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La primavera árabe de 2011 no le dio paso a un verano de cosechas democráticas. Quizás fue todo lo contrario: de la primavera se pasó directamente al invierno del autoritarismo. En Egipto, se cambió a un dictador por otro –elecciones mediante- y luego por otro. En Libia, la ejecución de Gadafi llevó a la partición del país en feudos que hoy se amenazan con una guerra civil. En Siria, la guerra civil sigue ocurriendo y los muertos se cuentan en los cientos de miles. Yemen está viviendo una pesadilla bélica desde hace 4 años, y contando. Solo en Túnez, el país en el que comenzó la primavera con la inmolación de un vendedor callejero, se logró un cierto avance hacia la democracia, aunque la consolidación republicana –llena de obstáculos- aún esté por verse.

Gianni Del Panta, un profesor de la Universidad de Siena, Italia, afirmó en una declaración a Infobae, en 2018: “en sociedades que carecen de historia democrática, en las que aún persisten estructuras familiares y religiosas profundamente autoritarias, es utópico pensar que se va a poder fundar una república más o menos funcional de un día para otro”. La sociedad tunecina es de las más libres y abiertas del mundo árabe, lo que podría explicar que allí precisamente haya comenzado la primavera y que sea la única que puede mostrar algunos resultados –aunque escasos- 8 años después del inicio del movimiento.

Durante las manifestaciones de la plaza Tahrir en El Cairo, ampliamente cubiertas por la prensa mundial, la gente cargaba letreros con la palabra Democracia en varios idiomas y le decía a los reporteros que ellos querían un sistema de gobierno libre como los que había en Europa y América. Sin embargo, daba la sensación de que los egipcios definían como democracia a una entelequia; una ilusión de un mundo feliz y justo que estaba en sus cabezas pero que podría diferir enormemente de una persona a otra. Al final, la realidad se impuso y el ejército se encargó de ponerle el sello al final de la primavera, cuando los Hermanos Musulmanes, elegidos por mayoría, comenzaron con su pretensión de adueñarse del país.

Volvemos a Venezuela y hay que plantearse preguntas similares a las de 2011 en el Medio Oriente. El país está viviendo una primavera más –como ya lo hizo en 2002, 2013, 2014, 2015 y 2017-, solo que esta vez parece que la dictadura gasta sus últimos cartuchos y el fin se les pone cerca. Pero queda por ver en qué está pensando la gente para el día después, y en qué piensa la dirigencia. Sobre todo, queda por saber qué entiende cada quien por democracia. Si la mayoría cree que el nuevo gobierno resolverá todo y volveremos a ser felices, la cosa no pinta bien. Ahora, si se entiende que hay que atravesar un período difícil, de varios años, en el que cada quien tendrá que esforzarse para sacar adelante al país, dando más de lo que pide, es posible que haya cosecha.