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Las cosas sí pasan! por José Toro Hardy – Analitica.com – 16 de Junio 2020

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“¡No pasa nada!”, es la frase que expresa el desaliento de muchísimos venezolanos que ven con desesperación el deterioro masivo de su nivel de vida e impotentes observan como sus hijos y sus familiares huyen del país en busca de futuro y libertad. “No pasa nada, nunca pasa nada, a esta gente nada les importa!”, suelen repetir.

¡Sí pasan! Es la respuesta a esos compatriotas angustiados, sólo que quizá no al ritmo que muchos quisieran. Veamos las páginas de la historia. Eso sí, las cosas sólo pasan cuando están dadas las condiciones. Veamos:

Desde que concluye la II Guerra Mundial, dos sistemas entran el conflicto: el capitalismo y el comunismo. El primero fue capaz de llevar la prosperidad a las naciones que lo adoptaron y mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos. El segundo fue capaz de instaurar un control centralizado de sus economías y un control absoluto de sus ciudadanos, privándolos de libertad e instaurando estados policiales y ejércitos poderosos.

Al final del día, la balanza se inclinó por el sistema que fue capaz de generar más riqueza permitiendo que esta permease con mayor eficiencia a los ciudadanos. Ese fue el sistema capitalista. En tanto que el sistema comunista llegó a un punto en que sus economías ya no eran capaces ni siquiera de mantener el gasto de la maquinaria burocrática, policial y militar que habían creado.

Llegado ese momento, las cosas comenzaron a pasar con rapidez. En 1989 cayó el Muro de Berlín y, durante el llamado “Otoño de las Naciones”, una a una las feroces tiranías comunistas tras la Cortina de Hierro comenzaron a desmoronarse.  Sin disparar un tiro se fueron los dictadores de Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Polonia y, con un poco más de violencia, Rumania, todo ello frente a la mirada impotente de la URSS , a la cual le llegó también su turno en 1991, desmembrándose en 15 naciones diferentes.

Una situación similar se vivió en Suramérica a manos de las dictaduras militares que plagaron el continente en décadas anteriores. Y en el caso de ellas no se trataba de gobiernos comunistas. Todo lo contrario. Sin embargo, en nombre de la lucha contra el comunismo, el resultado fue el mismo: la pérdida de la libertad. Pero, llegado el momento, todas se vieron obligadas a replegarse y permitir el regreso a la democracia, lo cual ocurrió también sin disparar un tiro, con la sola excepción de Paraguay. El caso de Cuba se tratará aparte.

La conclusión es siempre la misma. Cuando están dadas las condiciones es inevitable que las cosas pasen. Con las particularidades propias de cada país, el denominador común que desencadena los cambios es la economía. Excepción hecha de Chile cuya economía con Pinochet estaba creciendo, las demás dictaduras del continente enfrentaban unas condiciones económicas deplorables.

Y no es que las crisis económicas tumben gobiernos. Lo que sí ocurre es que ellas ponen en funcionamiento mecanismos sociales y políticos que terminan desestabilizando y provocando rupturas aún a los más feroces regímenes dictatoriales.

Esos regímenes terminan por generar un rechazo creciente de la comunidad internacional y, máxime, cuando se percibe que hay una violación sistemática de los DDHH y actividades vinculadas al narcotráfico y otras de carácter ilícito que contaminan los sistemas financieros internacionales y violan normas éticas que se traducen en niveles de corrupción inaceptables.

En la medida en que estos regímenes dejan de cumplir con los contratos suscritos perjudicando a empresas de otros países, expropian sin compensación,  caen en default, no cumplen con decisiones de tribunales de arbitraje, incumplen acuerdos y tratados internacionales, inevitablemente se van hundiendo en un aislamiento progresivo.

Cuando muchas de esas situaciones se acumulan se puede llegar al extremo de caer bajo la denominación de Estado Forajido. El término fue creado por el filósofo  y teórico político norteamericano John Rawks (1921-1992). Esos Estados  corren el riesgo de caer dentro del ámbito de acción de algunos acuerdos como el Tratado de Roma o la Convención de Palermo.

La historia lo demuestra: ¡las cosas sí pasan!

Why Cuba and Venezuela Should Matter to Us by Carlos Alberto Montaner – Latin American Herald Tribune – 16 de Junio 2020

Latin American genius Carlos Alberto Montaner discusses the new book by former Pepsi VP Nestor Carbonell on Cuba and what must be done to halt the spread of Castro communism in Venezuela, Colombia, Ecuador and Bolivia.

Néstor T. Carbonell, former VP of Pepsi Cola for many years, has published an extraordinary book on the Island: Why Cuba Matters. In the book he reviews the stormy relationships between Fidel Castro and the twelve tenants who have been in the White House. From the first, Ike Eisenhower, to Donald Trump, through Barack Obama — who made all the concessions to Havana without any gesture of democratic reciprocity, violating the only common strategy of Republicans and Democrats for more than 60 years.

In that long period of coincidences and disagreements, genuine “hawks” like Ronald Reagan and even soft “pigeons” like Jimmy Carter had been at the helm of the American power, but all were convinced that any transaction with the Castros should include a verifiable withdrawal of Cuba’s international role as a pro-communist and “anti-Yankee” beacon in Latin America and Africa, although notable incursions into the Middle East were not lacking, as was the case with a 22-tank brigade operated by Cubans during the Yom Kippur war, fought between 1973 and 1974.

The problem, really, was that the Castros saw Cuba only as a base of operations to act in the international arena against Washington and against the hated “capitalism.” That was their leitmotif. The Castros — and especially Fidel — did not see themselves as the leaders of a communist revolution carried out on a poor sugar-producer island in the Caribbean, but rather as leaders of a political empire under construction. Not for nothing Fidel, at 18, changed his middle name, Hipólito, for “Alejandro.” He had in mind the Greek king who conquered an empire starting from the insignificant Macedonia.

Thus, his first triumph in Latin America was Chile, and it did not occur according to Castro’s script, but as a consequence of the Chilean electoral peculiarity. Salvador Allende was elected in 1970 with just over a third of the votes, and the Chilean parliament, being able to choose one of the other two parties, selected this Marxist physician, after forcing him to sign a document in which he promised to safeguard freedoms, something he only partially did.

The thesis behind Carbonell’s book is that democracy and freedoms have a magnificent side (the type of societies they foster), but they have another disturbing feature: the tendency to belittle the economically and technically weak adversaries who oppose them. They did it with Cuba and today they do it with Venezuela, Cuba’s protégé, without realizing the danger that this means.

Cubazuela, as the two countries are called in the neighborhood’s political jargon, have turned to crime to sustain their precarious power. Cuba provides Venezuelans with intelligence, military control, and support networks built over the years, while Venezuela pays Cubans with its own or Iranian gasoline, and with the little money it can spare from drug trafficking or the sale of illegally obtained gold. Meanwhile, Maduro, born in Colombia, is neither Venezuelan nor Colombian. He is a Cuban who owes his position to the Castros. He has discovered ideological citizenship.

Cuba was already a danger, but not having eliminated that infectious focus allowed it to metastasize to other nations, such as Venezuela, and there’s a risk that it will continue to expand to Colombia, Ecuador and Bolivia, all countries of the Andean arc. To avoid this immense damage, opposition politician María Corina Machado proposes a “multifaceted peace operation.” Venezuelan professor Carlos Blanco, in an excellent article, adds that it could be “an operation led by the OAS, based on the TIAR.” TIAR is the Inter-American Treaty of Reciprocal Assistance, also known as the Rio Treaty.

This is all correct. But if it is to take place, the United States must lead the effort, and it is very difficult for that to happen. So far, Washington has limited itself to imposing sanctions and showing its fangs, but Latin American countries have no foreign policy, except Cuba and Venezuela, and I don’t think they will change. I would start by recommending Americans to read Carbonell’s book. It is very good.

Venezuela: la pauperización del país como política económica por Aurelio Concheso – Panampost – 29 de Mayo 2019 

Cuando un programa o una estrategia económica fracasa de manera tan contundente, el camino más sensato es un cambio de rumbo radical

Un joven se zambulle río Guaire de Caracas, Venezuela (Foto: EFE)

El acervo de capital mundial acumulado creció muy lentamente desde que el momento en que el ser humano pasó de sociedades nómadas cazadoras a sociedades agrícolas asentadas, hasta los inicios de la revolución industrial a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Desde entonces a la fecha se produjo una verdadera explosión de productividad y producción, que con sus avances y retrocesos han evolucionado hacia a las economías del presente siglo y que son universalmente capitalistas en lo económico, si bien no todas necesariamente democráticas en lo político.

Hace ya tiempo que el mundo dejó atrás aquellas teorías económicas como el comunismo y el corporativismo fascista, que desde extremos opuestos de espectro político postulaban que la regimentación del ser humano guiada por el Stalin, Hitler, Mussolini o Castro de turno era la mejor forma de aumentar el caudal de riqueza de una nación. Quizás el punto de inflexión en esa dirección fue cuando los chinos, después de su desastrosa experiencia con el comunismo y «El gran salto hacia adelante» de Mao, se dieron cuenta de que lo que importa no es el color del gato, sino si este es capaz de cazar ratones.

En el mundo globalizado y capitalista de hoy, hasta el pequeño empresario agricultor de algún lugar remoto de África o el sudeste asiático tiene acceso a internet con varios megas, cuentas bancarias para negociar con sus proveedores y clientes de manera ágil, y acceso a las últimas tecnologías para aumentar su productividad, que antes eran reservadas para sus contrapartes en países considerados como de mayor desarrollo que el suyo. Puede también trasladarse a ferias y exposiciones industriales, gracias a la forma en la que se ha incrementado la frecuencia de los vuelos y disminuido el costo por kilómetro viajado. Esto es cierto en todas partes, menos en Venezuela, que cada día se aísla más de sus potenciales proveedores y clientes.

Resulta entonces irónico que, ante toda esa evidencia irrefutable, a alguien se le hubiera ocurrido trazar una política económica como el Plan de la Patria que, desde su puesta en marcha en 2013 ha logrado literalmente pauperizar a la economía venezolana, la misma una vez fue la de mayor dinamismo y más altos ingresos per cápita de Latinoamérica y que hoy le pisa los talones a la de Haití. Claro que todo eso no comenzó en 2013, los prolegómenos del Plan de la Patria 2013-2019 fueron un ataque, a veces anárquico, pero siempre continuado a la actividad económica privada exitosa, con lo cual irremisiblemente se destruía buena parte si no toda la capacidad productiva del ente ocupado, confiscado o expropiado.

Cuando un programa o una estrategia económica fracasa de manera tan contundente, el camino más sensato es el autoanálisis, y un cambio de rumbo radical según la profundidad del fracaso. Por eso es por lo que resulta inconcebible que los estrategas que asesoran a Miraflores hayan hecho todo lo contrario y  hayan recomendado un Plan de la Patria 2019-2025, como si el objetivo fuera garantizar que la pauperización de la economía venezolana se vuelva irreversible. ¿Será que piensan que si la economía se encogió a una tercera parte de lo que una vez fue en el primer ensayo, a lo mejor con seis años más logran que la misma desaparezca del todo? Si la pauperización no ha sido intencional sino por ineptitud y temor a admitir sus errores, el momento de corregirlos sería ahora, antes que el país en sus manos se paralice del todo.

Los pasos necesarios son claros, gozan de un consenso mayoritario que nos atrevemos a decir es el más grande en varias décadas, pues por primera vez pareciera que empresarios, economistas, trabajadores organizados y consumidores coinciden. Solo un pequeño grupo de planificadores económicos están empeñados en negar lo que se encuentra ante sus ojos, con el apoyo de quienes ostentan el poder, se interponen entre el país y su regreso de la ruta de la pauperización.

Chávez, Maduro y la tercera vía por Ibsen Martínez – El País – 21 de Agosto 2018

Esta expresión llegó a ser la favorita de Hugo Chávez antes de acceder al poder

Los venezolanos de mi generación aún recuerdan el tiempo remoto en que Hugo Chávez hacía su primera campaña electoral con un libro de Anthony Giddens bajo el brazo.

En materia económica, el Chávez candidato se pintaba a sí mismo como una especie de socialdemócrata ecléctico, dicharachero y nativista, solo un poquitín interventor en cuestiones petroleras. Un militar exgolpista y filantrópico, un televangelista del culto bolivariano que fingía haber leído al sociólogo por entonces favorito de la progresía europea. Tony Blair era el kennediano arquetipo de fin de siglo y Chávez no se recataba de ponerlo de ejemplo. Hablo, por supuesto, de antes de la foto que Blair se hizo con George W. Bush y José María Aznar en las Azores.

Con excepción del todavía irredento Gustavo Petro, a todos nuestros fenómenos populáricos les hemos escuchado, en campaña electoral, decir jaculatorias que tienen por tema la tercera vía.

Chávez procuraba, por supuesto, disipar temores, ya no en el grueso del electorado venezolano, rendido de adoración futurista desde el mismísimo momento en que el teniente coronel se alzó en armas en 1992, sino en eso que los cursis aún llamamos “poderes fácticos”. En esto no se distinguió de los mesías que han venido luego.

Todos, sin excepción, desde Lula da Silva a López Obrador, impostan en algún momento de sus campañas la prudente mesura y el equilibrio doctrinal en materia económica que, adornados con un toque de espontaneidad ante las cámaras, granjea una invitación al Foro Económico de Davos.

La estrategia suasoria y el habla de Chávez a fines de los 90 se llenaron de fórmulas del tipo “si bien es cierto, no es menos cierto”. Como en “si bien es cierto que el socialismo esto y lo otro, no es menos cierto que el capitalismo tal y más pascual”. Lo dicho: una tercera vía.

La beatífica tercera vía de Hugo Chávez ganó por avalancha las elecciones de 1998 con el beneplácito de banqueros, propietarios de medios, académicos, todos los poetas teporochos de América Latina, Ignacio Ramonet, Noam Chomsky y Oliver Stone. Cumplida su función embobecedora, la tercera vía dio paso al expolio y al saqueo universales que, en menos de 20 años, condujo al caos apocalíptico que es hoy la Venezuela de Nicolás Maduro.

En los medios llamados altermundistas circula un libro titulado El pensamiento económico de Hugo Chávez, cuyo autor es el tardomarxista gaditano Alfredo Serrano Mancilla, teórico español de la misma estirpe de Errejón y Monedero. Allí se dice que el de Chávez es un “pensamiento alquímico, marcado a fuego por la coyuntura, sin perder de vista la perspectiva estratégica”. También que en él hay una quincalla de Simones (Bolívar y Rodríguez), de István Mèszáros, del allendista Carlos Matus, de Oscar Varsavsky, John Kenneth Galbraith, Velasco Alvarado, de nuevo Omar Torrijos y Antonio Gramsci.

Al profesor Serrano se le tiene, con mucha razón, por mentor de Nicolás Maduro en cuanto a economía. Dicho con la parla color salmón de los suplementos económicos, Serrano es el cerebro del milagro económico venezolano. No en balde Maduro lo ha llamado el “Jesucristo español que vino a salvarnos del neoliberalismo”.

La ONU estima que la catástrofe y la tragedia venezolanas han causado más de dos millones de refugiados aventados, solo en lo que va año, al resto de Suramérica. De ellos, un millón trescientos mil clínicamente desnutridos. Fruto de la destrucción de la estatal petrolera y de una hiperinflación de un millón por ciento anual, es la mortandad infantil y de enfermos crónicos salvables que en menos de cinco años se cuenta ya en decenas de miles.

¡Otro mundo es posible! Vayamos hacia él armados del pensamiento alquímico bolivariano de Hugo Chávez y la fóquin tercera vía de Nicolás Maduro.

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