elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Hambre

Su imagen se convirtió en un símbolo del hambre en Venezuela por Isayen Herrera y Anatoly Kurmanaev – The New York Times – 21 de Mayo 2019

Anailin Nava, de dos años, está desnutrida y sufriendo de la falta de tratamiento médico. Su madre, Maibeli Nava, dijo que los médicos le recetan medicinas que no están disponibles o que no puede pagar. CreditMeridith Kohut para The New York Times

CARACAS— Cuando la imagen de la niñita venezolana empezó a circular la semana pasada, la reacción fue casi instantánea. Tiene 2 años, pero la desnutrición y la falta de tratamiento médico han agotado su cuerpo hasta dejarla en un estado en que virtualmente es una bebé. Pasa el día en pañales, echada en la choza precaria de su familia.

Se llama Anailín Nava y cuando los lectores vieron su fotografía en un artículo de The New York Times sobre el colapso económico de Venezuela muchos tuvieron el mismo impulso: puede que sea difícil ayudar a su país a salir de una prolongada crisis humanitaria, pero seguro que algo podía hacerse por esta niña en particular.

El domingo empezó a llegar la ayuda.

La escasez de gasolina ha azotado a una gran parte de Venezuela, pero Fabiola Molero, una enfermera del grupo católico de ayuda Cáritas, empacó en una maleta una báscula y suficiente leche, comida y suplementos nutricionales para dos semanas e hizo autoestop desde Maracaibo, en el occidente, hasta la isla de Toas, donde vive Anailín.

Molero trabajó veinte años como enfermera en hospitales públicos, pero hace tres años renunció y se unió a Cáritas como voluntaria para poder combatir el hambre que está devastando al país.

“Yo trabajaba en un hospital y renuncié porque no podía lidiar con que los niños se me murieran en los brazos por falta de insumos”, dijo Molero.

Cuando salió el domingo, su meta era verificar el estado de salud de Anailín y cómo estaban el resto de los niños de esa comunidad.

El estado de Zulia, al que pertenece la isla de Toas, ha sufrido particularmente el colapso económico del país. La isla ha quedado prácticamente aislada del resto del país después de que los botes de transporte público se descompusieran por falta de refacciones. Los paquetes de comida subsidiada por el gobierno llegan cada cinco meses, pero a las familias les toma solo una  semana consumirlos según la madre de Anailín, Maibeli Nava, y sus vecinos.

Molero dijo que el caso de Anailín era uno de los peores que había visto a lo largo de veinte años de trabajo en la región. La familia a menudo era incapaz de darle de comer más de una vez al día, y a veces solo contaban con arroz o harina de maíz. El caso de malnutrición severa de la niña se agravó por una enfermedad neurológica de origen genético que le provoca convulsiones, problemas musculares y complicaciones digestivas, dijo la enfermera.

Anailín, que pesa la mitad de lo que debería, está demasiado débil como para viajar, de acuerdo con la enfermera. Pero puede recibir tratamiento en casa hasta que se recupere lo suficiente para que la atienda un neurólogo, agregó.

“Mi bebé estaba decaída y le estaba dando fiebre. Estaba muy mal”, dijo Maibeli Nava, de 25 años. “Ya no me daba ni la mano cuando intentaba jugar con ella. Yo pensaba que mi hija se me iba a morir”.

La llegada de la enfermera, y de la comida, tuvo un impacto inmediato, dijo Nava. “Ahorita está alegre”.

Molero dijo que su llegada había causado que los vecinos formaran una fila afuera de la casa de Nava, en una de las aldeas de pescadores de Toas, para pedir ayuda.

“Nosotros aquí pensamos que el mundo se va acabar. Hay mucha crisis y se mueren mis vecinos por falta de medicamentos”, dijo Nava.

La crisis económica ha dejado a la isla sin suministros médicos, a pesar de que cuenta con dos hospitales y tres postas públicas de primeros auxilios. Toas solía ser un destino turístico, pero el deterioro de la economía y la infraestructura del país la han dejado sumida en apagones eléctricos y de comunicación frecuentes y prolongados.

“Me preocupa porque hay muchas mujeres embarazadas y el hospital no está funcionando”, dijo Molero.

De los veintiséis niños que Molero evaluó, diez estaban desnutridos. Casi todos tenían ampollas y abscesos en la piel a causa de la mala calidad del agua, dijo la enfermera. Hace años que la planta desalinizadora de la isla no funciona.

“La condición de nuestros niños empeora cada día”, dijo Molero, de 43 años.

Dijo que la principal amenaza a la salud de los niños era la escasez de productos lácteos que vienen del interior del país. Sin leche, las familias más vulnerables recurren al plátano en polvo para hacer papillas, dijo Molero.

Y la escasez de gasolina dificulta el envío de ayuda, dijo la enfermera.

“Estamos trabajando con las uñas porque apenas tenemos recursos”, dijo.

Imágenes de la desesperación – Revista Semanal – 19 de Mayo 2019

El prontuario criminal del genocida Nicolás Maduro por Emmanuel Rincón – PanamPost – 28 de Abril 2019

La complicidad ideológica lleva a muchos fanáticos a negar los crímenes de lesa humanidad que Nicolás Maduro desata a diario.

Distribución de bidones de agua potable en Caracas. (Foto: EFE)

Recientemente el periódico ABC de España publicó un reportaje con fotografías devastadoras sobre el hambre que pasa el pueblo venezolano. Lo despiadado de aquellas imágenes, hizo que la izquierda mundial, sin que hayan pasado horas desde el momento de la publicación de las fotos, comenzara a crear una campaña afirmando que habían sido tomadas en Yemen, y sí, Venezuela ha llegado a tales extremos, que hay gente que al ver las fotos se atreve a compararlas con Yemen.

Es cierto, en Latinoamérica hay pobreza y hambre, pero no es usual verla en estos extremos tan radicales. Solo el pasado año, al menos el 80 % de los venezolanos perdieron 11 kilos de peso, esto quizás ayude a entender a mucha gente por qué ven a los ciudadanos de Venezuela caminando por el continente sin un dólar encima o montado en balsas con vía hacia las islas del Caribe.

Hace tan solo un par de días, más de 20 venezolanos desaparecieron al dirigirse en una balsa hacia Trinidad y Tobago, ¿qué tan desesperado puede estar un hombre para subirse en una balsa con destino a lo desconocido?

Esos muertos son de Nicolás Maduro, el único responsable de que esos venezolanos hayan perdido sus vidas. Pero ¡vaya!, parece que a mucha gente esto no le importa, ya se han acostumbrado a escuchar que los venezolanos mueren de hambre, mueren de inacción, mueren de torturas, y mueren de comunismo. Ya no es noticia.

Si el hambre y la opresión les parece poco, también cabe destacar que durante los últimos ocho años las fuerzas policiales han ejecutado a 18 401 venezolanos; varios de ellos en protestas al aire libre contra la dictadura del genocida. Esto significa que, al mes, por lo menos 190 venezolanos son exterminados por las armas de los mercenarios de Nicolás Maduro; dentro de estos atropellos se debe incluir también a las voces disidentes que han sido calladas en el país. Todos estos datos han sido refrendados en el reciente estudio «Uso de la fuerza pública y derecho a la vida en Venezuela» del abogado Keymer Ávila.

No obstante, lo más alarmante todavía llegado , pues resulta que desde que Hugo Chávez se hizo del poder, más de 330 000 venezolanos han sido asesinados en un despliegue brutal de delincuencia, brote que, vale subrayar, no ha sido jamás atacado por la “revolución bolivariana”. De hecho, una buena cuota de estos crímenes han sido cometidos por las armas que el propio gobierno ha entregado a los colectivos armados que “defienden la revolución”.

¿Llevan la cuenta de cuántos muertos hay a las espaldas de Nicolás Maduro y su grupo de compadrazgo, o ya la perdieron? Organizaciones como el Frente Cristiano, estableciendo sondeos de decesos solo en hospitales, han estimado que a diario unos 100 venezolanos mueren por desnutrición. De sostenerse este número, aproximadamente unos 40 000 venezolanos habrán muerto a fin de año por hambre. Ya no siguen pareciendo de Yemen las imágenes de ABC, ¿cierto?

Otro dato demoledor, para que se hagan una idea de la magnitud de la crisis, es que la ONG Amnistía Internacional calcula que unos 3 000 000 de venezolanos viven con enfermedades crónicas sin recibir ningún tipo de medicinas. En este contexto, la Organización de Naciones Unidas estimó que 7 000 000  de venezolanos necesitan de manera urgente ayuda humanitaria; pero sí, todavía hay gente en el mundo que se atreve a burlarse del padecimiento ajeno, y, por causas ideológicas, intentan ocultar la realidad de los venezolanos.

¿Cómo se hubiesen sentido los judíos si en ese momento algún diario u organización política hubiese dicho que la matanza de Hitler era mentira? ¿Qué habrían pensado los camboyanos si un país de América Latina hubiese puesto todo su aparato propagandista a favor del comunista Pol Pot para negar el asesinato y la desaparición de al menos 3 000 000 de sus compatriotas? Un dato para los que intentan ocultar las miserias del comunismo: negarlo no lo hace menos cierto, solo demuestra las rasgaduras de quienes disfrutan el sadismo y la muerte.

Stalin fue otro grande entre los grandes, porque, entre otras cosas, logró taparle a su pueblo que miles de ciudadanos morían a diario por desnutrición, pero para el infortunio de Nicolás Maduro, en el siglo XXI, por más inversión propagandista que haga y compra de consciencias, la hambruna es inocultable, los alaridos de asesino se escuchan de Venezuela hasta China, y ni millones de balas podrán callarlos.

Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura venezolana por Jorge Benezra – ABC – 27 de Abril 2019

Hambre, violencia y desabastecimiento, en barrios sin esperanza

Llegar a Maracaibo es entrar en una especie de zona de guerra. Los habitantes deambulan como fantasmas entre las ruinas de calles desoladas y montones de basura que ellos mismos han de quemar porque ningún servicio público se ocupa de recogerlas. Los escombros, fruto de los saqueos a comercios durante los últimos apagones, dominan el decadente paisaje urbano.

Venezuela se muere. Y en muchos casos no por falta de alimentos, sino de dinero para acceder a ellos. ABC muestra los efectos de la tragedia venezolana que el régimen de Maduro quiere ocultar. Entre chabolas destartaladas en los barrios de Maracaibo malviven enfermos físicos y mentales, niños desnutridos, las víctimas más vulnerables de la dictadura chavista.

Pero la capital del estado Zulia, otrora el centro del orgullo petrolero de Venezuela, no es Siria ni Libia. La causa de la ruina de Maracaibo, la segunda ciudad el país, es la descomunal crisis en la que ha hundido al país el régimen chavista, agudizada ahora, aún más, por los cortes en el suministro eléctrico, que obliga a los maracuchos a peregrinar durante horas en busca de agua potable, alimentos y combustible o a quedarse refugiados en sus casas, a la espera de luz para encender el aire acondicionado con que hacer frente a un calor abrasador.

«Llevamos más de un año sin agua. ¡Yo debería estar en mi escuela y no voy porque debo ayudar a mi mamá en esto!», grita con rabia Michelle, una adolescente con la ropa empapada y el rostro demacrado, mientras intenta conseguir agua potable de una tubería subterránea, por la que hacen cola y se pelean niños, mujeres y hombres. «Aquí donde me ve, no me he llevado un pan a la boca desde anoche», añade esta chica de 14 años que parece mayor.

Los carteles y vallas publicitarias con el eslogan «La primera ciudad de Venezuela» que salpican Maracaibo son hoy un sarcasmo agraz. Zulia, donde se extrae el 60% del crudo venezolano y con un extraordinario potencial agrícola y ganadero, llegó a ser la envidia de Iberoamérica. En su aeropuerto había un intenso tráfico internacional. Ahora la lucha por la supervivencia es extrema para los cuatro millones de habitantes de la región, las colas para llenar el depósito son kilométricas y sobran los dedos de una mano para contar las rutas de vuelos.

«Aquí los pobres perdemos la vida. Hoy voy para cuatro horas y ahora acaban de cerrar la estación para ver si llega otro camión para surtir», dice con resignación Abelardo Montiel, mientras espera cerveza en mano en una gasolinera. «Yo no tengo los cobres (dinero) para pagar a los guardias que te quieren vender hasta en un dólar el litro, cuando la gasolina es regalada en este país», se lamenta.

El drama en toda su crudeza

La miseria es también patente en Caracas, pero el régimen de Maduro destina los recursos que puede a la capital del país para protegerla como una burbuja y evitar que haya estallidos sociales. Si el problema no ocurre en Caracas, es como si no existe. En Maracaibo, en cambio, el drama del chavismo se presenta en toda su crudeza.

Por eso también el régimen se esfuerza por mantenerla aislada, fuera de la vista de los medios independientes. Militares, milicianos y paramilitares armados de los «colectivos» vigilan para impedir el acceso de la prensa a los puntos calientes de la ciudad. Los hospitales están blindados y entrar en ellos sin autorización puede acarrear ser detenido o expulsado, en caso de los periodistas extranjeros.

«La censura es cada vez mayor. A nosotros nos han metido hasta tanques dentro de las residencias», asegura Carmen Gamboa, residente de un bastión opositor, las Torres del Saladillo. «Estos grupos no respetan a nadie –explica–. Vienen con armas y nos amenazan si protestamos o denunciamos lo que está ocurriendo».

Además, la señal de internet es intermitente. Los periódicos de papel han desaparecido y solo quedan panfletos de propaganda del Gobierno, por lo que en Maracaibo, si no hay conexión a la red, uno no se entera de nada.

Solo hay luz unas pocas horas al día. Los cortes no tienen ningún tipo de programación. Una zona de la ciudad pasa una semana entera a oscuras, mientras otras tienen electricidad un par de horas. A veces aparece inesperadamente, pero si llueve puede que los transformadores estallen o fallen.

«Nos salvamos de una tragedia», cuenta Gladys Bardallo, de 79 años, del sector Libertador. «Los cables se incendiaron sobre la casa y el cuarto se nos quemó y explotaron todos los cables –recuerda–. Los bomberos, que están a dos calles, no llegaron nunca por no tener insumos para trabajar, ni personal».

Pero para conocer las verdaderas entrañas de la tragedia de Venezuela hay que adentrarse en un barrio como el de los Altos del Milagro Norte, en la parroquia Coquivacoa. En chabolas hechas con restos de madera y hojalata, malviven niños siempre hambrientos, que como mucho comen una vez al día. Las epidemias campan a sus anchas y las expectativas de vida son muy escasas. Además, los supuestos «operativos de paz» de las Fuerzas Especiales de Seguridad (FAES) y la violencia de las bandas acechan a diario.

Para acceder a este rincón oculto donde habitan los grandes olvidados de la revolución bolivariana es imprescindible recurrir a un líder social que permita sortear a las cuadrillas de paramilitares y a los agentes de Policía.

Los vecinos del barrio acogen a los periodistas con cierto alivio, como una posible tabla de salvación frente al abandono y el aislamiento a los que se ven condenados, sin apenas ayuda en su desgracia. «Si no denunciamos la realidad de lo que está pasando, nadie se entera de la verdad, ni los venezolanos ni el mundo. Aquí tenemos de todo: exterminio, hambruna, maltrato familiar. Es un infierno», resume Carolina Leal, una líder social que en el pasado militó en el partido chavista, pero que ahora vive para ayudar a la gente. Desde hace tres años reparte más de 250 almuerzos semanales.

Desnutrición y enfermedad

Recorrer los Altos del Milagro es desnudar lo más bajo de la crisis venezolana. En una sola manzana, como desterrados en su propia patria, se ocultan, entre paredes hechas a retazos y techos destartalados, niños desnutridos, discapacitados, infectados de VIH y enfermos mentales.

Miguel Blanco, un joven de tez blanca de 28 años, yace con las piernas encogidas sobre una cama en una de las infraviviendas del barrio. Su cuerpo está famélico, carece de masa muscular y su piel se pega a los huesos. El rostro revela una desnutrición severa y una hidrocefalia congénita. Su madre, sin ayuda, le dedica incasablemente sus días. «Le doy lo poco que puedo, yuca y arroz, y le hago pañales de tela», afirma.

No lejos de allí se halla Ana Bravo, de 14 años. Mide poco más de un metro y pesa 20 kilos. No habla y se comunica con señas. Golpea sus manos para indicar que quiere comer. No se pudo desarrollar a consecuencia de la mala alimentación. Es un ejemplo del centenar de casos de malnutrición en este mísero caserío.

Otros niños montan en bicicleta o juegan en las calles, rodeados de escombros y polvo. Gustavo Rincón, un pediatra que visita con frecuencia el barrio, señala que los menores hacen un esfuerzo por olvidar el hambre, pero el cuerpo los delata. «Tienen el pelo cobrizo y fino, y son cabezones. Esos son síntomas claros de desnutrición. Estamos lamentablemnte ante una generación de tarados», denuncia.

En estos atestados suburbios, sus pobladores usan una mezcla de maíz, sal y yuca para intentar hacer algo similar a la tradicional arepa venezolana. Es cuanto se pueden permitir.

La escasez que azota Venezuela es aún peor en Maracaibo por el contrabando con Colombia, que deja millones de ganacias a aquellos que se aprovechan de la circunstancia. Hablar de hambre aquí es diferente. Hay alimentos, pero lo complicado es tener los recursos para pagarlos. «Con nuestro sueldo mínimo (cuatro euros), tan solo compramos un cartón de huevos. Es imposible que no existan desnutridos en este país», apunta una vecina, Daysi Delgado.

El otro gran muestrario de la catástrofe humanitaria de Maracaibo es el Hospital Universitario. En su día fue un ambicioso proyecto incluido en el programa de obras públicas de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, en los años 50, con más de 600 camas. Además, fue el primer hospital venezolano en realizar un trasplante de riñón. Hoy su realidad es otra.

«Llevo diez años esperando un trasplante de riñón, pero ante lo que está ocurriendo prefiero esperar. A un compañero de diálisis lo llamaron para avisar de que ya estaba listo su donante, y en medio de los apagones el riñón que esperaba se dañó», cuenta María Esis.

El centro cuenta con una planta eléctrica, pero solo puede funcionar una o dos horas, frente a las interrupciones, que pueden durar 24 horas. Ante ello, los cirujanos han tenido que finalizar las intervenciones quirúrgicas con la luz de sus teléfonos móviles.

Las salas de hospitalización apenas tienen pacientes, ya que no existe material para realizar las operaciones, y las habitaciones han pasado hacer de depósitos de equipos y camas en desuso.

Además, el centro de salud se encuentra en riesgo de una contaminación generalizada, porque falla la recogida de residuos y la limpieza de las zonas donde se almacenan. «Con el calor las bacterias proliferan, y hay que recordar que en Maracaibo las temperaturas pueden alcanzar 40 grados centígrados, lo que fácilmente convierte los pabellones en hornos», denuncia la cirujana Dora Colmenares.

El hospital no cuenta con radiólogos ni enfermeras, debido a que la situación del país ha forzado a más de 2.800 miembros del personal médico a cruzar las fronteras. «En estos momentos nos encontramos en una emergencia humanitaria compleja. Los médicos tenemos conocimiento de que el 60% de la población está en condición de desnutrición, pero qué pasa con los que no vemos porque prefieren morir en sus casas. En materia de salud hemos retrocedido siete décadas, en estos momentos nos encontramos prácticamente en el siglo XIX», asegura Colmenares. Y añade: «No entendemos por qué razón la ayuda enviada al país no llegó primero al estado con una mayor urgencia sanitaria». Los médicos también denuncian que, desde hace cinco años, carecen de un boletín epidemiológico, por lo que disponen siquiera con un control de las enfermedades del país.

 

El holodomor venezolano por Emmanuel Rincón – Panampost – 12 de Abril 2019

El hambre en Venezuela no es un invento de las cadenas norteamericanas ni es parte de una batalla ideológica: es un asunto palpable.

Cada minuto que un representante de algún alto gobierno intenta mediar en la crisis venezolana, se firma la sentencia de muerte de una persona. (Foto: Flickr)

Ciudadano argentino, chileno, americano, colombiano, español, o de cualquier parte del mundo: si mañana le escribiesen al correo electrónico a ofrecerle un puesto de trabajo, en el cual le prometen todos los beneficios de la ley, y empleador le propusiera trabajar 8 horas al día, 5 días a la semana por un pago mensual de medio kilo de leche en polvo, ¿usted aceptaría? Por supuesto, no hay ni que preguntarlo, la respuesta es un rotundo no. Ahora bien, ¿por qué un venezolano debería aceptar trabajar bajo estas condiciones?

Las desastrosas políticas económicas tomadas por el gobierno socialista de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, sumadas a la destrucción de la empresa privada, el saqueo organizado de la nación, los índices de corrupción más elevados de América Latina, junto al latrocinio de PDVSA, convirtieron a Venezuela en un cementerio de gigantes proporciones, un depósito de cadáveres, un lugar en el que la vida no es posible y donde la economía es una auténtica locura. Que el sueldo mínimo decretado por el Ejecutivo Nacional solo permita comprar un condimento de ajo picado al mes lo explica todo. Sí, tal como lee: un sueldo mínimo mensual es el equivalente a un frasco de condimentos, o a medio kilo de leche en polvo. Esto ayudará a entender por qué los venezolanos salen de su tierra recorriendo miles de kilómetros a pie, o se van por el norte en lanchas y balsas buscando una tierra firme que los alimente.

En la Venezuela de hoy, el sueldo mínimo es de 18 000 bolívares, el equivalente aproximado a 5 dólares al mes. La hiperinflación en Venezuela es tan absurda que los precios han superado la barrera del dólar, lo que quiere decir que el país petrolero ha destrozado hasta el poder adquisitivo de la moneda estadounidense. Esto se traduce en que, además de que los venezolanos ganan una miseria, los productos en el mercado cuestan 2 a 6 veces más que en una economía como la colombiana, por poner un ejemplo cercano.

Durante los últimos días tuve la oportunidad de volver a mi país y aproveché para ir a un par de supermercados a efectos de hacer un pequeño sondeo. La realidad que me encontré fue la siguiente:

  • Detergente de ropa, 2 litros: 58 600 bolívares, es decir, 16 dólares (un venezolano promedio debe ahorrar más de tres meses para poder comprar detergente y lavar su ropa).
  • Pasta, 1 kilo: 7 000 bolívares o 2 dólares (con el sueldo mínimo un venezolano puede adquirir 2 kilos y medio de pasta al mes).
  • Pasta de tomate: 19 642 bolívares o 5,3 dólares (deberá comer la pasta a secas, porque para comprar salsa se debe trabajar más de un mes, y aun así no alcanza).
  • Jamón de pechuga de pollo: 18 000 bolívares o 5 dólares por 500 gramos, ¿alcanzarán 500 gramos de jamón para alimentar una familia por un mes?
  • Manzana por kilo: 33 151 bolívares  o 9 dólares (un sueldo mínimo no alcanza ni para un kilo de manzanas).
  • Litro de leche: 5 750 bolívares o 1, 57 dólares (afortunado el que pueda comprar 4 litros de leche al mes).
  • Kilo de sal: 6 195 bolívares o 1, 70 dólares (por el trabajo de un mes un venezolano promedio, podría comprar 3 kilos de sal).
  • Litro de aceite: 17 000 bolívares o 4, 65 dólares.
  • Condimento de ajo picado, 55 gramos: 21 000 bolívares o 5,75 dólares.
  • Leche chocolatada 400 gramos:  29 000 bolívares o 7,95 dólares.
  • Lavaplatos de 600 ml, 22 811 bolívares o 6 20 dólares.

Últimamente, distintas personalidades del mundo se han atrevido a cuestionar la severidad de la crisis venezolana. Figuras como Almudena Grandes, la comisionada Bachelet o Carlos Montero, entre otros, han intentado poner en tela de juicio la magnitud de lo que viven los venezolanos.

En el momento en que escribo estas letras, cuento ya 32 horas sin luz. Previo a ello, estuve 23 horas sin agua. Esta tarde, para poder trabajar, tuve que salir a comprar una pimpina de gasolina (por la que pagué 20 000 pesos colombianos, es decir, más de un sueldo mínimo venezolano) para poder prender una planta y así cargar mi computador. La catástrofe del socialismo es tal, que en Bogotá pago aproximadamente 50 000 pesos mensuales por el servicio de electricidad durante todo el mes; mientras que aquí debo pagar 20 000 pesos para encender una planta que me permita cargar mi computador, y me dará una energía limitada durante unas 16 horas cuando mucho (no puedo prender aires acondicionados, neveras, u otros artefactos eléctricos). Algo similar ocurre con el agua. En ciudades como Caracas, Maracaibo o Valencia, entre otras, las personas se han visto obligadas a pagar por cisternas de agua para así poder bañarse y medianamente limpiar sus hogares (cabe acotar que las cisternas se pagan en divisa estadounidense, y sus precios van desde los 100 a 120 dólares, unos 20 sueldos mínimos de un venezolano).

Consecuencias y perspectivas del 23F: Venezuela y Colombia frente a una de las mayores crisis del planeta por  Luis Henrique Ball – Panampost – 24 de Febrero 2019

De continuar esta situación en Venezuela, la mayor parte de la población deberá escoger entre la muerte por hambre y el exilio.

El propósito principal de todo el esfuerzo era desnudar a Maduro. EFE/Ernesto Guzmán

El intento de introducir a Venezuela una docena de camiones cargados de ayuda humanitaria siempre tuvo un objetivo principalmente político. Unos cuantos depósitos llenos de medicinas y alimentos podrían, indudablemente, haber ayudado a algunos necesitados, pero, obviamente, las cantidades involucradas no representarían sino un grano de arena ante las enormes necesidades del sufrido pueblo venezolano.

El propósito principal de todo el esfuerzo era desnudar a Maduro. Había que revelar, para los ojos de quienes todavía dudaban de la naturaleza criminal del régimen de Caracas, el verdadero alcance de su mezquindad y corrupción. Ese objetivo se logró, y se logró con creces el pasado sábado 23 de febrero.

Maduro es hoy, ante los ojos del mundo, un dictador de esos que aparece en comiquitas como Tin Tín. Maduro es una caricatura del estereotípico gobernante “maluco” latinoamericano. El General Salazar en la ficticia república bananera de Tapioca. Así lo ve el mundo.

La ultraizquierda mundial y sus aliados agazapados en algunos medios anglosajones aún intentan ayudarlo tratando de hacer ver al público que lo que sucede en Venezuela es en realidad un enfrentamiento entre Estados Unidos y sus grandes enemigos. Lograron engañar a muchos por un tiempo, pero ya el engaño se hizo evidente.

Lamentablemente, los sucesos del 23F también han dejado claro que Maduro y sus secuaces, apoyados y guiados por Cuba, intentarán resistir hasta las últimas consecuencias. ¿Qué pueden entonces esperar Venezuela y Colombia? La respuesta depende del tiempo en que la comunidad internacional se tome en entender que, al final, hay acciones que no podrán evitar tomarse.

La economía venezolana ha sido destruida.Esto ha sido ampliamente reportado y analizado por los más destacados expertos en las grandes capitales del mundo desarrollado. Venezuela ha sufrido un descalabro económico nunca visto en la historia para un país que no ha sido víctima de una guerra.

El nivel de destrucción de su aparato productivo, agrícola e industrial es incluso mayor que el de países devastados por guerras civiles. La estrategia económica del régimen en Caracas consiste en una estupidez tras otra. Los recursos ya no existen. La moneda ha desaparecido y la economía continúa, increíblemente, encogiéndose aún más.

De continuar esta situación la mayor parte de la población deberá escoger entre la muerte por hambre y el exilio. Este análisis ya lo han hecho expertos en grandes think tanks en Estados Unidos, quienes han concluido que este año 2019 los vecinos de Venezuela podrían llegar a recibir hasta 8 millones de migrantes. Si la situación continúa, el 2020 podrían salir varios millones más.

En las ciudades venezolanas las fallas eléctricas, en el que fue el país más electrificado del continente, son no solo cotidianas, sino casi permanentes en algunas regiones. El agua ya no llega a muchas zonas del país debido a la falta de repuestos y mantenimiento para los equipos de los acueductos. Los puertos y aeropuertos ya parecen casi ruinas de la antigüedad y ni hablar de los hospitales, de los cuales se han hecho innumerables reportajes sobre su total colapso. Todo esto se deteriorará aún más en los próximos meses. El éxodo masivo de buena parte de la población es entonces inevitable.

Ese éxodo que viene, y viene con absoluta certeza, se dirigirá principalmente hacia la hermana República de Colombia, ya agobiada con la llegada no solo de más de 1 millón de venezolanos, sino por el retorno inesperado de una cantidad equivalente de sus propios ciudadanos que hasta hace poco vivían en Venezuela. En un plazo que se percibe muy corto –meses–, Colombia se enfrentará a un tsunami humano. Una ola migratoria no vista ni en las peores hambrunas de África.

Al analizar las próximas acciones frente a la dictadura venezolana, las naciones que conforman el Grupo de Lima, Estados Unidos y la Unión Europea deben considerar las consecuencias tanto para Venezuela como para Colombia de alargar la salida de Maduro. Latinoamérica ha tenido otros dictadores, algunos muy sanguinarios, pero ninguno que haya provocado una destrucción semejante en su propio país ni infligido el peor sufrimiento –el hambre– a millones de sus propios ciudadanos.

Suramérica y el mundo se encuentran frente a una situación jamás vista en Occidente. Ojalá los líderes que se reúnen esta semana en Bogotá estén a la altura de las circunstancias. De lo contrario, los eventos que se sucederán en los próximos meses los condenará para la historia.

¿Por qué Maduro prefiere matar de hambre? por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 17 de Febrero 2019

Miguel-Henrique-Otero-696x391
La pregunta completa que millones de personas de personas se están formulando ahora mismo, dentro y fuera de Venezuela, es: ¿Por qué Maduro y los jefes de su banda prefieren matar de hambre y enfermedad, que permitir el ingreso de ayuda humanitaria, proveniente, en principio, de una veintena de países? ¿Por qué, a pesar de que los padecimientos son inocultables desde hace al menos tres años, y todos los días aparecen informaciones y testimonios que certifican un empeoramiento de la situación, insisten en prohibir el ingreso de alimentos y medicinas?

Respuesta: porque matar de hambre y enfermedad está en la lógica primordial de las dictaduras comunistas. Es el resultado de los métodos con que ejercen el poder. Proviene del empeño de imponer, al costo de vidas y destrucción, medidas que niegan la realidad. Proviene del odio patógeno que tienen en contra de las realidades productivas. Proviene de esa mezcla de ignorancia y resentimiento con que interpretan la realidad.

Ni durante la Guerra de Independencia, ni siquiera durante las guerras civiles que asolaron al territorio venezolano durante el siglo XIX, se habían producido la caída mortífera que Venezuela está experimentando: el paso de un estado de hambre generalizado, de una extendida falta de los nutrientes necesarios para vivir -especialmente las proteínas-, a una condición de raquitismo y, a continuación, de la muerte de los más débiles: primordialmente niños y ancianos.

Personas de todas las edades mueren por enfermedades causadas por la mala alimentación o la alimentación deficitaria, por falta de diálisis o de medicamentos para las enfermedades crónicas, por infecciones que adquieren en los quirófanos, por falta de insumos y medicamentos en los centros de emergencias, porque no hay electricidad, a causa del agua contaminada, porque son miles y miles los médicos y paramédicos que han huido del país, justamente para evitar el dilema entre el hambre y la muerte por acción de la delincuencia.

Lo que está ocurriendo en Venezuela está inscrito en una corriente de hechos históricos. Tiene antecedentes que, con sus variantes, pueden rastrearse a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Uno fundamental, está en las sucesivas hambrunas que se produjeron tras el ascenso de los comunistas al poder en Rusia, en 1917. Seis meses más tarde el hambre comenzó a roer los estómagos en ciudades de todo ese vasto territorio. Hubo hambrunas en 1919, 1920, entre 1927 y 1929, y tras el estrepitoso y dantesco fracaso de la política de colectivización, vino la feroz hambruna de Ucrania ocurrida entre 1931 y 1934, que se extendió por la Unión Soviética, y que mató por hambre a más de 5 millones de personas. Es lo que hoy se conoce con el nombre de Holodomor.

¿Obtuvieron los comunistas algún aprendizaje de los errores cometidos por Lenin y Stalin? La respuesta: entre 1958 y 1962 se produjo la gran hambruna en la China de Mao, que mató, no se sabe todavía con toda precisión, entre 32 y 46 millones de personas, de acuerdo a distintos estudios. Mao Zedong, uno de los más eficaces asesinos de masas que ha tenido el siglo XX, ordenó políticas que devastaron a poblaciones enteras de China. Del mismo modo que había ocurrido en Rusia, el hambre provocó hasta episodios de canibalismo.

Propagar el hambre y el miedo: en eso consistieron las prácticas que el poder comunista estableció en Europa del Este, en Albania y en Cuba. Que la vida transcurra en la proximidad o en la línea del hambre, está en el núcleo de sus procedimientos de dominación. Al hambre conducen las distorsionadas percepciones que, los comunistas y sus variantes, tienen de la economía y la producción.

El hambre roja es, a la vez, lógica y consecuencia. El testarudo empeño en controlar los sistemas de producción. De aniquilar el derecho a la propiedad privada y al trabajo. De castigar a los productores privados por serlo. De expropiar, controlar los precios, imponer la obligación de vender al Estado la producción. De provocar un ambiente de confrontación entre propietarios y trabajadores. De intervenir y convertir la fiscalización en un estatuto permanente: todas estas son las prácticas con que los comunistas han creado hambrunas, una y otra vez. Pero no solo.

Las siniestras y desconcertantes reacciones del poder ilegítimo, ilegal y fraudulento de Maduro, también tienen sus antecedentes. No son nuevas, sino reediciones de otros horrores.

La creación de entidades fiscalizadoras comunitarias, se remonta a los “comités de requisa”, creados por Lenin en 1920, que acabaron por degollar a los campesinos que no producían, acusándolos de ser parte de una conspiración (el precedente de la “guerra económica” inventada por Chávez). La ayuda humanitaria que Estados Unidos proveyó a la región de Ucrania en 1922, también debió contestar a las declaraciones difamatorias de los comunistas, que declaraban que esos alimentos estaban “podridos” y “transmitían enfermedades”. También Stalin y Mao, como Maduro ahora, enviaban ayuda humanitaria a otros países, mientras en las calles de sus países la gente moría en casas, a las puertas de hospitales, en plazas o estaciones de transporte público, o en colas, de hasta veinte horas, para intentar comprar una barra de pan que les permitiera seguir con vida.

El día que escribo este artículo -viernes 15 de febrero-, El Nacional informa la muerte de un niño de 6 años, que pesaba 11 kilos, en el Hospital Manuel Núñez Tovar, en la ciudad de Maturín. La muerte de ese pequeño arroja luz sobre el rostro de sus asesinos, y demuestra, una vez más, que han escogido un camino sin regreso: continuarán matando, desprovistos de toda forma de piedad, embrutecidos, sentados en mesas opulentas, cada vez más ajenos al sufrimiento de la sociedad.

3 tragedias que desmontan la Venezuela imaginaria de Maduro por Zenaida Amador – ALnavío – 13 de Febrero 2019

A más de un mes de haber finalizado su período constitucional de Gobierno, Nicolás Maduro sigue aferrado a la Presidencia de Venezuela. Lo hace deslegitimado y con un amplio rechazo popular. Pero además lo hace negando la existencia de los grandes problemas que golpean con fuerza a la población. Niega que haya una tasa de inflación de siete dígitos, afirma que la diáspora es un invento de los medios y descarta que haya una crisis humanitaria. La Venezuela de la que Maduro habla es una que los venezolanos no conocen.
Maduro: “Venezuela no es un país de hambruna” / Foto: EFE
Maduro: “Venezuela no es un país de hambruna” / Foto: EFE

Nicolás Maduro se afana por mostrar una Venezuela de folleto, una que necesita 10 años más de chavismo para que se vean los logros de la revolución bolivariana. Por eso anunció la “Misión Venezuela Bella” y lanzó algo que dio en llamar “Marca País Venezuela Abierta al Futuro” para promover el turismo y la inversión extranjera.

Afirma que los problemas son retórica opositora e inventos en su contra. “Es el momento de la estrategia Marca País para que salga la verdad de Venezuela, la belleza de Venezuela y todo el que quiera venir, venga a compartir esta tierra”.

Nicolás Maduro

@NicolasMaduro

En este momento, en el que las empresas de comunicación mundial mienten tanto, invitamos a todos a que vengan a compartir las bellezas de nuestra tierra de paz y la incomparable calidez y solidaridad del pueblo venezolano.

Pero Venezuela hierve en protestas debido a la falta de alimentos y medicinas, a la pérdida del poder de compra del salario en medio de una severa hiperinflación, y a las fallas de los servicios básicos. No hay parecido entre el país que los venezolanos viven y el que Maduro dibuja en cada entrevista que ha dado a los medios internacionales y en cada una de sus apariciones públicas de las últimas semanas.

Acá tres puntos clave que desmontan la tesis de Maduro:

1) No hay crisis humanitaria

“Tenemos un 4,4% de pobreza extrema. Claro que queda por superar. Pero venimos de un 25% y hemos reducido todos los índices de desigualdad. Tenemos índices reconocidos por los organismos internacionales del mayor nivel en la igualdad de la inversión social. ¿Tenemos problemas? Claro. Pero Venezuela no es un país de hambruna. Tiene altísimos niveles de nutrientes y de acceso a la alimentación. Ese estigma, ese estereotipo que nos han querido montar tiene un solo objetivo: presentar una crisis humanitaria que no existe en Venezuela para una intervención”.

Nicolás Maduro se afana por mostrar una Venezuela de folleto, una que necesita 10 años más de chavismo para que se vean los logros de la revolución bolivariana. Por eso anunció la “Marca País Venezuela Abierta al Futuro”

Estas afirmaciones de Maduro a BBC Mundo intentan echar por tierra la campaña liderada por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, para canalizar el ingreso a Venezuela de la ayuda humanitaria internacional que por largos meses ha sido ofrecida por diversos países para ayudar a los venezolanos y que Maduro y sus funcionarios han bloqueado. Pero ¿existe realmente esa emergencia o es sólo el resultado de las sanciones económicas internacionales aplicadas, como argumenta Maduro?

En el último lustro, a causa del desplome de los precios petroleros, el país sintió con rigor el impacto de un largo proceso de desmantelamiento del sistema económico existente como parte de la aplicación del llamado socialismo del siglo XXI. Se llevaron adelante expropiaciones, intervenciones y cierres de empresas, a la par de una aguda desinversión en la industria petrolera, cuyos efectos se encubrían con la petrochequera que pagaba importaciones y permitía una robusta corrupción para garantizarle el piso político al Gobierno. Pero al caer los precios del crudo el modelo expuso las costuras y el país acumuló, al cierre de 2018, cinco años consecutivos de contracción económica en los cuales se destruyó más de 50% del PIB.

La escasez de productos básicos, fenómeno que desde 2007 rondaba al país, se volvió un problema agudo a partir de 2013. Algunos rubros desaparecieron por completo del mercado, lo cual ha sido crítico en el caso de los medicamentos y suplementos quirúrgicos y hospitalarios.Maduro: “Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo” / Foto: EFE

Maduro: “Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo” / Foto: EFE

Una investigación de la Universidad Católica Andrés Bello da cuenta de que entre 2012 y 2017 hubo un desplome del consumo de rubros clave como pollo (-48%), pescado (-68%) y leche líquida (-77%) ya sea por la escasez de los productos o porque, debido a la inflación, los ciudadanos no podían adquirirlos.

La pobreza, según estudios de las principales universidades del país, ha venido en aumento. En 1998 había 45% de los hogares en pobreza, en 2014 un 48%, en 2016 se elevó a 81% y para 2017 alcanzaba 87% de los hogares.

Según el Observatorio Venezolano de la Salud, Venezuela pasa por una Emergencia Humanitaria Compleja desde 2015. Vale acotar que las sanciones económicas contra el régimen de Nicolás Maduro comenzaron en agosto de 2017, pero los problemas estructurales que dieron lugar a esta situación llevan largos años gestándose.

2) No hay inflación de 1.000.000%

“Claro que tenemos problemas, sobre todo el de una agresión económica. Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo. Ustedes (los periodistas occidentales) no cuestionan ninguna cifra con tal de que esa cifra sea contra Venezuela”.

Con esta respuesta Maduro desestimó los cálculos que hace la Asamblea Nacional, según los cuales entre enero de 2018 y enero de 2019 la variación de la inflación llegó a 2.688.670%. ¿Es real esta tasa de inflación o es una exageración del Parlamento?

Pero Venezuela hierve en protestas debido a la falta de alimentos y medicinas, la pérdida del poder de compra del salario en medio de una severa hiperinflación, y las fallas de los servicios básicos

Lo primero que se debe aclarar es que desde 2015 el régimen de Maduro oculta tanto las cifras del desempeño de la economía y la evolución de los indicadores sociales como el alcance de los compromisos que suscribe por la República a nombre de todos los venezolanos. Dado que el Banco Central de Venezuela dejó de suministrar los datos de inflación, algunas firmas privadas, organismos internacionales y la propia Asamblea Nacional comenzaron a realizar cálculos propios para hacer un seguimiento a este indicador.

Aunque las cifras pueden variar ligeramente entre una fuente y otra, todas exhiben la gravedad de la situación, ya que desde octubre de 2017 Venezuela comenzó a experimentar tasas mensuales de inflación sobre 50% y entró en una agresiva hiperinflación.

Dada la falta de atención a los problemas de fondo que generan la inflación, como la recurrente emisión monetaria para financiar el gasto del Gobierno, el Fondo Monetario Internacional calcula que en 2019 la variación de los precios estará sobre 10.000.000%.

Si bien el régimen de Maduro se niega a reconocer la inflación, algunas de sus acciones son reveladoras. En agosto de 2018 se hizo una reconversión monetaria para quitarle cinco ceros a la moneda, a fin de facilitar el manejo de las cifras abultadas por el efecto inflacionario. A la fecha las cifras ya se aproximan a los valores de hace seis meses.Maduro: “Somos un país receptor de inmigrantes” / Foto: EFE

Maduro: “Somos un país receptor de inmigrantes” / Foto: EFE

Además, entre enero de 2018 y enero de 2019 Maduro autorizó sucesivas alzas del salario mínimo que implicaron un aumento acumulado de 740.000%.

3) No hay una diáspora de millones de venezolanos

“Se ha exagerado toda la campaña que se ha hecho sobre la migración en Venezuela. Somos un país receptor de inmigrantes (…) Sin lugar a duda, producto de la guerra económica, hay un fenómeno nuevo de emigración. Nosotros tenemos los números oficiales y no pasan de 800.000 los venezolanos que se han ido en los últimos dos años buscando alternativas”.

Estas afirmaciones de Maduro a BBC Mundo intentan echar por tierra la campaña liderada por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, para canalizar el ingreso al país de la ayuda humanitaria internacional

Maduro niega así los señalamientos hechos por varios países de la región ante la OEA y la ONU sobre el impacto que han sentido por el ingreso masivo de venezolanos que huyen de la crisis económica. ¿Son ciertos estos señalamientos o es un montaje mediático?

Se calcula que entre 1998, cuando Hugo Chávez ganó por primera vez las elecciones presidenciales, y 2014, alrededor de dos millones de venezolanos salieron del país huyendo de la inseguridad y la crisis económica, según el sociólogo Tomás Páez, que ha investigado este fenómeno por más de una década.

Pero lo más grave ha ocurrido desde esa fecha para acá, en consonancia con la acentuación de la crisis económica. La ONU calcula que tres millones de personas salieron de manera forzada del país desde 2014, es decir, 10% de la población venezolana.

Las últimas salidas han sido cruzando la frontera por tierra, incluso sin pasaporte ni recursos y en condiciones de alta vulnerabilidad, generando graves efectos en las naciones receptoras de estos migrantes.

De no ocurrir un cambio en las condiciones del país, uno de cada seis venezolanos habrá dejado el territorio para el cierre de 2019, según estima el Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes de Venezuela.

Pero Maduro niega la realidad. Y dice que en 2018 aumentó el consumo de electricidad, aumentó el consumo de gasolina, aumentó la escolaridad. En su opinión, si todo ello aumentó, ¿cómo es que se fue tanta gente?

«¿Problemas de identidad? Ninguno. Lo mismo como arepas que porrusalda» por Jon Aramburu – El Correo – 12 de Febrero 2019

Ibane con su hermano Julen en el Jai Alai de Caracas/JON G. ARAMBURU
Ibane con su hermano Julen en el Jai Alai de Caracas / JON G. ARAMBURU

600 familias integran la colonia vasca en Caracas, sacudidas por la deriva de un conflicto que ha minado el país

La Euskal Etxea de Caracas se levanta en un barrio que le dicen El Paraíso, por mucho que lo sobrevuele una autovía descomunal y quede a un tiro de piedra de la Cota 905, un cerro -como llaman aquí a las favelas- considerado de los más peligrosos del distrito capitalino. El hogar se fundó en 1941, cuando los aitites de los mismos que ahora se bañan en la piscina cruzaron el Atlántico huyendo de la Guerra Civil, y la sede actual -le precedió otra en el centro- es la más grande del mundo después de la de San Francisco.

En la ciudad hay 600 familias vascas, de las que la mitad son socias. Jai Alai, cancha multiusos, un caserío de estilo vascofrancés, antaño una ikastola… Las cuotas de los socios apenas cubren el 40% del presupuesto, mientras que el resto está subvencionado por el Gobierno vasco. Por aquí han pasado desde Agirre y Leizaola hasta Amorebieta. Situada en medio de una ciudad de 10 millones de habitantes, a ratos brutal y capaz de encerrar todos los contrastes, es el oasis de quienes han decidido mantener sus raíces contra viento y marea, y a quienes la deriva de los acontecimientos no deja indiferentes.

Itziar Rodríguez y Seijó. Superviviente del bombardeo de Gernika

«Este país era el paraíso, es indignante lo que han hecho con él»

Itziar vuelve de vez en cuando a su Gernika natal.
Itziar vuelve de vez en cuando a su Gernika natal. / JON G. ARAMBURU

Itziar tenía dos añitos cuando el bombardeo de Gernika, «que me agarró en Erdikokale», y no emigró a Venezuela hasta los 19, con sus padres ya asentados en un país que les había abierto los brazos y lleno de oportunidades. «Aita había pasado por la cárcel y en la España de Franco no tenía forma de levantar cabeza». Todavía se acuerda de la Casa de Calle, «donde jugábamos a guardias y ladrones», del txitxiburduntzi y el morokil. Los comienzos nunca son fáciles e Itziar no fue una excepción a la regla. «Lloraba muchísimo y no quería salir de casa». Cinco meses pasaron hasta que acudió a la Euskal Etxea, sin otro consuelo que subir al cerro Ávila que domina Caracas, lo más parecido a las montañas de su tierra.

Pero fue empezar y ya no parar nunca. «Veníamos todos los jueves a ensayar con el coro ‘Pizkunde’, no importaba que fuera de noche porque la ciudad era segura». El clima de Caracas, su luz, la gente… «Y cómo hemos cambiado. Todo es más grosero y eso se nos ha ido contagiando. Ves la miseria tan terrible y te entran ganas de mandarlos a todos al coño su madre», masculla indignada. Y eso que Itziar, 84 años, tres de ellos lehendakari de la Euskal Etxea, no se puede quejar. Es jubilada de la Polar, la empresa que fue un emblema del país durante décadas, así que además de la pensión recibe dos cajas de alimentos y otras dos de cerveza… con las que da de comer a cuatro familias. «El mecánico no me cobra un centavo, la peluquera tampoco», desliza.

Pero el amago de sonrisa no tarda en desaparecer. «Es doloroso acabar viviendo de la caridad de los demás, se pierde hasta la vergüenza de pedir. Pero, ¿qué haces si tienes hijos?». Itziar vuelve cada año a Euskadi. Tres meses. «Para mí es un balón de oxígeno. Nunca pensé que fuera a tener una vejez tan preocupante, angustiada siempre por lo que veo a mi alrededor. En Gernika respiro, me siento en el Parque de los Pueblos de Europa y me basta con un libro. Oigo los pájaros, los patos, no necesito más nada». Antes del 7 de marzo, la fecha de su partida, oirá misa en la Euskal Etxea. Como Itziar, el padre Odriozola, jesuita, tampoco arroja la toalla.

Antonio Arriaga. Pediatra

«Vivimos no en una dictadura, sino entre delincuentes»

Antonio Arriaga se siente vasco y venezolano.
Antonio Arriaga se siente vasco y venezolano. / JON G. ARAMBURU

Antón no tiene ningún conflicto entre sentirse vasco o venezolano, «lo mismo me gustan las arepas que la porrusalda». Hijo de padre guerniqués y madre duranguesa, recuerda que «los bilbaínos nacemos donde nos da la gana» y afea la conducta a quien pone en cuestión sus orígenes por haber nacido en América. «Apunta. Soy Arriaga Agirre Gerrikaetxebarria Bernaola, ¿te sirve?» La de Antón es una historia que resume muy bien la de sus paisanos. «Mi ama nunca ha pensado en volver, y eso que lleva 70 años aquí y no ha perdido la ‘z’ marcada».

A este pediatra de 67 años, «jubilado, pero con dos trabajos», le duele lo que han hecho con este país, «el más rico del mundo, pero saqueado sin misericordia». Desde su atalaya en el hospital tiene una visión privilegiada de lo que ocurre a su alrededor. «Hay hambre, hay necesidad, no hay máquinas de diálisis ni tratamiento de quimio, la desnutrición infantil es bárbara…», enumera. «Este año se esperan millón y medio de casos de malaria, cuando esa era una enfermedad erradicada en los 40», desgrana como quien habla de las plagas bíblicas.

Pero Antón es optimista. «Saldremos de ésta, no me preguntes cuándo. El problema son los militares, más preocupados por proteger su estatus que por defender al país. Esto no es una dictadura, es una banda de delincuentes», explica mientras clasifica un envío de siete cajas de medicamentos que les ha llegado desde Bilbao gracias a la fundación Tierra de Gracia, formada por venezolanos residentes en Euskadi, y que luego se repartirán entre los más necesitados de la colonia vasca.

– ¿Y qué es lo que más echa de menos del País Vasco?

– Ir al caserío de la familia en Mañaria y que te digan en cuanto entras por la puerta: «Tú siéntate y come. Vino, chorizo…», enumera con los ojos entornados.

Ibane y Julen Azpiritxaga. Savia joven para la Euskal Etxea

«No quiero un baño de sangre y menos por un carajo atornillado al poder»

Ibane y Julen, las nuevas generaciones de la colonia vasca.
Ibane y Julen, las nuevas generaciones de la colonia vasca. / JON G. ARAMBURU

Ibane, 23 años, es el presidente de la Euskal Etxea,su salón de juegos y el de su hermano Julen, 22, desde que ambos tienen memoria. Descienden de emigrantes de Algorta, Durango y Pasaia, localidad esta última donde Julen -el único de los dos que habla euskera- pasó año y medio después de que se metiera en aprietos por su condición de líder estudiantil y su madre le largara de vuelta «para evitar disgustos».

¿Cómo consigue un venezolano de segunda generación mantener las raíces a 7.100 kilómetros de distancia? «Mi padre era el perejil de todas las salsas. El que cocinaba, bailaba, presidía… lo hemos mamado toda la vida. La identidad vasca es muy marcada, y por supuesto que hemos tenido que superar clichés como el de terrorista o separatista. Pero estamos acostumbrados, venimos de una familia muy perseguida. Mi aitona era gudari en la Guerra Civil y, después de cumplir cárcel y de que le intercambiaran por unos italianos, cruzó el Atlántico en un vaporcito de 50 cv. para empezar una nueva vida y aquí trabajó de espía para la CIA». Eso, definitivamente, tiene que imprimir carácter.

Ahora, 70 años más tarde, Ibane y Julen muestran sus cautelas por la deriva del conflicto venezolano. El primero cree que el apoyo internacional a Guaido y el bloqueo económico a Maduro se va a traducir en una hambruna cuando el combustible empiece a escasear. «Esto es una olla en ebullición», resume. Julen, por su parte, tiene esperanzas. «Yo creo que este régimen sale, lo que está por ver es si por las buenas o por las malas. No quiero que haya derramamiento de sangre y menos aún por un carajo atornillado al poder».

Luis Trincando. Impresor y editor

«Yo he sido de la izquierda abertzale y me indigna que defienda a Maduro»

Luis Trincando, un bilbaíno en Venezuela.
Luis Trincado, un bilbaíno en Venezuela. / JON G. ARAMBURU

Luis Trincado no tiene pelos en la lengua y llama a las cosas por su nombre. A este bilbaíno de 60 años, nacido en la clínica del Doctor Usparitza, la vida le llevó a militar en la izquierda abertzale -donde coincidió con Victor Galarza y Sebastian Etxaniz, los dos repatriados por Chávez-, la misma contra la que ahora arremete por la defensa que esta hace del régimen de Maduro. «Me indigna que defiendan a un tipo que encarna todos los vicios: tortura, detenciones arbitrarias, masivas operaciones de limpieza, chantaje, contrabando, narcotráfico… los derechos humanos pisoteados» dispara como una ametralladora.

«No se puede decir que eres revolucionario y aguantar esta vaina», repite mientras clava los ojos. «Hay que tener poca vergüenza para llamar fascista a Guaidó o a cualquiera que luche aquí contra la dictadura». Luis es secretario general de organización del Partido La Causa Radical, fundado por sindicalistas en los años 70, trabajó de editor y creó una imprenta, aunque eso fue antes de que el país exigiera pagar con dólares el papel, la tinta o los repuestos. «Esta gente está expoliando VenezuelaCrudo, madera, metales… Arramblan con todo».

Luis no visita Bilbao desde 2001, cuando trajo a su madre. Si le preguntan qué echa más en falta responde sin dudar que «mi única religión, el Athletic, y a su profeta, San Mamés», desliza con una sonrisa, la primera de toda la entrevista, mientras alaba la labor en defensa en el partido ante el Barça y el debut de Kodro. Siente cierta añoranza de aquel Bilbao industrial, proletario, sucio y lleno de humo, pero confiesa su admiración «por cómo lo dejó Azkuna». «Me siento muy vasco, orgulloso de nuestra cultura y tradiciones. Pero yo elegí Venezuela y no me arrepiento». Y lanza un guiño. «Mi abuelo era suscriptor de EL CORREO. Jesús Trincado Agramonte. Pon eso».

El hambre levanta a los barrios contra Maduro por Maolis Castro/Javier Lafuente – El País – 11 de Febrero 2019

Las zonas populares de Caracas que tradicionalmente fueron fieles a Chávez protestan ahora ante las carencias

María Fernanda Rodríguez, en su casa del barrio de Cotiza, en Caracas. En vídeo, manifestaciones a favor del paso de ayuda humanitaria desde el Colombia en la frontera. ANDREA HERNÁNDEZ VÍDEO: REUTERS

María Fernanda Rodríguez muestra con orgullo la cacerola que destrozó hace unas semanas. Un recipiente negro y rojo completamente abollado por los golpes que le ha propinado. Hasta el 21 de enero, se los daba desde su casa, medio a escondidas, cuando escuchaba un sonido similar desde otras ventanas. Esa madrugada fue diferente. El runrún de que la gente estaba saliendo a las calles de su barrio se expandió muy rápido. Salió de casa disparada y bajó los 80 escalones que dan al cuartel de la Guardia Nacional. La única forma que le quedaba de expresar su agotamiento. “Estoy cansada de pasar hambre”.

Vista del barrio de Cotiza, en Caracas.
Vista del barrio de Cotiza, en Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ
“Cotiza era un sector chavista que jamás se levantaba, jamás marchaba, jamás salía a protestar, por eso todo el mundo se quedó sorprendido. Fue un boom. Después, salieron otros barrios a protestar”, celebra Rodríguez, que admite que si no lo había hecho antes era por miedo: “Siempre te dicen que si sales a marchar te van a matar, te van a meter presa… todavía me dicen: ‘María, mosca [alerta], cuidado’. Pero yo les digo: ‘Tranquilos, estoy con Dios, soy cristiana”.

 

La necesidad, que abarca el hambre, la falta de agua o los continuos cortes de luz, entre otras muchas carencias cotidianas, se impone a la política en esta Venezuela convulsa. “El hambre tiene cara de perro, eso ha llevado a muchas personas a estar contra el Gobierno, el hambre puede más. He vivido el hambre en carne propia y es muy fuerte. Me he tenido que adaptar a cosas del Gobierno por necesidad”, dice Rodríguez. “Hoy, el venezolano no vive, sino que sobrevive…”, añade un poco más tarde uno de sus vecinos, Julio Camargo, de 25 años, que regresó a Venezuela hace un año desde Colombia, donde pasó ocho meses. “Todo ha empeorado, se me hace difícil cubrir los gastos de pañales para mi bebé. Gasta 20 pañales semanales, equivalente a un salario mínimo (18.000 bolívares, unos seis dólares), es decir, al mes gasto unos 60.000 bolívares en pañales”.

Camargo dejó de estudiar enfermería porque no podía compaginar la universidad con el trabajo. Ahora ayuda a sus padres con la bodega [tienda] que tienen en el barrio. Su madre, cuenta, ha ido guardando poco a poco todos los símbolos que recordaban a Chávez que tenía en casa: camisetas, un cuadro pintado… El joven, sin embargo, no se atreve a decir que sus padres hayan dado la espalda al chavismo. Si acaso, al madurismo. Y tampoco del todo. “Piensan que ellos tienen la casa que tienen gracias a Chávez”.

“Chávez tomó la decisión, conscientemente o no, de usar el discurso grupocéntrico como uno de los elementos para hacer campaña”, opina Daniel Varnagy, profesor de la Universidad Simón Bolívar. “¿Qué significa el grupocéntrico? Ricos contra pobres, blancos contra negros, profesionales contra personas sin formación, es decir, elementos a través de los cuales en el discurso tú planteas una dualidad permanente a una cosa que se llama la atribución diferenciada a una de las cualidades… Chávez retoma y lleva a su máxima expresión este discurso cuando sataniza, por ejemplo, el concepto de propiedad privada con expropiación y eso despertó una característica que sí existía en la población venezolana, incluso hay estudios que lo determinan, pero estaba dormida, que era el resentimiento de clases”, analiza este doctor en Ciencias Políticas, para quien ese “resentimiento en términos emocionales y psicológicos se tradujo como la polarización de la sociedad porque había una parte que cumplía con uno de los elementos de esta escisión grupocéntrica por el lado positivo, es decir, población de una tez más oscura, menor nivel económico que, de alguna manera, era muy proclive a recibir un discurso populista y había otro grupo de la población menor numéricamente que eran los blancos, los ricos, los amos del valle. Esa polarización fue una estrategia muy clara por parte de Chávez para amarrar emocionalmente a la mayor parte de la población”.

Julio Camargo, de 25 años, vecino de Cotiza.
Julio Camargo, de 25 años, vecino de Cotiza.ANDREA HERNÁNDEZ

La sensación en Cotiza es que la supervivencia no concibe ideologías, no es un asunto ya de izquierdas o derechas, sino de estructuras más coercitivas como los CLAP, las cajas de alimentos que promueve el Gobierno de Nicolás Maduro. “Nosotros no dependemos de la caja del CLAP, pero sí vemos cómo la gente del barrio depende de ellas y todo el tiempo está preguntando cuándo llegará. Viven de falsas expectativas porque les prometen que la caja llegará quincenal y no mensual. Ofrecen pernil, huevos y no llegan”, asegura Camargo.

Las protestas se han contenido la última semana. El miedo a la represión está latente, como las amenazas de quedarse sin ayudas a aquellos que alcen la voz. “Han amenazado con no dar las cajas de comida y tampoco los bonos de ayuda. Mi mamá me dice que me relaje, pero escucho tantas cosas que me indigno”, asegura Rodríguez, la manicurista, que se informa por lo general con el celular de su tía, a través de lo que le llega. No tiene duda de que volverá a salir a protestar. “Yo bajo del barrio y sigo con mi rebelión”.

A %d blogueros les gusta esto: