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Los niños de Venezuela se están muriendo: ¿somos nosotros responsables? por Nicholas Kristof – Infobae/New York Times – 25 de Noviembre 2019

Daniela Serrano perdió a su hija pequeña por desnutrición en los barrios pobres de Caracas, Venezuela, el 20 de noviembre de 2019. Frenéticamente buscó ayuda médica, pero tres hospitales rechazaron a la bebé, diciendo que no había camas disponibles, ni médicos ni suministros. El que finalmente la admitió, le dio el alta el mismo día que murió. (Fabiola Ferrero / The New York Times)
Daniela Serrano perdió a su hija pequeña por desnutrición en los barrios pobres de Caracas, Venezuela, el 20 de noviembre de 2019. Frenéticamente buscó ayuda médica, pero tres hospitales rechazaron a la bebé, diciendo que no había camas disponibles, ni médicos ni suministros. El que finalmente la admitió, le dio el alta el mismo día que murió. (Fabiola Ferrero / The New York Times)

Este país es una cleptocracia gobernada con incompetencia por malhechores que están convirtiendo una próspera nación exportadora de petróleo en un estado fallido al borde de la inanición.

En consecuencia, una joven madre llamada Daniela Serrano llora por su bebé, Daisha, y no puedo evitar preguntarme si las sanciones económicas de Estados Unidos en parte no son también responsables.

Serrano, de 21 años, vive en el barrio pobre y violento de La Dolorita, donde la conocí. En mayo, la bebé languidecía por desnutrición, así que buscó ayuda médica como loca, pero tres hospitales rechazaron a la niña, diciendo que no había camas disponibles, ni médicos, ni provisiones.

Finalmente, una sala de urgencias encontró a alguien para que examinara a la niña de 8 meses, con la condición de que Serrano proporcionara una hoja en blanco porque el hospital no tenía papel para escribir notas. Luego dieron de alta a Daisha, que esa noche murió en su casa.

“Me di cuenta de que estaba fría y no respiraba”, me contó Serrano mientras las lágrimas corrían por su rostro. “Grité”. Un vecino bondadoso le marcó al 911, pero pasaron 11 horas antes de que “los servicios de emergencia” se aparecieran en su casa. Se llevaron el cuerpo de Daisha.

La pregunta difícil para los estadounidenses: ¿acaso nuestras sanciones, que buscan debilitar el régimen, en realidad contribuyen a que bebés como Daisha mueran?

El brutal gobierno socialista del presidente Nicolás Maduro es el principal responsable del sufrimiento. Hay medidas que Maduro podría tomar para salvar la vida de los niños, si lo quisiera. Pero hay evidencia de que las sanciones impuestas por el presidente Barack Obama y el presidente Donald Trump contribuyen al deterioro de la economía y al tormento de los venezolanos comunes y corrientes.

“La economía venezolana era un borracho dando patadas de ahogado en un mar picado, luchando por mantenerse a flote y pidiendo a ruegos un salvavidas”, me dijo Francisco Toro, un periodista venezolano. “En cambio, el gobierno de Trump le echó un martillo. Un martillo no ayuda para nada. Es pesado. Puede hacer que el borracho se hunda más rápido. Pero el martillo no puede ser el foco de una narrativa sobre porqué se está hundiendo el borracho”.

Tal vez Venezuela ahora esté tendiendo hacia un colapso total y una hambruna generalizada, mientras varios grupos armados están fragmentando el control. Los brotes de malaria, difteria y sarampión se están esparciendo y al parecer la mortalidad infantil se ha duplicado desde 2008.

La respuesta de Maduro es inadmisible. Compra la lealtad de funcionarios del Ejército con dinero o recursos que podrían destinarse a medicamentos, se rehúsa a aceptar ayuda extranjera e impide el ingreso a organizaciones humanitarias importantes.

Lo mejor para los venezolanos sería un nuevo gobierno. Pero las sanciones no han logrado sacar a Maduro del poder, aunque sí han infligido sufrimiento sobre los venezolanos vulnerables.

Incluso en la capital, Caracas, la zona del país más acomodada, el sufrimiento es incalculable. Elsys Silgado, de 21 años, tiene 2 hijos pequeños. El mes pasado, ambos estuvieron a punto de morir: Alaska, de 5 años (pesaba solo 11,80 kilos) de desnutrición aguda, y Jeiko, de 3 años, de una infección severa y una fiebre persistente de 40 grados.

La mortalidad infantil se ha duplicado desde 2008 en Venezuela. (Reuters)
La mortalidad infantil se ha duplicado desde 2008 en Venezuela. (Reuters)

Silgado y sus hijos fueron rechazados de cuatro hospitales porque no había camas disponibles. No me dejaron visitar hospitales públicos, los cuales están estrictamente controlados por pandillas armadas hostiles a la investigación periodística (unos doctores exploraron la posibilidad de meterme a escondidas, pero también para ellos hubiera sido muy peligroso). Entiendo por qué las autoridades no quieren que los periodistas visiten hospitales: Silgado describió salas de urgencias deplorables, sin electricidad ni suministro de agua.

“Estaba lloviendo”, recordó, “y lo único que veía era lodo en todas partes”. “

Finalmente Alaska y Jeiko se repusieron, pero a Silgado le sigue preocupando que pueda perder a Alaska por la desnutrición. “Temo que muera porque ahora sé que no la puedo llevar a un hospital. No tienen nada”, me dijo.

Muchas personas de los barrios pobres me dijeron que al inicio apoyaron a Hugo Chávez, quien fundó este régimen, pero casi todas se habían vuelto en contra de Maduro.

Cuando Chávez murió, yo lloré. Pero a Maduro lo envenenaría yo misma”, me dijo una mujer en la barriada de San Isidro.

Conversé con Juan Guaidó, el líder de la oposición. Guaidó, cuyo intento por deponer a Maduro desafortunadamente ha perdido ímpetu, afirmó estar seguro de que en algún momento los venezolanos lograrán derrocar la dictadura.

Tras insistirle, reconoció la posibilidad de que las sanciones podrían estar empeorando la crisis humanitaria. “Es un dilema, para Venezuela y para el mundo”, dijo, pero de cualquier manera está a favor de las sanciones por considerarlas un recurso más para quitar a Maduro. “Necesitamos cualquier herramienta de presión que esté a nuestro alcance”, dijo.

Quizá tenga razón. Pero no puedo dejar de pensar en los habitantes de los barrios que conocí.

Siguiendo el consejo de mi guía, me quité el reloj y anillo de matrimonio antes de entrar en la barriada, por miedo a que me robaran. Entonces una familia verdaderamente hambrienta me condujo por unas escaleras rotas y en mal estado hacia un apartamento apretado y destartalado; una persona salió corriendo a comprar papas fritas y algo de tomar para ofrecerme por ser un invitado de honor. Me sentí terrible y avergonzado.

Personas como ellos ya están sufriendo debido a la indiferencia de Maduro; es probable que haya un cataclismo en el futuro. Busquemos nuevas maneras de presionar a la cleptocracia, sin aportar más sufrimiento a los venezolanos comunes y corrientes. Quizá un programa tipo Petróleo por Alimentos podría ayudar, además de un mayor esfuerzo por obligar a Maduro a aceptar más ayuda humanitaria. Dado que nos estamos precipitando hacia una crisis humanitaria en nuestro hemisferio, hay que repensar nuestra estrategia.

Unos 400.000 niños venezolanos sin escolarizar en Colombia, Brasil y Ecuador – La Patilla – 15 de Noviembre 2019

Archivo EFE/ ERNESTO GUZMÁN JR

Unos 400.000 niños venezolanos no van a la escuela en Brasil, Colombia y Ecuador y el 48 % no lo hace porque las aulas de las poblaciones de acogida están superpobladas, informó este viernes el Consejo Noruego para Refugiados (NRC, por sus siglas en inglés).

Según una encuesta que el NRC llevó a cabo en 2018 en zonas fronterizas de los tres países y su experiencia en el terreno, en Colombia por ejemplo, el 58 % de los niños venezolanos en edad escolar no asistían a la escuela ni estaban inscritos.

El director del NRC, Christian Visnes, explicó en declaraciones a Efe que algunas de las principales barreras para la escolarización de los menores es que muchas de sus familias llegan “en una situación de extrema pobreza, sin información y en zonas del país donde ya hay un problema de cobertura escolar”.

Visnes también observó que el porcentaje de niños sin escolarizar es mayor en Colombia, sobre todo porque es el país que recibe a más migrantes venezolanos, y en cambio, en Ecuador el tipo de migración es diferente, porque las familias venezolanas allí “están de paso” y por eso no les “urge tanto escolarizar a sus pequeños”.

Un total de 4,6 millones de venezolanos, de los cuales un 25 % son niños, han salido de su país por la crisis y de ellos más de 1,4 millones se han establecido en Colombia.

FACTOR DE RIESGO

Visnes advirtió que Colombia tiene un “factor de riesgo adicional”, que es la existencia “del conflicto armado”, y por eso en algunas zonas fronterizas con Venezuela, como el Catatumbo, en el departamento de Norte de Santander (noreste), “los niños venezolanos sin escolarizar se exponen al reclutamiento de menores de los actores armados y de grupos criminales”.

“En estas zonas la necesidad de que el Estado colombiano proteja a los niños es mayor, y una de las formas más efectivas es a través del sistema educativo y de la escolarización, para que no sean víctimas de la trata o del crimen organizado”, reiteró el director del NRC.

La encuesta del NRC también señaló que el 35 % de las familias venezolanas no podían pagar los costos asociados con la educación, mientras que un 8 % de los niños dijo que pasaba su tiempo trabajando para ayudar a mantener a sus familias.

En este sentido, Visnes aseveró que hay familias que no pueden permitirse “ni comprar el uniforme obligatorio de la escuela”, y agregó que la escolarización “puede ser el primer paso para que las familias empiecen a establecerse y a encontrar un sustento”.

NIÑOS QUE MIGRAN SOLOS

El directo del NRC apuntó a la vulnerabilidad de los niños que migran solos, porque “aunque no podemos saber cuántos son, nos preocupa encontrarnos con adolescentes de 14 y 15 años en esta situación, edades en las que es frecuente el reclutamiento de grupos armados y de crimen organizado”.

Por eso, el director de la organización humanitaria pidió soluciones integrales e instó a los Gobiernos a proporcionar espacios escolares para todos los niños venezolanos “que están en peligro de quedarse atrás y vulnerables a situaciones de explotación”.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) informaron ayer en la presentación en Bogotá del Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes 2020 que son necesarios 1.350 millones de dólares para atender las necesidades humanitarias de los refugiados y migrantes venezolanos que han huido de la crisis de su país.

Según el NRC, a finales del 2020 el número de venezolanos desplazados en la región aumentará a 5,5 millones y se calcula que en promedio cada día salen unas 4.000 personas de Venezuela.

Los “huérfanos” del éxodo venezolano – El Nacional – 7 de Noviembre 2019

Uno de cada cuatro migrantes se despide de algún hijo. Cecodap indica que 846.000  de niños que se encuentran al cuidado de otros miembros familiares

Muchos niños se convierten en “huérfanos” del éxodo venezolano y se quedan en el país mientras sus padres se ven obligados a emigrar para mantener a sus familias. Frankeiber Hernández tenía 16 años cuando pasó su primera Navidad sin su mamá. Al año siguiente, se sumó la ausencia del padre.

La peor crisis en la historia reciente de Venezuela empujó a los padres de Frankeiber a Perú. Los hermanos quedaron al cuidado de su abuela de 58 años y su esposo de 70 años.

Uno de cada cuatro migrantes se despide de algún hijo, estipula los cálculos de la ONG Cecodap.

«846.000 niños se encuentran en estas condiciones. La personalidad de los niños cambia tras la separación», explicó Abel Saraiba, advirtiendo que este año superarán el millón de “huérfanos” por el éxodo venezolano.

Con 3,6 millones de venezolanos que dejaron atrás su país desde 2016, se multiplicaron los infantes que crecen en hogares sustitutos con los abuelos como principales cuidadores.

«Puedo llegar a deprimirme, pero  sigo teniendo la esperanza de que vuelvan a vivir en Venezuela”, reconoció Frankeiber, ahora estudiante universitario de 18 años.

Este año, los venezolanos en el exterior enviarán unos 3.000 millones de dólares en remesas, estimó la consultora Ecoanalítica.

La ruptura creó familias trasnacionales en Venezuela, cuyos pilares son las comunicaciones digitales y las remesas. La integración de estos niños en la sociedad dependerá de su cuidado y los expertos recomiendan a los padres no crear falsas expectativas de próximos reencuentros para evitar traumas.

Las víctimas infantiles de la crisis sanitaria venezolana por Florantonia Singer – El País – 2 de Junio 2019

Seis niños, cuatro de ellos con cáncer, mueren en mayo por falta de tratamiento en un hospital de Caracas

venezuela
Entierro de Erick Altuve, niño venezolano fallecido de cáncer mientras esperaba un transplante de médula ósea, el pasado jueves en Caracas. MARVIN RECINOS AFP

Con 11 años y un cáncer despiadado, Erick Altuve pidió a sus padres que lo enterraran en un cementerio cercano a su casa en el barrio capitalino de Petare, para que visitaran su tumba con frecuencia. Fue su última petición antes de morir, el pasado domingo. En vida, no pudo materializar sus sueños. Llevaba años rogando por un trasplante de médula ósea para combatir un linfoma no Hodgkin, diagnosticado cuando apenas era un bebé, que nunca llegó. Hacía cinco meses que estaba postrado en una cama del Hospital J. M. de los Ríos, el principal centro de salud infantil de Caracas y del país, y ninguno de los doctores pudo aplacar su agonía porque no había sedantes disponibles.

Es la rutina de los indignados. Días antes, Gilberto y Jennifer participaron en una manifestación por el fallecimiento en mayo de otros tres niños con cáncer. Creían que sus reclamos provocarían una reacción positiva. Pero ninguna ayuda llegó al hospital. Los padres de Erick tuvieron que pedir donativos para costear su entierro —muchas familias optan por entierros y velatorios caseros ante los precios desorbitados—. En total, cuatro menores han muerto en mayo en el J. M. de los Ríos esperando un trasplante de médula (junto a Erick, Giovanni Figuera, Robert Redondo y Yeiderberth Requena). Otros dos niños (Yoider Carrera y Nicole Díaz) fallecieron por otras patologías.

Nicolás Maduro ha asegurado en las últimas horas que aunque tienen dinero para pagar las intervenciones y tratamientos de venezolanos en el extranjero —hubiera sido el caso de estos menores con cáncer— a través de los convenios de la petrolera PDVSA, los bancos no aceptan el dinero a causa del bloqueo impuesto por Estados Unidos. El mandatario venezolano informó de que cuatro niños que esperan trasplante de médula serán llevados a Cuba.

Esta es la primera vez que el Gobierno asume como bandera política la muerte de afectados por la crisis, justificando que el bloqueo impide continuar con un convenio firmado con Italia para el tratamiento de niños con leucemia en este país europeo.

El abogado Carlos Trapani, un veterano defensor de los derechos de los niños y miembro de la ONG Cecodap, refuta las denuncias del Gobierno de Venezuela. “El Estado ha fracasado en la protección de los niños. Siempre se ha alegado que hay restricciones de recursos, acceso a la banca, bloqueos; pero de forma irresponsable se anuncia una gran cantidad de millones de dólares para compra de ametralladoras y uniformes militares. ¿Dónde están las prioridades? No creo que sea un tema de dinero, ni siquiera de problemas con la banca internacional. Es un asunto de disposición”, señala. Hace unos días, Maduro destinó 50 millones de euros a la compra de materia prima para la fabricación de uniformes militares. Aprobó otros 6.833.000 euros para activar la producción de subfusiles.

Convenio con Italia

En cambio, las inversiones en salud han caído. El convenio entre Venezuela e Italia funcionaba desde 2010. Fue firmado por el propio Maduro cuando operaba como canciller del expresidente Hugo Chávez y consistía en llevar pacientes venezolanos a tratarse en el extranjero porque las dos unidades de trasplante de médula ósea que existen en el país sudamericano son insuficientes. En 2014, la caída en los ingresos de PDVSA influyó en la atención de los pacientes y viajar al exterior se estableció como única alternativa de salvarse de la muerte.

Oliver Sánchez, de ocho años, padecía linfoma no Hodgkin cuando se hizo famoso en febrero de 2016 por reclamar su derecho a la salud rodeado de policías. En mayo de ese año murió. Todo sucedió antes de las sanciones contra la petrolera.

Katherine Martínez, directora de la ONG Prepara Familia, es testigo del deterioro del centro J. M. de los Ríos desde 2016. “Las madres de los niños hospitalizados ni siquiera reciben alimentación, mientras que los niños enfermos cuentan con una nutrición deficitaria, por ejemplo. Ni hablar de la escasez de medicinas. Enfrentamos una emergencia humanitaria compleja de instalación lenta. Los pacientes crónicos y mujeres sufren de manera exponencial esta situación”, dice.

El hospital tiene capacidad para 420 camas, pero solo hay 86 niños por las deficiencias que impiden atender a más. Adriana Avarino, madre de Mariana, merodeaba en la protesta por las muertes de los niños. Mariana, de seis años, iba con mascarilla, la cabeza rapada por la quimioterapia y sin querer conversar. “Mi hija lleva dos semanas sin recibir su tratamiento para la leucemia porque no funciona el aire acondicionado en la sala”.

Jennifer no alza la mirada y su garganta está hecha un nudo. Solo dice que Erick tenía esperanzas de ser trasplantado y clama por atención médica para el resto de los pacientes. “Él decía que era muy fuerte, que el cáncer no iba a matarlo”, agrega. Estaba en una lista de espera con otros 29 niños, pero la desilusión creció con los decesos de cada uno de sus compañeros. “En Venezuela se están muriendo los viejos y los niños porque en los hospitales no hay nada. Al final, mi hijo ya tenía miedo de morirse, de irse sin haber ido a patinar sobre hielo”, añade su esposo, Gilberto.

#NIUNNIÑOMÁS

Las muertes de los niños del Hospital J. M. de los Ríos no solo han desatado manifestaciones en la calle, sino que los usuarios de Twitter han posicionado la etiqueta #NiUnNiñoMás para reclamar por el descuido del sistema de salud en Venezuela. El lunes, Ana Carvajal, presidente del Colegio de Enfermeras de Caracas, y otros asistentes a una protesta en las inmediaciones del hospital escribían en sus manos “No + (más)”, también invocaban la frase ya repetida en redes sociales. “En este país no hay sangre porque no hay reactivos para poder procesarla. Acá no necesitamos ametralladoras, sino insumos médicos. La batalla hay que darla es por estos niños”, dijo.

Muerte de niños y fábrica de metralletas por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 2 de Junio 2019

Miguel Henrique Otero

Vuelvo aquí a la cuestión que ha llenado de justa indignación a los demócratas y a las personas sensibles del mundo que siguen con atención los hechos de Venezuela: mientras en los hospitales continúan las muertes de niños por falta de insumos o porque no hay recursos para intervenirlos quirúrgicamente, al mismo tiempo, en los mismos días y horas, con el llanto de madres, padres y familiares como trasfondo, Maduro anuncia que su gobierno invertirá recursos económicos en una fábrica de ametralladoras y en uniformes militares.

Lo que hace de estas muertes un desconsuelo sin fondo, una especie de abismo para la comprensión, es que son muertes gratuitas. Muertes que hubiesen podido evitarse. Muertes causadas por la amoralidad del régimen encabezado por Nicolás Maduro.

Son gratuitas, como gratuitos han sido los fallecimientos de recién nacidos en hospitales de Monagas, Anzoátegui, Aragua, Carabobo y Zulia. Gratuitas como miles de muertes de pacientes que padecían enfermedades crónicas, cuya contabilidad se incrementa todos los días, que son las muertes por omisión del Estado, por la ausencia de autoridades y de responsabilidad, por la inexistencia de los recursos mínimos necesarios para que los profesionales de la salud puedan hacer su trabajo. Mueren quienes deben dializarse, mueren quienes no logran cumplir sus quimioterapias, mueren los que interrumpen sus tratamientos para el control de la diabetes. Mueren niños y ancianos que llegan a los hospitales en condiciones de agravada desnutrición y no encuentran respuesta alguna que salve sus vidas. En los hospitales venezolanos está ocurriendo esta escena: niños pacientes que anuncian a sus padres que van a morir.

El poder que deja morir a niños indefensos y anuncia la compra de armas es el mismo que no dice ni una palabra sobre el estado de las cosas en Venezuela. Es el mismo que habla de la felicidad de los ciudadanos, baila salsa en una tarima, viaja a comer chuletones de carne roja en Turquía, y que, cada vez con más frecuencia, hace declaraciones de un cariz a un mismo tiempo grotesco y ridículo, como, por ejemplo, que Venezuela invertirá en Huawei, porque asume que con sandeces de esa desproporción desafiará el castigo de las decisiones que el gobierno de Donald Trump ha tomado en contra de esa empresa china.

En lo esencial se trata –me he referido a esto en más de una ocasión– de un poder escindido de lo real. A lo largo del tiempo ha ido construyendo un estatuto de indiferencia y desdén por los problemas concretos del país. Puesto que desprecian a las personas, que las urgencias y necesidades reales de las familias les resultan insoportables, y que viven sumergidos en una burbuja de riquezas y guardaespaldas entrenados en Cuba, nada les importa. La pobreza les causa fastidio. Les agria el humor. Las imágenes de la destrucción resultan molestas, irritan la mentalidad que impera en Miraflores, que es la de ser los señores del país, dueños de riquezas y poderes ilimitados.

Insisto en esto: salvo reprimir, disparar, matar, herir, apresar, allanar, torturar, secuestrar, practicar el terror en todas sus vertientes y violar la ley en todas sus instancias, este poder nada hace por los ciudadanos. Es un poder que no auxilia. Que nada remedia. Que no dialoga con los ciudadanos. Que está completamente ausente de la cotidianidad. Es un poder que carece de soluciones que no sea el sometimiento a la fuerza de los ciudadanos. Ha cesado en sus funciones, salvo la de protegerse a sí mismo, rodeado de un séquito de hombres armados, cuya función consiste en aplastar cualquier forma de disidencia. El único mensaje que se desprende de la total omisión del poder en el país es uno: sálvese quien pueda. Que cada quien se las arregle como pueda.

El anuncio de que el régimen de Maduro fabricará metralletas no le escandaliza ni le avergüenza. Al contrario: lo celebra. Es lo que corresponde a su lógica de poder desquiciado, cuya única planificación consiste en preparase para seguir matando. Matando para mantenerse en el poder, al costo que sea.

Maduro, Herodes de los niños venezolanos por Isabel Pereira Pizani – El Nacional – 2 de Junio 2019

Isabel Pereira Pizani

El régimen de Maduro ha ejecutado fríamente un proceso de genocidio infantil contra los más pobres de este país. Niños de extracción popular mueren en los hospitales por falta de medicinas, desnutrición, por abandono de las instituciones responsables. Situación agravada por la pérdida de capacidad de protección de las familias, derivada de la destrucción de los salarios y de una hiperinflación mayor a 500.000%. Entre los años 2014 y 2015 han muerto 290 niños y ni siquiera una explicación se le devuelve a una ciudadanía angustiada e impotente. Prefieren que esto ocurra para fabricar argumentos de guerra contra sus enemigos: “Arreaza, culpó por los fallecimientos a las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos. El ‘bloqueo criminal de Estados Unidos’ impide transferir fondos a las instituciones italianas de salud con las que la estatal Petróleos de Venezuela S. A. (Pdvsa) mantenía un convenio para atender en Europa esos casos urgentes”. Arreaza cínicamente sabe que la crisis tiene más de 10 años, y que el bloqueo es a personas y no al Estado. Nunca antes habíamos presenciado esta manera cruel y fría de proceder de un gobierno, en este instante, más de 30 niños agonizan por no tener recursos para trasplantes medulares, al mismo tiempo anuncian, sin misericordia, recursos ingentes para los militares. Maduro-Herodes decreta: “Más de 56 millones de euros para la producción de 786.000 unidades anuales de uniformes militares y la activación de la línea de producción de la subametralladora ‘Caribe’, calibre 9.19 mm”. Mientras, los médicos reclaman que Pdvsa cancele 10 millones de euros para reactivar el programa de trasplante de médula ósea cofinanciado por el gobierno italiano. Con los 50 millones de euros asignados a los militares se podrían resolver 227 trasplantes de medula ósea.

La corrupción y desmoralización de los responsables de la salud parece no tener límites. En el hospital Universitario de Caracas, igualmente en crisis, la junta directiva contrató un grupo de desnudistas para divertirse, tal como informó la prensa: “Derroche en fiesta navideña del Clínico mientras pacientes mueren por falta de insumos Se filtraron varias facturas de proveedores donde se observa el monto de 26.680.000 bolívares, presupuesto que fue destinado para la fiesta navideña por el director del hospital, Fernando Alvarado, y el subdirector, Pablo Castillo, conocidos por haberse negado a recibir los donativos realizados por la organización humanitaria Médicos Sin Fronteras a la institución hospitalaria”. Lo insólito es que este acto barbárico fue del conocimiento público y sus autores permanecen incólumes en sus mismas posiciones, no hay sanciones porque al régimen no le importa la salud de los venezolanos y mucho menos el futuro de nuestra infancia. Cada día amanecemos con la noticia de una muerte más por la cruel indolencia de Maduro-Herodes, ya resuena el lamento del tirano como predice el poeta José Emilio Pacheco:

Ahora solo puedo pedir perdón,

Y es en vano: los muertos no resucitan,

Las heridas nunca se curan.

Así al buscar la luz y la verdad.

Aumenté con la suma de mis crímenes

El plural sufrimiento de este mundo.

Migración venezolana agudiza crisis de 1.1 millones de niños necesitados – Yo influyo – 5 de Abril 2019

La Unicef también mostró especial preocupación ya que tanto los niños desarraigados y sus familias afrontan dificultades extras al momento de regularizar su estatus migratorio.


Niños Venezuela


Alrededor de 1.1 millones de niños necesitarán protección así como acceso a servicios básicos durante este año en América Latina y el Caribe como resultado de la grave crisis migratoria que se vive en Venezuela.

Así lo dio a conocer el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), que señalara también que esto se debe a los “desarraigados del país, los que regresan y los que están en comunidades de acogida y de tránsito”.

En ese sentido, el organismo internacional hizo un llamado a la comunidad internacional, específicamente a los gobiernos de la región para generar mecanismos que protejan los derechos de estos niños, incluidos migrantes y refugiados, ya que actualmente, según datos de la Unicef cerca de 500 000 niños necesitan de asistencia y protección.

Aunado a ello, diversas organizaciones humanitarias prevén que más de 4.6 millones personas en Brasil, Colombia, Ecuador, Guyana, Panamá, Perú y Trinidad y Tobago necesitarán ayuda migratoria durante 2019 también por la fuerte ola migratoria fruto de la crisis política, económica y humanitaria que azota a Venezuela.

Lo cual ha provocado que tanto países de tránsito como de acogida se enfrenten a una sobrecarga que dificulta la prestación de servicios esenciales como protección, atención sanitaria y educación.

La Unicef también mostró especial preocupación ya que tanto los niños desarraigados y sus familias afrontan dificultades extras al momento de regularizar su estatus migratorio, algo que puede afectar a su acceso a protección social, atención sanitaria, desarrollo infantil temprano y educación. A ello hay que agregar el riesgo para los menores migrantes de sufrir discriminación, violencia, separación familiar, explotación y abuso.

María Cristina Perceval, directora regional de la agencia para América Latina y el Caribe, señaló que “los estándares internacionales de los Derechos Humanos piden a los Estados que permitan la entrada y el registro de los niños como una precondición para llevar a cabo los procesos iniciales de evaluación para su protección”.

Según el Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, más de tres millones de venezolanos han abandonado el país durante los últimos tres años, sin embargo, hay estimados de que para finales de 2019 la cifra alcanzará la cifra de 5 millones.

De acuerdo con la Unicef, registrar a los niños en tránsito es el primer paso para garantizar sus derechos, ya que la información recogida durante el proceso de registro también proporciona a los estados información valiosa para implementar una mejor respuesta que brinde los mecanismos adecuados para los menores.

Unicef se encuentra en trabajos con los gobiernos de países de tránsito para asegurar su adhesión a los estándares internacionales en los procesos oficiales de migración: proteger a los niños, no devolución, no separación de las familias y su reunificación, no detención de los niños y familias, etc.

La generación del hambre por Johanna Osorio Herrera / Armando Altuve, María Vallejo, Sheyla Urdaneta, Jesymar Añez, Liz Gascón, Mariangel Moro, Rosanna Batistelli – El Pitazo – Diciembre 2018

Nacieron en el 2013, cuando la crisis alimentaria se agravó en Venezuela. Tienen 5 años, están desnutridos, y el daño provocado a su salud es irreparable. El Pitazo en alianza con CONNECTAS recorrió ocho ciudades y, con ellas, ocho realidades distintas. Estas son las historias de los niños que crecen en desventaja por nacer en medio de la emergencia humanitaria que vive el país.

A Juan Luis se le pueden contar los huesos sobre la piel: está desnutrido. Su diagnóstico lo determinaron los especialistas del Hospital Materno Infantil de Tucupita, en Delta Amacuro —estado con una de las mayores poblaciones indígenas del país— donde estuvo internado en agosto de 2018 por diarrea crónica. Es posible que no sea la única vez que esté hospitalizado durante el resto de su vida. Las secuelas del hambre antes de los cinco años, su edad, son irreversibles. En su adultez, Juan Luis será más propenso que otros hombres a padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes; también a rendir menos laboralmente, o tener deficiencias intelectuales, todo como consecuencia del hambre que hoy padece.

Desde la concepción hasta los cinco años, especialmente los primeros 1000 días, cumplidos después de los dos años y medio de vida, se desarrolla 75 por ciento o más del tejido cerebral y su constitución. El esquema neuronal, que permite al ser humano percibir su entorno: ver, oler, escuchar y reaccionar ante los estímulos, queda definido en esta etapa: la primera infancia, de acuerdo con organismos internacionales vinculados al cuidado de la niñez, como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). El crecimiento de Juan Luis depende de lo que coma. Si se alimenta bien, su circuito neuronal será favorable para su adultez. Si no lo hace, el daño provocado a su cuerpo y su cerebro será irreparable.

Juan Luis no come bien, aunque su mamá intente remediarlo. No puede porque su familia es pobre, como 87 por ciento de las familias venezolanas, de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, realizada por universidades y organizaciones no gubernamentales. Su historia no es la única; se repite en muchos niños de su edad. Hasta marzo de 2018, en Venezuela, sólo 22 por ciento de los niños menores de cinco años tenían un estado de nutrición normal, según el informe Saman, de Cáritas.

Comer de forma adecuada es uno de sus principales derechos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Juan Luis debería tener siempre “acceso físico y económico a suficiente alimento, seguro y nutritivo, para satisfacer sus necesidades alimenticias”. Es el Estado quien debe garantizarle el alimento, pero no lo hace. De acuerdo a Encovi 2017, en 80 por ciento de los hogares venezolanos hay hambre (término que engloba la desnutrición en todas sus fases), o inseguridad alimentaria, como la denomina la FAO. Y, de acuerdo a lo que sugiere la FAO, esto confirma la emergencia humanitaria, alcanzada cuando un país “en un determinado año no puede colmar con sus propios recursos el déficit de alimentos provocado por un desastre y necesita, por tanto, ayuda alimentaria externa”.

En Venezuela, la desnutrición infantil es la prueba de la emergencia, específicamente, la desnutrición aguda global en niños menores de cinco años, como Juan Luis, nacido en 2013, año que Nicolás Maduro asumió la Presidencia de la República.

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) si 10 por ciento de los niños (menores de cinco) de un país padecen desnutrición —porque no han tenido una cantidad suficiente de alimentos y los que ha ingerido no tenía los nutrientes necesarios—, se deben activar protocolos de atención para crisis humanitaria. Rebasar el umbral de 15 por ciento indica una situación de emergencia de salud pública de carácter humanitario. En Venezuela, la desnutrición aguda global en niños de esta edad alcanzó 10 por ciento en enero de 2017, y superó el umbral de 15 por ciento entre septiembre y diciembre, cuando llegó a 16 por ciento, según estudios de Cáritas Venezuela. La cifra subió a 17 por ciento durante el primer trimestre de 2018.

Los niños con hambre en Venezuela contrastan con el Plan de la Patria —la carta estratégica presentada por Chávez para su reelección y retomada por Maduro— que establece como uno de sus objetivos generales “lograr la soberanía alimentaria para garantizar el sagrado derecho a la alimentación”, y como meta estratégica “asegurar la alimentación saludable de la población, con especial atención en la primera infancia”. Las cifras revelan una realidad que el gobierno se esfuerza en negar: en Venezuela, desde septiembre de 2017, existe una emergencia humanitaria, que podría mejorar si se acepta ayuda alimentaria externa. Tiene su origen en las erradas políticas socioeconómicas tomadas desde hace 15 años por Hugo Chávez, y perpetuadas por su sucesor Nicolás Maduro, provocando una profundización de la desnutrición desde el 2013.

Lo que el hambre deja

Valentina tiene 5 años, pero su cuerpo parece el de una niña más pequeña. Mide 86 centímetros y pesa 9 kilos, cuando debería medir un poco más de un metro y pesar el doble. No habla, se aísla, y las únicas sonrisas fáciles se las provoca Carmen Toro, la mujer que la cuida. Es exnovia de su papá, quien hace meses la abandonó, ya desnutrida, en el hogar de lata donde viven, en la pobre comunidad de Valles del Tuy, en las periferias de Caracas; seis meses antes, su mamá biológica también la abandonó, y la dejó con su padre.

En cambio, Dayerlin es más extrovertida. Debe serlo, para poder comer: de día, la niña de 5 años mendiga dinero y alimento en Monagas, estado oriental del país; de noche, duerme con su madre y sus siete hermanos en un intento de casa, un espacio de 5 metros de largo por 6 metros de ancho, que es cuarto, cama y baño a la vez.

Según estudios de Cáritas Venezuela, un poco más de la mitad de los hogares de algunas de las parroquias más pobres del país recurren a contenedores de basura y a la mendicidad para conseguir comida. Y, de acuerdo a los registros de la emergencia pediátrica del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar, en Monagas, donde vive Dayerlin, muchos de los niños de esas familias pobres no alcanzan, siquiera, a crecer: 42 lactantes han fallecido durante 2018 por desnutrición, un promedio de 4,6 decesos al mes. 70 por ciento de esos bebés, es decir 28, vivían en la zona urbana de Maturín mientras que el resto en otros municipios.

A Valentina y Dayerlin las separan 485 kilómetros de distancia, pero las une la pobreza, el hambre, y sus consecuencias. Falta mucho para que sean mujeres, pero su adultez es predecible, por el hambre que han sufrido: enfermedades cardiovasculares, diabetes, hijos enfermos; discapacidad para aprender y facilidad para ser manipuladas; tendencia a la violencia y el uso de drogas. El daño provocado por la desnutrición a los niños venezolanos —física, intelectual y emocionalmente— es irreparable, según los expertos en desarrollo infantil.

“Socialmente, el hambre en Venezuela ha generado un deterioro de las relaciones intrafamiliares. Hay peleas por la comida, hay niños robándose las loncheras entre sí, niños maltratados porque se comieron los huevitos que eran para el otro muchachito. Hay roles familiares invertidos, padres y madres que se suicidan porque no se sienten capaces de comprar la comida suficiente y, a nivel vecinal, el problema del hambre generó un quiebre entre nosotros enorme”, explica Susana Raffalli, nutricionista especializada en gestión de la seguridad alimentaria, en emergencias humanitarias y riesgo de desastres, integrante del equipo de investigadores de Cáritas Venezuela.

“Yo una vez vi el maltrato a una niña que se tomó un agua que era para una sopa, una niña wayuu. La madre fue y le pegó a la niña porque el único baldecito de agua que había era para hacer una sopa. Esa niña se tomó el agua porque tenía sed. Entonces, cuando tú asocias tus necesidades más básicas a maltratos y abandonos vas a ser un ser humano que va a crecer con un estado de vacío y desasosiego para toda su vida y ese daño afectivo del que pasas a la adultez con ese hueco adentro, va a generar para siempre problemas de adicción, problemas de estabilidad, estos son muchachos que están ahora de delincuentes insaciables”.

Las consecuencias de la desnutrición en niños, que ahora padece Venezuela, ya ha sido estudiada en países vecinos. Cuenta Raffalli que en 2012 se publicó un estudio hecho en una población rural en Guatemala, donde se siguió el desarrollo de un grupo completo de niños, hijos unos de madres desnutridas y otros no. Al llegar a su adultez, se comparó a los campesinos de 20 y 30 años, que trabajaban cortando caña, y se contrastó su rendimiento en el corte de la caña. La diferencia fue hasta de 40 por ciento en la cantidad de caña cortada y, por lo tanto, del ingreso. La nutrición en sus primeros mil días de vida determinó que, una vez adultos, unos fuesen 40 por ciento más productivos que otros. En el caso de las mujeres concluyeron que las niñas desnutridas tenían tres veces más posibilidades de parir niños de bajo peso, que las que fueron bien alimentadas en su infancia.

“Estás determinando, en ese momento, lo que va a pasar después (…). Después de dos años de monitorear esto en parroquias pobres del país, vemos que el retardo del crecimiento subió de 18 por ciento en el año 2016, a 30 por ciento en 2018; es decir, que 30 por ciento de los niños que, incluso, rescatamos de la desnutrición y ya pesan su peso normal, tiene retardo del crecimiento. Son niños que quedan en un rezago para siempre, no solamente biológico, sino cognitivo. Estos son niños que no vas a ver que se distinguen, no lo vas ni siquiera a notar. Estos son niños que aprenden a leer, a escribir, juegan, se ríen, van a ir al colegio, pero no van a llegar nunca a la universidad, no van a tener empleos de buena productividad”, asegura Raffalli.

La OMS considera que la proporción de niños con retardo en el crecimiento no debe superar el cinco por ciento. Otros países de América Latina lograron disminuir su índice de niños con retardo de peso y talla ofreciendo a las familias agua potable, vacunación completa, desparasitantes, dispensarios, suplementos nutricionales y raciones de alimentación familiar.

“Con todo eso, el promedio latinoamericano de disminución de la proporción de niños con retardo del crecimiento es de 1,5 puntos porcentuales por año. Entonces si ya lo tienes en 33 por ciento (como Venezuela), bajarlo al 5 por ciento que la OMS considera apropiado, te va a tomar 25 años. 25 o 30 años son tres generaciones”, advierte Raffalli. “Esto compromete incluso pensamientos de libertad a futuro. Esos son niños que van a ser madres y padres de la pobreza, que van a volver a votar por un presidente populista. Esto se perpetúa. Esto tiene implicaciones generacionales, implicaciones para siempre. Esto significa muchos años de atraso, al menos tres generaciones”.

El 10 de septiembre de 2018, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet, dijo que el organismo ha recibido desde junio información sobre casos de muertes relacionadas con la malnutrición y enfermedades que se pueden prevenir en Venezuela. Fue durante ese mes, junio, cuando la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (Acnudh) examinó la crisis alimentaria venezolana, recabó pruebas, entrevistó expertos y concluyó que: “el Gobierno se negó a reconocer la magnitud de la crisis sanitaria y alimentaria, no se habían adoptado las medidas y las reformas normativas que se necesitaban con urgencia para hacer frente a la crisis y sus causas fundamentales, no cumpliendo así su obligación internacional de hacer todo lo posible para asegurar el ejercicio de los derechos a la salud y la alimentación, incluso recurriendo a la cooperación y asistencia internacionales”.

El hambre en Venezuela es evidente. La FAO, que en 2013 premió al gobierno por “reducir a la mitad el porcentaje y el número de personas con hambre o subnutrición en el país antes de 2015”, calificó negativamente a Venezuela en 2017, por ser el país con la mayor alza en subalimentación, y lo responsabilizó de “la merma general del desempeño de la región en su lucha contra el hambre”: más de la mitad de las personas que engrosaron el número de subalimentados en América Latina, desde 2015, fueron venezolanos. Un año más tarde, en noviembre de 2018, el panorama es aún más grave: el director de estadística de la FAO aseguró que la tasa media de subalimentación en Venezuela, entre 2015 y 2017, fue de 11,7 por ciento de la población, es decir, 3,7 millones de venezolanos comen mal, casi cuatro veces más que en el trienio 2010-2012. La cantidad de venezolanos mal alimentados es superior a la población de Uruguay, que, según su último censo, no llega a tres millones y medio de habitantes.

Por su parte, en su último informe sobre el país, Human Rights Watch advirtió que “las personas afectadas por inseguridad alimentaria son menos propensas a cumplir con sus tratamientos médicos debido a que, con recursos limitados, deben atender diversas necesidades humanas”. En Venezuela, donde 87 por ciento de las familias son pobres, la mayoría no puede suplir necesidades tan básicas como comida o salud. Niños y padres enfermos, desnutridos, y en medio de un contexto económico adverso, no pueden escapar del hambre.

“La desnutrición ya parece una epidemia, una enfermedad contagiosa”, asegura Ingrid Soto de Sanabria, pediatra y nutrióloga del hospital pediátrico J.M. de los Ríos. El hambre en Venezuela inició un ciclo difícil de romper.

La herencia de Chávez que Maduro agudiza

Maikel nació el 29 de diciembre de 2012 en Portuguesa, lugar que también es llamado el Granero de Venezuela. Fue uno de los 619.530 niños que nacieron ese año, la última cifra de natalidad publicada en el país. El estado llanero, reconocido en otrora por su alta producción agrícola, y donde ahora escasea la comida, es el hogar del niño, que nació justo un día antes de que Nicolás Maduro, entonces vicepresidente de Venezuela, advirtiera en cadena nacional que Hugo Chávez estaba delicado de salud, después de someterse a una cirugía para intentar curarse del cáncer que padecía. Nació, también, 21 días después de que el mismo Chávez se dirigiera al país, el 8 de diciembre, para pedir que, si ocurría algo que lo inhabilitara, Maduro fuese elegido como su sucesor en el poder. “Yo se los pido, desde mi corazón”, dijo. Tres meses después. el 5 de marzo, Maduro anunciaba al país la muerte de Chávez.

Al nacer, Maikel pesó 1,440 kilogramos, más de un kilo por debajo del peso mínimo adecuado (2,500 kg), según la OMS; y cumplía casi cuatro meses de vida cuando, el 14 de abril de 2013, como Hugo Chávez lo pidió, Nicolás Maduro fue electo presidente de Venezuela, y heredó el país, y sus problemas económicos.

En 2002, una década antes de que Maikel naciera, la expropiación de empresas, emprendida por Hugo Chávez, inició la caída de la capacidad productiva del país. La bonanza petrolera que vivió Venezuela desde 2004 hasta 2013 no fue aprovechada para estimular la producción nacional ni para el diseño y cumplimiento de estrategias económicas que mantuvieran estable a la nación en momentos de recesión económica. El dinero se destinó a políticas populistas, entre ellas las misiones sociales, que fortalecieron la aceptación del gobierno, pero incrementaron 50,7 por ciento el gasto público. Esta estrategia fue admitida en 2014 por el ex ministro de Planificación y Finanzas Jorge Giordani, quien afirmó que era “crucial superar el desafío del 7 de octubre de 2012”, refiriéndose a las elecciones que ganó Chávez “con un esfuerzo económico y financiero que llevó el acceso y uso de los recursos a niveles extremos”.

El precio del petróleo, y el modelo económico venezolano, dependiente de este rubro, dio al gobierno una aparente estabilidad, pero las consecuencias del derroche fueron evidentes tras la baja de los precios del petróleo: los gastos del Estado comenzaron a ser superiores a los ingresos por exportación de crudo e impuestos (déficit fiscal), causando una creciente inflación y la caída del poder adquisitivo del venezolano. Así, el hambre comenzó a dar sus primeros pasos. La llegada de Nicolás Maduro al poder en 2013, y su perpetuación de las medidas económicas iniciadas por Chávez, representó la profundización de la crisis económica y política: el contexto de la hambruna de los niños venezolanos.

“Cuando ya llega Maduro al poder en el año 2013, la situación económica de Venezuela era bastante precaria en términos de déficit externo e importaciones (…). ¿Qué decidió Maduro, en vez de ofrecer un plan de estabilización de la economía, de resolver este desequilibrio, de buscar financiamiento internacional? Optó por una política de constreñimiento. Como tenía un hueco externo, lo que hizo fue reducir fuertemente el nivel de importaciones del país. El último año de crecimiento de la economía venezolana fue el año 2012, obviamente provocado por esa bonanza ficticia que ofreció el gobierno de Hugo Chávez, un poco buscando su reelección. Se gastó lo que se tenía y lo que no se tenía, hubo un financiamiento brutal en términos de importaciones y fue el último año en el que la economía creció. En 2013, la contracción empezó a crecer, primero con números bastante manejables. Estamos hablando de contracciones que no superaban el cinco por ciento. Pero, con el paso del tiempo, el nivel de contracción de la economía venezolana fue ampliando”, explica Asdrúbal Oliveros, economista (Summa Cum Laude) de la Universidad Central de Venezuela y director de la empresa de análisis de entorno Ecoanalítica.

En las casas de Juan Luis, Valentina, Dayerlin y Maikel no hay neveras o, si hay, no funcionan. No las extrañan, pues tampoco tienen con qué llenarlas. Las neveras vacías, que se reflejan en lo pómulos pronunciados, clavículas expuestas y manitos delgadas de los niños venezolanos, fueron pronosticadas varios años antes, pero al Estado venezolano no pareció importarle.

En 2013, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su estudio anual Perspectivas de la economía mundial, advertía el detrimento de la economía venezolana: “Se prevé que el crecimiento del consumo privado en Venezuela disminuirá a corto plazo tras la reciente devaluación de la moneda y la aplicación de controles cambiarios más estrictos”. Ese año, el Producto Interno Bruto venezolano cayó de 5,5 por ciento a 1,3 por ciento, mientras el de América Latina y el Caribe se mantuvo en 2,9 por ciento.

Dos años más tarde, una vez más, el FMI advirtió la potencial crisis económica que se avecinaba. En su informe mundial anual de 2015 señalaba: “Venezuela sufrirá, según las previsiones, una profunda recesión en 2015 y en 2016 (–10% y –6%, respectivamente) porque la caída de los precios del petróleo que tiene lugar desde mediados de junio de 2014 ha exacerbado los desequilibrios macroeconómicos internos y las presiones sobre la balanza de pagos. Se pronostica que la inflación venezolana se ubicará muy por encima del 100% en 2015”.

El pronóstico fue superado por la realidad. La economía venezolana inició una caída de cinco años consecutivos, que ya alcanza un 57 por ciento, y aún no se ha detenido. Es el deterioro más profundo que ha sufrido un país en los últimos 50 años, afirma Oliveros. “Además, destaca esta caída porque se da en un país que no tiene un conflicto bélico ni interno ni con sus vecinos, y tampoco ha pasado por un desastre natural. Es una caída cuya responsabilidad única es por el mal manejo de políticas económicas que ha reducido el tamaño de la economía venezolana en forma considerable”.

Los años de omisiones del Estado ante el detrimento de la economía, sumado a la baja de las importaciones, la falta de producción nacional, cierres de empresas, y negación de divisas para la adquisición de materia prima, desencadenaron una grave escasez e inflación, que afectó la disponibilidad y acceso a alimentos. Sin comida ni dinero para comprarla, la dieta del venezolano empezó a deteriorarse.

—¡Mamá, tenemos hambre!—, exclaman, piden, María Victoria y María Verónica.

—No tengo nada, vamos a acostarnos. Mañana veré que les doy—, responde su mamá, Dayana, desconsolada. Y mientras ellas obedecen y duermen, ella se desvela llorando.

Las gemelas, de cinco años, y sus dos hermanos, duermen con hambre la mayoría de las noches. De día, tampoco comen bien: su dieta es arroz, pasta, harina, azúcar y granos, alimentos distribuidos por el Estado en cajas que llegan cada 15 días al barrio La Batalla, de Barquisimeto, estado Lara. La familia tiene cinco meses sin comer carne o pollo. Las gemelas, que nacieron el 5 de enero de 2013, pesan 14 kilos y miden 1,02 metros, cuatro kilos y seis centímetros por debajo del peso y talla adecuados para su edad. Su diagnóstico es el mismo de Juan Luis, Maikel, Valentina y Dayerlin: están desnutridas, como casi la mitad de los niños venezolanos de su edad. Son parte de la generación marcada por la crisis, la generación del hambre.

En su informe de marzo de 2018, Cáritas Venezuela concluyó que 44 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años estaban desnutridos, el doble de casos registrados en enero de 2017. A la cifra se suma otro 37 por ciento de niños de la misma edad, que están en riesgo de padecer desnutrición. En marzo de 2018, sólo 22 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años se alimentaban adecuadamente.

El hambre de los niños de esta generación desnutrida va de la mano con la carencia de comida. Según el Observatorio Venezolano de Seguridad Alimentaria, el consumo de carnes y aves en niños menores de cinco años disminuyó de 41 por ciento a 22 por ciento, entre 2016 y 2017; la ingesta de pescado disminuyó de 24 a 12 por ciento, en el mismo período; el consumo de lácteos bajó de 59 a 26 por ciento, y el de los huevos —la proteína más económica— cayó de 47 a 29 por ciento.

De acuerdo a la empresa venezolana Econométrica, la escasez pasó de 68 por ciento en septiembre de 2017 a 83,3 por ciento en 2018. Los platos semi vacíos son la prueba del deterioro de la dieta.

—Antes no comíamos bien, así mucho, pero sí comíamos. A veces pollo, caraoticas, arroz, pasta con su salsita. Ahorita no—, se lamenta Dayana.

El 7 de marzo de 2018, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas, David Beasley, calificó como “catastrófica” la crisis alimentaria en Venezuela. Esa vez, no hubo pronunciamiento por parte del gobierno venezolano, quien acababa de conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Hugo Chávez. Tres meses antes, el 26 de enero, fue desatendida también la advertencia que hizo Unicef sobre la desnutrición infantil en el país:

“Un número en aumento de niños en Venezuela está sufriendo de desnutrición como consecuencia de la prolongada crisis económica que afecta al país. Si bien no se dispone de cifras precisas debido a la data oficial limitada de salud y nutrición, hay claros indicios de que la crisis está limitando el acceso de los niños a servicios de salud de calidad, medicamentos y alimentos. La agencia de los niños hace un llamado para la implementación de una rápida respuesta a corto plazo contra la malnutrición”.

Aunque la preocupación de los organismos internacionales es reciente, la malnutrición no, afirma Marianella Herrera, nutricionista del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, directora de la Fundación Bengoa, e integrante del equipo de investigación de la Sociedad Latinoamericana de Nutrición: “Esto tiene más tiempo del que parece. En lo particular, recuerdo que hicimos una investigación cuando existía la Misión Mercal, en Caracas. Lo que encontramos es que había una estrecha relación entre ser obeso, comprar en Mercal y pertenecer a un hogar con inseguridad alimentaria. La obesidad es hambre oculta. El programa ofrecía productos más económicos, pero pobre en nutrientes (…). Si lo vemos en el tiempo, esta crisis comienza alrededor del año 2011, 2012. Fue una crisis de inseguridad alimentaria de instalación lenta, por eso ha sido muy difícil convencer al mundo. Comenzó con la obesidad, y luego, cuando se acabaron las calorías, ocurrió este cambio drástico”.

El hambre y la caída de la economía van de la mano, asegura Herrera. “Cuando el Estado garantiza un ingreso digno, garantiza la adquisición de las necesidades básicas. La alimentación es una de esas. La crisis de la producción nacional, provocada tras la ley de expropiación de tierras, ocasionó la merma de productos locales (…). La radicalización del modelo socialista hizo que se perdiera la estructura económica”.

La mamá de Carlos no es experta en economía o modelos socialistas, apenas escribe su nombre con dificultad. Pero, esto no le hace falta para saber que sus hijos no se alimentan bien. Con 22 años y madre de cuatro niños, debe quedarse en casa a cuidarlos, mientras el padre trabaja. Lo que gana el esposo alcanza solo para comprar algún carbohidrato, como pasta o arroz, y un poco de queso, pollo o sardinas. Nunca todo, nunca suficiente.

No es la única familia que padece estas condiciones. De acuerdo con Encovi, en 2017, 89 por ciento de los hogares venezolanos, como el hogar de Carlos, no contaban con el dinero que necesitaban para comprar comida. A pesar de que el Estado no ofrece cifras oficiales sobre pobreza por ingreso desde hace cuatro años, la data disponible en el Instituto Nacional de Estadística confirma que entre 2012, último año del mandato de Hugo Chávez, y 2014, año del último informe publicado, los hogares pobres incrementaron de 21,2 a 33,1 por ciento.

El aumento de la pobreza no para. “La canasta alimentaria del mes de agosto, anualizada, entre agosto de 2017 y agosto de 2018, presentó una inflación de 57.978,9 por ciento. Por primera vez, este país vive un problema de hiperinflación. Durante 21 años, entre 1951 y 1971, Venezuela tuvo una inflación de 1,5 por ciento anual, en este momento tenemos una inflación de 2,4 por ciento diaria”, afirma Oscar Meza, economista y director del Centro de Documentación de Análisis Social (Cendas).

La organización, fundada hace 41 años, contrasta, mensualmente, el salario mínimo venezolano con el costo de la Canasta Alimentaria, para evaluar su cobertura. Entre 2008 y 2013 (al cierre del año), el salario mínimo pasó de cubrir 53 por ciento de la canasta alimentaria a 46 por ciento. Difiere del cálculo del gobierno: de acuerdo al costo de la Canasta Alimentaria publicado por el INE, con el salario mínimo se podía cubrir 91 y 89 por ciento de los alimentos requeridos, respectivamente. Para 2014, Cendas señalaba que cobertura de la Canasta Alimentaria se ubicaba apenas en 28 por ciento, y al cierre de 2017, con el salario mínimo sólo se podía comprar 2 por ciento de los alimentos. En este mismo lapso, el Estado no publicó el costo de la Canasta Alimentaria.

El venezolano se quedó sin comida, y sin dinero para comprar el poco y costoso alimento disponible.

La posición de Unicef Venezuela respecto a las causas de desnutrición infantil, evidenciada por organizaciones no gubernamentales, es neutral. Este ente se apega a las cifras oficiales, suministradas por el Estado. Sin embargo, Dagoberto Rivera, especialista en nutrición y salud de Unicef Venezuela, admite que la falta de poder adquisitivo es parte de las causas de la malnutrición, aunque advierte que no la única.

“Cuando los precios suben y la capacidad adquisitiva disminuye se restringe la posibilidad de tener acceso a una canasta completa. Esto afecta a todos los niveles de la familia. Precisar en cuánto ha decaído sería arriesgado, pero sí, tenemos los signos que leemos a través de informes parciales, que nos indican que sí hay un deterioro y una tendencia hacia el deterioro, y por eso mismo estamos haciendo intervención. Estamos buscando colaboración, y concretando colaboración, no solo con el sector no gubernamental, sino también con instituciones del gobierno, específicamente con el Instituto Nacional de Nutrición. Estamos apoyando una intervención para suplir con micronutrientes y algunos insumos adicionales de nutrición en los centros de recuperación nutricional, y en los programas normales, regulares, de Unicef. Esto es una realidad que estamos viviendo, ocasionada por esta situación de altos precios y la capacidad adquisitiva reducida, la cual queremos cambiar”.

Esa es la realidad que vive Juan Luis en el Delta, Maikel en Los Llanos, Dayerlin en oriente, las gemelas María Victoria y María Verónica en el centro, Carlos en el sur, Valentina en el Área Metropolitana: la realidad de todo un país, a la que se acercaron los corresponsales de El Pitazo en esta investigación, en alianza con CONNECTAS.

Al Estado no le gusta hablar del hambre

Jhender hubiese cumplido cinco años el 20 de septiembre de 2018, pero murió, como consecuencia del hambre, casi seis meses antes, el 7 de abril. El niño falleció en la madrugada, en el mismo hospital donde cinco años antes fallecía Hugo Chávez. Aquel recinto, donde estuvo recluido el presidente durante sus últimos días de vida, no contaba con los insumos necesarios para atender la infección bacteriana que padecía el sistema digestivo del niño, agravada por su desnutrición. Jhender pasó, así, a integrar una estadística desconocida.

En Venezuela, el silencio del Estado es abrumador. Los Boletines Epidemiológicos del ministerio de salud, desde julio de 2015 hasta diciembre de 2016, publicaron con retraso de un año, en mayo de 2017. El Anuario de Morbilidad no publica desde 2015, cuando se divulgó el último informe de 2013. La última Memoria y Cuenta de MinSalud publicada fue la de 2015; las de 2016 y 2017 no han sido divulgadas.

El ministerio de alimentación no publica las Hojas de Balance de Alimentos desde el año 2007, ni el Anuario del Sistema de Vigilancia Alimentaria y Nutricional desde 2008. El Instituto Nacional de Estadísticas, adscrito al Ministerio del Despacho de la Presidencia, no difunde la Encuesta Nacional de Seguimiento al Consumo de Alimentos desde 2015. Y el Anuario de Mortalidad, al que debería pertenecer Jhender, tienen cuatro años de retrasos: la edición de 2014 publicó en agosto de 2018.

“Lamentablemente, las cifras en Venezuela no se publican desde hace cuatro años aproximadamente. Hay un panorama bastante oscuro sobre las estadísticas. El Estado venezolano considera la información como un arma política y no las divulga, y esto ocasiona que toda la planificación y organización de políticas públicas se dificulte porque para los investigadores es vital saber dónde estamos parados para planificar a futuro”, señala Pablo Hernández, nutricionista del Observatorio Venezolano de la Salud.

El Estado tampoco da cifras sobre malnutrición y mortalidad infantil a Unicef desde hace una década, de acuerdo a las bases de datos difundidas en el Informe Mundial de la Infancia de este organismo.

Organizaciones civiles nacionales, como Cáritas Venezuela, Fundación Bengoa y Provea, y equipos de investigación de universidades venezolanas, han buscado mecanismos para indagar y mostrar resultados sobre desnutrición. Sin embargo, la irregularidad en el registro de las muertes de niños dificulta la generación de data sobre mortalidad. “Hemos recibido denuncias de los médicos que comentan que no se les permite colocar la desnutrición como causa de muerte en el acta de defunción de los pacientes, pese a que la desnutrición puede estar asociada a una enfermedad de tipo infecciosa, generalmente. Es lamentable porque las cifras de desnutrición tienen que formar parte de las estadísticas y en el último boletín epidemiológico de 2016, publicado en 2017, no aparecen la mortalidad por desnutrición, especialmente en menores de cinco años”, señala Hernández.

El Anuario de Mortalidad de Venezuela de 2014 (publicado en 2018) registró que 153 niños, menores de 5 años, murieron por hambre; cinco niños más que en 2013, cuando murieron 148 niños. El mayor incremento de defunciones ocurrió en los niños menores de un año: entre 2013 y 2016, la muerte de bebés aumentó 28 por ciento, de acuerdo a los Boletines Epidemiológicos del Estado. Aunque no existe data oficial, concreta y actualizada, sobre el hambre y las muertes de los niños generadas por ésta, desde hace varios años Unicef mide y proyecta estadísticas sobre registros viejos del Estado, y apunta que Venezuela tiene una mortalidad estable de niños menores de 5 años, que se sitúa en 17 por ciento, incluso por debajo del promedio de América Latina y el Caribe (21 por ciento). La cifra es irreal, porque se basa en datos desactualizados.

La falta de cifras de mortalidad infantil no es la única irregularidad del Estado venezolano. El método utilizado para medir la desnutrición —de la que tampoco hay cifras oficiales— está obsoleto, respecto al usado por el resto de la región.

En 2006, tras un estudio multicéntrico hecho en los cinco continentes, la OMS generó y estableció nuevos patrones de referencia de niños bien nutridos. El patrón de los años 70 y 90 señalaba que un niño estaba desnutrido cuando su peso estaba tres veces por debajo de lo que debería pesar, y que estaba desnutrido agudo, severo, cuando se desviaba cuatro veces del patrón. En cambio, el patrón aprobado en 2006 corrió el punto de corte. A partir de estos patrones, la cuentas sanitarias de los países pueden asegurar que un niño está gravemente desnutrido si está dos medidas por debajo del peso o de la estatura ideal para su edad.

“Cuando tú mides a 600 niños aquí, y comparas sus mediciones con los patrones obsoletos, resulta que te pueden dar 48 niños desnutridos porque resulta que esperas que estén muy severamente desnutridos para empezar a contarlo, para que ese niño tenga un peso en las cuentas públicas sanitarias de un país. Mientras que con el patrón del 2006 puede ser que los cuentes y te vayan a resultar no 48, sino 78 u 80 niños desnutridos. Entonces la diferencia es que con los patrones obsoletos te dan menos niños desnutridos”, explica la nutricionista Susana Raffalli, a cargo del informe Saman de Cáritas Venezuela.

“Desde que se aprobaron esos patrones de 2006, casi todos los países los asumieron como sus patrones para evaluar a su población infantil y Venezuela es de los pocos estados en los que eso no se ha asumido. Los formatos que el Instituto Nacional de Nutrición deja para captar la información en los centros de salud siguen con los puntos de corte de los patrones pasados, que se resume a esperar que un niño esté gravemente desnutrido para que cuente dentro de las cuentas nacionales de la desnutrición. Y esto es gravísimo porque la desnutrición es uno de los indicadores que se usa por excelencia para asumir y reconocer que hay una emergencia de salud pública en un país. Entonces, pudiera ser que tengas que esperar que el niño se desvíe cuatro veces de lo que debería pesar y ya esté en el pellejo, que lo tengas que hospitalizar, para entonces decir que hay una emergencia de salud pública”, advierte.

—¿Cómo lo mando al colegio con hambre? ¿Cómo va a entender lo que le explican si no se está alimentando? ¿Cómo va a entender, si tiene hambre?—, se pregunta desesperada Katiuska, tía de Alexander. Viven en el estado Zulia, al occidente de Venezuela, en la tierra donde la bonanza de la explotación de crudo le dio al país opciones de crecimiento y desarrollo, pero que hoy tiene al municipio más pobre del país: Guajira. En su casa, un rancho de zinc, viven hacinados 11 niños y 12 adultos. La preocupación de Katiuska está bien fundamentada, aunque para ella sea solo una sospecha.

En Venezuela, la falta de cifras oficiales no se limitan solo a las mediciones antropométricas de los niños (cuánta pesa, cuánto mide y la circunferencia del brazo izquierdo). De acuerdo al Informe Mundial de la Niñez, desde 2008, Venezuela no registra el alcance de la cobertura de vitamina A, tampoco el consumo de sal yodada. La carencia de estos minerales es la principal causa de la desnutrición por micronutrientes, razón por la que en el país se decretó la yodación de la sal en 1993, y la fortificación de la harina de maíz con vitamina A en 1994. Hoy, esos decretos siguen vigentes, pero de nada sirven ante un país con hambre.

Uno de los principales síntomas de la carencia de yodo es el bocio, una enfermedad tiroidea que estaba erradicada en el país desde hace más de 30 años, y que reapareció sin que las autoridades tomen medidas al respecto. Desde 2017, el estado Portuguesa ha registrado un incremento de casos de esta enfermedad y, aunque no existen estudios que lo certifiquen, la reaparición de la afección podría evidenciar irregularidades en la cobertura de este micronutriente, afirma el doctor Gerardo Rojas, endocrinólogo y actual presidente de la Sociedad Venezolana de Endocrinología, capítulo centro-occidental.

“Para el año 2017, la cifra en Portuguesa asciende a tres mil casos. Quisimos hacer una mesa de trabajo, pero nunca pasó de una reunión, porque a nivel central la Gobernación de Portuguesa no permitió avanzar más. Se tomaron biopsias en unos casos, y en otros se hicieron estudios de laboratorios. Sin embargo, debido a los altos costos de los exámenes, estas muestras no fueron procesadas todas y hay unas que están congeladas, aparentemente. No tenemos certeza de cuál fue el resultado, lo que se dijo fue que (el bocio) era carencial, es decir, que el brote estaba asociado a la falta de yodo. Actualmente, y entre muchas teorías, se asume que está asociado al déficit de alimentos, por la falta de proteínas, como la carne y el pollo, en la dieta diaria, y al uso aumentado de alimentos bocígenos, como la yuca, y el resto de los tubérculos. Hace muchos años, en Venezuela, todas las sales se yodaron precisamente para evitar este trastorno. El problema es que ni siquiera hay sal en el país. Algo tan común como la sal, ahora es muy difícil de conseguir, y algunas sales vienen de fuera y no están yodadas”.

Esta carencia de yodo, evidenciada por la reaparición del bocio, marca de forma irreversible a esta generación de niños con hambre. No consumir yodo causa lesiones cerebrales durante la infancia. Sus efectos más devastadores incluyen la alteración del desarrollo cognitivo y motor que influye en el rendimiento escolar del niño, y la pérdida de hasta 15 puntos en el coeficiente intelectual. En su edad adulta, serán menos productivos y, por lo tanto, tendrán menos capacidad de encontrar empleo. Les será más difícil generar ingresos para sus familias, comprar los alimentos que necesitan, estar bien nutridos, vivir bien: romper el despiadado ciclo del hambre.

El hambre de los niños venezolanos también está asociado a la corrupción. Los alimentos foráneos, comprados por el Estado para distribuirlos a través de las cajas Clap (los Comités Locales de Abastecimiento y Producción) —y cuya compra está vinculada a grupos económicos cercanos al presidente, según una investigación del medio local Armando.Info— podrían ser la causa, también, de las carencias de vitamina A. Tampoco hay estudios ni cifras oficiales que muestren un panorama sobre la cobertura de este micronutriente en los últimos años, pero su déficit se hace evidente en la decoloración del cabello, afirma la nutricionista Marianella Herrera, quien explica que la harina precocida venezolana está enriquecida con vitamina A, pero que no se tiene garantías de la fortificación de las marcas importadas por el gobierno. Además de la decoloración del cabello, también conocida como síndrome de la bandera, la deficiencia de vitamina A debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de que el niño contraiga infecciones como el sarampión y enfermedades diarreicas, afecta la salud de la piel y, en extremo, puede provocar ceguera. “En Venezuela estamos viendo esta alteración de la coloración del cabello (…). Esto ya ocurrió en Cuba durante el período especial, cuando muchas personas quedaron ciegas”.

Aquellos mechones castaños, un poco más claros que el resto, que se ven en las cabezas de las gemelas larenses María Verónica y María Victoria, podrían evidenciar entonces que, además de peso y talla, ambas están también desnutridas por falta de micronutrientes. Si es así, podría significar, también, que sus sistemas inmunes son y serán más débiles que el de otros niños de su edad. Pero, aunque el daño a su salud se detenga, su futuro es casi una certeza: los daños provocados por el hambre son irreversibles.

En su libro Destrucción masiva, Jean Ziegler, ex relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, sostiene que el hambre y sus responsables asesinan en medio de la abundancia:

“Cada cinco segundos, un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado”.

Desde 2004 hasta 2013 —año en el que nacieron Juan Luis, Maikel, María Victoria y María Verónica, Carlos, Dayerlin, Valentina, Alexander y Jhender— Venezuela vivió la mayor bonanza petrolera de toda su historia. Pero el Estado no destinó los recursos necesarios para protegerlos de la miseria. Ahora, el gobierno de Maduro niega la existencia de la emergencia humanitaria y no acepta la ayuda ofrecida por la región. En cambio, su falta de acción garantiza que estos niños, y miles más de su edad, crecerán en desventaja, serán adultos enfermos, y padecerán toda su vida las consecuencias del hambre a la que fueron sometidos por la irresponsabilidad gubernamental. Pero Jhender, el niño que murió de hambre, no pudo siquiera averiguar qué sería de su vida. Reposa en una tumba sin lápida, en un cementerio pobre de una comunidad pobre, como lo fue su hogar desde el día que nació hasta el día que murió, o fue asesinado, de hambre.

El Pitazo en alianza con CONNECTAS solicitó entrevistas a organismos oficiales: Instituto Nacional de Nutrición, Ministerio de Alimentación, Ministerio de Salud, Consejo de Protección del Niño y el Adolescente (municipio Libertador), Instituto Nacional de Estadística y al director de Comités Locales de Abastecimiento y Producción, para contrastar los datos y señalamientos difundidos en esta investigación. Ninguna petición fue atendida.

Los niños en Venezuela mueren o matan por Orlando Avendaño – Panampost – 17 de Diciembre 2018

No son niños angoleños, que atraviesan la guerra civil de los 70, y deben alzar un fusil. Brayan Rico era venezolano. Vivía en la que, años atrás, había sido la primera nación de América Latina

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Brayan tenía 13 años y ya era un líder de una banda criminal, requerido por homicidio y extorsión. Ocurrió en Venezuela.

En junio de este año la organización Save the Children publicó un informe en el que catalogó a Venezuela como uno de los peores países en el mundo para vivir la niñez. Le dio el puesto 129 de 175. Y, en la nómina, a Venezuela le siguen países como Bangladesh y Uganda.

Ya para ese momento corrían por las redes y los medios cifras e historias bastante escandalosas: que, según Caritas, 300 mil niños morirían este año por desnutrición; que un reportaje del New York Times había expuesto el drama de las familias cuyos hijos mueren por la delincuencia y el hambre; que medios como Excelsior de México retrataban las navidades venezolanas como las más tristes del continente.

Pero eso fue hace varios meses. Y, en Venezuela, el tiempo pasa más rápido. Con una hiperinflación rampante y una delincuencia que va conquistando cada vez más terreno —impulsada, a su vez, por la crisis económica y humanitaria— es casi absurdo reseñar el raudo declive de toda la sociedad venezolana. El deterioro y su descomposición.

Si hace semanas, para Save the Children, Venezuela era de los peores países para ser niño; hoy se podría especular un ascenso en la aciaga lista. Porque hay nuevas historias que deben ser tomadas en cuenta. Más muerte y más sufrimiento.

La revista XL Semanal del diario español ABC rescató esta semana el reportaje publicado por el New York Times en diciembre de 2017. Al reseñarlo, nuevamente, expuso algunos datos: “En 2016 murieron en Venezuela 11.446 bebés”.

Asimismo, el medio El Pitazo publicó un especial titulado “La generación del hambre”, en el que cita a la organización Caritas Venezuela al señalar que entre abril y septiembre de 2018 “se registraron 320 preescolares con desnutrición en el estado oriental de Venezuela (Monagas)”.

El caso de Monagas es solo una muestra de un drama que flagela a toda Venezuela. En el estado Miranda “el silencio del hambre golpea a los pobres”; en Caracas, “nadie habla de la muerte”; en Delta Amacuro los indios no tienen “ni patria ni comida”; en Lara los niños lloran “de necesidad”; Zulia es “el estado rico donde los niños pasan hambre”.

Pero no solo mueren. Es más estremecedor. Inquietante y perturbador. En Venezuela los niños también matan.

Este 16 de septiembre apareció asesinado en la Carretera Nacional Zuata – La Victoria el niño, de 13 años, Brayan Alexander Rico. Una tragedia. Pero mataron a un criminal. Porque, según reseñó el periodista de sucesos Eleazar Urbaez, “«El Brayan» fue dado de baja por sus compinches en un rancho de la invasión El Indio (…) Brayan era el líder negativo del sector y era requerido por homicidio y extorsión”.

“Pran” a los trece años. Líder de una banda criminal en el estado Aragua. Buscado por haber asesinado y extorsionado.

Al respecto, el periodista Daniel Blanco escribió: “Venezuela tiene en sus manos una generación perdida que va a costar bastante trabajo recuperar. Niños que crecieron en plena crisis y solo conocen la delincuencia”.

Como si se tratara de una escena de Un día más con vida de Kapuscinski. No son niños angoleños, que atraviesan la guerra civil de los setenta, y deben alzar un fusil. Brayan Rico era venezolano. Vivía en el que, años atrás, había sido la primera nación de América Latina. Pero, como los niños de Kapuscinski en aquel infierno africano, había terminado empuñando un fusil y matando.

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