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The End por Gustavo Tovar-Arroyo – El Nacional – 7 de Abril 2020

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Ni poeta ni documentalista

En estos tiempos de perplejidad e incomprensión, cuando la humanidad para salvarse debe ser inhumana, retraída y cuidadosa del prójimo; cuando tocarse, estrechar manos, abrazarse o besarse puede ser interpretado como un acto criminal; cuando andamos de un lado al otro como enmascarados, la palabra activista se redimensiona y encarece: hay que activarse contra la peste.

En mi caso, por ejemplo, me enorgullece más ser reconocido como activista que como escritor, poeta, documentalista o abogado. Uso la poesía, el escrito, el documental o el derecho como actos que están al servicio y reivindican la libertad. No busco condecoraciones, busco libertades.

El heroísmo silencioso del activista

El activista no tiene descanso, su vida está dedicada a reivindicar derechos, lucha diariamente por ellos no de manera egoísta o individual (aunque por lo general sus esfuerzos lo sean); siempre, en todos los casos, sus reclamos favorecen el bien común. Un activista es un silencioso héroe civilizador o, al menos, sus actos lo son. Vive una soledad de escalofrío.

Ser activista siempre –como todo acto heroico– conlleva una tragedia. Los griegos no se equivocaron, desde entonces todo activista –como héroe– atiborra su espíritu de heridas, frustraciones, de incurables llagas sangrantes. Ni uno se salva, no sería un activista si estuviera exonerado del dolor y la tragedia. Todo heroísmo es trágico.

Todos para uno y uno para todos

Durante estos largos, tristes y devastadores veinte años de dictadura chavista casi cualquier venezolano decente ha sido un activista, algunos con mayor dedicación que otros, pero casi la mayoría de nosotros se ha activado para luchar por la libertad. Pocos no lo han hecho y sin duda esos pocos están vinculados con el crimen y la corrupción chavista, el desdén no existe.

Artistas, pintores, músicos, escritores, empresarios, abogados, ingenieros, estudiantes, obreros, panaderos, twitteros, maestros, enfermeras, doctores, campesinos y un largo etcétera de venezolanidad se ha activado contra el chavismo y, aunque luchamos, no hemos logrado derrocarlos. Ha sido extenuante ver al país devastarse y no poder liberarlo, ¿o no?

El método de la traición

La lucha ha sido feroz y asimétrica, el chavismo –conglomerado mafioso y criminal– una vez que llegó al poder, aparte de emplear los ortodoxos métodos de persecución, prisión, tortura y asesinato político, usó un dinero inimaginable para comprar opositores, doblegarlos y usarlos de manera grosera para sus propios fines dictatoriales y contra la libertad.

Así nos encontramos muchas veces con aberrantes casos de colaboracionismo que tanta náusea y consternación nos causaron. Las traiciones de Ricardo Sánchez, William Ojeda, Claudio Fermín, Felipe Mujica, Henri Falcón, Luis V. León, Luis Parra o José Brito han dificultado muchísimo la lucha, pero ni con ellos a su servicio han podido doblegar nuestro sueño de libertad.

El final de la película

Sin embargo, el activismo venezolano, el decente, el que no se doblega ni se vende, el que lucha día a día, el que resiste y protesta, el que denuncia aquí, allá y acullá, el que ama genuinamente a Venezuela, ha recibido al fin el espaldarazo de los aliados del mundo, quienes de manera universal le han puesto precio a la cabeza de los tiranos Maduro y Cabello. Insisto: al fin.

No solo le han puesto precio, en una acción sin precedentes han desplegado una flota militar de asalto para liberar a Venezuela de la narcotiranía terrorista sea como sea. Es una victoria del activismo ciudadano, es decir, es una victoria tuya, suya, mía: nuestra. El final de la película está escrito y llega su desenlace. Se intuye, se percibe, se siente, está cerca, llega. Lo verás.

The End.

Nicolás Maduro anunció la “operación tun-tun” para todos los que conspiren en su contra – Infobae – 30 de Marzo 2020

El dictador venezolano lanzó, además, una misteriosa amenaza, en medio de la emergencia sanitaria por el coronavirus: “Hasta a ti que me ves. Hasta a ti te va a llegar. ¿Crees que no te va a llegar? A ti te va a llegar la justicia”

Mientras Venezuela sigue en cuarentena por el avance del coronavirus,cada vez son más las denuncias por la ola represiva del régimen de Nicolás Maduro contra médicos, periodistas y opositores que critican el penoso estado del sistema sanitario de Venezuela. Sumado a esto, la semana pasada la justicia norteamericana presentó cargos en su contra por narcoterrorismo.

Este lunes, el dictador chavista amenazó con endurecer esa persecución durante el estado de emergencia por la pandemia. Desde el Puesto de Comando Presidencial, hizo un repaso de las medidas que se tomaron para contener la epidemia, y destacó “el frente de la seguridad interna, de la paz”.

“Mil ojos, mil oídos frente a los conspiradores, a los malvados, a los complotados, a los terroristas. ¿No quieren oír? ¿No quieren ver la realidad? ¿Mantienen sus planes miserables de ataques golpistas? No se quejen después. Salen a llorar después por las redes sociales cuando la justicia les llega, y la justicia le va a llegar a todos. No me gusta hablar por hablar, solo digo hoy, la justicia le va a llegar, operación tun-tun a todos los terroristas, a todos los violentos, a todos los conspiradores, y a todos los complotados”, señaló Maduro, quien estuvo por su vicepresidenta Delcy Rodríguez, dos miembros del Ejército y otros dos funcionarios del régimen, todos cubiertos con barbijos negros y blancos.

Seguido a ese mensaje, lanzó una enigmática amenaza: “Hasta a ti que me ves. Hasta a ti te va a llegar. ¿Crees que no te va a llegar? A tí te va a llegar la justicia cuando te toque el tun-tun, no te pongas a llorar por las redes sociales”.

La justicia chavista abrió una investigación contra Juan Guaidó

La justicia chavista abrió una investigación contra Juan Guaidó

Todo indica que esa persona es Juan Guaidó, el presidente interino del país a quien el chavismo viene amenazando desde hace meses pero aún no lo encarceló.

Luego del pasado jueves, cuando el Departamento de Justicia de EEUU presentó los cargos contra Madurola justicia chavista abrió una investigación contra Guaidó, a quien acusan de haber pedido esas medidas durante su última gira internacional por Norteamérica y Europa.

En medio de la ola represiva, dos miembros del equipo de trabajo de Guaidó, Rómulo García y Víctor Silio, fueron detenidos este domingo por las fuerzas de seguridad del régimen. Asimismo, este lunes la policía chavista secuestró a Andrea Bianchi, novia de Rafael Ricouno de los asistentes del líder opositor.

En más de una oportunidad Maduro aseguró que algún día Guaidó deberá rendir cuenta ante la justicia. No obstante, el gobierno de Estados Unidos advirtió que cualquier amenaza contra la seguridad del presidente interino “sería la última acción” de Maduro.

¿Tregua con Maduro ? por Andrés Velásquez – Caraota Digital – 30 de Marzo 2020

Quienes hoy proponen una tregua, un pacto o entendimiento con Maduro, como elemento indispensable para enfrentar la pandemia del coronavirus, (COVID-19)

parten de premisas equivocadas. No están dando la lectura correcta a la crisis que vive nuestro país.

El deterioro actual de Venezuela no se originó con la llegada del coronavirus, el epicentro de la destrucción de nuestra patria es esta dictadura es el modelo impuesto a lo largo de más de 20 años,que convirtió el país en un Estaso fallido que nos condena a todos a vivir en condiciones miserables.

No es, entonces, la llegada de ésta pandemia mundial responsable por ejemplo, de que las empresas básicas de Guayana hayan dejado de producir, tampoco es responsable de los cortes eléctricos que a diario sufre la población.

No es el coronavirus el responsable de la pulverización del salario y la desaparición de la contratación colectiva. Tampoco lo es de que no haya agua, falte la comida o no exista un solo hospital en condiciones medianamente aceptables, y menos aún responsable de que hayan huido del país más de 4 millones de compatriotas escapando de la dictadura, porque los condenaba a la miseria y hasta a la muerte. Es Maduro el único responsable.

El coronavirus, ciertamente, viene a agravar las cosas, por el estado de indefensión social en el que nos encontramos, y que con extrema urgencia debemos atender, para dar a la población la información y el apoyo que les permita protegerse oportuna y eficientemente, para controlar y frenar los estragos que puede generar ésta pandemia, pero de allí a pensar que una “tregua” pacto o entendimiento -como algunos proponen- con el dictador Maduro sea la solución. Están equivocados, todo lo contrario: la atención y control de los impactos que lamentablemente podría causar el Covid19 ,en Venezuela, pasan indiscutiblemente por una solución política que no es otra que el fin de la usurpación y el desalojo definitivo de Maduro y su pandilla.

Pactos o acuerdos con Maduro, en estas circunstancias no sólo serían un error político, sino que estaríamos aceptando la sumisión irreversible ante la dictadura, dando reconocimiento y legitimidad a quien hoy usurpa el poder en Venezuela y tirando a la basura todo el esfuerzo, el sacrificio y la lucha incansable de los ciudadanos por conquistar la libertad, la democracia y el restablecimiento del hilo constitucional roto por quien precisamente, pretende aprovechar la pandemia para zafarse de la condena a la que ha de estar sometido por el resto de sus días, dando la cara a la justicia por todos sus delitos.

El dilema que algunos plantean para justificar su voltereta de que hay que atender a la población frente a lo que representa el coronavirus, es ficticio. Podemos pedir el auxilio internacional canalizado por el gobierno interino del presidente Juan Guaidó e implementarlo con la inmediatez y transparencia necesarios, a  través de los mecanismos establecidos por los organismos internacionales competentes, y además, hacerlo ya!

Luis Salamanca: “La dictadura comenzó el 20 de mayo de 2018” por Hugo Prieto ProDaVinci – 8 de Marzo 2020

Luis Salamanca: “La dictadura comenzó el 20 de mayo de 2018”

En 2015, tras la clamorosa victoria de la oposición en las elecciones parlamentarias, el chavismo activó el Plan B (cuyo enunciado número uno se consigna en las líneas que siguen). Para entonces, un grupo de académicos, entre los cuales se encuentra Luis Salamanca, le practicaron una autopsia forense a El Sistema Electoral Venezolano. Precisamente, la frase sirvió como título a un libro que se publicó ese año.

El ensayo que le correspondió escribir a Luis Salamanca, politólogo, abogado, doctor en Ciencias Políticas, exrector del CNE (2006-2009), exdirector del Instituto de Estudios Políticos de la UCV, se titula Ventajismo y Autonomía del Elector en las Elecciones Venezolanas del Siglo XXI. Para ese año, el sistema político rozaba la frontera que separa el autoritarismo de una dictadura. ¿Qué se puede decir de lo que ocurrió en estos años? Algo de eso está plasmado en esta entrevista. De ese ensayo he rescatado, por razones obvias, una expresión del propio autor: «el roído hilo electoral». Y no ha sido casual.

Nunca como antes el régimen chavista ha dependido tanto del ventajismo y del control institucional. ¿Realmente podemos esperar, en caso de que se nombre un nuevo CNE, que se organicen unas elecciones libres, justas y transparentes?

Cuando hablamos sobre la necesidad de tener un proceso electoral democrático, ahí se están expresando dos cosas. Una. La sociedad venezolana que tiene, en su memoria colectiva, a la democracia como el método para resolver los conflictos, elegir a los gobernantes y organizar las instituciones. Ciertamente, en Venezuela no hay condiciones democráticas, pero la gente guarda un recuerdo vivo de lo que es ella, al menos en términos electorales. Entonces, ¿qué tenemos? Una sociedad que sigue siendo democrática frente a un régimen que no lo es. Dos. Por otra parte, ese debate refleja que el sistema político venezolano ya no está organizando elecciones democráticas. Se nos olvida, y no debería ser así, que desde hace 21 años estamos inmersos en un proceso de destrucción de la democracia. Maduro ha ilegalizado a los principales partidos políticos y ha creado, a partir del 20 de mayo de 2018, una oposición que no lo desafía, que no le genera ningún peligro.

Si algo tenemos los venezolanos es mala memoria Y hemos dado fe de ello en infinidad de ocasiones.

Maduro ha inventado las mil y una no sólo para tener ventajismo institucional frente a sus adversarios, sino para torcer el sentido democrático del voto. Se nos olvida que nosotros estamos viviendo un proceso histórico político en el cual se ha ido devastando a la democracia, gradualmente, evolutivamente, institución por institución; se han liquidado, uno tras otros, los espacios democráticos. De tal forma que hoy en Venezuela la oposición existe de facto. Y voy a los hechos. Esta ilegalizada la Mesa de la Unidad, así como Voluntad Popular, Primero Justicia y Acción Democrática. Si hoy hubiera elecciones, la oposición no tendría tarjeta para ir a ellas. Esto es producto de un proceso gradual de demolición y en este momento nos encontramos en una zona absolutamente no democrática. Ya no se puede hablar de que la democracia está en riesgo. No, hace rato pasamos esa etapa. De la democracia queda muy poco y ese poco Maduro lo puede manejar, pero llegado el momento, las circunstancias, también lo va a liquidar.

 ¿A qué se refiere? ¿Puede señalar algunos casos?

El hecho de que Guiadó, por ejemplo, esté haciendo campaña en el país, no responde a que Maduro sea un demócrata, sino a una represalia internacional. El hecho de que haya ciertos programas en algunas emisoras o que algunos periodistas puedan hacer su trabajo, es porque el régimen lo permite, pero llegado el caso, cierra esos espacios, como ocurrió con Radio Caracas Radio —con Maduro— o con RCTV —con Chávez—. Entonces, la dinámica política no es autoritaria sino dictatorial. Y lo es porque tiene dos elementos que la definen: Uno, el origen no legítimo del poder del gobernante, y dos, el ejercicio ilimitado, sin límites legales, de ese poder.

¿No se rompió «el roído hilo electoral» con la elección presidencial del 20 de mayo de 2018, una elección a todas luces fraudulenta?

En mi opinión, la fecha en la cual se puede oficializar la quiebra definitiva de la democracia en Venezuela, lo que quedaba del «roído hilo electoral», es el 20 de mayo de 2018. En la etapa de Chávez, al menos, la gente podía expresarse. Había una autonomía del voto. Y también partidos políticos que participaban en nombre del elector. Claro, el campo de juego estaba desnivelado. Digamos que había una semicompetencia. Entonces, cualquier discusión sobre una posible elección en Venezuela tiene que tomar en cuenta en qué fase del proyecto de chavismo nos encontramos. Lo que hemos visto con Maduro es que para conseguir el objetivo de mantenerse en el poder, lo ha hecho por vía de la manipulación de las instituciones, digamos, que es el plan B, pero no hemos visto el plan C, que podría ser mediante el uso de la fuerza… aunque paradójicamente sea la fuerza lo que sostenga esto.

¿No se perdió también el 20 de mayo de 2018 la «autonomía del elector»?

Chávez intentó atrapar el alma de los electores mediante el uso de mecanismos de control —Maduro los ha profundizado con los CLAP, el Carnet de la Patria, entre otros— pero los venezolanos han demostrado tal grado de autonomía, que le propinaron a Chávez una derrota en 2007 (Reforma Constitucional) y también le dieron palo en las parlamentarias de 2010 (en las que casi hubo un empate). Y en 2015, el elector no sólo demostró que era autónomo sino que decidió, electoralmente, quitarle el apoyo a los chavistas. Ese fue un mensaje que Maduro captó muy claramente y por eso decidió lanzar el plan B. Me tomo el poder manipulando las instituciones, sin todavía usar la fuerza directa. En esa etapa estamos hoy. Hay algo, además, muy importante. Recuerda que el nivel de abstención de ese día era algo nunca vivido en Venezuela. Y me atrevo a decir que la cifra final que dio el CNE no se compadece con lo que pudimos ver a lo largo de todo el país. El elector, ciertamente, también demostró su autonomía en esa elección.

Tengo mis dudas. ¿Realmente cree que se puede hablar de autonomía del elector y de criterio político?  

El mensaje del 20 de mayo no sólo fue para el chavismo sino también para la oposición. La abstención, en términos absolutos fue de 14 millones de electores y lo que hemos visto es que la oposición mayoritaria no pasa de siete millones. Entonces, estamos hablando de siete millones de electores adicionales que… ¡Decidieron por su cuenta! Y ahí también tenemos que ver la figura de Henri Falcón. El argumento es que sin esa abstención, él hubiese ganado las elecciones. Pero resulta que la gente no lo identificó a él como el catalizador del cambio. Ese es un criterio político, a mi juicio. ¿Qué estaba esperando la gente? No a cualquier llanero solitario, sino a un candidato unitario, a un candidato que agregara. No lo vio en Falcón y decidió enviar un mensaje en tres vías: Al chavismo, al que le quitó su apoyo. A la oposición mayoritaria, a la que respaldó, y también a la oposición minoritaria, que intentó pescar en ese río revuelto, creyendo que sólo era necesario tener un candidato para que la gente fuese a votar. Ese mensaje, Falcón no lo ha querido entender, por eso sigue hablando como si estuviéramos en 2018.

¿Si esa propuesta resultó insuficiente qué haría falta para que los electores salieran a votar?

Si en 2018 hubiese habido una candidatura unitaria, quizás no de toda pero sí de una amplísima gama de la oposición, estoy seguro que ese candidato hubiera ganado.

Puede ser. Pero lo que vimos claramente después de 2015 fue un franco proceso de manipulación para restarle poder y eficacia a la Asamblea Nacional, además vimos otras cosas. ¿Cómo definiría el modelo político actual de Venezuela? O más bien, hagamos la pregunta más simple. ¿Esto es una dictadura?

Sí, pero no es una dictadura típica, no es una dictadura clásica. Por algo me estás haciendo esa pregunta, ¿no? El asunto es que en Venezuela, a lo largo de 21 años, el régimen político establecido por Chávez y Maduro ha ido talando la democracia, la ha ido desmontando, demoliendo, pero manteniendo el voto como un instrumento de legitimación. Lo hicieron para imponer una nueva Constitución y para relegitimar los poderes. El sistema político metabolizó tanto una cosa como la otra, las convirtió en energía y empezó a describir una dinámica autoritaria. De ahí en adelante, Chávez bajó de nivel, pero continuó talando espacios democráticos, entre otros, y de manera muy visible, el sector empresarial. Nada podía hacerse sin la autorización del poder. El resultado fue el estallido de la crisis económica.

Invariablemente la economía es la que envía la primera señal de alarma, después viene la crisis social y la crisis política. Es decir, la crisis sistémica de la que tanto se habla en Venezuela. ¿Alguien pensó que íbamos a ser la excepción de la regla? No fue así y la crisis se volvió en contra del chavismo.

Lo relevante aquí es que el electorado mantuvo su autonomía, su criterio político. ¿Qué hace Maduro cuando llega a Miraflores y sobre todo cuando el chavismo pierde las elecciones parlamentarias de 2015? Pone en marcha el plan B, que en su capítulo uno dice: Tienes el control institucional, utilízalo para mantenerte en el poder. Usurparon el poder y lanzaron una Constituyente avalada por el CNE y por el TSJ, con una convocatoria errada y un sistema electoral que no se compadecía con lo que establece la ley. Otra violación de la Constitución. Y además la convirtieron en un poder legislativo paralelo, con lo cual usurpaban el poder legislativo legítimo. Es decir, destruían lo que quedaba de la democracia representativa. Si tú no respetas la Asamblea Nacional, si tú usurpas sus funciones como se hizo en 2016 y 2017, entonces lo que estás haciendo es liquidando la democracia. Pero quedaba «el roído hilo electoral», entonces Maduro introduce una competencia electoral… sin competidores, sin la oposición mayoritaria, sin nadie que le pudiera ganar.

Pero hubo elecciones y ese es el argumento del chavismo. Si la oposición no quiso ir… ¡Ah, ese es problema suyo, caballero!

Se hizo una elección presidencial, pero desde el punto de vista jurídico, esa elección no existió, entre otras cosas, porque no se da de acuerdo a las condiciones exigidas por la democracia. Tú usurpas el poder sin dar un golpe de Estado, pero estás apoyado por los militares. Y además, estás ejerciendo el poder sin límites. Tú eres un dictador. El sistema, como tal, ya está funcionando como una dictadura. Pero no al estilo de Pinochet, que en uno o dos días cerró todo espacio político. No. Aquí todavía quedan pequeños islotes, algunos espacios, por eso ves a María Corina recorriendo el país. La atacan, pero no la terminan de sacar del juego. Es una dictadura atípica, yo la he llamado evolutiva, porque llega, precisamente, por evolución, a través de los años, pero en la medida en que Maduro enfrente más oposición y sienta amenazado su poder, será una dictadura clásica.

¿Usted cree que en estas circunstancias, como parte del momento político, como dice, es posible nombrar un CNE independiente?

No lo creo. Después de haber visto lo que hemos visto es muy difícil que tú vayas a permitir un CNE independiente. Eso no existe. Maduro no va a permitir unas elecciones democráticas, olvídate de eso. ¿Elecciones libres? ¿Elecciones justas? ¿Elecciones limpias? ¿Elecciones competitivas? No. De hecho, si en este momento hubiera elecciones, la oposición mayoritaria se enfrentaría a una enorme dificultad: no tiene tarjeta, todos están ilegalizados. La única que queda es la de UNT y de partidos más pequeños que están, y esto es bueno advertirlo, muy reñidos con Guaidó, o se la pasan atacándolo permanentemente, como los de Falcón, como los de Fermín, organizaciones que no tienen mayor representación política en Venezuela. Además, votar no es elegir. Votar es depositar física o electrónicamente el voto. Es un acto mecánico. Pero elegir es que tú decidas, libérrimamente, quién quieres que gobierne y a quién quieres darle el poder. Esa no existe. Maduro puede hacer votaciones, pero no elecciones. De hecho, está montando todo el tinglado para ver si logra dar la imagen de que está aceptando algunos señalamientos nacionales e internacionales como, por ejemplo, cambiar el CNE.

El gatopardo, cambiarlo todo para que nada cambie. De esa práctica, en los últimos 20 años, también hemos visto lo que hemos visto.

El CNE es un aparato tomado por el chavismo, en el que permiten que exista un rector opositor que no puede hacer nada. Y que tampoco tiene el carácter personal para esforzarse y hacer algo. No es Vicente Díaz, ¿verdad? Esa estructura no la va a modificar el chavismo, porque si la cambia por ahí se le puede ir el poder. El chavismo no va a permitir que la Mesa de la Unidad Democrática se legalice de nuevo, porque sabe que ese fue el instrumento que usó la oposición para ganar en 2015. No le puedes abrir esa brecha a un adversario que, en términos electorales, está más fuerte que tú. No vas a abrir esa puerta para que se metan por ahí.

¿Qué podría hacer la oposición? ¿Cuál sería su trabajo? ¿Cómo romper el dique y el cerco institucional?

Si se da una elección presidencial, la oposición puede ganar siempre y cuando exista un candidato unitario, un candidato que aglutine. Estoy pensando en esos términos. La autonomía del elector y la imperiosa necesidad que siente por el cambio, sin duda marcarán la diferencia.  Pero hace falta un instrumento adecuado de presión. Es decir, un candidato unitario. Dado el caso, la oposición te gana aún con este CNE y aún con estas condiciones. Con la elección parlamentaria, la cosa sería más compleja porque habría que poner de acuerdo a mucha gente.

El problema es que la elección presidencial no está en el mapa del chavismo. Ese sería el objetivo de la oposición, conseguir unas elecciones generales, parlamentarias y presidenciales. Yo no veo esa posibilidad en el horizonte.

Exactamente, Maduro no las va a hacer. Pero recuerda que él tampoco juega solo. Si la oposición y la comunidad internacional trazan una estrategia para presionar y la calle se activa y, adicionalmente hay presión de distintos sectores en Venezuela, eso puede cambiar el cuadro. Pero en este momento, ciertamente, no hay suficiente presión para que Maduro se vea obligado a llamar a unas elecciones presidenciales. A Maduro le están dando mucho tiempo. Todo esto está apuntando para el revocatorio. Es decir, para el 2022, si no pasa nada antes. Sí, estoy de acuerdo contigo. Maduro no va hacer esa elección, pero es deber de la oposición mayoritaria no conformarse con una elección parlamentaria. Esa es la posición de Falcón, para quien las elecciones presidenciales ya se hicieron. Es una oposición complaciente que acepta todo lo que el gobierno establece, porque el plan, creo yo, es que ellos crezcan para desplazar a la oposición mayoritaria.

 

La carta de Venezuela en las elecciones de Estados Unidos por Ricardo Hausmann – ProDaVinci – 3 de Marzo 2020

La carta de Venezuela en las elecciones de Estados Unidos

CAMBRIDGE – Tenía que suceder. En algún momento, Venezuela iba a entrar en el debate electoral en Estados Unidos. Ahora que lo ha hecho, probablemente siga siendo un tema importante. Venezuela, después de todo, representa el mayor colapso económico del continente americano, el mayor incremento de la pobreza, la peor hiperinflación y la mayor migración masiva de los últimos siglos.

También es un caso en el que terminar con la pesadilla –y la amenaza para la estabilidad regional que representa- se ha vuelto una de las principales prioridades de política exterior de Estados Unidos. Es una de las pocas políticas de la administración del presidente Donald Trump que cuenta con un amplio respaldo bipartidista, como quedó demostrado en la gran ovación que recibió el Presidente Encargado Juan Guaidó durante el discurso del Estado de la Unión de Trump en febrero.

Sin embargo, la tragedia de Venezuela está siendo utilizada como un arma político-partidista en la carrera hacia las elecciones presidenciales y parlamentarias de noviembre. Según Trump, Venezuela demuestra el fracaso del “socialismo”, y los demócratas son “socialistas”. Supuestamente, si los votantes sustituyeran a Trump por un demócrata, Estados Unidos sufriría el mismo destino que Venezuela.

Claramente, éste es un argumento descabellado. Los demócratas han estado al frente de la Casa Blanca durante 48 de los últimos 87 años y, en general, a Estados Unidos le ha ido bastante bien.

Pero Bernie Sanders, el favorito en la primaria demócrata, no es un demócrata tradicional. De hecho, ni siquiera es miembro del partido. Él mismo se define como socialista democrático, no como un socialdemócrata, y sus declaraciones pasadas sobre Fidel Castro, así como sus viajes a la Unión Soviética y a Nicaragua, reflejan su apoyo de décadas a la izquierda radical.

Los seguidores de Sanders destacan que el socialismo que él tiene en mente es la socialdemocracia al estilo escandinavo. Pero Sanders aún no ha articulado ninguna diferencia ideológica o política con las tiranías indeseables que ha respaldado, y se siento incómodo hablando del tema. Por el contrario, ha tendido a responder con la defensa tipo “Mussolini hizo que los trenes anden a tiempo”.

Existen, por supuesto, otras lecciones políticas que aprender de Venezuela. El economista y premio Nobel Paul Krugman responsabiliza por el destino del país a los generosos programas sociales durante los años del boom petrolero (2004-14). Cuando el precio del petróleo cayó, el gobierno recurrió a la impresión de dinero para financiar los consiguientes grandes déficits fiscales, y esto condujo a la hiperinflación. Según este discurso, el problema fue que había buenas intenciones, pero una mala gestión macroeconómica, no “socialismo”. Por el contrario, Moisés Naím y Francisco Toro culpan principalmente a la cleptocracia por el colapso de Venezuela.

Ambas son partes importantes de la historia del chavismo, pero ninguna le da al “socialismo” su debido lugar. Es más, al igual que Sanders, no explican cómo se diferencia el “socialismo” en Escandinavia de la versión tropical.

Por cierto, estos dos sistemas son prácticamente polos opuestos. El sistema escandinavo es profundamente democrático: la gente utiliza al estado para darse a sí misma derechos y autonomía. Un sector privado pujante crea empleos bien pagados, y las relaciones de colaboración entre capital, gerencia y trabajadores sustentan un consenso que hace hincapié en el desarrollo de capacidades, la productividad y la innovación. Es más, dadas sus poblaciones relativamente pequeñas, estos países entienden que la apertura y la integración con el resto del mundo son fundamentales para su progreso. Se han fijado impuestos lo suficientemente altos como para financiar un estado benefactor que invierte en el capital humano de la gente y la protege de la cuna a la tumba. La sociedad ha sido lo suficientemente poderosa como para “encadenar al Leviatán”, como dicen Daron Acemoglu y James A. Robinson en su último libro.

El chavismo, por el contrario, consiste en desempoderar plenamente a la sociedad y subordinarla al estado. Los programas sociales que menciona Krugman no son un reconocimiento de los derechos de los ciudadanos, sino privilegios concedidos por el partido gobernante a cambio de lealtad política. Grandes sectores de la economía fueron expropiados y puestos bajo propiedad y control del estado. Esto incluyó no sólo la electricidad, los servicios petroleros (la producción de petróleo ya había sido nacionalizada en 1976), el acero, las telecomunicaciones y los bancos, sino también empresas mucho más pequeñas: productores lácteos, fabricantes de detergente, supermercados, caficultores, distribuidores de gas de cocina, barcos y hoteles, así como millones de hectáreas de tierra cultivable.

Sin excepción, todas estas empresas colapsaron, incluso antes de que el precio del petróleo se derrumbara en 2014. Por otra parte, el gobierno intentó crear nuevas empresas estatales a través de asociaciones con China e Irán: ninguna de ellas está en funcionamiento, a pesar de miles de millones de dólares de inversión.

Además, los controles de precios, de las divisas, de las importaciones y del empleo tornaron prácticamente imposible la actividad económica privada, lo que desempoderó aún más a la sociedad. Se suponía que los precios tenían que ser “justos” y no vinculados a la oferta y la demanda, y por ende fijados por el gobierno, lo que llevó a desabastecimiento, mercados negros y oportunidades de corrupción y cleptocracia, mientras un gran número de gerentes y emprendedores eran encarcelados por violaciones de los “precios justos”. Durante el boom petrolero de 2004-14, mientras se destruía la agricultura y la industria, el gobierno ocultó el colapso con importaciones masivas, que financió no sólo con los ingresos petroleros, sino también con un inmenso endeudamiento externo. Obviamente, cuando los precios del petróleo cayeron y los mercados dejaron de prestar en 2014, la farsa ya no se pudo mantener. Y la farsa era la versión chavista del socialismo.

¿Pero cuál es la versión de Sanders? Un salario mínimo más alto, atención médica universal y libre acceso a una educación superior pública, como señala, son la norma en la mayoría de los países desarrollados y definitivamente no son socialistas en el sentido chavista, cubano o soviético de la palabra.

Por otra parte, Sanders casi nunca tiene algo positivo que decir sobre los emprendedores y las empresas exitosas sean grandes o pequeñas. Es verdad, quiere justificar impuestos más altos para financiar sus políticas sociales, pero necesita de hecho que las empresas sean productivas y rentables para que paguen más impuestos. ¿Su socialismo, entonces, tiene que ver con la cooperación para empoderar al pueblo mientras impulsa a la economía, o con empoderar al estado para ejercer un control más coercitivo sobre las empresas?

Esta pregunta debe ser respondida por razones tácticas, porque la carta de Venezuela también puede jugarse en contra de Trump. Después de todo, el chavismo ha politizado el uso de la policía y el poder judicial, ha pisoteado a la prensa libre, ha tratado a los opositores políticos como traidores y enemigos mortales y se ha entrometido con la imparcialidad de las elecciones. ¿Suena familiar? Ahora bien, el opositor de Trump en noviembre no puede pasar de la defensa al ataque con la carta venezolana hasta que la “cuestión del socialismo” no se aborde como corresponde.

Los votantes en las primarias demócratas hoy tienen derecho a saber si Sanders entiende lo que diferencia a Escandinavia de Venezuela. Además, deberían querer saber si su candidato luchará, junto con la coalición existente de 60 democracias de América Latina y del mundo desarrollado, para poner fin a la dictadura de Venezuela y restablecer los derechos humanos y la libertad.

***

Ricardo Hausmann, ex ministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es profesor en la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de Harvard y director del Harvard Growth Lab.

Copyright: Project Syndicate, 2020.
www.project-syndicate.org

Guaidó, cleptocracia y elecciones por Ibsen Martínez – El País – 2 de Marzo 2020

La mayor debilidad de la estrategia de Juan Guaidó, difícil de exagerar, es el haber fincado mucho, sin duda demasiado, en la alianza con Donald Trump, ese cañón suelto en la cubierta

Juan Guaidó durante una sesión de la Asamblea Nacional, en Caracas.
Juan Guaidó durante una sesión de la Asamblea Nacional, en Caracas. REUTERS

Evoco con nostalgia el tiempo ya remoto en que la conversación sobre la naturaleza del chavismo recurría a categorías tales como “democracia populista iliberal”, “régimen híbrido”, “autócrata competitivo electoral” y otras supercherías de las que nos servíamos los demócratas venezolanos confiando en que el primer paso para derrotar al socialismo del siglo XXI por vía electoral era caracterizarlo acertadamente.

Tan pronto Hugo Chávez salió de la prisión militar donde vacacionó durante un par de años hasta ver sobreseída la causa que le siguieron por rebelión militar, se dedicó a predicar el abstencionismo electoral, enfermedad infantil de la izquierda irredenta que por entonces lo apoyaba.

El abstencionismo fue su manera de vagar en el desierto aunque no fue tiempo perdido, digo yo, porque para 1997, cuando hizo suya la idea de postularse a las presidenciales, ya le había dado dos exhaustivas vueltas al país. Fue aquel, justamente, el año en que la revista Foreign Affairs publicó el seminal artículo de Fareed Zakaria que dio pie a su libro sobre la democracia iliberal.

Chávez encarnó el ejemplo más acabado de cuán lejos puede llegar un autócrata con vellón de cordero tras ganar una elección. Cualquiera diría que se hizo leer fragmentos de Zakaria para luego improvisar sobre ellos.

Un parpadear de ojos y ya estamos a punto de cumplir un cuarto de siglo sin encontrar el camino de regreso a una democracia tolerablemente imperfecta, representativa, con alternancia de gobierno.

El proceso que nos ha llevado a vivir bajo una sanguinaria dictadura de saqueadores ha sido tan demoradamente insidioso que aún hoy, dentro y fuera del país, se elucubran fórmulas que cumplan el desiderátum de ser “constitucionales, electorales y pacíficas”, al tiempo Maduro se encastilla más y más en un régimen hamponil que tortura y asesina a sus adversarios en las narices de una Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos.

La insurgencia, el año pasado, de Juan Guaidó a la cabeza de una estrategia enderezada a ganar a los militares para un proceso de transición política que, merced una elección presidencial, devolviese a Venezuela los usos democráticos y fomentase una economía de mercado, no logró el propósito principal –entre muchos propósitos−, pero solo los frívolos y los francotiradores podrán decir que ha sido un esfuerzo fútil. Innecesario debería ser a estas alturas exaltar la perseverancia y el valor personal demostrado por Guaidó.

La apuesta por el cese de la usurpación (y todos sus etcéteras) fue la consigna de una estrategia con exceso compleja, condicionada a demasiadas variables no sujetas a la voluntad del portaestandarte, ejecutada a menudo con más que censurable improvisación por sus colaboradores y expuesta, por último, a los picotazos de la corrupción y a la desconfianza y desaliento que constatarla en algunos de sus operadores pudo infundir en la población.

La mayor debilidad de dicha estrategia, difícil de exagerar, es el haber fincado mucho, sin duda demasiado, en la alianza con Donald Trump, ese cañón suelto en la cubierta.

El retorno a Venezuela, luego de una sonada gira internacional y del nihil obstatde Trump, y también el ostensible apoyo de los militares a la dictadura, deja a Guaidó y su coalición frente al dilema ineludible de participar o no en las elecciones parlamentarias hacia las que la dictadura de los cleptócratas viene pastoreando a la nación entera con el envite de la dolarización en una mano y la violencia en la otra. Sobre este dilema habremos de volver.

Por lo pronto, y para todo lo que haya de venir este año, la presencia de ánimo demostrada por Guaidó, el predicamento de que goza entre sus compatriotas y, por sobre todo, la creatividad política que el tiempo actual exige a quien aspire a conducirnos y el tino de las difíciles decisiones a tomar debería ser más importante para él que la aquiescencia de Leopoldo López y Donald Trump juntos. ¿Lo habrá aprendido ya el joven político de La Guaira? Pronto lo sabremos.

El coronavirus de la izquierda latinoamericana – Boletin # 41 Avila/Montserrate – 1 de Marzo 2020

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Venezuela acabó por ser un peso político para las izquierdas”. Quien esto afirma es Pablo Stefanoni, colaborador de Nueva Sociedad una revista auspiciada por la socialdemocracia alemana, a quien nadie puede acusar de ser vocero de la derecha. O del “Imperialismo”.

En un artículo titulado La izquierda latinoamericana frente a Venezuela, Stefanoni desarrolla dos argumentos para explicar cómo el chavismo pasó de ser un proyecto inspirador a convertirse en un lastre que ha contribuido a la pérdida de credibilidad y al extravío ideológico de la izquierda en la región.

El primer argumento es la enfermedad contagiosa. El chavismo se ha convertido en el coronavirus de la política latinoamericana. “Si votas por la izquierda”, dicen las campañas adversarias, “terminarás como Venezuela”. Para poder ganar las elecciones, Ollanta Humala y de la izquierda latinoamericana Manuel López Obrador tuvieron que abjurar de sus simpatías chavistas. Y, a pesar de que a última hora Petro también lo hizo en Colombia, la fórmula mágica que puso a ganar a Duque fue la consigna «Petro traerá consigo el castrochavismo».

El segundo argumento de Stefanoni es más importante. Tiene que ver con la incapacidad de las izquierdas para haber desarrollado a tiempo antídotos analíticos que dieran cuenta rápidamente de que el proceso venezolano se había ido alejando a gran velocidad de la promesa de construir un socialismo democrático para convertirse en, de nuevo Stefanoini, “un sistema crecientemente ineficiente y poco pluralista, y las semillas militaristas que contenía desde el comienzo terminaron por capturarlo”.

Es así. El chavismo construyó una sociedad Frankenstein, un cuerpo social cabezón y deforme, hecho de una colcha de retazos de los nazi fascismo, los totalitarismos comunistas y las dictaduras militares de América Latina y África que nada, o poco, tenían que ver con un pensamiento de izquierda democrático.

Pero la solidaridad mecánica de muchas izquierdas, incluyendo las muy democráticas como la uruguaya, ancladas en un esquema de la guerra fría, o enamorados de los petrodólares que recibían, les impidió ver lo que estaba ocurriendo y terminaron haciendo de alcahuetas de uno de los más espeluznantes fenómenos de violación de los derechos humanos desde los tiempos de Pinochet y Galtieri, y de uno de los procesos de destrucción de una democracia joven, un aparato productivo y una boyante industria petrolera como nunca antes había ocurrido en América Latina.

En el prólogo de un libro de obligatoria lectura para quienes todavía se asumen como “progresistas”, La izquierda como autoritarismo en el siglo XXI, Gisela Kozak, una de su compiladoras, dejó caer esta idea fuerza: “Una izquierda acorde a las exigencias de nuestro tiempo podría crear un contrapeso a una derecha que, en algunos casos, ha intentado imponer una agenda cultural conservadora. Por ello es indispensable que América Latina tenga una izquierda democrática. Pero, lamentablemente, la región está lejos de tenerla”.

Cuando esta dictadura caiga por Víctor Antonio Bolívar Castillo – El Nacional -26 de Febrero 2020

El castigo a las familias de los que se oponen y el ensañamiento contra personas inocentes son parte esencial de los regímenes políticos cubano y venezolano, en los que la creación, la productividad, el pensamiento crítico y la solidaridad son sentidos como amenazas por los poderosos de turno” Editorial de El Nacional, 25-02-20.

Tomamos de El Impulso (3 junio, 2017), nota de un reportaje sobre el asesinato a manos de la Policía Nacional Bolivariana de María Estefanía Rodríguez, una humilde camarera cabeza de familia, ultimada de un disparo la noche del jueves 1 de junio de 2017 en Las Veritas, parroquia El Cují de Barquisimeto, cuando camino a casa pasaba cerca de una manifestación. Vale la referencia a manera de reivindicarla por sus convicciones y su sueño -referidos en ese reportaje- truncados por la dictadura criminal que ha enlutado a millares de hogares venezolanos. Su delito fue ese sueño de querer ver cuando este gobierno cayera.

Como la gran mayoría del país, tenemos todo el legítimo derecho de aspirar a que el estado actual de las cosas cambien, a que se materialicen nuestros sueños de ver a una gran Venezuela, joven y  poderosa, que se encumbre con bríos renovados para ir a su cita con el futuro cuando este régimen caiga. Ese mañana negado por el odio, subyugado por la perfidia y emboscado por la mentira será la puerta de salida de la antihistoria, pero también la de entrada a un vigoroso porvenir.

Las negras páginas escritas para el oprobio y negación de la condición humana quedarán como un indeseado momento que no merecíamos. Estaremos más conscientes del grado de depredación de la banda de  inescrupulosos civiles y militares seudosocialista y variopinta, que por su ambición criminal le ha causado daño moral y material al país.

Se superará la hegemonía por la pluralidad de pareceres y se asumirá un país pleno de ideas y sueños que lo dotarán de un nuevo imaginario que esperanzará y motivará a darlo todo en el camino de reconstrucción que tenemos por delante. La historia y la justicia asumirán su rol.

Se rescatará la convivencia como ciudadanos y, con desprendimiento, se pondrá al servicio una nación moderna en la que realmente se desarrolle un alto nivel de educación y civismo, que pronto constituya de nuevo la mejor carta de presentación ante el mundo.

Se revisará en profundidad el papel de las fuerzas armadas para que no opere más en forma desnaturalizada como un partido político y así tengan la oportunidad de rescatar el respeto y orgullo perdidos. Cada venezolano tendrá la oportunidad de una vida sin las limitaciones a las que el clientelismo y la dependencia del Estado ya no lo someterán más, mancillándolo en su dignidad.

Todos debemos enfocarnos en rescatar la condición humana de nuestro pueblo y elevar su conciencia con reales principios de respeto y valores éticos, gestando a un nuevo ciudadano que sustituya al “nuevo hombre” que hoy simboliza la mediocridad y la carencia de escrúpulos que el populismo manipulador dejó este gobierno que inexorablemente ha de caer. La familia recobrará su papel, será otra vez la forjadora natural de nobles ciudadanos.

Se abrirá Venezuela a una economía que permita conseguirnos con la inversión, producción y empleo, dando por terminado ese capitalismo de Estado, que solo ha beneficiado a los estafadores que gobiernan, plagándola de desabastecimiento de alimentos y medicinas, racionamiento, inflación, colas, expropiaciones, empresas cerradas y desempleo, creando una inexplicable y dantesca crisis humanitaria en un país pleno de recursos humanos y materiales.

Cuando este gobierno caiga, ya no estará al mando la mafia de los incalumniables: Maduro, El Aissami, Reverol, Cabello, Padrino, los hermanos Rodríguez, Bernal, Varela, Carreño, Lucena, Moreno, Saab, Escarrá, Istúriz, y paremos de contar, porque la lista es tan larga como indeseable. Solo así se tendrá un país que supere la depravación, la injusticia, el odio y la confrontación. Tenemos todo el derecho de querer un mejor país, pero solo será posible cuando este gobierno caiga.

Siguiendo con la nota del reportaje, la esperanzada María Estefanía, decía: “Yo sueño con ver cuando caiga este gobierno. Yo tengo que ver eso, yo tengo que ver qué van a hacer con esa gente, con Diosdado y Maduro, tanta maldad que han hecho, tantos jóvenes que han muerto, esto no se puede quedar así”. Hoy su hermana recuerda esas palabras e indica que jamás se imaginó que sería una de las “víctimas de ellos”. La honraremos cuando este gobierno caiga.

Ilusiones y decepciones por Antonio A. Herrera-Vaillant – El Universal -12 de Febrero 2020

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En situaciones angustiosas como la actual de Venezuela es característica la tendencia de muchas víctimas a entablar debates banales o superficiales en medio de la frustración por no ver claro un final del camino.

 La desesperación por salir de una realidad deprimente – que junta la degradación de unos con la abusiva desfachatez de otros – crea un sube y baja de emociones donde cada evento o información se vuelve gran esperanza o tremenda desilusión. Se escudriñan y magnifican los más ínfimos detalles y actuaciones de cada persona, institución o país, buscando vislumbrar el fin de la pesadilla, o “culpables” de que continúe.

 Es casi imposible un desenlace con salidas mágicas como esas películas del Far West donde por fin “llega la Caballería”, huyen todos los malos y regresan la paz, libertad y prosperidad; o como en esas fantasías infantiles que terminan con “todo volvió a ser igual y vivieron felices para siempre jamás”.

 Para vencer a la larga es fundamental una visión madura y perspectivas objetivas sobre la magnitud del complejo proceso de recuperación de la democracia – aún, cuando se produzca un quiebre decisivo en la organización delictiva que mantiene a todo un país bajo su férula.

 Contrastando esta barbarie con los peores episodios de la historia venezolana vemos que la arremetida del tirano Aguirre duró cinco meses, el reinado de terror de Boves tomó seis, y el proceso de la Independencia apenas abarcó diez años. La salvaje Guerra Federal no pasó de un lustro, y poco más el período guerrillero de los años 60. Estos vándalos llevan dos décadas sistemáticamente destrozando y degradando al país en todos los frentes.

 Los problemas son de tal envergadura que no se pueden garantizar salidas maravillosas y positivas para todos. Vendrán hitos de júbilo, pero no será corta ni sencilla la recuperación de valores, instituciones y libertades plenas en la sociedad venezolana.

 Resulta esencial afrontar el futuro inmediato sin ilusos infantilismos inmediatistas y asumiendo de lleno el proceso de maduración que quizás sea el único legado positivo de toda esta catástrofe, pues quienes viven de ilusiones mueren de decepciones.

 La dictadura bruta está objetivamente cada vez más acorralada, quebrada, y sin liderazgo efectivo. La clave para ello ha sido la tenaz perseverancia con que el movimiento democrático venezolano ha resistido los embates tiránicos sin rendirse a lo largo de los mismos veinte años – con todos sus errores y aciertos. Si a esa tenacidad unimos la madurez, tendremos la fórmula del éxito para la reconstrucción de Venezuela.

 

La violencia en Venezuela: una fotografía de hace 60 años por Edgar Cherubini – El Nacional – 8 de Febrero 2020

El Porteñazo, 1962

En 1958, después de haber derrocado a la dictadura militar de Pérez Jiménez, los venezolanos comenzaban a reconstruir la democracia a través de serias negociaciones y acuerdos entre las diversas tendencias para un entendimiento político y la reconstrucción de las instituciones, cuando irrumpieron violentas acciones armadas provenientes de militares y civiles de izquierda, alentados por la dictadura cubana, pieza caribeña de la URSS en el tablero de ajedrez de la Guerra Fría. Fidel Castro, el artífice de todas las conspiraciones, trataba de impedir el establecimiento de la democracia promoviendo la subversión en el país.

Lo vivido y registrado durante los años sesenta en Venezuela se proyecta calamitosamente en el presente como resultado del imaginario de la izquierda en ese entonces. Se trataba de imponer por las armas el comunismo cubano, inspirado a su vez en el estalinismo soviético. Es imposible pensar que estos hombres y mujeres, muchos de ellos de brillante inteligencia, no estuvieran informados y conscientes de lo que el socialismo real estaba perpetrando en el mundo: de los 20 millones de disidentes asesinados en la URSS, los 65 millones de asesinatos políticos en la República Popular China, de los 2 millones en Corea del Norte, del millón en los regímenes comunistas de Europa oriental o en los campos de la muerte en Camboya. No hay espacio suficiente para exponer las estadísticas del horror de los regímenes comunistas que inspiraron y motivaron a esos subversivos. Es una pregunta muy inquietante.

De haber triunfado la guerrilla en esos años, el resultado hubiera sido aún más terrible, ya que importantes cuadros fueron enviados por La Habana a entrenarse militarmente e inspirarse en los programas sociales de los Khmers rouges en Camboya. Cuando los Jémeres Rojos tomaron por asalto el poder, su líder, un psicópata conocido como Pol-Pot, formado en Francia, ordenó la confiscación de todas las propiedades privadas y el traslado a la fuerza de los habitantes de las zonas urbanas concentrándolos en granjas colectivas donde, según él, surgiría el “Hombre nuevo”.

En el programa de trabajos forzados para recuperar la agricultura, murieron 1.900.000 personas en solo 3 años, aparte de las ejecuciones sumarias que ascendieron a más de 300.000 en cuestión de semanas. Un genocidio en nombre de una visión denominada “El paraíso verde”, muy parecido al “Mar de la felicidad”,  a la “Revolución bonita” o al “Hombre nuevo chavista”, que años después adoptaría Chávez, repitiendo el perverso guion orwelliano del comunismo.

Como la democracia respeta y promueve la diversidad política, en 1969 se puso en marcha el proceso de pacificación, que dio como resultado que guerrilleros, terroristas y secuestradores se reintegraran a la sociedad. Sin embargo, salvo contadas y honrosas excepciones, la mayoría de estos hombres y mujeres continuaron conspirando y recibiendo instrucciones desde Cuba.

Algunos ex guerrilleros despachaban desde las cómodas esferas de la administración pública donde habían sido recibidos sin trabas ni represalias, los mismos que conspiraron junto a Chávez y militares de izquierda en los golpes de Estado sucedidos en 1992 y que, a partir de 1998, estando Chávez en el poder, mordieron la mano a quienes les dieron de comer y apoyaron la demolición del Estado y de la infraestructura productiva del país, la exclusión y persecución de los opositores y la confiscación de la libertad.

Fue una gran ingenuidad creer que esa izquierda resentida cesaría sus actos subversivos contra la república. El cinismo y la mentira a la que nos han habituado durante estos últimos veinte años nos impiden creerles que ahora, en medio del desastre humanitario que han creado y debido al cerco democrático internacional, deseen de nuevo vivir en democracia después que la destruyeron con saña y perversidad. Como si la fábula del escorpión y la rana fuese una ficción y no la cruda realidad en estos personajes.

Lo que acontece hoy en Venezuela no solo es responsabilidad de la izquierda. El pacto de los partidos democráticos en los años sesenta, no fue lo suficientemente riguroso y efectivo en el tiempo debido a que las herramientas de búsqueda de conceptos, estrategias y soluciones colectivas concertadas para aglutinar al país en una causa común, en un destino común de democracia y desarrollo, degeneraron durante la cuarta república en individualismo, populismo y corrupción, sin reposicionar el modelo rentista del Estado petrolero, fuente de enriquecimiento de los políticos y de las élites a la sombra de los sucesivos gobiernos, fueran democráticos o dictatoriales.

La miopía de los partidos políticos que había debilitado en extremo la democracia, sumando a esto la ignorancia e inmadurez política de los venezolanos y a la voracidad de ciertas élites que deseaban acceder a las mieles del poder, propiciaron la construcción del escenario ideal para que la sociedad se sintiera embelesada por un nuevo caudillo militar, el mismo que había comandado un golpe de Estado, un justiciero que acabaría con la pobreza y la corrupción.

En realidad, era una pieza de Fidel Castro disfrazado de demócrata, que una vez electo demolería la institucionalidad democrática, incluyendo la que aún quedaba en el ejército, invitando a Cuba a ocupar el país sin disparar un solo tiro. Allí se inició la vuelta al futuro de los objetivos que se habían propuesto esta misma gente en la década de 1960.

Cumplieron con éxito sus metas, que hoy estamos padeciendo: la violación masiva de los derechos humanos, las muertes a consecuencia de la escasez de alimentos y medicinas, el terrorismo de Estado con sus 25.000 personas asesinadas anualmente, producto de la inseguridad y la violencia adoptados como política de un régimen que ha propiciado que militares y grupos de civiles armados denominados “colectivos”, asedien, repriman, secuestren, encarcelen, torturen y asesinen a quienes se les oponen. Estas últimas son las mismas UTC o Unidades Tácticas de Combate, creadas en los años sesenta por la guerrilla urbana: una liga compuesta por delincuentes, guerrilleros y militantes con el objetivo de controlar los espacios y a los habitantes de cada barrio en las principales ciudades del país, con la notable diferencia que es ahora el Estado y el alto mando militar quien las nutre de armas, recursos y les da órdenes para que actúen con absoluta impunidad.

Voy a utilizar el símil de la fotografía corporativa, ya que es habitual la foto en grupo frente a un determinado paisaje o motivo cuando se ha llegado a la meta o cuando se han cumplido los objetivos de una organización. El motivo de esta fotografía tomada hace 60 años, negativo que fue revelado en 1998 con el triunfo de Hugo Chávez, muestra en primer plano al grupo que ha causado con éxito la destrucción de la nación y sus recursos, el desastre humanitario y la diáspora de 5 millones de venezolanos. En segundo plano de la imagen se observan los cientos de miles de millones de dólares robados durante estos 20 años de revolución socialista, los carteles del crimen organizado que conviven en el país controlando el territorio y los nexos con organizaciones terroristas internacionales a los que se les ha permitido usufructuar nuestras riquezas. El ideal totalitario y el terrorismo de Estado que en los sesenta deseaban fervientemente los ideólogos del exterminio, se cumplió. Lo que observamos no es otra cosa que una fotografía forense.

Esta y otras treinta reflexiones las encontrará el lector en el libro La violenta década de los sesenta en Venezuela, una compilación de testimonios, libres de todo corsé académico, realizada por Enrique Viloria Vera,  José Pulido y Petruvska Simne, publicado en 2020 por Barra Libros Editores.  En la introducción se lee: “Esta década venezolana no ha podido ser más violenta, más cruel y sanguinaria, y lo que es peor, una generación de jóvenes sacrificados, inmolados en el indolente altar del castro comunismo. Ciertamente, la monserga, la prédica, el inhumano consejo del Che Guevara a sus correligionarios alzados en armas, fue aplicado a rajatabla en el país: El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar”. ¿No es acaso lo que viven los venezolanos en el presente?

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