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“Uno de los traumas actuales es cómo Caracas se nos ha ido haciendo más pequeña” por Elvira Palomo – El País – 14 de Diciembre 2018

El director de ‘La Familia’, que después de recorrer más de 50 festivales internacionales y cosechar 16 premios internacionales se presenta en España, se somete al carrusel de preguntas de este diario.

El cineasta venezolano Gustavo Rondón.
El cineasta venezolano Gustavo Rondón. KIKE PARA

Enamorado de Caracas, al cineasta venezolano Gustavo Rondón (Caracas, 1977), le duele ver cómo cada vez se le hace más difícil ver cómo esa gran ciudad, vibrante en sus años de juventud, ha ido perdiendo brillo y cada vez se le hace más pequeña por la situación en la que vive el país. Con los pies en la tierra y aferrado al suelo de su patria, Venezuela, ha construido el piso que le ha llevado a presentar con éxito su opera prima y asentar los cimientos “para lo que venga”. Ya tiene entre manos un proyecto que habla de la inmigración, pero no desde el punto de vista del que se va, sino del que regresa y el cambio de los vínculos a su vuelta. “Yo me considero un tipo muy caraqueño, que de alguna manera disfruté mi ciudad a plenitud y uno de los traumas actuales es cómo se nos ha ido haciendo más pequeña, se nos ha ido cerrando”. No sólo por la inseguridad, también por los que se van, explica en conversación con EL PAÍS. Caracas es la protagonista omnipresente de su opera prima La Familia, una película de desarraigo y violencia, de relaciones familiares y soledad  en un entorno hostil. La cinta, que ha sido seleccionada por Venezuela para competir como candidata al Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera y a los premios Goya de la Academia de Cine española, se presenta hoy en las salas de cine de España.

De pequeño quería ser…

Creo que por eso de los modelos familiares, quería ser odontólogo y mi mamá que es dentista me dijo ‘no’ y lo agradezco bastante. Y músico… todavía es algo que me mueve un montón, hace quince años que dejé de tocar pero… hace un gesto de nostalgia.

¿Con quién te gustaría quedarte atrapado en un ascensor?

Con Nuri Bilge Ceylan , un director turco que habla muy poco a ver qué podríamos hacer… hablar entre dos tipos que hablan muy poco. [Ríe]

¿Haya alguna película que le cambió la vida?

Paris Texas (1984) de Wim Wenders. Es una historia que trata los vínculos emocionales de una manera tan sutíl, tan elegante, que es algo que me gustaría explorar e intentar hacer.

¿Qué película le hubiera gustado hacer?

Muchas pero Valley of Love (2015), de un género que no suelo ver, con Gérard Depardieu e Isabelle Huppert… me encantaría haber hecho una película como esta. Pero hay muchas.

En lo profesional, ¿de qué te sientes más orgulloso?

De haber construido una carrera con solidez. Hice un montón de cortos, ahora la peli.. esta es consecuencia de algo que había construido antes. Y creo que también el hecho de ahora poder colaborar y ayudar a otra gente que viene más atrás.

¿Qué significan los premios?

Es un resultado de un camino de mucha honestidad, de mucho trabajo, no sólo mía, sino de un superequipo y de mucho rigor. De pronto te sirven para que te abran más la puerta, pero en realidad, las óperas primas son difíciles y, en verdad, el mundo no espera una película venezolana. No somos México, Argentina, Brasil… pero venimos creciendo en los últimos años.

¿El mejor consejo que te dio alguno de tus padres?

Trabajar con rigor y honestidad

¿La última vez que lloró?

Hace como mes y medio que mi hermana se vino para acá. Este año se produjo el desmembramiento de mi familia que era algo que todavía no había pasado en todos estos años de diáspora y este año se fueron mis dos hermanos a lugares distintos.

¿Por qué te quedas en Venezuela?

No tengo una respuesta clara. Cada vez se hace más esquiva. Creo que tiene que ver primero con los afectos y en segundo lugar con que el cine vivió una burbuja que nos tuvo trabajando mucho tiempo, muchos pudimos desarrollar carrera ahí y no cambió hasta hace un par de años.

La diáspora del cine venezolano es muy fuerte. En Madrid, México, tengo más amigos que en Caracas. Pero Hacer cine como extranjero es muy difícil. Por eso nos quedamos ahí. Quisimos hacer esta peli y alimentarla lo más posible.

¿Hay algún personaje de cine al que te pareces?

No sé. No ubico ninguno ahora. Hay gente que dice que el personaje de la película tiene algún rasgo mío, yo no lo veo así.

¿Lugar favorito del mundo?

Madrid es un lugar que me gusta mucho.

¿Algún sitio que te inspire?

Caracas.

¿Dónde no vivirías jamás?

En el Cairo, es un lugar bastante hostil y que es una proyección de lo que se podría convertir mi país, en cierto punto, en términos de relaciones humanas.

¿Hay algo que te deje sin dormir?

El no poder garantizar estabilidad a mi entorno directo. Como adulto uno pude llevar ‘carajazos’ [golpes] que sean, pero yo tengo dos hijos ya y empiezan unas angustias distintas.

¿Cómo ves el futuro de Venezuela?

Incierto. Siempre sientes que está a punto de que algo se transforme y cambie, pero creo que hay muchas fuerzas haciendo que eso no suceda. Puede pasar cualquier cantidad de tiempo [hasta que algo cambie]. Hay una desmovilización de la ciudadanía muy grande, hay un elemento de trabajo político en la oscuridad que va generando esa desmovilización y al mismo tiempo una desorganización política en la fuerza de oposición. El ciudadano está listo desde hace mucho para que esto cambie pero hay un montón de cosas que lo están impidiendo. Tienes la sensación de que esto no aguanta más…la situación política, económica, social, porque están todas muy relacionadas, pero te das cuenta de que el entramado de poder, no sólo interno, sino también externo es muy fuerte.

¿Qué le dirías al presidente Nicolás Maduro?

Es una pregunta complicada… yo evito las preguntas políticas, me gusta más el cine… pero le diría que respete más a su población, que el poder genera una borrachera que se aleja del ciudadano y del par [semejante]. Creo que es una de las cosas que suceden, que el poder te emborracha y luego dan la espalda a quien te puso ahí.

Chapuzón de Nostalgia por Carlos M. Montenegro – TalCual – 25 de Noviembre 2018

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Acabo de llegar finalmente a mi casa, después de un largo día digno de no ser recordado. Desde el ventanal de la sala del apartamento sito en lo alto de una colina al sur de la ciudad, de este a oeste, varios kilómetros del valle de Caracas, con esa imponente cadena de montañas frente a mí, preludio de una sinfonía andina, coronadas por el cerro Ávila protegiendo a la ciudad, desde sus casi mil metros sobre este indescriptible valle, del revoltoso mar Caribe dos mil metros más abajo de sus espaldas.

Y mientras miro esta grandiosa panorámica me asalta un pensamiento peregrino a la vez que ingrato: “qué hace una ciudad tan fea en un sitio tan espectacular como éste”.

Claro que Caracas no siempre fue así. Cuando vine por primera vez a Venezuela, en barco como Colón, a bordo de la T/N Montserrat, un modesto trasatlántico español, ya saliendo de la Guaira y entrar a Caracas por El Silencio impresionaba. La película que ha pasado por mi cabeza en un vertiginoso flashback no se parece en nada a la destartalada ciudad que me toca padecer actualmente.

Cualquiera que haya vivido y recuerde las cosas que voy a intentar atropelladamente contar de la Caracas de finales de los 50 hasta mediados de los 90 estará de acuerdo conmigo sean “musiús” o criollos. Les invito a zambullirse conmigo en aguas de nostalgia. Seguro que casi nada les será desconocido, pues o lo han vivido o se lo habrán contado los que sí transitaron por aquella floreciente, divertida, moderna, alegre, musical y maravillosamente caótica ciudad de Caracas estoy convencido que a ninguno se le fundirán los tapones de la brekera y al que se le fundan se acordarán cómo cambiarlos.

Seguro que, y permítanme el tuteo; que comías bombas con Green Spot, tomabas uvita Grapette u Orange Crush. Fuiste a Crema Paraíso o le dijiste a tus amigos “el sábado nos vemos en la Tomaselli”. Comías arepas con guasacaca en El Tropezón, comías pepitos en El Cubanito. Tomabas leche Silsa o leche en polvo Klim y chicha A1. Te dieron 20 Torontos por un bolívar y comprabas “recortes” en la Savoy de Sabana Grande

Tus cines eran el Teatro del Este, el Caroní, Olimpo, Lido o el cine La Castellana, se veía el Cinemascope en el Canaima y qué decir de los autocines de Los Chaguaramos, Los Cortijos, los Dos Caminos, Los Ruices y los dos morochos en la subida a Los Naranjos.

Seguro que recuerdas la construcción de la Cota Mil, la Avenida Libertador o la Rómulo Gallegos sobre la carretera de Los Chorros, y te rompías la cabeza pensando qué otro nombre de animal pondrían al próximo distribuidor en alguna autopista después del Ciempiés, el Pulpo y la Araña, y fuiste de compras a Sabana Grande cuando circulaban los carros en doble vía y si era Carnaval y tu un carajito o carajita, te desgañitabas al pasar las carrozas ¡aquí es, aquí es!

El primer centro comercial de Caracas fue el Centro Comercial Chacaíto con teatro, mini cines, el Hipocampo, la Eva, el exclusivo Le Club, El Papagayo, el Ovni y todas las boutiques de renombre, las cervezas por litro y los perros calientes por yardas en Le Drugstore. Las mediajarras eran Caracas o Zulia y “Maracaibo” quedaba en Altamira, donde con tres o cuatro lisas se “cenaba” a base de tapas que brindaba la casa, mientras charlabas con la pandilla. Y de vez en cuando se visitaba al Médico Asesino, en Catia, por el asunto de sus guarapitas.

Seguro que fuiste en cambote a sentir vértigo en la Rueda de la Fortuna y pasar miedo en el Túnel Fantasma del Coney Island de los Palos Grandes y fuiste también al Parque de Diversiones en El Conde o al jardín zoológico del Pinar, en los terrenos que fueron de Juan Vicente Gómez

Y ya de pavos, que decir de las citas en El Faro, El Troley y El Tolón, y en las tardes domingueras “Mi vaca y yo” en la carretera vieja de Baruta, para bailar con los Impala o Los Claners, atendido por Bobby el francés y su vaca Lulú, y en el mismo Baruta El Montmartre de Kurt Loewenthal y su increíble órgano “electrónico” blanco. En todos se podía fumar; si al llegar a un local nocturno no estaba full de humo, decían: “vámonos, que aquí no hay ambiente”. Las marcas eran: Alas, Royal, Belmont Kingsize, Fortuna, Viceroy o Negro Primero, pero el que sabía “cuál es la consigna” es porque fumaba Lido.

Te bañaste en la piscina de Los Corales y cuando alquilabas una casita al Incret, para ir a temperar a Los Caracas, en la recepción te facilitaban las sábanas, las almohadas y las fundas; luego te ponías bajo el tubo de agua de mar que llenaba la piscina marina; también se usaban tripas de caucho de camión como flotador.

Se pagaba peaje en la autopista a La Guaira de bajada y de subida, pero podías optar por la carretera vieja sin mayor peligro. Para ir a Higuerote la vía era por la carretera vieja que empezaba en la Urbanización Miranda y para Maracay o Valencia era por la carretera Panamericana, con parada en La Encrucijada para comerte un sándwich de ya sabes qué.

Bailabas Calipso con steelband en los carnavales de Carúpano. En casa tenías picó, long plays de vinyl y discos de de 45 rpm con dos canciones; en las fiestas, bailabas “música lenta” con el brazo izquierdo abajo y cachetes pegados y cuando ponías a Miriam Maleva cantando “Patapata” bailabas caderú

Ibas a las “patinatas” con patines metálicos de cuatro ruedas, dos delante y dos atrás, con ganchos y correas que fijaban el patín al zapato.

En aquellos tiempos salir a pasear a la calle no encerraba peligro y aprendías como era el normal desarrollo de una ciudad viva, por ejemplo: sabías cuándo un silbido decía ¡Piñerúa! Es más, sabías quién era Piñerúa. Viste (y soportaste) la construcción de los pasos elevados provisionales, aún funcionando, de Diego Arria, el que decretó el uso de las bolsas plásticas para la basura.

Tuviste amigos guerrilleros y algún conocido con un palafito en Morrocoy que daba fiestas estupendas. Ibas a los carnavales del Macuto Sheraton y a coger chipichipis en Higuerote.

Se estaba enamorado de Raquel Welch, de la gallega Chelo Rodríguez o Corina Castro. Se saltaban las lágrimas con Love Story y seguro que regalaste pegatinas de “amor es…”

Se jugaban caimaneras de fútbol en el San Ignacio o el campo del Germania de La Trinidad y al béisbol en la Electricidad de Caracas; se coleccionaban banderines y álbumes con estampitas de deportistas y las chicas con actores de Hollywood.

Los 15 y último los fiscales de tránsito te matraqueaban y los fines de semana le huías a la recluta especialmente a la salida del cine.

Reunías fuertes de plata, se sabía qué era un corte totuma del INCE; en las elecciones votabas con las tarjetas del color de tu partido.

Recuerdas qué era “El Tablazo Marca el paso” y “La Conquista del Sur”, sufrías el día de parada y de vez en cuando “Habla el Presidente”. Sabes quién era Locovén y por qué lo llamábamos así. Te beneficiaste del decreto 21 sobre las jubilaciones y pensiones. Viajabas en Viasa, y tal vez fuiste 45 días a Europa con menos de 5 mil bolívares a 4,30, gracias a la ONTEJ, y sabes a qué nos referimos con lo del 4,30.

Viste Radio Rochela TV, Tu País está feliz y sabes quiénes eran Gaby, Fofó y Miliki y que teníamos nuestras “Cuatro Monedas”, mientras, tu mamá lloraba con Sara García o Libertad Lamarque y suspiraba por Albertico Limonta. Seguías a El Fugitivo, no te perdías Mi marciano favorito ni Buscándole novia a Papá. Soñabas con ganar algo en Monte sus cauchos Good Year, la Rueda de la Fortuna, La Craneoteca, Viva la Juventud o en la Feria de la Alegría.

Tu primer control remoto de TV sólo encendía, apagaba, subía y bajaba el volumen. Los televisores eran Zenith, Philco o RCA. En todo caso gringos, nunca japoneses. Para ti, todo lo malo decía made in Japan

Conociste a la “Renoleta”, y al “escarabajo” y tal vez manejabas un Valiant, un Hillman, un Falcón, un Renault 10 o un Nova; llevabas reproductor de cartuchos de 8 pistas en el carro. Soñabas con tener un Mustang, un Javelin o un Camaro y detestabas a los adecos que usaban LTD’s; se moría por unos rines de magnesio y se ponía techo de vinyl a los carros.

Veías el Reporter Esso, le ponías un tigre a tu tanque y llevabas en la maleta del carro una caja full de herramientas con dinamo, bujías, distribuidor, correas y bombillos de repuesto, pues te paraban por llevar un stop quemado y te multaban por quedarte sin gasolina; montaste en Icarus (el autobús con acordeón) en la ruta de Circunvalación. Cuando las autopistas y carreteras estaban en reparación, había letreros del MOP que te advertían por anticipado del peligro, es más, seguro sabes lo que significa MOP.

Usabas el aeropuerto nacional como internacional y el de carga como nacional, y oías Radio Aeropuerto con sus suaves voces femeninas dando la hora y anunciando las salidas y llegadas de los vuelos con sus destinos y procedencias.

Muchos huyeron de Caracas porque el Ávila se iba a abrir por el terremoto de 1967 y Oscar Yánez nos cayó mal reportando por televisión desde los escombros, pero, sobrevivimos al terremoto

A tu viejo, que seguramente fue un paciente razonablemente contento del Seguro Social, el día del padre le regalabas Lavanda Atkinsons, y tú te echabas Vetiver de Carven, Jean Marie Farina o Jean Naté.

Comiste manzanas acarameladas en el Humbolt. Echaste más de una broma con Pica Pica. Sacaste premios de las cajas de Ace. Sabes quienes son Amelia Román y José Bardina. Sabes que cada región tenía su nombre y en todas, la cerveza era… Cambiabas suplementos. Viste la Texana con Raquel Welch, Malizia con Laura Antonelli, tuviste malos pensamientos con Emanuelle; viste Garganta profunda, Easy Rider y Nacidos para perder. Y seguro que usaste los lentes de cartón para ver cine tridimensional. Y lo bueno era “pepiao”.

Todo eso y más había en esta ciudad, que echo en falta con nostalgia. Cuéntenselo a los que no la disfrutaron y díganles que no era la misma, ni lejos, de la que sufrimos hoy.

Y de paso, a ver si estos que mandan se enteran, de una vez por todas, que Caracas era inmensamente más bonita que la que ellos van a dejar y nos lo pasábamos mucho mejor entonces que ahora con su empeño en llevarnos a su “mar de la felicidad”

Aunque ¡guillo!, no vaya a ser que sea para ahogarnos…

60 años de fuentes de soda caraqueñas por Ronald Nava – El Nacional – 20 de Septiembre 2018

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Se aprovecha uno de la popularidad de lo retro, de lo vintage –ese medio camino entre lo viejo y lo antiguo– que tan de moda está, para hacer una crónica volandera y de memoria sobre las fuentes de soda caraqueñas, especialmente las marcadas por el american diner, ese clásico y tradicional estilo estadounidense con el cual uno se topa en películas como Grease o en cómics como Archie y sus amigos.

El Picadilly es la primera fuente de soda american diner que asoma en Caracas a finales de la década de los cuarenta. Estaba situada en El Conde, urbanización clase media cuyos linderos se confundían con los de San Agustín del Norte. Fue el primer drive-in que tuvo la capital. Sus merengadas, malteadas, helados preparados y sándwiches seguían el patrón del Norte, incluyendo clásicos históricos como el club house o club sándwich. En las noches era un hervidero de vehículos, dentro de los cuales la gente joven hacía bulto y bulla, acelerando el tránsito de los mesoneros cargados con las bandejas provistas de aquel mecanismo que las fijaba en el marco de los vidrios laterales del carro.

Como detalle curioso –y poco conocido– vale recordar que la competencia más cercana al Picadilly, por la calidad de su oferta, era la fuente de soda de una clínica: el Centro Médico de Caracas, ese que todavía se levanta en San Bernardino. Sus sándwiches, particularmente los de ensalada de pollo, eran una invitación digna de atender.

Y llegaron los CADA

La Caracas de finales de los años cincuenta recibe entusiasmada la presencia de las fuentes de soda CADA, supermercados regados poco a poco por toda la geografía nacional por una empresa filial de las de Nelson Rockefeller, empresario y político integrante de la famosa familia. Estos negocios eran una copia al carbón de las norteamericanas, tanto en la arquitectura interior como en la oferta gastronómica, la cual redondeaba el viejo concepto ya citado del american diner o small dining-room, donde el menú ofrecía desde sopas y platos fuertes hasta variedad infinita de emparedados, así como unos copiosos desayunos.

La carta de sándwiches se dividía entre fríos y calientes. El término frío estaba referido al relleno y entre ellos sobresalían los de atún, ensalada de pollo y ensalada de huevo, todos con mayonesa, y que siguen siendo caballitos de batalla en Estados Unidos. Entre los calientes, que mayoritariamente eran presentados abiertos para comer con cubiertos, la estrella era el de pavo, bañado con una salsa o gravy de inconfundible sazón gringa y señoreo de la pimienta.

Los platos fuertes listaban, entre otros, el churrasco, el pollo en canasta, el bistec picado, que era una hamburguesa rectangular y sin pan, o el steak de jamón virginia, con piña; todos estos condumios de consistencia venían acompañados por una ensaladita verde, precursora de los mezclum de ahora, sazonada con un ligero aderezo, antecesor del actualmente tan popular ranch. Las sopas eran todas enlatadas, Campbell’s por cierto. Merengadas, malteadas, refrescos gaseosos y la tradicional root beer eran las bebidas preferidas. Los helados preparados tradicionales: sundaecaramel pecanhot fudgebanana split, entre otros, competían con los pies de manzana, cereza o limón, o con el tentador shortcake de fresas para poner el punto final.

No te bajes del carro

En la misma época, años sesenta, florecen los drive-ins, particularmente en el este de la ciudad, que pronto ganan terreno en el interés de la clase media y se convierten en lugar de encuentro y reunión para los pavos de aquellos años. Los más importantes fueron El Faro, situado en La Castellana; Tacos, ubicado en El Rosal, y El Tolón, en Las Mercedes, donde ahora está el centro comercial homónimo.

Eran sitios que, además del área para los vehículos, tenían numerosas mesas; inclusive, El Faro sumaba un piano bar, medio escondido, pero muy concurrido por parejitas que buscaban música y ambientes cómplices. Afuera, en las mesas, los jóvenes solían conversar mientras trasegaban unas cervecitas, acompañadas por las infaltables papas fritas, rociadas con abundante kétchup. Entre El Faro y el Tacos se dirimía una disputa –nunca resuelta, creo– acerca de dónde preparaban el mejor club sándwich o club house de la ciudad.

Al estilo de los drugstores

En el panorama capitalino de los años setenta comienzan a surgir otros locales más elaborados, cuyo patrón también provenía de Estados Unidos: los drugstores, que allá habían evolucionado de algo más que una farmacia hasta casi convertirse en verdaderos centros sociales, particularmente en los pueblos y ciudades pequeñas.

Aquí, el primero de ellos y el más importante fue Le Drugstore, ubicado en el Centro Comercial Chacaíto y que se constituyó en la base de operaciones de la gente joven y a la moda de esos años. Allí surgieron los primeros sándwiches deli de Caracas. Estaban numerados, tenían nombre propio y combinaban creativamente ingredientes diversos, así como distintos tipos de pan. Recuerdo especialmente el Dean Martin, hecho con pan de centeno y cuyo principal ingrediente era el roast beef. También el llamado Súper Salvaje, con lengua, corned beef y pollo. El cole slaw, esa ensaladita rallada de repollo y zanahoria, tan popular ahora, despertaba el interés curioso en aquella época.

También en Le Drugstore causaban sensación los perros calientes gigantes, servidos por centímetros y las enormes jarras de cerveza, que constituían un espectáculo gratis para los mirones. Una serie de minitiendas ocupaban parte del local, así como varios monitores de televisión que ofrecían entretenimiento a los parroquianos, mientras el sonido ambiental redondeaba la escena. Era un sitio de esos que llaman “para ver y dejarse ver”, donde asistían los miembros de la farándula y del jet set capitalino, siendo parte del show el desfile de mujeres bellas que copaban el lugar.

Le Drugstore no estuvo solo mucho tiempo porque cuando se inaugura el Centro Comercial Concresa abrió El Carrusel, una fuente de soda muy amplia, demasiado quizás, la cual tenía un concepto y una oferta parecida a la de su competidor.

Vale también un recuerdo para dos sitios que aunque activos actualmente vivieron sus momentos de gloria en la Caracas de aquellos años: El Cubanito y el Taxco; especializado el primero en pequeñas hamburguesas llamadas “fritas” y en los sándwiches cubanos, con pernil, queso amarillo y pepinillos. Taxco, que todavía se mantiene en su local original de la urbanización Las Fuentes, en El Paraíso, capturaba a sus devotos también con pequeñas hamburguesas, con una salsa que parecía mostaza pero no lo era, y con unas limonadas granizadas de las cuales se sentían orgullosos.

Mientras estos locales atendían el interés de los caraqueños, poco a poco se abrían paso las cadenas internacionales del fast food. El pionero, curiosamente, no fue McDonald’s sino Tropi Burger, seguido por la franquicia de los arcos dorados y otras marcas, pero esa es otra historia, más reciente y más conocida, en la cual participan también los nuevos conceptos de los cafés, sitios donde sigue reuniéndose la gente, pero el ambiente es más sofisticado y la oferta gastronómica tiene mayores pretensiones.

Desde la gloria del Picadilly han pasado más de sesenta años y el viejo estilo de la fuente de soda o cafetería estadounidense es solo una evocación para quienes lo disfrutaron. Forma parte del país que ya no es.

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Las razones del gusto y otros textos de la literatura gastronómica, compilado por Karl Krispin, fue publicado por la Universidad Metropolitana y Cocina y Vino, en 2014.

La ciudad más barata por Marco Negrón – TalCual – 21 de Abril 2018

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Según el informe de este año del Economist Group, después de Damasco, la infortunada capital siria envuelta en una guerra civil cruenta e interminable, Caracas es la segunda ciudad más barata del mundo. No hace nada, sin embargo, los análisis de la Unión de Bancos Suizos (UBS) la colocaban en el extremo opuesto: en 2009, por ejemplo, ella ocupaba el puesto 12 entre las ciudades más caras del mundo, inmediatamente después de Munich y 30 posiciones por encima de Sao Paulo, la ciudad latinoamericana que más se le acercaba.

Esta cifra, calculada sobre la base de tipos oficiales de cambio que sobrevaloraban abiertamente la moneda nacional (entre BsF 2,6 y 4,3 / USD), contrastaba de manera estridente con la referida al poder adquisitivo de los hogares donde la supuestamente rica Caracas caía al puesto 61, el penúltimo entre las urbes latinoamericanas analizadas: se creó así la paradoja de una ciudad que calificaba entre las más caras del mundo pero contaba con una de las poblaciones más pobres de la región. Ese mismo año o el siguiente la UBS decidió excluir a Caracas de sus análisis porque el creciente desorden cambiario hacía prácticamente imposible cualquier cálculo confiable, la base, no está de más recordarlo, de una economía razonablemente moderna.

Las cifras que ahora presenta el Economist Group revelan la verdad de los hechos: la Caracas del socialismo bolivariano, más que una ciudad cara o barata, es en verdad una de las ciudades más atrasadas y pobres del mundo. La “ciudad socialista”, que algunos paniaguados del régimen pretendieron infructuosamente definir durante estos años, resultó ser finalmente eso: una que se hunde con sus habitantes en los tremedales del atraso y la miseria. Es una proeza perversa que en el país más urbanizado de la región reaparezcan, en sus ciudades metropolitanas y en pleno siglo XXI, las enfermedades que asolaron al medio rural de la Venezuela del siglo XIX y que la sabiduría, tesón y generosidad de una legión de héroes civiles, apoyados, justo es decirlo, en la emergente riqueza petrolera, había logrado erradicar al menos eso se creía- hace más de 70 años.
Pero también, ahora bajo el nombre de “moneda comunal”, ha reaparecido en nuestras ciudades la “ficha”, la moneda con la que se pagaba a los peones de las plantaciones del siglo XIX, de circulación restringida a la propia hacienda y que terminaba atando a ella al trabajador formalmente libre.

Cabalgando sobre el vertiginoso desarrollo de la globalización y las nuevas tecnologías, el mundo atraviesa una transición de dimensiones épicas, sin parangón en la historia y cuyo epicentro son las ciudades metropolitanas, montadas sobre sistemas en red cada vez más inteligentes y compitiendo por construir ambientes urbanos de la más alta calidad, capaces de atraer el recurso clave que sustenta el desarrollo de las sociedades del siglo XXI: el talento, la creatividad, la capacidad de innovar.

Es obligación de los caraqueños impedir que los “mineros del Guaire”, que se sumergen en aguas putrefactas en su desesperado intento de supervivencia, se conviertan en la perfecta metáfora de una sociedad que se creyó llamada a otros destinos y que hoy, frente a la mirada catatónica de quienes se han adueñado del poder, está asediada en todos los frentes.

Para ello no basta con desalojar a la funesta nomenklatura: además es esencial recuperar la ruta del crecimiento sostenible, un objetivo hoy inalcanzable sin el protagonismo de las ciudades. Y la construcción de esa ciudad futura, tan distinta de la actual, no puede esperar hasta mañana: pese a las enormes barreras, debe continuar todos los días; como mínimo en el pensamiento ciudadano y con la vista puesta en recuperar el talento fugado

Para que te acuerdes de tus andanzas por Caracas por Rafael Enrique Luna – 10 de Noviembre 2015

unnamedHoy quiero recordar cosas que en algún momento de mi vida fueron importantes para mí. Divertidas algunas y hasta puedo decir que marcaron una pauta en mi estatus, en mi forma de ser, y posiblemente en el estilo de vida de mi futuro inmediato.

Muchos recordaran conmigo, y reconocerán cuando lean esta página, los nombres de algunos sitios, y de algunas personas que por más que lo he querido, me he negado a olvidar, no las añoro, porque ya no tienen la importancia que les di en el pasado, por la simple razón que interpreto ese refrán español que dice: El Agua que ya pasó no puede mover el molino. Leer más de esta entrada

Firmas contra el hampa. (Xabier Coscojuela. Diario Tal Cual 07-04-2015)

La inseguridad personal sigue siendo el principal drama del país. Puede que en estos últimos tiempos haya quedado algo opacada por la inflación, el desabastecimiento y la escasez, pero sin duda alguna cada día son más los venezolanos honestos que temen salir a la calle.

El miedo se ha ido expandiendo y la respuesta gubernamental al tema no hace sino incrementarlo. Solo basta recordar lo dicho estos días por el comandante general de la Guardia Nacional, general Nestor Luis Reverol, quien aconsejó a los ciudadanos evitar los viajes de noche.

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