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Más de 200 millones de bolívares mensuales necesitarás para obtener la canasta alimentaria – Yo Soy Venezolano – 20 de Junio 2018

El precio de la Canasta Alimentaria Familiar (CAF) de mayo de 2018 se ubicó en 220.138.620,81 bolívares, aumentando Bs. 119.963.639,83, 119,8% con respecto al mes de abril de 2018 y 22.115,6% entre mayo de 2017 y mayo de 2018.

Se requieren 220 salarios mínimos (1.000.000,00 bolívares) para poder adquirir la canasta, referida a una familia de cinco miembros: 7.337.954,02 bolívares diarios, 7.33 salarios mínimos diarios.

-Todos los rubros subieron de precio

Todos los rubros de la canasta alimentaria aumentaron de precio: raíces, tubérculos y otros, 266,4%; frutas y hortalizas, 193,4%; pescados y mariscos, 126,8%; café, 125,0%; azúcar y sal, 119,7%; cereales y productos derivados, 108,6%; leche, quesos y huevos, 107,5%; carnes y sus preparados, 90,6%; salsa y mayonesa, 78,1%; granos, 69,0% y grasas y aceites, 59,8%.

-Precios controlados

Debido a que no se publican oficialmente los precios controlados, administrados, justos o acordados, no es posible continuar realizando el seguimiento y la comparación de los precios regulados y los precios de mercado que se venían haciendo desde el año 2003.

-Escasez

Quince productos presentaron problemas de escasez: leche en polvo, atún enlatado, margarina, avena, azúcar, aceite de maíz, lentejas, arroz, harina de trigo, pastas alimenticias,harina de maíz, café, mayonesa, pan,queso amarillo: el 25,00% de los 60 productos que contiene la canasta.

Las variaciones de precios de los grupos que conforman la Canasta Alimentaria Familiar se detallan a continuación:

La yuca subió 353,6%
El tomate subió 352,7%
El coro-coro aumentó 171,1%
El ½ kilo de café aumentó 125,0%
El kilo de azúcar cuesta 642.878,78 bolívares, en promedio
La harina de trigo se vende en 1.570.000,00 bolívares el kilo.
La leche en polvo cuesta 3.938.775,51 bolívares el kilo.
El kilo de bistec se vende en 4.549.264,70 bolívares.
Salsa y mayonesa subió 78,1%.
Los granos aumentaron 69,0%.
La margarina subió 87,8%.
Un almuerzo cuesta 1.100.000,00 bolívares en promedio.

Proyecciones económicas para América Latina – FMI – Junio 2018

Venezuela: ¿hacia un protectorado ruso o chino? por Andrés Oppenheimer – Portafolio – 21 de mayo 2018

56cb66cc31d6d.pngLas dos potencias pueden haber decidido que es hora de cambiar la gerencia de ese país para proteger sus intereses.

El gobierno del presidente Trump ha hecho llamados cada vez más explícitos a un golpe militar que termine con la dictadura de Venezuela y restablezca la democracia en ese país.

Pero varios expertos están empezando a advertir que esta salida podría ser contraproducente, porque llevaría a un régimen pro-ruso o pro-chino.

Evan Ellis, un experto en América Latina de la Escuela de Guerra del Ejército de Estados Unidos, y Brian Fonseca, un profesor de la Universidad Internacional de Florida que ha escrito extensamente sobre el ejército venezolano, se encuentran entre quienes dicen que un golpe en Venezuela tendría más probabilidades de instalar un régimen pro-ruso o pro-chino, que uno pro-estadounidense.

“EE. UU. no ha tenido vínculos con el ejército venezolano desde hace casi dos décadas, y Rusia, China y Cuba han llenado ese espacio”, me dijo Fonseca.

Los oficiales militares venezolanos han asistido a escuelas militares rusas y chinas durante los últimos años, y Venezuela es el mayor comprador de equipos militares rusos y chinos. Además, hay un gran número de asesores cubanos en todo el aparato de seguridad venezolano, agregó.

Ambos expertos, con quienes hablé por separado en los últimos días, coinciden en que será difícil para el dictador venezolano Nicolás Maduro aferrarse al poder por mucho más tiempo. Y que las fraudulentas elecciones del 20 de mayo no lo ayudarán a revertir sus problemas económicos y políticos.

La economía de Venezuela ha colapsado, y se espera que la inflación alcance el 13.000 por ciento –la más alta del mundo– este año.

CARAS DE LA CRISIS

La crisis humanitaria está empeorando día a día, al punto de que el salario mínimo se ha desplomado a $3,6 dólares por mes, apenas lo suficiente para comprar dos latas de atún.
La producción de petróleo, que representa el 90 por ciento de los ingresos de Venezuela, ha caído de 3,5 mil millones de barriles diarios hace veinte años a menos de 1,5 mil millones en la actualidad. Cinco de sus seis refinerías de petróleo están casi paralizadas y los acreedores están buscando confiscar los activos del país.

En medio de esta vorágine descendiente, Rusia y China –que tienen importantes inversiones petroleras allí– pueden haber decidido que es hora de cambiar la gerencia de Venezuela para proteger sus intereses, dicen Ellis y Fonseca.

Los llamados no tan velados del gobierno de Estados Unidos a favor de un golpe en Venezuela podrían ser un factor adicional que impulse a Rusia o China a intervenir, afirman los académicos.

Juan Cruz, el director para América Latina de la Casa Blanca, pidió recientemente que los militares venezolanos “respeten su juramento” y defiendan la constitución, en lugar de ponerse de parte de la dictadura de Maduro.

Fonseca me dijo que “Rusia o China podrían sentir que Estados Unidos está cada vez más cerca de hacer algo en Venezuela, y que si un régimen proestadounidense llega al poder, eso podría diluir sus respectivos intereses en ese país”.

EL JUEGO DEL PODER

Ellis, de la Escuela de Guerra del Ejército de Estados Unidos, afirmó que un golpe respaldado por Rusia y China podría ayudar a ambos países a obtener derechos adicionales para explotar los campos petroleros de Venezuela.

A cambio de eso, China y Rusia darían asistencia técnica para poner a funcionar los pozos petroleros.

“Los chinos y los rusos manejarían los campos petroleros, pagarían a las élites venezolanas corruptas y pagarían lo suficiente para mantener contentos a los militares venezolanos”, afirmó Ellis.

“Eso también les aseguraría la continuación de un régimen amigo cerca de las costas de Estados Unidos”, añadió.

De acuerdo con Ellis, “los rusos y los chinos manejarían el país. Y mientras no haya bases militares rusas o chinas, habrá quienes en Washington dirán que no sería un gran problema”. Agregó que “eso sería un gran error”.

Mi opinión: Ante el desastre humanitario en Venezuela no se puede descartar un nuevo levantamiento popular, o una rebelión militar.

Pero después de escuchar a Ellis y Fonseca, no apostaría a que un golpe militar necesariamente conduzca a la restauración de la democracia.

También podría conducir a una dictadura más eficiente que la actual, y que convierta al país en un protectorado ruso o chino.

Venezuela: las trampas del hambre en jornada electoral por Francesco Manetto – El País – 20 de Mayo 2018

El desastre económico del país mantiene bajo el yugo a la población. Mientras, el régimen teje fidelidades ante las elecciones presidenciales

El Portugués mide las palabras y evita los aspavientos delante de los clientes. Luce un cuidado bigote con canas y entremezcla los recuerdos con la indignación detrás del mostrador de El Chamo, la carnicería que regenta desde hace décadas en Petare, el barrio popular más grande de Caracas. El Portugués vende, o vendía, solomillos, chorizos y morcillas. José Florentino, este es su verdadero nombre, que pocos conocen, rememora los sucesos del Caracazo, el sangriento estallido social que partió en dos el destino de Venezuela. Se originó en 1989 tras una fuerte subida de precios, durante el Gobierno de Carlos Andrés Pérez, y sectores del chavismo lo reivindican hoy como premisa de la llamada revolución bolivariana.

“A mí me agarró aquí y me saquearon, pero entonces era fácil porque todo era más barato. La gente ya no hace mercado”. Tras las impresiones de este comerciante, a punto de cumplir 60 años, hay dos realidades en torno a las que existe consenso incluso más allá de las posiciones políticas. Primero, la situación de la gran mayoría de la población, su odisea cotidiana para sobrevivir, nunca había sido tan insostenible. Segundo, la escasez y el yugo de los precios han tejido tramas de fidelidades que atan a los ciudadanos a las autoridades a través de las bolsas de comida y los subsidios y, al mismo tiempo, fomentan negocios informales o directamente al margen de la ley. El kilo de carne se disparó hace semanas por encima de los dos millones de bolívares, la moneda local, y llegó a rozar el salario mínimo integral, fijado en 2,5 millones. Menos de tres dólares al cambio no oficial (2,6 euros).

Hablar de costes hoy en un barrio de Caracas se ha convertido en una especie de quiniela. Los precios aumentan en cuestión de días, a veces horas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé un incremento del 1.800.000% en dos años, un drama superado en este siglo solo por Zimbabue. Y mientras el desastre económico se consolida, el régimen de Nicolás Maduro busca fortalecerse en unas elecciones presidenciales convocadas con unas reglas del juego que, según las fuerzas mayoritarias de la oposición, favorecen al Gobierno y suponen un mero trámite. Algo más de 20 millones de venezolanos se debaten entre votar y no acudir a las urnas por falta de garantías como piden las principales formaciones críticas con el chavismo.

“Voy a votar porque es un deber. Un buen ciudadano debe votar”, dice Carmen Holguín, costurera de 55 años, mientras espera el autobús en una larga cola que serpentea en una esquina del sector de Catia, una de las zonas más fieles a la memoria del expresidente Hugo Chávez. “Espero un cambio que sea bueno para todos porque estamos viviendo muy mal. No alcanza el dinero para nada. Cada día suben los precios”, se lamenta. Aunque no confiesa su voto, se intuye su simpatía por Henri Falcón, el representante opositor con más peso en estos comicios. William José y Víctor Valera, transportistas, muestran su desencanto con la política, pero tienen posturas distintas. “No voy a votar, ya me cansé en 2003. Ni por uno ni por otro”, asegura el primero, mientras el segundo está dispuesto a dar su apoyo a Falcón, quien se alejó de los postulados de la revolución bolivariana en 2010. “Lo más seguro es que me lance y vaya a votar. Pienso que ese hombre tiene unas ideas muy claras. Pero la política tiene mil caras”, opina sobre las sospechas de que haya pactado con Maduro un puesto en su Gobierno.

No obstante, las elecciones y su resultado, más que previsible, no son lo que más interesa en las calles de Caracas, en los mercados, en los barrios humildes y en los municipios opositores como Chacao. Con la salvedad de los chavistas ortodoxos, los caraqueños están mucho más preocupados por la seguridad —en 2017 hubo casi 27.000 asesinatos, de los que más de 5.000 se produjeron por resistencia a las fuerzas de seguridad, según el Observatorio Venezolano de Violencia—, por el colapso de los servicios públicos y un modelo productivo extractivista, por la caída de PDVSA, la petrolera estatal, el desabastecimiento y el aislamiento internacional. Cientos de miles de personas huyeron en los últimos meses a la vecina Colombia en busca de oportunidades.

Dar con alguien con ganas de desahogarse no es difícil. Más complicado es superar la desconfianza inicial, relacionada con el control que ejercen sobre la población las autoridades. La advertencia es habitual: cuidado con los colectivos motorizados, los grupos de choque del chavismo. Junior Moral, de 33 años, está a vueltas con unas cuentas en un establecimiento vacío. En el mostrador, un puñado de empanadas. “Una cuesta ya 200.000 bolívares. Un desayuno, tres empanadas y un jugo serían 800.000 bolívares. Si comes dos días ya prácticamente se te murió el sueldo. ¿Con qué sobrevivimos los otros 29 días? Cada día, cada hora, cada segundo la situación se hace más difícil”, describe. Moral no votará a pesar del hartazgo. O, en realidad, precisamente por el hartazgo. “Si de verdad saliera la gente a votar, yo creo que podríamos ganar, pero como todo está comprado, no va a pasar. Creo que hace cinco años ganó Henrique Capriles”, afirma sobre las elecciones de 2013.

A pocos metros, la discusión en un puesto de plátanos gira en torno a la mala calidad de los servicios y de las misiones, los proyectos sociales de barrio impulsados por Chávez con el apoyo del Gobierno cubano. “¿Qué queremos nosotros de Maduro? Que haga como Chávez, que corte por arriba, no por abajo”, resume Gladys Contreras, de 46 años, enferma y desempleada en un sistema que el año pasado superó el 27% de paro, según el FMI. “Tengo el carnet de la patria y del PSUV [Partido Socialista Unido de Venezuela] y yo era de las que me ponía a pelear con cualquiera. Pero no voy a votar. Por ninguno, no tiene sentido porque esto ya está arreglado”, continúa.

El carnet de la patria

El llamado carnet de la patria es un documento con el que el chavismo trata de asegurarse el apoyo de las clases populares. En el país circulan más de 16 millones. Permite acceder a bonos y servicios y, aunque sobre el papel no sirva para tener una atención preferente en la recepción de las cajas periódicas de alimentos, es un instrumento utilizado para medir la fidelidad al régimen.

En Petare, Pedro Key, jubilado de 65 años, y Romina Oporte, educadora de 34, se encargan de repartir esa bolsa a través de los Comités Locales de Abastecimientos y Producción (CLAP). Esto es, una ayuda introducida por Maduro en 2016 que, como ha denunciado en repetidas ocasiones la oposición, es la base de las redes clientelares. Cada caja contiene algunos paquetes de pasta, harina, leche, sal, arroz, azúcar, aceite, atún, tomate y mayonesa… “Soy uno de los que lleva los beneficios a una parte de la población”, explica Key, veterano militante chavista. Cada mes, en el mejor de los casos, coordina la distribución de esos productos entre 503 familias de la comunidad.

A pesar de su entrega absoluta a la causa, también transmite perplejidad sobre la situación. “Maduro dice que después, el 21, las cosas van a cambiar. Ojalá sea verdad. Él tiene que mejorar la economía, llevamos cinco años aguantando esto”, explica sobre lo que califica de “guerra económica”. “Los países que hoy tenemos un poco de revolución somos los más atacados en el planeta”, continúa. “Hay una larga tarea, hay que levantar el país”, tercia Romina Oporte. Mientras tanto, la trampa del hambre sigue siendo el principal recurso que permite al chavismo perpetuarse en el poder.

 

Venezuela con Nicolás Maduro – La Patilla – 15 de Mayo 2018

La Agence France-Presse (AFP) elaboró una infografía que resume las variables económicas del mayor desastre socio económico que ha padecido Venezuela en los últimos 100 años, producto del régimen socialista de Nicolás Maduro.

Ahi tienen las cifras que recibió al principio de su mandato, y el colapso que ha causado 6 años después. Nada más que comentar.

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Qué se puede comprar con el nuevo salario mínimo en Venezuela – El Nacional – 2 de Mayo 2018

El presidente Nicolás Maduro decretó esta semana un aumento del 95% del salario mínimo, el noveno desde 2017. ¿Una buena noticia para los trabajadores? En medio de una hiperinflación es un sí y un no. ¿Cuánto compra en realidad en el mercado? ¿Y comparado con países vecinos?
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“¿Cuándo habla Maduro?”, gritaba un empleado a otro en un supermercado de Caracas el domingo.

Se esperaba el anuncio del presidente de un nuevo incremento del salario mínimo que efectivamente llegó el lunes.

El aumento del 95% respecto al salario decretado el 1 de marzo no es una novedad en Venezuela:

Es el tercer incremento de 2018, el noveno desde enero de 2017 . El vigésimo cuarto desde que en 2013 Nicolás Maduro fue elegido presidente

Y el número 44 en los 19 años de la llamada Revolución Bolivariana que inició Hugo Chávez.

El presidente elevó este lunes el salario mínimo mensual hasta el millón de bolívares. Sumado el bono de alimentación alcanza los 2,55 millones.

Para tener una idea real de qué compran esos 2,5 millones de bolívares hoy en Venezuela, te presentamos una lista de cuánto cuestan algunos productos en un supermercado de una zona de clase media en Caracas el martes 1 de mayo.

1 lata de atún de 140 gramos: 1,1 millones de bolívares

1 kilo de pollo con hueso y piel: 1,37 millones

1 kilo de queso en lonchas: 2,8 millones

1 kilo de papas: 679.995 bolívares

2 rollos de papel higiénico: 688.000 bolívares

12 huevos: 526.000 bolívares

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AFP / Los 2,55 millones compran mucho menos de lo que parece.

De acuerdo a esos precios, si dedicáramos todo el nuevo salario mínimo mensual compraría:

2,3 latas de atún o
1,86 kilos de pollo o
910 gramos de queso o
3,75 kilos de papas o
7,5 rollos de papel higiénico o
Casi 5 docenas de huevos

 

AFP / Muchos venezolanos temen que el aumento de salario incida en un mayor aumento de precios.

Los supermercados lucen ahora más surtidos que en semanas y meses previos.

Eso ha hecho que ya no sean tan largas ni habituales las colas para entrar, aunque todavía se pueden encontrar cuando ponen a la venta productos a precios regulados.

Así es que más que la escasez, el problema en estos días de campaña electoral sea la hiperinflación.

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GETTY IMAGES / Estos días no son tan habituales las largas filas para comprar alimentos.

“La semana que viene ese salario sólo comprará una lata de atún”, me dice Luz, una empleada de hogar que está convencida de que los precios van a seguir subiendo a una velocidad mucho mayor que el salario.

“¿Y qué será entonces lo que vamos a comer?”, expresa su pensamiento en voz alta un comprador en el supermercado que se asusta de los precios marcados en los productos y de aquellos que, ya sin rotular, se deben consultar en un lector de código de barras.

¿Y comparado con otros países?

El nuevo salario mínimo en Venezuela al cambio a tasa oficial equivale a US$37,11, pero es de apenas US$3,6 si usamos el cambio paralelo en el mercado negro, el que de hecho fija en la economía real buena parte de los precios.

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GETTY IMAGES / La hiperinflación merma el poder adquisitivo de los venezolanos.

En Bolivia, por ejemplo, el salario mínimo es de US$305, en Colombia llega a US$279, en Argentina alcanza los US$465 y en México supone al cambio US$142.

Aunque en Venezuela muchos servicios son casi gratuitos (tanto el suministro de agua y luz presentan fallas en todo el país), las diferencias son enormes.

Para evidenciarlo, tomemos el ejemplo de la lata de atún. Si dedicáramos todo el nuevo salario mínimo en Venezuela compraríamos apenas 2,3 unidades.

Teniendo en cuenta el precio de la lata en estos países y el salario mínimo:

En Colombia se podrían comprar 93
En Bolivia 101
En México 178
En Argentina 232
Un “escudo”

El gobierno de Venezuela asegura que estos aumentos de salario, ya cada dos meses, son un “escudo” contra una “guerra económica” impuesta por “la oligarquía y el Fondo Monetario Internacional”.

Afirma que la inflación, que supone el alza casi diaria de precios y la destrucción del poder adquisitivo del venezolano, es inducida.

AFP / Es el tercer aumento de salario mínimo en lo que va de 2018.

Es la más alta del mundo y, según algunas mediciones, alcanzará en 2018 el 15.000% anual.

Muchos creen que el mismo aumento de salario ayuda a acelerar la inflación porque supone incrementar más la liquidez monetaria. Más bolívares no significan una mayor capacidad de compra.

“El aumento (de salario), más que un factor inflacionario es de protección necesaria obligada para la clase trabajadora”, defendió Maduro este lunes.

El gobierno obliga a vender ciertos productos a precios regulados muy bajos, pero cada vez son menos.

 

AFP / El desabastecimiento en los supermercados es menor a poco ya de las elecciones presidenciales.

Y Maduro también destaca como medida de protección la venta a un precio subsidiado de una caja con 15 o 24 productos, pero existen muchas quejas sobre la frecuencia de la venta y la calidad de los alimentos.

El economista Alejandro Grisanti, crítico con el gobierno, afirma que los aumentos de salario “no son la solución”.

“Pero son necesarios y deberían incrementar su frecuencia hasta que comience un cambio de política económica”, escribió en Twitter.

Pese a que gobierna desde 2013, Maduro promete esos cambios si gana las elecciones del 20 de mayo.

Mientras llegan o no, continúa la carrera por ver qué crece más rápido. Y de momento los precios ganan a los salarios.

Cronología aumento de salario mínimo 2018-2017 por Ysabel Fernandez – Venepress – 30 de Abril 2018

Un mes de trabajo puede ser equivalente al precio de un cartón de huevos tras el ajuste salarial

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Con miras a una reelección el presidente Nicolás Maduro anunció el tercer aumento del salario mínimo este 2018 a partir de mayo, que pasó de 392.000 bolívares a Bs.1.000.000. Este ajuste se registró en medio de una economía hiperinflacionaria y puede resultar insuficiente, ya que al momento un mes de trabajo puede ser equivalente al precio de un cartón de huevos, si se paga con tarjeta de débito.

La unidad tributaria aumentó a Bs. 850 lo que supone un aumento generalizado de los diferentes trámites como pasaporte, apostillar título, licencia de conducir entre otros documentos. Sumado a esto los precios de otros servicios también se elevan como el transporte público, que a la par del ajuste salarial va aumentando sus tarifas.

Para el mes de marzo, Canasta Alimentaria Familiar según el Cendas se ubicó en 52.043.223,28 bolívares y para el momento se requerían 132.5 salarios mínimos. La cifra de inflación que ha omitido el Banco Central de Venezuela pero que si ha sido publicada por la Asamblea Nacional se ubicó en 67% en el mes de marzo y la acumulada hasta esa fecha se situó en 453,7%.

A esto se le suma que está en puertas el próximo 4 de junio una nueva reconversión monetaria para la cual los empresarios aún no están preparados, según lo informado por María Carolina Uzcátegui presidente de Consecomercio, lo que puede derivar en un colapso.

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“La reconversión monetaria no será la solución a ninguno de los problemas que actualmente estamos viviendo” al tiempo que ha considerado la medida como “precipitada”.
Durante el 2017 el Ejecutivo Nacional hizo cinco ajustes salariales, en esa oportunidad los anuncios en lugar de alegría generó preocupación en la población.
 

La falta de efectivo en Venezuela fuerza a comprar un helado con una transferencia bancaria por Alonso Moleiro – El País – 10 de Febrero 2018

El Gobierno de Maduro alienta el pago digital de servicios y cifra parte de sus esperanzas en la aparición del Petro, la criptomoneda venezolana

El adulterado entorno económico venezolano ha consolidado un hecho insólito: la ausencia casi total de dinero en efectivo. En una nación que sufre los efectos de una altísima inflación y que presenta embates cíclicos de escasez de productos, la falta de dinero líquido para pagar aquello que ya de por sí puede tener un enorme valor está convirtiendo cualquier gestión cotidiana en una titánica tarea que exige un inusual despliegue logístico.

La falta de billetes es tan notoria que, con mucha frecuencia, los bancos admiten retiros que no sobrepasan los 20.000 bolívares al día (apenas unos centavos de dólar) por usuario. La circunstancia convierte transacciones cotidianas elementales en operaciones de complejidad: en la Venezuela actual, el propietario de un carrito ambulante de helados puede admitir un pago a posteriori por transferencias digitales acordado con el comprador.

El uso de los puntos electrónicos de venta es condición sine qua non para cualquier comerciante que quiera sobrevivir. Los cajeros automáticos permanecen precedidos de enormes colas en demanda de efectivo. Las monedas de metal, devoradas por el caos económico, tampoco existen. Aparcar un coche en un estacionamiento público puede requerir una intrincada operación previa para obtener los billetes que se necesitan para pagar el costo.

En la evaporación del dinero en efectivo concurren algunas de las mismas causas que han puesto en vigor el reino de la escasez en la Venezuela de Nicolás Maduro. La primera de ellas, un poderoso punto de fuga activado por bandas de contrabandistas y traficantes de productos que operan en la frontera con Colombia, que suelen aprovecharse del artificio que ofrece el sistema de subsidios y las asimetrías cambiarias promovidas por el Gobierno. Al ejercer operaciones ilegales, estos grupos precisan de efectivo para no dejar rastro bancario de sus coimas. Suelen contar con la colaboración o la anuencia de funcionarios militares y civiles corrompidos.

El economista Víctor Álvarez, premio nacional de Ciencias, opina que, además de este factor, también se debe tener en cuenta el voluminoso trafico de emigrantes que se desplaza hacia Colombia huyendo de la crisis, que saca los bolívares que tiene en las manos, devorados por la devaluación, en la ciudad colombiana fronteriza de Cúcuta, para poder cambiarlo en pesos colombianos. Álvarez no tiene dudas de que “hay una jugada para dejar sin medios de pago a la economía venezolana” conjurada contra el Gobierno de Maduro.

El brutal e inédito crecimiento de los precios ha hecho posible que las medidas anunciadas por el Banco Central de Venezuela para emitir un cono monetario (conjunto de monedas que existen en un país) actualizado con los niveles de inflación, con el objeto de paliar la situación, envejezcan a enorme velocidad.

Hace poco más de un año, una vez que la inflación convirtió en obsoletos los billetes que circulaban, el Gobierno de Maduro anunció la emisión de un nuevo cono monetario. La gestión para lanzar nueva moneda quedó empantanada en uno de los trámites administrativos de la Venezuela chavista. Maduro denunció la existencia de un complot para impedir el plan. La tardanza de los nuevos billetes generó disturbios callejeros en algunos poblados del interior del país y su llegada a la calle se produjo en un momento en el cual el aumento de los precios había rebasado por completo su capacidad de pago.

A estas alturas, en lugar de emitir nuevos billetes, el Gobierno de Maduro parece decidido a forzar el paso de toda la sociedad a adelantar el uso de transacciones digitales. El economista José Guerra, diputado de la Asamblea Nacional, comentaba en su cuenta de Twitter que el billete de 100.000 bolívares, que fue anunciado en noviembre y que casi no es visto en la calle, ha perdido ya el 70% de su valor nominal. Con 100.000 bolívares un usuario cualquiera apenas podrá pedir un café con leche sentado en una mesa.

Hace poco, Maduro formalizó el anuncio de la denominada “billetera virtual”, que busca estimular y masificar el uso de pagos electrónicos. El carnet de la patria, la herramienta actual para la transferencia de recursos y la inversión en programas sociales que maneja el Gobierno chavista, tiene código digital y centraliza la prestación de varios servicios estatales con su uso.

Álvarez opina que detrás del comentado anuncio de la criptomoneda del Gobierno de Venezuela, bautizada como el petro, se desarrolla una estrategia progresiva para desarrollar una reforma monetaria que termine desplazando al bolívar como moneda de uso legal en el medio plazo. “No hay forma de concretar ejercicios presupuestarios estables ni de hacer cálculos económicos con un bolívar que tenga esos niveles de inestabilidad”

Las modalidades de instrumentación y verdaderos fines del petro siguen siendo un misterio entre los entendidos. Algunos economistas opinan que, con su lanzamiento, el régimen de Maduro persigue obtener algunos recursos adicionales, que ofrezcan oxígeno fiscal y alivien las cuentas de la República, asediadas por las sanciones internacionales.

“El petro puede ser la punta de lanza para ensayar una total reconversión monetaria”, afirma. “El bolívar en este momento no tiene ninguna utilidad como instrumento de ahorro o como reserva de pago”. De hecho, Álvarez, apunta que, dentro del proyecto de la criptomoneda venezolana, ya está contemplado que los usuarios puedan cancelar servicios tributarios y bienes ofrecidos por el Estado usando el petro. El economista, sin embargo, tiene dudas sobre la eficacia y credibilidad con las que este proyecto puede ser emprendido por los funcionarios de Maduro.

De momento, de no tener punto electrónico de venta, un vendedor ambulante de perritos calientes tendrá que convenir con un cliente el pago posterior de la ingesta con una transferencia electrónica y resignarse a confiar en su buena voluntad.

 

La mar de las veces, acertado por Luis Vicente León – 10 de Febrero 2018

1505317186703Esta crisis es quizás la peor de nuestra historia. No sólo por la magnitud del deterioro, que ya es bastante, sino porque esta ocurriendo sin necesidad. Es una crisis inducida, por la ideología, por la ignorancia o por las dos, el resultado es igual. Ver la situación en la que se encuentra el país da rabia, frustración, asombro, miedo, pero sobre todo, mucha tristeza.

Venezuela sin medicinas. Con la infraestructura en el piso. Con la inflación más alta del mundo. Sin billetes ni monedas para pagar. Con escasez galopante. Mendigando una caja de comida del gobierno que puede o no puede llegar y de la que dependen familias completas que no pueden protestar a riesgo de perder lo que les dan.

Y entonces entiendes a los que se fueron y a los que se van. Primero lo hicieron muchos de los que más tenían. Llevaron sus familias y patrimonios lejos para protegerlos de lo que temían que pasaría y pasó. La pulverización del valor de sus inversiones en Venezuela.

Después se fueron muchos de los más educados y formados. El país se les volvió hostil y cavernícola. Su desarrollo profesional estaba comprometido. Mientras la tecnología, la ciencia, la medicina, la educación avanzaba en el mundo a pasos agigantados, en un mundo globalizado, su país retrocedía hacia una primitivización inimaginable en el siglo XXI. En un focus group nos decían: “Venezuela es Macondo. Y Macondo es bello y sabroso, pero ahí no se puede vivir”. Se fueron entonces los doctores más preparados…y los más jóvenes. Los ingenieros más audaces…y los más jóvenes. Se fueron los economistas más internacionales…y los más jóvenes, los administradores, los periodistas, los músicos (incluyendo los cuatristas), siempre los más dispuestos a asumir riesgos…y los más jóvenes.

Y entonces comenzó lo que tenía que comenzar. Se están yendo los demás. Los que no tienen patrimonio que perder, pero si familias que mantener, en el medio de una hiperinflación espantosa que no saben como enfrentar ni entender. Es María sin compañía. Es Richard para Panamá. Es Linda para Madrid, Juan para Bogotá, Francisquito para Quito y Johnny para donde lo deje el autobús rumbo a Lima.

Y las despedidas de cada día ponen esa tristeza en el alma y en el corazón de la población que se queda y la que se va y deja el país más prometedor de América Latina, convertido en fabricas moribundas, constructoras en terapia intensiva, medios de comunicación con bombonas de oxígeno, colegios sin maestros, universidades sin PhD’s, ni internet, hospitales sin especialistas, teatros sin artistas…pueblos, calles y casas muertas.

Y ¿saben qué? Que nadie puede parar este desangre con discursitos, amenazas, prohibiciones, ni mensajitos de autoayuda. Sólo logrando que la población entienda el reto: participar en todos los tableros para defender el regreso a la racionalidad económica y a la democracia real. Unirnos alrededor de un ideal y de un sueño y articularnos para lograrlo. Sólo así podremos poner el torniquete, operar, coser la herida y volver a empezar. ¿Qué cuál es la palabra mágica? La de siempre: Unión, y todo aquello y aquellos que la estimulen serán la llave del éxito…y viceversa.

 

Justicia sin fronteras para Venezuela por Ricardo Hausmann – Project Syndicate – 7 de Febrero 2018

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TIRANA – Mientras la catástrofe humanitaria de Venezuela empeora día tras día, los gobiernos de la región y de otros continentes se preguntan cómo responder. Quizás haya llegado el momento para que la sociedad civil invente nuevas formas de intervenir.
De acuerdo a las estimaciones del “Billion Prices Project” de MIT, la inflación en alimentos en el mes de enero alcanzó el 117,6%, o el equivalente a 1.130.000% al año. Al mismo tiempo, el tipo de cambio se depreció a una tasa anual de más del 700.000%, mientras que el poder de compra real de los salarios –el cual apenas representaba 1.400 calorías diarias en diciembre– se decimó aún más. Una encuesta publicada a principios de enero estimó la emigración reciente en cuatro millones de personas, casi igual al número de personas que se han ido de Siria.

Los gobiernos de Las Américas y de Europa se encuentran en terra incognita. Si el problema se tratara simplemente de violaciones flagrantes a la Carta Democrática de la Organización de los Estados Americanos –certificadas de manera convincente por el Secretario General de OEA, Luis Almagro– se podrían considerar soluciones a ser implementadas en meses o años. Pero Venezuela no representa un simple problema político; es una catástrofe humanitaria cuyas proporciones no tienen precedentes.
Es cierto que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ejerce el poder de modo inconstitucional, basándose en decretos de emergencia y en una asamblea constituyente todopoderosa, monopartidista, establecida ilegalmente, mientras ignora a la Asamblea Nacional legítimamente elegida y prohíbe los partidos políticos de oposición. Pero las consecuencias de este desgobierno son tales que los venezolanos se están muriendo de hambre, el sistema de salud ha colapsado, y la violencia y las enfermedades contagiosas están ahora prácticamente fuera de control.

Bajo estas circunstancias, el tiempo –medido en vidas humanas– tiene un costo intolerablemente alto, motivo por el cual hace poco tiempo propuse una solución política que involucraba la asistencia militar internacional para consolidar a un nuevo gobierno nombrado por la Asamblea Nacional. Algunos países latinoamericanos, comenzando por Brasil, rápidamente emitieron declaraciones indicando que esta opción está fuera de juego. Algunos académicos y medios de comunicación también expresaron su oposición a esta idea.

Sin embargo, nadie ha propuesto una solución mejor, salvo la esperanza de que las sanciones individuales lideradas por Estados Unidos o un embargo petrolero tengan éxito. A medida que la situación empeora, todos tendrán que reconsiderar sus opciones. Sencillamente, no han logrado formular una alternativa efectiva que sea más aceptable.

Quizás ha llegado la hora de que la sociedad civil internacional actúe. De hecho, las soluciones que se desarrollen para enfrentar esta crisis quizás se constituyan en un ejemplo a seguir para enfrentar crisis semejantes en otras naciones.

En su excelente libro The Internationalists, Oona Hathaway y Scott Shapiro describen cómo el pacto Briand-Kellog de 1928 y los que lo sucedieron redujeron de manera notable las guerras de conquista, no mediante el enfrentamiento militar a los agresores, sino sencillamente negándoles el reconocimiento de su soberanía sobre los territorios ilícitamente obtenidos por ellos. Hathaway y Shapiro van incluso más lejos, argumentando que la cooperación internacional en ámbitos como el comercio, la protección ambiental, y la coordinación tributaria, ha progresado notablemente aún en ausencia de mecanismos internacionales de imposición de obligaciones. Otra vez, la clave ha sido negar reconocimiento a los actores que incumplen.

La base intelectual de Hathaway y Shapiro es la antigua tradición islandesa de la expulsión u ostracismo de quienes violan las normas sociales. Dado que la vida es intrínsecamente social, desconectar a los individuos de las redes que todos usamos para sobrevivir y desarrollarnos puede ser un castigo muy duro –y se puede aplicar de manera descentralizada–.

Todos dependemos de personas dispuestas a vendernos, comprarnos, prestarnos, administrar nuestros ahorros, educar a nuestros hijos, alojarnos en sus hoteles, alimentarnos en sus restaurantes, conectarnos al internet, permitirnos viajar a sus países, pagar con tarjetas de crédito, y tratarnos con el respeto al que normalmente tienen derecho los seres humanos. La vida sin acceso a estos vínculos debe ser un infierno.

Si el amenazar con ostracismo a los potenciales tiranos y a sus esbirros es un arma suficientemente disuasiva, es una pregunta empírica. Pero ciertamente vale la pena averiguar silo es.

Entonces, he aquí otra propuesta. Instituciones de la sociedad civil venezolana, como el premiado Foro Penal, deberían preparar, usando sus propios datos y el crowdsourcing, una lista cuidadosamente curada y documentada de los esbirros del régimen. Esta lista debería incluir a todos los que hayan violado flagrantemente los derechos humanos abusando de la autoridad del Estado, o que hayan actuado para contribuir al ejercicio inconstitucional del poder. En ella deberían estar ex officio los ministros de gobierno, los miembros del Consejo Nacional Electoral, del Tribunal Supremo y de la Asamblea Constituyente, como también el fiscal general, el alto mando militar y los jefes de la Guardia Nacional y de los servicios de inteligencia civil y militar, entre otros.

Pero un estado dictatorial depende también de muchos otros secuaces. Fiscales, jueces civiles y militares, policías, miembros de la Guardia Nacional, agentes de seguridad, y otros que han inventado cargos penales, abusado de los reos, y dilatado o denegado justicia, también deberían ser incluidos en la lista. Al igual que los integrantes de los colectivos que hayan aterrorizado a la población, y quienes hayan coaccionado a los empleados públicos amenazándolos con el despido a menos que votaran o actuaran políticamente según lo ordenado.

Instituciones respetadas, como Human Rights Watch, deberían auditar la lista para certificar la exactitud de la información y dar a los acusados la oportunidad de refutar los cargos. Pero este no es un tribunal penal. La lista ha de emplearse precisamente porque en Venezuela no existe el imperio de la ley. Esta, en vez de limitar a quienes deben administrar su ejercicio, los envalentona. Bajo estas circunstancias, todos los que contribuyan a mantener el régimen merecen ser castigados.

A medida que la lista se haga pública, los gobiernos, empresas y otras organizaciones del mundo deberían negarse a interactuar con las personas que aparecen en ella, y así evitar mancillar de colaboracionismo a su reputación. El Grupo de Lima, integrado por 12 países latinoamericanos, Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea y otros, deberían negar visas y acceso a servicios prestados por las empresas de sus países. Asimismo, deberían participar bancos, líneas aéreas, compañías de tarjetas de crédito, redes sociales, cadenas de hoteles, clubes sociales y otras organizaciones, a fin de evitar la percepción de que se están beneficiando al prestarles servicios a tales delincuentes. Y la lista debería darse a conocer de manera gradual (y tal vez aleatoria), para así dar tiempo a que los esbirros deserten y a que el régimen se desmorone.

La meta de esta estrategia no es la venganza. Es imponer un tipo de castigo descentralizado que haga pagar muy caro a los regímenes dictatoriales por violar impunemente los derechos humanos y hacerles más difícil el mantenimiento de un ejército disciplinado de secuaces que “solo cumplen órdenes”, como si esto los eximiera de responsabilidad moral. De hecho, la mayoría de los esbirros del régimen han enviado a sus familias al exterior, protegiéndolas así del caos que han creado en el país. Colocar a sus cónyuges e hijos en la lista haría que el ostracismo fuera potencialmente mucho más efectivo.

En países democráticos, se espera que la justicia la administre el Estado. Pero en casos como el de Venezuela, el mundo necesita modos efectivos y de bajo costo para disuadir a los tiranos y sus secuaces. Al fin y al cabo, ¿no somos todos los guardianes de nuestros hermanos?

Traducción del inglés por Ana María Velasco

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