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El narco-neo-comunismo por Asdrúbal Aguiar – El Nacional – 6 de Julio 2020

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Dos textos de Jacques Maritain me resultan sugestivos como contexto de valor y de orientación ante las ideas que definen al narco-neo-comunismo desde 1989, llamado socialismo del siglo XXI, rebautizado como progresismo treinta años después, en 2019.

Tales ideas se expresan más como tácticas “líquidas” que como una suerte de cosmovisión renovada. Predican la globalidad o el globalismo —si cabe el neologismo, para el manejo utilitario y corrupto de la disolución social— y el impulso de las migraciones hacia casas enemigas; la fractura de la memoria colectiva, tras saltos al pasado remoto e inmemorial y su revisionismo; el integrismo ambientalista y panteísta; la negación del personalismo judeocristiano; en fin y como soporte de fondo el relativismo, esa dictadura posmoderna que no discierne entre la criminalidad o la corrección política y las leyes universales de la decencia.

Los albaceas de esta renovada desviación histórica y de la conducta, miembros del Foro de Sao Paulo y algunos de su Grupo de Puebla, se han curado en salud. En los varios documentos que suscriben entre 1990 y 1991 alertan que los verán y perseguirán como terroristas y narcotraficantes. En 2019, junto al partido de la izquierda europea reclaman la libertad de Simón Trinidad.

El debilitamiento de los espacios geopolíticos por impulso de la sociedad de la información ha propiciado la fragmentación social y la fragua de miríadas de núcleos “de diferentes”, y la predica del final de los grandes relatos culturales y de sus solideces hoy sirven de aliciente a lo señalado en una hora de oscurana e incertidumbres.

Maritain tuvo el privilegio trabajar en una síntesis de civilizaciones que provee a la convivencia pacífica y permite superar el régimen de la mentira que hace ebullición y llega a su término con la Segunda Gran Guerra del siglo XX. A propósito de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 narra su vivencia: “Estamos de acuerdo en esos derechos a condición de que no se nos pregunte por qué». Es con el «por qué» con lo que la discusión comienza”, dice.

Transcurridos doce años desde el desmoronamiento del Muro de Berlín y advertido por el Club de Roma que “el mundo está pasando un período de trastornos y fluctuaciones en su evolución hacia una sociedad global” (Bruselas, 1996), en 2001 acoge la ONU la iniciativa del Diálogo de Civilizaciones propuesta por el presidente de Irán, Muhammad Jatami; quien “a diferencia de otros mandatarios iraníes se caracterizó por la búsqueda de una cercanía con Occidente y por enfatizar la necesidad de un diálogo, donde Irán fuese el punto de encuentro de las culturas orientales y occidentales”.

En mala hora se le opuso el galimatías de la Alianza de Civilizaciones, en 2005, de manos de José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno de España, montado sobre los atentados de Atocha (2004) en Madrid. Han tenido lugar los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York (2001), precedidos por los atentados en Buenos Aires a la Embajada de Israel (1992) y la Asociación Mutual Israelita Argentina, AMIA (1994).

Tras explicar que también busca impedir la teoría del “choque de civilizaciones” esgrimida desde la academia norteamericana por Samuel P. Huntington (“The Clash of Civilizations”, Foreign Affairs, Vol. 72, N°3), admite que le importa frenar las acciones represivas contra el terrorismo. El documento oficial suyo declara la necesidad de comprender “los factores que alimentan los radicalismos y la violencia” y que, a la luz del tiempo transcurrido hasta el instante tienen nombre propio, Estados Unidos y la cultura occidental que sostiene mientras los europeos la entierran.

No por azar, en la declaración conjunta de 2019 mencionada las izquierdas del Foro y las de Europa anuncian su batalla “contra la política agresiva de Donald Trump” y para defender, precisan, a la “democracia” y los “procesos revolucionarios”.

Pues bien, advirtiéndose de inviable lo que pretenden algunos desde hace dos décadas, a saber, un “diálogo” o sincretismo de laboratorio entre quienes asociados a la criminalidad “política” predican la muerte de Dios y los que sostienen los principios que guían a “la conciencia de los pueblos libres” y son comunes a sus varias civilizaciones, Maritain, uno de los exponentes más reconocidos de la corriente humanista cristiana, apuesta por una metodología de aproximación fundada en la razón práctica moderna.

Juzga de posible enunciar los predicados “que constituyen grosso modo una especie de residuo compartido, una especie de ley común no escrita, en el punto de convergencia práctica de las ideologías teóricas y las tradiciones espirituales más diferentes”. Pero juntando las dimensiones de la realidad [la descriptiva o normativa, la de la efectividad sociológica de las prescripciones de la conducta, y la adecuación de ambas al principio de Justicia o de mayor libertad para la persona humana], conjura, aquí sí, las desviaciones marxista y fascista que se retroalimentan de maldad en doble vía.

Con los pies sobre la tierra las denuncia. Cree y está demostrado que someten “al hombre a un humanismo inhumano, el humanismo ateo de la dictadura del proletariado, el humanismo idolátrico del César o el humanismo zoológico de la sangre y de la raza”. Son taras sociales que justamente vuelven por sus fueros bajo la fórmula progresista del narco-neo-comunismo y en medio de la disolución social en avance, haciendo posible la epidemia de neopopulismos corruptos y posdemocráticos que se expande por el mundo.

El socialismo del siglo XXI en tres tiempos por José Rafael Herrera – Papel Literario El Nacional – 5 de Julio 2020

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“está en juego el bienestar y desarrollo del país, y, además, la seguridad y la estabilidad de toda la región. el socialismo del siglo xxi es la reivindicación de la barbarie, la vuelta al estado de naturaleza, el salvajismo como modo de vida”

Para 1973, el Movimiento Al Socialismo (MAS) se había transformado en una importante referencia para la vida política y cultural venezolana. Fue el resultado de un cisma de hondas proporciones ideológicas dentro del Partido Comunista de Venezuela, después de la rotunda derrota sufrida por las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FLN-FALN), el movimiento guerrillero que se iniciara a comienzos de la década de los sesenta, durante el gobierno de Rómulo Betancourt, el primer presidente de la era democrática del país.

Las críticas del MAS al modelo de un Estado todopoderoso y tiránico, ubicado muy por encima de las más escuetas necesidades individuales, lo colocaron en una difícil situación: de un lado, para las fuerzas democráticas, el MAS lucía como un grupo de comunistas disidentes, pero que in- tentaban penetrar el nuevo sistema, para implotarlo. Del otro, para los ahora menguados partidos alinea- dos con la URSS y China, se trataba de un grupo de “pequeño-burgueses”, traidores a la causa, “exquisitos” reformistas y revisionistas de las “sagradas escrituras” de la ortodoxia. Los masistas debían, a partir de ese momento, remontar la pesada cuesta de Sísifo, plagada de las sos- pechas, desconfianzas y prejuicios, en el día a día, “pateando la calle”, in der Praktischen.

Para los jóvenes el MAS resultó ser un proyecto atractivo. Represen- taba la concreción política y cultural de la superación del pasado, de las ambiciones totalitarias, las des- igualdades e injusticias, el veto al pensar con libertad, el atropello a las iniciativas privadas. Se trataba de conquistar una auténtica sociedad abierta, sustentada en el méri- to. Una sociedad para el desarrollo del conocimiento, democrática, libre, justa, productiva y en paz. “Más y mejor democracia”, proponía una de sus consignas. Dejar atrás los modelos del pasado y conducir al país a la altura de los nuevos tiempos, de manos de la inteligencia. Adiós al estalinismo y al maoísmo. Era el nuevo modo de pensar, el “nuevo modo de ser socialista”.

El tercermundismo es una enfermedad nociva y contagiosa. La tarea de la joven dirigencia masista en las universidades y liceos del país consistía en ganar el consenso necesario para masificar su proyecto, divulgar su discurso innovador a través de los órganos de representación estudiantil. Se trataba de construir las bases de la nueva sociedad con los futuros profesionales. Un trabajo a largo plazo. El adversario inmediato a derrotar: la extrema Izquierda, refugiada en algunas instituciones educativas de relevancia, negada a abandonar la lucha armada, aunque militar y políticamente se hallara derrotada y disminuida, tras casi tres lustros de fracasos en sus intentos por poner fin a la democracia. Eran jóvenes estudiantes en su mayoría, provenientes de las barriadas populares, prestos a los mitos de la poética del barrio, resultado de las migraciones del campesinado a las ciudades que con el pasar de los años fueron forman el llamado “cinturón de miseria” al rededor de los centros urbanos. Captados fácilmente por las menguadas organizaciones extremistas, en ellas pudieron darle sentido político al ancestral resentimiento, adoctrinados con algunos folletos estalinistas y maoístas, las tesis tercermundistas, el mito de la “resistencia del heroico pueblo cuba- no” y otros cocidos de menor estufa. Todo ello condimentado por la canciones de protesta. “¡Que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda!”.

En este esquema de “formación”, el Ché era el modelo inspirador, el legendario mesías, experto en “tiros de gracia”, incapaz de poner la otra mejilla. Ícono de los resentidos, motivo de inspiración para todo cultor de la muerte. En los barrios marginales, la agresión y la violencia, son el ideal de sangre que recorre las arterias de los pendencieros, la ley que lo rige todo: el “pa’ bravo yo”. El extremismo hace de la violencia su postulado supremo. Fue así que “el hambre se juntó con las ganas de comer”. El malandro de- vino político y el político malandro. La distopía del barrio se transformó en la utopía del país: “frente a la violencia de los ricos, violencia de los pobres”.

Su lucha contra “la burguesía” consistía en la quema de unidades de transporte público, el saqueo de bodegas, panaderías o restaurantes, ca- vas de alimentos, el cierre de calles con barricadas y cauchos quemados. Era la “lucha de clases”, la “épica revolucionaria”. El término burguesía les era laxo. Un profesional o el propietario de un comercio eran “burgueses”, enemigos del pueblo, vinculados al imperialismo. Estos, grosso modo, los caracteres de intoxicación ideológica de aquellos adolescentes que, años más tarde, se transforma- rían en las figuras principales del gang que terminaría por destruir a Venezuela.

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A pesar de que habituaban identificar como “objetivos militares” a los dirigentes de los partidos políticos tradicionales, el auténtico objetivo eran los jóvenes del MAS, sus “ene- migos de clase”, que los iban desplazando de los centros estudiantiles de los que se habían apoderado, sometiendo a sus comunidades al terror.

 

Las agresiones no se dirigían tanto al “enemigo imperialista” como a los “reformistas”, esos “enemigos de la revolución”. A medida que iban perdiendo el respaldo estudiantil, apelaban a la emboscada y la calumnia. Pero el estudiantado había perdido el miedo. El resultado fue la más aplastante derrota electoral en la mayor parte de los liceos y universidades del país. Y como ya habían salido derrotados y habían perdido presencia en los sindicatos del país, sus objetivos quedaron minimizados. Súmese el rechazo mayoritario de la opinión pública. Entonces decidieron comenzar a asaltar bancos y asociarse con el narcotráfico. Solo quedaba apelar al sentimiento de conmiseración, y los buenos cristianos supieron dárselo. Y ellos aprovecharlo. La “generación de los ochenta” se vio en la necesidad de entender que tenían que cambiar las tácticas de lucha de sus mayores a fin de poder, en principio, subsistir y quizá, con “alianzas estratégicas”, alcanzar sus objetivos sin despertar sospechas. La vía violenta los había conducido a la bancarrota. Ahora era indispensable sobrevivir bajo el rostro de la simulación.

La capucha posee un significado curioso. El “vuelvan caras” de Páez dejó registrado en la historia el signo del destino de los cobardes. La duplicidad revela insanidad mental, perversión. Robin Hood traduce “petirrojo encapuchado”, expresión familiar entre los venezolanos. El petirrojo posee un plumaje verde y rojo, como la “fusión cívico-militar” invocada por Chávez. Iracundo, chillón, parece llevar una capucha sobre su rostro, como los que se ocultan tras finísimas telas de seda y mantienen secuestrada a Venezuela. Jano es el dios de los portales, de las entradas y salidas, experto en simular y ocultar el rostro.

Además habían otros “encapucha- dos” bajo las galas de los uniformes de las academias militares. El plan era penetrar la institución armada, apoderarse de ella, ganar adeptos. El 27 y 28 de Febrero de 1989, se produjo un estallido social como consecuencia de las medidas económicas anunciadas por el presidente Pérez. Se ha dicho que fue el resultado de una “generación espontánea” en rechazo al paquete de medidas eco- nómicas. Pero fue el primer balón de ensayo que luego se concretaría con dos intentonas golpistas y con el triunfo electoral que conduciría a la conformación de la tiranía que deja- ría en ruinas a Venezuela.

Ya en los años ochenta, se habían dado los primeros pasos del premeditado plan, aprovechando el desgaste del consenso hegemónico de los partidos, incluyendo el visible debilitamiento del MAS, atrapado en disputas internas que condujeron a la expulsión de sus filas de su intelligentsia fundadora. El sistema democrático comenzó a ser percibido como un engaño, una estafa, ajeno a los intereses de la mayoría, en beneficio de una minoría privilegiada. Esa situación provocó que la ultraizquierda se reagrupara y lograra algunos triunfos de cierta significación.

Fue la hazaña del petirrojismo: derecha e izquierda extremas fusionadas”

Al final, la “revolución” encapuchada logró su propósito. Después de dos intentos frustrados de golpe de Estado fallidos, una conspiración “institucional” terminó derrocando al presidente Pérez, y poco tiempo después Chávez –respaldado por el conservadurismo, la izquierda extremista ¡y el MAS!– fue el candi- dato ganador de las elecciones efectuadas en 1998. Como dice Hegel, los hombres crean su propio destino. El destino de Venezuela quedó sellado.

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El siglo XIX venezolano fue una tragedia anunciada. Después de que terminara la guerra de independencia, el país perdió cien años de historia. La conocida carta de Bolívar al General Flores –“He mandado veinte años, y de ellos he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) la Amé- rica es ingobernable para nosotros; 2) el que sirve a una revolución ara en el mar; 3) la única cosa que se puede hacer en América es emigrar; 4) este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas; 5) devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán a conquistar- nos; 6) si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, este sería el último período de la América”–, describe lo que durante los siguientes años caracterizaría a Venezuela.

Las luchas intestinas entre godos y liberales, comportan una escisión de origen que aún no logra cicatrizarse. Es la lucha a muerte por el reconocimiento de dos figuras de la conciencia, que Hegel define como “señorío y servidumbre”(1), una “lucha de las autoconciencias contrapuestas”. Dos términos opuestos, recíprocos, interdependientes e idénticos. Ambos son elitistas y a la vez populistas. Son la razón de los monstruos y los monstruos de la razón. Carlos Fuentes los ha definido magistralmente: “En Bogotá se decía que la única diferencia entre ellos era que los liberales iban a misa de seis y los conservadores a misa de siete”(2).

Cuando uno de los extremos per- día sus privilegios frente al otro y era conducido a la ruina, asumía el papel del “revolucionario”, en nombre de los desposeídos. Una vez que tomaba el poder asumía el “reaccionario” lugar del otro. Y viceversa. Este drama continuado terminó arruinando al país. Fue Juan Vicente Gómez quien puso fin al combate a través del ejercicio del terror durante ventisiete años. A sangre y fuego, el dictador extinguió la llamarada de los alzamientos de caudillos a lo largo y ancho del país. Pero con ello –¡oh, ironía!–, terminó unificando la nación y fraguando los fundamentos del Estado moderno. Es la astucia de la razón. Gómez ató con fuerza los demonios hasta su muerte. Hasta Octubre del 1945, con el golpe militar contra Isaías Medina. Finalmente el otro extremo reagrupaba sus fuerzas y reiniciaba el combate hasta 1959, época de la caída de la dictadura perezjimenista.

Con la presidencia de Betancourt, el país volvió a amarrar sus demonios. Durante los primeros años en el poder, debió enfrentar la contraofensiva militarista hasta reducirla a su mínima expresión. Más tarde, debió enfrentar la llamada guerra de guerrillas de la extrema izquierda, a la que también desarticuló. Había neutralizado los extremos y estabilizado el naciente régimen democrático. Fue el más importan- te político venezolano del siglo XX. Coerción y consenso a un tiempo. El país prosperó sostenidamente e ingresó al siglo XXI. Venezuela tuvo cuarenta años de estabilidad políti- ca, crecimiento económico y social. Hasta que Chávez volvió a desatar los demonios. Los extremos se to- can y Chávez hizo que se tocaran, aprovechándose del descontento y la desconfianza en las instituciones democráticas, sembradas por pode- rosos e influyentes sectores interesados en sacar provecho de la situación. Ahora cerraban fila del lado de la extrema izquierda. Los extremos devienen, no son puntos fijos. Marchaban juntos. Fue la hazaña del petirrojismo: derecha e izquierda extremas fusionadas, conformaron el “polo patriótico” para poner fin al sistema democrático. En 2002, Chávez comenzó a manifestar diferencias de fondo con la vieja goda- rria y alinearse con Cuba. Después del golpe del 11 de Abril rompió los compromisos adquiridos para instaurar un régimen dictatorial con capucha de apariencia democrática. Iniciaba el cartel del narcotráfico y del terrorismo internacional, bajo la sombra del Foro de São Pau- lo. Venezuela regresó a los peores días del caos primitivo. Bajando por la espiral de la historia viquiana pasó de la modernidad a la premodernidad. La tarea que viene es ardua. Recuperarla pasa por la reconstrucción de su tejido civil.

Está en juego el bienestar y desarrollo del país, y, además, la seguridad y la estabilidad de toda la región. El socialismo del siglo XXI es la reivindicación de la barbarie, la vuelta al estado de naturaleza, el salvajismo como modo de vida. El movimiento formado a pulso por el castrismo y enquistado en Venezuela representa el gang de los antivalores occidentales. Su muerte.

Todo indica que su tiempo histórico está culminado. Pero el tiempo histórico no coincide con el cronológico. Depende de la capacidad de organizar un renovado espíritu, otro volksgeist. Poner fin al ricorso ya no es cuestión exclusiva de los venezolanos. Liberar a Venezuela significa librar el mayor reto de la civilización occidental.

 

1 Hegel, G.W.F. (1978), Fenomenología del espíritu, México, p.117 y ss.
2 Cfr.: Fuentes Carlos (1992), México, p.274-5

José Gregorio, laico interpelante por Ovidio Pérez Morales – El Nacional – 25 de Junio 2020

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José Gregorio murió (28 de junio de 1919) en un momento de particular significación para la Iglesia, el país y el mundo. La Iglesia recuperándose de la postración en que la dejó el guzmancismo. El país en dictadura y expansión petrolera. El mundo, terminando una guerra mundial, comenzando una pandemia y en los primeros pasos de un cambio epocal (tercera ola humana según Toffler) A cien años de su muerte –comienzos de siglo y también de milenio– se anuncia su beatificación. El escenario histórico es semejante y diverso con Iglesia en renovación; país en dictadura con regresión y ocaso petrolero; mundo en pandemia, paz endeble, globalización rampante y cambio epocal en ágil marcha.

Venezuela se encuentra en estos momentos con pandemia y en situación desastrosa. El socialismo del siglo XXI, con ideología comunista y una corrupción desaforada, tiene al país en ascuas: economía por el suelo, empobrecimiento general, política marcada por una abierta represión, cultura deprimida en sus ámbitos comunicacional y educativo, por la imposición de un “pensamiento único”.

Los cristianos católicos nos hemos de preguntar:1) ¿Qué mensaje lanza Dios con esta beatificación, a la Iglesia de la mayoría de los venezolanos en el presente drama nacional? 2) ¿Qué interpelación plantea la beatificación del laico doctor José Gregorio Hernández a nuestros laicos católicos?

Con respecto a lo primero, conviene recordar que el Concilio Vaticano II definió a la Iglesia como signo e instrumento de unidad humano-divina e interhumana (ver Lumen Gentium 1). El mandamiento máximo de Jesucristo va en esa dirección: lograr la comunión-amor a) con Dios Trinidad en alabanza y obediencia, y b) con el prójimo, compartiendo bienes espirituales y materiales, así como construyendo una convivencia fraterna, libre, solidaria y pacífica. El desastre del país reclama a la Iglesia, por tanto, un compromiso más decidido para la reconstrucción de Venezuela y su ulterior progreso: honda conversión hacia un testimonio más efectivo del amor evangélico. Opresores y oprimidos en su mayoría se confiesan católicos. ¿Por qué hemos llegado a este abismo? Es la hora de una perceptible coherencia con lo que se dice creer.

Ahora bien, dentro de la Iglesia pueden señalarse dos sectores bien diferenciados, con tareas específicas dentro de la misión común: a) pastores o clérigos, (obispos, presbíteros y diáconos) y b) laicos. El quehacer de los pastores es más hacia el interior de la comunidad eclesial, como ejes-cabezas de comunión: servicio indispensable, de institución divina. La misión propia o peculiar de los laicos (seglares) mira primordialmente hacia el mundo (lo temporal o secular) para transformarlo según el espíritu del Evangelio.

Con respecto a la segunda pregunta, podríamos comenzar diciendo que en estos tiempos de renovación eclesial estamos pasando de una acostumbrada comprensión del laico como simple colaborador o ayudante (“mandadero”, llega a decir el papa Francisco) de los pastores, a su reconocimiento como protagonista, miembro activo, corresponsable, por título propio como bautizado, en la Iglesia. Este cambio (especie de “giro copernicano) implica superar el tradicional clericalismo o polarización eclesial en el clero (ver carta de Francisco al presidente de la Pontificia Comisión para la América Latina, con fecha 19 de marzo de 2016).

El Concilio Vaticano II (Lumen Gentium 31) definió como lo propio o peculiar del laico en la Iglesia, su “carácter secular”, temporal, mundano (en el sentido positivo de este término). El laico tiene al mundo, con sus ámbitos económico, político y cultural, como su campo propio de trabajo. Desde su familia ha de comprometerse en la construcción de una “nueva sociedad”.

José Gregorio Hernández constituye un modelo de laico. Miembro de la comunidad eclesial, participó en la vida de esta y desde esta se comprometió a hacer realidad los valores humano-cristianos del Evangelio en Venezuela. La cultura, en la acepción más amplia del vocablo, fue el objetivo de su misión. Como protagonista y no ente pasivo. ¿En qué ámbito social no se hizo presente, desde su amor a Dios y al prójimo, especialmente al más pobre? Científico, docente, escritor, investigador e innovador, atendió enfermos, privilegió a los pobres y dentro de su polícromo quehacer quiso hasta alistarse para defender la patria.

José Gregorio es una interpelación viva a los laicos de este país en los presentes momentos de gravísima crisis. En su entrega no escatimó esfuerzos ni riesgos. El “médico de los pobres” murió en camino hacia un servicio caritativo.

La desesperante carta de un contralmirante venezolano a Donald Trump por Sebastiana Barráez – Infobae – 17 de Junio 2020

El militar en retiro Daniel Comisso Urdaneta afirmó que “es el momento de castigar ejemplarmente” a las autoridades responsables de la crisis

“¿Qué más daño y desolación deben sufrir los venezolanos, cubanos, nicaragüenses y de los cuales aún luchan por recuperarse, ecuatorianos y bolivianos, entre otros? ¿Qué amenazas más cercanas y tangibles debemos soportar en nuestro continente, de ideologías y fanatismos que siempre han envidiado malamente nuestra cultura libre y soberana?”, son algunas de las preguntas que el contralmirante retirado Daniel Comisso Urdaneta le hace al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, en una misiva pública.

Este alto oficial de la Armada Venezuela, hoy retirado de la vida activa de la Fuerza Armada, egresó de la Escuela Naval de Venezuela en el año 1975, como integrante de la promoción Almirante Padilla. Fue subinspector de la Armada, así como comandante de la Base Naval de Puerto Cabello. Comandó el Centro de Adiestramiento Naval de Catia La Mar. Además, fue director de investigaciones de la Inspectoría General de la Fuerza Armada.

Su nombre aún resuena en los espacios que escudriñan lo sucedido durante el golpe del 11 de abril de 2002, que sacó, por algunas horas, a Hugo Rafael Chávez Frías del poder. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela (TSJ) lo absolvió el 14 de agosto 2002, junto con otros tres altos jefes militares; 11 de los 20 magistrados votaron el sobreseimiento, y ocho se abstuvieron, mientras un juez supremo no se presentó a la sesión plena.

El 11A representa una fecha simbólica, no solo por ser el día en que Chávez es sacado de la presidencia estando en la cúspide del poder, sino porque casi todos los más altos jefes militares de los cuatro componentes militares no obedecieron la orden de sacar el Ejército a la calle, cuando Chávez ordenó aplicar el Plan Ávila. A partir de entonces, el jefe de la revolución ya no tenía garantía alguna con los militares y planificó la transformación de la institución castrense.

La comunicación del contralmirante Comisso Urdaneta al presidente norteamericano inicia manifestándole: “Mi solidaridad y mejores deseos para que su lucha en defensa de la libertad de los pueblos y en contra del eje del mal, representado por todos los poderes, Estados y organismos que se empeñan en subyugar a los pueblos. En especial a su decidida confrontación contra todas las amenazas que hoy se atreven a pretender traer el caos el odio y la venganza a nuestro continente”.

“Le confieso que la reciente carta, a usted dirigida por el arzobispo Carlo María Viganò, motivó sobremanera a sumarme al gran grupo que percibe su esfuerzo por la salvación de América ante la condena del socialismo salvaje del siglo XXI, peste que se enseñoreó en la República de Venezuela y la convirtió en la deleznable república bolivariana que se ha gestado bajo la conducción del régimen castro comunista y reforzado con elementos fundamentalistas extremos, terroristas y narcotraficantes, hasta consolidarse como el Grupo Delincuencial Transnacional, que sirve de plataforma para ese eje maligno, con la anuencia y apoyo de Irán, China y Rusia”.

La mentira

Destaca el contralmirante lo que significa la mentira con la que se más se vende el socialismo. “En una de sus últimas intervenciones públicas, usted ha descrito perfectamente al socialismo, en resumen, dejó claro que el socialismo promete lo mejor, pero, como ha sido siempre, termina haciendo lo peor, con las mismas desgraciadas consecuencias para los países y pueblos”.

Relata que siendo un joven estudiante de tercer año de bachillerato, a mediados de los años 60: “Se presentaron fuertes disturbios en Caracas, generados por adeptos a los movimientos castristas que siempre hubo en Venezuela, recuerdo que en esa oportunidad le pregunté a mi padre cuál era la diferencia entre capitalismo y comunismo, él me contestó: ‘los dos son la misma cosa, en ambos vas morir, solo que en el comunismo morirás cuando ellos digan, como ellos digan y haciendo o dejando de hacer lo que ellos digan’”.

Le solicita a Trump hablarle libremente. “Con todo respeto le manifiesto que, como muchos, he visto los golpes bajos que le han propiciado los enemigos de la libertad, y que lo han obligado a repensar sus acciones, igualmente, como muchos, espero que esos golpes le sirvan para recobrar fuerzas, demostrar la verdadera intención que se esconde detrás de esas bajezas, reforzar su actitud hacia la esperanza originaria de nuestro continente y gestionar la reacción definitiva y letal con la verdad por delante”.

Insiste en que ello debe ser de tal manera “que no deje duda ante los ciudadanos de bien, en cuanto a la extrema necesidad de continuar la lucha frontal y hasta las últimas consecuencias, contra el mal del comunismo, el socialismo, sus variantes extremistas y en general de todos los enemigos del sistema americano, aun prescindiendo de los consensos mancados, de organismos legítimos, pero ultraoceánicos”.

Imagen de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ingresando a la Casa Blanca tras su regreso a Washington tras un fin de semana en Bedminster, Nueva Jersey, EEUU [14 de junio de 2020] (Reuters/ Yuri Gripas)Imagen de archivo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ingresando a la Casa Blanca tras su regreso a Washington tras un fin de semana en Bedminster, Nueva Jersey, EEUU [14 de junio de 2020] (Reuters/ Yuri Gripas)

A su juicio, porque “por una parte no aceptan que usted (Trump), pueda salir airoso. Por otra, no dan señales de entender que, la vía política pacífica y consensuada, es inviable, y que el tiempo es el peor enemigo de los ciudadanos víctimas de un daño antropológico similar a un holocausto”.

Es enfático al decir: “Pienso que ya se agotó el tiempo de ‘tratar de impedirles’ que sigan haciendo daño, ¡es el momento de castigarlos ejemplarmente por el daño que ya hicieron! ¿Que no es suficiente? ¿Qué más daño y desolación deben sufrir los venezolanos, cubanos, nicaragüenses y de los cuales aún luchan por recuperarse, ecuatorianos y bolivianos, entre otros? ¿Qué amenazas más cercanas y tangibles debemos soportar en nuestro continente, de ideologías y fanatismos que siempre han envidiado malamente nuestra cultura libre y soberana?”.

“Sr. Presidente Donald Trump, con todo respeto le reitero la exhortación hecha al Secretario General de la OEA (Organización de Estados Americanos), Sr. Luis Almagro, en cuanto a que la decisión final de asumir la defensa de los supremos intereses de una región, de una sociedad, nunca será de las Fuerzas de Defensa, siempre será responsabilidad de los dirigentes políticos, de los estadistas que vislumbran la trascendencia de tal decisión y las consecuencias de no asumirla”.

“La gran mayoría de los ciudadanos vemos en usted la actitud para asumir tal decisión, junto a los jefes de Estados americanos, a los cuales debemos todos persuadir, para que asuman su cuota parte y acompañen esta trascendental lucha, que incluye además la cura contra el virus chino y lograr la nueva normalidad. Es la lucha que los pueblos subyugados esperan desesperadamente, es la que nos encamina hacia la libertad y recuperación de nuestros países, patrimonios, culturas y sociedades”.

Finaliza diciendo: “Dios mediante, una vez logrados estos sublimes objetivos, ya retomaremos a nuestras excelentes relaciones con los estados y pueblos libres del resto del mundo, como siempre ha sido”.

El tanquero… el tanquero por Enrique Viloria Vera – Noticiero Digital – 6 de Junio 2020

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Una parte de esa gran riqueza se ha invertido en crear un Capitalismo de Estado… Ese Capitalismo de Estado tiene consecuencias graves. Si sigue creciendo ilimitadamente, Venezuela va a llegar a ser un país, no ya de dependientes del petróleo, sino de dependientes del Estado, y ese capitalismo monstruoso del Estado, llegará fatalmente a convertirse…en una terrible máquina de tiranizar Arturo Uslar Pietri

Vergonzosa, inhumana, cínica, indignante, alevosa, denigrante, injusta, inconcebible, desesperante, bochornosa, no alcanzan los epítetos, los vocablos, las palabras, los calificativos para nominar la trágica situación que aguantan los súbditos bolivarianos a fin de llenar los exhaustos y sedientes tanques de sus automotores con las caras migajas liquidas de gasolina iraní.

Esta situación ciertamente clama al cielo: la ineptitud, la desidia, la corrupción, la improvisación de los hablachentos y brabucones dirigentes de un depredador Socialismo del siglo XXI, se tradujo en la progresiva y dolosa destrucción de PDVSA, la gallina de los huevos de oro negro del país. Convertida en chatarra socialista, se paralizó, inutilizó, la importante capacidad de refinación con que contaba el país hasta hace 20 años, cuando producía derivados del petróleo para abastecer el mercado interno de hidrocarburos, exportar… y luego, manirrotamente, regalar como gesto se solidaridad revolucionaria con los aliados del chavismo.

A la falta de agua, luz, Internet, medicinas, alimentos, atención sanitaria, a la ausencia de aseo urbano y de mantenimiento de los bienes públicos, a la inseguridad ciudadana, en pleno tiempo de pandemia china, los resignados venezolanos, masoquista y estoicamente, soportan el sadismo castro – madurista. Surrealistas son las imágenes de las actividades que, a todo riesgo, realizan a objeto de paliar la larga y penosa espera para- si tienen suerte -, llenar el tanque: juegan dominó, futbolito, cartas, degustan unas frías comunitarias y más de una avezada buhonera fríe – en usado y grasiento aceite -, arepitas dulces, tequeños y empanadas que no pasarían ningún control sanitario. El virus, a sus anchas, contento, al acecho, regocijado, contaminando a diestra y siniestra a aquellos que mañana no serán hombres y mujeres con nombre, familia y apellido, sino frías cifras de una estadística gubernamental en la que nadie confía…la cúpula revolucionaria, bien protegida, bebida, comida, mientras tanto. disfruta a placer en sus bunkers a prueba de balas, misiles y virus de cualquier índole,

Nos imaginamos una vieja escena de la serie televisiva llamada la Isla de la Fantasía. Como toda payasada es posible en esta otrora Tierra de Gracia, ahora de Desgracia, es posible que veamos, en Puerto Cabello, en Punto Fijo o en Puerto La Cruz al petizo y rechoncho hombre del mazo troglodita, vestido de punta en blanco, anunciando a viva voz El Tanquero … El Tanquero, y a un robusto y bigotudo Ricardo Montalbán rojo – rojito, recibiendo con abrazos y palmadas en el hombro, al estupefacto capitán y a la tripulación de esos esperados y ansiados buques.

No dudamos que al Capitán le regalen su lingotito de oro socialista, y que a todos los trasladen al Hotel de la Revolución, allí los hediondos, barbados y verriondos hombres que llegaron a puerto con un bronco deseo de mujer – Antonio Arráiz dixit -, podrán disfrutar de un generoso obsequio caribeño. Todo previsto está, un selecto grupo de jineteras venezolanas y cubanas, traídas para la ocasión, los esperan en el Gran Salón para la escogencia de rigor. Ojalá los preservativos alcancen, y que en la próxima ayuda humanitaria nos incluyan medicamentos contra las enfermedades de trasmisión sexual. Empavados como estamos a lo mejor al drama sanitario nacional se suma una nueva epidemia diferente a la china: el terrible morbo gálico.

En fin, como humanitaria y cristianamente, sentenció el Comandante Eterno en plena y sufrida tragedia de Amuay: ¡El show debe continuar!

Con el poeta español Enrique Gracia Trinidad, podemos implorar; rogar, justificadamente demandar:

¡No los perdones Señor,
porque sí saben lo que hacen!

Peligrosas desviaciones por Oswaldo Álvarez Paz – El Nacional – 3 de Junio 2020

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Con mucha preocupación notamos importantes desviaciones en la lucha actual por la libertad y la democracia. Lo importante es abandonar todo lo secundario y centrarnos en lo que realmente importa. No podemos darnos el lujo de perder más tiempo cuando ya deberíamos tener resuelta buena parte de la problemática nacional.

Una de esas desviaciones consiste en la comparación retórica entre esta dictadura socialista y comunistoide con los gobiernos de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Por supuesto que son cosas distintas, pero la creciente comparadera no ayuda en nada a la solución anhelada. Todos fueron dictadores, aunque cada uno con sus características distintivas, pero en lugar de estar mirando a un pasado que muy pocos venezolanos de la actualidad conocieron, debemos centrar los esfuerzos en el presente con una clara visión hacia el futuro. Si esto no lo tenemos claro seguiremos dando vueltas en un círculo vicioso que contribuye a demorar el cambio que el país necesita. Estamos en contra de todas las dictaduras, de cualquier régimen violador de los derechos humanos y de los principios fundamentales de la vida en democracia y libertad.

Otra de las cuestiones preocupante es la tendencia de algunos opinadores, politólogos y hasta constitucionalistas, ahora hay sobreabundancia de las tres categorías de variada calidad y competencia, a atribuir la responsabilidad de esta tragedia a la “clase política” que gobernó e influyó de manera determinante por sus errores de acción y omisión, en el derrumbe de la mal llamada cuarta república. Según esta gente, de esa situación surgieron el castro-chavismo, el “socialismo del siglo XXI” y lo peor de todo, el régimen dirigido por Nicolás Maduro y el combo narcoterrorista. Por supuesto que estos análisis se hacen desde una supuesta perspectiva opositora, pero hace más daño que bien centrarse en estas consideraciones que en definitiva ayudan al régimen. Cuando todo esto termine, dejemos que los historiadores se ocupen de analizar la historia contemporánea de Venezuela. Habrá serias diferencias en esos estudios y serán muy útiles para la comprensión final de cuanto ocurre, pero en este momento no tiene sentido. El adversario está al frente, bastante debilitado por cierto, aunque algunos piensen que lo de la pandemia y la cuarentena lo ha ayudado. Falso. Sin luz, sin agua, sin gasolina, con hospitales, clínicas y centros de salud desmantelados, sin escuelas ni centros de educación activos, sin Internet, sin alimentos al alcance de la familia para la vida diaria y paremos de contar para no hablar de la televisión con la salida de Directv, Maduro lejos de estar fortalecido se encuentra en plena decadencia.

El adversario, el enemigo si se quiere, está al frente y no a los lados, aunque pueda haber voces que por debilidad, ignorancia o cálculo oportunista le hagan el juego. No perdamos tiempo en ellos.

Hambruna Socialista del siglo XXI por Enrique Viloria Vera – La Patilla – 28 de Abril 2020

“Asaz de desdichada es la persona

 que a las dos de la tarde no se ha desayunado.”

Miguel de Cervantes

La desnutrición producida por el hambre dificulta el desarrollo físico e intelectual de las personas, debilita el sistema inmunológico, lo hace más vulnerable ante enfermedades e infecciones, y afecta especialmente a mujeres y niños. Entre las recientes grandes hambrunas tenemos:

En 1943, la hambruna desastrosa en Bengala (India) mató a más de 1 millón de personas y afectó a 60 millones de personas. Entre 1958 y 1961, en China más de 15 millones de personas fallecieron a causa de la inanición resultante de sequías e inundaciones, agravadas por el caos económico y político. En 1966 y 1967, hubo una grave hambruna en Bihar (India). La guerra de Biafra (Nigeria), entre 1968 y 1970, hundió al país en el hambre y la miseria. Entre 1968 y 1973 la hambruna afectó a la zona de El Sahel, especialmente en el Chad, Malí, Mauritania, Nigeria, Senegal y el Volta Superior, actual Burkina Faso. En Etiopía, la sequía de 1984 agravó la situación de una zona afectada por el hambre ocasionando la muerte de un millón de personas.

En la década de los noventa, en Angola, Liberia, Mozambique y el sur del Sudán, los disturbios civiles agravaron la desnutrición y las muertes por hambruna. En Ruanda se incrementaron las muertes por inanición y por los brotes de cólera y disentería entre los refugiados que escaparon a Zaire en 1994. La guerra civil en la ex Yugoslavia provocó graves carencias de alimentos entre la población, especialmente en Bosnia. En Somalia, los conflictos y la sequía de 1992-93 provocaron una hambruna que acabó con unas 300.000 vidas humanas y años más tarde, en 1999 la fuerte sequía provocó la muerte de cerca de un millón de personas.  En 2009 se cuadruplicó el número de personas que padecen hambre en el sur de Sudán, pasando de un millón contabilizado a principios de ese año hasta los 4,3 millones de principios de 2010, debido a la sequía y a los conflictos que vive el país. Y paremos de contar las penas ajenas.

La dirigencia socialista de la malhadada Venezuela bolivariana, castro – comunista, revolucionaria y antiimperialista, está haciendo – con desconocida eficiencia -, todo lo necesario para que el maltratado país entre rápidamente en la ignominiosa lista. La FAO, ubicó a Venezuela entre los 10 países del mundo con “alto riesgo” de surgimiento de una emergencia o un deterioro significativo de la situación actual de su seguridad alimentaria y la agricultura, con efectos potencialmente severos que ya son más que evidentes   El informe sitúa a Venezuela en el tercer lugar de este ranking, en orden de intensidad (nivel alto de probabilidad y de impacto). Los otros países señalados son Yemen, Sudán del Sur, Sudán, Zimbabue, Camerún, Burkina Faso, Haití, Afganistán y Nigeria.

 

 

Socialismo del siglo XXI: el museo del horror por Tomás Páez – El Nacional – 23 de Marzo 2020

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Escuchando y leyendo las palabras orientadoras de los doctores Gustavo Villasmil, Julio Castro y Rafael Orihuela, ex ministro de Salud en el período democrático, en torno a las acciones necesarias para enfrentar la pandemia del coronavirus y sus señalamientos, con datos, de la precariedad del sistema de salud de Venezuela (solo 84 camas UCI), resulta imposible evitar la indignación con la “pandemia del socialismo del siglo XXI”, dos décadas de desidia y despotismo que una de las asociaciones diásporicas, Venezuelan American Alliance, convertirá en museo virtual.

Período en el cual el régimen “administró”, es un decir, la mayor cantidad de ingresos conocidos en la historia de Venezuela. En lugar de utilizarlos para invertir en el sector eléctrico, o para ampliar y mejorar el sistema de salud, estos pasaron de sus manos a sus bolsillos y a cuentas bancarias en paraísos fiscales. Los saqueadores y la pandemia socialista acabaron con todo y dejan un sistema de salud en la indigencia.

Todavía hay quienes se vanaglorian de formar parte de ese equipo de demolición del país, cuyos inicios se sitúan en los dos sangrientos y fallidos golpes de Estado del año 1992. Ayer, como hoy, usaron los recursos de los venezolanos para sus fines personales y políticos. Los aviones, fusiles, tanques y camiones destinados a resguardar la soberanía nacional se utilizaron para imponer por la fuerza su proyecto, el socialismo del siglo XXI, cuya capacidad corrosiva desconoce límites.

Civiles y militares partícipes de esas intentonas, dizque para hacer frente a la corrupción, hoy pagan penas en cárceles o huyen de la justicia. Pienso en el ex capitán y luego tesorero de la nación, preso en Estados Unidos por haber robado los recursos a los hospitales, a la electricidad y a la seguridad de los venezolanos. La anticorrupción era un pretexto para el saqueo.

Ese inmenso latrocinio lo pagan los ciudadanos con desnutrición, escasez de todo, muerte y una migración forzada de más de 6 millones de venezolanos, superior a la de Siria, país en guerra.  Un dicho anónimo lo resume así: “Nadie se va de su hogar a menos que su casa sea la boca un tiburón».

Lo sucedido en Venezuela no puede caer en el olvido y esto me hace pensar en la exposición del campo de concentración de Auschwitz, finalizada recientemente. Ella reúne objetos de quienes fueron encerrados y perdieron la vida en los inhumanos barracones del más grande campo de exterminio. Ha sido concebida para recorrer el mundo en los próximos años como una manera de invitar a la reflexión ética sobre un hecho dramático e inhumano.

También viene a mi memoria la reciente exposición de 36 fotografías, de Juan Pedro Revuelta, de dos campos de exterminio humano, Auschwitz/Birkenau, realizada en el Instituto Sefarad en Madrid. Imágenes del horror: pelos, zapatos que “incorporan el instante mismo de la detención, de la muerte” en palabras de los organizadores. Imágenes elocuentes que convocan a evitar el olvido, la desmemoria de millones de vidas cercenadas.

Mientras estas exposiciones mostraban el horror del holocausto, evocaba con indignación el maridaje del ex presidente de Irán  Mahmud Ahmadineyad, quien negaba la existencia de los campos de exterminio, con el difunto presidente de Venezuela. En idéntica dirección se orientan las palabras de uno de los tres vicepresidentes de España, quien decía: “La maquinaria de exterminio se comportaba como cualquier policía que intentara impedir una manifestación en una cumbre mundial o que detiene emigrantes en cualquier ciudad”, una represión normal, pues.

Recordaba que en 2004 la policía allanó el Colegio Hebraica en Caracas, hecho que se repitió el año 2007. En 2009 el canciller Maduro expulsó al embajador de Israel en Venezuela; ese mismo año hombres armados profanan la sinagoga ubicada en Maripérez. Preocupados y enojados por estas señales de odio, nuestro querido profesor y amigo Heinz Sonntag convocó la reunión, en la casa que vence las sombras, en la cual creamos el Observatorio Hannah Arendt. En el año 2010 el difunto exclamó en un vídeo, con gestos suficientemente expresivos, lo siguiente: “Condeno desde el fondo de mi alma y de mis vísceras al Estado de Israel; ¡maldito seas, Estado de Israel!”, «Israel critica mucho a Hitler, nosotros también, pero ellos han hecho algo parecido, qué sé yo si peor a lo que hacían los nazis».

Palabras y gestos situados en las antípodas de otro presidente, López Contreras, quien dio cobijo a los judíos perseguidos, quienes fueron recibidos por la ciudadanía de Puerto Cabello con las luces de las casas y carros encendidas, en señal de bienvenida. Representaba la fibra humana de los ciudadanos venezolanos.

Se juntaban otras exposiciones en distintos museos y espacios. La exposición del Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) de la fotógrafa y forense Teresa Margolles, quien recoge en fotografía y objetos los caminos de la diáspora a través de trochas y piedras del río Táchira en la frontera colombo-venezolana. La exposición fotográfica de Ana María Ferris, No me mires, las imágenes de un secuestro o el fotolibro de Alicia Caldera con figuras de la frontera en la Guajira. Todas ellas muestran el rostro de los problemas y así los humanizan.

Por ello, cuando conocimos el proyecto quedamos maravillados. Una importante y necesaria iniciativa concebida por la diáspora y merecedora de nuestro respaldo. Una forma de luchar contra la desmemoria, para evitar la falsificación o desaparición de la realidad, para darle rostro a la tragedia humanitaria. En una entrevista reciente con Román Lozinski colocaron dos audios del señor Maduro, fingiendo humanidad, mostraba su preocupación por la diáspora cuya existencia negó hace unos pocos meses en las Naciones Unidas.

Los propósitos de este museo y de las exposiciones se nutre de la experiencia museística de otros países: documentar, estudiar, denunciar, difundir, auspiciar proyectos de investigación, mostrar dimensiones desconocidas de la realidad y evitar la desmemoria para impedir el retorno de la barbarie totalitaria. Igualmente, fortalecer la memoria colectiva intersubjetiva, que trasciende los recuerdos. Cuidado con no mirar hacia atrás y olvidar lo ocurrido. Es un medio para reforzar los antídotos con el fin de combatir la pandemia totalitaria. Como la salud, la democracia y las libertades, no se pueden dar por sentado.

Las imágenes fotográficas, las películas, los textos y los documentales le dan rostro a la tragedia humana y a la esperanza. Sirven como mecanismos de reflexión e inclusión social, facilitan la expresión de las emociones y evitan que estas se evaporen como los sueños. Con ellas se inmortaliza lo ocurrido, documentan la historia y son invaluables para la historia. Además, cumplen una función socializadora creando lazos afectivos y emociones, que constituyen el corazón de la política.

La memoria puede resultar muy corta. Lo vemos en quienes hoy, pese a todas las evidencias, enarbolan las banderas del socialismo soviético, cubano o venezolano o del nazismo, responsables de las mayores barbaries y hambrunas de la historia reciente de la humanidad. Por ello hay que insistir con las exposiciones, pues resultan de gran utilidad para estimular la sensibilidad social y una mayor comprensión del otro,  crean espacios para el diálogo y la construcción.

Me preguntaba por los contenidos de este museo. Afortunadamente disponemos de archivos fotográficos, fílmicos, grabaciones de radio y televisión, textos, con informes de lo ocurrido en cada sector, etc. Las fotografías: del horror de la morgue, de las agresiones y asesinatos en las marchas, las de la desnutrición y la escasez, la de los hospitales, ambulatorios, los vacíos módulos de Barrio Adentro, las de los proyectos de hospitales de los que solo hay cemento y cabilla, las cabillas oxidadas y los mojones de cemento de un supuesto tren entre Caracas y Puerto Cabello, figuras de colegios, liceos y universidades, las de la desnutrición y la muerte, las de la diáspora. Las grabaciones hechas a los compatriotas colombianos expulsados en 2015 cuyas casas fueron marcadas como hacían los nazis. Pensaba en las listas del odio, entregadas por orden de no sabemos quién, a Tascón o la otra lista Maisanta, las indignantes escenas del despido del capital humano de Pdvsa, las de la devastación en el Arco Minero, las del cierre de las empresas de Guayana, la de las empresas agrícolas expropiadas y acabadas. En estas exposiciones es preciso incluir a los socios del régimen, quienes ven como niños rollizos a los desnutridos, como una forma de evitar la pandemia global.

Esta ha dejado, además, muchas heridas sociales; su rostro es la precariedad y la miseria, la oscuridad, ha destruido la cultura del trabajo y el mérito y ha reducido a la nada la productividad. Esos espacios del museo deben servir para la reflexión y el diálogo. Denuncian la tragedia humanitaria y reivindican el derecho humano a vivir mejor, en democracia y libertad. Las imágenes, más propias de personas que viven y huyen de un país en guerra, invitan a la solidaridad humana con los venezolanos en el mundo.

 

Los presos políticos en Venezuela – Boletin # 42 Avila/Montserrate – 15 de Marzo 2020

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Desde el 21 hasta el 28 de enero, Foro Penal registró 850 arrestos nuevos de los cuales, hasta el día de hoy, 703 siguen privados de libertad.

El acumulado de arrestos por razones políticas realizados por las fuerzas represivas del “Socialismo del siglo XXI” en Venezuela arribó en el mes de marzo de este año, tras 20 años en el poder, a 15 mil 278 detenidos. Una cifra descomunal que incluye los retenidos temporalmente y a quienes llevan años recluidos en los calabozos del régimen.

Sin embargo, el sentido común nos dice que es muy probable que esa cifra se quede corta, porque el sistema ocultamiento de la información, la ausencia del debido proceso en las detenciones y la construcción de fake news  por parte de los aparatos de desinformación del gobierno es tan grande, que resulta imposible calcular con exactitud cuántos venezolanos han sido llevados a la cárcel –y en muchos casos vejados, torturados y maltratados por disentir o protestar contra el régimen militarista.

Por ejemplo, en el informe presentado el 28 de enero por Foro Penal, organización de derechos humanos que realiza un seguimiento impecable del tema, se revela un dramático incremento de la acción represiva que en 2020 ha alcanzado el más alto pico de las últimas dos décadas arribando a la cifra de 976 presos políticos.

De acuerdo a sus estadísticas, hasta el domingo 20 de enero el total de presos políticos registrados era de 273, una cifra que de acuerdo a la organización internacional Prisoners Defended ya convertía a Venezuela en el país con mayor cantidad de presos políticos en todo el continente americano, superando más de tres veces el número de presos políticos en Cuba.

Pero desde el 21 hasta el 28 de enero, Foro Penal registró 850 arrestos nuevos de los cuales, hasta el día de hoy, 703 siguen privados de libertad. Lo que quiere decir que, a pesar del Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la escalada represiva no se detiene sino que crece y se hace directamente proporcional al desprestigio del régimen y a su ya irreversible pérdida de apoyo popular.

Sólo con una gran represión, que por cierto no logra acallar de manera definitiva la protesta, el régimen puede mantenerse en el poder. Por eso es cada vez más feroz y sangriento.

Lo paradójico es el poco peso que esta dramática situación, este descomunal acumulado de sufrimiento humano, humillación, y violación de las libertades democráticas, tiene en la opinión pública y el casi nulo espacio –al menos en Colombia es muy notorio-, que ocupa en los medios informativos internacionales.

Puede ser un reflejo de la poca movilización de protesta que en el interior del país se registra en torno al fenómeno. O del hecho que son tantas las catástrofes, carencias y abusos que se padecen en Venezuela que el crecimiento exponencial del número de presos políticos se va volviendo paisaje: un dato menor de nuestro infortunio.

Que los venezolanos y las democracias occidentales nos acostumbremos al horror, es lo peor que nos puede pasar. La existencia masiva de presos por razones de conciencia resalta el carácter bárbaro y totalitario del régimen chavista. Y a Venezuela la hace menos país, menos pueblo y menos nación.

Un campo de concentración de 912 mil kilómetros cuadrados.

Desde el 21 hasta el 28 de enero, Foro Penal registró 850 arrestos nuevos de los cuales, hasta el día de hoy, 703 siguen privados de libertad.

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela por Pablo Stefanoni – Nueva Sociedad – Febrero 2020

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela

El 30 de enero de 2005, en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, el presidente Hugo Chávez declaraba la necesidad del socialismo. Con su característica camisa roja, el líder venezolano dijo:

«Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo cada día me convenzo más, [entre] capitalismo y socialismo… no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo […al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo […].»

En estas declaraciones resonaba, lejanamente, aquella declaración del «carácter socialista» de la Revolución Cubana pronunciada por Fidel Castro en abril de 1961, en medio de fusiles y llamados a resistir la agresión imperialista. Venezuela no fue invadida, pero el chavismo extrajo una potente dosis de mística política de su victoria contra el golpe de Estado de 2002, apoyado por la oligarquía local y Estados Unidos, el paro patronal y la huelga en Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 2002-2003, que provocó un fuerte golpe a la economía.

Frente a Chávez no había milicianos sino militantes sociales agrupados en el Foro Social Mundial, una articulación de partidos de izquierda y movimientos sociales movilizada contra la «mundialización del capital» y en favor de un cambio en las relaciones de fuerza a escala global. En este nuevo escenario post-socialismo real, el presidente bolivariano anunció, y enfatizó, que la nueva transición al socialismo debía ocurrir «¡En democracia!». Pero acto seguido aclaró: «Ojo pelao y oído al tambor: ¿en qué tipo de democracia? No es la democracia que míster Superman [por G. W. Bush] quiere imponernos desde Washington, no, esa no es la democracia». Y ahí subyace uno de los problemas neurálgicos del chavismo en sus dos décadas de hegemonía sobre la política venezolana. Si esa «no es» la democracia, ¿con qué tipo de democracia «superar» la democracia liberal? Y, en segundo lugar: además de la democracia, ¿qué diferenciaría a este «socialismo del siglo XXI» de las experiencias del socialismo real y las «democracias populares» del siglo XX en la Unión Soviética, el este de Europa, Asia y Cuba?

Se trataba entonces del momento épico de una «marea rosada» que se estaba completando. Ya estaban en el poder Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, y estaban por llegar Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el enigmático Manuel Zelaya y, dos años más tarde, el más polémico Daniel Ortega. Venezuela parecía ocupar entonces el lugar de una suerte de «núcleo radical» alrededor del cual se iban ubicando regímenes nacional-populares o de izquierda democrática, más moderados y/o más novatos, que daban forma al inédito giro a la izquierda continental.

No obstante, el «socialismo del siglo XXI», que en sus comienzos contenía la promesa de una renovación de la izquierda que permitiera dejar atrás la historia del socialismo real, terminó por mostrar sus límites infranqueables. Lo que aparecía como una locomotora (la Revolución Bolivariana) para jalar a las fuerzas transformadoras latinoamericanas se fue transformando en un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturar el proceso político iniciado con el triunfo electoral de fines de 1998. En ese marco, Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas continentales, cada vez más y mejor aprovechado por la derecha para construir fantasmas de «venezuelización» en cada país donde las fuerzas progresistas tienen posibilidades de triunfo. Como escribió el economista Manuel Sutherland: «En este infausto panorama, Venezuela constituye el mejor ‘argumento’ para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: ‘¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!’. ‘¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!’. Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución».

Frente a esta situación, las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, especialmente la izquierda congregada en el Foro de San Pablo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay, existen visiones cada vez más críticas; en el Partido de los Trabajadores de Brasil, la detención de Lula da Silva y la llegada de la extrema derecha al poder parecen haber provocado un repliegue hacia posiciones más defensivas, lo que incluye la cuestión venezolana. En el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, el discurso es poco permeable a un balance crítico. Y aunque Bolivia estaba lejos de ser Venezuela, Evo Morales compartía algunas visiones no pluralistas del poder que lo llevaron a buscar la reelección una y otra vez, lo que a la postre desencadenó una crisis política y una ola de protestas que a su vez dieron lugar a un golpe de Estado policial-militar y a un giro conservador y un represivo gobierno dirigido por la senadora Jeanine Añez, quien entró en el Palacio con una enorme Biblia entre manos.

Mucho de lo que había hecho de Venezuela un modelo atractivo era profundamente contradictorio desde sus orígenes. El proceso venezolano combinó formas diversas de empoderamiento popular con el liderazgo ultracarismático de Chávez; redistribución de la renta petrolera con mecanismos de saqueo de los recursos estatales por parte de camarillas burocrático-militares que feudalizaron el Estado; democracia comunal «por abajo» con formas pretorianas y autoritarias «por arriba»; imaginación para impulsar proyectos posrentistas con absoluta incapacidad para llevarlos adelante; reforzamiento del rol del Estado con incapacidad de gestión pública. Y, desde la muerte de Chávez en 2013, un declive económico que condujo a una caída del PIB de más de 50% durante la gestión de Nicolás Maduro y una inflación de 130.000% en 2018–según datos oficiales finalmente emitidos tras un largo silencio informativo oficial–.

Las izquierdas latinoamericanas leyeron –y aún leen– Venezuela a partir de los imaginarios del «cerco» construidos en relación con Cuba desde los años 60. De esta forma, el «socialismo petrolero» venezolano –tal como lo denominó el propio Chávez en 2007– es exculpado de manera regular por el retroceso al que está llevando a la sociedad venezolana. Predomina en estas visiones el antiliberalismo fuertemente afincado en las izquierdas regionales y que tiende a minimizar los problemas democráticos, en el marco de lo que en Francia denominan «campismo»: la sobredeterminación de las variables geopolíticas en el análisis de cualquier realidad nacional.

Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipatoria para asumir una dimensión justificatoria –e incluso celebratoria– de diversos regímenes supuestamente enemigos del Imperio (la popularidad de Muamar Kadafi en algunos sectores de las izquierdas continentales es un buen ejemplo de ello). La narrativa sobre el «poder popular» –a menudo abstracta– se vuelve una forma de encubrir los déficits democráticos y, más aún, las (abundantes) violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represivas del Estado. De este modo, el «silencio Cuba», al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un «silencio Venezuela», que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas, desechando los datos empíricos y apelando de manera mecánica a las «agresiones imperiales» como única variable explicativa, tras años de hacerlo del mismo modo con la hoy pasada de moda «guerra económica».

Existen diversas correas de transmisión del discurso oficial venezolano hacia el resto de la región. Además de medios como Telesur, durante años la Revolución Bolivariana, al igual que en su momento la cubana, organiza diversos eventos de solidaridad, que sirvieron para organizar a una masa intelectual disponible para diversos tipos de pronunciamientos «solidarios», más o menos automáticos. Algunos han sido más organizados, e incluso apéndices de las embajadas, y otros menos, pero en general se fue construyendo un discurso sobre Venezuela que congeló la foto del golpe de 2002 y es incapaz de ver las aporías del bolivarianismo y los desplazamientos en la coyuntura política.

Hoy es imposible, por ejemplo, pensar el clivaje que atraviesa el país como un enfrentamiento «transparente» entre la izquierda y la derecha, o el pueblo y la oligarquía. En gran parte de las izquierdas regionales, se subestima la profundidad y la multidimensionalidad de la crisis, así como la degradación –política y moral– de la elite cívico-militar bolivariana. La «gente común» puede ser sacrificada sin problemas en el altar antiimperialista y funcionan eficazmente latiguillos como «la oposición es peor», «el problema son las sanciones estadounidenses», etc. Junto con ello, se minimizan los ataques al Estado de derecho y a la propia institucionalidad nacida de la Constitución bolivariana de 1999: la Asamblea Nacional Constituyente actúa como un poder supraconstitional y sin contrapesos, un poder de facto que no se concentró en redactar una Constitución sino en legitimar cualquier medida del gobierno sin necesidad de enmarcarse en una república constitucional.

Esto no significa, sin duda, que no existan agresiones e injerencias imperiales. Ni que los neocons que rodean a Donald Trump, como Elliot Abrams o John Bolton (quien finalmente terminó distanciado del presidente), no sean peligrosos. Pero precisamente esto ilumina otra cuestión: el discurso antiimperialista latinoamericano tiene como contrapartida un débil interés por estudiar el «Imperio» realmente existente, sus dinámicas políticas, sus (in)consistencias y sus intereses geoestratégicos concretos. Tampoco se trata de negar que en la oposición haya sectores financiados por Estados Unidos, halcones anticomunistas estilo Guerra Fría, antipopulistas racistas y elitistas retrógrados. Ni tampoco apelar al ni-nismo: «ni con Maduro ni con el Imperio». Sino, por el contrario, se trata de pensar la realidad venezolana en una doble clave: antiimperialista y democrática, sin sacrificar ninguno de los términos de la ecuación. La pregunta es sencilla: incluso si Maduro sale airoso de esta última batalla contra el «presidente encargado» Juan Guaidó, ¿qué tipo de futuro se puede esperar para Venezuela? ¿Qué energías vitales tiene la Revolución Bolivariana para encarnar los «nuevos comienzos» que Maduro promete una y otra vez para enfrentar la degradación societal que vive el país? El último nuevo comienzo es la dolarización informal de la economía.

Sin una izquierda más activa y creativa respecto de Venezuela, la iniciativa regional fue quedando, sin contrapesos, en manos de las derechas del continente. En la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana, la secretaria ejecutiva, Mónica Valente, dijo que el vigésimocuarto encuentro de este espacio que reúne a gran parte de las izquierdas de la región «puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín». No se refería específicamente a Venezuela, sino al «giro a la derecha» latinoamericano. Pero si se puede hablar de un Muro de Berlín regional, este se vincula de manera directa a la implosión de la Revolución Bolivariana –precisamente en el primer país que se declaró socialista después de 1989–. Por este solo hecho, el balance de esta experiencia es indispensable para cualquier renovación política y teórica de las izquierdas latinoamericanas.

Esta es una tarea importante, aunque las victorias de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina hayan matizado la idea de un giro a la derecha tout court en la región.

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