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Salud 2019: año de la catástrofe sanitaria en Venezuela por María Yanes – El Nacional – 31 de Diciembre 2019

Cada año que finaliza el balance de salud es más negativo que el anterior. Durante estas dos últimas dos décadas de caos y de tragedia, Venezuela se ha convertido en el país más primitivo del continente con relación a la atención en salud.

En nuestra nación se generan más enfermedades y además las exporta, siendo ahora un país de riesgo sanitario para los otros de la región, tomando en cuenta que una buena parte de la diáspora se ha centrado en América Latina.

La situación sanitaria es cada vez más preocupante: desde hace 5 años el deterioro de la salud ha sido continuo, una situación que se relaciona con la grave crisis económica, la baja disponibilidad de recursos destinados al sector, insertos en una política de Estado siempre desfavorable a los ciudadanos.

Desconocemos hasta los actuales momentos cuál es la distribución que se hace del producto interno bruto en cuanto a la inversión sanitaria en Venezuela. La gran excusa del régimen para la falta de inversión en salud han sido las sanciones, el bloqueo o la “guerra económica”. Pero resulta que la crisis de salud tiene su historia desde mucho antes, en pleno auge de los mayores ingresos petroleros, en la época en la que no existía ningún tipo de excusa para no haber destinado recursos al sector.

Desde entonces comenzamos a ver el deterioro de los centros hospitalarios. La corrupción y el despilfarro fueron los causantes de la tragedia que estamos viviendo y que es hoy una emergencia humanitaria compleja de la cual no se escapa ningún aspecto en lo que se refiere al sector salud.

El primer trimestre de 2019 fue muy significativo si nos referimos a la ayuda humanitaria que iba a llegar por la frontera con Colombia. Vimos con gran impotencia e indignación cómo se impidió su entrada en un  escenario de gran violencia desplegada por los grupos afines y defensores del “gobierno”, junto con las fuerzas policiales y militares. Se colocaron grandes contenedores para cerrar el paso por donde iba a entrar dicha ayuda.

El grave error de esto fue haber convertido la ayuda humanitaria en una bandera política, tanto por parte del “gobierno” como del lado opositor. Se hizo evidente la corrupción y el proselitismo. Se centralizó entonces la poca ayuda que entró al país en la Cruz Roja Internacional, la cual fue canalizada por el régimen, que seleccionó solo cuatro hospitales públicos para ser los beneficiados y aun así no se han visto resultados.

La consecuencia de esto fue el desvanecimiento de la esperanza de muchos enfermos crónicos y el impacto que ocasionó en las poblaciones más vulnerables como nuestros niños, ancianos y embarazadas, que eran prioritarios para recibir la ayuda que tanto se necesitaba, sin distinción alguna.

Es indudable que esta grave crisis de salud también se ha visto reflejada este año en otros aspectos, como la situación epidemiológica a nivel nacional, la cual es más alarmante que en años anteriores. Venezuela es el país de la región con el mayor número de casos acumulados de malaria; reapareció la fiebre amarilla después de 14 años de haber sido controlada; la difteria y el sarampión siguen su curso galopante. Estas dos últimas, como la fiebre amarilla, son enfermedades prevenibles por vacunas. La cobertura de vacunación sigue siendo muy baja.

La crisis hospitalaria se profundizó aún más y este año fue muy grave la repercusión de la crisis eléctrica y de agua en el funcionamiento de los hospitales.

El principio de gratuidad establecido en el artículo 84 de la Constitución se perdió totalmente. El paciente tiene que llevar el mínimo material o insumo para que pueda ser atendido.

En 2019 también se incrementó la migración forzada de personal médico. La proyección es que han emigrado más de 32.000 médicos, sumando a esa cifra el resto de personal de salud que también se ha marchado del país, como personal técnico, profesionales de la enfermería, etc.

Michelle Bachelet pidió la libertad de Juan Requesens y el derecho a un juicio justo para Roberto Marrero – El Nacional – 18 de Diciembre 2019

La alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos realizó una actualización oral de su informe sobre la situación de los derechos humanos en el país en la que fija posición, entre otros aspectos, sobre la condición en que se encuentra el hospital J. M. de los Ríos, la malnutrición aguda que presenta 11,9% de los niños de 19 estados, las ejecuciones extrajudiciales de la FAES y el hostigamiento a medios de comunicación y a diputados a la Asamblea Nacional

Bachelet

Michelle Bachelet, alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, realizó este miércoles una actualización oral de su informe sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela.

En los últimos tres meses, un equipo de la Oficina de la ONU para los Derechos Humanos estuvo en Venezuela evaluando la condición de los presos políticos.

Presos políticos

Luego de visitar 9 centros de detención, la representación de Bachelet documentó 118 casos de personas privadas de libertad (109 hombres y 9 mujeres) que requieren respuesta urgente por motivos de salud, retrasos judiciales, falta de ejecución de boletas judiciales de excarcelación y/o falta de excarcelación por cumplimiento de pena.

Bachelet instó a las autoridades venezolanas a liberar a todos los presos políticos, incluyendo al diputado Juan Requesens.

La actualización del informe también destacó irregularidades en los juicios contra los acusados por intento de magnicidio a Nicolás Maduro. Asimismo, destacó el caso de Roberto Marrero, ex director del Despacho de la Presidencia de la Asamblea Nacional, a quien no se le permite la entrada de sus familiares a la sala de audiencias.

«Insto al Poder Judicial a garantizar el derecho a un juicio justo, incluyendo el derecho a la defensa y el principio de publicidad», manifestó.

Economía

Bachelet indicó que aun cuando el régimen de Nicolás Maduro decretó un incremento del 375% del salario mínimo, el mismo perdió su poder adquisitivo. Actualmente el salario solo cubre 3,5% de la canasta básica alimentaria.

«La situación económica y social sigue afectando los derechos económicos y sociales de los venezolanos. Según la Cepal, en 2019 la economía sufrirá una contracción del 25,5%, alcanzando una pérdida acumulada del PIB del 62,2% desde 2013», precisó.

Servicios públicos

En cuanto al estado de los servicios públicos en Venezuela, Bachelet resaltó que el Zulia es una de las entidades más afectadas.

«Mi Oficina realizó una visita a Maracaibo en la que constató las larguísimas colas para comprar combustible y los cortes prolongados y reiterados de electricidad, que además afectan el suministro de agua. Los derechos a la salud y a la educación también han sido afectados, principalmente por falta de personal, infraestructura deficiente y falta de insumos. Millares de zulianos migraron al extranjero o a la capital del país«, aseveró el informe.

Salud

Sobre la salud de los venezolanos, la alta comisionada se preocupó especialmente por la condición en la que se encuentra el hospital J. M. de los Ríos.

«En el último mes se recibió información de la muerte de 3 niñas del servicio de hematología y 1 niño del servicio de oncología. De los 39 niños y niñas con necesidad de un trasplante de médula ósea, 15 se encuentran en una situación crítica», agregó.

De acuerdo con información suministrada por Caritas, en las parroquias más pobres al menos de 19 estados del país, 11,9% de los niños y niñas muestran señales de malnutrición aguda y que 32,6% tiene retardo en el crecimiento.

«Caritas también informó que 48,5% de las mujeres embarazadas atendidas tienen deficiencias nutricionales», dijo.

Protestas

El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, señaló que en lo que va de año se han realizado 16.439 protestas en todo el país. La mayoría, lideradas por trabajadores del sector educativo, de la salud y de las industrias básicas.

La representante de la ONU aseguró que en cuanto a las movilizaciones con fines políticos convocadas por la oposición, el despliegue de las fuerzas de seguridad es exagerado.

«Se registraron más de 20 detenciones en este contexto, de las cuales al menos 5 personas siguen detenidas en el estado de Lara», afirmó.

Delincuencia

El Observatorio Venezolano de Violencia estimó una tasa de 60,3% homicidios violentos por cada 100.000 habitantes de enero a noviembre de 2019.

Pese a que el número de homicidios disminuyó con respecto a 2018, Bachelet manifestó su preocupación por los niveles de violencia en el país.

Destacó los asesinatos del ex concejal opositor Edmundo «Pipo» Rada Angulo y del ex gobernador oficialista Johny Yáñez Rangel.

También mostró preocupación ante el número de ejecuciones extrajudicialescometidas por funcionarios de la FAES durante operativos de seguridad.

La Fiscalía General aportó datos importantes a la investigación realizada por los representantes de Bachelet, indica el informe.

«Desde agosto de 2017 a la fecha, 770 funcionarios han sido acusados por violaciones a los derechos humanos, de los cuales 509 han sido imputados, 393 privados de libertad y 131 condenados», indicó.

Sobre la violencia por parte de grupos irregulares en el estado Bolívar, involucrados en la explotación ilegal del Arco Minero del Orinoco, Bachelet dijo que continúa en incremento. Hizo mención de la masacre que se registró en noviembre en la comunidad de Ikabarú, ubicada en el territorio indígena pemón.

Migración venezolana

Michellet Bachelet dijo en su informe que es muy preocupante el incremento de migrantes irregulares venezolanos. Esto ante las dificultades para obtener su documentación de viaje por parte de las instituciones manejadas por el régimen.

«Recientemente, las autoridades venezolanas incrementaron en un 70% los costos para expedir pasaportes, un costo equivalente a 54 salarios mínimos. Ha crecido la utilización de rutas más peligrosas y la exposición al tráfico y trata de personas», precisó.

También mencionó el caso de 102 migrantes que se dirigían en junio a las islas del Caribe en 3 embarcaciones y las mismas habrían desaparecido por razones aún no esclarecidas. Hasta la fecha, se desconoce el paradero de 32 mujeres, 10 adolescentes, 3 niños y 46 hombres.

Amenazas a la prensa

«Hemos recibido denuncias de actos de hostigamiento, amenazas y detenciones por parte de los servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad. El 19 de noviembre, efectivos de la Dgcim allanaron la sede de un medio de comunicación en línea y detuvieron a la gerente de operaciones, quien estuvo más de 10 días incomunicada y hasta la fecha, sigue detenida en la sede del organismo de seguridad en Caracas», reseñó el informe.

Agregó que ese mismo día, la Dgcim también detuvo brevemente a tres periodistas y a sus conductores que estaban cubriendo el allanamiento.

Elecciones en Venezuela en 2020

En cuanto a las elecciones que se tienen previstas en Venezuela para el 2020, indicó que es crucial crear las condiciones necesarias para unas elecciones libres, imparciales, creíbles, transparentes y pacíficas.

Asedio a representantes de la oposición

«Me preocupan el levantamiento de la inmunidad de 5 diputados de la oposición, elevando el total a 30 diputados de la oposición despojados de inmunidad. Así como los actos de hostigamiento contra representantes de la oposición, incluido el presidente de la Asamblea Nacional», manifestó.

Incorporación de la milicia a la FANB

Consideró que son preocupantes las intenciones del régimen de Maduro de continuar armando a la milicia.

Rechazó la propuesta de ley realizada por la ANC para incorporar a la milicia nacional a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

«Reitero mi llamado a las y los actores políticos en Venezuela a retomar las negociaciones para alcanzar una solución a la crisis política y económica y devolver la esperanza a la población. Mi Oficina sigue comprometida en contribuir a la mejora de la situación de los derechos humanos. Insisto en la importancia de establecer una presencia más amplia y consolidada en el país que nos permita avanzar la agenda de derechos humanos», concluyó.

Ajuste inhumano por Trino Márquez – La Patilla – 11 de Diciembre 2019

El año 2019 está cerrando en medio de uno de los ajustes más feroces de los que se tenga memoria en América Latina. El gobierno de Nicolás Maduro decidió combatir la escasez, el desabastecimiento y la hiperinflación aplicando una receta nada socialista: liberó los precios de la mayoría de los productos de consumo masivo, dejó que un sector de la economía, el de los precios, se dolarizara, permitió que los sueldos se pulverizaran, y redujo a su mínima expresión el gasto fiscal en áreas vitales relacionadas con la calidad vida. En este último rubro dejó de invertir en educación, salud, vías de comunicación, transporte colectivo, infraestructura, y en todos los campos que hacen más amable la vida cotidiana. El régimen se olvidó de la gente y de la política social. O mejor dicho, la redujo al aumento episódico del salario mínimo y las pensiones del seguro social, y a las transferencias monetarias que ocasionalmente ordena colocar en los bancos que las distribuyen.

Este ajuste tan agresivo ha hecho que las cifras de pobreza aumenten y que los pobres sean cada vez más menesterosos. Los datos acerca de la situación alimentaria son alarmantes. Están afectando a las generaciones actuales e impactarán a las futuras. De acuerdo con Encovi y con la Fundación Bengoa, está es desarrollo una generación con serios déficits nutricionales. La desnutrición afecta a las parturientas y a los niños recién nacidos. Sin embargo, no existe ningún plan oficial dirigido a detener ese deterioro. El Plan de Alimentación Escolar desapareció. Lo único que se le ha ocurrido al gobierno es repartir algunos alimentos a través de las cajas Clap, cada más precarias y esporádicas.

La educación pública, en todos los niveles, también fue abandonada. La inversión en la construcción de nuevas unidades educativas y en la reparación y mantenimiento de las existentes, se extinguió. Los sueldos miserables que ganan los maestros de primaria, los profesores de bachillerato y universitarios, condujo a una fuga masiva de docentes de los centros de enseñanza. Los docentes viven en condición de pobreza extrema. Lo mismo ocurre con los médicos y enfermeras que laboran para el Estado. Nicolás Maduro atacó el déficit fiscal pulverizando el ingreso de todos los trabajadores.

La infraestructura se encuentra desmantelada. Después de que los bolichicos saquearon los recursos destinados a mejorar las fuentes de generación de electricidad y las redes de distribución, se olvidó es este sector. Venezuela ha retrocedido décadas en este campo. En la práctica lo reprivatizó. Quienes poseen electricidad de forma regular y permanente son las familias o los condominios con posibilidades de comprar una planta eléctrica y luego financiar sus elevados costos. El proyecto de mantener una electricidad socialista, colectiva y democrática, se esfumó. Es cierto que el servicio casi se regala, pero quienes más sufren el asalto a los recursos destinados a mejorar la electricidad son las familias más pobres.

El transporte público, privado y del Estado, se haya en escombros. El Metro de Caracas ahora representa un peligro muy serio en todos los sentidos, para los usuarios. Si no son objeto de un asalto pueden sufrir graves lesiones por los continuos accidentes que ocurren. Desde hace mucho tiempo el gobierno no incorpora al sistema nuevos vagones, ni nuevos autobuses.

Los hospitales del Estado también se encuentran en una situación deplorable. Símbolos del pasado reciente como el Hospital Clínico, El Pescozón, el Domingo Luciani o el centenario Hospital Vargas, salieron del foco de atención de las autoridades de salud. Los reportes del Observatorio Venezolano de los Servicios Públicos son elocuentes.

Incluso, un campo conexo al área social como la telefonía celular y los servicios de internet propiedad del Estado fueron quebrados. En esta esfera, en la cual el sector público pretendía competir con el sector privado, el descalabro es total. Cantv y Movilnet van en vías de extinción. Nadie debería sorprenderse si un día cercano el gobierno anuncia su venta a los chinos.Reestatizaron esos servicios para luego demolerlos.

La inversión en el área social se redujo a lanzar luces de bengala. Maduro se desentendió de la situación concreta de los venezolanos en todas las áreas relacionadas con la normalidad ciudadana y la calidad de vida. La inmensa mayoría de los venezolanos cerrará 2019 viviendo en una situación más precaria que a comienzos de año. La brecha entre esa inmensa capa y el reducido grupo que tiene acceso de forma continua a los dólares y a las otras divisas, seguirá ensanchándose.

Llamar neoliberal al ajuste de Maduro es una forma de maquillarlo. En realidad se trata de un ajuste de una crueldad inenarrable.

PD: Me despido de ustedes hasta enero. En medio de la adversidad, traten de pasarla lo mejor posible este diciembre. Un abrazo.

Locked up naked on a soiled mattress: Venezuela’s mental health nightmare by Rachelle Krygier and  Anthony Faiola – The Washington Post – 28 de Noviembre 2019 

At the Psychiatric Hospital of Caracas, most of the facility is unlit because management can’t afford new bulbs. Administrators have no food to give patients. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
At the Psychiatric Hospital of Caracas, most of the facility is unlit because management can’t afford new bulbs. Administrators have no food to give patients. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)

Diagnosed decades ago with severe schizophrenia, 49-year-old Blanca Livia Arcineiga once managed her condition. Not so long ago, she was stable enough to work part time as a maid. She helped her elderly mother in the kitchen. They slept in the same bed.

Now she lies alone and naked on a soiled mattress inside a fetid room. Her family has barred the door — to keep her from attacking them.

As socialistsanctions-hit Venezuela reels from one of the worst economic implosions in modern history, Blanca is an example of one of its most dehumanizing side effects: an escalating mental health crisis.

Blanca’s condition deteriorated sharply in the past eight months, her mother said, because her family is unable to find or afford the medicines she needs. They’re now able to source only one of her eight prescriptions — an anticonvulsant. As a result, Blanca has regressed.

The family, with a household income of $16 a month, is surviving on yuca and plantains. They could barely afford the prisonlike gate across Blanca’s door.

“She hates me for it,” said Aurora García Sánchez, her 81-year-old mother, pointing through the bars. “But I had to lock her up.”

García looked down at her daughter’s distant eyes.

“Here’s my Blanquita,” she said. “I don’t know who she is.”

 

Years of failed socialist policies, economic mismanagement and corruption have exacted a heavy toll across Venezuelan society. For much of the population here, hyperinflation, joblessness, blackouts, and shortages of food and water have reduced life to a daily struggle to survive.

Rafael Ernesto Borges, 67, was a patient at the psychiatric hospital but now lives with his sister. His outbursts are growing more frequent. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
Rafael Ernesto Borges, 67, was a patient at the psychiatric hospital but now lives with his sister. His outbursts are growing more frequent. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
The peeling remains of a red cross on an ambulance door at the Psychiatric Hospital of Caracas. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
The peeling remains of a red cross on an ambulance door at the Psychiatric Hospital of Caracas. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)

The impact on health has been acute.

The scarcity of medicines — aspirin and antibiotics, but also cancer drugs and antiretrovirals for HIV patients — has turned buckling state hospitals into squalid centers for hopeless, dying patients.

For the mentally ill, the sword cuts twice: The stress is exacerbating mental health symptoms and conditions to which the health-care system is no longer able to respond. Doctors say the lack of drugs and deteriorating conditions at state facilities are causing preventable deaths to soar.

At El Peñon hospital, one of the capital’s main psychiatric facilities, 14 patients have died since 2016 — including three this year — from poor conditions and a want of medication, according to two doctors who work there. The fatalities, the doctors said, were mostly elderly patients in dire physical condition who were transferred there from other state facilities closed for a lack of public funds.

The hospital and Venezuela’s Health Ministry did not respond to requests for comment. As public health has deteriorated, officials have stopped publishing data. But the doctors — who spoke on the condition of anonymity out of fear of government reprisals — said severe shortages of medical staff and drugs, including antipsychotic medications, have made deaths unavoidable.

Luis Blanco, 33, hugs his father, Elias, a 61-year-old with bipolar disorder who has become unstable for want of medicine. (Rachelle Krygier/The Washington Post)
Luis Blanco, 33, hugs his father, Elias, a 61-year-old with bipolar disorder who has become unstable for want of medicine. (Rachelle Krygier/The Washington Post)

“Their patients’ immune systems were already weak, and the hospital is in bad condition with no medicines and terrible food, so they got worse,” one doctor said.

More Venezuelans are also manifesting crisis-related stress, which doctors say has worsened mental illnesses, addiction and suicide rates.

Pedro Delgado, one of Venezuela’s leading private psychiatrists, said demand for substance-abuse treatment at his clinic has more than doubled in the past year. Yet the number of patients he can treat has steadily gone down, because fewer patients can afford treatment.

To assist crisis-weary Venezuelans, he said, he has offered discounts and worked with a nonprofit foundation that covers mental health care for those who can’t pay the full price.

“The biggest burden is on families,” Delgado said. “Taking care of their relatives without treatment is the definition of a nightmare.”

According to the World Health Organization, the suicide rate in Venezuela fell from 4.3 per 100,000 people in 2010 to 3.7 in 2014. With no official numbers available since then, the Venezuelan Observatory of Violence, which is conducting field research and tracking local media in several states, estimates that the number of suicides has at least doubled in the past four years to 9 to 9.5 per 100,000. In the state of Merida, it’s now 19 per 100,000, the group’s research suggests.

“It’s highly probable that most of the cases are tied to the crisis,” said Gustavo Páez, a researcher at the observatory.

 

Luis Blanco, a 33-year-old IT technician who lives in suburban Caracas, is struggling to cope with his father’s condition. The 61-year-old man has bipolar disorder and clinical depression. Unable to find or afford medication, Blanco said, he becomes aggressive. He often returns home with bruises from fights. Sometimes, he disappears well into the night.

“Of course, dealing with this disrupts my life,” Blanco said. “This week, I’ve arrived home late from work, and many times he’s not here. The other day, I got here at 10 p.m. and he wasn’t here, so I had to go out to try to find him. I couldn’t. I just waited. I had to give him his medicine.

“I ended up going to sleep at 2 a.m., after he showed up. And I have to wake up at 5 a.m. for work.”

Relatives are struggling to treat the mentally ill at home in part because the mental health hospitals have all but collapsed.

The Psychiatric Hospital of Caracas — one of the capital’s largest — comes into view on a hillside overlooking a warren of densely packed streets. Most of the hospital is unlit, because management can’t afford new bulbs. Administrators have no food to give patients. Most of the rooms are in such disrepair that the 200-bed hospital now accommodates only 20 patients. Doctors are rejecting several requests for inpatient treatment each week.

The washing machines don’t work, leaving patients in dirty clothes, even after soiling themselves. There are no supplies to clean the bathrooms. There’s no potable water at the hospital. Patients survive off supplies brought by relatives, or drink filthy water from drains.

Peter Williams Contreras, a union official at the Psychiatric Hospital of Caracas, sees a “grave violation of the rights of people with mental health issues.” (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
Peter Williams Contreras, a union official at the Psychiatric Hospital of Caracas, sees a “grave violation of the rights of people with mental health issues.” (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
A patient lies alone in the emergency section of the Psychiatric Hospital of Caracas. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
A patient lies alone in the emergency section of the Psychiatric Hospital of Caracas. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)

“We can’t accept more patients, because without their medicines they can threaten the physical integrity of other patients as well as nurses,” said Peter Williams Contreras, a union official at the hospital.

“The entire country is in crisis and we’re in the middle of it,” he said. “The government has no policy for health, even less so for mental health. It’s a grave violation of the rights of people with mental health issues.”

In Venezuela, massive blackout continues as Maduro blames U.S. for outages

Nurse Johana Hernandez said a patient was recently brought in with an injured left foot. It became infected, she said, and the hospital had no medications to treat it.

“He got worms, and it kept getting worse,” she said. “The patient, who had schizophrenia, died one month ago.”

Behind the bars of a locked courtyard where female patients are kept, Dorelis Luz Díaz spoke of being scared. The 38-year-old has bipolar disorder. Since arriving here three months ago, she said, she has been kept in close quarters with a woman whom she and staff say is a violent schizophrenic who has been convicted of killing.

The woman threw her own feces into the courtyard as Díaz spoke.

Díaz has gone several months without her medication, including her once-regular doses of lithium, she and the nurses said. Speaking in breathless, rapid-fire sentences, she said her violent neighbor next door occasionally escaped her cell at night.

“The other day, in the middle of the night, she came and choked me, saying she wanted to take my clothes,” Díaz said. “I got really scared, because she choked me hard. Afterward, I threw myself on the floor and cried.”

Without medicine, Díaz said, “we get worse.”

“We relapse. I get depressed, I want to cry. I want to shout. Now I’m in my days of menstruation, and I don’t even have sanitary towels. I just get dirty.”

The following day, she seemed even more distraught.

“I peed on my bed,” she said. “I tried to clean the sheets, but there’s no soap.”

She looked down from behind the locked bars, gaunt.

“I miss food,” she said.

At the Psychiatric Hospital of Caracas, some patients are isolated because they become violent without their medications. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)
At the Psychiatric Hospital of Caracas, some patients are isolated because they become violent without their medications. (Andrea Hernandez/For The Washington Post)

Más de 4.500 españoles en Venezuela se han beneficiado con los programas de España Salud por Ymarú Rojas – ABC – 28 de Octubre 2019

El secretario general de Inmigración y Emigración del Gobierno español, Agustín Torres, en Caracas
El secretario general de Inmigración y Emigración del Gobierno español, Agustín Torres, en Caracas – Y. R.

Se estima que en 2020 el Ministerio de Trabajo invierta más de 20 millones en el plan socio-sanitario por la magnitud de los problemas que se originan en el país sudamericano

El secretario general de Inmigración y Emigración del Gobierno español, Agustín Torres, en su tercera visita a Caracas, ha calificado como exitoso el programa especial de la Fundación España Salud, que junto con el Ministerio de Trabajo ha ayudado a más de 4.500 residentes en Venezuela afectados por la aguda crisis del país sudamericano.

«El Plan ha sido todo un éxito. Hemos podido atender a muchos españoles que estaban en situación de necesidad, pero no es suficiente. Hay que redoblar ese esfuerzo», precisó Torres desde la Embajada de España en Caracas.

El 15 de febrero se aprobó un decreto que regula la subvención directa de la Fundación España Salud para el desarrollo de programas sociales y sanitarios, que beneficia principalmente a los españoles que se encuentran en territorio venezolano. Los programas atienden además, y de forma individual, a las personas mayores o dependientes.

Para la fase inicial del plan fueron aprobados más de tres millones de euros por el Ministerio de Trabajo, y se cree que para principios de 2020 haya un aporte de seis millones para seguir atendiendo a la comunidad española, conformada en su totalidad por 160 mil personas, que están en situación de vulnerabilidad en Venezuela. En ese sentido, se espera que se pueda ampliar el número de beneficiarios para el año entrante.

La inversión para los programas sociales, que atienden la salud y ayudan económicamente a los ciudadanos españoles, fue de 12 millones de euros en 2018, y para este año van 19 millones. Torres no descarta que en 2020, la cifra incremente por encima de los 20 millones, por la magnitud de los problemas que se desarrollan en Venezuela, y según estimaciones que maneja a su oficina.

Indicó además que fue habilitada una ayuda para los repatriados desde 2014, cuando apenas eran alrededor de 2.000 ciudadanos españoles, y que este año se manejan 19.000 personas que tienen una pensión parecida a la no contributiva, a través del Ministerio de Trabajo de España. «Eso está cerca del 260%, lo que se ha incrementado, y da una idea del problema que se está viviendo en Venezuela».

Seis progrmas de atención

Actualmente, la fundación diversificó sus programas y en lo que va de año ha atendido a 18 embarazadas y partos, 54 niños menores de 2 años y neonatos, 298 niños de entre 2 y 12 años, 118 pacientes oncológicos, 708 pacientes que requieren asistencia médica y abastecimiento farmacológico para enfermedades crónicas y atención de intervenciones quirúrgicas agudas y 4.823 abonos a las tarjetas de alimentación otorgadas.

En principio, los programas de España Salud estaban contemplados para beneficiar solo a los españoles que llegaron a Venezuela, pero ahora abarca a los nacidos en el país sudamericano y que igualmente heredan la nacionalidad.

De momento, el plan especial de apoyo socio-sanitario a la comunidad española que aún residen en Venezuela ha funcionado sin la intervención del régimen de Nicolás Maduro y sin ningún inconveniente, según la respuesta del Secretario General a ABC.

El plan de ayuda, también destina 828 euros anuales por persona, de los cuales, 525 euros son para asistencia médica y una tarjeta de alimentación a la cual se le abona 300 euros anuales (25 cada mes).

La inversión para cubrir el programa el próximo año sería de 5.796.000 euros, según los cálculos ofrecidos por el Secretario General y presentados en un informe.

Torres indicó que desde el Gobierno de Pedro Sánchez ha brindado ayuda a los venezolanos que llegan a España, huyendo de la acuciante crisis de su país. «En algunos casos llegan buscando protección internacional y hemos adoptado algunas decisiones para aquellos que vean denegadas algunas solicitudes del proceso internacional, tengan derecho a una autorización excepcional de residencia y de trabajo, que les permita mantenerse en España», dijo.

Reconoció que España es un referente para muchos venezolanos, como lo fue el país sudamericano para los inmigrantes españoles años atrás. «España no es el principal destino de los venezolanos, cómo están sometidos los limítrofes al éxodo de venezolanos, como es el caso de Colombia y hasta Argentina, pero fue un país de emigrantes y ahora somos un país de acogida para ellos».

 

Se derrumba el sistema de agua en Venezuela por Anatoly Kurmanaev e Isayen Herrera – The New York Times – 19 de octubre 2019

Para comprender hasta qué punto se ha deteriorado, The New York Times realizó pruebas y encontró niveles peligrosos de bacterias.
La casa de ladrillos en las afueras de la capital de Venezuela está llena de bañeras, jarras, ollas, y tobos. El agua que contienen debe durar a una familia de ocho personas durante una semana, pero no es suficiente para lavarse o enjuagarse con frecuencia, por lo que la cocina está llena de ollas grasientas y el olor rancio a orine predomina en casa.
Y ningún intento de tratar el agua, lo que hace que la diarrea y los vómitos ocurran regularmente.
“Prácticamente vivimos en el baño”, dijo la madre de la familia, Yarelis Pinto. Su hija embarazada, Yarielys, estaba sentada cerca, pálida e indiferente, recuperándose de su último episodio de diarrea a solo un mes del parto.

En Venezuela, una economía en ruinas y el colapso de la infraestructura estatal básica significa que el agua llega de manera irregular, y beberla es una apuesta cada vez más riesgosa. Según la Organización Mundial de la Salud, la tasa actual de mortalidad infantil por diarrea en Venezuela, que está estrechamente relacionada con la calidad del agua, es seis (6) veces mayor que hace 15 años.

El gobierno dejó de publicar datos oficiales de salud pública:

Pero el gobierno dejó de publicar datos oficiales de salud pública hace años.
Así que The New York Times encargó a los investigadores de la Universidad Central de Venezuela para que efectuaran el estudio de calidad del agua que habían realizado regularmente para el acueducto Metropolitano desde 1992 hasta 1999.
Los científicos descubrieron que cerca de un millón de residentes estaban expuestos a aguas contaminados. Esto los pone en riesgo de contraer virus transmitidos por el agua que podrían enfermarlos y amenazar la vida de los niños y los más vulnerables.
“Esta es una epidemia potencial”, dijo José María De Viana, quien dirigió el servicio de agua de Caracas, Hidrocapital, hasta 1999. “Es muy grave. Es inaceptable “.
En el último estudio, se tomaron 40 muestras de los principales sistemas de agua de la capital y se analizaron para detectar bacterias y cloro, lo que mantiene el agua segura. El estudio también probó las fuentes de agua alternativas utilizadas por los residentes de la ciudad durante los cortes de suministro.
Un tercio de las muestras no cumplió con las normas nacionales.

El gobierno no ha emitido ningún alerta de saneamiento:

Esto debería haber requerido que Hidrocapital emitiera una alerta de saneamiento, de acuerdo con las propias regulaciones internas de la empresa. Pero el gobierno de Venezuela no ha emitido ninguna alerta al menos desde que el Partido Socialista del presidente Nicolás Maduro asumió el poder hace 20 años.

“El mayor riesgo para la salud que vemos en este momento es el agua: agua y saneamiento”, dijo el jefe de la Federación Internacional de la Cruz Roja, Francesco Rocca, a periodistas extranjeros esta semana, refiriéndose a Venezuela.

La economía estancada de Venezuela cayó en picada en 2014, cuando un colapso en los ingresos de exportación de petróleo de la nación expuso el fracaso de las desastrosas políticas de control de precios y divisas de Maduro. La economía ha explotado desde entonces, con Venezuela perdiendo dos tercios de su producto interno bruto y al menos el 10 por ciento de su población.
Los portavoces de Hidrocapital, el ministerio de agua de Venezuela y el ministerio de información no respondieron preguntas sobre la calidad del agua potable en la capital.
 
Los riesgos que plantea la mala calidad del agua son particularmente amenazantes para una población debilitada por la escasez de alimentos y medicamentos. Pero el problema atraviesa la división social, política y geográfica de la capital, afectando a comunidades y barrios pobres, áreas que apoyan a la oposición y a los leales al gobierno.
En Terrazas del Ávila, un barrio de clase media cuya agua, según el estudio, estaba contaminada con bacterias fecales, los residentes compran jarras de empresas privadas para cocinar o beber, dijo Juan Carlos Castro, un médico y líder de la comunidad.

“Esto no es agua potable”, dijo sobre su agua del grifo. “Es un peligro para la salud pública”.

Pero comprar agua es un lujo en los barrios marginales vecinos, donde muchos sobreviven con el salario mínimo de Venezuela de $ 8 al mes.
Durante los apagones regulares y los cortes de agua, la familia de Aleyda Sabino en el barrio pobre de Carapita camina hacia un arroyo cercano para obtener agua. Tiene una enfermedad renal y está bajo la orden del médico de beber mucha agua todos los días. Ella trata de hacerlo, aunque beber del arroyo a menudo provoca fiebre, vómitos y diarrea.

“Siento que me enfermaré si bebo el agua y enfermaré si no lo hago”, dijo. Hervir el agua requiere gas para cocinar, otro lujo que es inaccesible para muchos.

En general, el nuevo estudio mostró una disminución significativa en la calidad del agua de la ciudad en las últimas dos décadas.
Construido con los ingresos del petróleo por los gobiernos anteriores, el sistema público de agua de Caracas fue una vez una hazaña de ingeniería, bombeando 5 millones de galones de agua por segundo a miles de pies hacia el valle de montaña de la ciudad a través de acueductos complejos y cientos de millas de tuberías.
El sistema era parte de una amplia inversión en infraestructura pública. El gas de cocción de la ciudad, su deslumbrante metro salpicado de arte vanguardista, sus autopistas elevadas y sus rascacielos de viviendas públicas fueron ejemplos de modernidad en el continente descuidado y volátil.
Foto: Meridith Kohut for The New York Times
 
Pero mientras que el resto de Sudamérica realizó mejoras dramáticas en el acceso al agua potable en las últimas dos décadas, los avances de Venezuela se vieron afectados por la falta inversión, la mala gestión y seis años consecutivos de una economía bajando en espiral.
El colapso de los servicios de agua se ha acelerado en los  dos últimos años, según encuestas realizadas por universidades y organizaciones no gubernamentales. Durante ese tiempo, los cortes de energía, los cortes de agua, la escasez de productos químicos y el éxodo masivo de personal calificado sacudieron a los servicios públicos de agua en su núcleo.
Ahora, el Banco Interamericano de Desarrollo estima que solo el 30% de los venezolanos tiene acceso regular al agua potable, en comparación con el 60% en 2000.

“No ha habido un deterioro de esta magnitud y duración en la región en la historia reciente”, dijo Sergio Campos, el principal experto en agua del Banco de Desarrollo.

El estudio del agua encargado por The Times mostró que el sistema principal de suministro de agua, que proporciona alrededor del 60% del agua de la capital, se vio especialmente comprometido. Más de la mitad de las muestras tomadas del sistema de agua principal tenían cloro insuficiente; Casi dos tercios de las muestras tenían niveles de bacterias que excedían las regulaciones.
Las autoridades venezolanas no han publicado ningún dato de salud pública desde al menos 2017. Pero la evidencia basada en encuestas recopilada por grupos locales de defensa de la salud muestra una correlación entre la disminución del suministro de agua del país y el aumento de enfermedades transmitidas por el agua.
La incidencia de hepatitis A, una infección hepática, aumentó 150 veces más de lo normal en Terrazas del Ávila, vecindario de clase media, luego de un corte de agua prolongado en marzo, dijo el Dr. Castro.
En los barrios bajos cercanos, procurar, limpiar y almacenar suficiente agua potable es una lucha diaria, y un juego de azar de alto riesgo.
En marzo, cuando un gran apagón dejó a muchos sin agua, cientos de personas llevaron sus jarras de agua al río Guaire, lleno de aguas residuales. En el barrio marginal de Petare, en el este, los residentes emboscan camiones de agua para obligarlos a descargar en sus vecindarios.
En el barrio de chabolas de San Isidro, el agua fluyó durante dos (2) días en septiembre por primera vez en seis (6) meses. Salió oscuro con el lodo que se acumulaba en las tuberías vacías.
El estudio encontró un exceso de bacterias en la mayoría de las fuentes de agua alternativas muestreadas utilizadas por los residentes de Caracas, como manantiales de montaña, agua que se vende en tiendas y cisternas de agua.
La Sra. Pinto, madre de cinco hijos que vive en el barrio de chabolas de San Isidro, compró agua que pensó que era más segura hasta 2017. Ya no puede permitírselo, ya que no tiene ingresos y sobrevive gracias a la comida que su ex esposo trae para sus hijos.
Cuando las bañeras de la Sra. Pinto se secan, su familia camina penosamente hacia un arroyo cercano con jarras para llenar. Los vecinos más afortunados pagan por el acceso a un sistema casero compuesto por millas de mangueras interconectadas que transportan agua desde una colina cercana.

“Cuando bebo el agua, siento repulsión”, dijo la Sra. Pinto.

Los vómitos y la diarrea suelen deprimir a sus cinco hijos, y los frecuentes episodios de enfermedades dificultan la tarea de los adultos. Solo uno de los cuatro adultos en la casa trabajaba, ganando $ 8 al mes limpiando pisos.
Pero no tienen otra opción, dijo. “Tenemos que consumir lo que tenemos”.
Los investigadores del estudio dicen que los altos niveles de bacterias en las muestras probablemente son causados ​​por el cloro insuficiente y el suministro inestable. Estos problemas han sido causados ​​por la falta crónica de mantenimiento, la mala gestión y la recesión económica, dicen.
La crisis económica ha cerrado la única planta de cloro de Venezuela durante meses, dijo un gerente de la planta, quien habló bajo condición de anonimato por temor a represalias. Y los apagones eléctricos frecuentes permiten que las bacterias se acumulen en tuberías vacías, dicen los gerentes de la empresa.
Varios de los peores resultados del estudio salieron mejor cuando se recolectaron y analizaron nuevas muestras varias semanas después, lo que implica que la calidad del agua de Caracas varía mucho según la disponibilidad de cloro y el rendimiento de la tubería en un día en particular.
Las fallas eléctricas y la falta de mantenimiento han reducido gradualmente el complejo sistema de agua de la ciudad al mínimo. Las bombas de agua, las plantas de tratamiento, las estaciones de inyección de cloro y los depósitos enteros han sido abandonados debido a que el estado se quedó sin dinero y trabajadores calificados, de acuerdo con siete gerentes actuales y actuales de Hidrocapital que solicitaron el anonimato por temor a represalias.
Dorka López hasta 2015 gestionó una planta de tratamiento de agua que atiende a unas 220,000 personas en la ciudad satélite de La Guaira, la capital del Estado Vargas. El proceso de purificación de cinco etapas de la planta se redujo a sólo uno, inyección de cloro, después de que un deslizamiento de tierra dañó la planta en 2013, dijo. No se hizo ningún intento por repararlo.
Gradualmente, la planta dejó de probar incluso la calidad del agua que se suponía que debía tratar, dijo. El personal trajo su propia agua potable al trabajo.

“Ya no estábamos tratando el agua, simplemente enviándola”, dijo.

Déjanos saber de tus impresiones sobre el contenido de este artículo, recuerda que tu opinión es muy importante para nosotros. Comparte esta información si consideras que puede añadir valor a la lucha que Baruta junto con otros municipios, viene librando para exigir nuestros derechos fundamentales.

Abel Saraiba: “A la gente la dejaron a la deriva” por Hugo Prieto – ProDaVinci – 13 de Octubre 2019

Abel Saraiba: “A la gente la dejaron a la deriva”

¿Quién no ha sentido rabia? ¿Quién no ha sentido tristeza? Esta experiencia ha impactado a la sociedad venezolana hasta la médula. Y nadie, por sí mismo, tiene los recursos para salir de esta locura. Mejor no hacerse preguntas como la que marca esta entrevista. ¿Cómo ha impactado la crisis humanitaria la psiquis del venezolano? Quien responde es Abel Saraiba, psicólogo, con estudios en bioética y posgrado en Familia y el Niño de la UCAB. Saraiba, además, coordina el programa Creciendo sin Violencia, de Cecodap.

En apenas seis años, justamente el lapso que dura un período presidencial en Venezuela, pasamos del siglo XXI al siglo XIX, de botar la casa por la ventana (elecciones 2013) a una crisis humanitaria compleja. ¿Cómo cree que eso impacta la psiquis del venezolano?

Creo que el impacto es dramático, si a uno le toma tiempo procesar que una relación se termine y una persona puede quedar atrapada digiriendo un momento, pues eso es terrible. Volver al siglo XIX, con lo que emocionalmente nos toma a los seres humanos procesar los cambios es tremendo. Además, creo que esto nos sorprendió con la guardia baja, porque estábamos escindidos. Es decir, por un lado estábamos viviendo en la dimensión 2.0 y por el otro en los dramas del siglo XIX. Esto, lejos de ofrecernos un punto de salida, a veces nos hace como tomar una pala y empezar a cavar. ¿Qué hubiese sido de la sociedad del siglo XIX, si hubiese tenido las redes sociales y las herramientas que hoy tenemos, para contar y mirar lo que sucede? No creo que ese impacto pueda borrarse y quizás lo mejor sea que no se borrase, porque nos estamos enfrentando a una serie de hechos sociales que van a dejar una marca decisiva en lo que seremos como sociedad.

El cerebro sigue siendo un misterio. La memoria es traicionera y la capacidad individual para entender lo que nos pasa es muy dispar, tanto como las inequidades de la sociedad venezolana. No sé si tenemos las herramientas para procesar lo que nos está pasando.

Nadie las tiene. Es decir, nadie, por sí solo, tiene las herramientas como para enfrentar la realidad que estamos viviendo. Creo que eso marca un punto de cara al reto que tenemos por delante. Sobre todo para una sociedad tan individualista como la venezolana, aunque creamos que por estar juntos y porque nos gusta echar broma somos todo lo contrario. Esto hace, por primera vez, que tengamos que pensar de una forma genuina en el que tienes al lado, entre otras cosas, porque lo que te separa cada vez es menor. Pensamos que los problemas eran de otros. Y hoy caes en la cuenta de que finalmente estamos conectados.

Pareciera que el país que le gusta la chanza, el país chévere, nunca existió. ¿O eso era cosa de una tribu, de un segmento reducido de la sociedad?

Yo me he hecho esa pregunta: ¿era así el país de mis viejos? Detrás de la bonanza, también había una profunda sombra de la cual no se hablaba. Pongo un ejemplo. Mi familia paterna es de origen portugués y con el tiempo yo descubrí que mi papá habla el portugués menos que yo. ¿Por qué? Él me contó algo que ahora lo he entendido. Mis abuelos le prohibían a él hablar portugués en la casa, porque eso podría significar que él tuviera acento. ¡Ah!, un motivo de burla, un motivo para enredarse en una pelea en la calle. Entonces, ciertos mitos que construimos como sociedad no dan más. Nos horroriza la xenofobia a la que se enfrentan los venezolanos que migraron, pero resulta que aquí también hubo historias de xenofobia. Esto de que todo era chévere, de que aquí a todo el mundo lo recibían con los brazos abiertos, eso no es así. A lo mejor se vivió como algo chévere, pero a la luz de lo que estamos viviendo entendemos que no era así, que eso fue lo que nos trajo hasta aquí.

Los venezolanos somos acríticos con la realidad, con nosotros mismos. Añoramos el país chévere y cuanto antes regrese, mejor. Pero somos incapaces de plantearnos otra cosa.

Finalmente, pensamos en el otro porque ahora nos hacemos una serie de preguntas:¿Cuál es nuestro lugar en la historia? ¿Qué nos trajo hasta aquí? ¿Qué tenemos que cambiar? ¿En qué nos hemos equivocado? Pero pareciera que sigue siendo algo lejano, porque Venezuela sigue siendo el mejor país del mundo. ¿Por qué nos permitimos creer eso? ¿Con base en qué? Nos agarramos de la herencia natural, del Ávila, del Salto Ángel, pero de lo que hemos hecho como sociedad ¡ah!, eso cuesta un poco más.

No lo veo muy de acuerdo con el lugar común que reza… lo mejor que tiene Venezuela es su gente.

Yo creo que es lo mejor y lo peor. Lo que hace vivible al país es su gente, en la medida en que uno se siente parte, de que uno encuentra una familiaridad cotidiana, que le da una sensación de alivio frente a ciertas cosas, pero a su vez esa misma forma de vernos y de relacionarnos nos lleva a poner un gran velo que impide mirarnos. Creo que ahí está el tema. En ese sentido, la suerte de Venezuela es un poco binaria. Por un lado, tenemos grandes riquezas naturales, pero por otro lado tenemos una gran pobreza institucional. Sí, la Venezuela chévere nos llevó a esta otra Venezuela, pero había papel tualé. Había unas condiciones mínimas diferentes a las que hoy tenemos, la gente no se veía obligada a comer de la basura. Pero no hemos roto con la dicotomía. Es decir, hay quien quisiera volver a la Venezuela chévere, pero también hay quien aborrece a la Venezuela chévere y esta otra Venezuela le parece paradisíaca. Yo no me hallo en ninguna de las dos, porque la Venezuela chévere nos trajo hasta acá. Romper con esa dicotomía nos exige movimiento.

¿Usted pasa consulta?

Yo paso consulta.

Este regreso al Siglo XIX, casi a la velocidad de la luz, con el militarismo, con las formas dictatoriales de gobierno, el regreso de las enfermedades endémicas y la pobreza generalizada, ¿qué patologías ha traído a su consulta?

Me vi leyendo a Freud recientemente y era como escuchar los padecimientos en el cuerpo. La gran queja del siglo XIX. ¿Qué hacemos con esta señora que se enferma pero que médicamente no le encontramos explicación? Entonces Freud se topa con la histeria, con la neurosis. La gente llega a la consulta para conectar lo emocional con el cuerpo, llegan porque les duele algo, porque se han enfermado del estómago o de la piel. Y en algunos casos, después de peregrinar tratando de encontrar una respuesta, se encuentra con que quizás algo pasa por dentro. Yo me siento como en una reedición de lo que tal vez vio Freud en su momento, con un cambio, sí. En la época de Freud el mandato era no gozar; y si sientes placer, te invadía la culpa. El mandato hoy es lo contrario: siente placer y si no es así eres profundamente infeliz. Lo que vemos es el cuerpo puesto delante de las emociones y allí uno tratando de abrirle un espacio a la palabra.

Nunca podemos controlar una emoción. Quizás podemos lidiar con ella, pero eso es lo que nos determina como ser humano. Puedes tener una predisposición a la rabia que puede llevarte a la violencia. ¿Cuáles serían esas emociones? ¿Se está haciendo algo para controlarlas?

Tradicionalmente —y en esto hay un consenso en la psicología— se identifican cinco emociones: la rabia, la tristeza, el asco, la alegría y el miedo. Es cierto, uno no controla lo que siente. Pero lo que uno pudiera intentar es controlar el pensamiento que viene asociado a una emoción. Pensemos en la rabia. Si no haces nada, porque las emociones no se ven, pasado un lapso la rabia se convierte en ira. Pero la ira tiene una capacidad de destrucción en nuestro entorno, en nuestra vida. La tristeza. Cuando sientes la tristeza de una forma persistente y no logras tramitarla, no haces nada con ella, se empieza a transformar en una depresión, que pudiera incluso paralizarte. Pero no hacemos nada, porque creemos que de eso no nos vamos a morir.

Para quien se lo quiera creer, ¿verdad?

¡Claro! El suicidio, por ejemplo, es la segunda causa de muerte en la población con edades entre 15 y 20 años. Lo dice la OMS. Es un tema de una gravedad tremenda. Pero pensamos que no, porque de nuevo: las emociones no se ven. Pero si tuviera una herida sangrante, nadie dudaría de ir al médico. Pero si uno está triste o tiene rabia, pudiera actuar por su cuenta y ahí viene lo peor.

Y todo eso en medio de la emergencia humanitaria compleja. No hay tratamiento, no hay capacidad para anticipar qué emociones están alterando la conducta de los individuos. Esto es un récipe en blanco.

A la gente la han dejado a la deriva. Si hay una consecuencia inmediata de la emergencia humanitaria, diría que es el sufrimiento. Pero justamente ese sufrimiento permanece inabordable, porque no hay las condiciones para atenderlo. Aquí llegó una joven adolescente con un alto riesgo suicida, le sugerimos que buscara la forma de hospitalizarse, de tratarse. ¿Y qué le dijeron en el hospital? Que si quería matarse, el metro estaba allí. Afortunadamente esa joven pensó, de forma inteligente, que ese no es el comportamiento de un profesional. ¿Cuál ha sido la respuesta en general? No tenemos lugar para hospitalizarla ni medicamentos que darle. La recomendación es que busque un centro privado o tenerla en la casa. Pero la atención en un centro privado cuesta 3.000 dólares. Así fue como la sala del apartamento se convirtió en la sala accidental de un hospital y la madre renuncia al trabajo para ser la cuidadora de su hija, sin tratamiento, sin medicinas. Frente a un paciente renal que no tiene cómo dializarse, frente a un niño que come de la basura o un enfermo de cáncer, ponte en la fila. Es un acto de una crueldad tremenda.

¿Y eso es producto de la incapacidad que tenemos de pensar genuinamente en el otro o es algo atribuible a la inacción, a la indolencia del Estado? ¿O son las dos cosas?

Creo que son las dos cosas. Creo que el Estado es indolente y es negligente con relación al tema de salud mental, entre otras cosas. Pero también, como parte del país chévere, de que somos felices, no nos cabe la idea de que la gente esté profundamente triste y deprimida. Eso no está en el radar y es terrible, porque en medio de la emergencia, la gente está pensando en otra cosa. Nos cuesta mucho aceptar la tristeza, porque eso implica aceptar que lo que ocurre nos hace daño. Eso es un gran obstáculo para hacer acciones colectivas. ¿Cómo nos vamos a poner de acuerdo si no sabemos lo que nos pasa?

¿Por qué yo tengo que entender a un individuo que dice que Chávez fue todo? ¿Todo no es demasiado?

Hubo algo que falló, porque muchos venezolanos pensaron que la respuesta a los problemas la tenía un sujeto. Esa idea está muy interiorizada en nosotros. Creo que una de las cosas que estamos llamados a entender es que nadie es invulnerable. Tenemos que vernos en nuestra fragilidad, porque tuvimos unos soportes imaginarios. Tenemos petróleo, tenemos mises, tenemos un patrimonio natural. Pero todo eso se ha resquebrajado. Tenemos que entender que nos pueden pasar cosas, sin aterrarnos, pero en igual medida tenemos que tomar previsiones para que esas cosas dejen de pasarnos. Por otro lado, tenemos que hacer un gran esfuerzo para reconocer al otro en su diferencia. Para el chavista, el opositor era una cucaracha; y para el opositor, el chavista era un bruto, un marginal, sin entender que a lo mejor el chavista fue excluido de ese país que parecía chévere, hasta que vino alguien y se los dijo, y esa gente pensó: es verdad, ese tipo me está hablando a mí. Después de reconocernos, tenemos que respetarnos.

¿Por qué le tenemos tanto miedo a vernos vulnerables?

Porque eso rompe con la idea de que lo podemos todo, porque vernos vulnerables implica que podemos necesitar ayuda o nos confronta con nuestras propias limitaciones. Y más allá, que puede haber otro, que no soy yo, que tenga la solución. ¿Dónde está la trampa? Negar que somos vulnerables no nos salva de serlo. Ojala podamos vernos vulnerables, porque uno pudiera pensar: ¿Qué más nos puede pasar? Y todavía nos pueden pasar muchas cosas peores, pero si no nos cuidamos las seguiremos contando.

¿Qué podemos hacer para detener esa fuerza inercial que profundiza el deterioro, la idea de que nuestra realidad puede ser aún peor?

Hay que darle paso al deseo. Hay que empezar a construir, incluso en medio de lo que pareciera una locura, una visión de hacía dónde queremos ir. Eso le pudiera poner coto a esa fuerza inercial.

¿La resiliencia? ¿El conformismo? ¿Esa son las dos opciones? ¿O hay una tercera que no podemos o no queremos ver?

Tenemos que romper lo binario. Uno puede ver una resilencia ingenua… ante todo lo que te pasa sonríe, una cosa naif que no lleva a ningún lugar, quizás sirva ponerse en contacto con personas que han vivido situaciones mucho más difíciles. ¿A qué conclusión llegaron los sobrevivientes del Holocausto judío? Que en cierto momento ya no tenían nada que tener. Qué en medio de esa adversidad tenían que aferrarse a algo de la vida y a partir de ahí empezar a construir soluciones, que no eran ni mágicas, ni fáciles, ni nada. Yo creo que el camino es mucho más áspero. Y vuelvo al deseo entendido desde el psicoanálisis, porque implica una renuncia. Sí deseo fumar, por ejemplo, renuncio a la salud, porque tarde o temprano seré un paciente cardiovascular. El deseo nos interroga: ¿Qué es lo que yo quiero? Pero también, ¿qué estoy dispuesto a poner? ¿Qué estoy dispuesto a perder y a dejar atrás para poder hacerle frente?

Pero eso implica costos, quizás sufrimiento, no creo que los venezolanos estemos ávidos de vivir una experiencia como esa.

Pienso en la promesa de Churchil, sangre sudor y lágrimas. Esa fue una promesa sincera, porque era lo que venía. Creo que nos hace falta una dosis de realidad. Pero ese mensaje es tremendamente impopular. No veo un camino sin fricción, porque lo que viene implica romper con el imaginario de que como esto es una tierra de gracia, nosotros no necesitamos hacer ningún sacrificio, sino a un individuo que reparta bien. No, aquí hay que hacer unos sacrificios considerables.

¿Usted cree que el venezolano está enfermo, digo, en su psiquis?

Yo creo en la clínica individual. Lo que pudiera decir es que el venezolano está impactado. Es decir, no hay manera de que esta experiencia no haya dejado huella en nosotros. De cualquier manera esta experiencia hace que redimensionemos lo que somos. No somos los mismos ni seremos los mismos. No sabría decir a dónde nos lleva esta versión de lo que somos, pero sí, definitivamente, estamos impactados. Creo que hay mucha gente enfermándose, que hay mucha gente sufriendo, más de lo que pudiéramos imaginarnos. Nos preocupan las cifras de la malaria. ¿Y las de depresión? Quizás la malaria nos parezca un mal menor. Cada quien con sus recursos, se mueve más o menos, pero todos hemos dejado algo en el camino.

¿Si esto sigue deteriorándose, como pudiera ocurrir, cuáles serían las consecuencias en la salud mental de la gente?

A mí lo que más me asusta es cómo nuestra visión se va haciendo más corta. Uno de los peores daños, el que más me preocupa —además de lo traumático de la violencia, de la angustia crónica por el hambre, de la incertidumbre permanente por la falta de servicios públicos— es la incapacidad de ver opciones. Cuando asumimos la resignación y nos convencemos de que no hay otra forma de vivir, incluso, que no nos merecemos otra forma de vivir, creo que nos miramos desde un túnel cada vez más estrecho. Quienes han tenido otras experiencias, quienes han vivido una existencia diferente, pierden la voluntad de contarlo o van muriendo en el camino. Cuando nos convenzamos de que esta es la única vida posible, será mucho más difícil salir de ese túnel.

¿Esto es producto de la ejecución de un plan conductual, por llamarlo de alguna forma? ¿Esto puede ser inducido? La idea de que no hay otra vida posible, sino esta que estamos viviendo, creo que está copando el imaginario de grandes sectores de la población venezolana.

No me sorprendería que esto responda a una cosa pensada, porque ha salido tan bien que es difícil dejársela al azar. Lo que sí veo es que el gobierno ha utilizado dos grandes recursos: el miedo y la esperanza. Miedo de que te agredan, de que te pasen cosas terribles, además con manifestaciones más marcadas de lo que el Estado pueda hacer, cómo el Estado puede dañar con represión, no hay límites. Y la esperanza. Dos cosas. Uno: no necesito darle un apartamento a todo el mundo, basta que se lo dé a uno de diez para que los otros nueve crean que les puede tocar. Dos: la esperanza como algo que se quiebra. Lo peligroso que ha sido eso para la sociedad venezolana en este último tramo. Cada vez que ha habido una esperanza de que las cosas puedan cambiar… y no cambia, cómo la gente se viene abajo. La esperanza como una tragedia. En eso el gobierno ha sido tremendamente eficaz.

Venezuelans Find Medical Refuge in Colombia – Latinamerican Herald Tribune – 6 de Octubre 2019

ARAUCA, Colombia – The Arauca pier is already busy before sunrise. Hundreds of people arrive in boats from Venezuela to get medical attention, and to be sure they do, they must be among the earliest to stand in the long lines that quickly begin to form.

One of the first buildings they come across in the city, which is the capital of Arauca province and is only separated from Venezuela by the swiftly flowing Arauca River, is that of the Colombian Red Cross.

From 4:00 am, when the humidity and heat of the area are not yet so fierce, dozens of people, many with babies in their arms, line up outside the medical center waiting for the doors to open at 7:00 am with hopes of being among the 120 to be assigned their turn.

Some have cardiac problems, others suffer respiratory illnesses and there are also pregnant women who, despite their pain, know that this is the only way to get good medical care.

One of them was Tatiana Lopez, who traveled from the state of Guarico in central Venezuela to be treated for the painful neuritis she suffers in one arm.

“Thank God they looked after me well. The doctor who saw me is an excellent person who actually listened to me. He told me to tell him all I was suffering and I told him everything,” Lopez told EFE after her doctor’s visit.

From her home, it took the woman 10 hours to reach El Amparo, the Venezuelan town on the other side of the Arauca River, and from where she took a boat over to the Colombian city.

Despite the long trip, the woman preferred to go to Arauca than see a doctor in her native land because, besides the fact that her son lives here, the state of clinics in her own country is “super bad.”

“The hospitals are awful, there are no medicines, no remedies. You can’t even find a parasite cleanse in Venezuela,” she said.

The Red Cross – the local coordinator of Arauca’s emergency-call project, Carlos Alberto Prada, told EFE – offers the services of general medicine, psychology and an infirmary, which mainly attend Venezuelan migrants and Colombians returning from that country.

“The chief characteristic of the Venezuelan population that we serve is that it is pendular, since on the Venezuelan side they have access to public services. Then they come to the Colombian side for health services,” Prada said.

In its facilities, financed by donations from the International Federation of Red Cross and Red Crescent Societies (IFRC), the institution has a dispensary of medicines and a storeroom of cleansing equipment for those who need such products as part of a program to promote healthy living.

According to figures of Colombia Migration, as of June 20 there were 42,890 living in Arauca province of the almost 1.4 million Venezuelans who had settled in the country, and of whom 24,989 live in the regional capital.

One of those is Clairey Tanales, who has been living in Arauca for almost three years and has not gone back to Venezuela because she has no money to do so and fears that if she left, something could happened to her children.

“I’m not going anywhere because here I’m closer (to Venezuela) and I would only have to cross the river,” said the woman, who previously lived over 1,000 kilometers (620 miles) from Arauca in the Venezuelan state of Anzoategui.

Tanales is aware that the situation in which many Venezuelans are surviving in Arauca is critical, so she tries to take full advantage of the available health services, chiefly for one of her children who suffers from asthma.

And so the days go by in Arauca, where at sunset the boats return to Venezuela full of passengers, many of whom were able to receive medical care as they wait for the situation in their own country to change.

“I know things will get better in Venezuela, this won’t go on for much longer,” said Tatiana Lopez. “There are few days left before this is over.”

María Yanes Herrera: “La crisis de la salud está totalmente visibilizada” por  Hugo Prieto – ProDaVinci – 29 de Septiembre 2019

María Yanes Herrera: “La crisis de la salud está totalmente visibilizada”

De esta historia, la doctora María Yanes Herrera, médico internista y nefrólogo, tiene perfecto conocimiento. La crisis de los hospitales ya era un hecho en 2007 y pese a los ingentes recursos que recibió el país producto del boom petrolero (con un barril a 140 dólares) no se invirtieron los recursos necesarios para garantizarle a los venezolanos un acceso oportuno y de calidad en los centros de salud.

Yanes Herrera presidió la Red de Sociedades Científicas Médicas Venezolanas y la Sociedad Médica del Hospital José Ignacio Baldó (mejor conocido como el Algodonal). En Venezuela nunca se ha invertido en salud lo que recomienda Naciones Unidas (el 5 por ciento del producto PIB). La emigración forzosa, producto de la emergencia humanitaria compleja, se traduce en un déficit alarmante de personal en los centros hospitalarios, desde médicos hasta enfermeras, pasando por laboratoristas. El drama que viven los pacientes de enfermedades crónicas es una tragedia que se mide en muertes que pudieron prevenirse.

Las cifras son extraoficiales debido al apagón estadístico que impera en Venezuela.

Más de 16 millones de venezolanos acuden al servicio público de salud, cuyas condiciones, en 2018, eran las siguientes: 53 por ciento de pabellones o quirófanos inoperativos; 88 por ciento de escasez de medicamentos; 94 por ciento de fallas en los servicios de rayos x y 100 por ciento de fallas en los servicios de laboratorio. ¿Qué significa esto?

Lo primero que quisiera decir es que Venezuela atraviesa por la peor crisis de su historia republicana. No solamente en el contexto de la salud, porque la crisis sanitaria que tenemos ya llegó a un punto de quiebre. Pasamos de crisis humanitaria, en 2013, a emergencia humanitaria compleja, que es lo que estamos viviendo actualmente. Esta emergencia abarca todas las variables que intervienen en la vida de los venezolanos y uno de los factores que más incide en el derecho a la vida es, fundamentalmente, el derecho a la salud, como lo establece los artículos 83 y 84 de nuestra Constitución. Eso es lo que más ha afectado la vida de los venezolanos.

Usted ha trabajado en distintos hospitales del sistema de salud público. ¿Cuál es el drama que viven los enfermos? ¿Cuál es el drama que se vive en los hospitales?

La crisis hospitalaria comenzó en 2007. Yo conozco esa historia, porque era la presidenta de la Sociedad Médica del Algodonal. Actualmente, ningún hospital se salva a escala nacional. No sólo estoy hablando de los nueve centros hospitalarios, los más importantes, del Distrito Capital. Me refiero a todos los hospitales en sus diferentes clasificaciones, desde el tipo 1 hasta el tipo 4, esa clasificación depende del número de camas. Los hospitales de mayor envergadura, es decir los que tienen más de 300 camas —el Clínico Universitario, El Algodonal, el Pérez Carreño—, no las tienen todas operativas y el paciente, pese al esfuerzo de los médicos y del personal de salud en general, no recibe una atención oportuna y de calidad. ¿Por qué?, porque no hay los instrumentos, no hay herramientas y las fallas, prácticamente, son a nivel general.

¿Cómo se puede planificar las llamadas operaciones electivas, digamos, una hernia inguinal, una operación de cataratas? ¿Dónde entra el paciente?

Usted entra a lo que llamamos la mora quirúrgica a escala nacional (alrededor de 300.000 casos). El paciente tiene que esperar hasta seis meses para que pueda ser operado en una cirugía electiva. Venezuela, de acuerdo a lo que establece la Constitución, debería tener un sistema de salud intersectorial, con principios de gratuidad y equidad, pero eso no existe, porque el sistema de salud se pulverizó, se desintegró. El paciente tiene que traer todos los insumos —desde gasa hasta algodón, pasando por el catéter que le van a poner, cualquiera que sea—, tiene que llevar un kitde cirugía y, en muchos casos, no tiene la capacidad para comprarlos. Es decir, no hay la dotación que tiene que tener un hospital para atender al paciente.

¿Si a un paciente le detectan una hernia umbilical en un módulo de salud de Barrio Adentro, digamos, si tiene un diagnóstico temprano, ¿qué sigue?

No tiene la capacidad de resolverlo. ¿A dónde lo vas a enviar? ¿A un hospital? ¿A un centro de salud tipo 3 que tenga esa especialidad? Ahí se va a topar con la falta de dotación y de insumos. Todos sabemos que Barrio Adentro es un sistema de salud paralelo que comenzó en 2003, donde se iba a impartir la atención primaria. Pero la medicina preventiva no sólo es la prevención de la enfermedad, también es la educación y la promoción de salud. Eso es lo que debería prevalecer. A Barrio Adentro se dirigió la atención, los recursos, en desmedro del sistema tradicional.

¿Diría que Barrio Adentro fracasó?

En mi opinión es un sistema fracasado, donde no se ven los resultados para lo cual fue establecido. Es decir, un sistema de atención primario y de prevención. Eso fracasó. De hecho, la mayoría de los famosos módulos hexagonales están abandonados.

El país se ha vaciado de profesionales de la más variada índole. Otros países de América Latina han fortalecido su sistema de salud con la participación de médicos venezolanos. ¿No resulta paradójico?

Ese es uno de los contextos que entra en la emergencia humanitaria compleja en lo que se refiere a la salud. No sólo hablo de los médicos. Hablo, inclusive, del personal de enfermería, del personal de bioanálisis. Hay un déficit de recursos humanos impresionante en los hospitales. Más de 25.000 médicos se han ido del país. Esa es la cifra que manejamos. Todos formados en las universidades tradicionales y reconocidas. Porque así como tenemos un sistema de salud paralelo, lamentablemente también tenemos una educación paralela en la medicina, como lo es el médico comunitario integral. Hay un pénsum de estudio que no cumple con las horas académicas para que un estudiante opte por un título de médico. De la emigración forzosa que sale del país por el puente Simón Bolívar —más de 5.000 venezolanos cada día—, no se escapan los profesionales y el personal de la medicina.

¿Cuáles son las especialidades más afectadas?

Yo diría que ninguna especialidad se salva. Pero son más los recién graduados e inclusive los que terminan su residencia de posgrado. Aquí no se salva ninguno. Afortunadamente, en otras latitudes, esos médicos han demostrado lo bien que han sido formados. Pero no hay garantías de que siga siendo así. Recientemente se quiso implementar un instructivo en el Hospital Clínico Universitario, que no sólo atentaba contra su autonomía, sino contra la formación académica de los estudiantes. Una cosa muy grave, porque ese hospital es el brazo derecho de la Escuela de Medicina Luis Razetti. La reacción inmediata de la comunidad hospitalaria en general lo impidió. Pero esa amenaza sigue latente.

La gente que emigra se va quedando, se va quedando… hasta que un día no vuelve. Eso le va a pasar a muchos médicos. Esa idea de que la gente va a regresar, no la veo tan factible. ¿Qué daño se ha producido? ¿Cuánto tiempo va a tomar, por ejemplo, volver al nivel que teníamos en 2013, año en que empezó la crisis humanitaria?

Hay gente que está trabajando en un plan para recuperar el sistema de salud en términos generales. Un factor importante de ese plan es la recuperación del personal que se perdió debido a la migración forzosa que produjo la emergencia humanitaria. Se perdieron todas las condiciones de trabajo. Se perdieron todas las condiciones de seguridad social. No hay una contratación colectiva. Todo eso se perdió. No será de un día para otro. El grupo Médicos Unidos del estado Aragua, por ejemplo, presentó un plan para esa entidad, que pudiera extrapolarse a escala nacional. Ese plan establece metas y objetivos a alcanzar en un plazo de 90 días, seis meses, un año y dos años. Ese plan lo debemos tener para cuando se produzca el cambio que todos queremos y que sabemos cuál es. Me estoy refiriendo —para no hablar de otras cosas—, al sistema que prácticamente ha destruido la salud en Venezuela. Yo tengo esperanza, tengo fe, de que cuando se produzca el cambio muchos médicos van a regresar.

Los recursos que se invierten en salud han caído en forma sostenida. En 2015 representaban el 3,1 por ciento del PIB y en 2018, apenas el 1,9 por ciento —data de la Organización Mundial de la Salud—. No sólo es un sistema fracasado sino inviable financieramente.

Eso no es nada. Antes de la debacle económica del 2013, a Venezuela le entraron recursos muy importantes por exportaciones petroleras. El precio del barril llegó a 140 dólares. Incluso entonces, el gasto en salud era ínfimo. Nunca llegó a los niveles que recomienda la OMS (5 por ciento del PIB). Aquí lo que está impactando es el caos y la crisis económica que hay en Venezuela. Lo primero que tiene que haber es una recuperación económica para poder aportar en salud los recursos que se necesitan. El gobierno no previó, para nada, el impacto que el desastre económico tuvo y tiene en el sector salud.

El otro tema tiene que ver con las enfermedades crónicas y los pacientes oncológicos. Uno de cada 10 venezolanos, por ejemplo, puede comprar los medicamentos para tratar el dolor que produce el cáncer. Más de seis mil venezolanos se han ido del país para poder comprar las medicinas que hacen falta para tratar el VIH. Dentro de la realidad sombría que estamos viviendo, ¿qué les queda a estos enfermos?

Es muy triste, porque uno como médico vive el día a día de estos pacientes y conoce la realidad. En Venezuela hay alrededor de 300.000 personas que padecen enfermedades crónicas de diversa índole. No solamente son los pacientes oncológicos, también son los pacientes que no tienen ni los recursos para adquirir las medicinas, o sencillamente no las hay o no llegan al país. En ambos casos, simplemente, son pacientes que corren el riesgo de morir. Es una cruda, una trágica realidad la que se vive en Venezuela con los pacientes de enfermedades crónicas.

Se puede decir, sin menoscabo a la verdad, que el Estado está condenando a estos pacientes a una muerte anticipada.

A una muerte que pudo haber sido prevenible, porque no es solamente el paciente oncológico o el paciente con VIH, es el paciente hipertenso que puede morir por causa de un infarto o un ACV, es el paciente diabético que puede morir porque no tiene la insulina, es el paciente con esclerosis múltiple que tiene tres años sin recibir los medicamentos de alto costo para todas esas enfermedades. Si bien estamos viendo más medicinas por vía de la Cruz Roja Internacional, no son suficientes. El drama de los pacientes trasplantados que han fallecido porque no hay inmunosupresores. Y los pacientes en diálisis, más de cinco mil han fallecido en los dos últimos años, de acuerdo a las declaraciones del expresidente del IVSS, porque no hay los insumos en diálisis. O porque el paciente no tiene los medicamentos para atenderse y muere por complicaciones de su enfermedad renal crónica. Es un drama terrible.

¿Por qué el gobierno niega la existencia de una emergencia humanitaria? ¿Por qué el representante del gobierno va a Bruselas y dice tal cosa?

Eso tiene su lógica, ¿qué se puede esperar de una persona que forma parte de este sistema? Eso es lo que tiene que decir y reiterar, que aquí no hay ninguna emergencia humanitaria compleja. Pero afortunadamente, el sol no se puede tapar con un dedo. Y así lo demostró el informe de la doctora Michelle Bachelet (alta comisionada de los Derechos Humanos de la ONU). Un informe que se presentó por primera vez el pasado 5 de julio y al que se le hizo una actualización el pasado 9 de septiembre. Ahí se demostró la violación a los derechos humanos en Venezuela, incluido el derecho a la salud y a la vida. Ya está totalmente visibilizada la crisis de salud que hay en el país. Me preocupa que no haya habido una respuesta ni del gobierno del señor Maduro ni de la comunidad internacional. La ayuda que llega a través de la Cruz Roja Internacional es insuficiente, tampoco está llegando al número de personas que realmente la necesitan. ¿Qué se importen medicamentos? Muy bien, pero que sean de calidad y debidamente registrados en el país, cosa que no está ocurriendo.

Vivimos una secuencia de enfermedades transmisibles —sarampión, difteria, hepatitis A, y de malaria, donde Venezuela ha retrocedido más de 40 años.

Para este año los expertos pronostican un millón de casos nuevos de malaria. Yo creo que la malaria es el reflejo del fracaso de las políticas sanitarias desde el punto de vista epidemiológico. Desde 1936 salía el Boletín Epidemiológico y es bajo este régimen que dejó de publicarse, creo que en 2008 se publicaron varios boletines, luego en 2016, hasta que se publicaron las cifras de mortalidad materna y mortalidad infantil que son los indicadores más fehacientes de que un país está o no saludable. Tenemos una crisis epidemiológica en falta de políticas y de controles para poder erradicar esas enfermedades. La erradicación del vector que propaga la malaria no está funcionando, así como las políticas de prevención y control de riesgos. Lo que ha habido es un gran retroceso. En la difteria, por ejemplo, el último caso fue en 1992 y en octubre de 2016 regresa, ¿por qué? Porque la cobertura en vacunación no llegó al 50 por ciento cuando debía ser del 95 por ciento, al menos en niños. Eso te dice que aquí no hay, en lo absoluto, políticas sanitarias para controlar esas enfermedades. Sarampión, en lo que va de año, ya van más de 5.000 casos.

Esas enfermedades, no sé si con la espada de Bolívar, van recorriendo toda América Latina.

Esa tragedia de enfermedades emergentes y reemergentes —sobre todo estás últimas— nos muestran como un país en franco atraso y retroceso. Nos hemos convertido en un país exportador de enfermedades a otros países. Ya Venezuela implica un problema regional en salud.

Los números que la dictadura de maduro no presentó en la ONU – Asamblea Nacional – 28 de Septiembre 2019

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