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Salud 2019: año de la catástrofe sanitaria en Venezuela por María Yanes – El Nacional – 31 de Diciembre 2019

Cada año que finaliza el balance de salud es más negativo que el anterior. Durante estas dos últimas dos décadas de caos y de tragedia, Venezuela se ha convertido en el país más primitivo del continente con relación a la atención en salud.

En nuestra nación se generan más enfermedades y además las exporta, siendo ahora un país de riesgo sanitario para los otros de la región, tomando en cuenta que una buena parte de la diáspora se ha centrado en América Latina.

La situación sanitaria es cada vez más preocupante: desde hace 5 años el deterioro de la salud ha sido continuo, una situación que se relaciona con la grave crisis económica, la baja disponibilidad de recursos destinados al sector, insertos en una política de Estado siempre desfavorable a los ciudadanos.

Desconocemos hasta los actuales momentos cuál es la distribución que se hace del producto interno bruto en cuanto a la inversión sanitaria en Venezuela. La gran excusa del régimen para la falta de inversión en salud han sido las sanciones, el bloqueo o la “guerra económica”. Pero resulta que la crisis de salud tiene su historia desde mucho antes, en pleno auge de los mayores ingresos petroleros, en la época en la que no existía ningún tipo de excusa para no haber destinado recursos al sector.

Desde entonces comenzamos a ver el deterioro de los centros hospitalarios. La corrupción y el despilfarro fueron los causantes de la tragedia que estamos viviendo y que es hoy una emergencia humanitaria compleja de la cual no se escapa ningún aspecto en lo que se refiere al sector salud.

El primer trimestre de 2019 fue muy significativo si nos referimos a la ayuda humanitaria que iba a llegar por la frontera con Colombia. Vimos con gran impotencia e indignación cómo se impidió su entrada en un  escenario de gran violencia desplegada por los grupos afines y defensores del “gobierno”, junto con las fuerzas policiales y militares. Se colocaron grandes contenedores para cerrar el paso por donde iba a entrar dicha ayuda.

El grave error de esto fue haber convertido la ayuda humanitaria en una bandera política, tanto por parte del “gobierno” como del lado opositor. Se hizo evidente la corrupción y el proselitismo. Se centralizó entonces la poca ayuda que entró al país en la Cruz Roja Internacional, la cual fue canalizada por el régimen, que seleccionó solo cuatro hospitales públicos para ser los beneficiados y aun así no se han visto resultados.

La consecuencia de esto fue el desvanecimiento de la esperanza de muchos enfermos crónicos y el impacto que ocasionó en las poblaciones más vulnerables como nuestros niños, ancianos y embarazadas, que eran prioritarios para recibir la ayuda que tanto se necesitaba, sin distinción alguna.

Es indudable que esta grave crisis de salud también se ha visto reflejada este año en otros aspectos, como la situación epidemiológica a nivel nacional, la cual es más alarmante que en años anteriores. Venezuela es el país de la región con el mayor número de casos acumulados de malaria; reapareció la fiebre amarilla después de 14 años de haber sido controlada; la difteria y el sarampión siguen su curso galopante. Estas dos últimas, como la fiebre amarilla, son enfermedades prevenibles por vacunas. La cobertura de vacunación sigue siendo muy baja.

La crisis hospitalaria se profundizó aún más y este año fue muy grave la repercusión de la crisis eléctrica y de agua en el funcionamiento de los hospitales.

El principio de gratuidad establecido en el artículo 84 de la Constitución se perdió totalmente. El paciente tiene que llevar el mínimo material o insumo para que pueda ser atendido.

En 2019 también se incrementó la migración forzada de personal médico. La proyección es que han emigrado más de 32.000 médicos, sumando a esa cifra el resto de personal de salud que también se ha marchado del país, como personal técnico, profesionales de la enfermería, etc.

Más de 4.500 españoles en Venezuela se han beneficiado con los programas de España Salud por Ymarú Rojas – ABC – 28 de Octubre 2019

El secretario general de Inmigración y Emigración del Gobierno español, Agustín Torres, en Caracas
El secretario general de Inmigración y Emigración del Gobierno español, Agustín Torres, en Caracas – Y. R.

Se estima que en 2020 el Ministerio de Trabajo invierta más de 20 millones en el plan socio-sanitario por la magnitud de los problemas que se originan en el país sudamericano

El secretario general de Inmigración y Emigración del Gobierno español, Agustín Torres, en su tercera visita a Caracas, ha calificado como exitoso el programa especial de la Fundación España Salud, que junto con el Ministerio de Trabajo ha ayudado a más de 4.500 residentes en Venezuela afectados por la aguda crisis del país sudamericano.

«El Plan ha sido todo un éxito. Hemos podido atender a muchos españoles que estaban en situación de necesidad, pero no es suficiente. Hay que redoblar ese esfuerzo», precisó Torres desde la Embajada de España en Caracas.

El 15 de febrero se aprobó un decreto que regula la subvención directa de la Fundación España Salud para el desarrollo de programas sociales y sanitarios, que beneficia principalmente a los españoles que se encuentran en territorio venezolano. Los programas atienden además, y de forma individual, a las personas mayores o dependientes.

Para la fase inicial del plan fueron aprobados más de tres millones de euros por el Ministerio de Trabajo, y se cree que para principios de 2020 haya un aporte de seis millones para seguir atendiendo a la comunidad española, conformada en su totalidad por 160 mil personas, que están en situación de vulnerabilidad en Venezuela. En ese sentido, se espera que se pueda ampliar el número de beneficiarios para el año entrante.

La inversión para los programas sociales, que atienden la salud y ayudan económicamente a los ciudadanos españoles, fue de 12 millones de euros en 2018, y para este año van 19 millones. Torres no descarta que en 2020, la cifra incremente por encima de los 20 millones, por la magnitud de los problemas que se desarrollan en Venezuela, y según estimaciones que maneja a su oficina.

Indicó además que fue habilitada una ayuda para los repatriados desde 2014, cuando apenas eran alrededor de 2.000 ciudadanos españoles, y que este año se manejan 19.000 personas que tienen una pensión parecida a la no contributiva, a través del Ministerio de Trabajo de España. «Eso está cerca del 260%, lo que se ha incrementado, y da una idea del problema que se está viviendo en Venezuela».

Seis progrmas de atención

Actualmente, la fundación diversificó sus programas y en lo que va de año ha atendido a 18 embarazadas y partos, 54 niños menores de 2 años y neonatos, 298 niños de entre 2 y 12 años, 118 pacientes oncológicos, 708 pacientes que requieren asistencia médica y abastecimiento farmacológico para enfermedades crónicas y atención de intervenciones quirúrgicas agudas y 4.823 abonos a las tarjetas de alimentación otorgadas.

En principio, los programas de España Salud estaban contemplados para beneficiar solo a los españoles que llegaron a Venezuela, pero ahora abarca a los nacidos en el país sudamericano y que igualmente heredan la nacionalidad.

De momento, el plan especial de apoyo socio-sanitario a la comunidad española que aún residen en Venezuela ha funcionado sin la intervención del régimen de Nicolás Maduro y sin ningún inconveniente, según la respuesta del Secretario General a ABC.

El plan de ayuda, también destina 828 euros anuales por persona, de los cuales, 525 euros son para asistencia médica y una tarjeta de alimentación a la cual se le abona 300 euros anuales (25 cada mes).

La inversión para cubrir el programa el próximo año sería de 5.796.000 euros, según los cálculos ofrecidos por el Secretario General y presentados en un informe.

Torres indicó que desde el Gobierno de Pedro Sánchez ha brindado ayuda a los venezolanos que llegan a España, huyendo de la acuciante crisis de su país. «En algunos casos llegan buscando protección internacional y hemos adoptado algunas decisiones para aquellos que vean denegadas algunas solicitudes del proceso internacional, tengan derecho a una autorización excepcional de residencia y de trabajo, que les permita mantenerse en España», dijo.

Reconoció que España es un referente para muchos venezolanos, como lo fue el país sudamericano para los inmigrantes españoles años atrás. «España no es el principal destino de los venezolanos, cómo están sometidos los limítrofes al éxodo de venezolanos, como es el caso de Colombia y hasta Argentina, pero fue un país de emigrantes y ahora somos un país de acogida para ellos».

 

Se derrumba el sistema de agua en Venezuela por Anatoly Kurmanaev e Isayen Herrera – The New York Times – 19 de octubre 2019

Para comprender hasta qué punto se ha deteriorado, The New York Times realizó pruebas y encontró niveles peligrosos de bacterias.
La casa de ladrillos en las afueras de la capital de Venezuela está llena de bañeras, jarras, ollas, y tobos. El agua que contienen debe durar a una familia de ocho personas durante una semana, pero no es suficiente para lavarse o enjuagarse con frecuencia, por lo que la cocina está llena de ollas grasientas y el olor rancio a orine predomina en casa.
Y ningún intento de tratar el agua, lo que hace que la diarrea y los vómitos ocurran regularmente.
“Prácticamente vivimos en el baño”, dijo la madre de la familia, Yarelis Pinto. Su hija embarazada, Yarielys, estaba sentada cerca, pálida e indiferente, recuperándose de su último episodio de diarrea a solo un mes del parto.

En Venezuela, una economía en ruinas y el colapso de la infraestructura estatal básica significa que el agua llega de manera irregular, y beberla es una apuesta cada vez más riesgosa. Según la Organización Mundial de la Salud, la tasa actual de mortalidad infantil por diarrea en Venezuela, que está estrechamente relacionada con la calidad del agua, es seis (6) veces mayor que hace 15 años.

El gobierno dejó de publicar datos oficiales de salud pública:

Pero el gobierno dejó de publicar datos oficiales de salud pública hace años.
Así que The New York Times encargó a los investigadores de la Universidad Central de Venezuela para que efectuaran el estudio de calidad del agua que habían realizado regularmente para el acueducto Metropolitano desde 1992 hasta 1999.
Los científicos descubrieron que cerca de un millón de residentes estaban expuestos a aguas contaminados. Esto los pone en riesgo de contraer virus transmitidos por el agua que podrían enfermarlos y amenazar la vida de los niños y los más vulnerables.
“Esta es una epidemia potencial”, dijo José María De Viana, quien dirigió el servicio de agua de Caracas, Hidrocapital, hasta 1999. “Es muy grave. Es inaceptable “.
En el último estudio, se tomaron 40 muestras de los principales sistemas de agua de la capital y se analizaron para detectar bacterias y cloro, lo que mantiene el agua segura. El estudio también probó las fuentes de agua alternativas utilizadas por los residentes de la ciudad durante los cortes de suministro.
Un tercio de las muestras no cumplió con las normas nacionales.

El gobierno no ha emitido ningún alerta de saneamiento:

Esto debería haber requerido que Hidrocapital emitiera una alerta de saneamiento, de acuerdo con las propias regulaciones internas de la empresa. Pero el gobierno de Venezuela no ha emitido ninguna alerta al menos desde que el Partido Socialista del presidente Nicolás Maduro asumió el poder hace 20 años.

“El mayor riesgo para la salud que vemos en este momento es el agua: agua y saneamiento”, dijo el jefe de la Federación Internacional de la Cruz Roja, Francesco Rocca, a periodistas extranjeros esta semana, refiriéndose a Venezuela.

La economía estancada de Venezuela cayó en picada en 2014, cuando un colapso en los ingresos de exportación de petróleo de la nación expuso el fracaso de las desastrosas políticas de control de precios y divisas de Maduro. La economía ha explotado desde entonces, con Venezuela perdiendo dos tercios de su producto interno bruto y al menos el 10 por ciento de su población.
Los portavoces de Hidrocapital, el ministerio de agua de Venezuela y el ministerio de información no respondieron preguntas sobre la calidad del agua potable en la capital.
 
Los riesgos que plantea la mala calidad del agua son particularmente amenazantes para una población debilitada por la escasez de alimentos y medicamentos. Pero el problema atraviesa la división social, política y geográfica de la capital, afectando a comunidades y barrios pobres, áreas que apoyan a la oposición y a los leales al gobierno.
En Terrazas del Ávila, un barrio de clase media cuya agua, según el estudio, estaba contaminada con bacterias fecales, los residentes compran jarras de empresas privadas para cocinar o beber, dijo Juan Carlos Castro, un médico y líder de la comunidad.

“Esto no es agua potable”, dijo sobre su agua del grifo. “Es un peligro para la salud pública”.

Pero comprar agua es un lujo en los barrios marginales vecinos, donde muchos sobreviven con el salario mínimo de Venezuela de $ 8 al mes.
Durante los apagones regulares y los cortes de agua, la familia de Aleyda Sabino en el barrio pobre de Carapita camina hacia un arroyo cercano para obtener agua. Tiene una enfermedad renal y está bajo la orden del médico de beber mucha agua todos los días. Ella trata de hacerlo, aunque beber del arroyo a menudo provoca fiebre, vómitos y diarrea.

“Siento que me enfermaré si bebo el agua y enfermaré si no lo hago”, dijo. Hervir el agua requiere gas para cocinar, otro lujo que es inaccesible para muchos.

En general, el nuevo estudio mostró una disminución significativa en la calidad del agua de la ciudad en las últimas dos décadas.
Construido con los ingresos del petróleo por los gobiernos anteriores, el sistema público de agua de Caracas fue una vez una hazaña de ingeniería, bombeando 5 millones de galones de agua por segundo a miles de pies hacia el valle de montaña de la ciudad a través de acueductos complejos y cientos de millas de tuberías.
El sistema era parte de una amplia inversión en infraestructura pública. El gas de cocción de la ciudad, su deslumbrante metro salpicado de arte vanguardista, sus autopistas elevadas y sus rascacielos de viviendas públicas fueron ejemplos de modernidad en el continente descuidado y volátil.
Foto: Meridith Kohut for The New York Times
 
Pero mientras que el resto de Sudamérica realizó mejoras dramáticas en el acceso al agua potable en las últimas dos décadas, los avances de Venezuela se vieron afectados por la falta inversión, la mala gestión y seis años consecutivos de una economía bajando en espiral.
El colapso de los servicios de agua se ha acelerado en los  dos últimos años, según encuestas realizadas por universidades y organizaciones no gubernamentales. Durante ese tiempo, los cortes de energía, los cortes de agua, la escasez de productos químicos y el éxodo masivo de personal calificado sacudieron a los servicios públicos de agua en su núcleo.
Ahora, el Banco Interamericano de Desarrollo estima que solo el 30% de los venezolanos tiene acceso regular al agua potable, en comparación con el 60% en 2000.

“No ha habido un deterioro de esta magnitud y duración en la región en la historia reciente”, dijo Sergio Campos, el principal experto en agua del Banco de Desarrollo.

El estudio del agua encargado por The Times mostró que el sistema principal de suministro de agua, que proporciona alrededor del 60% del agua de la capital, se vio especialmente comprometido. Más de la mitad de las muestras tomadas del sistema de agua principal tenían cloro insuficiente; Casi dos tercios de las muestras tenían niveles de bacterias que excedían las regulaciones.
Las autoridades venezolanas no han publicado ningún dato de salud pública desde al menos 2017. Pero la evidencia basada en encuestas recopilada por grupos locales de defensa de la salud muestra una correlación entre la disminución del suministro de agua del país y el aumento de enfermedades transmitidas por el agua.
La incidencia de hepatitis A, una infección hepática, aumentó 150 veces más de lo normal en Terrazas del Ávila, vecindario de clase media, luego de un corte de agua prolongado en marzo, dijo el Dr. Castro.
En los barrios bajos cercanos, procurar, limpiar y almacenar suficiente agua potable es una lucha diaria, y un juego de azar de alto riesgo.
En marzo, cuando un gran apagón dejó a muchos sin agua, cientos de personas llevaron sus jarras de agua al río Guaire, lleno de aguas residuales. En el barrio marginal de Petare, en el este, los residentes emboscan camiones de agua para obligarlos a descargar en sus vecindarios.
En el barrio de chabolas de San Isidro, el agua fluyó durante dos (2) días en septiembre por primera vez en seis (6) meses. Salió oscuro con el lodo que se acumulaba en las tuberías vacías.
El estudio encontró un exceso de bacterias en la mayoría de las fuentes de agua alternativas muestreadas utilizadas por los residentes de Caracas, como manantiales de montaña, agua que se vende en tiendas y cisternas de agua.
La Sra. Pinto, madre de cinco hijos que vive en el barrio de chabolas de San Isidro, compró agua que pensó que era más segura hasta 2017. Ya no puede permitírselo, ya que no tiene ingresos y sobrevive gracias a la comida que su ex esposo trae para sus hijos.
Cuando las bañeras de la Sra. Pinto se secan, su familia camina penosamente hacia un arroyo cercano con jarras para llenar. Los vecinos más afortunados pagan por el acceso a un sistema casero compuesto por millas de mangueras interconectadas que transportan agua desde una colina cercana.

“Cuando bebo el agua, siento repulsión”, dijo la Sra. Pinto.

Los vómitos y la diarrea suelen deprimir a sus cinco hijos, y los frecuentes episodios de enfermedades dificultan la tarea de los adultos. Solo uno de los cuatro adultos en la casa trabajaba, ganando $ 8 al mes limpiando pisos.
Pero no tienen otra opción, dijo. “Tenemos que consumir lo que tenemos”.
Los investigadores del estudio dicen que los altos niveles de bacterias en las muestras probablemente son causados ​​por el cloro insuficiente y el suministro inestable. Estos problemas han sido causados ​​por la falta crónica de mantenimiento, la mala gestión y la recesión económica, dicen.
La crisis económica ha cerrado la única planta de cloro de Venezuela durante meses, dijo un gerente de la planta, quien habló bajo condición de anonimato por temor a represalias. Y los apagones eléctricos frecuentes permiten que las bacterias se acumulen en tuberías vacías, dicen los gerentes de la empresa.
Varios de los peores resultados del estudio salieron mejor cuando se recolectaron y analizaron nuevas muestras varias semanas después, lo que implica que la calidad del agua de Caracas varía mucho según la disponibilidad de cloro y el rendimiento de la tubería en un día en particular.
Las fallas eléctricas y la falta de mantenimiento han reducido gradualmente el complejo sistema de agua de la ciudad al mínimo. Las bombas de agua, las plantas de tratamiento, las estaciones de inyección de cloro y los depósitos enteros han sido abandonados debido a que el estado se quedó sin dinero y trabajadores calificados, de acuerdo con siete gerentes actuales y actuales de Hidrocapital que solicitaron el anonimato por temor a represalias.
Dorka López hasta 2015 gestionó una planta de tratamiento de agua que atiende a unas 220,000 personas en la ciudad satélite de La Guaira, la capital del Estado Vargas. El proceso de purificación de cinco etapas de la planta se redujo a sólo uno, inyección de cloro, después de que un deslizamiento de tierra dañó la planta en 2013, dijo. No se hizo ningún intento por repararlo.
Gradualmente, la planta dejó de probar incluso la calidad del agua que se suponía que debía tratar, dijo. El personal trajo su propia agua potable al trabajo.

“Ya no estábamos tratando el agua, simplemente enviándola”, dijo.

Déjanos saber de tus impresiones sobre el contenido de este artículo, recuerda que tu opinión es muy importante para nosotros. Comparte esta información si consideras que puede añadir valor a la lucha que Baruta junto con otros municipios, viene librando para exigir nuestros derechos fundamentales.

Venezuelans Find Medical Refuge in Colombia – Latinamerican Herald Tribune – 6 de Octubre 2019

ARAUCA, Colombia – The Arauca pier is already busy before sunrise. Hundreds of people arrive in boats from Venezuela to get medical attention, and to be sure they do, they must be among the earliest to stand in the long lines that quickly begin to form.

One of the first buildings they come across in the city, which is the capital of Arauca province and is only separated from Venezuela by the swiftly flowing Arauca River, is that of the Colombian Red Cross.

From 4:00 am, when the humidity and heat of the area are not yet so fierce, dozens of people, many with babies in their arms, line up outside the medical center waiting for the doors to open at 7:00 am with hopes of being among the 120 to be assigned their turn.

Some have cardiac problems, others suffer respiratory illnesses and there are also pregnant women who, despite their pain, know that this is the only way to get good medical care.

One of them was Tatiana Lopez, who traveled from the state of Guarico in central Venezuela to be treated for the painful neuritis she suffers in one arm.

“Thank God they looked after me well. The doctor who saw me is an excellent person who actually listened to me. He told me to tell him all I was suffering and I told him everything,” Lopez told EFE after her doctor’s visit.

From her home, it took the woman 10 hours to reach El Amparo, the Venezuelan town on the other side of the Arauca River, and from where she took a boat over to the Colombian city.

Despite the long trip, the woman preferred to go to Arauca than see a doctor in her native land because, besides the fact that her son lives here, the state of clinics in her own country is “super bad.”

“The hospitals are awful, there are no medicines, no remedies. You can’t even find a parasite cleanse in Venezuela,” she said.

The Red Cross – the local coordinator of Arauca’s emergency-call project, Carlos Alberto Prada, told EFE – offers the services of general medicine, psychology and an infirmary, which mainly attend Venezuelan migrants and Colombians returning from that country.

“The chief characteristic of the Venezuelan population that we serve is that it is pendular, since on the Venezuelan side they have access to public services. Then they come to the Colombian side for health services,” Prada said.

In its facilities, financed by donations from the International Federation of Red Cross and Red Crescent Societies (IFRC), the institution has a dispensary of medicines and a storeroom of cleansing equipment for those who need such products as part of a program to promote healthy living.

According to figures of Colombia Migration, as of June 20 there were 42,890 living in Arauca province of the almost 1.4 million Venezuelans who had settled in the country, and of whom 24,989 live in the regional capital.

One of those is Clairey Tanales, who has been living in Arauca for almost three years and has not gone back to Venezuela because she has no money to do so and fears that if she left, something could happened to her children.

“I’m not going anywhere because here I’m closer (to Venezuela) and I would only have to cross the river,” said the woman, who previously lived over 1,000 kilometers (620 miles) from Arauca in the Venezuelan state of Anzoategui.

Tanales is aware that the situation in which many Venezuelans are surviving in Arauca is critical, so she tries to take full advantage of the available health services, chiefly for one of her children who suffers from asthma.

And so the days go by in Arauca, where at sunset the boats return to Venezuela full of passengers, many of whom were able to receive medical care as they wait for the situation in their own country to change.

“I know things will get better in Venezuela, this won’t go on for much longer,” said Tatiana Lopez. “There are few days left before this is over.”

María Yanes Herrera: “La crisis de la salud está totalmente visibilizada” por  Hugo Prieto – ProDaVinci – 29 de Septiembre 2019

María Yanes Herrera: “La crisis de la salud está totalmente visibilizada”

De esta historia, la doctora María Yanes Herrera, médico internista y nefrólogo, tiene perfecto conocimiento. La crisis de los hospitales ya era un hecho en 2007 y pese a los ingentes recursos que recibió el país producto del boom petrolero (con un barril a 140 dólares) no se invirtieron los recursos necesarios para garantizarle a los venezolanos un acceso oportuno y de calidad en los centros de salud.

Yanes Herrera presidió la Red de Sociedades Científicas Médicas Venezolanas y la Sociedad Médica del Hospital José Ignacio Baldó (mejor conocido como el Algodonal). En Venezuela nunca se ha invertido en salud lo que recomienda Naciones Unidas (el 5 por ciento del producto PIB). La emigración forzosa, producto de la emergencia humanitaria compleja, se traduce en un déficit alarmante de personal en los centros hospitalarios, desde médicos hasta enfermeras, pasando por laboratoristas. El drama que viven los pacientes de enfermedades crónicas es una tragedia que se mide en muertes que pudieron prevenirse.

Las cifras son extraoficiales debido al apagón estadístico que impera en Venezuela.

Más de 16 millones de venezolanos acuden al servicio público de salud, cuyas condiciones, en 2018, eran las siguientes: 53 por ciento de pabellones o quirófanos inoperativos; 88 por ciento de escasez de medicamentos; 94 por ciento de fallas en los servicios de rayos x y 100 por ciento de fallas en los servicios de laboratorio. ¿Qué significa esto?

Lo primero que quisiera decir es que Venezuela atraviesa por la peor crisis de su historia republicana. No solamente en el contexto de la salud, porque la crisis sanitaria que tenemos ya llegó a un punto de quiebre. Pasamos de crisis humanitaria, en 2013, a emergencia humanitaria compleja, que es lo que estamos viviendo actualmente. Esta emergencia abarca todas las variables que intervienen en la vida de los venezolanos y uno de los factores que más incide en el derecho a la vida es, fundamentalmente, el derecho a la salud, como lo establece los artículos 83 y 84 de nuestra Constitución. Eso es lo que más ha afectado la vida de los venezolanos.

Usted ha trabajado en distintos hospitales del sistema de salud público. ¿Cuál es el drama que viven los enfermos? ¿Cuál es el drama que se vive en los hospitales?

La crisis hospitalaria comenzó en 2007. Yo conozco esa historia, porque era la presidenta de la Sociedad Médica del Algodonal. Actualmente, ningún hospital se salva a escala nacional. No sólo estoy hablando de los nueve centros hospitalarios, los más importantes, del Distrito Capital. Me refiero a todos los hospitales en sus diferentes clasificaciones, desde el tipo 1 hasta el tipo 4, esa clasificación depende del número de camas. Los hospitales de mayor envergadura, es decir los que tienen más de 300 camas —el Clínico Universitario, El Algodonal, el Pérez Carreño—, no las tienen todas operativas y el paciente, pese al esfuerzo de los médicos y del personal de salud en general, no recibe una atención oportuna y de calidad. ¿Por qué?, porque no hay los instrumentos, no hay herramientas y las fallas, prácticamente, son a nivel general.

¿Cómo se puede planificar las llamadas operaciones electivas, digamos, una hernia inguinal, una operación de cataratas? ¿Dónde entra el paciente?

Usted entra a lo que llamamos la mora quirúrgica a escala nacional (alrededor de 300.000 casos). El paciente tiene que esperar hasta seis meses para que pueda ser operado en una cirugía electiva. Venezuela, de acuerdo a lo que establece la Constitución, debería tener un sistema de salud intersectorial, con principios de gratuidad y equidad, pero eso no existe, porque el sistema de salud se pulverizó, se desintegró. El paciente tiene que traer todos los insumos —desde gasa hasta algodón, pasando por el catéter que le van a poner, cualquiera que sea—, tiene que llevar un kitde cirugía y, en muchos casos, no tiene la capacidad para comprarlos. Es decir, no hay la dotación que tiene que tener un hospital para atender al paciente.

¿Si a un paciente le detectan una hernia umbilical en un módulo de salud de Barrio Adentro, digamos, si tiene un diagnóstico temprano, ¿qué sigue?

No tiene la capacidad de resolverlo. ¿A dónde lo vas a enviar? ¿A un hospital? ¿A un centro de salud tipo 3 que tenga esa especialidad? Ahí se va a topar con la falta de dotación y de insumos. Todos sabemos que Barrio Adentro es un sistema de salud paralelo que comenzó en 2003, donde se iba a impartir la atención primaria. Pero la medicina preventiva no sólo es la prevención de la enfermedad, también es la educación y la promoción de salud. Eso es lo que debería prevalecer. A Barrio Adentro se dirigió la atención, los recursos, en desmedro del sistema tradicional.

¿Diría que Barrio Adentro fracasó?

En mi opinión es un sistema fracasado, donde no se ven los resultados para lo cual fue establecido. Es decir, un sistema de atención primario y de prevención. Eso fracasó. De hecho, la mayoría de los famosos módulos hexagonales están abandonados.

El país se ha vaciado de profesionales de la más variada índole. Otros países de América Latina han fortalecido su sistema de salud con la participación de médicos venezolanos. ¿No resulta paradójico?

Ese es uno de los contextos que entra en la emergencia humanitaria compleja en lo que se refiere a la salud. No sólo hablo de los médicos. Hablo, inclusive, del personal de enfermería, del personal de bioanálisis. Hay un déficit de recursos humanos impresionante en los hospitales. Más de 25.000 médicos se han ido del país. Esa es la cifra que manejamos. Todos formados en las universidades tradicionales y reconocidas. Porque así como tenemos un sistema de salud paralelo, lamentablemente también tenemos una educación paralela en la medicina, como lo es el médico comunitario integral. Hay un pénsum de estudio que no cumple con las horas académicas para que un estudiante opte por un título de médico. De la emigración forzosa que sale del país por el puente Simón Bolívar —más de 5.000 venezolanos cada día—, no se escapan los profesionales y el personal de la medicina.

¿Cuáles son las especialidades más afectadas?

Yo diría que ninguna especialidad se salva. Pero son más los recién graduados e inclusive los que terminan su residencia de posgrado. Aquí no se salva ninguno. Afortunadamente, en otras latitudes, esos médicos han demostrado lo bien que han sido formados. Pero no hay garantías de que siga siendo así. Recientemente se quiso implementar un instructivo en el Hospital Clínico Universitario, que no sólo atentaba contra su autonomía, sino contra la formación académica de los estudiantes. Una cosa muy grave, porque ese hospital es el brazo derecho de la Escuela de Medicina Luis Razetti. La reacción inmediata de la comunidad hospitalaria en general lo impidió. Pero esa amenaza sigue latente.

La gente que emigra se va quedando, se va quedando… hasta que un día no vuelve. Eso le va a pasar a muchos médicos. Esa idea de que la gente va a regresar, no la veo tan factible. ¿Qué daño se ha producido? ¿Cuánto tiempo va a tomar, por ejemplo, volver al nivel que teníamos en 2013, año en que empezó la crisis humanitaria?

Hay gente que está trabajando en un plan para recuperar el sistema de salud en términos generales. Un factor importante de ese plan es la recuperación del personal que se perdió debido a la migración forzosa que produjo la emergencia humanitaria. Se perdieron todas las condiciones de trabajo. Se perdieron todas las condiciones de seguridad social. No hay una contratación colectiva. Todo eso se perdió. No será de un día para otro. El grupo Médicos Unidos del estado Aragua, por ejemplo, presentó un plan para esa entidad, que pudiera extrapolarse a escala nacional. Ese plan establece metas y objetivos a alcanzar en un plazo de 90 días, seis meses, un año y dos años. Ese plan lo debemos tener para cuando se produzca el cambio que todos queremos y que sabemos cuál es. Me estoy refiriendo —para no hablar de otras cosas—, al sistema que prácticamente ha destruido la salud en Venezuela. Yo tengo esperanza, tengo fe, de que cuando se produzca el cambio muchos médicos van a regresar.

Los recursos que se invierten en salud han caído en forma sostenida. En 2015 representaban el 3,1 por ciento del PIB y en 2018, apenas el 1,9 por ciento —data de la Organización Mundial de la Salud—. No sólo es un sistema fracasado sino inviable financieramente.

Eso no es nada. Antes de la debacle económica del 2013, a Venezuela le entraron recursos muy importantes por exportaciones petroleras. El precio del barril llegó a 140 dólares. Incluso entonces, el gasto en salud era ínfimo. Nunca llegó a los niveles que recomienda la OMS (5 por ciento del PIB). Aquí lo que está impactando es el caos y la crisis económica que hay en Venezuela. Lo primero que tiene que haber es una recuperación económica para poder aportar en salud los recursos que se necesitan. El gobierno no previó, para nada, el impacto que el desastre económico tuvo y tiene en el sector salud.

El otro tema tiene que ver con las enfermedades crónicas y los pacientes oncológicos. Uno de cada 10 venezolanos, por ejemplo, puede comprar los medicamentos para tratar el dolor que produce el cáncer. Más de seis mil venezolanos se han ido del país para poder comprar las medicinas que hacen falta para tratar el VIH. Dentro de la realidad sombría que estamos viviendo, ¿qué les queda a estos enfermos?

Es muy triste, porque uno como médico vive el día a día de estos pacientes y conoce la realidad. En Venezuela hay alrededor de 300.000 personas que padecen enfermedades crónicas de diversa índole. No solamente son los pacientes oncológicos, también son los pacientes que no tienen ni los recursos para adquirir las medicinas, o sencillamente no las hay o no llegan al país. En ambos casos, simplemente, son pacientes que corren el riesgo de morir. Es una cruda, una trágica realidad la que se vive en Venezuela con los pacientes de enfermedades crónicas.

Se puede decir, sin menoscabo a la verdad, que el Estado está condenando a estos pacientes a una muerte anticipada.

A una muerte que pudo haber sido prevenible, porque no es solamente el paciente oncológico o el paciente con VIH, es el paciente hipertenso que puede morir por causa de un infarto o un ACV, es el paciente diabético que puede morir porque no tiene la insulina, es el paciente con esclerosis múltiple que tiene tres años sin recibir los medicamentos de alto costo para todas esas enfermedades. Si bien estamos viendo más medicinas por vía de la Cruz Roja Internacional, no son suficientes. El drama de los pacientes trasplantados que han fallecido porque no hay inmunosupresores. Y los pacientes en diálisis, más de cinco mil han fallecido en los dos últimos años, de acuerdo a las declaraciones del expresidente del IVSS, porque no hay los insumos en diálisis. O porque el paciente no tiene los medicamentos para atenderse y muere por complicaciones de su enfermedad renal crónica. Es un drama terrible.

¿Por qué el gobierno niega la existencia de una emergencia humanitaria? ¿Por qué el representante del gobierno va a Bruselas y dice tal cosa?

Eso tiene su lógica, ¿qué se puede esperar de una persona que forma parte de este sistema? Eso es lo que tiene que decir y reiterar, que aquí no hay ninguna emergencia humanitaria compleja. Pero afortunadamente, el sol no se puede tapar con un dedo. Y así lo demostró el informe de la doctora Michelle Bachelet (alta comisionada de los Derechos Humanos de la ONU). Un informe que se presentó por primera vez el pasado 5 de julio y al que se le hizo una actualización el pasado 9 de septiembre. Ahí se demostró la violación a los derechos humanos en Venezuela, incluido el derecho a la salud y a la vida. Ya está totalmente visibilizada la crisis de salud que hay en el país. Me preocupa que no haya habido una respuesta ni del gobierno del señor Maduro ni de la comunidad internacional. La ayuda que llega a través de la Cruz Roja Internacional es insuficiente, tampoco está llegando al número de personas que realmente la necesitan. ¿Qué se importen medicamentos? Muy bien, pero que sean de calidad y debidamente registrados en el país, cosa que no está ocurriendo.

Vivimos una secuencia de enfermedades transmisibles —sarampión, difteria, hepatitis A, y de malaria, donde Venezuela ha retrocedido más de 40 años.

Para este año los expertos pronostican un millón de casos nuevos de malaria. Yo creo que la malaria es el reflejo del fracaso de las políticas sanitarias desde el punto de vista epidemiológico. Desde 1936 salía el Boletín Epidemiológico y es bajo este régimen que dejó de publicarse, creo que en 2008 se publicaron varios boletines, luego en 2016, hasta que se publicaron las cifras de mortalidad materna y mortalidad infantil que son los indicadores más fehacientes de que un país está o no saludable. Tenemos una crisis epidemiológica en falta de políticas y de controles para poder erradicar esas enfermedades. La erradicación del vector que propaga la malaria no está funcionando, así como las políticas de prevención y control de riesgos. Lo que ha habido es un gran retroceso. En la difteria, por ejemplo, el último caso fue en 1992 y en octubre de 2016 regresa, ¿por qué? Porque la cobertura en vacunación no llegó al 50 por ciento cuando debía ser del 95 por ciento, al menos en niños. Eso te dice que aquí no hay, en lo absoluto, políticas sanitarias para controlar esas enfermedades. Sarampión, en lo que va de año, ya van más de 5.000 casos.

Esas enfermedades, no sé si con la espada de Bolívar, van recorriendo toda América Latina.

Esa tragedia de enfermedades emergentes y reemergentes —sobre todo estás últimas— nos muestran como un país en franco atraso y retroceso. Nos hemos convertido en un país exportador de enfermedades a otros países. Ya Venezuela implica un problema regional en salud.

ABC entra en el hospital de la muerte en Caracas por V.S. De Abreu – ABC – 3 de Junio 2019

Madres de pacientes y médicos denuncian la situación del centro sanitario en el que han muerto seis niños, cuatro esperando un trasplante

La crisis sanitaria de Venezuela le está arrebatando el futuro a sus niños. Con una economía derrumbada durante dos décadas, un desabastecimiento de medicamentos que supera el 80% y un déficit de 90% en los hospitales, los pacientes crónicos no tienen más opción que pedir a Dios que los mantenga con vida.

El Hospital de Niños José Manuel de los Ríos es un reflejo despiadado de la realidad de Venezuela. Situado en el norte de Caracas, fue, desde su fundación en 1937, uno de los centros públicos más importantes del país y una referencia para el continente por su especialización en el área de pediatría. Hoy solo se habla del hospital por su deplorable condición.

Entrar al Hospital de Niños es desnudar la crisis que sufre Venezuela desde hace más de diez años, pero que en el último lustro se ha acentuado. La seguridad del recinto médico es extrema. Solo ingresan los pacientes con sus familiares, el personal médico y el administrativo, el resto debe aguardar en el patio o en lugares adyacentes. Todo el acceso está milimétricamente controlado. El centro está blindado. Al régimen no le interesaba testigos incómodos de lo que está sucediendo en el J.M. de los Ríos. Sin embargo, ABC logró acceder a sus instalaciones.

Durante tres horas recorrí el centro y pude comprobar lo devastador de su situación, y hablar con algunas de las familias que sufren el via crucis de las deficiencias y carencias del hospital. En él han muerto en las últimas semanas seis niños: cuatro de ellos esperaban trasplante de médula ósea, y otros dos por falta de respuesta en urgencias para suministrar medicamentos.

Escucho a doctores y enfermeras. Conversan entre ellos sobre la ayuda humanitaria que apenas llega al hospital, de los medicamentos que faltan y de lo que les han prometido que llegará. Entre susurros se quejan y se lamentan. Tienen miedo de que los escuchen, pero sienten impotencia por lo que sucede con los niños, «sus niños». Algunos de ellos han recibido amenazas por manifestarse contra las muertes de los pequeños pacientes.

Un hospital de 1940

Las causas de las muertes de estos seis niños derivaron de los múltiples fallos que presenta el J.M de los Ríos. «Fueron las continuas y habituales deficiencias que hay en el hospital. Trabajar ahora es como hacerlo en 1940 o 1950, porque no tenemos laboratorios, no hay Rayos X, no se pueden hacer tomografías, ni resonancias. Mucho menos pensar que se encontrarán medicamentos», cuenta preocupado a ABC un médico del centro sanitario, que pide no ser identificado por seguridad.

Giovany Figuera, de 6 años; Robert Redondo, de 7 años; Yeidelberth Requena, de 8 años; y Erik Altuve, de 11 años, cerraron sus ojos para siempre a finales de mayo. Sus muertes ocurrieron una tras otra y la noticia causó consternación en toda la población y trascendió a nivel internacional. Médicos y familiares aseguran que estas pérdidas pudieron evitarse y culpan al régimen venezolano por la indiferencia y la negligencia en los casos. Todos ellos eran parte de un grupo de 30 niños que esperaban trasplante de médula ósea.

«Esos niños que murieron tenían grandes posibilidades de recuperarse», comenta Ani Camacho, madre de Zabdiel Amaya, un niño de cinco años que fue diagnosticado con leucemia linfoblástica aguda cuando tenía dos años de edad. «Mi hijo es muy pequeño para entender que ellos no estarán más con nosotros. Nosotros los conocimos y compartimos porque iniciamos este proceso juntos. Me pregunto si me tocará pronto pasar por lo mismo que esas madres», agrega afligida.

Ani Camacho, madre de Zabdiel, de cinco años, que tiene leucemia
Ani Camacho, madre de Zabdiel, de cinco años, que tiene leucemia

Zabdiel es un paciente infantil que ingresa al hospital cada 15 días para recibir quimioterapia, y cada dos meses acude para una punción lumbar. Diariamente toma una pastilla, pero desde su hogar mantiene su lucha contra la muerte. En 2018 tuvo una recaída extramedular y los médicos informaron que debía ser trasplantado. Aún espera que eso ocurra.

El recorrido por el Hospital de Niños y conocer las carencias que sufre es desolador. El centro hospitalario ha perdido la capacidad de resolución en muchas áreas. La terapia intensiva está a punto de desaparecer. De once camas, solo dos están disponibles. El éxodo de profesionales de la salud también ha dejado heridas profundas. Solo cuentan con 90 de las 420 camas de hospitalización. De las nueve salas de quirófanos, operan apenas dos; mientras que de las catorce máquinas para diálisis, solo siete prestan servicio.

Y el deprimente escenario sigue. Son pocos los ascensores que funcionan dentro del hospital, el área de infectología, reinaugurada el año pasado, tiene filtraciones severas de aguas negras; y podemos leer un letrero escrito a mano, pegado en la puerta del servicio de Rayos X, que informa que no está disponible. A esto se suma la dieta deplorable que se suministra a los pacientes, restringida a arroz o pasta.

«El centro pasó de ser un hospital con estructuras y especialidades de tipo cuatro, según la clasificación internacional, a un hospital de tipo dos», dice su exdirector

«El centro pasó de ser un hospital con estructuras y especialidades de tipo cuatro, según la clasificación internacional, a un hospital de tipo dos», explica a ABC el doctor y exdirector del J.M. de los Ríos, Huníades Urbina.

Y seguimos explorando. El piso tres del edificio de hospitalización tiene zonas inservibles. Una de las áreas sufrió un incendio hace cinco años y siguen ahí los vestigios del desastre. Otra parte de ese nivel es aún más atroz. Las salas que deberían estar habilitadas para los pacientes, solo están ocupadas por los escombros y la desidia. Un cementerio de camas clínicas, pasillos espeluznantes, equipos médicos cubiertos de polvo y puertas rotas no son precisamente un escenario de una película de terror.

Una de las salas del Hospital de Niños J. M. de los Ríos, en Caracas
Una de las salas del Hospital de Niños J. M. de los Ríos, en Caracas

Cuestión de fe

Rosa Colina sabe que la acuciante crisis de Venezuela le ha restado probabilidades para que su hija cumpla su tratamiento. «Ha sido bastante difícil porque no solo ha sido ver cómo falla el servicio sanitario sino que todo nos afecta emocionalmente», afirma la madre de Cristina Zambrano.

Cristina, de 17 años, también es paciente del servicio de hematología del Hospital J.M. de los Ríos. Desde que nació padece de talasemia, y aunque de momento no necesita hacerse quimioterapia, debe tratarse con quelante para disminuir los niveles de hierro que ella acumula en sus órganos por ser una paciente politransfundida. Pero ese medicamento no existe en Venezuela.

Rosa Colina, con su hija Cristina Zambrano, de 17 años
Rosa Colina, con su hija Cristina Zambrano, de 17 años

«Muchas transfusiones de sangre recargan sus órganos y dejan de funcionar», explica serena Rosa. En lo más profundo, ella siente que el mejor tratamiento, casi el único, para su hija es mantener su fe en Dios. La otra opción: dejar de transfundirla, lo que pondría en riesgo la vida de Cristina cuyo estado de salud está milagrosamente controlado. Su patología ha causado una desnutrición moderada, Hepatitis C, y el año pasado sufrió una trombosis que le ha dejado secuelas para poder caminar. La joven debe ayudarse con un andador y asiste a terapia de traumatología en otro hospital porque en el J.M. de los Ríos no hay personal ni equipos para atenderla.

«A Cristiina afectó mucho saber que él había muerto y se deprimió -relata Rosa-. Tiene sueños por cumplir y yo sé que los va a cumplir», dice su madre

Yeidelberth, uno de los niños fallecido, y ella eran amigos. «Le afectó mucho saber que él había muerto y se deprimió», relata Rosa. «A veces Cristina pierde las fuerzas, pero ella sabe que mamá está aquí. Porque ella tiene un futuro maravilloso que la espera. Tiene sueños por cumplir y yo sé que los va a cumplir. Yo sé que en unos años nos vamos a reír tanto de la enfermedad como de esta situación», agrega convencida su madre.

En el momento de entrevistar a una madre, el equipo de seguridad del J.M. de los Ríos se percata de mi presencia, y se apresura a expulsarme del centro médico. Sin embargo, en un descuido de los agentes, y gracias a la ayuda de varias personas, escapo por uno de los pasillos. Para evitar que me identifiquen, me quito el tapabocas, el jersey y me suelto el pelo. Agentes de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) me buscan. Se ha dado la voz de alarma y la seguridad se ha reforzado en los pasillos y en el acceso. A pesar de ello, logro alcanzar la salida y escapar, con el pulso acelerado, tras pasar tres horas de terror en un hospital que un día fue uno de los más importantes de Venezuela y que hoy ya no tiene armas contra la muerte.

 

Las víctimas infantiles de la crisis sanitaria venezolana por Florantonia Singer – El País – 2 de Junio 2019

Seis niños, cuatro de ellos con cáncer, mueren en mayo por falta de tratamiento en un hospital de Caracas

venezuela
Entierro de Erick Altuve, niño venezolano fallecido de cáncer mientras esperaba un transplante de médula ósea, el pasado jueves en Caracas. MARVIN RECINOS AFP

Con 11 años y un cáncer despiadado, Erick Altuve pidió a sus padres que lo enterraran en un cementerio cercano a su casa en el barrio capitalino de Petare, para que visitaran su tumba con frecuencia. Fue su última petición antes de morir, el pasado domingo. En vida, no pudo materializar sus sueños. Llevaba años rogando por un trasplante de médula ósea para combatir un linfoma no Hodgkin, diagnosticado cuando apenas era un bebé, que nunca llegó. Hacía cinco meses que estaba postrado en una cama del Hospital J. M. de los Ríos, el principal centro de salud infantil de Caracas y del país, y ninguno de los doctores pudo aplacar su agonía porque no había sedantes disponibles.

Es la rutina de los indignados. Días antes, Gilberto y Jennifer participaron en una manifestación por el fallecimiento en mayo de otros tres niños con cáncer. Creían que sus reclamos provocarían una reacción positiva. Pero ninguna ayuda llegó al hospital. Los padres de Erick tuvieron que pedir donativos para costear su entierro —muchas familias optan por entierros y velatorios caseros ante los precios desorbitados—. En total, cuatro menores han muerto en mayo en el J. M. de los Ríos esperando un trasplante de médula (junto a Erick, Giovanni Figuera, Robert Redondo y Yeiderberth Requena). Otros dos niños (Yoider Carrera y Nicole Díaz) fallecieron por otras patologías.

Nicolás Maduro ha asegurado en las últimas horas que aunque tienen dinero para pagar las intervenciones y tratamientos de venezolanos en el extranjero —hubiera sido el caso de estos menores con cáncer— a través de los convenios de la petrolera PDVSA, los bancos no aceptan el dinero a causa del bloqueo impuesto por Estados Unidos. El mandatario venezolano informó de que cuatro niños que esperan trasplante de médula serán llevados a Cuba.

Esta es la primera vez que el Gobierno asume como bandera política la muerte de afectados por la crisis, justificando que el bloqueo impide continuar con un convenio firmado con Italia para el tratamiento de niños con leucemia en este país europeo.

El abogado Carlos Trapani, un veterano defensor de los derechos de los niños y miembro de la ONG Cecodap, refuta las denuncias del Gobierno de Venezuela. “El Estado ha fracasado en la protección de los niños. Siempre se ha alegado que hay restricciones de recursos, acceso a la banca, bloqueos; pero de forma irresponsable se anuncia una gran cantidad de millones de dólares para compra de ametralladoras y uniformes militares. ¿Dónde están las prioridades? No creo que sea un tema de dinero, ni siquiera de problemas con la banca internacional. Es un asunto de disposición”, señala. Hace unos días, Maduro destinó 50 millones de euros a la compra de materia prima para la fabricación de uniformes militares. Aprobó otros 6.833.000 euros para activar la producción de subfusiles.

Convenio con Italia

En cambio, las inversiones en salud han caído. El convenio entre Venezuela e Italia funcionaba desde 2010. Fue firmado por el propio Maduro cuando operaba como canciller del expresidente Hugo Chávez y consistía en llevar pacientes venezolanos a tratarse en el extranjero porque las dos unidades de trasplante de médula ósea que existen en el país sudamericano son insuficientes. En 2014, la caída en los ingresos de PDVSA influyó en la atención de los pacientes y viajar al exterior se estableció como única alternativa de salvarse de la muerte.

Oliver Sánchez, de ocho años, padecía linfoma no Hodgkin cuando se hizo famoso en febrero de 2016 por reclamar su derecho a la salud rodeado de policías. En mayo de ese año murió. Todo sucedió antes de las sanciones contra la petrolera.

Katherine Martínez, directora de la ONG Prepara Familia, es testigo del deterioro del centro J. M. de los Ríos desde 2016. “Las madres de los niños hospitalizados ni siquiera reciben alimentación, mientras que los niños enfermos cuentan con una nutrición deficitaria, por ejemplo. Ni hablar de la escasez de medicinas. Enfrentamos una emergencia humanitaria compleja de instalación lenta. Los pacientes crónicos y mujeres sufren de manera exponencial esta situación”, dice.

El hospital tiene capacidad para 420 camas, pero solo hay 86 niños por las deficiencias que impiden atender a más. Adriana Avarino, madre de Mariana, merodeaba en la protesta por las muertes de los niños. Mariana, de seis años, iba con mascarilla, la cabeza rapada por la quimioterapia y sin querer conversar. “Mi hija lleva dos semanas sin recibir su tratamiento para la leucemia porque no funciona el aire acondicionado en la sala”.

Jennifer no alza la mirada y su garganta está hecha un nudo. Solo dice que Erick tenía esperanzas de ser trasplantado y clama por atención médica para el resto de los pacientes. “Él decía que era muy fuerte, que el cáncer no iba a matarlo”, agrega. Estaba en una lista de espera con otros 29 niños, pero la desilusión creció con los decesos de cada uno de sus compañeros. “En Venezuela se están muriendo los viejos y los niños porque en los hospitales no hay nada. Al final, mi hijo ya tenía miedo de morirse, de irse sin haber ido a patinar sobre hielo”, añade su esposo, Gilberto.

#NIUNNIÑOMÁS

Las muertes de los niños del Hospital J. M. de los Ríos no solo han desatado manifestaciones en la calle, sino que los usuarios de Twitter han posicionado la etiqueta #NiUnNiñoMás para reclamar por el descuido del sistema de salud en Venezuela. El lunes, Ana Carvajal, presidente del Colegio de Enfermeras de Caracas, y otros asistentes a una protesta en las inmediaciones del hospital escribían en sus manos “No + (más)”, también invocaban la frase ya repetida en redes sociales. “En este país no hay sangre porque no hay reactivos para poder procesarla. Acá no necesitamos ametralladoras, sino insumos médicos. La batalla hay que darla es por estos niños”, dijo.

El imperialismo y los niños muertos – Editorial El Nacional – 1 de Junio 2019

El canciller Arreaza, en lugar de mirar hacia el hospital J. M. de los Ríos, fija la vista en la Casa Blanca. No se detiene en el derrumbado lugar que se ha convertido en cementerio de media docena de criaturas, para buscar la responsabilidad de las muertes en la oficina oval. Considera que no es responsabilidad del régimen la desidia que ha conducido a la desaparición física de unos niños que estaban empezando la vida, porque la ausencia de recursos que ha impedido su atención fue provocada por el bloqueo decretado por Estados Unidos.

¿Desde cuándo se fueron al quinto infierno los servicios sanitarios de Venezuela? ¿Son de fecha reciente las denuncias por el descuido paladino de la atención médica, por la carencia cada vez más pronunciada de equipos para tratamientos especiales y por la desaparición de insumos para exámenes de rutina? Ni camas para acomodar a los pacientes se encuentran en los hospitales públicos desde hace un lustro, por lo menos. El espectáculo de las madres pariendo en la calle forma parte de un doloroso teatro antiguo. La pobreza de los institutos hospitalarios contrasta con el lujo de los gobernantes, con su ostentación de un dinero mal habido sobre cuyo trajín sobran las evidencias desde hace años, mientras la pobreza reina en los lugares a los cuales acude el pueblo para buscar infructuosamente el remedio de sus males.

Las investigaciones de la prensa independiente remontan a un sombrío panorama que viene de lejos, sin duda desde el comienzo de la dictadura de Maduro. Los reproches de los médicos que trabajan en instalaciones públicas y las quejas del cuerpo de enfermeras impedidas de acompañar y aliviar a los enfermos forman un catálogo que lleva años sonando en nuestros oídos. Tan fulminantes que son amenazados por los esbirros del régimen, pero que son del conocimiento público debido a que los periodistas se las arreglan, pese a que tienen prohibido el acceso a los institutos públicos de salud y a que se les acosa como enemigos temibles, para que la información circule y alarme a sus destinatarios.

Pero no es así, según el adocenado Arreaza, según la miopía de quien tiene la obligación de negar la realidad para ocultar la desidia y la corrupción de la cúpula chavista y de la burocracia que vegeta sin oficio ni beneficio. Conducta de idiotas, explicación supuesta que solo puede salir de la cabeza de un mentecato fanático, o de quien en realidad ni siquiera tiene luces para alumbrar el oscuro rincón en el que debería vivir sin mofarse del prójimo. Ojalá que su fábula se convierta en realidad y el imperialismo lo condene a la mudez en la trastienda de su casa. La haría gran favor a la sociedad venezolana.

Fourth Child Dies in Venezuela Hospital Crisis – Latin American Herald Tribune – 28 de Mayo 2019

Medical personnel, parents and patients at the J.M. de los Rios Children’s Hospital, Venezuela’s main pediatric center, protested this Monday outside the building after learning about the death of a boy waiting to receive a bone marrow transplant – the fourth death at the facility this month and the third in the past week.

Adriana Avariano, mother of Mariana Colina Navas Avariano, a 4-year-old girl diagnosed with acute lymphoblastic leukemia, told EFE she favored the protest because she worries a lot “about the little girl’s health, but not just that of her child but of all the other youngsters, because this is a family.”

She warned that since last week the treatment of children was suspended because the hospital’s air conditioning was no longer working.

“All the treatment she had previously won’t be worth anything because the cancer keeps growing,” Avariano said.

The J.M. de los Rios Children’s Hospital in Caracas had 30 patients on the waiting list for bone marrow transplants at the beginning of May.

On Sunday, 11-year-old Erick Altuve, who was suffering from Hodgkin’s lymphoma, died of respiratory arrest, while the day before Yeiderbeth Requena had passed away.

Death had previously taken 6-year-old Giovanni Figuera on May 6, and Robert Redondo, 7, on May 23. In every case, the child was waiting for a bone marrow transplant that never materialized.

Also taking part in the protest outside the hospital were medical specialists.

The president of the Venezuelan Childcare and Pediatrics Society and former president of the J.M. de los Rios Children’s Hospital, Huniades Urbina, told EFE that medical personnel have spent “10 to 12 years denouncing the progressive deterioration that the hospital is going through.”

Urbina noted that in the case of the J.M. de Los Rios, services like X-rays are not to be had, the PET scanner hasn’t worked for five years and laboratories show an 80-percent shortage of reagents, which stops patients from having studies done that could ward off bacteria.

The precarious situation at the J.M. de los Rios, he said, is repeated in all the other public medical centers in what he called “a collapse of health.”

Urbina noted that, besides cancer patients, children waiting for kidney transplants are also having great difficulties in receiving the needed treatments in an adequate and timely way.

Ana Rosario Contreras, president of the Capital District Nursing School, said she regretted that in Venezuela “priority is given to buying machine guns and uniforms for the military” instead of acquiring medicines.

“We don’t want to see more Venezuelans die because there are no medical supplies,” she said.

Venezuela puede cerrar 2019 con más de 2 millones de casos de malaria – Contrapunto.com – 25 de Abril 2019

La enfermedad se ha urbanizado, afirma José Félix Oletta, médico y exministro de Sanidad. Más de 16 millones de venezolanos  están en riesgo de enfermarse. Este jueves se conmemora el Día Mundial del Paludismo

El sitio donde hay más malaria en América se llama Sifontes y es un municipio ubicado en el estado Bolívar, al sur de Venezuela. Pero el mapa venezolano está teñido de rojo por esta enfermedad, presente en al menos 18 entidades (salvo Caracas y por razones geográficas) del país. El paludismo, por obra y gracia de la mala gestión sanitaria, dejó de ser esa afección clásica del campo venezolano para convertirse en una dolencia urbana. Salió de los libros para ser un problema de salud pública nacional e internacional.

De ser un buen ejemplo para el mundo por la campaña de erradicación de la malaria o paludismo que emprendió el médico Arnoldo Gabaldón en los años cuarenta del siglo XX, Venezuela se convirtió en la “oveja negra” del continente, en un declive sostenido que se aceleró durante los cinco años de gestión de Nicolás Maduro. Este jueves se conmemora el Día Mundial del Paludismo, y el país lo recuerda con una epidemia dispersa por todo el territorio nacional que ya es una mala noticia en América Latina.

Los números rojos de Venezuela pueden dispararse hasta cifras insólitas, como 2 millones de casos, calcula José Félix Oletta, médico internista, exministro de Sanidad y sanitarista.

“Tenemos una epidemia sin control, que anteriormente estaba concentrada y localizada, y ahora estamos en una fase de diseminación de la enfermedad”, enfatiza. El proyecto del Arco Minero del Orinoco, lejos de poner orden en la crisis, la empeorará: “Puede haber muchísima más malaria, y de forma incontrolable” en una población de mayor vulnerabilidad, como la indígena.

Más de la mitad de la población de Venezuela se puede enfermar de malaria, calcula Oletta. “Son 16,6 millones de habitantes que están viviendo en situaciones de riesgo”, alerta el médico en entrevista con Contrapunto. El fenómeno de urbanización de la malaria ya llegó a ciudades como Barcelona, capital de Anzoátegui, y a zonas tan próximas a Caracas como Charallave y Santa Lucía, en los Valles del Tuy.

Incluso, venezolanos enfermos han llevado la malaria a otros países, como Colombia y Brasil. “Nos transformamos en una amenaza” para naciones como Guyana, Brasil y Colombia.

Falta de inversión es uno de los factores -realmente, el primero- que cita Oletta a la hora de explicar por qué la malaria se convirtió en un motivo de vergüenza internacional para el país: Venezuela solo destina 0,3 centavos de dólar al año por persona para combatir esta afección, aunque se necesitan poco más de 2 dólares. Pero hay más: el programa nacional de control de malaria fue abandonado, la entrega de medicamentos se centralizó.

Por esas razones, y otras más, el año pasado fallecieron más de 400 personas en el país debido a la epidemia. Todas estas muertes se pudieron evitar, alega el especialista.

Para combatir esta epidemia la nación necesita un liderazgo comprometido con la salud pública, que tome las medidas correctas, insiste Oletta.

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