elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Pobreza

Nos borraron el alma por José Antonio Gil Yepes – El Universal – 16 de Julio 2020

download-2.jpgEn días pasados me preguntaron sobre dos puntos aparentemente diferentes, pero cuyas respuestas convergen. Primero me plantearon en una entrevista por televisión si yo preveía que la gente protestara o, al menos, que fuesen a votar en masa en contra del gobierno para expresar la rabia que le produce la mala situación del país. Mi respuesta instantánea fue: “¿Cuál rabia? Ojalá la gente tuviese rabia, ira o tan siquiera voluntad, y reaccionara. La gente está entregada a resolver su propio problema para simplemente tratar de sobrevivir”.

Esta postración se origina en una estrategia de Chávez que comenzó por polarizarnos para que nos enfrentáramos unos a otros, y caímos en esa trampa. Además, Chávez mantuvo una generación constante de confrontaciones con diversos sectores; pleitos que iba rotando sin resolverlos; y, a veces, hasta retrocedía en alguna confrontación para empezar otra y luego regresar contra el mismo sector. Lo mismo sucedió con los problemas cotidianos, como falta de agua, de electricidad, desempleo, caída del salario real, transporte, inseguridad, educación y deterioro de la salud: Dejaba que los conflictos y los problemas cotidianos nos abrumaran para dejarnos exhaustos y confundidos, hasta que llegamos a no saber hacia dónde voltear o qué problema atender. A todo lo cual se le añadieron la descalificación de las críticas y de los críticos; más el miedo que producen la amenaza o práctica de la sanción o represión. Así, quedamos simplemente sometidos y cabeza abajo, buscando la sobrevivencia y mejor si lo hacíamos dependiendo de un subsidio gubernamental. Declaraciones de personeros de los gobiernos chavistas lo han confesado:

Jorge Giordani, entoces ministro de Planificación de Hugo Chávez, en una conversación con su colega de gabinete, el general Guaicaipuro Lameda, presidente de Pdvsa. Entrevista con Carla Angola, 18-10-2012, Saladeinfo.worldpress: Lameda le plantea: “Sí es verdad que queremos acabar con la pobreza, es imprescindible que se genere riqueza y que se diseñen mecanismos adecuados para que su distribución sea justa y equitativa, y eso tampoco lo veo”. Y cuenta Lameda: “Allí Giordani me interrumpió y me dijo: Mire, General, usted todavía no ha comprendido la revolución. Se lo explico: Esta revolución se propone hacer un cambio cultural en el país, cambiarle a la gente la forma de pensar y de vivir, y esos cambios sólo se pueden hacer desde el poder. Así que lo primero es mantenerse en el poder para hacer el cambio. El piso político nos lo da la gente pobre: ellos son los que votan por nosotros, por eso el discurso de la defensa de los pobres. Así que, LOS POBRES TENDRÁN QUE SEGUIR SIENDO POBRES, LOS NECESITAMOS ASÍ, hasta que logremos hacer la transformación cultural. Luego podremos hablar de economía, de generación y de distribución de riqueza. Entretanto, hay que mantenerlos pobres y con esperanza”. Allí yo lo interrumpí –dice Lameda- y le pregunté: “Ya que usted dice ‘luego’, dígame cuánto tiempo cree usted que tomará hacer ese cambio”. La respuesta fue inmediata: “Mire, se trata de un cambio cultural y eso toma al menos tres generaciones: los adultos se resisten y se aferran al pasado; los jóvenes la viven y se acostumbran, y los niños la aprenden y la hacen suya. Toma por lo menos 30 años”. Sólo faltan nueve.

En esta misma vena, Héctor Rodríguez, entonces ministro de Educación, definió el tipo de educación que le estaban dando a los pobres: “…No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza pa’ llevarla a la clase media, pa’ que después aspiren ser escuálidos…”. Noticias al Día y a la Hora, 26-02-2014.

Ya cuando Nicolás Maduro llegó al poder eramos presa fácil para que se terminaran de cumplir esas crueles imprudencias confesadas por conspicuos oficialistas. El proceso de empobrecimiento se ha profundizado a partir del desmantelamiento de Pdvsa, elevando el encaje bancario para que no haya crédito que dinamice la economía y con una cuarentena casi absoluta ante la pandemia aplicada sin medidas para salvar la producción, las empresas y los empleos nacionales. En lo político se ha avanzado también en el desmantelamiento del alma de los venezolanos pues Chávez ganaba elecciones ganando; aunque con muchas ventajas. Ahora se intenta ganarlas con más ventajas y promoviendo la abstención.

La segunda pregunta que me hicieron recientemente fue “¿qué pueden hacer con los partidos para rescatar su conexión con la población?”. Mi respuesta fue otra pregunta: “¿Los partidos nada más”?“ No, todos los sectores, al igual que las élites, hemos perdido conexión con la población porque todos los sectores y la población misma están hundidos en sí mismos, volteando a vernos el ombligo, tratando de sobrevivir sin ningún plan que no sea llegar al próximo día o a la quincena. Puede que la desconexión o egoísmo sea mayor en unos sectores que en otros, pero esa discusión es irrelevante frente a la importancia de que estamos viviendo un proceso generalizado que se caracteriza por los siguientes rasgos.

La pérdida de la institucionalidad, de la vigencia de las reglas: Cualquier cosa vale “en la guerra” para salvarse uno mismo; tal cual, como si “salvarse uno solo” fuese posible. No lo es.

La segunda pérdida es la del civismo; es decir, que hemos perdido la vivencia y vigencia del bien común; cada vez hay menos espacio en nuestros espíritus para colaborar con el otro: El fin de la sociedad.

La tercera pérdida viene representada por una frase que me salió tan espontáneamente como si hubiese adivinado que esas dos personas me iban a hacer esas dos preguntas y yo hubiese estado elaborando la respuesta por mucho tiempo: “Es que nos borraron el alma”. Y nosotros nos la dejamos borrar porque nadie puede renunciar a su responsabilidad, aunque sea poca la que le quede. Y con ese poco que nos queda es que necesitamos comenzar a reconstruirnos como individuos responsables de sí mismos y de los demás; capaces de reclamar y de realizar nuestras propias iniciativas, obligando al Estado y a todos los sectores a ajustar sus papeles a los que les corresponden, respectivamente, en una sociedad moderna, libre, plural y democrática.

La única herramienta de lucha que tiene la población en la mano es el voto. Pero la hegemonía gobernante se encarga de crear condiciones electorales rechazadas por el pueblo para promover la abstención. Con lo cual se crea una realidad dilemática que confunde y desactiva al ser humano. Lo mismo que demostró Pavlov en sus estudios con perros sobre los reflejos condicionados: los perros respondían a un estímulo condicionado, pero, cuando se le aplicaban varios estímulos a la vez, más del 90% de los perros no reaccionaban, se quedaban echados. Menos del 10% le saltaba encima al experimentador.

La destrucción esencial: el potencial humano por  Miguel Henrique Otero  – Editorial El Nacional – 19 de Julio 2020

2019082608585583990
El pasado 14 de julio, la Organización de Países Exportadores de Petróleo informó que la producción petrolera venezolana durante el mes de junio fue de 393.000 barriles por día. Esto significa que en un mes hubo una caída vertical e insólita de 180.000 barriles. Puesto que en mayo el promedio fue de 573.000 barriles por día, hablamos de un desplome de casi 32%: una cifra desquiciada, que escapa a cualquier forma de racionalidad.

Estos pocos datos son categóricos e inequívocos. No aceptan atenuantes o excusas. Son el resultado del planificado proceso de socavamiento y perversión de Petróleos de Venezuela y de la industria petrolera en conjunto, que Hugo Chávez activó desde el día en que accedió al poder. Medida tras medida, día a día, fueron liquidando la que era una de las empresas más importantes del mundo. Se despidió, violando las leyes laborales y los más elementales derechos, a más de 20.000 trabajadores de Pdvsa, para así despejar el terreno que ocuparían corruptos, ignorantes del negocio petrolero, incompetentes y rufianes, que se han encargado de su desmantelamiento.

Se distorsionó la misión empresarial para desfigurar su institucionalidad y convertir aquello en una oficina de contrataciones y prebendas, en gestora de falsos programas sociales, en centro de compras para el Estado (con toda la secuela de corrupción que eso produjo). Se nombraron en cargos de enorme responsabilidad, en áreas fundamentales para la operación, a enchufados, amiguitas y amiguitos, militantes y otros incapaces. Se dejó de invertir en las propias operaciones petroleras, con lo cual se estaba sellando el declive de la producción de la que somos testigos. Se abandonaron por completo, en acciones de irresponsabilidad que entrañan delitos de carácter penal, las obligaciones de mantenimiento que exigen operaciones industriales de alto riesgo, en las que se utilizan líquidos y gases de alta capacidad inflamable. Y, lo que es más conocido por la opinión pública, se firmaron convenios con decenas de países para entregar el petróleo a precios irrisorios, a veces por debajo del costo de producción, para garantizar lealtades políticas y diplomáticas. Lo escribo con plena comprensión de lo que afirmo: no hay en la historia de las instituciones un caso de destrucción tan alevoso e implacablemente ejecutado.

Esta sinopsis del procedimiento de demolición, con algunas inevitables variantes, ha sido aplicado al sistema de salud y hospitalario; a las más importantes infraestructuras del país –como el Teatro Teresa Carreño, un simbólico ejemplo–; al conjunto del sistema hidroeléctrico nacional; a la desfalleciente infraestructura educativa nacional, a las universidades, a los puertos y aeropuertos, a museos, salas de conciertos y bibliotecas; a los hipódromos, a represas y embalses; a los parques nacionales, a las regiones donde está avanzando, a velocidad asesina, la devastación causada por el saqueo promovido por Maduro, que lleva el nombre de Arco Minero.

Podría continuar enumerando decenas y decenas de ámbitos y casos en los que la destrucción ha hecho de las suyas. No hay exceso en esta afirmación: nada hay en Venezuela que haya logrado preservarse, nada que permanezca intacto, nada que no presente los síntomas que anuncian su próxima ruina.

Pero llegado a este punto de este artículo, todavía no me he referido a lo primordial: al doblegamiento de las capacidades humanas, a la feroz y constante práctica de debilitamiento y sometimiento de las personas. Es duro pensarlo y escribirlo: el régimen ha actuado para reducir, aplanar, hacer inviable el potencial de la sociedad venezolana. Al rebajar y rebajar las condiciones de vida, en todos los planos donde ello sea posible, está anulando el derecho, la posibilidad de aspirar a una vida de progreso y bienestar.

¿Qué potencial tiene una sociedad en la que 80% de la población vive bajo el asedio de la pobreza extrema? ¿Qué podemos aspirar, en todos los ámbitos de la vida pública –la producción, la formación, la investigación, el ejercicio profesional, las iniciativas de solidaridad, el desenvolvimiento de la política, la organicidad de la sociedad civil– cuando alrededor de 5 millones de compatriotas, en su mayoría jóvenes, muchos de ellos profesionales y personas sólidamente formadas, han huido del país y, en un porcentaje que luce relativamente alto, han logrado establecerse en otras partes del mundo, salvando todas las dificultades que ello representa? ¿Qué clase de prospección le está reservada a Venezuela hacia las próximas dos, tres o cuatro décadas, cuando ahora mismo hay 4 millones de niños y adolescentes que tienen problemas casi insalvables para asistir a la escuela, escuelas donde a menudo no hay maestros calificados, en las que no se cumplen los objetivos curriculares, donde no hay comedores, ni mucho menos computadoras, mi materiales escolares, ni electricidad, ni agua, ni mínima salubridad, ni seguridad, ni nada que remedie este creciente cúmulo de adversidades? ¿A qué expectativas se expone una sociedad que lleva en su seno a 700.000 niños que sobreviven bajo el hostigamiento de la desnutrición crónica, o en la que 60% del total de su población no alcanza a consumir las 2.000 calorías mínimas necesarias para aspirar a una vida activa y productiva? En definitiva, ¿de qué está hecho nuestro horizonte personal, social y como nación, cuando hora tras hora se van reduciendo nuestras capacidades reales de organizarnos y actuar, carcomido nuestro país por el hambre y las carencias?

Hambre en Venezuela: los alarmantes niveles de desnutrición entre los niños venezolanos que se agravan por la pandemia – BBC News – 15 de Julio 2020

Niño venezolano frente a un plato de comida
El 30% de los niños venezolanos menores de 5 años padecen de desnutrición crónica.

La campanada de alerta volvió a sonar con fuerza en las últimas semanas.

La pandemia de coronavirus ha agravado el problema del hambre en muchos países y la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advirtió este lunes que la crisis puede agregar entre 83 y 132 millones al número de personas desnutridas en el mundo en este 2020.

Uno de los países más seriamente afectados es Venezuela, donde los niveles de nutrición de los niños menores de cinco años ya son comparables con los de los países más pobres del planeta.

Dos días después, la organización humanitaria británica Oxfam publicó una alerta sobre “el virus del hambre” en la que Venezuela figura como uno de los diez principales “puntos críticos”.

“Incluso antes de la pandemia, más de la mitad de la gente con hambre en América Latina ya estaba viviendo en Venezuela“, recordó Oxfam.

Y, según la organización humanitaria, ya hay evidencia de que un número cada vez mayor de venezolanos “está reduciendo la cantidad y calidad de la comida de su dieta”.

De hecho, Oxfam estima que para finales de año unas 12.000 personas podrían estar muriendo todos los días por hambre vinculada a la covid-19 en todo el mundo, “potencialmente más que los que morirán por la enfermedad misma”.

Y, en estos momentos, de entre en sus “puntos críticos”, solamente Yemen, República Democrática del Congo y Afganistán superan los 9,3 millones de hambrientos que la ONG británica estima hay en Venezuela.

Los 10 “puntos críticos” del hambre en el mundo
País Habitantes con hambre (millones) % de la población
Yemen 15,9 53%
República Democrática del Congo 15,6 26%
Afganistán 11,3 37%
Venezuela 9,3 33%
Países del Sahel Occidental* 9,5 5%
Etiopía 8 27%
Sudán del Sur 7 61%
Siria 6,6 36%
Sudán 5,9 14%
Haití 3,7 35%
* Incluye a Burkina Faso, Mali, Mauritania, Níger, Chad, Senegal y Nigeria. Fuente: Oxfam, ENCOVI 2019-20.

La cifra también equivale al 33% de los hogares en situación de inseguridad alimentaria severa identificados en la última actualización de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI), un aumento del 10% en comparación con los resultados del 2018.

Pero según el instrumento -con el que la de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) viene midiendo la realidad económica y social de Venezuela desde 2014-, menos de uno de cada 10 hogares del país (7%) está completamente libre de inseguridad alimentaria, una cifra que podría reducirse al 3% como resultado de la pandemia.

Hombre protesta contra el hambre en Venezuela
La dramática reducción del poder adquisitivo de los venezolanos está causando hambre.

“Crece el porcentaje de hogares en insuficiencia alimentaria moderada porque más allá de la preocupación por la falta de alimentos también hay ajustes en la disponibilidad de recursos que afectan la calidad de la dieta”, se lee en la ENCOVI.

Pobreza que crece

Para Luis Pedro España, director del Proyecto sobre Estudios de la Pobreza de la UCAB, esto es una consecuencia inevitable del crecimiento de la pobreza en un país que, según el sociólogo, ya es el más pobre toda América Latina.

La misma ENCOVI estima que nueve de cada 10 hogares venezolanos (un 96%) presenta pobreza de ingreso, mientras que la pobreza multidimensional -relacionada con indicadores como educación, estándar de vida, empleo, servicios públicos y vivienda- ya afecta a 64,8% de los hogares, un aumento del 13,8% entre 2018 y 2019.

Venezolanos abriendo unas cajas CLAP
Los bonos y cajas CLAP repartidos por el gobierno no están logrando solucionar el problema alimentario de Venezuela..

De hecho, se estima que el PIB de Venezuela se ha reducido en un 70% entre 2013 y 2019. Y a un ingreso promedio diario de US$0,72 se suma una inflación anualizada que en marzo ya era de 3.356%.

Esto, en una región en la que, según el reporte “Estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2020” publicado por la FAO este lunes, una dieta capaz de cubrir las necesidades energéticas mínimas cuesta US$1,6 diarios por persona.

El costo de una dieta saludable, por su parte, sube a US$3,98 al día por persona, muy lejos del alcance de la mayoría de los venezolanos.

La respuesta del gobierno de Venezuela

Las iniciativas gubernamentales, como la entrega de alimentos a través de los llamados Comités Locales de Abastecimiento y Producción, CLAP, parecen no ser suficientes.

El gobierno también mantiene activo su programa de Alimentación Escolar y, desde que empezó la pandemia del coronavirus -que ha cerrado hasta nuevo aviso todas las escuelas venezolanas-, ha realizado entregas de alimentos en Caracas y los estados Mérida y Portuguesa.

En una de esas entregas, el pasado junio, Akalapeizime Castro, jefe del ente público Mercal, encargado de luchar contra la inseguridad alimentaria, dijo que “en está cuarentena colectiva, el gobierno nacional asegura la alimentación a las poblaciones más vulnerables”.

Pero según Oxfam hay abundante evidencia que indica que mucha gente se ha visto obligada a eliminar la carne, los lácteos y las verduras de su dieta para remplazarlas con alimentos más baratos, como los cereales.

“La escasez de combustible, que se ha exacerbado por el bloqueo, está afectando la distribución de ayuda humanitaria e interrumpido la producción y el transporte de alimentos”, agrega la ONG.

El Ministerio de Comunicación de Venezuela no respondió a una solicitud de información de BBC Mundo.

Más desnutridos

El sociólogo Luis Pedro España concuerda en que en uno de cada cuatro hogares venezolanos “concurren la angustia por la falta de alimentos con la disminución de los recursos para cubrir la cantidad y la calidad de la dieta”.

Y los problemas de alimentación no se limitan a los hogares más pobres: el promedio global de consumo de proteínas por día está muy por debajo de los 51 gramos diarios, e incluso en el quintil más rico solamente se consumen 24,7 gramos al día.

Madre venezolana alimentando a su hija.La mayoría de los hogares venezolanos no consumen las calorías y proteínas que necesitan.

El consumo de calorías también es deficitario en los tres quintiles más pobres, y con 2.006 kilocalorías al día, el promedio nacional apenas está dentro del mínimo recomendado.

El resultado es que 166.000 niños menores de cinco años -el 8%- califican como desnutridos según el indicador peso para la edad, muy por encima del 2,3% de Perú y el 3,4% de Colombia.

Pero la cifra aumenta a 639.000 -30% del total- si se considera la desnutrición crónica evidenciada por la talla, por encima del 22% de Haití y el 21,2% de la República Democrática del Congo, y más cerca del 31,7% de Camerún y el 33% de Nigeria que del resto de América Latina, donde el país con más desnutridos crónicos sigue siendo Guatemala con 46,7%.

Y, por causa de la pandemia, la migración masiva, que durante mucho tiempo había ofrecido una válvula de escape, ya no parece ser una alternativa viable.

“Secuelas irreversibles”

Según una encuesta citada por Oxfam, un 42% de los 1,6 millones de venezolanos que han emigrado a Colombia podría haber perdido su trabajo y un cuarto carecer de recursos con los que adquirir alimentos.

“Y esto está teniendo también un impacto en Venezuela, donde dos millones de familias dependen de remesas para sobrevivir”, agrega la organización.

La situación, como destacó el rector de la UACB, el padre Francisco José Virtuoso, es desesperada.

“Clama al cielo y exige cambios”, valoró el jesuita, para quien los datos de la ENCOVI dan testimonio de “la destrucción acumulada en la calidad de vida de los últimos cinco años”.

“No podemos conformarnos con sobrevivir, con ver partir a nuestros jóvenes”, dijo.

Pero el tiempo apremia, pues como advierte la misma ENCOVI, las secuelas de largo plazo de los actuales estados nutricionales de Venezuela “pueden ser irreversibles”.

La instauración de la pobreza en Venezuela – Editorial El Nacional – 12 Julio 2020

El enorme impacto que ha producido la publicación de los resultados de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida 2019-2020 –Encovi–, realizada por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales, de la Universidad Católica Andrés Bello, tiene una muy probable explicación y es que ratifica, con los adecuados y precisos instrumentos de las ciencias sociales, lo que los venezolanos constatamos todos los días en nuestra experiencia cotidiana: que Venezuela ha perdido aquel halo o aquella imagen o aquella esperanza de país rico, para devenir en poco más de dos décadas en un país no solo empobrecido, sino cada día más y más venido a menos. Estructural y extendidamente pobre. El informe demuestra que los padecimientos no se corresponden a situaciones aisladas o coyunturales, sino que hablan de una nación entera doblegada a los múltiples padecimientos de carencias, estrecheces, dificultades y falta de perspectivas.

Somos un país pobre, que ha perdido un pedazo sustantivo de su población efectiva, 5 millones de personas que, en un cortísimo período de tiempo, han migrado –han huido– a otras naciones. Somos un país súbitamente envejecido, que liquidó una parte de su bono demográfico (que es la ventaja que consiste en que el número de personas en edad de trabajar supere al número de personas dependientes –niños y adultos mayores–). Somos un país paupérrimo, en el que aumenta la tasa de mortalidad infantil; disminuye la esperanza de vida; crece el número de las viviendas en condiciones de precariedad; en el que sube la tasa de hacinamiento; donde la inmensa mayoría de los hogares han sido sometidos a erosivos procesos de desestructuración.

Somos un país devastado y exhausto: que solo excepcionalmente tiene acceso a servicios básicos como agua, electricidad e Internet. Somos un país mísero, en el que 96% de las familias vive en condiciones de pobreza, y en el que alrededor de 4 de 5 de estas familias viven en condiciones de pobreza extrema. Somos un país en el último peldaño de la existencia, donde la inmensa mayoría pasa hambre, vive subalimentado –no se consumen las mínimas proteínas necesarias para la vida–. Somos un país desgarrado, donde la desnutrición infantil tiene la categoría de epidemia: afecta a 30% de la población, lo que autoriza a cualquier ciudadano de bien, a presumir las peores expectativas al respecto, es decir, que todas estas realidades continuarán empeorando mientras se mantenga el régimen de Maduro en el poder.

Este proceso de empobrecimiento rápido y masivo no es el producto de una desgracia sobrevenida. Es la meta de un plan con un específico propósito: erosionar a la sociedad venezolana, hacerla dependiente del uso político de la renta petrolera, debilitar su capacidad de defender la democracia y las libertades. Ya lo sabemos: no había ni programa industrial, ni ejes de desarrollo, ni modelo económico alternativo, ni genuino deseo de erradicar la pobreza.

El régimen nunca escuchó las advertencias que, en marzo de 1999, economistas y gremios empresariales comenzaron a formular con urgencia: las políticas que se anunciaban nos conducirían a la destrucción de la economía productiva, arrasarían con el empleo, provocarían realidades de hambre y enfermedad en todo el territorio. Las denuncias que se hicieron entonces tenían un legítimo fundamento; apenas se hizo con el poder en Cuba, Fidel Castro se embarcó en la tarea de destruir la economía de la isla, cuyo saldo no tardó en materializarse: un brutal empobrecimiento, del que no han podido recuperarse nunca, y que ha convertido al comunismo cubano en un poder mendigo, especializado en someter a su población y vivir de la ayuda extranjera.

Pero lo que probablemente nadie previó, al menos hasta 2004-2005, es que la destrucción sería tan eficaz, tan amplia, tan sistemática y tan profunda. No se estimó que la corrupción y los ilícitos adquirirían la categoría de políticas de Estado, ni que con fundamento en prácticas diseñadas de violación de los derechos humanos y políticos, se produciría una apropiación de los bienes públicos, que la nación venezolana sería manejada como un botín, y que una pequeña oligarquía político-militar haría suyo hasta el último dólar de las arcas públicas, en una operación delincuencial, que ha acabado por empobrecer, de forma extrema, a la inmensa mayoría de la nación venezolana, ese 96% del que habla el reporte de la Encuesta de Condiciones de Vida 2019-2020.

Hay que reconocerlo: han superado las peores expectativas. Han sido capaces de violar las leyes, de desconocer los poderes legítimos, se han apropiado de las riquezas y más de tres centenares de bandas organizadas se han repartido pedazos enteros del territorio para usarlo, explotarlo de forma ilimitada y con plena garantía de impunidad. El poder practica la ruindad, se asocia con delincuentes y narcotraficantes, busca aliados entre terroristas y ladrones de toda ralea y, cada vez que lo cree necesario, detiene, tortura y mata.

El debate sobre el hambre en Venezuela es, ahora mismo, un callejón sin salida: todos los indicadores sugieren que continuará empeorando. Se incrustará, con sus atroces efectos, en cada familia venezolana. Venezuela está en medio de una crisis humanitaria, cuya prospectiva es todavía más sombría. Así las cosas, la sociedad venezolana y sus aliados internacionales están obligados a actuar de inmediato: unir las fuerzas, concentrar la presión y producir en corto plazo, el cambio que las familias venezolanas demandan. Es cosa de vida o muerte.

Los valientes de la Encovi por Ana María Matute – El Nacional – 9 de Julio 2020

I

Cuando yo era niña, si algún amiguito hacía trampa en un juego, le gritábamos: “La tramposería sale”. Esta afirmación no es más que la misma que me decía siempre mi mamá: “Entre cielo y tierra no hay nada oculto”. Todo se sabe, nadie puede mentir para siempre. Y menos cuando existen aguerridos académicos y estudiantes que se dan a la tarea de exponer la radiografía de la pobreza de la manera más palpable y desmenuzable.

Los miles de venezolanos que diariamente persiguen el camión de la basura para escudriñar primero las bolsas de desechos antes de que se las lleven no son un invento de ciencia ficción. Aunque pareciera una película del fin del mundo, es la realidad que se vive desde hace años en Venezuela.

Sí, el chavismo-madurismo nos robó el futuro. Pero también se embolsilló el presente y borró el pasado. Nada de lo que fuimos o somos queda en pie. Ahora somos el país más pobre de la región.

II

Contra viento y marea, los académicos se esfuerzan por conseguir lo único que les ha permitido refutar a los chavistas la sarta de mentiras que dicen al mundo sobre el país: datos. Crudos números que indican que 96% de la población venezolana reporta pobreza de ingresos. Es la evidencia fehaciente de que el sueldo mínimo de 2 dólares mensuales no alcanza ni para una papa.

También queda expresado en estadísticas el hecho de que las familias venezolanas no comen los requerimientos necesarios. Digamos que las bolsas CLAP la única proteína que tienen son los gusanos que vienen en el arroz y la pasta. Es verídico.

Qué más quisiera yo que la cúpula del régimen tuviera conciencia y le doliera saber que 30% de los niños venezolanos menores de 5 años de edad sufre de desnutrición. Ni siquiera pueden tener la excusa de que están encerrados en Miraflores, porque Encovi viene advirtiendo sobre este terrible problema desde hace años y ninguno ha sido capaz de llamar a los especialistas para buscar una solución.

III

Lo bueno de la Encovi es que nos queda un diagnóstico del país. Lo bueno es que los profesionales y los académicos que la hacen no se han cansado y pueden hablar con propiedad de los principales problemas que hay que atacar si queremos recuperar el futuro.

No tengo idea de si estamos a tiempo o si será posible o cuántos años nos llevará, pero de lo que estoy segura es de que el equipo de la profesora Anitza Freitez y el profesor Luis Pedro España tienen claro lo que se debe hacer. Por eso a ellos los llamo héroes, porque realmente son los venezolanos que tienen algo que aportar y que han probado estar dispuestos a salvarnos. Gracias.

Encovi 2019-2020: ¿Qué nos dice esta radiografía sobre la calidad de vida de los venezolanos? por Víctor Salmerón – Prodavinci – 8 de Julio 2020 

 

El estudio encuestó 9.932 hogares de todo el país entre noviembre de 2019 y marzo de 2020. Para medir la pobreza de ingresos, la Encovi contempla que los venezolanos que no consumen 2.200 calorías diarias de una canasta de alimentos básicos son pobres extremos. Quienes logran ingerir estas calorías pero no pueden costear servicios esenciales como luz eléctrica y transporte, son pobres.

CLIC PARA EL ENLACE A LA ENCUESTA:

ENCOVID 2019-2020

De acuerdo a ese criterio, 79,3% de los venezolanos están sumergidos en pobreza extrema y 96,2% son pobres, al cierre de 2019. En 2014, cuando comenzó la recesión que hundió la economía, y luego, a partir de 2017, se combinó con la hiperinflación, la pobreza extrema se ubicó en 20,6%.

Luis Pedro España, sociólogo e investigador de la UCAB, precisa que “el aumento de la pobreza se debe a la caída de la economía. Entre 2013 y 2019 el PIB se redujo 70%, entonces no hay riqueza para repartir, no hay bienestar para disfrutar”.

Además del indicador basado en el ingreso, la Encovi realiza una medición multidimensional soportada en cuántos hogares presentan una o más de las siguientes características: viviendas inadecuadas, viviendas sin servicios de saneamiento básico, inasistencia escolar de los niños, hacinamiento crítico, calidad del empleo e ingresos.

De acuerdo con este criterio 64,8% de los hogares son pobres al cierre de 2019, cifra que se traduce en un salto de 13,8 puntos porcentuales respecto a 2018.

“Si bien esto es como un promedio que nos muestra distintas variables, es cierto que el salto que experimenta la pobreza multidimensional entre 2018-2019 está relacionado en su mayoría al ingreso y con el acervo material de los hogares, pero también vemos una mayor precarización del empleo”, dice Luis Pedro España.

Al comparar a Venezuela en el contexto internacional, utilizando un tipo de cambio que permite comparar entre países y establecer una línea de pobreza extrema donde se ubican quienes viven con un ingreso promedio per cápita inferior a 1,9 dólares al día, “Venezuela es el país más pobre y el segundo más desigual de América Latina”, dice Luis Pedro España.

Agrega que “Venezuela dejó de parecerse a América Latina y es más similar a Centroamérica o África. Cuando vemos países con fragilidad institucional similar a los de Venezuela, encontramos a nuestros pares en materia de pobreza”.

En una lista de países que incluye a Nigeria, Chad, Congo, Zimbabue, Yemen, Haití, Sudán, Camerún y Guatemala, Venezuela se ubica en el segundo lugar en cuanto a pobreza extrema, solo superado por Nigeria.

La desigualdad se manifiesta con crudeza en la alimentación: la dieta de los pobres se compone mayoritariamente de carbohidratos, y la diferencia en el consumo de proteínas entre el estrato más pobre y el más rico es de cinco veces.

Si se toma en cuenta el indicador peso-edad, 8% de los niños menores de cinco años sufren desnutrición. “Esto nos dice que Venezuela es el país de Suramérica con los mayores niveles de desnutrición según esta medida”, explica España.

De acuerdo con datos de 2016, en Colombia y Perú la proporción de menores de cinco años desnutridos según el peso era de 3,4% y 3,2% respectivamente.

Al evaluar la talla, 30% de los niños venezolanos menores de cinco años padecen desnutrición: “Esta magnitud no es comparable con Suramérica sino con países africanos como Nigeria y Camerún”, dice Luis Pedro España.

La política que ha implementado el gobierno de Nicolás Maduro para tratar de contener el avance de la pobreza y la desnutrición se basa en el reparto de transferencias directas a través de bonos, y la venta de alimentos a precios subsidiados mediante el reparto de cajas de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP).

Principalmente las cajas contienen arroz, granos y pasta. Encovi determinó que 5% de los pobres extremos no reciben la caja CLAP y 15% la recibe cada dos meses.

Bomba demográfica

Al comenzar este siglo, los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) afirmaban que entre 2000 y hasta 2045 la población venezolana tendría una estructura irrepetible: los venezolanos en edad de trabajar y producir superarían a los jóvenes menores de 15 años y a los mayores de 65. Esta condición, que se denomina bono demográfico, ocurre una sola vez en la historia de los países y permite reducir los recursos destinados a la crianza de los hijos o a los ancianos, y disponer de más mano de obra para impulsar el crecimiento y el desarrollo.

Pero no ocurrió así. Las proyecciones de la Organización de las Naciones Unidas indican que en 2020 la población de Venezuela es de 28,4 millones de habitantes: cuatro millones menos de lo proyectado por el INE, como resultado de la emigración a otros países, en su gran mayoría, de jóvenes entre 15 y 39 años de edad.

La emigración de población joven se traduce en que el país envejeció, perdió el bono demográfico y en este momento la cantidad de menores de 15 años y mayores de 65 años superan a quienes tienen edad de trabajar.

El impacto de este cambio es profundo, porque tras el empobrecimiento el país no cuenta con recursos para implementar programas de pensiones y protección para los ancianos.

Anitza Freites, directora del Instituto de Investigaciones Sociales de la UCAB, explica que “prácticamente ya tenemos indicadores de dependencia demográfica que debimos alcanzar en 2045. Esta situación nos encuentra en muy malas condiciones, un país con decrecimiento económico, y no estamos preparados para asumir la responsabilidad de un programa de protección social que sea sostenible en el tiempo para cubrir a la población de mayor edad”.

“El bono demográfico no fue aprovechado para desarrollar las fuerzas productivas del país, para absorber a la población en edad de trabajar. No es de extrañar que la mayoría de la población que sale del país son adultos jóvenes. La caída en el volumen de población disminuye la presión sobre ciertos servicios como la educación, salud, vivienda, pero también significa un mercado de menor tamaño para la producción de bienes”, agrega Anitza Freites.

El deterioro en la calidad de vida se manifiesta en la mortalidad infantil. Las proyecciones del INE, elaboradas con base al Censo de 2011, señalaban que en 2020 este indicador se ubicaría en 12 fallecidos por cada mil nacidos, pero la Encovi determina que es de 26 fallecidos por cada mil nacimientos.

“Hay una disparidad entre lo que debió ser la tendencia y lo que ocurrió. Esa brecha de 14 puntos nos coloca en el nivel de finales de la década de los ochenta. Es un retroceso”, dice Anitza Freites.

El Coronavirus

El estudio para medir el impacto de la cuarentena por el coronavirus señala que hasta un 43% de los hogares del país reportan imposibilidad de trabajar o pérdida de ingresos.

Las transferencias del gobierno a través de bonos para tratar de compensar a las familias afectadas han aumentado pero son insuficientes. Luis Pedro España precisa que “el 25% de los hogares declararon recibir transferencias de instituciones públicas entre octubre y febrero de 2020, esto aumentó al 52% en marzo/abril. El promedio de esas transferencias (bonos) es de 5 dólares”.

Agrega que “con los números de infectados aumentando y con un previsible aumento de las muertes por COVID-19, Venezuela está entrando a lo que puede ser una verdadera crisis humanitaria. No hay forma de saber el tamaño de la crisis sanitaria que se avecina”.

 

 

Encuesta Nacional Condiciones de Vida 2019/2020 – Encovi/UCAB – Julio 2020

Screen Shot 2020-07-08 at 9.13.13 AM.png

Devastadoras las cifras de Encovi 2019/2020:

– Población bajó a 28 millones
– Pérdida de 3,7 años en la esperanza de vida
– Alta feminización y envejecimiento de jefaturas de hogar
– 1,7 millones menos de niños en edad escolar
– La cobertura universitaria se redujo a la mitad
– Casi la mitad de la población más pobre tiene rezago escolar de un año o más.
– 4 millones de niños con problemas para asistir a la escuela.
– Solo 4 de cada 10 mujeres participa en el mercado laboral
– Importante caída en el empleo público
– 2,4 millones de migrantes en últimos 3 años
– 1,6 millones de hogares con migrantes
– Mayoría hombres, entre 15-40 años, hijos del jefe del hogar
– 4% de migrantes ha regresado al país
– 10% de hogares recibe remesas
– 96% de la población en pobreza por ingresos
– 68% en pobreza por consumo
– Venezuela el país más pobre y el segundo más desigual de Latinoamerica
– 1 de cada 4 hogares con inseguridad alimentaria
– 639 mil niños menores de 5 años con desnutrición crónica
– El 60% de la población no llega a consumir el mínimo requerido de 2000 calorías/día
– Ningún estrato consume el mínimo requerido de proteínas de 51 gramos/día (promedio 18 gramos/día)
– Peor relación peso/edad y talla/edad en niños de 5 años en Sur América.

Colofón:

No se deje engañar por el consumo suntuoso, los edificios de lujo y los bodegones de una minoría, el tejido socio económico de Venezuela está en proceso de desintegración acelerada. Los resultados de la ENCOVI 2019-2020 lo confirman.

Para acceder a la Presentación completa abrir el siguiente enlace:

https://www.proyectoencovi.com/informe-interactivo-2019

 

Los suicidios suben en Venezuela con la pobreza, la inflación y el hambre – 14ymedio.com – 1 de Julio 2020

El Observatorio Venezolano de Violencia publica un informe en el que se contabilizan 94 nuevos casos en lo que va de año

La crisis actual del país está detonando casos de suicidios en el 33 % de los registros, según los investigadores. (EFE)
La crisis actual del país está detonando casos de suicidios en el 33 % de los registros, según los investigadores. (EFE)

Los suicidios se han incrementado en Venezuela en medio del aumento de la pobreza, la inflación y el hambre del último quinquenio, según un informe técnico presentado este martes por el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), que ha contabilizado 94 nuevos casos en lo que va de año.

El total de suicidios aumentó en un 153% entre 2015 y 2018, explicó el investigador Gustavo Páez, quien mencionó como causas relacionadas con estos hechos el “agravamiento de la crisis”, caracterizado por el crecimiento de la población que vive en miseria, el aumento de los precios y de la inseguridad alimentaria.

“En el país nunca se habían registrado tasas como las que hemos visto en los últimos años. En los 80 años de registro de estadística, jamás se habían registrado tasas tan elevadas como las que hemos visto desde 2015”, dijo durante una conferencia telemática.

“En los 80 años de registro de estadística, jamás se habían registrado tasas tan elevadas como las que hemos visto desde 2015”

Explicó que según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) el país suramericano registró 1.143 suicidios en 2015 mientras que la cifra estuvo “cercana” a los 2.900 en 2018.

Páez señaló que la tasa histórica de suicidios de Venezuela entre 1950 y 2014 arroja un promedio de 4,4 casos por cada 100.000 ciudadanos. Sin embargo, el OVV estima que esta indicador pasó de 2,1 en 2010 a 9,7 en 2018.

“En términos relativos, entre 2010 y 2015 estimamos que (el suicidio) se incrementó en un 81% (…) entretanto, entre 2015 y 2018 el aumento fue mayor, alrededor del 155%”, sostuvo.

El informe desveló que el número de hombres suicidas es cuatro veces mayor que el de las mujeres, que el principal modo de acabar con la vida en el país es el ahorcamiento, seguido por el envenenamiento, y que en más de la mitad de los casos están presentes diferentes trastornos mentales.

Los tres estados andinos (Táchira, Mérida y Trujillo) ocupan las principales plazas del ránking de suicidios en el país, siendo Mérida el que acapara el récord histórico y Trujillo el que lidera la estadística en lo que va de 2020.

Los investigadores desestimaron cualquier vinculación del clima con estos hechos y, en cambio, subrayaron la relación que han tenido los embates de la crisis como “detonantes de sentimientos negativos” en la sociedad.

“La crisis actual del país está detonando casos de suicidios en el 33% de los registros”, remarcó Páez.

Aunque el OVV no lleva un balance de los intentos de suicidio, apuntaron que en el caso del estado Mérida pudieron contabilizar más de 200 conatos en el último quinquenio.

Los investigadores se enfrentaron a limitaciones como “la vergüenza social que implica el suicidio” para familiares y amigos de las víctimas, así como el “control mediático”

Las dos regiones con menor incidencia de casos son las más cercanas a Caracas, Vargas y Miranda, con tasas históricas de 1,4 y 2,1 por cada 100.000 habitantes, respectivamente.

El director del OVV, Roberto Briceño León, indicó que en 2016 la organización empezó “a notar un ascenso en los suicidios”, y en 2017 pudieron percibir que esto “no correspondía a unas patologías individuales” sino que “parecían vinculados a un contexto social”, en alusión a la crisis económica que atraviesa el país.

El observatorio, que desde 2005 realiza un informe anual sobre los homicidios, no había estudiado las tasas de suicidios por considerarlo “algo enigmático” y por ser este flagelo un indicador en el que Venezuela siempre se ha ubicado por debajo de la media mundial.

A la hora de hacer público este informe, subrayó, los investigadores se enfrentaron a limitaciones como “la vergüenza social que implica el suicidio” para familiares y amigos de las víctimas, así como el “control mediático” según el cual los medios censuran estos hechos “por temor de poder generar procesos de imitación” en la sociedad.

Del coronavirus al hambre: la pandemia que viene por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 26 de Abril 2020

2019082608585583990

Luego de algunos avances que tuvieron lugar entre los años 2011 al 2015, desde el 2016 viene creciendo otra vez el hambre en el mundo. La desaceleración de la economía global, que reduce la oferta de empleos, castiga los salarios y precariza el trabajo; el aumento de las desigualdades; y los ataques -cada vez insidiosos y dañinos- de la crisis climática, están entre las principales causas del empeoramiento de las cosas. Sus resultados son simplemente alarmantes: los pobres del mundo se están empobreciendo todavía más.

En el 2018, de acuerdo a cifras presentadas por la Unión Europea, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), y el Programa Mundial de Alimentos, 821.6 millones de personas viven en condiciones de hambre, en el mundo. De ese total, alrededor de 113 millones, distribuidos 53 países, está en situación de hambre extrema: pueden morir de inanición o por enfermedades derivadas de la falta de alimentos. A ellos hay que añadir otros 143 millones, que están a un paso de ingresar en la categoría de hambre extrema. Son personas calificadas en lo que se conoce como Fase 2: en riesgo inminente de caer en situación de hambre extrema.

Los esfuerzos por reducir esta cantidad de personas amenazadas no están dando los resultados que se esperaban. El informe usa la categoría de “inseguridad alimentaria aguda”. Describe una realidad terrible y dolorosa: la incapacidad -imposibilidad- de consumir los alimentos mínimos necesarios para mantenerse con vida. En muchos casos, las situaciones de hambre son secuelas directas del cambio climático: los cultivos, muchos de ellos, pequeños sembradíos de subsistencia, han sido arrasados por la sequía prolongada o por inundaciones que lo han destruido todo a su paso. Las consecuencias de la crisis climática no son especulaciones o un riesgo a futuro: son realidades que están acabando, ahora mismo, con vidas humanas y animales, con viviendas e infraestructuras productivas, y con los bienes de familias y comunidades rurales en todos los continentes.

Un posible mapa del hambre muestra una concentración en África, Asia y en América Latina. Algunos de los países más afectados son Siria, Yemen, Nigeria, Sudán del Sur, Afganistán, Etiopía, Nigeria, República Democrática del Congo y Sudán. La mitad de los afectados están en África, distribuidos en 33 países. En la mayoría de estos países las causas remiten a tres factores principales: los conflictos armados, de distinta índole; la crisis climática; y los desastres naturales. En algunos casos, se suma la debacle de origen económico, como los casos conocidos de Zimbabwe y Burundi.

En América Latina, la situación es grave en las cuatro naciones de Centroamérica, pertenecientes al llamado ‘corredor seco’, por la prolongada sequía que los ha dejado sin alimentos: Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. En estos cuatro países, 4,2 millones sobreviven en condiciones de hambre extrema (lo que deriva en los recurrentes episodios de caravanas de migrantes que huyen hacia México y Estados Unidos).

Otros 5,2 millones, en toda la región, forman parte de la mencionada Fase 2. El informe señala que, aproximadamente, unos 400 mil refugiados y migrantes venezolanos, distribuidos en varios países, están en peligro inminente. Las noticias que llegan de Perú, Ecuador, Colombia y otros países, lo ratifican: hay venezolanos viviendo en condiciones de gravísima precariedad. Como es predecible, el documento señala que no hay cifras oficiales que permitan conocer hasta dónde el hambre ha socavado las bases de la sociedad.

Con las invalorables contribuciones de universidades, oenegés y expertos independientes, la ONU ha logrado establecer que 9,3 millones de personas están en riesgo alimentario, es decir, pasan hambre o están subalimentadas. Esto ubica a Venezuela, como el cuarto país del mundo en el ranking del hambre planetaria. La subalimentación, que rondaba casi al 7% de la población en el año 2014, subió casi al 22% en 2018. En el caso venezolano, la hiperinflación, que es una variable totalmente fuera de control (he leído estimaciones que hablan de 11.000.000%), ha diseminado el hambre, incluso entre sectores que, históricamente, calificaban como clases medias.

Así estaban las cosas, cuando se ha producido la irrupción de la pandemia, cuyo coletazo económico, probablemente ni siquiera es posible prever. La estimación que ha hecho la CEPAL, de que el PIB caerá 5,3% en América Latina, podría quedarse corta. Significa, en el marco de este artículo, que el hambre podría duplicarse o triplicarse en América Latina, y que encontrará, otra vez, a los más vulnerables, con menos recursos para afrontar el cierre de empresas, la destrucción de empleo y la disminución de las ayudas gubernamentales. Hemos ingresado en una especie de cataclismo económico, cuya dimensión y alcance, tendrá un alto costo humano, y una recuperación muy lenta.

Como lo afirmo en el título de ese artículo: al coronavirus le seguirá una epidemia de hambre. La ONU estima que se duplicará el hambre en el 2020 (han proyectado la cifra de 265 millones de personas). En los países de economías destruidas, como el caso de Venezuela, las cosas podrían adquirir una gravedad fuera de toda proporción. A lo largo de la semana pasada, en Venezuela abundaron las protestas y los saqueos. Más de un tercio de la población está padeciendo una situación alimentaria que empeora, hora tras hora. Por eso, está en marcha un gigantesco plan represivo, que consiste en aplastar cada manifestación. La pregunta que muchos se hacen a esta hora, si el inminente desbordamiento del hambre, podrá ser contenido con gases lacrimógenos y balas.

Cómo afecta la cuarentena en un sector pobre de Petare, el barrio popular más grande del país por Daniel García – BBC News – 10 de Abril 2020

Manuela

Como ya no se puede ganar la vida, Manuela espera.

“Aquí estamos, chupando caña, porque calma un poco el hambre”, me dice entre risas que disimulan la falta de almuerzo.

Manuela, de 54 años y nacida en Colombia, vive en San Blas, en la parte alta de Petare, el barrio popular más grande de Venezuela y uno de los mayores de América Latina.

Para llegar a la casita de latón y madera de Manuela -“ranchito” lo llama ella- hay que subir y subir durante media hora por las empinadas cuestas que ponen a prueba el motor de cualquier vehículo en Caracas.

Cuando termina el asfalto, ya sobre polvo y tierra arcillosa, está el asentamiento donde viven ella y sus vecinos.

Los niños juegan metras (canicas) sobre el piso. A pocos centímetros descienden malolientes aguas negras.

Manuela ya no baja del cerro. La cuarentena por la crisis del coronavirus la obliga a quedarse en casa. Y ella aprovecha a ver una novela en televisión y a escuchar merengue y champeta.

San Blas

“No salgo a comprar porque como no trabajo, no tengo real”, me dice. Y es que la crisis de salud por el covid-19 la ha dejado sin su fuente de ingresos: limpiar casas de clase media dos días por semana.

Manuela gana (o ganaba) al mes el equivalente a US$12 con ese trabajo. Eso, en la Venezuela de la dolarización de facto, es muy poco. Ahora aún tiene menos. Nada.

“Desde que llegó el dólar está todo más caro“, asegura.

Antes de la cuarentena visito su casa y veo sobre un altar, junto a diferentes motivos religiosos, un billete de US$1.

Está un poco rasgado. Por eso se lo rechazan en los negocios.

“Si me lo aceptaran, no estaría ahí”, dice con una sonrisa Manuela, que viste jeans deshilachados, luce zarzillos (pendientes) rosados y una colorida blusa que le regalaron en una de las casas en las que limpia (o limpiaba).

Con aguacate y romero hace un ungüento para que le brille el pelo.

Maquillarse, vestirse llamativa y pintarse cada uña de los pies de un color diferente es una manera de vivir en Venezuela. Una forma común de encarar las dificultades.

Manuela

Manuela no ve los dólares que se hicieron tan ubicuos incluso en un barrio como Petare. Y ahora tampoco tiene bolívares.

Por eso espera. Espera “la caja”: el lote de alimentos subsidiados que el gobierno vende por un precio ínfimo.

Sin trabajo, sin el almuerzo que toma en las casas en las que limpia, sin los productos que sus empleadores le regalan, a Manuela sólo le queda “la caja”.

El único recurso

El miércoles 25 de marzo, finalmente, llegó por primera vez desde enero.

La componen tres paquetes de arroz, dos de pasta, dos de harina, dos latas de atún, una botella de aceite, medio kilo de leche, un paquete de azúcar y dos kilos de frijoles.

Manuela necesita que esa caja llegue con más regularidad.

Antes era un buen complemento. Ahora, el único recurso.

El día antes de que la entregaran, cuando hablé con ella por teléfono, desayunó un poco de arroz con lentejas que sobraron del día anterior. Y disimuló el hambre chupando la dura caña de azúcar que crece en su desordenado huerto.

Manuela

“Para la cena tengo ahí unos camburcitos (plátanos) tiernos”, me contó Manuela.

En los últimos meses ha tenido que confiar más en su conuco, su huerto, donde crecen plátano, yuca, caña de azúcar y calabaza sobre una ladera que hace cuatro años por la lluvia se desmoronó y tumbó parte del ranchito.

Su pareja, Franklin, trabaja en la construcción y ahora tampoco tiene ingresos.

Manuela no tiene celular.

Roxana, la vecina, es la que se lo deja para hablar conmigo. Ella vive con cuatro hijos. “Aquí están comiendo mango”, me cuenta Manuela sobre los niños.

Este jueves 9 de abril hablo de nuevo con Roxana por teléfono.

Han pasado más de dos semanas desde que llegó la caja, que se va agotando.

San Blas

Roxana teme al hambre.

“No es por mí, sino por mis hijos, porque mi entrada de comida y ayuda económica es la del trabajo, y si mi pareja y yo no tenemos, cómo les damos alimentos”, se pregunta.

“Ya casi estamos sin plata. El poquito ahorro se nos acaba”

Frente a la puerta de su vivienda, una vieja nevera sin puerta y tumbada recoge agua a modo de bañera.

Unos metros más allá, Manuela la almacena en un gran cubo. Le llega agua corriente tres días por semana. Parece incluso un lujo en un país que sufre amplias restricciones de agua, ahora mucho más necesaria por la higiene que exige el coronavirus.

“El pañito”

¿Y el jabón? Manuela consiguió recientemente dos pastillas de jabón artesanal a cambio de un paquete de lentejas.

El trueque es quizás la muestra más evidente de cómo ha empeorado la situación en San Blas en el último año. Manuela lo achaca a la dolarización, que da oxígeno a ciertos sectores pero ahonda las desigualdades.

Otra novedad que muestra cómo se deterioraron sus condiciones de vida: “Ya no compro papel tualé”, admite. “Ahora uso un pañito y lo lavo después de usarlo”.

No siempre vivió así. Manuela llegó de Colombia en 2009, “cuando Venezuela aún estaba bonita”, recuerda.

Su prima la animó a venir. Encontró un trabajo como empleada interna en una casa de clase alta.

El dinero entonces le daba para alquilar una habitación, comprar comida, zapatos, vestidos e incluso enviar recursos a Colombia. Y hasta para comprar dos ranchitos por un precio que ni recuerda.

Manuela

La situación de Manuela fue empeorando poco a poco conforme el país se fue hundiendo en la crisis económica que le azota desde hace años.

“Gracias a dios no me ha ido tan mal”, dice, pese a los problemas. Aunque admite sin dudar: “Sí, es el peor momento desde que llegué”.

No se plantea, sin embargo, volver a Colombia. “Aquí tengo dónde vivir”, dice haciendo sonar con sus uñas la pared de latón de su vivienda.

¿Y si la cuarentena dura mucho? ¿Y si enferma?

“No sé qué se va a hacer”, dice sencilla, con la misma incertidumbre que asola al mundo.

A %d blogueros les gusta esto: