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Tres millones por Ibsen Martínez – El País – 19 de Noviembre 2018

Esa cifra es el aporte de Venezuela a la última calamidad del continente: la migración forzada de grandes contingentes

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Tres millones de emigrantes venezolanos. Tres millones de seres humanos, según la ONU, forzados por el socialismo del siglo XXI a dejar Venezuela, en la mayoría de los casos a pie, echando los niños por delante y los viejos y toda la impedimenta al hombro. La alternativa es morir de mengua.

¡Tres millones son tantos destinos personales!, demasiados como para que se hagan verdad los términos de cierta retórica optimista, esa que, alentadora, quiere ver en cada desplazado un “emprendedor”, un embajador de mitológicas virtudes morales, de vigencia permanente que indefectiblemente harán salir adelante al infeliz del chándal y la gorra tricolor orlados de estrellas.

Con ser sobrecogedor verlos desde el aire, captados por un dron en apretada muchedumbre y sobre un puente fronterizo, nada nos prepara ya para los encuentros “en corto” que la demasiada humanidad dispersa por todo el continente nos reserva cada día.

Noches atrás, en Bogotá, terminaba yo de cenar en un sitio no precisamente del circuito gourmet, apenas un muy concurrido local de comida costeña en Chapinero, cuando una chica de belleza insoslayable, espigada y muy alta, provista de un violín eléctrico Kinglos, entró al mesón, saludó en silencio y con gran ceremonia a los comensales, y comenzó a tocar deslumbrantemente el Tamborín chino, opus #3, de Fritz Kreisler, una de esas piezas breves que suelen rematar los recitales.

Vestía tejanos, una chaquetilla entallada y corbata ancha anudada a la sans façon. Luego, acompañada de un estéreo portátil puesto en el suelo, atacó tópicamente la Meditación, de la ópera Thaís, de Massenet. Sus incursiones se limitan a eso, a dos breves encores. No pasa el sombrero porque trata directamente con los propietarios. Se trata del tigre — trabajo ocasional, en venezolano— con que redondea el fin de semana.

Nació en Barquisimeto, Estado Lara, tiene 28 años y de día trabaja en la central de llamados de una proveedora de servicios de salud. Aunque se formó en el afamado Sistema Nacional de Orquestas, tiene la peor opinión del mismo. Su meta inmediata es Buenos Aires, donde su exmarido lidera una panda de músicos venezolanos que se le miden a todo. Tienen planes. Por ahora junta dinero para el tiquete aéreo, “porque por carretera, ni loca, mucho malandro venezolano dándoselas de refugiado sirio”. Contempla pasar las fiestas de fin de año en Argentina; después, ya se verá.

La prensa suele traer declaraciones de gente muy docta —economistas y sociólogos— que dibujan, me parece que en el aire, aunque con muy buena intención, halagadoras perspectivas y planes de recuperación para la Venezuela “del día después de Maduro”.

Esos planes invariablemente presuponen que la emigración más calificada tornaría al país tan luego ocurra un cambio de gobierno. Es un decir bastante vallejiano: si ocurre. Nuestra violinista no ve las cosas así. “Venezuela y yo estamos chao: cada uno por su lao”. Quiere otra vida, lejos.

Opina que los venezolanos más “pelabolas” —con menos recursos, en criollo— del contingente migratorio van camino de ser los gitanos del hemisferio sur, según los pinta la imaginación más denigratoria de esa etnia. “Una plaga que materialmente no sabe ni quiere hacer nada. Tumban lo que encuentran mal estacionado. Para eso no hay ACNUR ni mandrakes sin frontera. Dos millones de pedigüeños, ¡a eso hay que verle la cara! Ahorita los ven a todos muy jodidos y sí, cómo no, los refugiados de la carretera, pero los van a odiar, yo que te digo. Eso sí: yo no tengo nada que ver con esa gente, ¡ni de vaina! Yo, muy aparte. Cuando me oyen hablar y me preguntan de dónde soy, digo que nací en Belice de padres costarricenses. Por eso el acentico”.

La diáspora intelectual que perdió Venezuela y ganó Colombia por María Gabriela Méndez -The New York Times – 16 de Noviembre 2018

Un mural del fallecido presidente Hugo Chávez en una calle del centro de CaracasCreditMeridith Kohut para The New York Times

BOGOTÁ — En el inventario de desgracias que ha dejado el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela deberá contabilizarse una pérdida irremediable: las crisis económica y política de la Revolución bolivariana han provocado una diáspora de tres millones de expatriados —aproximadamente el ocho por ciento de la población—, que ha dejado hipotecado el futuro del país y en bancarrota sus instituciones culturales.

La amarga situación de los 3000 venezolanos que cruzan a diario la frontera con Colombia ha despertado una enorme solidaridad regional, pero también una preocupación natural en los países de acogida —¿cómo debe prepararse una nación para recibir a tantos desplazados?— y, en ocasiones, un sentimiento antiinmigrante. Para combatir esa tentación xenofóbica, haríamos bien en recordar una de las mayores lecciones de las grandes oleadas migratorias de los siglos XIX y XX: los países que albergaron a los exiliados, migrantes y desterrados —de guerras civiles, hambrunas o gobiernos autoritarios— salieron culturalmente beneficiados.

Mientras las calamidades no cesen en la Venezuela de Maduro, el flujo de migrantes venezolanos seguirá siendo masivo y seguirá siendo un enorme desafío para Colombia y el resto de los países de América Latina. En esa marea migratoria hay numerosos intelectuales, artistas y universitarios. Según un estudio de 2015, realizado entre estudiantes de cuatro universidades de Venezuela, un 88 por ciento de los encuestados tenía intenciones de abandonar el país.

Colombia, el país que ha recibido más expulsados venezolanos, podría ser la heredera intelectual de la Venezuela en exilio. Colombia tiene ahora la oportunidad no solo de dar un ejemplo humanitario, sino de aprovechar para su desarrollo los frutos de la cultura venezolana.

La historia migratoria de la propia Venezuela es un ejemplo: durante la segunda mitad del siglo XX, el país aprovechó la experiencia y talento de las olas migratorias de españoles, portugueses, italianos, uruguayos, chilenos, peruanos, ecuatorianos y colombianos. Gracias a ese influjo de mano de obra calificada extranjera, se crearon las grandes empresas textiles y de alimentos venezolanas y las instituciones culturales florecieron.

Hoy, sin embargo, los cruces de la frontera corren en sentido inverso y somos muchos los venezolanos que trabajamos en Colombia y para ella devolviendo, de alguna forma, mucho de lo que recibimos de la migración que llegó a nuestro país a partir de la década de los cincuenta.

A principios de los 2000, una de las primeras olas de migración de Venezuela a Colombia, trajo a gerentes y técnicos petroleros despedidos por Hugo Chávez de la estatal Petróleos de Venezuela. Estos migrantes altamente especializados impulsaron el despegue de la modesta industria petrolera colombiana, que multiplicó su actividad de 560.000 barriles diarios a 900.000 barriles en 2011. Mientras que la producción petrolera venezolana está en el nivel más bajo de los últimos treinta años, Colombia se convirtió en uno de los mayores exportadores de petróleo a Estados Unidos.

El 1 de noviembre de 2018, un grupo de migrantes venezolanos se dirigía a la frontera entre Venezuela y Perú. CreditJuan Vita/Agence France-Presse — Getty Images

En una ola migratoria posterior, de 2010 a 2014, llegaron a Colombia numerosos académicos, editores y periodistas que salieron de Venezuela por diferencias ideológicas con el chavismo, un régimen corrupto, autoritario y que ha remplazado la meritocracia por el nepotismo.

El enorme capital cultural de Venezuela fue una de las primeras víctimas del chavismo. En 2001, Chávez develó su política cultural y trazó la hoja de ruta de su revolución: despidió a treinta directivos de las instituciones culturales más importantes. Nombró a nuevos directores de museos, galerías, teatros, editoriales, cines, academias de danza y orquestas sinfónicas que estuvieran “en sintonía con el proceso revolucionario”. Así acabó con la intensa vida cultural que Venezuela había desarrollado desde el siglo XIX.

Los grandes centros culturales de Venezuela, que fueron referencia en toda América Latina, hoy están en la carraplana. El Museo de Arte Contemporáneo Sofía Ímber —que desde 2001 no lleva el nombre de su fundadora— usa el arte para hacer proselitismo, tiene un presupuesto exiguo, no adquiere obras, no se investiga ni se editan catálogos y las exposiciones se basan en las colecciones adquiridas durante su época dorada —la última muestra se titula Camarada Picasso—; de las trece salas solo funcionan un par y muchos de sus curadores y críticos se han jubilado o se han ido del país.

Las editoriales Biblioteca Ayacucho y Monte Ávila Editores dejaron de publicar clásicos y exhiben un catálogo menguado, con tirajes mínimos y una marcada línea ideológica —de sus doce novedades del año, cinco son reediciones, entre ellas, el Manifiesto comunista—; el Teatro Teresa Carreño quedó reducido a la sala de eventos presidenciales cuando Chávez aún estaba vivo, las academias de ballet clásico y danza contemporánea que se presentaban ahí funcionan a medias y con una programación cultural exigua. El Premio Rómulo Gallegos, que llegó a ser una de las citas literarias más prestigiosas de Hispanoamérica, se entregó por última vez en 2015, con el argumento de que no se disponía de los 100.000 dólares que ofrecía el premio. El Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela y el Instituto Autónomo Biblioteca Nacional fueron cruciales en la vida cultural latinoamericana y sirvieron como modelos para otros países del mundo. Hoy, aunque El Sistema sigue en pie, se suspendieron las giras mundiales que anualmente hacía la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y, para diciembre de 2017, cuarenta de sus 120 músicos habían emigrado.

Colombia podría beneficiarse del arribo de esa intelectualidad expulsada. Desde que se acentuó la deriva autoritaria del chavismo han llegado editores, como María Fernanda Paz Castillo, Juan Pablo Mojica y Rodnei Casares; investigadores; músicos; curadores —como Nydia Gutiérrez, la curadora jefa del Museo de Antioquia— y promotores culturales, como Gabriela Costa.

Colombia ya ha implementado algunos esfuerzos para sobrellevar este fenómeno migratorio sin precedentes. Uno de ellos fue el Permiso Especial de Permanencia, que se expidió hasta febrero de este año y que permite a los migrantes trabajar por dos años. Hay otros esfuerzos, como la campaña “Somos panas, Colombia” de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), desde donde se toman acciones para evitar la xenofobia, y las universidades del Rosario y el Externado han creado observatorios de la migración venezolana. El conocimiento derivado de sus reflexiones e investigaciones podría servir al gobierno para tomar decisiones mejor informadas. Algunos de los pensadores venezolanos radicados en Colombia ya están siendo parte de esa conversación en torno al éxodo, una discusión pública que enriquece el debate sobre uno de los mayores retos del gobierno de Iván Duque.

Y, cuando la democracia regrese a Venezuela, el país deberá crear una política de repatriación de talentos e incentivar la vuelta de aquellos que se vieron obligados a salir de un país sin futuro. Cuando se erradique el autoritarismo chavista, las mujeres y hombres dedicados a pensar, escribir y crear, serán indispensables para reconstruir la nación que fue por muchos años uno de los foros intelectuales en el continente.

¿Un éxodo venezolano? por Keymer Ávila – Nueva Sociedad – Octubre 2018

La migración Venezolana es hoy tema de debates políticos, relaciones bilaterales y trabajo de ONG. Y no menos importante, de propaganda ideológica. Pero, ¿cuáles son realmente sus magnitudes y quiénes migran? ¿Cuánto de propaganda y cuánto hay de realidad? ¿Cuáles son las funcionalidades políticas y económicas que subyacen detrás de estos eventos? El gobierno venezolano niega las dimensiones del éxodo e implementa un plan de retorno con finalidades publicitarias. Mientras tanto, la xenofobia crece en América Latina y se evidencia la necesidad de generar nuevas formas de abordar el problema.

¿Un éxodo venezolano?

Circular Corpoelec -10 de Septiembre 2018

Estrenando la diáspora por Eugenio Montoro – 24 de Julio 2018

UnknownFinalmente vino a tocarme el turno. Uno de mis hijos hizo maletas y se fue de Venezuela y los otros, que aún están en Maracaibo, también lo piensan.

Hace 70 años, su abuelo (mi padre) hizo algo parecido. Tomó las maletas y abandonó su España natal para comenzar una aventura en Venezuela. Hoy, en reversa de la historia, este joven venezolano, con la misma edad con que vino su abuelo e igual apellido, vuelve a la tierra de origen de sus mayores. Las razones son parecidas y sencillas: tener una mejor calidad de vida y la posibilidad de crecer.

Consuela saber que va con un contrato de trabajo previamente acordado en su especialidad de ingeniería, soltero y hasta cuenta con el apoyo desinteresado de los familiares en España.

Te vas en caballito blanco, le bromeo, pero sin ignorar los miles de jóvenes que dejan su “tierra de gracia” sin algún plan y empujados por la realidad de no tener presente ni futuro en su país. Miles de profesionales excelentes, trabajadores de alta calificación, profesores, artistas, empresarios, médicos, intelectuales, entre muchos otros, han abandonado su tierra por la pobreza económica que se ha creado y por el horizonte sin esperanzas.

La pérdida de centenares de miles de jóvenes talentosos es el mayor crimen que este régimen. Con ello no solo se debilita el desarrollo presente, sino que mutila el futuro nacional.

Aunque en otras escalas y circunstancias, se repite el caso de PDVSA cuando el régimen decidió despedir a 23000 de sus mejores gerentes, supervisores y técnicos. La empresa se debilitó tanto hasta hacerla inoperante. De igual forma la pérdida del talento nacional que está ocurriendo debilita al país entero hasta convertirlo en una nación aldeana del siglo XVI.    

Este régimen asesino del futuro sonríe viendo la diáspora del talento por cuanto sabe que con ella se van muchos de los que le adversan y en esa medida crece su poder de influencia sobre aquellos que se quedan y reciben limosnas o premios por fidelidad. Su objetivo  es mantenerse en el poder y desde allí fanatizar a sus esclavos en las utopías comunistas a fin de crear un “hombre nuevo”, personaje al que no dudamos de calificar como castrado intelectual, asquerosamente obediente y sin motivación para la crítica y el cambio superior.

Los que vivimos buena parte de los cuarenta años de la democracia y creemos en ella, tenemos una responsabilidad muy grande frente a la toma de acción para salir de este régimen. Al fin y al cabo, disfrutamos un gran período de libertades gracias al empeño y sacrificio de dirigentes notables del pasado. Ellos lucharon por nosotros y ahora nos toca a nosotros luchar por los chamos

Cada hombre y mujer mayor de 40 años ha vivido tanto en el mundo democrático como en este mundo comunista en Venezuela. Saben comparar y por eso no hay excusa para la indiferencia.

Seguir luchando hasta que salga este régimen es el objetivo. No importa cuantas veces nos enredemos en el camino. Para allá vamos y cada vez es mayor la responsabilidad de los que hoy tenemos cuarenta años o más.

 

 

El inmenso potencial de la diáspora – Editorial El Nacional – 2 de Julio 2018

En no menos de 59 países ya están en marcha empresas, de distinto tamaño, impulsadas por emprendedores venezolanos. En no menos de 500 corporaciones, distribuidas en casi un centenar de países, están desempeñándose profesionales venezolanos en cargos gerenciales o de alta dirección, en prácticamente todos los rubros productivos. A todo ello se suman los cientos de miles de compatriotas que, en América Latina, Estados Unidos, Australia y Europa, trabajan en los más diversos oficios, o han dado inicio a innumerables emprendimientos.

No pasa un día sin que, cualquiera de nosotros, no escuche de los sorprendentes relatos de la presencia de venezolanos en el mundo. Una profesora de música en Groenlandia, un coordinador de operaciones en una empresa de catering en Angola, un ingeniero electrónico que ha sido contratado por una empresa de alimentos en Suráfrica. Aunque hay países en los que se ha producido alguna concentración –en América Latina destacan Colombia, Perú, Chile, Argentina y Panamá–, lo cierto es que estamos en los cinco continentes.

Especialistas de todo el mundo reconocen en el fenómeno de la diáspora venezolana características excepcionales. Me referiré a tres de los factores que más se repiten cuando se analiza lo que está ocurriendo. En primer lugar, el carácter de huida que, en tan corto tiempo, se ha producido: alrededor de 3,5 millones de personas en el transcurso de una década. Fuera de Venezuela impacta y causa sorpresa la actitud de “salir en las condiciones que sea” del país. Nuestros compatriotas huyen, abandonan el país con desesperación. El pensamiento de fondo es que cualquier realidad fuera de las fronteras venezolanas es mejor que padecer el estado de cosas creado por el régimen de Maduro y Cabello.

En segundo lugar, resulta llamativo el nivel académico que tienen cientos de miles de esas personas. Esto no se refiere, de forma exclusiva, a la calidad de la educación con que partieron de Venezuela, sino a consideraciones más amplias y significativas: la visión cosmopolita, la multiplicidad de intereses, el dominio de otras lenguas y, muy importante, la disposición a seguir aprendiendo.

El tercer elemento puede sintetizarse en la palabra “actitud”. No predomina el derrotismo en la diáspora venezolana. Al contrario, la gran mayoría sale en pos de un trabajo, a darle forma a emprendimientos, a buscar oportunidades para mostrar los talentos y la disposición a lo productivo. Los venezolanos que se marchan no llegan a otros países a tocar las puertas de ONG, sino las puertas de empresas donde puedan encontrar un trabajo remunerado.

Toda esta enorme corriente productiva representa un capital y un potencial económico, social y humano, que debe ser pensado y convertido en proyectos. Ahora mismo, la actividad económica de los venezolanos en el exterior puede representar entre dos tercios o tres cuartos del PIB de Venezuela. Eso equivale a una cantidad formidable de recursos, no solo económicos, sino de múltiple orden. En varios artículos anteriores me he referido al peso que hoy tienen las remesas para el sostén de millones de familias en Venezuela.

El potencial del que hablo no es retórico. Fuera el país, las capacidades de los venezolanos se han incrementado. Han comenzado a producirse formas de organización para recibir o ayudar a los que están llegando. Hay un activismo fundamental en el ámbito de los derechos humanos, que ha logrado despertar la conciencia de la opinión pública internacional y poner en funcionamiento los mecanismos de autoridades y tribunales especializados. Hay iniciativas académicas, políticas, gremiales y de activismo solidario, que están en desarrollo y que podrían crecer y consolidarse en las próximas semanas y meses.

Mi percepción es que la diáspora está activa y que tiene a Venezuela en el centro de sus pensamientos. No existe una división entre los que se quedaron y los que salimos. Hay una interconexión permanente, que debería fortalecerse, y que podría resultar un factor determinante en el objetivo de poner fin a la dictadura. La diáspora, por sí misma, se ha constituido en una fuerza política, cuyo potencial está, todavía, por desarrollarse. Sus capacidades técnicas, sus relaciones en otros países, el conocimiento que ha adquirido de las nuevas aplicaciones tecnológicas en todos los rubros productivos, sus aprendizajes en la instrumentación de programas sociales, son algunas, entre muchas más, de las capacidades que ha alcanzado, y que serán fundamentales para el nuevo país posdictadura.

Nadie debe permanecer ajeno a esta realidad: ni quienes formamos parte de la diáspora debemos olvidar que tenemos un compromiso con nuestro país, ni quienes permanecen y resisten en Venezuela deben olvidar que hay compatriotas dispersos en el planeta. Estamos listos para participar en la reconstrucción de Venezuela.

 

El largo regreso de los venezolanos a Ítaca por Miguel Ángel Santos – ProDaVinci – 21 de Junio 2018

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Hace algunas semanas fui invitado por una organización de emigrantes para reflexionar sobre la diáspora venezolana. Propusieron organizar la discusión alrededor de unas cuantas preguntas, que son las mismas que muchos venezolanos dentro y fuera del país llevamos haciéndonos durante años. ¿Para qué sirve la diáspora? ¿Qué debe hacer? ¿Cuál es su rol en la reconstrucción del país? ¿Tendremos la oportunidad de volver? ¿Cuántos de nosotros volveremos? ¿Qué podemos hacer los demás? La invitación me abrió la oportunidad de repasar mi propia experiencia en un exilio que ahora llega a su octavo año, me obligó a poner en palabras algunas lecciones difíciles que he ido asimilando y que hasta entonces habían quedado implícitas. No hay nada como ponerle palabras a las cosas, a los sentimientos, para adueñarse de ellos.

Quiero contarles tres historias que nos van a ayudar a pensar sobre la diáspora venezolana: la historia de un país y su diáspora, la historia de un pequeño pueblo y la historia de un emigrante, mi papá, que es también mi propia historia.

El país y la diáspora sobre la que les quiero hablar primero es Albania, un país que sufrió un enorme colapso a finales de los años 80, en el que perdió el 37% de su producto interno bruto en 5 años. Una catástrofe económica y social que, sin embargo, se queda corta ante la de Venezuela. Nosotros hemos perdido el 39% de nuestro producto interno bruto por habitante en 4 años y, según los pronósticos, al final del año que transcurre estaremos en la vecindad del 50%. Al igual que en Venezuela, en Albania este proceso de destrucción engendró una diáspora colosal, un río de albaneses que escaparon a un país vecino –Grecia– adonde llegaron justo a tiempo para disfrutar de una bonanza económica que se extendería por algo más de una década. Varios años más tarde, en 2008, la crisis financiera global acabó con el 25% del producto interno bruto de Grecia en apenas cinco años. ¿Qué hicieron los albaneses que habían emigrado diez, quince años antes, cuando ocurrió la crisis financiera que acabó con la ilusión de armonía en Grecia? Leer más de esta entrada

Los beneficios de la migración venezolana – El Espectador – 30 de Mayo 2018

El Banco Mundial calma a Latinoamérica sobre este fenómeno y le dice a los gobiernos que los aspectos positivos económicos superarán cualquier aumento en demanda de servicios públicos.

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Conforme América Latina lucha para hacer frente a la marea de personas que huyen de Venezuela, el Banco Mundial está tranquilizando a los gobiernos y dice que los beneficios económicos de la inmigración superarán cualquier aumento en la demanda de servicios públicos.

“Invitamos a los países a ver esto como una oportunidad”, dijo Alberto Rodríguez, director del banco para Venezuela, Perú, Ecuador, Chile y Bolivia, en una entrevista el martes en Lima. “Los inmigrantes pueden reactivar las economías de muchas maneras: pueden aportar innovación, ideas e inversión”, así como habilidades y experiencia.

Los gobiernos de la región han recurrido al Banco Mundial en busca de asesoramiento sobre cómo gestionar el flujo de inmigrantes que huyen de Venezuela a diario para escapar de la hiperinflación y la escasez de alimentos básicos y medicinas. Desde 2017, aproximadamente 800.000 venezolanos han migrado a Colombia, cerca de 300.000 se han establecido en Perú y más de 160.000 en Chile, de acuerdo con una declaración del 18 de mayo del llamado grupo de países de Lima.

El banco, con sede en Washington, está ofreciendo asistencia técnica a algunos países para gestionar la llegada de inmigrantes y ha instado a los países a reforzar servicios como atención médica y educación en áreas donde se están asentando los recién llegados para aliviar la fricción con la población existente, dijo Rodríguez en una entrevista en Lima.

El banco también fue invitado por Perú a evaluar las repercusiones económicas del éxodo para el Grupo de Lima, dijo Rodríguez.

“Cuando se mira este fenómeno desde una perspectiva económica más amplia para una nación entera, tiene algunas externalidades positivas”, manifestó Rodríguez.

El director del banco dijo que la institución estaría dispuesta a contribuir a un fondo para apoyar a los inmigrantes venezolanos si los gobiernos deciden establecer uno. La idea se abordó en la Cumbre de las Américas el mes pasado, puntualizó.

La generación perdida de Venezuela por Magnus Boding Hansen – El País –

La crisis divide a los grupos de amigos y es la causa de que los jóvenes no tengan tantas citas románticas, se aíslen más y tarden en irse de casa de sus padres

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Justo antes de medianoche, Irina Barreto y Alejandro Álvarez se echaron a llorar en plena pista de baile de la boda que se celebraba en un pueblo de montaña a una hora de Caracas. Habían sido pareja durante ocho años y no se habían vuelto a ver desde que rompieron hace dos, poco después de coger caminos diferentes: ella hacia el Este, a Barcelona, y él hacia el Sur, a Santiago de Chile. Alejandro, de 29 años, empezó a salir con una amiga de Irina, de 25, y su exnovia se enfadó. Pero en la fiesta, bajo las luces de colores, rodeados por sus mejores amigos y con alguna copa de más, los invadió la nostalgia. Habían sucedido tantas cosas que todo parecía irreal. Su vida, su ciudad y su pandilla estaban aquí. De repente, uno vive en Colonia, otro en Milán, otro en Montreal, o en Perú… La crisis los ha dispersado por el planeta y los ha convertido en la generación más internacional de Venezuela.

Quienes están en la treintena o menos han vivido toda su infancia y su adolescencia bajo el populismo de izquierdas del chavismo. Hugo Chávez llegó al poder en 1999 y se lo traspasó al cada vez más dictatorial Nicolás Maduro en 2013. En la Venezuela de ambos dirigentes, el control de los precios y las nacionalizaciones forzosas han arruinado industrias y han sido la causa de que falte de todo, desde alimentos hasta medicamentos, empleo y perspectivas de futuro. Los jóvenes han crecido con una de las tasas de asesinatos, robos y secuestros más altas del mundo. Algunos se han vuelto serios y timoratos. Rara vez se les ve pasando el rato en lugares públicos o hablando por el móvil en la calle. Y por la noche nunca vuelven a casa a pie. La mayoría tampoco camina por la calle de día. Si salen a cenar, siempre que pueden regresan juntos en coche formando una caravana, y si no hay un amigo común, prefieren pasar pantalla en Tinder. Todos conocen a alguna víctima de la violencia, y a muchos los despiertan las pesadillas. Leer más de esta entrada

El boom de ingenieros venezolanos en la Argentina por Martín Dinatale – Infobae – 30 de Abril 2018

El boom de ingenieros venezolanos en la Argentina: el Gobierno trabaja con YPF para absorber la mano de obra calificada

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En los dos últimos años llegaron a la Argentina 7.000 profesionales que huyeron del régimen de Nicolás Maduro. La Dirección de Migraciones habló con la petrolera, el Colegio de Ingenieros y con mandatarios provinciales

Más de 7.000 ingenieros venezolanos que huyeron del régimen de Nicolás Maduro y llegaron a la Argentina en los dos últimos años se convirtieron en las estrellas del mundo migratorio local: el Gobierno avanzó recientemente en un acuerdo con YPF y con algunos mandatarios provinicales para que puedan absorber esta mano de obra calificada.

Entre los 44.000 inmigrantes venezolanos que llegaron a la Argentina en los dos últimos años para mejorar sus niveles de vida, más de 15.000 aseguraron tener un título universitario y, de estos, más de 4.000 son ingenieros. Pero en los dos últimos meses se añadieron más inmigrantes y, con ellos, unos 3.000 ingenieros más.

El dato no pasó desapercibido por las autoridades de la Dirección Nacional de Migraciones que lidera Horacio García, mucho menos en un país que está gobernado por un presidente que es, precisamente, un ingeniero.

“Vemos que esta mano calificada de ingenieros venezolanos puede ser de un gran aporte a la producción del país sin perjuicio de darle trabajo a los ingenieros de la Argentina”, explicó García en diálogo con Infobae.

De esta manera, la Dirección de Migraciones puso en marcha un programa de acuerdos con autoridades de YPF y del Colegio de Ingenieros a fin de establecer criterios y ver las necesidades del sector, de manera tal que permita orientar esta mano de obra calificada y eventualmente ubicarla. Se sabe que la empresa petrolera más grande del país necesitará en lo inmediato de ingenieros para el proyecto de Vaca Muerta en Neuquén y se apunta a ubicar allí a los profesionales que llegan del país caribeño.

A la vez, se está proyectando organizar un taller multisectorial que permita definir ámbitos de participación en función de aprovechar estos recursos humanos en distintas zonas geográficas. Ya se empezó a hablar con varios gobernadores del norte y centro del país que podrían tener interés en captar la mano de obra venezolana.

De hecho, las autoridades de Migraciones designaron a un área especializada para dar seguimiento a este tema en diferentes provincias. Ya se habló con las administraciones de Córdoba y Neuquén. Pero la idea es continuar concientizando a otros gobernadores para que tomen venezolanos ingenieros u otros con alta calificación laboral, sin perjuicio de darle prioridad a los ciudadanos argentinos con el mismo nivel universitario.

Entre la ola de 31.000 venezolanos que llegaron el año pasado a la Argentina, se radicaron el año pasado 4.136 ingenieros, 1.599 administradores de empresas, 1.143 técnicos, 856 abogados, 615 periodistas, 245 chefs y 250 arquitectos. Este año se añadieron 3.000 ingenieros más a esa lista.

“Se trata de mano de obra muy calificada que busca cualquier trabajo. Pero si se les puede orientar para alcanzar un empleo acorde con sus profesiones será beneficioso para la Argentina también”, dijeron en el Gobierno sobre el programa que lleva adelante Migraciones.

La mayoría de los inmigrantes de Venezuela que llega a la Argentina se suman a la PEA (la población económica activa) por tratarse de gente joven.

Según datos oficiales a los que accedió Infobae, en general son profesionales, tienen estudios universitarios, estudian en alguna facultad o se integran al mercado laboral formal. Prácticamente, la mitad arribó en el último bienio. Sobre el total de 2017 (31.167), en cuanto a franja etaria, 19.136 tienen entre 22 y 35 años de edad. Respecto al más elevado rango de estudios cursados, 15.680 venezolanos declararon tener títulos universitarios.

Entre 2016 y 2017, tomando el total de nacionalidades, la Dirección de Migraciones otorgó 428.000 residencias, entre permanentes y temporarias. En el mismo lapso, concedió 44.000 radicaciones a venezolanos, o sea, un 10% del total.

En el ránking de nacionalidades de 2017 por cantidad de radicaciones, el tercer lugar le cupo a los venezolanos, detrás de paraguayos y bolivianos; y seguidos por peruanos y colombianos.

Como adelantó Infobae el mes pasado, el crecimiento de la ola venezolana en la Argentina es exponencial. Se otorgaron 1.900 radicaciones de venezolanos en el 2012 y esa cifra se disparó en el 2017 a los 31.000. Es decir, hubo un crecimiento del 1.600%.

Este año, la cantidad de venezolanos que llegan a la Argentina no se detuvo. En enero del 2018 se entregaron 435 radicaciones permanentes y 4.343 temporarias a venezolanos (total 4.778). En febrero 2018 fueron 271 en la primera categoría y 3.707 en la segunda (total 3.978). De tal manera, el primer bimestre implicó el otorgamiento de 8.756 residencias a los nacionales de Venezuela. En tanto que en febrero del 2017 se habían otorgado 2.600 radicaciones a venezolanos y en febrero de 2018 se elevó a 4.000, prácticamente un 53% más.

Por decisión de Macri y en virtud de la situación de crisis humanitaria que vive Venezuela, para radicarse, la documentación exigida a los venezolanos es igual a la de cualquier ciudadano de Mercosur, más allá de que el régimen de Maduro está suspendido temporalmente de ese bloque por no cumplir con las normas básicas de adecuaciones legales.

 

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