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El dólar llegó con intenciones de quedarse por Carlos Subero – Venepress – 8 de Abril 2020

La encuesta Datanalisis de marzo revela el aumento en la aceptación de esta divisa como mecanismo de pago en Venezuela

El dólar llegó con intenciones de quedarse

El ingreso del dólar a la vida diaria de los venezolanos es un fenómeno que fue llegando paulatinamente pero, ya hoy, la encuesta Datanalisis revela que más de la mitad de los habitantes desea que la economía esté dolarizada completamente.

A pesar de que el dólar parece ser utilizado por todos, en realidad solo 14% de los venezolanos admite recibir alguna compensación en la divisa norteamericana.

Asimismo, apenas 15% admite recibir su compensación salarial en bolívares pero calculados en el precio del dólar paralelo.

Solo 1 de cada 10 venezolanos dice tener ahorros en moneda extranjera.

Cuando se pregunta si este venezolano vende algún producto a precio de dólar paralelo, 85% responde negativamente.

Las remesas cambian el panorama

Pero este panorama de poco uso del dólar se transforma cuando se investiga sobre la recepción de remesas en divisas desde el exterior.

En diciembre de 2017, solo 5% de los venezolanos admitió que él o sus familiares recibían remesas del exterior. Pero para este marzo de 2020, 3 de cada 10 venezolanos dice que recibe divisas del exterior periódicamente.

Asimismo, 31% de los venezolanos dice que ha comprado divisas durante el último mes.Solo 7 por ciento compraba divisas en diciembre de 2018.

Este crecimiento explica la forma en que el dólar viene siendo usado en la sociedad venezolana recientemente: 37% de los venezolanos dice que compra productos pagando en dólares.


Pero cuando se pregunta qué es lo que desea este venezolano que ocurra con el dólar, la mitad de ellos responde que la economía se dolarice completamente. Esto revela la supremacía del dólar como vehículo de cambio y pago dentro del territorio; una realidad a la que ha costado y que no será fácil de cambiar en el futuro.

Dos de cada 10 venezolanos prefiere que exista el dólar y también el bolívar, mientras que uno de cada cuatro venezolanos prefiere mantener la moneda nacional.

Una característica se cumple en todo este proceso de aceptación de dólar: su uso es más frecuente entre las personas de mayor nivel socioeconómico. Es decir, a medida que se baja a considerar las clases más pobre, el dólar tiende a ser menos utilizado o se desea menos su utilización.

Sin embargo, no es poca la aceptación general del dólar hoy en día en nuestra economía. Lo desea como moneda única 59% de la clase “C”, 55% de la clase de “D” y 47% de la clase “E”.

El omnibús de Datanalisis correspondiente al mes de marzo fue realizado entre los días 12 al 17, con entrevistas en 800 hogares y un error de 3,46%.

Coronavirus: 3 cosas que cambiaron en Venezuela en el último año por Daniel García Marco – BBC News – 20 de Marzo 2020

Hombre vendiendo ajo
Ahora, el dólar se encuentra por todas partes en Venezuela.

Cuando regresé a Caracas el 6 de marzo, un año después de mi última visita, lo primero que me sorprendió fue encontrar jabón en el baño del aeropuerto.

Durante los dos años que viví en Venezuela, los baños públicos de estaciones de servicio, bares, restaurantes me parecieron siempre un reflejo íntimo de un país en crisis. Con mis amigos siempre hablaba de que debían ser de los peores de la región.

Me temo que no hay un ranking oficial.

Entonces era casi imposible encontrar agua para despejar la poceta o lavarme las manos. Del jabón ni hablar. Siempre portaba por ello conmigo un gel antibacterial que me aportaba entonces, como ahora, una falsa sensación de higiene.

Por eso, encontrar un baño reformado en el aeropuerto, bien iluminado, con agua y con jabón para lavarme las manos fue un pequeño shock. Un detalle anecdótico que ahora, días después, con la crisis del coronavirus y las necesidades de higiene que exige, vuelve a mi memoria.

Porque ese problema de no encontrar agua y jabón que yo enfrenté esos años me sigue afectando a mí y a los venezolanos, a los que se les pide ahora lavarse las manos constantemente en medio de una cuarentena que me obliga a quedarme en el país por tiempo indefinido.

El agua corriente permanente sigue siendo un lujo para gran parte del país. El jabón tiene un precio prohibitivo para muchos (a casi US$1 al cambio, el salario mínimo es de unos US$4) al igual que otros productos de higiene.

Hombre en silla de ruedas en un hospital de VenezuelaVenezuela quiere evitar que su ya precario sistema de salud colapse a causa del brote de coronavirus.

Tras años de feroz carencia, quise ver en ese baño un símbolo de la distensión de la que me habían hablado y de la que había leído en los últimos meses.

Poco después del baño, antes de recoger mi maleta, hice unas compras en el duty-free, donde se admite el pago por Zelle, una cómoda plataforma de pagos digitales en dólares entre bancos de Estados Unidos que da aire tanto a los que pagamos como al sector privado venezolano que nos cobra en moneda norteamericana.

Esa fue la primera y principal novedad que me encontré en Venezuela un año después de mi última visita: el dólar está en casi todas las partes.

Cuando llegué al país por primera vez en 2016, mostrar un billete de un dólar era un riesgo. Hacer un pago alto en moneda estadounidense en lugar de en bolívares, una operación clandestina e ilegal.

Dólares y trueques

Hace unos días fui a Petare, el barrio popular más grande de América Latina. Allí me encontré a un hombre que vendía cabezas de ajo sobre un paño blanco en el suelo y entre autobuses. En su mano, un buen fajo de billetes de US$1.

“Petare es puro dólar”, me dice Manuela, que sufre como todos aquellos que siguen recibiendo un pago en bolívares. Hace poco hizo un trueque: entregó un paquete de lentejas a cambio de dos pastillas caseras de jabón. Otra vez el jabón.

Aparato para verificar la autenticidad de los billetes de dólares.
Algunas tiendas en Venezuela incluso cuentan con aparatos para verificar la autenticidad de los billetes de dólares.

El dólar no es, por tanto, algo exclusivo de la clase media o alta de Caracas que repatria capital, recibe remesas o cobra sus servicios en la divisa extranjera.

La cantidad de billetes que uno posee marca la diferencia en un país que ha asumido una dolarización de facto e irregular.

Es parte de la liberalización de una economía que cada vez tiene menos ingresos por un petróleo que vende por debajo del precio de producción. Y que está cercada también por las sanciones de Estados Unidos contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Los restaurantes, las tiendas, los supermercados (y hasta el vendedor de ajos) aceptan -y prefieren- dólares en efectivo o por transferencia.

De camino del aeropuerto a la ciudad me sorprendieron nuevos letreros luminosos que en mi tiempo o no estaban o no lucían en la noche: Ubiipagos, Credicard, Carropago, Cryptia… Empresas dedicadas al pago electrónico, móvil, interbancario o a las criptomonedas en un país en el que el valor de la divisa oficial, el bolívar, se desvaneció en los últimos años por la hiperinflación.

Pero si tengo que elegir un objeto que defina el momento de la economía venezolana es el aparato para verificar la autenticidad de los billetes de dólares.

Por él pasan las caras de George Washington en lugar de la de Simón Bolívar.

Paquetes de Harina Pan.
En los anaqueles de los supermercados venezolanos ahora abundan los paquetes de harina de maíz PAN.

Como parte de la liberalización del gobierno, el sector privado es ahora capaz de importar libremente y aquí viene la segunda cosa que ha cambiado: en los supermercados encuentro productos que no vi nunca durante mis años en Venezuela.

Abundan los paquetes amarillos de harina de maíz PAN, la más usada para cocinar las tradicionales arepas, pero también la pasta de dientes Colgate ocupa el lugar que antes era para algunas falsificaciones chinas.

Nunca, incluidos estos primeros días de cuarentena, vi los supermercados tan surtidos.

Las marcas internacionales regresan a Venezuela como en los buenos tiempos: champú, pañales y leche de fórmula como la que traía para donar cuando salía el país.

Medio sueldo por una pasta dental

El problema, claro, es el precio. Una pasta de dientes cuesta el equivalente a US$2 cuando el salario mínimo mensual es de unos US$4 al cambio. Un paquete de 30 pañales cuesta unos US$8. Es decir, son solo son accesibles para aquellos que tienen moneda estadounidense, lo que amenaza con aumentar aún más la brecha de desigualdad en el país socialista.

Ir a un supermercado de clase media en Caracas supone gastar una cifra muy parecida a la que pago en Miami, donde vivo ahora.

De esa clase media y alta, los dólares gotean hacia abajo.

Más que una burbuja económica, en Venezuela hay un repunte de consumo en ciertos nichos de mercado, me dijo Luis Vicente León, economista y director de la consultora Datanálisis.

Una de las razones es la apertura económica del gobierno, que le dio más aire al sector privado y que se tradujo en el fin del control de cambio y de precios, entre otras cosas.

Zelle
Zelle es una plataforma de pagos digitales en dólares entre bancos de Estados Unidos.

León asegura que las sanciones de Estados Unidos provocaron que el gobierno de Maduro cediera control y aceptara una apertura que ha tenido un efecto secundario: darle oxígeno al Ejecutivo que Washington desea cambiar.

Este martes, y en medio de la crisis por el coronavirus, Maduro incluso pidió ayuda al Fondo Monetario Internacional (FMI), organismo despreciado por la llamada revolución bolivariana que inició Hugo Chávez hace 20 años.

Para León, otro factor para explicar ese momento económico es que los sectores que siempre tuvieron poder adquisitivo perdieron la “vergüenza” y ahora exhiben con menos pudor sus rentas en un país donde la crisis sigue siendo muy visible.

Junto a los nuevos cafés y los bodegones con marcas internacionales también vi, camino de la costa del Caribe, carteles que decían “Se Vende Leña”, indicativo de la falta de gas para un sector de la población.

Según Datanálisis, un 35% de la población dice ahora estar “bien”. Por supuesto, siempre en comparación con el pasado reciente.

Y eso lo vi en mi primer fin de semana en Caracas. Había más gente en la calle distrayéndose. Un amigo de Petare me envió un video de una gran fiesta al aire libre. Cientos de personas bailando al ritmo de la canción “Bandoleros”, de Don Omar y Tego Calderón, a las 8:00 de la mañana del domingo 8 de marzo tras una larga noche de rumba.

Más novedoso fue que ese sábado 7 de marzo miles de personas se reunieran para asistir en el anfiteatro Concha Acústica a un concierto gratuito al aire libre de la Orquesta Sinfónica Ayacucho.

“Es otra visión de la vida en un país complicado como éste. La gente está tratando de distraerse”, me dice Zaira, una de las asistentes a un concierto que le recordó cómo era en el añorado pasado la vibrante vida cultural y social de Caracas.

Un quiosco en el que se ha puesto papel film a modo de ventanillaEl consumo repuntaba en Venezuela… hasta que llegó el coronavirus.

Cambio

Ese estado de ánimo fue la tercera novedad que vi en Venezuela.

Pero todo cambió en días. El coronavirus llegó y con él, la cuarentena. Se acabaron las marchas de protesta de la oposición y los conciertos.

De nuevo, los venezolanos recluidos. Muchos llevan años así por el temor a la violencia y por la crisis.

Y el panorama es sombrío. La capacidad de ingresos del gobierno, ya muy mermada, cae por el desplome de los precios del petróleo y eso afectará a quienes viven de los subsidios.

Y también afectará al mermado sistema de salud que ahora vivirá una nueva prueba con la pandemia.

El dólar seguirá, pero es de prever que ese pequeño boom de consumo acabe y que el sector privado importador se vea afectado por la crisis económica global y se repliegue otra vez.

Aquellos que habían ganado cierto oxígeno volverán a estar más ocupados en lavarse las manos que en acudir a un concierto.

Y para muchos otros, el problema será el de siempre: conseguir agua y jabón.

Venezuela: diagnóstico complejo e incierto porvenir por Pedro Mario Burelli – El Nacional – 7 de Marzo 2020

Pedro Mario Burelli, ex director de Petróleos de Venezuela, indica que los venezolanos, y los extranjeros que quieran ayudar en esta terrible encrucijada, deben abrir los ojos, dejar de soñar con soluciones fáciles para problemas extremadamente difíciles e inclusive irresolubles

Esta es una lista parcial de problemas que no podemos ignorar. Problemas y distorsiones que se han acumulado en las últimas cuatro décadas, y con particular intensidad y malignidad durante la llamada Revolución Bolivariana.

La lista debe ampliarse, y definirse cada elemento con gran precisión, pero espero que este primer esfuerzo sirva como advertencia a quienes dentro y fuera de Venezuela -por desconocimiento, comodidad o complicidad- saltan a conclusiones erradas, simplifican diagnósticos o escenarios, y sueñan con soluciones milagrosas.

El porvenir de Venezuela será regido por todos los problemas que hoy la definen y por la muy compleja interrelación entre ellos.

(Nota: esta lista de problemas o crisis, dividida en grandes categorías, no tiene, a propósito, un orden en particular)

1. Lo humano e inhumano de la crisis

  • Padecemos una crisis humanitaria compleja que lejos de amainar crece cada día y tiene efectos graves a corto, mediano y largo plazo. 1 de cada 3 venezolanos padecen de inseguridad alimentaria, para 2.3 millones de ellos el tema es severo. En su reciente evaluación, el World Food Program de las Naciones Unidas estimó que son más de 9.3 millones los venezolanos necesitados de ayuda alimentaria inmediata. La escasez y/o carestía de las medicinas afecta a una proporción aún mayor de la población, y las estadísticas de muertes por enfermedades que habían sido erradicadas o por falta de fármacos y/o tratamientos son tan escalofriantes como dolorosas.
  • Observamos un aumento vertiginoso de la pobreza extrema y la marginalidad; se puede hablar de la pauperización estructural y extrema de la mayoría de la sociedad venezolana.
  • Se ha producido el colapso en la escolaridad a todos los niveles: preescolar, primaria, bachillerato y universitario. El número de niños fuera del sistema crece cada mes, la calidad de la educación es pésima en todos sus niveles y el Régimen insiste en la indoctrinación ‘chavista” como principal objetivo en primaria y bachillerato. La autonomía universitaria está totalmente vulnerada; el financiamiento a las principales universidades públicas se ha reducido al mínimo.
  • Colapso de la infraestructura social: hospitales, ambulatorios, escuelas, campos deportivos, parques, museos etc. La falta de construcción de planta física nueva, y de mantenimiento de la existente, ha llevado a Venezuela a niveles de calidad de infraestructura de hace 70 u 80 años. En algunos casos no existe operatividad alguna de las instalaciones con el consiguiente desamparo de quienes dependían de ellas.
  • Venezuela ha sufrido el éxodo continuo de profesionales y técnicos, con pérdidas importantes de médicos y enfermeros, maestros y profesores, e ingenieros y científicos de todas las ramas.
  • PDVSA y la CVG han perdido prácticamente toda su gerencia profesional y sus técnicos más cualificados. La Fuerza Armada ha sido diezmada por bajas y deserciones. En total, 5 millones de venezolanos han emigrado desde el 2013. La partida de jóvenes universitarios, y sobretodo aquellos graduados de las mejores universidades, es particularmente preocupante mirando al futuro. Según el World Economic Forum, en el mundo, solo Haití ha tenido una fuga de cerebros mayor que la de Venezuela.
  • Paliar, y luego revertir, la catástrofe humanitaria implica una operación de asistencia internacional con pocos paralelos en la historia ya que el daño y las carencias se extienden por todo el territorio nacional. Los retos financieros, logísticos y de seguridad serán enormes. Los cálculos más optimistas hablan de una fase de ayuda humanitaria sostenida de 9 a 12 meses. Otros calculan años de asistencia humanitaria y apoyo internacional en el delicado campo de la seguridad nacional y ciudadana.
  • El retorno de la diáspora no será tan rápido o completo como muchos pronostican (y todos queremos). Problemas que se destacan en este trabajo harán que el llamado ‘día después’ sea un periodo de mucha inseguridad y precariedad. Quienes han encontrado sosiego y empleo fuera del país difícilmente regresarán a Venezuela hasta no tener evidencia de estabilidad – en el sentido más amplio – y garantías ciertas de sustento económico. El círculo vicioso aquí es que la reconstrucción depende en cierto grado del retorno del talento que continúa emigrando.

2. Los derechos humanos dejaron de ser un derecho

  • Organismo Internacionales y reconocidas ONGs han reportado abusos sistemáticos de DDHH y crímenes de Lesa Humanidad perpetrados por el vasto aparato de represión civil y militar bajo órdenes de un núcleo duro (y sádico) del Régimen hoy de facto. El SEBIN, la DGCIM, la GNB, la Policía Nacional Bolivariana y sobretodo sus Fuerzas de Acciones Especiales o FAES, y la Fiscalía General de la República, son los instrumentadores de esta política y reciben para ello asesoría de los servicios de inteligencia y represión de aliados como Cuba, Rusia e Irán.
  • A pesar de un discurso ‘indigenista’, el Régimen abusa de los derechos de nuestros pueblos indígenas. Sin excepción, todos los pueblos indígenas sufren abandono y desplazamientos forzados. La crisis humanitaria ha afectado a todas las comunidades indígenas y los 34 pueblos indígenas que residen al sur del Orinoco están particularmente amenazados por la violencia y la destrucción del medio ambiente que caracteriza la minería ilegal e indiscriminada. Las matanzas que se han reportado son solo lo más noticioso de una profunda y vergonzosa tragedia que hay que detener cuanto antes.

3. El colapso del Estado y de la institucionalidad democrática

  • La Administración Pública ha sido efectivamente desmantelada. El clientelismo, la falta de profesionalismo, la ausencia de controles y la corrupción resultante han sido factores fundamentales en la quiebra operativa, financiera y moral del Estado y por consiguiente, del país. Como consecuencia, las herramientas administrativas disponibles a un Gobierno de Transición serán limitadas, y será imposible ejecutar una limpieza total en el corto y mediano plazo. Los funcionarios a ser designados por un nuevo gobierno tendrán que convivir con personal redundante, inútil o peor. Esto garantiza que la gestión pública será estructuralmente deficiente y precaria por años. Esta innegable realidad tiende a no estar muy bien calibrada en los planes para el hipotético ‘día después’ que comienzan a abundar dentro y fuera del país.
  • Colapso y desinversión en los servicios públicos y la infraestructura física del país. La planta física asociada a la generación y distribución de electricidad, los sistemas de saneamiento y distribución de agua limpias, las telecomunicaciones y el aseo urbano se encuentran en un estado deplorable, comparable a la de países de muy bajo desarrollo o aquellos abatidos por una guerra. Además, el retraso en inversiones, y el descuido en mantenimiento, afecta a todas las autopistas, carreteras, ferrocarriles, metros, puertos y aeropuertos del país.
  • El colapso de la gestión ambiental es particularmente preocupante por su impacto en toda la sociedad. La irresponsable eliminación del Ministerio del Ambiente, el desmantelamiento de organismos rectores y la corrupción en ejecución de obras, ha resultado en empresas hidrológicas sin supervisión (82% población no recibe agua de forma continua, 75% centros de salud no reciben agua de forma continua), cuencas productoras de agua intervenidas y contaminadas, y los embalses eutrofizados y también contaminados. Recordemos que sin agua no hay país!
  • Debido a la obsolescencia de la infraestructura petrolera y la falta de total mantenimiento y pericia se producen constantes derrames petroleros. Entre el 2010-2019 PDVSA fue responsable de decenas de miles de derrames de crudo y otras sustancias contaminantes del ambiente. Además, las empresas petroleras internacionales que operan en el país tampoco invierten en esta área, debido al desmantelamiento de la institucionalidad de la administración ambiental.
  • Actualmente el país no tiene activado el Sistema Nacional de Protección Civil. La Fuerza Armada no ha sido formada en materia de atención de desastres (Ej. terremotos, deslaves, inundaciones, incendios), tampoco los cuerpos de seguridad ciudadana. No hay planes de reducción de riesgos ambientales y adaptación al cambio climático ni protocolos de contingencia. No hay maquinaria para la remoción masiva de escombros. No hay equipos médico – hospitalarios tales como camas hospitalarias, sillas de ruedas, quirófanos portátiles, plantas eléctricas, camillas, entre otros que se requieren para dotar a edificaciones que pueden funcionar como refugios u hospitales de campaña. No hay capacidad instalada de comunicaciones alternativas, la telefonía móvil es muy vulnerable a la falta de energía eléctrica. En todas las ciudades grandes la población de bajos recursos supera el 60% y la extensión territorial de zonas informales supera el 40%. Estos desarrollos urbanos son vulnerables inherentemente, pero además están emplazados en laderas inestables o lechos de inundación de ríos.

4. El Estado mafioso y el desimperio de la ley

  • Venezuela se consolidó como un emporio para el Narcotráfico en todas sus fases: producción (en base a pasta de coca importada), transformación (en sofisticadas plantas industriales), tráfico y lavado del ingreso, con participación de componentes de la Fuerza Armada y funcionarios del Régimen, incluidos el Sr.Maduro, su esposa y muchos miembros de su Gabinete, además de un sinfín de actores externos. Clasificar al Estado Venezolano como un NarcoEstado es por tanto adecuado: el dinero del narcotráfico además ha comprado, y sigue comprando, a jueces, fiscales, funcionarios públicos, militares, policías, políticos, empresarios y medios de comunicación.
  • La ciudadanía está expuesta a una criminalidad rampante e impune aupada por personeros del Régimen y del partido PSUV, y alcahueteada por fiscales y jueces maleados. Así vemos a megabandas, pranes, trenes, sindicatos criminales, colectivos, la FBL – Fuerza Bolivariana de Liberación, el ELN y las FARC, hacer de las suyas en todo el territorio nacional. La inseguridad resultante es para cientos de miles la razón principal para abandonar el país. (Lamentablemente aun fuera del país los venezolanos siguen siendo presa de bandas criminales).
  • La corrupción endémica y la impunidad sistemática han degenerado en un desmoronamiento de la ética del funcionario público y de la ciudadanía en general. Décadas de impunidad han minado los principios y valores de nuestros conciudadanos y la inmensa crisis que se vive en el país los ha llevado, como a los cubanos, a ‘resolver’ como bien puedan, disponiendo de lo ajeno, y más aún de lo del Estado.
  • Los corruptos de gran escala, es decir individuos que en los últimos 20 años han robado o han hecho fortunas de cientos y miles de millones de dólares, aspiran preservar la impunidad y con ese fin ejercen una influencia desmedida sobre la política en Venezuela.
  • Se pudiera hablar de una Alianza Pro Impunidad (API) que agrupa a civiles y militares, funcionarios públicos, ‘empresarios’ y financieros que por encima de todo quieren preservar su dinero mal habido y su libertad. Para este grupo, la mayor amenaza es el sistema judicial de los EE.UU. por lo cual toda solución en la que Washington lleve la voz cantante es una amenaza que hay que bloquear. La mayoría de las divisiones dentro de la oposición se deben a las maniobras – cada vez más desesperadas – de la API.
  • Continúa el contrabando de extracción con incalculables costos para un Estado que se hace la vista gorda. Los principales rubros: gasolina, gasoil, lubricantes, asfalto y todo tipo de minerales. Los involucrados, sobretodo militares, actúan con el beneplácito o ‘licencia’ del Estado, o directamente como socios de importantes jerarcas del Régimen.
  • Presencia de la guerrilla colombiana a lo largo y ancho del territorio nacional: el ELN y la disidencia de la FARC llenan los vacíos del Estado y en algunos estados o municipios son efectivamente la autoridad única. Sin duda alguna existe una demostrable pérdida de control territorial por parte del Estado a favor de todo tipo de criminales, inclusive estos extranjeros.
  • Como es de esperarse en un Estado Mafioso, observamos el colapso integral del sistema de administración de Justicia y de todo el aparato de seguridad ciudadana. A la cabeza del Tribunal Supremo de Justicia está un criminal convicto cuyas actuaciones son delictivas y en completa sintonía con la nomenclatura del Régimen, que sin excepción está involucrada en múltiples actividades criminales, además de ser todos unos violadores consuetudinarios del ordenamiento constitucional de la República.

5. ‘El Dorado’ se tornó rojo, rojito

  • La explotación minera en todo el país, y en particular al sur del Orinoco, tiene las siguientes características: ilegalidad, depredación del medio ambiente, violencia descarnada, presencia creciente de guerrilleros y mercenarios extranjeros, abusos de DDHH y desplazamiento forzoso de comunidades indígenas, enfermedades/epidemias y desvío o apropiación indebida de minerales o del dinero producto de la venta del material minado. Se puede definir el sur del Orinoco, es decir 61% del territorio nacional, como un medio país fallido.
  • La naturaleza desordenada de la explotación minera al sur del Orinoco está propiciando un conflicto armado por el control de minas que tiene muchos paralelos con los conflictos por minerales en África. Ya se puede hablar de #OrodeSangre #DiamantesdeSangre #TierrasRarasdeSangre y #ColtandeSangre. De no detenerse este conflicto a tiempo, la gobernabilidad futura estaría en peligro, y también la integridad de Venezuela como país. Pasamos del petróleo a los minerales olvidando, parece que a propósito, todo lo aprendido en el sector petrolero, y en la muy exitosa fundación de la empresas extractivas de la CVG.

6. Diversas fuerzas armadas, todas fuera de orden y alineación 

  • Desarticulación de la organización militar con el propósito de lograr la eliminación efectiva de la Fuerza Armada como la Institución del Estado garante de la integridad del mismo, para evitar que se torne en un obstáculo para la consecución de los objetivos ‘políticos’ (o mas bien, criminales) del Régimen. Esto se ha logrado en gran medida desplazando de su control el uso legal de la fuerza del Estado hacia otras organizaciones y actores mejor alineados con los sórdidos objetivos del Régimen, en detrimento de la seguridad de toda la sociedad. La hipertrofia de las FAES y el reciente otorgamiento a la Milicia del rango de Fuerza dentro de la organización militar actual son prueba de esta peligrosa estrategia.
  • Se fracturó la línea de mando de la FANB y se pulverizaron la misión, la visión y los valores una vez compartidos. Eso y la participación creciente de la elementos de la FANB en actividades ilícitas convierten a esta organización militar en parte medular de la crisis y no de su solución. La posibilidad de un gran conflicto interno está latente en un país donde se militarizó la administración pública, se politizó a la Fuerza Armada, se fragmentó el monopolio de la fuerza y se criminalizaron la organización militar y las policías.
  • La reestructuración geográfica de las FANB en ZODIs y REDIs ha creado caudillos militares regionales que se ocupan de actividades económicas legales e ilegales, ejerciendo además control político-social en esos territorios implicando esto la disolución acelerada del Estado-Nación como está concebido hasta ahora. En algunos escenarios de conflicto podríamos ver al país fraccionado regionalmente con fuerzas militares, y otros elementos armados también por el Estado, enfrentados y controlando diferentes áreas del territorio nacional.
  • Hugo Chávez cambió la doctrina militar de Venezuela y luego cambió los requisitos de entrada a las diferentes academias militares, cambió el pensum de estudio de las mismas a una combinación de marxismo, castrismo y chavismo que poco tiene que ver con la formación de profesionales militares. Además no solo se aumentó el número de alumnos admitidos, sino que se aumentó el número de mujeres sin cuidado alguno a las distorsiones que ello pudiera traer en la disciplina y moral de la institución armada. Un reto inmediato de la Transición será qué hacer con los institutos de formación militar y todos los cadetes que cursan estudios en ellos.
  • La reinstitucionalización de la FANB será una tarea urgente y delicada para un Gobierno de Transición cuya estabilidad y duración, no solo va a depender de la atención a la grave crisis humanitaria y económica, sino que se verá amenazada desde el día 1 por un complejo problema de seguridad interna con grandes posibilidades de fragmentación territorial que pudiera implicar, en el corto plazo, la disolución del Estado, tal como lo conocemos actualmente, motivado por los múltiples y perversos intereses internos en pugna, e intereses internacionales ya en juego dentro de nuestro territorio. Vale advertir que los recursos humanos que se requerirían para reconfigurar la organización militar no pueden salir del seno de una organización tan desdibujada y corrompida.

7. La economía y sus infinitas distorsiones

  • Profundos desequilibrios macroeconómicos han destruido la capacidad de planificar, invertir y ahorrar. Muy pocos países han vivido una crisis de esta magnitud (caída acumulada de 75%+ del PIB en 5 años) y complejidad (no hay un solo sector sano en la economía), y ningún otro la ha sufrido adrede y sin propósito de enmienda.
  • La hiperinflación finalmente destruyó al Bolívar que para todos los efectos dejó de tener valor y por lo tanto dejó de ser moneda de circulación aceptada. Esto le resta al Estado, si tuviera esa intención, toda capacidad de corregir las principales distorsiones macroeconómicas.
  • La súbita -y no oficializada- dolarización de la economía está asociada con una estrategia deliberada de permitir a cárteles y mafias locales e internacionales lavar en Venezuela – sin restricción alguna – fondos provenientes de negocios ilícitos y la corrupción. Esto trae consecuencias tóxicas para el país. Por un lado crea una suerte de apartheid basado en acceso o no a divisas, y a la vez garantiza que en el tiempo los activos principales del país (empresas, concesiones, bienes inmuebles y tierras) caerán en manos de estas organizaciones criminales y de quienes por años han saqueado al país. A este paso el país será feudo exclusivo de criminales.
  • La República de Venezuela y PDVSA están en default en todas sus deudas externas e internas, y en pagos resultantes de litigios y de otras acreencias con socios. El monto total de la deuda, estimado en $160Bn, corresponde aproximadamente a 240% del PIB.
  • Años de desinversión, falta de mantenimiento, nacionalizaciones caprichosas, éxodo de dueños y empleados, y el colapso en la demanda han destruido la capacidad productiva del sector privado, con el consiguiente colapso en la generación de empleo. Hoy sobreviven 2.000 empresas de las 12.500 que había en enero de 1999.
  • Venezuela es el único país que ha perdido deliberadamente la capacidad de autoabastecerse en alimentos teniendo todas las condiciones para producir la mayoría de sus necesidades. La destrucción de la actividad ganadera, agrícola, agroindustrial y pesquera es casi total. La pérdida de soberanía alimentaria, y la hambruna resultante niegan al chavismo, por sí solas, toda bondad.
  • El sector financiero, y en particular la banca comercial, se redujo, aún más, como porcentaje del PIB y quedó a la merced de un Estado que no la interviene, pero que si la asfixia. La banca, poco rentable, descapitalizada y desactualizada tecnológicamente, enfrenta hoy un encaje legal que elimina cualquier posibilidad de emitir préstamos, y la pérdida de valor y confiabilidad del Bolívar desincentiva los depósitos de sus clientes que hoy lo que requieren son servicios de custodia para divisas en efectivo que son su modo de pago y único mecanismo de protección frente a la continua depreciación del mal llamado Bolívar Soberano.

8. Degollaron a la gallina de los huevos de oro, y a las demás también

  • Finalmente se dio el muy anunciado colapso total de PDVSA y del sector petrolero. En este sector la recuperación se hará difícil por lo complejo que será garantizar la seguridad jurídica y física en una eventual transición; por lo extenso de la destrucción operativa y administrativa de PDVSA; por los planes de producción de nuestros principales competidores y de países vecinos; por la calidad de nuestro petróleo más abundante, y por estar entrando el mundo en lo que podría ser el final del ciclo de los hidrocarburos.
  • La competencia ha sido y será feroz. En 1998 una guerra de precio iniciada por Arabia Saudita llevó al colapso de los precios del crudo en los mercados internacionales. La cesta Venezolana llegó a valer $7.50 en promedio siendo nuestro ‘break-even’ fiscal $10.35. Esa crisis, mal manejada por el gobierno del Presidente Caldera, tuvo mucho que ver con la elección de Hugo Chávez al final de ese año. Arabia Saudita triunfó al suspender Chávez la política de Apertura y el proyecto de Orimulsión. Rusia pasó de producir 4.6 MMBD en 1999 a 11.2 MMBD hoy. Venezuela que debería estar produciendo 6.0 MMBD solo produce 720 MBD. El país con las mayores reservas de petróleo ha quedado marginado por la estupidez de Hugo Chávez y sus ‘asesores’ petroleros, la impericia resultante del despido de 21,000 profesionales y técnicos de PDVSA en el 2003, por la corrupción rampante, y por la astucia de nuestros competidores que han sabido aprovechar todos estos imperdonables errores.
  • No existe sector alterno que pueda contribuir lo que el petróleo ha contribuido a la economía y al desarrollo de Venezuela por casi un siglo. Aun si se atrae inversión al sector, la recuperación será lenta y la necesidad de inversión hará que el sector consuma muchos más recursos de los que en el corto o mediano plazo puede generar para el Fisco. Esto nos obliga a imaginar un país con un ingreso per cápita muy bajo, es decir, mucho más pobre y por lo tanto proclive a sufrir aún mayor penuria y el continuo desangre de la emigración.
  • Colapso absoluto del resto del aparato productivo del Estado, y en particular de la empresas de la CVG, debido a la inepta gerencia, agobiante politización y desmedida corrupción. Esto también afectó a todas las empresas nacionalizadas por el Gobierno de Hugo Chávez, incluidas las más simbólicas: CANTV, EDC, CEMEX, Sidor y Sivensa.

9. Relaciones turbias y peligrosas

  • Existe una compleja relación con dos super potencias: China y Rusia. Con la primera existe una deuda importante que habrá que renegociar, y con la segunda una multitud de vínculos poco transparentes que tocan sectores claves como petróleo, gas, minería y la FANB. Estas relaciones hacen a estos dos poderes lejanos actores importantes en el futuro de Venezuela. Es difícil predecir qué actitud tomarán Beijing y Moscú en una transición eventual donde es previsible que los Estados Unidos y sus aliados jugarán un rol protagónico.
  • Desde el 2006 las FANB se han reequipado con material bélico de fabricación rusa. Esto obliga a mantener una relación en el corto y mediano plazo con un país cuyos objetivos y valores pueden estar en completa contradicción con los de un Gobierno de Transición o un gobierno democrático resultado de un eventual evento electoral. Invertir fondos para sustituir sistemas de armamento ruso por el(los) de otro(s) país(ses) no parece ser prioridad dadas las múltiples necesidades apremiantes del país. De todos modos habrá que definir en su momento si es prioridad política (y si es viable) romper este vínculo.
  • La penetración cubana ha trastocado los sistemas de educación, de salud, de registros y notarías, de identificación y de seguridad e inteligencia, y ha contribuido a ideologizar a jóvenes y a elementos diversos de la sociedad y la política. Mientras el castrismo se mantenga en el poder en La Habana habrá que prever el deseo de controlar el destino de Venezuela por las buenas, las regulares o las malas. Todo escenario futuro del país será afectado por una Cuba comunista necesitada de mucho de lo que Venezuela le ha dado desde el 2002.
  • En el intento desesperado por mantenerse en el poder, el Régimen de facto, y sus principales jerarcas, han optado for reforzar alianzas políticas, de negocios y criminales con un sinfín de actores externos. Desde las relaciones con Siria e Irán – que son poco transparentes pero muy peligrosas, a los negocios auríferos con Turquía y los Emiratos Árabes, al extraño acercamiento con la hiper sancionada Norcorea y el creciente rol de mafias o cárteles colombianos y mexicanos en la cadena de explotación y exportación de oro (Ej. el mercurio que se usa para la minería ilegal del oro viene de México y es el Cartel de Sinaloa quien monopoliza esas ventas; o que un porcentaje importante del oro sale del país vía Colombia y de allí se exporta como oro del país vecino). No es difícil visualizar en un futuro cercano una estructura de poder económico, político y territorial en el país que incluya a ciertos de estos ‘aliados’ que se han posicionado o bien a lo largo del período chavista, o en estos meses de usurpación y desesperación de Nicolás Maduro.
  • Finalmente, la precariedad institucional contribuye a una pérdida de capacidad de defender los intereses del país en general. Un ejemplo particularmente serio es el litigio fronterizo con una Guyana cuyas circunstancias cambian radicalmente al comenzar la explotación petrolera en aguas en disputa. En general la recuperación de la soberanía será compleja al tener que lidiar con países y grupos irregulares que se sienten con derechos adquiridos tras años de alegre convivencia con el chavismo.

10. Es la politica, ¡estupido!

  • El colapso del andamiaje político – partidos, líderes y prácticas – no solo no se ha resuelto, sino que se ha profundizado desde el 99. Los partidos no son mucho más que logos y colores. La política está muy desprestigiada.
  • El financiamiento de la política no es transparente y hay evidencia de que los grandes financistas de algunos partidos, y de muchos políticos, son individuos cuyas fortunas son mal habidas y están en la mira de autoridades judiciales de diversos países. Además, es bastante probable que el narcotráfico busque penetrar, o haya penetrado, los círculos opositores (es lo que han hecho en otros países).
  • El liderazgo político es deficiente en muchos sentido La brecha entre la capacidad y experiencia de nuestra dirigencia política y los retos que presenta el país son extremos. Por si sola esta brecha nos hace ser pesimistas sobre la conducción del país en el futuro inmediato. Dicho esto, existe en la generación de políticos jóvenes, incluido el Presidente (E) Juan Guaidó, un compromiso con el país y una sorprendente valentía que son razón para que muchos no pierdan las esperanzas.
  • La demostrable escasez de talento y experiencia en los cuadros de la política opositora hacen difícil imaginar una transición exitosa. Son más de 9.000 puestos claves que habrá que llenar en un gobierno Si ese gobierno no incorpora en los niveles más altos a profesionales y técnicos independientes podemos predecir su fracaso cuasi inmediato.

11. Las expectativas y el desencanto como variables

  • Finalmente, la crisis de expectativas que se avecina puede tener un impacto sobre la gobernabilidad, sobre la paz y sobre la recuperación del país tan o más grande que problemas tangibles, o físicos, antes descritos. En estos 21 años el país se ha desdibujado con discursos, planes y ejecutorias que obligan a replantearse el tipo de país que es viable a futuro.
  • Quienes simpatizan con el chavismo tendrán que entender que el manejo irresponsable de un boom de precios del petróleo no es un modelo repetible, factible o deseable. Hay quienes creen que hay un ‘chavismo bueno’ que puede retornar y paliar la penuria. En realidad vendrán años de vacas flacas y crecimiento dentro de limitaciones impuestas por las limitadas fuentes de financiamiento que estarán a nuestro alcance. La supervivencia de algo llamado ‘chavismo’ implicaría o bien un conflicto continuo y destructivo, o el abandono de mucho del pensamiento y líneas de acción de Hugo Chávez Frías.
  • Para los opositores, amarrados unos al llamado ‘Plan País’ y otros a un pasado hoy sepultado bajo las ruinas de la República Bolivariana, también habrá decepciones. El llamado ‘Plan País’ es un ejercicio noble fundamentado en escenarios poco probables donde se han omitido problemas que parecen haber ahuyentado a sus creadores. Temas como la criminalidad rampante, la Fuerza Armada y las amenazas a la seguridad nacional e integridad territorial, que tienen importancia vital a la hora de hablar del ‘día después’ y de una posible Transición, no han sido abordados con seriedad. El país petrolero donde el Estado reparte entre treinta millones la renta que doce mil producen no es repetible, ni deberíamos buscar repetirlo.

Conclusiones

  1. Siempre que se enfrentan tantas crisis ineludibles, el éxito está en definir y abordar prioridades con una lógica fácil de compartir y que se pueda validar con éxitos tempranos. Cada actor en la sociedad tiene su propio esquema de prioridades, pero le corresponde al liderazgo político (ese que lamentablemente hemos descrito como deficiente) armar un plan basado en grandes consensos y respaldado por equipos de expertos (venezolanos dentro y fuera de Venezuela e internacionales). Para ello es indispensable contar con apoyo internacional muy concentrado o especializado que contribuya a generar esos éxitos tempranos sobre los cuales se construirán las fases sucesivas del plan. Hay que generar confianza y compromiso colectivo para fortalecer el piso político y ganar de los ciudadanos la comprensión y paciencia que se requieren para atacar progresivamente, y no simultáneamente, este aterrador cúmulo de problemas.
  2. Utilizando el símil de un paciente con muchas dolencias, debemos abordar aquellas que son fatales antes que las que son de menor gravedad o urgencia. Un tumor etapa 4 en el cerebro con alto riesgo de metástasis siempre tendrá precedencia sobre un diagnóstico de colesterol muy alto o un fuerte dolor causado por el rompimiento del menisco en una rodilla.
  3. Los venezolanos, y los extranjeros que nos quieran ayudar en esta terrible encrucijada, tenemos que abrir los ojos, dejar de soñar con soluciones fáciles para problemas extremadamente difíciles e inclusive irresolubles. Si hacemos el diagnóstico correcto podemos sacar del quirófano a los médicos y enfermeros que nada saben de lo que nos está matando como individuos, como sociedad y como país. Hasta ahora los problemas se han agravado porque hay mucha ignorancia e improvisación tanto dentro como fuera de Venezuela. Un diagnóstico correcto y consensuado debería poner fin a esta absurda y costosa pérdida de esfuerzos y tiempo.
  4. Luego de siete años debemos concluir que ninguno de los problemas puede ser solucionado con Nicolás Maduro y sus secuaces en el poder o como parte de una aberrante coalición. Por lo tanto, tenemos que imaginar que la tarea de reconstrucción es posterior a la salida del poder de quienes hoy lo usurpan.
  5. El riesgo es que al salir Maduro del poder las prioridades la definirán un sin número de conflictos con elementos armados dispuestos a todo para sabotear o ponerle fin a un nuevo gobierno. Este escenario de conflicto, que es tan previsible como inevitable, generará más caos, dolor y éxodo. Sería prudente que el caso base que usemos contemple este riesgo y no un optimismo pueril, ergo, irresponsable.
  6. La reconstrucción de Venezuela será una costosísima tarea de una o dos Para ello debemos contar con el sostenido apoyo de la Comunidad Internacional en un sinfín de áreas. Debemos entender que en alguna de ellas el nivel de inherencia de extranjeros en nuestros asuntos domésticos será muy grande. Esto lo tenemos que asimilar sin reservas. Un país no es soberano, ni independiente, si no se puede alimentar o sanar a sí mismo, si no tiene recursos propios para rescatar sus sectores claves, si su población está indefensa frente a mafias de todo tipo, y si el Estado está arruinado bajo cualquier definición del término. La recuperación de nuestra autonomía, de nuestra independencia y de nuestra soberanía es una tarea adicional, pero primero tenemos que ponernos de pie y ganar algo de fuerza como sociedad.
  7. Venezuela tiene su futuro a riesgo. Llegamos aquí por la indolencia de unos y la criminalidad de otros. No hacer nada al respecto sería desastroso. Lo que hagamos estará lleno de riesgos adicionales y jamás tendremos una garantía de éxito. El reto es asumir de un vez la tarea de hacer país y para eso tenemos que dejar de hacer mucho de lo que llevamos años haciendo.

Un ajuste macroeconómico sin compensaciones por José Toro Hardy – Analitica – 5 de Marzo 2020

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Aunque los programas de ajuste macroeconómico suelen tener un costo inicial en las economías donde se aplican, en contrapartida, se producen una serie de estímulos capaces de atraer inversiones y promover un crecimiento económico que compensa el malestar social inicial. Si bien estos programas son acusados de imponer mayores costos a los sectores menos favorecidos, la meta es que a través del combate de los desequilibrios macroeconómicos se promueva el crecimiento del PIB, se atenúe el déficit fiscal y por esa vía se busque un control de la inflación, se procure buscar un equilibrio cambiario y se estimule la creación de empleo.

Usualmente conjuntamente con los ajustes macroeconómicos se aplican planes de compensación a favor de los sectores de menores ingresos.

El objetivo fundamental que se persigue es la solución de graves desajustes y desequilibrios que son la consecuencia inevitable que se deriva, en la mayoría de los casos, de los errores cometidos por gobernantes que han equivocado el rumbo. La meta es devolverle a una economía la capacidad de retomar el camino del crecimiento y por esa vía buscar una solución a los problemas sociales que ofrezca aportunudades a todos.

En Venezuela se está aplicando en estos momentos un programa de reajuste sin compensaciones. Ciertamente el déficit fiscal, como porcentaje del PIB, se ha reducido. Se ha procurado controlar la inflación disminuyendo la monetización del déficit por parte del BCV y, a la vez, se están aplicando medidas draconianas para impedir a los bancos la creación de dinero al imponerles un encaje marginal del 100% que impide al sector financiero otorgar créditos. Esto último, por supuesto, conspira contra una reactivación.

Paralelamente, aún sin eliminar el control de cambios, se ha permitido una dolarización atípica que ha llevado a que una parte cada vez mayor del consumo se esté pagando en esa moneda. Sin embargo, si bien el consumo tiende a dolarizarse, los ingresos de la inmensa mayoría de los trabajadores venezolanos siguen siendo en bolívares. De paso, aunque tampoco se han eliminado los controles de precios, ciertamente la fiscalización es mucho menos rigurosa.

Las desigualdades se están profundizando entre quienes tienen mayores y menores ingresos y también entre quienes tienen y no tienen acceso a dólares. Los precios se están dolarizando, pero los ingresos no lo hacen en igual medida. Se está produciendo una situación curiosa. Los precios en dólares se ven impactados por la inflación en bolívares y, aunque no se trata técnicamente del mismo fenómeno, en la práctica su efecto en el bolsillo de los ciudadanos es el mismo.

Resumiendo. Se está aplicando un severo programa de ajustes macroeconómico, sin compensaciones sociales y sin que se perciba en contrapartida la perspectiva de un estímulo al crecimiento de la economía. Al persistir el temor a la inseguridad jurídica, el irrespeto a la propiedad privada y el deterioro progresivo de la democracia y sus instituciones, es difícil que pueda estimularse un flujo de inversiones capaz de revertir la profunda crisis en que está sumida la economía venezolana.

Maduro busca un balón de oxígeno con una apertura económica desordenada por Francesco Manetto/Alonso Moleiro – El País – 29 de Febrero 2020

La dolarización de facto del país mitiga los estragos de la hiperinflación y genera una burbuja de consumo, aunque el Gobierno sigue sin un plan estructural

Un comercio de hamburguesas en el barrio de Petare, Venezuela.
Un comercio de hamburguesas en el barrio de Petare, Venezuela. MÓNICA GONZÁLEZ EL PAÍS

La dolarización de facto de Venezuela ha alentado en las últimas semanas una reactivación del consumo que proyecta una sensación de falsa normalidad en el comercio. Las operaciones en divisas extranjeras suponen ya al menos dos terceras partes del total, según varias estimaciones del sector financiero. Y Nicolás Maduro, asfixiado por la desbocada hiperinflación del bolívar y las sanciones, ha dado un giro a su política, optando por permitir la circulación no regulada de dólares en busca de un balón de oxígeno.

El Portugués lleva décadas vendiendo carne, conservas y quesos en Petare, el barrio popular más extenso de Caracas. Hubo temporadas en las que para comprar un kilo de ternera sus clientes solo podían pagar con tarjeta o entregarle bolsas repletas de bolívares. Desde el mostrador de su carnicería, José Florentino ha sido testigo de la destrucción de la economía venezolana. El poder adquisitivo de millones de personas tocó suelo el año pasado tras una tendencia hiperinflacionista que disparó un 80% el precio de los alimentos básicos, según reconoció el Banco Central. Y hoy El Portugués vende un kilo de carne por cuatro dólares.

Sin decretos y sin una estrategia que haya sido enunciada en público, el Gobierno está dejando hacer y Maduro hasta llegó a afirmar que no ve nada malo en esta apertura. En la práctica, se trata de un intento de salvar su proyecto político apoyándose en la economía de mercado para evitar el colapso y bajarle la presión al descontento social. A la dolarización se suman las desregulaciones cambiarias y las simplificaciones para importar bienes. Este giro se palpa sobre todo en los comercios, donde la oferta de productos tiene un nivel más próximo a la normalidad. Aunque el salario mínimo no supera los seis dólares, las remesas de millones de venezolanos que migraron para huir de la gravísima crisis social han aliviado, al menos de forma transitoria, el consumo.

“La dolarización es un fenómeno espontáneo de la sociedad, casi de defensa”, expica Henkel García, director de Econométrica, una consultora financiera. “Una de las herramientas que tomó el Gobierno para controlar la hiperinflación fue destruir el crédito y todo país sin crédito es un país desmonetizado. Era imposible vivir como se vivía y esa referencia en el caso venezolano ha sido el dólar”, continúa. Su origen fue la hiperinflación, como ocurrió en Perú tras la devastadora crisis de los años ochenta. En ese país esa tendencia se revirtió, pero los expertos dudan de que Venezuela siga por el mismo camino. De hecho, el dólar, que en los últimos años siempre ha circulado en las principales ciudades, comenzó a afianzarse como divisa de uso cotidiano en marzo de 2019, en medio del colapso del sistema eléctrico.  “Con los apagones, la única vía de pago era dólar en efectivo y se aceleró entonces. En ese momento hubo negocios que se animaron a recibir dólares”.  

En menos de doce meses, la circulación de la moneda estadounidense se ha multiplicado. Del 9 al 14 de febrero, según los datos presentados por Econanalítica, destacada firma de análisis económico, el 64,3% de las operaciones comerciales se hicieron en dólares (55,7%), pesos colombianos (6,3%) o euros (1,3%). Y ya a finales de 2019 el director de esta consultora, Asdrúbal Oliveros, cifraba la circulación de efectivo en divisa estadounidense entre 2.500 y 3.000 millones. Este comportamiento del comercio, sin embargo, no es suficiente para hacer frente a la crisis. El Gobierno sigue sin contar con un plan económico estructural y no tiene acceso al financiamiento de organismos internacionales como el Banco Mundial o el FMI.

“Estamos viendo un proceso de estabilización en la miseria, esta no es una recuperación económica”, agrega García, que recalca la espontaneidad del fenómeno. “Hay un elemento que es social, es decir, la gente se cansó se esperar. Yo tengo que seguir adelante, con mi vida, tengo que tratar de alcanzar el máximo que puedo”. Y eso pasa por los dólares. Queda por ver cuáles serán los efectos de este proceso a medio plazo. Un informe del banco de inversión Torino Capital destaca que para sostener una dolarización el Gobierno debería primero recuperar el aparato productivo. Además, el quiebre de las relaciones con Washington y Bruselas hace inviable alcanzar acuerdos para que sus monedas se conviertan en la divisa oficial.

Acorralado por los efectos de las sanciones, sin embargo, Maduro busca capitales para reactivar los pozos petroleros.  Al mismo tiempo, el chavismo ha pactado secretamente una suerte de paz con los productores y el capital nacional todavía existente en el país. Muy especialmente con Lorenzo Mendoza, presidente de Empresas Polar, líder del sector cervecero y la corporación privada nacional más grande del país, a quién de manera reiterada el chavismo ha responsabilizado de la escasez reinante en Venezuela en esos años.

Otros, como Alberto Vollmer (Santa Teresa) y Horacio Velutini (Fondo de Valores Inmobliliarios)están a la cabeza de un grupo empresarios que se denominan “optimistas anónimos” y afirman estarse preparando para una inevitable apertura económica en Venezuela en la cual se tome como parámetro el modelo chino. Vollmer ha invertido, con buenos resultados, en la Bolsa de Valores de Caracas, en los años 90 la quinta en tamaño en América Latina, hoy reducida a la insignificancia

Omar Zambrano, Profesor de la Universidad Católica Andrés Bello y formado en desarrollo económico en la Universidad de Harvard, coincide: “En el último año, como no, se ha producido un giro pragmático en el manejo de la economía venezolana. Más “de facto” que “de jure”. El aparato regulatorio chavista sigue en pie; no se ha modificado nada. Las normas actuales no se están ejecutando, pero siguen. Parte del problema tiene que ver con el fracaso del bolívar, su virtual desaparición como moneda de curso legal”.

“Lo que hemos visto hasta ahora tiene que ver, sobre todo, en el circuito económico más superficial, la esfera comercial de la economía, la venta de bienes de consumo final. Hay una pequeña reactivación, sin vínculos con la producción. El tejido productivo, industrial, manufacturero, se sigue contrayendo. El alivio toca a zonas de la economía que no generan demasiado empleo”, continúa.  “La situación ha mejorado si la comparamos con lo que se vivía en Venezuela hace dos años. Pero claro que esto no va a resolver nada; la economía no se va a recuperar porque veamos ahora bodegones y dólares en las calles”.

Venezuela Is the Eerie Endgame of Modern Politics by Anne Applebaum – The Atlantic – 27 de Febrero 2020

Citizens of a once-prosperous nation live amid the havoc created by socialism, illiberal nationalism, and political polarization.

Protestors look at a flag of Maduro burning near Las Mercedes in Caracas.

Last month, juan Guaidó appeared in Washington in the role of political totem. Venezuela’s main opposition leader—the man who is recognized by that country’s National Assembly, millions of his fellow citizens, and several dozen foreign countries as the rightful president of Venezuela—was one of the special guests at the State of the Union address. President Donald Trump welcomed Guaidó as living evidence that his own administration was “standing up for freedom in our hemisphere” and had “reversed the failed policies of the previous administration”; he called Venezuela’s current leader, Nicolás Maduro, an illegitimate ruler whose “grip on tyranny will be smashed and broken.” He gave no details of how that would happen. Trump, who has never been to Venezuela or shown any prior interest in it—or, for that matter, shown any interest in freedom anywhere else —presumably knows that the country matters to some voters in South Florida. To their credit, members of Congress gave a bipartisan standing ovation to Guaidó nevertheless.

Trump is not the only world leader to cite Venezuela for self-serving ends. Regardless of what actually happens there, Venezuela—especially when it was run by Maduro’s predecessor, the late Hugo Chávez—has long been a symbolic cause for the Marxist left as well. More than a decade ago, Hans Modrow, one of the last East German Communist Party leaders and now an elder statesman of the far-left Die Linke party, told me that Chávez’s “Bolivarian socialism” represented his greatest hope: that Marxist ideas—which had driven East Germany into bankruptcy—might succeed, finally, in Latin America. Jeremy Corbyn, the far-left leader of the British Labour Party, was photographed with Chávez and has described his regime in Venezuela as an “inspiration to all of us fighting back against austerity and neoliberal economics.” Chávez’s rhetoric also helped inspire the Spanish Marxist Pablo Iglesias to create Podemos, Spain’s far-left party. Iglesias has long been suspected of taking Venezuelan money, though he denies it. Even now, the idea of Venezuela inspires defensiveness and anger wherever dedicated Marxists still gather, whether they are Code Pink activists vowing to “protect” the Venezuelan embassy in Washington from the Venezuelan opposition or French Marxists who refuse to call Maduro a dictator.

And yet—Venezuela is not an idea. It is a real place, full of real people who are undergoing an unprecedented and in some ways very eerie crisis. If it symbolizes anything at all, it is the distorting power of symbols. In reality, the country offers no comfort for youthful Marxists or self-styled anti-imperialists—or for fans of Donald Trump. I spent a few days there earlier this month, on an academic invitation. During the course of ordinary conversations with me, three people burst into tears while talking about their life and their country.

One of the three was Susana Raffalli, a widely recognized Venezuelan expert in nutrition and food security. During her long career, Raffalli has worked all over the world, never imagining that her skills would be necessary in Venezuela, which has large oil reserves and was long a middle-income country. Raffalli and I met in a deceptively chic restaurant in Altamira, one of the wealthiest neighborhoods in Caracas. Just around the corner stood one of the shiny new hard currency stores, where people with dollars can buy things like Cheerios or large bottles of Heinz ketchup. Imported goods like these had disappeared in recent years as hyperinflation rendered the Venezuelan bolívar almost worthless, and as international sanctions and Venezuela’s own import controls disrupted trade. Now they are again available—but only to those who have access to foreign currency.

Eyes of Chavez
Emin Ozmen / Magnum Photos

Members of the Chavista-Madurista elite do indeed have such access, and the new dollarization of the Venezuelan economy has suddenly allowed them to flaunt their money. One academic I met described how shocked he was to see a woman reach into her handbag and pull out $3,000 in cash to buy a designer coat. “What kind of person,” he mused, “could have that kind of money?” By contrast, his elderly neighbors—formerly middle-class people, living on fixed pensions with no access to dollars—look thin and wasted. He himself had left his university to work for a foreign charity, because an academic salary paid in bolívares is no longer sufficient to buy food.

The glitzy evidence of dollarization also masks the deep crisis of the rural poor. Upon Chávez’s death in 2013, Corbyn thanked him on Twitter for “showing that the poor matter and wealth can be shared.” But neither Chávez nor Maduro has ever shown anything of the sort. Whatever progress the country made against poverty in the past was due to high oil prices, which have since slumped. Now Maduro presides over a disaster that is devastating the poor above all. Raffalli told me that the food-production system began to break down nearly a decade ago, thanks to the expropriation of land and the destruction of small agricultural companies, though a few big ones survive. Widespread malnutrition began a few years later. The Catholic charity Caritas believes that 78 percent of Venezuelans eat less than they used to, and 41 percent go whole days without eating. The side effects of hunger—higher rates of both chronic and infectious diseases—are spreading too. But if you haven’t heard about hunger in Venezuela, that’s not an accident: The government is going to great lengths to hide it.

The tactics of deception include the use of outdated nutrition measures, which help conceal the severity of the problem. Government departments have also resorted to euphemistic jargon. “Malnutrition” has become “nutrition vulnerability,” Raffalli said, and a system of health centers for starving children is now the Service for Nutritional Education. The country’s National Assembly, which is controlled by the opposition, passed special measures to address the health crisis; the Supreme Court, which is controlled by Maduro, rejected them. Most ominously, doctors in Venezuelan hospitals have faced pressurenot to list malnutrition as either a cause of illness or a cause of death. Though the official media do not mention these policies, people know about them anyway. Raffalli herself witnessed an extraordinary scene in one hospital: The parents of a child who had died from starvation tried to give her the corpse, because they were afraid that state officials would take it away and hide it. She was also in a rural region where children leave school at midday to hunt for birds or iguanas to cook and eat for lunch.

To anyone who knows the long history of the relationship between Marxist regimes and famine, this development seems uncannily familiar. More than 80 years ago, in the winter of 1932–33, Stalin confiscated the food of Ukrainian peasants and did nothing while nearly 4 million died. Then he covered up their deaths, even altering Soviet population statistics and murdering census officials to disguise what had happened. To anyone who knows the long history of Communist countries’ use of food as a weapon, the Venezuelan regime’s manipulation of the food supply comes as no surprise, either. Most Venezuelans—80 percent according to a recent survey—now rely on boxes of food, containing staples such as rice, grain, or oil, from the government. Agencies known as Local Committees for Supply and Production hand the packages out to people who register for a Patria (“fatherland”) card or smartphone app, which are also used to monitor participation in elections. Raffalli has called this policy “not a food program, but a program of penetration and social domination.” The hungrier people get, the more control the government exerts, and the easier it is to prevent them from protesting or objecting in any other way. Even people who are not starving now spend most of their time just getting by—standing in lines, trying to fix broken generators, working second or third jobs to earn a little bit more—all activities that keep them from politics.

But when Raffalli’s voice broke, she was talking about something else: the indifference that was growing, both at home and abroad. The United Nations, perhaps thanks to some officials who admired Chávez—or who do not admire Trump—has not launched a major humanitarian-aid program in Venezuela. “The trauma here is that it is forgotten by outsiders, and also forgotten by us,” Raffalli said. “We are getting used to it … you have to keep saying, ‘No, it’s not normal!” This, she said, is what Venezuela has become: “a country with some of the world’s biggest rivers, and yet we have water shortages. A country with vast reserves of oil, and yet people are cooking food over wood fires.” In this type of protracted crisis, “people start to lose hope. Hunger co-exists with fatigue and lack of hope. And we are forgetting what we used to be.”

And yet, despite the clear historical echoes, the cause of the crisis in Venezuela is not merely the familiar, fanatical application of Marxist theory. If some elements of recent Venezuelan history sound amazingly like a replay of Soviet history, other elements strongly resemble the more recent histories of Russia, Turkey, and other illiberal nationalist regimes whose leaders slowly chipped away at civil rights, rule of law, democratic norms, and independent courts, eventually turning their democracies into kleptocracies. This process also took place in Venezuela. Like the destruction of the economy, the destruction of the political culture took some time, because there were several decades’ worth of democratic institutions to destroy. Writing in The New Yorker in 1965, not long after a round of successful elections, a visitor to the country observed, rather elegantly, that “the high-minded, steadfast enthusiasm for the republican ideal is one of the determining factors in Venezuelan history … the Venezuelan seeks the City of Justice as his forerunners sought the City of Gold, with the same dedication, the same indestructible hope, and the same splendid determination.”

But democracy became weaker in the 1990s, thanks to widespread corruption linked to the oil industry. Chávez broke the rule of law completely. His first attempt to take power was via a coup d’état, in 1992. He won a legitimate election in 1998, but once in power he slowly changed the rules, eventually making it almost impossible for anyone to beat him. In 2004, he packed the Supreme Court; in 2009, he altered the electoral system. Just like other illiberal governments, the Venezuelan regime also sought to undermine abstract ideas of justice—which might have protected ordinary people from the authoritarian state—by dismissing them as a Western plot. Rafael Uzcátegui, an activist who runs PROVEA (the Venezuelan Education-Action Program on Human Rights), told me that the country’s rulers had tried to redefine the problem: “They said everything that we understood as human rights was a ‘liberal hegemonic imposition.’” They also created parallel institutions—such as the Bolivarian Alliance for the Peoples of Our America, Chávez’s version of the Organization of American States—to limit the influence of established multinational bodies and global human-rights groups inside Venezuela.

Having gained full control of his nation’s legal and judicial institutions, Chávez did not use it to benefit poor Venezuelans, contrary to the mythology spread by far-left admirers. Instead, Chávez began to transfer the wealth of the country to his cronies. This process was extraordinarily well documented, in real time, by many people. AForeign Affairs article about Chávez in 2006 spoke of “blatant violations of the rule of law and the democratic process.” A 2008 article in the same publication noted that “neither official statistics nor independent estimates show any evidence that Chávez has reoriented state priorities to benefit the poor.” The slide into spectacular corruption grew worse under Maduro. In Caracas, I met at least a dozen academics and journalists who are still charting the regime’s dishonest social-media campaigns, infringements on what remains of the constitutional order, and stunning corruption, as well as its humanitarian disaster. Their ability to observe and describe all of these things has not necessarily helped them to stop them.

Some elements of Chávez’s method will seem strangely familiar to anyone who has studied other kleptocracies. The Venezuelan writer Moisés Naím has described his country’s political system as a “loose confederation of foreign and domestic criminal enterprises with the president in the role of mafia boss,” which makes it sound very much like Vladimir Putin’s Russia. In Caracas, I sat in a room full of people who were debating just exactly how much money the regime had stolen—$200 billion? $600 billion?—a parlor game that gets played in Moscow too. Scattered around the Venezuelan capital are several brand-new, completely empty apartment buildings that are reportedly a side effect of money laundering: Their owners are storing stolen money in glass and concrete, hoping that real-estate prices will rise someday. A couple of years ago, a court in Miami charged a network of Venezuelan officials with laundering $1.2 billion into property and assets in Florida and elsewhere. Investigations into that case and others still involve law-enforcement agencies all over the world.

How did Chávez get away with this level of theft? How can Maduro sustain it? Among other things, the two strongmen have made it almost impossible for the independent press to function, undermined the credibility of experts, and distracted supporters, both domestic and foreign, with a combination of fairy tales—how wonderful were the lives of the poor!—and conspiracy theories. For Americans, some elements of this story should hit uncomfortably close to home. At the height of his power, Chávez appeared every Sunday on his own surreal, unscripted reality-television program, called Aló Presidente. He would interview supporters, hire and fire ministers, insult people, even declare war while on air, using television much as President Trump uses Twitter, to shock and entertain, sometimes continuing for many hours. Chávez made up names for his enemies—“El Diablo” was one of several for President George W. Bush—and he was vulgar and rude. These traits convinced people that he was “authentic.” Just as Trump used to shout “You’re fired” as a kind of punch line on The Apprentice, Chávez would shout “Exprópiese!” at buildings and property, supposedly owned by rich people, that he intended to expropriate.

Over time, Chávez successfully polarized society into groups of fanatical supporters and equally dedicated enemies—warring tribes who felt they had little in common. Some of the differences were based on class or race, but not all. One Venezuelan I met—he owned a bookstore before people could no longer afford to buy books—told me that he fell out with a university friend who’d become a fanatical Chavista. They never made up.

Even now, polarization is built into the streetscape of Caracas. In the middle-class Chacao district, which is controlled by the opposition, the names of activists murdered by the regime are painted onto a fence that stands near a square where many anti-Maduro demonstrations have been held. In the working-class neighborhoods, one sees pro-regime murals and billboards, though many of these defy the clichés. Some of them, heavy on Venezuelan flags and “No Trump” slogans, could easily be described as nationalist rather than socialist. Others—the paintings of Chávez’s eyes, for example—belong more strictly to what can only be described as a cult of personality.

None of those signs and symbols necessarily means that the regime is popular. Most of the political scientists whom I met reckoned that Maduro has the support of no more than a quarter of the population—some of whom support him only for the food boxes or out of fear. Those who speak out, especially from the slums, are periodically subjected to violence too. In one poor neighborhood, I met a woman whose cousin had recorded a video of himself, draped in a Venezuelan flag, going to an anti-government demonstration, and posted it on Facebook. A neighbor recognized him and told the authorities—another act with Stalinist echoes. A couple of days later, police thugs from the Special Actions Force—a unit known as FAES, which Maduro created in 2017 supposedly to “fight terrorism” —abducted and murdered him.

Extrajudicial murders like this one are now common. An initiative called Mi Convive—whose mission is to monitor and reduce violence—registered 1,271 extrajudicial murders in Caracas alone from May 2017 to December 2019, out of more than 3,300 violent deaths in the city. Late last year, the UN high commissioner for human rights concluded that FAES and other police had killed 6,800 Venezuelans from January 2018 to May 2019, a period of sharp political conflict. The commissioner’s report included details of torture, such as electric-shock treatment and waterboarding. Precisely because those who criticize the government can be subjected to harassment or violence, especially if they come from the slums, I am withholding the names of some of the Venezuelans whom I met or interviewed.

But cynicism is just as powerful a demotivator as fear. Over and over again, people told me that while they don’t dislike Guaidó, they do not believe he can win. So what if the Trump administration recognizes him as the rightful president? The Venezuelan army does not. Democracy is broken, elections are unfair, the police can enter anyone’s house at any time, so how can the regime be brought down? One of Guaidó’s former teachers, a university professor, told me he had let his former student know that he would not come to any more demonstrations until he knew exactly what he was demonstrating for. What is the realistic path to change?

Polarization adds to this cynicism by creating suspicion and mistrust on both sides; people hear politicians shouting diametrically opposing slogans or presenting contradictory facts, and their instinct is to cover their ears. Then they retreat inward—or they leave, in vast numbers. The 4.5 million people who are thought to have left Venezuela in recent years have done so either by walking across the border into neighboring countries or by seeking to study or work abroad. Historically, Venezuela was a magnet for immigrants, not a source of refugees. The current exodus has left enormous gaps in many institutions, broken up families, and destroyed circles of friends.

The second person I met who started to cry was a translator. At one event, I responded in English to a question about the wave of Venezuelan refugees now spreading across South America, North America, and Europe. As the translator put my answer into Spanish, she broke down. “I suddenly thought of my nieces and nephews,” she told me afterward. “All of those hopeful young people, all gone.”

The third time someone cried was in rather different circumstances. I was in La Vega, one of the slums that cling to the hills around Caracas, a little bit like the favelas around Rio de Janeiro. The paved roads in La Vega attest to the money that was once available to spend on infrastructure; the jerry-rigged electricity cables and water pipelines attest to that infrastructure’s decline. We were sitting in a community kitchen created by a group called Alimenta la Solidaridad (a name that translates loosely to “food solidarity”), which serves regular meals to children in poor neighborhoods. This is one of a pair of initiatives originally conceived by Roberto Patiño, a young opposition politician turned humanitarian activist. The first one is Mi Convive, the group that monitors and mitigates violence; its name, also translated loosely, means “live together.” Patiño was a student leader who campaigned on behalf of a previous opposition leader, Henrique Capriles, who ran for president and lost by a tiny and probably fraudulent margin in 2013. As he traveled around the country, Patiño told me, he was shocked by the lack of faith that people had in the whole process. They didn’t hate Capriles; they just thought that “everything related to politics is a lie.”

Patiño’s organizations are not political, and they are not intended to affect election campaigns directly. Instead, they seek to undermine the polarization, and dampen the cynicism, that has frozen Venezuelan society. Propaganda divides people. Fear isolates them. By contrast, Alimenta and Mi Convive create projects that bring people together, regardless of their socioeconomic status or political views, building networks of friendship and support. The projects are staffed, in part, by educated, middle-class people in their 20s and 30s who have deliberately decided not to emigrate, though any of them could. Alberto Kabbabe, the co-founder and executive director of Alimenta, has a degree in chemical engineering; he says most of his university friends have left for the U.S. or Colombia. Back when he was in the student movement with Patiño, Kabbabe didn’t imagine himself running community kitchens, but then, none of the group did. “I thought I would be doing politics, but something more … sophisticated,” one told me. But in a society where sophisticated politics feel pointless and impossible, working to create links between wealthy and poor neighborhoods feels positive and creative. “The government made people believe that we are all different and enemies. In fact, we are all different, but we can work together,” Kabbabe told me.

A trio of them took me to see a couple of the kitchens in La Vega. We began with a visit to a Jesuit school. Alimenta has worked closely alongside the order, which has a particular interest in refugees and the very poor. The Jesuit fathers in Caracas—I met several—reminded me of the kinds of priests who used to work in Polish working-class neighborhoods in the 1980s, when the Catholic Church was a unifying national institution in Poland and not part, as it is now, of a divisive war over modern culture.

From the school we went to one of the community kitchens—in reality, a dining space set up on a dirt floor beneath a corrugated-tin roof. The women who worked there were all volunteers, some of whom had lost their access to the free government food boxes because they work for Alimenta. They said they didn’t care—the food served at the kitchens is healthier anyway—and there are other benefits. “We can do something to make a difference,” one of the volunteers told me, and that creates a kind of psychological satisfaction, even aside from the food. Some of the women have become advocates for their communities, speaking out about school closures, water shortages, and the other hardships that Venezuela’s decline has imposed on them.

Conditions were a little better in another section of La Vega, farther down the hillside. There, the community kitchen is inside a real building, connected to a convent. Posted on the walls are lists of daily menus; the space smells slightly of disinfectant and the floors positively shine. The volunteer who runs the kitchen—gray-haired, wearing blue jeans and an Alimenta la Solidaridad T-shirt—showed us around. She started to tell her life story, a tale of bad luck and crises, a son who was shot during local violence, another who died in an accident. But now she has had some success: Her daughters are studying, and she is feeding children—a role that allows her to keep an eye on local families in trouble. This is when she started to cry. One of the women from Alimenta—several decades younger, from a different neighborhood and a luckier family background—stood up and put her hand on her shoulder. The older woman stopped for a moment, and then resumed her story.

I am tempted to end here with a warning, because Venezuela does represent the conclusion to a lot of processes we see in the world today. Venezuela is the endgame of ideological Marxism; the culmination of the assault on democracy, courts, and the press now unfolding in so many countries; and the outer limit of the politics of polarization. But I don’t want, as so many have done, to treat Venezuela as just a symbol. It’s a real place, and the hardships faced by the people who live there have not ended, culminated, or been limited at all. Whatever the United States and other members of the international community do next in Venezuela, the goal should be to help real Venezuelans, not to further an ideological argument, especially as the humanitarian and political crises deepen and spread.

ANNE APPLEBAUM is a staff writer at The Atlantic. She is a senior fellow of the Agora Institute at Johns Hopkins University. Her latest book is Red Famine: Stalin’s War on Ukraine.

Régimen de Maduro autoriza a empresas ofertar títulos valores en divisas – El nacional – 28 de Febrero 2020

Las ofertas de valores son consideradas por los empresarios como una vía para obtener financiamiento

Dólares

“Es normal que utilicemos alternativas para financiar capital de trabajo”, dijo Javier Riccobono, presidente ejecutivo de Coca Cola Femsa Venezuela.

Las empresas privadas de Venezuela pueden empezar a ofertar títulos valores en moneda  extranjera. Así lo estipuló una norma divulgada este jueves.

La oferta de títulos que podrá efectuar el sector privado requerirá aprobación previa de la Superintendencia de Valores, señaló la agencia de noticias Reuters.

Las ofertas de valores son consideradas por los empresarios como una vía para obtener financiamiento debido a que la banca de Venezuela tiene limitaciones por las regulaciones y la inflación.

Mercado de valores

A fines de enero, un reconocido fabricante de licores emitió acciones en moneda nacional. Adicionalmente, un grupo de empresarios señaló que buscaban persuadir a las autoridades para que se permitiera la emisión de acciones en divisas.

Otras empresas se preparan para realizar operaciones en el mercado de valores en moneda local. Coca Cola Femsa Venezuela ofertará papeles comerciales en los próximos días.

«Es normal que utilicemos alternativas para financiar capital de trabajo como la banca no tiene esa posibilidad y lo vimos venir hace mucho tiempo, comenzamos a trabajar en la posibilidad de entrar al mercado de valores. Esperamos que la emisión sea un éxito en los próximos días«, dijo este jueves a periodistas Javier Riccobono, presidente ejecutivo de Coca Cola Femsa Venezuela.

Cuentas en divisas en Venezuela: ¿Un impulso crucial a la dolarización de facto? por Víctor Salmerón – ProDaVinci – 27 de Febrero 2020

 
Cuentas en divisas en Venezuela: ¿Un impulso crucial a la dolarización de facto?

Tras dos años en los que la hiperinflación pulverizó a la moneda venezolana, el dólar se convirtió en la referencia para calcular los precios y en un medio de pago empleado a diario. Cumplida esta etapa, ha comenzado un proceso determinante para profundizar una dolarización no decretada por el Gobierno pero que opera de facto: la banca comienza a jugar.

Estudios del Fondo Monetario Internacional como Monetary Policy in Dollarized Economies o Monetary Policy under De Facto Dollarization del economista Peter Bofinger, indican que a mediados de los años noventa, en países donde la hiperinflación destruyó la confianza en la moneda como Perú, Bolivia, Nicaragua y Camboya, la dolarización de facto se profundizó, entre otras cosas, gracias a que los depósitos en dólares llegaron a representar al menos la mitad de las captaciones de la banca y una porción relevante en el portafolio de créditos.

Los bancos venezolanos comienzan a captar dólares, amparados en la norma vigente, el Convenio Cambiario 1, el cual les permite ofrecer cuentas en moneda extranjera, pero el proceso es incipiente. Cada día, comercios como supermercados, farmacias y ferreterías, al igual que una lista creciente de empresas, envían camiones blindados con sacos de dólares a oficinas bancarias de las principales ciudades del país.

Los bancos guardan sacos de dólares en sus bóvedas y ofrecen a sus clientes el servicio de custodia, es decir, los dólares quedan guardados en las bolsas que traen los camiones y formalmente no ingresan como depósitos. Para permitir algún grado de movilidad, los bancos crean “cuentas custodia” y permiten que entre clientes del mismo banco se transfieran dinero de un saco a otro, registrando las transacciones.

Además, los bancos ofrecen a los clientes que tienen cuentas custodia y necesitan bolívares, la posibilidad de vender parte de los dólares en el mercado cambiario formal. También es común que las agencias bancarias se utilicen para repartirles dólares en efectivo a empleados que reciben bonos como complemento del salario.

Por las cuentas custodia las empresas y los comercios no reciben intereses, al contrario, pagan una comisión mensual de 2% sobre el dinero que tienen en las bóvedas de la banca. No obstante, un número reducido de empresas ha comenzado a utilizarlas para otorgar créditos de corto plazo a empresas urgidas de divisas, a fin de obtener beneficios.

La otra modalidad son las cuentas corrientes en dólares y euros que les permiten al cliente realizar pagos en divisas a clientes del mismo banco con una cuenta similar. Un detalle relevante es que como la mayoría de las entidades financieras internacionales han dejado de prestar el servicio de corresponsalía, es difícil transferir los fondos de una cuenta en dólares en Venezuela a una cuenta en el exterior.

Desde los años 80, cuando la economía sustentada en la renta petrolera comenzó a dar signos de debilidad, la mayoría de los venezolanos con capacidad para ahorrar han optado por comprar dólares y depositarlos en el exterior. La falta de bancos corresponsales que canalicen la transferencia de fondos complica la posibilidad de que alguna cantidad de estas divisas ingrese a las cuentas en Venezuela.

Fuentes explican que la mayoría de los dólares en efectivo que circulan en Venezuela han ingresado por familias que traen divisas en efectivo desde el exterior o ya las tenían desde la época del control de cambio, una porción de las remesas, exportaciones de oro, contrabando -en especial de gasolina a Colombia- y en alguna medida, de actividades ilícitas.

Además, todas las semanas el Banco Central de Venezuela vende euros en efectivo a través del sistema financiero. La semana pasada vendió dólares en una operación que aún no se sabe si será recurrente.

El reto para la banca es contar con mecanismos de control, a fin de evitar que divisas provenientes de operaciones ilícitas ingresen al sistema financiero.

La expansión

En un entorno donde el Gobierno ha reducido al mínimo el crédito bancario con el objeto de contener la inflación, las comisiones por servicio se han convertido en la principal fuente de ingresos de los bancos; por lo tanto, desarrollar productos que capten dólares y permitan movilizarlos es la prioridad en un sistema financiero ávido de obtener una porción de la creciente dolarización de las transacciones.

De acuerdo con un estudio realizado por Ecoanalítica, que durante la primera semana de febrero de este año registró 15.952 transacciones en 258 comercios de las diez principales ciudades del país (Caracas, Maracay, Valencia, Barquisimeto, Maracaibo, Margarita, San Cristóbal, Mérida, Puerto Ordaz y Porlamar) 55,7% de las personas pagó con dólares, 35,7% con bolívares y el resto con otras monedas como euros y pesos colombianos.

Asdrúbal Oliveros, director de Ecoanalítica, explica que “por ahora estamos viendo cuentas custodia y cuentas corrientes intrabancos; esto se va a extender a cuentas que permitan movilizar el dinero de un banco a otro, y no es descabellado que la banca comience a prestar sobre esas divisas”.

El estudio realizado por Ecoanalítica indica que en 8 de cada 10 transacciones las personas cancelan con dólares en efectivo, por lo tanto, existe un amplio margen para ofrecer medios de pago a través de la banca.

Arelys Pérez, vicepresidente de banca de personas del Banco del Caribe, entidad financiera que recientemente comenzó a ofrecer cuentas corrientes en dólares y euros, no observa lejano el día en que la banca venezolana ponga en funcionamiento un sistema que permita realizar pagos en divisas de un banco a otro.

“Creo que es algo que debe ocurrir, no voy a decir a corto plazo, pero a mediano plazo veo muy factible que la banca tenga un suichetransaccional en divisas”, dice.

Las consecuencias

La dolarización de facto, en la que el dólar gana peso en la economía pero convive con una moneda que el banco central continúa emitiendo, como es el caso del bolívar, genera impactos en distintos frentes.

Teóricamente las cuentas en dólares podrían facilitar el ingreso al país de divisas que los venezolanos tienen depositadas en bancos del exterior, algo que por ahora luce muy lejano, y ayudar a preservar el valor de los depósitos en el sistema financiero y elevar la intermediación mediante la entrega de créditos en dólares.

La dolarización parcial también genera problemas para las autoridades, en especial al Banco Central, que solo puede controlar la fracción en bolívares de la cantidad de dinero en la economía, es decir, la herramienta de la política monetaria pierde efectividad.

Al mismo tiempo, estudios del Fondo Monetario Internacional indican que “en un esquema de sustitución monetaria aumenta considerablemente la volatilidad del tipo de cambio porque puede haber cambios frecuentes e inesperados en el uso de la moneda doméstica y el dólar para realizar transacciones. Debido a que ambas monedas son usadas para el mismo propósito, existe un gran número de razones, difíciles de identificar, por las cuales los agentes económicos quieran trasladarse del uso de una a otra, aspecto que genera volatilidad en el tipo de cambio”.

Otro factor a tomar en cuenta es que la devaluación de la moneda impacta la capacidad de pago de los clientes que no tienen ingresos en dólares, algo que incrementa el riesgo de una mayor morosidad en caso de que la banca comience a otorgar créditos en divisas en volúmenes relevantes.

Las autoridades venezolanas han tomado medidas para impulsar la relación entre el dólar y los créditos de la banca. El 21 de octubre de 2019 el Banco Central emitió una resolución que relacionó a los créditos comerciales, la categoría que incluye préstamos al comercio y el financiamiento de corto plazo, con la fluctuación del dólar.

La resolución tiene como consecuencia que el monto a pagar por capital e intereses aumenta si el precio del dólar sube en el mercado oficial y se mantiene igual si el dólar desciende.

Desdolarizar

La principal causa de la dolarización de facto es una inflación elevada que destruye la confianza en la moneda propia, por lo tanto, podría pensarse que una vez se logra controlar la inflación es fácil acabar con la influencia del dólar, pero la historia indica que salir de la dolarización es un proceso largo y complicado, aun en países que implementan ajustes exitosos.

Luis Zambrano Sequín, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, explica que “una vez que una economía se dolariza, desdolarizarla es un problema. La sociedad se va estructurando y conformando sobre la base de la dolarización. Perú tiene 15 años tratando de desdolarizar su economía y Colombia ha comenzado a hacerlo”.

“La única forma de desdolarizar es ganando credibilidad, haciendo política económica correcta, teniendo disciplina fiscal, ganando prestigio, recuperando la credibilidad en la moneda y eso no sucede de la noche a la mañana, es un proceso muy lento”, dice Luis Zambrano Sequín.

Asdrúbal Oliveros señala que “la dolarización está en unos niveles difíciles de revertir, aunque en economía muy pocas cosas son irreversibles; pero hemos llegado a un nivel donde buena parte de las transacciones del retail se están haciendo en dólares o monedas distintas al bolívar, esto dice que la pérdida de confianza en la moneda local es muy significativa”.

Por la fuerza

Hasta el momento, el gobierno de Nicolás Maduro ha optado por convivir con la dolarización de facto, pero la historia registra episodios en los que súbitamente se ha intentado revertir el proceso por la fuerza. En noviembre de 1982 las autoridades bolivianas convirtieron de manera forzosa los dólares depositados en la banca a pesos bolivianos, y en agosto de 1985 el entonces presidente del Perú, Alan García, ordenó convertir a moneda nacional los depósitos en divisas, que representaban 58% de las captaciones de la banca.

El 14 de febrero, Nicolás Maduro explicó que la libre circulación del dólar ha ocurrido en una “economía de guerra”, por el impacto de las sanciones de Estados Unidos y agregó que es necesario debatir “¿hasta dónde nos están llevando a un capitalismo salvaje y qué debemos hacer para preservar el modelo humanista, el modelo socialista?”.

Inmediatamente agregó: “Quiero que el pueblo opine, vamos a hablar claro, qué piensa el pueblo del tema de la dolarización, cuáles son las soluciones, cómo canalizarlo en esta etapa de guerra de resistencia, en esta etapa tan dura y difícil, qué elementos positivos tiene, qué elementos deben regularse, qué elementos no deben regularse”.

Crisis en Venezuela: cómo el país se convirtió en “multimoneda” por Guillermo D. Olmo – BBC News – 21 de Febrero 2020

Hombre sostienen dólares y bolívaresDerechos de autor de la imagenGETTY IMAGES

“El bolívar es ya solo un bonito recuerdo”.

Eso es lo que asegura Ricardo Cusano, presidente de Fedecámaras, la principal asociación empresarial de Venezuela.

Y es que en la Venezuela de la dolarización, el bolívar, al que la Constitución reconoce como la moneda nacional, juega un papel cada vez menor.

Después de años aplicando un férreo de control de cambios, el gobierno de Nicolás Maduro tolera ahora las operaciones en divisa como vía para contener la hiperinflación y estabilizar una economía golpeada por una de las peores crisis de la historia reciente.

Dólares, euros, y en algunas zonas también pesos colombianos y reales brasileños, circulan ahora por Venezuela, hasta el punto de que la economista Tamara Herrera asegura que “el gobierno quiere un país multimoneda”.

De acuerdo con las últimas estimaciones de las principales consultoras económicas del país, más del 65% de las transacciones se hacen ya en billetes verdes y la previsión es que su uso seguirá aumentando.

Aquí ya todo es puro dólar“, cuenta Giovanni, que se gana la vida vendiendo huevos en Catia, una de las zonas más populosas de Caracas.

Venta.Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionEl dólar se usa ya también en las pequeñas transacciones.

A pocos metros, en una imagen impensable hace no mucho, un buhonero grita “¡compro dólares!”.

Por qué está “enfermo” el bolívar

Luis Vicente León, de la consultora Datanálisis, afirma que el “bolívar es un enfermo pegado a una bombona de oxígeno”.

Para el experto, “el bolívar perdió todas las funciones de una moneda y ya no sirve ni como reserva de valor, ni como medio de intercambio, ni como unidad de cuenta“.

El gobierno venezolano financió durante años su elevado déficit público mediante la emisión de moneda, lo que contribuyó a la hiperinflación que ha castigado el poder adquisitivo de los venezolanos y restó crédito tanto al bolívar como al Estado que lo emite.

Para León, esto es clave, ya que “el valor de una moneda depende de la confianza en las autoridades monetarias”.

En el Mercado de la Hoyada, en Caracas, Marcelo Ruiz, uno de los comerciantes que se ganan la vida vendiendo ropa deportiva allí, a los que ahora cada vez con más frecuencia les pagan en divisas, lo ha notado en su propio bolsillo. “El dólar aguanta más“, le dice a BBC Mundo.

Dólares y euros.Los economistas creen que el gobierno quiere que haya varias divisas en el país.

Quién gana y quién pierde con la dolarización

Leonardo Vera, profesor de la Universidad Central de Venezuela, recuerda que “la mayoría de trabajadores y pensionados dependen del Estado y siguen cobrando en bolívares”.

“Tienen unos ingresos irrisorios y viven en condiciones cercanas a la esclavitud”, indica Vera.

Francis Guillén, enfermera en un hospital público da fe de ello. Hace poco decidió lanzarse a fabricar y vender geles y champús, harta de ver cómo su sueldo en bolívares no le alcanzaba para lo esencial.

“En un buen día de ventas, puedo ganar más que en todo un mes de trabajo en el hospital”, explica.

Los expertos indican que los principales beneficiados de la nueva coyuntura son las empresas que facturan en dólares y los proveedores individuales de servicios.

En muchos barrios venezolanos, funcionarios que perciben el salario mínimo, (menos de 4 dólares al cambio), tienen como vecino a un plomero o un conductor que hace trabajos que cobra en divisa.

Bolívares.El bolívar pierde valor día a día.

Para Cusano, “los trabajadores están siendo los grandes perdedores” de la dolarización.

Pese a que Nicolás Maduro prometió que el dólar nunca sería la moneda de Venezuela, en una rueda de prensa el pasado 14 de febrero aseguró que su aparición había sido una respuesta natural de la economía a las sanciones de Estados Unidos.

“Ante la opción reprimo o permito, yo tome la opción lo permito”, dijo confirmando su cambio de opinión respecto a la divisa estadounidense.

Pero no ha habido un cambio legal que respalde y regule el proceso, lo que lleva a Cusano a describirlo como una “dolarización anárquica“, con el peligro de que se imponga “la ley del más fuerte”.

León, en cambio, cree que, a medida que el dólar se extienda, “también los más pobres se verán beneficiados” al acceder a una moneda más valiosa y fiable.

Dónde circula cada moneda

Maduro.Maduro ha cambiado de opinión sobre el dólar.

Aunque el dólar es claramente dominante, las monedas en circulación varían en los diferentes lugares de la Venezuela multimoneda.

Según los datos de Ecoanalítica, Maracaibo es una de las ciudades donde más frecuente es el uso del dólar, lo que podría deberse a que los frecuentes cortes de electricidad dificultan allí el uso de los puntos electrónicos de pago y las operaciones con tarjeta.

Caracas es uno de los lugares donde muchos negocios aceptan el euro. Según los expertos, la moneda única europea procede de las inyecciones que realiza el Banco Central de Venezuela y de pagos que hace la petrolera estatal, PDVSA.

Pero en zonas fronterizas del Estado Táchira es el peso de la vecina Colombia lo que prefieren en muchos comercios. Al sur del Estado Bolívar, fronterizo con Brasil, sucede lo mismo con el real brasileño.

Todas, antes que el bolívar, incapaz de mantener su valor y de la que además escasea el efectivo.

Frontera.En las zonas fronterizas del país se usan también las monedas de Colombia y Brasil.

Los intentos del gobierno por introducir el petro, al que define como una criptomoneda, no han servido hasta ahora para que extender su uso.

Un país sin cambio… ¿y sin bancos?

“Nadie paga el precio exacto. Todo el mundo quiere que le des cambio”, se queja Daniela en la frutería que regenta en el Mercado de Chacao, en Caracas.

Es una tendencia creciente en un país que funciona en dólares pero en el que cuesta encontrar billetes pequeños de esta divisa.

El resultado es que en muchas transacciones se paga un importe principal en dólares y un resto en bolívares con la tarjeta de débito. Por ejemplo, si el precio total son US12$, se pagan US$10 y lo demás en bolívares.

De este modo, las tarjetas de los bancos venezolanos, que no tienen permitido operar en dólares, han quedado convertidas en una especie de tarjeta monedero.

El fenómeno ha llevado a una curiosa segmentación monetaria de la economía. En mercados como el de Quinta Crespo, en Caracas, se tiende a pagar en bolívares las frutas y verduras, más baratas que la carne, que suele pagarse en dólares.

Bolívares.El bolívar se usa ahora solo en las pequeñas transacciones.

Otra consecuencia de la agonía del bolívar es la pérdida de importancia de los bancos.

Como las operaciones en dólares entre entidades no están permitidas, la banca es relegada a la misma velocidad que el bolívar.

La economía de Venezuela funciona cada vez más en dólares en efectivo, por lo que mantener una cuenta bancaria en la que solo se pueden manejar bolívares está perdiendo el atractivo.

Algunos bancos tratan de contrarrestarlo ofreciendo depósitos y servicios de custodia de dólares, útiles para los negocios que facturan grandes cantidades y no tienen otro lugar donde conservarlos, pero las limitaciones para su manejo desincentivan a muchos potenciales clientes.

Qué futuro le espera al bolívar

El volumen de bolívares en circulación se ha reducido significativamente.

Cusano asegura que “en 2019 el gobierno hizo un esfuerzo de disciplina fiscal“, lo que se tradujo en una reducción de la liquidez monetaria, que, según las últimas estimaciones, equivaldría ya a menos de US$700 millones.

Este dato macroeconómico contribuyó a contener la hiperinflación y explica por qué muchos de los que se ganaban la vida como intermediarios en operaciones de cambio en el mercado paralelo tienen ahora que dedicarse a otra cosa.

No hay bolos“, es la frase que más repiten últimamente, utilizando el nombre popular de la moneda venezolana.

Cola.Los bolívares se han ido haciendo cada vez más escasos.

Ha paliado en algo “el colapso de la demanda de bolívares” detectado por Arcay, pero el enfermo sigue en la unidad de cuidados intensivos.

Vera señala que “rescatar el bolívar requeriría un plan integral de reformas“.

Sin embargo, “se ha revelado como un enfermo que se resiste a morir”, y sigue siendo la moneda en la que se cobran la mayoría de impuestos y rige el sistema financiero.

León indica que “en realidad, el bolívar solo puede morir si lo mata el gobierno“.

Y Arcay no cree que vaya a hacerlo: “El bolívar siempre va a ser un recurso para monetizar el déficit. Solo el año pasado monetizaron US$3.500 millones. Esa es una fuente de ingresos a la que no van a renunciar”.

¿Hay recuperación económica en Venezuela? por Víctor Salmerón – ProDaVinci – 17 de Febrero 2020

En el primer trimestre de 2019 la economía venezolana caminaba al borde de la implosión. Las cuentas en divisas del gobierno estaban exhaustas, el financiamiento internacional había cerrado sus puertas, las continuas fallas eléctricas disminuían la exigua producción de las empresas y el desabastecimiento alcanzaba niveles críticos. Solo entonces, Nicolás Maduro nadó a contracorriente del Socialismo del Siglo XXI y permitió una dosis moderada de libre mercado.

El mandatario venezolano no cambió la ley, pero dejó a un lado la aplicación sistemática del control de precios; flexibilizó el control de cambio, toleró la libre circulación del dólar y permitió que el sector privado importara sin restricciones con sus propias divisas. El tratamiento acabó con el desabastecimiento, en buena medida, gracias a los productos importados que surten las tiendas; produjo un impulso en el comercio y la industria siguió operando, aunque a la cuarta parte de su capacidad.

La Venezuela consumista, repleta de petrodólares y ventas récord en vehículos, electrodomésticos, ropa de marca, calzado y celulares de última generación, permanece en el recuerdo. Por ahora, el brote verde en el comercio tiene como emblema los bodegones, los nuevos establecimientos que en las principales ciudades del país venden productos importados como cereales, golosinas, licores y frutos secos. Al mismo tiempo, en Caracas surgen algunos restaurantes y centros nocturnos que captan clientela en el estrato de alto ingreso, que solo incluye a una décima parte de la población.

Expertos consideran que las señales de vida son irrisorias en una economía donde el PIB se redujo a la mitad entre 2014-2019 y el FMI proyecta que este año caerá otro 10%. Omar Zambrano, quien se ha desempeñado como economista senior del Banco Interamericano de Desarrollo y dirige la firma Anova, observa un fenómeno con poca sustancia.

“Hasta ahora vemos un circuito comercial extremadamente superficial, que no tiene vínculos con la industria, la agroindustria o la manufactura venezolana, porque la gran mayoría de los productos son importados. Tampoco es capaz de generar suficientes empleos de calidad, con mayores salarios que alimenten el circuito consumo-producción que al final es lo que impulsa el PIB”, dice Omar Zambrano.

“Creo que esta burbuja puede crecer más, pero tengamos en cuenta que hay una relación relativamente estable entre el circulante de un país, lo que técnicamente llamamos el M2 y el tamaño de su economía. Si esta economía dolarizada, actualmente en gestación, llega a ser de 20 mil millones de dólares, una magnitud que luce exagerada, podríamos proyectar un PIB de aproximadamente 50 mil millones de dólares. Y Venezuela llegó a tener un PIB de 350 mil millones de dólares en su punto más alto”, dice Omar Zambrano.

Agrega que “estamos hablando de una economía que, tal como está constituida, tiene un techo muy bajo. Es una economía que por su poco tamaño no ofrece espacio laboral o productivo para 30 millones de habitantes, y por tanto va a seguir generando excluidos, pobreza, desnutrición, enfermedades y emigración”.

Tras dos años en hiperinflación, la moneda venezolana se desvanece y avanza en un proceso donde el dólar se emplea como unidad de cuenta y gana terreno en las transacciones diarias. De acuerdo con Datanálisis, alrededor de una décima parte de la población posee ingresos o ahorros en divisas como para consumir a placer; otra porción recibe la ayuda de las remesas y algunos pagos en dólares o indexados al tipo de cambio, mientras que la mitad de los venezolanos solo cuenta con bolívares, y no alcanzan para cubrir las necesidades básicas.

Inversión y confianza

Leonardo Vera, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, considera que “el Gobierno ha tomado un conjunto de acciones que podrían interpretarse como el propósito de darle más espacio al sector privado. No hay una cabeza que explique muy bien cuál es el alcance, cuál es el objetivo, a dónde se quiere llegar y por tanto sigue siendo una especie de flexibilización del régimen económico bastante desordenada”.

Desde su punto de vista, la flexibilización encuentra un sector privado en silla de ruedas: “no es lo mismo lanzar estas acciones en una economía con capacidades que en una economía que ha perdido capital humano, que no tiene un sector financiero que ayude a su recuperación, sin acuerdos comerciales importantes, con escasa competitividad y sin inversión relevante”.

Añade que “las pocas inversiones que vemos se concentran en nichos que tienen que ver con la comercialización de bienes importados de consumo final. Es prematuro avanzar en la idea de que Venezuela está en un franco proceso de recuperación, y mucho menos hablar de bonanza, porque la bonanza se refiere a una situación donde tu crecimiento es superior a tu crecimiento promedio en el pasado o a tu crecimiento promedio de largo plazo, y no creo que esa sea la situación de la economía venezolana”.

Al referirse en concreto al fenómeno de los bodegones, que en medio del desierto despiertan una atención desmesurada, explica que “tengo la impresión de que son inversiones de venezolanos con recursos en el exterior, que en lugar de tenerlos en una cuenta bancaria, ganando entre 0% y 1% de interés, abren un local en Venezuela, lo llenan de mercancía importada y esperan a ver cuál es el rendimiento en dólares”.

La ausencia de inversión nacional y extranjera, a mediano y largo plazo, donde las ganancias no son inmediatas y se desarrollan proyectos que requieren maquinaria, equipos y tecnología que incrementan la generación de riqueza y la creación de empleos bien remunerados, es una señal de que la confianza sigue ausente en la economía venezolana. Por ahora, solo florece un pequeño enclave con la característica típica de una burbuja: negocios donde es muy fácil entrar y salir, en caso de que el flujo de caja se torne negativo.

Omar Zambrano destaca que “el Gobierno tiene un problema serio de credibilidad en la protección de los derechos de propiedad, veo muy difícil que el sector privado aumente sus operaciones o venga a producir en Venezuela para el resto de América Latina porque sigue presente la misma élite política que tiene años expropiando”.

“El tema de los derechos de propiedad no es tan fácil como decir que ahora te voy a dejar actuar, se necesita credibilidad y eso es algo que va mucho más allá de las leyes. La historia del chavismo ha sido la demolición de toda forma de protección de los derechos de propiedad”, explica Omar Zambrano.

Sin motor

Desde principios del siglo pasado el petróleo se convirtió en la principal fuente de divisas y expansión para la economía venezolana, pero la producción cayó a un tercio de lo que era en 1998 y la posibilidad de que el sector privado genere una recuperación importante es ínfima: las cifras del Banco Central registran que entre 1998-2018 las exportaciones anuales privadas no superaron los 6.600 millones de dólares y en 2018 apenas aportaron 1.151 millones de dólares.

Leonardo Vera indica que “cuando una economía está en una depresión, necesita un motor; y ese motor, en el caso de Venezuela, no va a ser el gasto público; tampoco podría ser monetario porque en Venezuela no se hace política monetaria, y no lo veo en la inversión privada. El país tiene un problema de escasez de divisas y la capacidad que pueda tener el sector privado para exportar es muy reducida; no hay un clima para invertir masivamente, y hay muchas dificultades para obtener financiamiento nacional e internacional”.

El Gobierno obligó a los bancos a disminuir los préstamos, ordenándoles en febrero de 2019 congelar como reservas la totalidad de los nuevos depósitos. El recorte del crédito redujo el crecimiento de la cantidad de dinero y ayudó a frenar la inflación, pero a costa de profundizar la recesión.

 La escasez de materia prima como hierro, cemento y sustancias químicas esenciales para la industria, que en el pasado proveían empresas públicas que hoy están paralizadas o produciendo cantidades muy pequeñas, es otro inconveniente.

El 5 de febrero, Nicolás Maduro admitió que “está el tema de la materia prima que deben garantizar las empresas públicas: Sidor, las empresas de aluminio, Pequiven, Pdvsa; eso es un tema no resuelto. Siempre hay una excusa y no resuelven”.

El mandatario, quien estaba reunido con presidentes de pequeñas empresas, les solicitó “información útil, anónima, de qué está sucediendo en Pdvsa, en Pequiven, en la CVG, en Sidor porque vamos a cortar lo que haya que cortar allí para garantizar la materia prima”.

El tamaño del mercado es otro obstáculo para las empresas. Michael Penfold, profesor del IESA e investigador del Wilson Center, indica que “la dolarización y la liberalización del sistema cambiario le permiten al sector privado reducir sus riesgos regulatorios y operativos. Formalmente, hay controles de precios, pero no están siendo cumplidos; entonces el principal riesgo está asociado al mercado: las empresas poseen plantas que fueron instaladas para un mercado mucho más grande del que existe ahora”.

El modelo

El Gobierno contempla reformas legales para delegar en compañías extranjeras el control de las operaciones en campos petroleros, y voceros del PSUV como el gobernador de Carabobo, Rafael Lacava, han dicho públicamente que no se oponen a la privatización de empresas de servicios públicos.

“Veo una ola de mucho pragmatismo, creo que después de las elecciones legislativas se buscará avanzar en la entrega operativa y financiera de las asociaciones estratégicas en petróleo, y voceros como Lacava han dicho que son compatibles con la privatización de parte de los servicios públicos, podrían comenzar con la telefónica y la joya de la corona: la Electricidad de Caracas”, dice Omar Zambrano.

“Es posible que entre sus allegados haya gente dispuesta a comprar estas empresas. La oligarquía rusa se formó con capital internacional aliado con capitales locales ligados al gobierno. Me puedo imaginar a un oligarca ruso aliado con un empresario venezolano, comprando la Electricidad de Caracas”, añade Omar Zambrano.

El peligro es que se profundice un capitalismo oligárquico. En el influyente libro Good Capitalism, Bad Capitalism, and the Economics of Growth and Prosperity, los economistas William Baumol, Robert Litan, y Carl Schramm describen el capitalismo oligárquico como un sistema donde “el poder y el dinero están muy concentrados en unas cuantas personas. Es la peor forma de capitalismo, no sólo por la desigualdad extrema de ingresos y riqueza que esas economías toleran, sino también porque las élites no promueven el crecimiento como objetivo central de la política económica. En cambio, los oligarcas fijan las reglas para maximizar sus ingresos y riqueza”.

Leonardo Vera resume que “no hay que menospreciar los cambios porque pudiera ser que nos lleven por otros derroteros, pero por el momento diría que son acciones poco articuladas, en un país con instituciones muy frágiles, donde ni siquiera hay claridad de dónde está el poder público, qué es lo legal y que no lo es”

Michael Penfold afirma que “se habla de una burbuja, creo que esta metáfora deja de lado que los cambios que están ocurriendo no son simplemente cosméticos, en el fondo el Gobierno se ve mucho más dependiente del sector privado que es el único que puede ayudar a importar un poco más y resolver algunos temas de abastecimiento”.

“Alguien pudiera decir que si hubiese un nuevo boom petrolero y quitaran las sanciones, el Gobierno volvería al mismo modelo estatista, pero creo que también ellos han sufrido los costos de ese proceso y no me queda claro que hoy en día lo harían nuevamente; para mí estamos ante una dinámica distinta a lo que había anteriormente”, dice Penfold.

Las señales no son claras. Si bien el Gobierno ha tolerado la libre circulación del dólar y el surgimiento de los bodegones, recientemente aprobó una reforma tributaria que establece una tasa extra para el IVA que podrá ubicarse entre un mínimo de 5% y un máximo de 25%, cuando la venta de bienes o la prestación de servicios se haga en divisas.

 La duda sobre si la Revolución Bolivariana solo ha dado un giro táctico, necesario para superar una coyuntura difícil y luego regresar al control férreo de la economía por parte del Estado está presente. En la Unión Soviética, por ejemplo, Lenin impulsó el mercado mediante la Nueva Política Económica (NEP) que luego Stalin, una vez consolidado en el poder, enterró mediante lo que el historiador húngaro Ivan Berend llamó “una estrangulación tranquila del sector privado”.

El 14 de febrero Nicolás Maduro se refirió a la dirección que está tomando la economía: “En Venezuela hay un gobierno con un proyecto revolucionario, el Plan de la Patria 2025, el legado de nuestro comandante Hugo Chávez. Un gobierno en construcción del socialismo, que tiene que manejar situaciones de guerra; nosotros tenemos una economía de resistencia, en situación de guerra económica y muchas veces cuando hay una guerra, en el caso militar, qué cosas no hace el ser humano”.

“Estamos en una economía de resistencia que se ha venido autorregulando y en la autorregulación se han generado nuevas oportunidades de negocios, fundamentalmente en dólares. Estoy atento a todos los fenómenos del surgimiento de la dolarización, todos los dólares que aportaba el Estado en la economía rentista petrolera ahora los aporta la economía privada y ante la opción reprimo o permito; yo tomé la opción lo permito y ha sido correcta, es una opción en medio de una guerra que ha permitido que la economía respire”, agregó Nicolás Maduro.

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