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Por qué Maduro ni Cabello ni el chavismo van a empuñar las armas para defenderse por Pedro Benítez – ALnavío – 26 de Febrero 2020

Ni la Fuerza Armada Nacional, ni la Milicia bolivariana, ni los colectivos, ni el ELN, nadie en Venezuela va a dar su vida para que Nicolás Maduro y Diosdado Cabello sigan en el poder. Y ellos menos que nadie. La historia del chavismo se ha caracterizado por poner pies en polvorosa ante cualquier amenaza real de fuerza. A la hora que se desenfundan las armas o amenaza con correr la sangre (de ellos) sus dirigentes siempre han huido y no hay nada que indique que en el futuro será distinto.
Maduro y Diosdado Cabello no van a dar su vida por permanecer en el poder / Foto: PSUV
Maduro y Diosdado Cabello no van a dar su vida por permanecer en el poder / Foto: PSUV

Si se quiere predecir la manera en que un individuo o grupo se va a comportar en el futuro basta con observar su comportamiento pasado. Es lo que se puede decir de los dirigentes del chavismo, con Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López a la cabeza, quienes no dejan pasar oportunidad para asegurar su disposición a defender la patria, la soberanía nacional y la revolución al precio que sea.

Estas reiteradas declaraciones de valor físico probablemente escondan la necesidad psicológica de compensar su absoluta falta de épica armada. Una carencia que siempre le pesó a Hugo Chávez.

Porque la verdad es que al chavismo siempre le ha resultado inoportuno recordar la manera como llegó al poder. No fue por la vía armada; ni por un golpe militar (como intentaron) ni al frente de una columna guerrillera (como les hubiera gustado). Chávez se hizo con el gobierno por medio de un proceso electoral. Sus partidarios ni siquiera tuvieron necesidad de presionar en las calles para que se lo entregaran. El Presidente saliente (Rafael Caldera) se limitó a acatar la voluntad de la mayoría de los electores.

Por el contrario, cada vez que los dirigentes chavistas se vieron en la circunstancia de defender por las armas su “revolución” dieron muestras de cualquier cosa menos de coraje.

Fue lo que ocurrió en su fecha fundacional, el 4 de febrero de 1992. Como está abundantemente documentado y la memoria colectiva de los venezolanos todavía no olvida, ese intento de golpe de Estado se caracterizó por la falta de valor físico de su líder (Hugo Chávez) que a las primeras de cambio se replegó. Esto fue algo que sus compañeros de aventura golpista luego le echaron en cara por años.

La siguiente muestra de resolución revolucionaria se dio no para ascender al poder sino nada más y nada menos que para defenderlo. La noche-madrugada del 11 al 12 de abril de 2002 cuando los jefes militares le retiraron el respaldo a Chávez, éste nuevamente se rindió sin disparar un tiro, dejando en la estacada a varios de sus más furibundos seguidores como el exalcalde Caracas Freddy Bernal.

Las historias sobre un José Vicente Rangel que proponía la inmolación a lo Salvador Allende o un Fidel Castro llamando desesperado para que Chávez se rindiera porque luego podía regresar, son relatos sin confirmar que rayan en la leyenda urbana. El hecho es que se rindieron sin pelear.

No sólo eso, varios de sus actuales herederos, como Maduro o Cabello, brillaron por la velocidad con que se escondieron. Ninguno se presentó al Palacio Presidencial a defender con las armas al gobierno caído ni para retomarlo. Cabello, que era el vicepresidente ejecutivo, ni siquiera hizo el amago de formar un gobierno de resistencia.

Maduro por esa época era diputado ante la Asamblea Nacional, pero no se presentó a respaldar a sus colegas que al día siguiente intentaban resistirse al golpe en contra. Se le recuerda porque huyó.El primero que se rindió fue el propio Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992 / Foto: WC

A Nicolás Maduro y Diosdado Cabello nunca se les ha visto, en ninguna circunstancia, fusil en mano defendiendo al régimen. En la historia del chavismo nunca se ha visto algo ni lejanamente parecido a la defensa de Bahía de Cochinos o el Palacio de la Moneda. A la hora que se desenfundan las armas o amenaza con correr la sangre (de ellos) sus dirigentes siempre han huido y no hay nada que indique que en el futuro será distinto.

No sólo eso; en aquellas jornadas de abril de 2002 todos los jefes militares que juraron lealtad eterna e incondicional a Chávez (como hoy lo hace el general Vladimir Padrino López con Maduro) no dudaron ni un minuto en darle la espalda cuando las circunstancias cambiaron. Sólo dos jefes militares le fueron leales a Chávez: el general Raúl Baduel al frente de los paracaidistas de Maracay y el general Cliver Alcalá, comandante de una unidad blindada en ubicada en Maracaibo.

Con estos antecedentes es relativamente fácil predecir la actitud que la dirigencia chavista tendría ante una amenaza militar real (externa o interna): correr a esconderse. Al chavismo, a todos sus niveles, lo une el dinero y el poder, no la ideología. Si pierden el poder al menos van a querer conservar el dinero.

Baduel ha pasado más de una década de una prisión en otra. Alcalá hoy está en el exilio. Este ha sido el destino de los militares leales al chavismo. Esto también es historia.

La más reciente ocasión en la cual se vieron en una situación de estrés parecida fue el 30 de abril de 2019 cuando se dio el extraño conato de levantamiento en las inmediaciones de la base aérea de La Carlota en el este de Caracas. Ningún jefe civil del chavismo, empezando por Maduro, dio la cara hasta tanto no se aseguraron que los militares le permanecían leales.

Esta es la breve y poco heroica historia de fuerza del chavismo. Ni revoluciones armadas, ni largas o cortas guerras civiles, ni mucho menos resistencia al invasor. Nada parecido, por ejemplo, al Sandinismo en Nicaragua o al FMLN de El Salvador. Por el contrario, sus recientes gestos de resistencia antimperialista son los 500.00 dólares que por orden de Maduro la filial de PDVSA en Estados UnidosCitgo, le donó al comité organizador de los festejos con motivo de la toma de posesión como presidente de Donald Trump en enero de 2017 o las cartas rogando diálogo que le ha enviado a la Casa Blanca.

Con estos antecedentes es relativamente fácil predecir la actitud que la dirigencia chavista tendría ante una amenaza militar real (externa o interna): correr a esconderse. No habrá milicia que valga ni colectivos ni fuerzas guerrilleras. Al chavismo, a todos sus niveles, lo une el dinero y el poder, no la ideología. Si pierden el poder al menos van a querer conservar el dinero.

No obstante, este recuento no estaría completo sin recordar que un común denominador en las tres fechas no sólo es la cobardía física de los que han repetido una y otra que vez que harán de Venezuela poco menos que otro Vietnam si los sacan del poder, sino también los errores garrafales de sus opositores en cada uno de esos eventos. Estos son los que les han permitido sobrevivir en el poder.

Esto lo saben los dirigentes chavistas. Es por eso que ellos, más que nadie, son conscientes de lo precario de ese poder. Su apuesta es a que los errores de sus adversarios les sigan ayudando. Ese es su verdadero secreto.

 

Carlos Montaner: “Si a Juan Guaidó le tocan un pelo a su regreso a Venezuela, es el fin de la dictadura de Maduro” – Infobae – 24 de Enero 2020

Tras las amenazas del régimen, el prestigioso escritor y periodista dijo que una medida contra el presidente “es la señal que espera EEUU para destruir desde el aire el aparato militar chavista” y para que “Brasil y Colombia entren con sus ejércitos de tierra y ocupen al país”

Juan Guaidó (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

Juan Guaidó (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins)

El prestigioso escritor y periodista Carlos Montaner afirmó que si el régimen de Nicolás Maduro arresta o atenta contra Juan Guaidó será el fin de esa dictadura. “Si a Guaidó le tocan un pelo a su regreso a Venezuela, es el fin de la dictadura de Maduro”, manifestó Montaner en su cuenta de Twitter.

Y agregó: “Es la señal que espera EEUU para destruir desde el aire el aparato militar chavista. También es la señal para que Brasil y Colombia entren con sus ejércitos de tierra y ocupen al país”.

El tuit de Carlos Montaner

El tuit de Carlos Montaner

Las declaraciones del periodista se producen luego de que Maduro amenazara con detener al presidente de la Asamblea Nacional al regreso de su gira por Europa. Este jueves, en el marco de un acto por el 62° Aniversario de la Rebelión Popular del 23 de enero de 1958, en Caracas, el dictador llamó a la justicia chavista a “tomar la decisión que se tenga que tomar” contra Guaidó.

“Que abran los ojos en Washington y no se sigan autoengañando con el bobolongo mayor. Ahora se fue de viaje a hacer de su fracaso un fracaso mundial. Yo aspiro que la justicia venezolana esté haciendo seguimiento a todos los llamados de sanciones contra Venezuela y se tome la decisión que se tenga que tomar para hacer justicia”, manifestó el venezolano ante sus seguidores.

Hace exactamente un año, Guaidó, con el aval de la Constitución y de la Asamblea Nacional elegida democráticamente, se proclamó presidente interino del país luego de que la oposición declara ilegítimo el mandato de Maduro por las fraudulentas elecciones celebradas en 2018 que, además de haber tenido opositores inhabilitados, no contó con observación internacional.

“Hace un año pretendieron imponer un golpe de Estado pero no contaron con la unión cívico-militar, con los hijos de Chávez. ¡Aquí hay un pueblo unido dispuesto a ser libre, a hacer Patria!”, señaló el chavista, quien durante los últimos 12 meses perdió gran parte del reconocimiento internacional y cada vez cuenta con menos aliados.

Al referirse a Guaidó y su proclamación, Maduro se mostró desencajado: “¿Quién coño te eligió a ti, bobolongo? Imbécil, traidor, vende patria”.

El mandatario interino se reunió esta semana con el británico Boris Johnson, la alemana Angela Merkel y participó en el Foro de Davos. Este viernes visitará al francés Emmanuel Macron y el sábado estará en Madrid, donde recibirá la llave de oro de la ciudad.

Analistas: El llamado de EE.UU. a negociar en Venezuela aleja la idea de una intervención por Gustavo Ocando Alex – Voz de América – 10 de Enero 2020

Expertos en ciencias políticas de Venezuela conversaron con la Voz de América sobre el reciente llamado de EE.UU. a encontrar “rápida transición negociada” hacia la democracia.
Expertos en ciencias políticas de Venezuela conversaron con la Voz de América sobre el reciente llamado de EE.UU. a encontrar “rápida transición negociada” hacia la democracia.

La recomendación del jefe de la diplomacia de Estados Unidos, Mike Pompeo, de una “rápida transición negociada” en Venezuela es una propuesta racional que nace de la inefectividad de las estrategias opositoras del último año, opinan analistas consultados por laVoz de América.

Los expertos en ciencias políticas en el país suramericano también concuerdan en que en el llamado estadounidense espanta ideas radicales, como la de una eventual intervención militar.

Pompeo mencionó en un comunicado el jueves que “una rápida transición negociada a la democracia es la ruta más efectiva y sostenible hacia la paz y la prosperidad en Venezuela”.

Su opinión incluía la tesis de que “las negociaciones podrían abrir el camino de la crisis a través de un gobierno de transición que organizará elecciones libres y justas”.

El mensaje del máximo representante del Departamento de Estado estadounidense se conoce justo en el momento de mayor tensión política en los últimos meses en Venezuela, luego que una fracción opositora se aliara con el madurismo para tomar de facto las riendas del Parlamento.

Otro comunicado del despacho de Pompeo precisó que la transición en Venezuela significa la elección de “un nuevo y balanceado” Consejo Electoral; “un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, justo e independiente”; y “elecciones abiertas a todos los partidos”.

Pompeo también hizo votos por el restablecimiento de los poderes del Parlamento, la suspensión de restricciones a individuos y partidos políticos para permitir su “libre participación” en elecciones y el ejercicio de la libre prensa en la cobertura de eventuales comicios.

La líder opositora María Corina Machado, en relación a las declaraciones del secretario Pompeo, dijo, “Es clarísimo que, frente a un estado criminal terrorista, como es el régimen instalado en Venezuela, tiene que haber la construcción de una amenaza creíble en el cual el régimen sepa que su única opción es ceder el poder”.

¿Qué opinan los expertos?

Luis Vicente León, presidente de la empresa Datanálisis, considera que la iniciativa de Pompeo es “absolutamente racional” y nace, a su juicio, en respuesta al proceso de intentos fallidos de forzar un cambio político en Venezuela de manera unilateral, por un año ya.

León valora que ese esquema de presiones y sanciones contra el gobierno en disputa de Nicolás Maduro no ha logrado por sí solo provocar esa modificación del status quo venezolano.

Estados Unidos, opina el profesor de la Universidad Católica Andrés Bello, no ha abandonado su objetivo de que Maduro deje el poder ni abre las puertas a su reconocimiento.

“Lo que Pompeo introduce en el debate es que, probablemente, ese cambio va a buscar rutas distintas a las que se han utilizado hasta ahora y que evidentemente no han sido exitosas”, acota.

El analista advierte que el planteamiento de Pompeo no se refiere exclusivamente a una negociación directa entre Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, y Nicolás Maduro.

Puede contemplar, dice, a la necesidad de negociar con otras fuerzas, como la militar, que León considera “fundamentales” para sembrar en el país la idea de una elección competitiva.

“También puede buscar que el gobierno venezolano establezca unos cambios en las condiciones para que se produzca en realidad una expresión popular o incluso la posibilidad de que actores del propio chavismo permanezcan en poder mientras se den las condiciones de cambio”, opina.

León anticipa un escenario en el que las “élites de poder” en Venezuela, sean civiles, militares o incluso Maduro, tengan un rol que cumplir en esa transición para garantizar equilibrio.

Intoxicación de la estrategia

El politólogo Víctor Maldonado aprecia que el llamado inesperado de Washington a negociaciones en Venezuela es una réplica a “los escenarios fracasados” que la oposición prometió desde que Juan Guaidó asumió el liderazgo del Parlamento, en enero de 2019.

Resalta que los detractores de Maduro erraron en su curso estratégico, invirtiendo, incluso, siete meses en negociaciones políticas con el madurismo en los mecanismos de Oslo y Barbados. Es “imposible”, dice, pensar que el año pasado fue bueno para Guaidó y sus aliados.

“Vendieron que el ingreso de la ayuda humanitaria iba a desencadenar el cambio y, luego, que ocurriría la ruptura o el quiebre militar. La oposición ha proporcionado al gobierno de Estados Unidos tan malos datos de inteligencia que ha intoxicado su capacidad de análisis”, opina.

Maldonado interpreta el mensaje estadounidense como “institucional”. Considera que refleja la noción de Washington de lo que sería preferible para Venezuela, antes que escenarios agitados.

“No es que a Estados Unidos se contagió de un virus de candidez. Es un mensaje que apuesta a decir que es preferible por las buenas que por las malas. Es otra forma de decir que todas las opciones están sobre la mesa”, evalúa.

Maldonado prevé que algunos factores de oposición tergiversarán alegando que Estados Unidos está mandando a sus aliados en Venezuela a una negociación tradicional con el madurismo.

Considera que el llamado de Pompeo sorprende a la oposición en un momento de fragmentación y algunos casos de presunta corrupción interna -la bancada que respalda a Guaidó denunció pagos de decenas de miles de dólares a diputados “traidores” para que nombraran a otra directiva del Parlamento-.

La oposición, según el experto, está empantanada en una “maraña de intereses y corrupciones”. Maldonado duda que haya condiciones entre iguales para negociar.

“El de Maduro es un régimen que no respeta a la ley, que no tiene consideraciones de la contraparte, con una voracidad propia de los regímenes totalitarios”, opina.

Intervención anulada

Maldonado, también profesor universitario, descarta que el madurismo se entregue a “un éxtasis pinochetista”, que le lleve a convocar un plebiscito para pulsar la opinión popular sobre si debe o no continuar al frente del poder ejecutivo venezolano.

Estados Unidos, remarca, está plenamente consciente de que no existen condiciones para una negociación tradicional ni fáctica con el madurismo.

“Tanto lo saben que tienen un inventario amplio de sancionados, que crece en vez de decrecer”, comenta, mencionando, a su vez, que la agenda política de Estados Unidos está “complicada” con el juicio político al presidente Donald Trump y el conflicto bélico con Irán.

Gustavo Adolfo Soto, politólogo de la Universidad Rafael Urdaneta, valora la postura de Pompeo como “la más acertada” en el actual contexto político en Venezuela.

Sopesa que su propuesta aleja la tentación de salidas apresuradas a la crisis, como la de una intervención de fuerzas militares estadounidenses en Venezuela, y apuesta por la factibilidad.

“Manejar el tema de la intervención militar genera grandes desequilibrios. Lo más seguro e ineludible es que estas negociaciones giren en torno a un proceso electoral donde todas las fuerzas puedan medirse, para que sea una elección válida hacia el futuro”, expresa.

Soto juzga que el mensaje de Pompeo plantea un reto posterior para la oposición y el madurismo. Se pregunta si ambos factores políticos están verdaderamente preparados para encarar una elección en el contexto de premura económica y conflictividad social del país.

“Ambos factores se han descuidado. Han perdido un poco el entendimiento de la demanda social del venezolano. Están descontextualizados”, aprecia.

El politólogo comenta que, históricamente, el chavismo ha aceitado su maquinaria electoral con éxito, indistintamente de la naturaleza y condiciones de los comicios recientes.

La oposición, insiste, debe recomponer su unidad mediante la revisión de sus filas y de sus propuestas para encarar exitosamente una elección, en la que jugarán un rol vital factores como la migración y el debilitamiento de las fuerzas partidistas en las gargantas populares del país.

Soto cree que la negociación propuesta por Washington sorprende al madurismo y a sus detractores en un mar de errores internos, que, a su juicio, se evidenciaron el 5 de enero.

Estima que la urgencia de lograr acuerdos en Venezuela es “ineludible”, al margen del comunicado de Pompeo. No descarta que el Parlamento pueda aún ser el escenario para ventilarlos y concretarlos. “Están a tiempo de un entendimiento real”, dice.

Maldonado, politólogo de la Universidad Católica Andrés Bello, hace una acotación firme al llamado de Pompeo. Lo atomiza. Le preocupa que políticos, gobernantes y el pueblo venezolanos “cedan en su esfuerzo de aferrarse a la realidad” al atender la solicitud de negociaciones.

“Si tienes un león al frente y llego yo y te digo que no temas al león, tienes dos alternativas: creerme y que te coma; o no creerle al león”, pondera.

Antonio Ledezma: «El que se sienta con el régimen está traicionando a los venezolanos» por Gabriela Ponte – ABC – 22 de Diciembre 2019

El exalcalde de Caracas reitera su apoyo a Guaidó, pero propone una agenda negociada para 2020

En dos semanas, los diputados venezolanos tendrán la enorme responsabilidad de nombrar la Junta directiva del último períódo legislativo y disipar así toda la tramoya montada por el régimen para debilitar a la bancada enemiga. La encrucijada del voto terminará definiendo como «traidores» o «leales» a los diputados a la causa contra el régimen de Maduro. Antonio Ledezma (Guárico, 1955), exalcalde de Caracas que huyó a Madrid tras permanecer casi tres años bajo arresto domiciliario, habla con ABC sobre el primer año del Gobierno interino.

En enero se cumple un año de la juramentación de Juan Guaidó como presidente interino ¿Qué balance hace de su gestión?

Los balances se tienen que hacer con objetividad. Yo diría que comenzamos con euforia con el paso histórico que dio Guaidó al asumir la presidencia de acuerdo a la Constitución y terminamos con frustración. En lo positivo hay que enunciar la gran movilización del país, la estrategia de tres pasos que nos unió en torno a una figura, el respaldo internacional sin precedentes con el apoyo de 56 gobiernos democráticos y el rescate de la empresa petrolera Citgo. En lo negativo no se cumplió con la espectativa del cese de la usurpación. Se cometieron errores con la operación de la entrada de la ayuda humanitaria en febrero y la operación Libertad del 30 de abril al pensar que Maikel Moreno o Padrino López iban a facilitar una transición. Luego nos metimos en el tunel oscuro del diálogo de Noruega y Barbados y se cierra el año con el error táctico de facilitar la incorporación de los diputados chavistas al Parlamento.

¿Qué cree usted que faltó para propiciar la salida de Maduro?

Hubo mucho titubeo para invocar el apoyo internacional. A final de año se aprobó el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ha habido vacilaciones al momento de inclinarse al uso de la fuerza que no es una fuerza convencional la que estamos pidiendo. Es una fuerza multilateral de paz con equipos especializados que nos ayuden a doblegar estas mafias. Apelamos al concepto de «responsabilidad por proteger» de la ONU o a la Convención de Palermo. Pero cuando a un aliado como EE.UU. se le dice no se metan, descartemos la opción de utilizar la fuerza porque nosotros vamos a resolver esto con un acuerdo con el chavismo-madurismo el 30 de abril, por supuesto que no van a hacer uso de ella. Esa solución concertada fue una celada que le montaron a la oposición.

¿Está diciendo que existió un planteamiento por parte de Guaidó para que EE.UU. no usara la fuerza?

El primer escenario fue el del 23 de febrero en Cúcuta donde se habló que se iba a producir un quiebre militar mientras que se entregaba la ayuda humanitaria. Luego vino la supuesta negociación concertada del 30 de abril y eso terminó como ya sabemos. Los países no han descartado el uso de la fuerza, por supuesto no es la primera prioridad. Por eso nosotros reclamamos la solidaridad eficaz de los gobiernos de nuestro continente.

¿Ve a otro líder capaz de asumir el gobierno interino o le reitera el apoyo a Guaidó?

Yo creo que tenemos que fortalecer la estrategia que tenga como base una unidad auténtica, eso es una unidad de propósito que no solo busque la fotografía. Lo que ayuda a unir posiciones es una estrategia acordada y con coherencia que nos permita evitar los saltos al vacío que se cometieron este año. No fue coherente entenderse con los factores del madurismo responsable de esta catástrofe que estamos viviendo. Yo no descarto el diálogo porque es patrimonio de la humanidad pero hay que dialogar cómo, cuándo y a dónde se van. Estono se trata de sustituir a Juan, yo me imagino a Juan ratificado pero con una agenda, por ejemplo, que asuma el artículo 233 de la Constitución (sobre la presidencia) y que sea realmente el presidente de Venezuela, sin sectarismo y sin estar sometido a factores políticos que lo controlan.

Pero el gobierno de Guaidó es un gobierno parlamentario donde las competencias se reparten entre los partidos políticos. ¿Cómo se van a poner de acuerdo si nunca lo han hecho?

No se trata de cuotas de poder sino de cuotas de responsabilidad. Cualquier apetito de poder tiene que ser moderado y pospuesto para que todos unidos podamos lograr el objetivo que es lograr el cese de la usurpación. Por más poder que acumulan las fracciones parlamentarias no deben de excluir a otras.

¿Está en riesgo el futuro de la oposición si Guaidó no logra los votos?

No teníamos por qué haber aceptado a la fracción chavista en la Asamblea si ya habían abandonado sus escaños hace más de dos años. Ellos fueron a comerse desde adentro a la AN y lo advertimos, pero los recibieron con aplausos. Ahora hay que evitar que el régimen dé el zarpazo a la única institución democrática del país y que Maduro no pueda lograr su objetivo de desbancar a Guaidó. Ese sería el puntillazo de la dictadura lo cual sería un gran revez para todos. Nuestra posición es que haya más comunicación con los diputados de fracciones pequeñas que tienen un valor moral. A ellos se les presenta el orden del día sin que haya sido reconocido por el jefe de la fracción porque él no participa de los debates de la Mesa previos a las sesiones, o se modifica el orden del día sin que haya conocimiento de quienes dirigen la fracción. Son esos pequeños detalles que terminan creando grandes problemas. Tiene que haber diálogo entre nosotros mismos.

¿La votación demostrará quiénes son los traidores?

Ya se está viendo. El que se siente con Maduro o con el régimen está traicionando un compromiso que asumió con todos los venezolanos y debería ser sancionados como los que hasta ahora han sido objeto de reprimiendas por la comunidad internacional. Ir a votar en contra de Guaidó no tendría ninguna justificación ante la fórmula que nosotros representamos.

 

El equipo de Guaidó en Washington recibe al presidente paraguayo en la residencia de la embajada de Venezuela por Antonia Laborde – El País – 14 de Diciembre 2019

Elliott Abrams, representante estadounidense para Venezuela, participó en el encuentro y sostuvo que la opción de usar la fuerza para derrocar a Maduro “existe”

El presidente Donald Trump junto a su homólogo paraguayo Mario Abdo Benítez, en la Casa Blanca.
El presidente Donald Trump junto a su homólogo paraguayo Mario Abdo Benítez, en la Casa Blanca. AP

Desde que el pasado mayo la misión diplomática en Washington de Juan Guaidó, reconocido como presidente interino de Venezuela por una cincuentena de países, tomó control de la residencia de la embajada venezolana en Estados Unidos no había recibido a ningún presidente. Este viernes eso cambió. Carlos Vecchio, el embajador venezolano ante EE UU, recibió al mandatario de Paraguay Mario Abdo Benítez. En el encuentro participaron autoridades como Elliott Abrams, representante estadounidense para Venezuela, quien afirmó que “existe” la opción de usar la fuerza para sacar a Nicolás Maduro del poder; Mauricio Claver-Carone, asesor para América Latina del Consejo Nacional de Seguridad, prometió acelerar la presión “de una manera dramática” para restablecer la democracia en el país latinoamericano.

Claver-Carone afirmó durante la ceremonia de reconocimiento al mandatario paraguayo que el compromiso de Washington “es acelerar la política, acelerar la presión de una manera dramática, sea como sea, hasta que termine la usurpación de la democracia en Venezuela”. Tras un fuerte aplauso del público, destacó que el presidente Trump “siempre ha estado muchos pasos más adelante” que el resto de su Gobierno en cumplir dicho objetivo y que este año ha estado trabajando para que estos se alineen. Por su parte, Luis Almagro, secretario general de la OEA, destacó la labor de Paraguay que “siempre ha sido un adelantado en la lucha contra la dictadura de Venezuela”.

“Ya estoy en suelo venezolano, me falta poco para estar en Venezuela”, sostuvo Abdo. Horas antes, el presidente de Paraguay sostuvo un encuentro con su homólogo estadounidense Donald Trump en la Casa Blanca en el que “reiteraron el apoyo de Estados Unidos y Paraguay a las democracias en la región, incluyendo al presidente interino de Venezuela, Juan Guaidó”, según informó la presidencia paraguaya a través de un comunicado.

Vecchio destacó que Abdo fue “el primero en desconocer a la dictadura de Maduro” y que este viernes se convirtió “en el primer presidente en visitar una sede de Venezuela libre de usurpación”. El mandatario paraguayo afirmó que “no importan las consecuencias cuando se defienden causas justas, la causa de la libertad, la causa de la democracia, la causa de Venezuela es una causa justa”. Y agregó que “dentro de muy poco tiempo el bien va a triunfar” y servirá de ejemplo mundial para entender que “tenemos que ser solidarios quienes tenemos una misma visión”. “La diplomacia se tiene que hacer con valores y con principios y después los intereses. Le digo siempre a mis colaboradores que defiendan la causa de Venezuela como si estuvieran defendiendo a Paraguay”, aseguró.

Al acabar la ceremonia de reconocimiento, Abrams, que no se dirigió al público, respondió a los periodistas cómo veía las opciones de Guaidó de ser reelecto en enero como presidente de la Asamblea Nacional. “Lo que nosotros sabemos es que será reelecto. Todos los partidos, salvo el partido socialista, han dicho que van a apoyar a Guaidó para que pueda seguir adelante como el líder y el símbolo de la lucha para restablecer la democracia en Venezuela”. Además, reiteró que todas las opciones están sobre la mesa. “Nunca preferimos la utilización de la fuerza, nunca, es siempre muy complicado, pero existe [la opción]”, dijo.

El suicidio de Venezuela por Moisés Naím y Francisco Toro – Noticias de Israel – 17 de Noviembre 2019

Examinemos los siguientes dos países latinoamericanos. El primero es una de las democracias más antiguas y estables de la región. Tiene una red de protección social más robusta que la de sus vecinos. Sus esfuerzos por ofrecer salud y educación universitaria gratuita a todos sus ciudadanos comienzan a dar resultados. Es un ejemplo de movilidad social y un verdadero imán para inmigrantes de toda Latinoamérica y Europa. Se respira libertad en los medios y en los partidos políticos quienes cada cinco años compiten ferozmente durante las elecciones y el poder cambia de manos regular y pacíficamente. Este país logró esquivar la ola de dictaduras militares que azotó a la mayoría de sus vecinos latinoamericanos. Su alianza política con los Estados Unidos es de larga data. Gracias a sus profundos vínculos comerciales y de inversión, numerosas multinacionales de Europa, Japón y Estados Unidos lo escogieron como su base de operaciones para América Latina. Además, posee la mejor infraestructura de Sudamérica. Ciertamente, está muy lejos de ser un país que ha erradicado las plagas que azotan a los países pobres. Sufre de fuertes dosis de pobreza, corrupción, injusticia social, ineficiencia y debilidad institucional. Aun así, bajo cualquier criterio con el que se le mida, le lleva enorme ventaja a casi todos los países en desarrollo.

El segundo país es una de las naciones más empobrecidas de América Latina y la dictadura más reciente de la región. La mayoría de sus escuelas y universidades han colapsado. Su sistema de salud está en el olvido tras décadas de desidia, corrupción y falta de inversión; el paludismo y el sarampión, entre otras enfermedades que hacía tiempo habían sido derrotadas, regresaron por la revancha. La gran mayoría de la población no tiene suficiente comida y ha perdido peso muy rápidamente; sólo una pequeña élite come tres veces al día. Los servicios públicos (agua, electricidad, transporte, comunicaciones) son precarios o inexistentes. Su violencia epidémica lo coloca entre los países con la tasa más alta de homicidios del mundo. Tal es la catástrofe, que millones de sus ciudadanos huyen a otros países, lo que se traduce en la más intensa ola de refugiados que se haya visto en América Latina. Se respira opresión: las detenciones arbitrarias son normales y la tortura común. Ningún otro gobierno (con la excepción de otras dictaduras) reconoce sus farsas electorales. Los pocos medios de comunicación que aún no están bajo el control directo del Estado, se autocensuran por temor a represalias. Para fines de 2018, su economía habrá batido récords: la mayor inflación del mundo y una contracción de cincuenta por ciento en sólo cinco años. Es un verdadero paraíso global para el tráfico de drogas. Los Estados Unidos, la Unión Europea y otros países latinoamericanos han acusado y sancionado a la cúpula en el poder, del presidente para abajo, funcionarios, militares, sus testaferros y sus familiares, por sus vínculos con las mafias del narcotráfico. El principal aeropuerto está casi siempre desierto y las pocas aerolíneas que aún conectan al país con el resto del mundo transportan sólo unos escasos pasajeros que deben pagar precios exorbitantes. Un país antes integrado al mundo es ahora el país mas internacionalmente aislado de América Latina.

Estos dos países son, de hecho, uno solo, Venezuela, en dos momentos diferentes: a principios de los años 70 y hoy. La transformación de Venezuela ha sido tan radical, tan completa y tan devastadora que es difícil aceptar que no fue el resultado de una guerra. ¿Qué le pasó a Venezuela? ¿Cómo es posible que las cosas le salieran tan mal?

En una palabra: el chavismo. Bajo el mando de Hugo Chávez y de su sucesor, Nicolás Maduro, el país ha sufrido una mezcla tóxica de políticas públicas devastadoras, autoritarismo y corrupción a gran escala. Todo esto bajo una influencia cubana tan amplia y profunda que, en la práctica, luce como una ocupación. Cualquiera de estos elementos habría creado por sí solo una grave crisis. Al juntarse, configuran una tragedia. Hoy, Venezuela es un país pobre, un estado fallido y mafioso, dirigido por un autócrata tutelado por una potencia extranjera: Cuba.

EL CHAVISMO EN EL PODER

Para muchos observadores la explicación de la crisis venezolana es simple: el socialismo impuesto por Chávez y sus asesores cubanos es la causa de la debacle. Pero si esa es la causa, ¿por qué Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Nicaragua y Uruguay, países que también tuvieron gobiernos socialistas en los últimos 20 años, no han colapsado? Cada uno de ellos ha padecido consecuencias políticas y económicas negativas, pero ninguno, con la excepción de Nicaragua, sufrió una crisis tan demoledora como la de Venezuela. De hecho, algunos hasta han prosperado.

Si el socialismo no es el culpable del fracaso venezolano, entonces podríamos achacar el problema al petróleo. Efectivamente, la etapa más aciaga de la crisis coincidió con la fuerte caída de los precios internacionales del crudo a partir de 2014. Pero todos los petroestados del mundo sufrieron serios shocks económicos externos ese mismo año, cuando sus ingresos por exportaciones de hidrocarburos cayeron drásticamente. Sin embargo, Venezuela fue el único que colapsó de manera catastrófica, de modo que esta explicación tampoco es satisfactoria.

En realidad, la decadencia del país comenzó hace cuatro décadas, no hace cuatro años. Para 2003, en Venezuela el PIB por trabajador ya había descendido un 37 por ciento con respecto a su punto más alto en 1978. Esta caída en los ingresos generó las condiciones sociales y políticas de un caldo de cultivo que Chávez supo aprovechar muy bien para llegar al poder.

Pero las causas del fracaso de Venezuela tienen raíces más antiguas y profundas. Varias décadas de gradual descalabro económico le abrieron el camino a un demagogo carismático que, inspirado por una ensalada de malas ideas, consiguió instaurar una autocracia corrupta, controlada por la dictadura cubana. Y, si bien es cierto que muchos elementos de la crisis actual anteceden a la llegada de Chávez al poder, cualquier intento por explicarla debe centrarse en su legado y en la influencia cubana.

Hugo Chávez nació en 1954 en una familia de clase media baja, en un pueblo rural. Ingresó a la Academia militar gracias a una beca como jugador de béisbol y, muy pronto, fue secretamente reclutado por un pequeño movimiento izquierdista que pasó más de una década conspirando para derrocar al régimen democrático. Chávez, entonces teniente coronel, se hizo figura pública el 4 de febrero de 1992, cuando encabezó un golpe de estado fallido. Su desventura lo llevó a la cárcel, pero también lo convirtió en un improbable héroe popular, que encarnaba la creciente frustración generada por una década de estancamiento económico. Después de ser indultado, se lanzó en 1998 como outsider a una campaña presidencial en la cual la apatía, la antipolítica, la mediocridad de los políticos de turno y la miopía de empresarios e intelectuales le permitió llegar a la presidencia. Derrotado el sistema bipartidista que había anclado la democracia venezolana durante 40 años, Chávez tuvo carta blanca para imponer su visión a una Venezuela harta de los políticos de siempre.

¿Cuál fue el detonante de la explosión de furia populista que llevó a Chávez al poder? La decepción. El desempeño económico estelar que Venezuela había experimentado por cinco décadas hasta los años 70 perdió ímpetu. El camino para acceder a la clase media se hacía cada vez más estrecho. Como lo observaron los economistas Ricardo Hausmann y Francisco Rodríguez: “Para 1970, Venezuela se había convertido en el país más rico de América Latina y uno de los veinte países más ricos del mundo, con un PIB per cápita más elevado que el de España, Grecia e Israel y sólo inferior en 13 por ciento al del Reino Unido”.

Pero para principios de los años 80, otro shock petrolero desestabilizó la economía y con ello la política. Un menor ingreso petrolero condujo a recortes en el gasto público, reducciones en los programas sociales, la devaluación monetaria, una inflación galopante, una crisis bancaria y al aumento del desempleo y de la penuria para los pobres. Aun así, la ventaja alcanzada por Venezuela con respecto a otros países de la región fue tal que, cuando Chávez fue electo, el ingreso per cápita era sólo superado por el de Argentina.

Otra explicación común para el ascenso de Chávez al poder es que representó una reacción de los electores ante la desigualdad económica generada por la corrupción imperante. Sin embargo, cuando Chávez llegó al poder, el ingreso estaba distribuido más equitativamente en Venezuela que en cualquier otro país de la región. Si la inequidad fuese tan determinante de los resultados electorales, un candidato como Chávez habría debido surgir antes en Brasil, Chile o Colombia, donde los índices de desigualdad económica eran más altos que los de Venezuela.

Puede que Venezuela no estuviera colapsando en 1998, pero estaba estancada y, en algunos aspectos, en regresión. Los precios del petróleo se habían derrumbado a apenas US$ 11 por barril, lo que dio pie, una vez más, a una nueva ronda de austeridad. El descontento popular abrió grandes oportunidades para Chávez y él supo explotarlas como ningún otro político venezolano lo había hecho. Sus elocuentes denuncias de la desigualdad, la exclusión, la pobreza, la corrupción y la anquilosada élite política tuvieron éxito entre los votantes, que veían su poder adquisitivo disminuido y sentían nostalgia de una época más próspera. La inepta y paralizada élite política y económica tradicional, nunca tuvo el nivel de resonancia con el pueblo que alcanzó el joven y simpático teniente coronel.

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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, saluda al lado del presidente de Cuba, Miguel Diaz-Canel, durante una reunión en el Palacio de Miraflores en Caracas, en mayo del 2018. – MARCO BELLO / REUTERS

Los venezolanos apostaron a Chávez. Lo que obtuvieron fue no sólo un outsider decidido a arrasar con el statu quo, sino también un líder que rápidamente se transformó en ícono izquierdista latinoamericano, con seguidores en el mundo entero. Chávez se convirtió en la nota discordante y en la atracción principal de las cumbres globales, así como en líder de la ola global de sentimiento anti-americano, que habia recrudecido debido a las decisiones del presidente George W. Bush y, especialmente, su invasión a Irak.

La vocación militar de Chávez y su carácter lo llevaban a concentrar el poder y a tener una profunda intolerancia hacia quienes disentían de su opinión. Así, fue neutralizando no sólo a los dirigentes opositores, sino también a sus propios aliados políticos cuando éstos se atrevían a cuestionar sus decisiones. Muy pronto, sus colaboradores se dieron cuenta de cómo debían actuar para sobrevivir en el entorno del presidente: guardarse las críticas y apoyar sin discusión sus decisiones. Desaparecieron entonces los debates sobre las políticas a seguir y el presidente se dedicó a implementar una agenda radical, con poca reflexión y sin mayor discusión. Y con mucha influencia de Fidel Castro y sus agentes.

En 2001, sin consulta previa ni debate alguno, Chávez promulgó un decreto-ley sobre reforma agraria, la Ley de Tierras, una pequeña muestra de lo que vendría. Expropió extensas haciendas comerciales y las entregó a cooperativas de campesinos que carecían de conocimientos técnicos, de competencias gerenciales y de acceso al capital que les permitiera seguir produciendo a escala industrial. La producción de alimentos colapsó. Sector tras sector, el gobierno de Chávez aplicó políticas autodestructivas parecidas. Sin ofrecer compensación alguna, expropió empresas mixtas petroleras con participación extranjera y nombró como gerentes a sus seguidores políticos que no tenían la capacitación técnica necesaria para dirigirlas. Nacionalizó las empresas de servicios, incluyendo el principal operador de telecomunicaciones del país, y dejó a Venezuela sumida en una escasez crónica de agua y electricidad y con una de las conexiones a Internet más lentas del mundo. Incautó compañías de acero, lo que provocó la caída de la producción de 480.000 toneladas métricas mensuales, antes de la nacionalización en 2008, a prácticamente cero hoy en día. La confiscación de compañías de aluminio, empresas mineras, hoteles y aerolíneas tuvo resultados idénticos. Ninguna de las empresas expropiadas por el gobierno aumentó su producción. Absolutamente todas la disminuyeron y la gran mayoría dejó de funcionar.

Los líderes designados por el gobierno saquearon las compañías expropiadas una tras otra y llenaron las nóminas con seguidores y amigos del presidente y su familia. Cuando, inevitablemente, se topaban con problemas financieros, apelaban al gobierno, siempre dispuesto a rescatarlos. En 2004, los precios del petróleo habían aumentado de nuevo y llenado las arcas del estado de petrodólares que Chávez gastaba sin restricciones, controles, ni rendición de cuentas. Seguidamente, empezaron los préstamos fáciles provenientes de China, cuyos líderes estaban encantados de otorgarle créditos a Venezuela, a cambio de un suministro garantizado de petróleo a largo plazo y a buenos precios. Dependiendo de la importación de todo lo que no podía producir la devastada economía venezolana y mediante créditos que fueron mayormente usados para financiar un fuerte, y muy aplaudido, aumento del consumo, Chávez pudo proteger temporalmente al público del impacto de sus desastrosas políticas y seguir gozando de una amplia popularidad.

Pero no todo el mundo estaba convencido. Los trabajadores de la industria petrolera estuvieron entre los primeros en hacer sonar la alarma ante las tendencias autoritarias de Chávez. Fueron a la huelga en 2002 y 2003, para exigir una nueva elección presidencial. En respuesta a estas protestas, Chávez despidió a casi la mitad de la fuerza laboral de la compañía petrolera estatal e impuso un complejo régimen de control de cambio. El sistema para obtener las divisas necesarias para importar o para viajar se convirtió en un sumidero de corrupción cuando los acólitos del régimen se dieron cuenta de que comprarle divisas al gobierno, a la tasa de cambio oficial, y venderlas inmediatamente, a la tasa del mercado negro, podía rendirles inimaginables fortunas de la noche a la mañana. Este fraude, a través del arbitraje cambiario, creó una de las élites corruptas auspiciadas y protegidas por el gobierno más ricas del mundo. A medida que esta cleptocracia iba perfeccionando el arte de desviar los ingresos de la renta petrolera hacia sus propios bolsillos, los estantes de los supermercados venezolanos se iban vaciando.

Estos resultados eran tristemente predecibles, y fueron mil veces pronosticados. Pero mientras más fuerte hicieron sonar la alarma los expertos locales e internacionales, más se empecinaba el gobierno en su agenda. Para Chávez, las advertencias de los tecnócratas eran señal de que la revolución iba por buen camino. “Ladran, Sancho, pues avanzamos,” decía, citando a Cervantes.

CHÁVEZ TRANSFIERE EL PODER

En 2011, Chávez fue diagnosticado con cáncer. Los mejores oncólogos de Brasil y los Estados Unidos ofrecieron atenderlo. Pero él prefirió ponerse en manos de Cuba, el país en el cual confiaba no sólo para su tratamiento, sino también para garantizar la discreción en torno a su condición física. A medida que progresaba su enfermedad, también aumentaba su dependencia de La Habana y se ahondaba el misterio que rodeaba su estado de salud. El 8 de diciembre de 2012, un Chávez muy debilitado apareció por última vez en televisión para pedirle a los venezolanos que eligieran como su sucesor a Nicolás Maduro, el entonces vicepresidente. Durante los siguientes tres meses, Venezuela fue gobernada espectralmente y por control remoto: de La Habana emanaban decretos con la firma de Chávez, pero nadie lo había visto y muchos especulaban que había muerto. Cuando se anunció finalmente su muerte, el 5 de marzo del 2013, lo único que quedó claro en medio de un ambiente de secretos, mentiras y ocultamientos, fue que el próximo presidente de Venezuela continuaría la tradición de la influencia cubana.

Hacía tiempo que Chávez consideraba a Cuba como un modelo de revolución a seguir y, en momentos críticos, siempre acudía al presidente Fidel Castro para pedirle consejo. A cambio, Venezuela le enviaba petróleo: la ayuda energética a Cuba (bajo la forma de 115.000 barriles diarios, vendidos a crédito y con descuentos sustanciales) alcanzaba los US$ 1.000 millones al año para La Habana. La relación entre Cuba y Venezuela se convirtió en algo más que una alianza. Había sido, como lo decía el mismo Chávez, una “fusión de dos revoluciones” (en la que extrañamente, Cuba, el socio dominante de la alianza es más pobre y pequeño, pero tiene tanta experiencia y superioridad de competencias que domina la relación). Cuba tiene como prioridad minimizar la visibilidad pública de su presencia: la mayoría de las consultas se llevan a cabo en La Habana y no en Caracas y sus funcionarios en Caracas son expertos operando en las sombras.

Gran parte de los venezolanos, incluyendo muchos líderes de la oposición, tardaron años en darse cuenta de la importancia que tenía esta influencia cubana. Para el resto del mundo este fenómeno también era invisible.

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El ex-líder cubano Fidel Castro y el ex-presidente de Venezuela, Hugo Chávez, leen una copia del periódico del Partido Comunista de Cuba, “Granma”, en La Habana, en junio de 2011. -HANDOUT / REUTERS

El dirigente ungido por Chávez para sucederle había dedicado su vida a la causa del comunismo cubano. De adolescente, Maduro se afilió a un partido extremista marxista pro-cubano en Caracas. A los 24 años, en lugar de ir a la universidad, fue a formarse a la escuela para cuadros internacionales de Cuba y convertirse en un revolucionario profesional. Como Ministro de Relaciones Exteriores de Chávez, de 2006 a 2013, raras veces llamó la atención hacia sí mismo: sólo su inquebrantable lealtad hacia Chávez, y Cuba, propulsaron su ascenso a la cumbre del poder. Bajo su liderazgo, la influencia de Cuba en Venezuela se arraigó aun más. Llenó los cargos clave de la administración pública con activistas entrenados por organizaciones cubanas y funcionarios del gobierno cubano pasaron a asumir responsabilidades de carácter confidencial en el seno del estado venezolano. Los reportes diarios de inteligencia que informan a Maduro, por ejemplo, son producidos no por venezolanos, sino por funcionarios de seguridad cubanos.

Con el asesoramiento de los cubanos, Maduro ha restringido drásticamente las libertades económicas y ha borrado toda huella de liberalismo que podía quedar en la política y las instituciones del país. Ha continuado y ampliado la práctica de Chávez de encarcelar, exilar o expulsar de la vida política a aquellos dirigentes que se hacían demasiado populares o difíciles de cooptar. Julio Borges, diputado y dirigente clave de la oposición, huyó al exilio para evitar ser encarcelado mientras que Leopoldo López, el líder más carismático de quienes se oponen al régimen, se alterna entre la cárcel militar y el arresto domiciliario. María Corina Machado, otra figura prominente de la oposición, ha sido asaltada físicamente en repetidas ocasiones. Más de 100 presos políticos permanecen en las cárceles y las denuncias de tortura son frecuentes. Las elecciones que se dan de vez en cuando se han convertido en una farsa y el gobierno ha despojado de todo poder a la Asamblea Nacional, elegida legítimamente y controlada por la oposición. Maduro ha reforzado las alianzas de Venezuela con diversos regímenes anti-americanos y anti-occidentales. Ahora es Rusia la que le provee de armamento, seguridad cibernética y la asesoría y administración de su industria petrolera; China ofrece el financiamiento y la infraestructura; Bielorrusia está para la construcción de viviendas; e Irán para la producción de automóviles.

Al romper con los últimos vínculos de las alianzas tradicionales de Venezuela con los Estados Unidos, Europa y otras democracias latinoamericanas, Maduro perdió el acceso a las fuentes tradicionales de asesoría económica experta. Rechazó el consenso de los economistas de todas las tendencias políticas: aunque le habían advertido infinitas veces de su explosivo potencial inflacionario, Maduro prefirió confiar en los consejos de Cuba y de asesores políticos marxistas radicales, quienes le aseguraron que financiar sus déficits presupuestarios imprimiendo dinero no tendría consecuencia alguna. Inevitablemente, esta política causó una demoledora hiperinflación.

La fatal combinación de la influencia cubana y una corrupción desenfrenada con el desmantelamiento de los mecanismos de control y salvaguardia, junto a la más crasa incompetencia, han mantenido a Venezuela atada a políticas económicas catastróficas. A medida que las tasas mensuales de inflación superan los tres dígitos, el gobierno improvisa respuestas que no hacen sino empeorar aun más la situación.

ANATOMÍA DE UN COLAPSO

Países como Noruega, el Reino Unido y los Estados Unidos, ya eran democracias liberales antes de convertirse en productores de petróleo. Las autocracias que han descubierto riquezas de esta industria, como Angola, Brunei, Irán y Rusia, no han logrado dar el salto a la democracia liberal. Durante cuatro décadas, Venezuela parecía haber vencido milagrosamente ese destino: logró democratizarse y apuntar al liberalismo a partir de 1958, décadas después de haber descubierto el petróleo.

Pero las raíces de la democracia liberal venezolana resultaron ser poco profundas. Dos décadas de políticas económicas mal llevadas diezmaron la popularidad de los partidos tradicionales y un demagogo carismático, cabalgando la ola de un boom petrolero, no perdió la oportunidad de aprovecharse de la situación. Bajo estas inusuales condiciones, logró barrer en pocos años toda la estructura de control y contrapesos democráticos.

Al concluir el boom de los precios del petróleo en 2014, Venezuela no sólo se quedó sin los ingresos de los cuales dependía la popularidad y la influencia internacional de Chávez, también perdió el acceso a los mercados crediticios del mundo. Esto dejó al país doblemente expuesto: no sólo tenía menos petrodólares, sino que debía dedicar una mayor proporción de sus menguados ingresos a pagar la gigantesca deuda contraída durante el boom. Venezuela terminó con la estructura política típica de las autocracias que descubren petróleo: una oligarquía depredadora, extractiva, que ignora los sufrimientos del pueblo, pero que mantiene contenta a una élite militar, dispuesta a reprimir violentamente a sus compatriotas cuando protestan.

La crisis resultante se está transformando en el peor desastre humanitario del hemisferio occidental. Las cifras exactas del colapso del PIB son difíciles de obtener, pero los economistas estiman que excede la caída del 40 por ciento del PIB de Siria desde el 2012, que fue producto de su devastadora guerra civil. La hiperinflación, que ya supera un millón por ciento anual, ha llevado al 61 por ciento de los venezolanos a la pobreza extrema. Un 89 por ciento de los encuestados afirma que no tenía dinero para comprar suficiente comida para sus familias y un 64 por ciento señala que había perdido un promedio de 11 kilogramos (alrededor de 24 libras) en peso corporal, debido al hambre. Cerca de diez por ciento de la población, 2.6 millones de venezolanos, ha huido a países vecinos.

El Estado venezolano ha dejado de proveer casi todos los servicios públicos fundamentales, como salud, educación y seguridad ciudadana. Lo único que los venezolanos pueden esperar en forma consistente de parte del Estado es su implacable violencia represiva. Ante las protestas masivas de 2014 y 2017, el gobierno respondió con miles de arrestos, palizas brutales, torturas y el asesinato de más de 130 manifestantes. Para finales del 2018 los reportes de torturas sistemáticas a militares que se oponen al gobierno son comunes.

Mientras tanto, la criminalización del país ha ido aumentando, ya no sólo porque los criminales logran evadir las fuerzas policiales o porque actúan en complicidad con ellas, sino porque el estado se ha transformado en el principal protagonista de la actividad económica criminal. El tráfico de drogas se ha posicionado, junto con el petróleo y la manipulación del mercado de divisas, como fuente clave de ganancias mal habidas para la élite gobernante. Funcionarios de alto nivel, e incluso miembros de la familia presidencial, han sido implicados en casos de narcotráfico en los Estados Unidos. Una pequeña élite bien conectada ha robado al erario público en proporciones sin precedentes. En agosto, varios empresarios cercanos al régimen fueron acusados en tribunales federales de los Estados Unidos del lavado de más de US$ 1.2 mil millones en fondos ilegalmente obtenidos, y ésta es sólo una en la vertiginosa variedad de estafas que constituyen parte del saqueo de Venezuela. Todo el sureste del país se ha convertido en un gran campo de minería ilegal, donde gente desesperada por el hambre, que ha dejado las ciudades, ha llegado a probar suerte en peligrosas minas manejadas por bandas criminales que operan bajo protección militar. Dentro de las cárceles, bandas criminales trabajan de la mano con las fuerzas de seguridad oficiales y dirigen lucrativas operaciones de extorsión que los han convertido en las autoridades civiles de facto a todo lo largo del país. La Oficina Nacional del Tesoro, el Banco Central y la compañía petrolera nacional se han transformado en laboratorios donde se conciben complicados crímenes financieros. Con el colapso de la economía de Venezuela, la frontera que separa el estado del crimen organizado ha desaparecido.

EL DILEMA VENEZOLANO

Cuando el presidente, Donald Trump, se reúne con algún dirigente latinoamericano, suele insistirle que la región debe hacer algo frente a la crisis venezolana. Trump le ha pedido a su equipo de seguridad nacional que busque alternativas “fuertes”, y llegó a declarar en una oportunidad que existían “numerosas opciones” para Venezuela y que él “no descartaba la opción militar”. El Senador republicano Marco Rubio de Florida también ha coqueteado con la respuesta militar. Sin embargo, el Secretario de Defensa James Mattis, se hizo eco de un sentimiento común en el aparato de seguridad norteamericano declarando públicamente que “la crisis venezolana no es un asunto militar”. Todos los países vecinos han manifestado su oposición a un ataque armado contra Venezuela.

Y con razón. Las fantasías de Trump sobre una invasión militar son profundamente erradas y extremadamente peligrosas. Aunque un ataque militar dirigido por los Estados Unidos seguramente podría derrocar a Maduro sin dificultades, cualquier intervención apoyada en la fuerza militar debería ser parte de un plan y no un evento aislado. Requiere organización, apoyos internacionales reales y no retóricos, y un plan de lo que pasaría en los días y meses posteriores a la caída del gobierno. Una de las más difíciles decisiones es quién gobernaría a Venezuela después de Maduro. Como ya hemos dicho la oposición ha sido diezmada por sus conflictos internos y por la efectividad de los agentes cubanos para neutralizar a cualquiera que se destaque como líder.

Sin embargo, los Estados Unidos continuarán bajo presión para encontrar alguna manera de contener el colapso de Venezuela. Hasta ahora, las iniciativas propuestas sólo han servido para resaltar el hecho que, en realidad, es poco lo que Estados Unidos puede hacer. Durante la administración de Obama, los diplomáticos estadounidenses trataron de abordar directamente al régimen. Pero las negociaciones fueron infructuosas. Maduro utilizó estos acercamientos bajo mediación internacional para neutralizar las protestas callejeras: los dirigentes suspendían las manifestaciones para darle un chance al diálogo, pero los negociadores chavistas sólo presentaban evasivas y otorgaban concesiones mínimas, diseñadas para dividir a sus opositores, mientras ellos mismos se preparaban para la próxima ola represiva. Los Estados Unidos y los países vecinos parecen haber entendido al fin que, tal como están las cosas, el diálogo juega a favor de Maduro.

Algunos han sugerido utilizar sanciones económicas severas para presionar a Maduro e instarle a que renuncie. Los Estados Unidos ya lo ha intentado. Aprobaron varias rondas de sanciones, tanto bajo la administración de Obama, como bajo la de Trump, para impedir que el régimen adquiriera nuevas deudas y para obstaculizar las operaciones financieras de la petrolera estatal. Junto con Canadá y la Unión Europea, Washington también aplicó sanciones contra funcionarios específicos del régimen, al congelar sus bienes en el exterior e imponerles restricciones de viaje. Pero tales medidas son redundantes: si la tarea consiste en destruir la economía de Venezuela, ningún conjunto de sanciones podrá ser más eficaz que las que le ha propinado al país el propio régimen. Lo mismo se puede aplicar a un posible bloqueo petrolero: la producción de petróleo ya está en caída libre. En la Venezuela de hoy es difícil conseguir gasolina.

Washington puede enfocar su estrategia política en otras áreas. Estados Unidos puede tender una red más amplia contra la corrupción, e impedir no sólo a los funcionarios deshonestos, sino también a sus testaferros y familiares, disfrutar de los frutos de la corrupción, del tráfico de droga y de la malversación. También sería útil ampliar el existente embargo norteamericano de armamento y convertirlo en uno global.

Después de un largo período de vacilaciones, el resto de los países latinoamericanos han comprendido al fin que la inestabilidad de Venezuela se desbordará inevitablemente por sus fronteras.

A medida que retrocede la “ola rosa” de centro izquierda de los primeros años de este siglo, un nuevo grupo de dirigentes más conservadores en Argentina, Brasil, Chile, Colombia y Perú ha inclinado la balanza contra la dictadura de Venezuela, pero la falta de opciones factibles también los limita. La diplomacia tradicional no ha funcionado e incluso ha sido contraproducente. Por ejemplo, en 2017, los países latinoamericanos amenazaron con suspender la membresía de Venezuela en la Organización de Estados Americanos. El régimen respondió retirándose unilateralmente de la organización, lo que reveló cuán poco le importaba la presión diplomática tradicional.

Refugiados venezolanos cruzan el Rio Táchira para llevar sus pertenencias a Colombia en agosto del 2015. – Carlos Garcia Rawlins / REUTERS

Los exasperados países vecinos de Venezuela observan la crisis cada día más a través del problema migratorio; su prioridad es detener el flujo de personas hambrientas que huye de Venezuela y crea nuevas presiones sobre sus servicios públicos. A medida que va surgiendo una reacción en contra del flujo de refugiados venezolanos, algunos países latinoamericanos están pensando encerrar sus puertas, una tentación que deben resistir pues sería un error histórico que sólo empeoraría la crisis.  La realidad es que los países latinoamericanos no tienen idea de qué hacer para influir en Venezuela. Tal vez no haya nada que puedan hacer, salvo aceptar a los refugiados, lo cual al menos ayudaría a aliviar el sufrimiento del pueblo venezolano.

PODER PARA EL PUEBLO

Hoy, el régimen está tan sólidamente afianzado que es mucho más probable que se dé un cambio de caras que un cambio de sistema. Tal vez Maduro pueda ser desplazado por un dirigente ligeramente menos incompetente, capaz de estabilizar la economía y reducir las presiones sociales e imponer un rol menor para Cuba. Tal solución sólo significaría una petro-cleptocracia bajo dominación extranjera más estable y no un retorno a la democracia.

Aún si las fuerzas de la oposición, o un ataque armado de los Estados Unidos, lograran de alguna manera reemplazar a Maduro por un nuevo gobierno, la agenda que se les impondría por delante sería abrumadora. El régimen que reemplace al de Maduro tendría que reducir el inmenso papel que ahora juegan los militares en todas las áreas del sector público. Tendría que partir de cero a reconstruir servicios básicos como la salud, la educación y la seguridad. Tendría también que reconstruir la industria petrolera y estimular el crecimiento en otros sectores económicos. Tendría que enfrentar a los traficantes de droga, a las bandas criminales, a los mineros depredadores, a los ricos criminales financieros y a los extorsionistas que se han enquistado en cada órgano del estado. Y tendría que acometer todos estos cambios en el contexto de un entorno político tóxico y anarquizado y en medio de una grave crisis económica.

Dada la magnitud de estos obstáculos, es probable que Venezuela siga siendo pobre e inestable durante mucho tiempo. El desafío inmediato para sus ciudadanos y sus líderes, así como para la comunidad internacional, es contener el impacto del declive de la nación. A pesar de todas las miserias que ha sufrido, o quizás a consecuencia de ellas, el pueblo venezolano nunca ha dejado de luchar contra el mal gobierno que lo azota. Hasta el día de hoy, los venezolanos han seguido organizando cientos de protestas todos los meses. La mayoría de ellas apuntan a problemas locales, movidas por vecinos o grupos de base con poco liderazgo político, pero muestran a un pueblo con la voluntad de pelear por sus intereses.

¿Bastará esto para cambiar el rumbo sombrío por el que va el país? Probablemente no. La desesperanza está llevando a más y más venezolanos a fantasear con una intervención militar dirigida por Trump: un deus ex machina fervientemente deseado por un pueblo que ha sufrido por demasiado tiempo. Pero se trata sólo de una fantasía de venganza, no de una estrategia seria.

La mejor esperanza de los venezolanos está en asegurarse de que no se extingan las protestas y la disidencia social. La resistencia a la dictadura debe mantenerse viva. Porque esa tradición de protesta podría un día sentar las bases de la recuperación de las instituciones cívicas y de las prácticas democráticas. No va a ser fácil, ni mucho menos rápido. Pero Venezuela ha dado grandes sorpresas en el pasado, y puede volver a hacerlo.

España impidió coalición militar internacional para derrocar a Maduro por  Francisco Poleo – El Nacional – 9 de Noviembre 2019

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La coalición militar internacional para derrocar a Nicolás Maduro fue una posibilidad real a principios de año, justo cuando Juan Guaidó asumió como presidente encargado de Venezuela. En una alianza que apenas meses después luce improbable, Estados Unidos y los países cabeza de la Unión Europea estaban dispuestos a proceder contra el régimen venezolano. Pero hubo uno de ellos que dio al traste con la movida al no apoyarla: España.

Washington había conseguido que Berlín y París apoyaran militarmente a la Asamblea Nacional venezolana, nos confirman fuentes de alto nivel con acceso a la entonces cúpula de la Unión Europea. Dentro de una gran coalición internacional, la Casa Blanca sí habría estado dispuesta a encabezar la remoción por la fuerza de Maduro. A lo que se negaba, y se niega, rotundamente Trump es a que Estados Unidos haga todo el trabajo mientras los demás miran los toros desde la barrera y luego le recriminan el intervencionismo.

Con la presión de la posición de los gobiernos tanto de Francia como de Alemania, hasta la socialista italiana Federica Mogherini, entonces alta representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea y contraria a movidas extremas, habría aceptado la posibilidad de ese desenlace forzoso si Maduro bloqueaba una salida pacífica a la crisis venezolana. En ese momento, las cancillerías consideraban un punto de quiebre que el régimen chavista impidiera la entrada de la ayuda humanitaria pautada para finales de febrero, como en efecto ocurrió. Maduro jugó con fuego al reprimir violentamente la entrada de los convoys cargados de alimentos y medicinas, pudiendo dar la excusa perfecta para una respuesta militar. Sin embargo, tuvo en Madrid a un aliado crucial para su permanencia en el poder.

Borrell habría recibido la orden de Sánchez de movilizarse rápidamente para impedir que tomara forma la coalición, ya impensable en el contexto internacional actual, según las fuentes. Sumar a la Unión Europea era la pieza definitiva para un Estados Unidos que tenía ganada a Suramérica a través del Grupo de Lima. Hoy el panorama es muy distinto con los choques entre Washington y las principales economías europeas, más la crisis de los gobiernos de centro-derecha en el cono suramericano.

La misma fuente en Bruselas nos confirma que el conservador italiano Antonio Tajani, entonces presidente del Parlamento Europeo, tenía todo listo, también en febrero de este año, para implementar duras sanciones a jerarcas del chavismo similares a las impuestas por Washington, pero esto también fue impedido por España.

La voz de España es la que más retumba en Bruselas a la hora de tratar asuntos de América Latina. La negativa de Sánchez a una rápida salida de Maduro del poder sería la razón para que la Asamblea Nacional venezolana y a sus aliados hemisféricos se replantearan la estrategia que hoy, a trancas y barrancas, tratan de materializar mediante la vía de una negociación interna que culmine en unas elecciones presidenciales legítimas. Un bloqueo de Madrid sería suficiente para que el moméntum cambiara radicalmente, siendo el origen real del antagonismo actual de la Casa Blanca con La Moncloa. El gobierno de Trump considera que Sánchez ha protegido al chavismo, inclusive ayudándolos a sortear las sanciones internacionales al permitirles el uso de una cuenta en el Banco de España para realizar operaciones financieras.

Febrero de 2019 fue un mes particularmente álgido para Venezuela tanto a nivel nacional como internacional. Juan Guaidó tenía pocos días como presidente encargado de Venezuela. Su nivel de popularidad estaba por la estratosfera. En encuesta publicada el 31 de enero de 2019, pocos días después de la juramentación en un acto masivo en Caracas, la encuestadora Hercon Consultores aseguraba que 81,9% de los venezolanos reconocía a Guaidó como su presidente. Las manifestaciones populares rompían récords de asistencia. La oposición parecía más unida que nunca, un milagro visto lo visto en los últimos tiempos. Con ese panorama, Maduro se aferraba a los militares, sin tener muy claro si contaba realmente con su apoyo. A fin de cuentas, era un terreno tan nuevo que nadie sabía exactamente en dónde estaba parado.

Fue en ese momento en donde hasta 55 países dieron su apoyo a Juan Guaidó como presidente (e) de Venezuela. Entre ellos, España. El gobierno de Pedro Sánchez estuvo receloso al respecto los primeros días, pero terminó entrando en el carril que impuso la Unión Europea. La tesis de La Moncloa fue, y sigue siendo, que deben reconocer simbólicamente la legitimidad de la presidencia de Guaidó pero también que el poder real en Venezuela es ejercido por Nicolás Maduro. Sí, pero no. Dándole largas al asunto, hoy el chavismo se ha fortalecido nuevamente interna y externamente.

La cucaracha no se sienta por Antonio A. Herrera-Vaillant – El Universal – 26 de Septiembre 2019

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Para los millones que sufren la dictadura la espera se hace interminable y desesperante. Pero la penosa realidad de Venezuela es compleja y no parece tener una solución providencial o instantánea. Que cese la usurpación es condición imprescindible pero no suficiente para restablecer al país al sendero de la paz, la civilización, el desarrollo, y la prosperidad.

 En tales etapas de incertidumbre se desgastan muchas energías discutiendo si un régimen de fuerza voluntariamente cede el poder. La respuesta rápida y sencilla siempre será que no, jamás lo hace voluntariamente. Tienen que confluir los factores necesarios que lo obliguen a ceder, gústele o no, en el mejor de los casos negociando algunas condiciones.

 Que la conjunción de factores sea bélica o militar es harina de otro costal. De momento la comunidad internacional ha descartado usar fuerzas militares externas para demoler a la satrapía. Tendría que sobrevenir un “casus belli” internacional suficientemente grave que justifique tal extremo. Mientras ello no ocurra resulta fantasioso insistir sobre el tema.

 Pero eso no significa que todo esté perdido, ni remotamente. El movimiento democrático interno y la comunidad internacional aún cuentan con opciones para seguir apretando paulatinamente las tuercas que implacablemente aprietan un férreo cerco hasta que se desplomen las bases cada vez más mermadas que sostienen a la dictadura, sin recurrir a un contingente armado foráneo.

 El agotamiento de sus opciones materiales, aunado a la deleznable calidad humana de sus mediocres personeros y la hoy inquebrantable voluntad democrática – nacional e internacional – de ponerle fin a esta aberración así lo han dispuesto inapelablemente. Lo que queda es dirimir el cómo y el cuándo.

 Dentro de su obtusa mentalidad criminal, el régimen ha escogido terminar de la peor manera posible, en medio de un lento pero inexorable declive con el mayor costo político, económico y social imaginable.

 Aunque es difícil predecir el instante en que comenzará el desmoronamiento interno de las fuerzas que sostienen el parapeto – si es que ya no está en marcha – esa ha sido la historia de los regímenes comunistas en casi todo el planeta, comenzando por la Unión Soviética y pasando por todas las naciones de Europa del Este.

 Hoy está fuera del alcance de los sátrapas criollos tomar el astuto camino de la evolución emprendido en China y otros en el Lejano Oriente. Y si pretendieran erigir una bizarra seudo monarquía como en Corea del Norte o la parasitaria Cuba, habría que preguntarles: ¿Con qué se sienta la cucaracha?

 

 

 

La guerra de Maduro por Carlos Blanco – El Nacional – 25 de Septiembre 2019

  1. 1. La hipótesis de guerra en Venezuela, manejada por los militares de Maduro y su mando político, es que viene una invasión de fuerzas combinadas de Estados Unidos, Colombia y de grupos venezolanos perseguidos por el régimen y que se encuentran en el exterior. Esta idea se ve reforzada con la que hay en la mayoría del país según la cual, sin ayuda militar externa, no se podrá conquistar la libertad y, por tanto, la invasión es deseable y casi inevitable.
  2. Esta tesis se acompaña habitualmente con el concepto que afirma que si entra una fuerza liberadora desde el exterior, por Occidente llegarían sin dificultad hasta La Rinconada y por Oriente no se frenarían sino en La Urbina. Tal percepción obedece a la debacle institucional de la Fuerza Armada y a la chatarra en que se han convertido sus jefes y sus equipos; siendo este descalabro tan cierto como evidente.
  3. Sin embargo, si sabemos que no hay posibilidades políticas de una invasión con tropas de infantería por el costo humano y material que significaría para todos los países envueltos, y dadas las determinaciones domésticas en los países más solidarios con la causa de la libertad en Venezuela, cabe preguntarse cuál es la realidad de una posible conflagración militar.
  4. Tengo la impresión de que quien va a provocar el conflicto es Maduro. Antes diré que la posibilidad de una acción exitosa y rápida político-militar externa de apoyo a la causa de la democracia solo sería posible con un movimiento interno unido y que comprendiera esa intervención como parte de su propia lucha. Sin embargo, lo que ha habido en las semanas y meses recientes es un desleimiento por la vía del diálogo noruego, de las increíbles maniobras para una elección perversa que tenga como contendores a Maduro y a Guaidó, y la irrupción por los flancos de los nuevos dialogantes, presentados como los del género de los que “sí obtienen resultados”.
  5. No parece viable en el corto plazo una acción militar externa autónoma. Pero el conflicto armado no está descartado sino que incrementa su probabilidad. Sostengo que el régimen está convencido de su inevitabilidad y por esta razón lo puede provocar a su ritmo, a su tiempo.
  6. Maduro dispone de algunos equipos de artillería, blindados, aéreos y navales, que pueden provocar su guerra y obligar a una respuesta en el vecindario, con el apoyo de Estados Unidos, lo que lo llevaría en sus delirios a “vietnamizar” el país, con grupos de combate civiles y militares independientes, destinados a hostigar y someter “al invasor” cuya presencia habría provocado previamente.
  7. Sé que todo suena loco. Sin embargo, no olvidemos que los delirios infundados provocan conflagraciones. Lo que no calcula Maduro es que el inicio de la aplicación del TIAR acordado esta semana sin excluir la acción militar le puede pulverizar su estrategia.

 

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