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La traición de la confianza por Asdrúbal Aguiar – El Nacional – 11 de Noviembre 2019

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Hasta el siglo XX, desde mucho antes de que se produjese el gran quiebre de la historia en 1989, cuando se derrumba la Cortina de Hierro y emerge con fuerza inusitada la inteligencia artificial, los Estados territoriales –ahora piezas de museo– si eran democráticos se organizaban sobre la base de la división del poder, del ejercicio de contrapesos entre sus distintas manifestaciones: la legislativa, la judicial, la administrativa o de gobierno. La elección de sus titulares, por ende, si bien implicaba el otorgamiento de un voto de confianza, se dispensa a beneficio de inventario, no es total. En las cabezas de la política y de la ciudad se confía, por ende, pero no tanto como para dejar de vigilarlas.

La democracia, siendo sustancialmente representativa, expresa así un modelo o sistema de desconfianza constante. Para mantenerla, dentro de límites razonables y a fin de asegurar la gobernabilidad, se predica la participación en las tareas de control, sea por los propios ciudadanos; sea, en nombre de estos, por los demás poderes del Estado distintos del controlado.

El espacio público, en suma, es una casa de cristal cuyo interior lo observan todos, las 24 horas del día.

¿A qué viene todo esto?

Más allá de las conjuras –que las hay y toman cuerpo desde el Foro de São Paulo y la sede de su casa matriz, La Habana– la violencia popular destructiva y sin destino que se aprecia en la región, no solo en la América hispano-lusa sino igualmente en el Occidente, cuyas raíces culturales y cristianas están siendo vapuleadas por la onda de relativismo y amoralidad que ahora se expande como pólvora encendida, refleja desconfianza, un estado de incredulidad suma por parte de la gente hacia el poder político. Lo hace precario.

No se trata, como lo afirman los reduccionistas, de un quehacer irresponsable por la supuestamente antipolítica sociedad civil, pues, así como nuestras sociedades se están parcelando y pierden sus texturas, la idea de la política, en lo adelante incluye al mundo de la intimidad, el de los enojos personales, ahora transformados en cuestión pública. Esto es así, así resulte absurdo. Cabe entenderlo, si el propósito es reconducir ese fenómeno con sabiduría y espíritu abierto, en procura de renovar el sentido de la política, afirmado en raíces y el servicio a la verdad.

La cuestión es que quienes, asumiéndose como líderes y además considerándose con derecho de usufructuar, a su arbitrio, el Internet y las redes “sociales” para su oficio y la práctica cotidiana del narcisismo digital, parecen no digerir las reglas de este cosmos. Luego se rasgan las vestiduras cuando al quedar al descubierto sus abusos de confianza o su falta de pudor ante la orfandad existencial de los internautas, estos se vuelven en su contra.

César Cansino, lucido teórico del tema de la posverdad –que deja de lado los hechos objetivos al momento de incidirse sobre la opinión pública, apelando más a las creencias y sentimientos personales– destaca, entre otros, dos efectos de este inédito panorama que presenciamos: Uno, el paso de las sociedad de masas –con una cultura unitaria, atada a visiones compartidas– a la individualización de la sociedad, que hace reparo difuso y diversificado contra todas las versiones oficiales de quienes se consideran detentadores del poder. El otro, el tránsito desde una sociedad de confianza hasta otra de desconfianza.

Si bien en la confianza, incluso relativa, ayer radicó la unidad social bajo un orden político dado y compartido; ahora, mediante la inevitable práctica de la ciudadanía digital y mientras logra educarse ella para atajar las irrealidades que se construyan como verdades, por lo pronto rige una “sociedad de distanciamientos”, de seres aislados, prevenidos. Unidos todos, eso sí, al momento de expresar sus indignaciones y drenar sus desconfianzas, no solo entre ellos mismos sino fundamentalmente contra quienes no reparan en los ánimos predominantes en las redes y los desafían con desparpajo.

Cabe, pues, separar la paja del trigo. El problema no radica tanto en la práctica del periodismo digital que trabaja en línea inversa, por lo explicado, al periodismo profesional. Cada internauta parte de su estado de ánimo o aspiración y va en búsqueda solo de aquel pedazo de la realidad que le serena y le valida su convicción personal; así no muestre toda la realidad, pues no le importa. La cuestión es que quienes usan las redes para las fake news y a tal propósito disponen de bots para hacerlas correr con destino a centenares de miles de internautas, creando hechos falsos para estimular la crispación o para dividir y sembrar mayor desconfianza entre la gente, son esencialmente los actores políticos; quienes se han corrompido al medrar en las aguas cenagosas de la mendacidad, tanto a la derecha como a la izquierda, y los grupos que los financian, para beneficiarse, unos y otros, del caos constitucional de transición.

Cabe ser conscientes de que, si al Homo Videns de Sartori se le podía acusar de estúpido y pasivo, el Homo Twitter de Cansino racionaliza el discurso con aguda inteligencia. Es capaz de crear metáforas de la realidad con apenas 140 caracteres, y de atarlas a lo que ve, evitando que las imágenes hablen por sí solas o confundan.

Al presidente(e) Guaidó y a quienes interese por Eddie A. Ramirez – Noticiero Digital – 22 de Octubre 2019

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Como un ciudadano más, sin ser portavoz de grupo alguno, siento la obligación de expresar mis inquietudes con la intención de contribuir a que usted, presidente (e) Juan Guaidó, y demás compatriotas de buena voluntad contribuyan a un devenir que sea mejor que el pasado, evitando se repita el anacronismo de la presente dictadura totalitaria.

Presidente (e) Guaidó, usted heredó un país destrozado tanto moral, como materialmente. Este pasivo es de vieja data y el régimen actual terminó de colocarlo en bancarrota. Los gobiernos entre 1958 y 1999 hicieron importantes contribuciones al crecimiento y desarrollo del país, hubo ascenso social y cierta “bonanza”, de la cual nos beneficiamos unos pocos. Los más siguieron relegados y las instituciones fueron generalmente manejadas a capricho por quienes detentaban el poder. Se formaron buenos profesionales, pero no buenos ciudadanos. Fuimos derrochadores, hubo corrupción, nuestra supuesta riqueza fue un mito, la democracia fue chucuta y no fuimos capaces de sembrar el petróleo.

Todo ello se ha podido corregir en una democracia que era perfectible, pero preferimos elegir a un populista que, en vez de enderezar entuertos, destruyó casi todo y el resto lo aniquiló su sucesor, hoy usurpador del poder. Ahora usted tiene la responsabilidad histórica de sentar las bases para iniciar la lenta y penosa recuperación. Para ello cuenta con un equipo de gente valiosa, aunque otras no tanto. Ojalá permita el concurso de más personas con méritos profesionales, experiencia y que practiquen principios y valores. Entiendo que por no haber sido electo por el pueblo, usted requiere atender las peticiones de los diferentes grupos políticos, pero por su juventud está en posición de dar la batalla por lo que es correcto, importante y urgente. Si cede a las presiones pasará a la historia como un ciudadano bien intencionado, pero que dejó pasar la oportunidad de enderezar el rumbo. Y eso usted no lo merece, ni es lo que deseamos los venezolanos.

En los últimos tiempos algunos insensatos han tratado de descalificarlo al no lograr que entrara la ayuda humanitaria, por los hechos del 30 de abril en La Carlota y porque Maduro sigue en Miraflores. También debido a la elección del régimen en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Eso no debe afectarlo, ya que provienen de muchos que no están bien informados, de otros que no están conscientes de las herramientas de que dispone el régimen y de unos pocos malintencionados.

Como usted sabe, la industria petrolera que es nuestra única fuente de divisas está en el suelo, igualmente las del hierro, acero y aluminio. La recuperación de las mismas será tarea titánica y requerirá inversiones enormes que tendrían que venir de nuevos préstamos o de retirar los aportes a la salud, educación e infraestructura. Entendemos que todavía muchos compatriotas consideran que privatizar es un delito y que el sector político se muestra mayoritariamente estatista. Un político joven como usted podría contribuir a que cambie esta percepción, ya que la realidad obligará más temprano que tarde a que el Estado deje de ser empresario.

Desde luego que este cambio no puede realizarse de un día para otro y para lograrlo se requiere que esas empresas puedan ser saneadas parcialmente. Un requisito necesario, aunque no suficiente, es que al frente de las mismas se designe personal con conocimiento del negocio, honestos y con suficiente ecuanimidad para reducir gradualmente el personal excesivo, respetando sus derechos laborales.

Debido a las circunstancias, hasta ahora usted solo ha podido designar algunos embajadores y directivos en empresas que están en el exterior, como Citgo y Monómeros Colombo- Venezolanos, así como en Pdvsa y Corporación Venezolana de Petróleo que no son operativas. Muchos nombramientos han sido acertados. Otros, principalmente en esta última, no reúnen las condiciones de mérito o de trayectoria transparente. Es entendible y deseable que una nueva generación asuma responsabilidades, siempre que sus miembros califiquen y, ojalá, que escuchen consejos. Evalúe usted los candidatos y no permita que los impongan de acuerdo a cuotas políticas.

Por otra parte, dele usted el mayor apoyo posible a la agricultura y ganadería que pueden ser reactivadas en relativo corto tiempo, generan empleo y una mayor producción evitaría costosas importaciones. Es preferible otorgar más créditos e inclusive algunos subsidios directos al sector agrícola y dejar que las empresas industriales sean recuperadas por el sector privado.

Señor Presidente (e), asuma usted el reto ahora que cuenta con un apoyo mayoritario del pueblo venezolano.

Como (había) en botica: En Chile y Ecuador los actos de vandalismo los practican los rojos que están en la oposición. En México el cartel de la droga. En Venezuela las fechorías las practican quienes están en el poder. El vil asesinato del concejal Eduardo Rada apunta hacia Miraflores, donde coinciden los rojos con el negocio de las drogas ¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

La tentación sobre Venezuela que Mario Vargas Llosa no puede resistir por Caleb Zuleta – ALnavío – 20 de Octubre 2019

Mario Vargas Llosa siempre tiene una opinión sobre Venezuela. Y no resiste la tentación de hablar sobre lo que él define como un caso triste, un caso trágico. El Premio Nobel mantiene una conexión sentimental con Venezuela. Y le preocupa Venezuela. Por estos días Mario Vargas Llosa no ha dejado de hablar de la crisis de Venezuela. Su nueva novela. Tiempos Recios, le ha servido la oportunidad.
El Premio Nobel mantiene una conexión sentimental con Venezuela.  Y le preocupa Venezuela / Foto: WC
El Premio Nobel mantiene una conexión sentimental con Venezuela. Y le preocupa Venezuela / Foto: WC

Cuando presentó la novela, Tiempos Recios en Casa América de Madrid, Mario Vargas Llosa dijo que no iba a hablar de política, y no pudo evitarlo. Habló de Venezuela. Habló de las dictaduras ideológicas. Y allí mencionó al chavismo. “Hoy sólo grupos muy insignificantes creen que Cuba, Corea del Norte y Venezuela ayudan a salir del subdesarrollo. Hay que ser ciegos y fanáticos”, dijo.

Vargas Llosa quiere el cambio en Venezuela. Para que se acabe el sufrimiento de los venezolanos. Para que regrese la democracia. El progreso. Y para que aquellos no sigan abandonando el país. Por ello, no puede evitarlo. Y por ello opina, insiste y vuelve sobre la tragedia de Venezuela.

Cuando terminó la presentación en Casa América, firmó algunos ejemplares y ya se iba, ya había terminado el acto, tenía prisa, pero de pronto, una periodista le dijo:

-Don Mario, un mensaje para Venezuela.

Y él, casi de forma automática, se volteó, y comenzó a hablarle al pequeño dispositivo que lo grababa. De allí salió un vídeo que Jessica Rosales colgó en Periodista Digital.

-La gran mayoría de los venezolanos está contra el régimen y quiere recuperar la democracia y creo que hay que apoyar a esa Venezuela democrática, hay que apoyarla internacionalmente y creo que la presión que se está haciendo no es todavía suficiente pero es una presión que si continúa va a ser efectiva y al final va a devolverles a los pobres venezolanos a los desdichados venezolanos la democracia.

Esto dijo Vargas Llosa, y Jessica Rosales celebró la exclusiva. Otro periodista le dijo: Lo lograste. Y ella respondió, contenta. Lo logré. Tiene su mérito. Y sin restarle méritos a su trabajo, también es verdad que Vargas Llosa oye Venezuela, y ya está allí, diciendo algo. Es un compromiso. Es una de sus preocupaciones. Que ha contagiado a Isabel Preysler. Pues hace poco un par de venezolanos de visita en Caracas, cenaron con el Nobel y su mujer, y esta no dejó de hacer preguntas de cómo era la vida cotidiana en Caracas, y cómo hacían ellos para seguir allí. Fue incisiva.

Este sábado, Vargas Llosa volvió sobre el tema Venezuela. Lo hizo en el suplemento Cultural del diario ABC. Y fue él quien sacó el punto.

En la entrevista, con motivo de Tiempos Recios, hizo suya la versión de que quien está detrás de las protestas de Ecuador es Nicolás Maduro: “¿Quién está detrás de esta operación para acabar con el Gobierno de Lenín Moreno? Desde luego, Venezuela, desde donde se dirigen prácticamente las acciones insurreccionales, y está Correa, el expresidente populista, nacionalista, que llevó prácticamente a la ruina al Ecuador. Lenín Moreno mantiene enderezada esa política, la ha movido hacia un centro más realista, más presentable y quieren acabar con la democratización del Ecuador que vino con él”.

Entonces, la periodista Laura Revuelta, secuencia lógica, comenta y pregunta:

Venezuela salió a relucir, ¿dedicaría una novela a contar su historia reciente?

-Venezuela tiene muy buenos novelistas, no me necesitan a mí. Pero tiene muy buenos temas ahí. Mire, el país, probablemente más rico de América Latina y uno de los potencialmente más ricos del mundo, como Venezuela, convertido en la ruina en la que está. Yo creo que no hay precedentes en la historia de América Latina, y acaso del mundo, de un país al que una ideología colectivista y estatista arruina, hasta expulsar a más de cuatro millones de venezolanos que tienen que huir para no morirse de hambre, literalmente. ¿Qué mejor ejemplo para el mundo de que el comunismo no es la solución, que el comunismo solo trae problemas a los que quería resolver? Y es el caso trágico, absolutamente trágico, de Venezuela. Yo creo que hoy en día hay una mayoría, inmensa seguramente, que está en contra del régimen y quiere volver a la democracia, pero tampoco hay que olvidarse de que tuvieron cinco elecciones libres, los venezolanos, y votaron por Chaves. Había que ser ciego para no darse cuenta de que ese militarón demagogo iba a arrastrar a Venezuela a una catástrofe. Ha sido peor de lo que podría sospecharse, pero mire, a veces los pueblos se equivocan y votan mal. La ventaja de la democracia es que esas equivocaciones se pueden corregir. En cambio, en las dictaduras, es mucho más difícil corregirlas.

Venezuela: autoridad y legitimidad por Antonio Sánchez García – Panampost – 11 de Octubre 2019

Venezuela ha perdido el rumbo: estamos en manos de la clase política más incompetente de nuestra historia reciente

La clase política venezolana debe cambiar con extrema urgencia. (Foto: Flickr)

«Autoritas, non veritas facit legem».

Thomas Hobbes, El Leviatán.

Thomas Hobbes (1588-1679), uno de los más grandes pensadores ingleses de lo político, que comparase al Estado con un bíblico monstruo marino, el Leviatán, tan necesarios ambos, tan descomunales y tan monstruosos como para poder mantener el orden en el caos del universo, supo poner las cosas en su lugar, como Colón cuando para demostrar la redondez de la tierra no se extravió en consideraciones cosmológicas sino que, puesto ante los reyes católicos, puso un huevo de pie con el sencillo expediente de golpear uno de sus extremos sobre la fría lisura de la madera. Hechos, no palabras. Facts, como suelen subrayar los positivistas de lengua inglesa. Y Thomas Hobbes, poniendo los bueyes delante de la carreta escribió: autoritas, non veritas facit legem. La ley es producto de la autoridad, no de la verdad. En otras palabras: la ley es un hecho, no una teoría. Y el Estado, que ha de regirse por esa autoridad, a la que sirve, tampoco es producto ideal de un pensador universal. Obedece a las pugnas, combates e intereses reales que mueven a los hombres.

Lo que incentivó a Marx a desvelar la legalidad y legitimidad del sistema capitalista, en cuya esencia se encuentra, como lo afirmase el más sabio de los filósofos de su tiempos, Georg Wilhelm Friedrich Hegel,  la violencia como la única y verdadera partera de la historia, y a la que los hombres ponen coto creando y administrando un árbitro regulador. Que dura tanto como sirve y es útil, y se desmorona cuando, víctima de su propia incompetencia, cambia de manos y es asumido por quienes han logrado imponer la nueva violencia. Soberano, dijo Carl Schmitt en medio de la más feroz de sus crisis, es quien impone la soberanía. Luego de enfrentar, combatir y vencer al viejo soberano.

Comprendo y es natural que ante la desesperación que causan los embates de los aspirantes a nuevos soberanos, vale decir: a dictadores y tiranos, el espanto que causan las inmundicias de los secretarios generales –contrabandistas, ladrones y mercachifles– y el temor que causa entre los ciudadanos tener que enfrentarlos, las sociedades y los  hombres busquen cobijo en la ley. El grave problema es que cuando quieren hacerlo, la ley ha perdido toda autoritas. Por la corrupción moral que invade a quienes tendrían la obligación de proteger y blindar su autoritas. El edificio del Estado encargado de mantener las cosas en orden se está desmoronando y la primacía vuelve a descansar en los hechos brutos y no en las leyes ideales. Vale decir, en la violencia que las creó y sostuvo y ha sido desplazada por la nueva violencia. Que no se impone porque es buena y positiva, sino porque su verdad es tautológica: puede porque puede, su amenaza mortal es creíble porque mata, como para que sustente una nueva autoritas. Porque la palabra del soberano, como bien dice la ranchera, es la ley. Punto.

Siguiendo mi experiencia y conocimiento, cuestioné la designación de Juan Guaidó porque consideré y continúo considerando que no tenía ni la naturaleza, ni la voluntad ni la vocación de soberanía que la urgencia del problema venezolano reclamaba y que, como lo demuestra la historia, debe combinar inteligencia, voluntad y decisión, los tres ingredientes básicos de un verdadero hombre de Estado. Alguien, más urgido que yo, me replicó de inmediato con la vieja sabiduría de los urgidos: se ara con los bueyes que se tienen. Así, en lugar de bueyes sean carneros impotentes, como resultó el caso.

Como lo acaba de reiterar el constitucionalista, escritor y político venezolano Asdrúbal Aguiar en una interesante entrevista con Napoleón Bravo y que recomiendo ampliamente, los venezolanos no tenemos Estado: sin territorio, ni población, ni gobierno: estamos en medio del océano de la nada.  Como lo vienen advirtiendo analistas internacionales, la democracia venezolana hace ya tiempo que dejó de existir. Y la república misma está en vías de extinción. ¿Por qué razón, a pesar de avisos y advertencias de tanta significación, los dirigentes venezolanos renuncian a actuar y se refugian en el recurso a invocar artículos de leyes que creen poseen el mágico sortilegio de arreglar los entuertos a los que nos compele una tiranía? ¿Por qué se conforman con delegar en una institución carente de toda autoritas, como la llamada Asamblea Nacional, la resolución práctica –no jurídica– de sus problemas? ¿Por qué consideran resuelto el problema porque medio centenar de naciones dan por hecho la legitimidad de un joven diputado, carente de los más elementales atributos de un mandatario real y efectivo? ¿Por qué un pueblo que ha tolerado, sino directamente auspiciado, propiciado y respaldado el desconocimiento y atropello brutal y mortífero del Estado de Derecho y electo luego como presidente constitucional de Venezuela al mayor felón uniformado de su historia contemporánea, insiste en resolver sus problemas con recursos legales y no políticos, factuales?

Venezuela ha perdido el rumbo, y nosotros con ella. Estamos en manos de la clase política más incompetente de nuestra historia reciente. Y no se atisba la emergencia de voluntades dispuestas a poner orden. Dios y los hombres permitan que del fondo de nuestras reservas políticas y morales emerjan quienes sean capaces de recuperar el rumbo. O Venezuela dejará de existir.


Antonio Sánchez García es filósofo, historiador y ensayista.

La democracia amenazada: el populismo y los algoritmos por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 6 de Octubre 2019

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La democracia vive amenazas cada vez más diversas. El dilema que confrontaba dictadura y democracia, o totalitarismo y democracia, ha perdido –y continuará perdiendo– su utilidad, arrinconado por la aparición de realidades más complejas, más evidentes y más sutiles, a un mismo tiempo.

Es importante advertir que las fuerzas que en América Latina condujeron a varios países a situaciones de insostenibilidad –corrupción extrema, políticas económicas destructivas, alianza con grupos de delincuentes, la politización de las fuerzas armadas, el objetivo de prolongar al costo que sea la permanencia en el poder como en Venezuela, Nicaragua y Bolivia– no han sido definitivamente derrotadas. Las lecciones no han sido aprendidas. El posible retorno del kirchnerismo al poder en Argentina, la deriva cada vez más alarmante del gobierno de López Obrador en México, la complicidad que Maduro recibe todavía de cierta izquierda en Europa, Estados Unidos y en nuestro propio continente son muestras papables de ello.

La idea de que la política no está al servicio de la convivencia sostenible –de un camino sostenible hacia un posible progreso social y económico–, sino que su única legitimidad consiste en complacer las necesidades y exigencias más inmediatas del “pueblo” –por lo que un buen político populista es aquel que dice aquello que el “pueblo” quiere oír y actúa presto en ese sentido– es, en lo esencial, antidemocrática.

Las democracias son una forma del tiempo. Se construyen, ajustan y renuevan a lo largo de los años y las décadas. Su fundamento es de largo plazo. Los consensos son siempre fruto de procesos de maduración. Ninguna convivencia se forja en plazos breves. Como la promesa del populista es indisociable de la inmediatez de ciertas emociones –en lo primordial, una paleta de resentimientos–, en el populismo subyace siempre la impaciencia, el apuro, la urgencia de actuar, incluso por encima de las leyes, de los deberes democráticos, como el diálogo, y actuando a contracorriente de la lógica de los procesos productivos.

El simplismo característico del populista lo impulsa en contra de la realidad y del sentido común. El populista abandona los mecanismos de acuerdo, dinamita las instituciones, rompe relaciones, impone reglas y crea mecanismos que desconocen el Estado de Derecho. Tampoco escucha a los actores sociales. Ante aquello que le resiste, establece el paradigma de la polarización: yo contra ellos, ellos contra mí. Por eso el populista, en particular el latinoamericano (que guarda algún parentesco con la vieja figura del caudillo), enuncia sus enemigos en voz alta: los medios de comunicación, los políticos demócratas, los empresarios, las universidades. Por eso golpea y destruye las instituciones. Por eso azuza el odio contra el pluralismo y la tolerancia. Por eso agita las aguas del fanatismo: el racismo, la xenofobia, la descalificación sistemática del adversario.

A esta amenaza vienen a sumarse ahora, con claro énfasis en los últimos cinco o seis años, las que provienen de la revolución digital. Se trata de peligros dotados de una propiedad especialmente perversa: no son fáciles de detectar. Según alcanzo a vislumbrar, una parte mayoritaria de las sociedades del mundo no parece haber advertido lo que está sucediendo. Aunque, cada vez con mayor frecuencia, en los medios de comunicación se publican denuncias, algunas de ellas sobre hechos bastante graves; y aunque la preocupación de los especialistas ha derivado en la recurrente publicación de libros que pueden encontrarse en cualquier buena librería, todo esto resulta insuficiente para alertar y contrarrestar los efectos de las prácticas de desfiguración de la realidad, que son constantes e inagotables.

Uno de esos fenómenos, quizás el más visible y también el más señalado, es el de las fake news. Me alarma que la propagación de noticias falsas y el desmentido de una parte de ellas –tengo que insistir en esto: se desmienten solo aquellas que son más grotescas, pero una parte considerable de su caudal circula impunemente–, se acepte como una especie de mal necesario, propio de la existencia de las redes sociales. Este argumento normaliza las mentiras, sin aclarar el daño estructural y, a veces irremediable, que hacen a las bases de las instituciones democráticas, a la credibilidad de los líderes de la sociedad, a cuestiones fundamentales como el derecho al trabajo, el derecho de informar, el derecho a la intimidad o el derecho a la propiedad privada. En las redes sociales, además, se menoscaban elementos esenciales de la vida republicana, como la autoridad del conocimiento, la entidad de las autoridades, el respeto por la ley y los procedimientos.

Menos visible, pero mucho más peligroso, es el uso de los algoritmos, mejor dicho, de la ciencia de los algoritmos, para pronosticar percepciones, intereses, expectativas y posibles conductas, y proceder a su manipulación con distintos fines: campañas de desprestigio, procesos electorales, debilitamiento de los adversarios políticos. Paulatinamente, sin siquiera percatarnos, tomamos decisiones y configuramos opiniones, que son el resultado de sofisticadas técnicas de persuasión y engaño.

La unión entre los estrategas del juego sucio y los bots –programas informáticos que envían y replican falsas informaciones que circulan en las redes sociales– otorgan a quienes tienen dinero para pagarlo, y a intereses ajenos a los países, herramientas con una alta capacidad de alterar e indisponer a la opinión pública en contra de la democracia. Pero, además, con este agravante: lo hacen desde cualquier parte, bajo mecanismos imposibles de conocer y penalizar, a menudo con la protección de los gobiernos de otros países.

Esa es una de las luchas que, con enorme desventaja, también lleva adelante la oposición democrática venezolana, objetivo permanente de campañas de difamación, falsas acusaciones, siembra de dudas y sospechas, con el propósito de erosionar su vínculo con el país que quiere un cambio. Gobiernos y empresas contratadas para tales fines mantienen operaciones con el objetivo de dividir y deslegitimar a los líderes de la lucha democrática. Y no siempre los ciudadanos venezolanos se percatan de las prácticas que van dirigidas a sus emociones y pensamientos. Todavía estamos un tanto indefensos ante estos usos de las nuevas tecnologías. La cultura democrática está en la obligación de incorporar un nuevo capítulo a sus tareas: la de masificar la comprensión sobre los peligros de la manipulación digital.

 

¿Quiénes somos? por Isabel Pereira Pizani – El Nacional – 8 de Septiembre 2019

Abundan las interpretaciones, algunos dicen que andamos en el duro camino de construir la democracia, iniciado en 1945. Otros afirman que simplemente no existimos, que dejamos de ser, que éramos.

Lo difícil es quizás comprender que estamos ante la oportunidad de cerrar un ciclo o “proceso socio histórico”, cuyas características han sido muy claras: construcción de una sociedad donde la institución dominante, sin ambages, es el Estado, con todos sus calificativos, propietario de la fuentes de generación de riqueza, distribuidor discrecional de los beneficios generados por su patrimonio, poder concentrado y centralizado derivado del control económico, inhibidor del desarrollo de instituciones distintas al Ejecutivo, corazón del aparato del Estado, limitación e inexistencia del equilibrio de poderes propio de las democracias, barreras a la libertad económica, desigualdad ante la ley de los ciudadanos, lo cual significa límites al Estado de Derecho y en consecuencia, ejercicio de un abusivo hiperpresidencialismo derivado del manejo sin controles de las rentas obtenidas por sus propiedades.

Este es el modelo que algunos añoran, quizás porque vivieron en el lado dorado de esa experiencia histórica, pudieron estudiar, progresar y ejercieron libertad de pensamiento. Negaban que en Venezuela existiera 60% de población en pobreza y que la posibilidad de ascenso solo llegaba a un 30%, lo cual era indicador de una gran separación entre sectores sociales. Esta realidad la denuncio la Copre a finales de los años ochenta, sus diagnósticos mostraron la realidad de lo que el IESA calificó como “Una ilusión de armonía”, crecían más los pobres que los beneficiarios del sistema.

Chávez y sus compinches equivocaron el diagnóstico y por ende las soluciones, creyeron que la redención venía por el camino de repotenciar el Estado, eliminar el derecho a la propiedad privada, exterminar cualquier vestigio de economía de mercado, convertir el Estado de Derecho en escenario tragicómico de cualquier obscenidad contra la libertad en todas sus formas, económica, política, social y jurídica. Chávez desgraciadamente profundizó y potenció las fallas existentes y lo logró.

Venezuela es hoy una sociedad en plena crisis, una economía hundida, sin leyes que protejan al ciudadano, sin libertad de opinión, eliminados los vestigios de ciudadanía. Un régimen amparado detrás de unas FANB que por primera vez en nuestra historia aceptan la subordinación ante un ejército extranjero y toleran la invasión de fuerzas irregulares que representan el narcotráfico, la rapiña de los recursos naturales, en pleno desafío a los gobiernos de nuestros países vecinos. Fuerzas armadas con la peor y más corrupta dirección que haya existido, sin conciencia sobre la significación existencial de la libertad, empeñadas en prohijar la imposición de un derrotado socialismo, culpable de genocidios y hambrunas en todos los territorios que se han instalado.

Hoy la gran ganancia, y es lo que nos constituye en la esperanza en América Latina, son sus habitantes a todos los niveles, en la ciudad, en el campo y en el mar, saben que vale la ética del trabajo, usar las oportunidades para aprender y con ello tener capacidades, ser responsables y como tal impedir que el Estado les robe, los suplante en sus responsabilidades bajo las falsas promesas populistas de siempre.

En realidad, somos un país que ha aprendido a palos que no puede dejar que le arrebaten sus obligaciones porque estas son las únicas bases legítimas de sus “derechos” que no llueven como café en el campo.

La Venezuela que viene: Habla Alberto Arteaga Sanchez – Papel literario El Nacional – 8 de Septiembre 2019

Continúa la serie dedicada a mostrar distintas visiones de la potencialidad y las dificultades de la Venezuela que viene. Hoy corresponde el turno a Alberto Arteaga Sánchez, abogado, experto en el ámbito del Derecho Penal e Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales

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Vivimos bajo la sensación generalizada de que Venezuela está al borde de un cambio inminente. Quisiera preguntarle por lo deseable: ¿Nuestro país necesita reconstruirse o requiere de cambios muy profundos, estructurales?

Nuestro país exige un cambio profundo, estructural, de mentalidad y no de leyes. Siempre hemos pensado en cambios en la Constitución, en las leyes, en las normas vigentes, como si se tratara de resolver los problemas que tenemos por la vía fácil de hacer “paquetes de leyes” o una “nueva Constitución”. Ya tenemos 26 constituciones y un país en franco retroceso que ha dejado a un lado la justicia para transitar por los atajos de los “arreglos” al margen de la ley, por fórmulas de venganza selectiva o por la impunidad que ha dejado sin sanción algunos gravísimos hechos contra el patrimonio del Estado o ataques certeros a la vida, a la integridad moral, a la propiedad de ciudadanos que dejaron en la puerta toda esperanza de ser resarcidos por algún vestigio de respeto a la ley.

A lo largo de estos veinte años, en distintas oportunidades, los sectores democráticos han mostrado dificultades para acordar políticas unitarias frente a la dictadura. ¿Qué explica esta tendencia al desacuerdo? ¿Son negativos estos desacuerdos? ¿Hay en nuestras prácticas políticas una tendencia a la confrontación, aún cuando existan objetivos en común?

El desacuerdo es producto de una sociedad que no ha transitado el camino del dialogo y de la justicia. En Venezuela no puede haber justicia porque se trata de una materia pendiente, como decía antes, que no ha sido aprendida y, por tanto, no ha sido internalizada por la sociedad. Sencillamente, las leyes no se cumplen porque no las hemos inscrito en el corazón y en la mente de los venezolanos. El dicho contradictorio de que “las leyes se acatan, pero no se cumplen” retrata nuestro día a día. Nos hemos convertido en verdad en un país “anómico”, no por falta de leyes, sino por el incumplimiento absoluto de cualquier norma. Hemos perdido la capacidad de asombro ante la incertidumbre legal que llega hasta el extremo de poder afirmar que la libertad de un ciudadano está en manos del arbitrio del poder, por lo cual, todos estamos en libertad condicional, suspendida, sometida al capricho de quien, de hecho, maneja los mecanismos de represión del Estado.

En medios de comunicación y redes sociales viene produciéndose un fenómeno: persistentes manifestaciones de nostalgia hacia el país previo a 1999. ¿Es posible que el deseo de cambio oculte, en alguna medida, un deseo de volver atrás? ¿Es retrógrado el deseo de volver atrás?

No comparto el deseo de volver atrás. Es natural la nostalgia, pero el pasado debe ser solo un punto de referencia y aprendizaje para el futuro.

El país, previo a 1999, no era el país ideal, aunque la etapa democrática dejó una marca indeleble en el venezolano, pero no fue capaz de hacerle frente a las desviaciones de una dirigencia que nos llevó a la amarga experiencia que vivimos y que no entendió a cabalidad que debía abrir el camino a nuevas generaciones. Otra cosa es la nostalgia por una Venezuela de inclusión, amable, tolerante, sin odios, que la vivimos y creímos que tenía carácter de permanencia, siendo así que era absolutamente frágil por la debilidad institucional.

Por lo demás, nos caracteriza no aprender de la experiencia y distraernos con los recuerdos del pasado, para tranquilidad de nuestra conciencia y obstáculo para el desempeño de las tareas del presente.

¿Qué reivindicaría del período 1958-1998? ¿Es factible recuperar algunas prácticas de esas cuatro décadas?

El periodo 58-98 con sus aciertos, fue una gran lección de ejercicio democrático para superar los autoritarismos militaristas que han signado nuestra vida republicana, pero no cumplió con todas las expectativas y, a mi juicio, no dio el paso exigido por la independencia auténtica del poder judicial en el que se encarna la justicia aunque, sin duda, hizo posible que hombres probos y dignos llegaran a la Corte Suprema –como se llamaba antes– y desempeñaran cargos judiciales o estuvieran al frente de órganos contralores, contrapesos y garantía para el funcionamiento de los poderes públicos como la Fiscalía, la Contraloría General de la República o la Defensoría del Pueblo. Es imperioso formalizar un pacto para la escogencia de quienes integran los órganos de administración de justicia que solo deben ostentar méritos académicos, con conocimientos y, sobre todo, con honestidad a toda prueba.

¿Hay factores o energías en la cultura política venezolana que nos permitan ser optimistas ante la necesidad de cambio? ¿O es razonable la sospecha de que el deseo de un poder clientelar y distribuidor de subsidios, sigue siendo un paradigma de una parte importante de la sociedad?

Me preocupa en particular que los sectores llamados democráticos –que muchos lo son por simple denominación, pero no por convicción– marchen al son del resentimiento, del revanchismo y del afán de hacerse con alguna cuota del poder. Esos malsanos sentimientos que impulsan, entre otras cosas, el mantenimiento del dominio de un factor que ha sido determinante para el logro de fines políticos: el manejo del poder judicial. Este nunca ha sido, entre nosotros, un verdadero poder autónomo, sino dependiente de los intereses de la política o sujeto a sus presiones. Y esa utilización ha hecho que, en definitiva, se tenga el temor de dar el paso que se impone: que “los partidos” o “el partido” saquen sus manos de los tribunales, convertidos en ejecutores, hoy, de los designios de grupos de poder que, con sus “líderes”, marcan las líneas de acción o de gobierno.

¿Fuerzas como la polarización, el revanchismo, la dificultad para escuchar opiniones distintas y la fragilidad de los liderazgos, deben preocuparnos? ¿Pueden ser factores que afecten la perspectiva de cambio?

No soy historiador, no soy analista político, pero creo que este régimen nos ha conducido a un estado de deterioro moral que ha tocado la conciencia de la Venezuela digna que demanda la acción por parte de quienes asuman el poder, sin prestarse a simples arreglos retóricos ni medias tintas ni paños calientes, y exige una verdadera transformación del Estado y una redefinición de sus relaciones con el ciudadano. Yo creo que hemos crecido como sociedad, creo que los jóvenes han tomado conciencia de su protagonismo, creo que los líderes de relevo están claros que solo lo son en la medida en que se constituyen en referencias vivas de coherencia, de honestidad, de rectitud, de espíritu abierto a la consulta y a la obtención de la asesoría de los más capaces. Tal vez, esto sea lo inédito, ante otros cambios del pasado: ahora, después de llegar a situaciones desconocidas de desesperanza colectiva, de experiencias dolorosas, de separación de familiar, de golpes duros a nuestra autosuficiencia y falsa creencia de ser un país rico, conscientes de nuestras limitaciones y habiendo padecido el golpe certero de las carencias que creíamos ajenas al “venezolano”, creo que tenemos una fuerza desconocida o inédita para iniciar un nuevo rumbo signado por la democracia, por el respeto a los derechos humanos y por la institucionalidad, a los fines de abrir el camino que nos permita reconstruir a Venezuela.

Se dice que el desafío que enfrentará Venezuela tras el cambio de régimen es inédito. ¿Comparte usted esa afirmación? ¿Venezuela debe enfrentarse a lo inédito?

Yo creo que habrá cambios, creo que las vivencias democráticas no han desaparecido, creo en una nueva generación formada con la secuencia de la tragedia que nos agobia, pero tengo mis temores por el hecho de que la urgencia y los requerimientos de una nueva etapa de este “proceso” solo nos haga pensar y actuar en el plano de lo económico o de lo político y no en el de los valores, desdibujados en el perfil del venezolano. Me preocupa, por lo demás, la incapacidad que tiende a manifestarse de no aprender de la experiencia y arrimarnos a la comodidad de un líder carismático que resuelva nuestros problemas… para volver, una vez más, a repetir la historia

Habla Germán Carrera-Damas por Nelson Rivera – El Universal – 1 de Septiembre 2019

Continúa la serie dedicada a mostrar distintas visiones de la potencialidad y las dificultades de la Venezuela que viene. Hoy corresponde el turno a Germán CarreraDamas, ensayista, historiador y autor de una vasta y extraordinaria obra

Screen Shot 2019-09-02 at 5.34.44 PM.pngVivimos bajo la sensación generalizada de que Venezuela está al borde de un cambio inminente. Quisiera preguntarle por lo deseable: ¿Nuestro país necesita reconstruirse o requiere de cambios muy profundos, estructurales?

Los venezolanos hemos recorrido, desde 1945, los caminos de la Democracia. No solo como sistema sociopolítico; también como formación social y ciudadana. Igualmente lo habíamos hecho en lo concerniente al ejercicio de la Libertad, tanto en lo político como en lo ético social y en el ejercicio de la ciudadanía. Hoy padecemos un serio deterioro del tejido ético-social, expresión de la deliberada demolición de la República liberal democrática. El privilegio histórico de poder recordar la Democracia nos permitirá hacerla reanudar su curso de manera actualizada y creativa.

A lo largo de estos veinte años, en distintas oportunidades, los sectores democráticos han mostrado dificultades para acordar políticas unitarias frente a la dictadura. ¿Qué explica esta tendencia al desacuerdo? ¿Son negativos estos desacuerdos? ¿Hay en nuestras prácticas políticas una tendencia a la confrontación, aún cuando existan objetivos en común?

El ejercicio de la Democracia no solo conlleva el de la libertad de disentir y de intentar compartirla cultivando el ejemplo y la persuasión. Solo que, como en toda escuela, en la de la inconformidad democrática no falta el alumno desaplicado que confunda la libre obediencia a la Razón con la Sumisión al Despotismo. La Historia, implacable, se encarga de “rasparlos”.

En medios de comunicación y redes sociales viene produciéndose un fenómeno: persistentes manifestaciones de nostalgia hacia el país previo a 1999. ¿Es posible que el deseo de cambio oculte, en alguna medida, un deseo de volver atrás? ¿Es retrógrado el deseo de volver atrás?

Sostengo la certidumbre histórica de que el arma secreta de la Democracia venezolana consiste en que podamos recordarla; y ello como obra propia cuya ejemplaridad alcanzó reconocimiento mundial, mientras otros pueblos la anhelaban o apenas alcanzaban a imaginarla. ¿Sería porque los venezolanos siempre hemos ido por delante en nuestra historia?

¿Qué reivindicaría del período 1958-1998? ¿Es factible recuperar algunas prácticas de esas cuatro décadas?

Visto en función de la Historia prospectiva, tal período arrancó en 1941- 1945 y se halla en la fase crítica de su curso que denomino “La Larga marcha de la sociedad venezolana hacia la Democracia”; respecto de la cual abrigo la certidumbre histórico-prospectiva de que está históricamente cercana su culminación. Esta habrá de consistir en la conformación de una sociedad genuinamente democrática, puntera en América Latina.

¿Hay factores o energías en la cultura política venezolana que nos permitan ser optimistas ante la necesidad de cambio? ¿O es razonable la sospecha de que el deseo de un poder clientelar y distribuidor de subsidios, sigue siendo un paradigma de una parte importante de la sociedad?

Debemos tener presente la circunstancia de que la Democracia venezolana ya no vive una crisis de instauración sino de desarrollo. En apenas cuatro décadas superamos lo procurado por otras sociedades en muy largo tiempo histórico. Nos corresponde asimilar y perfeccionar lo logrado, actualizándolo y enriqueciéndolo creativamente. Supimos hacerlo en 1959-1961; lo estamos haciendo ahora…

¿Fuerzas como la polarización, el revanchismo, la dificultad para escuchar opiniones distintas y la fragilidad de los liderazgos, deben preocuparnos? ¿Pueden ser factores que afecten la perspectiva de cambio?

¿Es lo enunciado en la pregunta otra cosa que el curso socio-histórico normal de la formación de una nación? Más aún de la venezolana, nacida liberal-democrática en 1946-1947 y enfrentada hoy a la tarea de deslastrarse del militarismo arcaizante y del marxismo fósil; zafándose simultáneamente del asedio montado por el terrorismo y la delincuencia internacionales, ¿según lo advertí como miembro de la COPRE en 1984?

Se dice que el desafío que enfrentará Venezuela tras el cambio de régimen es inédito. ¿Comparte Usted esa afirmación? ¿Venezuela debe enfrentarse a lo inédito?

Lo inédito de la situación vivida por la Democracia venezolana es la asimilación de los efectos de la presencia, activa y creciente, de nuevos actores por ella misma generados o suscitados: la mujer ciudadana; la rescatada ciudadanía del analfabeta; el ejemplarmente actualizado ejercicio de la función pastoral de la Iglesia cristiana católica; la progresiva toma de conciencia del ciudadano-soldado; la maduración sociopolítica de la juventud; el rediseño del liderazgo político; el surgente neo inconformismo del intelectual. Esto y más, deberá apoyarse en la sanción ejemplarizante, tanto social como jurídica, de las graves faltas cometidas mediante la dilapidación del patrimonio nacional y el desmedro de nuestra comprobada vocación democrática.

En defensa de la UCV por Laureano Márquez – TalCual – 29 de Agosto 2019

Rectorado UCV

Como egresado de la Universidad Central de Venezuela, no puede uno permanecer impávido e indiferente ante este nuevo atropello a nuestra alma mater.

La democracia es el mejor sistema de gobierno que se ha podido dar el ser humano a lo largo de la historia, es el que iguala a los ciudadanos, confiriendo a cada uno el mismo derecho a opinar sobre los asuntos que a todos nos conciernen en un complejo equilibrio entre justicia y equidad

Así como es el mejor sistema de gobierno, es también el más débil, si no hay tras él una visión ética de la política y un proceso de preparación creciente y sistemático de la población para la exigente tarea del ejercicio de la ciudadanía.

La mayor debilidad que la democracia presenta es que democráticamente se puede optar por la extinción de la democracia al escoger una opción cuyos postulados sean la negación de la misma. Sucedió en la Italia fascista, en la Alemania nazi, también en la Venezuela chavista. Los caudillos no democráticos, lo primero que hacen al llegar al poder es desnaturalizar la democracia, convenciendo a la población –y a ellos mismos– de que la aclamación popular sustituye a la democracia, de que al encarnar ellos la auténtica voluntad del pueblo, las votaciones son intrascendentes, por ello, cuando se hacen –si se hacen– deben blindarse los sistemas electorales para que no permitan que triunfe una opción diferente.

La existencia de la democracia no significa que todo deba ser sometido al voto popular. Por ejemplo, se cuestiona mucho en los últimos tiempos que se convocara, en el Reino Unido, a un referéndum para decidir la salida de la Unión Europea. Someter un tema de tal trascendencia a las pasiones del momento no fue una buena idea. Terminó ganando una opción que dividió al país y complicó las cosas para todos, incluido el propio Reino Unido. El liderazgo democrático debe implicar también un ejercicio de formación ciudadana. La enemiga principal de la democracia es la demagogia.

Hay temas e instituciones que requieren de una ponderación que también es democrática. ¿Se imaginan los lectores –por ejemplo– qué consecuencias tendría para la justicia que los jueces fuesen electos con campañas electorales? Aunque los jueces sean electos, se busca para ellos un sistema de elección que pondere su capacidad académica, jurídica y profesional para el cargo. Se busca –en teoría– que lleguen los más capaces y justos y no los más populares. Ideal sería una democracia en la que el pueblo eligiese también a sus mejores jueces, pero en la realidad no es usualmente así.

Algo similar sucede con las instituciones académicas. Su democracia es de una naturaleza diferente porque se intenta que en la elección de sus autoridades, la preparación, la capacidad, la trayectoria académica tenga un peso específico en función de la propia esencia de la institución. Por eso, en las elecciones universitarias se da mayor peso en la votación al académico e investigador de larga trayectoria que al estudiante recién inscrito. Tiene lógica, se supone en teoría, que el primero debería tener un mayor conocimiento de los requerimientos y necesidades de la universidad. Dicho en otras palabras: en ciertas instituciones es más democrático (para su existencia y supervivencia) que haya algo menos de democracia, aunque suene contradictorio.

Los togados que se hacen pasar por Tribunal Supremo de Justicia, consideran que en las elecciones de la Universidad Central de Venezuela debe haber voto igualitario.

Es su último desesperado intento de destruirlo todo, se pretende también acabar con nuestra universidad. Las instituciones académicas de Venezuela, con la UCV a la cabeza no se han doblegado ante el régimen, han sido por el contrario centros de resistencia, casualmente en defensa del sistema democrático

Es comprensible que la universidad represente el principal enemigo para un régimen que en su esencia y existencia es contrario a la razón

La transición que viene por Ender Arenas – El Nacional – 29 de Agosto 2019

No cabe duda de que el caso venezolano ha sido una excepción en el continente, pues aquí se expresa casi como una regularidad sociopolítica que las democracias han sido y son destruidas por la violencia, mientras que con las dictaduras no ha sucedido ni sucede lo mismo.

En Venezuela ha ocurrido lo contrario. El ciudadano, para decirlo de alguna manera, fue un factor fundamental en la destrucción de su democracia. Se puede alegar cualquier cosa: hastío, fatiga, decepción, exclusión, etc., no importa el motivo; el caso es que el ciudadano, devenido en pueblo, se movilizó y mediante unas elecciones limpias le dio el poder a quienes después se dedicaron a destruir una a una las instituciones democráticas. ¡Paradoja! Las mismas que le permitieron llegar al poder.

20 años, a despecho del tango, han sido muchos y durante ellos se han originado cambios. Estos cambios han sido, por supuesto, en el orden político, en el que quedó interrumpido (de manera no violenta, válgame todos los dioses del universo) el proceso democrático. El régimen, con Chávez en el poder, canceló la política  (pues la única manera que se reconoce como política es la que hace el régimen, lo que hacen los sectores de la oposición democrática es desestabilización, golpismo, fascismo, etc.).

Así mismo, aunado a los cambios en la política se han originado cambios en la estructura social, alterándose la composición de los sectores sociales: se transformó radicalmente la significación política de algunos sectores sociales: los sectores medios, por ejemplo, organizados en los partidos políticos que ocuparon estructuralmente desde 1958 el aparato del Estado fueron desplazados por una nueva estructura clientelar, los sectores populares se modifican internamente, pues el sector obrero le ha dado paso a un sector informal o trabajadores por cuenta propia extraordinariamente vulnerables, empobrecimiento de sectores medios en general e incremento de la pobreza en las ciudades y el campo, mientras tanto los empresarios fueron asumidos como los enemigos de clase del proceso que comenzó en 1998.

Otro actor que ha sufrido un cambio radical son las Fuerzas Armadas, devenida en el actor dominante de todo el proceso político que el chavismo funda y hoy es el factor central en la sobrevivencia de un régimen que adolece de la base social de apoyo que alguna vez tuvo.

La presencia dominante de las FANB, la construcción temprana de enclaves autoritarios en la sociedad civil con los llamados colectivos armados, la presencia cubana en las estructuras fundamentales del Estado, especialmente la registrada en los aparatos de seguridad del Estado y la alianza con otras organizaciones de naturaleza irregular y estructuras organizativas de carácter paramilitar indican que a diferencia de otras transiciones producidas en el continente, como la chilena por ejemplo, la transición hacia la democracia en Venezuela no será de ninguna manera tranquila y ordenada, especialmente porque esta se efectuará en medio del más grande fracaso del modelo económico que puso a funcionar el chavismo: el llamado “socialismo del siglo XXI”, mediante la cual se organizó el más grande atraso vivido por país alguno en el continente.

Pero la tragedia parece mayor, pues el sector gobernante está igualmente fracturado y evita, junto con el sector extremo de la oposición, una negociación para buscar una salida política que evite un enfrentamiento violento, cuyos resultados serían indeseables para todos.

Sin lugar a dudas va a ser una transición difícil y poco ordenada, y es posible que en las primeras de cambio el sector que hoy es dominante, me refiero al principal actor que mantiene el actual status quo, la FANB, trate de generar una transición similar a la chilena: una vuelta a la democracia, pero limitada. La FANB difícilmente considerará regresar tranquilamente a los cuarteles, pues aunque no están tan cohesionadas como la chilenas en torno a una figura dominante como lo fue Pinochet, pues aquí la FANB tiene un liderazgo igualmente fraccionado, fueron politizadas e ideologizadas durante 20 años y han controlado ámbitos de poder económico y político determinantes durante este largo período que han originado conductas irregulares y corruptas en su cúpula.

La transición democrática deberá poner en funcionamiento la reinstitucionalización del país y renovar un profundo acuerdo con todos los sectores políticamente significativos en torno a los procedimientos democráticos y sus consecuentes formalidades. Creo que solo así podríamos superar los límites de una democracia tutelada por la FANB que mantendría los valores que el chavismo impuso en estos 20 años.

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