Pudiera llevarnos mucho tiempo valioso conjeturar sobre los hechos escabrosos que a la postre ocasionaron la incoherente salida del más avezado embajador con el que contábamos. Sobre esos hechos ya tendremos de los órganos competentes colombianos los debidos pronunciamientos que sin duda fijarán a cada quien su responsabilidad. Creemos sí que, mientras tanto, deben precisarse y analizarse las repercusiones de esta herida abierta que está ocasionando el desangrado de una oposición que no ha sido capaz de luchar y vencer a sus propios demonios.

Desde esta, y otras tribunas, hemos sido consecuentes con el apoyo que le hemos dado cuando lo han requerido las circunstancias, pero también hemos sido firmes en emplazar, advertir y cuestionar cuando lo hemos considerado necesario, como hoy es el caso. Se abre un capitulo inédito que trae consigo situaciones difíciles de manejar, quizá la más importante por vital, que es el rescate de la confianza de todos aquellos venezolanos que hemos creído en una salida de esta dictadura bajo el liderazgo que nos ofreció como axioma el tantas veces mentado cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres.

Creímos en una estrategia, la aupamos y la hicimos nuestra consigna. Hoy lamentablemente vemos a ese liderazgo dividido, dando tumbos, sin un norte específico, que poco a poco quiere llevar embozalado al país a unas elecciones parlamentarias adelantadas porque tenemos a “un régimen que tiene el poder real, al que le pagamos los impuestos, y por eso se tiene que cambiar la estrategia para no ceder espacios”. Vale recordar que en otras dictaduras propias y ajenas también se pagaban impuestos. Podemos asegurar que habrá más de un jefe de partido que llevará a sus organizaciones a participar en el festín electoral parlamentario “porque es constitucional”, al que no se prestarían todos. Sería no solo un acto deshonesto con quienes hemos apostado a la salida que nos habían propuesto, sino una falta de coraje o una entrega que los haría indignos de dirigirnos.

Y es aquí en este punto donde encaja una de las repercusiones de lo que llamo “El Efecto Calderón”, que ha puesto en evidencia a una oposición que cual uróboro se devora a sí misma. El pecado original se cometió cuando, para asegurarse espacios e intereses, los partidos le pusieron al diputado Juan Guaidó una verdadera camisa de fuerza en el Estatuto para la Transición. Así lo alertamos en su momento.

Otras repercusiones habrá cuando nos mostramos al mundo y al país como determinados a tomar medidas contra los hechos de corrupción, separando de sus cargos a los parlamentarios e iniciando una investigación, con la contradictoria remoción del embajador Calderón, quien fue el denunciante, dando pie a esas investigaciones en suelo colombiano.

Repercutirá también en el ya inminente 5 de enero. Lo que ese día acontezca no estará exento del escrutinio público, más ahora cuando el país espera una indispensable reformulación que ataje el desastre. De no ser así, y regodearnos con lo que se logró en un año, que por cierto se ha venido a menos, le estaríamos concediendo ad infinitum nuestro futuro a este régimen. Vale recordar el dicho de que los gobiernos no se miden por lo que han hecho sino por lo que han dejado de hacer.