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Venezuela: de dónde salen los dólares que circulan en el país por BBC News – El nacional – 15 de Enero 2020

La economía venezolana prosigue su proceso de dolarización, pero, ¿cómo llega la divisa estadounidense al país a pesar de las sanciones? ¿Qué hay detrás de la “prosperidad del dólar” y el aparente repunte económico de Venezuela (y cuánto puede durar)?

Los expertos creen que ya hay más dólares que bolívares en el país 

Cada vez más dólares, cada vez menos bolívares.

Es la tónica a la que se van acostumbrando en Venezuela, un país sumido en una grave crisis económica desde que Nicolás Maduro llegó al poder y del que, en los últimos años, se han marchado más de 4 millones de personas en busca de una vida mejor.

Después de años de restricciones a la divisa estadounidense, el gobierno venezolano la tolera ahora como alternativa a la imparable pérdida de valor del bolívar, la moneda oficial de la República, y Maduro se mostró a favor de su uso como «válvula de escape» frente a la «guerra económica» que, según él, sufre su país.

En un giro de su línea económica nunca explicitado por las autoridades, pero detectado por los expertos y los muchos habitantes del país que a diario cambian divisas en el mercado paralelo, el gobierno lleva tiempo aplicando una política de fuerte contención de los bolívares en circulación que persigue frenar la hiperinflación y la cotización del dólar.

Eso ha acelerado la rápida dolarización que vive el país. Según un informe de la firma de análisis Ecoanalítica, el dólar copa ya más de un 53% del valor total de las transacciones que se realizan en Venezuela.

Pero, paradójicamente, la economía venezolana vive bajo las sanciones de Estados Unidos, que buscan ahogar las vías de financiación del gobierno de Maduro, al que consideran ilegítimo, y su acceso a la divisa.

Al reducir la circulación de bolívares, el Gobierno busca frenar su pérdida de valor

¿Cómo entonces llegan los billetes verdes a Venezuela? ¿De dónde proceden los que manejan esa minoría de privilegiados que vive en dólares y no con el devaluado bolívar?

Tratamos de responder esas preguntas con ayuda de los expertos.

Cuántos dólares hay en Venezuela

En un país en el que las autoridades llevan años sin difundir datos fiables sobre la mayoría de aspectos de la economía y la vida social, esa es una pregunta casi imposible de responder.

Venezuela se sitúa en el puesto 168 de un total de 180 países en la clasificación mundial que elabora Transparencia Internacional. La falta de datos hará que sea en 2020 uno de los pocos estados para los que el Fondo Monetario Internacional no elaborará previsiones.

El economista Guillermo Arcay, de Econalítica, asegura que «es imposible saber cuántos dólares circulan por Venezuela y, además, seguramente es una cantidad dinámica».

No obstante, indica Arcay, «es probable que sea ya superior a la de bolívares, cuyo valor total se estima alrededor de 700 u 800 millones de dólares».

Ahorros en dólares en el exterior

Henkel García, de la consultora Econométrica, explica que «gran parte de los dólares que circulan son los que muchos venezolanos llevan años ahorrando en el exterior».

Las sucesivas conversiones monetarias no sirvieron para mantener el valor del bolívar

El bolívar es desde hace tiempo una moneda muy inestable y la inflación que ha aquejado a Venezuela durante años la despojó de su condición de reserva de valor y llevó a que todo el que pudiera permitírselo ahorrara en dólares, como sucedió en la Argentina de la época del «corralito» y otros países sometidos a procesos inflacionarios severos.

De ahí que muchos venezolanos tengan cuentas en bancos de Estados Unidos, pese a que algunos están viendo cómo se las cancelan por el temor de las entidades a verse afectadas por las sanciones estadounidenses.

Esto explica la popularidad de medios de pago electrónicos como Zelle, un sistema gratuito que permite transferir con el celular fondos entre cuentas en Estados Unidos y que en Venezuela se utiliza con frecuencia para pagar cosas tan cotidianas como un café o una arepa.

Según Arcay, «esto es una anomalía que hace que, en realidad, gran parte del dinero que mueve la economía de Venezuela circule solo por el sistema financiero estadounidense«.

Otra práctica habitual es la de adquirir dólares en efectivo a cambio de dólares que se transfieren a cuentas en el exterior.

Los venezolanos que tienen cuentas fuera del país muchas veces traen dólares de sus visitas al extranjero. Es otra de las fuentes de entrada de la divisa estadounidense en una economía que, pese a los últimos movimientos liberalizadores del gobierno, sigue llena de trabas.

¿Necesita radicalizarse la oposición en Venezuela? por Pedro Vargas Núñez – Portfolio – 14 de Enero 2020

El analista Raúl Gallegos asegura que con una oposición débil y unas sanciones de Estados Unidos que no funcionan es difícil un cambio en Venezuela.

Nicolás Maduro

“Consideramos que la salida de Maduro va a ser muy difícil y si hay un cambio va a ser uno en el cual se daría dentro del mismo chavismo para darle relevo a Maduro”, asegura el analista.

Raúl Gallegos, director asociado de la consultora de riesgos Control Risks y uno de los analistas que más conoce la situación en Venezuela, asegura que las circunstancias actuales indican que lo más posible es que Nicolás Maduro no sea desalojado del poder y que, por el contrario, termine su mandato presidencial en el 2025, como lo tiene estipulado por el momento.

Se percibe que la situación se estancó en Venezuela, Guaidó no pudo sacar a Maduro del poder y este último parece más fuerte. ¿Qué opina?

Siempre hemos dicho que es muy difícil sacar a Maduro con las herramientas de las sanciones únicamente. Es muy difícil para la oposición, que es débil porque no tiene control sobre ninguna institución más allá del Congreso, el cual ha sido básicamente anulado por la Corte Suprema, controlada por Maduro.

Es una oposición que es pacífica, que cree en la democracia y que se está enfrentando a un Gobierno que no es pacífico y no cree en la democracia. Por ese lado, consideramos que la salida de Maduro va a ser muy difícil y, si hay un cambio, va a ser uno en el cual se daría dentro del mismo chavismo para darle relevo a Maduro, pero no sacando al chavismo del poder.

Se daría con el chavismo incorporando a ciertos elementos de la oposición para crear la ilusión de inclusión, pero elementos de la oposición que le han hecho el juego al chavismo por mucho tiempo. Un cambio de régimen radical con la salida absoluta del chavismo y la entrada de una oposición totalmente democrática, transparente y amigable con los negocios, va a ser muy difícil.

Eso que usted llama difícil, suena casi que a imposible…

Creemos que incluso este año, si se mantiene la tendencia de la oposición actual con este mismo cuadro de líderes y con el gobierno de Estados Unidos básicamente enfocándose en sanciones, el Gobierno de Maduro, que va a llevar a cabo una serie de elecciones legislativas que a todas luces serán hechas a la medida del chavismo para sacar a la oposición de la mayoría que tiene en el Congreso y recuperarlo, el poder que tiene la oposición en estos momentos en el Congreso termine este año y que Maduro y su gente se van a apalancar más en el poder.

Precisamente, parte de la intención de Maduro es utilizar el Congreso de nuevo para crear una ilusión de legalidad a toda una serie de medidas que quiere adoptar, incluidas darle mayor participación a empresas internacionales en proyectos petroleros, lo que va a ser crucial para que petroleras chinas y rusas se sientan más confiadas de invertir en el sector petrolero venezolano.

Al quedar el legislativo en manos del chavismo otra vez, ¿la salida de Maduro del poder va a ser casi que imposible?

Si nada distinto ocurre sí.

¿Ante este escenario qué puede hacer tanto la oposición como la comunidad internacional para que haya un cambio de régimen en Venezuela?

Es la gran pregunta que es muy difícil responder. Lo único que puedo decir es que es muy difícil llevar a cabo un cambio de manera pacífica cuando tienes un Gobierno que no es pacífico, ni democrático y que tiene toda la intención de meter en prisión a miembros de la oposición y asesinar a personas. Bajo esas circunstancias no hay un balance entre ambas fuerzas.

Lo que tendría que ocurrir es un cambio de liderazgo en la oposición, que sean más radicales en respuesta al hecho de que esta versión de la oposición no ha logrado el éxito. Ya hemos visto algunos incidentes de exmiembros de la guardia y de las fuerzas armadas realizando ataques a algunas bases militares para robar material. Ese tipo de actividad indica que sí hay algunos elementos que se oponen a Maduro que están dispuestos a hacerlo por la fuerza.

Si hubiese en realidad una organización estructurada y estable, un tipo de insurgencia, que no es deseable para nadie, ni lo estoy recomendando, ni mucho menos, pero si eso surgiera cambiaría un poco las reglas del juego porque tendrías a alguien que se opone a Maduro, que sería tanto a más peligroso que el Gobierno, entonces estarías equiparando los poderes que se oponen.

De lo contrario, bajo la actual estrategia de la oposición y Estado Unidos me parece que este es un Gobierno que no está asustado y que no tiene intenciones de ceder poder de ninguna manera porque no se ve realmente amenazada su estabilidad.

¿Entonces la única opción es que la oposición se radicalice y trate de tomarse el poder por la fuerza?

Lo que pasa es que hasta el momento no hemos visto a nadie que tenga ese discurso ni esa intencionalidad, y yo creo que hay que darle crédito a la oposición también porque es gente que cree en las reglas, en la alternatividad en el poder por la vía democrática y eso tiene mucho valor.

Pero el gobierno de Maduro reta tanto al gobierno de Estados Unidos como a la oposición a que hagan algo más, precisamente porque no creen que lo van a hacer.

Y en este escenario, si las sanciones no funcionan como ya se sabía que no iban a funcionar, ¿qué otra estrategia podría adoptar Estados Unidos para presionar la salida de Maduro?

Las opciones siempre han sido las mismas: opción democrática y gradual vía sanciones o una opción mucho más dura que implica cierto nivel de intervención y de actividad bélica. Lo que ocurre es que por el momento no estamos viendo a un gobierno estadounidense que esté dispuesto a intervenir en Venezuela, particularmente durante las elecciones presidenciales de este año. Para tratar de intervenir en un país como Venezuela hay muchas cosas que podrían salir mal y eso tendría un impacto grave para Trump en las elecciones.

No vemos que tenga la intencionalidad de hacerlo antes de las elecciones o después. No son esas las señales que está enviando el gobierno de Trump.

Habrá que ver si después de las elecciones y si es reelecto, en realidad está tan comprometido con llevar algún tipo de cambio en Venezuela que empiece a buscar nuevas alternativas para sacar a Maduro del poder. Pero dudo que tenga la intención que haya algún cambio real y creo que como todo buen político ha calculado que apretarle las tuercas a Maduro es algo que él quiere hacer como política exterior, si no que además tiene beneficios políticos domésticos también. Eso implica que pueda lograr más votos en Florida, que es un Estado muy importante para las elecciones.

Falló la estrategia que los militares se pusieran en contra de Maduro, ¿eso todavía se puede intentar?

Falló porque es muy difícil hacer que los altos y mandos medios de las Fuerzas Armadas se volteen contra Maduro porque toda esta gente está comprometida con el Gobierno por miedo a represalias o porque están involucrados en corrupción y violaciones de derechos humanos, por ejemplo. Entonces tienen que seguir a la fuerza apegados al madurismo. Son personas supremamente comprometidas por diversos motivos, diferentes a las ideas.

¿La dolarización de la economía ha oxigenado a Maduro?

La dolarización se iba a dar por naturaleza. Cuando la población no confía en su moneda busca alternativas y es inevitable para el Gobierno tratar de evitar que se dolarice cuando el bolívar es inservible.

Lo que hace el Gobierno por su lado es ser mucho más pragmático entregándole incluso algunas empresas del Estado a privados que son amigos para que las manejen. Está también optando por no ejercer mayor control en cuanto a regulación de precios y otra serie de medidas que por muchos años han dañado al sector privado, precisamente para darle más oxígeno. El Gobierno está siendo pragmático y flexible porque lo que se quiere en este momento es sobrevivir en el poder y uno de los objetivos es bajarle la presión al sector privado.

No se ve una salida del poder en los próximos años si el statu quo continúa, ¿entonces lo más seguro es que Maduro esté en el poder hasta el 2025, que es cuando termina el periodo presidencial?

Es muy probable que como van las cosas logre terminar el periodo.

Lo que implica que aumente la crisis humanitaria…

Ese va a ser el gran impacto en Colombia. El tema del flujo de Venezolanos entrando al país no va a cesar, vamos a ver más venezolanos en el país. Va a ser muy difícil frenar ese fenómeno. Es una realidad con la que Colombia va a tener que tomar medidas para manejarla de la mejor manera. Nos vamos a tener que acostumbrar.

Una falsa sensación de prosperidad por Alejandro Grisanti Capriles – RunRunes – 9 de enero 2020

En las últimas conversaciones que he tenido con amigos ha salido repetidas veces el tema de que Venezuela cambió como por arte de magia, que el país está chévere, lleno de bodegones, que ahora encuentras lo que quieras, que abrieron tres restaurantes nuevos en Las Mercedes, que retornó la vida nocturna, y algunos más osados hablan hasta de invertir en el país.

Este pequeño grupo cree que su burbuja no solo produce prosperidad para ellos, sino que de alguna manera le llega al resto de los venezolanos. Justo es decir que la mayoría me cuenta su percepción de mejoría con preocupación porque “cómo vamos a salir de Maduro si logró revertir la crisis y hacer que los venezolanos vivan mejor”. La realidad es que la economía es traicionera, que lo que aparenta ser no es y que, a pesar de que mucha gente cree que no vive en una burbuja porque habla con un taxista, con los que trabajan en su casa o con el caddie que le carga los palos de golf, la crisis sigue latente y afecta a la mayoría de los venezolanos, que en 2019 consumieron menos alimentos y medicinas que en 2018.

Esta falsa sensación de prosperidad me hace recordar la errónea percepción de crisis que había en 2012. En aquella época, como no se encontraba papel sanitario o azúcar en los anaqueles, muchos decían que teníamos un Gobierno sin acceso a divisas, un país en crisis y que entonces era posible derrotar fácilmente a Chávez en las elecciones de octubre. Recuerdo que en enero de ese año escribí que teníamos un Gobierno apertrechado de dólares —con más de US$70.000 millones en activos líquidos— y que esa sensación de crisis no era real. Hoy todos conocemos la historia: Chávez utilizó esos recursos para crear un gran boom de consumo y ganar esas elecciones. Aquellos excesos nos trajeron estas tempestades y fueron la principal semilla de esta crisis económica que hoy cumple siete años.

Para la mayoría de los venezolanos 2019 fue mucho peor que 2018

De acuerdo con cifras publicadas por el Banco Central de Venezuela (BCV), en 2019 se cumplieron 24 trimestres consecutivos de contracción económica, con lo que la caída del producto interno bruto (PIB) se acerca a un acumulado de 60% desde que Maduro disfruta del poder. Esta es una de la crisis mas prolongada y mas profunda que un país sin guerra, haya tenido en el hemisferio occidental, y desafortunadamente todo indica que se prolongará por algunos trimestres adicionales.

Sin embargo, como el BCV publica sus cifras por capricho, para ver en profundidad lo que ocurrió en 2019 debemos recurrir a fuentes adicionales de datos, como la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y otras fuentes del sector privado que gentilmente la compartieron para este artículo.

Justo es decir que, influenciado por una de las principales encuestadoras del país y por la buena campaña que estaba haciendo Henrique Capriles, escribí en varias ocasiones que la probabilidad que la oposición ganara esas elecciones eran altas.Arranquemos con el sector petrolero. De acuerdo con cifras de Petróleos de Venezuela (PDVSA), la producción petrolera cayó 32,4%, es decir pasó de 1,52 millones de barriles diarios (mb/d) a 1,03 mb/d, lo que representa una caída de 490.000 barriles diarios. De acuerdo con fuentes secundarias, la caída fue aún más profunda, pues en 2019 se produjo 41,3% menos petróleo que en 2018, para pasar de 1,35 mb/d a 0,79 mb/d. Valiéndonos de fuentes secundarias y suponiendo que la caída en la producción se refleja 1:1 en las exportaciones, y utilizando el precio promedio de la cesta venezolana, encontramos que en 2019 Maduro recibió US$13.220 millones menos que en 2018. Con menos divisas en la economía, es imposible que mejore el poder adquisitivo de los venezolanos.

El segundo conjunto de cifras proviene del sector privado, tanto en relación con la comercialización y distribución de productos de consumo masivo como con la producción de los mismos. Para evitar las distorsiones que crean los precios relativos, en una economía en la que el precio del dólar ha subido menos que proporcionalmente que el índice general de precios, les pregunté a dos grandes empresas de distribución y comercialización sobre el comportamiento en número de unidades vendidas. Una de las grandes redes de supermercados me informó que en 2019 vendió 46,4% menos unidades que en 2018.

Si a esta contracción de las ventas le sumamos que la tendencia del sector privado ha sido la reducción en los tamaños de los empaques para poderlos hacer mas accesibles a la menguada capacidad de compra de los consumidores, la contracción en el consumo de los venezolanos de menores recursos es aún mayor. El segundo grupo, que trabaja en el sector de salud, señaló que en 2019 vendió 33,2% menos medicinas que en 2018.

Por último, presento aquí un conjunto de cifras detalladas que solo abarcan el primer semestre de 2019 y que reflejan contracciones importantes si se contrastan con las del primer semestre de 2018. Estas cifras apuntan a una caída de 52,9% en el consumo de proteínas, 63,2% en lácteos, 44,4% en frutas, 52,7% en vegetales y verduras, 52,3% en condimentos y 55,1% en bebidas no alcohólicas.

Estas cifras demuestran inequívocamente que el venezolano promedio continuó reduciendo su consumo de alimentos y medicinas en 2019, en comparación con 2018. El Gobierno viene haciendo un ajuste draconiano (insostenible en el mediano y largo plazo) en la política fiscal y monetaria, pues al hacerse la vista gorda con los controles de precios y de cambio reduce la inflación a cambio de un fuerte incremento en la inequidad y una fuerte contracción en la capacidad de compra. El año 2019 cierra con los mayores niveles de desigualdad entre ricos y pobres, aspecto que está muy marcado geográficamente entre Caracas y el resto del país.

La burbuja del “este de Caracas”

Si bien la extracción ilegal de oro, la venta de las reservas en oro y el aumento de las remesas de la diáspora venezolana a sus familiares han mitigado parte de la contracción en la oferta de dólares del país, estas divisas no llegan a representar 25% de la caída de los ingresos petroleros.La burbuja del “este de Caracas” tiene diferentes orígenes, unos más oscuros y otros más lícitos. Ciertamente, tener un Gobierno menos adverso al sector privado, que comienza a aceptar, así sea informalmente y de forma muy desordenada, las leyes del mercado y que se hace la vista gorda con los controles de precio y de cambio, crea un clima en el que el sector privado (principalmente el comercio y la pequeña y mediana empresa) puede operar mejor y generar utilidades. Muy posiblemente la venta de un menor número de unidades, con menores costos pero con mayores márgenes, esté dando algo de oxígeno y utilidades a las redes de distribución y comercialización. Pero que tan sostenible es esto, y que confianza se puede tener en que Maduro continúe en esta línea. A mi parecer muy poca, y hay que tomar esta aparente flexibilización con mucho cuidado.

Una segunda fuente que alimenta la burbuja es la movilización interna, pues familias con poder adquisitivo que antes hacían vida en el interior del país se han mudado a Caracas en busca de servicios públicos, especialmente agua y electricidad. Pero esto es un juego suma cero. Es decir, que el incremento de ese consumo en el este de la capital, es a costa de una disminución importante del mismo en el interior del país.

No es anecdótico, ver lo destruido que están ciudades como Maracaibo, Barquisimeto o la misma Valencia. Por último, los enchufados y corruptos de siempre, que cuentan con un gran poder de compra de artículos de lujo, y que se han visto obligados a gastar en Caracas sus dineros mal habidos por no poder hacerlo en el resto del mundo debido a las sanciones. Es difícil medir estas dos últimas tendencias, pero ciertamente deben ser parte de la explicación de lo que está ocurriendo.

Este renacer en el este de Caracas, de bodegones, de restaurantes de primera categoría y de Dom Pérignon, mientras que el resto del país se hunde en una crisis muy profunda, exacerba las diferencias entre los ricos y los pobres. Los bodegones llenos de Nutella, y de productos de Costco, me recuerdan las tiendas de turistas en Cuba, donde unos pocos privilegiados con acceso a divisas podían comprar esos productos. Por último, la política que está aplicando el Gobierno puede resumirse en “Caracas (y solo el este de Caracas) es Caracas y el resto, monte y culebra”.

 

 

 

2019 sí cambió Venezuela por Raúl Stolk y Rafael Osío Cabrices – Cinco 8 – 1 de Enero 2020

El dólar llegó para quedarse. La democracia te la seguimos debiendo

Puede que Hugo Chávez se revuelva en su tumba del Cuartel de la Montaña si es que ve el país sobre el que Nicolás Maduro ejerce su poder. No queda mucho de ese gigantesco Estado de casi 30 ministerios; de todas esas misiones que retenían firmemente la lealtad de las masas; el montón de compañías públicas que empleaban a miles de fieles chavistas y que se suponía debían producir desde fertilizantes hasta vehículos blindados; de esa economía controlada en la que la inflación era hasta ventajosa para quienes se beneficiaban de los créditos impuestos por el Estado para comprar carros o apartamentos, o de los dólares subsidiados para viajar o importar.

Pero si el Comandante pudiera reclamárselo, Maduro le respondería que en enero y febrero más de 50 países declararon que no lo reconocían como presidente y sin embargo, ahí está. O que no lo derrocaron ni siquiera en lo que los economistas llaman el peor colapso económico de la historia contemporánea.

Sin embargo este fue más que un año en el que Maduro superó de chiripa la prueba que le pusieron sus enemigos.

Lo que pasó en los últimos tres años, pero especialmente en 2019, transformó nuestro país profundamente.

La miniaturización del petroestado

El primer aspecto de esta transformación es la nueva forma del Estado y del país como Estado-nación. El régimen de Maduro aprovechó el colapso económico que él mismo provocó para convertirse en una estructura más liviana y flexible, que concentra sus ahora escasos recursos en una sola meta: permanecer en el poder, más nada. Atrás quedaron las utopías socialistas, el internacionalismo revolucionario, las grandes ideas; para los hombres y las mujeres que todavía son parte de la élite del poder, la “revolución bolivariana” solo consiste hoy en permanecer dentro de terreno seguro en un mundo hostil para el viajero sancionado, y en extraer recursos del país para sacarle provecho al aislamiento.

Desde el apagón nacional de marzo, el régimen mantiene lo que queda del Sistema Eléctrico Nacional en un esquema de racionamiento que protege Caracas, Oriente y Guayana, donde se están explotando los mayores intereses económicos del chavismo, el petróleo y el oro. Mientras tanto, Occidente y los llanos están sin luz por varias horas cada día. Esto ha llevado a la práctica desaparición de la autoridad estatal —y por tanto, de recursos y personal estatal— en buena parte del país.

Donde antes estaba el mastodonte de los años de Chávez, la gente de los Andes, Lara o Zulia se encuentra con células desperdigadas de poder con las que debe lidiar, que depende del lugar son civiles, militares, paramilitares o hampa; ya no hay plata ni voluntad política para sostener al Estado donde no es realmente necesario para la dictadura. Un episodio muy elocuente sobre el uso del fait accompli del desmoronamiento operativo del país por parte del régimen es cómo el gobernador impuesto en el Zulia dejó que los saqueadores se llevaran todo lo que quisieran durante el apagón de marzo, excepto en los locales de sus aliados. Para el régimen, Maracaibo podía arder y su población morirse de hambre, mientras los intereses chavistas no fueran afectados.

Podemos ver el mismo patrón en lo que era el servicio exterior venezolano. En esos países donde los gobiernos no reconocen a Maduro como presidente, los consulados y las embajadas venezolanos están vacíos porque las relaciones diplomáticas se han roto, o están ocupados por personal al que no se le paga, de modo que la Cancillería no tiene que usar parte de sus escasos dólares a mantener esas legaciones operando.

La miniaturización del Estado chavista es una de las principales razones detrás de esta suerte de liberalización económica que hemos visto en los últimos meses del año.

No es que de repente Maduro descubrió las bondades de la economía de mercado, sino que simplemente el régimen ya no es capaz de hacer cumplir los controles que dicta su formación marxista. El chavismo pudo convertir una falla en una norma —para sus propósitos, por supuesto. A este Estado ausente que sustituyó al Leviatán revolucionario que se entrometía en todo, le viene de perlas la emigración (porque eso significa menos manifestantes y menos bolsas Clap), y ni hablar de la renuncia en masa de trabajadores petroleros.

Venezuela tiene una nueva moneda, y no es el petro

Esto nos lleva a la segunda característica más notable del profundo cambio que vive el país: el uso cada vez más extendido del dólar estadounidense, en lo que algunos economistas llaman dolarización transaccional.

Durante años, la economía venezolana ha tenido una dependencia enfermiza de la fluctuación del dólar en el mercado negro, pero ahora, especialmente tras el apagón de marzo, la divisa de Estados Unidos se ha apoderado —en efectivo o en transferencia— de todo tipo de transacciones a lo largo del país, desde la propina a un “bien cuidao” a la compra de un vehículo. Aunque el bolívar soberano sea todavía la moneda oficial, su existencia es principalmente digital, y la escasez de efectivo y la caída de su valor lo están llevando a un punto en el que pueda dejar de existir. Este año, la moneda venezolana cruzó el umbral en que su valor era un millón de millones de veces menos que cuando empezó a devaluarse en el Viernes Negro de febrero de 1983, como el economista Ricardo Haussman apuntó en su momento. ¿Cómo puede el bolívar recuperarse de esto? ¿Cómo podremos pensar que el dólar no terminará como nuestra moneda de curso legal, como pasó en Ecuador y Panamá?

Una paradoja en verde oliva

Las redes sociales venezolanas (sobre todo en la diáspora) están llenas de gente frustrada culpando a la oposición y a Juan Guaidó por haber fracasado en derrocar a Maduro. Pero el hecho es que los militares volvieron a enfrentarse a una encrucijada en la que decidieron seguir apoyando al chavismo, igual que lo hicieron durante la crisis de abril de 2002, el paro petrolero de diciembre de 2002 y el fraude electoral de 2018. El chavismo sigue en el poder, más que todo, gracias a que ha mantenido al ejército de su lado durante 20 años. Todos pudimos presenciar, el 30 de abril, que ni siquiera la deserción del jefe del Sebin fue suficiente para provocar una rebelión. Durante el resto del año, el Sebin y la DGCIM, con la ayuda cubana respectiva, han arrancado de raíz todas las incipientes conspiraciones.

Pero 2019 reveló la paradoja que ahora envuelve a las FANB: su apoyo es crítico para la dictadura, pero las fuerzas armadas están perdiendo relevancia como fuente de control y de violencia —incluso con el apoyo de la inteligencia cubana y de los equipos y consultores rusos. De hecho, son las FAES y los colectivos los que mantienen a la población a raya. La fuerza bruta que estos actores han desatado sobre nuestra gente —mediante las torturas, los secuestros, las violaciones y los asesinatos abundantemente documentados y denunciados— se ha asegurado de que ya no haya manifestaciones significativas en contra del régimen. Las fronteras y las minas son ahora una colcha de retazos de actores armados donde es difícil discernir cuál porción de territorio está bajo el control de la FANB o el Estado, y cuál responde a una célula de las FARC, un frente del ELN, una banda de Puerto Ordaz o una inestable combinación de todos los anteriores.

De nuevo, esta no es la Venezuela que el antiguo teniente coronel Chávez quería (aunque también es el país que él engendró). En lugar de una fuerza armada fuerte que gobierna el país, esa restauración perezjimenista pero a la izquierda que soñaba el MVR, la FANB del presente no puede evitar la deserción masiva de su tropa y es incapaz de controlar el territorio nacional. De aquí en adelante, podemos preguntar qué podría en verdad pasar si un día el alto mando decidiera abandonar a Maduro. Con una FANB tan debilitada frente a los actores armados irregulares y la presencia extranjera, que se le voltee puede que no sea suficiente para acabar con el régimen.

Resignación en las tribunas

Para el final de 2019 ya se veía que todo el mundo había cambiado disimuladamente su posición frente a la crisis venezolana. El enfoque AA del chavismo, “un día a la vez, hoy no me van a tumbar”, se convirtió en lo que empieza a lucir como una estrategia a largo plazo. Rusia no solo se ve cada vez más cómoda con sus intereses en Venezuela, sino que de hecho se ha puesto a expandirlos agresivamente. El Grupo de Lima, cuyo futuro de paso está en entredicho, tornó su atención al manejo del influjo migratorio venezolano, en lugar de la recuperación de la democracia venezolana. Y EEUU parece haber cambiado sus planes también, dado que las sanciones de la OFAC siguen sin dar resultados en cuanto a la fractura del régimen.

Más allá del ruido que hizo con medidas como despedir al embajador John Bolton (y con él, la amenaza al menos verbal de la intervención armada), la Casa Blanca también ha modificado silenciosamente su estrategia, como lo evidencian las conversaciones de individuos cercanos a Trump con el régimen chavista. Las reuniones de Erick Prince con Delcy Rodríguez eran un indicio de que este giro estaba teniendo lugar, pero ya no hay dudas de que existe ahora que conocemos el acercamiento de Rudy Giuliani al mundo de los bolichicos y su llamada, confirmada después, con Maduro. Después de todo, hay intereses en juego de empresas privadas de Estados Unidos (Chevron et al), así que un escenario en el que Trump cierra el tema Venezuela diciendo que hizo un “great deal” luce mucho más probable que verlo declarar una segunda guerra de Vietnam en el Arco Minero.

No nos engañemos sobre cuán relevante puede ser Venezuela para un hombre como Trump, que no tiene un interés personal en el país y está rodeado por muchos otros asuntos que se pelean por su estrecha capacidad de atención.

Y no hablemos de cómo el presidente de Estados Unidos se ha comportado en la arena internacional cuando se trata de aliados de Maduro como Vladimir Putin y Recep Tayyip Erdogan: como pasó en Siria, lo que Trump decide hacer siempre beneficia a Rusia y a Turquía.

Un problemita llamado Juan Guaidó

El próximo 23 de enero, mucha gente le recordará a Juan Guaidó que ya pasó un año desde que se juramentó como presidente encargado. Pero ¿será todavía reconocido como tal ese día? Este 5 de enero, se supone que será reelecto como presidente de la Asamblea Nacional —condición necesaria para ser considerado presidente encargado a ojos de quienes todavía ven a Maduro como ilegítimo- pero el parlamento se está fragmentando bajo el reflejo centrífugo inherente a la oposición venezolana y la presión del chavismo por apoderarse de él, como hemos documentado minuciosamente en nuestro Political Risk Report.

Así que el joven Guaidó no puede contar con que retendrá el rol que lo hizo internacionalmente famoso en 2019. Si lo hace, tendrá que encarar en todo caso el hecho de que lidera una oposición que se desmorona, que ha sido diezmada por la cárcel y el exilio, que no logra reemplazar a la dictadura y que no puede resolver ninguno de los abrumadores problemas que la mayoría de los venezolanos sigue sufriendo bajo la emergencia humanitaria compleja.

La eclosión de la burbuja de esperanza en torno a Guaidó dejó un panorama de cinismo y de desprecio por todos los políticos. En el tercer trimestre del año, las encuestas empezaron a mostrar que había más gente rechazando la gestión del presidente encargado que gente respaldándolo (aunque todavía es el líder más popular que cualquier otro tanto en el chavismo como en la oposición). Esto es un problema para él y para sus aliados en Venezuela, pero también para todos esos gobiernos afuera que apostaron por él. ¿Qué van a hacer ahora Estados Unidos, Colombia, Canadá y tantos otros Estados en cuanto al hecho de que Maduro sigue estando en el poder en 2020, en términos de su relación con Guaidó y Venezuela? ¿Simplemente se harán los locos, bajando el volumen de sus declaraciones y de sus acciones respecto a nuestro país?

Lo que haga cada gobierno que reconoce a Guaidó dependerá no solo de la situación individual de Guaidó, sino del impacto respectivo de la migración venezolana (un asunto primordial para Colombia, Perú, Ecuador, Trinidad y Tobago) o su posición respecto a Cuba y Rusia (que por ejemplo varía mucho entre Canadá y Estados Unidos). Como sea, en 2020 todos ellos demostrarán cuánto les importa Venezuela. El que hoy estemos viendo una tendencia de convivencia con la dictadura es una mancha en el desempeño de esos gobiernos en materia de política exterior, luego de que exigieron un cambio de régimen inmediato y de que algunos de ellos incluso insinuaron una intervención armada, pero también hace quedar mal a México y Noruega, entre otros que tanto defendieron unas negociaciones que no condujeron a nada porque, una vez más, el chavismo no tenía razones para tomárselas en serio. Hasta los chinos deben estar preocupados sobre las posibilidades de recuperar sus inversiones en Venezuela.

Solo dos regímenes, aparte del de Maduro, salen del 2019 venezolano como claros ganadores. Uno es esa Cuba obligada a proteger a Maduro cuando Trump aplastó el acercamiento con Estados Unidos que había iniciado el gobierno de Obama. El otro es la potencia eurasiática que ahora disfruta la oportunidad de establecer una cabeza de playa estratégica muy lejos de su área histórica de influencia: Rusia.

El modelo rusoafricano

La petrolera rusa Rosneft no solo asumió el transporte de petróleo venezolano sancionado: también está metiéndose en las operaciones de extracción, mientras que los militares de ese país muestran abiertamente su presencia en Venezuela —por lo menos como proveedores de equipamiento y consultores. Moscú está más interesada y más preparada que Beijing para ayudar a Maduro y sacar provecho de eso: los rusos saben mejor cómo lidiar con sanciones internacionales y cómo construir poder político sobre una economía extractivista. No es casualidad que la Venezuela de hoy no haya seguido el modelo castrista (cero libertad política, control total del territorio y el Estado, una élite relativamente austera) ni el chino (cero libertad política, enorme desarrollo de infraestructura y una impresionante bonanza económica gracias a la liberalización).

La Venezuela de hoy a lo que más se parece es a la Rusia de Putin: un país muy criticado por sus malos indicadores, con más enemigos que amigos, donde sí existe una oposición, pero es incapaz de amenazar la estabilidad de una alianza de amigotes profundamente corrupta.

Los rusos no solo están modelando Venezuela a su imagen y semejanza. También están aprovechándose de su desmantelamiento como Estado nación, donde las economías criminales y legales ayudan a financiar el lujoso estilo de vida de la élite en Caracas, Lechería o Margarita. Una ecuación que podemos ver en el Golfo de Guinea: millones de personas sufren violencia y pobreza extrema alrededor de las brillantes torres de los ricos en Lagos, Abidján o Kinshasa.

La vida se abre paso

Muchos de nosotros pensamos que 2019 finalmente traería el cambio, que sería el Año 1 del Renacimiento Venezolano. Nos equivocamos en cuanto a la posibilidad de reconstruir nuestra democracia, pero 2019 sí trajo cambios históricos —solo que no eran los cambios que nosotros queríamos.

Para la gente común en Venezuela, la cosa pasó de aprender a vivir con el pran a aprender a vivir sin el pranLa ausencia del Estado se siente por todas partes: es lo que vive la gente en Maracaibo que debe pasar varios días sin electricidad ni agua, y también el empresario en Caracas que decide invertir en un restaurant o un bodegón y obtiene una ganancia significativa en dólares. Estas situaciones tan contrastantes dependen sin embargo de la misma variable, pues ambas tienen que ver con el desprecio total por sus responsabilidades y las leyes que hoy sienten las autoridades del país.

De hecho, 2019 fue un año muy importante, un año que será recordado.

Fue el año en el que muchos venezolanos pasaron la página. En el que se dieron cuenta de que sus vidas no dependen de un poder en las alturas: ningún gobierno va a llenarles la nevera ni los va a ayudar en nada. Las opciones se reducen a irse, o a tratar de aguantar lo mejor posible una situación que no puedes cambiar.

Solo si aceptamos los términos de esta nueva realidad, podremos pensar en cómo nuestro país puede convertirse en un lugar funcional donde si prendes un suiche se ilumina una habitación, donde si abres un grifo sale agua, donde puedes alimentar a tus hijos y donde el gobierno es algo más que un verdugo de las FAES con una máscara de esqueleto.

¿Es positivo que la gente haya dejado de pensar en los grandes problemas nacionales para enfocarse en su bienestar individual? Difícil decirlo. Pero lo que sí sabemos es que es inevitable. El deseo de vivir es más poderoso que las ideologías y los dogmas. Simplemente, como lo dice el personaje de Jeff Goldblum en Jurassic Park: “La vida, pues, se abre paso”.

 

Leonardo Vera: “Ni el estallido político ni el estallido social generaron el cambio” por Hugo Prieto – ProDaVinci – 29 de Diciembre 2019

Leonardo Vera: “Ni el estallido político ni el estallido social generaron el cambio”

Ayer: control de cambio y control de precios. Hoy: liberalización de todos los controles. Ayer: la Apertura Petrolera era el mascarón de proa de la privatización. Hoy: el negocio petrolero es un asunto de la geopolítica, Rusia —a través de la empresa Rosneft— coloca el crudo venezolano en los mercados internacionales y actúa como un trading para evadir las sanciones del Imperio. Ayer: la pobreza de ingresos era del 46%. Hoy es del 94%. Ayer: el neoliberalismo redujo la acción del Estado a su mínima expresión. Hoy: —después de las expropiaciones y estatizaciones de las más variadas empresas— la caída del producto interno bruto acumulado desde 2013 es del 62%. Ayer: la banca ganaba muchísimo dinero. Hoy: el crédito desapareció hasta nuevo aviso. Pareciera que quienes manejan la economía venezolana tienen en mente la consigna de Eudomar Santos —aquel personaje de Por estas calles—: «como vaya viniendo, vamos viendo». Y así le dan la vuelta a la tortilla a diestra y siniestra.

Le propongo a Leonardo Vera, profesor titular de la Facultad de Economía de la Universidad Central de Venezuela, Individuo de Número de la Academia de Ciencias Económicas de Venezuela y profesor invitado de FLACSO, que tenga en cuenta la hermenéutica de Eudomar Santos en cada una de sus respuestas. Vera no se muestra entusiasmado. Su silencio, o más bien su mirada, es una contrapropuesta. Por ahí no vamos a ninguna parte. Para quienes piensan que las alarmas que disparó la crisis económica no tuvieron consecuencias, Vera advierte que las protestas de 2014, 2017 y el episodio de la base aérea de La Carlota son las réplicas de la crisis en la política, mientras que el éxodo imparable de venezolanos que recorren hambrientos América Latina es el estallido social de la crisis. Todo esto ha pasado en nuestras propias narices, pero no hemos querido hacer la conexión porque el fantasma del Caracazo sigue muy activo en el inconsciente social.

La economía venezolana ya es más pequeña que la de República Dominicana. Algo que no deja de ser sorprendente. ¿A qué atribuye este resultado? ¿Al crecimiento que han experimentado algunos países centroamericanos o a la debacle que se ha producido en Venezuela?

Al retroceso que hemos vivido nosotros, cuyo inicio podemos ubicar en el año 2013, año en que Nicolás Maduro llega al poder. Para ese año, Venezuela se encontraba sobre endeudada —entre 2011 y 2017, el país destinó un porcentaje muy alto de sus exportaciones para honrar el servicio de la deuda externa, compuesta por los tenedores de bonos (los mercados internacionales), China, empresas que le prestaron a PDVSA y los Gobiernos de varios países, entre otros, Brasil y Rusia—, esa es la herencia que recibe Maduro. ¿Cuál sería el impacto más severo del endeudamiento? El recorte dramático de las importaciones, que se tradujo en un cuadro generalizado de escasez. Las empresas no pueden importar insumos y bienes de capital y el aparato productivo comienza a derrumbarse. La caída acumulada del PIB, desde 2013, se debe a que las empresas producen cada vez menos y a que cada vez hay menos unidades productivas. Maduro se encontró en un dilema: dejo de pagar deuda o recorto importaciones. Decidió lo segundo y, para 2017, recuerdo, Maduro decía que había pagado más de 70.000 millones de dólares, pero ustedes (los mercados) castigan a Venezuela aunque hemos cumplido todos los compromisos. ¿Quiénes pagaron esa deuda? La población venezolana, las empresas, la producción. El recorte de las importaciones nos fue llevando a esta catástrofe productiva.

Allí hay una primera fuente de la crisis, el proceso de endeudamiento y la forma en que se manejó la deuda. 

Añado el declive del ingreso petrolero, el precio del barril que hoy ronda los 60 dólares. Nunca fue un precio malo para Venezuela, ¿verdad? De hecho, tuvimos varias mini bonanzas a ese precio. El otro argumento que se esgrime son las sanciones. Las primeras fueron contra personas, que no afectan el ritmo de la economía. Después vinieron las sanciones financieras que impedían la emisión de deuda, pero hay que decir que los mercados ya no le estaban prestando a Venezuela. Las sanciones comerciales afectan, porque impiden o limitan las exportaciones de petróleo, pero van a cumplir un año, mientras la crisis de Venezuela ya dura seis años.

Aquí es donde comienzan las grandes paradojas de las variables macroeconómicas. ¿Cómo es que vivimos, por ejemplo, una hiperinflación si no hay demanda, si los venezolanos devengan un salario mensual de seis dólares y la producción ha caído dramáticamente?

Hasta 2017, en Venezuela había demanda, pero no había oferta, entre otras cosas, porque las empresas no producían y no había divisas para las importaciones. Tanto la inflación como el tipo de cambio se dispararon en ese ambiente. Ya tenías el caldo de cultivo para la hiperinflación, que destruyó el consumo. Pero la situación se ha invertido. ¿Qué pasa actualmente? Hay importaciones porque se desmontó el control de cambio, gente que está importando con sus propios recursos, porque ni siquiera hay un mercado oficial. La oferta doméstica sigue siendo muy restringida y la demanda responde a un pequeño nicho de la población que ha podido protegerse, pero, en general, el consumo ha caído dramáticamente. Podemos dividir la crisis en dos etapas. La primera, donde no había oferta, ni importada ni nacional, por el control de cambio y la escasez de divisas; y la segunda donde hay cierta oferta porque no hay control de cambio, pero no hay consumo, porque la hiperinflación destruyó el poder de compra de los venezolanos.

Usted dice que la situación se invirtió. Vamos a utilizar una imagen más coloquial. Se le dio vuelta a la tortilla. Eso no ocurre por arte de gracia. Eso lo hizo alguien, ¿no? Es decir, alguien tomó la sartén por el mango y le dio la vuelta. ¿No hubo allí una decisión de política económica?

Sí, tal vez tenga que ver con la introducción que hiciste. El Gobierno es reactivo, no tiene una propuesta contra la crisis. Simplemente reacciona. La crisis se agudiza con las sanciones y ¿cuál ha sido la respuesta del señor Maduro? Liberar el control de precios y decirles a los privados -y a la población en general-: Busquen ustedes las divisas, yo no tengo. Son libres de hacerlo. En ese sentido hay una especie de flexibilidad tanto en el régimen cambiario como en la formación de los precios y esos son dos cambios muy importantes. Hay más oferta, pero no es porque la agricultura esté floreciendo o porque el empresario industrial esté produciendo más que nunca. No. Está trabajando al 20% de su capacidad instalada (según la encuesta de Conindustria). Es que, sencillamente, el empresario venezolano se ha reciclado y hoy, más que nunca, se ha convertido en un importador. No sabemos si esas importaciones de bienes de consumo están pagando aranceles o IVA, lo cierto es que no hay crisis de papel higiénico o champú; hay oferta, pero no hay demanda.

Demos por hecho que la actitud del Gobierno fue: “Busquen los dólares, yo no tengo, la renta petrolera no alcanza”. Pero de alguna parte tienen que salir esos dólares, ¿no? Y esa es la pregunta que mucha gente se hace. ¿De los venezolanos que ahorraron en dólares desde el colapso del bolívar en 1983? ¿De los tenedores de bonos a quienes les pagaron puntualmente hasta 2017? ¿De las empresas que pagan bonificaciones en dólares? ¿De esa tabla de salvación que son las remesas? Por una u otra vía, nadie sabe cuántos dólares entran al país. 

Quizás no podamos precisar el monto de esos flujos, pero sí podemos aproximarnos a una idea de lo que está pasando. ¿De dónde sacan los dólares los empresarios? Durante años, ellos hicieron inventarios de dólares. ¿Qué garantías ha dado el Gobierno? Trae tus dólares, no vas a tener problemas, vas a poder retomar esos dólares para poder importar. No me voy a meter en tu negocio. Esa es la impresión que tiene el empresario local alrededor del manejo de la política que hace el Gobierno con las divisas. Obviamente, es muy distinta a la que tuvimos antes. A un sector de consumidores también le están llegando las divisas. El técnico que arregla la nevera, el mecánico, el plomero cobran en dólares. La dolarización de facto genera una circulación de divisas hacia sectores de la población que, en otras circunstancias, no tenía acceso a los dólares.

La banca era la encargada de hacer esa circulación: captaba el ahorro de los particulares y se los prestaba a los empresarios. Pero la banca no opera con dólares. Aquí lo que está funcionando es un mecanismo informal. ¿Quién hace las transacciones financieras en Venezuela?

La banca está perdiendo cada día más, por eso se está achicando hasta el punto en que el crédito dejó de ser un negocio. Ni las tarjetas de crédito le sirven al ciudadano común, porque los límites no alcanzan sino para comprar dos o tres cosas. Y para las empresas, las líneas de crédito también son insuficientes. En este momento, la economía está operando sin mercado de crédito y eso es gravísimo. A mí no me preocupa tanto la banca, que sin duda la está pasando mal, sino por el papel que debe cumplir el financiamiento en el consumo, en las inversiones, en el capital de trabajo de las empresas. Es decir, en el movimiento de la economía. Mencionaste el tema de las remesas. En Venezuela no hay un sistema de remesas, no lo hay. Aquí no está Wells Fargo o Western Union, no hay oficinas donde tú puedas retirar 100 dólares que te envió un familiar. ¿Qué hace el familiar que vive en el exterior? Le vende los dólares a un venezolano que tiene cuenta en el exterior y esa persona te hace un depósito en bolívares a tu cuenta.

Lo he visto en Santiago, en Bogotá, en locales donde sacan fotocopias y alquilan minutos de Internet, donde cuelgan un aviso que pone: transacciones a Venezuela. El dependiente de ese local hace la conexión entre la persona que quiere enviar los 100 dólares y la persona que hace el depósito en Venezuela. No es un Western Union o Wells Fargo, pero se parece bastante.  

Pero quien recibe aquí no retira dólares sino bolívares y eso marca una gran diferencia. Eso no es remesa. No es por ahí por donde estarían entrando los dólares, sino por dos vías. Una, el contrabando. Dos, el flujo, cada vez más grande, que opera desde Cúcuta, porque ahí sí puedes ir a una oficina de Wells Fargo o Western Union y con tu pasaporte en la mano decir: Hace cinco minutos un familiar que vive en Santiago o en Quito me depositó 100 dólares y vengo a retirarlos. Ahí te entregan el billete de 100 dólares en la mano. Ese es un flujo que opera todos los días. ¿Cuántas personas cruzan a diario la frontera? ¿20.000? ¿25.000? No lo sé, pero ese mecanismo funciona y por ahí están entrando los billetes verdes.

Pudiera ser que el dependiente del local que opera en Bogotá o Santiago tome los dólares de la persona que quiere enviarle dinero a su familia, lo deposite en una cuenta en dólares del extranjero, una cuenta cuyo titular puede ser un comerciante o un empresario, a quien le sobran los bolívares, pero que necesita los dólares para hacer sus importaciones. A su vez, ese empresario, ese comerciante, deposita los bolívares correspondientes en la cuenta de un banco local señalada por la persona que le quiere enviar dinero a su familia. Y como el Gobierno decidió mirar a otro lado, no pasa nada. ¿Esa vuelta puede funcionar?

Admito que esa vuelta secundaria puede funcionar. Pero estrictamente hablando, no tenemos en Venezuela un mecanismo de remesas. Hubiera sido un mecanismo excelente, un mecanismo de alivio, para poblaciones empobrecidas por una catástrofe económica como la venezolana. Ese mecanismo lo hemos visto trabajando en Centroamérica y en África. Es decir, que se permita las remesas para que las familias puedan obtener divisas.

El mecanismo de las remesas funcionó en Cuba, al menos, hasta el Gobierno de Obama. ¿Por qué no se aplicó en Venezuela? A fin de cuentas, como lo dijo Raúl Castro, “cada vez más somos la misma cosa”. 

Recuerda que esto de liberar la economía es una cosa a la que ellos llegan forzados por las sanciones. ¿Sabes lo que debió costarle a Maduro decir que él no veía mal que el dólar esté circulando en Venezuela? Eso, en primer lugar. Lo otro es que aquí no va a venir ninguna compañía internacional tipo Wells Fargo o Western Union a poner un sistema de remesas si tenemos sanciones. No se arriesgan a hacer eso. Entonces, tenemos un ambiente muy malo para hacer negocios de flujos financieros. Habría que esperar a que se levanten las sanciones, sobre todo las de índole financiera, que son las que nos están perjudicando en ese sentido.

El mecanismo informal de funcionamiento —compro dólares y pongo los bolívares correspondientes al tipo de cambio del día en Venezuela— podría funcionar hasta nuevo aviso. ¿Pero hasta qué punto puede funcionar la economía así?

La verdad es que la crisis venezolana estalló hace tiempo. Si una crisis económica no se atiende a tiempo deriva en una crisis social y política. Sobre todo si tiene las secuelas sociales como las ha tenido en Venezuela.

Como no ha habido estallido social ¿podría haber estallido político?

Ya hubo un estallido político. En 2014, y el Gobierno respondió. En 2017 y 2019, y el Gobierno respondió. Por eso hay más de 400 presos políticos, más de 1.000 muertos y toda esa gente perseguida. A la población venezolana, a la más afectada, no le quedó más remedio que salir del país. Esos 4,5 millones de migrantes que podrían llegar a 6 millones si lo que dice ACNUR es verdad, para finales de 2020, es gente que está saliendo desesperada frente a una situación donde la respuesta política no funcionó. El estallido político no generó el cambio y el estallido social tampoco.

Sí la migración venezolana supera a la de Siria, que ya es mucho decir, el estallido social ya ocurrió. Así que mi pregunta era más que obvia. Pero esto no quiere decir que aquí se hizo borrón y cuenta nueva.

O que esto está tallado en piedra.

Lejos de superarse, la crisis sigue. ¿Aquí no va a haber un punto de inflexión?

Sí, es cierto. La crisis se sigue incubando. Esto de los bodegones y de la dolarización es un espejismo. La mayor parte de la población venezolana la está pasando mal, muy mal. Hay malestar y mientras haya malestar siempre habrá inestabilidad, porque hay una fuerza, digamos, la desesperanza que intenta minar el ánimo colectivo que anhela un cambio. La crisis venezolana demuestra que ese ánimo cambia de la noche a la mañana y quien se ve muy desesperanzado hoy mañana es capaz de hacer cualquier cosa, ¿no? Al extraterrestre Guaidó, por ejemplo, yo no me lo esperaba. Lo que ocurre es que analizamos el presente, nos concentramos en la coyuntura, pero nos cuesta mirar más allá.

Todo espejismo se desvanece y la gente regresa a la realidad, a una crisis sigue fuera de control. ¿Qué podríamos ver más adelante?

Venezuela es una sociedad que se está fragmentando y de eso no hemos hablado. Tenemos dos tipos de clase media. Un médico, por ejemplo, cobra su consulta en dólares, y con 2000 dólares, puede vivir en una ciudad como Caracas. Pero otro sector de la clase media se está empobreciendo. Y esa misma fragmentación también se está produciendo entre los pobres. Un albañil cobra en dólares, pero un empleado del sector servicio se está empobreciendo. Es una situación compleja desde el punto de vista sociológico. En medio de esa fragmentación es muy difícil hablar de promedios. Aquí hay una economía en dólares y nadie sabe si esa economía está creciendo. Pudiera ser, ¿pero quién mide ese crecimiento? ¿Cuál es su cuantía? Nadie lo sabe. También hay una economía en bolívares, mucho más grande, que se va a seguir deteriorando, que va a seguir cayendo.

A fake Walmart, cases of Dom Pérignon and the almighty dollar by Anthony Faiola , Rachelle Krygier and Mariana Zuñiga – The Washington Post – 25 de Diciembre 2019


A security guard keeps watch at a mall decorated for Christmas in Caracas, Venezuela.
Last Christmas, devastated Venezuela saw shortages of everything from tinsel to toilet paper. This year, the socialist government has given a weary nation an unexpected holiday gift.

A dose of the free market.

President Nicolás Maduro is making tentative moves away from the socialist policies that once regulated the prices of basic goods, heavily taxed imports and restricted the use of the U.S. dollar. As a result, the South American nation’s economic free fall is beginning to decelerate. The national inflation rate — still the world’s highest — has slowed from a blistering 1.5 million last year to a relatively breezy annualized rate of 15,000 percent.

The changes might be temporary, and amount largely to an economic Band-Aid. There are no signs, for instance, of a larger strategy to reverse the agricultural land grabs and company seizures that helped lay the groundwork for one of the worst economic implosions of modern times.

But as the new measures take hold, once-empty store shelves have overflowed this holiday season with beef, chicken, milk and bread — albeit at prices so high that a significant segment of the population is actually worse off. More moneyed Venezuelans, however, are flocking to dozens of newly opened specialty stores — including at least one fake Walmart — brimming with stacks of Cheerios, slabs of Italian ham and crates of Kirkland Signature Olive Oils, much of it bought and shipped in containers to Venezuela from Costco and other bulk retailers in Miami.

Maduro remains deadlocked in a political standoff with opposition leader Juan Guaidó and his backers in Washington, who have ratcheted up pressure to force his ouster. But U.S. sanctions against Venezuela do not appear to have crimped surging imports — mostly because they prevent Americans from doing business with only the government, not private Venezuelans.


A woman checks out a shop window in Caracas. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

“The government had been unable to restart the economy any other way, so it’s doing what the people want” by giving in to the free market, said Ricardo Cusano, president of Fedecamaras, Venezuela’s chamber of commerce. The socialists are still in power, he said, but “they have lost the ideological war.”

Plagued by hyperinflation and economic collapse, depressed Venezuelans dubbed last Dec. 25 the “Christmas without lights” — a day largely bereft of the traditional holiday bunting and toys for children. But as the economy begins to show modest signs of life — particularly in the relative bubble of Caracas, the capital — there have been visible changes on the streets.

Meager Christmas markets opened to peddle baubles to a slightly more optimistic populace. More holiday decorations popped up inside stores, along with, proprietors say, more parents buying toys and clothing for children. The capital is suffering its worst traffic jams in years as car owners with greater access to imported spare parts drag long out-of-commission vehicles back onto clogged roads.

The eased restrictions have made the holiday season merrier for a small minority of rich Venezuelans, many of whom live in mansions behind high walls in Eastern Caracas.

The tip piggy bank in an imported goods store in Caracas is stuffed with dollar bills. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

Adult-sized mannequins in Santeria Iyawo attire tower over a child-sized mannequin at El Cementerio market in Caracas. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

“There were things you just couldn’t get — dishes you just couldn’t make,” said Pablo Gianni, manager of Anonimo, a lavish new Caracas eatery that opened this month complete with a glass-walled wine cellar stocked with shelves of four-figure vintages of Dom Pérignon.

“But now, it’s like legal contraband,” he said. “They’re letting everything in.”

The changes taking shape here are the product of a combination of factors. For years, the government strictly limited the use of the U.S. dollar, long portrayed as an instrument of Yanqui imperialism. But last year, the government freed the exchange rate and more broadly legalized dollar transactions. It also eliminated massive import taxes on a host of goods.

But those measures have begun to work through the economy really only in recent months, as the government has taken the further step of abandoning attempts to control retail prices. Stocks of bread, chicken and beef that once sold for nearly nothing are now being sold at market rates, at least partly normalizing farm production and sales through supply chains.

Just as importantly, there are simply far more dollars in the Venezuelan economy now. About 4.5 million Venezuelans have fled starvation and poverty in recent years, creating a global diaspora that collectively sent $3.5 billion in remittances this year — more than triple the amount two years ago, according to Ecoanalitica, a Caracas-based economic analysis firm. In addition, economists say, the economy is awash in dollars from illegal mining, drug trafficking and other illicit activities.


A saleswoman waits for customers in an imported goods store in Caracas. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

By some estimates, there are three times as many dollars in circulation as bolivars, creating a de facto dollarization of the economy that is stabilizing inflation. Last month, even Maduro seemed to hail the almighty dollar.

“I don’t see the process they call dollarization as bad,” he said in nationally televised comments. “It can aid the recovery of the productive areas of the country and the functioning of the economy.”

Across Venezuela, mechanics and electricians, engineers and architects are increasingly charging in greenbacks. More companies are supplementing their employees’ salaries with U.S. currency. Collectively, economists say, 60 to 70 percent of families here are now regularly receiving some dollars — buying even some Venezuelans of more modest means a merrier Christmas this year.

“Last year was very hard for us. There was practically no Christmas,” Yelitza Mineros, 33, said as she eyed the prices in dollars at a Caracas toy store with her 7-year old son and 3-year old daughter.

Her husband, a mechanic, began earning in dollars a few months ago, she said, giving them the extra money they needed to buy new clothes for their children.

Her son, Rodrigo, held up a Spider-Man action figure with a big grin as she spoke.

“This year, we’re doing better, and we can get them their toys,” she said. “That gives me a lot of joy.”


After last year’s “Christmas without Lights,” the decorations have returned to Caracas. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

Venezuela remains deeply mired in the worst economic crisis in modern Latin American history. Years of chronic mismanagement and, to a lesser extent, U.S. sanctions including an oil embargo have severely damaged the lifeblood of the economy: petroleum production. Venezuelans, including residents of the relatively shielded capital, are struggling with worsening gasoline shortages, lingering blackouts and broken state hospitals.

And more food on store shelves doesn’t mean everyone can eat. In western Caracas, for instance, a grocery store that last year sold price-controlled products and suffered from shortages was now well now stocked with goods ranging from imported motorcycle helmets to Diet Coke. But with two chicken thighs at $1.70 and butter at $2 in a nation with a minimum wage of $6 a month, the aisles were mostly devoid of shoppers.
Mariutka Oropeza, 54, sits in her home while her son plays with cards in Guarenas, Venezuela. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

For the poorest Venezuelans with no access to dollars, life is harder. Mariutka Oropeza, a 54-year-old woman who lives with her three adult children in a small apartment in eastern Caracas, has struggled to afford medicines and treatment for her arthritis, hypertension and uterine cancer. She was shocked recently to discover that one of her new prescriptions was going for $70 a box — well out of reach for a family with a household income of $30 a month.

Her family once survived by waiting in hours-long lines for regulated goods. But now that the government has stopped enforcing fixed prices, a bag of cornmeal that once cost her 25 cents now costs four times that amount.

“It’s painful,” Oropeza said. “People say, ‘Oh, we are doing a little better’ because many of them receive remittances from their families abroad. But oh, my God, we are not doing better at all.”

“I remember when this government started ruling, and called the dollar the big enemy. Look where they have brought us now,” she said. “The dollarization of the country.

“What they’re really doing is killing us.”


Customers leave an imported goods store decorated for Christmas in Caracas. (Andrea Hernández Briceño/For The Washington Post)

El régimen de Maduro no está bien y tiene mucho miedo por Juan Carlos Zapata – Konzapata – 23 de Diciembre de 2019

¿Y quién dice que el régimen de Maduro está bien, o está mejor, o está consolidado? ¿Quién puede asegurarlo y jurarlo? No está bien. Los síntomas señalan de que es un régimen con miedo, que mete miedo, porque tiene miedo, que se sabe débil, y que no puede con la crisis. La crisis que se lo va a llevar por delante.
El régimen de Maduro mete miedo porque tiene miedo / Foto: @NicolasMaduro
El régimen de Maduro mete miedo porque tiene miedo / Foto: @NicolasMaduro

El régimen de pronto saca músculos y pasa la ofensiva, y acorrala. Pero hay que estar consciente de esto. Un régimen autoritario siempre intenta sacar músculos y estar a la ofensiva, reprimiendo, metiendo preso a diputados, asustando a opositores, amenazando a periodistas, cerrando medios. El régimen de Maduro mete miedo porque tiene miedo. Y porque tiene miedo necesita generar más miedo. Un clima de miedo. Que busca paralizar y no logra paralizar a toda la sociedad que sigue descontenta. El régimen descubre que el miedo lo protege de la protesta interna y externa. Por tanto, tiene la sensibilidad a flor de piel. Por tanto, detiene a un periodista que cuelga un tuit en el que se refiere a enchufes y enchufados. Por tanto, Nicolás Maduro, premia al FAES, brindándole todo “mi apoyo”. Por tanto, se ensaña contra el diputado Gilber Caro. Por tanto, intenta dinamitar, al costo que sea, la reelección de Juan Guaidó en la presidencia de la Asamblea Nacional.

¿Quién dijo que estaba bien? No está bien un régimen que de pronto saca músculos -músculos fofos-, y cae una avioneta y el siniestro de la nave destapa conexiones que al hilarse complican las relaciones de poder. Porque es hablar del oro. De la explotación del oro. Del contrabando del oro. Del delito del oro. De los intereses. De los grupos. De los boliburgueses. De socios de un lado y otro. De familias. Podrán ocultar y callar que se diga todo hacia afuera de lo que del caso se sabe. Pero lo que no pueden ocultar es la procesión interna. Porque en estos momentos los grupos se ven a la cara y son ellos los que no pueden engañarse ni manipularse. Lo saben todo. Y saben que situaciones de esa naturaleza desatan fuerzas internas. Demonios internos. Y esto es más miedo para el régimen. Miedo hacia adentro.

¿Pero quién dijo que estaba bien? Hay quienes hablan de retoño en la economía porque ven 10, 20 bodegones en Caracas, y tiendas llenas de productos y mercancía en algunos centros comerciales. ¿Y quiénes compran? ¿Y con qué moneda compran? La gente lo sabe. Compran los que tienen dólares. Los que manejan dólares. Y esos son, en gran parte, los nuevos ricos, boliburgueses y bolichicos, los bolifuncionarios, los enchufados. Es la nueva casta. Y, por ejemplo, los bodegones, lo que parece una solución para el abastecimiento, no es una solución orgánica para el consumo ni la inflación ni el poder de compra. Es más bien un nuevo problema político. Es una bofetada contra la sociedad. Contra el pueblo mayoritario. Que sólo ve. Que sólo observa aquella burbuja de compra. Donde sólo compra la casta. Productos inalcanzables para las mayorías. Con lo que, lo que puede dar la apariencia de un retoño económico, en verdad es una burbuja que afianza la imagen de cómo se hace más profunda y más grande y más larga y más extensa la brecha entre ricos y pobres. Y esta brecha la profundiza Maduro. La rabia es contra Maduro. Y su entorno de enchufes.

¿Pero a quién se le ocurre pensar que está bien? Cómo puede estar bien un régimen que acumula otro año con caída del PIB. Que no recupera las empresas básicas. Que no ha podido solucionar la crisis eléctrica. Que tiene al país haciendo colas por la gasolina. Que no garantiza el servicio de agua potable. Ni la salud. Ni garantiza el transporte público. Que no paga a la clase trabajadora. Que está entregando los campos petroleros a los amigos, a los aliados; que se está haciendo de la industria petrolera un negocio particular; que no puede con la inflación. Y los venezolanos se siguen yendo.

¿Pero quién dice que está bien el régimen de Maduro? Sale el régimen acusando de tomas de fuertes militares, y lo que es mentira se transforma en realidad. En el juego de espejos aparece un rostro, se asoma un fantasma, y hacia el Sur, hacia el estado Bolívar, revientan hechos que no estaban en los cálculos de nadie. El régimen tiene que acusar con más mentiras porque tiene miedo, y porque los regímenes autoritarios, que siempre quieren sacar músculos, tampoco, nunca, pueden reconocer errores, tampoco, nunca, pueden reconocer que están mal, tampoco, nunca, pueden admitir que lo están haciendo mal, porque lo peor, lo peor que le puede pasar a un régimen autoritario, es dar la impresión de que está acorralado. Por eso es que el régimen le promete a sus “nuevos aliados”, los que se sienten en la llamada mesa de diálogo, que liberará presos políticos, pero en vez de liberar, sigue apresando, sigue llenando las tenebrosas cárceles de los organismos de inteligencia. Ni a ese gesto se atreve el régimen. El miedo lo tortura.

¿Quién puede decir que el régimen marcha bien? Las encuestas no lo acompañan. Maduro, Diosdado Cabello, Jorge Rodríguez, Héctor Rodríguez, el gobierno, los ministros y hasta el PSUV, siguen en horas bajas, en números bajos. Quieren elecciones parlamentarias pero a la medida. Sin candidatos opositores de peso que les compitan. El escenario principal es la destrucción de los partidos y sus liderazgos. Después las elecciones. Tal vez calculando que el escenario es 2018. Tal vez sin tomar en cuenta que el ejemplo de Bolivia y el fraude de Evo Morales está vivo, sigue vivo. El régimen no está bien. Ni en lo político ni en lo electoral. Creían en 2015 que iban a ganar la Asamblea Nacional. Y salieron derrotados. Se inventaron una elección presidencial en 2018, y el costo les resultó demasiado alto. Y calculan que el efecto Juan Guaidó ya murió. Ya está muerto. Sin tomar en cuenta que diciembre de 2018 no es diciembre de 2019 ni será diciembre de 2020. Hay un polo y una referencia que enfrenta al régimen, que hace un año no existía, y que no se entrega. Pero como el régimen tiene miedo, quiere estar a la ofensiva, y va a aumentar la ofensiva de aquí al 5 de enero, el día de la reelección de Guaidó. Pero en esa apuesta ofensiva algunas de las costuras pueden desprenderse. Se van a desprender.

¿Quién jura que el régimen de Maduro está bien? No. No puede estar bien si puertas adentro aún se habla de conspiraciones y traiciones. Aún se habla de implosiones. Aún se habla de fracaso. Y se envían emisarios. Y los emisarios llevan el mensaje, el odioso mensaje del golpe, de golpear, que ya es tiempo de golpear. Pero el otro, aún negándose, dice que el tiempo “mío” llegará. No puede estar bien el régimen con tantos grupos de poder recelando entre sí, a falta de un líder que los regule, que los tranquilice, que les baje las ansiedades, y los apetitos desbordados por la acumulación primitiva y el delito. El régimen no está bien. Porque lo único que funciona son las estructuras policiales, las estructuras de represión, las estructuras de seguridad. Los privilegios de la casta militar y la casta policial. Y ellas también son parcelas. Que responden a intereses grupales. Sin el líder que garantice que siempre será así, y que evite que de pronto, un día de estos, aparezcan esas estructuras enfrentadas, por lo que siempre se enfrentan los grupos, por más dinero y más poder. El régimen no está bien. Y 2020 no será un buen año.

¿Una dolarización «antiimperialista»?O cómo desapareció el dinero en Venezuela por Manuel Sutherland – Nueva Sociedad – Diciembre 2019

¿Cómo pasó el dólar de ser la causa de todos los males a ser una suerte de «bendición» para el gobierno de Nicolás Maduro?
¿Una dolarización «antiimperialista»?  O cómo desapareció el dinero en Venezuela

El gobierno bolivariano se ha caracterizado por un verbo «antiyanqui» inusualmente encendido. En los últimos tres años, los vituperios contra todo lo que representa Estados Unidos han sido más que recurrentes, debido al franco apoyo de Donald Trump a la oposición más beligerante. Por todo ello y por las espinosas sanciones económicas impuestas desde Washington, ha sido muy fácil lanzar permanentemente acusaciones de «sabotaje» y de «guerra económica». Para los seguidores más entusiastas del gobierno, el dólar estadounidense representa así el cúmulo de todos los males económicos de una nación sacudida por el colapso macroeconómico más profundo de su historia.

Para los «guerreros económicos» de Nicolás Maduro, todos los males se achacan a la nefanda influencia del dólar en la economía venezolana, que de manera consuetudinaria ataca a la moneda nacional hasta depreciarla por completo. Esta pérdida de valor del bolívar sería la culpable de la hiperinflación, la baja de salarios y la crisis en general. Así las cosas, en 2018 aseguraban que el aumento en 42.000% de la base monetaria, exclusivamente emitida por el Banco Central de Venezuela (BCV), no tenía nada que ver con la hiperinflación; es decir, no importa cuánto dinero se lance a la calle, su influencia en los niveles de precios sería cero.

De tal forma, se vendió la tesis de que el dólar es la punta de lanza del ataque imperial contra la Patria. Que el gobierno haya aumentado la base monetaria en más de 2.400.000% en los dos últimos años sería irrelevante. Blandiendo esta tesis, parte de la izquierda se ha volcado a justificar todos los problemas de la economía local con el argumento de que el dólar ahoga y enajena a la población venezolana. Este es, precisamente, el caballito de batalla ideológico de los gobiernos cuya inestabilidad económica es objeto de estudio y chanza.

El petro y la criptomoneda estatal que derrotaría al dólar

Hasta hace poco el mismo presidente Maduro hablaba del «narcodólar», «dólar criminal» y «dólar golpista». Con ahínco firmó decretos en favor de eliminar el dólar como moneda de cambio en el país e invirtió ingentes recursos en lanzar una criptomoneda, el petro. El petro estaría atado a las cotizaciones de varios commodities de exportación y no se iba a poder «minar» como una criptomoneda normal, porque estaría respaldado en las reservas de petróleo del país. La idea es que el petro fuera un medio de pago confiable y estable, aunque estuviera atado a un bien de precio muy volátil: el petróleo, cuyo valor, dicho sea de paso, disminuyó en más de 50% en el periodo 2008-2019.

El petro es una idea llamativa pero con una pésima ejecución y diseño. Desde un principio pareció ser otro de los planes mágicos de salvación económica (como el plan de cría de «conejos urbanos») y que haría recuperar el salario mínimo en el país, que entre 2001 y 2019 pasó de 401 dólares a 7 dólares mensuales. Luego de ese inusual devenir crematístico, casi nada nuevo ha pasado en ese ámbito.

Un viraje radical: el dólar como «bendición»

A contrapelo de los sesudos análisis de economistas ortodoxos que aseguraban que Venezuela iba a terminar en una suerte de comunismo norcoreano, el gobierno ha experimentado desde agosto de 2018 un serio, aunque vergonzante, viraje «liberal». En el marco de la segunda reconversión monetaria del chavismo, cuando se le quitaron cinco ceros al bolívar (hace diez años se le habían quitado tres ceros), se lanzó el nuevo «bolívar soberano» y se prometió una ortodoxia presupuestaria severa. Déficit cero y disciplina fiscal emergieron de pronto en el discurso de Maduro, aunque poco después haría exactamente lo contrario, incrementando en 3.600% el ingreso mínimo legal, con un aumento sideral de la emisión de dinero sin respaldo. Pocos meses más tarde procedería a decretar la libre convertibilidad de la moneda, la importación sin mayores requisitos y la plena legalidad del comercio en divisas extranjeras.

Sin duda alguna, hubo tres sucesos que empujaron a Maduro a esta apertura. El primero es la radical hecatombe de la economía. En sus manos, el PIB cayó 50% entre 2013 y 2018, y más grave aún fue la caída interanual reflejada en el primer trimestre de 2019: -26 %. En segundo lugar, el apagón de marzo de 2019 dejó a millones de personas sin poder comprar, ya que el dinero en efectivo (bolívares) es extremadamente escaso, y sin electricidad era imposible comprar en comercios habilitados con puntos de venta electrónicos. Esto impulsó a los comercios a recibir casi cualquier forma de pago. En tercer lugar, el gobierno sufrió los fuertes embates de las sanciones económicas y la insurrección continua del ala más radical de la oposición. Todo ello aceleró los cambios fundamentales hacia una apertura que venía gestándose poco a poco, contradiciendo a un ala de la izquierda que esperaba (ahora sí) la «profundización de la revolución».

Lo que comenzó como una «medida de emergencia» fue mutando en una cotidianidad dolarizada, que llegó al paroxismo con las afirmaciones de Maduro en una entrevista en televisión nacional, en la que enunció sin ambages: «Yo no lo veo mal, no lo veo mal (…). Me declaro pecador (…) es autorregulación necesaria de una economía que se niega a rendirse. (…) Hay que evaluar cómo ese proceso de lo que llaman ‘dolarización’ puede servir para la recuperación y el despliegue de las fuerzas productivas del país y el funcionamiento de la economía. Es una válvula de escape».

Luego de 15 años de férreo control cambiario, de infinidad de convenios cambiarios y de múltiples organismos de gestión (CADIVI, SITME, SICAD, SIMADI I, SIMADI II, DIPRO, DICOM, etc.), ahora el gobierno bolivariano «descubría» que la creciente dolarización informal del país es una bendición. Y el «dólar criminal» pasó a ser un elemento positivo para la economía.

La tremebunda escasez que todos pensaban que aumentaría, por la crisis o por las sanciones, ha disminuido considerablemente. Poco a poco se observa un importante crecimiento en la oferta de bienes y servicios. Muchos empresarios ven en la oportunidad de emprender o rescatar viejos negocios que tenían mercados potenciales. La veloz carrera por posicionarse en ellos ha impulsado a muchos a arriesgarse con cierto éxito. El vigoroso incremento de «bodegones» repletos de mercancías importadas parece reflejar una demanda capaz de comprarlos en dólares. Ello ha llamado la atención a empresarios nacionales, que saben que producir en el país es mucho más económico que importar, debido a los bajos salarios, la energía barata, etc. Ni hablar de los bajos impuestos y la nulidad total en cuanto a tributos y normas relativas a la cuestión ecológica. Esto se articula con la paulatina apertura económica del gobierno, lo que, de conjunto, augura una leve recuperación económica o rebote luego de la histórica caída del PIB en el primer trimestre de 2019.

La dolarización esconde la destrucción del bolívar

El júbilo de Maduro y de sus más cercanos colaboradores con la dolarización informal y desreglamentada no deja de ser sorprendente. Los más connotados patriotas no se preocupan ahora por la pérdida de soberanía monetaria y de libertad económica que implica una dolarización. Parece que no se dan cuenta de que la destrucción del bolívar no es sino la forma monetaria que toma la devastación económica: la ruina del poder adquisitivo, de la precaria seguridad social, de los ahorros y de los fondos que millones guardaban para su vejez. Evidentemente, la hiperinflación como expresión de la pérdida total del valor de la moneda ha empobrecido a millones, destruido hogares y empujado a más de cuatro millones de personas a la emigración. Estamos hablando de casi un sexto de la población total.

Los números de la aniquilación dineraria son realmente impresionantes. En estos días, apenas se posee como circulante en bolívares un equivalente de 700 millones de dólares (a la cotización del dólar oficial). Hace ocho años esa misma liquidez monetaria en bolívares equivalía a 44.000 millones de dólares. Si se mide per cápita, la liquidez monetaria por habitante ronda los 22 dólares. Países como Trinidad y Tobago tienen cerca de 11.000 dólares en ese indicador. La escasez de bolívares asfixia terriblemente a la economía. Sin suficientes medios de pago, la recuperación estructural, torpedeada por las sanciones económicas de Estados Unidos, es completamente imposible.

Algunos datos del colapso

La depreciación del bolívar con respecto al dólar compete al gobierno central, que con mano de hierro dirige el BCV. El desastroso resultado de los indicadores no puede ser achacado a las sanciones de Trump ni al «bloqueo». Países como Cuba, Corea del Norte o Irán, fuertemente sancionados, no tienen ni 1% de la inflación que tiene Venezuela. Así la responsabilidad por el caos monetario es enteramente interna.

Siendo sucintos, la inflación acumulada en los últimos 24 meses (de septiembre de 2017 a septiembre de 2019) alcanza la cifra de 17.665.911,53%. Estos números, que reflejan el incremento de los precios en más de 17.000.000%, son oficiales ya que surgen del BCV. Si observamos la inflación desde septiembre de 2013 hasta septiembre de 2019 (la última disponible el 11 de diciembre de 2019), notamos que la inflación acumulada alcanzó la cifra de 1.195.117.764,02%. Si, más de 1.100.000.000% (BCV).

Aterrizando en el tipo de cambio, no es difícil ver cómo el bolívar se ha depreciado en casi 100%, con respecto al dólar. En los dos últimos años (de diciembre de 2017 a diciembre de 2019), el tipo de cambio ha aumentado 4.140.709,75%. Si hacemos la medición desde 2013 hasta 2019 (diciembre a diciembre), el tipo de cambio ha aumentado en 7.208.437.400,34%.

Lumpencapitalismo

La voraz hiperinflación que destruyó el bolívar (que es plenamente recuperable) impuso esta dolarización anárquica. Según casi todas las estimaciones, la cantidad de dólares es quizás unas ocho veces más grande que la cantidad de bolívares. Las entradas de divisas por remesas, narcotráfico, corrupción (por las sanciones ya no se fugan tantas divisas) y contrabando de gasolina y minería ilegal han hecho que frecuentemente se pague hasta lo más mínimo en dólares. Esta nueva realidad ha horadado la autoestima de muchas personas que perciben salarios de alrededor de 15 dólares mensuales, mucho más alto que el mínimo, y que ven cómo una pequeña parte de la sociedad compra carros de 200.000 dólares, come caviar y paga oficinas de lujo.

Las clases que magistralmente bosquejó Karl Marx según sus atributos productivos parecen reducirse en el imaginario venezolano a dos: los que ganan en divisas y los que reciben bolívares (los pobres). Florece la importación de lujo y la producción nacional desfallece. Un lumpencapitalismo se erige así entre la mar de ilegalidades, evasiones y bandas armadas extractivistas que se han hecho «empresarias» a fuerza de crímenes de todo tipo. El Estado se ausenta y se retrae. Los controles absurdos se abandonan de facto, pero con ellos las regulaciones necesarias también desaparecen. Reina el descontrol y se profundiza la desigualdad del ingreso en niveles nunca antes conocidos.

Aun así, podría haber alternativas a la debacle. Urge un programa de emergencia económica alejado de los intereses inmediatos de los bandos en pugna. Sindicatos, ONG, universidades y algunos partidos podrían trabajar en un plan que ordene y coloque en el centro a los trabajadores y las trabajadoras venezolanos y sus condiciones de vida, para luego impulsar un plan alternativo de mayor envergadura que reordene la vida económica y social del país.

Ajuste inhumano por Trino Márquez – La Patilla – 11 de Diciembre 2019

El año 2019 está cerrando en medio de uno de los ajustes más feroces de los que se tenga memoria en América Latina. El gobierno de Nicolás Maduro decidió combatir la escasez, el desabastecimiento y la hiperinflación aplicando una receta nada socialista: liberó los precios de la mayoría de los productos de consumo masivo, dejó que un sector de la economía, el de los precios, se dolarizara, permitió que los sueldos se pulverizaran, y redujo a su mínima expresión el gasto fiscal en áreas vitales relacionadas con la calidad vida. En este último rubro dejó de invertir en educación, salud, vías de comunicación, transporte colectivo, infraestructura, y en todos los campos que hacen más amable la vida cotidiana. El régimen se olvidó de la gente y de la política social. O mejor dicho, la redujo al aumento episódico del salario mínimo y las pensiones del seguro social, y a las transferencias monetarias que ocasionalmente ordena colocar en los bancos que las distribuyen.

Este ajuste tan agresivo ha hecho que las cifras de pobreza aumenten y que los pobres sean cada vez más menesterosos. Los datos acerca de la situación alimentaria son alarmantes. Están afectando a las generaciones actuales e impactarán a las futuras. De acuerdo con Encovi y con la Fundación Bengoa, está es desarrollo una generación con serios déficits nutricionales. La desnutrición afecta a las parturientas y a los niños recién nacidos. Sin embargo, no existe ningún plan oficial dirigido a detener ese deterioro. El Plan de Alimentación Escolar desapareció. Lo único que se le ha ocurrido al gobierno es repartir algunos alimentos a través de las cajas Clap, cada más precarias y esporádicas.

La educación pública, en todos los niveles, también fue abandonada. La inversión en la construcción de nuevas unidades educativas y en la reparación y mantenimiento de las existentes, se extinguió. Los sueldos miserables que ganan los maestros de primaria, los profesores de bachillerato y universitarios, condujo a una fuga masiva de docentes de los centros de enseñanza. Los docentes viven en condición de pobreza extrema. Lo mismo ocurre con los médicos y enfermeras que laboran para el Estado. Nicolás Maduro atacó el déficit fiscal pulverizando el ingreso de todos los trabajadores.

La infraestructura se encuentra desmantelada. Después de que los bolichicos saquearon los recursos destinados a mejorar las fuentes de generación de electricidad y las redes de distribución, se olvidó es este sector. Venezuela ha retrocedido décadas en este campo. En la práctica lo reprivatizó. Quienes poseen electricidad de forma regular y permanente son las familias o los condominios con posibilidades de comprar una planta eléctrica y luego financiar sus elevados costos. El proyecto de mantener una electricidad socialista, colectiva y democrática, se esfumó. Es cierto que el servicio casi se regala, pero quienes más sufren el asalto a los recursos destinados a mejorar la electricidad son las familias más pobres.

El transporte público, privado y del Estado, se haya en escombros. El Metro de Caracas ahora representa un peligro muy serio en todos los sentidos, para los usuarios. Si no son objeto de un asalto pueden sufrir graves lesiones por los continuos accidentes que ocurren. Desde hace mucho tiempo el gobierno no incorpora al sistema nuevos vagones, ni nuevos autobuses.

Los hospitales del Estado también se encuentran en una situación deplorable. Símbolos del pasado reciente como el Hospital Clínico, El Pescozón, el Domingo Luciani o el centenario Hospital Vargas, salieron del foco de atención de las autoridades de salud. Los reportes del Observatorio Venezolano de los Servicios Públicos son elocuentes.

Incluso, un campo conexo al área social como la telefonía celular y los servicios de internet propiedad del Estado fueron quebrados. En esta esfera, en la cual el sector público pretendía competir con el sector privado, el descalabro es total. Cantv y Movilnet van en vías de extinción. Nadie debería sorprenderse si un día cercano el gobierno anuncia su venta a los chinos.Reestatizaron esos servicios para luego demolerlos.

La inversión en el área social se redujo a lanzar luces de bengala. Maduro se desentendió de la situación concreta de los venezolanos en todas las áreas relacionadas con la normalidad ciudadana y la calidad de vida. La inmensa mayoría de los venezolanos cerrará 2019 viviendo en una situación más precaria que a comienzos de año. La brecha entre esa inmensa capa y el reducido grupo que tiene acceso de forma continua a los dólares y a las otras divisas, seguirá ensanchándose.

Llamar neoliberal al ajuste de Maduro es una forma de maquillarlo. En realidad se trata de un ajuste de una crueldad inenarrable.

PD: Me despido de ustedes hasta enero. En medio de la adversidad, traten de pasarla lo mejor posible este diciembre. Un abrazo.

¡Oíd, venezolanos!!, por Gustavo J. Villasmil-Prieto – TalCual – 14 de Diciembre 2019

 

“¡Alemanes, salvaos! ¡Salvad vuestras almas negando fe y obediencia a vuestros dominadores que solo en ellos piensan, no en vosotros!”.

Thomas Mann, Oíd, alemanes…Emisión de Nochebuena de 1940

La inusitada frecuencia con la que hemos tenido que asistir a pacientes tuberculosos en mi hospital durante el año que está por concluir me ha hecho tener especialmente presente la obra del gran Thomas Mann, uno de los autores más cercanos a mi espíritu. Mi particular lectura de ese monumento a las letras que es La montaña mágica (1924) me regaló en su día una reflexión sobre el drama humano tras la enfermedad que jamás encontré en los tratados médicos entre los que crecí.

En estos tiempos también he recordado de manera sentida la traducción de los españoles Tobío y Moreno que recoge la transcripción de las famosas manchetas antihitlerianas de Mann transmitidas en su programa radial Oíd, alemanes…, que entre 1940 y 1945 produjo regularmente la BBC de Londres, en alemán, desde el exilio del autor en Estados Unidos.

El Oíd, alemanes… era algo así como el Aló, ciudadano del recordado Don Leopoldo Castillo en la Venezuela de tiempos recientes. En aquellas reflexiones hertzianas, Mann no se guardaba, al tiempo de descargar la más feroz denuncia contra el horror nazi, de expresar sus críticas a una sociedad alemana que dócilmente y sin chistar se sometió a la bota nacionalsocialista.

Notable es el texto de la transmisión correspondiente a la Nochebuena de 1940, en el que el también autor de Muerte en Venecia (1912) y de Los Buddenbrook. Decadencia de una familia (1901) se pasea por el significado profundo que para el pueblo alemán tuvo siempre la Navidad, “la más alemana de todas las fiestas”. La celebración navideña en todo el mundo cristiano está llena de evocaciones germanas, que abarcan desde el arbolito de nuestras casas hasta las más diversas traducciones del Stille nacht, heilige nacht que con fervor entonamos en nuestras Misas de Gallo. Con sentida crítica, Thomas Mann emplaza moralmente a los alemanes que a la medianoche del 25 de diciembre de aquel annus horribilis – el de la blitzkriegextendiéndose hasta Francia y las bombas de la Luftwaffe atormentando cada noche a Londres durante la batalla de Inglaterra- se disponían a sentarse a la mesa para celebrar la cena de Navidad.

A expensas de la destrucción de la economía alemana, de su inmensa y rica cultura y del luto de millones de familias de bien, la locura hitleriana apretaba su marcha mientras los sufridos alemanes ponían pobres regalos para sus hijos bajo el iluminado árbol de Navidad llorando la absurda muerte en algún frente del padre, esposo o hijo. Con notoria angustia se dirige Thomas Mann desde su exilio a sus resignados compatriotas en tan señalada fecha: “¡Alemanes, salvaos! ¡Salvad vuestras almas negando fe y obediencia a vuestros dominadores que solo en ellos piensan, no en vosotros!”. Pero incluso al culto pueblo alemán terminó aceptando el “bozal de arepa” – su arepaschnautze, si se me permite una muy liberal traducción a partir de mi escasísimo alemán de aeropuerto- ofrecido por el nacionalsocialismo. Ni más ni menos que como ocurre en Venezuela.

Dinero a raudales circula hoy por las calles del este de Caracas. En Las Mercedes, pinos canadienses se expenden por 200 dólares o más; increíblemente, en la Venezuela del 20 por ciento de sus ciudadanos en franca desnutrición, ¡hay quien los compre! Los restaurantes situados al norte de la plaza Altamira están permanentemente congestionados, en tanto que unos metros más abajo, en la esquina sur de la misma, familias enteras hurgan entre la basura en procura de algunas sobras que comer.

En el este de Caracas, las riveras del Guaire se llenan de lucecitas bajo las que una miríada de seres subterráneos buscan entre los detritus que acarrean sus aguas fecales alguna cosa de valor canjeable por unos pocos bolívares. Los colegios privados disponen de costosos stages, instrumentos y equipos de sonido profesional para que niñatos sin formación musical alguna mancillen el noble género de la gaita de mi Zulia natal en costosos “festivales” y ante la mirada perpleja de maestros y bedeles que no saben cómo llegar a fin de mes.

En la Venezuela de la “burbuja”, sus contados habitantes viven la Navidad recorriendo “bodegones” en los que pueden proveerse del más fino género importado pagando en dólares cash aceptados con independencia de su origen y sin la angustia de terminar siendo perseguidos por un régimen con cuya anuencia expresa ya cuentan. Y así por el estilo. Estos bubble citizens –llamémosles así- pueden optar por interesantes paquetes hoteleros en Caracas o el exterior, ofertas de cruceros de Año Nuevo por el Caribe o los fiordos de Noruega y, dado el caso, por la más sofisticada atención médica, como la ofrecida en cierto hospital de San Diego en el que, según la cuña de radio que lo anuncia, una especie de efecto mágico comienza a obrar tan pronto el paciente ponga un pie en la sunny California.

Todo ello previo pago de fees solo al alcance de quien posea una póliza de seguro internacional, claro está. Porque cosas como esa no son para “limpios” de solemnidad.

Y no se crea que a los menos favorecidos dejará de tocarles lo suyo. En absoluto. En mi hospital, a los obreros los llamaron por lista para entregarles personalmente su cajita CLAP, mientras que algunos con mejor disponibilidad de fondos se dispusieron a repartir y recibir pescozones entre la multitud volcada en centros comerciales en ocasión del Black Friday. ¡Y feliz Navidad! ¡Hasta los peloteros de la MBL serán autorizados para hacer swing en los campos de Venezuela pese al apretado paquete de sanciones de la Casa Blanca! Panem et circenses, como escribió el poeta Juvenal.

Habrá, pues, fiesta para todos: para unos con güisqui “mayor de edad”; para otros –de lejos, los más- con algún “lavagallo” de bastante menor categoría. Cada quien tendrá su propia “burbuja” dentro de la cual ponerse a vivir mientras la tragedia nacional venezolana se profundiza fuera de ella. Medio millón de venezolanos vieron pasar un año más figurando en listas de espera quirúrgica en hospitales públicos que nadie se ocupa de mover; seis millones más sobreviven como mejor pueden lejos de casa, muchos padeciendo maltratos indecibles, mientras se las ingenian para mandar unos pocos dólares para que coman los que quedaron atrás.

Vacías de sentido aquellas aguerridas consignas de los años 2002, 2007, 2012, 2013, 2014 y 2017, el venezolano parece haber optado por una vida reducida a su particular “burbuja”. La república nos ha sido sustituida por una confederación de espacios particulares que confluyen solo para lo estrictamente necesario.

Nada resulta más funcional al régimen chavista que el confinamiento de la vida ciudadana a un conjunto de acciones destinadas a la inmediata supervivencia. Un país “excesivamente normal”, como alguna vez lo calificó aquel cínico rasputín de tan ingrata recordación para muchos de nosotros. Los expertos chavistas en operaciones psicológicas lo tienen perfectamente claro: con hambre y con apremios, no habrá voluntad de resistencia que prevalezca. Y con dinero en la calle, incluso tan devaluado, aún menos.

2020 será el año de la definitiva instalación entre nosotros de realidades aún más salvajes que las que hemos visto. En mi Maracaibo natal, el 80 por ciento de las operaciones comerciales se saldan ya en moneda norteamericana, de manera que quien no ingrese dólares no tendrá acceso a lo que necesite, por básico que sea. La definitiva muerte de la sanidad pública venezolana dejará como única opción para quien enferme al hospital privado, siempre y cuando se lo pueda pagar. Alimentos, medicinas, ropa y hasta el desodorante de bolita estarán disponibles, pero para quien los pague en divisas o al cambio del día, sin marco que regule tales transacciones, sin “defensa al consumidor” ni derecho al venezolano “pataleo”.

Sofisticadas instituciones jurídicas como la contratación colectiva en materia laboral dejarán de tener sentido en un país en el que el trabajo, o es informal o está “überizado”. Y todo mientras en los colegios privados entonan las grotescas estrofas de “María la Boyera” y las nuevas clases medio-altas decoran sus casas y apartamentos con santacloses inflables y tarjetas en verde y rojo de las que ponen Christmas Greetings. En Puerto Cabello, un antiguo funcionario chavista pone una tienda de víveres importados y la nombra como las de la famosa cadena norteamericana fundada por el magnate Sam Walton. Y todos contentos. Aquí no pasa nada: porque hasta para los más pobres habrá, aunque sea para que celebren con cerveza y ron barato las doce campanadas de Nochevieja.

¡Oíd, pues, venezolanos! ¡Salvémonos de esta tragedia, compatriotas míos! ¡Saquemos casta para dejar atrás el drama de un país que ha visto marchar ya a una quinta parte de sus hijos mientras clama al cielo por medicinas y alimentos! La anemia espiritual nos mata.

La estolidez de quienes tienen responsabilidades de liderazgo profundiza aún más la terrible sensación de desesperanza que se respira en las calles llenas de venezolanos derrotados buscando cualquier baratija – corriente o cara, según los dictámenes del bolsillo- con que aplacar en algo el dolor cotidiano que les agobia. Que en la Venezuela del dolor se encienda hoy una Navidad cargada de la más profunda espiritualidad en la que no importe la calidad de la vianda que sobre la mesa familiar pueda ponerse esta Nochebuena.

Una Navidad en la que los cristianos conmemoremos una vez más la venida al mundo de Dios humanado acaecida en medio de la mayor de las modestias, allá en Belén de Judá, en la periferia profunda de la antigua Roma. Para que –citando de nuevo a Mann en La montaña mágica– en medio de esta “fiesta mundial de la muerte, de este temible ardor febril que incendia el cielo lluvioso” se manifieste una vez más el más grande amor: el del Altísimo por todos los hombres de buena voluntad.

Reciban, apreciados lectores, mis más sentidos votos por una Navidad santa y feliz para todos ustedes y sus familias.

 

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