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Venezuela, de la riqueza al hambre por María Yanes – El Nacional – 17 de Diciembre 2019

Nunca, como en estos  veinte años de pesadilla, se han despilfarrado tanto las riquezas que tiene nuestra hermosa Venezuela.

Pudiéramos decir que es el país con mayores riquezas naturales del continente, que van más allá de grandes reservas de petróleo, la más conocida de todas y cuya rentabilidad ha bajado de manera significativa por la desarticulación de la empresa estatal de todos conocida y que fue un puntal a nivel de Latinoamérica y en el mundo. A esto se suman las bondades del Arco Minero, conteniendo en su suelo grandes riquezas como oro, coltán, diamante, cobre, hierro, bauxita y pare usted de contar.

Durante los primeros años de este “gobierno” se manejaron grandes cantidades de dinero producto del alza del precio del barril de petróleo, nunca vista en la historia republicana de Venezuela. Hoy día  vemos con profunda tristeza e impotencia cómo la corrupción y el despilfarro nos convirtió en un país de hambre.

La crisis alimentaria, que se ha profundizado en los últimos cinco años, está causando estragos sobre todo en nuestras poblaciones más vulnerables: los niños, las embarazadas y los ancianos. Algo preocupante en los actuales momentos y que se agudizó de nuevo este año es la desnutrición crónica en sus grados de moderada y severa.

Expertos en el área de nutrición pertenecientes a instituciones reconocidas, como la Fundación Bengoa, han resaltado en sus últimos trabajos que de 30% a 35% de los niños en nuestras comunidades presentan desnutrición crónica. Una situación muy grave por las consecuencias que esto tiene en el desarrollo cognitivo, en la memoria y el aprendizaje, lo que incide de manera directa en la baja escolaridad.

Otro hecho importante es que la desnutrición se ha desplazado a niños menores de 2 años, incluso de 6 meses y hasta en etapa neonatal, lo que ha incrementado la mortalidad en este período de la vida. Esto es producto de que nacen de madres que están igualmente desnutridas y sobre todo de adolescentes que presentan un cuadro severo de anemia. Estudios recientes, también de la Fundación Bengoa, han demostrado que 65% de las mujeres embarazadas en las comunidades tiene anemia.

¿Cómo puede nacer un niño sano, a término, con peso y talla en el rango normal que se espera en la etapa neonatal? El producto de estos embarazos son niños prematuros, de muy bajo peso, con riesgo extremo de morir al nacer. De esto no se escapa otra población vulnerable, como es la correspondiente a las personas de la tercera de edad. En este caso, organizaciones no gubernamentales serias y de gran credibilidad, como Convite, han realizado encuestas a grupos poblacionales en este rango de edad con muestras significativas y a nivel nacional, las cuales han demostrado que 77% de las personas mayores no tiene acceso a suficientes alimentos y 3 de cada 5 se acuestan regularmente con hambre.

En los ancianos, sobre todo en aquellos que pertenecen a los estratos sociales en los que predomina la pobreza, se está viendo una pérdida importante de la masa muscular. Se han convertido en personas muy enflaquecidas y con un cuadro de desnutrición importante, con el inminente riesgo de adquirir enfermedades como la tuberculosis.

La situación en el interior del país es más crítica, sobre todo con el subsidio que da el «gobierno» con las famosas bolsas CLAP, ya que el contenido de estas se ha visto mermado con relación a la cantidad y la calidad de los alimentos.

Puede que haya más abastecimiento de alimentos de manera general, pero el precio dificulta la posibilidad de disponer de ellos, sobre todo en aquellas personas que no reciben este aparente beneficio del régimen relacionado con los CLAP.

La ayuda humanitaria que ha entrado a través de la Cruz Roja Internacional o Unicef relacionada con los suplementos alimenticios no le llega a las poblaciones más necesitadas como a los niños desnutridos, no se ha priorizado este tipo de ayuda. Como se tiene que canalizar a través del “gobierno”, se ha conocido que los reparten en plazas públicas de manera indiscriminada y con fines de proselitismo político.

En Venezuela hay dos realidades: un pequeño porcentaje de ciudadanos, que conocemos, que tiene todas las facilidades a mano; y la inmensa mayoría de la población, más de 80%, que la sufre y que tiene que luchar e ingeniársela para poder sobrevivir cada día que pasa.

Si el Niño Jesús fuera venezolano por Milagros Socorro – La Gran Aldea – 12 de Diciembre 2019

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¿Sabes lo que es llorar y que nadie te resuelva? Es un Niño Jesús que aprenderá a leer pero no terminará la primaria, y ni soñará con la universidad. Es una generación condenada a la pobreza, porque el momento de la vida en que debieron de apertrecharse de recursos internos, de capacidades metabólicas, biológicas, afectivas, se los arrebataron. El Niño Jesús venezolano tiene retardo del crecimiento. Con estas palabras Susana Raffalli nos dibuja la semblanza de un pesebre donde la realidad es abrumadora, y ratifica que el patrón de saqueo que ha hecho el Gobierno con la infancia venezolana sólo es comparable al del Arco Minero.

“Si el niño Jesús naciera este 25 de diciembre en Venezuela, el Estado llegaría al pesebre y le robaría sus primeros mil días”, dice Susana Raffalli, quien antes era experta en nutrición y ahora también es versada en inopia.

Susana Raffalli Arismendi es nutricionista con posgrado en Nutrición Clínica del Centro Médico de Caracas. Tiene maestrías de la Universidad Complutense de Madrid y la Organización Panamericana de la Salud. Pero, sobre todo, tiene una vida de trabajo en el terreno de la seguridad alimentaria (que cuando se invoca es porque ya no lo es). Fue ella quien organizó el regreso de los damnificados a sus comunidades después del tsunami en Indonesia. Ya entonces había hecho un curso en gestión de Emergencia Humanitaria con énfasis en alimentación, impartido por la Cruz Roja española y la Universidad Complutense de Madrid. Luego trabajaría en Acción Contra el Hambre y en la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), lo que llevó a la incansable caraqueña hasta AngolaAfganistánPakistán, el Sahara Occidental y Colombia.

En fin, de hambre y de pasar trabajos no le echan cuentos a Susana Raffalli, Premio Franco-Alemán de Derechos Humanos 2018, y asesora de Cáritas de Venezuela. También podría decirse que es asesora de la prensa venezolana, cuyas solicitudes atiende con frecuencia y paciencia dignas de encomio. En 2018 fue distinguida por Americas Quarterly, como una de las 10 Personas Que (Algún Día) Reconstruirán Venezuela.

-Desde 2016, Venezuela padece una emergencia de progresión lenta -dice cuando se le pregunta cómo nos consigue la Navidad de 2019-, que en este punto está enquistada y sin pronóstico. Coexisten los que pueden sobrevivir, aún acostumbrados a las precariedades, con los que están muriendo todos los días. No es que baje el sentido de urgencia, al contrario, Venezuela necesita ayuda con urgencia. Más apoyo y más rápido. La ayuda humanitaria que ha logrado entrar no cubre la escala necesaria. En las emergencias enquistadas y sin pronóstico, las soluciones se alejan del patrón estandarizado.

-¿Cuál es la diferencia entre una emergencia de progresión lenta, esto es creada por alguien, y una catástrofe natural?

-La gran diferencia entre una emergencia de instalación súbita, por lo general, deslaves, terremotos, (también por un derrame petrolero, un incendio) es que esas emergencias matan por shock. Los que mueren sucumben en las primeras horas. Pero, después de eso, al hacer el balance de lo que se cayó, viene la rehabilitación, y en la medida en que el personal humanitario trabaja retorna la normalidad. Eso puede tardar hasta un año o dos, pero se sale. En la emergencia de progresión lenta, más si está enquistada, la gente va entrando en sus propios procesos de desgaste, que se van alejando de la normalidad, es un bienestar propio, aislado de la situación general. Por ejemplo, no es normal que en una emergencia súbita haya desnutrición. Un niño no se desnutre en 72 horas. La desnutrición es un proceso de privación prolongada. Y en estas Navidades 13,5% de los niños menores de cinco años, evaluados por Cáritas, tienen desnutrición grave, incluso con alto riesgo de enfermar y morir.

-La emergencia venezolana no mata por shock, sino…

-Por desgaste. Llega un punto de extenuación en que tienes que lidiar no sólo con los que están a punto de morirse sino con los que se quieren morir porque se sienten desahuciados, desolados. Muertos en vida. Quisiera decirlo de una manera que no suene ridículo por lo grandilocuente. Pero muchos venezolanos andan muertos en vida. En una emergencia llegada a este punto, se tiene que lidiar con las urgencias, pero también con problemas muy complejos que no sabíamos manejar: Suicidiosprostitucióntrata. La misma voluntaria de Cáritas que hasta ahora lidiaba con un niño desnutrido dándole una barra nutricional, según un protocolo previsto para durar seis semanas, ahora debe hacer frente a esos flagelos. Siempre es más fácil, cuando uno trata de ayudar, contar con lo poquito que aporta la persona asistida, pero en la emergencia de Venezuela nos está tocando lidiar con familias ya muy desgastadas, con un músculo de resistencia muy gastado.

“A partir de febrero no hay importación de alimentos y la gente no se puede movilizar por la falta de gasolina. El país está mantenido por las remesas”

Susana Raffalli

-Usted escribió el siguiente tuit: «Junto a Yemen y Siria, se estrena hoy Venezuela en el reporte mundial de necesidades humanitarias. Cerca de 1 de cada 4 venezolanos está en necesidad de ayuda humanitaria urgente, lo confirma ONU. El país se les desmoronó en sus manos».

-Está en el reporte del Panorama Humanitario Mundial, dado a conocer el miércoles 4 de diciembre de este año por Naciones Unidas junto con cientos de ONG. Cuando ponen a Venezuela a la par de Yemen y de Siria, no es porque sus emergencias se parezcan, sino por el número de afectados, por la cantidad de recursos que hay que invertirles, y por las dificultades de acceso a esas personas. En esto, Siria y Yemen son equiparables a Venezuela, donde las familias afectadas todavía pueden moverse para encontrar opciones, aunque sean salidas tan terribles como la prostitución e incluso las prácticas ilegales. Ya vemos, por ejemplo, un movimiento masivo hacia el Arco Minero. En Siria, si sales, te encuentras con minas antipersonales, en áreas de bombardeos o enfrentas una limitación normativa de desplazamiento por el territorio. En Yemen, 46% de los niños desnutridos se pueden morir en dos o tres días. En Venezuela estamos cerca del 15%. En 2017 tuvimos casi 21%. Va al vaivén del gasto público y de las remesas. A partir de febrero no hay importación de alimentos y la gente no se puede movilizar por la falta de gasolina. El país está mantenido por las remesas.

-¿Cuál ha sido el peor año?

-El 2017. La diócesis que peor llegó a estar tuvo 21% de desnutrición, muy por encima del umbral de emergencia. Fue en Machiquesestado Zulia. El segundo fue Vargas. El tercero, Sucre.

-¿Qué pasó en Machiques para que casi un cuarto de los niños fueran condenados a la desnutrición?

-Una coincidencia de hechos funestos: Expropiaciones de grandes fincas ganaderas; la demarcación de las zonas indígenas, que no podían ser trabajadas para la ganadería; y la intensificación del movimiento de fuerzas irregulares en la zona. Las fincas dejaron de contratar peones y la gente se quedó sin medio de vida.

-¿Y en Vargas?

-El deterioro del deslave nunca se terminó de rehabilitar, entonces hay muchas dificultades de acceso al agua potable y al drenaje de aguas negras. En Vargas hay mucha pobreza, mucho cáncer, muchas enfermedades cardiovasculares y, además, siguen estando en una zona de altísimo riesgo de un nuevo deslave.

-¿En Sucre?

-En todos los casos hay un Estado que ha tomado medidas regresivas para el goce del derecho a la alimentación, para obligar a la población a comer de lo que el Estado pone en una “caja”. En alimentación pasamos de una situación de mucha libertad a ninguna libertad. Es un salto atrás en materia de libertad y de Derechos Humanos. Tener alimentos en un mercado es un derecho humano. Hemos pasado de eso a poner una huella dactilar para comprar lo que el Estado quiera. Pero sobre ese mantel ha habido factores que afectan a los diferentes lugares en mayor grado. En Sucre, el factor añadido es la Malaria y las economías ilegales.

-Usted mencionó el reporte de Naciones Unidas. Bueno, por fin se dieron cuenta de que «Las necesidades superan sustancialmente los recursos que tenemos». No se puede decir que sean rápidos para captar la realidad.

-En su viaje a Venezuela, el subsecretario general de las Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, Mark Lowcock, admitió con las manos literalmente en la cabeza: «En el reporte decimos que hay siete millones, pero yo sé que son 11». Pero el señor Lowcock sólo vino por unos días. A lo interno del país tenemos un sistema de Naciones Unidas (NNUU) muy resistente a reconocer las verdaderas dimensiones de lo que ocurre y, ni digamos, a interpelar al Gobierno con lo que hay que hacer.

“En la emergencia de Venezuela nos está tocando lidiar con familias ya muy desgastadas, con un músculo de resistencia muy gastado”.

-Usted escribió en Twitter que: «En este país en el que las cosas se pagan con oro, tenemos […] una planta humanitaria prístina enviándonos selfies desde los mejores restaurantes de Caracas…». ¿Se refería a los funcionarios de NNUU en el país?, ¿son, entonces, cómplices?

-Me refería a muchos de ellos. Y sí, lo son. Hacen lo que el Gobierno les permite. Con el argumento de que si hacen algo distinto, el Gobierno los saca. Se supeditan a lo que el Estado dice. El mecanismo por dentro está lleno de fuerzas ideológicas que no están facilitando las cosas. Incluso, hay técnicos de NNUU que insisten en que el número de quienes han emigrado es de 2 millones 400 mil personas, cuando ACNUR dice que son 6 millones. Pero, eso sí, para pedir plata para los que se fueron calculan 3 millones 800 mil.

-La FAO pasó de dar una medalla a Chávez en 2012 y luego a Maduro en 2015 porque, según ellos, Venezuela era “territorio libre de hambre”, y a 2018 dice que hay casi 7 millones de venezolanos que padecen hambre. No puede decirse que sean la mata de la coherencia.

-El aumento de personas en situación de hambre, que estima la FAO, comenzó a incrementarse sostenidamente a partir de 2012, antes, por cierto, de la aplicación de las sanciones. Ese director que le dio una medalla a Maduro está ahora en Cuba. Mientras sigamos en este simulacro según el cual aquí la situación “no es tan grave”, no se van a tomar las medidas necesarias, ni se va a llamar al Gobierno a rectificar. Mientras, se pierden vidas y oportunidades. La ayuda humanitaria no resuelve los problemas, es limitada, subsidiaria y finita. No puede ser permanente. Se supone que, mientras tanto, se va a la causa que está provocando la emergencia. Pero en Venezuela, en vez de resolver, ponen lucecitas en un cerro, se compran todas las casas de una calle o destrozan el sur del país. Cualquier Estado aprovecha la ayuda internacional para recuperar fuerzas, rectificar lo que causó el daño, aquí no. El Estado ha tomado un montón de instancias de sustitución para que hagan lo que él no quiere hacer. Unicef está apoyando al Gobierno en la rehabilitación del acceso al agua y saneamiento; es decir, en lugar de estar vacunando y desparasitando niños, están haciendo lo que le toca al Gobierno.

-La emergencia de Venezuela, entonces, es lenta, es compleja, está enquistada… ¿Qué viene?

-El último factor, el más nefasto, es que en poco tiempo será olvidada. La emergencia de los saharauis se olvidó. Más nadie habló de esa gente. Ahí están hace 40 años. Darfur es una emergencia olvidada. No quiero ser pájaro de mal agüero, pero ya comenzó el proceso hacia allá. Será olvidada por los donantes internacionales de la ayuda, por la comunidad internacional, por los medios de comunicación, que ya lo hemos empezado a ver. Incluso, olvidada por nosotros mismos. Olvidamos que así no se puede vivir. Ya se instaló la precariedad como una vida normal, y ahora estamos con la narrativa de la resiliencia, de los emprendedores que siguen en el país… que, bueno, que no tenemos agua ni luz pero que… En realidad es una miseria que tengas que atender tu emprendimiento con una planta eléctrica, porque no tenemos tendido eléctrico. El bono en dólares no te libera de un Estado que tortura y que tiene las cárceles llenas de presos políticos. No se puede perder la beligerancia. No se puede perder la percepción de lo anómalo. De la vulneración, del abuso. Se nos olvidó el disfrute del bienestar y cuando las emergencias entran en esa ruta, es muy difícil salir. Así podríamos quedarnos.

“En alimentación pasamos de una situación de mucha libertad a ninguna libertad. Es un salto atrás en materia de libertad y de Derechos Humanos”

Susana Raffalli

-¿Qué son los CLAP?

-Es un mecanismo de penetración, control social y compra de lealtades. Nunca fue un programa alimentario. Es el medio alrededor del cual se articula una vasta red de crimen organizado que lucra con eso. Los CLAP encarnan, materializan, la quinta economía ilegal de Venezuela, después del contrabando de gasolina, el tráfico de estupefacientes, la minería ilegal y la corrupción con diferenciales cambiarios. Su contenido es absolutamente inadecuado en cantidad y calidad. No es inocuo, son alimentos que vienen adulterados. No es consistente con nuestro patrón cultural. Es una aberración. Además, te obligan a pagarlo por adelantado, sin saber lo que te van a poner. Y te lo entrega un miliciano que con la caja te pasa un mensaje ideológico. Nunca debió existir este azote.

-¿Cómo llega el pueblo venezolano a la Navidad?

-Ya no hay un solo pueblo venezolano, sino varios, una Venezuela dentro de otra, nunca tan desigual. Hay una mínima población que llega comprando arbolitoscaña y panettone; y una gran mayoría que no tiene ni para el onoto. Y en el medio están los que llegan comiéndose una hallaca, solos, con la familia en el extranjero. Y si tienen esa hallaca no tienen para zapatos. Llegan desgastados por la precariedad y agotados por sus cuatro o cinco empleos de ínfima calidad.

-¿Cómo sería el Niño Jesús si fuera venezolano?

-Si fuera niña, le faltarían ocho centímetros de estatura. Como es niño, le faltan cinco. Y a ambos les faltan millones de conexiones neuronales, de facultades cognitivas, con un hueco afectivo. El hambre genera un hueco que, si sobreviven, nada habrá de llenarlos, tendrán mil problemas por su insaciable voracidad. ¿Sabes lo que es llorar y que nadie te resuelva? Es un Niño Jesús que aprenderá a leer pero no terminará la primaria, y ni soñará con la universidad. Es una generación condenada a la pobreza, porque el momento de la vida en que debieron de apertrecharse de recursos internos, de capacidades metabólicas, biológicas, afectivas, se los arrebataron. El Niño Jesús venezolano tiene retardo del crecimiento. El Estado llegó al pesebre y robó sus primeros mil días. Más aún, desde la gestación. A Cáritas llegan niños con tres días de nacidos y ya tienen retraso de talla, ya están desnutridos. Es un niño saqueado. El patrón de lo que ha hecho el Gobierno con la infancia es el mismo del Arco Minero.

-¿Y qué figuras deambulan por los cerros de cartón del pesebre?

-Los que se están muriendo, los que se murieron y a los que se les acabó la vida.

Ajuste inhumano por Trino Márquez – La Patilla – 11 de Diciembre 2019

El año 2019 está cerrando en medio de uno de los ajustes más feroces de los que se tenga memoria en América Latina. El gobierno de Nicolás Maduro decidió combatir la escasez, el desabastecimiento y la hiperinflación aplicando una receta nada socialista: liberó los precios de la mayoría de los productos de consumo masivo, dejó que un sector de la economía, el de los precios, se dolarizara, permitió que los sueldos se pulverizaran, y redujo a su mínima expresión el gasto fiscal en áreas vitales relacionadas con la calidad vida. En este último rubro dejó de invertir en educación, salud, vías de comunicación, transporte colectivo, infraestructura, y en todos los campos que hacen más amable la vida cotidiana. El régimen se olvidó de la gente y de la política social. O mejor dicho, la redujo al aumento episódico del salario mínimo y las pensiones del seguro social, y a las transferencias monetarias que ocasionalmente ordena colocar en los bancos que las distribuyen.

Este ajuste tan agresivo ha hecho que las cifras de pobreza aumenten y que los pobres sean cada vez más menesterosos. Los datos acerca de la situación alimentaria son alarmantes. Están afectando a las generaciones actuales e impactarán a las futuras. De acuerdo con Encovi y con la Fundación Bengoa, está es desarrollo una generación con serios déficits nutricionales. La desnutrición afecta a las parturientas y a los niños recién nacidos. Sin embargo, no existe ningún plan oficial dirigido a detener ese deterioro. El Plan de Alimentación Escolar desapareció. Lo único que se le ha ocurrido al gobierno es repartir algunos alimentos a través de las cajas Clap, cada más precarias y esporádicas.

La educación pública, en todos los niveles, también fue abandonada. La inversión en la construcción de nuevas unidades educativas y en la reparación y mantenimiento de las existentes, se extinguió. Los sueldos miserables que ganan los maestros de primaria, los profesores de bachillerato y universitarios, condujo a una fuga masiva de docentes de los centros de enseñanza. Los docentes viven en condición de pobreza extrema. Lo mismo ocurre con los médicos y enfermeras que laboran para el Estado. Nicolás Maduro atacó el déficit fiscal pulverizando el ingreso de todos los trabajadores.

La infraestructura se encuentra desmantelada. Después de que los bolichicos saquearon los recursos destinados a mejorar las fuentes de generación de electricidad y las redes de distribución, se olvidó es este sector. Venezuela ha retrocedido décadas en este campo. En la práctica lo reprivatizó. Quienes poseen electricidad de forma regular y permanente son las familias o los condominios con posibilidades de comprar una planta eléctrica y luego financiar sus elevados costos. El proyecto de mantener una electricidad socialista, colectiva y democrática, se esfumó. Es cierto que el servicio casi se regala, pero quienes más sufren el asalto a los recursos destinados a mejorar la electricidad son las familias más pobres.

El transporte público, privado y del Estado, se haya en escombros. El Metro de Caracas ahora representa un peligro muy serio en todos los sentidos, para los usuarios. Si no son objeto de un asalto pueden sufrir graves lesiones por los continuos accidentes que ocurren. Desde hace mucho tiempo el gobierno no incorpora al sistema nuevos vagones, ni nuevos autobuses.

Los hospitales del Estado también se encuentran en una situación deplorable. Símbolos del pasado reciente como el Hospital Clínico, El Pescozón, el Domingo Luciani o el centenario Hospital Vargas, salieron del foco de atención de las autoridades de salud. Los reportes del Observatorio Venezolano de los Servicios Públicos son elocuentes.

Incluso, un campo conexo al área social como la telefonía celular y los servicios de internet propiedad del Estado fueron quebrados. En esta esfera, en la cual el sector público pretendía competir con el sector privado, el descalabro es total. Cantv y Movilnet van en vías de extinción. Nadie debería sorprenderse si un día cercano el gobierno anuncia su venta a los chinos.Reestatizaron esos servicios para luego demolerlos.

La inversión en el área social se redujo a lanzar luces de bengala. Maduro se desentendió de la situación concreta de los venezolanos en todas las áreas relacionadas con la normalidad ciudadana y la calidad de vida. La inmensa mayoría de los venezolanos cerrará 2019 viviendo en una situación más precaria que a comienzos de año. La brecha entre esa inmensa capa y el reducido grupo que tiene acceso de forma continua a los dólares y a las otras divisas, seguirá ensanchándose.

Llamar neoliberal al ajuste de Maduro es una forma de maquillarlo. En realidad se trata de un ajuste de una crueldad inenarrable.

PD: Me despido de ustedes hasta enero. En medio de la adversidad, traten de pasarla lo mejor posible este diciembre. Un abrazo.

Venezuela, el país donde más ha subido la desnutrición entre 2016-2018 – Summarium – 12 de Noviembre 2019

El hambre aumentó en América Latina en 2018 y afectó a 42,5 millones de personas, el 6,5 % de la población de la región, en la que también se incrementó la inseguridad alimentaria y la obesidad sigue siendo un desafío prioritario, advirtió este martes la FAO.

Los 42,5 millones de latinoamericanos que padecieron hambre en 2018 suponen un alza de 4,5 millones respecto al mínimo de 38 millones que se reportó en 2014, subrayó la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Ese aumento es atribuible casi en su totalidad a los países suramericanos, donde el número de personas subalimentadas creció en 4,7 millones en el lapso de cuatro años.

Las cifras forman parte del informe “Panorama de la seguridad alimentaria y nutricional en América Latina y el Caribe 2019”, elaborado junto a la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Unicef y el Programa Mundial de Alimentos (WFP).

El informe, difundido este martes en la sede regional de la FAO, en Santiago, destaca que Haití es el país de la región con más hambrientos, prácticamente la mitad de su población (49,3 %).

En términos absolutos, Venezuela es el país donde más ha subido la desnutrición, que pasó de 2,9 millones de personas entre 2013-2015 a 6,8 millones en el periodo 2016-2018.

El análisis de las cifras por país refleja una gran heterogeneidad en la lucha contra el hambre. Entre los países que la redujeron sobresale Colombia, que pasó de 3,6 a 2,4 millones de personas en los dos últimos trienios, y México, Bolivia y República Dominicana.

Los países con un menor porcentaje de desnutridos, por debajo del 2,5 % de la población, son Brasil, Cuba y Uruguay. Chile está cerca de este grupo con una prevalencia del hambre del 2,7 %, precisó el informe.

Además del hambre, el sobrepeso y la obesidad se han convertido estos últimos años en el principal desafío en materia de seguridad alimentaria.

Según datos de la FAO, el 24 % de la población en Latinoamérica, unas 105 millones de personas, padece obesidad, prácticamente el doble que el promedio mundial, que es del 13,2 %.

Por cada persona que sufre hambre en América Latina y el Caribe, más de seis sufren sobrepeso u obesidad, un problema que está aumentando en todos los grupos de población, especialmente en adultos y niños en edad escolar. EFE

Más de 6 millones de venezolanos están desnutridos según la FAO – Yo Soy Venezolano – 12 de Noviembre 2019

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«Haití es el país de la región con más hambrientos, prácticamente la mitad de su población (49,3 %), aunque en términos absolutos, Venezuela es el país donde más ha subido la desnutrición, que pasó de 2,9 millones de personas entre 2013-2015 a 6,8 millones en el periodo 2016-2018».

Las cifras forman parte del informe «Panorama de la seguridad alimentaria y nutricional en América Latina y el Caribe 2019», elaborado junto a la Organización Panamericana de la Salud (OPS), Unicef y el Programa Mundial de Alimentos (WFP) y presentado este martes en la sede regional de la FAO, en Santiago.

Entre los países que redujeron el hambre destaca el caso de Colombia, que pasó de 3,6 a 2,4 millones de personas en los dos últimos trienios.

Los países con un menor porcentaje de desnutridos, por debajo del 2,5 % de la población, son Brasil, Cuba y Uruguay. Chile está cerca de este grupo con una prevalencia del hambre del 2,7 %, precisó el informe. /Con información de EFE/

Los números que la dictadura de maduro no presentó en la ONU – Asamblea Nacional – 28 de Septiembre 2019

Hambre 5.0 por Gioconda Cunto de San Blas – TalCual – 22 de Agosto 2019

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“Los ladrones ya no roban dinero; roban comida”. Ese testimonio, revelador de la magnitud del drama alimentario que vivimos en la Venezuela de la 5ª república, se genera en un país en el que 57% de los niños padece algún grado de desnutrición y 33% de los niños entre 0 y 2 años de los estratos C e inferiores presenta retardo en el crecimiento o desnutrición crónica, con el consiguiente retraso cognitivo y psicomotor asociado a prolongados estadios de desnutrición severa.

Según la FAO, combatir de manera eficaz la malnutrición y la subnutrición requiere el suministro de 20 gramos de proteína animal per cápita al día, equivalentes a 7,3 Kg al año, además de legumbres, vegetales, frutas y lácteos. En 1999, el consumo anual per cápita de carne en Venezuela era de 23 Kg, que bajó a 14 en 2014 y a 4 en 2018 (la proyección para 2019 es de 2,7 Kg), mientras que la media mundial es de 41, es decir, 6 veces más de lo recomendado por la FAO.

La semana pasada, el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) emitió un reporte según el cual, una de las medidas a tomar entre muchas otras para reducir la emisión de gases invernadero, principales causantes del calentamiento global, es la de producir carne de manera sostenible, disminuir su ingesta a los niveles óptimos de consumo y cambiar la forma en la que la población mundial se alimenta, con más legumbres, frutas, verduras y frutos secos. Entre otras medidas a tomar, preservar y restaurar bosques para aumentar la masa forestal, mejorar la gestión de la tierra para cultivos y ganadería e implementar el uso de razas con mejoras genéticas.

El escandaloso desperdicio del 25 a 30% de los alimentos producidos en un mundo donde el hambre campea en vastas regiones del planeta, es también responsable de 8% a 10% de todas las emisiones de efecto invernadero, según las estimaciones del IPCC. Por eso, los expertos llaman a ajustar el nivel de producción, aplicar medidas educativas, mejorar las técnicas de almacenamiento, transporte y empaquetado. De esa forma, se podrían liberar millones de kilómetros cuadrados que podrían destinarse, por ejemplo, a la reforestación.

La FAO, los nutricionistas y ahora el IPCC nos recomiendan una y otra vez comer más legumbres, vegetales y frutas (¡y los muy costosos frutos secos!), pero nunca nos dicen por cuáles sustituirlos, dados los altos precios que exhiben en los mercados. Para un venezolano cuyo ingreso es el salario mínimo (Bs. 40.000 mensual o US$ 2,5 mientras esto escribo), adquirir frutas o legumbres es casi imposible. A precios de la semana pasada en un mercado popular, la compra de los siguientes rubros (1 Kg de cada uno): zanahoria, yuca, papa, plátano, cambur, patilla, guayaba, lechosa y mango sobrepasaba dos salarios mínimos. Poco más que 1 Kg de carne, o 2 de pescado, o 35 huevos es todo lo que  puede comprar el salario mínimo del mes, bajo condición de eliminar legumbres y frutas.

Según los datos del Cenda, la canasta alimentaria de julio se ubicó en 1.649.306,75 bolívares, equivalentes a 41 salarios mínimos, de manera que ese salario apenas cubre el 2,4% de los gastos de alimentación mensual para una familia de 5 personas, sin contar los demás gastos del hogar que constituyen la canasta básica. No debe sorprendernos, por tanto, cuando la FAO comenta que en Venezuela, la prevalencia de la subalimentación casi se cuadruplicó, al pasar de 6,4% en 2012-14 a 21,2% en 2016-18.

Ante este cuadro dantesco, el primer paso obvio es cambiar de régimen, uno que permita estabilizar la economía para hacer posible un mejor vivir. Pero además, quienes se ocupan del manejo de la tierra, agricultores, ganaderos, deben prestar atención a los llamados del IPCC para que la reconstrucción de Venezuela se haga en el marco de patrones ecológicos que ayuden a la disminución de la emisión de gases invernadero.

Siendo cínicos, podríamos decir que el estado de abandono en que se encuentran las tierras venezolanas luego de 20 años de expolio gubernamental hace que Venezuela aporte muy poco gas invernadero al cambio climático. Pero la realidad es que el equilibrio está en aprovechar las tierras de forma sostenible para que sus habitantes y las generaciones sucesivas puedan vivir mejor y más saludables, en un planeta cuidado por todos. Es el único que tenemos.

 

La desnutrición en Venezuela: Una epidemia silenciosa – NTN24 – 19 de Agosto 2019

Un estudio de la Organización No Gubernamental (ONG) Cáritas de Venezuela, reveló que la desnutrición infantil aguda severa se elevó a un 100% en 14 estados del país

Las cifras de organizaciones expertas alertan de la curva de crecimiento que está teniendo en Venezuela la desnutrición y el hambre.

En este trabajo, con imágenes de Rafael Hernández, una familia del área metropolitana de Caracas, con evidentes signos de desnutrición, dan testimonio de lo que padecen por alimentarse.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) entiende por desnutrición el consumo insuficiente de alimentos y de la aparición repetida de enfermedades infecciosas, además de que puede ser crónica y aguda.

“Aunque no hay cifras exactas por la falta de información oficial sobre salud y nutrición, hay señales claras de que la crisis está limitando el acceso a los niños a la asistencia médica, alimentos y medicinas”, señala Unicef en su portal web acerca de la desnutrición que vive el país suramericano.

Un estudio de la Organización No Gubernamental (ONG) Cáritas de Venezuela, reveló que la desnutrición infantil aguda severa se elevó a un 100% en 14 estados del país, lo que hace referencia a niños que son menores de cinco años. En tal sentido, recalcaron el fallecimiento de al menos 16 niños en el hospital José Manuel de los Ríos en el primer semestre de 2019.

Asimismo, la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi 2018), develó que “La cobertura educativa para la población de 3 a 24 años de edad pasó de 78%, en 2017, a 70% en 2018”.

ONG Cáritas Venezuela: La desnutrición infantil aguda severa aumentó 100% en 14 estados por José Escalona – El Impulso – 21 de Julio 2019

No hay nada que celebrar. Este 21 de julio se festeja en el país el día del niño en medio de una crisis económica y social.

La ONG Cáritas Venezuela informó que la desnutrición infantil aguda severa aumentó 100% en 14 estados del país, en niños menores de cinco años. Además, recordó que en el primer semestre de 2019, al menos han fallecido 16 niños en el hospital J.M. de los Ríos.

Por su parte, según la Encuesta sobre Condiciones de Vida (Encovi 2018), “la cobertura educativa para la población de 3 a 24 años de edad pasó de 78%, en 2017, a 70% en 2018”.

Retrato de la catástrofe humanitaria de la dictadura venezolana por Jorge Benezra y Álvaro Ybarra Zavala – ABC – Abril 2019

Hambre, violencia y desabastecimiento, en barrios sin esperanza

Jorge Benezra y Álvaro Ybarra Zavala

Llegar a Maracaibo es entrar en una especie de zona de guerra. Los habitantes deambulan como fantasmas entre las ruinas de calles desoladas y montones de basura que ellos mismos han de quemar porque ningún servicio público se ocupa de recogerlas. Los escombros, fruto de los saqueos a comercios durante los últimos apagones, dominan el decadente paisaje urbano.

Venezuela se muere. Y en muchos casos no por falta de alimentos, sino de dinero para acceder a ellos. ABC muestra los efectos de la tragedia venezolana que el régimen de Maduro quiere ocultar. Entre chabolas destartaladas en los barrios de Maracaibo malviven enfermos físicos y mentales, niños desnutridos, las víctimas más vulnerables de la dictadura chavista.

Pero la capital del estado Zulia, otrora el centro del orgullo petrolero de Venezuela, no es Siria ni Libia. La causa de la ruina de Maracaibo, la segunda ciudad el país, es la descomunal crisis en la que ha hundido al país el régimen chavista, agudizada ahora, aún más, por los cortes en el suministro eléctrico, que obliga a los maracuchos a peregrinar durante horas en busca de agua potable, alimentos y combustible o a quedarse refugiados en sus casas, a la espera de luz para encender el aire acondicionado con que hacer frente a un calor abrasador.

«Llevamos más de un año sin agua. ¡Yo debería estar en mi escuela y no voy porque debo ayudar a mi mamá en esto!», grita con rabia Michelle, una adolescente con la ropa empapada y el rostro demacrado, mientras intenta conseguir agua potable de una tubería subterránea, por la que hacen cola y se pelean niños, mujeres y hombres. «Aquí donde me ve, no me he llevado un pan a la boca desde anoche», añade esta chica de 14 años que parece mayor.

Los carteles y vallas publicitarias con el eslogan «La primera ciudad de Venezuela» que salpican Maracaibo son hoy un sarcasmo agraz. Zulia, donde se extrae el 60% del crudo venezolano y con un extraordinario potencial agrícola y ganadero, llegó a ser la envidia de Iberoamérica. En su aeropuerto había un intenso tráfico internacional. Ahora la lucha por la supervivencia es extrema para los cuatro millones de habitantes de la región, las colas para llenar el depósito son kilométricas y sobran los dedos de una mano para contar las rutas de vuelos.

«Aquí los pobres perdemos la vida. Hoy voy para cuatro horas y ahora acaban de cerrar la estación para ver si llega otro camión para surtir», dice con resignación Abelardo Montiel, mientras espera cerveza en mano en una gasolinera. «Yo no tengo los cobres (dinero) para pagar a los guardias que te quieren vender hasta en un dólar el litro, cuando la gasolina es regalada en este país», se lamenta.

El drama en toda su crudeza

La miseria es también patente en Caracas, pero el régimen de Maduro destina los recursos que puede a la capital del país para protegerla como una burbuja y evitar que haya estallidos sociales. Si el problema no ocurre en Caracas, es como si no existe. En Maracaibo, en cambio, el drama del chavismo se presenta en toda su crudeza.

Por eso también el régimen se esfuerza por mantenerla aislada, fuera de la vista de los medios independientes. Militares, milicianos y paramilitares armados de los «colectivos» vigilan para impedir el acceso de la prensa a los puntos calientes de la ciudad. Los hospitales están blindados y entrar en ellos sin autorización puede acarrear ser detenido o expulsado, en caso de los periodistas extranjeros.

«La censura es cada vez mayor. A nosotros nos han metido hasta tanques dentro de las residencias», asegura Carmen Gamboa, residente de un bastión opositor, las Torres del Saladillo. «Estos grupos no respetan a nadie –explica–. Vienen con armas y nos amenazan si protestamos o denunciamos lo que está ocurriendo».

Además, la señal de internet es intermitente. Los periódicos de papel han desaparecido y solo quedan panfletos de propaganda del Gobierno, por lo que en Maracaibo, si no hay conexión a la red, uno no se entera de nada.

Solo hay luz unas pocas horas al día. Los cortes no tienen ningún tipo de programación. Una zona de la ciudad pasa una semana entera a oscuras, mientras otras tienen electricidad un par de horas. A veces aparece inesperadamente, pero si llueve puede que los transformadores estallen o fallen.

«Nos salvamos de una tragedia», cuenta Gladys Bardallo, de 79 años, del sector Libertador. «Los cables se incendiaron sobre la casa y el cuarto se nos quemó y explotaron todos los cables –recuerda–. Los bomberos, que están a dos calles, no llegaron nunca por no tener insumos para trabajar, ni personal».

Pero para conocer las verdaderas entrañas de la tragedia de Venezuela hay que adentrarse en un barrio como el de los Altos del Milagro Norte, en la parroquia Coquivacoa. En chabolas hechas con restos de madera y hojalata, malviven niños siempre hambrientos, que como mucho comen una vez al día. Las epidemias campan a sus anchas y las expectativas de vida son muy escasas. Además, los supuestos «operativos de paz» de las Fuerzas Especiales de Seguridad (FAES) y la violencia de las bandas acechan a diario.

Para acceder a este rincón oculto donde habitan los grandes olvidados de la revolución bolivariana es imprescindible recurrir a un líder social que permita sortear a las cuadrillas de paramilitares y a los agentes de Policía.

Los vecinos del barrio acogen a los periodistas con cierto alivio, como una posible tabla de salvación frente al abandono y el aislamiento a los que se ven condenados, sin apenas ayuda en su desgracia. «Si no denunciamos la realidad de lo que está pasando, nadie se entera de la verdad, ni los venezolanos ni el mundo. Aquí tenemos de todo: exterminio, hambruna, maltrato familiar. Es un infierno», resume Carolina Leal, una líder social que en el pasado militó en el partido chavista, pero que ahora vive para ayudar a la gente. Desde hace tres años reparte más de 250 almuerzos semanales.

Desnutrición y enfermedad

Recorrer los Altos del Milagro es desnudar lo más bajo de la crisis venezolana. En una sola manzana, como desterrados en su propia patria, se ocultan, entre paredes hechas a retazos y techos destartalados, niños desnutridos, discapacitados, infectados de VIH y enfermos mentales.

Miguel Blanco, un joven de tez blanca de 28 años, yace con las piernas encogidas sobre una cama en una de las infraviviendas del barrio. Su cuerpo está famélico, carece de masa muscular y su piel se pega a los huesos. El rostro revela una desnutrición severa y una hidrocefalia congénita. Su madre, sin ayuda, le dedica incasablemente sus días. «Le doy lo poco que puedo, yuca y arroz, y le hago pañales de tela», afirma.

No lejos de allí se halla Ana Bravo, de 14 años. Mide poco más de un metro y pesa 20 kilos. No habla y se comunica con señas. Golpea sus manos para indicar que quiere comer. No se pudo desarrollar a consecuencia de la mala alimentación. Es un ejemplo del centenar de casos de malnutrición en este mísero caserío.

Otros niños montan en bicicleta o juegan en las calles, rodeados de escombros y polvo. Gustavo Rincón, un pediatra que visita con frecuencia el barrio, señala que los menores hacen un esfuerzo por olvidar el hambre, pero el cuerpo los delata. «Tienen el pelo cobrizo y fino, y son cabezones. Esos son síntomas claros de desnutrición. Estamos lamentablemnte ante una generación de tarados», denuncia.

En estos atestados suburbios, sus pobladores usan una mezcla de maíz, sal y yuca para intentar hacer algo similar a la tradicional arepa venezolana. Es cuanto se pueden permitir.

La escasez que azota Venezuela es aún peor en Maracaibo por el contrabando con Colombia, que deja millones de ganacias a aquellos que se aprovechan de la circunstancia. Hablar de hambre aquí es diferente. Hay alimentos, pero lo complicado es tener los recursos para pagarlos. «Con nuestro sueldo mínimo (cuatro euros), tan solo compramos un cartón de huevos. Es imposible que no existan desnutridos en este país», apunta una vecina, Daysi Delgado.

El otro gran muestrario de la catástrofe humanitaria de Maracaibo es el Hospital Universitario. En su día fue un ambicioso proyecto incluido en el programa de obras públicas de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, en los años 50, con más de 600 camas. Además, fue el primer hospital venezolano en realizar un trasplante de riñón. Hoy su realidad es otra.

«Llevo diez años esperando un trasplante de riñón, pero ante lo que está ocurriendo prefiero esperar. A un compañero de diálisis lo llamaron para avisar de que ya estaba listo su donante, y en medio de los apagones el riñón que esperaba se dañó», cuenta María Esis.

El centro cuenta con una planta eléctrica, pero solo puede funcionar una o dos horas, frente a las interrupciones, que pueden durar 24 horas. Ante ello, los cirujanos han tenido que finalizar las intervenciones quirúrgicas con la luz de sus teléfonos móviles.

Las salas de hospitalización apenas tienen pacientes, ya que no existe material para realizar las operaciones, y las habitaciones han pasado hacer de depósitos de equipos y camas en desuso.

Además, el centro de salud se encuentra en riesgo de una contaminación generalizada, porque falla la recogida de residuos y la limpieza de las zonas donde se almacenan. «Con el calor las bacterias proliferan, y hay que recordar que en Maracaibo las temperaturas pueden alcanzar 40 grados centígrados, lo que fácilmente convierte los pabellones en hornos», denuncia la cirujana Dora Colmenares.

El hospital no cuenta con radiólogos ni enfermeras, debido a que la situación del país ha forzado a más de 2.800 miembros del personal médico a cruzar las fronteras. «En estos momentos nos encontramos en una emergencia humanitaria compleja. Los médicos tenemos conocimiento de que el 60% de la población está en condición de desnutrición, pero qué pasa con los que no vemos porque prefieren morir en sus casas. En materia de salud hemos retrocedido siete décadas, en estos momentos nos encontramos prácticamente en el siglo XIX», asegura Colmenares. Y añade: «No entendemos por qué razón la ayuda enviada al país no llegó primero al estado con una mayor urgencia sanitaria». Los médicos también denuncian que, desde hace cinco años, carecen de un boletín epidemiológico, por lo que disponen siquiera con un control de las enfermedades del país.

 

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