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Viajar a las antípodas cruzando solo una frontera por Maolis Castro – El País – 15 de Febrero 2019

El paso entre Cúcuta y San Antonio del Táchira es un vaivén diario de personas con sacos y carretillas para cargar alimentos y medicinas

Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar que conecta con Colombia.
Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar que conecta con Colombia. AFP

Yulimar Rivero cruza el puente internacional Simón Bolívar, que conecta Venezuela y Colombia, para comprar comida a precios más asequibles en la ciudad colombiana de Cúcuta. “Nunca imaginé que viajaría a otro país para hacer mercado [hacer la compra]. Esto es algo que uno cuenta y resulta increíble”, dice. Está rodeada de otros venezolanos; algunos circulan con sacos a sus espaldas, llenos de alimentos y otros productos, mientras otros llevan sus mercancías en carretillas. El vaivén se ha transformado en cotidiano desde hace dos años, al recrudecerse la crisis económica en Venezuela.

Su viaje comenzó el martes en la remota ciudad de Rubio (Táchira), a 45 kilómetros —y dos horas de coche— de Cúcuta. Rivero tiene 48 años, es menuda y dice que ha adelgazado como nunca durante la crisis. “Peso 42 kilos, tal vez menos. Mis hijas también están flacas, la niña de ocho años fue diagnosticada de desnutrición. Jamás en mi familia se había visto algo así, jamás. Negar la entrada de la ayuda humanitaria es ser desalmado”, dice.

Su hermano mayor, Luis Nelson Urueña, se ofreció a comprar la comida para ayudar. “La crisis ha hecho que muchas familias nos unamos para contribuir con los más afectados. Yo le compro comida [a Yulimar] cada vez que tengo dinero, pero a veces no es suficiente”, explica. Hasta finales de 2017 comprar en Colombia era más costoso, pero la hiperinflación revirtió esa tendencia.

Yulimar Rivero, con la cuenta de su compra.
Yulimar Rivero, con la cuenta de su compra. RAÚL ROMERO
Hasta hace dos años los venezolanos solo atravesaban el puente para conseguir productos que escaseaban en Venezuela. Ahora se hace para ahorrar unos cuantos pesos. La primera parada de los hermanos en Cúcuta es un puesto de comida rápida en una plaza. Yulimar se marea después de desayunar y necesita reposar unos minutos antes de proseguir hacia el mercado. “No estoy acostumbrada. Creo que no comer bien ya está afectando mi salud”, dice.

El trasiego de la frontera, recuerda el economista Ronald Balza, ha definido el llamado “dólar Cúcuta”, que ha servido de referencia para las transacciones en Venezuela, si bien fuertemente afectado por la baja oferta de divisas a causa de la inexistencia de un libre mercado y de las crecientes expectativas negativas de la economía venezolana.

Lo que en Venezuela empiezan a llamar dolarización de la economía, para Balza es la quema de ahorros en divisas de algunos venezolanos —lo que conlleva un mayor empobrecimiento— y la implementación del dólar como medio de pago, frente a los bolívares que se traga la hiperinflación, estimulada por una emisión de dinero desaforada por parte del Banco Central de Venezuela. “No hay un libre mercado, porque no hay operadores que presenten información a un ente autorizado. No se puede liberar un mercado que no existe, porque lo han destruido. No hay información que permita tomar decisiones, no hay tasa de inflación, simplemente se están permitiendo algunas transacciones pero en un ambiente de total opacidad, que no termina de crear un mercado con todas las garantías que debería tener”.

Para hacer la compra han reservado 220.000 pesos colombianos, equivalentes a unos 70 dólares (o 62 euros). Con ese presupuesto han podido viajar en taxi desde Rubio, comer algo y comprar alimentos suficientes para 15 días. “En Venezuela no hubiese sido posible, la hiperinflación se comería ese dinero en unos minutos”, indica Urueña.

Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar.
Un grupo de venezolanos en el puente Simón Bolívar. RAÚL ROMERO

El jabón, que cuesta 2.000 pesos en Cúcuta, se vende a 8.000 en San Antonio del Táchira, localidad venezolana a solo 11 kilómetros de Cúcuta. Pero no todos pueden comprar lo suficiente para varios días, y las personas con salarios en bolívares son las más perjudicadas. El sueldo mínimo solo alcanzaría para cubrir las necesidades alimenticias durante unas horas debido a la hiperinflación. Hace solo unos meses, Yulimar Rivero vendía verduras, pero el negocio se fue a pique por la crisis. “Me siento [como si viviera] en un pueblo fantasma, luego de las dos de la tarde casi todo cierra. La gente se ha ido de Rubio por la falta de oportunidades”, agrega.

El Centro de Documentación y Análisis Social (Cendas) de la Federación Venezolana de Maestros calcula que se requieren 300 dólares mensuales para comprar la canasta básica familiar. Pero, aun con dinero, es difícil obtener todos los alimentos en Táchira. “Si usted consigue aceite, no consigue leche… Estamos en una situación en que la gente tiene la necesidad de recurrir a Colombia para traer la comida”, relata Urueña. Él se siente afortunado respecto de otros venezolanos. “Ya vemos a personas del centro del país que vienen a comprar en la frontera. No solo vienen a buscar comida, sino medicinas y repuestos de vehículos, insumos, muchas cosas que no se consiguen en el mercado nacional”, asegura.

La moneda venezolana es rechazada en muchas zonas de Táchira. A diferencia de las divisas, pocos comercios aceptan transacciones con bolívares en la frontera. En contraste, los billetes de menor denominación son despreciados y los de alto valor, buscados. “El gas, el alquiler de las viviendas y los taxis se cobran en pesos [colombianos] desde el año pasado. ¿Qué hago con los bolívares? Se devalúan muy rápido, nadie los quiere. Están a punto de extinguirse como los dinosaurios”, afirma Yulimar.

La devaluación del bolívar ha convertido el peso colombiano en la moneda de hecho en los Andes venezolanos, pero eso no lo salva de ser devorado por la hiperinflación. Su paridad con el bolívar es solo una ilusión. Aferrados a esta realidad, muchos comerciantes aumentan los precios en ambas monedas.

Aumento de tarifas

Un empleado de un hotel alertaba el martes a sus clientes de que las tarifas, cobradas en pesos, serían aumentadas en breve. “Ya mañana aumentaremos los costos de las habitaciones porque la inflación sigue para arriba”, decía. Es la dinámica de la distorsión económica. Todos prefieren las monedas internacionales porque el bolívar es inestable. Urueña guarda en su billetera pesos y unos viejos bolívares ya fuera de circulación. “Son recuerdos”, lamenta.

La devaluación del bolívar no se detiene. “Después de la reconversión, quizás puedes conseguir algo que cueste 4.000 pesos o 4.000 bolívares, pero no hay que olvidar que en nuestra moneda ese monto tiene cinco ceros más que se le restaron en agosto. El valor del bolívar sigue bajando y en un punto se cruzan los montos [de bolívar y peso], pero si la emisión monetaria sigue como va y se sigue alimentando la hiperinflación, los precios en bolívares van a seguir subiendo y el bolívar va a seguir abaratándose”, explica el economista Ronald Balza, de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas.

Misiles antiaéreos contra la ayuda humanitaria por Trino Márquez – La Patilla – 13 de Febrero 2019

downloadLa ayuda humanitaria se convirtió en una aspiración nacional de la que no puede librarse el régimen. De nuevo Maduro y su gente desestimaron a la oposición y al país. Siguen creyendo que viven en el mundo idílico en el que gobernó Hugo Chávez durante los primeros años de su era, cuando disfrutaba de 80% de aceptación, y sobre esa base adulteraba la realidad. Su heredero se mueve en los bajos fondos de la popularidad. Es repudiado por un porcentaje mayor al que, en su mejor momento, respaldaba al fallecido caudillo. Se encuentra aislado y desprestigiado. Las imágenes en el puente Las Tienditas con los obstáculos levantados por el régimen para bloquear el acceso de la ayuda, han recorrido el planeta. Maduro ha sido comparado con Pol Pot y con Mao, dos verdugos que provocaron la muerte de millones de sus compatriotas.

Para negar y oponerse a la ayuda humanitaria -gestionada con éxito por la oposición y asumida con entusiasmo por numerosos países y organismos de la comunidad internacional-, Maduro apela a fórmulas  cínicas. Dice que se trata de “migajas”. Que Venezuela no es un país de mendigos. La extravagancia mayor: señala que esa ayuda pretende “envenenar” a los venezolanos porque los productos son “tóxicos”. Estas acrobacias argumentales han servido para que periodistas bien informados, como Orla Guerín, de la BBC de Londres, en una entrevista reciente, lo haya descolocado hasta el punto de dejarlo en ridículo.  No sabía que el salario mínimo apenas alcanza para comprar un kilo del queso más barato. La comunicadora extranjera se lo informó.

Negar la existencia de la emergencia humanitaria resulta insólito por el nivel de desprecio a la realidad que manifiesta. Las últimas encuestas Encovi reflejan, sin lugar a apelaciones, el deterioro global de la calidad de vida de los venezolanos. Cerca de 60% de la población come una o dos veces al día. En ese consumo no aparecen las proteínas de origen animal. La dieta está conformada básicamente por carbohidratos. Harinas. El nivel de desnutrición en niños menores de 2 años supera 40%. Omar Meza, director del Cendas e incansable estudioso del comportamiento de la cesta básica y de la cesta alimentaria, informa cada principio de mes de la brecha creciente entre el salario mínimo y el costo de esas dos canastas. Venezuela cuenta con el menor salario mínimo de todo el continente y, probablemente, del planeta, aunque el precio del crudo sigue cotizándose muy por encima del precio más alto que se obtuvo durante los cuarenta años de democracia. Migajas las que reparte el gobierno: sueldo y pensiones miserables, misiones paupérrimas, bonos en metálico que no alcanzan para nada. Asistencialismo con extorsión. Para eso idearon el carnet de la patria.

La escasez de medicamentos supera 85% en algunas medicinas de consumo masivo. Un tratamiento con antibióticos por una semana, dependiendo del principio activo prescrito, representa dos o tres veces el salario mínimo. La Encuesta Nacional de Hospitales, dirigida por el doctor Julio Castro, muestra con detalles el nivel de calamidad en el cual se hallan los centros de salud venezolanos. ¿Cómo negar, entonces, la emergencia humanitaria? Maduro lo hace.

La acusación acerca del peligro que representan los productos “tóxicos” que se pretende introducir, resulta aún más desconcertante. La plantea el mismo clan que vendía comida podrida a través de Pedeval (pudreval). Las mismas personas que han traído de Cuba millones de dólares en medicinas vencidas y que importan de México y otros países, leche, entre otros productos, de tercera calidad, aunque reciben dólares preferenciales  para traerlos de primera. Productos tóxicos, de pésima calidad, envenenados, los que ellos han importado a través de las redes delictivas que construyeron para enriquecerse a costa de la precaria salud y alimentación de los pobres del país. Esos delitos han quedado impunes. No hay ningún preso por haber comprado comida en mal estado o medicamentos vencidos. Ningún detenido por  haberse enriquecido de forma obscena con el hambre y la salud de la gente.

La ayuda humanitaria  no ha sido politizada por los promotores de la iniciativa, sino por el gobierno, quien convirtió el tema en un arma para atacar a sus adversarios.  La obsesión por evitar reconocer su fracaso y por impedir que la dirigencia opositora obtenga unos merecidos laureles, llevó a Maduro a la cumbre del delirio: decir que la prioridad en este momento reside en comprar modernos misiles antiaéreos para armar la población civil. ¡En qué mundo vive! Los pocos millones de dólares que pueda invertir en esa transacción serían totalmente insuficientes para librar un conflicto que se resolvería con la tecnología militar más moderna del mundo, de la cual militares y civiles venezolanos no tienen ni la menor idea.

Lo único real, prioritario y urgente es que al país ingrese una ayuda que servirá para aliviar la situación de millones de compatriotas que viven en la extrema miseria. Armas, no; medicinas y comida, sí.

La generación del hambre por Johanna Osorio Herrera / Armando Altuve, María Vallejo, Sheyla Urdaneta, Jesymar Añez, Liz Gascón, Mariangel Moro, Rosanna Batistelli – El Pitazo – Diciembre 2018

Nacieron en el 2013, cuando la crisis alimentaria se agravó en Venezuela. Tienen 5 años, están desnutridos, y el daño provocado a su salud es irreparable. El Pitazo en alianza con CONNECTAS recorrió ocho ciudades y, con ellas, ocho realidades distintas. Estas son las historias de los niños que crecen en desventaja por nacer en medio de la emergencia humanitaria que vive el país.

A Juan Luis se le pueden contar los huesos sobre la piel: está desnutrido. Su diagnóstico lo determinaron los especialistas del Hospital Materno Infantil de Tucupita, en Delta Amacuro —estado con una de las mayores poblaciones indígenas del país— donde estuvo internado en agosto de 2018 por diarrea crónica. Es posible que no sea la única vez que esté hospitalizado durante el resto de su vida. Las secuelas del hambre antes de los cinco años, su edad, son irreversibles. En su adultez, Juan Luis será más propenso que otros hombres a padecer enfermedades cardiovasculares o diabetes; también a rendir menos laboralmente, o tener deficiencias intelectuales, todo como consecuencia del hambre que hoy padece.

Desde la concepción hasta los cinco años, especialmente los primeros 1000 días, cumplidos después de los dos años y medio de vida, se desarrolla 75 por ciento o más del tejido cerebral y su constitución. El esquema neuronal, que permite al ser humano percibir su entorno: ver, oler, escuchar y reaccionar ante los estímulos, queda definido en esta etapa: la primera infancia, de acuerdo con organismos internacionales vinculados al cuidado de la niñez, como el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef). El crecimiento de Juan Luis depende de lo que coma. Si se alimenta bien, su circuito neuronal será favorable para su adultez. Si no lo hace, el daño provocado a su cuerpo y su cerebro será irreparable.

Juan Luis no come bien, aunque su mamá intente remediarlo. No puede porque su familia es pobre, como 87 por ciento de las familias venezolanas, de acuerdo a la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi) 2017, realizada por universidades y organizaciones no gubernamentales. Su historia no es la única; se repite en muchos niños de su edad. Hasta marzo de 2018, en Venezuela, sólo 22 por ciento de los niños menores de cinco años tenían un estado de nutrición normal, según el informe Saman, de Cáritas.

Comer de forma adecuada es uno de sus principales derechos. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Juan Luis debería tener siempre “acceso físico y económico a suficiente alimento, seguro y nutritivo, para satisfacer sus necesidades alimenticias”. Es el Estado quien debe garantizarle el alimento, pero no lo hace. De acuerdo a Encovi 2017, en 80 por ciento de los hogares venezolanos hay hambre (término que engloba la desnutrición en todas sus fases), o inseguridad alimentaria, como la denomina la FAO. Y, de acuerdo a lo que sugiere la FAO, esto confirma la emergencia humanitaria, alcanzada cuando un país “en un determinado año no puede colmar con sus propios recursos el déficit de alimentos provocado por un desastre y necesita, por tanto, ayuda alimentaria externa”.

En Venezuela, la desnutrición infantil es la prueba de la emergencia, específicamente, la desnutrición aguda global en niños menores de cinco años, como Juan Luis, nacido en 2013, año que Nicolás Maduro asumió la Presidencia de la República.

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS) si 10 por ciento de los niños (menores de cinco) de un país padecen desnutrición —porque no han tenido una cantidad suficiente de alimentos y los que ha ingerido no tenía los nutrientes necesarios—, se deben activar protocolos de atención para crisis humanitaria. Rebasar el umbral de 15 por ciento indica una situación de emergencia de salud pública de carácter humanitario. En Venezuela, la desnutrición aguda global en niños de esta edad alcanzó 10 por ciento en enero de 2017, y superó el umbral de 15 por ciento entre septiembre y diciembre, cuando llegó a 16 por ciento, según estudios de Cáritas Venezuela. La cifra subió a 17 por ciento durante el primer trimestre de 2018.

Los niños con hambre en Venezuela contrastan con el Plan de la Patria —la carta estratégica presentada por Chávez para su reelección y retomada por Maduro— que establece como uno de sus objetivos generales “lograr la soberanía alimentaria para garantizar el sagrado derecho a la alimentación”, y como meta estratégica “asegurar la alimentación saludable de la población, con especial atención en la primera infancia”. Las cifras revelan una realidad que el gobierno se esfuerza en negar: en Venezuela, desde septiembre de 2017, existe una emergencia humanitaria, que podría mejorar si se acepta ayuda alimentaria externa. Tiene su origen en las erradas políticas socioeconómicas tomadas desde hace 15 años por Hugo Chávez, y perpetuadas por su sucesor Nicolás Maduro, provocando una profundización de la desnutrición desde el 2013.

Lo que el hambre deja

Valentina tiene 5 años, pero su cuerpo parece el de una niña más pequeña. Mide 86 centímetros y pesa 9 kilos, cuando debería medir un poco más de un metro y pesar el doble. No habla, se aísla, y las únicas sonrisas fáciles se las provoca Carmen Toro, la mujer que la cuida. Es exnovia de su papá, quien hace meses la abandonó, ya desnutrida, en el hogar de lata donde viven, en la pobre comunidad de Valles del Tuy, en las periferias de Caracas; seis meses antes, su mamá biológica también la abandonó, y la dejó con su padre.

En cambio, Dayerlin es más extrovertida. Debe serlo, para poder comer: de día, la niña de 5 años mendiga dinero y alimento en Monagas, estado oriental del país; de noche, duerme con su madre y sus siete hermanos en un intento de casa, un espacio de 5 metros de largo por 6 metros de ancho, que es cuarto, cama y baño a la vez.

Según estudios de Cáritas Venezuela, un poco más de la mitad de los hogares de algunas de las parroquias más pobres del país recurren a contenedores de basura y a la mendicidad para conseguir comida. Y, de acuerdo a los registros de la emergencia pediátrica del Hospital Universitario Dr. Manuel Núñez Tovar, en Monagas, donde vive Dayerlin, muchos de los niños de esas familias pobres no alcanzan, siquiera, a crecer: 42 lactantes han fallecido durante 2018 por desnutrición, un promedio de 4,6 decesos al mes. 70 por ciento de esos bebés, es decir 28, vivían en la zona urbana de Maturín mientras que el resto en otros municipios.

A Valentina y Dayerlin las separan 485 kilómetros de distancia, pero las une la pobreza, el hambre, y sus consecuencias. Falta mucho para que sean mujeres, pero su adultez es predecible, por el hambre que han sufrido: enfermedades cardiovasculares, diabetes, hijos enfermos; discapacidad para aprender y facilidad para ser manipuladas; tendencia a la violencia y el uso de drogas. El daño provocado por la desnutrición a los niños venezolanos —física, intelectual y emocionalmente— es irreparable, según los expertos en desarrollo infantil.

“Socialmente, el hambre en Venezuela ha generado un deterioro de las relaciones intrafamiliares. Hay peleas por la comida, hay niños robándose las loncheras entre sí, niños maltratados porque se comieron los huevitos que eran para el otro muchachito. Hay roles familiares invertidos, padres y madres que se suicidan porque no se sienten capaces de comprar la comida suficiente y, a nivel vecinal, el problema del hambre generó un quiebre entre nosotros enorme”, explica Susana Raffalli, nutricionista especializada en gestión de la seguridad alimentaria, en emergencias humanitarias y riesgo de desastres, integrante del equipo de investigadores de Cáritas Venezuela.

“Yo una vez vi el maltrato a una niña que se tomó un agua que era para una sopa, una niña wayuu. La madre fue y le pegó a la niña porque el único baldecito de agua que había era para hacer una sopa. Esa niña se tomó el agua porque tenía sed. Entonces, cuando tú asocias tus necesidades más básicas a maltratos y abandonos vas a ser un ser humano que va a crecer con un estado de vacío y desasosiego para toda su vida y ese daño afectivo del que pasas a la adultez con ese hueco adentro, va a generar para siempre problemas de adicción, problemas de estabilidad, estos son muchachos que están ahora de delincuentes insaciables”.

Las consecuencias de la desnutrición en niños, que ahora padece Venezuela, ya ha sido estudiada en países vecinos. Cuenta Raffalli que en 2012 se publicó un estudio hecho en una población rural en Guatemala, donde se siguió el desarrollo de un grupo completo de niños, hijos unos de madres desnutridas y otros no. Al llegar a su adultez, se comparó a los campesinos de 20 y 30 años, que trabajaban cortando caña, y se contrastó su rendimiento en el corte de la caña. La diferencia fue hasta de 40 por ciento en la cantidad de caña cortada y, por lo tanto, del ingreso. La nutrición en sus primeros mil días de vida determinó que, una vez adultos, unos fuesen 40 por ciento más productivos que otros. En el caso de las mujeres concluyeron que las niñas desnutridas tenían tres veces más posibilidades de parir niños de bajo peso, que las que fueron bien alimentadas en su infancia.

“Estás determinando, en ese momento, lo que va a pasar después (…). Después de dos años de monitorear esto en parroquias pobres del país, vemos que el retardo del crecimiento subió de 18 por ciento en el año 2016, a 30 por ciento en 2018; es decir, que 30 por ciento de los niños que, incluso, rescatamos de la desnutrición y ya pesan su peso normal, tiene retardo del crecimiento. Son niños que quedan en un rezago para siempre, no solamente biológico, sino cognitivo. Estos son niños que no vas a ver que se distinguen, no lo vas ni siquiera a notar. Estos son niños que aprenden a leer, a escribir, juegan, se ríen, van a ir al colegio, pero no van a llegar nunca a la universidad, no van a tener empleos de buena productividad”, asegura Raffalli.

La OMS considera que la proporción de niños con retardo en el crecimiento no debe superar el cinco por ciento. Otros países de América Latina lograron disminuir su índice de niños con retardo de peso y talla ofreciendo a las familias agua potable, vacunación completa, desparasitantes, dispensarios, suplementos nutricionales y raciones de alimentación familiar.

“Con todo eso, el promedio latinoamericano de disminución de la proporción de niños con retardo del crecimiento es de 1,5 puntos porcentuales por año. Entonces si ya lo tienes en 33 por ciento (como Venezuela), bajarlo al 5 por ciento que la OMS considera apropiado, te va a tomar 25 años. 25 o 30 años son tres generaciones”, advierte Raffalli. “Esto compromete incluso pensamientos de libertad a futuro. Esos son niños que van a ser madres y padres de la pobreza, que van a volver a votar por un presidente populista. Esto se perpetúa. Esto tiene implicaciones generacionales, implicaciones para siempre. Esto significa muchos años de atraso, al menos tres generaciones”.

El 10 de septiembre de 2018, la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos, Michelle Bachelet, dijo que el organismo ha recibido desde junio información sobre casos de muertes relacionadas con la malnutrición y enfermedades que se pueden prevenir en Venezuela. Fue durante ese mes, junio, cuando la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos (Acnudh) examinó la crisis alimentaria venezolana, recabó pruebas, entrevistó expertos y concluyó que: “el Gobierno se negó a reconocer la magnitud de la crisis sanitaria y alimentaria, no se habían adoptado las medidas y las reformas normativas que se necesitaban con urgencia para hacer frente a la crisis y sus causas fundamentales, no cumpliendo así su obligación internacional de hacer todo lo posible para asegurar el ejercicio de los derechos a la salud y la alimentación, incluso recurriendo a la cooperación y asistencia internacionales”.

El hambre en Venezuela es evidente. La FAO, que en 2013 premió al gobierno por “reducir a la mitad el porcentaje y el número de personas con hambre o subnutrición en el país antes de 2015”, calificó negativamente a Venezuela en 2017, por ser el país con la mayor alza en subalimentación, y lo responsabilizó de “la merma general del desempeño de la región en su lucha contra el hambre”: más de la mitad de las personas que engrosaron el número de subalimentados en América Latina, desde 2015, fueron venezolanos. Un año más tarde, en noviembre de 2018, el panorama es aún más grave: el director de estadística de la FAO aseguró que la tasa media de subalimentación en Venezuela, entre 2015 y 2017, fue de 11,7 por ciento de la población, es decir, 3,7 millones de venezolanos comen mal, casi cuatro veces más que en el trienio 2010-2012. La cantidad de venezolanos mal alimentados es superior a la población de Uruguay, que, según su último censo, no llega a tres millones y medio de habitantes.

Por su parte, en su último informe sobre el país, Human Rights Watch advirtió que “las personas afectadas por inseguridad alimentaria son menos propensas a cumplir con sus tratamientos médicos debido a que, con recursos limitados, deben atender diversas necesidades humanas”. En Venezuela, donde 87 por ciento de las familias son pobres, la mayoría no puede suplir necesidades tan básicas como comida o salud. Niños y padres enfermos, desnutridos, y en medio de un contexto económico adverso, no pueden escapar del hambre.

“La desnutrición ya parece una epidemia, una enfermedad contagiosa”, asegura Ingrid Soto de Sanabria, pediatra y nutrióloga del hospital pediátrico J.M. de los Ríos. El hambre en Venezuela inició un ciclo difícil de romper.

La herencia de Chávez que Maduro agudiza

Maikel nació el 29 de diciembre de 2012 en Portuguesa, lugar que también es llamado el Granero de Venezuela. Fue uno de los 619.530 niños que nacieron ese año, la última cifra de natalidad publicada en el país. El estado llanero, reconocido en otrora por su alta producción agrícola, y donde ahora escasea la comida, es el hogar del niño, que nació justo un día antes de que Nicolás Maduro, entonces vicepresidente de Venezuela, advirtiera en cadena nacional que Hugo Chávez estaba delicado de salud, después de someterse a una cirugía para intentar curarse del cáncer que padecía. Nació, también, 21 días después de que el mismo Chávez se dirigiera al país, el 8 de diciembre, para pedir que, si ocurría algo que lo inhabilitara, Maduro fuese elegido como su sucesor en el poder. “Yo se los pido, desde mi corazón”, dijo. Tres meses después. el 5 de marzo, Maduro anunciaba al país la muerte de Chávez.

Al nacer, Maikel pesó 1,440 kilogramos, más de un kilo por debajo del peso mínimo adecuado (2,500 kg), según la OMS; y cumplía casi cuatro meses de vida cuando, el 14 de abril de 2013, como Hugo Chávez lo pidió, Nicolás Maduro fue electo presidente de Venezuela, y heredó el país, y sus problemas económicos.

En 2002, una década antes de que Maikel naciera, la expropiación de empresas, emprendida por Hugo Chávez, inició la caída de la capacidad productiva del país. La bonanza petrolera que vivió Venezuela desde 2004 hasta 2013 no fue aprovechada para estimular la producción nacional ni para el diseño y cumplimiento de estrategias económicas que mantuvieran estable a la nación en momentos de recesión económica. El dinero se destinó a políticas populistas, entre ellas las misiones sociales, que fortalecieron la aceptación del gobierno, pero incrementaron 50,7 por ciento el gasto público. Esta estrategia fue admitida en 2014 por el ex ministro de Planificación y Finanzas Jorge Giordani, quien afirmó que era “crucial superar el desafío del 7 de octubre de 2012”, refiriéndose a las elecciones que ganó Chávez “con un esfuerzo económico y financiero que llevó el acceso y uso de los recursos a niveles extremos”.

El precio del petróleo, y el modelo económico venezolano, dependiente de este rubro, dio al gobierno una aparente estabilidad, pero las consecuencias del derroche fueron evidentes tras la baja de los precios del petróleo: los gastos del Estado comenzaron a ser superiores a los ingresos por exportación de crudo e impuestos (déficit fiscal), causando una creciente inflación y la caída del poder adquisitivo del venezolano. Así, el hambre comenzó a dar sus primeros pasos. La llegada de Nicolás Maduro al poder en 2013, y su perpetuación de las medidas económicas iniciadas por Chávez, representó la profundización de la crisis económica y política: el contexto de la hambruna de los niños venezolanos.

“Cuando ya llega Maduro al poder en el año 2013, la situación económica de Venezuela era bastante precaria en términos de déficit externo e importaciones (…). ¿Qué decidió Maduro, en vez de ofrecer un plan de estabilización de la economía, de resolver este desequilibrio, de buscar financiamiento internacional? Optó por una política de constreñimiento. Como tenía un hueco externo, lo que hizo fue reducir fuertemente el nivel de importaciones del país. El último año de crecimiento de la economía venezolana fue el año 2012, obviamente provocado por esa bonanza ficticia que ofreció el gobierno de Hugo Chávez, un poco buscando su reelección. Se gastó lo que se tenía y lo que no se tenía, hubo un financiamiento brutal en términos de importaciones y fue el último año en el que la economía creció. En 2013, la contracción empezó a crecer, primero con números bastante manejables. Estamos hablando de contracciones que no superaban el cinco por ciento. Pero, con el paso del tiempo, el nivel de contracción de la economía venezolana fue ampliando”, explica Asdrúbal Oliveros, economista (Summa Cum Laude) de la Universidad Central de Venezuela y director de la empresa de análisis de entorno Ecoanalítica.

En las casas de Juan Luis, Valentina, Dayerlin y Maikel no hay neveras o, si hay, no funcionan. No las extrañan, pues tampoco tienen con qué llenarlas. Las neveras vacías, que se reflejan en lo pómulos pronunciados, clavículas expuestas y manitos delgadas de los niños venezolanos, fueron pronosticadas varios años antes, pero al Estado venezolano no pareció importarle.

En 2013, el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su estudio anual Perspectivas de la economía mundial, advertía el detrimento de la economía venezolana: “Se prevé que el crecimiento del consumo privado en Venezuela disminuirá a corto plazo tras la reciente devaluación de la moneda y la aplicación de controles cambiarios más estrictos”. Ese año, el Producto Interno Bruto venezolano cayó de 5,5 por ciento a 1,3 por ciento, mientras el de América Latina y el Caribe se mantuvo en 2,9 por ciento.

Dos años más tarde, una vez más, el FMI advirtió la potencial crisis económica que se avecinaba. En su informe mundial anual de 2015 señalaba: “Venezuela sufrirá, según las previsiones, una profunda recesión en 2015 y en 2016 (–10% y –6%, respectivamente) porque la caída de los precios del petróleo que tiene lugar desde mediados de junio de 2014 ha exacerbado los desequilibrios macroeconómicos internos y las presiones sobre la balanza de pagos. Se pronostica que la inflación venezolana se ubicará muy por encima del 100% en 2015”.

El pronóstico fue superado por la realidad. La economía venezolana inició una caída de cinco años consecutivos, que ya alcanza un 57 por ciento, y aún no se ha detenido. Es el deterioro más profundo que ha sufrido un país en los últimos 50 años, afirma Oliveros. “Además, destaca esta caída porque se da en un país que no tiene un conflicto bélico ni interno ni con sus vecinos, y tampoco ha pasado por un desastre natural. Es una caída cuya responsabilidad única es por el mal manejo de políticas económicas que ha reducido el tamaño de la economía venezolana en forma considerable”.

Los años de omisiones del Estado ante el detrimento de la economía, sumado a la baja de las importaciones, la falta de producción nacional, cierres de empresas, y negación de divisas para la adquisición de materia prima, desencadenaron una grave escasez e inflación, que afectó la disponibilidad y acceso a alimentos. Sin comida ni dinero para comprarla, la dieta del venezolano empezó a deteriorarse.

—¡Mamá, tenemos hambre!—, exclaman, piden, María Victoria y María Verónica.

—No tengo nada, vamos a acostarnos. Mañana veré que les doy—, responde su mamá, Dayana, desconsolada. Y mientras ellas obedecen y duermen, ella se desvela llorando.

Las gemelas, de cinco años, y sus dos hermanos, duermen con hambre la mayoría de las noches. De día, tampoco comen bien: su dieta es arroz, pasta, harina, azúcar y granos, alimentos distribuidos por el Estado en cajas que llegan cada 15 días al barrio La Batalla, de Barquisimeto, estado Lara. La familia tiene cinco meses sin comer carne o pollo. Las gemelas, que nacieron el 5 de enero de 2013, pesan 14 kilos y miden 1,02 metros, cuatro kilos y seis centímetros por debajo del peso y talla adecuados para su edad. Su diagnóstico es el mismo de Juan Luis, Maikel, Valentina y Dayerlin: están desnutridas, como casi la mitad de los niños venezolanos de su edad. Son parte de la generación marcada por la crisis, la generación del hambre.

En su informe de marzo de 2018, Cáritas Venezuela concluyó que 44 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años estaban desnutridos, el doble de casos registrados en enero de 2017. A la cifra se suma otro 37 por ciento de niños de la misma edad, que están en riesgo de padecer desnutrición. En marzo de 2018, sólo 22 por ciento de los niños venezolanos menores de cinco años se alimentaban adecuadamente.

El hambre de los niños de esta generación desnutrida va de la mano con la carencia de comida. Según el Observatorio Venezolano de Seguridad Alimentaria, el consumo de carnes y aves en niños menores de cinco años disminuyó de 41 por ciento a 22 por ciento, entre 2016 y 2017; la ingesta de pescado disminuyó de 24 a 12 por ciento, en el mismo período; el consumo de lácteos bajó de 59 a 26 por ciento, y el de los huevos —la proteína más económica— cayó de 47 a 29 por ciento.

De acuerdo a la empresa venezolana Econométrica, la escasez pasó de 68 por ciento en septiembre de 2017 a 83,3 por ciento en 2018. Los platos semi vacíos son la prueba del deterioro de la dieta.

—Antes no comíamos bien, así mucho, pero sí comíamos. A veces pollo, caraoticas, arroz, pasta con su salsita. Ahorita no—, se lamenta Dayana.

El 7 de marzo de 2018, el director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas, David Beasley, calificó como “catastrófica” la crisis alimentaria en Venezuela. Esa vez, no hubo pronunciamiento por parte del gobierno venezolano, quien acababa de conmemorar el quinto aniversario de la muerte de Hugo Chávez. Tres meses antes, el 26 de enero, fue desatendida también la advertencia que hizo Unicef sobre la desnutrición infantil en el país:

“Un número en aumento de niños en Venezuela está sufriendo de desnutrición como consecuencia de la prolongada crisis económica que afecta al país. Si bien no se dispone de cifras precisas debido a la data oficial limitada de salud y nutrición, hay claros indicios de que la crisis está limitando el acceso de los niños a servicios de salud de calidad, medicamentos y alimentos. La agencia de los niños hace un llamado para la implementación de una rápida respuesta a corto plazo contra la malnutrición”.

Aunque la preocupación de los organismos internacionales es reciente, la malnutrición no, afirma Marianella Herrera, nutricionista del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela, directora de la Fundación Bengoa, e integrante del equipo de investigación de la Sociedad Latinoamericana de Nutrición: “Esto tiene más tiempo del que parece. En lo particular, recuerdo que hicimos una investigación cuando existía la Misión Mercal, en Caracas. Lo que encontramos es que había una estrecha relación entre ser obeso, comprar en Mercal y pertenecer a un hogar con inseguridad alimentaria. La obesidad es hambre oculta. El programa ofrecía productos más económicos, pero pobre en nutrientes (…). Si lo vemos en el tiempo, esta crisis comienza alrededor del año 2011, 2012. Fue una crisis de inseguridad alimentaria de instalación lenta, por eso ha sido muy difícil convencer al mundo. Comenzó con la obesidad, y luego, cuando se acabaron las calorías, ocurrió este cambio drástico”.

El hambre y la caída de la economía van de la mano, asegura Herrera. “Cuando el Estado garantiza un ingreso digno, garantiza la adquisición de las necesidades básicas. La alimentación es una de esas. La crisis de la producción nacional, provocada tras la ley de expropiación de tierras, ocasionó la merma de productos locales (…). La radicalización del modelo socialista hizo que se perdiera la estructura económica”.

La mamá de Carlos no es experta en economía o modelos socialistas, apenas escribe su nombre con dificultad. Pero, esto no le hace falta para saber que sus hijos no se alimentan bien. Con 22 años y madre de cuatro niños, debe quedarse en casa a cuidarlos, mientras el padre trabaja. Lo que gana el esposo alcanza solo para comprar algún carbohidrato, como pasta o arroz, y un poco de queso, pollo o sardinas. Nunca todo, nunca suficiente.

No es la única familia que padece estas condiciones. De acuerdo con Encovi, en 2017, 89 por ciento de los hogares venezolanos, como el hogar de Carlos, no contaban con el dinero que necesitaban para comprar comida. A pesar de que el Estado no ofrece cifras oficiales sobre pobreza por ingreso desde hace cuatro años, la data disponible en el Instituto Nacional de Estadística confirma que entre 2012, último año del mandato de Hugo Chávez, y 2014, año del último informe publicado, los hogares pobres incrementaron de 21,2 a 33,1 por ciento.

El aumento de la pobreza no para. “La canasta alimentaria del mes de agosto, anualizada, entre agosto de 2017 y agosto de 2018, presentó una inflación de 57.978,9 por ciento. Por primera vez, este país vive un problema de hiperinflación. Durante 21 años, entre 1951 y 1971, Venezuela tuvo una inflación de 1,5 por ciento anual, en este momento tenemos una inflación de 2,4 por ciento diaria”, afirma Oscar Meza, economista y director del Centro de Documentación de Análisis Social (Cendas).

La organización, fundada hace 41 años, contrasta, mensualmente, el salario mínimo venezolano con el costo de la Canasta Alimentaria, para evaluar su cobertura. Entre 2008 y 2013 (al cierre del año), el salario mínimo pasó de cubrir 53 por ciento de la canasta alimentaria a 46 por ciento. Difiere del cálculo del gobierno: de acuerdo al costo de la Canasta Alimentaria publicado por el INE, con el salario mínimo se podía cubrir 91 y 89 por ciento de los alimentos requeridos, respectivamente. Para 2014, Cendas señalaba que cobertura de la Canasta Alimentaria se ubicaba apenas en 28 por ciento, y al cierre de 2017, con el salario mínimo sólo se podía comprar 2 por ciento de los alimentos. En este mismo lapso, el Estado no publicó el costo de la Canasta Alimentaria.

El venezolano se quedó sin comida, y sin dinero para comprar el poco y costoso alimento disponible.

La posición de Unicef Venezuela respecto a las causas de desnutrición infantil, evidenciada por organizaciones no gubernamentales, es neutral. Este ente se apega a las cifras oficiales, suministradas por el Estado. Sin embargo, Dagoberto Rivera, especialista en nutrición y salud de Unicef Venezuela, admite que la falta de poder adquisitivo es parte de las causas de la malnutrición, aunque advierte que no la única.

“Cuando los precios suben y la capacidad adquisitiva disminuye se restringe la posibilidad de tener acceso a una canasta completa. Esto afecta a todos los niveles de la familia. Precisar en cuánto ha decaído sería arriesgado, pero sí, tenemos los signos que leemos a través de informes parciales, que nos indican que sí hay un deterioro y una tendencia hacia el deterioro, y por eso mismo estamos haciendo intervención. Estamos buscando colaboración, y concretando colaboración, no solo con el sector no gubernamental, sino también con instituciones del gobierno, específicamente con el Instituto Nacional de Nutrición. Estamos apoyando una intervención para suplir con micronutrientes y algunos insumos adicionales de nutrición en los centros de recuperación nutricional, y en los programas normales, regulares, de Unicef. Esto es una realidad que estamos viviendo, ocasionada por esta situación de altos precios y la capacidad adquisitiva reducida, la cual queremos cambiar”.

Esa es la realidad que vive Juan Luis en el Delta, Maikel en Los Llanos, Dayerlin en oriente, las gemelas María Victoria y María Verónica en el centro, Carlos en el sur, Valentina en el Área Metropolitana: la realidad de todo un país, a la que se acercaron los corresponsales de El Pitazo en esta investigación, en alianza con CONNECTAS.

Al Estado no le gusta hablar del hambre

Jhender hubiese cumplido cinco años el 20 de septiembre de 2018, pero murió, como consecuencia del hambre, casi seis meses antes, el 7 de abril. El niño falleció en la madrugada, en el mismo hospital donde cinco años antes fallecía Hugo Chávez. Aquel recinto, donde estuvo recluido el presidente durante sus últimos días de vida, no contaba con los insumos necesarios para atender la infección bacteriana que padecía el sistema digestivo del niño, agravada por su desnutrición. Jhender pasó, así, a integrar una estadística desconocida.

En Venezuela, el silencio del Estado es abrumador. Los Boletines Epidemiológicos del ministerio de salud, desde julio de 2015 hasta diciembre de 2016, publicaron con retraso de un año, en mayo de 2017. El Anuario de Morbilidad no publica desde 2015, cuando se divulgó el último informe de 2013. La última Memoria y Cuenta de MinSalud publicada fue la de 2015; las de 2016 y 2017 no han sido divulgadas.

El ministerio de alimentación no publica las Hojas de Balance de Alimentos desde el año 2007, ni el Anuario del Sistema de Vigilancia Alimentaria y Nutricional desde 2008. El Instituto Nacional de Estadísticas, adscrito al Ministerio del Despacho de la Presidencia, no difunde la Encuesta Nacional de Seguimiento al Consumo de Alimentos desde 2015. Y el Anuario de Mortalidad, al que debería pertenecer Jhender, tienen cuatro años de retrasos: la edición de 2014 publicó en agosto de 2018.

“Lamentablemente, las cifras en Venezuela no se publican desde hace cuatro años aproximadamente. Hay un panorama bastante oscuro sobre las estadísticas. El Estado venezolano considera la información como un arma política y no las divulga, y esto ocasiona que toda la planificación y organización de políticas públicas se dificulte porque para los investigadores es vital saber dónde estamos parados para planificar a futuro”, señala Pablo Hernández, nutricionista del Observatorio Venezolano de la Salud.

El Estado tampoco da cifras sobre malnutrición y mortalidad infantil a Unicef desde hace una década, de acuerdo a las bases de datos difundidas en el Informe Mundial de la Infancia de este organismo.

Organizaciones civiles nacionales, como Cáritas Venezuela, Fundación Bengoa y Provea, y equipos de investigación de universidades venezolanas, han buscado mecanismos para indagar y mostrar resultados sobre desnutrición. Sin embargo, la irregularidad en el registro de las muertes de niños dificulta la generación de data sobre mortalidad. “Hemos recibido denuncias de los médicos que comentan que no se les permite colocar la desnutrición como causa de muerte en el acta de defunción de los pacientes, pese a que la desnutrición puede estar asociada a una enfermedad de tipo infecciosa, generalmente. Es lamentable porque las cifras de desnutrición tienen que formar parte de las estadísticas y en el último boletín epidemiológico de 2016, publicado en 2017, no aparecen la mortalidad por desnutrición, especialmente en menores de cinco años”, señala Hernández.

El Anuario de Mortalidad de Venezuela de 2014 (publicado en 2018) registró que 153 niños, menores de 5 años, murieron por hambre; cinco niños más que en 2013, cuando murieron 148 niños. El mayor incremento de defunciones ocurrió en los niños menores de un año: entre 2013 y 2016, la muerte de bebés aumentó 28 por ciento, de acuerdo a los Boletines Epidemiológicos del Estado. Aunque no existe data oficial, concreta y actualizada, sobre el hambre y las muertes de los niños generadas por ésta, desde hace varios años Unicef mide y proyecta estadísticas sobre registros viejos del Estado, y apunta que Venezuela tiene una mortalidad estable de niños menores de 5 años, que se sitúa en 17 por ciento, incluso por debajo del promedio de América Latina y el Caribe (21 por ciento). La cifra es irreal, porque se basa en datos desactualizados.

La falta de cifras de mortalidad infantil no es la única irregularidad del Estado venezolano. El método utilizado para medir la desnutrición —de la que tampoco hay cifras oficiales— está obsoleto, respecto al usado por el resto de la región.

En 2006, tras un estudio multicéntrico hecho en los cinco continentes, la OMS generó y estableció nuevos patrones de referencia de niños bien nutridos. El patrón de los años 70 y 90 señalaba que un niño estaba desnutrido cuando su peso estaba tres veces por debajo de lo que debería pesar, y que estaba desnutrido agudo, severo, cuando se desviaba cuatro veces del patrón. En cambio, el patrón aprobado en 2006 corrió el punto de corte. A partir de estos patrones, la cuentas sanitarias de los países pueden asegurar que un niño está gravemente desnutrido si está dos medidas por debajo del peso o de la estatura ideal para su edad.

“Cuando tú mides a 600 niños aquí, y comparas sus mediciones con los patrones obsoletos, resulta que te pueden dar 48 niños desnutridos porque resulta que esperas que estén muy severamente desnutridos para empezar a contarlo, para que ese niño tenga un peso en las cuentas públicas sanitarias de un país. Mientras que con el patrón del 2006 puede ser que los cuentes y te vayan a resultar no 48, sino 78 u 80 niños desnutridos. Entonces la diferencia es que con los patrones obsoletos te dan menos niños desnutridos”, explica la nutricionista Susana Raffalli, a cargo del informe Saman de Cáritas Venezuela.

“Desde que se aprobaron esos patrones de 2006, casi todos los países los asumieron como sus patrones para evaluar a su población infantil y Venezuela es de los pocos estados en los que eso no se ha asumido. Los formatos que el Instituto Nacional de Nutrición deja para captar la información en los centros de salud siguen con los puntos de corte de los patrones pasados, que se resume a esperar que un niño esté gravemente desnutrido para que cuente dentro de las cuentas nacionales de la desnutrición. Y esto es gravísimo porque la desnutrición es uno de los indicadores que se usa por excelencia para asumir y reconocer que hay una emergencia de salud pública en un país. Entonces, pudiera ser que tengas que esperar que el niño se desvíe cuatro veces de lo que debería pesar y ya esté en el pellejo, que lo tengas que hospitalizar, para entonces decir que hay una emergencia de salud pública”, advierte.

—¿Cómo lo mando al colegio con hambre? ¿Cómo va a entender lo que le explican si no se está alimentando? ¿Cómo va a entender, si tiene hambre?—, se pregunta desesperada Katiuska, tía de Alexander. Viven en el estado Zulia, al occidente de Venezuela, en la tierra donde la bonanza de la explotación de crudo le dio al país opciones de crecimiento y desarrollo, pero que hoy tiene al municipio más pobre del país: Guajira. En su casa, un rancho de zinc, viven hacinados 11 niños y 12 adultos. La preocupación de Katiuska está bien fundamentada, aunque para ella sea solo una sospecha.

En Venezuela, la falta de cifras oficiales no se limitan solo a las mediciones antropométricas de los niños (cuánta pesa, cuánto mide y la circunferencia del brazo izquierdo). De acuerdo al Informe Mundial de la Niñez, desde 2008, Venezuela no registra el alcance de la cobertura de vitamina A, tampoco el consumo de sal yodada. La carencia de estos minerales es la principal causa de la desnutrición por micronutrientes, razón por la que en el país se decretó la yodación de la sal en 1993, y la fortificación de la harina de maíz con vitamina A en 1994. Hoy, esos decretos siguen vigentes, pero de nada sirven ante un país con hambre.

Uno de los principales síntomas de la carencia de yodo es el bocio, una enfermedad tiroidea que estaba erradicada en el país desde hace más de 30 años, y que reapareció sin que las autoridades tomen medidas al respecto. Desde 2017, el estado Portuguesa ha registrado un incremento de casos de esta enfermedad y, aunque no existen estudios que lo certifiquen, la reaparición de la afección podría evidenciar irregularidades en la cobertura de este micronutriente, afirma el doctor Gerardo Rojas, endocrinólogo y actual presidente de la Sociedad Venezolana de Endocrinología, capítulo centro-occidental.

“Para el año 2017, la cifra en Portuguesa asciende a tres mil casos. Quisimos hacer una mesa de trabajo, pero nunca pasó de una reunión, porque a nivel central la Gobernación de Portuguesa no permitió avanzar más. Se tomaron biopsias en unos casos, y en otros se hicieron estudios de laboratorios. Sin embargo, debido a los altos costos de los exámenes, estas muestras no fueron procesadas todas y hay unas que están congeladas, aparentemente. No tenemos certeza de cuál fue el resultado, lo que se dijo fue que (el bocio) era carencial, es decir, que el brote estaba asociado a la falta de yodo. Actualmente, y entre muchas teorías, se asume que está asociado al déficit de alimentos, por la falta de proteínas, como la carne y el pollo, en la dieta diaria, y al uso aumentado de alimentos bocígenos, como la yuca, y el resto de los tubérculos. Hace muchos años, en Venezuela, todas las sales se yodaron precisamente para evitar este trastorno. El problema es que ni siquiera hay sal en el país. Algo tan común como la sal, ahora es muy difícil de conseguir, y algunas sales vienen de fuera y no están yodadas”.

Esta carencia de yodo, evidenciada por la reaparición del bocio, marca de forma irreversible a esta generación de niños con hambre. No consumir yodo causa lesiones cerebrales durante la infancia. Sus efectos más devastadores incluyen la alteración del desarrollo cognitivo y motor que influye en el rendimiento escolar del niño, y la pérdida de hasta 15 puntos en el coeficiente intelectual. En su edad adulta, serán menos productivos y, por lo tanto, tendrán menos capacidad de encontrar empleo. Les será más difícil generar ingresos para sus familias, comprar los alimentos que necesitan, estar bien nutridos, vivir bien: romper el despiadado ciclo del hambre.

El hambre de los niños venezolanos también está asociado a la corrupción. Los alimentos foráneos, comprados por el Estado para distribuirlos a través de las cajas Clap (los Comités Locales de Abastecimiento y Producción) —y cuya compra está vinculada a grupos económicos cercanos al presidente, según una investigación del medio local Armando.Info— podrían ser la causa, también, de las carencias de vitamina A. Tampoco hay estudios ni cifras oficiales que muestren un panorama sobre la cobertura de este micronutriente en los últimos años, pero su déficit se hace evidente en la decoloración del cabello, afirma la nutricionista Marianella Herrera, quien explica que la harina precocida venezolana está enriquecida con vitamina A, pero que no se tiene garantías de la fortificación de las marcas importadas por el gobierno. Además de la decoloración del cabello, también conocida como síndrome de la bandera, la deficiencia de vitamina A debilita el sistema inmunológico, aumenta el riesgo de que el niño contraiga infecciones como el sarampión y enfermedades diarreicas, afecta la salud de la piel y, en extremo, puede provocar ceguera. “En Venezuela estamos viendo esta alteración de la coloración del cabello (…). Esto ya ocurrió en Cuba durante el período especial, cuando muchas personas quedaron ciegas”.

Aquellos mechones castaños, un poco más claros que el resto, que se ven en las cabezas de las gemelas larenses María Verónica y María Victoria, podrían evidenciar entonces que, además de peso y talla, ambas están también desnutridas por falta de micronutrientes. Si es así, podría significar, también, que sus sistemas inmunes son y serán más débiles que el de otros niños de su edad. Pero, aunque el daño a su salud se detenga, su futuro es casi una certeza: los daños provocados por el hambre son irreversibles.

En su libro Destrucción masiva, Jean Ziegler, ex relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, sostiene que el hambre y sus responsables asesinan en medio de la abundancia:

“Cada cinco segundos, un chico de menos de diez años se muere de hambre, en un planeta que, sin embargo, rebosa de riquezas. En su estado actual, en efecto, la agricultura mundial podría alimentar sin problemas a 12.000 millones de seres humanos, casi dos veces la población actual. Así que no es una fatalidad. Un chico que se muere de hambre es un chico asesinado”.

Desde 2004 hasta 2013 —año en el que nacieron Juan Luis, Maikel, María Victoria y María Verónica, Carlos, Dayerlin, Valentina, Alexander y Jhender— Venezuela vivió la mayor bonanza petrolera de toda su historia. Pero el Estado no destinó los recursos necesarios para protegerlos de la miseria. Ahora, el gobierno de Maduro niega la existencia de la emergencia humanitaria y no acepta la ayuda ofrecida por la región. En cambio, su falta de acción garantiza que estos niños, y miles más de su edad, crecerán en desventaja, serán adultos enfermos, y padecerán toda su vida las consecuencias del hambre a la que fueron sometidos por la irresponsabilidad gubernamental. Pero Jhender, el niño que murió de hambre, no pudo siquiera averiguar qué sería de su vida. Reposa en una tumba sin lápida, en un cementerio pobre de una comunidad pobre, como lo fue su hogar desde el día que nació hasta el día que murió, o fue asesinado, de hambre.

El Pitazo en alianza con CONNECTAS solicitó entrevistas a organismos oficiales: Instituto Nacional de Nutrición, Ministerio de Alimentación, Ministerio de Salud, Consejo de Protección del Niño y el Adolescente (municipio Libertador), Instituto Nacional de Estadística y al director de Comités Locales de Abastecimiento y Producción, para contrastar los datos y señalamientos difundidos en esta investigación. Ninguna petición fue atendida.

Venezuela agoniza: Más de 20 bebés murieron en hospital de Barcelona por desnutrición – La Patilla – 12 de Diciembre 2018

Foto archivo El Tiempo

Hasta la tarte de este martes, más de 20 bebés muertos permanecían acumulados en la morgue del hospital Universitario Luis Razetti de la ciudad de Barcelona en el estado Anzoátegui. La mayoría de estas muertes han estado vinculadas a la desnutrición.

“Tenemos un número de fallecidos que nos preocupa, de cada 10 al menos siete recién nacidos vienen con bajo peso al nacer” informó  a Univision, la directora de ese centro de salud, Tibisay Triana.

Con estas muertes, se contablizan más 500 las muertes de neotanos en ese hospital, según indicó la doctora Triana.

La falta de personal médico y enfermeras, sumado a la grave escasez de insumos médicos y medicinas, ha generado estas cifras alarmantes.

Durante el mes de nobiembre, el personal médico contabilizó al menos 70 bebes muertos por desnutrición, falta de incubadoras o bacterias en algunas áreas del recinto de salud.

Hasta el momento el ministerio de Salud no ha hecho un pronunciamiento al respecto para aclarar esta situación.

Hunger Grows in Venezuela by TalCual – Latam Herald Tribune – 21 de Noviembre 2018

 A report by four UN bodies has shown that the number of undernourished people in Venezuela has increased in both absolute and relative terms

Four UN bodies – The United Nations Food and Agriculture Organization (FAO); the Pan-American Health Organization (PAHO); the World Food Program (WFP); and the United Nations International Children’s Emergency Fund (UNICEF) – joined forces to create a report on the undernourishment problem affecting Latin America and the Caribbean.

This report – recently made public – shows that the number of undernourished people in Venezuela has increased in both absolute and relative terms: the rate of undernourished people in the country reached 9.8% over the three-year period from 2014 to 2016, while the rate increased to 11.7% over the next three-year period from 2015 to 2017. The first percentage corresponds to an absolute amount of 3.1 million undernourished people, while the second percentage corresponds to an amount of 3.7 million people. This represents an increase of 600,000 new Venezuelans within only a year.

These figures are even more dramatic when compared with those released in the three-year period from 2010 to 2012, when the percentage of undernourished people in Venezuela was 3.6% and the absolute amount reached 1.1 million. That is to say, 2.6 million new undernourished people have been generated in the country within 5 years.

The number of undernourished people throughout Latin America and the Caribbean reached 38.7 million people over the three-year period from 2014 to 2016. This figure rose to 39 million over the three-year period from 2015 to 2017. This means that there are 300,000 new undernourished people across the continent, while Venezuela has seen 600,000 new citizens going through this dramatic situation of not being able to feed themselves according to the necessary social and physiological requirements for a dignified and productive life.

Given this situation that hunger in Venezuela has increased at a faster pace than in the rest of the continent, it is not surprising that a large number of Venezuelans – estimated at 3 million by the UN itself – are looking to leave the country and settle in other countries across the region or around the world.

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La nutricionista más prestigiosa de Venezuela tiene algo que decirle a Errejón – ESdiario – 9 de Noviembre 2018

Marianella Herrera, una voz autorizada para hablar sobre la pobreza en Venezuela. Mucho más que Errejón.

Marianella Herrera, una voz autorizada para hablar sobre la pobreza en Venezuela. Mucho más que Errejón.

Para que el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid no vuelva a decir alegremente que los venezolanos comen tres veces al día, debería escuchar a Marianella Herrera.

La entrevista a la revista chilena The Clinic en la que Íñigo Errejón aseguró que los venezolanos comen tres veces al día sigue coleando.

El periodista que se la hizo, al escuchar su respuesta, replicó que la población venezolana ha bajado 10 kilos de media en los últimos años. Y el candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid se limitó a decir: “Yo ese dato no lo tengo”.

Existir, existe. Corresponde a la última Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela, una radiografía que anualmente elaboran profesionales de tres universidades: la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad Simón Bolívar.

El informe pinta una realidad desoladora: La pobreza alcanza al 87% de la población venezolana, y seis de cada diez ciudadanos han perdido 11 kilos en el último año por falta de alimentos.

Además, casi el 60% de los venezolanos tiene que recurrir a alguna ayuda social, 8,2 millones de compatriotas de Nicolás Maduro ingieren dos o menos comidas al día y las que consumen son de baja calidad nutricional. De hecho las proteínas están desapareciendo de la dieta de la población.

Durante la presentación de la encuesta, el pasado mes de febrero, la nutricionista Marianella Herrera, directora del Observatorio Venezolano de la Salud, mostró la realidad con crudeza. Para que Errejón no tenga que volver a decir “ese dato no lo tengo”.

El hambre avanza en Venezuela, pero retrocede en el resto de América Latina por Jon Martin Cullel – El País -12 de Septiembre 2018

La subalimentación afecta a más del 11% de la población venezolana, un incremento de casi un millón de personas respecto a una década antes

Migrantes venezolanos reciben una donación de comida en un campamento improvisado en Bogotá, Colombia.
Migrantes venezolanos reciben una donación de comida en un campamento improvisado en Bogotá, Colombia. AFP

Venezuela nada a contracorriente. El país bolivariano, inmerso en una grave crisis humanitaria, es el único de América Latina —junto con Belice— en el que aumenta el hambre, según un informe anual presentado este martes por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). El número de venezolanos infraalimentados alcanzó los 3,7 millones (aproximadamente el 12% de la población) en el periodo 2015-2017 —los últimos datos disponibles. Son casi un millón de personas más que una década atrás. Este deterioro empuja al alza el dato de subalimentación del conjunto de América Latina, a pesar de las mejoras en el resto de países del continente.

A la severa escasez de alimentos disponibles en Venezuela se añade desde hace años una hiperinflación rampante, que deja productos tan básicos como una lata de atún fuera del alcance de la gran mayoría de ciudadanos. Esta crisis alimentaria, junto con el deterioro de situación política, ha provocado una huida masiva de ciudadanos hacia países vecinos.

El agravamiento de los problemas de subalimentación en Venezuela contrasta con el descenso generalizado del hambre en el resto de América Latina. Incluso Bolivia y Nicaragua, los dos países con mayor prevalencia de este mal, han experimentado mejoras notables, con descensos —respectivamente— de diez y de ocho puntos porcentuales respecto a la década anterior.

Si bien el salto es menor, tanto Brasil como México —los dos gigantes del continente— también mejoran sustancialmente. Aunque la pobreza sigue afectando a prácticamente la mitad de su población, el primero pasa de tener seis millones de personas hambrientas a menos de cinco y el segundo, de más de ocho millones a unos cinco. El peso demográfico de ambas naciones, por mucho las más pobladas de Latinoamérica, hace que sus avances tengan una influencia fundamental sobre las cifras de la región.

El Caribe, región que el informe no incluye dentro de Latinoamérica, tampoco es ajeno a esta tendencia. Allí destaca el notable descenso del hambre en Haití, el país más pobre del continente. A pesar del terremoto que arrasó el país en 2010y dejó sin hogar a cientos de miles de haitianos, las personas infraalimentadas representan en la actualidad menos de la mitad de la población, frente al 57% en 2004-2006.

La tendencia positiva se ve empañada, sin embargo, por la situación en Venezuela. El empeoramiento de los indicadores en este país afecta al cómputo global del hambre en la región, donde la FAO constata un leve repunte del número de ciudadanos con dificultades para alimentarse: del 5,3% en 2016 al 5,4% en 2017.

Este incremento marginal registrado en América Latina, junto con el experimentado en el continente africano, ha hecho que el número de personas hambrientas en el mundo haya pasado de 804 millones de personas en 2016 a casi 821 millones en 2017. Es el tercer año consecutivo en que el hambre avanza. Detrás de este preocupante fenómeno, la FAO ve tres factores: los conflictos armados, los eventos climáticos extremos —vinculados con el calentamiento global— y las crisis económicas. Pese a que el informe no hace referencia expresa a Venezuela, este último factor es clave para explicar el aumento del hambre en el país sudamericano.

Breve reflexión sobre la crisis venezolana por Héctor Silva Michelena – Blog Polis – 29 de Agosto 2018

Hagamos una breve reflexión sobre la crisis societaria actual que padece Venezuela; extraigo algunas ideas del libro titulado  How Democracies Die  (Cómo mueren las democracias) que describe los caminos institucionales a través de los cuales las democracias pueden colapsar.

Sostiene uno de sus autores, Steven Levitsky, profesor en Harvard, que las democracias no solo colapsan al ruido de golpes militares. De hecho, lo común hoy en día es que el colapso de las democracias sea resultado de un proceso gradual, a veces silencioso en el cual las propias instituciones de la democracia son empleadas para desmantelarlas y así imponer un régimen dictatorial. Las democracia mueren, entonces, en manos de las propias instituciones llamadas a protegerlas, sobre todo cuando permiten la elección de un líder populista que, una vez en el poder subvierte los controles de la democracia liberal e incluso la participativa y protagónica para imponer un régimen autocrático.

Destaco tres lecciones que se desprenden de la crisis venezolana. La primera, y más importante de todas, es que la consolidación democrática no es una situación inmodificable. En realidad, ninguna democracia puede darse por sentada. Venezuela tenía una democracia real que colapsó; la segunda lección es que las crisis económicas sostenidas pueden derivar en grave crisis de la democracia. La Venezuela de hoy es un ejemplo paradigmático de esta lección, por eso Levitsky deja caer esta sentencia lapidaria: la democracia en Venezuela está muerta. La tercera y última lección es que es importante tomar en cuenta cómo los mecanismos instrumentados para consolidar la democracia pueden ser un arma de doble filo. Así, el pacto de Punto Fijo, duramente cuestionado por el chavismo, fue un instrumento indispensable para consolidar la democracia, y así produjo importantes beneficios. Pero a la vez, este pacto actuó como un arma de doble filo pues en el largo plazo el pacto derivó en severas limitaciones del ejercicio realmente democrático, la participación popular, la equidad y la justicia. La partidocracia se había impuesto sobre la democracia de partidos. El Pacto de Punto Fijo se había agotado.

Tras la muerte de Chávez subió al poder Nicolás Maduro, quien desde sus inicios mostró incapacidad para ejercer un buen gobierno como lo muestra bien la carta de renuncia del entonces poderoso ministro Jorge Giordani, titulada “Testimonio y responsabilidad ante la historia”, de fecha 18/06/2014. (https://www.aporrea.org/ideologia/a190011.html). Los puntos centrales que esgrime Giordani son: que Maduro no continúa los procesos de desarrollo político y social diseñados por Chávez, que no tiene capacidad administrativa ni es un hombre de Estado, que carece de liderazgo político y que ha permitido una gran corrupción a través de Cadivi.

Yo me quedo perplejo al ver cómo una crisis económica tan profunda, que ha reducido en casi 40% el ingreso per cápita de los venezolanos en 5 años, no haya significado un cambio político. Ciertamente la oposición que había acertado en las elecciones parlamentarias del 2015, no percibió que tanto Diosdado Cabello, entonces presidente de la Asamblea Nacional, como Nicolás Maduro podían actuar descaradamente. En efecto Cabello, en una sesión de la AN celebrada el 23 de diciembre de 2015 nombró ilegítimamente un Tribunal Supremo de Justicia completamente oficialista; ese tribunal, mediante sentencia cautelar, del 30 de diciembre de 2015, suspendió la investidura de los Diputados del Estado Amazonas, 4 en total, de los cuales 3 de la oposición, con lo cual le quitó la mayoría calificada de 112 votos.

Desde entonces la conducta abiertamente autoritaria de Maduro, destruyó la Asamblea Nacional, al quitarle sus atribuciones y transferirlas al TSJ rompiendo el Orden Constitucional, denunciado tardíamente por la Fiscal Luisa Ortega Díaz, cerró las vías democráticas lo que ha debido llevar su régimen al colapso. Más aún, convocó, contra lo pautado en la Constitución, en mayo de 2017, a una Asamblea Nacional Constituyente, con bases comiciales fascistas;  la Carta Magna es bien explícita: el presidente está facultado para iniciar el proceso, mas no para convocarlo, pues eso es atributo inalienable del pueblo, donde reside la soberanía. Debía hacerse un referéndum consultivo vinculante, como en 1999.

Pero eso no sucedió, por eso es para mí una sorpresa que Maduro subsista tanto tiempo en medio de una severa crisis humanitaria y sin apoyo político. Creo que la sobrevivencia de Maduro y su régimen se deben al apoyo inconstitucional e incondicional  del Alto Mando Militar, quienes son los verdaderos dueños del poder, tanto político como económico. En efecto, más del 70% de los cargos públicos importantes están en manos de militares, incluida ahora PDVSA donde el Mayor General de la GN Manuel Quevedo, ajeno por completo a la industria, ejerce una verdadera dictadura interior. Bajo su corto mandato la producción de PDVSA cayó de 2 millones de b/d a 1 millón 250 mil de b/d, una verdadera catástrofe pues la divisas indispensables para el funcionamiento de la economía, han caído a pesar de que los precios del petróleo se incrementaron en 11% en 2017.

¿Qué hacer? No tengo respuesta. Veo a una oposición, no sólo carente de liderazgo y de propuestas, sino con conflictos en su propio interior y alejada de la real crisis humanitaria que padece la inmensa mayoría de los venezolanos. Doy un solo dato: de acuerdo con la pirámide de edad y sexo, de UNICEF, en Venezuela hay 6 millones de niños y niñas, entre cero y nueve años entre los cuales el 16,4 % es calificado de desnutrición severa por organizaciones tan creíbles como la Fundación Bengoa y Cáritas; hablamos de poco más de 1 millón de niños y niñas, que sufrirán daños irreversibles en su desarrollo corporal y mental.

Unas palabras finales. Venezuela es, políticamente, una insólita paradoja. Tiene un presidente reelecto con el expediente del fraude electoral estructural masivo, un delito muy grave que conlleva penas severas. Es autoritario y dictatorial, pero ejerce un populismo exacerbado, aumentando repetidamente el salario repartiendo, bolsas CLAP, bonos de todo tipo, desde Navidad hasta el 24 de julio contamos siete, asignados a quienes poseen el orwelliano “Carnet de la Patria”. Según las encuestas más conocidas y creíbles, más del 70% de la población votante lo rechaza  y lo considera el responsable de la profunda y larga crisis que nos azota. El Mundo Occidental, al cual pertenecemos, lo rechaza por dictador y no lo reconoce como presidente legítimo. Lo apoyan los enormes aunque muy lejanos  países orientales, como China Rusia e Irán. Maduro no cae  – reitero – sólo porque lo sostienen las armas uniformadas de la Nación

En su editorial del 1º de junio de  2018, del diario argentino La Nación se lee: “El concepto más elemental de legalidad y legitimidad, como son la democracia y el Estado de Derecho, han desaparecido de Venezuela. Ni qué decir de la situación de la economía (…). Según el FMI, este año la inflación llegará al 13.864%[1] y el desempleo al 33%”.

“Un panel de expertos de la OEA presentó un informe que concluye que existen fundamentos suficientes para considerar que en Venezuela se han cometido crímenes de lesa humanidad, lo que abre la posibilidad de que altos funcionarios, incluido Maduro, pueden ser juzgados por la Corte Penal Internacional. El reporte identificó a 131 víctimas de asesinatos durante las protestas de 2014 y 2017”.

“Según el Índice de Percepción de la Corrupción, publicado por Transparencia Internacional, Nicaragua y Venezuela son los países peor clasificados. Un informe de la Unidad de Investigación de la Fundación InSight Crime y el observatorio de Crimen Organizado de la Universidad del Rosario, de Bogotá, concluye que Venezuela se convirtió en un eje del crimen de la región.”

“El estudio, titulado Venezuela: ¿un Estado mafioso?, es el resultado de tres años de investigaciones. Entre el fuerte aislamiento y el negacionismo de la realidad por sus ilegítimas autoridades puede concluirse que nada queda ya de la democracia venezolana”.

Yo he leído, en inglés, el estudio, que consta de 84 páginas bien documentadas estadísticamente, e ilustradas con mapas en colores sobe el flujo de drogas, dinero y hombres en este gran tráfico criminal. Puede leer el estudio en http://www.insightcrime.org, o escribir, como lo hice yo, a info@insightrime.org.

Yo estoy persuadido, junto con numerosos analistas políticos occidentales, que en las actuales condiciones, cuando la oposición está impedida de participar políticamente, y cuando no hay ninguna vía electoral  institucional disponible, de que debe pensarse  en mecanismos no-electorales para lograr el cambio. Así, la combinación de protestas – que generarán represiones –  con la presión del Mundo Occidental, puede llevar a un quiebre dentro del gobierno, siempre y cuando sus funcionarios, para salvar su pellejo y su dinero, decidan no seguir las ordenes arbitrarias de Maduro. Amén.

[1] El FMI revisó esta cifra el 23/07/2018 02:23 pm, así: “Proyectamos un estallido de la inflación hasta 1.000.000% para el fin de 2018, para indicar que la situación en Venezuela es similar a la de Alemania en 1923 o Zimbabue a fines de la década de 2000”, señaló el economista jefe del FMI para América Latina, Alejandro Werner. Estima en 18% la caída del PIB en 2018.

Reportaje de DW ” La huida de un estado fallido” – Agosto 2018

En el siguiente enlace pueden ver el reportaje entero de DW que fue censurado en Venezuela, no pudiendo ser difundido por Direct TV:
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