elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Negociacion

Michael Penfold: “La crisis exige una dosis de realismo, de aceptación y de reconexión social” por Hugo Prieto – ProDaVinci – 28 de Junio 2020

 

Michael Penfold: “La crisis exige una dosis de realismo, de aceptación y de reconexión social”

Más abajo hay una seguidilla de ideas, de reflexiones, de cuestionamientos, que van a incomodar a más de uno. Todos, cortesía de Michael Penfold*. Pongamos de relieve una realidad incontestable. La economía venezolana es más pequeña que la de Guatemala, pero nuestra población es mucho más grande, lo que significa que somos más pobres. ¿Pero conocemos ese nuevo país? ¿Lo entendemos? ¿O, sencillamente, lo que nos conecta con Venezuela es un recuerdo?

Descendemos por el abismo y los paracaídas no abren. Tanto el chavismo como la oposición necesitan asumir la realidad de una manera distinta, si quieren atender la demanda de la población que, en más del 60 por ciento, quiere un arreglo y manifiesta —hasta la saciedad— que no podemos seguir viviendo así.

Más allá de si estaría dispuesto a reunirse con Nicolás Maduro, lo relevante de la declaración del presidente Donald Trump es que pone en duda el liderazgo de Juan Guaidó. Esto es producto del fracaso del 30 de abril y también es una demostración de «real politik» que plantea una situación muy distinta —nada favorable— para la oposición venezolana. ¿Cuál es su opinión?

Creo que en los círculos del presidente Trump y en el Departamento de Estado (Cancillería de USA) hay, lo que se llama en inglés, second thoughts —cambiar de opinión o empezar a dudar de ella— alrededor de lo que ha sido la política exterior hacia Venezuela, cuya característica —por momentos— es que ha sido muy errática, aunque básicamente ha tenido una línea dura que, curiosamente, fue la que diseñó Bolton. La apuesta —se ve claramente en el libro que acaba de publicar— era legitimar a Guaidó, como presidente de la AN y como presidente interino de Venezuela. Lo que se buscaba era un quiebre militar que nunca llegó, porque los términos del acuerdo —y esto también queda en evidencia— no eran creíbles y luego se revirtieron. Eso terminó en un fracaso estrepitoso como lo fue el 30 de abril. El tuit del presidente Trump es, si se quiere, una respuesta a la versión de Bolton, cuya visión pendular va de un extremo intervencionista a otro que es la negociación. Lo que percibo es que hay una gran ambivalencia sobre cómo proceder con Venezuela.

El 30 de abril, para decirlo claramente, nos dejó al descubierto. Una oposición dividida, si se quiere hasta la raíz, aunque siempre se enarboló la bandera de la unidad. Lo que estamos viendo, por la vía de los hechos, es que este tema quedó liquidado. ¿Esto, propiamente, es producto del 30 de abril o de la política ensayada en los últimos dos años?

Yo creo que es el resultado de esta idea de proceder simultáneamente con múltiples estrategias, sin casarte, necesariamente, con una ellas. No se entendió que la coalición que estabas construyendo tenía que sumar actores, que debía ser persuasiva, que tenía que ser creíble en el plano doméstico, que no podía anclarse en una fortaleza internacional porque se iba a erosionar en la medida en que no lograra una solución en Venezuela. Creo que esa política nunca maduró y el 30 de abril es el resultado, más bien desordenado, de eso. Por el contrario, lo que está generando en actores centrales, como las Fuerzas Armadas, es la percepción de que esa política no es creíble, de que hay mucha incertidumbre, y al final llegamos a una situación muy trágica. El 30 de abril es una situación en la cual, básicamente, pierden todos los venezolanos por distintas razones, pero una de ellas, es producto de esa visión maximalista que tiene la oposición. Eso no quiere decir que se tenga que dividir.

¿Cuáles serían las opciones?

Se está discutiendo, por ejemplo, la idea de la continuidad administrativa, en caso de que las elecciones parlamentarias se realicen bajo las condiciones actuales y, por esa vía, extender el mandato de la Asamblea Nacional. Sería un error, entre otras cosas, porque el fundamento jurídico de esa opción es muy endeble y el mandato democrático aún menos claro. Pero hay más. Eso llevaría a la oposición a un gobierno paralelo en el exilio y la experiencia internacional de ese tipo de cosas es muy mala. Básicamente, en el plano doméstico, la oposición se hará más irrelevante. No estoy diciendo con esto que tengas que ir a las elecciones legislativas. Mi punto es que la oposición no puede aferrarse a unas opciones que no son creíbles, que no son reales.

¿Qué pasos tendría que dar el liderazgo opositor para restablecer mecanismos de confianza? ¿Es posible reconstruir una coalición en estos momentos?

El contexto es mucho más autocrático del que había hace dos años. Cuando se habla de transición, lo cierto es que cada vez estamos más lejos de la transición… no más cerca. Operar en ese ámbito no es sencillo. Tiene enfrente un oficialismo que está tomando decisiones, no solamente porque quiere sino porque puede. ¿Qué busca el chavismo y en particular Maduro al día de hoy? Lo primero: Descabezar a Guaidó. Es decir, descabezar el liderazgo de la oposición y en segundo lugar, crear una oposición «leal», que no pase, necesariamente, por los mismos cuadros que está manejando la oposición actualmente. Lo está haciendo mediante la intervención administrativa (vía TSJ), que en la práctica es casi una ilegalización de los principales partidos democráticos (AD y PJ). Pero lo que es una equivocación, a mi juicio, es no actuar frente a las decisiones que te condicionan  y creer que porque tienes el apoyo internacional, vas a poder contrarrestar eso. El chavismo no está haciendo esto porque piense que la próxima Asamblea Nacional va a ser legítima a los ojos del mundo, sino porque cree, básicamente que ese mecanismo va a ser muy efectivo para cumplir los dos objetivos que mencioné anteriormente.

Queda pendiente el tema de la coalición, ¿Cómo plantear la unidad?

Yo creo que la unidad es clave, entre otras cosas, porque es tu fortaleza más importante. Lo que sí creo que es ridículo es mantener unos esquemas de decisión —dentro del G-4, por ejemplo— que en la práctica implica que todos ellos tienen poder de veto y por lo tanto terminas tomando decisiones, que no son consistentes con las restricciones que te impone la realidad objetiva. De ahí que las decisiones que se toman terminan generando más problemas que beneficios y no te puedas replantear varias cosas. Una de ellas es la forma en que te vinculas con organizaciones no partidistas y con el resto del país. Lo que estamos viendo es que hay un gran divorcio entre lo que piensa la gente y lo que el liderazgo está haciendo.

¿Esta desconexión, entre la política y la gente, no plantea un grave problema para la oposición? Si la política es dinámica, digamos, la característica principal actualmente es todo lo contrario: el inmovilismo.  

El drama económico y social es tan grande que Venezuela es otro país. Eso es lo primero que habría que aceptar. Un país que tiene 5 millones de migrantes, en el cual la productividad del venezolano es mayor afuera que adentro, donde la demografía ha cambiado radicalmente debido, precisamente, a esa migración. Un país que vive de las remesas o que depende de ellas. Una economía más informal, más ilegal. Es otra Venezuela. ¿La conocemos? ¿La entendemos? ¿La aceptamos? Probablemente, no nos guste, pero ese país está allí. La desigualdad es dramática. En 2019, por ejemplo, el tamaño de la economía terminó siendo casi igual que la de Guatemala. Hoy es mucho más pequeña. Los políticos están desconectados de esa realidad, ¿Por qué? Porque hemos apostado muy duro a que la agenda internacional es lo que nos va a salvar. En el fondo eso ha llevado también a una gran desmovilización de la sociedad y a un gran desempoderamiento de las organizaciones sociales. No es que en Venezuela no haya protestas, por el contrario, hay muchas —a pesar de la pandemia—, pero están muy acotadas territorialmente.

Acaba de señalar las claves de la desconexión entre la política y la sociedad, ¿Pero qué nos dice esa realidad?

Que hay un gran descontento. Que la sociedad está demandando cosas que la élite política —tanto opositora como el chavismo, incluso aún más— no quiere aceptar. El país, en un 60 por ciento, está diciendo: Negocien, lleguen a un acuerdo. No podemos seguir viviendo así. Pero obviamente, los incentivos individuales de cada uno de los grupos no llevan a eso. ¿Por qué? Porque la sociedad, hasta el momento, no ha logrado movilizarse ni canalizar su enorme descontento de una forma eficaz y de restringir a la élite política para que llegue a ese tipo de soluciones. Pero quiero insistir. Venezuela cambió. No solamente porque es más pobre, sino por las dinámicas creadas por la crisis de los servicios públicos y por la caída del ingreso.

Si hay un Bolton en Cuba, otro en Rusia, otro en China, ¿Cómo pondrían esos «asesores de seguridad nacional» los intereses de cada uno de sus países en función del conflicto venezolano? Resulta paradójico que la apuesta se centre en la agenda internacional, donde los venezolanos deciden poco o nada.   

Diría que es mucho peor que eso. La política venezolana está marcada por la política doméstica de los Estados Unidos (por las elecciones presidenciales que se realizarán en noviembre). Pero eso está ocurriendo, entre otras cosas, porque la dirigencia política venezolana no ha logrado trazar con claridad cuáles son sus intereses en política exterior, y hasta qué punto, en su política internacional, pueden contar con el apoyo de los Estados Unidos. En el fondo, le estuvimos apostando a una agenda, donde privaba una acción internacional que nunca llegó… y que no va a llegar de la forma como se esperaba. Lo cual, a mi juicio, era completamente anticipable. Lo ves no solamente con respecto hacia los Estados Unidos, sino hacía Colombia e incluso hacia Cuba. Ahora, en la medida que pasa el tiempo, el problema es que el conflicto venezolano se ve como algo irresoluble. Actualmente, la postura de Europa, por ejemplo, no es presionar para que se produzca el cambio político sino para que entre la ayuda humanitaria. Al final del día, nosotros tenemos que volcarnos hacia dentro. Eso implica una manera de proceder, una estrategia totalmente distinta, tomando en cuenta las decisiones internas y que, en este momento, no tenemos buenas opciones.

Son varios temas. Uno: la profundización del autoritarismo. Dos, la oposición «leal» que quiere crear el chavismo. Tres, la participación o no en la elección legislativa. Todo eso debería estar en la agenda de la oposición. ¿Pero hay claridad alrededor de esos tres puntos? Yo no la veo. Seguimos viendo para otro lado. ¿Usted qué piensa?

Esta idea de irnos a la continuidad administrativa y a profundizar el gobierno paralelo, es un buen reflejo de la negación de la realidad. No solamente por lo endeble del soporte jurídico, sino porque lo que hace es validar la transición que aplicó el chavismo a raíz, justamente, de la muerte de Chávez. Me refiero al «interinato» que asumió Maduro poco antes de las elecciones de 2013. Se insiste en la idea de que el liderazgo opositor se construye desde afuera. Probablemente nos ha tocado vivir el autoritarismo con tecnologías distintas, pero al final del día esto requiere un liderazgo democrático, una gran dosis de realismo, de aceptación y de reconexión social. Yo creo que la oposición tiene que responder a una visión de mediano y largo plazo sobre cuál es su objetivo.  Con la tesis de «Maduro, vete ya» hemos perdido momentos muy importantes y concesiones que no tomamos, que quizás pudieron haber significado el inicio de una transición democrática en Venezuela. Pero en nuestra visión maximalista, pensamos que eso no era suficiente. Creo que ese es el principal pecado, el principal error de la oposición. Hay mucha fantasía.

¿Qué entidad le asigna a la asesoría cubana en Venezuela?

Cuba ha trasladado una cantidad de tecnología y ha creado capacidades, sobre todo de monitoreo, tanto a nivel social como en las Fuerzas Armadas. Esa ha sido su mayor contribución para sostener al chavismo. Pero nos pasa algo parecido que con los militares… sin los militares no vamos a poder ir a un proceso de transición y algo similar se podría decir de los cubanos, sin los cubanos no vamos a poder ir a un proceso de transición. Entonces, no nos tomamos en serio a esos actores. Al final, a los militares los terminas enajenando, no los terminas persuadiendo, no les estás ofreciendo suficientes garantías, no los estás incluyendo en un plan de reconstrucción nacional. Y con respecto a los cubanos tienes que aceptar que lo mejor sería darles unas garantías y una salida. Sin poder compensar a los cubanos, que se podría hacer con Canadá, lo único que vas a lograr es cerrar a Cuba alrededor de cualquier cambio político en Venezuela. Si aquí hubiese una salida negociada —que en este momento no la hay, ni la va a haber porque ninguno de los actores tiene incentivos para eso—, yo creo que es fundamental incluir, en un segundo piso, a todos los países que tienen intereses en Venezuela. No solamente es Cuba, es China, Rusia, Estados Unidos, Colombia, para que desde ese segundo piso presionen y Venezuela pueda rescatar, digamos, su institucionalidad, su constitucionalidad básica y allanar el camino para un proceso electoral.

En la guerra de Angola, Suráfrica y Estados Unidos intentaron negociar sin incluir a Cuba en la mesa de negociación. Pero pronto advirtieron que no podían avanzar sin incluir a los cubanos en el proceso. Parece que nosotros estamos en una situación similar. 

Es interesante el caso de Angola, que terminó en un proceso de negociación complejo, que básicamente lo facilitaron Portugal, la extinta Unión Soviética, Estados Unidos y Cuba. Lo mismo necesitas aquí. La negociación en Noruega, por ejemplo, fue un proceso que no tuvo esos pilares. Más bien tenía distintos países con diferentes visiones sobre cómo proceder en el caso venezolano. Yo creo que eso es fundamental alinearlo. Pero lo que no puedes hacer es desconocer eso, como tampoco el chavismo puede desconocer que los Estados Unidos es un jugador importante y que el país no puede acceder a financiamiento internacional, no va a poder resolver sus problemas de servicios públicos y acceder al crédito de los organismos multilaterales (FMI, BM, BID) si no se remueven las sanciones. Y la decisión alrededor de las sanciones no las controla la oposición sino los Estados Unidos. Entonces, nosotros estamos en un juego geopolítico regional que requiere alinear todos esos factores. Pero no te puedes casar con uno solo que, a mi juicio, es lo que terminó haciendo un sector importante de la oposición.

Una pregunta obvia, aunque lo obvio, a veces, es necesario. ¿Usted cree que la oposición debería presentarse a la elección legislativa?

En este momento sería apresurado tomar cualquier decisión. El núcleo del esfuerzo tiene que dirigirse a mejorar esas condiciones, a tratar de retomar las negociaciones internacionales que permitan ir, bajo un marco diferente, a ese proceso legislativo. Negar que la legislatura llega a su final de periodo, también me parece muy irreal. ¿Volver a hacer lo mismo que en 2018? Esa es una posibilidad, pero eso se logró porque previamente pudiste coordinar a toda la oposición. Además tuviste una visión muy clara de cuál era la crisis constitucional que, inevitablemente, se le venía al chavismo alrededor de un punto: ¿Era legítima o no la reelección de Maduro a partir del 10 de enero? En este momento, la continuidad administrativa de la AN es la erogación completa del arreglo constitucional venezolano. Eso es lo que implica, entre otras cosas, porque no vamos a tener ningún poder público que tenga origen democrático y que sea reconocido internacionalmente. ¿Venezuela puede vivir con eso? Difícilmente. ¿Podrá resistir el chavismo? Probablemente. ¿Va a desaparecer la oposición? No creo. Pero en ese ambiente, el país no va a poder retomar el crecimiento o enfrentar la crisis humanitaria. Venezuela, en este momento, sólo tiene un taladro petrolero activado. Nuestra principal industria está destruida. Reactivarla va a requerir inversiones masivas. Pero el país que invierta va a exigir un contrato reconocido internacionalmente.

Nos va a tocar comernos unos sapos, entonces señalemos este punto: tenemos que ser realistas y buscar una solución. No queda otra. 

Si planteas la extensión administrativa y el gobierno paralelo, esa no es una alternativa. Vas a tener que abordar, seriamente, ese problema. Sapo, siempre te lo vas a comer. Ningún país sale de una crisis como la nuestra, ileso. Sin dar garantías que, en otras circunstancias, probablemente no hubieses aceptado. Si vas a iniciar persecuciones penales, a través de la justicia de Estados Unidos, por ejemplo, no vas a llegar a la negociación, porque lo único que les da garantías a ellos está en Venezuela. Es decir, que tú cuentes con un orden político y jurídico que incluya esas garantías. Ese es el mayor sapo que nos tenemos que comer. Ahora, yo no tengo problemas en aceptarlo, mucha gente sí. ¿Y sabes por qué? Porque yo prefiero comprar el futuro de mis hijos. Esa es la razón. Eso es lo que resuelve la justicia transicional. Y no es fácil, porque la justicia transicional en un mundo globalizado es mucho más difícil.

***

*Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de Columbia. Docente. Consultor en Políticas Públicas. Ensayista, escritor.

Venezuela y la negociación por Sadio Garavini Di Turno – El Universal – 10 de Junio 2020

Los costos de la represión en Venezuela aumentarían si hubiese una mayor amalgama política de las protestas por el creciente desastre socioeconómico

La historia nos enseña que no hay transición de un gobierno autoritario a uno democrático que no pase por unas negociaciones, a menos que sea por un golpe de Estado, guerra civil o intervención militar extranjera. Las negociaciones generalmente involucran a todos los que tienen intereses en el resultado de esas negociaciones, que no son necesariamente sólo las partes internas del Estado en cuestión, sino también actores internacionales. Hubo negociaciones en los casos de Polonia, Chile, España, Filipinas, Indonesia, Nicaragua y Sur África. En estos dos últimos la negociación vino después de conflictos armados internos. La negociación es un proceso de decisión interdependiente, en la cual los resultados para cada parte dependen no sólo de su propia acción sino de lo que haga, deje de hacer o se piense que vaya a hacer el “otro” y hay negociación posible cuando las partes consideran que negociando se puede lograr algo mejor de lo que se puede obtener sin negociar. En la teoría de las negociaciones se afirma que la parte que tenga la mejor alternativa al acuerdo negociado (MAAN o BATNA en inglés) es la parte que tiene más poder. En efecto, no voy a negociar si mi alternativa es mejor que cualquier posible acuerdo. En el caso venezolano es evidente que una posible salida negociada a la gravísima crisis socioeconómica y política implicaría una compleja red de negociaciones entre múltiples actores. Además del régimen y la alternativa democrática estarían, en mayor o menor medida, EEUU, Rusia, Cuba, China, Colombia, Brasil y la UE.

Hasta ahora, el régimen siempre ha considerado que su MAAN es preferible a cualquier acuerdo negociado, porque ha percibido que los potenciales costos de su salida del poder son superiores a los incentivos para aceptar una transición. El politólogo Robert Dahl decía que para que un régimen autoritario dejara el poder era necesario reducir los costos de su salida (costos de tolerancia, según Dahl) y aumentar los costos de la represión que el régimen ejerce sobre la población para mantenerse en el poder. Los costos de la represión en Venezuela aumentarían si hubiese una mayor amalgama política de las protestas por el creciente desastre socioeconómico. Sin embargo, el colapso de los servicios públicos, la “crisis” de la gasolina, el creciente efecto de las sanciones, particularmente en materia financiera y el probable incremento de la crisis sanitaria por el coronavirus están haciendo mella en la misma capacidad de gobernar del régimen. La propuesta de Pompeo y Guaidó de un gobierno de emergencia nacional con presencia de dirigentes chavistas no implicados en la criminalidad organizada y el mantenimiento temporal del Alto Mando militar, le está proporcionando una reducción significativa de los costos de salida. Hasta para Maduro y sus colaboradores más cercanos, la propuesta les deja la posibilidad de refugiarse en Rusia, Cuba, China, Irán y Turquía, entre otros. La propuesta viene acompañada de advertencias y amenazas: La flotilla antinarcóticos en el Caribe, las imputaciones por narcotráfico del Fiscal General Barr, las millonarias recompensas por las “mayores cabezas” del régimen, la movilización a Colombia de una brigada del ejército de EEUU y las fuertes declaraciones norteamericanas que mencionan las diferentes alternativas de acciones de fuerza posibles en el Siglo XXI. No creo que EEUU pueda, por razones geopolíticas, aceptar, a mediano plazo, con Trump o sin Trump, que Putin logre mantener a Maduro, “vía Cuba”, en un país del hemisferio occidental. Para el régimen los costos de salida han disminuido y los riesgos de mantenerse en el poder han aumentado.

Se agravan las tensiones  internacionales por Fernando Ochoa Antich – El Nacional – 7 de Junio 2020

download
En mi artículo de la semana pasada mantuve que el desafío de Nicolás Maduro al gobierno de Estados Unidos podría acarrearle graves consecuencias a su régimen y a Venezuela. En ese sentido, consideré que la presencia de Irán, Rusia y Cuba en los asuntos internos de Venezuela constituía una amenaza a la seguridad continental, la cual, con absoluta certeza, iba a tener una fuerte respuesta de Estados Unidos. Sostuve que parte de esa respuesta había sido la reunión de Donald Trump con varios presidentes latinoamericanos y Julio Borges. Lo que nunca me imaginé fue que Donald Trump, aún en medio de la delicada crisis política interna que afronta su gobierno a consecuencia de la pandemia y del asesinato del afroamericano George Floyd en Minneapolis, y a pesar del despliegue naval que mantiene frente a nuestra fachada atlántica, tomara la decisión de movilizar una brigada de las Fuerzas Armadas estadounidenses a Colombia y que su presencia fuera aceptada por el presidente Iván Duque, sin cumplir el procedimiento constitucional requerido, pero con el suficiente respaldo político para hacerlo.

El desplazamiento de esa unidad superior a Colombia debería obligar a los Altos Mandos de la Fuerza Armada Nacional a una reflexión: primero, rompe el equilibrio estratégico entre Colombia y Venezuela; segundo, es la primera vez que una unidad de esa magnitud se despliega en la América Latina; tercero, su misión de asesorar y cooperar con las Fuerzas Militares de Colombia en operaciones de lucha contra el narcotráfico, durante cuatro meses, se amplía, según  las recientes declaraciones de Robert O’Brien, asesor de Seguridad Nacional de Donald Trump, a “reducir el soporte financiero que el narcotráfico provee al régimen corrupto de Maduro en Venezuela y a otros actores perniciosos de los fondos necesarios para realizar sus malignas actividades”. Por su parte, el almirante Craig Faller, jefe del Comando Sur de Estados Unidos, declaró que “la misión de la SFAB en Colombia es una oportunidad de mostrar nuestro compromiso mutuo contra el narcotráfico y el apoyo a la paz regional, el respeto a la soberanía y a la promesa duradera de defender ideales y valores compartidos”.

También es de importancia considerar la realización de ejercicios conjuntos por los ejércitos de Estados Unidos y Colombia en el Centro Nacional de Entrenamiento de Tolemaida. Espero que los organismos correspondientes de la Fuerza Armada Nacional estén realizando una adecuada apreciación de la situación. De todas maneras, insisto en recordar algunas causas de esta crisis internacional y sus delicadas consecuencias. Ella tiene su origen en la tragedia interna generada por el ilegítimo gobierno de Nicolás Maduro, el cual ha provocado una gigantesca diáspora de venezolanos con la consecuente amenaza a la estabilidad de la región, así como la presencia en nuestro país de organizaciones terroristas y del crimen organizado que actúan dentro y fuera del ámbito nacional, con la reprochable anuencia del régimen madurista; así como también, la injerencia de Irán, Rusia y Cuba que, como ya dije, representan un riesgo en la seguridad continental. Para colmo, Nicolás Maduro y su camarilla han saboteado todas las posibilidades de  solución pacífica, provocando la escalada de la crisis.

Asumo, que los órganos de inteligencia y planificación de la Fuerza Armada Nacional reconocen la gravedad y credibilidad de la amenaza existente y sus delicadas consecuencias. La comparación de las capacidades militares de la ya reconocida alianza, Estados Unidos, Colombia y Brasil, con las de Venezuela es abrumadoramente negativa para nuestro país. Es necesario evitar el uso de la fuerza y fortalecer la negociación como alternativa. El primer paso, en mi criterio, es darle legitimidad al sistema político venezolano. Esto solo puede lograrse a través de la Asamblea Nacional. La lamentable decisión de la Sala Constitucional, dictada sin una sólida sustentación jurídica, la cual reconoce como legítima una Asamblea Nacional presidida por Luis Parra creó un problema inmanejable. Sus decisiones serán ignoradas por la oposición venezolana y por  los gobiernos democráticos que la respaldan. Las instituciones que sean electas por esa Asamblea Nacional adolecerán de la misma ilegitimidad del órgano que las designe. La alternativa debió haber sido, como planteó mi hermano Enrique, que el TSJ convocara a una nueva sesión, con todas las garantías necesarias, para elegir, por votación personalizada, una nueva directiva de la Asamblea Nacional.

La noticia de un posible acuerdo para enfrentar la pandemia, entre Nicolás Maduro y Juan Guaidó, hay que recibirla con optimismo pero con alguna reserva. Ese anuncio indica que la magnitud y la gravedad de la crisis nacional son tan graves que podría conducir a un compromiso más amplio entre gobierno y oposición, a fin de  superar la tragedia venezolana. Los Altos Mandos de la Fuerza Armada Nacional, que deben conocer muy bien el agravamiento de la situación, a la luz de las últimas acciones militares realizadas por la coalición internacional, deberían presionar para tratar de  encontrar una forma que permita, en primer lugar, legitimar todas las instituciones. El reto es muy exigente y el tiempo es corto. Si se rechaza el uso de la fuerza, pero al mismo tiempo se reconoce que puede ocurrir, es posible que todos los actores acepten ceder en sus intereses para lograr un sólido acuerdo. El único camino son las elecciones generales convocadas, con todas las garantías requeridas,  en un tiempo prudencial, pero lo más breve posible. Es imperativo recuperar el sistema democrático y la alternancia republicana. Los ejemplos de México, Argentina, Uruguay y Nicaragua así lo muestran. El otro camino es la guerra, con sus trágicas consecuencias.

Colombia y la crisis venezolana: una estrategia fallida por Sandra Borda G. – Nueva Sociedad – 30 de Mayo 2020

Pese a los cálculos iniciales, la estrategia de «cerco diplomático» no logró apartar a Nicolás Maduro del poder. La «operación Cúcuta» para introducir ayuda humanitaria, en la que se embarcó personalmente el presidente Iván Duque, resultó un fracaso. A partir de entonces, Colombia va siguiendo de manera errática la no menos incierta estrategia de Washington.
Colombia y la crisis venezolana: una estrategia fallida

El gobierno de Iván Duque ha transformado profundamente su posición en materia de política exterior frente al gobierno venezolano. En este artículo arguyo dos puntos esenciales: el primero es que esa transformación ha consistido en apoyar inicialmente una salida abrupta y no negociada del régimen de Maduro y lograrla a través de la utilización del denominado «cerco diplomático». La estrategia del cerco diplomático fue una aproximación de mano dura que involucró el reconocimiento del gobierno de Juan Guaidó, la promoción de sanciones en contra del régimen venezolano y diversas formas de presión –unas más radicales que otras–, que estaban destinadas a hacerle inviable al gobierno de Maduro su permanencia en el poder. Ante el fracaso de esta estrategia, la administración Duque primero insistió en mantenerse en su posición a pesar de su soledad y luego, cuando Washington decidió apoyar una transición negociada, Colombia dio un giro pragmático y abandonó la mano dura para respaldar la salida negociada.

El segundo punto se vincula con las razones por las cuales Colombia da un giro tan drástico. La principal causa de este cambio de orientación es que la primera estrategia, la del cerco diplomático, encuentra sus orígenes en la posición tradicional que ha mantenido el partido político del presidente, el Centro Democrático, y su líder natural, Álvaro Uribe. Desde siempre, este sector político ha sido un aliado incondicional del ala más dura de la oposición venezolana y ha compartido con ellos su escepticismo frente a procesos de negociación con el oficialismo y su creencia en la necesidad de propiciar un golpe de Estado con el apoyo de la comunidad internacional. En principio, el gobierno de Donald Trump pareció estar en sintonía con esta propuesta. Pero cuando la apuesta fracasó, sin planes alternativos, Colombia tomó la decisión de alinearse con Estados Unidos en la búsqueda de una transición negociada para Venezuela. El partido político del presidente no cuenta con propuestas alternativas y, como siempre en la historia de la política exterior colombiana, ante la ausencia de un plan concreto, la iniciativa por default es alinearse con las preferencias del gobierno estadounidense. En otras palabras, la motivación para impulsar el cerco diplomático es doméstica, mientras que las razones que explican el giro posterior son de carácter internacional y responden a la necesidad de un reacomodamiento frente al cambio de posición de Washington.

El cambio en la racionalidad política del gobierno colombiano se da en tres tiempos: el primero fue el publicitado «cerco diplomático», el segundo es el de las negociaciones de Barbados y el tercero es el de zanahoria/garrote que implementa el gobierno de Trump justo en el momento más álgido de la pandemia de Covid-19. A continuación, explico brevemente las características claves de cada uno de estos momentos y describo tiene lugar cómo el cambio de posición del gobierno colombiano.

Momento 1: el cerco diplomático

Al inicio de 2019, el gobierno colombiano puso en marcha su estrategia más ambiciosa frente al régimen bolivariano. El denominado «cerco diplomático» buscaba intensificar la presión internacional a través del reconocimiento de un gobierno alternativo presidido por Guaidó. La idea era que si muchos Estados, incluyendo Estados Unidos, reconocían un gobierno alternativo, ello reduciría sustancialmente la legitimidad internacional de Maduro, lo que, sumado a un endurecimiento del régimen de sanciones pondría al oficialismo contra la pared y no le dejaría salida distinta a dejar el poder. El corolario de esta estrategia fue el intento de introducir ayuda humanitaria desde Cúcuta organizado entre el gobierno colombiano y sectores de la oposición venezolana y del gobierno estadounidense. Se suponía que si la ayuda lograba pasar la frontera, en el marco de una esperada movilización social, iría a sectores seriamente afectados por la crisis económica en Venezuela y eso le restaría apoyo interno al gobierno. Adicionalmente, miembros de la oposición también insistieron en que ello debilitaría la relación entre Maduro y los militares y se producirían deserciones importantes.

La expectativa era alta, y en Colombia el gobierno y sectores de la derecha estaban convencidos de que este sería el golpe de gracia contra el gobierno de Maduro. Duque había logrado construir una importante coalición en el Grupo de Lima, que si bien no estaba dispuesta a apoyar ninguna transición de facto en Venezuela, sí se mostraba dispuesta a respaldar la presión creciente en contra del gobierno y en favor de Guaidó. El gobierno colombiano se mostró ambiguo sobre la posibilidad de apoyar un golpe de Estado. En algunas ocasiones el presidente Duque dijo que no apoyaría una salida de facto y en otras insistió –haciéndoles eco a las mismas declaraciones de Trump– en que todas las opciones estaban sobre la mesa. La fe del gobierno colombiano era tan inamovible que Duque declaró en ese momento que el gobierno de Maduro tenía los días contados.

En el marco de este proceso, el territorio fronterizo adoptó en esta coyuntura una gran visibilidad y se observó una avalancha de presencia estatal, probablemente sin precedentes en la historia de la relación binacional entre Colombia y Venezuela. Como es el caso con casi todos los territorios fronterizos colombianos, la presencia del Estado en materia militar y de prestación de servicios también es insuficiente en esta región. De hecho, del lado colombiano del límite la reducida presencia de la fuerza pública es particularmente preocupante. Ello ha facilitado el surgimiento de múltiples formas de criminalidad organizada, de economías informales, de contrabando y, en general, de caos y ausencia total de autoridad y de Estado de derecho. También en el campo de los grupos ilegales la situación vuelve a ser preocupante: las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército Popular de Liberación (EPL) que operan en la zona, los frentes del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y las bandas criminales ahora coadyuvadas por miembros de los carteles mexicanos parecen ser problemas mucho más endémicos del lado colombiano de la línea fronteriza. Los principales afectados por este terrible caldo de cultivo son justamente los habitantes de esta zona, que no solo no encuentran autoridades legítimamente constituidas cuando están en situación de vulnerabilidad frente a los numerosos actores ilegales, sino que además no encuentran formas de satisfacer mínimamente sus necesidades en materia de seguridad, de salud y de educación.

En este escenario y casi de un día para el otro, Cúcuta, la ciudad más importante de esta región fronteriza, se vio inundada de funcionarios de alto nivel del gobierno de Estados Unidos y del gobierno colombiano. La logística de la operación humanitaria convirtió una zona tradicionalmente abandonada e ignorada por todos en un foco de atención regional e internacional. El mismo secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, acudió a la cita e incluso emitió unas polémicas declaraciones de las que más tarde se tuvo que retractar en las que, fruto del entusiasmo del momento, parecía avalar una intervención militar para derrocar a Maduro. Los presidentes Sebastián Piñera de Chile y Mario Abdó de Paraguay y el grueso de la bancada republicana latina del Congreso estadounidense también se hicieron presentes en el lugar; artistas, celebridades y, por supuesto, la avalancha de medios de comunicación y de emisiones en vivo convirtieron el lugar en el epicentro de la atención regional.

El resultado fue muy distinto del esperado. Los camiones con ayuda humanitaria no lograron atravesar la frontera. La fuerza pública venezolana y varios civiles lo impidieron, e incluso uno de los camiones fue incendiado y la autoría del episodio fue objeto de múltiples especulaciones. Adicionalmente, las deserciones que se presentaron en el ejército venezolano fueron de muy bajo perfil y reducidas en número; en ningún sentido constituyeron una amenaza sustancial para el gobierno. El tiempo pasó, Maduro se quedó y Estados Unidos y varios países de la región empezaron a perderle fe a la alternativa que con tantos bombos y platillos había anunciado el presidente colombiano. El «cerco diplomático» se diluyó mientras Guaidó seguía intentando mover el ajedrez internacional en su favor y Duque abandonaba el tema gradualmente. Su baja popularidad en el ámbito interno lo obligó a desistir de la grandilocuente empresa en Venezuela y a prestarle un poco más de atención a la construcción de gobernabilidad en su propio país.

Momento 2: Conversaciones en Barbados

A finales de mayo de 2019 y en medio de la gran polarización que resultó de la fallida «operación Cúcuta», representantes de los dos «gobiernos» (el de Maduro y el de Guaidó) iniciaron conversaciones para buscar una salida negociada a la crisis. La delegación de Maduro estaba conformada por el ministro de Comunicación Jorge Rodríguez y el gobernador del estado Miranda Héctor Rodríguez, y por parte de la oposición viajaron el vicepresidente de la Asamblea Nacional Stalin González y los asesores políticos Gerardo Blyde y Fernando Martínez. A pesar de que Estados Unidos declaró en varias ocasiones que no apoyaría ningún tipo de conversación que no trajera como resultado la salida definitiva de Maduro del poder, el enviado especial Elliott Abrams les hizo un par de guiños a los diálogos en Barbados y dio señales de que el gobierno de su país estaría dispuesto a apoyar los diálogos si Maduro dejaba en claro que esta vez sí se tomaría en serio la negociación.

Sin embargo, en septiembre de 2019 tanto el gobierno de Maduro como la oposición ya se habían levantado de la mesa y era evidente que los intentos de buscarle una salida institucional a la crisis venezolana habían sido hasta el momento infructuosos. En esta coyuntura, el gobierno colombiano prefirió guardar un silencio elocuente. Después del desvanecimiento del «cerco diplomático», Duque no tenía forma de convencer a su base electoral ni a su partido de virar hacia el apoyo a una negociación. Ello constituiría una suerte de abandono del objetivo central de sacar a Maduro del poder. Por esta razón, para poder moverse estratégicamente y no marginarse del juego de la transición venezolana, el mandatario colombiano debía esperar a que Estados Unidos diera señas más contundentes de apoyar una negociación. Si Washington mostraba su apoyo, Duque podría presentar el cambio en su posición como una forma necesaria e irremediable del tradicional e histórico alineamiento de la política exterior colombiana con los intereses de Estados Unidos. Esa era la única forma de hacer digerible para su base electoral y su propio partido semejante cambio.

Momento 3: el garrote y la zanahoria de Washington

La penúltima semana de marzo de 2020 y después de meses de silencio interrumpidos solo por el reconocimiento público de Trump a Guaidó en el discurso del estado de la Unión, el gobierno estadounidense tomó la decisión de acusar a Maduro y a más de una docena de miembros de su gobierno de «narcoterrorismo», ya con la pandemia de Covid-19 declarada y con el clima electoral anticipado por las primarias.

Pero pocas semanas después quedó claro que la estrategia era un poco más complicada. El 31 de marzo, el gobierno estadounidense ofreció levantar las sanciones impuestas a Venezuela a cambio de que la oposición y Maduro acordaran una forma de gobierno interino de transición. En una buena medida, la nueva propuesta de Washington se vincula con el momento de gran presión que soporta el gobierno de Venezuela, presión que, si este cálculo funcionara, debería empujarlo hacia una mesa de negociación. El ofrecimiento de una recompensa por la captura de Maduro anunciado solo una semana antes, el declive de los precios internacionales del petróleo activado por la reciente disputa entre Rusia y Arabia Saudita, la posterior y más definitiva baja de los precios del petróleo hasta los números negativos por cuenta de la pandemia global, la negativa del Fondo Monetario Internacional (FMI) a brindar un alivio a Venezuela y el efecto de las sanciones estadounidenses llevaron al gobierno de Trump a formular una nueva propuesta titulada «Marco para la Transición Democrática y Pacífica en Venezuela», que traza un «camino secuencial de salida» a las sanciones si el gobierno de Maduro coopera.

En esta propuesta, Maduro y Guaidó tendrían que dar un paso a un lado y no podrían ser parte del gobierno de transición. La Asamblea Nacional –controlada por la oposición– elegiría un gobierno de transición que incluiría a todos los sectores políticos y que gobernaría hasta que llegara el momento de las elecciones, algo que tendría que suceder en los siguientes seis o doce meses. Elliot Abrams precisó además que el plan no obligaría al exilio de Maduro y que este, en teoría, podría incluso participar en las elecciones. Adicionalmente, el secretario de Estado Mike Pompeo señaló que la propuesta también incluiría la salida de todas las fuerzas de seguridad extranjeras de territorio venezolano, particularmente las cubanas y rusas, y solo cuando ello ocurriera serían levantadas las sanciones impuestas sobre el sector petrolero y la compañía estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA) y sobre integrantes del gobierno de Maduro. El ministro de Relaciones Exteriores Jorge Arreaza la definió como un «esfuerzo para ganar ventaja geopolítica en el contexto de una pandemia global».

La reacción del gobierno colombiano no se hizo esperar. El mismo día, el presidente Duque señaló que la propuesta de Washington estaba en línea con la política exterior colombiana, que se centra en cuatro aspectos: «el fin de la usurpación, un gobierno de transición con participación amplia, la convocatoria de elecciones libres y la activación de un plan de recuperación económica». Para Duque, se trata de «una evolución positiva de la consistencia del cerco diplomático» y de ningún modo del resultado del fracaso de Guaidó y de la estrategia de Colombia para respaldarlo. De esta forma, Duque le puso fin a su propia insistencia en encontrar una salida a la crisis venezolana que no implicase un proceso de negociación. Su desacuerdo y falta de apoyo a las negociaciones que se adelantaron en Barbados en 2019 terminó convertido en un apoyo a la transición pactada propuesta por Estados Unidos y que se basa primordialmente en las conversaciones que han tenido lugar previamente y que el gobierno colombiano desaprobó. Es apenas natural que Duque, en su esfuerzo por no quedar marginado del proceso venezolano, presente la iniciativa de Washington como una derivación de la suya propia, pero lo cierto es que tanto el gobierno estadounidense como el colombiano fracasaron en su intento de buscar una salida forzada al régimen de Maduro, y ante ese fracaso, hoy están buscando formas de acercarse a una transición negociada.

Epílogo: el papel de la OEA

Es poco lo que se sabe sobre lo que ha pasado después de la propuesta de negociación del gobierno de Estados Unidos. El mundo ha entrado en una suerte de paréntesis por cuenta de la pandemia y es apenas natural que la dinámica de la transición venezolana se haga más lenta y difícil en un mundo a media marcha. En el marco de un manejo equívoco e improvisado, la potencia norteamericana se ha convertido en el epicentro de la pandemia: el número de contagiados y de personas que han perecido debido al Covid-19 ya lleva varias semanas en aumento y, al momento de escribir este artículo, 30 millones de personas habían perdido sus empleos por cuenta de la crisis; es muy probable que ello tenga un costo político importante para las aspiraciones de reelección de Trump. Así las cosas, en la medida en que haya un retorno gradual a la normalidad (o a los rezagos de normalidad que nos queden después de esta crisis), es posible que Washington vuelva a poner las luces sobre Venezuela e insista en una transición rápida. En un escenario de esta naturaleza, es igualmente probable que el gobierno de Duque acompañe esa iniciativa.

Un espacio adicional y amplio debe ser dedicado al análisis del papel que jugaron en estos tres momentos las organizaciones multilaterales regionales, y en particular la OEA. Almagro fue un gran entusiasta del «cerco diplomático» propuesto por Duque y de la estrategia de «mano dura» del momento 1 descrito en este artículo. Almagro, al igual que Duque, no suscribió ni promovió durante este último año y medio la posibilidad de una eventual negociación. Al contrario, desde muy al inicio de la crisis venezolana su posición ha sido la de lograr la salida de Maduro a como dé lugar y con la mayor prontitud. Ello ha producido un efecto difícil de superar para la OEA: al haberse alineado abiertamente con el discurso más radical del ala más extremista de la oposición venezolana, ahora será muy difícil que la organización multilateral pueda contribuir de alguna forma al logro de una salida negociada. No hay ni la más mínima credibilidad sobre la posibilidad de que la OEA sea percibida como neutral por las partes en conflicto. Esta es precisamente la razón por la cual la participación de la OEA en los momentos 2 y 3 ha quedado desplazada a los márgenes. A menos que Almagro logre reacomodarse, como lo ha hecho Duque, a las nuevas preferencias de Washington en favor de una transición dialogada e institucional, es muy poco probable que la OEA se reactive y asuma un papel protagónico en la búsqueda de una salida al atolladero venezolano que puede, eventualmente, significar la actual coyuntura.

“La oposición tiene que hablar con la verdad si quiere que la gente le crea” – Entrevista a Benigno Alarcon por Ramsés Ulises Silverio – Politika UCAB – 21 de Mayo 2020

copy-of-fotos-28

El politólogo Benigno Alarcón, director del Centro de Estudios Políticos de la UCAB, analiza los escenarios después de la llamada Operación Gedeón y el haber esperado demasiado por los marines.

Por haber engañado a la Muerte, el rey Sísifo fue condenado a empujar eternamente una pesada piedra montaña arriba y a verla rodar pendiente abajo cada vez que lograba llevarla cerca de la cima. El mito griego viene a la mente con el análisis del profesor Benigno Alarcón: *“Pasaron muchas cosas para estar de nuevo en el punto de partida”*.

Los estudios de opinión que en noviembre de 2019 hizo el Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello, que dirige Alarcón, encontraron *desesperanza y desmovilización* en niveles similares a los de noviembre de 2018.

Con el comienzo de 2020 vino la pugna por la Asamblea Nacional y la gira internacional que oxigenó a Juan Guaidó, pero cuando entró un jugador inesperado, el SARS-Cov-2, el régimen de Maduro aprovechó para desmovilizar de nuevo a la ciudadanía y dejar a una oposición como espectador pasivo y sin estrategia. *“Eso básicamente vuelve a poner al país en la misma posición de noviembre de 2018”*, dice Alarcón. *“No hemos hecho mediciones, pero estimamos que la gente piensa que no hay nada que hacer. Dilucidar cómo la oposición podría volver a poner al gobierno contra las cuerdas es difícil”*. Por eso no le sorprende que el régimen planee elecciones parlamentarias para finales de este año. Y además, cree que Guaidó piensa que si sale a la calle lo van a apresar. *“El gobierno ya no se come la amenaza de que si lo toca a Guaidó se hará algo definitivo”*.

*¿Ve ese escenario a pesar del amplio cuestionamiento internacional a las elecciones que organiza el régimen de Maduro?*

Sí, porque el gobierno, en la medida en la que sienta que tiene mucha ventaja, hará una elección con los menores cuestionamientos posibles, pero que le permita ganar. Incluso puede que inviten a observadores internacionales. La comunidad internacional no es solo la que está con nosotros: cerca de la mitad no son democracias, y algunas de éstas prefieren no inmiscuirse porque tienen otros intereses.

Muchos están pendientes de obtener algún contrato petrolero, y aunque los precios del crudo están muy bajos, es la oportunidad para hacer una inversión a futuro.

Incluso si EEUU dice que sancionará a quienes hagan negocios con Venezuela, pueden apostar por una inversión inoperativa por unos años hasta que se resuelva el problema político y ellos tengan esos activos en la mano, aprobados por una futura AN cuestionada por unos y otros no.

*¿Cómo queda el liderazgo de Guaidó y de la AN luego de este capítulo de los mercenarios? ¿Seguiremos contando con el mismo respaldo internacional?*

Las dudas continuarán hasta que todo se aclare, pero el daño a la confianza dentro y fuera de Venezuela no se puede ignorar. *No sé si esté dispuesta, pero es mejor que la oposición ataje eso y haga control de daños, explique coherentemente el asunto y trate de que las cosas no se enreden más*. También es importante entender que pareciera que la comunidad internacional no va a renunciar al caso venezolano, que no se siente cómoda con lo que sucedió el 3 de mayo ni con las explicaciones, y que parte de ella presionará para que se normalicen las condiciones de vida y con ellas las políticas.

*Creo que al régimen le interesa brindar esa imagen de normalidad.*

Le interesa lo primero, mas no lo segundo, aunque nunca lo digan.

Dirán que fueron a elecciones parlamentarias y ganaron, con lo que una mayoría de gobiernos dirán *“aquí no hay nada qué hacer, hay que normalizar la situación del país”* y otros, que también hay que normalizar la situación política. No es una comunidad apática de lo que suceda políticamente, pero tiene argumentos sólidos, como que no se puede sacrificar a la gente y extender su sufrimiento para que haya elecciones, por ejemplo.

*La siempre necesaria negociación. Siempre ha apostado por la negociación como mecanismo facilitador de una transición política. ¿Cómo queda esa posibilidad luego del episodio tipo la serie Jack Ryan?*

La negociación no es un tema al que se debe renunciar. Ese escenario sigue allí, lo difícil es determinar bajo qué formas se puede dar.

Normalmente estos procesos tienen dos tipos de dinámicas: una violenta, en la que se termina derrocando al gobierno, expulsándolo, o una intervención militar, la menos común de las transiciones; y las demás formas que tienen un componente de negociación más o menos importante, que muchas veces se dan cuando el gobierno siente que no puede seguirse sosteniendo porque la presión lo desborda o pierde ciertos aliados.

*¿Y usted ve posible un golpe de Estado?*

No, porque hoy las fuerzas armadas son mucho más pequeñas y menos capaces, no son piramidales, y cualquier decisión que tomen debe ser coordinada con muchos otros actores armados menos institucionales que en varios casos responden únicamente al gobierno. El régimen es un sistema, no una persona, que ha generado sus balances y contrapesos como en las democracias. Se ha venido montando por años, con la experiencia principalmente de Cuba.

*Así que solo quedaría la vía de la negociación.*

Sí. Estar dispuesto a negociar, siempre y cuando la otra parte está dispuesta a una negociación cierta. Debe haber señales claras del otro lado, pero nunca cerrar las puertas. ¿Por qué unos a veces se aventuran a cerrarlas? Porque creen que la comunidad internacional es la que les va a resolver el problema. Te cruzas de brazos a esperar a los marines. Pero cuando te asomas al frente de tu casa y ves que no llegan tienes dos opciones: o haces algo o sigues esperando a que lleguen. Esas son soluciones que no están en tus manos como oposición.

Ni siquiera la solución militar local está en tus manos, porque al final tú no controlas esa fuerza.

Pero mientras, tienes que hacer algo, como abrir las posibilidades de una negociación, plantear esquemas de acuerdos que el gobierno puede rechazar al principio pero luego aceptar. Generar condiciones para hacer más atractiva la negociación que mantenerse en el poder por la fuerza, de manera que estos casos terminan casi siempre de manera irremediable en una negociación.

*Lo cierto es que el régimen de Maduro, con sanciones o no, sigue respirando gracias a sus aliados internacionales y negocios ilegales. ¿Su voluntad de negociación depende directamente de esas válvulas de oxígeno?*

En buena medida, sí. En la medida en la que el gobierno crea que no puede mantenerse tendrá mayor disposición a negociar. Mientras sientan que no tiene nada de qué preocuparse del lado de la oposición, los incentivos para negociar desaparecen. Es un tema de fuerzas relativas: no es cuán fuerte soy yo, sino cuán fuerte soy respecto al otro. Como cualquier pelea: yo puedo ser muy fuerte, pero la decisión de si confronto o no a quien se mete conmigo depende de qué tan fuerte o débil vea a mi rival respecto a mí.

*En ese escenario, tenemos una oposición que no parece representar una amenaza al acosador del colegio.*

Creo que la oposición jugó a decirle a los que le hacen bullying en el colegio que iba a traer a su hermano mayor, pero este no se metió en la pelea porque era mayor de edad y todo el mundo lo criticaría, así que se limitó a presentarse en el colegio y decir que si se metían con su hermanito él se iba a meter, pero no pasó de la reja. Entonces los acosadores le sacaron la lengua al hermano mayor, lo retaron a que entrara, y cuando se fue, por supuesto fue peor la pela para el hermanito menor. Fue un error depender tanto de lo externo, cuando lo que uno aprende al estudiar estos procesos es que una característica casi omnipresente en las transiciones es el empoderamiento de la sociedad.

*“Power to the people”*

Alarcón desmenuza varios casos. El Muro de Berlín era parte de un conflicto geopolítico, pero *“se cayó el día que los alemanes lo tumbaron. No lo tumbaron los marines, ni el gobierno se trajo un tractor. Hubo un momento en que la gente sintió que nadie se iba a meter y lo tiró abajo. Cuando no empoderas a la gente, el riesgo que corres es que te quedes solo, porque la gente no te acompaña y eso afecta tu correlación de fuerzas”*, explica el profesor.

Del caso chileno rescata que, entre otros factores, la clave fue convencer a la gente de que si se atrevían todos a tomar en serio el desafío del referendo de 1989, podrían sacar a Pinochet del poder. Y lo lograron. *“Pero ves el caso de Cuba, que tuvo un embargo, toda la presión del mundo, se les cayó la URSS, quedaron prácticamente huérfanos, no tenían dinero, hubo una situación humanitaria terrible, pero la gente sentía que no tenían ninguna posibilidad de cambiar la situación. Incluso veían como ingenuos a aquellos que trataban de hacer algo. En Cuba la gente se desmovilizó por completo, y poco importaba la presión internacional o el hambre. Cada quien luchó por su propia sobrevivencia, unos lograron adaptarse y otros se fueron del país”.*

*¿Cómo puede remendar el capote la oposición en este momento?*

Lo primero es plantar cara y asumir responsabilidad. Hablar con la verdad si quieres que la gente te crea.* Con todos estos dimes y diretes no puedes arriesgarte a decir algo que no sea cierto porque al final se va a saber.

Lo segundo es reconstruir la alianza en la medida en la que se pueda*, atendiendo a criterios como mecanismos de funcionamiento, de discusión, consulta y toma de decisiones, cómo participan instancias distintas de los partidos políticos y cómo involucrar a la ciudadanía. Ninguna fuerza política en lo interno puede hacer el cambio sola.

Lo tercero es reconstruir la confianza con la comunidad internacional, desde la humildad, reconociendo los errores y con intención de hacer las cosas de otro modo*. Si no, lo más probable es que la mayoría de esa comunidad internacional apueste por un *“salvemos a los venezolanos del hambre, y que los políticos vean cómo se salvan porque yo no me voy a meter ahí”.* Hay gobiernos que ya comparan el caso de Venezuela con la independencia de Timor Oriental de Indonesia, donde la ONU debió ayudar a construir una institucionalidad capaz de organizar unas elecciones antes de poder salirse de ese territorio.

*¿Cómo perfila políticamente al país a final de año?*

No veo ninguna posibilidad real de que ocurra una transición en lo que queda de año.*
La oposición tiene la obligación de jugar más a su sobrevivencia que a una posición ofensiva. La presión internacional por un cambio político la veremos moderarse posiblemente a partir de mediados de año, porque su principal actor, el gobierno de Trump, se concentrará en su elección entre julio y agosto.
Otros países se preocuparán más por lo humanitario, donde pueden tener mayor impacto.
Seguimos en un estancamiento que favorece al gobierno, a menos que pierda el control de la situación social y tenga que aumentar significativamente los niveles de represión, lo que puede llevar al componente militar a decidir que no se puede mantener el status quo por la fuerza y que ellos serán los garantes del orden mientras se llega a un acuerdo. Pero si no se da eso lo que veremos es esto mismo, con sus picos de conflictividad social local y agravamiento de la pandemia. Y no dudo de que la intención del gobierno es utilizar esta tragedia a su favor. La junta militar de Birmania salió fortalecida del tsunami de 2004, por ejemplo.

¿Negociación, el único camino para Venezuela? por Pedro Eduardo Leal – Venepress – 20 de Mayo 2020

Jesús Seguias sostiene que la agudización de la crisis puede servir para convencer al chavismo que es beneficioso para ellos dialogar

¿Negociación, el único camino para Venezuela?

Dos años han pasado desde que Nicolás Maduro se reelegió en el poder en unas cuestionadas elecciones que dio paso a un gobierno paralelo, luego de que se le señalara al chavismo de usurpar el poder. Tras este tiempo, en el país se ha agudizado la crisis económica, social y política, por lo que hoy mientras un grupo exige la renuncia inmediata de Maduro del poder, otros apuestan a diálogos y negociaciones que permitan establecer una ruta clara de la reinstitucionalización del país. 

En este último grupo figura Jesús Seguias, consultor político y  presidente de la firma DatinCorp, quien sostiene que la agudización de la crisis nacional puede servir como una oportundiad para convencer a la administración de Nicolás Maduro que es más beneficioso para ellos negociar una salida ganar-ganar que enfrentar solos esa mega crisis.

“Salen ganando más negociando que quedándose en el poder. Hay que convencerlos con hechos”, puntualiza el experto.

Seguias, quien alerta que la naturaleza terca del oficialismo podría abalandarse con la díficil coyuntura que atraviesa el país, advierte que debe abonarse desde ya el terreno de la negociación para cuando esto se suscite. Lamenta que hoy nadie esté haciendo “la tarea”.

“El sufrimiento del pueblo no logra automáticamente rebeliones contra un gobierno comunista. En China murieron de hambre más de 30 millones de chinos y no pasó nada. En la Unión Soviética murieron más de 10 millones y no pasó nada. En Cuba y Corea del Norte tampoco ha pasado nada”, agregó el especialista en gerencia de crisis.

 

Tras puntualizar que ya no hay otro camino para el país distinto a la negociación, Seguias detalló que “las emociones están impidiendo que se concreten las decisiones correctas”.

La estrategia de la oposición por Fernando Ochoa Antich – El Nacional – 17 de Mayo 2020

download

La renuncia de los señores J. J. Rendón y Sergio Vergara, jefe y miembro respectivamente de la Comisión de Estrategia del equipo asesor del presidente Juan Guaidó, como consecuencia del fracaso de la Operación Gedeón, demostró que esta se planificó y realizó sin su autorización y mucho menos con el respaldo de Estados Unidos, cuyo Departamento de Estado había formulado recientemente una nueva propuesta de negociación para resolver la crisis venezolana. Este fracaso obliga a la oposición democrática a iniciar un amplio debate que permita definir la actual situación política de Venezuela y establecer una nueva estrategia, en concordancia con el gran apoyo internacional que mantiene, para enfrentar al régimen madurista. El primer aspecto que se debe dilucidar en ese debate es si realmente es posible mantener los objetivos establecidos por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, al juramentarse como presidente encargado de la República ante la ilegitimidad de Nicolás Maduro: “Cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”.

Ante la decisión de Maduro de mantenerse en el poder a cualquier costo, el logro del primer objetivo, “cese de la usurpación”, exige necesariamente del uso de la fuerza. En este sentido es evidente que la oposición venezolana carece absolutamente de un instrumento coercitivo que le permita imponer su voluntad. Se requiere para ello de una estructura aliada, capaz de apoyar a la oposición en el logro de ese objetivo. Sin embargo, sabemos que la Fuerza Armada Nacional, única organización en el ámbito interno con capacidad para materializar ese cometido, ha dado repetidas demostraciones de no querer hacerlo. La otra alternativa, es decir, una intervención militar multilateral, no está planteada, al menos en el futuro inmediato. Esta apreciación se desprende de las últimas declaraciones de altos personeros de los gobiernos de países democráticos que abogan por un cambio político en Venezuela a través de una negociación entre gobierno y oposición. En consecuencia, hay que concluir que el logro del primer objetivo, en estas circunstancias, es irrealizable.

Ante esta situación, el secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, presentó, el pasado 31 de marzo, un plan denominado Marco Democrático para Venezuela y expresó a través de un comunicado que: “Una rápida transición negociada a la democracia es la ruta más efectiva para resolver la grave crisis política venezolana”. Los aspectos más importantes de ese plan son: constituir un Consejo de Estado de cinco miembros electos por las 2/3 partes de la Asamblea Nacional, con un presidente seleccionado entre y por esos mismos cinco miembros; retirarse Nicolás Maduro y Juan Guaidó de la Presidencia de la República; preservar los dos la opción de ser candidatos en las elecciones presidenciales; restablecer todos los poderes y autoridades de la Asamblea Nacional; elegir, por ese órgano legislativo, al Consejo Nacional Electoral y al Tribunal Supremo de Justicia; convocar a elecciones, con amplia observación internacional durante todo el proceso comicial; levantar las restricciones a individuos y partidos políticos para permitir su libre participación en dichas elecciones.

Naturalmente, Nicolás Maduro rechazó dicho plan, pero Mike Pompeo, al hacerlo público, dio a entender que su aplicación era condición sine qua non para la suspensión de las sanciones impuestas por Estados Unidos. Este es un aspecto de suma importancia. Venezuela, al terminar el largo encierro de más de noventa días se encontrará en una situación de tal gravedad, en todos los órdenes de la vida nacional, que será imposible para el régimen madurista enfrentarla con posibilidades de éxito. Estoy convencido de que la violencia, en tan complejas circunstancias, será incontrolable. Nicolás Maduro vivió la tragedia del 27 de febrero de 1989, el estallido social en Caracas, durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Todos conocemos sus dolorosos resultados. Además, hay que resaltar que la situación de aquel año no es en nada comparable con la actual. Los venezolanos sabemos de la ingente cantidad de armas de fuego de todo tipo y calibre que están en manos de bandas armadas en las barriadas de nuestras grandes ciudades y de la violencia que pueden generar. Los recientes enfrentamientos ocurridos en Petare así lo demuestran.

Nicolás Maduro y su gobierno no están capacitados y carecen de voluntad para resolver la tragedia que han generado. Además, su total falta de legitimidad es un serio obstáculo para el ejercicio del poder. Es momento de reflexionar y negociar. Mis lectores me conocen. Soy comedido para opinar, pero no puedo callar ante la gravedad de lo que observo. El plan propuesto por Pompeo es muy amplio y sorprendentemente favorable tanto para el madurismo como para la oposición. Es imprescindible constituir un gobierno de transición que convoque a unas elecciones nacionales, libres y trasparentes, a la brevedad posible, para poder contar con un Poder Ejecutivo legítimo capaz de presentarse ante el mundo con un rostro diferente que le permita superar la crisis que nos azota, reinstaurar el Estado de Derecho y retomar un camino de progreso en un clima de paz y libertad. Señor Maduro, su responsabilidad ante esta tragedia es inexcusable. Si usted continúa negando esa posibilidad, solo para satisfacer su ego personal y su desmedida ambición de poder, estará cometiendo un crimen. El pueblo venezolano no lo merece. Usted debería pensar en Venezuela y en la historia.

Venezuela, ¿negociar o no negociar? por Joaquin Villalobos – El País -7 de Mayo 2020

Las negociaciones han fracasado porque suponen que es un conflicto entre venezolanos cuando, en realidad, se trata de un país intervenido por Cuba

Nicolás Maduro, este miércoles durante una videoconferencia con diplomáticos y periodistas.
Nicolás Maduro, este miércoles durante una videoconferencia con diplomáticos y periodistas.PRENSA MIRAFLORES / EFE

En febrero de 1985, durante la guerra civil en El Salvador, una tregua permitió que cientos de miles de niños pudieran ser vacunados. En octubre de 1986 un terremoto dejó más de 2000 muertos y 200.000 damnificados y los guerrilleros decretamos un cese de fuego para que el gobierno pudiera concentrarse en rescatar víctimas. En El Salvador la guerra dejó 80.000 muertos que incluyeron dirigentes políticos, sacerdotes, monjas, empresarios, ministros, mandos militares, jefes guerrilleros, miles de civiles y combatientes de ambos bandos y numerosas masacres. A pesar de los muertos, las atrocidades y los agravios, hubo gestos humanitarios y políticos y dos años de negociaciones que transformaron y pacificaron el país. La negociación no es un camino alternativo a la guerra, sino un instrumento de esta. Ese camino jamás debe cerrarse porque se puede negociar bajo las balas o incluso desde la prisión como Mandela.

Hubo negociaciones entre Vietnam y Estados Unidos; en Sudáfrica, a pesar del apartheid; en el complejo conflicto de Irlanda del Norte y en Guatemala, donde hubo un genocidio. Las hay ahora en Afganistán entre Estados Unidos y los talibanes, a pesar del 11 de septiembre; y en Birmania donde hay un genocidio. Donald Trump se reunió a negociar con Kim Jong-un; el Gobierno de Colombia negoció con las FARC a pesar del terrorismo y el narcotráfico y, recientemente, se firmó un acuerdo de paz en Mozambique donde, en 15 años, hubo un millón de muertos. Estos casos bastan para preguntarse ¿por qué razón, después de tantos años con un conflicto en Venezuela, que no es guerra, no ha habido una solución negociada, mientras, en casos más graves y complejos, esta ha sido posible?

Todos los conflictos involucran intereses regionales y globales; así fue en Centroamérica, Sudáfrica, Colombia, Mozambique, etc. Sin considerar el contexto internacional, la solución doméstica es imposible. Las negociaciones en Venezuela han fracasado porque suponen que es un conflicto entre venezolanos cuando, en realidad, se trata de un país intervenido por Cuba. En el 2016 y 2018 Maduro pudo negociar unas elecciones en las que su partido hubiese salido bien, pero esto no convenía a Cuba. Erradamente se enfatizan los intereses de China y Rusia, pero el apoyo de estos gobiernos a Maduro se ha reducido significativamente y si la democracia retornara a Venezuela sus intereses no se verían afectados. Los regímenes de Cuba y Venezuela son mutuamente dependientes. Sin Maduro el régimen cubano termina y sin el apoyo cubano Maduro termina. Cuba controla apoyos en la ONU y el Caribe y es la autoridad sobre las FARC, el ELN, el Foro de Sao Paulo y toda la extrema izquierda. El castrismo tiene larga experiencia sobre cómo conservar el poder en condiciones extremas. Sus servicios de inteligencia han desmantelado decenas de conspiraciones dentro de las Fuerzas Armadas Bolivarianas contra Maduro.

La intervención cubana en Venezuela se construyó durante años, asegurándose la extracción de petróleo y dólares, diseñando políticas sociales, organizando la inteligencia, redefiniendo la doctrina de las Fuerzas Armadas, entrenando a miles de profesionales civiles, militares, policías y militantes partidarios. En El Salvador la comunidad internacional aceptaba, sin discutir, que el país estaba intervenido por Estados Unidos y solo había cien asesores. Raúl Castro reconoció en abril del 2019 que había 20.000 cubanos apoyando a Maduro. Casi la mitad de los que enviaron a la guerra de Angola. Sin embargo, los gobiernos europeos y latinoamericanos no toman en serio el control cubano sobre Venezuela. La guerra psicológica de Donald Trump ha sido la excusa para no aceptar la realidad y también el miedo a que la extrema izquierda procubana genere violencia como lo hizo recientemente en Chile, Ecuador y Colombia. En privado, todos reconocen que en Venezuela el castrismo se juega la vida, pero solo Estados Unidos presiona a Cuba. Ni siquiera la propia oposición venezolana asume la liberación de su país como una bandera central.

Rusia sostuvo a Bachar el-Asad a sangre y fuego sin importarle la destrucción de Siria porque esta es su principal frontera geopolítica en Medio Oriente. Europa y Estados Unidos fueron derrotados y millones de refugiados sirios se convirtieron en un problema europeo. En América, Venezuela es para Cuba lo que Siria es para Rusia. No es casual que Siria y Venezuela sean las crisis migratorias más grandes del mundo. Al castrismo, mientras pueda obtener petróleo, no le importa el desastre humanitario, ni la emigración de millones de venezolanos y las consecuencias que esto tiene para Colombia, Perú, Ecuador y todo el continente. Los cubanos son el poder real en Venezuela y sin señalar su responsabilidad, sin presionarlos, sin exigirles su retirada y sin sentarlos en la mesa no es posible una negociación. La solución es que Cuba transite a la democracia y al capitalismo de una vez por todas.

Comparado con conflictos realmente cruentos en Venezuela la violencia verbal es más extrema y esto afecta una posible negociación. Un empresario nicaragüense preguntó a un dirigente sandinista por qué Chávez insultaba tanto, la respuesta fue: “es que en Venezuela no ha habido 50.000 muertos”. La violencia verbal, sin haber una guerra, debilita el pragmatismo. La negociación es traición para algunos opositores y propaganda para el gobierno. El dilema no es negociar o no, sino qué, cómo y con qué garantías internacionales. Los guerrilleros salvadoreños empezamos negociando con un Gobierno apoyado por Estados Unidos que nos pedía la rendición. Dos años después estábamos reformando la Constitución, disolviendo las policías y creando una nueva, depurando a jefes militares de alto rango y dando independencia al poder judicial. En un conflicto negociar no es rendirse sino luchar en otro terreno que demanda paciencia, persistencia y pragmatismo. Las negociaciones no son entre amigos, sino entre enemigos que no se reconocen ni política ni moralmente, por lo tanto, no parten de la confianza, sino de la desconfianza. La presión, la debilidad y el aislamiento del contrario son oportunidad para negociar y no momento para esperar su final.

La negociación en Venezuela es para recuperar la democracia no para limitarla, porque solo esta puede salvar a Venezuela de la destrucción que padece y de la catástrofe mayor que generará la covid-19. Frente a esto seguramente muchos chavistas y militares deben estar convencidos de que es urgente regresar a la democracia. El consenso internacional sobre esto es abrumador, incluso a Rusia y China les conviene. Pero Cuba no quiere una negociación, el chavismo teme a una negociación. Estados Unidos está negociando con mensajes públicos y la oposición no está unida en este tema. Algunos opositores creen que el Gobierno puede caerse solo, otros consideran que la solución es una intervención militar que podría ocurrir, pero que no depende de ellos y los más desesperados piensan que contratando un Rambo pueden salir de Maduro.

Las crisis económicas hacen perder elecciones a gobiernos democráticos, pero las dictaduras no caen por desajustes macroeconómicos. Zimbabue, con 40 años de dictadura, es un Estado fallido con el 80% de sus habitantes viviendo con dos dólares diarios y Cuba lleva 60 años con una economía parásita en bancarrota. Toda crisis es una oportunidad y en un conflicto los gestos son una obligación ética y una necesidad política. Ambas cosas son parte de la batalla por la legitimidad moral. El verdadero reto que tiene la oposición venezolana es cómo ser oposición frente a una dictadura en el momento que un virus amenaza la vida y la supervivencia económica de los venezolanos y de todos los habitantes del planeta.

Joaquín Villalobos fue guerrillero en El Salvador y asesor del Gobierno colombiano en el proceso de paz con las FARC.

A %d blogueros les gusta esto: