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Políticos mexicanos mala leche, cómplices de Maduro por por Juan Bustillos – Impacto – 24 de Mayo 2018

A costa de la salud de ancianos y niños venezolanos. millonario negocio inhumano

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Como si nos faltaran escándalos políticos, está por irrumpir uno mayúsculo que involucra a funcionarios federales y estatales mexicanos y a activistas de diferentes partidos políticos, en un millonario negocio inhumano a costa de la salud de ancianos y niños venezolanos.

Los nombres de los beneficiarios de este crimen contra la humanidad, están en manos de agencias norteamericanas y en cualquier momento llegarán a manos de autoridades nacionales y de la opinión pública.

No es noticia que ante la escasez y el elevado costo de los productos alimenticios en Venezuela, más de 14 millones de sus habitantes dependen de la recepción de cajas o bolsas (despensas) distribuidas a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) para alimentarse, aunque sin saberlo esta acción ponga en riesgo su vida, en especial la de niños y ancianos.

De hecho, la población más vulnerable que constituyen los menores de edad y la gente mayor, ha presentado cuadros de diarrea, vómitos y alergias, debido a la ingesta de la leche distribuida en las cajas CLAP, importada desde México con la complacencia de nuestro gobierno.

En el hospital de Catia La Mar, ubicado en el estado Vargas de Venezuela, decenas de enfermos, muchos adultos, pero sobre todo niños, llegan a diario; los padres atribuyen los síntomas de sus hijos al consumo de la leche distribuida por los CLAP porque es la única forma de ingerir lácteos porque el costo actual de la leche en polvo en Venezuela equivale a más de 2 salarios mínimos mensual.

MALA LECHE

Según los resultados de los análisis químicos realizados a varias de las presentaciones de la leche en polvo, proveniente de México y enviada a Venezuela para los CLAP, la marca “Suprema” contiene apenas 4.7 gramos de proteína por cada 100, en lugar de los 29 reflejados en la etiqueta y apenas 115.33 miligramos de calcio, comparado con los 900 que ofrece.

Por otra parte, el estudio químico realizado por la Universidad Central de Venezuela (UCV) sobre la marca “Mac Leche”, otra de las que se envían desde México al gobierno venezolano, evidenció que contiene solamente 8.79 gramos de proteína por cada 100 gramos de producto, en lugar de los 26 que ofrece, y duplica la cantidad de sodio que informa el empaque.

Además, las marcas comercializadas por esta compañía cubren apenas 1/4 de las referencias nutricionales recomendadas de proteína en la leche.

Los resultados obtenidos de estos estudios químicos demuestran que las empresas mexicanas, que desde 2017 han sido las principales surtidoras del CLAP, Grupo Brandon, Deshidratados Alimenticios e Industriales y Dilac, a través de las 6 marcas de productos lácteos distribuidas por el gobierno venezolano: “Lacto Mas”, “Suprema”, “Santa Paula”, “Mac Leche”, “KF Milk” y “Pure Milk”, no cumplen con los aportes nutricionales que necesitan tanto niños como adultos y que, por el contrario, les generan complicaciones en el sistema digestivo pues esos productos son considerados no aptos para el consumo humano.

Algunos expertos señalan que el consumo de estos productos lácteos está enriquecido con vitaminas y minerales en forma de sales, como el sulfato ferroso y carbonato de calcio, que a nivel nutricional son poco eficientes para su asimilación en el cuerpo.

Asimismo, la cantidad de sales que el producto contiene es superior a lo que normalmente se usa para la leche; como consecuencia, esto genera diarreas osmóticas, que son aquellas que se presentan, básicamente, cuando se ingieren sustancias o nutrientes que retienen el agua en parte del intestino, excediendo la capacidad de absorción del colon.

Las empresas mexicanas en complicidad con el gobierno chavista, se burlan del hambre del pueblo venezolano al ofrecerle productos que no ofrecen ningún aporte nutricional a quienes lo consumen.

 

Venezuela: las trampas del hambre en jornada electoral por Francesco Manetto – El País – 29 de Mayo 2018

El desastre económico del país mantiene bajo el yugo a la población. Mientras, el régimen teje fidelidades ante las elecciones presidenciales

El Portugués mide las palabras y evita los aspavientos delante de los clientes. Luce un cuidado bigote con canas y entremezcla los recuerdos con la indignación detrás del mostrador de El Chamo, la carnicería que regenta desde hace décadas en Petare, el barrio popular más grande de Caracas. El Portugués vende, o vendía, solomillos, chorizos y morcillas. José Florentino, este es su verdadero nombre, que pocos conocen, rememora los sucesos del Caracazo, el sangriento estallido social que partió en dos el destino de Venezuela. Se originó en 1989 tras una fuerte subida de precios, durante el Gobierno de Carlos Andrés Pérez, y sectores del chavismo lo reivindican hoy como premisa de la llamada revolución bolivariana.

“A mí me agarró aquí y me saquearon, pero entonces era fácil porque todo era más barato. La gente ya no hace mercado”. Tras las impresiones de este comerciante, a punto de cumplir 60 años, hay dos realidades en torno a las que existe consenso incluso más allá de las posiciones políticas. Primero, la situación de la gran mayoría de la población, su odisea cotidiana para sobrevivir, nunca había sido tan insostenible. Segundo, la escasez y el yugo de los precios han tejido tramas de fidelidades que atan a los ciudadanos a las autoridades a través de las bolsas de comida y los subsidios y, al mismo tiempo, fomentan negocios informales o directamente al margen de la ley. El kilo de carne se disparó hace semanas por encima de los dos millones de bolívares, la moneda local, y llegó a rozar el salario mínimo integral, fijado en 2,5 millones. Menos de tres dólares al cambio no oficial (2,6 euros).

Hablar de costes hoy en un barrio de Caracas se ha convertido en una especie de quiniela. Los precios aumentan en cuestión de días, a veces horas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) prevé un incremento del 1.800.000% en dos años, un drama superado en este siglo solo por Zimbabue. Y mientras el desastre económico se consolida, el régimen de Nicolás Maduro busca fortalecerse en unas elecciones presidenciales convocadas con unas reglas del juego que, según las fuerzas mayoritarias de la oposición, favorecen al Gobierno y suponen un mero trámite. Algo más de 20 millones de venezolanos se debaten entre votar y no acudir a las urnas por falta de garantías como piden las principales formaciones críticas con el chavismo.

“Voy a votar porque es un deber. Un buen ciudadano debe votar”, dice Carmen Holguín, costurera de 55 años, mientras espera el autobús en una larga cola que serpentea en una esquina del sector de Catia, una de las zonas más fieles a la memoria del expresidente Hugo Chávez. “Espero un cambio que sea bueno para todos porque estamos viviendo muy mal. No alcanza el dinero para nada. Cada día suben los precios”, se lamenta. Aunque no confiesa su voto, se intuye su simpatía por Henri Falcón, el representante opositor con más peso en estos comicios. William José y Víctor Valera, transportistas, muestran su desencanto con la política, pero tienen posturas distintas. “No voy a votar, ya me cansé en 2003. Ni por uno ni por otro”, asegura el primero, mientras el segundo está dispuesto a dar su apoyo a Falcón, quien se alejó de los postulados de la revolución bolivariana en 2010. “Lo más seguro es que me lance y vaya a votar. Pienso que ese hombre tiene unas ideas muy claras. Pero la política tiene mil caras”, opina sobre las sospechas de que haya pactado con Maduro un puesto en su Gobierno.

No obstante, las elecciones y su resultado, más que previsible, no son lo que más interesa en las calles de Caracas, en los mercados, en los barrios humildes y en los municipios opositores como Chacao. Con la salvedad de los chavistas ortodoxos, los caraqueños están mucho más preocupados por la seguridad —en 2017 hubo casi 27.000 asesinatos, de los que más de 5.000 se produjeron por resistencia a las fuerzas de seguridad, según el Observatorio Venezolano de Violencia—, por el colapso de los servicios públicos y un modelo productivo extractivista, por la caída de PDVSA, la petrolera estatal, el desabastecimiento y el aislamiento internacional. Cientos de miles de personas huyeron en los últimos meses a la vecina Colombia en busca de oportunidades.

Dar con alguien con ganas de desahogarse no es difícil. Más complicado es superar la desconfianza inicial, relacionada con el control que ejercen sobre la población las autoridades. La advertencia es habitual: cuidado con los colectivos motorizados, los grupos de choque del chavismo. Junior Moral, de 33 años, está a vueltas con unas cuentas en un establecimiento vacío. En el mostrador, un puñado de empanadas. “Una cuesta ya 200.000 bolívares. Un desayuno, tres empanadas y un jugo serían 800.000 bolívares. Si comes dos días ya prácticamente se te murió el sueldo. ¿Con qué sobrevivimos los otros 29 días? Cada día, cada hora, cada segundo la situación se hace más difícil”, describe. Moral no votará a pesar del hartazgo. O, en realidad, precisamente por el hartazgo. “Si de verdad saliera la gente a votar, yo creo que podríamos ganar, pero como todo está comprado, no va a pasar. Creo que hace cinco años ganó Henrique Capriles”, afirma sobre las elecciones de 2013.

A pocos metros, la discusión en un puesto de plátanos gira en torno a la mala calidad de los servicios y de las misiones, los proyectos sociales de barrio impulsados por Chávez con el apoyo del Gobierno cubano. “¿Qué queremos nosotros de Maduro? Que haga como Chávez, que corte por arriba, no por abajo”, resume Gladys Contreras, de 46 años, enferma y desempleada en un sistema que el año pasado superó el 27% de paro, según el FMI. “Tengo el carnet de la patria y del PSUV [Partido Socialista Unido de Venezuela] y yo era de las que me ponía a pelear con cualquiera. Pero no voy a votar. Por ninguno, no tiene sentido porque esto ya está arreglado”, continúa.

El carnet de la patria

El llamado carnet de la patria es un documento con el que el chavismo trata de asegurarse el apoyo de las clases populares. En el país circulan más de 16 millones. Permite acceder a bonos y servicios y, aunque sobre el papel no sirva para tener una atención preferente en la recepción de las cajas periódicas de alimentos, es un instrumento utilizado para medir la fidelidad al régimen.

En Petare, Pedro Key, jubilado de 65 años, y Romina Oporte, educadora de 34, se encargan de repartir esa bolsa a través de los Comités Locales de Abastecimientos y Producción (CLAP). Esto es, una ayuda introducida por Maduro en 2016 que, como ha denunciado en repetidas ocasiones la oposición, es la base de las redes clientelares. Cada caja contiene algunos paquetes de pasta, harina, leche, sal, arroz, azúcar, aceite, atún, tomate y mayonesa… “Soy uno de los que lleva los beneficios a una parte de la población”, explica Key, veterano militante chavista. Cada mes, en el mejor de los casos, coordina la distribución de esos productos a 503 familias de la comunidad.

A pesar de su entrega absoluta a la causa, también transmite perplejidad sobre la situación. “Maduro dice que después, el 21, las cosas van a cambiar. Ojalá sea verdad. Él tiene que mejorar la economía, llevamos cinco años aguantando esto”, explica sobre lo que califica de “guerra económica”. “Los países que hoy tenemos un poco de revolución somos los más atacados en el planeta”, continúa. “Hay una larga tarea, hay que levantar el país”, tercia Romina Oporte. Mientras tanto, la trampa del hambre sigue siendo el principal recurso que permite al chavismo perpetuarse en el poder.

Asalto a la cotidianidad – Editorial Revista SIC – Mayo 2018

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Cualquiera que con ojos externos llega a nuestro país se pregunta: ¿Cómo hace la gente para sobrevivir? La situación es tan caótica que la pregunta cobra una absoluta pertinencia. Sobrevivir en este valle de lágrimas llamado Venezuela es un milagro. No hay condiciones objetivas para semejante proeza. El venezolano de a pie cada día, desde sí, tiene que poner el piso para crear las mínimas condiciones que le garanticen un día más. Vive al día, no hay otra manera de estar. La incertidumbre no es solo existencial, política, económica, social, es sobre todo, biológica: vida o muerte.

La crisis ha quebrado la mínima regularidad de la cotidianidad. En un barrio cualquiera, el día puede transcurrir así: José se levanta, va al baño y no hay agua; se puede llegar a estar hasta 20 días sin agua. Hace sus necesidades fisiológicas y no hay papel; o porque no se consigue o porque es muy caro y no lo ha podido comprar. Si tiene suerte con el agua, debe administrar muy bien el jabón, al punto que, por los costos, va guardando las cascaritas de jabón para después juntarlas y hacer nuevos jabones. Algo parecido pasa con el dentífrico, al final se rompe para extraer el mínimo de crema dental. Si se va a afeitar, lo hace a secas porque la espuma es un lujo. La afeitadora “desechable”, la cuida para prolongarle al máximo la vida útil. Sale del baño y va a la cocina, tal vez no tenga qué desayunar y, además, junto a su esposa, ante la insostenible y escandalosa hiperinflación, han decidido suprimir el desayuno, y en la medida que crece la hiperinflación irán viendo como reajustan los ritmos de comida hasta quedarse con una sola al día o, tal vez, espaciar aún más su dieta personal para priorizar a sus hijos.

Literalmente: quitarse el pan de la boca para que sus hijos coman. José trabaja en un comercio al otro lado de la ciudad y por su antigüedad gana algo más de un salario mínimo. Por falta de un sistema de transporte público que funcione adecuadamente, para llegar a tiempo a su trabajo sale de su casa a las 5 de la madrugada. La flota del transporte público ha disminuido o porque no hay repuestos o porque los propietarios no tienen el poder de compra para reponer y rehabilitar los vehículos averiados. Mientras, el Gobierno habla de guerra económica y sabotaje por parte de los conductores. En consecuencia, José tiene que recorrer 3 km caminando hasta llegar a la parada de los jeepses. No lo hace solo, varios vecinos se juntan para cuidarse entre sí y protegerse de la delincuencia que, ante la desprotección e impunidad por parte del Estado, roban celulares y, también, en ocasiones, loncheras. Una vez que llega a la parada debe esperar entre 30 minutos y 2 horas para montarse en el jeep que lo trasladará al metro. Ante la reducción de la flota del transporte por avería de los vehículos, han comenzado a aparecer camiones que hacen el servicio de transporte público. Las imágenes son dramáticas, la gente va como mercancía y los costos del pasaje son altísimos.

María, la esposa de José, es empleada doméstica. Se ocupaba de hacer servicio de planchado en casas particulares de algunas familias del este de Caracas. Ya no trabaja a diario como lo hacía antes, esto, por dos razones: la primera porque las cuatro familias donde hacía su servicio doméstico de planchar, se fueron del país y perdió su fuente de trabajo. Ahora hace servicio en el barrio, pero la paga no es la misma, a veces plancha por un plato de comida que guarda en un perolito para llevarlo a casa y compartirlo con su familia. La segunda, debido a la crisis de movilidad urbana y la falta de efectivo está prácticamente confinada a su sector. Hace poco se reunieron en familia para organizarse, pues ante la falta de efectivo y la hiperinflación, no le dan los números en sus finanzas para correr con los gastos del pasaje de todos. Ahora, los niños que antes tenían transporte particular, van a la escuela a pie. Para llegar tienen que caminar alrededor de 3 Km, y lo hacen, sobre todo, porque en la escuela funciona un comedor y pueden comer, de lo contrario desertarían de la escuela. María y José no tienen cómo sustentar el hogar, lo que ambos ganan, no les alcanza ni para medio comer; sus hijos, como niños que son, juegan futbol con sus zapatos, pero María y José no tienen como vestir a sus hijos porque un par de zapatos, de baja calidad, vale en el mercado más de diez salarios mínimos.

Bueno, el regreso a casa, después de la jornada de trabajo es otra odisea. Todos andan desesperados por llegar. En la boca del suburbio, donde se hace la cola (fila) del transporte público, hay unos tales fiscales (informales que hacen de intermediarios ente el conductor y el pasajero), que controlan y organizan discrecionalmente el acceso a las unidades de transporte e imponen, según su criterio, el costo del pasaje. Los costos del pasaje, impuestos por estos irregulares, son insostenibles para la economía familiar. José, se ha organizado con otros vecinos, para juntarse a una hora determinada y subir a pie, tres veces por semana, desde la boca del suburbio a la punta del cerro donde vive. Llega extenuado a su casa, con el estómago vacío, rezando para que haya electricidad y no encontrar su calle y su casa a oscuras. Este año, los apagones han sido el pan nuestro de cada día a lo largo y ancho del país. Muchas de las protestas han tenido como tema la electricidad, el agua y la salud. María, su mujer, lo recibe y le sirve una arepa. Le comenta que a la vecina, quien tiene su hijo en Chile, le llegó la primera remesa y gracias a eso pudo comprar unas harinas y, para celebrar la buena nueva, por agradecimiento y solidaridad les regaló unas arepas. Conversan un rato. María le cuenta que hoy fue a comprar la bolsa de comida del clap y pasó 4 horas esperando pero regresó sin nada, al final no la vendieron porque al parecer llegaron incompletas y la gente protestó por el abuso, tal vez mañana la vendan. María le comenta a José que su hermano Juan se va del país la próxima semana, porque no consigue el tratamiento para su hijo que convulsiona. José se inquieta y piensa, “varios de mis amigos del trabajo han renunciado esta semana porque también se van. Yo también lo estoy pensando. Los medicamentos de mi vieja no se consiguen, y esto que estamos viviendo no es vida, pero no es fácil empezar de nuevo”.

Y es que los más amenazados y vulnerables en medio de esta situación son los enfermos crónicos, especialmente los niños, ancianos y enfermos psiquiátricos, quienes en medio de esta situación se han visto obligados a tomar ellos mismos las calles con la consigna “no queremos morir”. Recientemente, las madres de los niños que padecen de cáncer salieron a la calle junto con sus hijos, para exigir un trato digno y respeto a la vida; ellos, quienes deberían estar protegidos por las instituciones públicas. Sus familiares emigran para, con el auxilio de las remesas, poder acceder a los medicamentos y sostener su tratamiento. Mientras, el Gobierno, inescrupulosamente, se empeña en negar la ayuda humanitaria afirmando, desde su ideología, que en Venezuela la gente vive en el mejor de los mundos.

Al brindarle una tribuna a Maduro, diario El País colabora con su dictadura – Editorial Panampost – 4 de Mayo 2018

maduro_editorial.jpg¿Qué pensarían grandes columnistas del diario como Javier Cercas, Javier Marías o Mario Vargas Llosa al saber que comparten el estrado, no con cualquier idiota, sino con un asesino?

No se trata de un ejercicio de la libertad de prensa u “objetividad” periodística; tampoco de un aporte al debate. Es la colaboración directa con el régimen chavista y sus mentiras. (PanAm Post)

Este 3 de mayo apareció un artículo en el diario El País de España titulado Nuestra democracia es proteger. Sorprende su autor: el dictador venezolano, Nicolás Maduro. Se trata de la primera columna del líder chavista en el medio. Al parecer, ahora es colaborador.

El dictador inicia en su presunto debut como columnista: “Nuestra democracia es distinta a todas. Porque todas las demás —en prácticamente todos los países del mundo— son democracias formadas por y para las élites. Son democracias donde lo justo es lo que le conviene a unos pocos. Son democracias clasistas, donde los muchos son vistos como más en cantidad, pero menos en calidad”.

Presunto debut porque no hay quien crea que el mediocre, aquel del “estado Margarita”, la “multiplicación de los penes”, “estudiantes y estudiantas” o “cultivar los pollos”, haya podido siquiera plasmar más de 300 palabras en un documento de Word —y con elocuencia—.

Tampoco es que sea un gran artículo. No lo es. En lo absoluto. Terriblemente redactado y tremendamente pueril —y, aún así, es evidente que los rechonchos dedos de Maduro no teclearon nada antes de la publicación—; pero funciona. Sirve, por supuesto, para difundir su propaganda: “La revolución económica de este nuevo período bolivariano tiene que ser innovadora y creativa. Porque decidimos responder al bloqueo comercial inhumano al que nos han sometido los Gobiernos de Estados Unidos y de Europa, y que tanto daño han hecho a nuestro pueblo”.

Que se suponga que no lo escribió genera, automáticamente, otra especulación: lo escribió otra persona. Y, entonces, ¿cómo es posible que un artículo mediocre, quizá no escrito por el autor al que se le atribuye, terminó en la sección de Opinión de uno de los medios más «prestigiosos» de España?

Es, sin duda, insólito. Porque no se trata de una colaboración más. En el texto, Maduro aprovecha para difundir la sarta de mentiras con las que pretende lograr el indulto de la comunidad internacional. Es la propaganda que le interesa divulgar. Embustes inaceptables.

Dice, primero, que rige un sistema democrático. Habla de los jóvenes y sus programas sociales. De la seguridad social y vuelve a blandir el pretexto de la “guerra económica”. La culpa de la tragedia es de Estados Unidos y de Europa; que “la economía es el corazón” de su proyecto revolucionario; y que, en su corazón, el de Maduro, está la gente.

“La nuestra es una democracia de panas, porque para nosotros la patria es el pana y el otro, mi entraña. Porque para nosotros solo hay libertad y democracia cuando hay un otro que piensa distinto al frente y también un espacio donde esa persona pueda expresar su identidad y sus diferencias”, «escribe» Maduro.

Quien lea las palabras del dictador, al final solo terminará palpando la desvergüenza de un criminal; y de, además, un medio. Nuevamente: se trata de la propagación de las mentiras de Nicolás Maduro. De un intento de seguir condonando la quimera socialista que se ha erigido sobre un mar de cadáveres.

El de Maduro no es sino el régimen de la muerte, la desgracia y la miseria. Son más de veinte mil asesinados al año por el hampa. Más de 300 mil niños con riesgo de morir de hambre, según Caritas. Venezuela es el país en el que la gente se suicida porque el drama de la vida es mayor que el dolor de la soga en el cuello. Es la última nación en el índice de libertad económica en el mundo, de acuerdo con el Fraser Institute. Donde la libertad política también es un delirio; y es la nación donde el Estado mata y tortura mientras el sol todavía alumbra. Y obviamente nada de ello —todas verdades— es mencionado en la columna en El País.

Pero de todos los medios es una desgracia inmensa que sea El País el que se preste para difundir las mentiras del dictador. En este caso no se está hablando, para nada, de un aporte al debate o de un espacio para esa supuesta «objetividad» periodística que jamás nadie debió proponer.

Maduro no tiene nada que debatir ni hay nada que demostrar. Lo que representa él es a un régimen que, no solo se ha comprobado ineficiente para generar prosperidad, sino que se ha convertido en una enérgica máquina de suprimir libertades y extender penuria.

Cada vez que alza su voz el dictador, personalmente o a través de sus tentáculos propagandísticos, lo que hace es blandir sandeces encausadas a resguardar la peligrosa máquina de matar chavista. Y ahora El País se ha prestado para ser, precisamente, uno de esos peligrosos tentáculos.

Si se abre el debate sobre la ética y los principios en el periodismo, lo que ha hecho el diario español es inaceptable. Decía el pensador francés Alexis de Tocqueville: “Confieso que no profeso a la libertad de prensa ese amor completo e instantáneo (…) La quiero por consideración a los males que impide, más que a los bienes que realiza”. Pero en este caso no estaríamos hablando de un ejercicio de esa libertad de prensa. Y en este caso, no se ha impedido un mal; en cambio, se ha realizado.

Si se trata de un pésimo artículo —sobre el que incluso se duda de la autoría de Maduro—, escrito por alguien que no goza de ninguna legitimidad para hacerlo y mucho menos para ser colaborador de un diario como El País; nuevamente: ¿cómo pudo haber terminado en la sección de Opinión?

Capaz estaríamos, entonces, frente a un repugnante acto de palangrismo. El diario El País de España, al brindarle una tribuna a Maduro, también está colaborando con su dictadura. Con la inadmisible difusión de la propaganda del peligroso régimen chavista. Esperemos que no haya sido a cambio de una “colaboración” monetaria, en estos tiempos de vacas flacas para el periodismo. Porque si hubiese sido así, tendría la columna que decir “publicidad”. Esperemos que no sea así, repetimos.

¿Qué pensarían grandes columnistas del diario como Javier Cercas, Javier Marías o Mario Vargas Llosa al saber que comparten el estrado, no con cualquier idiota, sino con un asesino? ¿No merece este terrible acto de complicidad de El País, una protesta que provenga desde las mismas entrañas del diario?

Si es que queda —porque es claro que debe quedar— algún vestigio de ética y principios dentro de El País, este debe rebelarse en contra de aquellos que pensaron que sería una buena idea prestar uno de los medios más «prestigiosos» e importantes de Europa para colaborar con la difusión de la propaganda del dictador venezolano.

 

Venezuela y el hambre en el socialismo por Carlos Sabino – Panampost – 17 de Marzo 2018

Los ciudadanos están inconformes, desean que acabe la terrible situación que soportan, pero no tienen medio alguno para cambiarla.

En el socialismo el hambre del pueblo es un recurso político que usan los gobernantes para que la población permanezca sometida (EFE).

Durante mucho tiempo escuché a toda clase de personas advertir que, si la economía de Venezuela seguía empeorando, la gente se iba a rebelar espontáneamente y acabaría por derribar al gobierno. “Van a bajar los cerros”, se decía ominosamente, aludiendo a que las personas más pobres, en Caracas, viven en lo que se llaman “los cerros”, zonas de deterioro urbano. Pero nada parecido ha sucedido y la dictadura socialista de Maduro sigue allí, incólume, desafiando toda crítica y todos esos pronósticos.

Chávez introdujo precios máximos para los productos de primera necesidad e impuso severos controles a los intercambios en moneda extranjeras en 2003, rompiendo así, inicialmente, los equilibrios básicos del mercado. A medida que los precios oficiales se fueron distanciando de los que hubieran resultado de un intercambio libre, algunos artículos comenzaron a escasear. Los dólares, manejados por el estado, empezaron a no resultar suficientes por el dispendioso manejo de las finanzas públicas y, mucho más aún, cuando los precios del petróleo terminaron su ascenso y entraron en una curva descendente. El gobierno asumió la tarea de importar y distribuir artículos de primera necesidad, mostrando una enorme ineficiencia, mientras muchos productos se importaban fuera de los canales oficiales.

Como los dólares escaseaban cada vez más, pero el gobierno emitía bolívares a discreción, se produjeron dos fenómenos que siempre ocurren en circunstancias semejantes: el dólar que se transaba libremente se fue haciendo más caro, alejándose del precio oficial, mientras que los productos no regulados comenzaron una espiral inflacionaria cada vez más intensa.

Todas estas medidas llevaron a precios cada vez más altos y a un desabastecimiento muy pronunciado, mientras el gobierno repartía productos subsidiados a la gente. Pero no a toda la gente: solo a sus partidarios, pues exigió que los beneficiarios de las mercaderías subsidiadas obtuvieran el llamado “carnet de la patria” y mostraran su lealtad de muchas maneras diferentes al presidente Nicolás Maduro, que ocupó ese cargo luego de la muerte de Chávez.

Hoy la inmensa mayoría de los venezolanos viven en la pobreza y, para ellos, la situación es realmente desesperada. No pueden comprar los productos no regulados, porque una hiperinflación del 13,000% los pone fuera de su alcance, ni reciben oportunamente lo poco que les ofrece el gobierno. El hambre se ha extendido al punto de que mueren diariamente muchas personas, sobre todo niños y enfermos, y la población en promedio ha perdido más de 10 kilos de peso corporal.

La gente ha salido a manifestar durante varios meses del año pasado y se han registrado tumultos y saqueos, pero el gobierno, imperturbable, sigue allí. En una democracia más o menos normal, aun cuando sea muy imperfecta, el presidente hubiera tenido que renunciar: no hubiese soportado las críticas, o el congreso lo hubiera destituido o –en fin- se hubiese encontrado alguna salida: un gobierno que lleva al hambre y la miseria generalizados no puede subsistir por mucho tiempo. Pero en Venezuela no. Muy diferentes son las cosas en el socialismo.

En el socialismo el hambre del pueblo es un recurso político que usan los gobernantes para que la población permanezca sometida. Los ciudadanos están inconformes, desean que acabe la terrible situación que soportan, pero no tienen medio alguno para cambiarla. No solo porque el estado reprime sin piedad cualquier intento de cambio sino porque además tienen que pasar buena parte del día haciendo colas, buscando qué comer y haciendo todo lo que el gobierno les diga para poder sobrevivir. Una población hambreada, que no encuentra el modo de alimentar a sus hijos, no está en condiciones de emprender una lucha política contra quienes, precisamente, la han llevado a tal estado.

Por eso ha sobrevivido la larga dictadura de los hermanos Castro en Cuba, por eso en Corea del Norte y, antes, en la Unión Soviética, los comunistas han podido sostenerse varias décadas en el poder. Porque la combinación entre hambre y represión es sumamente eficaz para someter a los pueblos y permitir que una pequeña fracción de la población goce de todos los privilegios mientras la mayoría sobrevive en precarias condiciones.

La dictadura socialista de Nicolás Maduro, como lo hemos dicho muchas veces, no acabará porque la gente salga a protestar ni por medio de unas elecciones que el régimen siempre controlará. Solo la fuerza, de un modo u otro, podrá terminar con ese estigma que hoy avergüenza a nuestro continente.

Un niño muerto al día: las víctimas de la desnutrición por Alicia Hernandez – El Confidencial – 12 de Marzo 2018

En el estado Bolívar, la falta de un suministro regular de alimentos genera complicaciones médicas derivadas que este año han provocado la muerte de decenas de menores, tantos como en todo 2017

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Apenas se mueve o llora. Joendry es un silencioso bebé de siete meses con las manos diminutas y unos ojos que se aprecian saltones las pocas veces que los abre. No parece inmutarse ni ante el calor agobiante de la sala, las moscas que revolotean y se posan sobre su cabeza o los berridos desconsolados que da otro niño. Su cuerpecito está inmóvil sobre el lecho que su abuela ha improvisado en un banco con dos mantas dobladas y una sábana. En el hospital Raúl Leoni no hay cuna para Joendry. Tampoco hay leche o nutrientes para que se recomponga y sobreviva a la desnutrición severa que lo mantiene en 4 kilos, la mitad de lo que debería pesar.
El centro, conocido como el hospital de Guaiparo, está en San Félix, un sector de Ciudad Guayana, en el estado Bolívar, al sur de Venezuela. Allí, más que contabilizar los ingresos diarios, acumulan fallecimientos. En un fin de semana, dieciséis niños. En una guardia, cinco. Otro día puede que haya suerte y no haya ninguno. Sin haber terminado el primer trimestre de 2018, la mortandad está cerca de las cifras totales de 2017.
Cuando El Confidencial hizo la primera visita al hospital, a inicios de febrero, una doctora de Pediatría a la que llamaremos Alexandra, contó que ya había alrededor de 30 niños muertos por desnutrición. Prefiere mantener el anonimato para evitar represalias. Lleva un registro manual. Un mes después nos dice que la cifra se ha duplicado. “No tengo totalizado lo último, porque llevo unos días fuera del hospital, pero en apenas dos meses y medio ya se deben haber superado las muertes de todo el año pasado, que fueron al menos 76”. Una media de un niño muerto al día.

Mientras los saqueos se extienden por algunas regiones del país, algunas familias luchan por alimentar a sus miembros. La combinación de escasez e inflación se está cobrando un alto precio
Alexandra, que lleva una década en el hospital, dice que siempre ha visto casos de desnutrición, ya sea como patología principal o derivada de otras que llevan al organismo a una mala absorción de nutrientes. “Pero de hace cuatro años para acá, las cifras van en ascenso. Desde 2017 se ha incrementado exponencialmente. 2018 será explosivo”, augura.

Y se basa no solo en la cifra lacerante de muertes. Dondequiera que se mire en el centro, se ven niños con signos de desnutrición. “El 80% de los que vienen está desnutrido. Vienen infectados de neumonía, diarrea… Pero el origen es la malnutrición o la transgresión alimentaria que conlleva a eso. Vienen desnutridos e intoxicados porque muchas veces les dan plantas para que se curen, remedios que no les sirven. Es multifactorial. Y algunos llegan muy complicados, sin signos vitales apenas”.

Desnutrición de madres e hijos
La actual crisis en Venezuela se manifestó en 2013 con la caída de los precios del petróleo, pero en los últimos meses se ha intensificado. La Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, hecha por varias universidades venezolanas, reveló que la pobreza extrema aumentó en el país de 23,6 a 61,2% en solo cuatro años. El 80% de los hogares presenta inseguridad alimentaria y 8,2 millones de venezolanos ingieren dos o menos comidas al día.

Lisbeudis Gil, la abuela de Joendry, tiene las manos y el rostro de una mujer que ha pasado los 60 años, pero apenas tiene 41.”A los dos meses dejó de tomar teta de la madre y empezamos a darle crema de arroz con leche y azúcar. Dejé de añadirle leche porque no la encontraba. No tengo [leche de] fórmula. Y yo no tengo teta”, se lamenta.
Joendry tiene un hermano gemelo, Joandry. Ambos nacieron bajos de peso, aunque uno con ventaja sobre el otro. El primero tenía 2.300 gramos y el segundo 2.800 gramos. Ahora pesan 4.100 y 5.500 gramos respectivamente. La Organización Mundial de la Salud estima que el peso para un bebé de siete meses debe rondar los 8 kilos.
Pablo Hernández, nutricionista y miembro del Observatorio Venezolano de la Salud, lo corrobora: “Deberían estar entorno a los 8,2 kilos. Sobre todo Joendry tiene un riesgo muy aumentado de mortalidad, nació muy bajo de peso. Quiere decir que durante la gestación, la madre estuvo muy desnutrida”. Explica que ambos, por su bajo peso, presentan algún grado de déficit de nutrientes e inmunidad y son susceptibles de contraer enfermedades de riesgo infecciosas que, a la larga, pueden causar la muerte.
“Vienen con varias complicaciones y se consiguen con el desastre de escasez que tenemos en el hospital. No hay hemoderivados para ponerles plaquetas, no hay albúmina o antibiótico. Eso hace cuesta arriba algo que ya viene grave y muchas veces es irrecuperable”, dice la doctora Alexandra. La crisis hace tiempo tocó a los centros de salud, en los que apenas hay insumos tan básicos como agujas o sueros.
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Un hospital difícil de creer
En la sala de observación, en la zona de urgencias, dos enfermeras atienden a un niño con kwashiorkor, un nombre complejo para una imagen dantesca: un cuerpo pequeño, en los huesos, con la barriga enormemente hinchada. Un cuerpo que no ha ingerido proteína en mucho tiempo. En otra habitación contigua hay cinco niños más, todos desnutridos. En la planta de Pediatría se hacinan hasta 3 y 4 pacientes en habitaciones pequeñas, con el aire viciado y concentrado, sin ventilación, con un calor que puede superar los 35 grados. Las camas están desvencijadas. Una zona huele a orín. Todo está lleno de moscas.

Susana Raffalli se ha convertido en una de las voces de denuncia de la desnutrición en Venezuela. Estudió en Guatemala un posgrado en Nutrición Pública, está especializada en gestión de seguridad alimentaria, emergencias humanitarias y riesgo de desastres. Hace unos meses visitó este centro. No daba crédito. “Cómo es posible que viera tantos signos de desnutrición, de libro, todos juntos en un solo pasillo de un hospital. Ni en Guatemala o en Haití vi tanto déficit nutricional junto. Es infernal”.

Encontró queratomalacia, una enfermedad de la córnea por falta de vitamina A. Vio pelagra, que a simple vista parece una enfermedad de la piel, pero genera alteraciones neurológicas y digestivas. “Es la expresión máxima del síndrome pluricarencial, porque es la deficiencia de vitamina B3, que está en todo. Un niño que tiene desorden pelagroide ha tenido una privación nutricional masiva”, dice Rafalli. También vio, por supuesto, delgadez extrema.

Todo junto en una zona donde la malaria y la difteria están a la orden del día. “¿Tú sabes lo que es aguantar una fiebre como la que da la malaria sin grasa corporal que te ayude a aguantar aquel escalofrío?”, dice justo antes de lanzar varios insultos al aire.
En el hospital se ven muchos biberones, pero ninguno de leche. Les dan crema de arroz con azúcar, mezcla que funciona como complemento, pero no como único alimento. Un salario mínimo que no alcanza para comprar un cartón de huevos y una hiperinflación que hace que los precios aumenten cada semana han hecho que cada día se haga casi imposible comprar una lata de leche de fórmula, si es que se encuentra en el mercado.

Medidas de emergencia
“Un niño desnutrido tiene deficiencias de calorías, macro nutrientes, micro nutrientes. Es muy difícil sacarlo de ese cuadro sin suplementos. La crema de arroz lo único que le aporta es carbohidrato. Así, el niño estará hinchado, sin proteína”, dice Pablo Hernández.

Así se alimentaba la bebé Alyn Ramírez. Junto a su cuna está su madre, de 22 años, que dice que no es la primera vez que la trae con el mismo cuadro médico. “Antes le daba Nan [leche de fórmula], pero no la conseguí más o la encontraba muy cara. Empecé a darle otro producto, pero lo rechazó. Aquí llegó con deshidratación y desnutrición severa”.

María Nuria De Cesaris es la coordinadora en Ciudad Guayana de Meals 4 Hope, una ONG que desde noviembre lleva donaciones a Fundaserpe, la Fundación de Amigos del Servicio de Pedriatría del hospital del Guaiparo. Ellos lo distribuyen y así llegan, dos veces por semana, fórmula para los bebés y crema de pollo y verduras para las madres. El servicio médico del hospital lo distribuye para toda la semana. “Hace tres años que el hospital tiene el servicio de tetero [biberón] parado. Y cada vez hay menos comida. Hay un problema estructural fruto de un gobierno irresponsable. Pero mientras, hay que hacer algo con los niños. Nuestro objetivo es que no se mueran de hambre”.

El cerco a la oposición, la falta de credibilidad en los políticos y su fama de empresario exitoso convierten al hombre más nombrado y odiado por el chavismo en presidenciable
En otra cuna, un bebé luce gordito. Pero de cerca se aprecia que ese cuerpo, esponjoso e hinchado, es un edema completo fruto de la desnutrición. La doctora pide a la madre que le quite el pantalón de pijama para que no le haga marca. Obediente, cabizbaja, se lo quita y descubre unas piernas con una piel que es toda una llaga. La madre tiene 21 años y dos hijas más a las que no sabe con quién dejar en unos días, porque su marido trabaja en la mina.

Es de las pocas madres que está con su hijo. Es otra de las cosas que encontró Raffalli, una emergencia pediátrica con abuelas al cargo. “Las mamás suelen ser trabajadoras sexuales del Arco Minero. Se embarazan, vuelven a San Félix, paren y regresan a la mina. Las llaman las baratijas. Ahí es cuando pienso que el Arco Minero es extremadamente extractivo, que esa tierra está subvencionando con su oro ese nivel de desnutrición biológica, social y ética alrededor”.

Bolívar es el estado en el que se encuentra la mayor parte del Arco Minero del Orinoco, una zona de más de 111 mil kilómetros cuadrados (un territorio mayor que la isla de Cuba) rica en reservas de oro, cobre, diamante, coltán o bauxita. Desde hace años hay grandes extensiones de minería ilegal donde reina la violencia, la corrupción, condiciones de trabajo en muchos casos de esclavitud y enfermedades bajo el control de sindicatos del crimen.

Del hospital a la incertidumbre
Dos semanas después, Joendry sigue silencioso, sin apenas moverse, pero ya no en el banco-cuna del hospital, sino sobre un trozo de gomaespuma junto a su gemelo Joandry en casa de su abuela Lisbeudis, en la comunidad de Brisas del Orinoco. La habitación tiene un ventilador sin cubierta que refresca algo el ambiente. Hay dos frascos de medicamentos, los únicos que pudieron conseguir de una larga lista que necesita el bebé para su total recuperación. En la cocina apenas hay medio envase de aceite y unas cucharadas de crema de arroz.

La cabeza del hogar es la abuela, Lisbeudis. En la misma casa viven sus dos hijas de 9 y 10 años y la mayor, Brenda Licett, de 17. Fue ésta la que se enteró de golpe que estaba embarazada y que no vendría una criatura, sino dos. “Cuando lo supe, lloré demasiado, no tenía nada, ni una camisa, ni un pañal”, recuerda.
Lisbeudis es dirigente comunitaria y organiza la entrega de las cajas CLAP, los alimentos que da el gobierno venezolano como modo de paliar la escasez. “Es el único beneficio que recibo y no es suficiente”, dice. La última vez que llegó fue el 3 de febrero con un contenido que no alcanza para tantas bocas: un kilo de azúcar, pasta, arroz y dos litros de aceite.

“Cuando tuve a la mayor [en 2001] tenía todo para mi hija. Su cuna, su comida, todo. Ahora cómo hacemos”. El cambio de situación a lo largo de estos años no la baja de sus convicciones: “Siempre he sido chavista y apoyo a Maduro porque ningún otro gobierno va a venir a arreglar esto, tengo mi casita gracias a ellos, pero pido apoyo, porque no tengo trabajo ni esposo”.

Ella y su hija han tenido que pedir comida a los vecinos, cuenta entre lágrimas. “Me dicen que eso no se hace, pero no voy a dejar morir a mis nietos. El padre no se hace responsable, compra cosas para su consumo, pero no para la leche de los niños”. El ausente es revendedor de alimentos en el mercado de San Félix.

De Cesaris cuenta que muchos de los niños a los que atienden en el hospital de Guaiparo reinciden. Algunos regresan al hospital a tratar la misma dolencia: hambre. “Solo el 20% de desnutrición severa llega al hospital. El 80% se queda en las comunidades, muere allí y no nos enteramos. Es duro que un niño al que se le trató por dos semanas muera a la tercera, en su casa, porque no pudo comer”.

En casa de Lisbeudis, a menos de una hora para el almuerzo, no hay sonidos de ollas ni agua calentándose para un biberón. Una vecina le regala un paquete pequeño de pasta. Espera que alguien más traiga algunas cucharadas de leche en polvo para hacer una papilla para los bebés con ocumo (un tubérculo). Eso para hoy. Para mañana, la incertidumbre de una nevera vacía junto a un colchón de gomaespuma donde Joendry sigue, silencioso, sin apenas moverse, sin apenas llorar.

*Este reportaje se hizo con la colaboración de María de los Ángeles Ramírez Cabello en Puerto Ordaz

Tres Platos Solidarios: Investigación, Educación y Acción Comunitaria – Reto Solidaridad – 27 de Enero 2018

jose_maria_bengoa.pngSi tuviésemos que celebrar la vida del Doctor José María Bengoa, definitivamente lo haríamos sentándonos a la mesa para disfrutar de una buena comida, muy nutritiva, no sin antes invitar como comensales a esos niños que hoy comen poquito o no comen nada en Venezuela. Porque este Doctor, tan venezolano como vasco,  se preocupó por la nutrición de nuestro futuro, muchos años antes de que la crisis actual golpeara la mesa de tantas familias.

Supo agradecerle a Venezuela el haberlo recibido cuando, huyendo de la guerra en España, nos escogió como destino de un exilio. Con apenas tres meses en el país, por allá en 1938, José Mari organizó sus macundales y se instaló como médico rural en la población de Sanare, estado Lara. Probablemente en esos dos días de viaje en autobús nunca imaginó que ese, su primer trabajo en la Venezuela generosa que le daba abrigo, marcaría su carrera como médico y le señalaría el rumbo de una especialización que hoy deja un legado invalorable al país y el mundo entero.  

Tres cosas llamaron la atención del recién graduado al llegar a la población larense y comenzar su trabajo en los caseríos. Los niños, todos ellos, eran bajitos. Pensó en un principio era producto de la genética criolla. Pero además esos niños permanecían quietos, excesivamente tranquilos, durante las horas de recreo. Pensó que era por falta de balones, cuerdas de saltar y otros elementos propios de los juegos infantiles. La explicación de las observaciones anteriores, relacionadas y para nada independientes una de la otra, comenzó a armarla cuando le tocó recibir en el dispensario a niños de 1 y a 3 años con dermatitis similar a las quemaduras, hinchados y una tristeza en la mirada que le partía el alma a este médico solidario, muy humano. Hambre, mucha hambre fue el diagnóstico. Colchonetas para alojar a los niños en peor estado y un tratamiento nutricional con estricto seguimiento fue su proceder inmediato, además de educar a las madres acerca de cómo alimentar a sus hijos sacando provecho de lo que poco que tuviesen en casa.

Nacía pues el primero Centro de Recuperación Nutricional, práctica imitada y extendida en todo el mundo. Comenzaba Bengoa una carrera social bellísima en el área de nutrición, impulsando años más tarde estrategias a nivel nacional, porque no era Sanare la única población con hambre. Ya como funcionario de la Organización Mundial de la Salud, puso en marcha el Instituto Nacional de Nutrición de Venezuela, además de fundar la Escuela de Nutrición y Dietética y la revista Archivos Venezolanos de Nutrición. Muchos años han pasado de aquella experiencia rural. Bengoa se despidió del plano terrenal en 2010, quizás ya vislumbrando que el hambre se regaría por todo el territorio de esa Venezuela que tanto amó.

Pero satisfecho debe sentirse al ver su accionar replicado por otras instituciones que no descasan de denunciar la gravísima situación nutricional de nuestros niños, con investigaciones que soportan cada cifra de alerta, y trabajan arduamente en la educación de una población que tiene que hacer magia, literalmente, para garantizar una adecuada nutrición en casa. Y si te inspiras en una obra tan completa y humana como la de este héroe, bien vale la pena hacerle honor y bautizar la organización con su nombre.

La Fundación Bengoa nace en Caracas, Venezuela, en el año 2000, con el propósito de defender el derecho humano de contar con una alimentación y nutrición saludable, así como educar y brindar herramientas para que todos los venezolanos puedan alimentarse bien, en medio de una crisis de bolsillos mega golpeados. Al igual que Bengoa en su tiempo, científicos e investigadores venezolanos, inquietos por la situación nutricional en el país, toman la iniciativa de agruparse y desarrollar acciones para divulgar y promover la importancia de la nutrición saludable. Se avocan a la investigación, siempre actualizando realidades y cifras, y llevan adelante estrategias para aportar soluciones.

El trabajo de investigación de la Fundación ha permitido corroborar que en algunas comunidades de Venezuela la pérdida de peso llega a 14 kilos durante 2017, lo cual supera en más de 2 kilos la pérdida de peso que registró la encuesta Encovi para 2016.  Maritza Landaeta, directora de esta organización sin fines de lucro, no descansa en denunciar que la desnutrición, en el país, se ha disparado de manera alarmante, y deben utilizarse los adjetivos adecuados para describir la situación actual: “Alimentación en emergencia humanitaria”. La especialista se refiere al plato venezolano como un “plato blanco”: no tiene proteína, no tiene vegetales, no tiene colores. El plato de la buena alimentación debe tener colores, porque eso indica un equilibrio de los nutrientes. Eso no se está dando en Venezuela.

El accionar de la Fundación Bengoa ha permitido la intervención nutricional en escuelas y comunidades evaluando el estado nutricional de sus integrantes, y al mismo tiempo formando a padres, madres, procesadoras, a los niños, para que comprendan la importancia de una buena nutrición; va más allá de estar más flacos o gorditos. Un plato equilibrado de comida, al menos una vez al día, se traduce en salud, en prevención de enfermedades mortales, en energía para el trabajo o el estudio, en alegría para esa mirada tristona que veía Bengoa en cada rostro de los niños. Sus proyectos de nutrición comunitaria han permitido servir platos de comida, y orientación nutricional que surge de la realidad económica de cada población: de lo que disponen más, de lo que pueden llegar a comprar.

Estableciendo alianzas con diversas empresas del área de alimentos y salud, han publicado guías gratuitas de acceso libre por la internet (se agrega link al final) y llevado adelante programas puntuales que se traduzcan en un mejor comer cuando los reales no alcanzan y los ingredientes están escasos. Ejemplo de lo anterior es el programa “Mi avena” que, en alianza con una reconocida marca de este ingrediente nutricional, llevó a cabo inicialmente un plan piloto en 13 escuelas públicas del Municipio Zamora (Guarenas-Guaitre), adscritas a la gobernación de Miranda, para ese entonces presidida por Capriles R. Desde entonces han venido dictando infinidad de talleres nutricionales a docentes y madres procesadoras y se han realizado estudios antropométricos a cientos de niños.

Fundación Bengoa es un espacio excelente para el voluntariado nacional e internacional, y por ello abre sus puertas a profesionales y estudiantes que deseen aportar horas solidarias; sumar esfuerzos a la consecución de su gestión social y de su razón de ser: alcanzar la superación de los innumerables casos de desnutrición y mal nutrición a nivel nacional. Si bien la organización desarrolla actividades para garantizar su sostenibilidad, las donaciones son más que bienvenidas, así como la  incorporación de manos solidarias  siempre aplaudidas y recibidas.

Un día el Padre Quintana fue a visitar el Centro de Recuperación Nutricional en Sarare y le preguntó a Bengoa cuándo daba de alta a los niños. Su respuesta fue clara y sencilla: “cuando sonrían, Padre, cuando sonrían”. Unamos esfuerzos con la Fundación que lleva el nombre de este héroe social para que cada mañana sonría un niño más, porque una sonrisa es señal de esperanza, de mejor país mañana, de sociedad solidaria y más humana.

El diablo está en Miraflores por Héctor Silva Michelena – Blog Polis – 23 de Enero 2018

El pasado 12 de enero de 2018, la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) emitió una exhortación en ocasión de celebrar su Conferencia Nº. 109 (CIX). Luego de citar palabras del Papa Francisco, donde dice: “Pienso especialmente en la querida Venezuela, que está atravesando una crisis política y humanitaria cada vez más dramática y sin precedentes…”, los Arzobispos y los Obispos de Venezuela, en el capítulo II del breve pero objetivo documento, examinan y opinan sobre la situación venezolana en 12 numerales.  En ellos, cumplen y se ajustan a los artículos 21 y 59 de la CRVB. Siguen, además,  los preceptos establecidos en la Encíclica De Rerum Novarum, del Sumo Pontífice León XIII, publicada por el Vaticano el 15 de Mayo del año 1891, base principal de la doctrina de la Iglesia sobre justicia social, fundamentada principalmente en las palabras de Jesús: ”Amaos unos a otros como yo os he amado”.

Esta es la ley moral de esa doctrina:
Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

De Rerum Novarum fue una carta abierta dirigida a todos los obispos y catedráticos, que versaba sobre las condiciones de las clases trabajadoras. Este importante escrito surge a la en plena revolución industrial., cuando el capitalismo salvaje imponía condiciones embrutecedores a obreros, mujeres y niños.

Baste leer La situación de la clase obrero en Inglaterra, de Friedrich Engels (1845), precisa descripción de la brutal explotación de los trabajadores, que perduró, casi intacta, hasta bien entrado el siglo XX. Léase además a Charles Dickens, Historia en dos ciudades, (1849), y Oliver Twist, escrita entre 1837 y 1839, y Cuentos de Navidad (1843), donde un anciano un anciano egoísta y avaro asegura que no le importan los demás, lo único que le interesan son los negocios y ganar dinero.

Como el texto ha alcanzado a todo los estratos la población, me referiré sólo a algunos aspectos, a mi juicio, de gran significado para los venezolanos, de cualquier fe. Los hombres pueden elegir sólo dos campos: el del bien o el del mal. No puede haber zonas gises permanentes, la elección es inevitable. Las palabras de Jesús viven. Nadie puede vivir siempre en el filo de la navaja, ni siquiera el agnóstico. El comunista JuliusFusik, antes de ser ejecutado por la Gestapo, dijo: “Hombres, os he amado”.

En esta exhortación, dirigida a todos los venezolanos, la CEV expresa que “Como pastores, en continuo acompañamiento a nuestro pueblo, experimentamos las graves y tristes situaciones que dibujan un panorama negativo y desolador”.  Seleccionemos algunas opiniones que, a mi juicio, son exactas.

Afirman que las medidas instrumentadas por el gobierno para alimentar al pueblo, que padece hambre, son insuficientes y tendientes a crear mendicidad y dependencia del Estado. Dicen que, además los Obispos ya han hecho la siguiente advertencia: “La raíz de los problemas (del país) está en la implementación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizado que el gobierno se empeña en mantener”.

Esto lo corroboran más de 100 economistas (yo entre ellos) en su carta abierta al presidente Nicolás Maduro, emitida el 12 de enero pasado. La Carta dice. “Ud. No puede desconocer que las carencias actuales están estrechamente vinculadas al intento de trasplantar un modelo que ha demostrado ser pernicioso para economías en vías de desarrollo y, en consecuencia, al manejo inapropiado de las políticas públicas, Todo gobernante debe saber que, en economía, los resultados dependen de los incentivos. […] Entre los controles más nefastos están los instrumentados sobre el mercado de divisas y sobre los precios, con graves consecuencias para las actividades productivas y comerciales y sobe el bienestar de la población”.

Los Obispos denuncian en su texto la inconstitucionalidad de la ANC, ilegítima de origen y en su desempeño. Y que con la “Ley contra el Odio” y la Intolerancia” criminaliza “toda manifestación en su contra […] cuyo efecto es consolidar un control absoluto de actividades y provocar el miedo y la autocensura”.  Tres días después, Maduro confirmó la advertencia de los Obispos, En efecto, el lunes 15 de enero, cuando rindió su Memoria y Cuenta ante la fraudulenta ANC, arremetió contra los representantes de la iglesia católica venezolana quienes en su Exhortación han sido frontales en su crítica a la situación social, política y económica del país. Aunque la Carta Magna vigente consagra la separación de los poderes públicos y la independencia del Ministerio Público (MP), Maduro instruyó al fiscal nombrado a dedo por la ANC, Tarek William Saab y al presidente del TSJ, Maikel Moreno, determinar si los sacerdotes cometieron delito de odio.

El 8 de enero de 2017, durante la instalación de la asamblea anual de la Conferencia Episcopal, el entonces presidente de la instancia, Diego Padrón, aseguró que el de Maduro “no es un gobierno democrático en sus decisiones, actuaciones y proyectos, ni es legítimo en su desempeño”. Además, Padrón describió a la ANC como un “engendro estratégico de carácter político que no es originaria ni plenipotenciaria”. Como se recordará, a fines de 2017, la fraudulenta ANC aprobó un acto normativo contra el odio que establece penas de hasta 20 años de cárcel por la comisión de actos de odio o discriminación. Los Obispos y Arzobispos de la CEV sólo han seguido la doctrina social de la Iglesia, establecida desde 1891, por León XIII, en la Encíclica mencionada, y desarrollada luego por sus sucesores. A buen seguro mantienen en sus mentes y obras las costumbres del Tábano de Atenas: a Sócrates.

¿Por qué llamaban a Sócrates “el tábano de Atenas”? Un tábano es un insecto molesto, una especie de mosca gigante que además pica. La metáfora de Sócrates y el tábano refiere a la costumbre que este tenía de “aguijonear” a los atenienses con sus preguntas en procura de que se despertaran para acceder al encuentro de la verdad. Una tarea ímproba que, de alguna forma, le costó que fuera luego condenado a muerte.

Consulté al padre Luis Ugalde sobre estas cosas: qué es el mal, los de demonios, la serpiente, creación del hombre…Esto me respondió, en mi correo, brevemente:

“Hola Hector. Te adelanto brevemente unas pinceladas sobre la teología católica, la serpiente, la manzana, el diablo etc. En la biblia hay que distinguir los géneros literarios: los psalmos, los apocalípticos, los proféticos, “los “históricos”… Desde luego el Génesis no es un relato histórico que narra el origen de la humanidad, del pecado etc.  Son relatos antropomórficos, mitos y expresiones simbólicas para expresar el misterio humano. No había paraíso, ni árbol de la ciencia, ni culebra-demonio, ni manzana. Dios no se remangó para coger barro y hacer un muñeco para luego soplar y hacer al hombre o de su costilla hacer a Eva. Tampoco trabajó 6 días y se cansó y luego descansó el séptimo, Ni en Babilonia hicieron una torre que llegara hasta el cielo… Pero todo ello expresa la condición humana de ayer, de hoy y de mañana. El demonio expresa indudablemente el mal y la tentación nuestra inclinación al mal enfrentado al amor de Dios que nos invita a ser como Dios, no por la dominación sino por el amor y la entrega. El mal es una realidad indudable, su simbolización en el demonio evoluciona. Hoy muchos teólogos católicos no creen en la personificación del diablo. Otros sí. Lo que es importante es que existe el mal, la tentación de ser como dioses por el camino de la soberbia, que hace un mundo inhumano, y existe también la invitación de Dios a buscar la plenitud humana de la que Jesús es como el arquetipo de carne y hueso”.

“Los obispos de Barquisimeto y Yaracuy no han sido detenidos. El ataque a ellos ha producido documentos de apoyo a ellos en muchas diócesis y también de todo el episcopado latinoamericano. Si luego puedo te enviaré algo de esto. Es una locura más del gobierno”.

Lo importante, pues, es que el mal existe y la tentación de ser como dioses es inmanente a la naturaleza y la condición humanas. Y la soberbia es su camino. Y Hasta en las cosas aparentemente más neutras, el demoño-símbolo encuentra el reflejo y el recuerdo de los atributos divinos. Su fin justifica sus medios: negar la plenitud humana. El mal pertenece al drama de la libertad humana.

El hambre como herramienta de dominación política por Gustavo Coronel – Blog Las Armas de Coronel – 21 de Enero 2018

gse_multipart55967El 23 de Abril de 2015 fue publicada una entrevista a Marcelo Resende, representante de la FAO en Venezuela, en la cual dijo: “Las misiones sociales, creadas durante los últimos 12 años, han sido un mecanismo fundamental para erradicar el hambre en Venezuela… en base a  la política de alimentación de un país que revirtió el índice de subnutrición y logró que más de 3.000.000 de personas que antes no tenían acceso a los alimentos pudieran tenerlo…”. 

Esta absurda declaración del Sr. Resende, un mercenario al servicio del régimen chavista, fue refutada en una comunicación remitida al Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, por 40 organizaciones no gubernamentales latinoamericanas el 21 de julio de 2016, así como en mi blog, ver:http://lasarmasdecoronel.blogspot.com/2016/07/la-indigna-actuacion-de-la-fao-en.html ,https://www.lapatilla.com/site/2016/08/01/gustavo-coronel-la-fao-sigue-insultando-a-los-venezolanos/ y http://www.analisislibre.org/mi-queja-ante-las-fao-sobre-su-representacion-en-caracas-gustavo-coronel/.

Las misiones chavistas fueron el inicio de una estrategia que terminaría en la utilización abierta del suministro alimenticio controlado a la población como herramienta de dominación política.

Orígenes de la estrategia

La utilización de alimentos cómo herramienta de dominación política tiene sus orígenes modernos en el llamado Plan del Hambre Nazi. Este plan consistió en la transferencia de alimentos producidos en Rusia hacia la Alemania nazi, a fin de alimentar el ejército nazi a expensas de la población soviética, estrategia que causó la muerte por inanición de millones de personas. En el juicio de Nuremberg contra los criminales de guerra nazis  esta estrategia de inanición fue una de las razones que condujeron a las sentencias de muerte de los acusados.

En América Latina las estrategias similares a la usada por el régimen venezolano han sido las de los Castro en Cuba y de Salvador Allende en Chile. En Cuba ha existido desde 1963 un asfixiante racionamiento para la población, el cual la ha colocado en un plan de humillación crónica. Más parecida todavía fue la estrategia llevada a cabo en Chile por Salvador Allende, con las llamadas Juntas de Abastecimiento y Control de Precios JACP. Estas juntas chilenas fueron creadas por Allende en Abril de 1972, integradas por “un grupo de trabajadores que luchan en cada vecindario por lograr un adecuado abastecimiento, control de precios y combate en contra de la especulación”.

La manipulación de los alimentos en función política se basó en una alianza político-militar

En un excelente trabajo publicado  por PROVEA, ver:https://www.derechos.org.ve/investigacion/los-clap-7-indicios-de-discriminacion-politica  se menciona que todos los ministros de alimentación del régimen han sido militares:  el teniente coronel Yván José Bello Rojas, el mayor general Carlos Osorio Zambrano, el general de Brigada Félix Osorio, el mayor general Hebert García Plaza y el general de División Rodolfo Marco Torres, quien fue recientemente remplazado por el General Luis Alberto Medina Ramírez. Las primeras actividades de este tipo que se llevaron a cabo en el régimen datan de 2000, cuando se estructuró la llamada alianza cívico militar propuesta por el anti-semita argentino Norberto Ceresole, creándose dos grupos militarizados, el Plan Bolívar 2000 y el Fondo único Social. Estos fueron centros de gran corrupción, manejados por Víctor Cruz Weffer y William Fariñas respectivamente, ver también: https://www.elcato.org/pdf_files/ens-2006-11-27.pdf

En Julio 2016 Nicolás Maduro anunció la creación del llamado  Comando para el Abastecimiento Soberano, bajo el mando del ministro de la Defensa, General en jefe Vladimir Padrino López. Todos los ministerios quedaron supeditados a Padrino López  en el desempeño de las estrategias para afrontar la escasez de alimentos. Maduro lo dijo: “El Estado Mayor de los Comités de Abastecimiento Popular es un Estado Mayor que tiene más que rango ministerial. Cuando el Estado Mayor cite a un ministro, el ministro está obligado a rendirle cuentas porque le está rindiendo cuentas al pueblo organizado”. Se llegó al extremo de nombrar un general para cada rubro alimenticio: el General Caraotas, el general Leche, etc.

El “ejército” encargado de la logística de distribución de los alimentos estuvo estructurado por tres fuerzas chavistas incondicionales: UNAMUJER, donde militan solamente las mujeres “Bolivarianas, socialistas y chavistas”; El FRENTE FRANCISCO DE MIRANDA, creado por Fidel Castro y Hugo Chávez en  la Habana en 2003 y las llamadas UNIDADES DE BATALLA BOLÍVAR-CHÁVEZ, integradas por “destacados” miembros del PSUV, el partido chavista, quienes forman la estructura base de ese partido, según dice Elías Jaua en la página oficial de ese grupo.

En Mayo de 2016 el régimen designó a Freddy Bernal como coordinador del Centro de Control de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, conocidos como CLAP (Gonorrea, en Inglés) , cuya misión es la de supervisar la distribución de alimentos en las comunidades organizadas “para combatir la guerra económica y garantizar que los alimentos lleguen directamente al pueblo”. Freddy Bernal es un antiguo hampón, miembro de una pandilla de ladrones, hecho preso por la policía de Caracas en la década de los años 60. Hoy en día figura como uno de los miembros del régimen sancionados por USA por estar involucrado en violaciones de derechos humanos y corrupción. Bernal es un civil y quien realmente da las órdenes es el Ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López. Hace unos días, el 19 de Enero de este año, Padrino López, se reunió  con representantes de los mercados del  sector privado y les dijo que los precios de venta en esos mercados debían mantenerse al nivel de Diciembre, imponiendo así un control arbitrario de precios. Añadió que “estaban llegando a Venezuela 1500 contenedores con cajas de alimentos, para ser distribuidos entre el pueblo venezolano”.

La estructura organizativa de los CLAP se completaba con un grupo de “Inspectores presidenciales” al mando de un militar, el Almirante Carlos Vieira.

Como opera el sistema de los CLAP

El anuncio de la puesta en marcha de los CLAP fue hecho por Nicolás Maduro en Abril de 2016. Maduro dijo: “Comienza una revolución económica en el sistema de distribución de alimentos del pueblo venezolano por la vía del socialismo”. Al decir esto no dejaba duda de que el sistema serviría para consolidar al socialismo-comunismo en el poder. Maduro definió al sistema como : el gran instrumento de la revolución bolivariana fundada por el comandante Chávez para superar y vencer la guerra económica”. El trabajo hecho por PROVEA, arriba mencionado, cita a Aristóbulo Istúriz  en Julio 2016 diciendo lo siguiente sobre los CLAP: “Los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap) son un instrumento político para defender a la Revolución y al pueblo”. El 8 de junio de 2016, la gobernadora del estado Cojedes, Erika Farías, había dicho: “Los CLAP son una nueva forma de lucha, una nueva organización de base en tiempos de guerra y constituyen un ejército de vanguardia revolucionaria para defender la Patria, profundizar la Revolución”.

No hay dudas de que este sistema comenzó a operar como una herramienta política, convirtiéndose rápidamente en un arma de sometimiento del pueblo.

Los testimonios del pueblo han servido para revelar el grado de exclusión y de manipulación en la distribución de los alimentos. Para comenzar, los chavistas que operan el sistema marcan las casas de los identificados como opositores y  no reparten las bolsas o cajas en esas viviendas. Pero, cuando las entregan, los dejan para el final y  entregan cajas que contienen solo cuatro productos. La distribución divide las zonas en PRODUCTIVAS Y NO PRODUCTIVAS. Las zonas productivas son aquellas donde el chavismo siempre ha ganado las elecciones y allí hacen una distribución “eficiente”. Estas zonas incluyen barrios como Gramoven, Ciudad Caribia, Blandín, etc. Las zonas NO PRODUCTIVAS, como Ciudad Tablitas, no recibe las bolsas o las recibe tarde o incompletas. En un reportaje, ver:https://impresa.prensa.com/panorama/hambre-metodo-control-social-Venezuela_0_4747775275.html , se afirma que los escuálidos (opositores) no reciben la comida.   La organización CEDICE afirma que el régimen utiliza los alimentos como instrumento de control ciudadano, ver: https://www.venezuelalucha.com/cedice-gobierno-utiliza-hambre-una-herramienta-control-la-ciudadania/

Las bolsas llegan de manera irregular, cada mes, y su contenido varía: harina pan, en ocasiones. Pasta y arroz, productos de limpieza, salsa picante o salsa de ajos. Y hay que comprar todo o nada.

El sistema es violatorio de los derechos humanos y de la constitución venezolana.

Los CLAP carecen de basamento jurídico ya que solamente se mencionan en el Decreto de Estado de Excepción y Emergencia Económica de fecha 13 de Mayo de 2016. La manera como está puesto en práctica, al obligar al sector privado a cerrar sus puertas y al excluir a venezolanos opositores del acceso a la alimentación, viola múltiples artículos de la constitución venezolana, los cuales hablan del goce de los derechos humanos sin discriminación de ningún tipo y el derecho de los venezolanos a la alimentación. Por su parte la regulaciones de derecho internacional estipulan que un Estado viola los derechos humanos al  negar el acceso a los alimentos a determinados individuos o grupos, tanto si la discriminación se basa en la legislación como si es activa; así como al  impedir el acceso a la ayuda alimentaria de carácter humanitario en los conflictos internos o en otras situaciones de emergencia. Esto es exactamente lo que está haciendo el régimen chavista en Venezuela.

La desnutrición infantil se acerca al genocidio

CARITAS, organización internacional de gran prestigio ha expresado su gran preocupación por la situación venezolana. El problema se agudiza porque el 60% de los pacientes que muestran desnutrición grave son lactantes. Susana Rafalli, de CARITAS, dice que un 33% de la población infantil venezolana muestra retardo en el crecimiento, lo cual incidirá negativamente en su vida adulta. Un informe de CARITAS presentado ante la ONU, ver: http://revistazeta.net/2017/11/17/informe-caritas-venezuela-ante-la-onu/  dice que la mortalidad de los niños venezolanos antes de cumplir su primer año de ha triplicado en los últimos ocho años.

CARITAS afirma que:

  • 69% de los hogares han tenido que cambiar su forma habitual para adquirir/comprar alimentos.
  • 71% de los hogares reporta haber tenido un deterioro de su alimentación.
  • El 69% de los encuestados respondió que nunca ha tenido acceso a los Clap.
  • El 41% de las familias ha tenido que pedir o mendigar por alimento y obtener alimentos en lugares no acostumbrados.

Que puede hacerse?

Lo dicho en este resumen configura una situación de emergencia alimenticia en Venezuela que puede calificarse de tragedia humanitaria. No solo es una tragedia humanitaria sino que ella es  causada  conscientemente por el régimen chavista para mantener al pueblo en estado de sumisión política,  lo cual resultará en la creación de una generación futura mental y físicamente minusválida por la vía de la desnutrición.

Intervención Ya

Cuando a esto se suma la colonización de la cual ha sido objeto Venezuela por el régimen cubano con la complicidad del chavismo y la existencia en Venezuela de un estado fallido, definido como  un estado que no puede o no quiere proveer los servicios esenciales que debe garantizar a sus ciudadanos para funcionar correctamente, es decir, estabilidad, seguridad y garantía de derechos humanos para sus habitantes, es preciso concluir que el régimen venezolano debe ser intervenido cuanto antes, a fin de acelerar su salida del poder.

La naturaleza, diplomática, económica o militar,  de esta intervención será objeto de un escrito posterior.

 

 

 

¿ Por qué la izquierda brasileña está muda ante el hambre que mata niños en Venezuela? por Juan Arias – El País – 18 de Enero 2018

Cerrar los ojos ante esas tragedias es traicionar los valores de la izquierda sensible al llanto de los desvalidos

Creo que no hay nada más doloroso que ver morir de hambre a un niño, y más si eso ocurre en un país que, como Venezuela, posee las mayores reservas de petróleo del mundo y se proclama socialista. No deja, por tanto, de resultar extraño el silencio de la izquierda brasileña frente a esas muertes infantiles por falta de comida en el país amigo. El Partido de los Trabajadores quiere volver con Lula al poder. Tiene todo el derecho de intentarlo democráticamente, pero necesitará decirnos antes qué piensa de lo que está denunciando la prensa mundial sobre Venezuela. Semanas atrás escribió el diario Folha de São Paulo: “El hambre persigue a Venezuela desde hace años. Ahora está matando a niños del país a un ritmo alarmante”. El diario brasileño relata cómo un equipo de The New York Times publicó la última Navidad un largo informe realizado durante cinco meses en 21 hospitales de 17 Estados venezolanos en el que médicos y enfermeros confirmaron que hay niños están muriendo de hambre y desnutrición por falta de comida.

La ONG Provea, defensora de los derechos humanos, ha denunciado a su vez, según el periódico O Estado de São Paulo, que los venezolanos más pobres, ante la crisis de alimentos en una economía que, como ha escrito EL PAÍS, “está en coma”, con una inflación de cinco cifras, se ven obligados a comer una especie de salchichas para perros, hechas con los restos de carnes y grasas sin control sanitario, o el pienso para gallinas que les sirve de sustituto del arroz. Lula, que apoyó las campañas de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, llegó a afirmar que en Venezuela existía “demasiada democracia”. ¿Sigue pensándolo hoy la izquierda brasileña? Lo que sí existe es hambre que mata, mientras aquí en Brasil lo que empieza a preocupar es el exceso de peso y la obesidad, que ya alcanzan a un 53% de la población, incluida la infantil.

Es cierto que muchas veces al gran público, sobre todo el menos culturalizado, no le dice demasiado la falta de democracia de un país y hasta, a veces, alberga nostalgia de las dictaduras, pero lo que no deja de doler a nadie es el hambre de un niño. El mundo está viviendo un giro a la extrema derecha con tintes de nuevos y peligrosos autoritarismos. Más que nunca es necesario que la izquierda social, ya que la ideológica ya ha perdido su sentido, se sensibilice con quienes viven como en Venezuela momentos dramáticos, no ya por carecer de papel higiénico, sino porque allí se muere de hambre. Cerrar los ojos ante esas tragedias es traicionar los valores de la izquierda sensible al llanto de los desvalidos.

Lula, que apoyó las campañas de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, llegó a afirmar que en Venezuela existía “demasiada democracia”. ¿Sigue pensándolo hoy la izquierda brasileña?

Sólo quién ha sentido en su carne el aguijón del hambre puede entender lo que supone para unos padres tener que enterrar a su pequeño muerto por falta de alimentos, como el caso de Venezuela que relata Folha. Lo saben muy bien quienes consiguieron escapar de un campo de concentración nazi. Uno de esos supervivientes brasileños, que vino a almorzar a nuestra casa, quiso comer sólo el pan que había hecho mi mujer. Nos contó que era tal el hambre que masticó en el infierno del campo que aún hoy su mejor manjar es un pedazo de pan. Yo mismo, que soy uno de los sobrevivientes del hambre que azotó a los españoles durante la Guerra Civil de 1936 y el periodo de posguerra, puedo asegurar que pocas cosas son tan duras para un niño como lo era para mi y mis dos hermanos irnos a dormir con hambre. Durante mucho tiempo, y hasta entrado ya en la edad adulta, soñaba, como una pesadilla, con el pan caliente saliendo del horno.

Son recuerdos que hoy se agolpan en mi memoria cuando leo que en la hermana y rica Venezuela hay niños que mueren de hambre o se ven forzados a disputar la comida a los perros y a las gallinas. Y así como me duele su hambre, me duele el silencio de la izquierda rica brasileña que, enzarzada en sus pequeñas disputas políticas, no consigue levantar su voz para denunciar esa tragedia. ¿O es que la izquierda aún sigue pensando que lo que le sobra a Venezuela es democracia? Lo que sí le sobra hoy es el llanto de los que no consiguen comida para sus hijos.

 

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