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El color de la diáspora venezolana vuelve a Foronda por T. Diez – Noticias de Guipuzcoa – 30 de Septiembre 2019

 El de ayer fue sin duda un día especial para el presidente de Córcega, Gilles Simeoni, que cuarenta años después de la visita de su padre, Edmond, al Alderdi Eguna celebrado en Getxo, visitó Gasteiz para recibir el reconocimiento de los jeltzales. Nada más llegar a las campas de Foronda, el lehendakari Urkullu y el presidente del partido, Andoni Ortuzar, hicieron entrega a un emocionado Simeoni del libro que recordaba aquel Alderdi Eguna de 1979 en cuya portada salía Edmond, en la tribuna de Aixerrota.

Simeoni fue uno de los invitados a la fiesta del PNV a los que Ortuzar recordó después desde la tribuna, al igual que hizo con los catalanes del PDeCAT o Units per Avançar, con Coalición Canaria, el Pi balear, Democrates Valencians, el BNG, Compromiso por Galicia, los nacionalistas flamencos, el Parti Breton, el Partit Occitan, Oui au Pays Catalan, Mujeres Demócratas Cristianas de América (MUDCA), el partido Sueño Georgiano, o la Organización Demócrata Cristiana de América de Juan Carlos Latorre.

También hubo un recuerdo especial para los miembros de las Euskal Etxeak que han venido al Congreso Mundial de Colectividades Vascas, “el octavo herrialde vasco”. Y sin duda uno de los lugares donde esas colectividades han dejado más huella ha sido Venezuela, cuya representación estuvo presente, al igual que el año pasado, con una txosna propia.

Las arepas que el exdiputado y exsenador Iñaki Anasagasti ayudaba a despachar tras la barra, ataviado con la gorra de su país natal, le hicieron dura competencia a la sardinas de Santurtzi, los talos o las tortillas de patatas.

¿Guerra con Colombia? – Editorial El Nacional – 13 de Septiembre 2019

La revista Semana, prestigiosa y responsable publicación que circula en Bogotá, ha revelado  documentos que evidencian los nexos que el gobierno usurpador de Venezuela ha establecido con los grupos guerrilleros que se han negado a aceptar la paz ofrecida por las autoridades colombianas después de arduas negociaciones, especialmente el ELN. La usurpación venezolana no solo se ha apresurado a negar los hechos, como era de esperarse, sino que, además,  arremete con acusaciones sobre un plan bélico que ha puesto en marcha el gobierno del presidente Duque.

Habitualmente las investigaciones de la revista Semana se caracterizan por su seriedad. Sus plumas no han estado al servicio de causas inconfesables, como pretende afirmar la dictadura venezolana sin meterse en el fondo del problema, es decir, sin analizar el contenido de los documentos publicados para demostrar su falsedad, o su exageración. Prefiere pasar por alto el asunto medular de la calidad y la veracidad de las pruebas aportadas, para hacer un llamado a la defensa de la patria porque el Ejército colombiano está a punto de declararnos la guerra.

El usurpador y sus acompañantes militares del Alto Mando están haciendo un llamado tipo Cipriano Castro, para que defendamos “el suelo sagrado de la patria”. Anuncia una invasión armada, sin manejar ninguna evidencia que pueda respaldar la patriotera arenga, o como si estuviera a punto de atacarnos una potencia enemiga. Ni Colombia es una potencia, ni es enemiga, ni hay manera de sostener la acusación temeraria que se devuelve desde Miraflores y desde el Ministerio de la Defensa para desviar la atención sobre su connivencia  con grupos irregulares del vecino país.

Los papeles publicados por Semana ponen al usurpador y a sus secuaces en un aprieto que pretenden eludir con bravatas. Hablan de una inminente invasión, sin reparar que los únicos protagonistas de invasiones en la actualidad somos nosotros,  los venezolanos, las criaturas de la diáspora, millones de personas desesperadas que huyen despavoridas por la frontera más cercana para salvar la vida y la dignidad.

 

Venezuela, un Estado por construir por Asdrúbal Aguiar – El Nacional – 20 de Agosto 2019

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La complejidad de la crisis venezolana reclama atender a su solución, en el menor tiempo posible, bajo riesgo de que las heridas, vejaciones, sufrimientos que padece la nación en su conjunto se agraven y la desaparezcan totalmente. No es fácil hacerlo. Se trata de una cuestión que desborda la política y la organización constitucional de las libertades. Apunta a una realidad inédita: la disolución cabal de la sociedad como expresión política, como Estado, por la sobreposición de un factor de dominio ajeno: la criminalidad común transnacionalizada en maridaje táctico con el terrorismo deslocalizado.

Resolver sobre esto implica la formulación de una política pública adecuada y global; pero, insisto, es un tema extraño al quehacer político y de los políticos, a lo ideológico o de realización local de la ciudadanía. Distinto es que, con cinismo desembozado, se le use por los mismos criminales comunes y sus socios terroristas –subrayo lo de “comunes”– en modo de legitimar el delito arguyendo razones políticas: asaltar bancos como expropiación revolucionaria, asesinar enemigos como costo necesario de la revolución, traficar drogas para acabar con el imperio que la consume, tanto como atentar contra los valores de la cultura occidental y cristiana a fin de fracturar las bases de las naciones que formara y sobre ellas levantar otras, en la transición, relativistas, progresistas, amorales, sin cánones sociales que obliguen salvo a quienes discrepen y deban ser castigados “con todo el peso de la ley”.

Los datos de la crisis son demoledores, máximas de la experiencia.

Un Estado que durante los años del boom petrolero –lo leo en un artículo de Tomás Straka– se hace de 1 billón de dólares administrados por un socialismo real moderado, ha terminado peor que los socialismos reales verdaderos conocidos por el mundo. Se sitúa a la par de los colapsos, la pobreza y emigración de Nigeria y Afganistán. La canasta alimentaria cuesta 300 dólares y el salario frisa los 6 dólares, en una población cuyo 90% la forman pobres, 15% de los niños sufre de desnutrición y más de 1 millón de sus habitantes padece de malaria.

Tengo presente el esfuerzo que por años acometen estudiantes universitarios venezolanos en Estados Unidos –de pregrado y posgrado–, quienes imaginan terapéuticas solo respecto de lo último, con el nombre de “Plan País”; tanto como ruedan las propuestas que, con igual título, elaboran los partidos que hacen vida dentro de la Asamblea Nacional.

Estados Unidos hace previsiones de corto y mediano plazos para la recuperación económica de Venezuela y se sincroniza con Colombia: país que recibe la cuota mayor de su diáspora y la acoge con sentido de solidaridad encomiable; lo que anuncia, por cierto, un prometedor futuro en los vínculos entre ambas: una misma nación que fractura España, seccionando a aquella del Virreinato de Nueva Granada, en 1731.

Hay un piso que le sirve de soporte a la esperanza venezolana y es el de la nación: pueblo forjado en los hornos de un presente constante, de una cultura inconclusa y ética compartidas, pero “asociados por la concorde comunidad de objetos amados”, diría san Agustín.

Un escollo de peso se atraviesa –lo advierto al principio– y acaso dejaría de ser tal por imperativo de la misma globalización, al mutar las formas tradicionales de relación espacial y temporal entre los integrantes de la “patria de bandera”, según la expresión de Miguel de Unamuno. Me refiero, en lo específico, a la desaparición plena del Estado en Venezuela; lo que no se revierte con la formación de otra constitución política, pues esta formaliza lo que es y ya existe.

Los elementos de su estatalidad han desaparecido. Carece de verdadera personalidad jurídica internacional, que la salva, por ahora, el hecho del reconocimiento a un conductor político con legitimidad, Juan Guaidó.

La población venezolana se ha dispersado por el mundo a la manera de los judíos; pero, a diferencia de estos, la nuestra, que conserva hacia afuera unidad afectiva y en el dolor que le causa el ostracismo impuesto, hacia adentro medra pauperizada en lo biológico y humano. Se hace débil su desarrollo cerebral y de la inteligencia por la desnutrición masiva, y su enseñanza formal es ideológica y militar. Los estudios secundarios y universitarios se han vuelto fábricas de salchichas, de bachilleres y doctores iletrados.

La soberanía territorial es un monumento a la falacia. La abandonaron las instituciones llamadas a sostenerla y defenderla. Priva la anarquía en el espacio, controlado por grupos criminales y terroristas, y por mercaderes extranjeros que canibalizan sus riquezas: tierra arrasada y de nadie es la nuestra. Hasta el costado oriental sufre hemiplejia, dado su asalto fáctico por Guyana y las empresas petroleras.

Nada que decir de la soberanía e independencia política del país, confiscada por la metrópolis y sus autoridades, residentes en La Habana, en Moscú, en Siria, en el Líbano.

Si algo resta son los vestigios de la agonía y desaparición de la república de Venezuela. No existe más. Ocupa su espacio un “des-orden estructural” narcoterrorista y criminal deliberado (¿Estado paralelo?), que urge destruir. Cabe crear, luego, la “cosa pública”, como lo hicieran paso a paso los primeros adelantados en la Conquista, quienes nos sacan de la selva y reúnen en sitios fijos para hacernos nación y más tarde entidad legal y política.

Las nuevas fronteras de Venezuela por Fernando Luis Egaña – El Nacional – 10 de Agosto 2019

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Un buen amigo planteaba en estos días que las fronteras de Venezuela se habían ampliado… No entendía lo que quería decir, hasta que explicó que la masiva emigración venezolana, que llega a todos los rincones del mundo, era lo que estaba ampliando nuestras fronteras tradicionales.

Creo que tiene razón. Y es que una cosa son los límites territoriales de un país, y otra su proyección nacional más allá de esos límites, precisamente a través de la presencia de una parte significativa de la propia nación en numerosos países. Es el caso de Venezuela, tal cual.

De 30 millones de venezolanos, casi 4 millones han emigrado en los últimos años, y la cifra crece con rapidez por la carga muy pesada de la crisis humanitaria que asola a la patria. Crisis o, más bien, catástrofe, que no solo tritura el presente, sino que por ello impide la posibilidad de un futuro humano y digno.

Eso es lo que significa el referido planteamiento de la ampliación de las fronteras. En Bogotá o Santiago de Chile, en Miami o Nueva York o Montreal, en Madrid o Londres, en Dubai o Sydney, en Singapur o Hong Kong, en todas partes, repito, hay contingentes de venezolanos que se van agrupando en comunidades, algunas de ellas muy numerosas, en las que vive la cultura venezolana, con nostalgia, con orgullo y, sin duda, asimilándose a las culturas vernáculas, pero sin perder su identidad en el corto plazo.

Una porción muy importante de la emigración venezolana esta compuesta por jóvenes. Tanto por profesionales o trabajadores de las nuevas generaciones, como por estudiantes. En ellos ya se encuentra el fundamento de nuestra cultura, pero no con la madurez necesaria para garantizar su permanencia en un ambiente distinto y, no pocas veces, hostil.

Los terrenos de la denominada futurología suelen ser pantanosos. Prefiero, al menos en estas breves líneas, concentrarme en el presente, ya de por sí bastante riesgoso. Y ese presente nos indica que muchas costumbres venezolanas de diversa índole, de positiva y negativa factura, se esparcen por los cinco continentes, y proyectan al país de una manera absolutamente nueva.

Esas proyecciones van delineando el alcance de las fronteras venezolanas en este siglo XXI, tan provechoso para otros y tan desolador para nosotros. El turbomotor de la emigración masiva es la aguda desconfianza en Venezuela. La carencia de esperanza de millones de compatriotas con respecto a su propia patria. Eso tiene que cambiar y, desde luego, que primero tiene que cambiar de forma sustantiva el poder establecido.

Mientras tanto, se siguen ampliando las fronteras de la cultura venezolana, la más de las veces a contravía del sentimiento de los que se han ido, se van o piensan irse. Ojalá y estemos cerca de una época distinta. Una en la cual dentro de las fronteras convencionales se recupere y se relance la soberanía en democracia, y una en la cual las fronteras ampliadas sean un reflejo de lo mejor de Venezuela.

Encuesta diaspora venezolana – Consultores 21 – Julio 2019

El presente informe llamado ”Diáspora”, recoge datos de una encuesta nacional de opinión sobre el drama de la emigración. Emigración que es el más grande éxodo poblacional de Venezuela en su historia republicana y a la vez el más grande de Latinoamérica. El no tener fuentes oficiales que manejen estos datos, obliga a buscar maneras de poder dimensionar el problema.

El dato reportado sobre personas que emigran es una construcción a partir de: el número de personas de la familia nuclear que han emigrado en el hogar según lo declarado por el encuestado, combinado con el número de familias que dicen tener miembros en el exterior, multiplicado por la estimación de número de hogares que proyecta el INE para este año.

Esperamos que estos datos tan dramáticos ayuden a la reflexión sobre este grave problema de Venezuela

Para acceder a la encuesta abrir el siguiente enlace:

Diáspora 2do trimestre 2019 DEF (1)

Política de Estado y diáspora por Tomás Páez – El Nacional – 3 de Agosto 2019

Tomás Páez

Pese a la magnitud del éxodo venezolano, próximo a las dimensiones del sirio y el más grande de Latinoamérica, el régimen, responsable de haberlo ocasionado, optó por desconocerlo, menospreciarlo y ocultarlo. Percibió la diáspora como una amenaza y la mira con profundo desprecio; no ahorra epítetos para descalificarla. Para despejar cualquier duda, reforzaron su odio con hechos: los obstáculos para acceder a documentos de identidad crearon niños apátridas, asfixia y burla absoluta a jubilados y pensionados y normas para impedir la administración de sus recursos a quienes migraron.

Al mencionar a los “camaleónicos” viene a mi mente el “aparente” suicidio, en muy extrañas circunstancias, de un “empresario” venezolano, parte de la trama del Sr. Morodo, quien fuera embajador de España en Venezuela, y su hijo. Se les acusa de lavar millones de dólares robados a los venezolanos. El suicidio ocurrió, extraña coincidencia, después de haber consentido ofrecer toda la información que poseía a la justicia española. Otros ministros, viceministros y “empresarios sanguijuelas” (para diferenciarlos de los emprendedores), con solicitudes de extradición en Estados Unidos, disfrutan impunemente de lo que han robado. Mientras ellos evaden la justicia, la diáspora se dedica a encontrar mecanismos para apoyar la reconstrucción del país.

Los “ladrones” se presentan como adalides de la democracia. El ex embajador mencionado es coautor de un libro sobre golpes de Estado en Latinoamérica. También se exhiben como cabecillas de la anticorrupción, aunque nadie les crea. Solo basta con revisar la lista de inasistencias y motivos de la misma en la última edición del Foro de Sao Paulo, instrumento de la dictadura más longeva de la región, para comprender el carácter de pretexto y estrategia de marketing de los “anticorrupción”. Varios de ellos entre rejas, como el cofundador del foro; se repite la escena de otro sonado caso, el del tesorero de Venezuela, conocido como el tuerto Andrade. Como diría cualquier profesional de la salud mental, proyección de la parte oscura para castigar en otro su más sombrío deseo.

El inmenso saqueo de los recursos de los venezolanos, estimado en varios centenares de miles de millones de dólares, perpetrado por unos cuantos miembros del régimen y por unos pocos cómplices, es una de las causales de la diáspora venezolana, cuyo número supera hoy los 5 millones de ciudadanos preocupados y comprometidos con su país.

La participación de la diáspora solo es posible sobre la base del diálogo y el reconocimiento y el régimen ni dialoga ni reconoce, solo administra bien la cultura cuartelaría. El diálogo, a su vez, necesita de personas dispuestas a escuchar al otro y a respetar las posiciones ajenas, atributos inexistentes para el régimen. Las voces de los otros son múltiples, también sus intereses son diversos y “el interés general” se construye con el diálogo y la presión de todos ellos.

Los obstáculos creados por el régimen a la diáspora para votar, inscribirse, aportar, documentar y denunciar, no resultaron suficientes. Todo lo contrario, sirvieron de acicate para mantenerse en movimiento, para reflexionar sobre el país, para identificar sus necesidades y avanzar en la agenda para la reconstrucción. Todos los días un nuevo acto, un nuevo encuentro, una nueva denuncia, una nueva movilización, una nueva iniciativa, un nuevo chat, continúan sembrando esperanza.

En el nuevo panorama del país, cobra pleno sentido la agenda fraguada a lo largo de dos décadas: es la oportunidad de formular una Estrategia de Estado de la Diáspora venezolana. Hoy es posible convocar a todos los actores: sector privado, sociedad civil y sus organizaciones, instituciones y a las asociaciones diaspóricas para, de manera conjunta, intervenir en su formulación.

Pensar la diáspora supone reflexionar sobre el Estado. Los más de 5 millones de venezolanos que la integran representan más de 15% de la población, dispersa en una “nueva geografía” de Venezuela. Un fenómeno de esa magnitud, naturaleza e importancia exige de una Estrategia de Estado. Sobre ella, su forma y contenido es mucho lo que tienen que decir las asociaciones que constituyen ese vasto universo.

En el diseño de la estrategia es recomendable desmarcarse de las posturas adánicas, aprovechar lo realizado, prestar atención y escuchar, considerar y compartir los argumentos de estas asociaciones. Puesto de otra manera, una Estrategia de Estado de la diáspora no puede hacerse al margen de ella y sus organizaciones. Estas han puesto sobre papel los contenidos de la estrategia y la institucionalidad responsable de desplegarla y ejecutarla.

Las expectativas ante la nueva situación resultan esperanzadoras. Las asociaciones creadas por el éxodo venezolano han acumulado muchas millas de vuelo en todas las áreas: la ayuda humanitaria, la movilidad, la seguridad, los derechos humanos, los derechos políticos, la inserción del nuevo éxodo, la integración, la difusión tecnológica, el emprendimiento, uso de capacidades en el país de acogida para evitar el desaprovechamiento de los cerebros y sus capacidades y han creado redes y conectado con organizaciones con intereses similares en Venezuela.

El instrumento para diseñar la estrategia es el diálogo con esas experiencias. Comenzar preguntándoles por lo hecho, las dificultades encontradas, para conocer de primera mano lo que esperan del país, la forma de visualizar su inserción y el modo en el que quieren contribuir en la reconstrucción. Mostrar, también, lo que el país espera de su diáspora. Abrir un diálogo franco, conocer sus proyectos y sus iniciativas es un paso indispensable en la construcción de una estrategia de la diáspora y con ella. La estrategia debe contener ese amplio abanico de posibilidades. Preguntarse: ¿cómo aprovechar y potenciar los logros de lo realizado hasta el momento? ¿Cómo acompañar esos esfuerzos? ¿Con cuáles instrumentos, política y recursos? Es necesario tener presente que las asociaciones diaspóricas son bisagras entre el país receptor y el de origen, reconocidas y aceptadas por las relaciones de confianza desarrolladas con su trabajo.

La diversidad y pluralidad de la migración venezolana es imposible de acotar en una sola categoría o reducirla a un segmento de ella. La complejidad y variedad hace útil descomponerla, desagregarla en sus distintos segmentos. Los mismos expresan intereses y expectativas diversas. La segmentación es, por tanto, una de las primeras tareas. Lo hicimos en el estudio y la estructuramos en las Tres E: Emprendedor, Empleado, Estudiante. Hemos agregado otras dimensiones: demográficas, geográficas, socioculturales, sectoriales, profesionales y organizativas, con sus respectivas vocaciones.

La desagregación en segmentos facilita el análisis y la identificación de necesidades específicas, realidades particulares, diferentes intereses, todo lo cual posibilita ajustar políticas y programas a fin de establecer una relación más idónea y adecuada. La segmentación nos permite, asimismo, identificar rasgos particulares de cada grupo para asegurar un mejor aprovechamiento de los recursos y descartar aquellas opciones de evidente fracaso en el mundo.

La estrategia se está desplegando en todos los frentes. Uno de ellos, de creciente atención, es del papel que puede desempeñar la migración calificada en los países de acogida, como es el caso del aporte de la diáspora de la salud en regiones con problemas en los países receptores. Lo mismo ocurre en el campo de las ingenierías, la docencia, la psicología y las redes de emprendimiento e integración.

La diáspora ha venido sentando las bases de la estrategia y en el camino se han obtenido importantes logros. El propósito es institucionalizarla, dinamizar la relación y la participación del éxodo venezolano en el proceso de reconstrucción de Venezuela y convertir la nueva institucionalidad en un catalizador que articule las necesidades del país con las de la diáspora. Es una manera de asegurar un uso óptimo de los todos los recursos que serán necesarios para reconstruir el país.

Flores perennes por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 14 de Julio 2019

Rodolfo Izaguirre

Me crispa y avergüenza admitir que todavía hoy, transcurridos veinte o más años de oprobios y ofensas, el país venezolano, bajo el socialismo bolivariano, sobrevive aturdido, descentrado. Comenzamos cada nuevo día con pie equivocado, damos brincos, tropezamos con piedras políticas, nos confundimos y nos estrellamos contra la espiral inflacionaria, resbalamos en la acera de los infortunios y sufrimos la crueldad de la diáspora y la agonía de no saber qué vamos a comer mañana.

¡Creo que somos flores perennes! Y lo es mi propio país cultural. Los museos nada ofrecen en sus espacios; no dan muestras de vida, sucumbieron en el desplome de la cultura oficial y el régimen militar; siguiendo la mejor tradición del nazismo, considera degenerado el arte que hacemos. Borró toda huella cultural de altura y nobleza para hundirse en los manglares de una “patriótica” mediocridad que solo le ha servido para pintarrajear las paredes y afear las ciudades suficientemente castigadas por las torpezas económicas y la crueldad de las aflicciones. San Cristóbal ya no es la misma; Maracaibo huele mal y es un desastre; Mérida perdió el encanto que alguna vez tuvo, y el resto del país vive en la oscuridad.

Pero hay, en la otra acera, en una zona perfecta y absolutamente privada, una vida cultural intensa y asombrosa. Se editan libros, hay reuniones, conferencias, existen en Caracas las librerías El Buscón y Kalathos que se manejan con criterios de una modernidad apasionante. Hay en ellas oxígeno suficiente para respirar y rozar nuevos horizontes.

Se celebran talleres con diversos propósitos; hay una plaza en Los Palos Grandes (¡posiblemente, la única!) que ofrece sus espacios no solo para el goce de una vida al aire libre (juegos, niños, ajedrez, taichí, actos culturales), sino para que Eugenio Montejo continúe vivo y Francisco Herrera Luque persista, a través de la Fundación que lleva su nombre, en la búsqueda de la luna de Fausto.

Las artes visuales son como flores perennes, persisten en sus fragancias. No sé cómo hacen los creadores para conseguir los materiales que componen sus obras, pero ellas aparecen en galerías que nacen y se sostienen en espacios que jamás imaginaron que iban a servir para actividades tan gloriosas y fascinantes: unas quintas en algunas urbanizaciones, un tercer piso en un edificio anónimo y allí nos esperan los prodigios del arte.

El Trasnocho, en Las Mercedes, es un oasis en permanente fervor. El teatro puede llevar acertadamente el nombre de Héctor Manrique, aunque hay otros teatreros de enorme talento; y el cine, el nombre de José Pisano (¡no puedo olvidar el magazine Moviola que dirigió en tiempos de La Previsora!). El Trasnocho también es aroma de café y cacao, espejos, una esclarecida galería de arte y la presencia de Solveig Hoogesteijn. ¡Se siente uno seguro allí!

Hay en Caracas portentosas colecciones de pintura, la Fundación Polar cumple tareas de asombrosa modernidad y todos sostenemos y expresamos pensamientos propios y admitimos que nuestros hijos son mejores que nosotros mismos y nos enorgullece saber que seguramente encontrarán un nivel laboral y una vida emocional armoniosa en el país que eligieron víctimas de la diáspora cruel desatada por el régimen militar.

Insisto en calificarnos como flores perennes. Más aún: como flores de loto que nacen en las aguas de los estanques o en el pantano, porque igualmente todos nacemos y florecemos en un país absurdo, áspero, caudillesco y petrolero que oficialmente odia o niega la belleza y persigue con saña la sensibilidad y la inteligencia y, sin embargo, persistimos en amarlo con abierta pasión. Y me pregunto: ¿qué he ganado yo? Y el Eclesiastés, en una Biblia que leo a veces, responde por mí: “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo: y esta fue mi parte de toda mi faena”.

Exodo venezolano – USAID – Junio 2019

Migrantes venezolanos: secuestro de identidad por María Gabriela Rovero – PanamPost – 21 de Junio 2019

Además del petróleo y el oro, el chavismo ha despojado a los venezolanos de su derecho más básico: su identidad

El régimen ha robado también nuestra identidad. (Foto: Flickr)

Sin identidad. La ausencia de pasaportes nos ha dejado en un limbo absoluto. Secuestrados dentro y fuera de las fronteras. La tiranía chavista-madurista  saqueó las arcas de la nación, mató a sus voces disidentes, y aún insaciables, a quienes sobrevivimos, nos secuestraron hasta la identidad. De hecho, ha sido uno de los peores castigos de la diáspora: ciudadanos vulnerables que se convierten en nadie. Literalmente. Indocumentados a la fuerza. Después de años de tal suplicio, gracias a administraciones como la de Estados UnidosColombia y Argentina,  en sus respectivas jurisdicciones, hemos reivindicado uno de los derechos humanos fundamentales: el reconocimiento irrestricto de la identidad para cumplir con una vida normal con exigencias y obligaciones ciudadanas. Pero este reconocimiento irrestricto es el que necesitamos para ser seres humanos, porque el hecho de que se haga de manera irrestricta es la que nos permite viajar, circular, realmente tener una vida.

¡Cuántos venezolanos por su pasaporte vencido no pudieron llorar la muerte de algún ser querido que se encontraba en otro país! ¡Cuántos venezolanos han perdido oportunidades de becas, estudios, o trabajo! ¡Cuántos venezolanos han truncado incluso planes de vida de pareja o de familia¡ ¡Cuántos venezolanos sencillamente no pueden viajar a hacerse tratamientos médicos necesarios, o sencillamente viajar por placer y porque se les da la gana! ¿O es que el poco o mucho placer que se pueda ganar en medio de una vida en el exilio  también debe borrarse de la vida del venezolano? Todo este secuestro de identidad ha sido mucho más grande y extenso que un muro de Berlín, porque se levanta invisible pero contundente a lo largo y ancho del mundo. Cada venezolano lleva consigo su propio muro aplastante.

¿Dónde están los países que reconocieron a Guaidó? ¿Qué sentido tiene reconocer a un presidente y dejar desprotegidos a sus ciudadanos? ¿Por qué  aún no se han adherido al decreto sobre la extensión de la vigencia de los pasaportes? Además, ¿dónde están las organizaciones defensoras de derechos humanos para realmente rectificar este problema? Según los tratados internacionales en la materia, a los refugiados se les dota de identidad. Si ACNUR ha instado a la comunidad internacional para que los venezolanos sean reconocidos como refugiados, ¿por qué no se consuma definitivamente tal exhortación?  No solo se trata de hablar de la extensión de la vigencia de los pasaportes, que claro que sería favorecedora para millones de venezolanos (solo un venezolano sabe cómo cuida hasta con su vida un pasaporte, porque ya sabe que es su vida misma). Sin embargo, hay robos, pérdidas y deterioro de este preciado documento y nadie, lamentablemente, está exento.

Veo en las noticias que Costa Rica aceptará pasaportes vencidos para renovación de trámites migratorios, ¿y qué hay con el libre tránsito? ¿Qué sucede con los residentes en Costa Rica que necesitan entrar y salir de ese país? Este secuestro que llevamos a cuestas se hace demasiado pesado ante la indolencia de los más fundamentales derechos humanos. Lo peor del caso es que de tanto lidiar con este traumático infierno en el que se ha convertido llevar nuestra nacionalidad a cuestas como una cruz, nos hemos acostumbrado a celebrar hasta la esperanza de que algo pueda estar aunque sea a un grado en nuestro favor.

España ha aceptado la vigencia de nuestros pasaportes para trámites consulares también. Sin embargo, en cuanto al libre tránsito no opera sola como nación, en tanto que el ingreso a cualquier país de la zona Schengen, debe ser decisión conjunta de la Unión Europea, cuya posición está siendo favorable, dadas las recientes declaraciones del gobierno de Francia, cuyos representantes expresaron su deseo de que los venezolanos puedan ingresar a Europa con pasaporte vencido.

A la limitada aceptación de Costa Rica, le sigue el silencio de otros países de la región, incluso el de la mayoría de los países firmantes de la declaración de Quito.

Esta falta de identidad, este «no ser nadie» se conjuga y es parte del robo de nuestra dignidad. Es asidero de xenofobia, de extrema vulnerabilidad. Es caldo de sustancia para reducirnos a la nada.

En cuanto a la xenofobia, como en toda diáspora  masiva (la más grande de la historia del hemisferio occidental) contamos personas buenas y malas, con recursos y sin recursos, con educación y sin educación.  Pero es claro: según las diferentes estadísticas, en su mayoría somos, en proporción, una migración positiva y profesional. Algunos países cerrados de la región, que aunque históricamente han sido migrantes, no se acostumbran a ser receptores, aún no calibran los aportes de la diáspora de los empresarios que aquí han invertido en restaurantes, comercios, franquicias, de los profesionales que aquí han aportado, en la ciencias, en el arte, y en diversos campos académicos.  En cualquier caso, más allá de si al nombrar Venezuela les venga a la mente los migrantes que a través de sus profesiones u oficios están incorporándose en el sistema de algún país del mundo, o solo se les venga a la mente aquellos que cruzan fronteras a pie (cabe destacar que entre ellos también hay gente con profesiones y oficios), somos seres humanos a quienes se nos niega el más elemental derecho humano: la identidad.

De tal modo, a la diplomacia internacional que tiene en sus manos la forma de liberarnos del secuestro de nuestra identidad. También a ACNUR: por favor, actúen. Y no lo hagan a medias. No solo nos quiten la venda de los ojos, desaten las manos, y los pies. Permítannos una identidad, con ella nos sabremos encargar de desplegar las alas.

A los venezolanos: alcemos nuestra frente y luego nuestra voz, merecemos una identidad. Con ella va nuestra dignidad de ser humano. La identidad es el reconocimiento como seres humanos por parte de los Estados.

María Gabriela Rovero es periodista egresada de la Universidad Central de Venezuela. Venezolana en el exilio.

Florecer lejos de casa / Testimonios de la diaspora venezolana por Ángel Arellano – Fundación Konrad Adenauer –

P R E S E N TAC I Ó N

Y así como los terremotos producen reacomodos en las capas de la tierra, los flujos migratorios, cada tanto, redistribuyen la semilla humana escribiendo la historia con esa letra grande que nos cuesta tanto leer.

Héctor Torres

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La preocupante situación política y económica que atraviesa Venezuela desde hace algunos años no ha dejado indiferente a ningún país del continente americano ni de Europa. Impacta a sus vecinos inmediatos pero también a otras naciones que, aunque muy distantes geográficamente, han recibido una impresionante corriente migratoria en el último lustro.

La grave crisis humanitaria que viven los venezolanos ha ocasionado que varios millones de personas crucen las fronteras y busquen oportunidades para ellos y sus familias en otros rincones del planeta, alejados de sus hogares y de sus costumbres, dejando atrás la vida en Venezuela para aventurarse en ciudades y pueblos desconocidos pero que han representado la salvación ante la escasez y los dramáticos índices de violencia.

Este proyecto ha buscado darle voz a la diáspora para que sean los propios venezolanos, a través de una selección de textos redactados por varios de sus periodistas y escritores más destacados, quienes cuenten lo que les ha tocado vivir.

La Fundación Konrad Adenauer y la plataforma Diálogo Político se complacen en presentarles este libro que es un esfuerzo colectivo para dejar testimonio de la diáspora más sorprendente del siglo XXI en América.

Dra. Kristin Wesemann

Representante de la Fundación Konrad Adenauer

Oficina Uruguay

El texto completo del libro en el siguiente enlace :

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