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Apuntes de un encierro en Caracas por Pedro Plaza Salvati – ProDaVinci – 3 de Mayo 2020

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Mantengo la hora en que me levanto, alrededor de las cinco de la mañana, antes de la salida del sol. Hago calentamientos mientras hierve el café y comienza el amanecer. El color sepia que vi apenas llegamos se nota en el Ávila, pero hace contraste con el verdor de los árboles que tenemos muy cerca de nuestra visual inmediata.  Una garza solitaria planea todas las mañanas y se posa sobre un árbol alto y frondoso, como si supiera de pestes, contagios y distanciamiento social.

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Cada país reacciona de una manera más o menos acertada, más o menos torpe, más o menos fatal, más o menos letal, más o menos adecuada a sus formas de gobierno y mentalidades imperantes.

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Usted viajó desde España
región afectada por el
Covid-19. Debe mantenerse
en cuarentena por 15 días. Si tiene síntomas
llamar al 0800-COVID 19

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Esa fue el mensaje que recibí el 14 de marzo a las 4:07 p.m. desde el número 3532. Había cruzado el Atlántico para confinarme a los cuatro días de haber llegado. Un regreso para no poder regresar desde donde he regresado.

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Las noticias de los primeros casos de infectados en Venezuela apuntan, según voceros oficiales, a vuelos procedentes de España. El mismo número de vuelo de Iberia que yo tomé, el 6673, ahora se estigmatiza. El pasajero cero supuestamente llegó el 5 de marzo en el 6673, así como otros contagiados el 8 de marzo. Yo viajé el 10 de marzo y no se ha sabido de nadie contagiado de ese vuelo. Yo no presento síntoma alguno.

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David Uzal es un francés que vino a Caracas para una conferencia de raelianos, creyentes en que los extraterrestres dieron origen al ser humano y que asistió a la contramarcha chavista del 10 de marzo. En una foto aparece con una señora, que a su vez aparece con Freddy Bernal, que a su vez aparece con Diosdado Cabello. Las alarmas se encienden y se presenta una comisión en el hotel donde está hospedado para hacerle la prueba. Publican una foto tomándole la muestra en la habitación del hotel. ¿Hay relación alguna entre creer en extraterrestres y ser solidario internacional con el chavismo?

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No es tanto el encierro lo que afecta sino la idea de lo que está “allá afuera”, el mundo detenido ante la amenaza de un caza bombardero invisible. Antonio Muñoz Molina recuerda la cita de T. S. Elliot: “La humanidad no puede soportar tanta realidad».

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Administrar el horror. Ver noticias pocos minutos en la mañana y luego en la tarde. En solo media hora de informaciones uno puede fácilmente perder el sueño en la noche, arruinar un día de tolerancia, paciencia, aceptación, esfuerzo, ejercicio, observación de las aves, ser testigo de la mutación diaria de las luces del sol y su efecto sobre la visual de la ciudad y la montaña. Todo se puede ir por una cloaca con media hora de noticias.

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No soporto que, en los informativos de casi todos los países, como si se hubieran puesto de acuerdo bajo una misma línea editorial, muestren en el fondo la imagen torturante del virus Covid-19, su forma microscópica agigantada dando vueltas en cámara lenta. ¿No podían ser un poco más higiénicos?

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En Montalbán matan a una venada para comérsela. Dicen que los animales del zoológico están pasando hambre. Habitantes de Venezuela.

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Copa Airlines cancela nuestro vuelo a San José con escala en Panamá. Esa era la segunda fase de nuestro viaje que panificamos con tanta antelación. Todo queda en suspenso.

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Las guacamayas pasan con su alboroto. Varios azulejos dan vueltas y se ve un gavilán que da giros en el horizonte. Un colibrí se asoma por la ventana unos pocos segundos. A mitad de la tarde empiezan a revolotear decenas de golondrinas que parecen dibujar la silueta de un átomo. Los pájaros, ajenos a la tragedia del mundo.

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Un día pasan pájaros de metal, aviones de combate en formación. Creo que era domingo, uno empieza a perder la noción del tiempo. En medio de la pandemia regresa ese sonido de intentonas golpistas y de desfiles inútiles. Recuerdo la explosión cuando aquel F-16, en el intento de golpe de noviembre de 1992, rompió la barrera del sonido. ¿Aviones de guerra para luchar contra el coronavirus? Pantallerismo aéreobolivariano.

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Nuestros mejores amigos en Barcelona, a quienes llamamos padrino y madrina de lo bien que se han portado con nosotros, contrajeron coronavirus. Él tuvo fiebre y ahogos durante dos semanas. A ella le dio un poco más suave. Lo manejaron todo desde casa. Son unos valientes. Casi todas las personas que conozco en Barcelona tienen a algún conocido, amigo o familiar que ha padecido el virus o que ha estado hospitalizado. Una pareja muy mayor, hartos del encierro, decidieron darse un paseo en metro. Ambos murieron por coronavirus. Un amigo médico dermatólogo me habla de varios médicos que han fallecido. Me dice que uno de los hechos más difíciles es que los parientes del afectado, por el riesgo de contagio, no pueden ir a darle compañía, consolarlo. Morir en soledad.

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La temperatura en Caracas ha oscilado entre los 16 grados y los 25 grados. Se me había olvidado lo que era la verdadera primavera, no la engañosa de Nueva York o Barcelona, hormonales, temperamentales, portadoras de alergias, vientos, humedades y resfriados con sus cambios constantes.

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Hay bajones de luz. Han ocurrido incendios en los sótanos de varios edificios de la ciudad debido a almacenamiento de gasolina. Una vecina tiene una planta eléctrica dentro de su casa que usa para la máquina de presión positiva (apnea del sueño) de su madre. El ruido es ensordecedor. El aire de los ductos de ventilación se enrarece e invade los apartamentos aledaños. En el chat le hacen preguntas. Ella dice que funciona con gas, se pone a la defensiva y luego se sale del grupo. El individualismo venezolano. Yo hago lo que me da la gana. La poca conciencia del colectivo. ¿Será por eso que seguimos así después de tantos años?

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El 21 de marzo encendieron la cruz del Ávila. Navidad en pandemia. Se me ocurre el nombre de un libro: Estados intermedios.

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Mis libros de Caracas están guardados en un lugar al que no puedo llegar por el cierre de vías, las prohibiciones de circulación y simplemente porque no puedo salir hasta finales de marzo, si se toma en cuenta la fecha del mensaje de notificación del 3532. Tener tantos libros, muchos esperando a ser leídos, y cuando llega el momento más propicio, no los tienes a la mano. ¿Pero qué digo? Hay, por los momentos, cuarentena nacional. Empiezo a descargar libros electrónicos que ofrecen de regalo algunas editoriales. Tengo que adaptarme. Tal vez al terminar el encierro bajaremos todos de la montaña como lo hizo Zaratustra.

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Sigo sin presentar síntoma alguno. No tengo ni tos, ni falta de aire, ni fiebre, ni escalofríos, ni debilidad. No se han reportado casos en mi vuelo del 10 de marzo desde España. Se informó que un taxista, debido a complicaciones respiratorias, y que estaba infectado desde el 29 de febrero, falleció. El paciente cero entonces no llegó en el vuelo de Iberia del 5 de marzo.

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Hay bajones de luz. Un carro pasa con una grabación con volumen alto instando a la población a quedarse en sus casas. Me siento que estoy sumido en una película del futuro.

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En un terreno un niño juega con un papagayo destartalado que parece querer hablar con sus movimientos en el aire. Hace un viento suave casi todos los días. El clima sigue formidable en medio de la catástrofe mundial. Los atardeceres duran casi una hora, desde las seis de la tarde hasta las siete. El sol se desvanece lentamente y los colores se transforman por las luminosidades que caen pulverizadas. Los ojos se alimentan de la vista al Ávila cambiando de tonalidades, como si fuese una modelo que muda vestidos.

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Cuando cae el sol hago una hora de ejercicio. Carreritas bajo techo, funcionales y bicicleta estática. Pongo la música y me transporto a otros lugares sin salir de casa. He estado escalando la larga cuesta del volcán Irazú en Costa Rica, he andado por rutas de la Toscana y de Cataluña, he llegado al Pico El Águila a 4.118 metros sobre el nivel del mar. Así borro la basura mental y me siento limpio para recogerme en las noches. Noches de familia con mi esposa y mi suegra. Mi suegra se parece a Joan Didion, ya lo he dicho en otro lado.

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Hay bajones de luz. Los carros zumban por la avenida Libertador. Suenan como olas del mar, van y vienen, muerden la orilla y retroceden. Como a las cinco de la tarde oigo casi todos los días una moto que va tan rápido que gime como una avispa sádica.

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Nunca he sido hogareño, lo que dificulta la quietud impuesta. No me gusta casi nada ver televisión. Yo sé que tal vez me pierdo de ingeniosas series y películas que muestran maneras de narrar originales y atrevidas. Me siento ignorante cuando en las redes hablan de series estupendas. Siempre he evitado a El mago de la cara de vidrio, el de Eduardo Liendo, la batalla contra el intruso que pretende dominar la vida. Liendo, estos días, por su parte, ha luchado por la salud de su mujer y la de él mismo. Su palabra preferida es persistencia.

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Las tendencias en Twitter en Venezuela son volátiles y versan sobre cuatro grupos de temas: famosos y famosas, la tragedia política y económica que vivimos, la nostalgia del pasado que nunca volverá y el coronavirus. Veo “Plaza Altamira” y me digo que ya se prendió la cosa, pero son fotos antiguas en blanco y negro. Leo “Gilberto Correa”, ya se murió, pero son chismes de farándula. Leo “Ciudad Banesco”, pienso que el banco fue intervenido, pero son fotos de cuando era la sede de Sears. De Norkys Batista a Elliot Abrahams.

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El inicio del nuevo libro de Ricardo Ramírez, Otros bosques, no tiene desperdicio: “Caracas es la ciudad de las desapariciones. La gente llega y se marcha; la gente hace casa en ella y entonces olvida. Es una Mnemosine con alzhéimer que bebe ron y baila salsa. Un espacio en donde Novalis hinca el hocico en un hervido de gallina al final de la madrugada, amanecido. Pero Caracas es también una ciudad en donde siempre amanece”.

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Hay bajones de luz. Una muchacha canta una canción de amor a bocajarro.

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Unos días antes de viajar desde Barcelona acompañé a Ana a renovar la cédula española (NIE) en Manresa, donde está la cueva en la que San Ignacio de Loyola meditó mucho tiempo. Me acuerdo cuando entré a la gruta intacta dentro de la iglesia.  Sentí mucha paz. Me quedé sentado un buen rato, ausente de pensamientos. Quiero arrastrar esa sensación y traerla a este presente.

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La tarde muerde la noche lentamente, como si hiciera una digestión sensata, se va engullendo la ciudad. Los colores se matizan a medida que la oscuridad se aproxima. Luego cae la noche guiada por la cruz del Ávila en un mes de marzo. ¿O estamos ya en abril? Sí, claro, estamos en abril. La cruz del Ávila, que solo se enciende en Navidad, ahora alumbra portentosa y hermosa las noches, como una plegaria iluminada o un arma de defensa antiaérea.

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Recibo dos mensajes del 3532:

En el combate al COVID-19
hacemos pruebas de diagnóstico rápido,
priorizando a contactos con casos positivos,
viajeros y personas con síntomas respiratorios.

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Si no te han hecho la prueba
hemos agendado una cita en el CDI Los Dos Caminos,
para el día 4 de abril
de 9 a.m. a 4 p.m.

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Saco la cuenta y ya tengo 26 días desde que llegué de España. Son 10 días más de la cuarentena de 15 días. En todo este tiempo no he tenido ni cercano algún síntoma del virus. Para estar completamente seguro de lo que debo hacer consulto a un médico infectólogo e inmunólogo. Me recomienda no ir porque, ya a estas alturas, no tiene sentido presentarme en un lugar donde puede haber focos de contagio. No solamente eso, nadie en casa tiene síntoma alguno: ni mi esposa, ni mi suegra, ni la señora que la cuida. Todos sanos y sin síntomas. Además, es un tema de conciencia ciudadana: no desperdiciar un test en alguien que no lo necesita. Me contenté, eso sí, de saber que estaban haciendo las pruebas. Curioso, entro a la página del CDI de los Dos Caminos y veo esta nota:

Los médicos del CDI Los Dos Caminos combatiendo la epidemia COVID-19 en el día a día a las personas más necesitadas de nuestro país hermano Venezuela: @CubacooperaVe @AsistMedMMCV @cubacooperaveMI #SomosCuba .

“¿De nuestro hermano país, Venezuela?” ¿Quién maneja la cuenta de Facebook del CDI de Los Dos Caminos? ¿Quién me manda esos mensajes: el gobierno de Cuba o el de Venezuela?

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Hoy bajones de luz. El guardia me ofrece “Ariel del bueno”, importado de Colombia. Hay olores a gasolina en el estacionamiento del edificio.

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La oscuridad en cuarentena tiene algo de luminosidad. Digo, comparada con la negrura que veía desde mi ventana cuando llegué, mi primer amanecer sumergido en un boquete. “Hay túnel al final de la luz”, alguien bromea. ¿Dónde estaba la gente antes? Hampa y coronavirus dictan el toque de queda. Pienso en la paradoja de que el único letrero que está encendido y que logro divisar en la lontananza citadina, en medio de la oscuridad, dice Renaissance. Es como si enviara un mensaje a la civilización: luego de las pestes (varias) les toca nacer de nuevo.

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He visto que sacan gasolina de motos que entran al edificio, la succionan con una corta maguera y la vierten en botellones de Minalba de cinco litros. Guardan los botellones de Minalba, con el líquido color orina, cerca de la puerta de entrada al edificio. Cobran $30 por cinco litros. En una bomba la gasolina es gratis. Hasta hace nada solo había que darle una propina o algo de comida al bombero, esa era “la normalidad” previa a la escasez severa de las últimas semanas. Pero no hay gasolina en el país, como decir que en Canadá hubiese escasez de sirope de maple. Es raro que la bandera venezolana no tenga una torre de petróleo dibujada, así como la bandera canadiense lleva en el centro una hoja de la planta de maple.

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Hoy parece más domingo que ayer que fue domingo. Todos los días son domingo, como un disco rayado del tiempo que baila una nostálgica melodía en un atardecer infinito. Leonardo Padrón dice que hay sospechas y rumores sobre el día de la semana en que estamos.

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Nadie sale a aplaudir a los enfermeros, personal médico, policías, servidores públicos. No sé la razón. La dimensión de la tragedia acá, si las cifras oficiales son reales, es baja, a pesar de las fiestas barbáricas de los enchufados nuevos ricos reggaetoneros y oportunistas en Los Roques y en Altamira. Fiestas en medio de la pandemia. Sex, drugs, alcohol and virus.  Demuestra la dislocación de valores que se vive en la Venezuela actual. Una aberración que supera al peor de los nuevoriquismos de los años setenta y ochenta, “oh, inocentes y superfluas criaturas del pasado, no son nada comparados con la depravación actual”. Tampoco hay cacerolazos, como en las buenas protestas de otras épocas. Son veinte años de deterioro mental, físico y emocional. Son demasiadas cacerolas desgastadas, ollas llenas de golpes y hundimientos en las casas venezolanas. Ollas vencidas.

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Creo que hay menos zamuros en los cielos de Caracas. De Juan Carlos Chirinos, en su última novela, aprendí que a los zamuros también se les llama Curumo. Así que a la urbanización caraqueña se le podría llamar Cumbres de Zamuros. Allí mismo hay una entrada para fuerte Tiuna en donde se dice que dormía Hugo Chávez en vida.

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Recibo una nueva nota del 3532:

Si no te han hecho la prueba
hemos agendado una cita
en Ambulatorio IVSS de Chacao
para el día 8 de abril de 9 a.m. a 4 p.m.

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Tengo 29 días desde que llegué sin un solo síntoma. Sigo, de nuevo, la recomendación del infectólogo, la de no correr riesgos. Me contenta que sigan haciendo pruebas, las cosas hay que decirlas. Nunca me olvidaré de ese número: 3532.

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Los mismos pocos políticos de siempre de la era madurista son los portavoces de la evolución de la pandemia. Un armario rico en trajes de un teatro que solo pueden vestir los del círculo íntimo. De pronto son portavoces sobre virus terribles, satélites extraviados, física nuclear, explosiones cuánticas, técnicas de congelación en la cadena de alimentos, cataclismos inesperados, econometría financiera, tsunamis, incendios forestales, flujogramas de conciencia, técnicas de riego agrícola, entrenamiento funcional, desarrollos hiperbólicos para neonatos con ictericia,  rastreo de satélites extraviados, métodos de conservación de hongos alucinógenos, procesos de destrucción cutánea, devastaciones térmicas, calentamiento global exógeno, técnicas de expropiación retroactivas, polímeros saturados emergentes y manejo en la circulación de aguas petrolizadas. ¡Oye chico, que cosa más grande caballero!

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El silencio es absoluto, como si todo estuviera muerto, el tiempo flotando. Vivimos una novela distópica en el presente. En Ensayo sobre la ceguera de Saramago una heroína hace frente a una pandemia que se extiende por todo el mundo: la ceguera blanca. Una novela psicológica que desenmascara una sociedad corrupta y deteriorada.

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La heroína de estos días se llama Susana Distancia, dicen en México y tiene su loguito. O tal vez sea Susana Paciencia.

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En Semana Santa las noches de Caracas se plagan de incendios. El buen clima da paso al calor. El martes 7 de abril apareció ante nuestros ojos la luna llena más grande del 2020. Es un fenómeno llamado «superluna» producido por el máximo acercamiento de la Luna a la Tierra. El Domingo de Ramos surge en el cielo un halo solar. Salimos al área común del edificio para verlo. Me entero que el halo solar se produce cuando hay nubes muy altas con partículas de hielo y la luz solar se refracta como un arco iris en forma de aro. Visto desde la tierra asemeja a la corona de un santo.

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Las chicharras claman por la lluvia con su canto coral ensordecedor. En Roma el papa Francisco oficia la misa en una plaza de San Pedro vacía y hueca. Está sentado dentro de lo que parece una portería gigante de fútbol sin malla. A lo lejos, parece un arquero de uniforme blanco listo para detener una pelota en un partido fantasma.

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El papamóvil que usó Juan Pablo II en su visita a Venezuela es utilizado para pasear al Nazareno por las calles de Caracas el miércoles santo, dado que la gente no puede acudir a las iglesias. El vehículo se accidenta por Antímano y es remolcado a una estación de gasolina en Ruiz Pineda, lo que quiere decir que el Nazareno, que iba dentro, estuvo un rato en la bomba de gasolina. Suerte que no lo asaltaron. Dicen que el papamóvil se había quedado sin combustible. La Arquidiócesis de Caracas aclara que se trató de una falla eléctrica.

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La ciudad arde y el ambiente se llena de calima. Hay noches críticas con varios incendios simultáneos. El apartamento se llena de olor a humo, varias veces, varios días, como si no fuera suficiente con el coronavirus y la situación que se vive en país: la escasez de gasolina con sus secuelas, la situación de la economía, la pugnacidad política, en fin. Es como para demoler los nervios. El humo de los incendios molesta la respiración. Los médicos advierten que pueden aparecer tos, congestión nasal, ardor de garganta, ojos con picor y enrojecimiento. Los bomberos no hacen nada. No hay agua. Luego de unos días sale el sol y no queda rastro de la angustia nocturna. Se destruye y se olvida muy rápido. Así es la vida en Caracas.

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Hay un concepto en psicología llamado Indefensión aprendida, del que supe hace poco. Se trataría del hecho de que el ser humano al verse impotente ante continuos estímulos negativos, se da por vencido y no ejerce más oposición o resistencia ante lo que le causa daño. Acepta lo negativo incluso cuando se puede evitar con poco esfuerzo. Y yo me pregunto si luego de 20 años de descargas eléctricas el colectivo ha asumido una actitud de indefensión aprendida.

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Oímos un motorcito afuera pasadas las diez de la noche. Vamos hacia la ventana y vemos a varios hombres con trajes de blanco, encapsulados, desinfectando nuestra calle. No lo podemos creer. Hace solo pocas semanas, mientras estaba en Barcelona, veía en el noticiario esa imagen en China y me parecía ciencia ficción. El futuro me alcanza, me toma por el hombro y me pide que voltee para ver. Pero no quiero verlo, la realidad es demasiado contundente, no deseo que me deje como a un animalito en el asfalto aplastado por una llanta.

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La Alcaldía de Chacao impone la prohibición de circular después de las seis de la tarde. Uno de estos días oigo una advertencia de un carro policial que se detiene frente al edificio, la voz por el megáfono informando la violación del horario. Me asomo por la cocina y veo a un oficial que se baja de la patrulla y se lleva detenido a un muchacho. A los que andan por el municipio fuera del horario se los llevan a la Plaza de Chacao para darles una charla, los sientan y les hablan hasta marearlos. En Los Teques veo un video en el que rocían con desinfectante a jóvenes y los ponen a hacer ejercicios, como en el ejército, y a repetir varias veces en voz alta que respetarán la cuarentena, palabras de arrepentimiento con flexiones, sentadillas y brincos. El oficial por el megáfono: “¡Abajo!”. Los muchachos agachados repiten en coro: “No debo”. El oficial: “¡Arriba!”. Los muchachos de pie: “Estar en la calle”.

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El bien que pudo haber hecho el gobierno con las medidas tempranas contra la pandemia se les puede ir de las manos con la escasez de gasolina. El dólar se devalúa vertiginosamente, la inflación galopa. Estremece la economía, un paciente con desnutrición aguda.

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Pareciera ser que, paradójicamente, en los países donde hay democracias que funcionan con todos sus mecanismos de controles, balances y chequeos, cuesta mucho más tomar medidas severas a tiempo, países en los que la libertad individual y las opiniones y disidencias se valoran, como España, Italia y Estados Unidos. Mientras que aquellos de corte autoritario implementan las medidas sin titubeo, dado que son sociedades sin contrapeso democrático, como China, Corea del Norte y Venezuela. Se ordena y luego se obedece. (También se especula sobre ocultamiento y manipulación de cifras). Por otro lado, y visto que no se puede establecer un patrón concluyente, naciones claramente democráticas lo han hecho bien, como Portugal, Austria y Costa Rica.

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Hay bajones de luz y ley seca. No he tomado una gota de licor. Quiero una cerveza y leer libros de papel. El aluvión de lecturas gratuitas no me da tanto alivio, más bien acrecienta el sentido de extrañamiento con la realidad. Es como si el trabajo de todos aquellos relacionados a la creación de un libro o el número de una revista perdiera valor. Tampoco me anima ver conciertos desde casa, ni los encuentros live en Instagram o qué sé yo. Lo que simula normalidad sí me atrae. El único programa que veo es El hormiguero, dado que aparenta normalidad. Engañar a la mente. Lo minúsculo de la vida íntima en contrapeso con la vastedad del mundo “allá afuera”, he allí la conexión difícil de manejar en el encierro. El miedo nos acosa todos los días como un asesino suelto por las calles echando tiros al azar. En El Hormiguero Juan Manuel Serrat dijo que le daba miedo tener miedo.

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Hacer un paneo por los canales nacionales es testimoniar el color sepia con el que vi a la ciudad al llegar, el color de la desesperanza. Los canales de televisión y de radio politizados, alineados con el gobierno. El deterioro económico es feroz, se traga a las empresas, que a la vez no pueden contratar publicidad debido a la crisis económica. Aun así, sociológicamente es bueno hacerse un vuelo televisivo y radial (lo más rasante posible) para comprobar el deterioro y el declive.

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Juan Eleazar Figallo, ahora llamado “Juancho el solidario”, se volvió loco con su fingida marginalidad lingüística. Henry Stephen, que ahora promociona la harina Centinela de la Guardia Nacional, también se volvió loco. Paso los canales y hay una entrevista en Venezolana de Televisión con un moderador que lleva patillas a lo Simón Bolívar, el programa se llama Así suena. Henry Stephen habla de su fundación destinada a estimular a los pequeños, medianos y grandes empresarios. Le manda un saludo a su hermano Nicolás Maduro. Da su correo electrónico y al final canta Limón, Limonero.

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Iberia nos cancela la fecha de nuestro regreso. Ahora viajaremos, tentativamente, en junio. Estoy acá y sigo pagando alquiler allá. Negocio con la inmobiliaria y me rebajan un tercio del monto “mientras dure la alarma”.

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La reclusión tiene algo de monástica. Ritos, regularidad, una disciplina que se transforma en gozo. ¿Será posible encontrar la felicidad en la sencillez de las rutinas y en los pequeños logros diarios? ¿Será que nos encariñaremos con los nuevos hábitos?

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Llega la noticia de que una tortuga gigante aprovechó la ausencia de bañistas en Carúpano para poner sus huevos. Una mañana, antes de preparar el café y escribir, veo a un grupo de unas quince garzas posadas sobre árboles cercanos. Estaban dormidas, no se les veía la cabeza, agazapadas de lado. Tomo una foto y la paso por el chat del edificio. Nadie las había visto nunca, solo la garza solitaria que viene cada mañana. En todas partes del mundo aparecen animales salvajes en las ciudades. En Jumanji cuando Sarah, una de las protagonistas de la película original, es absorbida por el juego, la persiguen murciélagos que salen por la chimenea. También hay murciélagos que vuelan en las noches en Caracas. El mejor video que he visto de la pandemia es el monólogo de una chica colombiana que parece de la costa del vecino país:

Se lo fueran comido a ese murciégalo
lo fueran hervido o echado verduras, ¿verdad?
se lo fueran comido y no se lo hubiesen comido crudo,
no estuviéranos pensando en este hijoeputa coronavirus también,
le fueran echado sopa Maggi también,
hubiera quedado bien hecho el murciégalo.
La gente habla pura locura,
yo estoy que me vuelvo loca,
ya yo no dije que no voy a ver más televisor,
Ya apagué los televisores:
voy a escuchar puro vallenato.

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Recuerdo caminando por Chinatown, cuando vivía en Nueva York, a veces veía un pipote de plástico en la calle lleno de ranas vivas amontonadas que estaban a la venta como alimento en un comercio, y con las que tuve pesadillas varias noches. Animales que en muchos países no acostumbramos a consumir: ranas, ratas, murciélagos.

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Debemos tener un sol interno para sobrellevar tanta realidad, el cese de la vida como la conocemos, la interrupción, como si fuésemos protagonistas de una guerra de armas con silenciadores. Un hombre se contamina en China, caen los productos internos brutos de todos los países del mundo, se derrumba la bolsa de valores de Nueva York, se paralizan fábricas, el Palacio del Hielo en Madrid se convierte en morgue, en Bérgamo durante varios días decenas de vehículos militares se llevan ataúdes a hornos crematorios a Módena y Bolonia, en Guayaquil la gente empieza a caer muerta en las calles y allí quedan los cadáveres, nadie los quiere recoger, los aeropuertos se convierten en estacionamientos saturados de aviones que ya no vuelan. Italia y España son los peores afectados después de China, Estados Unidos mordiéndoles los talones, luego los sobrepasa con creces, se pone a la cabeza, en su realidad federal cada estado impone su ritmo, Nueva York es la más golpeada, aparecen imágenes de fosas comunes.

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La cuarentena se prolonga en Venezuela 30 días más hasta el 13 de mayo. ¿Cómo se puede soportar tanta realidad? El mundo cambia, nuestras maneras cambian, nuestros hábitos cambian. Nos vemos obligados a ser otros, desde ya y luego, al terminar la crisis. ¿Por cuánto tiempo llevaré mascarilla? Mi refugio no es la casa. Mi refugio es el mundo, pero el mundo ahora me cierra las puertas. Y se abren nuevas amplitudes, nuevas dimensiones. Quizás todo lo que uno necesite saber sobre la vida esté confinado en nosotros mismos.

Sabana Grande: bohemia y narrativa por Arturo Almandoz Marte – ProDaVinci – 23 de Abril 2020

1. Arropada por la expansión de Caracas hacia el este, Sabana Grande pasó a ser, desde mediados del siglo XX, la principal zona bohemia, con toques rosa, recipiendaria de mucho del ocio tabernario desprendido del centro histórico. Aunque manteniendo varias de sus funciones administrativas y financieras, cívicas y comerciales, ese centro venía debilitándose, en términos residenciales, desde finales de los años treinta.

Dinamizada por ese éxodo residencial, a lo largo de urbanizaciones como La Florida, La Campiña y Las Delicias, Sabana Grande despuntó como distrito polivalente, donde confluyeron la sofisticación comercial y el pintoresquismo de la inmigración europea, abundantes en la capital petrolera. Al mismo tiempo acogió algo del “submundo de las ‘malas ocupaciones’”, como las llamó Rodolfo Quintero: “crímenes pasionales, homosexualidad, prostitución, alcoholismo, toxicomanía y alta frecuencia de relaciones extraconyugales” componían, según el autor de El petróleo y nuestra sociedad (1978), el “mal vivir” diseminado por el oro negro a través la urbe licenciosa. Sabana Grande desplegaba así, en la metrópoli adolescente, un bastidor menos céntrico y provinciano, más aburguesado y mundano, para la “mala vida” prefigurada, desde las postrimerías gomecistas, por personajes de Guillermo Meneses y Salvador Garmendia en las parroquias del centro tugurizado.

Al promediar el siglo XX, parecía olvidado el capítulo ecuestre de Sabana Grande. En la Bella Época caraqueña, aquellas planicies entre las quebradas de Maripérez y Chacaíto fueron cruzadas por damas y caballeros de caché, concurrentes al hipódromo homónimo inaugurado por Joaquín Crespo en 1896, eclipsado una década más tarde por el nacional de El Paraíso. Ya en años gomecistas, la zona era visitada por clientes del famoso herborista Jesús María Negrín, quien fue apresado por ejercer la medicina sin licencia, a pesar de sus prodigiosas dotes curativas. Llegó a ser tan popular que, como reseña Morella Barreto en Caracas en catorce estaciones (1984), “Sabana Grande y Negrín” voceaban los conductores al tranvía detenerse en la parada, cercana a la residencia del “brujo” fallecido en 1934. Y del apellido del “piache” legendario tomó nombre la conexión de La Florida con la antigua calle Real, más tarde bulevar.

Si bien lucían remotos a la postre, ambos antecedentes parecen fundidos en la alquimia de Sabana Grande, asomando en el palimpsesto del distrito licencioso y bohemio cristalizado con la metamorfosis metropolitana. Por un lado, el ocio reunido en torno al hipódromo elegante, como en los cuadros de Arturo Michelena, reminiscentes de Degas. Por otro, el herbolario díscolo de resonancias esotéricas, quien acaso conjuró arcanos vivificadores en las inmediaciones de la calle Negrín.

2. Jalonados por los de Savoy y Vogue en la avenida Abraham Lincoln –como fue después bautizada la calle Real– los anuncios rutilantes y las marquesinas de neón, junto a las arcadas de Galerías Bolívar y el Centro Profesional del Este, en la avenida Casanova, conformaban todos, en los años de Pérez Jiménez, un paisaje de high streets comparable al de la avenida Urdaneta, aunque más sofisticado y cosmopolita. Efervescente asimismo en cafés y bares –por donde habrían desfilado desde Brigitte Bardot y Claudia Cardinale hasta Perón y García Márquez– la bohemia de Sabana Grande exhibía ya a la sazón algunos de los atributos que Robert Park, en su famoso análisis del Chicago de los roaring twenties, atribuyera a las “regiones morales” adonde los urbanitas concurren por afinidades de ocio y culto.

En los rabiosos años sesenta, los primeros cafés de mesas en la calle, como el Piccolo Mondo y otros italianos, aunados a las galerías de arte y nuevas librerías como Suma, Cruz del Sur y Ulises, renovaron la escena cultural caraqueña. Esos locales albergaron grupos que habían comenzado a reunirse en cafés del centro tradicional, tales como el Techo de la Ballena, que además de poetas –Caupolicán Ovalles, Juan Calzadilla, Ramón Palomares, Luis García Morales, Francisco Pérez Perdomo, Efraín Hurtado– convocaba narradores como Salvador Garmendia, Adriano González León, Orlando Araujo y Francisco Massiani. Y la vanguardia intelectual de la zona era confirmada por Tabla Redonda, presidida a la sazón por Rafael Cadenas y Jesús Sanoja Hernández.

Posteriormente, la proliferación de restaurantes, pizzerías y tascas –Franco’s, Il Vecchio Mulino, Camilo’s, Da Guido, La Vesubiana, La Bajada– permitió la articulación de la así llamada República del Este. En la peña no solo confluía la intelectualidad bohemia de la Gran Venezuela, sino también se colaban personajes variopintos del espectro político, desde adecos hasta ex guerrilleros. Con su “barra de más de 200 personas” en Caracas, según cálculos de González León, reforzada por sus “cantones” en el interior, la confederada república era un ambiente de confraternidad que espejaba la ilusión de armonía en la aceitada democracia petrolera. Guerrillas y comunismo parecían disolverse con el campaneo de los güisquies y el trasiego de las birras en las barras.

3. Una de las tempranas apariciones literarias de Sabana Grande ocurre en Piedra de mar (1968) de Francisco Massiani. El escritor novel articuló, acaso por vez primera en la narrativa venezolana, el mundo pequeñoburgués de la clase media del este de Caracas, con las hasta entonces efímeras referencias de una cultura pop y comercial, masificadas por el cine y la televisión, e incrustadas profundamente en la modernidad venezolana. La despreocupada cotidianidad de Corcho y sus amigos está en buena parte poblada de chicas vistiendo biquinis amarillos en un litoral trocado en suburbio. Se entremezcla también con las novelas de Corín Tellado leídas por Carolina, así como con las revistas Play Boy adquiridas por Marcos en los quioscos de Sabana Grande y Plaza Venezuela, aprovechando las vacaciones de sus padres en Nueva York.

Si bien recorren la casi totalidad de la conurbación caraqueña, Corcho y su patota deambulan sobre todo entre Chacaíto y la Gran Avenida, a lo largo de Sabana Grande, en un gran polígono definido por el bar Hipopótamo, el Café Castellino, el cine Radio City y la librería Suma. Como dijo José Balza al prologar la novela: “un reino entre Chacaíto y la Plaza Venezuela”, jalonado por los hitos psicodélicos, comerciales e intelectuales de una generación.

Casi en sincronía con los personajes de Massiani, también la zona fue atravesada por Andrés Barazarte el día de su odisea subversiva a través de la capital de País portátil (1968). El Ulises de González León la había recorrido innumerables veces con Delia, su compañera, cuando la calle Real se les antojaba una “selva metálica”, por su proliferación de “paseantes agitados, las colas de auto, los reflejos, los ruidos de las puertas automáticas y el acoso de los vendedores ambulantes…”. Pero el día de la odisea que da unidad a la novela, en media hora que tomó a su protagonista atravesarla, González León más bien contrasta el barullo comercial de la zona que tanto frecuentaba, con el tráfago de otros distritos metropolitanos.

4. Sabana Grande es, por supuesto, corredor y distrito articulador de Historias de la calle Lincoln (1971). Como notara Silda Cordoliani en el prólogo a la obra de Carlos Noguera, aquí la ciudad, entre bohemia y convulsa, “no es simple fondo decorativo, sino también, como la época, como la nocturnidad, otro protagonista de la novela”. Uno de los vértices de ese distrito es el Centro Comercial Chacaíto, con sus cafetines servidos de club houses y leches malteadas, donde Patricia o Graciela impresionan a sus amistades con las historias de cuñas publicitarias que ellas protagonizan. O con la ropa unisex que compran en Carnaby y otras boutiques entre extravagantes y exclusivas, adonde acuden pavos hippies y sifrinos por igual, venidos en soberbios Mustangs y Camaros. El distrito está atravesado por la calle Lincoln, con toda su carga de extravagancia comercial de tiendas de postizos y bisutería psicodélica, de camisas de amibas y minifaldas como las que Mary Quant acababa de poner de moda en Londres. Cual King’s Road caraqueño, es un corredor de discotecas reventando de gente y estruendos, donde se mezclan los Beatles con las rumbas de Peret. Y también asoman en la Lincoln los anuncios de centros espiritistas prodigando cura para problemas sexuales y económicos por igual.

Los relatos de Noguera no solo recrean espacialmente ese abigarrado collage desplegado a lo largo de un corredor distrital tan urbano como Sabana Grande, sino también lo tornan babélico. Al decir de Celso Medina, esa “narración dialógica” busca articular el multilingüismo de las tribus citadinas confluyentes allí. Al mismo tiempo, la de Noguera es una serie de historias entrecruzadas a lo largo de esa calle que, tal como señaló Alberto Navarro,

“durante toda la década del 60 y parte del 70 significó el sitio de encuentro azaroso y fortuito, de la noche de amor y embriaguez, de la consigna política y la clave subversiva, de la pedante cita y la charla inteligente, de la arrogancia y la humildad. Calle con asientos marcados para Oswaldo Trejo en el Gran Café, Adriano González en el Chicken’s Bar, Rafael Muñoz en la Vesubiana”.

5. Aunque visitan otros distritos y centros comerciales de la metrópoli, los intelectualizados personajes de D (1977) parecen preferir los oscuros barcitos de Plaza Venezuela y sus alrededores. Son frecuentes los itinerarios de Cien y sus amigos entre el Chacaíto del centro comercial, con sofisticadas boutiques como Adams; la Sabana Grande del Mambo Café, y La Florida que les sirve de centro residencial y de operaciones. Como el Corcho de Massiani, el Cien de Balza es un sujeto urbano: la ciudad es “su mejor cómplice”, nos confiesa el narrador. “Nacido en la ciudad, Cien no tenía por qué añorar montes ni sabores selváticos; pero (siempre la extraña simetría) los buscaba con regularidad, explorando las montañas vecinas o haciendo breves y ciegos viajes al litoral…”, acota el autor oriundo, no olvidemos, del delta del Orinoco. Sin embargo, buena parte de esa añoranza vegetal de Cien parecía resolverse en la frondosidad de la urbanización caraqueña:

“Exaltaba, sin decirlo nunca, todo lo de La Florida: esas avenidas de sol y sombra bien definidos, los rincones con casas exuberantes, el extraño dominio donde las arboledas se dibujan con trazos gruesos y negros, la sosegada proximidad de la montaña. Todo ello fue su escenario: las muchachas, los vendedores, las tiendas. Tomar un trago o un café, con Cien en La Florida”.

Influidos por la nouveau roman de Robbe-Grillet, aunque sin fe carbonaria en esta, como hiciera notar Orlando Araujo, D y otros ejercicios narrativos de Balza supusieron no solo una ruptura con el realismo contextual, sino también con la experimentación en la narrativa hispanoamericana. Con todo y ello, esa novela deltaica puede leerse como urbana en buena parte de su paisaje y de sus personajes, a través de quienes asoma el escritor mismo, como otra voz de la “polifonía narrativa”, que según Medina, Dpotencia en la prosa balziana. Como el Corcho de Massiani, como los personajes de Noguera, el Cien de Balza se une a los nuevos sujetos narrativos. A diferencia de los personajes de Meneses y Garmendia, e incluso del Andrés Barazarte de González León, en estos sujetos propiamente citadinos, las reminiscencias provincianas no refractan el palpitante presente metropolitano. Y a lo largo de los años sesenta y setenta, la Sabana Grande bohemia y psicodélica, heredera del ocio licencioso y consumista, devino distrito emblemático y locación preferida para las odiseas narrativas de esos sujetos literarios.

Así es mi avenida Libertador por Milagros Socorro – ProDaVinci – 19 de Abril 2020

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Fue trazada en el gobierno del general Pérez Jiménez y, tras el derrocamiento de la dictadura, en enero de 1958, se construyó. Por eso fue inaugurada por el presidente Rómulo Betancourt, en los albores de la democracia, en los primeros años 60, para conectar la Parroquia El Recreo, Municipio Libertador, con Chacao.

Antes de llamarse Libertador, era la calle La Línea de Sabana Grande, ya que el Ferrocarril de Caracas pasaba por allí. Es la única avenida de Caracas con dos niveles.

Hace dos semanas, en la anterior entrega de esta sección Una foto un texto, propusimos una especie de juego a nuestros lectores, encerrados por la cuarentena. Pusimos una fotografía de la Libertador y les pedimos que compartieran sus recuerdos de esta avenida caraqueña, enviando notas a una dirección de email.

Lo que sigue es una selección de los textos recibidos. Los presentamos precedidos por el nombre de su autor. Verán que son muchos los que valió la pena difundir (por eso la nota quedó larguita).

Randall Cottin:

Tengo 73 años y cumplo 74 en septiembre. Soy, pues, del año 46, de manera que recuerdo perfectamente cuando ese lugar se llamaba calle La Línea. Cuando yo tenía 9 años, mi papá me llevaba en su carro al colegio Montessori, donde estudié kínder y preparatorio, para luego entrar al Colegio San Ignacio de Loyola, ubicado donde está hoy, pero lo que en la actualidad es el Centro Comercial San Ignacio era un bellísimo campo de fútbol, con gradas de concreto a todo lo largo y un techo metálico inclinado. En fin, para llevarme al kínder, había que subir un terraplén de más o menos un metro de alto, pasar sobre los rieles del ferrocarril para cruzar al otro lado y dejarme en el colegio Montessori, que quedaba en el canal este-oeste, unos 100 metros al oeste, diría que frente a los bomberos. Entiendo que ahí queda un colegio, otro, que no sé cómo se llama.

Para acceder a la calle La Línea, se venía por Chacao. También recuerdo que me llevaban a la pizzería Da Pepino, ubicada frente a la plaza El Indio, de Chacao, que tenía una fuente y se comunicaba con la calle paralela de la avenida Francisco de Miranda.

En los carnavales, mis padres alquilaban un camión, equivalente a un 350 de hoy, lo adornaban con bambalinas y lo llenábamos de caramelos, serpentinas y papelillo, que se compraban en la tienda ‘La Piñata’. El lunes de carnaval salíamos, a todo lo largo de la Francisco de Miranda disfrazados, de Superman o del Fantasma. La gente se aglomeraba a todo lo largo de la avenida y coreaba: “Aquí es / Aquí esssss”. Se lanzaban caramelos por kilos.

María Loreto:

La Libertador fue mi espacio por mucho tiempo, ya que viví por 10 años en Las Palmas. De manera que la transitaba a diario hacia el trabajo y Sabana Grande.

Uno de los lugares que recuerdo en mi juventud es la discoteca La Lechuga, en el Centro Comercial El Bosque. Iba prácticamente todos los viernes con mi novio y salíamos de allí caminado a casa. Increíble. Se podía caminar a las 4 de la mañana.

Al terminar mis estudios de publicidad, trabajé en una agencia ubicada en el centro comercial Libertador, y solía almorzar en una tasca pequeña llamada ‘Chotis’, en la calle Negrín, y en el restaurant El Vegetariano de Miguel, que quedaba muy cerca de allí.

Vi la presentación del grupo argentino Caviar, en el centro comercial Los Cedros. Fue maravilloso. También tuve la oportunidad de ver a The Lindsay Kemp Company, con la obra ‘The Flowers’, todo un acontecimiento, por ser un grupo de vanguardia teatral.

Ya más reciente, para ir a la Paninoteca, de María Fernanda Di Giacobbe, pasaba por la Libertador. Son muchos los recuerdos. Siento mucha nostalgia de esa Caracas y su avenida Libertador, tan llena de vida y de lugares especiales.

Franklin Padilla:

En 1967 recorría la Libertador con mi viejo Vauxhall. Venía de un concierto, en la vieja casa del Ateneo, y repartía a unos amigos que me había acompañado. Después que se bajaron dos, me quedé con mi hermanito y un amigo que era como un hermano.  A la altura de El Bosque, donde hay un templo evangélico, empezó a traquetear el carro, como si se hubiera espichado un caucho. Me bajé a revisar y escuché un espantoso ruido de vidrios que se quebraban, gente que gritaba y la tierra que zigzagueaba. Era el terremoto de Caracas. Tuve que manejar con mucho miedo hasta El Cafetal, donde vivía la amiga que se había bajado antes. Nos quedamos a dormir allá y solo al día siguiente volví a casa, después de pasar por la Cruz Roja a buscar los brazaletes y salvoconductos para reportarme: estudiaba el último año de Medicina y me tocó quedarme de guardia hasta el día siguiente, cuando por fin pude ir a la casa en La Pastora y dormir un poco.

Aisen Chacín:

Yo tenía 11 años y ella 12. Éramos amigas inseparables. Vivíamos en La Campiña frente a un parque inmenso, que abarcaba una cuadra completa, y que desapareció para convertirse en la gran PDVSA de esa época. Era 1974.

Disfrutábamos mucho la ciudad. Solíamos ir al Caracas Theater Club, en San Román, donde mi amiga era socia. La travesía comenzaba en la Libertador, conectando con Chacaíto, hasta llegar al Rosal, seguíamos por Las Mercedes y, finalmente, subíamos a San Román. Íbamos caminando y siempre muertas de la risa.

En cierta ocasión, fuimos al cine, en el centro comercial Los Cedros, en la Libertador, donde pasaban ‘Escaleras de Caracol’, una película de terror censura B (para mayores de 14 años). Nos emperifollamos, nos pusimos tacones y, en vez irnos a pie, agarramos un autobús frente a PDVSA. El camino serían cuatro cuadras en línea recta. Pero llegar al cine era lo más leve, el verdadero reto era que nos dejaran pasar. Estábamos convencidas de que aparentábamos 16 yo 14, ella.

Funcionó. Vimos la película abrazadas, por el terror. Y luego nos esperaba el regreso a casa solas. La película terminó a las 10:30 de la noche, cuando la Libertador era oscura y tenebrosa, llenas de monstruos. Corrimos atravesando la avenida y, con nosotros, un grupo aterrorizado, porque creyeron que los perseguíamos. Se me paró el corazón cuando empezaron a preguntarnos cosas y sentí un olor nauseabundo que provenía de ellos.  Agarré la mano de mi amiga y despavoridas cruzamos la avenida a toda velocidad hacia la mini acera que tiene en medio la Libertador. No cabíamos una al lado de la otra, entonces corrimos en fila sin ver atrás. Nadie nos podría alcanzar. Se sintió como un segundo y ya estábamos en casa con el corazón en la boca pero sanas y salvas.

Cuánto orgullo sentíamos con cada hazaña Decíamos que éramos dos contra el mundo.

Hasta el sol de hoy.

Libertad Araujo:

Mi vínculo con la avenida Libertador es de vieja data. Allí vivió mi abuela materna con sus hijos, mis tíos, en un apartamento amplio, de magnífica iluminación, al que visitaba con frecuencia. Si tengo que describirla en la actualidad, no puedo ser tan benevolente, debo destacar los altos contrastes de ahora, con edificios de la Misión Vivienda, de acabado rústico, construidos con precariedad y prisa.

Ana Teresa Torres:

Nací en 1945. Cuando era niña decían que habían tumbado la calle La Línea y estaban construyendo la Libertador, que pasaba cerca (o debajo) de Campo Alegre, donde vivíamos. ¿Sueño, alucinación, falso recuerdo?

Enrique Larrañaga (en respuesta a Ana Teresa Torres):

Quizá existía la idea y hayan efectuado demoliciones (como sucedió con la avenida Bolívar) de preparación, pero la trinchera es más reciente. Recuerdo el espectáculo de sombras profundas por las vigas, en el ingreso desde Chacao; y no era tan niño. Nací en 1953, por eso calculo de 1963 en adelante.

María Olavarría:

La Libertador no existía cuando yo, de niña, iba de La Florida a Sabana Grande por la calle Línea. Después se convirtió en la vía rápida de dos niveles que hoy conocemos, con unas escaleras de tanto en tanto para comunicación de los peatones. Cerca de su cruce con la avenida Los Jabillos de La Florida está una de esas escaleras, y en el nivel inferior se paran los carritos por puesto para dejar pasajeros. Por allí venía una tarde mi mamá, que ya contaba 80 años, con una bolsa de mangos de hilacha. Cuando se bajó del carrito, se le acercó un hombre armado.

—¡La cartera!, ¡el reloj! -la conminó.

—Mira mijito, -le contestó mi mamá-. Yo te doy el reloj y estos mangos, que son dulcitos.

Pero la cartera no. Allí lo que tengo son mis papeles y un rosario, qué vas a hacer tú con eso.

—Bueno, pero rápido. ¡El reloj!

—¿Y, de verdad, no quieres los mangos? Debes tener hambre.

El hombre escapó con el reloj, sin los mangos y sin la cartera.

Juan Carlos Zapata:

(Este relato, basado en un hecho real, forma parte de No te mires en el espejo, libro de cuentos que preparo).

Antes de cambiarse al hogar estable, X. rentó un apartamento en un edificio pequeño en la avenida Libertador, una vía de diseño moderno, futurista para su tiempo, aunque con los años, arrinconada, deteriorada, en la desidia; por el descuido de los gobernantes de Caracas.

Con el paso del tiempo, se volcaron a la vía pública las prostitutas y los transformistas, que hicieron de la Libertador campo de levante. Mientras para los trasnochadores, aventureros y alborotadores, aquello era una fiesta, un safari, un espacio de desahogo de alegrías y represiones, para los vecinos las noches eran, casi todas, dramas, peleas y hasta tragedias.

Una noche eran los policías persiguiendo los transformistas. Otra, eran los alborotadores pegándole a una prostituta. Otra, las prostitutas contra los transformistas. Otra, un transformista cortando a un cliente, o robándolo, insultándolo, maldiciéndolo. Otra, las patotas antitransformistas en operativo homofóbico. No faltaban gritos, disparos, frenazos de los carros, ni las sirenas de las ambulancias y los coches policías.

El edificio donde vivía estaba protegido por una valla baja, que podía ser saltada por cualquiera. De modo que el jardín había pasado a ser refugio cada vez que se desataba una riña, lugar para las urgencias de los esfínteres, o para complacer a la carta a un cliente.

En el último piso había un vecino que mantenía a raya a los invasores lanzándoles piedras, agua caliente, palos, gasolina, querosén, creolina. X. no sufría porque era de buen dormir y no había ruido que la perturbara. Pero una tarde, regresaba del trabajo, se encontró con lo indescriptible. El vecino del piso de arriba había hecho lo suyo, ahuyentando con su artillería a un grupo de tempraneros transformistas que habían tomado el jardín por asalto.

En los minutos en que no es de día, pero tampoco de noche, uno de los transformistas había logrado escabullirse entre las matas altas del jardín, más cerca de los estacionamientos, a un paso de saltar la valla, en caso de emergencia. X. notó que, del rincón formado entre una columna y un arbusto, salía la parte posterior de un cuerpo desnudo en cuclillas. Se acercó con sigilo, rodeó un auto sin perder de vista al hombre desnudo que seguía agachado, apartó una rama del arbusto y, susto, ahí estaba la vela. Una vela blanca encendida en el suelo. A un lado, una cartera de mujer y un paso más allá una peluca pelirroja.

—¿Qué hace usted ahí? -inquirió

—Aquí, chica, maquillándome.

En ese momento, X. vio el espejo en la mano del intruso.

Julio Contreras:

En mis días de estudiante en la UCV, había un restorancito de comida suiza en la planta baja del hotel Crillón, que le gustaba mucho a una chica con la que salía. Como era costoso para estudiantes, solíamos compartir la cuenta. Yo pagaba en efectivo y ella con una tarjeta de crédito, extensión autorizada de la de su papá.

Un día que fui a su casa a recogerla para salir, el papá, muy serio y en talante autoritario, me solicitó que pasara al estudio, porque teníamos pendiente una conversación “de hombre a hombre”. Me comunicó que él no tenía problemas con que me estuviera acostando con su hija, pero que bajo ninguna circunstancia estaba dispuesto a pagar el hotel. Ante mi sorpresa, sacó una copia del estado de cuenta de la tarjeta, donde aparecían varios cargos del Hotel Crillón, agregando que, como él sabía que su hija no salía con nadie más, el autor de la fechoría no podía ser otro que yo. Enseguida dilucidé que se trataba de las facturas del restaurant, que salían a nombre del hotel, y aunque se lo expliqué con insistencia y detalles, no me creyó. Años después, el señor falleció, y la muchacha -con quien conservé una estupenda amistad- me contó que su padre nunca había dejado de creer que había pagado por nuestras citas amorosas.

Rafael Maldonado:

En esta foto de la avenida Libertador, por sus canales de arriba, casi finalizando en sentido hacia el Este, se ven dos edificios, a continuación del que tiene el mural. Se llaman Los Ángeles y Marenca. Los recuerdo porque familiares vivían en ellos; y en el Marenca, mi tío Mario Maldonado Parilli y su esposa, Annunziata Caetani, crearon una galería de arte llamada Il Caravaggio, que exhibía lo mejor de la pintura venezolana.

Olgamar Pérez:

Todos los carnavales, mi abuela Pancha me disfrazaba con trajes de infinitos detalles. En una ocasión, me disfrazó de china, con tal minuciosidad que se había pasado un mes recolectando los implementos de la caracterización.

Vivíamos cerca de la Libertador, entonces en construcción, y allí decidió mi abuela que iríamos a lucir mi disfraz.

Nos fuimos a pie. La sombrilla de cartón me incomodaba, pero la llevaba abierta y sin chistar para no contradecir las instrucciones de mi abuela.

Finalizando la avenida Lima, me quitó la sombrilla por un ratico, para que pudiera ver mejor. Aquella amplitud y las tonalidades de grises del cemento y el aluminio de las barandas, me hicieron pensar en la palabra “moderno”, que tanto usaba mi abuela al hablar de los trabajos de la avenida.

Caminamos para conseguir el mejor lugar para ver las carrozas. Los caramelos rebotaban en mi sombrilla y mi abuela se ofreció a agarrarlos por mí, con tal de que no cerrara la sombrilla y desluciera el disfraz.

De pronto, los gritos y aplausos fueron cada vez más fuertes, todo el mundo alargaba el cuello en la misma dirección diciendo: “allá viene, allá viene”. Detrás de la carroza de la Créole, apareció una mucho más colorida con una joven de bucles azabaches, que lanzaba saludos, papelillos y caramelos. Alguien me había cargado y pude ver el primer paseo de una reina de carnaval por la avenida Libertador.

Irene Saldeño:

La construcción de la Libertador la viví y sufrí sin saber que, una vez lista, me iba a regalar el gran paso que significó mi libertad.

Estudié en el colegio de monjas La Consolación, situado en la avenida principal de las Palmas, a una cuadra de la Libertador. Vivíamos en la urbanización El Marqués, para la época el final de Caracas y razón del sufrimiento, pues la construcción obstaculizaba nuestra ruta diaria. Como toda familia clase media de la época (numerosa, 5 hermanos y dependientes de un solo carro), teníamos que salir y regresar todos juntos. Salíamos cuando mi papá, conductor y jefe, lo hacía, porque como él decía: “una niña de familia no anda realenga y sola por las calles”… hasta que la recién inaugurada Libertador, limpia, amplia, moderna, nos embriagó con una grata sensación de modernidad y progreso.

La Libertador trajo una apertura de mente. Rápidamente se convirtió en un corredor de lo que debería ser una ciudad ideal. Con ella llegó la compañía autobusera Emtsa, que con sus normas trasmitió una sensación de excelencia y responsabilidad; a lo largo de la avenida desplegó sus paradas, que eran plenamente respetadas: cada media hora llegaban sus largos autobuses verde manzana, que no aceptaban gente de pie. Una de estas paradas quedaba a una cuadra del colegio y como que el terminal quedaba en El Marqués, sí, en el fin del mundo, pero a una cuadra de mi casa, me dio el placer de regresar sola a mi casa los dos últimos años del colegio.

El último día de colegio. después de presentar el examen que nos incorporaba a una de las flamantes promociones del cuatricentenario de Caracas, un grupo de adolescentes, todas compañeras de esa promoción, nos fuimos desde esa parada, en alegre recorrido por la Libertador. Ese último paseo de mi vida escolar nos regaló una Caracas amable.

Karmele León de Serrano:

Hoy es un pesar, con edificios construidos con las tripas, sin respeto a las ordenanzas ni a nada, populistas. Mis respetos a los vecinos que seguramente llevan décadas en sus edificios originales, gente digna, que compró con créditos de bancos pagaderos a veinte años.

Su momento de gloria fue en las últimas décadas del siglo pasado, especialmente en su extremo este, donde se erige la sede de PDVSA, entonces una entre las grandes petroleras mundiales. En su planta baja se veían entrar y salir los nigerianos con sus trajes de colores, los ejecutivos de muchas partes del mundo, en un ambiente corporativo. Las secretarias ejecutivas y bilingües vestían mejor que las mujeres profesionales que allí trabajaban.

Y tampoco existen ya los restaurantes, costosos pero accesibles: Urrutia, Shorton Grill, La Huerta, el Gallo de Oro.

Carolina Espada:

La avenida Libertador olía a hojaldre recién horneado, crema pastelera y azúcar en polvo. Era 1962, yo estudiaba en el preescolar del Instituto Politécnico Educacional, construido con visión de futuro al comienzo de aquella avenida tan moderna y democrática, donde los automóviles se desplazaban a la máxima velocidad del sonido local: 50 o 60 km por hora.

Una vez a la semana, mi mamá y yo íbamos a ver a mis padrinos, Titi y Ele, que vivían en el edificio Dampater, en diagonal del otro lado de la avenida. En la planta baja estaba la pastelería Selva, donde la señora Silvana vendía las más exquisitas milhojas a las señoras golosas, como mi mamá, que siempre le compraba una docena antes de subir hacer la visita.

Titi y mi mamá se ponían a hablar de todo, mientras merendaban como si estuvieran en París. Yo, a mis cinco años, en uniforme con volantes, le contaba a Ele las cosas muy interesantes que estaba aprendiendo. La letra “L”, por ejemplo. Él, tan amado, me escuchaba como si yo estuviera defendiendo mi tesis doctoral. La Libertador sabía a dulce y la sensación en esa avenida era la de un amor muy puro y muy grande.

Gian Carlo Areiza:

Años después lo resumiría el poeta Alejandro Castro: «La única gloria en tu nombre, Libertador, es una avenida sonora de tacones talla cuarenta y seis” (Canto a Bolívar, del poemario El lejano oeste, 2013).

Si acaso tenía 10 años cuando me espetaron, porque se me había ocurrido mencionarla, que la avenida Libertador era “donde estaban las putas”. Esa fue la primera referencia que recibió un colombianito recién aterrizado en Caracas, cuando pidió información sobre su nueva ciudad.

Un día, ya con el estatus de liceísta camisa melón, y con la suficiente edad, creía yo, como para prescindir del permiso de mi mamá, tomé la decisión de irme caminando hasta la casa, desde Chacao hasta la desembocadura de la Libertador, en la sede la CANTV, para llegar a mi casa en Sarría, donde comienza la avenida Candelaria.

Como avío para el camino, compré unas galletas y me apreté el morral a la espalda. Mi cruzada consistía en observar de cerca la ciudad, en las orillas y barandas que dividían el subterráneo con el paralelo de la avenida. Sentí temor por el vértigo del vacío y el movimiento tembloroso de los carros, que tanto arriba como abajo, iban del sur al oeste, así que decidí irme a la acera donde asomaban edificios y locales.

La Libertador congregaba muchos paisajes y ambientes. Encontré sitios con sillas afuera, con bastante luz y muchas personas divirtiéndose, seguí caminado y pasé por zonas industriales vacías. Observaba la enramada de árboles que ladeaban la Libertador de punta a punta. Estaba ya oscuro, supongo que llevaba 45 minutos de trayecto, cuando sentí que algo se movía detrás detrás de mí. Tacones. Eran dos mujeres. Contuve la respiración. Una me dio alcance y me tomó la mano con fuerza. Me pidió que no la soltara, porque la venían persiguiendo.

–Por favor, di que eres nuestro primo y que vamos para la casa.

—Mami, vente con nosotros, que vas ganando -dijeron unos tipos, que no tardaron en alcanzarnos.

—Déjenos tranquilas, no se equivoquen. Nosotras no somos de esas -dijo la otra.

Cruzamos la esquina para adentrarnos en la avenida las Palmas. Las chicas me llevaban arriado. Entramos a una panadería. “Nos dio por venirnos caminando y mire lo que ha pasado”, me dijeron. Me dispuse a acompañarlas hasta su casa. Una de las chicas se adelantó y, mientras nos esperaba en la acera, se le acercó una camioneta Bronco de color blanco. El conductor bajó la ventanilla negra y alcancé a escuchar: “Súbete, muñeca, y la pasamos rico”. El acecho había comenzado otra vez.

Diego Arria, gobernador de Caracas entre el 12 de marzo de 1974 y el 6 de enero de 1977:

Al inicio de mi gobierno de la ciudad y presidente del Centro Simon Bolívar, hicimos los primeros murales a lo largo de la parte inferior de la Libertador.

Lo primero que llevamos a cabo fue el programa Plan Caracas, que incluía desde remodelación de viviendas, en áreas como La Vega, parques, estadios, canchas de futbol, béisbol, tenis, (por ejemplo, en Caricuao y Montalbán), remodelación de hospitales, como el Materno Infantil, el JM de Los Ríos, la Maternidad Concepción Palacios… En el marco del Plan Caacas, y gracias a un talentoso colaborador, hoy fallecido, Felipe Llerandi, emprendimos un programa especial para llevar el arte a las plazas y bulevares, en el centro de Caracas, Catia y La Vega. Los domingos llevábamos enormes cilindros de papel, que desplegábamos en la calle, y proveíamos de colores a los niños; y también pusimos en marcha, con el maestro Carlos Cruz-Diez,  el plan Caracas Museo Abierto y así comenzamos a actuar sobre los túneles de la avenida Libertador, el puente de entrada a Las Mercedes, los Silos de la Guaira y muros de su puerto, hasta el más largo de todos, paralelo al río Guaire, desde los Ruices a Bello Monte.

Yo utilizaba el mural al ingreso de Las Mercedes como termómetro de la ciudad. Eran hermosos caballos, diseñados por Nelson Douiahi. Cuando los veía sucios, corríamos al oeste a redoblar los trabajos de mantenimiento.

Gustavo Ernesto Rodríguez Itriago:

En esas cuatro esquinas hay edificios singulares que representan una edad de oro de nuestra ciudad. En la esquina suroeste esté el edificio Viulma, decorado con un mural del artista paduano, Ennio Tamiazzo, quien dejó varios ejemplos de su arte por la Caracas de los años 40 y 50.

En la esquina sureste está el edificio Sausalito, donde sigue funcionando la Panadería Selva Negra, que competía en pastelería alemana con la desaparecida Pastelería Frisco, en el Centro Comercial El Bosque, como a 50 metros de la bajada de los bomberos. Justo al lado del Sausalito, está la Galería Acquavella, donde se hicieron muchísimas exposiciones y donde los artistas venezolanos como Emilio Boggio y Héctor Poleo se dieron la mano con George Braque.

Al cruzar el puente hacía el norte, todavía impresionan, por su estilo moderno y elegante, el edificio El Castillito, construido en 1951 por el ingeniero Gaetano Di Mase y su vecino de la esquina noreste que a todos nos parecía su primo, el edificio Santillana, precioso, con sus puertas, ventanas y barandas de caoba, construido en 1941 nada más y nada menos que por el arquitectoManuel Mujica Millán. Mi Favorito.

Al subir por la principal de El Bosque, a mano izquierda, estaban “Los Baños Turcos”, que conocí de la mano de mi padre, Carlos Rafael Rodríguez, quien era el Industrial Relations Manager de la FENIX C.A. (que después sería la SIMMONS de Venezuela). A la pregunta de Dan Raffone, su jefe, acerca de si en Caracas había baños turcos, mi papá le dio la dirección.

Ese sitio era mágico para mí. Un universo maravilloso, habitado por una asombrosa diversidad de personas. Era propiedad del doctor Ballah, quien estableció horarios para que los hombres acudieran separados de las mujeres.

Ahí pasaban parte de su tiempo desde Reinaldo Herrera, hijo de Pepito, que luego sería conocido por casarse con Carolina Herrera, hasta Henry Benacerraf junto a Ramón Eduardo Tello (Tellito), quien heredaría Seguros La Previsora, y un sinnúmero de personajes de la vida nacional.

Entre los intelectuales se destacaba Juan Liscano, quien siempre era muy comentado por la belleza de las distintas mujeres que lo acompañaban. Era frecuente ver a José Ignacio Cabrujas, Alejandro Izaguirre, Salvador Garmendia, Adriano González León, Caupolitan Ovalles.  Por los periodistas: Cuto Lamache, Oscar Yánez, Jesús Sanoja Hernández, Eladio Lárez. Por los músicos: Aldemaro Romero, Jesús Sevillano, Mario Suarez, Héctor Cabrera. Por la televisión y el cine: Miguel Ángel Landa, Héctor Mayerston, Delio Amado León, Roberto Hernández, Cayito Aponte, Henry Altuve, Ali Khan (Virgilio Decán) y Joselo, siempre echador de broma, que llegaba pidiendo: ¡Cédula, cédula! Por los artistas-pintores: Pedro León Zapata, Mateo Manaure, Jacobo Borges, quien se la pasaba conversando con Napoleón Bravo. Por los políticos: Jorge Olavarría y Luis Alberto Machado. Por los peloteros iba el ex jugador Wilmer Field, a quien le gustó tanto Caracas que seguía viniendo después de jubilado. Y cuando eran brillantes, populares y jóvenes: Luis Britto García y Luis Alberto Crespo, hace tanto tiempo de aquello que nadie recuerda lo queridos que eran.

Como yo era un niño, que iba de la mano de mi papá, me daban algo de miedo aquellos cuartos que me sofocaban, así que me metía en el grande, que era el menos caliente por ser el de descanso. Pero lo que más me gustaba era la Fuente de Soda, junto a la piscina, porque pedía un helado y me dedicaba a ver a la gente.

Vince De Benedittis:

En Caracas solo hay dos avenidas cuya finalidad es aproximarnos al futuro. Una es la Bolívar y la otra, la Libertador.

Para mi padre, era habitual transitarla a pie hacia su trabajo. Con frecuencia me llevaba por las trochas más pintorescas que se extendían, ya a lo lejos, por la otra cara del puente.

Mi madre prefería moverse para todo en su automóvil y las veces que la acompañé fue a distancias largas, hacia puntos bucólicos de la ciudad. Pero hubo una ocasión en que le tocó llevar su carro a revisar a un taller mecánico situado frente al elevado. A mí se me quedó grabado el anuncio, cuya forma era de un raro lagarto, (con el tiempo lo ubiqué desde el apartamento, porque su anuncio se veía a lo lejos: “Talleres El Drago”. Extraño, porque la Avenida Libertador dispone de poca publicidad en su recorrido.

A los seis años entré al Colegio “Nuestra Señora de Las Mercedes”, detrás de la bomba de Plaza Venezuela, cerca de la Torre Capriles, a pocos pasos de la Libertador. Todas las mañanas hacía el recorrido a pie, con algunos de mis padres, por debajo del puente. Pero, a la hora de salida, el autobús escolar que debía llevarme, por la calle El Colegio, hasta la oficina de mi padre, daba una vuelta por el Paseo Colón y Maripérez. Eso me permitía ver el elevado en la Libertador desde otro punto de vista.

Estuve en ese colegio hasta segundo grado, y todavía recuerdo al director, con su acento español, cantándonos en el patio el himno al árbol. Yo vivía rodeado de caobos, desde la Libertador hasta el jardín interno del edificio. Entonces me cambiaron al Instituto Libertad, que quedaba en la calle Lima. Para llegar, teníamos que pasar primero por la Libertador. Entre las curiosidades del puente había una tienda de arte, llamada precisamente Galerías El Puente. De hecho, mi casa empezó a llenarse de paisajes al óleo del artista valenciano Luis Guarenas. A la par, mi madre fue amoblando su apartamento con muebles “Luis XV”, de caoba oscura y alfombras persas.

Mi madre se puso de acuerdo con la mamá de Pablito, un vecino que estudiaba también en el Instituto Libertad, para que esta me fuera a buscar en los mediodías. Así se sumé a la rutina de la caminata con la señora, a través de la Libertador para llegar de la calle Lima hasta la calle Los Jabillos, donde estudiaban los hermanos de Pablito. En 1982, cuando tuvo lugar el primer Mundial de Fútbol que se transmitió por televisión, vi por primera vez una comparsa, cuando pasó la banda del Colegio de la Hermandad Gallega frente a mi escuelita y nos invitaron a marchar hasta el puente. ¡Un espectáculo musical en plena luz del día en la avenida Libertador!

Por tercera ver, mi madre me cambió de colegio. Me puso en la Escuela Nacional Franklin Delano Roosevelt y luego en la Unidad Educativa Humberto Parodi Alíster. Para llegar a la Roosevelt, nos íbamos en la camioneta de Cementerio-Carmelitas, que tomábamos en la bomba de Plaza Venezuela; y de regreso, nos bajábamos en la avenida Las Palmas y caminábamos hacia el puente por la Libertador.

Después del Viernes Negro, dejamos de frecuentar la Libertador. Me seguían llevando a Colegio de Ingenieros por Quebrada Honda o a través de un viaducto que había por debajo de la Libertador, que se conectaba con la CANTV. Fue impresionante ver cómo, a medida que se despoblaba Quebrada Honda, se iba quedando solo el viejo Templo de Santa Rosalía… Otras veces recorríamos los parques de bolsillo e íbamos hacia el extremo opuesto, más allá de la avenida Los Jabillos, donde estuvo un hermoso Parque de Atracciones que no duró mucho en la zona. Me parecía hermosísima la Plaza Las Delicias. En esa ruta vi con mis ojos de niño a las chicas alegres o a los travestis y malhechores, así como a los conductores que se reunían en la famosa Parrilla Los Taxistas, en el puente.

La situación económica empeoró en mi casa por la época en que iba a terminar el bachillerato. Un nuevo cambio de plantel me dejó en el liceo José Manuel Núñez Ponte, cerca de mi casa, por lo que se hizo habitual ir desde el puente de la Libertador hasta Maripérez, donde estaba el liceo.

En fin, puedo afirmar que crecí en la Libertador.

María Antonieta Petricca:

Soy del estado Vargas y sigo viviendo allí, pero la avenida Libertador me une a mi familia materna, los Silvestri. Mi tía Rosina vivía en una de sus transversales y mi tía María, en otra.

Mi juventud estuvo llena de vivencias felices, de bodas en familia, de comilonas en días festivos, de gente maravillosa que ya no está y que adoraba vivir allí.

Mi tío Vicenzo, quien estaba al frente del restorán Pensión Ana, junto a su esposa María, nos consentía, a mi hermana Sonia y a mí, con platazos de fresas con crema. El lugar era célebre por su famosa comida casera y por ser el sitio de reunión de artistas de Venevisión; de personalidades, como Sofía Imber, Carlos Rangel y José Ignacio Cabrujas; y de políticos y ministros, como Haydee Castillo y Luis Piñerúa Ordaz, ejecutivos y empleados de CANTV y CTV ¡Cuántas veces vi a Gonzalo Barrios comiendo una rica pasta aglio e olio!

Nuestras vacaciones las pasábamos allí, con mi nonna Placidia. Los caraqueños bajan al mar, los varguenses subimos a la ciudad. Y, mientras mi nonna recreaba platos de la región Marche, Sonia y yo nos jugábamos con las primas mientras llegaba la hora de almuerzo. Y luego, a pasear por la Libertador, llena de árboles y edificios altísimos.

Carolina Jaimes Branger:

Una noche circulaba por la avenida Libertador con mi hija Tuti. Ella es una niña especial, que no conoce la malicia. En una esquina, donde nos detuvo un semáforo en rojo, había tres mujeres prácticamente desnudas. Tenían los senos al descubierto y unos ‘hilos dentales’ casi invisibles. Daban vueltas para mostrar su ‘mercancía’.

—¡Pobrecitas esas señoras! -exclamó Tuti.

—¿Pobrecitas por qué, mi amor?

—Porque les va a dar gripe: no tienen suéteres.

Abdel Güerere:

Una caipiriña es alegría en vaso. Se hace con cachaza (aguardiente brasileño de caña, que provoca usar como perfume), limón, azúcar y hielo. Es una dosis XL de serotonina líquida.

En Caracas, a finales de los años 80 del siglo XX, en la Libertador, cerca del puente con la avenida La Salle, quedaba un barcito donde vendían caipiriñas. Era un local más bien pequeño, sin nombre conocido, con decoración desaliñada e insípida y una barra donde servían, en vasos de plástico, gloriosas caipiriñas. Un buen día, sin necesidad de mercadeo, este barcito se puso de moda, Ahí íbamos muchos jóvenes, cerca de la medianoche, antes de recalar en los sitios de rumba. Un before hour, por así decirlo. El local se llenaba rápido, la barra colapsaba, la acera se llenaba y hasta en el medio del asfalto había gente. Todos, caipiriña en mano.

Como a la 1 a.m., cada quien partía para su destino rumbero. Unos a La Lechuga, discoteca chic de moda, otros a las discos gays, unos, a los bares straight y otros, a alquilar acompañantes de altos tacones y cortas minifaldas. Todos unidos por las caipiriñas que corrían por nuestras venas. Un buen día, el bar pasó de moda. Pero, cómo olvidar las caipiriñas de la Libertador.

Jaime Gili:

La Libertador y el bulevar de Sabana Grande son como ríos paralelos de caudales y velocidades diferentes. A ambos acudía a diario, pues crecí en esa Mesopotamia que sería la Solano. Desde los ocho años de edad le hacía recados a mi madre en las mercerías del Bulevar y fui testigo de sus dos grandes cambios. Cientos de veces habré cruzado a pie entre sus tres estaciones de metro. La Libertador, en cambio, es perfecta como vía rápida, se entiende mejor con vehículo.

En la época que quiero traer aquí, yo aún no manejaba. Se me aparece, entonces, desde ventanillas laterales, como pasajero, siempre como una vía medio vacía. La veía entre semana, desde la ventanilla del asiento plástico, verde, resbaloso de sudor, del transporte escolar, un autobús Dodge de los primeros 60, aguantando estoico tras veinte años de uso y abuso infantil. Sus ventanas se abrían, no completamente, usando los dos pulgares para soltar unas palanquitas en los extremos superiores.

Los fines de semana tomábamos la Libertador. Estas salidas pueden haber ocurrido en un Ford Maverick bermellón, cuya ventana trasera no abría casi nada, pero cuyo espacio posterior al asiento trasero, bajo el vidrio, utilizaba para acostarme y ver el cielo, las vigas de la Libertador y sus sombras pasando a gran velocidad con efecto estroboscópico. Más adelante, cuando manejé en Caracas, volví a cruzarla, y sé que el cinetismo de las sombras que proyectan sus vigas, a diferencia del cinetismo pintado de Juvenal Ravelo, se aprecia mejor como conductor.

Crecí, pues, en la Solano, “entre Mangos y Manguitos”, como le gustaba escribir a mi padre, en el remite de las cartas que enviaba a la familia en Cataluña. Quería decir “Avenida Francisco Solano López, entre Calle los Mangos y Calle los Manguitos”. Una de ellas sube, hacia la Libertador, sin árboles ni espacio para tenerlos, y cae entre el edificio de PDVSA y la Clínica Santiago de León. La otra calle sí tenía árboles, no todos mangos, y llevaba hacia la primera Montserratina, a la panadería Rosita, a la pequeña quinta donde hice mi preescolar y hacia la placita Las Delicias, y a la línea de taxi que, con gran tino se ubicaba allí, bajo un tulipán africano que daba sombra a los conductores en espera.

Uno de esos años, y por única vez en su vida, había venido mi abuelo a Caracas (en lugar de ir nosotros de vacaciones a Barcelona). Mi abuelo no había salido mucho de su pueblito y conocía Caracas por cartas, fotos y postales. Le parecía incomprensible que una tierra tan fértil no estuviera sembrada hasta lo imposible, mucho más ante las evidencias de la pobreza urbana. Le impresionaba cómo se desechaba la masa interior de la arepa para dar espacio al relleno y las autopistas llenas de automóviles que, según observaba, desperdiciaban cantidades de metal en formas superfluas y motores sobredimensionados. Como catalán que había vivido guerras y postguerras, le indignaba el despilfarro.

Le gustaba explorar y, sin temor a perderse, caminábamos hacia el bulevar o la Libertador. En cierta ocasión, tomando la dirección contraria a la casa, desde la plaza las Delicias, topamos con un parquecito a orillas de la Libertador, hacia El Bosque, de esos que algún alcalde se habrá dignado a construir, mas no a mantener. Eran parques enrejados de los que abundan en Caracas, con aparatos de tubo metálico, básicos y resistentes, pintados de colores primarios, con piedritas calcáreas en el suelo. Este, en particular, estaba separado del tráfico de la Libertador por una reja, pero dejaba entrar su ruido y su polvareda. Además, lo caracterizaba el olor a mierda –y no de perro- en alguna esquina, botellas vacías en bolsas de papel en otras y bancos medio rotos. Mobiliario público de madera y metal, impregnado de olor a gente sin techo y sin agua, a harapos y papel periódico en segunda vida. Aquella fue sería única vez que estuviera allí. Recogí del suelo, rebozado del polvillo blanco de las piedritas, un juguete de plástico roto. Era un camioncito que por estar partido por la mitad ya no podía rodar. Mi abuelo tomó el juguete de mis manos y, utilizando la llama de un par de fósforos como soldador, lo reparó con los dedos con apreciable destreza. Con su pañuelo le quitó el polvo, y quedó como nuevo.

Ninel Guerrero:

Cuando bajé del apartamento para ir a trabajar, en la mañana, encontré que me habían rayado el carro.  Seguramente, había sido un vecino que días atrás se había molestado porque la junta de condominio me asignó su puesto de estacionamiento. Estaba atrasada, así que me marché furiosa. Sabía que no iba a poder hacer nada contra del vecino abusador.

La torre de veintidós pisos de mi trabajo quedaba al final de la avenida Libertador, al lado del Mercado Guaicaipuro. Por la hora, no logré entrar al estacionamiento de la compañía, por lo que decidí, saltando mi propio protocolo de seguridad, estacionar en la calle de “los borrachitos”, que quedaba detrás de mi lugar de trabajo.

Cuando bajaba del carro se acercó un motorizado muy cerca de mi ventana. Me dijo que no era nada malo, que no me preocupara. Su cara y ademanes no evidenciaban un lado oscuro. La corbatica color pastel parecía tejida a mano. Me dio la impresión de que se trataba de un funcionario de un banco que trabajaba en taquilla. A pesar de su comentario tranquilizador, al apagar el carro sentí un rayo que me atravesaba la espalda.

Me pidió mi cartera.

Pensé mucho para darle mi bolso. Tenía todavía en las manos la llave del carro.

“¿Y si me marcho en el carro volando?”, me decía. Sopesé la situación. “¿Y si me quita mi reloj recién comprado en navidades en Margarita? ¿Y si luego se antoja también de mi celular?”.

El tipo se molestó y me gritó: “Apúrese, señora”.

No sé de dónde saqué arrestos para retarlo: “¿Usted tiene un arma? No la veo”.

El motorizado me miró, me gritó: ¡Bruja! y salió disparado.

Glenn Mujica:

Año 1997. Estoy trabajando en Cantv, en su sede principal de la Libertador cerca de Maripérez, a una cuadra del mercado de Guaicaipuro.

Una mañana recordé que no había pagado la cuota anual del Colegio de Ingenieros, cuya sede queda quizás a 300 metros de CANTV. Pensé que iría después de mediodía, en un aseo después de almorzar.

A la 1:30 del mediodía, y calculando que a las dos estarían abiertas las oficinas, me dispuse a caminar por la acera norte de la Libertador, para atravesarla por debajo, usando la estación del metro, que en el lado norte está en Santa Rosa.

Cuando estaba a unos 50 metros de la entrada, los vi veo venir. Tenían 18 años o vez menos. Pero una expresión de maldad, que traté de disipar en mi mente obligándome a pensar que soy un racista, un clasista y que no todos en la zona tienen por qué ser malandros. “Qué haré”, pensé. ¿Seguiré caminando, pero más rápido?, ¿Me devolveré, como si se me hubiese olvidado algo? ¿Dejaré la acera, para caminar por la calle, junto a los carros?

Decidí seguir andando. Cuando ya estaban como a metro y medio, uno de ellos me dice: “Dame tu reloj y lo que llevas en la cartera. No intentes hacerte el gracioso, porque tengo un revolver que puedo usar en cualquier momento”.

Tratando de disimular el miedo y aguantando la impotencia, la frustración, me quité el reloj y saqué los billetes. Tomaron mis cosas y se fueron caminando tan tranquilos, como si no hubiesen cometido una fechoría. Traté de respirar y, con una sensación de cansancio, derrota y amargura, emprendí mi regreso.

No recuerdo cuándo me puse al día con la anualidad de mi gremio.

Cecilia Santa Gadea:

Desde 1973, fue mi avenida, mi trayecto diario hacia mi lugar de trabajo. Allí hice piques. Con un desvencijado Renault 12 Tl. Sincrónico piqué cauchos con mis compañeros de trabajo y con mi jefe.

La recorrí en taxi, en carro propio, en buseta y a pie. Me encantaba pasar en el atardecer cuando ya se escondía el sol y ver los fragmentos rojizos y amarillos sobre las losas del asfalto. Hermosa vista. No así cuando se congestionaba de carros y humo. Tenía sus horas particulares de congestionamiento y soledad. Así como sus días.

En una oportunidad, recorrí con mi hermano la parte baja de la avenida en moto, en diez explosivos minutos. Desde el puente de las Fuerzas Armadas hasta Chacao. Esa noche soñé que me caía de la moto y no salía bien librada del evento. Era un sueño premonitorio: como iba agarrada de la cintura de mi hermano y bien apoyada en su espalda, alguien le fue con el cuento a mi cuñada de que lo habían visto con una fulana, muy acaramelados.

Maureen Gubbins Vásquez:

Eran las tres de la tarde de un miércoles del 2013, cuando tomé la avenida Libertador rumbo a La Florida, para mi cita con la odontóloga.

Ensimismada en mis pensamientos, me detuve ante el semáforo, frente a PDVSA. De repente, veo delante de mí una moto con dos hombres, asaltando a una muchacha al volante de un pequeño automóvil. Inmediatamente, los vigilantes apostados en PDVSA corrieron hacia los motorizados, apuntándolos con una 9 milímetros. Cuál sería mi cara de espanto que, al verme, uno de los vigilantes le dio un codazo al otro para que bajara el arma. Los motorizados fueron arrastrados a empujones.

Oswaldo Vallera:

En la avenida Libertador había una carnicería cuyo nombre no recuerdo, como sí el eslogan que ponía en su anuncio: “La tentación de la carne”. Una noche, pasé por allí justo en el momento en que unos transgéneros, vestidos con ropa que cabría en una tacita de café, se paraban cerca del aviso y lo señalaban con picardía. Ese es el espíritu eterno de la Libertador.

¿Qué tan perjudicial es la calima para la salud de los venezolanos? por Daniela León – eldiario – 17 de Abril 2020

El equipo de El Diario conversó con un neumonólogo sobre los efectos que tiene la exposición a la contaminación del aire en personas asmáticas, con enfermedades respiratorias e incluso con Covid-19

En lo que va del mes de abril, el país ha sido testigo de incendios forestales en la ciudad de Caracas. Solo el pasado 11 de abril se registraron diez incendios simultáneos en la localidad, uno de los más fuertes ocurrió en el área montañosa que rodea el Hospital general Dr. José Ignacio Baldó (El Algodonal), uno de los centros centinela para atender a pacientes con Covid-19.

El centro de salud, ubicado en el suroeste de la ciudad, es un complejo hospitalario en el que principalmente se atienden patologías respiratorias, por lo que el humo y las cenizas generados por los incendios se convirtieron en el dolor de cabeza de quienes estaban de guardia ese sábado.

El Diario #QuédateEnCasa@eldiario

| 4:29pm Incendio Forestal en Hospital Dr José Ignacio Baldo (Algodonal) el llamado es a Las autoridades, es un Centro Salud Centinela, y su especialidad son enfermedades Respiratorias y Pediátricas.

Video insertado

Alí García, neumonólogo de El Algodonal, explicó que el incendio comenzó muy cerca del área de aislamiento de los pacientes con Covid-19, lo que implicó que tanto el personal de salud como el único paciente que allí se encontraban fueran evacuados.

Afortunadamente ni el personal de salud ni los pacientes tuvieron ninguna manifestación respiratoria grave. Algunos de los trabajadores solo presentaron molestias en los ojos e irritación y congestión nasal. No hubo ningún caso de neumonía por inhalación de humo ni quemaduras de las vías aéreas”, indicó García en una entrevista para El Diario.

El personal del centro de salud actuó rápidamente y logró evitar alguna complicación en el estado de los pacientes. Sin embargo, el médico sugirió a los ciudadanos tomar algunas medidas de prevención mientras continúe la calima en el ambiente.

¿Qué es la calima? Es un fenómeno meteorológico que consiste en la acumulación de partículas de polvo, arcilla o arena suspendidas en la atmósfera.

En vista de que los venezolanos están cumpliendo medidas de cuarentena social y deben mantenerse en sus casas el mayor tiempo posible, el especialista recomendó a los ciudadanos cerrar las ventanas al momento de percibir el olor a humo o que la calidad del aire ha empeorado.

García comentó que el efecto principal que tiene la calima en la salud es la irritación de las mucosas, es decir de los ojos, la nariz, la garganta e incluso la piel.

Al inhalar esa cantidad de partículas se va a producir irritación en el tracto respiratorio, estornudos, congestión nasal, picazón en el paladar y la garganta y finalmente tos, esos son los principales síntomas respiratorios”, añadió.

Si estos síntomas ya están presentes, el médico recomienda hacer un lavado completo de la cara, nariz y manos para disminuir la reacción alérgica. Advierte que no es favorable automedicarse.

“Nuestra población no viene arrastrando el problema del aire desde hace pocos días, solo que la calima lo hace más evidente y esta constante exposición a la contaminación hace que pacientes que comenzaron con síntomas nasales puedan pasar a tener complicaciones respiratorias y es allí cuando deben acudir al médico y probablemente pasen a un neumonólogo”, agregó.

Aunque todos los habitantes de Caracas están expuestos a inhalar la calima, García asegura que hay pacientes que deben estar mucho más atentos a este problema y mantener medidas de protección más estrictas.

Alguien asmático, con fibrosis pulmonar, con enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) o incluso algún paciente con antecedentes de tuberculosis está más predispuesto a presentar síntomas respiratorios. Lo primero que nosotros le decimos a este tipo de paciente es que se mantenga como en una burbuja y que se cuiden ellos mismos para que el medio ambiente no los afecte”, expresó

Coronavirus y calima

El nivel de afección de los pacientes con Covid-19 por la contaminación del aire estará directamente relacionado con qué síntomas han presentado desde que fueron diagnosticados.

El neumonólogo aseguró que cada caso del nuevo coronavirus es diferente, pues no todos los contagiados presentan los mismos síntomas e incluso algunos no presentan ni siquiera fiebre ni tos, que son los más comunes, sino otros distintos.

Lo que hemos notado es que este coronavirus es el gran simulador, al igual que la tuberculosis. Hemos tenido pacientes con coronavirus sin dificultad respiratoria ni otros sintomas, solo presentando alteración en el olfato y en el gusto”, detalló.

El médico indicó que las personas con coronavirus que corren más riesgo son aquellos que tienen o se recuperaron de una neumonía. Además, señaló que quienes se mantienen hospitalizados estarán más protegidos, porque allí deben tener una mascarilla de protección.

Con las medidas básicas de prevención los venezolanos pueden evitar las alergias y otras afecciones causadas por la contaminación del aire mientras disminuyen los incendios forestales en el país. En caso de que haya alguna complicación, acudir siempre a un especialista y evitar la automedicación.

Estaciones de servicio en Caracas aplican plan «pico y placa» para vender gasolina – El Nacional – 13 de Abril 2020

Ningún funcionario del régimen de Nicolás Maduro anunció la aplicación del plan como medida para acabar con las colas en las estaciones

Foto: archivo

Este lunes se aplicó el plan «pico y placa» en la estación de servicio de La Florida en Caracas, con la finalidad de hacer frente a la escasez de combustible y disminuir las largas colas en la gasolinera.

La periodista Mardolei Prin compartió un video en el que se ve a un funcionario realizando el anuncio con megáfonos. Sin embargo, esta medida no fue informada por ningún funcionario del régimen de Nicolás Maduro.

Usuarios de la red social señalaron que en distintas estaciones de servicio se está implementando el “pico y placa” para surtir gasolina.

«En la antigua texaco, salida de Caricuao, también. Hoy corresponde al 8 y 9. Así lo informaron este domingo», escribió Miriam Sánchez.

mardolei prin@mardoprin

Aunque oficialmente no se ha informado tome sus previsiones, algunas estaciones de servicio están implementando número de placa para surtir combustible. Esto es en La Florida.

Gabriela Gonzalez@GabyGabyGG

Sin que fuese anunciado por ninguna autoridad, en distintas estaciones de servicio se está implementando el “pico y placa” para surtir gasolina.

Esto es en la estación de gasolina de La Florida, en Caracas. 7am.

Video: @mardoprin

Fatima Martin@fatimartin

Ver imagen en Twitter

Gabriela Gonzalez@GabyGabyGG

Sin que fuese anunciado por ninguna autoridad, en distintas estaciones de servicio se está implementando el “pico y placa” para surtir gasolina.

Esto es en la estación de gasolina de La Florida, en Caracas. 7am.

Video: @mardoprin

De la tercera edad a mucha honra.@soytutrichera

Yo fui a las 3 am para hacer la cola en la texaco. La cola se hacía a partir de Aerocav en la Av Río de Janeiro y como a las 6 me sacaron de la cola por no ser de la salud o funcionario y eso que pregunté antes a varios polibarutas y me aseguraron que podía

Cómo es tu avenida Libertador por Milagros Socorro – ProDaVinci – 5 de Abril 2020

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En esta entrega de #UnaFotoUntexto proponemos un juego a nuestros lectores. Cuéntanos tu vivencia con este espacio de Caracas. ¿Has vivido en uno de estos edificios? ¿Recuerdas algo que haya ocurrido en la autopista? ¿Viste algo memorable desde uno de estos balcones? ¿Estacionaste alguna vez un carro en estas calles? ¿Has pasado por aquí en moto o caminando por este puente? ¿Visitaste a alguien en uno de estos apartamentos? ¿Cuál es tu avenida Libertador?

Envíanos ese cuento a: fotoytexto@milagrossocorro.com Y dentro de 15 días, la publicaremos en esta sección.

Según explica el arquitecto Enrique Larrañaga: «El tramo de la avenida Libertador, que muestra la foto (zona de El Bosque), debe haberse construido a mediados de los años 60. Durante Pérez Jiménez se había construido la porción entre Maripérez y Guaicaipuro (con más aspecto de avenida, buenas aceras y unos faroles que recuerdo hermosos, luego sustituidos por estas cosas actuales, que suelen estar prendidos durante el día y apagados en la noche), pero no siguió más hacia el este.

«La avenida, en su aspecto actual, está escindida entre una trinchera hundida, que permite mayor velocidad y unas vías a nivel de la calle y edificaciones, que sirven como vías locales. En términos físicos y, por lo que cuentan quienes viven a lo largo de esa avenida, la trinchera es una sajadura urbana que además conforma una exasperante caja de resonancia. La disrupción que crea se ha intentado solventar con un sistema de puentes viales y peatonales (hoy en día en bastante mal estado), y hay distintas propuestas para cubrir la trinchera con plataformas que permitieran crean zonas de jardín y juego y facilitar una integración más fluida y amable entre las caras edificadas de la avenida. Una idea que no luce tan difícil de ejecutar».

El arquitecto Larrañaga anticipa que la actual crisis, debida a la pandemia, pondrá en jaque muchas creencias de la ciudad. «Mitos, más bien», dice. Piensa que el trabajo a distancia, las clases por internet, las dificultades de desplazamiento impuestas por la cuarentena, así como el reencuentro con la casa y el barrio (palabra que le gusta  más «urbanización»), sumados a los evidentes cambios climáticos que ya se han registrado por disminución del tráfico, «nos ofrecen la posibilidad de pensar otra ciudad, ya no desde infraestructuras para la velocidad sino para la estructura de la cotidianidad».

—Quizá en la avenida Libertador, -propone Larrañaga- la trinchera puede alojar algún sistema de transporte público a mayor velocidad (no tiene que ser Metro, sino una especie de TransMilenio o similar) mientras la ciudad que vemos, la que vivimos, la que conecta nos permita, ante todo, unir y unirnos. Una de las ventajas que veo, con miras al proyecto de avenidización de las autopistas, es que el espacio está abierto y es de propiedad pública, así que para reconvertirlo no habrá que expropiar nada.

La otra es que las secciones de vía en una autopista son mucho más anchas que en una avenida, así que podemos tener grandes avenidas, de muchos canales, y todavía nos sobrará mucho espacio para generar amplias aceras y hermosos paseos

Esa es la moción del experto, ¿cuál es la tuya? ¿Cómo crees que se podría mejorar este espacio?

Caracas vive primer día de cuarentena por coronavirus – El Estimulo – 16 de Marzo 2020

Petare, una de las zonas más populosas de la capital venezolana, bullía de actividad en la mañana de este lunes, durante las primeras horas de la cuarentena social decretada por el régimen de Nicolás Maduro

En las calles de Caracas se observan personas, en su mayoría, buscando alimentos para abastecer sus hogares en el primer día de cuarentena por Covid-19. En la vía circulan numerosos vehículos, motocicletas y camiones pese a las sugerencias del régimen de Nicolás Maduro.

Distribuidores de alimentos abrieron sus puertas con normalidad. Los ciudadanos, por su parte, llenaron sus carritos con todo tipo de alimentos, especialmente aquellos de primera necesidad.

Los vendedores ambulantes permanecen en la calle. Así se confirmó en un recorrido por los alrededores de la redoma de Petare y calles adyacentes, pues en dicha zona el comercio informal es muy activo permanentemente.

En este primer día de la cuarentena, en Caracas las calles se mantienen medianamente activas; sin embargo, se percibe que cerca de la mitad de los ciudadanos usan tapabocas. Otros, simplemente no tienen ningún tipo de protección.

Comercios abiertos

En el este de la capital, en los comercios se mantiene el contacto social cercano entre las personas. Pero hay establecimientos que, como norma, mantiene solo un grupo de clientes dentro de sus puertas, mientras otros esperan fuera del local.

En las filas de personas a las afueras de los sitios de abastecimiento, algunos agentes de la policía dan charlas a los clientes para concienciar con respecto al límite de acercamiento unos con otros para evitar la propagación de Covid-19 que, hasta ahora, ha infectado a 17 ciudadanos en Venezuela.

Por estos días, los uniformados también tienen como responsabilidad ordenar el cierre de comercios que no se dediquen exclusivamente a la venta de comida. También, algunos funcionarios optan por dirigir el tráfico y evitar que se estacionen carros en la vía.

Al oeste

Al otro lado de la capital, específicamente en la parroquia 23 de Enero, las personas transitan sin mayor preocupación.

Distribuidores de alimentos se encuentran abiertos. El dueño de una ferretería de la zona dijo a El Estímulo que no había leído el comunicado de los grupos irregulares armados denominados «La Piedrita», por lo que cerró su negocio para evitar problemas con los paramilitares.

En la autopista Francisco Fajardo, vehículos circulan en ambas direcciones cual domingo a media mañana.

En esta parte de la ciudad, la gente no acató la medida dictada por el régimen de Maduro de quedarse en sus casas y, al contrario del este de la capital, no se ve presencia de la policía ordenando a las personas permanecer en sus domicilios.

La historia del antiguo camino Caracas-La Guaira o Camino de Los Españoles – Caracas Cuentame – 26 de Febrero 2020

El antiguo camino de Caracas a La Guaira, empedrado en el año 1604 por Sancho de Alquiza, en cuya empresa perecieron unos 100 mil indígenasEl antiguo camino de Caracas a La Guaira, empedrado en el año 1604 por Sancho de Alquiza, en cuya empresa perecieron unos 100 mil indígenasLa reforma consistió en su empotramiento. El pavimento de piedras costó el sacrificio de 100 mil indios que murieron en la realización de semejante empresa. Con todo el camino había quedado habilitado no sólo par el transito a pie y a lomo de bestias, sino también para el paso de coches tiros por caballos. De allí que el Valle descubierto por Diego de Losadas, donde fundó la ciudad Santiago León de Caracas, el 25 de julio de 1567, fue meta de los viajeros y comerciantes provenientes de La Guaira.La torre de vigilancia reconstruida, fue instalada como mirador estratégico para salvaguardar la ciudad de Caracas del ataque de piratas “La torre de vigilancia reconstruida, fue instalada como mirador estratégico para salvaguardar la ciudad de Caracas del ataque de piratas”

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La torre de vigilancia reconstruida, fue instalada como mirador estratégico para salvaguardar la ciudad de Caracas del ataque de piratasPara el año 1757, registra en sus apuntes el Comandante Joseph de Matos, existían en el Litoral 17 castillos, construidos para la defensa del Puerto. Posteriormente, se construyeron los “castillitos”, para igual función en la ciudad, cercanos al lugar conocido con la denominación de “Sanchorquis”, muy próximo a las “Bateas” y “Canoas”, sobre “La Puerta” de Caracas. Era el mirador del Valle donde se levantaba  la ciudad que en muchas ocasiones fue tacada por los piratas. Desde allí ejercía vigilancia el centinela que daba la voz de alarma a la pacífica población.Una vista panorámica de Caracas.

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Una vista panorámica de Caracas. El sitio ideal para el descanso y para abstraerse en la contemplación del paisaje avileño.

Asimismo ese camino con el devenir de los siglos, fue la ruta que siguieron viajeros ilustres. Alejandro de Humboldt lo calificó de obra extraordinaria.Ferrocarril Caracas – La Guaira.

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Túnel Boquerón, año 1906 Ferrocarril Caracas – La Guaira.

Era, por decirlo así, la vía obligatoria de comunicación entre Caracas y La Guaira, hasta el año 1873, en que fue inaugurado el Ferrocarril, en épocas del General Guzmán Blanco.Los antiguos paseos por el viejo camino de La Guaira eran animados. Este grupo de excursionistas hace un alto para descansar y tomar alimentos

Los antiguos paseos por el viejo camino de La Guaira eran animados. Este grupo de excursionistas hace un alto para descansar y tomar alimentos”

Foto de 1959. Los antiguos paseos por el viejo camino de La Guaira eran animados. Este grupo de excursionistas hace un alto para descansar y tomar alimentos

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Otro camino carretero distinto al del cerro que nos ocupa, vino a cobrar auge los primeros lustros del siglo XX. La nueva vía era más plana, pero en ningún momento tuvo las vista tan atractivas que conserva el camino del cerro.

Screen Shot 2020-02-29 at 7.19.28 PM.pngFerrocarril Caracas – La Guaira. Entrada al Túnel Boquerón 1906 del Ferrocarril Caracas – La Guaira.

En la época que el Pbro. Santiago F. Machado puso de costumbre las peregrinaciones  hacía Maiquetía, por el mes de febrero, se veía pleno ese camino paralelo por devotos de la Virgen de Lourdes. Costumbre que con los años se perdió.

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Foto de 1962. Ya en los años 60 transitaban por el viejo camino o ruta de los españoles, vehículos de doble transmisión ”

No obstante, el antiguo camino de los españoles conserva en muchos trechos, el vestigio de su origen. Existen muchos tramos donde el empedrado se mantiene intacto. Es por lo tanto un paraíso para los excursionistas. Ofrece parajes de ponderada belleza. En su principal tramo de Caracas a Los Castillitos eran muy animadas las tardes sabatinas y las mañanas dominicales por los caraqueños, excursionistas y turistas en general.Los incendios que se registraban con frecuencia con perjuicio de la flora y la fauna de la zona, obligó a las autoridades respectivas  a tomas medidas en el sentido de evitarlos. En el año 1941, fue necesario construir un cinturón cortafuegos, a lo largo de las faldas del Avila, desde Cotiza hasta Petare.

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El Fortín del Ávila, tomando el Camino de los Españoles iniciando en el sector Puerta Caracas.

El servicio conservacionista del entonces Ministerio de Agricultura y Cría (MAC) estableció desde entonces ciertas limitaciones en el tráfico por el antiguo camino. Se realizó entonces una fuerte campaña de concienciación ciudadana en el sentido de prevenir, cuidar y evitar el fuego. También en esos años se realizó una repoblación forestal, en las estribaciones de Cotiza, Los Venados, el cerro de El Papelón, y otros sitios pintorescos.En los márgenes del camino que conduce desde Puerta de Caracas a Los Castillitos fueron sembrados muchos bosques “rompimientos” que le dan al lugar singular belleza. Properó la vegetación de plantas de Tharas y Casuarinas, y, si el incendio no se provoca intencionalmente no hay posibilidad de que allí se origine. Sin embargo, esto se podría evitar con la vigilancia que actualmente existe ejercida por la Guardia Forestal.

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Valla, puesto de la Guardia Nacional, Camino de Los Españoles

Igualmente se han tomado otras previsiones, entre las cuales está la cerca marginal para evitar que los visitantes penetren en la maleza. Además, existen sitios ideales para detenerse en la marcha, bien sea para descansar o para abstraerse con la contemplación del paisaje.

En la actualidad los vehículos de doble transmisión o tracción pueden llegar hasta un punto cercano a Las Bateas, al pie de Los Castillitos. Pero el tráfico más constante es el de recuas que proceden de “Galipán”, y siempre bajan cargadas de flores.

 

 

 

 

Epa Isidoro, el ultimo cochero – Anónimo – Febrero 2020

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Un canario en Caracas …

El dos ( 2) de enero de 1880, en la casa número 2, entre las esquinas de Teñidero y Chimborazo en la parroquia La Candelaria, nació Macario Isidoro Cabrera González, siempre fue conocido como ISIDORO.

Su primer nombre fue poco conocido, su padre fue Victorino Cabrera era de origen canario.
Desde adolescente heredó el oficio de su padre, montado en su carruaje tirado por caballos, aunque en fue en 1911 cuando obtuvo la licencia oficial.

La elegancia de Isidoro y su Coche

Isidoro Cabrera, era un hombre elegante, ligeramente gordo de buen vestir y mejor trato, supo codearse con lo mejor de la época, fue testigo de muchos amores y galanteos, guardo grandes secretos, en los paseos que a cualquier hora de la madrugada hacia por las calles de aquella ciudad de los techos rojos, fría, bañada por la brisa que bajaba del Ávila.
Él y Billo simpatizaron desde el primer día, nació una amistad que les duro hasta la muerte.

En las décadas de los años 40 y 50, llevaba y esperaba a Billo en todas las presentaciones y fiestas que tenia, disfrutaban el paseo con guitarras y amores.

Fue testigo mudo de los amores y conquistas de los patiquines y pájaro bravo de ese entonces, pero su hermano del alma fue el músico.

Comenta el Cronista Román Martínez Galindo, que Billo le relató cómo fue el primer encuentro con Isidoro y su coche. Corría el año 1938, la orquesta que amenizaba a Caracas se llamaba la Billo’s Happy Boys”, la fiesta más importante de la época se hizo en el “Club Paraíso”, asistió como invitado de honor el general Eleazar López Contreras, presidente de la República.

Billo, un joven inquieto y enamoradizo de 22 años, cuenta que a la medianoche llegó a la mansión “en su regio y señorial coche refulgente de rojo, con lujosos asientos tapizados en cuero negro, tirado por un enjaezado muy bien cuidado caballo alazano engalanado con gríngolas bordadas de azules arabescos andaluces y el cochero conductor de aquel carruaje que parecía salido de una novela de Alejandro Dumas, el famoso cochero Isidoro”.

Luis María Frómeta Pereira (conocido como Billo Frómeta), inmortalizó a Isidoro Cabrera, lo conoció cuando tenía 22 años en 1938, desde esa noche el cochero lo acompañó hasta el final de sus días.

En diciembre de 1963, Caracas perdió a uno de sus iconos, Billo sintió la despedida del amigo, llego a exclamar “porque te vas, sin esperar el Cuatricentenario de Caracas”.

Su saludo siempre fue ¡Epa Isidoro!, le compuso una canción para que no pasara al olvido y lo inmortalizo.

Billo no era cantante, era director, no cantaba nada.

Pero en 1970, en una fiesta se paro ante el micrófono y cantó, le salió del alma “Epa Isidoro”, no estaba en la programación, todos los músicos quedaron asombrados, le hicieron el coro, todos pararon de bailar y empezaron a cantar y aplaudir, el éxito fue total, parecía que el espíritu del cochero se había posesionado del músico.

Desde ese día en todas sus presentaciones y bailes era y es hoy, una canción obligada en el repertorio.

( Epa Isidoro, buena broma que me echaste// El día que te marchaste sin acordarte de mi serenata// Epa Isidoro, cuando vuelvas por Caracas// Explícale a las muchachas que te fuiste lejos sin decir adiós ) …

El caballero andante era pulcro en el vestir y sus modales “vestía de rigurosa etiqueta, tocado por un sombrero a lo gentleman londinense, anudaba corbata y hacía gala de camisa sport fix a la última moda, de flux negro con finas rayas longitudinales todo confeccionado en legitimo casimir inglés, y cortado por el sastre Chacho, los zapatos negros de patente reflejaban la luz como límpidos espejos y sobre ellos ostentaba polainas como si fuera un lord que estuviera de visita en el Paris de la bella época”.
Evidentemente siempre fue un hombre importante que causaba respeto y confianza.

Entre las esquinas de San Francisco y Monjas

Así como hoy vemos las paradas de taxis, Isidoro también tenía sus paradas, la más usual, estaba ubicada entre las esquinas de San Francisco y Monjas, en la calle lateral de la Asamblea Nacional.

Si no lo encontraban allí, lo buscaban por Capitolio, el bulevar del Panteón o la plaza Altagracia. Isidoro Cabrera era el único en su oficio que era conocido y lo llamaban por su nombre y apellido, porque los otros colegas cocheros eran conocidos y los llamaban por sus sobrenombres o apodos, Rabanito, Masca vidrio, Morrongo, el Elegante, padre Eterno, otros.
También tenían sus carruajes en las esquinas del centro de Caracas.

A finales del siglo XIX, las calles de la ciudad eran de tierras, no había llegado el cemento o pavimento, salvo las calles principales que eran empedradas, esa fue la ciudad donde comenzó sus inicios el joven Isidoro.

El transporte para las mercancías y las personas se hacía con bestias, esa era la tracción, animal. Habían arrieros de burros y mulas, carruajes sencillos, de cuatro ruedas lujosos y techados, las frutas y los productos agrícolas los traían desde Petare, Chacaíto y Chapellín pasando por el pueblo de Sabana Grande hacia el centro de Caracas.

El Cochero querido por todos

En 1889, el General Ignacio Andrade era el presidente de la República, Isidoro lo condujo en su carruaje hasta la casa de Gobierno, en el trayecto el presidente lo conoció mejor y le ofreció ayudarlo, cuando descendió del coche le dijo: “Vuelva mañana que le voy a hacer un regalo”. El presidente le cumplió, le obsequio un coche nuevo un “Victoria” ingles.

El Cronista Lucas Manzano cuenta que Isidoro, mantuvo una gran amistad con don Julián Sabal, una estrella de la sociedad caraqueña, cliente del prestigioso Club Venezuela.

El cochero lo buscaba a su casa o al trabajo y lo trasladaba al club, lo esperaba hasta que saliera igual hacia con Billo. Dice el Cronista que “Días antes de postrarse en el lecho, Don Julián Sabal, sin que Isidoro lo sospechara escribió de su puño un párrafo en el cual le dejaba su ropa, zapatos, y unos cuantos bolívares para que reformara su coche y renovara los caballos.

Isidoro Cabrera, el fiel y honesto cochero trajeado todo de negro y con los caballos enlutados, acompaño al cortejo fúnebre durante todo el trayecto”. Era cumplidor con sus amigos.

La bola mecánica por Paulina Gamus – Diario Las Américas – 23 de Enero 2020

download.jpgLlegar a la vejez con buena memoria es el mejor regalo para agradecer a Dios -los creyentes- a los genes o simplemente a la buena suerte. Resulta que al comenzar este nuevo año en que se sumó uno más a los muchos míos, no sé por cuál extraña razón me vino a la mente la demolición del Hotel Majestic, ubicado frente al teatro Municipal de Caracas. El hecho ocurrió en 1949 cuando quien escribe apenas contaba doce años de edad. Nunca estuve en ese lujoso hotel, estoy segura de que tampoco mis padres ya que no estaban a la altura de sus tarifas. Fue el hotel al que llegaron Carlos Gardel y otros grandes artistas. El ministro Alberto Adriani, creador de la frase “sembrar el petróleo”, lo tenía como residencia. Allí muy joven comenzó como pianista Aldemaro Romero y trabajó como mesonero Aquiles Nazoa. Todo esto lo obtengo gracias a Google porque creo no haber siquiera pasado por el frente de ese legendario edificio coronado por un fabuloso ángel dorado. En una entrevista concedida a PRODAVINCI, nuestro querido y admirado Rodolfo Izaguirre dijo: “Para los caraqueños de mi generación, el ángel del Majestic era el final de la infancia. Ahí termina mi infancia, así como la infancia de una ciudad, la inocencia de una ciudad.

Esa joya arquitectónica vivió apenas diecinueve años: 1930-1949. Toda Caracas acudió llena de curiosidad, quizá algo masoquista, para ver como una inmensa bola de concreto golpeaba sin misericordia el estupendo edificio hasta convertirlo en escombros, y ver rodar destrozado aquel ángel.

Ahora que lo medito mejor creo que la imagen recurrente del Majestic demolido por la bola gigante se debe a que solo fueron diecinueve años los que vivió ese edificio. Diecinueve años después era escombros. Diecinueve años es el tiempo que le ha tomado al chavismo-madurismo demoler a Venezuela con la misma saña y precisión de la bola de concreto que acabó con el emblemático hotel capitalino. En realidad son veinte pero para 2019 era muy poco lo que quedaba en pie.

El recuento de lo destruido llevaría varios tomos porque no hay ciudad, pueblo, autopista, carretera o avenida que no muestre el paso implacable de dos décadas de corrupción, ineptitud y desidia. ¿Podría alguien haber imaginado hace veinte años que solo Caracas, y eso con suerte según la zona, tendría energía eléctrica? ¿Qué el Zulia, primer productor de petróleo, estaría sin servicio eléctrico hasta doce horas de cada día y sin gasolina? Pero ahora que decimos petróleo ¿quién habría supuesto siquiera en sus pesadillas nocturnas que Petróleos de Venezuela, nuestra brillante PDVSA, sería una empresita marginal después de ser saqueada por los corruptos más voraces y despiadados que haya conocido nuestra historia. ¿Y el agua? Ayyyy, el agua. El país entero sufre de sed, Caracas es una ciudad privilegiada en la que se hacen excavaciones en casas y edificios, buscando pozos que permitan paliar la carencia de ese líquido que dicen es vida y que en realidad lo es.

¿La industria nacional? Sobreviven quienes han tenido el valor para desafiar atropellos y abusos e toda índole. Mientras las empresas nacionales han ido a la ruina, han cerrado por imposibilidad de subsistir o se han mudado de país, consumimos productos importados de Brasil y otros países de América latina, pero más extravagantes aún, de Turquía y similares por remotos.

¿Puede haber algo tan doloroso como la destrucción del bolívar, nuestra moneda? Ese bolívar que llegó a cotizarse en las casas de cambio de todo el mundo, es poco menos que inservible. El gobierno seudo comunista y anti imperialista de Nicolás Maduro ha hecho del dólar norteamericano la moneda nacional.

¿Y la destrucción social? Más de cinco millones de venezolanos en el exilio forzados por el hambre y otros millones obligados a la mendicidad cuando esperan ansiosos que les llegue la cada vez más escuálida bolsa CLAP o alguno de los bonos inventados para el engaño y la sumisión.

Pasó 2019, año de esperanzas y expectativas que se esfumaron. Llegó 2020 y está en acción otra bola de concreto como la que destruyó al Majestic y como la virtual pero muy efectiva del chavomadurismo. Es la de la oposición que critica a la Asamblea Nacional en conjunto sin ver que frente a 17 diputados vendidos y traidores, hay otros 100 que han resistido el billetazo del millón de dólares y han soportado golpizas y persecuciones para cumplir con su deber. Es la oposición que se queja de que Maduro aun esté en el poder pero olvida a los dirigentes políticos y militares presos. A los diputados obligados a huir del país y a los partidos y dirigentes inhabilitados.

Es la Oposición que con su bola de concreto virtual se ensaña contra Juan Guaidó porque no ha cumplido con su objetivo de sacar a los usurpadores. Esa bola que ya ha destruido otros liderazgos opositores, desconoce el valor de ese joven legitimado por casi toda la comunidad internacional, el líder que ha logrado mayor apoyo interno y externo. Inteligente, valiente e íntegro. Nada ni nadie le ha hecho mayor favor a la dictadura de Maduro y su Cosa Nostra, que ese afán destructivo de cierta Oposición. 2020 es año de acontecimientos que pueden decidir si la dictadura continúa o recuperamos la libertad. Divididos, enfrentados, mirando más a la ambición personal que al interés colectivo, destruyendo liderazgos con acusaciones falsas ya sabemos lo que ocurrirá. Escombros como el Majestic y su ángel dorado en 1949.

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