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La izquierda latinoamericana frente a Venezuela por Pablo Stefanoni – Nueva Sociedad – Febrero 2020

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela

El 30 de enero de 2005, en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, el presidente Hugo Chávez declaraba la necesidad del socialismo. Con su característica camisa roja, el líder venezolano dijo:

«Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo cada día me convenzo más, [entre] capitalismo y socialismo… no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo […al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo […].»

En estas declaraciones resonaba, lejanamente, aquella declaración del «carácter socialista» de la Revolución Cubana pronunciada por Fidel Castro en abril de 1961, en medio de fusiles y llamados a resistir la agresión imperialista. Venezuela no fue invadida, pero el chavismo extrajo una potente dosis de mística política de su victoria contra el golpe de Estado de 2002, apoyado por la oligarquía local y Estados Unidos, el paro patronal y la huelga en Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 2002-2003, que provocó un fuerte golpe a la economía.

Frente a Chávez no había milicianos sino militantes sociales agrupados en el Foro Social Mundial, una articulación de partidos de izquierda y movimientos sociales movilizada contra la «mundialización del capital» y en favor de un cambio en las relaciones de fuerza a escala global. En este nuevo escenario post-socialismo real, el presidente bolivariano anunció, y enfatizó, que la nueva transición al socialismo debía ocurrir «¡En democracia!». Pero acto seguido aclaró: «Ojo pelao y oído al tambor: ¿en qué tipo de democracia? No es la democracia que míster Superman [por G. W. Bush] quiere imponernos desde Washington, no, esa no es la democracia». Y ahí subyace uno de los problemas neurálgicos del chavismo en sus dos décadas de hegemonía sobre la política venezolana. Si esa «no es» la democracia, ¿con qué tipo de democracia «superar» la democracia liberal? Y, en segundo lugar: además de la democracia, ¿qué diferenciaría a este «socialismo del siglo XXI» de las experiencias del socialismo real y las «democracias populares» del siglo XX en la Unión Soviética, el este de Europa, Asia y Cuba?

Se trataba entonces del momento épico de una «marea rosada» que se estaba completando. Ya estaban en el poder Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, y estaban por llegar Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el enigmático Manuel Zelaya y, dos años más tarde, el más polémico Daniel Ortega. Venezuela parecía ocupar entonces el lugar de una suerte de «núcleo radical» alrededor del cual se iban ubicando regímenes nacional-populares o de izquierda democrática, más moderados y/o más novatos, que daban forma al inédito giro a la izquierda continental.

No obstante, el «socialismo del siglo XXI», que en sus comienzos contenía la promesa de una renovación de la izquierda que permitiera dejar atrás la historia del socialismo real, terminó por mostrar sus límites infranqueables. Lo que aparecía como una locomotora (la Revolución Bolivariana) para jalar a las fuerzas transformadoras latinoamericanas se fue transformando en un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturar el proceso político iniciado con el triunfo electoral de fines de 1998. En ese marco, Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas continentales, cada vez más y mejor aprovechado por la derecha para construir fantasmas de «venezuelización» en cada país donde las fuerzas progresistas tienen posibilidades de triunfo. Como escribió el economista Manuel Sutherland: «En este infausto panorama, Venezuela constituye el mejor ‘argumento’ para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: ‘¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!’. ‘¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!’. Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución».

Frente a esta situación, las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, especialmente la izquierda congregada en el Foro de San Pablo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay, existen visiones cada vez más críticas; en el Partido de los Trabajadores de Brasil, la detención de Lula da Silva y la llegada de la extrema derecha al poder parecen haber provocado un repliegue hacia posiciones más defensivas, lo que incluye la cuestión venezolana. En el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, el discurso es poco permeable a un balance crítico. Y aunque Bolivia estaba lejos de ser Venezuela, Evo Morales compartía algunas visiones no pluralistas del poder que lo llevaron a buscar la reelección una y otra vez, lo que a la postre desencadenó una crisis política y una ola de protestas que a su vez dieron lugar a un golpe de Estado policial-militar y a un giro conservador y un represivo gobierno dirigido por la senadora Jeanine Añez, quien entró en el Palacio con una enorme Biblia entre manos.

Mucho de lo que había hecho de Venezuela un modelo atractivo era profundamente contradictorio desde sus orígenes. El proceso venezolano combinó formas diversas de empoderamiento popular con el liderazgo ultracarismático de Chávez; redistribución de la renta petrolera con mecanismos de saqueo de los recursos estatales por parte de camarillas burocrático-militares que feudalizaron el Estado; democracia comunal «por abajo» con formas pretorianas y autoritarias «por arriba»; imaginación para impulsar proyectos posrentistas con absoluta incapacidad para llevarlos adelante; reforzamiento del rol del Estado con incapacidad de gestión pública. Y, desde la muerte de Chávez en 2013, un declive económico que condujo a una caída del PIB de más de 50% durante la gestión de Nicolás Maduro y una inflación de 130.000% en 2018–según datos oficiales finalmente emitidos tras un largo silencio informativo oficial–.

Las izquierdas latinoamericanas leyeron –y aún leen– Venezuela a partir de los imaginarios del «cerco» construidos en relación con Cuba desde los años 60. De esta forma, el «socialismo petrolero» venezolano –tal como lo denominó el propio Chávez en 2007– es exculpado de manera regular por el retroceso al que está llevando a la sociedad venezolana. Predomina en estas visiones el antiliberalismo fuertemente afincado en las izquierdas regionales y que tiende a minimizar los problemas democráticos, en el marco de lo que en Francia denominan «campismo»: la sobredeterminación de las variables geopolíticas en el análisis de cualquier realidad nacional.

Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipatoria para asumir una dimensión justificatoria –e incluso celebratoria– de diversos regímenes supuestamente enemigos del Imperio (la popularidad de Muamar Kadafi en algunos sectores de las izquierdas continentales es un buen ejemplo de ello). La narrativa sobre el «poder popular» –a menudo abstracta– se vuelve una forma de encubrir los déficits democráticos y, más aún, las (abundantes) violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represivas del Estado. De este modo, el «silencio Cuba», al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un «silencio Venezuela», que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas, desechando los datos empíricos y apelando de manera mecánica a las «agresiones imperiales» como única variable explicativa, tras años de hacerlo del mismo modo con la hoy pasada de moda «guerra económica».

Existen diversas correas de transmisión del discurso oficial venezolano hacia el resto de la región. Además de medios como Telesur, durante años la Revolución Bolivariana, al igual que en su momento la cubana, organiza diversos eventos de solidaridad, que sirvieron para organizar a una masa intelectual disponible para diversos tipos de pronunciamientos «solidarios», más o menos automáticos. Algunos han sido más organizados, e incluso apéndices de las embajadas, y otros menos, pero en general se fue construyendo un discurso sobre Venezuela que congeló la foto del golpe de 2002 y es incapaz de ver las aporías del bolivarianismo y los desplazamientos en la coyuntura política.

Hoy es imposible, por ejemplo, pensar el clivaje que atraviesa el país como un enfrentamiento «transparente» entre la izquierda y la derecha, o el pueblo y la oligarquía. En gran parte de las izquierdas regionales, se subestima la profundidad y la multidimensionalidad de la crisis, así como la degradación –política y moral– de la elite cívico-militar bolivariana. La «gente común» puede ser sacrificada sin problemas en el altar antiimperialista y funcionan eficazmente latiguillos como «la oposición es peor», «el problema son las sanciones estadounidenses», etc. Junto con ello, se minimizan los ataques al Estado de derecho y a la propia institucionalidad nacida de la Constitución bolivariana de 1999: la Asamblea Nacional Constituyente actúa como un poder supraconstitional y sin contrapesos, un poder de facto que no se concentró en redactar una Constitución sino en legitimar cualquier medida del gobierno sin necesidad de enmarcarse en una república constitucional.

Esto no significa, sin duda, que no existan agresiones e injerencias imperiales. Ni que los neocons que rodean a Donald Trump, como Elliot Abrams o John Bolton (quien finalmente terminó distanciado del presidente), no sean peligrosos. Pero precisamente esto ilumina otra cuestión: el discurso antiimperialista latinoamericano tiene como contrapartida un débil interés por estudiar el «Imperio» realmente existente, sus dinámicas políticas, sus (in)consistencias y sus intereses geoestratégicos concretos. Tampoco se trata de negar que en la oposición haya sectores financiados por Estados Unidos, halcones anticomunistas estilo Guerra Fría, antipopulistas racistas y elitistas retrógrados. Ni tampoco apelar al ni-nismo: «ni con Maduro ni con el Imperio». Sino, por el contrario, se trata de pensar la realidad venezolana en una doble clave: antiimperialista y democrática, sin sacrificar ninguno de los términos de la ecuación. La pregunta es sencilla: incluso si Maduro sale airoso de esta última batalla contra el «presidente encargado» Juan Guaidó, ¿qué tipo de futuro se puede esperar para Venezuela? ¿Qué energías vitales tiene la Revolución Bolivariana para encarnar los «nuevos comienzos» que Maduro promete una y otra vez para enfrentar la degradación societal que vive el país? El último nuevo comienzo es la dolarización informal de la economía.

Sin una izquierda más activa y creativa respecto de Venezuela, la iniciativa regional fue quedando, sin contrapesos, en manos de las derechas del continente. En la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana, la secretaria ejecutiva, Mónica Valente, dijo que el vigésimocuarto encuentro de este espacio que reúne a gran parte de las izquierdas de la región «puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín». No se refería específicamente a Venezuela, sino al «giro a la derecha» latinoamericano. Pero si se puede hablar de un Muro de Berlín regional, este se vincula de manera directa a la implosión de la Revolución Bolivariana –precisamente en el primer país que se declaró socialista después de 1989–. Por este solo hecho, el balance de esta experiencia es indispensable para cualquier renovación política y teórica de las izquierdas latinoamericanas.

Esta es una tarea importante, aunque las victorias de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina hayan matizado la idea de un giro a la derecha tout court en la región.

La izquierda española traiciona a Venezuela – Editorial El Nacional – 18 de Febrero 2020

No nos confundamos: las oscilaciones, bamboleos y vaivenes del gobierno socialista de Pedro Sánchez y sus aliados, en lo que tiene que ver con Venezuela, son el producto de una afinidad ideológica con Maduro, así como con los regímenes en Cuba y Nicaragua. De modo que no se trata tan solo de ajustes tácticos, generados por intereses pragmáticos y vinculados a los negocios de empresas españolas en nuestros países. Tampoco obedecen de manera limitada al tributo que necesariamente Sánchez debe pagar a Pablo Iglesias y sus radicales de Podemos, a objeto de asegurar su apoyo parlamentario y en consecuencia la perdurabilidad del gobierno socialista. Hay, sí, ingredientes de todo ello, pero mezclados con un componente básico y fundamental de simpatía profunda hacia los presuntos revolucionarios latinoamericanos, herederos del buen salvaje, así como de rechazo visceral pero a veces camuflado hacia Estados Unidos en general y su actual presidente en particular.

La izquierda española se ha radicalizado y ha hallado en el drama venezolano otro escenario para hacer el juego de la opacidad, del engaño, de las trampas y traiciones que tantas veces ha llevado a cabo la izquierda toda, en sus tomas de posición hacia los procesos políticos que en América Latina reivindican e imitan la experiencia cubana. La perfidia de Sánchez hacia el presidente Juan Guaidó, el episodio de la visita de Delcy Rodríguez a Madrid, las mentiras de diversos funcionarios con relación a lo ocurrido, y las actitudes inicuas de Rodríguez Zapatero para fortalecer a Maduro, escondiéndose tras la farsa del diálogo, son muestras inequívocas de lo que realmente acontece. La alianza entre el PSOE y Podemos va más allá, en lo que tiene que ver con Venezuela, de un simple acomodo político a nuevas circunstancias. Su verdad esencial es de otra naturaleza; es un compromiso fundado en el apego ideológico y la voluntad de favorecer, a la vez, la revolución y los negocios.

De allí que la oposición democrática venezolana debe mantener una postura clara e inequívoca ante el actual gobierno español y sus falsificaciones. En primer lugar, es necesario marcar distancia con respecto a Sánchez y sus aliados, y denunciarles con contundencia cada vez que pretendan camuflar sus traiciones. En segundo lugar, la oposición venezolana debe alertar y alentar a Washington para que focalice nuevas y más severas sanciones económicas, contra las empresas españolas que se aprovechan de las tragedias de Venezuela y Cuba. Nada duele más a los socialistas que pagar costos por lo que intentan hacer bajo cuerdas, que se revelen de manera abierta sus arteras maniobras, y que cese de fluir el dinero corrupto de los regímenes que oprimen a venezolanos y cubanos por igual. En tercer término, como ya hemos dicho en este espacio, es imperativo negar de manera absoluta el más mínimo ápice de legitimidad y credibilidad a la figura nefasta de Rodríguez Zapatero, quien ha vuelto a sus andanzas en Caracas, asociado con el colaboracionismo de unos pocos.

Solo la claridad política, la coherencia estratégica, y la unidad y honestidad personal de la dirigencia opositora, contra viento y marea, harán posible una eventual transición democrática en Venezuela. Tenemos aliados sinceros. No requerimos de la actual izquierda española para liberarnos de la dictadura. En otro tiempo habrían sido bienvenidos. Hoy, sin embargo, están del otro lado, aunque pretendan disfrazarse. Sus máscaras no con capaces de ocultar la hipocresía en sus rostros.

Alerta que caminan los malandros de la izquierda extrema por América Latina por José Gregorio Meza – El Nacional – 21 de Octubre 2019

Los que se hacen llamar revolucionarios prepararon el contrataque. No esperan más y decidieron que ya está bueno de gobiernos decentes y progresistas en América Latina.

Los recientes disturbios en Chile: la destrucción de estaciones del Metro, autobuses, la quema de edificios, la destrucción de patrimonio de la nación, da cuenta que no se trata de algo casual. Esto es planificado. No queden dudas. La izquierda extrema está de vuelta y hace lo que sea para recuperar el terreno perdido.

El Mercurio

@ElMercurio_cl

Estupor y rabia en las 36 horas más violentas de Santiago desde el regreso a la democracia https://digital.elmercurio.com/2019/10/20/C/MQ3MJT0H#zoom=page-width 

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Ya antes lo han hecho en Argentina, donde están a una semana de recuperar el poder a menos que ocurra un milagro, y en Ecuador, con un Lenín Moreno emproblemado porque no ha podido manejar la crisis que heredó de Rafael Correa, uno de los líderes de la contraofensiva.

«Atiendan a sus países que los tienen alborotados», recomendó Nicolás Maduro a los gobernantes del continente, en una seña clara para que dejen tranquilo al régimen, ahora con un escaño en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En una de sus alocuciones, cada vez más soporíferas, criticó al Grupo de Lima, al que calificó de cartel del narcotráfico.

Diosdado Cabello tuiteó en la misma línea de su jefe político. Luego de un toma y daca con el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, aseguró que el huracán bolivariano, del que el chavismo pretende ser dueño e intérprete, volverá a enseñorearse en el continente.

Diosdado Cabello R@dcabellor

Recuerdo perfectamente el Huracan Bolivariano que fue capaz de derrotar al alca y al imperialismo en Mar del Plata, nada ni nadie podrá detener a los Pueblos cuando luchan por su Independencia, todo mi apoyo y solidaridad, desde Venezuela decimos con ellos: Nosotros Venceremos!!

No solo están en lista Chile, Argentina y Ecuador. Perú, Colombia y Brasil también han recibido los embates de la desestabilización, y en España, lo de Cataluña no pinta bien, con infiltrados que llegan de Europa y Latinoamérica para apoyar la independencia y empantanar un deseo legítimo de una parte de la población.

Para la izquierda extrema esas protestas son legítimas, aunque acudan a la violencia y destruyan patrimonio de la nación. Todo justifica a los pueblos oprimidos, dicen. En el fondo lo que quieren es generar un caos que sea caldo de cultivo para retomar el gobierno. El discurso de la autonomía de los pueblos es basura, pero le suena bien a los que no han logrado nada en su historia de vida.

Ya lo dijo el politólogo Pedro Urruchurtu en un hilo de Twitter: las protestas sociales de Iberoamérica tienen un oscuro interés por detrás, buscan acabar con el Grupo de Lima y desestabilizar la región.

Pedro A. Urruchurtu

@Urruchurtu

[] ¿Ha escuchado usted sobre el “Grupo de Puebla”? Preste atención a este hilo y entenderá por qué mucho de lo que está pasando en Iberoamérica bajo pretexto de “protestas sociales”, tiene interés muy oscuro por detrás: Acabar con el Grupo de Lima/Desestabilizar a la región.

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No es lo mismo, eso sí, acá en Venezuela, donde Maduro y su combo han creado un complejo aparato represivo y comunicacional para mantenerse en el poder y limitar al máximo a los disidentes, como ya pasó en Cuba. Protestar es subversivo y hacerlo contra un régimen de izquierda casi que es un pecado y tiene sus consecuencias, la cárcel lo menos oneroso.

Después de la semana pasada, con la vergüenza de lo que aconteció en la ONU, es claro que las cosas cambiaron. Visto lo sucedido dudo que los que se hacen llamar revolucionarios se conformen con preservar el botín que significa Venezuela, van por más. Se vienen situaciones más rudas en todo el continente. Lo de estas semanas es solo la cuota inicial de lo que nos espera.

No estaba muerta, estaba de parranda por Fernando Luis Egaña – El Nacional – 7 de Septiembre 2019

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La izquierda autoritaria y populista, en sus diversos matices, que tanto mal ha hecho en América Latina, y en especial durante el siglo XXI, pareció perder la mayor parte de su fuerza política y gubernativa, en años recientes, y no pocos creyeron, con pasmosa ingenuidad, que se trataba de una tendencia irreversible. Pues no. No fue así. La victoria presidencial de López Obrador en México, y todavía fresco: el repunte de la señora Kirchner en Argentina, lo ponen en evidencia.
Cierto que la satrapía de Maduro es una de las más impresentables del mundo. Y cierto que no se le queda muy atrás el sandinismo dinástico de Nicaragua, la cuasi-monarquía boliviana y ese arcaísmo histórico que se llama «revolución cubana». Todas estas, hegemonías de la izquierda borbónica –la que no aprende ni olvida– y que tanto daño inflige en nuestra región. No obstante, para no incurrir en el error de las generalizaciones crasas, es preciso distinguir que, por ejemplo, no es lo mismo la política económica de Evo Morales que el colectivismo de Raúl Castro. Pero las semejanzas superan las diferencias específicas.
La llegada de Macri a la Casa Rosada, de Bolsonaro a Planalto, de Duque a la Casa de Nariño, y el regreso de Piñera a La Moneda, parecían indicar que un tiempo llegaba para quedarse. Un tiempo de cambio democrático, con liberalización económica, y articulado por criterios alejados de la izquierda atrasada y corrupta. Eso pudo haberse consolidado, pero el desempeño de Macri ha sido mediocre, para decirlo con levedad, y Bolsonaro es capaz de reponer a Lula en el poder. La milenial Camila Vallejo, propiamente comunista, no deja de acosar al gobernante chileno, y Petro estrecha las opciones de Duque.
Total, que hay un contrarreflujo, para utilizar términos de la praxis marxista, en el que los que perdieron sus privilegios gubernativos, por haber abusado de ellos de manera escandalosa y haber sumido a sus países en crisis de variable intensidad, ahora estarían por regresar a sus antiguos fueros, pero con la misma retórica vengativa y, en muchos casos, ultrosa, que no pronostica nada bueno para América Latina.
Los regímenes tecnocráticos, tan favorecidos por un sector aguerrido de la opinión pública, puede que sean eficaces en algunos aspectos, pero suelen ser calamitosos en la conducción y proyección política. No es que no hagan falta tecnócratas en los gobiernos serios. Si hacen falta. Es más, son indispensables, pero ellos y ellas no deben ser los encargados de dirigir el rumbo político de un período gubernamental, ni mucho menos de la nación en general. Al menos en parte, lo referido contribuye a comprender los vientos de cambio que soplan para mal entre nosotros.
En Washington se han desentendido del sur del hemisferio, con la obvia excepción de México y el caso de las sanciones a la hegemonía que aún impera en Venezuela, y muchos de sus más notorios personeros. La Casa Blanca de Trump no es precisamente «latinoamericanista», y sus pleitos políticos y comerciales con potencias mundiales le terminan de consumir el tiempo que, por otro lado, no estaba muy deseoso de dedicar a fortalecer los vínculos de cooperación e intercambio con los países de América Latina.
Una demostración de esa no tan disimulada indiferencia es la permanencia del comunismo cubano, incluso vigorizado por la administración Obama. Los gringos se han equivocado mucho con nosotros y se siguen equivocando. Y nosotros también, porque oscilamos desde la percepción de un fatalismo patológico hasta la exaltación más demagógica y embustera que se pueda concebir. En esos extremos no están los caminos que debemos recorrer para salir adelante. Caminos de modernidad, justicia social y libertad.
La izquierda autoritaria y populista no estaba muerta, estaba de parranda. Hay que enfrentarla con todos los medios legítimos. Es un derecho y un deber.

Incidente en el Puente Zubi Zuri y Mafalda por Iñaki Anasagasti – Deia – 16 de Marzo 2019

16121341473_c56e35a5f0_bNo tengo ni idea la diferencia que hay entre Sare y Etxerat, pero me da que un pequeño abismo moral. Etxerat convocó una rueda de prensa el uno de marzo y se lamentó del daño causado por sus allegados presos disculpándose por el dolor causado a las víctimas. Aquello sonó bien porque, aunque no sean responsables de lo que han hecho sus hijos o padres, el gesto fue de encomiar.

Sare al parecer es otra cosa. Este sábado ha convocado en siete puentes de Bilbao la petición de pedir, no el acercamiento sino la exigencia que los presos deben estar en su casa. No me meto a juzgar este cartel, que se las trae, pero si a contar lo que nos ha pasado a mi mujer y a mí cuando íbamos a la Plaza Elíptica, que no Moyua, a la concentración de la una en pro de la libertad de Venezuela organizada por los venezolanos exiliados y emigrantes de la tiranía madurista.

Al pasar el puente de Zubi Zuri , al parecer me han reconocido y se han puesto a gritar algo tan democrático y solidario como ¡Viva Maduro!, !Gora Chavez! Y cosas así, incluso han accionado una de esas bocinas irritantes y escandalosas que casi nos parten los tímpanos.

Decía Mafalda. ”El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”.

Todo en ese estilo violento, macarra, chulo y descalificatorio que, iluso de mí, pensé había pasado a la historia de este mundo cavernícola a pesar de las pintadas en los batzokis, diana incluida o de no hacer eso de “Matar fue Injusto”.

Hemos llegado comentando el desagrado que nos había producido la escena y en la concentración me han ofrecido el micrófono ante centenar y pico de emigrantes venezolanos, gentes que han huido de su país ante la tiranía chavista y la falta absoluta de libertad. Y les he dicho que los que nos han insultado reivindican la libertad de sus presos, juzgados con garantías (se puede recurrir a Estrasburgo) y encarcelados por delitos horribles como quitar la vida a un ser humano, herir, secuestrar o robar y que la diferencia entre ellos y lo que ocurre en Venezuela es que en aquel país los presos si son políticos, solo hay encarcelamientos, no hay juicios, los meten en la llamada Tumba del Helicoide, o como en el caso de Leopoldo López está en prisión domiciliaria por una decisión arbitraria propia de una dictadura a pesar de que el Fiscal que le acusó huyó diciendo que lo tuvo que hacer por presión del régimen. Pero ahí sigue.

También les he dicho que siguen llamándole al presidente interino Juan Guaidó como “autoproclamado” cuando hasta el parlamento vasco ha reconocido su legitimidad y les he alertado contra la monserga seudorevolucionaria de este mundo antisistema que echa toda la culpa de lo que ocurre al imperialismo yanqui, porque por ellos no hay luz, agua, alimentos, medicinas y hasta papel de retrete. Es cierto que los estadounidenses van a lo suyo como hacen lo mismo China y Rusia, pero no son el problema, sino que el peligro ideológico por tóxico, dogmático, violento y tiránico es Cuba que si es la que roba el petróleo venezolano pues una crisis de combustible llevaría a la Isla a una situación límite por lo que no nos vengan con monsergas de los años sesenta. También les he dicho que después de la concentración de la Plaza Elíptica ellos se irían a su casita y los del puente de Zubi Zuri de Pintxo Pote en un día espléndido pues viven en un país que estalla en bienestar a pesar de haber hecho ellos todo lo posible para que estuviéramos como está Venezuela. Progresía de Herriko Taberna con todos los gastos pagados.

Esta es la tragedia que vivimos en este país con un sector de la población violento, agresivo y con una empanada mental de principios o de falta de ellos, con solo reivindicaciones de obligaciones para los demás exigiendo derechos a todas horas y sin la menor capacidad para estremecerse ante la desgracia ajena.

Al acto de la Plaza Elíptica han asistido nicaragüenses y bolivianos con su bandera, gente joven trabajadora, hartos de las dictaduras de sus países que les han obligado a exiliarse. También les ha dirigido la palabra el parlamentario del PNV Mikel Arruabarrena que ha dado cuenta de la sesión del Parlamento Vasco sin contar con los votos de Bildu y Podemos, una izquierda cavernícola incapaz de hacer nada serio y constructivo por nadie.

Con Maduro la izquierda latinoamericana se está suicidando por Loris Zanatta – Blog Polis – 12 de Febrero 2019

Si la “izquierda” está con los Maduro, que no se queje de que la “derecha” se incline hacia los Bolsonaro y la gente los vote en masa. Los únicos que deberíamos quejarnos somos nosotros: los que no amamos ni a los unos ni a los otros y no creemos que haya Dios o “pueblo” por encima de todo; los que miramos a la realidad más que a los deseos, a los hechos más que a las palabras y a la razón más que a la fe; los que no nos casamos con un partido de por vida, no le debemos nuestra felicidad a un redentor, no abrazamos una ideología como una religión, no llevamos puesta la camiseta de un líder ni vamos a la cancha a hinchar por él. Y si vamos, no cubrimos de insultos al árbitro porque cobra faltas a nuestro equipo: nunca aceptaríamos ganar jugando en una cancha inclinada, como lo ha estado haciendo el chavismo durante veinte años, antes de cerrar la cancha, porque ni siquiera así lograba ya ganar.

Liberté, egalité, fraternité: ¿cuál de estos nobles principios el régimen chavista no ha pisoteado, humillado, prostituido? Miseria, violencia, muerte, tortura, éxodo, corrupción, narcotráfico: ¿qué más necesitan para quitarse la venda de los ojos? ¿No entienden que al quedarse sobre ese carro llevarán al barranco hasta las buenas intenciones y los mejores ideales? ¿Que vacunarán contra ellos a quién sabe cuántos en el mundo? Recobren el juicio; tómense un antídoto contra el hechizo; salgan de la resaca de la borrachera ideológica; maten al zombi que ha tomado posesión de su cuerpo y de su mente.

Oí evocar a Girón, a Vietnam, a La Moneda. La historia es un supermercado: cada uno le saca lo que le sirve. Cuánta excitación con solo escuchar el nombre de Estados Unidos; debe ser un complejo. Como el toro frente al paño rojo, pierden la luz de la razón, comienzan a perseguirlo bufando y babeando; con tal de cornearlo, pasarían por encima de madre e hijos. ¡Qué no darían por ser atacados, qué no harían para ser invadidos y actuar de víctimas sobre la piel de su propio pueblo! Lo peor es que en la Casa Blanca circula tanta locura que le podrían dar el gusto. No les importa lo que es mejor para los venezolanos, no intentan ponerse en su lugar, no tienen sensibilidad para su destino: los pobres y los perseguidos son tales solo si profesan su fe; los derechos son humanos solo si son de su equipo.

No hacen caso a que, junto con Estados Unidos, docenas de gobiernos de diferentes colores se han expresado del mismo modo; que hay una manera muy simple de eliminar toda “injerencia” y ahuyentar a los fantasmas violentos: celebrar elecciones regulares, permitir la ayuda humanitaria, respetar los derechos humanos, plegarse a la democracia dejando de pisotearla. La solución más obvia no les viene a la mente.

El “perfecto idiota latinoamericano” es un genio, en comparación. Vayan a YouTube, hagan clic en cualquier video de Maduro: ¿no sienten el rubor subir a las mejillas? ¿A quién recuerda más: a Ricardo Lagos o a Benito Mussolini?; ¿a Felipe González o a Francisco Franco? Esa retórica vacía, esos rituales barrocos, esos gestos pomposos, esos lemas anticuados y gastados, esa mala fe incontenible mezclada con hipócrita paternalismo hacia “los pobres”, carne de cañón sobre los que fabrican sus imperios.

La estética de la “izquierda” populista latinoamericana no ha dejado nunca de ser falangista; el lenguaje de sus líderes es una muestra del fascismo “eterno”, diría Umberto Eco: machismo, vitalismo, maniqueísmo, arrogancia, fanfarronadas, teatralidad. La antecámara de la ineptitud. ¡Cuánta ineptitud en Venezuela! Será que al fin y al cabo son liturgias religiosas adaptadas a la era secular; evocan un mundo antiguo: pecado, culpa, sacrificio, confesión, conversión, martirio, sangre, muerte, resurrección. Los caudillos revolucionarios latinoamericanos son españoles viejos, de un tipo que España ha dejado de producir hace mucho tiempo. ¿La “izquierda” quiere hundirse con la bandera del antiguo imperio español entre las manos? Además, ¿invocando a Bolívar? Como quiera: una carcajada la enterrará.

Cuando escuché tildar de “golpe” la proclamación de Guaidó, mi memoria voló al viejo Fidel Castro: le encantaba recordar a un antiguo jurista español; jesuita, por supuesto. Interpretado a su manera, claro, decía más o menos esto: la insurrección justa se hace en nombre del bien y se llama revolución; la insurrección injusta se hace en nombre del mal y se llama golpe de Estado. ¿Quién establecía qué era el bien y qué el mal? Dios, o sea él. Así ven el mundo ciertas personas: en blanco y negro. Pero si es así, lo que llamaron “golpe” es una revolución extraordinaria. Una revolución con mucho pueblo. ¿Cómo llamar al río humano que se volcó a las calles en todos los rincones de Venezuela? Ese pueblo no pide por Trump ni por Bolsonaro: quiere deshacerse de Maduro y su camarilla, volver a vivir y respirar. Lo haría en las urnas si le dieran la oportunidad; si lo hace en la plaza, es porque las bayonetas vigilan las urnas que el régimen manipula. “Revolución” y “pueblo”: en Venezuela la “izquierda” logró quedarse huérfana de ambos. ¡Qué torpeza!

Con Venezuela, la “izquierda” latinoamericana se está suicidando. Tocó el fondo y continúa cavando. Quién sabe si a fuerza de hacerlo no acabe por encontrar la luz y descubrir las razones que, hace mucho tiempo, indujeron a la izquierda reformista europea a liberarse de los demonios maximalistas y las utopías redentoras; a medirse con el mundo tal como es y no como debería ser de acuerdo con sus biblias. Me gusta verlo así, pensar que, ciertos traumas duelen al salir a la luz, pero ayudan a crecer. Quién sabe si Maduro no cumplirá al menos esa función, que daría sentido a su paso -aparentemente sin sentido- por la historia: la de archivar con sus fechorías la oscura historia de la izquierda antiliberal en América Latina y favorecer la germinación de la izquierda liberal: hija del humanismo, no de la Inquisición; sobrina de Erasmo, no de Torquemada. Una izquierda tolerante y racional, pluralista y reformista. Nos liberaría de un solo golpe de los Maduro y de los Bolsonaro.

Loris Zanatta – Profesor de Historia, Universidad de Bolonia

La insoportable liviandad de ser de izquierdas en tiempos de Maduro por Priscila Guinovart – Panampost – 3 de Febrero 2019 

¿Quién defiende a Maduro hoy? ¿Cómo se pasa de repudiar las dictaduras a defender una con todo vigor? La liviandad moral de la izquierda nunca estuvo tan expuesta.

¿Cómo se puede, desde el punto de vista moral, defender a un dictador?
(Foto: EFE)
Que la no injerencia. Que Guaidó es un títere de Trump. Que todo es una confabulación de la derecha. Que la oposición no se presentó a las elecciones del pasado mayo. Que si fuera dictadura, ya habrían matado a Guaidó. Que a Estados Unidos solo le importa el petróleo de Venezuela. Que Bolsonaro es peor.

¡Qué difícil ser hoy de izquierdas! Lo digo sin ironías. ¡Menuda tarea, penosa, griega, dantesca, la de levantarse todos los días e inventarse una excusa para defender a un dictador! ¡Qué empresa maquiavélica aquella de retorcer argumentos, bordear la razón, ignorar el dolor inenarrable de los venezolanos! ¿Cómo puede hacer uno todo esto a diario y jurar a pies juntillas que se es decente, que el sufrimiento del otro importa, que las etiquetas políticas o ideológicas no pesan más que la vida y que los derechos fundamentales del otro? Y todo esto – ¡claro! – escondido en un emotivo discurso elocuente sobre la soberanía de los pueblos, la tolerancia, el orgullo latinoamericano y todos esos párrafos memorizados de panfletos de otrora.

No debe ser fácil. Quizás baste con ser muy ingenuo o moralmente distraído. Tal vez esta defensa ciega sea el resultado de décadas de adoctrinamiento, voluntario o no. Este sesgo (literalmente) mortal no se diferencia del lavado de cerebro que ofrecen algunas religiones o sectas. Pero, del mismo modo que la evolución es un hecho (guste o no), Nicolás Maduro es un dictador peligroso.

No es un accidente de la historia que Nicolás Maduro haya sido elegido en Cuba como sucesor “al trono” por un Hugo Chávez moribundo. La insoportable liviandad moral del socialismo obnubila quizás la memoria y no permita recordar este hecho de relevancia extrema. Si hay títeres en este presente de hambre, represión y muerte, no es el joven presidente interino de Venezuela: es Nicolás Maduro. Los titiriteros corroen al continente desde 1959, también hambreando a los suyos mientras toman un mojito en “La Bodeguita del Medio”.

Maduro es peligroso porque al igual que Stalin, al igual que Mao y al igual que sus titiriteros, se escuda en esa entelequia que es “la justicia social”. Habla de los trabajadores y de los pobres; y sobre todo, repite el mismo término que autoerotiza  a los comunistas del mundo entero: pueblo. Porque sí, seguramente alguien que dice “pueblo” en reiteradas ocasionas es un altruista, un mesías del manejo de fondos públicos y de la “redistribución”. Maduro no es tan malo como Chávez, no. Quiso el destino (forjado en la isla) que Maduro fuera cien, mil veces peor – incluso cuando esto parecía impensable.

Soy muy consciente de que hay individuos de izquierda que desprecian el régimen de Maduro. Ellos, no obstante, no son menos cómplices. Por un lado, rara vez alzan su voz. No lo quieren, pero “es de los suyos”. La disciplina partidaria vale más que el dolor de cualquier madre venezolana que esta noche, como la noche de ayer, irá a la cama con el vientre vacío porque dio a sus hijos las pocas arepas de las que se pudo hacer. Otra razón por la cual los simpatizantes de izquierdas que se alejan de Maduro son igualmente cómplices, es que tienen el descaro de decir que el que falló fue Maduro, no el socialismo. Hablan así, con insoportable liviandad, como si no hubiesen existido Stalins, ni Maos, ni Ceaușescus. Hablan así, con insoportable liviandad, y citan los exitosos casos de los países nórdicos que, de saber un mínimo indispensable de economía y geopolítica, sabrían que no son socialistas y que en ellos, las libertades individuales (al igual que la inviolabilidad de la propiedad privada y el derecho a lucrar con ella) están garantizadas.

Toda nación es soberana y toda invasión debe ser repudiada. Venezuela está invadida, intervenida, ultrajada. Por Cuba. Por Rusia. Por grupos terroristas. Por narcotraficantes. Si la oposición no se presentó a elecciones en mayo de 2018, fue porque entendió que en una autocracia en la que se creó un Tribunal de Justicia hecho a medida, una milicia del pensamiento y una propia “asamblea consituyente”, la mera participación era prestarse a un circo internacional de predecible final. Si a Guaidó no lo han matado es porque es ya demasiado notorio, y ahí sí que Maduro cae en dos segundos. Estados Unidos, por su parte, puede que se interese en el petróleo venezolano, pero no menos que los cubanos, los chinos o los turcos. Y si a usted, simpatizante de izquierda, no le caen bien ni Trump ni Bolsonaro, recuerde que ambos mandatarios cuentan con un sólido respaldo popular plasmado en coherencia con los sistemas electorales de los respectivos países que presiden y que, en el peor de los casos, ninguno de los dos andará en la vuelta en seis años. El chavismo hace dos décadas que hunde a Venezuela en la desesperación y el más inefable de los horrores. Usted, incluso en su insoportable liviandad, no puede comparar. Y mucho menos, justificar.

Estalinismo tardío por Héctor E. Schamis – El País – 30 de Diciembre 2018

Castigar al crítico más implacable de Maduro es hacerse cómplice de sus crímenes

Los presidentes de Uruguay, Tabaré Vázquez, y Venezuela, Nicolás Maduro
Los presidentes de Uruguay, Tabaré Vázquez, y Venezuela, Nicolás Maduro

La transición post-comunista significó un reto para la identidad de la izquierda: cómo desvincularse de la tradición estalinista. El socialismo realmente existente había resultado ser aún peor que aquel sistema burocrático que el Eurocomunismo criticaba desde los años setenta. Con lo cual la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética no fue una completa sorpresa en Roma y en París.

Por ello, la experiencia uruguaya del Frente Amplio fue una de las más ricas a este lado del Atlántico. Primero, por el ingreso de una tercera fuerza dentro de un sistema bipartidista centenario, lo cual ocurrió sin trauma, sin siquiera una crisis. Segundo, porque los Tupamaros se dedicaron a la política de los votos, abandonando los métodos violentos. Tercero, porque todo ello se hizo por medio de una amplia alianza electoral de centro-izquierda. De este modo, la tradición demócrata-liberal uruguaya se combinó con los ideales de igualdad del socialismo reformista. De la Suiza de América a ser la Suecia del Río de la Plata, el Frente Amplio ganó la presidencia en tres periodos consecutivos.

Con tanto éxito dentro del pluralismo de una democracia competitiva, llama hoy la atención el regreso a un estalinismo rancio y por definición autoritario. Ocurre que su “Tribunal de Conducta Política”—nótese el concepto—sancionó a varios dirigentes, entre ellos el ex canciller y actual Secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien fue expulsado por sus posiciones frente a Venezuela.

Un “tribunal” de este tipo no tiene cabida en un partido democrático, mucho menos en una alianza electoral que es, inevitablemente, heterogénea. El Frente Amplio es precisamente eso, “un frente amplio”, pero sus dirigentes intentan homogeneizarlo como si fuera un Partido Comunista y, para peor, uno de la Guerra Fría.

Una purga estalinista, tardía y periférica, la misma impugna el histórico pluralismo republicano uruguayo, robusto como pocos en el hemisferio. Dicha tradición también es mancillada por el apaciguamiento timorato que practica el gobierno de Uruguay, una posición que en definitiva absuelve a la dictadura venezolana. Ocurre que castigar al crítico más implacable que tiene Maduro en el planeta es hacerse cómplice de sus crímenes. Las casualidades no abundan en la política.

Esta tácita justificación de Venezuela no comenzó hoy, aseguran los conocedores, argumentando que Tabaré Vázquez es rehén del chavismo y no necesariamente por cuestiones ideológicas. Se remiten a una serie de contratos de desarrollo de software con el Gobierno de Hugo Chávez y que habrían tenido a su hijo como beneficiario directo, hecho ocurrido durante la primera presidencia de Vázquez. Se habla de millones de dólares y del suicidio de un testigo del caso, persona vinculada a esa industria en Uruguay. No hay más que hacer una búsqueda en Google de los medios periodísticos más serios del país.

Y, sin embargo, dos aspectos de este “escándalo”—eufemismo acostumbrado—asombran. Uno es que el Frente Amplio no aclara el caso ni explica jamás sus curiosas posiciones diplomáticas. Con frecuencia, el gobierno de Uruguay se alinea con Venezuela aún a costa de distanciarse de sus propios aliados naturales de Mercosur. No priman los principios, pero tampoco el interés estratégico.

El segundo aspecto es que el debate público uruguayo de hoy pasa por alto el tema en cuestión. Uno no puede dejar de pensar en la otra orilla del Río de la Plata, donde la corrupción, que abunda, se ha instalado en la conversación política y en las actuaciones judiciales, incluyendo la muerte de Alberto Nisman, fiscal del caso AMIA convertido en testigo del hecho de corrupción más grave, el acuerdo con Irán.

Toda esta introducción porque corrupción y estalinismo se retroalimentan. La usina intelectual del estalinismo, el Estado-partido cubano, justifica la corrupción en su discurso. Es que nadie lograría perpetuarse en el poder con escasez de recursos. El pueblo es pobre, los que gobiernan son ricos, pero el objetivo es la lucha anti-imperialista. Notable alquimia retórica, vieja y gastada, esa es la escuela de La Habana pero con un agregado: la corrupción está tercerizada, dentro de Cuba la ley y el orden—del Partido Comunista, esto es—imperan.

La Habana ha decidido disciplinar a sus satélites, entonces, dejando en claro que ninguno de ellos abandonará el poder y en consecuencia ordenando la homogeneización del mensaje. Ello incluye a Venezuela, desde luego, pero también a Bolivia y Nicaragua, esta última con la represión desatada desde abril y que ahora se ha convertido en crimen de lesa humanidad, tal como lo presentó la CIDH en la OEA esta semana.

Y al respecto, cuando el Embajador de Nicaragua tomó el micrófono fuera de script dijo dos cosas notables, o más bien una sola. Citó al “Comandante Fidel Castro”, textual, eso cuando su discurso leído tenía numerosas referencias a la soberanía, a resistir la injerencia externa. Y se refirió a la OEA como “Ministerio de Colonias”.

De pronto fue como volver a Punta del Este, a propósito del Frente Amplio, pero en 1962, la edad de oro del estalinismo latinoamericano. El despotismo siempre duele, pero cuando se expresa de manera melancólica se convierte en una patología absurda.

La izquierda, la propaganda y la realidad por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 9 de Diciembre 2018

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El principio que rige los discursos de la izquierda es su recurrente desconexión con los hechos a los que se refiere. La mentalidad izquierdista no alcanza a visualizar lo evidente, desconoce las causas de los fenómenos sociales, no se plantea preguntas, es capaz de negar lo evidente. Mientras la realidad marcha por un rumbo, la tozudez del izquierdista delira por otro. En el 2016, por ejemplo, cuando la falta de comida alcanzó en Venezuela proporciones extremas, Iñigo Errejón dijo que las colas, que llegaron a superar los tres kilómetros para comprar medio pollo, eran producto del aumento de la capacidad de consumo. A comienzos de noviembre, cuando en Venezuela se cuentan por centenares las muertes por inanición, afirmó que los venezolanos comen tres veces al día (solo un dato serviría para estremecer a cualquier ciudadano sensible: que los venezolanos han perdido, entre 2017 y 2018, un promedio de 8,7 kilos de peso).

Más que discursos -donde se establecen inferencias entre unas cosas y otras-, los formatos preferidos de la izquierda son las muletillas o, en su variante de parlamento o micrófono, consignas que aplanan, distorsionan o niegan lo real. Hay en ello una intención, que es la de brutalizar los intercambios, impedir la confrontación de las ideas, para que el espacio público se convierta en escenificación estereotipada y canallesca (rufianesca, cabe decir). La denigración del adversario es una práctica cuyo testigo puede seguirse a lo largo de la última centuria: Stalin hablaba de piojos; Fidel Castro de cucarachas; Hugo Chávez de escuálidos; Daniel Ortega habla -todavía- de esclavistas y Pablo Iglesias de castas.

No solo enturbiar los hechos, también desacreditar al rival. El izquierdista personaliza sus ataques. Su objetivo es que la política sea procaz y callejera. Una secuencia de dimes y diretes. Su impulso primordial es la hipérbole, transmitir siempre una visión dislocada, bipolar de causas y efectos. Así llegamos al meollo de las prácticas discursivas del infantilismo izquierdista: la derecha será siempre culpable de todo, por los siglos de los siglos, y la consecuencia ha sido y será, según este guion, la de crear pueblos enteros de víctimas, que viven a la espera de que algún mesías rojo aparezca y los libere. En el núcleo de la propaganda subyace el método que consiste en partir el mundo en dos bandos: amigos y enemigos, nosotros y ellos, inocentes y culpables, héroes y traidores, solidarios y fachas, víctimas y victimarios, aliados y conspiradores. Las disyuntivas cumplen un papel potencialmente más perverso: siembran el campo para la difamación. La difamación, somo sabemos, se impone a lo real, destruye las reputaciones. La propaganda izquierdista es profundamente sicógena, en tanto que promueve falsas generalizaciones y alienta el fanatismo. En la mentalidad del fanático izquierdista pululan los enunciados carentes de racionalidad o sin fundamento.

Pero este propagandismo izquierdista no está exento de eficacia. El más siniestro de sus trofeos, es la considerable contribución que han ejecutado para negar, minimizar o negar la destrucción que la izquierda ha causado en América Latina. Mientras Hugo Chávez, el clan Ortega-Murillo y los Kichner ponían en funcionamiento gigantescas maquinarias de corrupción -en todos los casos, salpicadas de nepotismo descarado-; mientras Evo Morales hacía uso de los recursos públicos para construir un multimillonario museo en homenaje a sí mismo; mientras Lula Da Silva viajaba por América Latina para tenderle alfombras rojas a Odebrecht; mientras en las calles de Nicaragua y Venezuela, el poder asesinaba a ciudadanos indefensos y desarmados; mientras en los calabozos de Caracas y Managua se torturaban y torturan a presos políticos, la izquierda escogía -y escoge hoy- entre el silencio, el eufemismo o la negación abierta.

A la izquierda debemos una de las más siniestras perspectivas que se han puesto en circulación sobre la calamidad venezolana: que es el resultado de la contienda entre dos fuerzas, semejantes en muchos aspectos, dos contrincantes que no ceden en sus posiciones, como si la debacle humanitaria fuese el coletazo de dos intransigencias, de dos partes que no se ponen de acuerdo.

Esa interpretación no es inocente. Borronea lo incontestable: que se trata de una dictadura de poder ilimitado, que ejerce una fuerza policial, militar, paramilitar, judicial e institucional, desproporcionada en contra de cada ciudadano, y que ha propiciado la huida de más de 3 millones de personas, en menos de tres años. En el marco de esa política, que sirve al régimen y resulta del todo ajena a las condiciones de persecución en que sobreviven dirigentes de la sociedad civil y políticos opositores, Pedro Sánchez dijo, el pasado agosto, que la solución a la fractura venezolana debería buscarse en un diálogo entre los propios venezolanos. Una burda manera de intentar salir por la puerta trasera.

Por absurda que sea la propaganda de la izquierda, los demócratas tenemos la tarea de responder, hacer visibles y comprensibles las falacias, mostrar los claroscuros, relieves y complejidades de lo real. No hacerlo equivale a dejar el terreno libre para beneficio de prejuicios y mentiras. La verdad lleva una desventaja: exponerla resulta más arduo. Pero no tenemos alternativa: hay que dar la batalla, aunque, por ahora, no sea previsible una tregua.

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