elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Salud

Abel Saraiba: “A la gente la dejaron a la deriva” por Hugo Prieto – ProDaVinci – 13 de Octubre 2019

Abel Saraiba: “A la gente la dejaron a la deriva”

¿Quién no ha sentido rabia? ¿Quién no ha sentido tristeza? Esta experiencia ha impactado a la sociedad venezolana hasta la médula. Y nadie, por sí mismo, tiene los recursos para salir de esta locura. Mejor no hacerse preguntas como la que marca esta entrevista. ¿Cómo ha impactado la crisis humanitaria la psiquis del venezolano? Quien responde es Abel Saraiba, psicólogo, con estudios en bioética y posgrado en Familia y el Niño de la UCAB. Saraiba, además, coordina el programa Creciendo sin Violencia, de Cecodap.

En apenas seis años, justamente el lapso que dura un período presidencial en Venezuela, pasamos del siglo XXI al siglo XIX, de botar la casa por la ventana (elecciones 2013) a una crisis humanitaria compleja. ¿Cómo cree que eso impacta la psiquis del venezolano?

Creo que el impacto es dramático, si a uno le toma tiempo procesar que una relación se termine y una persona puede quedar atrapada digiriendo un momento, pues eso es terrible. Volver al siglo XIX, con lo que emocionalmente nos toma a los seres humanos procesar los cambios es tremendo. Además, creo que esto nos sorprendió con la guardia baja, porque estábamos escindidos. Es decir, por un lado estábamos viviendo en la dimensión 2.0 y por el otro en los dramas del siglo XIX. Esto, lejos de ofrecernos un punto de salida, a veces nos hace como tomar una pala y empezar a cavar. ¿Qué hubiese sido de la sociedad del siglo XIX, si hubiese tenido las redes sociales y las herramientas que hoy tenemos, para contar y mirar lo que sucede? No creo que ese impacto pueda borrarse y quizás lo mejor sea que no se borrase, porque nos estamos enfrentando a una serie de hechos sociales que van a dejar una marca decisiva en lo que seremos como sociedad.

El cerebro sigue siendo un misterio. La memoria es traicionera y la capacidad individual para entender lo que nos pasa es muy dispar, tanto como las inequidades de la sociedad venezolana. No sé si tenemos las herramientas para procesar lo que nos está pasando.

Nadie las tiene. Es decir, nadie, por sí solo, tiene las herramientas como para enfrentar la realidad que estamos viviendo. Creo que eso marca un punto de cara al reto que tenemos por delante. Sobre todo para una sociedad tan individualista como la venezolana, aunque creamos que por estar juntos y porque nos gusta echar broma somos todo lo contrario. Esto hace, por primera vez, que tengamos que pensar de una forma genuina en el que tienes al lado, entre otras cosas, porque lo que te separa cada vez es menor. Pensamos que los problemas eran de otros. Y hoy caes en la cuenta de que finalmente estamos conectados.

Pareciera que el país que le gusta la chanza, el país chévere, nunca existió. ¿O eso era cosa de una tribu, de un segmento reducido de la sociedad?

Yo me he hecho esa pregunta: ¿era así el país de mis viejos? Detrás de la bonanza, también había una profunda sombra de la cual no se hablaba. Pongo un ejemplo. Mi familia paterna es de origen portugués y con el tiempo yo descubrí que mi papá habla el portugués menos que yo. ¿Por qué? Él me contó algo que ahora lo he entendido. Mis abuelos le prohibían a él hablar portugués en la casa, porque eso podría significar que él tuviera acento. ¡Ah!, un motivo de burla, un motivo para enredarse en una pelea en la calle. Entonces, ciertos mitos que construimos como sociedad no dan más. Nos horroriza la xenofobia a la que se enfrentan los venezolanos que migraron, pero resulta que aquí también hubo historias de xenofobia. Esto de que todo era chévere, de que aquí a todo el mundo lo recibían con los brazos abiertos, eso no es así. A lo mejor se vivió como algo chévere, pero a la luz de lo que estamos viviendo entendemos que no era así, que eso fue lo que nos trajo hasta aquí.

Los venezolanos somos acríticos con la realidad, con nosotros mismos. Añoramos el país chévere y cuanto antes regrese, mejor. Pero somos incapaces de plantearnos otra cosa.

Finalmente, pensamos en el otro porque ahora nos hacemos una serie de preguntas:¿Cuál es nuestro lugar en la historia? ¿Qué nos trajo hasta aquí? ¿Qué tenemos que cambiar? ¿En qué nos hemos equivocado? Pero pareciera que sigue siendo algo lejano, porque Venezuela sigue siendo el mejor país del mundo. ¿Por qué nos permitimos creer eso? ¿Con base en qué? Nos agarramos de la herencia natural, del Ávila, del Salto Ángel, pero de lo que hemos hecho como sociedad ¡ah!, eso cuesta un poco más.

No lo veo muy de acuerdo con el lugar común que reza… lo mejor que tiene Venezuela es su gente.

Yo creo que es lo mejor y lo peor. Lo que hace vivible al país es su gente, en la medida en que uno se siente parte, de que uno encuentra una familiaridad cotidiana, que le da una sensación de alivio frente a ciertas cosas, pero a su vez esa misma forma de vernos y de relacionarnos nos lleva a poner un gran velo que impide mirarnos. Creo que ahí está el tema. En ese sentido, la suerte de Venezuela es un poco binaria. Por un lado, tenemos grandes riquezas naturales, pero por otro lado tenemos una gran pobreza institucional. Sí, la Venezuela chévere nos llevó a esta otra Venezuela, pero había papel tualé. Había unas condiciones mínimas diferentes a las que hoy tenemos, la gente no se veía obligada a comer de la basura. Pero no hemos roto con la dicotomía. Es decir, hay quien quisiera volver a la Venezuela chévere, pero también hay quien aborrece a la Venezuela chévere y esta otra Venezuela le parece paradisíaca. Yo no me hallo en ninguna de las dos, porque la Venezuela chévere nos trajo hasta acá. Romper con esa dicotomía nos exige movimiento.

¿Usted pasa consulta?

Yo paso consulta.

Este regreso al Siglo XIX, casi a la velocidad de la luz, con el militarismo, con las formas dictatoriales de gobierno, el regreso de las enfermedades endémicas y la pobreza generalizada, ¿qué patologías ha traído a su consulta?

Me vi leyendo a Freud recientemente y era como escuchar los padecimientos en el cuerpo. La gran queja del siglo XIX. ¿Qué hacemos con esta señora que se enferma pero que médicamente no le encontramos explicación? Entonces Freud se topa con la histeria, con la neurosis. La gente llega a la consulta para conectar lo emocional con el cuerpo, llegan porque les duele algo, porque se han enfermado del estómago o de la piel. Y en algunos casos, después de peregrinar tratando de encontrar una respuesta, se encuentra con que quizás algo pasa por dentro. Yo me siento como en una reedición de lo que tal vez vio Freud en su momento, con un cambio, sí. En la época de Freud el mandato era no gozar; y si sientes placer, te invadía la culpa. El mandato hoy es lo contrario: siente placer y si no es así eres profundamente infeliz. Lo que vemos es el cuerpo puesto delante de las emociones y allí uno tratando de abrirle un espacio a la palabra.

Nunca podemos controlar una emoción. Quizás podemos lidiar con ella, pero eso es lo que nos determina como ser humano. Puedes tener una predisposición a la rabia que puede llevarte a la violencia. ¿Cuáles serían esas emociones? ¿Se está haciendo algo para controlarlas?

Tradicionalmente —y en esto hay un consenso en la psicología— se identifican cinco emociones: la rabia, la tristeza, el asco, la alegría y el miedo. Es cierto, uno no controla lo que siente. Pero lo que uno pudiera intentar es controlar el pensamiento que viene asociado a una emoción. Pensemos en la rabia. Si no haces nada, porque las emociones no se ven, pasado un lapso la rabia se convierte en ira. Pero la ira tiene una capacidad de destrucción en nuestro entorno, en nuestra vida. La tristeza. Cuando sientes la tristeza de una forma persistente y no logras tramitarla, no haces nada con ella, se empieza a transformar en una depresión, que pudiera incluso paralizarte. Pero no hacemos nada, porque creemos que de eso no nos vamos a morir.

Para quien se lo quiera creer, ¿verdad?

¡Claro! El suicidio, por ejemplo, es la segunda causa de muerte en la población con edades entre 15 y 20 años. Lo dice la OMS. Es un tema de una gravedad tremenda. Pero pensamos que no, porque de nuevo: las emociones no se ven. Pero si tuviera una herida sangrante, nadie dudaría de ir al médico. Pero si uno está triste o tiene rabia, pudiera actuar por su cuenta y ahí viene lo peor.

Y todo eso en medio de la emergencia humanitaria compleja. No hay tratamiento, no hay capacidad para anticipar qué emociones están alterando la conducta de los individuos. Esto es un récipe en blanco.

A la gente la han dejado a la deriva. Si hay una consecuencia inmediata de la emergencia humanitaria, diría que es el sufrimiento. Pero justamente ese sufrimiento permanece inabordable, porque no hay las condiciones para atenderlo. Aquí llegó una joven adolescente con un alto riesgo suicida, le sugerimos que buscara la forma de hospitalizarse, de tratarse. ¿Y qué le dijeron en el hospital? Que si quería matarse, el metro estaba allí. Afortunadamente esa joven pensó, de forma inteligente, que ese no es el comportamiento de un profesional. ¿Cuál ha sido la respuesta en general? No tenemos lugar para hospitalizarla ni medicamentos que darle. La recomendación es que busque un centro privado o tenerla en la casa. Pero la atención en un centro privado cuesta 3.000 dólares. Así fue como la sala del apartamento se convirtió en la sala accidental de un hospital y la madre renuncia al trabajo para ser la cuidadora de su hija, sin tratamiento, sin medicinas. Frente a un paciente renal que no tiene cómo dializarse, frente a un niño que come de la basura o un enfermo de cáncer, ponte en la fila. Es un acto de una crueldad tremenda.

¿Y eso es producto de la incapacidad que tenemos de pensar genuinamente en el otro o es algo atribuible a la inacción, a la indolencia del Estado? ¿O son las dos cosas?

Creo que son las dos cosas. Creo que el Estado es indolente y es negligente con relación al tema de salud mental, entre otras cosas. Pero también, como parte del país chévere, de que somos felices, no nos cabe la idea de que la gente esté profundamente triste y deprimida. Eso no está en el radar y es terrible, porque en medio de la emergencia, la gente está pensando en otra cosa. Nos cuesta mucho aceptar la tristeza, porque eso implica aceptar que lo que ocurre nos hace daño. Eso es un gran obstáculo para hacer acciones colectivas. ¿Cómo nos vamos a poner de acuerdo si no sabemos lo que nos pasa?

¿Por qué yo tengo que entender a un individuo que dice que Chávez fue todo? ¿Todo no es demasiado?

Hubo algo que falló, porque muchos venezolanos pensaron que la respuesta a los problemas la tenía un sujeto. Esa idea está muy interiorizada en nosotros. Creo que una de las cosas que estamos llamados a entender es que nadie es invulnerable. Tenemos que vernos en nuestra fragilidad, porque tuvimos unos soportes imaginarios. Tenemos petróleo, tenemos mises, tenemos un patrimonio natural. Pero todo eso se ha resquebrajado. Tenemos que entender que nos pueden pasar cosas, sin aterrarnos, pero en igual medida tenemos que tomar previsiones para que esas cosas dejen de pasarnos. Por otro lado, tenemos que hacer un gran esfuerzo para reconocer al otro en su diferencia. Para el chavista, el opositor era una cucaracha; y para el opositor, el chavista era un bruto, un marginal, sin entender que a lo mejor el chavista fue excluido de ese país que parecía chévere, hasta que vino alguien y se los dijo, y esa gente pensó: es verdad, ese tipo me está hablando a mí. Después de reconocernos, tenemos que respetarnos.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a vernos vulnerables?

Porque eso rompe con la idea de que lo podemos todo, porque vernos vulnerables implica que podemos necesitar ayuda o nos confronta con nuestras propias limitaciones. Y más allá, que puede haber otro, que no soy yo, que tenga la solución. ¿Dónde está la trampa? Negar que somos vulnerables no nos salva de serlo. Ojala podamos vernos vulnerables, porque uno pudiera pensar: ¿Qué más nos puede pasar? Y todavía nos pueden pasar muchas cosas peores, pero si no nos cuidamos las seguiremos contando.

¿Qué podemos hacer para detener esa fuerza inercial que profundiza el deterioro, la idea de que nuestra realidad puede ser aún peor?

Hay que darle paso al deseo. Hay que empezar a construir, incluso en medio de lo que pareciera una locura, una visión de hacía dónde queremos ir. Eso le pudiera poner coto a esa fuerza inercial.

¿La resiliencia? ¿El conformismo? ¿Esa son las dos opciones? ¿O hay una tercera que no podemos o no queremos ver?

Tenemos que romper lo binario. Uno puede ver una resilencia ingenua… ante todo lo que te pasa sonríe, una cosa naif que no lleva a ningún lugar, quizás sirva ponerse en contacto con personas que han vivido situaciones mucho más difíciles. ¿A qué conclusión llegaron los sobrevivientes del Holocausto judío? Que en cierto momento ya no tenían nada que tener. Qué en medio de esa adversidad tenían que aferrarse a algo de la vida y a partir de ahí empezar a construir soluciones, que no eran ni mágicas, ni fáciles, ni nada. Yo creo que el camino es mucho más áspero. Y vuelvo al deseo entendido desde el psicoanálisis, porque implica una renuncia. Sí deseo fumar, por ejemplo, renuncio a la salud, porque tarde o temprano seré un paciente cardiovascular. El deseo nos interroga: ¿Qué es lo que yo quiero? Pero también, ¿qué estoy dispuesto a poner? ¿Qué estoy dispuesto a perder y a dejar atrás para poder hacerle frente?

Pero eso implica costos, quizás sufrimiento, no creo que los venezolanos estemos ávidos de vivir una experiencia como esa.

Pienso en la promesa de Churchil, sangre sudor y lágrimas. Esa fue una promesa sincera, porque era lo que venía. Creo que nos hace falta una dosis de realidad. Pero ese mensaje es tremendamente impopular. No veo un camino sin fricción, porque lo que viene implica romper con el imaginario de que como esto es una tierra de gracia, nosotros no necesitamos hacer ningún sacrificio, sino a un individuo que reparta bien. No, aquí hay que hacer unos sacrificios considerables.

¿Usted cree que el venezolano está enfermo, digo, en su psiquis?

Yo creo en la clínica individual. Lo que pudiera decir es que el venezolano está impactado. Es decir, no hay manera de que esta experiencia no haya dejado huella en nosotros. De cualquier manera esta experiencia hace que redimensionemos lo que somos. No somos los mismos ni seremos los mismos. No sabría decir a dónde nos lleva esta versión de lo que somos, pero sí, definitivamente, estamos impactados. Creo que hay mucha gente enfermándose, que hay mucha gente sufriendo, más de lo que pudiéramos imaginarnos. Nos preocupan las cifras de la malaria. ¿Y las de depresión? Quizás la malaria nos parezca un mal menor. Cada quien con sus recursos, se mueve más o menos, pero todos hemos dejado algo en el camino.

¿Si esto sigue deteriorándose, como pudiera ocurrir, cuáles serían las consecuencias en la salud mental de la gente?

A mí lo que más me asusta es cómo nuestra visión se va haciendo más corta. Uno de los peores daños, el que más me preocupa —además de lo traumático de la violencia, de la angustia crónica por el hambre, de la incertidumbre permanente por la falta de servicios públicos— es la incapacidad de ver opciones. Cuando asumimos la resignación y nos convencemos de que no hay otra forma de vivir, incluso, que no nos merecemos otra forma de vivir, creo que nos miramos desde un túnel cada vez más estrecho. Quienes han tenido otras experiencias, quienes han vivido una existencia diferente, pierden la voluntad de contarlo o van muriendo en el camino. Cuando nos convenzamos de que esta es la única vida posible, será mucho más difícil salir de ese túnel.

¿Esto es producto de la ejecución de un plan conductual, por llamarlo de alguna forma? ¿Esto puede ser inducido? La idea de que no hay otra vida posible, sino esta que estamos viviendo, creo que está copando el imaginario de grandes sectores de la población venezolana.

No me sorprendería que esto responda a una cosa pensada, porque ha salido tan bien que es difícil dejársela al azar. Lo que sí veo es que el gobierno ha utilizado dos grandes recursos: el miedo y la esperanza. Miedo de que te agredan, de que te pasen cosas terribles, además con manifestaciones más marcadas de lo que el Estado pueda hacer, cómo el Estado puede dañar con represión, no hay límites. Y la esperanza. Dos cosas. Uno: no necesito darle un apartamento a todo el mundo, basta que se lo dé a uno de diez para que los otros nueve crean que les puede tocar. Dos: la esperanza como algo que se quiebra. Lo peligroso que ha sido eso para la sociedad venezolana en este último tramo. Cada vez que ha habido una esperanza de que las cosas puedan cambiar… y no cambia, cómo la gente se viene abajo. La esperanza como una tragedia. En eso el gobierno ha sido tremendamente eficaz.

Venezuelans Find Medical Refuge in Colombia – Latinamerican Herald Tribune – 6 de Octubre 2019

ARAUCA, Colombia – The Arauca pier is already busy before sunrise. Hundreds of people arrive in boats from Venezuela to get medical attention, and to be sure they do, they must be among the earliest to stand in the long lines that quickly begin to form.

One of the first buildings they come across in the city, which is the capital of Arauca province and is only separated from Venezuela by the swiftly flowing Arauca River, is that of the Colombian Red Cross.

From 4:00 am, when the humidity and heat of the area are not yet so fierce, dozens of people, many with babies in their arms, line up outside the medical center waiting for the doors to open at 7:00 am with hopes of being among the 120 to be assigned their turn.

Some have cardiac problems, others suffer respiratory illnesses and there are also pregnant women who, despite their pain, know that this is the only way to get good medical care.

One of them was Tatiana Lopez, who traveled from the state of Guarico in central Venezuela to be treated for the painful neuritis she suffers in one arm.

“Thank God they looked after me well. The doctor who saw me is an excellent person who actually listened to me. He told me to tell him all I was suffering and I told him everything,” Lopez told EFE after her doctor’s visit.

From her home, it took the woman 10 hours to reach El Amparo, the Venezuelan town on the other side of the Arauca River, and from where she took a boat over to the Colombian city.

Despite the long trip, the woman preferred to go to Arauca than see a doctor in her native land because, besides the fact that her son lives here, the state of clinics in her own country is “super bad.”

“The hospitals are awful, there are no medicines, no remedies. You can’t even find a parasite cleanse in Venezuela,” she said.

The Red Cross – the local coordinator of Arauca’s emergency-call project, Carlos Alberto Prada, told EFE – offers the services of general medicine, psychology and an infirmary, which mainly attend Venezuelan migrants and Colombians returning from that country.

“The chief characteristic of the Venezuelan population that we serve is that it is pendular, since on the Venezuelan side they have access to public services. Then they come to the Colombian side for health services,” Prada said.

In its facilities, financed by donations from the International Federation of Red Cross and Red Crescent Societies (IFRC), the institution has a dispensary of medicines and a storeroom of cleansing equipment for those who need such products as part of a program to promote healthy living.

According to figures of Colombia Migration, as of June 20 there were 42,890 living in Arauca province of the almost 1.4 million Venezuelans who had settled in the country, and of whom 24,989 live in the regional capital.

One of those is Clairey Tanales, who has been living in Arauca for almost three years and has not gone back to Venezuela because she has no money to do so and fears that if she left, something could happened to her children.

“I’m not going anywhere because here I’m closer (to Venezuela) and I would only have to cross the river,” said the woman, who previously lived over 1,000 kilometers (620 miles) from Arauca in the Venezuelan state of Anzoategui.

Tanales is aware that the situation in which many Venezuelans are surviving in Arauca is critical, so she tries to take full advantage of the available health services, chiefly for one of her children who suffers from asthma.

And so the days go by in Arauca, where at sunset the boats return to Venezuela full of passengers, many of whom were able to receive medical care as they wait for the situation in their own country to change.

“I know things will get better in Venezuela, this won’t go on for much longer,” said Tatiana Lopez. “There are few days left before this is over.”

María Yanes Herrera: “La crisis de la salud está totalmente visibilizada” por  Hugo Prieto – ProDaVinci – 29 de Septiembre 2019

María Yanes Herrera: “La crisis de la salud está totalmente visibilizada”

De esta historia, la doctora María Yanes Herrera, médico internista y nefrólogo, tiene perfecto conocimiento. La crisis de los hospitales ya era un hecho en 2007 y pese a los ingentes recursos que recibió el país producto del boom petrolero (con un barril a 140 dólares) no se invirtieron los recursos necesarios para garantizarle a los venezolanos un acceso oportuno y de calidad en los centros de salud.

Yanes Herrera presidió la Red de Sociedades Científicas Médicas Venezolanas y la Sociedad Médica del Hospital José Ignacio Baldó (mejor conocido como el Algodonal). En Venezuela nunca se ha invertido en salud lo que recomienda Naciones Unidas (el 5 por ciento del producto PIB). La emigración forzosa, producto de la emergencia humanitaria compleja, se traduce en un déficit alarmante de personal en los centros hospitalarios, desde médicos hasta enfermeras, pasando por laboratoristas. El drama que viven los pacientes de enfermedades crónicas es una tragedia que se mide en muertes que pudieron prevenirse.

Las cifras son extraoficiales debido al apagón estadístico que impera en Venezuela.

Más de 16 millones de venezolanos acuden al servicio público de salud, cuyas condiciones, en 2018, eran las siguientes: 53 por ciento de pabellones o quirófanos inoperativos; 88 por ciento de escasez de medicamentos; 94 por ciento de fallas en los servicios de rayos x y 100 por ciento de fallas en los servicios de laboratorio. ¿Qué significa esto?

Lo primero que quisiera decir es que Venezuela atraviesa por la peor crisis de su historia republicana. No solamente en el contexto de la salud, porque la crisis sanitaria que tenemos ya llegó a un punto de quiebre. Pasamos de crisis humanitaria, en 2013, a emergencia humanitaria compleja, que es lo que estamos viviendo actualmente. Esta emergencia abarca todas las variables que intervienen en la vida de los venezolanos y uno de los factores que más incide en el derecho a la vida es, fundamentalmente, el derecho a la salud, como lo establece los artículos 83 y 84 de nuestra Constitución. Eso es lo que más ha afectado la vida de los venezolanos.

Usted ha trabajado en distintos hospitales del sistema de salud público. ¿Cuál es el drama que viven los enfermos? ¿Cuál es el drama que se vive en los hospitales?

La crisis hospitalaria comenzó en 2007. Yo conozco esa historia, porque era la presidenta de la Sociedad Médica del Algodonal. Actualmente, ningún hospital se salva a escala nacional. No sólo estoy hablando de los nueve centros hospitalarios, los más importantes, del Distrito Capital. Me refiero a todos los hospitales en sus diferentes clasificaciones, desde el tipo 1 hasta el tipo 4, esa clasificación depende del número de camas. Los hospitales de mayor envergadura, es decir los que tienen más de 300 camas —el Clínico Universitario, El Algodonal, el Pérez Carreño—, no las tienen todas operativas y el paciente, pese al esfuerzo de los médicos y del personal de salud en general, no recibe una atención oportuna y de calidad. ¿Por qué?, porque no hay los instrumentos, no hay herramientas y las fallas, prácticamente, son a nivel general.

¿Cómo se puede planificar las llamadas operaciones electivas, digamos, una hernia inguinal, una operación de cataratas? ¿Dónde entra el paciente?

Usted entra a lo que llamamos la mora quirúrgica a escala nacional (alrededor de 300.000 casos). El paciente tiene que esperar hasta seis meses para que pueda ser operado en una cirugía electiva. Venezuela, de acuerdo a lo que establece la Constitución, debería tener un sistema de salud intersectorial, con principios de gratuidad y equidad, pero eso no existe, porque el sistema de salud se pulverizó, se desintegró. El paciente tiene que traer todos los insumos —desde gasa hasta algodón, pasando por el catéter que le van a poner, cualquiera que sea—, tiene que llevar un kitde cirugía y, en muchos casos, no tiene la capacidad para comprarlos. Es decir, no hay la dotación que tiene que tener un hospital para atender al paciente.

¿Si a un paciente le detectan una hernia umbilical en un módulo de salud de Barrio Adentro, digamos, si tiene un diagnóstico temprano, ¿qué sigue?

No tiene la capacidad de resolverlo. ¿A dónde lo vas a enviar? ¿A un hospital? ¿A un centro de salud tipo 3 que tenga esa especialidad? Ahí se va a topar con la falta de dotación y de insumos. Todos sabemos que Barrio Adentro es un sistema de salud paralelo que comenzó en 2003, donde se iba a impartir la atención primaria. Pero la medicina preventiva no sólo es la prevención de la enfermedad, también es la educación y la promoción de salud. Eso es lo que debería prevalecer. A Barrio Adentro se dirigió la atención, los recursos, en desmedro del sistema tradicional.

¿Diría que Barrio Adentro fracasó?

En mi opinión es un sistema fracasado, donde no se ven los resultados para lo cual fue establecido. Es decir, un sistema de atención primario y de prevención. Eso fracasó. De hecho, la mayoría de los famosos módulos hexagonales están abandonados.

El país se ha vaciado de profesionales de la más variada índole. Otros países de América Latina han fortalecido su sistema de salud con la participación de médicos venezolanos. ¿No resulta paradójico?

Ese es uno de los contextos que entra en la emergencia humanitaria compleja en lo que se refiere a la salud. No sólo hablo de los médicos. Hablo, inclusive, del personal de enfermería, del personal de bioanálisis. Hay un déficit de recursos humanos impresionante en los hospitales. Más de 25.000 médicos se han ido del país. Esa es la cifra que manejamos. Todos formados en las universidades tradicionales y reconocidas. Porque así como tenemos un sistema de salud paralelo, lamentablemente también tenemos una educación paralela en la medicina, como lo es el médico comunitario integral. Hay un pénsum de estudio que no cumple con las horas académicas para que un estudiante opte por un título de médico. De la emigración forzosa que sale del país por el puente Simón Bolívar —más de 5.000 venezolanos cada día—, no se escapan los profesionales y el personal de la medicina.

¿Cuáles son las especialidades más afectadas?

Yo diría que ninguna especialidad se salva. Pero son más los recién graduados e inclusive los que terminan su residencia de posgrado. Aquí no se salva ninguno. Afortunadamente, en otras latitudes, esos médicos han demostrado lo bien que han sido formados. Pero no hay garantías de que siga siendo así. Recientemente se quiso implementar un instructivo en el Hospital Clínico Universitario, que no sólo atentaba contra su autonomía, sino contra la formación académica de los estudiantes. Una cosa muy grave, porque ese hospital es el brazo derecho de la Escuela de Medicina Luis Razetti. La reacción inmediata de la comunidad hospitalaria en general lo impidió. Pero esa amenaza sigue latente.

La gente que emigra se va quedando, se va quedando… hasta que un día no vuelve. Eso le va a pasar a muchos médicos. Esa idea de que la gente va a regresar, no la veo tan factible. ¿Qué daño se ha producido? ¿Cuánto tiempo va a tomar, por ejemplo, volver al nivel que teníamos en 2013, año en que empezó la crisis humanitaria?

Hay gente que está trabajando en un plan para recuperar el sistema de salud en términos generales. Un factor importante de ese plan es la recuperación del personal que se perdió debido a la migración forzosa que produjo la emergencia humanitaria. Se perdieron todas las condiciones de trabajo. Se perdieron todas las condiciones de seguridad social. No hay una contratación colectiva. Todo eso se perdió. No será de un día para otro. El grupo Médicos Unidos del estado Aragua, por ejemplo, presentó un plan para esa entidad, que pudiera extrapolarse a escala nacional. Ese plan establece metas y objetivos a alcanzar en un plazo de 90 días, seis meses, un año y dos años. Ese plan lo debemos tener para cuando se produzca el cambio que todos queremos y que sabemos cuál es. Me estoy refiriendo —para no hablar de otras cosas—, al sistema que prácticamente ha destruido la salud en Venezuela. Yo tengo esperanza, tengo fe, de que cuando se produzca el cambio muchos médicos van a regresar.

Los recursos que se invierten en salud han caído en forma sostenida. En 2015 representaban el 3,1 por ciento del PIB y en 2018, apenas el 1,9 por ciento —data de la Organización Mundial de la Salud—. No sólo es un sistema fracasado sino inviable financieramente.

Eso no es nada. Antes de la debacle económica del 2013, a Venezuela le entraron recursos muy importantes por exportaciones petroleras. El precio del barril llegó a 140 dólares. Incluso entonces, el gasto en salud era ínfimo. Nunca llegó a los niveles que recomienda la OMS (5 por ciento del PIB). Aquí lo que está impactando es el caos y la crisis económica que hay en Venezuela. Lo primero que tiene que haber es una recuperación económica para poder aportar en salud los recursos que se necesitan. El gobierno no previó, para nada, el impacto que el desastre económico tuvo y tiene en el sector salud.

El otro tema tiene que ver con las enfermedades crónicas y los pacientes oncológicos. Uno de cada 10 venezolanos, por ejemplo, puede comprar los medicamentos para tratar el dolor que produce el cáncer. Más de seis mil venezolanos se han ido del país para poder comprar las medicinas que hacen falta para tratar el VIH. Dentro de la realidad sombría que estamos viviendo, ¿qué les queda a estos enfermos?

Es muy triste, porque uno como médico vive el día a día de estos pacientes y conoce la realidad. En Venezuela hay alrededor de 300.000 personas que padecen enfermedades crónicas de diversa índole. No solamente son los pacientes oncológicos, también son los pacientes que no tienen ni los recursos para adquirir las medicinas, o sencillamente no las hay o no llegan al país. En ambos casos, simplemente, son pacientes que corren el riesgo de morir. Es una cruda, una trágica realidad la que se vive en Venezuela con los pacientes de enfermedades crónicas.

Se puede decir, sin menoscabo a la verdad, que el Estado está condenando a estos pacientes a una muerte anticipada.

A una muerte que pudo haber sido prevenible, porque no es solamente el paciente oncológico o el paciente con VIH, es el paciente hipertenso que puede morir por causa de un infarto o un ACV, es el paciente diabético que puede morir porque no tiene la insulina, es el paciente con esclerosis múltiple que tiene tres años sin recibir los medicamentos de alto costo para todas esas enfermedades. Si bien estamos viendo más medicinas por vía de la Cruz Roja Internacional, no son suficientes. El drama de los pacientes trasplantados que han fallecido porque no hay inmunosupresores. Y los pacientes en diálisis, más de cinco mil han fallecido en los dos últimos años, de acuerdo a las declaraciones del expresidente del IVSS, porque no hay los insumos en diálisis. O porque el paciente no tiene los medicamentos para atenderse y muere por complicaciones de su enfermedad renal crónica. Es un drama terrible.

¿Por qué el gobierno niega la existencia de una emergencia humanitaria? ¿Por qué el representante del gobierno va a Bruselas y dice tal cosa?

Eso tiene su lógica, ¿qué se puede esperar de una persona que forma parte de este sistema? Eso es lo que tiene que decir y reiterar, que aquí no hay ninguna emergencia humanitaria compleja. Pero afortunadamente, el sol no se puede tapar con un dedo. Y así lo demostró el informe de la doctora Michelle Bachelet (alta comisionada de los Derechos Humanos de la ONU). Un informe que se presentó por primera vez el pasado 5 de julio y al que se le hizo una actualización el pasado 9 de septiembre. Ahí se demostró la violación a los derechos humanos en Venezuela, incluido el derecho a la salud y a la vida. Ya está totalmente visibilizada la crisis de salud que hay en el país. Me preocupa que no haya habido una respuesta ni del gobierno del señor Maduro ni de la comunidad internacional. La ayuda que llega a través de la Cruz Roja Internacional es insuficiente, tampoco está llegando al número de personas que realmente la necesitan. ¿Qué se importen medicamentos? Muy bien, pero que sean de calidad y debidamente registrados en el país, cosa que no está ocurriendo.

Vivimos una secuencia de enfermedades transmisibles —sarampión, difteria, hepatitis A, y de malaria, donde Venezuela ha retrocedido más de 40 años.

Para este año los expertos pronostican un millón de casos nuevos de malaria. Yo creo que la malaria es el reflejo del fracaso de las políticas sanitarias desde el punto de vista epidemiológico. Desde 1936 salía el Boletín Epidemiológico y es bajo este régimen que dejó de publicarse, creo que en 2008 se publicaron varios boletines, luego en 2016, hasta que se publicaron las cifras de mortalidad materna y mortalidad infantil que son los indicadores más fehacientes de que un país está o no saludable. Tenemos una crisis epidemiológica en falta de políticas y de controles para poder erradicar esas enfermedades. La erradicación del vector que propaga la malaria no está funcionando, así como las políticas de prevención y control de riesgos. Lo que ha habido es un gran retroceso. En la difteria, por ejemplo, el último caso fue en 1992 y en octubre de 2016 regresa, ¿por qué? Porque la cobertura en vacunación no llegó al 50 por ciento cuando debía ser del 95 por ciento, al menos en niños. Eso te dice que aquí no hay, en lo absoluto, políticas sanitarias para controlar esas enfermedades. Sarampión, en lo que va de año, ya van más de 5.000 casos.

Esas enfermedades, no sé si con la espada de Bolívar, van recorriendo toda América Latina.

Esa tragedia de enfermedades emergentes y reemergentes —sobre todo estás últimas— nos muestran como un país en franco atraso y retroceso. Nos hemos convertido en un país exportador de enfermedades a otros países. Ya Venezuela implica un problema regional en salud.

Los números que la dictadura de maduro no presentó en la ONU – Asamblea Nacional – 28 de Septiembre 2019

Encuesta Nacional de Hospitales – Medicos por la Salud – Julio 2019

Venezuelan health system collapses, forcing migration by Beatriz Afanador – CRS Catholic Relief Services – 19 de Agosto 2019

Miguel is one of millions who’ve fled Venezuela, which has been in economic and social crisis since 2015. A drastic fall in the price of oil, its main export, led to a progressive decline in local production capacity, resulting in food shortages, hyperinflation, the collapse of the health system and social unrest.

young Venezuelan migrants in Colombia

Young Venezuelans, who do not have access to migrant shelters, camp in the streets and green areas of the border city of Cucuta in Colombia.

Photo by Nicolo Filippo Rosso for CRS

Six years ago, Miguel was severely burned in an accident. Ever since, he has struggled to find proper medical care. The first time he was hospitalized, he contracted bacterial infections because of substandard conditions in the facility.

“In Venezuela, there was no infectious disease specialist. They didn’t even know what he had,” explains his brother Oscar, who has accompanied Miguel throughout his journey. “When we took him to places so that they could assist him, they told us that they had to amputate his arms in order to save his life.”

Miguel tried recovering at his mother’s home and regained just enough energy to begin working again. He had a job repairing cell phones, but the injuries to his hands made that a challenge—so he learned to use his feet instead.

Gradually, though, another infection developed, as did anemia from malnutrition. The average Venezuelan has lost 24 pounds since 2017, and as much as 87% of the country’s population has been pushed below the poverty line. Severely malnourished, Miguel was unable to get out of bed. That’s when his family made the decision to leave for Colombia.

Like many Venezuelan families, Miguel’s was forced to migrate in search of lifesaving healthcare. The World Health Organization reports that Venezuela’s health system has been reduced by 85%, and infectious diseases such as measles, diphtheria and malaria are on the rise. In fact, the collapse of health services is a main factor driving Venezuelan migration today.

Venezuela migrants head to Colombia

Migrants walking their long journey from Venezuela to Colombia. From there, many will continue on foot to Peru, Chile and Brazil in search of a new life.

Photo by Nicolo Filippo Rosso for CRS

“We took a long time to get him out, because the situation he was in was difficult. Back in Venezuela, they sold us the blood that got his hemoglobin to an acceptable level so that he could get out of bed,” says Oscar.

A close friend helped transport Miguel and his family to a city near the Colombian border. They traveled the rest of the way on foot. By the time they reached the border, Miguel could barely cross the Simon Bolivar Bridge to Colombia without his mother and brother’s help. Upon seeing Miguel’s critical condition, Colombian immigration agents had him transported by ambulance to the nearest hospital.

Volunteer doctors at Casa de Paso Divina Providencia—a shelter run by the Catholic Diocese of Cucuta—say that most migrants are suffering from malnutrition. Untreated chronic diseases like high blood pressure, diabetes and hypothyroidism are also common among them.

During his time in Colombia, Miguel has managed to overcome the infection and is receiving the food and care he needs. Doctors predict that with several surgeries he will also recover the mobility of his hands.

“We believed in God, and here they told my mother that they can save her son’s hands. He has no problem now. They will not be amputated,” says Oscar.

Across 14 dioceses in 10 states, and in the capital of Caracas, Catholic Relief Services and Caritas Venezuela are supporting the health of people in need. In May, CRS and Caritas Venezuela piloted the use of e-vouchers as a means of accessing food for vulnerable families in Caracas. We are now expanding to multiple areas, with an estimated 1,700 families participating in Caritas Venezuela’s nutrition rehabilitation program. Over the next 12 months, CRS and Caritas Venezuela plan to scale the program to benefit 12,000 families as well as the participating business and shop owners.

With our partners throughout the region, CRS is responding to the needs of families in Venezuela as well as those who have fled to Colombia, Brazil, Peru, Ecuador, and Trinidad and Tobago. Throughout Latin America, CRS supports local partners, including the Scalabrinian Mission and Living Water Community, to provide health care, food, shelter, protection, water and sanitation services, and cash to more than 43,000 Venezuelans affected by the humanitarian crisis.

*Names have been changed to protect privacy.

 

Economía a la deriva por Ramón Peña – La Patilla – 25 de Agosto 2019

download

Hace un año, el Golem gobernante anunció un “modelo económico único en el mundo” que anularía la dolarización de los precios, utilizando el Petro como dolarizador del salario. Un revolucionario proceso que resumió con un algoritmo de su propia cosecha: “¡Cero mata cero”!

Pero la economía suele ser reacia a las babiecadas. Se ha profundizado la dolarización del sistema monetario y propende a afianzarse como patrón de las transacciones diarias, en todo menos en el salario. El Banco Central porfía en la ampliación de la base monetaria, como su único modo de financiar el enorme déficit fiscal, con emisiones carentes del respaldo en divisas que Pdvsa no está en capacidad de suministrarle. El Bolívar se desmorona día a día y se marginaliza como unidad de cuenta. No hay manera de contener la preferencia por el Dólar. De muy poco ha servido aplicarle a la banca el recurso de un encaje legal de 100%, que, de paso, cercena el crédito a la deprimida actividad productiva privada.

La oferta monetaria que irresponsablemente dinamiza el Banco Central desborda toda posibilidad de equilibrio ante una oferta interna de bienes mermada al extremo. Casi dos tercios de las empresas privadas nacionales que existían hace dos décadas han desaparecido. La aceleración de precios de bienes de consumo –nacionales e importados- alcanza un ritmo superior al de la devaluación del Bolívar. Ya lo aprecian los propios tenedores de reservas en divisas y los receptores de remesas del exterior. El salario minimo real es menos que una limosna.

La salud es víctima crítica de este desequilibrio. La oferta se ha reducido drásticamente: emigración de médicos, escasez de insumos, de equipos especializados o capacidad de repararlos. Servicios casi todos denominados en dólares.

La economía sigue a la deriva. El guasón se rie de lo que dice, continúa durmiendo como un bebé y salsea burlón sobre la tarima.

La desnutrición en Venezuela: Una epidemia silenciosa – NTN24 – 19 de Agosto 2019

Un estudio de la Organización No Gubernamental (ONG) Cáritas de Venezuela, reveló que la desnutrición infantil aguda severa se elevó a un 100% en 14 estados del país

Las cifras de organizaciones expertas alertan de la curva de crecimiento que está teniendo en Venezuela la desnutrición y el hambre.

En este trabajo, con imágenes de Rafael Hernández, una familia del área metropolitana de Caracas, con evidentes signos de desnutrición, dan testimonio de lo que padecen por alimentarse.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) entiende por desnutrición el consumo insuficiente de alimentos y de la aparición repetida de enfermedades infecciosas, además de que puede ser crónica y aguda.

“Aunque no hay cifras exactas por la falta de información oficial sobre salud y nutrición, hay señales claras de que la crisis está limitando el acceso a los niños a la asistencia médica, alimentos y medicinas”, señala Unicef en su portal web acerca de la desnutrición que vive el país suramericano.

Un estudio de la Organización No Gubernamental (ONG) Cáritas de Venezuela, reveló que la desnutrición infantil aguda severa se elevó a un 100% en 14 estados del país, lo que hace referencia a niños que son menores de cinco años. En tal sentido, recalcaron el fallecimiento de al menos 16 niños en el hospital José Manuel de los Ríos en el primer semestre de 2019.

Asimismo, la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi 2018), develó que “La cobertura educativa para la población de 3 a 24 años de edad pasó de 78%, en 2017, a 70% en 2018”.

Emergencia, una noche en un hospital venezolano por Héctor Escandell – Revista SIC – 20 de Agosto 2019

Y aquí estoy, al filo de la media noche, en la sala de espera de un hospital venezolano, acostado sobre unas tablas que intentan pasar como banquetas. Lo intentan, pero no les alcanza. Escucho el murmullo de los vigilantes, la gotera del baño y las historias. No me esfuerzo, los sonidos llegan de todas partes como lamentos sin sentido.

La abuela de mi esposa sufrió un infarto, el corazón se le apagó 87 años después de haber latido por primera vez. Pero volvió a encender como una locomotora, está estable. Son las 11:28 de la noche, es sábado 17 de agosto. La vieja está en mejor estado que este maltrecho edificio. «Aquí lo que hay es algunos médicos y las máquinas de cardiología, todo lo demás hay que traerlo», me dijo el tío cuando llegamos después de viajar dos horas desde Caracas hasta Maracay. La lluvia en el camino y la angustia de la emergencia nos hizo interminable el recorrido. Cada 20 o 30 minutos salgo a vigilar el carro, el parqueadero es la calle, no hay ni un solo farol. La penumbra asusta.

«Esta clínica antes era privada y esto era bellísimo», se lamenta un señor con quién me fumé un cigarro en la entrada. «El Centro Médico Docente de Cardiología lo tenía todo hasta que le agregaron el Bolivariano y mira cómo está». Repuso sin reparo, mientras aspiraba el humo con calma. Las grietas en las paredes se asemejan a las venas de la abuela, así me las imagino, pero no por el desgaste de los años sino por la desidia a la que está sometido este mamotreto de dos pisos.

Ya es domingo, el celular marca las 00:08 y mis vecinas de banqueta escuchan música a todo volumen, miran videos. Supongo que es para aliviar las penas de tener a un familiar conectado a un aparato, nosotros nos reímos, también para drenar, supongo.

Más temprano, cuando trajeron a la abuela infartada, los médicos que la recibieron pidieron agujas, soluciones, un macro gotero, tubos de ensayo para las muestras de sangre e insulina (es diabética), también le mandaron a hacer exámenes para determinar el daño al corazón. Todo se compró en la calle. Aquí no hay nada, de verdad. Afortunadamente, en las clínicas y tiendas privadas había todo lo necesario.

La luz

Estar aquí me hace aferrarme a Dios en todas sus expresiones, le pido por la abuela, por los enfermos de las otras camas, por los que no tienen dólares ni euros para comprar remedios. Pido por todos. También me agarro de la divinidad para que no falle la electricidad -aunque sea mucho pedir-. «En la tarde se fue la luz y todos quedamos inmóviles», me cuenta una prima con cara de pánico -todavía-. Afortunadamente fueron no más de 15 segundos. «Todo quedó en silencio», el sonido del terror.

Ya son las 00:43 y el doctor de guardia nos alerta que la abuela tiene tensión 60/40, está al límite, sobrevivió a un paro respiratorio en la tarde, el riesgo de sufrir otro es alto. Se acabaron las risas. El silencio volvió a la sala. Yo escribo. Doy gracias a Papá Dios por su vida y su soberana alegría.

Nacer en dictadura

Sacando cuentas, la abuela llegó a este mundo cuando Juan Vicente Gómez gobernaba a placer. Gomecismo en pleno. Luego, también sufrió la pura y dura dictadura de Marcos Pérez Jiménez, se gozó los años de la democracia en los que se casó, viajó, conoció, vio nietos y bisnietos. Tomó cerveza, ron y comió tequeños a granel. Esta doña me recibió en su casa hace siete años con una sopa y una birra, me echó la bendición y me adoptó como un nieto más. Sin más ni menos, es mi abuela también.

En medio del infarto pidió Coca Cola, su hijo mayor le mojó los labios con un poquito del melao color petróleo. Hubiese pagado por ver la escena. Épico. Mis visitas a su casa venían siempre acompañadas de refresco, siempre Coca Cola -original-, nunca de dieta. No hay nada más divertido que ver a una viejecita feliz y exigiendo sin remordimiento:

-Ya yo viví, esa Coca Cola de dieta no sabe a nada, no quita la sed.
-Pero abuela, eso tiene mucha azúcar, tu eres diabética.
-Que me importa, échame hielito.

También se toma sus cervezas los fines de semana y religiosamente desayuna aguacate, arepa y huevo frito con natilla. De Coro, supongo que eso le recuerda sus raíces, su pueblo. Nació en el occidente y en sus arrugas lleva tatuado el desierto, las playas y el queso de cabra.

Ya son las 2:52 de la madrugada, dormir sobre estas tablas es una locura. La sala de emergencia ya cerró, el vigilante habla con su colega y las cucarachas pasean sonámbulas por el pasillo. Debajo de mi zapato ya perecieron tres, las demás van muy rápido.

Estar en este hospital me hace recordar a los médicos migrantes, a los que antes trabajaban aquí y ahora reaniman corazones extranjeros. Son más de 30 mil, según el exministro de salud Rafael Orihuela. Esos especialistas ahora están regados por medio mundo, igual que los nietos de la abuela, pienso en ellos y en lo que darían por estar aquí. Es la diáspora con rostro, son nombres y angustias a miles de kilómetros. El WhatsApp de la familia arde con los mensajes de ánimo y cariño, los teléfonos repican en Miami, Bogotá, Buenos Aires, también titilan en alguna parte de Francia, Irlanda, Panamá y República Dominicana.

La espera

Me despierto con cada ruido, las tías no duermen, el reloj va en cámara lenta. Son 4:00 de la mañana. En la salita donde está la abuela hay un afiche que da cuenta de todos los pacientes atendidos durante el 2018, también cuelga un aviso de no comer y beber, otro de no fumar.

Con el alba todo se estremece. Prenden las luces y empieza la faena de una señora que limpia el piso con un coleto viejo. Los vigilantes se estiran y empiezan a dar órdenes. Ahí voy yo, a quitar el carro, ya son las 6:00 de la mañana.

Carreteras

Regreso a Caracas con las tablas marcadas en las costillas, atrás voy dejando la famosa Ciudad Jardín. “La cuna de la revolución” dice un afiche en la autopista. Este mismo trayecto lo hicieron los golpistas en el 92, el mismo día que Chávez y unos más iniciaron el camino que nos trajo hasta aquí. La abuela vivió todos estos años las aventuras y torpezas de la política venezolana. Su hoja de vida bien podría decir que es una sobreviviente de la bipolaridad de un lugar que alguna vez fue República.

La tensión de la abuela sigue igual, no mejora, no sube. Los riñones no responden. Así como tampoco responden los motores del socialismo, ni las promesas de Maduro. Por cierto, el apellido de la abuela es Maduro. Le arrecha que le pregunten si es familia de Nicolás. «la familia no se escoge». Dice roja de la rabia.

Voy a dormir un ratico. Les sigo contando.

Llamada entrante…

Era mi esposa, la abuela acaba de morir.

Son las 10:00 de la mañana y me preparo para volver a Maracay, ahora con mis papás y mi tía. Nos esperan más de 100 kilómetros antes de poder abrazar a la familia y entregarles un poquito de calma en esta tormenta que siempre llega con la muerte.

Los trámites para poder sacar a la abuela del hospital son complicados, copias y más copias. El carro fúnebre espera la hoja firmada por el médico para partir, los hijos y los nietos se reúnen, se abrazan y recuerdan.

Quiero decir que la abuela murió feliz, aunque estuviera rodeada por moscas su última noche, aunque sus hijos tuvieran que brincar de aquí para allá y de allá para acá buscando los remedios. También sé que ellos lo hicieron sin pesar. Quiero pensar que se fue contenta, aunque anoche garabateaba el nombre de Maduro en un acto de reclamo por los que están lejos.

Ya son las 7:40 de la noche del domingo, he vuelto a Caracas y termino de escribir esta crónica pensando en los enfermos, pidiendo por los familiares que no tienen para comprar remedios, por los médicos que quedan y el esfuerzo que hacen de trabajar sin nada más que la voluntad.

Y aquí estoy, 24 horas después de haber llegado al cardiológico de Maracay para ver por última vez a la abuela y casi un día de pasar una noche entera en la emergencia de un hospital venezolano. Estoy aquí, recordando y escribiendo.

Cambio y fuera.

A %d blogueros les gusta esto: