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Las democracias no saben qué hacer con el gobierno de Nicolás Maduro por Pedro Benitez – Al navio – 21 de Septiembre 2018

Ni política, ni estrategia. Las democracias más importantes del continente americano han condenado la deriva dictatorial de Nicolás Maduro. Han desconocido la instalación de su Asamblea Nacional Constituyente y su reelección del 20 de mayo pasado. Pero no han podido evitar que siga en el poder. Están ante el mismo dilema que por años ha tenido la oposición venezolana al chavismo: ¿Cómo enfrentar pacíficamente a un régimen que está dispuesto a permanecer en el poder a cualquier precio?
El Grupo de Lima rechazó las declaraciones de Luis Almagro / Foto: Cancillería de Perú
El Grupo de Lima rechazó las declaraciones de Luis Almagro / Foto: Cancillería de Perú

Luis Almagro, secretario seneral de la Organización de Estados Americanos (OEA), primero deja abierta la opción de una intervención militar para desalojar a Nicolás Maduro del poder y poco después se desdice. Francisco Santos, embajador de Colombia en Washington y exvicepresidente del gobierno de Álvaro Uribe, afirma que en el caso de Venezuela “todas las opciones deben estar sobre la mesa”. El presidente de ese país, Iván Duque, confirma el rechazo a la opción militar adelantado en declaraciones exclusivas a ALnavío.

Eso pese a que pocos días antes Colombia (junto con Canadá y Guyana) no suscribiera la más reciente declaración del Grupo de Lima donde negaba la posibilidad de alguna intervención armada en Venezuela. En cambio, los representantes de los gobiernos de Chile y Argentina, presididos por Sebastián Piñera y Mauricio Macri respectivamente, duros críticos del régimen de Nicolás Maduro, sí lo hicieron. Curiosamente el de Panamá retiró su firma de esa declaración.

El Grupo de Lima, creado para hacer seguimiento y buscar salidas a la crisis venezolana, no ha logrado concretar una política que vaya más allá de las declaraciones

Por su lado el gobierno de Michel Temer, en Brasil, otro abierto crítico del gobierno de Caracas, que ya había asomado la posibilidad de militarizar la frontera con Venezuela, envía al ministro de la Defensa, Joaquín Silva, a reunirse con su par venezolano, Vladimir Padrino López. Además, la gobernadora del estado de Roraima (fronterizo con Venezuela), Suely Campos (del mismo partido político de Temer), se reúne con Maduro en el Palacio de Miraflores para tratar sobre el flujo migratorio de venezolanos y el contrato de suministro eléctrico de Venezuela.

¿Qué nos indica todo esto? Que las democracias de América no saben qué hacer con el régimen de Nicolás Maduro.

El Grupo de Lima, instancia creada en agosto de 2017 por 17 países del continente (incluidos los citados arriba) para hacer seguimiento y buscar salidas a la crisis venezolana, no ha logrado concretar una política que vaya más allá de las declaraciones.

Sanciones comerciales implicarían agravar la ola migratoria de venezolanos. Retiro de embajadores sería aislar más a un gobierno que puede aprovechar eso para radicalizarse. La opción militar es impensable para los gobiernos latinoamericanos. Aceptar la normalización de una nueva dictadura en América es sentar un precedente nefasto y peligroso para el resto del siglo XXI.

En resumen, ante un Nicolás Maduro que no se comporta como un jefe de Estado convencional todas las opciones parecen ser malas. Impone cosas dentro de Venezuela que ninguno de sus homólogos latinoamericanos soñaría hacer en sus respectivos países.
Iván Duque descartó la intervención militar en Venezuela / Foto: Presidencia Colombia

Esa es la razón por la cual todos envían mensajes distintos y contradictorios, como el caso de Colombia, afectada directamente por la crisis venezolana.

¿Qué hacer? Una pregunta sin respuesta

Lo cierto es que las democracias de América empiezan el proceso de aprendizaje por el cual ha pasado la oposición venezolana. ¿Cómo actuar en el marco del Estado de derecho con un régimen que no respeta el Estado de derecho?

De cara a la elección presidencial de 2006, que terminaría siendo la tercera victoria en fila del expresidente Hugo Chávez, un sector de la oposición se propuso emprender la ruta electoral para intentar derrotarlo. Con el predecesor de Maduro en la cumbre de su poder aquello lucía como una tarea casi imposible.

Pero en menos de un año los opositores consiguieron un triunfo electoral increíble al derrotar la propuesta de enmienda electoral del año 2007. Sin embargo, poco después se presentó el primer inconveniente de esa estrategia cuando por medio del control que ejercía en el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), la Asamblea Nacional (AN) y el Consejo Nacional Electoral (CNE), Chávez desconoció el mandato de la consulta e impuso su voluntad.

La opción militar es impensable para los gobiernos latinoamericanos. Aceptar la normalización de una nueva dictadura en América es sentar un precedente nefasto

Desde entonces ha sido una constante. Cada triunfo electoral opositor ha sido desconocido por medio de argucias legales respaldadas en última instancia por el crudo y desnudo poder de la fuerza.

En abril de 2013, en ocasión del estrecho y cuestionado resultado electoral donde oficialmente Maduro se impuso al candidato de la coalición opositora Henrique Capriles, este impugnó ante las instancias correspondientes la elección.

Esta impugnación fue rápidamente desestimada. Aunque desconoció el proceso, Capriles se negó a usar las movilizaciones de calle como mecanismo de presión política.

Con todos los medios de coacción (formales e informales) en manos del oficialismo, la oposición venezolana no ha podido hacer respetar la democracia. Hoy, ante las arbitrariedades y la deriva dictatorial de Maduro, la comunidad democrática internacional tampoco.

Esto incluye a la Administración de Donald Trump. Su “política” hacia la crisis venezolana no parece ser muy distinta a la asumida por su antecesor Barack Obama en sus casi ocho años en la Casa Blanca: esperar que el régimen chavista se cocine en su propia salsa.Trump deshizo la estrategia de Obama sin reemplazarla por otra / Foto: Casa Blanca

Sin embargo, eso que más que una política era una actitud, tuvo un inesperado giro cuando Obama vio la oportunidad de negociar con Raúl Castro a partir de junio de 2013 de manera secreta.

Todos los caminos pasan por La Habana

Para Obama, Cuba, Venezuela y el proceso de paz en Colombia con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) eran tres aristas del mismo problema. Es probable que tuviera razón.

Al desmovilizar militarmente a las FARC se anulaba a un aliado del régimen chavista. Un aliado que -hoy lo sabemos- Chávez venía apoyado subrepticiamente desde que llegó al poder en 1999 con la deliberada intención de socavar la democracia colombiana.

Que las FARC dejaran las armas pasaba por La Habana. El Gobierno demócrata de Estados Unidos sabía eso y esa fue la razón por la cual apoyó ese proceso de paz.

La “política” de Trump hacia la crisis venezolana no parece ser muy distinta a la asumida por su antecesor Barack Obama: esperar que el régimen chavista se cocine en su propia salsa

Por otra parte, al empezar a negociar formal y abiertamente con los cubanos desde diciembre de 2014 Obama le ofrecía al régimen castrista la zanahoria de eventualmente normalizar las relaciones comerciales, lo que le permitía pensar seriamente en prescindir del vital, aunque volátil, subsidio de petróleo venezolano. Cuba ya había pasado por eso en 1991, cuando se le esfumó el apoyo de la URSS, mucho más poderosa que Venezuela.

De modo que con la mira puesta en la inevitable transición política generacional dentro de la isla para Raúl Castro esto le caía como anillo al dedo.

El resultado de ese proceso no era otro que el de dejar sin aliados internacionales a Maduro. A partir de 2015 (en su último año como presidente) Obama comenzó la política de aplicar sanciones personales contra ciertos jerarcas chavistas claves.

Un trato para los hermanos Castro y otro muy distinto a los herederos de Hugo Chávez. Esa era la estrategia que Obama fue construyendo muy al final de su mandato hacia Maduro. Dejarlo sin la reina, afiles y caballos.

Por coincidencia una serie de gobiernos aliados del chavismo fueron reemplazos en el mismo periodo en SuraméricaArgentina, Brasil y Ecuador cambiaron de bando. En Chile y Perú subieron al poder duros críticos del chavismo.A Cuba no le queda otra opción que aferrarse a Maduro / Foto: Cancillería Cuba

A Cuba no le queda otra opción que aferrarse a Maduro / Foto: Cancillería Cuba

No obstante, todo esto cambió inesperadamente con la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016. El controversial presidente republicano ha sido mucho más duro en su retórica contra Maduro que Obama. Ha sido el primer jefe de Estado en advertir públicamente que en la crisis venezolana todas las opciones estaban abiertas, incluyendo la militar. Ha aplicado más sanciones que su antecesor en el cargo. Pero no ha pasado de allí.

Ni siquiera ha dado (seguramente por razones internas) el drástico paso de suspender la compra de petróleo venezolano. Ni siquiera ha promovido un embargo internacional de armas. Además, ha dejado en los demás países americanos el protagonismo de la presión diplomática sobre Caracas. En resumen, Trump deshizo la estrategia de Obama sin reemplazarla por otra. Hasta ahora.

Por su parte, sin posibilidades a la vista de que se suavice el embargo comercial de EEUU, a Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel no les queda otra opción que aferrarse a Maduro. Harán todo lo que esté en sus manos para que no caiga. Ellos sí tienen una estrategia clara.

Lo que nos recuerda que si de diálogos o negociaciones se trata en el caso del régimen de Maduro todos los caminos pasan primero por La Habana.

Las barbudas del diablo por Asdrúbal Aguiar – RunRunes – 15 de Septiembre 2018

download.jpgEn mi precedente columna – La mano de Dios – señalo como vertebral que “Venezuela no tendrá siglo XXI sin redescubrir su auténtico ethos. Uno que le hable y nos hable de civilidad en el espacio de lo compartido, como patrimonio intelectual de lo venezolano”, consistente con el ideario liberal de nuestros verdaderos padres fundadores.

Ahora agrego que, en esa empresa de grave enmienda histórica pendiente, ajena a las reescrituras, no pueden entremeterse los barbudos del diablo; ello, si se entiende que los barriales que le dan forma a nuestra actual tragedia tienen una causa mediata de la que somos culpables todos, a menos que optemos por negar a nuestros mayores o creernos, en lo personal, ínsulas de un desierto sin historia.

Una foto de 1959 que tropiezo en las redes es reveladora. De un avión de Cubana de Aviación, posado en el aeropuerto de Maiquetía, se bajan Fidel Castro y la camada de guerrilleros que le acompañan, entre otros, Celia Sánchez, Pedro Miret, Paco Cabrera, Violeta Casals, Luis Orlando Rodríguez. Multitudes de venezolanos los cercan y celebran. Repiten el asombro y la exaltación que hacen presa de nuestros antepasados ante la llegada de Cristóbal Colón a las costas de Paria, al Paraíso Terrenal.

El presidente de la Junta de Gobierno, Contralmirante Wolfgang Larrazábal – reseña María Fernanda Muñoz teniendo como fuente los archivos de la embajada de la isla en Caracas – antes le ha hecho un obsequio de armamentos y pertrechos al visitante “ilustre”. Esta vez el jefe del Apostadero Naval de La Guaira le entrega como homenaje un rifle FAL. Allí se encuentran las representaciones de AD y de URD, encabezadas por Luis B. Prieto Figueroa y Jóvito Villalba.

Hace 60 años, pues, precedido de los discursos laudatorios y encendidos de Gustavo Machado por el partido comunista, del mismo Jóvito, y de los dirigentes adecos José González Navarro y Jesús Ramón Carmona, un Castro exultante deja su huella cancerígena sobre el cuerpo de nuestra balbuceante democracia civil. Desde la Plaza O’leary, en Caracas, nos traza un catecismo. Hugo Chávez Frías lo perifonea más tarde, en la hora apropiada, como último eslabón de una larga cadena. Es apenas un ingenioso muñeco de ventrílocuo.

“De Venezuela solo hemos recibido favores. De nosotros nada han recibido los venezolanos…; hicieron llegar el bolívar hasta la Sierra Maestra, divulgaron por toda la América las trasmisiones de Radio Rebelde, nos abrieron las páginas de sus periódicos y algunas cosas más (¿?) recibimos de Venezuela”, confiesa el recién bajado de la Sierra Maestra.

Su mira sobre nuestras Fuerzas Armadas y la envidia de nuestra economía petrolera destacan en él desde esa hora germinal. Su despropósito lo deja colar, como ejemplaridad y para quienes le oyen sin ánimo crítico: “Se decía que era imposible una revolución contra el ejército, que las revoluciones podían hacerse con el ejército o sin el ejército, pero nunca contra el ejército, e hicimos una revolución contra el ejército. Se decía que, si no había una crisis económica, si no había hambre, no era posible una revolución y, sin embargo, se hizo la Revolución”.

Miguel Ángel Bastenier dirá bien que “El fantasma de Bolívar es siempre el espectro más fácilmente conjurable en la memoria del pueblo venezolano”. Castro, desde antes, sabe cómo usarlo y exprimirlo, anhelante ya, en aquél 23 de enero de 1959, de expandir su épica destructora hacia América Latina, tal y como lo denuncia Rómulo Betancourt en 1964.

“Los hijos de Bolívar tienen que ser los primeros seguidores de las ideas de Bolívar. Y que el sentimiento bolivariano está despierto en Venezuela lo demuestra este hecho, esta preocupación por las libertades de Cuba, esta extraordinaria preocupación por Cuba. ¿Qué es eso, sino un sentimiento bolivariano? … ¿Y por qué no hacer con relación a otros pueblos lo que se hace con relación a Cuba?”, pregunta este Almirante descubridor redivivo a quienes le miran pasmados, embelesados, y se apretujan en medio de los edificios de El Silencio caraqueño.

Cuando el citado Bastenier, desde El País de España, editorializa en 1989 sobre “La coronación de Carlos Andrés Pérez” lo hace, transcurridos 30 años desde el memorable discurso de Castro, para destacar los hechos protuberantes, a saber, “la apabullante figura del líder cubano” y el constatar que “lo más visible de la opinión venezolana se le ha entregado hipnotizada”.

“Yo no pretendo trazarle pautas a este pueblo, …” dice éste a los venezolanos para despedir su maratónica perorata a un año de la caída de Marcos Pérez Jiménez y para justificar, zorrunamente, su mefistofélico providencialismo: “Yo no he hecho más que hablarles a ustedes como les he hablado a mis compatriotas [pues] llevo dentro de mí toda esa fe que las multitudes son capaces de inyectarles a los hombres. Ojalá que … puedan ser entendidas [estas palabras mías] en todo su hondo sentido, …,”.

Castro, al término, presenciando la toma de posesión de CAP en el Teresa Carreño no hace sino celebrar el momento de madurez de su accionar germinal. Tanto que, transcurridos los 25 días abre las puertas del infierno y su primera llamarada se engulle a varios centenares de inocentes, durante El Caracazo. Lo demás es cosa sabida, realidad sufrida hasta el despellejamiento, por ausencia de memoria.

Las empresas también quieren emigrar de Venezuela por Juan Carlos Zapata – Alnavío – 8 de Septiembre 2018

Con el paquetazo, Nicolás Maduro apunta ahora al corazón de lo que queda de propiedad privada. De los que quedan en resistencia. De los que no querían irse de Venezuela y ahora lo piensan. De los que ya comienzan a decir: bueno, sólo falta entregarles la empresa, y aquí está. Maduro apunta, también, hacia aquellos que quieran quedarse junto a él, los cuales, a su vez, no tienen garantía alguna, porque les puede pasar lo del empresario boliburgués Ricardo Fernández Barrueco con Chávez. Expropiado y preso.
Chávez obligó a Juan Carlos Escotet a buscar otras rutas / Foto: Abanca
Chávez obligó a Juan Carlos Escotet a buscar otras rutas / Foto: Abanca
Había corrido la versión en altos círculos políticos y económicos de que el gobierno de Nicolás Maduro cada vez soltaba amarras del poder cubano. Que la dirigencia chavista era más independiente. Que las “fantásticas” ideas de los últimos años e inclusive la represión son producto de la imaginación y la crueldad local. La especie fue esparcida por algunos presidentes y expresidentes de la región latinoamericana y Europa con acceso a La Habana y al Palacio de Miraflores. Y esa especie puso a dudar a empresarios y políticos que a su vez se reunían y se reúnen con los exmandatarios. Ahora la tortilla da la vuelta. O vuelve al punto de partida. Al momento en que, como decía el finado Luis Miquilena, mentor electoral de Hugo Chávez, Fidel Castro le sorbió los sesos a aquel. Estamos hablando de 1999. De una noche de 1999 en la que, en La Habana, Miquilena dejó a Chávez y a Castro solos. Para que hablaran. Cuando se reencontraron, ya Chávez era otro. O tal vez el mismo, pero reforzado, sólo que Miquilena no se había percatado de ello.

Ahora estamos en el punto del paquetazo de Nicolás Maduro. Han transcurrido dos décadas. Cuando Maduro llega al poder, llega con el apoyo decisivo de ese poder cubano. Un poder que había medido al hombre. Al hombre aparato. Que bien monitoreado, alcanza los niveles de crueldad, desparpajo, resistencia, hipocresía y hasta indiferencia, claves no sólo para sobrevivir sino para imponerse. Un hombre de admiración expresa hacia el castro-comunismo desde la adolescencia. Un hombre que en abril de 2002, cuando Chávez se quiere ir a Cuba, echado del gobierno, piensa, nada más y nada menos, que el comandante los había traicionado, y por ello, Maduro huye, huye con la que ahora es su mujer, Cilia Flores. Si Maduro pensaba en la traición de Chávez, ¿a cuánto estaba dispuesto en aquellos días de abril que Caracas se levanta contra el régimen? ¿Dispuesto a la represión? ¿Dispuesto a matar? Ya entonces era posible observar al hombre cruel que ha sido después.

Hugo Chávez echó a Gustavo Cisneros de Venezuela. Y pisoteó a Marcel Granier estatizando el canal de televisión, RCTV. Mencionamos estos dos emblemáticos. Chávez también obligó a Juan Carlos Escotet a buscar otras rutas, como Galicia, Panamá, Estados Unidos, después de haberlo defendido de la furia de Diosdado Cabello. Chávez echó a un grupo de boliburgueses y encarceló a otros. Maduro echó a Miguel Ángel Capriles, que vendió la Cadena Capriles al madurismo. Y acaba de intervenir Banesco, el banco de Escotet, y ni siquiera atiende a Escotet, llegando al punto de instruir la ruptura de cualquier puente con el único banquero multimillonario que ha tenido Venezuela. Es la furia de Cabello en acción. Maduro echó a Andrés Mata, logrando que afectos del régimen se quedaran con El Universal. Chávez enfrentó a Lorenzo Mendoza y al Grupo Polar, pero Maduro los está echando. Maduro empujó al Grupo Mercantil a dividir operaciones, las de Venezuela, y las de Estados Unidos (Leer más: Un banco venezolano marca la pauta de cómo escapar del riesgo Maduro). Maduro los está echando a todos. Echó al exZar de PDVSARafael Ramírez. Y encarceló a un boliburgués emblemático: Diego Salazar.Chávez también echó a Gustavo Cisneros de Venezuela / Flickr: Adriana Cisneros

En dos episodios represivos, 2014 y 2017, Maduro demostró por qué fue el candidato del poder cubano y el elegido de Chávez. Con varias sentencias delTribunal Supremo de Justicia (TSJ) confirmó que podía romper el hilo constitucional, dispuesto a no soltar el poder. Un poder más cerrado con la Asamblea Nacional Constituyente (ANC). Un poder que somete a los aliados internos. A los adversarios internos. A la Fuerza Armada. Al Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). A Maduro se le dijo en el IV Congreso del PSUV: Disponga usted, Presidente.

Con el paquetazo, Maduro apunta ahora al corazón de lo que queda de propiedad privada. De los que quedan en resistencia. De los que no querían irse y ahora lo piensan. De los que ya comienzan a decir: bueno, sólo falta entregarles la empresa, y aquí está. Maduro apunta hacia los bancos. Que ya tiene a Banesco en sus manos y no lo soltará, según coinciden los banqueros. Maduro apunta, también, hacia aquellos que quieran quedarse junto a él, los cuales, a su vez, no tienen garantía alguna, porque les puede pasar lo del empresario boliburgués Ricardo Fernández Barrueco con Chávez. Expropiado y preso.

El paquetazo de Maduro está acompañado de esa actitud ante el éxodo. El uso del éxodo como arma contra Colombia, Perú, Brasil, Ecuador. En el Gobierno dicen que no hay tal éxodo extraordinario. La vicepresidenta, Delcy Rodríguez, dice que es “normal”, aunque sabe que no lo es. Porque lo impulsan para generar más problemas en la región. La actitud hacia el éxodo es la del desprecio hacia el que se va. Y es el desprecio hacia la opinión pública. Y es la manipulación propagandística del éxodo mostrando lo que no es: que hay venezolanos que quieren regresar (Leer más: Por qué Nicolás Maduro desprecia el éxodo venezolano).Chávez enfrentó a Lorenzo Mendoza, pero Maduro lo está echando / Foto: WC

Venezuela es un botín

El fallecido expresidente Rómulo Betancourt señalaba que con los Castro enCuba nació el terrorismo. El secuestro de aviones. La invasión guerrillera. El Che Guevara. Matar a un policía. El espionaje. La infiltración. El intento de controlar un gobierno como el de Salvador Allende en Chile. En Venezuela, se aplica un terrorismo interior. Hacia la empresa. Hacia la dirigencia política. Hacia la disidencia. Hacia lo que no calce en la estructura y el movimiento hegemónico. Que no encaje en ese estado de dominación, tal como ha definido el jefe de los jesuitas, Arturo Sosa, al proceso chavista. Lo aplicaron los Castro en Cuba, llevando gente al paredón y a campos de concentración, y expulsándola del país. Hoy en Venezuela hay otras formas de llevar al paredón. Recordemos a Chávez enfilando contra la jueza María Lourdes Afiuni, contra el excandidato presidencial Manuel Rosales, contra su examigo y compadre, general Raúl Baduel. Y esta conducta, recordemos a Maduro señalando que él superaría la represión del dictador turco Recep Tayyip Erdogan después de aquella intentona golpista de 2016. Y de Maduro son los presos políticos en la siniestra cárcel de El Helicoide. Y son los muertos y heridos en la calle. Y son los ejecutivos de Chevron presos, y los ejecutivos de Banesco presos, y los empleados de una farmacia o un supermercado presos. Es el terror interno. Son décadas de laboratorio. De políticas y medidas probadas. Son décadas de estudio, conociendo la dirigencia. Estudiando la dirigencia. Con decir que el poder cubano llegó, con la excepción de Betancourt que lo combatió hasta el último aliento, a encandilar a presidentes, expresidentes, estadistas, escritores, premios Nobel de literatura, periodistas, empresarios, banqueros.

No era difícil sorberle los sesos a Hugo Chávez. No es difícil controlar al régimen de Maduro. Monitorear a Maduro. Celebrar a Maduro. Encumbrar a Maduro. Y este que posee las dosis necesarias del ejemplar totalitario, se monta en la operación. Recordemos al Maduro canciller, aprendiz y mandadero, arengando a los militares paraguayos cuando se deponía al presidente Fernando Lugo. Recordemos al Maduro defendiendo la reelección indefinida de Hugo Chávez, la que hoy quiere Daniel Ortega en Managua, la que los Castro han gozado en Cuba, la que desea Evo Morales en Bolivia, a la aspiraban Rafael Correa en Ecuador y los Kirchner en Argentina.Venezuela es el botín con el que soñaron los Castro y Betancourt siempre les negó / Foto: WC

Venezuela es un botín. El botín con el que soñaron los Castro y Betancourt siempre les negó. Chávez se los entregó. Y Maduro termina el trabajo. El paquetazo es parte del esquema del poder. La Habana, Caracas, Managua. Que ahora provocará el otro éxodo. El del capital. Que ya hay empresarios que no saben qué hacer. Ni siquiera atinan a cómo sacar las cuentas. De algo están seguros: que el chavismo, que Maduro, que Diosdado Cabello, los empujan a escapar. A marcharse. A decirle adiós a Venezuela.

Del éxodo de Mariel al éxodo de San Antonio por Gustavo Azócar Alcalá – La Patilla – 6 de Septiembre 2018

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Nicolás Maduro copia todos los días las recetas comunistas que se encuentran en las páginas del Manual del Dictador, escrito y guardado en algún lugar por Fidel Castro. El éxodo de 2.3 millones de venezolanos que, según la ONU, se han marchado de Venezuela hacia diferentes países de América Latina, Europa y Estados Unidos, no ha sido un hecho producto del azar. Todo indica que fue parte de una estrategia gubernamental, dirigida, provocada y estimulada por la tiranía para que en Venezuela sólo se queden aquellos que no tienen otra cosa que no sea depender, económica y políticamente, del régimen.

El colapso de los servicios públicos como agua, luz y transporte; la destrucción de la infraestructura vial; el deterioro de la calidad de vida de los venezolanos; la escasez de alimentos y medicinas; la aniquilación del aparato productivo; las expropiaciones; la toma por la fuerza de empresas privadas; el corralito financiero; el estrangulamiento de la banca privada; la destrucción de las escuelas, liceos y universidades públicas y privadas; las persistentes fallas en el servicio de internet; y más recientemente, el censo de transporte automotor y la venta de gasolina mediante el carnet de la patria, forman parte de un plan destinado a crear las condiciones para que mucha gente salga despavorida del país.

Nada ha sido casual. Todo ha sido fríamente calculado. Maduro y sus asesores cubanos hicieron todo lo necesario para expulsar sin decreto a casi 3 millones de personas que desde los últimos 2 años han tomado la decisión de irse bien lejos. Si a eso se suma el hecho de que las fuerzas opositoras venezolanas lucen desconcertadas, perdidas en el espacio, como un barco a la deriva, sin un plan de acción, sin una hoja de ruta, peleando por botellas vacías, jugando al sálvese quien pueda, es perfectamente comprensible entender porque hay mucha gente que ha tomado el difícil y tortuoso camino de emigrar, recorriendo miles de kilómetros a pie, y exponiendo la vida, en lugares tan peligrosos como el Páramo de Berlín, en Colombia, antes que quedarse en Venezuela, esperando una muerte casi segura.

Los cubanos tuvieron hace 28 años el éxodo de Mariel. Los venezolanos tenemos hoy día el éxodo de San Antonio.  En la Cuba gobernada por Fidel Castro, más de 125 mil cubanos partieron del Puerto de Mariel hacia los Estados Unidos, entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980. Los venezolanos hemos tenido, desde 2015, el éxodo de San Antonio (en honor a la ciudad fronteriza del estado Táchira) por donde pasan cada día, cerca de 30 mil personas, de las cuales unas 5 mil cruzan el puente internacional Simón Bolívar, para no regresar jamás. O al menos, no mientras la tiranía de Maduro siga destruyendo este país

El éxodo de Mariel, en Cuba, se produjo luego del asalto a la embajada del Perú por parte de un grupo de civiles cubanos a bordo de un autobús público, quienes querían entrar al recinto para solicitar asilo político. Perú dio albergue al grupo de cubanos rebeldes. Castro amenazó a la embajada peruana (un país con el que mantenía relaciones tensas) con retirar la seguridad si no entregaban a los asaltantes. La embajada se negó y concedió protección diplomática a los cubanos.

Fidel cumplió su amenaza y autorizó que todo el que quisiera asilarse en la embajada podría hacerlo sin represalias. La respuesta fue abrumadora: 10.800 cubanos se refugiaron en los jardines de la embajada del Perú.

Molesto, Castro, anunció la apertura del puerto del Mariel, a unos 40 kilómetros de La Habana, para que todo el que quisiera emigrar de Cuba lo hiciera. La respuesta no se hizo esperar: más de 125 mil cubanos salieron por el puerto del Mariel (aproximadamente el 1,3 % de la población según censo de la Oficina Nacional de Estadísticas cubana, 1981). Fue el segundo éxodo de cubanos que huían de la dictadura. El primero fue el éxodo de Camariocas en 1965, en el que salieron de la isla aproximadamente 30 mil ciudadanos rumbo a EEUU.

El gobierno de Estados Unidos dijo en 1981 que recibiría con los brazos abiertos a todos los cubanos que huyeran de la isla. Castro aprovechó el ofrecimiento americano y ordenó embarcar a 25 mil presos que estaban en las cárceles, la mayoría de ellos delincuentes muy peligrosos, y obligó a los propietarios de los barcos a que se los llevaran con ellos a Miami. Algo parecido hizo la tiranía venezolana: envió al Perú a una famosa banda de delincuentes (el tren de Aragua) para que asaltara bancos y joyerías en Lima. Por fortuna las autoridades peruanas los atraparon y les aplicaron todo el peso de la ley, algo que, en Venezuela, ninguna autoridad se atrevió a hacer.

Maduro no ha necesitado barcos para que los venezolanos que no están de acuerdo con su pseudo revolución se hayan ido del país. La frontera terrestre entre Venezuela y Colombia, al igual que la frontera con Brasil, han servido para tal fin. Esa es la razón por la cual Maduro no ha cerrado la frontera por completo. El 19 de agosto de 2015, el ex chofer del Metro de Caracas ordenó cerrar la frontera con Colombia al paso vehicular, pero permitió el paso peatonal. Por allí se han ido aproximadamente más de 2 millones de venezolanos. La otra parte se ha ido por la frontera con Brasil, que tampoco está cerrada. Y un mínimo porcentaje se ha ido en los pocos vuelos internacionales que todavía quedan en Maiquetía.

En Cuba, el éxodo de Mariel sirvió para que la mayoría de quienes se oponían a la dictadura de Castro se fueran a vivir a Estados Unidos. En Venezuela, el éxodo de San Antonio ha servido para que la mayoría de los opositores más combativos y luchadores contra la tiranía de Maduro, se hayan ido a vivir a otros países. No fue una decisión fácil: había que elegir entre seguir luchando y buscar dinero para mantener a las familias. La mayoría optó por lo segundo.

Pero el éxodo, provocado y estimulado por la tiranía, terminó convirtiéndose en un boomerang contra al régimen de Maduro. El flujo de venezolanos ha comenzado a generar toda clase de problemas e inconvenientes en los países vecinos. Colombia, Ecuador, Chile, Argentina y Brasil, por sólo citar cinco naciones, han empezado a sentir el peso de la emigración venezolana. Y como ninguno de estos países estaba preparado para el impacto que suponía atender de un momento a otro un volumen tan grande de gente, se dispararon las alarmas y ahora todos quieren buscar, lo antes posible una solución al problema.

El éxodo de venezolanos se convirtió, en pocos meses, en una crisis migratoria de grandes proporciones. Los periodistas de todo el mundo informan todos los días, muestran videos, reportajes, fotografías, historias impactantes, que han sensibilizado al mundo entero, y que han servido para que los gobiernos de todo el planeta se den cuenta de la magnitud y la gravedad de la tragedia humanitaria que vive Venezuela. La OEA, la ONU, la Unión Europea, el Grupo de Lima, todo el mundo está hablando de la crisis humanitaria venezolana, que ha superado con creces otras crisis migratorias ocurridas en Europa y Asia.

La tiranía se dio cuenta muy tarde, que el éxodo de San Antonio se le estaba convirtiendo en un problema. Y para tratar de enmendar la plana, montaron un plan, que ahora llaman pomposamente “Vuelta a la Patria” para invitar a los venezolanos a que regresen a su país. Por supuesto, la punta de lanza del plan fue un falso positivo montado también en Lima, Perú, a donde enviaron a un grupo de chavistas disfrazados de emigrantes, a quienes repatriaron pocas semanas después, en un avión deConviasa, montando un show digno de un capítulo de los tres chiflados.

Lo que no imaginaba la tiranía era que el éxodo provocado, estimulado y promovido por el propio régimen, se le convertiría en un grave dolor de cabeza, porque la tragedia humana generada por Nicolás Maduro, lanzando a las afueras de su país a millones de venezolanos, podría convertirse en breve tiempo, en la razón que necesita el gobierno de Estado Unidos y los gobiernos democráticos de América Latina para proponer y justificar una acción humanitaria internacional en Venezuela. Tanto es así, que en todo el mundo ya se habla, sin ningún desparpajo, de la necesidad de una intervención.

Maduro y sus 40 ladrones se dieron cuenta muy tarde del gravísimo error que habían cometido. El éxodo de San Antonio se les revirtió. Y ahora andan desesperados tratando de convencer a muchos venezolanos para que regresen cuanto antes a su país. El desespero llega a tal extremo que el gobierno celebró como si fuera un 31 de diciembre la llegada de 89 emigrantes infiltrados en Perú. El ministro Jorge Rodríguez informó que el próximo miércoles un avión traerá a grupos de venezolanos desde Ecuador, el sábado desde Perú y el próximo lunes desde Argentina.

Pronto veremos en los periódicos y televisoras de América Latina, anuncios del gobierno de Maduro ofreciendo bonos, lingotes de oro, apartamentos, carros y gasolina gratis por un año a los que se decidan a regresar. “Vendrán los aviones con venezolanos voluntariamente repatriados y aquí los esperamos para recibirlos con los brazos abiertos”, manifestó Jorge Rodríguez.

Con toda seguridad veremos en los próximos días otro show similar al que se montó con los falsos emigrantes que estaban en Lima, Perú. Por fortuna, la burda novela fue desmontada rápidamente, gracias al testimonio de venezolanos como Oscar José Peimbert, quien llegó hace tres meses al Perú, y quien denunció a su ex amigo Luis Santeliz, uno de los falsos emigrantes.

Oscar Peimbert dijo que los casi 100 venezolanos que salieron del Perú hacia Venezuela formaban parte un grupo sembrado por el régimen de Maduro para que hablaran mal del Perú. Todo indica que no solamente sembraron falsos emigrantes en tierras peruanas, sino que también lo hicieron en Ecuador, Colombia y Argentina.

En conclusión, el éxodo de San Antonio no salió también como el éxodo de Mariel. Aunque parezca mentira, algunas recetas del castro comunismo, aplicadas en Cuba, no parecen dar el mismo resultado en Venezuela. La crisis humanitaria venezolana pica y se extiende. La comunidad internacional se está moviendo. Muchos gobiernos vecinos hablan de intervención. De la boca para afuera rechazan la salida militar y alegan no estar de acuerdo. Pero puertas adentro, la historia es otra. Estamos en cuenta regresiva.

Don’t Focus on Regime Change in Venezuela by Frank O. Mora – Foreign Policy – 4 de Septiembre 2018

How Maduro has held on to power, and why what follows him won’t likely be better.

Nicolas Maduro delivers a speech outside the presidential palace in Caracas on March 12, 2015. (Federico Parra/AFP/Getty Images)

Nicolas Maduro delivers a speech outside the presidential palace in Caracas on March 12, 2015. (Federico Parra/AFP/Getty Images)

Ever since Venezuelan President Nicolás Maduro assumed office in March 2013, observers have predicted his regime’s imminent demise. In the last few years, with Venezuela apparently nearing state and economic meltdown, chavismo’s collapse really did seem just around the corner. Yet Maduro hasn’t fallen, and how he has managed to hang on can tell us a lot about what could follow his rule.

Today, there seems to be no floor to Venezuela’s suffering. Just when it looked like things could not get any worse, the International Monetary Fund recently reported that hyperinflation will reach 1 million percent this year. Since 2013, the country’s economy has shrunk by half. Meanwhile, the oil industry, representing nearly 90 percent of government revenue, has just about melted down. Oil production has fallen from nearly 3 million barrels per day in 2013 to about 1 million in 2018.

With no economy left to speak of, an unimaginable 87 percent of the population now lives in poverty. Food, medicine, electricity, and other basic items are hard to come by. No wonder that a projected 3 million Venezuelanswill have departed the country for neighboring nations between 2014 and the end of 2018, which have very limited capacity to absorb them.

Despite the socioeconomic meltdown, however, there has been no serious challenge to Maduro’s power. This is a riddle, and without understanding why the regime has been able to hold tight to power in Venezuela, it will be difficult to make sense of the scenarios under which change may eventually come.

The first explanation for the Maduro administration’s survival could apply to all nondemocratic governments: control of state institutions and repression. In 2002, Maduro’s predecessor, President Hugo Chávez, began a process of effectively purging, penetrating, and ultimately absorbing civil institutions into his so-called Bolivarian revolutionary process, through which he repressed nearly all political opposition. This process deepened with Maduro, particularly as Venezuela’s socioeconomic crisis worsened. Today, the regime controls enough institutions of state, such as the National Electoral Council and the judiciary, that the governing United Socialist Party of Venezuela, known by its Spanish initials as the PSUV, can easily prevent the opposition from challenging Maduro’s rule.

Following a failed coup in 2002, the regime has also aggressively neutralized and politicized the military. The armed forces had previously been one of the more professional, apolitical militaries in the region, but through purges, politically controlled promotions, corruption, and a restructuring of its roles and mission, the new Bolivarian National Armed Forces became a loyal instrument of regime preservation. Both Chávez and Maduro have deepened the force’s ties to the PSUV by giving it a stake in the survival of their leadership. The military not only runs strategic industries (including oil) and controls the distribution and rationing of food items, but a high number of active-duty and retired officers also hold of key positions as Cabinet members, governors, legislators, mayors, and heads of expropriated and state-owned businesses.

Meanwhile, the regime has virtually discarded the constitution and made a joke of the rule of law. For example, the government quashed the opposition’s hope of holding a constitutionally sanctioned recall referendum on Maduro in 2016, and in March 2017, the supreme court temporarily stripped the National Assembly, where an overwhelming majority of seats were held by the opposition after the December 2015 election, of all of its powers. And through it all, independent sources of information and media outlets have been nearly erased. On the streets of Venezuela, the Bolivarian National Police, the National Guard, and other armed civilian bands (known as colectivos) intimidate and violently repress the opposition, journalists, or anyone displaying too much independent thought. Finally, the regime continues to use so-called emergency powers to nationalize industries and prevent normal politics in the country.

A second explanation for Maduro’s staying power, linked to the first, is the culture of fear and distrust that the government has sowed among citizens. The colectivos, which are not directly linked to the government but are funded and managed by some government officials, use violence to create suspicion and anxiety. Meanwhile, Bolivarian grassroots movements and communal councils serve as the government’s eyes and ears at the neighborhood level. Citizens’ constant fear of being reported by neighbors leads to self-policing and self-censorship.

Citizens’ constant fear of being reported by neighbors leads to self-policing and self-censorship.

It is hard to build a mass protest movement when you believe that your neighbor might be a government informant or that you might lose access to scarce government-distributed food and medical supplies if you are accused of opposing the regime.Beyond keeping the opposition and the public weak and divided through control of state institutions and repression, Caracas has also focused its attention on keeping the private sector in check, which is the third reason it has been able to stay in power. Since 2005, the Venezuelan government has sought to shrink the private sector as a way to both consolidate economic power and deny resources and opportunities for the business sector to undermine the regime. The Venezuelan Federation of Chambers of Commerce and Production—the main business union—once had considerable political and economic clout, but the government’s expropriation, intimidation, and coercion of it has left it largely impotent. Another means for controlling the private sector has been a massive expropriation campaign by Chávez and Maduro and severe restrictions on accessing dollars, which forces business to rely on the state for foreign exchange.

Caracas also uses scarcity to maintain control. As in Cuba, the Maduro regime uses low stocks of consumer goods and rationing as a way to keep the population in line. Citizens need to be on good terms with government or PSUV officials to receive their allotment of formal sector jobs, rationing cards, Carnets de la Patria (or “homeland cards,” which are issued to those who qualify for social programs), and other benefits. Government control of consumer goods has been particularly effective in middle-class neighborhoods in Caracas and some larger urban areas in the interior of the country, where citizens have to rely more on the government’s distribution system than on growing their own food. Also worth considering is that the daily struggle to find food items and medicine, particularly in times of intense scarcity and hyperinflation, leaves very little time to organize anti-government mass protests and other activities. In short, economic adversity has not generated anti-government behavior; in fact, it has had the opposite effect.

In short, economic adversity has not generated anti-government behavior; in fact, it has had the opposite effect.

To be sure, there are many, many discontented Venezuelans. But even there, Venezuela has been able to use migration to take the pressure off. Exporting the opposition allows the government to rid of itself of the most unhappy and threatening elements of the opposition. Since the early years of Chávez’s revolution, those with financial means to leave (and to challenge the regime) decamped to Colombia, Miami, and Panama. By 2015, as opposition intensified, Caracas decided to allow just about anyone who wanted to exit the country. Millions of hungry, frustrated, and desperate Venezuelans have opted to leave rather than suffer or confront the dictatorship.

* * *

Under these constraints, there are a few plausible scenarios for Venezuela’s future. There is reason to believe that the most likely one is that Maduro and the PSUV continue to muddle through by taking advantage of existing political and socioeconomic conditions. Perhaps counterintuitively, scarcity and economic meltdown seem to favor the regime more than the opposition. Maduro will continue to use his emergency powers and control of state institutions, including the military and security forces, to suppress dissent and divide the opposition, limiting its ability to truly challenge the ruling party, either through protests or some constitutional mechanism. So, although life will continue to get worse in Venezuela, the regime will most likely retain its hold on power through the remainder of this year and into the next.

So, although life will continue to get worse in Venezuela, the regime will most likely retain its hold on power through the remainder of this year and into the next.

The second most likely—and most dangerous—scenario is an implosion, something like the fruit vendor suicide in Tunisia that sparked the Arab Spring. The Venezuelan government’s persistent unwillingness or inability to mitigate the deepening political and humanitarian crisis does mean that at least a few people may become more and more willing to act out. Although the regime has found a way to endure, the country’s overall conditions are dire enough that one emotional trigger could ignite a tinderbox of uncertainty, despair, and anger. Such an event will produce high levels of violence and likely divide key institutions, such as the military and PSUV. An incident of violence by the state resulting in a number of fatalities could well bring more people onto the street than security forces can address.

A soft coup in the PSUV also remains a possibility. Senior party leadership—both the civilian and military sectors—are undoubtedly worried about their own hold on power if Maduro remains in the presidential palace. It is possible that Diosdado Cabello, the president of the Constituent National Assembly and the second most powerful figure within the PSUV, could join forces with the defense minister, Gen. Vladimir Padrino, to force Maduro to step aside for the good of the party (and the good of their own personal political and economic interests). Leaders within the party might see a soft coup as a way of stemming a potential implosion and ensuring a soft landing in a post-Maduro world. In that case, Vice President Delcy Rodríguez would likely assume power and move quickly to make small concessions and overtures to the opposition and international community, while taking measures to safeguard the party elite. It is important to note that Rodríguez belongs to the most radical wing of the PSUV.

Finally, there is still some room for a military coup. Despite a few isolated and disorganized incidents, this scenario does not seem imminent nor very likely, though. The regime has gone very far to ensure the loyalty of the military, mostly through corruption and politicization. One should also not underestimate, moreover, an effective military counterintelligence apparatus purportedly supported by Cuba, which ensures that any dissident movement within the ranks is quickly quashed. Nonetheless, some of the fractures that exist throughout society do also plague the military, particularly along generational lines, rank, and access to economic opportunities for enrichment or subsistence. An emotional trigger could serve as a catalyst for a coup or rebellion, especially if the military in pressed into violence against citizens.

It is likely that in the next six to 12 months the dictatorship in Caracas will continue to endure in the face of a deepening humanitarian crisis. The international community recently began to intensify pressure on the regime by imposing economic sanctions (mostly on government officials) to isolate it. The United States, Europe, and Venezuela’s neighbors do not have many other options, other than comprehensive economic sanctions and a military intervention, each of which would come with significant negative consequences. The Venezuelan opposition is starting to work together in the face of enormous challenges, but it remains deeply fragmented thanks to infighting and government manipulation. Despite the regime’s inability and unwillingness to restore even a semblance of economic and political stability, it will continue to effectively use the economic and political system it created to deter threats from within and outside the state, allowing it to continue plodding along.

Frank O. Mora is Director of the Kimberly Green Latin American and Caribbean Center, Florida International University. He served as Deputy Assistant Secretary of Defense for the Western Hemisphere, 2009-2013.

Intervención a la vista por Eugenio Montoro – Diario Contraste – 6 de Septiembre 2018

Unknown

Recientemente el influyente senador gringo Marco Rubio comentó en una entrevista que le hubiese gustado que el problema de Venezuela se hubiese solucionado mediante métodos democráticos pero que las circunstancias cambiaron y que Venezuela se ha convertido en una amenaza. La declaración fue interpretada por muchos como una advertencia de intervención.

Ciertamente compartimos las ideas come flor que “los problemas de los venezolanos, los debemos arreglar los venezolanos”, pero lo cierto es que absolutamente todos los caminos para arreglar este follón han sido utilizados y dinamitados por los rojos.

Adicionalmente, los pillos han permitido la intromisión extranjera y masiva de parte de Cuba, convirtiéndolos en una especie de comején metido en nuestras estructuras administrativas y militares y ejecutando los mismos controles ciudadanos de la isla. Si las cosas siguieran como van, Venezuela vendría a ser solo una ficha del foro de Sao Paulo.

No hay duda que se trata de un combate entre los comunistas y los que nos oponemos a esta doctrina que ya nadie en su sano juicio comparte. La pregunta ética es si aceptar una intervención militar externa es o no es lo correcto. Para los rojos sería una invasión, una traición a la patria y algo inaceptable, aunque ellos ya lo hicieron con los cubanos. Pero olvidémonos por un momento de todo lo acontecido y empeñémonos en el razonamiento moral sin adjetivos.

El caso venezolano consiste en un régimen que utiliza la fuerza militar, la de organismos de seguridad y la de organismos no legalmente constituidos como la fiscalía, la ANC, el TSJ y el CNE para controlar a la sociedad. Cualquier iniciativa civilizada de elecciones, negociaciones, protestas masivas reclamando una oportunidad para que los ciudadanos decidan su destino, es vilmente destruida. ¿Es ético en estas circunstancias que los ciudadanos pidan ayuda a otros Países? La respuesta es un rotundo sí, ahora bien, ¿Cuándo la intervención militar sería justificable? La respuesta es difícil pues si bien, en casos como este, es ético pedir ayuda, la intervención militar podría implicar violencia y la posibilidad de heridos y muertos en combate.

¿Qué diría el colectivo venezolano, sobre una intervención? Algunas encuestas se muestran muy a favor, quizás simplemente como el aliviadero a la crisis económica y no como resultado del razonamiento ético sereno.

La respuesta está en cuanto estamos dispuestos a sacrificar por nuestra libertad. Y no hay otra pregunta. Hoy Venezuela está bajo un dominio extranjero y de los peores. De los que gustan mantenerse en el poder para siempre, de los que destruyen la democracia, la de los que apuestan a una sociedad de masas, sumisa dominada y ruinosa.

Si queremos vivir en libertad hay que luchar por ella. Bolívar nos enseñó el camino. No evaluó mucho los grandes costos y sacrificios que significaría su proyecto. Bolívar pidió ayuda militar al imperio de su época, Inglaterra, y hay pocas dudas de que su participación con hombres y dotación de armas y pertrechos, impulsó el desenlace a favor de los patriotas.

Hay que repetir la solicitud de apoyo extranjero que hizo Bolívar para volver a nuestra libertad y si eso significa el sacrificio que representa una intervención militar externa debemos asumirlo. Este problema de dominación castro comunista a Venezuela debe y tiene que resolverse. La patria lo está clamando a gritos.

 

 

 

Eugenio Montoro

montoroe@yahoo.es

Odiosas comparaciones por Hermann Tertsch – ABC – 31 de Agosto 2018

*A Sánchez le gustan las dictaduras que llevan a la miseria*

E l presidente del Gobierno de España está de gira por Iberoamérica. Ha visitado dos países que inauguran presidente, Chile y Colombia. Y uno, Bolivia, con un régimen ideológicamente mucho más afín al socialista Sánchez y a sus socios comunistas. Allí reina Evo Morales, como Daniel Ortega en Nicaragua, un especialista en la supervivencia. No creyó conveniente Sánchez pasar a ver a Nicolás Maduro, el campeón en sobrevivir en condiciones inauditas. Ahí sigue después de destruir el país, asesinar y torturar a miles, robar y saquear a todos. Ya mata en masa con hambre y enfermedades. Huyen por millones a países vecinos y pagan con sangre, miseria y muerte la ceguera de haber llevado al poder a los padrinos de Iglesias, Errejón y Monedero, esos que dictan ahora la política fiscal a Sánchez. El jefe del Gobierno de España dijo ayer que los venezolanos tienen que encontrar una solución entre ellos. Es como enviar una señal de concordia a torturadores y torturados. O que los niños víctimas de Mengele debieron empatizar más con el doctor. Esa infamia infinita, insulto intolerable, se lo puede haber dictado su compañero de partido Zapatero, eficaz agente del narcodictador Maduro para fortalecer su régimen criminal.

Sánchez no ha dejado de hablar de Franco. También de una Comisión de la Verdad con la que pretende reprimir las verdades incómodas para su partido. En Chile recolectó malas ideas y peores intenciones en esa farsa del Museo de la Memoria. Allí los chilenos han acatado una versión grotesca por maniquea de su pasado en la dictadura de Pinochet. Se han tragado todo el cuento impuesta por la izquierda. El ministro de Cultura chileno, Mauricio Rojas, tuvo que dimitir nada más ser nombrado por haber dicho la verdad hace años. Dijo Rojas que aquello «más que un museo (…) un montaje cuyo propósito (…) es impactar al espectador, dejarlo atónito, impedirle razonar (…) Es un uso desvergonzado y mentiroso de una tragedia nacional». Por estas palabras se ha tenido que ir un hombre culto y capaz. Lamentablemente, Rojas perdió, además del cargo, su autoridad al intentar aplacar a las fieras izquierdistas con disculpas por decir la verdad. El museo es un inmenso y costoso despliegue de hechos ciertos y omisiones dolosas para construir una gran mentira. Una dictadura maligna se abalanzó sobre el pueblo chileno por codicia y crueldad y murió por la protesta interna y externa. El mismo cuento que en España aunque más breve.

Ni una palabra de Cuba, los asesinatos, Allende como títere comunista. Sin mención de causas. Nadie explica que un golpe en Chile llevó a una dictadura porque era inminente una dictadura mucho peor. Hoy Chile es el polo de prosperidad y libertad porque se evitó que fuera el polo de miseria y esclavitud con Cuba. El canalla que quería convertir Chile en Cuba era Allende y quien lo evitó era Pinochet. En el polo de la miseria con Cuba está ahora Venezuela porque no ha tenido un Pinochet. Y si no lo ha habido es porque la izquierda ha logrado imponer en Occidente esa postrera lectura falaz que protege las dictaduras comunistas. Solo Thatcher hizo frente a la falacia global de la izquierda. La inmensa mayoría de los venezolanos verían como una salvación surgir a un Pinochet que en diez años pusiera el país al nivel de Chile. Con muchos menos asesinados y torturados que en Cuba y Venezuela, por cierto. Pero Sánchez detesta las dictaduras que se autodisuelven después de crear prosperidad y seguridad. Las que generan dolor permanente y miseria, Venezuela o Cuba son las que gustan a Sánchez. A sus socios más. Tanto que la quieren implantar aquí.

Las tres dictaduras por Fernando Mires – Blog Polis – 30 de agosto 2018

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El concepto dictadura será entendido aquí en su expresión más obvia, a saber, regímenes que anulan la clásica división de poderes, concentrándolos todos en el ejecutivo y apoyados en la fuerza represiva (policía, para-militares y militares).

Valga decir que las tres dictaduras latinoamericanas a las cuales me referiré -la cubana, la nicaragüense y la venezolana- no solo cumplen con los requisitos elementales que llevan a caracterizar a un régimen como dictatorial, sino, además, agregan formas de dominación no equivalentes con las dictaduras clásicas del siglo XX.

En efecto, no se trata de dictaduras totalitarias como fueron las de Stalin, Hitler y Mao Tse Tung, entendiendo por totalitarismo la apropiación del espacio público y privado por la omnipotencia estatal, en el sentido otorgado por Hannah Arendt al término. Ni carismáticas de acuerdo a la tríada formada por la tradición, la religión y la cultura, según Max Weber primero, y después por la misma Hannah Arendt. Ni personalistas (principio del caudillo) de acuerdo a las definiciones de Carl Schmitt tomadas del español Donoso Cortés.

En cierto modo podemos hablar de dictaduras mutantes. A veces aparecen en formato militarista. Otras, bajo la égida de un caudillo. Y en algunas ocasiones, como simples autocracias. Lo mismo ocurre con sus formas de representación ideológica. Por lo general intentan vincularse a grandes mitos nacionales (Martí en Cuba, Bolívar en Venezuela, Sandino en Nicaragua) los que combinan con consignas marxistas de silabario. Son fascistas a veces, estalinistas otras, o simplemente populistas. Pues si hay algo que las une, es su ductibilidad. Más aún, ni siquiera pueden ser consideradas como latinoamericanas típicas. Objetivamente corresponden a formas de dominación (¿post-modernas?) que existen en otros continentes, como la Rusia de Putin, la Bielorusia de Lukashenko, la Turquía de Erdogan, la Hungría de Orban. Son en fin, las tres, aunque surgieron en el siglo XX, dictaduras del siglo XXl en versión latinoamericana.

Las tres poseen una legitimidad de orígen: la de una revolución democrática (Cuba) o electoral (Venezuela) o ambas (Nicaragua). Ninguna llegó al poder como resultado de un golpe militar a lo Videla o a lo Pinochet. Pero ya en el gobierno, emprenden, primero lentamente, después de modo más progresivo, la demolición de los pilares de la democracia moderna, camino al cual comienza lentamente a sumarse la Bolivia de Evo mediante la adopción del principio de reelección indefinida. Si eso llega a consumarse, las tres dictaduras, como fue el caso de Los Tres Mosqueteros, serán cuatro.

Desde el momento que ascienden al gobierno los portadores de “la revolución” comienzan a apropiarse del estado hasta llegar al punto en que gobierno y estado terminan siendo sinónimos. Tiene lugar así la formación del Partido Estado al cual son incorporados mediante sueldos fabulosos y corrupciones inmensas, generales y oficiales de alto rango. Ya constituida la nueva clase de estado, iniciará una verdadera lucha de clases desde arriba hacia abajo cuyo objetivo final es asegurar su poder absoluto. Para ello será necesario destruir tres segmentos no estatales: el aparato productivo (empresarios y obreros), las clases medias profesionales y la clase política opositora.

Solo en función del primer objetivo se entiende la economía política practicada por esas dictaduras. La economía nacional – es lo que no han captado muchos estudiosos- es puesta al servicio de la mantención y reproducción del poder de la clase estatal dominante. Por eso, medidas económicas que según cualquiera escuela parecen aberrantes, si se sigue la lógica de quienes manejan los mecanismos del poder, se entienden perfectamente. Pues para ellos no se trata de aumentar la producción, ni de nivelar salarios, ni de alcanzar una mayor igualdad, sino de destruir radicalmente al antiguo orden político y social. Tiene razón entonces Nicolás Maduro al hablar de “guerra económica”. Para él la economía es un arma de destrucción masiva.

Tales dictaduras son, dicho en el peor sentido del término, auténticamente revolucionarias. Su objetivo central es transformar a la sociedad de acuerdo a los intereses comunes a toda la clase de estado. Una revolución en sentido inverso. No la de los de abajo en contra de los de arriba, sino la de los de arriba en contra de los de abajo. En cierto sentido apuntan, como ya advirtió Arendt acerca de los totalitarismos modernos, a la transformación de una sociedad de clases en una sociedad de masas.

Obreros y campesinos son convertidos -después de la destrucción de los centros productivos- en masa pauperizada. Tarjetas de racionamientos, bonos de subsidios y limosnas patrióticas, son mecanismos que aplicados llevarán a la dependencia biológica de las grandes masas con respecto al Estado.

Destruido el sistema productivo, tendrá lugar, además, la formación de un lumpen-proletariado sin proletariado. Mendigos, rateros, asaltantes o simplemente andrajosos pululando en las calles, como tan bien describiera a la “Cuba profunda” el escritor Leonardo Padura en su novela La Transparencia del Tiempo. Y por cierto, la prostitución, el “petróleo de Cuba” descubierto y organizado por los Castro.

Cuba, que linda es Cuba. Barcos llenos de turistas norteamericanos y europeos ansiosos de “carne fresca” de ambos sexos arriban semanalmente a la Habana. Hoteles que ni en sueños habitaron, bellezas que jamás pudieron tocar, ritos sexuales clandestinizados en los países de orígen, practicados a precio de huevo bajo los retratos del Che, Fidel y Chávez.

Una variante distinta al “socialismo petrolero” venezolano y al “socialismo hotelero” cubano parecía ser el “capitalismo social” instaurado en Nicaragua por la dictadura Ortega-Murillo. Bajo la consigna de construir el socialismo, el régimen optó por otra secuencia. En primer lugar no destruyó el de por sí débil aparato productivo, simplemente “lo compró”. Para el efecto, intensificó relaciones con empresas extranjeras, principalmente norteamericanas. Así, bajo el llamado socialismo sandinista, Nicaragua pasó a ser uno de los países más dependientes del capital externo de América Latina. A fin de alcanzar ese rango, Ortega realizó dos movidas adicionales. Por una parte ofreció a las empresas una mano de obra abundante y barata. Por otra, transfirió, vía subsidios, remesas de capital destinadas a mantener la adhesión de los sectores laborales. Con lo que no calculó el autócrata fue que bajo la égida del capitalismo subsidiado, el sector laboral iba a crecer notablemente de modo que los reclamos sociales comenzarían a hacerse cada vez más continuos. Tampoco calculó que el desarrollo capitalista suele ir acompañado de cierta modernización, expresada en el aumento de sectores intermedios a los cuales pertenecen los estudiantes cuyos reclamos no solo son sociales sino, además, políticos.

El resto de la historia es conocido. Mediante la criminal represión, Ortega ha intentado eliminar las consecuencias sociales de su propia estrategia. Después de las horribles masacres cometidas durante el 2018, el “modelo Ortega” debe darse por fracasado. Desde ahí a Ortega no le queda otra salida que seguir el camino de Maduro (sin petróleo) así como Maduro ya sigue desde hace tiempo el camino cubano: asegurar y reproducir, al precio que sea, el poder de la clase dominante de Estado.  Al menos Ortega cuenta con el mismo “factor positivo” que  el flamante Díaz-Canel y, en medida creciente, que Maduro: una clase política opositora disgregada, dividida e incapaz de unirse en un solo frente de lucha.

Es cierto que Ortega ha sabido operar sobre el conjunto de la clase política nicaragüense formada por una infinidad de partidos y movimientos de tendencias contrapuestas. Pero también es cierto que esa misma clase política ha sido incapaz de formar un frente electoral unitario y solidario.

En Cuba, en cambio, la clase política nacional fue eliminada rápidamente. Después de la toma del poder por Castro en 1959, muchos militantes del potencial bi-partidismo (Ortodoxos y Auténticos) pasaron a unirse al movimiento 26 de Julio. Otros emigraron hacia Miami. Desde ahí, desligados de los verdaderos problemas de su país, cayeron en labores conspirativas. Su Waterloo fue la invasión a Bahía Cochinos el año 1961, hecho que sirvió a Castro para llevar hasta el final la depuración de la oposición interna, dentro y fuera del 26J. Hoy no existe clase política de oposición en Cuba.

Distinto parecía ser el caso de Venezuela. Como en pocos países que viven bajo una dictadura, llegó a formarse en contra del chavismo una fuerte oposición articulada en los partidos de la MUD. La victoria del 26-D, culminación de una larga trayectoria electoral  comenzada el año 2006, fue vista por algunos como el inicio de la derrota definitiva del régimen. La línea democrática, constitucional, pacífica y electoral, propia al conjunto de la oposición, pareció continuar durante el movimiento por el revocatorio (constitucional y electoral) el que, al no ser aceptado por el régimen (no podía serlo) podía transferir su potencial hacia los eventos electorales que se avecinaban. Las jornadas callejeras del 2017, no hay que olvidarlo, surgieron en defensa de la AN y en contra de la falsa Constituyente. Fue en ese momento, cuando, desde fuera y desde dentro de la MUD, comenzaron a ganar terreno los sectores más extremistas, antipolíticos y anti-electorales de la oposición. Mediante un simulacro electoral, contagiado por una euforia masiva, otorgaron incluso un carácter sacramental a un documento que no podía sino ser simbólico, el por ellos llamado “mandato del 16-J”. La derrota en las calles, sufrida por muchachos mártires sin más armas que escudos de cartón, fue considerada por el extremismo opositor como la negación de toda salida electoral. Fue así que sin mística ni fuerza, la oposición regaló a Maduro las elecciones municipales y regionales.

A pesar de todo la MUD tuvo una posibilidad de oro para recuperar la vía política. Fue después del fracaso del “diálogo” de Santo Domingo. Las demandas no aceptadas por la dictadura ofrecían, en verdad, un magnífico programa para convertir a las elecciones presidenciales en un fuerte movimiento social y político. Pero la incapacidad de elegir un candidato unitario -exigido desde hacía tiempo por Henrique Capriles- dio al traste con la posibilidad de propinar a Maduro una fuerte derrota. Pocas veces, creo que nunca, se ha visto en la historia política una oposición que, habiendo tenido todo en las manos para alcanzar un triunfo, haya decidido retirarse abandonando la única vía que conocía, la única donde podía vencer, la única donde podía conservar cierta unidad.

No voy a insistir sobre el tema. Así como la oposición nicaragüense está siendo venezolanizada, la oposición venezolana está siendo cubanizada. Desde Miami, personajes con peso económico pero sin vinculación social ni política intentan, como ocurrió con los cubanos, erigirse en dirigentes, amparados en una supuesta “comunidad internacional” que nunca ha existido ni existirá, dando curso libre a fantasías que solo pasan por sus cabezas afiebradas. Por mientras, ya sin esperanzas, la población venezolana se desangra sobre una ola migratoria sin precedentes en la historia latinoamericana.

Queda todavía una oportunidad, la única posible para no perder lo poco que queda de la oposición venezolana. Hacia diciembre asoman nuevas elecciones. Por cierto, no hay ninguna razón para ser demasiado optimistas con respecto a una salida unitaria. La palabra unidad ha llegado a ser un comodín para salir del paso, aún para políticos que han hecho todo lo posible para romper con la unidad. La mayoría de los líderes opositores siguen sumidos en ese limbo de la nada al que los llevó el abstencionismo del 20-M. Nadie se atreve a tomar una iniciativa que no sea la de hacer frases “dignas” o llamar a paros destinados a parar a un país parado. Después del 20-M la situación no puede ser más deprimente.

Pero quizás, como en todas las cosas de la vida, hay que conservar todavía un gramo de esperanza. Lo digo, claro está, solo por decir algo.

Six Reasons Why Venezuela Still Has Socialism by Fergus Hodgson – The Epoch Times – 28 de Agosto 2018

The undeniable crisis in Venezuela and the largest mass exodus in Latin-American history has led socialists to contend that the Chavistas have not introduced real socialism. All problems in what was supposed to be revolutionary socialist paradise are the fault of an “economic war” from the evil American empire.

Given the cultish allegiance to socialism around the world, this obfuscation has garnered plenty of traction. Unfortunately, that includes prominent members of the Venezuelan opposition, who appear incapable of seeing what is before their eyes. For example, the Popular Will political party of Leopoldo López—a political prisoner and perhaps the most recognized opposition leader—is a full member of Socialist International.

The scapegoating and continued push for socialism, however, spells no end to the insanity. It also dooms more nations to follow Venezuela’s lead to a self-imposed economic and political nightmare.

The word “socialism” is not necessarily the crucial element; what socialism stands for is the centralization of the means of production. Often couched in feel-good terms, such as “liberation” and “justice,” socialism means a command-and-control economy that dismisses property rights and individual autonomy, in contrast to capitalism.

In the words of the newspaper Socialist Worker, socialism means “a society based on workers collectively owning and controlling the wealth their labor creates … in the Marxist tradition.” The dominant theme in socialist publications is the pursuit of egalitarian outcomes, achieved through the redistribution of resources and heavy intervention in the economy, especially with explicit state ownership and control of industries.

Here are a few ideologically symbolic socialist policies from the Chavista era, grouped into five categories:

1. Confiscation, Nationalization of Industries

Seizures of private businesses have become standard procedure in Venezuela, and a recent international court decision awarded a $2 billion settlement to ConocoPhillips for a 2007 appropriation. That year also includedcommunications companies. In 2008, it was cement, steel, mining, and dairy products. Likewise, in 2009, it was rice, a local airline, and some farmlands.

Inevitably, in 2010, as shortages became glaring, the regime took control of supermarket chains, food processors, and package manufacturers—not that this relieved the shortages. In 2008, there were 800,000 private companies registered in Venezuela. By 2017, that number had dwindled to 270,000.

2. Price Controls

Fixed prices are the bastion of economic illiterates, since they generate shortages or surpluses and fuel black markets. However, the Chavista propaganda arm, TeleSUR, celebrated 33 minimum-wage increases between 1999 and 2016, driven by reckless monetary policy and astronomical inflation.

The minimum wage was just the start. To achieve “just prices,” since 2014 all businesses have been limited to a maximum profit margin of 30 percent of costs. Meanwhile, almost all household items have had prices set by the Superintendent for the Defense of Socio-Economic Rights (SUNDDE), generating empty shelves for everything from toilet paper and deodorant to beer. Venezuela’s free-market think tank, Cedice Libertad, estimates that price controls forced 28,000 businesses to close in 2015 and 20,000 in 2016.

A useful first step for any reform-oriented government would be to dismantle entirely the National Center for Foreign Commerce (CENCOEX), which administers (read: corrupts and dislocates) currency exchange in Venezuela.

3. Utopian Projects

Chávez started more pet projects than one can keep track of, but perhaps the largest giveaway has been for new houses and housing renovations. In a population of 32 million, the program that began in 2009 has renovated almost 600,000 homes. An expansion in 2011 saw the building of 1.9 million new houses for those deemed poor.

One can see how the regime managed to spend enough money to generate inflation and eventually hyperinflation. Such was the dependence and entitlement mentality of the people that, when oil prices declined, the regime refused to cut back and merely printed more currency to maintain spending levels.

To show how faithful he was to socialist ideals, Chávez also started 50 communes (comunas), new suburbs or villages with “social” property. The initial sizes were about 250 families, and the hope was to get 350 functioning. However, given the economic crisis, residents and candidates have abandoned that pipe-dream idea.

4. Demonization of Employers

What good would a socialist movement be without greedy capitalists to demonize? The common recipients of vitriol are employers, and Venezuela is no exception.

Chávez pitted employees against employers and made firing someone essentially impossible. Aside from upping the required benefits to include a minimum of 15 percent profit sharing, Chávez banned trial periods. The tremendous risk associated with hiring labor means that more than half of people work off the books in the informal sector of the economy.

Can you blame employers for their reluctance? The revolutionary red tape means starting a new business in Venezuela takes at least 230 days.

5. Anti-Capitalist, Marxist Alliances

Chávez’s socialist alliances began well before his tenure as president. After leading two bloody coups d’état in 1992, Chávez received a pardon and release in 1994 (what a mistake that was). When he got out, he accepted an invitation from Fidel Castro to meet in Havana, and Chávez didn’t hide his admiration for the totalitarian dictator and subsequent mentor.

The Chavista international alliances have had two main purposes: to unify socialist regimes and to work with anyone who opposes the United States. Since the United States is the capitalist symbol, the logic has been that the enemy of my enemy is my friend. The less ideological allies have included Belarus, Iran, Libya, and Syria.

The friendly relationship between the Chavista regime and the terrorist Revolutionary Armed Forces of Colombia (FARC) is just as bad. In 1995, Chávez received guerrilla training from these violent Marxists, and he and Maduro backed the FARC peace deal, which Colombian voters rejected in 2016. FARC commanders roam freely throughout Venezuela and poach Venezuela’s natural resources.

6. Rationing

“Free” is the ultimate price control, since it places a maximum of zero. When people face no cost at the margin, they consume as much as they can, up until they garner zero additional benefit.

Socialist regimes and mixed economies have come up with many ways to impede unbridled consumption, from making people wait in lines for hours to setting maximum quantities per person or household, as in Cuba.

The Chavistas have a particularly elaborate scheme called the Motherland Card (carnet de la patria). It is a personal ID card that gives Venezuelans access to social programs, medical care, rationed food, and subsidies. It also lets the regime know who voted in the sham elections.

Chávez ran for president in 1998 on a militantly socialist agenda—backed by Cuba, the Venezuelan Communist Party, and the Socialist Movement—although he branded himself as a revolutionary “humanist.” He and his successor, Maduro, proceeded to enact every socialist policy in the book for almost 20 years. They spent precious national resources on a litany of social-engineering schemes, and they imposed countless price controls.

International rankings affirm Venezuela’s transition to radical socialism, not to be confused with Nordic welfare states that rest heavily on capitalist production. The Fraser Institute’s Economic Freedom of the World ranking places Venezuela as the least free economy—the most centrally planned—in the entire world.

Useful idiots around the world celebrated the rise of 21st-century socialism.

Yet now that the catastrophic results have arrived—shortagespovertymiseryunemploymenthyperinflationemigrationcorruptionhungerlawlessness, and conflict—suddenly everything that happened is no longer socialism.

The rulers in Venezuela are no idealistic saints, to say the least, and their socialist policies have coincided with the end of democracy. The notion, however, that the latter rather than the former is responsible for the crisis is misleading at best.

Consider Singapore, with limited democracy and restricted rights to press and association. With one of the world’s most capitalist economies, Singapore offers high standards of living and safety, and attracts expats. How many socialists want to live in Venezuela? Even the Chavistas are getting out.

Authoritarians tend to favor socialism because it emboldens them with more power and leaves the populace weak. In contrast, laissez-faire capitalism—the right to property and freedom to exchange—emboldens the individual and leaves rulers with a limited role.

Fergus Hodgson is the founder and executive editor of Latin American intelligence publication Antigua Report.

La Franquicia Cubana por Alejandro Terán – Reporte Económico – Agosto 2018

136138Image.jpgUn ex integrante de la Fuerza Aérea Venezolana, acaba de publicar un libro llamado La Franquicia Cubana, una dictadura científica.

Eduardo Hurtado, fue miembro de la FAV donde trabajó en tránsito aéreo y en defensa antiaérea. Luego ingresó al Ejército de Estados Unidos donde estudió Aviónica y Electricidad en Armamento de Helicópteros Apache.  Luego formó parte de una unidad especial de inteligencia geoespacial y más tarde fue a la guerra con el ejército norteamericano por lo que es veterano de guerra de esa fuerza militar.

Con todo ese cuadro de formación, sobre todo en investigación e inteligencia, se sentó y escribió un libro donde explica con lujo de detalles como los hermanos Castros, descubrieron una franquicia para perpetuar en el poder a los presidentes.

-¿Por qué es una dictadura científica?

Es una dictadura científica, porque todo está planificado, todo lo que pasa en Venezuela y América Latina, está planificado. Nada es casualidad, ha sido diseñado en un laboratorio de guerra psicológica, de estrategia, se planifica, se ejecuta, se supervisa, se mide y se planifican acciones en consecuencias de esas reacciones en ese determinado momento.

-¿Lo que pasa en Venezuela está preparado?

Efectivamente.

-¿La crisis económica, la destrucción de las empresas?

Todo eso es un plan de Estado para generar una sociedad adoctrinada porque una sociedad adoctrinada no ofrece resistencia, aplican la teoría del caos, de quebrantar la economía, un ser que no tenga estabilidad es un ser manejable.

-¿Hable un poco de esa Franquicia cubana?

Los cubanos se aproximan a los Estados Unidos cuando Fidel Castro llega al poder pero allí no quieren nada con él, entonces se aproxima a los rusos y aplican el método ruso en su propio país. Esa experiencia de 60 años les permite desarrollar una corporación.
Cuando digo franquicia cubana no me refiero a los cubanos, hablo de los Castros. Al sistema de gobierno castristas.

Fidel Castro, crea el Foro de Sao Paulo y allí al estilo resort, vende esa estrategia de presidencia eterna y a cambio quiero que me compres esa franquicia, te vendo la asesoría, como vas a hacer para lavar dinero, controlar las masas, los medios de comunicación, como dominar la parte de operaciones psicológica.

Además de eso te voy a dar entrenamiento y te voy a prestar personal de inteligencia, de espía, de operaciones psicológicas para que en 20 ó 30 años tú mismo aplicas el método.
Esto va a dirigido a quienes quieren perpetuarse en el poder.

-¿Una de las cosas que hemos observado es que en América Latina ha habido muchas elecciones donde han ganado los supuestos franquiciarios. Pero Cuba nunca hizo elecciones?

Cuba hace elecciones lo que pasa es que siempre gana Fidel pero eso es un protocolo para el mundo. En Venezuela desde el 2006 las elecciones fueron un acto protocolar, al mismo tiempo iba comprando tiempo e iba creando una oposición paralela.

-¿Venezuela está llegando al límite de los 20 años que es cuando la franquicia se vuelve eterna?

Podría ser eterna. Ellos han dado en el clavo, han seguido el manual.

-¿Por qué la llamas dictadura científica?

Porque es como un método científico. Hay un análisis científico. Esa es la estrategia de la Caja China, que con un escándalo tapan otro.
Es como una ruleta que persigue generar incertidumbre. Ahorita han creado un clima de esperanza para seguir hundiendo a la gente en la desesperanza.

-¿Qué objetivo persigue este libro?

Educar y quiero dejar en claro que para resolver un problema primero hay que entenderlo y la oposición no tiene nada claro.

Citó como ejemplo el paro de la semana pasada como respuesta al paquetazo de Maduro, pero la oposición va a convocar a un paro en un país que está parado, de allí que la oposición no tiene claro el objetivo, concluye. Alejandro Terán/Reporte Económico

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