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Así podría Venezuela volver a ser una potencia económica mundial por Emmanuel Rincón – PanamPost – 3 de Enero 2020

Reformas tributarias, laborales, políticas e ideológicas son el punto de partida para iniciar el camino de la recuperación económica en el país

Venezuela cuenta con recursos humanos, minerales, tierras e infraestructura, para recuperar su economía en tiempo record de aplicarse las políticas económicas y tributarias adecuadas. (Foto: Caracas, Venezuela. Emmanuel Rincón)

Este 1 de enero se cumplieron 44 años desde que a Carlos Andrés Pérez y al partido Acción Democrática se le ocurrió la maniobra política que un par de décadas más tarde asesinaría la democracia venezolana: nacionalizar el petróleo.

Los destinos de los venezolanos de la última generación están profundamente ligados al oro negro, el petróleo está en nuestras venas. Casi resultaría verosímil que un venezolano se corte y en vez de sangre, tenga petróleo. Ser el país con la mayor cantidad de este poderoso recurso, lejos de ser una bendición, se ha convertido en una pesada carga, en una maldición. Desde que los políticos descubrieron que ese dinero enterrado podía absorberlo el Estado, se olvidaron de gobernar, de gerencia y administrar. Ya no había más razones para procurar innovar, formar planes sustentables de autoabastecimiento, y un largo etcétera. Todos los problemas de la vida cotidiana del venezolana serían resueltos por el petróleo, y el político solo debía procurar “repartirlo bien”, meterse un buen pedazo a los bolsillos, pero “ser justo” en las migajas.

Evidentemente, esto fue una bomba de tiempo que no terminó nada bien, Carlos Andrés Pérez se dio cuenta de la estupidez que cometió en el año 76 y trató de remediarlo años después en una segunda presidencia, pero ya los venezolanos estaban hechizados de ese mal facilista, acomplejado, socialista y enfermizo. Ya daban por sentado que el Estado debía encargarse de ellos, y que no podían dejar de chupar la sangre del petróleo. La sociedad venezolana se había transformado en una sociedad parasitaria.

A Carlos Andrés Pérez el futuro presidente Hugo Chávez trató de derrocarlo, no una, sino dos veces a la fuerza en 1992, y aun así, desde el extinto Senado, los parlamentarios aplaudían al Chávez golpista y abrieron la puerta para que entrase al país, ya no el socialismo vegetariano, sino el carnívoro, que iba por todas a apropiarse hasta de la voluntad de los venezolanos.

Pasa que, 44 años después de esta enorme y compleja catástrofe, que ha expulsado a más de cinco millones de venezolanos de su tierra, y que además ha sumido al país en la peor crisis humanitaria y económica jamás recordada por una nación que no se encuentre en una guerra, muchos venezolanos siguen sin comprender el porqué Venezuela está como está, y esto se debe, en gran parte, a los partidos políticos.

El discurso populista en Venezuela no solo no se ha reducido como consecuencia del chavismo, sino que se ha incrementado, pues los partidos políticos que dicen oponerse al régimen, lejos de criticar sus políticas sociales y económicas, las aplauden, y prometen exactamente lo mismo que el chavismo, solo que dicen que “ellos si lo harán bien”.

A lo que se refieren es al modelo fracasado de “repartición de riquezas”. Los partidos que hoy encarnan a través de Juan Guaidó la presidencia interina, que el próximo 5 de enero puede pasar a convertirse en una dictadura interina al irrespetar los acuerdos de gobernabilidad de la Asamblea firmados en 2016, tienen como única “propuesta” para sacar adelante a Venezuela, mantener el petróleo estatizado y seguir otorgando dádivas y subsidios a los venezolanos. Así lo hicieron saber al anunciar que para “combatir” las cajas CLAP del chavismo, les entregarán a los venezolanos tarjetas prepagadas para que “compren lo que quieren”, lo cual hace muy evidente por qué tras 20 años el chavismo sigue en el poder.

La estupidez colectiva propiciada por la clase política no ha permitido que la renta venezolana se diversifique. Hoy Venezuela es un país enteramente dependiente del petróleo, y el resto de riquezas de la nación han sido sistemáticamente obviadas.

El campo venezolano ha sido destruido por el aparato socialista. En el Estado Táchira se producía la mayor cantidad de vegetales en el país (Foto: Emmanuel Rincón).

Lo cierto es que un Estado eficiente que deje atrás el modelo de subsidios y sepa apuntalar la empresa privada otorgando los beneficios necesarios al emprendedor y al capitalista, puede sacar a Venezuela adelante, y convertirla de nuevo en uno de los países más ricos del mundo, incluso hasta cerrando todos los pozos petroleros del país. Sí, los venezolanos nos podríamos dar el lujo de cerrar todos los campos petroleros y aun así alcanzaríamos niveles de prosperidad elevados si cambiamos de sistema político y económico.

El país necesita urgentemente de reformas de fondo, corregir todas las fallas de origen, y no solo sustituir franelas rojas por franelas naranja. Solo en un mundo muy maniqueo se puede concebir que este cambio de franelas podría generar un verdadero cambio.

En ese sentido, lo primero que debe asegurarse en Venezuela es la seguridad jurídica en el país. Ninguna reforma tributaria, laboral, política o económica surtirá efecto si en primer lugar no se asegura a los inversionistas que el país volverá a ser un lugar serio y legítimo para hacer negocios, es decir, si no se recupera la confianza del inversionista.

Siguiendo este objetivo, el discurso populista y socialista no es un buen incentivo para meter el dinero al sistema económico venezolano. Para esto, evidentemente se deben hacer las reformas tributarias y económicas necesarias. Además, el discurso político y los lobistas deben acompañar esta agenda de recuperación económica, afirmando y demostrando con acciones que no se implementarán subsidios distorsionadores de mercado, que no se regularán precios y que no habrá un proteccionismo económico que devalúe las proyecciones empresariales. Unas reformas que nos ubiquen en la parte más baja de recaudación de impuestos en la región podría incentivar el cambio de eje de operaciones de grandes empresas a Venezuela, atrayendo grandes capitales y abriendo cientos de miles de nuevos puestos de trabajo para iniciar la recuperación del país y derrotar la tasa de desempleo más elevada del mundo.

Venezuela, Potencia mundial
El aeropuerto Internacional Simón Bolívar decorado con el arte cinético del fallecido ilustre venezolano, Carlos Cruz-Diez (Foto: Wikipedia)

Venezuela también cuenta con condiciones sumamente favorables para todo imperio empresarial. La privilegiada ubicación geográfica es uno de los más importantes, pues cuenta con una larga costa al Mar Caribe, está a menos de cuatro horas en avión a Estados Unidos, y a ocho horas de Europa, razones que lo convierten en un lugar estratégico de ensueño para la instalación de cualquier empresa que se valga de la importación y exportación.

Las reformas tributarias se deben acompañar de reformas laborales. La actual ley del trabajo en Venezuela es opresiva con el emprendedor y quien arriesga el capital. La misma blinda al empleado con recursos que pueden facultarlo de desobedecer infinitamente las órdenes de sus superiores una vez contratado de manera fija, e imposibilita el reemplazo de empleados deficientes o el despido de estos, a pesar de cometer faltas graves. Esto propició una caída vertiginosa no solo de la productividad en las empresas, sino también en el número de los puestos de trabajo, pues con estas leyes opresoras el inversionista no tiene incentivos para expandir su negocio; por lo que esto en vez de convertirse en una “defensa” al empleado, se convirtió en un sacrilegio, pues lo privó de obtener un empleo. No en vano, en la actualidad Venezuela cuenta con un 47,2 % de tasa de desempleo, la más alta del mundo, y una tasa salarial completamente destrozada (dos a seis dólares fue el sueldo mínimo oficial de Venezuela en promedio durante el 2019).

Eliminar las restricciones arancelarias, generar acuerdos de libre mercado con los principales socios de Venezuela, permitir el flujo de capitales, poner en práctica favores tributarios como los realizados por Colombia en la economía naranja y reacondicionar el sistema jurídico y financiero para atraer capitales, es el paso inicial para configurar una nación prospera. Además, es urgente comprender que Venezuela tiene mucho más recursos extremadamente valiosos, más allá del petróleo.

El Salto Ángel es la caída de agua más grande del mundo, con casi un kilómetro de altura. (Foto: Emmanuel Rincón)

El turismo debería ser el nuevo oro venezolano, generar planes turísticos y realizar una asertiva campaña en el mundo para visitar Venezuela. Deberá ser uno de los enfoques primordiales del cambio no solo de imagen del país, sino del cambio político, sistemático y económico. Desde el gobierno se pueden impulsar campañas para realizar algo único en el mundo: visitar desierto, selva, nieve y volcán debe ser la consigna principal. Un plan turístico con alianzas de diversos sectores de servicio privados: transporte, hospedaje y comida para visitar, por ejemplo, Los Roques, Mérida, Médanos de Coro y Canaima, en dos semanas. Abaratando precios con alianzas, pueden propiciar un flujo bastante elevado de ingresos de divisas, que a su vez se distribuye a los venezolanos a través del flujo de la economía.

Por ejemplo, Tucacas debería ser un punto central del reacomodo de la industria del turismo. Es menester desarrollar un aeropuerto en Tucacas y reacondicionar el pueblo playero con centros comerciales, centros de recreación, plazas, parques, casinos, hoteles de las principales cadenas hoteleras, y una fuerte inversión en los muelles y sistema de transporte marítimo para el atractivo turístico. Tucacas tiene todo el potencial y además el espacio para ser un destino más codiciado que Punta Cana, Cancún o Cartagena, y su olvido sistemático solo se explica desde la ineficiencia del socialismo y los gobernantes de las últimas décadas, quienes solo han pretendido tomar el poder para apoderarse del petróleo y financiar misiones populistas.

Tucacas es un paraíso turístico poco conocido en el mundo y completamente olvidado por los gobiernos venezolanos. (Foto: Emmanuel Rincón).

Urge no solo reacomodar el Estado venezolano, sino empequeñecerlo, librarlo de responsabilidades y a la vez de recursos y herramientas para manipular y pisotear a la ciudadanía. Las empresas estatales deben privatizarse, incluyendo a Pdvsa, no solo para recobrar su funcionalidad y operatividad, sino para evitar que vuelvan a instaurarse nuevas tiranías en el país gracias al chantaje y el populismo derivado del gasto público.

Practicando un cambio radical del discurso populista, afianzando las modificaciones urgentes del sistema tributario y laboral, además de apuntando a la diversificación de la economía para abrir paso a las empresas de innovación, haciendo del turismo un eje primordial, acompañado de la recuperación del campo, se podría recuperar la economía venezolana en tiempo record, incluso, sin la necesidad del petróleo.

Ahora, evidentemente el petróleo está allí y sencillamente no lo vamos a sepultar, entonces ¿qué hacer con él? Privatizar, se debe privatizar. El petróleo es de los negocios más rentables del mundo y debería ser la única industria del país en imponer una tasa tributaria elevada por otorgar el beneficio de extracción y procesamiento; así, sin que el Estado tenga la necesidad de ser el dueño de las empresas que le trabajen, puede recibir un importe elevado de ingresos para el mantenimiento del Estado y el financiamiento de las políticas públicas de turno.

A los venezolanos les quiero insistir: sí es posible cambiar a Venezuela, sí es posible tener no solo un mejor país, sino convertirnos en una potencia mundial con todas las letras. Pero para ello es menester cambiarlo todo, acabar de raíz con el sistema socialista iniciado hace 60 años y que el chavismo agravó; acabar con las dádivas, el populismo, los subsidios y toda la manipulación del Estado a través de recursos públicos. Necesitamos y podemos cambiar, pero necesitamos del aporte, la concientización y el trabajo de todos.

¿Se asomó la brisa bolivariana? por Adolfo P. Salgueiro – El Nacional – 12 de Octubre 2019

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Una constatación bastante obvia es aquella que revela que los ciclos de la historia política tienen carácter pendular y que los cambios en la dirección del péndulo se producen en intervalos cada vez más breves. Tal fenómeno se está comenzando a constatar en la realidad latinoamericana donde, después de casi una década de predominio, los movimientos políticos relativamente moderados de centro derecha, derecha o centro izquierda –todos esencialmente democráticos– están siendo puestos a prueba por fuerzas que responden a parcialidades fundamentalmente izquierdistas, comunistas, populistas   castrochavistas, Foro de Sao Paulo, etc., poco comprometidos con el respeto al juego democrático y que, muchas veces, valiéndose de la democracia logran atentar contra ella habiendo infiltrado  sus instituciones.
También hay movimientos de derecha que haciendo uso de las mismas herramientas originadas en la democracia buscan idéntico fin de preponderancia generalmente alejados de la práctica de ella (Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Vox, etc.). En casi todos los casos la percepción de fracaso de las gestiones de gobiernos desgastados suele ser lo que impulsa al enojo del votante, la reacción y el retorno del péndulo.
Unas veces el relevo se produce según las reglas acordadas y otras se lleva a cabo con ruptura de las mismas. Algo de eso es lo que está ocurriendo en nuestro continente latinoamericano sumido en estas últimas semanas en una vorágine de inestabilidad que ha provocado insólitos comentarios como el del capitán Cabello, quien –con el cinismo que le caracteriza– ha afirmado que pareciera haber “renacido una nueva brisa bolivariana en el continente”.
La inestabilidad presente en las zonas fronterizas colombo-venezolanas, en las que la usurpación que aún despacha desde Miraflores ofrece sin rubor alguno su apoyo a los grupos terroristas infiltrados en nuestro territorio, siembra temor, desestabilización y la alta posibilidad de que un incidente (verdadero o falso) genere la chispa que encienda la mecha de una confrontación internacional armada de alto vuelo entre pueblos hermanos. No es una especulación teórica, sino una realidad palpable diariamente en Táchira, Zulia, Amazonas, Bolívar, Apure, etc.
Los eventos que sacuden a Ecuador ilustran claramente la necesidad impostergable de sincerar una economía que no puede soportar más el desangramiento que producen los subsidios a los combustibles, pero también demuestra que intentarlo desata reacciones –entendibles sí– que se explotan arropándose en el populismo más descarado. Así mismo pasó con el Caracazo de 1989 y pasa hoy en Quito y otras ciudades ecuatorianas donde –de paso– se comenta la presencia de infiltrados venezolanos que , una vez detenidos, revelan su militancia chavista y su condición de agentes pagados para desatar la violencia.
Pocos reconocen que si se solicita un megapréstamo a una institución financiera internacional, resulta razonable que esta aspire a supervisar su utilización. Igual ocurre cuando un banco nos financia la hipoteca de nuestra casa y nos sujeta a limitaciones que le aseguren la recuperación de su préstamo. Si existe alguna otra manera sería bueno que quien tenga la receta la comparta ahorita mismo.
Afortunadamente en Ecuador la represión ha sido moderada, llevada a cabo por fuerzas del orden –no por militares– y sin que se haya agotado la posibilidad del diálogo que ya ha empezado a aflorar. Pensar que los próceres de la “revolución bolivariana” tienen la sinvergüenzura de “condenar los excesos policiales” luce como una muestra de deshonestidad discursiva repugnante aunque no sorpresiva.
En Perú es difícil opinar si la decisión del presidente Vizcarra de disolver el Congreso se ajusta a la Constitución o no. El hecho de que la medida sea apoyada por 90% de la población no la convierte necesariamente en constitucional toda vez que los congresistas –bandidos o no– han sido elegidos por el pueblo en comicios tan transparentes como fueron los que invistieron a Kuzcinsky en la presidencia y a Vizcarra como vicepresidente de la república. Por lo menos en este caso constatamos la fortaleza de las instituciones que han podido aguantar varios golpes fuertes sin haber colapsado.
En Argentina parece ya cantado que el populismo kirchnerista regresará a la Casa Rosada propinando un severo castigo a un Macri que –bien o mal–  tuvo que tomar medidas para reparar lo que el kirchnerismo le dejó como herencia. La consecuencia será el regreso de medidas populistas para que a la vuelta de otros cuatro años haya que intentar volver a reparar el daño.
En Uruguay –el mismo 27 de octubre como en Argentina– hay la posibilidad de que el Frente Amplio de la izquierda gobernante no pueda conseguir reelegirse en la primera vuelta. De ser así es bien posible que la coalición entre el Partido Nacional y el Colorado pueda desalojar a quienes han venido inicialmente coqueteando con el chavismo-madurismo y últimamente se han cuadrado con él sin rubor alguno.
En Bolivia el 20 de este mismo mes de octubre se decidirá si Evo gana en primera vuelta o no. De no ganar existe una esperanza de que las alianzas que se puedan tejer alrededor de Carlos Mesa para la segunda vuelta puedan desalojarlo del poder que ha ejercido ya por tres mandatos, hablando muchas estupideces en materia política pero cometiendo pocas en materia de conducción económica.
De este ajedrez que hemos resumido, los venezolanos tenemos mucho que ganar o que perder. Si ganan los kirchneristas en Argentina , Evo en Bolivia o el Frente Amplio en Uruguay o si tumban a Lenín Moreno en Ecuador, la situación de Venezuela en el Grupo de Lima (con México ya perdido hace un año), o en la OEA donde la representación de Guaidó se apoya en una inestable mayoría, o las decisiones dentro del TIAR, bien pueden complicar el apoyo internacional regional que hasta ahora es elemento determinante para mantener la esperanza del cese de la usurpación.
Como consecuencia de lo anterior, es evidente que Guaidó tiene que apurar al máximo la velocidad para lograr las tres metas que se ha propuesto (cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres) antes de que cambien para peor las circunstancias exógenas. Para que eso sea posible, quienes comparten, condicionan y limitan la acción del presidente (E) precisan empujar todos en la misma dirección y con la vista puesta en el futuro de la patria y no en el interés inmediato de sus toldas. La cortesía con mis lectores me sugiere destilar optimismo, la razón me hace ser escéptico.

Luis Zambrano Sequín: “El Estado venezolano está condenado a ser pobre” por Hugo Prieto – ProDaVinci –

Luis Zambrano Sequín: “El Estado venezolano está condenado a ser pobre”

La primera pregunta abrió el espacio para que Luis Zambrano Sequín, profesor de Economía de la Universidad Católica Andrés Bello y de la Universidad Central de Venezuela e Individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, trazara un recorrido, necesario y obligado, por el devenir de una sociedad que por más de 100 años ha vivido del petróleo. Hubo crecimiento sostenido y posibilidades, aunque no siempre bajo un régimen político democrático. La estatización del petróleo y el cambio estructural que produjo en la administración política, además de la falta de una cultura ciudadana se combinaron para abrirle las puertas a un falso discurso que ha desembocado en el desastre que vivimos actualmente.

El petróleo, a pesar de su abundancia en el subsuelo, no ofrece los recursos necesarios para apuntalar el crecimiento. El país, de acuerdo a Zambrano Sequín, va a tener que entregar la renta petrolera a inversionistas privados que estén dispuestos a arriesgar recursos, entre otras cosas, porque no hay instituciones ni estabilidad política. Ese es el precio que hay que pagar por darle alas al populismo del señor Hugo Chávez.

La economía venezolana es como esos televisores que repentinamente se quedan en blanco, sin señal. Es sólo eso: Un parpadeo incesante. No hay una continuidad y las investigaciones de economistas como Héctor Malavé Mata, Ricardo Hausmann o Asdrúbal Baptista, por mencionar a unos pocos, son cosa del pasado. ¿Estamos viviendo la peor crisis económica en la historia de Venezuela?

Haciendo un poco de historia diría que durante la época colonial la economía de lo que entonces era Venezuela tuvo una estabilidad generada por el dominio de imperio español, que además duró siglos. Posteriormente, Venezuela se enfrentó al cisma de la Independencia, inducida por la invasión napoleónica a buena parte de Europa, incluida España. Ese cisma produjo un caos político profundo que generó una crisis severa en lo que fue la sociedad venezolana. Es el intento de construir un Estado nacional sobre algo prácticamente inexistente y en medio de una diatriba sobre el modelo político a seguir. En eso se nos fue el siglo XIX que termina, como se ha dicho tantas veces, con la muerte de Juan Vicente Gómez, pero también con la conversión de una pobre economía agrícola en una importante economía petrolera. Ese hecho tuvo un impacto tremendo en Venezuela, desde la integración política y territorial, hasta la creación de un país urbano. Consolidar ese país, que fue de la mano con la madurez de la industria, nos lleva a la primera mitad del siglo XX y luego a algo más de dos décadas de estabilidad, de crecimiento sostenido, y a gobiernos que ciertamente no eran del todo democráticos.

¿Cuál sería el carácter de la economía venezolana durante la segunda mitad del siglo XX?

Surgió un país nuevo, basado en la industria petrolera, cuyos ingresos impactaron las finanzas públicas, con un sector privado que funcionaba con bastante autonomía que aportaba al fisco, al Estado. Un Estado que no tenía mayor injerencia en la actividad económica en general, que se dedicó a crear infraestructura, equipamiento, pero lo que no tuvimos, justamente, fue un liderazgo político que acompañara todo ese proceso con instituciones sólidas.

Uno podría asociar la democracia al ciclo de vida de Rómulo Betancourt. Se echaron las bases, pero el edificio estaba por construirse. Había más sueños que realidad y el liderazgo que tomó el testigo parece que no tenía un plan para llegar a la meta ¿Pedirle a Betancourt que dejara como legado una sociedad como la de los países nórdicos no es acaso un exabrupto? Es cierto, faltó liderazgo político, ¿Pero qué más faltó?

Faltó un liderazgo político, en el sentido de la construcción de ciertos aspectos de la sociedad, que estamos pagando y vamos a pagar muy caro. Probablemente no se hizo un esfuerzo más consistente en la educación ciudadana. Allí hay un déficit muy importante y eso va de la mano con la creación de instituciones. Me refiero a instituciones sólidas que pudieran dirimir los conflictos sociales de una manera más eficiente. Pero quizás no hubo el tiempo suficiente para crear esas cosas. Otro factor, que produjo un cambio importante en la economía venezolana, es la estatización del petróleo. Se empoderó el Estado de una manera muy significativa. Se generaron una serie de incentivos en el mundo de la política, en el mundo de la gerencia pública, que trajo como consecuencia que desde el Estado se empezaran a introducir una serie de rasgos que inhibieron, considerablemente, el desarrollo del sector privado. Digamos, como un sector realmente empresarial.

Ese desequilibrio no es propiamente un factor atribuible a las variables económicas —al empleo, al gasto público, al ahorro, por ejemplo— sino a una particularidad, a una especificidad muy de la economía petrolera venezolana. ¿Usted cree que ese ingrediente, por llamarlo de alguna manera, fue el que desencadenó esta crisis?

El hecho de que el Estado pasara a asumir la propiedad y la gerencia del sector que había sido la causa fundamental de la modernización y la construcción de la Venezuela post agrícola, implicó un cambio que tiene que ver con el devenir posterior.

¿Qué tiene más de negativo que positivo?

Sí, pero no por el hecho de que estas riquezas pasaran a manos del Estado, sino básicamente por la manera, por la forma, en que se gerenció ese Estado. Es decir, el hecho de que esas riquezas pasaran a ser administradas por venezolanos no es por definición una condena en el futuro. Pero ciertamente, hubo un cambio estructural con la imposición de controles, y la injerencia del Estado en la vida económica tienen mucho que ver con lo que estamos viviendo.

Es cierto, por fin se cumple la profecía de Betancourt en “Venezuela Política y Petróleo”: El Estado venezolano pasa a ser el gran actor de la política petrolera. Pero allí está el germen del cambio estructural que menciona, allí está el germen de los controles y las intervenciones. ¿No hubo una profundización de ese factor al aprobarse la Constitución del 99, la más presidencialista, la más estatista de América Latina?

La doctrina de Betancourt tampoco es que se desarrolla desde la nada, hay un contexto internacional, un contexto ideológico y político determinado, donde la aspiración de la dirigencia política venezolana, que se genera después de la muerte de Gómez, es justamente el deseo de independizarse, de controlar los recursos de la nación, reducir la relevancia de las empresas petroleras internacionales. Allí hay elementos de todo este discurso antiimperialista y muy nacionalista. ¿Qué ocurre? Que el Estado, ahora todopoderoso, pasa a regular todos los aspectos de la vida económica, a hacer del sector privado un sector rentista, un apéndice del Estado, buscador de protección, muy distante de lo que es el concepto de un empresariado innovador que además arriesga.

Sí ya el sector privado, de alguna manera, estaba inserto en la economía mundial y actuaba con autonomía o independencia del Estado, ¿cómo fue que se entregó sin disparar un tiro?

Así como teníamos una dirigencia política… bueno, también teníamos una dirigencia empresarial probablemente pobre, que miraba más sus negocios que los intereses del país, que miraba más el corto plazo que el largo plazo. Y aún más, la renta petrolera era de tal magnitud que tener acceso a ella se convirtió en el negocio más rentable del país. Sí tenías que invertir en una nueva maquinaria, en una nueva tecnología versus invertir en un ministro, en un senador o en un diputado que pudiera pasar una regulación, un subsidio que te favoreciera, pues invertir en un funcionario ofrecía una rentabilidad, estrictamente hablando, mucho más alta que arriesgarte con un nuevo proyecto.

En medio de la crisis financiera del año 94, el gobierno anunciaba la intervención de un banco y se desataba el pánico, el público corría a retirar su dinero en las agencias bancarias. Ahora se anuncia una medida similar y no pasa nada. Las pocas señales de vida están en el sector público, en lo que haga o no haga el Estado, lo demás no cuenta. Hasta allá ha llegado el poder del Estado.

La injerencia del Estado en la vida económica del país no es un fenómeno del chavismo, eso viene de mucho antes. Tiene muchísimo que ver y se profundizó con este cambio estructural que produce la estatización del petróleo, digo estatización porque hay que ser precisos en eso. Esa estatización no sólo tiene que ver a lo interno, sino que va acompañada de cambios en lo internacional. Es decir, una vez que se produce la ola de estatizaciones a escala mundial, conocemos el shock de los precios del petróleo —el embargo petrolero árabe de 1973— que cuadriplicó los precios del barril y eso trajo como consecuencia una recesión en la economía mundial que duró casi una década. Casi todos los países petroleros se endeudaron, si no todos, porque fueron mucho más allá de los recursos que obtenían por la venta del petróleo. Venezuela terminó en una profundísima crisis debido a que no pudo digerir bien la renta petrolera.

¿Usted no cree que el año 83, el viernes negro, para ser más preciso, fue una oportunidad para darle un vuelco a esa situación?

La crisis del 83 no sólo es consecuencia de la estatización sino de todo lo que afectó el mercado petrolero mundial. Obviamente, eso afectó al Estado y afectó al país y prácticamente va a paralizar la economía interna. Allí hubo una posibilidad cierta de acabar con esa crisis.

De acabar con esa noción del Estado mágico. ¿Está de acuerdo?

Quizás si hubiese habido más claridad sobre lo que implicó la estatización y la necesidad de corregir un conjunto de errores que eran ya visibles se pudo diversificar la economía venezolana. La administración de la crisis fue muy ineficiente.

No solamente deficiente, diría que vergonzosa. El Estado venezolano, bajo el gobierno de Jaime Lusinchi, fue el único en América Latina en reconocer la deuda externa privada.

Exactamente, pero lo que quiero decir es que esa crisis va a tener efectos que se van a prolongar a lo largo del tiempo, porque resquebraja las expectativas que había en el país. Incluso la actitud de muchos empresarios. Se produjo una fuga de capitales de la cual no nos vamos a recuperar jamás. Ni siquiera en el reciente boom petrolero, por todas las razones atribuibles al chavismo y también de índole política. La crisis financiera de los 90 es hija de esa crisis. El sistema financiero venezolano acompañó el boom petrolero y se sobredimensionó ciertamente. En lugar de aplicar una política que corrigiera ese sobredimensionamiento de manera progresiva a la nueva realidad del país, que era muy diferente, no se hizo lo necesario y al final explotó la crisis financiera de la forma más cruda.

Venezuela surfeó la ola en los picos más elevados del precio del petróleo. La estrategia fue correr la arruga y nos anclamos en esa noción del Estado mágico, del Estado que todo lo puede. ¿Cómo fue que en medio de la crisis del año 98 no se hizo nada?

La crisis, insisto, fue la consecuencia de un boom petrolero extraordinario y no lograste administrar el ajuste que significó la caída del precio del barril. Además, tenías una deuda externa tremendamente alta. ¿Qué vas a tener? Problemas de inestabilidad que, en algunos momentos, se va a mostrar con mucha más crudeza que en otros, en una economía absolutamente incapaz de retomar el crecimiento.

Los economistas dicen que la economía avisa primero y luego viene la crisis política.

Normalmente tienes un rezago entre el momento en que estalla la crisis y cómo luego esa crisis se va expresando en términos de empleo, en términos de ingresos, incluso, en términos institucionales y políticos. El caso venezolano es clarísimo. El boom petrolero, sobre todo el primero, produjo que los venezolanos se dotaran de activos. Del rancho de cartón pasó al rancho de bloques. Pudo tener un televisor, una nevera, un carro. Estalla la crisis, pero tú todavía tienes esos activos. Porque el televisor, por ejemplo, no se echa a perder de la noche a la mañana. El salario cayó pero no tuve que reponer el televisor. ¿Pero qué ocurre a la vuelta de tres o cuatro años? Que el televisor se dañó y ahora no tengo cómo reponerlo. Me quedé sin televisor. Entonces las crisis, sobre todo las crisis sociales, se producen con un rezago.

Llega el año 98, el ascenso de Chávez y otro nuevo boom petrolero. El Estado, gracias a la Constitución del 99, la más presidencialista y estatista, termina por asfixiar la economía del país.

¿Pero Chávez que significa? Chávez es el populismo llevado a uno de sus extremos en un escenario ideal marcado por una sociedad que se ha estancado, que no ha crecido, porque tiene problemas distributivos, problemas de empleo crónicos, una economía que no es capaz de reaccionar y una falta evidente de hacer políticas económicas. Ahí es donde el populismo que representa Chávez tiene la probabilidad de hacer metástasis y llegar al poder, con un discurso montado sobre falsas promesas, sobre un falso diagnóstico que, para cualquiera que tuviera un mínimo de educación ciudadana, resultaba obvio que era imposible de cumplir.

Era obvio, pero eso fue lo que ocurrió.

Yo creo que esa es la expresión más clara de una sociedad que no tenía una ciudadanía con la suficiente educación política, como para entender las graves implicaciones de ese discurso y unas instituciones extremadamente débiles que no pudieron ni contrarrestarlo ni evitar la toma del poder. Para establecer un parangón, el populismo hoy en el mundo está resurgiendo como consecuencia de una crisis de la civilización occidental, crisis que está muy relacionada, entre otras cosas, con la globalización, la cuarta revolución tecnológica y la inteligencia artificial, que están afectando enormemente las estructuras sociales, el mercado de trabajo y la vida cotidiana en general. Lo de Venezuela fue un preanuncio, pero por razones muy diferentes. ¿Cómo se defienden las sociedades occidentales, si es que se defienden? Mediante las instituciones. En Inglaterra, por ejemplo, el señor Boris Jhonson cierra el parlamento y hay un tribunal que le dice: Usted está equivocado. El señor Trump enfrenta la amenaza de un impeachment.

En el papel, Venezuela tiene unos activos. Un aparato productivo, unas fábricas industriales paralizadas, pero esos activos están obsoletos y a lo mejor es mejor que no los tuviera. La economía venezolana está en el piso.

El populismo de Chávez consiguió la manera de afianzarse y desarrollarse. ¿Qué hace el chavismo? No solamente controla fácilmente todas las instituciones sino que además potencia en extremo la intervención en la economía, con la finalidad de consolidarse en el poder. Y lo hace por dos razones: O bien para anular cualquier amenaza que pudiera poner en peligro ese poder, o bien para someterla a su voluntad. Y esa es, básicamente, la estrategia de Chávez con relación al mundo empresarial venezolano.

Si esa era la intención, el resultado está a la vista. Este es un país en ruinas. ¿Qué se puede reconstruir en medio de este desastre?

En buena medida, creo, que no se trata de una reconstrucción sino de una construcción.

¿Qué se puede construir entendiendo que la continuidad del actual modelo está garantizada?

El modelo chavista se levantó sobre la base de una renta petrolera muy elevada, cuyo nivel mínimo requerido fue creciendo en la medida en que se destruía la capacidad interna de producir. Y eso ocurrió no sólo en el sector privado sino también en el sector público. Se fue deteriorando el equipamiento, la infraestructura, las empresas del Estado colapsaron, casi desde cualquier punto de vista y, por supuesto, la inversión privada en equipos y capacidad de producción mermó muy rápidamente por décadas. Es decir, la industria que tenemos o que teníamos, ciertamente es obsoleta por falta de inversión, que sólo podía mantenerse con subsidios, energía y mano de obra barata y créditos prácticamente gratis. Es la única forma de mantenerse, porque si no has invertido allí, ¿cómo te haces competitivo? Todo eso se podía mantener por vía de subsidios generalizados que llegaban por todas las vías posibles. Y, además, con un mercado cautivo que, en buena medida, lo representaba el propio Estado. Es decir, si con esa industria y con ese empresariado es que pensamos retomar el crecimiento sostenido, ciertamente no vamos a llegar muy lejos.

¿Bajo este régimen no le ve ninguna posibilidad a la economía venezolana?

Ninguna. Bajo el régimen chavista la economía funcionó y sigue funcionando, sólo si tiene una sustentación financiera importante, básicamente fundamentada en el petróleo.

Vamos a utilizar la imagen del enfermo terminal. La familia se reúne y dice. Hay que desconectarlo, porque de esta no sale. ¿Eso es lo que está planteado aquí?

La economía chavista, repito, cada vez más sustentada sobre una renta petrolera mínima, ya no es posible, entre otras cosas, porque el mercado petrolero mundial cambió y de forma radical y eso lo vamos a seguir viendo de forma progresiva. Ya no nos ayuda. Pero, además, nuestra capacidad de producir petróleo se ha reducido en forma dramática. Hoy está, y con dudas, en un millón de barriles diarios. Llegar a las cifras que teníamos en 2012, que ya eran cifras mermadas, cuesta muchísimo dinero, que el petróleo ya no ofrece. Eso sólo es posible, en el mejor de los casos, si cambias radicalmente el escenario donde se está moviendo la sociedad y la economía venezolana.

La gente pudiera sospechar que el señor Maduro no quiere sacar los dólares a la calle, que hay que aguantar hasta que se produzca un nuevo boom petrolero. Pero a nadie le importa la verdad y decir que esto ya no es posible. Pudiera ser como en Japón, como en Corea, después de la II Guerra Mundial, cuando la gente trabajaba a cambio de un plato de comida. ¿Hemos llegado a ese punto?

Obviamente, el nivel del salario real en Venezuela está muy por debajo de cualquier salario que se pudiera obtener en ocupaciones equivalentes, no sólo en América Latina sino en cualquier parte del mundo. Ya hay publicaciones que señalan que el salario en Venezuela está por debajo de países que se consideran miserables. ¿Cómo se puede recuperar el salario y llegar a niveles socialmente aceptables? Para poder seguir produciendo petróleo se necesitan cifras impresionantes. ¿Cómo se va a hacer eso, si el Estado no tiene ni la capacidad ni los ingresos para hacerlo? La única manera de hacerlo es con inversión privada extranjera. Pero nadie va a invertir aquí sin pedir una rentabilidad alta, entre otras cosas, porque este es un país inestable que tiene una gran cantidad de defectos, de desequilibrios. A mayor riesgo, mayor rentabilidad. Así es como funcionan todos los negocios. ¿Eso qué significa? Que el Estado va a tener que entregar la renta petrolera al inversionista para que pueda producir.

¿De qué vamos a vivir?

Ahí es donde interviene el tema del salario. El país necesita invertir no sólo en petróleo, sino en servicios, en energía, en acueductos, en vialidad, en comunicaciones, hay que reconstruir el sistema de salud y restablecer las redes educativas. Eso cuesta dinero. Los venezolanos no pensábamos en esas cosas, porque se creía que había un Estado para hacerlo. Pero ya eso no va hacer así. El Estado venezolano está condenado a ser un Estado pobre y a vivir de los impuestos a la renta y al valor agregado, la renta petrolera se va a minimizar. No hay otra manera, si queremos recuperar la industria petrolera. Pareciera que no tenemos otra opción porque es lo único que tenemos a la mano.

¿Todo eso pasa por el cambio político?

Bueno, ¿Por qué? Si yo quiero inversión extranjera, si el Estado no puede jugar el papel que jugaba antes y ahora tengo que contar con un sector privado que debe asumir los espacios que antes ocupaba el Estado para que esta sociedad pueda funcionar, pues obviamente, yo tengo que cambiar todo, prácticamente, en materia regulatoria, este país tiene que cambiar sus instituciones y todo eso pasa por un cambio en la administración política.

Empezar desde cero pudiera tener su atractivo. ¿Podemos sacar algo positivo de todo esto?

 Yo creo que Venezuela tiene un reto. Es un país que sigue teniendo recursos. Afortunadamente, el petróleo pudiera jugar un papel importante en las próximas dos décadas en el mercado energético mundial. No es mucho, pero es una opción. Hemos perdido recursos humanos importantes y en la medida que alarguemos este proceso, donde no se ve ningún cambio, cada día se pierden más recursos humanos, no porque se fueron, sino porque se enraízan en los países donde migraron.

La gente cree que el cambio es de una cara conocida por otra, de una clase política por otra… no caballero, el cambio es de otra naturaleza, de otro carácter y de una magnitud diferente.

Hay que crear instituciones y para poder aspirar a salarios socialmente aceptables tienes que tener un país creciendo en forma sostenida, con un empresariado fuerte y capaz, con estabilidad política y algo que ofrecerle al capital internacional porque vamos a depender más que nunca de eso para poder recuperar el aparato productivo.

No estaba muerta, estaba de parranda por Fernando Luis Egaña – El Nacional – 7 de Septiembre 2019

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La izquierda autoritaria y populista, en sus diversos matices, que tanto mal ha hecho en América Latina, y en especial durante el siglo XXI, pareció perder la mayor parte de su fuerza política y gubernativa, en años recientes, y no pocos creyeron, con pasmosa ingenuidad, que se trataba de una tendencia irreversible. Pues no. No fue así. La victoria presidencial de López Obrador en México, y todavía fresco: el repunte de la señora Kirchner en Argentina, lo ponen en evidencia.
Cierto que la satrapía de Maduro es una de las más impresentables del mundo. Y cierto que no se le queda muy atrás el sandinismo dinástico de Nicaragua, la cuasi-monarquía boliviana y ese arcaísmo histórico que se llama «revolución cubana». Todas estas, hegemonías de la izquierda borbónica –la que no aprende ni olvida– y que tanto daño inflige en nuestra región. No obstante, para no incurrir en el error de las generalizaciones crasas, es preciso distinguir que, por ejemplo, no es lo mismo la política económica de Evo Morales que el colectivismo de Raúl Castro. Pero las semejanzas superan las diferencias específicas.
La llegada de Macri a la Casa Rosada, de Bolsonaro a Planalto, de Duque a la Casa de Nariño, y el regreso de Piñera a La Moneda, parecían indicar que un tiempo llegaba para quedarse. Un tiempo de cambio democrático, con liberalización económica, y articulado por criterios alejados de la izquierda atrasada y corrupta. Eso pudo haberse consolidado, pero el desempeño de Macri ha sido mediocre, para decirlo con levedad, y Bolsonaro es capaz de reponer a Lula en el poder. La milenial Camila Vallejo, propiamente comunista, no deja de acosar al gobernante chileno, y Petro estrecha las opciones de Duque.
Total, que hay un contrarreflujo, para utilizar términos de la praxis marxista, en el que los que perdieron sus privilegios gubernativos, por haber abusado de ellos de manera escandalosa y haber sumido a sus países en crisis de variable intensidad, ahora estarían por regresar a sus antiguos fueros, pero con la misma retórica vengativa y, en muchos casos, ultrosa, que no pronostica nada bueno para América Latina.
Los regímenes tecnocráticos, tan favorecidos por un sector aguerrido de la opinión pública, puede que sean eficaces en algunos aspectos, pero suelen ser calamitosos en la conducción y proyección política. No es que no hagan falta tecnócratas en los gobiernos serios. Si hacen falta. Es más, son indispensables, pero ellos y ellas no deben ser los encargados de dirigir el rumbo político de un período gubernamental, ni mucho menos de la nación en general. Al menos en parte, lo referido contribuye a comprender los vientos de cambio que soplan para mal entre nosotros.
En Washington se han desentendido del sur del hemisferio, con la obvia excepción de México y el caso de las sanciones a la hegemonía que aún impera en Venezuela, y muchos de sus más notorios personeros. La Casa Blanca de Trump no es precisamente «latinoamericanista», y sus pleitos políticos y comerciales con potencias mundiales le terminan de consumir el tiempo que, por otro lado, no estaba muy deseoso de dedicar a fortalecer los vínculos de cooperación e intercambio con los países de América Latina.
Una demostración de esa no tan disimulada indiferencia es la permanencia del comunismo cubano, incluso vigorizado por la administración Obama. Los gringos se han equivocado mucho con nosotros y se siguen equivocando. Y nosotros también, porque oscilamos desde la percepción de un fatalismo patológico hasta la exaltación más demagógica y embustera que se pueda concebir. En esos extremos no están los caminos que debemos recorrer para salir adelante. Caminos de modernidad, justicia social y libertad.
La izquierda autoritaria y populista no estaba muerta, estaba de parranda. Hay que enfrentarla con todos los medios legítimos. Es un derecho y un deber.

“Lo único que mantiene a los militares leales a Maduro es que todos están involucrados en el narcotráfico” por José Porretti – Infobae – 21 de Julio 2019

 En una entrevista exclusiva con Infobae, Fukuyama explica por qué las “políticas de identidad” se han convertido en un problema para las democracias liberales y qué significa esta ola de populismo nacionalista para América Latina

Hace 30 años, Francis Fukuyama se convirtió en uno de los politólogos más reconocidos del mundo cuando publicó un artículo y después un libro en el que argumentaba, en base a una particular interpretación de la dialéctica hegeliana y apenas finalizada la Guerra Fría, que la combinación de la democracia liberal con el libre mercado sería el mejor y último sistema de organización política humana.

El fascismo y el comunismo, decía Fukuyama, habían sido superados y el único sistema político que podría perdurar sería el de las democracias liberales con principios capitalistas. El fin de la historia y el último hombre, publicado en 1992, dio vueltas por el mundo y lo volvió una celebridad académica casi de la noche a la mañana.

Hoy, Fukuyama se desempeña como director del Centro para la Democracia, Desarrollo y el Estado de Derecho en la Universidad de Stanford, una institución que se enfoca en los desafíos que enfrentan las democracias liberales y promueve el desarrollo sustentable. En su nuevo libro, Identidad: La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, el académico describe con preocupación la reciente ola de populismo de ultraderecha en Europa y Estados Unidos y argumenta que el declive de las instituciones democráticas ha facilitado el auge de una serie de líderes políticos cuyo nacionalismo económico y tendencias autoritarias amenazan con desestabilizar el orden internacional.

Francis Fukuyama es profesor en la Universidad de Stanford.(Anabella Reggiani)

Francis Fukuyama es profesor en la Universidad de Stanford.(Anabella Reggiani)

En una entrevista exclusiva con Infobae, Fukuyama explica por qué la identidad política se ha convertido en un problema para las democracias liberales y qué significa esta ola de populismo nacionalista para América Latina.

Usted ha publicado recientemente un libro, Identidad: La demanda por la dignidad y la política del resentimiento. Allí, argumenta que el deseo o la necesidad de reconocimiento de grupos de la izquierda y la derecha del espectro político es una amenaza para las democracias liberales. ¿Podría explicar un poco por qué esto es así?

—Creo que en el siglo XX, la mayor parte de la política se centró en temas económicos, y la diferencia entre una izquierda y una derecha se definió ideológicamente en cuestiones como la redistribución del ingreso o la libertad individual o ese tipo de cosas. Pero en los últimos años, cada vez más con el auge del populismo global, se recuperaron las políticas de identidad, lo que significa que las personas se alinean de acuerdo con características fijas, como el grupo étnico en el que nacieron.

Creo que, por razones obvias, esto es muy problemático desde el punto de vista de la democracia porque se puede discutir sobre cosas como la redistribución o las tasas de impuestos, pero es muy difícil discutir sobre cosas que están fijas, por ejemplo, discutir sobre etnicidad y raza o ese tipo de cosas. Creo que esto es incompatible con el liberalismo básico, que se fundamenta en el principio de igualdad humana y que las personas son iguales ante la ley, porque si comienzas a definir a las personas en términos étnicos, obviamente estás excluyendo a ciertos grupos e incluyendo a otros.

Su último trabajo analiza la política de identidad como algo que forma parte de los “thymos” humanos. ¿Puede explicar este concepto y por qué es importante en un sentido político?

—Existe una palabra griega llamada thymos, la cual se traduce a menudo como “espíritu” o “orgullo espiritual”, y es básicamente una sensación de que las personas tienen un valor interno y que ese valor debe ser conocido y reconocido por otras personas. Un sentido de la dignidad. Y creo que es un concepto muy político porque la dignidad requiere reconocimiento público y muchas veces la forma en que puedes hacerlo es dentro de la política.

Gran parte de nuestra política gira en torno a una dignidad y creo que esto tiene sus raíces en grupos marginados en los Estados Unidos. Comenzó con los afroamericanos durante el movimiento de derechos civiles, con las mujeres durante la primeras olas de feminismo, y con otros grupos como ciudadanos discapacitados y comunidades indígenas en muchos países. Todos estos grupos sintieron que su dignidad no estaba siendo reconocida adecuadamente, que no estaban siendo tratados como seres humanos iguales a otros ciudadanos en sus países.

Por eso creo que gran parte de nuestra política en realidad gira en torno a temas simbólicos como las estatuas y las palabras que la gente dice, que son referencias a la dignidad o la falta de ella.

Foto tomada durante la caída del Muro de Berlin en 1989.

Foto tomada durante la caída del Muro de Berlin en 1989.

El artículo que escribió en 1989, “¿El fin de la historia?“, llegó en un momento crucial, justo cuando la Guerra Fría había terminado o estaba por terminar. Ahora, 30 años después, el mundo parece estar en otro punto crucial. ¿Es por eso que decidió escribir Identidad?    

—Sí, creo que hemos visto una regresión en la democracia. Hubo un período de cuarenta años desde principios de la década de 1970 hasta aproximadamente mediados de los 2000 en los cuales el número de democracias se expandió dramáticamente de aproximadamente 35 a más de 100, pero en los últimos diez o quince años, hemos visto al mundo retrocediendo.

Hay países que han dejado de ser democracias y creo que, lo que es más preocupante, en democracias bien establecidas como Gran Bretaña o los Estados Unidos, se ha visto el surgimiento de movimientos y políticos populistas que aceptan la parte democrática de la democracia liberal, pero no aceptan la parte liberal de ella. No aceptan la idea de que el poder debe ser restringido, que la ley debe tratar a las personas por igual, y que debería haber controles y balances para la autoridad ejecutiva, y creo que ese es el problema que estamos enfrentando en muchos países democráticos.

El último libro de Francis Fukuyama, “Identidad: La demanda por dignidad y las políticas de resentimiento”, publicado en español por Deusto.

El último libro de Francis Fukuyama, “Identidad: La demanda por dignidad y las políticas de resentimiento”, publicado en español por Deusto.

A raíz de este auge populista nacionalista, que, como usted dice, desafía los principios centrales de lo que son las democracias liberales, ¿diría que el orden mundial liberal está llegando a su fin?

—Es muy prematuro decir eso. Este es un problema que ocurre en ciertos países específicos, pero también es algo que podría corregirse fácilmente. Por ejemplo, si Donald Trump es derrotado el próximo año en las elecciones presidenciales estadounidenses, creo que en realidad será una gran victoria para los principios liberales. Entonces, tendremos que esperar y ver.

¿Cree que las “política de identidad” están jugando un papel importante en América Latina?

—Bueno, está jugando un papel en ciertos países. Por ejemplo, en Bolivia, bajo Evo Morales, la nueva constitución reconoce los derechos de la comunidad indígena y sus idiomas están de una manera integrada en el sistema educativo. Pero en general, el populismo en América Latina es de un tipo mucho más tradicional de izquierda. Se basa en distinciones de clase porque hay niveles muy altos de desigualdad en prácticamente todos los países de América Latina.

Los gobiernos populistas, como los Kirchner en su país o AMLO en México hoy, son realmente atractivos para esa base de personas pobres. Se convierte en política de identidad en ciertos aspectos porque en muchos países —no tanto en Argentina, sino en Perú, Bolivia o Ecuador— existe una fuerte superposición entre la etnicidad y la pobreza. Entonces, cuando se habla de pobreza en esos países, realmente se habla de personas que a menudo son indígenas y tienen un color de piel diferente al de las élites. Yo diría que la retórica en la mayor parte de América Latina sigue siendo una especie de populismo tradicional de izquierda en lugar de una apelación a la raza y la etnicidad.

Jair Bolsonaro asumió como presidente de Brasil a principios del este año. (REUTERS/Adriano Machado/archivo)

Jair Bolsonaro asumió como presidente de Brasil a principios del este año. (REUTERS/Adriano Machado/archivo)

¿Entonces cómo clasificaría al presidente Jair Bolsonaro de Brasil?

—Bolsonaro es un fenómeno extraño desde mi punto de vista porque ha estado haciendo muchos comentarios racistas e incendiarios, denigrando específicamente a personas de raza negra. Esto me parece muy extraño en ese país, ya que la mayoría de las personas son negras o mestizas, porque de alguna manera, esto no dañó su popularidad entre muchas personas “no blancas” en Brasil y él ganó por un margen bastante impresionante. Ya lo mencioné, pero diría que él sabe que está jugando en ese tema de la raza y que también utiliza muchos tropos populistas sobre élites arraigadas que son corruptas y, ya sabes, desafortunadamente en Brasil, eso es correcto.

Usted habló sobre el populismo en América Latina y se menciona a Juan Perón en sus obras, y acaba de mencionar los Kirchner. ¿Cree que ellos utilizan este concepto de thymos para obtener votos o fueron afectados por él?

—Absolutamente. Ellos tenían varias características populistas y una era esta apelación carismática: representaban a los pobres, las personas que no estaban siendo representadas por las élites existentes, y sólo ellos tenían la capacidad de ver lo que las personas pobres querían y empujar una agenda que pueda satisfacer las necesidades de la gente, en lugar de las necesidades de la élite. Definitivamente hubo una buena parte de esa apelación a la dignidad de quienes sentían que no se los veía o se sentían no reconocidas en la sociedad argentina.

Nestor y Cristina Kirchner con la banda presidencial.

Nestor y Cristina Kirchner con la banda presidencial.

Usted dijo que el tipo de populismo de Trump o Bolsonaro era peligroso. ¿Cree que los Kirchner o Perón eran peligrosos para la democracia argentina? 

Sí, no importa si es un populismo de izquierda o de derecha. La característica de ese tipo de estilo populista es ser antiinstitucional, lo que significa que los líderes populistas dicen a la gente “Yo soy el que puede resolver sus problemas y los comprendo, pero hay cortes, hay medios de comunicación y hay todas estas instituciones que se interponen sobre mi habilidad de hacer lo que quieres que haga, por lo tanto, haré todo lo que pueda para debilitar a esas instituciones “. Creo que tanto Perón como los Kirchner hicieron eso. A Bolsonaro, creo, le gustaría hacer eso en Brasil. Pero no ha sido un político muy competente y no estoy seguro de que sepa realmente cómo desmantelar las instituciones brasileñas.

Venezuela es un ejemplo particular donde los principios de soberanía e independencia, en nombre de la dignidad nacional, se han utilizado para suprimir la democracia y dar lugar a un régimen autoritario. ¿Cuál es su opinión sobre la política de identidad allí?

Hugo Chávez nunca usó la etnicidad particularmente. No era uno de estos políticos étnicamente exclusivos, realmente era el defensor de los pobres en Venezuela, que es mucha gente, pero sin duda era anti-elite. Era carismático e hizo todo lo posible para desmantelar las instituciones venezolanas existentes. Creo que desde su muerte y el ascenso de Nicolás Maduro, el régimen se ha degenerado en una conspiración criminal. Lo único que mantiene a los militares leales a Maduro es el hecho de que todos están involucrados en el contrabando de drogas y otros tipos de actividades para enriquecerse personalmente. Les preocupa que si alguna vez caen del poder, terminarían en una cárcel en los Estados Unidos. Creo que eso es lo que hace que el régimen siga funcionando ahora mismo. Realmente no se trata de dignidad porque es un país del cual cuatro millones de personas han huido, y en el que la gente no puede obtener alimentos o medicamentos básicos. Es difícil ver dónde está la dignidad en todo esto.

Vladimir Padrino y Nicolás Maduro.  (AP)

Vladimir Padrino y Nicolás Maduro.  (AP)

Donald Trump ha estado mucho en las noticias esta semana por los tuits que hizo. La respuesta política de los demócratas fue primero amenazar con un juicio político y luego aprobar una resolución en la que califican a los comentarios que hizo sobre cuatro miembros de la Cámara de Representantes como “racistas”. ¿Cree que esta es una buena manera de luchar contra la política enfocadas en la identidad racial?

—Bueno, retrocedamos un poco. Lo que hizo Trump, en términos de buscarse pleito con estas cuatro mujeres que no son blancas, aunque expresen posiciones de izquierda a las que él podría objetar, obviamente estaba enfocando en su raza. Además les dijo que “regresaran a su lugar de origen”, a pesar de que tres de ellas nacieron en Estados Unidos. Este es un político que comenzó su carrera política varios años antes de 2016, al afirmar que Barack Obama, nuestro primer presidente afroamericano, no era realmente un estadounidense porque no nació en los Estados Unidos. Entonces, lo que sea que él diga para rechazar el racismo…. es obvio que este tipo es racista y creo que ha elegido usar este tema de manera demagógica para dividir a los Estados Unidos y aumentar su grado de polarización. Creo que, en realidad, la mayoría de los estadounidenses están realmente asombrados y consternados por esto, pero tiene un gran número de partidarios que realmente responden positivamente a esto. Es la demagogia clásica, él les dice a las personas lo que quieren escuchar para entusiasmarse, pero a costa del bienestar a largo plazo de la sociedad.

Alexandria Ocasio-Cortez y Donald Trump.

Alexandria Ocasio-Cortez y Donald Trump.

¿Cuál diría usted que es una buena manera de luchar contra este tipo de demagogia y este tipo de retórica?

—Es una pregunta táctica. La forma en que luchas contra el populismo es ganando elecciones. Eso es lo que conviene y entonces la pregunta es cuál es la mejor manera de ganar una elección. Creo que en los Estados Unidos, esto es un tema complicado porque los demócratas tienen la opción de moverse hacia la izquierda o quedarse en el centro. Es una cuestión de principios, pero también es una cuestión de tácticas, ya que hay que considerar cuáles son los diferentes grupos demográficos que se van a sentir atraídos por una política más centrista, y aquellos que se sentirán atraídos por una más izquierdista, y esa es realmente la división dentro del partido ahora mismo. Me temo que las palabras de Trump esta semana fueron diseñadas para exacerbar esa división dentro del Partido Demócrata, para crear simpatía por las personas en el ala izquierda del partido, que moverían el partido en su conjunto hacia la izquierda y él cree que esa es la mejor manera de ser reelecto.

La tesis que presenta en El fin de la historia y el último hombre es que las democracias liberales con una economía de libre mercado finalmente predominarán y superarán estos otros tipos de regímenes. ¿El reciente retroceso en las democracias liberales, tanto de derecha como de izquierda, ha cambiado su opinión sobre esta tesis?

Manifestantes portan banderas y pancartas nacionales durante una protesta para exigir la renuncia del Presidente Abdelaziz Bouteflika, en Argelia, 29 de marzo de 2019. (Reuters)

Manifestantes portan banderas y pancartas nacionales durante una protesta para exigir la renuncia del Presidente Abdelaziz Bouteflika, en Argelia, 29 de marzo de 2019. (Reuters)

Bueno, nunca argumenté que este iba a ser un proceso lineal, si no que siempre sería un proceso progresivo. En el siglo XX, vimos grandes complicaciones con el auge del fascismo y el comunismo. Pero, al final, la democracia prevaleció y creo que también prevalecerá en este caso, a pesar de las amenazas que han existido. Hay que recordar que una gran mayoría de los países del mundo siguen siendo democracias e incluso los que son autoritarios, al menos pretender ser democráticos. Putin en Rusia siente que tiene que llamar a elecciones como una forma de legitimarse a sí mismo, así que hay algo sobre el principio de democracia que realmente parece ser válido para muchas personas en el mundo. Usted ha visto en Armenia, en Argelia, en Sudán, en Etiopía, en Nicaragua y en muchos países diferentes el hecho de que el deseo de vivir en una sociedad más libre no está muerto. Siguen siendo personas que salen a las calles a protestar, así que creo que es importante no ser demasiado pesimista sobre el futuro de la democracia en el presente.

Liberalismo del día después por Ibsen Martínez – El País – 4 de Junio 2019

El único legado de Hugo Chávez, antonomasia del populismo, es el fementido, catastrófico y asesino “Estado comunal” de Nicolás Maduro

Nicolas Maduro, en Caracas en mayo pasado.
Nicolas Maduro, en Caracas en mayo pasado. REUTERS

La idea de que, tarde o temprano, el fracaso del socialismo del siglo XXI hará resplandecer —por oposición, casi forzosamente— la alternativa liberal como programa futuro para lo que se ha dado en llamar “la Venezuela del día después”, tal vez no sea una inoportuna extravagancia.

Sostienen que la trágica cauda de muerte y desolación que ha empujado a millones a preferir dejar el país, la omnipresencia y la magnitud sideral de la corrupción, la pasmosa ineptitud de un Gobierno incapaz de brindar y sostener servicios públicos de ninguna especie, la violencia criminal de un Estado fallido y la cínica tiranía de unos pocos no habrá hecho sino acercar al público elector a una plataforma partidaria del freedom of choice, la libre competencia y el Estado pequeño.

Mi comentario respecto a esta proposición es que soñar es barato y, además, tal como afirmó el filósofo de Brooklyn, Mario Puzo, los tontos mueren. Tal vez me equivoque, como en tantas otras ocasiones. Mi escepticismo se funda en el perfecto idiota latinoamericano que, hace ya más de 20 años, perfilaron Carlos Alberto Montaner, Álvaro Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza como comprensiva sátira al aparentemente insumergible amasijo de ideas y supercherías que hoy más que nunca da sustento a nuestros populismos.

Tengo para mí que, dolorosamente, el perfecto idiota latinoamericano no es solo un brillante constructo descriptivo, un ingenioso y provocador recurso de argumentación. Mirando hacia atrás, se comprende ahora que el perfecto idiota latinoamericano —el libro— prefiguró cabalmente a los electores chavistas, trabalhistas, kirchneristas, correístas y, últimamente, morenistas que han dado una vez más espaldarazo al proteico, insumergible populismo de nuestra América durante el último cuarto de siglo.

El perfecto idiota latinoamericano —el sujeto populista— no solo existe en la vida real, sino que tiene una terca carnadura y ganarlo para una disposición liberal es quizá el cometido más escarpado y noble que, actualmente pueda asumir un político en nuestra América. El retorno kirchnerista que se cierne sobre Argentina es prueba de ello.

Por otra parte, y al mismo tiempo, es justo hacer notar que Venezuela ostenta un extraño récord en la historia de las ideas en Latinoamérica: en mi país han aparecido, de tiempo en tiempo y a contrapelo de lo que esperaría la sabiduría convencional, figuras intelectuales como Carlos Rangel, cuyo libro Del buen salvaje al buen revolucionario, publicado en 1976 en medio de la orgía de gasto público y omnipotencia del petroestado que caracterizó la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez, pudo parecer entonces una práctica de vuelo en solitario.

El libro de Rangel se lee ahora como una pionera y desapasionada inspección de las extraviadas relaciones entre el individuo y el Estado en nuestra región, desde el Descubrimiento hasta nuestros días. Es también muchas otras cosas, me apresuro a decir, pero lo que hoy quiero destacar es el acento que Rangel puso en la necesidad de superar exitosamente, y no solo en el terreno de las ideas, el déficit que suponen las supersticiones del estatismo latinoamericano.

Nadie puede vaticinar, a fecha cierta, cuándo finalizará la pesadilla venezolana ni avizorar siquiera si en un futuro cercano mis compatriotas podrán elegir libremente a sus gobernantes. Pero, con todo y la parsimonia con que desde enero pasado han comenzado a moverse las cosas, hay señales en el cielo.

Aunque la desengañada sabiduría del tiempo indique que el perfecto idiota latinoamericano, como el Espartaco de Howard Fast, regresa siempre y siempre son millones, no luce prematuro comenzar a airear un programa que logre infundir en el perfecto idiota venezolano la noción de que no son Maduro y su panda de narcogenerales quienes han arruinado el legado de Chávez, sino que el único legado de Chávez, antonomasia del populismo, es el fementido, catastrófico y asesino “Estado comunal” de Nicolás Maduro.

«El pueblo soy yo»: así fue el descenso a los infiernos de Venezuela por culpa de Hugo Chávez por Alicia G.Arribas – ABC – 7 de Octubre 2018

El cineasta e historiador Carlos Oteyza analiza en su nueva película cómo logró el líder venezolano hacer que cambiase el país.

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El cineasta e historiador Carlos Oteyza ha quitado el velo de mentira que se esfuerza por mantener el gobierno venezonalo en torno a la imagen de Hugo Chávez. Pero no lo ha hecho a través de los cauces habituales, sino mediante una nueva cinta que será estrenada por fin en las salas españolas y en la que lleva a cabo una disección de cómo y por qué este controvertido personaje es el responsable del «hoy venezolano». Se trata de «El pueblo soy yo», un documental cuyo subtítulo: «Venezuela en populismo»,

Formado en París, Oteyza lleva cuarenta años analizando la vida de su país, Venezuela, donde nació, vive y trabaja, tanto con cine de ficción, con cintas como «El Escándalo» (1987), sobre un caso real de corrupción y espionaje dentro de la industria petrolera nacional, como en una serie de documentales de la que hoy presenta su penúltimo capítulo.

De hecho, explica el director, habría que empezar a contar la historia en los años 80.

«Entonces había tanto dinero que pensamos que saldríamos del tercer mundo y entraríamos en el primero; esos dinerales, que vuelven locos a los futbolistas -pone como ejemplo- también enloquecen a un país porque sus gentes se creen que son ricos. Y solo fue que tuvimos dinero y lo gastamos, no lo invertimos».

Apoyado en testimonios de intelectuales e investigadores «de posición crítica pero que no vierten en la película», aclara Oteyza, -de Enrique Krauze a Loris Zanatta, pasando por el biógrafo de Chávez Alberto Barrera Tyszka, o la escritora Ana Rosa Torres- Oteyza no quiere «dar soluciones», ni siquiera analizar políticamente su situación actual.

«Es un toque de atención, una provocación a una mirada reflexiva que ayude a entender el proceso que nos ha llevado a esta tragedia que vive Venezuela», apunta.

Y alerta de que «cualquier democracia que sufra una crisis económica grave puede devenir en populismo»; hoy, afirma tajante, «el populismo está aquí, en Europa, no sólo en América Latina, acechando. Y esto no cambiará hasta que no aceptemos que hay una crisis de las democracias».

Las nuevas realidades, explica, impactan en la gente que «empieza a no sentirse representada y así surgen los líderes carismáticos que saben hablar bien en la tele; en Venezuela -resume-, las consecuencias han sido aterradoras».

La diáspora, el desabastecimiento, los sueldos de treinta dólares al mes de las clases medias, el inmovilismo político de Nicolás Maduro, la intervención de los medios de comunicación y la desintegración de las instituciones: esas son las consecuencias del populismo.

Autor de la trilogía «El reventón. Una historia del petróleo en Venezuela (1883-1999)», documental en tres partes que se remonta al descubrimiento del petróleo en 1883, Oteyza ya hizo cine sobre los gobiernos del dictador Marcos Pérez Jiménez y de las dos presidencias de Carlos Andrés Pérez (1974-1979 y 1989-1993).

Ahora explica en cinco partes las condiciones que permitieron que un golpista saliera de la cárcel para ser presidente de la república; su enamoramiento con el castrismo, cómo se deshizo de las instituciones, o el tremendo desengaño de la gente.

Capítulo aparte merece la intervención en este proceso de «algunos españoles que estuvieron en Venezuela cuando el barril del petróleo estaba a 100-110 dólares. Eso duró algunos años, pero esos asesores se volvieron para España sin pensar que esos precios del petróleo no durarían siempre, y todo se vino abajo», explica Oteyza.

«Cuando uno ve el país hoy, ve que aquello fue espuma, una burbuja que se escapó; era un momento ideal para dar discursos bonitos. Aquellos españoles pensaron que estaban modelando una nueva forma de gobernar en el siglo XXI», dice en referencia a algunos dirigentes de Podemos, entre ellos, Juan Carlos Monedero, al que no nombra.

«Pero el precio del petróleo bajó, las empresas tomadas dejaron de producir y se volteó la tortilla. Lo que parecía un modelo se convirtió en un dolor. Es importante que en España tengan esto claro”, advierte, porque “estos líderes tratan siempre de convencer de que todo el problema se basa en la corrupción y eso es una manera de tomar luego la constitucionalidad», como pasó en Venezuela, dice.

El documental se estrena el viernes 11 de octubre en las salas españolas.

 

Venezuela: del culto al líder al colapso total de un régimen por Alberto Rojas – El Mundo – 7 de Octubre 2018

Hugo Chávez, en una foto de archivo. Kimberly WhiteMUNDO

¿Cómo hemos llegado a esto? Esa es una de las preguntas que flota en el ambiente de la sala en la que acaba de proyectarse El pueblo soy yo. Venezuela en populismo, del director Carlos Oteyza. El filme documental, gestado en los últimos dos años, repasa, explica y contextualiza toda la trayectoria del chavismo, desde el fallido golpe de Hugo Chávez en 1992 hasta el actual colapso económico de un moribundo régimen bolivariano en manos de Nicolás Maduro.

El retrato que realiza, basado en datos y trufado con un coro de voces de historiadores, economistas y analistas políticos resulta tan demoledor como las imágenes devastadoras de la población venezolana rebuscando comida en la basura con el sector petrolero hundido, las empresas secuestradas, las tiendas vacías y la gente huyendo del país.

La distancia que va del país que más crecía en Latinoamérica al más pobre, más violento y con índices récord de inflación de la actualidad son 19 años y una idea: el populismo. El documental, que se estrena el próximo jueves 11 en cines, analiza cómo Hugo Chaves usó las herramientas populistas para auparse al poder, filtrarse en todas las capas del país y hacer del Estado una prolongación más de su idolatrada figura.

Son armas conocidas: la forja del líder carismático, la división de la sociedad en nosotros, el pueblo y ellos, el enemigo, ofrecer soluciones simples para problemas complejos, tumbar la ley y reformarla para adecuarla al nuevo orden, arrinconar y perseguir a la oposición, acosar a los medios y obligarles a publicar todo aquello que interesa al chavismo con la excusa patriótica, crear un enemigo externo (“el imperio yanki”) y culparle de conspirar contra el Estado mientras inventas colaboradores internos de ese enemigo (opositores), conseguir el culto religioso del pueblo con un reparto de la riqueza basado en la catarata de dinero que llegaba del petróleo en su momento de precios altos y una expropiación masiva de grandes empresas para nacionalizar pérdidas pero privatizar beneficios. Por último, mimetizarse con el propio Estado hasta que el Estado es la proyección de uno mismo. Y todo, en nombre del pueblo.

El historiador y cineasta Carlos Oteyza, nieto del gran periodista español Luis de Oteyza, espera que “el público vea el documental para comprobar el crimen que el Gobierno de Venezuela está cometiendo contra sus propios ciudadanos”. La película presenta imágenes violentas de protestas tomadas en condiciones de gran riesgo, igual que los vídeos del interior de los hospitales o las morgues, prohibidos por el régimen y grabados con cámara oculta. “Cuando comenzamos a rodar en 2015 aún era posible hacer esto. Hoy hubiera sido mucho más peligroso, porque la represión de Maduro se endureció mucho a partir de las grandes manifestaciones de 2016, en las que hubo muchos muertos”, cuenta Carlos Oteyza.

Uno de los asuntos centrales del documental es el uso y abuso del petróleo por parte del chavismo, que marca diferencias con populismos anteriores (el peronismo o el castrismo) y actuales (Cinco estrellas, Liga, Ukip, Frente Nacional, Alternativa para Alemania…). Hugo Chávez tomó el poder de Petróleos de Venezuela, expulsó a 23.000 trabajadores y la puso en manos de trabajadores afines pero incompetentes.

Mientras los precios del crudo estuvieron altos, Chávez usó ese enorme caudal de dinero para poner en marcha necesarios programas sociales, que llevaron la alfabetización, la lucha contra la pobreza y las consultas médicas gratuitas a los barrios más desfavorecidos, pero sin control económico y a un enorme coste: “No se reinvirtió ningún beneficio en la industria, por eso llegó un momento en el que sacar barriles de crudo era cada vez más caro y más difícil”. Luego, en cuanto bajó el precio del petróleo en los mercados, el choque con la realidad fue terrible. “Venezuela ha vivido un drama que merece conocerse”, dice Oteyza.

En sus tiempos de esplendor, Chávez se antodenominó descendiente y continuador de Simón Bolívar, hijo predilecto de Fidel Castro y hasta le cambió el nombre al país de República de Venezuela a República Bolivariana de Venezuela, como hicieron los jemeres rojos con Camboya (rebautizada como Kampuchea democrática). Pero el país que acaba legándole a Nicolás Maduro ya está quebrado, con el tejido industrial petrolero destruido, las cosechas sin plantar y el ejército comiendo de su mano y participando en el tráfico ilegal de gasolina.

Enrique Krauze, escritor y productor del documental, asegura que no pierde la esperanza con Venezuela “porque si la perdemos le cerramos la puerta al azar, pero es cierto que cambiar la situación es difícil. En Cuba se atrincheraron y ahí siguen“.

Cómo nació el último libro del mexicano Enrique Krauze sobre el populismo por Leticia Núñez – ALnavío – 3 de Octubre 2018

Dice el historiador mexicano, uno de los pensadores latinoamericanos más influyentes, que al escribir ‘El pueblo soy yo’ tenía el deseo de que no se hablara de Hugo Chávez ni de Fidel Castro. Que su objetivo era presentar el tema del poder absoluto en América Latina con un centro histórico, filosófico y literario. En su opinión, el origen del populismo está “en un extraño instinto de reverencia al caudillo”.
Además del libro, el director venezolano Carlos Oteyza ha realizado un documental sobre 'El pueblo soy yo' / Foto: Cedida

Además del libro, el director venezolano Carlos Oteyza ha realizado un documental sobre ‘El pueblo soy yo’ / Foto: Cedida

Quédense con un nombre: Richard Morse. Un estadounidense enamorado de América Latina. Un académico nada común. Más bien un pensador a la manera de Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset. Morse es también la fuente de inspiración del escritor e historiador mexicano Enrique Krauze en su último libro, El pueblo soy yo (Editorial Debate)que presentó este martes en Madrid.

Ya lo dijo el propio Krauze en la Casa de América. “Es un libro cuyo centro no es la política actual”. Y todo a pesar de que trata sobre la amenaza del populismo en América Latina. Y todo a pesar de que habla sobre los peligros de la acumulación del poder en una sola persona. Y todo a pesar de que incluye capítulos de máxima actualidad. Ahí está uno titulado “La destrucción de Venezuela”, otro “México, en la antesala del populismo” y uno más llamado “El narcisismo de Podemos”.

Pero Krauze no quiso que en el acto se hablara de Hugo Chávez, ni de Fidel Castro. Tampoco de Andrés Manuel López Obrador, y mucho menos de Donald Trump.

Krauze defiende que el centro del libro “es histórico, filosófico y literario” / Flickr: Casa de América

Porque Krauze defiende que el centro del libro “es histórico, filosófico y literario”. Exactamente lo que hacía Morse en sus análisis, cuya vida “transcurrió en el centro de un triángulo trazado por la literatura, la filosofía y la historia”, como reza el primer capítulo de El pueblo soy yo.

Su último libro nace como una colección de ensayos al más puro estilo de Morse: a caballo entre la política, la filosofía, la literatura y la historia. Nace desde esa óptica. Todo con América Latina como eje central.

“Incluí ensayos de tipo político, pero tenía la ilusión de que al hacer este libro ese no fuese el centro de la discusión. Que no se hablara de Chávez ni de Castro. Al publicar este libro tuve el deseo de presentar el tema del poder absoluto en América Latina bajo la óptica de la historia o de ciertas historias que me tocaron vivir y que me tocaron en el sentido emotivo”, explicó el autor de Redentores. Ideas y poder en América LatinaSiglo de caudillos y Biografía del poder, entre otros muchos.

“Al publicar este libro tuve el deseo de presentar el tema del poder absoluto en América Latina”

Precisamente una de esas historias que a Krauze le tocó vivir fue la amistad con Morse. Con el Morse al que descubrió leyendo en la revista Plural, que dirigía Octavio Paz, un ensayo del historiador estadounidense titulado La herencia de Nueva España.

En aquel artículo Morse equiparó por primera vez la categoría weberiana del “Estado patrimonialista” tradicional al Estado “tomista” español que dominó por 300 años sus reinos de ultramar. Esto “fue un hallazgo notable” para Krauze, como él mismo dijo.

Años después, Morse le invitó a desayunar. Fue en un restaurante Vips. Nada de lujos. El desayuno se alargó cinco horas. “Quedé deslumbrado con la clave de lo que él llamaba premisas culturas en la vida política de Iberoamérica. Es una especie de intrahistoria”.

“Un hechizado de Iberoamérica”

De aquel encuentro surgió una buena amistad. Tanto que hoy este libro “en el fondo es la historia de una amistad, que nació con una lectura de Morse en la revista de Octavio Paz”, como reconoció el propio Krauze en Casa de América.

“El pueblo soy yo” trata sobre la amenaza del populismo en América Latina / Flickr: Casa de América

Morse le presentó la historia milenaria, el subsuelo cultural de una América Latina que visitó en los años 40. Desde Cuba a Venezuela, pasando por Argentina y México. En Chile conoció al ministro de Salud. “Se llamaba Salvador Allende”, recordó Krauze. En México entrevistó a Pablo Neruda. Antes, en 1934, recorrió Ecuador a lomo de mula. Morse se enamoró de la cantante y bailarina haitiana Emerante de Pradines, bisnieta de los fundadores de Haití. Terminaron casándose “cuatro o cinco minutos después” -bromeó Krauze-, se trasladaron a Puerto Rico y tuvieron dos hijos.

En definitiva, “Morse se volvió un hechizado de Iberoamérica, pero un hechizado que nunca perdió la lucidez para mirar con distancia su propio hechizo”.

Una distancia que también establece Krauze en El pueblo soy yo. Según el autor, sigue la anatomía cultural de Morse, pero no lo hace para copiarla, “ni para seguirla totalmente, sino para tomar lo válido y tomar distancia para decir que existe un margen de libertad”.

“¿Por qué los hombres tienen miedo a la libertad y la delegan a un hombre poderoso?”

Entonces, ¿qué es El pueblo soy yo? El autor responde: “Este libro es un pequeño viaje histórico, un testimonio personal, una acumulación de lo visto, oído, leído, conversado y aprendido sobre el poder personal absoluto. Y es también una argumentación crítica contra quienes, en nuestro tiempo, sienten encarnar cuatro palabras que juntas deberían ser impronunciables: el pueblo soy yo”.

Además del libro, esta semana también se estrenará en Madrid un documental con el título El pueblo soy yo, Venezuela en populismo, dirigido por el venezolano Carlos Oteyza y producido por Krauze. Según explica Oteyza al diario ALnavío, el proyecto cuajó sencillamente porque “un venezolano y un mexicano entendieron la importancia del sujeto que se estaba tratando”.

En la página de Facebook del documental explican que la película “describe los hábiles mecanismos del poder autoritario en el gobierno iniciado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro”. Dicen también que el largometraje desentraña la aparición del líder carismático y cómo “valiéndose de los altos precios petroleros se abre camino para apoderarse de las instituciones, polarizar a la sociedad, silenciar los medios de comunicación y desarticular el aparato productivo”. Todo, recalcan, en nombre del pueblo.

El origen del populismo, un instinto humano

Antes de pasar por Casa de América, el escritor mexicano concedió una entrevista a Radio Nacional de España. Allí atribuyó el origen del populismo a un instinto humano: “Creo que el origen está en un extraño instinto de reverencia al caudillo. ¿En qué reside eso? No lo sé. Quizá la nostalgia de un dios perdido, nostalgia del padre. ¿Por qué los hombres tienen miedo a la libertad y la delegan, la confían a un hombre poderoso? Esa pregunta queda en el aire, pero creo que es la fuente del populismo”, dijo.

Finalmente, lamentó que el ser humano tropieza con la misma piedra varias veces. “La mayor perplejidad del siglo XXI es que no aprendimos la lección del siglo XX. Después de Lenin, Mao, Hitler, Perón, Castro, Chávez… no aprendimos la lección de no concentrar el poder a ese grado pese a un saldo de millones de muertos, guerras, hambrunas y opresión”.

El Pueblo Soy Yo – pelicula documental

2447.pngEl que alguna vez fue el país con mayor crecimiento económico del mundo es ahora un referente de colapso y miseria. El Pueblo Soy Yo: Venezuela en Populismo es una película documental que plantea desmontar los hábiles mecanismos del poder autoritario en el gobierno iniciado por Hugo Chávez y continuado por Nicolás Maduro. La película desentraña la aparición del líder carismático en un momento de crisis, y cómo este, valiéndose de los altos precios petroleros, se abre camino para apoderarse de las instituciones, polarizar a la sociedad, silenciar los medios de comunicación y desarticular el aparato productivo. Todo esto, por supuesto, en nombre del pueblo. En un mundo cada vez menos transparente, donde el atajo del populismo acecha para poner en peligro las democracias, El Pueblo Soy Yo: Venezuela en Populismo nos impone preguntarnos si alguna sociedad, por más estable que sea, puede considerarse eximida de una irrupción populista y sus consecuencias.

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