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Declaración del Bloque Constitucional sobre el 10 de Enero 2019 – 12 de Noviembre 2018

COMUNICADO

1.- Que, de conformidad con lo dispuesto en el artículo 231 de la Constitución, el próximo 10 de enero de 2019, debe darse inicio a un nuevo período constitucional, con la toma de posesión del cargo de Presidente de la República por parte del candidato que hubiere resultado triunfador en una elección presidencial libre, justa y competitiva.

2.- Que, en Venezuela no se ha celebrado ninguna elección libre, justa y competitiva para Presidente de la República, pués el proceso “electoral” del pasado 20 de mayo, en el que supuestamente resultó electo Nicolás Maduro, es constitucionalmente ilegítimo no sólo por haber sido inconstitucionalmente adelantado, sino fraudulentamente ordenado por una entidad manifiestamente espuria, como es la Asamblea Nacional Constituyente, instalada por la sólo voluntad de Nicolás Maduro;

3.- Al margen de la incostitucionalidad señalada, dicho proceso se realizó con absoluto menoscabo del principio de integridad electoral, al haber estado plagado de irregularidades en todas y cada una de sus fases;

4.- El seudo proceso electoral está afectado de ilegitimidad popular (INTERNA), al haber sido impugnado transversalmente por toda la Venezuela democrática, por violación al principio jurídico de supremacía constitucional y fraude al principio político de soberanía popular. Así lo determinó la Asamblea Nacional, mediante “Acuerdo de Desconocimiento de la Farsa Electoral del 20M”, de fecha 22 de mayo de 2018; los partidos políticos comprometidos con la Constitución y la democracia; las Academias; este Bloque Constitucional de Venezuela; las Universidades; los gremios; la Conferencia Episcopal Venezolana, entre otras organizaciones libres y autónomas del país;

5.- A su vez, el precitado pseudo proceso electoral está afectando la ilegitimidad internacional (EXTERNA), dado que las mayoritarias expresiones de la comunidad internacional han señalado, clara e inequívocamente, que por su incompatibilidad con un proceso electoral libre, justo y competitivo, no reconocen sus resultados, entre ellos el Grupo de Lima el 21 de mayo de 2018; la OEA, según Resolución de fecha 5 de junio de 2018; Comunicado del G7 (Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón, Reino Unido, y Estados Unidos) y la Unión Europea mediante comunicado conjunto de fecha 23 de mayo de 2018, entre otros países e instancias multilaterales;

6.- Al margen de la ilegitimidad interna de la referida farsa electoral, el sedicente candidato Nicolás Maduro ya estaba incurso en usurpación del cargo de Presidente de la República y en situación de ilegibilidad constitucional genérica, amplia y permanente, derivada de: 1) Las dudas razonables no disipadas en relación a su doble nacionalidad; 2) La inhabilitación Constitucional al haber sido formalmente declarada su falta absoluta por la Asamblea Nacional dado el abandono del cargo en que incurrió, según consta en el “Acuerdo sobre el Abandono de las Funciones Constitucionales de la presidencia de la República en que ha incurrido Nicolás Maduro Moros” de fecha 9 de enero de 2017; y por último no menos grave, 3) La inhabilitación Sobrevenida por efecto de la sentencia condenatoria del Tribunal Supremo de Justicia de fecha 16 de agosto de 2018 la cual lo condenó a pena de presidio por la comisión de los delitos de corrupción y legitimación de capitales. Circunstancias éstas que lo inhabilitaron para ejercer la presidencia de la República, y por consiguiente para postularse a procesos (legítimos) de elección presidencial.

El BLOQUE CONSTITUCIONAL DE VENEZUELA DECLARA:

PRIMERO: Que el próximo 10 de enero de 2019, oportunidad en que se inicia un nuevo período constitucional la Nación no dispone de una persona electa para tomar posesión de tal cargo, ya que hasta la presente fecha no se han realizado las elecciones para Presidente de la República en los términos establecidos en la Constitución de la República;

SEGUNDO: Que la comunidad internacional debe estar atenta ante el eventual arrebato y consumación de un nuevo acto de usurpación del cargo de Presidente de la República de Venezuela, por parte de Nicolás Maduro el próximo 10 de enero de 2019; y condenar, de la manera más enérgica posible, tal hecho, en los términos establecidos en el derecho internacional para situaciones ilegítimas como éstas;

TERCERO: Que, al no haberse celebrado ninguna elección libre, justa y competitiva para Presidente de la República ninguna “jugada” de la seudo Asamblea Nacional Constituyente podrá resolver qué hacer el 10 de enero de 2019, fecha de inicio de un nuevo período constitucional para que asuma un presidente electo, al estar dicha ANC desconocida nacional e internacionalmente;

CUARTO: Que la Asamblea Nacional ante la proximidad del 10 de enero de 2019 y la eventual materialización de un nuevo acto de usurpación, por parte de Nicolás Maduro, de conformidad con los términos del “Acuerdo de Desconocimiento de la Farsa Electoral del 20M”, de fecha 22 de mayo de 2018; no sólo condene enfáticamente esta nueva usurpación sino que adicionalmente tome las medidas que constitucionalmente hubiera lugar;

QUINTO: Que, todos los venezolanos, civiles y militares han de estar unidos y permanecer firmes y comprometidos con los pronunciamientos nacionales, especialmente de nuestra Asamblea Nacional, y de los organismos internacionales, así como de los mandatos constitucionales que obligan al mantenimiento del orden público constitucional; y,

SEXTO: Que, las instituciones fundamentales de la República han de tener en cuenta, debidamente, el momento histórico que vive nuestra Nación, claramente reflejado en las pérdidas de vidas producto de la violencia, la incapacidad de la población para adquirir alimentos, salud, servicios públicos y los millones de venezolanos que se han visto obligados a abandonar el país, para que actúen conforme a su deber democrático y constitucional, de asegurar la paz, la defensa y preservación de la República Democrática.

En Caracas, a los doce (12) días del mes de noviembre de 2018.-

Coordinación Nacional: Cecilia Sosa Gómez, Blanca Rosa Mármol, Román Duque Corredor, Jorge Rosell Senhen, Alberto Arteaga Sánchez, Rubén Pérez Silva, Pedro Rondón H. y René Molina Galicia.

Coordinación Ejecutiva: Perkins Rocha. Profesores: Aníbal Rueda, María Concepción Mulino, Julio Elías Mayaudón, Ramón Escovar León, Carlos Ayala Corao, Rafael Badell Madrid, Juan Carlos Apitz, Ana María Ruggeri, Luis Beltrán Guerra, Salvador Yanuzzi, Alvaro Badell Madrid, Rodrigo Rivera Morales, Alejandro Canónico, Franklin Hoet, Gustavo Linares Benzo, Nelly del Valle Mata, José Francisco Comte, Marcos Solis Saldivia, Mariana León Mármol, Flor Zambrano, Rafael Chavero, Eustoquio Martínez, Carlos Camero, Alejandro González Valenzuela, María Luisa Acuña, Gustavo Tarre Briceño, María Amparo Grau Togores, Gonzalo Pérez Salazar, Iván Pérez Rueda y Moisés Troconis Villareal.

Federación de Colegios de Abogados de Venezuela: Marlene Robles, (Presidenta), Norma Delgado Aceituno, Clara Inés Valecillo; Jesús Vergara Peña y José Luis Machado. Presidentes de Colegios de Abogados de Venezuela: Lourdes Vallenilla (Amazonas), Luis Beltrán Calderón Mejías (Anzoátegui), Rosalino Medina (Aragua), RoldanTorres (Apure), Rombet Camperos (Barinas), Nelson Riedi (Carabobo), Roberto Andery (Cojedes), Omer Figueredo (Delta Amacuro), Yvett Lugo (Distrito Capital), Wilme Pereira (Falcón), Mary de Muguesa (Guárico), José Luis Machado (Lara), Eliseo Moreno (Mérida), Letty Piedrahita (Miranda), Jesús Ramos (Monagas), Pedro Arévalo (Nueva Esparta), Zoila Calderón (Portuguesa), Orlando Velásquez (Sucre), Mario Torres (Zulia). Bloque Constitucional. Capítulo España. Coordinador Carlos Sarmiento Sosa.

Sobre la naturaleza del conflicto político venezolano por Michael Penfold – ProDaVinci – 1 de Noviembre 2018

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Para Teodoro Petkoff In Memoriam

Desde hace algunas semanas atrás viene revoloteando en el ambiente político venezolano algo que trasluce como el principio de una posible nueva negociación. O, por lo menos, la revelación de algunos actores, tanto nacionales como internacionales, que asoman querer entrar en un espacio que abra con mayor certeza esa posibilidad. Todo esto ocurre en un momento en que la terrible muerte del Concejal Albán —que aconteció en las ergástulas de las oficinas de inteligencia del Gobierno— nos recuerda el lado más oscuro de un régimen que profundiza sistemáticamente la persecución y la violencia política.

Entre la evidencia informativa de que algo efectivamente está en movimiento destacan la visita a Caracas del senador Corker de los Estados Unidos, las declaraciones del canciller de España hablando del 10 de enero de 2019 como la fecha de vencimiento de la legitimidad de origen de Maduro, el anuncio de la directora de Relaciones Exteriores de la Unión Europea explicando la imperiosa necesidad de buscar acuerdos sin dejar de aumentar la presión internacional en caso de que fuese necesario, el anuncio de Bruselas de la creación de un Grupo Contacto para Venezuela, cuyo objetivo sería explorar las bases para una potencial mediación; la activación del Grupo de Boston como punto de encuentro entre chavistas y opositores, las palabras de algunos voceros de oposición sobre la importancia de entrar en una negociación que permita fijar una nueva elección presidencial con condiciones justas y transparentes, el rechazo de otros actores a repetir una ronda sin que haya acuerdos previos que sean verdaderamente sustantivos, e incluso el reconocimiento de algunos líderes —que hasta hace poco estaban completamente renuentes a la posibilidad de un acercamiento— que dicen ya haber entrado en contacto con facciones internas del chavismo.

Todas estas afirmaciones hacen pensar que algo está pasando, que muchos factores, bastante disímiles entre sí, andan construyendo túneles para abrir la comunicación política entre diversos grupos. Los partidos, como los topos, han terminado cavando pasos subterráneos, muchas veces de forma paralela, para poder intercambiar puntos de vista sin ser observados. Como resultado de esta mancilla todos prefieren mimetizarse, pues saben que la simple sospecha de que una ronda de acuerdos con el chavismo pudiese llegar a ocurrir causaría un enorme escozor, ante una opinión pública que ve cualquier transacción como una traición irreparable.

Es indudable que en Venezuela existen muy buenas razones para pensar de antemano que cualquier nuevo intento de negociación es una pésima idea. Las experiencias previas con dichos procesos terminaron más bien por desprestigiar a los partidos políticos que de buena voluntad decidieron participar en ellos, hundió en la desesperanza a la población que avaló la idea de buscar acercamientos, y también condenó al escepticismo a la misma comunidad internacional que los ha promovido. En el pasado, el Gobierno ha utilizado muy hábilmente a la negociación como una táctica para ganar más tiempo en su esfuerzo por posponer la entrega del poder y dividir al liderazgo opositor. En cada uno de los episodios en los que se abrió un compás para intentar alcanzar algunos convenios, el proceso culminó con un deterioro aún más acentuado de las condiciones políticas y económicas del país.

Los malos frutos están a la vista. La mesa de negociación que lideró El Vaticano en noviembre de 2016 le permitió al chavismo la posibilidad de bloquear el referéndum revocatorio. Esa suspensión fue una violación constitucional, que estuvo seguida por la inhabilitación judicial de la Asamblea Nacional y que abrió el camino para profundizar la cruel represión de las protestas ciudadanas. La negociación que lideró el expresidente Rodríguez Zapatero en República Dominicana, en marzo de 2018, culminó abruptamente sin acuerdos, y llevó a un evento electoral sin ningún tipo de reconocimiento internacional, con la ilegalización de los principales partidos políticos de oposición, con el exilio forzado del antiguo presidente de la Asamblea Nacional y con un mayor recrudecimiento del autoritarismo.  De modo que cada una de esas mesas se cristalizó en decepciones, que se han traducido a su vez en un mayor abatimiento general. ¿Para qué insistir en este tipo de alternativas?

La pregunta no es retórica. Esto es exactamente lo que argumentan aquellos que nos recuerdan que cualquier negociación en Venezuela no sólo es inmoral, sino estructuralmente imposible. Un tercer episodio de acercamientos tan sólo terminaría por deteriorar aún más las frágiles condiciones de lucha de las fuerzas democráticas del país. La alternativa es esperar. Incrementar la presión internacional. Elevar las amenazas creíbles. Dejar que el tiempo, conjuntamente con el deterioro de las condiciones socio-económicas, produzca un quiebre interno del chavismo. Tan sólo en un eventual momento de ruptura será conveniente negociar.

¿Pero por qué Maduro permanece en el poder a pesar de que la crisis ha adquirido proporciones ciclópeas? Muchos insisten en que las fuerzas oficialistas se van a terminar debilitando con la próxima ola de presiones internacionales —ayer encabezados por Macri o mañana por Duque y Bolsonaro—, así como con la aceleración hiperinflacionaria y la perpetuación de la crisis económica. Sin embargo, hasta ahora todos quedamos más bien sorprendidos ante la capacidad de resistencia del régimen. Eso no quiere decir que un evento en un futuro próximo no pueda ocurrir, pues es evidente que podría suceder, pero quizás también sea conveniente preparase o planificar lo que también se puede presumir con una altísima probabilidad: que el conflicto político permanezca incólume. ¿No será que una vez que suavicemos ese supuesto haremos nuevamente relevante a la lucha interna y nos obligue a planificar otro escenario?  ¿No será acaso que nos hemos equivocado, tanto chavistas como opositores, en la concepción del tipo de conflicto que vivimos en el país y que, sin importar el escenario, siempre vamos a terminar en una negociación?

La visión compartida de ambos bandos es que el conflicto político venezolano es por su propia naturaleza uno de desgaste y que es, además, temporalmente finito: alguien terminará por imponerse. Ante esa realidad, el juego del Gobierno es desmantelar la institucionalidad democrática, movilizar recursos para reprimir la protesta social, elevar capacidades para desarbolar cualquier amenaza interna o externa, incrementar las rentas económicas a sus aliados más cercanos y controlar directamente a la población. Todo esto siempre acompañado de algún barniz electoral que les permita mantenerse en el poder. Esta bárbara manera de ver la realidad política asume que, una vez que se alcancen todos estos objetivos, el país va a quedar en paz, sin oposición y con mucha revolución por delante.

Sin embargo, para sorpresa del propio chavismo, esa rotunda victoria nunca ha sido definitiva a pesar de haber logrado cada uno de los objetivos que se propusieron. La oposición, aunque disminuida y reprimida, no desapareció. Las sanciones internacionales se incrementaron. El declive del sector petrolero se aceleró. La hiperinflación explotó. El acceso al financiamiento internacional se cerró. Las elecciones del 20-M no fueron reconocidas. Y las protestas sociales aumentaron. Es así como, aun logrando mantener el poder, el conflicto de desgaste para el chavismo nunca llegó a producir un triunfo irreversible.

La oposición mantiene una visión similar sobre la naturaleza del conflicto político venezolano. Para derrotar al chavismo, y restaurar la democracia, es fundamental construir todo tipo de opciones que incrementen los costos de la coalición dominante asociados a mantenerse en el poder. Para ello la clave es deslegitimar y construir amenazas internacionales con un alto grado de credibilidad que hagan ver que si no hay concesiones políticas, especialmente electorales, o, incluso, si no abandonan el poder, esas amenazas terminarán siendo implementadas.

El peso de las acciones internacionales, que implican explorar el uso de “todas las opciones que están sobre la mesa”, pasan a ser el principal eje de la actual estrategia disuasiva opositora. El supuesto central detrás de esta concepción es bastante simple: el aumento de los costos asociados a esas amenazas “obligará” a los chavistas a cambiar su comportamiento y posiblemente a negociar pacíficamente su salida del poder. Otro supuesto colindante de esta manera de ver el cambio político es que el deterioro de las condiciones internas, entre ellas la depresión económica, así como el colapso de la infraestructura básica del país, ineludiblemente van a llevar a una implosión política dado el incremento exponencial de las presiones sociales.

Hasta ahora todos estos supuestos no han producido los resultados esperados: el chavismo ha logrado atrincherarse con cierto éxito. La ruptura final no se ha producido —lo cual no quiere decir que pueda ocurrir más adelante—. Los militares parecieran mantenerse leales o han sido efectivamente purgados. La amenaza internacional tampoco termina siendo ni suficiente, ni perfectamente creíble. Y la presión social, aunque mayor, hasta los momentos no ha alcanzado una gran escala como para dinamitar el proceso político. Es indiscutible que el diseño y la ejecución de esta estrategia han disminuido reputacionalmente al chavismo en la esfera internacional y también ha reducido sensiblemente su campo de acción, pero es necesario comenzar a reconocer que tampoco lo ha dejado fulminado domésticamente. Alguien podría responder que es cuestión de tiempo y que, por lo tanto, hay que seguir aguardando.

El problema es que la idea de que este conflicto de desgaste es temporalmente finito, es decir, que va a tener un final relativamente pronto o incluso feliz, puede ser cuestionable. Entonces, ¿cuál es la verdadera naturaleza del conflicto político venezolano? Mi visión es que es un conflicto existencial sin término temporal. O lo que algunos psicólogos sociales conocen como un conflicto grupal marcado por “odios mellizales”. En la literatura sobre los conflictos sociales, este tipo de situaciones ocurren cuando las “heridas” de ciertos grupos comienzan a ser traducidos en “reclamos” y éstos, a su vez, son “ajustados” a través de distintos medios, pero nunca logran ser saldados completamente. En esta dinámica social, el enemigo que debe ser dominado logra resistir: nunca termina siendo derrotado.  En el fondo, es la historia de dos grupos filiales que están condenados a vivir juntos pero que preferirían que el otro no existiese o que fuese reducido a su mínima expresión. La tragedia de este conflicto consiste en que el “otro” encuentra imposible prescindir totalmente del “mellizo”, pues no sólo no lo puede eliminar, sino que, al tratar de hacerlo, deteriora su propia probabilidad de supervivencia.

La mejor solución a este tipo de conflictos es la construcción de instituciones fuertes que otorguen garantías mutuas a ambas partes indistintamente del tamaño social y político de cada grupo.  Este fue el conflicto que caracterizó a la transición sudafricana de los años ochenta, que no era otra cosa que el conflicto de una minoría blanca que pretendía ejercer un dominio de facto sobre el resto del país, pero que, al hacerlo, aumentó considerablemente los riesgos de terminar destruyendo su propia supervivencia debido a las crecientes presiones internacionales. Esta élite política, que tenía cómo mantenerse en el poder autoritariamente e independientemente de esas mismas presiones,  terminó aceptando que dependía del “otro” para poder construir instituciones lo suficientemente sólidas, que le permitiese preservarse y blindarse frente a cualquier amenaza futura. Esto fue lo que Nelson Mandela logró resolver tan magistralmente después de décadas de duras luchas sociales y políticas.

Quienes dicen que en el país no hace falta una negociación tienden a subestimar la posibilidad de que la nefasta situación actual se siga extendiendo en el tiempo. La negociación es más bien un instrumento valioso, que es necesario preservar y que requiere estar técnicamente bien conducido. Para todos los que vivimos aquí en Venezuela, y que padecemos el conflicto directamente, comienza a ser cada vez más evidente que el Gobierno puede seguir resistiendo tan sólo con hacer su coalición cada vez más pequeña, pero también cada vez más extractiva y cada vez más autoritaria y mejor alineada ideológicamente. La oposición también ha demostrado su capacidad de infligir daños internacionales al chavismo, cada vez más severos, pero todavía sin lograr su objetivo final. De modo que la posibilidad de que ambos grupos puedan construir una salida sin una negociación, por la vía del dominio, de la implosión o de un colapso, es algo que luce cada vez menos probable. Es más: que hayamos quedado traumados por las experiencias anteriores no hace que la negociación requiera ser desechada o que, por lo menos, deba ser planificada. Es fundamental reconocer que las heridas que el chavismo ha dejado son enormes y grotescamente graves, pero no por ellas un movimiento político que ha dominado la escena venezolana durante las últimas dos décadas va a desaparecer instantáneamente. Persiste. La oposición tampoco puede ser ignorada. También existe. El chavismo sabe que si esa misma oposición se vuelve a unificar llegaría a tener una amplia mayoría electoral.

Ante este panorama, sin garantías mutuas, visto con crudeza desde el chavismo, ¿para qué negociar unas condiciones electorales perfectamente justas y transparentes de unos comicios que inevitablemente perderían? El único atractivo para el chavismo de una negociación de ese tipo sería entregar condiciones parciales en materia electoral que les permita una razonable probabilidad de ganar a cambio que se les otorgue legitimidad internacional o entrar a obtener esas garantías plenas (incluyendo la remoción de las sanciones) a cambio de la reinstitucionalización completa del país.

Ambos resultados son diferentes. El primer escenario de esa negociación podría terminar en una sucesión para el chavismo (que podría presentar otro candidato), y si llegase a perder culminaría en una transición pacífica dominada por la oposición. La negociación sería un “replay” con algunos ajustes menores de las rondas anteriores pues los temas estarían centrados en los asuntos estrictamente electorales. Dentro del chavismo es cada vez más notorio cómo el Gobierno comienza a pasearse por la posibilidad de una segunda sucesión revolucionaria y para poder asegurar ese resultado necesita una nueva elección general con aval internacional y continuar promoviendo la división completa de la oposición. El chavismo se prepara, al menos se planifica, para ese escenario. Lo que es más difícil de anticipar es más bien cuál va a ser la repuesta opositora. Lo que sí es evidente es que en el plano normativo, si la negociación se va a centrar simplemente en lo electoral, el objetivo no puede ser otro que obtener todas las garantías y, muy especialmente, un nuevo Consejo Nacional Electoral independiente así como la presencia de observación internacional.

El segundo escenario de esa misma negociación implica la reinstitucionalización completa del país a cambio de amplias garantías políticas y judiciales para el chavismo. Este acuerdo conllevaría ineludiblemente a un cambio político. De ahí que insistir en aumentar los costos asociados a las amenazas internacionales es insuficiente sin dar claras señales de estar dispuesto a ser igualmente creíbles a la hora de otorgar ciertas concesiones. Este intercambio pasa por comernos varios sapos: justicia transicional, sobrerrepresentación de las minorías, transferencias fiscales aseguradas y amnistías de todo tipo. Bajo esta perspectiva, la negociación no sería tratada como una simple transacción comicial, sino como un mecanismo para consensuar un conjunto de instituciones constitucionales, judiciales y electorales que garanticen a ambas partes que perder la presidencia no se convierta en un drama, que ejercer el poder no sea un burdo botín y que pasar a la oposición no implique andar desnudo o preso.  Este resultado va a depender de la confluencia de cuatro factores diferentes: la presión interna del chavismo, la unificación opositora, la condicionalidad internacional y la aceptación militar.

En el fondo, indistintamente de los escenarios, lo que hay comprender es que la negociación sólo sirve si cumple con  el objetivo de restaurar el orden democrático y el estado de derecho. Si la negociación no logra ese objetivo difícilmente puede ser justificada. A estas alturas, soluciones parciales ya no son suficientes. Ahora bien, debido a la naturaleza del conflicto venezolano, es cada vez más evidente que la salida nunca va a ser sencilla para llegar a ese puerto. Si Venezuela no es capaz de resolver el punto neurálgico de su problema político-institucional, es poco lo que en materia económica, social o incluso de reconstrucción de la infraestructura básica podremos realizar en el futuro. La sostenibilidad y la estabilidad de la nación seguirán totalmente comprometidas. En cambio, si por algún golpe de suerte comenzamos a entender que el conflicto puede ser procesado institucionalmente, sin perder las garantías básicas que mutuamente nos hemos concedido, y que perder elecciones no implica quedarse sin libertades y sin derechos económicos y políticos, entonces, y sólo entonces, quizás el país pueda salir de este primitivismo tan salvaje, de este perfecto infierno en el que la irresponsabilidad autoritaria del actual Gobierno nos ha condenado a vivir a todos los venezolanos. Es más que evidente que la negociación es inevitable. Lo difícil es explorar la forma de condicionar lo incondicional.

Venezuela cierra un programa de radio que cuestionó la transparencia de las elecciones – El País – 12 de Octubre 2018

El espacio ‘Gente de palabra’ era copresentado por Alonso Moleiro, colaborador de EL PAÍS en Caracas

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, la semana pasada.
El presidente venezolano, Nicolás Maduro, la semana pasada. FELICIANO SEQUERA EFE

La Comisión Nacional de Telecomunicaciones de Venezuela (Conatel) ordenó el cierre del programa Gente de palabra,emitido hasta el pasado martes por la cadena privada Unión Radio, que desde la celebración de las elecciones presidenciales del 20 mayo mantuvo una postura crítica con la transparencia de esos comicios. El espacio de información y entrevistas, copresentado por el periodista Alonso Moleiro, colaborador de EL PAÍS en Caracas, junto a Esteninf Olivares, fue cancelado tras un requerimiento dirigido por el ente estatal de control de las comunicaciones a los dueños de la emisora.

Justo antes del cierre, Gente de palabra trató de concertar una entrevista con Henri Falcón, el único candidato opositor de peso que concurrió a las últimas presidenciales, según explicó él mismo en Twitter. “No saldrá al aire por otra medida arbitraria del Gobierno, que sigue obstaculizando el derecho a la información”, señaló. Un informe del Instituto Prensa y Sociedad de Venezuela denunció las coacciones del Ejecutivo: en 2017 Conatel interrumpió la transmisión de 40 emisoras y que, un año después, la mitad mantiene sus antenas apagadas.

Las elecciones del pasado 20 de mayo, que supusieron una victoria de Maduro con una abstención sin precedentes, fueron cuestionadas por la mayoría de las fuerzas de la oposición, que se negaron a participar por las trabas impuestas por el oficialismo y la falta de garantías democráticas. La práctica totalidad de la comunidad internacional tampoco reconoció el resultado al considerar que no se dieron las condiciones básicas de transparencia y observación durante la jornada electoral, que estuvo rodeada de acusaciones de fraude.

Cómo producir una transición democrática en Venezuela por Benigno Alarcón Deza – Politika UCAB – 18 de Septiembre 2018

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Dijimos en nuestra anterior columna que una transición política en Venezuela no es ya un tema de preferencias sino una condición sine qua non de la que depende la viabilidad del Estado y la vida misma de millones de venezolanos que, ante la desesperación, se exilian sin certeza de su destino, huyendo del hambre y la enfermedad, para buscar al menos un mañana menos incierto, haciendo cualquier cosa en cualquier otro lugar.

Atendiendo a la trascendencia de esta urgencia, desarrollamos una propuesta sobre cómo producir una transición democrática en Venezuela, la cual incluye cinco tareas básicas: presión interna, presión internacional, reducción de los costos de tolerancia, tener un plan para un gobierno que atienda la gobernabilidad durante la transición y prepararse para una elección presidencial.

Como también dijimos, la ruta descrita demanda un factor esencial, hasta ahora inexistente: un liderazgo responsable de la dirección del proceso. Tal como sucede con una orquesta, ésta no puede funcionar sin un director y una partitura (plan bien definido) y tampoco con varios directores que dan instrucciones simultáneamente siguiendo partituras distintas. Se necesita un director y una partitura. Sin tal liderazgo resulta imposible lograr avances significativos en ninguna de las tareas necesarias.

Sin liderazgo es imposible movilizar a la sociedad de manera masiva y coordinada para presionar internamente. Sin liderazgo no es posible coordinar esfuerzos con la comunidad internacional de manera eficiente. Sin un liderazgo que ejerza la dirección y vocería del cambio es imposible construir una visión coherente del país posible; ni los actores gubernamentales, o quienes les sostienen en el poder, encontrarán una contraparte con quien negociar. Sin un liderazgo unitario, alrededor de quien se generen expectativas creíbles de cambio, es imposible conformar equipos de trabajo que puedan prepararse, adecuada y oportunamente, para gobernar en medio de las dificultades e inestabilidades propias de una transición política. Sin un liderazgo unitario es imposible estar preparados para ganar una elección y blindar a un nuevo gobierno con la legitimidad necesaria para consolidar una democracia, bien sea que esta elección se produzca como resultado de la presión interna e internacional, de una negociación, o como consecuencia de una renuncia o ruptura del bloque de gobierno. Toca hoy desarrollar algunas ideas sobre cómo colocar un liderazgo legítimo al frente del proceso.

Tal liderazgo, para llevar al país hacia una transición y luego consolidarla, debe gozar de un importante nivel de consenso por lo que, difícilmente, éste puede derivarse de un acuerdo entre élites partidistas que nunca sería representativo de un país que, aunque hoy demanda por unanimidad un cambio democrático, dejó de confiar en los partidos, como demuestran la totalidad de los sondeos de opinión pública.

Si los partidos no pueden decidir tal liderazgo, en representación de los ciudadanos que hoy no se sienten representados por éstos, además de las dificultades más que demostradas para alcanzarlo –porque tal decisión no le otorgaría la tan necesaria legitimidad–, entonces toca a los ciudadanos decidir, de manera directa, en quien confían para liderar lo que sería el proceso político de mayor trascendencia nacional desde su independencia hace casi doscientos años.

Tal decisión sobre el liderazgo puede darse tan solo por dos caminos. Un primer camino es el propio de la evolución natural de un liderazgo, mediante un proceso de darwinismo político en el que la mayor parte de los líderes actuales se extinguirán, mientras otros, más aptos para lidiar con las actuales circunstancias, emergerán y se posicionarán políticamente hasta que tengan la fuerza y encuentren el camino para desplazar a quienes hoy ocupan el poder. Este proceso, como seguramente usted ya intuye, puede tomar años y hasta décadas, sin que muchos de nosotros alcancemos a ver su concreción, con costos humanos y de reconstrucción que serían inaceptables.

Una segunda alternativa es la de crear las condiciones necesarias para acelerar este proceso, es decir, para que los ciudadanos puedan elegir de manera directa un líder e iniciar, de manera inmediata, coherente y orquestada, el camino que nos llevaría hacia un proceso de cambio político. Eso podría concretarse en los próximos meses si existe la voluntad y determinación de amplios sectores de la sociedad venezolana.

La propuesta que hemos venido manejando, y que hoy hacemos pública a través de esta Carta, ha sido presentada recientemente ante partidos políticos y plataformas de la sociedad civil, como Creemos Alianza Ciudadana y el Frente Amplio Venezuela Libre, así como a otros actores representativos. Aunque no ha conseguido consenso entre los partidos de oposición –lo que no debe extrañar porque es la suerte que corren la mayoría de las propuestas por el “dilema de prisionero” del hemos hablado en otros artículos– sí ha merecido una mayor consideración de parte de actores y líderes sociales.

Esta propuesta consiste en la organización de una elección abierta para definir tal liderazgo. Esta elección debe ser organizada por los cinco actores que gozan de mayor credibilidad y confianza en el país: la iglesia, las universidades, los estudiantes, los líderes de la sociedad civil organizada y las fuerzas productivas del país (empresarios y trabajadores), sin la participación del Consejo Nacional Electoral. En esta elección deben poder participar todos los venezolanos mayores de 18 años, inscritos o no en el Registro Electoral, residentes o no actualmente en Venezuela, ya que su participación es la mejor prueba de su disposición para esta lucha. Si se logra que haya una elección presidencial también se podrá lograr que estas personas sean debidamente registradas para votar en una próxima elección.

En este mismo sentido, en esa elección deben tener el derecho a ser elegidos, en condiciones de igualdad, todos los que tengan la voluntad, preparación y disposición para liderar al país en un proceso de transición política, que será extraordinariamente complejo, sean éstos miembros de partidos políticos o no, estén o no habilitados políticamente, siempre que reúnan las condiciones establecidas por la Constitución para participar en una elección presidencial. Así, si se logra la presión necesaria para que se celebre una nueva elección presidencial, también se logrará que ésta se desarrolle bajo reglas distintas que permitan la participación del líder que el país escoja y no el que el régimen pretenda escoger por nosotros.

Obviamente, en una elección de participación abierta se corren dos riesgos principales: uno es la dispersión de votos entre candidatos (conocidos o emergentes), lo que pudiese traer como consecuencia que quien gane por una mayoría relativa no cuente con el reconocimiento de parte importante del resto de electores. El otro es que tal elección, como algunos temen, termine generando una importante pugnacidad que haga más difícil la posterior cohesión de todo el movimiento democrático en torno a un liderazgo.

Ambos obstáculos pueden superarse con una solución sencilla que ha sido probada en procesos electorales en otros países: una elección con selección múltiple; para ello existen varias metodologías con distintos niveles de complejidad. Creo que en nuestro caso lo más sencillo puede ser lo más eficiente.

Cada elector tendría la oportunidad de votar por tres candidatos de su preferencia. Esta metodología tendría dos ventajas. La primera es que todo candidato, al necesitar de los votos de los electores de sus contendores, se vería obligado a reducir su pugnacidad hacia los otros candidatos. Si alguien necesita los votos de otro, nadie que dedique su campaña a descalificarlo tendrá los votos necesarios para ser una de las tres opciones mayoritarias. La segunda ventaja es que el ganador será el que tenga el mayor consenso y el menor rechazo entre todos los competidores y se convertiría en una de las opciones para la gran mayoría de los electores.

Para quienes piensan que nadie participaría en un proceso electoral de esta naturaleza en medio de las actuales circunstancias, la respuesta es que la disposición a participar ya ha sido medida por dos estudios que, aunque no son nuestros, son coincidentes y la estiman en alrededor de dos tercios de los electores de oposición. Ello implicaría una participación superior a la de la consulta del 16 de julio de 2017, incluso superior a la de los supuestos resultados oficiales de la elección del pasado 20 de mayo.

¿Y después qué?

Las condiciones bajo las cuales se celebró la última elección presidencial hacen imposible para la comunidad internacional democrática el reconocimiento de la presidencia de Maduro a partir de la enero de 2019. Tal situación constituye una ventana de oportunidad que solo es posible aprovechar, sí y solo sí, el país y la comunidad internacional se unifican y se movilizan en torno a un solo objetivo que haría posible todas las demás aspiraciones: elecciones democráticas para elegir al gobierno de transición que deberá iniciar la gran reconstrucción nacional, a partir de enero de 2019.

Toca a todos los ciudadanos y sectores democráticos del país la tarea de iniciar un movimiento que, articulado como una gran orquesta bajo un mismo liderazgo y con una ruta claramente definida, nos permita llevar a ese líder, legítimamente electo y  decide.descarga reconocido, a encabezar un gobierno de reconstrucción nacional que debe ser también electo en un proceso democrático, todo lo opuesto a lo que vimos el 20 de mayo pasado. Un proceso que no ocurrirá porque el gobierno lo vaya a permitir por una concesión graciosa –que nunca ha sido ni será su intención– sino como consecuencia de la presión interna e internacional, tal como ha ocurrido en la mayoría de los procesos de transición en el mundo.

A partir de allí, aquellos actores moderados y racionales vinculados al gobierno –o las instituciones que lo sostienen– sabrán con quién hablar. A partir de allí, quienes quieran estar al servicio de la nación, y no de las élites que desesperadamente se aferran al poder, sabrán a quién escuchar y a quién dirigirse si quieren contribuir a un cambio que será inevitable. A partir de allí, quienes hoy ocupan puestos de liderazgo o autoridad en alguna institución tendrán que decidir entre servir a la nación o servir a las élites del actual régimen que gobiernan en contra de la voluntad de la nación.

Shimon Peres, cuando se le preguntó si veía la luz al final del túnel en el conflicto entre su país, Israel, y Palestina, dijo: “veo la luz, pero lo que aún no veo es el túnel que nos llevará a ella”. Si alguien tiene una propuesta más realista que no implique sentarse a esperar a que otros decidan o hagan algo que nosotros no hemos sido capaces de hacer, seré el primero en reconocer, con la mayor humildad, la pertinencia de otra alternativa y poner mi mayor esfuerzo en la construcción de un camino que sea factible hacia una Venezuela libre, próspera y democrática. Mientras tanto, seguiré insistiendo en la ruta propuesta con la esperanza de que caiga en tierra fértil y eche raíces entre aquellos liderazgos políticos y sociales, así como entre los ciudadanos que amamos esta tierra y actuamos de buena fe.

Fernando Mires: Una parte de la oposición venezolana “se está cubanizando” por Vanessa Davies – Contrapunto.com – 4 de Septiembre 2018

Fernando Mires: Una parte de la oposición venezolana
“No solo por la cantidad de votos teme Maduro a las elecciones. Las teme, antes que nada, porque las elecciones pueden ser el lugar en donde se forme una oposición internamente organizada y no esa masa políticamente invertebrada que existe hoy día” .

“En diciembre se avecinan nuevas elecciones y no se sabe qué está haciendo la oposición para enfrentar ese evento”, señala el analista. Las migraciones jamás han provocado intervenciones militares externas, enfatiza

Para quien no sepa quién es o cómo piensa Fernando Mires, esta entrevista no será más que la opinión de “otro madurista más”. Pero a Mires no se lo debe despachar con tres palabras ofensivas o dos frases hechas. Su condena al Gobierno del presidente Maduro y sus críticas a la oposición nacen de una vida de reflexión y escritura, de sus textos sobre filosofía política; del hecho de haber nacido en Chile en 1943 y ser, ahora, profesor emérito de la Universidad de Oldenburg (Alemania).

Para Mires lo que hay en Venezuela es una dictadura. Así de sencillo. Pero hay, también, una oposición que lo que ha hecho es afianzar al Gobierno. “Una parte –queremos creer que es ínfima– de la oposición también se está cubanizano”, sostiene el politólogo en entrevista con Contrapunto vía correo electrónico. Lo dice por algunos voceros que están fuera del país y que consideran que la crisis política se soluciona dando órdenes que nadie puede ejecutar.

Fernando Mires presentó en Caracas, en 2016, su libro El Cambio, con prólogo de Henrique Capriles. Durante la presentación se tomaron estas fotografías

La política virtual 

—La política por Twitter se ha impuesto también en nuestro país. ¿Qué consecuencias tiene la política tuitera?

—Es un fenómeno mundial. Hasta el presidente de Estados Unidos (EEUU) gobierna por Twitter. A eso es difícil oponerse. Twitter está instalado y llegó para quedarse. En ese sentido yo no me declaro antituitero. Twitter es un medio y un espacio en el cual se forman fragmentos del discurso publico –diría Habermas–. Que hay quienes abusan de ese medio, que hay un lumpen tuitero, que hay una chusma agresiva y anónima, todo eso es inevitable. El tuiteo al menos sirve para darse cuenta de cuánto subdesarrollo cultural anida en el mismo centro de lo que llamamos civilización. Pero por otro lado, también hay tuiteros notables, verdaderos artistas de la frase corta. Por eso una vez yo escribí que Nietzsche nació antes de tiempo. Nietzsche habría sido un gran tuitero. Casi todas sus grandes frases caben en un tuit.

—¿Qué impacto ha tenido la política tuitera en Venezuela? ¿Ha incidido en la pérdida de liderazgo de la oposición, por ejemplo? ¿En la destrucción de dirigentes?

—Efectivamente. Twitter no es democrático. La gente que pasa hambre y vive en la miseria no tiene tiempo ni ganas de tuitear; de ahí que solo una capa de la población participa en las minipolémicas. Por esa razón el tema de la ausencia de liderazgo no tiene mucho que ver con Twitter. En el mejor de los casos Twitter solo refleja la ausencia de liderazgo. Y en Venezuela no hay liderazgo porque la capitulación abstencionista del 20-M llevó a la oposición a perder liderazgo en el único campo donde lo había ejercido: en el electoral.

De acuerdo con Mires “la oposición –lo sabemos todos– solo era una confederación electoral. Sin elecciones no puede haber oposición. Así de simple. Ahora, esa ausencia de política ha llevado sin duda a que sectores antipolíticos, particularmente los que siguen a la señora Machado y a Ledezma, ejerzan cierta hegemonía comunicacional en las redes. Y es natural. Como no tienen poder de convocatoria, como no tienen calle, como no tienen política, han hecho de Twitter no un medio, sino un fin en sí. No obstante, poco a poco, he observado, se levanta en contra de ellos un contradiscurso tuitero, uno que no recurre a la invectiva ni al insulto, sino a la razón y a la lógica.

—Por Twitter se ha ordenado encarcelar a Maduro, desconocer sus decisiones… ¿Esto es real? ¿Twitter puede reemplazar la acción política?

—En ningún caso. En Twitter no se puede hacer lo que tampoco se puede hacer en la vida no tuitera. Si no existiera Twitter, tales sectores lo harían por la radio, o incluso por volantes. Lo que sí es cierto, y eso es imposible desconocerlo, es que Twitter, al provenir del mundo virtual, ha ofrecido un espacio virtual para que determinados grupos lleven a cabo una política también virtual. Ellos han creado, efectivamente, una suprarealidad virtual: un mundo hacia donde determinados grupos potencian fantasías, donde dan rienda suelta a sus deseos irrealizados y, lo peor de todo, donde terminan confiriéndoles vida real. Son los del “hay que”. Fíjese usted como Machado, Ledezma y sus dignos seguidores comienzan casi todos sus tuits con el “hay que”. Hay que sacar a Maduro, hay que salir a las calles, hay que reconstruir la democracia. La palabra “como” no la conocen. O solo la usan en el verbo comer.

Plan contra Capriles

—Hay un TSJ en el exilio condenó a Maduro pero también pidió investigar a Capriles. ¿Qué lectura hace de ambas decisiones? ¿Tiene validez lo que diga el TSJ en el exilio?

—Seamos claros: no hay ni puede haber un TSJ en el exilio, así como no hay gobernadores ni presidentes en el exilio. Los cargos estatales –con excepción de las embajadas– solo pueden ser ejercidos dentro de la nación. Por eso la AN nombró a miembros suplentes de ese tribunal en Venezuela, los que fueron obligados por el régimen a irse al exilio. La AN no nombró nunca a ningún tribunal en el exilio. No podía hacerlo. Habría sido anticonstitucional. Ese TSJ en el exilio solo tiene y puede tener un carácter simbólico, y probablemente está bien que así sea. Pero no puede sentenciar de modo vinculante en contra de nadie. De ahí que a mí me resulta evidente que la petición de que se investigara a Capriles surgió de una oscura esquina del extremismo opositor.

La sola intención de investigar a Capriles (y no a otro) delata el avieso deseo de destruir la imagen de uno de los pocos líderes de oposición con reconocimiento público. No deja de ser sintomático el hecho de que Capriles, en el mismo momento de la “petición” del TSJ simbólico, hubiera estado llevando a cabo esfuerzos por unir a diversos partidos de la oposición. Por ahí van los tiros, creo yo. El del TSJ simbólico fue un atentado (pseudo) judicial en contra de Capriles.

—¿Hay complicidad o hipocresía de gobiernos o líderes de izquierda con el Gobierno venezolano por considerar que es de izquierda? ¿En qué la ha visto y por qué?

—Yo lo vería al revés. Maduro en estos momentos solo cuenta con el apoyo decidido de dos dictaduras, Cuba y Nicaragua, y de un gobierno personalista y autoritario, como el de Evo Morales; es decir, solo cuenta con el apoyo de la izquierda antidemocrática. La izquierda democrática ha tendido a la omisión y a la neutralidad, pero ya no brinda entusiasta apoyo al régimen venezolano como ocurrió en el pasado. Ni el gobierno uruguayo ni el mexicano parecen dispuestos a jugárselas por Maduro. Si Lula llega al gobierno, tampoco lo hará. Más todavía: Lenín Moreno ha desertado de la izquierda antidemocrática que llegó a representar Correa. La salida de Ecuador del ALBA fue un durísimo golpe para Maduro, hecho no computado por la casi inexistente oposición venezolana.

Ahora, que gobiernos democráticos, sean de izquierda o de derecha, no estén dispuestos a embarcarse en una aventura internacional en contra de Maduro, es otra cosa. Cada gobierno se debe, en primer lugar, a su nación. En este mismo momento a Piñera, para poner un ejemplo, le interesa mucho más el conflicto limítrofe que está atizando Morales en contra de Chile que el futuro político de Venezuela. Lamentablemente es así, y debe ser así. La comunidad internacional solo ha sido una ficción geopolítica que inventaron los abstencionistas venezolanos para justificar su capitulación electoral.

—Usted dice que no hay regímenes autoritarios sin personas autoritarias. ¿Eso implica que hay personas autoritarias en Venezuela, tanto las que ejercen el autoritarismo como las que lo avalan? ¿Es un “autoritarismo plebeyo”, si lo llamamos así?

—Sí. Pero eso no solo vale para Venezuela. Tiene validez para gran parte de los países latinoamericanos y para algunos países de Europa del Este. Allí, donde el espíritu de la constitución nacional no anida en el alma de los ciudadanos, estos se dejan regir por valores extraconstitucionales como la religión (o sus sustitutos ideológicos), la tradición y la autoridad. Por esa razón hay una estrecha relación entre dictadura, autoritarismo cultural y patriarcalismo. El tema es interesante. Estoy planeando escribir un artículo acerca de eso.

—Trino Márquez (sociólogo) dice que el presidente Maduro busca destruir o controlar. ¿Usted comparte este criterio? Si es así, ¿qué implica para el país?

—Trino tiene razón. El objetivo central de Maduro es destruir tres poderes no estatales: el empresarial, el de los sectores profesionales y el de la clase política opositora. No podemos decir que no ha tenido éxito. Todas las medidas económicas implementadas desde el Gobierno no persiguen otro propósito que formar una masa pauperizada, dócil y apolítica, dependiente biológicamente del Estado.

Carnet de la patria: sin supremacías morales

—Hubo un ataque, o un atentado, contra el presidente Maduro el 4 de agosto. ¿Esto implica una escalada de violencia política en Venezuela?

—No lo creo. La violencia, en toda su magnitud, solo puede provenir desde el ejército. Naturalmente, si el campo social está vaciado de política, como ocurre en estos momentos, puede ocurrir que personas o grupos excéntricos, de esos que existen en todas partes, comiencen a actuar. Pero como es sabido, atentados no solo ocurren bajo una dictadura sino también bajo una democracia. El problema es que las dictaduras intentan siempre capitalizarlos y los que pagan las consecuencias son por lo general los políticos más constitucionalistas. Es el caso dramático de Requesens.

—El debate político en Venezuela está centrado ahora –o parece estarlo– en el carnet de la patria, si se saca o no se saca. ¿Es este debate relevante para el país? ¿Debe ser el punto de discusión más importante entre los sectores políticos? ¿Qué implica el carnet de la patria? ¿Son traidores los que se lo sacan? 

—Cuando hay ausencia de conducción política todas las decisiones pasan a ser personales. Quienes adquieren el carnet de la patria no han contravenido ninguna línea política, ninguna directiva, ningún proyecto, entre otras cosas porque la propia oposición no se ha pronunciado, en su conjunto, sobre el tema. Es, por lo tanto, una vileza calificar de traidores a miles y miles de seres humanos que adquieren el carnet obligados por la pobreza material que los acosa día a día. Si alguien no quiere el carnet porque presuntamente atenta contra su dignidad personal, que lo haga. Si alguien lo necesita para alimentar a su familia, también debe hacerlo. No es el momento para exhibir supremacías morales a costa de las necesidades de los más desvalidos. Creo que he sido claro. Primero hay que comer. La oposición no se hace con fakires.

—Si Gobierno y oposición están al margen de las grandes mayorías en Venezuela, ¿quién está haciendo política? ¿Cuáles son las salidas? ¿Esa desconexión abre las puertas a qué cosas?

—Usted lo ha dicho en su pregunta. Si nadie está haciendo política, la alternativa (yo no hablo de salida, de eso estamos lejos) solo puede ser hacer política. Y a riesgo de que me califiquen de electoralista o de fundamentalista de los votos, sostengo que, dadas las condiciones que se dan en la actualidad, la alternativa solo puede ser electoral; entre otras cosas, porque la oposición es antes que nada electoral. Nunca ha sabido hacer algo que no sea participar en elecciones. Y cuando lo ha hecho, lo ha hecho bien. Ahora, en diciembre se avecinan nuevas elecciones y no se sabe que está haciendo la oposición para enfrentar ese evento. Todos hablan de unidad, pero la unidad solo puede ser electoral, y eso nadie lo dice. ¿Van a volver a repetir la torta que dejaron el 20-M?

Fernando Mires agrega otros elementos para el debate: “Naturalmente, el TSJ es parcial. Y nuevamente me van a decir, con elecciones sí, pero no con ese CNE. Quienes así hablan no saben en verdad lo que significa un proceso electoral. Allí el objetivo es ganar, pero no se trata solo de ganar, sino de hacer política ciudadana en su máxima expresión. ¿Quieren calle? ¿Cuándo ha habido más calle si no en una campaña electoral? ¿Quieren liderazgos? ¿Cuándo si no en medio de un proceso electoral se forjan y se prueban los líderes, hablando a su gente? ¿Quieren participación? ¿Qué mejor que un campo electoral para dar curso a las iniciativas populares formando comités barrio por barrio, pueblo por pueblo? No solo por la cantidad de votos teme Maduro a las elecciones. Las teme, antes que nada, porque las elecciones pueden ser el lugar en donde se forme una oposición internamente organizada y no esa masa políticamente invertebrada que existe hoy día. En otras palabras: un proceso electoral no es solo un medio. Puede ser también un fin”.

Migraciones no provocan intervenciones militares 

—El presidente Maduro se ha mantenido en Miraflores, a pesar de la crisis y de pérdida de popularidad reportada por encuestas. ¿Qué cree que lo ha mantenido en el poder?

—En una frase: Maduro ha llegado hasta donde lo dejaron llegar.

—Hay dirigentes políticos clamando por una intervención internacional en Venezuela. ¿Es ese el camino para salir de la crisis? ¿Qué consecuencias tendría?

—De todas las barbaridades que se leen en las redes, esa es la más grande de todas. Nadie en el exterior –salvo una vez Trump, quien corrigió al día siguiente– ha dicho algo al respecto. Ningún presidente latinoamericano ha dado una opinión sobre el tema. Más bien al contrario: todos han subrayado que a los venezolanos y a nadie más corresponde solucionar sus problemas. Llama incluso la atención de que sean personajes que se llenan la boca con la palabra dignidad los que piden a gobiernos extranjeros que actúen en nombre de lo que ellos no han sabido y no han querido hacer.

Por otro lado, expone Mires, “todos sabemos que un gobierno actúa militarmente en contra de otro si se da el caso de que ese otro representa un peligro para la soberanía exterior de su país o de sus aliados. No es el caso de Maduro, quien solo atenta en contra de la seguridad interior de su propio país. El último argumento, recientemente esgrimido, es que las migraciones masivas que tienen lugar en Venezuelan llevarían a una intervención externa. Opinión absurda: sabemos que las intervenciones militares externas han provocado grandes migraciones (Siria e Irak) pero jamás que las migraciones hayan provocado intervenciones militares externas”.

A su juicio, “una fracción surrealista de la opinión pública venezolana está corriendo la misma suerte que corrieron algunos cubanos en Miami. Alejados de su país –algunos antes de irse– han dado curso libre a su imaginación y dan por sentado hechos que no tienen cómo ocurrir. En otras palabras: no solo el sistema económico del madurismo está siendo cubanizado. Una parte –queremos creer que es ínfima– de la oposición también se está cubanizano. Por cierto, pueden suceder locuras. Pero yo desde la lejanía solo puedo opinar sobre lo previsible”.

Partidos que no participaron el #20May no podrán inscribirse para municipales – La Patilla – 13 de Julio 2018

2018-02-05T223719Z_1636837403_RC13635C0F50_RTRMADP_3_VENEZUELA-POLITICS.jpgEl CNE en la voz de la rectora Tania D´ Amelio informó que los partidos políticos que no participaron en el proceso del pasado 20 de mayo no podrán inscribir candidatos para el próximo evento del 9 de diciembre correspondiente a los concejos municipales.

A través de su cuenta de Twitter, informó que la prohibición se origina por lo publicado el 27 de diciembre del 2017 en la gaceta N° 41.308. El escrito reza que, “las organizaciones que no postularon en elecciones nacionales, regionales o municipales inmediatamente anterior a este nuevo proceso electoral municipal, no podrán postular en éste y deberán ir a un proceso de renovación”.

Un total de 4.900 cargos serán renovados en esta oportunidad, evento que se celebrará con un año de retraso, al igual que ocurrió con los de gobernadores que debieron realizarse en 2016 pero recién fueron convocados en 2017.

Colombia: lecciones para venezolanos por Ibsen Martínez – El País – 12 de Junio 2018

Toda esta complejidad colombiana en reverberación debería ser también buena noticia para los demócratas de Venezuela
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A pocos días de una crucial segunda vuelta, pienso en lo que un día escuché decir al extinto Carlos Andrés Pérez desde la desengañada sabiduría de su cautiverio.

“Suramérica se inclinará hacia donde lo haga Colombia”, afirmaba el discutido dirigente socialdemócrata, ya en la antesala de la era Chávez. Pronosticaba que el proyecto bolivariano traería consigo ruina y tiranía para mi país y mucho trastorno en el vecindario. Sin embargo, insistía Pérez, a la larga prevalecería en nuestra región la democracia y Colombia tendría en ello un papel estelar. Es lo mismo que hoy veo desde la percha de mi exilio.

Venezuela se ahoga en el marasmo de una dictadura de duración hoy impredecible mientras en Colombia se agitan las gentes pensando ya no en el pasado sino en el futuro: Colombia se mueve.

Mientras en Venezuela una solución electoral que permita poner fin a la premoderna tiranía de Nicolás Maduro luce por completo clausurada y todo anuncia un angustioso inmovilismo político y un doloroso agravamiento de la tragedia humanitaria, las elecciones presidenciales colombianas auguran cambios sustanciales en el panorama local.

A pesar del fragor, las ferocidades y las humaredas de una campaña electoral sumamente prolongada, y aún antes de anunciarse el resultado que todas las encuestas dan por cierto —ganará Duque— estas elecciones, las primeras a que acuden los colombianos en tiempos de paz en mucho más de medio siglo, abren perspectivas que ya quisiera Venezuela para sí.

Los acuerdos de paz, controvertida como sigue siendo la implementación de sus provisiones más importantes, han sido seguidos por unas elecciones tan razonablemente pulcras que la palabra “fraude”, aunque proferida con pugnacidad en algún momento de la campaña por Gustavo Petro, no entra verdaderamente en los cálculos de nadie.

Un rasgo singularísimo de este proceso señala claramente hacia dónde quieren ir los colombianos y es que la paz, salvo en lo declarativo, no esté ya en cuestión.

Dos terceras partes de los votos emitidos en la primera vuelta favorecieron a candidatos comprometidos con la paz. Es elocuente la rapidez con que el proceso de paz fue desplazado en la agenda del debate electoral por temas como los de la desigualdad social y la lucha contra la corrupción.

Que un candidato inequívocamente de izquierda, Gustavo Petro, luzca presidenciable es otro elemento a destacar pues testimonia un talante colectivo difícilmente soslayable en lo porvenir por las élites conservadoras.

La campaña ha sido, como todas hasta ahora, pródiga en descalificaciones, invectivas, injurias y guerra sucia. También, a ratos, estentórea. Pero, a diferencia de las anteriores, el acentuado interés del electorado en lo ideológico, en la confrontación de modelos económicos, de concepciones del Estado, si bien deformado por las apasionadas retóricas electorales, augura lo que una oposición de centroizquierda, verosímilmente liderada por Petro, reserva ya para el futuro ganador.

Por su parte, esa amalgama de economía social de mercado y agendas de ciudadanía que juntos representan los verdes y el llamado “fajardismo” ha dejado de ser marginal y nada hace suponer una extinción poselectoral: la emergencia de un centro opuesto por igual a ambos extremos y consciente de su potencial futuro es una de las buenas noticias que el posconflicto trae a Colombia.

Hasta hace poco, los pronósticos concedían ventaja a la maquinaria, eufemismo colombiano para el corrupto clientelismo electoral que hermana en un mismo establishment a los caciques regionales y los caimacanes de Bogotá.

Igualmente, se atribuía de antemano a las FARC una capacidad disruptiva que como agrupación electoral no tiene todavía, ni tan siquiera como tema de campaña, mucho menos como acarreadora de votos. Ninguno de esos dos inquietantes y muy fundados pronósticos se concretó en la primera vuelta.

Muchas cosas parecen estar cambiando en este país y seguirán obrando lo suyo, largo tiempo después del 17 de junio. Toda esta complejidad colombiana en reverberación debería ser también buena noticia para los demócratas de Venezuela.

Pero es dudoso que el abatimiento, los muchos agobios, la desmoralización y la descaminadora propensión de muchos de mis compatriotas a mirar las cosas de Colombia por sobre el hombro, a través del pequeño y simplificador lente de nuestra polarización, les deje ver que Iván Duque tal vez no sea del todo un dócil subrogado de Álvaro Uribe, como lo piensan y aprueban, ni Gustavo Petro una réplica moral de Jorge Rodríguez ni mucho menos Juan Manuel Santos imagen especular de Nicolás Maduro.

 

El Sistema de Información electoral del Observatorio Electoral Venezolano – Mayo 2018

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Para acceder a los Informes mas relevantes del OEV sobre la manipulación de centros electorales y votos dirijas al siguiente enlace:

http://www.oevenezolano.net/info/ 

  • LA MANIPULACIÓN DE LOS CENTROS ELECTORALES Y SUS MESAS DE VOTACIÓN PARA EL CONTROL ELECTORAL
  • · INCOHERENCIAS E INCONSISTENCIAS EN LOS RESULTADOS DE LAS ELECCIONES REGIONALES Y MUNICIPALES DE 2017
  • · ESTIMACIÓN DEL NÚMERO DE LOS VOTOS MANIPULADOS EN LAS MESAS EN LAS ELECCIONES DE GOBERNADORES Y ALCALDES

Smartmatic y el CNE por Roberto Carlo Olivares/Alek Boyd – 11 de Mayo 2018

El activista anti-corrupción ALEK BOYD hace un recuento excepcional de SMARTMATIC y el comienzo de los fraudes electorales desde el Revocatorio del 2004.

Información recopilada en varios tuits escritos por Alek Boyd en su cuenta de tuiter (frases o párrafos antecedidos por asteriscos * fueron agregados por el periodista ROBERTO CARLO OLIVARES para complementar el historial de denuncias)

Cuando Smartmatic eran dos carajitos sin experiencia previa de ningún tipo, en ningún lado, una entidad del estado llamada FONCREI les otorgó un “préstamo” para que montaran “el mejor sistema electoral del mundo”.

Los reales chavistas no sólo dieron el control del 28% de la empresa al régimen, sino que permitieron a Smartmatic asociarse con la CANTV y una empresa llamada Bizta, de Antonio Mugica, y formar el consorcio SBC, el cuál montó el tinglado antes del RR del 2004.

Como Smartmatic no tenía experiencia negociaron con Olivetti unas maquinitas que se usaban para lotería y las dizque convirtieron en máquinas de votación. El que fue a chequear, a Italia, cómo iba la orden fue Jorge Rodríguez.

Mientras en Venezuela se reportaba el costo de las maquinitas en casi $58 millones, la prensa italiana reportaba el monto en $24 millones de dólares (*una diferencia en sobreprecio de $34 millones)

Smartmatic tampoco tenía la gente, y por ello contrataron a Jorge Tirado, puertorriqueño contratista del gobierno americano. Vino el RR, nadie auditó los resultados como había sido acordado, el Carter Center dijo que todo estaba chévere, y la Sra. Mc Coy perdió de vista la cajas.

Carrasquero, entre gallos y media noche, anunció la “victoria” de Chávez Candanga con un margen de casi 20%. Nunca sabremos a ciencia cierta, hasta que caiga el chavismo, quién ganó aquella elección. En cualquier caso, con la bola de billete obtenida, Smartmatic levantó vuelo.

En noviembre del 2005, en una auditoría en Fila de Mariches -la única del tipo- celebrada en presencia de observadores electorales, un técnico demostró que las maquinitas de Smartmatic mantenían la secuencia del voto, y por tanto el secreto del voto estaba comprometido.

Ello le dio a Chávez el control absoluto de la Asamblea al retirarse en masa casi todos los representantes de la oposición (*la oposición liderada por Ramos Allup, llamó a la abstención masiva pero sin protestas de calle ni movimiento de masas)

Luego de aquel fiasco, Jorge Rodríguez y sus cachifas del CNE se inventaron una auditoría al REP. Buscaron una organización amiga, CAPEL, la cual pidió información sobre 12.000 electores-de forma aleatoria- para determinar si existían o no. El CNE nunca entregó la info.

Por aquel tiempo, con abundante billete obtenido en contratos sin licitación, Mugica se compró una empresa llamada Sequoia en EEUU, la cual ya tenía contratos y trabajo. En Chicago, en 2006, sucede el primer fiasco de Smartmatic a nivel internacional.

Una congresista de los EEUU toma interés en la compra de Sequoia por parte de Smartmatic, y abre una investigación, habida cuenta de la participación de FONCREI, léase régimen chavista. Mugica dijo que colaboraría, que no había nada que esconder.

No obstante, antes de que los gringos le metiesen el ojo a sus guisos, el tipo decide vender Sequoia sin aclarar o demostrar si el régimen chavista tenía control sobre una parte importante de Smartmatic.

Un informe de la misión de observadores electorales de la Unión Europea establece que no se han llevado a cabo auditorías al sistema electoral venezolano, por cuanto el CNE alega que -por razones comerciales- la tecnología que sustenta el sistema no puede ser auditada.

Así votan los venezolanos desde entonces. Donde no se vota con “tecnología” Smartmatic (las universidades y *sindicatos), el régimen chavista no ha podido replicar el “éxito electoral” que ha tenido desde 2004.

*Es decir, comenten fraudes electorales desde el año 2004 con la venia de la dirigencia de “oposición”. De hecho en el RR, Allup dijo que hubo fraude y lo demostraría, pero nunca cumplió su palabra.

Luego de montar el tinglado que básicamente ha garantizado la permanencia en el poder del chavismo-madurismo, Mugica “denunció” una discrepancia en los resultados de la votación para la Asamblea Constituyente.

Nunca mostró pruebas de cómo llegó a tal conclusión. De hecho, Jorge Rodríguez dijo en una conferencia en Londres hace años que el CNE era “totalmente independiente” desde el punto de la tecnología electoral que empleaba.

*Cómo sabe Mugica entonces diferencia de votos entre la realidad y el fraude de la ANC?

*Por informantes del CNE se sabe que votaron 2.8 millones, pero el CNE dijo que habían votado 8 millones y pico.

*El fraude electoral más grande hasta ahora en la historia de la humanidad, fraude que será superado el 20 de Mayo cuando el CNE diga que Maduro sacó 10 millones de votos, o una cifra cercana a esa cantidad.

Guillotinar a la dictadura por Edilio Peña – IdeasdeBabel.com – 9 de Mayo 2018

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Volver a las elecciones para desalojar la actual dictadura es volver a un espejismo que se ha agotado.
A Fernando Mires

En Venezuela, reconocer que se está en un estado de indefensión abisma el alma. No saber cómo alimentar la existencia produce un pánico suicida. La persona comienza a sentir que el sentido de ser se ha extraviado. Deambula en una depresiva y sorda resignación. Su cuerpo termina por ser un fardo del cual quiere deshacerse lo más pronto posible. Sobre todo cuando el hambre se extrema y las enfermedades se vuelven terminarles. Hambre y dolor insoportable es un lento calvario en donde se han crucificado todas las esperanzas de vida. El placer del cuerpo se ha desterrado, así como la levedad de la ilusión que nutre al espíritu. La gente ya no ama al otro como así mismo, porque le crearon condiciones viles y perversas, para que dejara de amarse como ayer. Víctima del ciego arrebato al que induce la desesperación, a veces prefiere cortarse las venas, lanzarse al vacío o dispararse un tiro en el cielo de la boca. O destruir y matar a quien tenga más cercano. Expresión impotente de su más cara fantasía criminal que le resulta imposible realizar: ejecutar al verdadero autor de su tragedia. Ese pesado y abúlico mastodonte que se regocija en las delicias del poder.

El acto de pensar se ha degradado en la obsesión que propicia la sobrevivencia. La política ha comenzado a desaparecer de la conciencia del venezolano porque para pensar y producir pensamiento político, se necesita proteína. Y no me refiero sólo a la proteína comestible, sino a aquella que potencia el pensamiento políticamente creador. Inédito y profundo. Mucho más, cuando la complejidad de la tragedia social demanda dramaturgia táctica y estratégica. El alma se marcha del cuerpo cuando éste, ya no tiene que comer. Ni siquiera el hallazgo de un libro, jamás escrito, que alimente la mirada del hambriento. En ese escenario de la desventura no hay tiempo para ensimismarse, reflexionar y menos para pensar con hondura. Una manifestación con hambre no se sostiene en la calle. El grito de rebelión no puede salir de las gargantas amordazadas. Estamos en una fase de guerra silente y sistemática que ha invadido el espacio público y privado de manera feroz, destruyendo y debilitando el espíritu que conforma a cada uno de los habitantes de esta nación. Los campos de concentración del III Reich y los Gulags de Joseph Stalin en Siberia practicaron un exterminio mórbido y brutal, hasta ese momento inusual en la historia del Estado omnipotente. Con ello también ensayaron y experimentaron una de las formas de dominación física, psíquica y espiritual nunca antes conocida. Leer más de esta entrada

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