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La maldad como categoría política por Humberto García Larralde – La Patilla – 26 de Septiembre 2018

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Confieso ser cobarde a la hora de encarar los horrores del régimen de Maduro. La imagen del niño de 12 años con menos de 11 kg. de peso que murió de inanición, la del joven Vallenilla fusilado a sangre fría por un miserable soldado cuando ejercía su derecho a la protesta pacífica, los relatos de torturas y tratos viles a estudiantes presos y tantos más, me aplastan. Trato de evitar los detalles de cada nuevo vejamen. Porque son demasiados, muchísimos. Ahora son los miles de compatriotas que, a diario, huyen del hambre a pie por carreteras de países hermanos, muchas veces con niños, pero siempre sin dinero.

Pero no hay escapatoria de tanto horror, por más que se intente evitar sus imágenes. La inevitable pregunta es, ¿Por qué someter al pueblo a tanto sufrimiento, por qué tanta maldad?

Uno está acostumbrado a ver al crimen y al atropello a los demás como una anomalía, como algo que transgrede la convivencia entre humanos y que, por tanto, la sociedad busca castigar. Pero cuando la maldad se convierte en sistema, escapa de nuestra comprensión. Lo que podía parecer una infantilidad, que el sufrimiento de los venezolanos se debe a gente malvada, se convierte en realidad palpable que clama por su análisis como categoría. Es menester entender que la maldad se manifiesta como resultado de decisiones y acciones de quienes tienen poder sobre los demás. No existe a priori ni ocurre por accidente. ¿En qué condiciones se convierte la maldad en elemento distintivo de un régimen?

Ofrezco tres dimensiones para abordar esta pregunta, de ninguna manera excluyentes entre sí. La primera, sicológica, apunta a traumas personales que se expresan en la forma de resentimientos, odios y sed de venganza que terminan siendo descargados a través de actos de maldad. Es el caso de los sociópatas y sicópatas. Valga la confesión impúdica de Delcy Rodríguez: “la revolución Bolivariana es nuestra venganza personal”. No siendo experto en el tema, no añado comentarios.

La defensa de privilegios basados en injusticias, atropellos y/o despojos que afectan a otros, representa otra dimensión de la maldad. Es la maldad del gánster –o del potentado– que estamos acostumbrados a ver en películas y series televisivas[1]. El capo y/o sus mafiosos descargan su maldad sobre quienes interfieran con sus fuentes (ilegales) de lucro y posición social, o amenacen con hacerlo. Sin duda que el régimen de expoliación en que se convirtió la Revolución Bolivariana está en la base de extendidas maldades cometidas contra los venezolanos. La negativa a rectificar políticas que claramente han provocado hambre y muerte se debe a que éstas –la intervención discrecional del estado, los controles, expropiaciones y las normas punitivas–, son fuente de riquezas para las mafias militares y civiles que hoy depredan al país. Que ello se exprese en una pavorosa hiperinflación que empobrece drásticamente a las mayorías, que hayan destruido la empresa petrolera y provocado el colapso de servicios públicos básicos, causando gran malestar a la población, les rueda: ¡“El show –el saqueo—debe continuar”! Y como en todo saqueo lo que amasan unos es necesariamente en detrimento de otro(s), es menester someter como sea a quien se interponga. Los asesinatos cometidos por militares en la región minera de Guayana, en barrios populares con robo frecuente de enseres de la vivienda de la víctima, las confiscaciones de transportistas en aduanas o fronteras, y de negocios de todo tipo, son actos de maldad de este orden. Tales crímenes por parte de la fuerza pública revelaban antes grietas en el Estado de Derecho. Hoy se han convertido en sistema, amparado en la desaparición de todo contrapoder de supervisión y denuncia. Diosdado y El Aissami son figuras emblemáticas de ese sistema.

Por último, están las construcciones ideológicas, maniqueas, del fascismo, que “legitiman” toda acción requerida para aplastar a quienes amenazan las “conquistas” del pueblo. “Verdades” reveladas por la mitología, la Historia (con mayúscula) o por dogmas religiosos cerrados, presagian destinos providenciales que motivan la acción a su favor de sectas diversas. “El fin justifica los medios”. No hay freno moral, ético o, mucho menos, legal, que debe interponerse a su consecución. Más bien, la ética y la moral se determinan a partir de su funcionalidad para con el fin trascendental. Se disuelve toda referencia entre bien y mal, entre lo que es correcto y lo que es incorrecto, que no derive de aquél[2]. Por eso a la moral “revolucionaria” le hace cosquillas la observación de derechos humanos consagrados en la Declaración Universal de las NN.UU., en las legislaturas de la mayoría de los países y en los estatutos de tantas organizaciones internacionales, a pesar de constituir quizás la conquista más importante de la humanidad. Se le atribuye a Stalin haber afirmado que la muerte de un individuo es una tragedia, la de miles, una mera estadística. Las fuerzas inexorables de la Historia no se sujetan a pequeñeces.

Pero los que comandan el régimen de expoliación venezolano no necesitan creer realmente las sandeces que profieren para cometer sus maldades. Éstas cumplen dos propósitos: alimentan el odio y el espíritu de secta de sus seguidores, facilitando su regimentación en bandas violentas; y sirven para absolver conciencias. Cuando Maduro y los suyos niegan que el pueblo padece hambre o que la tragedia de su emigración masiva es un “montaje”, se amparan en un imaginario platónico en el que “el pueblo” no es la gente de carne y hueso que padece sus desatinos, sino un ente idealizado construido con base en clichés y embustes: “su” pueblo. El refugio en esa falsa realidad no solo facilita la evasión del horror que han urdido, sino que “justifica” las maldades cometidas contra los venezolanos.

Por último, como el fin justifica los medios, los sicópatas y sociópatas mencionadas arriba obtienen reconocimiento, siempre que rindan pleitesía a las verdades reveladas en los clichés. Sus perversiones se refuerzan con la absolución ideológica, construyendo un sistema de contravalores que sirve para reclutar a los peores. Los “malos”, que existen en toda sociedad, de pronto son los que mandan.

En Venezuela estas tres fuentes de la maldad se entrelazan y refuerzan entre sí. Maduro, bajo directrices cubanas, ha sembrado una mentalidad de guerra para justificar sus atropellos. De ahí la afinidad de militares inescrupulosos con el régimen, pero, sobre todo, por su complicidad en el saqueo de la nación. La formación militar, basada en la obediencia sin discusión, mandos autoritarios y el uso de la violencia (la muerte) como instrumento de acción, o la amenaza de ella, es fácil presa de embelesos fascistas.

El problema fundamental es cómo derrotar la maldad cuando ésta se convierte en sistema. Los testimonios recogen que Hitler, refugiado en su bunker ante el asedio de tropas soviéticas a las afueras de Berlín, echaba pestes al pueblo alemán porque no había estado “a la altura” de sus designios. Lejos de explorar posibilidades de rendición negociada, manda a reclutar adolescentes y a fusilar en el acto a quién intentase desertar.

Es menester aislar la manzana podrida de la maldad, derrotando los incentivos perversos que le dan beligerancia. La defensa de los derechos humanos y políticos que el régimen neofascista ha conculcado, y su conexión con las aspiraciones de los venezolanos por una vida mejor debe ser siempre el norte.  


[1] En la medida en que acciones de guerra son vistas como respuesta a las injusticias del bando contrario –todo depende del lado desde donde se mire–, entrarían también bajo esta consideración.

[2] De ahí la famosa “banalidad del mal” con que Hannah Arendt acuñó la amoralidad con que Adolf Eichmann envió centenares de miles de judíos a su exterminio.

Don’t Focus on Regime Change in Venezuela by Frank O. Mora – Foreign Policy – 4 de Septiembre 2018

How Maduro has held on to power, and why what follows him won’t likely be better.

Nicolas Maduro delivers a speech outside the presidential palace in Caracas on March 12, 2015. (Federico Parra/AFP/Getty Images)

Nicolas Maduro delivers a speech outside the presidential palace in Caracas on March 12, 2015. (Federico Parra/AFP/Getty Images)

Ever since Venezuelan President Nicolás Maduro assumed office in March 2013, observers have predicted his regime’s imminent demise. In the last few years, with Venezuela apparently nearing state and economic meltdown, chavismo’s collapse really did seem just around the corner. Yet Maduro hasn’t fallen, and how he has managed to hang on can tell us a lot about what could follow his rule.

Today, there seems to be no floor to Venezuela’s suffering. Just when it looked like things could not get any worse, the International Monetary Fund recently reported that hyperinflation will reach 1 million percent this year. Since 2013, the country’s economy has shrunk by half. Meanwhile, the oil industry, representing nearly 90 percent of government revenue, has just about melted down. Oil production has fallen from nearly 3 million barrels per day in 2013 to about 1 million in 2018.

With no economy left to speak of, an unimaginable 87 percent of the population now lives in poverty. Food, medicine, electricity, and other basic items are hard to come by. No wonder that a projected 3 million Venezuelanswill have departed the country for neighboring nations between 2014 and the end of 2018, which have very limited capacity to absorb them.

Despite the socioeconomic meltdown, however, there has been no serious challenge to Maduro’s power. This is a riddle, and without understanding why the regime has been able to hold tight to power in Venezuela, it will be difficult to make sense of the scenarios under which change may eventually come.

The first explanation for the Maduro administration’s survival could apply to all nondemocratic governments: control of state institutions and repression. In 2002, Maduro’s predecessor, President Hugo Chávez, began a process of effectively purging, penetrating, and ultimately absorbing civil institutions into his so-called Bolivarian revolutionary process, through which he repressed nearly all political opposition. This process deepened with Maduro, particularly as Venezuela’s socioeconomic crisis worsened. Today, the regime controls enough institutions of state, such as the National Electoral Council and the judiciary, that the governing United Socialist Party of Venezuela, known by its Spanish initials as the PSUV, can easily prevent the opposition from challenging Maduro’s rule.

Following a failed coup in 2002, the regime has also aggressively neutralized and politicized the military. The armed forces had previously been one of the more professional, apolitical militaries in the region, but through purges, politically controlled promotions, corruption, and a restructuring of its roles and mission, the new Bolivarian National Armed Forces became a loyal instrument of regime preservation. Both Chávez and Maduro have deepened the force’s ties to the PSUV by giving it a stake in the survival of their leadership. The military not only runs strategic industries (including oil) and controls the distribution and rationing of food items, but a high number of active-duty and retired officers also hold of key positions as Cabinet members, governors, legislators, mayors, and heads of expropriated and state-owned businesses.

Meanwhile, the regime has virtually discarded the constitution and made a joke of the rule of law. For example, the government quashed the opposition’s hope of holding a constitutionally sanctioned recall referendum on Maduro in 2016, and in March 2017, the supreme court temporarily stripped the National Assembly, where an overwhelming majority of seats were held by the opposition after the December 2015 election, of all of its powers. And through it all, independent sources of information and media outlets have been nearly erased. On the streets of Venezuela, the Bolivarian National Police, the National Guard, and other armed civilian bands (known as colectivos) intimidate and violently repress the opposition, journalists, or anyone displaying too much independent thought. Finally, the regime continues to use so-called emergency powers to nationalize industries and prevent normal politics in the country.

A second explanation for Maduro’s staying power, linked to the first, is the culture of fear and distrust that the government has sowed among citizens. The colectivos, which are not directly linked to the government but are funded and managed by some government officials, use violence to create suspicion and anxiety. Meanwhile, Bolivarian grassroots movements and communal councils serve as the government’s eyes and ears at the neighborhood level. Citizens’ constant fear of being reported by neighbors leads to self-policing and self-censorship.

Citizens’ constant fear of being reported by neighbors leads to self-policing and self-censorship.

It is hard to build a mass protest movement when you believe that your neighbor might be a government informant or that you might lose access to scarce government-distributed food and medical supplies if you are accused of opposing the regime.Beyond keeping the opposition and the public weak and divided through control of state institutions and repression, Caracas has also focused its attention on keeping the private sector in check, which is the third reason it has been able to stay in power. Since 2005, the Venezuelan government has sought to shrink the private sector as a way to both consolidate economic power and deny resources and opportunities for the business sector to undermine the regime. The Venezuelan Federation of Chambers of Commerce and Production—the main business union—once had considerable political and economic clout, but the government’s expropriation, intimidation, and coercion of it has left it largely impotent. Another means for controlling the private sector has been a massive expropriation campaign by Chávez and Maduro and severe restrictions on accessing dollars, which forces business to rely on the state for foreign exchange.

Caracas also uses scarcity to maintain control. As in Cuba, the Maduro regime uses low stocks of consumer goods and rationing as a way to keep the population in line. Citizens need to be on good terms with government or PSUV officials to receive their allotment of formal sector jobs, rationing cards, Carnets de la Patria (or “homeland cards,” which are issued to those who qualify for social programs), and other benefits. Government control of consumer goods has been particularly effective in middle-class neighborhoods in Caracas and some larger urban areas in the interior of the country, where citizens have to rely more on the government’s distribution system than on growing their own food. Also worth considering is that the daily struggle to find food items and medicine, particularly in times of intense scarcity and hyperinflation, leaves very little time to organize anti-government mass protests and other activities. In short, economic adversity has not generated anti-government behavior; in fact, it has had the opposite effect.

In short, economic adversity has not generated anti-government behavior; in fact, it has had the opposite effect.

To be sure, there are many, many discontented Venezuelans. But even there, Venezuela has been able to use migration to take the pressure off. Exporting the opposition allows the government to rid of itself of the most unhappy and threatening elements of the opposition. Since the early years of Chávez’s revolution, those with financial means to leave (and to challenge the regime) decamped to Colombia, Miami, and Panama. By 2015, as opposition intensified, Caracas decided to allow just about anyone who wanted to exit the country. Millions of hungry, frustrated, and desperate Venezuelans have opted to leave rather than suffer or confront the dictatorship.

* * *

Under these constraints, there are a few plausible scenarios for Venezuela’s future. There is reason to believe that the most likely one is that Maduro and the PSUV continue to muddle through by taking advantage of existing political and socioeconomic conditions. Perhaps counterintuitively, scarcity and economic meltdown seem to favor the regime more than the opposition. Maduro will continue to use his emergency powers and control of state institutions, including the military and security forces, to suppress dissent and divide the opposition, limiting its ability to truly challenge the ruling party, either through protests or some constitutional mechanism. So, although life will continue to get worse in Venezuela, the regime will most likely retain its hold on power through the remainder of this year and into the next.

So, although life will continue to get worse in Venezuela, the regime will most likely retain its hold on power through the remainder of this year and into the next.

The second most likely—and most dangerous—scenario is an implosion, something like the fruit vendor suicide in Tunisia that sparked the Arab Spring. The Venezuelan government’s persistent unwillingness or inability to mitigate the deepening political and humanitarian crisis does mean that at least a few people may become more and more willing to act out. Although the regime has found a way to endure, the country’s overall conditions are dire enough that one emotional trigger could ignite a tinderbox of uncertainty, despair, and anger. Such an event will produce high levels of violence and likely divide key institutions, such as the military and PSUV. An incident of violence by the state resulting in a number of fatalities could well bring more people onto the street than security forces can address.

A soft coup in the PSUV also remains a possibility. Senior party leadership—both the civilian and military sectors—are undoubtedly worried about their own hold on power if Maduro remains in the presidential palace. It is possible that Diosdado Cabello, the president of the Constituent National Assembly and the second most powerful figure within the PSUV, could join forces with the defense minister, Gen. Vladimir Padrino, to force Maduro to step aside for the good of the party (and the good of their own personal political and economic interests). Leaders within the party might see a soft coup as a way of stemming a potential implosion and ensuring a soft landing in a post-Maduro world. In that case, Vice President Delcy Rodríguez would likely assume power and move quickly to make small concessions and overtures to the opposition and international community, while taking measures to safeguard the party elite. It is important to note that Rodríguez belongs to the most radical wing of the PSUV.

Finally, there is still some room for a military coup. Despite a few isolated and disorganized incidents, this scenario does not seem imminent nor very likely, though. The regime has gone very far to ensure the loyalty of the military, mostly through corruption and politicization. One should also not underestimate, moreover, an effective military counterintelligence apparatus purportedly supported by Cuba, which ensures that any dissident movement within the ranks is quickly quashed. Nonetheless, some of the fractures that exist throughout society do also plague the military, particularly along generational lines, rank, and access to economic opportunities for enrichment or subsistence. An emotional trigger could serve as a catalyst for a coup or rebellion, especially if the military in pressed into violence against citizens.

It is likely that in the next six to 12 months the dictatorship in Caracas will continue to endure in the face of a deepening humanitarian crisis. The international community recently began to intensify pressure on the regime by imposing economic sanctions (mostly on government officials) to isolate it. The United States, Europe, and Venezuela’s neighbors do not have many other options, other than comprehensive economic sanctions and a military intervention, each of which would come with significant negative consequences. The Venezuelan opposition is starting to work together in the face of enormous challenges, but it remains deeply fragmented thanks to infighting and government manipulation. Despite the regime’s inability and unwillingness to restore even a semblance of economic and political stability, it will continue to effectively use the economic and political system it created to deter threats from within and outside the state, allowing it to continue plodding along.

Frank O. Mora is Director of the Kimberly Green Latin American and Caribbean Center, Florida International University. He served as Deputy Assistant Secretary of Defense for the Western Hemisphere, 2009-2013.

Ya no reconozco mi país por Thays Peñalver – Venepress – 1 de Septiembre 2018

El venezolano es el único ser en el planeta, que alienta y aplaude su propio suicidio

Ya no reconozco mi país

Los ataques furibundos a Farmatodo, Lorenzo Mendoza, Henrique Capriles y muchos de los influenciadores, son sencillamente repugnantes. No solo por parte del régimen, sino por parte de esa vorágine desalentadora que todo lo destruye a su paso. Ahora bien, yo no apelaré jamás a la frase: “ya no reconozco a mi país”, ni mucho menos “en que nos hemos convertido” cuando veo los ataques monstruosos contra lo poco que queda en pie, porque a mi país lo reconozco, y muy bien.

Quien dice “ya no reconozco a mi país” vivía en un gueto y tuvo que salir a encontrarse con la realidad, con la Venezuela que siempre ha sido. Usualmente es presa de todos esos mitos urbanos, como que la culpa de todo la tuvo la famosa telenovela “Por estas Calles” o frases tan grandilocuentes que simplifican nuestro destino hasta convertirlo en una cosa distinta de lo que realmente somos, porque la culpa de todo la debe tener alguien que no sea el propio venezolano por eso la culpa la tienen siempre los políticos, la culpa es de los empresarios, de los comerciantes y en especial los medios de comunicación y si, hasta las telenovelas.

Pareciera que no hubiésemos tenido cronistas de nuestra tragedia diaria, Ibsen Martínez tan solo escribía lo que veía todos los días en Venezuela, pero era más fácil echarle a él la culpa por haberse atrevido a narrarlo en el formato de un guión para la televisión. Ese que dice “ya no reconozco a mi país” podría antes que a Ibsen, echarle la culpa a Tirso Pérez León, uno de los escritores del Show de Joselo o a su equipo creativo, pues bastaba con aquella escritura para deducir fácilmente que todo estaba perdido. Un equipo de dramaturgos, mucho más conscientes que la clase política, nos dibujaban una vez por semana la idiosincrasia y la conducta del venezolano, pero algo peor, nos hacían reírnos de nosotros mismos en la mayoría de los hogares.

Esa Venezuela “ilustrada” que corría a Miami de compras, mientras en los cuarteles se cuajaba el destructivo movimiento Bolivariano. Toda una tragicomedia (vista hoy) de una realidad que nos llevó a donde estamos. Personajes como un abogado estafador, un mentiroso compulsivo, un mendigo que hostigaba a los transeúntes hasta que le daban dinero, un sifrino espeluznante que hablaba de riquezas frente a la miseria de los barrios y que seguramente no podía justificar el origen de su dinero, un niño recogido que abusaba de la buena fe de sus padres adoptivos, hasta hacer llorar al padre de la casa, un amo de casa que abusaba verbalmente de su mujer de servicio, un gerente que hostigaba a su secretaria con insinuaciones sexuales. Mientras en los otros canales se sobreexponían también comportamientos contra la autoridad, la humillación a funcionarios policiales y los antivalores que padeciamos.

¿Qué usted no reconoce a  muchos?  Le voy a rescatar la imagen que había de uno que arrancaba muchas carcajadas. Se trataba de un empleado público que en su oficina tenía un cuadro con con la Foto del presidente de turno, pero tenía doble cara, así que dependiendo de la visita que recibiera, lo cambiaba del presidente Adeco, al presidente Copeyano para alagar a su visita o escapar de un problema o salirse con la suya. Era el más venezolano de todos los personajes, la avasallante realidad de un País que no creía para nada en la democracia, ni en los partidos políticos, sino en cómo sacarle provecho propio al Estado utilizando a los funcionarios y al partido. Y todos, absolutamente todos, se carcajeaban con la realidad, incluidos los propios adecos y copeyanos, ignorantes del trágico destino que les esperaría apenas meses después del final del programa, cuando los militares de extrema izquierda de golpe, se adueñaron del país.

Ese personaje no es otro, que los millones de ninies que dicen no soy ni chavista, ni antichavista como si fuera posible tal elección. Esos millones de seres envilecidos que no quieren meterse en problemas nunca y además pretender extraer de los ganadores alguna sobra. Esos millones que no van a los paros, no firman revocatorios ni consultas, ni se comprometen, ni van a las marchas.

Así, en el nombre de una nueva moralidad, quienes saltaron por estas calles los días del Caracazo fueron los verdaderos personajes, los de carne y hueso a robarse todo en las bodeguitas de los barrios que terminaron arrasadas, ocurrió lo mismo en las carnicerías de donde vivían, como hoy, en los que se cargaban reses enteras al hombro, mientras los “doctores chimbin” y más atrás los “pavo lucas” con aquellas muecas macabras dibujadas en sus rostros, porque habían logrado cargar con tremendos televisores de 40 pulgadas en las zonas de clase media saqueadas por “el vivo criollo”, personaje que por cierto existe en cualquier clase social. Fue sin duda alguna, como bien lo dijo otro dramaturgo, otro de los “culpables” por señalarnos la realidad todas las semanas, José Ignacio Cabrujas: “el día más venezolano que he vivido, nunca había sido tan interpretado por nuestra historia”. Yo añadiría: bien interpretado.

Y hoy, mientras seguimos sin reflexionar sobre lo que hemos sido como país y actualmente somos, vivimos el episodio histórico más auténticamente venezolano. Por qué? Porque “rodilla” se convirtió en el pran pues a eso lo llevó su modo de vida, los waperó están representados por los bolichicos porque siempre abusaron de otros desde que eran niños y el policía después de tanto maltrato terminó envilecido y torturando. Eudomar y el hombre de la etiqueta terminaron sus días como las máximas autoridades judiciales. Pero no se convirtieron, sencillamente fueron la evolución lógica de su comportamiento[i]. Entre todos, demostraban una sola cosa, estaban tan corrompidos los de arriba, como los del medio, como los de abajo.

Pero repito, culpar a nuestros escritores por mostrarnos quienes somos es absurdo. Para culpar a la telenovela por demostrar nuestros anhelos, habría que remontarse a su origen, pues son adaptaciones modernas de algo que vieron los hermanos Grimm en su Cenicienta, tan absurdo como culpar a Víctor Hugo de educar a los franceses en sus “vilezas” Miserables, para encontrar a los culpables tendríamos que irnos atrás, y mas atrás de Alejandro Dumas con La dama de las camelias o su Conde de Montecristo, habría amigos que culpar al más “malandro” de todos, ese que escribió Romeo y Julieta.

Por eso muchos culpan a las telenovelas, pero porque nunca han abierto un libro.

Yo si reconozco a mi país, por eso entiendo el odio desatado. También entiendo todo esto como el secuestro que es y la violencia de los jefes comunistas, que viven como billonarios allá arriba en el Politburó, enviando con los dineros públicos a sus hijos a vivir y disfrutar en el capitalismo más salvaje que es lo que quieren para sus hijos, pero a los nuestros les toca la Clap. Lo que despreció profundamente es al que ataca lo poco que queda en pie de este lado.

Porque el venezolano es el único ser en el planeta, que alienta y aplaude su propio suicidio.

Lorenzo Mendoza es uno de los pocos héroes y referentes que nos quedan. De acuerdo a Forbes desde 2005 ha perdido el 70% de su fortuna y pasó de estar en el puesto 119 al puesto 1198 y es factible que salga de la lista de billonarios para el 2020. Buena parte de lo que le queda, ya no está en Venezuela pero Lorenzo sigue aquí. Repito, entiendo los ataques de los comunistas, pero jamás entenderé al que le dice “ese tiene suficiente rial”, “que venga a regalar la Harina Pan” como si no llevara 18 años regalándola, con muchos aplaudiendo de este lado semejante suicidio. Porque ese que lo dice es el más peligroso de todos, el que no entiende que cuando el poder industrial privado ha perdido el 70% de su patrimonio, de allí hacia abajo, la pobreza es absoluta, incluido el que lo dice.

El que se regodea, es el más peligroso de todos los venezolanos. Es aquel que frente al paro nacional inventaba y difundía el slogan: “liberen al oso” porque él quería tomar cervezas. El que hoy, dice que no se puede comprar la cerveza y lo culpa, sin entender que la mayoría de las plantas de Polar ya están paradas y los miles de trabajadores calificados han emigrado.

Henrique Capriles es otro de los pocos referentes que nos quedan. Puede uno quejarse a veces del lenguaje empleado o de alguna respuesta. Pero hay que reconocer que su partido político ha participado y firmado el informe final de la investigación del caso Odebrecht en la AN. Tanto como le reconozco que se ha dejado el pellejo, ha conocido la cárcel, el acoso, le han disparado los círculos bolivarianos, pesan sobre él los más horrendos expedientes penales y entiendo el ataque de los comunistas. Pero lo que no entiendo es el ataque de todos aquellos puros de sangre, que no defienden la institución más sagrada del derecho que reza: “toda persona es inocente, hasta probar lo contrario”, porque son tan perversos como los comunistas.

Pero el que lo dice, es aún más peligroso que los comunistas. Porque cree que cuando todo esté destruido, cuando no quede piedra sobre piedra del sector industrial, comercial y político, vendrán los seres puros a gobernar a “rodilla”, “eudomar” a los “waperó” y junto a ellos harán una Venezuela próspera y feliz. Sin entender, que ellos fueron los enterradores.

Entiendo a los que con su camisa roja gritan contra Farmatodo. Porque son sencillamente “tropas” de agitación comunista, adscritas a un “alto mando”, entiendo que el video se hace para que nosotros, estúpidamente lo difundimos en las redes, porque es la historia del comunismo. A quien no entiendo es al que dice “pana, es que también se pasan con los precios”. Sin duda alguna, son los más peligrosos de todos, pues no entienden que el ataque es contra el patrimonio de la última gran cadena de distribución privada que queda en el país. La última amigos. Y cuando esta falte, ya no quedará ninguna más y nadie más a quien culpar.

Y lo peor de todo es que ese que se quejaba ya no lo hará más, porqué se habrá ido o llamará al 0800 y no le contestarán o le dirán que no hay medicina, acudirá callado a Farmapatria y le dirán que tampoco y luego acudirá de rodillas a los 22 mil mercales y se dará cuenta que ya no existen, pero lo hará “callaito”, porque si no, no le venderán su cuota racionada de productos nicaragüenses, bolivianos etc.

Así que no, yo si reconozco a mi país todos los días, lo reconozco en los pocos, poquísimos héroes del trabajo que salen a producir, trabajar y a luchar, lo reconozco en las caras de quienes salen a trabajar sin importarle nada, en las caras perplejas de los que viven en una burbuja y se niegan a participar, en los que dicen “es que a mi la política no me gusta”, lo reconozco en la actitud del montón de vagos que quieren vivir de los demás y también reconozco al malo, a ese bando de los envilecidos que cada día crece más.

Parafraseando a Fermin Toro. “Entiendo la libertad de opinión e imprenta, lo que no entiendo es que no dejaran ni una sola reputación en pie”. Porque el que dice que todos son malos, si aquí nadie sirve, ningún político, ningún empresario, ningún comerciante ningún medio, periodista o influenciador, ¿la verdad? Es que el que lo dice es el que no vale nada.

Reflexionemos o apaguemos la luz

[i] para quienes son muy jóvenes o leen fuera del país. Rodilla era un personaje muy común de la Venezuela de los 80’s, un muchacho que había decidido tomar el camino de la delincuencia, para vivir de un arma. Los waperó eran dos personajes, los hijos de un alto y poderoso funcionario que abusaban constantemente de un policía. Eudomar Santos era la clave del comportamiento mas venezolano, el de sobreviviente.

Venezuela: una transición llena de incógnitas por Francesco Manetto – El País -29 de Julio 2018

El PSUV celebra su congreso mientras la oposición trata de volver a la unidad

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, en el congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV).
El presidente venezolano, Nicolás Maduro, en el congreso del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). EFE

La gravísima crisis económica e institucional de Venezuela ha generado al menos un consenso amplio que, con la excepción del núcleo duro del régimen de Nicolás Maduro, incluso amenaza con quebrar al chavismo por dentro. Casi todos coinciden en que la situación se ha vuelto insostenible. Lo es por la hiperinflación, por la presión internacional y las sanciones a algunos de los principales dirigentes oficialistas, por la represión de la protesta social en la calle, los presos políticos —250, según la ONG Foro Penal—, por el saqueo de PDVSA, la petrolera estatal…

Una especie de tormenta perfecta azota el país. Y, a pesar de la aparente fortaleza del aparato oficialista, que logró desunir a la opositora Mesa de la Unidad Democrática (MUD), las fuerzas críticas con el Gobierno siguen esperando que se produzca pronto un cambio. Tal vez antes de finales de año.

“Si no abandonan el socialismo y van hacia una dictadura, simplemente vamos a tener un colapso mucho mayor. Es decir, anarquía, que nada funcione y que todo se convierta en una especie de Mad Max”, vaticina Ángel Alvarado, economista y diputado en la Asamblea Nacional elegido en 2015 en las listas de Primero Justicia, el partido de Julio Borges y Henrique Capriles.

Un semestre clave

“Están empobrecidos todos, el chavismo tiene una base popular muy grande y yo siempre me acuerdo de ese cuadro de Goya en el que Saturno se come a sus hijos. En este momento el socialismo se está comiendo a sus propios hijos”, continúa este opositor. “Yo creo que el segundo semestre va a ser clave. Tenemos demasiados catalizadores a la vez: sindicatos molestos, trabajadores, fuerzas armadas, descontento generalizado, las sanciones pueden empeorar… ¿Alguna de estas cosas es nueva? No. Lo que es nuevo es que todo ocurra a la vez”, advierte.

Según el análisis más extendido, Maduro logró la reelección en mayo de forma ilegítima, porque convocó unas presidenciales sin suficientes garantías democráticas y poniendo trabas a la oposición, cuyas fuerzas mayoritarias declinaron participar. No obstante, uno de los escenarios de futuro que contemplan analistas como Henkel García pasan precisamente por un acuerdo entre el chavismo y un sector de la oposición. O, como hipótesis alternativa, por una crisis interna del oficialismo que dé paso a una transición. “Analizando la dinámica dentro del chavismo, él gana con la promesa de hacer un cambio en la economía, cosa que no ha podido entregar”, explica. Esta circunstancia puede conferir un carácter político al malestar social, que hoy está todavía desarticulado.

Con estas premisas ayer comenzó su congreso la formación de Gobierno, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Rodrigo Cabeza, que fue ministro de Finanzas del expresidente Hugo Chávez y diputado, mantuvo que en su opinión el cónclave será una simple exhibición de unidad del oficialismo. Cabeza dijo en declaraciones a la agencia Reuters que el Gobierno prohibió a los ministros mencionar la palabra hiperinflación y hablar de subida de precios. El argumento habitual del Maduro para tratar de justificar los males de Venezuela es el de la “guerra económica” y el supuesto fantasma del enemigo exterior.

La oposición

No obstante, la clave consiste en desentrañar los próximos pasos de la oposición, que, antes de la votación de la Asamblea Nacional Constituyente en julio de 2017, mantuvo la presión en la calle durante casi cuatro meses para luego sumirse en el desánimo y en las tensiones internas. Mientras algunos gremios, como los del sector sanitario, le han plantado cara al Gobierno en las últimas semanas, el Frente Amplio —el movimiento que se propone convertirse en una alternativa a la MUD— ha sopesado la posibilidad de convocar una huelga general.

Opositores como Alvarado están dispuestos a dar la batalla, en un intento de quitarle la incitativa al Ejecutivo: “Ahora, si logran pasar estos seis meses, podemos ir a una situación muy complicada en los próximos años. Es decir, que se instale y se consolide algo completamente perverso”.

“Al final”, resume, “lo que está en juego es el Gobierno, si abandona el socialismo o no y si se convierte en un Estado de dictadores”.

La peste Venezuela y el Orán de Camus por Héctor E. Schamis – El País -28 de Julio 2018

download.jpgHe seguido a Venezuela por décadas. Inicialmente por la anomalía de su democracia petrolera, luego por el colapso del puntofijismo y su consecuente vacío, un escenario propicio para el surgimiento del populismo. Más tarde fue la construcción de un régimen autoritario. Y a partir de 2014 por la crisis política profunda, la cual pensé que era irreversible e implicaba una inminente caída de dicho régimen. 

Erróneamente, pues allí sigue. Lo cual me causa perplejidad al mismo tiempo que corrobora mi ignorancia. Dicho régimen no gobierna, en el sentido estricto del término, pero sí ocupa el poder. Su rasgo más saliente es la degradación institucional causada por una fuerza política que se convirtió en organización criminal estando en control del aparato del Estado.

O de sus ruinas. Así es cuando la corrupción captura la política y los warlords venezolanos se disputan la apropiación de los recursos lícitos e ilícitos. Lo que queda de ese Estado tanto como lo que queda de la salud pública, el tejido social, la estructura productiva y la moneda en un país que parece haber sido destruido por una peste, un país convertido en el Orán de Albert Camus. 

Cómo no pensar en La peste, donde se revela lo mejor y lo peor. Está el Doctor Bernard Rieux, un médico abnegado que dedica sus esfuerzos a curar, pero también está el Doctor Richard, dubitativo y negador de la realidad, hasta que la peste lleva su propia vida. Está el periodista Raymond Rambert, a quien la peste encuentra en Oran por casualidad, pero que se queda a luchar contra la enfermedad y hace de esa lucha su prioridad. Y está también Cottard, personaje con pasado criminal para quien la peste es la oportunidad de lucrar por medio del contrabando. 

Alcanza con leer las noticias sobre Venezuela para leer a Camus. Una noticia recorre las redes. Muchos de los alimentos distribuidos por el gobierno a través del sistema CLAP no son aptos para consumo, llegan pasada su fecha de expiración. En un video que se hizo viral se observa un paquete de frijoles atiborrado con gorgojos. 

Los medios reportan rupturas en las tuberías de varias ciudades del país, produciendo fugas de agua potable y generando escasez. El problema se ha vuelto permanente en muchas urbanizaciones de Caracas. Hay casos de vecinos que se han puesto de acuerdo para contratar empresas de ingeniería privadas y realizar excavaciones en busca de pozos. O bien lo hacen por su cuenta. Allí tiene el lector una definición abreviada del concepto “Estado fallido”. 

La prensa informa acerca de una reciente investigación de Susana Raffalli, conocida experta en seguridad alimentaria. En 16 estados del país, el 15 por ciento de los niños están en riesgo de morir por desnutrición. Ello significa un retroceso de 50 años en el sector salud. No es una cifra a nivel nacional pero es suficientemente crítica. El 33% de los recién nacidos ya exhiben un atraso de crecimiento irreversible. 

Esta semana el FMI pronosticó una inflación anual de un millón por ciento en Venezuela para este año. Ello como concomitante del alto déficit fiscal, financiado con expansión monetaria, y una caída del producto proyectada de 18%, la cual debe agregarse a una contracción de 50% en los últimos cinco años. Se advierte que aumentarán las consecuencias migratorias para los países vecinos. 

Con un sistema de precios destruido, se erosiona la normatividad fundamental de toda la sociedad. Cuando nadie conoce el valor de lo cotidiano, las conductas son puro individualismo; “anomia”, lo llaman los sociólogos. Ello destruye el tejido social, tal como lo expresa el éxodo ininterrumpido. La hiperinflación también es una plaga. 

Los periódicos informan que la Asamblea Nacional, la legislatura elegida legítimamente, ha iniciado una investigación sobre la nacionalidad del presidente del Tribunal Supremo de Justicia en el exilio, Miguel Ángel Martín. Lo hicieron mediante un oficio enviado a la Cónsul General de España, no a través de una consulta con el interesado. Lo absurdo es que Martín fue elegido junto con otros 12 magistrados por la propia Asamblea Nacional, cumpliendo con su prerrogativa constitucional, en julio de 2017. 

Dejaron el país a consecuencia de la persecución del gobierno. Desde el exterior el TSJ trabaja sobre casos por demás sensibles. Entre ellos, la destitución de Maduro y la formación de un gobierno en el exilio, y el caso Odebrecht con sus aportes a las campañas del oficialismo y, según algunos, de la oposición por igual. 

Venezuela hoy o el Orán de Camus en 1947, la vida, el poder, la grandeza y la miseria. Y la peste.

Nuevas estrategias opositoras por Simón García – La Patilla – 27 de Julio 2018

download.jpgExiste coincidencia sobre el debilitamiento de la oposición por sus propios desaciertos. La discrepancia comienza con las iniciativas que llevaron de la contundente victoria electoral del 2015 a la fragmentación y reducción del papel de la oposición. Las diferencias se han ahondado al escoger rutas y medios para enfrentar al gobierno.

No habrá recuperación sin que los partidos decidan revisar sus actuaciones de los últimos tres años. Escalón inicial para afirmar, rectificar y generar nuevas orientaciones que mejoren la extensión, calidad y eficacia de sus actividades. La unidad consiste en la mayor concordancia sobre fines, objetivos, tiempos y formas de lucha. El nombre, su concreción organizativa o sus reglas de funcionamiento son derivaciones del contenido.

En la raíz de la pérdida de representatividad y de identificación de la población con la oposición influyen dos factores que deben ser examinados sin prejuicios: los hábitos y comportamientos de los dirigentes y los vacíos en la formulación y ejecución de la estrategia democrática, constitucional, pacífica y electoral.

La rutina, aquellos modos de hacer que nos vienen del pasado y la repetición automática, resta actualidad a la política. Pero lo peor es que abandonamos las virtudes del viejo modo de hacer política, sin adquirir las fortalezas competitivas en temas como la relación con la población, la elaboración y comunicación del discurso, la articulación con el mundo asociativo en el que la política no juega papel central o la solidaridad activa con quienes son víctimas o están afectados por el modelo y la gestión del régimen.

La inactualidad de una oposición que subsiste como una burbuja frente a la realidad, está fortaleciendo la falsa idea de que los políticos y la buena política pueden ser prescindibles. Por otra parte, el tercio de la población que sigue cualquiera de las orientaciones partidistas parciales de la oposición, comprueba que su acción no es efectiva y patina sobre el sinfín de anuncios sobre un  inminente derrumbe del gobierno, a pesar de que el poder sigue ahí, mandando sin gobernar.

Se requiere que militantes y dirigentes asuman la revisión crítica de una estrategia que se redujo a enumerar sus medios (electoral, pacífico, constitucional y democrático) sin esclarecer aspectos como qué es lo que se adversa, la política de alianzas o los diversos ámbitos de su ejecución.

La división de la MUD se produce, como fractura de opciones estratégicas,  cuando sectores de ella llegaron a la convicción de que la salida del régimen es imposible por vía electoral y pacífica. Esto ha producido la anomalía de una oposición que socava formas materiales de existencia de la democracia, como educar en la inutilidad del voto y llamar a la no participación en elecciones, como sí se hizo en la dictadura de Pérez Jiménez, porque no se va ganar.

En la práctica buena parte de la oposición está asumiendo como estrategia no participar en elecciones mientras exista el régimen, otra habla de negociar una transición, pero sin Maduro. Estas posiciones corresponden al deseo de derrocar al gobierno, aun al precio de una violencia general.

No ayuda a encontrarse con quienes sostienen estas tesis juzgarlas mediante descalificaciones, pero tampoco puede ignorarse el deber de desmontarlas, criticarlas y proponer nuevas estrategias.  

Uno de esos elementos, impuesto por la disyuntiva del país, es concentrar todas las energías de cambio en sustituir el nocivo modelo económico institucional del régimen. Lo dice hoy la calle y es un comienzo, aunque no sea el todo. Todavía.  

Demagogia trágica por Sadio Garavini di Turno – El Universal – 18 de Julio 2018

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Enrique Krauze en su excelente libro de ensayos más reciente “El Pueblo soy yo”, analiza el concepto de demagogia y nos dice que ya en la Grecia del siglo V a.C. “había comenzado a insinuarse en el cuerpo de la democracia para minarla desde dentro, barrenando su tronco mediante el uso torcido, falaz e interesado de la palabra”. Y nos recuerda que Tucídides, Aristófanes, Platón y Aristóteles la estudiaron y escribieron contra ella: ”Comprendieron que la demagogia era una adulteración letal de la verdad, un culto cínico al éxito a través de la mentira, la conculcación de la palabra al servicio de la ambición política”. Krauze cita también a Jenofonte: “La demagogia radica en el mal ejercicio del liderazgo y en una adscripción a un partido político que no busca el bien común de la polis”. Parece que estuvieran hablando del régimen de Maduro. Hay algo de verdad en la antigua máxima ”nihil novum sub sole”.

Norberto Bobbio, uno de los grandes de la ciencia política contemporánea, ha utilizado, en alguna ocasión, el término monocracia, como sinónimo de autocracia, el poder concentrado en una sola persona, pero diferente del poder de la antigua monarquía absoluta, que dejaba espacio para la acción de cuerpos intermedios, como la Iglesia , la nobleza y las corporaciones. La monocracia moderna con vocación totalitaria, como la que estamos viviendo en Venezuela, es como diría Bobbio, “anticonstitucionalista” porque vacía de contenido a la separación de poderes, es antiliberal porque no respeta las libertades, garantías y derechos de las personas frente al Estado, es antidemocrática porque degrada al pueblo al nivel de masa inerte manipulada “clientelísticamente” y finalmente es antipluralista, porque el Estado pluralista es un Estado en el cual no existe una sola fuente de autoridad que sea omnicompetente y omnicomprensiva. Eduard Bernstein dijo una vez:”Es una experiencia eterna el hecho de que todo hombre que tiene en sus manos el poder es llevado a abusar de él, procediendo así mientras no encuentre límites”. Una de las razones por la cuales el sistema democrático es preferible a cualquier otro es que el control popular que la democracia permite ejercer es uno de esos límites. Por eso, Bobbio nos dice que: “toda la historia de la filosofía política puede ser considerada como una larga y atormentada reflexión sobre el tema: ¿cómo se puede limitar el poder?”. En la Venezuela de Maduro ya no existen límites institucionales al poder del régimen.

Michelangelo Bovero, el discípulo y sucesor de Bobbio en la cátedra de filosofía política en la Universidad de Turín, nos recuerda a Polibio y su teoría de las formas mixtas de gobierno El historiador romano partía de las formas simples y virtuosas de gobierno de Aristóteles y afirmaba que el problema consistía en su inestabilidad: la monarquía degeneraba en tiranía; la aristocracia, el gobierno de los mejores, se transformaba en una oligarquía, el gobierno de los privilegiados; y la república terminaba en el desorden y la anarquía de la demagogia. La solución de Polibio era la mezcla de las formas puras de gobierno para integrar un sistema de equilibrios y complementaciones que ofreciera estabilidad al gobierno. La Monarquía constitucional británica del siglo XIX es un ejemplo al respecto: los poderes del Estado divididos entre la Corona y un Parlamento integrado por una Cámara de los Lores, conformada por aristócratas y una Cámara de los Comunes electa por el pueblo. Lo que no pensó Polibio, nos dice Bovero es que la mezcla bien podría darse entre las partes corruptas del gobierno. La combinación de la tiranía, la oligarquía y la demagogia es lo que Bovero llama “kakistocracia”: el pésimo gobierno, la república de los peores. La Venezuela de Maduro definitivamente se ha transformado en la kakistocracia” de Bovero, con presidente totalitario y demagogo, una oligarquía militar-civil corrupta y el desorden de la “oclocracia”, el poder de la turba, de la plaza. La kakistocracia demagógica madurista ha producido la tragedia socioeconómica brutal que sufrimos los venezolanos.

 

 

 

Why Trump’s proposal to invade Venezuela is worth taking seriously by Ben Kew – Spectator USA – 9 de Julio 2018

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Last week, the Associated Press reported that President Trump once pressed aides on the possibility of invading Venezuela to topple the ruling Maduro regime. The move, last August, was allegedly dismissed by his then-National Security adviser H.R. McMaster as a rash idea that would undermine America’s relationship with his Latin American allies.

Yet Trump wasn’t convinced. According to Colombian officials who spoke to AP, he decided to propose the idea to a group of regional leaders at the UN General Assembly last September. The answer was an unequivocal no, and the trading bloc later declared that “the only acceptable means of promoting democracy are dialogue and diplomacy” and opposing “any option that implies the use of force.”

Despite its obvious significance, the story was drowned out by the usual and ongoing rows over everything from immigration to the Russia investigation. Venezuela’s demise in the aftermath of Hugo Chávez’s ‘Bolivarian Revolution’ remains a somewhat inconvenient topic for much of the media who presented Chavez as a hero of his time.

Most dismiss the Trump Venezuela story as an example of Trump’s impulsivity on a matter that he does not fully understand. That may be true, although the idea itself is not without reason or precedent. It is also increasingly discussed by the many Venezuelans living in exile or fighting the regime from the inside.

Apart from its long term ally in Cuba, Venezuela is the only country in Latin America indisputably within the grip of an authoritarian dictatorship. Since seizing power in 2013, Nicolás Maduro, a former bus driver who rose the ranks of Chávez’s socialist government, has degraded the country’s democratic institutions and installed a fraudulent lawmaking body filled with government stooges. After calling a presidential election in May, he banned nearly all opposition candidates from running and succeeded in conducting a sham election. Venezuelan democracy is well and truly dead.

Political repression is also rampant. Hundreds of former political figures are locked up for having opposed the regime. The most prominent of those is the opposition leader Leopoldo Lopez, who was imprisoned for his role in organizing mass protests against the government. According to multiple human rights groups, prisoners are regularly tortured. Through his new legislature, Maduro has begun introducing new laws designed to chip away at freedoms guaranteed in the Venezuelan constitution. An example includes the recent passing of the “Law Against Fascism and Hatred,” which effectively silences criticism of the government.

As well as his tyrannical streak, Maduro has also overseen an economic collapse that has left millions of people in dire poverty. The country’s minimum wage is equivalent to under two dollars ($2) a month and increasing numbers are suffering health problems linked to malnutrition. Countless Venezuela horror stories have emerged, including cases of child prostitution, the butchering of zoo animals, even cannibalism. Thousands of people are now fleeing the country every day to neighbouring countries such as Brazil and Colombia. Last year the U.S. received more asylum requests from Venezuela than Syria. The Council on Foreign Relations has deemed Venezuela a “humanitarian crisis,” and, as things worsen, America can only expect to see more political and economic migrants turning up on its southern border. This is all from a country that has the largest oil reserves in the world.

Yet an attempt to liberate and relieve the suffering of the Venezuelan people is only one aspect of a potential military intervention. In recent years, the State Department has acknowledged that the Maduro is allowing jihadist groups such as the Islamic State to operate freely in Venezuela. The country’s vice-president, Tareck El Aissimi, is also a designated drug ‘kingpin’ with strong links to Hezbollah. Last year, it even emerged that prominent Maduro henchman Diosdado Cabello (believed to be the head of the drug trafficking group Cartel de los Soles) ordered a failed assignation attempt on Florida Senator Marco Rubio. The Venezuelan regime is by all accounts an enemy of the United States, and will do anything within their limited power to undermine it. A Venezuelan invasion would differ from recent US-led wars, too, in that it would be an example of America interfering in its ‘near abroad’ rather than the more remote Middle East.

Removing the Maduro regime from power can be presented as a priority for U.S. national security, a concept fully in line with Trump’s policy of ‘America First.’ As with all foreign policy, there is no easy solution to reviving a failed state and removing its leaders from power, but a Venezuela intervention would not necessarily be as unpopular with Trump voters as a move to put boots on the ground in, say, Syria.

Trump has made no secret of his determination to win Venezuelans their freedom, and has refused to rule out a military solution. However, his response so far has come in the form of economic sanctions against the country’s crucial oil sector. That appears only to be hurting the Venezuelan people. To set Venezuela back on the path to recovery and to secure regional security, a more radical solution must be found.

Ben Kew is a National Security reporter for Breitbart News who has written extensively on Venezuela

Unidad y realidad por Simón García – TalCual – 8 de Julio 2018

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Es preocupante, que la política de la oposición haya producido pocas alteraciones en el gobierno y muchas, en su mayoría negativas, en el campo opositor. Tiene que haber una respuesta que nos explique por qué no se ha fracturado el bloque de poder mientras la oposición se fragmenta, se aísla de la sociedad y pierde identidad. Este efecto boomerang se produce también en otros ámbitos de la oposición.

¿Es la falta de unidad la causa básica de los fracasos de la oposición? ¿O se trata más bien de la concepción que se tiene sobre la unidad, la forma como ella se expresa o la clave está situada fuera del tema de la unidad? Lo cierto es que alguna reflexión debe hacerse contra la costumbre de acumular derrotas y obtener éxitos sin que sean analizadas y sintetizadas en un conocimiento compartido…

Después del grave error de la abstención del 2005, se inició un proceso unitario empujado por la necesidad de subsistir y por lograr presencia en los órganos a los que se podía acceder electoralmente. La otra cara de ese proceso es que se llevo a cabo sin una articulación política con la sociedad civil y sin ocuparse de lo que se dio en llamar la lucha en los otros tableros.

Ante un régimen autoritario, que usa la democracia para abatirla, el peso del Estado y su intensificación del control y sumisión de la población civil implica enormes trabas para la existencia de los partidos y el debilitamiento programado de la sociedad civil. La idea de unidad se reduce a intento de sobrevivencia y a la lógica de sumar fuerzas para compensar debilidades.

La unidad se fue sembrando como un mito, el propio opio de la oposición. El pensamiento y la acción política se desfasaron del cambio en la relación de fuerzas, sosteniendo una actitud ofensiva cuando debía evitar choques, protegerse con la ligera colchoneta de la legalidad y apelar a un enorme ingenio para acumular fuerzas mediante recursos defensivos.

En cambio se optó por exigirle a una autocracia que se comportara como una democracia. Esta exigencia sin posibilidad de logro, condujo a sustituir la realidad por los deseos y surgió la política ficción. Ya una parte de la oposición va rumbo a un gobierno paralelo en el exilio que llegará a Miraflores de la mano de fuerzas militares extranjeras o de un golpe de estado. La película tiene fin inminente.

La consistencia del proceso unitario, además de sus resultados políticos, debe medirse por la calidad de sus relaciones con el conjunto de la sociedad, por el método para tomar las decisiones y por el modo cómo se trate a las divergencias. Los hechos muestran una imposición, de vetos y exclusiones. La tendencia a excluir las divergencias de la democracia y a condenar a los disidentes. La relación social desapareció.

La decisión de AD de retirarse de la MUD obliga a replantearse radicalmente una nueva concepción unitaria. Es probable que temporalmente la unidad pase a un segundo plano y los distintos polos de oposición se concentren en su propio fortalecimiento y en posicionarse en competencia con los otros.

Pero la unidad de salón se agotó. Cualquiera sea la forma que se encuentre para su renovado relanzamiento requiere expresar la energía de cambios que sacude al país y revisar la viabilidad de los fundamentos pacíficos, constitucionales, democráticos y nacionales de la estrategia. El fin de la MUD puede ser el comienzo de otra visión sobre la UNIDAD.

¿Para qué serviría la justicia transicional en Venezuela?por José Ignacio Hernández – ProDaVinci – 6 de Julio 2018

justicia-150x150.jpgEn días pasados, la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, presentó ante la Asamblea Nacional un proyecto de “Ley de Amnistía”, cuyo propósito básico es otorgar beneficios penales a aquellos funcionarios que decidan colaborar con el restablecimiento del orden constitucional.

Esta idea no es nueva. Así, más que una amnistía, pareciera que la fiscal está refiriéndose a lo que se conoce como “justicia transicional”, cuya finalidad es crear condiciones favorables para promover una transición de regímenes autocráticos a regímenes democráticos. En el pasado, esta idea ha sido promovida por la Asamblea Nacional y por diversas ONG. En general, el tema de la transición democrática en Venezuela ha venido siendo estudiado, entre otros, por el Centro de Estudios Políticos de la UCAB, así como por el profesor Miguel Mónaco, en un artículo publicado aquí en Prodavinci.

Tomando como referencia casos comparados de transiciones democráticas, convendría analizar cuál sería el rol de la justicia transicional en Venezuela.

¿Qué es una transición?

Siguiendo la definición de O’Donell y Schmitter, la transición puede definirse como el intervalo entre un régimen político y otro. Por ello, la transición democrática es el proceso por el cual un régimen autocrático da paso a un régimen democrático. La transición se considera exitosa si la democracia logra establecerse de manera permanente, al menos, con condiciones mínimas o básicas.

Este concepto aclara varias ideas. La primera de ellas es que el cambio de autocracia a democracia no siempre es instantáneo; por el contrario, se trata de un cambio gradual en el cual el régimen autocrático es desmontando al mismo tiempo que el régimen democrático es construido. Por ello, la segunda idea es que es difícil marcar el momento en el cual se inicia el paso de una autocracia a una democracia. La tercera idea está asociada con la imperfección: la transición implica que el régimen democrático no será instalado de manera pura, sino que, por el contrario, se irá construyendo sobre la base de instituciones autocráticas.

La gradualidad de la transición puede justificarse por dos causas. La primera está asociada a las condiciones políticas que impiden un cambio súbito de la autocracia a la democracia. La segunda se refiere al éxito del proceso: cambios súbitos suelen generar regímenes democráticos inestables. Como señala Popovic, el objetivo final no es sólo promover un cambio político, sino establecer un Gobierno democrático permanente.

¿Por qué se inicia una transición?

Acemoglu y Robinson, junto a otros autores, han concluido que los gobernantes autocráticos sólo deciden ceder el poder cuando calculan que luego del cambio podrán estar en una posición igual o mejor a la que tenían durante la autocracia.

Por ello, las transiciones están asociadas a cambios que afectan el poder que el régimen autocrático ejerce, lo que le lleva a aceptar cambios hacia un régimen democrático en la medida en que ese cambio pueda preservar sus propios derechos, tal y como North y otros han señalado. De allí surge el concepto de pacto, como el acuerdo que promueve la cooperación entre diversos actores políticos con intereses y posiciones disímiles, para organizar una transición beneficiosa para todas las partes.

Una ecuación matemática

Robert Dahl resumió todas estas ideas al señalar que la democratización comienza cuando se logra aumentar los costos de represión y disminuir los costos de tolerancia. Vamos a explicar en términos sencillos esa ecuación.

Un gobernante autocrático manda por el uso de la fuerza y de la coacción, y no por la legitimidad de elecciones libres y transparentes. Pero, por más poder que tenga, el gobernante necesita de personas que cumplan sus órdenes, como por ejemplo, funcionarios policiales y judiciales. Estos funcionarios –y las instituciones a las cuales pertenecen- son llamados “pilares de soporte”, pues ellos soportan al régimen autocrático. La base de tales pilares es, por ello, el deber de obediencia.

Por lo tanto, para iniciar la transición, lo primero que hay que hacer es minar esos pilares, para lo cual es preciso aumentar el costo de represión, o sea, el costo de los funcionarios del régimen autocrático de seguir apoyando medidas que consoliden el autoritarismo. Esto se logra, por ejemplo, con amenazas de sanciones, en especial, en el ámbito internacional.

Pero no basta con aumentar el costo de represión. Además, es necesario disminuir el costo de tolerancia. ¿Y eso qué significa? En términos sencillos, ello implica que es necesario promover que los funcionarios del régimen dictatorial sean aceptados e incluidos en el nuevo gobierno democrático. Ningún funcionario de la dictadura va a colaborar con el restablecimiento de la democracia si a cambio obtendrá la cárcel. Por el contrario, ese funcionario tendrá incentivos de colaborar si obtiene ciertos beneficios que garanticen sus derechos luego de la transición.

La justicia transicional

Ahora estamos en posición de explicar qué es la justicia transicional.

Retomemos lo antes señalado. Imaginemos una dictadura en la cual la sociedad civil ha logrado incrementar los costos de represión, pero, a la par, han aumentado los riesgos de penas y sanciones, o sea, han incrementado los costos de tolerancia. En ese escenario es difícil que se inicie un proceso de democratización, pues los funcionarios del régimen autocrático tenderán a no apoyar un cambio que podrá conducirlos directamente a la cárcel.

Precisamente, para evitar ello, existe la justicia transicional. Se trata de un mecanismo de justicia orientado a investigar crímenes cometidos por funcionarios de regímenes dictatoriales, a los fines de restaurar la dignidad de las víctimas y otorgar mecanismos de reparación efectivos, pero bajo beneficios penales a los funcionarios que decidan contribuir con el restablecimiento de la democracia. Esos funcionarios no serán objeto de penas privativas de libertad, o en su caso, serán objeto de sanciones atenuadas, precisamente, por su contribución a la transición democrática.

La justicia transicional es el término medio entre la amnistía y la justicia penal. Así, de la justicia penal toma la posibilidad de investigar crímenes cometidos para reparar a las víctimas y de la amnistía toma los beneficios penales. Sin embargo, mientras que la amnistía implica el olvido del delito cometido, la justicia transicional implica determinar la verdad de las violaciones cometidas por los funcionarios de la dictadura.

¿Por qué la justicia transicional implica beneficios penales? Ello se justifica para disminuir los costos de tolerancia. Así, un funcionario estará más dispuesto a colaborar con la transición si sabe que el nuevo régimen democrático no lo pondrá en la cárcel. Por ello, en la justicia transicional, la imposición de penas se sacrifica por un objetivo superior: asegurar la transición democracia estable y, con ello, la reconciliación.

¿Implica la justicia transicional impunidad? No. La impunidad supone que determinado crimen no será investigado. En la justicia transicional, los crímenes son investigados, las víctimas son reparadas y, eventualmente, los culpables tendrán alguna consecuencia, que no será, sin embargo, las penas privativas convencionales.

Pero no todos los crímenes pueden ser objeto de estas medidas. Graves crímenes de lesa humanidad –como los tipificados en el Estatuto de Roma– deberían tener un tratamiento distinto.

Con lo cual, en resumen, una Ley de Justicia Transicional podría ser parte de una estrategia mayor, a saber, para diseñar y promover un proceso de transición hacia la democracia en Venezuela. De allí la pertinencia de discutir este tema.

 

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