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Sebastián Piñera: “Da pena ver a los venezolanos morir de hambre” por  Leticia Núñez – ALnavío – 9 de Octubre 2018

El presidente de Chile, de visita en Madrid, reafirma su denuncia contra el régimen dictatorial de Nicolás Maduro. “Uno se pregunta cómo puede ser tan ciego y ambicioso de estar dispuesto a generar tanto dolor a su pueblo con tal de aferrarse al poder”, critica.
Piñera: “Venezuela es un drama” / Foto: ALN

Piñera: “Venezuela es un drama” / Foto: ALN

Venezuela es un drama y lo peor es que es la crónica de una muerte anunciada que pudo ser evitada”. Son palabras del presidente de ChileSebastián Piñera, quien este martes en su visita a Madrid volvió a criticar al régimen de Nicolás Maduro.

Piñera ha sido uno de los mandatarios más severos con el régimen chavista. “Hoy no hay democracia, separación de poderes, ni libertad de expresión, ni tampoco respeto a los derechos humanos”, aseguró. Pero no sólo eso. El presidente chileno insistió en que Venezuela sufre una “grave crisis económica y humanitaria”. Y remató: “Da pena ver a su población morir de hambre por falta de alimentos y medicamentos”.

Piñera recordó que muchos países de América Latina pidieron a Maduro que abra los canales humanitarios para atender a la población venezolana. Pero “se niega a hacerlo”. Por ello, concluyó: “Uno se pregunta cómo puede ser tan ciego y ambicioso de estar dispuesto a generar tanto dolor a su pueblo con tal de aferrarse al poder”.

Intelectuales exhortan a líderes de oposición a “frustrar la confiscación total de la democracia” – Efecto Cocuyo – 13 de Septiembre 2018

Más de 500 intelectuales venezolanos realizaron un llamado a los dirigentes políticos de oposición en el país para que se consolide una verdadera unidad, desde la cual se pueda liderar a la sociedad civil para evitar que se instaure “la dictadura comunista” y se consiga frustrar la “confiscación total de la democracia“, a través del documento denominado “Manifiesto por Venezuela“.

En el escrito que compartieron con los medios de comunicación, los 538 firmantes expresaron su agobio por la “emergencia humanitaria compleja” que atraviesa Venezuela, por “el hambre, el colapso sanitario y el éxodo de la población”, entre otras variables, además de sus efectos en quienes adversan al Gobierno de Nicolás Maduro.

“Registramos con real angustia la fragmentación de la oposición. Es una situación que hiere el entendimiento, crea incertidumbre y desesperanza y afecta gravemente la eficacia de la resistencia que opone la mayoría de los venezolanos. (…) Nos dirigimos a esos líderes que han conducido con sacrificio y entrega a la oposición venezolana, que han luchado y asumido riesgos, que han enfrentado una persecución brutal…”, indica el manifiesto, fechado el 12 de septiembre.

“A esos líderes políticos los llamamos a unirse alrededor de un programa de acciones que frustre lo que de otra forma pudiera convertirse en la confiscación total de la democracia venezolana. Los ciudadanos les reclamamos concentrarse en la lucha por liberar a Venezuela sin perder de vista que no es posible confiar en la negociación con un gobierno de delincuentes, salvo si el tema a discutir es su salida del Poder”, resalta el manifiesto, donde reconocen que a muchos de los dirigentes, la causa opositora les ha costado la cárcel o el exilio.

Con “angustia y movidos por la urgencia“, los fimantes diseminados por el mundo, pues muchos son parte de la diáspora venezolana y se expresan desde España, Chile, Suiza, México, Francia, Panamá, Holanda y Estados Unidos, entre otros, enfatizan su exhorto a luchar en unidad contra “la crisis actual (que) es un paso más hacia la instauración de una dictadura comunista en Venezuela”.

“Sin esa unión no será posible vencer la tiranía porque el Poder ha sido penetrado en todos los niveles y en todos los ambientes, configurándose una situación que sólo una unión así podrá superar. Con la unión y una estrategia de lucha aceptada y seguida por todos, podremos dar inicio a la solución de este drama: salir de la dictadura y hacer elecciones libres”, precisa el documento suscrito por los intelectuales.

También reservaron un apartado en su manifiesto para los integrantes del Gobierno nacional y la Fuerza Armada, a quienes consideran los principales responables de la crisis. “Negarla o ignorarla ha sido la conducta que siguen los criminales que la han originado y han convertido al Estado en una base del delito organizado y el terrorismo internacional. Criminales de cuello blanco o de uniforme militar que están enquistados en lo alto del poder político venezolano, quienes pretenden convencer al mundo de que nuestro trance resulta de una guerra económica del ‘Imperio’, mientras se mofan de quienes huyen de un país en ruinas”.

“La dramática situación de hambremiseria y carencias de toda especie que obliga diariamente a millares de venezolanos, a escapar hacia un futuro incierto pero que suponen mejor que lo que lo que deben soportar en su país. Sí, nos lo muestran desde fuera la prensa internacional y los organismos de derechos humanos porque la dictadura controla los medios venezolanos, no quiere que se sepa que con esos hermanos se nos va la patria, que el país se desangra todos los días con los miles de compatriotas que huyen de él”, expresan en el Manifiesto por Venezuela.

“Los instamos a dejar de lado todo cálculo acerca de las ventajas que unos podrían sacar sobre otros cuando se recupere la democracia. Que no cometan el error de confiar demasiado en sí mismos y muy poco en los demás, que entiendan que lo que se exige de sus partidos es una unión férrea concentrada en desarmar la estrategia dictatorial”, destaca el texto.

Lea completo el Manifiesto por Venezuela a continuación:

A los Líderes Políticos Venezolanos

Venezuela atraviesa la crisis más aguda de su historia, calificada por órganos internacionales como una Emergencia Humanitaria Compleja que se expresa en el desmoronamiento de la economía y las estructuras estatales; el hambre, el colapso sanitario y el éxodo de la población. Negarla o ignorarla ha sido la conducta que siguen los criminales que la han originado y han convertido al Estado en una base del delito organizado y el terrorismo internacional. Criminales de cuello blanco o de uniforme militar que están enquistados en lo alto del poder político venezolano, quienes pretenden convencer al mundo de que nuestro trance resulta de una guerra económica del “Imperio”, mientras se mofan de quienes huyen de un país en ruinas.

Si quedaran dudas respecto a la magnitud sin precedentes conocidos de ese éxodo masivo, basta con observar como la prensa internacional ha registrado de forma insistente la dramática situación de hambre, miseria y carencias de toda especie que obliga diariamente a millares de venezolanos, a escapar hacia un futuro incierto pero que suponen mejor que lo que lo que deben soportar en su país. Sí, nos lo muestran desde fuera la prensa internacional y los organismos de derechos humanos porque la Dictadura controla los medios venezolanos, no quiere que se sepa que con esos hermanos se nos va la patria, que el país se desangra todos los días con los miles de compatriotas que huyen de él.

Tenemos conciencia y lo decimos con claridad: la crisis actual es un paso más hacia la instauración de una dictadura comunista en Venezuela. Un proyecto que emplea las carencias éticas de los altos dirigentes del gobierno, para hacer realidad unos designios políticos manejados desde Cuba. Sobre este proyecto de dominación totalitaria, que oculta sus intenciones en la inmoralidad y el cinismo de la mafia gobernante, llamamos la atención de todos los venezolanos para que hagan suya la urgencia de cerrarle el paso.

Registramos con real angustia la fragmentación de la oposición. Es una situación que hiere el entendimiento, crea incertidumbre y desesperanza y afecta gravemente la eficacia de la resistencia que opone la mayoría de los venezolanos.

Nos dirigimos a esos líderes que han conducido con sacrificio y entrega a la oposición venezolana, que han luchado y asumido riesgos, que han enfrentado una persecución brutal con muchas víctimas mortales en el camino y con presos políticos sometidos a torturas y tratos infamantes. Que han debido en muchos casos exiliarse para escapar del acoso de los esbirros judiciales y militares del régimen.

A esos líderes políticos los llamamos a unirse alrededor de un programa de acciones que frustre lo que de otra forma pudiera convertirse en la confiscación total de la democracia venezolana. Los ciudadanos les reclamamos concentrarse en la lucha por liberar a

Venezuela sin perder de vista que no es posible confiar en la negociación con un gobierno de delincuentes, salvo si el tema a discutir es su salida del Poder. Los instamos a dejar de lado todo cálculo acerca de las ventajas que unos podrían sacar sobre otros cuando se recupere la democracia. Que no cometan el error de confiar demasiado en sí mismos y muy poco en los demás, que entiendan que lo que se exige de sus partidos es una unión férrea concentrada en desarmar la estrategia dictatorial.

Se lo pedimos con angustia movidos por la urgencia, por el drama de las mayorías. Sin esa unión no será posible vencer la tiranía porque el Poder ha sido penetrado en todos los niveles y en todos los ambientes, configurándose una situación que sólo una unión así podrá superar. Con la unión y una estrategia de lucha aceptada y seguida por todos, podremos dar inicio a la solución de este drama: salir de la dictadura y hacer elecciones libres. El sector político está obligado a respaldar un gran movimiento nacional de resistencia. Pero desde esa unión. Fuera de ella será imposible recuperar a nuestro país.

(538 firmas en reserva)

 

El hambre avanza en Venezuela, pero retrocede en el resto de América Latina por Jon Martin Cullel – El País -12 de Septiembre 2018

La subalimentación afecta a más del 11% de la población venezolana, un incremento de casi un millón de personas respecto a una década antes

Migrantes venezolanos reciben una donación de comida en un campamento improvisado en Bogotá, Colombia.
Migrantes venezolanos reciben una donación de comida en un campamento improvisado en Bogotá, Colombia. AFP

Venezuela nada a contracorriente. El país bolivariano, inmerso en una grave crisis humanitaria, es el único de América Latina —junto con Belice— en el que aumenta el hambre, según un informe anual presentado este martes por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). El número de venezolanos infraalimentados alcanzó los 3,7 millones (aproximadamente el 12% de la población) en el periodo 2015-2017 —los últimos datos disponibles. Son casi un millón de personas más que una década atrás. Este deterioro empuja al alza el dato de subalimentación del conjunto de América Latina, a pesar de las mejoras en el resto de países del continente.

A la severa escasez de alimentos disponibles en Venezuela se añade desde hace años una hiperinflación rampante, que deja productos tan básicos como una lata de atún fuera del alcance de la gran mayoría de ciudadanos. Esta crisis alimentaria, junto con el deterioro de situación política, ha provocado una huida masiva de ciudadanos hacia países vecinos.

El agravamiento de los problemas de subalimentación en Venezuela contrasta con el descenso generalizado del hambre en el resto de América Latina. Incluso Bolivia y Nicaragua, los dos países con mayor prevalencia de este mal, han experimentado mejoras notables, con descensos —respectivamente— de diez y de ocho puntos porcentuales respecto a la década anterior.

Si bien el salto es menor, tanto Brasil como México —los dos gigantes del continente— también mejoran sustancialmente. Aunque la pobreza sigue afectando a prácticamente la mitad de su población, el primero pasa de tener seis millones de personas hambrientas a menos de cinco y el segundo, de más de ocho millones a unos cinco. El peso demográfico de ambas naciones, por mucho las más pobladas de Latinoamérica, hace que sus avances tengan una influencia fundamental sobre las cifras de la región.

El Caribe, región que el informe no incluye dentro de Latinoamérica, tampoco es ajeno a esta tendencia. Allí destaca el notable descenso del hambre en Haití, el país más pobre del continente. A pesar del terremoto que arrasó el país en 2010y dejó sin hogar a cientos de miles de haitianos, las personas infraalimentadas representan en la actualidad menos de la mitad de la población, frente al 57% en 2004-2006.

La tendencia positiva se ve empañada, sin embargo, por la situación en Venezuela. El empeoramiento de los indicadores en este país afecta al cómputo global del hambre en la región, donde la FAO constata un leve repunte del número de ciudadanos con dificultades para alimentarse: del 5,3% en 2016 al 5,4% en 2017.

Este incremento marginal registrado en América Latina, junto con el experimentado en el continente africano, ha hecho que el número de personas hambrientas en el mundo haya pasado de 804 millones de personas en 2016 a casi 821 millones en 2017. Es el tercer año consecutivo en que el hambre avanza. Detrás de este preocupante fenómeno, la FAO ve tres factores: los conflictos armados, los eventos climáticos extremos —vinculados con el calentamiento global— y las crisis económicas. Pese a que el informe no hace referencia expresa a Venezuela, este último factor es clave para explicar el aumento del hambre en el país sudamericano.

Yo, xenófoba. Crónica de un desplazamiento migratorio por Melanie Pérez Arias – ProDaVinci – 30 de Agosto 2018

Decía mi bisabuela que «el muerto y el arrimado a los tres días huelen». Soy venezolana, vivo en Perú desde hace un año y medio, y en los últimos meses he empezado a percibir el olor, mi olor.

Desde la agudización de la crisis económica en 2015, más de 2 millones de venezolanos hemos salido del país y la cifra sigue creciendo porque las razones del éxodo no han cambiado. Al contrario, el gobierno de Nicolás Maduro ha insistido en profundizar un modelo de dictadura basado en el control social a través de la privación de los derechos más básicos: comida, salud y seguridad.

Perú es el segundo país de Latinoamérica, después de Colombia, que ha recibido a más venezolanos. Al día de hoy somos 408.000 «venecos» en territorio inca, según Eduardo Sevilla, Superintendente Nacional de Migraciones del Perú. Se espera que la cifra llegue a 500.000 a final de año. En un país de poco más de 31 millones de habitantes, estamos hablando del 1.6 % de la población. Un gentío.

Los vigilantes del edificio donde vivo son venezolanos. El colector de la combi que tomé esta mañana es venezolano. La peluquera que me corta el pelo «como a ti te gusta, mi reina» es venezolana. Son venezolanos el muchacho que me vende los vegetales en el mercado de Magdalena que le dice «casero» y «casera» a los clientes porque «tú sabes, uno se adapta a todo» y el carnicero que me explica cómo se llaman acá los cortes de carne que solía comprar allá. Acá y allá, las dos orillas visibles de este río infinito llamado migración que empecé a navegar no hace dos años cuando vendí lo que tenía para mudarme de país, sino hace cinco cuando me enamoré de un peruano.

Luis y yo nos conocimos en la pizzería de Isabel, en Altamira, el año en el que Chávez se murió. Un tugurio donde se reunía la peña literaria caraqueña a hacer la actividad más poética desde la invención del endecasílabo: beber cerveza y bailar merengue.

Ya por esa época miles de venezolanos habían salido del país, pero en Caracas vivíamos intoxicados con lo que solo ahora puedo describir como una sensación de euforia combinada con pánico. Había muerto el dictador, el primero de ellos, los partidos de oposición se agrupaban en torno a una alianza unitaria para enfrentar al chavismo en las elecciones presidenciales y, aunque las desastrosas políticas económicas de la Venezuela Saudita de Chávez habían empezado a hacer aguas en los bolsillos de todos con una inflación que en diciembre de ese 2013 cerraría en 56%, devaluaciones, control cambiario, 20% de escasez de alimentos y un déficit fiscal del 12%, todavía nos quedaban unos meses de gracia antes de empezar a sentir en la piel la magnitud real del desastre.

Por esa época un amigo poeta empleaba un método performático para vender su poemario: le pagabas en bolívares lo que costara el barril de petróleo. Mi ejemplar de Paisajeno de Willy McKey me costó 113 bolívares porque mi país vendía cada barril de petróleo en 113 dólares. Todos los días se vendían 2.4 millones de barriles, eso significaba un ingreso de 271 millones de dólares diarios que el chavismo se encargaba de desaparecer en esa maquinaria de corrupción perfectamente aceitada que dilapidó la fortuna del país con mayores reservas petroleras del mundo. Se estima que el desfalco a la nación por corrupción está alrededor de los 350.000 millones de dólares. Esto es el doble de la fortuna de Jeff Bezos, creador de Amazon y hombre más rico del planeta, calculada en USD 150.000 millones.

La crisis nos llegó como una ola durante mucho tiempo advertida. Y nos arrasó.

Recuerdo muy bien el día en el que Luis me propuso emigrar porque en el país no había pan. Ese día recorrió cinco panaderías sin éxito. Al llegar a la casa me dijo con mucha seriedad: «Tenemos que irnos, ya no hay pan». Habíamos marchado, votado contra el gobierno, tragado gas lacrimógeno, vuelto a marchar, los políticos de oposición nos habían traicionado regalando el Referendo Revocatorio, ahora, para colmo, no había pan.

El pan es una institución para los peruanos. Lo hay de todo tipo. Lo comen a toda hora. Mi esposo nació en el Callao, Lima. Cuando tenía siete años su familia emigró a Venezuela debido a la crisis económica de los 80 y 90. Fue criado en un hogar peruano de La Candelaria en el centro de Caracas donde se veneraba al pan con mantequilla y mermelada, al arroz y al Alianza Lima. El día que nos casamos su mamá sirvió causa de pollo. Un amigo nos regaló una piñata con forma de alpaca en honor a la peruanidad y a la alegría de habernos encontrado. Los días en los que me pesa la nacionalidad me refugio en sus silencios altiplánicos y en, como lo bautizó Elisa Lerner, su elegancia virreinal. Cuando quiero decirle que lo quiero sin ser obvia le doy las gracias por haber ido a buscarme.

La vida del emigrante es en extremo solitaria. Tus amigos viven en Whatsapp, no haces otra cosa que trabajar y, en nuestro caso, lidiar con Venezuela en la distancia. Cuando llegamos a Lima el clima general respecto a la venezolanidad era de apertura y solidaridad. No había un día en que los medios no publicaran un reportaje sobre los exóticos vendedores de arepas que circulaban por el Jirón de la Unión. La migración venezolana, en general, era percibida positivamente por su alto nivel de profesionalización y nuestra proverbial buena onda caribe. Un año y medio después las cosas son distintas.

Perú ha sido uno de los pocos países en dar un beneficio migratorio tan amplio a los venezolanos. En el 2017 el gobierno de Pedro Pablo Kuczynski creó el Permiso Temporal de Permanencia (PTP), un documento de identidad de color rojo —oh, la paradoja— exclusivo para venezolanos, que les permite establecerse legalmente, ser contratados por una empresa, pagar impuestos, acceder al sistema de salud público pagando 12.5 dólares mensuales por su afiliación al seguro llamado SIS. Si no cancelas mensualmente el SIS, debes pagar por el servicio médico y las medicinas cuando acudes a un hospital, obvio.

El SIS, al igual que la educación pública, solo son gratuitos para los niños venezolanos que tengan PTP, no para los adultos. Si tienes PTP ya puedes tramitar el RUC, un documento fiscal —que en Venezuela es el RIF— para facturar como trabajador independiente y pagar impuestos a final de año.

Por ley, las empresas peruanas solo pueden contratar hasta un 20% de extranjeros en su nómina/planilla. En un país con un nivel de informalidad que alcanza al 72.6% de la población económicamente activaesto no es una buena noticia para los extranjeros.

Las facilidades legales dispararon la llegada de mis compatriotas al Perú, especialmente a los llamados «conos urbanos», zonas de la ciudad que, a pesar de ser económicamente pujantes, tienen problemas de seguridad y de servicios públicos. Allí se ha instalado lo que algunos llaman la «invasión veneca».

En San Juan de Lurigancho, un distrito de más de un millón de personas, se creó una suerte de colonia venezolana llamada el Barrio Chamo. Sí, ya somos los suficientes como para vivir juntos. También para empezar a causar problemas. A principios de agosto, la Policía del Perú atrapó en flagrancia a cinco malandros de la banda venezolana Los Malditos del Tren de Aragua que iban a atracar un banco en uno de los centros comerciales más grandes de Lima Norte. Se han reportado casos de peruanos que alquilaron sus casas a venezolanos y estos les robaron enseres, en las redes circularon audios de venezolanos hablando mal de la apariencia de los peruanos. Sí, la cultura del pranato, el roloe vivo y la Miss Prepago también son exportables. Eso que nosotros llamamos «puras joyitas» y que, como suele ocurrir, son minoría pero hacen más bulla.

Adicionalmente, el tratamiento de algunos medios del tema venezolano no ha sido responsable. El periodista e investigador peruano Diego Salazar lleva un registro del caso. A eso hay que sumarle la postura abiertamente antivenezolana de Ricardo Belmont, uno de los candidatos a la alcaldía del Lima para las elecciones municipales de octubre a quien se unió Daniel Urresti, otro candidato, con su propuesta de enviar a los venezolanos a trabajar en los sitios remotos del Perú. ¿Se entiende el coctel?

Decía Tzvetan Todorov en ese extraordinario ensayo llamado El hombre desplazado que «la defensa del grupo al que se pertenece es siempre un egoísmo colectivo; las influencias exteriores, lejos de ser una fuente de corrupción son a la vez inevitables y provechosas para la evolución de la cultura».

Tememos a lo desconocido, es natural. Cuando lo desconocido es «el otro» nuestra reacción instintiva de protección es apertrecharnos detrás de lo que nos es familiar, la bandera, el himno, las tradiciones, el fútbol. Por eso los nacionalismos son tan exitosos como estrategias de cohesión social, pero basta ver las terribles consecuencias que han dejado a lo largo de la historia cuando son aprovechados por gente sin escrúpulos. Cuando el miedo a lo desconocido se convierte en odio empezamos a rozar límites peligrosos. La palabra de moda en Perú por estos días es xenofobia, que, en su acepción más primaria, significa «rechazo a los extranjeros».

Mi primera experiencia con la xenofobia fue hace quince años, en Caracas. Regresábamos con mi familia de una visita al cementerio cuando pasamos por una de las zonas donde se habían asentado las comunidades ecuatorianas y peruanas en el oeste de la ciudad. Eran calles que yo conocía bien porque quedaban cerca de mi colegio y colindaban con uno de los accesos a la autopista Francisco Fajardo. De pronto una de mis primas le preguntó a mi papá qué haría él si yo me casaba con un «cotorro», como le decíamos a los emigrantes andinos. Mi papá, al volante, me miró por el retrovisor como dándome permiso para responder, entonces solté lo que muchos años después entendería como una premonición: «Yo sí me casaría con un cotorro. Uff. Muerta de la risa, mija». Lo dije para provocar y el auditorio se rio de lo que parecía un absurdo. ¿Por qué? ¿Por qué era tan difícil creer que alguien como yo, cuyo único privilegio de clase era bailar salsa y picar aliños mejor que el promedio, no podría enamorarse de un migrante de esos países del sur? Mi yo xenófoba de dieciséis años aún no podía ver que ese rechazo, esa violencia sutil que se instalaba en la burla, en el chistecito fácil, era el germen de una enfermedad peor que afortunadamente pude sanar a tiempo.

Viajar cura la xenofobia. Leer cura la xenofobia. Enamorarse de un extranjero cura la xenofobia. Amar la diferencia cura la xenofobia. Informarse también: según Naciones Unidas, somos 266 millones de migrantes en el mundo, lo que significa un 3.3 % de la población que, sin embargo, contribuye con un 9% del PIB global. Son casi 7 trillones de dólares al año en productividad. De hecho, las remesas solo representan un 15 % de los ingresos del migrante; el otro 85 % se queda en el país de destino.

Esta anécdota superficial de mi adolescencia apenas roza lo que fue el fenómeno migratorio para nosotros. Los venezolanos éramos los primos millonarios y cocainómanos de un continente devastado por la violencia. Recibimos, sí, a miles de inmigrantes de Colombia, Ecuador, Perú y Centroamérica, familias enteras como la de mi esposo que llegaron a establecerse en un país donde todo olía a nuevo. Para el V Plan de la Nación que se puso en marcha desde 1976 hasta 1980 había que contratar entre 900.000 y 1 millón de trabajadores, una cifra enorme si consideramos que «en 1976 la población venezolana era apenas de 3.7 millones de personas (…) Para octubre de 1977 Venezuela contaba ya con 1.2 millones de extranjeros de los cuales la población colombiana era casi un 60%», dice Raquel Álvarez de Flores, investigadora-docente del Centro Estudios de Frontera e Integración (CEFI) de la ULA-Táchira.

De acuerdo con la investigación de Álvarez, «el masivo ingreso de migrantes llevó al país a implementar un programa de inmigración mucho más selectivo, por lo que en 1976 se centralizó el otorgamiento de visas, a través de la Dirección de Identificación y Extranjería (DIEX), del Ministerio del Interior, y se produjo la suspensión de visas para turistas y la creación de un permiso de trabajo como documento complementario de la visa de ingreso, tramitado y aprobado por el Programa de Recursos Humanos (PRH)». Sí, pedíamos visa de ingreso y permiso de trabajo. Sí, las condiciones humanitarias eran distintas a las de ahora. En 2005, un año antes de su primera reelección presidencial, Chávez eliminó el requisito de la visa para los ciudadanos de los países miembros de la Comunidad Andina que entraran por vía aérea.

Los beneficios emocionales, por otra parte, calaron hondo al menos en las familias cuyo testimonio conozco de primera mano. El afecto, les juro si me apuran el alma llanera, es nuestra especialidad. Basta oír hablar a mi suegra sobre Venezuela para que a uno le nazca una flor en el pecho. Sus historias de casi cuarenta años en el país donde pudo criar a sus dos hijos profesionales y ver nacer a sus nietas me hacen sentir orgullosa de mi cultura.

Pero la solidaridad no es una moneda de cambio, ayudamos a los otros porque es lo correcto, punto. Por eso el argumento transaccional de «nosotros lo hicimos por ustedes, ahora ustedes háganlo por nosotros» no me lo banco. Es falaz. Los latinoamericanos no tienen nada que pagarnos, excepto, quizá, los gobiernos de los países que disfrutaron por años de la billetera irresponsable de Chávez. Curiosamente, Bolivia tiene una tasa bajísima de migración venezolana en comparación con sus vecinos. Porque los venezolanos estaremos hambrientos, pero no somos tan estúpidos como para emigrar a otro país con un gobierno de ideas comunistas. De hecho, si algo podemos aportar a las naciones de acogida, aparte de nuestros mejores años de productividad a la fuerza laboral, son anticuerpos feroces contra el populismo, la autocracia, el militarismo y todo lo que apeste a dictadura comunal.

Quizá no hoy, cuando la mayoría está recién ocupándose de sobrevivir, trabajar y mantener a sus familias en ambas orillas, pero sí apenas tengamos la oportunidad de reflexionar sobre qué nos pasó, cómo dejamos que una clase política se aprovechara de nuestros miedos más primitivos, cómo les dimos tanto poder, cómo, también, fuimos sus cómplices al proyectar nuestras miserias personales en sus promesas de revanchismo maquilladas de justicia social.

«En mi familia nunca votamos por el chavismo», esa era mi frase de superioridad moral express para escurrir el bulto. Luego entendí lo que todo venezolano tarde o temprano llega a entender: que el chavismo vive en mí como un bacilo y es mi responsabilidad alimentarlo o dejarlo morir.

Lo mismo ocurre con la xenofobia. El miedo, está dicho, es natural. Pero hay que saber qué hacer con él, dónde ponerlo, a quién entregárselo, cuándo es realmente útil para preservarnos o cuándo es una excusa para no cambiar. No hay una fórmula, cada quien lidia con sus demonios como puede. Pero en los últimos meses los casos de xenofobia en Perú han surgido de una manera que, no tengo datos para sustentar esto, no parece propia de los peruanos.

Quizás es una fantasía mediada por mi agradecimiento o por el amor a mi familia peruana, puede ser. Apenas entiendo con dificultad el país en el que viví durante treinta años, así que no tengo herramientas para sacar conclusiones sobre este. Pero hay una cosa de la que estoy segura, de todos los países receptores de migración venezolana, Perú fue el primero en asumir la solidaridad como lo correcto tomando acciones concretas. Desde la protección legal al migrante en su territorio hasta la confrontación de la dictadura en el ámbito internacional. Hoy, cuando los venezolanos más vulnerables cruzan a pie el continente huyendo del hambre y de la enfermedad, el gobierno peruano se encuentra en un dilema, restringir la ayuda humanitaria limitando sus condiciones de ingreso y permanencia para controlar la migración; o mantener la apertura asumiendo las consecuencias internas: gasto público y costo político.

He pasado demasiado tiempo de esta semana leyendo comentarios antivenezolanos en las redes sociales con el ojo lo más limpio posible de chauvinismo y victimización, estados mentales absolutamente inútiles. Luego los comparé con las muestras de apoyo que he recibido de personas desconocidas. Mi conclusión es que en la calle, en la práctica, los peruanos están a punto de escribir una historia nueva. Este movimiento migratorio que los tomó por sorpresa les está dando un montón de trabajo. Recalibrar sus políticas, adaptar sus empresas, tomar posturas sobre temas que no eran parte de su agenda. Será interesante ver cómo el Perú va a enfrentar estos cambios, cómo va a transformarse en muy poco tiempo este país que elegí, primero aquella tarde en Caracas al volver del cementerio, en medio de la ignorancia de mi propia xenofobia, y luego esa noche en Altamira cuando bailé merengue con un chalaco por primera vez.

Mientras tanto, los venezolanos nos hacemos conscientes de nuestra otredad, ese olor, al enfrentar una circunstancia inédita en nuestra historia, salir a buscarnos la vida lejos de todo lo que podíamos llamar «mío»: Mi país. Mi casa. Mis padres. Mis muertos. Eso nos está demandando habilidades de adaptación que tenemos que aprender sobre la marcha. Nos quedan, sin embargo, algunas posesiones involuntarias que pueden ser puentes o abismos: Mi acento. Mis rasgos. Mi lenguaje. Mi dolor.

En palabras de Todorov, «el hombre desarraigado, arrancado de su marco, de su medio, de su país, sufre al principio pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo, puede sacar provecho de su experiencia. Aprender a dejar de confundir lo real con lo ideal, la cultura con la naturaleza. A veces se encierra en el resentimiento, nacido del desprecio o de la hostilidad de sus huéspedes. Pero si logra superarlo, descubre la curiosidad y aprende la tolerancia. Su presencia entre los “autóctonos” ejerce a su vez un efecto desarraigante: al perturbar sus costumbres, al desconcertar por su comportamiento y sus juicios, puede ayudar a algunos entre ellos a adentrarse en esta misma vía de desapego hacia lo convenido, una vía de interrogación y de asombro».

Tomará tiempo atravesar la herida hasta convertirla en experiencia y, con suerte, gestionar el rencor de la vida que no fue para no cometer los errores del pasado.

El futuro es una moneda de a Sol que gira en el aire.

La crisis en Venezuela: cuando el peso corporal de los ciudadanos habla más que el PIB por María Hernández – El Mundo – 29 de Agosto 2018

Un hombre camina entre las estanterías casi vacías en un supermercado de Caracas, ayer. EFE

Un poco de arroz, carne mechada guisada, caraotas o frijoles negros y unas pocas tajadas fritas de plátano maduro o amarillo componen el pabellón criollo, uno de los platos más representativos de la gastronomía venezolana y casi otro de sus símbolos nacionales. Se trata del almuerzo criollo por excelencia, aunque de un tiempo a esta parte las familias del país han ido reduciendo la compra de algunos de sus ingredientes principales como consecuencia de la escasez de abastecimiento en los supermercados, los elevados precios de los productos y los bajos salarios.

Así, casi el 90% de las familias incluía el arroz en su compra semanal de alimentos en el año 2014, frente al 80% que casi lo hacían en 2017; en el caso de la carne, el porcentaje ha descendido desde el entorno del 75% hasta el 40%; del 35% a poco más del 10% en las frutas y sólo las legumbres han aumentado del 30% hasta algo más del 40%.

Así lo recoge, por ejemplo, Philippe Waechter, economista jefe de la gestora Ostrum AM (firma afiliada a Natixis IM), que toma la báscula como medida. “La gente está muriendo de hambre. El peso promedio de la población es menor año tras año. Según la Encuesta de Condiciones de Vida, el peso promedio de los venezolanos fue 11 kilogramos menor en 2017 que un año antes, y en 2016, ocho kilos inferior al de 2015. Esa es una medida real de una profunda crisis”, asegura.

En concreto y según la Encovi, “seis de cada 10 venezolanos han perdido aproximadamente 11 kilogramos de peso en el último año [2017] por el hambre”, y si se atiende a la encuesta de 2016, siete de cada 10 personas adelgazaron una media cercana a los nueve kilos. Pero hay más. En 2017, nueve de cada 10 venezolanos no podía pagar su alimentación diaria y “aproximadamente 8,2 millones [en un país de 32,5 millones de habitantes] ingirieron dos o menos comidas al día”.

Medidas y reacciones

La situación en el país es desesperada, pese a contar con las mayores reservas de petróleo de todo el mundo. La inflación bate récords a diario y podría alcanzar el 1.000.000% en 2018, según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional(FMI); a esto se une la hambruna, el éxodo masivo de miles de personas a los países vecinos y la crispación social, que va en aumento.

El presidente bolivariano, Nicolás Maduro, ha lanzado un plan de “revolución económica y prosperidad”, pero ni los analistas internacionales ni los mercados ni los acreedores creen que pueda servir para nada.

“Desde S&P no hemos visto nada que nos lleve a creer que las nuevas medidas puedan ser exitosas”, asegura Manuel Orozco, director asociado de Finanzas Públicas Internacionales de la agencia de calificación, en declaraciones a EL MUNDO.

Entre esas nuevas medidas, el régimen de Maduro ha devaluado más de un 95% su moneda, elevó impuestos, decretó el aumento de las tarifas del transporte y multiplicó por 35 el salario mínimo a percibir. También ha lanzado un plan de ahorro cuya medida estrella consiste en vender “lingoticos de oro” para captar ingresos de sus ciudadanos y ha establecido un sistema de fijación de precios para 25 productos de la cesta básica. Entre los productos afectados se encuentran los huevos, la carne, el pollo, la harina de maíz, el arroz o la pasta y prácticamente todas sus existencias han desaparecido de los supermercados del país, según constata Efe.

La agencia también asegura que los bancos privados y públicos mantenían ayer las limitaciones en la entrega de efectivo, lo cual obligó a los venezolanos a esperar durante horas en largas filas para recibir desde 20 hasta un máximo de 100 bolívares soberanos (de 0,33 a 1,66 dólares, según la tasa oficial de cambio).

Políticas “erráticas”

“Las políticas públicas siguen siendo erráticas y seguirán contribuyendo a aumentar la crisis económica, la hiperinflación, el deterioro institucional y las situaciones de descontento social”, vaticina el experto de S&P. “Recortar los ceros en la moneda, si no hay prudencia fiscal y monetaria, no servirá para nada”, añade Orozco, que recuerda que Venezuela tiene asignada una calificación de SD (Selective Default) por el incumplimiento continuado de sus compromisos de deuda.

En la misma línea incide Philippe Waechter. “La devaluación aumentará drásticamente los precios de las importaciones y se sumará a la inflación actual”, acentuando la hiperinflación. Además, “el aumento del salario mínimo es inútil, ya que la producción se ha derrumbado y las tiendas están vacías. Por lo tanto, los venezolanos no estarán más contentos ni siquiera con un sueldo mayor”.

En este sentido, la Cámara de Caracas emitió el lunes un pronunciamiento en el que aseguraba que las medidas adoptadas sin consenso amenazan “con exterminar las empresas que durante los últimos años han sobrevivido a toda clase de controles y persecución” y que aumentarán “indefectiblemente la huida del capital humano y financiero hacia otros países”, al tiempo que “llevará el desempleo y la necesidad de la gente a niveles nunca previstos”.

El partido Primero Justicia (PJ), del diputado opositor Julio Borges, advirtió ayer sobre el cierre de empresas si continúan las fiscalizaciones, y su compañero de filas, Ángel Alvarado, apuntó que la mitad de los comercios del país no han abierto sus puertas por las sanciones a las que podrían enfrentarse.

Falta de credibilidad

Junto a las debilidades de la política monetaria, el otro gran escollo del plan gubernamental es la falta de credibilidad de sus líderes. “El Gobierno de Maduro tiene poca intención de negociar con otras partes”, asegura Orozco. “En episodios previos de hiperinflación, el instrumento necesario para detener esa dinámica negativa es comprometerse con instituciones extranjeras. Los compromisos pueden ser una fuente de credibilidad si la política económica está condicionada por estos compromisos, es una fuente de estabilización y ésa es la razón de su utilidad”, agrega Waechter. “Al ver que el Gobierno respeta sus compromisos, los inversores internacionales pueden cambiar su percepción del país y generar una trayectoria más sólida, pero en Venezuela no hay tal compromiso. Maduro incluso ha dicho que no ha hablado con el FMI y que no quiere que participe en el proceso”, añade.

La suma de todos estos factores ha llevado al Financial Times -una de las biblias del periodismo económico- a calificar a Venezuela como “Estado fallido”.

La duda que sobrevuela ahora es cuánto más aguantará el país en esta situación. Para un venezolano, la Navidad no está completa sin una hallaca, otro de sus platos típicos, y no está claro que para entonces quede harina de maíz suficiente en las diezmadas estanterías locales.

Why is no one talking about the fact that the economic downturn in Venezuela has turned into a humanitarian crisis? by Caitlin Morrison – Independent – 23 de Agosto 2018

It’s not like this shouldn’t have been anticipated. The country’s currency, the bolivar, has been devalued to the point of being basically worthless, but it fell off a cliff a long time ago. Inflation has by now pushed prices to the point where Venezuelans often cannot afford to pay for one meal a day. This is only set to get worse, with inflation predicted to hit 1,000,000 per cent this year.

It’s ludicrous that Venezuela should be in this position, when it has the largest proven oil reserves in the world, ahead of Saudi Arabia and Canada. The idea of the second and third-largest holders of oil declining to the point that citizens start leaving the country in their millions – more than 2 million since 2014, according to the UN – is unfathomable.

Refugees from the cash-strapped country are now facing the hardship of closed borders when they reach Ecuador, and Peru could soon follow, while Colombia has warned that its capacity to welcome migrants is being stretched.

Meanwhile, the desolation of being refused entry to a potential new home must pale in comparison to the conditions of those left behind.

Attempts to protest the government actions that are keeping Venezuela locked in this downward spiral almost inevitably turn violent, with 165 people killed during political demonstrations last year.

Hospitals, already feeling the effects of fewer doctors, are struggling to treat people as they face shortage of 85 per cent of medicines. There has been a huge resurgence in malaria infections, despite the fact that Venezuela almost eradicated the disease decades ago.

But worse than all of that is the hunger.

Three-quarters of Venezuelans have lost an average of 11kg in body weight last year, while what doctors are left have reported children dying of malnutrition.

A Venezuelan friend of mine reports his father, who has remained in the country, recently noted: “You don’t see cats or dogs in the streets anymore.” That could be open to interpretation – animals will be suffering from a lack of food too – but it is because people are starving and desperate, my friend explains. They’re being forced to eat their pets.

Reports of food shortages have been emerging for a while now. Some schools have effectively shut down because children are so weakened by hunger that they cannot attend, leading to fears that a generation will grow up with little to no education. And even if pupils make it to class, it’s hard to teach on an empty stomach.

Venezuela’s president, Nicolas Maduro, has isolated himself from other nations with his repressive, authoritarian regime – Brazil, Canada and Chile have all refused to recognise his government, and the US has in recent months escalated its sanctions on companies linked to Maduro’s administration. President Trump has even raised the prospect of a military invasion, although he was dissuaded by his own advisers, as well as other world leaders.

This policy of distancing themselves from all that Maduro stands for is admirable in a way, but nations cannot pass this off as taking a stand against the damage the Venezuelan government is doing to its own people.

Equally, military action will make little difference to a starving populace.

They need food and humanitarian aid, and they need it quickly.

It’s difficult to see why this aid has not been forthcoming. Perhaps it’s because Venezuela was once the richest economy in South America, which makes it hard to believe the country has descended into such utter chaos. It could be because it’s never been at the centre of a humanitarian crisis like this before, and so doesn’t spring to mind when you think of countries in need. It might be precisely because global powers have distanced themselves from Maduro, and out of sight means out of mind.

It doesn’t matter – the time to change the way we think about Venezuela is long past. Now is time for action.

Los ‘balseros de tierra’ de Venezuela por Milagros Lopez de Güereño – La Rioja – 11 de Agosto 2018

Una familia venezolana, camino de la ciudad brasileña de Boa Vista. :: nacho doce/ reuters/
Una familia venezolana, camino de la ciudad brasileña de Boa Vista. :: nacho doce/ reuters 

Miles de ciudadanos huyen cada día a los países vecinos en busca de comida, trabajo y seguridad

La grave situación política, alimentaria y de seguridad cronificada en Venezuela no ofrece ya a sus ciudadanos mejor salida que hacer las maletas en busca de oportunidades para conseguir un trabajo , un salario digno y un futuro para sus familias. En los últimos meses, la marea humana hacia Colombia, Ecuador, Chile o Argentina y también a destinos europeos como España o Reino Unido alcanza categoría de éxodo.

Faltan datos y ni siquiera las estimaciones coinciden. Un millón de personas han podido abandonar el país petrolero sólo en los últimos dos años, en un flujo que algunos cálculos extienden hasta los 4 millones durante los mandatos de Hugo Chávez y su sucesor y actual presidente, Nicolás Maduro. A él y su Gobierno culpan estos emigrantes forzados de todas las calamidades. Para el Ejecutivo, la crisis viene de «la guerra económica» de EE UU, sus aliados de la región y la derecha nacional. La realidad es la estampida aunque la muerte sea una posibilidad para estos ‘balseros de tierra’ del siglo XXI.

Viviana, 30 años; Miguel, 23; Violeta, 76; José Antonio, 86; Manuel, 38; Yasodhara, 24 y Thiago, 1 año son sólo una muestra de los venezolanos que viven separados de sus familias. Viviana y Miguel son hermanos y pueden apoyarse en su ciudadanía española por sus orígenes paternos. Ella a los 27 años viajó a España a abrir camino al resto de la familia. Con su trabajo en una oficina pudo sacar a su hermano el año pasado, y él consiguió un empleo de informático. Quieren reunirse en Madrid con sus padres, pero las cuentas aún no les dan. José Antonio y Violeta están en Caracas. Manuel, el tercero de sus hijos, también se marchó con su mujer y el bebé. «Lo más difícil es la soledad. Tienes la casa llena y de repente se queda vacía», cuenta José Antonio a periodistas venezolanos.

LAS CLAVESEn los últimos meses, las llegadas a Colombia o Ecuador alcanzan la categoría de éxodo 25.000 personas cruzan cada día el puente Simón Bolívar para conseguir alimentos y medicinas

Por los puentes fronterizos

Si hace unos años los emigrantes viajaban en avión a Estados Unidos y a Europa -España, Italia y Portugal-, desde 2016, con los precios de los pasajes inalcanzables, sólo pueden cruzar los puentes fronterizos con Colombia o Brasil y aspirar a quedarse en países de la región a los que llegan por mar o carretera. Entrar en territorio colombiano es el primer objetivo. Antes de abandonar el poder, hace unos días, el presidente Juan Manuel Santos concedió la residencia por dos años a 440.000 venezolanos.

Las llegadas aumentaron once veces en 24 meses, pasando de 48.714 a «870.000 venezolanos regulares, en proceso de regularización e irregulares», según Christian Krüger, director general de Migración, que anticipó que a principios de este mes la cifra estaba ya «cerca del millón». Para Krüger, las políticas de Maduro están detrás del «éxodo». El chavismo, censura, tiene «una política de expulsión hasta de sus propios nacionales, cuanta menos gente esté en el país es mucho más fácil repartir lo poco que tienen».

Colombia es punto de llegada y trampolín, el «principal destino para los venezolanos en Sudamérica», pero además «puente hacia terceros» países. «Esta dinámica no sólo se ha mantenido sino que incluso se ha acrecentado en los últimos meses», señala un informe de Migración Colombia. El objetivo en el segundo caso es llegar a Chile, Argentina, Ecuador, Panamá -que ha comenzado a pedir visado-, Brasil y Perú que, en ese orden, son los nuevos destinos. El miedo y la falta de expectativas ponen en camino a familias enteras, que cargan con lo más imprescindible para comenzar una nueva vida donde en lugar de ejercer de ingenieros tendrán que empezar por limpiar suelos con la esperanza de que sólo sea al principio.

No morir de hambre

Todos -un 59,2% son universitarios- huyen para no morir de hambre, pues según una Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) en 2017 al menos el 87% de la población no podía cubrir los gastos de alimentación. O para no engrosar las estadísticas del Observatorio Venezolano de la Violencia, que cifra en al menos 26.626 las personas asesinadas durante el año pasado.

Muchos de los que no se van cruzan a diario el puente Simón Bolívar, «la frontera más dinámica de América Latina» en las décadas de bonanza, para conseguir alimentos y medicinas que por la hiperinflación -del 14.000% en lo que va de año según el Fondo Monetario Internacional- y la escasez son imposibles de obtener en su propio país. Son 25.000 cada día y tienen que hacerlo a pie porque hace tres años Maduro prohibió el paso de vehículos.

El hambre pone a los burros en peligro de extinción en Venezuela por HernánLugo Galicia – Impacto CNA – 27 de Julio 2018

Eran tantos que eran un problema hasta hace muy poco en Falcón, donde manadas de ellos deambulaban libremente provocando accidentes viales y hasta debían ser despejados de la pista del aeropuerto de Coro, la capital de ese estado en la parte norte de Venezuela.

Señora Bensouda: Es exterminio! Actúe ya! por William Cárdenas Rubio – Análisis Libre – 25 de Julio 2018

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 La Corte Penal Internacional (CPI). Está llegando a la mayoría de edad. No es que 20 sean muchos para una Corte que pretende ejercer su jurisdicción sobre los peores crímenes de la humanidad en el contexto universal. Tal vez son pocos, pero son suficientes para saber lo que hay que hacer cuando hay casos lacerantes, como el de Venezuela, que reciben el repudio de la comunidad Internacional, en el que se clama su intervención desde organismos internacionales, estados y desde órganos de la propia Organización de Naciones Unidas, como su Alto Comisionado para los Derechos Humanos.

El crimen de exterminio que está ocurriendo en Venezuela ya está bajo el conocimiento de los órganos de investigación de la Fiscalía de la CPI que llevan adelante el exámen preliminar del Caso Venezuela. Así nos lo confirman las recientes comunicaciones que hemos recibido de La Haya.

Este es un delito silencioso, que se está materializando día a día cobrándose miles de víctimas, que mueren de hambre o por falta de medicamentos, o que viven estados de absoluta postración con enfermedades crónicas sin atención médica ni remedio posible, o niños y adultos en estado de desnutrición, con imágenes que nos recuerdan los campos de concentración nazi.

El régimen totalitario ha impuesto intencionalmente condiciones de vida encaminadas a causar la destrucción de una parte de la población, entre otras la privación de alimentos y medicinas. No es este el tipo penal tipificado como Exterminio en el Estatuto de Roma?

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Diá a día la cifra de muertes aumenta sin piedad, con un gobierno delincuente que se niega a recibir ayuda humaniaria ofrecida una y otra vez por estados y organismos internacionales. Los venezolanos que logran huir sin rumbo cierto, salen del país por sus fronteras con lo puesto y acaso con un pequeño maletín donde llevan su vida.

Los hechos son suficientemente conocidos por los funcionarios de la CPI, y también han sido advertidos y denunciados por numerosas personas e instituciones, entre ellos el ya mencionado ACNUDH, quien además ya le ha informado a su Fiscalía que el estado venezolano no tiene capacidad para iniciar una investigación de estos crímenes, ni quiere ni puede. Es decir, ya puede activarse la justicia complementaria de la CPI; se lo está diciendo el más alto funcionario en materia de derechos humanos del mismo sistema de Naciones Unidas.

También la hemos informado, de como se acrecienta la gravedad de los hechos a medida que pasa el tiempo, y por su puesto,  que es más que evidente el interés de la justicia en una situación que parece no tener final, y de que si no se remedia tal conducta criminal, puede ser perfectamente imitada por otros autócratas; basta echar una mirada a Nicaragua.

Sra. Bensouda: Es su momento!

Y si no puede, dígalo ya! Tal vez, a los 20 años sea el momento, para  los Estados Parte en su Asamblea anual, de revisar el Estatuto de Roma y sustituir la figura de un único Fiscal de la CPI, por un cuerpo colegiado de 5 fiscales, uno por cada continente, que cumplan la función de investigar estas denuncias de manera más eficaz, efectiva y eficiente. Una justicia lenta, no es justicia! Y una conducta negligente, en una situación como la de Venezuela, puede comprometer seriamente la responsabilidad de quienes están llamados por ley, a atender estos graves asuntos.

Entonces, Fidel Castro ganó el Mundial por Thays Peñalver – Venepress – 21 de Julio 2018

“El poder para el pueblo”, una frase que siempre viene acompañada de sus aliadas inseparables, la miseria y el hambre

Entonces, Fidel Castro ganó el Mundial

Hoy la extrema izquierda, desde el régimen venezolano que sostiene que: “África ha ganado el mundial” hasta el conato español en Podemos que va mas allá y de una vez y sin tapujo sostienen que han sido “los negros” quienes se alzaron con la copa mundial de futbol. Lo hacen, no sin antes esgrimir eso como una posible bondad para dejar entrar a las pateras (barcos) repletos de refugiados de futuros “ganadores”.

Entrar en esa dinámica xenófoba no trae absolutamente nada bueno. Pero es que el pensamiento es tan extravagante que hay que salirle al paso, porque no son pocos los que lo piensan así. Pues leer las irritantes respuestas y comentarios debajo de esas afirmaciones en los medios, da mucho mas que pensar, sobre todo cuando una de estas sostiene: “al menos los argentinos perdieron con jugadores de pura cepa”.

Expresar esas idioteces es tan repugnante como decir que el mundial de México que ganó Argentina en realidad fue ganado por Croacia, Alemania e Italia porque Maradona, Kempes, Valdano o Ruggeri no son argentinos “de pura cepa”. Lo mismo sería decir que Messi es italiano o catalán porque allí están sus “cepas” verdaderas, antes de que sus familias escogieran emigrar en busca de un mejor destino. Pero ellos son blancos y por lo tanto tienen derecho a la identidad territorial y al uso de las banderas. En fin que en el mundo sobra el idiota que debe sostener que África ya ha ganado seis o siete mundiales porque en Brasil no hay precisamente muchos portugueses jugando. Hay que quitarle a las glorias deportivas a toda América Latina y especialmente a Cuba casi todas sus medallas olímpicas, como a Jamaica a Usain Bolt porque realmente es de África Central, pues de allí son sus ancestros.

El asunto es que para los xenófobos, los africanos o “los negros” como les dicen sin medias tintas, no tienen derecho a una nacionalidad, ni a amar su bandera, ni a cantar el himno del lugar de acogida, son y serán –especialmente para la izquierda destructora- siempre africanos, por lo que ese continente es una verdadera potencia deportiva pues no solo tiene el mejor futbol del mundo, sino el mejor basquetbol, todos los records olímpicos de atletismo y cuidado si no el mejor baseball hoy en día.

Pero ya es hora de explicarles al detalle como fue que “África ganó el mundial”. Los abuelos y padres de Dembelé, Sidibé y Kanté vivían en un país en el que los cuadros políticos desde 1960 fueron formados en Cuba[i], razón por la cual un militar dio un golpe de Estado “Libertar al Pueblo” y así instaurar una Republica Democrática Popular, un eufemismo de comunista, que terminó en una de las mayores dictaduras de izquierda, pero como consecuencia de la crisis económica perpetua se le ocurrió aperturar la economía, lógicamente otro teniente coronel paracaidista formado en Cuba y Rusia dio un golpe de estado creando un “Comité de Salvación de la Republica”. El resultado es una crisis sistémica y un éxodo en pateras, junto a una hambruna perenne de cerca del 30% de la población.

Dembelé, Sidibé y Kanté tendrían una altísima posibilidad de morir de hambre, de haberse quedado en ese país.

Los abuelos y padres de N’Zonzi y Kimpembe vivieron nada menos que las tierras predilectas de Fidel Castro, en las que el Che Guevara intentó hacerse del titulo de libertador, las tierras del “gigante comunista” Patricio Lubumba muerto a balazos y sustituido por el militar ladrón de Mobutu. Finalmente como la destrucción económica y el robo terminaron en la hambruna del siglo, el dictador optó por liberalizar la economía y entonces los comunistas decidieron crear otro de sus comités de salvación nacional e imponer a un guerrillero comunista cuya dictadura natuhereditaria aun se encuentra en el poder. El resultado es el de millones de refugiados y una hambruna como en pocas naciones a tal punto que setecientos mil niños están en refugios y cerca de cuatrocientos mil están a riesgo de morir de hambre. (Unicef).

Matuidí viene nada menos que de otras de las tierras favoritas de Fidel Castro donde cientos de miles de cubanos participaron en la guerra civil para imponer el comunismo y luego de cuarenta años libertando a la nación del capitalismo, millones la han abandonado. En una nación que produce 1,5 millones de barriles y el 25% de su población no es que es pobre, es que esta muriendo de hambre porque todo ese dinero va a parar a las cuentas de los políticos. Mientras que los padres de Mbapee salieron también de una nación que lleva gobernada 35 años y de haberse quedado, no habría jamás llegado a superar la escuela primaria.

Se puede decir que las tierras que ha tocado Fidel, son las tierras arrasadas por el hambre. Como se puede decir también que cualquiera que dijera que “libertaría a su pueblo” en el tercer mundo terminó llevando a ese pueblo a la hambruna general.

Como también llegó a decir Hugo Chávez: “1,2,3 cada tres segundos muere un niño de desnutrición. Lo que no dijo, aún cuando lo sabía perfectamente, es que esos niños mueren en los países gobernados por los “Hugo Chavez”, donde han llegado los libertadores anticapitalistas, casi siempre enfundados en un uniforme militar y haciendo suyas las glorias de los héroes del pasado, llegaron al poder para perpetuarse y nunca gobernar. Un niño no muere cada tres segundos en Chile o en Argentina por desnutrición, ni siquiera mueren de hambre.

Boateng no morirá de hambre en Alemania, pero posiblemente si hubiese muerto en la Ghana de sus padres, donde el 27% de la población está a riesgo de hambre. Pogba no morirá de hambre en Francia, pero tenía todas las posibilidades de fallecer en Guinea y Lukaku no morirá de hambre en Bélgica, como si era posible que le sucediera en el Congo así como a los millones que esperan cruzar de África a Europa. Lo que nadie ve es que todos tienen algo en común: a todos un hombre santo, un libertador milagroso les prometió libertarlos, entregarles lo que “alguien” les había quitado y además, darles todo el poder. Pero lo que hicieron fue robar.

“El poder para el pueblo”, una frase que siempre viene acompañada de sus aliadas inseparables, la miseria y el hambre.

No amigos, África no ganó el mundial, porque primero tiene que vencer a la hambruna y para ello debe entender lo mismo que nosotros, que no hay gestas libertadoras ni mucho menos “hombres milagrosos”. Debe comprender como los venezolanos que no hay manera de progresar de otra forma que no sea esclavizándose al trabajo, al esfuerzo y a la educación, que la política y las ideologías en el tercer mundo solo nos han llevado a la destrucción.

También debemos entender que lo que hace la izquierda europea y mundial cortejando a los dictadores destructivos y hablando el lenguaje comunista, lo único que logran es un boomerang migratorio. La Unión Europea debe comprender primero que cada barco, arma y equipo antimotines que vendan a los sátrapas izquierdosos, les será devuelto en forma de pateras y barcos repletos de sobrevivientes, de seres humanos que huyen de esas guerras y dictadura que son aceptadas y tuteladas por la Unión Europea.

El día que entiendan que en vez de tanques deben vender tractores, que en vez de armas deben vender libros, el día que privilegien el mercado africano sobre otro, ese será el día en el que Venezuela o África, ganen un mundial. Pero hoy los presidentes europeos prefieren fotografiarse con cuanto sátrapa exista en el África o el Caribe felicitándose por el tremendo negocio que hicieron por unos cuantos barcos o armas vendidas, sin tomar en cuenta que el producto de esas armas llegará en breve a sus costas. En fin, cuando los presidentes europeos se den cuenta que cortejar a un dictador tercermundista, es el peor negocio del mundo.

Y Fidel Castro tampoco ganó el Mundial, a él se le debe imputar su cuota del hambre, la pobreza y la muerte diseminada en aras de la libertad del capitalismo. El mundial lo ganaron Francia y los franceses. Porque esos jugadores solo tienen un color, el de la bandera francesa así como la letra de la Marsellesa en sus corazones.

[i] Koulouba.com: Cuba de Fidel Castro: Une immense contribution à la formation de l’élite malienne

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