El título sugiere que hay un humor deshonesto, o que pueden ser deshonestos los que lo practican, pero en realidad solo queremos destacar el compromiso de Emilio Lovera con la sociedad que ha hecho reír durante décadas.

Artífice de una comedia respetuosa, que mira hacia las necesidades y hacia la sensibilidad de sus destinatarios antes de subir a la escena, es uno de los personajes del espectáculo más respetados y queridos por el público. Se lo debe a su talento, desde luego, pero especialmente a cómo investiga sin pausa las vicisitudes de los venezolanos para reflejarlas ante las cámaras o en las tablas con singular probidad. No hay facilismo en sus episodios, ni pasaje superfluo, sino la hechura de una conexión capaz de mantenerse en el sentimiento de los auditorios.

La dictadura es enemiga de los comediantes porque reflejan sus miserias y la estrechez de su criterio, pero llega a la aversión con creadores como Emilio Lovera. Está demasiado cerca de las víctimas de sus tropelías y por eso debe silenciarlo. Pone de relieve sus negociados y su falta de ideas a través del canal que establece con sus destinatarios, y por eso quieren arrinconarlo. Es lo que viene haciendo con Lovera desde hace tiempo. Por lo menos desde hace cuatro años, cuando la “revolución” prohibió sus presentaciones en las sedes de Venetur, cadena de hoteles controlada por el oficialismo. Por razones obvias: no podía permitir la burla de sus disparates y el ataque de sus oscuranas en unos lugares dependientes de una deplorable burocracia acartonada.

Pero los burócratas han vuelto de nuevo porque jamás han dejado de estar alertas contra la enemiga risa. Los funcionarios del Seniat impidieron a Emilio Lovera que se presentara el 17 de agosto en el Anfiteatro de El Hatillo debido a problemas con el pago de sus impuestos. Problemas inexistentes, por supuesto, debido a que el comediante no se había acercado a la taquilla de gravámenes porque no tenía nada qué declarar. ¿Por qué? Porque estaba sometido a un tratamiento de cáncer de colon que llevó a cabo sin alharacas, sin comunicarlo a los medios. Porque no quiso confundir lo privado con lo público, ni aprovecharse de la situación para obtener beneficios materiales. De allí que habláramos  arriba de comediantes honestos, situación que hace más digna de reproche la persecución de la cual ha sido objeto.

Sabemos que, mientras atendía su enfermedad en silencio, Emilio Lovera no dejó de trabajar en su despacho para cuando la salud le permitiera volver a la escena. De su pelea con el cáncer han salido nuevos personajes y un tratamiento diverso de los problemas que forman parte de su repertorio. Por consiguiente, regresa un ingenio repotenciado, se levanta la flamante fábrica de regocijos que necesita la sociedad harta de la mediocridad y de la rapacidad de sus gobernantes. Como la mezcla de desparpajo y honradez viene repotenciada por los disparates de sus perseguidores, estamos ante un retorno que promete especiales satisfacciones.