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La geopolítica de un supermercado iraní en Caracas por Florantonia Singer – El País – 5 de Agosto 2020

La relación entre Irán y Venezuela se estrecha con la apertura de un enorme almacén y eleva la tensión con Washington

Dos personas con mascarilla compran en un supermercado iraní en Caracas, Venezuela, el 31 de julio.
Dos personas con mascarilla compran en un supermercado iraní en Caracas, Venezuela, el 31 de julio.STR / AFP

La apertura de un supermercado bien abastecido se volvió todo un evento en Venezuela. Una cadena iraní revolucionó a la población la semana pasada al abrir su primera tienda en Caracas. En un país en el que al 96% de la población no le alcanza el dinero para comprar alimentos, la comida puede ser lo único en lo que se piensa. El negocio es parte de los acuerdos que mantiene Nicolás Maduro con el Gobierno persa para estrechar lazos, primero como salvavidas durante la escasez de gasolina de hace dos meses y ahora con la importación de productos.

José Luis Hernández, de 32 años, hacía cola el sábado con su hija por segunda vez para ingresar al supermercado Megasis. El viernes, el día de apertura, intentó entrar, pero la larga fila de personas que iban a conocerlo se lo impidió. “Uno viene a ver, pero no tiene cómo comprar”, dijo. Iba con camisa formal, como quien sale de paseo, en medio de la cuarentena estricta por la pandemia, que en Caracas incluye la restricción de acceso a los supermercados según el número de cédula de identidad. Algo que en el local iraní no se estaba cumpliendo. Hernández es vecino de Petare, en la zona metropolitana de la capital. Desde allí tiene vista al enorme almacén y ha sido testigo en las últimas semanas de la transformación del lugar, que el último mes vio llegar decenas de camiones con mercadería.

La tienda está instalada en un viejo local expropiado hace una década por Hugo Chávez a una cadena francesa que operaba el hipermercado Éxito. “Cuando éramos felices y no lo sabíamos. Recuerdo que vendían un buen pollo en brasa”, rememora Hernández. El predio luego fue convertido en la cadena estatal Abastos Bicentenario y, posteriormente, adjudicado al empresario colombiano Alex Saab, ahora detenido en Cabo Verde y a la espera de la extradición a Estados Unidos por supuesto lavado de dinero. “Eso duró poco y todo era carísimo”, dice Hernández. Saab, acusado de ser el testaferro de Maduro, fue quien instaló en los mercados expropiados durante los primeros años del chavismo las tiendas CLAP, nombre otorgado por el programa social de alimentos subsidiados.

Una década después de la expropiación, se ha instalado una empresa del conglomerado Etka. Con 700 establecimientos en Irán, la compañía es operada por el Ministerio de Defensa de ese país y tiene vínculos con la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, designada como grupo terrorista por Washington, según lo publicado por Wall Street Journal.

El empresario Issa Rezaie, identificado como viceministro iraní de Industria por la televisión estatal venezolana y cabeza visible del conglomerado, aseguró el día de la inauguración: “Nuestro objetivo principal es comercial”. Extensos reportajes publicitarios se han transmitido en el canal del Estado VTV, donde han dicho que se trata de un emprendimiento de empresarios iraníes y venezolanos, aunque no han dado detalles de los segundos.

Más de 3.000 productos iraníes se ofrecen en el local, todos con etiquetas en persa o en inglés y con el precio en dólares. Jalea de dátiles, carne halal enlatada, mantas demasiado gruesas para el trópico caraqueño o anotadores con motivos de niñas con hiyab son algunos de los productos que pueden resultar exóticos para los venezolanos. También otros como la leche en polvo por kilo de empresas expropiadas por el Gobierno, que se venden al mismo precio de cualquier otra marca comercial, a casi seis dólares, equivalentes a tres salarios mínimos. El artículo más frecuente en los carritos de quienes sí podían comprar era el papel higiénico, que se ha convertido un lujo en el país, y cuya presentación iraní representaba algún ahorro: 12 rollos por casi tres dólares.

Rezaie ha dicho además que la alianza demuestra cómo “dos países sancionados pueden complementarse”. La apertura de Megasis, que ha desatado críticas de Estados Unidos, ocurre en el momento de mayor asfixia del Gobierno de Maduro tras un año del endurecimiento de las sanciones de Washington. El acuerdo empresarial luce como un desafío geopolítico que se juega en los pasillos de un supermercado que flamea en su entrada las banderas de Irán y Venezuela. “Cualquier presencia de la República Islámica en Venezuela no es algo que veamos favorablemente. Este Estado es un patrocinador del terrorismo. Irán está dispuesto a venderle cosas a Venezuela, cuando Venezuela no tiene dinero para pagar”, dijo Michael Kozak, subsecretario de Estado de EE UU para Asuntos del Hemisferio Occidental.

El trasiego de los 1,5 millones de barriles de gasolina que llegaron en mayo a bordo de buques iraníes ya había encendido las alarmas. En abril, un avión de la sancionada aerolínea Mahan Air aterrizó en Venezuela como parte de las primeras gestiones. Luego, los capitanes de las embarcaciones que transportaban el combustible fueron sancionados por el Tesoro de Estados Unidos.

En las últimas dos décadas, el chavismo ha hecho de Irán su aliado en su proclamada “lucha antiimperialista”. Le abrió camino en la región cuando el mapa político estaba dominado por Gobiernos entonces afines a la revolución bolivariana, como Ecuador y Bolivia. Una deriva de proyectos sin prosperar, como la fábrica de bicicletas Fanabi o la ensambladora de vehículos Venirauto, forman parte de los antecedentes de esta relación. Ahora, vuelven a estrecharse los lazos con Maduro. Sucede además cuando la tensión entre Irán y Estados Unidos ha alcanzado su mayor punto, tras el asesinato a principio de año en Irak del general Qasem Soleimani, uno de los principales comandantes de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán.

El narco-neo-comunismo por Asdrubal Aguiar – Diario Las Américas – 2 de Julio 2020

Cómo fracasó la opción militar de EE.UU. para derrocar a Maduro por David Alandete – ABC – 19 de Junio 2020

ABC accede al libro de John Bolton que la Casa Blanca quiere censurar: estos son los extractos

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«El régimen ilegítimo de Venezuela, uno de los más opresivos del continente americano, le ofreció a la Administración Trump una oportunidad. Pero requería de determinación por nuestra parte y presión constante, completa y firme sobre el régimen. No estuvimos a la altura». Así comienza John Bolton el capítulo dedicado a Venezuela en el libro de memorias cuya publicación intenta detener la Casa Blanca con una demanda, y al que ABC ha tenido acceso.

Bolton fue consejero de Seguridad Nacional de Donald Trump entre abril de 2018 y septiembre de 2019. En ese cargo, asesoró al presidente en materia de conflictos internacionales, y Venezuela fue uno de sus principales intereses. Por Bolton, EE.UU. apoyó a Juan Guaidó en la jura como presidente encargado en enero de 2019 y urdió el pronunciamiento fracasado del 30 de abril. Bolton dimitió —o fue despedido, las versiones son contradictorias— en septiembre tras graves desavenencias con el presidente.

A todas las reuniones, Bolton llevaba un cuaderno en el que tomaba notas de absolutamente todo. Esas notas son ahora un libro que lleva intentando publicar desde el año pasado. Tras un largo proceso de edición y censura, la Casa Blanca se niega ahora a que se publique, tras dos demoras en la fecha de salida a venta. Pero la editorial, Simon & Schuster, ya lo ha impreso y lo ha distribuido a librerías de todo el país, para su comercialización el martes próximo. Estos son los fragmentos más reveladores sobre la crisis en Venezuela.

La amenaza de Moscú

Bolton revela que Venezuela cobró importancia en la Casa Blanca por las injerencias allí de Rusia, de Irán y de China. «La amenaza de Moscú era innegable, tanto militar como financieramente, ya que gastó muchos recursos en afianzar a Maduro, en dominar el sector del gas y el crudo de Venezuela y perjudicar a EE.UU.», escribe Bolton. Cuando se enteró, Trump dijo: «No quiero quedarme quieto sin hacer nada».

En las notas de Bolton figura una breve conversación con Trump en agosto de 2017: «Tenemos muchas opciones sobre Venezuela, y no voy a descartar la militar. Son nuestros vecinos. Tenemos tropas en todo el mundo, en países muy lejanos. Venezuela no está lejos. La gente sufre, se están muriendo. Así que tenemos muchas opciones, incluida la militar». Fue Bolton quien le dijo: «La intervención militar no es la solución».

Pero fiel a su estilo, como ha hecho con otros dictadores, Trump se sentía capaz de convencer a Maduro de democratizar el país si se veía con él. «Por supuesto que Trump decía, de vez en cuando, que se quería ver con Maduro para solucionar todos los problemas con Venezuela, pero ni yo ni Pompeo pensábamos que eso funcionaría». Mike Pompeo es el secretario de Estado, jefe de la diplomacia norteamericana.

La razón por la que Bolton fue el primer funcionario estadounidense en reconocer al opositor al chavismo Guaidó como presidente encargado de transición en enero de 2019 fue que Trump no quería inmiscuirse si no tenía garantías de que Maduro caería. «A Trump le irritó que el cambio fuera de momento solo una posibilidad, y me dijo que el comunicado estuviera a mi nombre, no el suyo», escribe en el libro.

Como en el resto del libro, Bolton refleja a un Trump que en público dice una cosa y en privado, otra. Después de hacer unos célebres comentarios en septiembre de 2018 sobre la debilidad del régimen de Maduro —«puede ser derrocado muy fácilmente por el ejército, si el ejército lo quiere»— el presidente le dijo en privado a Bolton que Maduro es «demasiado duro, y demasiado listo» como para caer. Aun así, en enero de 2019, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Joseph Dunford, y Bolton, se reunieron para estudiar planes de intervención militar.

Intervención militar

Cuando el presidente presentó la opción de una intervención militar a varios diputados y senadores republicanos, estos expresaron incredulidad, según Bolton. Entre todos, decidieron mantener entretenido a Trump con el ejército mientras ellos diseñaban otros planes de presión económica. «Nadie pensaba que la opción militar fuera recomendable en este punto. Pero a mí esta discusión me servía para tener a Trump entretenido con el objetivo de derrocar a Maduro, sin perder tiempo en opciones imposibles», escribe.

Cuando Bolton se fue de la Casa Blanca, Trump le criticó, diciendo en Twitter: «Mi postura sobre Venezuela y sobre todo Cuba era mucho más fuerte que la de Bolton. Él me ralentizaba». Bolton le da la razón: «Dice la verdad sobre Venezuela».

Bolton fue preparando el terreno para un pronunciamiento desde dentro, con contactos indirectos con militares venezolanos para que dejaran el bando del régimen y se pasaran a defender a la oposición y la democracia. Consiguió, como mucho, 500 deserciones, algo que describe como un fracaso. Describe el cierre de la embajada de EE.UU. en Caracas, en marzo, como «perjudicial», porque «desaparecimos del país».

Así llegó el 30 de abril, el día del pronunciamiento de la oposición. Bolton afirma que hubo conversaciones directas con altos mandos del régimen, incluidos el jefe de inteligencia, Manuel Christopher Figuera; el presidente del Supremo, Maikel Moreno, y el ministro de la Defensa, Vladímir Padrino. «No hablábamos sobre si Maduro caería, sino sobre cuándo», dice Bolton.

Iba a ser Padrino quien le notificaría a Maduro que debía dimitir, con 300 soldados venezolanos. Pero según dice Bolton, «tal vez su intención no era desertar, o al menos lo que hicieron fue mantener sus opciones abiertas, para decantarse por un lado o por otro, dependiendo de cómo evolucionaran las cosas».

Ese día, Bolton llamó a Trump a las 06.07 de la mañana, la única vez que le despertó para darle una noticia. La respuesta de Trump fue «vaya» («wow»). El pronunciamiento fracasó. Y Rusia intervino.

Según Bolton, en una llamada, el presidente ruso Vladímir Putin le dijo a Trump que Guaidó era débil, alguien autoproclamado, «como si Hillary Clinton se hubiera proclamado presidenta pese haber perdido». Después, las opciones militares se fueron apagando y Trump hasta le dijo al secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, que se abstuviera de más sanciones a Venezuela durante una temporada.

 

Why Cuba and Venezuela Should Matter to Us by Carlos Alberto Montaner – Latin American Herald Tribune – 16 de Junio 2020

Latin American genius Carlos Alberto Montaner discusses the new book by former Pepsi VP Nestor Carbonell on Cuba and what must be done to halt the spread of Castro communism in Venezuela, Colombia, Ecuador and Bolivia.

Néstor T. Carbonell, former VP of Pepsi Cola for many years, has published an extraordinary book on the Island: Why Cuba Matters. In the book he reviews the stormy relationships between Fidel Castro and the twelve tenants who have been in the White House. From the first, Ike Eisenhower, to Donald Trump, through Barack Obama — who made all the concessions to Havana without any gesture of democratic reciprocity, violating the only common strategy of Republicans and Democrats for more than 60 years.

In that long period of coincidences and disagreements, genuine “hawks” like Ronald Reagan and even soft “pigeons” like Jimmy Carter had been at the helm of the American power, but all were convinced that any transaction with the Castros should include a verifiable withdrawal of Cuba’s international role as a pro-communist and “anti-Yankee” beacon in Latin America and Africa, although notable incursions into the Middle East were not lacking, as was the case with a 22-tank brigade operated by Cubans during the Yom Kippur war, fought between 1973 and 1974.

The problem, really, was that the Castros saw Cuba only as a base of operations to act in the international arena against Washington and against the hated “capitalism.” That was their leitmotif. The Castros — and especially Fidel — did not see themselves as the leaders of a communist revolution carried out on a poor sugar-producer island in the Caribbean, but rather as leaders of a political empire under construction. Not for nothing Fidel, at 18, changed his middle name, Hipólito, for “Alejandro.” He had in mind the Greek king who conquered an empire starting from the insignificant Macedonia.

Thus, his first triumph in Latin America was Chile, and it did not occur according to Castro’s script, but as a consequence of the Chilean electoral peculiarity. Salvador Allende was elected in 1970 with just over a third of the votes, and the Chilean parliament, being able to choose one of the other two parties, selected this Marxist physician, after forcing him to sign a document in which he promised to safeguard freedoms, something he only partially did.

The thesis behind Carbonell’s book is that democracy and freedoms have a magnificent side (the type of societies they foster), but they have another disturbing feature: the tendency to belittle the economically and technically weak adversaries who oppose them. They did it with Cuba and today they do it with Venezuela, Cuba’s protégé, without realizing the danger that this means.

Cubazuela, as the two countries are called in the neighborhood’s political jargon, have turned to crime to sustain their precarious power. Cuba provides Venezuelans with intelligence, military control, and support networks built over the years, while Venezuela pays Cubans with its own or Iranian gasoline, and with the little money it can spare from drug trafficking or the sale of illegally obtained gold. Meanwhile, Maduro, born in Colombia, is neither Venezuelan nor Colombian. He is a Cuban who owes his position to the Castros. He has discovered ideological citizenship.

Cuba was already a danger, but not having eliminated that infectious focus allowed it to metastasize to other nations, such as Venezuela, and there’s a risk that it will continue to expand to Colombia, Ecuador and Bolivia, all countries of the Andean arc. To avoid this immense damage, opposition politician María Corina Machado proposes a “multifaceted peace operation.” Venezuelan professor Carlos Blanco, in an excellent article, adds that it could be “an operation led by the OAS, based on the TIAR.” TIAR is the Inter-American Treaty of Reciprocal Assistance, also known as the Rio Treaty.

This is all correct. But if it is to take place, the United States must lead the effort, and it is very difficult for that to happen. So far, Washington has limited itself to imposing sanctions and showing its fangs, but Latin American countries have no foreign policy, except Cuba and Venezuela, and I don’t think they will change. I would start by recommending Americans to read Carbonell’s book. It is very good.

Venezuela y la negociación por Sadio Garavini Di Turno – El Universal – 10 de Junio 2020

Los costos de la represión en Venezuela aumentarían si hubiese una mayor amalgama política de las protestas por el creciente desastre socioeconómico

La historia nos enseña que no hay transición de un gobierno autoritario a uno democrático que no pase por unas negociaciones, a menos que sea por un golpe de Estado, guerra civil o intervención militar extranjera. Las negociaciones generalmente involucran a todos los que tienen intereses en el resultado de esas negociaciones, que no son necesariamente sólo las partes internas del Estado en cuestión, sino también actores internacionales. Hubo negociaciones en los casos de Polonia, Chile, España, Filipinas, Indonesia, Nicaragua y Sur África. En estos dos últimos la negociación vino después de conflictos armados internos. La negociación es un proceso de decisión interdependiente, en la cual los resultados para cada parte dependen no sólo de su propia acción sino de lo que haga, deje de hacer o se piense que vaya a hacer el “otro” y hay negociación posible cuando las partes consideran que negociando se puede lograr algo mejor de lo que se puede obtener sin negociar. En la teoría de las negociaciones se afirma que la parte que tenga la mejor alternativa al acuerdo negociado (MAAN o BATNA en inglés) es la parte que tiene más poder. En efecto, no voy a negociar si mi alternativa es mejor que cualquier posible acuerdo. En el caso venezolano es evidente que una posible salida negociada a la gravísima crisis socioeconómica y política implicaría una compleja red de negociaciones entre múltiples actores. Además del régimen y la alternativa democrática estarían, en mayor o menor medida, EEUU, Rusia, Cuba, China, Colombia, Brasil y la UE.

Hasta ahora, el régimen siempre ha considerado que su MAAN es preferible a cualquier acuerdo negociado, porque ha percibido que los potenciales costos de su salida del poder son superiores a los incentivos para aceptar una transición. El politólogo Robert Dahl decía que para que un régimen autoritario dejara el poder era necesario reducir los costos de su salida (costos de tolerancia, según Dahl) y aumentar los costos de la represión que el régimen ejerce sobre la población para mantenerse en el poder. Los costos de la represión en Venezuela aumentarían si hubiese una mayor amalgama política de las protestas por el creciente desastre socioeconómico. Sin embargo, el colapso de los servicios públicos, la “crisis” de la gasolina, el creciente efecto de las sanciones, particularmente en materia financiera y el probable incremento de la crisis sanitaria por el coronavirus están haciendo mella en la misma capacidad de gobernar del régimen. La propuesta de Pompeo y Guaidó de un gobierno de emergencia nacional con presencia de dirigentes chavistas no implicados en la criminalidad organizada y el mantenimiento temporal del Alto Mando militar, le está proporcionando una reducción significativa de los costos de salida. Hasta para Maduro y sus colaboradores más cercanos, la propuesta les deja la posibilidad de refugiarse en Rusia, Cuba, China, Irán y Turquía, entre otros. La propuesta viene acompañada de advertencias y amenazas: La flotilla antinarcóticos en el Caribe, las imputaciones por narcotráfico del Fiscal General Barr, las millonarias recompensas por las “mayores cabezas” del régimen, la movilización a Colombia de una brigada del ejército de EEUU y las fuertes declaraciones norteamericanas que mencionan las diferentes alternativas de acciones de fuerza posibles en el Siglo XXI. No creo que EEUU pueda, por razones geopolíticas, aceptar, a mediano plazo, con Trump o sin Trump, que Putin logre mantener a Maduro, “vía Cuba”, en un país del hemisferio occidental. Para el régimen los costos de salida han disminuido y los riesgos de mantenerse en el poder han aumentado.

Luis Gómez Calcaño: “Una solución provisoria se volvió permanente” por  Hugo Prieto – ProDaVinci – 7 de Junio 2020

Toda posibilidad de salir del caos y de la crisis que inmisericorde se abate sobre los venezolanos está marcada por la sospecha. ¿Van a negociar o no? República Dominicana, Barbados, Oslo, y quien podría develar el lugar donde se llegó al acuerdo para enfrentar la amenaza que plantea el coronavirus. Un pequeño paso, apenas un parpadeo en la dirección correcta. Pero quizás, valga decir —parafraseando a Juan Carlos Onetti—: dejemos hablar al tiempo.

Mientras la dualidad de poder acrecienta la inestabilidad, el tablero en el que se juega la suerte de Venezuela tiene como participes a pesos pesados —Estados Unidos, China, Rusia— y la asesoría cubana. ¿Cómo puede jugar con probabilidades de éxito la dirigencia opositora? ¿Hay cabida para las tácticas cortoplacistas? ¿Puede la sociedad civil superar los mecanismos de dominación a los que el régimen la somete una y otra vez? Hace tres años, Luis Gómez Calcaño*, respondió a estas preguntas con una sola palabra: Resistir. Actualmente, acentúa esa actitud y pone en evidencia <<El poder de los sin poder>>, la pauta de Václav Havel, en forma de ensayo que, contra propios y extraños, anticipó la caída del régimen comunista detrás de la cortina de hierro.

Sin duda, Maduro no reúne las condiciones de liderazgo que tenía Chávez. Quizás por esa razón es incapaz de lidiar con una institucionalidad adversa, como en su hora, lo hizo su antecesor. ¿Necesita Maduro una institucionalidad a su medida para ejercer el poder?

En realidad, el objetivo del régimen —desde el mismo comienzo— fue tener una institucionalidad a su medida. ¿Cuál es la primera decisión que toma Chávez? Convocar a un referéndum, que no estaba previsto en la Constitución del 61, para ir a una Asamblea Constituyente. Chávez no estaba dispuesto a negociar, a conversar, con una mayoría parlamentaria que le era adversa. Entonces, dio un golpe de Estado desde arriba, ayudado por el miedo que tenían las élites a la movilización de masas que, gracias a su popularidad, podía hacer Hugo Chávez. Estamos hablando de la serie de irregularidades, de cambios en las reglas de juego, del ventajismo que le permitió, en 1999, tener una mayoría aplastante en la Constituyente. La idea misma del Congresillo, un cuerpo legislativo que nadie eligió, pero que nombró, nada más y nada menos, que a los integrantes del TSJ, al Contralor, al Fiscal. Es decir, a las autoridades de los poderes públicos diferentes al Ejecutivo

¿Fallo de la memoria o ingenuidad política? Quizás queremos aferrarnos a la idea que tenemos de democracia, pero resulta que tal cosa no existe. ¿Por qué insistir si es algo que ni siquiera estamos viendo?

Sencillamente porque la imposición del modelo totalitario no les ha resultado fácil. La actitud de la sociedad civil, de sus instituciones y, particularmente de los partidos políticos, ha sido la de resistir durante muchos años. El trayecto hacia el totalitarismo ha sido mucho más lento de lo que fue en Cuba o en los países de Europa Oriental, entre otras cosas, porque ya existía una estructura y unas instituciones democráticas que habían funcionado por casi medio siglo. Esa es una de las razones por la cual en Venezuela hubo gobernadores de oposición que lograban crear espacios de resistencia, diputados de oposición en los cuerpos legislativos de los estados que hicieron algunas cosas, una de ellas denunciar. Eso tuvo su correlato en 2007, cuando a pesar de todas las maniobras y el ventajismo del CNE, se logró derrotar el referéndum revocatorio. Pero 2015 es el momento culminante, porque aquel sector de la oposición que estaba luchando por la vía pacífica, constitucional y democrática, tuvo su mayor éxito. Fue el momento en que se dijo: Sí, vale la pena, a pesar del CNE y del control institucional.

Ha habido un proceso de desgaste que ha causado una enorme sensación de derrota. ¿El liderazgo opositor fracasó? ¿No hay alternativa? ¿No hay de dónde agarrarse?

Esta coyuntura hay que mirarla en dos contextos: Uno histórico y otro internacional. En el primero la tenemos que ver como una lucha muy larga, en la que ha habido retrocesos, pero todavía no se ha perdido la última batalla, porque el proyecto totalitario todavía no ha podido destruir totalmente el tejido social. En Venezuela, aún existe un sector privado, existen profesionales independientes y muchísimos emprendedores. Es decir, en 21 años no han podido acabar con lo que ellos laman el capitalismo. No sólo porque ha habido resistencia, sino porque simplemente no son capaces de alimentar a la sociedad sin la contribución del sector privado. Y por otro lado, el modelo de poder centralizado, articulado a las comunas, y a todos esos inventos de organización desde arriba, no ha sido capaz de resolver los problemas más urgentes de la población. No es el caso de Cuba, donde al cabo de tres años de revolución no había sindicatos libres, ni universidades autónomas, ni empresas privada.

¿Cuál sería el contexto internacional?

Lo que haga bien o mal nuestro liderazgo opositor tiene que tomar en cuenta que Venezuela es un peón en un tablero geopolítico donde participan Estados Unidos, Rusia, China, Cuba y, en menor medida, Irán. China tiene interés en Venezuela por razones económicas, Rusia más por razones geopolíticas. Se puede decir que la política exterior de Venezuela está totalmente alineada y dirigida por Cuba y responde a los intereses cubanos. Como lo dijo Raúl: Cada vez más somos la misma cosa. Entonces, la oposición venezolana está luchando en un tablero que no controla totalmente.

¿Qué posibilidades tiene el liderazgo opositor de jugar con asertividad en ese tablero?

Eso me remite a una coyuntura que se vivió en Polonia después de la Segunda Guerra Mundial. Allí se formó un gobierno de coalición y un líder opositor a los comunistas (Stanislaw Mikolajczyk) acepta formar parte de ese gobierno, posteriormente —luego de reconstruir con éxito su partido— se presenta a elecciones. A los comunistas no les quedó más remedio que hacer un tremendo fraude. ¿Qué nos dice esto para el caso venezolano? Que si bien el régimen no se atrevió a hacer un fraude electoral en 2015, lo hizo a través del TSJ. Y lo que ha habido, ciertamente, es un desgaste. En 2019 se reactiva la esperanza con la idea de un gobierno interino, con grandes movilizaciones que habían decaído luego del 20 de octubre de 2017. ¿Qué pasó? Lo que nos pasa comúnmente a los venezolanos que una solución provisoria se vuelve permanente en el largo plazo. La presidencia de Guaidó estaba pensada como algo que iba a durar pocos meses.

Regresamos, si se quiere, a una guerra de trincheras, en la que ninguno de los bandos avanza. Pero no podría decirse que estamos en un punto muerto.

La idea era que al tener nuevas capacidades había unos supuestos militares institucionalistas que iban a tener la base jurídica, política y geopolítica, para insurgir contra el régimen. Se pensó que eso iba a pasar de inmediato, apenas Guaidó se juramentara, el 3 de enero. No ocurrió. Después se pensó que iba a pasar en febrero, con la entrada de la ayuda humanitaria; incluso, se invitó a varios presidentes de América Latina, porque <<era cuestión de horas>> para que el régimen cayera; una vez más, los supuestos militares institucionalistas tampoco aparecieron. Y luego la debacle del 30 de abril. El liderazgo de Guaidó fue diseñado para que fuese provisional, porque detrás había una coalición de partidos políticos y yo diría que el liderazgo histórico de Voluntad Popular, que es Leopoldo López. Detrás de esos tres fracasos hay una supuesta dualidad de poder, que recuerda aquellos gobiernos en el exilio —Polonia y la República Española—. Si bien el gobierno de Guaidó no está en el exilio, una buena parte de sus integrantes está fuera de Venezuela.

Habla en pasado. ¿El liderazgo de Guaidó, digámoslo de una vez, está liquidado?

No quiero contribuir a hacer leña del árbol caído. Hay que reconocerle a Guiadó que ha sido valiente, que ha sufrido las consecuencias de la persecución, al igual que su familia, que a muchos de sus colaboradores los han hecho presos. Diría que su error más grave —pero también el de sus asesores— fue el de empezar a actuar al margen de sus aliados. Ahí está el incidente con el mercenario Jordan Goudreau, que viene de la contratación de J.J. Rendón y Sergio Vergara. Guaidó se desmarcó de inmediato, pero el sólo hecho de haber contratado a J.J. Rendón, que es un personaje muy cuestionado, muy cuestionable, además, un experto en campañas electorales, a quien ponen al frente del Comité de Estrategia, me lleva a la pregunta, ¿La contratación de J.J. Rendón fue consultada con los partidos del G—4? Pareciera que no y lo digo por el comunicado de Primero Justicia. Por más que se haya deslindado, ese incidente significaba una desviación clara y abierta de toda la estrategia que había compartido con los aliados internacionales, con el Grupo de Lima, con la Unión Europea y hasta con los Estados Unidos.

No será fácil recomponer esas alianzas, porque el incidente de Macuto pone de manifiesto que se incumplió con unos compromisos. ¿No queda el liderazgo de Guaidó herido de muerte? 

El problema es que quizás, por el momento, no tengamos muchas opciones, ¿No? Todos los líderes políticos cometen errores y este fue un error muy grave. Pero la respuesta que se ha dado, yo diría que le ha faltado consistencia. Menos mal que J.J. Rendón, por lo menos, dio la cara. Y no siguió negando lo que de todos modos se iba a saber. Sí, yo firmé ese contrato con un mercenario de cuarta categoría, bueno, nos equivocamos, le pagamos 50.000 dólares, pero luego nos separamos de él. Menos mal, porque las explicaciones que ha dado Guaidó no son suficientemente claras, son ambiguas, son evasivas. Recientemente vi una entrevista televisiva que le hizo Laura Chinchilla, la ex presidenta de Costa Rica y me preocupó, porque el estilo de Guaidó no es el de un estadista. Un estadista asume de frente sus errores. Era desesperante, porque la ex presidenta trata de precisarlo y él invoca lo que ya sabemos todos: Lo perverso que es el régimen. Y eso, lamentablemente, se debe a que Guaidó es más un vocero que un estadista.

Entonces, ¿Leopoldo López es un estadista?

Sí. ¿En qué sentido lo digo? Porque tiene un proyecto y una idea de país, con la que uno puede o no estar de acuerdo. Además, tiene la capacidad política, tiene la inteligencia y es capaz de atraer masas. Si no lo hubieran perseguido como lo han hecho, probablemente tendría una gran posibilidad de ganar elecciones y llegar al poder. Pero así mismo, diría que Leopoldo López tiene una tendencia al aventurerismo y a dejarse manipular. La Salida de 2014, las protestas de 2017, en la que sectores del gobierno se acercaron para decirle: Si ustedes agitan la calle, vamos a tener la excusa para salir del chavismo. Y en ese cuento, en esa manipulación, posiblemente dirigida por los laboratorios cubanos, ha caído Leopoldo López con una tremenda ingenuidad. ¿Alguien puede creer que Vladimir Padrino o Maikel Moreno van a aliarse con la oposición? A mí me pareció un exceso de ingenuidad.

En 24 horas, el TSJ le da la razón a los señores de la mesita y declara la omisión legislativa. Ya hemos visto esta película hasta el cansancio. Una vez más serán los magistrados, contraviniendo potestades de la AN, quienes elijan a los rectores del CNE.

A mí esto me recuerda el libro que escribió Javier Corrales junto con Michael Penfold. <<Chávez El dragón en el trópico>>. En Venezuela se practica lo que Corrales llama <<el legalismo autocrático>>, que consiste en el uso, el abuso y el desuso de la ley. Si lees las sentencias del TSJ de la época de Iván Rincón, son todas ellas muy mal intencionadas, pero bien fundamentadas. En cambio, las sentencias más recientes son hechas para salir del paso. La de Parra, por ejemplo, es algo vergonzoso.

Seguramente veremos nuevas caras en el CNE, a fin de cuentas, eso forma parte de los acuerdos entre el chavismo y los señores de la mesita. Pero eso no garantiza que vayamos a una elección mínimamente transparente.

La mesita es cómplice de esta maniobra, porque fue Felipe Mujica, además de otros de sus integrantes, quienes le pidieron al TSJ que declarara la omisión legislativa. Eso supone, obviamente, que hay una negociación previa a partir de la cual el TSJ pudiera nombrar uno y hasta dos rectores de la oposición, precisamente para legitimarlo y decir que se incluye a gente <<que se opone>> al chavismo. Queda claro que la llamada mesita se ha convertido en un instrumento para lavarle la cara al régimen. Que se dice de oposición, pero a la vez participan en la maniobra para despojar a la Asamblea Nacional de sus atribuciones. ¿Hay alguna razón para pensar que ellos tengan algo de opositores?

Se trata de una reedición del método que se aplicó el 3 de enero. O que al menos guarda un gran parecido. ¿Usted qué piensa?

Claro, quien le pide al TSJ que aclare cuál es la verdadera directiva de la Asamblea Nacional es Enrique Ochoa Antich, que es parte de ese grupo. Están funcionando esos acuerdos, que comúnmente se hacen a cambio de algo y ese algo pudiera ser legitimar al CNE y que ellos ayuden a legitimar esa elección a la Asamblea Nacional. Lo que está claro es que el régimen está decidido a recuperar la AN a como dé lugar, al costo que sea. 2015 fue un descuido de ellos, cometieron un error que les salió muy caro. Todo esto se está haciendo con el apoyo de Rusia, que necesita que la AN legitime todos los negocios sucios que están haciendo en Venezuela.

Ir a votar plantea un dilema moral. Por un lado renuncias a un mecanismo elemental de la democracia y por otro legitimas a un gobierno al que sólo se puede llamar sino dictadura. ¿Es posible rescatar la constitucionalidad?

Va a haber muchas presiones para que la oposición participe. ¿De quienes? De algunos aliados tibios como la Unión Europea y de aliados del régimen como Argentina y México, que dicen favorecer las soluciones pacíficas. Hay que recordar que en la elección de 2018, la verdadera oposición no quiso participar y fue muy criticada por eso. Se hizo mención, en tono de advertencia, al boicot de 2005. Pero el problema son las condiciones. Los dados están totalmente cargados. Tenemos como antecedente, todo el ventajismo de 2017, cuando mediante argucias del CNE se eliminó el secreto del voto.

¿Votar o no votar? ¿Qué cree usted?

Ese dilema me remite a lo que ocurrió tanto en 1952 como en 1957. La dictadura, en 1952, todavía tenía atisbos de apertura. Convoca a elecciones. La oposición gana. Pero el gobierno hace fraude. ¿Valió la pena participar? En tanto el objetivo era demostrar que la oposición era mayoría, la respuesta es sí. ¿Qué ocurrió en 1957? La dictadura convirtió la posible elección en un plebiscito, además impuso condiciones realmente inaceptables, tanto que hubo un consenso entre los partidos opositores de no presentarse a esa elección. Lo que quiero decir es que en este momento, si la oposición participa, como forma de protesta y movilización, sabiendo que los van a perseguir, que le van a hacer fraude, debe considerarlo sin tabúes. Pero si cree que va a legitimar, de principio a fin, un fraude, creo que no debería ceder ante las presiones de quienes dicen que hay que participar a toda costa.

Todo esto ocurre en medio del confinamiento y de la incertidumbre que ha generado la escasez de combustible. ¿No deberíamos trabajar con objetivos más modestos?

Lo que está pasando con la gasolina, por ejemplo, nos pone ante un dilema. La clase media que hasta ahora se ha resistido a sacar el carnet de la patria… ¿Ajá, te vas a seguir resistiendo o vas a pagar la gasolina en dólares? Es un paso más hacia el control total de la vida de todas las personas.

Podríamos decir, sin menoscabo a la verdad, que le hiperinflación se tragó a la clase media. Se trata de un sector de la población totalmente depauperado.

Aquí hay que decir algo, después que fracasa el intento de democratización en Checoslovaquia —la primavera de Praga, en 1968—, el gran esfuerzo del régimen comunista se orientó, con gran esfuerzo, a normalizar a la sociedad. Humillar, reprimir, someter a la gente aún más. A finales de los años 70 —cuando Václav Havel público su libro <<El poder de los sin poder>>, nadie se imaginaba, ni siquiera el propio Havel, que el régimen comunista se iba a derrumbar una década después. Lo que sí es importante es la actitud que se tenga. Que frente a la base del régimen, que es mentir para todo, y decir lo contrario a lo que es realidad, tratar de tener la visión de la verdad y no repetir las mentiras que vienen desde el régimen.

***

*Sociólogo, con maestría en Planificación (UCV)

Maduro sigue allí por Carlos Blanco – El Nacional – 3 de Junio 2020

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  1. 1. A pesar de todas las fuerzas nacionales e internacionales que se han empleado, el régimen sigue allí. ¿Más débil? ¿Comparado con qué? Sí, está más débil que lo que era en 2019. La voracidad de la crisis económica es mayor; la oferta de gasolina no tiene solución estructural; la presión de Estados Unidos se ha incrementado; la violencia ha tomado el país; el covid-19 es una realidad cuyo verdadero rostro dentro de Venezuela todavía no sabemos; la represión se ha extendido; y las instituciones están peor que nunca. Es un régimen que comparado consigo mismo es más frágil.
  2. Diferente es si se le compara con la oposición política. En este campo el régimen tiene mayor fortaleza relativa y mayor estabilidad, aunque esta sea como la que hay en un pent-house sacudido por un terremoto. La oposición de hoy no es ni la sombra de la de enero de 2019 y se ha debilitado por lo errático del interinato, a ratos comprometido con el fin del régimen –y hasta con la exploración de opciones militares– y a ratos con una negociación que ni sigue ni frena; con unos personajes que no representan a nadie que los autorice y dejando que se cuelen unas imprecisas elecciones.
  3. Hay otra dimensión del régimen que escapa a la disputa interna. El régimen venezolano ha logrado insertarse entre los factores estratégicos mundiales. Uno de sus aportes esenciales ha sido un espacio geográfico –el territorio venezolano– en el cual no solo hay manga ancha para el narcotráfico, el lavado de dinero y santuarios para grupos ilegales, sino que se ha clavado en el corazón del Caribe y en la puerta de América del Sur como centro de promoción de la agitación zurda internacional. Ya no es Cuba –aunque esté por detrás manejando los hilos– sino Venezuela el centro de la desestabilización.
  4. Hay quienes confían en que la crisis económica acabará con el régimen de Maduro y no pareciera, por lo que se observa, que será así, a menos que haya un incidente que dispare la tormenta vinculado a la carestía. De lo contrario, este proceso continuo en el cual hoy hay más hambre que ayer y menos que mañana, puede prolongarse. Este camino está lleno de gente que se desintegra física y moralmente, suicidios, padres que no comen y ven a sus hijos acostarse sin comer. Un día tras otro.
  5. Tampoco la solución vendrá de fuera. Cierto que solos no podemos, pero los de afuera solos tampoco podrán. El régimen de Maduro es una operación internacional que involucra a Cuba, Rusia, China, Irán, Turquía, Nicaragua, así como grupos irregulares que se despliegan en el territorio nacional. Solo una operación internacional que involucre a nuestros principales aliados –Estados Unidos, Colombia y Brasil– podrá enfrentarlos, pero en el itinerario de este proceso libertario tienen que estar una dirección política venezolana y no una comparsa de la voluntad externa. El equipo estratégico de Venezuela debe ser el punto focal de la alianza internacional.

¿Habrá guerra por los tanqueros iraníes? – Editorial El Nacional  – 19 de Mayo 2020

De acuerdo con las informaciones disponibles, entendemos que navegan hacia Venezuela varios tanqueros, que transportan la gasolina que el régimen de Nicolás Maduro ha comprado a precio de oro a los ayatolás iraníes. Algunos comentaristas especulan acerca de una posible confrontación con la Armada estadounidense en aguas caribeñas. Según tales conjeturas, Washington cerraría el paso a las embarcaciones enviadas por Teherán, las abordaría y quizás las confiscaría. Desde la capital iraní se escuchan entretanto advertencias, según las cuales, de concretarse las hipotéticas acciones norteamericanas, habrían “serias consecuencias”.

No creemos que Washington detenga los buques iraníes, pero de pronto nos equivocamos. Que sepamos, el gobierno de Trump no se ha pronunciado oficialmente al respecto. Es cierto, Washington no avisaría de su intención a menos que estuviese plenamente dispuesto a llevarla a cabo. En ese caso, el de una advertencia explícita, pensamos que Teherán debería tomarla muy en serio, sobre todo en vista de lo ocurrido con el general Qasem Soleimani en Bagdad el pasado 3 de enero. Todo indica que resulta aconsejable no desestimar las amenazas de Trump, pues cuando se hacen efectivas son letales.

Ahora bien, ¿tienen igual credibilidad las amenazas iraníes? El problema radica en la asimetría de los contrincantes y de lo que está en juego para ambos. En el escenario hipotético de una acción estadounidense contra los tanqueros en ruta hacia Venezuela, una también conjetural retaliación militar iraní tendría lugar probablemente en la zona del golfo Pérsico, contra la poderosa flota norteamericana que navega en esa región, o se desarrollaría en forma de ataques terroristas contra otros blancos norteamericanos en el Medio Oriente, por ejemplo. ¿Y entonces, cómo reaccionaría Washington? ¿Es factible una guerra de significativas dimensiones, producto de la gasolina que avanza hacia Venezuela? Pensamos que sí, en teoría, pero que ello es poco probable, por los momentos, en la práctica. En este sentido, conviene recalcar que la política de Estados Unidos hacia la dictadura madurista, por ahora, es de gradual asfixia económica y no de cerco total y permanente.

Con respecto a la gasolina adquirida a Teherán, deben tomarse en cuenta varios aspectos. Este tipo de operación no se repetirá, o a lo sumo pocas veces. El oro venezolano no es inagotable, las distancias entre Irán y Venezuela son enormes, y los propios ayatolás necesitan combustible para su gente, agobiada por el desastre económico generado por otra tiranía, tan delirante como ineficaz. La operación de transporte que ahora contemplamos nada tiene que ver, para citar un caso, con el puente aéreo que los aliados occidentales llevaron a cabo para alimentar a los berlineses, luego del bloqueo terrestre soviético a la ciudad en 1948-1949. Durante casi un año los occidentales llegaron a transportar por aire hasta 9.000 toneladas diarias o más de suministros, a razón de unos 900 vuelos cada 24 horas. No imaginamos a Irán, ni a nadie más, invirtiendo tan cuantiosos recursos y esfuerzos para que los organismos represivos de Maduro carguen sus tanques.

A pesar de todo lo dicho, los peligros que encierra este tipo de situaciones no deben menospreciarse. Las dificultades surgen de la incertidumbre, de los pasos en falso, del azar y los accidentes que son parte insoslayable de los eventos humanos, en particular cuando se trata de escenarios en los que desempeña un papel la amenaza de la violencia. De modo que ya veremos qué pasa. Lo que sí afirmamos con seguridad es que, de un lado, la gasolina que viene en camino no le resolverá al régimen venezolano sus gravísimos problemas, y de otro lado que lo mejor, en esta oportunidad, es que Washington actúe con prudencia. No merece la pena otra opción.

“A la oposición se le olvidó que lideraba una rebelión democrática y social” – Entrevista a Michael Penfold por Blanca Vera Azaf – Hispanopost – 10 de Mayo 2020

Michael Penfold le huye a la retórica, se niega al discurso apocalíptico, analiza en frío y a profundidad, pero sobre todo evita las visiones que califica de “infantiles” y que se centran en la lucha por alcanzar el poder y no de generar los cambios. Esto, en su opinión, ha fortalecido a Nicolás Maduro, quien gobierna en la práctica.

Egresado de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela y doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Columbia en Estados Unidos, ha dedicado gran parte de sus horas de estudio a entender el proceso político derivado del surgimiento del chavismo.

Destaca con pesar que la oposición venezolana se burocratizó cuando su principal figura, Juan Guaidó, prefirió usar corbata, caminar alfombras rojas y centrar su estrategia en la presión internacional. Sostiene su argumento señalando que todo el liderazgo logrado por la oposición se lo dio la gente al entender la necesidad de defender la institucionalidad democrática alrededor de la Asamblea Nacional, y esa fue una lucha interna en las calles venezolanas.

Le preocupa la retórica belicista de salidas exprés y aboga por la necesidad de recuperar un espacio de entendimiento que conduzca a la reinstitucionalización del país, a través de una fórmula que perfectamente puede ser la negociación impulsada por Noruega.

-En las últimas semanas el lenguaje político opositor y de Maduro se ha vuelto particularmente violento. Pareciera que hay una puja por demostrar quién puede hacerle más daño al otro. ¿Acaso murió el ejercicio político en Venezuela?

-Es evidente que el país enfrenta un deterioro económico, político y social tan pavoroso -cuyo origen está en una revolución que quiere aferrarse al poder a cualquier costo- que hace que la dinámica de supervivencia del régimen y la política de una parte importante de la oposición de promover un quiebre interno por la vía de la fuerza nos haya terminado llevando cada vez más cerca de una espiral de violencia política. Lo preocupante es que esa dinámica muy probablemente se mantenga por un tiempo, pues nadie tiene incentivos reales de abandonarla mientras este conflicto político continúe teniendo un carácter existencial y el país continúe en una dinámica de grandes ganadores y grandes perdedores.

El problema central que tiene Venezuela es que el régimen percibe que no tiene más opciones que resistir en el poder y que eso tiene menos riesgos que abandonarlo; y la oposición piensa que la única forma de lograr una transición democrática es por medio de crear capacidades que hagan que las amenazas sean creíbles o simplemente incrementando el costo de sostenerse a través de más sanciones.

Estamos viviendo literalmente una guerra de supervivencia política. El problema es que esa dinámica, cuya principal causa fue el desmontaje de toda la institucionalidad democrática del país y el haber cerrado las salidas constitucionales y electorales para sostener por la fuerza a la revolución, hizo que el costo social y económico de este proceso sea el mismo que el de un país con una guerra civil. El tema no es retórico.

El lenguaje político de guerra tiene consecuencias, y lo viven los venezolanos con una crisis humanitaria como nunca la ha tenido América Latina; y esa es quizás la peor herencia del chavismo, el haber concebido la política de esa forma. Todo o Nada. Amigo y Enemigo. Revolución o Muerte.

La oposición tampoco ha sabido responder adecuadamente frente a esa dinámica del lenguaje. Guaidó llegó donde lo hizo no solo por la presión internacional exclusivamente. Antes de que Guaidó ascendiera a la presidencia de la Asamblea Nacional, ya había mucha presión internacional, pero todos pensaban que la oposición venezolana estaba liquidada. Ese diciembre fue probablemente uno de las más tristes de la historia contemporánea.

Curiosamente, su sorpresivo ascenso en enero de 2019 se logró porque se había realizado un trabajo previo en el plano doméstico de muchos meses y contra grandes intereses políticos. Se cerró filas alrededor del pacto parlamentario, se logró enmarcar la crisis institucional alrededor de la falta de legitimidad de los comicios presidenciales de mayo de 2018, se logró denunciar el cerco institucional a la Asamblea Nacional y se movilizó a la sociedad para restaurar el orden constitucional y buscar una salida democrática. Solo luego vino el apoyo internacional. En el fondo, se trazó una línea política orientada a construir una coalición nacional por la democracia.

Sin embargo, muy pronto, ese objetivo fue sustituido por una estrategia de ambivalencia que se resume en “todas las opciones están sobre la mesa e incluso debajo de la mesa”, que subrepticiamente volvía a privilegiar lo internacional y la fuerza por encima de lo doméstico; lo cual le ha permitido a grupos avanzar con iniciativas que han sido muy problemáticas como la del puente Simón Bolívar o el 30 de abril o con la construcción de amenazas creíbles, como el TIAR, que han terminado siendo muy contraproducentes, o esta última exploración que hace quedar a grupos internos muy radicales, que parecieran operar incluso fuera del G4, explorando salidas insurreccionales financiadas quien sabe cómo.

Tampoco ha ayudado creerse en la práctica que se es un gobierno cuando no tienes de facto control sobre el territorio. A mí me parece que la imagen de Guaidó saltando una verja para entrar a la Asamblea Nacional es mucho más poderoso como político que un Guaidó en flux con una bandera de Venezuela luciendo como un presidente que en la práctica no existe o caminando por alfombras rojas por todo el mundo.

La oposición al aceptar ser gobierno se burocratizó, al ponerse a gastar se arriesgó a escándalos por corrupción, al no montarse sobre el tema humanitario se volcó sobre las sanciones, se olvidó que estaba liderando una rebelión democrática, y social y se montó en una retórica también muy belicista (de más sanciones, narcoestado e incluso intervención) auspiciada por diversos factores nacionales e internacionales.

Lo que quiero decir es simple: la oposición debe volver a construir su estrategia sobre sus verdaderas fortalezas y no sobre unas debilidades en las que nunca va a poder superar al régimen. Y esas fortalezas vienen dadas por la amplitud de una coalición política y social; por su capacidad de movilizar a la población para buscar una salida electoral; apuntalando la única institucionalidad democrática que queda en el país que es la Asamblea Nacional; conectándose socialmente con los problemas de la gente y las regiones; impulsando la legitimidad que tiene la demanda social de restaurar el orden constitucional y democrático y alineando a toda la comunidad internacional detrás de ese objetivo y no solamente fijando una política exterior perfectamente acorde con los intereses, muchas veces electorales, de Estados Unidos por más importante que ese apoyo pueda resultar.

-¿Qué tan popular y exitoso puede ser para la oposición y para Maduro centrar la diatriba política en enemigos y aliados externos?

-Yo creo que la pregunta es qué tanto interés tiene ese tipo de actores externos en resolver de una forma adecuada el problema venezolano. Y yo te diría que es interesante verlo de esa manera para comprender porque son relevantes para ambos en su diatriba. Te pongo dos ejemplos: Rusia y Estados Unidos. En el caso de Rusia, el conflicto venezolano lo ha beneficiado desde todo punto de vista. Nosotros en el fondo competimos con Rusia como país petrolero, lo cual hace un poco contradictorio verlo como un aliado permanente. En la práctica, Rusia se ha visto beneficiado por el simple hecho de que Venezuela salió casi por completo del mercado petrolero, debido al pésimo manejo de la industria y también de las sanciones impuestas por Estados Unidos e incluso se ha quedado con parte de su mercado.

Rusia tiene un interés muy claro en mantener la crisis venezolana y por eso ayuda a bypasear las sanciones, pero también accede a retirar a Rosneft cuando se ve muy asediado por las sanciones secundarias, pero tampoco hace nada para obligar un desenlace que permita resolver la situación. Mientras Venezuela siga con esta crisis ellos se benefician en el corto, mediano y largo plazo como el segundo país productor más grande en el mundo detrás de Arabia Saudita. En ese sentido, son muy útiles para el régimen como aliado para resistir, pero no para resolver en el largo plazo. La crisis venezolana también le permitió a Rusia debilitar a la OPEP y ampliar su influencia dentro de esa organización, en la que Venezuela antes era uno de los socios más importantes.

En el caso de Estados Unidos es diferente. Venezuela no tiene realmente ningún valor estratégico para ellos salvo por los temas de narcotráfico y por la influencia regional y en especial su competencia con China. Venezuela no tiene un valor estratégico como país petrolero, que lo tuvo y muy relevante, pero lo perdió frente a países como Canadá y a la mayor producción interna de los mismos Estados Unidos.

La decisión de Trump de colocar a Venezuela en un lugar muy alto en su agenda de política exterior obedece a otros factores: Obama había instrumentalizado la relación con Venezuela para favorecer el proceso de paz en Colombia y para negociar el acuerdo con Cuba, por lo que el asunto venezolano le permitía diferenciarse y, en segundo lugar, porque le ayuda mucho electoralmente en Florida y fortalece su relación con distintos senadores republicanos y también demócratas.

¿Le importa tener un triunfo político en Venezuela? Ciertamente, en la medida en que lo ayude en Florida. Pero en Florida lo que ellos quieren percibir es que a Trump le importa resolver los temas de Cuba y Venezuela; pero eso no quiere decir que demanden una acción militar, sino que le basta ver que mantiene una posición de confrontación con Venezuela a través de más sanciones o acciones más focalizadas de otra naturaleza. Y eso pone a Cuba en una posición más defensiva frente a Venezuela, pues sabe que la tiene que proteger a toda costa.

En ese sentido, el único interés político de Estados Unidos es que salga Maduro. Eso sería una victoria. Su victoria no necesariamente es un triunfo en el sentido que eso pase por estabilizar institucional y políticamente al país. Idealmente, quisieran ambas. Pero no van a estabilizar a Venezuela pactando con algo que incluya a Maduro. Al menos no de aquí al momento electoral de finales de año en Estados Unidos.

El riesgo de tercerizar la política exterior de Venezuela, que en parte es lo que viene haciendo tanto el régimen como la oposición hacia este tipo de actores, es que los intereses de estos países no siempre van a coincidir con los nuestros.

-A casi dos meses de cuarentena en Venezuela ha sido imposible que Maduro y Guaidó hayan podido llegar ni siquiera a pequeños acuerdos humanitarios. ¿Esta lucha de poder está dejando de lado a los venezolanos más vulnerables?

-Indudablemente. No hay forma de justificar moralmente que ambos no puedan ponerse de acuerdo en torno a unos mínimos para ayudar a una población que ya ha sufrido innecesariamente. Entiendo que hay grupos que han estado trabajando muy activamente en una especie de tregua humanitaria para permitir la entrada de apoyo internacional y darles mayor espacio a las organizaciones de la sociedad civil a fin de atender el problema sanitario pero también el alimentario. Quizás ahí se pueda iniciar algo que posteriormente ayude políticamente. Me parece que diversos grupos muy heterogéneos han estado impulsando iniciativas muy interesantes. También es importante que ambos dejen a la comunidad científica, médica, farmacéutica y tecnológica asumir el liderazgo en las recomendaciones de cómo seguir abordando los temas de la pandemia. Hay muchas cosas que se pueden hacer.

-La propuesta de gobierno de transición impulsada por Estados Unidos se centra en una salida política en la que no queda claro el papel de la reinstitucionalización. De hecho, ni se nombra. ¿Es ese un talón de Aquiles?

-Yo leo esa propuesta de la siguiente manera. Primero, tiene el visto bueno tanto de Estados Unidos como de la oposición en su conjunto. En ese sentido está bien coordinada y busca un quiebre interno en el chavismo. Sin embargo, dudo mucho que lo logre por diferentes razones, entre ellas, que ese anuncio vino acompañado de los “indictments” y de la movilización militar en el Caribe, que son acciones que más bien cohesionan al chavismo y a los militares. Y en ese sentido es muy contradictorio, pero muy consistente con el lema de todas las cartas están sobre la mesa.

Debido a ello, ni el chavismo ni los militares confían realmente en que tienen verdaderas garantías por parte de Estados Unidos, quienes siguen privilegiando el uso del garrote, y hace por lo tanto que chavistas y militares decidan mantenerse donde están.

En segundo lugar, el hecho de que hablen de una salida negociada me parece positivo, pero yo pienso que es poco realista pensar que vas a tener una negociación sin Maduro. En el fondo la oferta es la siguiente: el chavismo remueve o convence a Maduro que salga del poder, controla la transición con algunas figuras opositoras a través de un Consejo de Estado (que es una figura constitucional de difícil interpretación para ese papel), mantiene intacta a las Fuerzas Armadas y es posteriormente cuando se negocian los términos de la transición para, eventualmente, convocar a elecciones.

El mayor avance aquí es que Estados Unidos es muy claro en la secuencia de eventos para desmontar las sanciones tanto económicas como individuales y acceder a ayuda de los multilaterales. El problema es que esa secuencia de eventos es más un deseo que cualquier otra cosa.

En este sentido, la propuesta es muy problemática a mi juicio por otra serie de elementos. Asume que Maduro no es una parte del chavismo. Y creo que eso es difícil en la práctica traducir en acciones concretas, pues Maduro existe en el chavismo así haya mucho descontento dentro de sus filas con su talante y su desempeño.

De modo que la idea que existe una negociación sin Maduro, después de tantos errores y en un momento en que el chavismo se percibe fortalecido a pesar de la crisis económica y social, es un tanto utópico. Tampoco ayuda que los “indictments” hacen que la negociación cambie completamente y obliga incluso, tal como ocurrió con las FARC en Colombia, a que la negociación tenga que ser previa, pues se necesita amarrar todas las garantías -tanto constitucionales como legales- antes de si quiera entrar en la transición.

Con esas acciones, ningún factor de poder dentro del chavismo ni dentro del mundo militar va a aceptar nada sin haber amarrado todo previamente. Incluso, aquellos que nunca han estado de acuerdo con la idea de la negociación, con esta propuesta de Estados Unidos y con la activación de los “indictments”, van a tener que aceptar que la única salida es negociada. Y en esa negociación, las garantías, es decir, el tema institucional pasa a ser central.

-¿Cuál es la razón por la que se habla tanto de cese de la usurpación, cambio de gobierno y elecciones libres, pero no de una estrategia plausible que priorice a las instituciones como vía del rescate democrático?

-Idealmente eso podría funcionar, pero lamentablemente los sueños no empreñan. ¿Por qué habría el chavismo de remover del poder a otro chavista y compartir el poder con la oposición y otorgarle unas instituciones electorales que les permitan ganarles unas elecciones y luego barrerlos políticamente? La oposición tiene que poder presionar y tratar de obtener las concesiones suficientes para garantizar unas elecciones competitivas, pero es difícil pensar que eso lo va a obtener sin entregar concesiones y garantías muy importantes y que eso lo vaya a poder lograr sin pelear ella misma por esas condiciones.

La realidad es que en Venezuela no quedan instituciones y que el sistema electoral venezolano está completamente destruido en cuanto a su credibilidad y muy debilitado en cuanto a su infraestructura. Pero eso no quiere decir que ese no sea el centro de una estrategia unitaria. Maduro quiere unas elecciones parlamentarias, y la verdad es que tocan, pero esas elecciones son una oportunidad para abrir una negociación, que evidentemente el chavismo no quiere, sobre el tema de las garantías institucionales y las mismas elecciones presidenciales. Ese era el centro de la discusión en Oslo y creo que era la discusión correcta. Lamentablemente ese proceso fue bombardeado por distintos grupos, pero toca retomarla.

-Hay quienes señalan que Nicolás Maduro no tiene suficientes incentivos para negociar, pero las dificultades económicas son enormes a lo que se añade la escasez de combustible. Hay quienes apuestan que esto impulsara su salida y otros piensan que más bien se perpetuará. ¿No llegó el momento de comenzar a ver soluciones a la crisis desde otra perspectiva?

-La verdad es que las soluciones a la situación económica y social de los venezolanos tiene básicamente tres requerimientos: acceso a financiamiento masivo por parte de los multilaterales, la ejecución de un plan que permita retomar el crecimiento y acciones inmediatas para restablecer los servicios públicos básicos. De modo que no hay muchas alternativas. Y satisfacer esos tres requerimientos va a depender de la posibilidad de remover las sanciones internacionales, reconstruir el sector petrolero, impulsar la actividad privada y atender la emergencia social. Pero nada de eso se puede dar sin que el país resuelva su problema institucional, que en el fondo es una grave crisis de gobernabilidad y de libertades.

Dada esa realidad, ¿tiene Maduro incentivos para negociar? Yo pienso que no la tiene en el sentido de buscar acuerdos integrales, pero sí puede tener incentivos para acuerdos incrementales que lamentablemente no van a resolver ninguno de los problemas estructurales del país.

Maduro hoy se siente más fuerte y el chavismo rara vez negocia en un momento de fortaleza.  En ese sentido, Maduro va a buscar acuerdos parciales como lo puede ser un acuerdo humanitario, las elecciones parlamentarias, el Consejo Nacional Electoral y lo tratará de hacer puntualmente. Pero nada de eso va a resolver el tema de las sanciones ni la escasez de gasolina ni va a permitir reactivar económicamente al país ni atender integralmente la emergencia social.

Yo creo que Maduro va a esperar también a los resultados de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. Mientras tanto resistirán. Sin embargo, no hay duda de que la situación externa -y en especial las sanciones- los obliga a explorar seriamente algunas soluciones. El tema está en que el chavismo muy pronto hará una propuesta similar a la de Estados Unidos, pero a la inversa: descabecen a Guaidó de la Asamblea Nacional y hagamos una transición a la medida con una parte de la oposición. Y eso tampoco va a volar como no voló con la mesita, que era un mal chiste, ni funcionó tampoco con la Asamblea ilegítima de Parra.

En el fondo aquí hay combinación de gula por el poder, muy propia del chavismo, y de infantilismo político, muy propio de un sector opositor relevante, que impide aceptar lo inevitable:  retomar las negociaciones con el apoyo de Noruega para buscar una solución integral.  Mientras tanto el costo social de esa dinámica política continuará siendo extremadamente alta.

-Hasta el momento el gobierno interino de Juan Guaidó basa su legitimidad, fortaleza, y liderazgo en el gobierno de Estados Unidos, pero ¿qué pasaría si Donald Trump pierde las elecciones presidenciales?

-La política de Estados Unidos hacia Venezuela es bipartidista, aunque hay distintos bemoles en cómo se debe resolver el problema. Ya Biden ha dicho abiertamente que si gana va a retomar el acuerdo de Obama con Cuba y va a centrar su política hacia Venezuela, sin necesariamente eliminar las sanciones, en tratar de buscar una salida electoral que permita restaurar el funcionamiento del Estado de Derecho. Eso se traduce en que probablemente Estados Unidos esté más dispuesto a alinearse con Europa y con otros países latinoamericanos en buscar una solución más política. Pienso que Biden también va a instrumentalizar la apertura a Cuba a cambio de una salida democrática en el país. Sin embargo, Biden no creo que vaya a bajar la guardia en cuanto a su interés por el tema venezolano ni va a bajar necesariamente la presión externa.

 

 

Los bulos del Kremlin sobre una inminente guerra por Venezuela por David Alandete – ABC – 7 de Mayo 2020

Medios pagados por Rusia alertan de una guerra con las fuerzas armadas de EE.UU.

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En el universo paralelo de la desinformación en español financiada directamente por el Kremlin, hay una guerra en ciernes en el Caribe. Una serie de diarios digitales creados por Moscú han publicado informaciones dudosas como que «Rusia está lista para romper el bloqueo de Venezuela con sus buques de guerra» o que «las tropas rusas capturaron a mercenarios estadounidenses» en un frustrado intento de invasión ocurrido el domingo. Esas afirmaciones, poco creíbles, llegan después del éxito de la campaña de máxima presión de la Casa Blanca para cortar el suministro de petróleo venezolano a la empresa pública rusa Rosneft y después del despliegue en el Caribe de buques de guerra estadounidenses contra el narcotráfico procedente de Venezuela.

Tras una llamada el mes pasado entre Nicolás Maduro y el presidente ruso, Vladímir Putin, el sitio web Avia.pro, que según el ‘think tank’ The Atlantic Council recibe dinero del Kremlin, publicó una nota en la que alertaba de toda una campaña militar defensiva rusa frente a las cosas de Venezuela en caso de que EE.UU. procediera a un bloqueo naval. Dice la nota: «Como se desprende de datos proporcionados por las autoridades venezolanas, Rusia está dispuesta a proporcionar a la República Bolivariana apoyo y asistencia necesarios si EE.UU. quiere organizar un bloqueo marítimo de este país. Dada la lejanía de Rusia desde Venezuela, los expertos no excluyen que Moscú pueda enviar su flota a la región, además, estamos hablando no solo de buques de guerra, sino también de submarinos».

Bloqueo naval

En la Casa Blanca se estudia desde hace tiempo la posibilidad de someter a Venezuela a un bloqueo naval completo para aislar al régimen después de varias rondas de sanciones y un embargo casi integral al crudo de ese país. Así lo dijo a principios de año un alto funcionario de la Administración estadounidense a ABC. Después, el propio Donald Trump anunció un despliegue militar sin precedentes en el Caribe, cuyo objeto es cortar el suministro de droga hacia EE.UU. por medio de Centroamérica y México. Ese dispositivo militar sigue en pie, y recientemente ha sido reforzado.

Aislado, el régimen de Maduro ha estrechado sus lazos con Irán, otro socio preferente de Rusia. Y aunque Rusia tuvo que abandonar el negocio del crudo venezolano tras ser sancionada dos veces por ello por parte de EE.UU., el Kremlin ha decidido intensificar su campaña de desinformación en apoyo de Maduro.

Desde el año pasado, Moscú ha enviado a decenas de uniformados y técnicos a Caracas, que han tenido un discreto papel en el mantenimiento y recalibración de un sistema de misiles de fabricación rusa, que el chavismo había dejado inservible. Desde entonces, poco más se había sabido del apoyo militar de Putin a Maduro, hasta que los medios de desinformación del Kremlin publicaron esa semana que el intento de invasión de un puñado de mercenarios, el domingo, fue frustrado en parte por soldados rusos. «El ejército estadounidense, que trató de organizar una toma del poder en Venezuela, podría ser capturado con la participación directa en la operación especial del ejército ruso» dice, de nuevo, el portal Avia, en una nota con miles de interacciones en redes sociales, como otras publicadas por ese medio.

 

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