplo, cocineros y conductores de limusina) con expectativas razonables de hallar empleo remunerado en poco tiempo. Pero los refugiados más recientes carecen en su mayoría de instrucción y capacitación, lo que complica los esfuerzos del Gobierno para mejorar la suerte de la propia población desfavorecida de Colombia.

Los problemas a largo plazo pueden ser incluso peores, ya que enfermedades que otrora estaban bajo control, como el sarampión y el sida, hacen estragos en la población de refugiados. Los dirigentes colombianos más previsores, incluido el nuevo presidente, Iván Duque, sostienen en privado que dispensar a los refugiados venezolanos un trato humano y digno beneficiará a Colombia en el largo plazo, cuando el régimen caiga y Venezuela vuelva a ser uno de los principales socios comerciales de Colombia. Pero nadie sabe cuándo ocurrirá eso.

Lo que sí se sabe es que tras muchos años de política económica desastrosa, iniciada en el mandato del difunto presidente Hugo Chávez y continuada con su sucesor, Nicolás Maduro, el régimen venezolano dilapidó una herencia que incluye algunas de las reservas comprobadas de petróleo más grandes del mundo. Los ingresos del país se redujeron en un tercio, la inflación va camino de llegar a un millón por ciento, y millones de personas padecen hambre en un país que debería ser razonablemente rico.

Aunque podría pensarse en una revolución, hasta ahora Maduro ha podido mantener al Ejército del lado del régimen, en parte dándole licencia para manejar un inmenso negocio de tráfico de drogas que exporta cocaína a todo el mundo, y en particular a Europa y Oriente Próximo. Y a diferencia del petróleo (sobre cuya exportación pesan inmensas deudas con China y otros acreedores), las drogas ilegales reportan a sus vendedores ganancias ilimitadas (salvo en los pocos casos de decomiso).

Por desgracia, muchos miembros de la izquierda en todo el mundo (por ejemplo, el líder de la oposición británica, Jeremy Corbyn) hicieron la vista gorda ante el desastre en gestación, tal vez por un impulso automático a defender a sus hermanos socialistas. O peor aún, tal vez creyeron realmente en el modelo económico chavista.

Demasiados economistas de izquierda (incluidos algunos que terminaron trabajando para la campaña presidencial de 2016 del senador Bernie Sanders en Estados Unidos) fueron partidarios incondicionales del régimen venezolano. También hubo cómplices oportunistas, incluido Goldman Sachs (que con su desacertada compra de bonos venezolanos sostuvo sus precios) y algunos de la derecha; por ejemplo, el comité a cargo de la ceremonia de asunción del presidente estadounidense Donald Trump, que aceptó una gran donación de Citgo, la filial estadounidense de Petróleos de Venezuela.

Hace poco, Maduro puso en marcha un plan absurdo para estabilizar la moneda, mediante la emisión de nuevos billetes supuestamente respaldados por la criptomoneda del Gobierno (que es como levantar un castillo de naipes sobre arenas movedizas). Sea que la nueva moneda funcione o no, es seguro que el Ejército venezolano seguirá usando billetes de cien dólares para sus operaciones.

En respuesta a las crisis interna y regional generadas por el régimen de Maduro, Estados Unidos implementó graves sanciones comerciales y financieras, y se dice que Trump propuso la idea de invadir Venezuela. Por supuesto, una intervención militar estadounidense sería una locura, e incluso los muchos Gobiernos latinoamericanos que ansían la caída del régimen jamás la apoyarían.

Pero Estados Unidos puede y debe enviar mucha más asistencia financiera y logística a los países vecinos para ayudarlos a hacer frente al enorme problema de los refugiados. Y no es demasiado pronto para empezar a planear la reconstrucción y la repatriación de los refugiados, para cuando la variedad venezolana del socialismo —o, más precisamente, del clientelismo basado en el petróleo y la cocaína— finalmente se termine.

Kenneth Rogoff, execonomista principal del FMI, es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

Six Reasons Why Venezuela Still Has Socialism by Fergus Hodgson – The Epoch Times – 28 de Agosto 2018

The undeniable crisis in Venezuela and the largest mass exodus in Latin-American history has led socialists to contend that the Chavistas have not introduced real socialism. All problems in what was supposed to be revolutionary socialist paradise are the fault of an “economic war” from the evil American empire.

Given the cultish allegiance to socialism around the world, this obfuscation has garnered plenty of traction. Unfortunately, that includes prominent members of the Venezuelan opposition, who appear incapable of seeing what is before their eyes. For example, the Popular Will political party of Leopoldo López—a political prisoner and perhaps the most recognized opposition leader—is a full member of Socialist International.

The scapegoating and continued push for socialism, however, spells no end to the insanity. It also dooms more nations to follow Venezuela’s lead to a self-imposed economic and political nightmare.

The word “socialism” is not necessarily the crucial element; what socialism stands for is the centralization of the means of production. Often couched in feel-good terms, such as “liberation” and “justice,” socialism means a command-and-control economy that dismisses property rights and individual autonomy, in contrast to capitalism.

In the words of the newspaper Socialist Worker, socialism means “a society based on workers collectively owning and controlling the wealth their labor creates … in the Marxist tradition.” The dominant theme in socialist publications is the pursuit of egalitarian outcomes, achieved through the redistribution of resources and heavy intervention in the economy, especially with explicit state ownership and control of industries.

Here are a few ideologically symbolic socialist policies from the Chavista era, grouped into five categories:

1. Confiscation, Nationalization of Industries

Seizures of private businesses have become standard procedure in Venezuela, and a recent international court decision awarded a $2 billion settlement to ConocoPhillips for a 2007 appropriation. That year also includedcommunications companies. In 2008, it was cement, steel, mining, and dairy products. Likewise, in 2009, it was rice, a local airline, and some farmlands.

Inevitably, in 2010, as shortages became glaring, the regime took control of supermarket chains, food processors, and package manufacturers—not that this relieved the shortages. In 2008, there were 800,000 private companies registered in Venezuela. By 2017, that number had dwindled to 270,000.

2. Price Controls

Fixed prices are the bastion of economic illiterates, since they generate shortages or surpluses and fuel black markets. However, the Chavista propaganda arm, TeleSUR, celebrated 33 minimum-wage increases between 1999 and 2016, driven by reckless monetary policy and astronomical inflation.

The minimum wage was just the start. To achieve “just prices,” since 2014 all businesses have been limited to a maximum profit margin of 30 percent of costs. Meanwhile, almost all household items have had prices set by the Superintendent for the Defense of Socio-Economic Rights (SUNDDE), generating empty shelves for everything from toilet paper and deodorant to beer. Venezuela’s free-market think tank, Cedice Libertad, estimates that price controls forced 28,000 businesses to close in 2015 and 20,000 in 2016.

A useful first step for any reform-oriented government would be to dismantle entirely the National Center for Foreign Commerce (CENCOEX), which administers (read: corrupts and dislocates) currency exchange in Venezuela.

3. Utopian Projects

Chávez started more pet projects than one can keep track of, but perhaps the largest giveaway has been for new houses and housing renovations. In a population of 32 million, the program that began in 2009 has renovated almost 600,000 homes. An expansion in 2011 saw the building of 1.9 million new houses for those deemed poor.

One can see how the regime managed to spend enough money to generate inflation and eventually hyperinflation. Such was the dependence and entitlement mentality of the people that, when oil prices declined, the regime refused to cut back and merely printed more currency to maintain spending levels.

To show how faithful he was to socialist ideals, Chávez also started 50 communes (comunas), new suburbs or villages with “social” property. The initial sizes were about 250 families, and the hope was to get 350 functioning. However, given the economic crisis, residents and candidates have abandoned that pipe-dream idea.

4. Demonization of Employers

What good would a socialist movement be without greedy capitalists to demonize? The common recipients of vitriol are employers, and Venezuela is no exception.

Chávez pitted employees against employers and made firing someone essentially impossible. Aside from upping the required benefits to include a minimum of 15 percent profit sharing, Chávez banned trial periods. The tremendous risk associated with hiring labor means that more than half of people work off the books in the informal sector of the economy.

Can you blame employers for their reluctance? The revolutionary red tape means starting a new business in Venezuela takes at least 230 days.

5. Anti-Capitalist, Marxist Alliances

Chávez’s socialist alliances began well before his tenure as president. After leading two bloody coups d’état in 1992, Chávez received a pardon and release in 1994 (what a mistake that was). When he got out, he accepted an invitation from Fidel Castro to meet in Havana, and Chávez didn’t hide his admiration for the totalitarian dictator and subsequent mentor.

The Chavista international alliances have had two main purposes: to unify socialist regimes and to work with anyone who opposes the United States. Since the United States is the capitalist symbol, the logic has been that the enemy of my enemy is my friend. The less ideological allies have included Belarus, Iran, Libya, and Syria.

The friendly relationship between the Chavista regime and the terrorist Revolutionary Armed Forces of Colombia (FARC) is just as bad. In 1995, Chávez received guerrilla training from these violent Marxists, and he and Maduro backed the FARC peace deal, which Colombian voters rejected in 2016. FARC commanders roam freely throughout Venezuela and poach Venezuela’s natural resources.

6. Rationing

“Free” is the ultimate price control, since it places a maximum of zero. When people face no cost at the margin, they consume as much as they can, up until they garner zero additional benefit.

Socialist regimes and mixed economies have come up with many ways to impede unbridled consumption, from making people wait in lines for hours to setting maximum quantities per person or household, as in Cuba.

The Chavistas have a particularly elaborate scheme called the Motherland Card (carnet de la patria). It is a personal ID card that gives Venezuelans access to social programs, medical care, rationed food, and subsidies. It also lets the regime know who voted in the sham elections.

Chávez ran for president in 1998 on a militantly socialist agenda—backed by Cuba, the Venezuelan Communist Party, and the Socialist Movement—although he branded himself as a revolutionary “humanist.” He and his successor, Maduro, proceeded to enact every socialist policy in the book for almost 20 years. They spent precious national resources on a litany of social-engineering schemes, and they imposed countless price controls.

International rankings affirm Venezuela’s transition to radical socialism, not to be confused with Nordic welfare states that rest heavily on capitalist production. The Fraser Institute’s Economic Freedom of the World ranking places Venezuela as the least free economy—the most centrally planned—in the entire world.

Useful idiots around the world celebrated the rise of 21st-century socialism.

Yet now that the catastrophic results have arrived—shortagespovertymiseryunemploymenthyperinflationemigrationcorruptionhungerlawlessness, and conflict—suddenly everything that happened is no longer socialism.

The rulers in Venezuela are no idealistic saints, to say the least, and their socialist policies have coincided with the end of democracy. The notion, however, that the latter rather than the former is responsible for the crisis is misleading at best.

Consider Singapore, with limited democracy and restricted rights to press and association. With one of the world’s most capitalist economies, Singapore offers high standards of living and safety, and attracts expats. How many socialists want to live in Venezuela? Even the Chavistas are getting out.

Authoritarians tend to favor socialism because it emboldens them with more power and leaves the populace weak. In contrast, laissez-faire capitalism—the right to property and freedom to exchange—emboldens the individual and leaves rulers with a limited role.

Fergus Hodgson is the founder and executive editor of Latin American intelligence publication Antigua Report.

Chavismo : La Peste del siglo XXI – Documental – Junio 2018

El salario nominal: estrategia de dominación política y destrucción empresarial por Jesús Alexis González – El Pizarron 93.1 FM – 26 de Junio 2018

Existe un pensamiento popular, según el cual, cuando H. Chávez asumió la presidencia en el año 1999 e inicia su demagógica y populista “economía de izquierda” no tenía definido un modelo económico ni al menos una política macroeconómica, a lo cual agregan que la “revolución” todavía hoy día carece del conocimiento económico necesario para controlar la hiperinflación ya que se rigen por leyes misteriosas. Tal percepción es, a nuestro parecer, una verdad a medias ya que muy por el contrario están aplicando al “pie de la letra” la enseñanza de Vladimir Lenin: “La mejor manera de destruir un sistema capitalista es corromper la moneda”, que implícitamente equivale a disminuir profundamente el valor del dinero en manos del público mediante una elevada inflación, al tiempo de contraer significativamente el poder adquisitivo de los ciudadanos con la intención soterrada de acabar con las bases de la sociedad. A la luz de esta visión, el denominado “socialismo del siglo XXI” impulsó desde el inicio la “confrontación” entre la remuneración al trabajo (salario) y la remuneración al capital (ganancia empresarial) conociendo a la perfección que cuando el salario compite en términos de ganancia con el capital lo ¡destruye!

Es de obviedad manifiesta, que el fortalecimiento del Estado “socialista” empresario en Venezuela fue posible mientras el ingreso petrolero lo permitió, hasta convertirse en el gran importador de alimentos, medicamentos, productos terminados y de materias primas que profundizó el dominio político y la coerción (presión que se ejerce sobre alguien para obligarlo a asumir determinada conducta) por intermedio de una economía alejada de la ortodoxia, utilizando como principal estrategia la denominada ilusión monetaria entendida como un tema psicológico que hace referencia a la confusión mental inducida por el régimen para que el trabajados asuma que un aumento del salario nominal no se traduce en un aumento de su poder de compra ¡por culpa de los empresarios privados y de la guerra económica! hasta convertirlos en cooperadores inconscientes de la destrucción de su fuente de empleo; en un escenario donde un 82% de la población que se encuentra por debajo de la línea de pobreza espera, con sacrificio de su dignidad recibir, su “cajita de alimentos”.

Ha de quedar suficientemente claro, que en la Venezuela “revolucionaria” el aumento del salario nominal sin la existencia de una concreta política contra la inflación, ha sido una estrategia instrumentada en pro de alcanzar una “victoria del salario sobre la ganancia empresarial y el capital”, al punto que se han materializado 45 aumentos hasta junio 2018 (cuarto del año) cuando se incrementó el salario mínimo integral hasta Bs 5.196.000 al variar desde Bs 2.550.500 que había sido aumentado ¡un mes antes!; haciendo la salvedad que el valor nominal del salario para el año 1999 (inicio de la “revolución”) era de Bs 120.000 con un poder adquisitivo promedio del 40% y una inflación de 20,5%; en contraste con el año 2018 cuando dicho valor nominal supera los Bs 5.100 000 con un poder adquisitivo negativo y una inflación anualizada a febrero de 6.147% y mensual a mayo de 110,1%. Tal situación refleja con transparencia, que el régimen utiliza los “los aumentos salariales nominales” más con la intención de dominar políticamente el país, de controlar la voluntad del pueblo y de acabar con el sector empresarial e industrial privado; que para elevar el salario real y aumentar el poder adquisitivo del trabajador, habida cuenta que durante el mandato “revolucionario” Venezuela ha visto reducir su “tamaño empresarial” en más de un 60%, mientras que al propio tiempo la economía se ha contraído en un 57%.

Reflexión final: Para retomar el sendero del progreso y bienestar económico se requiere liberar las fuerzas productivas bajo la conducción del sector privado a la luz de un estímulo a la inversión nacional y extranjera, en el marco de un desmontaje del control de la economía, de la interrupción de la emisión de dinero inorgánico, de una unificación del tipo de cambio, entre otras medidas, lo cual resulta poco menos que ¡imposible! con el actual régimen más aún, y como también señaló V. Lenin: “No hay moral en la política, hay sólo oportunismo. Un sinvergüenza puede ser de utilidad para nosotros sólo porque es un sinvergüenza”.

 

La “fatwa” bolivariana por Xavier Velasco – Milenio – 23 de Junio 2018

Hay libros que dan miedo, y éste es de esos. Más que sobre política y políticos, tiene que ver con crímenes en tal modo escandalosos, y no obstante secretos, que pasan fácilmente por delirios. Pero ahí están los datos, los testigos, las fechas y registros que han hecho de la larga investigación una auténtica bomba de papel, donde narcotráfico, terrorismo, latrocinio, tiranía y asesinato son cosa cotidiana para sus tenebrosos protagonistas: malandros con poder y buena prensa cuyos alcances son tan incalculables como el dinero sucio y ensangrentado que cada día pasa por sus manos.

El brasileño Leonardo Coutinho es uno de esos periodistas atrevidos y duros cuya supervivencia se antoja prodigiosa. Luego de varios años entregado a la investigación de crímenes de Estado en las modalidades de terrorismo y narcotráfico, el reportero y editor de la revista Veja ha reunido en un libro inenarrable los hallazgos bastantes para situarlo entre el horror y el thriller. Editado en Brasil bajo el título de Hugo Chávez, el espectro, el ancho reportaje de Coutinho es a un tiempo increíble y verosímil, chusco y escalofriante; tanto así que los hechos y dichos que relata pecarían de absurdos en una buena novela de espías, pero una vez reunidos adquieren un sentido siniestro y elocuente.

A lo largo de tres años de pérdidas, el vuelo 3006 de Conviasa e Irán Air —primero semanal, más tarde quincenal— conectó las ciudades de Teherán, Damasco y Caracas. Nunca iba el avión lleno de pasajeros, y si bien los boletos se ofrecían a la venta, éstos sólo se hacían disponibles por intercesión gubernamental. Apodada “Aeroterror” por varios de sus mismos operadores, la ruta cumplía funciones tan poco turísticas como el transporte de armas, dinero, militares, terroristas y eventualmente drogas entre Irán y Venezuela, regímenes hermanos ante el mundo.

Parecería un chisme amarillista, pero su larga cola lo hace apenas otro síntoma insólito de la complicidad documentada entre los dos gobiernos, por motivos profundos que Coutinho rastrea sistemáticamente hasta pintar un fresco entre hilarante y estremecedor. ¿Qué pensar de las “fábricas de cemento” en Venezuela, teóricamente binacionales pero celosamente administradas y custodiadas sólo por iraníes, de donde nadie vio salir ni entrar cemento? ¿Y aquella mina de oro adjunta a un yacimiento de uranio enriquecido, protegida asimismo por oficiales persas e inaccesible para nadie más? ¿Era Hugo Chávez el primer valedor de Cristina Kirchner, o apenas un atento intermediario entre ayatollahs y neoperonistas, en el nombre de cierto programa nuclear inmencionable?

Pocas licencias son tan auspiciosas como las que se otorgan los protagonistas de El espectro. Si parece incongruente la imagen de un clérigo islamista traficando con drogas, una fatwa lanzada hace treinta años por Mohammad Hussein Fadlallah, señalado gurú de Hezbolá, hace polvo las dudas al respecto: “Producimos drogas para Satanás, que son Estados Unidos y los judíos. Si no podemos matarlos con armas, los vamos a matar con drogas”. A partir de coartada tan oportuna, no precisaba ya el sumo socialista del siglo XXI más que acercar un poco a sus amistades. ¿O es que unos luchadores de su calibre serían tan ingratos para dejar colgados de la brocha a los buenos amigos de las FARC? Y ya entrados en gastos, ¿por qué no trabajar todos unidos, en nombre de principios tan ínclitos y prístinos que unos cerros de coca, unos litros de sangre y un diluvio de dólares nunca podrían manchar?

“Chávez derribó la frontera entre su país y el narcoterrorismo”, escribe Coutinho, e ilustra con ejemplos tan conspicuos como los 173 cambios de identidad fabricados por el gobierno venezolano a terroristas islámicos, que a partir de ahí viajaban por el resto de América Latina sin ser importunados por la Interpol. Nada del otro mundo, tras el relato de Pablo Escobar visitando a los Castro a domicilio y durmiendo en la casa donde diez años antes pernoctó Leonid Brézhnev. Según las oficiosas pesquisas de Coutinho, de este lado del charco la fatwa la dictó el mismo Fidel Castro, impulsor y creyente de la “guerra asimétrica” que faculta al rebelde para hacerse maleante sin restar galanura a su plumaje.

Ya entrados en tirar barreras y fronteras, cuenta el autor que Chávez, Cabello, Maduro y el resto de la banda bolivariana no escatimaron bríos para impulsar la agenda de sus leales, y ello incluiría el envío de tropas de asalto y armas a Bolivia, así como el ingreso de Evo y los suyos en el negocio del tráfico de coca, valiéndose de aviones y bases militares, con algunos difuntos de por medio —uno de ellos, muy bien documentado, el suicidio asistido del fiscal Nisman— y la amable miopía de los gobiernos de Lula y Dilma.

Y así hasta nuestros días: el thriller negro de Leonardo Coutinho (“una fantasía sin credibilidad”, han coincidido ya, sin otra explicación, algunos entre sus protagonistas) se extiende hasta el inicio de 2018. Lo único hasta hoy inexplicable, dado el calibre usual de tantos años lleva divulgando, es que el propio Coutinho siga aún con vida, habidas tantas fatwas en su contra.

Otro gorila se reelige en la salvaje amazonia por César Indiano – La Patilla – 25 de Mayo 2018

unnamed-7Latinoamérica es una subregión políticamente perdida y malograda. Todo esto dio comienzo en 1998 cuando un gorila venezolano engatusó a los electores diciéndoles que traería para Venezuela y para América Latina “una revolución sin armas”, es decir, una revolución de gallinas que consiste en montar farsas electorales, en convertir a los militares en sicarios de sus propios paisanos y en burlarse de las instituciones establecidas las veces que sean necesarias con tal de mantener incólume “un altar socialista para venerar a una bestia”.

Cuando en 1998 los venezolanos salieron en masa a votar por aquel proyecto político depravado no sabían, los pobres, que estaban labrando las estacas de su propia perdición. Fue cosa de años para que se revelaran las verdaderas intenciones del primer mandamás que perifoneaba insultos contra el mundo entero mientras suprimía – de forma metódica – las libertades básicas del comercio, de la convivencia y de la propiedad privada en su propia nación. Venezuela había caído en la trampa política más brutal de su historia.

Todo “plan socialista” siempre ha tenido dos objetivos estrictos, uno, robarle los bienes a las personas prósperas y dos, quitar de los cargos públicos a los individuos honorables para colocar en su lugar a una trulla de cretinos. Lo curioso es que a partir de 1998 estos atracadores vestidos de redentores, descubrieron que pueden lograr estos nefastos objetivos sin necesidad de derramar tanta sangre y sin necesidad de fatigarse inútilmente en guerrillas de montaña.

Los socialistas del Siglo XXI simplemente idearon un modelo de emboscaba para inmovilizar a las frágiles democracias de América Latina y digamos que les ha ido muy bien. Con la muerte del Gorila I el 28 de diciembre del 2012 a las 4 am de un paro respiratorio, las riendas de este proyecto ignominioso quedaron en manos del Gorila II, Nicolás Maduro. Leer más de esta entrada

Auge y caída del socialismo del Siglo XXI por Susana Seleme – Blog Polis – 19 de Abril 2018

Downloadseleme.jpg“Si bien sólo unos pocos son capaces de dar origen a una política, todos nosotros somos capaces de juzgarla”. Pericles de Atenas Siglo IV a C.

José Rafael Vilar no escribe desde el Derecho ni la Jurisprudencia pura y dura. Lo hace desde el relato histórico para hablar del Socialismo del siglo XXI, implantado por Hugo Chávez (+) gracias al pensamiento ideológico del sociólogo alemán izquierdista Heinz Dieterich Steffan.

El libro narra la génesis de ese socialismo, su historia y los contextos que la precedieron, la demarcaron y traspasaron mientras recorría el continente. Hoy llega a su ocaso por el desastre económico que afecta a sus países miembros, entre ellos Venezuela, cercano a la crisis humanitaria.

José Rafael Vilar hace seis ‘aclaraciones necesarias’ que son una declaración de principios. La primera, que no es historiador, pero yo afirmo que es un excelente recopilador de hechos históricos. La segunda, porque disfruta de los “vaivenes” de la política, “suma de causalidades y consecuencias” aunque a veces las sumas son restas. Una tercera: las etiquetas lo confunden. La cuarta es que es “un crítico permanente del populismo –cualquiera sea su signo- porque solo genera poblaciones clientelares vinculadas a traspasos de dinero” que a la larga conllevan mayor pobreza. Con la quinta, reniega de “las faltas de transparencia, que siempre ocultan engaños” y afectan “derechos humanos inalienables”. Y la sexta, porque detesta “todo lo que sea autoritario, totalitario y antidemocrático.” ¡No es poca cosa!

Escribir sobre los avatares del socialismo del s. XXI, no requiere ser historiador ni juez. Sí buen narrador y analista político, como el autor, con datos, conocimientos e información de erudito, objetivo, pero no un aséptico imparcial.

Así narra los sucesos que dieron lugar a ese fenómeno político que pretendió reescribir la historia y deshacer la democracia, para convertirse en enemigo de la democracia, la libertad y la civilización modernas. Es la distopía del siglo XXI.

Vilar la describe, instalada en realidades enervadas por el populismo, el autoritarismo, el clientelismo, el prebendalismo, la corrupción, la sentida ausencia de democracia, de transparencia y gobernanza. De respeto al Estado de Derecho.

Afirma que en los países del Socialismo del siglo XXI existen realidades marcadas por la cooptación total de todos los poderes del Estado y otros emergentes, amén de la judicialización de la política, la eliminación de la oposición y el electoralismo como sustituto de la democracia.

Habla de los “pecados no originales” de los países bajo ese signo, adictos a economías duramente ideologizadas y centralistas, con “intentos de centralización y autorreproducción del poder, sin llegar a la ‘democracia socialista cubana’, y no porque le falten entusiasmos”.

El autor afirma que el socialismo del s. XXI fue un “síndrome latinoamericano” cuyo hito es el discurso de Chávez en el Quinto Foro Social Mundial, de Porto Alegre 2005, aunque se remonta a 1999. Se profundiza con el inicio de la ‘Revolución Bolivariana’ en 2002 y las instituciones creadas a su alrededor. Cuando se une al socialismo real cubano, el ‘Socialismo del siglo XXI’ hace su debut político, se convierte en política de Estado y empieza su ‘exportación’ al calor del ‘boom’ de las materias primas.

Ese fue el momento de gloria. Gracias al ‘boom’ salieron de la pobreza y de la extrema pobreza muchas poblaciones, lo cual fue un éxito innegable. Hoy, sin los recursos del ‘boom’, vuelven a su pobreza, y los corruptos a seguir disfrutando de los dineros de la hipercorrupción.

Después de la cubana, fue la más influyente corriente política-ideológica de las últimas décadas en Latinoamérica. Hoy está en su ocaso, además, por la irrupción de una nueva centro-derecha en el continente. Es como la rueda de la fortuna, gira, pero Vilar no augura el fin del populismo, porque en América Latina ese fenómeno va ligado a la tradición caudillista. Y tampoco el fin de las izquierdas, porque en ausencia de las diferencias derecha/izquierda, el “mundo sería centrista, no centrado”.

Vilar transita en este trabajo de relojería histórica y conceptual por América Latina y el Caribe con mapas didácticos, que acompañan la lectura imprescindible del texto. Recorre la trayectoria política de todos los países, desde 1959. Pasa por las guerrillas de los ‘60 hasta los ’80; inserta el mapa de “La Multinacional del Terror”: los países del plan Cóndor; otro con los países del ‘Foro de San Pablo’; el mapa del Socialismo del siglo XXI, rojo chavista abrumador, y el de su actual declive.

En el Epílogo, el autor va a España, donde afirma que “el bolchevismo distópico” fue derrotado por la recuperación económica. Por último, le dedica un “Adiós al Patriarca”, al mayor de todos: Fidel Castro. El traslado de sus cenizas desde La Habana a Santiago de Cuba, fue su “Viaje a la semilla”, recordando a Alejo Carpentier, alegoría cargada de mitos.

José Rafael Vilar no juzga: narra y describe de manera impecable la aparición del fenómeno de marras. Al hacerlo, da su visión personal, aunque el veredicto final lo darán la historia y la ciudadanía que vivió, sufrió, o en su defecto se aprovechó, de los avatares del ‘Socialismo del siglo XXI’.

¿Hacia dónde huyen los venezolanos? por Trino Márquez – La Patilla – 23 de Marzo 2018

UnknownEl enorme éxodo de venezolanos desde 2013 –el sociólogo Tomás Páez, convertido en una autoridad internacional en el tema, habla de diáspora- constituye uno de los rasgos más resaltantes del gigantesco desastre que ha significado para Venezuela el gobierno de Nicolás Maduro. Las cifras totales de la estampida varían, desde las proporcionadas por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur, hasta las suministradas por la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida, Encovi; sin embargo, en el quinquenio no han huido menos de tres millones de personas, 10% de la población total. Un verdadero record porque en el país no se ha desatado ninguna guerra interracial, religiosa o política. La migración ha ocurrido en un período de paz, al menos que se acepte como cierta la majadera tesis según la cual la burguesía desató una guerra económica contra el gobierno.

Durante los años 2016 y 2017, de acuerdo con el informe más reciente de Acnur, las solicitudes de asilo, una de las fórmulas más utilizadas para emigrar de forma legal, se han distribuido de la manera siguiente: 58.764 en Estados Unidos; 22.357 en Brasil; 20.348 en Perú y 12.848 en España. Según el mismo informe, 350.861 emigrantes han sido acogidos en otros países bajo figuras distintas al asilo: Chile: 84.479; Colombia: 68.764; Ecuador 50.502. De acuerdo con los cálculos de Tomás Páez, en España solamente se encuentran al menos 250.000 venezolanos; mientras hacia Italia se han desplazado alrededor de 50.000. Según el Departamento de Migración de Colombia, en la nación neogranadina no hay menos de 500.000 venezolanos. Para otras fuentes, en Estados Unidos el total de compatriotas supera el medio millón, en la pequeña Panamá viven más de 70.000 compatriotas, y en Argentina, 50.000. Hasta en Australia, Nueva Zelanda y Singapur aparecen rastros de venezolanos que han ido a parar a esas lejanas y extrañas tierras.

Adonde no han ido los venezolanos que escapan del horror del socialismo del siglo XXI es a Cuba. No existe ningún registro documental que certifique que algún venezolano se haya dirigido a la isla caribeña para encontrar una vida mejor y hacer realidad sus sueños de progreso y bienestar. Ni un solo paisano ha pedido asilo político en el territorio tiranizado por los Castro desde hace sesenta años. Sería salir de Guatemala para caer en Guatepeor. Salvo Ecuador –que reúne condiciones muy especiales, entre ellas que su economía está dolarizada- ningún otro país integrante de la Alba es seleccionado por los venezolanos para residenciarse. Ni Bolivia o Nicaragua reciben flujos continuos y crecientes de compatriotas.

Los venezolanos saben muy bien a dónde dirigirse: se desplazan hacia naciones con economías de mercado en plena expansión y crecimiento. Escogen a los Estado Unidos, Panamá, España, Chile, Brasil o Perú (esperemos que la defenestración de Pedro Pablo Kuczynski no desate una crisis voraz), donde predominan la libertad económica, los derechos de propiedad son respetados y la libre iniciativa promovida, no existe control de cambios, ni de precios, se resguardan las conquistas de los trabajadores en un clima donde prevalece el mercado laboral, sin que haya nada parecido a la inamovilidad laboral, los aumentos de sueldos y salarios son promovidos por los sindicatos y gremios en negociaciones con los patronos privados o con el gobierno, y se toma como referencia para los acuerdos la productividad y la inflación. Son naciones donde la intervención del Estado en la economía es mínima. Donde se promueve la profesionalización y la meritocracia. La globalización no es vista como una amenaza, sino como una oportunidad. La relación con los Estados Unidos no se establece en términos de rivalidad, sino de acuerdos respetuosos en los cuales naciones negociantes obtienen beneficios mutuos.

Al levantar el mapa de los países hacia los cuales emigran centenares de miles de venezolanos, puede observarse que son sociedades colocadas en las antípodas de extravíos como el socialismo de siglo XXI. Por ejemplo, Chile, España (recuperada después de los entuertos provocados por José L. Rodríguez Zapatero), Estados Unidos y Panamá, aparecen en lugares elevados en el Índice de Libertad Económica. Panamá ocupa el lugar más alto en América Latina, seguido de cerca por Chile.

A ningún venezolano se le pasa por la mente emigrar a Cuba. Ni siquiera naciones con un cierto crecimiento sostenido durante las últimas dos décadas, como Bolivia y Nicaragua, resultan atractivas. El autoritarismo y la fragilidad institucional representan peligros demasiado altos. El parecido con lo que ocurre en Venezuela tritura cualquier intención de aterrizar en esos lares.

Nicolás Maduro conoce los datos que he presentado de forma sucinta. Pero, no le importan. Quiere que los venezolanos se vayan para poder imponer, junto a su camarilla, el socialismo del siglo XXI, con la comodidad que le da distribuir migajas y poseer el control de las Fuerzas Armadas. Atraer a quienes han huido será un gran reto.

¿Podrá renacer la república? por Víctor Maldonado – La Patilla – 12 de Marzo 2018

thumbnailVictorMaldonado.x43795.jpgLa república civil ha muerto. El socialismo del siglo XXI se ha convertido en un entramado de intereses que se entretejen hasta lograr asfixiar cualquier intento de libertad y derecho. Los efectos están a la vista en la represión, la primacía del socialismo policial, el racionamiento y la debacle de la dignidad humana usada como palanca para lograr la servidumbre de la nación. Pasamos a ser una ficción en la que todavía alucinan los resquicios de una oposición que prefirió ser contraparte estable y no ruptura definitiva.

Sin embargo, el colapso sigue su curso y no hay alternativa a la debacle del régimen. Se hundirá y en su síncope arrastrará consigo la orquestación colaboracionista, la complicidad de los mandos militares, los negociados que arruinaron al país y la fábula del bienestar socialista. Todos ellos formarán parte de un repudio inconsciente, de un esfuerzo para que nunca más caigamos en la felonía caudillesca que, por quedarse en el poder para siempre, es incluso capaz de entregar soberanía y recursos a otro país.

Algún día toda esta tragedia pasará y tocará a los supervivientes responder interrogantes y actuar en consecuencia. La primera de ellas no es retórica ni meramente legalista. Superado el socialismo ¿podemos restaurar la república invocando la misma constitución que la abrogó, o necesitamos una nueva constituyente? ¿Y si regresamos a la constitución de 1961? Ninguna de ellas nos saca del yugo de un estado fuerte, propietario indebido de los recursos del país, oferente de un conjunto de derechos que no se pueden cumplir, excesivamente centralista, negador de la aspiración federalista y excesivamente presidencialista. Esas constituciones restringen el libre mercado, recelan de los derechos de propiedad, delimitan el emprendimiento y colocan al gobernante en la posición de ser mejor que el resto de los venezolanos. Ellas pretenden un país rico cuando es lo contrario, y asumen como proyecto a seguir el capitalismo de estado, error de fatal arrogancia, que ahora nos tiene al borde de la quiebra, si no es que más allá de ella. Necesitamos una constitución nueva, en la que se pacten límites al gobierno, se replantee el rol de las FFAA, se garantice estabilidad económica y donde el populismo no sea la ideología oficial.

Y en la transición deseable, ¿cuál es la legalidad que se puede invocar? Se recibirá un país arruinado, violentado, devastado en los servicios públicos, sin instituciones confiables, y tomado por grupos de delincuencia organizada. ¿Cómo se puede garantizar la gobernabilidad de un régimen de transición? ¿Cómo se puede decidir con rapidez, eficacia y respetando los derechos de las gentes? Esto solo será viable con un gobierno de unidad nacional que permita presuponer los acuerdos necesarios para sacar al país del foso. No es un pacto para repartirse el poder sino para sacar adelante un proyecto de país estable y capaz de progresar. Probablemente haya que actuar en el marco de la sensatez para pasar del desgobierno a un gobierno que quiera y pueda resolver problemas hasta llegar a un mínimo aceptable: Seguridad creciente, estabilidad económica progresiva, y restablecimiento del estado de derecho. Hay que refundar el poder judicial, reconocer la autonomía del parlamento, derogar la legislación de la tiranía, y reactivar la economía privada mediante el establecimiento del libre mercado y el reconocimiento de los derechos de propiedad. Que no se nos olvide señalar el deber moral de decretar una amplia amnistía que libere a todos los presos políticos, los civiles y los militares, los que son de nuestro gusto y los que no lo son. No podemos transformar esa promesa en una nueva parodia.

Hay que decirlo. Se recibirá una tragedia humanitaria en lugar de un país con posibilidades. Habrá que atender la urgencia y sentar las bases de una recuperación estable. Solo una economía de mercado permitirá reencontrarnos con el sendero que lleva al progreso. Empresas, producción y empleos son el triángulo dorado de la prosperidad. Y mientras más rápido se decida, más rápida será la recuperación.

En muchos aspectos habrá que comenzar de cero. El daño institucional es mayor. El abandono de la función de gobierno y su sustitución por el diletantismo ideológico y la lógica mafiosa hacen que muchas entidades luzcan inservibles. Ese va a ser el desafío a la hora de restablecer el orden público, porque los cuerpos policiales tendrán que ser revaluados integralmente. El indicador de éxito será la derrota de la impunidad y el abandono de la política de raseros múltiples aplicado por la revolución. No se puede obviar el esfuerzo pedagógico para evitar que haya un retroceso fatal. Tiene que instrumentarse una “comisión de la verdad” y mecanismos de justicia transicional que acompañen el esfuerzo de rescatar la decencia y la probidad. Ojalá que la pedagogía política intentada permita determinar quiénes son los enemigos de Venezuela, de su libertad, democracia, independencia, soberanía, dignidad y justicia, para denunciarlos y apartarlos definitivamente. El continente tiene mucho que aprender con nuestra experiencia.

Una fiscalía independiente, nombrada a título temporal, deberá garantizar el debido proceso y la vigencia de los derechos humanos. La firmeza en el combate a la delincuencia no puede llevarse por delante el derecho a la vida y la preeminencia de la justicia. Este tipo de designaciones implica nuevos aprendizajes institucionales. No se trata de intentar negociar cuotas partidistas. Se trata de intentar consensos sobre personas cuyo mandato sea provisto de independencia y autonomía institucional.

Otro proyecto urgente es “la descubanización” de las FFAA y los sistemas de registro público e identidad. Terminada la fatal intervención castro-comunista las instituciones deberán volver a su espacio natural de servicio público. El militarismo empresarial tiene que concluir. El control de información sensible por parte de los cubanos tiene que eliminarse. Y probablemente se deba hacer otro registro de identidad, para superar la malversación de cédulas y pasaportes.

Respecto al capitalismo de estado hay que ser realistas. ¿Podemos financiar un gobierno que tiene más de quinientas empresas quebradas y más de 2,7 millones de empleados públicos? Este socialismo acabó con esa ilusión. La nacionalización de activos productivos que comenzó hace cuarenta años terminó en esta ruina que ahora experimentamos. PDVSA es la mejor representación de lo que nunca más debe ocurrir.

Hay que intentar rescatar los recursos saqueados. Esa tarea debe comenzarse de inmediato y no cesar hasta que tengan perfectamente mapeados donde están y quien los tiene indebidamente. Esos recursos son necesarios para reconstruir la infraestructura del país y recomponer la economía. Identificar a los saqueadores, neutralizarlos y llevarlos a juicio tiene que convertirse en parte del esfuerzo de restaurar la soberanía nacional. Pero no podremos hacerlo solos. Necesitamos cooperación internacional para que se haga justicia y también para evitar que esta tragedia se repita.

Rescatar a Venezuela va a requerir de un gran apoyo continental. Nuestro país ha sido entregado de facto a intereses geopolíticos que nada tienen que ver con la democracia y la libertad. Sacarnos del trance exige, por lo tanto, de un esfuerzo sostenido para librar a américa latina de los peligros del terrorismo, la delincuencia organizada en mafias, la penetración del comunismo en alianza con los integrismos, y por supuesto, la guerrilla transformada en negocio trasnacional.

Son muchos los desafíos de la primera etapa. Todos parecen urgentes. Todos forman parte de un acertijo que si no se resuelve apropiadamente va a terminar por condenarnos a ser un crónico país fallido. Por eso es tan importante tener las metas claras y a la mano los acuerdos mínimos para darle viabilidad a nuestro futuro. La transición será menos turbulenta si nos hemos paseado por el desafío de recomponer un país cuando ha sido arruinado, violentado, saqueado y tomado por fuerzas e intereses hostiles. Y cuando las instituciones esenciales han traicionado a la patria. Por eso es por lo que solo tiene sentido una unidad de propósitos, que piense en términos del fin que aspiramos y los medios para conseguirla.

Por último, debemos preocuparnos por la estabilidad. “Soy Venezuela” ha propuesto su proyecto “Venezuela tierra de gracia” en la que visualiza un país donde rigen diez consensos esenciales. Todos ellos van en la dirección de deponer la tradición de los gobiernos que dicen ser fuertes pero que son pasto de los personalismos y el faccionalismo que al final trae como consecuencia una nueva temporada de inestabilidad. Hay que apostar a las instituciones, la vigencia del derecho, y, sobre todo, aprender a vivir con gobiernos limitados pero eficaces, no patrimonialistas, y por eso mismo, inhabilitados para aplastar nuestra libertad. El gobierno no puede seguir siendo visto como un botín, sino como una oportunidad para proveer de libertades y prosperidad a los venezolanos. La no reelección es por eso, el principio de cualquier cambio institucional que nos propongamos.

¿Podrá renacer la república? Sin duda, pero solos no podemos. En su momento requeriremos de todo el apoyo posible para refundarla. Y de toda la coherencia y determinación que podamos aportar. Lo demás vendrá por añadidura.

 

Alianza democrática para la liberación por Luis Ugalde – Notiespartano – 18 de Febrero 2018

Luis_Ugalde_ex_rector_ucabVenezuela se desangra y marcha acelerada al abismo. Hay hambre en todos los rincones y muerte por falta de medicinas. Con inflación desbocada, el bolívar sin valor y el salario disminuyendo, a pesar de los aumentos. Riadas humanas revientan las fronteras huyendo de esta espantosa tragedia, como ocurría antiguamente en las ciudades apestadas. El gobierno responde que estamos muy bien, que somos un país envidiable en el mundo, gracias al “socialismo del siglo XXI” y convoca por medio de la ilegitima y fraudulenta Constituyente “supraconstitucional” a una votación tramposa para perpetuar este régimen de muerte. Asegura el resultado con árbitro incondicionalmente suyo, inhabilita tarjetas, líderes, partidos y votantes opositores. Así la votación del 22 de abril no es ni justa, ni libre, ni democrática.

1-Ante la trampa mortal. De manera valiente e inteligente los demócratas en el diálogo de República Dominicana se negaron a esta elección dictatorial. Luego de forma clara y contundente 14 grandes países latinoamericanos denunciaron en Lima que esta votación, impuesta por el Gobierno precipitadamente para perpetuarse, no es libre y no reconocerán su resultado. La Conferencia Episcopal Católica hace dos meses denunció la “Asamblea Nacional Constituyente es inconstitucional e ilegítima en su origen y en su desempeño” y recientemente la Presidencia Episcopal calificó de “despropósito ético y humano, un verdadero crimen que clama al cielo” lanzarnos la votación precipitada sin atender al hambre, a la salud y a las necesidades básicas de la gente. Sorprende que, luego de la negativa en Santo Domingo, los partidos políticos unidos no se hayan manifestado de inmediato en el mismo sentido.

Nada hay más urgente e importante para la vida en Venezuela que frenar esta trampa que lleva al matadero del 22 de abril y exigir las verdaderas elecciones libres establecidas en la Constitución para este año para salir del Presidente y cambiar este modelo de miseria y corrupción. Chavistas y no chavistas, queremos salir de esta muerte nacional y debemos movilizarnos para exigir cambio de presidente y de modelo socio-económico con elecciones libres entre octubre y diciembre 2018. No hacerlo es ser cómplice (queriendo o sin querer) de la perpetuación del desangramiento.

2-No somos abstencionistas y debemos evitar el peligro cierto de que el rechazo a la tramposa votación de abril se convierta en pasividad. Los dirigentes políticos y todas las organizaciones sociales, por encima de las demás diferencias e intereses, tienen que activarse para salvar al país exigiendo la debida elección democrática este año y constituir un frente nacional y juntos desde ahora a poner las bases para pasar del actual caos y muerte a la gobernabilidad y la reconstrucción para que en Venezuela haya vida para todos.

La Constitución fue elaborada y aprobada mayoritariamente por chavistas que hoy son dolientes y testigos de su sistemática violación por el madurismo. También los militares y el Ministro de la Defensa saben que con este gobierno vamos hacia la muerte. En toda sociedad racional estas situaciones empiezan a resolverse con la renuncia del Presidente, elecciones democráticas y cambio de modelo. A los venezolanos la Constitución por el artículo 333 nos obliga a movilizarnos para restablecerla. El mundo democrático nos dice que está dispuesto y obligado a ayudar para salir de la tragedia venezolana y reconstruir; pero nosotros debemos hacer nuestra parte. Necesitamos que de inmediato la sociedad civil organizada con toda su variedad (trabajadores, vecinos, empresarios…) se manifieste de manera breve, clara y contundente por el cambio. Que todos los partidos de alguna significación se manifiesten y activen. Que las universidades democráticas y las academias lo hagan juntos. Que los estudiantes universitarios a una inviten al país a retomar este camino de esperanza. Que las diversas Iglesias juntas nos llamen a activar las fuerzas espirituales imprescindibles para la salvación nacional. Finalmente, que todos unidos nos muestren un acuerdo programático básico para la elección presidencial este año con condiciones democráticas y justas.

3-¿Contrarios o complementarios? Nuestra democracia es plural, por eso alarma ver que algunos tratan como contrarios y gastan su tinta en atacarlos como enemigos a los opositores que son distintos a ellos. Unos y otros deben reconocerse y aceptarse mutuamente como complementarios e imprescindibles para la reconstrucción nacional: Los diversos partidos, los empresarios y trabajadores, las múltiples formas de asociaciones gremiales y vecinales, las diferentes creencias… Hacerlo también a nivel regional. La salvación de Venezuela exige que todos ellos en quince días le digan al país con voz coincidente que la votación dictatorial del 22 de abril es un fraude y que se activen e inviten a la acción, exigiendo elecciones presidenciales este año para cambiar el gobierno y el modelo. No hay dictadura que pueda resistir a un país consciente y movilizado, sobre todo si el 22 de abril queda sólo y con los demócratas movilizados y activos también luego de ese día.

Ahora los venezolanos cambiarán de ánimo si ven a todas las organizaciones respetables coincidir en una manifestación (una y múltiple) de liberación y rescate de la vida. Necesitamos cuanto antes un equipo, plural pero unido, que coincida en la respuesta a esta emergencia. Ojalá también llegue al consenso y proclamación de la persona de mayor esperanza y aceptación para coordinar el paso de la muerte a la vida del país. La Cuaresma es tiempo de examen, de conversión y de preparación para la Resurrección. Que Dios nos ilumine y nos movilicemos para el renacer democrático venezolano, venciendo la actual situación de miseria, corrupción y muerte dictatorial.

 

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