elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Historia

Monstruos sedientos de sangre: la crueldad en la independencia, por Ángel R. Lombardi B. – TalCual – 16 de Enero 2020


Nos han hecho creer que los héroes de la Independencia fueron seres desprendidos y benevolentes. Sólo motivados por luchar a favor de la libertad. Puro cuento chino. En una guerra de exterminio como la venezolana sólo hubo monstruos y estaban en los dos bandos. La Independencia nacional la ganaron los caudillos, en su mayoría, analfabetos y armados con ejércitos privados sobre una institucionalidad inexistente.

La guerra comenzó no por un anhelo de libertad sino porque la Metrópoli se ausentó de América en el año 1808 luego de ser invadida por la Francia de Napoleón Bonaparte. A partir de ese momento se desató la guerra civil que, para Jordi Canal, historiador hispano/francés, es más preciso utilizar el término de guerra incivil. El sector blanco, el rico, formado por los peninsulares y criollos intentó una transición pactada que terminó en el abismo. Hay un libro de P. Michael McKinley un tanto sorprendente porque rebate las tesis al uso de unos caraqueños descontentos contra España. Se trata de: “Caracas antes de la Independencia” del año 1985. En éste texto el autor llega a determinar que los habitantes de la Provincia de Caracas o Venezuela, la que contenía la mayor demografía, gozaban de una prosperidad económica nunca antes vista y que no tenían razones para ir a una ruptura contra la Madre Patria.

La “paz” colonial de trescientos años fue una realidad sostenida por tantas tensiones sociales reprimidas que roto el dique durante los años de la guerra emancipadora se desataron las pasiones más crueles y explican el desbordamiento de una violencia total. Los canarios pobres fueron los primeros en ir en contra de la ficción republicana que intentaron los blancos criollos a través de constituciones y congresos más aéreos que otra cosa. Monteverde los acaudilló.

No le bastó al aristócrata Bolívar restablecer la supremacía en el año 1813 porque Boves, un ángel exterminador, se puso al frente de los llaneros y pardos para aplastarlo en el año 1814. El derrotado o moría o se tenía que marchar al doloroso exilio. No había puntos medios.

La degollina la iniciaron todos los implicados. Algunas cartas se firmaron con la sangre de los ajusticiados y algunos presentes eran las cabezas fritas de los adversarios. Y esto sucedió tanto en el bando realista como en el rebelde.

Bolívar fue el creador de un Decreto de Guerra a Muerte en el año 1813 para estar en sintonía con unas ordenanzas del abogado Antonio Nicolás Briceño, apodado “El Diablo”, y que luego ostentaría el grado de coronel. Este propuso en enero de 1813 se ascendiera a los soldados luego de presentar una cantidad de cabezas de españoles.

Ahora bien, según la historiografía nacionalista nuestra, el responsable fue Monteverde que no respetó la Capitulación de San Mateo en 1812 y traicionó al mismo Miranda. En represalia a esto Bolívar en 1813 publica su controvertido manifiesto. Recordemos que los recuerdos los imponen los que escriben la historia y no importan tanto en sí los hechos tal como sucedieron (Leopold von Ranke). El discurso patriótico y heroico venezolano es muy simple: hay dos bandos, los buenos y los malos. En los buenos hay sólo virtudes y en cambio en los malos habitan los demonios. Arismendi, el llamado libertador de Margarita fue tan cruel y desalmado como Boves. Sólo que hay una diferencia. Boves perdió y Arismendi ganó.

¿Ahora bien como obviar el uso de prácticas terroristas de parte de los más connotados próceres patriotas ya que se sobrentiende que representaron al bien? Parte de la respuesta nos la ofrece Rufino Blanco Fombona cuando disculpa los actos sangrientos de Bolívar y otros “héroes” sosteniendo que: “la guerra no se hace con hermanas de la caridad”.

Es decir, en la guerra todo vale y vence por lo general el más atroz y brutal.Y en Venezuela que fue la “América militar” según Pablo Morillo, el Pacificador, venido con 12.000 españoles en el año 1815, todos ellos a morir en la Costa Firme, la guerra fue de exterminio e irregular, es decir, no se respetaban la vida de los enfermos y prisioneros.

Además, ningún soldado recibía paga, sino que la buscaban en el pillaje, la extorsión y los saqueos. Esos cuadros de Tito Salas con ejércitos a la europea con formaciones disciplinadas y vistosos uniformes no parecen estar inspirados en los hechos de una guerra promiscua y bárbara como lo fue la nuestra donde la participación de los civiles fue más relevante que la de los militares de carrera.

Hay un lúcido ensayo de Ana Joanna Vergara Sierra que se titula: “Monstruos sedientos de sangre”. Sobre la crueldad realista en la guerra de independencia”, (2011). No tiene desperdicio y desmitifica con precisión quirúrgica todos nuestros relatos sobre una guerra heroica, supuestamente de “liberación nacional”, encubridora de la historia en sí.

Lo que asumimos por historia es en realidad ideología y propaganda de Estado por parte de un poder irresponsable que ha hecho de la independencia, Simón Bolívar y el Ejército la triada que le sostiene desde la más grande y perniciosa manipulación.

Nuestra guerra de independencia no tuvo nada de gloriosa. Fue una brutal degollina. Una carnicería sin miramientos. 200.000 fallecidos de una población de apenas un millón de habitantes. Desapareció el 20% de la población y el país quedó destruido. Fue un triunfo amargo, muy amargo. En una guerra se borran todas las consideraciones legales y se entra en el terreno de la impunidad.

Las principales motivaciones de los soldados en nuestra Independencia fueron el saqueo y el cobro de rencillas personales. Hablar de la libertad para pelear era un absurdo total. Razón ésta del porqué la mayoría de los soldados y oficiales sirvieron en ambos bandos dependiendo de la fortuna de la guerra.

Sería interesante eliminar de nuestros libros escolares el tema de la guerra: una guerra es sólo destrucción y muerte y no inspira para nada bueno.

Hay que estudiar la paz, la fraternidad, la solidaridad y el resguardo de los Derechos Humanos. La guerra es para los brutos.

Director del Centro de Estudios Históricos de LUZ

Arepas crudas por Federico Vegas – ProDaVinci – 14 de Enero 2020

 

La arepa ha resultado ser nuestro plato más universal. Me cuentan de una arepera en Helsinki cuya gran atracción es la Sami, en honor a los indígenas que viven al norte de Noruega, Suecia y Finlandia, donde salta y hace cabriolas el mejor salmón de Europa.

Uso la palabra indígena con precaución, pues se ha convertido en un adjetivo que encasilla minorías maltratadas. Un diccionario que define “indígena” como “un habitante nativo del país”, ofrece dos ejemplos del empleo de la palabra que revelan los avatares de su condición:

“Una vez desarmados, el ejército pasó a cuchillo a los indígenas”.

“Bartolomé de Las Casas era consciente en el siglo XVI de lo que se hacía con los indígenas».

Los adecos decían en el siglo pasado que el venezolano nace con una arepa bajo el brazo. Aún es cierto, pero solo se da cuenta cuando emigra y ya no las consigue; entonces monta una arepera, como la del maracucho que prepara la suculenta Sami rodeado de nieves casi perpetuas y más blancas que la masa.

Es curioso que nuestro plato más indígena sea el más internacional. La hallaca, tan, literalmente, enredada, no tiene ningún chance. Me atrevo a decir que en Barcelona, España, hay más areperas que en Barcelona, Anzoátegui. Las diez mejores son El Rincón de la Abuela, Arepamundi, El Chamo, Muack, El Rabipelao, Pura Vida, La Taguara, La Taberna del Eixample, La Menuda y El Arepazo. Cada uno de estos locales se fundamenta en un exilio heroico, una locura bien administrada y unos criollos fanáticos que lograron iniciar a los herméticos catalanes.

Ahora resulta que nuestra mayor conquista gastronómica se encuentra en peligro por una infamia que debe tratarse a nivel diplomático, exigiendo una aclaratoria, una disculpa y una indemnización para las areperas afectadas.

Resulta que en la sección El Comidista de El País, el periódico que prefiero de España por lo anecdótico, ocurrente y bien ilustrado, Alfonso Martín ha publicado una receta para iniciarse en el arte de hacer arepas. El preámbulo ya empezó  a preocuparme:

Es el momento de la arepa. Crujiente, tierna, sencilla y con todos los sabores que te puedas imaginar. Será el bocadillo del verano, con un pan sin gluten que se prepara a la sartén en un pispás.

Primer error. Una cosa es comerse una arepa en una arepera y otra prepararla en casa. El término “pispás” se queda corto ante la velocidad de nuestras areperas, donde no has terminado de ordenar la arepa cuando ya la tienes en la boca. Hacerlas en casa es otra cosa. Toma unos treinta minutos entre el despertar del deseo y su satisfacción plena. No es como tostar un pan.

Recuerdo que en los años ochenta inventaron una franquicia que iba a modernizar el proceso, quitarle su aire vernáculo. La idea era civilizar una receta indígena y convertir en “Fast Food” lo que ya era vertiginoso. La revolucionaria inversión fue considerable, incluso agresiva. Trajeron profundas amasadoras y hornos intimidantes, rieles y bandas donde la masa y los rellenos circulaban como en Tiempos Modernos de Chaplin, sin conocer jamás las caricias y palmadas de una mano. Así lograron hacer arepas idénticas al milímetro y tan mórbidas como un manjar de astronauta. El fracaso fue indetenible y merecido.

La receta de El Comidista comienza con un dato histórico y un ingrediente innecesario:

El relleno propuesto es una versión de la Reina Pepiada, en referencia a Susana Duijm, ganadora venezolana de Miss Mundo en 1955. Consiste en una ensalada de pollo con mayonesa, cebollín y aguacate. En nuestra receta lo acompañaremos de una salsa de mango, chiles y lima o limón…

El autor del desaguisado añade rompiendo el encanto y haciéndose el gracioso:

Si prefieres utilizar atún de lata y ahorrarte todo el proceso de cocción, pues oye, tampoco voy a perseguirte con una antorcha y una estaca. Aquí, restricciones ninguna.

Hasta aquí siento algo de dentera, pero no angustia. Es en la cocción de la masa donde se comete una adulteración que habrá ocasionado estragos:

Con las manos mojadas, coger un trozo de masa y hacer una bola. Con la palma de la mano aplastarla y ponerla sobre una sartén o plancha a fuego medio. Cocinar hasta que doren ligeramente y estén esponjosas (unos cuatro minutos por cada lado).

Servir. Abrir las arepas con un cuchillo, rellenarlas del pollo en salsa y a disfrutar.

¿Disfrutar? ¡Pero si están crudas, Alfonsito!  Es ese maldito pispás que quiere abarcarlo todo.

Según las doctas mediciones de Armando Scannone aún faltan 20 minutos en un horno precalentado a 350 grados. Y quien puede dudar de Armando si es nuestro último bastión de honestidad. He notado que en estos tiempos, donde ya nada parece ser cierto ni hay receta que valga, nos aferramos como náufragos a la mentira que más nos convenga. Esto explica que los libros de Scannone, siempre  correctos, tengan algo bíblico que congrega a la familia. Debo agregar que Armando es, además, parte de mi familia, y me refiero a la elegida, pues mi abuelo era su padrino. Cuenta Armando que su mayor don gastronómico es el olfato. Lo descubrió al ser capaz, siendo muy niño, de adivinar cuáles mujeres usaban Shalimar de Guerlain, el perfume de su querida madrina, mi abuela, (este dato se lo debo al libro de  Jacqueline Goldberg y Vanessa Rolfini,  Conversaciones con Armando Scannone)

Yo prefiero dejarlas más tiempo en la plancha (a falta de budare) y, al pasarlas al horno, uso el ardiente broil, cinco minutos por lado (ojo, no todos los hornos son iguales). Quizás mi principal placer sea auditivo y privilegio lo crocante.

Perdonen un breve desliz de inmodestia pero es que mis arepas son gloriosas. Tengo de testigos a Irene Savino y Pablo Lagarribel, vegetarianos irredentos que soltaron lágrimas de añaronza viéndome despachar una de cochino refrito que solo llegaron a olfatear y escuchar el crujir de la concha tostada.

Exagero la proporción de agua para hacerlas más tiernas por dentro, en oposición al infierno a que someto sus dos caras. Si me sobran arepas, al día siguiente las corto en tiras y las tuesto en una plancha con aceite de oliva, tomillo y sal marina.

Cuando pienso en el enorme tiraje de El País y la fidelidad que los lectores de El Comidista sienten por su director, Mikel López Iturriaga, puedo imaginar a millares de gallegos, catalanes, asturianos, navarros, andaluces y los pijos madrileños intentando tragarse esa versión apresurada que debe saber a los menjurjes de esos juegos infantiles a papá y mamá. ¿A cuantos mordiscos puede llevarlos su fe en El País? Terminarán dudando hasta de la belleza de Susana Dujim y, si se están iniciando en el primitivo ritual de nuestras arepas, no pisarán jamás El Rabipelao ni la auspiciosa Arepamundi, y exclamarán mientras escupen lo que no lograron tragarse:

—¡Con razón están tan jodidos!

El caso es que a nuestros embajadores gastronómicos, meritorios dueños de areperas, se les ha perjudicado con esa receta mocha, insolvente. Temo por la suerte de la Reina Pepeada, la Dominó, la Pelúa, la Catira, la Sifrina, la Patapata, la Rompecolchón, con sus sugerentes nombres de transformistas, ahora maltratadas por una promesa incumplida.

Hasta donde sé, no han habido cartas al director. Yo pediría que Alfonso se comiera públicamente su versión en un video trasmitido en cadena nacional y aceptara su culpa con la boca llena. Eso lo haría ser más serio al meterse con la única fórmula ganadora que hemos logrado exportar. Espero que no ofrezca como excusa que todo es relativo y es cuestión de tiempo. Ya Bartolomé de Las Casas era consciente en el siglo XVI de lo que se hacía con nosotros, los indígenas.

Y tú, Mikel López Iturriaga, que has guiado mis primeros pasos por Barcelona y me has traído tanta felicidad, aconseja a tus articulistas que preparen los platos y, de paso, se coman las consecuencias, antes de publicar la receta y alardear con mangos y piñas, adornos innecesarios, clásicos del síndrome de hacer más exótico al indígena. Mira que nuestro patrimonio cultural está muy golpeado. Estamos muy delicados y sensibles, hartos de dar lástima y nos aferramos con pasión a lo sabroso.

La receta que nos concierne salió en septiembre de 2019. La había olvidado, hasta hace un par de días, cuando comencé a imaginarme al ministro Pablo Iglesias cocinando su interpretación de las recetas chavistas que alabó tan sumiso y bien pagado, y se me revolvieron las entrañas.

Parlamento o autocracia por Rafael Gallegos – Informe21.com – 10 de Enero 2020

En 1933 el canciller Hitler quemó el Congreso de su país. Seguramente su diabólico colaborador Joseph Goebbels – el mismo que aplicó la nefasta receta de repetir las mentiras mil veces hasta convertirlas en verdades – le recomendó que ni de casualidad dijera que el incendio  fue provocado por ellos mismos. Hitler montó un teatro típico de los autócratas,  culpó a los comunistas y encontró un “culpable” al que aplicó la pena de muerte. Paralelamente presionó al anciano y debilitado Presidente Hindenburg y logró que éste emitiera un decreto que suspendía “hasta nuevo aviso” las libertades de prensa, reunión etc. por la situación de peligro existente. Así, acabó con la democracia alemana y comenzó su dictadura. Para mayor desfachatez el decreto rezaba en su título “para la protección del pueblo”. Y eso que los nazis tenían la primera mayoría en el Congreso. Es que los parlamentos le estorban a las a las dictaduras. Ah! y el “hasta nuevo aviso”, fue doce  años después, a la muerte de Hitler.

En Venezuela Juan Vicente Gómez disponía de un Congreso ideal para los dictadores. Lo había electo a dedo. Por ello 1929 cuando en un vergonzoso  discurso (para los aplaudidores) le propuso a sus “aguerridos” parlamentarios que no quería ser Presidente de la República, estos gritaban: no, no, no. Y dicen que algunos hacían puchero. Bueno está bien – continuó el dictador- pero me buscan uno que piense igualito “a yo” en todas las cosas. Sí, sí, gritaban ahora los parlamentarios. Seguían los pucheros; pero ahora eran de alegría. Así, les recomendó como presidente de Venezuela a Juan Bautista Pérez y siguió en Maracay como jefe del Ejército.  Un Congreso así es el ideal para los dictadores.

Ese mismo año, cuando  Rómulo Gallegos escribió Doña Bárbara, se la leyeron al Taita. Le gustó tanto que cuando llegó la noche Gómez hizo prender los faros de un carro para que le finalizaran la lectura. Quedó tan contento que le mandó a ofrecer  a Gallegos la senaduría (el propio dedo) por Apure. Dicen que Don Rómulo dubitó y su esposa Teotiste le dijo firmemente: nos vamos… y se fueron de Venezuela hasta la muerte del déspota. Una lección de dignidad.

Congresos como los de Gómez, sumisos, sin garganta e indignos, son los que fascinan a las dictaduras. Porque los parlamentos son lo más cercano a la voz del pueblo en las democracias. En USA sacaron a Nixon sin aviso y sin protesto, en Brasil a Dilma Rousseff. Y en Estados Unidos van por Trump. Y a ninguno de ellos se le ocurrió (o ha ocurrido)  por ejemplo mandar a golpear a los diputados con los militares para que no entren al hemiciclo como que si estuvieran en Trucutrulandia.

En 1948, cuando los militares tumbaron al insigne novelista Rómulo Gallegos, el valiente demócrata Valmore Rodríguez, presidente del Congreso Nacional,  trató de aplicar la Ley. En  Maracay se proclamó Presidente y nombró un gabinete de emergencia. Pero los golpistas no estaban para “leyecitas”. Don Valmore terminó encarcelado y murió en Chile en 1955.

En 1959 cuando Fidel Castro visitó a Venezuela, mi querido e inolvidable padre Rafael Gallegos Ortiz le preguntó al comandante que por qué no hacía elecciones si él arrasaría. La respuesta de Castro fue que bastaba un solo diputado que le echara broma para que él no pudiera lograr lo que quería. Estaba clarito en cómo estorban los parlamentarios dignos a los despotismos. Y una vez al Che – otro héroe de esta “revolución” “bolivariana”, un periodista en medio de una manifestación le preguntó por elecciones y su respuesta fue para qué si el pueblo ya habló ¿no ve la multitud? … clara manera de escurrir el bulto.

Claro, la revolución cubana si hace elecciones, con un solo partido, sin testigos de oposición porque está permitida y sacan el 99% de los votos. Jefes y modelos de nuestros “revolucionarios”. Ya se acercaron con la ANC donde lograron el milagro estadístico de sacar el 100% de los parlamentarios  con apenas el 20% de apoyo popular.

CINCO DE ENERO DE 2020

Sin leguleyismo, es decir sin discutir que en Venezuela el 5 de enero de este año el Presidente de la Asamblea Nacional fue electo con acta o sin acta, con quorum o sin quorum, violando el reglamento o no, o que si Guaidó entró o no entró… sin leguleyismo… ¿Puede ser válida una elección donde los militares reprimen a los parlamentarios y no dejan entrar a muchos de ellos?

Este solo hecho hace que ese acto sea digno (más bien indigno) de ocupar un sitial en  “La historia universal de la infamia”, de Jorge Luis Borges.

¿Qué opinaría usted si eso sucediera en Suiza, o en Suecia, o en Chile, o Costa Rica? La verdad es que da pena ajena. Tanto que países “panas” de la “revolución”; pero democráticos como Argentina, México y Uruguay, inmediatamente denunciaron el hecho y se desligaron del régimen. Y ya las Academias, la Conferencia Episcopal, la Gente del Petróleo y muchas otras organizaciones de incuestionable talante democrático han rechazado tamaño desaguisado.

Y ahora los voceros del gobierno tratan de explicar lo inexplicable. Pero ni Goebbels, ni sus hijos de la Stasi alemana o sus nietos del G2 cubano podrían  justificar como democrático  que los militares agredan a los parlamentarios y no los dejen cumplir su trabajo. Te pareces tanto a mí le podrían cantar un grupo de autócratas cantores integrado por Hitler, Fidel, y Gómez entre muchos otros.

No aclaren que oscurecen.

LA CONSTITUCIÓN SIRVE PARA TODO

El 24 de enero de 1848 el Congreso venezolano discutía enjuiciar al presidente José Tadeo Monagas. El ministro Sanabria estaba allí entregando Memoria y Cuenta. Se corrió la voz (¿quién la correría?) que al ministro lo habían asesinado. Aparecieron las turbas liberales (¿quién las mandaría?) y asesinaron a cuatro diputados(¿quién los dejaría?). Al día siguiente, Monagas quería enderezar el entuerto y ofreció soluciones que sus asesores le dijeron que no iban en línea con la Constitución. “La Constitución sirve para todo” fue su respuesta. Digna de los autócratas de todos los tiempos.

Obligaron a los diputados a reunirse nuevamente como si nada. Casi todos  fueron, de lo más mansitos. Desde ese día Venezuela tuvo dóciles  parlamentos  que no parlaban, por muchos años. Hasta que llegó la Democracia.

Sin embargo Fermín Toro, el gran Fermín Toro, no asistió. Los funcionarios del régimen se trasladaron a su casa para reclamarle en tono amenazador. Su respuesta pasa a la historia como una gran lección de dignidad: “Díganle al presidente Monagas que mi cadáver puede ser llevado; pero que Fermín Toro no se prostituye.”

Y Juan Guaidó tampoco, ni los cien diputados.

.

Los empréstitos de la Gran Colombia por Carlos Hernández Delfino – ProDaVinci – 17 de Diciembre 2019

Hacia 1817, cuando se hacían más patentes las penurias del movimiento emancipador en Venezuela, el ambiente político, comercial y financiero en Inglaterra era propicio para armar expediciones de voluntarios y adquirir material bélico. Varios contratos de suministro fueron suscritos y desde Inglaterra se despacharon a Angostura fuerzas militares y pertrechos que contribuyeron de manera determinante a consolidar el triunfo de la causa independentista, pero a la vez representaron obligaciones imposibles de cumplir por la precariedad fiscal de aquellos tiempos. Nuevas operaciones de crédito fueron entonces contratadas para cumplir con los pagos de las primeras, hasta que Londres, ya para entonces el centro financiero de Europa, se desarrolló a comienzos de los años 1820, una notable expansión del crédito y de apetencias por operaciones crediticias de alto riesgo. Tal fue el calor de la fiebre especulativa, que una nación inexistente, el Reino de Poyais, resultado de una ficción creada por la inflamada imaginación del general Gregor Mac Gregor en la costa Atlántica de Honduras, recibió un empréstito de 200.000 libras esterlinas en 1822, para financiar la colonización de su Reino. Sobre este episodio ofreceremos algunas notas en próxima oportunidad. Varios gobiernos republicanos en Hispanoamérica (Chile, México, Argentina, Perú) contrataron empréstitos en Londres, entre ellos el de Colombia y ese frenesí especulativo derivaría finalmente en la crisis financiera de 1825. Los dos grandes empréstitos de la Gran Colombia fueron el origen de muchas calamidades, no sólo económicas y fiscales sino también políticas, y marcaron el inicio del largo y espinoso camino del endeudamiento público venezolano hasta los albores del siglo XX.

1. Los primeros tiempos y las primeras deudas. En la mañana del 17 de julio de 1817 dejó de hondear en Guayana la bandera de Castilla. Con la liberación de esta importante posición militar se alcanzó un firme avance en la unificación del mando de los ejércitos patriotas bajo la autoridad del Libertador. Pero era además necesario crear y consolidar las instituciones políticas y a partir de allí organizar la administración pública y afianzar la suprema jefatura que el Libertador ejercía desde 1816. Así pues, entre octubre y noviembre designó a los miembros del Consejo de Estado y creó el Consejo de Gobierno; instituyó el Poder Judicial, y se alcanzaron importantes progresos en el orden político y administrativo, con lo cual podían ya gestionarse acuerdos políticos y comerciales con otras naciones y procurarse auxilios para continuar la lucha contra España.

Luis López Méndez, un venezolano comprometido con la causa de la Independencia desde sus inicios, se encontraba para aquel momento en Londres, adonde había llegado en 1810 con Andrés Bello y Simón Bolívar en representación de la Junta Suprema de Caracas. En cuenta de su experiencia y madurez, el Libertador lo designó, en enero de 1817, como agente y comisionado especial de la República en Londres. En esa capacidad López Méndez comenzó a celebrar contratos para organizar expediciones de oficiales y tropas, adquirir buques, armas, municiones, vestuarios y otros materiales, aunque no siempre de la mejor calidad y, en algunos casos, altamente costosos.

El inicio de esa misión coincidió con un ambiente favorable en Inglaterra para realizar contrataciones de ese tipo. Al concluir las guerras napoleónicas, comandantes y soldados quedaron ociosos y sometidos sólo a media paga; y la alta capacidad instalada para producir y distribuir manufacturas, en especial armamento, estaba subutilizada y necesitaba de nuevos mercados para subsistir. Por otro lado, los comerciantes y financistas británicos apreciaban en las nuevas repúblicas una oportunidad para lograr importantes beneficios en correspondencia directa con los riesgos que éstas representaban y prevalecía en los espacios ilustrados londinenses una inclinación favorable a la independencia de las provincias españolas de América. Finalmente, el gobierno británico mantenía en esos tiempos una postura tolerante, mas no comprometida, hacia los movimientos independentistas americanos y aún después que impusiera restricciones a los alistamientos, continuaron organizándose expediciones hasta que en septiembre de 1820 el Libertador dispuso la prohibición de alistar tropas y oficiales extranjeros. Buques, mercancías y armamento fueron enviados a Guayana bajo la promesa de pago futuro. Cerca de 6.800 combatientes británicos y de otras naciones europeas llegaron a nuestras tierras en esos años.

En general, las contrataciones de López Méndez contemplaban pagos iniciales de contado y la aceptación de obligaciones por el remanente de su costo. Ningún pago pudo efectuarse al ser recibidos los despachos en Venezuela debido a los apremios fiscales de entonces y, en consecuencia, la totalidad de las obligaciones asumidas hubo de ser documentada por López Méndez con certificados de deuda pública. De esa manera esperaba moderar la molestia de los acreedores, pero esos certificados tampoco pudieron ser pagados, pues López Méndez no pudo contratar ningún empréstito con las casas financieras londinenses y fue a dar a las cárceles londinenses al menos una docena de veces. Se encontraba privado de lo esencial y endeudado para poder sobrevivir, cuando nuevos comisionados nombrados por el gobierno de Angostura llegaron a Londres en 1819.

Estos eran el venezolano Fernando de Peñalver y el granadino José María Vergara, quienes fueron instruidos y autorizados para gestionar el apoyo del gobierno británico, ordenar las obligaciones asumidas por López Méndez, gestionar un empréstito de tres millones de pesos, y adquirir armas y otros artículos de guerra. Pocos días después de la llegada a Londres de los nuevos comisionados, López Méndez fue apresado de nuevo.

Las gestiones de Peñalver en Inglaterra se iniciaron en septiembre de aquel año y se agotaron en el esfuerzo de ordenar las deudas contraídas. Con sus gestiones pudo dar pasos esenciales para lograr la libertad de López Méndez, después de lo cual se embarcó de regreso a Angostura sin haber alcanzado otros logros, pues el crédito de la República se encontraba en un estado deplorable. La actitud de los acreedores se tornó hostil por los reiterados incumplimientos de pago y ya no habría margen para negociar en Inglaterra nuevos auxilios.

A fines de 1819 ya la Nueva Granada era libre del dominio español y se había constituido la República de Colombia, con Bolívar como Presidente y Francisco Antonio Zea como Vicepresidente. Tal era –y fue siempre– la preocupación del Libertador con los problemas del endeudamiento, que resolvió encargar al vicepresidente Zea la misión de establecer relaciones políticas y comerciales con Inglaterra, arreglar las deudas existentes y negociar un empréstito de hasta cinco millones de libras esterlinas bajo las condiciones que Zea considerara convenientes y con la garantía de las rentas y propiedades del Estado colombiano.

2. La misión de Zea en Londres y el empréstito de 1822. Al llegar Zea a Londres, en junio de 1820, comenzó sus negociaciones con los acreedores y en agosto de 1820 suscribió un acuerdo en el que reconoció las deudas que aquellos le presentaron. De inmediato emitió pagarés por el monto de capital reconocido, el cual se acercaba a £548.000 (es decir, 2.740.000 pesos fuertes, casi la mitad de las rentas ordinarias estimadas para el año fiscal 1824-25). Zea validó las cantidades reclamadas por los acreedores sin la conformación previa de la legalidad de los documentos. Fue diligente y generoso con los prestamistas ingleses pues para él la cuestión principal era mostrar su gratitud y facilitar sus gestiones en Londres. Zea era un hombre cándido, un intelectual con importantes relaciones en Europa, pero con escasas competencias para cuestiones financieras y diplomáticas.

Zea se ocupó con poca fortuna de los asuntos diplomáticos y en 1821 decidió acompañar a José Rafael Revenga y a José Tiburcio Echeverría, en la misión que el Libertador les había encomendado ante la corona española para lograr el reconocimiento de Colombia. Para cubrir los costos de ese viaje Zea contrató un empréstito por £66.666 que sólo produjo £20.000. El dispendioso viaje, para el cual fue ordenada la fabricación de un lujoso carruaje, fue inútil y al conocerse en Madrid el desenlace de la batalla de Carabobo, los comisionados fueron expulsados de España.

Para cumplir con los pagos de los pagarés, Zea contrató, en febrero de 1822, un empréstito por £140.000, como un alivio temporal mientras concretaba una operación mucho mayor, pues la situación fiscal de Colombia era en extremo crítica. La gestión de Zea fue reprobada por el Libertador, quien ordenó la revocatoria de sus poderes, de lo cual, en apariencia, Zea no se enteró y continuó actuando en la misma forma que lo caracterizaba, pero convencido de que su proceder respondía a los más altos intereses de Colombia.

Un mes más tarde Zea contrató un empréstito por £2.000.000 con la casa londinense Herring, Graham & Powles, con 20 por ciento de descuento, lo que significa que mientras la República asumía una deuda por la cantidad indicada sólo recibiría £1.600.000, a lo que había que deducir varias cantidades de tal forma que el remanente final que le quedo a Colombia fue de £600.000. La tasa de interés fue fijada en 6 por ciento, el plazo de pago en veinte años y los acreedores recibieron en garantía los ingresos aduaneros de Colombia. Las condiciones de este empréstito eran onerosas, pero se acercaban a las que imponía la realidad de los mercados financieros en Londres, donde existía, en aquel momento, un ciclo de euforia financiera. Colombia no pudo pagar ni siquiera la primera cuota de intereses del empréstito de 1822.

Los sinsabores que acompañaron a Zea y sus quebrantos de salud, lo llevaron a la ciudad inglesa de Bath para recuperarse, pero allí murió, a los 56 años de edad, sin dejar un archivo con los documentos de sus gestiones.

Echeverría había viajado a Londres con la intención de influir en las negociaciones del empréstito, pero no pudo hacerlo por la premura y reserva con las que Zea manejo todo el asunto. Tiempo después Echeverría murió en Francia, con lo cual se perdió la única memoria de la negociación.

En junio de 1822 José Rafael Revenga fue designado ministro plenipotenciario ante el gobierno británico y llegó a Londres a comienzos del año siguiente. Revenga debía ocuparse de diversos encargos políticos, diplomáticos y comerciales, examinar las operaciones de López Méndez y Zea, y asumir la negociación de nuevos empréstitos. Pero existía en Londres un clima de alarma por el reiterado incumplimiento de Colombia y la decisión del Congreso de desconocer las transacciones celebradas por Zea. La compleja misión de Revenga tropezaba, pues, con obstáculos de muy difícil superación a lo que debe añadirse la rigurosidad con la cual el comisionado abordaba su relación con las contrapartes londinenses. Pocos días tenía en Londres, sometido a la insistente reclamación de los acreedores, cuando fue a dar a la cárcel, acusado como deudor moroso por un inglés con el que López Méndez había contratado armas y vestuarios. Y esta fue sólo una de las muchas contrariedades y tropiezos que habría se sufrir Revenga en Londres. Su tenacidad y competencia no cristalizaron en el logro de los objetivos de su misión, pero logro avanzar en las gestiones para el reconocimiento de la Independencia de Colombia por parte de Inglaterra, lo que en efecto se concretó en 1825.

3. El empréstito de 1824

En su mensaje al Congreso de 1823, Santander informaba sobre la absoluta precariedad de la hacienda nacional que impedía cumplir con las necesidades más básicas del Estado; los préstamos internos, otorgados por la influyente clase mercantil, habían alcanzado ya niveles exacerbados sin pago alguno de capital o intereses por parte del Gobierno. En esas condiciones, el estamento político se resolvió por un nuevo empréstito extranjero que fue autorizado por el Congreso en julio de 1823.

Para negociar el empréstito, fueron designados Manuel Antonio Arrubla y Francisco Montoya, importantes hombres de negocios antioqueños, quienes venían financiando regularmente al Gobierno con préstamos de corto plazo. Estos agentes actuarían bajo la dirección de Manuel José Hurtado, Senador y hombre de negocios de Bogotá, quien sustituyó a Revenga como comisionado de Colombia en Londres. Hurtado había resuelto, al menos temporalmente, las complicaciones del empréstito de 1822 y, además, los mercados financieros londinenses presentaban aún condiciones favorables para un nuevo préstamo que permitiera atender las urgencias fiscales.

En esas circunstancias, Arrubla y Montoya contrataron en abril de 1824 un nuevo empréstito con la casa B. A. Goldschmidt & Co. por £4.750.000 (23.750.000 pesos), con un descuento de 15 por ciento, a una tasa de interés de 6 por ciento pagaderos con anticipación a la entrega total de los fondos; a un plazo de 30 años y con la garantía de las rentas públicas de Colombia. Hurtado, Arrubla y Montoya recibieron una comisión sobre el monto nominal del empréstito como remuneración por sus servicios. El saldo que le quedó a Colombia, después de hechas las deducciones contempladas en el contrato, fue solamente de ₤2.941.000.

Hurtado, Arrubla y Montoya fueron acremente censurados y los ataques al Gobierno, inflamados por las pasiones políticas, aludían a los beneficios percibidos por los agentes del empréstito, a sus costos financieros, al desorden e ineficiencia y, sobre todo, al empleo dispendioso de los fondos, pues no se alcanzaron los objetivos de fomento a la economía, a la agricultura y el apoyo a la campaña del Sur. Pero además, las condiciones de la hacienda pública no permitían cumplir con las obligaciones asumidas en los empréstitos de 1822 y 1824, puesto que el servicio anual de intereses representaba más de un tercio de los ingresos públicos en esos tiempos. Algunos políticos y empresarios recibieron préstamos personales contra los fondos que produjo el empréstito. Se decía que hubo preferencias y fraudes a favor de una extensa lista de acreedores de la República. Se alegaba que hubo sobreprecios en las mercancías y servicios entregados al Estado y pagados con los fondos del empréstito.

El empréstito inglés –como en general se le conoce– fue además el origen de serias perturbaciones políticas y la referencia usual de los críticos de la gestión de Santander, quien vio mermado su capital político por los escándalos, aunque jamás fue probado que él se beneficiara de esa operación, ni que hubiese tenido ingerencia directa en las negociaciones, no obstante su cercana amistad con Hurtado, Arrubla y Montoya. La tirante relación entre Bolívar y Santander se agravó a raíz del empréstito, pues el Libertador no disimulaba su disgusto por el estado deplorable de la administración pública, la pobreza generalizada de los departamentos colombianos a cuyo alivio no contribuyó el costoso empréstito y la desastrosa quiebra de la casa Goldschmidt en 1826. Cuando se produce este desenlace, consecuencia de la desaforada actividad especulativa de ésta y otras firmas londinenses, Goldschmidt todavía tenía en su poder £402.098 del empréstito, pues Hurtado mantuvo los fondos depositados allí, quizás para aprovechar el rédito de intereses. Como resultado de las investigaciones del Congreso y del Gobierno los negociadores fueron liberados de responsabilidad en 1826. Revenga tuvo un rol de importancia en este asunto pues denunció lo que en su opinión constituían anomalías en la negociación del empréstito, que privaron a la República de condiciones de contratación más favorables.

Colombia, al igual que otras naciones hispanoamericanas, habría de sobrellevar la pesada carga financiera de una deuda que no podría pagarse sino en el curso de muchos años, a lo largo de los cuales surgieron trastornos económicos, políticos y diplomáticos en torno a los empréstitos y a una extensa variedad de reclamaciones extranjeras.

4. A manera de epílogo. En 1826 Colombia reconoció como suya la deuda pública externa por un total de £6.688.950, al igual que la deuda interna por un monto de 58.770.769 pesos. Esas cantidades sirvieron de base para la distribución de esas deudas entre las naciones que surgieron de la disolución de la Gran Colombia en 1830. En esa distribución, resultado de un proceso lento y complejo de negociaciones y aprobaciones que culminó en 1837, Venezuela asimiló 28,5 por ciento de la deuda total, además de otras obligaciones. Durante los gobiernos llamados conservadores se cumplió escrupulosamente con estas obligaciones. La dinastía de los Monagas rompió con esa trayectoria, por razones que, en parte, podrían atribuirse a circunstancias objetivamente adversas pero sensiblemente agravadas por el desorden y la arbitrariedad que caracterizó a esas administraciones. Nuevos empréstitos, nuevas negociaciones y conflictos con las naciones acreedoras por los reiterados incumplimientos incluido el bloqueo a las costas venezolanas de 1902 ejecutado por Alemania, Inglaterra e Italia, serían el signo de los tiempos por venir, durante los cuales Venezuela no podía ser vista sino como una nación privada tanto de capacidad como de voluntad de pago. A manera de ilustración de las tensiones fiscales y de otro tipo generadas en torno al problema del endeudamiento público, basta con referir que al cierre de 1902 la deuda pública total era de Bs. 192,2 millones de bolívares, lo que representaba más de seis veces los ingresos fiscales de ese año. En 1930 Juan Vicente Gómez resolvió pagar de una vez toda la deuda externa, en ese año de crisis, como un homenaje al Libertador en el primer centenario de su muerte. Esta historia signada por crisis recurrentes y aciertos esporádicos, marcó una impronta en la conducta colectiva en torno al endeudamiento público que alejó a Venezuela de las fuentes de financiamiento externo de los desbalances fiscales por más de setenta años.

La rebelión de los náufragos, versión 2019 por Julio Márquez – La Patilla – 9 de Diciembre 2019

El 21 de mayo de 1993, después de haber resistido dos intentos de golpe de estado, el presidente Carlos Andrés Pérez se dirigió al país en cadena nacional. El anuncio que hizo ese día fue histórico y marcó el inicio de un espiral de degeneración democrática e institucional en Venezuela, pues la Corte Suprema de Justicia, movida por la presión de la opinión pública más que por causas genuinamente legales, había anunciado públicamente el enjuiciamiento del presidente de la República, decisión que Pérez aceptó haciendo saber su disposición a separarse del cargo de manera inmediata, diciendo: “No me defenderé porque no tengo nada de qué defenderme”.

La razón que a la luz pública se mostró para justificar el enjuiciamiento y destitución de Pérez fue la corrupción. Un escándalo en medios de comunicación envolvía a los servicios de inteligencia por el gasto poco transparente de una partida secreta de doscientos cincuenta millones de bolívares. Sin embargo, el motivo real de su salida del poder no fue ese, sino la conflagración pública de un grupo de actores políticos que aprovecharon una coyuntura nacional crítica y un ánimo colectivo propicio para descargar sobre el presidente un cúmulo de frustraciones y resentimientos añejos, sin darse cuenta que el linchamiento que estaban proponiendo acabaría no solo con un líder político sino con la democracia misma.

La indignación que causa la corrupción es legítima, sobre todo en un país donde un número dolorosamente alto de ciudadanos sobrevive en medio de la pobreza, la desnutrición y la enfermedad. Sin embargo, esa indignación no pocas veces es usada con fines políticos por unos inescrupulosos que, alzando unas banderas de moralina, se dan a la tarea de hacer ver que un caso puntual de algún hecho doloso es un ejemplo claro de que “todo el mundo es corrupto y delincuente”, y que por ello la única “salvación” posible pasa por lanzar a la hoguera a todo el gobierno, a todos los políticos, a todo el liderazgo, a todos los partidos. Pérez fue el objetivo propiciatorio de todos los odios, frustraciones y resentimientos alimentados por la simplificación grosera de la realidad, todo ello bajo el auspicio de lo que él mismo llamó la “abigarrada legión de causahabientes”, un grupo variopinto que iba desde una cohorte de notables cuya soberbia y egolatría difícilmente cabían en un solo país, hasta unos militares traidores que usaron las armas de la República para atentar contra la democracia. Todos juntos bajo una sola causa irracional: la defenestración de un político que terminó siendo la de la democracia.

Aquel trauma nacional ha traído consigo a lo largo de las últimas dos décadas muchísimas reflexiones e incontables páginas escritas en nuestro haber historiográfico más reciente. No obstante, duele decir que, a la luz de la hecatombe venezolana, y a pesar de los aprendizajes que brinda la historia patria, soplan de nuevo los vientos de una nueva rebelión de los náufragos políticos, con la diferencia que la de ahora es mucho más patética y despiadada por encontrarse el país literalmente en ruinas.

A raíz de los señalamientos de unos hechos de corrupción ocurridos en Cúcuta, se ha desatado una jauría de actores dispares que, aprovechando el ánimo popular de frustración y de desesperanza producto del no cese de la usurpación, se ha dado a la tarea de atacar con furia irracional al presidente Juan Guaidó, al gobierno legítimo de Venezuela y a los partidos políticos que a él lo apoyan. Esa jauría, o en palabras de Pérez, esa “abigarrada legión de causahabientes”, sobresale por su faz heterogénea que engloba bajo un mismo discurso a actores connotados de la dictadura con otros de la llamada oposición radical, a figuras separadas del chavismo con opinadores opositores con influencia en redes sociales, todos parte de una bizarra comparsa unida en torno a una causa común: la defenestración de un político que terminará siendo la de una lucha.

Los efectos perniciosos que esta nueva rebelión de los náufragos podría causar en la lucha democrática venezolana son obvios y muy conocidos por parte de los enemigos de la libertad. No es casualidad que, en las redes sociales, en un país con cada vez menos conectividad a internet y menos cantidad teléfonos inteligentes, sobresalgan los bots y las campañas de desinformación que encuentran terreno fecundo en el estado de ánimo colectivo que impera en la actualidad. Esta estrategia de destrucción, muy propia del concepto ruso de “guerra híbrida”, tiene como propósito vender una idea envenenada: “para salir de la dictadura, hay que destruir al liderazgo opositor”. Esa idea, en condiciones normales, sería rechazada por ilógica; pero en Venezuela hace mucho tiempo que no hay normalidad, y las emociones han desplazado en muchos casos a la racionalidad. De allí que hoy existan algunos opositores que juren que el mejor plan para salir de Maduro es destruir a Guaidó, como quienes juraban que el mejor plan para salvar la democracia era defenestrar a un presidente legítimo en favor de la histeria colectiva.

Ojalá esta nueva rebelión de los náufragos no nos lleve a donde ya la historia nos ha dicho que llevan estas rebeliones: a la nada.

Un error imperdonable por Asdrúbal Aguiar – El Nacional – 2 de Diciembre 2019

download
Sacudirle a Venezuela la cultura caudillista, la del capataz político, costó mucho a la democracia, entre 1959 y 1999. Deja, sin embargo, resabios, en las cúpulas del partidismo, tanto que resucita al apenas iniciarse el siglo XXI, pero con una desviación perversa.

El general Juan Vicente Gómez, andino y acotado, cuya impronta como déspota de un gobierno de letrados marca la primera mitad de nuestro pasado siglo, hecha los dientes mirando a las montañas. Mira hacia el cielo y sabe de límites, como el permanecer en el poder hasta que Dios mande. Pero respeta, por ende, los sacramentos, las formas de urbanidad, las reglas que curan contra el caos social y aseguran la amistad civil.

No se muda de Caracas a Maracay sin antes asegurarse que se ha reformado, para ello, la Constitución. Y al concluir cada mandato no permanece siquiera un minuto más en el ejercicio del poder. Lo traslada al presidente de la Corte Federal o al del Consejo de Gobierno, mientras sale por una puerta e ingresa por la otra para juramentarse.

Ese andamiaje de ataduras o acotamientos ha saltado por los aires. Su disolución actual ocurre a la luz del día, más por la jactancia de ensoberbecidos que por deberes de transparencia; pues hasta se forjan fraudes a la legalidad o se falsifican documentos a conveniencia, como el de la muerte de Hugo Chávez o los que expide como baratijas la inefable sala inconstitucional.

El poder se ejerce a trompicones, en abierta colusión con la ilegalidad y la indecencia. Modela conductas y mentes bajo clara inspiración cubana, a lo largo de las últimas dos décadas. Aplana, incluso, la sobriedad característica de nuestra tradición caudillista.

¿A cuenta de qué viene esta perorata?

Leo recién la carta de despido de nuestro embajador en Colombia, Humberto Calderón Berti, hombre de Estado y reconocida trayectoria. En el pasado maneja con probidad y experticia al país petrolero que somos, y hasta preside la OPEP. Su adversario político, Carlos Andrés Pérez, incluso le nombra canciller de la República para atenuar la crisis democrática que se lo engulle.

La remoción de un diplomático es normal en el oficio, si se sabe hacer y con tacto. Ninguna relación hace con los cambios rutinarios de la burocracia. Me deja estupefacto, así, la razón que se alega en el caso de Calderón: el cambio de la política exterior por el encargado presidencial. Obvia, el redactor de tan insólita carta, que tal política es de Estado y no de gobierno, es de base constitucional y esencia permanentes. Es inmodificable, salvo en sus énfasis, exceptuándose al régimen usurpador de Nicolás Maduro.

Mal cabe el argumento obsecuente que algún parlamentario avanza, para decir que en democracia no hay empleos públicos por derecho, como lo pretendiera Evo Morales en Bolivia. ¡Y es que obvia el mal ejemplo de sus pares, atornillados como propietarios de partidos – piezas de museo – desde hace dos décadas y algo más, en algunos casos! Son los resabios a los que aludo, matizados por la ruptura corriente de los cánones para la convivencia sana y el respeto ajeno.

Lo ocurrido con Calderón es muy serio, salvo para los narcisistas digitales. Se ha comprometido a la nación y al prestigio del mismo gobierno parlamentario de Juan Guaidó. Trastorna los esfuerzos para la solución de la tragedia que lleva a cuestas Venezuela. No se midieron las incidencias sobre el gobierno ante el cual estaba acreditado, Colombia, que al paso sufre de manera gravosa al clan narco-criminal que tiene como vecino.

Cuando se decide nombrar a un embajador, no se olvide esto, antes de hacerlo el gobierno que le acredita consulta al gobierno de destino, al que le envía los antecedentes del candidato. Ha de ser aceptado por éste y de allí que se le dé o no el plácet. Su remoción concita, inevitablemente, iguales efectos bilaterales que han de cuidarse.

Pero vuelvo al principio, al desenfado en los modos que, si bien es propio de la fluidez dentro del llamado ecosistema imperante, no puede llegar a tanto como lanzar sobre la ruleta los asuntos vitales del Estado; sobre todo si se admite que el cese de la usurpación planteada en Venezuela ha de implicar un cambio de mentalidad, no una simple modificación de políticas públicas o de titularidades de cargos que se asignan a discreción de un conciliábulo clientelar.

En mi larga proximidad al espinoso mundo de la diplomacia, durante cuatro décadas de enseñanza y varios años de servicio exterior e internacional, dos aprendizajes me acompañaron. Los dejo a beneficio de inventario. No son consejos, pues no los doy a quien no me los pide.

El país perdió y vio achatado su territorio, o sufre de agresiones por potencias extranjeras, más por los desplantes y la falta de sensatez de algunos de nuestros gobernantes, sobre todo de los parlamentarios, que por obra de nuestras debilidades nacionales.

Desde cuando puse mi primer pie en la Casa Amarilla – era un estudiante menor de edad – y fui al encuentro del canciller de Venezuela, Ignacio Iribarren Borges, firmante del Acuerdo de Ginebra que destruyen los errores a mansalva del chavismo, entendí el compás del ambiente y de sus procederes casi vaticanos. Tanto que, en 1979, el presidente Luis Herrera, metafóricamente me los explica cuando ejerzo como vicecanciller provisional de otro gran veterano, José Alberto Zambrano Velazco: “La política exterior, querido Asdrúbal, no da votos, los quita todos cuando se yerra o se la hace depender de los enconos”.

La democracia venezolana en los escritos del historiador Manuel Caballero por David Ruiz Chataing – ProDaVinci – 26 de Noviembre 2019

Manuel Caballero nace en Caracas, el 5 de diciembre de 1931. Se crió, como lo dice con mucho orgullo, en la ciudad de Barquisimeto, estado Lara. Caballero se considera “guaro” y un ateo creyente en los milagros de la Divina Pastora. Murió el 12 de diciembre de 2010. Egresó de la Escuela de Historia de la UCV en 1966 y estudió en el Instituto de Estudios Políticos de París. Entre sus profesores se cuentan Maurice Duverger y Pierre George. A partir de 1979 estudia en la Universidad de Cambridge un doctorado en filosofía, bajo la tutoría de Leslie Bethell. Su tesis doctoral sobre la Internacional Comunista y la revolución latinoamericana fue el primer libro publicado por un venezolano en la imprenta de esa prestigiosa universidad. Fue profesor y director de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela; individuo de número de la Academia Nacional de la Historia (2005), Premio Nacional de Periodismo (1979) Premio Nacional de Historia (1994) y Premio Bienal de la Universidad Simón Bolívar al mérito Académico (2001). Miembro activísimo de la Fundación Rómulo Betancourt. También fue militante político: primero en Acción Democrática de 1948 hasta 1952, del Partido Comunista de Venezuela, entre 1953 y 1971, y luego del Movimiento al Socialismo, de 1971 hasta los años noventa.

Manuel Caballero defiende el estudio de lo contemporáneo. Considera a los venezolanos del siglo XX tan héroes como los soldados de la época emancipadora. Los conterráneos de tiempos recientes fundaron la paz, la democracia y la modernidad. Caballero se acoge a la recomendación del historiador inglés Lord Acton según la cual hay que estudiar problemas o temas y no períodos. Así, se dedicó entonces a estudiar los orígenes, desarrollo y colapso de la democracia representativa en Venezuela. ¿Por qué este tema? Porque se preocupó por la peligrosa posibilidad de que una dictadura totalitaria destruyera los logros alcanzados, justamente, por los venezolanos en el siglo XX, entre ellos la democracia. Para Caballero la democracia es más que división de poderes o mantenimiento de garantías ciudadanas, aunque sin duda también es eso. La democracia se manifiesta cuando un pueblo toma conciencia de que su acción civil, ejercida sin miedo, puede obligar a un régimen político a cambiar de rumbo. La democracia es voluntad social.

Para que se pudiera constituir la democracia se requerían ciertas bases como las que, en nuestro caso, proveyeron las dictaduras de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Los primeros gobiernos de la hegemonía andina condujeron al fin de las guerras civiles, a la paz y a la integración territorial. También a la centralización política y administrativa. Se edificaron las primeras instituciones modernas: el ejército, la cancillería y la hacienda pública. En Europa –sostiene Caballero– la nación construyó el Estado; en América Latina, y en especial en Venezuela, el Estado edificó la nación. En cierta forma, a partir del gomecismo comenzamos a ser realmente venezolanos. La explotación petrolera facilitó la superación de la precariedad y la pobreza, lo que permitiría, asimismo, el surgimiento de nuevos grupos sociales.  En este lapso se intensificó la migración campo-ciudad.

El nacimiento de la democracia en Venezuela se puede resumir en una cronología básica: la semana del estudiante de febrero de 1928, el 14 de febrero de 1936, el 18 de octubre de 1945 y el 23 de enero de 1958. La conocida como “Generación de 1928” formada esencialmente por estudiantes, reaccionó contra el absolutismo gomecista; el 14 de febrero de 1936 el pueblo se lanza a la calle en protesta contra las medidas decretadas por el gobierno lopecista y contra figuras gomeras incluidas en el alto gobierno. López Contreras se ve obligado a retirar de sus cargos a las personas rechazadas y a formular el “Programa de febrero” una línea de acción oficial liberalizadora y democratizante. El 18 de octubre de 1945 la alianza de una logia militar y de algunos altos dirigentes del partido Acción Democrática realiza un golpe de Estado contra el Presidente General Isaías Medina Angarita. Este golpe se convierte en “revolución” cuando se establece el sufragio universal directo y secreto. Se incorporan a la vida pública nacional las mujeres y los analfabetas. Se trata de una apertura a la participación política que cierra la etapa oligárquica del Estado venezolano. Con esto se completa la nación venezolana.

La democracia significa responsabilidad y participación de todos. Es revolucionario que quienes dan el golpe de Estado contra Medina se prohíben, mediante decreto, postularse a las elecciones que se darían próximamente; es revolucionario el gasto social en educación y en cultura. También, la lucha contra el peculado, mala costumbre caudillesca, castrense y dictatorial.

Sin embargo, a partir del 24 de noviembre de 1948 se retrocede a una nueva dictadura. Caballero se activa en la resistencia antidictatorial bajo las banderas de Acción Democrática, es detenido y obligado a exiliarse.

No obstante, la voluntad democrática del pueblo venezolano se demuestra cuando sabotea las elecciones de 1952 y el plebiscito de 1957: la de Pérez Jiménez es la dictadura más corta que había padecido Venezuela desde la muerte de Gómez. Una de las características del venezolano del siglo XX es que es democrático: a partir de 1958 se establece un régimen político que ha durado más que las hegemonías caudillescas o las dictaduras. Al fin se establece la democracia representativa, la cual muestra logros como la masificación educativa, la industrialización, la reforma agraria, etc. Entre sus cargas deficitarias destacan no romper el rentismo petrolero ni el populismo, ni lograr construir una economía completamente moderna, eficaz y competitiva.

Al agotarse el modelo económico inaugurado en 1958 volvió la pobreza. Dos fechas clave del colapso de la democracia representativa son el 18 de febrero de 1983, el famoso “Viernes negro”, donde se evidencia la crisis económica; y el 4 de febrero de 1992, cuando quedó claro que el apoyo de las fuerzas armadas al régimen democrático no era unánime, lo que puso además en evidencia el desgaste del bipartidismo como soporte del sistema político democrático. En todo caso la situación económica, social y política resulta el pretexto para lo que Caballero caracteriza como “voluntarismo militar”. Los jefes pretorianos pretenden someter a la sociedad a un modelo castrense de obediencia ciega y culto a un supuesto mesías hacedor de milagros.

Desde el momento del estallido militar, Caballero se dedica a denunciar el carácter autocrático y personalista del movimiento bolivariano del teniente coronel Hugo Chávez Frías. Ningún hombre del pasado o del presente es tan importante como para designar un movimiento histórico ni la acción social de un período. Por eso rechaza las denominaciones de “bolivariano” o “chavista”. Encuentra gran pobreza intelectual en las propuestas de los militares insurreccionados. Los golpistas pretenden montar, con un patriotismo de escuela primaria –aduce el historiador–, un Estado confesional sustentado en la santísima Trinidad de Simón Bolívar, Simón Rodríguez y Ezequiel Zamora. De este modo se pretende manipular, distorsionar la historia. Se rehace completamente el pasado para preparar el advenimiento del salvador. Así, se pretende mantener a la población en una suerte de infancia mental. Caballero acusa de fascista al chavismo y, con base en Umberto Eco, encuentra en el movimiento militar rasgos de mitificación de la tradición (en especial de la guerra de independencia y de Bolívar), odio a la modernidad, exaltación del irracionalismo, desprecio de la democracia representativa, apoyo en grupos de desclasados a los que se fanatiza con una jerga elemental. Rasgos todos estos presentes en los movimientos nazi y fascista.

Caballero contempla la democracia como un proceso constituyente: este no se reduce a un tema político y jurídico, sino que se inicia cuando se lanzan a discusión pública (14 de febrero de 1936) ideas que pasarán a constituir programas políticos: el proyecto nacional sintetizado en una Constitución, la de 1961, por ejemplo. Considera legítimas las constituyentes de 1947 y el proceso que condujo a la de 1961. Estas establecieron el poder civil, la democracia el sufragio universal. Rechaza la de 1999 porque se convocó exclusivamente para dar más poder al Ejecutivo.

La democracia como ruptura significa un cambio profundo para un país que sólo había conocido de jefes guerreros o rudos dictadores. O de libertades concedidas como en tiempos de López y Medina Angarita. Caballero caracteriza a la democracia venezolana como una revolución burguesa: nacionalización, destrucción del latifundio, industrialización, saneamiento, educación y libertades. Un esfuerzo político colectivo, acaso el más importante del siglo XX venezolano.

Referencias

Caballero, Manuel. Gómez, el tirano liberal. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1993.

Caballero, Manuel. La gestación de Hugo Chávez. Cuarenta años de luces y sombras de la democracia venezolana. Madrid: Catarata, 2000.

Peña Rojas, Vanessa. Manuel Caballero. Militante de la disidencia. Caracas: Los libros de El Nacional, 2007.

Venezuela 2030 por Asdrúbal Aguiar – El Nacional – 18 de Noviembre 2019

download
El título de esta columna identifica el encuentro que sostuvimos con los estudiantes de SciencesPo, en París, auspiciado por Plan País, el originario, nacido en Estados Unidos hace una década. Les manifiesto que los venezolanos hicimos entrada al siglo XIX en 1830 y al siglo XX, pasadas sus primeras 3 décadas. Y que en 1989, casualmente, se cierra el ciclo de nuestra república democrática formal inaugurada 30 años antes, en 1959; construida en los 30 años previos, a partir de 1928, por su generación universitaria.

En 1989, mientras cae el Muro de Berlín, todos celebramos la muerte de las ideologías y la victoria del capitalismo liberal. No nos ocupamos, empero, de los síntomas más gravosos y desafiantes que acompañan a dicha caída. Emerge entre nosotros la logia bolivariana, que fractura nuestra identidad histórica alrededor de los cuarteles y después en los partidos. Y en Alemania, distante de La Habana, toma cuerpo, paralelamente, otra logia, la de los verdes ecologistas, feministas, defensores de las minorías sexuales, que renuncian a la corbata y acuden al Parlamento con pantalones vaqueros y zapatos deportivos.

Mientras en Venezuela ocurre el Caracazo y la violencia se traga a un millar de compatriotas, en la Plaza de Tiananmén es masacrado otro millar. Y ambas manifestaciones se hacen de narrativas unitarias: Aquella, la de la lucha contra la corrupción; esta, por las libertades.

Pues bien, 30 años después, en 2019, el fundamentalismo de las localidades humanas sobrevenidas se hace violencia en Hong Kong, en Barcelona, en Santiago de Chile, en Ecuador, pero es colcha de retazos, unida solo por la indignación, por cualquier cosa.

¿A qué viene todo esto?

En 1989, agotada la república civil, Carlos Andrés Pérez entiende que, dada la gran ruptura en marcha, ha lugar el Gran Viraje. Rafael Caldera se empeña en pegar el rompecabezas social. Y Hugo Chávez opta, como solución, por devolvernos hasta el génesis republicano. Todos entienden, no obstante, que algo ha pasado y rompe los cánones.

Pasados 30 años, los venezolanos aún no reparamos sobre esta compleja cuestión de fondo. Sus consecuencias se las atribuimos a la antipolítica, a una malhadada conjura de las izquierdas, que las hay, o a un fallo de las políticas.

Hasta el cierre de este ciclo treintañero, en 2019, lo cierto es que Venezuela ha sido objeto de todas las terapéuticas posibles. Ninguna logra repararla.

Se apuesta a la resurrección del cesarismo, en 1999. En 2002 se apela a la Fuerza Armada. En 2004 se acude a las urnas referendarias. Diez años más tarde se ejercita la Salida, con sus consecuencias de muertos y encarcelados. Antes, en 2005, después, en 2018, se renuncia al voto. Apelamos a la comunidad internacional, a Carter, a Gaviria, a Zapatero, a Samper y nada. El desafío de los escuderos de calle es legendario, superior al boliviano.

Se copian los modelos de concertación a la chilena –con la Coordinadora Democrática, la Mesa de la Unidad, el Frente Amplio– y se regresa a las urnas. Gana la mayoría parlamentaria en 2015 la oposición, y ahora busca convencerse, en otra jornada electoral, de que sí es mayoría. Se copia, para unir partes, el mantra “cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”. Es la estrategia textual que la OEA le fija a Nicaragua en 1979, hace 40 años.

Hoy, eso sí, somos “virtualidad”, en Miraflores y en la Asamblea. Y he aquí la clave, la que desvela el asunto que pasamos por alto en 1989, a saber, el ingreso del mundo a la Era de la Inteligencia Artificial, destructora de espacios y geografías políticas. A la ciudadanía fronteriza la sustituye la ciudadanía de redes, el valor del tiempo y su vértigo, la imaginación o realidad virtual, la de las verdades relativas.

A la democracia formal se le sobrepone la de usa y tire, la de descarte. A la sociedad de la confianza le sobreviene la de la desconfianza total. A la sociedad de masas con cultura que armoniza se le cambia por la individualización colectiva de los ánimos, que hace de las intimidades y el enojo un hecho público, mientras se rechazan las ideas abstractas de bien común o interés general.

Quienes con empeño y sacrificio trabajan para aliviarnos de penalidades, desde adentro y desde afuera, o se miran en el Homo sapiens y viven atados a la racionalidad normativa de la política y la democracia, o prefieren comportarse como el Homo videns sartoriano: hijos de la televisión, atrapados por el impacto de las imágenes, y apenas mascullan.

Esta vez domina el Homo Twitter cansiniano, que combina a los dos mundos anteriores con 140 caracteres y el Instagram. Sufre de narcisismo digital, de entropía, y construye realidades a cuotas a partir de sus sensaciones, de sus emociones inmediatas. Esa es su naturaleza. Vino para quedarse, enfrentado a los poderes declinantes.

En este un cosmos inédito donde se brega con neologismos: posdemocracia, posverdad, posliberalismo, pospolitica, posmodernidad. El contacto es instantáneo con las audiencias y segmentado, sin partidos ni Parlamentos. Se hace la guerra, pero con narrativas apropiadas a la Era de la Inteligencia Artificial, sin ejércitos ni tribunales ideológicos.

Lo revelador, a todas estas, es que el socialismo del siglo XXI, perspicaz, al ponderar su experiencia de 30 años, en 2019 cambia de vestido y se hace progresista, para seguir simulando. Entretanto, los demás miramos al retrovisor de la democracia formal, y aquel se hace de una Tecnología de Eliminación, un TEC a la manera del sistema Uber o el de Amazon. No le interesa competir, como a estos no les interesa hacerlo con taxistas o retails, sino acabarlos.

La enseñanza no se hace esperar.

Perderemos el tren de la historia si no somos capaces de crear una Tecnología de la Libertad (TDL), y un soporte teórico que la apoye con narrativas distintas, más propias del siglo en avance. Se trata de instituir, antes que maquillar instituciones o políticas públicas. Chile anuncia ser el próximo laboratorio constitucional, luego de la tragedia venezolana.

¿Capitulación universal? por Alfredo Coronil Hartmann – PanamPost – 27 de Octubre 2019

download-1.jpg
Desde que empecé a leer Historia, supongo que cuando dejé el biberón, porque no recuerdo haber hecho otra cosa en estos excesivos 76 años de existencia, trataba de imaginarme que sentirían los romanos que vivieron el fin del Imperio o los chinos ante las hordas mongolas, es decir ante el colapso final de sus mundos, de sus maneras de vivir, de comunicarse, de amar o de crear belleza, de respirar. Pero nunca intuí que me tocaría vivir algo semejante, el solo pensarlo parecía un juego de guerra o una disquisición intelectual algo ociosa.

Pero hoy, este sábado lánguido de octubre del 2019, basta extender una mirada, elementalmente lúcida -no se necesita ser politólogo-  por el entorno, no solo continental sino del globo todo, para tener la sensación profunda de que todo se está yendo al basurero, al albañal.

Los vientos de fronda no respetan poderes terrenales o espirituales; un viajero, que estuvo recientemente en Roma, me comentaba que el Sínodo de la Amazonía parecía una reunión del Foro de Sao Paulo; en Washington, el emperador de opereta, drena sus molestias –siempre por twitter- mientras abandona a sus aliados kurdos al arbitrio sangriento de Erdogan, empeñado al parecer en reconstruir  aquel Imperio otomano que por seiscientos años dominó el Asia Menor y buena parte de la Europa Central, remedo muy pobre de Solimán el Magnífico, este aspirante a Sultán de los dos Mundos ya anuncia delirante que llegará a Damasco, y ¿por qué no? tiene un ejército de primera clase, el mayor de la OTAN, después de los Estados Unidos y si nadie se le opone…

El inefable liderazgo político venezolano –es decir la supuesta oposición democrática-  establece nuevas cotas de torpeza y sumisión, Colombia arriesga deplorablemente sus avances democráticos en un coqueteo insensato con el caos. El ponderado y querido Chile pareciera deseoso de inmolarse pese a los éxitos (impensables para quienes lo conocimos pobre y escéptico de su futuro en la década de los sesenta) y suma ya diez y nueve muertos, en poco más de una semana de locura.

Bolivia, Perú, Ecuador, la Argentina pobre de cordura política, rica en todo lo demás. México en manos de un estólido y absurdo AMLO, rindiéndole pleitesía al socialismo del siglo XXI, el mismo que destruyó a Venezuela y se lleva en los cachos los menguados restos de Nicaragua y Bolivia.

Hablar de Cuba es una redundancia, sesenta años de vileza destruyen hasta esa bella isla, otrora próspera y vital, hoy convertida en la quintaesencia de la manipulación y la rapacidad, por cierto muy exitosa en su deletérea tarea.

Pero ante este Nuevo Mundo volcado al desenfreno y al disparate, podríamos pensar recurrir a la sabiduría y el ejemplo de la vieja Europa, a la Madre Patria, a aquella España en cuyos dominios no se ponía el sol  pero, en este caso, no fue que parió la abuela, sino que enloqueció totalmente, empezando por los catalanes que parecían los más serios. La pasión autodestructiva de los españoles, quienes habían realizado el cuasi milagro de una transición , logrando pasar al lado del millón de muertos de la Guerra Civil y de la eterna dictadura de Franco, logrando pasar casi indemnes, gracias a la conjunción de un grupo esclarecido de hombres y mujeres, con sentido de Estado y de Historia. Escogen al peor de sus gobernantes, al que fracasó y destruyó la bonanza económica, al babieca de José Luis Rodríguez Zapatero, como mentor y guía político de un PSOE estítico intelectual, lamentable y torpe y van de idiotez en idiotez labrándose su propia fosa y cometiendo la imbecilidad de intentar revivir a Franco, que si les llega a salir ese muerto la carrera no se va a detener en Gibraltar.

Ah, pero La France, apenas pasar los Pirineos, la Atenas de Europa, el faro cultural de Occidente, la patria de Carlos Martel que derrotó la invasión árabe en Poitiers, la hija primogénita de la Iglesia, gesta Dei per francos y todo aquello, La Marsellesa que todo hombre libre no puede oír sin emocionarse, ahora colonizada, usa babuchas, burkas y un trapero sucio. Gracias a unos cuantos gobiernos socialistas y a un complejo de corrección política  de sus intelectuales de izquierda, que casi les costó la existencia en 1939, paralizándola con un discurso pacifista a ultranza, frente al empuje belicista del nazismo y que además la hizo sorda, frente a aquellos patriotas, como De Gaulle, que se cansaron de advertir el peligro y las deficiencias de un aparato militar obsoleto y una doctrina estratégica arcaica.

Alemania, el “coco” de ayer, purulenta de una inmigración absurda y desbordada, rica en euros e industrias, en el equilibrio precario de un espectro político menguado, la señora Merkel en nada imita a Adenauer y el SPD patina y decrece electoralmente, Willy Brandt, Eber y su elenco se desdibujan. La patria de la Reforma, parece resuelta a disolverse en el Islam. Pareciera que pasaron de aquel irritante “Deutschland, Deutschland uber alles, uber alles in der Welt”, tan belicoso y tan nazi, a súcubos de las mezquitas.

La estólida y formal Inglaterra, tan seriecita, también posesa de locura, da traspiés y se enreda lastimosamente, pareciera que su única imagen coherente, es la de la anciana reina, sin Isabel II el Reino Unido parecería hoy un pub anarquizado ¡God save the Queen!

Rusia, en manos de sus mafias formadas por la KGB y China indetenible, en el rumbo fijado por Deng Siao Ping pero hipertrofiado en el más salvaje capitalismo.

Ante este panorama ¿que queda? cuales son o es, la alternativa o mejor dicho ¿hay alternativas? Yo no logro verlas, hay que reinventar un mundo, uno que sea vivible, abierto, tolerable y si no les parece frívolo, hasta con algo de buen gusto. Esa reconstrucción tomará tiempo, vidas, esfuerzos, le tocará hacerla a los hoy muy jóvenes y haciéndole una concesión al uso, será una tarea de la “derecha”; la “izquierda” sirve para romper, pero no saben pegar dos ladrillos.

No he mencionado a Brasil, allí podría darse la génesis de ese movimiento de salvamento, dependerá de muchas cosas, entre ellas de la consistencia y proyección de sus actuales gobernantes; ser estadistas es mucho más difícil que ganar elecciones, Dios los ayude. Confío en las reservas morales y profesionales del Ejército chileno, en el buen juicio de la clase dirigente colombiana, en que en los Estados Unidos surja una dirigencia seria y digna de la gravitación histórica de ese gran país, con una dirigencia política tan gris, plúmbea por decir lo menos.

No voy a decir nada de Venezuela, entre otras razones, porque no sé si existe aún o qué queda de ella. Dios le dio en exceso el más rico subsuelo de la tierra, un pueblo generoso y abierto, inteligente, pero repito no estoy seguro de que aún exista como nación.

El ser humano ama las simplificaciones, quizá por flojera, pero -por lo pronto- sabemos que el planeta, de la mano de un Santo y de un actor de westerns, San Juan Pablo II y Ronald Reagan, dió un paso decisivo hacia la democracia y la paz. ¿Cual será el legado de Francisco Iº y de Donald Trump… Está por saberse.

Ese hombre sí camina por Milagros Socorro – ProDaVinci – 27 de Octubre 2019

 

Ese hombre sí camina

  1. 1. La Campaña Formidable. La instantánea de Carlos Andrés Pérez en el momento de saltar un charco fue captada en muchos lugares del país y con diferente atuendo. Esta fotografía de autor desconocido, que guarda la Fundación Fotografía Urbana, dista, pues, de ser la única en recoger el instante en que el entonces candidato a la Presidencia de la República despliega un gesto de bailarín para persistir en su briosa marcha sin que un pantano lo detenga.

La imagen corresponde a la campaña electoral de 1973. Era la primera vez que Carlos Andrés Pérez se presentaba a una de estas contiendas, que entonces experimentarían un cambio radical.

—La de 1973 dio inicio, en el país y la subregión, a la “americanización” de las campañas —explica la consultora Carmen Beatriz Fernández—. Venezuela fue uno de los países pioneros en la aplicación de conceptos de marketing político, al american style. Desfilaron por esa campaña dos grandes figuras: Joe Napolitan, con AD; y el recientemente fallecido David Garth, con Copei. Ambos fueron precursores del marketing político global cuyo principal aporte venía por el lado del empleo profuso de la investigación de opinión pública en la construcción del mensaje, así como la conducción de la campaña. Años después, cuando un periodista norteamericano le preguntó sobre la diferencia entre hacer campañas en USA y en Latinoamérica, Napolitan dijo: “en Latinoamérica son en español”.

El veterano reportero Ángel Ciro Guerrero fue el periodista de giras de Pérez durante esos años. Consultado sobre esta fotografía, Guerrero dice: “Recuerdo perfectamente el salto, largo y alto, cuya foto dio la vuelta al mundo y generó buena envidia en muchos atletas. La gente recuerda las famosas patillas, las camisas, las chaquetas a cuadros, la gestualidad, el enorme carisma, el conocimiento del país, de la situación mundial, la fuerza del mensaje, el respeto al adversario, la organización, perfecta en todo detalle de Carlos Andrés Pérez como candidato de AD. El salto era un movimiento en todo sentido, por eso tuvo tanto impacto, porque compendiaba muchas cualidades de un individuo fuera de serie”.

—Con entera propiedad —sigue Guerrero— puede afirmarse que el Mocho Hernández fue el primero que en Venezuela llevó a cabo una campaña electoral propiamente dicha, porque empleó formal y profusamente, mediante una buena estrategia, los diarios y semanarios de entonces; igual que utilizó los volantes, proclamas, pancartas, los mítines y discursos, además de reuniones, (que pudiéramos entender como los foros de ahora), sin olvidar que también ordenaba preguntar en todas partes cómo iba la suya y demás candidaturas.

“Pero fue Carlos Andrés Pérez, hace ya 40 años, el primero en desarrollar una campaña electoral moderna en todo sentido. Una campaña tan importante y bien llevada que todavía se le recuerda y se le envida; y que nadie, desde entonces, ha podido superar, ni siquiera Chávez. Y eso lo aseguran, lo avalan y lo sostienen los especialistas en tan difícil materia. Fue, sin duda, una Campaña Formidable, y así lo escribí en su momento”.

—En cuanto al salto —remata Guerrero— ningún candidato en la historia había usado ese recurso para proyectar su fuerza personal y su determinación de salvar todos los obstáculos”.

2. Ese hombre. Carlos Andrés Pérez nació en Vega de la Pipa, Rubio, estado Táchira, el 27 de octubre de 1922. Era el penúltimo de los doce hijos de Antonio Pérez, nativo de Colombia, y Julia Rodríguez, los dos modestos cultivadores de café. Hizo la primaria en el Colegio María Inmaculada de los Padres Dominicos de Rubio. En 1935 la familia se mudó a Caracas, por lo que Carlos Andrés estudió en el Liceo Andrés Bello. Al graduarse de bachiller, en 1944, se inscribió en la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Para ese momento ya tenía varios años de militancia. En 1938 estuvo entre los fundadores de la Asociación Juvenil Venezolana y se incorporó al Partido Democrático Nacional (PDN), creado por Rómulo Betancourt un año antes. El 13 de septiembre de 1941, cuando el PDN se convierte en Acción Democrática (AD), Carlos Andrés siguió ahí. Y siempre, en el círculo de confianza de Betancourt. Esa precoz vocación política y la intensa faena partidista lo apartaron de las aulas. Que no del estudio, como muchos creen sin asidero.

Resistente contra la dictadura perezjimenista, tuvo que salir al exilio y regresó a la caída del régimen. En 1960, el entonces presidente Betancourt lo nombró director general del Ministerio de Relaciones Interiores; y un año más tarde, titular del despacho. Había sido emplazado en ese cargo con la expresa tarea de enfrentar la guerrilla y las muchas conspiraciones que desde el nacimiento mismo de la democracia venezolana empezaron a asediarla desde los cuarteles y desde las montañas, siempre con el auspicio de Fidel Castro desde Cuba. Pérez le respondió al Presidente cumpliendo la misión de manera contundente y eso le granjeó el odio eterno de aquellos a quienes derrotó en el tablero de la violencia.

En la siguiente administración, la de Raúl Leoni, Pérez no tuvo cargo. Fue, eso sí, jefe del grupo parlamentario de AD… y ya albergaba aspiraciones presidencialistas. Sin embargo, como dijo Héctor Alonso López, “aunque Pérez hubiera podido ser candidato en 1968 (y no Gonzalo Barrios), siempre pidió a sus amigos que apoyaran al Dr. Barrios, pero tuvo la intuición que ese no era su tiempo y esperó una mejor oportunidad. El resultado lo confirmó: si bien es cierto que Caldera ganó con un margen fue muy apretado y hasta revisable, no hay dudas de que ha podido ser una derrota para él”.

3. Candidato, al fin. Así llegó 1972, al año siguiente serían las elecciones para designar al sucesor de Rafael Caldera. Pero los partidos no esperaron a 1973 para empezar la campaña, que dio inicio en el 72, lo que constituyó una de las muchas características peculiares de esa justa.

Ya en abril de 1972, Héctor Alonso López, quien aspiraba a la Secretaría Juvenil Nacional de AD, resolvió convocar en el Hotel El Conde a los jóvenes líderes que lo respaldaban en su aspiración. Se proponía anunciar públicamente su propia candidatura y ofrecer el apoyo a Pérez, entonces Secretario General Nacional de AD, de cara a la Convención Nacional, que tendría lugar en pocos meses y en la que se escogería al abanderado presidencial. “CAP”, recuerda Héctor Alonso López, “se enteró y, estando yo en plena rueda de prensa, llegó Sánchez, su portero y hombre de confianza, y me dijo: ‘el Secretario General le manda a decir que suspenda esto y se le presente en su despacho’. Pero ya era tarde, la rueda de prensa estaba terminando”.

El propio Pérez y el CEN de AD solicitaron medidas disciplinarias contra el líder juvenil, pero la amenaza de sanciones se desdibujó en la medida en que la candidatura de aquel tomaba cuerpo.

Efectivamente, en la Convención Nacional de Acción Democrática, que se hizo en el antiguo Teatro California, el 19 de agosto de 1972, se midieron los dos pretendientes de la candidatura de ese partido y Pérez le ganó a Reinaldo Leandro Mora por 290 votos a 111. El ganador contaba con el respaldo del Buró Sindical y, muy importante, con el de Betancourt, quien puso fin a los rumores según los cuales acariciaba la idea de volver a la Presidencia. Fue así como Carlos Andrés Pérez fue ungido con el encargo de recuperar el poder en las elecciones del 9 de diciembre de 1973.

Tenía a su favor su juventud (no había cumplido 50 años cuando se convirtió en abanderado de AD), una energía impresionante, así como una disciplina férrea, organizado hasta el más mínimo detalle, gran carácter, memoria colosal, extrovertido, arrojado, al tiempo que reacio a la pereza y a acumular rencores.

En su contra pesaba la imagen de policía implacable, que le venía de sus años como ministro de Relaciones Interiores de Betancourt. Era preciso darle revertir aquel concepto.

El candidato necesitaba un equipo que lo convirtiera en ganador.

4. Un equipo, dos consignas. El jefe de campaña fue David Morales Bello. El equipo lo conformaban:

Jacques Regis Etievan, presidente de Corpa Publicidad.

Nicomedes Zuloaga, socio accionista de Corpa Publicidad

Chelique Sarabia, creativo

Diego Arria, asesor de imagen

Simón Alberto Consalvi, director

Héctor Alonso López , secretario juvenil de AD

Joe Napolitan, Clifford White, George Gaither y Robert Squier, asesores internacionales

Alberto Federico Ravell, asesor estratégico

Este trabuco diseñó una campaña triunfalista, excepcional no solo por el hecho de que duró casi un año y medio, sino porque se inauguraron prácticas que todavía tienen vigencia.

Dos fueron los slogans que más sonaron: “Democracia con energía” y “Ese hombre sí camina”. La autoría del primero no está en duda, pertenece al publicista y escritor cubano Bernardo Viera Trejo, amigo de Nicolás Guillén, de quien Jacques Etievan solía decir que era hombre de textos cortos y almuerzos largos… Su propósito con esta consigna era revertir la carga negativa implícita en la reputación de policía represivo y darle un vuelco de manera que se apreciara esa firmeza como una ventaja puesto que el electorado estaría favoreciendo un hombre recio, infatigable en la faena de gobierno y con mano dura frente al hampa.

La otra frase, “Ese hombre sí camina”, identificaba a Pérez como hombre decidido y dinámico, que enfrentaba a un amodorrado Lorenzo Fernández, quien, por contraste, quedaba como un carcamal.

De su origen no hay una versión estable. Unos cuantos se atribuyen su concepción. Lo que sí sabemos con certeza es que formaba parte del jingle compuesto por Chelique Sarabia, quien afirma que, durante una gira en Rubio, una señora quiso ver al candidato, pero cuando atinó a asomarse ya había pasado como una exhalación; y que entonces ella suspiró: “Ese hombre sí camina…”. Chelique Sarabia dice haber pensado que eso de “sí camina” podía tener una doble lectura: tiene piernas veloces porque es activo y jovial; y es un hombre de avanzada. Finalmente, escribió un jingle pegajoso que inmediatamente se hizo conocido:

“Hombre pueblo, paso firme / y de una sola palabra / que no equivoca el camino / que nunca tuerce su rumbo. /Ese hombre sí camina, va de frente y da la cara (bis)/ Paso firme, voz abierta / risa franca, mano amiga / entrelazando destinos sobre la tierra sedienta. / Ese hombre sí camina, va de frente y da la cara (bis) / Caminemos con él de frente hacia el futuro / rescatemos con él las promesas marchitas. / Un hombre que no engaña, enérgico y sincero / que no equivoca el camino, que nunca tuerce su rumbo. / Ese hombre sí camina, va de frente y da la cara: ¡Carlos Andrés!”.

Por su parte, el fotógrafo Ángel Echeverría, coordinador de Imagen de la campaña, dice que durante una caminata en San Cristóbal, él iba junto a Miguel de Los Santos Reyero, encargado de Prensa, ambos rezagados con respecto a la muchedumbre. “En un momento nos pusimos al lado de tres campesinos que procedían de una zona cercana y oímos a uno de ellos observar: ‘Ese hombre sí camina’. Miguel me tocó el brazo y repitió admirado lo que el campesino había dicho. Y con su característica habilidad empezó a jugar con la frase y en pocos minutos ya tenía una idea… ‘va de frente y da la cara’… A las pocas horas el doctor David Morales Bello encomendó a Chelique Sarabia que le pusiera música aquel hallazgo. Y así nació el jingle”.

Ángel Ciro Guerrero, el periodista que el propio Pérez escogió para que estuviera con él en todas las giras y todos los eventos, dice que, efectivamente, esa consigna tiene muchos padres, pero la única y verdadera la protagonizaron “Carlos Andrés Pérez, la señora María, el querido y recordado maestro periodista José Pepe Consuegra y Ángel Ciro Guerrero”.

“El candidato asciende la calle empinada del Barrio Obrero, de San Cristóbal. La señora María, que sufre elefantiasis, lo espera en mecedora en el portón de su casa. El candidato se detiene, la abraza, ella lo besa, él se va y ella grita, admirada: ‘!Ese hombre sí camina!’. Yo escucho y anoto, se lo digo a Don Pepe, que está a mi lado. En la tarde redacto la nota de prensa, que se despacha a Caracas; y, de paso, una corta crónica exclusiva sobre el hecho para el Diario Vanguardia, en la que relato el acontecimiento porque la consigna ahí mismo comenzó a difundirse”.

—Al otro día, —continúa Guerrero—en todos los diarios del país salió mi nota de prensa en la que hablaba de la frase. A Miguel de los Santos Reyero, periodista, le gustó, no así a algunos integrantes de la Comisión de Medios, Estrategia y Propaganda, que no menciono por respeto. Pero a Regis Etievan, el gran publicista sí y a CAP también. Entonces, todos la aceptaron y algunos se la adjudicaron. Incluso Chelique Sarabia, que compuso la letra y la música de lo que fue un extraordinario hit. Lo bueno de toda esta historia es que la consigna marcó pauta: en adelante, las cuñas musicales son, en toda campaña, infaltables. La de CAP fue, sin duda, una campaña extraordinaria, irrepetible e inimitable. La historia de la política nacional así la tiene muy bien definida.

5. El salto. En 1972, Mario Abate era fotógrafo publicitario y trabajaba para Corpa Publicidad, cuyo presidente era Jacques Regis Etievan, “un francés enorme”, según recuerda Abate. “Medía dos metros y pesaba 190 kilos. Un día le dio un infarto en su casa y murió porque no pudieron moverlo. Su hija era médica y no pudo hacer nada. Cuando llegó la ambulancia ya estaba muerto”.

Etievan, que según Abate era un gran publicista, llamó a este a su oficina un buen día de 1972 para encargarle expresamente fotos en blanco y negro de Carlos Andrés Pérez con vistas a hacer un afiche. “Para ese momento la única publicidad de Pérez eran unas vallas con su imagen muy formal, vestido de flux negro y encorbatado”.

“Le pedimos una cita para ir a fotografiarlo”, cuenta Mario Abate. “Llegamos en la mañana temprano a su casa en Prados del Este. Y nos abrió la puerta él mismo. Me dijo: ‘mucho gusto, Carlos Andrés Pérez’. Y le dije: ‘Su cara me es conocida’.

—Ah, sí —me contestó él- hay una pancarta por ahí.

—Es un chiste, presidente— le aclaré yo.

Siempre lo traté de presidente. Estaba convencido de que si él sentía Presidente llegaría a serlo”.

En esa época, Mario Abate, que es pelirrojo, llevaba el pelo largo hasta los hombros. Solía usar seis collares y atuendos étnicos. La primera vez que se encontró con el candidato de AD para las elecciones del 73, lucía una camisa peruana con una faja tejida en la cintura y calzaba alpargatas (hábito que observó por diez años). Etievan le advirtió que no debía cambiar su manera de vestir, que fuera tal como hacía siempre. Esto constituyó un alivio para Abate, quien no tenía más ropa que aquella.

—Le pedí a Etievan —cuenta Abate— que hablara con él mientras yo le tomaba las fotos con una reflex 6 x 6, de las que se miran desde arriba. Pérez nos dejó hacer y la cosa iba bien… hasta que llegué a la conclusión de que no iba a poder cumplir con la orden de hacer las fotos en blanco y negro. Pérez tenía muchas cicatrices en la cara (debió tener mucho acné en su juventud), y pensé que en blanco y negro la imagen iba a ser muy dramática, así que puse un rollo a color. Tampoco estaba conforme con la actitud de Pérez quien estaba demasiado serio. Entonces, le di una instrucción:

“Haga cuenta de que soy la mujer más bella que usted ha visto, sonría para levantarme”. Miró hacia mí y vio una abundante barba roja. Se rió muy espontáneo y esa fue la foto para el afiche. Cuando Morales Bello vio la imagen, dijo que ese era el milagro alemán en fotografía.

Abate no especifica si le llevaron la foto al jefe de campaña antes o después de someterla a cierta intervención… Cuenta Alberto Federico Ravell que, cuando Mario Abate trajo la foto del afiche, todos estuvieron de acuerdo en que era estupenda: el candidato aparecía con la expresión adecuada y, en general, se veía muy bien. Pero había un problema. La sonrisa suavizaba el gesto… pero dejaba ver unos pronunciados colmillos que no favorecían el conjunto.

—Vamos a limarle esos colmillos, dije yo —evoca Ravell—. Eso, mucho antes de que existiera el fotoshop. De manera que le hicimos un fotoshop rudimentario y quedó muy bien. A Pérez le gustó mucho el resultado. Una semana después llegó con los colmillos limados de verdad. Sin decir nada, adaptó la realidad (la de sus colmillos) a lo que el equipo de campaña daba por bueno. Era un reflejo de la disciplina de Pérez. De hecho, tenía siempre dos equipos de asistentes, prensa y seguridad, porque ninguno le llevaba el trote. Tenía un secreto. Cuando se cansaba, se metía en una bañera llena hasta el borde de agua muy caliente, casi un cocido. Se sumergía en aquel caldo de pelar pollos y se quedaba dormido. Salía cuando se había enfriado. Como nuevo.

Tal fue el éxito de la foto del afiche que Carlos Andrés le pidió a Etevian que le asignara a Mario Abate en todas las giras.

—El esquema de las campañas electorales —dice Abate— se rompió con CAP. Hasta entonces, los candidatos llegaban a las concentraciones por la parte de atrás de la tarima, subían, daban el mitin y chao. Carlos Andrés hizo una campaña casa por casa. Contacto personal, abrazos, apretones de manos, sonrisas… La gente se sorprendía, porque eso no se había visto. Entonces lo seguían, de forma que cuando llegaba al mitin traía un gentío detrás. Pero no entraba por detrás, él llegaba al podio caminando en medio de la gente. Si había cinco cuadras llenas (llegó a haber 17 cuadras atiborradas), él penetraba entre la gente. Las mujeres lo pellizcaban, lo rasguñaban, los hombres lo palmeaban. Cuando llegaba a la tarima, estaba arañado y herido, con la ropa rota, pero feliz. En un día podía dar cinco mitines y, si en la caminata veía una casita, por allá, en un peladero de chivos a un kilómetro de distancia, él llegaba hasta allí. ‘Pero ahí vive una viejita sola’, le decían para disuadirlo. ‘No importa’, respondía. Y caminaba lo que fuera menester para ir a visitar a doña Rosa. Quien veía eso, lo salía a contar. Era una campaña de un signo diferente a todo lo que se hubiera visto antes: el contacto personal era más importante que el propio mitin. En ese año y medio de campaña visitó absolutamente todos los pueblos de Venezuela, ¡tres veces!

“Caminaba durante horas”, sigue diciendo Abate, “más rápido que los demás, dejaba atrás a los periodistas, a los escoltas, al muchachero. Eso era increíble. Era un hombre que creció en la montaña, tenía una gran resistencia en las piernas. Cuando era Presidente, iba al gimnasio a las 5 de la mañana todos los días, aunque se hubiera acostado a la una de la mañana”.

—Pérez se ejercitaba físicamente desde mucho antes de ser candidato —constata Héctor Alonso López—. Era exageradamente disciplinado en eso y en la alimentación. Lo mismo, por cierto, que con la lectura. Un día, en una marcha por Macuto, yo me separé del grupo porque me encontraba exhausto. Él, que siempre estaba vigilante, se percató. Al rato, cuando nos volvimos a encontrar, me dijo: “dónde te habías metido”. “Candidato, estoy cansado y tengo hambre”, le contesté. Y él me respondió: “Tú, tan joven, ¿no sabes que algún día todos tendremos el descanso eterno y que el hambre solo es mental?”.

Mario Abate dice: “en la medida en que se desarrollaba la campaña, su carisma crecía, hacía más cosas, daba zancadas más largas, trabajaba más horas, su energía parecía multiplicarse. Tenía una combinación imbatible: ganas y buenas suerte. Una vez, en Calabozo, estaba en la tarina hablando de las necesidades de la ciudad y, arrebatado por la emoción, preguntó: “¿Ustedes quieren agua? Yo les voy a dar agua”. Y en ese mismo instante se desató un coñazo de agua. Esto es así como lo estoy diciendo. Yo estuve ahí”.

Para mantener ese ritmo, el candidato dormía en carros, en autobuses, dondequiera que lo trasladaran de un pueblo a otro para los actos de masas. “Se quedaba profundamente dormido”, dice Abate. “No perdía oportunidad de descansar. Y solo tomaba agua. Jamás probaba refrescos. Tenía absoluto rechazo al azúcar, porque decía que le quitaba energías. Pérez sabía mucho de Medicina y Nutrición”.

Al preguntarle por la fotografía en la que aparece saltando el charco, Johan Rodríguez Perozo ha investigado que cuando apareció la primera tuvo tal impacto que todos los fotógrafos del equipo recibieron la orden de captarlo cada vez que se mandara una pirueta.

—En realidad —dice Mario Abate— Carlos Andrés saltaba todo lo que se encontrara delante de él. Desde entonces, las campañas se hacen como él. Así la hizo Chávez, exactamente como Carlos Andrés había establecido.

Según el cálculo de Ángel Ciro Guerrero, el candidato Pérez “caminó alrededor de 5 mil kilómetros, por callejones, quebradas, calles, avenidas, carreteras y autopistas de toda Venezuela. Ejemplos: Caracas, varias veces, punta a punta; Maracaibo, Maracay, Valencia y Barquisimeto, lo mismo. Descendía del avión y con la masa que lo esperaba en los aeropuertos caminaba hasta la tarima, muchos kilómetros. Su estilo, por supuesto, lo imitaron los candidatos de todos los partidos que hasta la fecha han presentado sus credenciales, unas buenas, otras no tanto, para ser presidente”.

6. De los testimonios de quienes estuvieron con Pérez en la campaña del 73 se desprende que, aún cuando escuchaba mucho a sus colaboradores, siempre se reservaba la última palabra.

—Pérez siempre fue subestimado —afirma Diego Arria—. Dicen que le escribían los discursos y que carecía de cultura. Nada más lejos de la realidad. Para el cierre de la campaña, le propuse hacer la última concentración en la Avenida Bolívar (pues me había enterado por un colaborador, Esteban Ballesté, de que Copei pensaba concluir la suya ahí). Fui a ver a Carlos Andrés y le dije: “tenemos que hacerla allí, donde nunca se ha hecho”. El comité de Estrategia se opuso, dijeron que no se llenaría. Pérez escuchó, como solía hacerlo, sin interrumpir, y entonces declaró: “Ahí la vamos a hacer. Si no puedo llenar la avenida Bolívar significa que no voy a ganar. Si es así, prefiero saberlo antes’”.

Ángel Ciro Guerrero recuerdo que Pérez fue el primero que llenó avenidas como la Bolívar y la Universidad, en Caracas. “La avenida Universidad, por cierto, la llenó con un mitin-doble, porque le habló a millares de personas ubicadas unas, desde la Iglesia del Corazón de Jesús hasta la Plaza O’Leary y, otras, desde la Iglesia Corazón de Jesús hasta más allá de la Plaza Morelos. Me atrevo a decir que ningún otro candidato ha podido superar sus concentraciones, ni en Caracas ni en las restantes capitales del interior”.

El escenario electoral de 1973 estuvo competido por doce candidatos en un universo de 4.375.269 votantes. Carlos Andrés Pérez obtuvo la victoria con 2.128.161 (49%) votos, de segundo llegó el candidato del oficialismo copeyano, Lorenzo Fernández, quien obtuvo el 36,7%. Además, AD sacó ventaja en las dos cámaras del Congreso, así como en la mayoría de las asambleas legislativas de los estados y los concejos municipales. El fervor de aquel evento fue tal que la participación del electorado alcanzó el 96,5% del censo.

***

Este texto fue publicado originalmente el 22 de diciembre de 2014 en Prodavinci. 

A %d blogueros les gusta esto: