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Mea Culpa por Laureano Márquez – La Patilla – 22 de Junio 2018

UnknownNo se trata de una particular manera de hacer aguas. La frase viene del latín y significa literalmente “por mi culpa” . En el rito romano, es una oración de preparación para la liturgia en la cual se confiesan públicamente los pecados ante el pueblo de Dios, como decir el Twitter Supremo, para que se entienda. Hago, entonces, mi mea culpa:

I
Conocí a Chávez en 1998 cuando trabajaba en KYS FM. El programa que conducían Alba Cecilia Mujica y Sergio Novelli mantenía un espacio: “Viernes de humor” y la pasábamos bastante bien y parece que el público también. Un viernes se presentó el entonces candidato presidencial, Hugo Chávez. Como se sabía de su visita desde el día anterior, yo llevé varios ejemplares de unos artículos en clave de humor, sobre un supuesto plan de gobierno para la salvación de la economía venezolana, que había escrito para la revista SIC del centro Gumilla. Recuerdo que entre ellos había uno: “Microdiccionario de macroeconomía” en el que definía todos los términos macroeconómicos de manera confusa para producir un efecto cómico ex profeso (que no es alguien que fue profesor, sino una locución latina que significa “a propósito”, “intencionadamente”). Fue la única vez que vi a Chávez en mi vida, pero fue suficiente. Al final de la entrevista, en la que tuvimos un intenso debate, yo caracterizando a Caldera y el caracterizándose a sí mismo, como solía hacer, le regalé los ejemplares de las revistas con los artículos aludidos.

Antes de que yo tuviese tiempo de explicarle que eran en clave de joda, él, luego del consabido tic nasal, dijo: “Mira, te prometooooo, que voy a estudiar esto detenidamente y te prometoooooo que lo vamos a aplicarrrr…”

Supongo que él vio la revista SIC, de corte progresista, y se imaginó que la cosa iba en serio. Ya en el gobierno no hizo otra cosa que aplicar en serio el plan de gobierno que yo le había dado en broma.

II
(10 años antes). Recién graduado en ciencias políticas, buscaba trabajo desesperadamente. La situación estaba entonces muy difícil para los politólogos, al punto que, muerto un colega en la indigencia, hacíamos una vaca para su sepultura y solicitábamos colaboraciones de 100 bolívares. Inquirido un funcionario de entonces por nosotros:
¿Podrías colaborar con 100 bolívares para enterrar a un politólogo?

El susodicho respondió: ¡¡¡Toma 200 y entierra a dos!!!

En un contexto así, naturalmente, conseguir empleo no era sencillo. Vi en El Nacional un aviso en el que solicitaban choferes para metrobús y me presenté con mi currículum. A la semana me llamaron para darme el empleo, pero en esos días surgió también la posibilidad de realizar estudios de postgrado en “Planificación y Gestión Gubernamental ”. Opté por estudiar y fui a la C.A. Metro de Caracas a dar aviso de que no tomaría el trabajo. En la taquilla vi la lista de aspirantes; tacharon mi apellido y llamaron al otro aspirante que quedaba por la M. Es decir, que de no haber hecho estudios para gobernar el país, sería yo ahora el presidente. Lamento hasta el día de hoy no haber aceptado el puesto.

Aceptadas estas culpas capitales, como dicen las ventas por TV: “Hay más, mucho más”:

Nunca he pensado que otro ser humano es una rata ni un gusano. Con ese pensamiento, los nazis exterminaron millones de personas. Así como me opongo a que los chavistas nos sigan aniquilando, tampoco quiero aniquilarlos a ellos.

Nunca he mandado a nadie a hacer alguna acción que conlleve riesgo, si no estoy presente yo también en la misma, corriéndolo también. En tal sentido -con vergüenza-, reconozco mi admiración por todos los líderes opositores que se la han jugado, que han recibido tortura, agresiones y – de manera especial- por todos los que han sido asesinados en esta lucha.

Me declaro culpable también de creer que esta es una confrontación ética en la que no podemos convertirnos en aquello que pretendemos cambiar. Eso fue lo que hizo el chavismo, elevando los males que padecíamos a la enésima potencia.

Me declaro culpable de haber propiciado el voto cuando creí que el voto podía ser útil, como lo fue en la elección de la Asamblea Nacional, cuyos resultados agarraron tan fuera de base al régimen que tuvieron que hacer reforma exprés con la Asamblea vieja para inhabilitar la nueva.

Confieso haberme opuesto a este régimen desde el primer día, cuando muchos de los que hoy me crucituitan aún votaban por él porque aquí hacía falta “mano dura”.

Pero sobre todo, me declaro culpable de no tener el más mínimo propósito de enmienda.

Y por último me arrepiento, además, de haber escrito este artículo cuando la jauría debe estar tras una nueva presa. La historia me absorberá, el Twitter ya me absorbió.

 

La tragedia venezolana reclama hablar claro: fuera los falsos líderes por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 11 de Junio 2018

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Uno de los factores contributivos más importantes para la permanencia de la pandilla chavista en el poder ha sido la actitud de muchos venezolanos influyentes, quienes de buena o mala fe, de todo hay, han insistido en “arreglarse por las buenas” con esos facinerosos. Quienes lo hacen de mala fe simplemente tienen como objetivo participar a título personal de los beneficios que distribuye el narco-régimen chavista entre sus amigos y adulantes. Quienes lo hacen de buena fe están motivados por esa tendencia venezolana, de raíz noble, a pensar que todos somos familia y que debemos sentarnos alrededor de una mesa a dirimir nuestras “diferencias”.

Esta nota está más dirigida hacia a los de buena fe que a los oportunistas. Quienes actúan de mala fe no van a ser persuadidos a actuar de otra forma. Ellos son cómplices del gran crimen y no tienen vergüenza en aceptarlo. En este grupo de cómplices figuran los militares de alto nivel que trafican con drogas y que mantienen al narco-régimen en el poder para lograr una parte del botín. Figuran también la legión de adulantes venezolanos y extranjeros que dicen basar su apoyo en consideraciones “ideológicas’, pero que – en realidad – solo buscan su beneficio personal, los Zapateros y los Manuel Rosales o los Henri Falcón.

Quienes actúan de buena fe, a lo Capriles o a lo Eduardo Fernández, simplemente se niegan a ver la horrorosa realidad venezolana y persisten en buscar una transacción, un acomodo con el narco-régimen, a fin de que podamos atenuar la miseria de los venezolanos. Este grupo se niega a considerar cualquiera otra forma de protesta cívica que no sea la “pacífica, constitucional y electoral” y ello lo ha llevado a validar con su presencia los grandes fraudes electorales cometidos en Venezuela o a aceptar pasivamente los resultados que todos los venezolanos saben que son fraudulentos. Se niegan a aceptar que la protesta cívica en las calles, a través de huelgas sectoriales o generales, la desobediencia ciudadana, todo ello es constitucional y pacífico aunque no sea electoral. Este grupo ve las sanciones de países extranjeros al narco-régimen como “indeseables” porque “perjudican a la población”, sin darse cuenta de que la población tiene 18 años muriendo, perseguida, humillada y sometida al hambre y a la enfermedad, una tragedia ayudada por la actitud pasiva de algunos de sus líderes.

Hay que hablar claro. El liderazgo que va a sacar a Venezuela del foso no es ese liderazgo que busca el acomodo con los criminales chavistas, que considera que lo estratégicamente deseable es negociar una salida con los miembros de la pandilla que ostenta el poder. Ese liderazgo no es el requerido. El liderazgo que se necesita es el moral, basado en los principios y valores. James McGregor Burns definió estos dos tipos de liderazgo como Transaccional y Transformacional ( o transformativo). El liderazgo transaccional está basado en la oferta de promesas por parte del líder a fin de obtener lealtades, un “yo te doy, tú me das”. Hay un intercambio. Por ello, estos líderes siempre estarán dispuestos a transarse con el enemigo porque de una transacción siempre se derivan beneficios, dependiendo de cuál astuto sea el negociador. En el liderazgo transformacional no hay consideraciones de intercambio sino manifestaciones de principios y valores. Es el “solo puede ofrecerles sangre, sudor y lágrimas” de Churchill y no el “hemos comprado la paz de Europa” de Chamberlain.

La diferencia entre los dos tipos de liderazgo, el que se transa y el que transforma, es esencialmente una diferencia moral. La transacción considera los beneficios a corto plazo, la transformación ve más allá del corto plazo. Transarse puede llevarnos a ganar la batalla pero a perder la guerra. Quien se transa está a la misma altura ética de sus seguidores. Quien transforma debe colocarse en un plano superior, por ello es que lidera verdaderamente.

El líder transformacional no diluye sus principios y valores a fin de obtener una victoria momentánea o porque la transacción represente la línea de menor resistencia. No rehúye el conflicto necesario. El líder transformacional no tiene necesidad de desdoblarse en su vida privada y en su vida pública pues actúa en base a sus principios en ambas dimensiones. No es el hombre de familia público y el libertino privado. No es el Trujillo, el Somoza o el Chávez, quienes fingían ser en público lo que no eran en privado. Es el Vargas, el Betancourt o el Sucre, no el Guzmán Blanco o el Cipriano Castro. En la Venezuela contemporánea es el momento de María Corina Machado, de Luis Ugalde, de Antonio Ledezma, Enrique Aristeguieta, Diego Arria y Leopoldo López, no puede ser el momento de Cabello, Padrino López, Timoteo o Claudio Fermín.

En la Venezuela de hoy no necesitamos líderes transaccionales sino líderes transformacionales porque la redención de Venezuela no será un asunto de corto plazo o de conveniencias instantáneas sino una lucha larga por la recuperación de la dignidad, por el establecimiento de una masa crítica de ciudadanos y la creación de una verdadera Nación. Para ello será necesario terminar con la dictadura del Estado, el cual ha asfixiado a la Nación por ya demasiado tiempo. El estado en Venezuela ha sido realmente el gobierno y el gobierno, tristemente, es generalmente un hombre y su camarilla. Habrá que romper con esta estructura mezquina existentes, de enanos morales y ello demanda líderes transformacionales, no de la montonera de gente pequeña en plan de falsos líderes.

 

Habiendo durado tanto el mal… por Luis Vicente León – ProDaVinci – 10 de Junio 2018

lvl-300x359Las acciones del gobierno son contradictorias y primitivas. Insiste en repetir aquello que amplifica el problema y ya es irrelevante si lo hace por convicción, por presión de los beneficiarios internos o porque se quedó entrampado. En cualquier caso, el resultado es el mismo: un país aislado, la población con su calidad de vida pulverizada y una economía famélica.

Mientras esto pasa, la oposición está presa en sus conflictos internos entre moderados y radicales, lo que parece mostrar su incapacidad para entender la real magnitud del problema y el tamaño y peligro de su enemigo. Ante su incapacidad de articulación, ha quedado dependiente de la acción internacional, sin duda muy importante como complemento, pero nunca como sustituto de la acción política interna.

Por ahora vemos a mucha gente celebrar, con buenos deseos, las sanciones económicas y financieras internacionales, los discursos encendidos, insultos elegantes o arrabaleros (da igual), mientras la vida de la gente empeora a pasos agigantados. ¿Cuánto tiempo antes de que se vuelvan a frustrar? Es cierto que esto recrudecerá, como ocurrió también en Cuba, Siria, Zimbabue y Korea, pero sin una acción interna inteligente; la mayor probabilidad es tener el mismo resultado.

Muchos de mis amigos (y quienes no lo son), con la mejor intención, celebran los ataques verbales contra el gobierno de Maduro. Si hablamos de fresquito, cómo no coincidir con ellos. Pero eso no resuelve el tema central. Por ahora, sólo se ve el cierre de opciones a una solución real, el aislamiento, el deterioro económico, mucho peor que el actual, no sólo para el gobierno, sino para todos los que vivimos aquí.

El gobierno, mientras tanto, intenta recorrer la ruta convencional de los países sancionados, de los que hay una larga historia que contar: cambiar la fisonomía económica del país hacia otros aliados que le permitan subsistir a sus “jerarcas” y hacer al pueblo, en general, más dependiente de los repartidores de migajas.

Estará activa un rato la celebración provocada porque algunos países y organizaciones decentes le griten al gobierno lo que realmente es, pero luego ¿qué?

En efecto, el gobierno está pasando aceite. La crisis económica lo desborda y apenas empieza a recibir los embates brutales de la hiperinflación, que es mucho más concreta y demoledora que cualquiera de sus otros enemigos. La división interna lo pone en alto riesgo de implosión y sus jerarcas están en el momento crucial en el que se debaten entre quedarse encerrados, ellos y sus familias, en una autocracia paria o fracturarse y abrirse a una negociación de coexistencia o salida protegida. El tema es que estar en el primero o en el segundo escenario podría depender de la inteligencia de su adversario interno, que no puede ser sustituida por nadie mas. La teoría política es contundente. Los cambios de una autocracia a una democracia ocurren cuando el costo de permanencia del gobierno se hace infinito y el costo de salida de ese gobierno se reduce y se negocia. Si no trabajas en ambas variables, ocurre lo que ha ocurrido en los países donde se fortalece el primer escenario… y he de decir que son varios.

En todo caso, miremos por encima de los nubarrones del presente y pensemos que a la larga prevalecerá la racionalidad. Quizás es momento de recordar a Don Quijote cuando, después de una secuencia de sus famosas derrotas, le decía: “Sábete, Sancho, que todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal sea durable y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está muy cerca”.

La comunidad internacional: ¿con quién concierta? por Trino Márquez – La Patilla – 30 de Mayo 2018

UnknownEl recrudecimiento de las sanciones y amenazas, lleva a pensar a un grueso segmento de la oposición venezolana que la solución de la grave crisis nacional, se halla en la presión que sea capaz de sostener la comunidad internacional sobre el régimen cada vez más aislado, desprestigiado y sancionado de Maduro. Para que tal premisa se cumpla, resulta indispensable resolver algunos problemas internos que esa colectividad no puede corregir.

En su relación con los sectores democráticos venezolanos, desde finales de 2017, la comunidad internacional ha ido cambiando sus nexos, definidos hasta entonces sobre la base de una conexión fluida con la Mesa de la Unidad Democrática, instancia que agrupaba a la mayoría de la dirección opositora: la que gozaba de mayor prestigio y autoridad. Había sido un arduo trabajo de varios años lograr que la opinión pública internacional reconociera un interlocutor válido, al que le concediera valor y prestigio.

Hugo Chávez se había encargado de demoler a AD y Copei, los grandes partidos históricos, las otras organizaciones languidecían y las nuevas agrupaciones no habían tenido tiempo para implantarse y desplegarse por el territorio nacional. La MUD a partir de 2010 se convierte en esa plataforma que la comunidad internacional estaba esperando que apareciera.

La atomización que se produjo recientemente dentro de los sectores adversos al régimen, modificó ese panorama. Ahora se mueven varios grupos en el escenario sin que ninguno de ellos posea la hegemonía. En la actualidad encontramos el Frente Nacional, la MUD, los factores que integran Vente Venezuela, los partidos que apoyaron a Henri Falcón durante la campaña electoral, el chavismo disidente y algunos núcleos realengos que, estricto sensu, no se ubican en ninguna de las facciones anteriores. Los voceros más activos de la comunidad internacional, especialmente Luis Almagro, secretario general de la OEA, Marco Rubio, senador republicano de Florida, y Antonio Tajani, presidente del Parlamento Europeo, mantienen contacto permanente con los miembros de las fracciones que decidieron abstenerse en las elecciones del 20-M, pero sus lazos con los otros segmentos opositores es muy precario o inexistente. Esta diferencia se entiende. Los voceros opositores más dinámicos e influyentes en el frente internacional son Julio Borges, Antonio Ledezma, Carlos Vecchio y Luis Florido, cuyos partidos forman o formaron parte de la MUD y, posteriormente, se negaron a asistir a la cita del 20-M. Son ellos quienes construyen los puentes con el exterior. Sin embargo, esta cercanía de ningún modo significa que sean esos dirigentes y sus agrupaciones los únicos que pueden potenciar la influencia foránea dentro del país. Para que ese respaldo se traduzca en una fuerza emancipadora, resulta esencial que vuelva a aparecer en el ambiente nacional una plataforma política y organizativa similar a la MUD, capaz de sintetizar los intereses y aspiraciones de ese espectro tan amplio y complejo de grupos y partidos que conforman la oposición. El Frente Nacional nació con esta misión, pero hasta ahora no ha pasado de ser una promesa.

Roberto Casanova, de Liderazgo y Visión, propuso recientemente en un artículo, organizar una consulta popular para que sean los ciudadanos quienes elijan un pequeño grupo de dirigentes, entre cinco y siete, que asuman la vocería y conducción de la resistencia y lucha contra el régimen. Sería una dirección colectiva conformada ad hoc, investida de la autoridad para trazar planes y definir metas para el corto, mediano y largo plazo. Una decisión de esta naturaleza implicaría que las organizaciones y líderes existentes cederían parte de su escaso protagonismo actual, en aras de alcanzar un grado de coherencia y unidad indispensable para enfrentar con éxito a un gobierno que luce acosado y débil, pero cuyo ocaso definitivo puede tomar años, con las graves consecuencias que esa dilación traería.

Además de las ventajas de contar con una dirección interna uniforme, ese núcleo dirigente, u otro elegido mediante un procedimiento distinto, podría convertirse en el interlocutor que la comunidad internacional está esperando para, concertados, actuar dentro de una línea coherente. La eficacia de la acción internacional se elevaría. Podrían establecerse parentescos complementarios entre la actividad foránea y la endógena. Esto sucedió en Sud África y en otras naciones beneficiadas por la solidaridad internacional.

Sin resolver las enormes diferencias internas existentes y sin una conducción homogénea y cohesionada que actúe como interlocutor de la comunidad internacional, los esfuerzos que esta realice se perderán. Los factores internos aparecerán como meros espectadores pasivos, en el mejor de los caso, de medidas adoptadas en el exterior, pero con escasa incidencia en la resolución final del drama venezolano.

 

Los retos del futuro inmediato por Trino Márquez – Noticiero Digital – 24 de Mayo 2018

Unknown.jpegSalvo algunos saltimbanquis que andan por el mundo llamando traidores a quienes se les ponen por delante y algún descerebrado que elabora listas inicuas de “colaboracionistas”, el mundo opositor entendió que conviene pasar la página del 20 de mayo y entrar al capítulo dedicado a cómo enfrentar un mandatario y un régimen que, a pesar de salir averiados de la cita electoral, conservan bien sujetas en sus manos las riendas del poder.No obstante los rumores y detención de militares, el gobierno mantiene la cohesión del Alto Mando, la unidad del Psuv y de los principales dirigentes oficialistas; preserva el dominio de todas las instituciones del Estado (excluyendo la Asamblea Nacional); mantiene el respaldo de la mayoría de los gobernadores y alcaldes. Este entramado tan urdido no ha dado muestras de fracturas ostensibles. El régimen evidencia su disposición a enfrentar la creciente presión internacional y endógena con esa malla protectora, incluso a costa de seguir destruyendo lo poco que queda de la nación. No le importa que la hiperinflación siga su curso arrollador, que Pdvsa esté quedando en escombros, que la miseria arrope a un número cada vez mayor de venezolanos y la estampida hacia el exterior alcance cifras siderales. No piensa ceder ni un milímetro sus posiciones. Cuentan con el respaldo de Rusia, China, Irán, Turquía y Cuba.

En este cuadro de dominación hermética y deterioro global, les corresponde moverse a las fuerzas democráticas. Roberto Casanova, el padre Luis Ugalde y Fernando Mires han escrito interesantes artículos acerca de qué hacer a partir del pasado domingo. No voy a repetir lo que ellos dicen. Me limito a recomendar la lectura de sus trabajos, titulados respectivamente, Una propuesta para después del 20 de mayo acusaciones mutuas versus plan unitario, Reflexiones del día después del No al Sí y Venezuela: después del 20-M. Prefiero puntualizar algunos aspectos y señalar otros retos.

Recomponer la unidad, luego de las agresiones mutuas entre los partidarios de Falcón y quienes optaron por llamar a la abstención, autocalificados como la “verdadera oposición”. La política es un arte donde lo primero que debe fortalecerse es la piel. Sin embargo, hay que medir las palabras. Los exaltados deben controlarse. La unidad pasa por la reintegración, e incluso por la incorporación de personajes como Bertucci, a las decisiones y al plan de lucha que se defina en la MUD y en el Frente Nacional, o en la nueva plataforma ad hoc que se cree a partir de las conversaciones entre las fuerzas y grupos políticos. Sólo una férrea unidad de los sectores adversos al gobierno, puede lograr avances significativos en la lucha contra un régimen que ve comprometida su existencia por factores externos tan poderosos como los que reclaman su cabeza.

Reconectarse con los sectores populares. Los padecimientos de la inmensa mayoría de los venezolanos son inenarrables. La sensación de abandono no proviene solamente de su desencanto del gobierno. También existe una enorme decepción con respecto a la alternativa democrática. Los sectores de la clase media y popular sienten que, a pesar de su esfuerzo y contribución para que la situación cambie, los líderes no han estado a la altura de los desafíos. No han conducido con inteligencia la lucha. Esta puede ser una percepción injusta, sin embargo, forma parte del panorama y hay que lidiar con ella. Resulta crucial encontrase con la gente que ha visto erosionar irremediablemente su calidad de vida, canalizar sus deseos y reanimar la esperanza en sí misma, para que vuelva a creer que su esfuerzo puede y tiene que contribuir a cambiar el caos dominante.

Recuperar la confianza en las elecciones tomando en consideración las condiciones reales existentes, caracterizadas por la hegemonía madurista. No resulta conveniente estar proclamando que los demócratas sólo acudirán a nuevas elecciones cuando se haya conformado un nuevo CNE, químicamente puro. Esa aspiración representa un imperativo categórico en una sociedad democrática, pero no en un régimen hamponil. Unas eventuales elecciones presidenciales en un futuro cercano, únicamente se darán en el marco de una crisis colosal que obligue al gobierno a pactar ese mecanismo como fórmula para superar el descalabro. Un punto de esa negociación será la integración de ese hipotético CNE y las condiciones que regirán el proceso. De producirse esa abismal crisis, siempre anunciada pero jamás concretada, el gobierno concertará, cederá y propondrá acuerdos conciliatorios, pero jamás renunciará a demandar algunas garantías. No hacerlo, sería capitular. Ya tenemos evidencias suficientes que indican que la capitulación no se encuentra en sus planes. Un desafío fundamental de la oposición reside en recuperar la confianza del ciudadano en la importancia de su voto, teniendo en cuenta que las elecciones se darán en medio de ese quiebre de la gobernabilidad en la que los bandos en pugna tendrán que ceder en aspectos que consideran cruciales. Lo demás es ilusorio. Si la dirigencia no adquiere plena conciencia de estas restricciones que el cuadro político impone, toda concesión al régimen aparecerá como un signo de debilidad y entrega. El pensamiento simple y maniqueo campea.

El liderazgo que emerja después del 20 de mayo tiene ante sí retos descomunales. Si no los asume con éxito, la labor destructiva del régimen continuará indetenible.

La abstención da un impulso a la oposición venezolana contra Maduro por F. Manetto/A. Moleiro – El País – 23 de Mayo 2018

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Los partidos del Frente Amplio se marcan como meta unir a todos los críticos. La Asamblea Nacional opositora califica de “farsa” las elecciones

La oposición venezolana redobló tras las elecciones presidenciales del domingo su presión contra el Gobierno de Nicolás Maduro impulsada por una abstención récord del 54%. La prioridad de los partidos del Frente Amplio, que llamaron a boicotear los comicios y ahora reivindican la baja participación como victoria simbólica, es cerrar filas y encontrar una estrategia común. “Asumimos con urgencia y humildad el reto de consolidar la unidad superior que permita agrupar a todos los que nos oponemos al régimen madurista”, señaló la coalición.

La abstención da un impulso a la oposición venezolana contra Maduro Maduro lanza una ofensiva contra Estados Unidos y expulsa a dos diplomáticos
La abstención da un impulso a la oposición venezolana contra Maduro La disminuida legión de Nicolás Maduro

La estrategia para hacer frente al chavismo nunca fue del todo unitaria y después de la jornada electoral los distintos sectores de la oposición todavía seguían atribuyéndose responsabilidades. Las principales fuerzas del Frente Amplio, antes agrupadas en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), se desvincularon de la votación que reeligió a Maduro en medio de acusaciones de fraude. Lo hicieron por ejemplo Voluntad Popular, la formación de Leopoldo López, Primero Justicia, de Julio Borges y Henrique Capriles, y Acción Democrática, de Henri Ramos Allup. Tras fracasar a principios de año la mesa de diálogo instalada en República Dominicana, estos partidos trataron de demostrar su fuerza por la vía de la abstención. Al conocerse los resultados y los datos de participación, recalcaron su triunfo, mientras que Henri Falcón, el único rival de peso del sucesor de Hugo Chávez, impugnó la votación.

“Queda absolutamente claro que nuestro pueblo no puede ser engañado con farsas y que conoce y respeta profundamente el verdadero significado de la palabra ‘elecciones’. Ayer [el domingo] quedó demostrado que nuestro pueblo si quiere votar, pero no ser parte de un engaño. Ayer mostramos el significado real de la desobediencia civil”, proclamó el Frente Amplio en un comunicado. “Al consumarse el fraude y su deslegitimación, logramos que el régimen diera un gran paso hacia su propia destrucción”.

Desde la elección de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), el pasado 30 de julio, la oposición había perdido proyección política. Sin embargo, sus dirigentes intentan recuperarla, de momento con una declaración pública de intenciones. “Al consumarse el fraude y su deslegitimación, logramos que el régimen diera un gran paso hacia su propia destrucción. Por ello, tenemos el deber histórico de unificarnos, organizarnos y movilizarnos hasta que hagamos llegar el cambio. Unión, organización y lucha es lo que nos toca ofrecer en lo inmediato al pueblo venezolano”.

Una farsa”

En este contexto, estas formaciones se proponen buscar la unidad: “A partir de este momento entraremos en contacto con todos los liderazgos, organizaciones y plataformas que, estando o no de acuerdo con nuestros planteamientos en el pasado, estén dispuestos a ejecutar una estrategia de lucha común que movilice a nuestro pueblo y a la comunidad internacional para obligar a la dictadura a devolver la soberanía al pueblo”.

Este martes también la Asamblea Nacional elegida en diciembre de 2015, de mayoría opositora, que sigue reuniéndose en paralelo a las Cortes Constituyentes, emitió una declaración de repudio “para reiterar el desconocimiento de la farsa del 20-M para la supuesta elección del presidente de la República”. “Se declara inexistente la farsa por haberse realizado al margen de la Constitución”, concluye esa institución, que calificó a Maduro de “usurpador”.

 

Venezuela después del 20M por Fernando Mires – Blog Polis – 21 de Mayo 2018

miresUna máxima recomienda no hacer abuso del tiempo subjuntivo en los análisis políticos entre otras razones porque la política a diferencia de la filosofía no se rige por las pautas del pensamiento especulativo. Hay, sin embargo, excepciones que confirman la regla. Una parece ser la situación surgida en Venezuela después de las elecciones del 20-M. Sí, digo elecciones. Fueron, efectivamente, elecciones en dictadura, como son las elecciones en la Rusia de Putin, en la Bielorusia de Lucaschenko o en la Nicaragua de Ortega. Elecciones viciadas, hechas para confirmar el poder del régimen.

Las de Venezuela pertenecen -han pertenecido siempre desde que hay chavismo- al tipo de las elecciones dictatoriales y bajo ese bien entendido la oposición venezolana ha participado en ellas obteniendo incluso victorias resonantes. No fue ese el caso de las elecciones presidenciales del 20-M. Y es ahí donde surge la pregunta subjuntiva: ¿qué habría sucedido si una oposición tan unida como el 6-D hubiera participado masivamente? La respuesta desde una perspectiva numérica es una sola: una unidad electoral masiva habría sepultado a Maduro. Ningún fraude habría podido contener un aluvión de votos de proporciones tan gigantescas. Por eso la impresión es ya general: la oposición venezolana perdió una gran oportunidad para deshacerse definitivamente de la dictadura. La mejor oportunidad de toda su historia.

No vale la pena, ni en política ni en otros órdenes de la vida, hurgar heridas ni mucho menos llorar sobre la leche derramada. Pero sería omisión no afirmar que la abstención venezolana no fue producto de un plan meticulosamente fraguado por las dirigencias políticas. Por el contrario, fue un producto de su propia impotencia. Porque la abstención -seamos honestos- no comenzó con las presidenciales.

La abstención masiva surgió de la crisis política de la oposición después de que Maduro aplastara a las movilizaciones del 2017 y del mega-fraude que dio vida a la Asamblea Constituyente, hecho que llevó no solo a los electores, también a los propios partidos, a desconfiar de su única arma: El voto. La abstención tomó forma en las regionales de octubre de 2017 y después en los desórdenes electorales de las municipales en diciembre del mismo año. Derrotismo, apatía, dispersión, abstencionismo, ausencia de línea y conducción, fueron los signos de ambas elecciones.

Las regionales y las municipales fueron regaladas por la oposición, a la dictadura. La abstención en las presidenciales de mayo, vista desde esa perspectiva, fue solo el corolario de una crisis política y moral dentro de, y entre los, partidos de la MUD. O dicho en una sola frase: no la abstención llevó a la crisis de la oposición sino la crisis de la oposición llevó a la abstención. Quizás la más clara expresión de esa crisis fue la imposibilidad de los partidos de la MUD para ponerse de acuerdo en torno a un candidato único. Y no precisamente porque faltaran nombres sino simplemente porque el egoísmo de los partidos imposibilitó ese acuerdo. No ha sido por cierto la primera vez en la historia -pienso en los orígenes del fascismo italiano- en que la razón de partido ha terminado imponiéndose por sobre la razón política.

Puede ser que no valga ya la pena detenerse demasiado en hechos ultraconocidos. La MUD al abandonar el centro político abrió un espacio por donde penetraron las tendencias más extremistas de la oposición. Sorpresa, incluso lástima, producía el espectáculo dado por parlamentarios, elegidos en elecciones, pronunciarse en contra de la vía electoral, repitiendo como loros las consignas aventureras de la señora Machado quien al menos fue siempre consecuente con ella misma. No así los personeros de la MUD. De un día a otro echaron por la borda la esencia de su propia historia: las elecciones como medio de lucha política.

La primera gran lección que dejó entonces el 20-M, fue la siguiente: Nunca más la oposición deberá abandonar su única ruta, sobre todo si se toma en cuenta de que no es capaz de transitar por ninguna otra. El precio ha sido muy caro. Ha ayudado a una dictadura a mantenerse en el poder, cuando todos los números hablaban en su contra.
No fue Falcón quien dividió a la MUD. Falcón solo se puso a la cabeza y dio forma política a una gran cantidad de voluntades que nunca habrían acatado la línea anti-electoral de la MUD. Pues si sus dirigentes no lo sabían, deben saberlo ya: siempre el abstencionismo ha sido, es y será divisionista. Si la MUD, o el Frente Amplio dio curso a la abstención electoral debió contar con fuertes divisiones internas. En cambio, cada vez que ha ido con decisión a confrontar electoralmente a la dictadura, el abstencionismo es recluido en sus bastiones tradicionales: los que ocupan hoy SoyVenezuela y otras siglas sin contenido social.

Falcón evitó que el inmenso espacio abandonado por la MUD fuera convertido en algo similar a uno de esos agujeros negros que existen en el universo cuya atracción negativa hace desaparecer a todo lo que aparece en sus cercanías. Falcón mantuvo la línea de la MUD evitando que ella desapareciera tragada por su propia inercia. Gracias a la mantención de esa línea, la oposición podrá, al menos hipotéticamente, rehacer la continuidad con su pasado electoral frente a los desafíos que vienen por delante, todos electorales: la renovación de la AN, elecciones municipales y la amenaza de un revocatorio a los diputados de la AN propuesto por Diosdado Cabello.

Queda así demostrada la importancia que juega la existencia de un candidato en los procesos electorales. Y esa es la segunda lección para la MUD. Frente a una dictadura que adelanta o atrasa elecciones a su mera conveniencia, la disposición a unirse en torno a una persona (la política será siempre personalizada) deberá mantenerse siempre presente. Falcón ocupó el lugar del contrincante que no supo, no quiso o no pudo elegir la MUD, lugar del cual la política jamás deberá prescindir. Más todavía, dio, con sus modestas fuerzas, un poco de “calle” a la lucha política, contraviniendo a un abstencionismo que no llamaba a nada.

Por enésima vez ha sido probado que la lucha en las calles y la alternativa electoral son partes de una sola unidad. Elecciones sin calle, son un absurdo. Calle sin elecciones, lleva a enfrentamientos luctuosos con las fuerzas represivas. Incluso, el mismo Falcón, después de denunciar los atropellos en que había incurrido la dictadura durante el proceso electoral, señaló como posible perspectiva, la repetición de las elecciones. Su idea fue evidentemente, mantener el tema electoral en el centro de la acción. Pues, así como el abstencionismo es fuente de divisiones, las elecciones son fuente de unidad. Nunca la oposición ha estado más unida que durante las contiendas electorales. Nunca más desunida, cuando hace abandono de ellas. Haber mantenido la ruta electoral de la MUD aún en contra de la MUD fue el gran aporte de la candidatura de Falcón. Tarde o temprano la MUD, o lo que quede de ella, deberá agradecer a Falcón.

Como suele suceder, después de una debacle abundan los llamados a la unidad. La mayoría de ellos son insustanciales y no se refieren a objetivos determinados. Suelen ser simples frases piadosas para salir del paso. Por eso, al llegar a ese punto, cabe una reflexión. La unidad por la unidad no existe en política y en algunas ocasiones tampoco es deseable que exista. Para decirlo en clave de síntesis: la unidad es siempre unidad, si no de contrarios, por lo menos de “diversos”. En ese sentido mantener la unidad a cualquier precio puede ser incluso contraproducente y, como ya lo vimos en el caso de la MUD, puede llevar a la inacción. Pues probablemente no pocos dirigentes y activistas de la MUD no estaban de acuerdo con el callejón sin salida a que fueron llevados. Pero una mal entendida lealtad con sus partidos los condujo a la parálisis total. El caso de Henrique Capriles fue muy elocuente. Al renunciar a tomar posiciones definidas en aras de una unidad abstracta, debió expresarse en un lenguaje críptico, es decir, hacer justo lo contrario que debe hacer un líder: señalar vías y hablar más claro que el agua.

Las líneas de la política son siempre divisorias. En tanto la política incorpora a la contradicción, a la controversia y al debate, no la unidad sino la división es su principal característica. Más aún: la división es condición de unidad. Pues solo puede ser unido lo que está dividido. En ese sentido vale la pena hacer una diferencia entre dos términos muy distintos que suelen usarse como sinónimos: División y desintegración. Lo que hay que evitar en política no es la división sino la desintegración. Y la desintegración suele aparecer justo allí donde las líneas divisiorias no están claras. Y bien, el gran problema es que hoy la MUD no solo aparece dividida sino, además, en un abierto estado de desintegración. Así se explica por qué las diferencias políticas toman la forma de simples luchas personales. Una de las tareas que tiene por delante la oposición es retornar a la unidad en la diversidad, razón de ser de todas las grandes coaliciones políticas.

Maduro es derrotable. Su Talón de Aquiles es el voto popular, no la abstención. Por lo mismo, todos sus esfuerzos han estado dirigidos a desprestigiar al voto. Más aún cuando ya no cuenta con el apoyo de muchos de los que ayer fueron sus partidarios. La inmensa mayoría del país está en contra suya. Transformar a esa mayoría en gran fuerza electoral -la palabra electoral incluye la defensa de las elecciones cuando estas son negadas- es posible. Esa vía ya la mostró Falcón.

 

 

La encrucijada de la oposición venezolana por Florantonia Singer – El País – 17 de Mayo 2018

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Las elecciones presidenciales del próximo domingo dividen a la oposición entre la abstención y quemar el último cartucho electoral para intentar sacar a Maduro del poder

“¿Para votar por la oposición debo hacerlo por Falcón o por el pastor?”, pregunta Yaneth Casares en una cola para comprar comida en un supermercado en Caracas. Después de oír la explicación sobre que la oposición se ha dividido, que un grupo llama a abstenerse y otro minoritario se ha ido con Henri Falcón, y que los comicios no están respaldados por la comunidad internacional, la mujer de unos 40 años, desempleada, nacida y criada en el barrio popular de Petare, con cuatro hijos y cada vez más dificultades para llevarles comida, responde: “Sigo igual de confundida. Ningún candidato me da confianza, pero creo que prefiero votar y será por el Falcón ese. Ojalá ocurriera un milagro y la gente no siguiera apoyando la sinvergüenzura de este gobierno que me tiene cansada”.

En la recta final de las elecciones presidenciales en Venezuela abunda la confusión y escasea el ambiente electoral. Una campaña que se ha desarrollado con pocos mítines y muchos baches es la antesala de las votaciones del 20 de mayo, el momento en que por fin, después de cinco años de conflictividad y de agravamiento de la crisis, Nicolás Maduro hará el amago de someterse al escrutinio de los ciudadanos, en unas elecciones convocadas y adelantadas por él, sepultadas por decenas de irregularidades en su proceso y para las que suprimió la participación de la coalición opositora MUD, de varios partidos políticos e inhabilitó a la los líderes más fuertes.

La situación es de encrucijada y ha dividido al electorado. Los principales encuestadores apuntan a una participación un poco por encima del 50%, que podría considerarse baja para una elección presidencial, pero suficiente para dejar a Maduro bien parado en medio de un proceso fraudulento. En los sectores populares hay mayor disposición a votar, mientras que en los sectores de clase media, el bastión seguro de la oposición, la abstención cobra más fuerza.

Griselda Reyes está encargada de buscar voluntarios en los municipios más opositores y de clase media-alta de Caracas, Baruta, Chacao y El Hatillo. El equipo que está armando es para vigilar los votos de Henri Falcón, respaldado por partidos minoritarios de oposición como el MAS, Avanzada Progresista y una fracción de Copei. “Yo no milito en ningún partido, pero me gusta la propuesta de Henri Falcón. Toda mi vida he votado, excepto en la Constituyente de Maduro, y sé que cuando hay mayor abstención hay más posibilidades de hacer trampa. Creo además que el voto es nuestro derecho y es la única herramienta que tenemos para salir de este Gobierno”.

Para Reyes, la falta de respaldo de la comunidad internacional no le quita legitimidad a Maduro, pues el Gobierno sigue manteniendo relaciones comerciales con otros países e incluso recientemente ha retomado relaciones diplomáticas con quienes las había roto. Reconoce que las condiciones no son las mejores, pero asegura que Falcón tiene más del 96% de las mesas cubiertas con testigos y remplazos para estos en caso de que fallen y denunciar las tres situaciones que ven como el principal riesgo: la instalación de los llamados puntos rojos con propaganda chavista que perturben la votación, el voto asistido y la sustitución de miembros de mesa por aliados de Maduro.

“La clase media-alta tenía mucha resistencia porque el candidato no cubre las expectativas, porque fue chavista, por el fraude. Pero a medida que han pasado los días, se han encontrado con la idea de que no hay una propuesta de parte del sector abstencionista más allá del 20 de mayo. Muchos irán a votar por salir de Maduro, no por Falcón”.

Protestas antes y después del 20M

Carlo Julio Rojas es activista y miembro del Frente Amplio por la Democracia, integrado por miembros de la sociedad civil, sindicatos, academia, Iglesia y que junto con la MUD y la agrupación Soy Venezuela de María Corina Machado han llamado a no participar en “la farsa electoral”; esta semana han vuelto a insistir en que se suspendan los comicios, como también lo hizo el Grupo de Lima. Rojas no critica al que vaya a votar y reconoce que ninguno de los factores de oposición –tanto los abstencionistas como los pro-voto– tiene una hoja de ruta clara para lo que viene.

“El 21 de mayo nos veremos todos en las colas para comprar comida y en las protestas por el agua, por la luz, por el hambre. Desde la rabia, la situación crítica que estamos viviendo va a desencadenar en un estallido social para el que se necesita conducción política por parte de los líderes de la oposición, que tienen que irse a las calles con la gente. Hay que protestar por los problemas de la gente. Y sé que hay miedo, que te lo digo yo que he estado preso dos veces por protestar, pero la rabia tiene que superarlo”, dice Rojas.

Las protestas surgidas del descontento serán el detonante para sacar a Maduro del Gobierno, asegura Rojas. En abril se registraron casi 1.000 protestas en todo el país. Este mes no han cesado y además el sector universitario ha iniciado paralizaciones nacionales escalonadas por la precariedad de los salarios. El activista dice que el domingo estará observando el proceso para documentar el fraude. Otros sectores del Frente han convocado a ir el mediodía a las iglesias con la gorra con la bandera venezolana, un símbolo de las protestas.

Para Víctor Márquez, presidente de la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela, la primera casa de estudios del país, y uno de los principales voceros del Frente, lo que sigue al 20 de mayo es el desconocimiento de Maduro como presidente, una rebelión ciudadana que a su juicio conllevaría a activar el confuso artículo 333 de la Constitución, que dice que cualquier ciudadano está en la obligación de restablecer la vigencia de la carta magna y el Estado de Derecho.

“Nosotros no hacemos un llamado a la abstención, eso sería una opción cuando hay una elección bajo parámetros normales. Lo que llamamos es a no convalidar la farsa electoral, pues acá el ciudadano no va a tener la posibilidad de elegir. El Gobierno quiere usar el voto para legitimarse. El 21 de mayo las instituciones tenemos que dar un paso al frente para desconocer al presidente. Debemos tomar la calle nuevamente y hay otras acciones vinculadas con la desobediencia civil, como el no pago de impuestos, que también pueden aplicarse”.

SIN GARANTÍAS Y CON GOOGLE
El 1 de marzo los candidatos Henri Falcón, Nicolás Maduro, Javier Bertucci y Reinaldo Quijada firmaron un acuerdo de garantías electorales para las presidenciales, con la intención de reducir el ventajismo del candidato del Gobierno y poder tener un mínimo de control sobre el proceso organizado por un Consejo Nacional Electoral, aliado del chavismo y acusado de fraude por la empresa operadora de las máquinas Smartmatic tras el proceso que dio origen a la Asamblea Constituyente.

En el proceso el propio Falcón ha denunciado ventajismo y el incumplimiento de los acuerdos. Maduro, a cambio del voto, ha ofrecido “regalos”, en realidad bonificaciones en dinero, a través del carnet de la patria que tienen más de 12 millones de venezolanos, el principal y peligroso mecanismo de coacción que tiene el Gobierno. También ha hecho transmisiones en la cadena nacional durante inauguraciones de obras como ocurrió recientemente con el Hotel Humboldt, y ha usado recursos públicos y el logo de instituciones en la campaña. Javier Bertucci, el candidato evangélico que podría restarle votos a Falcón, también ha denunciado que alcaldes oficialistas han boicoteado su campaña.

Ninguno de los candidatos ha tenido actos multitudinarios. La campaña cierra este jueves y son más los momentos incómodos que han pasado en el camino. A Maduro le han arrojado objetos y le han abucheado en sus recorridos, por lo que ha recurrido a tener presencia virtual y ha inundado las redes sociales, YouTube y webs de mayor tráfico de propaganda a través de la plataforma de de publicidad de Google Adwords, que en las últimas semanas ha tenido una rotación frenética. Falcón ha repartido sardinas en sus actos y en algunos mítines, su equipo ha lanzado billetes de baja denominación como papelillo, sin ningún valor en medio del proceso hiperinflacionario, para atraer a la gente. Bertucci ha recorrido el país y los templos evangélicos regalando sopas.

Carta de Laureano Márquez dirigida a la dirigencia opositora – TalCual – 15 de Mayo 2018

 

Unknown

Uno no puede condenar a Chamberlain por haber tratado de negociar con Hitler. Es muy fácil desde el 2018, conocidos los horrores del nazismo, condenar y juzgar, pero “como decíamos ayer”: “estudiamos la historia para librarnos de la historia”, a decir del Dr. Tomás Straka. De algo tiene que servir estar en el 2018 y no en 1938. En algún momento, el mundo civilizado entendió que había que detener aquello.

Vino entonces el tiempo de Churchill con su: “Combatiremos en las playas, en los lugares de desembarco, en los campos y en las calles, combatiremos en las montañas. No nos rendiremos jamás”. El ser humano frente a la posibilidad de su exterminio se alía, se organiza, aparta para más tarde las diferencias que, frente a la aniquilación total, lucen momentáneamente superfluas.

La existencia de Venezuela como nación, como proyecto de vida común, está seriamente amenazada. Esto dicho así, suena muy abstracto, pero se traduce en hechos de mucha gravedad: en gente muriendo de hambre, en personas que pierden la vida por falta de medicamentos, en millones huyendo del país -como nunca alcanzamos a imaginar que huiríamos-, en los horrores cotidianos de los que cada uno va teniendo noticias. Cuando en 1999 comenzó esta pesadilla, los que nos opusimos desde ese entonces, los que profetizábamos sus locuras y amenazas en los espacios entonces disponibles, desde el humor a la academia, jamás imaginábamos que podíamos llegar tan bajo. Los países, ciertamente, no tocan fondo, pero también es verdad que algunos casos –como es el nuestro– escarban para que la caída sea más dolorosa.

Este horror que se vislumbra, señores dirigentes opositores, es también responsabilidad vuestra, por haber pecado de “pensamiento, palabra, obra y omisión”. El mejor escenario para el régimen es el de una oposición dividida: con un grupo dispuesto a legitimar unas elecciones fraudulentas y otro grupo dispuesto a abstenerse para facilitar lo primero. No se puede llamar a una rebelión en contra de quien no tiene escrúpulos para asesinarte, tampoco se puede llamar al voto sin un plan de acción para el día posterior al inevitable fraude. En una situación como esta, todos los argumentos parecen razonables y a la vez todos falaces. Quizá por ello nos agredimos tan despiadadamente entre nosotros mismos. Alguien dijo alguna vez que la verdad es como los relojes, todos sus dueños tienen una hora distinta y todos creen tener la hora correcta.

Esta misiva no es para exponerlos al desprecio público. Me parece absurdo el odio y la descalificación. Es conocido y notorio lo que esto ha significado para muchos de ustedes en términos de cárcel, exilio y sufrimientos colaterales. Nadie tiene la fórmula mágica para salir de esta catástrofe. Las acusaciones de traición que a diario se rifan en la lotería de las redes, quizá se deba a que nadie imaginó que podíamos alcanzar estos niveles de horror, que quienes llegaron al poder con el discurso de redención del pueblo, terminarían aniquilándolo. Esta carta es para avisarles del dolor, del recelo, de la duda que flota en el ambiente en relación con ustedes. Seguramente es un sentimiento cargado de muchas injusticias, pero que sepan que está allí.

Ojalá que este domingo, cuando el fracaso nos arrope nuevamente, sepan ustedes entender, que esto de la destrucción va en serio y que para tener capital político, partidos, cargos y destino, es menester estar vivos y que si este no es el llegadero, se le parece que jode.

 

Venezuela: ¿fin de ciclo o perpetuación? por Ociel Alí Lopez – Nueva Sociedad – Mayo 2018

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Venezuela se encuentra en una encrucijada. Mientras el oficialismo de Nicolás Maduro apuesta a la continuidad en medio de un estado de crisis permanente, la política opositora no apuntala una salida creíble que le permita posicionarse. Una parte de la oposición llama a boicotear las elecciones. Otros, como el ex chavista Henri Falcón, apuestan a dar el batacazo electoral. La escena se vuelve aún más confusa con la participación electoral del opositor Javier Bertucci, un hombre del evangelismo que no utiliza los clásicos eslóganes de la derecha que han caracterizado a otros pastores del continente.

Es difícil calificar lo que se vive en las calles de Venezuela los días previos a las elecciones presidenciales del 20 de mayo. Las últimas semanas se ha intensificado la hiperinflación y, con ella, el rechazo a la gestión de gobierno. Pero la política opositora no apuntala una salida sólida y creíble que le permita posicionarse. El llamado a boicotear las elecciones por parte de la oposición radical, no explicita su accionar. Más allá de la abstención, nadie en Venezuela imagina una salida que no sea electoral.

Mucho se podrá hablar de Venezuela. Unos aseguran que la «revolución se eclipsó». Otros, que cualquier crítica «sigue el juego al imperio». Lo cierto es que en pocos días habrá elecciones presidenciales en medio de un profundo malestar social y una inimaginable crisis, junto a otros factores que pueden hacer de Venezuela la Panamá de 1989 o el México priísta que pervivió, con breves intervalos, desde 1929 hasta nuestros días, por mencionar solo opciones extremas.

El triunfalismo oficialista, en estas condiciones, es un signo inequívoco de las carencias de la oposición, que aún puede ganar, pero se encuentra entrampada en un debate que parece más ideológico que político: abstenerse o votar. ¿Cómo explicar que el presidente Nicolás Maduro sea el candidato favorito a pesar de las circunstancias archiconocidas por el mundo? ¿Cómo explicar que el voto duro opositor puede preferir la abstención a pesar de la categórica victoria lograda en 2015, con las mismas condiciones y el mismo árbitro de este momento?

Henri Falcón: entre los votos y las elites

Henri Falcón, el candidato opositor, proviene de las filas del chavismo, con quien rompió en 2010. Ganó dos elecciones como alcalde de Barquisimeto y una como gobernador del estado de Lara con el oficialista Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). A raíz de su ruptura (2010) siguió ganando con facilidad en esa región, con votos del chavismo y la oposición. Hasta que sucumbió en 2017 contra su expartido.

En 2013 dirigió el comando de campaña del entonces candidato presidencial Henrique Capriles Radonski, quien lo incorporó como articulador de los sectores populares y el chavismo descontento, hacia donde dirigía buena parte del mensaje electoral. Esto implicó un giro estratégico en la política opositora que comenzaba a «humanizar» al sujeto chavista para capitalizar su malestar. La estrategia rindió frutos, tanto que en la campaña mencionada le faltaron apenas dos puntos para alcanzar a Maduro, lo que en históricos electorales de Venezuela podría considerarse «empate técnico».

Pero el sector más poderoso de la oposición ‒que en su mayoría se encuentra fuera del país y quiere dirigirla desde el exterior, sea Miami, New York, Madrid o Londres‒ tiene el poder del financiamiento y juega desde las redes sociales a la «espiral del silencio»: quien quiera participar o apoye las elecciones será «chavista», «vendido», «traidor». Todos, epítetos que califican con facilidad al candidato exchavista y de extracción popular. Ese sector radical (hasta el punto de llegar a la antipolítica) no quiere negociar nada con el chavismo, quiere eliminarlo de raíz, desterrarlo, arrasarlo, y sabe que Henri Falcón no desea lo mismo ni podría hacerlo. Aun cuando Falcón pueda ser muy útil para una «transición moderada», estos sectores prefieren que el chavismo continúe en el poder antes que apostar por un proceso de mediación. Basta recordar la famosa periodista e influencer, Patricia Poleo, quien llegó a acusar a todos los funcionarios públicos (incluidas las secretarias) de ser «responsables» de la «hecatombe venezolana» y, por ende, aseguró que debían ser objetos de amenazas y represión.

Pero esto no es solo cosa de «radicales libres». Hace poco, Ibsen Martínez, un ideólogo de peso de la «oposición migrante», consideró al candidato opositor como un «remedo imperfecto de Hugo Chávez» y relacionó desde su traje hasta sus tics nerviosos con el carismático líder fallecido. Pero lo que piensa el secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA) es incluso más ofensivo, tratándose de un candidato presidencial (que no es Nicolás Maduro).

¿Qué otra cosa podría pasar?

Es de suponer que la derecha radical espera otra cosa. En meses pasados, la gira de Rex Tillerson, ahora exsecretario de Estado norteamericano evidenció un intento de sublevar cuadros militares. Ante su aseveración de que en Venezuela y América Latina «casi siempre son los militares quienes se hacen cargo», comenzaron a escucharse «ruidos de sable» que llevaron a la detención de varios militares en Venezuela, pero especialmente de dos de alto rango: el comandante activo del Batallón Ayala (cuerpo militar encargado de resguardar los poderes públicos) y el exministro de Interior de Maduro, Miguel Rodríguez Torres. Durante esos días, efectivos del Digecim (inteligencia militar) se posicionaron en lugares estratégicos de la ciudad capital, hubo tensión y nerviosismo en torno a comunicados de militares retirados y detenciones de varios activos. Nuevamente, el golpe militar no prosperó.

Las declaraciones realizadas el 5 de mayo por el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, en la OEA, muestran más debilidades que fortalezas, puesto que todos los puntos que propone para encarar el tema Venezuela no son sino «armas melladas» que se han sucedido una y otra vez sin perturbar la estabilidad política del gobierno de Nicolás Maduro. La oposición «política» no confía en esta salida, pero está muy presionada, y solo Henri Falcón y un puñado de dirigentes y partidos han decidido jugar a la política electoral contra la línea abstencionista que sigue esperando «algo». ¿Qué hará Estados Unidos ante las elecciones del 20M? ¿Lanzará un embargo petrolero? ¿Planea una intervención militar? Son las últimas cartas y todas suponen situaciones de peso imponderable.

En todo caso, resulta paradójico ‒para una derecha que supo hacer un viraje estratégico hacia el centro‒ que el candidato opositor «realmente existente» puede hablarle y hasta dividir al chavismo electoral, pero no pueda unir la propia oposición, porque ese «don» ‒tener afectividad con el chavismo‒ es al mismo tiempo su imposibilidad de concretar una alianza policlasista donde las élites no pongan el candidato.

¿Nacerá el madurismo?

El gobierno ha aprovechado bien el desconcierto opositor. Desde 2017, cuando la oposición llamó al derrocamiento violento de Maduro, las tácticas oficialistas y el radicalismo de la derecha han colocado a la oposición fuera del juego político. El gobierno ha jugado duro: inhabilitando candidatos presidenciales, llamando a una Asamblea Constituyente a su medida y encarcelando a los dirigentes políticos que llaman a la violencia. Pero, sobre todo, ha logrado desmoralizar a una oposición cuya soberbia de clase la deslizó hacia un «fracturismo» meramente simbólico sin tener un mínimo de poder para lograrlo: destitución de Maduro por la Asamblea Nacional, acusaciones de narcotráfico, llamados a golpes de Estado, Tribunal Supremo de Justicia en el exilio. Se trata, en todos los casos, de actos simbólicos. Por ello, una vez fracasados tantos intentos, incluida la violencia de calle (guarimbas) de 2017, se desplazan hacia los centros de poder mundial y pierden el espacio político venezolano. A tal punto de que es muy difícil explicar cómo podría ganar nuevamente Maduro y cómo mantiene un «nicho sólido» que le permitiría la reelección.

Ante la atomización de la oposición, el gobierno se ha presentado, en medio del vendaval económico, con la certeza propia de quien se siente favorito, enviando un mensaje que puede convencer a propios y extraños de que no hay más opción en el panorama. Eso pesa enormemente en la decisión de las mayorías sobre la efectividad del voto y sobre su participación en la contienda. Para unos el gobierno ya ganó porque «hará trampa», para otros ya ganó porque «luce victorioso». Mientras, la gente mantiene apatía respecto a la campaña.

El triunfalismo está llevando al gobierno a una zona de confort que apenas le permite sobrevivir con su «maquinaria electoral». Ha sido una campaña signada por la desazón. Maduro no tiene contacto directo con la gente, característica que lo distancia en demasía de su predecesor, Hugo Chávez. Tampoco expone propuestas concretas que comuniquen al electorado, incluyendo a parte del chavismo, sobre cómo salir del cataclismo económico. La campaña se enmarca en un entusiasmo dirigido a su «voto duro», voto que ya resultó insuficiente en diciembre de 2015, cuando la situación económica aún no había llegado a los extremos actuales.

Así las cosas, la campaña de Maduro es propiamente de Maduro. Las tácticas «duras» para tratar el tema electoral e institucional, las movilizaciones siempre en zonas de confort, el menguado mensaje propositivo, hacen pensar en algo más (o menos) que el chavismo. En todo caso, ya no es Chávez el símbolo político, ya no son las misiones o el Plan de la Patria los centros de la propuesta electoral. Si Maduro debe el triunfo de 2013 a Chávez, este 2018 su triunfo sería responsabilidad fundamentalmente de él y de su alianza con los sectores militares.

La confianza oficial está relacionada, muy razonablemente, con los resultados de las últimas tres elecciones realizadas en 2017, en las que el abstencionismo opositor ‒influenciado por redes sociales y campañas internas, primero, y luego declarado desde los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática‒ permitió al partido de gobierno arrasar con poco más de 8 millones de votos en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, y seguidamente con 18 de las 23 gobernaciones y con 306 de las 335 alcaldías.

Si el gobierno se siente ganador es porque entiende estas elecciones como proyección de las anteriores. En cambio, lo que salió de las perspectivas de una oposición desmoralizada, es el espíritu del resultado de diciembre de 2015, cuando obtuvo mayoría aplastante en las elecciones legislativas. Tal victoria está diluida hoy ante el razonamiento abstencionista que pregona la «ilegitimidad» del mismo Centro Nacional Electoral que arbitró y anunció aquel categórico triunfo.

Es preciso aclarar, para matizar el «triunfalismo oficial», que estos eventos tuvieron lugar a la sombra de las «guarimbas», violencia opositora de calle que llevó a Venezuela al filo de una guerra civil y que logró impacto negativo de alto calado en la población, por ser producidas ‒casi de manera exclusiva‒ por sectores altos y medios y sin participación popular. Quedó la sensación colectiva de que se trató más de dispositivos violentos de las élites para instaurar una «dictadura de derecha» que una salida «racional» al gobierno de Maduro.

Lo que pone en tela de juicio la total certeza del ventajismo chavista es que hoy las guarimbas y sus líderes no están en escena, y la situación económica podría tener mucho más peso en la elección que la pasada necesidad de evitar episodios de violencia. ¿Henri Falcón podría aprovechar este malestar? En Venezuela siempre se dan sorpresas, como la del nuevo sector emergente que desajusta las cuentas: los evangélicos.

¡Dios, más confusión!

Por primera vez, en los últimos veinte años, hay un tercer elemento electoral que podría incidir de manera importante, si bien no para ganar sí para sustraer votos decisivos, aunque aún no es evidente a quién se los restaría. Se trata del evangélico Javier Bertucci, cuyo partido no se ha visto fortalecido en los últimos eventos comiciales.

Sin embargo, en esta oportunidad, como candidato presidencial, Bertucci está desplegando una magnífica campaña de calle, televisión y redes que le coloca en las conversaciones y debates cotidianos de la gente común. Lo lógico es que sustraiga votos a Henri Falcón, puesto que ambos se presentan como contrarios a Maduro. Pero su discurso hace énfasis en la profundización de las políticas sociales y cuenta con amplio trabajo político en los sectores más empobrecidos donde el chavismo tiene, históricamente, una mayoría sólida. Actualmente esos sectores sufren un intenso malestar.

A diferencia de otros candidatos evangélicos del continente, no utiliza discursos ideológicos de derecha. A principios de mes, parte de la estructura del partido Copei (demócrata cristiano), quien en el pasado ganó dos elecciones presidenciales, quitó su apoyo a Henri Falcón y se lo dio a Bertucci, lo que, al menos simbólicamente, disminuye fuerzas a la oposición electoral. Teniendo en cuenta que el gobierno se dirige a su voto duro y que el voto duro opositor tiende a abstenerse, si los evangélicos movilizaran sus bases, consideradas en millones, podrían fracturar un electorado acostumbrado a medirse en dos grandes toletes y el resultado sería desconcertante.

En Venezuela siempre se dan sorpresas. Cualquiera de los escenarios bosquejados puede terminar en algo imprevisible. Cuando al principio del texto recordamos la Panamá de 1989, es porque hay fuerzas externas que están impulsando una opción semejante. Y cuando mencionamos al México prísta que casi 100 años después sigue dominando la escena mexicana, es porque si la abstención opositora deja a Maduro un triunfo holgado, se abre el escenario de una «eternización» del poder por parte de las fuerzas oficialistas que tienen abierto el escenario de una Asamblea Nacional Constituyente y el resultado del 20 de mayo les permitirá evaluar hasta donde pueden llegar con una nueva Constitución.

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