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Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura venezolana por Jorge Benezra y Álvaro Ybarra Zavala – ABC – Abril 2019

Hambre, violencia y desabastecimiento, en barrios sin esperanza

Jorge Benezra y Álvaro Ybarra Zavala

Llegar a Maracaibo es entrar en una especie de zona de guerra. Los habitantes deambulan como fantasmas entre las ruinas de calles desoladas y montones de basura que ellos mismos han de quemar porque ningún servicio público se ocupa de recogerlas. Los escombros, fruto de los saqueos a comercios durante los últimos apagones, dominan el decadente paisaje urbano.

Venezuela se muere. Y en muchos casos no por falta de alimentos, sino de dinero para acceder a ellos. ABC muestra los efectos de la tragedia venezolana que el régimen de Maduro quiere ocultar. Entre chabolas destartaladas en los barrios de Maracaibo malviven enfermos físicos y mentales, niños desnutridos, las víctimas más vulnerables de la dictadura chavista.

Pero la capital del estado Zulia, otrora el centro del orgullo petrolero de Venezuela, no es Siria ni Libia. La causa de la ruina de Maracaibo, la segunda ciudad el país, es la descomunal crisis en la que ha hundido al país el régimen chavista, agudizada ahora, aún más, por los cortes en el suministro eléctrico, que obliga a los maracuchos a peregrinar durante horas en busca de agua potable, alimentos y combustible o a quedarse refugiados en sus casas, a la espera de luz para encender el aire acondicionado con que hacer frente a un calor abrasador.

«Llevamos más de un año sin agua. ¡Yo debería estar en mi escuela y no voy porque debo ayudar a mi mamá en esto!», grita con rabia Michelle, una adolescente con la ropa empapada y el rostro demacrado, mientras intenta conseguir agua potable de una tubería subterránea, por la que hacen cola y se pelean niños, mujeres y hombres. «Aquí donde me ve, no me he llevado un pan a la boca desde anoche», añade esta chica de 14 años que parece mayor.

Los carteles y vallas publicitarias con el eslogan «La primera ciudad de Venezuela» que salpican Maracaibo son hoy un sarcasmo agraz. Zulia, donde se extrae el 60% del crudo venezolano y con un extraordinario potencial agrícola y ganadero, llegó a ser la envidia de Iberoamérica. En su aeropuerto había un intenso tráfico internacional. Ahora la lucha por la supervivencia es extrema para los cuatro millones de habitantes de la región, las colas para llenar el depósito son kilométricas y sobran los dedos de una mano para contar las rutas de vuelos.

«Aquí los pobres perdemos la vida. Hoy voy para cuatro horas y ahora acaban de cerrar la estación para ver si llega otro camión para surtir», dice con resignación Abelardo Montiel, mientras espera cerveza en mano en una gasolinera. «Yo no tengo los cobres (dinero) para pagar a los guardias que te quieren vender hasta en un dólar el litro, cuando la gasolina es regalada en este país», se lamenta.

El drama en toda su crudeza

La miseria es también patente en Caracas, pero el régimen de Maduro destina los recursos que puede a la capital del país para protegerla como una burbuja y evitar que haya estallidos sociales. Si el problema no ocurre en Caracas, es como si no existe. En Maracaibo, en cambio, el drama del chavismo se presenta en toda su crudeza.

Por eso también el régimen se esfuerza por mantenerla aislada, fuera de la vista de los medios independientes. Militares, milicianos y paramilitares armados de los «colectivos» vigilan para impedir el acceso de la prensa a los puntos calientes de la ciudad. Los hospitales están blindados y entrar en ellos sin autorización puede acarrear ser detenido o expulsado, en caso de los periodistas extranjeros.

«La censura es cada vez mayor. A nosotros nos han metido hasta tanques dentro de las residencias», asegura Carmen Gamboa, residente de un bastión opositor, las Torres del Saladillo. «Estos grupos no respetan a nadie –explica–. Vienen con armas y nos amenazan si protestamos o denunciamos lo que está ocurriendo».

Además, la señal de internet es intermitente. Los periódicos de papel han desaparecido y solo quedan panfletos de propaganda del Gobierno, por lo que en Maracaibo, si no hay conexión a la red, uno no se entera de nada.

Solo hay luz unas pocas horas al día. Los cortes no tienen ningún tipo de programación. Una zona de la ciudad pasa una semana entera a oscuras, mientras otras tienen electricidad un par de horas. A veces aparece inesperadamente, pero si llueve puede que los transformadores estallen o fallen.

«Nos salvamos de una tragedia», cuenta Gladys Bardallo, de 79 años, del sector Libertador. «Los cables se incendiaron sobre la casa y el cuarto se nos quemó y explotaron todos los cables –recuerda–. Los bomberos, que están a dos calles, no llegaron nunca por no tener insumos para trabajar, ni personal».

Pero para conocer las verdaderas entrañas de la tragedia de Venezuela hay que adentrarse en un barrio como el de los Altos del Milagro Norte, en la parroquia Coquivacoa. En chabolas hechas con restos de madera y hojalata, malviven niños siempre hambrientos, que como mucho comen una vez al día. Las epidemias campan a sus anchas y las expectativas de vida son muy escasas. Además, los supuestos «operativos de paz» de las Fuerzas Especiales de Seguridad (FAES) y la violencia de las bandas acechan a diario.

Para acceder a este rincón oculto donde habitan los grandes olvidados de la revolución bolivariana es imprescindible recurrir a un líder social que permita sortear a las cuadrillas de paramilitares y a los agentes de Policía.

Los vecinos del barrio acogen a los periodistas con cierto alivio, como una posible tabla de salvación frente al abandono y el aislamiento a los que se ven condenados, sin apenas ayuda en su desgracia. «Si no denunciamos la realidad de lo que está pasando, nadie se entera de la verdad, ni los venezolanos ni el mundo. Aquí tenemos de todo: exterminio, hambruna, maltrato familiar. Es un infierno», resume Carolina Leal, una líder social que en el pasado militó en el partido chavista, pero que ahora vive para ayudar a la gente. Desde hace tres años reparte más de 250 almuerzos semanales.

Desnutrición y enfermedad

Recorrer los Altos del Milagro es desnudar lo más bajo de la crisis venezolana. En una sola manzana, como desterrados en su propia patria, se ocultan, entre paredes hechas a retazos y techos destartalados, niños desnutridos, discapacitados, infectados de VIH y enfermos mentales.

Miguel Blanco, un joven de tez blanca de 28 años, yace con las piernas encogidas sobre una cama en una de las infraviviendas del barrio. Su cuerpo está famélico, carece de masa muscular y su piel se pega a los huesos. El rostro revela una desnutrición severa y una hidrocefalia congénita. Su madre, sin ayuda, le dedica incasablemente sus días. «Le doy lo poco que puedo, yuca y arroz, y le hago pañales de tela», afirma.

No lejos de allí se halla Ana Bravo, de 14 años. Mide poco más de un metro y pesa 20 kilos. No habla y se comunica con señas. Golpea sus manos para indicar que quiere comer. No se pudo desarrollar a consecuencia de la mala alimentación. Es un ejemplo del centenar de casos de malnutrición en este mísero caserío.

Otros niños montan en bicicleta o juegan en las calles, rodeados de escombros y polvo. Gustavo Rincón, un pediatra que visita con frecuencia el barrio, señala que los menores hacen un esfuerzo por olvidar el hambre, pero el cuerpo los delata. «Tienen el pelo cobrizo y fino, y son cabezones. Esos son síntomas claros de desnutrición. Estamos lamentablemnte ante una generación de tarados», denuncia.

En estos atestados suburbios, sus pobladores usan una mezcla de maíz, sal y yuca para intentar hacer algo similar a la tradicional arepa venezolana. Es cuanto se pueden permitir.

La escasez que azota Venezuela es aún peor en Maracaibo por el contrabando con Colombia, que deja millones de ganacias a aquellos que se aprovechan de la circunstancia. Hablar de hambre aquí es diferente. Hay alimentos, pero lo complicado es tener los recursos para pagarlos. «Con nuestro sueldo mínimo (cuatro euros), tan solo compramos un cartón de huevos. Es imposible que no existan desnutridos en este país», apunta una vecina, Daysi Delgado.

El otro gran muestrario de la catástrofe humanitaria de Maracaibo es el Hospital Universitario. En su día fue un ambicioso proyecto incluido en el programa de obras públicas de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, en los años 50, con más de 600 camas. Además, fue el primer hospital venezolano en realizar un trasplante de riñón. Hoy su realidad es otra.

«Llevo diez años esperando un trasplante de riñón, pero ante lo que está ocurriendo prefiero esperar. A un compañero de diálisis lo llamaron para avisar de que ya estaba listo su donante, y en medio de los apagones el riñón que esperaba se dañó», cuenta María Esis.

El centro cuenta con una planta eléctrica, pero solo puede funcionar una o dos horas, frente a las interrupciones, que pueden durar 24 horas. Ante ello, los cirujanos han tenido que finalizar las intervenciones quirúrgicas con la luz de sus teléfonos móviles.

Las salas de hospitalización apenas tienen pacientes, ya que no existe material para realizar las operaciones, y las habitaciones han pasado hacer de depósitos de equipos y camas en desuso.

Además, el centro de salud se encuentra en riesgo de una contaminación generalizada, porque falla la recogida de residuos y la limpieza de las zonas donde se almacenan. «Con el calor las bacterias proliferan, y hay que recordar que en Maracaibo las temperaturas pueden alcanzar 40 grados centígrados, lo que fácilmente convierte los pabellones en hornos», denuncia la cirujana Dora Colmenares.

El hospital no cuenta con radiólogos ni enfermeras, debido a que la situación del país ha forzado a más de 2.800 miembros del personal médico a cruzar las fronteras. «En estos momentos nos encontramos en una emergencia humanitaria compleja. Los médicos tenemos conocimiento de que el 60% de la población está en condición de desnutrición, pero qué pasa con los que no vemos porque prefieren morir en sus casas. En materia de salud hemos retrocedido siete décadas, en estos momentos nos encontramos prácticamente en el siglo XIX», asegura Colmenares. Y añade: «No entendemos por qué razón la ayuda enviada al país no llegó primero al estado con una mayor urgencia sanitaria». Los médicos también denuncian que, desde hace cinco años, carecen de un boletín epidemiológico, por lo que disponen siquiera con un control de las enfermedades del país.

 

Informe de Bachelet reconoce crisis alimentaria en Venezuela – El Nacional – 4 de Julio 2019

El documento resalta que el régimen de Nicolás Maduro no ha utilizado todos los mecanismo disponibles para garantizar el derecho a la alimentación de la población

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El informe de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet,  denunció que 3.7 millones de venezolanos se encuentran en estado de desnutrición  en el país y aseguró que el régimen de Nicolás Maduro no ha empleado todos los mecanismos existentes para garantizar el derecho a la alimentación de la población.

“El gobierno no ha demostrado que ha utilizado todos los recursos disponibles para garantizar la realización progresiva del derecho a la alimentación, ni tampoco que hubiere buscado, sin éxito, asistencia internacional para abordar dichas deficiencias”, cita el texto, en el que señaló que en los recientes meses Maduro ha solicitado y aceptado ayuda, pero esta ha sido insuficiente para los requerimientos de la población.

El informe que será presentado este viernes 5 de julio ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, indica que el Fondo de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura registró que 3.7 millones de venezolanos están en estado de desnutrición, referida cifra contempla altos niveles entre niños y mujeres embarazas, una información que ha sido confirmada por la ONG Caritas.

El escrito de la alta comisionada de la ONU señaló que las polítcas económicas y sociales adoptadas en la última década, así como la hiperinflación y la contracción de la economía venezolana, han repercutido de forma negativa en los diferentes sistemas de producción y distribución de alimentos, incrementando así el número de ciudadanos que dependen de programas de asistencia alimentaria como las cajas CLAP.

“Las personas entrevistadas constantemente refirieron una falta de acceso a alimentos, debido tanto a la escasez como a los precios inasequibles. La disponibilidad de suficiente comida de calidad es deficiente, y los entrevistados dijeron que comían una vez, o como mucho dos veces, al día y que consumían pocas proteínas o vitaminas”, manifiesta el informe.

La falta de acceso a alimentos ha perjudicado a las mujeres venezolanas que son cabeza de familia, pues se han visto forzadas a destinar un promedio de 10 horas diarias a hacer colas para conseguir comida, mientras algunas han tenido que intercambiar comida por sexo, refiere la Acnudh.

El informe completo puede leerse en el siguiente enlace :

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Ex Miss Venezuela salva a familia de la desnutrición y los ayuda a emigrar – Venezuela Al Día – 27 de Junio 2019

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Este jueves la ex reina de belleza, Mariam Habach publicó desde su cuenta de instagram un vídeo relatando una conmovedora historia de la cual fue participe para un final feliz. La ex miss, con lagrimas en su rostro contó como había salvado de la desnutrición a una familia en El Tocuyo.

Habach relató, que desde diciembre del 2018  había ayudado a una madre y a sus pequeños cuando sufrían un grave estado  de desnutrición en El Tocuyo. La modelo no solo los ayudó con comida, también al ver la extrema pobreza en la que vivían, movió unas piezas y les proporcionó todo lo necesario.

La madre de los niños es española y no podía trabajar porque debía cuidarlos. Según Habach ya tenía años viviendo en El Tocuyo y hoy recibió la emotiva noticia de que se encuentra en España,  para ella esta fue una tarea que puso Dios en su camino.

” No tengo palabras para describir lo que siento! Gracias a dios, a mi familia y a todos los que ayudaron a que este sueño se les hiciera posible! Simplemente deseo que sean muy felices y que nunca les falte nada” comentó junto al post que subió en su Instagram.

Venezuela crisis: What happened to uprising against Maduro? by Barbara Plett Usher – BBC News – 31 de Mayo 2019

 

What are the real reasons behind Venezuela’s blackouts?

I have it on good authority that the plot to unseat Venezuela’s President Nicolás Maduro started with members of his inner circle, not with the opposition.

The big question is why they backed out, although this Washington Post article weaves quite a convincing tale of the intrigue.

What is clear is that it was a sophisticated scheme, the like of which we most probably will not see again soon.

Discontent at the top did expose fractures in the Maduro government, suggesting the president has been weakened by internal tensions. But one month on, neither he nor the opposition headed by National Assembly Speaker Juan Guaidó seems capable of vanquishing the other in a bold definitive move.

Instead they have begun wary talks in a new peace process in Oslo mediated by the Norwegians.

In the meantime, Venezuelans who thought the attempted uprising might stem the tide of their misery have gone back to the business of surviving.

Quite literally so for one young woman with whom I stopped to chat near the centre of Caracas.

She told me she had been in hospital for two months awaiting surgery for her cracked vertebrae. But it did not happen in the end because the doctors ran out of supplies, including disinfectants.

Out of 10 women who did have surgeries during her time there, she said, nine went home with a bacterial infection contracted in the operating theatre, including one who was paralysed by meningitis.

Such horror stories are endemic in this oil-rich nation now in the grip of a profound economic crisis, brought on by years of government mismanagement and corruption and compounded by low oil prices.

View of Petare neighbourhood in Caracas
Thousands of people live in Petare, Venezuela’s largest slum

The most vulnerable, of course, are the children. Maria Gutierrez is on the frontlines of a battle against malnutrition in the slum of Petare, Venezuela’s largest.

She makes sure that the neediest children in her neighbourhood eat once a day, serving up a carefully composed meal of rice, vegetables and meat, cooked in her small kitchen and paid for by an opposition organization.

“Look,” she told me, pulling forward two boys: “Look how short they are.” Her son, the same age, was twice as tall.

Even in Venezuela’s slums people used to have enough to eat because they got food subsidized by the socialist government. They still get some of that, but much less as the economic crisis deepens.

And it will almost certainly get worse with crippling US sanctions. That is the main strategy by which the Trump administration aims to force Mr Maduro out of office and help Mr Guaidó replace him with a transitional government that organizes new presidential elections.

Why Venezuela matters to the US… and vice versa

The US expectation was that the powerful military would switch sides. This, as we have seen, has not happened, at least not yet.

And negotiations were not part of the plan: “The only thing to negotiate with Nicolás Maduro is the conditions of his departure,” the state department said of the Oslo talks.

Neither, for now it seems, is military intervention, despite threatening rhetoric that “all options are on the table”.

But a number of Venezuelans told me they were open to outside intervention, despairing of any other solution to the political impasse.

“We need the Marines,” said one elderly man, condemning government ministers as “bloodsuckers” and dismissing the Guaidó-led opposition as ineffective. “Why aren’t they here yet?”

Supporters of Venezuelan opposition leader and self-declared president Juan Guaido attend a rally in Guatire, Miranda state, Venezuela on 18 MayThe opposition has organised protests but Mr Maduro has resisted calls to go

Another elderly man in the same neighbourhood also had little use for the government, but he was a supporter of the left-wing political ideology associated with former President Hugo Chávez and ostensibly shared by his successor.

“I’m still a Chavista,” he said, then paused. “Why am I still a Chavista?” he asked rhetorically, “even I don’t know.”

Perhaps, I suggested, he was not a “Madurista.”

As in all failed states, there is wealth – some comes from old money, some from new money acquired through corruption or by those who have otherwise benefited from their ties to the regime.

We stayed in this bubble of affluence, at a five-star hotel that has seen better days.

I had a severe allergic reaction to the dirty air filters, but there was water, power, and internet. It was paradise.

Child eating at social programme in Caracas
Social organizations distribute food to children in need in Caracas
For Maria there is only Petare.

She manages to get work as a seamstress, but it’s all about patching old clothes, no one can afford new ones. And if people need zippers, forget it, they are no longer to be found.

I marvelled at how she could fix the piles of rags in her small, dank shop, some of which had more holes than cloth.

But she does, earning a bag of rice or flour with each one – five or six bags with 12 hours of work. She leaves at three in the morning, catches a few hours of sleep, and gets up again to cook for the children.

Su imagen se convirtió en un símbolo del hambre en Venezuela por Isayen Herrera y Anatoly Kurmanaev – The New York Times – 21 de Mayo 2019

Anailin Nava, de dos años, está desnutrida y sufriendo de la falta de tratamiento médico. Su madre, Maibeli Nava, dijo que los médicos le recetan medicinas que no están disponibles o que no puede pagar. CreditMeridith Kohut para The New York Times

CARACAS— Cuando la imagen de la niñita venezolana empezó a circular la semana pasada, la reacción fue casi instantánea. Tiene 2 años, pero la desnutrición y la falta de tratamiento médico han agotado su cuerpo hasta dejarla en un estado en que virtualmente es una bebé. Pasa el día en pañales, echada en la choza precaria de su familia.

Se llama Anailín Nava y cuando los lectores vieron su fotografía en un artículo de The New York Times sobre el colapso económico de Venezuela muchos tuvieron el mismo impulso: puede que sea difícil ayudar a su país a salir de una prolongada crisis humanitaria, pero seguro que algo podía hacerse por esta niña en particular.

El domingo empezó a llegar la ayuda.

La escasez de gasolina ha azotado a una gran parte de Venezuela, pero Fabiola Molero, una enfermera del grupo católico de ayuda Cáritas, empacó en una maleta una báscula y suficiente leche, comida y suplementos nutricionales para dos semanas e hizo autoestop desde Maracaibo, en el occidente, hasta la isla de Toas, donde vive Anailín.

Molero trabajó veinte años como enfermera en hospitales públicos, pero hace tres años renunció y se unió a Cáritas como voluntaria para poder combatir el hambre que está devastando al país.

“Yo trabajaba en un hospital y renuncié porque no podía lidiar con que los niños se me murieran en los brazos por falta de insumos”, dijo Molero.

Cuando salió el domingo, su meta era verificar el estado de salud de Anailín y cómo estaban el resto de los niños de esa comunidad.

El estado de Zulia, al que pertenece la isla de Toas, ha sufrido particularmente el colapso económico del país. La isla ha quedado prácticamente aislada del resto del país después de que los botes de transporte público se descompusieran por falta de refacciones. Los paquetes de comida subsidiada por el gobierno llegan cada cinco meses, pero a las familias les toma solo una  semana consumirlos según la madre de Anailín, Maibeli Nava, y sus vecinos.

Molero dijo que el caso de Anailín era uno de los peores que había visto a lo largo de veinte años de trabajo en la región. La familia a menudo era incapaz de darle de comer más de una vez al día, y a veces solo contaban con arroz o harina de maíz. El caso de malnutrición severa de la niña se agravó por una enfermedad neurológica de origen genético que le provoca convulsiones, problemas musculares y complicaciones digestivas, dijo la enfermera.

Anailín, que pesa la mitad de lo que debería, está demasiado débil como para viajar, de acuerdo con la enfermera. Pero puede recibir tratamiento en casa hasta que se recupere lo suficiente para que la atienda un neurólogo, agregó.

“Mi bebé estaba decaída y le estaba dando fiebre. Estaba muy mal”, dijo Maibeli Nava, de 25 años. “Ya no me daba ni la mano cuando intentaba jugar con ella. Yo pensaba que mi hija se me iba a morir”.

La llegada de la enfermera, y de la comida, tuvo un impacto inmediato, dijo Nava. “Ahorita está alegre”.

Molero dijo que su llegada había causado que los vecinos formaran una fila afuera de la casa de Nava, en una de las aldeas de pescadores de Toas, para pedir ayuda.

“Nosotros aquí pensamos que el mundo se va acabar. Hay mucha crisis y se mueren mis vecinos por falta de medicamentos”, dijo Nava.

La crisis económica ha dejado a la isla sin suministros médicos, a pesar de que cuenta con dos hospitales y tres postas públicas de primeros auxilios. Toas solía ser un destino turístico, pero el deterioro de la economía y la infraestructura del país la han dejado sumida en apagones eléctricos y de comunicación frecuentes y prolongados.

“Me preocupa porque hay muchas mujeres embarazadas y el hospital no está funcionando”, dijo Molero.

De los veintiséis niños que Molero evaluó, diez estaban desnutridos. Casi todos tenían ampollas y abscesos en la piel a causa de la mala calidad del agua, dijo la enfermera. Hace años que la planta desalinizadora de la isla no funciona.

“La condición de nuestros niños empeora cada día”, dijo Molero, de 43 años.

Dijo que la principal amenaza a la salud de los niños era la escasez de productos lácteos que vienen del interior del país. Sin leche, las familias más vulnerables recurren al plátano en polvo para hacer papillas, dijo Molero.

Y la escasez de gasolina dificulta el envío de ayuda, dijo la enfermera.

“Estamos trabajando con las uñas porque apenas tenemos recursos”, dijo.

Venezuela vive la peor crisis económica para un país sin guerra, según los expertos por Anatoly Kurmanaev – The New York Times – 17 de Mayo 2019

En Maracaibo, dos hombres revisaban los desperdicios en busca de objetos que todavía sirvieran o que pudieran ser reciclados. CreditMeridith Kohut para The New York Times

MARACAIBO, Venezuela — El colapso de Zimbabue con Robert Mugabe. La caída de la Unión Soviética. La desastrosa crisis de Cuba en la década de los noventa. El desplome de la economía de Venezuela ha superado todos esos desastres.

Venezuela experimenta el mayor colapso económico sucedido en un país sin guerra en al menos 45 años, según los economistas.

“Cuesta pensar en una tragedia humana de esta magnitud que no sea producto de una guerra civil”, comentó Kenneth Rogoff, profesor de economía de la Universidad de Harvard que fue el economista en jefe del Fondo Monetario Internacional (FMI). “Este puede ser el ejemplo más sobresaliente de políticas desastrosas en décadas”.

Jenifer Del Valle Vejar Martínez con su bebé de dos meses, durante un apagón CreditMeridith Kohut para The New York Times

Para encontrar niveles similares de devastación económica, los economistas del FMI mencionan a países devastados por la guerra, como Libia a principios de esta década o Líbano en los setenta.

No obstante, Venezuela, que fue el país más rico de América Latina, no vivió un conflicto armado. Según los economistas, el mal gobierno, la corrupción y las políticas erróneas del presidente Nicolás Maduro y su predecesor, Hugo Chávez, desataron una inflación desenfrenada que clausuró empresas y destruyó al país. Además, en meses recientes, el gobierno de Donald Trump ha impuesto duras sanciones para tratar de paralizar todavía más a esta nación.

Mientras la economía del país se desplomaba, grupos paramilitares tomaron el control de poblaciones enteras, los servicios públicos colapsaron y el poder adquisitivo de la mayoría de los venezolanos se redujo a un par de kilos de harina al mes.

En los mercados, los carniceros se ven afectados por los apagones frecuentes por lo que, al final de cada jornada, compiten para vender la carne en descomposición; quienes antes trabajaban como obreros escarban entre pilas de basura en busca de sobras y plástico reciclable. Los minoristas hacen decenas de viajes al banco con la esperanza de depositar varios montones de billetes cuyo valor se desvanece debido a la hiperinflación.

Aquí en Maracaibo, una ciudad de dos millones de habitantes en la frontera con Colombia, casi todos los vendedores de carne en el mercado principal han dejado de vender cortes, debido a que las vísceras y las sobras como la grasa y las pezuñas de vaca se han convertido en la única proteína animal que pueden costear muchos de sus clientes.

Personas que compraban despojos no refrigerados y otros subproductos de carne de res en un mercado de Maracaibo. CreditMeridith Kohut para The New York Times

En parte, la crisis actual se ha desencadenado por las sanciones estadounidenses que buscan obligar a Maduro a ceder el poder al líder de la oposición nacional Juan Guaidó. Las recientes medidas de Estados Unidos contra Petróleos de Venezuela, la petrolera estatal venezolana, han dificultado que el gobierno de Maduro pueda comercializar el petróleo, que es el principal producto de exportación del país. Aunadas a la prohibición estadounidense a comercializar bonos venezolanos, el gobierno de Trump ha dificultado la importación de productos, desde alimentos hasta medicinas.

Maduro culpa a Estados Unidos y a la oposición venezolana por la hambruna generalizada y la falta de suministros médicos, pero los economistas independientes afirman que la recesión comenzó años antes de las sanciones que, si acaso, aceleraron el colapso.

“Tenemos una batalla cruenta contra las sanciones internacionales que le han hecho perder a Venezuela al menos 20.000 millones de dólares en 2018”, aseguró Maduro en un discurso reciente. “Nos persiguen las cuentas bancarias, las compras en el mundo de cualquier producto, es más que un bloqueo, es una persecución”, agregó el mandatario.

La escasez ha sumido a buena parte de la población en una crisis humanitaria que se profundiza, aunque un grupo importante de los mandos militares y funcionarios de alto nivel que siguen siendo leales a Maduro pueden tener acceso a los recursos que quedan para sobrevivir, o incluso se enriquecen de manera ilegal.

Muchos venezolanos se han acostumbrado a que cada mes se registre una nueva caída histórica.

En el Lago de Maracaibo, comerciantes y obreros que perdieron sus trabajos lavaban el plástico reciclable que recolectaron. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Venezuela tiene las mayores reservas comprobadas de petróleo en el mundo pero su producción, que alguna vez fue la más grande de América Latina, ha caído más rápido en el último año que la de Irak después de la invasión estadounidense en 2003, según datos de la Organización de Países Exportadores de Petróleo.

Venezuela ha perdido a una décima parte de su población en los últimos dos años, debido a que han huido, e incluso atravesado montañas, desatando la crisis de refugiados más grande que se haya visto en la región.

La hiperinflación de Venezuela, que se espera que alcance los diez millones por ciento este año, según el FMI, está en camino de convertirse en el más largo periodo de aumentos incontrolados de precios desde el que se vivió en el Congo en la década de 1990.

“En esencia, este es un colapso absoluto del consumo”, mencionó Sergi Lanau, economista en jefe adjunto del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF, por su sigla en inglés), una asociación comercial financiera.

Un grupo de hombres llenaban envases de plástico con agua de un arroyo sucio, su única fuente de líquido durante los días en que no les llega el suministro. CreditMeridith Kohut para The New York Times

El instituto calcula que, durante el gobierno de Maduro, la caída en el rendimiento económico de Venezuela ha experimentado el declive más pronunciado que haya tenido un país que no está en guerra desde 1975.

Para fin de año, el producto interno bruto venezolano habrá disminuido un 62 por ciento desde el comienzo de la recesión en 2013, que coincidió con la llegada al poder de Maduro, según las estimaciones del IIF (el gobierno de Venezuela no ha publicado sus estadísticas macroeconómicas oficiales desde 2014, lo que obliga a los economistas a depender de indicadores como las importaciones para calcular la actividad económica).

En comparación, el declive económico promedio en las antiguas repúblicas soviéticas fue de alrededor del 30 por ciento durante el punto más álgido de la crisis a mediados de la década de los noventa, según cálculos de la asociación.

Por ahora, el gobierno está concentrando sus pocos recursos en la capital, Caracas. No obstante, la presencia del Estado es cada vez más débil en el interior del país, y su ausencia es particularmente visible en Zulia, el estado más poblado de Venezuela.

Su capital, Maracaibo, alguna vez fue el enclave petrolero de Venezuela. En marzo, un apagón sumió al estado en una semana de oscuridad y caos que dejó 500 negocios saqueados.

La energía eléctrica ha sido esporádica desde entonces, lo que acrecienta la escasez de agua y gasolina y deja a las poblaciones sin sistemas bancarios ni cobertura de telefonía celular durante días enteros.

El mercado Las Pulgas, que alguna vez fue un bullicioso laberinto de puestos donde los vendedores vendían alimentos y artículos para el hogar, se ha convertido en el rostro de la crisis.

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Vendedores con bolsas de dinero, que ha perdido buena parte de su valor, en un puesto del mercado Las Pulgas en Maracaibo. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Juan Carlos Valles llega a su pequeño restaurante ubicado en un rincón del mercado a las 05:00 a. m. y comienza a preparar caldo de res con huesos y cachapas en la oscuridad. Dice que desde marzo no ha tenido luz en el local, sus ventas han caído un 80 por ciento desde el año pasado y cada día es una lucha contra los soldados que lo obligan a aceptar billetes de bajas denominaciones que casi carecen de valor.

El dinero que gana, lo invierte de inmediato en huesos y harina de maíz, porque los precios aumentan a diario.

“Si descansas, pierdes”, dijo Valles, quien ha tenido este restaurante desde 1998. “El dinero ha perdido su valor. Para cuando lo llevas al banco, ya perdiste una parte de lo que tenías”.

Según el IIF, los ingresos reales en Venezuela han caído a niveles nunca vistos en el país desde 1979, lo que ha ocasionado que muchas personas sobrevivan de tareas como recoger leña, recolectar frutas y acarrear agua de los arroyos.

Daniel González, de 53 años, cuidaba a sus hijos y los de su vecino en el barrio Arco Iris en Maracaibo.CreditMeridith Kohut para The New York Times

“El gobierno habla de soluciones en el mediano y largo plazo, pero el hambre sucede ahora”, declaró Miguel González, director del consejo comunal del barrio Arco Iris en Maracaibo.

González dijo que perdió su empleo en un hotel cuando fue saqueado en marzo, las personas que irrumpieron en el local arrancaron hasta los marcos de las ventanas y el cableado eléctrico. Ahora recoge ciruelas silvestres que vende por unos cuantos centavos en los parques de la ciudad. La mayoría de la dieta de su comunidad consiste en frutas silvestres, alimentos elaborados con harina de maíz frita o cocida y caldo de huesos de res, dijo.

Lejos de la capital del estado, las cosas son todavía peores.

La Isla de Toas, que alguna vez fue un paraíso turístico de unos 12.000 habitantes que vivían en los caseríos de pescadores, ha quedado casi abandonada.

“Aquí no hay representantes del gobierno local, regional ni nacional”, afirmó José Espina, conductor de un mototaxi. “Estamos solos”.

La electricidad y el agua potable solo están disponibles unas horas al día. El barco que da servicio regular a la región continental se descompuso el mes pasado. Un barco prestado por la petrolera estatal remolca de vez en cuando a un ferri oxidado que lleva unos cuantos suministros de alimentos subsidiados, el precario sustento de los residentes más pobres de la isla.

Un barco petrolero arrastra el ferry oxidado desde la Isla de Toas hacia el continente para conseguir escasas cantidades de alimentos subsidiados. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Según el alcalde, Héctor Nava, la hiperinflación ha reducido todo el presupuesto de la isla al equivalente a 400 dólares al mes, unos 3 centavos de dólar por residente.

El hospital no tiene medicamentos ni pacientes. La última persona en ser hospitalizada fue una mujer que murió luego de agonizar todo un día por la escasez de tratamiento para su enfermedad renal, según confirmaron los médicos de la institución.

Las camas del hospital de Toas yacen vacías, Anailin Nava, de dos años, se consume en una choza cercana debido a la desnutrición y una parálisis muscular tratable. Su madre, Maibeli Nava, dice que no tiene dinero para llevarla a Colombia en busca de tratamiento.

El hospital de la Isla de Toas está vacío, su último paciente murió sin recibir cuidados médicos. Cerca de esa institución de salud, Anailin, una niña de dos años de edad, sufre desnutrición severa y una parálisis muscular tratable. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Las cuatro canteras que constituyen la única industria de la isla no han producido desde que el año pasado unos ladrones se llevaron todos los cables de energía que las conectaban a la red eléctrica. Los activistas locales de la oposición calculan que una tercera parte de los residentes se ha ido de la isla en los últimos dos años.

“Esto era un paraíso”, dijo Arturo Flores, coordinador de seguridad de la municipalidad local, quien vende una bebida de maíz fermentado a los pescadores locales para aumentar en algo su salario, equivalente a cuatro dólares mensuales. “Ahora, todos están huyendo”.

En el otro lado del estado de Zulia, en el pueblo ganadero de Machiques, el colapso económico ha diezmado la industria de la carne y los lácteos que suministraba estos productos a todo el país.

Los apagones eléctricos hicieron que cerrara el matadero, que alguna vez fue uno de los más grandes de América Latina. Grupos de hombres armados extorsionan a los ganaderos que todavía mantienen sus rebaños y les roban ganado.

“No se puede producir si no hay ley”, manifestó Rómulo Romero, un ganadero de la localidad.

El matadero de Machiques, que alguna vez fue uno de los más grandes de América Latina, ha estado inactivo por los cortes de energía eléctrica. CreditMeridith Kohut para The New York Times

Los comerciantes locales se han unido para ayudar en la reparación de las líneas eléctricas y mantener las torres de telecomunicaciones en funcionamiento, también colaboran con la alimentación de los trabajadores públicos y buscan diésel para los generadores eléctricos de respaldo.

“Prácticamente, hemos asumido las funciones del Estado”, dijo Juan Carlos Perrota, un carnicero que lidera la cámara de comercio de Machiques. “No podemos simplemente cerrar la puerta con candado y darnos por vencidos. Tenemos la esperanza de que esto mejorará”.

Trabajo “La generación del hambre” de El Pitazo gana Premio Ortega y Gasset – Noticias Venezuela – 9 de Mayo 2019

El trabajo “La generación del hambre” de Johanna Osorio, de El Pitazo, junto a la organización Connectasgana Premio Ortega y Gasset a la mejor cobertura multimedia.

Este reportaje cuenta las historias sobre la desnutrición severa en Venezuela por la crisis que padece el país.

Léelo aquí: LA GENERACIÓN DEL HAMBRE | Un tema del que no quiere hablar el Estado

“Gracias por este galardón no solo al periodismo venezolano sino por la oportunidad de darle difusión a este proyecto sobre la desnutrición infantil en nuestro país”, Johanna Osorio, periodista de El Pitazo.

“Gracias a El País España por premiar el periodismo venezolano, y en especial a los valientes periodistas de El Pitazo que nos permitieron conocer la historia de la generación del hambre, en medio de las adversidades de lo que significa hacer periodismo en Venezuela”, César Batiz, director de El Pitazo.

La ceremonia de entrega de los Premios Ortega y Gasset reconoce y festeja el compromiso de los periodistas con la verdad y con aquellos que no tienen voz

Ha sido un acto en el que se ha destacado el compromiso ético de los periodistas frente a la desinformación, se ha reivindicado un oficio imprescindible para las libertades y la democracia y se ha elogiado la decidida vocación de quienes desde los medios de comunicación, ya sean grandes o pequeños, dan voz a todos aquellos que no la tienen.

Un año más, la ceremonia de los Premios Ortega y Gasset se ha convertido en un foro para la reflexión de lo que Gabriel García Márquez definió como el mejor oficio del mundo.

 

 

Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura venezolana por Jorge Benezra – ABC – 27 de Abril 2019

Hambre, violencia y desabastecimiento, en barrios sin esperanza

Llegar a Maracaibo es entrar en una especie de zona de guerra. Los habitantes deambulan como fantasmas entre las ruinas de calles desoladas y montones de basura que ellos mismos han de quemar porque ningún servicio público se ocupa de recogerlas. Los escombros, fruto de los saqueos a comercios durante los últimos apagones, dominan el decadente paisaje urbano.

Venezuela se muere. Y en muchos casos no por falta de alimentos, sino de dinero para acceder a ellos. ABC muestra los efectos de la tragedia venezolana que el régimen de Maduro quiere ocultar. Entre chabolas destartaladas en los barrios de Maracaibo malviven enfermos físicos y mentales, niños desnutridos, las víctimas más vulnerables de la dictadura chavista.

Pero la capital del estado Zulia, otrora el centro del orgullo petrolero de Venezuela, no es Siria ni Libia. La causa de la ruina de Maracaibo, la segunda ciudad el país, es la descomunal crisis en la que ha hundido al país el régimen chavista, agudizada ahora, aún más, por los cortes en el suministro eléctrico, que obliga a los maracuchos a peregrinar durante horas en busca de agua potable, alimentos y combustible o a quedarse refugiados en sus casas, a la espera de luz para encender el aire acondicionado con que hacer frente a un calor abrasador.

«Llevamos más de un año sin agua. ¡Yo debería estar en mi escuela y no voy porque debo ayudar a mi mamá en esto!», grita con rabia Michelle, una adolescente con la ropa empapada y el rostro demacrado, mientras intenta conseguir agua potable de una tubería subterránea, por la que hacen cola y se pelean niños, mujeres y hombres. «Aquí donde me ve, no me he llevado un pan a la boca desde anoche», añade esta chica de 14 años que parece mayor.

Los carteles y vallas publicitarias con el eslogan «La primera ciudad de Venezuela» que salpican Maracaibo son hoy un sarcasmo agraz. Zulia, donde se extrae el 60% del crudo venezolano y con un extraordinario potencial agrícola y ganadero, llegó a ser la envidia de Iberoamérica. En su aeropuerto había un intenso tráfico internacional. Ahora la lucha por la supervivencia es extrema para los cuatro millones de habitantes de la región, las colas para llenar el depósito son kilométricas y sobran los dedos de una mano para contar las rutas de vuelos.

«Aquí los pobres perdemos la vida. Hoy voy para cuatro horas y ahora acaban de cerrar la estación para ver si llega otro camión para surtir», dice con resignación Abelardo Montiel, mientras espera cerveza en mano en una gasolinera. «Yo no tengo los cobres (dinero) para pagar a los guardias que te quieren vender hasta en un dólar el litro, cuando la gasolina es regalada en este país», se lamenta.

El drama en toda su crudeza

La miseria es también patente en Caracas, pero el régimen de Maduro destina los recursos que puede a la capital del país para protegerla como una burbuja y evitar que haya estallidos sociales. Si el problema no ocurre en Caracas, es como si no existe. En Maracaibo, en cambio, el drama del chavismo se presenta en toda su crudeza.

Por eso también el régimen se esfuerza por mantenerla aislada, fuera de la vista de los medios independientes. Militares, milicianos y paramilitares armados de los «colectivos» vigilan para impedir el acceso de la prensa a los puntos calientes de la ciudad. Los hospitales están blindados y entrar en ellos sin autorización puede acarrear ser detenido o expulsado, en caso de los periodistas extranjeros.

«La censura es cada vez mayor. A nosotros nos han metido hasta tanques dentro de las residencias», asegura Carmen Gamboa, residente de un bastión opositor, las Torres del Saladillo. «Estos grupos no respetan a nadie –explica–. Vienen con armas y nos amenazan si protestamos o denunciamos lo que está ocurriendo».

Además, la señal de internet es intermitente. Los periódicos de papel han desaparecido y solo quedan panfletos de propaganda del Gobierno, por lo que en Maracaibo, si no hay conexión a la red, uno no se entera de nada.

Solo hay luz unas pocas horas al día. Los cortes no tienen ningún tipo de programación. Una zona de la ciudad pasa una semana entera a oscuras, mientras otras tienen electricidad un par de horas. A veces aparece inesperadamente, pero si llueve puede que los transformadores estallen o fallen.

«Nos salvamos de una tragedia», cuenta Gladys Bardallo, de 79 años, del sector Libertador. «Los cables se incendiaron sobre la casa y el cuarto se nos quemó y explotaron todos los cables –recuerda–. Los bomberos, que están a dos calles, no llegaron nunca por no tener insumos para trabajar, ni personal».

Pero para conocer las verdaderas entrañas de la tragedia de Venezuela hay que adentrarse en un barrio como el de los Altos del Milagro Norte, en la parroquia Coquivacoa. En chabolas hechas con restos de madera y hojalata, malviven niños siempre hambrientos, que como mucho comen una vez al día. Las epidemias campan a sus anchas y las expectativas de vida son muy escasas. Además, los supuestos «operativos de paz» de las Fuerzas Especiales de Seguridad (FAES) y la violencia de las bandas acechan a diario.

Para acceder a este rincón oculto donde habitan los grandes olvidados de la revolución bolivariana es imprescindible recurrir a un líder social que permita sortear a las cuadrillas de paramilitares y a los agentes de Policía.

Los vecinos del barrio acogen a los periodistas con cierto alivio, como una posible tabla de salvación frente al abandono y el aislamiento a los que se ven condenados, sin apenas ayuda en su desgracia. «Si no denunciamos la realidad de lo que está pasando, nadie se entera de la verdad, ni los venezolanos ni el mundo. Aquí tenemos de todo: exterminio, hambruna, maltrato familiar. Es un infierno», resume Carolina Leal, una líder social que en el pasado militó en el partido chavista, pero que ahora vive para ayudar a la gente. Desde hace tres años reparte más de 250 almuerzos semanales.

Desnutrición y enfermedad

Recorrer los Altos del Milagro es desnudar lo más bajo de la crisis venezolana. En una sola manzana, como desterrados en su propia patria, se ocultan, entre paredes hechas a retazos y techos destartalados, niños desnutridos, discapacitados, infectados de VIH y enfermos mentales.

Miguel Blanco, un joven de tez blanca de 28 años, yace con las piernas encogidas sobre una cama en una de las infraviviendas del barrio. Su cuerpo está famélico, carece de masa muscular y su piel se pega a los huesos. El rostro revela una desnutrición severa y una hidrocefalia congénita. Su madre, sin ayuda, le dedica incasablemente sus días. «Le doy lo poco que puedo, yuca y arroz, y le hago pañales de tela», afirma.

No lejos de allí se halla Ana Bravo, de 14 años. Mide poco más de un metro y pesa 20 kilos. No habla y se comunica con señas. Golpea sus manos para indicar que quiere comer. No se pudo desarrollar a consecuencia de la mala alimentación. Es un ejemplo del centenar de casos de malnutrición en este mísero caserío.

Otros niños montan en bicicleta o juegan en las calles, rodeados de escombros y polvo. Gustavo Rincón, un pediatra que visita con frecuencia el barrio, señala que los menores hacen un esfuerzo por olvidar el hambre, pero el cuerpo los delata. «Tienen el pelo cobrizo y fino, y son cabezones. Esos son síntomas claros de desnutrición. Estamos lamentablemnte ante una generación de tarados», denuncia.

En estos atestados suburbios, sus pobladores usan una mezcla de maíz, sal y yuca para intentar hacer algo similar a la tradicional arepa venezolana. Es cuanto se pueden permitir.

La escasez que azota Venezuela es aún peor en Maracaibo por el contrabando con Colombia, que deja millones de ganacias a aquellos que se aprovechan de la circunstancia. Hablar de hambre aquí es diferente. Hay alimentos, pero lo complicado es tener los recursos para pagarlos. «Con nuestro sueldo mínimo (cuatro euros), tan solo compramos un cartón de huevos. Es imposible que no existan desnutridos en este país», apunta una vecina, Daysi Delgado.

El otro gran muestrario de la catástrofe humanitaria de Maracaibo es el Hospital Universitario. En su día fue un ambicioso proyecto incluido en el programa de obras públicas de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, en los años 50, con más de 600 camas. Además, fue el primer hospital venezolano en realizar un trasplante de riñón. Hoy su realidad es otra.

«Llevo diez años esperando un trasplante de riñón, pero ante lo que está ocurriendo prefiero esperar. A un compañero de diálisis lo llamaron para avisar de que ya estaba listo su donante, y en medio de los apagones el riñón que esperaba se dañó», cuenta María Esis.

El centro cuenta con una planta eléctrica, pero solo puede funcionar una o dos horas, frente a las interrupciones, que pueden durar 24 horas. Ante ello, los cirujanos han tenido que finalizar las intervenciones quirúrgicas con la luz de sus teléfonos móviles.

Las salas de hospitalización apenas tienen pacientes, ya que no existe material para realizar las operaciones, y las habitaciones han pasado hacer de depósitos de equipos y camas en desuso.

Además, el centro de salud se encuentra en riesgo de una contaminación generalizada, porque falla la recogida de residuos y la limpieza de las zonas donde se almacenan. «Con el calor las bacterias proliferan, y hay que recordar que en Maracaibo las temperaturas pueden alcanzar 40 grados centígrados, lo que fácilmente convierte los pabellones en hornos», denuncia la cirujana Dora Colmenares.

El hospital no cuenta con radiólogos ni enfermeras, debido a que la situación del país ha forzado a más de 2.800 miembros del personal médico a cruzar las fronteras. «En estos momentos nos encontramos en una emergencia humanitaria compleja. Los médicos tenemos conocimiento de que el 60% de la población está en condición de desnutrición, pero qué pasa con los que no vemos porque prefieren morir en sus casas. En materia de salud hemos retrocedido siete décadas, en estos momentos nos encontramos prácticamente en el siglo XIX», asegura Colmenares. Y añade: «No entendemos por qué razón la ayuda enviada al país no llegó primero al estado con una mayor urgencia sanitaria». Los médicos también denuncian que, desde hace cinco años, carecen de un boletín epidemiológico, por lo que disponen siquiera con un control de las enfermedades del país.

 

Viajar a las antípodas cruzando solo una frontera por Maolis Castro – El País – 15 de Febrero 2019

El paso entre Cúcuta y San Antonio del Táchira es un vaivén diario de personas con sacos y carretillas para cargar alimentos y medicinas

Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar que conecta con Colombia.
Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar que conecta con Colombia. AFP

Yulimar Rivero cruza el puente internacional Simón Bolívar, que conecta Venezuela y Colombia, para comprar comida a precios más asequibles en la ciudad colombiana de Cúcuta. “Nunca imaginé que viajaría a otro país para hacer mercado [hacer la compra]. Esto es algo que uno cuenta y resulta increíble”, dice. Está rodeada de otros venezolanos; algunos circulan con sacos a sus espaldas, llenos de alimentos y otros productos, mientras otros llevan sus mercancías en carretillas. El vaivén se ha transformado en cotidiano desde hace dos años, al recrudecerse la crisis económica en Venezuela.

Su viaje comenzó el martes en la remota ciudad de Rubio (Táchira), a 45 kilómetros —y dos horas de coche— de Cúcuta. Rivero tiene 48 años, es menuda y dice que ha adelgazado como nunca durante la crisis. “Peso 42 kilos, tal vez menos. Mis hijas también están flacas, la niña de ocho años fue diagnosticada de desnutrición. Jamás en mi familia se había visto algo así, jamás. Negar la entrada de la ayuda humanitaria es ser desalmado”, dice.

Su hermano mayor, Luis Nelson Urueña, se ofreció a comprar la comida para ayudar. “La crisis ha hecho que muchas familias nos unamos para contribuir con los más afectados. Yo le compro comida [a Yulimar] cada vez que tengo dinero, pero a veces no es suficiente”, explica. Hasta finales de 2017 comprar en Colombia era más costoso, pero la hiperinflación revirtió esa tendencia.

Yulimar Rivero, con la cuenta de su compra.
Yulimar Rivero, con la cuenta de su compra. RAÚL ROMERO
Hasta hace dos años los venezolanos solo atravesaban el puente para conseguir productos que escaseaban en Venezuela. Ahora se hace para ahorrar unos cuantos pesos. La primera parada de los hermanos en Cúcuta es un puesto de comida rápida en una plaza. Yulimar se marea después de desayunar y necesita reposar unos minutos antes de proseguir hacia el mercado. “No estoy acostumbrada. Creo que no comer bien ya está afectando mi salud”, dice.

El trasiego de la frontera, recuerda el economista Ronald Balza, ha definido el llamado “dólar Cúcuta”, que ha servido de referencia para las transacciones en Venezuela, si bien fuertemente afectado por la baja oferta de divisas a causa de la inexistencia de un libre mercado y de las crecientes expectativas negativas de la economía venezolana.

Lo que en Venezuela empiezan a llamar dolarización de la economía, para Balza es la quema de ahorros en divisas de algunos venezolanos —lo que conlleva un mayor empobrecimiento— y la implementación del dólar como medio de pago, frente a los bolívares que se traga la hiperinflación, estimulada por una emisión de dinero desaforada por parte del Banco Central de Venezuela. “No hay un libre mercado, porque no hay operadores que presenten información a un ente autorizado. No se puede liberar un mercado que no existe, porque lo han destruido. No hay información que permita tomar decisiones, no hay tasa de inflación, simplemente se están permitiendo algunas transacciones pero en un ambiente de total opacidad, que no termina de crear un mercado con todas las garantías que debería tener”.

Para hacer la compra han reservado 220.000 pesos colombianos, equivalentes a unos 70 dólares (o 62 euros). Con ese presupuesto han podido viajar en taxi desde Rubio, comer algo y comprar alimentos suficientes para 15 días. “En Venezuela no hubiese sido posible, la hiperinflación se comería ese dinero en unos minutos”, indica Urueña.

Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar.
Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar. RAÚL ROMERO

El jabón, que cuesta 2.000 pesos en Cúcuta, se vende a 8.000 en San Antonio del Táchira, localidad venezolana a solo 11 kilómetros de Cúcuta. Pero no todos pueden comprar lo suficiente para varios días, y las personas con salarios en bolívares son las más perjudicadas. El sueldo mínimo solo alcanzaría para cubrir las necesidades alimenticias durante unas horas debido a la hiperinflación. Hace solo unos meses, Yulimar Rivero vendía verduras, pero el negocio se fue a pique por la crisis. “Me siento [como si viviera] en un pueblo fantasma, luego de las dos de la tarde casi todo cierra. La gente se ha ido de Rubio por la falta de oportunidades”, agrega.

El Centro de Documentación y Análisis Social (Cendas) de la Federación Venezolana de Maestros calcula que se requieren 300 dólares mensuales para comprar la canasta básica familiar. Pero, aun con dinero, es difícil obtener todos los alimentos en Táchira. “Si usted consigue aceite, no consigue leche… Estamos en una situación en que la gente tiene la necesidad de recurrir a Colombia para traer la comida”, relata Urueña. Él se siente afortunado respecto de otros venezolanos. “Ya vemos a personas del centro del país que vienen a comprar en la frontera. No solo vienen a buscar comida, sino medicinas y repuestos de vehículos, insumos, muchas cosas que no se consiguen en el mercado nacional”, asegura.

La moneda venezolana es rechazada en muchas zonas de Táchira. A diferencia de las divisas, pocos comercios aceptan transacciones con bolívares en la frontera. En contraste, los billetes de menor denominación son despreciados y los de alto valor, buscados. “El gas, el alquiler de las viviendas y los taxis se cobran en pesos [colombianos] desde el año pasado. ¿Qué hago con los bolívares? Se devalúan muy rápido, nadie los quiere. Están a punto de extinguirse como los dinosaurios”, afirma Yulimar.

La devaluación del bolívar ha convertido el peso colombiano en la moneda de hecho en los Andes venezolanos, pero eso no lo salva de ser devorado por la hiperinflación. Su paridad con el bolívar es solo una ilusión. Aferrados a esta realidad, muchos comerciantes aumentan los precios en ambas monedas.

Aumento de tarifas

Un empleado de un hotel alertaba el martes a sus clientes de que las tarifas, cobradas en pesos, serían aumentadas en breve. “Ya mañana aumentaremos los costos de las habitaciones porque la inflación sigue para arriba”, decía. Es la dinámica de la distorsión económica. Todos prefieren las monedas internacionales porque el bolívar es inestable. Urueña guarda en su billetera pesos y unos viejos bolívares ya fuera de circulación. “Son recuerdos”, lamenta.

La devaluación del bolívar no se detiene. “Después de la reconversión, quizás puedes conseguir algo que cueste 4.000 pesos o 4.000 bolívares, pero no hay que olvidar que en nuestra moneda ese monto tiene cinco ceros más que se le restaron en agosto. El valor del bolívar sigue bajando y en un punto se cruzan los montos [de bolívar y peso], pero si la emisión monetaria sigue como va y se sigue alimentando la hiperinflación, los precios en bolívares van a seguir subiendo y el bolívar va a seguir abaratándose”, explica el economista Ronald Balza, de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.

Misiles antiaéreos contra la ayuda humanitaria por Trino Márquez – La Patilla – 13 de Febrero 2019

downloadLa ayuda humanitaria se convirtió en una aspiración nacional de la que no puede librarse el régimen. De nuevo Maduro y su gente desestimaron a la oposición y al país. Siguen creyendo que viven en el mundo idílico en el que gobernó Hugo Chávez durante los primeros años de su era, cuando disfrutaba de 80% de aceptación, y sobre esa base adulteraba la realidad. Su heredero se mueve en los bajos fondos de la popularidad. Es repudiado por un porcentaje mayor al que, en su mejor momento, respaldaba al fallecido caudillo. Se encuentra aislado y desprestigiado. Las imágenes en el puente Las Tienditas con los obstáculos levantados por el régimen para bloquear el acceso de la ayuda, han recorrido el planeta. Maduro ha sido comparado con Pol Pot y con Mao, dos verdugos que provocaron la muerte de millones de sus compatriotas.

Para negar y oponerse a la ayuda humanitaria -gestionada con éxito por la oposición y asumida con entusiasmo por numerosos países y organismos de la comunidad internacional-, Maduro apela a fórmulas  cínicas. Dice que se trata de “migajas”. Que Venezuela no es un país de mendigos. La extravagancia mayor: señala que esa ayuda pretende “envenenar” a los venezolanos porque los productos son “tóxicos”. Estas acrobacias argumentales han servido para que periodistas bien informados, como Orla Guerín, de la BBC de Londres, en una entrevista reciente, lo haya descolocado hasta el punto de dejarlo en ridículo.  No sabía que el salario mínimo apenas alcanza para comprar un kilo del queso más barato. La comunicadora extranjera se lo informó.

Negar la existencia de la emergencia humanitaria resulta insólito por el nivel de desprecio a la realidad que manifiesta. Las últimas encuestas Encovi reflejan, sin lugar a apelaciones, el deterioro global de la calidad de vida de los venezolanos. Cerca de 60% de la población come una o dos veces al día. En ese consumo no aparecen las proteínas de origen animal. La dieta está conformada básicamente por carbohidratos. Harinas. El nivel de desnutrición en niños menores de 2 años supera 40%. Omar Meza, director del Cendas e incansable estudioso del comportamiento de la cesta básica y de la cesta alimentaria, informa cada principio de mes de la brecha creciente entre el salario mínimo y el costo de esas dos canastas. Venezuela cuenta con el menor salario mínimo de todo el continente y, probablemente, del planeta, aunque el precio del crudo sigue cotizándose muy por encima del precio más alto que se obtuvo durante los cuarenta años de democracia. Migajas las que reparte el gobierno: sueldo y pensiones miserables, misiones paupérrimas, bonos en metálico que no alcanzan para nada. Asistencialismo con extorsión. Para eso idearon el carnet de la patria.

La escasez de medicamentos supera 85% en algunas medicinas de consumo masivo. Un tratamiento con antibióticos por una semana, dependiendo del principio activo prescrito, representa dos o tres veces el salario mínimo. La Encuesta Nacional de Hospitales, dirigida por el doctor Julio Castro, muestra con detalles el nivel de calamidad en el cual se hallan los centros de salud venezolanos. ¿Cómo negar, entonces, la emergencia humanitaria? Maduro lo hace.

La acusación acerca del peligro que representan los productos “tóxicos” que se pretende introducir, resulta aún más desconcertante. La plantea el mismo clan que vendía comida podrida a través de Pedeval (pudreval). Las mismas personas que han traído de Cuba millones de dólares en medicinas vencidas y que importan de México y otros países, leche, entre otros productos, de tercera calidad, aunque reciben dólares preferenciales  para traerlos de primera. Productos tóxicos, de pésima calidad, envenenados, los que ellos han importado a través de las redes delictivas que construyeron para enriquecerse a costa de la precaria salud y alimentación de los pobres del país. Esos delitos han quedado impunes. No hay ningún preso por haber comprado comida en mal estado o medicamentos vencidos. Ningún detenido por  haberse enriquecido de forma obscena con el hambre y la salud de la gente.

La ayuda humanitaria  no ha sido politizada por los promotores de la iniciativa, sino por el gobierno, quien convirtió el tema en un arma para atacar a sus adversarios.  La obsesión por evitar reconocer su fracaso y por impedir que la dirigencia opositora obtenga unos merecidos laureles, llevó a Maduro a la cumbre del delirio: decir que la prioridad en este momento reside en comprar modernos misiles antiaéreos para armar la población civil. ¡En qué mundo vive! Los pocos millones de dólares que pueda invertir en esa transacción serían totalmente insuficientes para librar un conflicto que se resolvería con la tecnología militar más moderna del mundo, de la cual militares y civiles venezolanos no tienen ni la menor idea.

Lo único real, prioritario y urgente es que al país ingrese una ayuda que servirá para aliviar la situación de millones de compatriotas que viven en la extrema miseria. Armas, no; medicinas y comida, sí.

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