elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Socialismo del siglo XXI

Socialismo del siglo XXI: el museo del horror por Tomás Páez – El Nacional – 23 de Marzo 2020

download.jpg

Escuchando y leyendo las palabras orientadoras de los doctores Gustavo Villasmil, Julio Castro y Rafael Orihuela, ex ministro de Salud en el período democrático, en torno a las acciones necesarias para enfrentar la pandemia del coronavirus y sus señalamientos, con datos, de la precariedad del sistema de salud de Venezuela (solo 84 camas UCI), resulta imposible evitar la indignación con la “pandemia del socialismo del siglo XXI”, dos décadas de desidia y despotismo que una de las asociaciones diásporicas, Venezuelan American Alliance, convertirá en museo virtual.

Período en el cual el régimen “administró”, es un decir, la mayor cantidad de ingresos conocidos en la historia de Venezuela. En lugar de utilizarlos para invertir en el sector eléctrico, o para ampliar y mejorar el sistema de salud, estos pasaron de sus manos a sus bolsillos y a cuentas bancarias en paraísos fiscales. Los saqueadores y la pandemia socialista acabaron con todo y dejan un sistema de salud en la indigencia.

Todavía hay quienes se vanaglorian de formar parte de ese equipo de demolición del país, cuyos inicios se sitúan en los dos sangrientos y fallidos golpes de Estado del año 1992. Ayer, como hoy, usaron los recursos de los venezolanos para sus fines personales y políticos. Los aviones, fusiles, tanques y camiones destinados a resguardar la soberanía nacional se utilizaron para imponer por la fuerza su proyecto, el socialismo del siglo XXI, cuya capacidad corrosiva desconoce límites.

Civiles y militares partícipes de esas intentonas, dizque para hacer frente a la corrupción, hoy pagan penas en cárceles o huyen de la justicia. Pienso en el ex capitán y luego tesorero de la nación, preso en Estados Unidos por haber robado los recursos a los hospitales, a la electricidad y a la seguridad de los venezolanos. La anticorrupción era un pretexto para el saqueo.

Ese inmenso latrocinio lo pagan los ciudadanos con desnutrición, escasez de todo, muerte y una migración forzada de más de 6 millones de venezolanos, superior a la de Siria, país en guerra.  Un dicho anónimo lo resume así: “Nadie se va de su hogar a menos que su casa sea la boca un tiburón».

Lo sucedido en Venezuela no puede caer en el olvido y esto me hace pensar en la exposición del campo de concentración de Auschwitz, finalizada recientemente. Ella reúne objetos de quienes fueron encerrados y perdieron la vida en los inhumanos barracones del más grande campo de exterminio. Ha sido concebida para recorrer el mundo en los próximos años como una manera de invitar a la reflexión ética sobre un hecho dramático e inhumano.

También viene a mi memoria la reciente exposición de 36 fotografías, de Juan Pedro Revuelta, de dos campos de exterminio humano, Auschwitz/Birkenau, realizada en el Instituto Sefarad en Madrid. Imágenes del horror: pelos, zapatos que “incorporan el instante mismo de la detención, de la muerte” en palabras de los organizadores. Imágenes elocuentes que convocan a evitar el olvido, la desmemoria de millones de vidas cercenadas.

Mientras estas exposiciones mostraban el horror del holocausto, evocaba con indignación el maridaje del ex presidente de Irán  Mahmud Ahmadineyad, quien negaba la existencia de los campos de exterminio, con el difunto presidente de Venezuela. En idéntica dirección se orientan las palabras de uno de los tres vicepresidentes de España, quien decía: “La maquinaria de exterminio se comportaba como cualquier policía que intentara impedir una manifestación en una cumbre mundial o que detiene emigrantes en cualquier ciudad”, una represión normal, pues.

Recordaba que en 2004 la policía allanó el Colegio Hebraica en Caracas, hecho que se repitió el año 2007. En 2009 el canciller Maduro expulsó al embajador de Israel en Venezuela; ese mismo año hombres armados profanan la sinagoga ubicada en Maripérez. Preocupados y enojados por estas señales de odio, nuestro querido profesor y amigo Heinz Sonntag convocó la reunión, en la casa que vence las sombras, en la cual creamos el Observatorio Hannah Arendt. En el año 2010 el difunto exclamó en un vídeo, con gestos suficientemente expresivos, lo siguiente: “Condeno desde el fondo de mi alma y de mis vísceras al Estado de Israel; ¡maldito seas, Estado de Israel!”, «Israel critica mucho a Hitler, nosotros también, pero ellos han hecho algo parecido, qué sé yo si peor a lo que hacían los nazis».

Palabras y gestos situados en las antípodas de otro presidente, López Contreras, quien dio cobijo a los judíos perseguidos, quienes fueron recibidos por la ciudadanía de Puerto Cabello con las luces de las casas y carros encendidas, en señal de bienvenida. Representaba la fibra humana de los ciudadanos venezolanos.

Se juntaban otras exposiciones en distintos museos y espacios. La exposición del Museo de Arte Moderno de Bogotá (Mambo) de la fotógrafa y forense Teresa Margolles, quien recoge en fotografía y objetos los caminos de la diáspora a través de trochas y piedras del río Táchira en la frontera colombo-venezolana. La exposición fotográfica de Ana María Ferris, No me mires, las imágenes de un secuestro o el fotolibro de Alicia Caldera con figuras de la frontera en la Guajira. Todas ellas muestran el rostro de los problemas y así los humanizan.

Por ello, cuando conocimos el proyecto quedamos maravillados. Una importante y necesaria iniciativa concebida por la diáspora y merecedora de nuestro respaldo. Una forma de luchar contra la desmemoria, para evitar la falsificación o desaparición de la realidad, para darle rostro a la tragedia humanitaria. En una entrevista reciente con Román Lozinski colocaron dos audios del señor Maduro, fingiendo humanidad, mostraba su preocupación por la diáspora cuya existencia negó hace unos pocos meses en las Naciones Unidas.

Los propósitos de este museo y de las exposiciones se nutre de la experiencia museística de otros países: documentar, estudiar, denunciar, difundir, auspiciar proyectos de investigación, mostrar dimensiones desconocidas de la realidad y evitar la desmemoria para impedir el retorno de la barbarie totalitaria. Igualmente, fortalecer la memoria colectiva intersubjetiva, que trasciende los recuerdos. Cuidado con no mirar hacia atrás y olvidar lo ocurrido. Es un medio para reforzar los antídotos con el fin de combatir la pandemia totalitaria. Como la salud, la democracia y las libertades, no se pueden dar por sentado.

Las imágenes fotográficas, las películas, los textos y los documentales le dan rostro a la tragedia humana y a la esperanza. Sirven como mecanismos de reflexión e inclusión social, facilitan la expresión de las emociones y evitan que estas se evaporen como los sueños. Con ellas se inmortaliza lo ocurrido, documentan la historia y son invaluables para la historia. Además, cumplen una función socializadora creando lazos afectivos y emociones, que constituyen el corazón de la política.

La memoria puede resultar muy corta. Lo vemos en quienes hoy, pese a todas las evidencias, enarbolan las banderas del socialismo soviético, cubano o venezolano o del nazismo, responsables de las mayores barbaries y hambrunas de la historia reciente de la humanidad. Por ello hay que insistir con las exposiciones, pues resultan de gran utilidad para estimular la sensibilidad social y una mayor comprensión del otro,  crean espacios para el diálogo y la construcción.

Me preguntaba por los contenidos de este museo. Afortunadamente disponemos de archivos fotográficos, fílmicos, grabaciones de radio y televisión, textos, con informes de lo ocurrido en cada sector, etc. Las fotografías: del horror de la morgue, de las agresiones y asesinatos en las marchas, las de la desnutrición y la escasez, la de los hospitales, ambulatorios, los vacíos módulos de Barrio Adentro, las de los proyectos de hospitales de los que solo hay cemento y cabilla, las cabillas oxidadas y los mojones de cemento de un supuesto tren entre Caracas y Puerto Cabello, figuras de colegios, liceos y universidades, las de la desnutrición y la muerte, las de la diáspora. Las grabaciones hechas a los compatriotas colombianos expulsados en 2015 cuyas casas fueron marcadas como hacían los nazis. Pensaba en las listas del odio, entregadas por orden de no sabemos quién, a Tascón o la otra lista Maisanta, las indignantes escenas del despido del capital humano de Pdvsa, las de la devastación en el Arco Minero, las del cierre de las empresas de Guayana, la de las empresas agrícolas expropiadas y acabadas. En estas exposiciones es preciso incluir a los socios del régimen, quienes ven como niños rollizos a los desnutridos, como una forma de evitar la pandemia global.

Esta ha dejado, además, muchas heridas sociales; su rostro es la precariedad y la miseria, la oscuridad, ha destruido la cultura del trabajo y el mérito y ha reducido a la nada la productividad. Esos espacios del museo deben servir para la reflexión y el diálogo. Denuncian la tragedia humanitaria y reivindican el derecho humano a vivir mejor, en democracia y libertad. Las imágenes, más propias de personas que viven y huyen de un país en guerra, invitan a la solidaridad humana con los venezolanos en el mundo.

 

Los presos políticos en Venezuela – Boletin # 42 Avila/Montserrate – 15 de Marzo 2020

Screen Shot 2020-03-16 at 8.19.44 PM.png

Desde el 21 hasta el 28 de enero, Foro Penal registró 850 arrestos nuevos de los cuales, hasta el día de hoy, 703 siguen privados de libertad.

El acumulado de arrestos por razones políticas realizados por las fuerzas represivas del “Socialismo del siglo XXI” en Venezuela arribó en el mes de marzo de este año, tras 20 años en el poder, a 15 mil 278 detenidos. Una cifra descomunal que incluye los retenidos temporalmente y a quienes llevan años recluidos en los calabozos del régimen.

Sin embargo, el sentido común nos dice que es muy probable que esa cifra se quede corta, porque el sistema ocultamiento de la información, la ausencia del debido proceso en las detenciones y la construcción de fake news  por parte de los aparatos de desinformación del gobierno es tan grande, que resulta imposible calcular con exactitud cuántos venezolanos han sido llevados a la cárcel –y en muchos casos vejados, torturados y maltratados por disentir o protestar contra el régimen militarista.

Por ejemplo, en el informe presentado el 28 de enero por Foro Penal, organización de derechos humanos que realiza un seguimiento impecable del tema, se revela un dramático incremento de la acción represiva que en 2020 ha alcanzado el más alto pico de las últimas dos décadas arribando a la cifra de 976 presos políticos.

De acuerdo a sus estadísticas, hasta el domingo 20 de enero el total de presos políticos registrados era de 273, una cifra que de acuerdo a la organización internacional Prisoners Defended ya convertía a Venezuela en el país con mayor cantidad de presos políticos en todo el continente americano, superando más de tres veces el número de presos políticos en Cuba.

Pero desde el 21 hasta el 28 de enero, Foro Penal registró 850 arrestos nuevos de los cuales, hasta el día de hoy, 703 siguen privados de libertad. Lo que quiere decir que, a pesar del Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la escalada represiva no se detiene sino que crece y se hace directamente proporcional al desprestigio del régimen y a su ya irreversible pérdida de apoyo popular.

Sólo con una gran represión, que por cierto no logra acallar de manera definitiva la protesta, el régimen puede mantenerse en el poder. Por eso es cada vez más feroz y sangriento.

Lo paradójico es el poco peso que esta dramática situación, este descomunal acumulado de sufrimiento humano, humillación, y violación de las libertades democráticas, tiene en la opinión pública y el casi nulo espacio –al menos en Colombia es muy notorio-, que ocupa en los medios informativos internacionales.

Puede ser un reflejo de la poca movilización de protesta que en el interior del país se registra en torno al fenómeno. O del hecho que son tantas las catástrofes, carencias y abusos que se padecen en Venezuela que el crecimiento exponencial del número de presos políticos se va volviendo paisaje: un dato menor de nuestro infortunio.

Que los venezolanos y las democracias occidentales nos acostumbremos al horror, es lo peor que nos puede pasar. La existencia masiva de presos por razones de conciencia resalta el carácter bárbaro y totalitario del régimen chavista. Y a Venezuela la hace menos país, menos pueblo y menos nación.

Un campo de concentración de 912 mil kilómetros cuadrados.

Desde el 21 hasta el 28 de enero, Foro Penal registró 850 arrestos nuevos de los cuales, hasta el día de hoy, 703 siguen privados de libertad.

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela por Pablo Stefanoni – Nueva Sociedad – Febrero 2020

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela

El 30 de enero de 2005, en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, el presidente Hugo Chávez declaraba la necesidad del socialismo. Con su característica camisa roja, el líder venezolano dijo:

«Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo cada día me convenzo más, [entre] capitalismo y socialismo… no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo […al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo […].»

En estas declaraciones resonaba, lejanamente, aquella declaración del «carácter socialista» de la Revolución Cubana pronunciada por Fidel Castro en abril de 1961, en medio de fusiles y llamados a resistir la agresión imperialista. Venezuela no fue invadida, pero el chavismo extrajo una potente dosis de mística política de su victoria contra el golpe de Estado de 2002, apoyado por la oligarquía local y Estados Unidos, el paro patronal y la huelga en Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 2002-2003, que provocó un fuerte golpe a la economía.

Frente a Chávez no había milicianos sino militantes sociales agrupados en el Foro Social Mundial, una articulación de partidos de izquierda y movimientos sociales movilizada contra la «mundialización del capital» y en favor de un cambio en las relaciones de fuerza a escala global. En este nuevo escenario post-socialismo real, el presidente bolivariano anunció, y enfatizó, que la nueva transición al socialismo debía ocurrir «¡En democracia!». Pero acto seguido aclaró: «Ojo pelao y oído al tambor: ¿en qué tipo de democracia? No es la democracia que míster Superman [por G. W. Bush] quiere imponernos desde Washington, no, esa no es la democracia». Y ahí subyace uno de los problemas neurálgicos del chavismo en sus dos décadas de hegemonía sobre la política venezolana. Si esa «no es» la democracia, ¿con qué tipo de democracia «superar» la democracia liberal? Y, en segundo lugar: además de la democracia, ¿qué diferenciaría a este «socialismo del siglo XXI» de las experiencias del socialismo real y las «democracias populares» del siglo XX en la Unión Soviética, el este de Europa, Asia y Cuba?

Se trataba entonces del momento épico de una «marea rosada» que se estaba completando. Ya estaban en el poder Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, y estaban por llegar Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el enigmático Manuel Zelaya y, dos años más tarde, el más polémico Daniel Ortega. Venezuela parecía ocupar entonces el lugar de una suerte de «núcleo radical» alrededor del cual se iban ubicando regímenes nacional-populares o de izquierda democrática, más moderados y/o más novatos, que daban forma al inédito giro a la izquierda continental.

No obstante, el «socialismo del siglo XXI», que en sus comienzos contenía la promesa de una renovación de la izquierda que permitiera dejar atrás la historia del socialismo real, terminó por mostrar sus límites infranqueables. Lo que aparecía como una locomotora (la Revolución Bolivariana) para jalar a las fuerzas transformadoras latinoamericanas se fue transformando en un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturar el proceso político iniciado con el triunfo electoral de fines de 1998. En ese marco, Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas continentales, cada vez más y mejor aprovechado por la derecha para construir fantasmas de «venezuelización» en cada país donde las fuerzas progresistas tienen posibilidades de triunfo. Como escribió el economista Manuel Sutherland: «En este infausto panorama, Venezuela constituye el mejor ‘argumento’ para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: ‘¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!’. ‘¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!’. Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución».

Frente a esta situación, las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, especialmente la izquierda congregada en el Foro de San Pablo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay, existen visiones cada vez más críticas; en el Partido de los Trabajadores de Brasil, la detención de Lula da Silva y la llegada de la extrema derecha al poder parecen haber provocado un repliegue hacia posiciones más defensivas, lo que incluye la cuestión venezolana. En el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, el discurso es poco permeable a un balance crítico. Y aunque Bolivia estaba lejos de ser Venezuela, Evo Morales compartía algunas visiones no pluralistas del poder que lo llevaron a buscar la reelección una y otra vez, lo que a la postre desencadenó una crisis política y una ola de protestas que a su vez dieron lugar a un golpe de Estado policial-militar y a un giro conservador y un represivo gobierno dirigido por la senadora Jeanine Añez, quien entró en el Palacio con una enorme Biblia entre manos.

Mucho de lo que había hecho de Venezuela un modelo atractivo era profundamente contradictorio desde sus orígenes. El proceso venezolano combinó formas diversas de empoderamiento popular con el liderazgo ultracarismático de Chávez; redistribución de la renta petrolera con mecanismos de saqueo de los recursos estatales por parte de camarillas burocrático-militares que feudalizaron el Estado; democracia comunal «por abajo» con formas pretorianas y autoritarias «por arriba»; imaginación para impulsar proyectos posrentistas con absoluta incapacidad para llevarlos adelante; reforzamiento del rol del Estado con incapacidad de gestión pública. Y, desde la muerte de Chávez en 2013, un declive económico que condujo a una caída del PIB de más de 50% durante la gestión de Nicolás Maduro y una inflación de 130.000% en 2018–según datos oficiales finalmente emitidos tras un largo silencio informativo oficial–.

Las izquierdas latinoamericanas leyeron –y aún leen– Venezuela a partir de los imaginarios del «cerco» construidos en relación con Cuba desde los años 60. De esta forma, el «socialismo petrolero» venezolano –tal como lo denominó el propio Chávez en 2007– es exculpado de manera regular por el retroceso al que está llevando a la sociedad venezolana. Predomina en estas visiones el antiliberalismo fuertemente afincado en las izquierdas regionales y que tiende a minimizar los problemas democráticos, en el marco de lo que en Francia denominan «campismo»: la sobredeterminación de las variables geopolíticas en el análisis de cualquier realidad nacional.

Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipatoria para asumir una dimensión justificatoria –e incluso celebratoria– de diversos regímenes supuestamente enemigos del Imperio (la popularidad de Muamar Kadafi en algunos sectores de las izquierdas continentales es un buen ejemplo de ello). La narrativa sobre el «poder popular» –a menudo abstracta– se vuelve una forma de encubrir los déficits democráticos y, más aún, las (abundantes) violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represivas del Estado. De este modo, el «silencio Cuba», al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un «silencio Venezuela», que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas, desechando los datos empíricos y apelando de manera mecánica a las «agresiones imperiales» como única variable explicativa, tras años de hacerlo del mismo modo con la hoy pasada de moda «guerra económica».

Existen diversas correas de transmisión del discurso oficial venezolano hacia el resto de la región. Además de medios como Telesur, durante años la Revolución Bolivariana, al igual que en su momento la cubana, organiza diversos eventos de solidaridad, que sirvieron para organizar a una masa intelectual disponible para diversos tipos de pronunciamientos «solidarios», más o menos automáticos. Algunos han sido más organizados, e incluso apéndices de las embajadas, y otros menos, pero en general se fue construyendo un discurso sobre Venezuela que congeló la foto del golpe de 2002 y es incapaz de ver las aporías del bolivarianismo y los desplazamientos en la coyuntura política.

Hoy es imposible, por ejemplo, pensar el clivaje que atraviesa el país como un enfrentamiento «transparente» entre la izquierda y la derecha, o el pueblo y la oligarquía. En gran parte de las izquierdas regionales, se subestima la profundidad y la multidimensionalidad de la crisis, así como la degradación –política y moral– de la elite cívico-militar bolivariana. La «gente común» puede ser sacrificada sin problemas en el altar antiimperialista y funcionan eficazmente latiguillos como «la oposición es peor», «el problema son las sanciones estadounidenses», etc. Junto con ello, se minimizan los ataques al Estado de derecho y a la propia institucionalidad nacida de la Constitución bolivariana de 1999: la Asamblea Nacional Constituyente actúa como un poder supraconstitional y sin contrapesos, un poder de facto que no se concentró en redactar una Constitución sino en legitimar cualquier medida del gobierno sin necesidad de enmarcarse en una república constitucional.

Esto no significa, sin duda, que no existan agresiones e injerencias imperiales. Ni que los neocons que rodean a Donald Trump, como Elliot Abrams o John Bolton (quien finalmente terminó distanciado del presidente), no sean peligrosos. Pero precisamente esto ilumina otra cuestión: el discurso antiimperialista latinoamericano tiene como contrapartida un débil interés por estudiar el «Imperio» realmente existente, sus dinámicas políticas, sus (in)consistencias y sus intereses geoestratégicos concretos. Tampoco se trata de negar que en la oposición haya sectores financiados por Estados Unidos, halcones anticomunistas estilo Guerra Fría, antipopulistas racistas y elitistas retrógrados. Ni tampoco apelar al ni-nismo: «ni con Maduro ni con el Imperio». Sino, por el contrario, se trata de pensar la realidad venezolana en una doble clave: antiimperialista y democrática, sin sacrificar ninguno de los términos de la ecuación. La pregunta es sencilla: incluso si Maduro sale airoso de esta última batalla contra el «presidente encargado» Juan Guaidó, ¿qué tipo de futuro se puede esperar para Venezuela? ¿Qué energías vitales tiene la Revolución Bolivariana para encarnar los «nuevos comienzos» que Maduro promete una y otra vez para enfrentar la degradación societal que vive el país? El último nuevo comienzo es la dolarización informal de la economía.

Sin una izquierda más activa y creativa respecto de Venezuela, la iniciativa regional fue quedando, sin contrapesos, en manos de las derechas del continente. En la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana, la secretaria ejecutiva, Mónica Valente, dijo que el vigésimocuarto encuentro de este espacio que reúne a gran parte de las izquierdas de la región «puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín». No se refería específicamente a Venezuela, sino al «giro a la derecha» latinoamericano. Pero si se puede hablar de un Muro de Berlín regional, este se vincula de manera directa a la implosión de la Revolución Bolivariana –precisamente en el primer país que se declaró socialista después de 1989–. Por este solo hecho, el balance de esta experiencia es indispensable para cualquier renovación política y teórica de las izquierdas latinoamericanas.

Esta es una tarea importante, aunque las victorias de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina hayan matizado la idea de un giro a la derecha tout court en la región.

El Comandante por Roger Vilain – Blog Polis – 9 de Diciembre 2019

Leo una entrevista a Moisés Naim y pienso: qué cojones. Vargas Llosa tiene razón, digan lo que digan los envidiosos y los ultrosos. Vamos a ver, doy una pasadita por twitter y ahí está, salta como liebre, brinca aquí y allá, satura los rincones de la virtualidad hecha espectáculo, al por mayor, al quién da más. Parece que es verdad, atravesamos la cultura de los flashes, del relumbrón mediático, del jaleo sin peso específico al más puro estilo hard show bussines.

Me refiero a la serie El Comandante, que según el entrevistado no es biografía alguna de Hugo Chávez sino exactamente lo contrario, una obra para la televisión inspirada en cierto libro de su autoría, cargado hasta el cuello de ficción. Despacho la entrevista y quedo satisfecho. Las ideas de Naim siempre me han parecido ejemplos de conexión con el cerebro, con el mundo que nos toca transitar para bien o para mal, duro, complicado, universo rosadito a veces e hijo de la gran puta casi siempre. Entonces me digo: hay que ver. Una serie de sesenta capítulos dedicados nada menos que a Chávez. Supongo que el hombre es garantía de éxito, que su popularidad, sustentada en el histrión que encarnó, es más que un  buen aval si se trata de vender. La Sony no tiene un pelo de tonta. ¿Qué hizo, después de todo, Hugo Chávez en su vida sino vender y vender? Se vendió a sí mismo y la pegó, vendió un proyecto delirante y tuvo fortuna, y vendió un país a los demonios de la sinrazón con idéntica buena suerte.
Entonces paso la vista a mi álbum particular de personajes latinoamericanos con lustre e impronta indiscutible. Aparece Óscar Arias, irrumpe Fernando Cardoso, imagino a Rómulo Betancourt, vislumbro a Carlos Rangel, pienso en Ricardo Lagos, en fin. Revuelvo imágenes en sepia de individuos que metieron sus narices con respetabilidad en la política y nada, que alguno de ellos protagonizara tamaña serie es algo que únicamente puede ocurrírsele a un desquiciado. O sea a mí. Bancarrota por donde lo mires. Al lado del Che y Fidel Castro, acota Naim, “Chávez es el líder político de mayor fama mundial en estas latitudes”. Por eso la peliculita y por eso andamos como andamos, concluyo aún con la entrevista en las manos. Un sesudo Rangel, un pausado Lagos, un estadista como Arias, embutidos en esas aburridas formas que echan mano de la legalidad, del diálogo, de la tolerancia, untados por el ritmo lento que exige el actuar y el hacer desde las exigencias democráticas, ¿qué pueden buscar frente al vértigo castrista o el ventarrón mitómano, embrujador, hilarante, del caudillo venezolano? Un pepino. Nada entre la nada.
 Que Sony Entertainment Television haga su agosto llevando a la pantalla chica lo que le venga en gana, vale. Pero que la peste política, es decir, dictadores eternos o aprendices de tales gocen de los favores del público, que se embolsillen el raiting cuyo punto de fuga es la alfombra roja de Hollywood, indica una condición que ve tú a saber cuándo pasará a la historia. Vargas Llosa y su civilización del espectáculo, no te quepa la más mínima duda. Cala mucho más el estruendo descocado de un Chávez que se jura pieza clave de la historia, con sus disparates y megalomanía a cuestas, que el aire sosegado de demócratas refractarios a estruendos de la lengua y terremotos tras sus pasos, pongo por caso.
Con razón el Socialismo del Siglo XXI, ensalada con la vinagreta más amarga de estos tiempos, tuvo tan espectacular acogida. Los exquisitos paladares de aquella rocambolesca fanaticada premiaron con creces el experimento de un recetario a punto de caramelo, o sea, listo para la intoxicación generalizada, a reventar. La civilización del espectáculo, dime tú si no, haciendo de las suyas por donde eches el ojo. Digerir un plato semejante fue darse de bruces con el macabro resultado de sus invectivas. Pero lo importante aquí ha sido y es el tintineo de copas, el relumbrón fulgurante, la atracción fatal que un encantador de serpientes ejerce en función de la histeria, del hígado y las gónadas. Ese eufemismo que dieron en llamar carisma.
Sostiene Naim que la serie está bien hecha, mejor actuada, magistralmente escrita. Y no lo dudo. Pero de Chávez Venezuela tiene suficiente. Lo que soy yo, paso la página.
Enhorabuena la democracia otra vez, más temprano que tarde, amén.

La devastación del Amazonas en nombre del “socialismo” por  Edgar Cherubini – El Nacional – 23 de Noviembre 2019

Los gobiernos “socialistas del siglo XXI” y sus falsos “presidentes de los pobres” se han caracterizado por entregar a oscuros intereses los recursos naturales y minerales de la Amazonia, llegando a ceder la soberanía sobre esos territorios a cambio de jugosos negocios en un “se vale todo” corrupto y voraz, permitiendo la extracción indiscriminada de minerales y la tala de sus bosques, causando la progresiva desaparición del pulmón que le brinda oxígeno al planeta y la extinción de culturas indígenas milenarias que allí habitan.

El Amazonas venezolano, territorio de 184.000 Km2, forma parte del ecosistema verde del planeta y constituye una de las más prodigiosas reservas de recursos naturales del mundo. Pese a su importancia vital, el régimen chavista ha permitido la explotación de minerales estratégicos, la penetración de la narcoguerrilla colombiana y toda suerte de negocios de extracción de minerales, manejados por militares y mafias del crimen organizado, incrementándose a raíz de la desafectación y la liquidación del sistema de parques nacionales, reservas forestales y de la biosfera de ese territorio, cedidas al negocio multimillonario de actividades mineras, petroleras, forestales y “otros desarrollos”, establecidos en el decreto del  Arco Minero del Orinoco, que ha colocado en situación de riesgo ecológico y humano dicha región. Los proyectos extractivos promovidos por Chávez y continuados por Maduro, que arrasan indiscriminadamente la selva y utilizan mercurio en el proceso de extracción del oro, perjudicando los suelos y envenenando los ríos, se encuentran en territorios indígenas, donde estos son utilizados como guías, esclavizados en las minas, hostigados y asesinados, lo que implica la progresiva desaparición de esas etnias.

Los guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional y de las FARC controlan la explotación de los recursos minerales del suelo venezolano, específicamente el oro, el diamante y el coltán. Según el diario El Tiempo (Valentina Lares Martiz, Amazonas, el Estado venezolano donde manda el ELN, 13.11.2018 ), “Se trata de la reinvención de estos grupos a la sombra de la “revolución bolivariana”, que en tiempos de Hugo Chávez tuvieron luz verde para entrar y descansar en Venezuela, pero bajo el régimen de Nicolás Maduro tienen un “trabajo” formal en las minas: organizar a los mineros para explotar el recurso, luego transportarlo y entregarlo al gobierno venezolano (…) Estas actividades de explotación y entrega de oro y coltán solían estar a cargo de los ‘pranes’ (criminales o ex convictos pertenecientes al crimen organizado que controlan a sangre y fuego la explotación de los recursos), pero poco a poco las FARC y guerrilleros del ELN que han entrado a Venezuela han ido asumiendo estos roles”.

La Amazonia brasileña del “hermano Lula”

Durante el gobierno del “socialista” Lula (2003-2010), paladín del Foro de Sao Paulo, se deforestaron 110.852 Km2 de la selva amazónica, concedidos a las corporaciones madereras, petroleras, mineras y de biocombustibles, sin importarle la destrucción de la mayor reserva de la biosfera del mundo, la desaparición de miles de especies animales y de plantas, así como las repetidas masacres en pueblos indígenas. Según informes de Green Peace, el gobierno brasileño, presidido por Lula, financió y participó como accionista de las grandes industrias y corporaciones locales y transnacionales que operan en la Amazonia, convirtiéndose en el principal impulsor de la más grande deforestación del planeta en lo que va de siglo. Además, las leyes presentadas por sus asesores ante el Congreso brasileño conceden derechos de propiedad a esas corporaciones, ocupantes ilegales de millares de hectáreas y así duplicar la porción de selva que podía ser deforestada “legalmente”. Las organizaciones Trident Ploughshares, la Fundación Right Livelihood Award y la Fundación para la Defensa del Ambiente denunciaron que durante el gobierno de Lula, Brasil fue el país que registró la mayor cantidad de asesinatos de líderes ambientales e indígenas: 365 víctimas de los sicarios de empresas ganaderas, agrícolas, mineras y madereras. Los negocios y ganancias que producen el desastre ecológico no se detienen. Entre 2017 y 2018 se talaron cerca de 7.900 km2 de bosque en la Amazonia brasileña, según Greenpeace Brasil, aproximadamente 1.185 millones de árboles desaparecieron y con ellos miles de especies de flora y fauna.

Los mineros utilizan mercurio para extraer oro, envenenando los ríos

Evo, el falso indígena

En Bolivia se recuerda a Evo Morales como el “falso indígena” cuando en 2011 ordenó reprimir salvajemente una marcha de indígenas que protestaban la ocupación de sus tierras en el Parque Nacional Tipnis, reserva en la cuenca amazónica boliviana, donde viven 14.000 habitantes ancestrales de ese territorio. Desde entonces, Morales trató de imponer el proyecto de una carretera, planificada, financiada y construida por su vecino Brasil, con el objetivo de conseguir una salida al océano Pacífico para exportar al Asia los productos de las mega corporaciones madereras y de soja que están devastando la Amazonia brasileña. A la sombra de este proyecto también se encontraban los productores de coca, a quienes se les facilitaría esta vía de comunicación dentro de la reserva. Recordemos que desde 1996, Evo Morales preside el Comité de Coordinación de las seis federaciones de productores de coca de Bolivia.

Sobre los recientes incendios forestales en Bolivia, que han devastado más de un millón de hectáreas con toda la flora y fauna que la integran, causando el desplazamiento de miles de indígenas y campesinos, Carlos Sánchez Berzaín, director del Interamerican Institute for Democracy, afirma que este ecocidio fue provocado y ejecutado «legalmente» por Evo Morales, quien desde hace 30 años promueve y defiende con violencia y muerte la implantación y expansión de cultivos ilegales de coca como materia prima de la cocaína y del narcotráfico regional.

Expresa Sánchez Bersaín: “La zona del Trópico de Cochabamba fue convertida en cocalera por medio de quemas, talas y ‘desmontes’ de bosques tropicales. Los cultivos de coca ilegal que eran de 3.000 hectáreas en el año 2003, hoy son más de 80.000 hectáreas, porque Morales, el jefe vitalicio de las federaciones de cocaleros que producen cocaína, es el jefe del Estado Plurinacional de Bolivia.

La ampliación de cultivos de coca ilegal ha llevado a Evo Morales a invadir y destrozar el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Secure, que es un área protegida de Bolivia, declarada Parque Nacional en 1965 y Territorio Indígena en 1990, de una extensión de l.236.296 hectáreas en territorio de los departamentos de Cochabamba y Beni.

Patrulla del ELN

El ecocidio está probado por acciones concretas de Evo Morales y su régimen, entre otras, el 25 de agosto de 2017 el vicepresidente de Morales repudia la protección del ecosistema afirmando que «las áreas protegidas fueron elaboradas por los gringos para guardarse nuestros recursos naturales para el día que se hagan cargo del país».  El 10 de julio de 2019 Evo Morales por decreto supremo 3973 ordena que «en los departamentos de Santa Cruz y Beni se autoriza el desmonte para actividades agropecuarias en tierras privadas y comunitarias. En ambos departamentos se permite las quemas controladas». El 16 de julio de 2019 el viceministro de Sustancias Controladas, en su informe oficial, admitió que “hay tala y quema de árboles para ampliar el cultivo ilegal de coca en la reserva del Tipnis».

La Fundación Amigos de la Naturaleza (fan-bo.org) informa que «entre los años 2005 y el 2018 se ha detectado más de 7,1 millones de hectáreas de bosque quemado en Bolivia. 71% en Santa Cruz, 21% en el Beni. En 2018 las áreas quemadas en el Beni sumaron 1,8 millones de hectáreas». Esto demuestra, además, que en sus 14 años de detentar el poder, Evo Morales y su dictadura castrochavista hicieron del ecocidio una acción reiterada para su beneficio”.

Me pregunto: ¿qué piensan los antropólogos de izquierda, que hacen activismo político dentro de las universidades latinoamericanas, norteamericanas y europeas, de esta dramática realidad que viven los indígenas de Amazonas y del ecocidio provocado por sus camaradas Chávez, Maduro, Evo y Lula? La supuesta utopía que anunciaron los ideólogos del Foro de Sao Paulo en 1990, la nueva Internacional Comunista dirigida desde Cuba, cuando decidieron fomentar movimientos políticos étnicos por los derechos de los indígenas o “pueblos originarios”, reclutando a estos “idiotas útiles” para sus fines, no se trataba de otra cosa que la de sistematizar el saqueo de esos territorios para beneficio de las mafias corruptas de Brasil, Bolivia y Venezuela.

Niña yanomami

La Amazonia, en su totalidad con una superficie de 5.5 millones de Km2, es considerado el pulmón verde del planeta y constituye una de las más prodigiosas reservas de recursos naturales del mundo. Sus bosques pluviales tienen una antigüedad de 75 millones de años y junto con otros idénticos ecosistemas a lo largo del verde cinturón ecuatorial del globo terráqueo, interactúa con las zonas polares manteniendo el equilibrio climático al producir nubes, lluvias, agua y oxígeno para hacer posible la vida en nuestro planeta. Allí habitan culturas indígenas ancestrales que viven en perfecto equilibrio con el ambiente. Se debería promover la creación de una corte penal internacional, un Núremberg ecológico, para enjuiciar y condenar a los criminales que destruyen su ecosistema.

 

 

 

Venezuela 2030 por Asdrúbal Aguiar – El Nacional – 18 de Noviembre 2019

download
El título de esta columna identifica el encuentro que sostuvimos con los estudiantes de SciencesPo, en París, auspiciado por Plan País, el originario, nacido en Estados Unidos hace una década. Les manifiesto que los venezolanos hicimos entrada al siglo XIX en 1830 y al siglo XX, pasadas sus primeras 3 décadas. Y que en 1989, casualmente, se cierra el ciclo de nuestra república democrática formal inaugurada 30 años antes, en 1959; construida en los 30 años previos, a partir de 1928, por su generación universitaria.

En 1989, mientras cae el Muro de Berlín, todos celebramos la muerte de las ideologías y la victoria del capitalismo liberal. No nos ocupamos, empero, de los síntomas más gravosos y desafiantes que acompañan a dicha caída. Emerge entre nosotros la logia bolivariana, que fractura nuestra identidad histórica alrededor de los cuarteles y después en los partidos. Y en Alemania, distante de La Habana, toma cuerpo, paralelamente, otra logia, la de los verdes ecologistas, feministas, defensores de las minorías sexuales, que renuncian a la corbata y acuden al Parlamento con pantalones vaqueros y zapatos deportivos.

Mientras en Venezuela ocurre el Caracazo y la violencia se traga a un millar de compatriotas, en la Plaza de Tiananmén es masacrado otro millar. Y ambas manifestaciones se hacen de narrativas unitarias: Aquella, la de la lucha contra la corrupción; esta, por las libertades.

Pues bien, 30 años después, en 2019, el fundamentalismo de las localidades humanas sobrevenidas se hace violencia en Hong Kong, en Barcelona, en Santiago de Chile, en Ecuador, pero es colcha de retazos, unida solo por la indignación, por cualquier cosa.

¿A qué viene todo esto?

En 1989, agotada la república civil, Carlos Andrés Pérez entiende que, dada la gran ruptura en marcha, ha lugar el Gran Viraje. Rafael Caldera se empeña en pegar el rompecabezas social. Y Hugo Chávez opta, como solución, por devolvernos hasta el génesis republicano. Todos entienden, no obstante, que algo ha pasado y rompe los cánones.

Pasados 30 años, los venezolanos aún no reparamos sobre esta compleja cuestión de fondo. Sus consecuencias se las atribuimos a la antipolítica, a una malhadada conjura de las izquierdas, que las hay, o a un fallo de las políticas.

Hasta el cierre de este ciclo treintañero, en 2019, lo cierto es que Venezuela ha sido objeto de todas las terapéuticas posibles. Ninguna logra repararla.

Se apuesta a la resurrección del cesarismo, en 1999. En 2002 se apela a la Fuerza Armada. En 2004 se acude a las urnas referendarias. Diez años más tarde se ejercita la Salida, con sus consecuencias de muertos y encarcelados. Antes, en 2005, después, en 2018, se renuncia al voto. Apelamos a la comunidad internacional, a Carter, a Gaviria, a Zapatero, a Samper y nada. El desafío de los escuderos de calle es legendario, superior al boliviano.

Se copian los modelos de concertación a la chilena –con la Coordinadora Democrática, la Mesa de la Unidad, el Frente Amplio– y se regresa a las urnas. Gana la mayoría parlamentaria en 2015 la oposición, y ahora busca convencerse, en otra jornada electoral, de que sí es mayoría. Se copia, para unir partes, el mantra “cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”. Es la estrategia textual que la OEA le fija a Nicaragua en 1979, hace 40 años.

Hoy, eso sí, somos “virtualidad”, en Miraflores y en la Asamblea. Y he aquí la clave, la que desvela el asunto que pasamos por alto en 1989, a saber, el ingreso del mundo a la Era de la Inteligencia Artificial, destructora de espacios y geografías políticas. A la ciudadanía fronteriza la sustituye la ciudadanía de redes, el valor del tiempo y su vértigo, la imaginación o realidad virtual, la de las verdades relativas.

A la democracia formal se le sobrepone la de usa y tire, la de descarte. A la sociedad de la confianza le sobreviene la de la desconfianza total. A la sociedad de masas con cultura que armoniza se le cambia por la individualización colectiva de los ánimos, que hace de las intimidades y el enojo un hecho público, mientras se rechazan las ideas abstractas de bien común o interés general.

Quienes con empeño y sacrificio trabajan para aliviarnos de penalidades, desde adentro y desde afuera, o se miran en el Homo sapiens y viven atados a la racionalidad normativa de la política y la democracia, o prefieren comportarse como el Homo videns sartoriano: hijos de la televisión, atrapados por el impacto de las imágenes, y apenas mascullan.

Esta vez domina el Homo Twitter cansiniano, que combina a los dos mundos anteriores con 140 caracteres y el Instagram. Sufre de narcisismo digital, de entropía, y construye realidades a cuotas a partir de sus sensaciones, de sus emociones inmediatas. Esa es su naturaleza. Vino para quedarse, enfrentado a los poderes declinantes.

En este un cosmos inédito donde se brega con neologismos: posdemocracia, posverdad, posliberalismo, pospolitica, posmodernidad. El contacto es instantáneo con las audiencias y segmentado, sin partidos ni Parlamentos. Se hace la guerra, pero con narrativas apropiadas a la Era de la Inteligencia Artificial, sin ejércitos ni tribunales ideológicos.

Lo revelador, a todas estas, es que el socialismo del siglo XXI, perspicaz, al ponderar su experiencia de 30 años, en 2019 cambia de vestido y se hace progresista, para seguir simulando. Entretanto, los demás miramos al retrovisor de la democracia formal, y aquel se hace de una Tecnología de Eliminación, un TEC a la manera del sistema Uber o el de Amazon. No le interesa competir, como a estos no les interesa hacerlo con taxistas o retails, sino acabarlos.

La enseñanza no se hace esperar.

Perderemos el tren de la historia si no somos capaces de crear una Tecnología de la Libertad (TDL), y un soporte teórico que la apoye con narrativas distintas, más propias del siglo en avance. Se trata de instituir, antes que maquillar instituciones o políticas públicas. Chile anuncia ser el próximo laboratorio constitucional, luego de la tragedia venezolana.

Los muertos del Socialismo del Siglo XXI por Enrique Viloria Vera – Noticiero Digital – 31 de Octubre 2019

A Juan Pablo Pernalete,
alumno de nuestra Universidad Metropolitana de Caracas,
prometedor deportista,
baleado impunemente el 26 de abril de 2017,
cuando participaba en una marcha antigubernamental

El desalmado Imperio tiene su american way of death; la Venezuela socialista del siglo XXI no es menos; en dos cruentas e indolentes décadas acumula una cantidad de muertos que compiten y superan las bajas de cualquier batalla contemporánea. En efecto, para la Historia Universal de la Ignominia, el régimen sanguinario ya cuenta con su propia caracterización de sus muertos, a saber:

• Los ajusticiados: Son el resultado de las razias que ejecutan en las zonas populares las fuerzas policiales especiales del gobierno, prestas a exterminar sin mucho miramiento a todo quisque, culpable o inocente.

• Los asomados: Por curiosos y entrépitos reciben un balazo caliente o frío al asomarse a contemplar la plomazón.

• Los colaterales: Inocentes ciudadanos que se ven atrapados en la línea de fuego entre bandos o bandas, e ignorantes fallecen por la acción de una bala ajena.

• Los suicidados: No soportaron las torturas que los irreprochables organismos de inteligencia bolivariana infringen a los detenidos por razones políticas, misteriosamente no se auto suicidan sino son suicidados por sus torturadores.

• Los bien mataos: Categoría muy especial de las matanzas socialistas del siglo XXI, incluye a los escuálidos, apátridas, pelucones, pitiyanquis, cachorros del Imperio, que son tiroteados – sobre todo los estudiantes -, por miembros de los colectivos bolivarianos en las marchas de protesta contra el gobierno revolucionario, Son el producto de una decretada guerra muerte: Escuálidos y opositores contad con la muerte aún siendo indiferentes. Integrantes de los colectivos bolivarianos contad con la vida y la impunidad aún siendo culpables.

• Los descuartizados: Técnica importada que ahora reexportamos… se despedaza el cadáver y sus miembros se esparcen en diversos sitios para desconcertar a los técnicos forenses.

• Los ruleteados: Enfermos o tiroteados que van de hospital en hospital en hospital, sin lograr que los atiendan, fallecen injustificadamente en brazos de sus desolados familiares.

• Los abandonados: Vista la dramática situación de la sanidad pública, son desahuciados de antemano por el gobierno, debido a la falta de insumos médicos, medicamentos y equipos.

• Los sicariados; Otra forma importada que también reexportamos: por un acordado precio reciben varios balazos donde quiera que estén y sin importar con quien están.

• Los mártires: Usualmente son altos personeros de la cúpula revolucionaria, como el diputado de la lista, los gobernadores ahogados o baleados y luego quemados, la dirigente de apellido etílico, el fiscal público no muy querido, el dirigente revolucionario que gustaba de orgias y francachelas, y por supuesto el Mártir rojo – rojito mayor que tiene su muy bien mantenido cuartel en la montaña.

• Los pranes: Cercanos a la ministra penitenciaria y gran apoyo del régimen delincuencial, son quebraos en sus muy cómodos aposentos de las inhumanas cárceles socialistas, donde paradójicamente se dignifica a los privados de libertad, porque – en la Venezuela socialista del siglo XXI-, no hay presos de ningún tipo, menos políticos.

El desvergonzado régimen tiene previsto editar un lujoso libro que será traducido al chino, al coreano del Norte, al ruso, al quechua y al aymará, y, por supuesto, al turco, al inglés no, muy a su pesar debe ser escrito en imperialista español. Estudiosos e investigadores de esta desmesurada violencia – como mi fraterno amigo Roberto Briceño –León están a la espera de un ejemplar, que se inscribirá en los anales de la serie, Aunque Usted no lo crea.

Oremos

Hacia ti, Señor, levantamos nuestros ojos; contempla, Señor nuestra tristeza, fortalece nuestra fe y concede a nuestros hermanos difuntos el descanso eterno.

Amén

Las cosas no les están saliendo – Analítica – 30 de Octubre 2019

Más allá del estrambótico discurso con el que pretenden hacer creer que se avecina una nueva ola en América Latina que vendría a reivindicar al socialismo del siglo XXI, observamos que lo que se estaría perfilando, como se demostró en las elecciones municipales colombianas, es un desplazamiento más bien hacia el centro.

En el caso de Ecuador, falló el intento de defenestrar a Lenín Moreno e incluso en Chile, el vandalismo orquestado no va a arrimar la brasa hacia las sardinas castro-maduristas.

El caso de Argentina, en el que se esperaba el retorno del kirchnerismo con una anunciada y presuntamente apabullante victoria de Fernández, por más de 20 puntos sobre Macri, resulta que solo fueron 7 puntos, lo que lo convierte a Macri en una poderosa fuerza en el Congreso, dejando poco margen de maniobra al nuevo Presidente. Y qué decir de la segunda vuelta en Uruguay, que puede incluso llevar a una derrota del frente amplio.

No nos dejemos llevar por las ilusiones retóricas de los dirigentes del régimen usurpador y veamos con calma y cordura la evolución de los gobiernos de nuestra región, que ciertamente no van en la dirección del llamado socialismo del siglo XXI .

El socialismo del siglo XXI era un “grupo de pandilleros y mafiosos”- abc color – 28 de Septiembre 2019

El socialismo del siglo XXI “no existió jamás. Todo lo contrario, (eran) un grupo de pandilleros, de mafiosos que se encargaron de corromper y ser corrompidos”, afirmó el mandatario de Ecuador, Lenin Moreno.

El presidente ecuatoriano Lenin Moreno descartó su reelección en las próximas presidenciales de su  país.
El presidente ecuatoriano Lenin Moreno descartó su reelección en las próximas presidenciales de su país.EFE
NUEVA YORK (EFE). El presidente de Ecuador, Lenín Moreno, satisfecho por protagonizar un giro político respecto a su antecesor, Rafael Correa, con el que dice haber evitado que su país siga “el camino de Venezuela”.

En la Asamblea General anual de la ONU uno de los focos ha sido precisamente la crisis venezolana, un escenario que para Moreno podría haberse reproducido en su país si se hubieran mantenido los postulados de su predecesor, con quien el actual gobernante protagonizó un sonado cisma y hoy salpicado por acusaciones de corrupción en un caso relacionado con la empresa brasileña Odebrecht.

“Ecuador supo salir sin traumas duros (…) y ahora camina a pasos ciertos”, subrayó Moreno, que fue vicepresidente de Correa.

Citó como ejemplo del retorno al “buen camino” la confianza de los organismos multilaterales, con ofrecimientos de crédito por más de US$ 10.000 millones para desarrollo.

Ni olvido, ni perdón

Uno de los principales retos actuales de Ecuador es precisamente gestionar la inédita avalancha de migrantes venezolanos, de los que ya ha recibido casi medio millón en una diáspora que el presidente Moreno calificó de “desesperada y desesperante”, como “muertos vivientes mirando un horizonte sin ningún tipo de rumbo”.

“Por eso creo que definitivamente ese señor debe separarse del poder y pagar por sus crímenes, que no haya un perdón y olvido. Dejar de extorsionar a la gente, dejar de robarle al pueblo de Venezuela, dejar de maltratar, violentar y asesinar a tanta y tanta gente”, espetó el líder ecuatoriano en referencia al dictador Nicolás Maduro.

El de Ecuador es uno de los más de cincuenta gobiernos que reconocen como presidente interino al líder de la Asamblea venezolana, el opositor Juan Guaidó.

Más allá de la crisis política, Moreno se mostró preocupado por las implicaciones de recibir a la diáspora venezolana.

“La situación no es fácil. Sin duda alguna han venido a cambiar las circunstancias sociales, económicas y en algo políticas del país. Pero es más importante la solidaridad que nosotros debemos dar”, sostuvo.

En materia de Exteriores, y pese a la sintonía de su Gobierno con EE.UU. en los últimos tiempos, Moreno se declaró partidario inequívoco del multilateralismo, de “poder conversar y dialogar”, frente a los postulados nacionalistas del inquilino de la Casa Blanca, Donald Trump.

Además, avanzó que para principios del 2020 espera que su país sea miembro pleno de la Alianza del Pacífico, integrado por Chile, Perú, Colombia y México.

La agenda social: el mito del carácter social del régimen por Tomás Páez – El Nacional – 3 de Septiembre 2019

1523540979038
Releía las entrevistas, las historias de vida durante la actualización de los datos para la próxima edición de La Voz y el Observatorio de la Diáspora Venezolana y en medio del proceso el señor Maduro declara: “Lo que hacemos en Venezuela es atender a los más humildes, llevar salud gratuita, tenemos un sistema de protección social y de salud profundamente humano, incluyente y científico». La tozuda realidad desmiente esa desatinada afirmación.

Aunque se disfrazan de Robin Hood, son el Príncipe y el Sheriff quienes utilizaban su ejército para saquear los recursos de los venezolanos, que padecen la mayor tragedia humanitaria conocida en Latinoamérica. Por eso, las declaraciones de sus compinches en el mundo son cínicas y amargas. Decía hace poco el señor Errejón: “La gente en Venezuela hace tres comidas al día”, y remataba con estas palabras “El proceso político en Venezuela ha conseguido inmensos avances en una transformación de sentido socialista, inequívocamente democrática, donde se respetan los derechos y libertades de la oposición, que dicen todos los días por casi todas las televisiones que viven una dictadura”. Le recomendamos la lectura del informe del BCV y el de Bachelet.

Como hechos son amores y no buenas razones, la realidad se ha encargado de despachurrar el mito del carácter social del régimen. Primero, el informe oficial de su Banco Central de Venezuela, cuyo título podría ser el de la canción “Todo se derrumbó”. También lo aplasta el estudio de la nutrición realizado por Cáritas y lo liquida el demoledor Informe Bachelet de hace unas pocas semanas, un completo K.O., que dejó al régimen fuera de combate.

La interacción humana, bajo este modelo, se transforma en un “sálvese quien pueda”, en la que el “otro” es un enemigo potencial. La desconfianza, así instalada, imposibilita la cooperación. Asimismo, desaparece la cultura del trabajo, la productividad, la innovación, el desarrollo tecnológico y el emprendimiento. La educación adquiere la forma de adoctrinamiento y pierde su capacidad de producir conocimiento. El encono del régimen con la educación se manifiesta en la reciente decisión, intervención disfrazada de legalidad, que acaba con la autonomía universitaria: ella muestra que el resentimiento de algunos es más fuerte que el odio.

Se jactaban de haberle otorgado rango constitucional a la seguridad social. En este terreno desconocieron los cambios y avances logrados y se opusieron, de manera rotunda, a la participación del sector privado en este terreno. Pronto violaron su “preciado logro”, su “trofeo social”, y convirtieron en letra muerta el mandato constitucional. El sistema de seguridad social requería muchos recursos; lamentablemente, ya habían sido destinados a su seguridad personal: apartamentos, cuentas bancarias, líneas aéreas.

Vendían como propio el escapulario ajeno. Se presentaban como quienes establecieron la educación gratuita y obligatoria, cuando en realidad esta comenzó en 1870. Durante el período democrático, la educación impulsó tanto la cobertura como la calidad. Sin esta última se ensancha la desigualdad. La Ley de Educación de este régimen excluyó la calidad; es la gran ausente entre las varias decenas de criterios contemplados en el preámbulo.

Han convertido al transporte en un medio inhumano de movilización. El Metro, obra de la democracia, hoy se encuentra sumido en precariedad e indigencia. Áreas como la recreación, la cultura y el ocio, el esparcimiento social, no existen o languidecen. El saqueo generalizado pesa, y mucho, en la explicación de la tragedia humana creada por este régimen. El socialismo venezolano o comunismo, como decía el mentor del modelo, el dictador más sanguinario de la región, F. Castro, son la misma cosa.

El carácter social del régimen existe solo en las palabras. La cruda realidad es otra; una inmensa tragedia humanitaria, prólogo de una gran hambruna. Corresponde a los demócratas hacer frente, a cortísimo plazo, a esta crisis social de proporciones mayúsculas y, a corto plazo, mejorar, de manera acelerada, la calidad de vida de los venezolanos. Dejar atrás la palabrería hueca del régimen y desplegar una agenda que incluya el desarrollo de la ciencia y el conocimiento, la innovación y el desarrollo tecnológico, la educación, la salud, el ambiente, el transporte, la seguridad personal y jurídica, la vivienda, la reconfiguración cultural, la superación de la desconfianza y el temor, el emprendimiento y el proceso de democratización. Será necesario establecer las acciones y los lapsos, asumiendo las limitaciones de la planificación y la necesidad de ajustes continuos, pues el futuro siempre es incertidumbre.

Es preciso recuperar la centralidad del tema social de la política, actividad social por excelencia, capaz, por tanto, de aprovechar la diversidad, los conflictos relacionados con el desacuerdo y la cooperación necesarios para construir consensos. Lo aconseja lo ocurrido en otras transiciones, como la de los países socialistas o el resultado de las elecciones argentinas. Es importante evitar las nostalgias que matan. El cambio y la transición, insistimos en ello, es una relación compleja entre las dimensiones política, social, económica, institucional y cultural. En nuestro caso, contra el cambio y la transición hacia la democracia conspira el Estado centralizado, la urdimbre legal, la destrucción de las redes, de las instituciones y la ausencia de un sistema de protección social.

Las transiciones exitosas han logrado articular la protección social con la libertad económica. El régimen, en el terreno social, no solo deja un desierto minado, se propuso reconfigurar al venezolano, cambiar su identidad, su comportamiento y actitudes, el escudo y el rostro de Bolívar, también intentó cambiar la historia y hasta la forma de concebir a la sociedad venezolana. Desmoronó a los partidos políticos, instrumentos clave de la democracia, y a los mecanismos creadores de riqueza, la empresa y el mercado. Aislaron al país, rompieron con los países históricamente amigos y los sustituyeron con sus nuevos socios. De esa práctica demoledora no escapó la Iglesia.

Los 40 años de democracia echaron raíces en la sociedad venezolana y, aunque débiles, crearon asociaciones civiles, partidos políticos, instituciones, y amplias trincheras democráticas resistentes a los embates desesperados y agónicos de los enemigos de la libertad. La participación de la sociedad será decisiva en la reconstrucción; ello ocurrirá cuando los cambios propuestos generen la confianza suficiente para que se integre activamente al proceso de consolidación democrática.

La implicación social fortalece la democracia, favorece la desconcentración del poder, facilita la integración de las instituciones a la cultura democrática y ello ayuda al éxito de la transición y a la recuperación de las libertades. De entre ellas, la libertad de expresión, fundamental para poder controlar el ejercicio del poder y exigir la rendición de cuentas. La participación social y política permite airear los potenciales conflictos entre la agenda de reformas económicas, sociales y políticas. La liberalización económica es necesario acompañarla de la construcción de un Estado democrático y retomar, por ejemplo, el proceso de descentralización interrumpido por este régimen.

El ámbito social, en completa orfandad y carente de recursos, obliga a activar “la unidad de cuidados intensivos” para atender la agobiante tragedia humanitaria y poder regresar a la calidad de vida, al sendero de la modernidad y la decencia desde el cual poder ejercer la política. Como dice Savater, “políticos somos todos”. La mayoría depauperada, con muchas expectativas de bienestar insatisfechas, necesita respuestas urgentes, una profunda inclusión y desatenderlas azuza la nostalgia por el tétrico pasado.

A %d blogueros les gusta esto: