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Holodomor por Bernardino Herrera León – TalCual – 3 de Septiembre 2019

Holomodor significa “matar de hambre” en ucraniano. Con esa palabra, el escritor Oleksa Musienko identifica uno de los tantos genocidios del siglo XX. En ese caso, el que llevó a cabo el régimen dirigido por Joseph Stalin para aplastar la resistencia del campesinado contra la colectivización, entre 1932 y 1933. Los archivos oficiales de la Unión Soviética, aunque reconocen un millón y medio de muertes, niegan tal holocausto. Pero los cálculos de El libro negro del comunismo, escrito por excomunistas franceses, lo estiman en diez millones de víctimas. En Ucrania la tragedia se conmemora el cuarto día de cada noviembre y se admite la aterradora cantidad de 7 millones de seres humanos.

Quienes por distintas razones hemos experimentado el malestar que se siente luego de más seis horas sin probar bocado, tenemos idea de lo extremadamente doloroso que es padecer hambre. Morir de hambre no es como un infarto o una enfermedad respiratoria, que mata rápidamente. El hambre mata de muchas formas en una larga agonía que en promedio puede durar dos intensos meses. En dos días de mal comer se agota la glucosa. En dos semanas, quemamos toda nuestra grasa. El tiempo restante, consumimos todas las proteínas y el tejido de masa muscular. Esta última fase es sumamente dolorosa pues el cuerpo, literalmente, se come a sí mismo. La hambruna es una muerte fácil de ocultar, difícil de calcular, pues se disimula en multitud de enfermedades cotidianas, de epidemias y de pandemias.

En las guerras del pasado, la hambruna fue un “arma de guerra”. Efectiva para forzar la rendición incondicional de los vencidos. Su uso es más frecuente, a medida que retrocedemos en el tiempo, cuando la moral humana se debilita en la barbarie. La relación competitiva entre grupos humanos diferentes fue de una inenarrable brutalidad. Pero una cosa es el uso de la hambruna como arma de guerra y otra la crueldad con se aplicaban premeditadamente estos “métodos” para castigar a enemigos ideológicos o religiosos.

El 26 de agosto de 1789, fue aprobada la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” por una Asamblea Nacional Constituyente, en Francia. Unos años antes, la declaración de independencia norteamericana consagraba también sus principios básicos: justicia, bienestar general y libertad. En aquellas formidables ideas ya se repudiaba el genocidio. Poco después, vendrían los tratados de regularización de las guerras, que intentaban disminuir la brutalidad contra los vencidos. Garantizar la vida de quienes se rindieran resultó ser un incentivo para reducir el costo material y humano de las guerras. Pero será desde el 8 de agosto de 1945, cuando se instituye por primera vez el concepto de “crímenes contra la humanidad”, predecesor de otro más elaborado Estatuto de Roma, de 17 de julio de 1998. Desde entonces, los genocidios son condenados y apenas procesados por una aún incipiente justicia internacional.

Todo el peso de este marco moral histórico, toda esta jurisprudencia, hacen mucho más grave el caso de la tragedia venezolana. A un siglo del Holidomor ucraniano, el régimen chavista lleva a cabo otro espantoso genocidio, exterminando a la población de su nación por hambruna, desasistencia médica, altas tasas de homicidios y ejecuciones extrajudiciales masivas, entre otros “métodos”.

El éxodo masivo terminaría de completar el ajuste demográfico que, estiman, sería el ideal para mantenerse en el poder, a bajo costo. Su plan consiste en reducir la demanda social y facilitar el control represivo sobre potenciales brotes de rebeldías y estallidos sociales. Por el momento es imposible calcular el costo en vidas.

Todas estas gravísimas afirmaciones ya se observan a simple vista. La premeditación y la alevosía del régimen chavista se confirma por su persistente negación de la crisis. Su discurso, completamente divorciado de la realidad niega la gravedad extrema de lo que sucede. Su empeño en culpar a otros de este desastre es su recurrente negacionista más usado. Antes la “guerra económica”, ahora el “bloqueo”. No bastaron 20 años en el poder, ni los más abundantes recursos jamás percibidos en nuestra historia para alcanzar una supuesta independencia económica de los Estados Unidos. Sabemos que tal dependencia no era tal. Son argumentos completamente falsos.

Es crucial para las fuerzas democráticas que aun sobreviven en el país, y fuera de él, que pongamos en perspectiva esta nueva fase de la tragedia venezolana. La actual crisis humanitaria no es resultado de un mal gobierno. Tampoco del fracaso de una política económica. Este caos es premeditado. Es inducido. Planificado con fría y extrema crueldad. Propia de mentes enfermas, embriagadas de poder y de odio político y social.

Con la dictadura chavista no cabe un “perdónalos señor, que no saben lo que hacen…”. Ellos, sí saben, y muy bien, lo que hacen. Monitorean a diario el avance de su siniestro plan. Es de extrema importancia tomarlo en cuenta, sobre todo, para desmontar el discurso de los teóricos “cohabitacionistas”, que definen al chavismo como un grupo político más, al que simplemente hay que relevar del poder.

No lo es. Desde sus orígenes, el chavismo conspiró militar y clandestinamente. La antipolítica, el odio a la democracia está en sus genes. Lo demuestran ahora de forma cruel, brutal y devastadora.

La dirigencia opositora no parece caer en cuenta de este drama tan real como grotesco. Está ocupada en una especie de campaña electoral. Sus dirigentes muestran risas de alegría. No sabemos dónde las obtienen.

No nos damos cuenta. Nos acostumbramos a ver gente comiendo de la basura. A dejar que algunos ancianos, mujeres y niños coman de las sobras que dejamos en los restaurantes. A dar trozos de pan a niños en situación de calle. A observar los cuerpos famélicos deambulando por las calles. Ya es común oír llantos de hambre en las esquinas.

Aún no se percibe la crudeza del impacto de la primera fase de la hambruna venezolana. Pero, este último salto hiperinflacionario, que ahora se desata súbitamente, impactará muy rápido. La población que ya arrastra carencias nutricionales se verá de pronto sumergida en una nueva ola masiva de hambruna severa. Comer un bocado al día será un milagro. Las enfermedades acechan.

Como Oleska Musienko con el Holodomor, habrá que bautizar del algún modo, uno de estos días, a esta espantosa tragedia venezolana.

Venezuelan health system collapses, forcing migration by Beatriz Afanador – CRS Catholic Relief Services – 19 de Agosto 2019

Miguel is one of millions who’ve fled Venezuela, which has been in economic and social crisis since 2015. A drastic fall in the price of oil, its main export, led to a progressive decline in local production capacity, resulting in food shortages, hyperinflation, the collapse of the health system and social unrest.

young Venezuelan migrants in Colombia

Young Venezuelans, who do not have access to migrant shelters, camp in the streets and green areas of the border city of Cucuta in Colombia.

Photo by Nicolo Filippo Rosso for CRS

Six years ago, Miguel was severely burned in an accident. Ever since, he has struggled to find proper medical care. The first time he was hospitalized, he contracted bacterial infections because of substandard conditions in the facility.

“In Venezuela, there was no infectious disease specialist. They didn’t even know what he had,” explains his brother Oscar, who has accompanied Miguel throughout his journey. “When we took him to places so that they could assist him, they told us that they had to amputate his arms in order to save his life.”

Miguel tried recovering at his mother’s home and regained just enough energy to begin working again. He had a job repairing cell phones, but the injuries to his hands made that a challenge—so he learned to use his feet instead.

Gradually, though, another infection developed, as did anemia from malnutrition. The average Venezuelan has lost 24 pounds since 2017, and as much as 87% of the country’s population has been pushed below the poverty line. Severely malnourished, Miguel was unable to get out of bed. That’s when his family made the decision to leave for Colombia.

Like many Venezuelan families, Miguel’s was forced to migrate in search of lifesaving healthcare. The World Health Organization reports that Venezuela’s health system has been reduced by 85%, and infectious diseases such as measles, diphtheria and malaria are on the rise. In fact, the collapse of health services is a main factor driving Venezuelan migration today.

Venezuela migrants head to Colombia

Migrants walking their long journey from Venezuela to Colombia. From there, many will continue on foot to Peru, Chile and Brazil in search of a new life.

Photo by Nicolo Filippo Rosso for CRS

“We took a long time to get him out, because the situation he was in was difficult. Back in Venezuela, they sold us the blood that got his hemoglobin to an acceptable level so that he could get out of bed,” says Oscar.

A close friend helped transport Miguel and his family to a city near the Colombian border. They traveled the rest of the way on foot. By the time they reached the border, Miguel could barely cross the Simon Bolivar Bridge to Colombia without his mother and brother’s help. Upon seeing Miguel’s critical condition, Colombian immigration agents had him transported by ambulance to the nearest hospital.

Volunteer doctors at Casa de Paso Divina Providencia—a shelter run by the Catholic Diocese of Cucuta—say that most migrants are suffering from malnutrition. Untreated chronic diseases like high blood pressure, diabetes and hypothyroidism are also common among them.

During his time in Colombia, Miguel has managed to overcome the infection and is receiving the food and care he needs. Doctors predict that with several surgeries he will also recover the mobility of his hands.

“We believed in God, and here they told my mother that they can save her son’s hands. He has no problem now. They will not be amputated,” says Oscar.

Across 14 dioceses in 10 states, and in the capital of Caracas, Catholic Relief Services and Caritas Venezuela are supporting the health of people in need. In May, CRS and Caritas Venezuela piloted the use of e-vouchers as a means of accessing food for vulnerable families in Caracas. We are now expanding to multiple areas, with an estimated 1,700 families participating in Caritas Venezuela’s nutrition rehabilitation program. Over the next 12 months, CRS and Caritas Venezuela plan to scale the program to benefit 12,000 families as well as the participating business and shop owners.

With our partners throughout the region, CRS is responding to the needs of families in Venezuela as well as those who have fled to Colombia, Brazil, Peru, Ecuador, and Trinidad and Tobago. Throughout Latin America, CRS supports local partners, including the Scalabrinian Mission and Living Water Community, to provide health care, food, shelter, protection, water and sanitation services, and cash to more than 43,000 Venezuelans affected by the humanitarian crisis.

*Names have been changed to protect privacy.

 

Emergencia, una noche en un hospital venezolano por Héctor Escandell – Revista SIC – 20 de Agosto 2019

Y aquí estoy, al filo de la media noche, en la sala de espera de un hospital venezolano, acostado sobre unas tablas que intentan pasar como banquetas. Lo intentan, pero no les alcanza. Escucho el murmullo de los vigilantes, la gotera del baño y las historias. No me esfuerzo, los sonidos llegan de todas partes como lamentos sin sentido.

La abuela de mi esposa sufrió un infarto, el corazón se le apagó 87 años después de haber latido por primera vez. Pero volvió a encender como una locomotora, está estable. Son las 11:28 de la noche, es sábado 17 de agosto. La vieja está en mejor estado que este maltrecho edificio. «Aquí lo que hay es algunos médicos y las máquinas de cardiología, todo lo demás hay que traerlo», me dijo el tío cuando llegamos después de viajar dos horas desde Caracas hasta Maracay. La lluvia en el camino y la angustia de la emergencia nos hizo interminable el recorrido. Cada 20 o 30 minutos salgo a vigilar el carro, el parqueadero es la calle, no hay ni un solo farol. La penumbra asusta.

«Esta clínica antes era privada y esto era bellísimo», se lamenta un señor con quién me fumé un cigarro en la entrada. «El Centro Médico Docente de Cardiología lo tenía todo hasta que le agregaron el Bolivariano y mira cómo está». Repuso sin reparo, mientras aspiraba el humo con calma. Las grietas en las paredes se asemejan a las venas de la abuela, así me las imagino, pero no por el desgaste de los años sino por la desidia a la que está sometido este mamotreto de dos pisos.

Ya es domingo, el celular marca las 00:08 y mis vecinas de banqueta escuchan música a todo volumen, miran videos. Supongo que es para aliviar las penas de tener a un familiar conectado a un aparato, nosotros nos reímos, también para drenar, supongo.

Más temprano, cuando trajeron a la abuela infartada, los médicos que la recibieron pidieron agujas, soluciones, un macro gotero, tubos de ensayo para las muestras de sangre e insulina (es diabética), también le mandaron a hacer exámenes para determinar el daño al corazón. Todo se compró en la calle. Aquí no hay nada, de verdad. Afortunadamente, en las clínicas y tiendas privadas había todo lo necesario.

La luz

Estar aquí me hace aferrarme a Dios en todas sus expresiones, le pido por la abuela, por los enfermos de las otras camas, por los que no tienen dólares ni euros para comprar remedios. Pido por todos. También me agarro de la divinidad para que no falle la electricidad -aunque sea mucho pedir-. «En la tarde se fue la luz y todos quedamos inmóviles», me cuenta una prima con cara de pánico -todavía-. Afortunadamente fueron no más de 15 segundos. «Todo quedó en silencio», el sonido del terror.

Ya son las 00:43 y el doctor de guardia nos alerta que la abuela tiene tensión 60/40, está al límite, sobrevivió a un paro respiratorio en la tarde, el riesgo de sufrir otro es alto. Se acabaron las risas. El silencio volvió a la sala. Yo escribo. Doy gracias a Papá Dios por su vida y su soberana alegría.

Nacer en dictadura

Sacando cuentas, la abuela llegó a este mundo cuando Juan Vicente Gómez gobernaba a placer. Gomecismo en pleno. Luego, también sufrió la pura y dura dictadura de Marcos Pérez Jiménez, se gozó los años de la democracia en los que se casó, viajó, conoció, vio nietos y bisnietos. Tomó cerveza, ron y comió tequeños a granel. Esta doña me recibió en su casa hace siete años con una sopa y una birra, me echó la bendición y me adoptó como un nieto más. Sin más ni menos, es mi abuela también.

En medio del infarto pidió Coca Cola, su hijo mayor le mojó los labios con un poquito del melao color petróleo. Hubiese pagado por ver la escena. Épico. Mis visitas a su casa venían siempre acompañadas de refresco, siempre Coca Cola -original-, nunca de dieta. No hay nada más divertido que ver a una viejecita feliz y exigiendo sin remordimiento:

-Ya yo viví, esa Coca Cola de dieta no sabe a nada, no quita la sed.
-Pero abuela, eso tiene mucha azúcar, tu eres diabética.
-Que me importa, échame hielito.

También se toma sus cervezas los fines de semana y religiosamente desayuna aguacate, arepa y huevo frito con natilla. De Coro, supongo que eso le recuerda sus raíces, su pueblo. Nació en el occidente y en sus arrugas lleva tatuado el desierto, las playas y el queso de cabra.

Ya son las 2:52 de la madrugada, dormir sobre estas tablas es una locura. La sala de emergencia ya cerró, el vigilante habla con su colega y las cucarachas pasean sonámbulas por el pasillo. Debajo de mi zapato ya perecieron tres, las demás van muy rápido.

Estar en este hospital me hace recordar a los médicos migrantes, a los que antes trabajaban aquí y ahora reaniman corazones extranjeros. Son más de 30 mil, según el exministro de salud Rafael Orihuela. Esos especialistas ahora están regados por medio mundo, igual que los nietos de la abuela, pienso en ellos y en lo que darían por estar aquí. Es la diáspora con rostro, son nombres y angustias a miles de kilómetros. El WhatsApp de la familia arde con los mensajes de ánimo y cariño, los teléfonos repican en Miami, Bogotá, Buenos Aires, también titilan en alguna parte de Francia, Irlanda, Panamá y República Dominicana.

La espera

Me despierto con cada ruido, las tías no duermen, el reloj va en cámara lenta. Son 4:00 de la mañana. En la salita donde está la abuela hay un afiche que da cuenta de todos los pacientes atendidos durante el 2018, también cuelga un aviso de no comer y beber, otro de no fumar.

Con el alba todo se estremece. Prenden las luces y empieza la faena de una señora que limpia el piso con un coleto viejo. Los vigilantes se estiran y empiezan a dar órdenes. Ahí voy yo, a quitar el carro, ya son las 6:00 de la mañana.

Carreteras

Regreso a Caracas con las tablas marcadas en las costillas, atrás voy dejando la famosa Ciudad Jardín. “La cuna de la revolución” dice un afiche en la autopista. Este mismo trayecto lo hicieron los golpistas en el 92, el mismo día que Chávez y unos más iniciaron el camino que nos trajo hasta aquí. La abuela vivió todos estos años las aventuras y torpezas de la política venezolana. Su hoja de vida bien podría decir que es una sobreviviente de la bipolaridad de un lugar que alguna vez fue República.

La tensión de la abuela sigue igual, no mejora, no sube. Los riñones no responden. Así como tampoco responden los motores del socialismo, ni las promesas de Maduro. Por cierto, el apellido de la abuela es Maduro. Le arrecha que le pregunten si es familia de Nicolás. «la familia no se escoge». Dice roja de la rabia.

Voy a dormir un ratico. Les sigo contando.

Llamada entrante…

Era mi esposa, la abuela acaba de morir.

Son las 10:00 de la mañana y me preparo para volver a Maracay, ahora con mis papás y mi tía. Nos esperan más de 100 kilómetros antes de poder abrazar a la familia y entregarles un poquito de calma en esta tormenta que siempre llega con la muerte.

Los trámites para poder sacar a la abuela del hospital son complicados, copias y más copias. El carro fúnebre espera la hoja firmada por el médico para partir, los hijos y los nietos se reúnen, se abrazan y recuerdan.

Quiero decir que la abuela murió feliz, aunque estuviera rodeada por moscas su última noche, aunque sus hijos tuvieran que brincar de aquí para allá y de allá para acá buscando los remedios. También sé que ellos lo hicieron sin pesar. Quiero pensar que se fue contenta, aunque anoche garabateaba el nombre de Maduro en un acto de reclamo por los que están lejos.

Ya son las 7:40 de la noche del domingo, he vuelto a Caracas y termino de escribir esta crónica pensando en los enfermos, pidiendo por los familiares que no tienen para comprar remedios, por los médicos que quedan y el esfuerzo que hacen de trabajar sin nada más que la voluntad.

Y aquí estoy, 24 horas después de haber llegado al cardiológico de Maracay para ver por última vez a la abuela y casi un día de pasar una noche entera en la emergencia de un hospital venezolano. Estoy aquí, recordando y escribiendo.

Cambio y fuera.

Patients with Mental Illness Face Labyrinth in Venezuela – Latin American Herald Tribune – 7 de Agosto 2019

In a dark room in Venezuela’s most important psychological hospital, two elderly women lie on folding cots on worn mattresses amid tangled sheets that seem to be part of their bodies.

Their names are not posted at the head of the cots because it could have been other patients who occupied the beds the previous night at the Psychiatric Hospital in Caracas, an institution founded 126 years ago but which is going through very hard times.

The elderly ladies are just two of the thousands of mental patients in Venezuela who are forced to go through a double labyrinth, dealing both with their own afflictions and also the lack of public medical assistance that might help them get better.

“This has become a human overcrowding zone,” nurse Johana Hernandez told EFE after pointing out that only a small part of the hospital designed to attend to about 300 patients, something that she calls “a cultural right,” is operating amid the worst possible conditions.

“The more that you want to do things well, you can’t,” she said, pointing out the deplorable working conditions at the health center.

As Hernandez spoke with EFE, cockroaches and other insects crept along the walls, climbed into the patients’ beds and were visible in the areas where the nurses take their breaks, where every day after 6 pm five postgraduate medical students go home and leave the hospital without any doctors on call.

She said that the health center does have on hand a certain amount of medications to treat depression, schizophrenia and other ills affecting the 36 patients.

“We’re getting (the medications), but not in the amounts needed to be able to attend to everyone,” she said.

She showed EFE about 20 ampoules of sedatives with expiration dates in 2016, but added that they are used only in emergencies.

Due to the lack of maintenance personnel, trash, excrement and dead insects are to be found in the rooms, bathrooms and patios of the huge hospital, which has been without electric power in most of its rooms for 20 months.

“The hospital personnel are not on strike,” she said, but rather are working at the bare minimum level, although – despite all the difficulties – they are still manning their posts in the psychiatric department.

The debacle at the hospital is part of the ongoing discussion in Venezuela, a country that is going through the worst political and economic crisis in its modern history and where millions of workers can’t earn enough to cover their daily food expenses.

“To be honest, I don’t know what anyone earns here,” said Hernandez, who added that her pay, which is just a little over $6 per month, is only “symbolic” since she can’t live on it anyway.

“If I made that public, OK, I’d have to pay the consequences. I don’t know what those would be … (But) I can’t turn a blind eye and be one of the ones who kept quiet. No, as long as I’m here I’m not going to do that,” she said.

In Venezuela, hospital services are going through their own crisis period, amid the scarcity of medications and the low pay for doctors and nurses, who work for the state headed since 2013 by Nicolas Maduro.

Every day, there are dozens of protests demanding an end to the crisis and an improvement in public services, which are by far the least costly in the region.

Amid this crisis, the opposition and health workers unions have been calling for the opening of a humanitarian channel into the country whereby pharmaceutical products and other basic necessities could enter.

In recent months, shipments of medications and other medical materials have come into the country from the Red Cross and allied countries like Russia and China.

But Hernandez said that, at least in the case of this hospital, nothing has been received.

Trump Doesn’t Have Time for Starving Venezuelans by Francisco Rodríguez – The New York Times – 10 de Julio 2019

Mr. Rodríguez is a former head of Venezuela’s Congressional Budget Office.

Children waited to eat lunch outside a soup kitchen in a slum near Caracas in February.
CreditCreditMeridith Kohut for The New York Times

Over the past two years, Washington has imposed increasingly punitive economic sanctions on Venezuela. These sanctions have restricted the government’s access to external financing, limited its ability to sell assets and, most recently, barred it from trading oil with the United States.

The sanctions were designed to choke off revenues to the regime of Nicolás Maduro. Its architects claimed they would not generate suffering for Venezuelans. The reasoning was that Mr. Maduro would quickly back down, or the military would force him out before the sanctions could begin to have an effect.

That was wrong. Two years in, Mr. Maduro retains his grip on power, and his regime has become even more repressive and ruthless. Venezuela’s crisis now appears to have outlasted President Trump’s short attention span. Life for Venezuelans has gone from bad to worse.

Venezuela was already in a deep humanitarian crisis, following years of mismanagement and corruption under Mr. Maduro and his predecessor, Hugo Chávez. Sanctions are now putting the country at risk of a humanitarian catastrophe. In the three months after they were increased in January, Venezuela imported barely a third of what it imported in the same period last year and less than one-tenth of what it bought from the rest of the world back in 2012. Given that most of the population is already living at near-starvation levels and that the country depends on imports to feed itself, further cuts in foreign purchases risk producing the first Latin American famine in over a century.

The risks of famine — and what needs to be done to stop it — are lost in the conversation among Washington policymakers and the Venezuelan opposition. This is the inconvenient truth about Venezuela: Both the policymakers who designed this reckless strategy and the political leaders who supported it could end up sharing responsibility with the criminal and incompetent Maduro regime for the country’s tragedy.

The 2017 sanctions barred foreign partners from funding companies in the country’s oil sector and froze the refinancing of the country’s debt. My research shows that after the first round of economic sanctions, Venezuelan oil output suffered a collapse worse than that ever undergone by any oil-producing economy not facing a war or oil strike. The economy lost an estimated $17 billion a year as a result. Operations that were not affected — like joint ventures with Chinese or Russian companies — saw production grow or stabilize even as the rest of the oil industry was collapsing.

Things will only get worse with this year’s oil embargo. Based on the historical experience of other countries that have faced similar situations (such as Iraq, Iran and Libya), the recent round of oil sanctions could cause an additional loss of $10 billion a year for the already decimated oil industry — equivalent to more than two-thirds of the country’s imports last year.

People waited for hours to fill their cars with gasoline in the state of Portuguesa in February. 
CreditMeridith Kohut for The New York Times

Industry experts have confirmed that the sanctions have had a crippling effect on the country’s oil sector. Jon Bilbao, the respected former oil industry executive asked by Juan Guaidó, recognized by many as Venezuela’s interim leader, to run the state-owned fertilizer company Monómeros, said last month that if the sanctions were lifted, the company could turn a profit this year. It lost $23 million last year.

 

Tell the opposition’s intellectual elites that sanctions are exacerbating the country’s crisis and you are likely to be met with silence or be told that this is false, that the country’s economic crisis began long before. This is the logical equivalent of saying that a terminally ill patient cannot be killed.

There is a stark contrast between their claims and the views of regular Venezuelans. A recent survey by the local pollster Datincorp found that 68 percent of Venezuelans believe sanctions have negatively affected their quality of life. How to stop hundreds of thousands of Venezuelans from starving to death this year should be front and center of the international community’s debate on how to help Venezuela.

World leaders faced the same quandary in Iraq more than two decades ago. While they elected to keep the sanctions against the Iraqi regime in place, they created an oil-for-food program designed to protect ordinary Iraqis from the consequences of their government’s actions.

Though the Iraqi program was mired in corruption, that doesn’t mean we shouldn’t opt for one like it in Venezuela. A comprehensive 2005 report by a commission headed by Paul Volcker on the Iraqi case outlines concrete recommendations on how such a program would need to be redesigned to minimize corruption risks and ensure that resources reach vulnerable populations.

The reality of sanctions is not that simple. Ignoring the suffering they’re causing is not going to bring democracy to Venezuela. What it will do is make Venezuelans poorer and their plight more desperate. Famines do not topple dictatorships. They only lead to loss of lives.

Francisco Rodríguez is chief economist at Torino Economics and a former head of research of the United Nations’ Human Development Report Office.

La vida detenida a la espera de gasolina en el interior de Venezuela por Florantonia Singer – El País – 1 de Julio 2019

En el país caribeño ha surgido un mercado negro del combustible. Los que no pueden esperar días en las filas pagan a revendedores

Un hombre duerme sobre su auto mientras espera por gasolina en Maracaibo.
Un hombre duerme sobre su auto mientras espera por gasolina en Maracaibo. RODRIGO ABD AP

La primera dificultad para abastecerse de gasolina en las ciudades del interior de Venezuela es identificar el principio y el fin de las colas. Como en La autopista del sur, el cuento de Julio Cortázar, la gente ha empezado a vivir en sus carros. Hileras de vehículos detenidos, unos ya sin combustible que necesitan ser empujados, personas acomodadas con cobijas sobre los capós a la espera de que las estaciones de servicio sean surtidas. Son escenas que, en mayor o menor medida, se repiten desde hace semanas en Barinas, Maracaibo, San Cristóbal, Mérida, Puerto Ordaz, Maracay, Maturín o Valencia.

Márquez encontró su lugar luego de recorrer 35 cuadras de filas de vehículos. Con pintura de zapatos le marcaron el vidrio del carro, le asignaron su lugar y así comenzó otra jornada en la cotidianidad kafkiana de los venezolanos. En la fila conoció a la familia que dormía en el vehículo del frente o a la mujer que hizo sola la cola, porque sus hijos ya se fueron del país, y que cada noche se tomaba su pastilla para la hipertensión dentro del coche. Lidió con las discusiones y las hostilidades de quienes querían saltarse su lugar. Setecientos carros y cuatro días después logró cargar su tanque.

La violencia se ha manifestado en esta nueva situación límite a la que se enfrentan los venezolanos. Se han registrado enfrentamientos en varias ciudades y, en el estado andino de Mérida, se cuentan al menos dos muertes en este contexto: un hombre que falleció de un infarto en la espera y otro que recibió un impacto de bala durante una riña por el control de las filas. Esta semana, en el sureño estado Bolívar, donde se impuso un racionamiento de acuerdo con el número de placa del vehículo, Manuel Garandela falleció de un paro cardíaco a la espera de su turno para abastecerse, informaron medios locales.

María Álvarez, de 38 años, vive en Mérida y hace lo posible para evitar las colas. Eso la obliga a entrar en el mercado negro que ha surgido. Paga 25 dólares por 20 litros de gasolina que reserva únicamente para llevar y traer a sus dos hijos al colegio que les queda distante. Le alcanza para dos semanas de viajes. Este no es el único negocio informal vinculado a la escasez de combustibles, también hay quienes cobran por hacer la fila o por un puesto más cercano. Un costo que se ha trasladado al precio de alimentos e insumos, que ahora se transportan con muchas más dificultades. “Esto es horrible, son colas de mínimo siete días y sé de gente que ha pasado 22. Es muy inseguro, por eso nosotros preferimos pagarla en dólares, mientras podamos. Las hortalizas que se cultivan en el páramo se están perdiendo porque no hay cómo trasladarlas. Es una verdadera tragedia”, cuenta la mujer.

La reducción de la distribución ha sido significativa. En el estado donde vive Márquez, para 28 estaciones solo llegan siete gandolas diarias de combustible, insuficientes para surtirlas a todas todos los días. En todo el país, alcanza para apenas 15% de las 800 gasolineras. “Antes uno podía pasar horas para poner gasolina, ahora son días y parece que cada vez son más. La gente se ha acostumbrado a caminar, porque no hay autobuses, todo está en una total parálisis”, dice Germán Duarte, transportista de 69 años. Calcula que ha reducido su actividad al 10%.

GASOLINA EN ESPECIE

Hace menos de un año, Nicolás Maduro anunció el fin de la gasolina casi gratis para los venezolanos tras años de un subsidio que le cuesta al país 5.500 millones de dólares anuales, según firmas como Ecoanalítica.

La promesa de llevarla al precio internacional, para lo que ordenó hacer un registro de todo el parque automotor, ha quedado ahí. Como ocurre desde hace años, la voraz hiperinflación ha engullido el precio controlado del combustible. No existe un billete o moneda con que se pueda pagar en las estaciones, porque el precio quedó desfasado. La gasolina de mayor octanaje cuesta en Venezuela 6 bolívares el litro, un monto que ni siquiera ha sido actualizado con la reconversión de la moneda que se implementó en agosto pasado en la que se le restaron 5 ceros al bolívar.

La mayoría suele pagar de más, sin importar el monto. Algunos sorprenden al operador con un billete de un dólar. Hay quienes pagan en especie: un kilo de arroz o de harina de maíz, una galleta o cualquier objeto son mucho mejor aceptados en las estaciones que los devaluados bolívares.

La crisis de combustible se vive desde 2012, luego del incendio de la refinería de Amuay, en el estado Falcón, y de que la producción de la estatal Pdvsadeclinara, apunta Iván Freites, secretario del sindicato de profesionales y técnicos de la petrolera. Luego de años de merma por la corrupción y la mala gestión de la industria, que logró paliarse con importaciones, a partir del pasado mayo se agudizó la escasez con la entrada en vigor de las primeras sanciones económicas del Gobierno de Donald Trump a la petrolera. Las medidas redujeron el margen de maniobra del régimen de Nicolás Maduro para adquirir gasolina importada y los aditivos para procesar la que sale de los complejos refinadores del país. También cortaron el ingreso de divisas al suspender la venta de crudo a Estados Unidos. “La situación es bastante grave y el país puede quedar totalmente sin gasolina”, advierte Freites.

Las sanciones de Washington se comenzaron a implementar en 2017. El pasado enero se endurecieron en el sector petrolero como parte del cerco internacional a Maduro, que busca forzar su salida y propiciar una transición política conducida por el jefe del Parlamento, Juan Guaidó, reconocido como presidente interino por más de 50 países.

Freites recuerda el tiempo en que Venezuela producía, hace apenas una década, 270.000 barriles diarios de gasolina y 210.000 de gasoil. “En ese momento teníamos las refinerías funcionando a un 70% de su capacidad y todavía nos daba chance para exportar”. Hoy, solo una de las seis instalaciones en el país está funcionando y produce apenas 40.000 barriles diarios, insuficientes para una demanda diaria de 140.000 barriles de combustible. “Esa es la gasolina que llega a Caracas. En el interior se reparte lo poco que han logrado importar con sus aliados con operaciones de piratería, de barcos que entran con sus GPS y luces apagados, que tampoco alcanza porque no han sacrificado la cuota de 57.000 barriles que se envían a Cuba ni los casi 40.000 que se pierden en contrabando”, denuncia.

Maduro y el neoliberalismo del siglo XXI por Carlos Pagni – El País – 25 de Junio 2019

El mandatario venezolano se enfrenta a una dura lista de recortes

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Michelle Bachelet, junto a Juan Guaidó, durante su visita a la Asamblea Nacional de Venezuela. CRISTIAN HERNANDEZ AFP

El chavismo encontró a su peor enemigo. Un peligro mucho más corrosivo que Donald Trump y su amenaza militar: el desabastecimiento de productos indispensables para los venezolanos. Para enfrentarlo, el logorreico Nicolás Maduro comenzó a ensayar una receta sobre la cual guarda silencio. Hace semanas inauguró un severísimo ajuste.

Es el imperio de la necesidad: caen las erogaciones porque caen los ingresos y caen los ingresos porque se derrumba la producción de petróleo.La principal víctima son los trabajadores públicos. El Estado es el único empleador que atrasó los sueldos en relación con la inflación, que el año pasado fue, según el Banco Central, de 130.000%. Esta tendencia le permite a la autoridad monetaria reducir la emisión, que es uno de los motores de la inflación.

También fueron aumentados en un 100% los encajes bancarios, por lo que se contrajo la cantidad de bolívares a disposición del público.El Banco Central suspendió también el control de cambios. El 21 de mayo pasado, sin hacer ruido, autorizó a las entidades bancarias a establecer mesas de cambio a través de las cuales deben deshacerse del 80% de sus posiciones en moneda extranjera. El 20% restante deberán destinarlo a operaciones entre bancos. Esta decisión completa otra de comienzos de año. El 26 de enero pasado, el Banco Central habilitó Interbanex, una plataforma privada de compra-venta de dólares.Como todo proceso hiperinflacionario, el venezolano registra una dolarización fáctica de la economía.

La gente huye de un bolívar devaluado y fija sus transacciones en la moneda estadounidense. Lo asombroso es que, lejos de desalentar esa conducta, el Gobierno la alienta. Desde los médicos hasta los mecánicos de automóviles cobran en dólares sin ninguna restricción. Entre estas innovaciones silenciosas está también la anulación de la Superintendencia Nacional para la Defensa de los Derechos Socioeconómicos (Sudden).

Esta oficina, que ejercía el control de precios hasta llevar a la cárcel a algunos supermercadistas, ahora mira hacia otro lado los aumentos del arroz, el café, las pastas o la leche. Esos productos estaban desapareciendo del mercado. Una tímida apertura comercial de las fronteras físicas acompaña esta política. El giro de Maduro ya se refleja en las estadísticas, que el Banco Central vuelve a publicar. Según el economista Asdrúbal Oliveros, de la consultora Ecoanalítica, las estratosféricas tasas de inflación del 100% mensual descendieron hasta estratosféricas tasas de alrededor del 35% mensual. Las consecuencias del torniquete monetario y la progresiva liberación de precios son imaginables: una caída dramática en un nivel de actividad ya muy deteriorado. Maduro vivirá atrapado entre una recesión que avanza y una inflación que no termina de ceder.

Es el peor de los mundos, salvo que se lo compare con la pérdida del poder.El régimen venezolano intenta sin estridencias este durísimo programa como un nuevo salvataje, mientras busca oxígeno internacional. Consiguió que la alta comisionada para los Derechos Humanos de Naciones Unidas, Michelle Bachelet, visitara Caracas y se reuniera con Maduro, quien es desconocido como presidente por más de 50 países.

Entre ellos, Chile. Bachelet hizo equilibrio, como cuando era presidenta. En ese entonces debió evitar una condena categórica del régimen venezolano condicionada, sobre todo, por sus aliados comunistas. Pero estuvo entre los fundadores del Grupo de Lima, la liga americana que con mayor dureza denunció el autoritarismo de Maduro. Después de su visita, la socialista Bachelet lamentó el deterioro de la situación humanitaria en Venezuela. Pero no consiguió la liberación de presos políticos. Son 730, de los cuales en los últimos tiempos sólo una veintena recuperó la libertad.

El gran aliado del dictador sigue siendo Trump, quien, más interesado por su suerte electoral que por la peripecia de los venezolanos, mantiene una brumosa presión militar sobre Venezuela. Su vocero más persuasivo, el jefe del Comando Sur del Pentágono, Craig Faller, inició ayer una visita por Argentina y Chile, en el centro de cuya agenda está la cuestión de Venezuela.El curso que eligió Trump es cada vez más divergente del resto de la comunidad internacional interesada en una salida democrática. Sebastián Piñera, el sucesor de Bachelet, auspició desde su cancillería un seminario que analizó, el domingo pasado, con la presencia de opositores a Maduro, la transición posterior a Pinochet. Es un modelo que entusiasma a muchos militares que imaginan su continuidad después de la caída del chavismo.

Al mismo tiempo, la Unión Europea, en una perspectiva también distinta a la de Trump, designó al eminente Enrique Iglesias para asesorar sobre Venezuela a la Alta Representante para la Política Exterior, Federica Mogherini. Y un país ajeno a la Unión, como Noruega, se ofreció para una mediación entre delegados de Maduro y del presidente interino, Juan Guaidó. Al trascender, el ensayo perdió efectividad.Maduro intenta tomar oxígeno a través de estos nuevos experimentos diplomáticos. Debe apresurarse. Con la tenaza de la hiperinflación y la recesión puede terminar estrangulado.

What America Doesn’t Get About Dictatorshipsby Raul Gallegos – The New York Times – 20 de Junio 2019

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It’s been five months since the opposition lawmaker Juan Guaidó assumed the symbolic role of interim president of Venezuela, hoping to unseat the country’s strongman, Nicolás Maduro. Despite more than 50 countries recognizing Mr. Guaidó as Venezuela’s legitimate president, oil sanctions imposed by the United States, massive street protests, and the worst economic crisis in modern history, Mr. Maduro persists.

The staying power of Mr. Maduro’s embattled government has confounded the international community, academics, analysts and journalists. Call it a lack of negative imagination — the capacity to conceive of and prepare for worst-case scenarios. The inability to fathom the resilience of an authoritarian regime shows how politically naïve those in liberal democracies have become. Freedom and wealth give us strength, but it can also become a weakness. We become unprepared for the unthinkable and blindsided by events like the 9/11 terrorist attacks, the rise of Donald Trump, or the Brexit vote in Britain.

When the likelihood that Mr. Maduro could defy expectations and hold onto power for much longer is raised in meetings with policymakers in Washington or financiers in New York, it often incites anger or disbelief. I should know. In my work with Control Risks, a global risk management consultancy, we have raised the alarm for the last three and a half years that Mr. Maduro and his Chavista political movement can cling on to power longer than most people think. Mr. Maduro’s friends in Cuba, China, Russia and Turkey have helped him cling on. The West has consistently underestimated his determination and lack of scruples.

When I explain this to incredulous clients, I’m often met with uncomfortable silences or a battery of angry counterarguments. A journalist once wondered, half in jest, if my professional opinion was the result of being a closeted Chavista. People in democracies where logic, well-functioning institutions and strong civil societies prevail struggle to understand countries without those norms.

We assume that cash-strapped dictators will quickly fall because they can no longer buy people’s loyalty. But we fail to understand that when money becomes scarce, unscrupulous regimes like those in North Korea, Cuba and Venezuela use fear and terror — including jailing or killing dissenters and their families — to enforce obedience.

We also like to think that dictatorships are constantly teetering on the brink because of weak and corrupt institutions. But regimes like Mr. Maduro’s encourage graft as a way to keep greedy bureaucrats loyal, and to have something to hold over their heads if they should become enemies. There are plenty of examples of corrupt Maduro loyalists who were persecuted when they turned on the regime.

In Venezuela’s latest racket, for instance, passport agency officials have been known to charge citizens up to $2,000 for a new passport. Corruption is a trap that makes it hard for criminalized civil servants to have a normal life outside the regime, because they will always run the risk of ending up in jail or dead. Criminalized institutions have staying power precisely because they are corrupt.

A particularly romantic misconception is that hungry people will fight for their freedom and inevitably topple regimes. Studies show that people who are experiencing food shortages are focused on day-to-day survival. Hunger makes people more dependent on the state that controls them, just like Venezuelans are now more dependent on Mr. Maduro’s food handouts. An abused citizenry falls into “learned helplessness” and becomes more pliant and cowed. Hungry people rarely topple dictatorships — well-organized coups or insurgencies do.

If and when a nasty regime falls we also like to think the good guys take control. If Mr. Maduro leaves — especially following a negotiation — a number of Chavistas who control the levers of power could come out on top. No one gives up power willingly without something in return. This means that regime insiders whom the international community finds unsavory could still wield power post Maduro, likely sharing it with populist-leaning members of the opposition. It’s unrealistic to assume that pro-business, democratic leaders will immediately control Venezuela if and when Mr. Maduro departs.

To help countries overcome dictatorial rulers, the international community must first take off its rose-tinted glasses. Positive thinking has almost become an ideology in foreign policy circles. But only when we begin to account for all the things that can go wrong, can we prepare to successfully tackle negative outcomes ahead of time. Understanding how illiberal and criminal regimes function is also crucial, instead of assuming they will respond to the same incentives that motivate us. Hoping for the best won’t rescue nations from political backwardness. To achieve a democratic transition in Venezuela requires more than wishful thinking.

Raul Gallegos is a political risk adviser for Control Risks and the author of “Crude Nation: How Oil Riches Ruined Venezuela.”

La ayuda humanitaria escasea ante el recrudecimiento de la crisis en Venezuela por Maolis Castro / Florantonia Singer – El País – 16 de Junio 2019

Los cargamentos donados por Cruz Roja no consiguen aliviar la emergencia que vive el país

Una habitación de un hospital de Caracas.
Una habitación de un hospital de Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ

Los médicos saben que miles de pacientes morirán sin un tratamiento en Venezuela. Desesperados por la impotencia, un grupo de personas caminó, a finales de mayo, hasta la sede de Cruz Roja en Caracas para demandar la entrega de la ayuda humanitaria a varios hospitales del país.

Está previsto que en su etapa inicial el plan de ayuda de Cruz Roja beneficie a 650.000 personas. Pero en abril el secretario general adjunto de Asuntos Humanitarios de la ONU, Mark Lowcock, señaló que se necesita asistencia para siete millones de personas en Venezuela. Todos saben que la solución se puede demorar de forma indefinida y la prolongación del conflicto político y la crisis ha acelerado el éxodo forzoso, pues la situación del país se hace cada vez más precaria con la hiperinflación que empobrece a los venezolanos, la crisis eléctrica que padecen gran parte de los Estados del país y la escasez de combustible que ha empezado a limitar el ya reducido abastecimiento de alimentos, en medio de un conflicto de poderes entre el chavismo y la lucha por la transición de Juan Guaidó.

En febrero Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) reportaba que el número de venezolanos en el extranjero alcanzaba los 3,4 millones. Tres meses después, un nuevo informe del organismo reporta que más de cuatro millones se han ido, 600.000 personas más, a razón de 6.000 por día en medio de la peor crisis e incluso con las fronteras cerradas, cifras que el canciller, Jorge Arreaza, cuestionó por creer que se trata de una estrategia contra el Gobierno de Nicolás Maduro.

Para Feliciano Reyna, director de la ONG Acción Solidaria, la emergencia humanitaria está lejos de resolverse. Aunque se avanzó en la activación de los mecanismos de Naciones Unidas y Maduro aceptó el apoyo humanitario de la Cruz Roja, todavía no se concreta la entrada de la ayuda y, en paralelo, la precariedad crece en el país. “La supervivencia aquí está en riesgo. En 2015 se comenzó a formar la ola de este tsunami que ya entró al país y sigue arrasando. Para detener ese daño hay que hacer esfuerzos enormes”, explica.

Contener la emergencia, causante del incómodo éxodo, implica atender a millones de pacientes de distintas enfermedades crónicas. En mayo, un informe de la ONG internacional ACAPS, que monitorea las crisis humanitarias en el mundo, consideró que la situación era de alta severidad al indicar que 14,9 millones de personas en Venezuela requieren de la ayuda humanitaria, que equivale a más de la mitad de la población. Esa es gente, apunta Reyna, cuyas capacidades de supervivencia están en riesgo hasta tal punto que tendrían que marcharse del país.

Para la Comisión Especial de Seguimiento a la Ayuda Humanitaria creada en el Parlamento las dimensiones de la crisis en realidad alcanzan a 19,8 millones de venezolanos, de los cuales 6,9 millones no tienen acceso a medicamentos por el desabasto y los altos costos de los pocos que están disponibles. Además, 324.000 niños menores de cinco años no tienen segura su alimentación. Los números presentados a principios de junio dibujan, de acuerdo con los diputados, el escenario de una catástrofe humanitaria.

El activista reconoce la importancia de que sea permitida por primera vez la entrada de cargamentos anunciados como ayuda humanitaria con el consentimiento de Maduro, pero recuerda que desde 2016 muchas ONG venezolanas atienden a grupos vulnerables. “Eso le da un piso más sólido a la movilización. Pero tendríamos que, mientras transcurre el camino del conflicto político, porque es imperativo, urgente, no hay adjetivo posible para decirlo, abrir por completo el espacio humanitario para que actores nacionales o internacionales puedan ingresar al país a atender a quienes están en mayor riesgo”, destaca. Su organización, Acción Solidaria, entrega mensualmente tratamientos médicos para 15.000 pacientes presionados por las dificultades de Venezuela.

Aunque la emergencia humanitaria está declarada desde 2016 por la Asamblea Nacional, fue el 16 de abril cuando finalmente entraron de manera formal 24 toneladas de ayuda humanitaria traídas por Cruz Roja Internacional: plantas eléctricas, pastillas potabilizadoras, productos de higiene y algunos medicamentos fueron repartidos en unos pocos hospitales y comunidades. La llegada, sin embargo, no significó una asistencia continua. A principios de mes, el director del organismo en Venezuela, Mario Villarroel, reconocía que, aunque tenían autonomía para llevar la ayuda, necesitaban la autorización del Gobierno de Nicolás Maduro para poder entregarla.

A la declaración siguió la firma de una “hoja de ruta” entre el Ministerio de Salud venezolano y la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja para aumentar la asistencia en Venezuela. También firmaron un convenio con la empresa rusa Geropharm para producir insulina en Venezuela. Sin embargo, el chavismo niega insistentemente la crisis humanitaria y se opone a la ayuda internacional tildándola de injerencia. El bloqueo que impuso el Gobierno de Maduro a la búsqueda de soluciones a la crisis, convirtió la labor humanitaria que vienen haciendo decenas de ONG en el país desde hace tres años en una actividad casi clandestina.

POLÉMICA POR UNA DENUNCIA DE CORRUPCIÓN

Luis Almagro, secretario general de la Organización de Estados Americanos, exigió este viernes investigar una denuncia publicada en el portal Panam post sobre una presunta apropiación de fondos destinados a la ayuda internacional por parte de los enviados de Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, en la ciudad fronteriza de Cúcuta, Colombia. El artículo, basado en una fuente de la inteligencia colombiana, indica que dos militantes de Voluntad Popular, encargados de atender a militares y sus familiares fugados de Venezuela, comenzaron a exhibir lujos.

Guaidó explicó que la delegación en Colombia maneja con “austeridad” y “limitaciones económicas” la situación de los militares en ese país. “Ante denuncias, pido al embajador Humberto Calderón Berti solicitar formalmente a organismos de inteligencia colombiana la investigación necesaria. ¡Transparencia ante todo!”, dijo.

Las denuncias no solo se limitan a Colombia. En Venezuela la ayuda humanitaria es controlada por la Federación Internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja que se rigen por protocolos y cuentan con un propio comité de control. Hace unos días, un grupo de médicos de hospitales de Caracas cuestionó los mecanismos del organismo para distribuir las donaciones. Sus dudas sobre el trabajo de Cruz Roja está fundamentado en la ausencia de datos públicos. Pero el organismo internacional ha proporcionado, con cautela, datos sobre sus actividades.

Mercedes de Freitas, directora de la ONG Transparencia Venezuela, insiste en que es necesario hacer públicos los detalles de los donativos para evitar confusiones y hasta corrupción. “La ayuda humanitaria no alcanzará para todas las necesidades (…) ¿Qué significa eso? Al ser insuficiente existe un riesgo, porque la escasez es el incentivo más grande de la corrupción. No digo que esto sea el destino de los cargamentos que ingresaron a Venezuela, pero es importante ser cuidadosos con la contraloría y que la población conozca detalles”, explica.

La experta recuerda que en el país la corrupción es común. “No es de extrañar que la gente quiera ejercer contraloría. Durante años el sistema de salud recibió miles de millones de dólares para presupuestos anuales (…) Hasta el expresidente Hugo Chávez aprobó recursos para construir seis grandes hospitales, de los cuales ninguno está terminado. Algunos ni siquiera se empezaron a construir, pero los fondos se asignaron y no sabemos qué pasó con ese dinero”, dice.

Rodrigo Agudo: Venezuela sólo dispone del 20% de los alimentos que necesita por  Jose Segovia – Cactus24 – 14 de Junio 2019

El asesor de Fedenaga Rodrigo Agudo advirtió que en Venezuela la población sólo dispone del 20% de los alimentos que necesita y en la actualidad existe un problema profundo de desnutrición.

Resaltó que el 90% de los venezolanos no pueden comprar los alimentos y eso causa una «falsa imagen» de abastecimiento.

En su opinión, desde el gran apagón que se sufrió a comienzos de año se ha agravado la situación de desabastecimiento.

El experto aseguró que Venezuela sufre las consecuencias de un Gobierno «que se puso a hacer lo que no sabe hacer» y la intervención sobre toda la cadena agroalimentaria.

Agudo denunció que el 55% de la carne de res que se consume en el país hoy en día no cuenta con vigilancia sanitaria.

En una entrevista con Globovisión, Agudo dijo que para recuperar la economía venezolana se requiere ayuda externa.

 

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