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Mi verdad sobre el 4 de Febrero (IV) por Fernando Ochoa Antich – El Nacional – 5 de Abril 2020

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Una vez controlada la situación en Fuerte Tiuna, conversé con varios generales que habían estado detenidos en la alcabala de entrada de la Comandancia del Ejército, entre ellos los generales Iván Jiménez Sánchez y Ramón Santeliz Ruiz y el vicealmirante Germán Rodríguez Citraro. Decidí trasladarme a Miraflores a recibir al presidente Pérez. Designé al coronel Rubén Medina Sánchez para que me acompañara. Llegamos cerca de las 3:00 am. Encontré en la antesala del despacho presidencial al señor Luis Alfaro Ucero, lo saludé e intercambiamos algunas palabras. Minutos después se anunció la llegada del presidente Pérez. Lo recibí y nos dirigimos a su despacho. Subí con él a sus habitaciones. La suite japonesa mostraba los destrozos del criminal ataque. Le informé la situación militar y la urgencia de controlar y rendir el Museo Militar, la base Francisco de Miranda, la Brigada de Paracaidistas, la Brigada Blindada y el Cuartel Libertador.

En la conversación le resalté un hecho que consideraba inexplicable hasta ese momento: “Presidente, me he comunicado con todos los comandantes de Fuerza a excepción del general Rangel. Debe estar preso o se encuentra comprometido con la insurrección”. La respuesta del presidente me sorprendió: “Usted no se habrá comunicado con el general Rangel; yo, desde que comenzó la crisis, he estado en contacto con él”. Le respondí secamente: “Usted es el presidente de la República, si el general Rangel se ha comunicado con usted es más que suficiente”. Fue una demostración de la molestia que sentía ante la conducta del general Rangel. Le solicité permiso para retirarme y me trasladé a la antesala presidencial. Allí se encontraba el general Oviedo Salazar. Evaluamos la situación militar durante algunos minutos. Le ordené reorganizar la fuerza de tarea y recuperar la base Francisco de Miranda y la comandancia de la Aviación.

Seguidamente, decidí llamar por teléfono al T.C. Chávez para exigirle su rendición. El T.C. Rommel Fuenmayor logró comunicarse con el Museo Militar. Lo atendió el coronel Marcos Yánez Fernández, su director, quien me había llamado al ministerio informándome, cerca de la 1:00 am, que el T.C. Chávez había tomado sus instalaciones, planteándole mi interés en conversar con el T.C. Chávez.  A los cinco minutos atendió la llamada. La conversación duro cerca de diez minutos:

—Chávez, la situación está totalmente controlada por el gobierno nacional. Lo estoy llamando desde Miraflores. Ríndase para evitar que continúe el derramamiento de sangre. Reflexione. Piense en sus deberes militares.

—Mi general, no me voy a rendir. Tenemos el control de importantes guarniciones y los combates serían largos y costosos.

—Chávez, le repito, la situación está totalmente controlada por el gobierno nacional. Ríndase.

—Mi general, ¿por qué usted no viene hasta aquí para que conversemos personalmente?

—Usted está loco Chávez. Si voy al Museo Militar, usted me detiene.

—No, mi general, le doy mi palabra de que no será así.

—Chávez, esa propuesta suya es imposible de aceptar. Ríndase.

En ese momento vi pasar al general Ramón Santeliz Ruiz, quien, como lo habían hecho muchos otros militares y civiles, se había trasladado al Palacio de Miraflores. Conocía su amistad con Hugo Chávez:

—Chávez, aquí está el general Ramón Santeliz Ruiz. Lo voy a enviar para que le demuestre lo comprometido de su situación.

—De acuerdo, mi general.

Inmediatamente informé al presidente Pérez sobre el contenido de la conversación. Estuvo de acuerdo con enviar al Museo Militar al general Santeliz a conversar con Hugo Chávez. La gestión del general Santeliz no tuvo éxito. Juntos se lo informamos al presidente Pérez. Nos escuchó con detenimiento y con mucha serenidad me ordenó: “Ministro, ataque inmediatamente el Museo Militar con la aviación”. El general Santeliz le pidió autorización al presidente Pérez para llamar telefónicamente al T.C. Chávez. Lo hizo. Desde el teléfono nos dijo en voz alta: “Señor presidente, señor ministro, el comandante Chávez se rendirá a las 3:00 de la tarde”. El presidente Pérez se acercó y en voz alta, para que el T.C Chávez escuchara, expresó: “Dígale a ese señor que se rinda ahora o apenas amanezca será bombardeado”.

Acto seguido llamé al almirante Daniels y le ordené movilizar a la Infantería de Marina para atacar el Museo Militar. Me ratificó el control de todas las bases aéreas a excepción de la base Francisco de Miranda. Reflexioné unos minutos. Bombardear las unidades insurrectas complicaría, aún más,  la situación. Le ordené entonces movilizar la Décima Segunda Brigada de Infantería y la Sexta División de Caballería acantonadas, respectivamente, en Barquisimeto y San Juan de los Morros con la finalidad de presionar la rendición de la Brigada Blindada. Me informó que la columna de tanques que se dirigía a Caracas se había rendido, cerca de las 3:00 am, ante la imposibilidad de continuar la marcha, gracias a la fuerte posición defensiva establecida por el coronel Norberto Villalobos y efectivos del Comando Logístico del Ejército.

A las 5:45 am llamé de nuevo a Hugo Chávez desde el despacho privado del presidente de la República:

—Chávez, ¿qué ha pensado? ¿Se rinde o no?

—Mi general, tenemos el control de las guarniciones de Maracay, Valencia y Maracaibo.

—Chávez, si usted no se rinde dentro de diez minutos ordenaré el ataque con la Infantería de Marina y la Aviación. Usted no tiene alternativa. Si resiste, lo único que va a ocasionar es un mayor derramamiento de sangre. Piense en sus deberes militares.

—Mi general, conozco mis deberes militares. No me rindo.

—Chávez, voy a hacer sobrevolar la Aviación sobre el Museo Militar dentro de unos minutos. La Infantería de Marina se desplaza, en este momento, por la autopista. Piénselo. No vale la pena sacrificar la vida de sus soldados.

Hugo Chávez trataba de ganar tiempo con la esperanza de que al amanecer otras unidades se insurreccionaran. Llamé al almirante Daniels y le ordené que hiciera sobrevolar el Museo Militar con los F-16. En ese momento el presidente Pérez me llamó a su despacho. Molesto me dijo:

—Ochoa, ordené el ataque al Museo Militar. No quiero más negociaciones.

—Presidente, voy a hacer sobrevolar la aviación para mostrar nuestro poder de fuego. La Infantería de Marina se desplaza por la autopista. Pienso atacarlo con la Infantería de Marina y la Aviación en caso de que no se rinda.

—No quiero más negociaciones. Bombardéelo a la brevedad posible.

—Presidente, lo haré apenas la Infantería de Marina esté desplegada. Bombardear no es sencillo. La cercanía del 23 de Enero complica la operación. Permítame continuar la negociación.

—Ochoa, le doy diez minutos para que se rindan los insurrectos. Después, ordene el ataque.

—Entendido, presidente.

Aproximadamente a las 6:15 am llamé, nuevamente, al Museo Militar. Me atendió el coronel Yánez Fernández. Hugo Chávez se negó a hacerlo. Le dije que le informara sobre las acciones que estaba tomando para atacarlo. En su informe el coronel Yánez narra lo siguiente: “Así lo hice. Me trasladé hasta la entrada principal del Museo Militar. Allí estaba Hugo Chávez. Se observaba pálido y muy desmoralizado. Le informé mi conversación con el ministro de la Defensa. Se quedó pensativo unos minutos. Los F-16 volvieron a sobrevolar sobre el Museo Militar. Hugo Chávez me dijo en ese momento: Dígale al ministro que conversaré con él. Me dirigí hacia mi oficina. Hugo Chávez me siguió. Tomé el teléfono, le informé al general Ochoa que allí se encontraba el T.C. Chávez. Él me pidió que lo dejara solo en mi oficina para conversar con el ministro Ochoa¹:

—Chávez, ¿qué ha pensado? Observe que la Aviación, la Armada y la Guardia Nacional se mantienen leales al gobierno constitucional. Solo algunas unidades del Ejército se han insurreccionado en muy pocas guarniciones. Las unidades en Caracas en su casi totalidad se mantienen leales. Solo falta por rendirse la base Francisco de Miranda y el Museo Militar. La base Francisco de Miranda está siendo atacada con éxito. Si continúan los combates, usted será responsable de los muertos. Ríndase de inmediato. De no hacerlo ordenaré el ataque al Museo Militar con la Aviación y la Infantería de Marina. Tenga en cuenta que por su terquedad las muertes que ocurran caerán sobre su conciencia. Piénselo.

—Mi general, deme diez minutos para pensarlo.

—Chávez, le concedo los diez minutos.

Transcurrido ese tiempo llamé, de nuevo, al Museo Militar. Me atendió el teléfono el propio Hugo Chávez.

—¿Que ha pensado Chávez?

—Mi general, necesito garantías para rendirme.

—Usted las tiene. A usted y a los demás oficiales sublevados le serán respetados sus derechos humanos y su condición de oficiales de las Fuerzas Armadas. Le doy mi palabra.

—Mi general, me rindo.

—Bien Chávez. Voy a enviar al general Santeliz para que lo traslade detenido al Ministerio de la Defensa.

Eran las 6:30 am. Cerré el teléfono, el presidente Pérez estaba presente y al tanto de la conversación. Le solicité autorización para enviar al general Santeliz  al Museo Militar con la finalidad de detener y trasladar al Ministerio de la Defensa al T.C. Hugo Chávez. Me comuniqué con el almirante Daniels y le informé la rendición del Museo Militar.

1. Ochoa Antich, Fernando, entrevista al coronel Marcos Yánez Fernández, p. 165, Así se rindió Chávez, Libros El Nacional, año 2007

Coronavirus en Venezuela: de dónde viene la historia de desencuentros entre Caracas y el FMI por Guillermo D. Olmo – BBC News – 19 de Marzo 2020

Nicolás MaduroEl presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, pidió el martes ayuda financiera al Fondo Monetario Internacional para hacerle frente al brote del coronavirus.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) le dijo no a Nicolás Maduro.

El presidente venezolano solicitó por carta US$5.000 millones del Instrumento de Financiación Rápida del Fondo para hacer frente a la pandemia del coronavirus causante de la enfermedad covid-19, del que hasta este miércoles había 36 casos confirmados en Venezuela.

La respuesta no se hizo esperar. Un portavoz del órgano dijo en un comunicado que la petición ni siquiera se estudiará ya que “el compromiso del FMI con los países miembros se basa en el reconocimiento oficial del gobierno por la comunidad internacional” y en el caso de Venezuela, “no hay claridad sobre el reconocimiento en este momento”.

Estados Unidos y la mayoría de países europeos y latinoamericanos acusan a Maduro de ocupar ilegítimamente el poder y reconocen como presidente interino de Venezuela al líder opositor, Juan Guaidó, mientras que el mandatario sigue en el Palacio de Miraflores y retiene el apoyo de Rusia, China, Cuba y otros países.

Militares en CaracasLa Guardia Nacional Bolivariana de Venezuela realiza controles por el coronavirus.

Hasta que el mundo no se ponga de acuerdo, no habrá crédito, vino a decir el FMI.

La petición de Maduro llamó la atención porque durante años le dedicó encendidas críticas y lo acusó de estar al servicio del “imperialismo”.

La de Venezuela con el FMI es una historia que viene de tiempo atrás.

Qué es el FMI

En 1944, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, representantes de 44 países se reunieron en Bretton Woods, Estados Unidos, y acordaron la creación de los organismos internacionales que debían presidir el sistema económico internacional al final de la contienda.

De allí surgieron el FMI y también el Banco Mundial.

Según recuerda en un artículo publicado en el portal Prodavinci el historiador de la Economía Carlos Hernández Delfino, Venezuela estuvo representada en la conferencia por su entonces ministro de Hacienda, Rodolfo Rojas.

Edificio del Fondo Monetario Internacional.La relación entre Venezuela y el FMI nunca fue fácil.

Ronald Balza, economista de la Universidad Católica Andrés Bello, le dijo a BBC Mundo que “antes de 1989 Venezuela era miembro del FMI, pero no hizo solicitud de préstamos”.

“Pudo beneficiarse de asistencia técnica, con lo que el Banco Central de Venezuela logró desarrollar un sistema de estadísticas comparable al de otros países, y los economistas venezolanos seguir cursos de formación en el Fondo”.

Pero en la década de 1980, Venezuela, como muchos otros países, comenzó a sufrir crecientes problemas para pagar su abultada deuda externa, por lo que, como hicieron otros muchos gobernantes, el entonces presidente Carlos Andrés Pérez terminó en 1989 por solicitar asistencia financiera al FMI para intentar estabilizar la economía y poder iniciar con apoyo internacional un proceso de reestructuración de la deuda.

Según Hernández Delfino, el plan para Venezuela contempló desembolsos por US$4.800 millones.

Una mujer camina en VenezuelaVenezuela atraviesa una profunda crisis económica y social antes del brote del coronavirus.

Como el resto de gobiernos que recibieron financiación del FMI, el venezolano tuvo a cambio que aceptar un programa de ajustes que causó gran malestar en un país que en la década de 1970 había vivido la bonanza derivada del auge de sus ingresos petroleros.

Para Balza, “parecía un programa de shock, que anunciaba liberación de precios, privatizaciones, control de gasto público, nuevos impuestos e incremento del precio de la gasolina”.

Muchos se echaron a la calle a protestar contra las medidas y el 27 de febrero de 1989 se inició en las cercanías de la capital del país el llamado “Caracazo”, una jornada de protestas, violencia y saqueos que se saldó con centenares de muertos.

En 1994, al poco de llegar al poder, el nuevo presidente, Rafael Caldera, que hasta entonces se había mostrado contrario a los planes del FMI y a que Venezuela cumpliera sus condiciones, se encontró con una enorme crisis de solvencia de la banca venezolana que forzó la desaparición de muchas y obligó al Estado a acudir en su auxilio.

En 1996, Caldera también firmaba un plan con el FMI y lanzó lo que bautizó como la “Agenda Venezuela”, el programa con el que pretendía recuperar la economía nacional.

Qué hizo Chávez

Mientras los gobiernos de los partidos que tradicionalmente habían dominado la escena política venezolana se sucedían en el poder sin lograr liberar al país de la espiral de la deuda ni frenar el deterioro económico y social, la figura del coronel Hugo Chávez fue ganando popularidad.

Hugo ChávezHugo Chávez tuvo una actitud crítica al FMI durante su gobierno.

Encarcelado tras su intento fallido de derrocar por las armas a Carlos Andrés Pérez en 1992, fue indultado por Caldera y finalmente llegó a la presidencia en las elecciones de 1998.

Según Balza, su triunfo se basó en su mensaje claro “contra la corrupción y contra el programa de ajustes”.

Durante su gobierno, Chávez fue elevando cada vez más el tono contra el FMI, al que acusaba de seguir exclusivamente las directrices “imperialistas” de Estados Unidos, e incluso llegó a abogar por su disolución.

Fortalecido por el auge de los precios del petróleo, el fallecido presidente apoyó a los gobiernos de corte izquierdista que alcanzaron el poder en muchos países de América Latina a comienzos del siglo pasado, animándolos a ignorar las políticas “neoliberales” promovidas por el FMI.

E incluso impulsó organismos multilaterales alternativos como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), con los que pretendía competir con la hegemonía de Estados Unidos en América Latina.

¿Y Maduro?

Desde que lo sucedió en 2013, Maduro mantuvo el tono crítico de su predecesor y fueron frecuentes sus críticas.

El pasado noviembre, sin ir más lejos, expresó su rechazo a lo que llamó “el modelo de exclusión, privatización, empobrecimiento, individualismo del capitalismo salvaje y neoliberal del Fondo Monetario Internacional”.

Aunque el contexto económico con él en el poder ha sido muy diferente al de la época de Chávez.

Hombres en Venezuela con mascarillas y alimentos.La crisis en Venezuela se vio afectada por el brote del coronavirus.

La economía venezolana ha sufrido en los últimos años una grave crisis que la ha llevado a perder más del 50% de su Producto Interno Bruto y en estos años el país dejó de honrar sus compromisos de deuda.

El gobierno culpa de los problemas a las sanciones de Estados Unidos, mientras que la mayoría de expertos y la oposición lo achacan a su mal manejo de la economía.

Venezuela dejó además de hacer públicos los datos económicos, una exigencia incluida en el Convenio Constitutivo del Fondo.

Pese a que en los últimos meses su gobierno ha tolerado una liberalización de facto de la economía, que ha conducido a una creciente circulación del dólar en el país y al abandono del control de precios y de cambios aplicado durante años, Maduro no había desistido de sus críticas al Fondo.

Pero ante la llegada del coronavirus, parece haber rectificado y en la carta dirigida a su directora, Kristalina Georgieva, califica al FMI como “honorable organismo”.

Maduro afirmaba en su misiva que la pandemia supone una “emergencia de salud pública de importancia internacional que requiere la unión de todos los países”.

Y a partir de ahora, ¿qué?

La carta de Maduro no ha servido para convencer a los gestores del FMI, que recordaron que primero debe resolverse el conflicto de legitimidad con Guaidó.

Tal solución no se ve cercana, pero, aunque llegará a suceder, quedarían muchos obstáculos.

Kristalina GeorgievaEl FMI, a cargo de Kristalina Georgieva, rechazó el pedido de ayuda de Venezuela.

Según escribió Hernández Delfino, “el apoyo del FMI puede constituirse en una condición necesaria para convocar otras voluntades cuando las autoridades del país asumen un compromiso responsable de solución de sus problemas”.

Para el economista Omar Zambrano, “el problema de fondo es que Venezuela no posee las condiciones técnicas, ni políticas, ni la disposición real para una re-aproximación efectiva a los organismos de crédito multilateral”.

La crisis económica mundial en medio de la pandemia del coronavirus ya ha castigado al país al hacer caer los precios internacionales del petróleo por debajo de lo que le cuesta producirlo, como admitió Maduro en una reciente alocución.

A la espera de conocer el alcance del impacto que la pandemia tendrá sobre la economía global, Asdrúbal Oliveros, de la consultora Ecoanalítica, asegura que“esta crisis toma a Venezuela en su peor momento histórico”.

Venezuela: ¿acaso es posible negociar? por Alberto Barrera Tyszka – El País – 16 de Marzo 2020

El debate entre la izquierda y la derecha en Venezuela funciona como una mala caricatura. Son retóricas estrujadas hasta el agotamiento para justificar una realidad más signada por las pugnas de poder

Un hombre camina por el centro de Caracas, en Venezuela.
Un hombre camina por el centro de Caracas, en Venezuela. MÓNICA GONZÁLEZ

“Nos duele la patria. Nos preocupa la cruda realidad que vive nuestro pueblo, las necesidades por las están pasando los millones de venezolanos que hoy padecen esta terrible crisis histórica”. Cualquiera podría pensar que estas comillas pertenecen a Juan Guaidó, que así habló el líder de la oposición venezolana hace pocos días. Pero no. En realidad son mucho más viejas. Son palabras del teniente coronel Hugo Chávez, desde la cárcel, en 1992, pocos meses después de intentar dar un golpe de Estado. Han pasado casi treinta años – con dos décadas de “revolución” y una enorme bonanza petrolera en la mitad- pero sin embargo Venezuela sigue hundida en su tragedia. Y ahora está mucho peor: los conflictos son mayores, la violencia se ha institucionalizado, y los escenarios de solución se han agotado o son inviables. La encrucijada más bien parece un callejón sin salida.

Tras la caída del general Pérez Jiménez (1958), uno de los logros fundamentales de la democracia venezolana fue el establecimiento de la política como proceso, como experiencia, como forma de asumir y debatir los asuntos públicos y las relaciones sociales. Después de siglo y medio signado por el caudillismo militar, el país se estrenó y comenzó a desarrollarse sobre el ejercicio de poder civil. Este impulso modernizador transformó a Venezuela durante dos décadas pero, con el tiempo, comenzó a hacer aguas y a generar una crisis que -20 años después- terminaría en el fracaso del modelo neoliberal y el predominio de unas élites, políticas y económicas, hundidas en la corrupción, alejadas de las grandes mayorías e incapaces de leer la realidad. En este contexto, apareció Hugo Chávez. Como síntoma de una sociedad que parecía a punto de estallar y, también, como regreso del tentador fantasma del militarismo: la antigua idea de que el orden lleva uniforme.

Cuando en 1998, Chávez ganó en las elecciones, Teodoro Petkoff, ex guerrillero legendario, intelectual y periodista, resaltó que uno de los problemas cruciales con el nuevo mandatario era que hablaba “nuestro lenguaje”. Esta breve observación señalaba ya el tipo de proyecto que podía representar Chávez: detrás de una retórica de izquierda, seguía intacta la vocación militar, la naturaleza personalista y autoritaria. De hecho, Chávez invirtió mucho tiempo y esfuerzos en convertirse en el eje central del país, construyendo un Estado a su conveniencia, con un protagonismo cada vez mayor de los militares frente a un poder cada vez más debilitado de la ciudadanía. Su relación con Cuba, la ocupación del país que le permitió al régimen de la isla, tiene que ver mucho con esta intención. Para Chávez, Fidel era un ejemplo, un modelo exitoso, capaz de pasar más de 50 años en el poder y mantener su prestigio. Para Castro, la riqueza venezolana representaba una nueva resurrección. La ideología, en realidad, estaba en segundo plano. El llamado “socialismo del siglo XXI” terminó siendo una gran fantasía rentista. La “revolución bolivariana” fue solo una ficción de la bonanza petrolera. Cuando cayeron los precios, el país quedó al desnudo: quebrado, sin instituciones, convertido en un cuartel.

Chávez supo aprovechar su inmenso talento comunicacional para crear una narrativa radical e irritante. Actuaba como un nuevo rico, irresponsable y derrochador, pero hablaba como si fuera el Che Guevara. Reprodujo y mejoró la retórica del bloqueo (Cuba sí / Yankees no) y mantuvo internamente un continuo estado de polarización. Esto terminó produciendo también una nueva derecha en Venezuela. No solo como propuesta política, articulada a partidos y movimientos, sino sobre todo como fórmula de racionamiento, como identidad cultural, que pretende explicar toda la historia reciente con muchos adjetivos denigrantes y con un solo sustantivo: la izquierda.

Todo esto también forma parte del mismo proceso de una oposición a la que le ha sido muy difícil sobrevivir durante estas dos décadas. Desde su primer Gobierno, Chávez logró que se eliminará el financiamiento oficial a los partidos y, de manera constante, se dedicó a satanizar y descalificar a cualquiera que lo adversara. Sin embargo, también el liderazgo político opositor cometió muchos errores. Basta recordar el intento de golpe de Estado en 2002 o la decisión de no participar en las elecciones parlamentarias de 2005. Pero sin duda el tema de la unidad ha sido una de sus fragilidades principales, así como la falta de una propuesta sólida y clara, de una relación más cercana con los sectores populares, con sus códigos, con sus necesidades y aspiraciones.

La muerte de Chávez (2013), el desplome de los precios del crudo y la consecuente crisis económica, sin embargo, colocaron la encrucijada en una nueva dimensión. En diciembre de 2015, con un esfuerzo unitario y un trabajo político en todo el territorio, por primera vez la oposición obtuvo una victoria aplastante en el parlamento. Este hecho abrió la posibilidad de un cambio en el país. La oposición, con mayoría absoluta en el poder legislativo, podía cambiar la configuración de las instituciones, sobre todo del poder electoral dominado por el chavismo, así como de auditar y controlar todas las decisiones y acciones del poder ejecutivo. A partir de ese momento, el chavismo entendió que no podía seguir dependiendo de la voluntad popular. Con una maniobra inconstitucional, ocupó el Tribunal Supremo de Justicia y, desde esa instancia, comenzó a bombardear el nuevo parlamento. El clímax de esta nueva etapa estalla en 2018 cuando, en un proceso absolutamente irregular, el chavismo adelanta las elecciones presidenciales y reelige a Maduro para un nuevo período. La oposición no reconoce la legitimidad de la presidencia y una parte importante de la comunidad internacional, encabezada por Estados Unidos, Canadá y la Unión Europea, se suman a este desconocimiento.

Durante estos últimos años, mientras el caos económico ha avanzado de forma vertiginosa, la confrontación política parece paralizada en una peculiar dinámica institucional: el país, al menos de manera nominal, tiene dos presidentes, dos asambleas, dos embajadores ante distintos organismos…La internacionalización de la crisis también ha traído el problema migratorio y el estancamiento diplomático en una mecánica de amenazas y presiones que recuerda la Guerra Fría.

En el caso de Venezuela, el debate entre la izquierda y la derecha ya solo funciona como una mala caricatura. Es un esquema que no sirve para analizar lo que ocurre en el país. Son retóricas gastadas, estrujadas hasta el agotamiento para justificar una realidad más signada actualmente por las pugnas de poder, las mafias, el narcotráfico y la corrupción… En toda la ruta de robo y lavado de casi un millón de millones de dólares, se cruzan distintas ideologías y diferentes territorios. A la hora del saqueo, no hay antagonismos políticos.

El chavismo, asentado en el poder militar y asumiendo sin pudor que la democracia solo es un simulacro, se ha refugiado en el ejercicio de la violencia. Un informe de la ONU denuncia la tortura y el asesinato político, así como más de 8.000 casos de ejecuciones extrajudiciales en los últimos años. La oposición por su parte, fragmentada y sin plan común, ofrece una imagen asociada a Trump que no solo respalda la narrativa oficialista sino que reduce las posibilidades de futuro al marco de una improbable invasión. Los dos bandos tratan de hacer política a partir de la presión internacional y ambos, además, parecen estar dispuestos a soportar el sacrificio que suponen las sanciones para una mayoría cada vez más despolitizada, cada vez más obligada a tratar de sobrevivir.

En estas circunstancias, ¿acaso se puede llegar a algún tipo de acuerdo? ¿Realmente el chavismo está dispuesto a negociar? ¿Puede la oposición llevar adelante un proceso de transición? La única alternativa que existe parece aún lejana. Quizás lo primero es hacer que la negociación sea posible. Es imprescindible salir del callejón y regresar a la encrucijada.

Chávez encarceló a periodistas en Venezuela asesorado por fundación española – ABC/El Político – 3 de Marzo 2020

ABC ha tenido acceso a una serie de informes escritos por la fundación afín a Podemos, CEPS, para el Gobierno de Hugo Chávez en los años 2010 y 2011.

El Político

Los textos de esta ONG, a la que pertenecía toda la cúpula del partido, -empezando por Pablo Iglesias-, fueron pagados con dinero público, más de cuatro millones de euros entre 2002 y 2012, pero su único objetivo era perpetuar el chavismo y destruir a la oposición. CEPS no reconoce su autoría.

Encarcelar periodistas

El informe con fecha 5 de septiembre de 2011 estudia el impacto que ha tenido «la detención del director del semanario 6to Poder, Leocenis García».

Los consultores políticos españoles consideran que es mejor ponerlo en libertad porque «esta detención no servirá de escarmiento a alguien que ya ha pasado una temporada encarcelado».

Una vez asumido que no van a hacer escarmentar al periodista, creen más inteligente liberarlo para que no pueda «presentarse como una víctima, obteniendo una centralidad mediática y réditos políticos».

CEPS, el germen del que nacería Podemos, sostiene que la detención «deja abierto un flanco para la deslegitimación del Proceso a nivel internacional». Es decir, no hay que liberar al periodista porque no merezca estar en la cárcel, sino porque el encarcelamiento perjudica la imagen del chavismo fuera de Venezuela.

En el capítulo de recomendaciones del informe, la fundación insiste en la «conveniencia de dejar en libertad al director del periódico 6to Poder», pero matizan «sin que ello suponga en ningún caso que no tenga que afrontar las consecuencias legales de sus actividades».

CEPS relata que «la decisión, quizás poco acertada (aunque solo fuera por la proporcionalidad entre el supuesto delito y la pena impuesta), de la jueza responsable del prolongar su detención ha anulado el impacto positivo de la decisión de reabrir el periódico».

Antidisturbios en las calles

Los informes de la Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) entregaba a Hugo Chávez están plagados de eufemismos. Es el caso del «Informe táctico» de fecha 2 de septiembre de 2011, que aborda «Reflexiones para el abordaje de expresiones callejeras de la conflictividad social». En realidad se refiere a cómo hay que reprimir las manifestaciones de la oposición.

Llama la atención de que los ideólogos de Podemos, que en España se muestran partidarios de suprimir las unidades de intervención policial, en Venezuela apostaran por los antidisturbios para disolver las manifestaciones de los opositores.

Los politólogos de CEPS consideran que «en el caso de formas extremas del conflicto en las que no quede más remedio que una intervención que reponga la autoridad del Estado, se sugiere la intervención del equipo de resolución de conflictos del Ministerio del Interior». Este lenguaje engolado y eufemístico continúa: los antidisturbios sirven para «minimizar la forma del conflicto reduciendo la magnitud del mismo». Los analistas de la ONG previeron que «en los próximos meses es previsible un incremento tanto en el número e intensidad (mayor virulencia) de las protestas en las vías públicas venezolanas, como en la percepción de su importancia». Los profesores españoles critican la «centralidad y sobrerrepresentación que se les asignará en la agenda mediática». Una de las medidas más claras y controvertidas del chavismo ha sido el control de los medios de comunicación para silenciar las voces de la oposición, como hicieran con Globovisión.

«Maquinaria de Chávez»

El mismo informe, dedicado a resaltar las verdades del barquero del chavismo, pero de forma interna, sin publicidad, describe la falta de democracia existente en el PSUV, el Partido Socialista Unido de Venezuela, la organización política del chavismo, que en esa fecha, mayo de 2010, celebraba elecciones primaria.

La autora del informe de CEPS sentencia que «el PSUV, más que una maquinaria electoral en sí, parece una maquinaria de Chávez», al tiempo que critica la falta de democracia interna: «Se han hecho evidentes las situaciones de ventajismo lo que ha revelado los límites de la democracia interna». Otra critica que reprocha al chavismo la fundación ligada a Podemos es que entre los 110 candidatos a diputados que en esa cita seleccionaba el PSUV, «se aprecia una notable ausencia de mujeres, sólo 23, y de delegados de extracción obrera».

De esos 110 candidatos, 52 los nombraba a dedo Hugo Chávez, por lo que las primarias eran un tanto arbitrarias. Esta información era exclusivamente de consumo interno para CEPS.

Otra burla: Chavez el santo y Ramirez su profeta por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 3 de Marzo 2020

**** Intentos de convertir a Chávez en una especie de Eva Perón
**** Un aspirante a santo que mentía, robaba, expropiaba, perseguía, odiaba, usaba relojes de $50.000  y viajaba con séquitos de cocineros,  guardaespaldas y queridas
**** Un aspirante a profeta que destruyó la empresa petrolera venezolana y es buscado por la justicia internacional y hasta                                                                                                          por Maduro
**** Chávez y Ramírez, dos vivianes de postín
A medida que se estrecha el cerco de la justicia internacional alrededor de Rafael Ramírez Carreño se intensifican sus esfuerzos por santificar a Hugo Chávez y por pintarse como su profeta y, por ello, injustamente perseguido. Ello lleva a sus mensajeros en Venezuela a iniciar una campaña para pintar a Hugo Chávez como un mártir, hacedor de milagros. 
 
Dos de los principales mensajeros de Ramírez Carreño en Venezuela, Toby Valderrama y Antonio Aponte, encabezan este esfuerzo desde las páginas de APORREA, ver: “¿Era Chávez un santo y nunca lo supimos?”, https://www.aporrea.org/actualidad/a287551.html. Confiando en la infinita credulidad del venezolano ñángara estos señores dicen que Chávez ha comenzado a hacer milagros. Citan a un sacerdote no identificado, diciendo: “Los Santos aparecen entre nosotros, son iguales a nosotros con las mismas pasiones, los mismos defectos, con miedos, deseos carnales y espirituales….Con Chávez, creo firmemente, está pasando lo mismo, ya en vida la masa detectó en el algo espiritual que no es común, ahora después de su crucifixión hay una verdadera epifanía, un reconocimiento de su condición de Santo Popular.”
Después de citar a este sacerdote desconocido Valderrama y Aponte escriben: “De la conversación con el sacerdote salimos, más que emocionados, aturdidos, nos resistimos a creerle, a difundir la noticia, nuestra formación dogmática no permite tanto vuelo, no obstante nos queda una profunda duda: la verdad es que cuando uno va al Cuartel de la Montaña lo envuelve un recogimiento, una presencia, un vértigo…. Algo diferente hay allí”
Esa condición angelical de Chávez es recogida con entusiasmo por Marcos Luna, otro de los mensajeros de Ramírez Carreño en APORRREA, cuando dice: “Chávez sigue siendo esperanza porque nos legó su evangelio en vida, como Jesús “el cristo”, que fue dios en la tierra, no la promesa vacía del “apóstol Paulo” y su iglesia”, ver: https://www.aporrea.org/ddhh/a287635.html.
Uno de los dogmas que acompaña este esfuerzo de santificación es que Chávez fue asesinado por el imperialismo, aunque quienes bastante lo manosearon fueron los cubanos. La tesis del asesinato de Chávez será indispensable para avanzar en su proceso de santificación. Por eso dice Iván Rugeles, otro de los “apóstoles”, en  Aporrea: “A Hugo Chávez se le inoculó el cáncer…,ver: https://www.aporrea.org/actualidad/a287598.html. Agrega Rugeles: “No olvidemos que los síntomas de la enfermedad del Comandante Chávez aparecen a comienzos de 2011, que el diagnóstico sobre la presencia en su organismo de células cancerígenas se conoce ese mismo año, luego de su primera operación en la Habana, a finales de ese mismo año, de manera que si la convicción que se maneja en densos sectores del país es que esas células fueron inoculadas en algún momento, no olvidemos que el año anterior de 2010, él estuvo de visita oficial en el país vecino [Colombia], el 8 de octubre de 2010, en donde mantuvo una larga entrevista con el presidente Santos”. Con gran candor Rugeles dice que aunque Chávez fue operado en Cuba, fue en Colombia que le inocularon la enfermedad.
Otro mensajero, Hugo Moyer, “explica” en APORREA que a Chávez lo asesinaron los judíos y el imperialismo estadounidense, ver:
 “No sé por qué Chávez, molesto e incómodo, se atrevió a maldecir a Israel…  La pregunta clave es: ¿Acaso este y otros “actos de habla” del comandante Chávez fue lo que motivó la decisión de desaparecerlo” 
 
También en APORREA nos dice el ya casi difuminado Roy Chaderton: “Nos mataron al libertador del siglo XXI y se hizo con tanta discreción que se convirtió en enfermedad y malestar hasta que se nos fue”, ver: https://www.aporrea.org/tiburon/n352766.html.
Esta campaña para santificar a Chávez pareciera ser una maniobra de distracción, íntimamente relacionada con el hecho infortunado para Ramírez Carreño que las autoridades suizas le han entregado a los Estados Unidos documentos que evidencian la corrupción de vari0s bolichicos venezolanos como Luis Oberto, Ignacio Oberto, Alejandro Betancourt y Francisco Convit, además del mencionado ex -presidente de PDVSA Rafael Ramírez Carreño y su colega Nervis Villalobos;  ver el extraordinario reportaje de Piccolino y Delgado en https://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/venezuela-es/article240599601.html. Según este informe la máxima Corte de Justicia suiza liberó documentos bancarios relacionados con un esquema de corrupción en PDVSA que involucra unos $4500 millones, el cual también está siendo investigado en USA, ver:
https://www.elnuevoherald.com/noticias/mundo/america-latina/venezuela-es/article40838475.html
Según el reportaje de Piccolino y Delgado “ Los magnates son investigados bajo sospecha de que pagaron inmensos sobornos a funcionarios venezolanos para poder entablar un esquema donde empresas bajo su control otorgaban a PDVSA prestamos en bolívares que luego eran pagados en dólares haciendo uso del enormemente lucrativo tipo de cambio oficial. Según las autoridades estadounidenses, el esquema hacía uso del controversial esquema cambiario para multiplicar en pocos meses los montos invertidos inicialmente, siendo las ganancias mil millonarias depositadas en cuentas suiza”.
Afirman las autoridades suizas que las fluctuaciones cambiarias le permitieron al grupo de cómplices multiplicar sus “inversiones”  por un factor de 14, gracias a la diferencia entre el tipo de cambio oficial y el tipo de cambio libre, permitiéndoles recibir un pago de $14,000 por cada $1,000 que suministraban en bolívares.
Con el fin de disfrazar los fabulosos ingresos derivados de esta operación los funcionarios de PDVSA sobornados transfirieron los pagos a cuentas en el Banco CBH de las compañías fantasma Violet Advisors SA y Welka Holdings Limited, creadas por los hermanos Oberto entre 2012 y 2014. Unas 20 transferencias a esas cuentas se llevaron a cabo entre 2012 y 2013  por valor de $2800 millones, disfrazadas como reembolso de “préstamos hechos a PDVSA” y otros $1000 millones depositados a cuentas de los hermanos Oberto en el banco EFG. De esas cuentas salían pagos para los sobornados en PDVSA, para empresas de Alejandro Betancourt, entre ellas CALANDRA BUSINESS y para empresas de Francisco Convit, entre ellas VENCON HOLDINGS y BANSTEAD.
El proceso de lavado y encubrimiento que llevan a cabo quienes han desfalcado a la Nación de miles de millones de dólares incluye la pretendida santificación de Hugo Chávez y la caracterización de sus cómplices como apóstoles y víctimas de las fuerzas “malvadas del imperialismo”. Desde su guarida en los Apeninos El Largo pretende cabalgar, en su danta privada, junto a María Lionza.
La magnitud de este desastre financiero y moral venezolano es tal que solo podrá remediarse con el castigo ejemplar de quienes resulten culpables.

Venezuela Is the Eerie Endgame of Modern Politics by Anne Applebaum – The Atlantic – 27 de Febrero 2020

Citizens of a once-prosperous nation live amid the havoc created by socialism, illiberal nationalism, and political polarization.

Protestors look at a flag of Maduro burning near Las Mercedes in Caracas.

Last month, juan Guaidó appeared in Washington in the role of political totem. Venezuela’s main opposition leader—the man who is recognized by that country’s National Assembly, millions of his fellow citizens, and several dozen foreign countries as the rightful president of Venezuela—was one of the special guests at the State of the Union address. President Donald Trump welcomed Guaidó as living evidence that his own administration was “standing up for freedom in our hemisphere” and had “reversed the failed policies of the previous administration”; he called Venezuela’s current leader, Nicolás Maduro, an illegitimate ruler whose “grip on tyranny will be smashed and broken.” He gave no details of how that would happen. Trump, who has never been to Venezuela or shown any prior interest in it—or, for that matter, shown any interest in freedom anywhere else —presumably knows that the country matters to some voters in South Florida. To their credit, members of Congress gave a bipartisan standing ovation to Guaidó nevertheless.

Trump is not the only world leader to cite Venezuela for self-serving ends. Regardless of what actually happens there, Venezuela—especially when it was run by Maduro’s predecessor, the late Hugo Chávez—has long been a symbolic cause for the Marxist left as well. More than a decade ago, Hans Modrow, one of the last East German Communist Party leaders and now an elder statesman of the far-left Die Linke party, told me that Chávez’s “Bolivarian socialism” represented his greatest hope: that Marxist ideas—which had driven East Germany into bankruptcy—might succeed, finally, in Latin America. Jeremy Corbyn, the far-left leader of the British Labour Party, was photographed with Chávez and has described his regime in Venezuela as an “inspiration to all of us fighting back against austerity and neoliberal economics.” Chávez’s rhetoric also helped inspire the Spanish Marxist Pablo Iglesias to create Podemos, Spain’s far-left party. Iglesias has long been suspected of taking Venezuelan money, though he denies it. Even now, the idea of Venezuela inspires defensiveness and anger wherever dedicated Marxists still gather, whether they are Code Pink activists vowing to “protect” the Venezuelan embassy in Washington from the Venezuelan opposition or French Marxists who refuse to call Maduro a dictator.

And yet—Venezuela is not an idea. It is a real place, full of real people who are undergoing an unprecedented and in some ways very eerie crisis. If it symbolizes anything at all, it is the distorting power of symbols. In reality, the country offers no comfort for youthful Marxists or self-styled anti-imperialists—or for fans of Donald Trump. I spent a few days there earlier this month, on an academic invitation. During the course of ordinary conversations with me, three people burst into tears while talking about their life and their country.

One of the three was Susana Raffalli, a widely recognized Venezuelan expert in nutrition and food security. During her long career, Raffalli has worked all over the world, never imagining that her skills would be necessary in Venezuela, which has large oil reserves and was long a middle-income country. Raffalli and I met in a deceptively chic restaurant in Altamira, one of the wealthiest neighborhoods in Caracas. Just around the corner stood one of the shiny new hard currency stores, where people with dollars can buy things like Cheerios or large bottles of Heinz ketchup. Imported goods like these had disappeared in recent years as hyperinflation rendered the Venezuelan bolívar almost worthless, and as international sanctions and Venezuela’s own import controls disrupted trade. Now they are again available—but only to those who have access to foreign currency.

Eyes of Chavez
Emin Ozmen / Magnum Photos

Members of the Chavista-Madurista elite do indeed have such access, and the new dollarization of the Venezuelan economy has suddenly allowed them to flaunt their money. One academic I met described how shocked he was to see a woman reach into her handbag and pull out $3,000 in cash to buy a designer coat. “What kind of person,” he mused, “could have that kind of money?” By contrast, his elderly neighbors—formerly middle-class people, living on fixed pensions with no access to dollars—look thin and wasted. He himself had left his university to work for a foreign charity, because an academic salary paid in bolívares is no longer sufficient to buy food.

The glitzy evidence of dollarization also masks the deep crisis of the rural poor. Upon Chávez’s death in 2013, Corbyn thanked him on Twitter for “showing that the poor matter and wealth can be shared.” But neither Chávez nor Maduro has ever shown anything of the sort. Whatever progress the country made against poverty in the past was due to high oil prices, which have since slumped. Now Maduro presides over a disaster that is devastating the poor above all. Raffalli told me that the food-production system began to break down nearly a decade ago, thanks to the expropriation of land and the destruction of small agricultural companies, though a few big ones survive. Widespread malnutrition began a few years later. The Catholic charity Caritas believes that 78 percent of Venezuelans eat less than they used to, and 41 percent go whole days without eating. The side effects of hunger—higher rates of both chronic and infectious diseases—are spreading too. But if you haven’t heard about hunger in Venezuela, that’s not an accident: The government is going to great lengths to hide it.

The tactics of deception include the use of outdated nutrition measures, which help conceal the severity of the problem. Government departments have also resorted to euphemistic jargon. “Malnutrition” has become “nutrition vulnerability,” Raffalli said, and a system of health centers for starving children is now the Service for Nutritional Education. The country’s National Assembly, which is controlled by the opposition, passed special measures to address the health crisis; the Supreme Court, which is controlled by Maduro, rejected them. Most ominously, doctors in Venezuelan hospitals have faced pressurenot to list malnutrition as either a cause of illness or a cause of death. Though the official media do not mention these policies, people know about them anyway. Raffalli herself witnessed an extraordinary scene in one hospital: The parents of a child who had died from starvation tried to give her the corpse, because they were afraid that state officials would take it away and hide it. She was also in a rural region where children leave school at midday to hunt for birds or iguanas to cook and eat for lunch.

To anyone who knows the long history of the relationship between Marxist regimes and famine, this development seems uncannily familiar. More than 80 years ago, in the winter of 1932–33, Stalin confiscated the food of Ukrainian peasants and did nothing while nearly 4 million died. Then he covered up their deaths, even altering Soviet population statistics and murdering census officials to disguise what had happened. To anyone who knows the long history of Communist countries’ use of food as a weapon, the Venezuelan regime’s manipulation of the food supply comes as no surprise, either. Most Venezuelans—80 percent according to a recent survey—now rely on boxes of food, containing staples such as rice, grain, or oil, from the government. Agencies known as Local Committees for Supply and Production hand the packages out to people who register for a Patria (“fatherland”) card or smartphone app, which are also used to monitor participation in elections. Raffalli has called this policy “not a food program, but a program of penetration and social domination.” The hungrier people get, the more control the government exerts, and the easier it is to prevent them from protesting or objecting in any other way. Even people who are not starving now spend most of their time just getting by—standing in lines, trying to fix broken generators, working second or third jobs to earn a little bit more—all activities that keep them from politics.

But when Raffalli’s voice broke, she was talking about something else: the indifference that was growing, both at home and abroad. The United Nations, perhaps thanks to some officials who admired Chávez—or who do not admire Trump—has not launched a major humanitarian-aid program in Venezuela. “The trauma here is that it is forgotten by outsiders, and also forgotten by us,” Raffalli said. “We are getting used to it … you have to keep saying, ‘No, it’s not normal!” This, she said, is what Venezuela has become: “a country with some of the world’s biggest rivers, and yet we have water shortages. A country with vast reserves of oil, and yet people are cooking food over wood fires.” In this type of protracted crisis, “people start to lose hope. Hunger co-exists with fatigue and lack of hope. And we are forgetting what we used to be.”

And yet, despite the clear historical echoes, the cause of the crisis in Venezuela is not merely the familiar, fanatical application of Marxist theory. If some elements of recent Venezuelan history sound amazingly like a replay of Soviet history, other elements strongly resemble the more recent histories of Russia, Turkey, and other illiberal nationalist regimes whose leaders slowly chipped away at civil rights, rule of law, democratic norms, and independent courts, eventually turning their democracies into kleptocracies. This process also took place in Venezuela. Like the destruction of the economy, the destruction of the political culture took some time, because there were several decades’ worth of democratic institutions to destroy. Writing in The New Yorker in 1965, not long after a round of successful elections, a visitor to the country observed, rather elegantly, that “the high-minded, steadfast enthusiasm for the republican ideal is one of the determining factors in Venezuelan history … the Venezuelan seeks the City of Justice as his forerunners sought the City of Gold, with the same dedication, the same indestructible hope, and the same splendid determination.”

But democracy became weaker in the 1990s, thanks to widespread corruption linked to the oil industry. Chávez broke the rule of law completely. His first attempt to take power was via a coup d’état, in 1992. He won a legitimate election in 1998, but once in power he slowly changed the rules, eventually making it almost impossible for anyone to beat him. In 2004, he packed the Supreme Court; in 2009, he altered the electoral system. Just like other illiberal governments, the Venezuelan regime also sought to undermine abstract ideas of justice—which might have protected ordinary people from the authoritarian state—by dismissing them as a Western plot. Rafael Uzcátegui, an activist who runs PROVEA (the Venezuelan Education-Action Program on Human Rights), told me that the country’s rulers had tried to redefine the problem: “They said everything that we understood as human rights was a ‘liberal hegemonic imposition.’” They also created parallel institutions—such as the Bolivarian Alliance for the Peoples of Our America, Chávez’s version of the Organization of American States—to limit the influence of established multinational bodies and global human-rights groups inside Venezuela.

Having gained full control of his nation’s legal and judicial institutions, Chávez did not use it to benefit poor Venezuelans, contrary to the mythology spread by far-left admirers. Instead, Chávez began to transfer the wealth of the country to his cronies. This process was extraordinarily well documented, in real time, by many people. AForeign Affairs article about Chávez in 2006 spoke of “blatant violations of the rule of law and the democratic process.” A 2008 article in the same publication noted that “neither official statistics nor independent estimates show any evidence that Chávez has reoriented state priorities to benefit the poor.” The slide into spectacular corruption grew worse under Maduro. In Caracas, I met at least a dozen academics and journalists who are still charting the regime’s dishonest social-media campaigns, infringements on what remains of the constitutional order, and stunning corruption, as well as its humanitarian disaster. Their ability to observe and describe all of these things has not necessarily helped them to stop them.

Some elements of Chávez’s method will seem strangely familiar to anyone who has studied other kleptocracies. The Venezuelan writer Moisés Naím has described his country’s political system as a “loose confederation of foreign and domestic criminal enterprises with the president in the role of mafia boss,” which makes it sound very much like Vladimir Putin’s Russia. In Caracas, I sat in a room full of people who were debating just exactly how much money the regime had stolen—$200 billion? $600 billion?—a parlor game that gets played in Moscow too. Scattered around the Venezuelan capital are several brand-new, completely empty apartment buildings that are reportedly a side effect of money laundering: Their owners are storing stolen money in glass and concrete, hoping that real-estate prices will rise someday. A couple of years ago, a court in Miami charged a network of Venezuelan officials with laundering $1.2 billion into property and assets in Florida and elsewhere. Investigations into that case and others still involve law-enforcement agencies all over the world.

How did Chávez get away with this level of theft? How can Maduro sustain it? Among other things, the two strongmen have made it almost impossible for the independent press to function, undermined the credibility of experts, and distracted supporters, both domestic and foreign, with a combination of fairy tales—how wonderful were the lives of the poor!—and conspiracy theories. For Americans, some elements of this story should hit uncomfortably close to home. At the height of his power, Chávez appeared every Sunday on his own surreal, unscripted reality-television program, called Aló Presidente. He would interview supporters, hire and fire ministers, insult people, even declare war while on air, using television much as President Trump uses Twitter, to shock and entertain, sometimes continuing for many hours. Chávez made up names for his enemies—“El Diablo” was one of several for President George W. Bush—and he was vulgar and rude. These traits convinced people that he was “authentic.” Just as Trump used to shout “You’re fired” as a kind of punch line on The Apprentice, Chávez would shout “Exprópiese!” at buildings and property, supposedly owned by rich people, that he intended to expropriate.

Over time, Chávez successfully polarized society into groups of fanatical supporters and equally dedicated enemies—warring tribes who felt they had little in common. Some of the differences were based on class or race, but not all. One Venezuelan I met—he owned a bookstore before people could no longer afford to buy books—told me that he fell out with a university friend who’d become a fanatical Chavista. They never made up.

Even now, polarization is built into the streetscape of Caracas. In the middle-class Chacao district, which is controlled by the opposition, the names of activists murdered by the regime are painted onto a fence that stands near a square where many anti-Maduro demonstrations have been held. In the working-class neighborhoods, one sees pro-regime murals and billboards, though many of these defy the clichés. Some of them, heavy on Venezuelan flags and “No Trump” slogans, could easily be described as nationalist rather than socialist. Others—the paintings of Chávez’s eyes, for example—belong more strictly to what can only be described as a cult of personality.

None of those signs and symbols necessarily means that the regime is popular. Most of the political scientists whom I met reckoned that Maduro has the support of no more than a quarter of the population—some of whom support him only for the food boxes or out of fear. Those who speak out, especially from the slums, are periodically subjected to violence too. In one poor neighborhood, I met a woman whose cousin had recorded a video of himself, draped in a Venezuelan flag, going to an anti-government demonstration, and posted it on Facebook. A neighbor recognized him and told the authorities—another act with Stalinist echoes. A couple of days later, police thugs from the Special Actions Force—a unit known as FAES, which Maduro created in 2017 supposedly to “fight terrorism” —abducted and murdered him.

Extrajudicial murders like this one are now common. An initiative called Mi Convive—whose mission is to monitor and reduce violence—registered 1,271 extrajudicial murders in Caracas alone from May 2017 to December 2019, out of more than 3,300 violent deaths in the city. Late last year, the UN high commissioner for human rights concluded that FAES and other police had killed 6,800 Venezuelans from January 2018 to May 2019, a period of sharp political conflict. The commissioner’s report included details of torture, such as electric-shock treatment and waterboarding. Precisely because those who criticize the government can be subjected to harassment or violence, especially if they come from the slums, I am withholding the names of some of the Venezuelans whom I met or interviewed.

But cynicism is just as powerful a demotivator as fear. Over and over again, people told me that while they don’t dislike Guaidó, they do not believe he can win. So what if the Trump administration recognizes him as the rightful president? The Venezuelan army does not. Democracy is broken, elections are unfair, the police can enter anyone’s house at any time, so how can the regime be brought down? One of Guaidó’s former teachers, a university professor, told me he had let his former student know that he would not come to any more demonstrations until he knew exactly what he was demonstrating for. What is the realistic path to change?

Polarization adds to this cynicism by creating suspicion and mistrust on both sides; people hear politicians shouting diametrically opposing slogans or presenting contradictory facts, and their instinct is to cover their ears. Then they retreat inward—or they leave, in vast numbers. The 4.5 million people who are thought to have left Venezuela in recent years have done so either by walking across the border into neighboring countries or by seeking to study or work abroad. Historically, Venezuela was a magnet for immigrants, not a source of refugees. The current exodus has left enormous gaps in many institutions, broken up families, and destroyed circles of friends.

The second person I met who started to cry was a translator. At one event, I responded in English to a question about the wave of Venezuelan refugees now spreading across South America, North America, and Europe. As the translator put my answer into Spanish, she broke down. “I suddenly thought of my nieces and nephews,” she told me afterward. “All of those hopeful young people, all gone.”

The third time someone cried was in rather different circumstances. I was in La Vega, one of the slums that cling to the hills around Caracas, a little bit like the favelas around Rio de Janeiro. The paved roads in La Vega attest to the money that was once available to spend on infrastructure; the jerry-rigged electricity cables and water pipelines attest to that infrastructure’s decline. We were sitting in a community kitchen created by a group called Alimenta la Solidaridad (a name that translates loosely to “food solidarity”), which serves regular meals to children in poor neighborhoods. This is one of a pair of initiatives originally conceived by Roberto Patiño, a young opposition politician turned humanitarian activist. The first one is Mi Convive, the group that monitors and mitigates violence; its name, also translated loosely, means “live together.” Patiño was a student leader who campaigned on behalf of a previous opposition leader, Henrique Capriles, who ran for president and lost by a tiny and probably fraudulent margin in 2013. As he traveled around the country, Patiño told me, he was shocked by the lack of faith that people had in the whole process. They didn’t hate Capriles; they just thought that “everything related to politics is a lie.”

Patiño’s organizations are not political, and they are not intended to affect election campaigns directly. Instead, they seek to undermine the polarization, and dampen the cynicism, that has frozen Venezuelan society. Propaganda divides people. Fear isolates them. By contrast, Alimenta and Mi Convive create projects that bring people together, regardless of their socioeconomic status or political views, building networks of friendship and support. The projects are staffed, in part, by educated, middle-class people in their 20s and 30s who have deliberately decided not to emigrate, though any of them could. Alberto Kabbabe, the co-founder and executive director of Alimenta, has a degree in chemical engineering; he says most of his university friends have left for the U.S. or Colombia. Back when he was in the student movement with Patiño, Kabbabe didn’t imagine himself running community kitchens, but then, none of the group did. “I thought I would be doing politics, but something more … sophisticated,” one told me. But in a society where sophisticated politics feel pointless and impossible, working to create links between wealthy and poor neighborhoods feels positive and creative. “The government made people believe that we are all different and enemies. In fact, we are all different, but we can work together,” Kabbabe told me.

A trio of them took me to see a couple of the kitchens in La Vega. We began with a visit to a Jesuit school. Alimenta has worked closely alongside the order, which has a particular interest in refugees and the very poor. The Jesuit fathers in Caracas—I met several—reminded me of the kinds of priests who used to work in Polish working-class neighborhoods in the 1980s, when the Catholic Church was a unifying national institution in Poland and not part, as it is now, of a divisive war over modern culture.

From the school we went to one of the community kitchens—in reality, a dining space set up on a dirt floor beneath a corrugated-tin roof. The women who worked there were all volunteers, some of whom had lost their access to the free government food boxes because they work for Alimenta. They said they didn’t care—the food served at the kitchens is healthier anyway—and there are other benefits. “We can do something to make a difference,” one of the volunteers told me, and that creates a kind of psychological satisfaction, even aside from the food. Some of the women have become advocates for their communities, speaking out about school closures, water shortages, and the other hardships that Venezuela’s decline has imposed on them.

Conditions were a little better in another section of La Vega, farther down the hillside. There, the community kitchen is inside a real building, connected to a convent. Posted on the walls are lists of daily menus; the space smells slightly of disinfectant and the floors positively shine. The volunteer who runs the kitchen—gray-haired, wearing blue jeans and an Alimenta la Solidaridad T-shirt—showed us around. She started to tell her life story, a tale of bad luck and crises, a son who was shot during local violence, another who died in an accident. But now she has had some success: Her daughters are studying, and she is feeding children—a role that allows her to keep an eye on local families in trouble. This is when she started to cry. One of the women from Alimenta—several decades younger, from a different neighborhood and a luckier family background—stood up and put her hand on her shoulder. The older woman stopped for a moment, and then resumed her story.

I am tempted to end here with a warning, because Venezuela does represent the conclusion to a lot of processes we see in the world today. Venezuela is the endgame of ideological Marxism; the culmination of the assault on democracy, courts, and the press now unfolding in so many countries; and the outer limit of the politics of polarization. But I don’t want, as so many have done, to treat Venezuela as just a symbol. It’s a real place, and the hardships faced by the people who live there have not ended, culminated, or been limited at all. Whatever the United States and other members of the international community do next in Venezuela, the goal should be to help real Venezuelans, not to further an ideological argument, especially as the humanitarian and political crises deepen and spread.

ANNE APPLEBAUM is a staff writer at The Atlantic. She is a senior fellow of the Agora Institute at Johns Hopkins University. Her latest book is Red Famine: Stalin’s War on Ukraine.

Biógrafa de Bolívar coloca a Chávez como el “peor farsante” del bolivarianismo por Juan Carlos Zapata – ALnavío – 25 de Febrero 2020

En la biografía Bolívar, Libertador de América, escrita por Marie Arana, Hugo Chávez queda mal parado. Esta biografía ha sido elogiada tanto en Estados Unidos como en España. Es rigurosa. Pero se lee como una novela. Walter Isaacson dice: “Al fin Bolívar tiene la biografía que se merece”. Y The Washington Post señala que “el enfoque de Bolívar es magistral”. La autora nació en Lima, de padre peruano y madre norteamericana. Por 10 años fue jefa de la sección de libros del Post.
Marie Arana define a Chávez como un “socialista radical” / Flickr: Hugo Chávez
Marie Arana define a Chávez como un “socialista radical” / Flickr: Hugo Chávez

“Muchos farsantes han emulado a Bolívar en su volátil vida póstuma, pero nunca de forma tan estrambótica como Chávez”. Así se expresa Marie Arana en el epílogo de Bolívar, Libertador de América, celebrada biografía ampliamente reseñada en España, Colombia y Estados Unidos. Arana define a Chávez como “socialista radical cuyos objetivos estaban a años luz de los de Bolívar”.

La obra se lee como una novela. Aporta detalles personales -por ejemplo, la cantidad de amantes- de Bolívar ignorados u omitidos a veces por los biógrafos. Es un libro con estructura y lenguaje fílmico.

La revista Semana de Bogotá reseñó el libro de esta manera: “Tal vez esta no sea la mejor biografía de Bolívar, pero sin duda es una de las mejor escritas. Se lee como una novela. Y, como en una novela, los personajes y las situaciones dejan una impresión vívida en el lector. Aunque la autora simpatiza con Bolívar y adopta su punto de vista –quiere adentrarse en su mente–, no lo glorifica porque también nos permite ver sus errores, sus zonas oscuras y sus contradicciones”.

Arana le dedicó varios años a la investigación. En las fuentes cita a muchos autores de Venezuela. Al diario El País le dijo que la obra “captura el momento de una forma más completa y, tal vez, más humana que algunas de las existentes”. Que fue a las fuentes primarias “en busca de fragmentos de color que no había visto en otras biografías e historias”. Que indagó en “todas las bibliotecas del continente americano”. Y que “ese “material original”, afirma, “está lleno de drama y detalles” que contienen un “sentido de urgencia y viveza” que ella no percibió en otras biografías. “También reuní pormenores y observaciones perspicaces de obras de escritores en español que nunca se habían leído ampliamente en todo el mundo y que parecían suspendidas en una especie de limbo”.

En lo que respecta a Chávez, le dedica casi una página en el epílogo. Señala que “innumerables dictadores posteriores a la independencia trataron de manipular de alguna manera la imagen de Bolívar en el proceso de limpiar la propia”.

El caso de Chávez es conocido. Se montó en el poder ondeando las banderas del bolivarianismo y se empeñó en renombrar a Venezuela como República Bolivariana.

La autora toma el caso de la exhumación de los restos del Libertador para ejemplificar la estrambótica conducta de Chávez. Como se sabe, ello ocurrió en 2010. En los 200 años de la declaración de la independencia. Dice que lo hecho por Chávez no puede calificarse de otra manera sino como “un espectáculo macabro”.La obra se lee como una novela / Foto: Debate

“El propósito de tan estrambótico ballet era él mismo”, afirma: “Ser uno con el espíritu del Libertador, regodearse en la ‘magia de su prestigio’. Pero esta vez Chávez esperaba probar algo más que su afinidad”. Quería demostrar que Bolívar fue envenenado por la oligarquía colombiana y que no murió de tuberculosis. Era una acusación recurrente de Chávez. Los exámenes no confirmaron el envenenamiento. Señala que Chávez intentaba reafirmar su reputación. “Un viejo truco” al lanzar la acusación contra la oligarquía colombiana, a la que Chávez -y ahora Nicolás Maduro– han acusado traidora a la memoria de Bolívar. “No era la primera vez que se distorsionaba la leyenda (de Bolívar) con fines absurdos”, afirma Arana.

La autora hace un señalamiento que llama a la reflexión. “Bolívar pretendía odiar la dictadura (afirmó que había recurrido a ella sólo por periodos limitados y como recurso necesario), pero sin duda creó la mítica criatura en que se convirtió el dictador latinoamericano”.

La obra se extiende por casi 600 páginas que se leen de un tirón.

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela por Pablo Stefanoni – Nueva Sociedad – Febrero 2020

La izquierda latinoamericana frente a Venezuela

El 30 de enero de 2005, en el estadio Gigantinho de Porto Alegre, el presidente Hugo Chávez declaraba la necesidad del socialismo. Con su característica camisa roja, el líder venezolano dijo:

«Negar los derechos a los pueblos es el camino al salvajismo, el capitalismo es salvajismo. Yo cada día me convenzo más, [entre] capitalismo y socialismo… no tengo la menor duda. Es necesario, decimos y dicen muchos intelectuales del mundo, trascender el capitalismo, pero agrego yo […al capitalismo hay que transcenderlo por la vía del socialismo […].»

En estas declaraciones resonaba, lejanamente, aquella declaración del «carácter socialista» de la Revolución Cubana pronunciada por Fidel Castro en abril de 1961, en medio de fusiles y llamados a resistir la agresión imperialista. Venezuela no fue invadida, pero el chavismo extrajo una potente dosis de mística política de su victoria contra el golpe de Estado de 2002, apoyado por la oligarquía local y Estados Unidos, el paro patronal y la huelga en Petróleos de Venezuela (PDVSA) de 2002-2003, que provocó un fuerte golpe a la economía.

Frente a Chávez no había milicianos sino militantes sociales agrupados en el Foro Social Mundial, una articulación de partidos de izquierda y movimientos sociales movilizada contra la «mundialización del capital» y en favor de un cambio en las relaciones de fuerza a escala global. En este nuevo escenario post-socialismo real, el presidente bolivariano anunció, y enfatizó, que la nueva transición al socialismo debía ocurrir «¡En democracia!». Pero acto seguido aclaró: «Ojo pelao y oído al tambor: ¿en qué tipo de democracia? No es la democracia que míster Superman [por G. W. Bush] quiere imponernos desde Washington, no, esa no es la democracia». Y ahí subyace uno de los problemas neurálgicos del chavismo en sus dos décadas de hegemonía sobre la política venezolana. Si esa «no es» la democracia, ¿con qué tipo de democracia «superar» la democracia liberal? Y, en segundo lugar: además de la democracia, ¿qué diferenciaría a este «socialismo del siglo XXI» de las experiencias del socialismo real y las «democracias populares» del siglo XX en la Unión Soviética, el este de Europa, Asia y Cuba?

Se trataba entonces del momento épico de una «marea rosada» que se estaba completando. Ya estaban en el poder Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva, y estaban por llegar Tabaré Vázquez, Evo Morales, Rafael Correa, Fernando Lugo, el enigmático Manuel Zelaya y, dos años más tarde, el más polémico Daniel Ortega. Venezuela parecía ocupar entonces el lugar de una suerte de «núcleo radical» alrededor del cual se iban ubicando regímenes nacional-populares o de izquierda democrática, más moderados y/o más novatos, que daban forma al inédito giro a la izquierda continental.

No obstante, el «socialismo del siglo XXI», que en sus comienzos contenía la promesa de una renovación de la izquierda que permitiera dejar atrás la historia del socialismo real, terminó por mostrar sus límites infranqueables. Lo que aparecía como una locomotora (la Revolución Bolivariana) para jalar a las fuerzas transformadoras latinoamericanas se fue transformando en un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturar el proceso político iniciado con el triunfo electoral de fines de 1998. En ese marco, Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas continentales, cada vez más y mejor aprovechado por la derecha para construir fantasmas de «venezuelización» en cada país donde las fuerzas progresistas tienen posibilidades de triunfo. Como escribió el economista Manuel Sutherland: «En este infausto panorama, Venezuela constituye el mejor ‘argumento’ para las derechas más retrógradas. En cualquier ámbito mediático, aprovechan la situación para asustar a sus compatriotas con preguntas como: ‘¿Quieren socialismo? ¡Vayan a Venezuela y miren la miseria!’. ‘¿Anhelan un cambio? ¡Miren cómo otra revolución destruye un país próspero!’. Sesudos analistas aseveran que las políticas socialistas arruinaron el país y que la solución es una reversión ultraliberal de la revolución».

Frente a esta situación, las izquierdas carecieron de herramientas teórico-políticas para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo, especialmente la izquierda congregada en el Foro de San Pablo. En el caso del Frente Amplio de Uruguay, existen visiones cada vez más críticas; en el Partido de los Trabajadores de Brasil, la detención de Lula da Silva y la llegada de la extrema derecha al poder parecen haber provocado un repliegue hacia posiciones más defensivas, lo que incluye la cuestión venezolana. En el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia, el discurso es poco permeable a un balance crítico. Y aunque Bolivia estaba lejos de ser Venezuela, Evo Morales compartía algunas visiones no pluralistas del poder que lo llevaron a buscar la reelección una y otra vez, lo que a la postre desencadenó una crisis política y una ola de protestas que a su vez dieron lugar a un golpe de Estado policial-militar y a un giro conservador y un represivo gobierno dirigido por la senadora Jeanine Añez, quien entró en el Palacio con una enorme Biblia entre manos.

Mucho de lo que había hecho de Venezuela un modelo atractivo era profundamente contradictorio desde sus orígenes. El proceso venezolano combinó formas diversas de empoderamiento popular con el liderazgo ultracarismático de Chávez; redistribución de la renta petrolera con mecanismos de saqueo de los recursos estatales por parte de camarillas burocrático-militares que feudalizaron el Estado; democracia comunal «por abajo» con formas pretorianas y autoritarias «por arriba»; imaginación para impulsar proyectos posrentistas con absoluta incapacidad para llevarlos adelante; reforzamiento del rol del Estado con incapacidad de gestión pública. Y, desde la muerte de Chávez en 2013, un declive económico que condujo a una caída del PIB de más de 50% durante la gestión de Nicolás Maduro y una inflación de 130.000% en 2018–según datos oficiales finalmente emitidos tras un largo silencio informativo oficial–.

Las izquierdas latinoamericanas leyeron –y aún leen– Venezuela a partir de los imaginarios del «cerco» construidos en relación con Cuba desde los años 60. De esta forma, el «socialismo petrolero» venezolano –tal como lo denominó el propio Chávez en 2007– es exculpado de manera regular por el retroceso al que está llevando a la sociedad venezolana. Predomina en estas visiones el antiliberalismo fuertemente afincado en las izquierdas regionales y que tiende a minimizar los problemas democráticos, en el marco de lo que en Francia denominan «campismo»: la sobredeterminación de las variables geopolíticas en el análisis de cualquier realidad nacional.

Así, el antiimperialismo se desacopla de su dimensión emancipatoria para asumir una dimensión justificatoria –e incluso celebratoria– de diversos regímenes supuestamente enemigos del Imperio (la popularidad de Muamar Kadafi en algunos sectores de las izquierdas continentales es un buen ejemplo de ello). La narrativa sobre el «poder popular» –a menudo abstracta– se vuelve una forma de encubrir los déficits democráticos y, más aún, las (abundantes) violaciones de los derechos humanos por parte de las fuerzas represivas del Estado. De este modo, el «silencio Cuba», al decir de Claudia Hilb, de muchas izquierdas latinoamericanas –y de más allá también– devino en un «silencio Venezuela», que no significó, como tampoco ocurrió en el caso de la isla, no hablar de Venezuela, sino evitar enfrentar los problemas, desechando los datos empíricos y apelando de manera mecánica a las «agresiones imperiales» como única variable explicativa, tras años de hacerlo del mismo modo con la hoy pasada de moda «guerra económica».

Existen diversas correas de transmisión del discurso oficial venezolano hacia el resto de la región. Además de medios como Telesur, durante años la Revolución Bolivariana, al igual que en su momento la cubana, organiza diversos eventos de solidaridad, que sirvieron para organizar a una masa intelectual disponible para diversos tipos de pronunciamientos «solidarios», más o menos automáticos. Algunos han sido más organizados, e incluso apéndices de las embajadas, y otros menos, pero en general se fue construyendo un discurso sobre Venezuela que congeló la foto del golpe de 2002 y es incapaz de ver las aporías del bolivarianismo y los desplazamientos en la coyuntura política.

Hoy es imposible, por ejemplo, pensar el clivaje que atraviesa el país como un enfrentamiento «transparente» entre la izquierda y la derecha, o el pueblo y la oligarquía. En gran parte de las izquierdas regionales, se subestima la profundidad y la multidimensionalidad de la crisis, así como la degradación –política y moral– de la elite cívico-militar bolivariana. La «gente común» puede ser sacrificada sin problemas en el altar antiimperialista y funcionan eficazmente latiguillos como «la oposición es peor», «el problema son las sanciones estadounidenses», etc. Junto con ello, se minimizan los ataques al Estado de derecho y a la propia institucionalidad nacida de la Constitución bolivariana de 1999: la Asamblea Nacional Constituyente actúa como un poder supraconstitional y sin contrapesos, un poder de facto que no se concentró en redactar una Constitución sino en legitimar cualquier medida del gobierno sin necesidad de enmarcarse en una república constitucional.

Esto no significa, sin duda, que no existan agresiones e injerencias imperiales. Ni que los neocons que rodean a Donald Trump, como Elliot Abrams o John Bolton (quien finalmente terminó distanciado del presidente), no sean peligrosos. Pero precisamente esto ilumina otra cuestión: el discurso antiimperialista latinoamericano tiene como contrapartida un débil interés por estudiar el «Imperio» realmente existente, sus dinámicas políticas, sus (in)consistencias y sus intereses geoestratégicos concretos. Tampoco se trata de negar que en la oposición haya sectores financiados por Estados Unidos, halcones anticomunistas estilo Guerra Fría, antipopulistas racistas y elitistas retrógrados. Ni tampoco apelar al ni-nismo: «ni con Maduro ni con el Imperio». Sino, por el contrario, se trata de pensar la realidad venezolana en una doble clave: antiimperialista y democrática, sin sacrificar ninguno de los términos de la ecuación. La pregunta es sencilla: incluso si Maduro sale airoso de esta última batalla contra el «presidente encargado» Juan Guaidó, ¿qué tipo de futuro se puede esperar para Venezuela? ¿Qué energías vitales tiene la Revolución Bolivariana para encarnar los «nuevos comienzos» que Maduro promete una y otra vez para enfrentar la degradación societal que vive el país? El último nuevo comienzo es la dolarización informal de la economía.

Sin una izquierda más activa y creativa respecto de Venezuela, la iniciativa regional fue quedando, sin contrapesos, en manos de las derechas del continente. En la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana, la secretaria ejecutiva, Mónica Valente, dijo que el vigésimocuarto encuentro de este espacio que reúne a gran parte de las izquierdas de la región «puede tener la misma importancia histórica de los años 90 cuando cayó el Muro de Berlín». No se refería específicamente a Venezuela, sino al «giro a la derecha» latinoamericano. Pero si se puede hablar de un Muro de Berlín regional, este se vincula de manera directa a la implosión de la Revolución Bolivariana –precisamente en el primer país que se declaró socialista después de 1989–. Por este solo hecho, el balance de esta experiencia es indispensable para cualquier renovación política y teórica de las izquierdas latinoamericanas.

Esta es una tarea importante, aunque las victorias de Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina hayan matizado la idea de un giro a la derecha tout court en la región.

El 4 de febrero: la muerte de la democracia y el nacimiento del autoritarismo por Estefani Brito – El Nacional – 4 de Febrero 2020

Analistas consideran que el golpe de Estado comandado por Hugo Chávez en 1992 fue la antesala a la tragedia nacional actual

Archivo

La antesala de una tragedia nacional. El 4 de febrero de 1992, día del intento de golpe de Estado perpetrado por Hugo Chávez, fue la fecha que marcó la muerte anunciada de la democracia y el nacimiento de un modelo autoritario, que hoy somete a los venezolanos.

A 28 años de esa fecha, que dejó tristeza, confusión y desunión, el balance es desalentador, de acuerdo con especialistas. “Ese día nace la catástrofe que vino a Venezuela en los 20 años posteriores”, afirmó el analista político, Fernando Spiritto.

Esta rebelión, denominada Operación Zamora, rompió con más de 30 años de tradición democrática dentro de las Fuerzas Armadas, señaló Fernando Ochoa Antich, ex ministro de Defensa de la época.

“Desde ese día la Fuerza Armada perdió el rumbo y nos ha conducido a esta trágica situación que estamos viviendo”, resaltó.

Para el politólogo Daniel Arias la significación cultural y política del 4-F es enorme. “Destruyó la idea que estaba arraigada en la época que los golpes de Estado eran cosas del pasado y nunca más iba a haber una rebelión militar”, indicó.

Un hecho que se pudo evitar

El descontento social y de la Fuerza Armada tiene sus raíces en el 18 de febrero de 1983, ese “Viernes Negro” que marca una crisis económica. Esto, llevó al estadillo social del 27 de febrero de 1989, con “El Caracazo”, y concluyó el 4 de febrero de 1992 con una rebelión militar, según los analistas.

Sin embargo, este golpe, que tuvo alrededor de cinco horas de duración, pudo haberse evitado, aseguró Ochoa Antich.

“El general comandante del Ejército, Pedro Rangel Roa, recibió la información precisa a las 11:00 am del 3 de febrero de que esa noche iba a haber un golpe. No me informó a mí ni acuarteló a todas las unidades de Venezuela”, mencionó.

El fracaso: Chávez no combatió

Al general dejar en la oscuridad al ministro y acuartelar solo a la guarnición de Caracas, dejó la puerta abierta a los rebeldes. Los entonces tenientes  coroneles Hugo Chávez, Francisco Arias Cárdenas, Yoel Acosta, Jesús Urdaneta y Jesús Ortiz  encabezaron el movimiento. Fueron seguidos por 14 mayores, 54 capitanes, 67 subtenientes, 65 suboficiales, 101 sargentos de tropa y 2.056 soldados alistados, pertenecientes a las guarniciones militares de los estados Aragua, Carabobo, Miranda, Zulia y el Distrito Federal.

Rebeldes del 4 de febrero de 1992. Cortesía

“La razón del fracaso del golpe fue porque Chávez no combatió, se encerró en el Museo Militar. Al no combatir hubo tiempo para que las fuerzas leales a la Constitución pudieran reaccionar, porque inicialmente fuimos sorprendidos”, precisó el general retirado.

Calificó esta acción del fallecido presidente como “un grandísimo error de él y falta de valor”, que permitió “para suerte de los venezolanos”, que se controlara la acción.

“De manera inexplicable, él permitió que sus subalternos combatieran y permaneció sin movilizar sus tropas. Si ataca Miraflores posiblemente lo toma porque no habíamos reaccionado suficientemente”, agregó.

El que se rindiera, no obstante, evitó que la cifra de fallecidos y heridos fuera superior. Según cifras oficiales, ese día se registraron 32 muertos y 95 heridos, aunque otros datos hablan de entre 143 y 300 fallecidos.

Proyecto Primera Pagina / Politica. Publicada en el diario El Nacional el 04 de febrero de 1992 (Extra). Titulo: Se rindio el jefe de los golpistas. En la imagen el militar Hugo Chavez Frias. Foto: Reproduccion Microfilm. / Archivo / El Nacional

Errores de la política: la llegada de un presidente

Aunque el golpe fue derrotado casi de inmediato, quedaron unidades que permanecieron en la insurrección. Esto llevó a que se cometiera un error político que mejoraría la imagen del entonces teniente coronel de 37 años de edad.

“Se pensó que era oportuno que él (Chávez) se dirigiera a las unidades para que se rindiera y mostrara que era derrotado. Lamentablemente, el acto fue muy mal orientado; en lugar de servir para que se rindieran generó un impacto en la opinión pública sumamente negativo, desde el punto político”, señaló.

Esta acción, acompañada del discurso de Rafael Caldera desde el Congreso, en el que desestimó el golpe de Estado, hizo pedazo la legitimidad democrática, de acuerdo con los expertos.

“Caldera le dio una especie de legitimidad moral. Habló de que la crisis económica invalidaba los logros políticos que se había conseguido en ese sentido, por tal razón el 4 de febrero cambio la historia de Venezuela”, indicó Arias.

Arias, Spiritto y Ochoa Antich coincidieron que el 4-F deslegitimó el proceso democrático iniciado con el Pacto de Punto Fijo, firmado el 31 de octubre de 1958. Llevó, además, a la presidencia de la República a Caldera, que otorgó el indulto a Chávez.

No obstante, para Spiritto el error que llevará a Caldera “al juicio de la historia”, es el de haber contribuido a deslegitimar el sistema democrático, que él mismo fundó.

Llegada al poder

Ochoa Antich y Spiritto consideraron que lo que catapultó a Chávez a la presidencia fueron los errores políticos de Acción Democrática y Copei. Estos partidos, que durante más de 30 años alternaron en el Ejecutivo, permitieron que se deslegitimara la democracia y se deteriorara la economía.

Además, estas organizaciones tampoco lograron el consenso para postular  un candidato suficientemente aceptable ante la opinión pública de cara a las elecciones presidenciales del 6 de diciembre de 1998.

“Se debilitaron las estructuras democráticas, los partidos políticos no tuvieron la capacidad de reaccionar y permitieron que democráticamente Chávez llegara al poder”, subrayó Ochoa Antich.

Cimientos cubanos

Los analistas coinciden que los cimientos del régimen cubano estuvieron desde el comienzo en los ideales chavistas. Una muestra, indicaron, es que el primer viaje que realizó Chávez al salir de prisión fue a Cuba, el 13 de diciembre de 1994.

“El elemento cubano ha tenido hegemonía en el chavismo desde que aparece Chávez en la escena nacional. Su primer viaje fue a rendirle pleitesía a Fidel Castro”, expresó Spiritto.

Aunque hay quienes alegan que Maduro se alejó del legado de Chávez, los expertos lo niegan. “Maduro es el chavismo encarnado. Lo que vemos hoy, este desastre político, económico y esta destrucción de la democracia es legado directo de Chávez”, enfatizó el politólogo.

Una Fuerza Armada destruida

El panorama para la Fuerza Armada no fue nada alentador. Desde que Chávez asumió la presidencia adquirieron un talante socialista y dejaron de ser institucionalistas. “Eso que llamamos Fuerza Armada no es tal, la institución desapareció al menos desde el 2002. Lo que tenemos hoy no es más que el brazo político del partido.”, resaltó Spiritto.

A su juicio, esta es un Fuerza Armada Nacional Bolivariana destruida, cuyos jefes son Diosdado Cabello y Nicolás Maduro, líderes del PSUV. “Es una Fuerza Amada sin capacidad operativa, sin armamentos, que está presente porque es movilizada políticamente”, dijo.

Ochoa Antich sentenció: “La Fuerza Armada es la responsable de toda esta tragedia, porque debió haber reaccionado”.

El Comandante por Roger Vilain – Blog Polis – 9 de Diciembre 2019

Leo una entrevista a Moisés Naim y pienso: qué cojones. Vargas Llosa tiene razón, digan lo que digan los envidiosos y los ultrosos. Vamos a ver, doy una pasadita por twitter y ahí está, salta como liebre, brinca aquí y allá, satura los rincones de la virtualidad hecha espectáculo, al por mayor, al quién da más. Parece que es verdad, atravesamos la cultura de los flashes, del relumbrón mediático, del jaleo sin peso específico al más puro estilo hard show bussines.

Me refiero a la serie El Comandante, que según el entrevistado no es biografía alguna de Hugo Chávez sino exactamente lo contrario, una obra para la televisión inspirada en cierto libro de su autoría, cargado hasta el cuello de ficción. Despacho la entrevista y quedo satisfecho. Las ideas de Naim siempre me han parecido ejemplos de conexión con el cerebro, con el mundo que nos toca transitar para bien o para mal, duro, complicado, universo rosadito a veces e hijo de la gran puta casi siempre. Entonces me digo: hay que ver. Una serie de sesenta capítulos dedicados nada menos que a Chávez. Supongo que el hombre es garantía de éxito, que su popularidad, sustentada en el histrión que encarnó, es más que un  buen aval si se trata de vender. La Sony no tiene un pelo de tonta. ¿Qué hizo, después de todo, Hugo Chávez en su vida sino vender y vender? Se vendió a sí mismo y la pegó, vendió un proyecto delirante y tuvo fortuna, y vendió un país a los demonios de la sinrazón con idéntica buena suerte.
Entonces paso la vista a mi álbum particular de personajes latinoamericanos con lustre e impronta indiscutible. Aparece Óscar Arias, irrumpe Fernando Cardoso, imagino a Rómulo Betancourt, vislumbro a Carlos Rangel, pienso en Ricardo Lagos, en fin. Revuelvo imágenes en sepia de individuos que metieron sus narices con respetabilidad en la política y nada, que alguno de ellos protagonizara tamaña serie es algo que únicamente puede ocurrírsele a un desquiciado. O sea a mí. Bancarrota por donde lo mires. Al lado del Che y Fidel Castro, acota Naim, “Chávez es el líder político de mayor fama mundial en estas latitudes”. Por eso la peliculita y por eso andamos como andamos, concluyo aún con la entrevista en las manos. Un sesudo Rangel, un pausado Lagos, un estadista como Arias, embutidos en esas aburridas formas que echan mano de la legalidad, del diálogo, de la tolerancia, untados por el ritmo lento que exige el actuar y el hacer desde las exigencias democráticas, ¿qué pueden buscar frente al vértigo castrista o el ventarrón mitómano, embrujador, hilarante, del caudillo venezolano? Un pepino. Nada entre la nada.
 Que Sony Entertainment Television haga su agosto llevando a la pantalla chica lo que le venga en gana, vale. Pero que la peste política, es decir, dictadores eternos o aprendices de tales gocen de los favores del público, que se embolsillen el raiting cuyo punto de fuga es la alfombra roja de Hollywood, indica una condición que ve tú a saber cuándo pasará a la historia. Vargas Llosa y su civilización del espectáculo, no te quepa la más mínima duda. Cala mucho más el estruendo descocado de un Chávez que se jura pieza clave de la historia, con sus disparates y megalomanía a cuestas, que el aire sosegado de demócratas refractarios a estruendos de la lengua y terremotos tras sus pasos, pongo por caso.
Con razón el Socialismo del Siglo XXI, ensalada con la vinagreta más amarga de estos tiempos, tuvo tan espectacular acogida. Los exquisitos paladares de aquella rocambolesca fanaticada premiaron con creces el experimento de un recetario a punto de caramelo, o sea, listo para la intoxicación generalizada, a reventar. La civilización del espectáculo, dime tú si no, haciendo de las suyas por donde eches el ojo. Digerir un plato semejante fue darse de bruces con el macabro resultado de sus invectivas. Pero lo importante aquí ha sido y es el tintineo de copas, el relumbrón fulgurante, la atracción fatal que un encantador de serpientes ejerce en función de la histeria, del hígado y las gónadas. Ese eufemismo que dieron en llamar carisma.
Sostiene Naim que la serie está bien hecha, mejor actuada, magistralmente escrita. Y no lo dudo. Pero de Chávez Venezuela tiene suficiente. Lo que soy yo, paso la página.
Enhorabuena la democracia otra vez, más temprano que tarde, amén.
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