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“Venezuela superaría en 2020 el fenómeno migratorio sirio” por Santiago Torrado – El País – 26 de Noviembre 2019

Eduardo Stein, representante especial de ACNUR y OIM para los refugiados venezolanos, proyecta que habrá 6,4 millones de migrantes de este país a finales del próximo año

eduardo stein venezuela
Eduardo Stein en una visita a un centro de atención a migrantes venezolanos en Cúcuta, Colombia, en octubre de 2018. SANTIAGO ESCOBAR-JARAMILLO ACNUR

“América Latina no volverá a ser la misma”, proclama el exvicepresidente guatemalteco Eduardo Stein. Como representante especial para Venezuela de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) es el responsable de coordinar esfuerzos para atender una emergencia migratoria sin precedentes en la región. Más de 4,5 millones de venezolanos han huido de la devastadora crisis de su país, de los cuales 1,5 millones han encontrado refugio en la vecina Colombia, por mucho el principal destino, seguido de Perú (860.000), Chile (371.000) y Ecuador (330.000). Ningún país puede enfrentar solo este éxodo”, valora Stein (Ciudad de Guatemala, 1945) en una charla con EL PAÍS durante su reciente visita a Bogotá para lanzar un plan regional ante las crecientes necesidades humanitarias de los refugiados y migrantes venezolanos en América Latina y el Caribe, así como las comunidades que los acogen.

Pregunta. Usted es el enviado especial para atender uno de los flujos de personas más grandes del mundo. ¿Cuál es la gravedad de esa emergencia migratoria?

Respuesta. América Latina está experimentando el mayor flujo migratorio forzado de toda su historia, ni en los periodos de las guerras de independencia, ni en tragedias de desastres naturales, hemos enfrentado un fenómeno de este tamaño. Los gobiernos empezaron a reaccionar en primer lugar con una enorme generosidad, acogiendo a la población venezolana que salía y sigue saliendo, pero llegando ya a niveles de saturación donde sus presupuestos nacionales y sus capacidades institucionales están agotados. Nos estamos enfrentando a un fenómeno de transformaciones profundas en toda la región. América Latina no volverá a ser la misma después de lo que estamos experimentando.

P. Y el flujo sigue

R. Mientras no haya una solución política interna estable en Venezuela, la gente que se siente en situaciones de carencias extremas va a seguir saliendo a razón de entre 4.000 y 5.000 diarios. Nosotros tenemos que prepararnos como región para un fenómeno de migración forzada que presiona las estructuras públicas de atención en salud, en educación y sobre todo la capacidad de oferta de trabajo. Y eso afecta directamente a comunidades domésticas en cada uno de los países. Lo que se ve indispensable es la necesidad de concertación regional. Solos nos debilitamos. La integración se vuelve una necesidad muy grande.

P. ¿Cuánto dinero requiere una emergencia migratoria de este tipo?

R. En ACNUR y OIM hicimos un esfuerzo a finales de 2018, en consulta con los gobiernos, para preparar un plan regional de respuesta a las necesidades de refugio y migración forzada. Se llegó a una cifra de 732 millones de dólares para 2019, de lo cual se ha logrado recaudar un 52% a la fecha. Pero el flujo de gente es indetenible y cada vez sale más gente en condiciones de precariedad extrema, comparada por ejemplo con 2015, cuando la mayoría eran profesionales de alto nivel que se pudieron insertar muy rápidamente en los países vecinos. Argentina, por ejemplo, ocupó casi inmediatamente cerca de mil ingenieros de petróleo que salieron de PDVSA [Petróleos de Venezuela, Sociedad Anónima]. En cambio, ahora se trata de población con necesidades extremas, y vulnerabilidades muy grandes. Para 2020 el plan de respuesta humanitaria y de desarrollo contempla 1.350 millones de dólares, y hemos logrado interesar de una manera más amplia y profunda a los Estados miembros de la Unión Europea, que ha sido un contribuyente muy importante.

P. Son cifras que desbordan la capacidad de respuesta de cualquier país suramericano. Colombia, por mucho el principal destino, ha pedido reiteradamente mayor cooperación internacional. ¿Se está produciendo?

R. Los tiempos de negociación política en las diferentes mesas que se han creado para buscar una salida a la crisis interna de Venezuela no son equivalentes a los tiempos humanitarios. Las necesidades humanitarias no pueden esperar. Y por eso no solo las autoridades colombianas, sino de todos los países que se han coaligado en el llamado Proceso de Quito están insistiendo en la urgencia de esa ayuda humanitaria para por lo menos enfrentar las primeras exigencias de esa crisis. Algunos países han impuesto un tipo de visa que lo que ha hecho es disminuir el flujo de ingresos legales, pero aumentar los cruces irregulares, lo cual coloca a esta población en una vulnerabilidad mayor, porque tienen que recurrir a bandas criminales transfronterizas para lograr estos cruces. Hay un nivel de urgencia por lo brusca y súbita de esta crisis. Pero también hay necesidades de carácter estructural, de inversión en las comunidades de acogida. Esto es esencial. La clave está en generar empleo para todos, no solo venezolanos y venezolanas.

P. Colombia parece cada vez más sola en su postura de acogida y flexibilidad migratoria.

R. Quiero destacar el valor intrínseco del Proceso de Quito, como un espacio para compartir experiencias exitosas sobre todo en el tema de la regularización y documentación. En la medida en que se regulariza un migrante o una persona en solicitud de refugio, descienden los riesgos de abuso y de violación a sus derechos humanos fundamentales. Lo que piden todos los gobiernos es poder arribar a mecanismos de concertación que permitan sobre todo alcanzar esa regularización.

P. ¿Qué le parece el comportamiento de las sociedades de acogida? ¿Teme que los latinoamericanos pierdan la paciencia y surjan brotes de xenofobia?

R. Esos brotes se han dado, se están dando. Pero afortunadamente hasta ahora han sido pocos. Es curioso cómo nos admiran desde afuera de América Latina en ese esfuerzo de concertación, solidaridad y apertura. La región se ha organizado para innovar en los temas más fundamentales de atención, no solo a la crisis especifica venezolana sino en general a nuestras necesidades integrales de desarrollo. El Proceso de Quito está produciendo resultados de entendimiento regional incluso en temas educativos, superando los esquemas que ya existían de convalidación de títulos profesionales.

P. Más allá de que pueda haber un cambio en Venezuela que altere las tendencias migratorias, es un fenómeno de inmensas magnitudes. ¿Cuáles son los escenarios que manejan para el próximo año?

R. A juzgar por crisis en otras regiones del mundo, esta población en números importantes ya no regresa a su país sino que echa raíces en el país de destino. Pero el retorno tarda por lo menos dos años o tres años, sino más. O sea, tenemos que estar preparados para atender todavía elementos de urgencia humanitaria por lo menos por los próximos dos años. Por eso hemos hecho este plan para el año 2020 en la espera de que la absorción o la inserción sociolaboral de los que ya salieron pueda caminar a los ritmos que los gobiernos estarían esperando lograr en los próximos meses.

P. ¿El próximo año los desplazados de Venezuela van a superar en número a los de Siria?

R. Si los flujos siguen como van, podríamos llegar a finales de 2020 a cerca de 6,4 millones de personas. O sea, sí superaría las cifras del fenómeno sirio. Con dos diferencias importantes. La gente está saliendo de un país que no está en guerra y de un país que tiene las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo.

P. ¿Qué enseñanzas le han quedado de este año largo en el cargo?

R. Se logró concitar un apoyo internacional para los momentos de emergencia humanitaria, que es el cruce y las semanas subsiguientes. También afloró con mucha fuerza la necesidad de invertir en las comunidades de acogida en términos integrales. Si no se genera empleo para todos, esas poblaciones inmediatamente se molestan con lo que entienden ser una mayor atención a los “fuereños”, por decirlo de alguna manera, que a los locales. Colombia ha sido un experimento muy notable, pues identificaron con mucha rapidez problemas de tipo jurídico o reglamentario que necesitaban modificar para agilizar la prestación de servicios básicos a la población que sigue llegando.

Unos 400.000 niños venezolanos sin escolarizar en Colombia, Brasil y Ecuador – La Patilla – 15 de Noviembre 2019

Archivo EFE/ ERNESTO GUZMÁN JR

Unos 400.000 niños venezolanos no van a la escuela en Brasil, Colombia y Ecuador y el 48 % no lo hace porque las aulas de las poblaciones de acogida están superpobladas, informó este viernes el Consejo Noruego para Refugiados (NRC, por sus siglas en inglés).

Según una encuesta que el NRC llevó a cabo en 2018 en zonas fronterizas de los tres países y su experiencia en el terreno, en Colombia por ejemplo, el 58 % de los niños venezolanos en edad escolar no asistían a la escuela ni estaban inscritos.

El director del NRC, Christian Visnes, explicó en declaraciones a Efe que algunas de las principales barreras para la escolarización de los menores es que muchas de sus familias llegan “en una situación de extrema pobreza, sin información y en zonas del país donde ya hay un problema de cobertura escolar”.

Visnes también observó que el porcentaje de niños sin escolarizar es mayor en Colombia, sobre todo porque es el país que recibe a más migrantes venezolanos, y en cambio, en Ecuador el tipo de migración es diferente, porque las familias venezolanas allí “están de paso” y por eso no les “urge tanto escolarizar a sus pequeños”.

Un total de 4,6 millones de venezolanos, de los cuales un 25 % son niños, han salido de su país por la crisis y de ellos más de 1,4 millones se han establecido en Colombia.

FACTOR DE RIESGO

Visnes advirtió que Colombia tiene un “factor de riesgo adicional”, que es la existencia “del conflicto armado”, y por eso en algunas zonas fronterizas con Venezuela, como el Catatumbo, en el departamento de Norte de Santander (noreste), “los niños venezolanos sin escolarizar se exponen al reclutamiento de menores de los actores armados y de grupos criminales”.

“En estas zonas la necesidad de que el Estado colombiano proteja a los niños es mayor, y una de las formas más efectivas es a través del sistema educativo y de la escolarización, para que no sean víctimas de la trata o del crimen organizado”, reiteró el director del NRC.

La encuesta del NRC también señaló que el 35 % de las familias venezolanas no podían pagar los costos asociados con la educación, mientras que un 8 % de los niños dijo que pasaba su tiempo trabajando para ayudar a mantener a sus familias.

En este sentido, Visnes aseveró que hay familias que no pueden permitirse “ni comprar el uniforme obligatorio de la escuela”, y agregó que la escolarización “puede ser el primer paso para que las familias empiecen a establecerse y a encontrar un sustento”.

NIÑOS QUE MIGRAN SOLOS

El directo del NRC apuntó a la vulnerabilidad de los niños que migran solos, porque “aunque no podemos saber cuántos son, nos preocupa encontrarnos con adolescentes de 14 y 15 años en esta situación, edades en las que es frecuente el reclutamiento de grupos armados y de crimen organizado”.

Por eso, el director de la organización humanitaria pidió soluciones integrales e instó a los Gobiernos a proporcionar espacios escolares para todos los niños venezolanos “que están en peligro de quedarse atrás y vulnerables a situaciones de explotación”.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) informaron ayer en la presentación en Bogotá del Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes 2020 que son necesarios 1.350 millones de dólares para atender las necesidades humanitarias de los refugiados y migrantes venezolanos que han huido de la crisis de su país.

Según el NRC, a finales del 2020 el número de venezolanos desplazados en la región aumentará a 5,5 millones y se calcula que en promedio cada día salen unas 4.000 personas de Venezuela.

La migración que cambia el rostro de América Latina por Stephania Corpi -El País – 9 de Noviembre 2019

La frontera de Perú y Brasil se ha convertido en uno de los pasos más transitados por los millones de venezolanos, incluidos aquellos que simpatizaron con Chávez, que se han visto obligados a abandonar su país y que con su salida transforman la región

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Venezolanos cruzan a pie la frontera entre Venezuela y Brasil STEPHANIA CORPI

Los tres hombres temblaban aún. Llevaban más de 24 horas viajando en bus y a pie, desde sus hogares en Puerto la Cruz, en el noreste de Venezuela, hasta Pacaraima, la ciudad fronteriza entre su país y Brasil. Cada uno llevaba una maleta y varias capas de ropa encima a pesar del calor, lo que pudieron rescatar de otras maletas que se quedaron en el camino. Por el peso que había perdido cada uno, tenían puestos varios pantalones amarrados con una cuerda para no perderlos.

Según cifras de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), dependiente de la ONU, cerca del 16,3% de los venezolanos –4,5 millones de personas– vive hoy fuera de su país. En América Latina, se concentra el 88% de la migración. Una fuga que se ha intensificado en los últimos años, en la medida en que la crisis del país caribeño ha empeorado, las condiciones de vida son cada vez más pobres y el choque entre el Gobierno de Nicolás Maduro y el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, reconocido como mandatario interino por más de 50 países, no ha hecho sino agravarse.

Puerto Maldonado es una ciudad selvática llena de contrastes: operan hoteles de lujo, hay excursiones turísticas y se organizan recorridos para el avistamiento de aves. En la otra orilla del rio que atraviesa la ciudad, el panorama es muy distinto: minería y tala ilegal, explotación sexual y laboral, y la triple frontera.

La travesía de esta pareja hasta instalarse en Puerto Maldonado no fue fácil. Hicieron de todo durante los nueve meses que tardaron en cruzar el territorio brasileño. En un principio, la familia se estableció en la frontera, entre Santa Elena de Uarién, Venezuela y Pacaraima. Empezaron vendiendo peluches, y después frutas jugando con el cambio en la frontera. En esa época, había libre tránsito, pero después el gobierno brasileño puso controles; se dieron cuenta de que además de comida, había un corredor de droga, tráfico de personas, y otras actividades ilícitas impulsadas por grupos criminales.

Quintero se siente agradecida porque ya no tienen que compartir un cuarto con 20 personas, como lo hicieron durante meses en Brasil. Ahora, en Puerto Maldonado, la pareja vive en un cuarto con un colchón y un refri. “Yo soy técnico en enfermería, mire cómo eran los hospitales antes en Venezuela”, dice mientras enseña una foto donde se le ve con su uniforme sonriente y con más peso, rodeada de colegas en la recepción de un hospital.

Milerci Quintero en su hogar en Puerto Maldonado.
Milerci Quintero en su hogar en Puerto Maldonado. STEPHANIA CORPI
El éxodo de médicos y enfermeras ha afectado la salud del país. Un informe de julio de este año de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, conducida por Michelle Bachelet, señala que la migración es parte de la razón por la cual las enfermedades que estaban bajo control, como la difteria y el sarampión, se han propagado nuevamente. En Venezuela hay una infraestructura en decadencia marcada por apagones y falta de agua, ligada al éxodo de profesionales, condiciones no sanitarias para funcionar y una grave escasez de equipos médicos básicos, suministros y medicamentos, explica el informe. A ello hay que unirle la escasez de entre el 60% y el 100% de los medicamentos esenciales en cuatro de las principales ciudades de Venezuela, incluida Caracas.

Verónica Cortez hace un año que viajó con su hermano a Puerto Maldonado. A los 18 años, atravesó Brasil desde Pacaraima hasta la ciudad peruana, sin dinero. “Fue horrible el viaje. Me tocó caminar una noche entera, nunca me había subido a un barco (para ir de Manaos a Porto Velho), se escuchaban animales, nos encontramos con indígenas que no hablaban español. Fueron 17 días de horror”, cuenta esta venezolana originaria de Maturín, que toda su vida la ha pasado bajo el gobierno del régimen chavista y que con Maduro vio frustrado su sueño de ser un día enfermera. Cortez gana 200 dólares mensuales en Puerto Maldonado. Toda su familia está fragmentada por la crisis: su madre se quedó en Maturín, al nororiente de Venezuela, con sus dos hermanos pequeños. Su padre sigue en Brasil, cerca de la frontera, mientras que ella y su hermano mayor prueban suerte en Perú.

Hasta la fecha, Perú ha acogido a más de 860.000 venezolanos. La edad promedio y el nivel de estudios han cambiado drásticamente en los últimos dos años. En las oleadas más recientes, ya no llegan los ingenieros, médicos y abogados que habían logrado ahorrar los 300 o 400 dólares que costaba el pasaje para cruzar Brasil o Colombia y Ecuador para llegar a Perú. Así lo demuestran las primeras rondas de encuestas de la OIM, que en septiembre de 2017 arrojaban que el 47% de los venezolanos que entraban a Perú contaban con grado universitario completo. En un informe publicado en septiembre de este año llegan solo a 15%.

Un puente de poco más de un kilómetro separa a Brasil de Perú. Los venezolanos entran a cuentagotas: entre 30 y 40 por día. Eso, oficialmente. También, otros, lo hacen por trochas, de forma irregular. En cualquier caso, muy pocos comparados con los dos mil, en promedio, que han llegado por la frontera con Ecuador. El pico más alto, según datos de Migraciones de Perú, se dio en agosto de 2018, con 510 personas por día.

En Brasil, las cifras de migrantes han dado un salto cualitativo. Desde 2017, han entrado 504.000 venezolanos. En 2015 solo había 3.425 en todo Brasil y al año siguiente de 5.523. Según el Gobierno de Brasil, 212.400 están registrados hoy y viven en el país. De esos, unos 100.000 se concentran en el Estado de Roraima. Allí, Paracaima es el pueblo más cercano a la frontera que separa a los dos países. Es fácil ver a los venezolanos tratar de alcanzar uno de los mil lugares para desayunar en el Café Fraterno del sacerdote español Jesús Boadilla. Después, tratan de ocuparse en algún trabajo, ya sea cargando sacos en camiones, o en alguna refaccionaria, o en lo que se ofrezca. Y cuando cae la noche, deambulan por las calles buscando un lugar para dormir.

El río Acre sirve como frontera natural entre Bolivia, Perú y Brasil.
El río Acre sirve como frontera natural entre Bolivia, Perú y Brasil. STEPHANIA CORPI

Algunos nada más se quedan el tiempo necesario para descansar antes de seguir su viaje, incluso caminando, hasta Boa Vista, la capital del Estado, que está a más de 200 kilómetros de distancia, prácticamente sin paraderos, salvo unas pocas casas de nativos perdidas en el monte.

Bajo la sombra de un árbol, frente a la estación de buses de Boa Vista, ha estado José Eulogio Velázquez, de 29 años con su esposa Royelis y sus seis hijos. Exmilitar, sirvió durante ocho años a los Gobiernos de Chávez y Maduro. “No soy desertor, me dieron la baja sin pedirla”, explica entre lágrimas. Ha sido tal su shock, que no es capaz de buscar trabajo, su depresión ha sido devastadora. “Me duele. Para mí era una vocación servirles”, explica Velázquez, quien además recibía atenciones médicas gratuitas para su hija con albinismo. Pero un día dejó de recibir su pago. Le dijeron que había cometido una falta por no estar de guardia dentro de las instalaciones; se había emitido una orden general para suspenderlo. Nunca entendió qué había hecho, y como tantos, tuvo que salir de Venezuela empujado por la crisis.

En Boa Vista, donde según Médicos sin Fronteras, viven hoy cerca de 40.000 venezolanos, se encontró con su tía Lorena López, quien dice ver las cosas más claras ahora. “Claro que creímos en Maduro, claro que votamos por él. Pero después de lo que he vivido, yo quiero un trabajo, ya no quiero depender del Gobierno”, se desespera. A pesar de caminar por la ciudad tocando puertas todos los días pidiendo trabajo, no consiguen nada. Pra fora (fuera!) es lo primero que muchos aprenden del portugués.

López y su marido habían hecho de todo en Venezuela, no se querían ir, incluso trabajos ilegales como compraventa en las minas de Las Claritas y salas de apuestas clandestinas. “Teníamos nuestra casa y un carro para vivir bien, pero ya no teníamos comida para subsistir”. Cuenta que los cuadros de malaria que tenían, consecuencia de su trabajo en el arco minero, no se alcanzaban a curar por la falta de medicamentos, y terminaron, como miles de compatriotas, en Boa Vista donde si bien tienen qué comer, ahí también, se les ve deambulando, buscando empleo, juntando latas, limpiando parabrisas, vendiendo cigarros contrabandeados, o bañándose en el Rio Branco —contaminado ya por la minería ilegal— que parece ser la única diversión para los niños. Hay otros que no ven otra salida que la prostitución.

Hoy migran todos los que pueden, como pueden. Están los que hasta el final apoyaron a Hugo Chávez y los que lo maldicen, y eso también los acompaña en el camino. “Todos estos niños que yo veo por aquí tienen otra visión. Yo veo en los albergues que les gusta pedir porque Chávez así los acostumbró, nacieron con él y los arrinconó a convertirse en una población que solo sabía hacer eso”, afirma Manuel Delfino. Este comerciante venezolano de 59 años ha ido y venido por años y acumuló su fortuna vendiendo materiales de construcción entre ambos países. Lo hizo desde que se abrió la carretera para conectar ambos países en 1973. Hoy la importación y exportación que hace es de comida, de cauchos o medicinas que son casi imposibles de conseguir en Venezuela.

El exmilitar José Eulogio Velázquez después de pasar la noche en un refugio junto con su familia.
El exmilitar José Eulogio Velázquez después de pasar la noche en un refugio junto con su familia. STEPHANIA CORPI

Muchos de los migrantes no entienden la inmensidad de los países. Cruzar Brasil en esas condiciones es cosa de valentía, desconocimiento o desesperación. La ruta que siguen los venezolanos atraviesa los estados de Roraima, Amazonas, Rondonia —donde escogen si van al interior de Brasil, Argentina, Paraguay o Uruguay— después Acre quienes van a Perú o Bolivia. Algunos caminan, otros piden aventón, otros van en bus. Otros más, cuentan que van trabajando en las granjas a lo largo del camino donde el pago a veces es un lugar para dormir y un plato de comida. La angustia de no poder mandar dinero a quienes siguen en Venezuela los come por dentro. Muchos otros, viajan con toda su familia incluyendo a niños que van en brazos.

Thiago Sitta, psicólogo brasileño del programa Pana en la ciudad de Porto Velho, reconoce que esta migración se ha convertido en un reto para los servicios sociales. Si bien el paso de la migración haitiana a raíz del terremoto de 2010 estableció ciertas normas, nunca habían visto una crisis de esta magnitud. “Tuvimos el caso de un venezolano que tenía días caminando. Un colaborador, de buena fe, le dio de comer como hacemos con todos y le dio choque metabólico por inanición. Casi muere”, cuenta.

“Las fronteras políticas son tan mezquinas y tristes. Y aquí, por ejemplo, uno lo siente positivamente. Atraviesas el puente, y en 10 minutos en bici, estás en Perú; en un minuto de río, estás en Bolivia”, explica el padre jesuita Francisco de Almenar quien, desde Assis, en el lado brasileño de la frontera, en ocasiones compra de su bolsillo tiquetes de bus para los venezolanos. Almenar, de 69 años y misionero durante más de 30, dice que ese lugar es único y relevante porque es ahí a donde “van los desechables, los descartables de los tres países. Es una mezcla de comida, de culturas y razas, muy rica que hace una convivencia muy especial”.

Lo mismo le sucede a Adner Guerra, instalado hoy en Iñapari en la triple frontera entre Bolivia, Brasil y Perú, a 2,700 kilómetros de Pacaraima. Él luchó para no quedarse en Boa Vista porque todos los venezolanos, dice, se dedicaban a lavar parabrisas; tampoco quería instalarse en Manaos porque ahí todos vendían agua. Guerra es técnico electricista, y a lo largo del camino, siempre trató de dedicarse a su profesión, aunque hubiera días que pasara hambre.

Hoy, los Guerra tienen un pequeño taller de electricidad; por su negocio -un cartel y una mesita- pasan indígenas con grandes televisores, mineros que necesitan ayuda con su equipo o gente que viene de ciudades de camino a Puerto a Maldonado en busca de un electricista. Están en paz y contentos en esa amazónica ciudad fronteriza donde todos los días ven entrar y salir sus connacionales.

Para llegar a Perú, al igual que Francisco Morales y su familia, cruzaron el Amazonas, una de las vías más arduas que, más difícil de transitar por las temperaturas, la selva, la soledad del camino, el idioma. En Puerto La Cruz, él y su esposa Carolina tenían un negocio; él salió de Venezuela hace casi un año con la esperanza de poder iniciar una familia porque Carolina necesitaba un medicamento para la fertilidad. “Yo sé que allá no podría”, dice Carolina.

Aunque no se declaran chavistas, con una mezcla de admiración, nostalgia y rabia, los Guerra no ocultan su añoranza por Venezuela. Recuerdan los primeros años de Chávez: cómo llegaba en un coche modesto a los mítines, cómo arreglaba las calles, y cómo todo fue decayendo. “El que te diga que nunca votó por Chávez te está mintiendo. Si todos vivíamos de maravilla al principio”, explica Guerra. Bajo Chávez, ellos y la mayoría de sus familiares y amigos tuvieron casa o negocio propio.

Morales, paramédico, habla con orgullo de su carrera profesional y hace un recuento de los diversos trabajos que desempeñó en Venezuela. Recuerda su paso por la Guardia Nacional y Venepal, la empresa de papel que, en 2005, se convirtió en una de las primeras expropiadas por el Gobierno de Hugo Chávez– y explica cómo se benefició de las bonanzas del país y del régimen. “Yo tenía dos casas, una se la regalé a mi hijo. Yo podía ayudar hasta a mis vecinos”. Pero asegura que una vez muerto Chávez, bastaron tres meses para que el país se le fuera de las manos a Maduro. “Hay una frase que yo siempre recuerdo cuando pienso en Maduro, el mismo libertador (Bolívar) dijo: ‘Llamarse jefe para no serlo es el colmo de la miseria’”.

La mayoría de los venezolanos se sienten defraudados. Muchos dicen que no sabían lo que tenían, hablan de sus bienes, pero, sobre todo, hay una parte del culto hacia Chávez que no muere. Culpan a Maduro, se cuestionan qué pasaría si no hubiera muerto su antecesor e intentan explicar que ellos tenían una buena vida en su país. Todos añoran aquella Venezuela. “Nosotros nos quedamos aquí, con una idea de que estamos cerca de Brasil, porque Brasil está más cerca de Venezuela”, concluye Guerra.

Un joven venezolano mira hacia el Río Branco en Boa Vista, Brasil
Un joven venezolano mira hacia el Río Branco en Boa Vista, Brasil STEPHANIA CORPI

Mientras, los países de acogida se enfrentan a nuevos retos: controlar los brotes xenófobos, la porosidad de las fronteras y el malestar generalizado de las comunidades de acogida además de pasar sus propias crisis políticas. Aunque Brasil tenga todavía abiertas sus fronteras, muchos buscan llegar a países como Perú para reunirse con sus familiares o por las oportunidades de trabajo. Todo ello se combina con hechos imprevistos, como los incdios de julio y agosto en la Amazonia. “Imagínate que en la selva se publican periódicos donde dicen que la migración es culpable del cambio climático, y aparece una foto de las quemas”, explica Adner Guerra asombrado.

En el pequeño poblado de Iñapari ya hay muchos más venezolanos que han ido llegando en sus autos o a pie, van trabajando en las carboneras, madereras y ladrilleras. Las mujeres van a los restaurantes, “y más”, cuenta Guerra. Pero cada vez es más difícil, las autoridades migratorias “ya no los deja pasar y a nosotros siempre nos culpan de cualquier cosa”, explica preocupado porque pensaba traer a Perú más familiares. La migración venezolana ha cambiado la cara de la región. A corto plazo cuesta creer que estos ‘hijos de Chávez’ vayan a regresar al país que se vieron obligados abandonar. Para muchos, sin embargo, el camino no ha hecho sino empezar.

 

La crisis de los desplazados venezolanos por Federica Mogherini/Filippo Grandi/Antonio Vitorino – El País – 28 de Octubre 2019

La masiva salida de refugiados y migrantes requiere una alianza mundial inclusiva y solidaria

Opositores venezolano se manifiestan en Caracas el pasado jueves.
Opositores venezolano se manifiestan en Caracas el pasado jueves. FEDERICO PARRA AFP

Durante décadas, Venezuela fue un país de acogida para las personas refugiadas y un destino para los migrantes atraídos por su auge económico en los sectores petrolero, agrícola y manufacturero. Ahora su población está mermando. La huida que se produce ante nuestros ojos es el resultado de la inestabilidad política, la creciente inseguridad y las violaciones de los derechos humanos, todo ello agravado por el colapso económico del país.

Más del 80% de los 4,5 millones de refugiados y migrantes venezolanos han permanecido en la región, acogidos por países de América Latina y el Caribe. No están confinados en campamentos, sino que viven en pueblos y ciudades, donde conviven con la población local. Los países vecinos de Venezuela apelaron a sus largas tradiciones de generosidad y solidaridad, implementando políticas y mecanismos que facilitan la movilidad, la asistencia humanitaria y el acceso a los servicios sociales en toda América Latina. Sin embargo, muchas de las comunidades de acogida, especialmente en las zonas fronterizas más apartadas, se enfrentan a enormes presiones por las nuevas llegadas. La capacidad de los países y las comunidades de acogida está llegando a su límite. Las escuelas están desbordadas y los centros de salud y la disponibilidad de viviendas están en un punto crítico. El uso irresponsable de las redes sociales y las declaraciones radicales de algunos políticos están alimentando los sentimientos xenófobos.

En las últimas décadas, América Latina y el Caribe han disfrutado de un notable crecimiento económico y estabilidad política. Mientras las desigualdades han aumentado en todo el mundo, este continente se ha vuelto más igualitario y justo. Pero tal progreso podría revertirse. Esta crisis ya está teniendo consecuencias desestabilizadoras en toda la región, y cualquier trastorno importante en cualquier parte de América Latina repercutiría mucho más allá de las fronteras regionales.

América Latina no puede enfrentar sola esta crisis. No puede ser abandonada por Europa, que tiene fuertes y profundos vínculos con Venezuela, y tampoco por las Naciones Unidas. Unimos nuestras fuerzas porque nadie puede abordar la crisis sin apoyo. Para responder a la crisis de refugiados y migrantes venezolanos se requiere una alianza mundial inclusiva, y toda la comunidad internacional, más allá de los países de acogida en la región, debe asumir su parte de responsabilidad y solidaridad. Se necesita una mayor participación de las instituciones financieras internacionales, los actores de desarrollo y el sector privado para apoyar los servicios y promover oportunidades económicas para los refugiados y migrantes y las zonas de acogida locales.

Ese es el objetivo de la Conferencia Internacional de Solidaridad de la Comisión Europea, ACNUR y OIM organizada conjuntamente que empieza hoy en Bruselas. Queremos crear conciencia sobre la situación, reafirmar la solidaridad internacional con los países y las comunidades de acogida e instar a una mayor cooperación técnica y financiera internacional con la región. En los últimos años, nuestras organizaciones han asumido un papel de liderazgo para responder a las necesidades de los venezolanos desplazados. La UE y sus Estados miembros ya han movilizado más de 170 millones de euros y están a la vanguardia de la respuesta regional, apoyando el Proceso de Quito. ACNUR y OIM están trabajando con más de 200 organizaciones de la sociedad civil, humanitarias y de desarrollo en las Américas para poner en marcha un plan de respuesta integral de 738 millones de dólares (665 millones de euros), que hasta ahora ha sido financiado en un 48%.

Con la conferencia, reafirmaremos nuestro compromiso para proteger y brindar asistencia a los refugiados y migrantes venezolanos, apoyar los esfuerzos de los Gobiernos de los países que los acogen y abordar la necesidad de una integración sostenible de los venezolanos en las comunidades de acogida. Asimismo, instaremos a renovar los esfuerzos para alcanzar una solución política en Venezuela, que es la precondición necesaria para que su pueblo pueda reconstruir su vida a su regreso.

Con esta Conferencia Internacional de Solidaridad queremos enviar un fuerte mensaje a los refugiados y migrantes venezolanos y a quienes los acogen en América Latina y el Caribe, que el mundo no los ha olvidado y que los apoyaremos en este momento de necesidad.

Federica Mogherini es alta representante y vicepresidenta de la Comisión Europea; Filippo Grandi, Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y António Vitorino, director general de la Organización Internacional para las Migraciones.

Bruselas busca ayuda internacional para evitar que Latinoamérica cierre el paso al éxodo venezolano por Bernardo De Miguel – El País – 27 de Octubre 2019

La UE cree que el flujo migratorio puede desestabilizar una zona donde algunos países europeos, entre ellos España, cuentan con importantes intereses económicos

Inmigrantes venezolanos esperan ante la oficina de migración ecuatoriana en el puente internacional de Rumichaca, en la frontera entre Ecuador y Colombia.
Inmigrantes venezolanos esperan ante la oficina de migración ecuatoriana en el puente internacional de Rumichaca, en la frontera entre Ecuador y Colombia. LUIS ROBAYO AFP

El éxodo en Venezuela no cesa. Y en los países de acogida, la factura social y económica se dispara. Con el objetivo de movilizar a la comunidad internacional y canalizar recursos hacia Colombia y el resto de Estados vecinos, la Comisión Europea, la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) y la Organización Internacional para las Migraciones celebran este lunes y martes en Bruselas una Conferencia Internacional de Solidaridad. La iniciativa, que cuenta con más de 500 participantes registrados, ha sido impulsada por Federica Mogherini, Alta Representante de Política Exterior de la UE. Tanto Europa como Naciones Unidas temen que varios países cierren sus fronteras al paso de venezolanos, lo que podría agravar la situación interna de Venezuela y dejar a muchas de las personas que emigran sin la protección necesaria, expuestos a redes de paso ilegal.

Sin embargo, fuentes del departamento de Mogherini  reconocen que la cita en Bruselas “no responde solo a una preocupación humanitaria sino también a un razón pragmática”. La UE cree que el imparable flujo migratorio venezolano puede desestabilizar una zona donde algunos países europeos, entre ellos España, cuentan con importantes intereses económicos. Y que el bloqueo fronterizo en torno a Venezuela, si llega a completarse, derivaría parte del flujo migratorio hacia el Viejo continente, dado que alrededor de un millón de venezolanos tienen doble nacionalidad con pasaporte europeo. “Hay muchas vías por las que nos puede llegar el impacto”, avisa una fuente comunitaria.

La cumbre de alto nivel en Bruselas refleja también el fiasco de la ofensiva internacional que intentó zanjar la crisis de Venezuela mediante el apoyo a Juan Guaidó para derribar a Nicolás Maduro. La estrategia liderada por EE UU y secundada con matices por la mayoría de los países europeos, incluida España, no ha logrado ningún cambio tangible. Y la crisis se ha enquistado peligrosamente sin aparente solución a la vista.

El ministro español de Exteriores en funciones, Josep Borrell, que tomará el relevo de Mogherini al frente de la diplomacia comunitaria, ya señaló durante su audiencia para el cargo ante el Parlamento Europeo a comienzos de mes el callejón sin salida en el que se encuentra la estrategia occidental. “Venezuela está viviendo una crisis humanitaria sin precedentes y todos los intentos de diálogo, incluso los apoyados por Mogherini, han fracasado y han dado oxigeno al régimen”, afirmó.

La situación de los países de acogida

“La solidaridad de los países vecinos ha sido extraordinaria, pero no están preparados para soportar una crisis de estas dimensiones”, señalaba el viernes Eduardo Stein, representante especial de ACNUR y OIM para Venezuela, durante un encuentro con la prensa en Bruselas. Stein advertía que los países de acogida “están bajo presión, con la estructura institucional sobrecargada, la provisión de servicios desbordada y los presupuestos exhaustos”.

Solo las llegadas a Colombia, 1,4 millones, superan con creces la crisis migratoria de 2015 que colocó contra las cuerdas al Gobierno alemán de Angela Merkel, tensionó la Unión Europea y provocó la reintroducción de controles fronterizos entre varios socios de la zona Schengen. En los países que rodean a Venezuela, el riesgo de una reacción contra emigrantes y refugiados también es cada vez más evidente, según ACNUR, y puede acabar provocando una crisis política o un cerrojazo fronterizo como el que adoptó Europa frente a Siria tras el acuerdo con Turquía en 2016.

“Empezamos a ver signos de xenofobia”, señala Stein. “La población local se resiente y acusa a sus gobiernos de prestar demasiada atención a los emigrantes mientras desatienden a sus ciudadanos”. añade. Stein asegura que las acusaciones no son veraces, pero la presión sobre los servicios esenciales alienta las quejas.

Necesidades básicas como la sanidad, la educación o la vivienda están saturadas en las zonas donde se concentra la migración. “La atención en salud a migrantes venezolanos creció de 125 casos en 2014 a casi 25.000 en 2017 y a más de 18.000 atenciones en los primeros meses de 2018”, señala un informe del Banco Mundial sobre el impacto de la migración venezolana en Colombia, en base a datos de las autoridades colombianas.

La Comisión Europea subraya, además, que la gestión de la crisis se enfrenta a un desafío de nueva escala, porque ya no basta con atender a los recién llegados sino que los países de acogida deben prepararse para asimilarlos durante mucho tiempo o de manera casi permanente. Bruselas quiere que la ayuda internacional también se adapte a ese nuevo escenario, en el que la crisis ya no solo es muy aguda sino también crónica. “No queremos un apoyo de emergencia sino estructural”, advierten fuentes comunitarias en vísperas de la Conferencia.

LA FACTURA SE HA DOBLADO EN SOLO UN AÑO

La Conferencia Internacional de Solidaridad con la crisis migratoria venezolana no pretende ser un cónclave de donantes al uso, con un objetivo concreto de recaudación. Pero la Comisión Europea anima a que los países participantes “anuncien compromisos” de solidaridad que muestren a los venezolanos y a los países de acogida “que no están solos” ante una crisis de enormes dimensiones.

“Esta conferencia debe ser la primera muestra de solidaridad internacional”, señala Eduardo Stein, representante especial de ACNUR y OIM para Venezuela. Stein asegura que los cálculos sobre las necesidades financieras del plan de solidaridad “se están actualizando” y podrían presentarse en las próximas semanas en el marco de una de las reuniones del llamado Proceso de Quito, la iniciativa de los países de la zona para abordar la crisis migratoria.

Pero Stein ya adelanta que “el número de personas con necesidad de protección se ha doblado. Y las cifras sobre necesidades financieras calculadas hace un año también pueden haberse doblado”.

ACNUR lanzó el año pasado un llamamiento adicional de contribuciones para obtener 46 millones de dólares, con objeto de financiar las acciones de política de asilo en ocho de los países con mayor número de potenciales refugiados venezolanos. El objetivo de financiación de ACNUR para este año se sitúa en 158,2 milones de dólares, de los que ya tiene cubiertos el 74%. El número de países donde ha aumentando sensiblemente la llegada de venezolanos se ha doblado hasta 16.

El ministro español de Asuntos exteriores, Josep Borrell, que tiene previsto intervenir en la Conferencia el lunes por la tarde, ya ha anunciado una aportación española de 50 millones de euros durante los próximos tres años, que se suma a los 14 millones de contribución de los últimos dos años. La aportación de la UE ronda los 120 millones.

El éxodo venezolano dispara las muertes de los migrantes en América Latina por Daniel Gómez – ALnavío – 19 de Junio 2019

La Organización Internacional para las Migraciones advierte que al menos 380 latinoamericanos han muerto en lo que va de 2019 intentando abandonar sus países. La cifra es 50% mayor que la del primer semestre de 2018. Este incremento, dice el organismo, tiene que ver con el éxodo venezolano. Y lo dice porque son muchas las personas que huyen de Venezuela a la desesperada. Poniéndose en manos de contrabandistas, exponiéndose a arriesgadas travesías e, incluso, a mar abierto. En aguas del Caribe ya van más de 80 venezolanos desaparecidos.

Más de 80 venezolanos han desaparecido en el Caribe en los últimos meses / Foto: Pexels
Más de 80 venezolanos han desaparecido en el Caribe en los últimos meses / Foto: Pexels

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de las Naciones Unidas ha desvelado el rostro más cruel del éxodo venezolano. La muerte y un caso concreto: la desaparición de al menos 88 venezolanos en aguas del Caribe entre abril y junio de este año. Familias desesperadas que no dudaron en ponerse en manos de contrabandistas para salir de su país en busca de un mejor futuro. Aunque ello suponga exponerse a mar abierto. Desaparecer. Morir.

La OIM habla de un bote volcado el 23 de abril y otro el 16 de mayo rumbo a Trinidad y Tobago. Se estima que desaparecieron entre 51 y 67 venezolanos. Hablan de desaparecidos y no de muertos porque no se sabe el paradero de los cuerpos. Se reporta que un tercer barco dirigido a Curazao desapareció el 8 de junio. Al menos 21 venezolanos perdieron la vida en ese suceso. La OIM añade: Las “pérdidas totales aumentan posiblemente a 32”.

“Estos desafortunados incidentes resaltan las medidas desesperadas que los venezolanos están dispuestos a tomar para llegar a sus destinos, incluso arriesgando sus vidas a manos de los contrabandistas”, dijo en un comunicado Marcelo Pisani, director de la OIM para América CentralAmérica del Norte y el Caribe.

Se refieren a testimonios de supervivientes y familiares de los venezolanos desaparecidos. Dicen que los viajes al Caribe son organizados por contrabandistas. “Traficantes de migrantes que aprovechan la búsqueda desesperada de los venezolanos de unas mejores condiciones de vida para vender estos viajes en embarcaciones muy sobrecargadas, inadecuadas para el transporte de pasajeros en mar abierto”, agrega el informe.

Son rutas irregulares. Los venezolanos están en situación de vulnerabilidad adicional. Que estos viajes los dirijan contrabandistas exponen a los migrantes a abusos y explotaciones. “Pagan precios altos sin garantía de seguridad o llegada a su destino. En muchos casos, los viajes se realizan en barcos que superan su capacidad de transporte, lo que les hace volcar”.

Los ahogamientos en el Caribe y otras muertes relacionadas con el éxodo venezolano dispararon el número de víctimas en Latinoamérica. En lo que va de año han fallecido al menos 380 personas por movimientos migratorios, 50% más que en los seis primeros meses de 2018.

La mayoría, eso sí, en el viaje de Centroamérica hacia Estados Unidos. Allí se produce una muerte por día, con casos trágicos recientes como el de una niña de seis años muerta por deshidratación en Arizona, luego de cruzar a Estados Unidos desde México. El fallecimiento de un muchacho de 12 años tiroteado cerca de Coatzacoalcos, en el estado de Veracruz, en el sur de México…

Los riesgos a los que se expone el éxodo

El diario ALnavío ha venido compartiendo historias del éxodo. La de Jenny, una joven venezolana de 20 años que abandonó Caracas en busca de una mejor vida en Bogotá, con la mala suerte de que lo único que allí encontró fueron desgracias. Primero una familia que la explotaba, luego un secuestro frustrado antes de que la convirtieran en prostituta, finalmente el exilio.

También está la historia de lo que ocurrió con el éxodo en la costa colombiana. Esta, gracias al testimonio de Maryhen Jiménez Morales, investigadora venezolana en el Departamento de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford.

Jiménez estuvo dos semanas en el lugar. Allí lo que vio, dijo, “fue doloroso”. Más de lo esperado. Y fue doloroso porque contempló hacinamiento, niños apátridas, vientres de alquiler, xenofobia, explotación infantil, trata sexual… Con los venezolanos.

Tampoco hay que olvidar que el éxodo se mueve a pie. Forman caravanas humanas en dirección a ColombiaEcuador y Perú. Hace poco, un empresario peruano reveló en conversación con ALnavío que, en su viaje por la frontera, vio un río de venezolanos cruzando en la absoluta oscuridad las cumbres peruanas.

No todos van a pie. Muchas veces, para aligerar el camino, se aprovechan de autobuses y camiones para surcar carreteras que son toda una trampa mortal. Lo dicen informes del Foro Económico Mundial y de la ONU reseñados por ALnavío.

Como apuntó la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, hace dos semanas, son cuatro millones las personas que han abandonado Venezuela desde 2015. Este martes, en el informe de Tendencias globales de 2018, Acnur dio más detalles “del mayor éxodo de la historia reciente en la región y una de las mayores crisis de desplazamiento en el mundo”.

Dice que al día salen de Venezuela 5.000 personas. Que, a ese ritmo, el éxodo será de cinco millones a finales de 2019. Que, como consecuencia de este flujo migratorio, son los venezolanos quienes encabezan la lista mundial de nuevas peticiones de asilo.

En 2018 hubo 341.800 venezolanos que solicitaron asilo por primera vez. Superando, y con diferencia, a ciudadanos afganos, sirios e iraquíes quienes, a diferencia de los venezolanos, huyen de la guerra. No obstante, como demuestran los indicadores macroeconómicos, la gestión de Nicolás Maduro es casi tan devastadora como un conflicto bélico.

El éxodo venezolano dispara las muertes de los migrantes en América Latina por Daniel Gómez – ALnavío – 19 de Junio 2019

La Organización Internacional para las Migraciones advierte que al menos 380 latinoamericanos han muerto en lo que va de 2019 intentando abandonar sus países. La cifra es 50% mayor que la del primer semestre de 2018. Este incremento, dice el organismo, tiene que ver con el éxodo venezolano. Y lo dice porque son muchas las personas que huyen de Venezuela a la desesperada. Poniéndose en manos de contrabandistas, exponiéndose a arriesgadas travesías e, incluso, a mar abierto. En aguas del Caribe ya van más de 80 venezolanos desaparecidos.

Más de 80 venezolanos han desaparecido en el Caribe en los últimos meses / Foto: Pexels
Más de 80 venezolanos han desaparecido en el Caribe en los últimos meses / Foto: Pexels

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) de las Naciones Unidas ha desvelado el rostro más cruel del éxodo venezolano. La muerte y un caso concreto: la desaparición de al menos 88 venezolanos en aguas del Caribe entre abril y junio de este año. Familias desesperadas que no dudaron en ponerse en manos de contrabandistas para salir de su país en busca de un mejor futuro. Aunque ello suponga exponerse a mar abierto. Desaparecer. Morir.

La OIM habla de un bote volcado el 23 de abril y otro el 16 de mayo rumbo a Trinidad y Tobago. Se estima que desaparecieron entre 51 y 67 venezolanos. Hablan de desaparecidos y no de muertos porque no se sabe el paradero de los cuerpos. Se reporta que un tercer barco dirigido a Curazao desapareció el 8 de junio. Al menos 21 venezolanos perdieron la vida en ese suceso. La OIM añade: Las “pérdidas totales aumentan posiblemente a 32”.

“Estos desafortunados incidentes resaltan las medidas desesperadas que los venezolanos están dispuestos a tomar para llegar a sus destinos, incluso arriesgando sus vidas a manos de los contrabandistas”, dijo en un comunicado Marcelo Pisani, director de la OIM para América CentralAmérica del Norte y el Caribe.

Se refieren a testimonios de supervivientes y familiares de los venezolanos desaparecidos. Dicen que los viajes al Caribe son organizados por contrabandistas. “Traficantes de migrantes que aprovechan la búsqueda desesperada de los venezolanos de unas mejores condiciones de vida para vender estos viajes en embarcaciones muy sobrecargadas, inadecuadas para el transporte de pasajeros en mar abierto”, agrega el informe.

Son rutas irregulares. Los venezolanos están en situación de vulnerabilidad adicional. Que estos viajes los dirijan contrabandistas exponen a los migrantes a abusos y explotaciones. “Pagan precios altos sin garantía de seguridad o llegada a su destino. En muchos casos, los viajes se realizan en barcos que superan su capacidad de transporte, lo que les hace volcar”.

Los ahogamientos en el Caribe y otras muertes relacionadas con el éxodo venezolano dispararon el número de víctimas en Latinoamérica. En lo que va de año han fallecido al menos 380 personas por movimientos migratorios, 50% más que en los seis primeros meses de 2018.

La mayoría, eso sí, en el viaje de Centroamérica hacia Estados Unidos. Allí se produce una muerte por día, con casos trágicos recientes como el de una niña de seis años muerta por deshidratación en Arizona, luego de cruzar a Estados Unidos desde México. El fallecimiento de un muchacho de 12 años tiroteado cerca de Coatzacoalcos, en el estado de Veracruz, en el sur de México…

Los riesgos a los que se expone el éxodo

El diario ALnavío ha venido compartiendo historias del éxodo. La de Jenny, una joven venezolana de 20 años que abandonó Caracas en busca de una mejor vida en Bogotá, con la mala suerte de que lo único que allí encontró fueron desgracias. Primero una familia que la explotaba, luego un secuestro frustrado antes de que la convirtieran en prostituta, finalmente el exilio.

También está la historia de lo que ocurrió con el éxodo en la costa colombiana. Esta, gracias al testimonio de Maryhen Jiménez Morales, investigadora venezolana en el Departamento de Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford.

Jiménez estuvo dos semanas en el lugar. Allí lo que vio, dijo, “fue doloroso”. Más de lo esperado. Y fue doloroso porque contempló hacinamiento, niños apátridas, vientres de alquiler, xenofobia, explotación infantil, trata sexual… Con los venezolanos.

Tampoco hay que olvidar que el éxodo se mueve a pie. Forman caravanas humanas en dirección a ColombiaEcuador y Perú. Hace poco, un empresario peruano reveló en conversación con ALnavío que, en su viaje por la frontera, vio un río de venezolanos cruzando en la absoluta oscuridad las cumbres peruanas.

No todos van a pie. Muchas veces, para aligerar el camino, se aprovechan de autobuses y camiones para surcar carreteras que son toda una trampa mortal. Lo dicen informes del Foro Económico Mundial y de la ONU reseñados por ALnavío.

Como apuntó la agencia de la ONU para los refugiados, Acnur, hace dos semanas, son cuatro millones las personas que han abandonado Venezuela desde 2015. Este martes, en el informe de Tendencias globales de 2018, Acnur dio más detalles “del mayor éxodo de la historia reciente en la región y una de las mayores crisis de desplazamiento en el mundo”.

Dice que al día salen de Venezuela 5.000 personas. Que, a ese ritmo, el éxodo será de cinco millones a finales de 2019. Que, como consecuencia de este flujo migratorio, son los venezolanos quienes encabezan la lista mundial de nuevas peticiones de asilo.

En 2018 hubo 341.800 venezolanos que solicitaron asilo por primera vez. Superando, y con diferencia, a ciudadanos afganos, sirios e iraquíes quienes, a diferencia de los venezolanos, huyen de la guerra. No obstante, como demuestran los indicadores macroeconómicos, la gestión de Nicolás Maduro es casi tan devastadora como un conflicto bélico.

El imparable éxodo de venezolanos se extiende en la región por Daniel Lozano – La Nación – 5 de Mayo 2018

Según la OIM, en dos años creció un 900% la diáspora en América Latina, y esperan otro récord tras los comicios
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CARACAS.- Una nueva ola del éxodo venezolano se prepara para desparramarse por todo el continente después de las elecciones del 20 de mayo -en las que se prevé un triunfo del presidente Nicolás Maduro -, según adelantan expertos y sociólogos. Serán miles y miles de emigrantes que agrandarán las estadísticas publicadas ayer por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que concluyeron que el número de venezolanos en América Latina creció un 900% en solo dos años: de 89.000 a 900.000 personas entre 2015 y 2017. A nivel mundial, la diáspora venezolana se estiró casi un 110% en ese período, hasta un millón y medio.

Son cifras oficiales conservadoras frente al aluvión de los últimos meses. Solo en Colombia se estima que ya viven un millón de venezolanos, como desveló el presidente Juan Manuel Santos la semana pasada. La abismal crisis económica y social, y la convicción de que el chavismo mantendrá el control de las instituciones provocaron que el 34,7% de los venezolanos evalúen marcharse de su país.

Según Datanálisis, en dos o tres años se habrá ido de Venezuela el 20% de su población, lo que supone seis de los 30 millones de habitantes actuales.

Por lo menos el derrumbe del país ha traído la solidaridad de buena parte de los países americanos. Los venezolanos, conocedores de las puertas abiertas de los países de acogida, eligen sus destinos de acuerdo con las ventajas laborales y jurídicas. Como la Argentina, que ha visto cómo se ha acelerado el ingreso de los caribeños en los dos primeros meses del año, 363 por día. Según la Dirección Nacional de Migraciones, en enero llegaron al país 10.749 venezolanos y en febrero, 10.695.

El vecino Brasil también mantiene abiertas sus puertas, pese a las dudas suscitadas por la gobernadora del estado de Roraima. La OIM trasladó esta semana a 236 venezolanos, para un total de 500 en dos tandas, desde la frontera hasta San Pablo y Manaos con la intención de descongestionar esa zona limítrofe.

Un esfuerzo mundial

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A las iniciativas de la OIM se sumó el Vaticano, que la semana que viene pondrá en marcha sus “Puentes de solidaridad-Plan pastoral integrada para asistir migrantes venezolanos en Sudamérica”.

Se trata de un plan de asistencia auspiciado por la Secretaría de Desarrollo Humano Integral del Vaticano, en la que intervienen ocho conferencias episcopales y que se mantendrá bajo la órbita directa del papa Francisco.

El Santo Padre mostró su preocupación por la diáspora venezolana, incluso con palabras directas dirigidas a su pueblo “que vive en una especie de tierra extranjera en su propio país”, para que “encuentre la vía justa, pacífica y humana para salir cuanto antes de la crisis política y humanitaria que lo oprime”. El gobierno de Caracas no se dio por aludido; incluso Maduro mostró su satisfacción porque el Papa “puso a la derecha en su lugar”.

El Pontífice realizó un seguimiento casi personal de la crisis, como pudo comprobar LA NACION en la ciudad fronteriza de Cúcuta durante la apertura el año pasado de un comedor en la parroquia de San Antonio de Padua para los emigrantes que llegan hasta allí casi desfallecidos. Francisco se contactó con el obispo del norte de Santander para preguntar por los resultados alcanzados en el primer fin de semana, donde se desbordaron todas las previsiones.

Esfuerzos de unos y otros ante lo que la OEA definió como una crisis humanitaria sin paliativos. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) también ultima un plan de distribución urgente de víveres a través de tarjetas cargadas con dinero, para 350.000 personas. El presupuesto para llevarlo a cabo se eleva a 46 millones de dólares.

Y también hay países que hacen todo lo contrario, como Trinidad y Tobago. El gobierno caribeño llegó a un acuerdo con el venezolano para deportar a casi un centenar de indocumentados por violar las leyes migratorias.

Fue una decisión muy criticada por los organismos defensores de los derechos humanos, que rechazaron la decisión de los dos gabinetes y que volvió a sacar una vez más a la luz las penurias que sufren estos emigrantes. Según la investigación realizada por Datanálisis, el 80% de los venezolanos en el exterior afirma que está en situación irregular o informal y que no tiene visa de trabajo o permanencia.

De ellos solo el 10% está inscripto en el padrón electoral venezolano y puede votar, algo que forma parte de la falta de garantías democráticas para las elecciones del 20 de este mes. Históricamente el chavismo dificultó al máximo el voto de los emigrantes, cerrando incluso el consulado de Miami, que era el que más votantes reunía.

El chavismo se vio obligado a cambiar de discurso ante la evidencia mundial de la diáspora.

Tras muchos meses de asegurar que el flujo humano era al revés (de Colombia hacia Venezuela), la revolución acusó ahora a una extraña conspiración de engañar a los venezolanos que se veían empujados a abandonar sus hogares.

Maduro ordenó posteriormente a sus ministros la elaboración de un plan para repatriar a los emigrantes “que lo hayan perdido todo y quieran volver a trabajar, tener su negocio, tener su empresa, tener sus cosas”.

Un comentario irónico del “hijo de Chávez” sobre los venezolanos que van a Miami a “lavar pocetas (inodoros)” provocó un fuerte repudio en el país, lo que llevó al presidente a retractarse un mes después. “Todos los que quieran regresar a su patria que regresen, yo los espero con un abrazo de amor”, aseguró el jefe del Estado.

 

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