La enfermedad se ha urbanizado, afirma José Félix Oletta, médico y exministro de Sanidad. Más de 16 millones de venezolanos  están en riesgo de enfermarse. Este jueves se conmemora el Día Mundial del Paludismo

El sitio donde hay más malaria en América se llama Sifontes y es un municipio ubicado en el estado Bolívar, al sur de Venezuela. Pero el mapa venezolano está teñido de rojo por esta enfermedad, presente en al menos 18 entidades (salvo Caracas y por razones geográficas) del país. El paludismo, por obra y gracia de la mala gestión sanitaria, dejó de ser esa afección clásica del campo venezolano para convertirse en una dolencia urbana. Salió de los libros para ser un problema de salud pública nacional e internacional.

De ser un buen ejemplo para el mundo por la campaña de erradicación de la malaria o paludismo que emprendió el médico Arnoldo Gabaldón en los años cuarenta del siglo XX, Venezuela se convirtió en la “oveja negra” del continente, en un declive sostenido que se aceleró durante los cinco años de gestión de Nicolás Maduro. Este jueves se conmemora el Día Mundial del Paludismo, y el país lo recuerda con una epidemia dispersa por todo el territorio nacional que ya es una mala noticia en América Latina.

Los números rojos de Venezuela pueden dispararse hasta cifras insólitas, como 2 millones de casos, calcula José Félix Oletta, médico internista, exministro de Sanidad y sanitarista.

“Tenemos una epidemia sin control, que anteriormente estaba concentrada y localizada, y ahora estamos en una fase de diseminación de la enfermedad”, enfatiza. El proyecto del Arco Minero del Orinoco, lejos de poner orden en la crisis, la empeorará: “Puede haber muchísima más malaria, y de forma incontrolable” en una población de mayor vulnerabilidad, como la indígena.

Más de la mitad de la población de Venezuela se puede enfermar de malaria, calcula Oletta. “Son 16,6 millones de habitantes que están viviendo en situaciones de riesgo”, alerta el médico en entrevista con Contrapunto. El fenómeno de urbanización de la malaria ya llegó a ciudades como Barcelona, capital de Anzoátegui, y a zonas tan próximas a Caracas como Charallave y Santa Lucía, en los Valles del Tuy.

Incluso, venezolanos enfermos han llevado la malaria a otros países, como Colombia y Brasil. “Nos transformamos en una amenaza” para naciones como Guyana, Brasil y Colombia.

Falta de inversión es uno de los factores -realmente, el primero- que cita Oletta a la hora de explicar por qué la malaria se convirtió en un motivo de vergüenza internacional para el país: Venezuela solo destina 0,3 centavos de dólar al año por persona para combatir esta afección, aunque se necesitan poco más de 2 dólares. Pero hay más: el programa nacional de control de malaria fue abandonado, la entrega de medicamentos se centralizó.

Por esas razones, y otras más, el año pasado fallecieron más de 400 personas en el país debido a la epidemia. Todas estas muertes se pudieron evitar, alega el especialista.

Para combatir esta epidemia la nación necesita un liderazgo comprometido con la salud pública, que tome las medidas correctas, insiste Oletta.