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Venezuela en el terrible péndulo de Russell por Andrea Rizzi – El País – 31 de Julio 2017

El país se hunde en el círculo vicioso entre autoritarismo y brotes de caos anárquico
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En su admirable Historia de la filosofía occidental, Bertrand Russell reflexiona sobre una suerte de tendencia pendular de muchas civilizaciones que, a lo largo de su historia, han pasado de sistemas dogmáticos/tiránicos a situaciones caóticas/anárquicas y viceversa. Los dos factores son causas desencadenantes recíprocas, en un círculo vicioso perenne a lo largo de siglos. El autoritarismo genera rebelión. El caos abre paso a la rigidez.

El individualismo descontrolado es obviamente un elemento nocivo para el progreso de las sociedades. En el tiempo moderno, Russell observa dos corrientes de pensamiento para hacer frente a las “formas más dementes de subjetivismo”. Por un lado, la que define como la doctrina del culto (hasta idolatría) al Estado. Hobbes, Rousseau y Hegel representan distintas variantes de esa teoría, en la que ahondan sus raíces las experiencias históricas de Cromwell, Napoleón, los regímenes totalitarios del siglo XX y muchas otras.

Por el otro, sostiene Russell, se encuentra la doctrina del liberalismo, que intenta delimitar las esferas correspondientes al Gobierno y al individuo. Comienza en su forma moderna con Locke, que se opone tanto a la libertad absoluta anarcoide como a la autoridad absoluta.

Russell apuntaba a la democracia liberal como elemento capaz de cortocircuitar el dramático péndulo entre tiranía y caos. Cuando escribió esas líneas, publicadas al final de la II Guerra Mundial, no sabía que dos importantes experiencias validarían su tesis. En positivo, Alemania, donde el arraigo de la democracia liberal cortó el círculo vicioso. En negativo, Rusia, donde el fracaso en la implantación de ese modelo hizo transitar el país del autoritarismo soviético al caos yeltsiniano y de nuevo al autoritarismo, ahora putiniano.

Venezuela, tristemente, parece instalada en esa dramática tendencia pendular que describía el gran pensador británico. El chavismo se enroca en el autoritarismo; la protesta cobra intensidad. En el choque, se abren paso crecientes bolsas de caos y anarquía. La comunidad internacional no debería ahorrar esfuerzos para evitar que la deflagración sea completa y que la deriva conflictiva/anárquica llegue demasiado lejos.

Pero es dudoso que la solución pueda llegar desde fuera. Incluso en casos de gran cohesión de la comunidad internacional como, en circunstancias diferentes, el del Sudáfrica del apartheid, hicieron falta un Mandela y un De Klerk. La solución real solo puede brotar desde dentro, en Venezuela. Sería útil, quizá, un John Locke contemporáneo en Venezuela. O quizá, mejor todavía, un Bertrand Russell, con sus claras críticas del totalitarismo soviético, pero también del imperialismo. Su escepticismo ante los dogmas, pero su profunda humanidad. Su pacifismo y su valentía a la hora de afirmar opiniones, nunca dictadas por el oportunismo/populismo. Un “campeón sin miedo de la libertad de expresión y pensamiento”, como se le calificaba en la presentación de la entrega del Premio Nobel de Literatura del año 1950. Harán falta líderes con una estatura moral, una valentía y una claridad de visión asombrosa para sustraer a Venezuela del agujero negro que la atrae inexorablemente hacia la destrucción.

 

Venezuela: ¿por qué no «bajan» de los cerros? por Pablo Stefanoni – Newsletter Nueva Sociedad – Junio 2017

En entrevista exclusiva, el investigador Alejandro Velasco analiza el papel de los sectores populares en las protestas de Venezuela, que ya llevan más de 70 días, con muertos y heridos, en el marco de una multiplicidad de crisis.

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Mucho se habla, y se escribe, sobre la crisis venezolana pero faltan algunos eslabones. Entre ellos está la pregunta por los sectores populares: ¿participan de las protestas?, ¿cuál es su relación con la oposición?, ¿y con el gobierno de Nicolás Maduro?, ¿quiénes son y cómo operan los famosos «colectivos»? Alejandro Velasco, autor de Barrio Rising. Urban Popular Politics and the Making of Modern Venezuela (2015), responde a algunos de estos interrogantes.

Una de las dudas que aparecen al leer sobre la crisis venezolana es qué factores sostienen a Nicolás Maduro en el poder. Siempre parece estar por caer y no cae, mientras la crisis se agrava. ¿Cuál es su interpretación?

Se combinan varios elementos. Por una parte, está el aparato estatal y la elite chavista. En la medida que vienen cerrándose espacios de maniobra en el plano doméstico e internacional, y tiene que recurrir más y más al autoritarismo, las figuras centrales del gobierno van atrincherándose al percibir una amenaza no solo a su permanencia en el poder sino verdaderamente existencial. Para algunos, es cuestión de principios: ante una oposición envalentonada y con amplio apoyo en el país y en particular en el extranjero, lo que está en juego es el legado de Hugo Chávez, en particular el avance hacia el estado comunal. Más allá de la oposición misma, esto siempre iba a significar una batalla contra la propia Constitución de 1999 –redactada en los comienzos de Chávez–, y con sectores internos del chavismo menos dados a la corriente socialista que a la de democracia participativa, base de esta Carta. De modo que, para los sectores más radicales, de cierta manera es un conflicto bienvenido aunque muy demorado, quizás demasiado para ser exitoso, pero darán la batalla de todas formas. Para otros, no obstante, el interés es más prosaico: los lazos de cuadros claves del chavismo con la corrupción desmedida –sea vinculada con el dólar preferencial o en algunos casos, con el narcotráfico– hace que cualquier salida del poder implique la cárcel, en Venezuela o en el exterior. De modo que la crispación del conflicto, vista en términos existenciales, tiende a cerrar filas, aunque por motivos muy diferentes. Leer más de esta entrada

Maduro está en ira. ¿Qué tendrá Maduro? por Héctor Silva Michelena – El Nacional – 26 de Junio 2015

Los bramidos se escapan de su boca de saurio. Amenazas de sangre, violencia y caos. Ha perdido la risa, ha perdido el color. Se vio en el espejo: ¡el vivo retrato de Dorian Grey! Se llamaba a sí mismo “bonito”, pero las lacras lo delataron. ¿Qué le espera al señor Maduro y al escudo milico-civil que nos gobierna? ¿Por qué un Maduro iracundo chilló: “Prepárense para un tiempo de masacre y muerte si fracasa la revolución bolivariana?”, mensaje apocalíptico recogido por la redacción de El Mundo, Madrid, España, el domingo 7 de junio pasado.

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Socialdemocracia vs. Socialdictadura por Demetrio Boersner – TalCual – 8 de Junio 2015

En el transcurso del pasado año se ha intensificado tanto el autoritarismo represor del régimen venezolano, que éste ha perdido aceleradamente los apoyos que aún le quedaban en el seno del socialismo democrático internacional. Durante los años de vida y de gobierno de Hugo Chávez éste logró, con su innegable carisma y su capacidad de mezclar la agresividad con algo de buen humor, ganarse la simpatía de un importante sector internacional ingenuo y siempre dispuesto a entusiasmarse con caudillos tercermundistas que hablen contra el “imperio” y aboguen por algún novedoso tipo de “socialismo”. Esa simpatía era particularmente notable entre socialdemócratas europeos y norteamericanos que en sus propios países extreman la prudencia y la moderación, y luego desahogan frustradas ansias radicales atávicas por el coqueteo con “buenos revolucionarios” de países exóticos.

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Me vuelvo castrista por Fausto Masó – El Nacional – 16 de Mayo 2015

¿Cómo se le ocurre a un dictador ser de derecha? Con la izquierda los dictadores terminan sus días visitados por presidentes e intelectuales. Si usted decide ser dictador lleve siempre un ejemplar de El Capital en el sobaco y reviente a la humanidad en nombre del hombre nuevo. En América Latina, para nuestra desgracia, oponerse a Estados Unidos ha sido el gran taparrabos, la excusa para no pensar. Nicolás Maduro es el último caso de esa pobreza mental, todavía cree que la Cuba de Castro es un modelo a seguir, no ha comprendido que Estados Unidos representa una forma de vida superior, a pesar de que en el pasado haya abusado de su poder para intervenir en nuestros países, siguiendo la norma de abusar del débil. Pero, aun así, la sociedad norteamericana representó un valor superior a la soviética, cosa que en América Latina nuestros políticos se negaron a reconocer. Por esa razón hemos sido víctimas de tantos demagogos. Nos basta con gritar “abajo el imperialismo” para gobernar como imbéciles y recibir apoyo popular, en especial de los supuestos inteligentes, los intelectuales.

Las políticas económicas de Pinochet las han seguido disimuladamente los gobiernos chilenos, ningún presidente democrático ha reivindicado a Salvador Allende, quien murió dignamente pero provocó que muchos chilenos aplaudieran un golpe militar sangriento. Un Hollande nunca hubiera visitado a Pinochet, a pesar de que casi la mitad de los chilenos hayan votado a su favor en un plebiscito. Hoy la Bachelet está consiguiendo el milagro de arruinar a Chile.
Algo le pasa a Nicolás Maduro. A François Hollande, no se le cae la baba en Maiquetía. Nadie lo visita ni por equivocación, ni siquiera hacen escala en Maiquetía camino a La Habana. Castro y François Hollande sostuvieron “un interesante diálogo” acerca de los lazos históricos entre Cuba y Francia, según reportó la televisión estatal. ¡Hollande llamó histórica a su visita a Cuba!, no preguntó las razones por las que los cubanos saltan de alegría al enterarse de que los norteamericanos invertirán en Cuba. ¿Para esa tontería se hizo la revolución?, para reconocer que la isla está ligada geográficamente a Estados Unidos.
Hollande no preguntó por las Damas de Blanco, ni por la bloguera más famosa del mundo. Hollande en realidad es un francés bruto, hasta lo criticaron en Haití cuando llegó anunciando que regalará dinero a la antigua colonia francesa.
Culturalmente el mundo es de izquierda, aplaude la revolución de lejos. Hollande no gobierna como Castro, pero lo admira. Hollande acabó con el socialismo francés, la extrema derecha puede ganar las próximas elecciones.
El pobre Maduro no es ni Pinochet ni Castro, Maduro es Maduro, qué triste. Su momento de gloria fue su viaje a Moscú, Putin lo colocó en un lugar destacado, quizá porque era el único latinoamericano que acudió a la conmemoración de los 70 años de la victoria rusa sobre los nazis, una hazaña a pesar de que, según Hollywood, Estados Unidos fue el que ganó la guerra. Pero, como siempre, la historia la escribe Hollywood.
En su oportunidad Europa y Estados Unidos apoyaron los gobiernos militares contra la insurrección de izquierda, miraron hacia el otro lado cuando asesinaron guerrilleros. Hoy se emocionan visitando Cuba.
Yo estoy al volverme castrista.
Es tan tierno ver a Fidel transformado en un viejito memorable. Desde el papa hasta Obama quieren visitar la isla.
Convénzanse, hay que ser de izquierda y gobernar con la derecha. Para la desgracia de los cubanos, Fidel Castro durante medio siglo gobernó con la izquierda más rancia. Así le fue a la isla, hasta acabó con la industria azucarera, y al final la esperanza de los Castro de aliviar la pobreza es que vengan los gringos.

El poder impotente por Luis Ugalde S.J. – El Universal – 6 de Junio 2015

Vemos cómo un grupo va secuestrando el poder en Venezuela. Muchos tienen la sensación de que su posesión es tan absoluta que ya esta sociedad parece impensable libre de sus secuestradores: te rindes o te vas, pero ¿ese poder es poderoso o impotente?

¿Qué es el poder? Los entendidos dicen que es la capacidad de lograr que otros hagan lo que uno quiere. Poder es dominación sobre los otros. Los gobiernos dictatoriales se dedican a controlar todas las instancias y mecanismos para imponer y dominar: las armas, la policía, la economía, la información, o la vida diaria y los sentimientos de cada individuo.

Lograr que todos estén fichados, sus actividades reguladas y que necesiten permiso para comer, trabajar, divertirse, comprar, para entrar o salir, para viajar y pensar. En Alemania Oriental todos se sentían vigilados hasta por sus vecinos y familiares, bajaban la voz para que la conversación no fuera escuchada por terceros y no llegara a los cuarteles del poder. El régimen comunista logró cotas muy altas de control con la STASI -omnipresente policía secreta- con fronteras cerradas, con muros intransitables y con alambradas. Se creía que ese régimen era invencible, e impensable su derrumbe o su cambio; y un día todo ese poder cayó como un edificio sin cimientos y cual árbol con raíces muertas, sin que nadie disparara, ni desde dentro ni desde fuera. El muro se cayó sin cañonazos, simplemente porque el régimen estaba muerto en el corazón y en las esperanzas de la gente. Casi no podían creérselo cuando amanecieron respirando libre y caminando en riada humana hacia el otro Berlín y la otra Alemania a abrazar al mundo como parte de sí mismos, sin que nadie les disparara ni pudiera impedirlo.

¿Por qué se derrumbó el poder omnipotente y se abrió esta sociedad donde todo estaba atado, controlado y vigilado? Porque el poder no es sólo dominio, ni capacidad de imponer a otros la propia voluntad. El poder es capacidad de lograr algo y de hacerlo bien. Cuando digo que no puedo hablar ruso, ni puedo cargar al hombro 200 kilos, ni correr 50 kilómetros en una hora, ni manejar un carro, estoy diciendo que no puedo, no soy capaz de hacerlo. Los gobiernos son para gobernar, para hacer que los ciudadanos alcancen sus aspiraciones fundamentales. Si lo logran, afianzan su popularidad, de lo contrario podrán imponerse, pero carecen de apoyo y aceptación y agonizan heridos de muerte. Si no puedo lograr que haya seguridad, ni harina Pan, ni medicinas básicas, ni trabajo digno, ni que los ingresos de la gente alcancen para que su familia viva, ese poder, aunque controle todo, es impotente.

Se produce un gran vacío en el corazón de la gente al morir la esperanza que se tuvo. Los gobernantes dictatoriales suplen la falta de amor y de aceptación de los súbditos con temor y represión. Sí, pero hasta cierto punto… Un día gobernantes y súbditos descubren que el poder es impotente para lograr aquello que es fundamental para cada familia, cada ciudadano y para el conjunto de la sociedad. Quienes están en el poder ven que a sus súbditos les falta oxígeno y que cuanto más refuerzan la represión, más se enajenan la voluntad de los sometidos que ayer agachaban la cabeza y callaban.

En Venezuela vamos avanzando aceleradamente hacia el poder impotente. Todo lo bueno escasea y el fervor “revolucionario” se desinfla, falto de aliento. Claro que se puede hacer respiración boca a boca, se pueden inventar diversas guerras y conspiraciones imperiales para así apelar al patriotismo y movilizar a la gente, pero cada día es más evidente que ello es artificio de laboratorio y mentira manipuladora. Con menos zanahoria y más palo, el burro se niega a caminar: el poder que es impotente para producir una sociedad medianamente aceptable tiene sus días contados. El régimen no querido se transforma en usurpación y tiranía y se descubre que quien manda no tiene más poder que el prestado por el acatamiento de los súbditos; cuando estos se alzan en rebelión, se derrumba todo. Un amanecer estalla la granja, se derrumban los controles, se pierde el respeto a la falsa autoridad, que ya es pura imposición. Cuando se ve venir ese precipicio, el instinto de conservación resquebraja el poder (¡hasta del bunker de Hitler salieron negociadores!) y unos buscan la transición como tabla salvadora para la mayoría.

Ahí llega el fin del poder impotente de una minoría.

La democracia como mentira. (Sergio Ramírez. El Tiempo 04-04-2015)

Sergio Ramírez

La ‘democracia populista’ no es más que un seudónimo del autoritarismo, una etapa previa a la dictadura sin apellidos.

Después de largas dictaduras militares en el siglo XX, la recuperación, o edificación, del Estado de derecho en América Latina pareció ser la meta, como salvaguarda de un futuro en que democracia y desarrollo pudieran caminar de manera paralela. La aspiración de fines del siglo XX fue hacer que la realidad política respondiera a la letra de las constituciones, ajuste en el que habíamos fracasado desde la independencia. Regresar al siglo XIX para poder tener siglo XXI.

Las democracias empezaron a funcionar basadas en el regreso al derecho de elegir, y desde allí fue necesario probar la eficacia de las instituciones para evitar el temido regreso al arbitrio de una sola persona que manda por encima de las leyes. Esta había sido la realidad impuesta desde el siglo XIX, que acabó con la majestad de las constituciones, algo que a los caudillos siempre les pareció una tontería infantil.

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