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Los venezolanos reciben el 2018 en emergencia humanitaria por Marinellys Tremamunno – Yoinfluyo.com – 10 de Enero 2018

Venezuela inicia el año con más de 300 mil niños en estado de desnutrición grave y con enfermedades infecciosas desbocadas. Yo Influyo te presenta la radiografía del país según el balance de Cáritas Venezuela presentado durante la CIX Asamblea Ordinaria Plenaria del episcopado venezolano.

Desnutrición Venezuela

Estas fueron las “Navidades más tristes en la reciente historia de Venezuela”, confesó el presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela, monseñor Diego Padrón, durante sus palabras de apertura de la CIX Asamblea Ordinaria Plenaria, realizada el pasado domingo 07 de enero de 2018. ¿Por qué? “De nuestras visitas a las parroquias y comunidades traemos la angustia y el clamor de la gente por pan y remedios”, precisó.

Para entender por qué los venezolanos han vivido las “Navidades más tristes de su historia”, Yo Influyo presenta una radiografía de la crisis humanitaria que vive la nación sudamericana, de acuerdo con el balance presentado por la coordinadora de Cáritas Venezuela, Susana Raffalli, durante la apertura de la asamblea plenaria del episcopado venezolano.

Se pronostica emergencia sanitaria para el 2018. En Venezuela “hay enfermedades remergentes, principalmente la malaria. Se está presentando casi la mitad de los casos de malaria del mundo, es la tasa de incremento de malaria más alta de todo el continente. Tenemos nuevamente difteria, que había sido radicada en los años 50 y tenemos nuevamente sarampión; que cuando hay sarampión esto es el mejor indicio que hay un déficit masivo de la cobertura de vacunación de los niños, porque la vacuna de sarampión es la primera que se pone, es la más barata y fácil de conseguir”. Aseguró que el sistema de inmunización del país se encuentra en estado precario y que puede llevar a una emergencia sanitaria este 2018.

El sistema de salud está desmantelado. “Los pacientes trasplantados han empezado a morir por pérdida de su órgano, por el Parkinson y por algunas otras enfermedades de muy costoso manejo. La gente está desesperada por no conseguir tratamiento… Hay un desmantelamiento del sistema de salud, no solamente en cuanto a las medicinas sino también en materia de equipos y de procesos. Este sector no escapa de los problemas de inflación y escases que sufre el país. Vemos revendedores del mercado negro extorsionando con medicinas en la puerta de los hospitales. Es un mercado paralelo, inhumano, al que la gente común no tiene acceso”.

En emergencia humanitaria por desnutrición. “En octubre de 2016 comenzamos con un 8,7 % de niños con desnutrición grave, es decir 8 de cada 100 niños que se veían en las jornadas de Cáritas tenían desnutrición grave; cerramos el 2017 con 15,6 %, casi el doble, es decir el 2017 generó dos veces más desnutridos que el 2016”. Las cifras de Caritas Venezuela presentadas por Susana Raffalli son graves si consideramos que según la Organización Mundial de la Salud (OMS), existe una emergencia humanitaria en una comunidad cuando el 15 % de sus niños tienen desnutrición grave.

La hambruna podría ser de proporciones inimaginables. “Las proyecciones de Fedeagro, Fedenaga y Cavideas muestran que si en el 2017 cubríamos el 33 % de la demanda, sino se rectifica y no se le da mayor acceso a insumos a la industria alimentaria nacional, ésta va a estar en capacidad de producir solo el 18% de las necesidades de consumo, y se espera que haya una disminución más importante de importaciones… Los estudiosos dicen que la inflación puede llegar entre 2.600 y 5.000% en el 2018, lo cual deterioraría aún más la capacidad de la familia de comprar alimentos”.

En alerta de emergencia nutricional. “Nos mantendremos en niveles de emergencia nutricional todo el año… En el peor de los escenarios es que la desnutrición grave crezca a 1% por mes… Es una situación para la que no vamos a tener capacidad de respuesta”. La coordinadora de Cáritas calculó que existen 300 mil niños en situación de desnutrición grave.

Programas de asistencia en crisis. “Estamos comenzando enero y Cáritas ya tiene casi los inventarios del suplemento nutricional que repartimos agotados. No sabemos cuándo los podremos reponer ni cuándo podremos traer los que tenemos afuera porque no tenemos acceso a divisas, la desnutrición será cada vez más severa”.

 

Maduro ofrece pagar medicamentos con minerales y metales preciosos por Sabrina Martín – Panampost – 4 de Enero 2018

Venezuela no tiene cómo liquidar US$ 5 mil millones en deudas con compañías farmacéuticas; para enfrentar dicha situación ofreció el intercambio que “dejó perplejos” a los involucrados.

A falta de dólares, Venezuela ofreció a proveedores de medicinas pagar con minerales y metales como diamantes, oro y coltán.

Un reportaje del diario estadounidense The Wall Street Journal (WSJ) reveló que el régimen de Nicolás Maduro se vio en la necesidad de buscar alternativas de pago para adquirir medicinas ya que no cuenta con divisas suficientes.

Explica el diario estadounidense que Venezuela no tiene cómo liquidar US$ 5 mil millones en deudas con compañías farmacéuticas y que para enfrentar dicha situación ofreció el intercambio que “dejó perplejos” a los involucrados.

Fuentes relacionadas con la industria de los medicamentos revelaron que las empresas alegaron que no tienen políticas para aceptar gemas ni metales como forma de pago en una reunión que se dio con el ministro de Salud del país suramericano.

Se desconoce si alguna de las firmas aceptó la propuesta; sin embargo la oferta demuestra el colapso económico que enfrenta Venezuela tras la improvisación en los pagos de bienes.

Con el paso de los días se evidencia aún más la escasez de divisas y la crisis económica en Venezuela, a tal punto que el trueque se ha convertido en una forma de “sobrevivencia”, tanto para el régimen como para las mismas comunidades.

Y es que mientras Maduro busca saldar sus deudas con farmacéuticas, también debe darle prioridad a mantenerse solvente en el exterior.

La deuda externa total de Venezuela es cercana a los USD $150.000 millones, según estimaciones del economista José Guerra, presidente de la Comisión de Finanzas del Parlamento; esto ante unas finanzas en caída libre y una deuda galopante.

El precio del barril de petróleo aún se mantiene bajo, por lo que los ingresos en dólares son cada día menores, además de que las refinerías trabajan al mínimo de su capacidad impidiendo su buen funcionamientos.

A esto se suma que la estatal petrolera Pdvsa se encuentra prácticamente en ruinas y que en el país suramericano la producción de productos básicos cada día es menor; esto porque las empresas no reciben las divisas suficientes para fabricar los alimentos y medicamentos necesarios para cubrir la demanda nacional.

El portal digital estadounidense The World Weekly (TWW) reveló que Nicolás Maduro se mantiene en el poder hipotecando a Venezuela a un costo irreversible. De acuerdo con TWW, la magnitud de lo que ha hecho el mandatario con las arcas del país suramericano va “más allá de la imaginación”.

“Caracas y PDVSA deben devolver alrededor de US$ 13 mil millones para fines del 2018 y sin embargo, sus reservas internacionales de divisas se han hundido a menos de US$ 10 mil millones”, señala el portal digital.

Un incumplimiento de pago en todas estas deudas podría llevar a los acreedores a apoderarse del dinero de la estatal petrolera PDVSA a través de los tribunales. Si eso sucediera, Venezuela perdería su único sustento económico.

“La crisis humanitaria es un clisé que no le dice nada a nadie” entrevista a Fabio Fuenmayor por Hugo Prieto – ProDaVinci – 31 de Diciembre 2017

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Cuidado con lo que pides, que te lo pueden dar. Le he pedido a Fabio Fuenmayor, medico formado en la Universidad Central de Venezuela, quien además tiene dos especialidades: anestesiología y cuidados paliativos, que refiera parte de su experiencia en esta hora menguada de la salud de los venezolanos.

Basta saber que, en el mismo momento en que usted —lector de Prodavinci—, lee esta entrevista, hay un paciente en fase terminal, ya sea por causas naturales o por falta de tratamiento, que no encuentra los fármacos ni los medicamentos que alivien su sufrimiento y su dolor.

Una condena a muerte anticipada es lo que está ocurriendo en muchos casos. ¿No es el Estado el garante de que su cumpla el derecho a la vida en Venezuela? Hiela la sangre que algo tan fundamental como la vida humana esté en discusión.

¿Podría decir cuando comenzó la crisis de la medicina paliativa en Venezuela?

Esto comenzó como el cuento del sapo metido en la olla, se fue deteriorando lentamente. No es producto, como la gente cree, de la caída del precio del petróleo o de la “guerra económica”. No, no. Esto es una edificación bien montada por la revolución chavista cuando llegó al poder. Recuerdo que leí, en una revista interna del Ministerio de Salud, que la entonces ministra, María Lourdes Urbaneja (2003), planteó que había que acabar con la industria farmacéutica, porque era “capitalista”. Desde el punto de vista ideológico eso estuvo allí y nadie lo vio. Como esto es una economía de puertos, todo se importaba, absolutamente todo, se empacaba en Venezuela y existían medicinas. Otro de los planteamientos que hizo la exministra Urbaneja es que había que regresar a la medicina tradicional. Nosotros estamos viviendo en El Planeta de los Simios, no me estoy refiriendo a la película, que tiene connotaciones racistas, sino a la hipótesis que planeó Aldous Huxley (la reversión del ser humano en un híbrido humano-simio producto de una apocalíptica guerra nuclear). Nosotros fuimos colonizados por ese híbrido humano-simio, que se cree superior a todos y piensa que puede hacer lo que le dé la gana. Leer más de esta entrada

El dia D para Venezuela por Ricardo Hausmann – La Patilla – 2 de Enero 2018

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La crisis de Venezuela está pasando, inexorablemente, de ser catastrófica a ser inimaginable. El nivel de miseria, sufrimiento humano y destrucción ha llegado a un punto en que la comunidad internacional debe repensar cómo puede ayudar.

Hace dos años, advertí que en Venezuela se avecinaba una hambruna similar al Holomodor de Ucrania entre 1932 y1933. El 17 de diciembre, The New York Times publicó en su portada fotografías de este desastre, provocado por el hombre.

En julio, describí la calamidad económica sin precedentes por la que atraviesa Venezuela y documenté el colapso en la producción, los ingresos, y los niveles de vida y salud. Probablemente, la estadística más reveladora que cité fue que el sueldo mínimo (el que en Venezuela gana el trabajador mediano), medido en la caloría más barata disponible, había caído de 52.854 calorías diarias en mayo de 2012 a tan solo 7.005 en mayo de 2017, completamente insuficiente para alimentar a una familia de cinco personas.

Desde entonces, la situación ha empeorado de manera drástica. Para el mes de noviembre, el sueldo mínimo se había desplomado a apenas 2.740 calorías diarias. Y la escasez de proteínas es todavía más aguda. El abastecimiento de carne de cualquier tipo es tan reducido, que el precio de un kilo en el mercado equivale a más de una semana de trabajo remunerado al sueldo mínimo.

Las condiciones de salud también han decaído, como consecuencia de las deficiencias nutricionales y de que el gobierno decidió no proveer fórmula para lactantes, vacunas contra enfermedades infecciosas, medicamentos para quienes están en tratamiento por SIDA, cáncer, diálisis y trasplante, y también los suministros generales de los hospitales. Desde el 1 de agosto, el valor del dólar ha añadido un cero, y desde septiembre, la inflación ha estado por encima del 50% al mes.

De acuerdo a la OPEP, desde mayo la producción de petróleo ha declinado el 16%, una reducción de más de 350.000 barriles al día. Para detener este declive, el gobierno del presidente Nicolás Maduro no ha tenido mejor idea que arrestar a alrededor de 60 ejecutivos de PDVSA, la empresa petrolera estatal, y nombrar a un general de la Guardia Nacional sin experiencia en la industria para conducir sus operaciones.

En lugar de tomar medidas para poner fin a esta crisis humanitaria, el gobierno la está usando para consolidar su control político. Rechaza los ofrecimientos de asistencia internacional, al tiempo que, para sofocar las manifestaciones, invierte sus recursos en adquirir sistemas de control de disturbios de grado militar fabricados en China.

Muchos observadores externos creen que el gobierno perderá poder a medida que la economía siga empeorando. Sin embargo, la oposición política organizada está hoy en una posición de mayor debilidad que en julio, a pesar de la crisis y del masivo apoyo diplomático internacional. Desde entonces, el gobierno ha instalado una Asamblea Constituyente inconstitucional con plenos poderes, ha cancelado el registro electoral de los tres principales partidos de oposición, ha destituido a alcaldes y diputados legítimamente elegidos, y se ha robado tres elecciones.

Dado que todas las soluciones son imprácticas, inviables o inaceptables, la mayoría de los venezolanos anhelan alguna forma de deus ex machina que los salve de esta tragedia. Lo mejor sería poder convocar elecciones libres y justas para llegar a tener un nuevo gobierno. Este es el Plan A de la oposición venezolana organizada en torno a Mesa de la Unidad Democrática, y es lo que se busca en las conversaciones que se están realizando en la República Dominicana.

No obstante, es un desafío a la credulidad pensar que un régimen dispuesto a matar de hambre a millones de personas para mantenerse en el poder, va a ceder ese poder en elecciones libres. En la década de 1940 en Europa Oriental, los regímenes estalinistas consolidaron su poder pese a sufrir derrotas electorales. El hecho de que el gobierno de Maduro se haya robado tres elecciones tan solo en 2017, y que haya bloqueado la participación electoral de tres de los partidos con los cuales está negociando en República Dominicana, de nuevo a pesar de una atención diplomática internacional masiva, sugiere que el éxito es improbable.

La idea de un golpe militar para restaurar el orden constitucional agrada menos a muchos políticos democráticos porque temen que después los soldados no regresen a sus cuarteles. Por lo demás, el régimen de Maduro ya es una dictadura militar, con oficiales a cargo de muchas agencias gubernamentales. Los oficiales de alto rango de las fuerzas armadas son esencialmente corruptos, habiendo participado durante años en actividades de contrabando, delitos cambiarios y en las compras públicas, narcotráfico y muertes extrajudiciales que, en términos per cápita, son tres veces más prevalentes que en Las Filipinas de Rodrigo Duterte. Un número importante de altos oficiales decentes han estado renunciando a las fuerzas armadas.

Las sanciones focalizadas en individuos, que administra la Office of Foreign Assets Control (OFAC) de Estados Unidos, están incomodando a muchos de los bandidos que gobiernan Venezuela. No obstante, en el mejor de los casos son muy lentas, pues para el tiempo que rindan el efecto deseado se habrán producido decenas de miles de muertes evitables y se habrán ido al exterior millones de nuevos refugiados venezolanos. Y, en el peor de los casos, nunca surtirán efecto. Al fin y al cabo, sanciones como estas no han conducido a un cambio de régimen en Rusia, Corea del Norte, ni Irán.

Esto nos deja con una posible intervención militar internacional, solución que asusta a la mayoría de los gobiernos latinoamericanos a causa de la historia de agresiones contra sus intereses soberanos, especialmente en México y Centroamérica. Pero es posible que estas no sean las analogías históricas correctas. Después de todo, Simón Bolívar pasó a ser llamado el Libertador de Venezuela gracias a la invasión de 1814 organizada y financiada por la vecina Nueva Granada (hoy Colombia). Entre 1940 y 1944, Francia, Bélgica y los Países Bajos no lograron liberarse de un régimen opresivo sin una acción militar internacional.

La implicación es clara. A medida que la situación en Venezuela se torna inimaginable, sus posibles soluciones se acercan a lo inconcebible. La Asamblea Nacional debidamente elegida hace dos años, en la cual la oposición tiene una mayoría de dos tercios, ha sido despojada de todo su poder de manera inconstitucional por una Corte Suprema nombrada inconstitucionalmente. Y las fuerzas armadas han empleado ilegítimamente su poder para reprimir las protestas y obligar a exiliarse a muchos líderes, entre ellos los jueces de la Corte Suprema que la Asamblea Nacional nombró en julio.

Si se trata de soluciones, por qué no considerar la siguiente: la Asamblea Nacional podría destituir a Maduro y al narcotraficante de su vicepresidente, Tareck El Aissami, sancionado por la OFAC y a quien el gobierno estadounidense le ha embargado más de US$ 500 millones. Dado este vacío de poder, la Asamblea, nombraría de forma constitucional a un nuevo gobierno, el que a su vez podría solicitar asistencia militar a una coalición de países amigos, entre ellos, latinoamericanos, norteamericanos y europeos. Esta fuerza liberaría a Venezuela de la misma forma en que canadienses, australianos, británicos y estadounidenses liberaron a Europa en 1944-1945. Más cerca de casa, esto sería semejante a la liberación de Panamá de la opresión de Manuel Noriega por parte de Estados Unidos, la que marcó el inicio de su democracia y del crecimiento económico más rápido de América Latina.

De acuerdo al derecho internacional, nada de esto requeriría la aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (que Rusia y China podrían vetar), puesto que la fuerza militar sería invitada por un gobierno legítimo en busca de apoyo para defender la constitución de su país. La existencia de una opción como esta incluso podría mejorar la probabilidad de que las negociaciones que se están llevando a cabo en la República Dominicana lleguen a un resultado exitoso.

El colapso de Venezuela es contrario al interés nacional de la mayoría de los países. Y las condiciones imperantes en el país constituyen un delito de lesa humanidad al que se debe poner fin por razones morales. El fracaso de la Operación Market Garden en septiembre de 1944, inmortalizado en el libro y el film “Un puente lejano”, se tradujo en la hambruna del invierno 1944-1945 en los Países Bajos. La hambruna en la Venezuela de hoy ya es peor que esa. ¿Cuántas vidas más serán destrozadas antes de que arribe la salvación?

 

Los órganos perdidos por la crisis humanitaria de Venezuela por Florantonia Singer – El País – 26 de Diciembre 2017

La falta de medicinas provoca que algunos pacientes rechacen el órgano que les trasplantaron en su día

En los últimos dos meses se ha registrado una veintena de casos de rechazo de órganos por falta de los medicamentos que de por vida deben tomar los trasplantados. Unas 3.500 personas están en riesgo y los activistas insisten en que se abra un canal humanitario, una petición reiterada en las negociaciones en República Dominicana ante la que el Gobierno de Maduro no está dispuesto a ceder.

El 25 de octubre pasado, el mismo día de su cumpleaños, Maribel Torres llevaba varios días ingresada en el Hospital Universitario de Caracas porque sentía debilidad, dolor en el pecho y tenía los valores sanguíneos alterados. “A finales de mes me dieron el alta y me dijeron: ‘Usted perdió el riñón’. Ahí fue que me enteré que tenía que buscar un cupo en el Seguro Social para entrar en diálisis de nuevo y que en Venezuela ya no se hacen más trasplantes”.

Durante 12 años, Torres cuidó el riñón que le trasplantaron un 19 de abril de 2005. Recuerda con exactitud ese día: recibió una llamada en la que le indicaban que había aparecido el donante que había esperado durante casi tres años y en seguida tomó un taxi desde Cantaura, en el oriente del país, hasta Caracas, a 410 kilómetros, para someterse a la operación. Este 2017 no pudo hacer nada para mitigar los efectos de la falta de medicinas. Los tres inmunosupresores que tomaba para que su cuerpo no rechazara el órgano que le dio una segunda oportunidad se agotaron y aunque pidió a familiares que se los trajeran del exterior no llegaron a tiempo. Consiguió solo uno de ellos por una donación y aunque estaba vencido se lo tomó sin que surtiera efecto.

Un mes sin los fármacos, que en Venezuela solo se pueden conseguir a través de las farmacias del Gobierno, puede ser fatal para los trasplantados. A la semana sin tomarlos empiezan a sentirse mal, a los 15 días las consecuencias pueden ser irreversibles, después de un mes sin las dosis requeridas el diagnóstico que dan los médicos es de fracaso renal.

Como el de Torres, se han repetido en los últimos dos meses una veintena de casos de rechazo de riñones trasplantados por la aguda escasez de medicinas que atraviesa Venezuela, que alcanza el 85% de los productos farmacéuticos, según cifras de la Federación Farmacéutica. La escasez de medicinas es el principal argumento de la oposición venezolana para exigir que se permita la entrada al país de ayuda humanitaria a la que reiteradamente se niega el Gobierno. Además es uno de los punto en la agenda de la nueva ronda de negociaciones que se inició en República Dominicana este mes.

A estas cifras, se suman este fin de año cinco muertes de pacientes que primero perdieron el órgano por falta de pastillas y después la vida, asegura Francisco Valencia, presidente de Codevida, una coalición de organizaciones que lucha por los derechos de los enfermos crónicos en Venezuela.

Valencia, que también ha recibido un trasplante de riñón, comenzó a llevar la cuenta de estos casos, inéditos en medio siglo de historia de estos procedimientos en Venezuela. “Todas las noches llama alguien con un caso, angustiados, porque perder el órgano es perder la vida. Esto nunca había pasado en el país. El Gobierno cada vez que niega la ayuda humanitaria y que estamos en una emergencia, no sabe por el trauma que están pasando 3.500 trasplantados en el país y sus familiares”, dice el activista que participó como miembro de la sociedad civil en la sesión del 1 y 2 de diciembre en República Dominicana.

El presidente Nicolás Maduro ha negado una y otra vez la ayuda internacional bajo el argumento de que se trata de una injerencia extranjera. “Venezuela es un país pujante, trabajador, no es un país de mendigos como han pretendido algunos con aquello de la ayuda humanitaria. No. Venezuela produce su cosa vale y uno se siente orgulloso”, dijo al día de la siguiente de la sesión en la que las ONG expusieron a los seis cancilleres negociadores la gravedad de la crisis por la que atraviesa el país. Y su ministro de Salud, Luis López, también lo ha secundado advirtiendo que no permitirá la entrada “de una supuesta ayuda humanitaria cuando nuestro pueblo está siendo atendido por el presidente Nicolás Maduro”.

El calvario de la diálisis

Luz Marina Cañizález intentó ingresar esta semana al hospital del Seguro Social en San Cristóbal, en el occidente de Venezuela. “Tiene mucho decaimiento, dolores de cabeza, la hemoglobina baja y la urea y la creatinina altísimas. Los médicos le dijeron que está presentando un cuadro de rechazo agudo del riñón, pero que de nada vale hospitalizarla porque aquí no hay ni camas ni comida, así que le harán el tratamiento en casa”, cuenta su hija Nairobi Camero.

Cañizález recibió un trasplante en 2002 y desde entonces no había tenido una crisis así. Apenas dos meses sin conseguir los medicamentos y se revirtió toda la calidad de vida ganada tras recibir el nuevo órgano. La mujer de 55 años de edad debe tomar una combinación de tres fármacos y aunque algunos lograban comprarlo en la ciudad colombiana vecina de Cúcuta, no siempre los conseguía todos, ni tampoco siempre podía pagarlos. Aún no le han dicho si debe volver a diálisis, pero es una posibilidad que dispara una nueva preocupación familiar y abulta la presión sobre los ya colapsados servicios hospitalarios en el país sudamericano.

En Venezuela, 17.000 personas deben acudir a centros de diálisis para que una máquina haga el trabajo que ya no pueden hacer sus riñones. Las unidades públicas operativas (10 en todo el país) son insuficientes y los equipos para realizar el procedimiento también escasean y los suministra únicamente el Gobierno, explica Lucila Velutini, presidenta de la Organización Nacional del Trasplante, ente que hasta 2012 estaba encargado de toda la política para estos pacientes y que luego fue sustituida por una fundación adscrita al Ministerio de Salud.

“En Venezuela ocurre algo que no ocurre en otro país, que una persona con insuficiencia renal pasa hasta nueve años de su vida dializándose. Se supone que esta es una situación temporal mientras se logra el trasplante”, apunta Velutini.

Maribel Torres, que reside en Maracay, en el centro del país, acudió a la unidad de su provincia y no consiguió cupo. Por ello, desde que perdió el riñón debe viajar tres veces por semana hasta Los Teques, a unos 80 kilómetros. “Es un calvario tener que volver a esto, a veces no quiero ir. Me toca tomar un autobús a las 7.00 horas de la mañana y volver a las 9.00 de la noche a mi casa agotada por la diálisis”.

Trasplantes en caída

La agudización de la crisis humanitaria, que la Asamblea Nacional desmantelada por el Gobierno decretó en 2016, tiene su expresión en la caída de los trasplantes en Venezuela. Del mayor pico logrado en 2012, con 134 donaciones efectivas de órganos, se pasó a 17 en 2016.

La caída en los últimos cinco años ha sido tan abrupta que en mayo, el Gobierno decidió suspender totalmente los procedimientos por la situación que atraviesan los centros de salud, una especie de reconocimiento de la crisis que los voceros niegan en las negociaciones. Actualmente, la lista de espera por un trasplante supera las 5.000 personas.

“A principios de año se hicieron un par de trasplantes y se logró la procura de un riñón que también se perdió porque no pudo realizarse la cirugía. La situación de los trasplantados es gravísima y tememos que va a empeorar por la ausencia total de los fármacos inmunosupresores. Al faltar los medicamentos, esas personas que tuvieron una segunda oportunidad en la vida, el Gobierno se las está quitando”, dice Velutini.

La exigencia de la apertura de un canal humanitario es reiterada por las organizaciones de pacientes. Francisco Valencia, de Codevida, señaló que en República Dominicana se presentaron las vías para acceder a los fondos de medicinas de la Organización Panamericana de la Salud para paliar la situación que no solo afecta a los trasplantados sino a cuatro millones de pacientes con patologías crónicas en el país. “Al parecer no hay una intención del Gobierno de hacer algo por los enfermos en Venezuela y entre los cancilleres latinoamericanos existe la preocupación de este tema no puede supeditarse a los lapsos de una negociación, porque realmente estamos en una emergencia”.

 

La malnutrición que mata en Venezuela por Meredith Kohut/ Isayen Herrera – The New York Times – 17 de Diciembre 2017

Durante cinco meses, The New York Times dio seguimiento a veintiún hospitales públicos donde los doctores dijeron ver cifras récord de niños con desnutrición severa, cientos de los cuales han muerto.
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SAN CASIMIRO, Venezuela — Apenas a sus 17 meses, Kenyerber Aquino Merchán murió de hambre.

Su padre salió de la morgue del hospital antes de la madrugada para llevarlo de regreso a casa. Cargó al bebé esquelético a la cocina y se lo entregó a un trabajador funerario que hace visitas a domicilio para las familias venezolanas que no tienen dinero para realizar un funeral.

Se podían ver claramente la espina dorsal y las costillas de Kenyerber mientras le inyectaban los químicos de embalsamar. Las tías intentaban mantener alejados a los primitos curiosos. Sus familiares llegaron con flores y reutilizaron cajas de alimentos que reparte el gobierno a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP), de las que dependen cada vez más los venezolanos ante la escasez de comida y los precios altísimos, para recortar dos pequeñas alas de cartón. Las pusieron cuidadosamente encima del ataúd de Kenyerber, una práctica común entre los venezolanos, para que su alma pueda alcanzar el cielo.

En cuanto el cuerpo de Kenyerber quedó listo para que lo vieran comenzó el llanto incontrolable de su padre, Carlos Aquino, un trabajador de construcción de 32 años. “¿Cómo puede ser esto?”, decía entre sollozos mientras abrazaba el ataúd y hablaba con voz suave, como si pudiera reconfortar a su hijo en la muerte. “Tu papá ya nunca te va a ver”.

El hambre ha acechado a Venezuela durante años. Pero ahora, según médicos en los hospitales públicos, está cobrando una cantidad alarmante de vidas de menores de edad.

La economía comenzó a colapsar en 2014. Las protestas y disturbios por la falta de alimentos, las filas insoportablemente largas para conseguir suministros básicos, los soldados apostados afuera de las panaderías y las multitudes enfurecidas que saquean las tiendas han cimbrado varias ciudades.

Sin embargo, las cifras de muertes por desnutrición continúan siendo un secreto bien guardado por el gobierno venezolano. Durante una investigación de cinco meses de The New York Times, los doctores en veintiún hospitales públicos de diecisiete estados del país dijeron que sus salas de emergencia están atiborradas de menores con desnutrición severa.

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“Los niños están llegando con unas condiciones muy precarias de desnutrición”, dijo el doctor Huníades Urbina Medina, presidente de la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría. Añadió que los médicos incluso están viendo cuadros de desnutrición tan extrema como la que llega a presentarse en campos de refugiados; casos que, dijo, eran extremadamente raros antes del colapso económico del país.

Para muchas familias de escasos recursos, la crisis ha sacudido por completo su panorama. Padres como los de Kenyerber pasan días sin comer y, a veces, terminan pesando lo mismo que un niño. Hay mujeres que hacen fila afuera de clínicas de esterilización para evitar embarazarse de bebés a los que no van a poder alimentar. Niños pequeños dejan sus hogares y se unen a pandillas que escarban por doquier en busca de alimentos: sus cuerpos tienen cicatrices por las peleas a cuchillo contra sus rivales. Adultos en multitudes revuelven la basura de los restaurantes después de que estos cierran. Muchos bebés mueren porque es difícil encontrar –o poder costear– la fórmula para el tetero, incluso en salas de emergencia.

“Hay veces que se te muere en las manos por deshidratación”, dijo la doctora Milagros Hernández en la sala de emergencias de un hospital infantil en la ciudad de Barquisimeto. El hospital, señaló Hernández, vio un aumento pronunciado de personas con desnutrición hacia el final de 2016.

“Pero 2017 ha sido un incremento terrible de pacientes desnutridos”, dijo. “De niños que te llegan lactantes y tienen el peso y talla de un recién nacido”.

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Carlos Aquino llora a Kenyerber, su hijo de 17 meses, quien falleció en agosto por problemas cardiacos causados por desnutrición severa.
Antes de que la economía venezolana comenzara a desplomarse, casi todos los casos de desnutrición infantil en hospitales públicos se debían a negligencia o abuso parental. Pero entre 2015 y 2016, conforme se intensificó la crisis, se triplicaron los casos de desnutrición infantil severa en los centros médicos de la capital, según los doctores. Este año podría ser aun peor.

En muchos países la desnutrición a estos niveles sería “por cualquier causa si hay una guerra, una sequía, alguna catástrofe o un terremoto”, dijo la doctora Ingrid Soto de Sanabria, jefa del Servicio de Nutrición, Crecimiento y Desarrollo del Hospital de Niños J. M. de los Ríos. “Pero en nuestro país está directamente relacionada con la escasez y la inflación”.

El gobierno venezolano ha intentado encubrir la gravedad de la crisis y ya prácticamente no emite estadísticas de salud. Esto genera un clima en el que los doctores a veces temen registrar casos y muertes ligados a los fracasos de la política pública.

Pero las estadísticas que hay son impactantes. En el reporte anual de 2015 del Ministerio del Poder Popular para la Salud se reportó un aumento de cien veces en la tasa de mortandad de niños menores de cuatro semanas: de 0,02 por ciento en 2012 a poco más de 2 por ciento. La tasa de mortalidad materna aumentó casi cinco veces durante el mismo periodo.

Por casi dos años el gobierno no publicó ningún boletín epidemiológico con estadísticas como la mortandad infantil. Hasta que, en abril de este año, apareció de repente un enlace en el sitio web oficial del ministerio con todos los boletines no publicados. Mostraban que 11.446 niños menores de un año habían muerto en 2016: un aumento de 30 por ciento en solo doce meses, ante la aceleración de la crisis.

Los nuevos hallazgos atrajeron la atención de medios nacionales e internacionales antes de que el gobierno declarara que el sitio web había sido atacado y quitara los boletines. La ministra de Salud fue destituida y se puso al ejército a cargo de monitorear los boletines; ninguno se ha publicado desde entonces.

La desnutrición también enfrenta censura dentro de los hospitales: muchos doctores reciben advertencias de no registrarla en los antecedentes médicos de los niños.

“En algunos hospitales oficiales se ha prohibido el diagnóstico de desnutrición en las historias clínicas”, dijo el Urbina.

Médicos entrevistados por The New York Times en nueve de los veintiún hospitales dijeron que sí llevaban un conteo. En el último año, dijeron, habían registrado 2800 casos de desnutrición infantil y alrededor de 400 de los menores que llegaron famélicos murieron.

“Nunca en mi vida he visto tantos niños con hambre”, dijo la doctora Livia Machado, pediatra de práctica privada que da consultas gratuitas a niños que han sido hospitalizados en el sanatorio Domingo Luciani, en Caracas.

Ese hospital es de los pocos que todavía acepta ingresar a infantes desnutridos para tratamiento. Otros hospitales los rechazan y les dicen a los padres que no tienen suficientes camillas o suministros para tratar a los bebés. Casi todos los hospitales venezolanos reportan escasez de insumos básicos, como leche de fórmula.

El presidente Nicolás Maduro ha reconocido que algunas personas pasan hambre en Venezuela, pero ha rechazado recibir ayuda internacional pues dice que la crisis es causada por una “guerra económica” impulsada por empresarios y fuerzas extranjeras como Estados Unidos.

Venezuela tiene las mayores reservas comprobadas de petróleo en todo el mundo. Sin embargo, muchos economistas afirman que años de mal manejo de la política económica han resultado en el desastre actual. El daño no era evidente cuando los precios internacionales del petróleo eran altos. Pero a finales de 2014 comenzó a caer el precio del barril y la escasez y los precios de alimentos se dispararon. El Fondo Monetario Internacional advirtió en octubre que la inflación podría superar el 2300 por ciento el próximo año.

El Ministerio para la Salud y el Instituto Nacional de Nutrición venezolano no respondieron a solicitudes de entrevista ni de comentario sobre reportes oficiales de salud con estadísticas sobre desnutrición. Pero la oposición, que controla la Asamblea Nacional que fue despojada del poder, continuamente alerta sobre la situación.

“Tenemos un pueblo que se está muriendo de hambre”, dijo en noviembre Luis Florido, asambleísta que dirige la comisión de relaciones exteriores. Dijo que la crisis alimentaria en el país era una “emergencia humanitaria” que viven “todos los venezolanos”.

‘Tantos tantos niños’
Kenyerber nació sano y pesaba casi 3 kilogramos. Pero a su madre, María Carolina Merchán, de 29 años, le picó un mosquito y se contagió del virus del Zika cuando el bebé tenía tres meses. Tuvo que ser hospitalizada y los doctores le dijeron que no podía amamantar.

La familia no podía encontrar o pagar el alimento para el bebé y tuvieron que improvisar con lo que tenían al alcance: teteros de crema de arroz o de harina de maíz mezclada con leche entera. Eso no le daba a Kenyerber los nutrientes necesarios.

A los 9 meses su padre lo encontró inmóvil en su cama, con la nariz ensangrentada. Corrió a la sala de emergencia pediátrica del hospital Domingo Luciani, donde pacientes y camillas atiborran los pasillos junto a soldados patrullando.

Kleiver Enrique Hernández, de 3 meses, estaba recibiendo tratamiento cerca de donde fue internado Kenyerber. Él también nació saludable –3,6 kilogramos– pero su madre, Kelly Hernández, tampoco lo podía amamantar. Lo mismo: Hernández y su novio, César González, buscaron sin tregua, pero no pudieron encontrar fórmula.

En una búsqueda en línea del inventario de Locatel, una de las cadenas de farmacias más grande de Venezuela, el Times encontró que solamente una de sus 64 tiendas en todo el país tenía la fórmula para bebés que los doctores le recetaron a Kleiver.

Y es poco probable que Kelly y César siquiera hubieran podido pagarla. La hiperinflación ha diezmado los salarios que se pagan en bolívares en comparación con lo que valían hace dos años. Un surtido para un mes de la fórmula que necesitaba Kleiver costaba dos veces más que el sueldo mensual de González, un trabajador agrícola.

La escasez de fórmula también afecta a los hospitales. Doctores en la sala de emergencia del Domingo Luciani dijeron que no tenían abasto para alimentar a pacientes como Kenyerber y Kleiver. La Encuesta Nacional de Hospitales 2016 halló que el 96 por ciento de los hospitales venezolanos reportaron no tener la cantidad de fórmula que necesitaban para atender a los pacientes. Más de 63 por ciento reportó que no tenía fórmula, punto.

Con tan pocas opciones, la madre de Kleiver preparó teteros con almidón de arroz y agua, a veces con leche entera si la podían encontrar. No era suficiente.

Los padres de Kleiver lo habían llevado a tres salas de emergencia, pero los hospitales estaban repletos. “Estaba desesperada viendo cómo tantos tantos niños estaban en la misma situación”, dijo Hernández.

Cuando los ingresaron al Domingo Luciani fue un gran alivio. Pero pronto comenzaron a ver un flujo constante de padres que llegaban con sus bebés desnutridos y terminaban yéndose en llanto: “¡Mi hijo está muerto!”.

Esperaron con ansias a que la condición de Kleiver mejorara; dormían en una silla junto a su cama o en un patio afuera, siempre pendientes por si el doctor les recetaba algo.

Después de pasar veinte días en el hospital, terminaron por sumarse a esas familias a las que habían visto salir horrorizadas. Un equipo de doctores trabajó durante horas para ayudar a Kleiver, llenándolo sin querer de sangre y moretones conforme trabajaban para intubarlo. Parecía que su cuerpo sin vida había recibido una golpiza para cuando los doctores aceptaron que no iban a poder salvarlo.

 

Kelly Hernández llora junto con sus familiares durante el velorio para su hijo Kleiver, de tres meses, en agosto.

Familiares cargan el ataúd de Kleiver durante el cortejo fúnebre.

Los deudos de Kleiver comen un caldo en la madrugada durante el velorio.
Pese a que la desnutrición severa es evidente, su diagnóstico no es sencillo. Incluso cuando los doctores sí están dispuestos a reportarlo no necesariamente lo incluyen como la causa oficial de defunción. La desnutrición grave puede resultar en toda una patología que conlleva la muerte por falla respiratoria, infecciones u otros malestares. Pero, en el caso de Kenyerber y Kleiver, sucedió algo poco común en Venezuela: sus certificados de defunción sí muestran a la desnutrición como la causa de fallecimiento.

Más de cien amigos y allegados fueron al velorio en la casa de la familia de Kleiver, que duró toda la noche. Sus tías y primos colgaron carteles decorados con mensajes y caricaturas hechas a mano. Kleiver yacía debajo, en un pequeño ataúd blanco, con las alas de papel.

Apenas tres meses antes la familia había hecho carteles con mensajes y caricaturas hechas a mano y las había colgado en la pared, para celebrar el nacimiento. Uno de esos carteles, en forma de un globo, todavía estaba encima de su cama durante el velorio.

“Bienvenido, Kleiver Enrique, te quiero mucho”, decía.

Cuando salió el sol el vecindario realizó una procesión hasta el cementerio. Hernández colapsó cerca de una tumba cercana; no podía dejar de llorar. Se sentía culpable de no haber podido amamantar a su hijo ni de encontrar la fórmula láctea y no dejaba de decir: “¿Soy mala madre? Por favor, ¡dímelo!”.

Impotencia e indignación
La doctora Milagros Hernández entró corriendo a la sala de emergencia del hospital donde trabaja en Barquisimeto gritando: “Voy con un bebé de 18 meses. Le dieron té de anís, leche de vaca y lo amamantaba una vecina. ¡Está malo!”.

Los doctores y enfermeros en el Hospital Universitario de Pediatría Agustín Zubillaga trabajaron rápidamente para evaluar al bebé, Esteban Granadillo. Pesaba 2 kilogramos y se veía asustado.

“Dígame lo que le dio de comer”, le preguntó la doctora Hernández a la tía abuela, María Peraza, quien lo había llevado al hospital. “A ese niño se le destrozó el estómago y posiblemente hasta el hígado”.

Cuatro de las doce camas de la sala de emergencia estaban ocupadas por niños desnutridos ese día de agosto. Los doctores dijeron que había llegado un caso de desnutrición prácticamente cada día, algo que no sucedía hasta hace dos años cuando se agravó la crisis.

Pero solo había una fracción de los medicamentos necesarios. El entonces director del hospital, el doctor Jorge Gaiti, dijo que había solicitado en junio 193 medicamentos que requerían a la agencia gubernamental responsable de distribuirlos a los hospitales públicos. Solo cuatro de los 193 fueron entregados, de acuerdo con los reportes en la computadora de Gaiti. El hospital no cuenta siquiera con suministros básicos como jabón, jeringas, gasas, pañales o guantes de látex.

Los enfermeros les dan a los pacientes listas con objetos que deben buscar en farmacias o comprar de vendedores del mercado negro, o bachaqueros, que se encuentran cerca del hospital y venden suministros médicos difíciles de encontrar a precios exorbitantes.

Hernández estaba indignada y se sentía impotente como doctora al ver morir innecesariamente a esos niños en su sala de emergencias: “Es injusto”.

Dayferlin Aguilar, de cinco meses, fue diagnosticada con desnutrición y deshidratación.

A los 18 días de nacido Esteban Granadillo fue llevado al Hospital Universitario de Pediatría Agustín Zubillaga, en Barquisimeto, por desnutrición.
La madre de Esteban, según dijo la tía abuela, era soltera, tenía una discapacidad y no podía amamantarlo. Desesperados, los familiares le pidieron a una vecina con un infante que ayudara. La familia también le dio teteros de leche de vaca o agua con camomila y anís para llenarle el estómago.

“No conseguimos leche en ninguna parte. En vista de que no se nos muriera el niño tuvimos que hacer eso”, dijo Peraza, la tía abuela, al reconocer que sabía que era posible que el bebé tuviera problemas por ello. “Sí, hicimos algo malo, pero yo digo que si no hubiéramos hecho eso el niño hubiera muerto”.

Peraza se quedó en el hospital junto a la incubadora de Esteban durante días, acariciando su estómago mientras le susurraba. Durante semanas, el bebé salió y reingresó del hospital. Murió el 8 de octubre.

Tres pisos más arriba en el hospital, los pediatras examinaban a una bebé de un mes, Rusneidy Rodríguez, una semana después de que fue admitida por desnutrición severa. Su madre, hospitalizada con una infección, no había podido amamantarla. Como en el caso de Esteban, sus familiares no pudieron encontrar fórmula y prepararon teteros con lo que pudieron: leche entera, crema de arroz o agua mezclada con cebada.

La sala de emergencia estaba desbordada; había camillas en los pasillos. A veces, el hospital tenía que poner a dos pacientes en una sola cama.

En la incubadora al lado de Esteban, una niña de cinco meses, Dayferlin Aguilar, estaba batallando por mantener abiertos sus ojos y sonreírle a su mamá, Albiannys Castillo.

Albiannys había llevado a Dayferlin al hospital cuando la niña estaba muy débil: de repente quedaba inconsciente y tenía una diarrea incontrolable. Los doctores la diagnosticaron con desnutrición y deshidratación.

Castillo no podía producir leche así que tenía que llegar a la una de la mañana a hacer cola afuera de las farmacias para esperar a que abrieran y tratar de encontrar fórmula. Casi nunca tenían o ya se les había acabado para cuando ella llegaba al frente de la fila.

“Hija, aquí está contigo tu mamá, que te quiere”, le decía a Dayferlin cuando la bebé lograba abrir los ojos.

Murió tres días después de ser internada en el hospital. La enterraron con unas alas de color fucsia hechas de papel, con bordes turquesas, y con una corona que combinaba.

Escarbando en la basura
Orianna Caraballo, de 29 años, esperó en la fila durante horas con sus tres hijos –Brayner, de 8 años; Rayman, de 6, y Sofía, de 22 meses– para ingresar a un comedor comunitario organizado por una iglesia católica en Los Teques. No habían comido nada en tres días.

Antes de la crisis, Caraballo le daba de comer a sus hijos gracias a su trabajo en un restaurante. Ahora llora mientras le da una cucharada de sopa a Sofía y cuenta cómo sus hijos fueron quienes detuvieron su intento de suicidio.

No podía vivir viendo cómo sus hijos estaban famélicos. Dice que los llevó afuera de la casa, mientras Sofía dormía, y volvió a entrar ella sola antes de cerrar la puerta. Luego Caraballo colgó un cable y se lo amarró al cuello. Cuando estaba a punto de colgarse escuchó llorar a su hija.

“Algo me decía: ‘Hazlo, hazlo, hazlo’”, recordó. “Y luego en otro oído me decía: ‘No lo hagas, no lo hagas; mira a tus hijos’”. Su hijo la llamó y le pidió que abriera la puerta. Se sintió culpable y decidió no colgarse.

Su hijo mayor se ha desmayado varias veces en la escuela por no haber desayunado ni cenado el día antes. Llora cada noche porque tiene hambre y, a los 8 años, le ruega a su madre que lo deje trabajar para poder comprar comida para la familia.

 

Una escena que raramente se veía antes de la crisis: algunas familias buscan comida entre la basura en Caracas.

Orianna Caraballo dándole de comer a Brayner, Rayman y Sofía, sus hijos, en una cocina comunitaria en Los Teques, en septiembre
Un informe reciente de las Naciones Unidas y la Organización Panamericana de la Salud encontró que 1,3 millones de personas que antes podían alimentarse en Venezuela no han podido encontrar la comida necesaria desde que se desató la crisis hace tres años.

En comedores comunitarios que visitó el Times, muchos padres que habían llevado a sus hijos tenían empleos de tiempo completo. Pero la hiperinflación había destruido sus sueldos y había acabado con ahorros. Una encuesta hecha en 2016 por tres universidades concluyó que había inseguridad alimentaria en nueve de cada diez hogares venezolanos.

Caritas, una organización de ayuda católica, ha estado pesando y midiendo a grupos de niños menores de 5 años en comunidades pobres en varios estados a lo largo del último año. El 45 por ciento de esos menores presentan algún tipo de desnutrición, según su estudio.

Muchas familias buscan comida en las calles o en basureros. Solo algunos son indigentes y la mayoría dijo que no habían tenido problema en conseguir alimentos antes de la crisis.

En Morón, decenas de personas estaban hasta las rodillas en un basurero en busca de comida y objetos reciclables que pudieran vender. El cercano Puerto Cabello, alguna vez el impulsor de la economía local, ahora luce prácticamente vacío.

En el basurero, muchas personasdijeron que antes trabajaban en el puerto, pero que ahora estaban desesperados por encontrar comida para sus familiares, después de que sus empleos desaparecieron cuando se redujo el tráfico portuario. Varias madres dijeron que nunca imaginaron que tendrían que alimentar a sus familias con lo que conseguían en la basura.

También cada vez más familias mandan a sus hijos a pedir comida en las calles o a trabajar para conseguir alimentos. Algunos nunca regresan.

La calle o el bisturí
Dos hermanos caraqueños, José Luis y Luis Armas, de 11 y 9 años, respectivamente, dicen que huyeron de su casa porque apenas había suficiente comida. Ahora viven en las calles con otros niños que forman pandillas y se pelean con cuchillos para defender o aumentar los territorios en los que mendigan o buscan entre la basura.

Han matado a varios de sus amigos, según dijeron los hermanos Armas. Luis se levantó la camisa para mostrar una cicatriz que cruzaba todo su abdomen: fue lo que quedó de un ataque con un machete de un miembro de otra pandilla. Casi muere, aseguró Luis.

Los hermanos dicen que prefieren vivir en las calles pese al peligro porque así comen mejor que en sus casas. Pasan sus días mendigando, en busca de comida tirada y de reciclables; se bañan en fuentes públicas y guardan sus pertenencias en árboles y alcantarillas mientras buscan escaparse de la policía y otras pandillas.

Nelson Villasmil, un trabajador social del gobierno de la capital, dijo que antes de la crisis la mayoría de los niños de la calle vivían ahí por negligencia o abuso por parte de sus padres. Pero ahora cuando los entrevista le dicen que dejaron sus hogares porque no había comida.

“Lo que no encuentran en su casa lo consiguen en la calle”, dijo Villasmil.

Hace tres meses, Yail Fonseca, de 13 años, dijo que dejó su hogar en Los Valles del Tuy para buscar comida en Caracas.

“Me fui de mi casa porque la cosa está dura”, dijo. “Ya ni comíamos bien”.

Afirma que come mejor en las calles de la capital. Duerme debajo de un voladizo en un parque de patinaje junto con otros adultos y niños sin casa, con los que despierta a las seis de la mañana para buscar comida en la basura o para pedírsela a los restaurantes locales.

En las tardes practica a pelearse con palos con otros integrantes de su pandilla para ser más ágiles cuando tengan peleas a cuchillo con rivales. El líder les exige que practiquen por lo menos media hora cada día.

Ese líder, un adulto que no quiso revelar su nombre, dijo que tenían un código: si alguien es atacado por solo un integrante de otra pandilla debe protegerse solo, incluso hasta la muerte, sin importar su edad. El resto del grupo se meterá solo si un integrante es atacado por varios rivales a la vez. El líder dijo que cuatro miembros de su pandilla fueron acuchillados a muerte en los últimos meses. Varios de los niños que lo rodeaban se levantaron la camisa para mostrar cicatrices.

A veces, el Estado se involucra y saca a menores de edad de hogares en los que hay hambre crítica. Después de que dos de sus hijos fallecieron por complicaciones de la desnutrición, Nerio José Parra y Abigail Torres perdieron a otros tres: se los llevaron trabajadores sociales.

 

Veintiuna mujeres fueron operadas durante un evento de esterilización gratuita en el Hospital José Gregorio Hernández de Caracas, en julio.

Familias haciendo fila para una clínica de salud gratuita para niños en Morón, en septiembre.

Eduardo José Martínez, de 13 años, en un parque de patinaje en Caracas, donde vive con otros niños y adultos indigentes
Su hija de siete meses, Nerianyelis, murió en septiembre de 2016 cuando la familia no pudo encontrar leche de fórmula, dijeron Parra y Torres. Parra tenía un trabajo de tiempo completo en una empresa que hace etiquetas, pero la pareja dijo que solo podía darle de comer a sus hijos una vez al día. La mañana que falleció Nerianyelis estaba muy callada y delgada. Los padres dijeron que la llevaron al hospital, pero que no ayudó.

Abigail recordó que estaba tan desconsolada que no dejaba que nadie se llevara el cuerpo de su hija. Tuvo que intervenir el equipo de seguridad del hospital y separarlas a la fuerza.

El 1 de diciembre murió Neomar, su hijo de 5 años, por desnutrición, deshidratación y otros problemas, según el trabajador social de ese caso.

Después de que falleció Neomar, los servicios sociales se llevaron a los tres hijos que quedaban y los pusieron en casas hogar. Ahora la pareja visita a sus hijos ahí y a los fallecidos en el cementerio.

El peso de criar hijos en Venezuela es tal en estos momentos que muchas mujeres prefieren esterilizarse. Un sábado de julio, poco después de que saliera el sol, un grupo de mujeres jóvenes vestidas con batas quirúrgicas esperaban para someterse al procedimiento durante un evento gratuito del hospital público José Gregorio, ubicado en Caracas.

El hospital dice que ha esterilizado a más de 300 mujeres. Ese sábado las veintiuna mujeres formadas para la operación, de entre 25 y 32 años, dijeron que ya tenían hijos y querían esterilizarse por la crisis económica. Cada una temía embarazarse de nuevo por la escasez de pañales, fórmula, leche y medicinas.

La crisis también ha resultado en una escasez severa de pastillas anticonceptivas y condones. Muchas de las madres en el evento de esterilización dijeron que sus embarazos más recientes no habían sido ni planeados ni deseados, pero que no tenían acceso a métodos anticonceptivos confiables.

Eddy Farías, estilista de 25 años, dijo que estaba nerviosa por la operación pero que su decisión era inamovible. Dijo que su sueldo en el salón, un empleo de tiempo completo, no era suficiente para criar como madre soltera a sus cinco hijos.

“Es fuerte ser mamá”, dijo. “Si un niño se te enferma tienes que recorrer y recorrer los hospitales”, añadió. “Es una guerra de sobrevivencia en el día a día”.

Después de la operación dijo que, más allá del dolor por el corte en su abdomen, se sentía aliviada.

“Otra vez embarazada, eso sería ir otra vez a la guerra por los pañales”, dijo. “Es la guerra porque un paquete lo compras o bachaqueado”, añadió en referencia al mercado negro, “o tienes que madrugar haciendo colas aquí y colas allá, y que se cuela la gente”.

“Es una guerra con la comida, con los pañales, con todas las cosas personales de un niño”.

Sin comer para que sus hijos puedan hacerlo
Seis semanas después de que recortaran las alas de ángel de las cajas de CLAP para Kenyerber, su familia todavía luchaba con el hambre.

Su madre, María Carolina Merchán, dijo que ya solo pesaba 29 kilogramos porque se saltaba comidas para que sus otros cuatro hijos tuvieran algo más en el plato. Los trabajadores sociales dijeron que estaba muy desnutrida, al igual que su madre, la abuela de Kenyerber, y su hija de 6 años, Marianyerlis. La familia ha llegado a pasar hasta cinco días sin ingerir algo más que agua.

Marianyerlis sigue a Merchán por horas mientras llora, rogándole que le dé comida. Merchán se queda viendo hacia el piso mientras la niña solloza.

“Mamá, ¡tengo hambre!”, le dice.

Pesa entre 9 y 13 kilos según cuánto llega a comer. De acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades estadounidenses (CDC, por su sigla en inglés), las niñas de 6 años que pesan menos de 18 kilogramos están en el percentil más bajo del promedio de crecimiento infantil. Marianyerlis recientemente se desmayó tras no haber comido durante días.

La familia vive con otros parientes en un edificio de vivienda pública abandonado que no tiene agua potable ni tuberías, y cuya electricidad funciona con cableado improvisado. No es cómodo, pero su ingreso debe destinarse por completo a la comida.

 

A la derecha, María Carolina Merchán, la madre de Kenyerber y quien pesa apenas 29 kilogramos; su hija Marianyerlis, en el piso, la sigue a todas partes pidiéndole comida.
Los retratos de los niños cuando eran bebés, entre los bienes más preciados de la familia, adornan la pared. El único alimento en toda la casa es una bolsa de sal y un limón.

“Esto es una pesadilla”, dijo la hermana de Merchán, Andreína del Valle Merchán, de 25 años, al describir cómo los niños empiezan a vomitar, sudar frío y aletargarse después de días de no haber comido. Su propia hija de 5 años ha perdido casi 5 kilogramos en lo que va del año y ahora solo pesa unos 7,5 kilogramos.

Se prevé que el sufrimiento de las familias venezolanas empeore en 2018. Más allá de la previsión del Fondo Monetario Internacional respecto a la inflación, los observadores están preocupados de que el gobierno seguirá rechazando recibir ayuda por cuestiones políticas.

“Es que si aceptan la ayuda, aceptan que aquí hay una crisis humanitaria y como Estado reconoces que tu población es vulnerable y, por lo tanto, tu política no sirvió”, dijo Susana Raffalli, especialista en emergencias alimentarias que trabaja como consultora para Caritas en Venezuela (si quieres ayudar a los niños venezolanos con malnutrición, puedes hacerlo aquí).

Según los críticos, el gobierno ha utilizado la comida como una manera de mantenerse en el poder. Antes de las elecciones más recientes, la gente que habitaba en vivienda pública dijo que los visitaron representantes de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) –los grupos que organizan la entrega de las cajas de alimentos provistas por el gobierno– y que los amenazaron con cortarles el suministro si no respaldaban al chavismo en las urnas.

Los familiares de Kenyerber no creen que vaya a mejorar la crisis económica. Temen que otro de los niños vaya a morir.

“Lo pienso día y noche y es lo que más me preocupa”, dijo Andreína.

 

 

El carnet del hambre por José Domingo Blanco – RunRunes – 7 de Diciembre 2017

 

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Un reconocido portal de noticias abre con una información que uno esperaría conmoviera hasta al más insensible de los funcionarios del régimen: Johan, un muchacho de 13 años, murió en un hospital de Portuguesa, víctima de una desnutrición severa. Al momento de su muerte, pesaba tan solo 11 kilos. Léase bien: ¡11 kilos! Peso que está más acorde con el de un bebé entre los 10 meses y el año. No con la edad que tenía Johan. No es el final que merecía tener Johan. Pero, tampoco es el final que merecen cientos de venezolanos afectados por la hambruna y sobre quienes pende una sentencia de muerte. Porque, con Johan, suman once los decesos de niños para quienes la palabra comida no existió. Y, cuando el hambre es la constante, los resultados son predecibles. La desnutrición severa, esa que Caritas y Susana Rafalli vienen denunciando desde hace ya algún tiempo, está cobrando vida propia y tragando con voracidad a la población más vulnerable de una Venezuela irreconocible; pero, sobre todo, de una Venezuela muy pobre que comienza a sucumbir de inanición.

Somos una nación arruinada y miserable, en donde aún se producen escandalosos contrastes: mientras nuestros niños mueren por falta de comida o medicamentos; Maduro, con su inocultable sobrepeso y desfachatez, celebra su cumpleaños en cadena nacional, restregándonos que el despilfarro es uno de los usos que puede darle al dinero de la nación. Unos recursos que, en vez de pagar los honorarios de sus cantantes de merengue favoritos, hubieran contribuido para que los hospitales del país tuvieran algo de dotación.

El hambre, así como la escasez de alimentos y medicinas, es la estrategia de control con la que el régimen logra la sumisión del país. Es la fórmula magistral con la que ha logrado que un segmento de la sociedad se arrodille suplicando una caja CLAP o ruegue por ser fichado con el Carnet de la Patria y celebre cuando lo logra. El régimen le ha quebrado las rodillas a un sector de la población, que hoy le agradece a su victimario las muletas que le permiten seguir andando.

Esta situación tenemos que entenderla, para detenerla. Y esa es la inquietud que mueve a distintos grupos y ONG interesados en la búsqueda de soluciones a un problema que amenaza con seguir cobrando víctimas. Y con esa motivación como norte, este jueves asistí a un encuentro organizado por la agrupación Quiero un País, que dirige mi apreciado amigo Werner Corrales. Allí, junto con otros colegas, tuve la oportunidad de escuchar la inquietud del exministro Carlos Walter, quien aseguró que la crisis en el sector salud se ha agudizado en los últimos tres años; con un agravante adicional que aportó Corrales: el escozor que le causa al régimen el término “ayuda humanitaria”, una solución que ofrece la comunidad internacional y que podría paliar la grave crisis que, en materia de salud, alimentación y derechos humanos, estamos sufriendo en Venezuela. Pero, el régimen se niega. Rechaza, sin escuchar argumentos ni razones, esa asistencia humanitaria que ofrecen organismos internacionales que ven, con alarma y preocupación, lo que ocurre en el país y el efecto que puede tener en el resto del continente.

Al régimen le incomoda la frase “ayuda humanitaria” quizá por la soberbia que caracteriza a los magnates venidos a menos que, por malos manejos financieros, caen en bancarrota. Por eso, la arrogancia de los voceros del desgobierno cuando aseguran que no necesitamos limosnas. Porque, aceptar la “ayuda humanitaria” sería reconocer que llevaron al país a la quiebra. Es reconocer que estamos en la ruina pese a que alguna vez, durante estos últimos 18 años, tuvimos el ingreso petrolero más alto de la historia; pero, que no supieron administrarlo. O que se repartieron entre ellos como cuando los ladrones, después de cometer el asalto, se reparten el botín entre los integrantes de la banda delictiva.

Está claro, aunque quizá no para toda la población, que el régimen ha sido incapaz de luchar contra la pobreza, esa que Chávez ofreció acabar; pero, que se ha acentuado durante los años que tienen controlando el poder. Han sido hábiles diseñando argumentos con los que culpabilizan a otros de sus responsabilidades, despilfarros y pésimas actuaciones. Han logrado que, todavía hoy, a pesar de la destrucción y miseria que han provocado, las encuestas los favorezcan con las intenciones de votos de un grupo de venezolanos que ven en el chavismo/madurismo, en los Clap y el Carnet de la Patria, la solución de sus problemas y, quizá, hasta la venganza por los años en los que fueron invisibles para los gobiernos anteriores.

Así, mientras el desgobierno se jacta de una abundancia de recursos -que ya no existe, de sus motores productivos -que no arrancaron, de su poderío –que se resquebraja y su petrochequera –sin fondos; muchos venezolanos son reclutados por la hambruna, sin poder resistirse ni luchar contra ella… ¡Como Johan, que murió de 13 años, pesando tan solo 11 kilos!

 

Casos Difteria – Organización Panamericana Salud – Noviembre 2017

Alertan de que la epidemia de malaria avanza sin control en Venezuela por Ludmila Vinogradoff – ABC – 5 de Noviembre 2017

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En el estado Bolívar se han detectado más de 200.000 casos. La Alianza Venezolana por la Salud advierte sobre la incidencia de enfermedades ya erradicadas en el país hace 60 años

Alrededor de 300.000 niños podrían morir por desnutrición en Venezuela, según Caritas
Maduro pide ayuda a la ONU para paliar la escasez de medicinas
La epidemia de malaria avanza sin ningún control en Venezuela. En Bolívar, estado del sur del país donde la incidencia está siendo mayor, se han registrado unos 206.240 casos y existe el riesgo de que se propague porque escasean las medicinas para prevenirla o no hay suministro desde el pasado julio.

Hasta el pasado 21 de octubre pasado se ha registrado un aumento de los casos del 42%, según datos extraoficiales de Sanidad, divulgados pese a la censura epidemiológica del régimen de Nicolás Maduro, que oculta las cifras para no alarmar a la población sobre la gravedad de la crisis sanitaria.

También continúa la escasez de medicamentos. Se desconoce cuántos antimaláricos se han importado a través del Fondo Estratégico de la Organización Panamericana de la Salud, pese a que en octubre el organismo internacional informó de que habían entregado 1.100.000 tabletas de primaquina, tratamiento básico contra la malaria.

Según el médico Marcos Lima, las últimas cifras oficiales son de 2016 cuando se registró un total de 240.637 casos de paludismo, lo que representó un incremento de 76% con respecto al número de casos de 2015. De esos 240.637 casos, 178.088 casos ocurrieron en el estado Bolívar.

Enfermedades erradicadas

La Alianza Venezolana por la Salud, integrada por expertos como el ex ministro de Salud José Felix Oletta, envió este viernes a Washington una carta abierta al Foro Malaria en las Américas 2017, convocado por la Organización Panamericana de Salud (OPS), en la expresan su preocupación por la incidencia de enfermedades erradicadas en Venezuela hace 60 años.

La carta señala que Venezuela tiene los peores indicadores sobre incidencia de malaria en la región en el período 2000-2016: un aumento de casos de malaria del 709%, un aumento del 521% de muertes relacionadas con la malaria y un aumento del 540% en la incidencia parasitaria anual (IPA).

También subrayan que la malaria se está extendiendo rápidamente por todo el país, donde ha habido casos en 17 estados y se está contagiando a países vecinos como Brasil y Colombia. Precisa que la mayoría de los casos se registran en los estados de Bolívar, Sucre y Amazonas. Además, se están produciendo movimientos migratorios dentro de Venezuela, de forma masiva y sin control, atraídos por la fiebre del oro hacia los focos de transmisión más activos de la enfermedad.

Y denuncian que el Gobierno venezolano dejó de publicar datos en 2014 sobre esta y otras epidemias. Venezuela se enfrenta a su juicio a la situación política, económica y social más difícil de su historia, con escasez de alimentos y medicinas esenciales, con un sistema de salud que ha colapsado. Piden ayuda internacional a la OPS y alertan que Venezuela sufre una crisis humanitaria compleja, con varias epidemias en curso: malaria, VIH, tuberculosis, difteria, sarampión, sarna y otras.

 

Partos humanizados: la aterradora imagen que desenmascaró la hipocresía chavista sobre la crisis de salud en Venezuela por Sabrina Martín – Panampost – 2 de Octubre 2017

Al ministro de Comunicación del régimen chavista no le quedó más remedio que explicar la improvisada sala de parto: “no había suficientes camas para todas las mujeres”.

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Tres mujeres embarazadas y dos de ellas completamentes desnudas, acostadas sobre las frías sillas de la sala de espera de un hospital del Instituto Venezolano de Seguros Sociales (IVSS), en pleno trabajo de parto, sin insumos y sin camillas para recibir a sus hijos: la imagen aterradora que circuló a través de las redes sociales y que acabó con la retórica y la hipocresía del régimen de Nicolás Maduro.

El actual Gobierno de Venezuela ya cumplió cuatro años en el poder, y apenas el pasado 29 de septiembre Nicolás Maduro hablaba de la importancia de un “parto humanizado”. Pero sus palabras una vez más se vieron opacadas por la realidad que enfrentan las madres venezolanas de menos recursos gracias a la imagen que recorrió las redes sociales.

Ante el revuelo e indignación que ocasionó la fotografía, a la viceministra de Salud, Linda Amaro, y al ministro de Comunicación e Información del régimen chavista, Ernesto Villegas, no les quedó más remedio que salir a explicar el por qué los centros hospitalarios se ven obligados a improvisar una sala de parto en la sala de espera: “no había suficientes camas para todas las mujeres”.

Los funcionarios chavistas decidieron culpar al actual gobernador del estado Lara, Henry Falcón, integrante de la opositora Mesa de Unidad Democrática; pero lo cierto es que el Instituto Venezolano de Seguros Sociales está en manos del Ministerio de Salud.

Fue en el mes de julio que el régimen dio inicio al supuesto “Plan Nacional de Parto Humanizado“, un programa que, según las palabras oficialistas, “reivindica a las mujeres venezolanas”. Pero la realidad es otra, la condición de los hospitales venezolanos es deplorable, no hay medicamentos ni insumos médicos. En Venezuela no existen las condiciones sanitarias para traer a un niño al mundo.

El pasado 26 de septiembre otras cinco mujeres dieron a la luz en el suelo del hospital Dr. Raúl Leoni en San Félix, estado Bolívar.

Y es que en Venezuela todas las semanas imágenes aterradoras sobre la crisis humanitaria copan las redes sociales y las primeras páginas de los medios de comunicación independientes.

Gusanos en sala de parto
El pasado 18 de enero el diputado José Manuel Olivares denunció la existencia de gusanos en la sala de parto del hospital Clínico Universitario de Caracas.

“La insalubridad en el Clínico es tal que llegó al punto de tener gusanos en las camas de parto”, dijo el médico, quien declaró que “los médicos se dieron cuenta que salían vermes de los colchones de las camas de parto, notificaron y la dirección no cerró el área”.

“No cerraron el área para su limpieza y desintoxicación sino que se limitaron a sacar las camas con gusanos y seguir atendiendo parturientas. Las mujeres atendidas en estas salas de parto y los niños que ahí nacen corren grave peligro de contaminación. ¡Se trata de sus vidas!”, expresó el diputado en Twitter.

Más de 11.000 neonatos muertos
En el país suramericano no solo se trata de dar a luz en el suelo, o en una silla; una vez es superada esa dura etapa toca rezar para que un niño sobreviva ante las peores condiciones al nacer. La cifra de bebés neonatos que han fallecido en Venezuela a causa de la falta de medicamentos y distintos insumos cada vez es más preocupante.

Según datos publicados por la prensa local, el número de muertes entre los neonatos aumentó en un 30 % durante el 2016, a un total de casi 11.500 muertes, lo que refleja la gravedad de la crisis venezolana.

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El pasado 3 de septiembre fue noticia la muerte de 40 bebés neonatos en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Central de Maturín.

“La mortalidad neonatal es una de las más altas de Venezuela y esto se lo debemos a la falta de dotación de medicamentos, materiales médicos quirúrgicos y a las fallas en la infraestructura de los hospitales. Estamos para salvar vidas, pero qué hacemos con un bebé que ingresa por emergencia y no hay ni siquiera con qué ayudarlo”, explicó Manuel Velásquez, médico pediatra y asesor gremial del Colegio de Médicos de Monagas.

El pasado 19 de septiembre otros dos bebés fallecieron luego de que se diera una falla de luz en la Maternidad Concepción Palacios, de Caracas. Los médicos no pudieron hacer nada para ayudar a los neonatos.

Luego de la primera hora sin electricidad, murió uno de los infantes. El segundo falleció poco después, a pesar de que seis residentes de la sala de parto acudieron a la sección de terapia para ventilar manualmente a los recién nacidos.

Y es que según la Encuesta Nacional de Hospitales, realizada por la organización Médicos por la Salud, un 51 % de los quirófanos de los hospitales públicos venezolanos no se encuentran operativos. Esta es la misma cifra dada en un informe presentado por la Asamblea Nacional. Lo anterior, es una de las razones principales por las que cada uno de los centros públicos de asistencias tiene una lista de espera para atender a los usuarios.

En el caso del Hospital Universitario de Caracas, el mayor del país, el número promedio de nombres en su lista de espera se encuentra normalmente entre las 10.000 y 12.000 personas.

El sistema público de salud agoniza por mengua en Venezuela, donde más de la mitad de los quirófanos no están operativos y el desabastecimiento de medicinas en las farmacias supera el 80 %.

Y así, mientras Nicolás Maduro hace campaña y propaganda todos los días a través de los medios de comunicación, las fotografías de una realidad latente arropa las mentiras del régimen socialista.

Este video forma parte de una propaganda que publicó el régimen no solo para promocionar su supuesto “Parto humanizado”, sino, también, como parte de una campaña de instigación al odio contra los médicos. Médicos que por cierto, deben enfrentar la crisis en Venezuela, la escasez de medicamentos y, además, hacer hasta lo imposible para salvar la vida de sus pacientes.

Hipocresía: 14 habitaciones postparto para un solo chavista
Mientras las imágenes hablan por sí solas y el chavismo se llena la boca al hablar de socialismo e igualdad. En 2015 el entonces ministro de educación de Venezuela, Héctor Rodríguez, exigió 14 habitaciones en una clínica privada para el parto de su esposa.

De acuerdo con información extraoficial, a la cual tuvo acceso Diario Las Américas, Rodríguez se reunió con la administración de la Clínica Leopoldo Aguerrevere, ubicada al este de Caracas, antes del nacimiento de su bebé. El encuentro fue para exigir al centro de atención materno que autorizara el pago por las 14 habitaciones tipo suite del nivel del edificio donde sería recluida su esposa al salir del quirófano.

La clínica expresó su negativa en acceder a la inusual solicitud por considerar que esta exigencia limitaría el derecho de otras 13 familias en poder contar con los servicios médicos especializados

 

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