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El zar de la economía de Maduro no puede con la economía por Zenaida Amador – ALnavío – 14 de Octubre 2019

La economía venezolana al cierre de 2019 será 60% más pequeña que en 2013. Sólo este año, según estimaciones del Fondo Monetario Internacional, el PIB experimentará una contracción de 35%. A la par de esto, el país sigue sumido en un agresivo proceso inflacionario con una variación de precios de 50.100,3% entre octubre de 2018 y septiembre de 2019 y, según la FAO, 6,8 millones de venezolanos padecen hambre. Las proyecciones de organismos internacionales y de firmas privadas indican que el panorama no será diferente en 2020.
Tareck El Aissami: “Estamos en plena fase de recuperación económica” / Foto: Presidencia
Tareck El Aissami: “Estamos en plena fase de recuperación económica” / Foto: Presidencia

Pero Tareck El Aissami, vicepresidente del Área Económica de Nicolás Maduro, opina diferente. “Estamos en plena fase de recuperación económica (…) Estamos generando mayor riqueza y diversificando nuestra economía”, aseguró a finales de agosto.

Vale decir que desde 2018 El Aissami ha trabajado en la búsqueda de opciones para evadir las sanciones internacionales al régimen de Maduro. Eso incluye rutas alternas para los flujos de dinero y de mercancías, así como la identificación de intermediarios y de otras figuras a través de las cuales efectuar las operaciones que buena parte del sistema financiero global le impide.

Más recientemente dijo que “2019 ha sido el año de fuego para forjar nuestro carácter revolucionario de cara a las nuevas victorias de los tiempos futuros”, por lo que augura que “2020 es el año definitivo hacia el despegue y el crecimiento económico real”.

Sus afirmaciones parecen no tener asidero alguno. Así lo sienten los ciudadanos, así lo reflejan las estadísticas disponibles. Pero eso no le importa al régimen.

El Aissami, como Maduro, mantiene el mismo discurso desde mediados de 2018 -cuando asumió el liderazgo del área económica- alternando entre las promesas de un mañana mejor que nunca llega y las acusaciones a mansalva de que los problemas son fruto de la guerra económica, de los ataques de la derecha y del imperialismo, pero jamás su responsabilidad. Su único objetivo es garantizar la sostenibilidad del régimen en el poder.

Protagonista de fracasos

Recién llegado a su nuevo cargo a El Aissami le tocó liderar lo que sería el gran programa de medidas económicas de Maduro, anunciado al país el 17 de agosto de 2018 y que, días más tarde, se complementó con una reconversión monetaria que borró cinco ceros a la moneda.

“La recuperación del poder adquisitivo real del pueblo, el estímulo a la producción nacional, la estabilidad de los precios, son parte de los objetivos del programa de recuperación, crecimiento y prosperidad económica”, afirmó entonces. Ninguno de los puntos se ha cumplido a la fecha porque no se corrigieron los problemas de fondo que, entonces y ahora, mantienen al país en recesión e hiperinflación.

En aquel momento El Aissami asumió la fijación de precios como su bandera. Instaló mesas de trabajo con los empresarios donde les notificaba “precios acordados” que debían poner a los productos y que, en muchos casos, no tomaban en cuenta los costos de producción, por lo que terminaban quedándose en el papel. Para imponerlos tomó medidas radicales, como la ocupación temporal de varios mataderos en el país, lo que dio paso a una aguda escasez de carne.

De forma vehemente ordenó inspecciones, fiscalizaciones y señaló públicamente a diversas empresas y sectores por incumplir los precios acordados. Todo era parte de una gran cortina de humo que no servía para atender ninguno de los graves problemas del país, pero que sí le permitió transitar meses convulsos donde el malestar social ponía al país al borde de un estallido.

Ahora, cuando el sector industrial privado opera al 19% de su capacidad instalada sin garantías de insumos ni de materias primas, cuando el sector comercio y servicios estima que ha perdido cerca de 45% de su tejido y cuando el consumo registra una contracción de 40%, El Aissami permite que -en general- los precios respondan a la dinámica del mercado.

A veces, cuando la circunstancia política lo demanda, el tema vuelve al tapete y hacen amagos de retomar la línea dura. “Señor vicepresidente (El Aissami), lo encargo a usted para que establezca de manera permanente, con información al pueblo, el sistema de precios acordados y justo actualizado; es una orden de pleno cumplimiento y de protección al pueblo”, le recordó Maduro a inicios de septiembre en medio de un evento donde intentaba mostrar en cadena nacional de radio y televisión que el aparato productivo del país sigue activo y que existe capacidad para atender las necesidades alimenticias de la población. El Aissami anotó la instrucción en su cuaderno y hasta allí llegó el tema.

Por más de un año El Aissami también ha estado al frente de varias vueltas de tuerca del fracasado sistema de control cambiario hasta que dio paso al esquema actual, más flexible, pero que ni atiende las necesidades reales de la economía ni termina con las restricciones de fondo. El esquema ha servido para que el régimen venezolano circule parte de los recursos que levanta con la venta de oro y otras operaciones, y para estimular el florecimiento de una economía alternativa e informal, plena de productos importados y de alta gama, que poco o nada tiene que ver con la realidad del país, donde 80% de la población vive en condiciones de pobreza.

El eslabón

Pero desde el punto de vista estratégico, El Aissami ha sido una pieza clave en la coordinación del manejo de la coyuntura de la mano con los aliados de Maduro para darle a su régimen las bocanadas de oxígeno necesarias para sostenerse.

Buena parte de la gestión del oro que se extrae del Arco Minero, de su movilización hacia el Banco Central de Venezuela y de las operaciones que se pactan desde allí, son materias de la Vicepresidencia del Área Económica. Se trata de la nueva fuente de ingresos alternativa de la que nadie rinde cuentas y que sirve para engranar una nueva ingeniería financiera.Según la FAO, 6,8 millones de venezolanos padecen hambre / Foto: EFE

Vale decir que desde 2018 El Aissami ha trabajado en la búsqueda de opciones para evadir las sanciones internacionales al régimen de Maduro. Eso incluye rutas alternas para los flujos de dinero y de mercancías, así como la identificación de intermediarios y de otras figuras a través de las cuales efectuar las operaciones que buena parte del sistema financiero global le impide.

El objetivo ha sido establecer un sistema alterno, preferiblemente a través de Asia y Europa, para compensar el desmantelamiento de las corresponsalías bancarias, apelando también a acuerdos que generen flujos en euros, yuanes o rublos, que el régimen pueda disponer, con baja trazabilidad y control.

En este sentido, ha estado trabajando en conexiones con Rusia, China, India y Turquía. Con esta última gestionó de forma directa los tratos para la venta de oro, donde se han movido más de 1.000 millones de dólares desde inicios de 2018, operaciones que se han traducido en la llegada de productos turcos al mercado y, entre otras cosas, de euros en efectivo para alimentar las mesas cambiarias.

Si bien El Aissami ejerce su rol ante tales interlocutores, está altamente limitado para relacionarse con otros mercados y desempañarse en otros escenarios por las sanciones personales que le han sido impuestas. Es, además, uno de los 10 prófugos más buscados por narcotráfico según el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos.

Holodomor por Bernardino Herrera León – TalCual – 3 de Septiembre 2019

Holomodor significa “matar de hambre” en ucraniano. Con esa palabra, el escritor Oleksa Musienko identifica uno de los tantos genocidios del siglo XX. En ese caso, el que llevó a cabo el régimen dirigido por Joseph Stalin para aplastar la resistencia del campesinado contra la colectivización, entre 1932 y 1933. Los archivos oficiales de la Unión Soviética, aunque reconocen un millón y medio de muertes, niegan tal holocausto. Pero los cálculos de El libro negro del comunismo, escrito por excomunistas franceses, lo estiman en diez millones de víctimas. En Ucrania la tragedia se conmemora el cuarto día de cada noviembre y se admite la aterradora cantidad de 7 millones de seres humanos.

Quienes por distintas razones hemos experimentado el malestar que se siente luego de más seis horas sin probar bocado, tenemos idea de lo extremadamente doloroso que es padecer hambre. Morir de hambre no es como un infarto o una enfermedad respiratoria, que mata rápidamente. El hambre mata de muchas formas en una larga agonía que en promedio puede durar dos intensos meses. En dos días de mal comer se agota la glucosa. En dos semanas, quemamos toda nuestra grasa. El tiempo restante, consumimos todas las proteínas y el tejido de masa muscular. Esta última fase es sumamente dolorosa pues el cuerpo, literalmente, se come a sí mismo. La hambruna es una muerte fácil de ocultar, difícil de calcular, pues se disimula en multitud de enfermedades cotidianas, de epidemias y de pandemias.

En las guerras del pasado, la hambruna fue un “arma de guerra”. Efectiva para forzar la rendición incondicional de los vencidos. Su uso es más frecuente, a medida que retrocedemos en el tiempo, cuando la moral humana se debilita en la barbarie. La relación competitiva entre grupos humanos diferentes fue de una inenarrable brutalidad. Pero una cosa es el uso de la hambruna como arma de guerra y otra la crueldad con se aplicaban premeditadamente estos “métodos” para castigar a enemigos ideológicos o religiosos.

El 26 de agosto de 1789, fue aprobada la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” por una Asamblea Nacional Constituyente, en Francia. Unos años antes, la declaración de independencia norteamericana consagraba también sus principios básicos: justicia, bienestar general y libertad. En aquellas formidables ideas ya se repudiaba el genocidio. Poco después, vendrían los tratados de regularización de las guerras, que intentaban disminuir la brutalidad contra los vencidos. Garantizar la vida de quienes se rindieran resultó ser un incentivo para reducir el costo material y humano de las guerras. Pero será desde el 8 de agosto de 1945, cuando se instituye por primera vez el concepto de “crímenes contra la humanidad”, predecesor de otro más elaborado Estatuto de Roma, de 17 de julio de 1998. Desde entonces, los genocidios son condenados y apenas procesados por una aún incipiente justicia internacional.

Todo el peso de este marco moral histórico, toda esta jurisprudencia, hacen mucho más grave el caso de la tragedia venezolana. A un siglo del Holidomor ucraniano, el régimen chavista lleva a cabo otro espantoso genocidio, exterminando a la población de su nación por hambruna, desasistencia médica, altas tasas de homicidios y ejecuciones extrajudiciales masivas, entre otros “métodos”.

El éxodo masivo terminaría de completar el ajuste demográfico que, estiman, sería el ideal para mantenerse en el poder, a bajo costo. Su plan consiste en reducir la demanda social y facilitar el control represivo sobre potenciales brotes de rebeldías y estallidos sociales. Por el momento es imposible calcular el costo en vidas.

Todas estas gravísimas afirmaciones ya se observan a simple vista. La premeditación y la alevosía del régimen chavista se confirma por su persistente negación de la crisis. Su discurso, completamente divorciado de la realidad niega la gravedad extrema de lo que sucede. Su empeño en culpar a otros de este desastre es su recurrente negacionista más usado. Antes la “guerra económica”, ahora el “bloqueo”. No bastaron 20 años en el poder, ni los más abundantes recursos jamás percibidos en nuestra historia para alcanzar una supuesta independencia económica de los Estados Unidos. Sabemos que tal dependencia no era tal. Son argumentos completamente falsos.

Es crucial para las fuerzas democráticas que aun sobreviven en el país, y fuera de él, que pongamos en perspectiva esta nueva fase de la tragedia venezolana. La actual crisis humanitaria no es resultado de un mal gobierno. Tampoco del fracaso de una política económica. Este caos es premeditado. Es inducido. Planificado con fría y extrema crueldad. Propia de mentes enfermas, embriagadas de poder y de odio político y social.

Con la dictadura chavista no cabe un “perdónalos señor, que no saben lo que hacen…”. Ellos, sí saben, y muy bien, lo que hacen. Monitorean a diario el avance de su siniestro plan. Es de extrema importancia tomarlo en cuenta, sobre todo, para desmontar el discurso de los teóricos “cohabitacionistas”, que definen al chavismo como un grupo político más, al que simplemente hay que relevar del poder.

No lo es. Desde sus orígenes, el chavismo conspiró militar y clandestinamente. La antipolítica, el odio a la democracia está en sus genes. Lo demuestran ahora de forma cruel, brutal y devastadora.

La dirigencia opositora no parece caer en cuenta de este drama tan real como grotesco. Está ocupada en una especie de campaña electoral. Sus dirigentes muestran risas de alegría. No sabemos dónde las obtienen.

No nos damos cuenta. Nos acostumbramos a ver gente comiendo de la basura. A dejar que algunos ancianos, mujeres y niños coman de las sobras que dejamos en los restaurantes. A dar trozos de pan a niños en situación de calle. A observar los cuerpos famélicos deambulando por las calles. Ya es común oír llantos de hambre en las esquinas.

Aún no se percibe la crudeza del impacto de la primera fase de la hambruna venezolana. Pero, este último salto hiperinflacionario, que ahora se desata súbitamente, impactará muy rápido. La población que ya arrastra carencias nutricionales se verá de pronto sumergida en una nueva ola masiva de hambruna severa. Comer un bocado al día será un milagro. Las enfermedades acechan.

Como Oleska Musienko con el Holodomor, habrá que bautizar del algún modo, uno de estos días, a esta espantosa tragedia venezolana.

Esto de Maduro no es una dictadura por Paciano Padrón – El Imparcial al día – 20 de Agosto 2019

Por supuesto que el régimen criminal que todavía hoy somete a Venezuela tiene elementos que le asemejan a una dictadura, como las torturas, asesinatos y presos políticos, el control de la opinión pública o el sometimiento de los poderes públicos a una sola voz; no obstante, esta tragedia es más que eso, estamos ante un proceso de destrucción absoluta del país y de su sometimiento al crimen organizado, al narcotráfico, a la guerrilla colombiana y al terrorismo internacional, además de la presencia de soldados cubanos, iraníes, chinos y rusos con la aceptación y complacencia del régimen. Estamos invadidos. No se vislumbra factible una salida solo con el esfuerzo de los venezolanos. El TIAR es una opción, pero también es bienvenida cualquier otra salida que permita sumar fuerzas para sacar al usurpador y a los invasores.

En algo más de 200 años de vida republicana, tres cuartas partes del tiempo hemos estado sometidos como pueblo a gobiernos totalitarios, a dictaduras militares, no alcanzando a 60 años los períodos de gobiernos civiles y democráticos. No obstante, ningún régimen tan destructor como este del llamado socialismo del siglo XXI, máscara del comunismo internacional y del Foro de Sao Paulo. En Venezuela teníamos como ejemplo de férreas dictaduras las de Juan Vicente Gómez y Marcos Evangelista Pérez Jiménez: el primero dominó el escenario por 27 años y murió en el poder; la “Rotunda” es el nombre de la dantesca cárcel de sus presos políticos; Gómez no permitió que las ideas modernas del siglo XX se difundieran en el país, tampoco permitió partidos políticos, sindicatos, organizaciones estudiantiles ni ninguna otra de la sociedad civil, él era el dueño de Venezuela; al morir, todo lo robado quedó en el país y oportunamente fue decomisado y devuelto al Tesoro Nacional. Fue nacionalista al igual que lo sería Pérez Jiménez, a pesar de su temible Seguridad Nacional, la odiada policía política del régimen que torturó y robó; modernizó el país, hizo obras fundamentales y Venezuela quedó en vía al desarrollo.

El salvajismo de este comunismo del Foro de Sao Paulo tiene como política la destrucción económica del país para, al estilo cubano, someter a la población por hambre y enfermedad, desatando una mortalidad y desesperanza, una migración sin precedentes en el continente, que ya se estima cercana a los seis millones de los nuestros, mientras 44% de los que restan desean emigrar y el 25% del total de la población actual de Venezuela confiesa, en encuestas, que está preparando su salida, lo que significa que de no generarse el cambio en los próximos meses, la cuarta parte de la población que hoy permanece en el país saldrá de él como migrante, en búsqueda de sobrevivencia.

Comer de la basura es “normal”, 50% de la población declara que no come tres veces al día, el 77% dice conocer a alguien que está padeciendo hambre extrema, mientras que el 92% de la población total está por debajo de la seguridad alimentaria, dijimos 92%, la casi totalidad de los nuestros.

Si bien la migración masiva genera no pocos problemas a los países hermanos receptores, está igualmente demostrado que produce beneficios recibir a los migrantes, pero más allá de la compensación que pueda producirse entre daños y aportes positivos de una migración masiva, esta narco dictadura de forajidos de la guerrilla, del terrorismo y los traficantes de narcóticos es una amenaza a la paz continental.  Es la región la que debe actuar. Los soldados venezolanos están de tal manera controlados por el G2 cubano, de tal manera penetrados, que poco puede esperarse de ellos. Una acción del TIAR o de una fuerza coaligada por la libertad y la democracia en América, pueden devolver la paz y el camino del desarrollo a Venezuela, y pueden ser garantía de erradicación de la presencia, a cuerpo de rey, del crimen internacional organizado en la región. Es el momento para que el continente reaccione de manera efectiva y contundente, no más declaraciones. Es la hora, el régimen de Maduro está podrido y sin aliento. Se le acabó el tiempo. Esto de Maduro no es una dictadura.

La «Olla Solidaria» socorre a miles de venezolanos sumidos en la pobreza por Ludmila Vinogradoff – ABC – 12 de Agosto 2019

Multitud de venezolanos comen una vez al día gracias a la Iglesia Chiquinquirá
Multitud de venezolanos comen una vez al día gracias a la Iglesia Chiquinquirá – L.V.

La Iglesia católica con los voluntarios tiende su mano a los más necesitados para que no se mueran de hambre

La cita es el sábado en la Iglesia Chiquinquirá. Entre 80 y 100 voluntarios se reparten la tarea de preparar y servir unos 850 platos de comida a los necesitados, que vienen desde los alrededores de Caracas, los Valles del Tuy, Higuerote y de los barrios más pobres de la capital.

Hace tres años los obispos de la Conferencia Episcopal Venezolano decidieron lanzar el programa social la «Olla Solidaria» para alimentar a los pobres pero en la Iglesia Chiquinquirá decidieron ir más allá y bautizar su jornada como la «Olla Milagrosa» en honor a San Isidro Labrador, un santo muy venerado en Madrid.

Carlos Gerome, un hombre sin dentadura con edad indefinida que se ve maltratado por la crisis, no se sonroja al auto calificarse en «situación de calle» o mejor dicho en la indigencia, dice a ABC. «Vivo en Chacao bajo un puente. Vengo aquí porque no quiero seguir comiendo de la basura», dice apretando contra su pecho su deshilachado morral, de los que el régimen chavista regala a los niños en las escuelas públicas.

Gerome llegó a Caracas desde su natal isla de Margarita. En la capital lo atrapó la crisis, se quedó sin trabajo y ahora deambula como alma en pena sin dinero para regresar a su isla donde podía pescar y no se moría de hambre sacando una sola sardina al día.

Pero Caracas es otra cosa. El régimen de Nicolás Maduro ha salvado la capital de dejarla sin gasolina. Aunque escasea se consigue agua, gas y electricidad de manera racionada y a cuenta gotas. Pero en el interior los venezolanos pasan seis meses sin los servicios básicos y cocinando a leña.

Por la escasez aunque menos aguda, la capital se ha visto desbordada de indigentes, mendigos y desplazados de la provincia que no han podido escapar caminando por la frontera hacia Colombia, Perú y Chile.

La FAO de las Naciones Unidas señala que el hambre se triplicó en los últimos dos años (2016-2018). En su último informe afirma que casi 7 millones de venezolanos están en el umbral de la hambruna. La pobreza extrema o la indigencia se disparó del 11% a más del 30% de lapoblación mientras que el 90% de los venezolanos (unos 27 millones de personas) se ubica en el nivel de pobreza general.

Ana Acevedo, tiene 62 años y es abuela de siete nietos. Vive en Antímano, un barrio pobre de la capital venezolana. «Es la primera vez que vengo a este comedor. Vivo con mi hijo, la nuera y los nietos en una casita. Soy lavandera y de eso vivimos pero lo que ganamos lavando ropa no nos alcanza ni para comer. Nunca he visto tanta miseria en los últimos 29 años que vivo en el barrio. El próximo sábado voy a traer a mis nietos a comer en la iglesia Chiquinquirá», dijo rompiendo en llanto.

Elsy Da Costa y Alcira de Hopkins, son dos de las voluntarias que coordinan la logística del comedor católico desde hace dos años y medio. «Empezamos a preparar la comida, cortar las verduras y hortalizas el viernes por la tarde, la refrigeramos y el sábado amanecemos cocinando. Nos ayudan algunos chef de restaurantes y tenemos la donación de pan de las panaderías amigas».

El nombre de la «Olla Milagrosa» surge inspirada en el santo madrileño San Isidro Labrador, cuya olla nunca se vaciaba cuando daba de comer a los pobres. “Ese es el milagro, una vez no teníamos arroz y rogamos al cielo. Bueno, de pronto apareció un paquete grande de arroz y lo cocinamos para los pobres”, dijo a ABC Alcira de Hopkins.

La parroquia San Judas Tadeo comenzó hace dos años y medio el programa con 60 platos pero ese mismo día se duplicó a 120. «Ha ido aumentando de manera veloz por la crisis y el hambre. Ya vamos por 850 platos la jornada del sábado y la demanda crece de manera vertiginosa», dice Susana Mas, coordinadora del sector farmacéutico de beneficencia.

El centro católico ha carnetizado a 600 personas que frecuentan todos los sábados la parroquia. La mayoría son personas de tercera edad, mujeres y niños. Pero hay otros 250 que no están afiliados sino que vienen de vez en cuando, cuando tienen apetito. Mientras esperan su turno reciben charlas de evangelización y valores humanos.

 

Trump Doesn’t Have Time for Starving Venezuelans by Francisco Rodríguez – The New York Times – 10 de Julio 2019

Mr. Rodríguez is a former head of Venezuela’s Congressional Budget Office.

Children waited to eat lunch outside a soup kitchen in a slum near Caracas in February.
CreditCreditMeridith Kohut for The New York Times

Over the past two years, Washington has imposed increasingly punitive economic sanctions on Venezuela. These sanctions have restricted the government’s access to external financing, limited its ability to sell assets and, most recently, barred it from trading oil with the United States.

The sanctions were designed to choke off revenues to the regime of Nicolás Maduro. Its architects claimed they would not generate suffering for Venezuelans. The reasoning was that Mr. Maduro would quickly back down, or the military would force him out before the sanctions could begin to have an effect.

That was wrong. Two years in, Mr. Maduro retains his grip on power, and his regime has become even more repressive and ruthless. Venezuela’s crisis now appears to have outlasted President Trump’s short attention span. Life for Venezuelans has gone from bad to worse.

Venezuela was already in a deep humanitarian crisis, following years of mismanagement and corruption under Mr. Maduro and his predecessor, Hugo Chávez. Sanctions are now putting the country at risk of a humanitarian catastrophe. In the three months after they were increased in January, Venezuela imported barely a third of what it imported in the same period last year and less than one-tenth of what it bought from the rest of the world back in 2012. Given that most of the population is already living at near-starvation levels and that the country depends on imports to feed itself, further cuts in foreign purchases risk producing the first Latin American famine in over a century.

The risks of famine — and what needs to be done to stop it — are lost in the conversation among Washington policymakers and the Venezuelan opposition. This is the inconvenient truth about Venezuela: Both the policymakers who designed this reckless strategy and the political leaders who supported it could end up sharing responsibility with the criminal and incompetent Maduro regime for the country’s tragedy.

The 2017 sanctions barred foreign partners from funding companies in the country’s oil sector and froze the refinancing of the country’s debt. My research shows that after the first round of economic sanctions, Venezuelan oil output suffered a collapse worse than that ever undergone by any oil-producing economy not facing a war or oil strike. The economy lost an estimated $17 billion a year as a result. Operations that were not affected — like joint ventures with Chinese or Russian companies — saw production grow or stabilize even as the rest of the oil industry was collapsing.

Things will only get worse with this year’s oil embargo. Based on the historical experience of other countries that have faced similar situations (such as Iraq, Iran and Libya), the recent round of oil sanctions could cause an additional loss of $10 billion a year for the already decimated oil industry — equivalent to more than two-thirds of the country’s imports last year.

People waited for hours to fill their cars with gasoline in the state of Portuguesa in February. 
CreditMeridith Kohut for The New York Times

Industry experts have confirmed that the sanctions have had a crippling effect on the country’s oil sector. Jon Bilbao, the respected former oil industry executive asked by Juan Guaidó, recognized by many as Venezuela’s interim leader, to run the state-owned fertilizer company Monómeros, said last month that if the sanctions were lifted, the company could turn a profit this year. It lost $23 million last year.

 

Tell the opposition’s intellectual elites that sanctions are exacerbating the country’s crisis and you are likely to be met with silence or be told that this is false, that the country’s economic crisis began long before. This is the logical equivalent of saying that a terminally ill patient cannot be killed.

There is a stark contrast between their claims and the views of regular Venezuelans. A recent survey by the local pollster Datincorp found that 68 percent of Venezuelans believe sanctions have negatively affected their quality of life. How to stop hundreds of thousands of Venezuelans from starving to death this year should be front and center of the international community’s debate on how to help Venezuela.

World leaders faced the same quandary in Iraq more than two decades ago. While they elected to keep the sanctions against the Iraqi regime in place, they created an oil-for-food program designed to protect ordinary Iraqis from the consequences of their government’s actions.

Though the Iraqi program was mired in corruption, that doesn’t mean we shouldn’t opt for one like it in Venezuela. A comprehensive 2005 report by a commission headed by Paul Volcker on the Iraqi case outlines concrete recommendations on how such a program would need to be redesigned to minimize corruption risks and ensure that resources reach vulnerable populations.

The reality of sanctions is not that simple. Ignoring the suffering they’re causing is not going to bring democracy to Venezuela. What it will do is make Venezuelans poorer and their plight more desperate. Famines do not topple dictatorships. They only lead to loss of lives.

Francisco Rodríguez is chief economist at Torino Economics and a former head of research of the United Nations’ Human Development Report Office.

Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura venezolana por Jorge Benezra y Álvaro Ybarra Zavala – ABC – Abril 2019

Hambre, violencia y desabastecimiento, en barrios sin esperanza

Jorge Benezra y Álvaro Ybarra Zavala

Llegar a Maracaibo es entrar en una especie de zona de guerra. Los habitantes deambulan como fantasmas entre las ruinas de calles desoladas y montones de basura que ellos mismos han de quemar porque ningún servicio público se ocupa de recogerlas. Los escombros, fruto de los saqueos a comercios durante los últimos apagones, dominan el decadente paisaje urbano.

Venezuela se muere. Y en muchos casos no por falta de alimentos, sino de dinero para acceder a ellos. ABC muestra los efectos de la tragedia venezolana que el régimen de Maduro quiere ocultar. Entre chabolas destartaladas en los barrios de Maracaibo malviven enfermos físicos y mentales, niños desnutridos, las víctimas más vulnerables de la dictadura chavista.

Pero la capital del estado Zulia, otrora el centro del orgullo petrolero de Venezuela, no es Siria ni Libia. La causa de la ruina de Maracaibo, la segunda ciudad el país, es la descomunal crisis en la que ha hundido al país el régimen chavista, agudizada ahora, aún más, por los cortes en el suministro eléctrico, que obliga a los maracuchos a peregrinar durante horas en busca de agua potable, alimentos y combustible o a quedarse refugiados en sus casas, a la espera de luz para encender el aire acondicionado con que hacer frente a un calor abrasador.

«Llevamos más de un año sin agua. ¡Yo debería estar en mi escuela y no voy porque debo ayudar a mi mamá en esto!», grita con rabia Michelle, una adolescente con la ropa empapada y el rostro demacrado, mientras intenta conseguir agua potable de una tubería subterránea, por la que hacen cola y se pelean niños, mujeres y hombres. «Aquí donde me ve, no me he llevado un pan a la boca desde anoche», añade esta chica de 14 años que parece mayor.

Los carteles y vallas publicitarias con el eslogan «La primera ciudad de Venezuela» que salpican Maracaibo son hoy un sarcasmo agraz. Zulia, donde se extrae el 60% del crudo venezolano y con un extraordinario potencial agrícola y ganadero, llegó a ser la envidia de Iberoamérica. En su aeropuerto había un intenso tráfico internacional. Ahora la lucha por la supervivencia es extrema para los cuatro millones de habitantes de la región, las colas para llenar el depósito son kilométricas y sobran los dedos de una mano para contar las rutas de vuelos.

«Aquí los pobres perdemos la vida. Hoy voy para cuatro horas y ahora acaban de cerrar la estación para ver si llega otro camión para surtir», dice con resignación Abelardo Montiel, mientras espera cerveza en mano en una gasolinera. «Yo no tengo los cobres (dinero) para pagar a los guardias que te quieren vender hasta en un dólar el litro, cuando la gasolina es regalada en este país», se lamenta.

El drama en toda su crudeza

La miseria es también patente en Caracas, pero el régimen de Maduro destina los recursos que puede a la capital del país para protegerla como una burbuja y evitar que haya estallidos sociales. Si el problema no ocurre en Caracas, es como si no existe. En Maracaibo, en cambio, el drama del chavismo se presenta en toda su crudeza.

Por eso también el régimen se esfuerza por mantenerla aislada, fuera de la vista de los medios independientes. Militares, milicianos y paramilitares armados de los «colectivos» vigilan para impedir el acceso de la prensa a los puntos calientes de la ciudad. Los hospitales están blindados y entrar en ellos sin autorización puede acarrear ser detenido o expulsado, en caso de los periodistas extranjeros.

«La censura es cada vez mayor. A nosotros nos han metido hasta tanques dentro de las residencias», asegura Carmen Gamboa, residente de un bastión opositor, las Torres del Saladillo. «Estos grupos no respetan a nadie –explica–. Vienen con armas y nos amenazan si protestamos o denunciamos lo que está ocurriendo».

Además, la señal de internet es intermitente. Los periódicos de papel han desaparecido y solo quedan panfletos de propaganda del Gobierno, por lo que en Maracaibo, si no hay conexión a la red, uno no se entera de nada.

Solo hay luz unas pocas horas al día. Los cortes no tienen ningún tipo de programación. Una zona de la ciudad pasa una semana entera a oscuras, mientras otras tienen electricidad un par de horas. A veces aparece inesperadamente, pero si llueve puede que los transformadores estallen o fallen.

«Nos salvamos de una tragedia», cuenta Gladys Bardallo, de 79 años, del sector Libertador. «Los cables se incendiaron sobre la casa y el cuarto se nos quemó y explotaron todos los cables –recuerda–. Los bomberos, que están a dos calles, no llegaron nunca por no tener insumos para trabajar, ni personal».

Pero para conocer las verdaderas entrañas de la tragedia de Venezuela hay que adentrarse en un barrio como el de los Altos del Milagro Norte, en la parroquia Coquivacoa. En chabolas hechas con restos de madera y hojalata, malviven niños siempre hambrientos, que como mucho comen una vez al día. Las epidemias campan a sus anchas y las expectativas de vida son muy escasas. Además, los supuestos «operativos de paz» de las Fuerzas Especiales de Seguridad (FAES) y la violencia de las bandas acechan a diario.

Para acceder a este rincón oculto donde habitan los grandes olvidados de la revolución bolivariana es imprescindible recurrir a un líder social que permita sortear a las cuadrillas de paramilitares y a los agentes de Policía.

Los vecinos del barrio acogen a los periodistas con cierto alivio, como una posible tabla de salvación frente al abandono y el aislamiento a los que se ven condenados, sin apenas ayuda en su desgracia. «Si no denunciamos la realidad de lo que está pasando, nadie se entera de la verdad, ni los venezolanos ni el mundo. Aquí tenemos de todo: exterminio, hambruna, maltrato familiar. Es un infierno», resume Carolina Leal, una líder social que en el pasado militó en el partido chavista, pero que ahora vive para ayudar a la gente. Desde hace tres años reparte más de 250 almuerzos semanales.

Desnutrición y enfermedad

Recorrer los Altos del Milagro es desnudar lo más bajo de la crisis venezolana. En una sola manzana, como desterrados en su propia patria, se ocultan, entre paredes hechas a retazos y techos destartalados, niños desnutridos, discapacitados, infectados de VIH y enfermos mentales.

Miguel Blanco, un joven de tez blanca de 28 años, yace con las piernas encogidas sobre una cama en una de las infraviviendas del barrio. Su cuerpo está famélico, carece de masa muscular y su piel se pega a los huesos. El rostro revela una desnutrición severa y una hidrocefalia congénita. Su madre, sin ayuda, le dedica incasablemente sus días. «Le doy lo poco que puedo, yuca y arroz, y le hago pañales de tela», afirma.

No lejos de allí se halla Ana Bravo, de 14 años. Mide poco más de un metro y pesa 20 kilos. No habla y se comunica con señas. Golpea sus manos para indicar que quiere comer. No se pudo desarrollar a consecuencia de la mala alimentación. Es un ejemplo del centenar de casos de malnutrición en este mísero caserío.

Otros niños montan en bicicleta o juegan en las calles, rodeados de escombros y polvo. Gustavo Rincón, un pediatra que visita con frecuencia el barrio, señala que los menores hacen un esfuerzo por olvidar el hambre, pero el cuerpo los delata. «Tienen el pelo cobrizo y fino, y son cabezones. Esos son síntomas claros de desnutrición. Estamos lamentablemnte ante una generación de tarados», denuncia.

En estos atestados suburbios, sus pobladores usan una mezcla de maíz, sal y yuca para intentar hacer algo similar a la tradicional arepa venezolana. Es cuanto se pueden permitir.

La escasez que azota Venezuela es aún peor en Maracaibo por el contrabando con Colombia, que deja millones de ganacias a aquellos que se aprovechan de la circunstancia. Hablar de hambre aquí es diferente. Hay alimentos, pero lo complicado es tener los recursos para pagarlos. «Con nuestro sueldo mínimo (cuatro euros), tan solo compramos un cartón de huevos. Es imposible que no existan desnutridos en este país», apunta una vecina, Daysi Delgado.

El otro gran muestrario de la catástrofe humanitaria de Maracaibo es el Hospital Universitario. En su día fue un ambicioso proyecto incluido en el programa de obras públicas de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, en los años 50, con más de 600 camas. Además, fue el primer hospital venezolano en realizar un trasplante de riñón. Hoy su realidad es otra.

«Llevo diez años esperando un trasplante de riñón, pero ante lo que está ocurriendo prefiero esperar. A un compañero de diálisis lo llamaron para avisar de que ya estaba listo su donante, y en medio de los apagones el riñón que esperaba se dañó», cuenta María Esis.

El centro cuenta con una planta eléctrica, pero solo puede funcionar una o dos horas, frente a las interrupciones, que pueden durar 24 horas. Ante ello, los cirujanos han tenido que finalizar las intervenciones quirúrgicas con la luz de sus teléfonos móviles.

Las salas de hospitalización apenas tienen pacientes, ya que no existe material para realizar las operaciones, y las habitaciones han pasado hacer de depósitos de equipos y camas en desuso.

Además, el centro de salud se encuentra en riesgo de una contaminación generalizada, porque falla la recogida de residuos y la limpieza de las zonas donde se almacenan. «Con el calor las bacterias proliferan, y hay que recordar que en Maracaibo las temperaturas pueden alcanzar 40 grados centígrados, lo que fácilmente convierte los pabellones en hornos», denuncia la cirujana Dora Colmenares.

El hospital no cuenta con radiólogos ni enfermeras, debido a que la situación del país ha forzado a más de 2.800 miembros del personal médico a cruzar las fronteras. «En estos momentos nos encontramos en una emergencia humanitaria compleja. Los médicos tenemos conocimiento de que el 60% de la población está en condición de desnutrición, pero qué pasa con los que no vemos porque prefieren morir en sus casas. En materia de salud hemos retrocedido siete décadas, en estos momentos nos encontramos prácticamente en el siglo XIX», asegura Colmenares. Y añade: «No entendemos por qué razón la ayuda enviada al país no llegó primero al estado con una mayor urgencia sanitaria». Los médicos también denuncian que, desde hace cinco años, carecen de un boletín epidemiológico, por lo que disponen siquiera con un control de las enfermedades del país.

 

What America Doesn’t Get About Dictatorshipsby Raul Gallegos – The New York Times – 20 de Junio 2019

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It’s been five months since the opposition lawmaker Juan Guaidó assumed the symbolic role of interim president of Venezuela, hoping to unseat the country’s strongman, Nicolás Maduro. Despite more than 50 countries recognizing Mr. Guaidó as Venezuela’s legitimate president, oil sanctions imposed by the United States, massive street protests, and the worst economic crisis in modern history, Mr. Maduro persists.

The staying power of Mr. Maduro’s embattled government has confounded the international community, academics, analysts and journalists. Call it a lack of negative imagination — the capacity to conceive of and prepare for worst-case scenarios. The inability to fathom the resilience of an authoritarian regime shows how politically naïve those in liberal democracies have become. Freedom and wealth give us strength, but it can also become a weakness. We become unprepared for the unthinkable and blindsided by events like the 9/11 terrorist attacks, the rise of Donald Trump, or the Brexit vote in Britain.

When the likelihood that Mr. Maduro could defy expectations and hold onto power for much longer is raised in meetings with policymakers in Washington or financiers in New York, it often incites anger or disbelief. I should know. In my work with Control Risks, a global risk management consultancy, we have raised the alarm for the last three and a half years that Mr. Maduro and his Chavista political movement can cling on to power longer than most people think. Mr. Maduro’s friends in Cuba, China, Russia and Turkey have helped him cling on. The West has consistently underestimated his determination and lack of scruples.

When I explain this to incredulous clients, I’m often met with uncomfortable silences or a battery of angry counterarguments. A journalist once wondered, half in jest, if my professional opinion was the result of being a closeted Chavista. People in democracies where logic, well-functioning institutions and strong civil societies prevail struggle to understand countries without those norms.

We assume that cash-strapped dictators will quickly fall because they can no longer buy people’s loyalty. But we fail to understand that when money becomes scarce, unscrupulous regimes like those in North Korea, Cuba and Venezuela use fear and terror — including jailing or killing dissenters and their families — to enforce obedience.

We also like to think that dictatorships are constantly teetering on the brink because of weak and corrupt institutions. But regimes like Mr. Maduro’s encourage graft as a way to keep greedy bureaucrats loyal, and to have something to hold over their heads if they should become enemies. There are plenty of examples of corrupt Maduro loyalists who were persecuted when they turned on the regime.

In Venezuela’s latest racket, for instance, passport agency officials have been known to charge citizens up to $2,000 for a new passport. Corruption is a trap that makes it hard for criminalized civil servants to have a normal life outside the regime, because they will always run the risk of ending up in jail or dead. Criminalized institutions have staying power precisely because they are corrupt.

A particularly romantic misconception is that hungry people will fight for their freedom and inevitably topple regimes. Studies show that people who are experiencing food shortages are focused on day-to-day survival. Hunger makes people more dependent on the state that controls them, just like Venezuelans are now more dependent on Mr. Maduro’s food handouts. An abused citizenry falls into “learned helplessness” and becomes more pliant and cowed. Hungry people rarely topple dictatorships — well-organized coups or insurgencies do.

If and when a nasty regime falls we also like to think the good guys take control. If Mr. Maduro leaves — especially following a negotiation — a number of Chavistas who control the levers of power could come out on top. No one gives up power willingly without something in return. This means that regime insiders whom the international community finds unsavory could still wield power post Maduro, likely sharing it with populist-leaning members of the opposition. It’s unrealistic to assume that pro-business, democratic leaders will immediately control Venezuela if and when Mr. Maduro departs.

To help countries overcome dictatorial rulers, the international community must first take off its rose-tinted glasses. Positive thinking has almost become an ideology in foreign policy circles. But only when we begin to account for all the things that can go wrong, can we prepare to successfully tackle negative outcomes ahead of time. Understanding how illiberal and criminal regimes function is also crucial, instead of assuming they will respond to the same incentives that motivate us. Hoping for the best won’t rescue nations from political backwardness. To achieve a democratic transition in Venezuela requires more than wishful thinking.

Raul Gallegos is a political risk adviser for Control Risks and the author of “Crude Nation: How Oil Riches Ruined Venezuela.”

Biografía mínima del hambre por Milton Quero Arévalo – El Nacional – 9 de Junio 2019

En alianza con la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia, El Nacional presenta Los pequeños episodios, un seriado de crónicas escritas desde la precariedad. Escriben para escapar del dato frío que amenaza con disminuir el asombro y el espanto

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Los autores de estas crónicas pertenecen a la generación de la calamidad y desde ella escriben. Seguramente, sus precariedades ya están incluidas en registros forenses sentenciados a morir de mengua, como casi todo en este país. Escriben pues, para escapar del dato frío que amenaza con disminuir el asombro y el espanto. Y es lo que intenta evitar la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez) en este esfuerzo conjunto con El Nacional.

Los Pequeños Episodios es un seriado de crónicas promovido por Codhez con la edición de Norberto José Olivar.

“Es mil veces más fácil reconstruir los hechos de una época que su atmósfera espiritual. Esta no se refleja en los grandes acontecimientos sino, más bien, en pequeños episodios personales” (Stefan Zweig).“Yo estoy cantando esta canción que alguna vez fue hambre” (Charly García).

Elpidio Leal, en la cola de la iglesia del padre Claret, repasaba su vida tratando de entender en qué momento fue que llegó a su existencia aquella fatalidad, en qué instante se instaló aquella vergüenza, porque si había algo que le daba vergüenza era hacer aquella cola para recibir todos los miércoles aquel plato de comida y así calmar su hambre. El problema del hambre, pensaba ahora, no era tanto su manifestación física sino la liquidación de las costumbres, la supresión de los hábitos, la postergación de los modales, por la imposición de la barbarie por encima de la civilidad. Ese fruto indecoroso que llega cuando nadie lo requiere, despreciable e inopinado se hacía presente todos los miércoles a partir de las 8:00 am en el frente de aquella iglesia trapezoidal, de estructura maciza, de líneas rectas y donde la curva era una fuga ensimismada.

Compartir aquella hostia con sus vecinos del barrio Cerros de Marín, era algo que no lo confortaba, pero la miseria era más poderosa que su pena. Verlos allí reunidos por aquella necesidad imperiosa los prescribía en el dolor. Todos habían enflaquecido ciertamente, y la ciudad había sido tomada por aquella peste que los determinaba. ¿Qué fatalidad lanzada por los dioses ha tomado a esta ciudad? ¿Qué nuevo Edipo nos redimirá con su sangre, de este estigma que cruza  palmo a palmo todas nuestras calles y avenidas?

El hambre se entroniza y se vuelve parte del paisaje. En 5 de Julio con Bella Vista una camioneta Jeep inopinadamente se estaciona, abre sus puertas y 2 muchachas de mediana edad, comienzan a despachar jugos en un termo, un enjambre de menesterosos se agolpan y reciben este bálsamo que los calma, son iniciativas espontaneas que se ven a diario, como la del párroco de la iglesia y algunos devotos organizados. Es un gesto, un pequeño gesto si se quiere, pero inmenso en su grandeza. El hambre recta, los roza, es una realidad que está muy cerca, como para poder ignorarla. Las mujeres de los barrios buscan trabajo como servicio doméstico con el solo fin de palear su hambre. A veces, se llevan la comida que les corresponde para dársela a sus hijos; pero ese trabajo escasea ahora, y los connacionales colombianos se han marchado a su país de origen ante la cruda realidad. Muchos edificios ahora carecen de conserjes, el hambre los ha espantado, las criollas ensayan ahora esas labores, pero las cargas impositivas del estado son tan grandes, que ya muchos condominios prescinden de los conserjes de antaño.

Elpidio reconoce en la cola a sus vecinos, Raimundo Medina, un ebanista sin trabajo, su mujer lo dejó no por otro, sino por el hambre. “Pa pasar hambre contigo, mejor la pasó con mi madre” y se marchó a Cumaná. Raimundo lo mira de soslayo, como quien no acusa el golpe. Ahora la mirada y la sonrisa los colocan en un mismo bando, antes rivales, por tonterías domésticas. Se saludan, pero antes de justificar su presencia, solo se sonríen y se chocan los puños. Antes los guisos y cocciones anegaban los mediodías del barrio, pero ahora nada huele, acaso la desesperanza, que se expresa en un perro famélico oliendo desperdicios que nada contienen.

Las hambrunas a menudo son consecuencia de conflictos armados. Se cuenta que en 1921, en medio de la guerra civil rusa, murieron a causa de ella millones de ciudadanos. Lo curioso es que en Venezuela no hay un conflicto armado, pero el hambre se enseñorea como si lo hubiese. Según la Comisión para los Derechos Humanos del Estado Zulia (Codhez), el hambre afecta a 3 de 4 familias en Maracaibo. En 74,5% de los hogares de la capital zuliana se reportó que, alguna vez en los últimos 3 meses, tanto adultos como niños sintieron hambre pero no comieron. 8 de cada 10 hogares de Maracaibo reporta que tanto adultos como niños están alimentándose mal, afirmando que alguna vez en los últimos 3 meses han tenido una alimentación no saludable y basada en poca variedad de alimentos. El hambre llega sin que nadie la requiera y se sienta en tu mesa, te disputa la comida, te cambia los modales, y como un pájaro negro en la noche, te abraza con su aliento fétido y amargo.

Nos cruzamos a tientas, nos sentamos en la mesa, imaginamos la mayonesa, el ketchup, y la Coca Cola fría, y adornamos nuestro plato con ramitas del patio, imaginamos una ensalada, y comemos como siempre, 2 pedazos de yuca sancochada, sin queso y mantequilla. Es lo único que uno ve por las calles, gente cargando bolsas con yuca, solo eso, es el único tubérculo que se puede comprar, muchos han muerto, por comer yuca amarga, es el riesgo que hay que correr. La yuca, al igual que el mango ha sido el oro de los dioses. Asomamos la escudilla al vecino, pero solo obtenemos vasijas rotas, perros abombados, asombrosos desechos y una irresoluta bandada de la nada. Nadie parece ahora conocerte, la amnesia es el nuevo vecino de este barrio. Todo se trasmuta con un hambriento matiz intencionado.

Según la Escala Latinoamericana y Caribeña de Seguridad Alimentaria (Elcsa),en relación con el acceso a los alimentos, las familias de Maracaibo afirman que cuando necesitan comprarlos les afecta más su alto costo (54,6%) que la escasez (24,5%). Los alimentos que más se han dejado de comprar por su costo o escasez son proteínas animales: carnes de pollo (21,3% lo atribuye a la escasez, 18,6% al costo), de res (19,8% por escasez, 20,3% por costo) y pescado (10,4% por escasez, 12,3% por costo). La peste ha sido tan desmesurada, que ahora se compran los alimentos por porciones: dos huevos, tres cucharadas de leche, una porción de crema dental para una cepillada diaria, los barrios se han convertidos en exploraciones intangibles del menudeo.

Elpidio Leal, contemplaba ahora la trama urdida, bajo la unánime luz cegadora. Vislumbraba su pasado; aún conservaba el llavero donde relucían las 2 fotos de sus hijos: “Este el varón y esta la hembrita”, solía decir en la barra del Delfín, a todo parroquiano anónimo que se le acercaba, pero ahora, solo eran bostezos del pasado. La hembra buscando un futuro mejor para sus nietos se marchó a Medellín, en tanto que el varón emigró al sur. A su mujer se la llevó el cáncer, le iba a tomar 2 años de salario reunir el dinero para el tratamiento, en una Venezuela donde la inflación anual se ubica en 1.000.000%. Se fue marchando de a poco, con aquel dolor en su rostro y llamando a sus antepasados, con la piel escamosa y aquella mirada coagulada, que fue la última que le dejó a Elpidio. Esa mirada lo acompaña siempre como un requerimiento. Ahora su mundo es una tromba azul de recuerdos, se ha convertido en el custodio memorioso de su familia fraccionada.

Hilaria Piña se incorpora a la cola y saluda, nadie entiende por qué está gorda, Olin Pardo, chofer de la ruta Milagro Norte, dice que es por su genética, porque al igual que nosotros no come un sebillo. Olin paró su carro por repuestos, nunca pudo reunir el dinero para repararle la caja, allí esta su viejo Malibú del 78 oxidándose en el patio de su casa. A veces llegan comensales de otros barrios y compiten con nosotros por un plato de comida, miramos la cola y medimos la distancia, y decimos: “Si llego”. Muchas veces después de una larga cola, muchos se han ido sin nada en el estómago. Siento a Rafito Espinoza resollándome al oído, con esa voz sibilina salida de un recinto clausurado: “Ese carajo es de Teotiste de Gallegos, ve chico, se viene a comer la comida de nosotros” y se forma la gresca, pero siempre interviene alguien del voluntariado: “Todos tienen derecho mientras hagan su cola”.


Elpidio se había convertido sin saberlo, en un bachaquero del hambre, los miércoles, iglesia del padre Claret, los sábados, iglesia San José, los jueves, 5 de Julio, y así se recorría la ciudad en busca de un poco de comida. Cuando no quedaba ya nada que recorrer, entonces tocaba hurgar en los potes de comida de las residencias encumbradas de la ciudad. La gente de los edificios ahora no botaba la basura como antes. Los desperdicios alimenticios los agrupaban en dobles bolsitas de plásticos para que se conservaran bien, y pudieran calmar el hambre a quienes se daban a la tarea de hurgar en ellos. En la mañana el espectáculo era asombroso, las bolsas negras de la basura rasgadas y todo los desperdicios tirados en las aceras. Los indigentes se pasan los datos, en la 75 con la 3Y ya no botan la comida, olvídate del Tacagua, del edificio El Pino y del Saturno, esa gente entró en crisis, hay que recorrer los de la calle 72 que todavía conservan ese status de antaño y se consigue comida variada y fresca.

Todos en la cola en algún momento han hurgado en la basura, se lo dicen sin vergüenza, se lo dicen, como quien revela un secreto del pasado, escarban con sus manos hirsutas, ese grano de fuego colmado porlegiones de hormigas. ¡Muchedumbre domesticada!

Muchos fueron comprados por los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, las conocidas cajas CLAP, ese mecanismo de control social que se inventó el gobierno, las gentes en los barrios bromean: “Son como el período, llegan una vez al mes y duran una semana”. Las mismas son un aparato más de corrupción administrativa, son elaboradas en Panamá, con productos mexicanos, lo que arroja el consabido sobreprecio y desde luego la manida corrupción, que de seguro ya ha hecho millonario a más de uno a costilla del hambre de los más necesitados.Según los estudios poblacionales realizados por Codhez: “Las ayudas económicas del gobierno y las cajas CLAP, aunque alcanzan a una gran parte de la población, por sí solas no parecen ser idóneas pues se trata de medidas de compleja ejecución que generalizan el diagnóstico y la puesta en práctica de la ayuda que requieren las familias. Un dato revelador de esta circunstancia es que 100% de los hogares encuestados respondió que las cajas CLAP no contienen las provisiones suficientes para una alimentación adecuada”. Raimundo se queja, es lo peor que pude haber hecho, me sacan de la casa a cuanta marcha gubernamental organice el gobierno, so pena de que me quiten el beneficio. Muchos debemos marchar, sin que queramos hacerlo, pero es que el hambre tiene cara de perro… Qué se le va hacer.

Avanza la cola de a poco, se mueve sinuosa y lenta, son muchos los que hay que atender, un señor con una franela con los ojitos de Chávez se desmaya, y es introducido a la iglesia, le dan agua con azúcar. El padre Ovidio me dice: pasa mucho, no tienen fuerza ni para sostenerse, cuando lo tomas por sus brazos te da escalofrío. Luis Antúnez, chavista confeso, ahora descree de toda la narrativa de heroicidad que se inventaron para mantenerse en el poder, conserva la franela porque no tiene nada que ponerse. En esta cola todos tenemos una cuenta por cobrar, un deseo irrefrenable de arrepentimiento. En los ojos de la gente se refleja la burla a la que fueron expuestos. Es la mirada de la congoja. Esos ojos inyectados a punto de estallar, llenos de anfiteatros colmados de muertos, miran los de Chávez que parecieran contemplarnos más allá del bien y del mal. Todos nos hemos convertidos en acróbatas del hambre, intentamos engañarla, pero ella es esquiva y guabinosa. Hervimos la pasta y la licuamos con una cucharadita de leche y nos inventamos una merengada, machacamos en un mortero las raíces hirsutas de una cebolla en rama junto con unas conchas de papas y aderezamos con ello unos frijoles magros, recolamos la borra del café una y otra vez; pero el hambre siempre vuelve y nos toca la puerta. Nos muerde siempre con el quejido del desengaño, a veces la acariciamos para que no se despierte, pero siempre viene como una vocal ensangrentada, sigilosa como la mordedura tísica del desengaño.

El informe de la Escala Latinoamericana y Caribeña de Seguridad Alimentaria (Elcsa), asegura que 8 de cada 10 hogares reportan que tanto adultos como niños han dejado de tener una alimentación saludable.76,8% de los hogares reportó que alguna vez en los últimos 3 meses por falta de dinero u otros recursos, los adultos dejaron de tener una alimentación saludable por no incluir alimentos en cantidad y calidad necesarias para proporcionar comidas saludables y balanceadas. En los estratos D (85,7%) y E (86,4%) la tasa de respuestas afirmativas es más del doble que en las clases A-B (30%) y C (36,8%). En relación con este dato es preciso destacar que los hogares del estrato E señalaron que en los últimos 3 meses su principal problema fue la mala alimentación (21,2%)

Elpidio siente los estragos de la falta de nutrientes en su cuerpo, asegura que sus funciones no son iguales, advierte una falencia en su organismo, requiere de Losartan potásico, pero ya no lo puede costear, también Avodart 5 mg para la próstata, pero cuesta 70 dólares, porque ahora en este país los precios no te los dan en bolívares sino en dólares. Toñito, el hijo de Aspacia Lozano, convulsiona cada cierto tiempo, requiere de Tegretol 200 mg, pero Aspacia no tiene cómo comprarlo, llora de la impotencia, todos nos acercamos a consolarla, pues es muy poco lo que se puede hacer. Elpidio intuye un deterioro sistémico en su cuerpo, entiende que ya no es capaz de producir las hormonas y enzimas necesarias, causando de esta forma la falla de muchas de sus funciones. Su músculo cardíaco se encoge y debilita y sabe que corre el riesgo de sufrir un infarto. El último órgano en encogerse y fallar es el cerebro. Su cerebro se ha vuelto perezoso, le cuesta pensar, analizar y sacar cuentas, se ha convertido en un reducto memorioso del pasado.

Tu cuerpo se adapta a la falta de alimento disminuyendo la tasa metabólica para conservar energía. Como la glucosa es la principal fuente de energía, la fatiga se produce cuando se agotan las reservas de este carbohidrato. Pasar varias horas sin comida puede producir una caída notoria del nivel de azúcar en la sangre.La deficiencia de vitamina B12, por ejemplo, puede traer problemas de memoria, falta de concentración y depresión. Por otra parte, la deficiencia de vitamina A es la mayor causa de la ceguera en el mundo.

En el futuro este barrio desaparecerá, estará allí pero no podremos verlo, será un escozor sombrío. Muchos ya no ven a dos palmos de distancia. Este barrio se ha convertido en una imprecación de sudarios, jalonando nuestro destino a 2 metros bajo tierra.

8 de cada 10 hogares reportan que tanto adultos como niños tienen una alimentación monótona. La poca variedad de alimentos también es una constante en la dieta de las familias marabinas. 80,4% de los hogares reportó que alguna vez en los últimos tres meses, por falta de dinero u otros recursos, los adultos tuvieron una alimentación monótona. La tasa es más alta en los estratos D (87,3%) y E (84,7%) en comparación con los A-B (50%) y C (49,6%).

Los hijos de Elba Pimentel, cuando ven el plato de comida dicen al unísono, “otra vez lentejas”. Que se le va a hacer, la comida se ha vuelto monótona en este barrio y ha dejado de ser un placer desde hace mucho tiempo. Las conversaciones son monótonas también, se remiten a la mala situación y al hecho de si pudiste comer algo. La solidaridad de antaño se perdió, ya nadie le da nada a nadie, ni siquiera sal. A veces, traen las pocas cosas que compran en bolsas negras para no tentar a los vecinos. Cuando alguien trae algo de comida en una bolsa del supermercado, la gente los mira codiciando esa bolsa de alimento. Se come lo mismo una y otra vez. En un futuro habrá que reivindicar a la mata de mango, su fruto salvó a más de uno de esta hambruna. Para muchos ha sido el alimento por excelencia, la gente come mangos a diario, donde consiguen una mata, se paran y como perros rabiosos tumban sus frutos a punto de pedradas. Se compra un pan francés, solo uno, no alcanza para más y lo rellena con mango maduro, a veces es el único alimento en el día.

Todos en esta cola; somos una cruel estadística internacional. Una mancha sazonada de cal, un letárgico brebaje difícil de digerir. La contracción económica en estos últimos 5 años ha sido de -50%, en La Gran Depresión fue de un -30% y tan solo duró 3 años. El sueldo mínimo es de 6 dólares mensuales, con eso no se puede pagar una cena decente en ningún sitio, y la pobreza extrema se ha disparado a un 61% según cifras de la Encuesta sobre Condición de Vida en Venezuela (Encovi). Todos formamos parte de ese sector de pobreza extrema, que ha crecido como un torbellino de abejorros en medio de la pupila de la noche.

La última vez que vi a Elpidio Leal estaba tan flaco que su cuerpo ya no producía sombra, se fue alejando como se aleja un navío en alta mar, lo recuerdo ahora desde la estela de recuerdos que de él fueron quedando. En este instante por ejemplo, recibe su hostia adolorida, se sienta en el confesionario y se pregunta por qué es que Dios se ha marchado, el padre Ovidio le dice que siempre ha estado aquí, pero Elpidio ya no puede verlo, sin embargo, se persigna igual, no vaya a ser que esté en un demudado asiento de la casa parroquial.

Su imagen se convirtió en un símbolo del hambre en Venezuela por Isayen Herrera y Anatoly Kurmanaev – The New York Times – 21 de Mayo 2019

Anailin Nava, de dos años, está desnutrida y sufriendo de la falta de tratamiento médico. Su madre, Maibeli Nava, dijo que los médicos le recetan medicinas que no están disponibles o que no puede pagar. CreditMeridith Kohut para The New York Times

CARACAS— Cuando la imagen de la niñita venezolana empezó a circular la semana pasada, la reacción fue casi instantánea. Tiene 2 años, pero la desnutrición y la falta de tratamiento médico han agotado su cuerpo hasta dejarla en un estado en que virtualmente es una bebé. Pasa el día en pañales, echada en la choza precaria de su familia.

Se llama Anailín Nava y cuando los lectores vieron su fotografía en un artículo de The New York Times sobre el colapso económico de Venezuela muchos tuvieron el mismo impulso: puede que sea difícil ayudar a su país a salir de una prolongada crisis humanitaria, pero seguro que algo podía hacerse por esta niña en particular.

El domingo empezó a llegar la ayuda.

La escasez de gasolina ha azotado a una gran parte de Venezuela, pero Fabiola Molero, una enfermera del grupo católico de ayuda Cáritas, empacó en una maleta una báscula y suficiente leche, comida y suplementos nutricionales para dos semanas e hizo autoestop desde Maracaibo, en el occidente, hasta la isla de Toas, donde vive Anailín.

Molero trabajó veinte años como enfermera en hospitales públicos, pero hace tres años renunció y se unió a Cáritas como voluntaria para poder combatir el hambre que está devastando al país.

“Yo trabajaba en un hospital y renuncié porque no podía lidiar con que los niños se me murieran en los brazos por falta de insumos”, dijo Molero.

Cuando salió el domingo, su meta era verificar el estado de salud de Anailín y cómo estaban el resto de los niños de esa comunidad.

El estado de Zulia, al que pertenece la isla de Toas, ha sufrido particularmente el colapso económico del país. La isla ha quedado prácticamente aislada del resto del país después de que los botes de transporte público se descompusieran por falta de refacciones. Los paquetes de comida subsidiada por el gobierno llegan cada cinco meses, pero a las familias les toma solo una  semana consumirlos según la madre de Anailín, Maibeli Nava, y sus vecinos.

Molero dijo que el caso de Anailín era uno de los peores que había visto a lo largo de veinte años de trabajo en la región. La familia a menudo era incapaz de darle de comer más de una vez al día, y a veces solo contaban con arroz o harina de maíz. El caso de malnutrición severa de la niña se agravó por una enfermedad neurológica de origen genético que le provoca convulsiones, problemas musculares y complicaciones digestivas, dijo la enfermera.

Anailín, que pesa la mitad de lo que debería, está demasiado débil como para viajar, de acuerdo con la enfermera. Pero puede recibir tratamiento en casa hasta que se recupere lo suficiente para que la atienda un neurólogo, agregó.

“Mi bebé estaba decaída y le estaba dando fiebre. Estaba muy mal”, dijo Maibeli Nava, de 25 años. “Ya no me daba ni la mano cuando intentaba jugar con ella. Yo pensaba que mi hija se me iba a morir”.

La llegada de la enfermera, y de la comida, tuvo un impacto inmediato, dijo Nava. “Ahorita está alegre”.

Molero dijo que su llegada había causado que los vecinos formaran una fila afuera de la casa de Nava, en una de las aldeas de pescadores de Toas, para pedir ayuda.

“Nosotros aquí pensamos que el mundo se va acabar. Hay mucha crisis y se mueren mis vecinos por falta de medicamentos”, dijo Nava.

La crisis económica ha dejado a la isla sin suministros médicos, a pesar de que cuenta con dos hospitales y tres postas públicas de primeros auxilios. Toas solía ser un destino turístico, pero el deterioro de la economía y la infraestructura del país la han dejado sumida en apagones eléctricos y de comunicación frecuentes y prolongados.

“Me preocupa porque hay muchas mujeres embarazadas y el hospital no está funcionando”, dijo Molero.

De los veintiséis niños que Molero evaluó, diez estaban desnutridos. Casi todos tenían ampollas y abscesos en la piel a causa de la mala calidad del agua, dijo la enfermera. Hace años que la planta desalinizadora de la isla no funciona.

“La condición de nuestros niños empeora cada día”, dijo Molero, de 43 años.

Dijo que la principal amenaza a la salud de los niños era la escasez de productos lácteos que vienen del interior del país. Sin leche, las familias más vulnerables recurren al plátano en polvo para hacer papillas, dijo Molero.

Y la escasez de gasolina dificulta el envío de ayuda, dijo la enfermera.

“Estamos trabajando con las uñas porque apenas tenemos recursos”, dijo.

Imágenes de la desesperación – Revista Semanal – 19 de Mayo 2019

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