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Misiles antiaéreos contra la ayuda humanitaria por Trino Márquez – La Patilla – 13 de Febrero 2019

downloadLa ayuda humanitaria se convirtió en una aspiración nacional de la que no puede librarse el régimen. De nuevo Maduro y su gente desestimaron a la oposición y al país. Siguen creyendo que viven en el mundo idílico en el que gobernó Hugo Chávez durante los primeros años de su era, cuando disfrutaba de 80% de aceptación, y sobre esa base adulteraba la realidad. Su heredero se mueve en los bajos fondos de la popularidad. Es repudiado por un porcentaje mayor al que, en su mejor momento, respaldaba al fallecido caudillo. Se encuentra aislado y desprestigiado. Las imágenes en el puente Las Tienditas con los obstáculos levantados por el régimen para bloquear el acceso de la ayuda, han recorrido el planeta. Maduro ha sido comparado con Pol Pot y con Mao, dos verdugos que provocaron la muerte de millones de sus compatriotas.

Para negar y oponerse a la ayuda humanitaria -gestionada con éxito por la oposición y asumida con entusiasmo por numerosos países y organismos de la comunidad internacional-, Maduro apela a fórmulas  cínicas. Dice que se trata de “migajas”. Que Venezuela no es un país de mendigos. La extravagancia mayor: señala que esa ayuda pretende “envenenar” a los venezolanos porque los productos son “tóxicos”. Estas acrobacias argumentales han servido para que periodistas bien informados, como Orla Guerín, de la BBC de Londres, en una entrevista reciente, lo haya descolocado hasta el punto de dejarlo en ridículo.  No sabía que el salario mínimo apenas alcanza para comprar un kilo del queso más barato. La comunicadora extranjera se lo informó.

Negar la existencia de la emergencia humanitaria resulta insólito por el nivel de desprecio a la realidad que manifiesta. Las últimas encuestas Encovi reflejan, sin lugar a apelaciones, el deterioro global de la calidad de vida de los venezolanos. Cerca de 60% de la población come una o dos veces al día. En ese consumo no aparecen las proteínas de origen animal. La dieta está conformada básicamente por carbohidratos. Harinas. El nivel de desnutrición en niños menores de 2 años supera 40%. Omar Meza, director del Cendas e incansable estudioso del comportamiento de la cesta básica y de la cesta alimentaria, informa cada principio de mes de la brecha creciente entre el salario mínimo y el costo de esas dos canastas. Venezuela cuenta con el menor salario mínimo de todo el continente y, probablemente, del planeta, aunque el precio del crudo sigue cotizándose muy por encima del precio más alto que se obtuvo durante los cuarenta años de democracia. Migajas las que reparte el gobierno: sueldo y pensiones miserables, misiones paupérrimas, bonos en metálico que no alcanzan para nada. Asistencialismo con extorsión. Para eso idearon el carnet de la patria.

La escasez de medicamentos supera 85% en algunas medicinas de consumo masivo. Un tratamiento con antibióticos por una semana, dependiendo del principio activo prescrito, representa dos o tres veces el salario mínimo. La Encuesta Nacional de Hospitales, dirigida por el doctor Julio Castro, muestra con detalles el nivel de calamidad en el cual se hallan los centros de salud venezolanos. ¿Cómo negar, entonces, la emergencia humanitaria? Maduro lo hace.

La acusación acerca del peligro que representan los productos “tóxicos” que se pretende introducir, resulta aún más desconcertante. La plantea el mismo clan que vendía comida podrida a través de Pedeval (pudreval). Las mismas personas que han traído de Cuba millones de dólares en medicinas vencidas y que importan de México y otros países, leche, entre otros productos, de tercera calidad, aunque reciben dólares preferenciales  para traerlos de primera. Productos tóxicos, de pésima calidad, envenenados, los que ellos han importado a través de las redes delictivas que construyeron para enriquecerse a costa de la precaria salud y alimentación de los pobres del país. Esos delitos han quedado impunes. No hay ningún preso por haber comprado comida en mal estado o medicamentos vencidos. Ningún detenido por  haberse enriquecido de forma obscena con el hambre y la salud de la gente.

La ayuda humanitaria  no ha sido politizada por los promotores de la iniciativa, sino por el gobierno, quien convirtió el tema en un arma para atacar a sus adversarios.  La obsesión por evitar reconocer su fracaso y por impedir que la dirigencia opositora obtenga unos merecidos laureles, llevó a Maduro a la cumbre del delirio: decir que la prioridad en este momento reside en comprar modernos misiles antiaéreos para armar la población civil. ¡En qué mundo vive! Los pocos millones de dólares que pueda invertir en esa transacción serían totalmente insuficientes para librar un conflicto que se resolvería con la tecnología militar más moderna del mundo, de la cual militares y civiles venezolanos no tienen ni la menor idea.

Lo único real, prioritario y urgente es que al país ingrese una ayuda que servirá para aliviar la situación de millones de compatriotas que viven en la extrema miseria. Armas, no; medicinas y comida, sí.

Cuando el salario mínimo solo da para un kilo de queso por Víctor Salmerón – ProDaVinci – 13 de Febrero 2019

Mientras Venezuela lleva semanas ocupando las portadas de los periódicos internacionales por la crisis política e institucional en la que está sumida, la economía se sigue desplomando día a día. El frenético aumento de los precios pulverizó la nueva moneda lanzada hace menos de seis meses por el gobierno de Maduro y el salario mínimo, que equivale a cinco dólares, es incapaz de proveer la alimentación básica. La industria se apaga y todo apunta a una mayor recesión.

Como las rejas tienen el mismo color, la cantidad de tiendas cerradas desde diciembre proyectan un halo gris a lo largo de Sabana Grande, el bulevar más transitado de Caracas. Dos ancianos legañosos piden comida a las puertas de una pizzería, jóvenes con zapatos gastados y camisas desteñidas compiten a los gritos para promocionar casas de empeño mientras otros venden cigarrillos detallados a lo largo del paseo peatonal, repleto de basura y postes con pendones rotos. En el emblemático Centro Comercial Chacaíto nadie camina con bolsas de compra y Nike está desolada, aunque ofrece rebajas.

A pocas cuadras de Sabana Grande, hacia el este de la capital de Venezuela, Angie Martínez acomoda sobre mesas de madera los quesos que vende junto a dos ayudantes en una urbanización de clase media. El kilo de queso duro, un producto básico porque acompaña a las arepas que las familias consumen a diario cuesta 16,500 bolívares: hace dos semanas valía 9,800 bolívares y el salario mínimo mensual es de 18,000 bolívares (US$ 5.5 al tipo de cambio oficial).

“No sé qué vamos a hacer, será comer arepas solas. El bolívar soberano ya no vale nada, pronto vendrá el supersoberano”, dice un hombre en bermudas que paga medio kilo de queso con su tarjeta de crédito. En agosto de 2018, el gobierno lanzó el bolívar soberano tras restarle cinco ceros a la moneda anterior, el bolívar fuerte, pero el alza de los precios ya evaporó la capacidad de compra del dinero al punto de que se necesita un fajo de 33 billetes de la mayor denominación para pagar un kilo de queso.

Las autoridades insisten en establecer “precios acordados” para los alimentos esenciales, pero la rebeldía de la economía ha derivado en anaqueles vacíos en los supermercados y un comercio informal que gana espacio en prácticamente todas las zonas de la ciudad. A pocos metros de los quesos, Marta Izaguirre coloca sobre una mesa de plástico los cartones de 30 huevos que intentará vender a 12,600 bolívares: hace dos semanas costaban 10,000 bolívares.

“Antes vendía unos cien cartones de huevos cada día, ahora si tengo suerte vendo veinte cartones. A mí me venden los huevos más caros así que tengo que subir el precio, a los más necesitados les regalo los que vienen partidos”, dice Marta mientras mueve a cada lado una cabeza espolvoreada de canas. Según cuenta, está alerta por si viene la Guardia Nacional: “Muchas veces nos quitan mercancía”, asegura.

En la calle, el comentario más extendido es que el pollo, al igual que los huevos, “no ha aumentado tanto”, solo 26% en quince días.

Economistas coinciden en que, tras no ahorrar durante el tiempo de los altos precios del petróleo, endeudarse masivamente y administrar caóticamente a PDVSA, la empresa petrolera del Estado, el Gobierno cayó en bancarrota y optó por crear dinero cual billetes de monopolio, dinamitando el equilibrio entre la oferta y la demanda. El resultado es la aceleración frenética de la inflación que, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, saltó a 1,370,000% en 2018 y este año podría alcanzar 10,000,000%.

El hambre

A cada lado de una empinada escalera de cemento hay viviendas con paredes de ladrillo sin frisar, techos de zinc con orificios por donde cae el agua cuando llueve y ropa colgada en las ventanas. Es La Vega, un típico barrio caraqueño donde habita el estrato de menos ingreso. En la parte más alta de la escalera, una cola serpenteante de niños espera por un plato de arroz, carne molida, ensalada y una ración de lactovisoy, la bebida con carbohidratos y proteínas para combatir la desnutrición.

“Al ver el hambre y el impacto en los niños decidí que tenía que hacer algo. Comenzamos a recibir donaciones de venezolanos en el extranjero, de distintas instituciones y creamos Sustento, una empresa de catering que genera ingresos. Con estos recursos, estructuramos una red de 80 comedores donde de lunes a viernes almuerzan 7,500 niños de ocho estados del país en zonas con alto riesgo de desnutrición”, dice Roberto Patiño.

Patiño tiene 30 años, es ingeniero industrial, hizo un posgrado en políticas públicas en la Universidad de Harvard y milita en Primero Justicia, un partido de oposición. Explica que “el sistema es la corresponsabilidad: las madres de los niños se encargan de cocinar, administran la comida y en una de sus casas funciona el comedor; aquí en La Vega se sirven cien almuerzos diarios”.

Yuleidys Flores tiene rostro de cansancio, 27 años, seis hijos y carga en brazos a Fabiannys, de solo trece meses. La sostiene con esfuerzo e intenta que la niña coma algo de arroz. “Ya mis otros hijos almorzaron aquí. En la casa les doy una sopita de verduras, algunos granos”, explica. “Mi esposo trabaja en mantenimiento, pero le pagan sueldo mínimo y además recibimos el bono (del gobierno), pero no nos alcanza para nada”.

Una vez al mes, el gobierno vende a precio subsidiado cajas de comida, pero el gobernante Nicolás Maduro ha prometido que pronto comenzarán a distribuirse cada quince días: “El mercado a la casa debería ser la consigna, la revolución lleva el mercado a la casa”, dijo Maduro.

Además, dependiendo del número de integrantes, las familias “vulnerables” reciben un bono mensual que puede llegar a un máximo de 14,400 bolívares (cuatro dólares al tipo de cambio oficial).

La última caja de comida distribuida en La Vega trajo tres kilos de arroz, dos kilos de caraotas, un kilo de lentejas, cuatro latas de atún de 125 gramos, dos litros de aceite, un frasco de mayonesa pequeño y otro de salsa de tomate, dos kilos de harina y un kilo de leche en polvo.

Esteban, un moreno alto con la cabeza rapada es miembro del comité que organiza el reparto de las cajas. Dice que “hay mucha necesidad” en la zona, como familias de cinco o seis personas que tienen que comer con una caja. “Ayer vecinos me decían, Esteban no tengo nada en la casa”, lamenta.

“Tratan que los niños se despierten lo más tarde posible para enviarlos al comedor al medio día, luego los mandan a la escuela en la tarde y en la noche les dan de cenar lo poco que pueden”, añade.

Los recortes

El mercado de Quinta Crespo está en pleno centro de Caracas. Paredes descascaradas y descoloridas afean la edificación de 1951 donde comerciantes venden ropa y alimentos. Al fondo de uno de los pasillos está la pescadería y el vendedor atiende a clientes que piden “recortes”: restos de cabeza y cola de pescados, que son lo más vendido.

En la carnicería los cortes de “bofe”, los de menor calidad junto al corazón de res, tienen alta demanda. N everas vacías muestran el impacto de la escasez y llama la atención la cantidad de puestos de venta de ropa que están cerrados. Un vendedor de frutas señala: “La gente apenas puede comer, ¿cómo van a comprar ropa?”.

A una cuadra del mercado, vendedores ambulantes ofrecen bolsitas plásticas con 100 gramos de café o 150 gramos de azúcar. Mary Espinoza viste una franela de rayas, mira la avenida con expresión de fastidio y explica que “hay mucha gente que solo puede comprar este poquito que les vendo, para tomarse un cafecito”.

Mary tiene dos hernias discales que asegura son la consecuencia de los muchos años que trabajé con frutas y cargando cajas. “Ahora tengo 53 años. No puedo comprar las medicinas, cuando el dolor es muy fuerte consigo una pastillita de ibuprofeno en la farmacia”, lamenta.

De acuerdo con las cifras oficiales, a pesar de la hiperinflación y la pérdida de capacidad de compra del salario, la pobreza extrema no ha aumentado en los últimos cuatro años. Al contrario, disminuyó desde 5.5% de la población a 4.4%. Nicolás Maduro asegura que se debe a “que hay una revolución socialista, una revolución cristiana que multiplica panes y peces”.

No obstante, la Encuesta de Condiciones de Vida que elaboran las tres principales universidades del país sostiene que en 2018 el 94% de los encuestados afirmó que sus ingresos son insuficientes para cubrir todas las necesidades básicas. Además, la medición multidimensional de la pobreza que evalúa la vivienda, el funcionamiento de los servicios básicos, el acceso a la educación, empleo y protección social, arrojó que 48% de los hogares son pobres.

Todo gira en torno al dólar

Como cada día el bolívar tiene menos capacidad de compra, los venezolanos buscan deshacerse del dinero lo más pronto posible, saben que mañana todo será más caro y han comenzado a adoptar el dólar como unidad de cuenta. Técnicos que reparan electrodomésticos, abogados, médicos, arquitectos, calculan el costo de sus servicios en billetes verdinegros.

“Yo cobro por mi consulta el equivalente a 30 dólares, lo voy ajustando de acuerdo al tipo de cambio, es la única manera de tener una idea de cuánto estás cobrando. El bolívar ya no es una referencia porque no vale nada”, dice Santiago Polanco, odontólogo.

De manera subrepticia, las tiendas de electrodomésticos, teléfonos celulares y equipos de computación también han adoptado la moneda estadounidense como patrón. Los precios están en bolívares, pero los vendedores le hacen saber al público el equivalente en dólares y que no hay ningún tipo de inconveniente para pagar con divisas.

El malestar de la economía ha dado pie a una paradoja en el Socialismo del Siglo XXI. Los sectores que tienen acceso a dólares como profesionales que trabajan para compañías extranjeras, quienes reciben remesas de familiares que se han marchado al extranjero o los que pertenecen a la pequeña capa de la sociedad con ahorros en divisas se mueven en una economía con un nivel de abastecimiento aceptable, mientras que el resto vive en la carencia.

En las bombas de gasolina no hay aceite de motor, pero en el mercado informal una garrafa de cinco litros de “aceite Castrol sintético” puede comprarse en 50 dólares, “en efectivo o por transferencia”.

La escasez está asociada al descalabro de la industria petrolera, la fuente de 96% de los dólares que ingresan a Venezuela. La cantidad de barriles que se extrae diariamente es la mitad de lo que era en 2013 y las importaciones, tanto de productos finales como de materia prima, han descendido a mínimos históricos.

De acuerdo con los últimos datos de Conindustria, la asociación que agrupa a las empresas manufactureras, al cierre del tercer trimestre de 2018 el 45% de las empresas utilizó menos de 20% de su capacidad de producción por la falta de materia prima.

A la hiperinflación y la recesión se añadirá el impacto que tendrán las sanciones de Estados Unidos, que considera a Nicolás Maduro como un mandatario ilegítimo y suspendió la compra de petróleo. La economía venezolana acumula veinte trimestres consecutivos de caída y todavía no toca fondo.

«¿Problemas de identidad? Ninguno. Lo mismo como arepas que porrusalda» por Jon Aramburu – El Correo – 12 de Febrero 2019

Ibane con su hermano Julen en el Jai Alai de Caracas/JON G. ARAMBURU
Ibane con su hermano Julen en el Jai Alai de Caracas / JON G. ARAMBURU

600 familias integran la colonia vasca en Caracas, sacudidas por la deriva de un conflicto que ha minado el país

La Euskal Etxea de Caracas se levanta en un barrio que le dicen El Paraíso, por mucho que lo sobrevuele una autovía descomunal y quede a un tiro de piedra de la Cota 905, un cerro -como llaman aquí a las favelas- considerado de los más peligrosos del distrito capitalino. El hogar se fundó en 1941, cuando los aitites de los mismos que ahora se bañan en la piscina cruzaron el Atlántico huyendo de la Guerra Civil, y la sede actual -le precedió otra en el centro- es la más grande del mundo después de la de San Francisco.

En la ciudad hay 600 familias vascas, de las que la mitad son socias. Jai Alai, cancha multiusos, un caserío de estilo vascofrancés, antaño una ikastola… Las cuotas de los socios apenas cubren el 40% del presupuesto, mientras que el resto está subvencionado por el Gobierno vasco. Por aquí han pasado desde Agirre y Leizaola hasta Amorebieta. Situada en medio de una ciudad de 10 millones de habitantes, a ratos brutal y capaz de encerrar todos los contrastes, es el oasis de quienes han decidido mantener sus raíces contra viento y marea, y a quienes la deriva de los acontecimientos no deja indiferentes.

Itziar Rodríguez y Seijó. Superviviente del bombardeo de Gernika

«Este país era el paraíso, es indignante lo que han hecho con él»

Itziar vuelve de vez en cuando a su Gernika natal.
Itziar vuelve de vez en cuando a su Gernika natal. / JON G. ARAMBURU

Itziar tenía dos añitos cuando el bombardeo de Gernika, «que me agarró en Erdikokale», y no emigró a Venezuela hasta los 19, con sus padres ya asentados en un país que les había abierto los brazos y lleno de oportunidades. «Aita había pasado por la cárcel y en la España de Franco no tenía forma de levantar cabeza». Todavía se acuerda de la Casa de Calle, «donde jugábamos a guardias y ladrones», del txitxiburduntzi y el morokil. Los comienzos nunca son fáciles e Itziar no fue una excepción a la regla. «Lloraba muchísimo y no quería salir de casa». Cinco meses pasaron hasta que acudió a la Euskal Etxea, sin otro consuelo que subir al cerro Ávila que domina Caracas, lo más parecido a las montañas de su tierra.

Pero fue empezar y ya no parar nunca. «Veníamos todos los jueves a ensayar con el coro ‘Pizkunde’, no importaba que fuera de noche porque la ciudad era segura». El clima de Caracas, su luz, la gente… «Y cómo hemos cambiado. Todo es más grosero y eso se nos ha ido contagiando. Ves la miseria tan terrible y te entran ganas de mandarlos a todos al coño su madre», masculla indignada. Y eso que Itziar, 84 años, tres de ellos lehendakari de la Euskal Etxea, no se puede quejar. Es jubilada de la Polar, la empresa que fue un emblema del país durante décadas, así que además de la pensión recibe dos cajas de alimentos y otras dos de cerveza… con las que da de comer a cuatro familias. «El mecánico no me cobra un centavo, la peluquera tampoco», desliza.

Pero el amago de sonrisa no tarda en desaparecer. «Es doloroso acabar viviendo de la caridad de los demás, se pierde hasta la vergüenza de pedir. Pero, ¿qué haces si tienes hijos?». Itziar vuelve cada año a Euskadi. Tres meses. «Para mí es un balón de oxígeno. Nunca pensé que fuera a tener una vejez tan preocupante, angustiada siempre por lo que veo a mi alrededor. En Gernika respiro, me siento en el Parque de los Pueblos de Europa y me basta con un libro. Oigo los pájaros, los patos, no necesito más nada». Antes del 7 de marzo, la fecha de su partida, oirá misa en la Euskal Etxea. Como Itziar, el padre Odriozola, jesuita, tampoco arroja la toalla.

Antonio Arriaga. Pediatra

«Vivimos no en una dictadura, sino entre delincuentes»

Antonio Arriaga se siente vasco y venezolano.
Antonio Arriaga se siente vasco y venezolano. / JON G. ARAMBURU

Antón no tiene ningún conflicto entre sentirse vasco o venezolano, «lo mismo me gustan las arepas que la porrusalda». Hijo de padre guerniqués y madre duranguesa, recuerda que «los bilbaínos nacemos donde nos da la gana» y afea la conducta a quien pone en cuestión sus orígenes por haber nacido en América. «Apunta. Soy Arriaga Agirre Gerrikaetxebarria Bernaola, ¿te sirve?» La de Antón es una historia que resume muy bien la de sus paisanos. «Mi ama nunca ha pensado en volver, y eso que lleva 70 años aquí y no ha perdido la ‘z’ marcada».

A este pediatra de 67 años, «jubilado, pero con dos trabajos», le duele lo que han hecho con este país, «el más rico del mundo, pero saqueado sin misericordia». Desde su atalaya en el hospital tiene una visión privilegiada de lo que ocurre a su alrededor. «Hay hambre, hay necesidad, no hay máquinas de diálisis ni tratamiento de quimio, la desnutrición infantil es bárbara…», enumera. «Este año se esperan millón y medio de casos de malaria, cuando esa era una enfermedad erradicada en los 40», desgrana como quien habla de las plagas bíblicas.

Pero Antón es optimista. «Saldremos de ésta, no me preguntes cuándo. El problema son los militares, más preocupados por proteger su estatus que por defender al país. Esto no es una dictadura, es una banda de delincuentes», explica mientras clasifica un envío de siete cajas de medicamentos que les ha llegado desde Bilbao gracias a la fundación Tierra de Gracia, formada por venezolanos residentes en Euskadi, y que luego se repartirán entre los más necesitados de la colonia vasca.

– ¿Y qué es lo que más echa de menos del País Vasco?

– Ir al caserío de la familia en Mañaria y que te digan en cuanto entras por la puerta: «Tú siéntate y come. Vino, chorizo…», enumera con los ojos entornados.

Ibane y Julen Azpiritxaga. Savia joven para la Euskal Etxea

«No quiero un baño de sangre y menos por un carajo atornillado al poder»

Ibane y Julen, las nuevas generaciones de la colonia vasca.
Ibane y Julen, las nuevas generaciones de la colonia vasca. / JON G. ARAMBURU

Ibane, 23 años, es el presidente de la Euskal Etxea,su salón de juegos y el de su hermano Julen, 22, desde que ambos tienen memoria. Descienden de emigrantes de Algorta, Durango y Pasaia, localidad esta última donde Julen -el único de los dos que habla euskera- pasó año y medio después de que se metiera en aprietos por su condición de líder estudiantil y su madre le largara de vuelta «para evitar disgustos».

¿Cómo consigue un venezolano de segunda generación mantener las raíces a 7.100 kilómetros de distancia? «Mi padre era el perejil de todas las salsas. El que cocinaba, bailaba, presidía… lo hemos mamado toda la vida. La identidad vasca es muy marcada, y por supuesto que hemos tenido que superar clichés como el de terrorista o separatista. Pero estamos acostumbrados, venimos de una familia muy perseguida. Mi aitona era gudari en la Guerra Civil y, después de cumplir cárcel y de que le intercambiaran por unos italianos, cruzó el Atlántico en un vaporcito de 50 cv. para empezar una nueva vida y aquí trabajó de espía para la CIA». Eso, definitivamente, tiene que imprimir carácter.

Ahora, 70 años más tarde, Ibane y Julen muestran sus cautelas por la deriva del conflicto venezolano. El primero cree que el apoyo internacional a Guaido y el bloqueo económico a Maduro se va a traducir en una hambruna cuando el combustible empiece a escasear. «Esto es una olla en ebullición», resume. Julen, por su parte, tiene esperanzas. «Yo creo que este régimen sale, lo que está por ver es si por las buenas o por las malas. No quiero que haya derramamiento de sangre y menos aún por un carajo atornillado al poder».

Luis Trincando. Impresor y editor

«Yo he sido de la izquierda abertzale y me indigna que defienda a Maduro»

Luis Trincando, un bilbaíno en Venezuela.
Luis Trincado, un bilbaíno en Venezuela. / JON G. ARAMBURU

Luis Trincado no tiene pelos en la lengua y llama a las cosas por su nombre. A este bilbaíno de 60 años, nacido en la clínica del Doctor Usparitza, la vida le llevó a militar en la izquierda abertzale -donde coincidió con Victor Galarza y Sebastian Etxaniz, los dos repatriados por Chávez-, la misma contra la que ahora arremete por la defensa que esta hace del régimen de Maduro. «Me indigna que defiendan a un tipo que encarna todos los vicios: tortura, detenciones arbitrarias, masivas operaciones de limpieza, chantaje, contrabando, narcotráfico… los derechos humanos pisoteados» dispara como una ametralladora.

«No se puede decir que eres revolucionario y aguantar esta vaina», repite mientras clava los ojos. «Hay que tener poca vergüenza para llamar fascista a Guaidó o a cualquiera que luche aquí contra la dictadura». Luis es secretario general de organización del Partido La Causa Radical, fundado por sindicalistas en los años 70, trabajó de editor y creó una imprenta, aunque eso fue antes de que el país exigiera pagar con dólares el papel, la tinta o los repuestos. «Esta gente está expoliando VenezuelaCrudo, madera, metales… Arramblan con todo».

Luis no visita Bilbao desde 2001, cuando trajo a su madre. Si le preguntan qué echa más en falta responde sin dudar que «mi única religión, el Athletic, y a su profeta, San Mamés», desliza con una sonrisa, la primera de toda la entrevista, mientras alaba la labor en defensa en el partido ante el Barça y el debut de Kodro. Siente cierta añoranza de aquel Bilbao industrial, proletario, sucio y lleno de humo, pero confiesa su admiración «por cómo lo dejó Azkuna». «Me siento muy vasco, orgulloso de nuestra cultura y tradiciones. Pero yo elegí Venezuela y no me arrepiento». Y lanza un guiño. «Mi abuelo era suscriptor de EL CORREO. Jesús Trincado Agramonte. Pon eso».

El hambre levanta a los barrios contra Maduro por Maolis Castro/Javier Lafuente – El País – 11 de Febrero 2019

Las zonas populares de Caracas que tradicionalmente fueron fieles a Chávez protestan ahora ante las carencias

María Fernanda Rodríguez, en su casa del barrio de Cotiza, en Caracas. En vídeo, manifestaciones a favor del paso de ayuda humanitaria desde el Colombia en la frontera. ANDREA HERNÁNDEZ VÍDEO: REUTERS

María Fernanda Rodríguez muestra con orgullo la cacerola que destrozó hace unas semanas. Un recipiente negro y rojo completamente abollado por los golpes que le ha propinado. Hasta el 21 de enero, se los daba desde su casa, medio a escondidas, cuando escuchaba un sonido similar desde otras ventanas. Esa madrugada fue diferente. El runrún de que la gente estaba saliendo a las calles de su barrio se expandió muy rápido. Salió de casa disparada y bajó los 80 escalones que dan al cuartel de la Guardia Nacional. La única forma que le quedaba de expresar su agotamiento. “Estoy cansada de pasar hambre”.

Vista del barrio de Cotiza, en Caracas.
Vista del barrio de Cotiza, en Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ
“Cotiza era un sector chavista que jamás se levantaba, jamás marchaba, jamás salía a protestar, por eso todo el mundo se quedó sorprendido. Fue un boom. Después, salieron otros barrios a protestar”, celebra Rodríguez, que admite que si no lo había hecho antes era por miedo: “Siempre te dicen que si sales a marchar te van a matar, te van a meter presa… todavía me dicen: ‘María, mosca [alerta], cuidado’. Pero yo les digo: ‘Tranquilos, estoy con Dios, soy cristiana”.

 

La necesidad, que abarca el hambre, la falta de agua o los continuos cortes de luz, entre otras muchas carencias cotidianas, se impone a la política en esta Venezuela convulsa. “El hambre tiene cara de perro, eso ha llevado a muchas personas a estar contra el Gobierno, el hambre puede más. He vivido el hambre en carne propia y es muy fuerte. Me he tenido que adaptar a cosas del Gobierno por necesidad”, dice Rodríguez. “Hoy, el venezolano no vive, sino que sobrevive…”, añade un poco más tarde uno de sus vecinos, Julio Camargo, de 25 años, que regresó a Venezuela hace un año desde Colombia, donde pasó ocho meses. “Todo ha empeorado, se me hace difícil cubrir los gastos de pañales para mi bebé. Gasta 20 pañales semanales, equivalente a un salario mínimo (18.000 bolívares, unos seis dólares), es decir, al mes gasto unos 60.000 bolívares en pañales”.

Camargo dejó de estudiar enfermería porque no podía compaginar la universidad con el trabajo. Ahora ayuda a sus padres con la bodega [tienda] que tienen en el barrio. Su madre, cuenta, ha ido guardando poco a poco todos los símbolos que recordaban a Chávez que tenía en casa: camisetas, un cuadro pintado… El joven, sin embargo, no se atreve a decir que sus padres hayan dado la espalda al chavismo. Si acaso, al madurismo. Y tampoco del todo. “Piensan que ellos tienen la casa que tienen gracias a Chávez”.

“Chávez tomó la decisión, conscientemente o no, de usar el discurso grupocéntrico como uno de los elementos para hacer campaña”, opina Daniel Varnagy, profesor de la Universidad Simón Bolívar. “¿Qué significa el grupocéntrico? Ricos contra pobres, blancos contra negros, profesionales contra personas sin formación, es decir, elementos a través de los cuales en el discurso tú planteas una dualidad permanente a una cosa que se llama la atribución diferenciada a una de las cualidades… Chávez retoma y lleva a su máxima expresión este discurso cuando sataniza, por ejemplo, el concepto de propiedad privada con expropiación y eso despertó una característica que sí existía en la población venezolana, incluso hay estudios que lo determinan, pero estaba dormida, que era el resentimiento de clases”, analiza este doctor en Ciencias Políticas, para quien ese “resentimiento en términos emocionales y psicológicos se tradujo como la polarización de la sociedad porque había una parte que cumplía con uno de los elementos de esta escisión grupocéntrica por el lado positivo, es decir, población de una tez más oscura, menor nivel económico que, de alguna manera, era muy proclive a recibir un discurso populista y había otro grupo de la población menor numéricamente que eran los blancos, los ricos, los amos del valle. Esa polarización fue una estrategia muy clara por parte de Chávez para amarrar emocionalmente a la mayor parte de la población”.

Julio Camargo, de 25 años, vecino de Cotiza.
Julio Camargo, de 25 años, vecino de Cotiza.ANDREA HERNÁNDEZ

La sensación en Cotiza es que la supervivencia no concibe ideologías, no es un asunto ya de izquierdas o derechas, sino de estructuras más coercitivas como los CLAP, las cajas de alimentos que promueve el Gobierno de Nicolás Maduro. “Nosotros no dependemos de la caja del CLAP, pero sí vemos cómo la gente del barrio depende de ellas y todo el tiempo está preguntando cuándo llegará. Viven de falsas expectativas porque les prometen que la caja llegará quincenal y no mensual. Ofrecen pernil, huevos y no llegan”, asegura Camargo.

Las protestas se han contenido la última semana. El miedo a la represión está latente, como las amenazas de quedarse sin ayudas a aquellos que alcen la voz. “Han amenazado con no dar las cajas de comida y tampoco los bonos de ayuda. Mi mamá me dice que me relaje, pero escucho tantas cosas que me indigno”, asegura Rodríguez, la manicurista, que se informa por lo general con el celular de su tía, a través de lo que le llega. No tiene duda de que volverá a salir a protestar. “Yo bajo del barrio y sigo con mi rebelión”.

Caracas, la ciudad herida por Martin Caparros – El País – 28 de Enero 2019

Se podría decir que es un enclave en guerra, salvo que no hay guerra. Pero esta no es solo la capital de la Venezuela de Nicolás Maduro, autoproclamado en el poder hasta 2025. Esta es la Caracas de Usleidi, de Alber y de doña Paca. Esta es su conmovedora historia y el relato sobre muchos otros habitantes de una urbe que luchan por sobrevivir a los estragos del modelo chavista. Primer capítulo de una serie en la que el cronista Martín Caparrós toma el pulso a grandes ciudades de Latinoamérica.

AVÍSAME QUE LLEGAS.

—Avísame que llegas.

 

—Descuida, yo te aviso.

“En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una soledad espantosa, no obstante que era uno de los más bellos países de cuantos hacían el orgullo de la América”, escribió, fugitivo en Jamaica, 1815, con prosa tremebunda, el señor Simón Bolívar, al que ahora llaman su libertador.

—Pero acuérdate, avísame, que si no, no me duermo.

Me había dicho que bajara a las ocho en punto y la esperara del lado de adentro de las rejas, que ni se me ocurriera esperarla en la calle, y que ella iba a llegar en un carro chiquito y que se iba a parar justo enfrente de mi puerta y que cuando pusiera la intermitente —dijo la intermitente— recién entonces abriera la reja, salga, suba rápido. No preparábamos una operación ultrasecreta: me pasaba a buscar para ir a comer algo.

(Yo llevaba menos de una hora en la ciudad; consiguió impresionarme. Después le pregunté si no estaba un poco paranoica y me dijo paranoica tu abuela. Entonces le pregunté si no habría que decir, más bien, paranoica tu ciudad; me miró triste.)

El periodismo siempre —se— engaña cuando cuenta un lugar, porque cuenta del lugar lo extraordinario. No sabe —no sabríamos— contar los millones de vidas, de cruces, de gestos menores que arman cualquier espacio. Pensamos Caracas y pensamos —con razón— en hambre, oscuridad, partidas, la violencia. Pero no pensamos en Usleidi, que hoy se enteró de que no se había quedado embarazada, ni en Alber, que consiguió trabajo en un quiosco, ni en doña Paca, que volvió a ver a su hijo después de tanto tiempo.

Nos quedamos con la imagen gruesa —la confusión, la lucha— porque es cierta y, sobre todo, porque conviene a todos. A los periodistas porque nos deja historias atractivas; a los políticos porque les sirve decir que lo que pasa en Venezuela es socialismo. Le sirve al jefecito local porque justifica su desastre —“nos bloquean por socialistas”—, y a las varias derechas del mundo porque les arma su espantajo —“la izquierda nos va a llevar a Venezuela”. No es, pero a nadie le importa.

Así que así: Venezuela es el terror contemporáneo, nos lo machacan como tal. Yo, siempre impresionable, esperaba Berlín 45, Beirut 82, Bagdad 03 y me encontré Caracas, que tampoco es eso.

Es Caracas a fin del 18.

Caracas es una de las ciudades más violentas del mundo. Cada año, una de cada mil personas muere asesinada. Hay más asesinatos en Caracas en dos días que en Madrid en un año

El restorán estaba muy vacío; eran las nueve y cerraba a las diez porque más tarde los empleados no tenían transporte para volver a casa. Las calles, después, también vacías, muy oscuras. Son las diez y cuarto de la noche; cualquier sombra que se mueve nos asusta.

—Avísame que llegas.

La civilización es descuidarse. Hay quienes dicen que todo empezó cuando una mujer y un hombre se sintieron protegidos por el grupo, por la cueva, por todo ese calor alrededor y se atrevieron a fornicarse cara a cara: a dejar atrás esa postura atenta que les permitía vigilar si venía algo, alguien, el ataque que fuera. Cuando se permitieron olvidarse del mundo alrededor, encerrarse en su placer y su deseo: dejar la paranoia, descuidarse.

—Descuida, yo te aviso.

A veces no se puede.

Entonces muchos empiezan a hacerse preguntas. O, mejor: la misma pregunta, repetida, urgente.


—¡Nos fajamos, nos fajamos! ¡Vamos, síguelo, síguelo, vamo’ ahí, bien, bien, bien, síguelo, no lo sueltes!

Los gritos del entrenador ponen el ritmo, y 20 niñas, niños, muchachitos ensayan puñetazos. Tuncho tiene seis años pero la cara tan resuelta: los ojos fijos, los labios en trompita, el resoplo que acompaña cada golpe a la bolsa. Mavi, en cambio, nueve, le pega como si la quisiera, la acaricia. Y alrededor tres bolsas más y el ring en un costado y la pared descascarada y el resto de los chicos. Se reparten pocos pares de guantes; los que no tienen hacen sombra, cuerda, abdominales.

—¡Vamos, síguelo, síguelo, vamo’ ahí, bien, bien, bien, síguelo!

La Escuela de Box Jairo Ruza es un cuarto de 10 por 5 en uno de los lugares más violentos de una de las ciudades más violentas del mundo. Cada año, en Caracas, una de cada mil personas muere asesinada. O, dicho de otro modo: hay más asesinatos en Caracas en dos días que en Madrid en un año. La escuela está en un barrio de invasión que cuelga de unos cerros: escaleras angostas y sinuosas entre casas mal terminadas de ladrillos mezclados, techos de lata, rejas oxidadas, cables, la basura: por todas partes la basura, y el miedo, también, por todas partes. Al subir nos cruzamos a un hombre flaco que arrastra a los tumbos un sofá escalones abajo.

—¿Qué, te botaron de la casa?

Le dijo Danilo, y el hombre sonrió por compromiso. Danilo tiene cuarenta y tantos, el cuerpo sólido, la barba entrecana; no parece que se ría a menudo.

—Quién sabe si no lo está robando. Este barrio es candela.

Danilo solía manejar una camioneta de pasajeros; ahora es el chofer de un empresario que se pasó tres años preso bajo Chávez y es, entre otras cosas, el sponsor de la escuela de boxeo. La escuela está en la mitad de la ladera: miles de ranchos más arriba, miles más abajo. Danilo me cuenta que ahí enfrente levantó su casa y crio a sus hijos. Le pregunto cuántos tiene y me dice que varios. Le insisto:

—¿Cuántos?

—Como seis.

Me dice, y otra vez me río: ¿qué, no está muy claro? Imagino descuidos caribeños, pero Danilo sigue serio y me dice que sí, que tiene seis ahorita, que tenía siete pero ahora tiene seis.

—A Luis me lo mataron. Lo confundieron con un primo que también se llamaba Luis, que lo andaban buscando. Así, en la calle, esos malandros lo vieron a mi hijo y lo llamaron, Luis, Luis, y él se dio vuelta, así me lo mataron.

Niños boxean en turno de mañana del gimnasio Jairo Ruza.
Niños boxean en turno de mañana del gimnasio Jairo Ruza. ANDREA HERNÁNDEZ

Luis tenía 19 años; poco antes le había dicho a su papá que quería irse de ese barrio porque sus primos andaban en problemas. Ya había peleado 52 combates; su entrenador decía que tenía un futuro.

—Cuando me dieron esa noticia a mí prácticamente como que me arrancaron el alma de adentro.

—Y no pensó en vengarse…

—Pensé, sí. Claro que pensé. Pero entendí que no hay que hacer eso, que así se arma esta cadena de que uno mata a otro y entonces lo matan y otro va y lo mata al que lo mató y por eso ahorita estamos como estamos. Hay que dejarle todo a la ley y a la mano de Dios.

—¿Y funciona?

Danilo me mira sin palabras.

Poco después la policía mató al primo. Al otro año Danilo y su familia intentaron impedir que una banda impusiera sus reglas en el “barrio”; en caraqueño, barrio significa eso que cada castellano dice a su manera: villa miseria, población, callampa, cantegril, chabola. El barrio José Félix Ribas —el José Félix— es, dicen, además, el más denso del continente: 120.000 personas amontonadas en un kilómetro cuadrado de montaña. Danilo y los suyos emprendieron sin armas esa pelea desigual; varias veces les balearon la casa.

—Ahí me mataron a mi papá. Eran unos muchachos que se criaron con nosotros. Ellos querían ser dueños de la zona y nosotros, la familia mía, tratamos de pararlos y nos mataron al papá. Ahora dos están muertos, los demás están presos; no quedó más ninguno.

El problema es que siempre hay otros, me dice Danilo, y que utilizan para sus cosas a los niños.

—Por ejemplo, le dicen llévame este paquete a lo de Iris y el niño no sabe que en el paquete hay droga y se lo lleva. Por eso queremos que no estén en la calle. Lo que pasa es que la calle es como un vicio, como el alcohol, así: usted quiere dejarlo pero vuelve. Magínese la tentación: con lo difícil que está ganarse unos reales, y en la calle se hacen fácil, parece fácil. Por eso mejor si les enseñamos de niñitos…

En la escuela los chicos van terminando la lección: reconcentrados, serios, cada salto es un compromiso, cada golpe. En el piso de abajo dos mujeres preparan los almuerzos. Hay arepas, salchichas, unas papas: muchos van por el box, todos por la comida.

—Ahorita estamos más tranquilos. Desde que pusimos la escuela, acá nadie jode porque están los chicos. Pero además ahora el pran declaró zona de paz, así que estos meses estamos bien, en calma.

Me explica Danilo. Pran es una palabra casi nueva: dicen que viene de las cárceles, donde el pran es el jefe de los presos. Y ahora muchas zonas, barrios, pueblos tienen su pran: el que impone su ley, el capomafia.

—¿Cómo se hace para volverse pran?

—Bueno, es una persona que haya matado gente, que haya estado en la cárcel, que todos lo sigan. Y entonces mandan en su zona, y al que hace cosas, que roba, que mata sin su orden, van y lo castigan.

Aquí el pran local es un jovencito despiadado que llaman Wileisi, y la declaración de zona de paz es un arreglo con la policía: yo les mantengo el barrio en calma, ustedes no me joden los negocios.

—El pran comanda a mucha gente que anda por ahí poniendo orden. Pongamos que haya un problema en la cola del gas; entonces llegan ellos con sus pistolas, qué pasa, se acabó la broma.

Son formas nuevas del poder popular. Hay otras: ella se llama algo así como Wisneidi pero le dicen Güigüi; tiene siete años, una llave de plástico colgada del cuello y un par de ideas muy claras:

—A las mujeres también nos gusta el deporte. A veces por ahí por la calle alguno me dice que por qué estoy metida en esto del boxeo, que es para varones. Y yo le digo que esto no es pa’ marimachos sino también pa’ las hembras, que aprendan a defenderse.

—Qué bueno. ¿Y de dónde sacaste esas ideas?

—De la mente.

Me dice Güigüi como si no entendiera qué es lo que no entiendo. La sesión se acaba y el entrenador les dice que ya pueden irse:

—¡Rompan filas!

Les grita Pedri. Pedri tiene 17 años, trabaja seis horas por día en una panadería y le pagan 50 millones de bolívares fuertes —500 soberanos, dólar y medio— por semana.

“Nosotros somos el ejemplo de esa gente que no pierde la esperanza”, me dice Enrique, un señor sesentón. El partido es un clásico: Leones de Caracas contra Tiburones de La Guaira

—¡De frente al futuro!

Le contestan a coro 20 chicos.


Caracas fue, varias veces, la ciudad más rica de Sudamérica: una donde el dinero brotaba tan fácil de los pozos que era fácil gastarlo a manos llenas en grandes rascacielos comerciales, en grandes construcciones sociales, según los tiempos y los vientos. Caracas sigue siendo la mayor exposición sudaca de arquitectura brutalista de los sesentas y setentas: mucho cemento crudo, mucho ángulo recto y perfiles feroces. Y después, compitiendo con ellos por el espacio ciudadano, las torres obvias ñoñas de metal y cristal de los ochentas y noventas. Y todo alrededor montañas verdes.

No hay capital en el mundo —creo que no hay capital en el mundo— que tenga tanto verde. La belleza de un valle entre montañas tropicales: el cielo como un rayo, los árboles sin mengua, el viento suave. Pero esos edificios y parques y autopistas de los años prósperos que se fueron gastando, comidos por el calor y las tormentas.

En Caracas casi nada funciona: las luces de las calles, por ejemplo. Aquí las noches son noches de otros tiempos, cuando el sol caía y cada calle era una trampa oscura. Después las ciudades trataron de simular que el sol nunca se pone, que la luz no depende de esas tonterías. Aquí, ahora, la noche es otra vez la noche.

Y la cuenta fundamental es simple: en 2013 Venezuela producía tres millones de barriles por día a 100 dólares el barril; ahora produce poco más de un millón a menos de 60. Cuando se murió Chávez ingresaba unos 300 millones de petrodólares diarios; ahora, cinco veces menos.

Noches calladas, quietas de Caracas. Fantasmas en la calle, los silencios: la mezcla de escasez y miedo es imbatible. Caracas ha cambiado tanto y, en los últimos años, ha cambiado tanto las vidas de sus habitantes. Caracas, por momentos, se diría una ciudad en guerra —solo que no hay guerra. Algunos lo escriben Carakistán, otros Caraquistán, otros incluso Caracastán, pero la idea no cambia: un sitio que se ha vuelto extraño, una manera del derrumbe.


El sol se esfuerza y no lo necesita; gritos de vendedores, calor, olor de fritos, personas que se encuentran: van llegando de a poco, saludan, se acomodan. El partido está por empezar y un músico famoso toca en su saxo el himno nacional. El micrófono falla, el himno se oye a trozos. Un ayudante se acerca, lo trata de arreglar, no consigue gran cosa. El público aplaude como si.

—Nosotros somos el ejemplo de esa gente que no pierde la esperanza.

Me dice Enrique, un señor sesentón con su cara atildada. El partido es un clásico: los Leones de Caracas contra los Tiburones de La Guaira, vecinos y enemigos. En las tribunas hay hombres y mujeres: ellos con las camisas de su equipo, ellas con cualquier cosa que se les pegue al cuerpo, todos con sus gorras. Allá abajo el partido empieza lento; aquí arriba no parecen tan interesados, discuten con pereza tropical y toman su cerveza: cantidades industriales de cerveza. De pronto, una vez cada tanto, algo sucede y se distraen, miran el campo, ven correr a un muchacho, lo corean.

—Mire, llevamos años sin ganar un campeonato. Treinta y tres años, desde antes de todo. Aquella vez se lo ganamos a estos mismos caraqueños, acá mismo, y acá estábamos, este y yo, sentados tomando unas cervezas, disfrutando. Y desde entonces.

Mejillón posa en las gradas del estadio de la Universidad Central de Venezuela durante el partido de béisbol entre los Tiburones y los Leones.
Mejillón posa en las gradas del estadio de la Universidad Central de Venezuela durante el partido de béisbol entre los Tiburones y los Leones. ANDREA HERNÁNDEZ

—¿Siguen disfrutando?

—Bueno, cómo decirle.

El béisbol es un deporte curioso donde el protagonista es un muchacho corpulento con pijama, uno que se ha levantado un poco tarde: el anti-Cristiano, el auténtico atleta sin alardes. Un deporte inverso a los demás: aquí el trabajo de los jugadores no consiste en tener la pelota y hacer algo con ella, sino en alejarla a palazos y correr mientras no vuelva. A veces puede ser emocionante; muchas, no. En las tribunas las vendedoras de cerveza saben servir tres botellas en tres vasos con una sola mano al mismo tiempo.

—Esto es un oasis. Acá hay gente de todas las clases, de todas las ideas, y no pasa nada.

—¿Y por qué ahí afuera no es así?

—Bueno, vaya a saber.

Los jugadores juegan, los fans beben y bailan, las tribunas están llenas a medias: antes, me dicen, un partido como este era un lleno completo. Aquí, en toda conversación, siempre hay un antes. Ahora la banda de La Guaira —“la Samba”— redobla los tambores y el locutor pide entusiasmo:

—¡¿Y adónde están los Tiburones?!

Algunos le contestan a los gritos, pero esto es una fiesta, tan lejos de ese drama que es el fútbol —o la vida. Es, parece, una buena excusa para saltar, gritar, reírse un rato. Lógicamente, el juego va ganando en intensidad a medida que avanza: no es lo mismo verlo con dos o tres cervezas que con siete —y además a veces pasan cosas. Entonces, cuando los Tiburones consiguen su corrida, mis vecinos de silla se chocan las manos y los puños: lo llaman “un puñito” y es la manera de decir lo conseguimos, broder, lo conseguimos juntos. Más tarde, cuando los Leones consigan seis o siete y su equipo se arruine, me dirán la frase acostumbrada:

—Sí, otra vez, qué quiere. Hoy los Tiburones jugaron como nunca y perdieron como siempre.

Yo quería invitarlos a cervezas pero no tengo plata. O, mejor: tengo pero no puedo usarla. En estos días en Venezuela no hay billetes: el nuevo bolívar, lanzado en agosto de 2018 para sacarle cinco ceros a la moneda anterior —un “bolívar soberano” equivale a 100.000 “bolívares fuertes”—, ya quedó débil, y su mayor billete es de 500, que hoy es poco más de un euro. Con una inflación del tres por ciento diaria, dos millones por ciento anual, no hay billete que aguante: en meses pasan a valer nada. Así que casi no hay efectivo y no puedo cambiar mis dólares por moneda local; tampoco puedo pagar con mi tarjeta forastera. La única opción sería usar lo que usan todos los que pueden: una tarjeta bancaria para pagar por transferencia cualquier compra, una cerveza, medio kilo de pan, la comida de la semana, un par de calcetines. Pero, por supuesto, no tengo una tarjeta bancaria venezolana, así que no tengo plata ni forma de tenerla: si quiero tomar un café o un transporte, tengo que conseguir alguien que me lo pague. He vuelto a ser un niño, y es extraño.

La llaman, por ejemplo, la hipersupermegainflación —y andan buscando más prefijos. Por suerte tampoco hay mucho que comprar. El muchacho del supermercado es grasiosito:

—¿Mantequilla? Eso no lo vas a ver ni en propagandas.

—¿Y huevos?

—¿Huevos? ¿Qué quiere decir huevos?

Hay momentos en que el humor es la mejor manera; hay otros en que no.

Deben tener 60, quizá 65; se los ve bien vestidos, bien mantenidos, casi prósperos. Él en su polo con un logo, ella en sus uñas manicuras y su peinado de peluquería; quizá se quieren todavía, quizá no se soportan; lo cierto es que ahora se miran con fastidio, se susurran para no gritar, discuten bajo para que no se note. La cajera del supermercado espera y él resopla, ella le dice que para no pasarse de 5.000 soberanos tienen que dejar esa botella de vodka y él que no, que dejen esas papas y ese jabón y esas cebollas que para qué las quieren, y ella que quiere decirle cosas que no quiere decirle y él que bufa; al final ella le dice que un momento, rebusca en su cartera, encuentra 300 soberanos en billetes y le dice que menos mal aparecieron, que se lleven el vodka y el jabón y dejen la verdura, que ya verán qué hacen con la cena, y él le dice que bueno, que al fin entró en razones y ella lo mira sin saber qué decir; después me mira a mí, alza las cejas, la vergüenza. Al cambio de hoy, 300 soberanos no llegan a un euro.

Meses atrás su vida era un infierno, dice el señor Tomás. Todas las noches se despertaba a las dos, se lavaba la cara si había agua, desayunaba si había algo, se sentaba a rezarle a sus vírgenes

(Pero eso fue a principios de diciembre, cuando estuve allí. El 15 de enero, al cierre de este artículo, un euro cuesta más de 3.400 soberanos. Es muy difícil dar equivalencias; tanto más, vivir con esos números cambiantes, fugitivos.)

Hace un par de años el problema de la comida era que no había. Ahora hay, para los que pueden pagarla a precios dólar; para los otros hay muy poca. El año pasado 6 de cada 10 venezolanos perdieron un promedio de 10 kilos —10 kilos de su carne— por falta de recursos.

Amanece: huelo a través de mi ventana que alguien fríe unos huevos y me hago todas las preguntas. Qué fácil llegan la envidia, la sospecha.


—Sí, por desgracia sigo así. Nunca puedo comer todo lo que quiero.

El señor Tomás tiene esos dedos como ramas que se les van haciendo a los más viejos; tiene los ojos a punto de nublados, un temblor en las manos. Hace unos meses el señor se hizo famoso, con esa fama breve de los medios. En las pantallas aparecía lloroso, la voz rota:

—A veces como una vez al día, a veces me acuesto sin comer…

Dijo, y lloraba, y que en los días que le quedaran de vida esperaba no morirse de hambre. La nota de NTN24 sobre las pensiones insuficientes se volvió viral: el señor Tomás llegó mucho más lejos que lo que había previsto.

—Empecé a recibir llamadas de todas partes del mundo, gente que me quería ayudar, o por lo menos felicitarme o saludarme, y hay varios que me siguen llamando, me mandan cosas, comida, mis remedios. Yo estaba muy decaído y ellos me levantaron el espíritu y el alma.

El señor Tomás tiene 86 años y lo repite con orgullo; también tiene recuerdos de una vida mejor, su llegada a Caracas jovencito, sus años de comercio exitoso, su familia. Y ahora, su piso pequeño atiborrado, su batallón de vírgenes, santos, cruces en la pared, sobre su cama estrecha.

—Yo viví una vida bastante positiva. Muy buena, muy buena; hice dinero, trabajé, atendí a mi familia. Lo que todos queremos, yo lo hice. Después no sé qué nos pasó.

Su mujer murió joven, sus hijos se esparcieron, su hermano también se fue, la economía venezolana patinaba: a sus 65 empezó a sobrevivir, y desde entonces.

Tomás Sandoval posa en su apartamento en el Valle.
Tomás Sandoval posa en su apartamento en el Valle. ANDREA HERNÁNDEZ

—Ahora todos los días cuando me levanto me pregunto qué voy a hacer, dónde voy a conseguir la comida, que ojalá no tenga que ver a ningún médico. Yo ya no tengo fuerza. Yo no quiero terminar así mi vida.

El señor Tomás cobra una pensión igual al sueldo mínimo: son 1.800 bolívares soberanos, y un pollo, me dice, está a 600 el kilo y los huevos —“la comida del pobre”— a 800 el cartón de 30.

—Y para cobrar esa pensión de miseria tengo que tener un carnet de la patria. Eso no lo puedo permitir yo, como venezolano. Señor Maduro, usted no me está regalando nada; mi pensión me la gané yo con mi trabajo, mis impuestos. Tampoco quiero que me den sus cajas CLAP, sus limosnas para que no me muera de hambre.

La caja CLAP —Comité Local de Abastecimiento y Producción— es un paquete de comida que el Gobierno entrega a los necesitados. Una que vi tenía harina y leche en polvo importados de México, frijoles y aceite de Argentina, arroz de Brasil, kétchup del Perú y fideos de algún lugar indescifrable: la caja CLAP es un canto a la unidad latinoamericana o un testimonio bruto de la incapacidad de Venezuela para producir sus propios alimentos, el castigo de un país que creyó que le alcanzaba con cosechar petróleo. El testimonio de un fracaso o de un fraude: dicen que hay amigos del Gobierno que han hecho fortunas con las importaciones de esas comidas de socorro.

—A mí esas dádivas me ofenden. Yo trabajé toda mi vida; no quiero vivir así, a merced del Estado. Y ese carnet es otro abuso. Te dicen o estás conmigo o te mueres. Yo no quiero ninguna de las dos.

El carnet de la patria es una tarjeta de identidad —su foto, sus datos, su código QR— que lanzó el Gobierno en 2017 y que sirve, en principio, para acceder a los repartos oficiales: cajas CLAP, remedios, las pensiones.

—No señor, no los quiero. Pero lo peor es que todos se van. Todos, los mejores. La juventud nuestra se nos va, en cuanto pueden se nos van. Así no va a quedar más nada.

Meses atrás su vida era un infierno, dice: que de verdad desesperaba. Todas las noches se despertaba a las dos, se lavaba la cara si había agua, desayunaba si había algo, se sentaba a rezarle a sus vírgenes durante tres o cuatro horas. Hasta que la santa madre de Dios, me explica, oyó sus ruegos:

—Esa entrevista que me hizo ese canal no vino sola; vino por la ayuda de ella, que nunca deja de cuidarme. Viendo las condiciones críticas que yo tenía me dio esta luz para que siga viviendo. Y yo le doy las gracias, y si ustedes están aquí ahora es por su santa intercesión.

Me dice y se persigna. Yo nunca, hasta ahora, había sido un milagro: intento disfrutarlo, no sé si lo consigo.

—Todos los días le pido a la Virgen que se vayan estos directores, que se vaya Maduro, que se vaya Cabello, y no me cansaré de pedírselo, ya tienen que llegar. Dios no nos puede fallar a los venezolanos. ¿O será que tanto lo ofendimos?


Somos privilegiados: abrir un grifo y tener agua, apretar un botón y tener luz, entrar a una farmacia y obtener un remedio, salir a la calle y llegar a algún sitio. La humanidad tardó milenios en lograrlo —y ahora, tan breves de memoria, nos parece la vida natural.

(Vivo, estos días, en un apartamento de un barrio acomodado del Este de Caracas, así que tengo, en el lavadero, un tanque de agua. O sea que durante la media hora al día en que mi edificio debería recibir agua mi tanque la recoge —si llega— y yo puedo usarla cuando quiero. Es un privilegio: muchos, sin tanque, deben organizar sus vidas alrededor de los horarios —siempre inciertos— del agua. Entonces para lavarme las manos debo subir al lavadero, encender la bomba del tanque, esperar que cargue, bajar al baño, abrir el grifo, esperar que llegue el agua, lavarme, cerrarlo, subir al lavadero, apagar la bomba: una operación de unos cinco minutos para hacer eso que, en nuestras casas, tarda medio.)

Elisabeth Torres, guardiana de la capilla Santo Hugo Chávez.
Elisabeth Torres, guardiana de la capilla Santo Hugo Chávez. ANDREA HERNÁNDEZ

El lujo más antiguo es manejar tu tiempo —y lo olvidamos. Siempre fue: durante milenios los que podían pagaban o poseían personas que lo hacían por ellos. Después construimos infraestructuras y máquinas que lo hacen por nosotros: desde una conducción de agua que nos evita ir hasta el pozo hasta una conexión rápida a Internet que nos evita pasarnos un minuto esperando que baje una foto. En los países pobres, en los países en crisis, esos esfuerzos y esas esperas vuelven, y recuerdas que tu vida es puro lujo.

(Pero ya conseguí tener plata. La solución fue casi simple, retorcida: le di dólares a una amiga —llamémosla Valeria Zapata— y ella se los dio a su dealer y su dealer le transfirió bolívares a su cuenta de banco y ella, entonces, me prestó su tarjeta de débito cargada con los bolívares provenientes de mis dólares. Así que podré pagar mis propios cafés, mis taxis, mis comidas, siempre que nadie quiera saber por qué me llamo Valeria. No lo harán, por supuesto: no pregunte, no cuente, no deje que le cuenten —decían los cubanos en sus tiempos.)


Elisabeth tiene 54 años, un marido, seis hijos, varios nietos. Aquella noche, hace ya tanto, se despertó sobresaltada. En la calle había ruidos, voces, pasos; miró, con miedo: vio soldados con la cara pintada, las armas en la mano. Salió al zaguán; uno de ellos le dijo que estaban peleando por el pueblo y ella les preparó café. Las dos tazas pasaron de mano en mano hasta llegar al muchachón que los mandaba; él las probó antes de dejar que ellos las tomaran, por si acaso. Más tarde, por la tele, la señora sabría que se llamaba Chávez, que era teniente coronel, que su motín había fallado. Pero ella no lo olvidaría, dice: que esa noche le cambió la vida para siempre.

—Yo ahí comencé a seguir sus campañas, todo lo que hacía. Yo tengo la dicha de tener un nieto que nació el 28 de julio…

La miro, no entiendo, me explica que es el día del cumpleaños del comandante y que el chico nació con problemas, pero que Chávez le mandó todo lo que necesitaba: operaciones, remedios, leches, fórmulas.

—Entonces, ¿cómo olvidar a ese gigante, a ese hombre tan hermoso, tan dado con su pueblo como fue mi comandante Hugo Chávez?

Dice, y se emociona y llora. Elisabeth tiene una camiseta de colores, un bluyín muy lavado un poco roto, algunos dientes, y se ocupa de la capilla Santo Hugo Chávez. La capilla es un quiosco de cemento pintado de azul, techo de chapa, sus retratos del comandante y muchas vírgenes, cristos, angelitos diversos. Pasa un chico y la saluda y le pide su bendición: su bendición, por favor, Abuela Golda.

—¿Y ustedes le pueden pedir cosas?

—Sí, uno habla con mi comandante y le pide, porque podemos estar cien por ciento seguros que él se encuentra a la diestra de Dios Padre. Uno por ejemplo le pide que ayude a alguien, como a esta muchacha…

Dice, y me cuenta la historia de una enfermera que tuvo un accidente de tránsito y le dijeron que no volvería a caminar y le rezó mucho y le decía Chávez ayúdame yo quiero caminar yo cómo hago esta revolución desde la cama, y que ella se aferró tanto al comandante que un día se levantó y empezó a caminar y después se lo agradeció con una placa en la capilla, me dice Elisabeth. Después me muestra la imagen del Cristo de la Grieta: es el Cristo al que Chávez en sus últimos días le pidió unos días más: “Dame tu corona Cristo, dámela, que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida, porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria, no me lleves todavía…”, dijo Chávez entonces, llorando, conmovido, y ahora Elisabeth llora al recordarlo, retoma la plegaria, dice que ahora son ellos los que deben cumplir con su legado.

—¿Qué es lo mejor que hizo Chávez por su pueblo?

—Dar su vida. Dar su vida por su pueblo. Pasarán más de mil años, muchos más, para que tengamos otra vez otro Chávez.

Dice, abolerada, y me da un gajito de una planta de incienso del santuario. Cien metros más allá está el Cuartel de la Montaña, donde lo enterraron.

—Cuando el comandante parte físicamente le construyeron este monumento en unos días, aunque todavía estamos trabajando en su reposo.

Me explica una mujer con uniforme, guía del cuartel. Los restos de Hugo Chávez están en un patio cuartelero recubierto de mármol; alrededor de su catafalco hay cuatro soldados vestidos de soldados de Bolívar, inmóviles, marmóreos, y más alrededor hay banderas y escudos, caras de próceres, vírgenes y santos; más allá, la ciudad y los cerros. La guía habla de su partida, de su cuerpo sembrado, de su sacrificio inolvidable por su pueblo; en media hora de cháchara no pronuncia ninguna variante de la palabra muerte.

Lo que no se puede decir, dijo el vienés, hay que callarlo.


—¿Ves que aquí es fácil ser feliz?

Me dice Andrea, la fotógrafa, porque acabo de pagar, por primera vez, un café con mi tarjeta de débito y me siento todopoderoso.

Marisol Basó sentada en un bando en el jardín de su casa en Caracas.
Marisol Basó sentada en un bando en el jardín de su casa en Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ

—Uno aprende a disfrutar de esos pequeños triunfos. O, por lo menos, a darles importancia.

Caracas me sume en una especie de austeridad ecololó monástica: recuperar la noción del valor de las cosas. Usar, digamos, menos papel higiénico porque cada hojita importa y quién sabe cuándo voy a tener más; usar, por supuesto, menos agua porque hay tan poca agua; usar, faltaba más, de otra manera el tiempo. Entender que realmente despilfarramos tanto; entender que no lo precisamos; entender que muchos otros sí, desesperadamente.

No te preguntan cuánto vas a poner; a nadie se le ocurriría contestar 10 litros, 20, 30. Te llenan el tanque sin decirte nada, porque un litro de gasolina cuesta un bolívar fuerte, o sea: 50 litros cuestan 50 bolívares fuertes, o sea: 0,00005 bolívares soberanos. Es decir que con un soberano se podrían llenar 2.000 tanques; con un dólar —que hoy, aquí, vale 400 soberanos— se podrían llenar los tanques de 800.000 coches. Va de nuevo: con un dólar se podrían colmar de gasolina 800.000 coches.

El problema es pagarlo. Ahora Andrea le da al bombero —el empleado de la gasolinera— tres soberanos: son el equivalente de 300.000 bolívares fuertes para pagar un gasto de 50. La propina sería generosa si no fuera otra entelequia: esos tres soberanos tampoco sirven para nada.

—Yo ayer cuando cargué le dí un bolígrafo. El bombero estaba contento, me lo agradeció.

Me contó después un amigo.

—Bueno, yo cuando lleno la moto a veces le doy un cigarro, dos.

Me explicó otro. Como quien dice que las cosas no tienen valor, solo tienen un precio.

Son las lecciones de Caracas. Y que los grandes servicios públicos a los que estamos acostumbrados tienen, entre otros, un efecto igualador: todos acceden a esos suministros básicos. O, mejor: la penuria es injusta —y aquí se ve muy claro. No hay agua, pero los ricos pueden instalar un tanque en sus casas y recogerla cuando llega y usarla cuando quieren; no hay luz, pero los ricos pueden comprar y alimentar grupos electrógenos; no hay comida a los precios controlados, pero los ricos pueden comprarla en los supermercados donde se vende a cualquier precio. O, incluso, en otros sitios.


La señora Marisol no compra casi nada en Venezuela; todo lo que no sea fresco lo encarga por Internet en Estados Unidos: leche, azúcar, harina, mermeladas, arroz, fideos, bombillos, detergentes, mangueras, clavos, trapos. Y para el resto usa su huerto, sus gallinas y sus bachaqueros —o proveedores informales. En el medio de su jardín hay una casita, modelo a escala de la principal:

—Era una casa de muñecas que les hicimos a las niñas, se pasaban las horas y las horas jugando ahí adentro.

—¿Y ahora?

—No, ahora la usamos para almacenar comida.

La señora Marisol está a punto de cumplir 80 años y se mueve con soltura y elegancia, la sonrisa en los labios muy de rojo; desde las grandes galerías de su casa en lo alto se ve todo Caracas, casi todo su cielo. La señora viene de una familia que viene, a su vez, de la Colonia. Su padre fue ministro y tuvo que irse de Venezuela varias veces, vaivén de los Gobiernos: la familia pasó unos años en Los Ángeles, otros en Madrid.

—Nos llevábamos los carros en el barco, los perros, los equipajes… Antes todo era como cómodo.

Antes la señora viajó mucho, y todavía: en los salones de su casa hay muebles chinos, indios, coreanos, españoles, keniatas, japoneses.

—Yo conozco el mundo entero. Antes lo hacíamos con mi marido, ahora lo sigo haciendo con mis hijos. Ahora nos vamos a Corea y Japón a celebrar mis 80 años…

—¿Su vida cotidiana cambió, estos últimos años?

—Sí. Yo soy una viuda de las de antes, yo no brinco. Pero igual me habría gustado seguir yendo al club, al cine, y no salgo porque me da miedo. Yo no tengo chofer. Tengo un carro blindado, pero… mientras esté adentro. Me da miedo salir, ya no salgo. Voy a las casas de mis hijas, que están aquí mismo, en la urbanización.

Su otra hija está en Nueva York; de sus nueve nietos, siete viven en Estados Unidos, y el octavo está a punto de irse. Le quedará, por algún tiempo, uno.

—Casi todos tienen pasaporte americano. Para irte bien tienes que tener otra nacionalidad; si no, vas a tener que ir para Sudamérica, donde vas a estar como un paria. Si quieres ir a Estados Unidos, a Europa, necesitas tener un pasaporte.

La señora, además, convirtió su piscina en un tanque de agua: lo han hecho en muchas casas ricas. Y ahora varios de sus vecinos son miembros enriquecidos del Gobierno o sus parientes o sus socios.

—Mientras ellos sigan gobernando no se va a arreglar nada. Algunos dicen que hay que castigarlos; yo digo que no. Yo me ofrezco a llevarlos con mi carro al aeropuerto, les hacemos una despedida, los mandamos en primera y que se lleven todos sus reales, pero que se vayan. Así podemos arrancar a componer este país.

Las guacamayas van llegando con el atardecer, se anuncian a los gritos, se instalan en el jardín exuberante. El sol se pone sobre las montañas y la belleza es despiadada.


Caracas, la ciudad herida

Crónica del viaje a una Venezuela sofocada, quebrada e impaciente por Daniel Vittar – Clarin – 26 de Enero 2019

Casi no hay bolívares en la calle. Falta de todo, menos el enojo. Impresiones de un enviado especial.

Habitantes del barrio 5 de julio hacen fila para comprar gas en Caracas. (Foto: EFE)

A Venezuela le cabe mejor que a Perú el sarcasmo ácido que usó para su país Mario Vargas Llosa, en Conversación en la Catedral. ¿Cuándo se jodió Venezuela? Fue con el despotismo de tantos gobiernos conservadores; con Hugo Chávez, el líder que prometió un mundo diferente; o fue con Maduro y su ineptitud y su corrupción. Difícil decirlo, pero lo cierto es que está jodida.

Un manifestante de una barriada pobre muestra una bomba de gases que le lanzó la policía del régimen. (Foto: EFE)

Un manifestante de una barriada pobre muestra una bomba de gases que le lanzó la policía del régimen. (Foto: EFE)

En la ciudad no es diferente.

Comercios, bares y restaurantes perdieron hace rato la clientela. El parque automotor envejece lacónico ante la imposibilidad de contar con repuestos locales. “Quién puede pagar 200 dólares un neumático si el sueldo mínimo son seis dólares”, dice José Antonio, manejando un taxi importado de China. “Cambiar una batería es imposible, todo viene de afuera”, apunta.

La economía venezolana se dolarizó a fuerza de hiperinflación y pese al rígido control cambiario. Esta dualidad descoloca a cualquier visitante. Casi no hay bolívares en la calle. El Estado no imprime después de la fuerte devaluación del año pasado y de la reforma monetaria que le sacó cinco ceros a la moneda local.

Los venezolanos utilizan la tarjeta de débito para cualquier compra. Pero para los extranjeros es más complicado ya que son muy pocos los comercios y hoteles que aceptan tarjetas de otros países, lo que obliga a pagar en dólares.

Un mercado este enero en Caracas con los anaqueles vacíos debido al enorme desabastecimiento que sufre el país. (Foto: EFE)

Un mercado este enero en Caracas con los anaqueles vacíos debido al enorme desabastecimiento que sufre el país. (Foto: EFE)

El problema es a cuánto toman el valor del dólar. El precio oficial es de 1.100 bolívares, pero en el paralelo la divisa extranjera se paga 2.500 y hasta 2.800. Por lo tanto todos se desesperan por los dólares. Es la única manera de ganarle algo a la hiperinflación, que obliga a cambiar los valores de los productos todo el tiempo. “Yo le puedo dar el precio de los platos hoy; mañana es otro”, aclara Diosamel en un restaurante de Altamira, intentando combatir como puede la crisis. “Nosotros tenemos una inflación diaria de 5 o 6 por ciento”, argumenta.

En este descalabro cotidiano asoma ahora una tibia esperanza por una alternativa política que no termina de cuajar, y que nadie sabe o sospecha cómo puede concluir. Después de un año de letargo, producto de la sangrienta represión de los grupos paramilitares y de los efectivos de las fuerzas de seguridad, revivió la rebelión social con la aparición de un nuevo líder opositor, Juan Guaidó, quien asumió una presidencia interina con la firme intención de convocar a elecciones libres y transparentes.

Muchos creen que esta es la salida que estaban esperando, la revelación de una opción diferente a tanto desatino. Sostienen que Maduro está acorralado por la presión de la comunidad internacional. Inclusive los sectores de izquierda, que hasta hace poco apoyaban al hombre que había dejado Hugo Chávez en el poder, ahora aceptan la “intromisión” de Estados Unidos. “No me gusta, pero es la única salida”, dice Dyosmar, tragando saliva.

Inclusive las barriadas más populares, las que crecieron colgadas de los cerros de Caracas y fueron las grandes beneficiarias de los planes sociales, hoy se rebelan contra el poder de Maduro. “Si vos veías las marchas de hace unos años había sólo gente blanca, de clase media o alta. Hoy es multiclasista”, dice Dyosmar, tratando de fortalecer su tesis de que Maduro se quedó ya sin apoyo popular.

El hombre me señala las humildes viviendas que rodean Caracas, donde viejos edificios que construyó el Estado -cuando era benefactor-, y dice que la gente ya no quiere las raquíticas cajas de la alimentos (CLAP) que les dan una o dos veces al mes. “No les sirve de nada, no traen nada. La gente quiere trabajo”, afirma.

Venezuela vive un persistente letargo. Se mueve lenta, como adormecida. Un estado que se rompe por momentos con sangre en las calles, con batallas silenciosas en los barrios de casuchas frágiles. Espasmos de rebeldía. El resentimiento que muestra los dientes. Lo distinto ahora es que esa rebelión no sale solo de los barrios acomodados. Baja de los cerros, con el rencor que dejan las promesas incumplidas. Venezuela está jodida, pero no se rinde.

Venezuela: la ruleta de la vida cotidiana por Francesco Manetto – El País – 13 de Enero 2019

La grave crisis generada por el modelo chavista obliga a millones de personas a dedicar sus días a buscar cómo salir adelante

Un hombre lee un periódico, ayer en una calle de Caracas.
Un hombre lee un periódico, ayer en una calle de Caracas. YURI CORTEZ AFP

Despertar en Venezuela es, cada mañana, el paso previo a una pregunta vital. ¿Ha llegado el momento de irse? Se la hacen los jóvenes, las familias, los que se quedan a la espera de las remesas, las clases populares que sobreviven a duras penas con las ayudas del Gobierno y los que nunca habían temido el fantasma de la miseria. La lucha por la vida cotidiana, con la excepción de unos pocos privilegiados próximos a las autoridades, afecta a todos, aunque golpea con fuerza desigual. La toma de posesión el pasado jueves de Nicolás Maduro, que mantendrá el poder hasta 2025, es el último capítulo de una deriva institucional sin freno. A eso se añade una emergencia económica que convierte la rutina de millones de venezolanos en un juego angustioso en el que hay que combinar contactos, ingenio y suerte. Aunque, al final, todo acaba pareciéndose a una ruleta.

Los días de Mariana Silva, de 43 años, son un ejemplo de cómo se afronta esa carrera de obstáculos dentro de una familia de Caracas que en el pasado tuvo los recursos para pagar unas vacaciones sin lujos en España o en Roma. Tras estudiar Filosofía, trabajó en el Museo de Bellas Artes, en la Galería de Arte Nacional y en galerías privadas y ahora hace equilibrios cada vez que sale a comprar comida para sus hijos —de 23, 13 y 10 años— y un joven del que se hace cargo.

Mariana Silva, el viernes en la terraza de la casa que alquila.
Mariana Silva, el viernes en la terraza de la casa que alquila. F. M.

“Nosotros nunca fuimos millonarios, pero comíamos. Cogías una arepa y poníamos jamón, queso… Hoy es una arepa con queso blanco rallado, que es el más económico. Voy por los supermercados cazando. Si, por ejemplo, consigo un pescado de esos congelados a precios viejos, ayer encontré unos filetes a 900 bolívares el kilo –menos de 50 céntimos de dólar—, entonces compro diez paquetes y pasamos 10 días comiendo pescado”, relata. “En esta casa comer hoy en día un sándwich de jamón y queso es un lujo y no me da pena decirlo. Si consigo pasta a precios regulados, comemos cinco días pasta. Lo más irónico es que a todo esto tengo que dar las gracias a Dios, gracias por un malvivir”.

Desde su terraza, en la urbanización de Los Naranjos, se divisa una ciudad que, después de dos décadas de chavismo, sigue bajo el yugo de la brecha social. Pero ahora la inmensa mayoría de la sociedad, tras la desaparición casi absoluta de las clases medias, está más cerca de la pobreza o inmersa en las penurias. Puede permitirse vivir allí porque unos amigos que migraron le alquilaron una casa por 100 dólares mensuales. A ese gasto suma el colegio privado de sus dos hijas.

Los venezolanos no migramos porque no nos gusta el país, lo hacemos obligados

MARIANA SILVA

“En noviembre pagábamos 3.000 bolívares por cada niña —algo más de un dólar—, en diciembre subió a 12.000 y ahora a 22.000 más una cuota 30 dólares por familia. Pero cuando tú ves lo que hace un profesor, que a lo mejor vive en Petare, que se agarra cinco autobuses para llegar a las siete de la mañana, para pasar tiempo con tus hijos… ¿Qué hace un profesor con 4.500 bolívares al mes, que es lo que vale un cartón de huevos?”. Esa cantidad equivale a un salario mínimo, lo que perciben alrededor del 70% de los trabajadores con empleo formal.

Este sábado precisamente en el barrio popular de Petare, José Florentino, conocido por los vecinos como El Portugués desde los años del estallido social del Caracazo, vendía el kilo de bistec a 4.600 bolívares y el jamón ahumado a 6.000. Todos esperan ahora de Maduro el anuncio de un paquete de medidas económicas, porque la colaboración comercial con China, Rusia y Turquía que exhibe el Gobierno aún no se ha notado en la calle.

¿De dónde sale el dinero para sobrevivir? En el caso de Mariana Silva, de la venta de algunas de las obras de arte de la familia –su padre fue crítico—, del apoyo de los allegados y de unas cenas con ópera en vivo que organiza en su terraza. “Nosotras somos felices cocinando, cuando las cantantes cantan Las bodas de Fígaro una dice vale la pena”, relata Mariana Silva, que en 2017 fue muy activa en el movimiento de resistencia a Maduro.

Cuando su exmarido dejó su trabajo de bombero, se fue a vivir a Ourense, donde transporta vigas en las obras. Ella no quiere irse como han hecho más de tres millones de venezolanos, según Naciones Unidas. Lo intentó hace seis años. Vendió su vivienda e invirtió ese dinero en una casa de subastas en Bogotá. Los gastos la consumieron. “A los tres años me había comido todos mis ahorros. Eso fue en 2014 y yo sabía que Venezuela iba a peor. Los venezolanos no migramos porque no nos gusta el país, porque no nos gustan los venezolanos, lo hacemos obligados”.

La angustia de los que se van

Carmen Elisa Rubio, el pasado miércoles en la terminal de autobuses de La Bandera en Caracas.
Carmen Elisa Rubio, el pasado miércoles en la terminal de autobuses de La Bandera en Caracas. F. M.

Esa es la percepción que tenían, el pasado miércoles, los que esperaban para comparar un billete de autobús en la terminal La Bandera de la capital. Irse en busca de oportunidades no es una aventura ilusionante, sino un éxodo forzado, que se emprende a menudo con angustia e incertidumbre.La migración separó familias, afectos que a veces se recomponen en algún país de la región, sobre todo Colombia. Carmen Elisa Rubio, de 45 años, aguardaba con sus cinco hijos para poder hacerse con un pasaje. Su plan era viajar a la ciudad San Antonio, cerca de la frontera, cruzar a pie hasta Cúcuta y llegar finalmente a Medellín, donde su esposo trabaja como herrero.

Rosa Maribel Gómez, el pasado miércoles en la terminal de La Bandera.
Rosa Maribel Gómez, el pasado miércoles en la terminal de La Bandera. F. M.

Otra madre, Rosa Maribel Gómez, exfuncionaria de un consejo comunal, planea llegar al país vecino, donde ya residen más de un millón de venezolanos, a través de una trocha o paso fronterizo ilegal. Asegura que ya ha encontrado empleo como interna en una casa de Valledupar, norte del país, por unos 600.000 pesos mensuales, menos de 200 dólares que intentará ahorrar para aliviar la vida de sus hijos, que se quedan con la abuela.

Tomó esa decisión porque la hiperinflación, que la última reconversión monetaria no ha logrado contener, y la dolarización de la economía convirtieron su rutina en una batalla constante contra los precios. “Venezuela me obligó a migrar”, lamenta. Esa Venezuela que hoy es símbolo no solo de la deriva del chavismo sino de una lucha por la supervivencia sin precedentes en el país.

Pernil para todos: la promesa navideña que nuevamente incumplió el gobierno – El Nacional – 30 de Diciembre 2018

Durante el mes de diciembre, los ciudadanos denunciaron que las 20.000 toneladas de pernil ofrecidas por el presidente de la República no fueron distribuidas de forma justa, pues a muchos hogares llegó un pequeño pedazo o nada de ese ingrediente navideño

El presidente Nicolás Maduro anunció el pasado 20 de octubre que su gobierno no fallaría este año con la entrega de los perniles para la cena de Navidad y Año Nuevo. “Viene pernil completo, grande y gordote para todos los CLAP”, aseguró el mandatario nacional en una transmisión de Venezolana de Televisión.

Quienes laboran en el Metro de Caracas fueron engañados con la fecha de entrega, el precio y la cantidad de pernil, así lo denunció Esteban Ortiz*, trabajador del sistema en una entrevista a El Nacional Web.

“A nosotros nos dijeron el 23 de diciembre que repartirían 9.000 piezas de pernil y que cada una costaría 1.400 bolívares. Ahí ya vimos que había una irregularidad porque en todos lados los estaban vendiendo un Bs 500, máximo Bs 600”, detalló el trabajador de la empresa estatal.

Ese mismo día el sindicato informó a los trabajadores que la distribución, que sería para el 24, 26, 27 y 28 de diciembre, se suspendió por problemas logísticos y sería reprogramada. El 28 de diciembre llegó un nuevo comunicado que detallaba que la entrega sería el día 29 desde las 7:00 am, se repartirían 2.583 piezas para 5.166 trabajadores, una pieza por cada dos empleados. El costo sería Bs 2.400 cada pernil.

“Claro que hay descontento, la gente se pregunta ¿Dónde están las otras piezas? Los trabajadores estaban en la cola llenos de angustia, molestia e inconformidad por la manera en la que lo hicieron la distribución. Hubo gente que tuvo que buscar dinero como locos para poder comprar, porque muchos de ellos no tienen como pagar un kilo de carne molida en la calle”, comentó Ortiz.

El trabajador contó que el último de sus compañeros salió de la jornada muy tarde en la noche y llegó a su casa a las 11:21 pm con medio pernil para su familia, algo que más de 4.000 trabajadores del Metro de Caracas no lograron.

Kilo y medio por familia

Andrea González*, habitante del sector Los Magallanes de Catia, dijo a El Nacional Web que el consejo comunal de la localidad repartió kilo y medio de carne para cada familia en lugar de darles la mitad del pernil como habían prometido.

“Nos ofrecieron el pernil hace 15 días, ese mismo día se canceló Bs 250 más Bs 60 de transporte, para un total de Bs 310 por familia, nos dijeron que era la mitad del pernil que nos tocaba por familia. Un pernil pesa 28 kilos, nos tocaría 14 kilos por familia”, comentó.

González explicó que el viernes pasado llegó el pernil a la comunidad y fue resguardado en casa de la señora Rosa Zerpa del Consejo Comunal del sector, pero no fue entregado ese día. Los vecinos recibieron la información de que la distribución sería el sábado a las 8:30 am y que ya no sería la mitad del pernil sino 4 kilos.

“Cuando dijeron querían 4 kilos estábamos muy molestos y hubo varias discusiones. El sábado en la mañana nos dijeron que lo entregarían a la 1:00 pm y que ahora era kilo y medio por familia. Se formó un problema con la gente del consejo comunal y hubo mucha euforia. Al final nos entregaron ese kilo y medio a las 4:00 pm de ese día”, agregó.

Algo similar les pasó a los funcionarios de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) en Caracas, a quienes les ofrecieron un pernil para cada funcionario, pero el día 29 de diciembre entregaron un trozo para cada efectivo. César Jiménez*, miembro del cuerpo de seguridad, pesó la carne de cerdo en un comercio y tenía solo 765 gramos.

Hambre y descontento social

El equipo de El Nacional web registró al menos 26 protestas relacionadas por la entrega de pernil durante diciembre. Las jornadas con mayor actividad fueron las del 29 y el 30 de este mes en comunidades que esperaban el corte de carne para la cena de Año Nuevo. Desde el 15 hasta el 30 del mes hubo un promedio de 4 protestas diarias.

El municipio Libertador de Caracas fue el escenario de tres manifestaciones este sábado: la primera en la avenida El Cuartel de Catia, frente a Telecuba, donde los consejos comunales exigieron que se cumpliera la promesa del presidente a las familias venezolanas. La segunda protesta ocurrió en la avenida Sucre, muy cerca del Palacio de Miraflores, y fue protagonizada por vecinos del 23 de enero. La última fue en la redoma de La India de El Paraíso, allí vecinos de La Vega denunciaron que hasta la fecha no habían recibido el ingrediente que les haría falta para la cena de la última noche de este año.

El domingo se repitió el panorama. Ese día, trabajadores del Ministerio de Educación trancaron la avenida Urdaneta de Caracas porque la institución no cumplió con la distribución del pernil. En la avenida México, Prados del Este y en La California los vecinos también salieron a las calles a manifestar por este motivo. Entre la tarde y la noche hubo dos protestas más.

Aunque Maduro aseguró que no fallaría este año con el pernil, en 2018 se repitieron las irregularidades de 2017: perniles incompletos, pequeños, podridos o que simplemente no llegaron. El gobierno incumplió nuevamente la promesa de entregar uno de los alimentos centrales para la cena de Navidad y Año Nuevo.

Crímenes de destrucción nacional por David Morán Bohórquez – La Patilla – 30 de Diciembre 2018

Termina el 2018 con nuestro querido país convertido en una piltrafa, de lo que fue por décadas la nación más próspera de Latinoamérica.

Los responsables son Nicolás Maduro y su oligarquía roja que ha saqueado criminalmente al país y desmantelado el Estado. Son criminales de destrucción nacional, de delitos de lesa humanidad. Practican la persecución y la discriminación por motivos políticos, el desplazamiento forzoso de familias, la tortura, la censura y el bloqueo de medios de información, el desconocimiento de la Constitución Nacional y de instituciones legítimas como la Asamblea Nacional, el fraude electoral, el robo descarado de dineros públicos, razzias policiales de exterminio, el secuestro, la destrucción ambiental, el uso de falsos positivos, la criminalización de la disidencia, la negación de las crisis de salud y de abastecimiento.

El debilitamiento y desmantelamiento del Estado trajo la somalización del país. En vastas zonas del territorio el control social y territorial lo ejercen bandas criminales, que se lucran del narcotráfico, el contrabando, el secuestro y la extorsión, los mercados negros de alimentos y medicinas y de la minería ilegal.  La anarquía es también un proceso en expansión, urbana y rural. El Arco Minero, el Estado Sucre, el occidente de nuestra Guajira, el codo andino, el sur del Estado Apure y del Lago de Maracaibo, partes del Estado Guárico, Miranda y Aragua están somalizadas.

Venezuela terminó el 2018 como el país más violento del continente americano, con 23.047 muertes violentas para una espeluznante tasa de 81,4 homicidios por cada 100.000 habitantes, en cifras del Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV).

En noviembre la mundialmente reconocida ONG Human Rights Watch (HRW) presentó un informe alertando que Venezuela vive una crisis sanitaria “devastadora” por el colapso de su sistema público de salud y criticando la reacción del régimen de Nicolás Maduro al negar la situación y no afrontarla “urgentemente”.

En septiembre HRW, en otro informe, denuncia que la agudización de la crisis venezolana ha propiciado el mayor flujo migratorio de este tipo en la historia reciente de América Latina y pidiendo a los gobiernos de las Américas definir una respuesta colectiva y uniforme urgente al éxodo de personas que huyen de Venezuela. Según cifras de la Organización de Naciones Unidas (ONU) más 2,3 millones de venezolanos, de una población total estimada de 32 millones, se han ido del país desde 2014, sin embargo esas cifras no reflejan la totalidad de los que han abandonado el país, que algunas organizaciones tasan en 3,5 millones.

También en septiembre los gobiernos de Argentina, Colombia, Perú, Chile, Paraguay y Canadá enviaron una carta a la Fiscalía de la Corte Penal Internacional en la que piden que se investiguen crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen de Nicolás Maduro. La solicitud para la investigación en La Haya estuvo acompañada de dos informes. Uno elaborado por la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU (OACDH), en el que se documentan ejecuciones extrajudiciales, entre otras violaciones de derechos humanos. Y el otro es un informe redactado por un grupo de expertos designado por el secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, que concluyó que existe un “fundamento razonable” para considerar que once individuos, entre ellos Nicolás Maduro, y miembros de la Fuerza Armada, supuestamente han cometido crímenes de lesa humanidad y, por tanto, deben ser denunciados ante la Corte Penal Internacional.

La corrupción ha copado todos los estratos del régimen y se ha expandido en la sociedad. “En Venezuela rige un sistema de gobierno con rasgos propios del modelo cleptocrático, que se enfoca en el enriquecimiento de los directivos de empresas estatales que no rinden cuentas y permanecen en la impunidad, dijo en un informe de 1.300 páginas la ONG Transparencia Venezuela. La investigación de Transparencia relata entre otras cosas entre 1999 y 2014 se destinaron 37.691 millones de dólares a 40 proyectos de compra de equipos y construcción de instalaciones y “se descubrió un sobreprecio de 23.033 millones de dólares”.

El estudio recoge que el modelo cleptocrático se ha potenciado en las empresas propiedad del Estado a través del uso de leyes habilitantes y de decretos de Emergencia firmados por los presidentes Chávez y Maduro. Los instrumentos han permitido hacer grandes compras sin cumplir con procesos licitatorios, lo que ha incentivado hechos de corrupción de los que se han beneficiado funcionarios públicos, intermediarios y empresas proveedoras privadas.

El Tribunal Supremo de Venezuela en el exilio,  declaró el 15 de agostos que “hay suficientes pruebas para establecer la culpabilidad” de Nicolás Maduro en los delitos de “corrupción y legitimación de capitales” y lo condenó a 18 años y tres meses de reclusión en la cárcel de Ramo Verde en el estado Miranda. Los miembros del TSJ nombrados por la Asamblea Nacional actúan desde el exilio por la presecuicón política del régimen de Maduro. El TSJ en Bogotá culminó el juicio promovido por la fiscal general, ilegalmente destituída y también en el exilio, Luisa Ortega Díaz, quien durante siete audiencias presentó pruebas con las que vinculó a Maduro con corrupcion a la empresa constructora Odebrecht en Venezuela. Además, el tribunal le impuso a Maduro una multa de 25 millones de dólares por corrupción propia y a resarcir al Estado 35.000 millones de dólares por legitimación de capitales, así como una inhabilitación política por el tiempo de la pena. El desmantelamiento de las instituciones ha permitido que esa sentencia quedara en saco roto.

Venezuela se ubicó en 2017 como el país con la menor puntuación de América en el Índice de Percepción de Corrupción (IPC) elaborado por Transparencia Internacional, lo que la ubica como el país más corrupto del continente. El índice analiza la corrupción del sector público y califica 189 países basándose en 13 evaluaciones de expertos, y utiliza una escala en la que 0 es altamente corrupto y 100 es muy transparente. El país está en la posición 169 del ranking general que evalúa a 178 países. Respecto al ranking del año 2016, Venezuela en 2017 cayó tres posiciones, quedando entre los 12 países más corruptos del planeta.

La corrupción y el desmantelamiento institucional la permitido al régimen de Maduro propiciar un ecocidio de enormes dimensiones. Al respecto la ONG SOS Orinoco envió a la Unesco y a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) un muy completo reporte “Situación Actual de la Minería Aurífera en el PN Canaima: Sitio de Patrimonio Mundial en Venezuela” en el que se lee “Como se podrá apreciar en algún punto de este reporte, la minería aurífera es una actividad imbuida dentro de una gran trama de delincuencia organizada que llega a todos los niveles del poder político venezolano actual, por lo que es necesario proteger la identidad de los investigadores y testigos. A lo largo de la investigación se hizo patente que la minería no es el único impacto humano relevante que se encuentra desatado, y que otros usos no regulados están teniendo también impactos severos. No entramos a evaluarlos, pero es necesario hacerlo con urgencia por cuanto están contribuyendo significativamente a deteriorar los valores patrimoniales del Parque Nacional Canaima  como Sitio de Patrimonio Mundial”.

Hace un año, Alberto Blanco Dávila, director y editor en jefe del Grupo Explora, indicó que el ‘ecocidio’ del Arco Minero del Orinoco es “el proyecto más devastador de todo continente, esto es un área de más de 111.000 Km2 , lo que representa el 12% del territorio nacional”

También el “mercadocidio”

El mercado es un maravilloso mecanismo, a medio camino entre “el instinto y la razón” que el ser humano ha ido desarrollando y perfeccionando a lo largo de miles de años, en millones de interacciones mutuas y que en los últimos tres siglos nos ha permitido alcanzar un nivel de bienestar, riqueza y prosperidad que nuestros antepasados no hubieran soñado. Hoy la mayoría de habitantes del planeta son primera vez en la historia clase media y alta mas que pobres.

Mientras tanto, la fatal arrogancia y mala intención del bautizado “socialismo del siglo XXI” que practica el régimen de Nicolás Maduro ha provocado que en uno de los países más ricos en recursos naturales del planeta escasee de todo, desde bienes de primera necesidad hasta el optimismo. Han arremetido contra los mecanismos del mercado, destruyendo las miles de interacciones voluntarias que cada día se daban en ese proceso de abastecer y abastecernos y de creación de  bienestar y prosperidad.

Entendamos “mercadocidio” como la destrucción de las estructuras de producción y de comercio de bienes y servicios. Eso es entonces lo que el régimen de Maduro ha hecho en Venezuela. Intervino el sistema de precios de los mercados, regulándolos caprichosamente, abatiendo la oferta y deprimiendo el consumo. Respecto a los precios, el Nóbel en Economía, Friedrich August von Hayek afirmaba “El sistema de precios es un instrumento registrador que automáticamente recoge todos los efectos relevantes de las acciones individuales. Sus indicaciones son la resultante de todas estas decisiones individuales y, al mismo tiempo, su guía”. Nos dejó ciegos y vulnerables.

Pero también destruyó los derechos de propiedad y el imperio de la ley, mediante confiscaciones ilegales y la cooptación del Poder Judicial que hace reinterpretaciones caprichosas y sesgadas de la Constitución Nacional. Las inversiones huyeron del país.

El régimen de Maduro ha llevado al país a su peor situación desde que existe como nación.

La economía completará en 2018 (-18%) cinco años consecutivos de contracción: 2014 -3,9%; 2015 -6,2%; 2016 -16,5%; 2017 -14,0% y 2018 -18,0% según datos del Fondo Monetario Internacional. Contracción que ya no es reducción, sino destrucción neta de la capacidad de producir bienes y servicios en el país. Más de tres generaciones de emprendimientos de venezolanos destruídas.

El reciente Informe de Competitividad Global 2018 del Foro Económico Mundial presenta a Venezuela en la posición 127 de 140 países, bajando 10 posiciones con respecto a 2017 –la caída más fuerte entre la lista de países participantes.

Como un drogadicto, el régimen monetiza un descomunal défict fiscal (que algunos economistas señalan en el orden del 25% del PIB) de un estado enorme, mórbido y ineficiente causando una hiperinflación, la más dañina en la historia de Latinoamérica, que supera el 1.000.000% y que el FMI estima que superá el 4.000.000% en 2019. La inflación es un impuesto que cobra el gobierno, saqueando el bolsillo de los venezolanos y que arruina a las familias.

Venezuela es hoy uno de los tres países más pobres del continente con un PIB per cápita de apenas 3.300 dólares, un retroceso de 60 años.

Los resultados preliminares de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi 2018) presentados en la Ucab el 30 de noviembre, reveló que 94% de los encuestados aseguró que sus ingresos son insuficientes para cubrir los costos de vida, que los ubica en una situación de dramática vulnerabilidad. Con ello el régimen pretende aumentar su control social sobre la población con los programas conocidos como misiones. La encuesta Encovi 2018 halló que 63% de la población es beneficiaria de alguna de las misiones que ofrece el gobierno, un aumento de 20% versus el año anterior. Destaca la de racionamiento de productos subsidiados (12 productos) conocida como Clap. En la muestra de la encuesta Encovi  el 80% admitió que compra bolsas o cajas CLAP y en el 90% de los hogares a los que llega la bolsa o caja hay algún miembro con el Carnet de la Patria. La destrucción de la dignidad es otra de las consecuencias del mercadocidio socialista.

El régimen de Maduro destruyó la “joya de la corona”: Pdvsa. Es una empresa arruinada y sin capacidad de recuperación. Y con ella destruyó también la Industria Petrolera Nacional. Al respecto, la Agencia Internacional de Energía dijo en un informe en octubre que “daño a largo plazo al potencial de producción de Venezuela se debe a la negligencia en el campo, la falta de capital y la experiencia que ha abandonado a Venezuela en los últimos años”. y agregó “No hay indicios en el horizonte de cambios macroeconómicos o de política que detendrían la disminución de la producción venezolana”. El director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía, Fatih Birol, dijo en noviembre que la producción de crudo de Venezuela está en “caída libre” y que pronto podría disminuir bajo el 1 millón de barriles por día. La agencia Reuters publicó esta semana un informe especial con gráficos que retratan el notable deterioro.

Al deterioro petrolero, se suma el del Sistema Eléctrico Nacional, con constantes apagones y racionamientos, el del sistema de distribución de agua potable, con constantes cortes y apagones, el sistema de distribución de gas doméstico, el transporte público, el sistema de salud pública, en fin, la destrucción es masiva, y tendrá costos inmensos para el futuro de la nación.

Para el presidente de Conindustria, Juan Pablo Olalquiaga dijo en su balance del 2018 que , “deberá hacerse un censo de cuantas empresas quedan, aunque es una cifra muy dramática, de las 2.300 empresas que quedaban cerró un 15%. El volumen de la producción ha bajado increíblemente. Las empresas industriales hacen esfuerzos para poder abastecer los mercados”

La presidente de Consecomercio dijo en una entrevista en noviembre que  “Nuestros anaqueles continúan con la misma cantidad y precariedad de productos que hemos pasado todo el año” y exhortó al Gobierno a desarrollar nuevas políticas económicas que permitan liberar la oferta y la demanda. “Es un Gobierno que pareciera no entender que para la economía funcione debe haber libertad cambiaria”.

En su balance de fin de año, Fedecámaras afirma que El 2018 cierra como el peor año de la historia por las malas políticas del Gobierno. “el Producto Interno Bruto cae de nuevo en más del 15%, acumulando una caída en los últimos 4 años de más del 56%. La economía se ha reducido a la mitad. Más del 50% del parque industrial venezolano que continúa operando, trabaja a menos del 20% de su capacidad operativa. El agro solo logra abastecer el 25% del consumo nacional de alimentos. Tan solo este año ha cerrado cerca de 40% de los comercios en Venezuela. El sector construcción se encuentra paralizado en 95%.  Aumenta la lista de multinacionales que abandonan nuestro país”.

Para colmo, Venezuela termina el 2018 como el país más endeudado del continente americano, con una deuda externa del 159% en relación al PIB, y una deuda total que supera los 220.000 millones de dólares.

¿Y el 2019?

Son muchos los crímenes de destrucción nacional que ha cometido el régimen de Maduro. Sólo cuando la nación venezolana procese esos crímenes como delitos recobrará la paz y la senda a la prosperidad. Mientras tanto, la impunidad campea destruyendo más.

Termina el 2018 con el 85% de los venezolanos deseando que Maduro se vaya ya. El otro 15% quiere que Maduro se quede para siempre. La demolición institucional en tiranía hace que otras opciones sean irrelevantes. Usted decidirá, estimado lector, en cuál de ellas se anota.

Termina el 2018 como un “annus horribilis”. Si los dejamos el 2019 será peor. De nosotros dependerá


 

David Morán Bohórquez es ingeniero industrial y articulista venezolano. @morandavid

 

 

 

 

 

 

 

La vida imposible en la Venezuela de Maduro por Gabriela Ponte – ABC – 26 de Diciembre 2018

Tras un año en el que el país registró una inflación del 2.000.000%, el Fondo Monetario Internacional pronostica que en 2019 llegará al 10.000.000%

En la Venezuela actual escasean alrededor de 24 productos alimenticios tan básicos como la leche, el pollo, la carne, la avena, la harina o la pasta, y 34 productos imprescindibles de higiene personal como el jabón, papel higiénico, desodorante o pañales. Han sido doce largos meses de proeza para los venezolanos que, ahogados por cifras millonarias de hiperinflación, siguen batallando para que el hambre y la miseria no acaben con sus vidas. El fracaso de la revolución bolivariana lo demuestran los precios de los productos que suben a razón de un 3% o 4% por día, destruyendo el poder adquisitivo de las familias.

Nelly Barrios, tuvo que bajar las persianas de su local en el centro de Caracas porque llevaban meses sin vender los bañadores que ella misma confeccionaba. «Por la crisis teníamos que remarcar los precios a diario y cuando las personas lograban reunir el dinero ya costaba un 15% más», aseguró la mujer. Barrios no es la única que ha cerrado su lugar de trabajo, también lo han hecho restaurantes por la escasez de alimentos. De hecho, Consecomercio calcula que un 40% de los locales han cerrado de manera parcial o definitiva en la capital.

Pero los embates de la nefasta gestión económica de Nicolás Maduro no tienen signos de mejora. El Parlamento de mayoría opositora ha pronosticado que el país cerrará el año con una inflación de 2.000.000% y, aún más dramático, el Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que este indicador alcance los 10.000.000% en 2019.

El precio promedio de una hallaca varía entre 2.800 a 3.500 bolívares soberanos dependiendo de la zona donde se adquiera, lo que representa el 67% del salario de un trabajador. Esto contando el último aumento ordenado por Maduro hace menos de un mes. Dicho incremento sitúa el salario en apenas nueve dólares mensuales, menos de un tercio del valor que tenía en agosto, cuando el Gobierno de Venezuela anunció su plan económico.

El fenómeno en la región

En el año más inflacionario y dañino de la historia de Venezuela, el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico (Cedice) decidió crear el «inflaciómetro de Caracas», una herramienta digital que mide la variación de precios quincenalmente dentro del área metropolitana.

En ella se puede comprobar el incremento del precio de los productos en más de diez categorías. El más dramático fue el que sufrió el cartón de huevos, que el 15 de diciembre se situó en 1.500 bolívares y, una semana después, estaba en 1.800. Lo mismo sucedió con el litro de leche que en tan solo siete días aumentó un 90% su valor –pasó de costar 520 a 990 bolívares–. Incluso, hay productos que ya tienen un precio fijo en dólares y se paga a lo que se cotice en el mercado negro. Un ejemplo –de esta economía dolarizada– es la harina Pan, cuyo valor es un dólar, si se consigue.

El fenómeno de la hiperinflación siempre pareció una leyenda negra para los venezolanos que recordaban a Perú como el país con la peor hiperinflación de la historia de la región, registrada en los 90, bajo el Gobierno de Alan García. Venezuela va camino de romper ese negativo récord en 2018 si los pronósticos internacionales se cumplen.

José Guerra, diputado opositor y economista, señala que «no hay salario, no hay pensión, jubilación o ahorro que pueda soportar este ritmo de incremento de los precios». En su opinión, los países que tienen mejor desempeño en América Latina son aquellos que no tienen el dólar, «comparemos a Ecuador con Chile, o con Perú y Colombia que tienen su propia moneda, lo que hay que hacer es cuidar tu moneda y tener disciplina fiscal y monetaria. Ecuador lleva tres años que no crece», aseguró.

Venezuela terminará 2018 inmersa en la peor crisis económica de todos los tiempos. Las secuelas se traducen en el éxodo que ya supera los 3,3 millones de venezolanos y alcanzará los 5,2 millones para 2019, según la ONU y Acnur.

 

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