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Los últimos meses del chavismo por Rafael Poleo – El Nuevo País – 24 de Septiembre 2017

Una de las pocas veces que el madurismo dice la verdad es cuando protesta porque hay una confabulación internacional para derrocarlo. Esa confabulación -llamémosla así para no detenernos en exquisiteces- existe e incluye a todas las naciones importantes de Europa y América más China y Japón. De peso y significación sólo faltan Rusia y la India. Ésta no se mete en el pleito y los rusos sólo están pendientes de que les paguen. Por supuesto, esa confabulación tendrá éxito. El madurismo como régimen no tiene ni la más pequeña posibilidad de sobrevivir y cada día que pasa sus jerarcas tienen más comprometida su situación personal. De los cuarenta que están en la lista de Canadá, parte de la operación en la cual es clave el Grupo de Lima, sólo se salvará del calabozo el que afine su garganta denunciando a sus cómplices. Tampoco hay otra esperanza para sus testaferros y asociados. Será una razzia pavorosa ejecutada en nombre de los derechos humanos, animada en realidad por los errores garrafales que Chávez, creyendo que él era Chávez, cometió en el planteamiento estratégico de su revolución. Veamos.

Los factores reales de poder en Europa y América no podían seguir mirando con la boca abierta el avance de los dos poderosos enemigos que amenazan destruir la Civilización Occidental: el narcotráfico y el fundamentalismo islámico. La tolerancia de Obama, aquel presidente que pidió perdón porque Estados Unidos ganó la Segunda Guerra Mundial en vez de hacerlo el nazismo y el criminal estamento militar japonés, no refleja la naturaleza real de la primera potencia del planeta, que por algo ha cuidado de mantener el más eficaz aparato militar conocido en la Historia, capaz de destruir en un par de horas a sus enemigos potenciales. Sus aliados importantes -porque lo demás es monte y culebra-, Alemania y Francia, terminarían por actuar conforme a su dura experiencia histórica, como en efecto lo han hecho.

Llevado por su narcisismo y su ignorancia, Chávez se dejó arrastrar al sueño de gloria que le indujo Fidel Castro. Gobiernos débiles en Estados Unidos y Francia le dejaron hacer y no se hubieran ocupado de él si no hubiera pretendido convertir a Venezuela en un santuario del narcotráfico y una base del terrorismo islámico. Cuando Chávez fue eliminado y Castro puso a Maduro en su lugar porque era el más manejable entre los jefes chavistas, ya no hubo vuelta atrás. Es una historia por escribir, con Diosdado y José Vicente tratando de que el régimen entrara en razón mientras puertas afuera fingían ser los más radicales. Pero ya la suerte está echada. A Diosdado por fin lo pusieron en la lista y José Vicente está muy mal de salud.

Por cierto que esta situación hace aún más aconsejable votar el 15 de Octubre, porque la situación va a cambiar en los próximos meses y sería un fastidio que, por culpa de los abstencionistas, quedaran estorbando algunos gobernadores chavistas.

Por cierto, me pregunto cómo algunas inteligencias de visión universal, como Antonio y María Corina no se dan cuenta de esto. Lástima. Si no reaccionan ya, quedarán sentados en la cuneta. Cuenten que si paso por ahí les daré una colita.

Heinz Dieterich: “Venezuela está a un paso del abismo” por Andrea Sosa Cabrios y Denis Düttmann – Clarin – 15 de Septiembre 2017

El prestigioso sociólogo alemán, ex asesor de Hugo Chávez, señala que el gobierno de Nicolás Maduro es hoy una dictadura socialdemócrata. Pero que se está acercando a una dictadura militar.

 

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El sociólogo alemán Heinz Dieterich conserva una boina roja que le regaló Hugo Chávez en 1999. Eran tiempos de cercanía entre el impulsor del “socialismo del siglo XXI” y el entonces presidente venezolano, que adoptó esa idea como impronta. La boina dedicada a Mirna, su pareja, luce intacta en su departamento de Ciudad de México, donde vive desde 1976. La amistad con Chávez, en cambio, se resquebrajó a partir de 2005, cuando Dieterich dijo que en Venezuela en realidad no había socialismo en el sentido histórico del término. A Chávez le molestó. Hoy Dieterich, de 74 años, es duro crítico del presidente Nicolás Maduro, al que considera una “mala imitación” de Chávez, y vaticina para el país un “desenlace catastrófico”.

– ¿Cómo describe lo que está pasando ahora en Venezuela?

-Con la decisión de estrangulamiento financiero de Donald Trump, la situación se acerca a un desenlace catastrófico. Siendo Estados Unidos el centro financiero del mundo, la medida de Trump tiene impactos mucho más allá de la simple posibilidad de contraer nueva deuda vía nuevos bonos. Todas las corporaciones privadas se orientan en lo que hace no sólo Wall Street sino el Tesoro de Estados Unidos. Ni China ni Rusia tienen una logística mundial comparable. Esto es un regreso a los años 60, a la Guerra Fría. Es lo que pasó con el bloqueo de Cuba: o estás con nosotros o eres nuestro enemigo. Maduro y su tropa no entendieron que tenían que buscar la solución negociada. Leer más de esta entrada

Sobre el odio y la traición a la patria por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 4 de Septiembre 2017

 

images-2Ante la pregunta ¿en qué consiste el legado de Chávez?, no tengo duda en contestar: en haber instaurado un ejercicio de la política y del poder basado en el odio. Chávez ha quedado inscrito en la historia contemporánea de Venezuela como el autor principal y agitador de la política del odio.

Cuando hablo de política del odio me refiero a hechos concretos. En primer lugar, a sus recurrentes expresiones de odio –perdone el lector la redundancia, pero es inevitable–, de desprecio y descalificación de prácticamente todos los sectores de la sociedad, a lo largo de los años. Desde que, siendo todavía candidato, dijera que freiría en aceite hirviendo las cabezas de los dirigentes de Acción Democrática, vilipendiar, injuriar, descalificar e infamar a quienes no le apoyaban adquirió categoría de política de gobierno. Están registradas y clasificadas casi 2.000 intervenciones públicas en las cuales ejerció la que fue su única y recurrente voluntad: denigrar al otro, deformar la realidad.

Chávez ya está inscrito en la historia por su modo de referirse a los demás: escuálidos, pitiyanquis, lacayos del imperio, imbéciles, etcétera. Curiosamente, el protagonista de un golpe de Estado descalificaba a los demás llamándoles “golpistas”. Los ejemplos son miles: a los miembros de la Conferencia Episcopal les llamó “demonios, estúpidos, vagabundos”. Cuando perdió el referéndum de diciembre de 2007, su odio destiló en una frase: Victoria de mierda. En decenas de oportunidades, calificó a periodistas, empresarios, sacerdotes y dirigentes políticos de arrastrados. A Condolezza Rice la llamó analfabeta. Y así, una y otra vez, en una cadena de insultos sin final.

Pero esta práctica sistemática de denigración verbal estuvo siempre acompañada de otras formas específicas de odio: Chávez convirtió a los disidentes en enemigos, y la exclusión, en política de Estado. La llamada lista de Tascón está en el epicentro de decisiones que, en todos los niveles de la administración pública, afectaron la vida real de millones de familias en todo el país: perdieron sus empleos, sus propiedades y sus derechos, perseguidos por un poder especializado en excluir y humillar.

Las bandas paramilitares; los ataques, con muertos y heridos, a las marchas de los ciudadanos demócratas; la frase “las FARC no son un grupo terrorista”; los presos torturados y aislados; las torturas a los familiares de los presos políticos, a quienes castigan con la práctica sistematizada de los traslados ocultos y la desinformación; la impunidad de la que gozan los uniformados que disparan, matan y hieren a quienes protestan desarmados; el asalto a las instituciones y a los dineros públicos, todas son creaciones de Chávez y de sus seguidores.

El que la fraudulenta, ilegal e ilegítima asamblea nacional constituyente anuncie una ley contra delitos de odio, intolerancia y violencia, no es sino un refinamiento de esa política del odio. No es un juego de palabras. Lo que la ley propone, en su fondo, es esto: legitimar su odio. Impedir que los ciudadanos se defiendan del odio del poder. Amarrarlos. Impedir que protesten. Callarlos. Convertir a Venezuela en una especie de paredón mudo, donde los ciudadanos queden expuestos a la voluntad omnipotente de Maduro y su régimen: que reciban los ataques, los golpes, el hambre, la enfermedad y la muerte, pero en total silencio. Con la cabeza gacha.

Que la fraudulenta, ilegal e ilegítima asamblea nacional constituyente se proponga ahora juzgar a los diputados y dirigentes políticos de las fuerzas democráticas, bajo la acusación de traición a la patria, no es sino una extensión, una ratificación de su odio insaciable. El régimen descarado –traidor sin atenuantes que ha entregado las riquezas del país y la soberanía de Venezuela al régimen cubano– quiere, además, asegurarse su impunidad: quien formule denuncias sobre la situación permanente de violación de los derechos humanos –que son delitos de carácter universal, al alcance de leyes internacionales– podría ser enjuiciado por “traición a la patria”, es decir, por oponerse a la política del odio.

El lector no debe olvidar nunca esto: que la existencia misma de la asamblea nacional constituyente, fraudulenta, ilegal e ilegítima no perderá esa condición. Nunca será legal ni legítima. Los señores y señoras que la integran no representan a la sociedad venezolana. Cada una de sus actuaciones es delictuosa. Cada una de sus decisiones, ilegales e ilegítimas. Sobre una serie de delitos que condujeron a su instalación, cada día se suman otros. Es el juego perverso del odio: cada línea producida por esa ANC es, ni más menos, un expediente en su contra. Por ello deberán responder ante tribunales legítimos. Muy pronto.

América Latina frente a Venezuela por Juan Gabriel Tokatlian – Nueva Sociedad – Agosto 2017

Venezuela se enfrenta hoy a la crisis más dolorosa y de mayor alcance de América. Algo está claro: hay muchos intereses en juego.

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La Revolución Bolivariana que comandó Hugo Chávez no prometió una democracia liberal. Su propósito era establecer una democracia mayoritaria que desembocara en una democracia participativa. Se retomaba, aunque en clave popular y antielite, lo que en 1919 publicó el periodista y político venezolano Laureano Vallenilla Lanz, en su libro Cesarismo democrático. Ante lo que concebía como la existencia de un pueblo incapacitado, Vallenilla reivindicaba para el país el ideal del caudillo carismático y gendarme que concentrase poder y garantizase orden. O, puesto en otra clave y en términos de Antonio Gramsci, ante la muy aguda inestabilidad derivada del «Caracazo» de 1989, Chávez aparecía para muchos como la expresión de un «cesarismo progresista».

A partir de la gestión de Nicolás Maduro, la incierta aspiración a una democracia mayoritaria encabezada por un «buen César» se transformó en un «cesarismo regresivo» y en una oclocracia liderada por un «mal César». Según Polibio (siglo II a. C.), la oclocracia desvirtuaba la democracia con su recurso a la demagogia y la ilegalidad. En una interpretación más moderna, en una oclocracia, antes que fortalecer a un pueblo organizado y el poder popular, se instrumentaliza a las masas por diferentes medios y se afirma una estrecha base de apoyo para lograr la supervivencia de un grupo en la cima del gobierno. Ahí se produce un retroceso: componentes básicos de toda democracia, como la protección de los derechos humanos, se degradan y surgen dispositivos autoritarios. En Venezuela esto se da en medio de una monumental crisis económica, que arrasa con los avances que beneficiaron a los sectores populares, agudiza la confrontación social y refuerza una economía sustentada en el petróleo.

Pero más allá de tal o cual definición politológica que precise la naturaleza del régimen actual, la comunidad internacional debe lidiar con la Venezuela realmente existente y no con la que impugnan sus críticos de distintas orillas políticas, la que desean los que abogan por una democracia liberal o la que defienden los amigos del «socialismo del siglo XXI».

Tal realismo demanda, de entrada, la respuesta a una pregunta: lo que hace el gobierno de Maduro ¿es el resultado de una gran cohesión del «chavismo» y su plan de perpetuación en el poder, que se produce en medio del avance de fuerzas opositoras unificadas y legitimadas y ante el surgimiento de inquietantes fisuras en la fuerza armada? Si la respuesta es sí, entonces no es mucho lo que pueden hacer América Latina y la comunidad internacional para frenar un choque de trenes ruinoso. Si, por el contrario, lo que subyace es la existencia de pugnas intensas en la cúpula dirigente, la creencia de ciertos sectores oficiales de que no es viable la perennidad del gobierno, la presencia de conscientes voces opositoras que comprenden que es imperativo acumular respaldos de manera pacífica y el temor de los militares de las consecuencias de una profunda división del país, entonces sí habría una pequeña –muy pequeña– ventana de oportunidad para que la región aportara una solución política que siempre será posible por lo que hagan los propios venezolanos.

Pero si fuera esto factible, América Latina debe superar cuatro dificultades evidentes. Primero, los mandatarios deben evitar que sus preferencias ideológicas obstaculicen el posicionamiento de cada país: se necesitan mentes lúcidas y prudentes. Segundo, el caso Venezuela no puede ser solo funcional a la dinámica interna –electoral y/o política– de cada nación: se requiere un balance entre motivaciones internas y responsabilidades externas. Tercero, es disfuncional para la región en su conjunto, y más allá de esta coyuntura, puede erosionar, por acción u omisión, los foros como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), entre otros. Y cuarto, es estratégicamente contraproducente aislar y aislarse de Venezuela y contribuir así inadvertidamente a que Estados Unidos asuma un papel protagónico que será, con más sanciones y amenazas, el preámbulo de mayor inestabilidad en el área: toda América Latina está en una situación demasiado delicada como para jugar con fuego.

Si se lograsen superar los obstáculos mencionados, dos cuestiones son fundamentales. Por un lado, aunque es esencial un cambio, Latinoamérica no debería precipitarlo. La idea de una transición inmediata puede ser incluso peligrosa. En octubre próximo habrá elección para gobernadores y la presidencial de 2018 será en diciembre. Se debería procurar que esa fecha fuese efectivamente anticipada. Por otro lado, si se avanzara en una salida a la crisis, hay que reconocer que la situación económica no se resolverá rápida ni fácilmente y, por lo tanto, habrá que comprometerse en serio con el futuro venezolano. La eventual transición venezolana debiera acompañarse para que no resulte en una frustración que, a su turno, reagudice las contradicciones imperantes; contradicciones que en el fondo expresan el agotamiento de un modelo social, económico y político anclado en el rentismo petrolero.

América Latina ya ha conocido en los años 60, y por décadas, lo que sucedió después de la Revolución Cubana. La mezcla de plegamiento a Washington en su política de cercamiento, aislamiento y punición de La Habana y la ausencia de una mínima concertación regional pragmática para evitar cortar puentes con Fidel Castro tuvo consecuencias lamentables para la región. Se «continentalizó» definitivamente la Guerra Fría y se contribuyó a exacerbar clivajes internos en cada país como reflejo de ello; esa combinación fue nefasta para el bienestar, la estabilidad y la autonomía de las naciones latinoamericanas. Sin duda, aquella experiencia debe haber dejado algunas lecciones.

En forma concomitante, en Venezuela hay intereses regionales en juego. Venezuela se enfrenta hoy a la crisis más dolorosa y de mayor alcance de América. La degradación de la situación actual sería catastrófica para todos los venezolanos y podría tener efectos nefastos para América Latina. En estos momentos, la comunidad internacional sabe cuánto se ha deteriorado la economía, cuán profunda e intensa es la polarización política y cuán ineficaces han sido las contribuciones puntuales de buenos oficios desde el exterior. Básicamente, el país se encuentra atrapado en una situación inestable y de signo negativo. En ese contexto, la parálisis diplomática y la retórica agresiva solo garantizan una menor defensa de los propios intereses nacionales de los países vecinos y de los más distantes también. Preservar América Latina como zona de paz es una autoexigencia ineludible para la región.

Finalmente, en el caso de Venezuela es primordial evitar lo que llamo el «efecto Bubulina». En la película Zorba el griego había un personaje, Madame Hortense (que interpretó Lila Kedrova, que recibió por este papel el Oscar a mejor actriz secundaria en 1964), quien habitaba el autodenominado Hotel Ritz, que pudo haber tenido cierto esplendor pero que se fue deteriorando paulatinamente. A ella se la conocía en el pueblo como la «Bubulina». Buena parte de los aldeanos –en este caso, de Creta– estaba a la espera de la muerte de la Bubulina para saquear el hotel. Y en efecto, eso ocurre cuando alguien grita que ella falleció. Uso metafóricamente esa imagen para sugerir que lo peor que puede suceder en esta hora es que buena parte de los gobiernos del continente –e incluso, extrarregionales– procuren usufructuar la grave crisis venezolana; unos para propósitos internos de diversa índole, otros para acercarse más a Washington suponiendo que obtendrán ventajas de algún tipo; otros en función de cálculos estratégicos respecto a la riqueza petrolera del país, etc.

Este es el momento de que la región repiense qué quiere y puede hacer para que Venezuela no se deslice hacia un abismo de imprevisibles costos internos y regionales.

 

Lloramos por ti, Venezuela por Juan Manuel Santos – El País – 17 de Agosto 2017

Incluso Chávez, al que advertí del fracaso de su sistema, mantuvo las formas institucionales. Pero Maduro ha dado golpe tras golpe hasta el tiro de gracia: una Asamblea Constituyente ilegítima. Debemos luchar por restablecer la democracia
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La cuna del Libertador; el país con las mayores reservas petroleras del mundo; una nación libre, rica, con gente maravillosa; el destino durante décadas de millones de migrantes colombianos que huían de la violencia y buscaban una mejor vida, hoy por desgracia se desmorona en lo económico, en lo social y en lo político.

Colombia es el país que más tiene que ganar o perder con lo que suceda en nuestra hermana república. Nos unen todos los lazos que pueden unir a dos naciones: la historia, la cultura, la geografía, la economía, más de 2.200 kilómetros de frontera viva… Por eso siempre hemos deseado que a Venezuela le vaya bien. En estos últimos tiempos hemos hecho hasta lo imposible, al igual que el propio Vaticano y tantos otros Estados y líderes del mundo, para acercar al Gobierno y a la oposición alrededor de una salida digna a la grave encrucijada en que se encuentran.

Cuando Hugo Chávez fue elegido, con el apoyo de buena parte del empresariado, pocos lo confrontaron. Desde mi modesta tribuna periodística, fui uno de esos pocos. Me convertí en uno de sus más duros críticos desde Colombia, hasta cuando fui elegido presidente de los colombianos. Tomar las riendas de una nación produce algo parecido a cuando se tiene el primer hijo: se afina el sentido de la responsabilidad. Arreglar la situación con los vecinos (con Ecuador tampoco teníamos relaciones diplomáticas ni comerciales) era lo que más le convenía al interés nacional. Además, era una condición necesaria para lograr un gran sueño de los colombianos: la paz después de medio siglo de guerra con las FARC, la más antigua y numerosa guerrilla del continente.

Arreglar la situación con Chávez no quería decir que tuviéramos que estar de acuerdo en la forma como cada cual pensaba o manejaba su respectivo país. Eso era imposible. Nuestras visiones eran como el agua y el aceite. Simplemente teníamos que respetarnos las diferencias y trabajar sobre lo que les convenía a los dos pueblos. Así fue.

Colombia es el país que más tiene que ganar o perder con lo que suceda en la hermana república

¿Cómo pasamos en lo personal de la agresividad a la cordialidad? Con el humor… y la historia, tan útiles en las relaciones entre las personas y en la diplomacia. Le propuse lo mismo que Reagan a Gorbachov cuando se reunieron por primera vez para discutir la disminución del arsenal nuclear. Reagan le dijo a su colega soviético que ni él se iba a volver un comunista ni esperaba que Gorbachov abrazara el capitalismo, pero que podían trabajar juntos por un objetivo superior como era salvar al mundo de un desastre nuclear. Tampoco yo me iba a volver un revolucionario bolivariano, ni Chávez un demócrata liberal. En nuestro caso el objetivo superior era la paz de Colombia con sus altos beneficios para toda la región. En ambos casos funcionó.

Con humor rompimos el hielo y con humor mantuvimos una relación cordial hasta su último día, a pesar de nuestras profundas diferencias. Chávez tenía un gran sentido del humor. Nos tomábamos permanentemente del pelo sobre nuestras diferencias. Yo le repetía que su revolución bolivariana iba a dejar muy mal a Bolívar porque iba a fracasar. Él me decía que Santander, el otro gran héroe de nuestra independencia, era un oligarca neoliberal igual que yo. Pero, tal como lo hicieron Reagan y Gorbachov, nos propusimos no criticar nuestros respectivos modelos (el socialismo siglo XXI versus la tercera vía), para dejar que la historia rindiera el veredicto final. Pues bien, los hechos son tozudos: la historia se pronunció.

El veredicto es contundente. Solo menciono algunos de sus apartes: mientras Colombia en estos últimos años ha crecido muy por encima del promedio latinoamericano, tiene una inflación por debajo del 4%, es campeona en la región en reducción de la pobreza, en nivel de inversión y en generación de empleo, obtuvo y mantuvo grado de inversión, ha modernizado su infraestructura y ha fortalecido la educación como nunca antes, para solo citar algunos datos relevantes, Venezuela se convirtió en el país más endeudado y con la inflación más alta del mundo, la pobreza supera el 82%, la contracción de la economía es cercana al 40%, la inseguridad se disparó, la muerte de pacientes en los hospitales se multiplicó por 10 y de recién nacidos, por 100. Y, como si fuera poco, hay escasez crónica de divisas, de medicinas y de alimentos. La gente se está adelgazando por física hambre y emigrando en busca de una mejor vida.

Maduro ha querido culpar a Colombia por su debacle económica. Se molestó mucho porque mencioné que le había advertido hace siete años a Chávez de este fracaso. ¿Es que acaso no ha sido un estrepitoso fracaso?

No puede entronizarse una dictadura en América Latina. Sería nefasto para el continente

Lo más grave, sin embargo, es que, a la par de la economía, a la democracia también la han destruido. Infortunadamente, la corrupción se convirtió en la voz cantante del régimen y el respeto por los derechos humanos dejó de existir.

Hasta cuando murió Chávez las formas democráticas se mantuvieron. Incluso durante Maduro, se reconoció a regañadientes la mayoría que obtuvo la oposición en las últimas elecciones legislativas. Pero, a partir de ese momento, le han propinado golpe tras golpe a la institucionalidad democrática hasta llegar al tiro de gracia: una Asamblea Constituyente ilegítima. “El poder constituyente está por encima de todos los demás poderes constituidos”, manifestó el régimen.

Nuestra posición, como la de la mayoría del continente, ha sido la de ayudar a buscar una salida negociada, democrática y pacífica a la encrucijada venezolana. Últimamente las posiciones se han endurecido en la medida en que se iba destruyendo la democracia. Y ahora, frente a la dictadura, hay que endurecerlas más.

Maduro me tilda de traidor porque Colombia ha protestado y se ha opuesto a las crecientes violaciones de los derechos humanos y democráticos en su país. Tal vez pensaba que, por habernos ayudado en el proceso de paz, nos íbamos a tapar los ojos y a ser cómplices de sus arbitrariedades. El necesario pragmatismo en las relaciones internacionales no da para tanto. A Chávez y al propio Maduro nunca dejaré de agradecerles su aporte a la paz de mi país. Pero nunca podré estar de acuerdo con la supresión de las libertades y la violación de los derechos ciudadanos en Venezuela… o en cualquier lugar del mundo.

Los países de la región y de la comunidad internacional que defienden los valores de la paz y la libertad deben seguir presionando, cada vez con más fuerza y con acciones efectivas, por un rápido restablecimiento, ojalá pacífico, de la democracia en esa gran nación que llevamos en nuestros corazones. No puede entronizarse y perpetuarse una dictadura en el centro de América Latina. Sería nefasto para el continente recién declarado el continente de la paz. Mientras tanto, lloramos por ti, Venezuela.

Juan Manuel Santos es presidente de la República de Colombia.

Los Presidentes Ricos y… La Herencia de Chávez por Thays Peñalver – RunRunes – 22 de julio 2013

thumbnailthayspeñalverSi usted se fija bien en la última historia presidencial, Hugo Chávez nació en una casita de barro, durante la dictadura. Y nada más llegada la democracia fueron sacados a una casa de verdad, con luz eléctrica; se le educó gratuitamente, se le operó y trató gratis. A su padre se le educó en programa especial y se le transformó en maestro, en coordinador, en director de colegio, director de grupo y jefe de sección hasta llegar a la cúpula de los destinos públicos, jubilándose a los 20 años de trabajo y con lo reunido pasó de un rancho de bahareque, con techo de palma a dos aguas a comprar con su esfuerzo de profesor y empleado público una finca de 20 hectáreas, con tractor, desgranadoras, ordeñadoras y más de 100 animales de todo tipo (1). Ya quisieran hoy los campesinos tener esas oportunidades.

Era como para estar agradecidos con la democracia porque salieron de la miseria, algo que en 150 años de dictadura y botas militares nadie soñó en su familia. Sus hijos serían profesionales universitarios, educados gratuitamente y a todos se les dio empleo digno. Y aun siendo ellos la prueba más clara de que Venezuela es la tierra de las oportunidades, se empeñaron en mentir descaradamente, sobre que la democracia nunca dio oportunidades a los pobres.

Abra, amigo lector, cualquiera de las biografías del despropósito que dirige esta *“Nueva República”*, y se encontrará con una única constante. La mayoría de los ministros, gobernadores y alcaldes nacieron en la pobreza durante la dictadura militar o el comienzo de la democracia, como muchos de nosotros, el resto son representantes de la clase media baja. La mayoría de ellos siendo pobres, pudieron estudiar gratuitamente en las escuelas y liceos, asistieron gratuitamente a las universidades que no existían en dictadura, absolutamente todos consiguieron buenos empleos.

Del liderazgo principal en los ministerios, a todos -y especialmente a los comunistas- la democracia les permitió no solo graduarse, sino que fueron enviados a las mejores universidades de Europa y Estados Unidos a hacer sus maestrías y doctorados algunos Nacidos en la pobreza y llegado Chávez, todos ellos ya eran universitarios, maestros y doctores, con sus casas y automóviles, todos tenían buenos empleos y una vida digna.
¿Pueden ellos decir que los pobres no tuvieron oportunidades, siendo ellos la prueba clara de lo contrario?,
¿Pueden ellos hablar de que los oligarcas no les dieron oportunidades, si sus propias biografías son prueba categórica de lo contrario?
Y ¿quiénes fueron los oligarcas? *¿Rómulo Betancourt?* Hijo de un inmigrante canario establecido en la Guarenas del siglo XIX.
*¿Raúl Leoni?* Hijo de otro inmigrante radicado en El Manteco asolado por la malaria.
*¿Carlos Andrés Pérez?* Que nació en un rancho del siglo XIX y que salió a lomos de un burro de su tierra.
*¿Jaime Lusinchi?* Hijo de una increíble doña María que regentaba una pensión y a veces se iba sin comer a la cama para que su hijo pudiera estudiar medicina.
*¿Rafael Caldera?* huérfano de padres españoles y criado en el estricto hogar de Tomás Liscano. Si algo ha tenido la presidencia democrática de Venezuela, sus ministerios y la mayoría de su funcionariado toda la vida es que ha estado “100% libre de ricos y burgueses”.
¿Justicia, Independencia de Poderes? ¿Acaso no hay mayor mentira cuando los golpistas hablan de la justicia de la 4ta República, cuando ellos querían nombrar al Fiscal General, Ramón Escobar Salom, para su Junta de Gobierno?
La verdad es que Chávez su familia y quienes hoy gobiernan estaban relegados a vivir como todos los dictadores y comunistas que se adueñan de un País, porque el Cabito terminó viviendo en un hotel de París con botellas de coñac de 1.000 dólares de la época; Marcos Pérez Jiménez en su cuenta tenía nada menos que el presupuesto de la educación de todos sus ancestros.
Mientras que a Rómulo hubo que hacer una colecta para comprarle una casa porque no tenía dónde vivir y aceptó el regalo condicionado a que una vez muerto, la casa sería un museo. Sus hijos, por tanto, no heredaron absolutamente nada, como tampoco heredaron fortuna los hijos de Leoni. Conozco a los hijos de Lusinchi que heredaron solo buenos recuerdos, y Caldera legó su dignidad a toda prueba, como Luis Herrera del que nadie puede negar que más allá de sus quesos llaneros, jamás se preocupó en hacer fortuna. Dejo de penúltimo al “hombre más temido y odiado por Chavez” CAP, que muere en estado de semiabandono (por los millones que votaron por él). Y de último dejo al hombre que nunca sabremos cuánto legó a sus hijos, informense como viven, y no se como hizo el inocente, porque con “su sueldito”, dos ex esposas y varios hijos, es difícil). Pero a Venezuela sí le dejó el mas grande legado: Hugo Chávez dejó partido en dos al país, destruyó a la izquierda, reinstauró el militarismo, triplicó la deuda, quebró las arcas, y parafraseando a Cabrujas: “Ni la caída del muro de Berlín, ni Yeltsin inaugurando un McDonald’s junto a la tumba de Lenin, hicieron tanto por la derechización nacional”.

 

Odiaos unos a otros y entre vosotros por Mario Villegas – Quinto día – 12 de Agosto 2017

Si usted quiere saber a ciencia cierta lo que es el odio, basta que asome la cabeza por las redes sociales y exponga puntos de vista distintos a los que sustentan los ultrarradicales de todo signo. Una andanada de agresiones, descalificaciones, insultos, vulgaridades y amenazas en su contra le permitirán experimentar el odio en su grado superlativo.

No importa su condición. Ya sea usted hombre o mujer; bien que sea niño, adolescente, adulto o anciano; da igual si es religioso o ateo; esté ubicado en la categoría de pobre, de rico o de clase media; haya tenido formación académica o no; sea cual fuere su color de piel, el deporte y equipos de su preferencia, tenga o no militancia política y gremial, o cualquiera otro etcétera que se le ocurra, si usted no es parte de los sectores radicales se hará acreedor a la máxima pena.

¿Y qué significa la máxima pena? Lo explico: si usted es parte de uno de los extremos radicales, concentrará en sí los ataques del extremo contrario al suyo. Pero si usted osa no ser parte de ninguno de los dos, disfrutará de las consecuencias y será el blanco simultáneo de ambos extremismos. Con un añadido: será usted sospechoso de traición o de las más abyectas perversiones, incluso peores que las atribuibles a cualquiera que integre el extremo enemigo.

A esto, queridos amigos, nos ha traído la siembra de odios alimentada a lo largo de dieciocho años de “revolución”. Por supuesto, los derechos autorales no tienen competidor alguno. El autor intelectual y ejecutor se llamó Hugo Rafael Chávez Frías, quien su momento estelar tuvo en esa faena muy buenos y efectivos socios en la administración y dirección de importantes medios de comunicación social privados, que no sólo reprodujeron, sino que multiplicaron a placer semejante despropósito antinacional.

Hoy nos enfrentamos a una Venezuela ultradividida y enfrentada, en el mero borde de una indeseable conflagración interna total. De personas asesinadas ya pasamos de largo el centenar, miles de heridos y cientos de nuevos presos políticos, todo producto de la represión policial-militar-paramilitar y de la violencia callejera. El odio acumulado y extendido no permite reconocer al otro y, mucho menos, aceptar una negociación política con el adversario que posibilite la convivencia democrática y una consulta a la voluntad popular que conduzca a definir si seguimos como estamos o transitamos en paz hacia un cambio progresista e inclusivo.

Quienes del lado oficialista han apostado y justificado la exacerbada confrontación afirman que la división y el odio social ya existían en los tiempos de la llamada Cuarta República, pero estaban escondidos bajo una falsa paz. Cierto o no, la verdad es que haber desatado y alimentado el resentimiento y el odio social nos ha traído a esta vorágine que ha encrespado la conflictividad y amenaza con arrasar la identidad pacifista, respetuosa, amigable y solidaria de los venezolanos. Habría sido infinitamente mejor desplegar políticas destinadas a la verdadera inclusión y reducción de la brecha social, capaces de convocar a toda la sociedad a construir una Venezuela productiva y de oportunidades para todos por igual. De este modo, los naturales odios y resentimientos que subyacen en cualquier sociedad se habrían mantenido bajo control y encauzadas sus energías hacia objetivos afirmativos, sublimes.

Lástima que quienes terminan siendo presa del odio y el resentimiento no se juzgan con objetividad a sí mismos, ni tampoco a sus correligionarios. Una capucha que cubra la cara de alguien no significará lo mismo para un ultrarradical oficialista que para uno opositor. La capucha será buena o mala, signo de cobardía o de heroísmo, dependiendo de quién la porte. Si es uno de los míos es buena, si es de los tuyos es mala. El llamado “escrache” es entonces un acto de justicia o de terrorismo, según lo aplique una turba mía o tuya, a uno de los míos o de los tuyos.

El odio desatado termina por ser irreflexivo y hacer irreflexivo a quien se contamina. Frente al odio no caben argumentos ni razones, solo meras y primitivas pasiones.

Y tal es el odio promovido e irradiado en Venezuela que ya no sólo se practica de unos hacia otros, sino que también prolifera en el seno de unos y de otros.

Una sociedad dividida por quienes la gobiernan entre “patriotas” y “apátridas”, virtuosos y pecadores, honrados y deshonestos, en fin, entre buenos y malos, es el terreno perfecto para la eterna confrontación. El espacio ideal para el inexorable e infinito ojo por ojo y diente por diente. Y para mayor desgracia, no solo en el escenario virtual de las redes sociales.

La victoria llevará nombre de mujer por Andrés Pastrana y Jorge Quiroga – ABC – 23 de Julio 2017

No te perdono, Chávez por Carolina Jaimes Branger – El Estimulo – 12 de Julio 2017

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Hace tres días me despedí una vez más de mi hija menor. Y cada vez que me despido me duele más. Me duele porque como bien lo definió mi amiga Elizabeth Fuentes, soy una madre huérfana. Me duele porque siento que mi hija está mejor fuera que en nuestro país, cuando hubiera querido que ella viviera, como varias generaciones de sus antepasados, en Venezuela.

Me duele porque cuando las cosas mejoren -que van a mejorar- tal vez ella ya haya echado raíces en otra parte y no regrese. Me duele porque si se casa y tiene hijos, mis nietos vivirán en otro lugar. Los veré crecer a través de la pantalla de una computadora. Los podré abrazar muy de cuando en cuando. Venezuela será para ellos una referencia lejana de donde yo, su abuela, llegará a darles amor. Alguien exótico que cuando se va, llora como una Magdalena.

Mi hija, como tantos otros jóvenes venezolanos, se fue a buscar futuro a otra parte. El futuro que Chávez le destruyó. Y eso no te lo perdono, Hugo Chávez. Destruiste a Venezuela. La destruiste físicamente, pero aún peor, la destruiste moralmente.

Llegaste lleno de odio a vengar quién sabe cuántas humillaciones (porque no me cabe duda de que has debido ser humillado), pero pagamos todos por las culpas de pocos. Tuviste la oportunidad y el dinero –que casi nunca vienen juntos- de convertirnos en el mejor país del mundo y lo volviste leña.

Lo peor es que te moriste a tiempo: en el inconsciente colectivo no apareces como el responsable de esta debacle, cuando cada tragedia venezolana tiene tu impronta, es tu responsabilidad, lleva tu firma.
No, no te lo perdono, Chávez. No te perdono que hayas usado la corrupción como arma para dominar, cuando contradictoriamente llegaste a la presidencia prometiendo acabar con ella. Ese tumor del que hablabas en la campaña electoral, ése que ofreciste extirpar como un experto cirujano, creció y se comió lo mejor del país durante los años de tu gobierno.

No te perdono que hayas desvalorizado algo tan importante como el trabajo. Que les hayas metido en la cabeza a quienes no tenían que lo que no tenían era porque otros se lo habían quitado, cuando la mayor parte de las fortunas viejas venezolanas provienen del trabajo honesto de quienes las forjaron.

No te perdono que te hayas hecho el loco ante el robo descarado de tus panas militares y comunistas, de empresarios sin escrúpulos que han ganado en cada contrato lo que no hubieran ganado en toda sus vidas. No te perdono la hipocresía de tu discurso frente al grosero enriquecimiento de tu familia.
No, Chávez, no te perdono. No te perdono que hayas usado la inseguridad como estrategia, porque esas estrategias, como los boomerangs, terminan yéndose de las manos y regresando a golpear la frente de quienes los lanzaron. ¡Cuántas madres lloran a sus hijos asesinados por las huestes que armaste! ¡Cuántos niños han quedado huérfanos! ¡Cuántos jóvenes mutilados! ¡Cuántos ancianos desvalidos!

No te perdono que hayas tratado de resolver las injusticias que existían con más injusticias. Las inequidades creando otras inequidades. Los resentimientos alimentando nuevos resentimientos. No te perdono que hayas usado el poder para eternizarte, para nutrir tu megalomanía, para endiosarte.

No te perdono este dolor de madre huérfana que siento, porque todo ha sido por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa. No te perdono. No te perdono. ¡No te perdono!

 

El Plan de Maduro y el grupo que lo respalda comenzó con la enfermedad de Hugo Chávez por Juan Carlos Zapata – Al Navio – 25 de Mayo 2017

MG_6631.jpgNo hay nada improvisado en el plan de Nicolás Maduro para hacerse del poder total en Venezuela. Es un plan que lleva más de un lustro en ejecución. En lo interno del chavismo, Maduro y el grupo que lo respalda han logrado derrotar adversarios y enemigos. A la oposición le ha ganado la partida en varios episodios. Que tengan éxito en esta nueva etapa está aún por verse. Pero que quede claro: A Maduro no hay que subestimarlo.

Está en marcha la operación para imponer la Constituyente de Nicolás Maduro y el grupo que lo respalda desde hace ya más de un lustro. Los poderes alineados mantienen y confirman la hoja de ruta establecida desde antes de la derrota parlamentaria de diciembre de 2015. Al principio fue la designación express de los magistrados con el propósito de garantizarse el control férreo del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ). Así se anticipaban a lo que ya las encuestas daban por cierto, la pérdida del Poder Legislativo. Se habló luego de choque de poderes y el Gobierno midió la reacción opositora con la decisión de aniquilar a los tres diputados del estado Amazonas que le conferían al nuevo Parlamento la mayoría total. Como no era suficiente, más tarde se impuso la tesis de desacato de la Asamblea Nacional, y se apeló a la maniobra de cerrar los caminos electorales en 2016, y también negándole a la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, la presidencia del Poder Moral, que esto último parecía antes un detalle, y con los nuevos hechos ya se sabe lo que había en el fondo. En paralelo, una tras otra, se dieron las 48 sentencias por parte del TSJ, las cuales le iban dando forma a lo que se llamó un golpe continuado, lo que resultó evidente con las sentencias 155 y 156; las sentencias del autogolpe. De allí en adelante, los poderes, el Consejo Nacional Electoral (CNE), el Poder Moral, el TSJ, el Ejecutivo, han mantenido una misma línea; y esta no es otra que el sostenimiento de la dictadura, la ruptura del hilo constitucional, como bien lo definió la fiscal general. Para ello cuentan con el apoyo decisivo de la Fuerza Armada, y dentro de esta, con la Guardia Nacional, una maquinaria represiva que rompió todos los antecedentes históricos. Leer más de esta entrada

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