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El boom de ingenieros venezolanos en la Argentina por Martín Dinatale – Infobae – 30 de Abril 2018

El boom de ingenieros venezolanos en la Argentina: el Gobierno trabaja con YPF para absorber la mano de obra calificada

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En los dos últimos años llegaron a la Argentina 7.000 profesionales que huyeron del régimen de Nicolás Maduro. La Dirección de Migraciones habló con la petrolera, el Colegio de Ingenieros y con mandatarios provinciales

Más de 7.000 ingenieros venezolanos que huyeron del régimen de Nicolás Maduro y llegaron a la Argentina en los dos últimos años se convirtieron en las estrellas del mundo migratorio local: el Gobierno avanzó recientemente en un acuerdo con YPF y con algunos mandatarios provinicales para que puedan absorber esta mano de obra calificada.

Entre los 44.000 inmigrantes venezolanos que llegaron a la Argentina en los dos últimos años para mejorar sus niveles de vida, más de 15.000 aseguraron tener un título universitario y, de estos, más de 4.000 son ingenieros. Pero en los dos últimos meses se añadieron más inmigrantes y, con ellos, unos 3.000 ingenieros más.

El dato no pasó desapercibido por las autoridades de la Dirección Nacional de Migraciones que lidera Horacio García, mucho menos en un país que está gobernado por un presidente que es, precisamente, un ingeniero.

“Vemos que esta mano calificada de ingenieros venezolanos puede ser de un gran aporte a la producción del país sin perjuicio de darle trabajo a los ingenieros de la Argentina”, explicó García en diálogo con Infobae.

De esta manera, la Dirección de Migraciones puso en marcha un programa de acuerdos con autoridades de YPF y del Colegio de Ingenieros a fin de establecer criterios y ver las necesidades del sector, de manera tal que permita orientar esta mano de obra calificada y eventualmente ubicarla. Se sabe que la empresa petrolera más grande del país necesitará en lo inmediato de ingenieros para el proyecto de Vaca Muerta en Neuquén y se apunta a ubicar allí a los profesionales que llegan del país caribeño.

A la vez, se está proyectando organizar un taller multisectorial que permita definir ámbitos de participación en función de aprovechar estos recursos humanos en distintas zonas geográficas. Ya se empezó a hablar con varios gobernadores del norte y centro del país que podrían tener interés en captar la mano de obra venezolana.

De hecho, las autoridades de Migraciones designaron a un área especializada para dar seguimiento a este tema en diferentes provincias. Ya se habló con las administraciones de Córdoba y Neuquén. Pero la idea es continuar concientizando a otros gobernadores para que tomen venezolanos ingenieros u otros con alta calificación laboral, sin perjuicio de darle prioridad a los ciudadanos argentinos con el mismo nivel universitario.

Entre la ola de 31.000 venezolanos que llegaron el año pasado a la Argentina, se radicaron el año pasado 4.136 ingenieros, 1.599 administradores de empresas, 1.143 técnicos, 856 abogados, 615 periodistas, 245 chefs y 250 arquitectos. Este año se añadieron 3.000 ingenieros más a esa lista.

“Se trata de mano de obra muy calificada que busca cualquier trabajo. Pero si se les puede orientar para alcanzar un empleo acorde con sus profesiones será beneficioso para la Argentina también”, dijeron en el Gobierno sobre el programa que lleva adelante Migraciones.

La mayoría de los inmigrantes de Venezuela que llega a la Argentina se suman a la PEA (la población económica activa) por tratarse de gente joven.

Según datos oficiales a los que accedió Infobae, en general son profesionales, tienen estudios universitarios, estudian en alguna facultad o se integran al mercado laboral formal. Prácticamente, la mitad arribó en el último bienio. Sobre el total de 2017 (31.167), en cuanto a franja etaria, 19.136 tienen entre 22 y 35 años de edad. Respecto al más elevado rango de estudios cursados, 15.680 venezolanos declararon tener títulos universitarios.

Entre 2016 y 2017, tomando el total de nacionalidades, la Dirección de Migraciones otorgó 428.000 residencias, entre permanentes y temporarias. En el mismo lapso, concedió 44.000 radicaciones a venezolanos, o sea, un 10% del total.

En el ránking de nacionalidades de 2017 por cantidad de radicaciones, el tercer lugar le cupo a los venezolanos, detrás de paraguayos y bolivianos; y seguidos por peruanos y colombianos.

Como adelantó Infobae el mes pasado, el crecimiento de la ola venezolana en la Argentina es exponencial. Se otorgaron 1.900 radicaciones de venezolanos en el 2012 y esa cifra se disparó en el 2017 a los 31.000. Es decir, hubo un crecimiento del 1.600%.

Este año, la cantidad de venezolanos que llegan a la Argentina no se detuvo. En enero del 2018 se entregaron 435 radicaciones permanentes y 4.343 temporarias a venezolanos (total 4.778). En febrero 2018 fueron 271 en la primera categoría y 3.707 en la segunda (total 3.978). De tal manera, el primer bimestre implicó el otorgamiento de 8.756 residencias a los nacionales de Venezuela. En tanto que en febrero del 2017 se habían otorgado 2.600 radicaciones a venezolanos y en febrero de 2018 se elevó a 4.000, prácticamente un 53% más.

Por decisión de Macri y en virtud de la situación de crisis humanitaria que vive Venezuela, para radicarse, la documentación exigida a los venezolanos es igual a la de cualquier ciudadano de Mercosur, más allá de que el régimen de Maduro está suspendido temporalmente de ese bloque por no cumplir con las normas básicas de adecuaciones legales.

 

El hambre provoca estampida de trabajadores de Pdvsa por Deisy Buitrago, Alexandra Ulmer y Mircely Guanipa – Dollar Today – 18 de Abril 2018

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En una caravana de lujosos vehículos, el presidente de la estatal venezolana PDVSA llegó el mes pasado a inspeccionar unos taladros petroleros que opera junto con la estadounidense Chevron en la multimillonaria Faja del Orinoco.

Rodeado de guardias de seguridad, el mayor general de la Guardia Nacional Manuel Quevedo pasó sin detenerse frente a un puñado de trabajadores que quería consultarle sobre el deterioro y el éxodo masivo en PDVSA.

“No se bajó a preguntar a los trabajadores sobre lo que está pasando”, dijo a Reuters Jesús Tábata, de 46 años, que trabaja en el taladro PDV23 de un mejorador en la Faja petrolífera del Orinoco.

“Los taladros están parados y a PDVSA parece no importarle (…) para ellos, el que se va es un sueldo menos que pagar”, agregó el trabajador.

Según dos docenas de fuentes consultadas por Reuters, la nómina de PDVSA está siendo afectada por un éxodo masivo de profesionales de rango alto y medio, operadores y técnicos, lo que genera un vacío difícil de llenar con personal especializado y con experiencia, cuando la producción de crudo ha caído a cerca de un mínimo de 33 años.

Esta situación se ha recrudecido en los últimos meses por la hiperinflación, el hambre y ha sido estimulada también por los nuevos jefes de PDVSA, en su mayoría militares que reemplazaron a una docena de ejecutivos petroleros arrestados en los últimos meses por supuestos sobornos, lo que ha causado miedo entre los trabajadores, de acuerdo a las fuentes.

Más de 25.000 empleados de áreas operacionales clave, como ingenieros, geólogos, operadores de plantas, electricistas y mecánicos, entre otros, renunciaron en el último año hasta finales de enero de 2018, según cifras de Recursos Humanos vistas por Iván Freites, un líder sindical y operador en PDVSA. Datos oficiales demuestran que la nómina al cierre del 2016 era de 146.226 trabajadores.

Freites no tiene las últimas cifras pero asegura que las renuncias crecieron este año.

“(La fuga) ha aumentado, es indetenible, es indetenible”, dijo Freites.

Otras dos fuentes de la compañía dijeron que las renuncias podrían llegar a ser más de las que figuran en los registros ya que muchos prefieren abandonar sus cargos, sin renunciar, por temor a represalias y persecuciones de la policía de inteligencia.

La nómina de PDVSA se abultó, luego de la nacionalización de decenas de firmas de servicios petroleros en Venezuela en el 2009, y después que contrató personal no especializado para atender los programas sociales.

Quevedo, que asumió la presidencia de PDVSA a finales de noviembre, pidió en diciembre a los trabajadores buscar dentro de la industria a los “escuálidos”, como el Gobierno llama a los opositores.

“No podemos permitir más saboteo”, afirmó el funcionario.

Una ejecutiva de PDVSA, en condición de anonimato, dijo a Reuters que el militar, cuando asumió, planeaba despedir a unas 30.000 personas pero luego desistió al ver el alto número de renuncias de personal calificado.

La petrolera no ha dado actualizaciones de su fuerza laboral de 2017 y parte de 2018, y no respondió a solicitudes de información de Reuters sobre las cifras de renuncias, tamaño de la nómina, escalas salariales, ni de las operaciones actuales.

La compañía ha enfrentado problemas con su circuito refinador y otras áreas, que críticos de la gestión de PDVSA atribuyen a la falta de inversión, robos y la mala administración de las unidades, lo que ha hecho más riesgoso el trabajo para los empleados, pero que el Gobierno atribuye a sabotajes.

“Se acabó mi paciencia”, expresó un decepcionado ingeniero químico, bajo condición de anonimato, quien en enero renunció a PDVSA hastiado por lo que consideró un marcado proselitismo político en la empresa y emigró a Ecuador con su esposa y sus dos hijos.

“Estás arriesgando tu vida y de repente te dicen que si no votas por ellos (oficialismo), o si no vas a votar, estás botado”, agregó el ingeniero, quien se quejó de su último salario, equivalente a seis dólares mensuales.

Difíciles reemplazos

Las renuncias se han acelerado a medida que la crisis económica se ha agudizado, con la más profunda recesión en lustros y una hiperinflación que ha lanzado al exilio a cientos de miles de venezolanos que buscan un futuro mejor.

Un ingeniero de PDVSA con 15 años de experiencia puede ganar el equivalente a unos 14 dólares al tipo de cambio paralelo más reciente, sin las deducciones, según dos fuentes. En la región los salarios de profesionales de la industria petrolera oscilan entre 3.000 y 12.000 dólares mensuales, según la firma Bertoni Consulting, con sede en Miami.

“PDVSA sigue perdiendo personal profesional y técnico todos los días. La principal dificultad que tienen es que los salarios son en bolívares”, dijo la presidenta de Bertoni Consulting, Alicia Bertoni.

El director externo de PDVSA y presidente de la mayor organización sindical petrolera, la FUTPV, Wills Rangel, admitió que las dimisiones son inquietantes y las atribuyó a una “guerra económica”, que el Gobierno dice fue fraguada y ejecutada por la oposición para sacar a Nicolás Maduro de la presidencia.

“Las renuncias masivas nos preocupan”, dijo a Reuters el técnico petrolero en producción y cercano al gobierno, quien reconoció que PDVSA pierde músculo operacional en áreas vitales y que conseguir reemplazos es muy difícil. “Tenemos que hacer reingeniería y reubicar a los trabajadores que quedan”.

PDVSA no ha logrado cubrir las vacantes más exigentes y los que quedan asumen las labores de los que renuncian, les doblan horarios o turnos, según las fuentes consultadas. En el Centro de Refinación Paraguaná (CRP), muchas plantas operan con dos o tres trabajadores en vez de los cinco habituales, señalan fuentes conocedoras del proceso.

En mantenimiento y operacional, la petrolera – cuyas exportaciones aportan más del 90 por ciento de los ingresos del país- tiene un déficit importante de operadores de plantas, instrumentistas, electricistas, mecánicos, ingenieros petroleros, de procesos y de automatización.

“En la DA1 (destiladora) por falta de trabajadores, hemos tenido varios incendios pequeños”, dijo a Reuters Endy Torres, de 38 años, operador de planta de la refinería Puerto La Cruz, situada en el oriental estado Anzoátegui, y con 15 años de servicio en la empresa.

De capa caída

El CRP, en el estado Falcón en el noroeste del país, que llegó a ser de los más importantes del mundo, la multimillonaria Faja del Orinoco y los campos petroleros en todo el país están siendo golpeados por el éxodo de personal.

Hasta finales de enero de 2018 renunciaron unos 1.500 trabajadores en la refinería Paraguaná, cerca de la mitad de la nómina que había en el 2012, de 3.800 personas, según datos de sindicatos.

Para compensar las renuncias, PDVSA contrató a unos 25 jóvenes para la unidad de coquificación retardada del CRP como parte de un plan gubernamental de empleo desde octubre del año pasado, pero un grupo no regresó -dijo un trabajador de la planta- después de cobrar la segunda semana el equivalente a unos 12 centavos de dólar al tipo de cambio paralelo.

También hay áreas de PDVSA donde renunciar no ha sido fácil por el temor a persecuciones por el servicio de inteligencia del Gobierno o a ser objeto de imputaciones por “traición a la patria”, lo que ha llevado a trabajadores a tomar sus vacaciones y no regresar, dijeron empleados en el petrolero estado Zulia.

En un campo de crudo en Zulia han colgado carteles en los que se leen: “No se aceptan renuncias”, mientras que en otros se deben formar pequeñas filas para ser atendidos, según narraron trabajadores a Reuters.

Un petrolero activo del área de finanzas de Paraguaná dijo a Reuters, en condición de anonimato, que casi no hay ingresos nuevos. “Empiezan el proceso y nada”, explicó en alusión a que no comienzan a trabajar en la compañía.

“La alta dirigencia (fue la) que llevó al borde a una industria tan importante y tan medular para un país cuyo único ingreso depende de ella”, dijo Carlos Reinosa, un operador de producción que renunció y en Chile encontró empleo en una empresa del sector plástico hace un año.

 

Prefiero lavar pocetas por Alberto Rial – El Carabobeño – 8 de Abril 2018

36941-150x150.jpgEmigrar es una aventura. Desde un simple acto de conveniencia hasta una fuga del infierno, entre esos dos extremos pueden situarse las decisiones de salir del terruño. Sea para llegar a una tierra extraña a trabajar, ganarse unos cobres y regresar próspero a la tierra de partida, o para salir de una situación insoportable. En el último caso, la gente no emigra, sino que escapa, como sucede en casos de guerra, genocidio, persecución o hambruna.

Los números gruesos hablan de más de 3 millones de venezolanos que han salido del país desde que el chavismo se instaló en el poder. El 10% de los habitantes, ni más ni menos. Casi la población de Caracas. Es decir, imaginemos que toda la gente que vive en la capital se fue y la dejó vacía. Como si el apocalipsis hubiera llegado a Santiago de León y hubiera acabado con la vida que una vez llenó la ciudad. Mientras, el señor Maduro, mostrando una sensibilidad digna de Mefistófeles, dice que los venezolanos estarían mejor en su país que lavando pocetas en el extranjero.

Los venezolanos emigrados forman un grupo diverso. Muchos salieron antes de la debacle, con un título profesional y hasta una oferta de trabajo en la mano, y hoy viven una vida relativamente cómoda, normal, en Canadá, México, España, Kuwait o Malasia. Otros salieron más tarde, ya con la crisis en marcha, y tuvieron que enfrentar los problemas de una salida apresurada: escasez de trabajo, residencia legal y el aderezo de la inevitable nostalgia. La emigración más reciente es ya una calamidad. La gente busca salir del infierno como sea, a donde sea y sin mirar atrás. Son las colas interminables de refugiados que se ven en las fronteras o los peñeros que salen a riesgo con la esperanza de llegar a Aruba o Curazao.

Un venezolano es presidente de una de las 5 mejores universidades del mundo. Otros tienen un sitio asegurado en el salón de la fama de las grandes ligas. Los hay que llevaron su talento y preparación a cientos de empresas petroleras alrededor del mundo. Pero también vemos doctores repartiendo pizzas, ingenieros sirviendo mesas y, sí, compatriotas lavando pocetas; así como mendigos y vendedores de calle, buscando la solidaridad que el régimen chavista hace tiempo dejó de brindarles.

El factor común de los emigrantes que huyen de esta ribera del Arauca es el hartazgo con un país que dejó de ser vivible, excepto para unos pocos miles de privilegiados –la mayoría, se imagina uno, enchufados- que tienen el dinero, las escoltas y el estómago para soportar lo que ocurre en Venezuela. El resto de los habitantes sobrevive, se encierra en su casa para que no lo quiebren los hampones o se muere de mengua. Definitivamente, lavando pocetas, con dignidad, se está mucho mejor.

 

Los médicos se unen al éxodo, más de 22,000 ya han huido de Venezuela por Antonio María Delgado – El Nuevo Herald – 28 de Marzo 2018

Junior Rodríguez está acostumbrado a ver la muerte de cerca. Después de todo, es médico en un hospital público que atiende regularmente a cientos víctimas de la violencia en Venezuela, país considerado uno de los más peligrosos del mundo.

Pero la violencia se ha convertido en los últimos tiempos en algo mucho más personal para Rodríguez, al igual que para el resto del personal que trabaja en el Hospital Universitario Dr. Luis Razetti, de Barcelona, en el estado oriental de Anzoátegui.

Allí el personal médico trabaja bajo la constante amenaza de morir o de ser lesionado por familiares o amigos de los pacientes —algunos de ellos pandilleros peligrosos— si no logran salvarlos.

“La mayoría de las veces, ese es el peor temor del médico: que el paciente muera y los familiares actúen contra él”, dijo Rodríguez en una entrevista telefónica. “La amenaza de ser ultrajado si el paciente muere siempre está ahí. No tenemos seguridad de ningún tipo. Uno atiende a una persona que resulta ser un delincuente y si allí mismo le da la gana de apuntarte con una pistola, lo tienes que aguantar”.

Rodríguez, quien renunció al hospital hace meses, ya decidió salir de Venezuela para escapar de la inseguridad y la implosión económica que ha creado una hambruna en el país petrolero, uniéndose a los más de 22,000 médicos que ya han hecho lo mismo durante los últimos seis años, según datos de la Federación Médica Venezolana.

La fuga masiva de médicos, una tercera parte de todos los del país, está acelerando el colapso del sistema de salud venezolano, que ya se tambalea bajo la fuerte escasez de medicamentos e insumos, en un país donde los pacientes deben comprar hasta el bisturí con que los van a operar.

La escasez de medicamentos básicos supera ya más del 85 por ciento, lo que quiere decir que un paciente podría tener que recorrer más de nueve farmacias para encontrar un medicamento. La situación afecta especialmente los que se usan para tratar enfermedades crónicas, como la diabetes y la hipertensión, y los de uso más urgentes, como los antibióticos y para combatir el sida.

Pero los profesionales de la salud simplemente han llegado a la conclusión de que no se puede seguir trabajando en las condiciones actuales de Venezuela. No solamente no tienen lo mínimo para atender a los pacientes y corren peligro físico si se les mueren, sino que, además, cobran un salario que en muchos casos es inferior a $10 mensuales, que ni siquiera alcanza para comprar dos pollos.

El gobierno “ha condenado al personal médico a un salario miserable que se lo come la inflación. Para los médicos de los hospitales públicos, el sueldo es equivalente a unos cuatro o cinco dólares al mes. Eso para un médico que realizó un postgrado, para especializarse”, explicó Douglas León Natera, presidente de la Federación Médica de Venezuela.

La fuga de cerebros se hace sentir más en los hospitales públicos, que ya operaban a niveles de precariedad comparables solamente con los de los países más pobres, donde las mujeres muchas veces son obligadas a dar a luz en salas de espera y a los heridos los atienden en el suelo.

A esto se suma el hecho de que cerca de la mitad de los médicos que trabajaban en los hospitales públicos ya se fueron del país, resaltó León Natera.

Las consecuencias de esta situación en los centros médicos privados es menor, porque allí el personal gana algo más y las condiciones laborales son mucho mejores. Pero incluso en esas instalaciones se han comenzado a padecer los efectos de una disminución del personal disponible.

William Barrientos, médico y diputado que es vicepresidente de la Comisión de Salud de la Asamblea Nacional, dijo que miles de médicos venezolanos son bien recibidos en países latinoamericanos.

“Hay 2,000 médicos que ya tienen empleo en Chile, y hay otros 1,842 en una lista de espera de médicos que quieren trabajar allí. En Colombia ya hay cerca de 2,346 y en Ecuador, aproximadamente 1,654”, dijo Barrientos en una entrevista telefónica.

Argentina es otro de los países que parece estar recibiendo a los médicos venezolanos con los brazos abiertos, dijo el diputado.

La situación es algo distinta en Estados Unidos, añadió desde Miami Rafael Gottenger, presidente de la Venezuelan American Medical Association.

En Estados Unidos es difícil para un profesional venezolano conseguir la certificación para ejercer la medicina, y por eso es que se ve a docenas de médicos venezolanos con siete y ocho años de graduados trabajando de asistente médico o incluso emprendiendo actividades que no tienen nada que ver con la medicina, dijo Gottenger.

Pero incluso así, son muy pocos los que se arrepienten de marcharse de Venezuela, especialmente ante la ola de violencia que desde las calles ha empezado a desplazarse a las instalaciones hospitalarias.

Rodríguez dijo conocer al menos tres casos de violencia contra personal médico. En uno, una pandilla entró a la sala de emergencias de un hospital en Caracas y ordenó que los médicos se volvieran de espaldas mientras ellos remataban con cuchillos a pacientes que estaban atendiendo.

Uno de los médicos que estaba concentrado en lo que hacía y no obedeció, fue golpeado con fuerza. Cuatro de los pacientes fueron ultimados, dijo Rodríguez.

“Cuando uno los ve entrar, ya sabe que tiene que esconderse porque no se sabe lo que va a pasar. Ya no hay policías afuera, y los que hay se van corriendo, porque muchos no están ni armados”, explicó.

En al menos una ocasión, dijo Rodríguez, tuvo tiempo de salir corriendo ante la llegada de un grupo de maleantes. Llegaron a su casa buscándolo para que fuera atender a uno de sus familiares, relató.

A principios de marzo, la inseguridad en el Hospital Razetti se conoció a través de las redes sociales cuando dos delincuentes apuñalaron a un médico residente para despojarlo de sus pertenencias cuando llegaba para empezar la guardia.

Lo hirieron en el pecho, pero el Dr. Pedro Quijada corrió con suerte porque la herida no fue muy profunda. De lo contrario, su vida hubiera corrido peligro “porque no lo hubieran podido operar por falta de anestésicos en el quirófano”, dijo Óscar Nava, presidente de la Sociedad de Médicos Internos y Residentes (Somir), en su cuenta de Twitter.

 

Radiografía del gran éxodo venezolano por Naiara Galarraga Gortázar – El País – 26 de Marzo 2018

Un millón del 1,6 millones que hay instalados legalmente en el extranjero marcharon a partir de 2015, según la OIM. Unos 145.000 más han pedido asilo

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Carlos Raúl Toro Gómez, diseñador gráfico de 27 años, jamás imaginó que su primera visita a Europa sería para quedarse y sin perspectivas de regresar pronto a su patria. Venezuela nunca fue un país de emigrantes. Todo lo contrario. Durante décadas fue, gracias a la riqueza petrolera, refugio de pobres y perseguidos. Toro llegó a Madrid en avión. Directo desde Caracas. Era el 27 de julio de 2016. Vino solo. Atrás dejó a su madre y a sus dos hermanas pequeñas. La descomposición económica, política y social de Venezuela genera un éxodo que ha obligado a emigrar a 1,6 millones de venezolanos. Son los que viven legalmente en el extranjero. Uno de cada 20 habitantes. Un millón hizo las maletas a partir de 2015, según los últimos datos recopilados por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). En paralelo, las solicitudes de asilo también se han disparado: suman 145.000 en todo el mundo.

Toro cuenta que al llegar a Madrid se sintió “como un turista”. Duró un tiempo. “A los dos, tres meses, te das cuenta de que no, de que ya no eres un turista. Ya estás viviendo aquí y ahí empiezas a recordar, empieza la nostalgia”

Aunque las imágenes del abarrotado paso de Cúcuta hacia Colombia son las más impactantes, la diáspora venezolana se ha repartido por toda América. La huida es ardua. Tomada la decisión, en ocasiones requiere conseguir un pasaporte, cada vez más escasos por la carestía del papel moneda; comprar uno de los preciadísimos pasajes de avión o reunir dinero para un largo viaje por carretera.

Muchos han superado todo obstáculo: hay 600.000 residentes en Colombia; casi 300.000 en Estados Unidos, unos 120.000 en Chile… Pero el desembarco también ha llegado con fuerza al otro lado del Atlántico, con 210.000 en España y 50.000 en Italia. Lo que empezó como un goteo es ahora una corriente potente sin visos de reducirse. Estas cifras ni siquiera incluyen a quienes se presentaron en otro país como turistas y con los meses se han quedado sin papeles.

Radiografía del gran éxodo venezolano
El grupo de amigos con el que Toro estudió la secundaria en el colegio Salto Ángel de Barquisimeto refleja la magnitud del éxodo. “Nos conocimos en 2003 y nos graduamos en 2006”, explica en Madrid. En poco más de dos años, cuatro de los seis colegas que se bautizaron como Jareaa (por sus iniciales) se han visto obligados a emigrar. Toro, en España; Albert Prieto, en Tenerife; Agny Daniel Rodríguez, en Perú; Eduardo Palacios, en Costa Rica. Solo Adrián Albi y Julio Rodríguez permanecen en Venezuela. Cada vez que se reunían se sacaban una foto idéntica a modo de recuerdo.
La vida en Venezuela se ha vuelto difícilmente soportable porque el 87% es pobre, el 71% no tiene suficiente para comer, la inflación supera el 6.000% y el crimen está desbocado con 89 asesinatos por 100.000 habitantes.

Los 1,6 millones de la OIM es una cifra conservadora. El Observatorio Venezolano de la Diáspora, de la Universidad Central del país sudamericano, eleva el éxodo a tres millones de compatriotas desde que Hugo Chávez fue elegido presidente en 1999, según explica en un café de Madrid su director, el sociólogo Tomás Paez. Un dato fruto del cruce de diversas estadísticas y encuestas a venezolanos. Paez critica la opacidad oficial: “Las autoridades tienen el registro [de entradas y salidas] pero no producen la estadística. Es como si quisieran negar el fenómeno”.

1521972911_769205_1521994333_sumario_normal_recorte1.jpgRadiografía del gran éxodo venezolanopulsa en la foto
Pero el fenómeno es evidente. Los madrileños oyeron llegar a los venezolanos. En pocos meses su dulce acento se convirtió en habitual, en tiendas, bares y aceras. Ocurrió en otras muchas ciudades. La escritora y editora Claudia Larraguibel, nacida en la capital chilena y criada en Caracas, lo notó también al otro lado del mundo, en los cafés de su barrio en Santiago. Y los conductores de Uber, “¡son todos venezolanos!”. Cuenta que atrás quedó para los venezolanos la época de viajes de ida y vuelta; y la época en que emigraban unos pocos privilegiados. “A principios de los 2000 eran las clases medias-altas, que llegaban a Miami, a Madrid, a Panamá… Ahora llegan por tierra (a Chile) en un viaje de ocho días”, explica. Un blog ofrece pistas útiles para quienes emprenden la odisea.

Desde principios del siglo XX, pobres españoles, italianos o portugueses, desplazados colombianos, izquierdistas chilenos, argentinos o uruguayos y otros muchos buscaron un futuro en Venezuela. Ahora los venezolanos desandan el camino de sus antepasados en busca de un futuro.

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Una mujer ante los estantes casi vacíos de un supermercado en Caracas el viernes.

Los países de la región (incluidos los de Unasur, a los que se puede viajar solo con la célula de identidad) han ido adoptando medidas ordinarias y extraordinarias en respuesta al desembarco. Este es un repaso a esas normas en algunos de los principales destinos en base a la evaluación de la OIM:

Chile
Pequeño, poco poblado (18 millones) y remoto, es el país que en relación con su población, más venezolanos ha acogido. En dos años ha otorgado 120.000 permisos de residencia permanentes y visas temporales. Entre 2016 y 2017, 108.000 venezolanos pidieron su primer visado para entrar como turistas. La escritora explica que los chilenos no olvidan que muchos izquierdistas perseguidos por la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) encontraron refugio en Venezuela. Llegan atraídos, explica, porque es, junto a Argentina, el destino más estable, seguro y europeo de la región.

Perú
Gracias a una norma específica, 27.000 emigrantes han recibido un permiso para instalarse temporalmente. Las llegadas han aumentado más de un 1.000% en dos años. Casi 24.000 han solicitado asilo, una vía que a menudo permite quedarse legalmente mientras se resuelve el expediente.

Colombia
Unos 68.000 llegados antes del pasado verano fueron regularizados y obtuvieron un permiso especial que da derecho a la atención sanitaria. Otros 155.000 arribados antes de febrero pasado lo han solicitado. Tras otorgar a 1,6 millones de venezolanos la tarjeta que permite ir y venir a través de la frontera, las autoridades colombianas suspendieron en febrero su expedición.

Estados Unidos
Han ido llegando de manera más paulatina que a Sudamérica. En 2016 más de 5.600 lograron la residencia y en el periodo 2006-2016, unos 64.000 obtuvieron la nacionalidad. Con 60.000, es el país con más venezolanos que pidieron asilo.

España
El desembarco se aceleró en 2015 con la peculiaridad de que un 60% de los instalados poseen también la nacionalidad española, muchos como el sociólogo Paez, de los tiempos cuando los españoles emigraban y Venezuela los acogía. Las peticiones de asilo se han disparado hasta superar las 12.000, pero poquísimas son aceptadas. En 2017 solo 15 venezolanos fueron admitidos como refugiados.

Brasil
Las llegadas se producen sobre todo por el Estado fronterizo de Roraima, donde el presidente Temer decretó el estado de emergencia el pasado febrero. El Gobierno, la OIM y Acnur, entre otros, han creado un equipo conjunto para gestionar la situación fronteriza. Las autoridades permiten a los venezolanos solicitar un permiso de residencia temporal de los que se han otorgado 8.000. Mientras, casi 25.000 venezolanos han solicitado refugio.

Panamá
Aunque en 2017 regularizó a 10.000 personas, desde octubre les exige visado.

Ante la pregunta de si antes solo huían los ricos y poderosos y ahora también escapan las clases medias y los pobres, el sociólogo Paez recalca que “toda la sociedad venezolana está empobrecida”. Su caso es ilustrativo: “Soy un catedrático que cobra al cambio unos 5 dólares al mes con un poder de compra que es incluso menor. Tendría que trabajar 18 años seguidos para comprar un boleto de avión. Muchos venezolanos viven de las remesas”. Paez añade que a este le precedieron otros éxodos en un país que, insiste, “fue un país de gran movilidad social”: los perseguidos políticos, los empleados del sector petrolero, los médicos, los periodistas, los empresarios…

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Cola para sacar dinero este viernes en Caracas.

Pero el acelerado deterioro ha golpeado duro a esas clases medias que, como explica la escritora chileno-venezolana, no puede subsistir porque “no tiene ingresos en divisas”.

El resto de los amigos de la foto también se busca la vida.

Pese a compartir idioma y cultura, la adaptación es dura. Muchos llegan solos, casi sin ahorros, la burocracia acecha y tienen que trabajar en lo que salga para pagarse techo, comida y, a ser posible, enviar algo a los que quedaron atrás. Toro, fotógrafo además de diseñador gráfico, encadena trabajos de camarero en España. No es para nada lo que soñó pero está contento aunque siente añoranza.

Su amigo Eduardo Palacios, ingeniero agroindustrial, trabaja como asesor de ventas en Costa Rica, adonde eligió emigrar porque había alguien que le podía echar una mano. Cuenta que al llegar en 2015 abrió un local de comidas con un socio que le estafó aprovechándose de que carecía “de un estatus migratorio que pudiera considerarse sólido”. Ha logrado iniciar allá una nueva vida con su pareja y un bebé.

Albert Prieto, licenciado en estudios ambientales de 28 años jamás imaginó que tendría que “trabajar de camarero tras estudiar tanto en la universidad”. Pudo llegar hasta Tenerife porque un tío le acogió allí. Tuvo que dejar atrás a su esposa. Ha sido limpiador de coches, lavandero, mozo de almacén, repartidor y ahora es camarero. Está terminando de pagar “las muchas deudas” que tuvo que contraer para traerse a su familia.

Agny Daniel Rodríguez, ingeniero agroindustrial de 28 años que trabajó cuatro en Nestlé, salió el año pasado por carretera a Colombia para volar a Lima. “Me fui porque la situación se volvió insostenible, el sueldo no alcanzaba para satisfacer las necesidades básicas, comida, medicina, movilidad. Además, no podía ayudar a mis padres económicamente. Y ya la inseguridad se apodero del país”. Eligió Perú por dos motivos: “Por ser un país que le abría (la puerta) a los profesionales venezolanos sin tanta burocracia, además de ser el destino más ideal al presupuesto con el cual yo contaba para ese momento”.

Gracias a Facebook, estos seis amigos del colegio siguen en contacto 15 años después pese a la distancia. Esperan reencontrarse algún día. Se tomarán la foto. “En el momento en que podamos volver a encontrarnos, así tengamos 40 años, la volveremos a hacer”, proclama Toro. Saben que no será pronto.

 

Magallanes: “RIVE determinó que mayoría de migrantes oscila entre 17 y 45 años” – Radar Parlamentario – 20 de Marzo 2018

tumblr_p5jo7kcjHQ1unv0o9o1_400.jpgLa presidenta de la Comisión Parlamentaria de Familia de la Asamblea Nacional, diputada Mariela Magallanes, informó acerca de los primeros datos arrojados por el sistema de Registro Internacional de Venezolanos en el Exterior (RIVE), puesto en marcha desde hace un mes por esta instancia legislativa.

Magallanes destacó que el “RIVE determinó que mayoría de migrantes oscila entre 17 y 45 años, la fuerza productiva del país” realidad que recrudece la grave crisis económica, producto de las erróneas políticas del gobierno de Maduro que hoy nos colocan en emergencia humanitaria.

Asimismo, la parlamentaria señaló que el 58,1% son hombres y el 41,9% son mujeres, teniendo como destino EEUU, Panamá, Chile, Colombia y Perú, quienes partieron en su mayoría de los estados Anzoategui, Aragua, Lara, Monagas, Distrito Capital y Miranda, cifras obtenidas del grupo de venezolanos registrados.

Puntualizó que a través de la herramienta RIVE la AN obtendrá estadísticas oficiales no solo de quienes se van sino de los que permanecen en el país y que continúan padeciendo la escasez y deterioro de su calidad de vida, situación que el régimen se niega a reconocer para continuar evadiendo su responsabilidad como Estado.

Por otra parte Magallanes indcó que a través de los primeros datos aportados por el RIVE se iniciaron conversaciones con el Instituto de Altos Estudios Jurídicos de la Universidad Bicentenaria de Aragua, para brindar la oportunidad de concluir sus estudios a los venezolanos en el exterior como parte del mejoramiento profesional que requieren para seguir demostrando nuestra calidad de formación y que será fundamental para la reconstrucción de la nación al momento de su retorno.

“Estamos sufriendo una tragedia colectiva que desmiembra nuestro entorno más cercano, para el cual debemos seguir exigiendo el cumplimiento de sus derechos consagrados en la Constitución” expresó la legisladora nacional.

Finalizó recordando que el proceso de registro es muy sencillo, ingresando a la página http://www.asambleanacional.gob.ve allí encontrarán el link RIVE que abre un espacio donde los interesados pueden dejar sus datos, los cuales son totalmente confidenciales, dejando claro que no hay ningún interés en información económica sino en estatus social del grupo familiar para delinear estrategias que resguarden su bienestar.

 

 

 

El talento venezolano es tan bueno como el mejor del mundo por Gabriela Frías – CNN – 9 de Marzo 2018

UnknownEn un mensaje a los venezolanos, Rafael Reif, presidente del Instituto de Tecnología de Massachusetts expresa su esperanza de que las oportunidades en Venezuela vuelvan a ser como antes. Añade que el talento venezolano “es tan bueno como el mejor del mundo” y pide a sus connacionales que no olviden eso nunca.

Ver entrevista en siguiente enlace:

http://cnnespanol.cnn.com/video/talento-venezolano-rafael-reif-presidente-mit-entrevista-portafolio/

En el dia del amor me tocó llorar por Sumito Estévez – Puntomedionoticias – 16 de Febrero 2018

Unknown-2.jpegEstoy en Manta, Ecuador. Hago un festival en un restaurante. En la cocina hay venezolanos. Uno de los anfitriones es venezolano. El señor que cuida los carros no es empleado pero le dan almuerzo y vive de lo que le den. En el camino un semáforo rojo es la oportunidad que espera un andino, infiero por su acento educado, para limpiar el vidrio del auto. Un andino como de mi edad, ya entrado en la década de los cincuenta. Ahora que lo medito el que cuida los autos, el anfitrión, el limpiavidrios, ya no son tan jóvenes. La gente no tan joven suele tener una vida hecha. Tenían.

Estoy en la habitación. Suenan los nudillos de alguien contra la madera. Entra Fredy a asearla. También es un hombre como de mi edad. Es raro que un hombre limpie la habitación de un hotel. Ahora que lo pienso, no recuerdo si antes me había pasado.

Voy a contar la historia de Fredy. No sé si Fredy se escribe con una o con dos des. Hablé mucho rato con él. Usaré el recurso de la primera persona para intentar ponerlos en mi lugar.

“Soy Freddy. Trabajaba para Empresas Polar.

Pude comprar una casa en Los Dos Caminos y traerme a mi mamá de Los Teques. Los Teques está muy peligroso. Tuve dos hijos y una hija. Tengo dos nietas. Son las hijas de uno de mis hijos. Mi hija tuvo que dejar la universidad, ya no podíamos pagarla.

Mi hijo estudiaba en la Andrés Bello. Lo persiguieron por la Páez para robarle la moto. En la Redoma La India lo balearon. Agonizó 15 días. Tenía veinte años.

Me volví loco del dolor. Literalmente loco. Me internaron en Clínicas Caracas por la depresión. Empresas Polar pagó todo, teníamos buen seguro.

Soy católico. Mi abuela me enseñó a rezar el rosario y mi mamá decía que de no haberme casado hubiese sido cura. Pequé y le reclamé a Dios por haberme abandonado. Un día una enfermera me puso una estampa de José Gregorio Hernández en el pecho y me dije que no iba a enterrar mi Fe junto a mi hijo.

Ya no teníamos para comer.

Me vine por tierra a Ecuador. Mucha gente me ayuda. Aquí hay muchos venezolanos. Nos reunimos en misa. Hay una pareja de doctores que rezan muy bonito. Creo que él se fue a Chile. Ella todavía está aquí.

Gano 300 dólares. Pago 150 dólares por la habitación. En un año me he mudado seis veces porque me suben el alquiler. Aquí en el trabajo me dan el almuerzo. Cenar no me hace falta. Yo le mando dinero a mi familia. Pude mandarle medicinas a una prima que comenzó a convulsionar. Gracias a Dios en la iglesia me dieron dinero para las medicinas. Para mi abuela si no pude hacerlo a tiempo y se murió antes de que llegaran las medicinas. Hace 22 días que no mando dinero. No he podido.

Jamás les digo que paso trabajo. Mi Mamá me pregunta y siempre le digo que todo está bien. Y es la verdad.

A ellos no los puedo traer. Perderíamos la casa. Si la dejamos sola la perdemos.

A veces tengo que desconectarme. Hace dos días le dije a mi hijo que iba a bloquear el whatsapp porque me escribía desesperado porque no tenía para comprarle comida a las nietas y le expliqué que necesitaba desconectarme para pensar. Un amigo me prestó 20 dólares y le pude mandar. Por eso me desconecto, porque todo el mundo me escribe. Amigos, primos, compañeros de trabajo. Todos. Y cuando leo los mensajes me desespero y los quiero ayudar a todos. Pero no puedo. Por eso me desconecto.

Los venezolanos nos ayudamos mucho. Yo ayudo a hacer bolsas de comida que donan personas y que donan en la iglesia y se las llevo. Me especializo en llevarlas a mujeres solas. Hay muchas mujeres solas con hijos que no tienen nada para comer.”

Toda esta conversación fue hoy 14 de febrero en mi cuarto. No es la primera que escucho porque no ha habido un solo venezolano que me haya topado a quien no le haya preguntado como está. Hace cuatro días el chofer del taxi que me llevó al aeropuerto de Santiago de Chile (él ingeniero, su esposa médico) me contó como había llegado sin nada con un hijo de dos años con cáncer a quien tenía que salvar (y salvó) y como la comunidad venezolana lo había ayudado y como ahora, dos años después, el usa el tiempo en que no hace de taxi para llevarle ayuda que donan otros venezolanos a venezolanos que lo necesitan en Chile.

Son personas con las historias más terribles las que siempre terminan por mostrarme que la misericordia y la solidaridad es parte de su vida. Los que casi no tienen nada usando su tiempo en ayudar a los que no tienen nada.

Cuando me iba a despedir de Freddy saqué 20 dólares que tenía en el bolsillo y se los di. Su turbación era absoluta. No aceptó. Estaba callado pero toda su gestualidad decía que no había hablado conmigo para dar lástima y pedirme. Le rogué que lo aceptara con mi muy andina frase de viejito no me niegue la posibilidad de ayudar. Freddy comenzó a llorar y comencé a llorar yo. Nos abrazamos y no volvimos a hablar ninguno de los dos.

Cada uno lloraba por sus razones. No puedo hablar por él pero sí por mi. Es cierto que lloraba por empatía. Que lloraba por llorón. Que lloraba porque me desespero y quiero ayudar y no sé bien cómo porque esto es demasiado masivo. Intuyo que Dios me está tratando de decir algo y buscaré la forma de ayudar.

Pero también es cierto que lloraba por vergüenza. Porque me da vergüenza ser de los que se salvó y no pasa trabajo. Claro que llevo mis dolores y mis pérdidas y mis depresiones a cuesta. Claro que no hay pérdida pequeña porque cada quien arrastra magnitudes en función del peso de sus propia historia, pero soy de los privilegiados e imagino que debo tener algo de ese síndrome culposo que cuentan que les da a los que se salvan en una tragedia. Pero también lloraba, sobre todo, por la vergüenza de ser tan frívolo a veces. Cuando yo digo “me quiero desconectar” me refiero a no querer ver noticias por un día. Freddy habla de callar las voces de quienes claman por ayuda para tener el tiempo de pensar para poder ayudarlos. Cuando yo leo en Facebook historias de venezolanos que nos hacen quedar mal (la nueva moda flagelante que le dio a las redes) pienso es en mí y en la vergüenza de que me crean igual, y en medio de ese ego se me olvida que este puto gobierno (en serio perdónenme el desliz, pero insultar también es catarsis) arroja a la calle todos los días a gente que lo perdió todo, y con todo no hablo de dinero sino de proyectos, de hijos muertos, de niñas que dejaron la universidad, de nietas que no comen, de casas que se pueden perder, de abuelas que no pudiste salvar; y no puede ser que me angustie sobre lo que pensarán de mi por el video de alguien que tuvo la mala suerte de ser grabado quien sabe en que instante de desesperación, mientras las calles de cada país de Latinoamérica están repletas de venezolanos empobrecidos que los fines de semana hacen bolsas de comida para ayudar a otros.

 

Exodo de Venezuela – Consultores 21 – Diciembre 2017

La conducta de los inmigrantes venezolanos en el mundo por Mireya Tabuas – Noticiasvenezuela.info – 14 de Noviembre 2017

migraciones

“En la vida de estos venezolanos “antes de” eran quizás estudiantes de los últimos años de una buena universidad, o unos recien graduados con pasantías en importantes empresas, o una joven promesa de su disciplina, o un profesional que escalaba rápidamente puestos en la compañía.

Desde niño seguramente se trazó un camino hacia el éxito profesional. Nunca le tocó más que dedicarse al cultivo de sí mismo, nunca se mentalizó que iba a hacer otra cosa. Su vida era estudiar y su destino graduarse y trabajar en una buena empresa.

A pesar del país en el que vivía.
A pesar del horror.

Pero a este joven le tocó migrar.

Y, como a él, a todos estos jóvenes venezolanos les tocó huír, salir corriendo de un país descuartizado.

Y ahora los veo aquí en Santiago de Chile (pero también están en Bogotá o Madrid, en Miami o Lima, en Londres o Buenos Aires y pare de contar…), los veo por todas partes, allí están los jóvenes venezolanos trabajando. Y siempre les pregunto qué hacen, de dónde vienen, cómo se sienten.

Veo, por ejemplo, a un ingeniero civil trabajando de garzón en un restaurant chino, a una arquitecta laborando en la cocina de un hotel, a una abogada lavando baños, a una publicista pintando uñas a domicilio, a una médico haciendo de recepcionista en un consultorio odontológico, a una psicóloga atendiendo llamadas en un call center, a un periodista cargando cajas en un almacén, a un administrador de empresas haciendo empanadas venezolanas y vendiéndolas en los alrededores del mercado La Vega.

Ninguno se queja.
Ninguno critica.

Les toca limpiar pisos, fregar platos, trabajar hasta muy tarde en la noche. Lo que nunca. Pero repito.

Ninguno se queja.
Ninguno critica.

Están contentos.

Y cuando tienen un ratico libre se compran un vino y, en la azotea de uno de esos edificios del centro que están llenos de venezolanos, donde hay piscina y gimnasio, ponen música y comparten con sus amigos. Crean lazos familiares con sus vecinos o sus compañeros de la pega. Se imaginan a su mamá en otras señoras, se inventan hermanos entre los demás compatriotas. Tienen como mesa familiar un chat de whatsapp o un grupo de Facebook.

Parecen alegres, pero también están tristes.

Como los sobrevivientes en un bote salvavidas.

Pero de pronto pienso que esos chicos, esa generación de venezolanos profesionales que están pasando trabajo, que lloran a los suyos, que están “echándole bola” (trabajando duro, para los lectores chilenos), van a ser una gran generación. Porque estos muchachos tienen la formación profesional, pero a la vez están aprendiendo una importante lección de humildad, de ponerse en el lugar del otro, de entender el valor de las labores más sencillas. Están aprendiendo que detrás de cada oficio hay un ser humano, que nadie es mejor que el otro. Además están aprendiendo a entender otro país, otra cultura, otras voces, otras formas. Están aprendiendo –literalmente- a ganarse el pan con el sudor de su frente, de sus piernas, de sus brazos, de sus hombros.
Quiero creer que esta generación será más fuerte. Que será también más bondadosa. Cuando el ingeniero encuentre trabajo en una empresa minera, ya no mirará con menosprecio al garzón que lo atiende en el restaurant; cuando la doctora trabaje en una clínica valorará la labor de su recepcionista (o tal vez el ingeniero se quede por mucho tiempo como garzón y la médico como recepcionista, y descubran que la vida también así es bella). Eso sí, cuando ellos vean a una persona vendiendo comida en la calle, la mirarán a los ojos, le preguntarán cómo está, le contarán su propia historia, le darán aliento.
Creo que no solo estos muchachos ganarán, como individuos, con esta vivencia migrante. También ganará Chile (o el país que los reciba) porque serán ciudadanos agradecidos con la nación que les dio una oportunidad y la asumirán –y defenderán- como suya. Por eso, cuando en Chile (o en otros países receptores) se abre el debate sobre la migración, yo me pregunto si quienes critican la presencia de extranjeros han reflexionado sobre lo que la experiencia migrante significa para el ser humano, cuánto transforma, cuánto nutre, cuánto potencia.

Migrar es un postgrado.

Si mis jóvenes paisanos se quedan en Chile, aportarán su bagaje, sus músculos, su intelecto, y serán hijos de dos naciones.

Y si algún día vuelven a Venezuela, llegarán nutridos de ánimos de reconstrucción y con fortaleza de luchadores. Han aprendido a valorar lo suyo desde la distancia. Además, nunca perderán los vínculos (ni la gratitud) con el país que los acogió.

Siento que lo mejor que pudo pasarle a Venezuela es esta generación de profesionales que limpian pisos en otras tierras. Porque sin duda ellos serán mejores personas que todos nosotros. Mejores venezolanos y mejores ciudadanos del mundo.”

 

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