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En Pdvsa, el Estado sobra por Alberto Rial – El Carabobeño – 23 de Febrero 2020

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Hace unos días, el régimen chavista decretó una entelequia que llamó “emergencia energética” (para empezar, en Venezuela todo está en emergencia), y partiendo de esa premisa creó una comisión presidencial para la reestructuración y reorganización de Pdvsa. La comisión, como era de esperarse, la integran varios de los capos más rancios de la cúpula roja –incluyendo al actual presidente de la petrolera- junto a militares, ministros y uno que otro asomado. Esta comisión será otro obvio ejercicio de inutilidad, y por supuesto que la petrolera estatal seguirá por el camino que se abrió hace 20 años: cuesta abajo hacia un barranco sin fondo.

La noticia, sin embargo, nos recuerda que aún existe una empresa petrolera –que no una industria, porque como industria dejó de existir- que pertenece al Estado venezolano y que alguna vez fue un oasis de profesionalismo y generación de riqueza entre las maltratadas compañías estatales de este país. Una empresa que no empezó desde cero, sino que heredó la gente, las estructuras y los sistemas de las multinacionales que la precedieron, con una gerencia muy bien formada que supo socializar a sus empleados para darle continuidad a la cultura productiva y meritocrática que fue una de sus claves de éxito. Todo muy bien, hasta que llegó el barbarazo de 1999 y se acabaron, entre otras exquisiteces, los éxitos operativos y comerciales, la expansión internacional, las asociaciones con lo mejor del mundo petrolero, los descubrimientos de campos gigantes, la operatividad de las refinerías y el recurso humano de clase mundial que terminó emigrando, junto con su experticia, hacia muchos y muy diversos destinos en los cinco continentes.

Pdvsa nunca fue muy apreciada por la sociedad venezolana, tanto por su éxito –el éxito en Venezuela se castiga- como por ser descendiente directa de más de una decena de empresas extranjeras, ajenas a la cultura de poder, afiliación y parejerismo que domina en estas tierras. A la gente no le gustaba que los petroleros vivieran un tanto apartados, dentro de sus edificios funcionales, sus operaciones y su dedicación al trabajo. Y no deja de ser cierto que la industria petrolera se regía por otras normas, otra cultura y otras motivaciones: una anomalía, en pocas palabras; una isla de eficiencia rodeada por un mar de crisis. Un mar que, inevitablemente, terminó por invadirla.

Los gobiernos de la última República cumplieron -hasta cierto punto- con el acuerdo de dejar a la petrolera fuera del juego político. Hubo varios intentos de ponerle la mano y se llegó a erosionar parte de su capital corporativo, pero en general se respetó aquello de que Pdvsa se dedicaba al petróleo y el resto del país se ocupaba del resto del país. El acuerdo duró, como la lealtad de los militares, hasta que se acabó. Hasta que llegó el caudillismo que se venía anunciando desde mediados de la década de los 80 y se llevó por delante a la meritocracia para imponer el trueque, el rebusque y las malas mañas. Sin olvidar –porque está prohibido olvidarlo y porque está en el origen de todo- que el caudillo, el líder de la destrucción, fue escogido por el soberano en unas elecciones limpias y abiertas.

Pdvsa, como todos los negocios que invadió el chavismo, está en ruinas y su recuperación como empresa estatal integrada es, en el mejor de los casos, una utopía que debería excluirse de cualquier plan medianamente razonable. Si la petrolera vuelve a pertenecer al Estado, es decir, al público y en última instancia al gobierno, tendría que desarrollarse, otra vez, dentro de una cultura dominante que es ajena a los negocios y a la productividad. Una cultura que se salta las leyes para favorecer a los panas. Una cultura que buscó a su propio verdugo. Que aún no ha aprendido a tener instituciones sólidas –los ejemplos sobran-, y que no sabe cuánto tiempo le tomará aprender. En Venezuela, la generación de riqueza en manos del Estado supone un riesgo de fracaso demasiado alto.

El sistema de orquestas: una familia comprometida y disciplinada por Crysly Egaña / Isaac González Mendoza – El Nacional – 12 de Febrero 2020

La institución cumple este miércoles 45 años desde la primera reunión de un grupo de músicos convocados por José Antonio Abreu, su creador. Un alumno, un representante, un profesor, un trabajador administrativo, un fundador y un músico que emigró narran lo que para ellos significa formar parte de un programa que describen como una familia

Orquestas
Ensayo en el núcleo de San Agustín | Kenny Linares (@klipsproducciones)

En el Centro Nacional de Acción Social por la Música, sede principal del sistema de orquestas en Quebrada Honda, los sonidos del violín, el oboe, la flauta, el arpa habitan en cada rincón. Viajan por los pasillos y las escaleras con tal naturalidad que por un momento hacen olvidar que se está en Caracas, esa ciudad siempre agitada, siempre caótica. Es otro universo en medio del bulevar Amador Bendayán.

En cada uno de los pisos de la obra diseñada por Tomás Lugo hay pasillos, al menos, de 10 metros de largo donde están los salones de ensayo dispuestos paralelamente. Los estudiantes reservan estos espacios para practicar sus partituras, solos o acompañados de compañeros o profesores. Además, tienen la acústica necesaria para escuchar lo que tocan.

De un lado a otro pasan niños y jóvenes con algún instrumento encima. En el área de práctica de percusión, construida especialmente para sonidos demasiado vibrantes, dos estudiantes se divierten con sus tambores. Se ríen y a la vez ensayan muy concentrados. En esos pasillos de paredes grises distribuidos como laberintos se encuentran muchas historias narradas entre la música, las anécdotas y la pasión.

El proyecto cultural de mayor alcance social en Venezuela cumple 45 años. Su creador, José Antonio Abreu, cumplirá 2 años de ausencia el 24 de marzo de este año. Pero su obra permanece en cada alumno, en cada maestro, en cada directivo; en definitiva, en cada uno de los que integran esa gran partitura que es el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela.

El 12 de febrero de 1975, hace hoy 45 años, 80 músicos de varias regiones formaron parte del primer ensayo importante del grupo, en principio llamado Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela Juan José Landaeta y fue justamente en la Escuela de Música Juan José Landaeta. Formalmente debutaron el 30 de abril en la Casa Amarilla, sede de la Cancillería, durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez.

Entonces comenzaron las giras, los éxitos, los aplausos, las recepciones multitudinarias en el aeropuerto. El mismo año de su fundación viajaron a México con el pasaporte colectivo 1586.

También ha sido elogiado por prestigiosas figuras de la música y ha sido replicado en más de 70 países de Europa, América, Asia, África y Oceanía.

El director de orquesta inglés Simon Rattle, quien hace dos años se despidió como director de la Orquesta Filarmónica de Berlín, afirmó hace siete años que el Sistema es el modelo educativo más inspirador que ha conocido. «Si la gente llora a los dos minutos del concierto, no se puede decir más. Se necesitan a hombres extraordinarios para que sucedan cosas así. Si Suráfrica tiene a Nelson Mandela, en Venezuela tienen al maestro José Antonio Abreu», expresó en aquel entonces.

Claudio Abbado, el reconocido director italiano fallecido hace seis años, fue otro de los enamorados del proyecto venezolano. «En 2005 cuando vine a Caracas con motivo de los conciertos de la Orquesta Juvenil Gustav Mahler, tuve la fortuna de ver a Gustavo Dudamel dirigir la Sinfónica Infantil y Juvenil. Simplemente quedé entusiasmado con la idea de esta organización. Inmediatamente me dije: estoy ante algo inusual; esto no lo he visto en ninguna parte del mundo», aseguró el músico en una de sus últimas visitas al país en 2010.

El Sistema ha sido reconocido con innumerables premios en todo el orbe, entre ellos el Príncipe de Asturias de las Artes en 2008. El jurado destacó su capacidad para «combinar la máxima calidad artística con una profunda convicción ética aplicada a la mejora de la realidad social».

José Antonio Abreu, por su parte, recibió el Premio Polar de Estocolmo, considerado el Nobel de la Música, y el Premio del Consejo Directivo del Grammy Latino que concede la Academia Latina de Artes y Ciencias de la Grabación a individuos que han realizado importantes contribuciones −excluyendo interpretaciones− en el campo de la grabación durante sus carreras.

Hoy, día la Fundación Musical Simón Bolívar, figura jurídica del Sistema adscrita al Despacho de la Presidencia, tiene una matrícula confirmada por 1.012.777 niños y adolescentes en todo el país. Nicolás Maduro dijo que proyectan que esta cifra llegue a 2 millones para 2025. Además, cuentan con 443 núcleos y 1.704 módulos en toda Venezuela.

Quienes forman parte del sistema de orquestas se asumen como una familia. Entre salones, ensayos, clases, conciertos y giras pasan sus días. Hay quienes apenas tienen un año, otros 20, otros 45 años. Cada uno cuenta su historia, la del compromiso, la vocación y la disciplina.

Detrás de un sueño

Orquestas

Uno de esos adolescentes es Eduard Camacho, de 13 años de edad. Se inició en el Sistema a los 4 años en el violín y luego cambió al instrumento que quería: la trompeta.»Mi padrino era miembro de la fila de trompeta de la Bolívar. Él me regaló una trompeta pocket y practicaba en casa», recuerda de la primera vez que la tocó.

«El Sistema ha sido mi vida, mi día a día. Todo lo que implica ser yo está aquí. A mí siempre me ha gustado la música. Le dije a mi mamá y entré al núcleo de Montalbán», agrega el estudiante del núcleo San Agustín.

Ni siquiera un accidente en esa misma sede le impidió continuar su carrera musical. Un perro lo mordió y lo hirió en la boca, así que tuvo que dejar su formación durante un año. «Perdí un tiempo de preparación y práctica, pero trato cada vez que estudio de recuperar ese año; es un granito de arena para recuperar el tiempo perdido», relata Camacho.

En las mañanas está en el colegio y en las tardes se dedica a la música. Está en segundo año de bachillerato y es parte de la Orquesta Juvenil José Francisco del Castillo. Su sueño es dedicarse a la música y su referente es Román Granda, integrante de la Bolívar que se pasea por escenarios internacionales.

Nada es imposible

Orquestas

La arpista Annette León es una profesora entregada al programa. Lo hace en la sede principal, donde imparte clases martes y miércoles. Pero ella, además, es una de los miembros fundadores de la institución: ingresó en septiembre de 1975 cuando apenas comenzaba a crecer aquella Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil de Venezuela Juan José Landaeta.

Meses después de aquel primer ensayo de febrero de 1975, León se acercó a la Escuela José Ángel Lamas y habló con el maestro Abreu, quien la aceptó en el proyecto.

«Fue una época muy linda porque era el comienzo de un sueño maravilloso que nos involucró a todos, que nos permitió ser músicos en aquella época. Cuando uno decía que quería ser músico, la gente decía que no era una carrera», recuerda sonriente. Pero Anette León insistió. Y desde entonces han transcurrido 45 años.

Antes de entrar a la organización, la arpista estudiaba en la Escuela Juan Manuel Olivares. Ya estaba cursando el quinto año de su instrumento. Ángel Sauce, uno de sus profesores de armonía, le había hablado con anterioridad sobre la existencia de una orquesta juvenil. Entonces, al ver que comenzaba a crecer este movimiento, conoció a Abreu a través de la profesora María del Pilar Hualde, la primera arpista del Sistema.

«La primera obra que toqué en la orquesta fueron Los maestros cantores. Eran acordes maravillosos para mí. Aunque el arpa no tenía una participación que se oyera demasiado, para mí era lo más maravilloso. Poder integrar a esa orquesta y tocar esas notas para mí fue lo mejor del mundo», describe León, quien desde los 4 años quedó encantada con el sonido del arpa. Y con ella se quedó.

De los consejos del maestro Abreu, León, de los muchos que recibió, destaca uno que siempre aplica, y es la afirmación de que no hay imposibles. «Todo lo que uno se propone en la vida se puede lograr. Se necesita perseverancia, trabajo, constancia y mucho amor por lo que se hace».

Constancia y dedicación

Orquestas

Los representantes también son parte esencial dentro del sistema de orquestas. De hecho, el maestro solía decir que la institución siempre estaría en manos de los niños y de sus representantes.

Katiuska Gutiérrez es la madre de Katherine, que ingresó al Sistema a los 8 años de edad. Actualmente su hija tiene 23 años y suele trasladarse a Caracas desde Charallave para ir al núcleo de San Agustín. En algunos días de la semana opta por quedarse en la ciudad, en la casa de una amiga que también es músico.

«Para mí el Sistema ha sido constancia y dedicación. Son valores que le he dado a mi hija y que ella los ha incorporado a su vida. Katherine es contador público, está en el Conservatorio Simón Bolívar, forma parte de la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho y es profesora en el núcleo», afirma Gutiérrez.

Para ella, la institución, además de estudio, le ha dejado amistades muy valiosas a su hija. «Somos prácticamente una familia, que no es de sangre. No creas que todo es bonito y que solo es música. Hemos vivido momentos difíciles como enfermedades de niños, de representantes, carencias y nos hemos ayudado», subraya.

Recuerda que apenas Katherine empezó en el Sistema su padre falleció. Estar en el programa las ayudó a ambas a sobrellevar el dolor: «No es que fue un escape, pero sí nos ayudó muchísimo estar aquí. Ella con sus compañeros, yo hice amistades aquí con las que conversaba a diario. Trataban de distraernos. Nos ayudó muchísimo. Cuando mi mamá se enfermó también fue igual. Ya mis padres partieron de este plano y estar aquí fue una ayuda emocional enorme».

La fuerza de un docente

Orquestas

Tupac Amaru Rivas es profesora y directora del núcleo de San Agustín. Para ella, el Sistema es una institución en la que hay que reinventarse a diario y continuar.

«Creo que es la única opción, la más viable, para que los niños no estén en ocios o cerca de situaciones a las que socialmente son más vulnerables ahora. No queremos que eso pase. Muy a pesar de todo seguimos en una burbuja y es una zona protegida para muchas cosas», dice la docente, que maneja un núcleo con 1.033 jóvenes que también padecen la crisis. De hecho, tuvieron que reducir los horarios de atención por las fallas del transporte público y junto a los profesores y el personal administrativo se esfuerza por mantener las instalaciones por cuenta propia.

«El maestro me decía: “Mi querida, no es el qué sino el cómo” cuando te vayas a referir a alguien, a llamar la atención o presentar alguna queja. Nunca se me va a olvidar», dice de una de las enseñanzas de José Antonio Abreu que siempre recuerda.

De músico a gerente

Lennar Acosta es hoy día el director sectorial de Talento Humano del Sistema. Comenzó como músico gracias a un proyecto con el INAM hace 23 años. En 2008 dio su primer paso como director de un núcleo e inició así su carrera gerencial. Ha sido gerente estadal y director del área de lutería, de la que es especialista junto con su oficio como organero.

Por estos deberes tan diversos, Acosta considera que el Sistema es una plataforma inacabable de profesiones. «Es muy integral», recalca.

«Creo que el Sistema cumplirá 1.000 años más si seguimos trabajando con la misma mística y amor todos los que nos hemos formado acá. Y los que vengan tienen que venir repotenciados, como ocurre con las nuevas generaciones. Fíjate que las nacionales infantiles de hoy no son las mismas que fueron hace 20 años. Hoy los chamos tocan Mahler con 8 o 9 años», dice Acosta, quien sale de su casa a las 7:00 am para llevar a su hija al colegio y luego se va al Sistema. A las 7:40 comienza su jornada, que puede durar hasta las 9:00 pm.

«Amo estar aquí», subraya.

Acosta considera que tiene suerte porque en sus primeros años de gestión contó con el acompañamiento de Abreu, con quien hablaba acerca de cómo ser un mejor gerente.

«Él siempre me decía que en la planificación y el orden iba a encontrar las respuestas a mis dudas, lo que es muy cierto. Si no te organizas nunca canalizarás tus ideas. Abreu era un maestro en eso, era genial», recuerda el clarinetista.

Al principio le costó convertirse en gerente, pues no se imaginaba detrás de un escritorio sino con un atril enfrente. Quería ser artista. Pero Abreu le pidió que lo ayudara en el núcleo de Los Chorros, donde se formó. «Llega un momento cuando te ves en una encrucijada. O sigues creciendo como gerente para mejorar cosas del Sistema o te dedicas a lo artístico. Yo decidí quedarme en la parte administrativa y gerencial. No me arrepiento porque también he hecho muchas cosas positivas por los chamos».

Una semilla en Los Ángeles

Hace dos años la flautista Ana Paola Rincones emigró a Los Ángeles. Como artista quería conocer más y conocerse a sí misma. Se decidió por esta ciudad estadounidense por ser el centro del entretenimiento del mundo. Pero esto no la ha separado del Sistema, al que llegó a los 9 años de edad en el núcleo Guaraguao de Porlamar.

«Una noche mi mamá llegó con una flauta traversa y me dijo que iba a comenzar clases de flauta. Cuando fui a mi primera clase, fue espectacular», narra la músico venezolana, quien tocó en la Orquesta Sinfónica Infantil de Nueva Esparta, en la Sinfónica de Nueva Esparta y en la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.

Actualmente, además de impartir clases en Los Ángeles en A Place Called Home y de ser tallerista en Scripps College en Claremont, Rincones es directora la organización sin fines de lucro Global Arts junto con Emily Kubitskey y Jacqueline DesRosier. Se trata de un programa inspirado en el Sistema con el que quieren inspirar a profesores y estudiantes en el Distrito Picon-Union, donde está concentrada la mayor población salvadoreña en California.

«Estamos muy emocionadas. Estoy feliz de embarcarme en este proyecto. No imaginé que algo así pudiera suceder de manera tan rápida», reconoce Rincones.

La flautista siente nostalgia cuando habla de lo que significa el Sistema para ella. «Siempre ha sido mi hogar, desde el primer día que recibí clases de flauta».

La primera vez que vio al maestro Abreu estaba todavía pequeña. «Recuerdo que era un señor que siempre estaba en todo, en cuanto ensayo, reunión, concierto, en todo. Así fue hasta la última vez que lo vi”.

Del maestro le quedó la lección del trabajo, de no quejarse. Rincones pensaba: «Voy a trabajar como hace el maestro».

A pesar de que está en Los Ángeles, afirma que sigue siendo parte del programa. «Me encanta ver que sigan los ciclos de recitales, que haya conciertos, personas que quieran ir a Venezuela a ver más de cerca el Sistema».

Atrapada, enamorada

Yessica Peña es asistente administrativo de la Dirección Operativa del Centro Nacional de Acción Social por la Música. Desde hace un año forma parte de la institución y desde entonces dice ser una enamorada del Sistema.

«Al conocer la historia de la organización, sus inicios como institución, el proyecto, me pareció algo tan bonito y maravilloso que quedé atrapada, enamorada», expresa la estudiante de Administración de 23 años de edad.

Peña, que apoya en la organización de los núcleos regionales, destaca que el Sistema es una institución integral que brinda oportunidades a distintos profesionales.

«Me dieron mucho apoyo, el manejo del trabajo, la estructura. Todo es llevado poco a poco. A medida que pasa el tiempo, conoces cómo es el trabajo en líneas generales», añade.

Para ella, el maestro Abreu es un hito en la historia de Venezuela, de gran inspiración para el país. «Para mí es como si fuera un Simón Bolívar. Debería haber más personas como él, debemos ser como Abreu».


3/5 Este es el tercer reportaje de un seriado sobre el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela con ocasión de su 45 aniversario:

La oscuridad y el abandono ganan terreno en el Teatro Teresa Carreño por Diana Maitta – Cronica Uno – 27 de Octubre 2019

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A pocos días del estreno de Los Miserables en el TTC, uno de los complejos culturales más importantes de América Latina está en penumbras, tiene filtraciones y se deterioran sus principales esculturas. Los jóvenes de protocolo y bailarines confirman el desamparo de los espacios que componen la “catedral” de las artes del país y denuncian que las polillas amenazan el escenario de la sala Ríos Reyna.

Caracas. No solo la oscuridad ha ganado terreno en el principal complejo cultural del país, el deterioro es cada vez más palpable. Las inundaciones en el Teatro Teresa Carreño y en una de sus salas después de cada lluvia dejan sus marcas. Las filtraciones han afectado las esculturas, pisos y techos. Los baños –que deberían estar abiertos al público– no funcionan, los drenajes están tapados y algunos de los locales que daban vida al complejo cultural hace tres años fueron olvidados.

Las obras del padre del cinetismo, Jesús Soto, también son una muestra del olvido de recinto. Las Nubes Blancas, los Cubos vibrantes sobre proyección blanca y negra y los Cubos virtuales sobre proyección amarilla están abandonados a su suerte.

Las escaleras mecánicas que bajan desde los espacios abiertos hasta el estacionamiento del complejo están estáticas, detenidas en el tiempo. Incluso cerraron el acceso y no hay quien las transite. Los bombillos, que según el personal son sustituidos con regularidad, son hurtados por vándalos de oficio.

Los empleados aseguran que el último plan de recuperación se llevó a cabo en 2015, pero fue un intento fallido y el mantenimiento solo sucedió en la Memoria y Cuenta de ese mismo año realizado por el Ministerio de Cultura.

Juan Carrillo, un bailarín de la agrupación Teresa Danzakalle y quien tiene cuatro años haciendo vida en los espacios abiertos, dijo que el pasillo principal y los tramos que conducen a los laterales son un monumento a la oscuridad.

Con 329.338 metros cuadrados de construcción, el Teresa Carreño es el segundo complejo cultural más importante de América del Sur. Contiene cualidades arquitectónicas y artísticas en el imperio de las artes. Proyectado por el arquitecto Tomás Lugo en 1972, fue escenario de grandes eventos y albergó una comunidad cultural que hoy ya no existe. La música, los conciertos, óperas y recitales que entonces palpitaban en la Caracas más cosmopolita se vivieron en las salas del Teresa Carreño.

“Otro espacio menos notorio, pero en el que hacen vida agrupaciones de baile, es el Platillo Protocolar, el cual se mantiene sin aire acondicionado y parece un horno cada vez que nos reunimos allí”, aseveró Claudia Landaeta, quien baila en los espacios abiertos.

La imagen del teatro en penumbras no es solo una lectura metafórica de los empleados que formulan las denuncias desde el anonimato. Los jóvenes de protocolo también confirmaron el deterioro de los espacios que componen la “catedral” de las artes.

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Los peldaños de las escaleras están rasgados. Foto: Luis Morillo
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Las filtraciones se comieron algunas esculturas que se encuentran en los espacios abiertos del Teatro Teresa Carreño. Foto: Luis Morillo
“Todo es una fachada en las salas”

La sala Ríos Reyna, principal espacio para presentaciones en el teatro, tiene 2360 butacas y un escenario de forma semihexagonal que fue diseñado con dimensiones especiales para adecuarse a usos múltiples. Un empleado de la Fundación Teresa Carreño, quien pidió resguardar su identidad, señaló que las correas están desvencijadas y el circuito mecánico que hace posible el ascenso de los espectadores está dañado. Requieren mantenimiento.

Intentan ocultarlo cuando dan ruedas de prensa para difundir las obras del teatro, pero quienes trabajamos aquí sabemos la otra cara de la moneda. En el momento de presentar bailes, obras, musicales, entre otros, todo es una fachada y se tapa con las luces y la oscuridad de las salas. Pero alguien que se siente en las butacas notará que algo no está bien”, comentó el trabajador.

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Sala Ríos Reyna. Foto: Luis Morillo

Empleados aseguraron que la escalera que se levanta hasta la sala sí funciona, pero solo la encienden cuando realizan algún evento. Sin embargo, la parálisis de los peldaños metálicos encarna el menor de los problemas en un recinto estropeado por la desinversión y la abulia gubernamental.

La crisis presupuestaria en la Ríos Reyna es la mayor prueba del abandono que afecta al complejo, admiten trabajadores de la Fundación Teresa Carreño.

Otra sala que requiere mantenimiento es la José Félix Ribas –considerada como la segunda sala de mejor acústica de Caracas, después del Aula Magna–, la cual a simple vista se ve conservada, pero las 347 butacas que conforman su aforo muestran sus rasgaduras en el material de cuero y al espacio que funciona como antesala le faltan algunos bombillos. También que se han descuidado los pisos y la alfombra.

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Butacas que presentan rasgaduras en el material de cuero en la sala José Félix Rivas. Foto: Luis Morillo.

Este espacio se inauguró el 12 de febrero de 1976. El techo de la sala cuenta con una obra del artista Jesús Soto, que lleva por nombre Pirámides Vibrantes y que funciona como techo acústico.

El negocio lucrativo de las obras

Cada vez son menos las obras que se presentan en las salas del complejo. En los últimos tiempos, la Ríos Reyna ha servido de escenario para actos políticos del gobierno y del PSUV, por esa razón la presentación del famoso musical Los Miserables ha levantado roncha entre los trabajadores.

La producción patrocinada por empresas privadas, se estrenará en la sala Ríos Reyna el 31 de octubre.

Montar una obra de esta envergadura en un país en crisis fue uno de los puntos de los que más se habló en una rueda de prensa que dieron a los medios de comunicación. Pero, más allá de eso, un empleado de la Fundación, quien tiene más de 10 años de servicio, aseguró que el dinero que recibirá el Teresa Carreño no irá a obras de mantenimiento y denunció –bajo condición de anonimato– que los beneficiarios serán los directivos.

Miserables nosotros los trabajadores que no recibimos ni un centavo de esos montajes; mientras que un grupo reducido se forra los bolsillos con espectáculos cuyas entradas se cobran en dólares. Por ejemplo, las entradas para el show de Los Miserables cuestan entre 28 y 63 dólares, que en bolívares son entre 580.000 y 1.300.000. Ninguno de esos ingresos es destinado al mantenimiento del Teresa Carreño, ya esto ha pasado antes”, manifestaron.

Además, uno de los trabajadores expresó que el musical que contará con 32 músicos en escena, dirigidos por Elisa Vegas, se montará en un escenario infestado de polillas que se están comiendo el piso y brindará asientos al público en unas butacas deterioradas. “Pero se trata de un problema que puede ser revertido con una jornada de mantenimiento”, indicó.

Sin vida nocturna

Cuatro locales que se encuentran en los espacios del complejo cultural son propios de su construcción. Dos de ellos están alquilados y otros dos están abandonados, cerraron hace aproximadamente tres años. Un cafetín, que en sus buenos tiempos vendía empanadas, jugos y almuerzos, se observa destruido, los cables están rotos y los pisos y las paredes se muestran deteriorados.

Foto: Gleybert Asencio

Dos librerías del pasillo principal aún se mantienen abiertas, pero la que se ubica en el segundo piso del complejo permanece cerrada.

Por su parte, un guía de protocolo dijo que al lugar le falta la logística para las presentaciones nocturnas, pues el personal se va más tardar a las 4:00 p. m.

“En un principio la obra de Los Miserables empezaría a las 7:00 p. m. pero ahora comenzará a las 6:00 p. m. debido a la inseguridad y a la falta de empleados”, aseguró.

Las taquillas del teatro cierran temprano y, en un espacio cultural que anteriormente realizaba presentaciones hasta las 10:00 p. m., ahora pasó de tener esa chispa nocturna a ser un espacio desolado a la mira de la delincuencia en horas de la noche.

En cuanto a las producciones, pasó de tener decenas de presentaciones anuales a una oferta cultural prácticamente nula.

Por esta razón, las dimensiones y la calidad de las presentaciones no son las mismas. La mayoría aluden a ideologías políticas o son financiadas por el Estado. Cuentan quienes vivieron sus mejores momentos culturales en las salas del teatro que antes realizan más obras de productoras privadas.

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Cafetín abandonado hace tres años. Foto: Luis Morillo

Flores perennes por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 14 de Julio 2019

Rodolfo Izaguirre

Me crispa y avergüenza admitir que todavía hoy, transcurridos veinte o más años de oprobios y ofensas, el país venezolano, bajo el socialismo bolivariano, sobrevive aturdido, descentrado. Comenzamos cada nuevo día con pie equivocado, damos brincos, tropezamos con piedras políticas, nos confundimos y nos estrellamos contra la espiral inflacionaria, resbalamos en la acera de los infortunios y sufrimos la crueldad de la diáspora y la agonía de no saber qué vamos a comer mañana.

¡Creo que somos flores perennes! Y lo es mi propio país cultural. Los museos nada ofrecen en sus espacios; no dan muestras de vida, sucumbieron en el desplome de la cultura oficial y el régimen militar; siguiendo la mejor tradición del nazismo, considera degenerado el arte que hacemos. Borró toda huella cultural de altura y nobleza para hundirse en los manglares de una “patriótica” mediocridad que solo le ha servido para pintarrajear las paredes y afear las ciudades suficientemente castigadas por las torpezas económicas y la crueldad de las aflicciones. San Cristóbal ya no es la misma; Maracaibo huele mal y es un desastre; Mérida perdió el encanto que alguna vez tuvo, y el resto del país vive en la oscuridad.

Pero hay, en la otra acera, en una zona perfecta y absolutamente privada, una vida cultural intensa y asombrosa. Se editan libros, hay reuniones, conferencias, existen en Caracas las librerías El Buscón y Kalathos que se manejan con criterios de una modernidad apasionante. Hay en ellas oxígeno suficiente para respirar y rozar nuevos horizontes.

Se celebran talleres con diversos propósitos; hay una plaza en Los Palos Grandes (¡posiblemente, la única!) que ofrece sus espacios no solo para el goce de una vida al aire libre (juegos, niños, ajedrez, taichí, actos culturales), sino para que Eugenio Montejo continúe vivo y Francisco Herrera Luque persista, a través de la Fundación que lleva su nombre, en la búsqueda de la luna de Fausto.

Las artes visuales son como flores perennes, persisten en sus fragancias. No sé cómo hacen los creadores para conseguir los materiales que componen sus obras, pero ellas aparecen en galerías que nacen y se sostienen en espacios que jamás imaginaron que iban a servir para actividades tan gloriosas y fascinantes: unas quintas en algunas urbanizaciones, un tercer piso en un edificio anónimo y allí nos esperan los prodigios del arte.

El Trasnocho, en Las Mercedes, es un oasis en permanente fervor. El teatro puede llevar acertadamente el nombre de Héctor Manrique, aunque hay otros teatreros de enorme talento; y el cine, el nombre de José Pisano (¡no puedo olvidar el magazine Moviola que dirigió en tiempos de La Previsora!). El Trasnocho también es aroma de café y cacao, espejos, una esclarecida galería de arte y la presencia de Solveig Hoogesteijn. ¡Se siente uno seguro allí!

Hay en Caracas portentosas colecciones de pintura, la Fundación Polar cumple tareas de asombrosa modernidad y todos sostenemos y expresamos pensamientos propios y admitimos que nuestros hijos son mejores que nosotros mismos y nos enorgullece saber que seguramente encontrarán un nivel laboral y una vida emocional armoniosa en el país que eligieron víctimas de la diáspora cruel desatada por el régimen militar.

Insisto en calificarnos como flores perennes. Más aún: como flores de loto que nacen en las aguas de los estanques o en el pantano, porque igualmente todos nacemos y florecemos en un país absurdo, áspero, caudillesco y petrolero que oficialmente odia o niega la belleza y persigue con saña la sensibilidad y la inteligencia y, sin embargo, persistimos en amarlo con abierta pasión. Y me pregunto: ¿qué he ganado yo? Y el Eclesiastés, en una Biblia que leo a veces, responde por mí: “No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo: y esta fue mi parte de toda mi faena”.

Ideas a propósito de la cultura en Venezuela por Albe Pérez -Perazzo – Blog Polis – 24 de Mayo 2019

LA CULTURA, UN ACTIVO CON UN ROL ESTELAR EN LA RECONSTRUCCIÓN.
Venezuela fue durante buena parte del siglo XIX el mayor productor y exportador de cacao del mundo; una vez que se comienza a producir y exportar café, Venezuela ocupa el segundo lugar, detrás de Brasil. Aparece el petróleo en el siglo XX y nuestro país se convierte entonces en uno de los principales productores y exportadores del mundo, permaneciendo siempre entre los primeros puestos.
Todo este es sabido. No es ninguna novedad. Pero el desarrollo de estos rubros no se debe solo a la privilegiada ubicación geográfica y a las bondadosas condiciones climáticas del país. El desarrollo de cada uno de ellos está sujeto a una serie de procesos, el uso lógico, la planificación y la sistematización de la industria.
Vienen tiempos de cambio, tiendo a pensar que inevitablemente vienen tiempos de cambio. Y los venezolanos tenemos entonces grandes retos y mucha responsabilidad en ese nuevo proyecto de país que toca volver a pensar, diseñar, convocar y echar a andar. Un nuevo formato de país que debe ser estructurado no solo por quienes estamos aquí ahora, sino también por aquellos que desde otras fronteras recogen hoy muchas referencias e información valiosa que será indispensable considerar en adelante.
Bien, en esa dirección va la invitación que dejo en estas líneas. Ya transitadas las rutas del cacao, del café y del petróleo, y teniendo por seguro que todas tres son industrias muy potentes que aún tienen tanto campo por explorar, nos toca ahora pensar cuáles serán los rubros sobre los cuales pondremos el foco para la reconstrucción de Venezuela.
En este sentido, y porque además soy testigo, como muchos, del potencial que representa, estoy convencida que la Industria Cultural y la creatividad tendrán un rol estelar en ese proceso de reconstitución del tejido social y la reconstrucción de nuestro país.
Por varias razones, una de ellas, porque para nosotros, en Venezuela, resulta casi natural reaccionar de forma creativa ante la adversidad, y vemos cómo en casa se preparan menús adaptados a lo que va quedando en la despensa o a lo que logramos conseguir. Cómo el ingeniero que quedó desempleado cuando la planta donde trabajaba cerró, logra montar una pequeña empresa que diseña, produce y gestiona páginas web de otras. Cómo la diseñadora gráfica que quiere percibir más ingresos, aparte de su trabajo regular crea una marca de accesorios de moda hechos con material reciclado. Cómo el joven recién graduado, para costear sus estudios, rescata el recetario de tortas de su abuela, lo renueva y ofrece desde una cuenta en Instagram, manejada por otro amigo del liceo, el servicio de repostería en alguna ciudad del interior del país. Y así tantos otros que hemos conocido y conoceremos. Cada venezolano, dentro y fuera del país, tiene una historia qué contar a propósito de la creatividad.
Todos estos asuntos asociados a la creatividad, la dinámica, el impacto y la infraestructura que derivan del desarrollo de cada uno de ellos, conforman la Industria Cultural de un país, y al tiempo, se reúnen en torno al concepto de “Economía Naranja”. Este no es un concepto nuevo, por el contrario, hace honor a los principios básicos de la economía del libre mercado, y en pocas palabras se resume en “el conjunto de actividades que de manera concatenada permiten que las ideas se conviertan en bienes y servicios culturales, cuyo valor fundamental es determinado por la propiedad intelectual” (John Hawkins).
En tiempos pasados, hemos tenido en Venezuela muchas referencias directas sobre el impacto de la Industria Cultural en la sociedad, allí los museos y las artes plásticas, la industria editorial y literaria, el cine, la gastronomía, la moda, la televisión, el diseño gráfico, la artesanía, el teatro, la danza, la música y tantos otros que podemos registrar.
Hoy en día, países como España, Argentina, Colombia, valoran lo que ella representa y encuentran en la Industria Cultural aportes entre 5 y 10% al PIB de cada uno de ellos.
Pero hagamos un ejercicio más gráfico sobre el impacto de la Economía Naranja en la  cotidianidad económica y social de un país. Pensemos en un festival de escala urbana, como el Festival de la Lectura Chacao, que durante nueve años consecutivos se realizó en la Plaza Francia de Altamira, en Caracas. Durante los días de exposición de este festival, evidentemente se beneficiaban las editoriales y libreros que exhibían allí sus títulos y novedades, claro, también los lectores asiduos que aprovechaban de buscar sus palabras por leer. Pero allí también se generaba una dinámica muy particular en torno al encuentro con autores, músicos, artistas. Espacios para la gastronomía, para los niños, para el esparcimiento, para la contemplación de la ciudad. Y más allá de esto, se veían directamente beneficiados los hoteles de la zona, los restaurantes, luncherías y locales comerciales, los estacionamientos privados, las estaciones de metro y metrobús, los heladeros, los cajeros automáticos, el kiosko cercano, en fin, todos aquellos que veían incrementados sus ingresos por la cantidad de gente que durante esos días frecuentaban la plaza y sus alrededores; todos aquellos actores que dinamizan la economía de un país y que en menor o mayor escala aportan desde sus espacios a eso que debe ser propio de los ciudadanos: una ciudad normal. Una ciudad que es mucho más que el mero accidente que resulta entre el tránsito del hogar al trabajo, y se transforma en el espacio donde suceden eventos que reconcilian, reúnen y dignifican la vida de todos por igual. Una ciudad habitada a plenitud desde la creatividad.
Tomemos un caso en particular: el emprendimiento en la industria musical en Venezuela. Otto Ballaben, es gestor cultural e impulsa el programa Semillas Naranja, dirigido especialmente a la industria musical.  Según su testimonio, en el año 2018 se lograron registrar alrededor de 400 proyectos de emprendimiento específicamente enfocados en la música, en todo lo que ella abarca, desde luthiers, técnicos, asesores de imagen, intérpretes, hasta llegar a la especificidad de una terapista dedicada a corregir la higiene postural del músico evitando futuras lesiones. Proyectos que están andando, a pesar de la adversidad.
Pensemos pues en la cultura, en la creatividad, finalmente, en la Industria Cultural como uno de los activos más poderosos para la reconstrucción de Venezuela. Tenemos allí una industria que no se ha detenido a pesar de la crisis, por el contrario, se ha mantenido activa y ha sido una de las vías que muchos hemos conseguido para resistir momentos complejos e inciertos, para salir al paso y mantenernos de pie.

Caracas: terror en un teatro a oscuras por Ibsen Martínez – El País – 9 de Abril 2019

Hace una semana, un apagón dejó a oscuras la ciudad cuando en la sala Trasnocho había transcurrido ya una hora de la obra ‘Terror’. Los actores siguieron adelante en las tinieblas

Las butacas de una sala de teatro.
Las butacas de una sala de teatro. D. JONES GETTY

A mediados de los años 70 del siglo pasado, el boom de precios que siguió al embargo de petróleo que los miembros árabes de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) impusieron a las naciones de Occidente que apoyaron a Israel durante la llamada Guerra del Yom Kippur, tuvo como consecuencia no prevista que Caracas dejase de ser un campamento petrolero de mediano tamaño y se convirtiese al fin en una compleja capital latinoamericana que, bien o mal, entró al fin en conversación con el mundo.

Cada año, en abril,y a partir de 1973, Caracas se veía visitada por grupos como el Piccolo Teatro di Milano, La Fura dels Baus, La Zaranda, el Odin Teatret de Copenhague, La Cuadra de Sevilla, la compañía de Tadeuz Kantor, figuras como Lindsay Kemp, Peter Brook, o Kazu Ohno.

En menos de una década, la confluencia que vengo comentando hizo masa crítica y moldeó la masiva adicción al teatro en todas sus formas que hoy define a los caraqueños y sorprende a los corresponsales de guerra que nos visitan.

Nuestra ciudad no ha renunciado al teatro. Actividad nocturna por excelencia, ni el toque de queda decretado desde hace años por el hampa y, últimamente, tampoco el apagón universal que la dictadura militar corrupta e inepta pretende imponer al país en todos los órdenes, han hecho decaer la afluencia de público a los teatros.

Justo también es decir que nuestra gente de teatro ha dado muestra del tesón característico de esa estirpe. Hay en ese empeño, sin duda, una clara y gallarda manifestación resistencia por parte de la sociedad civil a la barbarie en que el chavismo ha hundido a Venezuela.

Una muestra más pudo verse, hace dos semanas, el curso una función teatral de la celebrada obra Terror, del escritor alemán Ferdinand von Schirach. La populosa pieza propone al público enjuiciar a un piloto de guerra con órdenes de derribar un avión de pasajeros secuestrado por terroristas que se disponen a estrellarlo contra un estadio de fútbol repleto de espectadores.

La obra –que en Caracas, contra viento y marea, ha cumplido ya más de 100 funciones- discurre siguiendo la liturgia de un juicio con jurado: testigos que declaran, fiscales y abogados que alegan. Es la pieza de Schirach el jurado es el público que, al final, vota en una urna por un veredicto de culpabilidad o inocencia.

La noche del sábado 30 de marzo un apagón dejó a oscuras la ciudad cuando en la sala Trasnocho había transcurrido ya una hora de función. Perplejos, los actores callaron momentáneamente, pero el instinto de su raza los llevó a seguir adelante, dialogando en la tiniebla.

La platea estaba a medio llenar. Inmediatamente. el público, sin aspaviento ni alarma por el corte de luz, encendió sus celulares. Los actores encendieron los suyos. No se escatimó en la carga de las baterías y se redistribuyó sabiamente la iluminación hasta que la función tocó a su fin. La votación final se llevó a cabo sin tropiezos. Cada quien marchó luego a su casa, donde no hallaría agua ni luz, atravesando la tiniebla poblada de colectivos paramilitares. En el 62% de los países donde se ha representado Terror desde 2017, el veredicto del público ha sido “inocente”. En Caracas, quizá influido por la condición militar del acusado, el veredicto mayoritario ha sido “culpable”.

Bolívar y los vascos por Miguel Pelay Orozco – Deia – 20 de Marzo 1980

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De La Sociedad Bolivariana Del País Vasco

Si hay en la historia universal una figura atrayente, fecunda en toda clase de sugestiones, didác­ticas, especulativas, romancescas e in­cluso poéticas, esa figura es, sin duda alguna, la de Simón Bolívar. Su ca­rácter indomable, su capacidad de autocrítica, su amor a la libertad de las naciones y de los hombres, su agu­deza política y su sentido de la estrate­gia, sus decisiones audaces y transcendentales, sus discursos, sus mis­mas frases, han suscitado siempre el interés de biógrafos, historiadores, ci­neastas, ensayistas, políticos, diplomáticos y militares de todos los paí­ses.

Su propia vida constituye una inci­tación para cualquier escritor. Y si coincide que ese escritor es vasco, la incitación se convierte en tentación incontenible. Tenemos el caso de Unamuno. Todos sabemos que para Unamuno, Don Quijote —en cuya existencia real creyó siempre— en­carna la más noble regla de compor­tamiento, la excelsitud suprema. En su Vida de Don Quijote y Sancho, llega a establecer un paralelismo entre el “caballero de la triste figura” y nuestro Ignacio de Loyola, santo por el que el profesor bilbaíno profesó siempre una admiración muy especial y hasta quizá un tanto extrarreligiosa (llegó a afirmar que en Loyola culminaba toda nuestra casta y que nos pertenecía mucho más a los vascos que a los propios jesuitas). Pues bien: la segunda y última vez que don Mi­guel cotejara a su Don Quijote con otro ser humano, el héroe elegido será Bolívar. Precisamente. Y precisamente también, la plataforma sobre la que va a apoyar tal vinculación, será vasca. “Me permitiréis que como vasco que soy, por todos mis treinta y dos costados, me detenga en la vasconía del Libertador”, escribía en un en­sayo intitulado Don Quijote y Bolívar. Para añadir un poco más ade­lante y tras hablarnos de la colegiata de Cenarruza, tan próxima al lugar “de donde tomó su nombre y su ori­gen el Libertador”, esta advertencia: “Y cuando vuelva yo a hacer otra edición de mi ‘Vida de Don Quijote y Sancho, comentada y explicada’, no os quepa duda de que la aumentaré incluyendo en ella pasajes de la vida del Libertador, como incluí pasajes de la vida de Iñigo de Loyola, un vasco representativo”.

He aquí, pues, una vinculación de signo vasquista y a cargo de un hombre que no se caracterizó jamás ni por su chauvinismo ni por su afán de compartir opiniones generales, sino más bien por todo lo contrario, es de­cir, por su tendencia a llevar la con­traria y a incordiar a sus paisanos.

Unamuno reparó también en el cendal de poesía que envolvió y enriqueció la vida toda del Libertador, de quien afirmó que era “un héroe para un poema, a la manera de los de Browning en que toma un personaje histórico como centro de reflexiones poéticas”. Y para que no cupiesen dudas al respecto, él, que gustaba de las precisiones semánticas, recalcó: “Poesía, sí, ésta es la palabra, poesía”.

Puede decirse que siempre que los vascos se han acercado a Bolívar ha sido para exaltarle. Y yo añadiría que con apasionamiento de compatriotas. Así, en distintas épocas —y, claro, en muy diversas circunstancias—, desde Trueba hasta el lendakari Aguirre, pasando por José María Salaverría, Segundo Ispizua, Alejandro Sota, Mourlane Michelena, Teófilo Guiard, Vicente de Amézaga, Llano Gorostiza, Martín Ugalde, Mariano Estornés, Arantzazu Amézaga, Sancho de Beurko y un interminable etcétera, lo han considerado siempre como héroe propio.

Por otra parte, el mismo Bolívar, cuya ascendencia vasca provenía de la línea agnaticia, pasó por una expe­riencia común a muchos niños vas­cos, no solamente de su época sino también de tiempos mucho más mo­dernos. Agonizaba el siglo XVIII. Si­món, que había quedado huérfano a muy temprana edad, no tenía tam­poco una abuela que le transmitiera, antes de acostarse, las estremecedoras historias que ella, a su vez, hubiera oído en su niñez, contadas por su amona, como ha venido sucediendo —y espero y deseo siga sucediendo— en nuestros caseríos. Pero, si el niño caraqueño no disponía de una nana auténtica, allí estaba, para sustituirla, la negra Hipólita. Y si en nuestras montañas vascas se narraban a los chicos unos relatos terroríficos en los que intervenían brujas, lamias, genti­les o basajaunas, la bondadosa Hipólita, sin saberlo, hablaba al caraqueñito de un hombre nacido también en la tierra de sus mayores. De un hom­bre terrible, aterrador, cuyo recuerdo perduraba todavía con fuerza en Ve­nezuela y al que se le atribuían —por si fueran pocas las que llevó a cabo— las más fantásticas atrocidades.

Aquel loco, aquel hombre terrible al que la historia llegó a conocerle también como el “fuerte caudillo de los invencibles marañones”, había na­cido en la aldea de Araoz (Oñate), casi 300 años antes que el chiquillo que oía hablar de sus andanzas y fecho­rías. Aquel hombre terrible recorrió más de 6.000 kilómetros, a pie, en condiciones indescriptiblemente pe­nosas, en persecución del juez que, por una falta que él estimó como leve y que, sin atender a sus razonamien­tos ni a su legítima invocación de “hi­jodalgo vascongado”, mandó azotarle públicamente. Hasta que finalmente dio con él en Cuzco, encontrándole dormitando en su despacho, con la cabeza apoyada sobre el escritorio. Y es fama que sobre ese mismo escrito­rio quedó brutalmente clavada con su puñal la odiada testa de su verdugo. Posteriormente, aquel hombre terri­ble sería pieza fundamental de una in­creíble expedición que había de sor­tear los más atroces peligros, nave­gando por ríos caudalosos y turbulentos, llenos de caimanes, anacondas y pirañas, y atravesando mil selvas in­trincadas, infestadas de toda suerte de fieras y reptiles. Aquel hombre terri­ble se llamaba Lope de Aguirre…

¡Qué lejos estaba el niño caraqueño que escuchaba embelesado los relatos de la negra Hipólita, de pensar que, andando el tiempo, él mismo llevaría a cabo, y, como quien dice, sin desmontar durante veinte años de su ca­balgadura, itinerarios inverosímiles, atravesando la cordillera de los Andes por un lugar considerado como infranqueable, y recorriendo mil rutas fragosas e inquietantes, cuyos peli­gros naturales se habían de ver incre­mentados por las más enconadas ac­ciones guerreras!

Recientemente, Francisco de Abrisqueta, uno de esos vascos que han dado honor a nuestro exilio postbé­lico, y del que uno no sabría si defi­nirle como un vasco que ama entra­ñablemente a Colombia, o como un colombiano que ama entrañable­mente a Euzkadi —lo que revela ya un estilo perfecto de integración—, pronunció en Bogotá una conferencia con motivo del 196 aniversario del natalicio del Libertador, en la que en­focó el aspecto vasco contenido en la fascinante figura del héroe americano.

Además de estudiar el ingrediente vasco en la genealogía del Libertador, Abrisqueta nos da una sugerente vi­sión del Bilbao de principios del XIX, época en que el joven Bolívar lo vi­sitó, señalando que los proyectos de las constituciones para los estados americanos que iría forjando en el fu­turo, contenían postulados compren­didos en los Fueros vascos vigentes a la sazón. “La salvaguardia de la auto­determinación y del pacto de la comu­nidad entre los vascos y los reinos de la monarquía. Semejantes, salvando circunstancias de tiempo y lugar, a los de la sugerencia bolivariana para la reunión anfictiónica de Panamá”. Todo ello induce a pensar que el jo­ven Bolívar se interesó por las leyes viejas —las decantadas lege zarrak— de Euzkalerria. Y uno piensa asimismo —y esta vez con nostalgia— que en el país existía en aquel lejano entonces, una preocupación por la cultura que poco a poco ha ido desvaneciéndose, hasta llegar al estremecedor vacío actual. Tengamos en cuenta que ya para entonces funcionaba en el país el famoso Seminario de Bergara, obra cimera de los próceres de la Bascongada. Y pensemos también en aquello que Guillermo de Humboldt, que coincidió con Bolívar en Bilbao, escribió a su regreso: “Vizcaya es el único país que he visto en que la cultura intelectual y moral sea verdaderamente popular, en que las primeras clases de la sociedad no se hallen separadas por una distancia, por decirlo así, inmensa, de las últi­mas”.

Por otra parte, en la última de las siete cartas autógrafas de Simón Bolívar, que fueron adquiridas por el Go­bierno venezolano en una subasta pú­blica que tuvo lugar el día 5 de di­ciembre de 1978 en la Sala n° 2 de Drouot Rive Gauche, de París, el Libertador —que escribe desde el frente de combate (la carta está fechada en 1829) le recuerda a su amigo Ale­jandro Dehollain cómo ambos estu­diaban lenguas en Bilbao ( Bilvao, es­cribía él). Como es sabido, el estudio de las lenguas, en el tiempo, revestía una gran importancia, lo que revela que Bilbao estaba entonces muy al día en las corrientes culturales europeas.

Preocupación fundamental de Si­món Bolívar fue ésta de la cultura. Sabía que sólo con ella complementaría la liberación de los pueblos y de los hombres por los que luchaba. Ojalá que los hombres que han de gobernar este querido país nuestro compartan, de verdad, esta preocupación bolivariana. Y que la conviertan en la prin­cipal y en la más acuciante de cuantas vayan a turbar sus sueños. Que, natu­ralmente, no serán pocas.

Porque, en definitiva, la cultura — que empieza por impedir la acción corrosiva de la demagogia— viene a re­solver casi todos los problemas. Y por añadidura, nos hace a todos mejo­res…

 

La diáspora intelectual que perdió Venezuela y ganó Colombia por María Gabriela Méndez -The New York Times – 16 de Noviembre 2018

Un mural del fallecido presidente Hugo Chávez en una calle del centro de CaracasCreditMeridith Kohut para The New York Times

BOGOTÁ — En el inventario de desgracias que ha dejado el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela deberá contabilizarse una pérdida irremediable: las crisis económica y política de la Revolución bolivariana han provocado una diáspora de tres millones de expatriados —aproximadamente el ocho por ciento de la población—, que ha dejado hipotecado el futuro del país y en bancarrota sus instituciones culturales.

La amarga situación de los 3000 venezolanos que cruzan a diario la frontera con Colombia ha despertado una enorme solidaridad regional, pero también una preocupación natural en los países de acogida —¿cómo debe prepararse una nación para recibir a tantos desplazados?— y, en ocasiones, un sentimiento antiinmigrante. Para combatir esa tentación xenofóbica, haríamos bien en recordar una de las mayores lecciones de las grandes oleadas migratorias de los siglos XIX y XX: los países que albergaron a los exiliados, migrantes y desterrados —de guerras civiles, hambrunas o gobiernos autoritarios— salieron culturalmente beneficiados.

Mientras las calamidades no cesen en la Venezuela de Maduro, el flujo de migrantes venezolanos seguirá siendo masivo y seguirá siendo un enorme desafío para Colombia y el resto de los países de América Latina. En esa marea migratoria hay numerosos intelectuales, artistas y universitarios. Según un estudio de 2015, realizado entre estudiantes de cuatro universidades de Venezuela, un 88 por ciento de los encuestados tenía intenciones de abandonar el país.

Colombia, el país que ha recibido más expulsados venezolanos, podría ser la heredera intelectual de la Venezuela en exilio. Colombia tiene ahora la oportunidad no solo de dar un ejemplo humanitario, sino de aprovechar para su desarrollo los frutos de la cultura venezolana.

La historia migratoria de la propia Venezuela es un ejemplo: durante la segunda mitad del siglo XX, el país aprovechó la experiencia y talento de las olas migratorias de españoles, portugueses, italianos, uruguayos, chilenos, peruanos, ecuatorianos y colombianos. Gracias a ese influjo de mano de obra calificada extranjera, se crearon las grandes empresas textiles y de alimentos venezolanas y las instituciones culturales florecieron.

Hoy, sin embargo, los cruces de la frontera corren en sentido inverso y somos muchos los venezolanos que trabajamos en Colombia y para ella devolviendo, de alguna forma, mucho de lo que recibimos de la migración que llegó a nuestro país a partir de la década de los cincuenta.

A principios de los 2000, una de las primeras olas de migración de Venezuela a Colombia, trajo a gerentes y técnicos petroleros despedidos por Hugo Chávez de la estatal Petróleos de Venezuela. Estos migrantes altamente especializados impulsaron el despegue de la modesta industria petrolera colombiana, que multiplicó su actividad de 560.000 barriles diarios a 900.000 barriles en 2011. Mientras que la producción petrolera venezolana está en el nivel más bajo de los últimos treinta años, Colombia se convirtió en uno de los mayores exportadores de petróleo a Estados Unidos.

El 1 de noviembre de 2018, un grupo de migrantes venezolanos se dirigía a la frontera entre Venezuela y Perú. CreditJuan Vita/Agence France-Presse — Getty Images

En una ola migratoria posterior, de 2010 a 2014, llegaron a Colombia numerosos académicos, editores y periodistas que salieron de Venezuela por diferencias ideológicas con el chavismo, un régimen corrupto, autoritario y que ha remplazado la meritocracia por el nepotismo.

El enorme capital cultural de Venezuela fue una de las primeras víctimas del chavismo. En 2001, Chávez develó su política cultural y trazó la hoja de ruta de su revolución: despidió a treinta directivos de las instituciones culturales más importantes. Nombró a nuevos directores de museos, galerías, teatros, editoriales, cines, academias de danza y orquestas sinfónicas que estuvieran “en sintonía con el proceso revolucionario”. Así acabó con la intensa vida cultural que Venezuela había desarrollado desde el siglo XIX.

Los grandes centros culturales de Venezuela, que fueron referencia en toda América Latina, hoy están en la carraplana. El Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber —que desde 2001 no lleva el nombre de su fundadora— usa el arte para hacer proselitismo, tiene un presupuesto exiguo, no adquiere obras, no se investiga ni se editan catálogos y las exposiciones se basan en las colecciones adquiridas durante su época dorada —la última muestra se titula Camarada Picasso—; de las trece salas solo funcionan un par y muchos de sus curadores y críticos se han jubilado o se han ido del país.

Las editoriales Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila Editores dejaron de publicar clásicos y exhiben un catálogo menguado, con tirajes mínimos y una marcada línea ideológica —de sus doce novedades del año, cinco son reediciones, entre ellas, el Manifiesto comunista—; el Teatro Teresa Carreño quedó reducido a la sala de eventos presidenciales cuando Chávez aún estaba vivo, las academias de ballet clásico y danza contemporánea que se presentaban ahí funcionan a medias y con una programación cultural exigua. El Premio Rómulo Gallegos, que llegó a ser una de las citas literarias más prestigiosas de Hispanoamérica, se entregó por última vez en 2015, con el argumento de que no se disponía de los 100.000 dólares que ofrecía el premio. El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela y el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional fueron cruciales en la vida cultural latinoamericana y sirvieron como modelos para otros países del mundo. Hoy, aunque El Sistema sigue en pie, se suspendieron las giras mundiales que anualmente hacía la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y, para diciembre de 2017, cuarenta de sus 120 músicos habían emigrado.

Colombia podría beneficiarse del arribo de esa intelectualidad expulsada. Desde que se acentuó la deriva autoritaria del chavismo han llegado editores, como María Fernanda Paz Castillo, Juan Pablo Mojica y Rodnei Casares; investigadores; músicos; curadores —como Nydia Gutiérrez, la curadora jefa del Museo de Antioquia— y promotores culturales, como Gabriela Costa.

Colombia ya ha implementado algunos esfuerzos para sobrellevar este fenómeno migratorio sin precedentes. Uno de ellos fue el Permiso Especial de Permanencia, que se expidió hasta febrero de este año y que permite a los migrantes trabajar por dos años. Hay otros esfuerzos, como la campaña “Somos panas, Colombia” de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), desde donde se toman acciones para evitar la xenofobia, y las universidades del Rosario y el Externado han creado observatorios de la migración venezolana. El conocimiento derivado de sus reflexiones e investigaciones podría servir al gobierno para tomar decisiones mejor informadas. Algunos de los pensadores venezolanos radicados en Colombia ya están siendo parte de esa conversación en torno al éxodo, una discusión pública que enriquece el debate sobre uno de los mayores retos del gobierno de Iván Duque.

Y, cuando la democracia regrese a Venezuela, el país deberá crear una política de repatriación de talentos e incentivar la vuelta de aquellos que se vieron obligados a salir de un país sin futuro. Cuando se erradique el autoritarismo chavista, las mujeres y hombres dedicados a pensar, escribir y crear, serán indispensables para reconstruir la nación que fue por muchos años uno de los foros intelectuales en el continente.

Obligarnos a no olvidar por Rodolfo Izaguirre – El Nacional – 24 de Junio 2018

Unknown-1.jpeg¡La política venezolana me ha sonreído poco! En el arco de mi propia vida, y estas son palabras que pronuncié cuando presenté mi libro Obligaciones de la memoria en la librería Kalathos, me han tocado los rigores de tres regímenes militares. En la niñez, la férrea mano enguantada de Juan Vicente Gómez y el mutismo de su “¡Ajá! ¡Y cómo le parece!”. Durante mi arrebatada juventud, la ferocidad criminal de la Seguridad Nacional instaurada por un fascista ordinario llamado Marcos Pérez Jiménez; y en la senectud, el espanto bolivariano. De allí que mi memoria esté obligada a no olvidar, a permanecer atenta y vigilante para impedir o evitar que se continúe erosionando no solo el país, sino la dignidad de nuestra vida civil.

Insisto en hurgar en mitos y creencias de la antigüedad clásica porque encuentro desconcertantes resonancias en la vida actual venezolana: abismos, eclipses, enigmas, laberintos, ritos y ceremonias… El primer laberinto se construyó en la Antigüedad para encerrar a los demonios a fin de que se despedazaran entre sí. Hoy es todo el país el que se encuentra encerrado en un laberinto sin saber cómo salir de él.

Hay reiteraciones en mis crónicas: las hay en nuestras propias vidas: ¡aparecemos aquí y desaparecemos allá! El sol y la luna, por ejemplo, aparecen y desaparecen. El oso, los delfines, el abanico, los objetos que tienen carácter pasivo o reflejante como los espejos, son animales y objetos lunares. También son lunares el azúcar y la harina PAN: aparecen y desaparecen de los anaqueles de los supermercados. La democracia venezolana igualmente aparece y desaparece como la luna. ¡En cambio, los militares aparecen, pero nunca desaparecen!

Hoy, casi nonagenario y desencantado, hago esfuerzos para sobreponerme a las asperezas castrenses, a la ordinariez e intolerancia entronizadas en Miraflores y a la reafirmación de todos los vicios del poder y cuando devuelvo la mirada hacia el niño o el adolescente que fui no me gusta para nada la imagen que se refleja en el espejo: la de un jovencito arrogante, tonto, intelectual e intransigente, pero constato, al menos, la de un país que al avanzar hacia la democracia dejaba atrás la oscuridad de un país primitivo gobernado por caudillos y caporales y comenzaba a construirse a sí mismo orientando su educación, velando por su salud, organizando su economía.

Quiero ser el país que soy, pero más digno, más esclarecido y moderno, macerado en sus propios jugos. Esclarecido y afirmado en el torrente cultural que discurre desde el momento en que habló un poeta sin saber que se estaba removiendo bajo sus pies el magma del petróleo.

Quiero que el país que vislumbré y me esforcé por hacer posible cuando fui joven e impetuoso aparezca y diga: ¡Presente!, y no este, agobiado y menesteroso que padezco en mi senectud. Lo quise vivo, enérgico, capaz de mirar de frente a los países más desarrollados; un lugar en el mundo donde la industria y el comercio ocupen niveles de alta jerarquía y las aguas universitarias y del conocimiento, represadas hoy por la mediocridad del cuartel, rebasen el dique y generen un turismo cultural para demostrar que lo que hace avanzar a los países no es, necesariamente, la economía, como piensan los políticos, sino la cultura.

Hoy, mi tristeza es amarga porque constato que, a pesar de los años transcurridos, en los inicios de este nuevo milenio y agobiado por la terrible pesadilla bolivariana, también como yo, el país hace esfuerzos por sobrevivir.

Pero entiendo que ¡cada uno de nosotros es su propia montaña! ¡En nosotros viven el águila y el relámpago! Somos la fuerza y el propósito de transformar el mundo si queremos, si aceptamos y decidimos enfrentar las dificultades con las que las desviaciones políticas y los desórdenes en la economía obstaculizan los caminos del país.

Es importante saber que ¡la memoria no nace ni crece natural y espontáneamente! Alguien dijo que el olvido surge como un hecho natural, mientras que a la memoria hay que ejercitarla, nutrirla y trabajarla. “Nosotros no nacemos por generación espontánea –escribió Manuel Caballero–. Nacemos con una historia familiar y con la historia de un país. Así como no se puede vivir sin memoria, tampoco se puede vivir sin historia, que no es otra cosa que la memoria colectiva de los pueblos”.

Cada uno de nosotros alimenta la suya y la integra luego a la memoria colectiva, y cada uno de nosotros debe prepararse para enfrentar y combatir el olvido. Pero si nos negamos a ver el aire sagrado que navega en nuestras almas es poco lo que avanzaremos y los obstáculos permanecerán.

No es que tengamos que obligarnos a recordar. ¡No! Es todo lo contrario: ¡tenemos que exigirle a la memoria que no puede olvidar lo que nos está ocurriendo!

¡Si se lo exigimos, si nos empeñamos, volveremos a ser el país que realmente somos! Nos encontraremos de nuevo en esa línea que creíamos perdida: la línea imprecisa del horizonte que confunde el azul del cielo con la profundidad del mar. Yo me veré entonces a la salida del laberinto con la sangrante cabeza del Minotauro en mis manos… ¡y, juntos, navegaremos hacia el sol…!

 

Revelan petroglifos de 2.000 años de antigüedad en Venezuela – La Patilla – 8 de Diciembre 2017

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Los grabados rupestres ubicados en el estado venezolano de Amazonas, que incluyen algunas de las ilustraciones prehistóricas más grandes del mundo, han sido mapeados con detalles sin precedentes por investigadores del University College London del Reino Unido, informa el portal Phys.org.

Los grabados (petroglifos) se encuentran en el área de los Raudales de Atures en el río Orinoco, y tienen alrededor de 2.000 años de antigüedad. Los petroglifos incluyen representaciones de animales, humanos y ritos culturales.

El panel más grande, que contiene al menos 93 grabados individuales, tiene 304 metros cuadrados. Algunas de las figuras miden varios metros y la representación de una serpiente tiene una longitud de más de 30 metros.

El mapeo se ha logrado con la ayuda de drones, debido a que algunos de los petroglifos se encuentran en áreas inaccesibles. “Los Raudales de Atures son una zona de convergencia étnica, lingüística y cultural. Los motivos documentados aquí muestran similitudes con otros sitios de arte rupestre de Brasil, Colombia y otros lugares más lejanos”, dijo el doctor Philip Riris, uno de los autores del estudio.

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“Este es uno de los primeros estudios que muestran el alcance y la profundidad de las conexiones culturales con otras áreas del norte de América del Sur en tiempos precolombinos y coloniales”, agregó.

Si bien estos grabados rupestres se han estudiado anteriormente, esta es la investigación más detallada que se ha hecho hasta el momento, por lo que sus autores esperan obtener más información sobre el contexto arqueológico y etnográfico de los petroglifos.

“La evidencia arqueológica disponible sugiere que los comerciantes de diversas regiones distantes interactuaron en esta zona en el curso de dos milenios antes de la colonización europea. El objetivo del proyecto es comprender estas interacciones, la formación de las redes sociales preconquista en todo el norte de América del Sur”, dijo por su parte José Oliver, coautor del estudio.

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