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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

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Venezuela: el resultado que muchos temían – Deutsche Welle – 16 de Octubre 2017

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Fue un resultado que muy pocos esperaban, pero muchos temían. El oficialismo se quedó en Venezuela con 17 de los 23 Estados del país. Y podrían ser 18.

Varios encuestadores de renombre afirmaban fuera de grabador que debía darse un resultado exactamente inverso pero favorable a la oposición, y decían que por el efecto de las irregularidades electorales y la presión del aparato chavista -que llegó a tomar lista de asistencia a los comicios de funcionarios, de empleados públicos y de beneficiarios de bolsas de comida subsidiada, y llegó a enviar partidarios para “asistir en el voto” a discapacitados o a personas de edad elevada- la justa electoral iba a terminar empatada. Es decir que oficialismo y oposición se disputarían el triunfo en una elección de final abierto, con aproximadamente 11 gobernaciones cada uno.

Pese al “error” de los expertos de opinión pública en cuanto al resultado final, sí acertaron ciento por ciento en el nivel de participación, superior al 60 por ciento y bastante alto para este tipo de elecciones, un indicio que llevó a no pocos analistas a afirmar que, en realidad, no estaban equivocados cuando hablaban de empate técnico entre chavismo y oposición.

La elección en sí enfrentó desde el vamos muchas denuncias de irregularidades, pero la oposición creía que podía contrarrestarlas con un operativo especial, que bautizó Operación Remate contra el presidente venezolano, Nicolás Maduro.

Se trataba de recrear el espíritu que llevó al contundente triunfo opositor en las legislativas de 2015 de modo de que el apoyo popular permitiera ejercer una presión lo suficientemente fuerte como para evitar las manipulaciones electorales del chavismo.

En un país en el que los principales líderes opositores están inhabilitados o en prisión, se imprimieron boletas confusas y se cambiaron centros electorales a último momento para desorientar aún más a los militantes opositores.

Por eso, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) desarrolló esquemas de emergencia para intentar acercar a los votantes a los centros de votación que les adjudicaron a último momento. Y creían haber enfrentado con creces el desafío: tal es así que importantes líderes opositores como Julio Borges o Henrique Capriles declararon que sus partidarios habían superado los obstáculos para votar poco antes de que la MUD se atribuyera -sobre las 19 horas de ayer- un triunfo electoral histórico en Venezuela. Pero había nubarrones en el horizonte.

Poco después de las 20 horas locales, la votación había ingresado en territorio desconocido gracias a los centros electorales que permanecían abiertos a pesar de que no había afluencia de votantes. Por eso, la MUD pedía a sus “testigos” (fiscales de mesa), un último esfuerzo para que permanecieran en los centros de votación y no abandonaran el voto de los venezolanos. Fue en vano.

Henry Falcón, gobernador opositor del Estado de Lara, declaró incluso que la Guardia Nacional Bolivariana se había apropiado de centros de votación después de las 18 horas, sin que la autoridad electoral comunicara el cierre oficial de los comicios.

Tras una larga demora, pasadas las 22 locales, Tibisay Lucena, la titular del Consejo Nacional Electoral de Venezuela, daba a conocer los resultados, calificados después como fraude masivo por los opositores y aplaudidos por el chavismo, que habló de una jornada electoral ejemplar y del profundo espíritu democrático de Venezuela.

En realidad, ya antes había signos por doquier de que los comicios podían desbarrancarse. Maduro había declarado muy suelto de cuerpo que las autoridades electorales no eran las que habían convocado la elección de gobernadores, sino la Asamblea Constituyente, elegida en julio pasado en unos comicios muy cuestionados, en los que la propia empresa informática encargada del recuento de los votos acusó al gobierno de inflar el resultado en un millón de votos.

Como si ese no fuera un signo muy evidente de lo que iba a terminar pasando con esta votación, Maduro fue más allá: dijo que los gobernadores que asuman deberían jurar obediencia a la resistida Asamblea Constituyente como condición sine qua non para asumir su cargo.

De este modo, el voto de millones de venezolanos corría el riesgo de resultar en vano, aun si las autoridades electorales reconocían el triunfo opositor en los estados disputados. No hizo falta llegar a tanto: el chavismo arrasó, según el gobierno y las autoridades electorales. Y Maduro puede ilusionarse con que los gobernadores jurarán ante ese resistido organismo. También puede creer que él alcanzó su objetivo real de manipular esta votación para legitimar la resistida Constituyente y dotar de dotar de “nuevas armas a la Revolución Bolivariana” en medio de una crisis galopante.

Pero nadie debería llevarse a engaño. Lo que realmente está sucediendo es que volverán los días de violencia y de protestas masivas en Venezuela y se agravarán las sanciones internacionales, mientras el país avanza hacia la suspensión de pagos de la deuda, lo que aumentará el calvario que sufre el pueblo venezolano por culpa de su dirigencia.

 

Subestimar la maldad por Alberto Rial – El Carabobeño – 10 de Septiembre 2017

36941-150x150.jpg¿A qué se parece la Venezuela de hoy? Tengo amigos que decían, allá por 2003 y 2004, que Venezuela no era Cuba y que nunca se llegaría al extremo del socialismo antillano. Pero el pronóstico se quedó muy corto, por decir lo menos.

No se puede negar que hay un remedo de Cuba en la falta de libertades, en el partido único (es decir, el único que gobierna) y en la imposibilidad de contar con elecciones limpias e imparciales; o en los presos políticos y el acento militar de la dictadura. Siendo uno de los países más violentos del mundo, Venezuela también se podría parecer a Honduras, con el que comparte las peores estadísticas de homicidios. O a Siria, aunque allí hay una guerra civil que ya lleva 6 años.

En términos de pobreza, escasez y miseria, Venezuela se está aproximando a sitios como Somalia, donde cada año se presenta el fantasma del hambre y una sequía en 2011 acabó con los alimentos y causó miles de muertos. Tiene rasgos que comparte con Zimbabwe: la inflación más alta del mundo y una economía arruinada por autoridades incapaces y despiadadas. O con Haití, en tiempos de papá Doc, por la tiranía, el desmadre y la pobreza.

En todo caso, la situación de Venezuela es única. Un país con recursos de sobra pasó de regalador a pedigüeño en 10 años. De rico petrolero a mendigo. De democracia a dictadura; de tolerante a sectario; de igualado a resentido; de alegre a sombrío; de saludable a desnutrido. De ser una sociedad libre a estar secuestrado por una minoría que se da la gran vida y dedica todos los recursos públicos -salvo unas migajas que deja caer- a complacer sus caprichos. De tener un ejército institucional a calarse una milicia corrupta, cómplice de la oligarquía que gobierna.

Hace dos semanas, dirigentes opositores dijeron que el error de la oposición había sido subestimar “la locura” del régimen y que era necesario reinterpretar la lucha contra el gobierno. La verdad, es un poco tarde para subestimar y reinterpretar la catástrofe que sufre el país de los 300 mil asesinados, de las muertes por hambre y de las enfermedades medievales. El país de los dos millones y pico de paisanos que han emigrado a buscarse la vida como sea y de los 28 millones que pasan trabajo por seguir adentro, o que preparan sus maletas para salir cuanto antes. Quizás se pueda entender que alguien en 2004 dijera que Venezuela no era Cuba, pero no hay forma de tragarse que hoy, ayer o hace 5 años, se pudiera subestimar la maldad del chavismo.

 

Postales de una Venezuela exprimida por Loris Zanatta – Clarin – 8 de Septiembre 2017

5878ec38403817d91964d6b7.pngNo está lleno, el vuelo a Caracas, pero casi. Cuesta creerlo: ¿quién viaja allí en estos tiempos? Un montón de chinos. Todos varones. Qué estúpido no haberlo pensado: Beijing está comprando Venezuela. Sin su crédito, Nicolás Maduro ya habría declarado bancarrota. Pero nada es gratis: ¡chau, soberanía!

En Maiquetía se respira el Caribe. Al menos eso: de aire acondicionado ni hablar. Es sofocante, pero la fiesta comienza: primero en distribución de la riqueza, anuncia un panel gigante. ¡Qué raro!: casi no hay aviones en el aeropuerto. Era un centro neurálgico. ¿Qué pasó? Pero hay muchos militares, aburridos y torvos. Dan miedo.

Soy invitado y quiero tener algo en el bolsillo. La chica del cambio me mira incrédula. Así es que mi billete de cincuenta euros ingresa a la historia: lo fotocopia y me pide certificar la tontería con huellas dactilares. A cambio, consigo treinta y dos billetes, una libra de papel: afuera me habrían dado seis veces más. La mayoría son de 100 bolívares. Valen cinco centavos de euro cada uno. No sirven para nada, pero son los más difundidos.

Salgo en busca de la igualdad de la que el gobierno se jacta. Voy acompañado porque Caracas es peligrosa. Mucho. No confío del todo en las estadísticas: un día leí que Argentina tenía menos pobres que Alemania. A primera vista, nada nuevo: al Oeste, los ranchos de siempre, luego Catia, donde nadie se detiene en el semáforo en rojo y la gente deshace las bolsas de basura en busca de comida. Más que de veinte años de socialismo y petróleo a las estrellas, esta ciudad parece salir de un bombardeo. Al Este estaba la Caracas “bien” y allí permanece, con sus hermosos jardines y sus tiendas. Pero hay algo que no me convence. Lo entiendo hablando con los clientes de un panadero del Chacao, de una frutería de Altamira, paseando entre estantes casi vacíos: hay bronca, humillación, desamparo.

La vieja oligarquía hace las maletas, la clase media ha perdido todo. Pero entonces es cierto: ¡aquí está la igualdad! Los pobres siguen siéndolo, pero al menos ahora lo son todos. Hugo Chávez revirtió el aforismo de Olof Palme: ha odiado a los ricos más que amado a los pobres, y ahora la pobreza reina soberana. Soberana pero no pacífica: el volcán murmura, la tensión es palpable. Ver para creer: salgo al Petare. He visto muchas villas o favelas pero esta las supera a todas. Respecto al pasado, le añadieron un teleférico. Une la base a la cumbre, sin paradas intermedias. Casi todo el mundo vive en el medio. ¿Una idea genial? Su vida es conocida: narcos y suciedad, violencia y corrupción, robos y violaciones. ¿Y el Estado? No llegó.

Vuelvo a la ciudad y, mirando bien, descubro autos nuevos, restaurantes elegantes, centros comerciales de moda. Menos mal. ¿Pero la igualdad? Alguien es más igual que los otros. Y el secreto es siempre el mismo: tienes que poseer dólares, recibirlos al cambio oficial y revenderlos al paralelo. En ese caso, serás rico. Sin producir nada.

¿Pero cómo puedes tenerlos si los tiene todos el Estado? En la pregunta está la respuesta: tienes que hacerte con un pedacito de Estado. ¿Cómo? Conviértete en bolivariano. El Estado es su botín. Los nuevos ricos son especuladores codiciosos, cínicos parvenues, jóvenes desenfrenados: están en todas partes y se notan. Los llaman boliburgueses, bolichicos: en el plano etimológico, son nombres impecables. Leer más de esta entrada

América Latina frente a Venezuela por Juan Gabriel Tokatlian – Nueva Sociedad – Agosto 2017

Venezuela se enfrenta hoy a la crisis más dolorosa y de mayor alcance de América. Algo está claro: hay muchos intereses en juego.

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La Revolución Bolivariana que comandó Hugo Chávez no prometió una democracia liberal. Su propósito era establecer una democracia mayoritaria que desembocara en una democracia participativa. Se retomaba, aunque en clave popular y antielite, lo que en 1919 publicó el periodista y político venezolano Laureano Vallenilla Lanz, en su libro Cesarismo democrático. Ante lo que concebía como la existencia de un pueblo incapacitado, Vallenilla reivindicaba para el país el ideal del caudillo carismático y gendarme que concentrase poder y garantizase orden. O, puesto en otra clave y en términos de Antonio Gramsci, ante la muy aguda inestabilidad derivada del «Caracazo» de 1989, Chávez aparecía para muchos como la expresión de un «cesarismo progresista».

A partir de la gestión de Nicolás Maduro, la incierta aspiración a una democracia mayoritaria encabezada por un «buen César» se transformó en un «cesarismo regresivo» y en una oclocracia liderada por un «mal César». Según Polibio (siglo II a. C.), la oclocracia desvirtuaba la democracia con su recurso a la demagogia y la ilegalidad. En una interpretación más moderna, en una oclocracia, antes que fortalecer a un pueblo organizado y el poder popular, se instrumentaliza a las masas por diferentes medios y se afirma una estrecha base de apoyo para lograr la supervivencia de un grupo en la cima del gobierno. Ahí se produce un retroceso: componentes básicos de toda democracia, como la protección de los derechos humanos, se degradan y surgen dispositivos autoritarios. En Venezuela esto se da en medio de una monumental crisis económica, que arrasa con los avances que beneficiaron a los sectores populares, agudiza la confrontación social y refuerza una economía sustentada en el petróleo.

Pero más allá de tal o cual definición politológica que precise la naturaleza del régimen actual, la comunidad internacional debe lidiar con la Venezuela realmente existente y no con la que impugnan sus críticos de distintas orillas políticas, la que desean los que abogan por una democracia liberal o la que defienden los amigos del «socialismo del siglo XXI».

Tal realismo demanda, de entrada, la respuesta a una pregunta: lo que hace el gobierno de Maduro ¿es el resultado de una gran cohesión del «chavismo» y su plan de perpetuación en el poder, que se produce en medio del avance de fuerzas opositoras unificadas y legitimadas y ante el surgimiento de inquietantes fisuras en la fuerza armada? Si la respuesta es sí, entonces no es mucho lo que pueden hacer América Latina y la comunidad internacional para frenar un choque de trenes ruinoso. Si, por el contrario, lo que subyace es la existencia de pugnas intensas en la cúpula dirigente, la creencia de ciertos sectores oficiales de que no es viable la perennidad del gobierno, la presencia de conscientes voces opositoras que comprenden que es imperativo acumular respaldos de manera pacífica y el temor de los militares de las consecuencias de una profunda división del país, entonces sí habría una pequeña –muy pequeña– ventana de oportunidad para que la región aportara una solución política que siempre será posible por lo que hagan los propios venezolanos.

Pero si fuera esto factible, América Latina debe superar cuatro dificultades evidentes. Primero, los mandatarios deben evitar que sus preferencias ideológicas obstaculicen el posicionamiento de cada país: se necesitan mentes lúcidas y prudentes. Segundo, el caso Venezuela no puede ser solo funcional a la dinámica interna –electoral y/o política– de cada nación: se requiere un balance entre motivaciones internas y responsabilidades externas. Tercero, es disfuncional para la región en su conjunto, y más allá de esta coyuntura, puede erosionar, por acción u omisión, los foros como la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), entre otros. Y cuarto, es estratégicamente contraproducente aislar y aislarse de Venezuela y contribuir así inadvertidamente a que Estados Unidos asuma un papel protagónico que será, con más sanciones y amenazas, el preámbulo de mayor inestabilidad en el área: toda América Latina está en una situación demasiado delicada como para jugar con fuego.

Si se lograsen superar los obstáculos mencionados, dos cuestiones son fundamentales. Por un lado, aunque es esencial un cambio, Latinoamérica no debería precipitarlo. La idea de una transición inmediata puede ser incluso peligrosa. En octubre próximo habrá elección para gobernadores y la presidencial de 2018 será en diciembre. Se debería procurar que esa fecha fuese efectivamente anticipada. Por otro lado, si se avanzara en una salida a la crisis, hay que reconocer que la situación económica no se resolverá rápida ni fácilmente y, por lo tanto, habrá que comprometerse en serio con el futuro venezolano. La eventual transición venezolana debiera acompañarse para que no resulte en una frustración que, a su turno, reagudice las contradicciones imperantes; contradicciones que en el fondo expresan el agotamiento de un modelo social, económico y político anclado en el rentismo petrolero.

América Latina ya ha conocido en los años 60, y por décadas, lo que sucedió después de la Revolución Cubana. La mezcla de plegamiento a Washington en su política de cercamiento, aislamiento y punición de La Habana y la ausencia de una mínima concertación regional pragmática para evitar cortar puentes con Fidel Castro tuvo consecuencias lamentables para la región. Se «continentalizó» definitivamente la Guerra Fría y se contribuyó a exacerbar clivajes internos en cada país como reflejo de ello; esa combinación fue nefasta para el bienestar, la estabilidad y la autonomía de las naciones latinoamericanas. Sin duda, aquella experiencia debe haber dejado algunas lecciones.

En forma concomitante, en Venezuela hay intereses regionales en juego. Venezuela se enfrenta hoy a la crisis más dolorosa y de mayor alcance de América. La degradación de la situación actual sería catastrófica para todos los venezolanos y podría tener efectos nefastos para América Latina. En estos momentos, la comunidad internacional sabe cuánto se ha deteriorado la economía, cuán profunda e intensa es la polarización política y cuán ineficaces han sido las contribuciones puntuales de buenos oficios desde el exterior. Básicamente, el país se encuentra atrapado en una situación inestable y de signo negativo. En ese contexto, la parálisis diplomática y la retórica agresiva solo garantizan una menor defensa de los propios intereses nacionales de los países vecinos y de los más distantes también. Preservar América Latina como zona de paz es una autoexigencia ineludible para la región.

Finalmente, en el caso de Venezuela es primordial evitar lo que llamo el «efecto Bubulina». En la película Zorba el griego había un personaje, Madame Hortense (que interpretó Lila Kedrova, que recibió por este papel el Oscar a mejor actriz secundaria en 1964), quien habitaba el autodenominado Hotel Ritz, que pudo haber tenido cierto esplendor pero que se fue deteriorando paulatinamente. A ella se la conocía en el pueblo como la «Bubulina». Buena parte de los aldeanos –en este caso, de Creta– estaba a la espera de la muerte de la Bubulina para saquear el hotel. Y en efecto, eso ocurre cuando alguien grita que ella falleció. Uso metafóricamente esa imagen para sugerir que lo peor que puede suceder en esta hora es que buena parte de los gobiernos del continente –e incluso, extrarregionales– procuren usufructuar la grave crisis venezolana; unos para propósitos internos de diversa índole, otros para acercarse más a Washington suponiendo que obtendrán ventajas de algún tipo; otros en función de cálculos estratégicos respecto a la riqueza petrolera del país, etc.

Este es el momento de que la región repiense qué quiere y puede hacer para que Venezuela no se deslice hacia un abismo de imprevisibles costos internos y regionales.

 

Arepas de sangre por Alonso Escalada – El Diario Vasco – 4 de Septiembre 2017

La frase de Franco Moretto refleja fielmente el momento político y la alta tensión social que se vive en el país andino de Bolívar: «Está toda Venezuela en la inconformidad». Y este mismo analista refuerza su visión del caos en que se ve envuelta la sociedad con esta constatación real: «Lo que está sucediendo es que las circunstancias del choque político han llevado a la sociedad, sobre todo en Caracas, hacia una sensación de anarquía soterrada que a veces deriva en episodios de caos explícito».

Los que conocemos y admirábamos la Venezuela del desarrollo y del bienestar, a pesar de las diferencias por la distribución de la riqueza, anterior al chavismo y al ‘madurazo’, nos hacemos la pregunta a diario entre el malestar y el asombro: ¿Cómo ha podido llegar este otrora país potencialmente rico a este estado actual tan ruinoso en donde escasean los alimentos y hasta el papel higiénico? ¿Quién o quiénes son los culpables de haber empobrecido y hasta arruinado a un país que nadaba en la opulencia por estar clasificado como el tercer país exportador de petróleo del mundo?

Si la Venezuela de ayer, orgullosa y hasta ostentosa de su condición de señora rica, ha caído a la actual pobre harapienta y avergonzada, que hace colas para el litro de aceite y su arepa y hasta para el rollo de papel higiénico, ¿quiénes son los diabólicos artífices de este descenso a los infiernos de la pobreza y el desabastecimiento que hayan traído tanta ruina y tanto malestar? Venezuela se encuentra, como la ve Andrea Rizzi, en «el terrible péndulo de Rusell», porque parece instalada en esa dramática tendencia pensular que describía el gran pensador británico. «El chavismo se enroca en el autoritarismo; la protesta cobra intensidad. En el choque se abren paso creciente bolsas de caos y anarquía. La comunidad internacional no debería ahorrar esfuerzos para evitar la deflagración sea completa y que la deriva conflictiva/anárquica llegue demasiado lejos». Pero ese «demasiado lejos» ya ha llegado.

Un poco de memoria y de analítica nos hará entender el actual caos y deriva del autoritarismo de Chaves y Maduro. Tanto el artífice del «socialismo bolivariano del siglo XXI» como su continuador iniciaron su revolución lanzados desaforadamente hacia una oleada de nacionalizaciones y una de ellas, la de Radio Caracas, excomulgada por Chaves por ser la voz crítica de sus excesos y atropellos contra la libertad de expresión.

Esa acometida y anulación del popular medio de comunicación radial fue el detonante y desencadenante de otras nacionalizaciones. Pero el chavismo arrollador no se detuvo ante las críticas de los medios de masas opuestos a sus demasías autoritarias. Chávez era la voz del pueblo y no había otra voz, según sus proclamas matinales «Aló, Venezuela, les habla su presidente».

Venezuela o mejor, la oposición, no tenía otra opción que echarse a la calle y gritar sus consignas de «queremos una Venezuela libre», pero Chaves desde su Palacio de Miraflores seguía proyectando a sus fieles su ‘Alicia en el país de las maravillas’. Chaves, admirador y seguidor de la Revolución cubana de Castro y del Che, habían inaugurado otro ensayo de socialismo contrario a una democracia liberal y prometía la instauración de una democracia popular tratando de descabezar y tirar por tierra las oligarquías y a sus dirigentes. Lo que nunca se atrevió el reformador bolivariano es a nacionalizar los bancos, aunque no le faltaran ganas de hacerlo. El caudillo de las ansias y de las hazañas de Bolívar no se atrevió o no pudo con someter a su arbitraria manera de desgobierno al sector de la banca. Y además, le llegó la muerte a una imprevista y dejó su testamento político señalando a su sucesor Nicolás Maduro como el hombre de su Revolución.

Yo me he acordado estos días convulsos de conflictos, encarcelamientos como los de Leopoldo López y de Antonio Ledezma, de sobresaltos y muertos en refriegas callejeras, de aquel exquisito escritor venezolano Arturo Uslar Pietri. El gran escritor publicó en 1947 un libro titulado ‘De una a otra Venezuela: glosas de una transformación, angustias de una supuesta defunción’. Aquel trabajo se centraba en el periodo de gobierno de Rómulo Betancourt y de Rómulo Gallegos (1945-1948) para reflexionar sobre la crisis y transformación de aquella Venezuela que salía de su condición de agropecuaria y adoptaba la explotación del petróleo como símbolo de modernización y desarrollo. Con aquel brillante escritor sostuve yo conversaciones sobre Venezuela y su filosofía política. Yo le decía a Uslar Pietri que la democracia venezolana estaba vigilada por el ejército y que este rasgo la obligaba a ser dependiente, y él me replicaba diciendo que en Venezuela los gobiernos de Acción Democrática (Adecos) y de Democracia Cristiana se sostenían por la habilidad de sus gobernantes. Hoy, tal vez, no pensaría lo mismo. Hoy, a la larga distancia histórica de aquel 1948, ante la incertidumbre y la «sensación de anarquía» reinantes, habrá que convenir con el mencionado Andrea Rizzi que «la solución real sólo puede brotar desde dentro en Venezuela».

 

La revolución en el ventilador por Alberto Barrera Tyszka – ProDaVinci – 27 de Agosto 2017

alberto-barrera-tyszka-720Ahí la puso, nuevamente, esta semana, la Fiscal Luisa Ortega Díaz. Lo que tanto temían, ocurrió. Todo el estiércol está en el aire. Y no es fácil sortear la situación. No es tan sencillo pasar agachadito debajo de cien millones de dólares, por ejemplo. Si alguien, medianamente sensato, todavía tiene alguna pregunta sobre la naturaleza del oficialismo, las denuncias realizadas por la Fiscal prometen desvanecer todas las dudas. Ya en España comenzaron a salir noticias sobre los negocios de algunos clanes bolivarianos. En México y Panamá las investigaciones están en marcha. Quizás pronto los rumores se conviertan en evidencias. Pero, ante los ojos del mundo, ya no solo queda claro que Maduro dirige un gobierno dictatorial, represivo, que ejerce ferozmente la violencia del Estado en contra de cualquier disidencia, sino que ahora también es evidente que es un gobierno escandalosamente corrupto, que se trata de una élite envilecida que se ha hecho millonaria manteniendo al pueblo en la miseria. El chavismo está podrido.

Pero justo en el momento cuando el oficialismo parece haber perdido toda legitimidad, aparece entonces el gobierno norteamericano con nuevas sanciones económicas y Donald Trump le da a Nicolás Maduro algo de oxígeno, aunque sea oxígeno discursivo. Ya salió el Canciller Arreaza exigiendo a la ONU tomar medidas, diciendo que el gobierno va a “proteger al pueblo” del bloqueo financiero de los Estados Unidos. Quienes quebraron al país, ya tienen una simple pero eficiente explicación que dar. Y no hay que subestimar la narrativa antiimperialista. Menos en este continente, tan maltratado por la política exterior de Estados Unidos; menos con un personaje como Trump en la Casa Blanca. El gobierno por fin tiene al gran enemigo que tan desesperadamente estaba buscando.

Ya no hay que hablar de la inflación sino de invasión. Ya no hay que enfrentar la escasez de alimentos y de medicinas, las denuncias de corrupción, las masacres en las cárceles, el problemas los presos políticos… Ahora hay que organizar ejercicios de campaña, jornadas de entrenamiento para defender a la patria. El gobierno que se ha militarizado de manera feroz y vertiginosa tiene, por fin, la oportunidad de justificar ese proceso. Tal vez la mayoría de la población venezolana no crea en esta farsa. Pero el gobierno, igual, la repetirá y la difundirá. Es combustible retórico. A los paranoicos les ha llegado un perseguidor visible. El oficialismo vuelve a tener un argumento. Es mejor hablar del imperialismo que de los testaferros y de las cuentas bancarias en Suiza.

¿Cuánto puede, realmente, durar este guion? No es fácil saberlo. Quizás no demasiado. La tragedia real del país devora rápidamente cualquier espejismo. Pero sin duda es un refuerzo para la mentalidad de “contexto de guerra” con la que se maneja el oficialismo. Todo esto solo alimenta la vocación totalitaria de la Constituyente. Tanto la autoproclamada “Comisión de la Verdad” como el proyecto de ley contra el odio son ahora los instrumentos perversos para terminar de enterrar la democracia en el país. El gobierno que ha hecho de la opacidad su metodología, que ha ocultado todas las estadísticas e invisibilizado el dinero público, pretende ahora decretar qué es verdad y qué es mentira en el país. El gobierno que convirtió el odio en una política de Estado pretende ahora crear una legislación para combatir el odio.

¿Quiénes se erigen como la nueva conciencia nacional? Los mismos que han hecho negocios durante todos estos años. Los mismos que no reconocen el voto popular. Los que detienen a estudiantes, los torturan, los encarcelan. Los mismos que son responsables de las masacres de Barlovento o de Puerto Ayacucho. Los que te pinchan el teléfono. Los que secuestran. Los que te desaparecen. Los que te despiden del trabajo si no te pones la camisa roja o si no votas por ellos. Los que aparecen en televisión y te llaman escuálido, golpista, apátrida, maricón. Los que te suspenden los viajes y los conciertos porque dijiste algo que no les gustó. Los que tienen empresas fantasmas en otros países. Los que te han robado miles de millones dólares. Ellos ahora van a juzgarte. Van a definir tu futuro.

Lo primero que habría que hacer en Venezuela es hablar del odio institucional. De la manera en que el chavismo se instaló en el Estado como si estuviera reconquistando su territorio, como si expulsara a un enemigo extranjero de su casa. Llegó con la idea de quedarse para siempre. Y, desde ese nuevo poder, comenzó a instrumentalizar el odio en todos los espacios. ¿Acaso ya olvidamos el primer símbolo comunicacional en las campañas de Chávez? El puño alzado, golpeando la mano abierta. ¿Qué era eso? ¿Puro cariño? ¿Ternurita de la buena?

Vicente Díaz señaló alguna vez que, pretendiendo eliminar la exclusión económica, el chavismo había creado una enorme y terrible exclusión política. Así fue. Y ahora, a su manera, aun con el control del poder, las consecuencias les llegan por donde menos esperaban: quien siembra exclusiones, cosecha escraches. Confieso que yo, en lo personal, me siento incómodo y rechazo cualquier situación de violencia. Sobre todo si involucra gente menor de edad o personas inocentes. Pero puedo entender que el escrache es en el fondo un estallido, una válvula de escape. Por eso mismo, también, quienes realizan estas acciones muchas veces se muestran algo descontrolados, nerviosos, más dispuestos a gritar cualquier cosa que a ordenar una frase coherente. Se trata de una catarsis defensiva. Con todos los riesgos que eso tiene. Es la reacción irracional ante tantos años de escrache oficial, ejercido días tras días, sin ninguna piedad, en contra de cualquiera. El odio no se regula con leyes. Es una dinámica. Un vínculo.

Cuando Diosdado Cabello habla de amor, ¿alguien le cree? Probablemente no. Probablemente, ni los suyos. Cuando Tarek Williams Saab invoca la justicia, ¿quién confía en él? Cuando Delcy Rodríguez menciona la verdad y el odio, ¿en qué pensamos los venezolanos? Nos roban millones de dólares, nos golpean, nos encarcelan… ¿y encima quieren que los amemos? Ni de vaina. Nosotros lo sabemos: la ley contra el odio es una ley para censurar, para reprimir a los ciudadanos y para proteger a los corruptos. La revolución sigue estando en el ventilador.

 

Le Venezuela en crise : quelques réflexions à l’intention des Insoumis por Natalia Brandler – Liberation – 24 de Agosto 2017

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Alors que s’ouvre l’université d’été de La France insoumise, Natalia Brandler, directrice du Groupe d’études politiques sur l’Amérique latine, répond aux militants de gauche, souvent partagés, sur la situation vénézuélienne.

Je voudrais poursuivre le débat après l’article publié dans Libération des 12-13 août sur le Venezuela et contribuer ainsi à la réflexion que La France insoumise mènera lors de son université d’été, en évoquant une réalité qui ne rentre pas dans les discours préétablis.

Les Insoumis bâtissent souvent leur discours à partir de trois erreurs :

1) Ils qualifient de «socialiste» une alliance entre militaires et politiciens corrompus utilisant le drapeau socialiste afin de s’attirer la sympathie de la gauche internationale.

2) Ils accusent «l’extrême droite et l’oligarchie financière» d’avoir détruit le pays, alors qu’en réalité, l’opposition réunit des partis de centre droit, de gauche et des sociaux-démocrates, la seule oligarchie étant la «boli-bourgeoisie» chaviste. Ils devraient s’informer sur les investigations en cours à propos des milliards de dollars déposés par cette dernière dans des banques étrangères.

3) Ils attribuent la crise à la baisse des prix du pétrole alors que la cause de cet échec est une gestion publique qui a détourné 850  milliards de dollars de revenus pétroliers et qui, prenant comme alibi un soi-disant collectivisme, a détruit l’industrie et l’agriculture.

Bien que le chavisme ait organisé des scrutins au cours des seize dernières années, depuis décembre 2015, il est évident qu’il accepte de convoquer des élections seulement quand il est sûr de les gagner. A partir de cette date, le président Maduro s’est servi du Tribunal suprême de justice (TSJ), dont les membres, nommés illégalement, sont liés au Parti socialiste unifié du Venezuela (PSUV, au pouvoir), pour annuler les décisions de la nouvelle Assemblée nationale (AN).

Une fois cette dernière installée, le TSJ a suspendu les mandats de trois députés d’Amazonie afin de priver l’opposition de sa majorité des deux tiers ; il a annulé les pouvoirs de contrôle politique de l’AN, au moment où elle commençait ses investigations sur la corruption des fonctionnaires et la disparition de 250 milliards de dollars de fonds publics ; et l’a empêchée d’exercer son contrôle législatif sur les forces armées, transformant la Chambre constitutionnelle du TSJ en un super-pouvoir.

Illégalité
En mars 2017, cette même Chambre décrétait que l’Assemblée nationale était en «désobéissance», et que par conséquent tous ses actes étaient nuls, le TSJ assumerait donc la fonction législative en usurpant la souveraineté populaire. Par la suite, elle déclara que «l’Etat d’exception» décrété par Maduro était constitutionnel, dans le but de prendre des mesures économiques qu’elle utilisa pour approuver des contrats miniers et des lois sans l’aval de l’AN. Constatant le soutien apporté à l’AN légitime par l’Union européenne et la majeure partie des pays de l’Organisation des Etats américains, Maduro lança un appel à l’élection d’une Assemblée constituante (ANC), sans respecter les formalités constitutionnelles pour sa convocation et violant le principe du suffrage universel direct et secret, appelant seulement ses militants à ce vote. Rien n’y fit, ni les protestations de la communauté internationale pour suspendre cette élection, alertant sur son illégalité, ni l’intervention du Pape ou de l’ex-président du Parti socialiste espagnol (PSOE) Rodriguez Zapatero qui abondaient dans le sens d’une résolution pacifique par le biais du dialogue et de la négociation.

Les partis politiques d’opposition représentés par la Table de l’unité démocratique (MUD) réclament des élections générales, le respect de la séparation des pouvoirs, la libération des prisonniers et l’ouverture d’un canal humanitaire pour soulager l’état de famine du pays. Le régime a fait fi de tout cela et, bien au contraire, a tourné le dos à toute solution politique en augmentant répression et violence avec un passif de 129 assassinats en trois mois, 5 092 arrestations arbitraires (80% de jeunes) et l’utilisation de la torture dénoncées par un rapport des Nations unies.

Le Conseil national électoral, arbitre sous influence du gouvernement, déclara un chiffre de votants de 8 millions, quantité exagérée selon l’entreprise Smartmatic, chargée du comptage des votes, pour qui la fraude s’élèverait au moins à 1  million de votes. Cette fraude a été commise pour dépasser le chiffre obtenu par la MUD lors du plébiscite convoqué les 16 et 17 juillet contre l’ANC, ce qui fait planer un doute sur la transparence des processus électoraux antérieurs validés par le CNE.

L’ANC s’est installée en prenant d’assaut le palais législatif où se réunit l’AN. Dans un deuxième temps, elle destitue la procureure générale Luisa Ortega et émet un ordre d’arrestation. Celle-ci fuit vers la Colombie, puis le Brésil, et assure posséder des preuves de corruption de fonctionnaires.

On peut se demander pourquoi une partie de la gauche française incluant, La France insoumise de Jean-Luc Mélenchon, ne s’est pas encore prononcée sur ces faits.

 

Una amenaza más al régimen por Fernando Mires – La Razón – 24 de Agosto 2017

¿Cree que las acusaciones que lanzó la ex fiscal Luisa Ortega pueden tambalear al Gobierno de Maduro? ¿Es Luisa Ortega la mayor amenaza para el régimen?

–Yo creo que es un punto menos en el rápido descenso de legitimidad del régimen. No obstante, no creo que ello produzca, por sí solo, una crisis terminal. Probablemente en la madeja de la corrupción están enredados muchos miembros del alto mando militar y ellos tienen la palabra final. No nos olvidemos de que, desde hace ya tiempo, la dictadura de Maduro es una dictadura militar con una muy delgada fachada civil. No creo que Luisa Ortega Díaz sea por el momento la principal amenaza, aunque no deja de ser un factor de desgaste en una ya desgastada dictadura.

¿Representa Luisa Ortega a los disidentes del chavismo? ¿Quiénes formarían esta corriente y por qué se oponen ahora a Maduro?

–Los representa parcialmente. Pero aquí tenemos que distinguir cuatro esferas en esa disidencia. Uno: los militantes antimaduristas en rebelión formados, sobre todo, por algunos sectores intelectuales. Para ellos, Luisa Ortega es una figura política con formato de líder, representente muy genuina del chavismo de Chávez y, por cierto, promotora de una posibilidad para crear una fuerza política que continúe lo que ellos llaman «el legado de Chávez». Dos: los maduristas descontentos dentro del PSUV, cuya magnitud es difícil de evaluar. Tres: la clientela (empleados del Estado, miembros de las misiones chavistas). Y cuatro: el electorado. Y bien, creo que es en la última esfera, la del electorado, donde el régimen acusará los principales golpes. Razón por la cual, o se verá obligado a suspender las elecciones regionales fijadas para octubre (abriendo un nuevo flanco para ser atacado por la oposición internacional y nacional) o recibirá una derrota apocalíptica que le obligará a negociar su salida.

 

Luisa Ortega, la chavista rebelde por Alfredo Meza – El País – 15 de Agosto 2017

La fiscal general destituida por Maduro es el puente que comunica al chavismo crítico con la oposición
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“Chávez era el muro de contención de esas ideas locas que se nos ocurrían a nosotros”. El número dos del régimen venezolano, Diosdado Cabello, pronunció estas palabras en un acto televisado en 2013, 15 días después de la muerte del presidente, y en medio de la campaña electoral que escogería como su sucesor al entonces vicepresidente, Nicolás Maduro. La frase es memorable porque retrata cómo los acólitos de Chávez carecían de la visión estratégica del líder.

Hoy los diques han saltado y esas “ideas locas” se pueden resumir en la deriva acelerada hacia la aniquilación de la democracia. Ahí están las maniobras para posponer o evitar las elecciones, y el bloqueo de cualquier iniciativa para entenderse con sus adversarios del poder legislativo, controlado por la alianza opositora Mesa de la Unidad Democrática. El chavismo, que mostraba pequeñas fisuras, ha terminado de romperse. Las críticas a las decisiones de Maduro han salido de la intimidad del movimiento para convertirse en un escándalo público. Y, en ese nuevo escenario, la destituida fiscal general del Estado, Luisa Ortega Díaz, ha emergido como la principal voz discordante entre las filas chavistas.

La guillotina revolucionaria en la que Maduro ha prometido convertir la recién estrenada Asamblea Constituyente —hecha a medida de sus intereses para suplantar a la Asamblea Nacional controlada por la oposición— empezó a funcionar hace una semana con la fiscal general como objetivo. La primera decisión del nuevo órgano, cuya legitimidad no ha sido reconocida por la UE ni por los principales países latino­americanos, fue expulsar a Ortega Díaz del cargo que ocupaba desde 2007. Sus cuentas bancarias han sido congeladas y se le ha prohibido la salida del país por “la presunta comisión de faltas graves”.

Muchos no olvidan cómo puso la institución al servicio de régimen para condenar a los opositores

Su ruptura formal con Maduro se produjo a finales de marzo, cuando dos sentencias del Tribunal Supremo de Justicia despojaron al Parlamento de sus poderes y retiraron la inmunidad a los diputados. “Lo que ha ocurrido es un golpe de Estado”, clamó entonces Ortega. La corriente chavista con la que se identifica esta experta en leyes tiene a la Constitución de 1999, promovida por Chávez, como bandera. Es una Carta Magna criticada por presidencialista y gaseosa, abierta a las interpretaciones convenientes de quien tiene el poder. Aun así, establece términos claros sobre la duración de los mandatos y la manera de convocar una Asamblea Constituyente.

A esas premisas y a la división de poderes se ha aferrado Ortega Díaz, nacida en Calabozo (centro de Venezuela) hace 59 años, para alejarse de Maduro. “Defenderé la Constitución con mi vida”, dijo en respuesta a los planes del presidente de reformarla.

La fiscal general destituida, casada con el exguerrillero y hoy diputado Germán Ferrer, ya había mostrado diferencias con el Ejecutivo en el pasado. En marzo de 2016 desmintió al Gobierno cuando dijo que la desaparición de 28 mineros en el poblado de Tumeremo era un invento de los medios. Un equipo de expertos de la fiscalía encontró 16 cadáveres e identificó al sospechoso, Jamilton Andrés Ulloa Suárez, El Topo, un delincuente que tenía aterrorizados a los habitantes de la región. El régimen tuvo que reconocer los crímenes y ordenar su detención.

Los operativos policiales desplegados en las barriadas populares también fueron objeto de crítica por parte de la fiscal general por las constantes denuncias de violaciones de derechos humanos. Y no pasó inadvertido su viaje en febrero a Brasil para reunirse con el procurador general de ese país y conocer los detalles del caso Lava Jato (sobornos a las más altas autoridades de varios países latinoamericanos a cambio de contratos que favorecieron a la constructora Ode­brecht). Aquello no fue un gesto menor: en el expediente aparecen mencionados Cabello y Maduro como receptores de fondos para sus campañas electorales.

Desde entonces, los colaboradores de Chávez que rompieron con Maduro se hicieron más visibles. Son un grupo que, aunque dividido en un archipiélago de organizaciones, parece decidido a transmitir la idea de que el chavismo no es una banda de forajidos que desconocen el Estado de derecho. Luisa Ortega Díaz no está integrada en ninguna de esas nacientes estructuras, pero su liderazgo podría aglutinar a todos ellos en una corriente que rompa la polarización de Venezuela. Que recoja quienes, siendo chavistas u opositores, están convencidos de que un grupo no podrá aplastar al otro.

Su ruptura con el Gobierno llegó en marzo: afirmó que se había perpetrado un golpe de Estado

Con todo, no es fácil para la oposición reconocer su liderazgo y olvidar que, cuando Chávez vivía, o incluso pocos meses después de su muerte, Ortega Díaz puso la institución al servicio del régimen para apuntalar las condenas de los opositores. Sucedió a partir de febrero de 2014 con la investigación penal de la acusación al dirigente opositor Leopoldo López. El tribunal estableció la culpabilidad de López a partir del testimonio de una experta (vinculada al chavismo) que analizó la arenga del político. Según el Gobierno, esos discursos fueron clave en el inicio de las protestas del primer semestre de 2014, que dejaron 43 muertos y centenares de heridos. El Ministerio Público nunca contrastó aquel análisis con las opiniones de otros profesionales.

Mucho antes de eso, tras las muertes ocurridas en la manifestación de 2002 —previa al intento de derrocamiento de Chávez—, Ortega Díaz, entonces una fiscal rasa, solicitó la pena máxima de 30 años para los policías involucrados. Ellos están considerados los chivos expiatorios. Quince años después, los oficiales todavía están presos sin beneficios procesales. El jefe, Iván Simonovis, en prisión domiciliaria, es uno de los legendarios prisioneros políticos del régimen.

La situación es ahora muy diferente para Ortega Díaz. El Gobierno la considera una traidora y, aunque formalmente no se han presentado cargos contra ella, el Tribunal Supremo ha prometido llevarla a juicio. Ella cree que su vida está amenazada o que puede ser encarcelada de forma arbitraria, según ha declarado esta semana a la agencia Reuters. Lleva días escondida en distintas casas. Cambia de lugar una vez al día para evitar ser localizada. A pesar de todo, ha asegurado, no está en sus planes retirarse.

 

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