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Flores perennes por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 14 de Julio 2019

Rodolfo Izaguirre

Me crispa y avergüenza admitir que todavía hoy, transcurridos veinte o más años de oprobios y ofensas, el país venezolano, bajo el socialismo bolivariano, sobrevive aturdido, descentrado. Comenzamos cada nuevo día con pie equivocado, damos brincos, tropezamos con piedras políticas, nos confundimos y nos estrellamos contra la espiral inflacionaria, resbalamos en la acera de los infortunios y sufrimos la crueldad de la diáspora y la agonía de no saber qué vamos a comer mañana.

¡Creo que somos flores perennes! Y lo es mi propio país cultural. Los museos nada ofrecen en sus espacios; no dan muestras de vida, sucumbieron en el desplome de la cultura oficial y el régimen militar; siguiendo la mejor tradición del nazismo, considera degenerado el arte que hacemos. Borró toda huella cultural de altura y nobleza para hundirse en los manglares de una “patriótica” mediocridad que solo le ha servido para pintarrajear las paredes y afear las ciudades suficientemente castigadas por las torpezas económicas y la crueldad de las aflicciones. San Cristóbal ya no es la misma; Maracaibo huele mal y es un desastre; Mérida perdió el encanto que alguna vez tuvo, y el resto del país vive en la oscuridad.

Pero hay, en la otra acera, en una zona perfecta y absolutamente privada, una vida cultural intensa y asombrosa. Se editan libros, hay reuniones, conferencias, existen en Caracas las librerías El Buscón y Kalathos que se manejan con criterios de una modernidad apasionante. Hay en ellas oxígeno suficiente para respirar y rozar nuevos horizontes.

Se celebran talleres con diversos propósitos; hay una plaza en Los Palos Grandes (¡posiblemente, la única!) que ofrece sus espacios no solo para el goce de una vida al aire libre (juegos, niños, ajedrez, taichí, actos culturales), sino para que Eugenio Montejo continúe vivo y Francisco Herrera Luque persista, a través de la Fundación que lleva su nombre, en la búsqueda de la luna de Fausto.

Las artes visuales son como flores perennes, persisten en sus fragancias. No sé cómo hacen los creadores para conseguir los materiales que componen sus obras, pero ellas aparecen en galerías que nacen y se sostienen en espacios que jamás imaginaron que iban a servir para actividades tan gloriosas y fascinantes: unas quintas en algunas urbanizaciones, un tercer piso en un edificio anónimo y allí nos esperan los prodigios del arte.

El Trasnocho, en Las Mercedes, es un oasis en permanente fervor. El teatro puede llevar acertadamente el nombre de Héctor Manrique, aunque hay otros teatreros de enorme talento; y el cine, el nombre de José Pisano (¡no puedo olvidar el magazine Moviola que dirigió en tiempos de La Previsora!). El Trasnocho también es aroma de café y cacao, espejos, una esclarecida galería de arte y la presencia de Solveig Hoogesteijn. ¡Se siente uno seguro allí!

Hay en Caracas portentosas colecciones de pintura, la Fundación Polar cumple tareas de asombrosa modernidad y todos sostenemos y expresamos pensamientos propios y admitimos que nuestros hijos son mejores que nosotros mismos y nos enorgullece saber que seguramente encontrarán un nivel laboral y una vida emocional armoniosa en el país que eligieron víctimas de la diáspora cruel desatada por el régimen militar.

Insisto en calificarnos como flores perennes. Más aún: como flores de loto que nacen en las aguas de los estanques o en el pantano, porque igualmente todos nacemos y florecemos en un país absurdo, áspero, caudillesco y petrolero que oficialmente odia o niega la belleza y persigue con saña la sensibilidad y la inteligencia y, sin embargo, persistimos en amarlo con abierta pasión. Y me pregunto: ¿qué he ganado yo? Y el Eclesiastés, en una Biblia que leo a veces, responde por mí: “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo: y esta fue mi parte de toda mi faena”.

Ideas a propósito de la cultura en Venezuela por Albe Pérez -Perazzo – Blog Polis – 24 de Mayo 2019

LA CULTURA, UN ACTIVO CON UN ROL ESTELAR EN LA RECONSTRUCCIÓN.
Venezuela fue durante buena parte del siglo XIX el mayor productor y exportador de cacao del mundo; una vez que se comienza a producir y exportar café, Venezuela ocupa el segundo lugar, detrás de Brasil. Aparece el petróleo en el siglo XX y nuestro país se convierte entonces en uno de los principales productores y exportadores del mundo, permaneciendo siempre entre los primeros puestos.
Todo este es sabido. No es ninguna novedad. Pero el desarrollo de estos rubros no se debe solo a la privilegiada ubicación geográfica y a las bondadosas condiciones climáticas del país. El desarrollo de cada uno de ellos está sujeto a una serie de procesos, el uso lógico, la planificación y la sistematización de la industria.
Vienen tiempos de cambio, tiendo a pensar que inevitablemente vienen tiempos de cambio. Y los venezolanos tenemos entonces grandes retos y mucha responsabilidad en ese nuevo proyecto de país que toca volver a pensar, diseñar, convocar y echar a andar. Un nuevo formato de país que debe ser estructurado no solo por quienes estamos aquí ahora, sino también por aquellos que desde otras fronteras recogen hoy muchas referencias e información valiosa que será indispensable considerar en adelante.
Bien, en esa dirección va la invitación que dejo en estas líneas. Ya transitadas las rutas del cacao, del café y del petróleo, y teniendo por seguro que todas tres son industrias muy potentes que aún tienen tanto campo por explorar, nos toca ahora pensar cuáles serán los rubros sobre los cuales pondremos el foco para la reconstrucción de Venezuela.
En este sentido, y porque además soy testigo, como muchos, del potencial que representa, estoy convencida que la Industria Cultural y la creatividad tendrán un rol estelar en ese proceso de reconstitución del tejido social y la reconstrucción de nuestro país.
Por varias razones, una de ellas, porque para nosotros, en Venezuela, resulta casi natural reaccionar de forma creativa ante la adversidad, y vemos cómo en casa se preparan menús adaptados a lo que va quedando en la despensa o a lo que logramos conseguir. Cómo el ingeniero que quedó desempleado cuando la planta donde trabajaba cerró, logra montar una pequeña empresa que diseña, produce y gestiona páginas web de otras. Cómo la diseñadora gráfica que quiere percibir más ingresos, aparte de su trabajo regular crea una marca de accesorios de moda hechos con material reciclado. Cómo el joven recién graduado, para costear sus estudios, rescata el recetario de tortas de su abuela, lo renueva y ofrece desde una cuenta en Instagram, manejada por otro amigo del liceo, el servicio de repostería en alguna ciudad del interior del país. Y así tantos otros que hemos conocido y conoceremos. Cada venezolano, dentro y fuera del país, tiene una historia qué contar a propósito de la creatividad.
Todos estos asuntos asociados a la creatividad, la dinámica, el impacto y la infraestructura que derivan del desarrollo de cada uno de ellos, conforman la Industria Cultural de un país, y al tiempo, se reúnen en torno al concepto de “Economía Naranja”. Este no es un concepto nuevo, por el contrario, hace honor a los principios básicos de la economía del libre mercado, y en pocas palabras se resume en “el conjunto de actividades que de manera concatenada permiten que las ideas se conviertan en bienes y servicios culturales, cuyo valor fundamental es determinado por la propiedad intelectual” (John Hawkins).
En tiempos pasados, hemos tenido en Venezuela muchas referencias directas sobre el impacto de la Industria Cultural en la sociedad, allí los museos y las artes plásticas, la industria editorial y literaria, el cine, la gastronomía, la moda, la televisión, el diseño gráfico, la artesanía, el teatro, la danza, la música y tantos otros que podemos registrar.
Hoy en día, países como España, Argentina, Colombia, valoran lo que ella representa y encuentran en la Industria Cultural aportes entre 5 y 10% al PIB de cada uno de ellos.
Pero hagamos un ejercicio más gráfico sobre el impacto de la Economía Naranja en la  cotidianidad económica y social de un país. Pensemos en un festival de escala urbana, como el Festival de la Lectura Chacao, que durante nueve años consecutivos se realizó en la Plaza Francia de Altamira, en Caracas. Durante los días de exposición de este festival, evidentemente se beneficiaban las editoriales y libreros que exhibían allí sus títulos y novedades, claro, también los lectores asiduos que aprovechaban de buscar sus palabras por leer. Pero allí también se generaba una dinámica muy particular en torno al encuentro con autores, músicos, artistas. Espacios para la gastronomía, para los niños, para el esparcimiento, para la contemplación de la ciudad. Y más allá de esto, se veían directamente beneficiados los hoteles de la zona, los restaurantes, luncherías y locales comerciales, los estacionamientos privados, las estaciones de metro y metrobús, los heladeros, los cajeros automáticos, el kiosko cercano, en fin, todos aquellos que veían incrementados sus ingresos por la cantidad de gente que durante esos días frecuentaban la plaza y sus alrededores; todos aquellos actores que dinamizan la economía de un país y que en menor o mayor escala aportan desde sus espacios a eso que debe ser propio de los ciudadanos: una ciudad normal. Una ciudad que es mucho más que el mero accidente que resulta entre el tránsito del hogar al trabajo, y se transforma en el espacio donde suceden eventos que reconcilian, reúnen y dignifican la vida de todos por igual. Una ciudad habitada a plenitud desde la creatividad.
Tomemos un caso en particular: el emprendimiento en la industria musical en Venezuela. Otto Ballaben, es gestor cultural e impulsa el programa Semillas Naranja, dirigido especialmente a la industria musical.  Según su testimonio, en el año 2018 se lograron registrar alrededor de 400 proyectos de emprendimiento específicamente enfocados en la música, en todo lo que ella abarca, desde luthiers, técnicos, asesores de imagen, intérpretes, hasta llegar a la especificidad de una terapista dedicada a corregir la higiene postural del músico evitando futuras lesiones. Proyectos que están andando, a pesar de la adversidad.
Pensemos pues en la cultura, en la creatividad, finalmente, en la Industria Cultural como uno de los activos más poderosos para la reconstrucción de Venezuela. Tenemos allí una industria que no se ha detenido a pesar de la crisis, por el contrario, se ha mantenido activa y ha sido una de las vías que muchos hemos conseguido para resistir momentos complejos e inciertos, para salir al paso y mantenernos de pie.

Caracas: terror en un teatro a oscuras por Ibsen Martínez – El País – 9 de Abril 2019

Hace una semana, un apagón dejó a oscuras la ciudad cuando en la sala Trasnocho había transcurrido ya una hora de la obra ‘Terror’. Los actores siguieron adelante en las tinieblas

Las butacas de una sala de teatro.
Las butacas de una sala de teatro. D. JONES GETTY

A mediados de los años 70 del siglo pasado, el boom de precios que siguió al embargo de petróleo que los miembros árabes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) impusieron a las naciones de Occidente que apoyaron a Israel durante la llamada Guerra del Yom Kippur, tuvo como consecuencia no prevista que Caracas dejase de ser un campamento petrolero de mediano tamaño y se convirtiese al fin en una compleja capital latinoamericana que, bien o mal, entró al fin en conversación con el mundo.

Cada año, en abril,y a partir de 1973, Caracas se veía visitada por grupos como el Piccolo Teatro di Milano, La Fura dels Baus, La Zaranda, el Odin Teatret de Copenhague, La Cuadra de Sevilla, la compañía de Tadeuz Kantor, figuras como Lindsay Kemp, Peter Brook, o Kazu Ohno.

En menos de una década, la confluencia que vengo comentando hizo masa crítica y moldeó la masiva adicción al teatro en todas sus formas que hoy define a los caraqueños y sorprende a los corresponsales de guerra que nos visitan.

Nuestra ciudad no ha renunciado al teatro. Actividad nocturna por excelencia, ni el toque de queda decretado desde hace años por el hampa y, últimamente, tampoco el apagón universal que la dictadura militar corrupta e inepta pretende imponer al país en todos los órdenes, han hecho decaer la afluencia de público a los teatros.

Justo también es decir que nuestra gente de teatro ha dado muestra del tesón característico de esa estirpe. Hay en ese empeño, sin duda, una clara y gallarda manifestación resistencia por parte de la sociedad civil a la barbarie en que el chavismo ha hundido a Venezuela.

Una muestra más pudo verse, hace dos semanas, el curso una función teatral de la celebrada obra Terror, del escritor alemán Ferdinand von Schirach. La populosa pieza propone al público enjuiciar a un piloto de guerra con órdenes de derribar un avión de pasajeros secuestrado por terroristas que se disponen a estrellarlo contra un estadio de fútbol repleto de espectadores.

La obra –que en Caracas, contra viento y marea, ha cumplido ya más de 100 funciones- discurre siguiendo la liturgia de un juicio con jurado: testigos que declaran, fiscales y abogados que alegan. Es la pieza de Schirach el jurado es el público que, al final, vota en una urna por un veredicto de culpabilidad o inocencia.

La noche del sábado 30 de marzo un apagón dejó a oscuras la ciudad cuando en la sala Trasnocho había transcurrido ya una hora de función. Perplejos, los actores callaron momentáneamente, pero el instinto de su raza los llevó a seguir adelante, dialogando en la tiniebla.

La platea estaba a medio llenar. Inmediatamente. el público, sin aspaviento ni alarma por el corte de luz, encendió sus celulares. Los actores encendieron los suyos. No se escatimó en la carga de las baterías y se redistribuyó sabiamente la iluminación hasta que la función tocó a su fin. La votación final se llevó a cabo sin tropiezos. Cada quien marchó luego a su casa, donde no hallaría agua ni luz, atravesando la tiniebla poblada de colectivos paramilitares. En el 62% de los países donde se ha representado Terror desde 2017, el veredicto del público ha sido “inocente”. En Caracas, quizá influido por la condición militar del acusado, el veredicto mayoritario ha sido “culpable”.

Bolívar y los vascos por Miguel Pelay Orozco – Deia – 20 de Marzo 1980

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De La Sociedad Bolivariana Del País Vasco

Si hay en la historia universal una figura atrayente, fecunda en toda clase de sugestiones, didác­ticas, especulativas, romancescas e in­cluso poéticas, esa figura es, sin duda alguna, la de Simón Bolívar. Su ca­rácter indomable, su capacidad de autocrítica, su amor a la libertad de las naciones y de los hombres, su agu­deza política y su sentido de la estrate­gia, sus decisiones audaces y transcendentales, sus discursos, sus mis­mas frases, han suscitado siempre el interés de biógrafos, historiadores, ci­neastas, ensayistas, políticos, diplomáticos y militares de todos los paí­ses.

Su propia vida constituye una inci­tación para cualquier escritor. Y si coincide que ese escritor es vasco, la incitación se convierte en tentación incontenible. Tenemos el caso de Unamuno. Todos sabemos que para Unamuno, Don Quijote —en cuya existencia real creyó siempre— en­carna la más noble regla de compor­tamiento, la excelsitud suprema. En su Vida de Don Quijote y Sancho, llega a establecer un paralelismo entre el “caballero de la triste figura” y nuestro Ignacio de Loyola, santo por el que el profesor bilbaíno profesó siempre una admiración muy especial y hasta quizá un tanto extrarreligiosa (llegó a afirmar que en Loyola culminaba toda nuestra casta y que nos pertenecía mucho más a los vascos que a los propios jesuitas). Pues bien: la segunda y última vez que don Mi­guel cotejara a su Don Quijote con otro ser humano, el héroe elegido será Bolívar. Precisamente. Y precisamente también, la plataforma sobre la que va a apoyar tal vinculación, será vasca. “Me permitiréis que como vasco que soy, por todos mis treinta y dos costados, me detenga en la vasconía del Libertador”, escribía en un en­sayo intitulado Don Quijote y Bolívar. Para añadir un poco más ade­lante y tras hablarnos de la colegiata de Cenarruza, tan próxima al lugar “de donde tomó su nombre y su ori­gen el Libertador”, esta advertencia: “Y cuando vuelva yo a hacer otra edición de mi ‘Vida de Don Quijote y Sancho, comentada y explicada’, no os quepa duda de que la aumentaré incluyendo en ella pasajes de la vida del Libertador, como incluí pasajes de la vida de Iñigo de Loyola, un vasco representativo”.

He aquí, pues, una vinculación de signo vasquista y a cargo de un hombre que no se caracterizó jamás ni por su chauvinismo ni por su afán de compartir opiniones generales, sino más bien por todo lo contrario, es de­cir, por su tendencia a llevar la con­traria y a incordiar a sus paisanos.

Unamuno reparó también en el cendal de poesía que envolvió y enriqueció la vida toda del Libertador, de quien afirmó que era “un héroe para un poema, a la manera de los de Browning en que toma un personaje histórico como centro de reflexiones poéticas”. Y para que no cupiesen dudas al respecto, él, que gustaba de las precisiones semánticas, recalcó: “Poesía, sí, ésta es la palabra, poesía”.

Puede decirse que siempre que los vascos se han acercado a Bolívar ha sido para exaltarle. Y yo añadiría que con apasionamiento de compatriotas. Así, en distintas épocas —y, claro, en muy diversas circunstancias—, desde Trueba hasta el lendakari Aguirre, pasando por José María Salaverría, Segundo Ispizua, Alejandro Sota, Mourlane Michelena, Teófilo Guiard, Vicente de Amézaga, Llano Gorostiza, Martín Ugalde, Mariano Estornés, Arantzazu Amézaga, Sancho de Beurko y un interminable etcétera, lo han considerado siempre como héroe propio.

Por otra parte, el mismo Bolívar, cuya ascendencia vasca provenía de la línea agnaticia, pasó por una expe­riencia común a muchos niños vas­cos, no solamente de su época sino también de tiempos mucho más mo­dernos. Agonizaba el siglo XVIII. Si­món, que había quedado huérfano a muy temprana edad, no tenía tam­poco una abuela que le transmitiera, antes de acostarse, las estremecedoras historias que ella, a su vez, hubiera oído en su niñez, contadas por su amona, como ha venido sucediendo —y espero y deseo siga sucediendo— en nuestros caseríos. Pero, si el niño caraqueño no disponía de una nana auténtica, allí estaba, para sustituirla, la negra Hipólita. Y si en nuestras montañas vascas se narraban a los chicos unos relatos terroríficos en los que intervenían brujas, lamias, genti­les o basajaunas, la bondadosa Hipólita, sin saberlo, hablaba al caraqueñito de un hombre nacido también en la tierra de sus mayores. De un hom­bre terrible, aterrador, cuyo recuerdo perduraba todavía con fuerza en Ve­nezuela y al que se le atribuían —por si fueran pocas las que llevó a cabo— las más fantásticas atrocidades.

Aquel loco, aquel hombre terrible al que la historia llegó a conocerle también como el “fuerte caudillo de los invencibles marañones”, había na­cido en la aldea de Araoz (Oñate), casi 300 años antes que el chiquillo que oía hablar de sus andanzas y fecho­rías. Aquel hombre terrible recorrió más de 6.000 kilómetros, a pie, en condiciones indescriptiblemente pe­nosas, en persecución del juez que, por una falta que él estimó como leve y que, sin atender a sus razonamien­tos ni a su legítima invocación de “hi­jodalgo vascongado”, mandó azotarle públicamente. Hasta que finalmente dio con él en Cuzco, encontrándole dormitando en su despacho, con la cabeza apoyada sobre el escritorio. Y es fama que sobre ese mismo escrito­rio quedó brutalmente clavada con su puñal la odiada testa de su verdugo. Posteriormente, aquel hombre terri­ble sería pieza fundamental de una in­creíble expedición que había de sor­tear los más atroces peligros, nave­gando por ríos caudalosos y turbulentos, llenos de caimanes, anacondas y pirañas, y atravesando mil selvas in­trincadas, infestadas de toda suerte de fieras y reptiles. Aquel hombre terri­ble se llamaba Lope de Aguirre…

¡Qué lejos estaba el niño caraqueño que escuchaba embelesado los relatos de la negra Hipólita, de pensar que, andando el tiempo, él mismo llevaría a cabo, y, como quien dice, sin desmontar durante veinte años de su ca­balgadura, itinerarios inverosímiles, atravesando la cordillera de los Andes por un lugar considerado como infranqueable, y recorriendo mil rutas fragosas e inquietantes, cuyos peli­gros naturales se habían de ver incre­mentados por las más enconadas ac­ciones guerreras!

Recientemente, Francisco de Abrisqueta, uno de esos vascos que han dado honor a nuestro exilio postbé­lico, y del que uno no sabría si defi­nirle como un vasco que ama entra­ñablemente a Colombia, o como un colombiano que ama entrañable­mente a Euzkadi —lo que revela ya un estilo perfecto de integración—, pronunció en Bogotá una conferencia con motivo del 196 aniversario del natalicio del Libertador, en la que en­focó el aspecto vasco contenido en la fascinante figura del héroe americano.

Además de estudiar el ingrediente vasco en la genealogía del Libertador, Abrisqueta nos da una sugerente vi­sión del Bilbao de principios del XIX, época en que el joven Bolívar lo vi­sitó, señalando que los proyectos de las constituciones para los estados americanos que iría forjando en el fu­turo, contenían postulados compren­didos en los Fueros vascos vigentes a la sazón. “La salvaguardia de la auto­determinación y del pacto de la comu­nidad entre los vascos y los reinos de la monarquía. Semejantes, salvando circunstancias de tiempo y lugar, a los de la sugerencia bolivariana para la reunión anfictiónica de Panamá”. Todo ello induce a pensar que el jo­ven Bolívar se interesó por las leyes viejas —las decantadas lege zarrak— de Euzkalerria. Y uno piensa asimismo —y esta vez con nostalgia— que en el país existía en aquel lejano entonces, una preocupación por la cultura que poco a poco ha ido desvaneciéndose, hasta llegar al estremecedor vacío actual. Tengamos en cuenta que ya para entonces funcionaba en el país el famoso Seminario de Bergara, obra cimera de los próceres de la Bascongada. Y pensemos también en aquello que Guillermo de Humboldt, que coincidió con Bolívar en Bilbao, escribió a su regreso: “Vizcaya es el único país que he visto en que la cultura intelectual y moral sea verdaderamente popular, en que las primeras clases de la sociedad no se hallen separadas por una distancia, por decirlo así, inmensa, de las últi­mas”.

Por otra parte, en la última de las siete cartas autógrafas de Simón Bolívar, que fueron adquiridas por el Go­bierno venezolano en una subasta pú­blica que tuvo lugar el día 5 de di­ciembre de 1978 en la Sala n° 2 de Drouot Rive Gauche, de París, el Libertador —que escribe desde el frente de combate (la carta está fechada en 1829) le recuerda a su amigo Ale­jandro Dehollain cómo ambos estu­diaban lenguas en Bilbao ( Bilvao, es­cribía él). Como es sabido, el estudio de las lenguas, en el tiempo, revestía una gran importancia, lo que revela que Bilbao estaba entonces muy al día en las corrientes culturales europeas.

Preocupación fundamental de Si­món Bolívar fue ésta de la cultura. Sabía que sólo con ella complementaría la liberación de los pueblos y de los hombres por los que luchaba. Ojalá que los hombres que han de gobernar este querido país nuestro compartan, de verdad, esta preocupación bolivariana. Y que la conviertan en la prin­cipal y en la más acuciante de cuantas vayan a turbar sus sueños. Que, natu­ralmente, no serán pocas.

Porque, en definitiva, la cultura — que empieza por impedir la acción corrosiva de la demagogia— viene a re­solver casi todos los problemas. Y por añadidura, nos hace a todos mejo­res…

 

La diáspora intelectual que perdió Venezuela y ganó Colombia por María Gabriela Méndez -The New York Times – 16 de Noviembre 2018

Un mural del fallecido presidente Hugo Chávez en una calle del centro de CaracasCreditMeridith Kohut para The New York Times

BOGOTÁ — En el inventario de desgracias que ha dejado el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela deberá contabilizarse una pérdida irremediable: las crisis económica y política de la Revolución bolivariana han provocado una diáspora de tres millones de expatriados —aproximadamente el ocho por ciento de la población—, que ha dejado hipotecado el futuro del país y en bancarrota sus instituciones culturales.

La amarga situación de los 3000 venezolanos que cruzan a diario la frontera con Colombia ha despertado una enorme solidaridad regional, pero también una preocupación natural en los países de acogida —¿cómo debe prepararse una nación para recibir a tantos desplazados?— y, en ocasiones, un sentimiento antiinmigrante. Para combatir esa tentación xenofóbica, haríamos bien en recordar una de las mayores lecciones de las grandes oleadas migratorias de los siglos XIX y XX: los países que albergaron a los exiliados, migrantes y desterrados —de guerras civiles, hambrunas o gobiernos autoritarios— salieron culturalmente beneficiados.

Mientras las calamidades no cesen en la Venezuela de Maduro, el flujo de migrantes venezolanos seguirá siendo masivo y seguirá siendo un enorme desafío para Colombia y el resto de los países de América Latina. En esa marea migratoria hay numerosos intelectuales, artistas y universitarios. Según un estudio de 2015, realizado entre estudiantes de cuatro universidades de Venezuela, un 88 por ciento de los encuestados tenía intenciones de abandonar el país.

Colombia, el país que ha recibido más expulsados venezolanos, podría ser la heredera intelectual de la Venezuela en exilio. Colombia tiene ahora la oportunidad no solo de dar un ejemplo humanitario, sino de aprovechar para su desarrollo los frutos de la cultura venezolana.

La historia migratoria de la propia Venezuela es un ejemplo: durante la segunda mitad del siglo XX, el país aprovechó la experiencia y talento de las olas migratorias de españoles, portugueses, italianos, uruguayos, chilenos, peruanos, ecuatorianos y colombianos. Gracias a ese influjo de mano de obra calificada extranjera, se crearon las grandes empresas textiles y de alimentos venezolanas y las instituciones culturales florecieron.

Hoy, sin embargo, los cruces de la frontera corren en sentido inverso y somos muchos los venezolanos que trabajamos en Colombia y para ella devolviendo, de alguna forma, mucho de lo que recibimos de la migración que llegó a nuestro país a partir de la década de los cincuenta.

A principios de los 2000, una de las primeras olas de migración de Venezuela a Colombia, trajo a gerentes y técnicos petroleros despedidos por Hugo Chávez de la estatal Petróleos de Venezuela. Estos migrantes altamente especializados impulsaron el despegue de la modesta industria petrolera colombiana, que multiplicó su actividad de 560.000 barriles diarios a 900.000 barriles en 2011. Mientras que la producción petrolera venezolana está en el nivel más bajo de los últimos treinta años, Colombia se convirtió en uno de los mayores exportadores de petróleo a Estados Unidos.

El 1 de noviembre de 2018, un grupo de migrantes venezolanos se dirigía a la frontera entre Venezuela y Perú. CreditJuan Vita/Agence France-Presse — Getty Images

En una ola migratoria posterior, de 2010 a 2014, llegaron a Colombia numerosos académicos, editores y periodistas que salieron de Venezuela por diferencias ideológicas con el chavismo, un régimen corrupto, autoritario y que ha remplazado la meritocracia por el nepotismo.

El enorme capital cultural de Venezuela fue una de las primeras víctimas del chavismo. En 2001, Chávez develó su política cultural y trazó la hoja de ruta de su revolución: despidió a treinta directivos de las instituciones culturales más importantes. Nombró a nuevos directores de museos, galerías, teatros, editoriales, cines, academias de danza y orquestas sinfónicas que estuvieran “en sintonía con el proceso revolucionario”. Así acabó con la intensa vida cultural que Venezuela había desarrollado desde el siglo XIX.

Los grandes centros culturales de Venezuela, que fueron referencia en toda América Latina, hoy están en la carraplana. El Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber —que desde 2001 no lleva el nombre de su fundadora— usa el arte para hacer proselitismo, tiene un presupuesto exiguo, no adquiere obras, no se investiga ni se editan catálogos y las exposiciones se basan en las colecciones adquiridas durante su época dorada —la última muestra se titula Camarada Picasso—; de las trece salas solo funcionan un par y muchos de sus curadores y críticos se han jubilado o se han ido del país.

Las editoriales Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila Editores dejaron de publicar clásicos y exhiben un catálogo menguado, con tirajes mínimos y una marcada línea ideológica —de sus doce novedades del año, cinco son reediciones, entre ellas, el Manifiesto comunista—; el Teatro Teresa Carreño quedó reducido a la sala de eventos presidenciales cuando Chávez aún estaba vivo, las academias de ballet clásico y danza contemporánea que se presentaban ahí funcionan a medias y con una programación cultural exigua. El Premio Rómulo Gallegos, que llegó a ser una de las citas literarias más prestigiosas de Hispanoamérica, se entregó por última vez en 2015, con el argumento de que no se disponía de los 100.000 dólares que ofrecía el premio. El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela y el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional fueron cruciales en la vida cultural latinoamericana y sirvieron como modelos para otros países del mundo. Hoy, aunque El Sistema sigue en pie, se suspendieron las giras mundiales que anualmente hacía la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y, para diciembre de 2017, cuarenta de sus 120 músicos habían emigrado.

Colombia podría beneficiarse del arribo de esa intelectualidad expulsada. Desde que se acentuó la deriva autoritaria del chavismo han llegado editores, como María Fernanda Paz Castillo, Juan Pablo Mojica y Rodnei Casares; investigadores; músicos; curadores —como Nydia Gutiérrez, la curadora jefa del Museo de Antioquia— y promotores culturales, como Gabriela Costa.

Colombia ya ha implementado algunos esfuerzos para sobrellevar este fenómeno migratorio sin precedentes. Uno de ellos fue el Permiso Especial de Permanencia, que se expidió hasta febrero de este año y que permite a los migrantes trabajar por dos años. Hay otros esfuerzos, como la campaña “Somos panas, Colombia” de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), desde donde se toman acciones para evitar la xenofobia, y las universidades del Rosario y el Externado han creado observatorios de la migración venezolana. El conocimiento derivado de sus reflexiones e investigaciones podría servir al gobierno para tomar decisiones mejor informadas. Algunos de los pensadores venezolanos radicados en Colombia ya están siendo parte de esa conversación en torno al éxodo, una discusión pública que enriquece el debate sobre uno de los mayores retos del gobierno de Iván Duque.

Y, cuando la democracia regrese a Venezuela, el país deberá crear una política de repatriación de talentos e incentivar la vuelta de aquellos que se vieron obligados a salir de un país sin futuro. Cuando se erradique el autoritarismo chavista, las mujeres y hombres dedicados a pensar, escribir y crear, serán indispensables para reconstruir la nación que fue por muchos años uno de los foros intelectuales en el continente.

Obligarnos a no olvidar por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 24 de Junio 2018

Unknown-1.jpeg¡La política venezolana me ha sonreído poco! En el arco de mi propia vida, y estas son palabras que pronuncié cuando presenté mi libro Obligaciones de la memoria en la librería Kalathos, me han tocado los rigores de tres regímenes militares. En la niñez, la férrea mano enguantada de Juan Vicente Gómez y el mutismo de su “¡Ajá! ¡Y cómo le parece!”. Durante mi arrebatada juventud, la ferocidad criminal de la Seguridad Nacional instaurada por un fascista ordinario llamado Marcos Pérez Jiménez; y en la senectud, el espanto bolivariano. De allí que mi memoria esté obligada a no olvidar, a permanecer atenta y vigilante para impedir o evitar que se continúe erosionando no solo el país, sino la dignidad de nuestra vida civil.

Insisto en hurgar en mitos y creencias de la antigüedad clásica porque encuentro desconcertantes resonancias en la vida actual venezolana: abismos, eclipses, enigmas, laberintos, ritos y ceremonias… El primer laberinto se construyó en la Antigüedad para encerrar a los demonios a fin de que se despedazaran entre sí. Hoy es todo el país el que se encuentra encerrado en un laberinto sin saber cómo salir de él.

Hay reiteraciones en mis crónicas: las hay en nuestras propias vidas: ¡aparecemos aquí y desaparecemos allá! El sol y la luna, por ejemplo, aparecen y desaparecen. El oso, los delfines, el abanico, los objetos que tienen carácter pasivo o reflejante como los espejos, son animales y objetos lunares. También son lunares el azúcar y la harina PAN: aparecen y desaparecen de los anaqueles de los supermercados. La democracia venezolana igualmente aparece y desaparece como la luna. ¡En cambio, los militares aparecen, pero nunca desaparecen!

Hoy, casi nonagenario y desencantado, hago esfuerzos para sobreponerme a las asperezas castrenses, a la ordinariez e intolerancia entronizadas en Miraflores y a la reafirmación de todos los vicios del poder y cuando devuelvo la mirada hacia el niño o el adolescente que fui no me gusta para nada la imagen que se refleja en el espejo: la de un jovencito arrogante, tonto, intelectual e intransigente, pero constato, al menos, la de un país que al avanzar hacia la democracia dejaba atrás la oscuridad de un país primitivo gobernado por caudillos y caporales y comenzaba a construirse a sí mismo orientando su educación, velando por su salud, organizando su economía.

Quiero ser el país que soy, pero más digno, más esclarecido y moderno, macerado en sus propios jugos. Esclarecido y afirmado en el torrente cultural que discurre desde el momento en que habló un poeta sin saber que se estaba removiendo bajo sus pies el magma del petróleo.

Quiero que el país que vislumbré y me esforcé por hacer posible cuando fui joven e impetuoso aparezca y diga: ¡Presente!, y no este, agobiado y menesteroso que padezco en mi senectud. Lo quise vivo, enérgico, capaz de mirar de frente a los países más desarrollados; un lugar en el mundo donde la industria y el comercio ocupen niveles de alta jerarquía y las aguas universitarias y del conocimiento, represadas hoy por la mediocridad del cuartel, rebasen el dique y generen un turismo cultural para demostrar que lo que hace avanzar a los países no es, necesariamente, la economía, como piensan los políticos, sino la cultura.

Hoy, mi tristeza es amarga porque constato que, a pesar de los años transcurridos, en los inicios de este nuevo milenio y agobiado por la terrible pesadilla bolivariana, también como yo, el país hace esfuerzos por sobrevivir.

Pero entiendo que ¡cada uno de nosotros es su propia montaña! ¡En nosotros viven el águila y el relámpago! Somos la fuerza y el propósito de transformar el mundo si queremos, si aceptamos y decidimos enfrentar las dificultades con las que las desviaciones políticas y los desórdenes en la economía obstaculizan los caminos del país.

Es importante saber que ¡la memoria no nace ni crece natural y espontáneamente! Alguien dijo que el olvido surge como un hecho natural, mientras que a la memoria hay que ejercitarla, nutrirla y trabajarla. “Nosotros no nacemos por generación espontánea –escribió Manuel Caballero–. Nacemos con una historia familiar y con la historia de un país. Así como no se puede vivir sin memoria, tampoco se puede vivir sin historia, que no es otra cosa que la memoria colectiva de los pueblos”.

Cada uno de nosotros alimenta la suya y la integra luego a la memoria colectiva, y cada uno de nosotros debe prepararse para enfrentar y combatir el olvido. Pero si nos negamos a ver el aire sagrado que navega en nuestras almas es poco lo que avanzaremos y los obstáculos permanecerán.

No es que tengamos que obligarnos a recordar. ¡No! Es todo lo contrario: ¡tenemos que exigirle a la memoria que no puede olvidar lo que nos está ocurriendo!

¡Si se lo exigimos, si nos empeñamos, volveremos a ser el país que realmente somos! Nos encontraremos de nuevo en esa línea que creíamos perdida: la línea imprecisa del horizonte que confunde el azul del cielo con la profundidad del mar. Yo me veré entonces a la salida del laberinto con la sangrante cabeza del Minotauro en mis manos… ¡y, juntos, navegaremos hacia el sol…!

 

Revelan petroglifos de 2.000 años de antigüedad en Venezuela – La Patilla – 8 de Diciembre 2017

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Los grabados rupestres ubicados en el estado venezolano de Amazonas, que incluyen algunas de las ilustraciones prehistóricas más grandes del mundo, han sido mapeados con detalles sin precedentes por investigadores del University College London del Reino Unido, informa el portal Phys.org.

Los grabados (petroglifos) se encuentran en el área de los Raudales de Atures en el río Orinoco, y tienen alrededor de 2.000 años de antigüedad. Los petroglifos incluyen representaciones de animales, humanos y ritos culturales.

El panel más grande, que contiene al menos 93 grabados individuales, tiene 304 metros cuadrados. Algunas de las figuras miden varios metros y la representación de una serpiente tiene una longitud de más de 30 metros.

El mapeo se ha logrado con la ayuda de drones, debido a que algunos de los petroglifos se encuentran en áreas inaccesibles. “Los Raudales de Atures son una zona de convergencia étnica, lingüística y cultural. Los motivos documentados aquí muestran similitudes con otros sitios de arte rupestre de Brasil, Colombia y otros lugares más lejanos”, dijo el doctor Philip Riris, uno de los autores del estudio.

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“Este es uno de los primeros estudios que muestran el alcance y la profundidad de las conexiones culturales con otras áreas del norte de América del Sur en tiempos precolombinos y coloniales”, agregó.

Si bien estos grabados rupestres se han estudiado anteriormente, esta es la investigación más detallada que se ha hecho hasta el momento, por lo que sus autores esperan obtener más información sobre el contexto arqueológico y etnográfico de los petroglifos.

“La evidencia arqueológica disponible sugiere que los comerciantes de diversas regiones distantes interactuaron en esta zona en el curso de dos milenios antes de la colonización europea. El objetivo del proyecto es comprender estas interacciones, la formación de las redes sociales preconquista en todo el norte de América del Sur”, dijo por su parte José Oliver, coautor del estudio.

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La increíble y triste historia…por Roberto Alifano – El Imparcial – 2 de Agosto 2017

robertoalifano_big.jpgEs grave tarea juzgar el presente de un país a través de la enojosa política sujeta siempre a cuestiones ideológicas o financieras; más aún si responden a intereses totalitarios. Lo deseable, lo grato, sería hacerlo a través de su cultura. Intentaré una elemental aproximación a la década del 70’, que fue de gloria para Venezuela. A pesar de sus contrastes sociales, era la “tierra prometida”. En su subsuelo reposaba la mayor reserva probada de petróleo del planeta. Sus barriles de crudo, eran un verdadero océano de combustible, que podían cubrir la demanda de todos los Estados Unidos y buena parte de Europa, como se pronosticaba, para los próximos cien años.

En consonancia, su exquisita y universal cultura, era una de las más influyentes de América Latina. Manuel Díaz Rodríguez, prosista y narrador de refinado lenguaje, se destacó como una de las figuras más importantes que el modernismo produjo en el continente. Le sucedieron Luis Urbaneja Achelpohl, Rufino Blanco Fombona, José Rafael Pocaterra, Teresa de la Parra y Rómulo Gallegos, autor de la inmortal novela Doña Bárbara, que culminó toda una etapa de la narrativa venezolana.

En el siglo XX, empezaron a brillar los altos nombres de Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Julio Garmendia, Guillermo Meneses y Héctor Mujica, cuyas creaciones pretendían liberar la prosa del costumbrismo, del criollismo y de la temática rural, desarrollada con un modo de contar lineal. En ese contexto se destaca también Salvador Garmendia, que aborda en sus temas argumentos de consecuencias hiperrealistas y fantásticas. Para esa época dorada, también sobresalieron sus poetas y ensayistas; Juan Liscano editaba la revista Zona Franca y la editorial Monte Ávila era una de las primeras con grandes tiradas en sus ediciones.

No faltaron notables artistas plásticos de todas las tendencias, entre los que sobresalen nombres como el de Bárbaro Rivas, Armando Julio Reverón, Héctor Poleo, Jesús Rafael Soto, Oswaldo Vigas y Gabriel Bracho. En tanto que en cine también se destacan directores y actores de primer nivel. Fueron los años en los que Renny Ottolina, en la Cadena Venezolana de Televisión, conquistaba al público con su programa dinámico y diverso, que parecía hecho en estos tiempos. Este animador descomunal sabía muy bien cómo llamar la atención de la gente con sus entrevistas y monólogos, que cautivaban frente a los emergentes televisores en color, que se multiplicaban como los panes y el vino bíblico.

En Isla Negra, la casa de Pablo Neruda, conocí en 1971 a Miguel Otero Silva, autor de la famosa novela Casas muertas, que, según algunos críticos con los que coincido, fue precursora del “realismo mágico”. Yo era un joven e inquieto periodista que cubría en Chile, para mi país, la dinámica información que sucedía durante el gobierno socialista de Salvador Allende. A Otero Silva y a su esposa, María Teresa Castillo les caí bien y me invitaron a viajar a Caracas para colaborar en El Nacional, el diario de la familia. Neruda, con ese humor sabio y sarcástico que lo caracterizaba, me aconsejó: “Debes aceptar el ofrecimiento de Miguel. Venezuela es el país más próspero de América. Te puedes hacer un hombre rico allí, y yo no quiero tener amigos pobres, Roberto”.

No viajé inmediatamente porque me encontraba bien instalado en Chile y el proceso socialista de la Unidad Popular era único y atrapante. Lo hice algunos años después y me fue bastante bien en Venezuela. Trabajé para la Enciclopedia Británica y pude ahorrar el dinero suficiente para instalarme luego durante una larga temporada en Europa. En la moderna Caracas conocí y trabé amistad con los poetas Juan Liscano y Luis Pastor y con el consagrado autor de Las lanzas coloradas, el talentoso y amable don Arturo Uslar Pietri.

De manera que mi afecto hacia ese querido país está plenamente justificado. Como ahora mi dolor… Conocida como la Venezuela Saudita, debido a su gran expansión y crecimiento económico que fueron causados esencialmente por incrementos sustanciales en los precios del petróleo en el primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez, donde la cotización llegó a niveles increíbles para esos años; pero, como nada suele ser demasiado duradero en nuestra melancólica y fragmentada América, los precios empezaron a caer y comenzó la historia de inestabilidad y el malestar económico alcanzó a la tierra de Simón Bolivar.

Hagamos un poco de estadística. Para lograr un mayor bienestar de la población, se requiere en los países algo más que aumentar las cuentas de ingreso, sino contar también con una justa distribución de la riqueza. Los datos estadísticos nos muestran que en 1970 la población urbana representaba más del 75 por ciento del total, y que en 1972 el sector primario de la economía empleaba un 20 por ciento de la población activa, mientras que el sector secundario un 28 por ciento, y el terciario el 52 por ciento restante. Con esas buenas bases estadísticas, se sentaron en ese período las bases de una renovada modernización del país, que alcanzó un pico máximo y empezó a decaer.

Con un criterio progresista y con un alto ingreso per capita, el entonces presidente Rafael Caldera impulsó un genuino cambio en Venezuela. El sistema político vivió entonces sus mejores años. Se desmontó y pacificó la guerrilla, que durante años se parapetaba en las montañas y se crearon nuevos partidos. Yo recuerdo, de aquellos años, a algunos líderes que me tocó entrevistar (Pompeyo Márquez, Américo Martín, Héctor Mujica, Alexis Adam, José Vicente Rangel y Teodoro Petkoff, yerno del poeta Luis Pastor, íntimo de García Márquez y también mi viejo amigo).

Los partidos políticos como el PCV, el MAS, el MIR y el MEP, se legalizaron ante los entes respectivos del Estado y comenzaron sus proselitismos, buscando crecer y convertirse en una fuerza política más acorde al momento histórico. En esa década, democristianos y socialdemócratas se alternaron legalmente en el gobierno disfrutando de los generosos ingresos petroleros; pero, todo llegó a su fin durante el “caracazo” de 1989. Hoy, un gobierno populista que lleva casi veinte años ha sumido al país en la violencia, con una recesión, que lo ha dejado sin reservas y endeudado por más de 95 mil millones de dólares. A eso se suma la inflación más alta del mundo y carente de todo tipo de insumos. Entre 1999 y 2014, Venezuela ingresó casi 1.000 millones de dólares por exportaciones petroleras. Pero el país no se industrializó y sigue importando lo esencial del consumo. A diferencia del peronismo, que se viene resignando a perder elecciones, la patética “revolución bolivariana”, que también perdió a su líder y también lo reemplazó por un personaje grotesco, mientras que en la Argentina, después de la muerte de Perón, dictadura militar mediante, se sucedieron varios (y varias).

Este incoherente Gobierno, cada día más desprestigiado, parece decidido a llegar a las últimas consecuencias violando su propia Constitución y reprimiendo a mansalva. En perspectiva, vemos pues un derrumbe del mal llamado “socialismo bolivariano”, y una continua y creciente violencia del conflicto, que puede desembocar en una cruenta y abierta guerra civil si las Fuerzas Armadas se dividen. El “chavismo” se descompone, pero el poder militar, entrampado en negocios multimillonarios con el gobierno, hasta ahora le responden, aunque hay ya síntomas de fractura.

Al momento de cerrar este artículo, veo por televisión como las fuerzas del Gobierno acribillan a balazos a un joven indefenso y como el grotesco presidente Nicolás Maduro ordena la detención de varios líderes opositores; entre ellos a Leopoldo López y Antonio Ledesma, el alcalde de Caracas. Llego así a la dolorosa conclusión, después presenciar esos hechos, de que Venezuela ya está inmersa en una guerra civil, aunque con armas de un solo lado y bajo el omnímodo poder del repudiable terrorismo de Estado.

He puesto el énfasis de esta evocación en la cultura y profundizaré un poco más en un aspecto que bien vale mencionar: el auge del cine venezolano de aquella década del 70’, quizá los años de mayor apogeo de la gran pantalla de ese país. Recuerdo que en 1975, estando yo allí, el Gobierno venezolano aprobó una política crediticia para estimular la producción cinematográfica y publicó las normas para la comercialización de películas venezolanas. Se produjeron importantes filmes tales como: Cuando quiero llorar no lloro (1976) de Mauricio Wallerstein, El Pez que Fuma (1977) de Román Chalbaud, País Portátil (1979) de Iván Feo y Antonio Llerandi, y Bolívar sinfonía tropical (1980) de Diego Rísquez, entre tantas otras.

En un encuentro que tuve en México con el entrañable Gabriel García Márquez, antes de dejarnos para siempre, me resumió con tono poético su devoción por Venezuela: “Yo estuve radicado en Caracas durante la década del 50’ y he recorrido el país a lo largo y a lo ancho –evocó con una sonrisa-. No haberme quedado a vivir para siempre en esa tierra increíble y mágica es una de mis grandes frustraciones. Me gusta su gente, con la que me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer…”

Por desgracia, ese querido lugar de nuestra América se desbarranca. Sea lo que fuere y lo que el destino depare a Venezuela, estas inútiles palabras no intentan ser más que una serie de consideraciones afectuosas hacia un país muy querido, que tanto ha dado a la cultura. Lo que importa ahora es la unidad de un pueblo que hoy está dividido y parece sin rumbo. ¡Ah, con la increíble y triste historia cada vez más amarga, grotesca y desesperante!

 

Rómulo Gallegos: muerte de un premio por Ibsen Martínez – El País – 21 de Junio 2017

El chavismo anunció que el mítico galardón no dispondrá este año de sus 100.000 dólares

unknownSe atribuye a Carlos Fuentes, cuando ganó en 1977 el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, la afirmación de que el capítulo inicial de la gran novela venezolana bien podía comenzar en el open house que cada año, por el mes de agosto, solía ofrecer la directiva del diario El Nacional en un fastuoso salón de un hotel caraqueño.

La observación casa bien con el cariz coloridamente plural y tolerante que ofrecía la sociedad venezolana durante el último cuarto del siglo pasado.

La poeta Ana Nuño cuenta que, siendo aún muy jovencita, su padre, el filósofo español Juan Nuño, que en los años cincuenta se exilió en Venezuela, se hizo acompañar de su hija a uno de aquellos festejos que comenzaban al mediodía, con la entrega de premios internos de la empresa editorial, y languidecían al caer la noche cuando el último achispado con corbata de quita y pon constataba que no quedase ya una gota de escocés que empinar ni un canapé que mordisquear.

“Bien, ¿qué te pareció?”, preguntó Nuño a su hija cuando iban ya camino a casa. La joven respondió altaneramente que el espectáculo de un excomandante guerrillero entrechocando un vaso de whisky y canjeando chascarrillos con el coronel encargado de darle caza en el monte apenas unos años atrás, le resultaba obsceno. Nuño se detuvo un instante para comentar que él había dejado un país donde por aquellos mismos años se fusilaba a presos de conciencia. “Prefiero mil veces esta promiscuidad que tanto te choca”.

Desde 1967, cuando Mario Vargas Llosa ganó la primera edición del premio Rómulo Gallegos, la entrega del mismo comenzó a solaparse con el festejo del diario. Yo no cumplía aún 16 años cuando supe de La Casa Verde y ningún año fui tan dichoso como en 1973, cuando Gabriel García Márquez regaló la totalidad del premio otorgado a Cien años de soledad para que Teodoro Petkoff pudiese fundar un desprendimiento liberal del Partido Comunista. Mi juventud fueron los años que van de Palinuro de México a Mañana en la batalla piensa en mí. Y nunca me perdí el open house de El Nacional.

Cada presidente venezolano, entre 1967 y el ascenso al poder de Hugo Chávez, acudió, infaltable, a otorgar personalmente el premio, a despecho de que las ideas políticas de algunos ganadores no siempre fuesen de su agrado.

Hugo Chávez, en cambio, no tuvo nunca en mucho al premio. Siendo su epónimo don Rómulo Gallegos, maestro de escuela, primer presidente civil que en el siglo XX se dio Venezuela por voto universal y secreto, ¡y derrocado en 1948!, se entiende que la cosa urticase al militar golpista. Desde el principio optó por enviar un subrogado a la ceremonia de entrega. Uno de ellos, el inefable Nicolás Maduro, confundió la bandera de Puerto Rico con la de Cuba al premiar, en 2013, al escritor boricua Eduardo Lalo.

Recientemente, Adán Chávez, hermano del extinto presidente y ministro de Cultura de la Bolivariana República, ha informado por boca de un ministril que este año el premio no dispondrá de los 100.000 dólares que tradicionalmente lo acompañan. Será convocado el certamen, cómo no, pero olvídense de la plata.

Ya en 2015 dejaron con la mano tendida durante seis meses al ganador, el colombiano Pablo Montoya. Es posible que la guerra económica desatada por la burguesía y el imperialismo yanqui exija que esos dineros se destinen a adquirir bombas lacrimógenas, tanquetas antimotines y munición de 9 milímetros para la proterva Guardia Nacional Bolivariana que ya, a poco de cumplirse tres meses de protestas, ostenta una macabra cuenta de casi 80 asesinatos.

 

¡Arriba cadenas! por Laureano Márquez – La Patilla – 16 de Octubre 2015

ThumbnaillaureanomarquezEn medio de la hecatombe, como para recordarnos que la única riqueza que tenemos es la cabeza de nuestras gentes, nuestra cultura, nuestros hombres de ideas y de bien, Rafael Cadenas recibe el Premio Internacional de poesía Federico García Lorca como reconocimiento a su trayectoria en la poesía española -“¡na’guará”!, que dirían sus coterráneos-. Eso es titular de primera plana a cuatro columnas del periódico libre lleno de cosas buenas que algún día volveremos a ser, un oasis en este desierto, pan del cielo. Uno de los nuestros y todos nosotros con él, hemos sido reconocidos por la belleza en el uso de la lengua de Cervantes ( El jurado celebra el conjunto de la obra del autor por su “refinada sensibilidad para la experiencia poética”). Nosotros, los mismos que hemos convertido las palabras en plomo que asesina -y lo digo sin afán de metáfora-, también podemos decir:

“Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido.
No he de proferir adornada falsedad ni poner tinta dudosa
ni añadir brillos a lo que es.
Esto me obliga a oírme. Pero estamos aquí para decir verdad.
Seamos reales.
Quiero exactitudes aterradoras.
Tiemblo cuando creo que me falsifico. Debo llevar en peso mis palabras.
Me poseen tanto como yo a ellas.
Si no veo bien, dime tú, tú, que me conoces, mi mentira, señálame la impostura,
restriégame la estafa. Te lo agradeceré, en serio.
Enloquezco por corresponderme.
Sé mi ojo, espérame en la noche y divísame, escrútame, sacúdeme.”
No somos solo colas madrugadoras, muerte, desesperanza y empeño ciego en nuestra propia destrucción, también somos palabra que el mundo reconoce, literatura, belleza que ha de prevalecer cuando ya nadie recuerde por qué era que no se podía conseguir el papel tulalé. Somos poco dados a celebrar nuestra civilidad. Nuestras estatuas son siempre de hombres con espadas, nunca con plumas o libros. El éxito que calibramos en barriles de petróleo, también puede medirse en poemas, en la palabra escrita y meditada. Para un país en el que nos hemos convertido todos en “restriegadores de estafas”, este premio es una apelación a honestidades que también nos distinguen: esta también es la tierra de Bello, de Gallegos, de Uslar y de Cadenas.

Quizá la tarea de mas acuciante urgencia que los venezolanos tenemos por delante, es recuperar el amor propio, el sentido de orgullo de las múltiples cosas buenas que también somos. Reconocernos en lo que hemos construido no solo con concreto armado -nuestra habitual forma de medir el progreso-, sino también en en arte, la cultura, en las letras.

El premio se decidió entre 43 candidatos de 18 nacionalidades distintas que fueron propuestos por 78 instituciones. Es motivo de verdadero orgullo nacional que en el veredicto el jurado diga de un venezolano cosas como esta: “la poesía en español en los últimos sesenta años no puede entenderse sin Cadenas y sin sus reflexiones”. Cadenas con mayúsculas, edificando eternidades del lenguaje. Cuando tanto palabrerío vacío pase, cuando ya nadie alcance a recordar las sinrazones del insulto destemplado, sus poemas seguirán allí tan campantes, lucidos, inspiradores y hermosos.

Gracias Divina Pastora por este milagrito. Gracias Rafael Cadenas por darnos una fama diferente, que el mundo sepa que este país también tiene gente como usted, buscando “exactitudes aterradoras”.

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