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El campo de Venezuela colapsa y Caracas resurge por Anatoly Kurmanaev – The New York Times – 15 de Enero 2020

Parmana, un pueblo de pescadores a orillas del río Orinoco, en el centro de Venezuela, ha sido abandonado por el gobierno.

PARMANA, Venezuela — Desde su palacio en Caracas, el presidente Nicolás Maduro proyecta una imagen de fortaleza. Su control sobre el poder parece seguro. Los habitantes tienen un suministro regular de electricidad y de gasolina. Las tiendas están repletas de productos importados.

Sin embargo, más allá de la capital, esa fachada de orden se disipa de inmediato. Para conservar la calidad de vida de sus principales respaldos —las élites política y militar del país—, el gobierno de Maduro ha centrado en Caracas los recursos menguantes del país y ha abandonado grandes sectores de Venezuela.

“Venezuela está rota como Estado, como país”, dijo Dimitris Pantoulas, un analista político de Caracas. “Los pocos recursos disponibles se invierten en la capital para proteger la sede del poder, lo que ha creado un mini-Estado en medio del colapso”.

En buena parte del país, el gobierno ha abandonado sus funciones básicas, como la vigilancia, el mantenimiento de las vías, la atención médica y los servicios públicos.

En Parmana, un pueblo pesquero a orillas del río Orinoco, la única evidencia restante del Estado son los tres maestros que siguen en la escuela, la cual carece de alimentos, libros e incluso de un marcador para la pizarra.

La escuela en Parmana no tiene comida ni libros. Los estudiantes a menudo salen temprano, demasiado hambrientos para concentrarse.

Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

El primero en irse de Parmana fue el cura. A medida que se profundizó la crisis económica, desertaron los trabajadores sociales, la policía, el médico comunitario y varios maestros de escuela.

Según los habitantes del pueblo, cuando se vieron rebasados por el crimen, recurrieron a las guerrillas colombianas en busca de protección.

“Estamos olvidados”, dijo Herminia Martínez, de 83 años, al tiempo que dejaba un machete que usa para atender un descuidado campo de frijol bajo el calor tropical. “Aquí no hay gobierno”.

Hace un año, y por un momento, parecía que los críticos de Maduro iban a tener una oportunidad de expulsarlo. Un líder de la oposición, Juan Guaidó, había presentado el mayor desafío para el mandato de Maduro hasta la fecha: fue proclamado presidente interino y consiguió el respaldo de Estados Unidos y casi sesenta países más.

Ahora, los adversarios de Maduro han perdido fuerza. El gobierno de Trump sigue respaldando a Guaidó: el 13 de enero, Estados Unidos emitió nuevas sanciones en contra de los aliados del gobierno que intentaron bloquearlo en su intento por asumir el liderazgo de la Asamblea Nacional. A pesar de esta presión, Maduro pareciera haber garantizado su permanencia en el cargo, en parte por el éxito de sus políticas para levantar Caracas.

Sin embargo, la economía venezolana —que ha tenido una administración deficiente, sufrido la reducción en las exportaciones de petróleo y oro y, además, padecido las sanciones de Estados Unidos— está entrando en el séptimo año de una recesión devastadora.

Esta larga depresión, aunada a la disminución del Estado, ha provocado que buena parte de la infraestructura haya quedado abandonada.

Asimismo, ha producido la fragmentación de Venezuela en economías localizadas que tienen vínculos con Caracas que son solo nominales. Cuando la inflación desbocada le quitó el valor al bolívar —la moneda del país—, los dólares, los euros, el oro y las monedas de tres países vecinos comenzaron a circular en diferentes partes de Venezuela. El trueque es rampante.

Para obtener productos básicos en Parmana, unos venezolanos hacen trueques con pescado.

Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

“Cada lugar sobrevive a su manera, lo mejor que puede”, dijo Armando Chacín, director de la federación de ganaderos de Venezuela. “Son economías completamente distintas”.

Fuera de Caracas, los ciudadanos de la que alguna vez fue la nación más rica de América Latina pueden estar relegados a sobrevivir en condiciones casi preindustriales.

Casi la mitad de los habitantes que viven en las siete ciudades más importantes de Venezuela está expuesta a apagones diarios y tres cuartas partes se las arreglan sin un suministro confiable de agua, según un estudio que realizó en septiembre el Observatorio Venezolano de Servicios Públicos, una organización sin fines de lucro.

En Parmana, las inundaciones del año pasado se llevaron el único camino que sale del pueblo, por lo tanto se quedaron sin la entrega regular de alimentos, combustible para la central eléctrica y gasolina. Para sobrevivir, los 450 residentes que quedan han recurrido a limpiar los campos con machetes, remar sus botes pesqueros y usar como moneda los frijoles que cultivan.

Guillermo Loreto, de 19 años, trabaja en el campo de frijoles de su abuela.
Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

Después de décadas de gastar el petróleo de una manera fastuosa, el gobierno venezolano se está quedando sin dinero. El producto interno bruto del país se ha contraído un 73 por ciento desde que Maduro asumió la presidencia en 2013: uno de los declives más pronunciados en la historia moderna, de acuerdo con estimados que hizo la Asamblea Nacional —el órgano legislativo que controla la oposición— a partir de estadísticas oficiales y datos del Fondo Monetario Internacional.

Al ser incapaz de pagar salarios significativos a los millones de empleados del Estado, el gobierno se ha hecho de la vista gorda a los tejemanejes, tráfico de influencias y negocios complementarios que hacen los trabajadores estatales para sobrevivir. El salario oficial del máximo general del ejército venezolano es de 13 dólares al mes, de acuerdo con Control Ciudadano, un grupo venezolano de investigación.

Al sector privado en Caracas —el cual ha sido difamado por el gobierno socialista de Maduro y por su predecesor, Hugo Chávez— se le ha permitido llenar algunos de los vacíos de los productos de consumo que generó la disminución de las importaciones del Estado.

En cuanto los sacrosantos controles económicos desaparecieron de la noche a la mañana, la capital se llenó de cientos de tiendas nuevas y salas de exhibición que ofrecen de todo, desde autos deportivos importados hasta frituras hechas de algas marinas producidas en Estados Unidos.

Y la carga del colapso del país ha caído principalmente en las provincias venezolanas, donde muchos habitantes han quedado totalmente aislados del gobierno central.

Girls waiting for fishermen to arrive with a catch that they can take home.

Credit…Adriana Loureiro Fernandez for The New York Times

Las regiones cercanas a las fronteras de Venezuela han recurrido al contrabando y al comercio transfronterizo para sobrevivir. Las ciudades agrícolas en el interior de Venezuela se han hundido en la subsistencia, ya que el colapso del sistema de carreteras y la escasez de gasolina diezmaron el comercio interno. Los sitios turísticos populares han sobrevivido gracias a la inversión privada y al abastecimiento de las élites.

Los comandantes militares locales y algunos caciques del partido gobernante con vínculos limitados con Maduro han tomado el control político de regiones remotas. A medida que la policía nacional perdía terreno, los grupos armados irregulares tomaron su lugar, incluidas las guerrillas marxistas colombianas, ex paramilitares de derecha, bandas criminales, milicias pro-Maduro y grupos de autodefensa indígenas.

En todo el interior venezolano, estos grupos a menudo se han encargado de hacer cumplir los contratos comerciales, castigar los delitos comunes e incluso resolver los divorcios, según decenas de testimonios de residentes recopilados durante meses en tres regiones.

El colapso del Estado venezolano ha seguido su curso en Parmana, un pueblo de pescadores y agricultores que alguna vez prosperó en las planicies centrales de Venezuela.

Por falta de pago, la unidad de la policía local empacó sus cosas y se fue un día de 2018, seguida por los trabajadores públicos que estaban a cargo de los programas sociales. Poco tiempo después, los locales ahuyentaron al destacamento de la Guardia Nacional del pueblo por su ebriedad y sus extorsiones.

Una estación abandonada de la Guardia Nacional Bolivariana
Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

Para remplazar a los guardias, los líderes del pueblo decidieron viajar a la mina de oro más cercana, la cual está bajo el control de las guerrillas colombianas, con la intención de pedirles que montaran un puesto en Parmana.

Durante los últimos cuatro años, a fin de proteger sus líneas de suministro, las guerrillas aniquilaron a los piratas de río que habían aterrorizado a los pescadores de Parmana, robando sus lanchas de motor y asesinando a varias personas.

“Necesitamos una autoridad aquí”, denunció Gustavo Ledezma, un tendero y el alguacil de la comunidad.

Las guerrillas “traen orden”, mencionó. “No bromean”.

El descenso de Parmana hacia la subsistencia sin ley es una caída pronunciada de sus días de gloria, cuando exportaba arroz, frijoles y algodón. Los humedales y los manantiales prístinos del pueblo atraían multitudes de turistas cada año.

“Parmana, Parmana, qué bonito contigo despertar”, decía una canción del legendario cantautor rural de Venezuela, Simón Díaz.

Las líneas eléctricas, que ya no suministran electricidad, se extienden a lo largo de una propiedad abandonada en Parmana.
Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

Chávez había visto el futuro de la economía venezolana en el potencial agrícola de la región. Hace una década, invirtió al menos mil millones de dólares en la construcción de un puente sobre el Orinoco para conectar la región con los mercados brasileños.

El puente, inconcluso, ahora está abandonado. Los manantiales de Parmana se secaron después de que un terrateniente con conexiones políticas desvió el agua hacia sus campos de algodón en 2013, y eso destruyó la industria turística.

En la actualidad, en las calles polvorientas del pueblo, los pescadores desesperados detienen a los choferes ocasionales que pasan de visita en busca de gasolina para los motores de sus botes.

Una familia sentada al lado de un montón de sandías de sus campos había intentado enviar un mensaje telefónico a un mayorista para que recogiera su cosecha, pero la torre celular llevaba dos semanas sin funcionar, y no estaban seguros de que fuera a llegar, o cuándo.

“Ahora hay que depender de uno mismo, no del Estado”, dijo Ana Rengifo, la lideresa del consejo comunitario.

Una celebración evangélica en Parmana. El servicio termina antes del anochecer por falta de electricidad.
Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

En octubre, el médico del lugar fue al pueblo más cercano a buscar medicamento para sus estantes vacíos. No volvió. La iglesia católica, abandonada, está llena de bates y las bancas han sido convertidas en leña.

El pastor de un grupo evangélico aún visita una vez por semana. El grupo se reúne a diario y canta pidiendo salvación pero se disperasa al atardecer por falta de electricidad.

La ambulancia de la localidad, sin llantas, se oxida bajo un cobertizo y su chofer abandonó el trabajo hace tres años para plantar frijoles y sobrevivir.

En la escuela, después de cantar el himno nacional y hacer calistenia, los estudiantes toman clases básicas de lectura y matemáticas pero vuelven a casa después de una o dos horas. Los profesores dicen que muchos de ellos están demasiado hambrientos y no se concentran.

A pesar del colapso del pueblo, la mayoría aquí prefiere quedarse en su tierra, donde pueden sembrar algo de comida, en lugar de arriesgarse a ir a otro lado.

“Sales y el hambre te mata” dijo Inselina Coro, una mujer de 29 años y madre de cuatro. “Al menos aquí vas al río y consigues un pescado”.

Coro vive con sus hijos y su novio, un pescador, en un cuartito de lámina corrugada con piso de tierra. Los seis comparten dos hamacas. Su hija mayor, Ana Herrera, de 14 años, está embarazada pero la familia no tiene medios para llevarla al doctor.

Los anhelos de Coro para su familia se limitan a mudarse a Caicara, un pueblo río arriba, a tres horas de distancia. ¿El motivo? “Allá hay electricidad”, dijo.

La familia de Inselina Coro prepara el almuerzo.
Credit…Adriana Loureiro Fernández para The New York Times

Cuando la bohemia gravitaba alrededor de Parque Central por Alberto Veloz – El Estimulo – 3 de Junio 2016

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Una vida verdadera y auténticamente álgida, con un inusitado movimiento cultural, político, social y gastronómico fluyó en la zona de Los Caobos-Parque Central en las últimas décadas del siglo XX. Con solo hacer un pequeño inventario de lugares donde acudía la “crema de la inteligenza” caraqueña, nos podremos dar cuenta de que esto fue rigurosamente cierto. Y, aunque parezca increíble, toda esa vorágine se diluyó en tan solo 25 años aproximadamente. No se pueden precisar fechas exactas ya que el declive social ha sido una circunstancia paulatina. Con motivo de los 448 años que cumple Caracas, compartimos estas maravillosas anécdotas

En un rápido recorrido sentido este-oeste podremos identificar los centros neurálgicos de aquel acontecer social que comienza en la Plaza de los Museos con la Galería de Arte Nacional (hoy mudada a la Av. México) y los museos de Bellas Artes y de Ciencias Naturales. La extinta casona de la familia Ramia fue demolida para construir el edificio que fue la sede oficial del Ateneo de Caracas. Allí funcionaron muy activamente las salas de teatro Anna Julia Rojas y Horacio Peterson, la Fundación Rajatabla, la sala de cine Margot Benacerraf, la Librería del Ateneo y su famoso cafetín, lugar obligado de encuentros y desencuentros de la movida intelectual de la época.

hotel hilton caracas, parque central

Si caminamos a la izquierda encontraremos el Complejo Teresa Carreño “el corazón cultural de Caracas” el segundo más grande de Suramérica que cuenta con las salas Rios Reyna y José Félix Ribas, que albergó los desaparecidos Museo Teresa Carreño y la Fundación Amigos del Teatro Teresa Carreño. Al frente, la estructura que todavía se conserva, en apariencia, del otrora Hotel Caracas Hilton con su famoso restaurante La Rotisserie, el bar La Ronda, el Tower Lounge, L´Incontro y en el último piso la Cota 880, boite de atmósfera romántica a media luz, con vista panorámica de la ciudad, donde se presentaban shows y se podía bailar al ritmo de conjuntos musicales.

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Un muy transitado camino de pocos metros lleva a Parque Central donde nos recibe la majestuosa entrada del que se llamaba Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber (Maccsi) con sus grandes salas de exposiciones que albergaron obras de los más famosos artistas plásticos. La emblemática tienda y el Café del Museo. En los espaciosos pasillos de Parque Central está la Sala Plenaria, que fue centro de encuentros políticos y de importantísimos congresos internacionales. Del Museo del Teclado y el Audiovisual, galerías de arte privadas como la Graphic II y la Muci sólo queda el recuerdo. Todavía permanece ofreciendo sus servicios el Museo de los Niños, obra de Alicia Pietri Montemayor de Caldera Rodríguez, con su vistosa y llamativa estructura.

Ya entrando de lleno en materia gastronómica, tres restaurantes: El Parque, Visconti y Picadilly Pub (Hector´s) convivieron en los enjambres de este conjunto residencial, considerado en su época como el “desarrollo urbano más importante de América Latina”. Estos lugares quedaron en la memoria de sus habitués.

Los tres, tan distintos en su oferta, se parecían mucho por su calidad culinaria, gran ambiente, atención eficaz y además de compartir los mismos comensales y otros, más que comensales, eran clientes consuetudinarios y amantes de una bien provista barra. A éstos últimos no les importaba mucho la comida, pero si los 12 años “in bottle”. De aquella no tan lejana época, todavía queda en pie La Hostería de Parque Central, de lo que solo sobrevive su nombre. Los asiduos a este espacioso local, con decoración mediterránea y mucha madera, siempre recordamos a los atentísimos propietarios Pipo y Lucho, quienes consentían a sus fieles clientes en cualquier capricho epicúreo.

Nace una estrella en El Parque

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Esta frase está utilizada en el más estricto sentido literal porque en el restaurante El Parque nació una estrella el 11 de febrero de 1987, cuando Floria Márquez, la protagonista, rememora con exactitud la primera vez que se acercó al micrófono a las 5:00 de la tarde en “la hora del aficionado”. La misma Floria lo comenta así: “Para pasar una reciente viudez, mis amigas me invitaron a almorzar porque era mi cumpleaños y en la hora del pousse café me pidieron que cantara, ya que lo hacía en privado y sin escuela, solo por divertirme”.

Esa misma tarde el propietario Enrique Siso, junto a Ligia Feo, le pidieron que se quedara a cantar todos los viernes porque vieron en esta simpática señora mucho carisma, espontaneidad y capacidad histriónica. “Luego de tres meses -agrega Floria con deleite- me solicitaron que me quedara fija como anfitriona de relaciones públicas, atendiera a los clientes, de vez en cuando echara una cantadita y buscara artistas para animar las tardes. Esa propuesta me fascinó porque me divertía y a la vez me pagaban”.

Floria Márquez, Parque Central, caracas

Lo primero que sorprendía en El Parque era la terraza con grama artificial, intensamente verde, rodeada de palmeras naturales, cubierta por un gran toldo amarillo. Las paredes íntegramente de cristal separaban el comedor donde se alineaban las mesas vestidas con manteles en tonos beige y marrón; sillas modelo Cesca. Sus respaldos y asientos de esterilla de Viena le conferían una singular elegancia.

El techo estaba revestido por telas de lona en ondas y una gran mesa alta ostentaba perennemente dos soperas Crock negras que contenían sopa de rabo, de cebolla,bisque de langosta, chupe de camarones o cualquier otra crema que preparaba el chefErnesto García. Como dato curioso recuerdo que allí fue la primera vez en Caracas donde los mesoneros utilizaron delantales negros largos, al estilo bistró francés, accesorio que los hacía lucir fashion.

Definir el restaurante El Parque no es fácil porque su propuesta culinaria era de base francesa donde podían figurar las crepes de espárragos o de ajoporro, o una blanquette de pollo, pero con atisbos criollos como el asado negro o la crema de apio. Floria Márquez recuerda con sumo agrado las tartaletas de níspero o de guanábana que preparaba Helena Todd, así como la torta de nueces.

Indudablemente la diversión estaba asegurada en las tardes de El Parque, lo que se llamaba en aquel momento “viernes adecos”simplemente porque esas tardes se hacían larguísimas; había que quedarse hasta la hora del aficionado. Por allí también desfilaron profesionales llevados por la incansable Floria como María Rivas, Nancy Toro, Hedy Baena, Saúl Vera y su Ensamble. Hubo una temporada con Claudio Nazoa y sus pornotíteres, Rubén Monasterios presentaba un menú erótico, Aldemaro Romero bautizó su disco “Amiga mía”. Cualquier cosa podía suceder en el improvisado escenario que tenía como cortina musical a Chicho Barbarrosa y su grupo.

Muy pocos metros caminaba Sofía Imber para instalarse en El Parque, su blanca y moderna oficina estaba justo detrás de la terraza. Siempre se veían entre los habitués a Jesús Soto, Morella Muñoz, Carlos Delgado Chapellín, Ezequiel Zamora, Luis Alberto Crespo, así como a Daniel Fernández Shaw también socio de este recordado restaurante.

En Visconti un chef de postín

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Enzo Esposito, calificado como uno de los mejores chefs de cocina italiana en Latinoamérica, con estudios gastronómicos en la Escuela Hotelera de Salerno, fue el más respetado entre sus colegas de la época dada sus dotes de gran cocinero; sencillo, modesto y sin ínfulas de estrella, que sin embargo le sobraba con que serlo.

Mucho antes de que se acuñara la palabra fusión, Enzo ya era un experto en el arte de experimentar y combinar su sazón italiana con otros productos e ingredientes. Su extenso currículo lo inició en Franco´s en la avenida Solano López, para luego fundar y dirigir La Taberneta, Kwiki, Il Cortile, Lupo di Mare, Visconti de Parque Central, Visconti d´Este en Paseo Las Mercedes y finalizar su exitosísima carrera en Vulcano, en Altamira. Los conocedores del buen hacer de Enzo Esposito olfateaban qué nuevo restaurante abriría e inmediatamente la pléyade de clientes, fans de su sazón, se trasladaban al flamante local.

Visconti de Parque Central causó sensación porque tenía lo primordial que debe prevalecer en un restaurante de lujo que se precie de serlo: excelente comida, eso estaba asegurado con Enzo Esposito, atención de primera supervisada por su dueño Enrique Siso, el mismo de El Parque y una decoración a tono, de lujo sofisticado y elegante, sin estridencias y muy confortable, lo que estuvo a cargo del arquitecto Julio Obelmejías, quien supo conjugar hábilmente los tonos grises, espejos ovalados, apliques de cristal, manteles de hilo color rosa, sillas cromadas, luz tenue y unos espectaculares vitrales con dibujos esmerilados, amén del piano que daban un aire chical lugar. Se requería ir vestido acorde a la ocasión, con chaqueta y traje cóctel, nada de jeans y mangas de camisa.

Aquí no hay duda, este comedor era netamente de comida italiana con un toque francés y acentos mediterráneos. Así leíamos en el menú con una caligrafía estrafalaria: vieiras al Pernod, fettuccine con pimienta verde y cebollín, espaguetis de huevas de trucha, raviolis de conejo en su jugo con zucchine gratinado, ñoquis de papas en salsa de camembert, risotto con hongos y albahaca, o en tinta de calamares -por cierto los risottos eran una de sus especialidades- junto a su plato estrella, los raviolis de pato en salsa de hongos porcini.

 

parque cristal, visconti, caracas, vintage, memoria gustativa

El mismo Enzo comentaba: “A los platos míos nunca les pongo nombres extraños para no estar explicando nada, escribo los ingredientes para que se entienda de lo que se trata”. En el capítulo de los postres se notaba la gran diferencia con la competencia y es que mientras en aquellos la oferta no variaba de las consabidas tortas sacripantina o Charlotte, Enzo se esmeraba en presentar una ricotta a maniera di gelato con fichi d´ India y un dulce exótico muy solicitado, las crepes de manzana y cebolla.

Visconti de Parque Central era frecuentado por personajes de la política, el arte, el espectáculo y socialités de verdad. Entre ellos recuerdo a Carmen Victoria Pérez, Herminia Martínez, Omar Lares, Marianella Salazar, Leopoldo Díaz Bruzual “el Búfalo”, Rafael Poleo, Rafael Tudela, Enrique “Catire” Domínguez, Jorge Blanco y la vecina del museo, Sofía Imber, vistiendo sus acostumbrados y precisos trajes tailleur de cuello mao.

Una noche Floria Márquez cenaba con un amigo en Visconti. De pronto, decidió que cantaría algunos boleros y casualmente en la mesa contigua estaba Omar Lares, siempre acompañado de hermosas mujeres y una botella de escocés, quien quedó sorprendido por la voz, dicción y dominio de escena de la novel cantante. En ese momento el autor de Sprit comenzó a escribir constantemente sobre Floria, quien ya había iniciado clases de canto por recomendación de su hermano, el también artista Rudy Márquez.

Esta sala que hizo honor al cineasta Luchino Visconti fue todo un éxito desde su inauguración y una de las primeras víctimas de la desidia, del caos y de la inseguridad que devoró a esta zona de Caracas.

Hectors, avenida casanova

El recordado Héctor Prosperi, luego de tantos años en su pequeño y acogedor local de la avenida Casanova, con paredes pintadas que recordaban escenas de la campiña francesa, se mudó a Parque Central para abrir el Picadilly Pub (Hector´s) y se llevó también la magia del ambiente y su buen hacer como restaurador de renombre en la ciudad.

Este nuevo local de grandes dimensiones, se estrenó con lujo y postín. Una gran barra, la mejor provista de aquel entonces, donde se podían conseguir todas las marcas de whisky habidas y por haber, y por supuesto una buena cava de vinos franceses daba la bienvenida a los asiduos clientes, quienes venían siguiendo los pasos de Héctor.

El comedor ostentaba unas cómodas sillas de estructura en madera con esterilla en asientos y espaldares. Las mesas de dimensiones más grandes de lo normal se vestían con un mullido muletón de base, manteles rojo bermellón sobre los cuales estaban el sobremantel de impoluto blanco.

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Héctor, hombre de la nocturnidad y de refinados modales, siguió su costumbre de obsequiar con una rosa roja a las damas que asistían al local, bien sea que estuvieran solas o acompañadas. Cuando estaba en la avenida Casanova, el menú lo recitaba en francés. En el Picadilly Pub había una carta formal donde no faltaba la sopa de cebolla au gratin y entre los más pedidos estaban las delicias del mar, tartaleta de cebolla, quiche Lorraine, lenguado al vapor y steak tartar. La menguada salud de Héctor mermó la longevidad de este restaurante que al desaparecer se llevó una de las mejores cocinas de Caracas.

En muy pocos años la intensa vida cultural, política y de divertimento del complejo urbanístico Parque Central se vio engullida por la mediocridad, una estética vulgar y la caótica economía del país que hizo subdividir locales, proliferaron las loterías y los cacos hicieron el resto. El espíritu de aquel complejo que nació en las oficinas de Siso, Shaw & Asociados se perdió y quizás para siempre.

Caracas ha muerto por Alonso Moleiro – El Estimulo – 24 de Junio 2019

La utopía caraqueña y el apagón nacional por Carlos Balladares Castillo – El Nacional – 28 de Julio 2019

El desastre-tragedia nacional que han significado estos 20 años de chavismo-madurismo, ha tenido un nuevo capítulo con el apagón eléctrico-agua-internet-telefonía de este lunes 22 de julio en la tarde. Hecho que es inevitable relacionar con la celebración de los 452 años de fundación de Caracas el día de mañana jueves, y que nosotros hemos querido dedicar a su utopía urbanística. Porque nos preguntamos: ¿Cuál es el ideal de ciudad que han tenido las diversas generaciones de caraqueños e incluso venezolanos por ser nuestra ciudad capital? La respuesta a esta pregunta es imposible darla en la brevedad de un artículo de opinión, por ello nos dedicaremos a algunas ideas de nuestra generación y el presente.

Los sueños de tener una ciudad normal donde los servicios funcionen pero también un espacio de ciudadanía en el cual se hagan realidad nuestros ideales de convivencia colectiva, no es algo al que debemos renunciar. Nuestro caos actual debido al secuestro que padecemos por la peor Venezuela no es motivo para ir construyendo la mejor Caracas posible. De algún modo ya hemos conocido parte de ella con el establecimiento de la capitalidad de la Provincia y después de la Capitanía General en tiempos coloniales, la modernización urbanística iniciada con los gobiernos de Antonio Guzmán Blanco (1829-1899) durante las décadas de los setenta y ochenta en el siglo XIX; y muy especialmente con el gobierno de Eleazar López Contreras (1883-1973) desde 1938 con la creación de la Dirección Urbanística que generará el Plan Rotival; con la Década Militar (1948-58) y su “batalla contra el rancho” y con el Plan Urbano de los setenta. Todos estos planes y acciones apoyados por los crecientes ingresos rentísticos petroleros transformaron a nuestra ciudad en una de las más atractivas de Iberoamérica. De ella quedan sus grandes vías y edificios tanto monumentales como de viviendas con las cuales varias generaciones han crecido y son prueba de la realización de nuestro potencial.

La mejora de la calidad de vida en Caracas entre los cincuenta y setenta trajo consigo una migración interna desde el campo. Dicha migración masiva fue mucho más rápida que la capacidad que tenían los planes urbanísticos y el crecimiento físico de la ciudad para integrarla racionalmente. Si a ello sumamos la crisis del rentismo a partir de los ochenta, el caos y la informalidad poco a poco se fueron imponiendo. Los problemas del tráfico, la inseguridad, el deterioro de los servicios en general, fueron creciendo hasta que llegó el chavismo en 1999. El chavismo tuvo los recursos de un nuevo boom petrolero para detener las tendencias negativas del pasado pero hizo todo lo contrario. Es decir, agregó nuevos problemas a los ya existentes, no aplicó las leyes y ordenanzas existentes, y se inventó un modelo urbano llamado “gran misión vivienda” que no solo es horrendo sino que es inhumano. Modelo que presiona aún más la capacidad de la ciudad para darle a cada uno de sus habitantes condiciones dignas de vida, y que repetido a nivel nacional nos ha condenado a su colapso como podemos padecer con los mega-apagones.

Tanto mal no ha sido ignorado por una parte de los caraqueños que se han organizado en humildes ONGs o pequeñas comunidades vías redes sociales (y más allá), realizando una serie de actividades que valoran nuestra mejor tradición. Por dar solo algunos ejemplos: realizan encuentros para discutir sobre los problemas de la ciudad y sus posibles soluciones; realizan salidas para fotografiar los edificios y lugares más hermosos, recordar sus historias y revivir viejas costumbres; y en las redes sociales no paran de subir imágenes de nuestros edificios y vida cotidiana, en especial nuestro Ávila y la fauna y flora en general. No recuerdo que las guacamayas hayan tenido tantas personas que las cuiden en otras épocas como en la última década. La coordinación entre todas ellas y la alianza con los políticos que anhelan un mejor país es una labor que no puede esperar. De manera que podamos lograr la utopía posible, un plan urbanístico de reconstrucción de la ciudad para permitir resolver sus problemas más urgentes e ir encaminándonos a un lugar más humano.

De mi parte considero que deberíamos replantearnos nuestra capitalidad, pensar un poco en el modelo estadounidense por una parte (en el que la ciudad capital es donde están las sedes del poder público y existe otra urbe donde el potencial económico es el protagonista) y el brasileño donde no temieron al traslado del Estado a otro lugar más central (¿por qué no pensar en algún lugar cerca del Orinoco?). Sueño con una Caracas sin la presión de los lugares como Miraflores entre otros y que fuera la Nueva York del Caribe. Una ciudad cosmopolita como una vez casi fuimos en nuestro mejor momento de los cincuenta a los setenta. También pienso mucho en la reducción del uso del vehículo automotor donde el caminar, la bicicleta y el transporte público sean las formas de trasladarnos. Si el clima y la geografía es nuestro gran atractivo deberíamos explotarlo al máximo y dejar esta locura de concreto y derribo de árboles, para que los parques y las aves nos alegren los días. Pero también quiero una Caracas que valore su patrimonio arquitectónico y dejemos de tumbar tanta quinta y edificios, espacios y construcciones por los que no dejamos de suspirar cada vez que vemos viejas fotos.

Para lograr la utopía caraqueña debemos dejar la presión demográfica sobre Caracas y para ello es fundamental que nuestras ciudades satélites y en general todas las ciudades de Venezuela posean buenos servicios y sean atractivas económicamente. Creo que no podemos dejar el inicio de estos planes para después que se vayan los bárbaros ¡hay que comenzar de inmediato y plantearlo, discutirlo, soñarlos es el primer paso!

 

Ciudad de la Gracia por Consuelo González Díaz – ProDaVinci – 25 de Julio 2019

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“También se me ocurre que los muertos ya no perderán un botón”.

Herta Muller, La bestia del corazón.

El concurso de narrativa “CCS desde la letra” fue organizado por la Fundación Espacio, la Fundación para la Cultura Urbana, La Poeteca y la Universidad Simón Bolívar. El jurado encargado de escoger los ganadores de tres categorías (cuento, crónica y ensayo) estuvo conformado por Victoria de Stefano, Héctor Torres, Hernán Zamora y Ricardo Ramírez Requena.

Hoy es uno de esos días para quedarse quieto y no traspasar los umbrales.

Mucho antes de salir del apartamento de mis padres, me asomé al balcón con el deseo de cambiar las señales de los tambores que venían ya desde El Ávila ordenando trombas, exigiendo tributo de paraguas rotos. Mi ruego a San Isidro Labrador no hizo efecto, sin embargo, alguien sí pudo cambiar la tendencia del tiempo un día después del Día de los Muertos. Alguien recogió sus ganas y se fue lejos, por el monte, con su sombra detrás de un cortejo de espectros ebrios. Se fueron todos sin importarles el miedo y la angustia ante lo desconocido. Se fueron a un sitio más seguro huyendo de lo que amenaza la vida, dejando atrás esta ciudad mucho más agotada y vacía.

Un ángel voló junto con las guacamayas desde la azotea del edificio de enfrente esta mañana, cuando su cuerpo cayó agujereando el tendido. Las nubes, enteradas de la desgracia, se recogieron mostrando su duelo en las derivas atmosféricas, celestes, tan propias de estas regiones del trópico. Allí, bajo un sol que no cedió ante la urgencia de la lluvia, estaba el cuerpo rodeado de agentes, policías y forenses. Una mujer se llevó las manos a la cabeza cuando se acercó y descubrió el cadáver de una anciana enferma que lo había intentado varias veces. Después de que la mujer llamó por teléfono, quizá a otro familiar, se fueron todos.

Llegar a viejo y estar solo se hacen tan buena compañía que consiguen confundirse, más en estos tiempos de crisis en que muchos se van del país dejando abandonados a sus fieles mascotas y ancianos, incluso a niños. Por la fidelidad los abate la pena. De esa fidelitas, que nos recuerda servir a Dios o mantener la actitud de ser constante a algo o alguien, ya no queda mucho hoy porque el ser humano traiciona todo, a todos y a sí mismo. Incluso hemos traicionado al agua, como dice un poeta. Hemos traicionado a la vida.

Si hubiese sido una persona joven, de seguro habría un gentío alrededor porque la muerte de quien no ha vivido lo suficiente da mucha rabia. Parece que duele más que la de quien juega unos minutos de descuento. A las moscas y los gusanos no les importa eso pues su razón de bichos es ser compasivos y regocijarse en el amor que esconden las carnes, humanas y groseras a la vez, y mostrarse así, graciosos, a su criador.

Después de permanecer durante horas cubierto con una sábana blanca sobre el techo de la panadería que queda en la planta baja del edificio, llegaron los bomberos con una camilla de rescate y cuerdas. Salía yo de casa de mis padres justo cuando estaban bajando el cuerpo a la calle, donde esperaba una camioneta de la Unidad de Homicidios. Vi cuando lo metieron en el vehículo y se lo llevaron a la morgue. Allí también tendrá que esperar su turno en la fila para ser atendido porque los depósitos de cadáveres y los cementerios están saturados, porque no hay neveras suficientes ni gas en los crematorios para el oficio de los muertos. Porque simplemente no hay.

Ya se han ido tantos que algún día no habrá tampoco quien nos festeje en el último jalón de nuestra existencia. Si no fuera por los trámites, más penosos en estos tiempos, que encubren su significado trascendente, sabríamos apreciar mejor la última despedida.

En este país se lo han robado todo, incluso nuestro derecho a vivir y morir tranquilos. No sabemos cuántos deciden irse de esta forma porque se ocultan las cifras de los suicidios por desesperación, angustia, soledad, hambre y también las de las víctimas de los asesinatos, con la sórdida intención de fingir que todo está bien. Mientras la paz reina en este santo lugar, la nariz de la mentira, que oculta un perverso fraude continuado, sigue creciendo como los orines y la basura en las calles, como los abrojos en las tumbas saqueadas de los cementerios.

Unos mueren, otros emigran para probar suerte en lugares ajenos y lejanos. También yo pude irme pero no lo hice. Durante años estuve yendo y viniendo de Caracas a Vigo y de Vigo a Caracas mientras terminaba un doctorado. Ahora estoy en esta orilla abatida por la miseria, en este costado cosido por el miedo al pie del cerro, en este valle de lágrimas.

Voy pensando en todo esto mientras camino hacia el metro para ir a mi casa, en Guarenas, antes de que anochezca. Atravieso unas cuantas calles de la conocida zona comercial de La Candelaria, donde abastos, panaderías y tascas comienzan a dejar sus despojos, la única comida habitual de muchos a quienes la infamia los ha alcanzado. A veces los veo haciendo la fila frente a un templo evangélico para almorzar un plato de sopa honrado por la caridad de una espina, o de un hueso donde se esconde el germen de la vida. Hueso, simiente, piñón, núcleo, corazón; así voy, repitiendo esta letanía de palabras donde se agarra la vida.

En el camino encuentro a uno de mis alumnos de la Universidad Central. Me cuenta que está escribiendo algo sobre Hermes, el mensajero del cielo. Debe estar muy ocupado estos días conduciendo las almas de los muertos, le comento. También recordamos, esperanzados, que los que nos quedamos aquí podemos avanzar retrocediendo. Me dice, además, que algunos compañeros suyos tuvieron que asistir a un profesor porque estaba enfermo. Ya podría haberse jubilado pero resiste mostrando sus dientes. Al igual que los más jóvenes, insiste en no dejarse vencer por quienes odian la humanidad que hay en nosotros, la que aún nos queda.

Nos despedimos en la boca de la estación del metro de Bellas Artes. Allí tomo el tren en sentido este para llegar a la estación Parque Miranda, donde está el terminal de Guarenas; sin embargo, debemos desalojar el metro en el Bulevar Sabana Grande por una falla del servicio eléctrico. Sigo el trayecto a pie, como en otras ocasiones, junto a una procesión de gente agobiada por tanto abandono y desprecio. Detrás de mí viene caminando un grupo de muchachos. Uno de ellos entona “perdona a tu pueblo Señor,… perdónalo Señor” y todos los demás le ríen la gracia. Nos queda aún el espasmo salvador de la risa, pienso.

En Chacao paso cerca del edificio donde mi psiquiatra tenía su consultorio. Recuerdo que, cuando me enteré de que se fue del país, me entristecí por las inexactitudes del amor, porque él ama el monte, el vuelo de los conotos, el dulce de lechosa. Todos tan caraqueños, todos tan distanciados por las rutinas de los viajes y las despedidas.

Acudía a su consulta por una profunda depresión a causa de una ruptura y la disolución de una vida en la que siempre me sentí segura. Me he quedado sola a los cincuenta años, sin hijos y con unos cuantos amigos menos, en un país y una ciudad que también se están yendo, donde ahora todos nos sentimos extranjeros. Estoy aquí por el apego a esta tierra y el afecto hacia a mis padres, ya viejos para nuevos viajes sin regreso, por su cariño oloroso a panes recién hechos y rociados de aceite de oliva.

He tenido que hacer frente a la soledad y a este encierro porque ya resulta casi imposible viajar, incluso dentro del país. Si he sobrevivido es porque mi psiquiatra me pidió que escribiera y desde entonces no he dejado de hacerlo, y también por mi madre, que se asoma a la ventana cuando me marcho para decirme adiós con la mano. Y porque, a pesar de las fallas de memoria, ella recuerda las cerezas que cogía de un árbol y se llevaba, jugosas como un beso, de la rama a la boca en su casa natal, en un pueblo de Galicia. Así saben mejor que las del plato del postre, me dice siempre.

No asisto a terapias con otro especialista. Soy de esas personas que no cambian sus afectos como se mudan de ropa. Fidelitas. Aunque a veces, como hoy, quisiera quitarme los zapatos y dejar de amar, que es también una forma de morir. Morir es una palabra feroz porque habla de las distintas formas de acabamiento, como la de volar desde la azotea. Zapato también lo es. Ambas palabras armonizan y se atan por sus cabos pues, al morir, los pies se escurren de los zapatos. No harán falta ya abrigos y los muertos no perderán más los zapatos ni los botones. Al menos, estarán a salvo del dolor y el frío. La muerte es una bendición tan solo por eso. Los enfermos, los viejos y los que aman sin condición lo saben.

Es tan fácil morir, y en esta ciudad y en este país lo es aún más. Quizá por eso seguimos intentando vivir. O, tal vez, para no traicionar el amor y alcanzar su gracia. Me percato entonces de una larga hilera de personas que, como reses en un matadero, llevan horas esperando pacientes en la entrada de un supermercado para comprar productos y alimentos a precios regulados. Al principio de la fila hay muchos viejos y gente con muletas y en sillas de ruedas. Recuerdo una noticia en la que se estimaba que más de una cuarta parte de los venezolanos tiene alguna discapacidad. Tanta insuficiencia orgánica y psíquica tal vez sea la compensación por el excedente de nuestras riquezas. En todo caso tanto sufrimiento merecería la gracia divina, pienso. En este instante acuden a mí los versos del poeta místico persa Rumi: “Si buscas un momento de quietud en el amor, no perteneces a la fila de los enamorados. Sé robusto como la espina, para que tu amada como la flor esté cerca y a tu lado”.

Finalmente llego a la estación Parque Miranda, antes llamada Parque del Este, para tomar un autobús hacia Guarenas -ciudad cercana a Caracas pero que cada vez se va haciendo más lejana por el problema del transporte-. Voy hacia el oriente, hacia donde nace el sol, hacia donde las cosas se llenan de calor. Después de estar más de una hora haciendo la fila, me despiden las voces de un vendedor ambulante “A 60 bolos el kilo de cambur. A 60, puro caramelo ese cambur”. También dulce como un beso o una caricia.

Llego a mi urbanización y allí subo por un caminito boscoso donde me encuentro a un hombre de piernas deformes que lleva una Biblia. Tiene a Dios agarrado entre las manos y se aferra a su orilla, mientras otros se sueltan cansados de tanto apretar. Como el ángel que hoy voló de la azotea, recuerdo con tristeza.

Cuando llego a mi edificio, me encuentro a La Nona caminando en el estacionamiento porque teme que la asalten en la calle. La mayoría de sus hijos, nietos y bisnietos ha tenido que emigrar y ella ahora vive sola. Antes el pasillo olía a pasticho y pimientos asados, ahora los aromas a tomate, queso parmesano y orégano han desaparecido porque todo está muy caro y no puede cocinar esos platos. También me dice que ya casi no come pues sentarse a la mesa le recuerda la soledad y la vejez irremediable, que aflige más que un remordimiento.

Siempre le he temido a la miseria y ahora, además, tengo miedo de llegar a vieja y estar sola. Aunque no sufriré el pesar de las madres «nutritivas» ni el dolor de ver a los hijos partir o alejarse indiferentes, sí he de sobrellevar la ausencia de aquellos que nunca serán hijos ni nietos.

Al final todos estamos expuestos a la soledad pero a mí me ha tomado por sorpresa. Cuando entro en la ducha y me hallo bajo el agua, siento cómo, de repente, se me va la coraza por el desagüe y yo me voy detrás con ella. Pero es esa forma de morirme todos los días antes de tiempo la que, tal vez, me ha librado, la que hace que me maraville con las taparas y los nidos de conotos colgados de los árboles, con la hierba Pira nacida en el monte, con esas cosas pequeñas que cada día se consagran consumando su más íntima razón, salvándose, salvándome.

En la rejilla del desagüe encuentro un pequeño botón blanco y pienso en los botones que han cumplido con el mandato de sujetar los trajes y caerse luego, cuando su dueño ha arrojado su cuerpo sobre la tierra. Los botones esperan allí mismo porque saben que la gracia divina cae y corre, como el agua, hacia abajo; también saben que con suerte sobrevivirán cosidos en otro traje.

Mientras, aunque nadie me espera, yo voy al encuentro del calor de los días en la larga fila de los enamorados.

Caracas estaba aquí por Marco Negrón – TalCual – 16 de Abril 2019

 


(Este artículo se publicó originalmente en El Universal el 13 de agosto de 2002, es decir, hace casi 17 años. Pero se vuelve a publicar no para jactarse de los talentos premonitorios del autor sino porque demuestra algo hondamente preocupante: cómo a la razón que alertaba acerca de lo que estaba por venir se oponía el sentimiento, legítimo pero irracional, de no querer reconocer el miserable destino que, detrás de las proclamas de un sedicente socialismo del siglo XXI, tantas actuaciones preanunciaban).

Seis años después de que en 1999 el litoral central de Venezuela desapareciera bajo el deslave de la montaña, un fenómeno aún no explicado arrasó Caracas. Los temores causados por el raro fenómeno hicieron que por años nadie se atreviera a aproximarse al lugar; solamente en 2012, conmemorando los 445 años de su fundación, una autodenominada “Expedición humboldtina” intentó la empresa para terminar desapareciendo. El siguiente es el único testimonio de esa aventura, llegado por milagro a manos de este compilador de memorias del futuro:

Expedición humboldtina, 25 de julio de 2012.- Dejando atrás la costa de La Guaira, atravesamos la serranía hasta el sitio donde debía encontrarse el centro de la ciudad de Caracas. El panorama del antiguo valle del Guaire resulta aún más desolador del que acabamos de dejar: entre las todavía verdes masas de las montañas, unos 50 metros por encima del fondo original del valle se extiende una monótona llanura de color indefinible, entre el gris y el mostaza, formada por una pastosa mezcla de detritus humano y materiales diversos de desecho, que despide un olor nauseabundo y ha terminado por corroer todas las estructuras levantadas durante los años de su esplendor urbano.

“Hacia el atardecer, cuando planeábamos buscar un sitio menos hostil para acampar, avistamos en lontananza una figura humana que se desplazaba lentamente, como quien se hunde en el fango. Al aproximarnos encontramos a un ser famélico y desnudo, con apenas una raída boina sobre la pelada cabeza. Aunque hablaba de manera confusa, creímos entender que se llamaba Bolivariano Libertador y, en un largo y enrevesado discurso, salpicado reiterativamente por expresiones como orinocuapure, devolución, voy a darte lo tuyo, terminó relatando cómo otros de sus congéneres habían logrado sobrevivir al desastre y, en un remedo de su vida anterior, vagaban en círculo por las montañas intercambiándose una y otra vez las mismas inútiles baratijas.”

 

El primer choque en Caracas – El Universal – 12 de Julio 1913

Caracas, la ciudad herida por Martin Caparros – El País – 28 de Enero 2019

Se podría decir que es un enclave en guerra, salvo que no hay guerra. Pero esta no es solo la capital de la Venezuela de Nicolás Maduro, autoproclamado en el poder hasta 2025. Esta es la Caracas de Usleidi, de Alber y de doña Paca. Esta es su conmovedora historia y el relato sobre muchos otros habitantes de una urbe que luchan por sobrevivir a los estragos del modelo chavista. Primer capítulo de una serie en la que el cronista Martín Caparrós toma el pulso a grandes ciudades de Latinoamérica.

AVÍSAME QUE LLEGAS.

—Avísame que llegas.

 

—Descuida, yo te aviso.

“En cuanto a la heroica y desdichada Venezuela, sus acontecimientos han sido tan rápidos y sus devastaciones tales, que casi la han reducido a una absoluta indigencia y a una soledad espantosa, no obstante que era uno de los más bellos países de cuantos hacían el orgullo de la América”, escribió, fugitivo en Jamaica, 1815, con prosa tremebunda, el señor Simón Bolívar, al que ahora llaman su libertador.

—Pero acuérdate, avísame, que si no, no me duermo.

Me había dicho que bajara a las ocho en punto y la esperara del lado de adentro de las rejas, que ni se me ocurriera esperarla en la calle, y que ella iba a llegar en un carro chiquito y que se iba a parar justo enfrente de mi puerta y que cuando pusiera la intermitente —dijo la intermitente— recién entonces abriera la reja, salga, suba rápido. No preparábamos una operación ultrasecreta: me pasaba a buscar para ir a comer algo.

(Yo llevaba menos de una hora en la ciudad; consiguió impresionarme. Después le pregunté si no estaba un poco paranoica y me dijo paranoica tu abuela. Entonces le pregunté si no habría que decir, más bien, paranoica tu ciudad; me miró triste.)

El periodismo siempre —se— engaña cuando cuenta un lugar, porque cuenta del lugar lo extraordinario. No sabe —no sabríamos— contar los millones de vidas, de cruces, de gestos menores que arman cualquier espacio. Pensamos Caracas y pensamos —con razón— en hambre, oscuridad, partidas, la violencia. Pero no pensamos en Usleidi, que hoy se enteró de que no se había quedado embarazada, ni en Alber, que consiguió trabajo en un quiosco, ni en doña Paca, que volvió a ver a su hijo después de tanto tiempo.

Nos quedamos con la imagen gruesa —la confusión, la lucha— porque es cierta y, sobre todo, porque conviene a todos. A los periodistas porque nos deja historias atractivas; a los políticos porque les sirve decir que lo que pasa en Venezuela es socialismo. Le sirve al jefecito local porque justifica su desastre —“nos bloquean por socialistas”—, y a las varias derechas del mundo porque les arma su espantajo —“la izquierda nos va a llevar a Venezuela”. No es, pero a nadie le importa.

Así que así: Venezuela es el terror contemporáneo, nos lo machacan como tal. Yo, siempre impresionable, esperaba Berlín 45, Beirut 82, Bagdad 03 y me encontré Caracas, que tampoco es eso.

Es Caracas a fin del 18.

Caracas es una de las ciudades más violentas del mundo. Cada año, una de cada mil personas muere asesinada. Hay más asesinatos en Caracas en dos días que en Madrid en un año

El restorán estaba muy vacío; eran las nueve y cerraba a las diez porque más tarde los empleados no tenían transporte para volver a casa. Las calles, después, también vacías, muy oscuras. Son las diez y cuarto de la noche; cualquier sombra que se mueve nos asusta.

—Avísame que llegas.

La civilización es descuidarse. Hay quienes dicen que todo empezó cuando una mujer y un hombre se sintieron protegidos por el grupo, por la cueva, por todo ese calor alrededor y se atrevieron a fornicarse cara a cara: a dejar atrás esa postura atenta que les permitía vigilar si venía algo, alguien, el ataque que fuera. Cuando se permitieron olvidarse del mundo alrededor, encerrarse en su placer y su deseo: dejar la paranoia, descuidarse.

—Descuida, yo te aviso.

A veces no se puede.

Entonces muchos empiezan a hacerse preguntas. O, mejor: la misma pregunta, repetida, urgente.


—¡Nos fajamos, nos fajamos! ¡Vamos, síguelo, síguelo, vamo’ ahí, bien, bien, bien, síguelo, no lo sueltes!

Los gritos del entrenador ponen el ritmo, y 20 niñas, niños, muchachitos ensayan puñetazos. Tuncho tiene seis años pero la cara tan resuelta: los ojos fijos, los labios en trompita, el resoplo que acompaña cada golpe a la bolsa. Mavi, en cambio, nueve, le pega como si la quisiera, la acaricia. Y alrededor tres bolsas más y el ring en un costado y la pared descascarada y el resto de los chicos. Se reparten pocos pares de guantes; los que no tienen hacen sombra, cuerda, abdominales.

—¡Vamos, síguelo, síguelo, vamo’ ahí, bien, bien, bien, síguelo!

La Escuela de Box Jairo Ruza es un cuarto de 10 por 5 en uno de los lugares más violentos de una de las ciudades más violentas del mundo. Cada año, en Caracas, una de cada mil personas muere asesinada. O, dicho de otro modo: hay más asesinatos en Caracas en dos días que en Madrid en un año. La escuela está en un barrio de invasión que cuelga de unos cerros: escaleras angostas y sinuosas entre casas mal terminadas de ladrillos mezclados, techos de lata, rejas oxidadas, cables, la basura: por todas partes la basura, y el miedo, también, por todas partes. Al subir nos cruzamos a un hombre flaco que arrastra a los tumbos un sofá escalones abajo.

—¿Qué, te botaron de la casa?

Le dijo Danilo, y el hombre sonrió por compromiso. Danilo tiene cuarenta y tantos, el cuerpo sólido, la barba entrecana; no parece que se ría a menudo.

—Quién sabe si no lo está robando. Este barrio es candela.

Danilo solía manejar una camioneta de pasajeros; ahora es el chofer de un empresario que se pasó tres años preso bajo Chávez y es, entre otras cosas, el sponsor de la escuela de boxeo. La escuela está en la mitad de la ladera: miles de ranchos más arriba, miles más abajo. Danilo me cuenta que ahí enfrente levantó su casa y crio a sus hijos. Le pregunto cuántos tiene y me dice que varios. Le insisto:

—¿Cuántos?

—Como seis.

Me dice, y otra vez me río: ¿qué, no está muy claro? Imagino descuidos caribeños, pero Danilo sigue serio y me dice que sí, que tiene seis ahorita, que tenía siete pero ahora tiene seis.

—A Luis me lo mataron. Lo confundieron con un primo que también se llamaba Luis, que lo andaban buscando. Así, en la calle, esos malandros lo vieron a mi hijo y lo llamaron, Luis, Luis, y él se dio vuelta, así me lo mataron.

Niños boxean en turno de mañana del gimnasio Jairo Ruza.
Niños boxean en turno de mañana del gimnasio Jairo Ruza. ANDREA HERNÁNDEZ

Luis tenía 19 años; poco antes le había dicho a su papá que quería irse de ese barrio porque sus primos andaban en problemas. Ya había peleado 52 combates; su entrenador decía que tenía un futuro.

—Cuando me dieron esa noticia a mí prácticamente como que me arrancaron el alma de adentro.

—Y no pensó en vengarse…

—Pensé, sí. Claro que pensé. Pero entendí que no hay que hacer eso, que así se arma esta cadena de que uno mata a otro y entonces lo matan y otro va y lo mata al que lo mató y por eso ahorita estamos como estamos. Hay que dejarle todo a la ley y a la mano de Dios.

—¿Y funciona?

Danilo me mira sin palabras.

Poco después la policía mató al primo. Al otro año Danilo y su familia intentaron impedir que una banda impusiera sus reglas en el “barrio”; en caraqueño, barrio significa eso que cada castellano dice a su manera: villa miseria, población, callampa, cantegril, chabola. El barrio José Félix Ribas —el José Félix— es, dicen, además, el más denso del continente: 120.000 personas amontonadas en un kilómetro cuadrado de montaña. Danilo y los suyos emprendieron sin armas esa pelea desigual; varias veces les balearon la casa.

—Ahí me mataron a mi papá. Eran unos muchachos que se criaron con nosotros. Ellos querían ser dueños de la zona y nosotros, la familia mía, tratamos de pararlos y nos mataron al papá. Ahora dos están muertos, los demás están presos; no quedó más ninguno.

El problema es que siempre hay otros, me dice Danilo, y que utilizan para sus cosas a los niños.

—Por ejemplo, le dicen llévame este paquete a lo de Iris y el niño no sabe que en el paquete hay droga y se lo lleva. Por eso queremos que no estén en la calle. Lo que pasa es que la calle es como un vicio, como el alcohol, así: usted quiere dejarlo pero vuelve. Magínese la tentación: con lo difícil que está ganarse unos reales, y en la calle se hacen fácil, parece fácil. Por eso mejor si les enseñamos de niñitos…

En la escuela los chicos van terminando la lección: reconcentrados, serios, cada salto es un compromiso, cada golpe. En el piso de abajo dos mujeres preparan los almuerzos. Hay arepas, salchichas, unas papas: muchos van por el box, todos por la comida.

—Ahorita estamos más tranquilos. Desde que pusimos la escuela, acá nadie jode porque están los chicos. Pero además ahora el pran declaró zona de paz, así que estos meses estamos bien, en calma.

Me explica Danilo. Pran es una palabra casi nueva: dicen que viene de las cárceles, donde el pran es el jefe de los presos. Y ahora muchas zonas, barrios, pueblos tienen su pran: el que impone su ley, el capomafia.

—¿Cómo se hace para volverse pran?

—Bueno, es una persona que haya matado gente, que haya estado en la cárcel, que todos lo sigan. Y entonces mandan en su zona, y al que hace cosas, que roba, que mata sin su orden, van y lo castigan.

Aquí el pran local es un jovencito despiadado que llaman Wileisi, y la declaración de zona de paz es un arreglo con la policía: yo les mantengo el barrio en calma, ustedes no me joden los negocios.

—El pran comanda a mucha gente que anda por ahí poniendo orden. Pongamos que haya un problema en la cola del gas; entonces llegan ellos con sus pistolas, qué pasa, se acabó la broma.

Son formas nuevas del poder popular. Hay otras: ella se llama algo así como Wisneidi pero le dicen Güigüi; tiene siete años, una llave de plástico colgada del cuello y un par de ideas muy claras:

—A las mujeres también nos gusta el deporte. A veces por ahí por la calle alguno me dice que por qué estoy metida en esto del boxeo, que es para varones. Y yo le digo que esto no es pa’ marimachos sino también pa’ las hembras, que aprendan a defenderse.

—Qué bueno. ¿Y de dónde sacaste esas ideas?

—De la mente.

Me dice Güigüi como si no entendiera qué es lo que no entiendo. La sesión se acaba y el entrenador les dice que ya pueden irse:

—¡Rompan filas!

Les grita Pedri. Pedri tiene 17 años, trabaja seis horas por día en una panadería y le pagan 50 millones de bolívares fuertes —500 soberanos, dólar y medio— por semana.

“Nosotros somos el ejemplo de esa gente que no pierde la esperanza”, me dice Enrique, un señor sesentón. El partido es un clásico: Leones de Caracas contra Tiburones de La Guaira

—¡De frente al futuro!

Le contestan a coro 20 chicos.


Caracas fue, varias veces, la ciudad más rica de Sudamérica: una donde el dinero brotaba tan fácil de los pozos que era fácil gastarlo a manos llenas en grandes rascacielos comerciales, en grandes construcciones sociales, según los tiempos y los vientos. Caracas sigue siendo la mayor exposición sudaca de arquitectura brutalista de los sesentas y setentas: mucho cemento crudo, mucho ángulo recto y perfiles feroces. Y después, compitiendo con ellos por el espacio ciudadano, las torres obvias ñoñas de metal y cristal de los ochentas y noventas. Y todo alrededor montañas verdes.

No hay capital en el mundo —creo que no hay capital en el mundo— que tenga tanto verde. La belleza de un valle entre montañas tropicales: el cielo como un rayo, los árboles sin mengua, el viento suave. Pero esos edificios y parques y autopistas de los años prósperos que se fueron gastando, comidos por el calor y las tormentas.

En Caracas casi nada funciona: las luces de las calles, por ejemplo. Aquí las noches son noches de otros tiempos, cuando el sol caía y cada calle era una trampa oscura. Después las ciudades trataron de simular que el sol nunca se pone, que la luz no depende de esas tonterías. Aquí, ahora, la noche es otra vez la noche.

Y la cuenta fundamental es simple: en 2013 Venezuela producía tres millones de barriles por día a 100 dólares el barril; ahora produce poco más de un millón a menos de 60. Cuando se murió Chávez ingresaba unos 300 millones de petrodólares diarios; ahora, cinco veces menos.

Noches calladas, quietas de Caracas. Fantasmas en la calle, los silencios: la mezcla de escasez y miedo es imbatible. Caracas ha cambiado tanto y, en los últimos años, ha cambiado tanto las vidas de sus habitantes. Caracas, por momentos, se diría una ciudad en guerra —solo que no hay guerra. Algunos lo escriben Carakistán, otros Caraquistán, otros incluso Caracastán, pero la idea no cambia: un sitio que se ha vuelto extraño, una manera del derrumbe.


El sol se esfuerza y no lo necesita; gritos de vendedores, calor, olor de fritos, personas que se encuentran: van llegando de a poco, saludan, se acomodan. El partido está por empezar y un músico famoso toca en su saxo el himno nacional. El micrófono falla, el himno se oye a trozos. Un ayudante se acerca, lo trata de arreglar, no consigue gran cosa. El público aplaude como si.

—Nosotros somos el ejemplo de esa gente que no pierde la esperanza.

Me dice Enrique, un señor sesentón con su cara atildada. El partido es un clásico: los Leones de Caracas contra los Tiburones de La Guaira, vecinos y enemigos. En las tribunas hay hombres y mujeres: ellos con las camisas de su equipo, ellas con cualquier cosa que se les pegue al cuerpo, todos con sus gorras. Allá abajo el partido empieza lento; aquí arriba no parecen tan interesados, discuten con pereza tropical y toman su cerveza: cantidades industriales de cerveza. De pronto, una vez cada tanto, algo sucede y se distraen, miran el campo, ven correr a un muchacho, lo corean.

—Mire, llevamos años sin ganar un campeonato. Treinta y tres años, desde antes de todo. Aquella vez se lo ganamos a estos mismos caraqueños, acá mismo, y acá estábamos, este y yo, sentados tomando unas cervezas, disfrutando. Y desde entonces.

Mejillón posa en las gradas del estadio de la Universidad Central de Venezuela durante el partido de béisbol entre los Tiburones y los Leones.
Mejillón posa en las gradas del estadio de la Universidad Central de Venezuela durante el partido de béisbol entre los Tiburones y los Leones. ANDREA HERNÁNDEZ

—¿Siguen disfrutando?

—Bueno, cómo decirle.

El béisbol es un deporte curioso donde el protagonista es un muchacho corpulento con pijama, uno que se ha levantado un poco tarde: el anti-Cristiano, el auténtico atleta sin alardes. Un deporte inverso a los demás: aquí el trabajo de los jugadores no consiste en tener la pelota y hacer algo con ella, sino en alejarla a palazos y correr mientras no vuelva. A veces puede ser emocionante; muchas, no. En las tribunas las vendedoras de cerveza saben servir tres botellas en tres vasos con una sola mano al mismo tiempo.

—Esto es un oasis. Acá hay gente de todas las clases, de todas las ideas, y no pasa nada.

—¿Y por qué ahí afuera no es así?

—Bueno, vaya a saber.

Los jugadores juegan, los fans beben y bailan, las tribunas están llenas a medias: antes, me dicen, un partido como este era un lleno completo. Aquí, en toda conversación, siempre hay un antes. Ahora la banda de La Guaira —“la Samba”— redobla los tambores y el locutor pide entusiasmo:

—¡¿Y adónde están los Tiburones?!

Algunos le contestan a los gritos, pero esto es una fiesta, tan lejos de ese drama que es el fútbol —o la vida. Es, parece, una buena excusa para saltar, gritar, reírse un rato. Lógicamente, el juego va ganando en intensidad a medida que avanza: no es lo mismo verlo con dos o tres cervezas que con siete —y además a veces pasan cosas. Entonces, cuando los Tiburones consiguen su corrida, mis vecinos de silla se chocan las manos y los puños: lo llaman “un puñito” y es la manera de decir lo conseguimos, broder, lo conseguimos juntos. Más tarde, cuando los Leones consigan seis o siete y su equipo se arruine, me dirán la frase acostumbrada:

—Sí, otra vez, qué quiere. Hoy los Tiburones jugaron como nunca y perdieron como siempre.

Yo quería invitarlos a cervezas pero no tengo plata. O, mejor: tengo pero no puedo usarla. En estos días en Venezuela no hay billetes: el nuevo bolívar, lanzado en agosto de 2018 para sacarle cinco ceros a la moneda anterior —un “bolívar soberano” equivale a 100.000 “bolívares fuertes”—, ya quedó débil, y su mayor billete es de 500, que hoy es poco más de un euro. Con una inflación del tres por ciento diaria, dos millones por ciento anual, no hay billete que aguante: en meses pasan a valer nada. Así que casi no hay efectivo y no puedo cambiar mis dólares por moneda local; tampoco puedo pagar con mi tarjeta forastera. La única opción sería usar lo que usan todos los que pueden: una tarjeta bancaria para pagar por transferencia cualquier compra, una cerveza, medio kilo de pan, la comida de la semana, un par de calcetines. Pero, por supuesto, no tengo una tarjeta bancaria venezolana, así que no tengo plata ni forma de tenerla: si quiero tomar un café o un transporte, tengo que conseguir alguien que me lo pague. He vuelto a ser un niño, y es extraño.

La llaman, por ejemplo, la hipersupermegainflación —y andan buscando más prefijos. Por suerte tampoco hay mucho que comprar. El muchacho del supermercado es grasiosito:

—¿Mantequilla? Eso no lo vas a ver ni en propagandas.

—¿Y huevos?

—¿Huevos? ¿Qué quiere decir huevos?

Hay momentos en que el humor es la mejor manera; hay otros en que no.

Deben tener 60, quizá 65; se los ve bien vestidos, bien mantenidos, casi prósperos. Él en su polo con un logo, ella en sus uñas manicuras y su peinado de peluquería; quizá se quieren todavía, quizá no se soportan; lo cierto es que ahora se miran con fastidio, se susurran para no gritar, discuten bajo para que no se note. La cajera del supermercado espera y él resopla, ella le dice que para no pasarse de 5.000 soberanos tienen que dejar esa botella de vodka y él que no, que dejen esas papas y ese jabón y esas cebollas que para qué las quieren, y ella que quiere decirle cosas que no quiere decirle y él que bufa; al final ella le dice que un momento, rebusca en su cartera, encuentra 300 soberanos en billetes y le dice que menos mal aparecieron, que se lleven el vodka y el jabón y dejen la verdura, que ya verán qué hacen con la cena, y él le dice que bueno, que al fin entró en razones y ella lo mira sin saber qué decir; después me mira a mí, alza las cejas, la vergüenza. Al cambio de hoy, 300 soberanos no llegan a un euro.

Meses atrás su vida era un infierno, dice el señor Tomás. Todas las noches se despertaba a las dos, se lavaba la cara si había agua, desayunaba si había algo, se sentaba a rezarle a sus vírgenes

(Pero eso fue a principios de diciembre, cuando estuve allí. El 15 de enero, al cierre de este artículo, un euro cuesta más de 3.400 soberanos. Es muy difícil dar equivalencias; tanto más, vivir con esos números cambiantes, fugitivos.)

Hace un par de años el problema de la comida era que no había. Ahora hay, para los que pueden pagarla a precios dólar; para los otros hay muy poca. El año pasado 6 de cada 10 venezolanos perdieron un promedio de 10 kilos —10 kilos de su carne— por falta de recursos.

Amanece: huelo a través de mi ventana que alguien fríe unos huevos y me hago todas las preguntas. Qué fácil llegan la envidia, la sospecha.


—Sí, por desgracia sigo así. Nunca puedo comer todo lo que quiero.

El señor Tomás tiene esos dedos como ramas que se les van haciendo a los más viejos; tiene los ojos a punto de nublados, un temblor en las manos. Hace unos meses el señor se hizo famoso, con esa fama breve de los medios. En las pantallas aparecía lloroso, la voz rota:

—A veces como una vez al día, a veces me acuesto sin comer…

Dijo, y lloraba, y que en los días que le quedaran de vida esperaba no morirse de hambre. La nota de NTN24 sobre las pensiones insuficientes se volvió viral: el señor Tomás llegó mucho más lejos que lo que había previsto.

—Empecé a recibir llamadas de todas partes del mundo, gente que me quería ayudar, o por lo menos felicitarme o saludarme, y hay varios que me siguen llamando, me mandan cosas, comida, mis remedios. Yo estaba muy decaído y ellos me levantaron el espíritu y el alma.

El señor Tomás tiene 86 años y lo repite con orgullo; también tiene recuerdos de una vida mejor, su llegada a Caracas jovencito, sus años de comercio exitoso, su familia. Y ahora, su piso pequeño atiborrado, su batallón de vírgenes, santos, cruces en la pared, sobre su cama estrecha.

—Yo viví una vida bastante positiva. Muy buena, muy buena; hice dinero, trabajé, atendí a mi familia. Lo que todos queremos, yo lo hice. Después no sé qué nos pasó.

Su mujer murió joven, sus hijos se esparcieron, su hermano también se fue, la economía venezolana patinaba: a sus 65 empezó a sobrevivir, y desde entonces.

Tomás Sandoval posa en su apartamento en el Valle.
Tomás Sandoval posa en su apartamento en el Valle. ANDREA HERNÁNDEZ

—Ahora todos los días cuando me levanto me pregunto qué voy a hacer, dónde voy a conseguir la comida, que ojalá no tenga que ver a ningún médico. Yo ya no tengo fuerza. Yo no quiero terminar así mi vida.

El señor Tomás cobra una pensión igual al sueldo mínimo: son 1.800 bolívares soberanos, y un pollo, me dice, está a 600 el kilo y los huevos —“la comida del pobre”— a 800 el cartón de 30.

—Y para cobrar esa pensión de miseria tengo que tener un carnet de la patria. Eso no lo puedo permitir yo, como venezolano. Señor Maduro, usted no me está regalando nada; mi pensión me la gané yo con mi trabajo, mis impuestos. Tampoco quiero que me den sus cajas CLAP, sus limosnas para que no me muera de hambre.

La caja CLAP —Comité Local de Abastecimiento y Producción— es un paquete de comida que el Gobierno entrega a los necesitados. Una que vi tenía harina y leche en polvo importados de México, frijoles y aceite de Argentina, arroz de Brasil, kétchup del Perú y fideos de algún lugar indescifrable: la caja CLAP es un canto a la unidad latinoamericana o un testimonio bruto de la incapacidad de Venezuela para producir sus propios alimentos, el castigo de un país que creyó que le alcanzaba con cosechar petróleo. El testimonio de un fracaso o de un fraude: dicen que hay amigos del Gobierno que han hecho fortunas con las importaciones de esas comidas de socorro.

—A mí esas dádivas me ofenden. Yo trabajé toda mi vida; no quiero vivir así, a merced del Estado. Y ese carnet es otro abuso. Te dicen o estás conmigo o te mueres. Yo no quiero ninguna de las dos.

El carnet de la patria es una tarjeta de identidad —su foto, sus datos, su código QR— que lanzó el Gobierno en 2017 y que sirve, en principio, para acceder a los repartos oficiales: cajas CLAP, remedios, las pensiones.

—No señor, no los quiero. Pero lo peor es que todos se van. Todos, los mejores. La juventud nuestra se nos va, en cuanto pueden se nos van. Así no va a quedar más nada.

Meses atrás su vida era un infierno, dice: que de verdad desesperaba. Todas las noches se despertaba a las dos, se lavaba la cara si había agua, desayunaba si había algo, se sentaba a rezarle a sus vírgenes durante tres o cuatro horas. Hasta que la santa madre de Dios, me explica, oyó sus ruegos:

—Esa entrevista que me hizo ese canal no vino sola; vino por la ayuda de ella, que nunca deja de cuidarme. Viendo las condiciones críticas que yo tenía me dio esta luz para que siga viviendo. Y yo le doy las gracias, y si ustedes están aquí ahora es por su santa intercesión.

Me dice y se persigna. Yo nunca, hasta ahora, había sido un milagro: intento disfrutarlo, no sé si lo consigo.

—Todos los días le pido a la Virgen que se vayan estos directores, que se vaya Maduro, que se vaya Cabello, y no me cansaré de pedírselo, ya tienen que llegar. Dios no nos puede fallar a los venezolanos. ¿O será que tanto lo ofendimos?


Somos privilegiados: abrir un grifo y tener agua, apretar un botón y tener luz, entrar a una farmacia y obtener un remedio, salir a la calle y llegar a algún sitio. La humanidad tardó milenios en lograrlo —y ahora, tan breves de memoria, nos parece la vida natural.

(Vivo, estos días, en un apartamento de un barrio acomodado del Este de Caracas, así que tengo, en el lavadero, un tanque de agua. O sea que durante la media hora al día en que mi edificio debería recibir agua mi tanque la recoge —si llega— y yo puedo usarla cuando quiero. Es un privilegio: muchos, sin tanque, deben organizar sus vidas alrededor de los horarios —siempre inciertos— del agua. Entonces para lavarme las manos debo subir al lavadero, encender la bomba del tanque, esperar que cargue, bajar al baño, abrir el grifo, esperar que llegue el agua, lavarme, cerrarlo, subir al lavadero, apagar la bomba: una operación de unos cinco minutos para hacer eso que, en nuestras casas, tarda medio.)

Elisabeth Torres, guardiana de la capilla Santo Hugo Chávez.
Elisabeth Torres, guardiana de la capilla Santo Hugo Chávez. ANDREA HERNÁNDEZ

El lujo más antiguo es manejar tu tiempo —y lo olvidamos. Siempre fue: durante milenios los que podían pagaban o poseían personas que lo hacían por ellos. Después construimos infraestructuras y máquinas que lo hacen por nosotros: desde una conducción de agua que nos evita ir hasta el pozo hasta una conexión rápida a Internet que nos evita pasarnos un minuto esperando que baje una foto. En los países pobres, en los países en crisis, esos esfuerzos y esas esperas vuelven, y recuerdas que tu vida es puro lujo.

(Pero ya conseguí tener plata. La solución fue casi simple, retorcida: le di dólares a una amiga —llamémosla Valeria Zapata— y ella se los dio a su dealer y su dealer le transfirió bolívares a su cuenta de banco y ella, entonces, me prestó su tarjeta de débito cargada con los bolívares provenientes de mis dólares. Así que podré pagar mis propios cafés, mis taxis, mis comidas, siempre que nadie quiera saber por qué me llamo Valeria. No lo harán, por supuesto: no pregunte, no cuente, no deje que le cuenten —decían los cubanos en sus tiempos.)


Elisabeth tiene 54 años, un marido, seis hijos, varios nietos. Aquella noche, hace ya tanto, se despertó sobresaltada. En la calle había ruidos, voces, pasos; miró, con miedo: vio soldados con la cara pintada, las armas en la mano. Salió al zaguán; uno de ellos le dijo que estaban peleando por el pueblo y ella les preparó café. Las dos tazas pasaron de mano en mano hasta llegar al muchachón que los mandaba; él las probó antes de dejar que ellos las tomaran, por si acaso. Más tarde, por la tele, la señora sabría que se llamaba Chávez, que era teniente coronel, que su motín había fallado. Pero ella no lo olvidaría, dice: que esa noche le cambió la vida para siempre.

—Yo ahí comencé a seguir sus campañas, todo lo que hacía. Yo tengo la dicha de tener un nieto que nació el 28 de julio…

La miro, no entiendo, me explica que es el día del cumpleaños del comandante y que el chico nació con problemas, pero que Chávez le mandó todo lo que necesitaba: operaciones, remedios, leches, fórmulas.

—Entonces, ¿cómo olvidar a ese gigante, a ese hombre tan hermoso, tan dado con su pueblo como fue mi comandante Hugo Chávez?

Dice, y se emociona y llora. Elisabeth tiene una camiseta de colores, un bluyín muy lavado un poco roto, algunos dientes, y se ocupa de la capilla Santo Hugo Chávez. La capilla es un quiosco de cemento pintado de azul, techo de chapa, sus retratos del comandante y muchas vírgenes, cristos, angelitos diversos. Pasa un chico y la saluda y le pide su bendición: su bendición, por favor, Abuela Golda.

—¿Y ustedes le pueden pedir cosas?

—Sí, uno habla con mi comandante y le pide, porque podemos estar cien por ciento seguros que él se encuentra a la diestra de Dios Padre. Uno por ejemplo le pide que ayude a alguien, como a esta muchacha…

Dice, y me cuenta la historia de una enfermera que tuvo un accidente de tránsito y le dijeron que no volvería a caminar y le rezó mucho y le decía Chávez ayúdame yo quiero caminar yo cómo hago esta revolución desde la cama, y que ella se aferró tanto al comandante que un día se levantó y empezó a caminar y después se lo agradeció con una placa en la capilla, me dice Elisabeth. Después me muestra la imagen del Cristo de la Grieta: es el Cristo al que Chávez en sus últimos días le pidió unos días más: “Dame tu corona Cristo, dámela, que yo sangro, dame tu cruz, cien cruces, pero dame vida, porque todavía me quedan cosas por hacer por este pueblo y por esta patria, no me lleves todavía…”, dijo Chávez entonces, llorando, conmovido, y ahora Elisabeth llora al recordarlo, retoma la plegaria, dice que ahora son ellos los que deben cumplir con su legado.

—¿Qué es lo mejor que hizo Chávez por su pueblo?

—Dar su vida. Dar su vida por su pueblo. Pasarán más de mil años, muchos más, para que tengamos otra vez otro Chávez.

Dice, abolerada, y me da un gajito de una planta de incienso del santuario. Cien metros más allá está el Cuartel de la Montaña, donde lo enterraron.

—Cuando el comandante parte físicamente le construyeron este monumento en unos días, aunque todavía estamos trabajando en su reposo.

Me explica una mujer con uniforme, guía del cuartel. Los restos de Hugo Chávez están en un patio cuartelero recubierto de mármol; alrededor de su catafalco hay cuatro soldados vestidos de soldados de Bolívar, inmóviles, marmóreos, y más alrededor hay banderas y escudos, caras de próceres, vírgenes y santos; más allá, la ciudad y los cerros. La guía habla de su partida, de su cuerpo sembrado, de su sacrificio inolvidable por su pueblo; en media hora de cháchara no pronuncia ninguna variante de la palabra muerte.

Lo que no se puede decir, dijo el vienés, hay que callarlo.


—¿Ves que aquí es fácil ser feliz?

Me dice Andrea, la fotógrafa, porque acabo de pagar, por primera vez, un café con mi tarjeta de débito y me siento todopoderoso.

Marisol Basó sentada en un bando en el jardín de su casa en Caracas.
Marisol Basó sentada en un bando en el jardín de su casa en Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ

—Uno aprende a disfrutar de esos pequeños triunfos. O, por lo menos, a darles importancia.

Caracas me sume en una especie de austeridad ecololó monástica: recuperar la noción del valor de las cosas. Usar, digamos, menos papel higiénico porque cada hojita importa y quién sabe cuándo voy a tener más; usar, por supuesto, menos agua porque hay tan poca agua; usar, faltaba más, de otra manera el tiempo. Entender que realmente despilfarramos tanto; entender que no lo precisamos; entender que muchos otros sí, desesperadamente.

No te preguntan cuánto vas a poner; a nadie se le ocurriría contestar 10 litros, 20, 30. Te llenan el tanque sin decirte nada, porque un litro de gasolina cuesta un bolívar fuerte, o sea: 50 litros cuestan 50 bolívares fuertes, o sea: 0,00005 bolívares soberanos. Es decir que con un soberano se podrían llenar 2.000 tanques; con un dólar —que hoy, aquí, vale 400 soberanos— se podrían llenar los tanques de 800.000 coches. Va de nuevo: con un dólar se podrían colmar de gasolina 800.000 coches.

El problema es pagarlo. Ahora Andrea le da al bombero —el empleado de la gasolinera— tres soberanos: son el equivalente de 300.000 bolívares fuertes para pagar un gasto de 50. La propina sería generosa si no fuera otra entelequia: esos tres soberanos tampoco sirven para nada.

—Yo ayer cuando cargué le dí un bolígrafo. El bombero estaba contento, me lo agradeció.

Me contó después un amigo.

—Bueno, yo cuando lleno la moto a veces le doy un cigarro, dos.

Me explicó otro. Como quien dice que las cosas no tienen valor, solo tienen un precio.

Son las lecciones de Caracas. Y que los grandes servicios públicos a los que estamos acostumbrados tienen, entre otros, un efecto igualador: todos acceden a esos suministros básicos. O, mejor: la penuria es injusta —y aquí se ve muy claro. No hay agua, pero los ricos pueden instalar un tanque en sus casas y recogerla cuando llega y usarla cuando quieren; no hay luz, pero los ricos pueden comprar y alimentar grupos electrógenos; no hay comida a los precios controlados, pero los ricos pueden comprarla en los supermercados donde se vende a cualquier precio. O, incluso, en otros sitios.


La señora Marisol no compra casi nada en Venezuela; todo lo que no sea fresco lo encarga por Internet en Estados Unidos: leche, azúcar, harina, mermeladas, arroz, fideos, bombillos, detergentes, mangueras, clavos, trapos. Y para el resto usa su huerto, sus gallinas y sus bachaqueros —o proveedores informales. En el medio de su jardín hay una casita, modelo a escala de la principal:

—Era una casa de muñecas que les hicimos a las niñas, se pasaban las horas y las horas jugando ahí adentro.

—¿Y ahora?

—No, ahora la usamos para almacenar comida.

La señora Marisol está a punto de cumplir 80 años y se mueve con soltura y elegancia, la sonrisa en los labios muy de rojo; desde las grandes galerías de su casa en lo alto se ve todo Caracas, casi todo su cielo. La señora viene de una familia que viene, a su vez, de la Colonia. Su padre fue ministro y tuvo que irse de Venezuela varias veces, vaivén de los Gobiernos: la familia pasó unos años en Los Ángeles, otros en Madrid.

—Nos llevábamos los carros en el barco, los perros, los equipajes… Antes todo era como cómodo.

Antes la señora viajó mucho, y todavía: en los salones de su casa hay muebles chinos, indios, coreanos, españoles, keniatas, japoneses.

—Yo conozco el mundo entero. Antes lo hacíamos con mi marido, ahora lo sigo haciendo con mis hijos. Ahora nos vamos a Corea y Japón a celebrar mis 80 años…

—¿Su vida cotidiana cambió, estos últimos años?

—Sí. Yo soy una viuda de las de antes, yo no brinco. Pero igual me habría gustado seguir yendo al club, al cine, y no salgo porque me da miedo. Yo no tengo chofer. Tengo un carro blindado, pero… mientras esté adentro. Me da miedo salir, ya no salgo. Voy a las casas de mis hijas, que están aquí mismo, en la urbanización.

Su otra hija está en Nueva York; de sus nueve nietos, siete viven en Estados Unidos, y el octavo está a punto de irse. Le quedará, por algún tiempo, uno.

—Casi todos tienen pasaporte americano. Para irte bien tienes que tener otra nacionalidad; si no, vas a tener que ir para Sudamérica, donde vas a estar como un paria. Si quieres ir a Estados Unidos, a Europa, necesitas tener un pasaporte.

La señora, además, convirtió su piscina en un tanque de agua: lo han hecho en muchas casas ricas. Y ahora varios de sus vecinos son miembros enriquecidos del Gobierno o sus parientes o sus socios.

—Mientras ellos sigan gobernando no se va a arreglar nada. Algunos dicen que hay que castigarlos; yo digo que no. Yo me ofrezco a llevarlos con mi carro al aeropuerto, les hacemos una despedida, los mandamos en primera y que se lleven todos sus reales, pero que se vayan. Así podemos arrancar a componer este país.

Las guacamayas van llegando con el atardecer, se anuncian a los gritos, se instalan en el jardín exuberante. El sol se pone sobre las montañas y la belleza es despiadada.


Caracas, la ciudad herida

The fallen metropolis: the collapse of Caracas, the jewel of Latin America by Tom Phillips – The Guardian – 18 de Diciembre 2018

Once a thriving, glamorous city, Venezuela’s capital is buckling under hyperinflation, crime and poverty

A young girl sits on a wall in a slum neighbourhood with a spoon in her mouth
 Slum dwellers are fleeing the country because of the lack of food, medicine and work.

Aportrait of Hugo Chávez and a Bolivarian battle cry greet visitors to the Boyacá viewpoint in the mountains north of Caracas. “It is our duty to find one thousand ways and more to give the people the life that they need!”

But as Venezuela buckles, Chávez’s pledge sounds increasingly hollow. Vandals have splashed paint into the comandante’s face and beneath him Venezuela’s capital is dying.

“A ghost town,” laments Omar Lugo, director of news website El Estímulo, during a night-time driving tour of a once-buzzing metropolis being eviscerated by the country’s collapse. “It pains me so much to see Caracas like this.”

A generation ago, Venezuela’s capital was one of Latin America’s most thriving, glamorous cities; an oil-fuelled, tree-lined cauldron of culture that guidebooks hailed as a mecca for foodies, night owls and art fans.

A view west across Caracas, which was once a buzzing metropolis
 A view west across Caracas, which was once a buzzing metropolis. Photograph: Tom Phillips

Its French-built metro – like its restaurants, galleries and museums – was the envy of the region. “Caracas was such a vibrant city … You truly felt, as we used to say around here, in the first world,” says Ana Teresa Torres, a Caraqueña author whose latest book is a diary of her home’s demise.

A country that performed a miracle in reverse – it’s just impossible to believe – Omar Lugo, director, El Estímulo news site

In 1998, as the setting for his election celebrations, Chávez chose the balcony of the Teresa Carreño, a spectacular, brutalist style cultural centre. Built during the 1970s oil boom and reminiscent of London’s Queen Elizabeth Hall, it has hosted stars such as Dizzy Gillespie, George Benson, Ray Charles and Luciano Pavarotti, and epitomised the country’s new ambition. “Venezuela is reborn,” Chávez declared.

Twenty years after that upbeat address, an economic cataclysm experts blame on ill-conceived socialist policiesstaggering corruption and the post-2014 slump in oil prices has given Caracas the air of a sinking ship.

Public services are collapsing, businesses closing and residents evacuating on buses or one of a dwindling number of flights still connecting their fallen metropolis to the rest of the world.

“It’s a feeling of historic frustration,” sighs Lugo as he steers through shadowy streets counting the apartments where the lights are still on. “A country that performed a miracle in reverse – it’s just impossible to believe.”

Abandoned apartments

Caracas’s crash has left no community unscarred, from its vast redbrick shantytowns to leafy middle- and upper-class areas such as La Florida.

Luis Saavedra, a former oil industry security consultant, said his 13-storey apartment block had lost more than half of its residents since Venezuela entered an economic and political tailspin after Nicolás Maduro took power following Chávez’s death in 2013.

Luis Saavedra holds keys to apartments and vehicles he now cares for in Caracas after their owners fled overseas
 Luis Saavedra, 65, holds the keys to the apartments and vehicles he now cares for in Caracas after their owners fled overseas to escape the crisis. Photograph: Tom Phillips

Fourteen of its 26 flats are now empty, their owners exiled to Spain, Portugal, Germany, Argentina and the US. The price of an 180 sq m home has plunged from $320,000 (£253,000) to $100,000 yet buyers are hard to find. In November, the building went 16 days without electricity.

“This populism – this so-called socialism – has finished off our country,” Saavedra, 65, complained as he showed the Guardian around one of five empty homes he now cares for. “It isn’t finishing the country off. It has finished it off.”

Inside the flat, cream sheets had been draped over sofas to shield them from dust. Abandoned family photographs offered hints of a life recently interrupted by Venezuela’s decline. “They couldn’t carry on living here. They’re in Porto,” Saavedra sighed. “Such a shame.”

Saavedra, whose two daughters live in Spain, said he was now reluctantly considering joining a historic exodus the UN says has swollen to 3 million – nearly 10% of Venezuela’s population or an entire pre-crisis Caracas – since 2015.

Soaring crime and the breakdown of a city where even those regarded as well-off now often live without water or power meant he saw few alternatives. “It’s astonishing. By 6 or 7pm you don’t see any more cars on the streets and by 8pm it’s completely deserted. This is a capital city that used to have a night life. Not anymore. Everyone’s holed up at home.”

Saavedra recalled returning from a recent trip to Miami to find Caracas’s international airport – once linked to Paris by six-hour Concorde flights – cloaked in darkness due to a power cut. “The people at customs couldn’t even inspect us because there was no light!” he scoffed. “We’ve stopped [in time], gone back 40 years and are heading back to the dark ages.”

Shrinking slums

When he took power in 1998 Chávez declared war on the “immense poverty” that blighted his homeland despite its vast oil wealth. But Caracas’ slum dwellers are now fleeing too, forced overseas by a lack of food, medicine and work, a collapsing public transport system and hyperinflation the International Monetary Fund fears will hit 10,000,000% in 2019.

Solangel Jaspe, the deputy head of a Catholic school in the deprived and notoriously violent Cota 905 neighbourhood, said she had begun the year with 909 students. “Today it is 829 and falling.”

Only that morning, the parents of nine children said they were dropping out: six because they were leaving the country – for Colombia, Chile and Peru – and the other three because they could no longer afford the fees or find transport.

Staff shed tears as they described seeing children turn up for class only to faint because they had not been fed. “They are the future of our country,” said William Orozco, a 57-year-old teacher at Paulo VI College. “It breaks my soul.”

A colleague, Luisa Valdéz, said many were being cared for by grandparents because their parents were seeking “better horizons” overseas. “I don’t have the words to explain what is going on,” said Valdéz, whose sons live in Ecuador and Argentina, gasping and covering her face to mask her grief. “It’s horrible. I’ve never lived through anything like it … It’s so hard. But we have to ask God for the strength to go on.”

Armando Martínez, a music teacher who lost 8kg last year because of the so-called “Maduro diet”, said staff were also struggling. “A litre of milk costs 280 soberanos (about 73 pence), a box of eggs is 1,000, a kilo of cheese 1,000. If I buy this, that’s my whole monthly salary.”

New clothes had become an unthinkable luxury, added Martínez, whose left sole was peeling off his shoe. “We look like down and outs. There are people eating rubbish,” he said. “This is no life for a child.”

Empty stomachs

The elderly have been hit too.

One recent lunchtime, pensioners came to a food bank in the eastern district of Chacao to collect supplies provided by the local council and members of the diaspora. Among them was Rosemarie Newton, a retired language teacher who had signed up because she could no longer afford to eat.

Rosemarie Newton, a former language teacher, has lost 14kg as a result of being reduced to eating one meal a day.
 Rosemarie Newton, a former language teacher, has lost 14kg as a result of being reduced to eating one meal a day. Photograph: Tom Phillips

“My dear, I feel so sad about this because I lived the good times in Venezuela … the money ran everywhere,” the 73-year-old said, recalling when her country had been known as Saudi Venezuela.

No more. Newton said her weight had fallen from 50kg to 36kg. “I was so skinny my friends couldn’t believe it … I was reduced from three meals to practically one meal a day.”

“Every day food is more expensive. Prices change from week to week. The expected inflation for next year is a million per cent,” Newton added, in fact underestimating official projections. “Just imagine that. A lot of people are going to simply die of hunger.”

Newton, whose father was a British economist, said she would not abandon Venezuela, the country of her birth, for the UK. “It’s the climate that makes me think twice,” she joked.

But political change was needed, fast. “The government has shown us that they cannot manage – everything has gotten out of hand,” Newton said. “The situation is unbearable.”

The decaying theatre

Even the Teresa Carreño, the once dazzling theatre where Chávez launched his Bolivarian revolution, has been laid low.

Former director Eva Ivanyi recalled it being conceived in the 1970s as South America’s answer to Milan’s La Scala. It symbolised the future. It signified civilisation. It signified Europe. It signified success,” she said. “It was like a step towards modernity – the future the country aspired to.”

Today the cultural complex has fallen into disrepair and neglect, and is used mostly for political galas singing the praises of a socialist party that has overseen Venezuela’s collapse. “What was the continent’s most notable cultural centre has become a platform for a bunch of swines and liars,” one Venezuelan journalist recently fumed.

Outside, the stairwell to the balcony where Chávez delivered his post-election address reeks of urine and has been defaced by taggers who have written “Fuck police”. In a squatted building over the street – once the HQ of Venezuela’s state-run airline, Viasa – special forces recently gunned down at least eight people, a reminder that Caracas has become one of the world’s deadliest cities.

Ivanyi said she believed the good times would one day return: “There are some things that you just can’t destroy.”

Teresa Carreño, a cultural centre
 Teresa Carreño, a cultural centre built during Venezuela’s 1970s oil boom, has fallen into disrepair. Photograph: Tom Phillips

But when might that day come? “Ah, I don’t know. When this government is over and we have someone who starts to think about restructuring the country,” she said.

“The day that the water, the electricity, the food distribution system – the basic things human beings need to exist – start to work better then we can start thinking about culture again. Right now, it’s clearly not a priority.”

Orozco, the teacher, took part in last year’s fruitless anti-government demonstrations and said his priority was to stay and fight for his pupils and country. He saw two possible solutions to Venezuela’s woes – international help and Maduro’s exit. “We want Maduro out because he has turned this country upside down.”

Torres, the author, imagined either the optimistic path of a political transition that brought some economic stability, or the realistic one of continued collapse, deprivation and, perhaps eventually, some kind of foreign intervention. “If nothing changes [Venezuela] could become the poorest country in the world,” she warned. Torres said she remained reluctant to abandon Caracas even though her children left for Canada a decade ago: “I belong to this country, for better or worse.”

But as the crisis worsened and “diplomatic pressure” from her offspring intensified she sensed the day of her exit was drawing nearer.

“It will be very painful, very difficult to go through with – but I suppose this is what will end up happening in the end,” she admitted.[Caracas] is a city that is dying, little by little.”

“Uno de los traumas actuales es cómo Caracas se nos ha ido haciendo más pequeña” por Elvira Palomo – El País – 14 de Diciembre 2018

El director de ‘La Familia’, que después de recorrer más de 50 festivales internacionales y cosechar 16 premios internacionales se presenta en España, se somete al carrusel de preguntas de este diario.

El cineasta venezolano Gustavo Rondón.
El cineasta venezolano Gustavo Rondón. KIKE PARA

Enamorado de Caracas, al cineasta venezolano Gustavo Rondón (Caracas, 1977), le duele ver cómo cada vez se le hace más difícil ver cómo esa gran ciudad, vibrante en sus años de juventud, ha ido perdiendo brillo y cada vez se le hace más pequeña por la situación en la que vive el país. Con los pies en la tierra y aferrado al suelo de su patria, Venezuela, ha construido el piso que le ha llevado a presentar con éxito su opera prima y asentar los cimientos “para lo que venga”. Ya tiene entre manos un proyecto que habla de la inmigración, pero no desde el punto de vista del que se va, sino del que regresa y el cambio de los vínculos a su vuelta. “Yo me considero un tipo muy caraqueño, que de alguna manera disfruté mi ciudad a plenitud y uno de los traumas actuales es cómo se nos ha ido haciendo más pequeña, se nos ha ido cerrando”. No sólo por la inseguridad, también por los que se van, explica en conversación con EL PAÍS. Caracas es la protagonista omnipresente de su opera prima La Familia, una película de desarraigo y violencia, de relaciones familiares y soledad  en un entorno hostil. La cinta, que ha sido seleccionada por Venezuela para competir como candidata al Oscar en la categoría de Mejor Película Extranjera y a los premios Goya de la Academia de Cine española, se presenta hoy en las salas de cine de España.

De pequeño quería ser…

Creo que por eso de los modelos familiares, quería ser odontólogo y mi mamá que es dentista me dijo ‘no’ y lo agradezco bastante. Y músico… todavía es algo que me mueve un montón, hace quince años que dejé de tocar pero… hace un gesto de nostalgia.

¿Con quién te gustaría quedarte atrapado en un ascensor?

Con Nuri Bilge Ceylan , un director turco que habla muy poco a ver qué podríamos hacer… hablar entre dos tipos que hablan muy poco. [Ríe]

¿Haya alguna película que le cambió la vida?

Paris Texas (1984) de Wim Wenders. Es una historia que trata los vínculos emocionales de una manera tan sutíl, tan elegante, que es algo que me gustaría explorar e intentar hacer.

¿Qué película le hubiera gustado hacer?

Muchas pero Valley of Love (2015), de un género que no suelo ver, con Gérard Depardieu e Isabelle Huppert… me encantaría haber hecho una película como esta. Pero hay muchas.

En lo profesional, ¿de qué te sientes más orgulloso?

De haber construido una carrera con solidez. Hice un montón de cortos, ahora la peli.. esta es consecuencia de algo que había construido antes. Y creo que también el hecho de ahora poder colaborar y ayudar a otra gente que viene más atrás.

¿Qué significan los premios?

Es un resultado de un camino de mucha honestidad, de mucho trabajo, no sólo mía, sino de un superequipo y de mucho rigor. De pronto te sirven para que te abran más la puerta, pero en realidad, las óperas primas son difíciles y, en verdad, el mundo no espera una película venezolana. No somos México, Argentina, Brasil… pero venimos creciendo en los últimos años.

¿El mejor consejo que te dio alguno de tus padres?

Trabajar con rigor y honestidad

¿La última vez que lloró?

Hace como mes y medio que mi hermana se vino para acá. Este año se produjo el desmembramiento de mi familia que era algo que todavía no había pasado en todos estos años de diáspora y este año se fueron mis dos hermanos a lugares distintos.

¿Por qué te quedas en Venezuela?

No tengo una respuesta clara. Cada vez se hace más esquiva. Creo que tiene que ver primero con los afectos y en segundo lugar con que el cine vivió una burbuja que nos tuvo trabajando mucho tiempo, muchos pudimos desarrollar carrera ahí y no cambió hasta hace un par de años.

La diáspora del cine venezolano es muy fuerte. En Madrid, México, tengo más amigos que en Caracas. Pero Hacer cine como extranjero es muy difícil. Por eso nos quedamos ahí. Quisimos hacer esta peli y alimentarla lo más posible.

¿Hay algún personaje de cine al que te pareces?

No sé. No ubico ninguno ahora. Hay gente que dice que el personaje de la película tiene algún rasgo mío, yo no lo veo así.

¿Lugar favorito del mundo?

Madrid es un lugar que me gusta mucho.

¿Algún sitio que te inspire?

Caracas.

¿Dónde no vivirías jamás?

En el Cairo, es un lugar bastante hostil y que es una proyección de lo que se podría convertir mi país, en cierto punto, en términos de relaciones humanas.

¿Hay algo que te deje sin dormir?

El no poder garantizar estabilidad a mi entorno directo. Como adulto uno pude llevar ‘carajazos’ [golpes] que sean, pero yo tengo dos hijos ya y empiezan unas angustias distintas.

¿Cómo ves el futuro de Venezuela?

Incierto. Siempre sientes que está a punto de que algo se transforme y cambie, pero creo que hay muchas fuerzas haciendo que eso no suceda. Puede pasar cualquier cantidad de tiempo [hasta que algo cambie]. Hay una desmovilización de la ciudadanía muy grande, hay un elemento de trabajo político en la oscuridad que va generando esa desmovilización y al mismo tiempo una desorganización política en la fuerza de oposición. El ciudadano está listo desde hace mucho para que esto cambie pero hay un montón de cosas que lo están impidiendo. Tienes la sensación de que esto no aguanta más…la situación política, económica, social, porque están todas muy relacionadas, pero te das cuenta de que el entramado de poder, no sólo interno, sino también externo es muy fuerte.

¿Qué le dirías al presidente Nicolás Maduro?

Es una pregunta complicada… yo evito las preguntas políticas, me gusta más el cine… pero le diría que respete más a su población, que el poder genera una borrachera que se aleja del ciudadano y del par [semejante]. Creo que es una de las cosas que suceden, que el poder te emborracha y luego dan la espalda a quien te puso ahí.

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