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Delegación de Maduro no se rinde e intentará entrar al Parlamento Europeo este martes por Daniel Gómez – ALnavío – 26 de Noviembre 2019

“No entrarán”, afirma al diario ALnavío el eurodiputado venezolano Leopoldo López Gil. Después de que este lunes el Parlamento Europeo cerrara las puertas a la delegación de Nicolás Maduro a Estrasburgo, estos probarán suerte de nuevo. Aunque en la agenda de la Eurocámara para este martes no hay ningún espacio para ellos.
La delegación de Maduro se aloja en un buen hotel de Estrasburgo / Foto: Pixabay
La delegación de Maduro se aloja en un buen hotel de Estrasburgo / Foto: Pixabay

El eurodiputado venezolano Leopoldo López Gil no descarta que la delegación de la Mesa de Diálogo Nacional (compuesta por un diputado de Nicolás Maduro y miembros de la oposición minoritaria de Venezuela) sea recibida por algún representante del Parlamento Europeo. López Gil señala concretamente al Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria, donde están los diputados de PodemosIzquierda Unida y Bildu.

“Es posible que los reciban, pero no a título de delegación”, declaró al diario ALnavío.

El eurodiputado explicó que los principales grupos del parlamento han mostrado compromiso y simpatía con la causa. La causa de que los enviados de Nicolás Maduro no participen en las sesiones, ni en las comisiones de la Eurocámara.

El eurodiputado explicó que los principales grupos del parlamento han mostrado compromiso y simpatía con la causa. La causa de que los enviados de Nicolás Maduro no participen en las sesiones, ni en las comisiones de la Eurocámara.

“Sería un contrasentido si lo hacen”, apuntó López Gil.

Y sería un contrasentido porque ni las instituciones ni los 28 países de la Unión Europea reconocen a Maduro como presidente legítimo por el fraude electoral de mayo de 2018.

López Gil afirma que la delegación de Maduro volverá a probar suerte este martes ya que el lunes le cerraron las puertas. Como informó este lunes ALnavío, tanto los populares europeos, grupo al que pertenece López Gil, como los liberales, en el que figura Ciudadanos, se estuvieron moviendo para que no tuvieran ni siquiera acceso al hemiciclo.

Ante la intentona de este martes López Gil es taxativo y dice: “No entrarán”.

La delegación de Maduro la conforman el diputado chavista Francisco Torrealba, del PSUV; la diputada Melva Paredes, de CambiemosRafael Marín, de Soluciones para VenezuelaDaniel Santolo, dirigente de Avanzada ProgresistaSegundo Meléndez, presidente del Movimiento al Socialismo; y Javier Bertucci, de Esperanza por el Cambio y candidato presidencial en las fraudulentas elecciones de mayo de 2018.

Esta delegación se está alojando en “un buen hotel” de Estrasburgo. Este martes es su último día en la ciudad. Su gira termina en el Vaticano. Se sabe que los enviados de Maduro también intentaron reunirse con altos funcionarios del gobierno de Pedro Sánchez, pero estos, también por coherencia, se negaron.

Este lunes, Julio Borges, el canciller del presidente encargado, Juan Guaidó, envió cartas a Estrasburgo y al Vaticano para alertar de la gira “de la falsa oposición a Europa”. Los principales partidos de Venezuela son Primero JusticiaVoluntad PopularAcción Democrática y Un Nuevo Tiempo y ninguno está representado en la delegación de Maduro.

Dos universos paralelos: Bolivia y Venezuela por Fernando Mires – Blog Polis – 14 de Noviembre 2019

1 . Los hechos que llevaron a la caída de Evo Morales son conocidos. La pregunta no respondida es, sin embargo, la siguiente: ¿cómo explicar que un gobernante que gozaba del apoyo electoral de la mayoría de la nación hubiera debido huir hacia al exilio como un Somoza cualquiera, más aún después de haber realizado una gestión económica que, de acuerdo a los números, ha sido calificada como exitosa aún por sus peores enemigos?
Hubo por cierto una decisión militar, policial primero, de no apoyar con armas la permanencia de Morales, decisión a la que fue agregada una petición de renuncia hecha por el general en jefe del ejército. Surgió como resultado de tres semanas de resistencia tenaz de parte de la ciudadanía opositora frente al fraude cometido por Morales y el MAS. Una resistencia que partió desde las provincias hasta alcanzar a La Paz.

El reconocimiento del fraude por la OEA solo fue la gota de agua que colmó el vaso. No la causa del levantamiento popular. La petición de renuncia hecha por el ejército fue a su vez un simple corolario. Ni el resultado de la consultoría de la OEA, ni la decisión militar, determinaron la sublevación popular, sino todo lo contrario: fue esta última la que llevó a a actuar a la OEA y a los militares a solicitar la renuncia de Morales. Ese y no otro es el orden de los factores de ese producto histórico llamado “caída de Evo Morales”.
En términos sociales, Morales, por muy descarado que hubiese sido el fraude, mantenía por lo menos un 45% de apoyo popular. Pero en términos jurídicos ya se había alejado de la legalidad. Y en términos políticos había perdido definitivamente su legitimidad. De haberse mantenido en el gobierno después del dictamen de la OEA, habría debido ejercer su presidencia mediante la utilización de la fuerza militar. A lo Maduro.
Probablemente, avistando el futuro nada promisorio que les aguardaba, las fuerzas armadas decidieron negar su apoyo a un presidente devenido inconstitucional. Desconocimiento que ocurrió como consecuencia de una imponente resistencia democrática, popular y constitucional. En ese sentido afirmamos: en Bolivia no hubo golpe militar. Por lo menos no en el exacto sentido del término. Hubo eso sí, intervención militar. La diferencia no es una sutileza: Un golpe militar ocurre cuando el ejército destituye a un gobernante constitucional. Una intervención militar ocurre en cambio cuando el ejército se hace parte de una protesta constitucional en contra de un gobernante anti-constitucional.
Antes de que la consultoría de la OEA emitiera su fallo, la exigencia máxima de Carlos Mesa, candidato opositor con el mayor número de votos, era la repetición de las elecciones. Pero después del fallo de la OEA quedó claro para todo el mundo, incluyendo a los militares, que un presidente anti-constitucional no podía continuar ejerciendo el mando y mucho menos, ser reelegido. Es decir, el ejército debía enfrentar la disyuntiva de, o ponerse al servicio de un presidente anti-constitucional o ser fiel a la Constitución a la que una vez juró obedecer. Desde esa perspectiva la intervención de las Fuerzas Armadas, tanto en la letra como en la forma, fue constitucional. Y no hay golpes de estado constitucionales. Obvio.
Ojo: no estamos hablando de una rebelión militar en contra de un mal gobierno como ha ocurrido continuamente en América Latina. Tampoco de un golpe motivado por razones ideológicas o geopolíticas como los que tuvieron lugar en los años setenta en países como Argentina y Chile. Ni siquiera como consecuencia de una corrupción generalizada, como suele suceder en otras zonas del planeta. La intervención militar boliviana fue hecha simplemente en defensa de la Constitución avasallada por Evo Morales y los suyos. Más todavía: en contra del crimen más grande que puede cometer un gobierno sus ciudadanos: el robo del voto.
Un presidente que delinque, que corrompe o es corrompido, atenta contra la moral cívica y las leyes. Pero un presidente que roba votos expropia al pueblo de su condición ciudadana. Pues sin el derecho a elegir libremente a nuestros gobernantes, no somos ciudadanos (pueblo políticamente constituido) Somos simplemente masa informe puesta a disposición de las decisiones de quienes detentan el poder.
2.
La actitud constitucional del ejército boliviano es según analistas venezolanos la diferencia fundamental con el ejército de su país. Este último se habría puesto al servicio no de la Constitución sino de las decisiones anticonstitucionales del régimen. Esa es la razón, opinan, por la cual el caso venezolano no puede ser comparado con el boliviano. Venezuela, según esa versión, sería un caso excepcional y único. Dicha opinión merece ser relativizada.
Partiendo de una premisa elemental: desde un punto de vista cognitivo es imposible pensar sin comparar. El conocimiento humano es siempre comparativo. Pues comparar no significa igualar. Por eso la igualación de dos hechos recibe el nombre de analogía. Comparar significa en cambio, establecer una lista de similitudes y diferencias entre dos objetos, o hechos o procesos. Visto así, una comparación entre el comportamiento de los militares bolivianos y los venezolanos es perfectamente posible. Y de hecho, pareciera que estamos frente a dos ejércitos muy diferentes. ¿Es cierto eso? No, no es cierto.

Mi tesis: El ejército boliviano no es muy diferente al venezolanoHay que tener en cuenta que durante 16 años bajo Morales, el ejército boliviano mantuvo una actitud leal al gobierno. No hay que olvidar tampoco que Evo Morales, por convicción y doctrina, pertenece a la misma familia autocrática de Putin, Erdogan, Lukashensko, Chávez-Maduro, Ortega, Díaz-Canel, todos abiertos y radicales enemigos de la democracia liberal. Entre esos gobiernos ha habido intensa comunicación económica, tecnológica, política. Es perfectamente posible suponer entonces que en el plano militar ha ocurrido lo mismo. Vale decir, el ejército boliviano ha sido sometido a las mismas influencias externas que el venezolano. Más todavía: ni siquiera cuando Morales violando el referéndum por el mismo ordenado (y con ello a la Constitución) se supo de alguna reacción de las instituciones armadas en contra de Evo. En fin, nadie puede afirmar que Morales ha gobernado 16 años con un ejército hostil a su gobierno o a su persona. Más bien ha sucedido lo contrario.
¿Dónde reside entonces la diferencia con respecto al caso venezolano? No en la estructura ni en la ideología del ejército sino en el contexto político que se ha dado en la relación ejército – oposición.
Para formular el problema con cierto cuidado: si bien el ejército boliviano no incurrió en rupturas constitucionales, la oposición, aunque no más fuese debido a sus propias inferioridades numéricas, tampoco lo ha hecho.
Los enfrentamientos entre oposición y ejército han sido mínimos en Bolivia. En Venezuela (y Nicaragua) en cambio, han sido continuos, cruentos, luctuosos. Esa es, a nuestro juicio, la diferencia principal. Mientras en Venezuela tanto oposición como ejército han incurrido en rupturas constitucionales, en Bolivia ambas instancias han actuado dentro de un marco constitucional. Afirmación que parecerá inadmisible a muchos enemigos de Maduro quienes creen, o necesitan creer, que el ejército es muy malo y ellos son muy buenos. No obstante, los hechos hablan por sí solos.
De modo suscinto: dentro de la oposición boliviana nunca logró imponerse una postura insureccional (por definición anti-constitucional). En Venezuela, en cambio, la postura insurreccional, incluso golpista, ha alcanzado hegemonía en distintos periodos. La alcanzó el 2002 con el “carmonazo”, el 2005 con el abstencionismo electoral, el 2014 con la “salida” comandada por el trío extremista: Ledezma, López, Machado, cuyo declarado propósito era derrocar a Maduro mediante una insurreción a la cual deberían plegarse los militares. La alcanzó en las “marchas sin retorno” del 2017. En la supuesta abstención activa del 2018 que seguiría a la capitulación electoral del 20-M. Pero sobre todo la alcanzó en el momento en que Leopoldo López, por intermedio de Guaidó, impuso una triada según la cual la lucha electoral estaría subordinada a un supuesto “cese de la usurpación” con una también supuesta participación del ejército, empresa que fracasaría en la debacle del 30-A.

La diferencia entre Bolivia y Venezuela no reside, en consecuencias, entre dos tipos de ejércitos sino entre las dos oposiciones que han debido enfrentar ambos ejércitos. Afirmación que no es una loa al ejército ni tampoco a la oposición boliviana. Se trata de una simple constatación. En Venezuela, a diferencias de Bolivia, ejército y oposición se han retroalimentado al margen de la constitución y las leyes. O dicho así: en Bolivia, la práctica política, con todos sus elementos dialógicos, llegó a imponerse durante Evo. Para poner un ejemplo: un Carlos Mesa, encargado por el gobierno de Morales para que coordinara los litigios marítimos con Chile, habría sido en Venezuela una imposibilidad absoluta. Hecho que demuestra como entre gobierno y oposición existía una suerte de pacto político no escrito. Y bien, ese pacto fue roto por Evo Morales cuando primero desconoció el plebiscito y cuando, segundo, robó los votos de las elecciones presidenciales. Solo en ese momento, obligada por las circunstancias, la oposición boliviana optó por la vía insurreccional. Pero una insurrección, nótese, nacida en defensa de las elecciones y por eso mismo, de la Constitución.
Nadie podrá acusar a la oposición boliviana haber desconocido las reglas del juego político. Incluso, cuando Morales violó el plebiscito, nadie podría haberla criticado si en lugar de participar hubiese elegido el camino de la abstención. De hecho, no pocos políticos jugaron con la idea de la abstención. ¿No significaba la participación legitimar no solo a Evo sino al mismo robo del plebiscito? Desde un punto de vista puramente moralista, sí. Y no por por último debe haber surgido la pregunta existencial: ¿Valía la pena participar en contra de un gobierno que no solo tenía asegurada la mayoría sino, como lo había ya probado con el plebiscito, dispuesto a desconocer los resultados electorales en caso de que estos no le fuesen favorables? La respuesta fue positiva: si la oposición no hubiese participado en las elecciones no habría habido fraude, sin fraude Morales estaría ahora gobernando, apoyado por su pueblo y por sus militares.
La discusión entre y al interior de los partidos bolivianos debe haber sido muy intensa. Quizás en ese momento se miraron en el espejo venezolano: “¿vamos a hacer lo mismo que esa oposición que, aún siendo mayoría, decidió abstenerse para después reclamar fraude en elecciones en las cuales no había participado?”
Sin tener candidato único, no solamente divididos sino fragmentados en nueve candidaturas, la oposición boliviana decidió participar. Su divisa fue: “si hay que romper el pacto constitucional, que lo rompan ellos, los del régimen, no nosotros”. Y eligió el camino correcto, lo prueban los hechos.
Vendrán nuevos capítulos en esta historia siempre inconclusa: Evo Morales se ha ido del país representando a una mayoría relativa. Las divisiones inter-opositoras han aflorado con fuerza después de la caída del autócrata. Ya emergen contradicciones entre los contingentes extremistas del fundamentalista Luis Fernando Camacho y del constitucionalista Carlos Mesa. El evomoralismo continuará siendo una fuerza política con la cual habrá que contar como enemiga e incluso como potencial aliada. La intervención militar en fin, a diferencia de los golpismos clásicos, no ha suprimido a la política en Bolivia. Todo lo contrario: esta continúa más viva que antes.
¿Y en Venezuela? Hasta el momento no se ve nada en su horizonte, con excepción de un líder que llama a salir a la calle cada cierto tiempo sin precisar las razones de su convocatoria. Nuevamente se escuchan voces abstencionistas dispuestas a regalar a Maduro la AN en nombre de un adelanto no- constitucional de unas elecciones presidenciales que nadie sabe como imponer. Las frases heroicas, altisonantes e incluso agresivas, no logran ocultar los pantanos en los cuales se hunde una oposición empeñada en hacer todo lo contrario a lo que debía y podía hacer.
En Bolivia, con la resistencia al fraude triunfó la política por sobre la anti-política. En Venezuela todavía no.

Votar por opositores funcionales en dictadura electoralista es votar por el dictador por Carlos Sánchez Berzaín – Infobae – 18 de Agosto 2019

Las dictaduras delincuencia organizada transnacional de las Américas que controlan Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua, son «dictaduras electoralistas». Realizan elecciones en las que se vota pero no se elije, pues están manipuladas para que los detentadores del poder lo retengan indefinida e impunemente.  Participan opositores que el régimen permite, con la función de legitimar la farsa, llevando al pueblo a la situación en la que al votar por opositores funcionales votan por la permanencia del dictador.

Las dictaduras castrochavistas de Cuba, Venezuela, Bolivia y Nicaragua son además dictaduras electoralistas porque son regímenes que «por la fuerza o la violencia concentran todo el poder político en una persona o en un grupo, reprimen los derechos humanos y las libertades fundamentales y utilizan las elecciones como medio de simulación y propaganda para mantenerse en el poder»,  con el sofisma de revolución o movimiento popular.

El castrochavismo reduce su falsificación de democracia a manipular elecciones que no son libres ni justas, ni respetan el voto universal como expresión de la soberanía popular. Buscan legitimidad democrática por suplantar la voluntad popular en procesos electorales que son una cadena de delitos, mientras violan los derechos humanos, mantienen presos y exiliados políticos, sin estado de derecho y sin división ni independencia de los órganos del poder publico.

Los crímenes de las dictaduras castrochavistas en materia electoral son denunciados y están en evidencia desde hace muchos años, pero inexplicablemente el Secretario General de la Organización de Estados Americanos Luis Almagro reconoce como democracias a Nicaragua y Bolivia, incurriendo en el doble estándar ya que por las mismas condiciones ha calificado correctamente -luego de cuatro informes- como «dictadura total a Venezuela» y declarado públicamente como «dictadura jinetera a Cuba».

Que en las dictaduras electoralistas se vota pero no se elije, está demostrado por procesos electorales preparados solo para que el dictador y su régimen permanezcan en el poder. Pueden ser «candidatos de oposición» los que el régimen permite, pues muchos potenciales candidatos, líderes democráticos y cívicos son presos políticos, están exiliados o son inhabilitados, quedando los que pactan o aceptan ser «candidatos funcionales» que hemos definido como «opositores de mentira», aceptados y «autorizados por la dictadura que los diseña y organiza atendiendo la facilidad, utilidad y comodidad de su empleo».

El éxito de la oposición venezolana para poner en evidencia la dictadura castrochavista de Nicolás Maduro en las elecciones de Mayo de 2018 y luego probar la condición de «usurpador» del dictador consistió en no participar de tales elecciones. El dictador manipuló candidatos funcionales pero los crímenes fueron tan públicos y notorios que hoy cerca de sesenta países han desconocido al usurpador Maduro y reconocen como Presidente de Venezuela a Juan Guaidó.

Si la oposición venezolana hubiera participado de las elecciones de Mayo de 2018, hoy Maduro estría posesionado para un nuevo mandato legitimado por  la presencia en las elecciones de una oposición que además habría sido derrotada a puro uso de fraude electoral, como en anteriores elecciones. La no participación es no complicidad, es no legitimación y ha permitido a Venezuela avanzar muy cerca de terminar con la usurpación de la dictadura electoralista de Maduro.

En dictadura electoralista lo que se diputa con el régimen no es la legalidad sino la legitimidad.  La legalidad dictatorial está toda construida, controlada y manipulada por el régimen que hace y cambia sus «leyes infames» a su conveniencia y las aplica a mansalva con sus jueces y tribunales prevaricadores.  La legitimidad es «lo lícito, lo justo, cierto genuino y verdadero en cualquier línea», lo permitido según la justicia y la razón. Las dictaduras electoralistas se legitiman con la participación de opositores funcionales. Sin candidatos opositores no hay legitimidad.

En este escenario, los votantes que convencidos de la falta de democracia y de la existencia de dictadura terminan siendo convencidos que votar por un candidato opositor debilita al dictador, cuando lo que en verdad hacen es legitimar al dictador, porque en una dictadura electoralista votar por un opositor, por cualquier opositor funcional es lo mismo que votar por el dictador, ya que cumple el objetivo estratégico que busca la dictadura.

 

Carta abierta de Hugo Carvajal sobre fraude electoral – 21 de Mayo 2019

El hombre que siempre denunció el fraude electoral por Agustín Rodríguez Weil – Revista Ojo – 19 de Marzo 2019

No son pocos los que vinculan la historia de Alfredo Weil con la del mito de Casandra. La leyenda cuenta que la sacerdotisa de Apolo previó la caída de Troya en la guerra milenaria; sin embargo, nadie dio crédito a sus palabras, hasta que finalmente la ciudad cedió. Con el experto electoral la historia arroja su propio juicio: cuando él hablaba de fraude le acusaron de “divisionista”. Hoy, el Sistema Electoral no goza de credibilidad alguna y poco a poco aparecen los que no dudan al certificar que el tiempo le dio la razón al especialista que dejó este mundo a los 75 años de edad.

Cuando en el año 2004 se incorporaron las máquinas electrónicas de votación, con motivo del referéndum revocatorio, Alfredo Weil Reyna se opuso gallardamente. En ese momento apareció el enemigo más firme que ha tenido el nuevo entramado electoral, un sistema que ha servido para encubrir una de las facetas más oscuras de la dictadura venezolana. Este científico electoral difundió a los cuatro vientos las fallas y los engaños del sistema, pese a que la mayoría le hizo caso omiso, unos por desinformación, otros por desinterés y otros tantos por conveniencia.

Sin embargo, cuando Alfredo Weil hablaba en foros, reuniones y en otros espacios en los que se abordaba la materia, era una voz autorizada y muy respetada; por eso los demás estaban obligados a escuchar sus planteamientos. En los albores de la vilipendiada y ahora extrañada cuarta república, había desempeñado una trayectoria de militancia en la Universidad Central y en el Partido COPEI, además de ser parte por 12 años de un Consejo Supremo Electoral que gozaba de una gran reputación internacional, puesto que la transparencia no era la excepción sino la regla.

Siendo un técnico avezado y rector en tiempos en los que Rafael Caldera se imponía en el fiero juego político, Weil sorprendía con su calma en la resolución de contiendas electorales; tan diferente a la lengua viperina que puede aparecer en cada alocución de la actual Tibisay Lucena. Sin duda eran otros tiempos y otros estilos.

Para 2004, Weil denunció el crecimiento inconsistente del padrón electoral, las auditorías que no auditaban y la irrupción de un sistema electoral que rompía con el secretismo que demanda un sufragio. Organizó a expertos en la materia bajo la plataforma de ESDATA (junto con María Mercedes Febres Cordero, Bruno Egloff, Horacio Velasco, Humberto Villalobos, Isbelia Martin, Freddy Malpica, Gustavo Delfino y Guillermo Salas), reunió material, publicó libros informativos y se dedicó a dar cientos de charlas para convencer. Se volvió incómodo para muchos, incluso para sectores de la oposición que vilipendiaron su trabajo para sostenerse en el juego político.

Hablar de fraude era un tabú y Alfredo Weil luchaba contra la corriente.  Pese a todo, hubo quienes lo escucharon con atención y le creyeron; por eso fue entrevistado en diversas oportunidades. Las opiniones allí reflejadas deben convertirse en documentos históricos, cuando en un futuro se estudien las inconsistencias de la trampa electoral. Llama particularmente la atención la entrevista que le hizo la conocida periodista Nitu Pérez Osuna, la cual en el último momento no fue emitida por el canal Globovisión, en circunstancias extrañas.

Entre quienes sí lo escucharon destacaron Diego Arria, quien en las Primarias de 2013 usó los avances de ESDATA para diseñar su propia estrategia electoral; y María Corina Machado, quien sostuvo encuentros constantes con él para llevar a cabo el “Plan Cantaclaro”, en las elecciones que permitieron el triunfo de la actual Asamblea Nacional. Dicho Plan buscaba identificar con el sistema de ESDATA centros electorales claves para defender mesas que normalmente eran escamoteadas por la dictadura, pero que en realidad eran defendibles. El éxito fue rotundo, se apoyaron 51 candidatos a diputados, en lugares que usualmente se perdían, y se ganaron 41 escaños de esta forma. Entre ellos se benefició un joven, imberbe y sin la fama de otros ex dirigentes de la generación 2007, casi desconocido en el panorama político de ese entonces: un tal Juan Guaidó, electo en el estado Vargas.

Cantaclaro fue el trabajo que más influyó en darle la mayoría en el Hemiciclo a la oposición.

Salir del chavismo era la meta de vida de Alfredo Weil. Se lo puso entre ceja y ceja cuando, en 2004, su hija Irene María, quien viajó desde México para ejercer su derecho al voto, sufrió un trágico accidente en las carreteras del interior de Venezuela. Un mazazo demasiado duro para el padre amoroso de una familia cristiana. Sin embargo, pudo superar el impacto gracias al apoyo de su esposa, Irene; de sus hijos Patricia y Luis Jorge (“el hijo que nunca tuve”); y de sus hijas Carolina y Virginia junto a sus respectivos esposos, Alan y Javier.

El trabajo continuó, dando incluso cátedra en las redes sociales. Su cuenta de Twitter estuvo siempre identificada con una foto de su querida hija, Irene María, tras salir del centro de votación. En su cuenta todavía aparece un “hilo” de fecha 17 de febrero de 2017, el cual debe ser tomado para las elecciones transparentes que promete el Gobierno de transición que lidera Juan Guaidó:

  1. Hay que realizar una REFORMA CONSTIUCIONAL DEL SISTEMA ELECTORAL, para decidir: a. Reducir período a 4 o 5 años, b. Limitar la reelección a UNA SOLA VEZ (inmediata si es de 4 años o al culminar el siguiente período, si es de 5 años, c. Elegir al Vicepresidente de la República.
  2. Antes de nombrar a nuevos Rectores (dentro de un CNE totalmente viciado), designar una calificada Comisión Técnica que se encargue de evaluar integralmente el sistema electoral, en todos sus componentes, según indico en los siguientes hilos.
  3. Como 1ra tarea la Comisión Técnica debe auditar al R.E. y al SAIME. Verificar el estado de los archivos de Actas de Nacimiento, para tomar las medidas sancionatorias y de recuperación de información. De acuerdo al resultado decidir una reinscripción y una re cedulación.
  4. Debe removerse a todo funcionario incurso en deformaciones de nuestro sistema electoral, a nivel de Directiva, de unidades operativas, Juntas Electorales, Dirección de Registro e Informática y otras, Juntas Electorales Estadales, Distritales y Municipales.
  5. Se debe evaluar la Infraestructura Electoral (Centros de Votación) para reinsertar pequeños centros, donde el régimen hacía su “ingeniería electoral”, en Centros aledaños convencionales, debidamente depurados en su registro electoral. Allí fue donde robaron a Capriles el 2013.
  6. Sustituir el voto “automatizado” por el voto manual. La automatización ha dejado demasiadas sospechas que desnaturalizan la “voluntad popular” (la gente considera que su voto no es secreto y que los resultados se manipulan). Ver http://www.ESDATA.info.
  7. Alemania sentenció contra el voto electrónico con base en este axioma: “En la utilización de aparatos electorales electrónicos, el ciudadano debe poder controlar los pasos esenciales del acto electoral y el resultado de manera fiable y sin conocimientos técnicos especiales”.
  8. El sistema manual ha demostrado ser más eficiente y transparente que el automatizados (caso Colombia o Chile), y la tecnología se usó para difundir “en vivo” los resultados, sin apelar a la “irreversibilidad” del CNE, que mantiene en ascuas al pueblo hasta el amanecer.

Weil no se escondió nunca, dijo lo que tenía que decir y fue el primero en denunciar que existía fraude en Venezuela, algo que alguna vez fue tabú y hoy en día casi nadie pone en duda, ni siquiera políticos que lo renegaron recurrentemente. Hoy son miles los que lo despiden en las redes sociales. Cuando se confirmó su deceso el 14 de marzo de 2019, María Corina Machado escribió: “Hoy ha partido un gran hombre, gran ciudadano y mi gran amigo; Alfredo Weil. Cuánto luchó por liberar a su adorada Vzla. Cuánto lo vamos a necesitar para su reconstrucción. Desde el cielo su espíritu indoblegable seguirá con nosotros. A Irene, sus hijos y amigos mi abrazo infinito”.

César Pérez Vivas también se solidarizó: “Lamento el fallecimiento de mi amigo Alfredo WEIL, un venezolano y demócrata-cristiano a carta cabal. Bastión de la lucha por la democracia y firme defensor de la trasparencia electoral. Denunció y combatió el fraude chavista en el CNE”.

Andrés Velásquez, a quien muchos reconocen su entereza a la hora de denunciar, con la documentación al día, el fraude electoral recibido, también reparó en la pérdida: “Lamentamos en la Causa R, fallecimiento del Dr. Alfredo Weil @AlfredoWeil buen amigo, con quien tuvimos permanentes reuniones destinadas al tema de la pulcritud electoral. Paz a su alma. Nuestras condolencias a familiares y amigos”.

Diego Arria lo calificó como una de las personas más “honorables, dignas y admirables” con la que compartió. Su amigo entrañable, Enrique Aristeguieta Gramcko, no fue ajeno al dolor que embargaba a los demócratas del país: “Lamento tener que informar que hoy falleció el Ing. y Abogado Alfredo Weil Reyna, un ser humano extraordinario, luchador incansable por la libertad de Vzla. Su muerte es una pérdida sensible para la causa de la liberación. Paz a su alma”.

Junto con Aristeguieta Gramcko, Alfredo Weil fundo la Gran Alianza Nacional, GANA, y desempeñaba el cargo de director de esa organización al momento de su fallecimiento. En la página web de la organización formada por numerosos expertos políticos y electorales, se da fe de sus convicciones. “Alfredo era ingeniero mecánico y abogado. Ocupó cargos importantes dentro de la empresa privada y en la administración pública. Además, era un conocido experto electoral, lo cual lo llevó a ser directivo del Consejo Supremo Electoral y fundador de ESDATA. Sin duda hubiese sido el hombre ideal para encabezar la reestructuración del sistema electoral venezolano y para llevar a cabo unos comicios libres y transparentes. Quienes lo conocieron coinciden en resaltar sus grandes virtudes, entre ellas su humildad, entrega, generosidad y prudencia. Buen esposo, buen padre, buen amigo, buen ciudadano y patriota ejemplar. Según sus propias palabras, su máximo deseo no era ser importante, sino útil; y en efecto lo fue”.

En Venezuela se debe cesar la usurpación, establecer un Gobierno de transición e ir a unas elecciones limpias y transparentes. Y en este último renglón, cuando millones ejerzan su derecho al voto en el proceso más esperado de todos los que se han hecho en el país, sobrevivirá su legado. Cada voto manual será una sonrisa para Weil, quien, desde el firmamento, con su computadora Wilson y jugando Candy Crush, mientras modifica su equipo de Fantasy Baseball, verá a su país libre y soberano. Y entonces, el tiempo le habrá dado la razón, como a Casandra.

 

Venezuela un caso de anomia política por Fernando Mires – Blog Polis – 15 de Diciembre 2018

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El año 2018 comenzó pésimo y terminó peor en Venezuela.

No me refiero solo a las elecciones presidenciales obsequiadas por la oposición a Maduro el 20-M, ni  siquiera a la capitulación abstencionista que nuevamente y de modo radicalmente suicida ha cometido la oposición en contra de sí misma, el 9-D. Me refiero al hecho objetivo de que toda la oposición -o lo que queda de ella- se encuentra viviendo, gracias a los descarrilamientos de sus partidos, en un avanzado proceso de descomposición. ¿Qué mejor regalo pudo recibir un régimen dictatorial y/o autoritario en vísperas de navidad?

Hoy ni siquiera podemos hablar de “las oposiciones” como acostumbraba escribir un destacado opinador. Hoy solo existen voces destempladas, reclamos aislados, amenazas con una fuerza que nadie tiene, esperanzas infundadas en redenciones externas, interminables -y aburridas- exhortaciones tuiteras, lacrimosos llamados a la unidad en un frente de amigos donde dos honorables sacerdotes lanzan consignas radicales producidas por su incontrolada imaginación. Y los que pudieron haber sido líderes, abocados en un piadoso trabajo social, llevando samaritano consuelo a los pobres e invocando por un destino mejor. Anomia política, llamó Enrique Ochoa Antich con pertinencia al actual orden (o desorden) de cosas. El término, desde el punto de vista político, no pudo ser más apropiado.

Anomia. Concepto utilizado por Emile Durkheim en su libro Le Suicide (París, 1897) mantiene su vigencia en la sociología al designar a ordenes sociales desarticulados con respecto a normas y leyes. El término ha recobrado importancia como consecuencia de la ya larga transición que se da entre el descenso del periodo industrial y el auge de modos digitales de producción en los países de más alto desarrollo económico. Como toda transición, el nombrado periodo produce desarticulaciones personales, pérdidas de identidad social y por cierto, desocupación laboral.

El concepto de anomia fue recogido por Robert K. Merton en su libro Social Theorie and Social Structure (New York 1964) y llevado hacia el campo de la psicología individual. Generalmente se usa como sinónimo de disociación del ser con respecto al mundo real, por una suplantación de lo existente por lo simbólico y por la desviación de los deseos hacia objetos no equivalentes. Tales características llevadas al ámbito de lo político designan a movimientos o partidos cuando pierden relación con su contorno social y se transforman en entidades las que, igual que los individuos disociados, tienden a sostener su vida sobre la base de rituales destinados a mantener la unidad ficticia entre sus miembros.

En su forma más avanzada, la anomia – y este parece ser el caso de la oposición venezolana- lleva a la disociación de la política entre y dentro de sus representaciones. Esta es la razón que explica por qué, bajo el influjo anómico, la unidad entre los partidos es casi una imposibilidad. La superación de la condición anómica solo puede ser alcanzada, en consecuencias, mediante un proceso de recuperación de la política. No hay otra alternativa.

¿Cuándo los partidos de la oposición venezolana extraviaron su política? Difícil decirlo. Tanto en la psicología individual como en la social, el concepto de “trauma determinante” ha entrado en desuso. Cuando más pertenece a la literatura y a la cinematografía del siglo XX. Sin embargo, hay hechos que para un historiador han de ser más significativos que otros. Más todavía si se tiene en cuenta que el extravío político no solo es propio al inestable comportamiento de los partidos (2002 y 2005) sino, además, ha sido inducido por el propio gobierno.  Maduro, conocedor de la oposición, ha tendido trampas a los partidos y estos han caído en ellas uno por uno. Como conejos.

Una trampa, quizás la más decisiva, fue la instalada el 30 de Julio por Maduro, en respuesta a la consulta popular inoficial y no vinculante del 16 de Julio realizada por la oposición en el punto más alto de las protestas del 2017. Consulta a la que la oposición pretendió dar un carácter simbólico pero a la  vez insurreccional en la medida en que desconocía al TSJ y a la CNE.  El de Maduro fue sin duda un megafraude, pero a la vez una respuesta maestra (en sentido dictatorial) al 16-J, fecha que adquirió para los sectores extremos de la oposición un carácter no solo vinculante, sino, además, sacramental.

El megafraude del 30-J correspondió al propósito abierto del régimen destinado a quebrar la voluntad de voto de la ciudadanía, incluyendo la de sus propias filas. Sin embargo, no haber sabido dirigir esfuerzos por recuperar esa voluntad en las regionales de diciembre de 2017, fue exclusiva responsabilidad de la oposición. Ese fue el comienzo del gran triunfo madurista: la voluntad de voto ciudadana dejó de existir.

Lo demás es historia conocida. La MUD asistió a un diálogo en Santo Domingo en busca de garantías electorales ¡sin siquiera tener una candidatura! Y al no aceptar las condiciones, en lugar de hacer de sus exigencias un magnífico programa de lucha, emprendió la retirada bajo el pretexto de una supuesta comunidad internacional que así lo exigía. Para decirlo en términos claros: la oposición se rindió.

Las recientes elecciones comunales fueron un simple corolario de las presidenciales. La oposicion entregó las comunas del país a Maduro transformando con ello a Venezuela en una inmensa Baruta. Peor todavía: entregó al régimen las llaves para que impusiera una “democracia directa” a la cubana: el “poder comunal”, antiguo sueño de Chávez.

Evidentemente, la MUD no entendió el significado de las elecciones cuando estas tienen lugar bajo un régimen con pre-disposiciones dictatoriales. Pues bajo esas condiciones, votar no solo es un deber ciudadano. Votar es, en primer lugar, un medio de participación política activa a través de las campañas electorales, donde es posible llenar calles y ejercer el derecho a la protesta popular. Solo en segundo lugar las elecciones son un medio donde es posible ganar (o perder). Y en tercer lugar: son un medio para ejercer público reclamo post-electoral.  Pues es evidente Watson: sin elecciones no hay fraude y sin fraude no puede haber apoyo internacional.

En los tres casos mencionados, las elecciones son un medio y no solo un fin de acción política. Por eso siempre he señalado: quien no participa en elecciones cuando es posible hacerlo, renuncia a la acción política. Así lo entendieron y lo hicieron en Sudáfrica, Polonia y Chile.

Sin participación no hay elecciones y sin elecciones no hay participación. La abstención en cambio, bajo cualquiera  condición, deslegitima no solo a las elecciones sino, sobre todo, a la participación política de la ciudadanía.

No participar en elecciones para favorecer en función a una (no siempre desinteresada) opinión pública internacional, es un absurdo. La opinión internacional siempre apoyará a un sujeto político actuante  Por eso hoy la opinión pública internacional no tiene a quien apoyar. En nombre del apoyo internacional, la oposición terminó por desactivar al propio apoyo internacional que una vez tuvo o pareció tener.

Después de haber sido regaladas dos elecciones claves, las de arriba y las de abajo, las presidenciales y las del pueblo comunal, cunden en Venezuela – no podía ser de otra manera- la decepción y el desencanto. Muchos, al no tener más esperanzas, se van del país. Quiere decir: el origen de las más grandes migraciones que ha conocido Latinoamérica, las venezolanas, no solo tiene un origen económico. Hay también uno político. Al fin y al cabo nadie se va de su país cuando hay esperanzas de cambio. Y esas esperanzas las anuló la oposición al retirarse del espacio de la acción política.

Parece difícil que la condición anómica padecida por la ciudadanía venezolana pueda ser superada con una simple retoma del camino electoral. La abstención ya no es el resultado de una línea -aunque los grupos extremistas de la oposición se la adjudiquen – sino de la desconexión (anómica) entre pueblo y política. Puede ser posible incluso que, bajo ese estado de decepción generalizada, aún si la oposición llamara a participar, se encuentre con la sorpresa de que ha dejado de ser mayoría frente a una mayoritaria abstención.

Es evidente entonces que la superación del estado anómico requiere de algo más que un simple llamado electoral. Antes que nada es necesario que la práctica política recupere su credibilidad pública. Pero para que eso sea posible, los políticos deben reconocer los errores cometidos, no como un acto de contricción religiosa, sino trazando una línea divisoria entre una oposición dispuesta a recuperar las vías democráticas y una secta no solo anti-electoral, sino radicalmente antipolítica.

En otras palabras: Solo puede haber unidad política sobre la base de una ruptura con grupos y partidos que niegan a la política en nombre de actos simbólicos orientados a satisfacer su propia subjetividad onanista (fechas mágicas, por ejemplo). Así al menos ha ocurrido en todos los grandes procesos de democratización. Venezuela no tiene por qué ser una excepción. La unidad no es ni será de todos ni tampoco es y será para todos.

La recuperación de la unidad política no será por lo tanto fácil. La condición anómica -lo hemos visto recientemente-  ha penetrado al interior de personas y partidos que en el pasado fueron reductos de centralidad y de cordura. Eso significa que la línea divisoria no solo deberá ser horizontal ni vertical, sino transversal.

Los bienintencionados llamados a una unidad por la unidad solo llevan a profundizar la condición anómica de la política venezolana. La verdadera unidad política es la que se alcanza a través de la lucha por la hegemonía, vale decir, a través de argumentos y debates que incitan y entusiasman a seguir a una opción y no a otra. La política, hay que aceptarlo, no es el lugar de la hermandad sino el de los antagonismos y de las diferencias.

Por último, deseo a mis amigos venezolanos -en la medida de lo posible- unas tranquilas navidades.

Manifiesto de Libertad :10 puntos para la liberación de Venezuela – Voluntad Popular – 24 de julio 2018

Manifiesto de Libertad

10 puntos para la liberación de Venezuela

Hoy, al cumplirse 235 años del natalicio del padre de la patria, Simón Bolívar, “El Libertador”, ratificamos nuestra inquebrantable voluntad de luchar hasta liberar a Venezuela de la dictadura.

El sacrificio y lucha que está llevando nuestro pueblo en las calles ante el colapso económico-social y el permanente atropello a sus derechos, nos obliga a impulsar una acción y conducción colectiva urgente junto a todos los liderazgos y organizaciones que comparten la decisión de enfrentarla.

Es por ello que, junto a nuestro líder Leopoldo López, manifestamos ante el pueblo, los sectores sociales, las organizaciones, los liderazgos políticos y la comunidad internacional lo siguiente:

1. Podemos y debemos salir de la dictadura. Es el momento de sumar las fuerzas de la protesta y el descontento popular, la fuerte y creciente presión internacional, el malestar y divisiones internas del régimen, y una ofensiva política clara y determinada que pueda liberar a Venezuela. Y debemos hacerlo ya.

2. La liberación depende de nosotros. La presión internacional, el colapso económico-social, y las divisiones dentro del régimen solo conducirán a una transición si cuenta con un pueblo movilizado y organizado exigiendo sus derechos, acompañado por una conducción política clara y determinada que dé cauce político y estabilidad al cambio. El régimen no caerá solo y nadie resolverá nuestros problemas sin nosotros.

3. La protesta es el motor del cambio. La fuerza de la organización y la movilización popular es el detonante que romperá las cadenas que nos oprimen. Respaldemos toda protesta popular o sectorial, su masificación y la reivindicación y ejercicio del artículo 68 de nuestra Constitución.

4. Es momento de definiciones del liderazgo. Ya no basta compartir el objetivo de salir de la dictadura, es fundamental compartir una estrategia para lograrlo. Decidir enfrentar al régimen o someterse a sus reglas y cadenas. Hoy reafirmamos nuestra decisión: enfrentar a la dictadura y jamás someternos a ella.

5. Valoramos la presión internacional como respaldo a nuestro hacer interno como venezolanos demócratas. La dictadura es un problema hemisférico y la injerencia del régimen cubano y el narcotráfico nos obliga a construir aliados internacionales que nos ayuden a restituir el orden democrático.

6. Nicolás Maduro es un usurpador, la ANC es fraudulenta y el CNE es ilegal. Reconocemos el carácter constitucional y legal de la Asamblea Nacional.

7. La dictadura se sostiene con el uso ilegal e inconstitucional que hace de las armas de la República. Nuestra constitución contempla una función y responsabilidad muy clara de la Fuerza Armada Nacional tanto para lograr la democracia como para reconstruir a Venezuela.

8. Creemos en el voto, pero no en ser legitimadores de fraudes. Lucharemos por salir de la dictadura y tener elecciones verdaderamente libres. No apoyaremos ni acompañaremos farsas organizadas por el régimen para intentar ganar estabilidad.

9. No participar en negociaciones que oxigenen al régimen. Ratificamos que no participararemos en ningún proceso de negociación que no tenga como objetivo la salida del poder de la dictadura y el paso a una transición democrática.

10. Construyamos un Gran Acuerdo de Transición y Reconstrucción Nacional. Debemos presionar a la dictadura y al mismo tiempo construir esperanza y estar listos para la transición y garantizar estabilidad democrática, convocatoria de elecciones libres, gobierno plural de unidad nacional, atención a la emergencia humanitaria, la recuperación de nuestra industria petrolera, de nuestra moneda nacional y de nuestra estructura productiva y económica. Nadie puede solo. Proponemos la postergación de las aspiraciones presidenciales para cuando tengamos elecciones libres y el compromiso de no reelección de parte del Presidente del Gobierno Constitucional de Transición.

Proponemos estos 10 puntos como la base de una estrategia unitaria para construir un movimiento de presión nacional que nos permita conquistar un nuevo 23 de Enero y desalojar del poder al dictador.

¡Fuerza y fe!

Caracas, 24 de julio de 2018

Voluntad Popular

How Electoral Frauds are Made in Venezuela by Carlos Alberto Montaner – Latin American Herald Tribune –

 

CarlosAlbertoMontaner headshot.jpgLatin American genius Carlos Alberto Montaner on how the Venezuela Regime will never let the Opposition win a peaceful electoral route to power

Venezuela’s opposition made the right move when it decided not to vote in the presidential election on May 20.

Allowing the government to drag the opposition again to the slaughterhouse would have been foolish. With that National Electoral Council (or CNE, its acronym in Spanish), with that electoral register and without guarantees of fair play, it was impossible to participate. The opposition could not engage with that filth not even for one more minute.

President Nicolás Maduro says that more than six million Venezuelans voted for him, although the streets and polling stations were almost empty. According to the most trustworthy estimates, only 3.5 million citizens voted, and Maduro must have received a little more than 2.4 million votes. The CNE claims that 46% of the electors went to vote. Actually, only around 17.5% showed up.

The official percentage tried to approach the mythical 50% and, in any case, the 48% who voted in the Chilean elections. If that presence at the polls made Sebastián Piñera’s victory legitimate, why wouldn’t it be the same with Maduro? With 17.5%, the results could be arguable. But with 46%, the triumph was undeniable.

The first time that Hugo Chávez committed a huge electoral fraud was in the recall election of 2004. He was losing 60-40 at 6 o’clock in the afternoon, when the polling stations were supposed to close.

Dr. Jorge Rodriguez — then President of the supposedly impartial CNE and now the regime’s Minister of Information — suspiciously announced that he was going to sleep, admitting with his body language that he knew what would happen: in the early morning, when the nation dreamed of a better destiny, he announced that Chávez had won 59-41. Magically the results had been reversed. Jimmy Carter endorsed the fraud. I don’t know if he did it because he was naive, because they deceived him, out of interest or to avoid an armed confrontation.

How did they do it this time? As they have been doing it since then, when they find it necessary. I used to think it was a complex operation involving the hairy Cuban hand from a sinister computer center installed on the island, but the matter was simpler and closer to home, with good Venezuelan technicians in charge of the dirty business.

Once the voting was officially completed, the Smartmatic company, the electronic organizer of the elections, financed by the Chávez regime, obtained the real sum and calculated the size of the fraud necessary to “win”. At that time virtual votes were made, dispersed along the electoral geography and added to the final account. If the opposition demanded a manual recount, it was indefinitely postponed or denied, as happened to Henrique Capriles in 2013.

This was known with total certainty in August 2017, when Antonio Mugica, president of Smartmatic, today a serious company based in London, with hundreds of employees and multiple clients, that tries to move away from its compromising Chavista past, revealed that the elections for choosing the illegal National Constitutional Assembly had been fueled by a million false virtual votes. On May 20, they simply multiplied the fraud by three.

From a moral viewpoint, the trick does not mean anything to the Chavistas. It is only a revolutionary mean. If in 1992 they tried to topple the government through a military coup, why would they refrain from altering a ridiculous “bourgeois” election that is just a procedure to stay in power? Jorge Rodríguez, Tibisay Lucena — that lady with the face of a kind and harmless grandmother — and the entire CNE, can sleep soundly. They only give the results. The votes are there, tangible and ready, placed by the electronic arm of the Chavista revolution.

But probably this time the fraud was useless. Eighty percent of the truly democratic nations will not recognize Maduro’s government and are demanding free elections, supervised by a neutral entity. U.S. Vice President Mike Pence and Senator Marco Rubio promise that their country will apply a financial harassment against Maduro’s dictatorship and a systematic persecution against the legion of corrupt Chavistas.

The United States is the only nation on the planet that can financially destroy any enemy country. It can punish China, Russia and Iran for helping Maduro’s government. It can threaten Cuba with the elimination of the exiles’ remittances to their relatives on the island or with the full application of the Helms-Burton Law, instead of suspending certain parts of the law every six months, which means that no foreign company could operate in the U.S. or with the U.S. if Cuba keeps its control over the Venezuelan armed forces.

The United States, of course, has the stick. But we don’t know if it’s able to use it.

Carlos Alberto Montaner is a journalist and writer. Born in 1943 in Cuba and exiled, Montaner is known for his more than 25 books and thousands of articles. PODER magazine estimates that more than six million readers have access to his weekly columns throughout Latin America. He is also a political analyst for CNN en Espanol. In 2012, Foreign Policy magazine named Montaner as one of the fifty most influential intellectuals in the Ibero-American world. His latest novel is A Time for Scoundrels. His latest essay is “The President: A Handbook for Voters and the Elected.” His latest book is a review of Las raíces torcidas de América Latina (The Twisted Roots of Latin America), published by Planeta and available in Amazon, in printed or digital version.

Venezuela: la frontera final de la utopía por Carmen Beatriz Fernández – Estudios Política Exterior – 24 de Mayo 2018

Unknown-1.jpegEl día 19 de mayo, en vísperas de las elecciones presidenciales convocadas por la Asamblea Constituyente de Nicolás Maduro, un tópico se hizo tendencia en Venezuela en las redes sociales durante todo el sábado: #RoyalWedding. Ello por sí solo es indicador de lo poco interesantes que eran las votaciones a las que estaban convocados los venezolanos al día siguiente, que en cifras oficiales arrojaron un 52% de abstención.

La coletilla “oficial” en el dato de participación es relevante, porque las cifras no oficiales reportadas por Reuters a las 6 de la tarde (hora formal del cierre de las mesas) eran del 32%. Unas horas después, cuando se anunció el primer parte, el dato subió hasta el 48%. Aún dándolo por bueno, un 52% de abstención es marca récord en la que fue la democracia más antigua de la región. En 1958 se estrenó la democracia venezolana con apenas un 6,6% de abstención. Y fue creciendo en procesos subsiguientes: en 1963 al 7,8%; en 1968, 3,3%; en 1973, 3,5%; en 1978, 12,5%; en 1983, 12,3%; en 1988, 18,1%; en 1993, 39,9%; en 1998, la primera victoria de Hugo Chávez tuvo un 36,5% de abstención; en 2000, 43,4%; en 2006, 25,3%; en 2012, la de Henrique Capriles contra Chávez, alcanzó un 19,5%; y en 2013, cuando Maduro fue anunciado ganador, el 21,4 %.

La abstención es la expresión de apatía y descontento de la mayoría del electorado a una convocatoria írrita en otro intento de Maduro por “huir hacia adelante”. Convocó a unas presidenciales adelantadas mientras se negociaban las condiciones electorales en República Dominicana y a espaldas de estas, como ardid que buscaba atropellar el proceso de diálogo. El llamado a las urnas fue hecho por la Asamblea Nacional Constituyente, que a su vez había sido otra huida hacia adelante madurista para escapar del referéndum revocatorio.

Los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática, con los ahora ilegalizados Primero Justicia y Voluntad Popular a la cabeza, así como la Iglesia y un amplio conglomerado de fuerzas sociales agrupadas bajo la denominación común de Frente Amplio, decidieron no participar electoralmente. Han clamado fraude de la convocatoria, del proceso y de las propias elecciones. No están solos: 44 países han hecho lo mismo, incluidos los multilaterales G7 y Grupo de Lima.

Pero cantar fraude suele ser común entre quienes pierden elecciones. ¿Qué es lo que lo hace diferente esta vez? Bien sabemos que no hay elecciones totalmente perfectas. No las hubo en la democracia venezolana, y desde 1998 se han ido haciendo progresivamente más imperfectas. Todos los políticos se aferran al mando y son las instituciones las que le ponen freno a las desmedidas apetencias del poder, naturales en el ethos del político. Podríamos decir que “los políticos son chavistas por natura”, parafraseando al politólogo polaco Adam Przeworki. Pese a su retórica utópica, o más bien por ella misma, desde la llegada de Chávez a la presidencia su mayor empeño estuvo en la destrucción del andamiaje institucional.

El símil de la cancha inclinada que tanto se usa para definir sistemas electorales desequilibrados es muy bueno: la cancha se ha ido progresivamente inclinando hasta hacerle prácticamente imposible al jugador opositor meter goles. Pero ahora se ha ido más lejos en tres sentidos muy perversos. En primer lugar, el gobierno se abrogó la potestad de escoger a su contendor. Cualquier opositor con estatura suficiente como para poder retarle en una contienda presidencial está preso, exiliado, inhabilitado o muerto. Segundo, esta vez los electores están incompletos. Se calcula que unos cuatro millones de venezolanos, o hasta el 20% del padrón electoral, han salido de las fronteras nacionales. En teoría tendrían derecho a voto, pero solo 100.000 están registrados para hacerlo, pues las trabas administrativas para hacerlo son muchas y variadas. Tercero, la hiperinflación impide cualquier rastro de normalidad electoral. Es un proceso que lleva a millones de personas a no aspirar diariamente a ir más allá de la mera subsistencia. En este contexto, el gobierno instaló un sistema de electoral que es en realidad un aparato de dominación social basado en el hambre. La hiperinflación venezolana es un monstruo de proporciones apocalípticas que genera muerte, destrucción y éxodo a su paso ¿Cómo puede el responsable de ese monstruo haber sido reelecto? Solo con un fraude de similar tamaño.

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Fuente: The Washington Post

Pocos países del mundo han reconocido al mandatario “re-electo”. Rusia, China, Cuba, Turquía, Siria, Irán, Bielorrusia, Nicaragua y Bolivia son algunas excepciones. El listado parece el de miembros de un sórdido club de autoritarismos, pero un esfuerzo por detener la catástrofe venezolana deberá incluir a alguno de estos países, probablemente a la propia Cuba, como actor clave.

El futuro no luce prometedor en el corto plazo. La presión poselectoral seguirá, vendrán más sanciones, la asfixia financiera se consolidará, habrá más episodios de enajenación de activos petroleros y se profundizará el éxodo de venezolanos por tierra, con fuertes presiones demográficas a otras naciones de la subregión. Cada “huida hacia delante” de Maduro ha conducido al país, y a sí mismo, a un abismo más profundo. Finalmente, se impondrá el equilibrio tras un costoso proceso, que nadie puede prever en detalle pero que ya se asoma en las presiones internacionales, los movimientos institucionales de la Asamblea Nacional y la profunda inquietud en el sector castrense.

Quedará una certeza: Chávez soñó la utopía y Maduro hizo realidad la distopía.

 

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