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¡Se alzó Padrino López! – Editorial  El Nacional  – 8 de Julio 2020

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El general Padrino López, ministro de Defensa del régimen, parece andar “alzado” estos días, para utilizar el término que en Venezuela usualmente designa actitudes rebeldes y levantiscas, propias del amotinamiento. Lo que no queda claro es contra quién, o quiénes, se ha alzado el general Padrino. No tiene demasiado sentido alzarse contra la oposición, que al fin y al cabo no está en el poder. ¿Y entonces?

La intervención del ministro, anunciando de manera pública y notoria que los militares venezolanos no permitirán que la oposición democrática retorne al poder, luce bastante inoportuna. Pero no solo eso: era a decir verdad innecesaria. Todos sabemos que el Alto Mando Militar venezolano, y tal vez muchos más dentro de una institución que experimenta a diario los embates de la corrupción del régimen, el espionaje, la represión y el miedo a las delaciones, forman parte del entramado de poder vigente en el país.

Sabemos de igual modo que al régimen le conviene mantener una cierta fachada, tanto hacia el ámbito externo como interno, que permita, de un lado, un apoyo mínimo pero crucial a sus maniobras “democráticas”, en especial a sus farsas electorales. De otro lado, no le interesa al régimen que su ministro de la Defensa contribuya a despojar a aquellos sectores de la oposición, normalmente preparados para hacer de comparsas si la recompensa es satisfactoria, de la escasa y frágil cobertura que aún resguarda sus indignidades e impudicias. Todo ello sin olvidar a los analistas y comentaristas, casi siempre pertenecientes a las generaciones más jóvenes, que siguen argumentando que la oposición puede y debe ganar las elecciones, las que vengan y las que sean, para así “conquistar espacios” y avanzar hacia la tan ansiada liberación.

En lo que tiene que ver con la fachada hacia afuera, a los europeos, de manera particular, les importa mucho que el régimen les proporcione excusas, aunque en ocasiones sean bastante débiles, para mantener viva la esperanza de un “diálogo” que conduzca a las famosas elecciones libres, justas y transparentes. En tal sentido, debemos recordar que la diplomacia deviene con frecuencia en un ejercicio de acrobacia ante espejos distorsionantes y laberintos inacabables, un ejercicio que haría las delicias, de producirse en el plano literario, del propio Jorge Luis Borges.

Los factores antes mencionados, insistimos, no deben estar contentos o agradecidos hacia el general Padrino López, quien con sus palabras les coloca en un terreno todavía más pantanoso del que ya pisaban.

Cabe por tanto preguntarse: ¿consultó Padrino López a los amos cubanos del régimen, a sus estrategas políticos, sobre lo que pretendía decir? ¿Sometió con la debida anterioridad sus palabras a la consideración de Maduro, entre otros? ¿O fue acaso su intervención producto de la improvisación, la imprudencia o cierta falta de malicia política?

Resulta cuesta arriba contemplar tales conjeturas. Ahora bien, a veces tendemos a atribuir a los que ejercen el poder una visión y capacidad de maniobra que no toman en cuenta el azar, torpezas, incertidumbre y pasos en falso siempre presentes en los asuntos humanos.

Sea como fuere y para proseguir con nuestras especulaciones, lo que creemos realmente relevante es evaluar las consecuencias de las palabras de Padrino López. En primer término, como ya apuntamos, comprometió a fondo y sin ambigüedades al sector castrense en la protección de la dictadura y el aseguramiento de su perdurabilidad en el poder.

En segundo lugar, el jefe militar vació por completo a las elecciones, las que ocurran bajo este régimen, del sentido esencial de los comicios libres en una democracia, es decir, la efectiva posibilidad de que los que están en el poder dejen de estarlo, si el resultado les desfavorece.

En tercer lugar, el general arrinconó al sector cooperante de la oposición, para emplear hacia ellos un calificativo no demasiado infamante.

Surge otra vez la interrogante: ¿actuó Padrino López de modo independiente?, ¿se salió del libreto de sus presuntos jefes políticos, cubanos y venezolanos?, y si así lo hizo, ¿fue ello deliberado o producto de la indiscreción o el descuido?

Este episodio podría ser uno más de los tantos, efímeros y estériles, que colman hasta la saciedad estos tiempos venezolanos. Lo que por los momentos puede afirmarse con cierta seguridad es que el ministro de Defensa de la dictadura puso aún más a la defensiva a los que siguen haciéndose ilusiones sobre la índole del régimen, y en torno a los propósitos irrenunciables de sus cabecillas y aliados externos, comprometidos con una hegemonía que debe ser preservada a toda costa.

Pensándolo mejor, y como observación culminante de estas notas, es posible que las palabras del general Padrino López lo que hicieron fue arrojar una última paletada de tierra sobre la sepultura de aqudl lema que rezaba: “Ejército venezolano, forjador de libertades”.

Canciller de España: Va a ser difícil aceptar los resultados de las elecciones en Venezuela si no son democráticas – El Nacional – 8 de Julio 2020

España
Foto: AFP

La ministra de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación de España, Arancha González Laya, sostuvo que la clave en Venezuela de cara a las elecciones parlamentarias previstas para diciembre será que estas sean democráticas, ya que de lo contrario no podrán ser consideradas como legítimas por la comunidad internacional.

“Creo que es importante que haya elecciones pero tienen que ser democráticas, con respeto a las reglas de juego”, ha señalado la jefa de la diplomacia española durante un desayuno informativo organizado por Europa Press. “Para que sean legítimas dentro del país y a los ojos de la comunidad internacional necesitan ser democráticas”, insistió.

Esto pasa, añadió, porque haya “garantías de participación y respeto de las reglas de juego” que tienen que definir los propios venezolanos y no “España, la UE o Estados Unidos”.

Si esto no ocurre, advirtió González Laya, “va a ser muy difícil aceptar el resultado de estas elecciones”. En las democracias, ha remachado, los comicios son “el medio que hay que utilizar en la búsqueda de soluciones comunes”.

El Consejo Nacional Electoral fijó para el próximo 6 de diciembre las elecciones para renovar la Asamblea Nacional, que actualmente está bajo control de la oposición y presidida por Juan Guaidó, al que España reconoce como presidente encargado del país tras no considerar como legítimas las elecciones en las que fue reelegido Nicolás Maduro en 2018.

El órgano electoral indicó esta semana que hay 105 partidos capacitados para concurrir en los comicios, entre los que figura el gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela, así como Acción Democrática y Primero Justicia, dos partidos opositores a los que el Tribunal Supremo de Justicia del régimen intervino cesando a su cúpula y designando otra afín al chavismo.

Fuera del listado quedaban, entre otros, Voluntad Popular, el partido de Guaidó y de Leopoldo López, quien se encuentra refugiado en la Embajada española en Caracas desde abril de 2019.

Precisamente, en las últimas horas, el TSJ suspendió a la cúpula de Voluntad Popular, nombrando una junta directiva ‘ad hoc’ con el cometido de “llevar adelante el proceso de reestructuración necesario” de cara a las elecciones.

Delirio por Adriana Moran – Blog Polis – 7 de Julio 2020

Aferrados a promesas basadas en delirios y encontrando enemigos no ya en el autoritarismo que dicen adversar, sino entre las propias filas opositoras, hacen del descrédito de los que hasta ayer caminaron con ellos y fueron considerados en algunos casos más que compañeros, hermanos, el blanco de su ira para justificar lo que por donde se lo mire es una renuncia anticipada a dar la lucha necesaria 

Alejar a los votantes de las urnas, dejar vacíos los centros de votación en los que millones deberíamos expresar nuestra voluntad y nuestro rechazo a quienes están en el poder, se convierte, otra vez, en un remedo de estrategia para que con la repetición del error, todos los errores queden a salvo y nadie pueda ser juzgado por esta seguidilla de torpezas que están convirtiendo a una oposición que estuvo unida frente a un objetivo, en un conjunto de islotes que el autoritarismo tramposo podrá derrotar sin mayores dificultades.

Transitados todos los atajos de la insurrección, todas las equivocaciones del enfrentamiento armado sin armas, de la conspiración militar sin militares, del gobierno paralelo sin gobierno, se zambullen una vez más en las aguas turbias de la confrontación sin lucha política y dejan a millones sin la posibilidad de sumarse a la construcción del único enfrentamiento posible porque es para el único que estamos armados.

Si la palabra libertad gritada con bastante fuerza y replicada miles de veces en tuiter, puede superar en eficiencia a la organización de una ciudadanía ávida de cambio y a la conducción del proceso que pueda ir a buscar los espacios de poder allí donde deben pelearse y arrebatarse, es posible que su apología del NO se convierta en estrategia eficaz. Sería un milagro. Porque la libertad siempre ha sido resultado de la lucha y nunca de la renuncia y el pretexto.

 


El Club de los Electores Muertos por Tulio Hernández – Frontera Viva – 6 de Julio 2020 

Luego de haber intentado, hasta el agotamiento, convencer a los venezolanos de que era posible ganarle limpiamente a Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales de 2018; de haber manoseado sin descanso el argumento, en apariencia inconsistente pero poderosamente autohipnótico, de que si todos los opositores salíamos a votar, el chavismo sería, no derrotado, sino aplastado; y, de haber acusado de “abstencionistas tarifados” a quienes se negaron a aceptar unas elecciones a todas luces inconstitucionales; Henri Falcón, con menos del veinte por ciento de los votos escrutados a su favor, apareció la noche del 20 de mayo ante la opinión pública denunciando –como quien descubre de improviso la redondez de la Tierra– que había sido víctima de un fraude electoral. Anunció 120 mil denuncias de irregularidades documentadas y 90 mil testigos a quienes  les impidieron actuar en las mesas.

El entonces candidato presidencial descubrió el engaño entre las 5 de la tarde y las nueve de la noche. Después de que el CNE había cerrado las mesas de votación y minutos antes de que cantara los resultados electorales que toda cabeza medianamente sensata había previsto.

¿Por qué no antes? Porque a Falcón y su equipo cercano le habían resultado poco sólidos los argumentos de los países –sesenta en total, todos gobiernos democráticos, todas economías libres– que desde mucho antes habían alertado la estafa, y anunciado que no reconocerían al gobierno que resultara electo, simple y llanamente porque esas no eran unas elecciones de verdad. Ni democráticas, ni confiables. Sino una farsa y simulacro.

Falcón, y lo que se conoce como “el progresismo”, lo sabemos bien todos, había preferido ponerse del lado de ese clan de los “chicos malos” del planeta, las potencias reunidas en torno al bloque conocido como Eurasia –Rusia, Irán y China– que, a contracorriente del mundo occidental, están dispuestas a reconocer todo lo que el chavismo invente, así sean billetes de setenta y tres dólares, con tal de mantener una punta de playa y un aliado que cuide sus intereses en pleno corazón de América.

Es decir, en un acto paradójico y una ética con pies de barro, los “eleccionistas”, para distinguirlos de los “anti eleccionistas” –que es muy distinto a ser “abstencionistas” – se negaron a escuchar a países que hacen elecciones, creen en la alternancia de gobierno y donde nadie cuestiona los resultados de su árbitro electoral. Alemania, Canadá, o Costa Rica, por citar solo tres ejemplos diversos.

Pero, en cambio, apoyaron las posturas de otros en donde no hay alternancia, como China, en la que desde 1949 gobierna solo el Partido Comunista; Rusia, donde se hacen elecciones pero todos saben que es un sistema electoral amañado y Putin se prepara para cumplir veinte años de gobiernos; o Irán, donde todavía, como en Europa medieval, no se ha producido la separación entre religión y política. Un país donde los ayatolas igual conducen rezos a Mahoma, dirigen el consejo de ministros u ordenan la tortura de opositores.

Dos años y casi dos meses después de aquel día cuando la democracia venezolana terminó de hacer aguas, Venezuela tiene dos gobiernos. Uno, controlado por los militares y apoyado por los colectivos paramilitares y aviones Sukhoi rusos, reconocido como legítimo por Eurasia, Nicaragua y Cuba. Y otro, con embajadas aceptadas por las democracias occidentales.  Pero igual Maduro sigue en el poder.

¿Qué significa esto? De una parte, que los “eleccionistas” de 2018 no lograron derrotar al tiranuelo, sino que más bien le agregaron unas décimas a la credibilidad cero que suscitaban sus elecciones-farsa. Y de la otra, que los “anti eleccionistas”, quienes apoyamos la estrategia-mantra que terminaba en elecciones libres, liderados por Juan Guaidó, en alianza con EEUU, la Unión Europea y el Grupo de Lima, tampoco hemos logrado la meta de ponerle fin a la barbarie.

Con una diferencia. A los “eleccionistas” no les quedó nada, salvo la amargura de haber sido estafados y quizás dos puestos sin ventaja en el nuevo CNE, otra vez espurio. En cambio la estrategia Guaidó –sin desconocer los errores cometidos por el liderazgo en su conducción– logró reavivar por un tiempo prudente una resistencia opositora que estaba desaparecida, retomar la calle, y constituir un gobierno que ya no es solo simbólico, al que Estados Unidos le ha entregado el manejo de la petrolera Citgo, Colombia el de la petroquímica Monómeros y, ahora, el Reino Unido las reservas en oro de la nación. Grandes mordiscos en los glúteos del régimen que si no existiese el gobierno de Guaidó hubiesen sido imposibles de accionar.

Pero ahora, mediados del 2020, volvemos otra vez al mismo guion que –aparte de las armas de las FAN, las guerrillas colombianas y los rusos– ha mantenido en el poder al chavismo: convocar a elecciones espurias, a través de un CNE no electo por los canales constitucionales; luego de una intervención judicial de los partidos políticos; con casi setecientos presos políticos; una parte importante de la dirigencia democrática  en el exilio; sin llamados a la observación internacional y, como guinda, con el gobierno modificando el patrón electoral y los sistemas de representación establecidos en la Ley.

Y otra vez, como el guion es el mismo, vuelve la misma ingenuidad, o los mismos arreglos tras bastidores –ya no sabemos qué pensar–, a darle oxígeno a un cadáver insepulto que, sin embargo, respira ayudado.

Es lo que me gusta llamar el CEM, el Club  de los Electores Muertos, un grupo de venezolanos, algunos de buena fe, otros asalariados; unos ansiosos de cambio, otros de poder; que no son capaces de entender el sentido profundo de aquella conseja popular que afirma que una mujer no puede estar “medio embarazada” por las mismas razones que no puede haber elecciones “medio democráticas”, ni se puede jugar al póker con un contrincante que tiene las cartas marcadas, a ver “si se le medio gana”.

No hablo de aquel al que un vivo resucita usando su cédula para votar en su nombre. No. Para mí un “elector muerto” es el que sabe de antemano que su voto no cambia nada y, sin embargo, se empeña en ejercerlo. El  Club de los Electores Muertos ataca de nuevo, ya aparecerá, el 6 de diciembre por la noche,  el gerente de turno anunciando un nuevo fraude del CNE de Maduro.

 

La abstención en los procesos electorales por César Pérez Vivas – puntodecorte.com – 29 de Junio 2020

download.jpgLa abstención en los procesos electorales es un recurso al que se puede o no recurrir, según las circunstancias particulares que la situación política recomiende, en un país y en un momento histórico determinado. En una democracia autentica, un ciudadano, un líder y una organización política democrática debe participar en las elecciones convocadas, pues a través de ellas ofrecen su concurso a la gobernanza y a la vida civilizada de su respectiva sociedad. Abstenerse, en un escenario como ese, constituye una renuncia a la ciudadanía y al bien común.

El dilema para un demócrata está cuando vive en una sociedad autoritaria, cuando el sistema electoral no es libre y en consecuencia no permite la concurrencia de los ciudadanos para elegir y ser elegidos. Si un proceso electoral, aun en dictadura, abre una posibilidad de organización, encuentro ciudadano, debate civilizado y mínimas condiciones que permitan constatar la voluntad ciudadana, se convierte en una oportunidad a ser aprovechada por quienes buscan instaurar el estado de derecho.

Pero también es menester reconocerlo, en circunstancias y momentos históricos específicos, la abstención es un recurso político que contribuye a develar un régimen autoritario, fraudulento y criminal.

El ex presidente demócrata cristiano Luis Herrera Campíns en su histórico documento de análisis de las perspectivas de la sociedad democrática, ante el término del periodo presidencial de la dictadura en 1957, definió la abstención en los siguientes términos:

“La abstención electoral es un arma muy poderosa y efectiva de la oposición en naciones donde la constante y tradicional controversia ideológica y política ha creado una clara conciencia cívica en el pueblo, y donde una actitud de tan radical desconfianza frente al poder público sería capaz de provocar graves reacciones y de llevar a honda rectificación.” (1)

Entendiéndola como “un arma muy poderosa”, su utilización va depender de las circunstancias y oportunidad en que pueda ser utilizada. Herrera no la consideró conveniente al momento de escribir su trabajo, para una eventual elección en 1957, pero meses después, cuando la dictadura no celebró elecciones presidenciales competitivas, reduciendo la consulta a un fraudulento plebiscito, sumó su concursó a la abstención convocada entonces por las fuerzas opositoras, y escribió respectó de ese evento lo siguiente: “lo que más indigna es la insinceridad, la burla, la deformación del concepto mismo.” (2).

Ha sido recurrente en la sociedad democrática venezolana, en su lucha contra la dictadura comunista, el debate sobre la pertinencia de concurrir o no los procesos electorales. Se ha denunciado una vocación fraudulenta del régimen, y se ha venido documentando de forma cada vez más solida, el creciente proceso de confiscación del sistema electoral, y el fraude, cada vez más descarado.

A pesar de todo ese conjunto de vicios, siempre expresé mi respaldo a la participación en los procesos electorales. En todos mis escritos y declaraciones públicas desde 1999 hasta el 2015, consideré necesario acudir, aún en la ocasión en que se impuso la tesis de no asistir a las elecciones parlamentarias del año 2005. Conscientes del ventajismo y de los elementos fraudulentos presentes en todos esos tiempos, animé la participación para demostrar nuestra vocación democrática.

Luego de la victoria de la oposición, en la elección de la Asamblea Nacional, en diciembre de 2015, la dictadura pasó del ventajismo y de los elementos fraudulentos, a desconocer de manera abierta y definitiva la voluntad de los electores. A partir de ese momento, Maduro y su camarilla asumen claramente la dictadura como fórmula de gobierno. Desconocen a la Asamblea Nacional, instalan una fraudulenta Asamblea Constituyente, confiscan el referéndum revocatorio, y montan a destiempo una fraudulenta elección presidencial. A partir de estos acontecimientos consideré cerrada, por el régimen, la ruta electoral. Transitar la misma va a depender de la estrategia y táctica, en la lucha por el rescate de la democracia, conscientes de la situación existente.

Surge nuevamente el debate sobre concurrir o no dichos procesos. Hay personas y sectores que, de buena fe, consideran debe concurriese a todos, cualquiera que sea las circunstancias existentes. Estiman que es participando como se puede movilizar a la sociedad, generando el debate, denunciando el ventajismo y el fraude oficial.

Hay otros, plenamente conscientes de la situación, que salen presurosos a ofrecer su concurso, sus nombres como candidatos, para lograr del régimen o de sus aliados económicos, los recursos con los cuales solventar sus abultados requerimientos y modos de vida.

Hay también los que siempre han estado del lado de la no participación, y para quienes los desmanes de la dictadura en el sistema electoral y en el escenario político, les ofrecen mayores argumentos en su irreductible posición.

Más allá de las aparentes o reales motivaciones, y de los argumentos en favor o en contra de una postura al respecto, lo fundamental es la forma como se asume la política a seguir. He sostenido que debemos privilegiar la unidad en la estrategia y ruta asumida. Participar para evidenciar de forma más directa el fraude, supone un acuerdo de todos los auténticos opositores a la dictadura. Acuerdo que exige un desprendimiento de todos los partidos y liderazgos democráticos.

Dejar a un lado el celo, porque una campaña liderada por una determinada personalidad signifique un revés, en los proyectos personales. He expresado en diversas ocasiones que todos los proyectos personales y/o grupales o partidistas no tienen sentido, ni viabilidad alguna, mientras la dictadura controle los destinos del país.

No participar como forma de protesta radical, con el fin de deslegitimar a la dictadura y poner en evidencia la trama fraudulenta que arma con ocasión de cada evento, sobre todo en los últimos cinco años, es también una opción que no podemos descalificar, ni rechazar de forma apresurada. Es un recurso legítimo a utilizar en un momento dado.

Lo ideal es participar, pero lo que hoy tenemos ya no es un esquema ventajista con elementos fraudulentos, lo que estamos presenciando es un plan abierta y totalmente fraudulento, destinado a instalar una Asamblea de vasallos.

Para quienes hemos sido formados en la escuela de la lucha democrática, resulta un duro choque tener que llegar a la conclusión de que participar, en este momento y en estas circunstancias, no va a contribuir al rescate democrático. Por el contrario, sería avalar un fraude en marcha, una conducta cada día más inmoral. Sería un esfuerzo inocuo al logro del cese de la usurpación.

Es un fraude instalar un Consejo Nacional Electoral claramente dominado por agentes de Maduro. Organismo al que obligan a cambiar las reglas de juego (la ley orgánica de procesos electorales) para establecer un sistema electoral diferente, sin el concurso de los principales partidos políticos de la oposición. Se trabaja contra el tiempo para justificar la inflexible postura de impedir una revisión del Registro Electoral, bloquear el derecho al voto de los venezolanos en el exterior, impedir la revisión de la estructura electoral y la participación efectiva de la oposición en los procesos preparatorios y en el control efectivo del evento electoral.

En paralelo la dictadura confisca la representación legal y los bienes de los partidos, impone a sus directivos, excluyendo a sus líderes naturales, con lo cual consagra una división del espectro político y de la oferta electoral, para justificarse ante una opinión pública desprevenida o desinformada. En esas condiciones participar es convalidar todo ese conjunto de inmorales arbitrariedades.

De modo que el objetivo más importante para la oposición, en este momento, vistos los hechos ocurridos con la ultrajada Asamblea, observado los pasos dados hasta ahora por la cúpula roja, no es desgastarse en concurrir a un evento que está lejos de ser una elección medianamente competitiva, que no permitirá canalizar de forma eficiente, la fuerza mayoritaria de la sociedad democrática. No tiene sentido, ni siquiera, para tener una vocería en esa ilegitima y fraudulenta nueva Asamblea, pues en ese tipo de foro, la opinión divergente es siempre ultrajada, agredida y desconocida.

La tarea será mucho más efectiva adelantando una la lucha política de resistencia para reconstruir la unidad, redefinir la estrategia y encauzar la mayoritaria fuerza ciudadana, hacia una opción que derrote a la dictadura, en el tiempo más breve posible.

El caso Bolton – Editorial El Nacional – 23 de Junio 2020

No abordaremos en esta ocasión lo que dice John Bolton sobre Venezuela en su controversial libro. Por los momentos nos interesa otra pregunta: ¿qué significa en sí misma la publicación de estas memorias, precisamente ahora? ¿Qué busca Bolton con ello?

Recordemos que Bolton ejerció el cargo de consejero de Seguridad Nacional de Donald Trump durante casi año y medio, entre abril de 2018 y septiembre de 2019. Dicho cargo es uno de los más importantes y de mayor responsabilidad a que podría aspirar una persona con la trayectoria de Bolton. Fue la posición que, por ejemplo, ocupó Henry Kissinger durante buena parte de su desempeño junto a Richard Nixon, y desde la cual promovió buen número de importantes iniciativas políticas y diplomáticas. Se trata, en síntesis, de un cargo que exige conocimiento y discreción.

De acuerdo con lo que sabemos acerca de su ya extensa carrera en los círculos de poder de Washington, Bolton es una persona preparada en su campo; no obstante, de lo que cabe dudar es de su discreción. Tanto Kissinger como otros personajes de poder estadounidenses han publicado memorias personales una vez que dejaron sus cargos, pero creemos que en su mayoría lo hicieron luego de que transcurriese un tiempo prudencial, de modo de permitir, de un lado, que los eventos narrados pudiesen ser vistos con mejor perspectiva, y de otro, para salvaguardar secretos y confidencias, al menos hasta que el individuo para quien trabajaron hubiese abandonado la Casa Blanca.

La prestigiosa editorial Simon & Schuster pagó a Bolton 2 millones de dólares como adelanto por su libro. A ello sin duda se añadirán atractivas sumas adicionales, como producto de las ventas de la obra en librerías, así como de las jugosas comisiones que en Estados Unidos un personaje como Bolton es capaz de obtener participando en programas de televisión, charlas y debates varios. Más aún si, como es el caso, su libro forma parte de la actual pugna política y suscita interés y polémica en la prensa.

Bolton ha dicho que sus ataques a Trump, el presidente que le brindó su confianza y le exaltó a la destacada posición que tuvo a su lado, se deben a que considera que el actual ocupante de la Casa Blanca tiene toda suerte de defectos y limitaciones, que no le hacen apto para detentar el cargo al que fue electo constitucionalmente. Sin embargo, cuando los miembros del Partido Demócrata, así como algunos republicanos que cuestionan a Trump, solicitaron a Bolton que interviniese como testigo en las sesiones del Congreso destinadas a enjuiciar al presidente, pero se negó. A decir verdad, si tan negativas son las opiniones de Bolton hacia el individuo al que sirvió, el juicio (impeachment) celebrado entre diciembre de 2019 y febrero de 2020 fue la oportunidad perfecta para hacerle daño a Trump, exponiendo ante los congresantes y el público en general sus puntos de vista con la mayor resonancia e impacto posibles. Tal curso de acción, sin embargo, hubiese restado relevancia a su libro de memorias, pues los secretos y confidencias ya habrían sido revelados abiertamente y nadie habría pagado un dólar por ellos.

A lo anterior es imperativo añadir la siguiente pregunta: si Trump es lo que Bolton ahora dice que es, y si sus convicciones al respecto se formaron durante el período en que trabajó para el presidente, ¿por qué no renunció, en lugar de aguardar a que le despidiesen, y de la manera poco digna en que los eventos de su salida acontecieron?

Pensamos que estos episodios arrojan una sombra sobre Bolton y su libro. Lo que hasta ahora sabemos no contribuye a la credibilidad del autor y de su testimonio. El caso Bolton es otro síntoma de la grave descomposición política y cultural de la sociedad estadounidense, de sus instituciones y su existencia cívica en general. No caeremos en el lugar común de señalar a Trump como chivo expiatorio y exclusivo culpable de todos los males de su país y del mundo. Nos parece que no son muchos los que, libres de pecado, podrían arrojar las primeras piedras. La idea ya muy expandida, a la que Bolton ha aportado su grano de arena, es que si se trata de Trump y de hacerle daño moral y político, todo está permitido. No consideramos que sea una buena idea, pues se han sembrado tormentas que no terminarán hoy o mañana, sino que continuarán por mucho tiempo.

Trump podría no ser reelecto, pero no es imposible que sea reelecto. Y si esto último ocurre, nos preguntamos: ¿qué harán sus adversarios, que nos han convencido de que ese sería el peor de los males, un resultado inimaginable y del todo inconcebible? ¿Acaso ya hemos olvidado lo ocurrido en 2016, cuando a estas alturas del juego los medios de comunicación en Estados Unidos y el mundo entero descartaban un posible triunfo electoral de Trump, casi como si semejante resultado fuese una mala broma? ¿Van los opositores de Trump a incendiar el país, si se produce lo que de nuevo nos aseguran es algo imposible, absurdo, inadmisible e inexcusable, como lo afirmaron y pronosticaron en 2016?

Hay mucha gente jugando con fuego en Estados Unidos.

Comunicado del EBB del Partido Nacionalista Vasco sobre la situación de Venezuela – 23 de Junio 2020

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El Euzkadi Buru Batzar de EAJ-PNV expresa su preocupación por la forma en que se ha procedido a la renovación del Consejo Nacional Electoral (CNE) de Venezuela por parte del Tribunal Supremo de Justicia, sin la participación de la Asamblea Nacional en la elección de sus miembros y en contra de lo previsto en la Constitución
Comunicado del EBB sobre la situación de Venezuela

Este hecho socava la credibilidad tanto del CNE como del próximo proceso electoral, deslegitima aún más las supremas instituciones de Venezuela y supone una huida hacia adelante en el proceso de deterioro progresivo de la democracia en el país. En este sentido, EAJ-PNV manifiesta su enérgico rechazo a la destrucción del sistema de partidos políticos en Venezuela y a la eliminación de la oposición democrática en que se ha embarcado el Gobierno venezolano.

En coherencia con el contenido de los sucesivos comunicados ya emitidos por parte de EAJ-PNV, reiteramos nuestro firme convencimiento de que la solución para la crisis política, institucional, social y humanitaria que atraviesa el país requiere de un diálogo constructivo entre gobierno y oposición que conduzca a la celebración de elecciones presidenciales y legislativas justas y transparentes a lo largo de este año. Estos comicios deben contribuir a la restitución democrática de las instituciones, la erradicación del hambre y de la pobreza, la restauración de la paz social y la reconstrucción nacional de la economía.

Apelamos finalmente a una mayor involucración de la Comunidad Internacional, que debe realizar todos aquellos esfuerzos necesarios para posibilitar que la paz, la libertad y el desarrollo económico y social se restablezcan lo antes posible en Venezuela.

Por qué Joe Biden será el mejor aliado para sacar a Nicolás Maduro del poder por Leopoldo Martínez Nucete – ALnavío – 20 de Junio 2020

Si las elecciones en los Estados Unidos fueran hoy, Joe Biden las ganaría. Es lo que constatan las encuestas de manera unánime. Y mientras se reciben estos datos, algunos venezolanos albergan inquietudes respecto de las consecuencias que la salida de Trump de la Casa Blanca tendrá para la causa de la democracia venezolana. La verdad es que, como bien ha dicho Andrés Oppenheimer, Trump con su retórica, unilateralismo y falta de compromiso con las grandes causas democráticas globales, lo que ha hecho es debilitar la coalición internacional imprescindible para un desenlace positivo en Venezuela.
Joe Biden opina que «Nicolás Maduro es un dictador, simple y llanamente» / Foto: WC

Joe Biden opina que «Nicolás Maduro es un dictador, simple y llanamente» / Foto: WC

Todo temor es comprensible, dada la angustia en la que vivimos los venezolanos. Pero nadie debe llamarse a engaño: la línea de acción para el regreso a la democracia en Venezuela es bipartidista, desde 2014 hasta hoy, algo excepcional en estos días de polarización en Washington. En efecto, la política de sanciones individuales contra funcionarios militares comprometidos en la violación de los derechos humanos, comenzó en marzo de 2015 con Barack Obama. Recordemos a Nicolás Maduro intentando recoger firmas por todo el país contra lo que su régimen definía como una “intromisión de Barack Obama en la soberanía de Venezuela”.

Vayamos a los hechos. A comienzos de 2014 estallaron las manifestaciones en Venezuela y Maduro aceleró su tránsito por la deriva autoritaria, violando abiertamente los Derechos Humanos. El Congreso aprobó entonces la llamada ley Menéndez-Rubio (Demócrata y Republicano, respectivamente), con el objetivo de promover la defensa de los Derechos Humanos en Venezuela.

De forma simultánea, el presidente Obama envió, a través del entonces Vicepresidente Joe Biden mensajes a líderes de América Latina, expresando su posición de rechazo a lo que estaba ocurriendo. Hay una fotografía que, sacada de contexto, se ha utilizado para distorsionar la perspectiva de Biden sobre Venezuela, en ese encuentro que ocurrió en enero de 2015 en la toma de posesión de Dilma Rousseff, Maduro le pidió a Biden un diálogo con Obama para acordar el precio del petróleo. Lo descabellado de la petición hizo que Biden sonriera. Y de inmediato le dijo, de forma diplomática y firme:

“Usted, con quien tiene que dialogar (sin tácticas de dilación) y llegar a acuerdos es con su pueblo, con la oposición de su país, y tomar la senda de respeto a la democracia y a los derechos humanos; liberar los presos políticos y así evitar el colapso económico del país”.

Como es sabido, Maduro no atendió a esa advertencia. Así, en marzo de 2015, Obama estableció las primeras sanciones y bajo esta misma autoridad ejecutiva se iniciaron investigaciones desde el Departamento de Justicia en materia de lucha contra la corrupción, lavado de dinero y el narcotráfico. Esas investigaciones y procesos son los que hemos visto aflorar en los últimos dos años y que han recaído sobre actores emblemáticos del régimen venezolano.

En 2017 y 2018, bajo la presidencia de Trump, ocurren dos nuevos eventos: Maduro pasó por encima de la legitimidad de la Asamblea Nacional electa en 2015 convocando de manera írrita una constituyente, y en mayo de 2018 impuso una elección presidencial fraudulenta. Esta nueva realidad ocurre en un escenario donde los tiempos de la OEA controlada por gobiernos amigos del chavismo (o neutrales frente al régimen) había quedado atrás, ofreciendo una herramienta de presión continental de la que no se disponía durante la presidencia de Obama, y ajenos a la política estadounidense.

A lo largo de todo ese proceso, el Partido Demócrata ha dado piso legal a la evolución de las sanciones, que alcanzaron una plataforma con la Ley VERDAD, elaborada por el Senador demócrata Bob Menéndez, que incluyó la previsión de ayuda humanitaria para la masiva migración venezolana, bajo la iniciativa de la diputada demócrata Debbie Mucarsel-Powell, de la Florida. Esta ley, además, recogió los planteamientos de la Ley para la Investigación sobre la Relaciones del gobierno de Rusia y el régimen de Venezuela en Citgo (redactada por la también diputada demócrata, Debbie Wasserman-Schultz), que luego facilitó la recuperación de esa empresa filial de Petróleos de Venezuela, PDVSA, por el gobierno interino de Juan Guaidó. Asimismo, quedó recogida allí la iniciativa legislativa de la diputada demócrata Donna Shalala, prohibiendo toda forma de comercio militar con el régimen de Maduro. Trump es, pues, ejecutor de un marco legislativo que es expresión bipartidista.

Ahora bien, las sanciones son un instrumento legal para la política internacional, no un fin en sí mismas. Administrarlas, articular su instrumentación con incentivos para que el régimen abandone el poder o para promover fracturas a lo interno de la estructura chavista, es un arte. La eficacia de las sanciones depende de su coordinación estratégica y multilateral, pero también del adecuado estímulo para que los actores internacionales con intereses afines al régimen chavista se abstengan de ser un obstáculo a los cambios deseados.

Al evaluar la gestión de Donald Trump hay que preguntarse, de cara a la horrible crisis de Venezuela, ¿está Maduro más cerca de dejar el poder o se ha fortalecido relativamente frente a la oposición? ¿Estamos más próximos o más lejos de unas elecciones libres, justas y creíbles? Pero también hay que preguntarse, ¿la política de Trump se ocupa de los venezolanos?

Por ejemplo, el legislador demócrata de la Florida, Darren Soto, logró aprobar con la mayoría de su partido en la Cámara, enfrentando el rechazo de los republicanos, la ley que contempla el TPS -estado de protección migratoria temporal- para los venezolanos. Trump podría hacerlo por decreto, pero se niega, y junto a su partido bloquean esta iniciativa humanitaria y fundamental para proteger a 150.000 venezolanos que buscan refugio en los Estados Unidos. Son más de 2.000 los procesos de deportación -en tendencia creciente- que afectan a venezolanos, incluyendo 600 que permanecen detenidos expuestos al contagio por Covid-19.

La verdad es que, como bien ha dicho Andrés Oppenheimer, Trump con su retórica, unilateralismo y falta de compromiso con las grandes causas democráticas globales, lo que ha hecho es debilitar la coalición internacional imprescindible para un desenlace positivo en Venezuela.

He aquí un punto diferenciador entre Biden y Trump, que abona a nuestra convicción de que Biden sería la mejor opción para alcanzar cambios en Venezuela. Biden tiene la credibilidad necesaria en Europa y América Latina para hilar eficazmente en la resolución del problema. Por otra parte, no tiene deudas personales con Vladimir Putin quien, le habla al oído a Trump (como denunció John Bolton, su ex-asesor de Seguridad Nacional), incluso para sembrar desconfianza sobre el liderazgo de Juan Guaidó y la oposición venezolana. Este es un punto central.

Trump, además de mantener malas relaciones con Europa y América Latina, ha debilitado la coalición al no enfocar la presión e incentivos de forma multilateral. Biden tomará sus decisiones basado en principios e inteligencia, y no en posturas de mero cálculo electoral como las de Trump en relación a su retórica sobre Venezuela.

Joe Biden opina que «Nicolás Maduro es un dictador, simple y llanamente». Fue el primer demócrata en reconocer a Juan Guiadó como Presidente Interino, y condenó «enérgicamente la toma violenta de la Asamblea Nacional, «única institución democrática que queda en el país.». Biden también ha expresado categóricamente que «el objetivo primordial de los Estados Unidos debe ser presionar por una salida democrática en Venezuela, a través de elecciones libres y justas, y ayudar al pueblo venezolano a reconstruir sus vidas y su país».

Finalmente, Biden se ha comprometido a otorgar el estatus de protección migratoria temporal a los venezolanos, así como a influir en la comunidad internacional para recuperar cada centavo expoliado del Estado venezolano, y a devolver esos recursos al pueblo venezolano. Con relación a esto, merece ser subrayado que la administración Trump ha transferido los recursos recuperados de actores de la corrupción en Venezuela a un fondo discrecional de la Secretaría del Tesoro que ha gastado 600 millones de dólares en la construcción del muro con México.

Biden ha manifestado, con meridiana claridad, que aun si Maduro se va, «Venezuela quedará profundamente dividida en lo político y deprimida en lo económico, con gran sufrimiento humano”, por lo que “Estados Unidos necesita un plan integral para ayudar al país a recuperarse». Este es, por cierto, un proyecto a largo plazo, con protagonismo de los venezolanos, que Trump jamás ha dado muestras de avizorar.

Maduro: elecciones para perpetuar la dictadura – Editorial El Mundo – 18 de Junio 2020

El tirano bolivariano lo tiene ya casi todo atado para que Venezuela celebre una mascarada con forma de elecciones legislativas
Reuters

No es nueva la querencia de tantos dictadores por las elecciones no competitivas -esto es, farsas con forma de comicios– para intentar de cuando en cuando legitimarse con trampantojos democráticos. Es lo que pretende ahora Nicolás Maduro. El tirano bolivariano lo tiene ya casi todo atado para que Venezuela celebre unas legislativas en las que no solo tendrá bajo su control a los miembros del Consejo Nacional Electoral, nombrados a dedo por la Justicia chavista en vez de por el Parlamento, sino que además cierran el paso a la oposición real. En los últimos meses, el régimen ha intensificado su acoso a la disidencia, ha encarcelado a numerosos diputados opositores -que, recordemos, ganaron las últimas elecciones democráticas- y ultima la ofensiva contra el partido del presidente encargado, Juan Guaidó, que la Fiscalía pretende ilegalizar por “organización terrorista”. Y para rizar la monumental cacicada, los tribunales oficialistas han puesto al frente de dos partidos opositores a ex miembros expulsados por aceptar supuestos sobornos del chavismo.

Este gravísimo atropello busca desgastar a una oposición que sigue dividida y que, además, cada vez tiene más dificultades para mantener movilizada a una ciudadanía que, a pesar del rechazo generalizado a un régimen que ha arruinado por completo el país, ve cómo el dictador está bien atrincherado en el poder. Los venezolanos se sienten cada vez más abandonados por una comunidad internacional que sigue mirando hacia otro lado y hace que Maduro obre con impunidad.

La verdadera nueva “normalidad” económica – Grupo Soluciones – 13 de Junio 2020

Aunque el estado de alarma se prolongó por otros 30 días al igual que la interrupción de vuelos comerciales y que las clases presenciales están suspendidas sin fecha estimada de reanudación, en el país se intenta imponer un aire de normalización económica. Han jugado a favor las flexibilizaciones de las autoridades, primero con el Plan 5×10 y luego con el 7+7, pero de forma preponderante responde al hecho de que se restableciera -aunque de forma exigua y racionada- la venta de gasolina. Estos factores, más la propia necesidad ciudadana de generar ingresos, ha llevado a Venezuela a un nuevo estadio en el marco de la cuarentena que intenta contener la expansión del COVID-19.
Llegar hasta acá implicó tres meses de parálisis general con los altos costos asociados a una decisión de este calibre, en particular en un país cuya economía ya se encontraba arrasada antes del brote del coronavirus.
La Cepal estima que este año la región de América Latina y El Caribe tendrá la peor caída
económica de toda su historia. “En nuestra región, simplemente, tenemos la peor recesión del último siglo, y posiblemente la más fuerte de toda la historia de la región.
Vamos a caer entre 5,3 % y 7 %, y quizá lleguemos al 8 %”, señaló Alicia Bárcena, su secretaria ejecutiva.

Tomar esta referencia y pensar en el impacto de la crisis en Venezuela puede abatir a cualquiera. La firma Síntesis Financiera pronosticaba una caída de 11% del PIB en 2020 antes del COVID-19, es decir, una contracción inferior a la de 30% estimada para 2019, el sexto año en línea de recesión en Venezuela. Tamara Herrera, su directora, explica que las proyecciones de 2020 cambiaron radicalmente con la aparición del coronavirus. Sobre este particular ha planteado lo siguiente: si es exitoso el control de la pandemia en dos o tres meses la caída del PIB sería de aproximadamente 22% a 26%, pero “si no tuviéramos ese desempeño y las restricciones en el sistema de salud y el descontrol de la epidemia se manifiesta, estamos hablando de una duración de más de seis meses y entonces sí podemos esperar una caída del PIB que sea igual o superior a
la del año pasado. Puede ocurrir que sea del 40%”.

Es decir, que al cierre de 2020, tras siete años en picada, el tamaño de la economía venezolana será un 20% de lo que fue en 2013 y con esa realidad habrá que lidiar en lo que resta de evolución de la pandemia y durante la progresiva normalización de actividades, período a lo largo del cual a las empresas no solo les toca gestionarse en un mercado desmantelado y con un nivel de consumo disminuido, sino que deberán readecuar sus procesos para poder operar con las garantías sanitarias indispensables.

Se trata de una economía liliputiense y en riesgo de seguir contrayéndose. De hecho, las cifras de la firma Global Ratings muestran que el total de créditos de la banca venezolana se contrajo a 128 millones de dólares en abril mientras que en diciembre de 2019 era de 219 millones de dólares. Lo que no hay que olvidar es que una década atrás la cartera crediticia total superaba los 40.000 millones de dólares.

Además, Venezuela sigue en la cola de los países de la región en adoptar medidas económicas compensatorias en el marco del COVID-19, como lo determina la Cepal y aunque en varias ocasiones las autoridades han señalado que escuchan las propuestas del sector privado para avanzar por una ruta de consenso, la realidad muestra que entre la intención y los hechos se impone el trecho que determina la agenda política.
Diversos factores deben seguir en el radar para este período de “normalización”:
✓ La evolución de la crisis política, una constante con la que se ha tenido que lidiar por varios lustros, ahora entra en una nueva fase de crispación con el eventual llamado a elecciones parlamentarias por parte de un Consejo Nacional Electoral desconocido por la mayoría de la Asamblea Nacional.
✓ Se abre la posibilidad de que la Asamblea Nacional que preside Juan Guaidó decida sostenerse en funciones hasta que puedan realizarse elecciones libres, lo que no impedirá que haya elecciones estimuladas por el Ejecutivo y todos sus entes asociados, dando lugar a un nuevo quiebre institucional en Venezuela.
✓ Aunque un cuadro así podría anticipar conflictividad de calle y presión social, en verdad dado el contexto actual del país pareciera que todo dependerá de la pericia en el manejo de la situación que hagan por una parte los dirigentes opositores para rescatar la movilización ciudadana y la protesta política, y, por la otra, las autoridades, gestionando la propia crisis a su favor y redoblando esquemas de control social para sofocar cualquier amago de manifestación.
✓ El propio COVID-19 puede ser un factor que influya en la evolución de estos escenarios. No hay que perder de vista la expansión de la curva de contagios en el país y las advertencias hechas al respecto por varios especialistas, pues Venezuela carece de las estructuras mínimas para atender una crisis de salud. Este fantasma sigue presente y aunque los esfuerzos se concentran en tratar de reactivar una economía que desfallece, no se puede perder de vista que una crisis sanitaria sería devastadora.
✓ Otro factor clave es la gasolina. Las existencias actuales de gasolina, tras el arribo de cargas desde Irán, podrían rendir hasta mediados de julio, dependiendo de la forma como se administre este recurso.
✓ Agencias internacionales han reportado el impacto de las sanciones internacionales sobre operaciones navieras y comerciales ligadas a la industria petrolera venezolana, lo que augura poco margen de maniobra para las autoridades. Aunque no se descarta que la misma Irán u otras naciones como México puedan oxigenar con algunos suministros, mientras se termina de reacomodar el mercado interno de los combustibles bajo un nuevo esquema de negocios y, en consecuencia, de costos para el sector productivo.
✓ La precariedad parece ser la normalidad económica por la que transitará el país mientras se terminan de perfilar los demás elementos del entono con la incertidumbre signándolo todo.

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