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Responsabilidad por Gustavo Roosen – El Nacional – 3 de Diciembre 2019

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La generalización del caos, la aceptación casi resignada de un estado de cosas inaceptable, la falta de acción -y también la de reacción-, el imperio de la impunidad, el todo da igual, aplicado especialmente a los intereses colectivos, hacen pensar en el contagio de una actitud desmoralizante solo explicable por el deterioro de un valor fundamental: el de la responsabilidad.

La vida social no sería concebible sin responsabilidad: con uno mismo, con la familia, el equipo, el grupo, la sociedad en su conjunto. Ser responsable, se ha dicho, es medir las consecuencias de los actos y asumirlas, cumplir con los propios deberes y compromisos, respetar el principio según el cual no hay derechos sin obligaciones. Nada menos parecido a esto que la tendencia perniciosa a dejar hacer y dejar de hacer, a evadir la toma de decisiones o hacerlo sin medir las consecuencias, a incumplir los compromisos, mirar hacia otro lado, diluir la propia responsabilidad en la colectiva.

Visto desde la condición del dirigente, tampoco se compadecen con el sentido de responsabilidad la irreflexión, la inacción por el temor a las consecuencias, el acomodo para no hacer lo que se debe, la toma de decisiones o su abandono en atención a la conveniencia personal o al interés momentáneo, la postura fácil que apela a que lo arregle el que viene detrás. No es menor la irresponsabilidad de quien promete lo imposible, la del dirigente sin voz ni criterio propio, atento más a la popularidad que al verdadero beneficio colectivo, esclavo de la presión y de los intereses. Tampoco la de los falsos líderes que apuestan a la protesta por la protesta, incluso cuando no se tienen claros los objetivos, como no sea la creación del caos mismo.

Solo a modo de ejemplo puede uno preguntarse cuánta irresponsabilidad entrañan medidas alentadas o permitidas por quienes desde el poder tienen la obligación de procurar el bien colectivo y que, sin embargo, solo contribuyen al caos y a la destrucción. ¿No es un gesto de irresponsabilidad, para citar solo un caso, dejar correr –por conveniencia, no por convicción- una dolarización de facto que agrava la situación de las mayorías, sin acceso a la divisa americana, y hacerlo sin atender las causas profundas de la inflación, de la pérdida de valor de la moneda, de la paralización de la economía, del crecimiento desmedido de la deuda? ¿No refleja la irresponsabilidad oficial el estado de una economía que, dicho también solo a modo de ejemplo, si antes exportaba petróleo hoy exporta chatarra y si antes exportaba arroz de primera calidad hoy importa arroz con cáscara?

La deformación que desvincula los derechos de las obligaciones ha venido alimentando actitudes personales y colectivas que socavan el valor de la responsabilidad, que la vuelven acomodaticia o irrelevante, que sirven para el reclamo cuando se trata de la responsabilidad del otro pero en olvido o desconocimiento cuando se trata de la propia. Así se entiende la negativa conducta de quienes atribuyen toda la responsabilidad a la autoridad o a las instituciones o la de quienes negocian descargo de responsabilidades por dependencia. Repartida a conveniencia, la responsabilidad no solo se diluye, sino que su apelación sirve más para evadir la propia que para ejercerla.

No es un descubrimiento señalar que todo estaría mejor si cada quien asumiese su responsabilidad en el espacio y en la magnitud que le corresponde. La del líder es una responsabilidad con la verdad, con el bien colectivo, con los valores y principios, con la condición de guía, con el deber de escuchar, de inspirar, de promover. No haberlo entendido de esta manera explica las deformaciones de un liderazgo ejercido sin la conciencia de esa especial responsabilidad, tanto en la política como en la economía, en el ámbito empresarial como en el de las ideas.

La responsabilidad que reclama la sociedad genera seguridad, confianza, optimismo. Su negación desarrolla, al contrario, la desconfianza, el caos, la impunidad, el sálvese quien pueda y la dependencia.

El cambio de ruta por Carlos Blanco – El Nacional – 6 de Noviembre 2019

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1. Una de las condiciones del ejercicio del liderazgo es la claridad en el mensaje. Las señales contradictorias traducen imprecisión, ausencia de objetivos o simplemente engaños. Esto es lo que acontece con Guaidó a los 10 meses de su juramentación. De aquel joven líder, empinado sobre las dudas de los que tenía al lado y detrás, que asumió como encargado la Presidencia de Venezuela, hoy se observa un dirigente erosionado por las contradicciones.

2. No hay solo una cuestión de carácter o personalidad de Guaidó. Es una cuestión más compleja: él es el centro de todas las demandas y presiones que se ejercen en esta crisis. Lo llaman y aconsejan de todos lados, lo empujan, lo halan y lo estiran, y no hay esquema institucional que recoja o amortigüe las presiones. En esas condiciones, para cualquiera es difícil mantener la cordura; pero, ese y no otro es el camino que él escogió.

3. Guaidó se ha desdicho varias veces: la ayuda humanitaria entra “sí o sí” y después, sin explicar el fracaso, insistió en que la ayuda estaba entrando al país, cuando lo del 23-F y lo que haya podido entrar luego, no es lo mismo. Más adelante, la mamarrachada del 30 de abril que lo tuvo como protagonista principal y que no ha explicado; más adelante el manejo de los bonos; más adelante su posición sobre los manejos irregulares en Cúcuta; de seguidas las negociaciones noruegas a las cuales previamente se había comprometido no realizar.

4. En el camino se ha colado un cambio de la ruta que enunció y que el país entero acompañó. El cese de la usurpación se ha desleído, primero en la forma de dejar colar que no es el régimen del cual hay que salir sino solo de Maduro (lo cual explicaría el extravío del 30 de abril con Padrino López y el Maikel); y por estos días unas elecciones con Maduro en el poder, que poco a poco dejan de ser presidenciales para transformarse en parlamentarias, en el marco de una cohabitación impensable de parte de él hace unos pocos meses.

5. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de opinión; sea porque las condiciones mudan o, porque sin cambiar estas, se adquiere un punto de vista diferente. Lo que un líder no puede hacer es no explicar por qué cambia. Cuando no ocurre, como pasa con Guaidó, la credibilidad se le derrumba. Esto no sería un problema si fuese afectado cualquier otro dirigente que pueda ser sustituido por otro más creíble, pero Guaidó no tiene sustituto como presidente encargado; así pierde fuerza y la maniobra para sustituirlo como presidente de la Asamblea Nacional podría prosperar y… adiós encargaduría.

6. Mientras tanto, la lucha por el TIAR aprobada por la Asamblea Nacional y ejecutada en forma muy precisa y experta por Gustavo Tarre, parece languidecer ante el frenesí electoral que va tomando cuerpo en aquella institución.

7. ¿Se pueden desandar los yerros? Es tarde, pero podría ser posible.

Política sin partidos por Trino Márquez – Blog Polis – 30 de Agosto 2019

Fernando Mires es uno de los intelectuales más respetados que han acompañado a la oposición democrática venezolana durante las dos décadas de lucha contra la hegemonía de Hugo Chávez y su fiduciario, Nicolás Maduro. Siempre polémico y agudo, plantea observaciones críticas cuando lo considera conveniente. Complacer o acomodarse en una zona de confort no es su estilo. Polis, su revista digital, aunque aborda diversos temas y presenta procesos políticos en diferentes regiones del planeta, constituye una referencia obligada para entender lo que sucede en Venezuela.
 
En su trabajo ¿Me permiten un par de objeciones?, Fernando comenta sendos  artículos escritos por Simón García, Barbados con corazón, y por este servidor, Entre el centro político y la firmeza. Si bien coincide en lo fundamental con lo  planteado por Simón y por mí, señala en tono crítico una debilidad que le encuentra a mi artículo. Dice Fernando, “¿Qué hacer si ese líder (se refiere a Guaidó) deja en algún momento de representar los intereses e ideas de la mayoría de sus seguidores? Márquez no da respuesta a esa pregunta: afirma simplemente que hay que apoyar al líder sin cuestionar su política”.
Aunque no creo que Guaidó haya dejado  de “representar los intereses e ideas de la mayoría de sus seguidores”, pues de haber ocurrido tal cosa, se habría desplomado en las encuestas y sus giras por el país serían un fracaso, le concedo la razón a Fernando: no cuestiono  la política adoptada por Guaidó. Sus observaciones me sirven para tratar, dentro de los límites de estos pocos párrafos, el tema que coloca en la agenda. 
Creo que el punto más vulnerable de los dirigentes democráticos en la actualidad, se halla en la inexistencia o fragilidad extrema de los partidos políticos en los que militan. La destrucción de esas organizaciones se convirtió en una meta deliberada del régimen a partir de 1999. Lo primero que hizo Chávez fue cortarles las fuentes de financiamiento público. Ya las campañas electorales no serían costeadas con fondos del Estado, como había sido la tradición durante décadas. Con esta medida las condujo al despeñadero, en la forma de embudo: la oposición no recibiría fondos provenientes del Tesoro, pero el Psuv tendría recursos ilimitados; podría disponer del presupuesto nacional para sufragar todas sus actividades. Asimetría total. 
De allí, Chávez pasó a la demolición de lo que quedaba de AD y Copei. La tarea fue sencilla. Ya Rafael Caldera  y Luis Alfaro Ucero se habían encargado de minar los cimientos de esas dos organizaciones. Luego se pasó a la persecución, encarcelamiento,  inhabilitación, asesinato y expulsión al exilio de los líderes de los principales partidos emergentes. El ensañamiento fue contra Primero Justicia, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo. Toda organización que representara un peligro era acorralada. En la actualidad los partidos políticos son ficciones. De la actividad proselitista  tan intensa que hubo en el pasado, apenas quedan vestigios.
El dato resulta crucial para entender lo que sucede  en la actualidad. La política a partir de la muerte de Juan Vicente Gómez, especialmente luego del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, estuvo asociada a organizaciones con un fuerte sello leninista, aunque su orientación doctrinaria fuese socialdemócrata o socialcristiana. Los partidos tenían una dirección nacional, direcciones regionales y locales, comités de base. En toda la estructura organizativa se debatían los lineamientos principales considerados en la dirección nacional. Cuando era necesario, se convocaban asambleas nacionales o consejos consultivos. La política económica, los planes de gobierno, las políticas sectoriales, eran debatidos por esas agrupaciones. En sus mejores tiempos, los partidos fueron organismos vivos muy dinámicos. 
La enorme complejidad de la sociedad estuvo vinculada, en gran medida, con el ritmo frenético impuesto por los partidos políticos en numerosos planos. Hasta líderes tan recios como Rómulo Betancourt tuvieron que acatar decisiones acordadas por sus partidos, aunque ellos no las compartieran. Al mismísimo Rafael Caldera, Copei le impuso la candidatura de Eduardo Fernández para las elecciones de 1988. El programa de modernización de Carlos Andrés Pérez terminó encallando, y el carismático Presidente al final salió del poder en 1993, porque no logró convencer a su partido, AD, de las bondades de su propuesta.
Ahora, esos partidos son un recuerdo del pasado. La antipolítica y el antipartidismo, junto a los errores cometidos, los pulverizaron. A Guaidó y a los otros dirigentes democráticos  les toca actuar en medio de esta debilidad tan notoria. La Política la diseñan y ejecutan esos dirigentes fuera de cuerpos estructurados. Les da un gran peso a la intuición, a lo que indican las encuestas, a lo que señalan las tendencias en tuiter y en el resto de las redes. La debilidad organizativa les impone severas restricciones.
No pretendo excusar a Guaidó de los errores que comete o pueda cometer. Solo aspiro comprender el contexto en el que se mueve un líder surgido  de forma sorpresiva, que trata de eludir los obstáculos colocados por el régimen y por núcleos recalcitrantes de un sector al que cuesta considerar opositor. La Política tendrá que diseñarla y ejecutarla sin partidos sólidos. Ese es su gran reto.
@trinomarquezc 
 
PS. Escribí este artículo antes de que Juan Guaidó designara a Leopoldo López como una suerte de superministro o ‘primer ministro’. No entiendo. ¿Para qué crear una figura que lo único que va a hacer es obstaculizar aún más las labores de Guaidó, ya de por sí muy complejas?¿Para qué enredar más las cosas?

El liderazgo de Guaidó por Trino Márquez – Noticiero Digital – 7 de Marzo 2019

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Desde que apresaron a Leopoldo López, y las campañas electorales de 2012 y 2013, cuando Henrique Capriles compitió por la presidencia de la República, primero con Hugo Chávez, y luego con Nicolás Maduro, la oposición no había contado con un líder que despertara tanto entusiasmo  popular, podría decirse fervor, como el que levanta Juan Guaidó. Su talante sencillo, sin asomo de vedetismo, ha cautivado  a la gente. Permitió que la esperanza surgiera de nuevo. El año 2018 cerró con un pesimismo que hacía ver el futuro lleno de sombras. Más de 60%  de los venezolanos creían que los primeros seis meses de 2019 serían peores que el segundo semestre de 2018, ya calamitoso. En el segmento de venezolanos comprendidos entre 18 y 45 años de edad, más de la mitad quería marcharse del país. Guaidó logró detener ese sentimiento de derrota y alzó el ánimo de la población. El Presidente encargado transmite consistencia, seriedad y coraje. La gente se ha ido convenciendo de que puede confiar en él. Está alejado de la grandilocuencia de Chávez y Maduro. No se regodea con la retórica vacía. Ha mostrado un claro sentido pragmático.

El parpadeo que tuvo la oposición el 23 de febrero cuando la ayuda humanitaria no logró entrar por Colombia, ni por Brasil, pudo haber conducido a una nueva frustración generalizada. El país y el mundo vieron actuar a un régimen criminal, que se valió de asesinos para masacrar a los voluntarios que se ofrecieron a pasar esa ayuda. Los cuerpos represivos reprimieron a mansalva a los pemones; mató e hirió a numerosos miembros de esa etnia indígena. El cinismo de  Maduro bailando mientras celebraba su trágica victoria, pudo haber desinflado el movimiento nacido en enero. Guaidó y su equipo,  con la audaz y provechosa gira emprendida por los países de Suramérica, lograron sortear el temporal.  El apoyo de los gobiernos amigos y el cálido recibimiento recibido de los venezolanos que emigraron a esas naciones, despejaron las dudas y reafirmaron su liderazgo. El viaje coronó con la sorprendente y emotiva llegada a Venezuela por Maiquetía y el recorrido hasta Las Mercedes.

Juan Guaidó subraya cada vez que tiene la oportunidad los resultados obtenidos por la alternativa democrática en apenas dos meses. Se logró cohesionar a la oposición en torno a una estrategia común, conseguir el respaldo de más de cincuenta países, aislar aún más al desprestigiado gobierno de Maduro, colocar al régimen a la defensiva, movilizar a los ciudadanos, adormecidos por la crisis y la desesperanza, y  levantar de nuevo la fe de los venezolanos en la reconstrucción nacional.

Estas conquistas son evidentes. En la nación se respira otro aire. Pero, el optimismo no  puede conducir a la ingenuidad. Sería un grave error de juicio pensar que será sencillo doblegar a un régimen que recibe la asesoría cubana,  rusa y de otras dictaduras del planeta. Que ha incorporado a elementos del ELN, a núcleos de las  Farc  que no se acogieron al proceso de pacificación, a militantes yihadistas de Hezbolá y a grupos vinculados con la delincuencia y el narcotráfico. Algunos miembros de este conjunto abigarrado parecen estar dispuestos a arrasar con Venezuela, antes de admitir su fracaso y su derrota.

La lucha por recuperar a Venezuela ha sido muy exitosa en muy poco tiempo. La gira sugerida por Europa seguramente se traducirá en mayores respaldos de las naciones democráticas del viejo continente.  Pero nadie puede asegurar cuánto durará este combate. La batalla puede ser larga. Son muchos los aspectos nacionales  internacionales envueltos. Las presiones diplomáticas continuarán, aunque no son suficientes para convencer a Maduro de que debe dejar el camino libre para una salida pacífica. La posible incorporación de un grueso segmento de los empleados públicos subirá la tensión. La soledad de Maduro y su corte será cada vez más patética. El momento de quiebre llegará cuando el Alto Mando le diga: señor Maduro basta de destrucción; abandone el país.   Entonces habrá concluido la usurpación y comenzará formalmente la transición.

En la etapa actual se requiere cohesión plena de los dirigentes políticos y del pueblo en torno de Juan  Guaidó. Los factores más equilibrados de la alternativa democrática deben actuar para aislar y condenar a los irresponsables y envidiosos que no toleran el éxito meteórico del joven Presidente encargado. O que le piden actuar a una velocidad que no se corresponde con el ritmo de los acontecimientos.  Esos orates hablan de  un supuesto acuerdo entre Guaidó y Maduro, para evitar que lo apresaran cuando se presentara en Maiquetía.

A Juan Guaidó hay que protegerlo del régimen madurista y de ciertos personajes que, en nombre de la libertad de opinión, dicen disparates que provocan confusión y daño en momentos en los cuales se requiere  la unidad monolítica de las fuerzas del cambio.  Vamos bien porque vamos juntos.

Los dilemas de la transición venezolana por Michael Penfold – ProDaVinci – 14 de Febrero 2019

Los dilemas de la transición venezolana

 

Ha sido más que suficiente un mes de lucha democrática, signado por la movilización ciudadana y la aparición de un nuevo liderazgo opositor, para enrumbar el país hacia un cambio político, que a estas alturas, si bien continúa siendo muy incierto, luce también irreversible.

El oficialismo difícilmente puede restaurar la posición de dominio en el que se encontraba antes del 10 de enero, cuando estaba dispuesto, no sólo a juramentar a Maduro, a pesar de haberse expirado su legitimidad de origen, sino también a disolver de forma definitiva la constitución nacional.

Este proceso histórico, inédito en los movimientos democráticos del mundo –incluso en el transcurso de nuestra propia historia republicana–, es un esfuerzo político y social, que pudo anclarse sorpresivamente sobre las bases de un liderazgo capaz de crear una amplia alianza constitucional, con apoyo internacional, orientada a promover una transición democrática desde la Asamblea Nacional.

Las transiciones suelen estar signadas por grandes movimientos sociales, por el surgimiento de personalidades que terminan promoviendo aperturas en sistemas completamente cerrados, por presión externa, por quiebres militares; pero rara vez se construyen desde un parlamento. La concertación chilena jamás contó con un congreso para respaldar su esfuerzo por derrotar electoralmente al General Pinochet a través de un plebiscito constitucional. En Túnez y Egipto, la primavera árabe fue resultado del descontento que conllevó a masivas protestas ciudadanas que culminó en una ruptura de la coalición autoritaria. En Brasil, la transición fue un proceso gradual marcado por una crisis interna del sector militar, caracterizada también por una aceleración hiperinflacionaria, que derivó paulatinamente en un nuevo orden democrático. En México, la transición fue resultado de una crisis de legitimidad del partido hegemónico que permitió modificar las reglas electorales, lo cual creó las condiciones para garantizar la alternabilidad. En Argentina, una derrota militar frente a una potencia extranjera, como lo fue la guerra de las Malvinas, produjo posteriormente el colapso definitivo de la dictadura.

Muchos de estos ingredientes tan disimiles convergen en el caso venezolano: nuevos liderazgos, actores militares, violaciones de derechos humanos, hegemonía partidista, simulaciones electorales, denuncia internacional, movilización ciudadana, crisis económica; pero lo que en definitiva la distingue es la resistencia de la única institución que se mantiene en pie frente a la disolución del orden constitucional y la desintegración del funcionamiento del estado de derecho, que no es otra que la Asamblea Nacional.

Existen otros factores que han garantizado la irreversibilidad de este proceso, y vale la pena mencionarlos, pero es fundamental internalizar la importancia de esta diferencia, pues el amplio desconocimiento internacional de Maduro, así como el rápido reconocimiento de Guaidó como presidente encargado por parte del mundo occidental, es una consecuencia directa –no sólo del rechazo moral a un sistema autoritario–, sino por encima de todo de la legitimidad que encarna institucionalmente la Asamblea Nacional. Es precisamente este factor lo que ha permitido apalancar la reyerta por el cese de la usurpación, por tratar de apresurar el inicio de una transición que restaure el orden constitucional, así como el llamado a organizar elecciones libres y transparentes.

De modo que el primer dilema de la transición venezolana se deriva del simple hecho que todos los actores deben aceptar, incluyendo el chavismo y los sectores militares, que cualquier salida de ahora en adelante pasa por esta institución. No es casual que cuando algún factor de poder dentro de la coalición dominante amenaza con disolver la Asamblea Nacional o con detener a su presidente, inmediatamente esa decisión es esquivada por otros grupos que saben que esa jugada podría ser temeraria, precisamente, porque es una imposibilidad, es decir, porque termina siendo un conjunto vacío. No hay amnistía, no hay financiamiento, no hay reconocimiento internacional, no hay remoción de las sanciones, no hay manera de recuperar la industria petrolera y, a fin de cuentas, no hay legitimidad de ninguna alternativa transitoria, que no pase por el tamiz de ese filtro institucional.

¿Por qué el cambio político es irreversible?

A estas alturas el cambio es inevitable. Esto no quiere decir que el resultado cristalice en lo que todos estamos esperando. Tampoco quiere decir que el desenlace sea inmediato. Lo que sí parece evidente, es que el desarrollo de esta historia, con todas sus sorpresas, comienza a tener los efectos de una tormenta. De hecho, algunos síntomas permiten detectar las causas que explican la velocidad con la que se ha acelerado este proceso.

El primer factor tiene que ver con la crisis de liderazgo interno que sufre Maduro dentro del propio chavismo. Maduro subestimó las consecuencias del 10 de enero, pero sobre todo, sobrestimó sus capacidades para lidiar con una nueva realidad política y con el deterioro de la situación socioeconómica del venezolano. El resultado de este error de cálculo fue lo que terminó desmoronando su cuestionado liderazgo, tanto en el plano internacional como incluso en la esfera nacional. Antes del 10 de enero, estaba dispuesto a pagar un costo muy alto mundialmente por terminar de disolver la constitución, pero nunca se imaginó que pagaría también un costo aún más elevado nacionalmente. En su cálculo original, la sociedad venezolana ya estaba subyugada y la oposición estaba completamente derrotada. Sin embargo, las protestas del 23 de Enero, mostraron una sociedad tremendamente aguerrida, que a pesar de la hiperinflación, la migración y las fracturas opositoras, estaba dispuesta a movilizarse pacíficamente y coordinarse nuevamente alrededor de la Asamblea Nacional. Fue en ese inédito contexto, que comenzó a hacerse cada vez más evidente, incluso para toda la coalición dominante, que la crisis de gobernabilidad se había vuelto tan profunda, que la continuidad de Maduro comenzaba a estar seriamente comprometida. Es por ello que algunos factores intuyen que lo único que les queda es resistir; pero el chavismo y esos mismos sectores militares también comienzan a entender que Maduro tampoco puede resolver el problema. Por el contrario, lo profundiza.

El segundo elemento está vinculado con Juan Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional. La sociedad encontró un referente en un nuevo político que es esencialmente joven, moderado, fresco, firme (sin ser intolerante) y comprometido. Guaidó pudo comunicar con efectividad una ruta que la opinión pública entendía que en la práctica era una tarea titánica: cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones competitivas. La repetición de este mantra también le permitió comunicar que no había salidas rápidas sino una lucha por etapas que necesita ineludiblemente de paciencia y compromiso ciudadano. Su extracto popular, sus capacidades de superación profesional y su lenguaje sencillo, comenzó a contrastar con una revolución que repetía viejas fórmulas en un país, que sumido en la depresión económica más profunda de su historia, sin referentes futuros, comenzaba a buscar desesperadamente la posibilidad de materializar un cambio económico y social que el régimen ya no podía ofrecer.

Otro elemento decisivo ha sido la desmovilización del oficialismo. Frente a la amenaza imperial de los Estados Unidos y la posibilidad que la revolución sea políticamente derrotada, la base del chavismo, tanto en la estructura del partido como en los sectores populares, decidió mantenerse al margen. Esto es sin duda sorprendente y revela que esa misma base no está dispuesta a inmolarse. La razón es más que evidente: el votante chavista quiere lo mismo que el votante opositor: pan, tierra y trabajo. La vieja fórmula de Rómulo Betancourt. Todos desean frenar la hiperinflación, reunificar la familia venezolana, retomar el crecimiento económico y contar con servicios públicos que funcionen. El llamado a inmolarse por la revolución, pero muy especialmente por Maduro, sin tener una contraparte económicamente funcional –que vaya más allá de la instrumentalización clientelar de los apoyos que reciben a través de los Clap y el carnet de la patria– pasa a ser muy poco atractivo. La represión en los barrios frente a ese descontento social muestra una gran desesperación. Este hecho ha exacerbado aún más la impresión en los sectores populares de que la élite que ostenta el poder se ha quedado desfasada y que es cada vez menos representativa.

Finalmente, el asunto venezolano ha adquirido unas dimensiones internacionales que desborda todo cálculo. El problema ya es más grande que el país. En la medida en que la crisis se va acentuando, algunos países como Estados Unidos, Canadá, Colombia, Brasil o Argentina se van a involucrar aún más precisamente porque las consecuencias regionales del conflicto político venezolano, entre ellas, el tema migratorio, continuarán aumentando. Lo mismo ocurrirá con Europa. Quienes piensan que con el tiempo, aún si los factores de poder resisten, la intensidad del compromiso internacional va a amainar, se equivocan: lo más probable es que se haga mucho más intenso. En especial, el tema humanitario irá creciendo en importancia.

Al mismo tiempo, países claves como Rusia y China, no han mostrado los niveles de compromisos esperados. China continúa apoyando políticamente pero también se muestra mucho más pragmática y más dispuesta a favorecer la protección de sus intereses comerciales y financieros. En estos momentos, China quiere reducir su exposición reputacional en América Latina a los embates del triste caso venezolano, debido a que sus inversiones y sus líneas de créditos son más importantes y prometedoras en países como Brasil, Argentina, Perú, Ecuador o Panamá. Para China, América Latina comienza a tener un mayor valor estratégico que una visión exclusivamente acotada a la Revolución Bolivariana, por lo que Beijing no quiere ser percibido como un defensor incondicional de Miraflores. Es por ello que el gigante asiático se muestra abierto a una posible transición siempre y cuando involucre alguna negociación.

En cambio, Rusia sí pareciera tener una mayor disposición geopolítica a involucrarse en el conflicto venezolano; pero también ha mostrado que prefiere una resolución pacífica (lo cual supone alguna concesión) porque desea igualmente proteger sus intereses comerciales en temas de seguridad y defensa así como sus inversiones en el sector petrolero y gasífero. Incluso, aliados como Uruguay comienzan a aceptar tímidamente que mantener la situación actual es insostenible y que una salida a través de elecciones libres es conveniente. Los únicos aliados que se mantienen interesados en mantener el status-quo, por razones existenciales, son Bolivia, Cuba y Nicaragua. En términos generales, en el plano internacional todos los actores, e incluso algunas de las naciones más cercanas a la revolución, aceptan que Venezuela necesita un cambio y lo único que los divide es la forma de impulsarlo.

¿Por qué no se materializa la transición?

Si el cambio es inevitable, ¿por qué no termina de ocurrir? La razón que muchos aducen es el factor militar. Yo agregaría que la oferta actual de transición es insuficiente para todos los grupos relevantes, entre ellos los altos mandos militares, que todavía controlan “de facto” los hilos del poder. Por lo tanto, el segundo dilema de la transición es el siguiente: todos los actores, salvo el círculo más íntimo de la coalición dominante, saben que están mejor lanzándose a la piscina de la transición, pero una vez adentro, algunos temen que puedan terminar ahogados. Tanto para los militares como para los chavistas, y probablemente también para algunos actores minoritarios dentro de la oposición, la transición pudiese llegar a generar demasiada incertidumbre.

¿Dónde van a quedar una vez que se levante el velo del cambio político? En este sentido, el problema central que en estos momentos detiene la transición es la dificultad de resolver un problema de coordinación gigantesco –que si bien ha sido superado contra todo pronóstico en el seno de la oposición– todavía no ha sido resuelto ni dentro del mundo castrense (en parte debido al factor disuasivo de la inteligencia militar) y mucho menos dentro de la esfera del chavismo (precisamente porque hasta ahora Maduro ha logrado bloquear cualquier liderazgo emergente, pero también porque tienen mucha desconfianza hacia la oposición). Esta es la única fortaleza que le queda al régimen: taponear cualquier intento por remover ese problema de coordinación de unos actores, que así digan que son leales, anticipan que cualquier modificación del escenario actual podría ser mucho mejor para todos ellos.

El principal trabajo de la oposición, y en especial de la Asamblea Nacional, es ayudar a resolver este asunto. ¿Cómo hacer para que la promesa de futuro sea menos incierta que el presente, tanto para ganadores como perdedores? La única manera de reducir a todos estos actores los costos de coordinación es creando mayor certidumbre. Y la única forma de hacerlo es prometiendo –de forma creíble– que indistintamente de los resultados de unas elecciones competitivas, todos van a tener garantías plenas aún si pierden el control del poder.

En el caso de los militares, la amnistía es un instrumento en la dirección correcta pero hace falta mucho más que eso. A estos hay que hablarles no sólo de amnistía sino también de una oferta que establezca claramente su papel en el proceso de reconstrucción del país. Los militares deben poder anticipar que la transformación del sistema político va a permitirles asegurar una mayor profesionalización e institucionalización de las Fuerzas Armadas. Asimismo, deben tener garantías de que si bien deben regresar a funciones de seguridad y defensa, y que es necesario delegar el control de las industrias básicas a una gerencia capacitada y especializada, con una mayor participación del sector privado –aún cuando ello implique abandonar el acceso a rentas tanto en el sector petrolero como minero–, van a poder contar con los recursos fiscales necesarios para cumplir cada vez mejor con su función constitucional. La amnistía les habla a los altos rangos, pero a los rangos medios y bajos los mueve este otro tipo de compromisos.

En el caso del chavismo la oferta debe ser política. Si el chavismo llegase aceptar la transición como algo inevitable, lo cual supone aceptar la salida de Maduro del poder, inmediatamente debe aceptar que puede llegar a perder elecciones perfectamente competitivas. Una vez que aceptan esta realidad el problema deja de ser las elecciones y pasa a ser el asunto de las garantías: ¿cómo asegurarse de que no van a ser perseguidos y cómo se aseguran también de que electoralmente van a poder regresar al gobierno? Los esquemas de justicia transicional buscan resolver la primera parte del problema y deberían ser adoptados junto con los esquemas de amnistía para mitigar estos riesgos.

La segunda parte del problema tiene que ver con temas institucionales de fondo, propios de un sistema hiperpresidencialista que construyó el chavismo y que terminó destruyendo el funcionamiento de la democracia. Aunque muchos insisten en que el tema central de la transición es la realización de elecciones competitivas, el asunto neurálgico de la reinstitucionalización del país pasa igualmente por acotar los beneficios de ejercer el poder y disminuir los costos de estar en la oposición. Estos cambios requieren de la renovación de todos los poderes públicos; sin embargo, también pasan por reformas puntuales pero sustantivas en el arreglo constitucional. Parte de la razón de que el chavismo no quiera aceptar perder el poder e ir a la oposición, se debe a que saben que en Venezuela perder la presidencia es colocarse en una posición extremadamente vulnerable y que las mieles de ejercerlo en una nación petrolera son muy altos.

¿Cómo revertir estos incentivos? ¿Cómo aprovechar la transición para obtener más democracia pero también más estabilidad política, alternabilidad y transparencia? Una vez que los mismos chavistas acepten que no hay forma de revertir el cambio, ellos pedirán las mismas reformas que la oposición tiene lustros solicitando y aceptarán la liberación de los presos políticos. Todos los actores comenzarán a demandar reformas constitucionales que permitan recortar la extensión del periodo presidencial, limitar la reelección indefinida, incorporar la segunda vuelta, introducir el financiamiento público a la actividad partidista, garantizar la proporcionalidad del sistema electoral y aumentar la dificultad para cambiar arbitrariamente las reglas de juego del sistema político.

Sin estos acuerdos, sin estas reformas constitucionales, el país no va a quedar curado de lo que implicó, durante estas últimas dos décadas, delegar el poder en una figura presidencial dentro de un petroestado; que en el papel, pero también en la práctica, tiene muchos poderes y muy pocos controles. Con estas transformaciones institucionales, perder una elección en Venezuela dejará de ser una tragedia y ejercer el poder también dejará de ser un reinado.

Sobre el factor tiempo

Una de las variables determinantes sobre el futuro próximo del país es la dimensión temporal de la crisis. La apuesta de Maduro es que cada día que gana es un triunfo. La apuesta de la oposición es que cada día que transcurre, con la profundización del colapso, habrá un mayor involucramiento de la comunidad internacional a través de la ayuda humanitaria. Pero lo cierto es que el efecto político del tiempo es indeterminado, por más que los distintos actores intenten imputarle alguna direccionalidad. Lo único que es posible proyectar es que el país socialmente, en la medida que pasen las semanas, se va a encontrar con una crisis económica aún más profunda y con una ciudadanía cada vez más desesperada por encontrar una salida. Podemos anticipar a ciencia cierta, dado el dramatismo de la crisis de gobernabilidad que vivimos, que la hiperinflación seguirá acelerándose, la producción petrolera se terminará de desplomar y la crisis migratoria volverá a escalar. En pocos meses, la inflación intermensual superará el 300 por ciento, la producción de crudos podría caer a 600 mil barriles diarios y la crisis migratoria podría terminar de desbordar la frontera. Maduro argumentará que la culpa la tienen las sanciones petroleras. Y la oposición dirá que es porque continúa la usurpación.

Sin embargo, las creencias de cada uno de los actores sobre el efecto del paso del tiempo los puede llevar a cometer algún error de cálculo. El régimen ya ha cometido varios en los últimos meses y está por cometer otro: en la medida en que pasen los días y la situación se continúe deteriorando, la comunidad internacional no va a dejar de aumentar su presión, sino que más bien va a redoblar sus esfuerzos por terminar de provocar un desenlace. El efecto regional de la crisis venezolana es demasiado alto como para tolerar su profundización. Es miope asumir que la respuesta internacional es todo un bluff y que solo tienen como alternativa una invasión, que todavía luce improbable y que quizás nunca ocurra. Algo debería quedar claro después de tantas contundentes respuestas diplomáticas: la comunidad internacional puede buscar salidas honorables pero difícilmente puede, después de todo lo que ha ocurrido, justificar esquemas igualmente honorables para que se queden como si nada hubiese pasado. Eso resulta poco factible. Por lo tanto, quedarse implica estar dispuestos a transformar a Venezuela en Siria o Zimbabue. Pero la diferencia es que el vecindario importa: Venezuela no queda en el Medio Oriente ni en África. América Latina es la región más democrática del mundo en desarrollo. La otra alternativa es Cuba: pero la revolución castrista se consolidó en el contexto de la guerra fría.

Asimismo, en la medida en que transcurre el tiempo, precisamente porque el descontento social se hace cada vez más dramático, aquellos actores claves que, en el plano doméstico aún sostienen el status-quo, tendrán una mayor probabilidad de resolver sus problemas de coordinación y por ello de rebelarse. De modo que optar por resistir, como lo está haciendo Maduro, más bien puede terminar de precipitar algunas posiciones, no sólo internacional, sino también nacionalmente.

La coalición democrática podría incurrir en un error de cálculo diferente: confundir el reconocimiento internacional con la capacidad para gobernar. Hasta ahora, la Asamblea Nacional no ha cometido este tipo de error pero podría estar tentada en un futuro próximo. Para gobernar es necesario tener una fórmula política ya acordada para conducir la transición y no solo contar con una base jurídica que permita adoptar cierto tipo de decisiones. Tan sólo cuando la modalidad de la transición esté debidamente pactada con todos los factores relevantes, será posible entrar a resolver asuntos medulares de gobierno. Y es precisamente en este punto en donde todavía hace falta afinar la estrategia: la magia del cambio está precisamente en terminar de construir un esquema de transición que sea atractiva incluso para aquellos que en principio dicen ser leales. El verdadero reto es construir esta pista de aterrizaje. La pregunta es cómo hacerlo: ¿queremos una pista asfaltada o de granzón?

Más allá de la extensión temporal del conflicto, el país entró en una dinámica radicalmente diferente. Las consecuencias de los últimos acontecimientos se harán cada vez más diáfanas para todos precisamente gracias al tiempo. Unos lo aceptarán más rápido, otros más lentamente. El molino de la historia suele moverse en momentos de grandes torbellinos y este es sin duda uno de esos instantes.

Una venezolana ejemplar: María Corina Machado por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 24 de Julio 2018

Maria-Corina-Machado-Diputada-Asamblea-Nacional-1-800x533.jpgPor años ya María Corina Machado ha dado una hermosa batalla por la democracia venezolana. Nunca he oído de ella frase ambigua alguna sobre la tragedia venezolana del siglo XXI y sobre sus responsables chavistas y maduristas. Machado ha mantenido una línea impecable e implacable en todo lo referente a la denuncia del narco-régimen y a la necesidad de expulsarlo cuanto antes del poder. Le ha cantado las cuatro verdades al fallecido sátrapa y al actual “conductor”. A ambos les ha dicho en su cara lo que un ciudadano digno debe decirle a los dictadores corruptos.

María Corina Machado viene de una familia también ejemplar, su padre un exitoso empresario, su madre una destacada atleta y profesional. Ninguno de los dos ha cedido jamás un milímetro en sus valores.  Por ello, la familia ha pagado un alto precio en expropiaciones de sus empresas y en las diversas represalias tomadas en su contra por los dictadores venezolanos del siglo XXI.

María Corina Machado se graduó de Ingeniero Industrial en la UCAB, primera en su clase y luego en Finanzas en el IESA, primera en su clase. Participó en el programa de Políticas Públicas de la Universidad de Yale, USA.  Ha fundado o pertenecido a diversas organizaciones sociales, incluyendo a SUMATE, la Fundación ATENEA y el Foro Internacional de la Mujer. Fue una lideresa social antes de dedicarse a ser una lideresa política. Elegida diputada a la Asamblea Nacional en 2010 su curul le fue arrebatado de manera arbitraria por el régimen en 2014.

María Corina Machado ha fundado su grupo político y ha llevado a cabo una labor incansable de denuncia al régimen. Por ello el chavismo le teme. Su prestigio nacional e internacional la ha protegido, hasta ahora, de las represalias del régimen, aunque corre un alto riesgo al permanecer en Venezuela hablando de la manera valiente y frontal que ha sido su característica. Junto con Antonio Ledezma, Leopoldo López, Diego Arria, Enrique Aristeguieta Gramcko, Luis Ugalde S.J., la Conferencia Episcopal Venezolana y jóvenes líderes regionales o salidos del movimiento estudiantil, María Corina Machado representa hoy día el verdadero liderazgo de oposición. Se ha negado tercamente a aceptar la coexistencia pacífica con el régimen o a aceptar la insensata prédica de que solo por la vía electoral, bajo las reglas viciadas y fraudulentas del régimen de Maduro, Tibisay Lucena y los hermanos Rodríguez, se puede luchar por la democracia.  Al contrario, ese obsesivo apego a la vía electoral en un estado forajido, expresado incesantemente por Henri Falcón, Manuel Rosales, Claudio Fermín, Eduardo Fernández y Enrique Capriles, entre otros líderes que pretenden representar la oposición,   ha sido el factor oxigenante más poderoso – junto al apoyo de la prostituida Fuerza Armada –  recibido por la narco-dictadura. María Corina Machado y el grupo que piensa como ella se han resistido a esta maloliente coexistencia con el narco-régimen, recibiendo por ello el apelativo de “radicales” y las críticas de quienes piensan – en el nombre de una falsa unidad que se parece mucho más a la complicidad –  que el acomodo, la negociación y el “perdón” representan la vía “menos traumática” para cambiar al régimen.  

Nadie puede predecir el futuro y hay muchos ciudadanos que ya no verán el desenlace de esta tragedia venezolana, pero tengo la plena confianza en venezolanos como esta valiente mujer, en esta ciudadana ejemplar y en el grupo de líderes que piensan como ella. Mientras puedo, hago todo lo posible por reforzar sus actividades y sus puntos de vista y llamados a la acción. Desearía verlos convocar un Gran Frente Nacional para la Resistencia, a fin de que representen al país digno que rehusa arrodillarse frente al narco-régimen.

Unidad con los jodidos… por Eleazar Narváez Bello – El Nacional – 16 de Julio 2018

Unknown-1.jpegCon aquellos que resisten y luchan en la supervivencia con una fuerte dosis de desesperación. Con los que reciben o no las bolsitas de comida de la indigencia y no tienen dinero para comprar lo que necesitan para el sustento diario. Con esos que no consiguen o no pueden comprar las medicinas para tratarse una dolencia o para ayudar a un familiar o a un amigo con problemas de salud. Con quienes dependen del trabajo y de los servicios de los hoy muy deteriorados hospitales públicos. Con los que no disfrutan de un seguro médico para cubrir los gastos ante una eventual enfermedad. Con todos los que están obligados de cualquier modo a mantenerse con vida con sueldos y salarios de miseria. Con todos esos venezolanos que ahora en las calles nos recuerdan, desmienten y repudian con coraje el descomunal y detestable cinismo de Nicolás Maduro cuando el año pasado afirmara que “Venezuela es Venezuela, jodidos, pero felices”. Con esos venezolanos jodidos de verdad, sin motivos ni razones para sentirse felices padeciendo la espantosa tragedia provocada por un régimen incapaz, corrupto, indolente y criminal. Con esos venezolanos estamos llamados a caminar juntos para enfrentar tanto la crisis como a los responsables de la misma que insisten obstinadamente cada día en profundizarla.

Es la unidad con esa gente que comienza a responder de modo espontáneo a un liderazgo social que se hace sentir cotidianamente cada vez con mayor frecuencia e intensidad en diversos lugares del país. Con quienes forman parte de gremios, sindicatos y otras organizaciones sociales que han decidido levantar su voz de angustia, malestar y reclamo ante las condiciones miserables de vida impuestas a gran parte de la población por los usurpadores del poder en Venezuela. Con líderes y trabajadores protagonistas de una lucha orientada fundamentalmente por razones sociales y humanitarias, sin motivaciones político-partidistas, la cual amenaza con extenderse en medio de una crisis cuyos efectos resultan cada vez más demoledores. En fin, es la unidad con trabajadores de distintos sectores de la sociedad que en esencia reclaman salarios dignos y mejores condiciones laborales, e igualmente con vecinos de diferentes comunidades que protestan, entre otros motivos, por la pésima situación de los servicios públicos y el estado de indefensión de los ciudadanos ante la delincuencia.

Cómo conectarse con ese liderazgo social, cómo acompañarlo, cómo ayudar a articularlo para potenciarlo, para evitar que se desgaste, son desafíos clave que debemos atender con la debida importancia y urgencia, y también con ciertas precauciones. Sin pretender secuestrarlo para una determinada parcialidad política. Con el cuidado de no distorsionarlo. Sin sacrificar su autonomía. Sin desdibujar o borrar algo que le es propio y sustancial: el de ser portador de un auténtico grito desesperado de hombres y mujeres que exigen tener las condiciones necesarias para vivir y trabajar con dignidad en medio de la voracidad del proceso hiperinflacionario que azota al país.

Asegurándole el respeto que se merece, debemos entonces contribuir a darle el mayor aliento posible a ese liderazgo social. Inyectarle la fuerza de otros liderazgos como parte de un esfuerzo unitario nacional dirigido a superar la espantosa tragedia que hoy agobia a los venezolanos. Con la firme convicción de que esa unidad es indispensable para fortalecernos y abrir cauces de esperanza en la dura y compleja lucha contra la tiranía.

Solo así, a contrapelo de la fantasiosa felicidad que Maduro le sigue atribuyendo cínicamente a Venezuela, podríamos tener aquí una verdadera rebelión de los jodidos. Una rebelión que, tal como están las cosas en el país en los actuales momentos, podría ser de casi todos los venezolanos.

La tragedia venezolana reclama hablar claro: fuera los falsos líderes por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 11 de Junio 2018

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Uno de los factores contributivos más importantes para la permanencia de la pandilla chavista en el poder ha sido la actitud de muchos venezolanos influyentes, quienes de buena o mala fe, de todo hay, han insistido en “arreglarse por las buenas” con esos facinerosos. Quienes lo hacen de mala fe simplemente tienen como objetivo participar a título personal de los beneficios que distribuye el narco-régimen chavista entre sus amigos y adulantes. Quienes lo hacen de buena fe están motivados por esa tendencia venezolana, de raíz noble, a pensar que todos somos familia y que debemos sentarnos alrededor de una mesa a dirimir nuestras “diferencias”.

Esta nota está más dirigida hacia a los de buena fe que a los oportunistas. Quienes actúan de mala fe no van a ser persuadidos a actuar de otra forma. Ellos son cómplices del gran crimen y no tienen vergüenza en aceptarlo. En este grupo de cómplices figuran los militares de alto nivel que trafican con drogas y que mantienen al narco-régimen en el poder para lograr una parte del botín. Figuran también la legión de adulantes venezolanos y extranjeros que dicen basar su apoyo en consideraciones “ideológicas’, pero que – en realidad – solo buscan su beneficio personal, los Zapateros y los Manuel Rosales o los Henri Falcón.

Quienes actúan de buena fe, a lo Capriles o a lo Eduardo Fernández, simplemente se niegan a ver la horrorosa realidad venezolana y persisten en buscar una transacción, un acomodo con el narco-régimen, a fin de que podamos atenuar la miseria de los venezolanos. Este grupo se niega a considerar cualquiera otra forma de protesta cívica que no sea la “pacífica, constitucional y electoral” y ello lo ha llevado a validar con su presencia los grandes fraudes electorales cometidos en Venezuela o a aceptar pasivamente los resultados que todos los venezolanos saben que son fraudulentos. Se niegan a aceptar que la protesta cívica en las calles, a través de huelgas sectoriales o generales, la desobediencia ciudadana, todo ello es constitucional y pacífico aunque no sea electoral. Este grupo ve las sanciones de países extranjeros al narco-régimen como “indeseables” porque “perjudican a la población”, sin darse cuenta de que la población tiene 18 años muriendo, perseguida, humillada y sometida al hambre y a la enfermedad, una tragedia ayudada por la actitud pasiva de algunos de sus líderes.

Hay que hablar claro. El liderazgo que va a sacar a Venezuela del foso no es ese liderazgo que busca el acomodo con los criminales chavistas, que considera que lo estratégicamente deseable es negociar una salida con los miembros de la pandilla que ostenta el poder. Ese liderazgo no es el requerido. El liderazgo que se necesita es el moral, basado en los principios y valores. James McGregor Burns definió estos dos tipos de liderazgo como Transaccional y Transformacional ( o transformativo). El liderazgo transaccional está basado en la oferta de promesas por parte del líder a fin de obtener lealtades, un “yo te doy, tú me das”. Hay un intercambio. Por ello, estos líderes siempre estarán dispuestos a transarse con el enemigo porque de una transacción siempre se derivan beneficios, dependiendo de cuál astuto sea el negociador. En el liderazgo transformacional no hay consideraciones de intercambio sino manifestaciones de principios y valores. Es el “solo puede ofrecerles sangre, sudor y lágrimas” de Churchill y no el “hemos comprado la paz de Europa” de Chamberlain.

La diferencia entre los dos tipos de liderazgo, el que se transa y el que transforma, es esencialmente una diferencia moral. La transacción considera los beneficios a corto plazo, la transformación ve más allá del corto plazo. Transarse puede llevarnos a ganar la batalla pero a perder la guerra. Quien se transa está a la misma altura ética de sus seguidores. Quien transforma debe colocarse en un plano superior, por ello es que lidera verdaderamente.

El líder transformacional no diluye sus principios y valores a fin de obtener una victoria momentánea o porque la transacción represente la línea de menor resistencia. No rehúye el conflicto necesario. El líder transformacional no tiene necesidad de desdoblarse en su vida privada y en su vida pública pues actúa en base a sus principios en ambas dimensiones. No es el hombre de familia público y el libertino privado. No es el Trujillo, el Somoza o el Chávez, quienes fingían ser en público lo que no eran en privado. Es el Vargas, el Betancourt o el Sucre, no el Guzmán Blanco o el Cipriano Castro. En la Venezuela contemporánea es el momento de María Corina Machado, de Luis Ugalde, de Antonio Ledezma, Enrique Aristeguieta, Diego Arria y Leopoldo López, no puede ser el momento de Cabello, Padrino López, Timoteo o Claudio Fermín.

En la Venezuela de hoy no necesitamos líderes transaccionales sino líderes transformacionales porque la redención de Venezuela no será un asunto de corto plazo o de conveniencias instantáneas sino una lucha larga por la recuperación de la dignidad, por el establecimiento de una masa crítica de ciudadanos y la creación de una verdadera Nación. Para ello será necesario terminar con la dictadura del Estado, el cual ha asfixiado a la Nación por ya demasiado tiempo. El estado en Venezuela ha sido realmente el gobierno y el gobierno, tristemente, es generalmente un hombre y su camarilla. Habrá que romper con esta estructura mezquina existentes, de enanos morales y ello demanda líderes transformacionales, no de la montonera de gente pequeña en plan de falsos líderes.

 

Análisis de la coyuntura política por Félix Cordero Peraza – El Universal – 7 de Enero 2018

1515175080533.jpgTiempo de evaluación política. De diagnóstico objetivo, certero y mentes profundas e integrales. Fase de un proceso que requiere reflexión, inteligencia y competencia analítica. Capacidad prospectiva y planificación estratégica. Periodo para la acción unitaria y la programación consensuada. El uso de lenguaje llano y explícito y la diseminación de contenidos interconectados con los grandes problemas económicos y sociales de la población. Época de un discurso vinculado a las penurias y carestías de la familia venezolana. De propuestas razonables y soluciones sencillas. Comprensibles y percibidas como garantes de dominio y manejo de la problemática. Que generen confianza y eleven la credibilidad en el liderazgo político. ¡Hoy disminuido! Espacio para el surgimiento de un liderazgo con significado claro en la solución de los graves problemas de la nación. ¡Quien mejor represente la solución tendrá la posibilidad de ganar la presidencial!

Reina la confusión y la apatía
Mientras la oposición y el gobierno se preparan para la gran batalla –presidencial 2018— la confusión reina entre los electores. En la calle todo es especulación sobre quién o quiénes serán los candidatos. En la mente de los electores el independiente Lorenzo Mendoza, de la MUD Capriles, López, Ramos Allup, Falcón, Claudio Fermín y Eduardo Fernández. Del lado oficial, Maduro. En la oposición todos claman por un candidato unitario. Tanto el liderazgo político como los electores. Para hacer frente a la candidatura única del gobierno. Allí está la posibilidad de triunfo opositor. Complementado, por supuesto, con un programa de gobierno viable y consensuado. Unas propuestas y soluciones claras y específicas para solucionar los problemas de la inflación, la escasez de alimentos y medicinas, la baja de los ingresos familiares y la terrible inseguridad de bienes y personas.

El segmento opositor es claramente mayoritario, pero para motivarlo e incorporarlo a la campaña se necesitan unas conductas del liderazgo que proyecten una imagen de preocupación por el país y prioricen los grandes intereses colectivos. En lugar de la división como producto de rivalidades personales y ambiciones de poder. Lo que ha debilitado a sus organizaciones partidistas. Este es el principal reto del liderazgo alternativo al presente gobierno. No será fácil, pues el disgusto, la desilusión y la apatía han golpeado seriamente el ánimo y el deseo de participar de las mayorías opositoras. Hoy, insensibles e indiferentes ante las estrategias de la oposición y de la política en general. Para esto se requiere sobre todo actitudes unitarias, desprendidas y aceptables. El descrédito de los partidos puede ser comparado al existente en la década de los 90. Y la fuerza del antipartido se ha multiplicado impresionantemente. Se observa en la calle y en las conversaciones cotidianas.

Tímida popularidad gubernamental
Por el lado del gobierno, encontramos una tímida popularidad. Las clases D y E, representan el 73% de la población general del país. Y a ellos van dirigidos los programas y misiones sociales, por ser los más pobres. Sin embargo, solo ha logrado un respaldo electoral del 27,5%, de los casi 20 millones de votantes. En su ejecución campea la corrupción, el desvío de alimentos y la irregularidad en las entregas. Sobre la mala imagen del gobierno recae la culpa por la terrible y dramática hiperinflación y el estancamiento de la economía. El otro aspecto que jugará decididamente en la presente coyuntura es el proceso de diálogo y negociación que se realiza en República Dominicana. Y en cuyos avances está el destino de la paz y convivencia de la nación. Un año complejo y de terribles retos tanto para la oposición como para el gobierno.

El factor Lorenzo Mendoza
Aunque poseo información sobre la oposición de la familia a la candidatura de Lorenzo Mendoza, ésta toma cuerpo en vastos sectores de la sociedad. El factor Lorenzo Mendoza pudiera capitalizar el generalizado descontento de los ciudadanos con los partidos políticos. Aglutinar el estructural antipartidismo, arrastrar la abstención y atraer incluso gruesos sectores de las clases D y E. Por su significado de hombre vinculado a la economía, a la gerencia y a las relaciones con importantes corporaciones mundiales, que invertirían en la producción de alimentos y medicinas. La personalidad de Mendoza pudiera simbolizar una administración pública eficaz y honesta frente al desastre de incompetencia, despilfarro y alarmante corrupción. Malos servicios públicos y gigantesca e ineficiente burocracia.

 

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