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Archivos por Etiqueta: Socialismo del siglo XXI

Maduro’s last stand by Douglas Farah and Caitlyn Yates – IBI Consultants, LLC and National Defense University (INSS) – Mayo 2019

Venezuela’s Survival Through the Bolivarian Joint Criminal Enterprise

Executive Summary

In 1998, the Venezuelan people elected Hugo Chávez, initiating a regional movement known as the Bolivarian Revolution. In an effort to isolate the United States and promote his “Socialism for the 21st Century” political project, Chávez systematically consolidated power in the executive branch. He in turn transformed PDVSA – the Venezuelan national oil company – into a multibillion dollar regional enterprise operating in concert with sympathetic political leaders, economic elites and criminal organizations. While Chávez led the project, he was aided by the political leadership in Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Suriname and El Salvador. Over the past 20 years, this criminal network grew to encompass several dozen individuals and hundreds of front companies. Nicolas Maduro then warmly inherited this criminal regime in 2013 after Chávez’s death. Twenty years after the political project’s inception, the network spans the globe, from El Salvador to the United States, from Russia to Hong Kong, and across several offshore financial havens in between.

Yet even after the United States’ sanctioned hundreds of individuals and entities on charges like drug trafficking and money laundering, Maduro continues to serve as Venezuela’s de facto leader. The results of this criminal regime culminated in a Venezuelan economy that shrunk by more than 50 percent while at least 10.5 percent of the Venezuelan population now live as refugees. This increasingly visible crisis imposes enormous costs on regional neighbors. Meanwhile, the illicitly laundered funds undermine the rule of law and democracy, wreak havoc on the legal economies, strengthen corrupt autocratic regimes, and create spaces where transnational organized criminal networks thrive. While the dynamics of joint criminal activities in Venezuela remain largely unchanged, the Maduro regime is increasingly feeling the domestic and international pressure for regime change.

This report highlights the scale of what we call the Bolivarian Joint Criminal Enterprise. Here we highlight some of the criminal typologies used by the network and explore the wider impact of this network’s actions. The brief compiles fieldwork conducted over five years in 11 countries and augments this qualitative analysis with open source research and data analysis. Ultimately, we argue that the Bolivarian Joint Criminal Enterprise is not a single entity, but rather a network of allied companies, regional structures, and historically linked individuals operating across the globe. Unless the network is attacked from multiple points simultaneously, the alliance will survive and morph into a more dispersed and sophisticated operation.

Para acceder al Informe completo abrir el siguiente enlace :

maduros-last-stand

¡Ya no somos los mismos! por Luis F. Córdoba R. – Medium.com – 5 de mayo 2019

El socialismo del siglo XXI llevo a Venezuela ; de ser un país petrolero a un país limosnero, desde el primer gobierno del difunto que aun no sabemos de que murió y, hablo del que regreso muerto como el Negro Primero de Cuba como lo dijo Jacinto Pérez Arcay en el funeral de Chávez , sus políticas populistas obligaron a la industria petrolera hacer el sustento de todos sus programas sociales convirtiéndola en la caja chica de la revolución , su modo de gobernar paternalista hizo que el país más rico de América Latina hoy se encuentre en quiebra.

Uno se cansa de escuchar ¡este país no sirve! Cuando la verdad es otra, no es el país, son los que dirigen o gobiernan el país y algo peor, con la complicidad de la gente que los mantiene ocupando aun sus cargos. No podemos ocultar una verdad que, aunque duela, pero hay que decirla, ya somos pobres, ya no somos los mismos, los que con su sueldo por muy bajo que fuera lograba con el cubrir sus gastos elementales. La clase media desapareció y el miedo al que dirán, al no aceptar que ya no tenemos ni para poder meter los pies bajo la mesa tres veces al día, nos vuelve paralíticos ante el sistema que nos está asfixiando.

No más apariencias, aceptemos la realidad, somos pobres y cada día que pase con este sistema socialista seremos aun más, lamento decirles que ese el plan por parte del régimen, llevarnos a la igualdad pero en la miseria, si esto sigue así, sin tener ninguna reacción por parte del ciudadano, sólo porque está preocupado en como buscar comida para alimentar a sus hijos y, es algo no criticable por razones de supervivencia, pero si podemos sacar tiempo para demostrar nuestro descontento ante este régimen que nos lleva al Holodomor… ¡Sí! Holodormo palabra proveniente de Ucrania y, significa matar por hambre, en la época de Stalin entre 1932/33 el genocidio por hambruna llego a los 10 millones de muertos, solo por mantener el ego y poder de un tirano.

Ya no somos la admiración de América del Sur, el socialismo convirtió a la sociedad venezolana, en ser una de las que más lastima da en el continente.

Hay que enfrentar la verdad y con ella poder lograr saber en dónde estamos parados; al borde del abismo, que muchos aun se resisten en creer.

¿Qué se pude hacer? Aceptar la verdad y no esperar a tocar fondo, porque el fondo es subjetivo y unos llagaran más rápido a él, que otros. Enfoquemos nuestro esfuerzo en una sola causa, si remamos hacia la misma dirección lograremos llegar a la meta, de lo contrario nos destruiremos a mitad de camino, no sigamos peleado por los efectos, luchemos por atacar la causa, la causa tiene nombre, apellido y que ahora también tiene nacionalidad.

Venezuela se convirtió en una sociedad confundida como la que describe Víctor Hugo en LOS MISERABLES; “Pertenecían estos seres a esa clase bastarda compuesta de personas incultas que han llegado a elevarse y de personas inteligentes que han decaído, que está entre la clase llamada media y la llamada inferior, y que combina algunos de los defectos de la segunda con casi todos los vicios de la primera, sin tener el generoso impulso del obrero, ni el honesto orden del burgués.”

La sociedad debe tener un orden, de lo contrario la anarquía reinara en ella y, para ayudar a este país llamado Venezuela hay que hacer dos cosas, salir del sistema dictatorial y luchar porque se restablezca la Isonomía en él.

El hombre que ignora la política, se convertirá en una víctima de la misma.

Panorama venezolano desde Cuba por Carlos Alberto Montaner – Gentiuno – 17 de Febrero 2019

Raúl Castro y Diaz Canel foto 2

El Comité Central del Partido Comunista de Cuba (o sea, Raúl Castro) está muy preocupado. Ha hecho publicar en Granma, su tribuna, una “Declaración del Gobierno Revolucionario” con el objeto de “detener la aventura militar imperialista contra Venezuela”.

Los operadores políticos cubanos radicados en Venezuela saben (y así se lo han hecho saber a La Habana) que Nicolás Maduro está liquidado sin remedio. No tienen forma de salvarlo. Juan Guaidó tuvo el respaldo del 87% de los venezolanos, pero, según las encuestas, en los últimos días aumentó más de 3 puntos. Ya exhibe el 90.08 % frente al 3.75% satisfecho con Maduro.

Guaidó buena imagen
Por la otra punta, 51 de las mayores y más acreditadas democracias del planeta reconocen a Guaidó. Asimismo, es el gobernante legítimo de acuerdo con la Constitución del país, mientras la Asamblea Nacional, la única institución oficial del país internacionalmente aceptada, lo ha convertido en “presidente interino”.

La hipótesis que todos manejan (incluido el régimen cubano) es que el 23 de febrero, o antes, cuando lleven la ayuda humanitaria a los venezolanos, el mínimo respaldo que posee Maduro se desmoronará.

En ese punto, la dictadura cubana podrá darle a su colonia la orden de utilizar la violencia, pero Estados Unidos, Brasil, Colombia y otras naciones libres latinoamericanas entrarán en combate junto los demócratas venezolanos e impedirán rápidamente un triunfo de los golpistas de Maduro. Esto acabaría con la infraestructura de las FARC, el ELN y los islamistas.

Ya navega cerca de Venezuela una escuadra estadounidense que incluye un portaviones, mientras en Cartagena fondean decenas de buques de guerra y varios submarinos. Al fin y al cabo, es imprescindible ponerle fin al éxodo de los venezolanos hacia Colombia y Brasil, y eso no se logrará mientras Maduro mantenga el poder secuestrado y la hiperinflación destroce la economía del país.

Raúl Castro no sabe qué hacer. Resistir inútilmente le parece una sangrienta idiotez, pero la vorágine acaso lo arrastre, como le sucedió a Cuba en Granada en 1983. Los rusos no pueden darle protección real a Maduro. Se limitarán a declaraciones retóricas que serán utilizadas por los camaradas de todos los países para reclutar pacifistas ingenuos o acanallados agitando el fantasma de una guerra mundial.

USA China y Rusia
No habrá tal conflicto. El acuerdo tácito entre Moscú y Washington es que “los rusos” actúan en Ucrania o en el Cáucaso y “los americanos” en su inmediata zona de influencia, es decir, en Venezuela y América Latina. A los chinos lo único que les interesa es cobrar los 65.000 millones de dólares adelantados al inútil de Maduro y asegurarse el suministro de materias primas. Si lo logran con Guaidó, excelente. Para pagar y vender cualquiera es bueno.

Ahí no terminan las cuitas de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel. El 24 de febrero adoptarán una nueva Constitución mediante un referéndum señalado para ese día. La consulta electoral ya ha sido totalmente deslegitimada por Transparencia Electoral, una institución dirigida por el politólogo argentino Leandro Querido, y por los opositores –entre otros– Rosa María Payá, José Daniel Ferrer y Guillermo Toledo.

Todos, pese a carecer del menor acceso a los medios de comunicación, les han pedido a los cubanos que voten NO a una Constitución que consagra el partido único y posee unos candados legales que hacen imposible modificar ese régimen absurdo. El “aparato” castrista, por su parte, mediante un sistema triple de sondeos constantes, ha logrado saber que una parte sustancial de los cubanos se dispone a votar NO, y la respuesta ha sido brutal: palo y tentetieso.

¿Cómo han conseguido burlar a los cancerberos propagandísticos del régimen? Por algo que, en su momento, señaló Yoani Sánchez: porque la revolución digital es casi imposible de detener, incluso en Cuba. Basta un simple teléfono “inteligente” para que penetren mil mensajes, Facebook, Twitter, Instagram y el resto de las herramientas que sirven para acallar la propaganda de los regímenes totalitarios. Y basta un simple error para que caigan los muros y surjan las “primaveras” liberadoras sin que nadie sepa cómo y sin que nadie sepa cuándo.

Es posible que el fin de la tiranía venezolana afecte a Nicaragua a Bolivia y a Cuba. 

Raúl Castro Evo Morales y Ortega
Esos son los restos del Socialismo del Siglo XXI. ¿Se inmolarán Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel defendiendo la causa perdida de Nicolás Maduro? El último párrafo del análisis-advertencia publicado en Granma asegura que lo harán. Yo los creía más inteligentes.






“El gobierno de Estados Unidos ve en Venezuela una victoria barata porque el régimen de Maduro ya no tiene fuerza” entrevista a Heinz Dieterich por Angel Bermúdez – BBC News – 30 de Enero 2019

Dieterich.
Image captionHeinz Dieterich es un reconocido intelectual de izquierda.

Si en una calle de Caracas le pregunta a un ciudadano cualquiera si sabe quién es Heinz Dieterich es posible que no lo identifique. Sin embargo, si le menciona su “socialismo del siglo XXI”, inmediatamente le dirá un nombre: Hugo Chávez.

El fallecido mandatario hizo suyo ese concepto creado por Dieterich al punto de darle visibilidad global al mencionarlo en un discurso en la reunión del Foro Social Mundial de Porto Alegre (Brasil) en 2005.

Pero la relación entre este sociólogo alemán, residenciado en México desde hace varias décadas, y el líder de la revolución bolivariana se había iniciado varios años antes.

Ambos se habían conocido en diciembre de 1999, cuando Chávez ya mandaba en Venezuela y Dieterich era un intelectual de izquierda reconocido, que incluso contaba en su haber con un libro escrito junto al intelectual Noam Chomsky.

Desde entonces, ambos mantuvieron largas conversaciones hasta que en 2007 se produjo un distanciamiento.

Chávez.
Image captionDieterich hizo una serie de largas entrevistas a Hugo Chávez, algunas de las que se publicaron el forma de libro.

Esos ocho años de contactos le dieron a Dieterich una visión de primera mano del chavismo y de muchos de sus protagonistas, incluyendo a Nicolás Maduro.

Desde esa perspectiva, Dieterich analiza en conversación con BBC Mundo la crisis desatada en Venezuela desde que Maduro asumió su segundo mandato presidencial el pasado 10 de enero, tras ganar unas elecciones que la oposición no reconoce, y tras la juramentación del presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, como “presidente encargado”, algo que el oficialismo tacha como “intento de golpe de Estado”.

Línea

Usted fue asesor del presidente Hugo Chávez, quien adoptó su concepto del socialismo del siglo XXI. ¿Cuál es su balance de lo ocurrido en Venezuela en estas últimas dos décadas?

Hugo Chávez era un cristiano comprometido con las limitaciones de un militar profesional que cuando entra en contacto con el mundo internacional aprende rápidamente y pretende realizar un proyecto de reformas estructurales en beneficio de la mayoría.

Él no tiene un nombre para ese proyecto y cuando nos conocimos él ve que el “Socialismo del siglo XXI” puede diferenciar su propuesta de todo lo demás que está en el mercado político.

Fidel y Chávez.
Image captionEl sociólogo alemán es el autor del concepto de “socialismo del siglo XXI”.

Él lo adapta y diseña un modelo que funciona hasta el año 2010 y que se basa en un barril de petróleo a $120 y en la coexistencia con la burguesía.

Ese modelo empieza a hacer aguas cuando la economía mundial cambia y no se hacen las reformas estructurales necesarias para un Estado moderno, anticorrupción.

No habiendo formado jóvenes cuadros con ética política y sin haber creado un partido como conductor del proceso, este cae en manos de Maduro y se deteriora totalmente pues gira en torno a un eje: mantenerse en el poder.

Maduro desconoce las señales de la realidad como, por ejemplo, la derrota parlamentaria de 2015, las cifra de inflación indetenible y el creciente aislamiento.

Al no entender esos parámetros que muestran que el modelo está seriamente enfermo y hay que cambiarlo, entonces la espiral hacia abajo termina en lo que ahora vemos: la salida de Maduro.

En la actual crisis política en Venezuela, usted ha hablado del “asalto final del Imperio”, en referencia a Estados Unidos. ¿Desde su punto de vista, cuál es el rol que tiene el gobierno de Donald Trump en esta situación?

En el último año Donald Trump entró en una fase de debilidad, básicamente porque perdió las elecciones de mitad de período frente a los demócratas y porque parece que sí se puede comprobar la colusión con Rusia para ganar la campaña electoral y, por lo tanto, es probable que terminen en un impeachment (juicio político)muy pronto.

Naciones Unidas,
Image captionEE.UU. mostró su apoyo a la oposición venezolana y ejerce presión sobre el gobierno para que haya un traspaso del poder.

Está tan debilitado que necesita algún tipo de éxito. Los generales abandonaron el gabinete y él queda con una tropa de ideólogos muy peligrosos para la paz mundial como el asesor de Seguridad Nacional, John Bolton, o el secretario de Estado, Mike Pompeo.

Esa gente ve que aquí puede haber una victoria barata en América Latina porque el régimen de Maduro ya no tiene fuerza. Dicen: ‘Vamos a aprovechar para sacar a Maduro, eso puede ser un gran éxito para la democracia y Trump será el responsable de eso’.

Así arreció la política contra Maduro. Le confiscan Citgo, le bloquean el financiamiento y amenazan militarmente con la alianza con Colombia y Brasil.

Entonces, queda completamente claro que Maduro no tiene salvación porque Europa, Estados Unidos, Japón y los países importantes sudamericanos se unen a esa agresión.

Es un ataque tan abrumador que queda absolutamente claro que no hay salvación para Maduro. Los generales venezolanos saben que tienen que sacrificarlo porque Washington fue inteligente y ofreció una amnistía.

Ellos van a sacarlo y le dirán que por la paz y la refundación del país tiene que irse al exilio. Si él se niega, le advertirán que no pueden garantizar su seguridad.

Entonces, él va a tomar un avión y se va a ir a Cuba probablemente.

¿Cree que EE.UU. está realmente dispuesto a hacer uso de la fuerza militar en Venezuela?

No. Ellos saben que no necesitan usar la fuerza militar porque sería una guerra entre Venezuela y la OTAN.

Guaidó.
Image captionEl opositor Juan Guaidó lidera las protestas contra el gobierno de Nicolás Maduro, a quien exige que convoque nuevas elecciones presidenciales.

Los generales calculan en términos de poder, miran cuántos tanques y tropas tiene el enemigo y cuantos tengo yo, y en función de eso deciden si negocian.

Estos militares venezolanos saben que Maduro está perdido porque nadie lo apoya, entonces militarmente tendrían una guerra que no pueden ganar.

Por eso, se preguntarán ¿vamos a morir por el panzón de Maduro que no tiene ninguna posibilidad de futuro? No.

Pero hay una condición: los militares sí son bolivarianos y van a defender la soberanía nacional.

Por eso, cuando (el ministro de Defensa, Vladimir) Padrino López dijo prácticamente que aceptan la oferta de Washington de que Maduro se vaya, con amnistía para los militares y una transición negociada sin sangre, se pone la condición de que Washington no puede intervenir militarmente.

Pero Padrino no dijo que van a quitarle el apoyo a Maduro…

No, pero si usted lee todo el discurso cuando él dice que la Fuerza Armada siempre respeta los derechos humanos, la Constitución y la democracia es claro que él dijo que no hay ningún motivo para que Washington nos agreda, porque hemos cumplido nuestro papel institucional.

Entonces mandó un mensaje: Maduro se va y tenemos negociada una salida pacífica.

Hay quienes creen que por la falta de medicinas, de comida y por la crisis migratoria que vive Venezuela se justifica una intervención humanitaria. ¿Usted qué piensa?

En el derecho internacional no existe la intervención humanitaria. Solo hay intervención como mandato del Consejo de Seguridad de la ONU y eso no va a ocurrir.

Hospital en Venezuela.
Image captionVenezuela vive una profunda crisis económica: los víveres y medicamentos esenciales escasean en la nación andina.

La solución es que Maduro se vaya, se fije una fecha para las elecciones democráticas, se forme un gobierno transitorio democrático y se establezca una especie de plan Marshall con US$50.000 millones o US$60.000 millones para ayudar a la población.

La dimensión de la tragedia es tal que se necesita reconstruir todo y enviar de inmediato grandes cantidades de alimentos y medicamentos, pero nada de eso requiere la intervención militar.

Hay que hacer un arreglo entre todas las fuerzas que tiene que incluir a China y a Rusia porque tienen inversiones de US$80.000 millones allá. Posiblemente bajo supervisión de la ONU como propusieron México y Uruguay.

Mosaico
Image captionEn Estados Unidos hay protestas a favor del gobierno de Nicolás Maduro.

¿Qué consecuencias en el largo plazo prevé de esta elevada implicación de Estados Unidos en Venezuela?

Estamos viendo una política de reconquista de América Latina dentro de la Doctrina Monroe, por parte del grupo neoconservador actual que determina la política en la Casa Blanca.

Estados Unidos está perdiendo la guerra por el sistema multipolar, no acepta que el futuro de la humanidad va a ser decidido por ellos, junto a la Unión Europea, China y Rusia, sino que se mantiene en la ficción del siglo americano que ellos pueden seguir controlando las cosas y esto es imposible.

Entonces ante esta situación hace una política en la que América Latina, con sus recursos, con su acceso a la Antártida, etc., es fundamental para no perder la competencia con China.

El fallecido presidente Chávez -así como el sucesor que él escogió, Maduro- hablaba permanentemente de soberanía. Sin embargo, en su análisis dibuja un escenario en el que el destino de Venezuela se decide con la participación de grandes potencias como Estados Unidos, Rusia y China. ¿Cómo se llegó a esta situación?

Pepe Mujica, el expresidente de Uruguay, ha dicho que cuando un país tiene tanto petróleo como Venezuela las ideas de autodeterminación y la soberanía son casi imposibles de practicar.

Maduro
Image captionMaduro asumió en enero su segundo mandato presidencial luego de unas elecciones cuestionadas por la oposición venezolana y gran parte de la comunidad internacional.

Tiene razón. Todos nuestros países son parte de grandes esferas influencia y control. Rusia tiene la suya, Estados Unidos tiene la suya y China también.

Dentro de estas áreas son las grandes potencias las que determinan la política. América Latina es un peón dentro de esto y Venezuela, por el petróleo, va a ser un blanco privilegiado para la política de Washington.

Quieren evitar que China y Rusia, sus grandes rivales, tengan control de esas grandes reservas de petróleo en su patio trasero. Esto es el trasfondo estratégico de todo lo que vemos allá en Venezuela.

Los opositores señalan que la gran implicación de la comunidad internacional en Venezuela ahora fue necesaria porque el gobierno de Maduro no permitió la organización de “elecciones libres y con garantías” que habrían dado una solución a la crisis.

Yo creo que es parcialmente correcto y parcialmente falso. Las elecciones parlamentarias de 2015, que ganó la oposición, fueron aceptablemente democráticas.

Después Maduro no quiso reconocer esos resultados y tampoco ayudó que la oposición dijera que en 6 meses iba a sacarlo de la presidencia.

Ante esa polarización, Maduro actúa maquiavélicamente y dice vamos a aprovechar todo el poder del Ejecutivo, vamos a hacer una alianza con el Tribunal Supremo de Justicia y vamos a bloquear lo que la oposición ganó en el Legislativo.

Países que apoyan a Maduro.

Y eso lo hicieron exitosamente. Yo diría que desde 2015 no hay un ambiente democrático para realmente medir la voluntad de la población, porque el gobierno obviamente predeterminaba los resultados con medidas antidemocráticas, con mentiras y represión.

¿Cómo valora el papel de México en esta crisis venezolana?

La gente en México apoya la doctrina Estrada, que rige su política exterior tradicional desde los años 30, que dice que un país debe respetar los asuntos internos de otro estado, la autodeterminación de los pueblos.

El presidente Andrés Manuel López Obrador utilizó esa doctrina para no adherirse a la declaración del Grupo de Lima, lo que a mi juicio fue correcto.

Esto tuvo un efecto a favor de la paz porque frenó un poco ese ímpetu de imposición que venía de Washington a través de Guaidó. Porque era un reconocimiento de que no todo el mundo apoyaba la imposición.

Entonces, la propuesta junto a Uruguay de que la ONU debía meterse en ese conflicto, que se tenía que negociar, fue una salida estratégica. Solo una mente enferma puede preferir una salida violenta a una salida negociada.

Y ahora creo que hay la posibilidad de negociaciones serias y reales.

Usted ha propuesto que en un eventual proceso de transición la petrolera estatal Pdvsa sea liderada por el exministro Rafael Ramírezpero él ha sido acusado por el gobierno de Maduro de graves delitos de corrupción.

Habría que ver si esas acusaciones resisten un proceso jurídico adecuado en un tribunal, pero es cierto que existen y ese es uno de los problemas en Venezuela.

PDVSA.
Image captionEE.UU. impuso sanciones a la empresa petrolera estatal Pdvsa, con el fin de presionar a Maduro y que este transfiera el poder.

Va a ser extraordinariamente difícil encontrar personas que no están manchadas por su pasado, ya sea de un lado o del otro.

Se necesitaría una dirección colectiva que tenga la capacidad técnica y la experiencia internacional para conducir una organización como Pdvsa y, al mismo tiempo, esté bajo la lupa pública de tal manera que no pueda haber malversación de fondos.

Lo mismo sucede en la Fuerza Armada. ¿Quién tomará decisiones allí durante la transición? Porque ellos son los garantes de que se pueda hacer la transición.

La corrupción que ha habido en tantas partes, primero en la Cuarta República (antes de la llegada de Chávez en 1998), luego con Maduro e incluso, en parte, con Hugo Chávez; es un problema que va a aparecer en la discusión pero pienso que hay mecanismos en un clima democrático para encontrar soluciones.

Si hubiera una salida de Maduro del poder, ¿cuánto afectará esto a ese movimiento de izquierda regional que encabezaron Chávez, Evo Morales y Rafael Correa entre otros?

Esto es una gran crisis y una gran oportunidad porque se va a tener que discutir la verdad de esta situación. Por este desastre ha habido una corresponsabilidad tanto de estados, de gobiernos, como de intelectuales vendidos de izquierda entre comillas.

Venezolanos.
Image caption“Desde hace años era predecible que sin las reformas necesarias (Venezuela) iba a terminar muy mal”, dice Dieterich.

Es obvio que un gobierno como el cubano apoyaba a Maduro porque económicamente se beneficiaba. Como todo gobierno actúa por razones de estado. Eso se puede entender.

También ha habido muchos intelectuales que se llaman de izquierda que han jugado un papel nefasto, que han cobrado fuerte.

Una pequeña mafia de académicos que se repartían esos premios y que elogiaban a Maduro y un proceso condenado a la muerte.

Desde hace años era predecible que sin las reformas necesarias iba a terminar muy mal, como el de Gadafi o como el de Sadam Hussein.

Y no decían nada porque les gustaba estar en hoteles de 5 estrellas en Caracas con todo pagado. Ahora no se escucha nada de ellos porque saben que son cómplices del desastre que va a pagar todo el pueblo venezolano.

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Maduro solitario por Jean Maninat – El Comercio – 13 de Enero 2019

“El gobierno está solo internamente, y cada vez más aislado internacionalmente”.

Venezuela

“Los regímenes autoritarios pueden sobrevivir aislados –sobran los ejemplos–, sin fuerzas internas capaces de organizarse política y socialmente para derrotarlos”. (Foto: AFP).

El 10 de enero, en la estricta intimidad de los suyos –unos de civil, otros de uniforme–, ante la mermada presencia de los náufragos del ALBA y los siempre atentos acreedores chinos, rusos y ahora turcos, el régimen celebró, a puertas cerradas y afuera del hemiciclo parlamentario donde le correspondía, la continuación del gobierno más nefasto que ha conocido la historia republicana de Venezuela.

¿Dónde estaban celebrando los votantes del oficialismo el día de la toma de posesión de Nicolás Maduro? ¿Por qué la ciudad lucía muerta en un día de supuesto festejo para quienes votaron por él? El menos avezado de los enviados especiales de la prensa internacional habrá recordado los baños de masas que acompañaban al difunto comandante galáctico en cada una de sus presentaciones de calle, el fervor inducido a punta de carisma asistencialista. No queda ni siquiera para el remedo.

El proyecto del socialismo del siglo XXI se redujo a consignas que se desvanecen descoloridas en los muros de los míseros barrios del país. Sus habitantes, los supuestos depositarios de los logros del “proyecto”, son quienes más sufren los efectos de sus alocadas políticas económicas y su falta de pericia para medianamente gobernar el país. No hay nada que celebrar, salvo el milagro de que los productos prometidos por la nomenclatura gobernante aparezcan en los mercados para gratificar las interminables horas de espera que marcan la vida de millones de venezolanos.

El gobierno está solo internamente, y cada vez más aislado internacionalmente. Una cascada de desconocimiento por parte de la Unión Europea, la OEA, el Grupo de Lima –menos México–, los EE.UU., Canadá, Japón (la lista seguirá creciendo a medida que pasen los días) no ha tenido mayor efecto en su determinación de aferrarse al poder. En cierta forma, le viene bien al relato del país asediado por el poderoso enemigo del norte y sus aliados, y es un chivo expiatorio propicio para autoexculparse de sus desmanes.

La presión internacional es necesaria, pero no suficiente para hacer cambiar la situación en Venezuela. Los regímenes autoritarios pueden sobrevivir aislados –sobran los ejemplos–, sin fuerzas internas capaces de organizarse política y socialmente para derrotarlos. La oposición democrática venezolana está obligada a recomponerse, a presentar una opción que vuelva a entusiasmar al país que en el 2015 le dio mayoría en la Asamblea Nacional (AN). No basta con argumentar que se lidia con un grupo de desalmados, sin escrúpulos en el ejercicio del poder, ‘ça va de soi’. Lo que corresponde es –como se hizo con éxito en el pasado– buscar la manera de vencerlo democráticamente, abriendo nuevos espacios y manteniendo los ya logrados. La lucha por elecciones libres y transparentes será determinante. Y allí la comunidad internacional sí puede jugar un papel determinante.

Un gran aporte –adicional a lo mucho ya hecho– sería solicitar, recomendar, exhortar, a la oposición democrática venezolana a buscar una política común, un acuerdo mínimo que logre presentar un mensaje capaz de volver a entusiasmar al país desencantado, hoy mayoritario, sin una dirigencia capaz de aglutinar y movilizar democráticamente ese descontento. Por otra parte, la AN es el último reducto democrático que queda en el país y hoy sigue estando asediada por el régimen y, paradójicamente, por los sectores maximalistas de la propia oposición que la instan a lanzarse por el despeñadero de autonombrarse “gobierno legítimo” de la nación. Convendría ayudar a protegerla del fuego enemigo… y del amigo.

Ojalá se aproveche esta nueva oportunidad que ofrece un gobierno aislado y desprestigiado, y una situación de crisis económica y social espantosa, para que la oposición democrática –con la ayuda de la comunidad internacional– regrese a la política, desdeñando las quimeras que la han traído hasta aquí. Quizás esta sea la última oportunidad. Con una oposición sin brújula y una AN desorbitada por la presión radical, todo estará perdido. Y perdonen la tristeza.

La traición… por Eduardo Fernández – Ultimas Noticias – 26 de Octubre 2018



…presentamos en el Centro Cultural Chacao un libro de conversaciones con Manuel Felipe Sierra. Al libro lo titulamos: “La Traición de los Mejores”… tiene la intención de proponer una agenda para sacar a Venezuela de la pesadilla que representa el socialismo del siglo XXI y avanzar hacia una nueva esperanza.



El jueves presentamos en el Centro Cultural Chacao un libro de conversaciones con Manuel Felipe Sierra. Al libro lo titulamos: “La Traición de los Mejores”. Ese título lo tomamos prestado de un ensayo escrito por Briceño Iragorry en 1953. Lo del maestro Mario Briceño se subtitulaba: “Esquema interpretativo de la realidad política venezolana”. El nuestro lleva como subtítulo: La Agonía del Rentismo Petrolero.

El acto de presentación fue una excelente reunión prestigiada por la presencia del Nuncio Apostólico, Aldo Giordano y también por la de Monseñor Ovidio Pérez Morales, figura relevante del episcopado venezolano. Las palabras de presentación estuvieron a cargo de Rafael Arraiz Luca, figura distinguida del mundo intelectual venezolano. El prólogo lo escribió Rafael Simón Jiménez y, finalmente, hablamos Manuel Felipe Sierra, y yo.

En la introducción de su ensayo, Briceño Iragorry nos dice: “Estas páginas no constituyen acusación directa contra persona alguna, sino un examen fervoroso de nuestra conciencia nacional”.

Y agrega: “Venezuela, más que de acusaciones personales, está urgida de un “mea culpa” colectivo. Hasta tanto no adoptemos una actitud humilde y serena frente a los problemas de la Nación, no alcanzaremos la claridad requerida para entender nuestra propia realidad como país. Se necesita abrir un proceso de sinceridad y de austeridad capaz de llevarnos a la salvación de nuestro destino histórico”.

En un ensayo anterior “Mensaje sin destino” publicado en 1950 decía Mario Briceño: “Acaso nadie niega hoy, ni en Venezuela ni fuera del país, que existe una delicada situación en todos los estratos sociales, agravada por innumerables circunstancias que han degenerado en la mayor de las crisis por la que pudiera verse afectada nación alguna: la crisis humanitaria. Así las cosas, hay quienes dicen, y no les faltan razones para afirmarlo, que la actual es la peor época en la historia de nuestro país, pues sin estar en guerra nos encontramos incluso peor que si estuviéramos en una guerra”

Las frases de Briceño Iragorry escritas en la década de los cincuenta del siglo pasado tienen una extraordinaria vigencia y actualidad.

Nuestro libro tiene la intención de proponer una agenda para sacar a Venezuela de la pesadilla que representa el socialismo del siglo XXI y avanzar hacia una nueva esperanza.

Vida y muerte en un país de excepción por Tomás Straka – Debates IESA – Julio/Diciembre 2017

Fotografía: Gabriella Di Stefano.

El drama de los baby boomers venezolanos —los nacidos entre 1940 y 1960— dibuja el periplo de un ensayo de modernidad tan vertiginoso en sus subidas como en sus caídas. De ser una excepción latinoamericana por su democracia y su capitalismo, Venezuela es otra vez una excepción: ser la peor economía del mundo, con una crisis económica y social que sorprende a todos.

Pocos venezolanos fueron tan felices en su juventud y pocos han tenido una vejez tan triste. Nacieron entre mediados de la década de 1940 e inicios de la de 1960. Antes de ellos, nunca los hubo con tantas oportunidades de estudio, con sueldos tan altos, con una alimentación igual de sana, servicios médicos de similar calidad, una estabilidad institucional tan larga ni tanto respeto por sus libertades. Después de ellos, tampoco los ha habido. Han sido una especie de excepción histórica: la expresión de un momento excepcional en la vida venezolana, unos sesenta o setenta años en los que todo pareció salir bien. Son las décadas en que Venezuela, en su condición de primera exportadora y tercera productora mundial de petróleo (ambas condiciones las perdió en 1970), se benefició como pocas de la bonanza que gozó Occidente durante la posguerra, con la que estaba firmemente articulada como proveedora y destino de sus inversiones; así como de la convicción de Estados Unidos de convertirla en una de sus vitrinas durante la Guerra Fría. Los años en los que las élites locales tenían un consenso básico en modernizar y democratizar el país (aunque no tanto en el modo y la velocidad de hacerlo), aspecto que no debe minusvalorarse: las experiencias posteriores han mostrado que los solos petrodólares no crean bienestar.

Estos baby boomers criollos recibieron unas inversiones para su formación y salud nunca antes vistas; no solo porque había los recursos para hacerlo, sino también porque se esperaba mucho de ellos. Habrían de ser, según el clima de optimismo, el gran producto del esfuerzo modernizador, la nueva clase de venezolanos que dejaría atrás todo lo que los demócratas y revolucionarios del siglo XX detestaban del país (el hambre, las enfermedades, el personalismo, la violencia, la ignorancia), para que se parecieran más a Santos Luzardo que a Doña Bárbara. Si la modernidad es antes que nada una forma de entender y vivir el mundo, esta solo es posible si hay mujeres y hombres modernos. Por eso, se construyeron carreteras, autopistas y superbloques (aún soñados como «máquinas de vivir» capaces de moldear con su arquitectura a sus habitantes), escuelas definidas por la nueva pedagogía y una arquitectura de vanguardia, hospitales, centros recreacionales, industrialización.

Todo en lo que se depositó tanta confianza tendría que traducirse en ese hombre «sano, culto, crítico y apto para convivir en una sociedad democrática, justa y libre basada en la familia como célula fundamental y en la valorización del trabajo; capaz de participar activa, consciente y solidariamente en los procesos de transformación social…», que preveía la Ley de Educación de 1980 como síntesis de todo lo hecho y pensado hasta entonces. La clase media venezolana, que para la década de 1970 comprendía, vista en términos muy amplios, más del cincuenta por ciento de la población, era la gran muestra del éxito alcanzado en el proyecto. Era el producto de las oportunidades de ascenso social: hombres y mujeres que eran los primeros de sus familias en graduarse de bachilleres, los primeros en ir a la universidad y muchas veces en salir al exterior, por lo general con una beca para hacer posgrado. Ellos supieron pronto lo que era comprar un escarabajo Volkswagen con sus primeros tres sueldos de ingeniero recién graduado; dar la inicial de un apartamento en un edificio a estrenar antes del primer año en la empresa; o pasar un fin de semana en Curazao o Miami sin que eso significara un descalabro en su presupuesto. Pero ellos también han sabido lo que es llegar a los setenta años sin poder jubilarse, porque las pensiones no dan para vivir, sin poder cambiar de carro después de una vida de trabajo duro, peregrinar para buscar medicinas que demasiadas veces no consiguen y enfrentarse solos a la vejez porque sus hijos y nietos están todos en el exterior.

¿Qué pasó? ¿Cómo pudo ocurrir un desplome tan grande? El drama de los baby boomers criollos dibuja el periplo de un ensayo de modernidad tan vertiginoso en sus subidas como en sus caídas. Tanto los éxitos que hacían de Venezuela una excepción entre los países en desarrollo, sobre todo los latinoamericanos (lo que el historiador Steve Ellner ha llamado el «excepcionalismo venezolano»), como sus tribulaciones actuales, que nuevamente la hacen excepcional en su región y en el mundo entero, sirven para comprender el periplo del país en los últimos sesenta o setenta años. La forma en la que su relación con el petróleo generó unas convicciones determinadas, que llevaron a tomar ciertas decisiones entre las que se destaca, por sobre todas, el ensayo socialista actual, es el tema de las siguientes páginas. Venezuela tuvo un excepcionalismo hasta la década de 1990, como la democracia capitalista modelo; luego, sin romper esencialmente con su lógica, tuvo otro en los primeros años del dos mil, al intentar convertirse en un socialismo cuando nadie, ni siquiera el resto de la izquierda latinoamericana, pensó en hacerlo con la misma radicalidad; y, finalmente, acaso como producto de los dos excepcionalismos anteriores, ahora tiene el de ser la peor economía de la región, con una crisis económica y social que sorprende a todos.

Personas excepcionales de un país excepcional

La tesis del excepcionalismo fue concebida como una respuesta al entusiasmo de la mayor parte de la academia estadounidense por el modelo de desarrollo de Venezuela. Es uno de los tantos casos en los que la academia y la ideología se cruzan, así como suelen hacerlo los deseos y los datos reales. Ellner señala, y con razones de peso, que en la mirada de Venezuela como un país latinoamericano «excepcional» se descuidaban las muchas contradicciones que existían en su sociedad, su economía y su sistema político; problemas que ya en la década de 1980 eran evidentes y que en el Caracazo estallaron en la cara de todos los analistas. Por eso es probable que, detrás de ese excepcionalismo, no hubiera poco de propaganda e intereses ideológicos, del deseo de presentar sin fisuras la vitrina en el Caribe.

Ahora bien, cuando el resto del Tercer Mundo optaba por la vía del comunismo o de las dictaduras de derecha para emprender sus planes de industrialización y cambios sociales, Venezuela lo hacía bajo las reglas de una democracia liberal… y parecía tener éxito. La derrota de los golpes militares y de la guerrilla comunista en los años sesenta, la sucesión presidencial en elecciones libres, las derrotas del analfabetismo y las principales pandemias, la electrificación y las autopistas, ¡esa clase media próspera, sana y educada!, eran un motivo de justa esperanza para quienes habían apostado por el camino de la Alianza para el Progreso; es decir, la modernización y las reformas sociales como un freno al comunismo.

Entre los críticos del sistema tampoco hubo poco de ideología: para muchos, simplemente, el capitalismo y la democracia no podían ser mejores que lo que ocurría en Cuba. Así, las falencias venezolanas a veces eran vistas con más alegría que preocupación. Por eso muchos terminaban por subrayar solamente lo negativo, sin darle crédito a lo que funcionó bien del ensayo. Venezuela sí era excepcional. Como primera exportadora mundial de petróleo, con el promedio de crecimiento económico más alto del planeta, con varias décadas de paz y un sistema de libertades, que si no era perfecto era la envida en una región dominada por dictaduras y guerras civiles, negar las excepciones es, cuando menos, poco preciso.

Si los baby boomers criollos fueron una generación excepcional, en comparación tanto con lo que solía pasar en su vecindario como con lo que habían vivido sus padres y abuelos (y lo que vivirían sus hijos), no fue por una asociación aleatoria de personalidades y destinos individuales, sino por una sociedad de la que fueron expresión. Otra cosa es reconocer que, al mismo tiempo, había importantes problemas detrás de ese excepcionalismo. No una voz de izquierda e hipercrítica de la democracia venezolana como la de Ellner, sino las de Ramón Piñango, Moisés Naím y los otros investigadores que convocaron para escribir su célebre El caso Venezuela: una ilusión de armonía, aparecido en 1984, desde el mismo título del volumen llamaban la atención sobre lo que podía tener de ilusoria esa excepcionalidad. Era una sociedad sin grandes conflictos, por ejemplo, en parte porque la renta petrolera alcanzaba para que todos los sectores estuvieran más o menos contentos. Un conflicto entre importadores y productores se resolvía con dólares baratos a unos y subsidios a otros; entre empresarios y obreros, con créditos blandos y a la vez aumentos de salarios e inmovilidad laboral; y así infinitamente, para que el conflicto no se viera en el horizonte. Uno de los recuerdos más recurrentes de los baby boomers criollos —«antes todos éramos amigos», «al final todos tomábamos whisky juntos»— es más una demostración de esa aversión sistemática al conflicto, que una prueba de civismo, convivencia o movimiento de cintura política. Lo más excepcional del excepcionalismo era la ausencia de conflictos.

El texto de Asdrúbal Baptista que aparece en el libro da cuenta de las cifras y los cambios sociales de aquella excepcionalidad: entre 1960 y 1980 el promedio de crecimiento de los países desarrollados fue 3,1 por ciento, de los latinoamericanos 2,1 por ciento y de Venezuela, 3,8 por ciento; la tasa de mortalidad en la región había bajado de 111 por mil a 64, en Venezuela bajó a 42 por mil; el PIB por habitante del primer mundo era en 1976 unos 4.347 dólares, en Latinoamérica 898 y en Venezuela 1.344. Sin embargo, junto a todo esto, que sin duda daba motivos para estar felices, Baptista consignó otro dato: mientras que el porcentaje del ingreso total recibido por el veinte por ciento más rico de la población era 59,1 en América Latina y 44,9 en el mundo desarrollado, en Venezuela era 69,5 por ciento. Es decir, estaba entre los países más desiguales del mundo. Pero como todos, a su escala, habían mejorado sus condiciones de vida y, además, tenían la esperanza de seguir mejorando estas diferencias no importaban tanto: sí, todos podían ser amigos, todos estaban en ese renglón de más de un cincuenta por ciento de la población al que se podía definir de clase media. Esto expresa un conjunto de convicciones que probablemente fueron el peor legado del momento: es un país infinitamente rico, donde siempre habrá para todos; por ser tan ricos, merecemos los mejores beneficios sin dar contraprestación alguna, sin ser productivos; por la misma riqueza, no hay que defender el sistema, podemos ser apolíticos. Si Piñango y Naím hablaban de ilusión, estos fueron los embelecos fundamentales de todos los venezolanos: tanto los más pobres como, especialmente, la muy mimada clase media.

Cuando sobrevino el despertar, porque ya no fue posible repartir la torta igual, una sociedad que había olvidado cómo manejar los conflictos —que no tenía idea de las peripecias prepetroleras de un José Antonio Páez, un Antonio Guzmán Blanco y sus equipos de gobierno para conciliar a cafetaleros con prestamistas— tuvo que enfrentarse por primera vez, en muchos años, a ellos. Para 1979, el ingreso promedio de una familia estaba alrededor de 3.000 bolívares, y el costo de la canasta alimentaria era 798. Con una inflación de doce por ciento, que ya era un escándalo, había, sin embargo, espacio para gastos suntuarios —ese whisky que todos bebíamos juntos— y para ahorrar. Pero, ¿qué pasó cuando, a partir de ese año, el ingreso promedio bajó sistemáticamente todos los años?

El nuevo excepcionalismo

Lo que pasó fue que muchos de esos baby boomers criollos votaron, al cabo de dos décadas, por un candidato que prometió demoler el sistema político; pero, cuidado, no la ilusión. Las cifras de Venezuela en las décadas de 1980 y 1990 no dejan espacio para muchas dudas: ningún gobierno en el que la pobreza pasa de 25 a 70 por ciento y el ingreso real se reduce seis veces (es decir, la familia que ganaba 3.000 bolívares en 1979 pasó a ganar 700) logra mantenerse mucho tiempo en el poder. Ahora bien, ¿cuáles herramientas podían tener los baby boomers criollos que entonces estaban en su mediana edad para enfrentarse a eso? La frase «este ya no es más mi país» lo expresa bastante bien: en efecto, ya no era el país en el que habían nacido y crecido. Pero no por eso la mayor parte de ellos estaba dispuesta, como se demostró con el programa de ajustes impulsado por Carlos Andrés Pérez en 1989, a renunciar a la ilusión.

La forma de contar la historia fue clave: al sistema anterior se le echó la culpa de todos los males sufridos en las últimas dos décadas. Ayudada por los escándalos de una clase política poco dada a los cambios (Pérez fue finalmente defenestrado por ella y buena parte del empresariado) y señalada por una corrupción que se creyó generalizada (hoy se sabe que era enorme, pero no llegaba a esos extremos), la conclusión fue que, al removerla del poder, un gobierno menos corrupto podría revivir el sueño del ascenso social ilimitado. Al cabo, en un país infinitamente rico, se trataba apenas de frenar a los corruptos. Los más jóvenes que no habían vivido el excepcionalismo aspiraban a hacerlo y se consideraban objeto de algún tipo de injusticia histórica por no poder hacerlo; y sus padres baby boomers tenían el resentimiento de quien está convencido de haber sido despojado de algo que le pertenece. Por un momento, la burbuja de precios petroleros de 2004 a 2008, cuando el barril pasó de 25 a 140 dólares, hizo creer que era posible volver a algo parecido a lo vivido antes, para que a los pocos años se cayera de forma aún más estrepitosa.

Pero lo más significativo fue que la lógica del excepcionalismo mostró su poder cuando la Revolución Bolivariana se radicalizaba, hasta proclamar el socialismo en 2007. Aunque el resto de América Latina también se inclinó hacia gobiernos de izquierda, en buena medida apoyada por los petrodólares y el prestigio de Chávez, ningún país se atrevió a ir tan lejos en las reformas socialistas; de hecho, ninguno renunció a las reglas esenciales de la economía de mercado y la disciplina fiscal. Ninguno jugó con la inflación, las inversiones extranjeras y la propiedad privada. ¿Por qué precisamente Venezuela, el país vitrina, el éxito caribeño del capitalismo durante la Guerra Fría, decidió revivir algo parecido a un socialismo real light diez años después de la caída del Muro de Berlín? ¿Por qué volvió a ser excepcional? En parte por la herencia del excepcionalismo anterior: la disciplina fiscal, las políticas antinflacionarias y el respeto a la propiedad privada que nunca discutieron, al menos no seriamente, un Rafael Correa o un Evo Morales, eran una herencia de las reformas llamadas neoliberales que en Venezuela no se llegaron a aplicar plenamente. Es difícil pensar en un Lula Da Silva sin el Plan Real de Fernando Henrique Cardoso. Pues bien, como no se consideró necesario hacerlo en los noventa —¿para qué si somos tan ricos?— menos se iba a considerar ahora que el neoliberalismo es anatema.

Cuando el precio del petróleo volvió a caer, junto con los de las otras materias primas, con la crisis de 2008, evolucionó el excepcionalismo: el resto de la región ha logrado capear el golpe de forma relativamente exitosa, pero Venezuela está en la peor crisis de su historia. La bancarrota no se debe solamente a la caída del precio sino, sobre todo, a la desastrosa política de estatizaciones, que destruyeron lo que quedaba de industria y agricultura, a los controles excesivos en el mercado, a las distorsiones generadas por las políticas cambiarias y a la casi absoluta falta de disciplina monetaria y fiscal; es decir, a las decisiones tomadas desde la experiencia del primer excepcionalismo. Basta con decir que entre 2013 y 2017 la economía se ha contraído alrededor de 35 por ciento y que la inflación es la mayor del mundo (más de 700 por ciento), para ver cuán excepcional ha vuelto a ser este país.

El baby boomer criollo que tiene para este momento sesenta y tantos años, o entra en sus setenta, ha pasado su vida en un país excepcional. Sus altibajos profesionales y económicos, las cosas en las que creyó y en las que dejó de creer, las esperanzas alcanzadas y sobre todo las perdidas, las que se pusieron en él, que fueron tantas, y las que pudo lograr, cuentan como pocas la historia contemporánea del país. Este país de excepción tiene el reto de aprender a vivir lo que, a falta de otra palabra, podría llamarse normalidad.


Tomás Straka, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello e individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

Toxinas por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 23 de Septiembre 2018

Dijo que la religión era el opio del pueblo sin saber que sus concepciones sobre la lucha de clases, la propiedad y la alienación iban a producir regímenes autoritarios y una toxina ideológica de potentes efectos venenosos que causan y han causado aflicciones, purgas, gulags, exclusiones, seres perversos y millones de víctimas del rigor comunista y de algo incalificable llamado socialismo del siglo XXI.

En el ardor de mi inocencia, creía que con el nuevo siglo, es decir, en el inicio de un segundo milenio enriquecido con los aporte tecnológicos, la velocidad, la biogenética y todos los avances científicos íbamos a entrar en una nueva era liberados de convenciones, nacionalismos e ideologías de toda clase o naturaleza, pero no ha sido así: crece el hambre en el mundo, recrudecen la tristeza y la violencia, se extreman los fanatismos políticos y religiosos, se acrecienta la intolerancia, domina la vulgaridad en el lenguaje, los asomos culturales se desvanecen abrumados por la satisfacción del espectáculo fácil y superficial y un pequeño país en el mundo llamado Venezuela muere de hambre y agoniza enfermo de diáspora y de múltiples agobios.

Las toxinas son venenosas. Las biotoxinas son sustancias malignas que producen algunos seres vivos: plantas o animales. A veces actúan como mecanismos de defensa: las serpientes, los escorpiones y sus aguijones; algunas espinas, ciertas hojas que al rozarlas sueltan venenos cuando creen estar amenazadas. ¡Hay insectos! Pero las toxinas más peligrosas son las ideológicas, ¡cualesquiera que ellas sean! No solo te invaden, toman por asalto y anulan tu imaginación y se apoderan de tu personalidad, sino que expulsan de ti tus propias ideas e instalan en tu mente y en tu corazón otras que no te pertenecen; te excluyen del ser social en el que te desplazabas como individuo para que ingreses al rebaño, te borres, sigas fielmente al pastor o líder de tu comunidad y acates y bajes la cabeza dejándote guiar por opiniones y juicios ajenos.

Cuando supe que podía caminar con mis propios pies sin necesitar muletas ideológicas lo primero que hice fue decirle ¡No! al Partido Comunista, a pesar de no haber militado nunca en él ni en su “gloriosa” Juventud. Debo advertir que Gustavo Machado, Jesús Faría, Pompeyo Márquez, entre otros, fueron intelectuales de valor que introdujeron el pensamiento marxista en el país y actuaron con dignidad y no de la manera bochornosa como lo están haciendo los comunistas lamesuelos del chavismo.

Sin embargo, me distancié tarde, es decir, esperé demasiado tiempo para hacerlo: ¡cincuenta años! Mucha edad, si se considera que Rómulo Betancourt siendo muy joven supo que el comunismo era impracticable en un país petrolero como el nuestro. Recelo ahora de los cogollos de los partidos tradicionales y me muerdo la lengua al reconocer y aceptar que quien siempre tuvo la razón fue Betancourt y no yo; que la insurrección armada de los años sesenta venezolanos fue un doloroso error político; que El Techo de la Ballena no se abrazó a ninguna estética sino que sirvió como brazo cultural de la guerrilla; que la República del Este fue el coletazo de una derrota, un animal herido, el patético camino de una bohemia absurda y trasnochada; el trágico arrastre hacia una autodestrucción que aniquiló a muchos artistas e intelectuales junto con la frustrada invasión cubana de Machurucuto que quiso clavar el aguijón de su revolución en el cuerpo democrático del país.

Descubro tardíamente que quien sabe gobernar no es la izquierda sino la derecha, y comienzo a vislumbrar que no simpatizo con la democracia a la que considero fraudulenta, pero creo en la república sin saber muy bien qué significa creer en ella.

¡He logrado liberarme de muchas toxinas: errores, desatinadas concepciones políticas e influencias desventuradas; recuerdos de malos amores, ofensas; una inútil retórica que adjetivaba y envenenaba mi escritura; memorias devoradas por la polilla del tiempo…!

Me siento más ágil sabiendo que sin toxinas y sin el peso abrumador de las pertenencias camino más ligero y me preparo mejor para emprender el largo viaje que me espera para adentrarme en la oscuridad.

Quedan atrás los dogmatismos, el pensamiento único y ajeno, el realismo socialista, los ríos de leche y de miel del socialismo autoritario; la Joven Guardia: ¡Que esté en guardia, siempre en guardia el burgués insaciable y cruel!; y establecí definitivamente que el mejor Neruda quedará anclado en su Residencia en la tierra, y que Stalin, Mao Tse-tung, Pol Pot, Fidel Castro, León Trotski –el abnegado viejecito de Leonardo Padura que amaba a los perros–, Elena Petrescu y Nicolai Ceausescu continuarán siendo seres perversos repudiados por la historia como personajes de abominación.

¡Las toxinas junto con los eufemismos siguen allí, pero fuera de mí! Me quedan algunas, pero las ideológicas ya no me carcomen por dentro. ¡No las tengo y espero no alimentar ninguna otra en mi mente y mucho menos en el corazón!

Por el contrario, creo haberme liberado. Hoy me miro y me complazco. ¡Soy mi iglesia y mi propia liturgia! ¡Soy mi único camino hacia Dios! El perfecto enunciado de mi personalísimo destino: me debo a mí mismo y, como Whitman, el viejo patriarca, me canto y me celebro, y a mi avanzada edad me acuesto sobre hojas de hierba… ¡y sueño!

 

Los costes de la crisis venezolana por Kenneth Rogoff – El País – 16 de Septiembre 2018

No es demasiado pronto para empezar a planear la reconstrucción para cuando el estado clientelar termine

Los costes de la crisis venezolana
La implosión del gran experimento de Venezuela con el socialismo “bolivariano” está creando una crisis humanitaria y de refugiados comparable a la de Europa en 2015. En autobús, en barco e incluso a pie por caminos peligrosos, cerca de un millón de venezolanos han huido solo a Colombia y se calcula que hay otros dos millones en otros países (en su mayoría vecinos).

Allí muchos terminan viviendo en condiciones desesperadamente inseguras, con poco alimento y ninguna medicina, y durmiendo donde pueden. Hasta ahora, no hay campos de refugiados de Naciones Unidas, solo una modesta ayuda de organizaciones religiosas y otras ONG. Cunden el hambre y la enfermedad.

En general, Colombia está haciendo lo mejor que puede por ayudar; da atención a los que acuden a los hospitales, y su voluminosa economía informal está absorbiendo a muchos refugiados como trabajadores. Pero con un PIB per capita que solo llega a unos 6.000 dólares (contra los 60.000 de Estados Unidos), los recursos de Colombia son limitados. Y el Gobierno también debe reintegrar urgentemente a unos 25.000 guerrilleros de las FARC y a sus familias, según lo estipulado por el acuerdo de paz firmado en 2016 que puso fin a medio siglo de cruenta guerra civil.

Los colombianos han sido comprensivos con sus vecinos, en parte porque muchos recuerdan que durante la insurgencia de las FARC y las narcoguerras relacionadas, Venezuela absorbió a cientos de miles de refugiados colombianos. Además, durante los años de bonanza en Venezuela, cuando el precio del petróleo era elevado y el régimen socialista todavía no había destruido la producción, varios millones de colombianos consiguieron trabajo en Venezuela.

Pero el reciente tsunami de refugiados venezolanos está creándole a Colombia problemas enormes, que trascienden los costes directos del mantenimiento del orden y la provisión de atención médica urgente y otros servicios. En particular, el ingreso de trabajadores venezolanos generó una importante presión a la baja sobre los salarios en la economía sumergida de Colombia (que incluye agricultura, servicios y pequeñas fábricas) justo cuando el Gobierno tenía esperanzas de subir el salario mínimo.

Con las primeras oleadas de venezolanos vinieron muchos trabajadores cualificados (por ejemplo, cocineros y conductores de limusina) con expectativas razonables de hallar empleo remunerado en poco tiempo. Pero los refugiados más recientes carecen en su mayoría de instrucción y capacitación, lo que complica los esfuerzos del Gobierno para mejorar la suerte de la propia población desfavorecida de Colombia.

Los problemas a largo plazo pueden ser incluso peores, ya que enfermedades que otrora estaban bajo control, como el sarampión y el sida, hacen estragos en la población de refugiados. Los dirigentes colombianos más previsores, incluido el nuevo presidente, Iván Duque, sostienen en privado que dispensar a los refugiados venezolanos un trato humano y digno beneficiará a Colombia en el largo plazo, cuando el régimen caiga y Venezuela vuelva a ser uno de los principales socios comerciales de Colombia. Pero nadie sabe cuándo ocurrirá eso.

Lo que sí se sabe es que tras muchos años de política económica desastrosa, iniciada en el mandato del difunto presidente Hugo Chávez y continuada con su sucesor, Nicolás Maduro, el régimen venezolano dilapidó una herencia que incluye algunas de las reservas comprobadas de petróleo más grandes del mundo. Los ingresos del país se redujeron en un tercio, la inflación va camino de llegar a un millón por ciento, y millones de personas padecen hambre en un país que debería ser razonablemente rico.

Aunque podría pensarse en una revolución, hasta ahora Maduro ha podido mantener al Ejército del lado del régimen, en parte dándole licencia para manejar un inmenso negocio de tráfico de drogas que exporta cocaína a todo el mundo, y en particular a Europa y Oriente Próximo. Y a diferencia del petróleo (sobre cuya exportación pesan inmensas deudas con China y otros acreedores), las drogas ilegales reportan a sus vendedores ganancias ilimitadas (salvo en los pocos casos de decomiso).

Por desgracia, muchos miembros de la izquierda en todo el mundo (por ejemplo, el líder de la oposición británica, Jeremy Corbyn) hicieron la vista gorda ante el desastre en gestación, tal vez por un impulso automático a defender a sus hermanos socialistas. O peor aún, tal vez creyeron realmente en el modelo económico chavista.

Demasiados economistas de izquierda (incluidos algunos que terminaron trabajando para la campaña presidencial de 2016 del senador Bernie Sanders en Estados Unidos) fueron partidarios incondicionales del régimen venezolano. También hubo cómplices oportunistas, incluido Goldman Sachs (que con su desacertada compra de bonos venezolanos sostuvo sus precios) y algunos de la derecha; por ejemplo, el comité a cargo de la ceremonia de asunción del presidente estadounidense Donald Trump, que aceptó una gran donación de Citgo, la filial estadounidense de Petróleos de Venezuela.

Hace poco, Maduro puso en marcha un plan absurdo para estabilizar la moneda, mediante la emisión de nuevos billetes supuestamente respaldados por la criptomoneda del Gobierno (que es como levantar un castillo de naipes sobre arenas movedizas). Sea que la nueva moneda funcione o no, es seguro que el Ejército venezolano seguirá usando billetes de cien dólares para sus operaciones.

En respuesta a las crisis interna y regional generadas por el régimen de Maduro, Estados Unidos implementó graves sanciones comerciales y financieras, y se dice que Trump propuso la idea de invadir Venezuela. Por supuesto, una intervención militar estadounidense sería una locura, e incluso los muchos Gobiernos latinoamericanos que ansían la caída del régimen jamás la apoyarían.

Pero Estados Unidos puede y debe enviar mucha más asistencia financiera y logística a los países vecinos para ayudarlos a hacer frente al enorme problema de los refugiados. Y no es demasiado pronto para empezar a planear la reconstrucción y la repatriación de los refugiados, para cuando la variedad venezolana del socialismo —o, más precisamente, del clientelismo basado en el petróleo y la cocaína— finalmente se termine.

Kenneth Rogoff, execonomista principal del FMI, es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard.

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