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Venezuela es el tercer país más pobre de Latinoamérica y el Caribe – El Nacional – 17 de Febrero 2020

El producto interno bruto per cápita en dólares a precios corrientes está actualmente en 2.427 dólares

pobre

Venezuela pasó a ser el tercer país más pobre de América Latina y el Caribe.

De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el producto interno bruto per cápita en dólares a precios corrientes  está actualmente en 2.427 dólares.

Le superan en pobreza Haití y Nicaragua con 765 y 1.869 dólares en la primera y segunda posición, respectivamente.

El país descendió 13 escalafones en comparación con el año 2013, cuando comenzó el régimen de Nicolás Maduro. Para el momento estaba en 7.869 dólares su PIB per cápita, una contracción por más de 5.000 dólares per cápita.señaló el economista Jesús Casique.

También que traslada al país al siglo pasado, debido a que para el año 1950 dicho cálculo se fijó en 4.500 dólares.

Jesús Casique

@jesuscasique1

📍Fondo Monetario Internacional.
Venezuela pasó a ser el tercer país más pobre de América Latina
y el Caribe.

➖PIB per cápita en dólares a precios corrientes.

Año 2020.

🇭🇹Haití $765
🇳🇮Nicaragua $1.869
🇻🇪Venezuela $2.427

*Venezuela año 2013 $7.869.

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Las democracias deben identificar a Cuba y Venezuela como agresores por Carlos Sánchez Berzain – Panampost – 25 de Noviembre 2019

Los gobiernos democráticos han ignorado las capacidades e historial criminal de Cuba

El espacio dejado vacío por la inacción en la recuperación de la democracia en Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia (que se está liberando sola), ha sido llenado por la agresión del castrochavismo.

Con la caída del dictador Evo Morales en Bolivia el castrochavismo se ha reducido a detentar el poder en Cuba, Venezuela y Nicaragua, mas la subordinación de México y de los Fernández/Kirchner de Argentina. Ejecutan su ofensiva contra la democracia en toda la región, utilizando conspiración y violencia y una extensa red de propaganda internacional. Los países víctimas tratan la agresión como un tema de política interna lo que da más ventaja a Cuba y Venezuela que deben ser identificados por las democracias como los agresores.

En el siglo XXI hay DOS AMÉRICAS, la democrática y la dictatorial. El eje de confrontación es entre DEMOCRACIA y DICTADURA. La América dictatorial liderada por Cuba e integrada por Venezuela y Nicaragua está en crisis, en quiebra, en evidencia de ser narcoestados, con el permanente y creciente riesgo de perder el poder por la heroica resistencia interna de sus ciudadanos como acaba de suceder en Bolivia. Los crímenes de las dictaduras son señalados internacionalmente y soportan un creciente conjunto de medidas ejercidas fundamentalmente por Estados Unidos, Canadá y en menor grado por la Unión Europea.

Para sobrevivir, el castrochavismo que es la América dictatorial, desarrolla una estrategia que consiste cuanto menos en: 1.- aumentar la represión interna en Cuba, Venezuela y Nicaragua mostrando su condición de regímenes de facto, sostenidos solo por la fuerza; 2.- incrementar sus acusaciones y ataques a los tan imprescindibles —como falsos— enemigos externos que identifica como “el imperialismo” y “la derecha”; 3.- articular alianzas con quienes considera enemigos comunes del imperialismo y la derecha; 4.- desatar una ofensiva regional violenta para desestabilizar y derrocar gobiernos democráticos, repitiendo la metodología aplicada desde los sesenta hasta la desaparición de la Unión Soviética.

En esta realidad objetiva, llama la atención la posición de los gobiernos democráticos atacados por el castrochavismo, que han entrado en esta fase de agredidos y víctimas luego de un largo periodo de inercia e inacción, ausente de iniciativas efectivas respecto a la situación de la usurpación en Venezuela y el intervencionismo de Cuba. Han sido la falta de decisiones concretas en cuanto a las dictaduras de Cuba y Venezuela, de parte de los miembros de la Organización de Estados Americanos, del Grupo de Lima y recientemente del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca lo que ha permitido la agresión desestabilizadora que se vive hoy, que los voceros del crimen organizado llaman “brisa bolivariana”, confesando crímenes premeditados que las democracias siguen resistiendo señalar.

Los gobiernos democráticos han ignorado las capacidades e historial criminal de Cuba. Con Venezuela, mas allá de reconocer al Presidente Encargado, no han hecho mucho para ayudar a que Guaidó ejerza efectivamente esa Presidencia, mediatizada por un sistema de asamblea tejido por los partidos políticos con el tristemente celebre “estatuto para la transición” aprobado para evitar que Guaidó se convierta en un formidable líder para las elecciones en democracia. No han tomado medidas diplomáticas, comerciales o de seguridad respecto al régimen usurpador de Venezuela y menos a su titiritero el régimen de Cuba, lo que equivale a ignorar medidas preventivas para evitar el ataque que ahora se produce contra su propia estabilidad social y política.

El espacio dejado vacío por la inacción en la recuperación de la democracia en Venezuela, Cuba, Nicaragua y Bolivia (que se está liberando sola), ha sido llenado por la agresión del castrochavismo en una acción inversa que vemos en operación contra Ecuador, Chile, Colombia, la Bolivia de la transición a la democracia y más. Los gobiernos agredidos han reaccionado expulsando operadores cubanos y venezolanos y en el caso de Ecuador y Bolivia suspendiendo relaciones con Venezuela y cortando algunos programas con Cuba que permitían la infiltración, pero siguen permitiendo la amenaza y la conspiración bajo cobertura diplomática.

Los gobiernos democráticos de América Latina parecen dominados por la propaganda de “solidaridad con Cuba”, controlados por la falacia de la “revolución cubana”, o paralizados por la “diplomacia de la amenaza”. Es claro que el agresor en jefe es Cuba con su principal operador la usurpación de Venezuela, manipulando narcotráfico, las FARC y grupos delictivos. Es tiempo que identifiquen a Cuba y Venezuela como agresores.

Carlos Sánchez Berzain es abogado experto en derecho constitucional, master en ciencia política y en sociología, politólogo. Miembro fundador del Ateneo Jurídico Boliviano y director del Interamerican Institute for Democracy. También se desempeñó como ministro de Estado (1993-94 y 2002-03), ministro de Gobierno (1994-96 y 1997) y ministro de Defensa (2003) de Bolivia.

La corporación del mal en América Latina por Miguel Henrique Otero – Red de Noticias – 13 de Octubre 2019

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La principal corporación del mal en América Latina tiene una historia que supera los 60 años. Durante ese período, otras feroces corporaciones aparecieron en distintos países -como la red que, en su momento, constituyeron las dictaduras del Cono Sur y su fallida Operación Cóndor-, pero no lograron mantenerse en el poder por un tiempo tan prolongado como el castrismo en Cuba.

El 1 de enero de 1959 no solo marca el inicio de la creación de la cárcel más grande que ha tenido nuestro continente -casi 110 mil kilómetros cuadrados donde sobreviven encerrados y sometidos a un opresivo sistema de vigilancia, alrededor de 11.8 millones de presos políticos-, sino también, una época marcada por los constantes esfuerzos del castrismo para sacar provecho de las riquezas, las economías y las fragilidades político-sociales del resto de los países del continente.

A comienzos de este año, cuando el castrismo celebró sus seis décadas en el poder, los balances publicados hicieron evidente en qué ha consistido la estrategia de fondo de la corporación: el de crear mecanismos de recolección de lealtades políticas y de dólares, sobre la base de la más falsa y engordada mentira que se haya sido creada y propagada en todo el siglo XX: que en Cuba se estaba produciendo una revolución, gestora de un hombre nuevo, hombre que se liberaría de la dominación imperialista para siempre.

Esa grotesca ficción -reinventada, maquillada, disfrazada de defensa de los derechos humanos o del derecho de los pueblos a su autonomía- ha tenido una eficacia y utilidad extraordinaria. Ha servido para que políticos, centros académicos, intelectuales y oenegés crearan una servidumbre castrista; fue el motor que fundó y diseminó por América Latina movimientos guerrilleros; fue el mecanismo para que, durante todos estos años, “el problema de Cuba” dividiera a los países, de las más diversas maneras. El castrismo, esto hay que reconocerlo, ha logrado ser un núcleo del debate político del continente, y siempre ha contado, cuando menos, con apoyo de fuerzas internacionales, aunque hayan ido declinando con el tiempo.

Pero en el transcurso la corporación ha cambiado de forma sustantiva. De la fuente de ilusiones que fue, especialmente durante los sesenta y los setenta, ha derivado en una considerable estructura delincuencial, que tiene su casa matriz en La Habana, desde donde se dictan los lineamientos a las dos filiales que, ahora mismo, controlan de forma directa: Venezuela y Nicaragua.

Ambas son esenciales para el régimen cubano: la primera constituye su principal fuente de ingresos. Venezuela no solo es proveedora de petróleo subvencionado, maletas de dólares y una cantidad de negocios de incalculable volumen, que recién comienza a ser investigado. El caso de Nicaragua, a su escala, guarda semejanzas: además de importantes negocios, el país bajo la dictadura de Ortega y Murillo, funciona como un aliviadero y estación de paso para militares, asesores, espías y funcionarios, que entran y salen de La Habana a través de Managua, sin registros ni control alguno.

Pero la Corporación del Mal opera bajo otros modelos: tiene franquiciados como los gobiernos de Rafael Correa en Ecuador, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Lula Da Silva y Dilma Rousseff en Brasil. Tiene cómplices y lobistas políticos como Manuel López Obrador en México y Tabaré Vázquez en Uruguay. Tiene una entidad especializada en el activismo y la propaganda, el Foro de Sao Paulo, que ha mostrado una maléfica habilidad para engatusar a las buenas conciencias de Europa y otras partes del mundo. Los tentáculos de la corporación, luego de seis décadas, se han diseminado por el mundo, hasta los lugares más insospechados como, por ejemplo, entre algunas corrientes del partido Demócrata de Estados Unidos. Estas son solo algunos de los elementos de la cara A de la corporación.

La cara B configura el poderío oscuro de la corporación cubana: alianzas con las narcoguerrillas del ELN y las FARC, operadores del narcotráfico, organizaciones terroristas del Medio Oriente, traficantes de armas y capos de la corrupción que encuentran refugio y protección en ese país.

Tanto en Venezuela como en Nicaragua, la corporación castrista tiene bajo su supervisión directa a los más altos niveles de las fuerzas armadas y de los cuerpos policiales. Son responsables directos de estrategias, diseño de planes de represión y tortura, entrenamiento y de las actividades de inteligencia dirigidas a las propias instituciones armadas. Quienes han permitido este estado de cosas en ambos países, Hugo Chávez, Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Rosario Murillo, han traicionado a las leyes, a la soberanía, a los principios esenciales de sus respectivas Patrias.

El objetivo de la Corporación del Mal es inequívoco: mantenerse en el poder, al costo que sea. Por ello no titubea cuando reprime, tortura y mata a los disidentes en su propio país, en Nicaragua y Venezuela, ni le importan las vidas que puedan perderse en las calles de Ecuador, una vez que ha activado el plan para acabar con el gobierno democrático de Lenin Moreno.

No estaba muerta, estaba de parranda por Fernando Luis Egaña – El Nacional – 7 de Septiembre 2019

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La izquierda autoritaria y populista, en sus diversos matices, que tanto mal ha hecho en América Latina, y en especial durante el siglo XXI, pareció perder la mayor parte de su fuerza política y gubernativa, en años recientes, y no pocos creyeron, con pasmosa ingenuidad, que se trataba de una tendencia irreversible. Pues no. No fue así. La victoria presidencial de López Obrador en México, y todavía fresco: el repunte de la señora Kirchner en Argentina, lo ponen en evidencia.
Cierto que la satrapía de Maduro es una de las más impresentables del mundo. Y cierto que no se le queda muy atrás el sandinismo dinástico de Nicaragua, la cuasi-monarquía boliviana y ese arcaísmo histórico que se llama «revolución cubana». Todas estas, hegemonías de la izquierda borbónica –la que no aprende ni olvida– y que tanto daño inflige en nuestra región. No obstante, para no incurrir en el error de las generalizaciones crasas, es preciso distinguir que, por ejemplo, no es lo mismo la política económica de Evo Morales que el colectivismo de Raúl Castro. Pero las semejanzas superan las diferencias específicas.
La llegada de Macri a la Casa Rosada, de Bolsonaro a Planalto, de Duque a la Casa de Nariño, y el regreso de Piñera a La Moneda, parecían indicar que un tiempo llegaba para quedarse. Un tiempo de cambio democrático, con liberalización económica, y articulado por criterios alejados de la izquierda atrasada y corrupta. Eso pudo haberse consolidado, pero el desempeño de Macri ha sido mediocre, para decirlo con levedad, y Bolsonaro es capaz de reponer a Lula en el poder. La milenial Camila Vallejo, propiamente comunista, no deja de acosar al gobernante chileno, y Petro estrecha las opciones de Duque.
Total, que hay un contrarreflujo, para utilizar términos de la praxis marxista, en el que los que perdieron sus privilegios gubernativos, por haber abusado de ellos de manera escandalosa y haber sumido a sus países en crisis de variable intensidad, ahora estarían por regresar a sus antiguos fueros, pero con la misma retórica vengativa y, en muchos casos, ultrosa, que no pronostica nada bueno para América Latina.
Los regímenes tecnocráticos, tan favorecidos por un sector aguerrido de la opinión pública, puede que sean eficaces en algunos aspectos, pero suelen ser calamitosos en la conducción y proyección política. No es que no hagan falta tecnócratas en los gobiernos serios. Si hacen falta. Es más, son indispensables, pero ellos y ellas no deben ser los encargados de dirigir el rumbo político de un período gubernamental, ni mucho menos de la nación en general. Al menos en parte, lo referido contribuye a comprender los vientos de cambio que soplan para mal entre nosotros.
En Washington se han desentendido del sur del hemisferio, con la obvia excepción de México y el caso de las sanciones a la hegemonía que aún impera en Venezuela, y muchos de sus más notorios personeros. La Casa Blanca de Trump no es precisamente «latinoamericanista», y sus pleitos políticos y comerciales con potencias mundiales le terminan de consumir el tiempo que, por otro lado, no estaba muy deseoso de dedicar a fortalecer los vínculos de cooperación e intercambio con los países de América Latina.
Una demostración de esa no tan disimulada indiferencia es la permanencia del comunismo cubano, incluso vigorizado por la administración Obama. Los gringos se han equivocado mucho con nosotros y se siguen equivocando. Y nosotros también, porque oscilamos desde la percepción de un fatalismo patológico hasta la exaltación más demagógica y embustera que se pueda concebir. En esos extremos no están los caminos que debemos recorrer para salir adelante. Caminos de modernidad, justicia social y libertad.
La izquierda autoritaria y populista no estaba muerta, estaba de parranda. Hay que enfrentarla con todos los medios legítimos. Es un derecho y un deber.

Retorno a la barbarie por Mario Vargas Llosa – El País – 1 de Septiembre 2019

Lo que ha hecho con Venezuela el “socialismo del siglo XXI” es uno de los peores cataclismos de la historia. Las últimas noticias publicadas muestran que la barbarización del país adopta un ritmo frenético

Retorno a la barbarie
El segundo hombre fuerte de Venezuela, Diosdado Cabello, enfurecido porque, debido a la vertiginosa inflación que azota a su patria, el bolívar ha desaparecido de la circulación y los venezolanos sólo compran y venden en dólares, ha pedido a sus compatriotas que recurran al “trueque” para desterrar del país de una vez por todas a la moneda imperialista.

El trueque es la forma más primitiva del comercio, aquellos intercambios que realizaban nuestros remotos ancestros y que algunos pensadores, como Hayek, consideran el primer paso que dieron los hombres de las cavernas hacia la civilización. Desde luego, comerciar es mucho más civilizado que entrematarse a garrotazos como hacían hasta entonces las tribus, pero yo tengo la sospecha que el acto decisivo para la desanimalización del ser humano ocurrió antes del comercio, cuando nuestros antecesores se reunían en la caverna primitiva, alrededor de una fogata, para contarse cuentos. Esas fantasías los desagraviaban del espanto en que vivían, temerosos de la fiera, del relámpago y de los peores depredadores, las otras tribus. Las ficciones les daban la ilusión y el apetito de una vida mejor que aquella que vivían, y de allí nació tal vez el impulso primero hacia el progreso que, siglos más tarde, nos llevaría a las estrellas.

En este largo tránsito, el comercio desempeñó un papel principal, y buena parte del progreso humano se debe a él. Pero es un gran error creer que salir de la barbarie y llegar a la civilización es un proceso fatídico e inevitable. La mejor demostración de que los pueblos pueden, también, retroceder de la civilización a la barbarie es lo que ocurre precisamente en Venezuela. Es, en potencia, uno de los países más ricos del mundo, y cuando yo era niño millones de personas iban allá a buscar trabajo, a hacer negocios y en busca de oportunidades. Era, también, un país que parecía haber dejado atrás las dictaduras militares, la gran peste de la América Latina de entonces. Es verdad que la democracia venezolana era imperfecta (todas lo son), pero, pese a ello, el país prosperaba a un ritmo sostenido. La demagogia, el populismo y el socialismo, parientes muy próximos, la han retrocedido a una forma de barbarie que no tiene antecedentes en la historia de América Latina y acaso del mundo. Lo que ha hecho con Venezuela el “socialismo del siglo XXI” es uno de los peores cataclismos de la historia. Y no sólo me refiero a los más de cuatro millones de venezolanos que han huido del país para no morirse de hambre; también a los robos cuantiosos con los que la supuesta revolución ha enriquecido a un puñado de militares y dirigentes chavistas cuyas gigantescas fortunas han fugado y se refugian ahora en aquellos países capitalistas contra los que claman a diario Maduro, Cabello y compañía.

Venezuela es, en potencia, uno de los países más ricos del mundo, millones de personas iban allá a buscar trabajo

Las últimas noticias que se han publicado en Europa sobre Venezuela muestran que la barbarización del país adopta un ritmo frenético. Las organizaciones de derechos humanos dicen que hay 501 presos políticos reconocidos por el régimen, y, pese a ello, se hallan aislados y sometidos a torturas sistemáticas. La represión crece con la impopularidad del régimen. Los cuerpos de represión se multiplican y, el último en aparecer, ahora operan en los barrios marginales, antiguas ciudadelas del chavismo y, debido a la falta de trabajo y la caída brutal de los niveles de vida, convertidos en sus peores enemigos. Las golpizas y los asesinatos a mansalva son incontables y quieren, sobre todo, mediante el terror, apuntalar al régimen. En verdad, consiguen aumentar el descontento y el odio hacia el Gobierno. Pero no importa. El modelo de Venezuela es Cuba: un país sonámbulo y petrificado, resignado a su suerte, que ofrece playas y sol a los turistas, y que se ha quedado fuera de la historia.

Por desgracia, no sólo Venezuela retorna a la barbarie. Argentina podría imitarla si los argentinos repiten la locura furiosa de esas elecciones primarias en las que repudiaron a Macri y dieron 15 puntos de ventaja a la pareja Fernández / Kirchner. ¿La explicación de este desvarío? La crisis económica que el Gobierno de Macri no alcanzó a resolver y que ha duplicado la inflación que asolaba a Argentina durante el mandato anterior. ¿Qué falló? Yo pienso que el llamado “gradualismo”, el empeño del equipo de Macri en no exigir más sacrificios a un pueblo extenuado por los desmanes de los Kirchner. Pero no resultó; más bien, ahora los sufridos argentinos responsabilizan al actual Gobierno —probablemente, el más competente y honrado que ha tenido el país en mucho tiempo— de las consecuencias del populismo frenético que arruinó al único país latinoamericano que había conseguido dejar atrás al subdesarrollo y que, gracias a Perón y al peronismo, regresó a él con empeñoso entusiasmo.

Las golpizas y los asesinatos a mansalva son incontables y quieren, sobre todo, mediante el terror, apuntalar al régimen

La barbarie se enseñorea también en Nicaragua, donde el comandante Ortega y su esposa, después de haber masacrado a una valerosa oposición popular, han retornado a reprimir y asesinar opositores gracias a unas fuerzas armadas “sandinistas” que se parecen ya, como dos gotas de agua, a las que permitieron a Somoza robar y diezmar aquel infortunado país. Evo Morales, en Bolivia, se dispone a ser reelegido por cuarta vez como presidente de la República. Hizo una consulta a ver si el pueblo boliviano quería que él fuera de nuevo candidato; la respuesta fue un no rotundo. Pero a él no le importa. Ha declarado que el derecho a ser candidato es democrático y se dispone a eternizarse en el poder gracias a unas elecciones manufacturadas a la manera venezolana.

¿Y qué decir de México? Eligió abrumadoramente a López Obrador, en unas elecciones legítimas, y en el país prosiguen los asesinatos de periodistas y mujeres a un ritmo aterrador. El populismo comienza a carcomer una economía que, pese a la corrupción del Gobierno anterior, parecía bien orientada.

Es verdad que hay países como Chile que, a diferencia de los ya mencionados, progresa a pasos de gigante, y otros, como Colombia, donde la democracia funciona y parece hacer avances, pese a todas las deficiencias del llamado “proceso de paz”. Brasil es un caso aparte. La elección de Bolsonaro fue recibida en el mundo entero con espanto, por sus salidas de tono demagógicas y sus alegatos militaristas. La explicación de ese triunfo fue la gran corrupción de los Gobiernos de Lula y Dilma Rousseff, que indignó al pueblo brasileño y lo llevó a votar por una tendencia contraria, no una claudicación democrática. Desde luego, sería terrible para América Latina que también el gigante brasileño comenzara el retorno a la barbarie. Pero no ha ocurrido todavía y mucho dependerá de lo que haga el mundo entero, y, sobre todo, la América Latina democrática para impedirlo.

México, Bolivia, Uruguay y Nicaragua rechazan enviados de Guaidó en la Asamblea de la OEA – HSB Noticias – 27 de Junio 2019

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En la 49 Asamblea General de la OEA empezó con una batalla por las credenciales y es que los representantes de México, Uruguay, Bolivia y Nicaragua, pero también respaldada por los países del Caribe, por lo que exigieron que no se reconozca a la delegación venezolana compuesta por los representantes del gobierno interino de Juan Guaidó.

Este grupo alegó que Venezuela había decidido retirarse de la OEA, pero la decisión fue recapitulada cuando más de 50 países desconocieron al régimen de Maduro como poder legítimo de Venezuela.

“Quiero llamar la atención sobre el hecho que sobrevuela el episodio de la validez de las credenciales. Si se convalidan las credenciales a las del enviado de Guaidó, se reconoce un nuevo gobierno de Venezuela y Uruguay eso no lo puede aceptar”, dijo el embajador uruguayo, Hugo Cayrús.

 Mientras que Paula María Bertol Embajadora, Representante Permanente de Argentina, respaldó a la delegación del Parlamento venezolano e indicaron que “Venezuela es un estado miembro porque hubo una manifestación en ese sentido por parte del AN, por eso reconoce la presencia de Venezuela porque representa al gobierno democrático de ese país”.

Venezuela y el peligroso modelo nicaraguense por Carlos Alberto Montaner – Infobae – 13 de Mayo 2019

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Están a punto de meter en la cárcel a Juan Guaidó. Nicolás Maduro y los servicios cubanos lo están sopesando. La detención de Edgar Zambrano, Primer Vicepresidente de la Asamblea Nacional, es un ensayo general para la aprehensión del Presidente Guaidó. Tientan el terreno. Maduro y Raúl Castro han llegado a la conclusión de que no es posible controlar el poder con otro foco de autoridad suelto en Venezuela. No menciono al “presidente” cubano Miguel Díaz-Canel porque es el chico de hacer los mandados.

Se proponen destruir totalmente la Asamblea Nacional acusándola de “traición a la patria”. Al madurismo no le importa que nadie le crea. El juego consiste en elaborar coartadas paralelas para “explicar” el desastre. Hay hiperinflación por culpa de Venezuela Today, una página web manejada por “los enemigos de la patria”. Hay escasez de alimentos y medicinas debido al embargo de los americanos. Hay cortes de luz y falta el agua potable porque John Bolton lo decidió y personalmente dirigió los estropicios. Los venezolanos escapan del paraíso confundidos por el canto de sirena de los adversarios capitalistas. La verdad no importa. Sólo el relato.

El régimen cubano está desesperado, pero elabora su estrategia para mantenerse a flote. Raúl teme a motines callejeros producto de las carencias. Necesita el subsidio venezolano como Drácula necesitaba la dosis de sangre de sus víctimas. El “aparato” de inteligencia de La Habana cree, a estas alturas, que Donald Trump es un perro ladrador, pero no mordedor. Por eso lo tratan con guantes de seda y se reservan las baterías más gruesas contra Marco Rubio, Mike Pompeo, John Bolton y Elliot Abrams. El núcleo duro que respalda a Guaidó. Esos son los enemigos que deben maniatar. Son los “mordedores”, aunque carezcan de fuerza para utilizar el peso de las armas americanas.

La conclusión a que ha llegado la inteligencia cubana con respecto a Trump tiene cierta lógica. Si quiere retirarse del Medio Oriente, ¿qué sentido tendría que metiera las tropas en Venezuela? Si es capaz de debilitar a la OTAN o a la Unión Europea, porque está persuadido de que su país paga la parte del león y no se beneficia en lo absoluto, ¿por qué en América Latina jugaría el rol de “cabeza del mundo libre” cuando los principales afectados son los propios latinoamericanos? Si el gorditode Corea del Norte unas veces es el rocket many otras un muchacho confiable, ¿por qué temerle al inquilino de la Casa Blanca? Ya saben que están frente a un vendedor que dice cualquier cosa, y amenaza y patalea, pero no recurre al garrote.

No obstante, Nicolás Maduro huele a pasado. Eso Cuba lo comprende. Llegó al poder de contrabando. A principios del 2013, cuando murió Hugo Chávez, el régimen cubano lo eligió no por sus virtudes, sino por sus debilidades. Le “tocaba” a Diosdado Cabello, pero era un bribón demasiado independiente que no seguía órdenes de nadie. Maduro, en cambio, era obediente y mantendría vigente lo único que a La Habana le interesaba: el suministro de petróleo y el dinero nonsancto que se repartían las nomenclaturas de ambas dictaduras, como aquel “negocio” glorioso por medio del cual una “empresa” cubana le alquiló en un millón de dólares diarios a PDVSA una plataforma para extraer petróleo del lago Maracaibo. La factura real era medio millón todos los días de Dios, pero al triangular los costos desde La Habana se duplicaban mágicamente.

Maduro debe salir del juego para salvar los intereses cubanos. Maduro está de acuerdo. Ya todos saben que el nuevo hombre de Cuba es el general Vladimir Padrino López, jefe de las Fuerzas Armadas, y la persona que hizo abortar el golpe del 30 de abril y engañó a los servicios de inteligencia enemigos. Pero ¿cómo lograr dar el cambiazo? Una posibilidad es convencer al Grupo de Lima, a Estados Unidos y a la propia oposición de la necesidad de solucionar la crisis mediante el “modelo nicaragüense”.

¿Qué es eso? En 1990 la dictadura sandinista se sometió a unas elecciones pensando que las ganaría, como casi todas las encuestas indicaban, incluso las que ordenó Washington. Pero ocurrió lo impensable: ganó Doña Violeta Chamorro por un margen enorme, como me había vaticinado D. Oscar Arias tras ver la encuesta de Borge y Asociados, una modesta empresa tica que acertó plenamente.

En ese punto, los sandinistas tenían en contra a la mayoría de la población y a los Estados Unidos, pero conservaban el aparato militar, de manera que hicieron una proposición indecorosa que todo el mundo acabó aceptando para salir de aquel avispero. Los sandinistas admitirían la derrota en las urnas a cambio de quedarse al frente de las Fuerzas Armadas sin que el nuevo gobierno pudiera controlarlas. En el periodo previo a la toma de posesión eliminarían a los peores adversarios. Fue entonces cuando asesinaron a decenas de jefes de la “Contra”.

La Habana piensa que la salida de Maduro puede darse de igual forma con una variante: unas elecciones impecables en las que el chavismo seguramente sería derrotado, pero Padrino López quedaría al frente de las fuerzas armadas y se respetaría el acuerdo de petróleo por médicos, vital para Cuba, y el regreso al dulce clima entre los dos países de la época de Obama, so pena de desatar sobre Estados Unidos otro Camarioca, otro Mariel, otro “balserazo”, dado que a la Isla le sobran los presuntos emigrantes ansiosos de llegar a Estados Unidos y la crisis económica se agrava con cada vuelta a la tuerca de la ley Helms-Burton.

Ojalá que eso no suceda y los demócratas venezolanos no lo admitan. Es pan para hoy y hambre para mañana. Treinta años después de las elecciones de 1990 Daniel Ortega y el sandinismo continúan gravitando sobre Nicaragua, mientras el Socialismo del Siglo XXI se mantiene en ese país, en Venezuela y en Bolivia orquestado por La Habana. Padrino no es sólo el jefe de las FFAA, como era el general Humberto Ortega en Nicaragua. Es el protector de un narcoestado aliado de los terroristas del Medio Oriente. El problema no se soluciona con parches, sino con medidas drásticas. Es la hora de los cirujanos de hierro, no de las “curitas”.

Diez objeciones a la doctrina Bolton porRafael Rojas – El País – 18 de Abril 2019

1. En el conflicto entre Estados Unidos, Cuba, Nicaragua y Venezuela pesa considerablemente la dimensión simbólica. Desde Washington, La Habana, Caracas, Managua y, por supuesto, Miami, esos diferendos se asumen como inercias o continuaciones de la Guerra Fría. Pero en la mayor parte del mundo no es así: el conflicto entre comunismo y anticomunismo es marginal a nivel planetario. Haber anunciado la nueva política en Miami, en un aniversario de la fracasada invasión de Playa Girón de 1961, es persistir en ese enredo local, arcaico, que favorece el maniqueísmo y las visiones binarias de la política contemporánea.

2. El anuncio de las nuevas medidas desde Miami, por Bolton, refuerza una doble y dañina subordinación: la de la política hacia Venezuela, Nicaragua y Cuba a la esfera de la “seguridad nacional” de Estados Unidos y la de la agenda de Washington para esos países a los ciclos electorales en el estado de la Florida.

3. Las sanciones contra los tres regímenes adoptan un sentido plenamente unilateral en un momento en que diversas instituciones globales e iniciativas diplomáticas (OEA, ONU, Grupo de Lima, Grupo de Contacto Internacional de la Unión Europea, Prosur, cancillerías uruguaya y mexicana…) intentan concertar acciones multilaterales para enfrentar las crisis venezolana y nicaragüense.

4. Durante las dos últimas décadas el Departamento de Estado de Estados Unidos ha sostenido una política diferenciada para Venezuela, Cuba y Nicaragua. Es evidente que esos regímenes actúan coordinados en una estrategia permanente de promoción de alternativas autoritarias a la democracia en el hemisferio, pero, a la vez, son inocultables las diferencias entre los tres sistemas políticos, las peculiaridades de sus respectivas relaciones con la sociedad civil y la oposición y los matices de sus compromisos internacionales y prioridades de Gobierno.

5. La definición de esos regímenes como “troika de tiranías” no sólo es una simplificación teórica, que casi la totalidad de América Latina y la Unión Europea, más la ONU, China e India, África y Oriente Próximo no comparten, sino un incentivo al despliegue de una colaboración diplomática y militar mayor de esos Gobiernos entre sí y con sus aliados en el mundo, especialmente Rusia e Irán.

6. La aplicación de los títulos III y IV de la Ley Helms-Burton, aprobada en 1996, había sido pospuesta por todos los Gobiernos de Estados Unidos hasta ahora: el segundo de Bill Clinton, los dos de George W. Bush y los dos de Barack Obama. La razón fue siempre una mezcla de reconocimiento de la impopularidad global del embargo contra Cuba y de las complicaciones que podrían surgir en las relaciones con Europa, Canadá, América Latina y Asia, en caso de demandas a empresas de esas regiones que operaran en Cuba con propiedades confiscadas. Los miles de casos de ciudadanos cubanoamericanos que se presentarán ante la justicia estadounidense, además de enrevesados y onerosos, generarán costos a nivel internacional, como ya se observa con la apelación de la Unión Europea a la Organización Mundial de Comercio (OMC).

7. Las restricciones a viajes de turistas estadounidenses y a las remesas de cubanoamericanos desde Estados Unidos no afectarán únicamente los ingresos del Gobierno de Miguel Díaz Canel: también dañarán la pequeña esfera de mercado que intenta articularse dentro de la isla. La nueva política hacia Cuba regresa a la vieja paradoja de la derecha republicana de promover el capitalismo, cerrando las vías externas por las que ese capitalismo puede reproducirse.

8. Las sanciones contra el Banco Central de Venezuela continúan la estrategia punitiva emprendida hasta ahora por la administración Trump contra las redes financieras del Gobierno de Nicolás Maduro. Quien anuncia esa medida en Miami es el mismo que hace poco proponía el envío de 5.000 soldados a la frontera entre Colombia y Venezuela y el mismo Gobierno que ya se queja abiertamente de la incapacidad de su aliado, el presidente Iván Duque, para reducir el narcotráfico.

9. Las medidas contra el Gobierno de Daniel Ortega también intentan afectar las fuentes de ingreso del Estado sandinista, a través de la congelación de fondos del Banco Corporativo de Nicaragua y de la agencia oficial de inversiones y exportaciones, ProNicaragua, encabezada por el hijo de la pareja presidencial, Laureano Ortega Murillo. Hasta ahora, ese tipo de sanciones personalizadas no ha dado resultados en Cuba o en Venezuela, en términos de propiciar una mayor apertura económica y política. Daniel Ortega, un líder tan desacreditado ante la propia izquierda latinoamericana, gana prestigio con la doctrina Bolton.

10. El propósito de la ofensiva unilateral de Estados Unidos contra Venezuela, Cuba y Nicaragua no es, por lo visto, una flexibilización sino un quiebre de esos regímenes. Pero para que eso suceda tendrían que darse escenarios poco probables: una sublevación militar en Venezuela, un golpe de Estado en Nicaragua o un levantamiento popular en Cuba. En una eventual coyuntura de asfixia económica simultánea en los tres países no habría que descartar una mayor cohesión contra el enemigo externo, a pesar del mayor o menor desgaste de sus respectivas dirigencias. Ni siquiera el colapso de uno de esos regímenes supondría, necesariamente, el derrumbe de los otros dos.

Rafael Rojas es historiador.

Cubanos go home por Joaquin Villalobos – El País – 22 de Marzo 2019

El régimen cubano ha optado porque Venezuela y Nicaragua se destruyan en una inútil estrategia de contención para evitar su propio inevitable final

Nicolás Maduro durante una celebración del fin de la dictadura Marcos Pérez Jiménez, en Caracas.
Nicolás Maduro durante una celebración del fin de la dictadura Marcos Pérez Jiménez, en Caracas. REUTERS

En julio de 1968 terminaba mi bachillerato en un colegio católico con un profesor que fue soldado del dictador Francisco Franco. Los alumnos tuvimos que ir a recibir a Lyndon Johnson, presidente de Estados Unidos, que visitaba el país. Fue la primera vez que escuché gritar “yankee go home” a unos estudiantes universitarios. La guerra de Vietnam estaba en su peor momento, la Revolución Cubana tenía solo nueve años, los militares con apoyo norteamericano gobernaban mi país y casi todo el continente. Quienes luchaban contra el colonialismo demandaban la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Medio siglo después todo cambió, terminaron los dictadores de derecha, las utopías comunistas se derrumbaron, las elecciones derrotaron a la lucha armada y ahora, al ver lo que está pasando en Venezuela y Nicaragua, la maldad parece haber cambiado de bando ideológico.

Los casos de Venezuela y Nicaragua han roto las reglas del juego establecidas en el año 2000, cuando se firmó la Carta Democrática en Lima. Maduro y Ortegaacumulan más de 700 muertos, 800 presos políticos, miles de exiliados y utilizan sistemáticamente la tortura. Los refugiados venezolanos suman millones y los nicaragüenses van en ascenso. Ambos han reprimido brutalmente las protestas cívicas más grandes y prolongadas de la historia latinoamericana y ambos están resistiendo un aislamiento y sanciones internacionales sin precedentes en nuestro continente. La comunidad internacional y los propios venezolanos vienen haciendo previsiones a partir de las premisas establecidas en el 2000 y piensan que en algún momento Maduro y Ortega negociarán su salida. Sin embargo, si esto fuera correcto, ya deberían haberse derrumbado. ¿Por qué esto no ha ocurrido? La respuesta es que el obstáculo no está Venezuela o Nicaragua, sino en Cuba.

El colonialismo básicamente consiste en control político, militar y cultural, gobierno títere y una economía extractiva. Los británicos dominaron durante casi un siglo con unos miles de ingleses a India, que tenía 300 millones de habitantes y más de tres millones de kilómetros cuadrados. Fidel Castro, instrumentando a Chávez, logró conquistar Venezuela. Definió el modelo de gobierno; alineó al país ideológicamente con el socialismo del siglo XXI; reorganizó, entrenó y definió la doctrina de las Fuerzas Armadas; asumió el control de los organismos de inteligencia y seguridad; envió cientos de miles de militares, maestros y médicos para consolidar su dominio político; estableció la Alianza Bolivariana de los pueblos de América (ALBA) para la defensa geopolítica de su colonia; escogió a Maduro como el títere sucesor de Chávez y estableció una economía extractiva que le permitía obtener hasta 100.000 barriles de petróleo al día para sostener su régimen. En los últimos 15 años Cuba ha recibido más de 35.000 millones de dólares. En la actualidad Maduro entrega el 80% del petróleo destinado a la cooperación a Cuba y el 15% a Nicaragua. Cualquier necesidad del régimen cubano tiene prioridad sobre la emergencia humanitaria que padecen los venezolanos.

En Venezuela se juega la vida la religión revolucionaria izquierdista que tiene a Cuba como su Vaticano. La transición de Cuba a la democracia y a la economía de mercado es para Latinoamérica un cambio gigantesco, comparable con lo que representó la caída del muro de Berlín para Europa. Cuando el derrumbe de la Unión Soviética era evidentemente ineludible, la aspiración de sus envejecidos dirigentes era morir en la cama, tal como lo logró Fidel Castro en Cuba. Los intereses políticos, económicos, ideológicos y sobre todo personales de miles de dirigentes y burócratas cubanos son el obstáculo principal en esta crisis. Esto explica la feroz resistencia y elevada disposición a matar y torturar de Ortega y Maduro. El régimen cubano ha optado porque Venezuela y Nicaragua se destruyan en una inútil estrategia de contención para evitar su propio inevitable final. Cuba lleva veinte años resistiéndose a una transición mientras sus ciudadanos sufren hambre y miseria. No hay una emigración visible como la venezolana porque es una isla, pero la matanza más brutal del castrismo son los más cien mil cubanos devorados por los tiburones intentando cruzar el estrecho de la Florida desde que los Castro tomaron el poder.

Cuba, el país que se consideraba líder en la lucha contra el colonialismo, acabó convertido en colonizador. Sus lideres están arrastrando a toda la izquierda a un precipicio moral que podría dejar una larga hegemonía conservadora. Salvar al inservible e insalvable fracasado modelo cubano implica ahora defender matanzas, torturas y una corrupción descomunal. No hace sentido defender a Maduro por una intervención hipotética de Estados Unidos cuando Venezuela es un país intervenido por Cuba. Le guste o no a la “izquierda” en Venezuela, hay una lucha de liberación nacional y el dilema no es escoger entre Nicolás Maduro o Donald Trump, sino entre dictadura o democracia. Frente a esta realidad, no alinearse con la democracia es alinearse con la dictadura.

Es imposible prever si puede o no haber una intervención militar en Venezuela. Estados Unidos hará sus propios cálculos frente a la absurda resistencia de Maduro. Es comprensible el rechazo reactivo a una intervención, pero más allá de los deseos, lo principal es considerar pragmáticamente lo que puede pasar si ocurriera. En Venezuela nunca hubo una revolución de verdad, al chavismo no lo cohesionaba la mística revolucionaria, sino el clientelismo y la ambición monetaria. Venezuela no puede convertirse en un Vietnam y tampoco puede haber una guerra civil. Los venezolanos han rechazado persistentemente a la violencia desde Chávez, que se rindió dos veces, hasta la oposición que se ha resistido durante 18 años a tomar las armas.

Dada la extrema impopularidad de Maduro, la profunda división en las fuerzas armadas y unas milicias decorativas a las que los militares no se atreven armar de forma permanente; el escenario más probable frente una intervención sería el de Panamá en 1989 o el de Serbia en 1999, pero con tecnología 20 años más avanzada. En Panamá quedaron abandonados miles de fusiles nuevos destinados a milicianos que nunca existieron. En Venezuela llevan años hablando de una fábrica de fusiles que seguramente nunca ha existido porque alguien se robó el dinero. En conclusión una intervención sería contundente, rápida, exitosa y ampliamente celebrada por millones de venezolanos y latinoamericanos. Decir esto no es apoyar una salida militar, sino prever una realidad política. Por lo tanto, si se quiere evitar una intervención y resolver la crisis políticamente, lo correcto no es enfrentar a Trump, sino exigir que Cuba saque sus manos de Venezuela.

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es consultor para la resolución de conflictos internacionales.

Cubanos go home por Joaquín Villalobos – El País – 21 de Febrero 2019

El régimen cubano ha optado porque Venezuela y Nicaragua se destruyan en una inútil estrategia de contención para evitar su propio inevitable final

Nicolás Maduro durante una celebración del fin de la dictadura Marcos Pérez Jiménez, en Caracas.
Nicolás Maduro durante una celebración del fin de la dictadura Marcos Pérez Jiménez, en Caracas. REUTERS
En julio de 1968 terminaba mi bachillerato en un colegio católico con un profesor que fue soldado del dictador Francisco Franco. Los alumnos tuvimos que ir a recibir a Lyndon Johnson, presidente de Estados Unidos, que visitaba el país. Fue la primera vez que escuché gritar “yankee go home” a unos estudiantes universitarios. La guerra de Vietnam estaba en su peor momento, la Revolución Cubana tenía solo nueve años, los militares con apoyo norteamericano gobernaban mi país y casi todo el continente. Quienes luchaban contra el colonialismo demandaban la no intervención y la autodeterminación de los pueblos. Medio siglo después todo cambió, terminaron los dictadores de derecha, las utopías comunistas se derrumbaron, las elecciones derrotaron a la lucha armada y ahora, al ver lo que está pasando en Venezuela y Nicaragua, la maldad parece haber cambiado de bando ideológico.

A partir del año 2000, en Latinoamérica cayeron gobiernos en Perú, Argentina, Bolivia, Ecuador, Honduras, Paraguay, Brasil y Guatemala. Estos se derrumbaron con presión cívica moderada, escasa presión internacional, sin presos, sin exiliados y con poca violencia; lo más grave fueron 50 muertos en Bolivia. En todos estos casos las instituciones jugaron algún un papel en las crisis, incluso en Honduras el golpe militar fue ordenado por el Congreso, finalmente las elecciones permitieron preservar la democracia. El juicio sobre lo justo o injusto de estos hechos es un amplio debate, pero comparado con lo que ocurría en el siglo XX, objetivamente parecía que, con imperfecciones, estábamos en otra edad cívica.

 

El colonialismo básicamente consiste en control político, militar y cultural, gobierno títere y una economía extractiva. Los británicos dominaron durante casi un siglo con unos miles de ingleses a India, que tenía 300 millones de habitantes y más de tres millones de kilómetros cuadrados. Fidel Castro, instrumentando a Chávez, logró conquistar Venezuela. Definió el modelo de gobierno; alineó al país ideológicamente con el socialismo del siglo XXI; reorganizó, entrenó y definió la doctrina de las Fuerzas Armadas; asumió el control de los organismos de inteligencia y seguridad; envió cientos de miles de militares, maestros y médicos para consolidar su dominio político; estableció la Alianza Bolivariana de los pueblos de América (ALBA) para la defensa geopolítica de su colonia; escogió a Maduro como el títere sucesor de Chávez y estableció una economía extractiva que le permitía obtener hasta 100.000 barriles de petróleo al día para sostener su régimen. En los últimos 15 años Cuba ha recibido más de 35.000 millones de dólares. En la actualidad Maduro entrega el 80% del petróleo destinado a la cooperación a Cuba y el 15% a Nicaragua. Cualquier necesidad del régimen cubano tiene prioridad sobre la emergencia humanitaria que padecen los venezolanos.

En Venezuela se juega la vida la religión revolucionaria izquierdista que tiene a Cuba como su Vaticano. La transición de Cuba a la democracia y a la economía de mercado es para Latinoamérica un cambio gigantesco, comparable con lo que representó la caída del muro de Berlín para Europa. Cuando el derrumbe de la Unión Soviética era evidentemente ineludible, la aspiración de sus envejecidos dirigentes era morir en la cama, tal como lo logró Fidel Castro en Cuba. Los intereses políticos, económicos, ideológicos y sobre todo personales de miles de dirigentes y burócratas cubanos son el obstáculo principal en esta crisis. Esto explica la feroz resistencia y elevada disposición a matar y torturar de Ortega y Maduro. El régimen cubano ha optado porque Venezuela y Nicaragua se destruyan en una inútil estrategia de contención para evitar su propio inevitable final. Cuba lleva veinte años resistiéndose a una transición mientras sus ciudadanos sufren hambre y miseria. No hay una emigración visible como la venezolana porque es una isla, pero la matanza más brutal del castrismo son los más cien mil cubanos devorados por los tiburones intentando cruzar el estrecho de la Florida desde que los Castro tomaron el poder.

Cuba, el país que se consideraba líder en la lucha contra el colonialismo, acabó convertido en colonizador. Sus lideres están arrastrando a toda la izquierda a un precipicio moral que podría dejar una larga hegemonía conservadora. Salvar al inservible e insalvable fracasado modelo cubano implica ahora defender matanzas, torturas y una corrupción descomunal. No hace sentido defender a Maduro por una intervención hipotética de Estados Unidos cuando Venezuela es un país intervenido por Cuba. Le guste o no a la “izquierda” en Venezuela, hay una lucha de liberación nacional y el dilema no es escoger entre Nicolás Maduro o Donald Trump, sino entre dictadura o democracia. Frente a esta realidad, no alinearse con la democracia es alinearse con la dictadura.

Es imposible prever si puede o no haber una intervención militar en Venezuela. Estados Unidos hará sus propios cálculos frente a la absurda resistencia de Maduro. Es comprensible el rechazo reactivo a una intervención, pero más allá de los deseos, lo principal es considerar pragmáticamente lo que puede pasar si ocurriera. En Venezuela nunca hubo una revolución de verdad, al chavismo no lo cohesionaba la mística revolucionaria, sino el clientelismo y la ambición monetaria. Venezuela no puede convertirse en un Vietnam y tampoco puede haber una guerra civil. Los venezolanos han rechazado persistentemente a la violencia desde Chávez, que se rindió dos veces, hasta la oposición que se ha resistido durante 18 años a tomar las armas.

Dada la extrema impopularidad de Maduro, la profunda división en las fuerzas armadas y unas milicias decorativas a las que los militares no se atreven armar de forma permanente; el escenario más probable frente una intervención sería el de Panamá en 1989 o el de Serbia en 1999, pero con tecnología 20 años más avanzada. En Panamá quedaron abandonados miles de fusiles nuevos destinados a milicianos que nunca existieron. En Venezuela llevan años hablando de una fábrica de fusiles que seguramente nunca ha existido porque alguien se robó el dinero. En conclusión una intervención sería contundente, rápida, exitosa y ampliamente celebrada por millones de venezolanos y latinoamericanos. Decir esto no es apoyar una salida militar, sino prever una realidad política. Por lo tanto, si se quiere evitar una intervención y resolver la crisis políticamente, lo correcto no es enfrentar a Trump, sino exigir que Cuba saque sus manos de Venezuela.

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