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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

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Estremecimiento por Leonardo Padrón – Caraota Digital – 15 de Febrero 2018

leonardo-padron-681x681-1En estos días se me atascaron de nuevo las palabras. Se quedaron inmovilizadas en el teclado. Se hicieron nudo. Me quedé en silencio. Arrinconado donde no había alfabeto posible. Y no pude entregar mi artículo semanal. Ni siquiera logré excusarme. Seguí durante días enteros con los ojos pegados a la viscosa realidad de mi país. Permanecí, encandilado de horror, viendo los testimonios de hambre y padecimiento que se amplifican en cada rincón de mi pobre país petrolero. Es demasiado. Sobrepasa. Es algo que ofusca la capacidad de análisis. Uno ve a hombres hechos y derechos, remangados de tanto vivir, con los ojos en súplica, con la voz hecha puro sollozo, porque tienen tanta hambre que están aterrados, porque les da vergüenza no poder alimentar con un mínimo de pan y decencia a sus hijos. Eso aniquila. Estremece.

Las historias son excesivas. Como sacadas de un país en guerra. Parecemos un territorio bombardeado, con la comida convertida en humo y sin la más simple medicina. ¿Cuántas veces hay que decirlo?

Asombra la historia de María del Carmen, una niña de 6 años que reside en Maracaibo y su cota de desnutrición es tal que a la familia le asusta cargarla porque sienten que se les va a quebrar en los brazos. Aturde la cantidad de niños que siguen muriendo por comer yuca amarga, porque no hay más nada, solo ese borde que es la desesperación de sus padres. Conmueve la historia de José, el humilde autobusero que se desvaneció llevando a su pequeño hijo al colegio, porque tenía ya dos días masticando solo aire. Y a mi se me quedó la mirada en su hijo, que le abrazaba una rodilla como consuelo, que no sabe de ideologías, que tiene tan poco tiempo en el mundo y quizás ya supone que así es la vida: un padre sollozando a ras del suelo. Estremece la historia del hombre que va a pie a Colombia para comprarle una urna a su sobrina, porque la inflación decreta que no hay dinero que pague el entierro de los pobres en nuestro pobre país petrolero. Son demasiadas historias. Demasiadas.

Ahora quienes protestan no son las organizaciones políticas, ni los estudiantes, ni la clase media, ni los sindicatos, choferes, profesores o la abrumadora sociedad civil. Ahora protesta la capa más frágil de la sociedad: los enfermos. Los que padecen cáncer, los trasplantados de órganos, los que tienen VIH, paludismo, difteria, tuberculosis, lupus, los enfermos renales y los miles y miles que dependen de una minúscula pastilla para tener a raya la peligrosa hipertensión. Son más de 300 mil personas con el susto de la muerte en la esquina más cercana. Se les ve clamando por sus remedios, braceando por ayuda en una cuenta regresiva letal, exasperados, colapsando frente a las cámaras. La escandalosa cifra dice que la desnutrición afecta ya a 1.3 millones de personas. El país se está volviendo un costillar. Y nada, nada de ese hilo agónico de tantos seres humanos conmueve a los líderes de la revolución. Muchos de esos enfermos votaron por Chávez, creyeron en su promesa de redención social y su estribillo de salvador de los desposeídos. Pero la dictadura solo les ha devuelto su indiferencia. Lo que está pasando es moralmente inhumano. Inaceptable. Es una suerte de homicidio culposo masivo.

Y a eso se suman las historias, ya multitudinarias, inacabables, de venezolanos diseminados en las calles de los países vecinos, convertidos en vendedores ambulantes de cualquier cosa, agredidos y humillados por el dardo de la xenofobia. ¡Son tantos los testimonios! Están en todas partes. Es imposible no verlos. Confieso que nunca había visto a tanta gente triste. A desconocidos, amigos, vecinos, gente de cualquier edad. A mi propio rostro. Se nos ha vuelto una epidemia la tristeza. Hoy somos un rudo coctel de crisis, abatimiento, desesperanza, bochorno, duelo, hambre, exilio y pena. No ha quedado piedra sana. A todo el mundo se le desbarató la vida.

Y yo no entiendo. No entiendo una ideología que contenga tanta indolencia en su premisa. No entiendo, incluso si convenimos en que a Venezuela la gobierna una mafia criminal. Hasta el mayor de los delincuentes se conmueve ante un niño agonizando. ¿No hay en esos “camaradas” del poder ni un síntoma de humanidad? ¿No observa -por ejemplo- la llamada primera combatiente, lo que está pasando en el país que gobierna su marido? ¿No le muestra, luego de refocilarse con la televisión española que tanto disfrutan, alguno de los cientos de videos que pueblan las redes? ¿No ha visto el terror de los enfermos renales rogando por la urgencia de una diálisis que les salve la vida? ¿No han advertido a la gente escapando en estampida por las fronteras?¿No hay un mínimo estremecimiento en su alma femenina? ¿Tampoco lo han notado las esposas, madres o hijas de los otros paladines de la dictadura? ¿No lo conversan en sus habitaciones? ¿No se les ocurre pensar que quizás no lo están haciendo bien? ¿No vale la pena claudicar en algo para salvar tantas vidas? ¿Dirán que a fin de cuentas cada persona que muere o huye es otro escuálido menos? ¿De qué tamaño es la venda que los ciega? ¿Así de sórdido es su linaje? ¿Es tan cruel la fascinación por el poder?

Muchos dirán que ninguno de los seres humanos que hoy conforman el círculo de poder en Venezuela posee sensibilidad alguna. Que esta hambruna y esta mortandad es por diseño. Que la estrategia es justamente la sumisión colectiva. A veces quisiera pensar que en algún recóndito lugar de sus emociones debe sacudirse algo. Pero el curso de los hechos nos hace desalojar cualquier esperanza en ese sentido. Estamos ante un régimen desalmado. Es decir, sin alma. Su victoria es la tristeza de millones de almas. Se han convertido en los dueños de una tierra arrasada. No importa la sangre vertida. Ni cuántas cruces hay ya en los cementerios. No importa tanta oscuridad. Ni esa larga pena que somos.

Patria o muerte, dijeron. Y perdió la patria.

 

Nuestra cocina de mercado del siglo XXI por Miro Popic – TalCual – 11 de Febrero 2018

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Paul Bocuse, el gran cocinero francés que acaba de fallecer, cambió la cocina francesa de su tiempo con un concepto nuevo y revolucionario: la cocina de mercado. Aligeró las pesadas preparaciones cargadas de grasas y harinas y decidió optar por algo más sencillo, cocinando con lo que conseguía disponible en el mercado, es decir, productos frescos de estación, pesca del día, ofertas locales, cocciones más cortas sin alterar el producto, etc. El ejemplo fue seguido en otras regiones con resultados beneficiosos para todos, lo que contribuyó a hacer avanzar la cocina pública a nuevos niveles de excelencia. No hizo más que poner en práctica lo que decía mi abuela cuando le preguntaban con qué iba a hacer el sancocho. ¿Respuesta? Pues, con lo que haiga, hijo, con lo que haiga.

¿Con qué cocinamos hoy? Con lo que conseguimos en el mercado o con lo que encontramos en el bachaquero de la esquina, y con lo que podemos pagar, lo cual reduce enormemente nuestras posibilidades por más creativos que queramos ser. Hablo de la cocina hogareña, la que se hace a diario en casa, no de la cocina profesional de restaurantes. ¿Cómo proponernos, por ejemplo, dar de comer a los nuestros un corocoro frito si no conseguimos pescado ni hay aceite para freírlo? ¿Para qué imaginarnos una simple torta de jojoto si el azúcar está por las nubes y sale más barata con aspartane aunque no sepa igual?

El catalán Josep Pla tiene una frase maravillosa que dice que la cocina no es más que el paisaje puesto en la cacerola. Bella imagen para definir que la cocina surge de la geografía, de lo que la tierra que habitamos nos da, de lo que encontramos en nuestra cercanía. ¿Cuál es el paisaje de lo que se come hoy en los hogares que consiguen disponer de alimentos?

Supongamos, por ejemplo, que dependemos de la caja CLAP para cocinar. La más reciente entrega de hace 15 días contiene: un litro de aceite de soya, tres kilos de arroz, tres kilos de pasta (dos de pasta larga y uno de pasta corta), un kilo de azúcar, dos kilos de harina de maíz amarillo, un kilo de leche en polvo, un envase de 200 gramos de mayonesa, un envase de 200 gramos de kétchup y dos latitas de atún de 100 gramos de materia escurrida. El aceite, el arroz, la harina de maíz (transgénico), el azúcar, la mayonesa y el kétchup vienen de Brasil, la pasta de Turquía, la leche de Colombia, el atún de México. Cero hecho en Venezuela. Podemos decir entonces que hoy nuestra cocina es internacional, ese vago concepto que por querer abarcar todo no define nada. ¿Dónde queda, entonces, nuestra cacareada soberanía alimentaria? ¿Qué pasa con la autarquía originaria?

El componente de esta caja no soporta el más mínimo examen nutricional. Exceso de carbohidratos, algo de grasa, mínima proteína. Obviamente hay un complemento vegetal que se obtiene en los camiones que vienen del Táchira, pero cuando un kilo de cebollas o de pimentón es un cuarto del sueldo mínimo ¿quién puede pensar en un sofrito criollo? Cuando el precio de la carne supera un sueldo básico ¿cómo desmecharla? ¿Cómo hacer tajadas con un kilo de plátanos endógenos a 50 mil o 50 millones de los viejos de la cuarta?

Esta cocina de carencias que están obligados a ejecutar nuestros cocineros y cocineras pasará a la historia como un hecho de resistencia ante la barbarie del control social alimentario que impone el régimen a sus ciudadanos. Llegará el tiempo en que volveremos a reconstruir nuestra cocina criolla de siempre, donde hacer un pabellón o un simple sancocho de gallina será cosa de todos los días y para todos. No me cansaré de repetirlo nunca. La mesa venezolana es redonda, como nuestra arepa, y todos cabemos en ella. Esa es la unidad que necesitamos.

La mar de las veces, acertado por Luis Vicente León – 10 de Febrero 2018

1505317186703Esta crisis es quizás la peor de nuestra historia. No sólo por la magnitud del deterioro, que ya es bastante, sino porque esta ocurriendo sin necesidad. Es una crisis inducida, por la ideología, por la ignorancia o por las dos, el resultado es igual. Ver la situación en la que se encuentra el país da rabia, frustración, asombro, miedo, pero sobre todo, mucha tristeza.

Venezuela sin medicinas. Con la infraestructura en el piso. Con la inflación más alta del mundo. Sin billetes ni monedas para pagar. Con escasez galopante. Mendigando una caja de comida del gobierno que puede o no puede llegar y de la que dependen familias completas que no pueden protestar a riesgo de perder lo que les dan.

Y entonces entiendes a los que se fueron y a los que se van. Primero lo hicieron muchos de los que más tenían. Llevaron sus familias y patrimonios lejos para protegerlos de lo que temían que pasaría y pasó. La pulverización del valor de sus inversiones en Venezuela.

Después se fueron muchos de los más educados y formados. El país se les volvió hostil y cavernícola. Su desarrollo profesional estaba comprometido. Mientras la tecnología, la ciencia, la medicina, la educación avanzaba en el mundo a pasos agigantados, en un mundo globalizado, su país retrocedía hacia una primitivización inimaginable en el siglo XXI. En un focus group nos decían: “Venezuela es Macondo. Y Macondo es bello y sabroso, pero ahí no se puede vivir”. Se fueron entonces los doctores más preparados…y los más jóvenes. Los ingenieros más audaces…y los más jóvenes. Se fueron los economistas más internacionales…y los más jóvenes, los administradores, los periodistas, los músicos (incluyendo los cuatristas), siempre los más dispuestos a asumir riesgos…y los más jóvenes.

Y entonces comenzó lo que tenía que comenzar. Se están yendo los demás. Los que no tienen patrimonio que perder, pero si familias que mantener, en el medio de una hiperinflación espantosa que no saben como enfrentar ni entender. Es María sin compañía. Es Richard para Panamá. Es Linda para Madrid, Juan para Bogotá, Francisquito para Quito y Johnny para donde lo deje el autobús rumbo a Lima.

Y las despedidas de cada día ponen esa tristeza en el alma y en el corazón de la población que se queda y la que se va y deja el país más prometedor de América Latina, convertido en fabricas moribundas, constructoras en terapia intensiva, medios de comunicación con bombonas de oxígeno, colegios sin maestros, universidades sin PhD’s, ni internet, hospitales sin especialistas, teatros sin artistas…pueblos, calles y casas muertas.

Y ¿saben qué? Que nadie puede parar este desangre con discursitos, amenazas, prohibiciones, ni mensajitos de autoayuda. Sólo logrando que la población entienda el reto: participar en todos los tableros para defender el regreso a la racionalidad económica y a la democracia real. Unirnos alrededor de un ideal y de un sueño y articularnos para lograrlo. Sólo así podremos poner el torniquete, operar, coser la herida y volver a empezar. ¿Qué cuál es la palabra mágica? La de siempre: Unión, y todo aquello y aquellos que la estimulen serán la llave del éxito…y viceversa.

 

Vender el pelo para comprar pañales por Daniel Lozano – El Mundo – 7 de Febrero 2018

Muchas mujeres venezolanas cruzan la frontera con Colombia para vender el pelo que tanto les ha costado ver crecer para poder comprar comida o medicamentos

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Ha cumplido 15 meses y se llama Antuan Grizzman Calderón. No es broma, entre otras cosas porque en la Venezuela que languidece ya no quedan ni ganas de reír. El nombre de pila del bebé venezolano, que debutó esta semana cruzando la frontera que separa Venezuela y Colombia (entre San Antonio y Cúcuta), es Antuan Grizzman. Y su apellido, Calderón. Cosas del padre, un fanático de la Liga española, que eligió a la estrella francesa del Atlético de Madrid Antoine Griezmann para bautizar a su hijo. Las diferencias ortográficas con el nombre verdadero son muy caribeñas, por algo Gabriel García Márquez apostó en su día por liberar la ortografía del castellano “de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa”.

Tan apasionados el maestro de la caribeña Aracataca como el padre de Antuan, quien incluso llama Messi a su perro y que también se ha planteado usar el nombre de Cristiano para alguno de sus descendientes. Pese a la coincidencia en el apellido con el antiguo presidente rojiblanco, no albergan lazos con el conjunto colchonero.Qué más quisiera tan futbolera familia, dadas las extremas circunstancias en las que sobreviven. Antuan no lo recordará cuando sea mayor, pero el pasado miércoles fue testigo de cómo su madre vendía al mejor postor su larga y frondosa cabellera a cambio de 60.000 pesos colombianos (17 euros). Y lo hizo por él, para comprarle pañales y leche en la Venezuela de la hiperinflación de los precios y la súper devaluación de su moneda. “No encontramos pañales y tampoco leche para Antuan. Lo bueno de la frontera es que al menos se pueden conseguir las cosas”, explica la madre, Milagros Calderón, de 20 años, quien ha acudido por segunda vez al límite divisorio más caliente de América Latina, embudo hoy de la tragedia venezolana. Horas más tarde regresará a su tierra con bolsas grandes de pañales, los suficientes para dos o tres semanas. Miles y miles de personas atraviesan cada día el Puente Internacional Simón Bolívar dispuestos a fugarse definitivamente o juramentados para conseguir en unas horas el dinero que Venezuela ya no tiene.

Momento en que la madre del bebé Antuan Grizzman vende su pelo en Cúcuta. MUNDO
Según la última encuesta de Consultores 21, más de cuatro millones de venezolanos han huido de la revolución, una diáspora masiva que en los últimos dos años ha crecido a la misma velocidad que los precios. La crisis humanitaria en la frontera, como reconoció el Parlamento esta semana, es de tal tamaño que ya se preparan campamentos para emigrantes. Solo en el subcontinente, Colombia, Ecuador, Perú, Chile, Brasil y Argentina se enfrentan como pueden a una oleada de fugados del chavismo. Y que se preparen para lo que viene: el 40% de los venezolanos sopesa la idea de emprender también su propio exilio personal. “¡Se compra cabello!”, gritan uno espontáneos. Milagros y su amiga Koralia, de 18 años, caminan a su encuentro. Salieron de madrugada de Rubio, un pueblo del Táchira, el estado fronterizo. Hasta aquí llegaron con la abuela de Antuan, que se ha quedado vendiendo unos plátanos y papayas. Entre las dos jóvenes cargan al bebé, dispuestas a vender sus caballeras, que llaman la atención de los cazapelos. El regateo es intenso, así son las fronteras. Las dos chicas van y vienen, hasta que llegan a la peluquería Los Guerreros. Milagros espera su turno, ya hay cinco chicas sentadas sometiéndose a lo que parece una tortura viendo sus rostros. Koralia no se decide, tiene el pelo más corto que su amiga “porque una señora vidente me dijo que me cortara parte cuando la luna estuviera creciente. No me quiero quedar como una gallina”. La jovencita se tendrá que conformar con vender sus frutas para, con el dinero obtenido, comprar unas cápsulas de Omeprazol para su madre. Una de ellas no aguanta la tensión y rompe a llorar de forma dramática. No puede ni hablar, pero su “agente de viajes”, también venezolano, explica al reportero que ese dinero le ayudará a viajar a Ecuador. A pocos metros salen autobuses para Quito, Lima, Santiago de Chile y Buenos Aires. Para llegar a la capital argentina, última parada del viaje, se necesitan entre 9 y 10 días, después de pagar 1.400.000 bolívares. Milagros desiste porque tiene que esperar turno en la peluquería, así que se pone en manos de una señora muy cerca del puente. Sin pudor, casi en medio del trasiego frenético. La venta del pelo es uno de los múltiples negocios de una frontera tradicionalmente conocida por el contrabando de gasolina. Una redada en las últimas horas ha provocado la desaparición, como por arte de magia, de los pimpineros, los vendedores de combustible. Los automovilistas dan vueltas y vueltas porque saben que llenando el depósito con la gasolina venezolana sale tres veces más barato. Están sentados y para llamar la atención de nuevo de sus clientes golpean en el suelo una botella de plástico colocada en la punta de un palo. Las casas de cambio, el contrabando de comida venezolana y la prostitución también compiten como grandes negocios paralelos a las diáspora de los parias de América. La venta de cabello no mueve, por supuesto, cantidades millonarias como los negocios anteriores, pero en un solo día medio centenar de chicas se desprenden de lo que con tanto esmero cuidaron durante años. El récord de hoy es para una “catira” (rubia), que consigue 140.000 bolívares por su espectacular melena.Milagros se ha quedado a mitad de camino, pero se va contenta: cuando vuelvan a Rubio, Antuan tendrá pañales para unos cuantos días.

¿Quién se queda aquí? por Luis Vicente León – Panorama – 4 de Febrero 2018

1505317186703Esta crisis es quizás la peor de nuestra historia. No sólo por la magnitud del deterioro, que ya es bastante, sino porque esta ocurriendo sin necesidad. Es una crisis inducida, por la ideología, por la ignorancia o por las dos, el resultado es igual. Ver la situación en la que se encuentra el país da rabia, frustración, asombro, miedo, pero sobre todo, mucha tristeza.

Venezuela sin medicinas. Con la infraestructura en el piso. Con la inflación más alta del mundo. Sin billetes ni monedas para pagar. Con escasez galopante. Mendigando una caja de comida del gobierno que puede o no puede llegar y de la que dependen familias completas que no pueden protestar a riesgo de perder lo que les dan.

Y entonces entiendes a los que se fueron y a los que se van. Primero lo hicieron muchos de los que más tenían. Llevaron sus familias y patrimonios lejos para protegerlos de lo que temían que pasaría y pasó. La pulverización del valor de sus inversiones en Venezuela.

Después se fueron muchos de los más educados y formados. El país se les volvió hostil y cavernícola. Su desarrollo profesional estaba comprometido. Mientras la tecnología, la ciencia, la medicina, la educación avanzaba en el mundo a pasos agigantados, en un mundo globalizado, su país retrocedía hacia una primitivización inimaginable en el siglo XXI. En un focus group nos decían: “Venezuela es Macondo. Y Macondo es bello y sabroso, pero ahí no se puede vivir”. Se fueron entonces los doctores más preparados…y los más jóvenes. Los ingenieros más audaces…y los más jóvenes. Se fueron los economistas más internacionales…y los más jóvenes, los administradores, los periodistas, los músicos (incluyendo los cuatristas), siempre los más dispuestos a asumir riesgos…y los más jóvenes.

Y entonces comenzó lo que tenía que comenzar. Se están yendo los demás. Los que no tienen patrimonio que perder, pero si familias que mantener, en el medio de una hiperinflación espantosa que no saben como enfrentar ni entender. Es María sin compañía. Es Richard para Panamá. Es Linda para Madrid, Juan para Bogotá, Francisquito para Quito y Johnny para donde lo deje el autobús rumbo a Lima.

Y las despedidas de cada día ponen esa tristeza en el alma y en el corazón de la población que se queda y la que se va y deja el país más prometedor de América Latina, convertido en fabricas moribundas, constructoras en terapia intensiva, medios de comunicación con bombonas de oxígeno, colegios sin maestros, universidades sin PhD’s, ni internet, hospitales sin especialistas, teatros sin artistas…pueblos, calles y casas muertas.

Y ¿saben qué? Que nadie puede parar este desangre con discursitos, amenazas, prohibiciones, ni mensajitos de autoayuda. Sólo logrando que la población entienda el reto: participar en todos los tableros para defender el regreso a la racionalidad económica y a la democracia real. Unirnos alrededor de un ideal y de un sueño y articularnos para lograrlo. Sólo así podremos poner el torniquete, operar, coser la herida y volver a empezar. ¿Qué cuál es la palabra mágica? La de siempre: Unión, y todo aquello y aquellos que la estimulen serán la llave del éxito…y viceversa.

 

En La Guajira venezolana, los niños abandonan la escuela para vender gasolina por Alicia Hernández – The New York Times – 9 de Febrero 2017

El comercio ilegal de combustible se ha convertido en una vía de escape a la pobreza y el hambre en esta árida zona fronteriza con Colombia, donde el clima extremo hace casi imposible la agricultura y la ganadería, y la deserción escolar supera el 30 por ciento.

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LOS FILÚOS, La Guajira — En este centro poblado de Paraguaipoa, la capital de La Guajira venezolana, todo huele a gasolina. Eso es Los Filúos: un enclave de tierra árida a menos de 20 kilómetros de la frontera con Colombia y a dos horas de viaje de las torres de extracción de petróleo del lago de Maracaibo.

Para los 4000 habitantes de Los Filúos, donde el calor extremo y la falta de lluvias hacen casi imposible la agricultura y la ganadería, el contrabando de gasolina es una alternativa de subsistencia. Y también un problema para el futuro.

En una esquina del pueblo, al lado de varias garrafas amarillentas, Álvaro agitaba con la mano un embudo hecho con el pico de una botella de plástico y un tubo de goma para llamar a los clientes. Viste un pantalón gastado de color indefinible, arremangado, que deja ver unas piernas demasiado flaquitas para sus 13 años, y una camiseta raída con manchones negros. Lleva otra de manga larga debajo y una amarrada en la cabeza que lo protegen del sol de La Guajira, donde las temperaturas llegan a los 40 grados. Allí, de 8:00 a. m. a 6:00 p. m. Álvaro y otros muchachos como él se ganan la vida llenando o sacando combustible de cuanto carro consigan.

La monstruosa naturaleza sexual de los hombres y el escándalo
PDVSA, la empresa petrolera estatal, ha calculado que del país salen 100.000 barriles de gasolina de manera ilegal. En la frontera con Colombia, y especialmente en la parte que comparten el departamento de La Guajira con el estado Zulia, se hace evidente el paso de combustible, así como la venta ilegal dentro del mismo territorio venezolano. A pesar del aumento anunciado por el presidente Nicolás Maduro en febrero de 2016, la gasolina sigue siendo la más barata del mundo. Llenar un tanque en Venezuela cuesta 1,20 dólares. Del lado colombiano sale alrededor de 28 dólares.

Maduro anunció en diciembre la decisión de vender gasolina a precios internacionales en la frontera para evitar el contrabando; pero sigue siendo un negocio lucrativo en esa tierra donde no hay muchas opciones para salir adelante.

El salario mínimo en Venezuela es de 40.638 bolívares (unos 58,81 dólares si se calcula al cambio controlado por el gobierno; 11,16 si se hace con el valor del dólar en el mercado negro). Un dinero que se vuelve sal y agua con especial rudeza en la frontera, donde todo es más caro. Un kilo de arroz, por ejemplo, alcanza los 3000 bolívares: más del siete por ciento del salario mínimo.

El gobierno mantiene el control cambiario desde 2003 para evitar la fuga de divisas. Desde entonces, es el único que puede conceder dólares de modo legal para todo: desde importar cualquier mercancía hasta para viajar al extranjero. La tasa de cambio, a 690,98 bolívares por dólar, la fija el gobierno. En paralelo, surgió un mercado ilegal cuya tasa cambia diariamente y que se ha disparado en los últimos dos años (al momento de escribir esta nota el cambio en el mercado negro es de 3640,29 bolívares por dólar).

El contrabando de gasolina es un negocio de doble vía. Por un lado están los usuarios que llenan el tanque de su vehículo en estaciones legales, donde pagan por un tanque de 50 litros unos 250 bolívares (menos de 10 centavos de dólar al precio del mercado negro). Al vender ese combustible en los puestos irregulares, ganan entre 8000 y 12.500 bolívares (entre 2 y 3,5 dólares al precio del mercado negro). Esa misma gasolina es la que compran después quienes llenan el tanque en los puestos ilegales, ya sea para evitar las largas colas que se forman en las estaciones o, en el caso de los colombianos, para beneficiarse de la diferencia de precio. Llenar un tanque de contrabando puede costar entre 17.000 y 25.000 bolívares (entre 4 y 7 dólares aproximadamente).

En un día de trabajo como pimpinero —el que saca o carga gasolina de los coches— se puede ganar hasta 12.000 bolívares. Es la escala más baja de un negocio diversificado: está quien llama a los carros para que vacíen el tanque, quienes la sacan, los que almacenan, quienes cuidan el camión cargado de bidones y quienes lo llevan hasta Maicao, en Colombia. Todos tienen su puesto en el negocio. Incluso los niños, que suelen trabajar para sus familiares o para conocidos que participan en el negocio. En cada puesto puede haber de tres a cinco niños. Solo en Los Filúos, la cantidad de adolescentes y preadolescentes que trabajan con el contrabando de gasolina se cuenta por docenas.

 

“La primera vez que tuve que chupar de la goma para sacarla de un carro fue horrible, se me quedó todo el sabor en la boca. Daba igual lo que comiera, todo me sabía a eso. Ya me estoy acostumbrando. Como cornflei y se me quita el sabor”, cuenta Álvaro, que lleva muy poco en el negocio.

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Sus compañeros —Yoel, de 17 años, y Ronaldo, de 16 (los nombres reales de los niños y adolescentes que dieron su testimonio han sido cambiados para proteger su identidad)— ya tienen casi diez años en esto, lo suficiente como para restarle importancia a esa primera vez. “Eso es normal, uno mete la manguera en el carro, agarra y normal… Uno no siente nada. Bueno, a veces, depende del tanque que carga el carro. Si viene muy caliente, ahí uno sí siente el olor”, dice Ronaldo.

A veces, es inevitable que la gasolina les caiga en el cuerpo. O en la boca. “No nos da miedo”, dice Ronaldo, respondiendo a una pregunta que no se le ha hecho, y se justifica: “Uno no piensa en si le hace daño o no a la salud, en qué le puede pasar en la garganta, boca, estómago. Algunos van al médico. Yo no he ido a nada, uno ya está acostumbrado. Uno piensa en vender y agarrar los cobres (dinero)”.

Yoel y Ronaldo dudan unos segundos cuando se les pregunta por qué empezaron en el negocio. El primero en reaccionar es el mayor, Yoel, que lanza un argumento de peso al que el resto se une: “Comprar ropa”. Sus prendas gastadas y sus sandalias con agujeros lo contradicen, pero antes de que entren nuevas dudas, Yoel vuelve a hablar. “Para comprar lo que uno necesita, ropa, zapatos… Quería los cobres míos. Y sí se hace plata, y ahora más, ojo. Un día bueno se ganan 12.000, 15.000 bolívares diarios, aparte de los gastos. La cosa es vender, vender, vender”.

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Álvaro (nombre ficticio), un niño venezolano de 13 años, posa junto a sus herramientas de trabajo para el contrabando de gasolina: una garrafa y un embudo artesanal unido a un trozo de manguera, en Los Filúos, Paraguaipoa, Venezuela. Credit Santi Donaire para The New York Times en Español
Ronaldo, que se ha quedado pensativo sobre sus motivos, matiza: “Y para la casa, que también hay que ayudar y colaborar con el almuerzo”. Álvaro cuenta sus verdaderas razones cuando los otros compañeros se alejan. Su madre, con la que no vive, lo sacó de la escuela porque no tenía suficiente dinero para comprar los útiles ni la ropa. “Estoy con mi abuela, ella no trabaja. Depende de mí el dinero de la casa. Llevo 6.000, 4.000 al día. Mi abuela me regañaba porque cuando me sacaron de la escuela no iba a la calle. “Vete, sal, nos estamos muriendo de hambre”, me decía. Empecé en esto porque pasaba mucha hambre y no tenía nada de comer”.

Las aulas vacías

En Venezuela no hay cifras oficiales de deserción desde hace unos años. Los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE) son del curso 2011/2012 y muestran que 27.778 niños entre educación primaria y media dejaron de estudiar en el estado Zulia. No desglosan los motivos, ni cuál es la proporción en que afecta a la comunidad indígena.

El Sindicato Unitario de Magisterio del Estado Zulia (SUMA) estima que para el curso 2016/2017 la deserción llegó al 60 por ciento. Para Neida González, responsable de la Escuela Bolivariana Luis E. Palmar de Los Filúos, las cifras son mucho más exactas: hay 178 alumnos registrados en su centro y solo acuden entre 90 y 120; es decir: el ausentismo escolar es de entre el 32 y el 50 por ciento.

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Un aula vac퀙a en la escuela de Los Filúos, en La Guajira venezolana. Desde hace años no existen cifras oficiales de deserció€”n escolar en Venezuela. Los ú“ltimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estad퀙stica (INE) son del curso 2011/2012. Credit Santi Donaire para The New York Times en Español
De los que van a clase, muchos lo hacen de modo puntual por los beneficios, “llegan el día que saben que se va a repartir, por ejemplo, los morrales (mochilas que da el gobierno)”, dice González. Otros, por algo mucho más simple: “Vienen más para comer que para aprender”. Todos los días, alrededor de las 9:00 a. m. reparten una merienda. Hoy tocan bollitos de harina de maíz partidos en trozos con margarina encima y jugo de sandía. Los niños comen en sus pupitres mientras la maestra habla de lo importante que es una alimentación saludable, con frutas y verduras.

Ir a la escuela para echarle algo al estómago ha pasado siempre, pero en el último año aumentó por la escasez que impera en el país. “Hay niños que se desmayan, que lloran porque tienen hambre”, explica González. El ausentismo también es algo que se ha visto siempre, “pero desde hace cuatro años para acá, el fenómeno es muy fuerte”.

En el curso anterior fue tan marcado, cuenta la docente, que la policía tuvo que ir por los niños casa por casa. Muchos niños abandonan las aulas porque sus padres no pueden costear cuadernos, ni camisetas. “La mayoría que se va lo hace para vender gasolina, aunque ahora se ha diversificado y vende arroz, harina, lo que sea”.

Ahora, una tarde de noviembre de 2016, en una esquina de Los Filúos, Álvaro, Yoel y Ronaldo hablan sobre su futuro. Todos dudan sobre si quieren seguir como pimpineros. “Para toda la vida, no sé. Me gustaría pasarme a otro trabajo, así igualito, pero tener más dinero, dentro de lo mismo. Comerciante o algo así”, dice Yoel. Álvaro lo tiene claro: “Quiero estudiar, quiero hacer casas”.

Los tres se alejan, sus embudos artesanales en la mano, las sandalias roídas, los pantalones manchados, el paso apurado hacia su puesto de trabajo entre garrafas bajo el sol de La Guajira, donde todo, incluso ellos mismos, huelen y piensan en gasolina.

 

Un Cambur por Tranferencia por Claudio Nazoa – El Nacional – 4 de Diciembre 2017

Unknown.jpegEsto le ocurre hoy a cualquiera en Venezuela, pero, digamos (Dios me salve el lugar), aun si yo fuera un chavistacomunista, ¿cómo consigo efectivo si en el cajero del banco no hay dinero y por taquilla dan 5.000 bolívares, de los cuales 3.000 son para pagar el estacionamiento porque no tienen punto de venta?

Digamos que soy chavistacomunista (Dios vuelva a salvarme el lugar) y necesito insulina, antibióticos, anticancerígenos, hipertensivos… Y si en el mejor de los casos tengo la enorme cantidad de dinero que cuestan, ¿en qué farmacia los consigo y con qué cancelo si el punto casi siempre falla?

Digamos que necesito aceite para mi automóvil. ¡Ni pagando hay! Y si quiero arepa, ¿de dónde saco la harina? Si se daña o me roban la batería, ¿con qué cancelo el taxi que debo tomar para buscarla por toda la ciudad?

Digamos que soy millonario y en la carretera me provoca una empanada y un jugo, ¿con qué efectivo pago?

Digamos que soy loco y se me ocurre ir a Mérida por tierra, ¿quién me garantiza que después de Barinitas habrá gasolina? Gasolina que al parecer no hay porque, según ellos mismos, se la robaron toda en Pdvsa.

Y si por mala suerte me varo, ¿con qué pago la grúa? Y si estalla un caucho, ¿dónde lo compro? En Venezuela no hay.

Digamos que desesperado de tanto pelar bola todo el día y todos los días, quiero emborracharme. ¿Cómo compro una botella de lo que sea al elevado precio que tiene si no hay efectivo ni punto?

Y si quiero viajar al exterior, ¿cómo obtengo una humillante hoja de prórroga inexistente o renuevo mi pasaporte?

Y si quiero pasear de noche, ¿cómo veo si no hay luz? En Venezuela, el alumbrado público está encendido de día y apagado de noche.

Mi admirada amiga Alicia Álamo me escribió una amable carta diciendo que yo estaba muy serio. Es verdad. A veces, como hoy, trato de contar algo divertido pero me voy arrechando a medida que el artículo avanza.

Quería escribir algo que en su momento creí gracioso. Sin embargo, al hacerlo, me enfurecí: mi hija Valentina me llamó del colegio. Quería comerse un cambur (uno). La niña no tenía dinero porque en casa no hay efectivo.

La solución fue insólita: por WhatsApp me envió el número de cuenta del dueño de la cantina. Luego de varios intentos infructuosos (se cayó Internet, se fue la luz, colapsó la página del banco) logré hacer la transferencia… ¡por un cambur!

¿Será que a estos……… no les da vergüenza tener a un país en esta situación?

¡Elrccdsm!

Venezuela: de la crisis económica a la crisis humanitaria por Tomás Straka – Nueva Sociedad – Enero 2018

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La falta de perniles entre los alimentos a precios subsidiados originó protestas de Navidad entre las propias bases chavistas. Pero esos hechos, que parecen folclóricos, encubren una situación social de características posbélicas. Para Nicolás Maduro, se trata solo de los efectos de la «guerra económica», pero lo que existe es un desgobierno de la economía luego del boom petrolero.
Dentro de las muchas aristas que se consignarán para la historia de estos últimos meses de la vida venezolana, es muy probable que las protestas escenificadas durante las festividades navideñas (entre otras causas, por la no entrega de perniles a precios subsidiados) reciban una especial atención de los investigadores. Ni en momentos tan conflictivos como los de la Independencia y la Guerra Federal, ni siquiera en los disturbios que siguieron a la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en diciembre de 1935, se había visto que en las navidades la gente no hiciera un alto para celebrar. Por lo tanto, los saqueos y trancones ocurridos en Caracas y otras localidades del país en las últimas fiestas son una prueba del nivel de rabia y desesperación excepcional al que se ha llegado, sobre todo en los sectores populares, tanto o más patética que los emigrantes venezolanos que duermen en carpas en Cúcuta y Boa Vista. Todo esto demuestra que ya se está colmando vaso.
La carestía en Navidad es mucho más dramática que en otra época, sobre todo cuando se trata de una sociedad acostumbrada desde hace décadas a aumentar de forma espectacular sus ingresos (y gastos) durante las fiestas de fin de año. Aunque se trata de una tradición que viene de muy lejos, desde la década de 1970, durante el primer gran boom petrolero, la participación de los empleados en las utilidades de las empresas y el pago de «aguinaldos» (bonos de fin de año) han inyectado un flujo de dinero que hacía de la Navidad venezolana una de las más bulliciosas de la región.
Aunque la crisis que empezó a despuntar en los años 80 las afectó, no por eso desapareció la aspiración a comprar el estreno (ropa nueva para la Nochebuena o Noche Vieja), juguetes de moda para los niños y abundante whisky, pintar la casa y preparar una mesa engrandecida por la inmigración (los criollos hallacas y pernil, panetones, jamón planchado, nueces, turrón, roscón de Reyes, etc.).
Tras los muy duros años 90, la liberalidad con la que Hugo Chávez manejó la bonanza del segundo gran boom revivió la llama. No solo decretó el equivalente al sueldo de tres meses como aguinaldo para todos los trabajadores y organizó ferias para ofrecer perniles y productos para las hallacas importados por el gobierno y vendidos a precios muy por debajo de los de mercado, sino que la clase media pudo traer con dólares subsidiados lo que quisiera del exterior a través de compras por internet, para las cuales el dólar se cotizaba la mitad que en la calle. Fueron los años (de 2004 a 2011, más o menos) en los que los niños recibían cuantos adminículos tecnológicos aparecieron, Venezuela se transformó en el quinto consumidor per cápita mundial de whisky, los bancos daban créditos blandos para ponerse prótesis mamarias de silicón, se vendía el doble de BlackBerrys que en Brasil y las transnacionales repatriaban ganancias superiores o iguales a las que obtenían en países mucho más poblados, como México. Los más pobres duplicaron su capacidad de consumo, según un estudio de la Universidad Católica Andrés Bello. La clase media hacía viajes y financiaba con dólares subsidiados el envío de sus hijos al exterior.
Muchas voces advirtieron el riesgo del despilfarro, pero no fueron escuchadas y la popularidad de Chávez se mantuvo en más de 70%. Tal es el telón de fondo que hay que ubicar detrás de los venezolanos macilentos de Cúcuta o los que protestaban en Navidad. El colapso de la moneda nacional frente al dólar, que pasó de 18 a más de 100.000 bolívares en cinco años, junto a la constante expansión del gasto público, generó la inflación más alta del mundo (encima de 1.369% en 2017, según datos de la Asamblea Nacional) y pulverizó los ingresos de los venezolanos. Por otra parte, las estatizaciones que Chávez hacía mientras repartía pródigamente el dinero paralizaron la producción.
Según la Federación de Productores Agropecuarios, para 2016 la producción de alimentos había caído en 70%, cosa que los altos precios petroleros permitían compensar con importaciones. Pero después de 2008 esto dejó de ser así. El Estado, que es el que tiene el monopolio de las divisas, simplemente redujo drásticamente las destinadas a las importaciones, lo que a un mismo tiempo genera escasez de bienes y de divisas, y esto provoca aumentos de precios. Para compensar, el gobierno reparte bonos, como el llamado Niño Jesús, con bolívares sin respaldo que solo presionan sobre la inflación. El resultado es que hoy el salario mínimo es de 797.510 bolívares y un pernil de seis kilos cuesta alrededor de un millón y medio de bolívares. Es una disparidad entre los ingresos y los precios que viene ocurriendo desde hace un par de años, pero que en el último trimestre se ha salido de todo control.
Así, lo que comenzó a llamarse la «dieta de Maduro», por la que en promedio los venezolanos bajaron ocho kilos en 2016 según la Encuesta de Condiciones de Vida realizada por las universidades Central de Venezuela, Simón Bolívar y Católica Andrés Bello, se convirtió en hambre pura y dura. Como durante el segundo boomVenezuela pasó a ser un país de obesos (en 2014, 38,4% de la población tenía sobrepeso, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Nutrición), la «dieta de Maduro» agarró a unos ciudadanos gordos a los que rebajar no les vino mal. Pero después de tres años de adelgazar sin control, ya las cosas son preocupantes.
Cáritas ha señalado que 70% de los habitantes tienen déficit nutricional y 15% de la población come una sola vez al día. A eso hay que sumarle la situación sanitaria, con una escasez de 90% en algunos medicamentos según un informe de la Federación Médica. La Coalición de Organizaciones por el Derecho a la Salud y la Vida habla de un millón de casos de paludismo. La ONG Acción Solidaria señala que solo 77.000 de los infectados por HIV reciben retrovirales (aunque a veces no llegan en meses) y calculan que hay al menos otros 200.000 sin medicación. No es extraño que entre los venezolanos que huyen a Brasil, las autoridades hayan encontrado muchos enfermos de tuberculosis y malaria o portadores de HIV que no suelen tener conciencia de ello, según un informe de Human Rights Watch.
En suma, una crisis humanitaria en toda ley, que tiene efectos en toda la región y para el gobierno es solo el resultado de la «guerra económica» de las elites y el Imperio. Es en ese contexto donde después de sortear las protestas de mediados del año pasado, Maduro prometió a sus electores que les entregaría perniles en diciembre si votaban por sus candidatos en las elecciones municipales. El asunto tiene mucho de simple compra de votos. Además demostró que Maduro posee mucha más gente que le cree de lo que se piensa. Pero llegó el 24 de diciembre y los perniles no aparecieron. Fue la gota que derramó el vaso. Lo último que quedaba de los viejos sueños y de las navidades muníficas se fue al traste. Ya no hay más espejismos de riqueza ni excusas que valgan: estamos arruinados, vivimos en una crisis como las que antes solo veíamos en la televisión y tenemos tanta rabia que no dejamos de protestar ni en víspera de Navidad.

16 millones y medio la Canasta Alimentaria… y Maduro se quiere reelegir – La Patilla – 23 de Enero 2018

El presidente Nicolás Maduro, busca reelegirse  como primer mandatario de Venezuela, pero sus políticas económicas y sociales dejan mucho que desear.

Aunque, la “revolución bonita” se vanagloria de haber aumentado seis veces el salario mínimo en 2017, solo para comprar la Canasta Alimentaria de diciembre del año pasado se necesitan NOVENTA Y TRES salarios mínimos para una  familia de cinco miembros: 550.045,42 bolívares diarios, más de tres salarios mínimos diarios.  

Según el informe del Cendas, el precio de la Canasta Alimentaria Familiar –CAF– de diciembre de 2017 se ubicó en 16.501.362,78 bolívares,aumentando Bs. 9.311.203,80, 52.5 salarios mínimos, 129,5% con respecto al mes de noviembre de 2017 y 2.927,8% entre diciembre de 2016 y diciembre de 2017.

Todos los rubros subieron de precio

Todos los rubros de la canasta alimentaria aumentaron de precio: granos, 228,6%; leche, quesos y huevos, 180,9%; salsa y mayonesa, 168,1%; carnes y sus preparados, 141,5%; cereales y productos derivados, 132,8; pescados y mariscos, 103,7%; café, 100,6%; frutas y hortalizas, 90,7%; azúcar y sal, 78,7%; raíces, tubérculos y otros, 69,2% y grasas y aceites, 56,9%.

La diferencia entre los precios controlados y los precios de mercado es de 140.433,4%.

Escasez

Dieciocho productos presentaron problemas de escasez: leche en polvo, pollo, carne de res, margarina, avena, azúcar, aceite de maíz, arvejas, lentejas, arroz, harina de trigo, pastas alimenticias, salsa de tomate, harina de maíz, café, mayonesa, pan, queso amarillo: el 31,03% de los 58 productos que contiene la canasta.

Adicionalmente, escasean otros productos básicos como: jabón de baño, cera para pisos, papel tualé, pañales, toallas sanitarias, toallines, toallitas, leche condesada, suavizante, desodorante, afeitadora desechable, jabón Las Llaves y medicamentos como Atamel, Losartán Potásico, Amlodipina, Aspirinas, Omeprazol, Lansoprazol, Dilantin, Di-Eudrin, Glibenclamida, Glidan, Biofit; anticonceptivos Belara y Trental; Tamsulon, Zyloric, Tamsulosina, Heprox, Secotex, Urimax, Clopidogrel y antialérgicos, entre otros, e inyectadoras.  En total, escasean al menos 52 productos en este registro.       

 

El diablo está en Miraflores por Héctor Silva Michelena – Blog Polis – 23 de Enero 2018

El pasado 12 de enero de 2018, la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) emitió una exhortación en ocasión de celebrar su Conferencia Nº. 109 (CIX). Luego de citar palabras del Papa Francisco, donde dice: “Pienso especialmente en la querida Venezuela, que está atravesando una crisis política y humanitaria cada vez más dramática y sin precedentes…”, los Arzobispos y los Obispos de Venezuela, en el capítulo II del breve pero objetivo documento, examinan y opinan sobre la situación venezolana en 12 numerales.  En ellos, cumplen y se ajustan a los artículos 21 y 59 de la CRVB. Siguen, además,  los preceptos establecidos en la Encíclica De Rerum Novarum, del Sumo Pontífice León XIII, publicada por el Vaticano el 15 de Mayo del año 1891, base principal de la doctrina de la Iglesia sobre justicia social, fundamentada principalmente en las palabras de Jesús: ”Amaos unos a otros como yo os he amado”.

Esta es la ley moral de esa doctrina:
Si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

De Rerum Novarum fue una carta abierta dirigida a todos los obispos y catedráticos, que versaba sobre las condiciones de las clases trabajadoras. Este importante escrito surge a la en plena revolución industrial., cuando el capitalismo salvaje imponía condiciones embrutecedores a obreros, mujeres y niños.

Baste leer La situación de la clase obrero en Inglaterra, de Friedrich Engels (1845), precisa descripción de la brutal explotación de los trabajadores, que perduró, casi intacta, hasta bien entrado el siglo XX. Léase además a Charles Dickens, Historia en dos ciudades, (1849), y Oliver Twist, escrita entre 1837 y 1839, y Cuentos de Navidad (1843), donde un anciano un anciano egoísta y avaro asegura que no le importan los demás, lo único que le interesan son los negocios y ganar dinero.

Como el texto ha alcanzado a todo los estratos la población, me referiré sólo a algunos aspectos, a mi juicio, de gran significado para los venezolanos, de cualquier fe. Los hombres pueden elegir sólo dos campos: el del bien o el del mal. No puede haber zonas gises permanentes, la elección es inevitable. Las palabras de Jesús viven. Nadie puede vivir siempre en el filo de la navaja, ni siquiera el agnóstico. El comunista JuliusFusik, antes de ser ejecutado por la Gestapo, dijo: “Hombres, os he amado”.

En esta exhortación, dirigida a todos los venezolanos, la CEV expresa que “Como pastores, en continuo acompañamiento a nuestro pueblo, experimentamos las graves y tristes situaciones que dibujan un panorama negativo y desolador”.  Seleccionemos algunas opiniones que, a mi juicio, son exactas.

Afirman que las medidas instrumentadas por el gobierno para alimentar al pueblo, que padece hambre, son insuficientes y tendientes a crear mendicidad y dependencia del Estado. Dicen que, además los Obispos ya han hecho la siguiente advertencia: “La raíz de los problemas (del país) está en la implementación de un proyecto político totalitario, empobrecedor, rentista y centralizado que el gobierno se empeña en mantener”.

Esto lo corroboran más de 100 economistas (yo entre ellos) en su carta abierta al presidente Nicolás Maduro, emitida el 12 de enero pasado. La Carta dice. “Ud. No puede desconocer que las carencias actuales están estrechamente vinculadas al intento de trasplantar un modelo que ha demostrado ser pernicioso para economías en vías de desarrollo y, en consecuencia, al manejo inapropiado de las políticas públicas, Todo gobernante debe saber que, en economía, los resultados dependen de los incentivos. […] Entre los controles más nefastos están los instrumentados sobre el mercado de divisas y sobre los precios, con graves consecuencias para las actividades productivas y comerciales y sobe el bienestar de la población”.

Los Obispos denuncian en su texto la inconstitucionalidad de la ANC, ilegítima de origen y en su desempeño. Y que con la “Ley contra el Odio” y la Intolerancia” criminaliza “toda manifestación en su contra […] cuyo efecto es consolidar un control absoluto de actividades y provocar el miedo y la autocensura”.  Tres días después, Maduro confirmó la advertencia de los Obispos, En efecto, el lunes 15 de enero, cuando rindió su Memoria y Cuenta ante la fraudulenta ANC, arremetió contra los representantes de la iglesia católica venezolana quienes en su Exhortación han sido frontales en su crítica a la situación social, política y económica del país. Aunque la Carta Magna vigente consagra la separación de los poderes públicos y la independencia del Ministerio Público (MP), Maduro instruyó al fiscal nombrado a dedo por la ANC, Tarek William Saab y al presidente del TSJ, Maikel Moreno, determinar si los sacerdotes cometieron delito de odio.

El 8 de enero de 2017, durante la instalación de la asamblea anual de la Conferencia Episcopal, el entonces presidente de la instancia, Diego Padrón, aseguró que el de Maduro “no es un gobierno democrático en sus decisiones, actuaciones y proyectos, ni es legítimo en su desempeño”. Además, Padrón describió a la ANC como un “engendro estratégico de carácter político que no es originaria ni plenipotenciaria”. Como se recordará, a fines de 2017, la fraudulenta ANC aprobó un acto normativo contra el odio que establece penas de hasta 20 años de cárcel por la comisión de actos de odio o discriminación. Los Obispos y Arzobispos de la CEV sólo han seguido la doctrina social de la Iglesia, establecida desde 1891, por León XIII, en la Encíclica mencionada, y desarrollada luego por sus sucesores. A buen seguro mantienen en sus mentes y obras las costumbres del Tábano de Atenas: a Sócrates.

¿Por qué llamaban a Sócrates “el tábano de Atenas”? Un tábano es un insecto molesto, una especie de mosca gigante que además pica. La metáfora de Sócrates y el tábano refiere a la costumbre que este tenía de “aguijonear” a los atenienses con sus preguntas en procura de que se despertaran para acceder al encuentro de la verdad. Una tarea ímproba que, de alguna forma, le costó que fuera luego condenado a muerte.

Consulté al padre Luis Ugalde sobre estas cosas: qué es el mal, los de demonios, la serpiente, creación del hombre…Esto me respondió, en mi correo, brevemente:

“Hola Hector. Te adelanto brevemente unas pinceladas sobre la teología católica, la serpiente, la manzana, el diablo etc. En la biblia hay que distinguir los géneros literarios: los psalmos, los apocalípticos, los proféticos, “los “históricos”… Desde luego el Génesis no es un relato histórico que narra el origen de la humanidad, del pecado etc.  Son relatos antropomórficos, mitos y expresiones simbólicas para expresar el misterio humano. No había paraíso, ni árbol de la ciencia, ni culebra-demonio, ni manzana. Dios no se remangó para coger barro y hacer un muñeco para luego soplar y hacer al hombre o de su costilla hacer a Eva. Tampoco trabajó 6 días y se cansó y luego descansó el séptimo, Ni en Babilonia hicieron una torre que llegara hasta el cielo… Pero todo ello expresa la condición humana de ayer, de hoy y de mañana. El demonio expresa indudablemente el mal y la tentación nuestra inclinación al mal enfrentado al amor de Dios que nos invita a ser como Dios, no por la dominación sino por el amor y la entrega. El mal es una realidad indudable, su simbolización en el demonio evoluciona. Hoy muchos teólogos católicos no creen en la personificación del diablo. Otros sí. Lo que es importante es que existe el mal, la tentación de ser como dioses por el camino de la soberbia, que hace un mundo inhumano, y existe también la invitación de Dios a buscar la plenitud humana de la que Jesús es como el arquetipo de carne y hueso”.

“Los obispos de Barquisimeto y Yaracuy no han sido detenidos. El ataque a ellos ha producido documentos de apoyo a ellos en muchas diócesis y también de todo el episcopado latinoamericano. Si luego puedo te enviaré algo de esto. Es una locura más del gobierno”.

Lo importante, pues, es que el mal existe y la tentación de ser como dioses es inmanente a la naturaleza y la condición humanas. Y la soberbia es su camino. Y Hasta en las cosas aparentemente más neutras, el demoño-símbolo encuentra el reflejo y el recuerdo de los atributos divinos. Su fin justifica sus medios: negar la plenitud humana. El mal pertenece al drama de la libertad humana.

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