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¿Por qué Maduro prefiere matar de hambre? por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 17 de Febrero 2019

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La pregunta completa que millones de personas de personas se están formulando ahora mismo, dentro y fuera de Venezuela, es: ¿Por qué Maduro y los jefes de su banda prefieren matar de hambre y enfermedad, que permitir el ingreso de ayuda humanitaria, proveniente, en principio, de una veintena de países? ¿Por qué, a pesar de que los padecimientos son inocultables desde hace al menos tres años, y todos los días aparecen informaciones y testimonios que certifican un empeoramiento de la situación, insisten en prohibir el ingreso de alimentos y medicinas?

Respuesta: porque matar de hambre y enfermedad está en la lógica primordial de las dictaduras comunistas. Es el resultado de los métodos con que ejercen el poder. Proviene del empeño de imponer, al costo de vidas y destrucción, medidas que niegan la realidad. Proviene del odio patógeno que tienen en contra de las realidades productivas. Proviene de esa mezcla de ignorancia y resentimiento con que interpretan la realidad.

Ni durante la Guerra de Independencia, ni siquiera durante las guerras civiles que asolaron al territorio venezolano durante el siglo XIX, se habían producido la caída mortífera que Venezuela está experimentando: el paso de un estado de hambre generalizado, de una extendida falta de los nutrientes necesarios para vivir -especialmente las proteínas-, a una condición de raquitismo y, a continuación, de la muerte de los más débiles: primordialmente niños y ancianos.

Personas de todas las edades mueren por enfermedades causadas por la mala alimentación o la alimentación deficitaria, por falta de diálisis o de medicamentos para las enfermedades crónicas, por infecciones que adquieren en los quirófanos, por falta de insumos y medicamentos en los centros de emergencias, porque no hay electricidad, a causa del agua contaminada, porque son miles y miles los médicos y paramédicos que han huido del país, justamente para evitar el dilema entre el hambre y la muerte por acción de la delincuencia.

Lo que está ocurriendo en Venezuela está inscrito en una corriente de hechos históricos. Tiene antecedentes que, con sus variantes, pueden rastrearse a lo largo del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Uno fundamental, está en las sucesivas hambrunas que se produjeron tras el ascenso de los comunistas al poder en Rusia, en 1917. Seis meses más tarde el hambre comenzó a roer los estómagos en ciudades de todo ese vasto territorio. Hubo hambrunas en 1919, 1920, entre 1927 y 1929, y tras el estrepitoso y dantesco fracaso de la política de colectivización, vino la feroz hambruna de Ucrania ocurrida entre 1931 y 1934, que se extendió por la Unión Soviética, y que mató por hambre a más de 5 millones de personas. Es lo que hoy se conoce con el nombre de Holodomor.

¿Obtuvieron los comunistas algún aprendizaje de los errores cometidos por Lenin y Stalin? La respuesta: entre 1958 y 1962 se produjo la gran hambruna en la China de Mao, que mató, no se sabe todavía con toda precisión, entre 32 y 46 millones de personas, de acuerdo a distintos estudios. Mao Zedong, uno de los más eficaces asesinos de masas que ha tenido el siglo XX, ordenó políticas que devastaron a poblaciones enteras de China. Del mismo modo que había ocurrido en Rusia, el hambre provocó hasta episodios de canibalismo.

Propagar el hambre y el miedo: en eso consistieron las prácticas que el poder comunista estableció en Europa del Este, en Albania y en Cuba. Que la vida transcurra en la proximidad o en la línea del hambre, está en el núcleo de sus procedimientos de dominación. Al hambre conducen las distorsionadas percepciones que, los comunistas y sus variantes, tienen de la economía y la producción.

El hambre roja es, a la vez, lógica y consecuencia. El testarudo empeño en controlar los sistemas de producción. De aniquilar el derecho a la propiedad privada y al trabajo. De castigar a los productores privados por serlo. De expropiar, controlar los precios, imponer la obligación de vender al Estado la producción. De provocar un ambiente de confrontación entre propietarios y trabajadores. De intervenir y convertir la fiscalización en un estatuto permanente: todas estas son las prácticas con que los comunistas han creado hambrunas, una y otra vez. Pero no solo.

Las siniestras y desconcertantes reacciones del poder ilegítimo, ilegal y fraudulento de Maduro, también tienen sus antecedentes. No son nuevas, sino reediciones de otros horrores.

La creación de entidades fiscalizadoras comunitarias, se remonta a los “comités de requisa”, creados por Lenin en 1920, que acabaron por degollar a los campesinos que no producían, acusándolos de ser parte de una conspiración (el precedente de la “guerra económica” inventada por Chávez). La ayuda humanitaria que Estados Unidos proveyó a la región de Ucrania en 1922, también debió contestar a las declaraciones difamatorias de los comunistas, que declaraban que esos alimentos estaban “podridos” y “transmitían enfermedades”. También Stalin y Mao, como Maduro ahora, enviaban ayuda humanitaria a otros países, mientras en las calles de sus países la gente moría en casas, a las puertas de hospitales, en plazas o estaciones de transporte público, o en colas, de hasta veinte horas, para intentar comprar una barra de pan que les permitiera seguir con vida.

El día que escribo este artículo -viernes 15 de febrero-, El Nacional informa la muerte de un niño de 6 años, que pesaba 11 kilos, en el Hospital Manuel Núñez Tovar, en la ciudad de Maturín. La muerte de ese pequeño arroja luz sobre el rostro de sus asesinos, y demuestra, una vez más, que han escogido un camino sin regreso: continuarán matando, desprovistos de toda forma de piedad, embrutecidos, sentados en mesas opulentas, cada vez más ajenos al sufrimiento de la sociedad.

3 tragedias que desmontan la Venezuela imaginaria de Maduro por Zenaida Amador – ALnavío – 13 de Febrero 2019

A más de un mes de haber finalizado su período constitucional de Gobierno, Nicolás Maduro sigue aferrado a la Presidencia de Venezuela. Lo hace deslegitimado y con un amplio rechazo popular. Pero además lo hace negando la existencia de los grandes problemas que golpean con fuerza a la población. Niega que haya una tasa de inflación de siete dígitos, afirma que la diáspora es un invento de los medios y descarta que haya una crisis humanitaria. La Venezuela de la que Maduro habla es una que los venezolanos no conocen.
Maduro: “Venezuela no es un país de hambruna” / Foto: EFE
Maduro: “Venezuela no es un país de hambruna” / Foto: EFE

Nicolás Maduro se afana por mostrar una Venezuela de folleto, una que necesita 10 años más de chavismo para que se vean los logros de la revolución bolivariana. Por eso anunció la “Misión Venezuela Bella” y lanzó algo que dio en llamar “Marca País Venezuela Abierta al Futuro” para promover el turismo y la inversión extranjera.

Afirma que los problemas son retórica opositora e inventos en su contra. “Es el momento de la estrategia Marca País para que salga la verdad de Venezuela, la belleza de Venezuela y todo el que quiera venir, venga a compartir esta tierra”.

Nicolás Maduro

@NicolasMaduro

En este momento, en el que las empresas de comunicación mundial mienten tanto, invitamos a todos a que vengan a compartir las bellezas de nuestra tierra de paz y la incomparable calidez y solidaridad del pueblo venezolano.

Pero Venezuela hierve en protestas debido a la falta de alimentos y medicinas, a la pérdida del poder de compra del salario en medio de una severa hiperinflación, y a las fallas de los servicios básicos. No hay parecido entre el país que los venezolanos viven y el que Maduro dibuja en cada entrevista que ha dado a los medios internacionales y en cada una de sus apariciones públicas de las últimas semanas.

Acá tres puntos clave que desmontan la tesis de Maduro:

1) No hay crisis humanitaria

“Tenemos un 4,4% de pobreza extrema. Claro que queda por superar. Pero venimos de un 25% y hemos reducido todos los índices de desigualdad. Tenemos índices reconocidos por los organismos internacionales del mayor nivel en la igualdad de la inversión social. ¿Tenemos problemas? Claro. Pero Venezuela no es un país de hambruna. Tiene altísimos niveles de nutrientes y de acceso a la alimentación. Ese estigma, ese estereotipo que nos han querido montar tiene un solo objetivo: presentar una crisis humanitaria que no existe en Venezuela para una intervención”.

Nicolás Maduro se afana por mostrar una Venezuela de folleto, una que necesita 10 años más de chavismo para que se vean los logros de la revolución bolivariana. Por eso anunció la “Marca País Venezuela Abierta al Futuro”

Estas afirmaciones de Maduro a BBC Mundo intentan echar por tierra la campaña liderada por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, para canalizar el ingreso a Venezuela de la ayuda humanitaria internacional que por largos meses ha sido ofrecida por diversos países para ayudar a los venezolanos y que Maduro y sus funcionarios han bloqueado. Pero ¿existe realmente esa emergencia o es sólo el resultado de las sanciones económicas internacionales aplicadas, como argumenta Maduro?

En el último lustro, a causa del desplome de los precios petroleros, el país sintió con rigor el impacto de un largo proceso de desmantelamiento del sistema económico existente como parte de la aplicación del llamado socialismo del siglo XXI. Se llevaron adelante expropiaciones, intervenciones y cierres de empresas, a la par de una aguda desinversión en la industria petrolera, cuyos efectos se encubrían con la petrochequera que pagaba importaciones y permitía una robusta corrupción para garantizarle el piso político al Gobierno. Pero al caer los precios del crudo el modelo expuso las costuras y el país acumuló, al cierre de 2018, cinco años consecutivos de contracción económica en los cuales se destruyó más de 50% del PIB.

La escasez de productos básicos, fenómeno que desde 2007 rondaba al país, se volvió un problema agudo a partir de 2013. Algunos rubros desaparecieron por completo del mercado, lo cual ha sido crítico en el caso de los medicamentos y suplementos quirúrgicos y hospitalarios.Maduro: “Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo” / Foto: EFE

Maduro: “Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo” / Foto: EFE

Una investigación de la Universidad Católica Andrés Bello da cuenta de que entre 2012 y 2017 hubo un desplome del consumo de rubros clave como pollo (-48%), pescado (-68%) y leche líquida (-77%) ya sea por la escasez de los productos o porque, debido a la inflación, los ciudadanos no podían adquirirlos.

La pobreza, según estudios de las principales universidades del país, ha venido en aumento. En 1998 había 45% de los hogares en pobreza, en 2014 un 48%, en 2016 se elevó a 81% y para 2017 alcanzaba 87% de los hogares.

Según el Observatorio Venezolano de la Salud, Venezuela pasa por una Emergencia Humanitaria Compleja desde 2015. Vale acotar que las sanciones económicas contra el régimen de Nicolás Maduro comenzaron en agosto de 2017, pero los problemas estructurales que dieron lugar a esta situación llevan largos años gestándose.

2) No hay inflación de 1.000.000%

“Claro que tenemos problemas, sobre todo el de una agresión económica. Una inflación de 1.000.000% no la aguantaría ningún país del mundo. Ustedes (los periodistas occidentales) no cuestionan ninguna cifra con tal de que esa cifra sea contra Venezuela”.

Con esta respuesta Maduro desestimó los cálculos que hace la Asamblea Nacional, según los cuales entre enero de 2018 y enero de 2019 la variación de la inflación llegó a 2.688.670%. ¿Es real esta tasa de inflación o es una exageración del Parlamento?

Pero Venezuela hierve en protestas debido a la falta de alimentos y medicinas, la pérdida del poder de compra del salario en medio de una severa hiperinflación, y las fallas de los servicios básicos

Lo primero que se debe aclarar es que desde 2015 el régimen de Maduro oculta tanto las cifras del desempeño de la economía y la evolución de los indicadores sociales como el alcance de los compromisos que suscribe por la República a nombre de todos los venezolanos. Dado que el Banco Central de Venezuela dejó de suministrar los datos de inflación, algunas firmas privadas, organismos internacionales y la propia Asamblea Nacional comenzaron a realizar cálculos propios para hacer un seguimiento a este indicador.

Aunque las cifras pueden variar ligeramente entre una fuente y otra, todas exhiben la gravedad de la situación, ya que desde octubre de 2017 Venezuela comenzó a experimentar tasas mensuales de inflación sobre 50% y entró en una agresiva hiperinflación.

Dada la falta de atención a los problemas de fondo que generan la inflación, como la recurrente emisión monetaria para financiar el gasto del Gobierno, el Fondo Monetario Internacional calcula que en 2019 la variación de los precios estará sobre 10.000.000%.

Si bien el régimen de Maduro se niega a reconocer la inflación, algunas de sus acciones son reveladoras. En agosto de 2018 se hizo una reconversión monetaria para quitarle cinco ceros a la moneda, a fin de facilitar el manejo de las cifras abultadas por el efecto inflacionario. A la fecha las cifras ya se aproximan a los valores de hace seis meses.Maduro: “Somos un país receptor de inmigrantes” / Foto: EFE

Maduro: “Somos un país receptor de inmigrantes” / Foto: EFE

Además, entre enero de 2018 y enero de 2019 Maduro autorizó sucesivas alzas del salario mínimo que implicaron un aumento acumulado de 740.000%.

3) No hay una diáspora de millones de venezolanos

“Se ha exagerado toda la campaña que se ha hecho sobre la migración en Venezuela. Somos un país receptor de inmigrantes (…) Sin lugar a duda, producto de la guerra económica, hay un fenómeno nuevo de emigración. Nosotros tenemos los números oficiales y no pasan de 800.000 los venezolanos que se han ido en los últimos dos años buscando alternativas”.

Estas afirmaciones de Maduro a BBC Mundo intentan echar por tierra la campaña liderada por Juan Guaidó, presidente interino de Venezuela, para canalizar el ingreso al país de la ayuda humanitaria internacional

Maduro niega así los señalamientos hechos por varios países de la región ante la OEA y la ONU sobre el impacto que han sentido por el ingreso masivo de venezolanos que huyen de la crisis económica. ¿Son ciertos estos señalamientos o es un montaje mediático?

Se calcula que entre 1998, cuando Hugo Chávez ganó por primera vez las elecciones presidenciales, y 2014, alrededor de dos millones de venezolanos salieron del país huyendo de la inseguridad y la crisis económica, según el sociólogo Tomás Páez, que ha investigado este fenómeno por más de una década.

Pero lo más grave ha ocurrido desde esa fecha para acá, en consonancia con la acentuación de la crisis económica. La ONU calcula que tres millones de personas salieron de manera forzada del país desde 2014, es decir, 10% de la población venezolana.

Las últimas salidas han sido cruzando la frontera por tierra, incluso sin pasaporte ni recursos y en condiciones de alta vulnerabilidad, generando graves efectos en las naciones receptoras de estos migrantes.

De no ocurrir un cambio en las condiciones del país, uno de cada seis venezolanos habrá dejado el territorio para el cierre de 2019, según estima el Plan Regional de Respuesta para Refugiados y Migrantes de Venezuela.

Pero Maduro niega la realidad. Y dice que en 2018 aumentó el consumo de electricidad, aumentó el consumo de gasolina, aumentó la escolaridad. En su opinión, si todo ello aumentó, ¿cómo es que se fue tanta gente?

«¿Problemas de identidad? Ninguno. Lo mismo como arepas que porrusalda» por Jon Aramburu – El Correo – 12 de Febrero 2019

Ibane con su hermano Julen en el Jai Alai de Caracas/JON G. ARAMBURU
Ibane con su hermano Julen en el Jai Alai de Caracas / JON G. ARAMBURU

600 familias integran la colonia vasca en Caracas, sacudidas por la deriva de un conflicto que ha minado el país

La Euskal Etxea de Caracas se levanta en un barrio que le dicen El Paraíso, por mucho que lo sobrevuele una autovía descomunal y quede a un tiro de piedra de la Cota 905, un cerro -como llaman aquí a las favelas- considerado de los más peligrosos del distrito capitalino. El hogar se fundó en 1941, cuando los aitites de los mismos que ahora se bañan en la piscina cruzaron el Atlántico huyendo de la Guerra Civil, y la sede actual -le precedió otra en el centro- es la más grande del mundo después de la de San Francisco.

En la ciudad hay 600 familias vascas, de las que la mitad son socias. Jai Alai, cancha multiusos, un caserío de estilo vascofrancés, antaño una ikastola… Las cuotas de los socios apenas cubren el 40% del presupuesto, mientras que el resto está subvencionado por el Gobierno vasco. Por aquí han pasado desde Agirre y Leizaola hasta Amorebieta. Situada en medio de una ciudad de 10 millones de habitantes, a ratos brutal y capaz de encerrar todos los contrastes, es el oasis de quienes han decidido mantener sus raíces contra viento y marea, y a quienes la deriva de los acontecimientos no deja indiferentes.

Itziar Rodríguez y Seijó. Superviviente del bombardeo de Gernika

«Este país era el paraíso, es indignante lo que han hecho con él»

Itziar vuelve de vez en cuando a su Gernika natal.
Itziar vuelve de vez en cuando a su Gernika natal. / JON G. ARAMBURU

Itziar tenía dos añitos cuando el bombardeo de Gernika, «que me agarró en Erdikokale», y no emigró a Venezuela hasta los 19, con sus padres ya asentados en un país que les había abierto los brazos y lleno de oportunidades. «Aita había pasado por la cárcel y en la España de Franco no tenía forma de levantar cabeza». Todavía se acuerda de la Casa de Calle, «donde jugábamos a guardias y ladrones», del txitxiburduntzi y el morokil. Los comienzos nunca son fáciles e Itziar no fue una excepción a la regla. «Lloraba muchísimo y no quería salir de casa». Cinco meses pasaron hasta que acudió a la Euskal Etxea, sin otro consuelo que subir al cerro Ávila que domina Caracas, lo más parecido a las montañas de su tierra.

Pero fue empezar y ya no parar nunca. «Veníamos todos los jueves a ensayar con el coro ‘Pizkunde’, no importaba que fuera de noche porque la ciudad era segura». El clima de Caracas, su luz, la gente… «Y cómo hemos cambiado. Todo es más grosero y eso se nos ha ido contagiando. Ves la miseria tan terrible y te entran ganas de mandarlos a todos al coño su madre», masculla indignada. Y eso que Itziar, 84 años, tres de ellos lehendakari de la Euskal Etxea, no se puede quejar. Es jubilada de la Polar, la empresa que fue un emblema del país durante décadas, así que además de la pensión recibe dos cajas de alimentos y otras dos de cerveza… con las que da de comer a cuatro familias. «El mecánico no me cobra un centavo, la peluquera tampoco», desliza.

Pero el amago de sonrisa no tarda en desaparecer. «Es doloroso acabar viviendo de la caridad de los demás, se pierde hasta la vergüenza de pedir. Pero, ¿qué haces si tienes hijos?». Itziar vuelve cada año a Euskadi. Tres meses. «Para mí es un balón de oxígeno. Nunca pensé que fuera a tener una vejez tan preocupante, angustiada siempre por lo que veo a mi alrededor. En Gernika respiro, me siento en el Parque de los Pueblos de Europa y me basta con un libro. Oigo los pájaros, los patos, no necesito más nada». Antes del 7 de marzo, la fecha de su partida, oirá misa en la Euskal Etxea. Como Itziar, el padre Odriozola, jesuita, tampoco arroja la toalla.

Antonio Arriaga. Pediatra

«Vivimos no en una dictadura, sino entre delincuentes»

Antonio Arriaga se siente vasco y venezolano.
Antonio Arriaga se siente vasco y venezolano. / JON G. ARAMBURU

Antón no tiene ningún conflicto entre sentirse vasco o venezolano, «lo mismo me gustan las arepas que la porrusalda». Hijo de padre guerniqués y madre duranguesa, recuerda que «los bilbaínos nacemos donde nos da la gana» y afea la conducta a quien pone en cuestión sus orígenes por haber nacido en América. «Apunta. Soy Arriaga Agirre Gerrikaetxebarria Bernaola, ¿te sirve?» La de Antón es una historia que resume muy bien la de sus paisanos. «Mi ama nunca ha pensado en volver, y eso que lleva 70 años aquí y no ha perdido la ‘z’ marcada».

A este pediatra de 67 años, «jubilado, pero con dos trabajos», le duele lo que han hecho con este país, «el más rico del mundo, pero saqueado sin misericordia». Desde su atalaya en el hospital tiene una visión privilegiada de lo que ocurre a su alrededor. «Hay hambre, hay necesidad, no hay máquinas de diálisis ni tratamiento de quimio, la desnutrición infantil es bárbara…», enumera. «Este año se esperan millón y medio de casos de malaria, cuando esa era una enfermedad erradicada en los 40», desgrana como quien habla de las plagas bíblicas.

Pero Antón es optimista. «Saldremos de ésta, no me preguntes cuándo. El problema son los militares, más preocupados por proteger su estatus que por defender al país. Esto no es una dictadura, es una banda de delincuentes», explica mientras clasifica un envío de siete cajas de medicamentos que les ha llegado desde Bilbao gracias a la fundación Tierra de Gracia, formada por venezolanos residentes en Euskadi, y que luego se repartirán entre los más necesitados de la colonia vasca.

– ¿Y qué es lo que más echa de menos del País Vasco?

– Ir al caserío de la familia en Mañaria y que te digan en cuanto entras por la puerta: «Tú siéntate y come. Vino, chorizo…», enumera con los ojos entornados.

Ibane y Julen Azpiritxaga. Savia joven para la Euskal Etxea

«No quiero un baño de sangre y menos por un carajo atornillado al poder»

Ibane y Julen, las nuevas generaciones de la colonia vasca.
Ibane y Julen, las nuevas generaciones de la colonia vasca. / JON G. ARAMBURU

Ibane, 23 años, es el presidente de la Euskal Etxea,su salón de juegos y el de su hermano Julen, 22, desde que ambos tienen memoria. Descienden de emigrantes de Algorta, Durango y Pasaia, localidad esta última donde Julen -el único de los dos que habla euskera- pasó año y medio después de que se metiera en aprietos por su condición de líder estudiantil y su madre le largara de vuelta «para evitar disgustos».

¿Cómo consigue un venezolano de segunda generación mantener las raíces a 7.100 kilómetros de distancia? «Mi padre era el perejil de todas las salsas. El que cocinaba, bailaba, presidía… lo hemos mamado toda la vida. La identidad vasca es muy marcada, y por supuesto que hemos tenido que superar clichés como el de terrorista o separatista. Pero estamos acostumbrados, venimos de una familia muy perseguida. Mi aitona era gudari en la Guerra Civil y, después de cumplir cárcel y de que le intercambiaran por unos italianos, cruzó el Atlántico en un vaporcito de 50 cv. para empezar una nueva vida y aquí trabajó de espía para la CIA». Eso, definitivamente, tiene que imprimir carácter.

Ahora, 70 años más tarde, Ibane y Julen muestran sus cautelas por la deriva del conflicto venezolano. El primero cree que el apoyo internacional a Guaido y el bloqueo económico a Maduro se va a traducir en una hambruna cuando el combustible empiece a escasear. «Esto es una olla en ebullición», resume. Julen, por su parte, tiene esperanzas. «Yo creo que este régimen sale, lo que está por ver es si por las buenas o por las malas. No quiero que haya derramamiento de sangre y menos aún por un carajo atornillado al poder».

Luis Trincando. Impresor y editor

«Yo he sido de la izquierda abertzale y me indigna que defienda a Maduro»

Luis Trincando, un bilbaíno en Venezuela.
Luis Trincado, un bilbaíno en Venezuela. / JON G. ARAMBURU

Luis Trincado no tiene pelos en la lengua y llama a las cosas por su nombre. A este bilbaíno de 60 años, nacido en la clínica del Doctor Usparitza, la vida le llevó a militar en la izquierda abertzale -donde coincidió con Victor Galarza y Sebastian Etxaniz, los dos repatriados por Chávez-, la misma contra la que ahora arremete por la defensa que esta hace del régimen de Maduro. «Me indigna que defiendan a un tipo que encarna todos los vicios: tortura, detenciones arbitrarias, masivas operaciones de limpieza, chantaje, contrabando, narcotráfico… los derechos humanos pisoteados» dispara como una ametralladora.

«No se puede decir que eres revolucionario y aguantar esta vaina», repite mientras clava los ojos. «Hay que tener poca vergüenza para llamar fascista a Guaidó o a cualquiera que luche aquí contra la dictadura». Luis es secretario general de organización del Partido La Causa Radical, fundado por sindicalistas en los años 70, trabajó de editor y creó una imprenta, aunque eso fue antes de que el país exigiera pagar con dólares el papel, la tinta o los repuestos. «Esta gente está expoliando VenezuelaCrudo, madera, metales… Arramblan con todo».

Luis no visita Bilbao desde 2001, cuando trajo a su madre. Si le preguntan qué echa más en falta responde sin dudar que «mi única religión, el Athletic, y a su profeta, San Mamés», desliza con una sonrisa, la primera de toda la entrevista, mientras alaba la labor en defensa en el partido ante el Barça y el debut de Kodro. Siente cierta añoranza de aquel Bilbao industrial, proletario, sucio y lleno de humo, pero confiesa su admiración «por cómo lo dejó Azkuna». «Me siento muy vasco, orgulloso de nuestra cultura y tradiciones. Pero yo elegí Venezuela y no me arrepiento». Y lanza un guiño. «Mi abuelo era suscriptor de EL CORREO. Jesús Trincado Agramonte. Pon eso».

El hambre levanta a los barrios contra Maduro por Maolis Castro/Javier Lafuente – El País – 11 de Febrero 2019

Las zonas populares de Caracas que tradicionalmente fueron fieles a Chávez protestan ahora ante las carencias

María Fernanda Rodríguez, en su casa del barrio de Cotiza, en Caracas. En vídeo, manifestaciones a favor del paso de ayuda humanitaria desde el Colombia en la frontera. ANDREA HERNÁNDEZ VÍDEO: REUTERS

María Fernanda Rodríguez muestra con orgullo la cacerola que destrozó hace unas semanas. Un recipiente negro y rojo completamente abollado por los golpes que le ha propinado. Hasta el 21 de enero, se los daba desde su casa, medio a escondidas, cuando escuchaba un sonido similar desde otras ventanas. Esa madrugada fue diferente. El runrún de que la gente estaba saliendo a las calles de su barrio se expandió muy rápido. Salió de casa disparada y bajó los 80 escalones que dan al cuartel de la Guardia Nacional. La única forma que le quedaba de expresar su agotamiento. “Estoy cansada de pasar hambre”.

Vista del barrio de Cotiza, en Caracas.
Vista del barrio de Cotiza, en Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ
“Cotiza era un sector chavista que jamás se levantaba, jamás marchaba, jamás salía a protestar, por eso todo el mundo se quedó sorprendido. Fue un boom. Después, salieron otros barrios a protestar”, celebra Rodríguez, que admite que si no lo había hecho antes era por miedo: “Siempre te dicen que si sales a marchar te van a matar, te van a meter presa… todavía me dicen: ‘María, mosca [alerta], cuidado’. Pero yo les digo: ‘Tranquilos, estoy con Dios, soy cristiana”.

 

La necesidad, que abarca el hambre, la falta de agua o los continuos cortes de luz, entre otras muchas carencias cotidianas, se impone a la política en esta Venezuela convulsa. “El hambre tiene cara de perro, eso ha llevado a muchas personas a estar contra el Gobierno, el hambre puede más. He vivido el hambre en carne propia y es muy fuerte. Me he tenido que adaptar a cosas del Gobierno por necesidad”, dice Rodríguez. “Hoy, el venezolano no vive, sino que sobrevive…”, añade un poco más tarde uno de sus vecinos, Julio Camargo, de 25 años, que regresó a Venezuela hace un año desde Colombia, donde pasó ocho meses. “Todo ha empeorado, se me hace difícil cubrir los gastos de pañales para mi bebé. Gasta 20 pañales semanales, equivalente a un salario mínimo (18.000 bolívares, unos seis dólares), es decir, al mes gasto unos 60.000 bolívares en pañales”.

Camargo dejó de estudiar enfermería porque no podía compaginar la universidad con el trabajo. Ahora ayuda a sus padres con la bodega [tienda] que tienen en el barrio. Su madre, cuenta, ha ido guardando poco a poco todos los símbolos que recordaban a Chávez que tenía en casa: camisetas, un cuadro pintado… El joven, sin embargo, no se atreve a decir que sus padres hayan dado la espalda al chavismo. Si acaso, al madurismo. Y tampoco del todo. “Piensan que ellos tienen la casa que tienen gracias a Chávez”.

“Chávez tomó la decisión, conscientemente o no, de usar el discurso grupocéntrico como uno de los elementos para hacer campaña”, opina Daniel Varnagy, profesor de la Universidad Simón Bolívar. “¿Qué significa el grupocéntrico? Ricos contra pobres, blancos contra negros, profesionales contra personas sin formación, es decir, elementos a través de los cuales en el discurso tú planteas una dualidad permanente a una cosa que se llama la atribución diferenciada a una de las cualidades… Chávez retoma y lleva a su máxima expresión este discurso cuando sataniza, por ejemplo, el concepto de propiedad privada con expropiación y eso despertó una característica que sí existía en la población venezolana, incluso hay estudios que lo determinan, pero estaba dormida, que era el resentimiento de clases”, analiza este doctor en Ciencias Políticas, para quien ese “resentimiento en términos emocionales y psicológicos se tradujo como la polarización de la sociedad porque había una parte que cumplía con uno de los elementos de esta escisión grupocéntrica por el lado positivo, es decir, población de una tez más oscura, menor nivel económico que, de alguna manera, era muy proclive a recibir un discurso populista y había otro grupo de la población menor numéricamente que eran los blancos, los ricos, los amos del valle. Esa polarización fue una estrategia muy clara por parte de Chávez para amarrar emocionalmente a la mayor parte de la población”.

Julio Camargo, de 25 años, vecino de Cotiza.
Julio Camargo, de 25 años, vecino de Cotiza.ANDREA HERNÁNDEZ

La sensación en Cotiza es que la supervivencia no concibe ideologías, no es un asunto ya de izquierdas o derechas, sino de estructuras más coercitivas como los CLAP, las cajas de alimentos que promueve el Gobierno de Nicolás Maduro. “Nosotros no dependemos de la caja del CLAP, pero sí vemos cómo la gente del barrio depende de ellas y todo el tiempo está preguntando cuándo llegará. Viven de falsas expectativas porque les prometen que la caja llegará quincenal y no mensual. Ofrecen pernil, huevos y no llegan”, asegura Camargo.

Las protestas se han contenido la última semana. El miedo a la represión está latente, como las amenazas de quedarse sin ayudas a aquellos que alcen la voz. “Han amenazado con no dar las cajas de comida y tampoco los bonos de ayuda. Mi mamá me dice que me relaje, pero escucho tantas cosas que me indigno”, asegura Rodríguez, la manicurista, que se informa por lo general con el celular de su tía, a través de lo que le llega. No tiene duda de que volverá a salir a protestar. “Yo bajo del barrio y sigo con mi rebelión”.

Formas de matar: el régimen de Maduro por Miguel Henrique Otero – Editorial El Nacional – 20 de Enero 2019

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El régimen encabezado por Nicolás Maduro mata sin horario. Lo hace en todo el territorio nacional, de día o de noche. El proceso que consiste en despojar de vida a los venezolanos es permanente. Y para ello hace uso de los más diversos métodos, cuyos resultados se constatan a distintas velocidades.

El método que alcanza a un mayor número de víctimas es, sin duda, el hambre inducida. A lo largo de dos décadas, Chávez primero y a continuación Maduro construyeron un modelo económico, hoy en pleno apogeo, que funciona sobre dos premisas: hambre e hiperinflación. De forma simultánea, liquidaron el valor de la moneda -redujeron a la nada el poder adquisitivo- y extendieron entre millones de familias venezolanas, la práctica de comer cada vez menos, cada vez peor, cada vez de forma más esporádica. En el diseño de esta perversa, gigantesca operación, que tiene entre sus gloriosos antecedentes las hambrunas provocadas por Stalin y Mao, ha contado con la participación de asesores del castrismo y de Podemos.

Del plan de convertir a Venezuela en un Estado de Hambre nada ha escapado: se acabó con el Programa de Alimentación Escolar, se expropiaron fincas productivas y empresas del sector agroindustrial para arruinarlas, se han creado, una tras otras, entidades para hacer imposible la adquisición y distribución de alimentos, se han arrasado los presupuestos que, hasta 1998, permitieron el funcionamiento de comedores y servicios de alimentación en hospitales, orfanatorios, centros de la tercera edad, cárceles y otras instituciones. Una realidad que esta por reportarse y fotografiarse: los miles de cocinas industriales que, en todo el país, están hoy en condiciones inservibles, oxidadas y mugrientas.

El más significativo logro de la revolución bolivariana en su propósito de imponer una dictadura se expresa en la politización del derecho a comer: el carnet de la patria y los Comités Locales de Abastecimiento y Producción -CLAP- que, en concreto, actúan bajo la más implacable lógica de la extorsión: acceso a bolsas de comida a cambio de lealtad política. El sistema CLAP, es el más extendido método de humillación y sumisión de la sociedad venezolana.

Tiene la hambruna inducida una ventaja: mata lentamente sin que sus víctimas se sumen a las estadísticas de muertes violentas. Las personas -especialmente los niños y los ancianos- adelgazan, pierden su masa corporal, se debilitan, se enferman y fallecen. La estructura de muerte funciona a la perfección: cuando el ciudadano aquejado busca la acción de los servicios de salud, no la encuentra. Así las cosas, el enfermo se convierte en una especie de náufrago: solo, perdido, huérfano de la atención sanitaria a la que tiene derecho.

Para contribuir a esta política de la muerte, el régimen realizó antes una de sus más impecables operaciones: destruyó el sistema de salud. Una visión en perspectiva de lo ocurrido, muestra los múltiples factores que se pusieron en juego: politizaron el funcionamiento y las operaciones hospitalarias; persiguieron a médicos y paramédicos, que por miles y miles escogieron huir del país; tomaron las medidas justas para crear situaciones de extrema escasez de medicamentos e insumos hospitalarios; importaron de Cuba, no a profesionales sino a piratas del ejercicio médico; estimularon el regreso de enfermedades que habían sido erradicadas y que han adquirido proporciones de epidemias; concentraron los sistemas de compras de manera de convertirlos en eficaces procedimientos para la corrupción; se hicieron compras milmillonarias de medicamentos de mala calidad o de medicamentos falsificados; destruyeron o se robaron el parque de ambulancias; saquearon las despensas de los centros de salud; crearon su propia fábrica de incompetentes con el nombre de médicos comunitarios; permitieron que los centros hospitalarios se convirtieran en guaridas de mafias y bandas delictivas; y, si mi cuenta es correcta, en dos décadas el llamado Ministerio del Poder Popular para la Salud ha tenido, léase bien, 17 ministros, uno de los más abultados carteles de un poder ejecutivo especialista en nombrar a ignorantes y ladrones como ministros.

Al doble procedimiento, insaciable y de regularidad sostenida, de matar por hambre y enfermedad, se suman decenas y decenas de otros métodos, más evidentes y cotidianos: matan a miles de ciudadanos indefensos, entre 25 y 30 mil al año, a manos de los delincuentes que mantienen bajo control las ciudades y pueblos del territorio venezolano. Mueren conductores y pasajeros de vehículos en autopistas llenas de baches, sin iluminación ni señalización, en accidentes mortales e incapacitantes. Mueren personas hambrientas tras ingerir alimentos venenosos -como la yuca amarga- desesperados por el hambre. Mueren los pacientes en quirófanos y salas de terapia intensiva como consecuencias de las amplias y reiteradas fallas del servicio eléctrico. Mueren las personas por la inexistencia de servicios de ambulancia y atención a las emergencias. Mueren familias enteras, arrastradas por el lodo y las aguas, en los días de lluvia. Mueren miles y miles de personas por falta de medicamentos e insumos para las enfermedades crónicas como las diabetes, la tensión arterial, las cardiopatías, el cáncer, el VIH y otras. Mueren los indígenas venezolanos azotados por epidemias. Mueren inocentes que viven en los barrios del país, abaleados por las luchas entre bandas o por operativos de cuerpos policiales o militares que disparan de forma indiscriminada. Mueren las víctimas de las operaciones a cargo de sicarios. Mueren en sesiones de tortura ciudadanos como Fernando Albán. Mueren los presos políticos a los que se niega atención médica. Mueren miles y miles de venezolanos bajo el yugo de un régimen que odia la vida.

Robaron a estadounidense que intentó regalar comida en Caracas por Gustavo Rodriguez – ACN – 15 de Enero 2019

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El estadounidense Spencer Demetriest quien intentó repartir comida gratis en Caracas tuvo que regresarse a Cúcuta porque los guardias lo robaron.

Desde hace dos semanas reparte toneladas de alimentos a los migrantes venezolanos en una plaza de Cúcuta. Miles de personas hacen cola mientras la Policía Metropolitana de la ciudad intenta controlar el interminable flujo de hambrientos.

Spencer contó que intentó realizar su filantrópica obra en Venezuela, pero los guardias se lo impidieron. Contó al diario La Opinión de Cúcuta que cuando llegaba a Caracas por carretera lo martillaron en varias ocasiones. Al explicar el motivo de su viaje a los militares le quitaron dinero, lo estafaron. Como zamuros le caían para exigirle dólares y divisas.  Se indignó por lo que consideraba descarados robos y decidió volver a la capital del Norte de Santander.

Desde entonces reparte comida gratis en el parque Mercedes Ábrego. Allí miles de venezolanos se congregan para saciar su hambre. El estadounidense, nacido en Filadelfia, contrató siete carros ambulantes de comida rápida.

En Venezuela hay hambre

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El altruista estadounidense regala un vaso de avena a un niño venezolano. Foto: La Opinión

Ayer lunes regaló a cucuteños y venezolanos 1.150 perros calientes, 350 pastelitos, 200 papas rellenas y 100 avenas. Además entregó gratis 100 chorizos y 100 mazorcas de maíz. La cuenta que pagó el filántropo gringo fue de dos millones 150.000 pesos.

Franklin Alberto Garnica, dueño de la panadería ubicada en una esquina del parque, dijo que el hombre le desocupó su negocio. “Él llegó, se paró en la puerta y dijo todo es gratis. Todo lo que pidan yo lo pago, ni le entendía. Entonces alcancé a cobrarle como a dos personas y se me paró al lado y volvió y me dijo que él pagaba todo lo que pidieran. Al cabo de dos horas, le facturé un millón 200.000 pesos”.

Spencer se comunica con dificultades con unas personas que lo ayudan. Para ello utiliza aplicaciones y el traductor de Google.

Lamenta que en Venezuela las autoridades son colaboren y se dediquen a estafar a los que pretender solventar la situación. Niegan que exista crisis humanitaria alguna. Por su parte, los migranets venezolanos se muestran agradecidos con la caritativa acción del estadounidense.

La generación del hambre por Johanna Osorio Herrera / Armando Altuve, María Vallejo, Sheyla Urdaneta, Jesymar Añez, Liz Gascón, Mariangel Moro, Rosanna Batistelli – El Pitazo – Diciembre 2018

Nacieron en el 2013, cuando la crisis alimentaria se agravó en Venezuela. Tienen 5 años, están desnutridos, y el daño provocado a su salud es irreparable. El Pitazo en alianza con CONNECTAS recorrió ocho ciudades y, con ellas, ocho realidades distintas. Estas son las historias de los niños que crecen en desventaja por nacer en medio de la emergencia humanitaria que vive el país.

A Juan Luis se le pueden contar los huesos sobre la piel: está desnutrido. Su diagnóstico lo determinaron los especialistas del Hospital Materno Infantil de Tucupita, en Delta Amacuro —estado con una de las mayores poblaciones indígenas del país— donde estuvo internado en agosto de 2018 por diarrea crónica. Es posible que no sea la única vez que esté hospitalizado durante el resto de su vida. Las secuelas del hambre antes de los cinco años, su edad, son irreversibles. En su adultez, Juan Luis será más propenso que otros hombres a padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes; también a rendir menos laboralmente, o tener deficiencias intelectuales, todo como consecuencia del hambre que hoy padece.

Desde la concepción hasta los cinco años, especialmente los primeros 1000 días, cumplidos después de los dos años y medio de vida, se desarrolla 75 por ciento o más del tejido cerebral y su constitución. El esquema neuronal, que permite al ser humano percibir su entorno: ver, oler, escuchar y reaccionar ante los estímulos, queda definido en esta etapa: la primera infancia, de acuerdo con organismos internacionales vinculados al cuidado de la niñez, como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). El crecimiento de Juan Luis depende de lo que coma. Si se alimenta bien, su circuito neuronal será favorable para su adultez. Si no lo hace, el daño provocado a su cuerpo y su cerebro será irreparable.

Juan Luis no come bien, aunque su mamá intente remediarlo. No puede porque su familia es pobre, como 87 por ciento de las familias venezolanas, de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, realizada por universidades y organizaciones no gubernamentales. Su historia no es la única; se repite en muchos niños de su edad. Hasta marzo de 2018, en Venezuela, sólo 22 por ciento de los niños menores de cinco años tenían un estado de nutrición normal, según el informe Saman, de Cáritas.

Comer de forma adecuada es uno de sus principales derechos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Juan Luis debería tener siempre “acceso físico y económico a suficiente alimento, seguro y nutritivo, para satisfacer sus necesidades alimenticias”. Es el Estado quien debe garantizarle el alimento, pero no lo hace. De acuerdo a Encovi 2017, en 80 por ciento de los hogares venezolanos hay hambre (término que engloba la desnutrición en todas sus fases), o inseguridad alimentaria, como la denomina la FAO. Y, de acuerdo a lo que sugiere la FAO, esto confirma la emergencia humanitaria, alcanzada cuando un país “en un determinado año no puede colmar con sus propios recursos el déficit de alimentos provocado por un desastre y necesita, por tanto, ayuda alimentaria externa”.

En Venezuela, la desnutrición infantil es la prueba de la emergencia, específicamente, la desnutrición aguda global en niños menores de cinco años, como Juan Luis, nacido en 2013, año que Nicolás Maduro asumió la Presidencia de la República.

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) si 10 por ciento de los niños (menores de cinco) de un país padecen desnutrición —porque no han tenido una cantidad suficiente de alimentos y los que ha ingerido no tenía los nutrientes necesarios—, se deben activar protocolos de atención para crisis humanitaria. Rebasar el umbral de 15 por ciento indica una situación de emergencia de salud pública de carácter humanitario. En Venezuela, la desnutrición aguda global en niños de esta edad alcanzó 10 por ciento en enero de 2017, y superó el umbral de 15 por ciento entre septiembre y diciembre, cuando llegó a 16 por ciento, según estudios de Cáritas Venezuela. La cifra subió a 17 por ciento durante el primer trimestre de 2018.

Los niños con hambre en Venezuela contrastan con el Plan de la Patria —la carta estratégica presentada por Chávez para su reelección y retomada por Maduro— que establece como uno de sus objetivos generales “lograr la soberanía alimentaria para garantizar el sagrado derecho a la alimentación”, y como meta estratégica “asegurar la alimentación saludable de la población, con especial atención en la primera infancia”. Las cifras revelan una realidad que el gobierno se esfuerza en negar: en Venezuela, desde septiembre de 2017, existe una emergencia humanitaria, que podría mejorar si se acepta ayuda alimentaria externa. Tiene su origen en las erradas políticas socioeconómicas tomadas desde hace 15 años por Hugo Chávez, y perpetuadas por su sucesor Nicolás Maduro, provocando una profundización de la desnutrición desde el 2013.

Lo que el hambre deja

Valentina tiene 5 años, pero su cuerpo parece el de una niña más pequeña. Mide 86 centímetros y pesa 9 kilos, cuando debería medir un poco más de un metro y pesar el doble. No habla, se aísla, y las únicas sonrisas fáciles se las provoca Carmen Toro, la mujer que la cuida. Es exnovia de su papá, quien hace meses la abandonó, ya desnutrida, en el hogar de lata donde viven, en la pobre comunidad de Valles del Tuy, en las periferias de Caracas; seis meses antes, su mamá biológica también la abandonó, y la dejó con su padre.

En cambio, Dayerlin es más extrovertida. Debe serlo, para poder comer: de día, la niña de 5 años mendiga dinero y alimento en Monagas, estado oriental del país; de noche, duerme con su madre y sus siete hermanos en un intento de casa, un espacio de 5 metros de largo por 6 metros de ancho, que es cuarto, cama y baño a la vez.

Según estudios de Cáritas Venezuela, un poco más de la mitad de los hogares de algunas de las parroquias más pobres del país recurren a contenedores de basura y a la mendicidad para conseguir comida. Y, de acuerdo a los registros de la emergencia pediátrica del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar, en Monagas, donde vive Dayerlin, muchos de los niños de esas familias pobres no alcanzan, siquiera, a crecer: 42 lactantes han fallecido durante 2018 por desnutrición, un promedio de 4,6 decesos al mes. 70 por ciento de esos bebés, es decir 28, vivían en la zona urbana de Maturín mientras que el resto en otros municipios.

A Valentina y Dayerlin las separan 485 kilómetros de distancia, pero las une la pobreza, el hambre, y sus consecuencias. Falta mucho para que sean mujeres, pero su adultez es predecible, por el hambre que han sufrido: enfermedades cardiovasculares, diabetes, hijos enfermos; discapacidad para aprender y facilidad para ser manipuladas; tendencia a la violencia y el uso de drogas. El daño provocado por la desnutrición a los niños venezolanos —física, intelectual y emocionalmente— es irreparable, según los expertos en desarrollo infantil.

“Socialmente, el hambre en Venezuela ha generado un deterioro de las relaciones intrafamiliares. Hay peleas por la comida, hay niños robándose las loncheras entre sí, niños maltratados porque se comieron los huevitos que eran para el otro muchachito. Hay roles familiares invertidos, padres y madres que se suicidan porque no se sienten capaces de comprar la comida suficiente y, a nivel vecinal, el problema del hambre generó un quiebre entre nosotros enorme”, explica Susana Raffalli, nutricionista especializada en gestión de la seguridad alimentaria, en emergencias humanitarias y riesgo de desastres, integrante del equipo de investigadores de Cáritas Venezuela.

“Yo una vez vi el maltrato a una niña que se tomó un agua que era para una sopa, una niña wayuu. La madre fue y le pegó a la niña porque el único baldecito de agua que había era para hacer una sopa. Esa niña se tomó el agua porque tenía sed. Entonces, cuando tú asocias tus necesidades más básicas a maltratos y abandonos vas a ser un ser humano que va a crecer con un estado de vacío y desasosiego para toda su vida y ese daño afectivo del que pasas a la adultez con ese hueco adentro, va a generar para siempre problemas de adicción, problemas de estabilidad, estos son muchachos que están ahora de delincuentes insaciables”.

Las consecuencias de la desnutrición en niños, que ahora padece Venezuela, ya ha sido estudiada en países vecinos. Cuenta Raffalli que en 2012 se publicó un estudio hecho en una población rural en Guatemala, donde se siguió el desarrollo de un grupo completo de niños, hijos unos de madres desnutridas y otros no. Al llegar a su adultez, se comparó a los campesinos de 20 y 30 años, que trabajaban cortando caña, y se contrastó su rendimiento en el corte de la caña. La diferencia fue hasta de 40 por ciento en la cantidad de caña cortada y, por lo tanto, del ingreso. La nutrición en sus primeros mil días de vida determinó que, una vez adultos, unos fuesen 40 por ciento más productivos que otros. En el caso de las mujeres concluyeron que las niñas desnutridas tenían tres veces más posibilidades de parir niños de bajo peso, que las que fueron bien alimentadas en su infancia.

“Estás determinando, en ese momento, lo que va a pasar después (…). Después de dos años de monitorear esto en parroquias pobres del país, vemos que el retardo del crecimiento subió de 18 por ciento en el año 2016, a 30 por ciento en 2018; es decir, que 30 por ciento de los niños que, incluso, rescatamos de la desnutrición y ya pesan su peso normal, tiene retardo del crecimiento. Son niños que quedan en un rezago para siempre, no solamente biológico, sino cognitivo. Estos son niños que no vas a ver que se distinguen, no lo vas ni siquiera a notar. Estos son niños que aprenden a leer, a escribir, juegan, se ríen, van a ir al colegio, pero no van a llegar nunca a la universidad, no van a tener empleos de buena productividad”, asegura Raffalli.

La OMS considera que la proporción de niños con retardo en el crecimiento no debe superar el cinco por ciento. Otros países de América Latina lograron disminuir su índice de niños con retardo de peso y talla ofreciendo a las familias agua potable, vacunación completa, desparasitantes, dispensarios, suplementos nutricionales y raciones de alimentación familiar.

“Con todo eso, el promedio latinoamericano de disminución de la proporción de niños con retardo del crecimiento es de 1,5 puntos porcentuales por año. Entonces si ya lo tienes en 33 por ciento (como Venezuela), bajarlo al 5 por ciento que la OMS considera apropiado, te va a tomar 25 años. 25 o 30 años son tres generaciones”, advierte Raffalli. “Esto compromete incluso pensamientos de libertad a futuro. Esos son niños que van a ser madres y padres de la pobreza, que van a volver a votar por un presidente populista. Esto se perpetúa. Esto tiene implicaciones generacionales, implicaciones para siempre. Esto significa muchos años de atraso, al menos tres generaciones”.

El 10 de septiembre de 2018, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet, dijo que el organismo ha recibido desde junio información sobre casos de muertes relacionadas con la malnutrición y enfermedades que se pueden prevenir en Venezuela. Fue durante ese mes, junio, cuando la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (Acnudh) examinó la crisis alimentaria venezolana, recabó pruebas, entrevistó expertos y concluyó que: “el Gobierno se negó a reconocer la magnitud de la crisis sanitaria y alimentaria, no se habían adoptado las medidas y las reformas normativas que se necesitaban con urgencia para hacer frente a la crisis y sus causas fundamentales, no cumpliendo así su obligación internacional de hacer todo lo posible para asegurar el ejercicio de los derechos a la salud y la alimentación, incluso recurriendo a la cooperación y asistencia internacionales”.

El hambre en Venezuela es evidente. La FAO, que en 2013 premió al gobierno por “reducir a la mitad el porcentaje y el número de personas con hambre o subnutrición en el país antes de 2015”, calificó negativamente a Venezuela en 2017, por ser el país con la mayor alza en subalimentación, y lo responsabilizó de “la merma general del desempeño de la región en su lucha contra el hambre”: más de la mitad de las personas que engrosaron el número de subalimentados en América Latina, desde 2015, fueron venezolanos. Un año más tarde, en noviembre de 2018, el panorama es aún más grave: el director de estadística de la FAO aseguró que la tasa media de subalimentación en Venezuela, entre 2015 y 2017, fue de 11,7 por ciento de la población, es decir, 3,7 millones de venezolanos comen mal, casi cuatro veces más que en el trienio 2010-2012. La cantidad de venezolanos mal alimentados es superior a la población de Uruguay, que, según su último censo, no llega a tres millones y medio de habitantes.

Por su parte, en su último informe sobre el país, Human Rights Watch advirtió que “las personas afectadas por inseguridad alimentaria son menos propensas a cumplir con sus tratamientos médicos debido a que, con recursos limitados, deben atender diversas necesidades humanas”. En Venezuela, donde 87 por ciento de las familias son pobres, la mayoría no puede suplir necesidades tan básicas como comida o salud. Niños y padres enfermos, desnutridos, y en medio de un contexto económico adverso, no pueden escapar del hambre.

“La desnutrición ya parece una epidemia, una enfermedad contagiosa”, asegura Ingrid Soto de Sanabria, pediatra y nutrióloga del hospital pediátrico J.M. de los Ríos. El hambre en Venezuela inició un ciclo difícil de romper.

La herencia de Chávez que Maduro agudiza

Maikel nació el 29 de diciembre de 2012 en Portuguesa, lugar que también es llamado el Granero de Venezuela. Fue uno de los 619.530 niños que nacieron ese año, la última cifra de natalidad publicada en el país. El estado llanero, reconocido en otrora por su alta producción agrícola, y donde ahora escasea la comida, es el hogar del niño, que nació justo un día antes de que Nicolás Maduro, entonces vicepresidente de Venezuela, advirtiera en cadena nacional que Hugo Chávez estaba delicado de salud, después de someterse a una cirugía para intentar curarse del cáncer que padecía. Nació, también, 21 días después de que el mismo Chávez se dirigiera al país, el 8 de diciembre, para pedir que, si ocurría algo que lo inhabilitara, Maduro fuese elegido como su sucesor en el poder. “Yo se los pido, desde mi corazón”, dijo. Tres meses después. el 5 de marzo, Maduro anunciaba al país la muerte de Chávez.

Al nacer, Maikel pesó 1,440 kilogramos, más de un kilo por debajo del peso mínimo adecuado (2,500 kg), según la OMS; y cumplía casi cuatro meses de vida cuando, el 14 de abril de 2013, como Hugo Chávez lo pidió, Nicolás Maduro fue electo presidente de Venezuela, y heredó el país, y sus problemas económicos.

En 2002, una década antes de que Maikel naciera, la expropiación de empresas, emprendida por Hugo Chávez, inició la caída de la capacidad productiva del país. La bonanza petrolera que vivió Venezuela desde 2004 hasta 2013 no fue aprovechada para estimular la producción nacional ni para el diseño y cumplimiento de estrategias económicas que mantuvieran estable a la nación en momentos de recesión económica. El dinero se destinó a políticas populistas, entre ellas las misiones sociales, que fortalecieron la aceptación del gobierno, pero incrementaron 50,7 por ciento el gasto público. Esta estrategia fue admitida en 2014 por el ex ministro de Planificación y Finanzas Jorge Giordani, quien afirmó que era “crucial superar el desafío del 7 de octubre de 2012”, refiriéndose a las elecciones que ganó Chávez “con un esfuerzo económico y financiero que llevó el acceso y uso de los recursos a niveles extremos”.

El precio del petróleo, y el modelo económico venezolano, dependiente de este rubro, dio al gobierno una aparente estabilidad, pero las consecuencias del derroche fueron evidentes tras la baja de los precios del petróleo: los gastos del Estado comenzaron a ser superiores a los ingresos por exportación de crudo e impuestos (déficit fiscal), causando una creciente inflación y la caída del poder adquisitivo del venezolano. Así, el hambre comenzó a dar sus primeros pasos. La llegada de Nicolás Maduro al poder en 2013, y su perpetuación de las medidas económicas iniciadas por Chávez, representó la profundización de la crisis económica y política: el contexto de la hambruna de los niños venezolanos.

“Cuando ya llega Maduro al poder en el año 2013, la situación económica de Venezuela era bastante precaria en términos de déficit externo e importaciones (…). ¿Qué decidió Maduro, en vez de ofrecer un plan de estabilización de la economía, de resolver este desequilibrio, de buscar financiamiento internacional? Optó por una política de constreñimiento. Como tenía un hueco externo, lo que hizo fue reducir fuertemente el nivel de importaciones del país. El último año de crecimiento de la economía venezolana fue el año 2012, obviamente provocado por esa bonanza ficticia que ofreció el gobierno de Hugo Chávez, un poco buscando su reelección. Se gastó lo que se tenía y lo que no se tenía, hubo un financiamiento brutal en términos de importaciones y fue el último año en el que la economía creció. En 2013, la contracción empezó a crecer, primero con números bastante manejables. Estamos hablando de contracciones que no superaban el cinco por ciento. Pero, con el paso del tiempo, el nivel de contracción de la economía venezolana fue ampliando”, explica Asdrúbal Oliveros, economista (Summa Cum Laude) de la Universidad Central de Venezuela y director de la empresa de análisis de entorno Ecoanalítica.

En las casas de Juan Luis, Valentina, Dayerlin y Maikel no hay neveras o, si hay, no funcionan. No las extrañan, pues tampoco tienen con qué llenarlas. Las neveras vacías, que se reflejan en lo pómulos pronunciados, clavículas expuestas y manitos delgadas de los niños venezolanos, fueron pronosticadas varios años antes, pero al Estado venezolano no pareció importarle.

En 2013, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su estudio anual Perspectivas de la economía mundial, advertía el detrimento de la economía venezolana: “Se prevé que el crecimiento del consumo privado en Venezuela disminuirá a corto plazo tras la reciente devaluación de la moneda y la aplicación de controles cambiarios más estrictos”. Ese año, el Producto Interno Bruto venezolano cayó de 5,5 por ciento a 1,3 por ciento, mientras el de América Latina y el Caribe se mantuvo en 2,9 por ciento.

Dos años más tarde, una vez más, el FMI advirtió la potencial crisis económica que se avecinaba. En su informe mundial anual de 2015 señalaba: “Venezuela sufrirá, según las previsiones, una profunda recesión en 2015 y en 2016 (–10% y –6%, respectivamente) porque la caída de los precios del petróleo que tiene lugar desde mediados de junio de 2014 ha exacerbado los desequilibrios macroeconómicos internos y las presiones sobre la balanza de pagos. Se pronostica que la inflación venezolana se ubicará muy por encima del 100% en 2015”.

El pronóstico fue superado por la realidad. La economía venezolana inició una caída de cinco años consecutivos, que ya alcanza un 57 por ciento, y aún no se ha detenido. Es el deterioro más profundo que ha sufrido un país en los últimos 50 años, afirma Oliveros. “Además, destaca esta caída porque se da en un país que no tiene un conflicto bélico ni interno ni con sus vecinos, y tampoco ha pasado por un desastre natural. Es una caída cuya responsabilidad única es por el mal manejo de políticas económicas que ha reducido el tamaño de la economía venezolana en forma considerable”.

Los años de omisiones del Estado ante el detrimento de la economía, sumado a la baja de las importaciones, la falta de producción nacional, cierres de empresas, y negación de divisas para la adquisición de materia prima, desencadenaron una grave escasez e inflación, que afectó la disponibilidad y acceso a alimentos. Sin comida ni dinero para comprarla, la dieta del venezolano empezó a deteriorarse.

—¡Mamá, tenemos hambre!—, exclaman, piden, María Victoria y María Verónica.

—No tengo nada, vamos a acostarnos. Mañana veré que les doy—, responde su mamá, Dayana, desconsolada. Y mientras ellas obedecen y duermen, ella se desvela llorando.

Las gemelas, de cinco años, y sus dos hermanos, duermen con hambre la mayoría de las noches. De día, tampoco comen bien: su dieta es arroz, pasta, harina, azúcar y granos, alimentos distribuidos por el Estado en cajas que llegan cada 15 días al barrio La Batalla, de Barquisimeto, estado Lara. La familia tiene cinco meses sin comer carne o pollo. Las gemelas, que nacieron el 5 de enero de 2013, pesan 14 kilos y miden 1,02 metros, cuatro kilos y seis centímetros por debajo del peso y talla adecuados para su edad. Su diagnóstico es el mismo de Juan Luis, Maikel, Valentina y Dayerlin: están desnutridas, como casi la mitad de los niños venezolanos de su edad. Son parte de la generación marcada por la crisis, la generación del hambre.

En su informe de marzo de 2018, Cáritas Venezuela concluyó que 44 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años estaban desnutridos, el doble de casos registrados en enero de 2017. A la cifra se suma otro 37 por ciento de niños de la misma edad, que están en riesgo de padecer desnutrición. En marzo de 2018, sólo 22 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años se alimentaban adecuadamente.

El hambre de los niños de esta generación desnutrida va de la mano con la carencia de comida. Según el Observatorio Venezolano de Seguridad Alimentaria, el consumo de carnes y aves en niños menores de cinco años disminuyó de 41 por ciento a 22 por ciento, entre 2016 y 2017; la ingesta de pescado disminuyó de 24 a 12 por ciento, en el mismo período; el consumo de lácteos bajó de 59 a 26 por ciento, y el de los huevos —la proteína más económica— cayó de 47 a 29 por ciento.

De acuerdo a la empresa venezolana Econométrica, la escasez pasó de 68 por ciento en septiembre de 2017 a 83,3 por ciento en 2018. Los platos semi vacíos son la prueba del deterioro de la dieta.

—Antes no comíamos bien, así mucho, pero sí comíamos. A veces pollo, caraoticas, arroz, pasta con su salsita. Ahorita no—, se lamenta Dayana.

El 7 de marzo de 2018, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas, David Beasley, calificó como “catastrófica” la crisis alimentaria en Venezuela. Esa vez, no hubo pronunciamiento por parte del gobierno venezolano, quien acababa de conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Hugo Chávez. Tres meses antes, el 26 de enero, fue desatendida también la advertencia que hizo Unicef sobre la desnutrición infantil en el país:

“Un número en aumento de niños en Venezuela está sufriendo de desnutrición como consecuencia de la prolongada crisis económica que afecta al país. Si bien no se dispone de cifras precisas debido a la data oficial limitada de salud y nutrición, hay claros indicios de que la crisis está limitando el acceso de los niños a servicios de salud de calidad, medicamentos y alimentos. La agencia de los niños hace un llamado para la implementación de una rápida respuesta a corto plazo contra la malnutrición”.

Aunque la preocupación de los organismos internacionales es reciente, la malnutrición no, afirma Marianella Herrera, nutricionista del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, directora de la Fundación Bengoa, e integrante del equipo de investigación de la Sociedad Latinoamericana de Nutrición: “Esto tiene más tiempo del que parece. En lo particular, recuerdo que hicimos una investigación cuando existía la Misión Mercal, en Caracas. Lo que encontramos es que había una estrecha relación entre ser obeso, comprar en Mercal y pertenecer a un hogar con inseguridad alimentaria. La obesidad es hambre oculta. El programa ofrecía productos más económicos, pero pobre en nutrientes (…). Si lo vemos en el tiempo, esta crisis comienza alrededor del año 2011, 2012. Fue una crisis de inseguridad alimentaria de instalación lenta, por eso ha sido muy difícil convencer al mundo. Comenzó con la obesidad, y luego, cuando se acabaron las calorías, ocurrió este cambio drástico”.

El hambre y la caída de la economía van de la mano, asegura Herrera. “Cuando el Estado garantiza un ingreso digno, garantiza la adquisición de las necesidades básicas. La alimentación es una de esas. La crisis de la producción nacional, provocada tras la ley de expropiación de tierras, ocasionó la merma de productos locales (…). La radicalización del modelo socialista hizo que se perdiera la estructura económica”.

La mamá de Carlos no es experta en economía o modelos socialistas, apenas escribe su nombre con dificultad. Pero, esto no le hace falta para saber que sus hijos no se alimentan bien. Con 22 años y madre de cuatro niños, debe quedarse en casa a cuidarlos, mientras el padre trabaja. Lo que gana el esposo alcanza solo para comprar algún carbohidrato, como pasta o arroz, y un poco de queso, pollo o sardinas. Nunca todo, nunca suficiente.

No es la única familia que padece estas condiciones. De acuerdo con Encovi, en 2017, 89 por ciento de los hogares venezolanos, como el hogar de Carlos, no contaban con el dinero que necesitaban para comprar comida. A pesar de que el Estado no ofrece cifras oficiales sobre pobreza por ingreso desde hace cuatro años, la data disponible en el Instituto Nacional de Estadística confirma que entre 2012, último año del mandato de Hugo Chávez, y 2014, año del último informe publicado, los hogares pobres incrementaron de 21,2 a 33,1 por ciento.

El aumento de la pobreza no para. “La canasta alimentaria del mes de agosto, anualizada, entre agosto de 2017 y agosto de 2018, presentó una inflación de 57.978,9 por ciento. Por primera vez, este país vive un problema de hiperinflación. Durante 21 años, entre 1951 y 1971, Venezuela tuvo una inflación de 1,5 por ciento anual, en este momento tenemos una inflación de 2,4 por ciento diaria”, afirma Oscar Meza, economista y director del Centro de Documentación de Análisis Social (Cendas).

La organización, fundada hace 41 años, contrasta, mensualmente, el salario mínimo venezolano con el costo de la Canasta Alimentaria, para evaluar su cobertura. Entre 2008 y 2013 (al cierre del año), el salario mínimo pasó de cubrir 53 por ciento de la canasta alimentaria a 46 por ciento. Difiere del cálculo del gobierno: de acuerdo al costo de la Canasta Alimentaria publicado por el INE, con el salario mínimo se podía cubrir 91 y 89 por ciento de los alimentos requeridos, respectivamente. Para 2014, Cendas señalaba que cobertura de la Canasta Alimentaria se ubicaba apenas en 28 por ciento, y al cierre de 2017, con el salario mínimo sólo se podía comprar 2 por ciento de los alimentos. En este mismo lapso, el Estado no publicó el costo de la Canasta Alimentaria.

El venezolano se quedó sin comida, y sin dinero para comprar el poco y costoso alimento disponible.

La posición de Unicef Venezuela respecto a las causas de desnutrición infantil, evidenciada por organizaciones no gubernamentales, es neutral. Este ente se apega a las cifras oficiales, suministradas por el Estado. Sin embargo, Dagoberto Rivera, especialista en nutrición y salud de Unicef Venezuela, admite que la falta de poder adquisitivo es parte de las causas de la malnutrición, aunque advierte que no la única.

“Cuando los precios suben y la capacidad adquisitiva disminuye se restringe la posibilidad de tener acceso a una canasta completa. Esto afecta a todos los niveles de la familia. Precisar en cuánto ha decaído sería arriesgado, pero sí, tenemos los signos que leemos a través de informes parciales, que nos indican que sí hay un deterioro y una tendencia hacia el deterioro, y por eso mismo estamos haciendo intervención. Estamos buscando colaboración, y concretando colaboración, no solo con el sector no gubernamental, sino también con instituciones del gobierno, específicamente con el Instituto Nacional de Nutrición. Estamos apoyando una intervención para suplir con micronutrientes y algunos insumos adicionales de nutrición en los centros de recuperación nutricional, y en los programas normales, regulares, de Unicef. Esto es una realidad que estamos viviendo, ocasionada por esta situación de altos precios y la capacidad adquisitiva reducida, la cual queremos cambiar”.

Esa es la realidad que vive Juan Luis en el Delta, Maikel en Los Llanos, Dayerlin en oriente, las gemelas María Victoria y María Verónica en el centro, Carlos en el sur, Valentina en el Área Metropolitana: la realidad de todo un país, a la que se acercaron los corresponsales de El Pitazo en esta investigación, en alianza con CONNECTAS.

Al Estado no le gusta hablar del hambre

Jhender hubiese cumplido cinco años el 20 de septiembre de 2018, pero murió, como consecuencia del hambre, casi seis meses antes, el 7 de abril. El niño falleció en la madrugada, en el mismo hospital donde cinco años antes fallecía Hugo Chávez. Aquel recinto, donde estuvo recluido el presidente durante sus últimos días de vida, no contaba con los insumos necesarios para atender la infección bacteriana que padecía el sistema digestivo del niño, agravada por su desnutrición. Jhender pasó, así, a integrar una estadística desconocida.

En Venezuela, el silencio del Estado es abrumador. Los Boletines Epidemiológicos del ministerio de salud, desde julio de 2015 hasta diciembre de 2016, publicaron con retraso de un año, en mayo de 2017. El Anuario de Morbilidad no publica desde 2015, cuando se divulgó el último informe de 2013. La última Memoria y Cuenta de MinSalud publicada fue la de 2015; las de 2016 y 2017 no han sido divulgadas.

El ministerio de alimentación no publica las Hojas de Balance de Alimentos desde el año 2007, ni el Anuario del Sistema de Vigilancia Alimentaria y Nutricional desde 2008. El Instituto Nacional de Estadísticas, adscrito al Ministerio del Despacho de la Presidencia, no difunde la Encuesta Nacional de Seguimiento al Consumo de Alimentos desde 2015. Y el Anuario de Mortalidad, al que debería pertenecer Jhender, tienen cuatro años de retrasos: la edición de 2014 publicó en agosto de 2018.

“Lamentablemente, las cifras en Venezuela no se publican desde hace cuatro años aproximadamente. Hay un panorama bastante oscuro sobre las estadísticas. El Estado venezolano considera la información como un arma política y no las divulga, y esto ocasiona que toda la planificación y organización de políticas públicas se dificulte porque para los investigadores es vital saber dónde estamos parados para planificar a futuro”, señala Pablo Hernández, nutricionista del Observatorio Venezolano de la Salud.

El Estado tampoco da cifras sobre malnutrición y mortalidad infantil a Unicef desde hace una década, de acuerdo a las bases de datos difundidas en el Informe Mundial de la Infancia de este organismo.

Organizaciones civiles nacionales, como Cáritas Venezuela, Fundación Bengoa y Provea, y equipos de investigación de universidades venezolanas, han buscado mecanismos para indagar y mostrar resultados sobre desnutrición. Sin embargo, la irregularidad en el registro de las muertes de niños dificulta la generación de data sobre mortalidad. “Hemos recibido denuncias de los médicos que comentan que no se les permite colocar la desnutrición como causa de muerte en el acta de defunción de los pacientes, pese a que la desnutrición puede estar asociada a una enfermedad de tipo infecciosa, generalmente. Es lamentable porque las cifras de desnutrición tienen que formar parte de las estadísticas y en el último boletín epidemiológico de 2016, publicado en 2017, no aparecen la mortalidad por desnutrición, especialmente en menores de cinco años”, señala Hernández.

El Anuario de Mortalidad de Venezuela de 2014 (publicado en 2018) registró que 153 niños, menores de 5 años, murieron por hambre; cinco niños más que en 2013, cuando murieron 148 niños. El mayor incremento de defunciones ocurrió en los niños menores de un año: entre 2013 y 2016, la muerte de bebés aumentó 28 por ciento, de acuerdo a los Boletines Epidemiológicos del Estado. Aunque no existe data oficial, concreta y actualizada, sobre el hambre y las muertes de los niños generadas por ésta, desde hace varios años Unicef mide y proyecta estadísticas sobre registros viejos del Estado, y apunta que Venezuela tiene una mortalidad estable de niños menores de 5 años, que se sitúa en 17 por ciento, incluso por debajo del promedio de América Latina y el Caribe (21 por ciento). La cifra es irreal, porque se basa en datos desactualizados.

La falta de cifras de mortalidad infantil no es la única irregularidad del Estado venezolano. El método utilizado para medir la desnutrición —de la que tampoco hay cifras oficiales— está obsoleto, respecto al usado por el resto de la región.

En 2006, tras un estudio multicéntrico hecho en los cinco continentes, la OMS generó y estableció nuevos patrones de referencia de niños bien nutridos. El patrón de los años 70 y 90 señalaba que un niño estaba desnutrido cuando su peso estaba tres veces por debajo de lo que debería pesar, y que estaba desnutrido agudo, severo, cuando se desviaba cuatro veces del patrón. En cambio, el patrón aprobado en 2006 corrió el punto de corte. A partir de estos patrones, la cuentas sanitarias de los países pueden asegurar que un niño está gravemente desnutrido si está dos medidas por debajo del peso o de la estatura ideal para su edad.

“Cuando tú mides a 600 niños aquí, y comparas sus mediciones con los patrones obsoletos, resulta que te pueden dar 48 niños desnutridos porque resulta que esperas que estén muy severamente desnutridos para empezar a contarlo, para que ese niño tenga un peso en las cuentas públicas sanitarias de un país. Mientras que con el patrón del 2006 puede ser que los cuentes y te vayan a resultar no 48, sino 78 u 80 niños desnutridos. Entonces la diferencia es que con los patrones obsoletos te dan menos niños desnutridos”, explica la nutricionista Susana Raffalli, a cargo del informe Saman de Cáritas Venezuela.

“Desde que se aprobaron esos patrones de 2006, casi todos los países los asumieron como sus patrones para evaluar a su población infantil y Venezuela es de los pocos estados en los que eso no se ha asumido. Los formatos que el Instituto Nacional de Nutrición deja para captar la información en los centros de salud siguen con los puntos de corte de los patrones pasados, que se resume a esperar que un niño esté gravemente desnutrido para que cuente dentro de las cuentas nacionales de la desnutrición. Y esto es gravísimo porque la desnutrición es uno de los indicadores que se usa por excelencia para asumir y reconocer que hay una emergencia de salud pública en un país. Entonces, pudiera ser que tengas que esperar que el niño se desvíe cuatro veces de lo que debería pesar y ya esté en el pellejo, que lo tengas que hospitalizar, para entonces decir que hay una emergencia de salud pública”, advierte.

—¿Cómo lo mando al colegio con hambre? ¿Cómo va a entender lo que le explican si no se está alimentando? ¿Cómo va a entender, si tiene hambre?—, se pregunta desesperada Katiuska, tía de Alexander. Viven en el estado Zulia, al occidente de Venezuela, en la tierra donde la bonanza de la explotación de crudo le dio al país opciones de crecimiento y desarrollo, pero que hoy tiene al municipio más pobre del país: Guajira. En su casa, un rancho de zinc, viven hacinados 11 niños y 12 adultos. La preocupación de Katiuska está bien fundamentada, aunque para ella sea solo una sospecha.

En Venezuela, la falta de cifras oficiales no se limitan solo a las mediciones antropométricas de los niños (cuánta pesa, cuánto mide y la circunferencia del brazo izquierdo). De acuerdo al Informe Mundial de la Niñez, desde 2008, Venezuela no registra el alcance de la cobertura de vitamina A, tampoco el consumo de sal yodada. La carencia de estos minerales es la principal causa de la desnutrición por micronutrientes, razón por la que en el país se decretó la yodación de la sal en 1993, y la fortificación de la harina de maíz con vitamina A en 1994. Hoy, esos decretos siguen vigentes, pero de nada sirven ante un país con hambre.

Uno de los principales síntomas de la carencia de yodo es el bocio, una enfermedad tiroidea que estaba erradicada en el país desde hace más de 30 años, y que reapareció sin que las autoridades tomen medidas al respecto. Desde 2017, el estado Portuguesa ha registrado un incremento de casos de esta enfermedad y, aunque no existen estudios que lo certifiquen, la reaparición de la afección podría evidenciar irregularidades en la cobertura de este micronutriente, afirma el doctor Gerardo Rojas, endocrinólogo y actual presidente de la Sociedad Venezolana de Endocrinología, capítulo centro-occidental.

“Para el año 2017, la cifra en Portuguesa asciende a tres mil casos. Quisimos hacer una mesa de trabajo, pero nunca pasó de una reunión, porque a nivel central la Gobernación de Portuguesa no permitió avanzar más. Se tomaron biopsias en unos casos, y en otros se hicieron estudios de laboratorios. Sin embargo, debido a los altos costos de los exámenes, estas muestras no fueron procesadas todas y hay unas que están congeladas, aparentemente. No tenemos certeza de cuál fue el resultado, lo que se dijo fue que (el bocio) era carencial, es decir, que el brote estaba asociado a la falta de yodo. Actualmente, y entre muchas teorías, se asume que está asociado al déficit de alimentos, por la falta de proteínas, como la carne y el pollo, en la dieta diaria, y al uso aumentado de alimentos bocígenos, como la yuca, y el resto de los tubérculos. Hace muchos años, en Venezuela, todas las sales se yodaron precisamente para evitar este trastorno. El problema es que ni siquiera hay sal en el país. Algo tan común como la sal, ahora es muy difícil de conseguir, y algunas sales vienen de fuera y no están yodadas”.

Esta carencia de yodo, evidenciada por la reaparición del bocio, marca de forma irreversible a esta generación de niños con hambre. No consumir yodo causa lesiones cerebrales durante la infancia. Sus efectos más devastadores incluyen la alteración del desarrollo cognitivo y motor que influye en el rendimiento escolar del niño, y la pérdida de hasta 15 puntos en el coeficiente intelectual. En su edad adulta, serán menos productivos y, por lo tanto, tendrán menos capacidad de encontrar empleo. Les será más difícil generar ingresos para sus familias, comprar los alimentos que necesitan, estar bien nutridos, vivir bien: romper el despiadado ciclo del hambre.

El hambre de los niños venezolanos también está asociado a la corrupción. Los alimentos foráneos, comprados por el Estado para distribuirlos a través de las cajas Clap (los Comités Locales de Abastecimiento y Producción) —y cuya compra está vinculada a grupos económicos cercanos al presidente, según una investigación del medio local Armando.Info— podrían ser la causa, también, de las carencias de vitamina A. Tampoco hay estudios ni cifras oficiales que muestren un panorama sobre la cobertura de este micronutriente en los últimos años, pero su déficit se hace evidente en la decoloración del cabello, afirma la nutricionista Marianella Herrera, quien explica que la harina precocida venezolana está enriquecida con vitamina A, pero que no se tiene garantías de la fortificación de las marcas importadas por el gobierno. Además de la decoloración del cabello, también conocida como síndrome de la bandera, la deficiencia de vitamina A debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de que el niño contraiga infecciones como el sarampión y enfermedades diarreicas, afecta la salud de la piel y, en extremo, puede provocar ceguera. “En Venezuela estamos viendo esta alteración de la coloración del cabello (…). Esto ya ocurrió en Cuba durante el período especial, cuando muchas personas quedaron ciegas”.

Aquellos mechones castaños, un poco más claros que el resto, que se ven en las cabezas de las gemelas larenses María Verónica y María Victoria, podrían evidenciar entonces que, además de peso y talla, ambas están también desnutridas por falta de micronutrientes. Si es así, podría significar, también, que sus sistemas inmunes son y serán más débiles que el de otros niños de su edad. Pero, aunque el daño a su salud se detenga, su futuro es casi una certeza: los daños provocados por el hambre son irreversibles.

En su libro Destrucción masiva, Jean Ziegler, ex relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, sostiene que el hambre y sus responsables asesinan en medio de la abundancia:

“Cada cinco segundos, un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado”.

Desde 2004 hasta 2013 —año en el que nacieron Juan Luis, Maikel, María Victoria y María Verónica, Carlos, Dayerlin, Valentina, Alexander y Jhender— Venezuela vivió la mayor bonanza petrolera de toda su historia. Pero el Estado no destinó los recursos necesarios para protegerlos de la miseria. Ahora, el gobierno de Maduro niega la existencia de la emergencia humanitaria y no acepta la ayuda ofrecida por la región. En cambio, su falta de acción garantiza que estos niños, y miles más de su edad, crecerán en desventaja, serán adultos enfermos, y padecerán toda su vida las consecuencias del hambre a la que fueron sometidos por la irresponsabilidad gubernamental. Pero Jhender, el niño que murió de hambre, no pudo siquiera averiguar qué sería de su vida. Reposa en una tumba sin lápida, en un cementerio pobre de una comunidad pobre, como lo fue su hogar desde el día que nació hasta el día que murió, o fue asesinado, de hambre.

El Pitazo en alianza con CONNECTAS solicitó entrevistas a organismos oficiales: Instituto Nacional de Nutrición, Ministerio de Alimentación, Ministerio de Salud, Consejo de Protección del Niño y el Adolescente (municipio Libertador), Instituto Nacional de Estadística y al director de Comités Locales de Abastecimiento y Producción, para contrastar los datos y señalamientos difundidos en esta investigación. Ninguna petición fue atendida.

La generación del hambre, Bolivar: donde la solidaridad llena el estómago por María Jesús Vallejo – El Pitazo – 21 de Diciembre 2018

En el sur del país, a la escasez de alimentos se le suma la falta de vacunas que generó la reaparición de enfermedades como el sarampión. La ineficiencia de los programas gubernamentales es paliada con solidaridad y trabajo comunitario, pero no alcanza para contrarrestar el problema

.Ángela carga en brazos a su hija de un año. Sus otros tres niños la rodean, se abrazan a sus piernas con sus bracitos delgados; están sin camisa y la piel del abdomen deja ver las costillas. Uno de ellos llora sin cesar y ella ya no sabe qué hacer para calmarlo. Están en el patio de la casa, donde la brisa mitiga el calor. Gabriel, el mayor de todos, tranquilo, se sienta en la tierra y comienza a dibujar sobre ella. Ángela lo ve, inhala y al exhalar dice: “Hay veces que me pongo a pensar qué van a comer mis hijos y me siento muy mal”.

.Con 22 años, Ángela asume la maternidad de forma estoica. “Yo no soy mala madre, si Dios me los mandó, yo lucho y salgo adelante por ellos”. Sueña con aprender peluquería y estilismo, por ejemplo; pero se lo impide no tener para pagarle a alguien que cuide a sus niños.

.No puede trabajar porque debe encargarse de los cuatro niños y con lo que el esposo hace semanalmente solo alcanza a comprar algún carbohidrato como pasta o arroz, un poco de queso, pollo o sardinas. Nunca lo suficiente.

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Su casa tiene el piso de tierra y da la sensación de amplitud, quizás, porque no hay muebles ni mesa. El televisor reposa sobre el refrigerador que intentaron reparar cuatro veces. Cocinan gracias a una hornilla que funciona con gas. De tres habitaciones, solo utilizan una: en la cama más grande duerme Ángela con su esposo; en la pequeña, los tres niños y en un corral cubierto con una tela delgada, su hija menor. En el mismo cuarto, detrás de una cortina, está el inodoro.

.Para hidratarse, asearse y cocinar, deben recoger agua que llega por un tubo que está en el patio de la casa. Como no tienen nevera, le piden a algún vecino que les guarde una botella de agua que hierven para poder refrescarse. Los niños pasan todo el día jugando en la tierra, con los insectos, las ramas que caen o en los pozos que se forman cerca de los árboles.

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Gabriel, un niño de pocas palabras

Gabriel es el mayor de sus cuatro hijos de Ángela. Quizás tímido, posa ante la cámara como quien tiene años de experiencia, pero falta el sonido de su voz dentro de la casa. Ni siquiera habla para pedir comida. Sus brazos y piernas son delgados, su abdomen está abultado y la piel se pega a las costillas. Es colaborador y ayuda en lo que se le pida. “Él está pequeño, pero cuando estoy cocinando o algo, me ayuda con sus hermanos”, cuenta su mamá.

.Es tan tranquilo que puede pasar horas viendo el mismo árbol o a uno de los gatos que entran desde la casa de los vecinos. Tiene cinco años y nunca ha ido al colegio, no sabe leer ni escribir. Tampoco su mamá. Deletrear su nombre implica un esfuerzo para ella; se frustra y ruega: “Espero que ellos crezcan, que estudien, que salgan adelante”.

No ha sido fácil. Los cuatro niños han estado a punto de morir a causa de la desnutrición. Ninguno, a excepción de la niña menor, fue amamantado, no porque no haya querido, dice, sino porque a ninguno le gustó. Gabriel nació en marzo del año 2013. Ángela cuenta que cuando salió embarazada no se sentía tan asfixiada económicamente: se podían comprar pañales, fórmulas alimenticias y comida para la familia.

.El embarazo fue sin contratiempos, pero, al año de nacido, Gabriel enfermó con lechina y perdió mucho peso. Luego, llegó la escasez y el aumento de los precios. Con la caída del poder adquisitivo ya no pudo comprar proteínas, frutas, vegetales y legumbres. La disminución de la calidad de la alimentación evitó que se recuperara completamente.

.Gabriel no fue revisado por un pediatra durante tres años. En marzo de 2018, Meals4Hope, una organización que brinda apoyo a niños en situación de hambre, realizó una jornada de talla y peso en el barrio Brisas del Sur, en Ciudad Guayana, a dos kilómetros y medio de José Tadeo Monagas, en San Félix. Allí, Ángela se enteró de que Gabriel pesaba 12,8 kilos cuando debía pesar, por lo menos, 18.  Meals4Hope le donó vitaminas y alimentos a base de maíz para los cuatro niños. Entre marzo y julio de este año, Gabriel aumentó casi tres kilos: un peso, todavía, insuficiente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

.Hambre y enfermedades: la peor combinación

Marialexandra Ramos, pediatra de Meals4Hope, explica que en la región los casos de desnutrición no se diferencian muchos de los del resto del país. Considera que los niños orientales son más vulnerables desde la reaparición de la difteria, en julio de 2016, y el sarampión, en julio de 2017, cuyos primeros casos se registraron en el estado Bolívar. Hasta la fecha, el Estado venezolano ha notificado a la Organización Panamericana de la Salud (OPS) 1.992 casos de difteria y 4.272 de sarampión.

.La incapacidad económica de las familias para comprar la canasta básica se mezcló con la deficiencia del Gobierno para cubrir la demanda de vacunas, sobre todo, para niños menores de cinco años. Muchas madres viajan hasta la frontera con Brasil para comprar medicinas, pero no todas las familias tienen los recursos económicos para costear el viaje, el hospedaje y los medicamentos. Tampoco les queda tan cerca como a los tachirenses la frontera con Colombia, lo que dificulta, aún más, el acceso, incluso, a los alimentos.

Como muchos niños del estado Bolívar, Gabriel muestra déficit en el peso y la talla y pérdida de masa muscular. La especialista asegura que no solo se alimenta mal, también duerme mal, está sin vacunas, no tolera malestares como un niño bien nutrido y se enferma con facilidad. De acuerdo con Ramos, esas son algunas de las causas del comportamiento apaciguado de Gabriel. Además, la deficiencia alimentaria afecta su sistema cognitivo y afectivo, por lo que le cuesta conectarse con su entorno.

Para Gabriel, pesar menos de lo que debería para su edad podría implicar tener dificultades para caminar porque su musculatura no sostiene su estructura ósea. En Bolívar, las familias más pobres se alimentan con yuca y plátano, a veces los preparan con la concha para hacer una especie de atol o papilla. Se sienten llenas, pero no se alimentan. En Meals4Hope, Marialexandra Ramos ha evaluado a niños con colesterol y triglicéridos altos, no porque coman mucha carne o grasa animal, sino porque consumen dos o tres veces al día algún tubérculo con algo parecido a la margarina. Aunque habla poco, Gabriel le dice a su mamá que le gustaría volver a comer arroz, pollo y ensalada.

Gobierno versus comunidad

La familia de Gabriel no ha tenido suerte con los programas del Gobierno. En abril de 2016, el presidente Nicolás Maduro decretó la creación de lo que convertiría en su programa bandera: Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap), la nueva forma de organización popular encargada de la distribución casa por casa de los productos regulados de primera necesidad a cargo del Ministerio de Alimentación. Los productos llegaron al barrio José Tadeo Monagas y a la casa de Gabriel en marzo de 2017, casi un año después del anuncio.

.Entre abril de 2016 y julio de 2018, según anuncios del Presidente, el Estado ha invertido 818 mil millones de bolívares para importación y distribución mensual de alimentos a través de los Clap. Aun así, a la casa de Ángela, y a las de las otras familias del barrio, las cajas llegan de forma irregular: puede tardar hasta tres meses. Cuenta que la caja los ayuda, pero les alcanza para alimentarse, como mucho, durante una semana.

Antes de las cajas de los Clap, entre 2003 y 2012, Hugo Chávez había creado más de una decena de programas para fortalecer el acceso a alimentos y la producción nacional.

En el barrio José Tadeo Monagas, los programas y políticas públicas parecen no existir. Gabriel ha mejorado gracias al trabajo de las mamás de la comunidad. Juana Cabello, una vecina de la zona, conoció a María Nuria de Cesaris, miembro de Meals4Hope, durante una de las jornadas de talla y peso en el barrio Brisas del Sur. Juana ofreció su casa para la instalación de un comedor.

Con la donación de alimentos, las manos de cuatro madres, entre ellas, Ángela, y la coordinación de Juana, lograron crear un espacio para 19 niños con desnutrición de entre uno y 11 años.

Ángela se sumó no solo porque sus cuatro hijos se beneficiarían: ella también es remunerada por su trabajo. Junto a otras tres mujeres, a las seis de la mañana, cada día, comienzan a preparar desayunos para todos los niños. Una hora después, ellos llegan, lavan sus manos, agradecen a Dios por los alimentos y comen. Además, los 19 están en control de talla y peso, reciben medicinas y un kilogramo de alimento a base de maíz cada 15 días.

Juana conoce las necesidades de su comunidad, por eso asume la coordinación del comedor con responsabilidad, también con esperanza. Siempre visita a Ángela y la ayuda a atender a los niños. Entiende que ella hace lo que puede con lo que sabe. Sueña con que la situación económica mejore en Venezuela, para ya no ver a los hijos de sus vecinos morir de hambre. Agradece por la vida de esos 19 niños, incluido Gabriel, a los que todavía pueden salvar.

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En cumplimiento con la legislación venezolana, fueron cambiados todos los nombres de los niños y familiares contenidos en el material periodístico publicado en El Pitazo, con el objetivo de proteger su integridad

Hunger Grows in Venezuela by TalCual – Latam Herald Tribune – 21 de Noviembre 2018

 A report by four UN bodies has shown that the number of undernourished people in Venezuela has increased in both absolute and relative terms

Four UN bodies – The United Nations Food and Agriculture Organization (FAO); the Pan-American Health Organization (PAHO); the World Food Program (WFP); and the United Nations International Children’s Emergency Fund (UNICEF) – joined forces to create a report on the undernourishment problem affecting Latin America and the Caribbean.

This report – recently made public – shows that the number of undernourished people in Venezuela has increased in both absolute and relative terms: the rate of undernourished people in the country reached 9.8% over the three-year period from 2014 to 2016, while the rate increased to 11.7% over the next three-year period from 2015 to 2017. The first percentage corresponds to an absolute amount of 3.1 million undernourished people, while the second percentage corresponds to an amount of 3.7 million people. This represents an increase of 600,000 new Venezuelans within only a year.

These figures are even more dramatic when compared with those released in the three-year period from 2010 to 2012, when the percentage of undernourished people in Venezuela was 3.6% and the absolute amount reached 1.1 million. That is to say, 2.6 million new undernourished people have been generated in the country within 5 years.

The number of undernourished people throughout Latin America and the Caribbean reached 38.7 million people over the three-year period from 2014 to 2016. This figure rose to 39 million over the three-year period from 2015 to 2017. This means that there are 300,000 new undernourished people across the continent, while Venezuela has seen 600,000 new citizens going through this dramatic situation of not being able to feed themselves according to the necessary social and physiological requirements for a dignified and productive life.

Given this situation that hunger in Venezuela has increased at a faster pace than in the rest of the continent, it is not surprising that a large number of Venezuelans – estimated at 3 million by the UN itself – are looking to leave the country and settle in other countries across the region or around the world.

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