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Migración venezolana: 4.500 kilómetros entre el abandono y la oportunidad por Greta Granados de Orbegoso – Banco Mundial – 26 de Noviembre 2019

 

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Un vendedor ambulante venezolano en las calles de Lima (Perú).


La migración venezolana continúa. A noviembre de 2019, según ACNUR, más de 4,6 millones de personas han salido del país y el 80% de ellas está en otros países latinoamericanos. ¿Cómo pueden las comunidades receptoras aprovechar este potencial?

¿Cuantos kilómetros estás dispuesto a caminar para escapar del hambre? Para los venezolanos, no hay distancia suficiente para alejarse del colapso económico y social de su país.

Latinoamérica ha vivido una larga historia de flujos migratorios, sin embargo, hoy atraviesa un éxodo sin precedentes: desde 2016, más de 4,6 millones de mujeres, hombres y niños han salido de Venezuela en busca de un futuro mejor, según cifras de la agencia de refugiados ACNUR.

La migración venezolana es la mayor movilización humana de la historia reciente de la región. Los migrantes huyen de la crisis humanitaria y económica que ha deteriorado la seguridad ciudadana y los estándares de vida en ese país.

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Según la ACNUR, cada día entre 4.000 y 5.000 venezolanos salen del país, la mayoría a pie, a un destino incierto, pero con la esperanza de un mejor futuro para sus familias. Su movilización está cambiando el rostro de América Latina y el Caribe para siempre.

Entre los principales países de acogida se encuentran Colombia, Perú y Ecuador:

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Históricamente, la región ha vivido grandes flujos migratorios, sobre todo en la primera mitad del siglo XX: italianos y españoles en Argentina, japoneses en Brasil, chinos en Perú; mientras que a partir los 60 se han visto incontables migraciones intrarregionales y hacia Estados Unidos, especialmente desde Centroamérica.

Pero la migración venezolana presenta diversas particularidades. Debido a su magnitud, está generando una enorme presión en los países receptores, sobre todo en materia de salud, educación y empleo, los que han respondido con controles más estrictos.

Mitos y realidades

La crítica situación provocada por esta oleada ha llevado a 11 países de la región a aumentar los requisitos de ingreso a los migrantes y refugiados venezolanos, lo que no detiene el flujo, pero sí su regularización.

Uno de ellos es Perú. Ya son unos 870.000 los migrantes venezolanos que han atravesado 4.500 kilómetros para llegar a ese país, y según un nuevo informe del Banco Mundial las soluciones empiezan por la integración de los migrantes y el aprovechamiento de su potencial para impulsar nuevas oportunidades.

Sin embargo, existen muchos mitos en relación con los venezolanos en Perú que alimentan una creciente xenofobia e impiden su inclusión: “Si cerramos las fronteras no entran más”; “Todos los venezolanos que están en mi país son delincuentes”; “Mi país no puede albergar tanta gente”; “Los venezolanos nos vienen a quitar el trabajo”.

“Las percepciones negativas hacia la población venezolana son más dominantes en el Perú que en otros países receptores, y son susceptibles de acrecentarse”, expone el estudio, basándose en encuestas de opinión presentadas en el Proyecto de Opinión Pública de Latinoamérica de la Universidad de Vanderbilt.

De acuerdo con el mismo estudio – que forma parte de una serie sobre la migración venezolana en América Latina y el Caribe elaborada por las especialistas del Banco Mundial Paula Rossiasco y María Dávalos – la población venezolana en Perú es principalmente joven (alrededor del 42% tiene entre 18 y 29 años) y proviene en su mayoría de zonas urbanas. Está compuesta de grupos familiares, incluyendo a unos 117 mil niños. También está altamente calificada: el 57% de los venezolanos en edad de trabajar en el Perú tienen estudios superiores, y de ellos, la mitad ha completado su carrera universitaria.

¿Cómo aprovechar este potencial?

Se ha estimado que, de insertar a estos migrantes en el mercado formal, el valor agregado de la productividad laboral en Perú podría incrementarse un 3,2 %. Aun cuando los migrantes venezolanos están en el sector informal – el 50% de ellos trabaja en el área de servicios – y reciben salarios menores que los trabajadores locales, podrían generar un ingreso fiscal neto de unos 2.256 millones de soles anuales (unos 670 millones de dólares) gracias al aumento de la demanda agregada y el recaudo de impuestos. Esto equivale a más del 12 % del presupuesto público del sector salud del país para 2019.

Esto es dinero contante y sonante que usarían para comprar bienes y contratar servicios en el Perú, contribuyendo al crecimiento del país.

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¿En que trabajan los venezolanos en el Perú?

“Hola hija, ¿cómo amaneciste?” La relación de Paola Soto con sus familiares es meramente virtual. A tres países de distancia, su padre la saluda todas las mañanas por Whatsapp. Desde hace más de un año y medio esta médica cirujana huyó de su Venezuela natal y con mucha perseverancia logró insertarse en el mercado laboral peruano.

La policlínica donde atiende es una mixtura de nacionalidades. Atiende junto a médicos cubanos, enfermeras peruanas y profesionales colombianos. Todos los estudios y la experiencia profesional de Paola están puestos al servicio de la salud de quienes hoy atiende.


World Bank Group

Para aprovechar los beneficios de la migración, como la experiencia y estudios de Paola, la integración entre peruanos y venezolanos debe estar en el centro de la agenda de política pública, según las expertas.

El estudio resalta que Perú debe diseñar e implementar una respuesta multisectorial que incluya:

  • Adaptar el sistema institucional y legal para facilitar la integración de migrantes y refugiados.
  • Ampliar la oferta de servicios para todos en las principales áreas receptoras.
  • Brindar mayor apoyo a la población migrante más vulnerable.
  • Combatir los mitos que refuerzan la discriminación y la xenofobia.

Este éxodo es inevitable. Nunca tanta gente había abandonado su país en tan poco tiempo. Sin embargo, Latinoamérica puede transformar esta crisis en una oportunidad.

La migración que cambia el rostro de América Latina por Stephania Corpi -El País – 9 de Noviembre 2019

La frontera de Perú y Brasil se ha convertido en uno de los pasos más transitados por los millones de venezolanos, incluidos aquellos que simpatizaron con Chávez, que se han visto obligados a abandonar su país y que con su salida transforman la región

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Venezolanos cruzan a pie la frontera entre Venezuela y Brasil STEPHANIA CORPI

Los tres hombres temblaban aún. Llevaban más de 24 horas viajando en bus y a pie, desde sus hogares en Puerto la Cruz, en el noreste de Venezuela, hasta Pacaraima, la ciudad fronteriza entre su país y Brasil. Cada uno llevaba una maleta y varias capas de ropa encima a pesar del calor, lo que pudieron rescatar de otras maletas que se quedaron en el camino. Por el peso que había perdido cada uno, tenían puestos varios pantalones amarrados con una cuerda para no perderlos.

Según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU, cerca del 16,3% de los venezolanos –4,5 millones de personas– vive hoy fuera de su país. En América Latina, se concentra el 88% de la migración. Una fuga que se ha intensificado en los últimos años, en la medida en que la crisis del país caribeño ha empeorado, las condiciones de vida son cada vez más pobres y el choque entre el Gobierno de Nicolás Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, reconocido como mandatario interino por más de 50 países, no ha hecho sino agravarse.

Puerto Maldonado es una ciudad selvática llena de contrastes: operan hoteles de lujo, hay excursiones turísticas y se organizan recorridos para el avistamiento de aves. En la otra orilla del rio que atraviesa la ciudad, el panorama es muy distinto: minería y tala ilegal, explotación sexual y laboral, y la triple frontera.

La travesía de esta pareja hasta instalarse en Puerto Maldonado no fue fácil. Hicieron de todo durante los nueve meses que tardaron en cruzar el territorio brasileño. En un principio, la familia se estableció en la frontera, entre Santa Elena de Uarién, Venezuela y Pacaraima. Empezaron vendiendo peluches, y después frutas jugando con el cambio en la frontera. En esa época, había libre tránsito, pero después el gobierno brasileño puso controles; se dieron cuenta de que además de comida, había un corredor de droga, tráfico de personas, y otras actividades ilícitas impulsadas por grupos criminales.

Quintero se siente agradecida porque ya no tienen que compartir un cuarto con 20 personas, como lo hicieron durante meses en Brasil. Ahora, en Puerto Maldonado, la pareja vive en un cuarto con un colchón y un refri. “Yo soy técnico en enfermería, mire cómo eran los hospitales antes en Venezuela”, dice mientras enseña una foto donde se le ve con su uniforme sonriente y con más peso, rodeada de colegas en la recepción de un hospital.

Milerci Quintero en su hogar en Puerto Maldonado.
Milerci Quintero en su hogar en Puerto Maldonado. STEPHANIA CORPI
El éxodo de médicos y enfermeras ha afectado la salud del país. Un informe de julio de este año de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, conducida por Michelle Bachelet, señala que la migración es parte de la razón por la cual las enfermedades que estaban bajo control, como la difteria y el sarampión, se han propagado nuevamente. En Venezuela hay una infraestructura en decadencia marcada por apagones y falta de agua, ligada al éxodo de profesionales, condiciones no sanitarias para funcionar y una grave escasez de equipos médicos básicos, suministros y medicamentos, explica el informe. A ello hay que unirle la escasez de entre el 60% y el 100% de los medicamentos esenciales en cuatro de las principales ciudades de Venezuela, incluida Caracas.

Verónica Cortez hace un año que viajó con su hermano a Puerto Maldonado. A los 18 años, atravesó Brasil desde Pacaraima hasta la ciudad peruana, sin dinero. “Fue horrible el viaje. Me tocó caminar una noche entera, nunca me había subido a un barco (para ir de Manaos a Porto Velho), se escuchaban animales, nos encontramos con indígenas que no hablaban español. Fueron 17 días de horror”, cuenta esta venezolana originaria de Maturín, que toda su vida la ha pasado bajo el gobierno del régimen chavista y que con Maduro vio frustrado su sueño de ser un día enfermera. Cortez gana 200 dólares mensuales en Puerto Maldonado. Toda su familia está fragmentada por la crisis: su madre se quedó en Maturín, al nororiente de Venezuela, con sus dos hermanos pequeños. Su padre sigue en Brasil, cerca de la frontera, mientras que ella y su hermano mayor prueban suerte en Perú.

Hasta la fecha, Perú ha acogido a más de 860.000 venezolanos. La edad promedio y el nivel de estudios han cambiado drásticamente en los últimos dos años. En las oleadas más recientes, ya no llegan los ingenieros, médicos y abogados que habían logrado ahorrar los 300 o 400 dólares que costaba el pasaje para cruzar Brasil o Colombia y Ecuador para llegar a Perú. Así lo demuestran las primeras rondas de encuestas de la OIM, que en septiembre de 2017 arrojaban que el 47% de los venezolanos que entraban a Perú contaban con grado universitario completo. En un informe publicado en septiembre de este año llegan solo a 15%.

Un puente de poco más de un kilómetro separa a Brasil de Perú. Los venezolanos entran a cuentagotas: entre 30 y 40 por día. Eso, oficialmente. También, otros, lo hacen por trochas, de forma irregular. En cualquier caso, muy pocos comparados con los dos mil, en promedio, que han llegado por la frontera con Ecuador. El pico más alto, según datos de Migraciones de Perú, se dio en agosto de 2018, con 510 personas por día.

En Brasil, las cifras de migrantes han dado un salto cualitativo. Desde 2017, han entrado 504.000 venezolanos. En 2015 solo había 3.425 en todo Brasil y al año siguiente de 5.523. Según el Gobierno de Brasil, 212.400 están registrados hoy y viven en el país. De esos, unos 100.000 se concentran en el Estado de Roraima. Allí, Paracaima es el pueblo más cercano a la frontera que separa a los dos países. Es fácil ver a los venezolanos tratar de alcanzar uno de los mil lugares para desayunar en el Café Fraterno del sacerdote español Jesús Boadilla. Después, tratan de ocuparse en algún trabajo, ya sea cargando sacos en camiones, o en alguna refaccionaria, o en lo que se ofrezca. Y cuando cae la noche, deambulan por las calles buscando un lugar para dormir.

El río Acre sirve como frontera natural entre Bolivia, Perú y Brasil.
El río Acre sirve como frontera natural entre Bolivia, Perú y Brasil. STEPHANIA CORPI

Algunos nada más se quedan el tiempo necesario para descansar antes de seguir su viaje, incluso caminando, hasta Boa Vista, la capital del Estado, que está a más de 200 kilómetros de distancia, prácticamente sin paraderos, salvo unas pocas casas de nativos perdidas en el monte.

Bajo la sombra de un árbol, frente a la estación de buses de Boa Vista, ha estado José Eulogio Velázquez, de 29 años con su esposa Royelis y sus seis hijos. Exmilitar, sirvió durante ocho años a los Gobiernos de Chávez y Maduro. “No soy desertor, me dieron la baja sin pedirla”, explica entre lágrimas. Ha sido tal su shock, que no es capaz de buscar trabajo, su depresión ha sido devastadora. “Me duele. Para mí era una vocación servirles”, explica Velázquez, quien además recibía atenciones médicas gratuitas para su hija con albinismo. Pero un día dejó de recibir su pago. Le dijeron que había cometido una falta por no estar de guardia dentro de las instalaciones; se había emitido una orden general para suspenderlo. Nunca entendió qué había hecho, y como tantos, tuvo que salir de Venezuela empujado por la crisis.

En Boa Vista, donde según Médicos sin Fronteras, viven hoy cerca de 40.000 venezolanos, se encontró con su tía Lorena López, quien dice ver las cosas más claras ahora. “Claro que creímos en Maduro, claro que votamos por él. Pero después de lo que he vivido, yo quiero un trabajo, ya no quiero depender del Gobierno”, se desespera. A pesar de caminar por la ciudad tocando puertas todos los días pidiendo trabajo, no consiguen nada. Pra fora (fuera!) es lo primero que muchos aprenden del portugués.

López y su marido habían hecho de todo en Venezuela, no se querían ir, incluso trabajos ilegales como compraventa en las minas de Las Claritas y salas de apuestas clandestinas. “Teníamos nuestra casa y un carro para vivir bien, pero ya no teníamos comida para subsistir”. Cuenta que los cuadros de malaria que tenían, consecuencia de su trabajo en el arco minero, no se alcanzaban a curar por la falta de medicamentos, y terminaron, como miles de compatriotas, en Boa Vista donde si bien tienen qué comer, ahí también, se les ve deambulando, buscando empleo, juntando latas, limpiando parabrisas, vendiendo cigarros contrabandeados, o bañándose en el Rio Branco —contaminado ya por la minería ilegal— que parece ser la única diversión para los niños. Hay otros que no ven otra salida que la prostitución.

Hoy migran todos los que pueden, como pueden. Están los que hasta el final apoyaron a Hugo Chávez y los que lo maldicen, y eso también los acompaña en el camino. “Todos estos niños que yo veo por aquí tienen otra visión. Yo veo en los albergues que les gusta pedir porque Chávez así los acostumbró, nacieron con él y los arrinconó a convertirse en una población que solo sabía hacer eso”, afirma Manuel Delfino. Este comerciante venezolano de 59 años ha ido y venido por años y acumuló su fortuna vendiendo materiales de construcción entre ambos países. Lo hizo desde que se abrió la carretera para conectar ambos países en 1973. Hoy la importación y exportación que hace es de comida, de cauchos o medicinas que son casi imposibles de conseguir en Venezuela.

El exmilitar José Eulogio Velázquez después de pasar la noche en un refugio junto con su familia.
El exmilitar José Eulogio Velázquez después de pasar la noche en un refugio junto con su familia. STEPHANIA CORPI

Muchos de los migrantes no entienden la inmensidad de los países. Cruzar Brasil en esas condiciones es cosa de valentía, desconocimiento o desesperación. La ruta que siguen los venezolanos atraviesa los estados de Roraima, Amazonas, Rondonia —donde escogen si van al interior de Brasil, Argentina, Paraguay o Uruguay— después Acre quienes van a Perú o Bolivia. Algunos caminan, otros piden aventón, otros van en bus. Otros más, cuentan que van trabajando en las granjas a lo largo del camino donde el pago a veces es un lugar para dormir y un plato de comida. La angustia de no poder mandar dinero a quienes siguen en Venezuela los come por dentro. Muchos otros, viajan con toda su familia incluyendo a niños que van en brazos.

Thiago Sitta, psicólogo brasileño del programa Pana en la ciudad de Porto Velho, reconoce que esta migración se ha convertido en un reto para los servicios sociales. Si bien el paso de la migración haitiana a raíz del terremoto de 2010 estableció ciertas normas, nunca habían visto una crisis de esta magnitud. “Tuvimos el caso de un venezolano que tenía días caminando. Un colaborador, de buena fe, le dio de comer como hacemos con todos y le dio choque metabólico por inanición. Casi muere”, cuenta.

“Las fronteras políticas son tan mezquinas y tristes. Y aquí, por ejemplo, uno lo siente positivamente. Atraviesas el puente, y en 10 minutos en bici, estás en Perú; en un minuto de río, estás en Bolivia”, explica el padre jesuita Francisco de Almenar quien, desde Assis, en el lado brasileño de la frontera, en ocasiones compra de su bolsillo tiquetes de bus para los venezolanos. Almenar, de 69 años y misionero durante más de 30, dice que ese lugar es único y relevante porque es ahí a donde “van los desechables, los descartables de los tres países. Es una mezcla de comida, de culturas y razas, muy rica que hace una convivencia muy especial”.

Lo mismo le sucede a Adner Guerra, instalado hoy en Iñapari en la triple frontera entre Bolivia, Brasil y Perú, a 2,700 kilómetros de Pacaraima. Él luchó para no quedarse en Boa Vista porque todos los venezolanos, dice, se dedicaban a lavar parabrisas; tampoco quería instalarse en Manaos porque ahí todos vendían agua. Guerra es técnico electricista, y a lo largo del camino, siempre trató de dedicarse a su profesión, aunque hubiera días que pasara hambre.

Hoy, los Guerra tienen un pequeño taller de electricidad; por su negocio -un cartel y una mesita- pasan indígenas con grandes televisores, mineros que necesitan ayuda con su equipo o gente que viene de ciudades de camino a Puerto a Maldonado en busca de un electricista. Están en paz y contentos en esa amazónica ciudad fronteriza donde todos los días ven entrar y salir sus connacionales.

Para llegar a Perú, al igual que Francisco Morales y su familia, cruzaron el Amazonas, una de las vías más arduas que, más difícil de transitar por las temperaturas, la selva, la soledad del camino, el idioma. En Puerto La Cruz, él y su esposa Carolina tenían un negocio; él salió de Venezuela hace casi un año con la esperanza de poder iniciar una familia porque Carolina necesitaba un medicamento para la fertilidad. “Yo sé que allá no podría”, dice Carolina.

Aunque no se declaran chavistas, con una mezcla de admiración, nostalgia y rabia, los Guerra no ocultan su añoranza por Venezuela. Recuerdan los primeros años de Chávez: cómo llegaba en un coche modesto a los mítines, cómo arreglaba las calles, y cómo todo fue decayendo. “El que te diga que nunca votó por Chávez te está mintiendo. Si todos vivíamos de maravilla al principio”, explica Guerra. Bajo Chávez, ellos y la mayoría de sus familiares y amigos tuvieron casa o negocio propio.

Morales, paramédico, habla con orgullo de su carrera profesional y hace un recuento de los diversos trabajos que desempeñó en Venezuela. Recuerda su paso por la Guardia Nacional y Venepal, la empresa de papel que, en 2005, se convirtió en una de las primeras expropiadas por el Gobierno de Hugo Chávez– y explica cómo se benefició de las bonanzas del país y del régimen. “Yo tenía dos casas, una se la regalé a mi hijo. Yo podía ayudar hasta a mis vecinos”. Pero asegura que una vez muerto Chávez, bastaron tres meses para que el país se le fuera de las manos a Maduro. “Hay una frase que yo siempre recuerdo cuando pienso en Maduro, el mismo libertador (Bolívar) dijo: ‘Llamarse jefe para no serlo es el colmo de la miseria’”.

La mayoría de los venezolanos se sienten defraudados. Muchos dicen que no sabían lo que tenían, hablan de sus bienes, pero, sobre todo, hay una parte del culto hacia Chávez que no muere. Culpan a Maduro, se cuestionan qué pasaría si no hubiera muerto su antecesor e intentan explicar que ellos tenían una buena vida en su país. Todos añoran aquella Venezuela. “Nosotros nos quedamos aquí, con una idea de que estamos cerca de Brasil, porque Brasil está más cerca de Venezuela”, concluye Guerra.

Un joven venezolano mira hacia el Río Branco en Boa Vista, Brasil
Un joven venezolano mira hacia el Río Branco en Boa Vista, Brasil STEPHANIA CORPI

Mientras, los países de acogida se enfrentan a nuevos retos: controlar los brotes xenófobos, la porosidad de las fronteras y el malestar generalizado de las comunidades de acogida además de pasar sus propias crisis políticas. Aunque Brasil tenga todavía abiertas sus fronteras, muchos buscan llegar a países como Perú para reunirse con sus familiares o por las oportunidades de trabajo. Todo ello se combina con hechos imprevistos, como los incdios de julio y agosto en la Amazonia. “Imagínate que en la selva se publican periódicos donde dicen que la migración es culpable del cambio climático, y aparece una foto de las quemas”, explica Adner Guerra asombrado.

En el pequeño poblado de Iñapari ya hay muchos más venezolanos que han ido llegando en sus autos o a pie, van trabajando en las carboneras, madereras y ladrilleras. Las mujeres van a los restaurantes, “y más”, cuenta Guerra. Pero cada vez es más difícil, las autoridades migratorias “ya no los deja pasar y a nosotros siempre nos culpan de cualquier cosa”, explica preocupado porque pensaba traer a Perú más familiares. La migración venezolana ha cambiado la cara de la región. A corto plazo cuesta creer que estos ‘hijos de Chávez’ vayan a regresar al país que se vieron obligados abandonar. Para muchos, sin embargo, el camino no ha hecho sino empezar.

 

«…Ha habido una brisita bolivariana» por Ramón Pérez-Maura – ABC – 13 de Octubre 2019

Piden la convocatoria de una gran concentración popular para redactar una nueva Constitución. Chavismo puro

Ramón Pérez-Maura

La declaración el pasado martes 8 de octubre de Diosdado Cabello, presidente de la oficialista Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela, es el mejor resumen de lo que está pasando en el cono sur del continente Americano: «En Ecuador, Perú y Argentina ha habido una brisita bolivariana». El auge del peronismo kirchnerista en Argentina se ha visto complementado en las dos últimas semanas con el golpe de estado de facto que se ha perpetrado en Perú y con la sublevación callejera contra el presidente constitucional ecuatoriano, Lenín Moreno.

El caso al que menos atención se ha prestado en España es el de Perú, donde el presidente Martín Vizcarra ha disuelto inconstitucionalmente el Congreso y se queda con poderes casi dictatoriales durante cuatro meses. Sorprende mucho cómo algunos de los que denunciaron con virulencia –y con razón- el golpe de Estado de Alberto Fujimori cuando cerró el Congreso el 5 de abril de 1992, ahora aplauden a Vizcarra.

El congreso disuelto era un congreso que estaba en manos de formaciones que a mí me parecen indeseables. Pero es el Congreso que eligieron los peruanos hace tres años en las mismas elecciones en las que dieron el poder al presidente Kuczynski y a su vicepresidente, Vizcarra, que lo sucedió el año pasado cuando el primero tuvo que dimitir por causas de corrupción. Como bien explica el político de centro izquierda Alfredo Barnechea «la crisis actual se debe a un ejecutivo sin norte y un Congreso obstruccionista. Ambos lados defraudaron a los peruanos y unos y otros blindaron clamorosas corrupciones.»

Bajo la constitución vigente, un presidente tiene derecho a disolver un Congreso si le niega dos veces la confianza al Gabinete presidencial. Este Congreso ya había censurado el Gabinete de Kuczynski en 2017. Pero esta vez no censuró al Gabinete de Vizcarra, sino la elección de un magistrado del Constitucional, materia que corresponde al Legislativo. No se ha censurado al presidente en ningún momento. Y él ha disuelto el Congreso «de forma ilegal e inconstitucional» según Barnechea y otras voces autorizadas. El influyente periodista peruano Jaime Bayly reaccionó al golpe de Vizcarra diciendo que «no es un dictador, no todavía», pero sí «es sospechoso de serlo, o de querer serlo. Y eso ya es bastante malo». Según él, el Perú no ha vuelto a ser una dictadura «pero la democracia ha quedado lisiada, minusválida. El Perú es hoy una democracia con muletas».

Vizcarra es un presidente sin respaldo de ninguna clase en el Congreso saliente. Él se ha rodeado a lo largo del último año de la izquierda más radical, la que se había quedado sin voz. Uno de los representantes de la izquierda más dura del Perú, el expresidente regional de Cajamarca, Gregorio Santos Guerrero saludó el cierre del Congreso por la Policía con un tuit en el que pedía la convocatoria de una gran concentración popular para redactar una nueva Constitución. Eso suena a chavismo puro.

Si unimos esto a lo que vemos al otro lado de la frontera con el presidente huyendo de la capital de la república y parapetándose en Guayaquil, resulta evidente que hay en la región movimientos coordinados para subvertir la democracia vigente. Lenín Moreno es un hombre que viene de la extrema izquierda –como no puede ser de otra manera con ese nombre- pero que ha abandonado las políticas más radicales de su predecesor, Rafael Correa y éste está agitando a las masas contra el presidente. Impresiona ver y leer algunas crónicas de lo acontecido en Ecuador. La legitimidad democrática de Moreno ha decaído para muchos periodistas. Siempre da más audiencia una revuelta que el orden constitucional. Me pregunto yo si un levantamiento popular contra el Rafael Correa amigo de Julian Assange –al que Moreno entregó a la Policía- hubiera contado con el mismo beneplácito de tantos analistas y reporteros.

 

¿Se asomó la brisa bolivariana? por Adolfo P. Salgueiro – El Nacional – 12 de Octubre 2019

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Una constatación bastante obvia es aquella que revela que los ciclos de la historia política tienen carácter pendular y que los cambios en la dirección del péndulo se producen en intervalos cada vez más breves. Tal fenómeno se está comenzando a constatar en la realidad latinoamericana donde, después de casi una década de predominio, los movimientos políticos relativamente moderados de centro derecha, derecha o centro izquierda –todos esencialmente democráticos– están siendo puestos a prueba por fuerzas que responden a parcialidades fundamentalmente izquierdistas, comunistas, populistas   castrochavistas, Foro de Sao Paulo, etc., poco comprometidos con el respeto al juego democrático y que, muchas veces, valiéndose de la democracia logran atentar contra ella habiendo infiltrado  sus instituciones.
También hay movimientos de derecha que haciendo uso de las mismas herramientas originadas en la democracia buscan idéntico fin de preponderancia generalmente alejados de la práctica de ella (Bolsonaro, Le Pen, Salvini, Vox, etc.). En casi todos los casos la percepción de fracaso de las gestiones de gobiernos desgastados suele ser lo que impulsa al enojo del votante, la reacción y el retorno del péndulo.
Unas veces el relevo se produce según las reglas acordadas y otras se lleva a cabo con ruptura de las mismas. Algo de eso es lo que está ocurriendo en nuestro continente latinoamericano sumido en estas últimas semanas en una vorágine de inestabilidad que ha provocado insólitos comentarios como el del capitán Cabello, quien –con el cinismo que le caracteriza– ha afirmado que pareciera haber “renacido una nueva brisa bolivariana en el continente”.
La inestabilidad presente en las zonas fronterizas colombo-venezolanas, en las que la usurpación que aún despacha desde Miraflores ofrece sin rubor alguno su apoyo a los grupos terroristas infiltrados en nuestro territorio, siembra temor, desestabilización y la alta posibilidad de que un incidente (verdadero o falso) genere la chispa que encienda la mecha de una confrontación internacional armada de alto vuelo entre pueblos hermanos. No es una especulación teórica, sino una realidad palpable diariamente en Táchira, Zulia, Amazonas, Bolívar, Apure, etc.
Los eventos que sacuden a Ecuador ilustran claramente la necesidad impostergable de sincerar una economía que no puede soportar más el desangramiento que producen los subsidios a los combustibles, pero también demuestra que intentarlo desata reacciones –entendibles sí– que se explotan arropándose en el populismo más descarado. Así mismo pasó con el Caracazo de 1989 y pasa hoy en Quito y otras ciudades ecuatorianas donde –de paso– se comenta la presencia de infiltrados venezolanos que , una vez detenidos, revelan su militancia chavista y su condición de agentes pagados para desatar la violencia.
Pocos reconocen que si se solicita un megapréstamo a una institución financiera internacional, resulta razonable que esta aspire a supervisar su utilización. Igual ocurre cuando un banco nos financia la hipoteca de nuestra casa y nos sujeta a limitaciones que le aseguren la recuperación de su préstamo. Si existe alguna otra manera sería bueno que quien tenga la receta la comparta ahorita mismo.
Afortunadamente en Ecuador la represión ha sido moderada, llevada a cabo por fuerzas del orden –no por militares– y sin que se haya agotado la posibilidad del diálogo que ya ha empezado a aflorar. Pensar que los próceres de la “revolución bolivariana” tienen la sinvergüenzura de “condenar los excesos policiales” luce como una muestra de deshonestidad discursiva repugnante aunque no sorpresiva.
En Perú es difícil opinar si la decisión del presidente Vizcarra de disolver el Congreso se ajusta a la Constitución o no. El hecho de que la medida sea apoyada por 90% de la población no la convierte necesariamente en constitucional toda vez que los congresistas –bandidos o no– han sido elegidos por el pueblo en comicios tan transparentes como fueron los que invistieron a Kuzcinsky en la presidencia y a Vizcarra como vicepresidente de la república. Por lo menos en este caso constatamos la fortaleza de las instituciones que han podido aguantar varios golpes fuertes sin haber colapsado.
En Argentina parece ya cantado que el populismo kirchnerista regresará a la Casa Rosada propinando un severo castigo a un Macri que –bien o mal–  tuvo que tomar medidas para reparar lo que el kirchnerismo le dejó como herencia. La consecuencia será el regreso de medidas populistas para que a la vuelta de otros cuatro años haya que intentar volver a reparar el daño.
En Uruguay –el mismo 27 de octubre como en Argentina– hay la posibilidad de que el Frente Amplio de la izquierda gobernante no pueda conseguir reelegirse en la primera vuelta. De ser así es bien posible que la coalición entre el Partido Nacional y el Colorado pueda desalojar a quienes han venido inicialmente coqueteando con el chavismo-madurismo y últimamente se han cuadrado con él sin rubor alguno.
En Bolivia el 20 de este mismo mes de octubre se decidirá si Evo gana en primera vuelta o no. De no ganar existe una esperanza de que las alianzas que se puedan tejer alrededor de Carlos Mesa para la segunda vuelta puedan desalojarlo del poder que ha ejercido ya por tres mandatos, hablando muchas estupideces en materia política pero cometiendo pocas en materia de conducción económica.
De este ajedrez que hemos resumido, los venezolanos tenemos mucho que ganar o que perder. Si ganan los kirchneristas en Argentina , Evo en Bolivia o el Frente Amplio en Uruguay o si tumban a Lenín Moreno en Ecuador, la situación de Venezuela en el Grupo de Lima (con México ya perdido hace un año), o en la OEA donde la representación de Guaidó se apoya en una inestable mayoría, o las decisiones dentro del TIAR, bien pueden complicar el apoyo internacional regional que hasta ahora es elemento determinante para mantener la esperanza del cese de la usurpación.
Como consecuencia de lo anterior, es evidente que Guaidó tiene que apurar al máximo la velocidad para lograr las tres metas que se ha propuesto (cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres) antes de que cambien para peor las circunstancias exógenas. Para que eso sea posible, quienes comparten, condicionan y limitan la acción del presidente (E) precisan empujar todos en la misma dirección y con la vista puesta en el futuro de la patria y no en el interés inmediato de sus toldas. La cortesía con mis lectores me sugiere destilar optimismo, la razón me hace ser escéptico.

Inmigración venezolana a Perú – BBVA – Octubre 2019

¿Porqué se nos odia? por Trino Márquez – Noticiero Digital – 3 de Octubre 2019

Las expresiones de xenofobia de reducidos grupos de la sociedad peruana, incluidos policías y medios de comunicación, han causado un hondo impacto en Venezuela. La ahora exdiputada Esther Saavadra,  de Fuerza Popular, partido dirigido por Keiko Fujimori, en una intervención en el Congreso llegó a solicitar que el ejército sacara a los venezolanos, malos y buenos, de esa nación. Lanzó una proclama similar al Decreto de Guerra a Muerte: venezolanos, contad con la muerte aun siendo inocentes, le faltó decir a la señora.

¿Por qué tanto odio del fujimorismo contra los miembros de la diáspora que se encuentran en Perú? La conocida periodista Rosa María Palacios, en su programa Sin Guion, señaló que ese encono perseguía distraer la atención porque los reflectores de la opinión pública estaban colocados sobre los casos de corrupción que salpican a la mayoría fujimorista del Congreso y en las tensiones existentes entre el Parlamento y el Ejecutivo. Ya sabemos cómo se resolvió el conflicto. El presidente Martín Vizcarra decidió clausurar el órgano legislativo y convocar nuevas elecciones en enero próximo. Las piruetas chauvinistas del fujimorismo no fueron  eficaces. Esther Saavedra y Keiko Fujimori deben de estar decepcionadas. Sin embargo, el problema de la xenofobia va más allá de la manipulación política.
Nicolás Maduro condenó de forma categórica los episodios de persecución y acoso a los venezolanos. Era lo menos que podía hacer quien es el gran culpable de la tragedia que viven millones de compatriotas expulsados al exterior. Su aparente furia no puede encubrir esa responsabilidad inocultable.
Hacia Perú se han movilizado más de medio millón de venezolanos. Acnur, la Oficina Internacional de Migraciones y el gobierno peruano estiman que 2019 cerrará con una población cercana al millón de exiliados. Esta cifra es muy alta para una nación de proporciones medias como esa. El impacto en los servicios públicos será muy alto. Al Gobierno le resultará muy difícil atender las demandas de esa población tan elevada.
Ese choque hay que examinarlo en su contexto.   En un trabajo publicado en BBC Mundo, el periodista Ángel Bermúdez señala que los gastos realizados por los venezolanos en 2018, de acuerdo con cifras del Banco Central de Perú, representaron un punto de los cuatro que creció el PIB durante ese lapso. En otros términos, la contribución fue de 25%. Nada despreciable. Otro dato significativo, también según el banco central, es que la inflación en 2018 disminuyó, especialmente porque la oferta laboral del contingente de venezolanos permitió que la remuneración salarial se mantuviera estable. La gran mayoría de ellos trabajan en el sector formal. Solo una franja compuesta por 30.000 compatriotas se desempeña en el sector informal. Los venezolanos contribuyeron a que hubiese crecimiento sin inflación y sin expansión acelerada de la informalidad, objetivo que toda economía sana aspira.
La periodista Rosa María Palacios ha desmontado algunas mentiras difundidas por los xenófobos. Una de ellas es que los venezolanos están protegidos por la Ley de sueldo mínimo vital. Palacios demuestra que tal prerrogativa no existe. La ley de sueldo mínimo rige para todos los trabajadores peruanos, sin que se discrimine o privilegie a ningún estrato en particular. Otro dato relevante es el que se refiere a la delincuencia. Los xenófobos dicen que los delitos han aumentado de forma exponencial. Una nueva distorsión. En Perú la población penitenciaria asciende a 70.000 reclusos. De ellos, solo 74 son venezolanos. Entonces, ¿a partir de cuál criterio se establece que los venezolanos son ‘delincuentes’? En el grupo emigrante hay capas que carecen de educación y formación en un oficio calificado. Este núcleo trata de ganarse la vida de formas poco convencionales. Algunos transgreden las normas. Cometen delitos. Lo mismo ocurría con quienes abandonaron Perú durante la aciaga década de los ochenta, cuando los terroristas de Sendero Luminoso y Túpac Amaru causaban pánico entre los peruanos y muchos de ellos huían despavoridos hacia otras naciones del continente, entre ellas Venezuela. Aquí nadie dijo que todos los peruanos eran unos gamberros que debían ser expulsados en masa.
La xenofobia siempre conduce por caminos descarriados. Lo que más les duele es que 70% de los venezolanos que se hallan en Perú poseen títulos universitarios. Son profesionales y técnicos de alta calificación. El pequeño lote de desadaptados que han cometido actos repudiables no representa a la inmensa mayoría que ha salido a buscar un destino mejor al que Nicolás Maduro y su socialismo del siglo XXI ofrecen.  Los xenófobos odian al extranjero, al que es distinto, porque son mediocres, no se atreven a competir, tienen complejo de inferioridad y colocan la responsabilidad de sus males en factores externos.
La buena noticia es que en la capital peruana se formó hace algunos años el Grupo de Lima, que reúne a gobiernos democráticos que enfrentan sin tregua a Nicolás Maduro. En este momento ese comportamiento solidario debemos subrayarlo, al igual que la actitud de la mayoría de los peruanos, que han recibido a los venezolanos con respeto y fraternidad.

Perú deporta a dos magistrados chavistas tras negarle la entrada a su país por Casto Ocando – Alberto news – 1 de Octubre 2019

Como parte del compromiso que mantienen con los países miembros del Tiar, la nación andina negó la entrada a los magistrados que se encuentran vinculados al régimen de Nicolás Maduro.

El lunes 30 de septiembre los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), Indira Alfonzo y Arcadio Delgado Rosales, fueron retenidos en el aeropuerto de Perú, debido a sus vínculos con el régimen de Nicolás Maduro.

El gobierno peruano negó la entrada a los funcionarios chavistas, a quienes deportaron tres horas después de su llegada a la ciudad de Lima, en donde participarían en la Cumbre Judicial Iberoamericana.

Las autoridades de Perú alegaron antes de depórtalos que se trataba de una serie de “restricciones de tipo migratorio, ordenadas por el gobierno peruano”.

Las acciones se producen después de que un grupo de países pertenecientes al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (Tiar), se comprometieron a no permitir el acceso a los funcionarios o personas que estén vinculadas con el régimen chavista.

Indira Alfonzo y Arcadio Delgado Rosales son parte de los magistrados que se encuentran sancionados por Canadá y Estados Unidos. A 12 de ellos solo les revocaron la visa estadounidense; los otros 18 no solo se quedaron sin visa, sino que sus cuentas y propiedades en Estados Unidos, Suiza, Unión Europea, Panamá y Canadá, fueron bloqueadas.

Xenofobia en Perú – Revista Avila Montserrate – 1 de Octubre 2019

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Todas las sociedades están expuestas a que algunos de sus sectores expresen respuestas xenófobas cuando tienen que enfrentar fenómenos migratorios. Lo que se espera en esos casos es que el Estado y sus órganos de gobierno actúen sin dilación para frenar esos brotes, conforme con valores democráticos inspirados en los avances alcanzados en materia de protección de los derechos humanos.

Se espera también que las élites políticas, económicas y sociales de los países, sensibilizadas con estos valores, hagan cumplir los acuerdos, nacionales e internacionales, y garanticen un comportamiento moderno y civilizado frente a minorías como pueden ser los nacionales de otros países que buscan refugio huyendo de la miseria y la represión.

Lo acontecido recientemente en Perú merece una firme condena. No es posible que se confunda el delito que comete personalmente un delincuente y se culpabilice de manera masiva a toda una comunidad de migrantes y refugiados venezolanos, dando lugar a claras manifestaciones xenofóbicas y razzias, ciegas y vociferantes, que ponen en peligro a millares de inocentes.

La persecución contra la población venezolana no augura nada bueno. Quien le abrirá sus brazos para “recibirla acogedoramente” será el crimen organizado que aprovecha circunstancias como estas para que coyotes, traficantes y tratadores de personas saquen ganancia de ella.

Los migrantes venezolanos son víctimas de una dictadura que colapsó los más elementales aspectos para tener una vida digna y sostenible, obligándolos a salir intempestivamente de su país en la más grande y veloz diáspora que ha vivido América del Sur, dejando atrás todo, sobre todo su futuro. Y ahora, la acción irresponsable de algunos los convierte en los más vulnerables entre los vulnerables.

El gobierno peruano, como también los de Ecuador y Colombia, firmaron el Pacto Mundial por la Migración en diciembre del 2018. Hoy en Perú, y a menos de un año, los discursos hechos en esa ocasión parecen haber caído en el olvido. Ojalá la suscripción de este acuerdo sirva para que se hagan valer los compromisos alcanzados. Lo sucedido en tierras peruanas debe servir de alerta al resto del continente.

Recordaba recientemente el Papa Francisco refiriéndose al tema de la migración que “es necesaria una toma de responsabilidad común y una más firme voluntad política para lograr vencer (los prejuicios)… Se requiere más responsabilidad hacia las víctimas de los problemas asociados a la migración…”.

Ola de xenofobia se incrementa contra venezolanos en Perú: “Maduro recoge tu basura”, “fuera venecos”, “miserables” – Aporrea – 28 de Septiembre 2019

28-09-19.-La ola de xenofobia se incrementa contra venezolanos en Perú. La noche de este viernes un grupo de ciudadanos de ese país marcharon en distintos puntos de la región, en rechazo a los venezolanos.

“Maduro, recoge tu basura” es la frase que exclama una multitud que aparece en un video difundido a través de la red social Twitter, “fuera venecos” es otra de las consignas con las que un grupo xenófobo de peruanos ratifican su rechazo hacia los venezolanos que emigraron hacia esa región.

Asimismo, también publicaron un video en el cual se observa a un miembro del movimiento nacionalista peruano llamando “miserables” a los venezolanos, “vamos a trabajar con la policía nacional, la fuerza aérea y marina, en todas las fronteras para que no pase ni un miserable venezolano”, exclamó el sujeto mediante un altavoz.

Cabe destacar que este viernes 27 de septiembre fue difundido un video en las redes sociales donde se aprecia a un grupo de policías peruanos agrediendo brutalmente a una joven venezolana que iba caminando por la calle.

Para ver los videos abrir el siguiente enlace :

https://www.aporrea.org/amp/ddhh/n347249.html

Plan de Maduro para atacar a Perú ‘por debajo de la mesa’: Infiltrar a delincuentes y asesinos – PD América – 17 de Septiembre 2019

El plan de Maduro para atacar a Perú 'por debajo de la mesa': Infiltrar a delincuentes y asesinos
Nicolás MaduroPD

Un informe desvelaba que Hugo Chávez intentó vencer a Estados Unidos a través de los envíos masivos de cocaína. Una estrategia que Nicolás Maduro podría estar copiando en una escala menor para perjudicar a Perú. Óscar Pérez, exdiputado venezolano, insinuó que el régimen de Nicolás Maduro está infiltrando delincuentes en Perú, como el grupo que la semana pasada descuartizó a dos sujetos por una presunta venganza.

Pérez, presidente de la ONG Unión Venezolana en Perú, aseguró que «resulta sospechoso la recurrencia y la violencia» con lo que se suscitan los delitos. «No quiero decir que no sea espontáneo, pero lo que nos preocupa es la frecuencia. No hay un día en que no aparezca un venezolano en las noticias accionando de una manera irregular en el país», refirió. La información la reseñó la agencia internacional de noticias EFE.

Pérez indicó que «no sería descabellado pensar que pudiese haber una motivación política de Maduro para descalificar al éxodo.Además, para causarle un problema al Estado peruano». En Perú causó la pasada semana mucha conmoción la aparición en Lima de dos cuerpos descuartizados pertenecientes a un venezolano y un peruano.

Según las primeras investigaciones, el doble asesinato fue cometido por una banda de unos seis venezolanos que torturaron y desmembraron a sus víctimas en un hostal, donde de acuerdo a medios locales, utilizaron una crueldad extrema típica de los grupos criminales de Venezuela.

En mayo pasado, el ministro peruano del Interior, Carlos Morán, atribuyó el incremento de los indicadores de delincuencia en su país a la masiva inmigración de ciudadanos venezolanos, que en la actualidad suman ya 866.000.

Desde entonces el Gobierno peruano ha deportado a unos 200 venezolanos que habían ocultado sus antecedentes penales para obtener el permiso de residencia en Perú y ha exigido visado para el ingreso al país de ciudadanos de Venezuela.

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