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Seis Dólares por José Guerra – Diario 2001 – 17 de Febrero 2019

download.jpgEl salario mínimo en Venezuela es seis dólares, el más bajo del planeta tierra. Para poner esto en contexto es conveniente citar los precios de algunos bienes que conforman la canasta alimentaria en Venezuela expresados en dólares. Un kilogramo de carne cuesta 4 dólares, un kilogramo de queso blanco se adquiere con seis dólares, un kilogramo de arroz vale un dólar, entre otros bienes. Es cierto que la gasolina es gratis y la electricidad literalmente no tiene precio, pero aun así, este salario básico es ridículamente bajo. Tal vez por esos subsidios tan absurdos es que el salario es ínfimo. Pero lo que refleja con mayor claridad la depauperación en que viven los venezolanos es lo siguiente: en 1977 un estudiante de la UCV recibía una beca de Bs 600 mensuales, lo que equivalía a US$ 140, que en dólares actuales, cuarenta y dos años después son al menos US$ 2.500 mensuales. Eso no lo recibe ningún becario en ninguna parte del mundo, salvo en Qatar o en Emiratos Árabes.

El proceso de ruina en Venezuela cuya expresión son esos salarios de hambre, afecta a toda la Administración Pública, así un médico especialista tras más de veinte años de estudios apenas gana US$ 12, un General de la FAN su remuneración integral no pasa de US$ 50 mensuales para citar dos casos emblemáticos. Es claro que trabajar en el sector público en Venezuela se ha convertido en una labor de apostolado. Pero no todos pueden ser apóstoles y por tanto se generan incentivos para la corrupción. Es fácil apreciar funcionarios civiles y militares que con el salario que devengan jamás pueden justificar el modo de vida que llevan. Por ejemplo, no creo que pueda ser justificable que muchos integrantes de la espuria Asamblea Nacional Constituyente, tengan un vehículo cuyo precio excede los US$ 60.000, sin que se conozcan sus bienes de fortuna y muchos de ellos fueron militares golpistas que si llegaron a coronel fue mucho, y que nunca han tenido un trabajo formal o que puedan tener una formación que lo acredite para comprar un automóvil o camioneta por ese precio.

Ese salario de seis dólares mensuales es la expresión de un estado de catástrofe social que sufre el pueblo venezolano y que hace que más del 80% de los hogares viva en situación de pobreza. Obviamente de ello son responsables las devaluaciones sucesivas del bolívar y el cuadro de alta inflación e hiperinflación que sufre Venezuela. De esta manera, para volver a tener un salario decente primero debe producirse un cambio político que desplace a este régimen nefasto y al mismo tiempo avanzar en la aplicación de un programa económico que acabe con la hiperinflación y que propicie un crecimiento acelerado y sostenido de la economía.

20 años de revolucion bolivariana en Venezuela – AFP – Febrero 2019

Viajar a las antípodas cruzando solo una frontera por Maolis Castro – El País – 15 de Febrero 2019

El paso entre Cúcuta y San Antonio del Táchira es un vaivén diario de personas con sacos y carretillas para cargar alimentos y medicinas

Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar que conecta con Colombia.
Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar que conecta con Colombia. AFP

Yulimar Rivero cruza el puente internacional Simón Bolívar, que conecta Venezuela y Colombia, para comprar comida a precios más asequibles en la ciudad colombiana de Cúcuta. “Nunca imaginé que viajaría a otro país para hacer mercado [hacer la compra]. Esto es algo que uno cuenta y resulta increíble”, dice. Está rodeada de otros venezolanos; algunos circulan con sacos a sus espaldas, llenos de alimentos y otros productos, mientras otros llevan sus mercancías en carretillas. El vaivén se ha transformado en cotidiano desde hace dos años, al recrudecerse la crisis económica en Venezuela.

Su viaje comenzó el martes en la remota ciudad de Rubio (Táchira), a 45 kilómetros —y dos horas de coche— de Cúcuta. Rivero tiene 48 años, es menuda y dice que ha adelgazado como nunca durante la crisis. “Peso 42 kilos, tal vez menos. Mis hijas también están flacas, la niña de ocho años fue diagnosticada de desnutrición. Jamás en mi familia se había visto algo así, jamás. Negar la entrada de la ayuda humanitaria es ser desalmado”, dice.

Su hermano mayor, Luis Nelson Urueña, se ofreció a comprar la comida para ayudar. “La crisis ha hecho que muchas familias nos unamos para contribuir con los más afectados. Yo le compro comida [a Yulimar] cada vez que tengo dinero, pero a veces no es suficiente”, explica. Hasta finales de 2017 comprar en Colombia era más costoso, pero la hiperinflación revirtió esa tendencia.

Yulimar Rivero, con la cuenta de su compra.
Yulimar Rivero, con la cuenta de su compra. RAÚL ROMERO
Hasta hace dos años los venezolanos solo atravesaban el puente para conseguir productos que escaseaban en Venezuela. Ahora se hace para ahorrar unos cuantos pesos. La primera parada de los hermanos en Cúcuta es un puesto de comida rápida en una plaza. Yulimar se marea después de desayunar y necesita reposar unos minutos antes de proseguir hacia el mercado. “No estoy acostumbrada. Creo que no comer bien ya está afectando mi salud”, dice.

El trasiego de la frontera, recuerda el economista Ronald Balza, ha definido el llamado “dólar Cúcuta”, que ha servido de referencia para las transacciones en Venezuela, si bien fuertemente afectado por la baja oferta de divisas a causa de la inexistencia de un libre mercado y de las crecientes expectativas negativas de la economía venezolana.

Lo que en Venezuela empiezan a llamar dolarización de la economía, para Balza es la quema de ahorros en divisas de algunos venezolanos —lo que conlleva un mayor empobrecimiento— y la implementación del dólar como medio de pago, frente a los bolívares que se traga la hiperinflación, estimulada por una emisión de dinero desaforada por parte del Banco Central de Venezuela. “No hay un libre mercado, porque no hay operadores que presenten información a un ente autorizado. No se puede liberar un mercado que no existe, porque lo han destruido. No hay información que permita tomar decisiones, no hay tasa de inflación, simplemente se están permitiendo algunas transacciones pero en un ambiente de total opacidad, que no termina de crear un mercado con todas las garantías que debería tener”.

Para hacer la compra han reservado 220.000 pesos colombianos, equivalentes a unos 70 dólares (o 62 euros). Con ese presupuesto han podido viajar en taxi desde Rubio, comer algo y comprar alimentos suficientes para 15 días. “En Venezuela no hubiese sido posible, la hiperinflación se comería ese dinero en unos minutos”, indica Urueña.

Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar.
Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar. RAÚL ROMERO

El jabón, que cuesta 2.000 pesos en Cúcuta, se vende a 8.000 en San Antonio del Táchira, localidad venezolana a solo 11 kilómetros de Cúcuta. Pero no todos pueden comprar lo suficiente para varios días, y las personas con salarios en bolívares son las más perjudicadas. El sueldo mínimo solo alcanzaría para cubrir las necesidades alimenticias durante unas horas debido a la hiperinflación. Hace solo unos meses, Yulimar Rivero vendía verduras, pero el negocio se fue a pique por la crisis. “Me siento [como si viviera] en un pueblo fantasma, luego de las dos de la tarde casi todo cierra. La gente se ha ido de Rubio por la falta de oportunidades”, agrega.

El Centro de Documentación y Análisis Social (Cendas) de la Federación Venezolana de Maestros calcula que se requieren 300 dólares mensuales para comprar la canasta básica familiar. Pero, aun con dinero, es difícil obtener todos los alimentos en Táchira. “Si usted consigue aceite, no consigue leche… Estamos en una situación en que la gente tiene la necesidad de recurrir a Colombia para traer la comida”, relata Urueña. Él se siente afortunado respecto de otros venezolanos. “Ya vemos a personas del centro del país que vienen a comprar en la frontera. No solo vienen a buscar comida, sino medicinas y repuestos de vehículos, insumos, muchas cosas que no se consiguen en el mercado nacional”, asegura.

La moneda venezolana es rechazada en muchas zonas de Táchira. A diferencia de las divisas, pocos comercios aceptan transacciones con bolívares en la frontera. En contraste, los billetes de menor denominación son despreciados y los de alto valor, buscados. “El gas, el alquiler de las viviendas y los taxis se cobran en pesos [colombianos] desde el año pasado. ¿Qué hago con los bolívares? Se devalúan muy rápido, nadie los quiere. Están a punto de extinguirse como los dinosaurios”, afirma Yulimar.

La devaluación del bolívar ha convertido el peso colombiano en la moneda de hecho en los Andes venezolanos, pero eso no lo salva de ser devorado por la hiperinflación. Su paridad con el bolívar es solo una ilusión. Aferrados a esta realidad, muchos comerciantes aumentan los precios en ambas monedas.

Aumento de tarifas

Un empleado de un hotel alertaba el martes a sus clientes de que las tarifas, cobradas en pesos, serían aumentadas en breve. “Ya mañana aumentaremos los costos de las habitaciones porque la inflación sigue para arriba”, decía. Es la dinámica de la distorsión económica. Todos prefieren las monedas internacionales porque el bolívar es inestable. Urueña guarda en su billetera pesos y unos viejos bolívares ya fuera de circulación. “Son recuerdos”, lamenta.

La devaluación del bolívar no se detiene. “Después de la reconversión, quizás puedes conseguir algo que cueste 4.000 pesos o 4.000 bolívares, pero no hay que olvidar que en nuestra moneda ese monto tiene cinco ceros más que se le restaron en agosto. El valor del bolívar sigue bajando y en un punto se cruzan los montos [de bolívar y peso], pero si la emisión monetaria sigue como va y se sigue alimentando la hiperinflación, los precios en bolívares van a seguir subiendo y el bolívar va a seguir abaratándose”, explica el economista Ronald Balza, de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.

Cuando el salario mínimo solo da para un kilo de queso por Víctor Salmerón – ProDaVinci – 13 de Febrero 2019

Mientras Venezuela lleva semanas ocupando las portadas de los periódicos internacionales por la crisis política e institucional en la que está sumida, la economía se sigue desplomando día a día. El frenético aumento de los precios pulverizó la nueva moneda lanzada hace menos de seis meses por el gobierno de Maduro y el salario mínimo, que equivale a cinco dólares, es incapaz de proveer la alimentación básica. La industria se apaga y todo apunta a una mayor recesión.

Como las rejas tienen el mismo color, la cantidad de tiendas cerradas desde diciembre proyectan un halo gris a lo largo de Sabana Grande, el bulevar más transitado de Caracas. Dos ancianos legañosos piden comida a las puertas de una pizzería, jóvenes con zapatos gastados y camisas desteñidas compiten a los gritos para promocionar casas de empeño mientras otros venden cigarrillos detallados a lo largo del paseo peatonal, repleto de basura y postes con pendones rotos. En el emblemático Centro Comercial Chacaíto nadie camina con bolsas de compra y Nike está desolada, aunque ofrece rebajas.

A pocas cuadras de Sabana Grande, hacia el este de la capital de Venezuela, Angie Martínez acomoda sobre mesas de madera los quesos que vende junto a dos ayudantes en una urbanización de clase media. El kilo de queso duro, un producto básico porque acompaña a las arepas que las familias consumen a diario cuesta 16,500 bolívares: hace dos semanas valía 9,800 bolívares y el salario mínimo mensual es de 18,000 bolívares (US$ 5.5 al tipo de cambio oficial).

“No sé qué vamos a hacer, será comer arepas solas. El bolívar soberano ya no vale nada, pronto vendrá el supersoberano”, dice un hombre en bermudas que paga medio kilo de queso con su tarjeta de crédito. En agosto de 2018, el gobierno lanzó el bolívar soberano tras restarle cinco ceros a la moneda anterior, el bolívar fuerte, pero el alza de los precios ya evaporó la capacidad de compra del dinero al punto de que se necesita un fajo de 33 billetes de la mayor denominación para pagar un kilo de queso.

Las autoridades insisten en establecer “precios acordados” para los alimentos esenciales, pero la rebeldía de la economía ha derivado en anaqueles vacíos en los supermercados y un comercio informal que gana espacio en prácticamente todas las zonas de la ciudad. A pocos metros de los quesos, Marta Izaguirre coloca sobre una mesa de plástico los cartones de 30 huevos que intentará vender a 12,600 bolívares: hace dos semanas costaban 10,000 bolívares.

“Antes vendía unos cien cartones de huevos cada día, ahora si tengo suerte vendo veinte cartones. A mí me venden los huevos más caros así que tengo que subir el precio, a los más necesitados les regalo los que vienen partidos”, dice Marta mientras mueve a cada lado una cabeza espolvoreada de canas. Según cuenta, está alerta por si viene la Guardia Nacional: “Muchas veces nos quitan mercancía”, asegura.

En la calle, el comentario más extendido es que el pollo, al igual que los huevos, “no ha aumentado tanto”, solo 26% en quince días.

Economistas coinciden en que, tras no ahorrar durante el tiempo de los altos precios del petróleo, endeudarse masivamente y administrar caóticamente a PDVSA, la empresa petrolera del Estado, el Gobierno cayó en bancarrota y optó por crear dinero cual billetes de monopolio, dinamitando el equilibrio entre la oferta y la demanda. El resultado es la aceleración frenética de la inflación que, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, saltó a 1,370,000% en 2018 y este año podría alcanzar 10,000,000%.

El hambre

A cada lado de una empinada escalera de cemento hay viviendas con paredes de ladrillo sin frisar, techos de zinc con orificios por donde cae el agua cuando llueve y ropa colgada en las ventanas. Es La Vega, un típico barrio caraqueño donde habita el estrato de menos ingreso. En la parte más alta de la escalera, una cola serpenteante de niños espera por un plato de arroz, carne molida, ensalada y una ración de lactovisoy, la bebida con carbohidratos y proteínas para combatir la desnutrición.

“Al ver el hambre y el impacto en los niños decidí que tenía que hacer algo. Comenzamos a recibir donaciones de venezolanos en el extranjero, de distintas instituciones y creamos Sustento, una empresa de catering que genera ingresos. Con estos recursos, estructuramos una red de 80 comedores donde de lunes a viernes almuerzan 7,500 niños de ocho estados del país en zonas con alto riesgo de desnutrición”, dice Roberto Patiño.

Patiño tiene 30 años, es ingeniero industrial, hizo un posgrado en políticas públicas en la Universidad de Harvard y milita en Primero Justicia, un partido de oposición. Explica que “el sistema es la corresponsabilidad: las madres de los niños se encargan de cocinar, administran la comida y en una de sus casas funciona el comedor; aquí en La Vega se sirven cien almuerzos diarios”.

Yuleidys Flores tiene rostro de cansancio, 27 años, seis hijos y carga en brazos a Fabiannys, de solo trece meses. La sostiene con esfuerzo e intenta que la niña coma algo de arroz. “Ya mis otros hijos almorzaron aquí. En la casa les doy una sopita de verduras, algunos granos”, explica. “Mi esposo trabaja en mantenimiento, pero le pagan sueldo mínimo y además recibimos el bono (del gobierno), pero no nos alcanza para nada”.

Una vez al mes, el gobierno vende a precio subsidiado cajas de comida, pero el gobernante Nicolás Maduro ha prometido que pronto comenzarán a distribuirse cada quince días: “El mercado a la casa debería ser la consigna, la revolución lleva el mercado a la casa”, dijo Maduro.

Además, dependiendo del número de integrantes, las familias “vulnerables” reciben un bono mensual que puede llegar a un máximo de 14,400 bolívares (cuatro dólares al tipo de cambio oficial).

La última caja de comida distribuida en La Vega trajo tres kilos de arroz, dos kilos de caraotas, un kilo de lentejas, cuatro latas de atún de 125 gramos, dos litros de aceite, un frasco de mayonesa pequeño y otro de salsa de tomate, dos kilos de harina y un kilo de leche en polvo.

Esteban, un moreno alto con la cabeza rapada es miembro del comité que organiza el reparto de las cajas. Dice que “hay mucha necesidad” en la zona, como familias de cinco o seis personas que tienen que comer con una caja. “Ayer vecinos me decían, Esteban no tengo nada en la casa”, lamenta.

“Tratan que los niños se despierten lo más tarde posible para enviarlos al comedor al medio día, luego los mandan a la escuela en la tarde y en la noche les dan de cenar lo poco que pueden”, añade.

Los recortes

El mercado de Quinta Crespo está en pleno centro de Caracas. Paredes descascaradas y descoloridas afean la edificación de 1951 donde comerciantes venden ropa y alimentos. Al fondo de uno de los pasillos está la pescadería y el vendedor atiende a clientes que piden “recortes”: restos de cabeza y cola de pescados, que son lo más vendido.

En la carnicería los cortes de “bofe”, los de menor calidad junto al corazón de res, tienen alta demanda. N everas vacías muestran el impacto de la escasez y llama la atención la cantidad de puestos de venta de ropa que están cerrados. Un vendedor de frutas señala: “La gente apenas puede comer, ¿cómo van a comprar ropa?”.

A una cuadra del mercado, vendedores ambulantes ofrecen bolsitas plásticas con 100 gramos de café o 150 gramos de azúcar. Mary Espinoza viste una franela de rayas, mira la avenida con expresión de fastidio y explica que “hay mucha gente que solo puede comprar este poquito que les vendo, para tomarse un cafecito”.

Mary tiene dos hernias discales que asegura son la consecuencia de los muchos años que trabajé con frutas y cargando cajas. “Ahora tengo 53 años. No puedo comprar las medicinas, cuando el dolor es muy fuerte consigo una pastillita de ibuprofeno en la farmacia”, lamenta.

De acuerdo con las cifras oficiales, a pesar de la hiperinflación y la pérdida de capacidad de compra del salario, la pobreza extrema no ha aumentado en los últimos cuatro años. Al contrario, disminuyó desde 5.5% de la población a 4.4%. Nicolás Maduro asegura que se debe a “que hay una revolución socialista, una revolución cristiana que multiplica panes y peces”.

No obstante, la Encuesta de Condiciones de Vida que elaboran las tres principales universidades del país sostiene que en 2018 el 94% de los encuestados afirmó que sus ingresos son insuficientes para cubrir todas las necesidades básicas. Además, la medición multidimensional de la pobreza que evalúa la vivienda, el funcionamiento de los servicios básicos, el acceso a la educación, empleo y protección social, arrojó que 48% de los hogares son pobres.

Todo gira en torno al dólar

Como cada día el bolívar tiene menos capacidad de compra, los venezolanos buscan deshacerse del dinero lo más pronto posible, saben que mañana todo será más caro y han comenzado a adoptar el dólar como unidad de cuenta. Técnicos que reparan electrodomésticos, abogados, médicos, arquitectos, calculan el costo de sus servicios en billetes verdinegros.

“Yo cobro por mi consulta el equivalente a 30 dólares, lo voy ajustando de acuerdo al tipo de cambio, es la única manera de tener una idea de cuánto estás cobrando. El bolívar ya no es una referencia porque no vale nada”, dice Santiago Polanco, odontólogo.

De manera subrepticia, las tiendas de electrodomésticos, teléfonos celulares y equipos de computación también han adoptado la moneda estadounidense como patrón. Los precios están en bolívares, pero los vendedores le hacen saber al público el equivalente en dólares y que no hay ningún tipo de inconveniente para pagar con divisas.

El malestar de la economía ha dado pie a una paradoja en el Socialismo del Siglo XXI. Los sectores que tienen acceso a dólares como profesionales que trabajan para compañías extranjeras, quienes reciben remesas de familiares que se han marchado al extranjero o los que pertenecen a la pequeña capa de la sociedad con ahorros en divisas se mueven en una economía con un nivel de abastecimiento aceptable, mientras que el resto vive en la carencia.

En las bombas de gasolina no hay aceite de motor, pero en el mercado informal una garrafa de cinco litros de “aceite Castrol sintético” puede comprarse en 50 dólares, “en efectivo o por transferencia”.

La escasez está asociada al descalabro de la industria petrolera, la fuente de 96% de los dólares que ingresan a Venezuela. La cantidad de barriles que se extrae diariamente es la mitad de lo que era en 2013 y las importaciones, tanto de productos finales como de materia prima, han descendido a mínimos históricos.

De acuerdo con los últimos datos de Conindustria, la asociación que agrupa a las empresas manufactureras, al cierre del tercer trimestre de 2018 el 45% de las empresas utilizó menos de 20% de su capacidad de producción por la falta de materia prima.

A la hiperinflación y la recesión se añadirá el impacto que tendrán las sanciones de Estados Unidos, que considera a Nicolás Maduro como un mandatario ilegítimo y suspendió la compra de petróleo. La economía venezolana acumula veinte trimestres consecutivos de caída y todavía no toca fondo.

3 tragedias que desmontan la Venezuela imaginaria de Maduro por Zenaida Amador – ALnavío – 13 de Febrero 2019

A más de un mes de haber finalizado su período constitucional de Gobierno, Nicolás Maduro sigue aferrado a la Presidencia de Venezuela. Lo hace deslegitimado y con un amplio rechazo popular. Pero además lo hace negando la existencia de los grandes problemas que golpean con fuerza a la población. Niega que haya una tasa de inflación de siete dígitos, afirma que la diáspora es un invento de los medios y descarta que haya una crisis humanitaria. La Venezuela de la que Maduro habla es una que los venezolanos no conocen.
Maduro: “Venezuela no es un país de hambruna” / Foto: EFE
Maduro: “Venezuela no es un país de hambruna” / Foto: EFE

Nicolás Maduro se afana por mostrar una Venezuela de folleto, una que necesita 10 años más de chavismo para que se vean los logros de la revolución bolivariana. Por eso anunció la “Misión Venezuela Bella” y lanzó algo que dio en llamar “Marca País Venezuela Abierta al Futuro” para promover el turismo y la inversión extranjera.

Afirma que los problemas son retórica opositora e inventos en su contra. “Es el momento de la estrategia Marca País para que salga la verdad de Venezuela, la belleza de Venezuela y todo el que quiera venir, venga a compartir esta tierra”.

Nicolás Maduro

@NicolasMaduro

En este momento, en el que las empresas de comunicación mundial mienten tanto, invitamos a todos a que vengan a compartir las bellezas de nuestra tierra de paz y la incomparable calidez y solidaridad del pueblo venezolano.

Pero Venezuela hierve en protestas debido a la falta de alimentos y medicinas, a la pérdida del poder de compra del salario en medio de una severa hiperinflación, y a las fallas de los servicios básicos. No hay parecido entre el país que los venezolanos viven y el que Maduro dibuja en cada entrevista que ha dado a los medios internacionales y en cada una de sus apariciones públicas de las últimas semanas.

Acá tres puntos clave que desmontan la tesis de Maduro:

1) No hay crisis humanitaria

“Tenemos un 4,4% de pobreza extrema. Claro que queda por superar. Pero venimos de un 25% y hemos reducido todos los índices de desigualdad. Tenemos índices reconocidos por los organismos internacionales del mayor nivel en la igualdad de la inversión social. ¿Tenemos problemas? Claro. Pero Venezuela no es un país de hambruna. Tiene altísimos niveles de nutrientes y de acceso a la alimentación. Ese estigma, ese estereotipo que nos han querido montar tiene un solo objetivo: presentar una crisis humanitaria que no existe en Venezuela para una intervención”.

Nicolás Maduro se afana por mostrar una Venezuela de folleto, una que necesita 10 años más de chavismo para que se vean los logros de la revolución bolivariana. Por eso anunció la “Marca País Venezuela Abierta al Futuro”

Estas afirmaciones de Maduro a BBC Mundo intentan echar por tierra la campaña liderada por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, para canalizar el ingreso a Venezuela de la ayuda humanitaria internacional que por largos meses ha sido ofrecida por diversos países para ayudar a los venezolanos y que Maduro y sus funcionarios han bloqueado. Pero ¿existe realmente esa emergencia o es sólo el resultado de las sanciones económicas internacionales aplicadas, como argumenta Maduro?

En el último lustro, a causa del desplome de los precios petroleros, el país sintió con rigor el impacto de un largo proceso de desmantelamiento del sistema económico existente como parte de la aplicación del llamado socialismo del siglo XXI. Se llevaron adelante expropiaciones, intervenciones y cierres de empresas, a la par de una aguda desinversión en la industria petrolera, cuyos efectos se encubrían con la petrochequera que pagaba importaciones y permitía una robusta corrupción para garantizarle el piso político al Gobierno. Pero al caer los precios del crudo el modelo expuso las costuras y el país acumuló, al cierre de 2018, cinco años consecutivos de contracción económica en los cuales se destruyó más de 50% del PIB.

La escasez de productos básicos, fenómeno que desde 2007 rondaba al país, se volvió un problema agudo a partir de 2013. Algunos rubros desaparecieron por completo del mercado, lo cual ha sido crítico en el caso de los medicamentos y suplementos quirúrgicos y hospitalarios.Maduro: “Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo” / Foto: EFE

Maduro: “Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo” / Foto: EFE

Una investigación de la Universidad Católica Andrés Bello da cuenta de que entre 2012 y 2017 hubo un desplome del consumo de rubros clave como pollo (-48%), pescado (-68%) y leche líquida (-77%) ya sea por la escasez de los productos o porque, debido a la inflación, los ciudadanos no podían adquirirlos.

La pobreza, según estudios de las principales universidades del país, ha venido en aumento. En 1998 había 45% de los hogares en pobreza, en 2014 un 48%, en 2016 se elevó a 81% y para 2017 alcanzaba 87% de los hogares.

Según el Observatorio Venezolano de la Salud, Venezuela pasa por una Emergencia Humanitaria Compleja desde 2015. Vale acotar que las sanciones económicas contra el régimen de Nicolás Maduro comenzaron en agosto de 2017, pero los problemas estructurales que dieron lugar a esta situación llevan largos años gestándose.

2) No hay inflación de 1.000.000%

“Claro que tenemos problemas, sobre todo el de una agresión económica. Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo. Ustedes (los periodistas occidentales) no cuestionan ninguna cifra con tal de que esa cifra sea contra Venezuela”.

Con esta respuesta Maduro desestimó los cálculos que hace la Asamblea Nacional, según los cuales entre enero de 2018 y enero de 2019 la variación de la inflación llegó a 2.688.670%. ¿Es real esta tasa de inflación o es una exageración del Parlamento?

Pero Venezuela hierve en protestas debido a la falta de alimentos y medicinas, la pérdida del poder de compra del salario en medio de una severa hiperinflación, y las fallas de los servicios básicos

Lo primero que se debe aclarar es que desde 2015 el régimen de Maduro oculta tanto las cifras del desempeño de la economía y la evolución de los indicadores sociales como el alcance de los compromisos que suscribe por la República a nombre de todos los venezolanos. Dado que el Banco Central de Venezuela dejó de suministrar los datos de inflación, algunas firmas privadas, organismos internacionales y la propia Asamblea Nacional comenzaron a realizar cálculos propios para hacer un seguimiento a este indicador.

Aunque las cifras pueden variar ligeramente entre una fuente y otra, todas exhiben la gravedad de la situación, ya que desde octubre de 2017 Venezuela comenzó a experimentar tasas mensuales de inflación sobre 50% y entró en una agresiva hiperinflación.

Dada la falta de atención a los problemas de fondo que generan la inflación, como la recurrente emisión monetaria para financiar el gasto del Gobierno, el Fondo Monetario Internacional calcula que en 2019 la variación de los precios estará sobre 10.000.000%.

Si bien el régimen de Maduro se niega a reconocer la inflación, algunas de sus acciones son reveladoras. En agosto de 2018 se hizo una reconversión monetaria para quitarle cinco ceros a la moneda, a fin de facilitar el manejo de las cifras abultadas por el efecto inflacionario. A la fecha las cifras ya se aproximan a los valores de hace seis meses.Maduro: “Somos un país receptor de inmigrantes” / Foto: EFE

Maduro: “Somos un país receptor de inmigrantes” / Foto: EFE

Además, entre enero de 2018 y enero de 2019 Maduro autorizó sucesivas alzas del salario mínimo que implicaron un aumento acumulado de 740.000%.

3) No hay una diáspora de millones de venezolanos

“Se ha exagerado toda la campaña que se ha hecho sobre la migración en Venezuela. Somos un país receptor de inmigrantes (…) Sin lugar a duda, producto de la guerra económica, hay un fenómeno nuevo de emigración. Nosotros tenemos los números oficiales y no pasan de 800.000 los venezolanos que se han ido en los últimos dos años buscando alternativas”.

Estas afirmaciones de Maduro a BBC Mundo intentan echar por tierra la campaña liderada por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, para canalizar el ingreso al país de la ayuda humanitaria internacional

Maduro niega así los señalamientos hechos por varios países de la región ante la OEA y la ONU sobre el impacto que han sentido por el ingreso masivo de venezolanos que huyen de la crisis económica. ¿Son ciertos estos señalamientos o es un montaje mediático?

Se calcula que entre 1998, cuando Hugo Chávez ganó por primera vez las elecciones presidenciales, y 2014, alrededor de dos millones de venezolanos salieron del país huyendo de la inseguridad y la crisis económica, según el sociólogo Tomás Páez, que ha investigado este fenómeno por más de una década.

Pero lo más grave ha ocurrido desde esa fecha para acá, en consonancia con la acentuación de la crisis económica. La ONU calcula que tres millones de personas salieron de manera forzada del país desde 2014, es decir, 10% de la población venezolana.

Las últimas salidas han sido cruzando la frontera por tierra, incluso sin pasaporte ni recursos y en condiciones de alta vulnerabilidad, generando graves efectos en las naciones receptoras de estos migrantes.

De no ocurrir un cambio en las condiciones del país, uno de cada seis venezolanos habrá dejado el territorio para el cierre de 2019, según estima el Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes de Venezuela.

Pero Maduro niega la realidad. Y dice que en 2018 aumentó el consumo de electricidad, aumentó el consumo de gasolina, aumentó la escolaridad. En su opinión, si todo ello aumentó, ¿cómo es que se fue tanta gente?

Venezuela: las opciones de política cambiaria por Aurelio Concheso – Panampost – 10 de Febrero 2019

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Si bien los ojos del mundo están colocados en la crisis política, social y humanitaria de Venezuela, los economistas especulan (y difieren) sobre qué hacer una vez que lo peor haya pasado.

El “Plan País” de la Asamblea Nacional es claro en varios aspectos de materia económica. La hoja de ruta contempla subsidios a sectores específicos, el anclaje del bolívar con respecto al dólar y la inversión privada en los servicios públicos, entre otras cosas”, reza el mencionado documento. Pero, concretamente ¿qué significa anclaje cambiario? Como tantas otras cosas, depende del cristal con que se le mire, porque hasta Maduro habló de anclaje cuando fijó la tasa de cambio en 60 bolívares el pasado agosto, para que en solo seis meses llegara a los 3,297 bolívares al que está hoy. ¡Vaya anclaje!, se podría decir.

Dejando a un lado ideas fantasiosas como anclarlo a un instrumento fantasioso como el petro, hay varias formas de anclar la moneda local para que no pierda valor y no pulverice los ahorros de los venezolanos.

La primera, y la preferida por la mayoría de los economistas venezolanos es un esquema de flotación libre con bandas (superior e inferior). Al llegar cerca de esas bandas, el Banco Central interviene comprando o vendiendo la moneda local según el caso. En economías estables con inflaciones inferiores al 5% como las de nuestros vecinos y con un banco central totalmente independiente de las presiones políticas, este sistema funciona muy bien por la flexibilidad que da ante shocks externos e internos. En situaciones extremas como la que vivimos, sin embargo, su capacidad para eliminar la hiperinflación de manera inmediata es limitada. Quienes lo recomiendan hablan de un período de más de uno o dos años para llegar a inflaciones de 5%.

Del otro lado de espectro está la dolarización, como la que hizo Ecuador. Así, se frenará la hiperinflación de raíz y de manera inmediata, y termina teniendo apoyos populares de hasta 95% que hace políticamente difícil revertirla. Quienes adversan esta solución, advierten que cuando la economía crezca, algunos sectores pueden perder competitividad internacional. Equiparan la dolarización con un carro sin amortiguadores ante shocks externos, lo cual puede ser cierto en el largo plazo. Pero como dicen algunos, ojalá nosotros llegáramos algún día a tener ese problema.

Un mecanismo intermedio es la caja de conversión o junta monetaria, aplicada con éxito por muchos países de Europa Oriental a la caída del comunismo, y en Argentina en 1990. En este sistema, el banco central renuncia a su potestad de emitir bolívares, y los que entran en circulación son iguales a las reservas de la moneda de conversión. Esa moneda puede ser el dólar, el euro o el yen. Estamos como estamos en el área del dólar en términos de intercambio, entre otras cosas, porque las transacciones petroleras son en esa moneda, que debería ser la nuestra. Al igual que la dolarización, la caja de conversión corta la hiperinflación de raíz, y en menos de un mes baja alrededor de un 2% anual; es decir, una estabilidad absoluta que contribuye a recomponer el equilibrio de los precios relativos, y de paso a aumentar el caudal político del gobierno que la aplique. Por otra parte, en el mediano plazo la caja de conversión permite la migración a un sistema de bandas cuando la economía, y la madurez institucional del país estén listos para ello.

Tal vez la mejor opción sea una caja de conversión de inmediato, dejando abierta la posibilidad que la misma evolucione hacia una flotación con sistema de bandas, pero una vez que haya habido, por lo menos, dos años ininterrumpidos de inflaciones entre 2 y 3% anual, y el riesgo país haya descendido a 150 puntos básicos. Hacer cualquier cambio antes de eso es arriesgar volver a las de devaluaciones e inflaciones que nos ha acompañado por décadas y nos trajeron hasta esta pesadilla hiperinflacionaria que ha desgarrado a la nación.

Inflación Enero 2019 – Asamblea Nacional – Febrero 2019

En Venezuela se profundiza la crisis económica mientras se gestiona la transición política por Zenaida Amador – ALnavío – 28 de Enero 2019

No ha concluido el primer mes de 2019, pero para los venezolanos es como si ya hubiera transcurrido un año entero, no sólo por la abrumadora cantidad de acontecimientos registrada sino también por la velocidad a la que se profundiza el deterioro económico. Y es que mientras se gestiona la transición política y Nicolás Maduro sigue resistiendo a su salida del poder el país va quedando sumergido en la parálisis, la escasez y la hiperinflación.
Maduro seguirá adelante con su estrategia económica / Foto: @NicolasMaduro
Maduro seguirá adelante con su estrategia económica / Foto: @NicolasMaduro

Aunque Juan Guaidó asumió las competencias del Ejecutivo Nacional como presidente encargado de Venezuela la operatividad del país sigue en manos de Nicolás Maduro, quien en la última semana ha reiterado que seguirá adelante con su estrategia económica contra viento y marea. “Yo no descuido ni un segundo mi labor como Presidente, jefe de Estado, jefe de Gobierno, todos los días estamos atendiendo la actividad económica”, afirmó sin atisbo de cambios en su plan de control económico y de hegemonía estatal.

Ante esto, Guaidó ya anunció que en febrero llegará ayuda humanitaria internacional para atender necesidades básicas de la población. “Ya iniciamos con un monto inicial, 20 millones de dólares es el monto logrado inicialmente, vendrá mucha más ayuda, nos hemos comunicado con los países de Chile, Colombia, Brasil, Paraguay, Panamá y pare de contar, todos, España, todos decididos a respaldar porque saben que nuestra gente la está pasando muy mal, saben que es el motivo de la migración, saben que es el motivo de la muerte y mortalidad infantil”.

Aunque Juan Guaidó asumió las competencias del Ejecutivo Nacional como presidente encargado de Venezuela la operatividad del país sigue en manos de Nicolás Maduro, quien en la última semana ha reiterado que seguirá adelante con su estrategia económica contra viento y marea

Esta ayuda humanitaria, según explicó, inicialmente será gestionada a través de organizaciones no gubernamentales como Cáritas y la Cruz Roja, así como de la sociedad civil organizada y la Iglesia Católica, a fin de darle celeridad a su manejo tras seis años de negativa del Gobierno de Maduro a recibirla.

Desde las filas de Nicolás Maduro consideran que en Venezuela no es necesaria dicha ayuda y así lo han expresado sus funcionarios incluso ante instancias internacionales, aun cuando la crisis humanitaria ha sido uno de los principales motores de la diáspora de más de 3 millones de venezolanos en los últimos años.

Pero mientras el mundo fija posición sobre la situación política venezolana y se sigue impulsando la salida de Maduro del poder, que asumió de forma ilegítima el pasado 10 de enero, las protestas populares colman las calles no sólo para reclamar un cambio de Gobierno sino también un cambio en la política económica.

Tan sólo en los primeros 15 días de enero los precios presentaron una variación de 132,11%, según el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico, Cedice Libertad. En 2018, según las estimaciones de la Asamblea Nacional, la inflación del año fue de 1.698.488% y para 2019, como mínimo, el Fondo Monetario Internacional la ubica en 10.000.000%.

Los venezolanos no dudan de estas cifras porque viven en carne propia el rigor de la hiperinflación, que devora con furia el poder de compra. El pasado 14 de enero Maduro aprobó un aumento de 300% con el cual el salario mínimo escaló a cerca de 6 dólares al mes, un monto que tan pronto fue decretado ya era insuficiente para atender las necesidades alimenticias mínimas.Guaidó anunció que en febrero llegará ayuda humanitaria internacional / Foto: @juanguaido

Incertidumbre y parálisis

A la paralización típica del inicio del año, por las vacaciones colectivas que se suelen dar en diversos sectores por causa de las festividades navideñas, se suma la incertidumbre generada por la crisis política y por las manifestaciones callejeras que, en algunos casos, han terminado en saqueos, lo que acentúa la escasez. De allí que muchos supermercados estén abiertos, pero prácticamente sin mercancía y los pocos productos que llegan para la venta no pueden ser comprados por la mayoría debido a sus precios.

El aparato productivo está paralizado y las perspectivas, en caso de que no haya un cambio de rumbo, es que en 2019 la contracción del PIB será de 30%, según cálculos de Ecoanalítica. Entre 2013 y 2018 ya se perdió 53% de la actividad económica en uno de los más oscuros períodos de crisis que ha vivido Venezuela.

Esta postura de Maduro hoy le pasa una factura sin precedentes y pareciera ya no tener margen de maniobra para permitirse el giro que le permita sostenerse en el poder sin seguir asfixiando al aparato productivo y, en consecuencia, a la población

No en vano Oscar Schemel, uno de los miembros de la Asamblea Nacional Constituyente, le ha lanzado una alerta urgente a Maduro en su intento por “salvar” la revolución. “La política económica es el talón de Aquiles, que debilita la defensa y protección de nuestra nacionalidad y nuestra independencia. El presidente Nicolás Maduro debe entenderlo de una vez por todas que ahí está la gran debilidad de la revolución. Y que necesita acciones inmediatas, urgentes, en el terreno de la política económica para superar los problemas de hiperinflación y desabastecimiento, producción y crecimiento económico del país. Yo creo que ya está bueno. Hay que tomar cartas en el asunto. No pueden demorar más las decisiones definitivas y contundentes… en el campo económico”.

Vale decir que tales decisiones han sido retrasadas desde 2013, cuando Maduro llegó a la Presidencia, y aunque todos los sectores de la vida nacional han clamado por un cambio en el modelo, para evitar el colapso de la economía, la decisión final ha sido seguir adelante sin rectificación para evitar la pérdida del control político. Esta postura de Maduro hoy le pasa una factura sin precedentes y pareciera ya no tener margen de maniobra para permitirse el giro que le permita sostenerse en el poder sin seguir asfixiando el aparato productivo y, en consecuencia, a la población. Y esto sin tomar en cuenta las restricciones asociadas a las acciones de los países que desconocen su Gobierno y que facilitarán el proceso para un cambio liderado por Guaidó para llamar a elecciones legítimas.

Crónica del viaje a una Venezuela sofocada, quebrada e impaciente por Daniel Vittar – Clarin – 26 de Enero 2019

Casi no hay bolívares en la calle. Falta de todo, menos el enojo. Impresiones de un enviado especial.

Habitantes del barrio 5 de julio hacen fila para comprar gas en Caracas. (Foto: EFE)

A Venezuela le cabe mejor que a Perú el sarcasmo ácido que usó para su país Mario Vargas Llosa, en Conversación en la Catedral. ¿Cuándo se jodió Venezuela? Fue con el despotismo de tantos gobiernos conservadores; con Hugo Chávez, el líder que prometió un mundo diferente; o fue con Maduro y su ineptitud y su corrupción. Difícil decirlo, pero lo cierto es que está jodida.

Un manifestante de una barriada pobre muestra una bomba de gases que le lanzó la policía del régimen. (Foto: EFE)

Un manifestante de una barriada pobre muestra una bomba de gases que le lanzó la policía del régimen. (Foto: EFE)

En la ciudad no es diferente.

Comercios, bares y restaurantes perdieron hace rato la clientela. El parque automotor envejece lacónico ante la imposibilidad de contar con repuestos locales. “Quién puede pagar 200 dólares un neumático si el sueldo mínimo son seis dólares”, dice José Antonio, manejando un taxi importado de China. “Cambiar una batería es imposible, todo viene de afuera”, apunta.

La economía venezolana se dolarizó a fuerza de hiperinflación y pese al rígido control cambiario. Esta dualidad descoloca a cualquier visitante. Casi no hay bolívares en la calle. El Estado no imprime después de la fuerte devaluación del año pasado y de la reforma monetaria que le sacó cinco ceros a la moneda local.

Los venezolanos utilizan la tarjeta de débito para cualquier compra. Pero para los extranjeros es más complicado ya que son muy pocos los comercios y hoteles que aceptan tarjetas de otros países, lo que obliga a pagar en dólares.

Un mercado este enero en Caracas con los anaqueles vacíos debido al enorme desabastecimiento que sufre el país. (Foto: EFE)

Un mercado este enero en Caracas con los anaqueles vacíos debido al enorme desabastecimiento que sufre el país. (Foto: EFE)

El problema es a cuánto toman el valor del dólar. El precio oficial es de 1.100 bolívares, pero en el paralelo la divisa extranjera se paga 2.500 y hasta 2.800. Por lo tanto todos se desesperan por los dólares. Es la única manera de ganarle algo a la hiperinflación, que obliga a cambiar los valores de los productos todo el tiempo. “Yo le puedo dar el precio de los platos hoy; mañana es otro”, aclara Diosamel en un restaurante de Altamira, intentando combatir como puede la crisis. “Nosotros tenemos una inflación diaria de 5 o 6 por ciento”, argumenta.

En este descalabro cotidiano asoma ahora una tibia esperanza por una alternativa política que no termina de cuajar, y que nadie sabe o sospecha cómo puede concluir. Después de un año de letargo, producto de la sangrienta represión de los grupos paramilitares y de los efectivos de las fuerzas de seguridad, revivió la rebelión social con la aparición de un nuevo líder opositor, Juan Guaidó, quien asumió una presidencia interina con la firme intención de convocar a elecciones libres y transparentes.

Muchos creen que esta es la salida que estaban esperando, la revelación de una opción diferente a tanto desatino. Sostienen que Maduro está acorralado por la presión de la comunidad internacional. Inclusive los sectores de izquierda, que hasta hace poco apoyaban al hombre que había dejado Hugo Chávez en el poder, ahora aceptan la “intromisión” de Estados Unidos. “No me gusta, pero es la única salida”, dice Dyosmar, tragando saliva.

Inclusive las barriadas más populares, las que crecieron colgadas de los cerros de Caracas y fueron las grandes beneficiarias de los planes sociales, hoy se rebelan contra el poder de Maduro. “Si vos veías las marchas de hace unos años había sólo gente blanca, de clase media o alta. Hoy es multiclasista”, dice Dyosmar, tratando de fortalecer su tesis de que Maduro se quedó ya sin apoyo popular.

El hombre me señala las humildes viviendas que rodean Caracas, donde viejos edificios que construyó el Estado -cuando era benefactor-, y dice que la gente ya no quiere las raquíticas cajas de la alimentos (CLAP) que les dan una o dos veces al mes. “No les sirve de nada, no traen nada. La gente quiere trabajo”, afirma.

Venezuela vive un persistente letargo. Se mueve lenta, como adormecida. Un estado que se rompe por momentos con sangre en las calles, con batallas silenciosas en los barrios de casuchas frágiles. Espasmos de rebeldía. El resentimiento que muestra los dientes. Lo distinto ahora es que esa rebelión no sale solo de los barrios acomodados. Baja de los cerros, con el rencor que dejan las promesas incumplidas. Venezuela está jodida, pero no se rinde.

Nicolás Maduro anuncia nuevo salario mínimo de 18.000 bolívares – ProDaVinci – 14 de Enero 2019

El lunes 14 de enero de 2019, Nicolás Maduro anunció nuevo salario mínimo que pasa de 4.500 a 18.000 bolívares soberanos a partir del 15 de enero. Maduro también anunció que el valor de la unidad de cuenta petro pasó de 9.000 a 36.000 bolívares.

La variación nominal del salario mínimo anunciada es de 300%. La Asamblea Nacional (AN) reportó una inflación de 141,75% en diciembre, y el 2018 cerró con una inflación de 1.689.488,2%.

Desde el 17 de agosto de 2018, cuando Maduro anunció el Plan de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica, el salario mínimo nominal ha aumentado 900%. Desde agosto a diciembre de ese año, los precios aumentaron en 4.783%, de acuerdo a las cifras de la AN, lo que representa una caída de poder de compra de 79,52% del salario mínimo.

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