elecciones7Oenbilbao

Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

Archivos por Etiqueta: Agua

Un centenar de horas entre sombras por Maolis Castro – El País – 16 de Marzo 2019

La solidaridad florece en los barrios de Caracas para paliar los efectos del apagón más devastador de Venezuela

Un grupo de personas recoge agua durante el apagón en Caracas.
Un grupo de personas recoge agua durante el apagón en Caracas. ANDREA HERNÁNDEZ EL PAÍS

Estas noches, nadie anda sin velas encendidas. No es un rito, sino una precaución frente a la peor epidemia de apagones de Venezuela. Yelitza Izalla, de 43 años, ha roto unas cuantas para convertirlas en focos de iluminación. Su departamento en Macaracuay, al este de Caracas, ha experimentado 108 horas continuadas de oscuridad y otras tantas interrumpidas por ráfagas de luz.

Sus hijos, de 12 y 4 años, preguntan cuánto durará el corte eléctrico. Pero nadie puede responder a esa duda en todo el país. Aunque el suministro regresó este jueves en varias partes de Venezuela, el servicio todavía no se ha restablecido totalmente en áreas de Caracas y en algunas regiones del oeste. Yelitza y su esposo, Carlos Guerra, se han organizado con sus vecinos para superar la fatalidad. En una cima de la ciudad y aislados de otros barrios, la mayor preocupación es la supervivencia. Su misión es mantener la comida, tener agua potable y su propia seguridad.

Yelitza Izalla y Carlos Guerra suben recipientes llenos de agua a su apartamento.
Yelitza Izalla y Carlos Guerra suben recipientes llenos de agua a su apartamento. ANDREA HERNÁNDEZ
La emergencia ha superado la capacidad de las autoridades. De ahí que la solidaridad reduzca el impacto de la crisis. Carlos, de 44 años, es superviviente del deslizamiento del Estado de Vargas (litoral), una tragedia que dejó miles de muertos y damnificados en diciembre de 1999. Tras recordar el desastre natural, el hombre afirma que el apagón ha traído una sensación parecida. “Fue una experiencia horrorosa, pero se contaba con la asistencia del Estado. Había ayuda para los afectados. Hoy no siento esa atención”, explica.

En Venezuela no se ha aplicado un plan nacional para atender el apagón. Solo se ha agudizado el conflicto político y la persecución del régimen. Nicolás Maduro ha ordenado a los colectivos —grupos parapoliciales chavistas— que se “activen” en las comunidades para “cuidar la paz” en la emergencia provocada por la falta de electricidad en muchas zonas del país.

“Siempre dicen que fue un sabotaje y que tengamos paciencia, pero no vemos soluciones. No se hace un reporte diario para saber qué ocurre”, asegura Jessica Ramos, de 30 años y madre de un bebé. Es amiga de Yelitza y Carlos, viven al lado, y desde hace varias tardes escuchan gritar a Germán, un hombre alto que reside tres pisos más abajo, que abrirá el “tanque” que almacena agua. Sin su aviso, la comunidad estaría desorientada.

En filas, las familias caminan hacia el estacionamiento, donde se localiza el profundo pozo. Cargan con recipientes, envases vacíos de refrescos. Un hombre moreno y con sombrero es el primero en lanzar un balde, atado a una cuerda, hasta el fondo. Es lunes, son las cuatro de la tarde, y todos se apresuran antes de que oscurezca. “Nadie se queda sin agua porque hasta a las personas mayores se les lleva un poco a su casa”, explica Leily Salinas, una administradora de 46 años, que asegura que muchos de sus vecinos “migraron” a otros distritos con algún servicio.

Vecinos de la urbanización El Encantado, en Caracas, llenan recipientes de agua.
Vecinos de la urbanización El Encantado, en Caracas, llenan recipientes de agua. ANDREA HERNÁNDEZ

El colapso es absoluto. Leily ha encontrado cobertura telefónica en una planta de su edificio. Es como hallar un tesoro. El lugar es compartido por turnos para enviar mensajes por celulares a familiares o amigos, muchos de ellos en otros países. “Sentimos como si hubiera pasado un tsunami por Venezuela, pero sin agua. Estamos totalmente desasistidos, sin información ni nada”, indica.

Algunos se detienen en la garita del urbanismo para preguntar a los que llegan sobre la situación en las calles. El apagón ha desatado el colapso de otros servicios. El agua no es bombeada, el transporte público es casi inexistente, las telecomunicaciones desaparecen, la mayoría de los comercios están cerrados y los hospitales operan con dificultades en un país a ciegas. “Una señora me regaló una pastilla para la migraña, compartimos las medicinas”, agrega Yelitza.

Dos jóvenes suben agua a sus casas.
Dos jóvenes suben agua a sus casas. ANDREA HERNÁNDEZ
El lunes, ella se había atrevido a salir con su familia al supermercado después de cuatro días de apagón. Había usado un billete de 50 dólares para comprar unos panes, galletas, gaseosa y otros alimentos no perecederos. No podían pagar con bolívares y las transferencias eran imposibles sin electricidad. El colapso del sistema eléctrico ha acentuado todos los males de Venezuela. “Tenemos temor, incertidumbre. Ninguno sale sin el otro. Todos nos movemos juntos a cualquier sitio”, añade.

Congregadas, las familias recogen troncos, ramas y hojas secas de árboles para encender una fogata en las noches. Durante el apagón esto permitió iluminar, acompañar a los vigilantes y hasta aplacar la angustia. En las mañanas, otros se reunían en el patio para jugar a las cartas, conversar y hasta conocer las noticias. Es una escena repetida en los vecindarios de Caracas —una ciudad con un récord de crímenes en Sudamérica— que carecen de energía aún.

Horas antes, había vuelto la electricidad en varias zonas de Macaracuay. Al principio, Yelitza sintió alivio, pero su angustia reapareció tras conocer la magnitud de la crisis. Ahora se prepara para otro posible corte de energía, aunque todavía algunas regiones están sumidas en la oscuridad: “Somos solidarios y la calamidad la llevaremos con esperanza”.

Regreso a Caracas por Javier Moreno – El País – 14 de Marzo 2019

El gran apagón concentra en tres días amargos los males de dos décadas de régimen chavista en Venezuela

Un grupo de pasajeros en el aeropuerto de Maiquetía rellenan hojas de reclamación.
Un grupo de pasajeros en el aeropuerto de Maiquetía rellenan hojas de reclamación. HÉCTOR GUERRERO

Aterricé en Caracas el jueves pasado a las seis y diez de la tarde, con la intención de entrevistar al presidente Nicolás Maduro al día siguiente en el palacio de Miraflores. Exactamente una hora y veinte minutos antes, a las 16.50, Venezuela había sufrido el mayor apagón de su historia. El corte eléctrico, que se había de prolongar aún durante varios días, dejó más del 70% del territorio completamente a oscuras. Un manto de oscuridad que era, a la vez, literal y metafórico.

Veinte años antes, en 1999, había yo llegado a Caracas como joven reportero a cubrir las elecciones a una asamblea constituyente que el entonces presidente Hugo Chávez, recién elegido, había convocado y que había de ganar con unos contundentes resultados que dejarían atónitos a los observadores internacionales. Aquel triunfo rotundo, inapelable, le permitiría al exgolpista remodelar a gusto el país y sus instituciones. Hizo asimismo presagiar lo peor para Venezuela y sus gentes, pese a las masivas manifestaciones de entusiasmo popular que se sucedieron tanto en Caracas como en el resto del país durante aquellos días de julio y agosto.

Los exaltados discursos de Chávez, la apelación constante a la demolición de lo que denominaba una falsa democracia para ser sustituida por una auténtica, al servicio del pueblo, cuyo único intérprete era él mismo dejaban, a mi entender, poco lugar para las dudas. De vuelta en Europa, sin embargo, hube de sufrir reproches por varias de las crónicas que escribí, regaños cuyo argumento principal se reducía a mi aparente incapacidad de entender que “Chávez constituía la principal esperanza de la izquierda en América Latina”.

En una de aquellas crónicas, tras explicar que una urna funeraria (auténtica) pasó por encima de la muchedumbre para simbolizar el entierro de los partidos tradicionales, escribí: “Y [Chávez] prometió a la multitud: ‘De aquí en adelante no perderemos ninguna batalla más. En los próximos 45 años las ganaremos todas’. Luego se comparó con Cristo, pues, como él, tomó el látigo para expulsar a correazos del templo de la democracia a los políticos corruptos, asaltadores del presupuesto nacional durante 40 años”.

El régimen expulsado a latigazos por Chávez era efectivamente corrupto y asaltador de los dineros patrios. Pero Caracas despuntaba entonces como una ciudad vibrante y bulliciosa. Hasta pocos años antes (1988), Venezuela era el país más rico de América Latina (sin contar Bahamas) y esa abundancia se dejaba ver en las calles y en las gentes. Por supuesto que existía desigualdad, uno de los principales azotes del continente, pero nada hacía presagiar, excepto los sermones de Chávez, lo que pronto iba a revelarse como una pesadilla. El comandante pudo mantener unos años el espejismo gracias a unos ingresos petroleros desorbitados, una borrachera de crudo y dólares malgastada y robada en proporciones difíciles de establecer con precisión.

Vista del barrio de Catia, en el municipio Libertador, en Caracas.
Vista del barrio de Catia, en el municipio Libertador, en Caracas. HÉCTOR GUERRERO

La pobreza y la desigualdad se redujeron, pero como señala David Smilde (Crime and Revolution in VenezuelaNACLA Report on the Americas, 2017), “es importante entender que las reducciones en pobreza y desigualdad durante los años de Chávez fueron reales, pero superficiales. Mientras que los indicadores de ingresos y consumo mostraron claros avances, los marcadores de pobreza estructural, más difíciles de modificar, como la calidad de la vivienda, los barrios, la educación o el empleo permanecieron mayormente inalterados”.

Muerto Chávez y acabada la opulencia petrolera, la ineptitud y la corrupción del régimen se encargaron del resto. En seis años, Venezuela ha visto cómo su industria se colapsaba, la producción petrolera descendía a un tercio de lo que alcanzó en los mejores tiempos, y la hiperinflación acababa con cualquier noción racional de qué es el dinero y para qué sirve. El producto nacional bruto del país es hoy la mitad que hace cuatro años y el 90% de América Latina es más rica que Venezuela.

El gran apagón de estos días ilustra a la perfección lo anterior: durante 20 años, el régimen apenas invirtió en el mantenimiento de la red eléctrica, y mucho de ese dinero acabó en los bolsillos particulares más variopintos. Importantes fortunas de los bolichicos nacieron de la venta de plantas eléctricas usadas, muchas en condiciones de desecho, al gobierno venezolano por grandes cantidades de dinero.

Jóvenes buscan objetos de valor en las aguas del Río Guaire.
Jóvenes buscan objetos de valor en las aguas del Río Guaire. HÉCTOR GUERRERO

El viernes por la mañana recorrí algunos barrios de Caracas. Para entonces, el gran apagón ya llevaba asentado sobre la capital casi 20 horas y sus efectos resultaban evidentes: avenidas semidesiertas, grupos de ciudadanos esperando un transporte público que nunca llegaba, tiendas cerradas. Las fotos de Héctor Guerrero, quien viajó también a Caracas para retratar a Maduro, y que acompañan este texto, capturan de forma certera la atmósfera de ficción post-apocalíptica, de pesadilla a cámara lenta que había engullido la ciudad el fin de semana.

Siendo impactante, todo ello no lograba sin embargo encubrir un deterioro más profundo, subterráneo, que no cabe atribuir en forma alguna al descalabro del sistema eléctrico, y que de hecho le antecede. Son las cicatrices de una urbe herida por el tiempo y el abandono; la decadencia de la ciudad que fue y que ha dejado de ser: grupos de jóvenes sentados en las calles, puertas desvencijadas, edificios antaño imponentes, hoy abandonados. En todas las ciudades de América Latina, y en muchas otras de todo el mundo, se pueden encontrar barrios marginales. Lo que vi esos días en Caracas era otra cosa: el rastro fantasmagórico de una riqueza que dejó de existir.

Escribo estas líneas el sábado, cuando la noche se abate sobre Caracas, la tercera consecutiva que la capital, junto con el resto del país, va a pasar sin luz. Miro por la ventana de mi habitación, en el piso 24, y veo la ciudad extenderse a mis pies como una mole oscura, sin ni siquiera un par de luces titilantes, que pespunteen aquí y allá los límites urbanos. Negro absoluto. Maduro canceló la entrevista, pero en mi cabeza se agolpan y se repiten las preguntas que había preparado. ¿Y ahora qué? Esa es una de las cuestiones que han quedado sin formular. Juan Guaidó tiene un plan para Venezuela; cese de la “usurpación”, elecciones libres y reconstrucción del país con ingente ayuda internacional; y usted, presidente, ¿qué les ofrece a los venezolanos para los próximos seis años, asumiendo que logre acabar su mandato?

Una familia recolecta agua de un cauce en Caracas.
Una familia recolecta agua de un cauce en Caracas. HÉCTOR GUERRERO

La otra gran pregunta pendiente es para la izquierda en América Latina. O más específicamente para la parte de la izquierda en América Latina que, en una reacción atávica, alarmada por los apoyos a Guaidó de gobiernos extranjeros conservadores (más alguno directamente ultraderechista) y especialmente del presidente de Estados Unidos y sus halcones, viejos conocidos de la región, vacila en desmarcarse de la satrapía venezolana. Tampoco ayuda la permanente ambigüedad del propio Guaidó a propósito de una eventual intervención militar que ponga punto final al régimen chavista.

De entre todos ellos destaca México por su potencia y tradicional liderazgo en la diplomacia continental, cuyo gobierno ha evitado hasta ahora condenar al régimen bajo el sayo de la no injerencia en los asuntos internos de otros países. El partido del presidente es más obsequioso con Caracas que el canciller, Marcelo Ebrard, un político de izquierdas con sólidas credenciales democráticas, seguramente forzado por las circunstancias a más equilibrios de los que le gustaría.

De que esa parte de la izquierda rompa con Maduro y sus secuaces depende su credibilidad para los próximos 20 años cuando, previsiblemente, la historia haya permitido ya levantar acta notarial no solamente de los daños del apagón de estos días, sino de la absoluta catástrofe que para Venezuela habrá supuesto el chavismo.

Un hombre corta el cabello debajo de un puente en el distrito Libertador.
Un hombre corta el cabello debajo de un puente en el distrito Libertador. HÉCTOR GUERRERO

Pero no hace falta esperar a saber la verdad final del daño económico, material, en vidas humanas, la bajeza moral o el cúmulo de odio (retroalimentado por ambas partes), mentiras y propaganda que este régimen ha infligido a Venezuela. No hay nada de lo que he visto estos días en Caracas que la izquierda pueda o deba defender: el acoso a periodistas (el último, la detención de Luis Carlos Díaz); la propaganda insufrible de la televisión oficial, un remedo risible, pero no por ello menos siniestro, del agit-prop soviético o cubano; los agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin), la policía política del régimen, merodeando por hoteles y restaurantes frecuentados por periodistas extranjeros; el miedo y el hartazgo de la población.

Coda final. Volé de Caracas de vuelta a Panamá el domingo, cuando ya había escrito las líneas anteriores. Tres días después de mi llegada, el aeropuerto sigue sin luz. Sin sistemas informáticos, sin posibilidad de efectuar un registro en tiempo razonable, sin comida, sin bebida, con incontables vuelos cancelados.

Miles de personas, atrapadas en Maiquetía, pero también atrapadas en el bucle de la historia que supone el régimen chavista, se agolpan en las salas o deambulan tratando de encontrar soluciones a los innumerables e inesperados problemas que surgen cuando la informática y las comunicaciones dejan, literalmente, de existir (en mi caso, más de siete horas). Quieren salir de Venezuela, pero por momentos parecería que quisieran escapar de un mal sueño. El caos se agrava por la ineptitud y la desidia de los agentes del orden público. El último cartel de agitación y propaganda que alcanzo a leer, antes de sumergirme en una sala de inmigración en tinieblas, reza, malhadado: “Guardia Nacional Bolivariana. Para servir con calidad y eficiencia revolucionaria”.

El Sistema Tuy en Caracas necesita 600 megavatios de potencia para funcionar de nuevo por Indira Rojas – ProDaVinci – 12 de Marzo 2019

Habitantes de la parroquia caraqueña San Agustín recogen agua del río Guaire, destino de las aguas servidas de la capital, tras cuatro días sin luz continua ni servicio de agua por tuberías. Fotografía de Juan Barreto | AFP

José María de Viana: El Sistema Tuy en Caracas necesita 600 megavatios de potencia para funcionar de nuevo

Han pasado más de 100 horas sin energía eléctrica continua en Venezuela. El servicio de agua también está paralizado. Se raciona lo poco que queda en los tanques de los edificios. La gente recurre a pozos, tomas ilegales y hasta fuentes de parques públicos. Este lunes 11 de marzo, habitantes de la parroquia caraqueña de San Agustín, en el municipio Libertador, recogían agua del Guaire, el río de aguas no tratadas que parte la ciudad en dos. El afluente es el destino de las aguas residuales de la capital. En su desesperación, la gente busca abastecerse donde sea.

El acceso suficiente y continuo al agua potable es un derecho humano esencial, según la Organización de las Naciones Unidas. “Suficiente” implica entre 50 y 100 litros de agua diarios por persona. Desde 2014, el Estado suministra el servicio de forma racionada en el país. La investigación de Prodavinci “Vivir sin agua” determinó que al menos 9,78 millones de personas vivieron bajo racionamiento formal de agua corriente entre 2016 y 2017. El suministro promedio fue de 48 horas semanales. Los sistemas no recibían mantenimiento y las obras no eran concluidas.

Sin embargo, lo que ocurre en este año 2019 no tiene parangón, especialmente en la capital. “Es definitivamente inédito”, afirma el ingeniero civil José María de Viana. “Tenemos los centros poblados más importantes del país con cero suministro de agua durante más de cuatro días. No entra a Caracas ni una sola gota de agua nueva desde el jueves 7 de marzo. Es una situación que debe atenderse con prontitud”.

De Viana estudió ingeniería civil en la Universidad Católica Andrés Bello. Fue director de Planificación de Recursos Hidráulicos del Ministerio del Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables (Marnr) entre 1981 y 1983, y presidente de Hidrocapital por siete años (1992-1999).

“Vengo de hacer un recorrido por Caracas y estoy mucho más preocupado que ayer”, dice. “En los momentos más difíciles se ha reducido el envío de agua, pero jamás hemos tenido una situación en la que los tubos estén secos tanto tiempo. La situación de Guarenas y Guatire no está mejor. Tampoco la situación en los Valles del Tuy (poblaciones del estado Miranda). Por supuesto, en los altos mirandinos ni hablar, y no me imagino qué está pasando en Vargas y en otros estados porque estamos en una situación conflictiva muy seria”.

—¿Cómo afecta la caída del servicio eléctrico la distribución del agua?

—Primero se debe entender que hay una serie de ciudades venezolanas que reciben agua por bombeo. No estamos hablando de los sistemas de bombeo de las casas, o de los edificios, sino de los sistemas que extraen agua en el proceso de producción. El 10% de la energía que se genera en Venezuela se consume para llevar agua a las ciudades. En el caso de Caracas, estamos hablando de los sistemas Tuy I, Tuy II y Tuy III. Estos son los que traen agua desde el embalse de Camatagua y desde los embalses que tenemos en la cuenca del río Tuy, donde el más importante es Taguaza. Desde que se fue la luz, esos sistemas no han sido conectados nuevamente por una razón: porque son grandes consumidores de electricidad. Por la misma razón no está conectado el metro, por ejemplo. Entonces, si bien es verdad que en algunas ciudades se ha visto suministro de energía durante algún tiempo, de forma intermitente y de forma dispersa, los sistemas grandes no han recibido electricidad. El Sistema Tuy en Caracas demanda 600 megavatios de potencia. En el resto de los sistemas se distribuyen en total otros 400 megavatios, que están repartidos. En el Regional del Centro la cantidad es importante, en el Zulia también. El sistema que abastece a Caracas debe bombear agua hacia arriba. No se ha conectado desde el jueves porque hasta que no tenga disponible esa carga completa, los 600 megavatios, no se puede arrancar el sistema. Lo mismo ocurre con el envío de agua a la ciudad de Maracaibo, en el Zulia; o con el Sistema Regional del Centro. A pesar de que nosotros hemos visto ir y venir la luz, especialmente aquí en Caracas, en los sistemas de producción de agua eso no ha ocurrido aún. Han dejado de entrar a la capital 15.000 litros por segundo de agua. Tuy I proporciona 2000 litros por segundo, Tuy II da 3000 litros por segundo y Tuy III otros 10.000 litros por segundo. En Caracas, la gente bajó a buscar el agua. Vio que no había agua más abajo. ¿Y qué hicieron? Se fueron al río Guaire. Está claro que la gente tiene capacidad para saber que esa agua está contaminada, que tiene un color y un olor inaceptable. A la vista es agua sucia ¿Qué significa que unos venezolanos usen agua contaminada? Han buscado en otras fuentes antes de llegar allí. El nivel de desesperación es tal que, para ellos, no hay nada mejor que eso que sea accesible.

—¿Cuáles son los planes o la infraestructura de contingencia que idealmente deberían activarse en estos casos, al menos en la capital?

—El sistema fue diseñado para que esto que nos está pasando no ocurra nunca. ¿Y cómo es eso de que no pase nunca si ya pasó? Bueno, pasó porque tuvimos un accidente en el sistema hidroeléctrico. Anteriormente hemos tenido accidentes en la fase de interconexión. Entonces, la capacidad local de generación eléctrica sustituía parcialmente el suministro hidroeléctrico, y las ciudades comenzaban a tener una distribución medianamente regular mientras el sistema grande se reparaba. Es decir, los sistemas se separaban.

En Caracas, desde los años 50, cuando se puso en funcionamiento el Tuy I, jamás ha dejado de entrar agua por un periodo de tiempo tan prolongado. Es decir, jamás desde que los sistemas Tuy empezaron a funcionar pasaron fuera de servicio cuatro días seguidos. Venezuela era un país con criterios de ingeniería del primer mundo. Por lo tanto, estos sistemas estaban hechos para resistir y para superar accidentes como el que pasamos. Pero no estábamos preparados (…). Las cosas que estaban mal, en vez de enfrentarlas y repararlas, se escondían. Y cuando ocurren las cosas más terribles, como la que estamos viviendo, encuentras qué tan verdad era todo lo que se decía. Ahora debemos pensar en cómo salimos de esto con el menor daño posible. Luego, veremos cómo nos blindamos. La memoria de este evento va a durar por generaciones.

—Entonces, ¿los sistemas de envío y distribución del agua no tienen forma de operar sin electricidad, un plan B?

—Es así. Si no hay electricidad no hay agua. Eso no ha cambiado desde la inauguración del Tuy I, en 1953.

—¿Qué se puede esperar del servicio de agua en los próximos días? ¿Cuál es el pronóstico?

—Esto no se soluciona con camiones cisterna, tobitos de agua, o repartiendo bidones, porque los volúmenes de agua que están dejando de entrar a la ciudad son gigantescos. Las soluciones paliativas no funcionan. Hay que meter agua otra vez por las tuberías. Esta es la primera fase, la falta de agua blanca. Pero hay otra, y es que cuando las cloacas se secan la fauna que está dentro de las tuberías sale a la superficie. Viven dentro de las cloacas de la ciudad, que son muy largas. En Caracas son cerca 2.000 kilómetros de tuberías. Eso quiere decir que hay una población enorme de roedores e insectos que salen a buscar su comida afuera. También es fundamental que las excretas humanas sean dispuestas en las cloacas. Y eso requiere un volumen mínimo de agua, aunque no sea de muy buena calidad. Quizá 100 litros por vivienda. Cuando eso no ocurre, la pieza sanitaria se convierte también en un centro de contaminación.

Esto es un problema de la salud pública y debe ser tomado muy en serio. La situación termina de configurar un abanico de problemas de emergencia humanitaria de dimensiones considerables, porque afecta a millones de personas. No estamos hablando solo de los barrios humildes de la ciudades venezolanas. Estamos hablando de algo que está afectando a toda la población. Acabar la sequía absoluta es prioritario. No importa que no puedan arrancar todos los sistemas, o que podamos arrancarlos parcialmente, pero es fundamental que los sistemas de transporte de agua de las grandes ciudades se reinicien lo antes posible. El problema sanitario se puede unir con un problema de desorden público y las dos cosas juntas son difíciles de intervenir. Si el problema del agua no se atiende, el eléctrico será pequeño frente a las dimensiones de un problema de falta agua. Me duele mucho decir esto. El tema eléctrico es importante, pero las ciudades sin agua se convierten en algo muy difícil. Después de que salgamos de esta calamidad, de esta tragedia en las que estamos metidos, nosotros tenemos que poner las cosas a funcionar para que esta situación tan grave no la vuelva a conocer el país.

¿Hacia dónde irá Venezuela si Maduro permanece en el poder? por Miguel Henrique Otero – El Nacional – 24 de Junio 2018

La pregunta de cuál sería el destino de Venezuela si Maduro permaneciera en el poder vive en las mentes de millones de venezolanos. Entre otras cosas, porque ella es indisociable de la pregunta de cuánta destrucción más puede soportar nuestro país. Esa inmensa mayoría de los venezolanos que desean que Maduro se vaya de inmediato, es la misma que se hace la pregunta a la que intentaré responder en este artículo.

En términos generales, hay que decir: el país se empobrecería a un punto que no tiene comparación posible ni en el siglo XX ni en el XXI. Venezuela alcanzaría una situación que hoy ni siquiera podemos imaginar. Pero basta con proyectar las tendencias ahora mismo en curso, para que podamos establecer un punto de partida de lo que pasaría.

Lo primero que hay que decir: la pobreza extrema alcanzaría a 90% de la población. No cabe esperar otra cosa en un país, cuyos gobernantes han destruido su única fuente de ingresos, la industria petrolera, al tiempo de que han acabado con más de 60% del aparato productivo nacional. En ese marco de cosas, más de 70% de la población quedaría desempleada.

¿En qué consistiría entonces la economía venezolana? El país de la pobreza extrema tendría dos fuentes de ingresos: las remesas y la economía generada por el narcotráfico, desplazarían la importancia del ingreso petrolero. De mantenerse en el poder, tanto Maduro como los militares de su banda, sin industria petrolera a la que robar de forma sistemática, con una industria minera repartida entre decenas de mafias, se potenciarán las condiciones que estimularán el auge de la actividad del narcotráfico.

En una sociedad donde 90% vive en condiciones de pobreza, Venezuela sería incorporada a la lista de los diez países más pobres del mundo, hoy integrada por naciones como Burundi, Sudán del Sur, Gambia, Mozambique, República Democrática del Congo, Libera, Afganistán y otras. Ello significaría dos cosas en un corto período de tiempo: reducción de la talla y del peso promedio (caída que ya viene ocurriendo). La esperanza de vida, que, en el 2016 era de 74,41 años, comenzaría a disminuir drásticamente. A modo de referencia, quiero anotar aquí que, ahora mismo, en países como Nigeria y Zimbabue, los promedios de esperanza de vida son 53,05 y 59,16 años, respectivamente.

No puedo escribir, como si fuese una posibilidad, que las enfermedades que habían sido erradicadas a lo largo del siglo XX, volverían. No lo puedo hacer porque ya volvieron. Es algo que ha venido ocurriendo en los últimos cinco años. En las páginas de El Nacional, el pasado 23 de abril, lo informábamos a Venezuela y al mundo: la malaria, la difteria, el sarampión, el mal de Chagas, el dengue, la tuberculosis y la escabiosis, han regresado. Están avanzando y es realidad que, ahora mismo, preocupa a las autoridades de Colombia y Brasil. De seguir Maduro en el poder, estas y otras enfermedades continuarán expandiéndose, en medio de un sistema de salud arrasado y sin capacidad de respuesta.

Uno de los fenómenos más característicos del caso venezolano será, sin lugar a dudas, la pérdida de población. Huelga decir que esa pérdida sigue ocurriendo. De no salir Maduro del poder, la situación continuará irreversible. Puede parecer una exageración, pero en una década, los venezolanos que viven en el territorio nacional podrían reducirse a 20 millones, lo que equivale a decir que, en aproximadamente tres décadas, el 33% de los venezolanos emigraría.

No quiero ni siquiera imaginar cuáles serían las realidades que alcanzarían a la educación pública venezolana. Ahora mismo, en pleno período escolar 2018, se están produciendo realidades como esta: aulas cuya ocupación no alcanza a 40% de la matrícula, porque los alumnos no pueden asistir porque no tienen zapatos, o no tienen dinero o porque no hay transporte, o no hay comida, o los niños, en vez de ir al colegio, salen a las calles a buscar comida en los basureros. Conozco de casos en escuelas de Caracas, donde niños de 10 y 11 años, presentan serias dificultades de comprensión de párrafos, de sus propios libros, que no exceden las 35 a 40 palabras, o que no son capaces de resolver problemas elementales con operaciones básicas. ¿Es posible imaginar cuál será la calidad de la educación venezolana en 5 o 10 años? Y, en adición a lo anterior, ¿es posible estimar cuántos niños en edad escolar estarán matriculados: 20, 30%?

No habrá transporte, ni para los escolares ni tampoco para que las personas puedan ir a sus trabajos. No exagero: las llamadas “perreras” ya son una realidad en centenares de ciudades y pueblos de Venezuela. Que las dictaduras comunistas acaban con el transporte público, es una realidad experimentada por el pueblo en Cuba y en Corea del Norte. Los cementerios de autobuses comprados a China son una realidad inocultable, que cada día acumulará más y más chatarra. La desaparición de buses, camionetas y otros medios de transporte estará en relación directa con la destrucción de las vías públicas, calles, carreteras y autopistas, producto de la falta de mantenimiento, que es cada día más visible.

Agua: dos veces a la semana, como mejor promedio. Electricidad: dos o tres horas al día. Telefonía e internet: intermitente, sin que responda a ningún patrón, que no sea el puro caos. Semáforos: 70% sin funcionar. ¿Son estas cifras arbitrarias? No: son una realidad hoy, en algunas zonas del país, pero que, de seguir Maduro, se extenderán de forma irremediable por toda la geografía.

Del estado de la economía, es casi imposible establecer una proyección. Cualquier ejercicio hecho a partir de las tendencias del presente, es simplemente aterrador: producción petrolera reducida a 300 o 400 mil barriles al día; hiperinflación que habrá alcanzado niveles de 200.000 o 300.000% por año; precios de alimentos básicos que podrían alcanzar los trillones o los cuatrillones. En medio de semejante barbaridad, lo más probable es que comiencen a aparecer monedas locales y se institucionalicen los centros de trueque.

De seguir Maduro en el poder, Venezuela se aislará del mundo. Quiero decir, se aislará todavía más. El aeropuerto internacional Simón Bolívar será receptor de dos o tres vuelos diarios. Nuestro país quedará fuera de la gran mayoría de organismos internacionales. Decenas de embajadas y consulados deberán ser cerrados porque no habrá presupuesto para mantener oficinas y personal pagados en divisas.

Pueblos enteros y grandes zonas de las ciudades caerán, a plena luz del día, bajo el control de la delincuencia. Bandas armadas, colectivos, paramilitares, guerrillas colombianas, narcotraficantes, mineros y otros grupos se repartirán espacios urbanos con la Policía Nacional Bolivariana, la Guardia Nacional Bolivariana y otras unidades de la FANB.

¿Qué pasará con la oposición, con la disidencia, con los grupos que defienden a las víctimas de violaciones de sus derechos humanos? Estarán presos: miles y miles de presos por sus convicciones y por protestar. Miles de torturados. Miles de enjuiciados. Miles de perseguidos. ¿La corrupción? Todo, absolutamente todo, será canibalizado por la corrupción. No habrá intercambio, diligencia, papeleo, petición, servicio o denuncia, que no deba rendir tributo a la corrupción.

¿Y qué pasaría con el otro 10%, con el que no estaría sumido en la pobreza crítica? Formaría parte de uno o de varios poderes: el político, el policial-militar, el narcotráfico, las bandas armadas, el comercio y las empresas que se mantendrán para venderle bienes y servicios a los capos del régimen. El país derivará hacia una cada vez más estrecha y nepótica oligarquía roja, dominada por las familias Cabello, Flores, Maduro y Rodríguez.

Cada ítem de este este ejercicio se basa en tendencias en curso. No hay invención. Por el contrario, cualquier lector podría añadir temas y proyecciones que aquí no se han incluido. Todos en Venezuela, incluyendo a personas del propio gobierno, saben que las cosas están condenadas a empeorar. Que, es lamentable decirlo, nuestro país empeorará todavía más. Por lo tanto, no tenemos alternativa. Estamos obligados a provocar un urgente cambio en el poder. De inmediato.

 

 

Los servicios públicos colapsan en Venezuela – Notimex – Yo Influyo – 14 de Junio 2018

colapso_venezuela.png
Celia Herrera, integrante de la Sociedad Venezolana de Ingeniería de Transporte y Vialidad (Sotravial) , afirma que la crisis del transporte es preocupante y no hay voluntad política para buscar soluciones a este problema.

Apagones constantes, escasez de gasolina y de gas doméstico, así como la falta de agua potable y de unidades de transporte público agudizan la crisis económica y humanitaria que padecen hoy en día los venezolanos.

El deterioro progresivo de los servicios públicos en el país mantiene agobiados a los venezolanos porque no le ven solución a mediano o largo plazo, sino todo lo contrario cada día se agudiza más y obliga a aplicar mayores ajustes que afectan la vida cotidiana de los vecinos, según consideran expertos.

Celia Herrera, integrante de la Sociedad Venezolana de Ingeniería de Transporte y Vialidad (Sotravial) , afirma que la crisis del transporte es preocupante y no hay voluntad política para buscar soluciones a este problema, reportó el diario El Universal.

Dijo que las iniciativas que se han intentado para resolverlo desde el punto de vista de las unidades, han fracasado afectando más a los usuarios, como el caso de las llamadas “perreras” que han proliferado como transporte público.

La experta recordó los casos de los sistemas de transporte que implementó el gobierno a través de la incorporación de los autobuses Yutong y los del Sitssa, que están prácticamente fuera de servicio.

Según explicó, de acuerdo con una investigación realizada ante la falta de transporte superficial y las alzas de tarifas la gran mayoría de los usuarios han migrado al Sistema Metro en Caracas, la capital del país.

Aunado a esto, el desabasto de gasolina ha g,enerado largas filas de carros en las estaciones de servicio y muchos de ellos se quedan sin poder abastecer a pesar de una espera de hasta seis horas.

La economía de Venezuela depende en 95 por ciento de la venta de crudo y es la única industria capaz de generar ingresos en divisas, los cuales han mermado debido a la baja en la producción.

Esto ha generado una disminución del abastecimiento de combustibles como diésel, gasoil y gasolina; además del gas doméstico.

Los estados cercanos a la frontera con Colombia y Brasil son los que más sufren de la escasez de gasolina y al mismo tiempo son castigados con racionamiento tras la excusa del gobierno de evitar el contrabando.

En Venezuela 85 por ciento del gas que consume el país es a través de “bombonas” o “cilindros”, cuya distribución es monopolio del gobierno. El otro 15 por ciento se distribuye vía gas directo por tuberías.

En varias zonas de 11 estados del país han ocurrido protestas entre enero y mayo para exigir la venta del gas doméstico en bombonas. Muchos venezolanos usan ahora madera o carbón para cocinar al no contar con el servicio por un periodo de hasta cuatro meses.

Con respecto al servicio eléctrico, cinco grandes apagones han ocurrido en el país durante 2018, pero todos los días se registran fallas momentáneas.

De acuerdo a cifras del Comité de Afectados por los Apagones ocurrieron siete mil 788 interrupciones del servicio entre enero y abril.

Los apagones y las fallas eléctricas son resueltas justamente con planes de racionamiento de hasta 15 horas diarias. La población de seis de los 23 estados ha tenido que lidiar con el “plan de administración de carga” como suele llamar el gobierno al racionamiento.

Directivos de la Federación de Trabajadores Eléctricos (Fetraelec) aseguran que la peor parte se la llevan los residentes del interior del país donde se ha hecho cotidiano en ocasiones la caída del servicio por hasta 12 horas.

Los estados más perjudicados son Zulia y Táchira, en donde los recortes se han prolongado por varios días. Esta situación ha dañado alimentos y electrodomésticos, mientras las ventas de los comercios han caído 30 por ciento, según datos del gremio que los agrupa.

En lo que respecta al servicio de agua, desde 2013 se agravó el suministro del vital líquido al deteriorarse la infraestructura de los 18 mayores embalses de agua potable y al no sustituirse los miles de kilómetros de tuberías. Tampoco se han construido embalses desde que el chavismo llegó al poder.

La falta de agua también impacta de manera dramática a los hospitales en donde varios tratamientos como los de quimioterapias y diálisis se han suspendido por no contar con el vital líquido, como es el reciente caso del centro asistencial especializado en la atención de niños J.M. de Los Ríos en Caracas.

Norberto Bausson, expresidente de operaciones de Hidrocapital, afirmó que la falta del líquido se ha agudizado en los últimos seis meses.

Toda la capital mantiene un déficit de 40 por ciento por el deterioro de los SistemasTuy, de plantas de tratamiento y de la red de distribución.

En su opinión, “la escasez es producto también de una mala gestión, acompañada de diferentes irregularidades: opacidad de información, falta de ética profesional y centralización del poder”.

Los hábitos de los ciudadanos han cambiado como consecuencia de esta realidad. Cuando llega el agua a sus casas se levantan de madrugada para llenar los recipientes de los que disponen a fin de almacenar el líquido.

 

Hidrocapital anunció que por falla eléctrica toda Caracas se quedará sin agua – Caraota Digital – 3 de Mayo 2018

grifo.jpg
La empresa Hidrocapital informó este jueves que, debido a una falla eléctrica, casi la totalidad de la ciudad de Caracas se quedará sin el vital líquido por tiempo indefinido por un corte de energía en la línea Diego de Losada – Camatuy I.

El anuncio lo hicieron a través de Twitter, donde detallaron que la ciudad de Caracas se quedó sin agua tras una falla ocurrida en la madrugada de este 3 de mayo. Este corte afecta los sistemas Tuy I y II, que no tendrán la suficiente potencia para el bombeo de agua.

En el municipio Baruta los sectores afectados serán: Chulavista, Colinas de Bello Monte (parte alta y media), Cumbres de curumo, La Alameda, Lomas de La Alameda, Los Campitos y Parcelamiento San Juan de Santa Fe. También Caurimare, Colinas de Tamanaco entre otros.

En el municipio El Hatillo no tendrán agua en Cerro Verde, Los Pomelos, El Rosario , Los Chorros, Los Dos Caminos, Santa Eduvigis y Sebucán. Para el municipio Chacao: Altamira, Los Palos Grandes, Country Club, El Pedregal y La Castellana.

En el municipio Libertador, por su parte, se verá afectado en la mayoría de sus parroquias como el 23 De Enero, Altavista, las parroquias San Juan, San Pedro, La Pastora, El Valle, La Silsa, El Guarataro, La Quebradita, Lídice, parroquia Catedral, El Recreo, Candelaria, y sectores como Los Magallanes, Catia y Monte Piedad.

DcRa_5TX4AE6trv.jpg

El día que faltó el agua en el Palacio de Miraflores por Florantonia Singer – El País – 28 de Abril 2018

Las fallas en el suministro desbordan el malestar que viven los venezolanos en medio de la peor crisis económica de la historia del país sudamericano
1524871715_348301_1524874197_noticia_normal_recorte1.jpg
El malestar de los venezolanos por la falta de agua, irónicamente, se desborda. Una incertidumbre más con la que lidian a diario los ciudadanos del país sudamericano es la de si al despertar del grifo saldrá agua para bañarse. El jueves en la noche los vecinos del Palacio de Miraflores, desde donde gobierna Nicolás Maduro, en el centro de Caracas, se concentraron para protestar porque desde hace tres meses el suministro escasea como pasa con casi todo en Venezuela. Una multitud cruzó la alambrada, las barricadas de protección y sorteó a los guardias que custodian el edificio, un sitio al que la oposición ha intentado llegar en sus intensas jornadas de protestas masivas, pero que siempre ha estado vetado.

“Será que Maduro baja su poceta con tobos [cubos de fregar] como hacemos nosotros”, increpaba una mujer en los vídeos que corrieron y se hicieron tendencia en las redes sociales. Allí se mantuvieron varias horas frente al despacho de Maduro. La comunidad de La Pastora, vecina de todos los presidentes del país desde hace más de un siglo, clamaba porque el agua llegara por las tuberías y no a través de los camiones cisternas con los que el gobierno ha intentado paliar la sed de ese sector, que es la misma de casi toda la capital y gran parte del país, donde se han intensificado los racionamientos que dejan a comunidades más de un mes sin suministro. “¡Agua de chorro!”, era la consigna.

Los guardias nacionales intentaron mediar con los manifestantes para protestaran unas cuadras más allá del Palacio. Al final, la instrucción se giró. El agua comenzó a llegarles, y por los grifos, cuatro horas después de haber trancado la avenida y la protesta se disolvió antes de la medianoche. Maduro, que esta semana comenzó la campaña para su reelección, no ha hecho mención al tema, aunque este viernes vía Twitter ordenó la intervención de la empresa hidrológica del estado Mérida, también con problemas, pero en manos de una gobernación opositora.

Pero solo esa protesta fue aplacada. Ese mismo jueves en la mañana, vecinos de una urbanización en el este de la ciudad también cerraron el paso de vehículos durante todo el día por la misma causa. Pero ellos no recibieron agua. Tampoco los de un barrio cercano que este viernes decidió tomar acciones más radicales y se apostó en la autopista Prados del Este, una vía expresa de alta circulación, para reclamar su derecho a tener agua.

La piscina vacía

A diario las cuadrillas de la empresa estatal que suministran el agua intentan atender los reclamos que se disparan de un sector a otro, y que van acompañados del reporte de enormes chorros que se multiplican en las calles de Caracas como géiseres en el asfalto, producto de las roturas de los tubos. Y el problema afecta a varios estados del país.

Esta semana, el polémico gobernador chavista del estado Carabobo, Rafael Lacava, investigado por el supuesto ocultamiento de fondos en la Banca Privada de Andorra, colgó un vídeo en sus redes sociales exigiendo a las autoridades de la hidrológica de esa provincia, que forma parte del gobierno al que es afín, que solventara la crisis que le impedía llenar la piscina de la residencia oficial, la cual mostró completamente vacía ante la cámara de su teléfono móvil.

Pero la crisis de los servicios públicos genera otro tipo de pesares a la población, en medio de una economía hiperinflacionaria. Soledad Pérez dice que le ha tocado salir a protestar en pijama por no tener ropa limpia. “Nosotros somos una clase media empobrecida que no tenemos para pagar cisternas. El acceso al agua es un derecho que está en la Constitución”, decía la mujer el jueves cuando protestaba con un megáfono en Los Samanes, una urbanización del este de Caracas.

Nancy Chacín, también en la manifestación, contó que ha incursionado en el arte de lavar la ropa a mano y de aguantarse las ganas de usar el baño. “Esto ya nos va a empezar a generar problemas de insalubridad. Uno ve a los niños que llegan de noche con el pelo mojado, todos dormidos y cansados, porque se fueron a bañar a casa de otros familiares y que preguntan cuándo va a volver el agua a sus casas”. Otras dijeron que han aprendido a lavarse el cabello con una botella de agua o a adaptar el carrito del mercado como un tanque cargado de recipientes para aguantar la sequía.

Este sector de la ciudad, como tantos otros, se valió de cisternas hace semanas para intentar paliar la sequía que entonces se atribuía a una parada de mantenimiento de los equipos, ejecutada durante el asueto de la Semana Santa. El corte, del que todavía no se reestablecen muchas zonas, generó otro caos: largas filas de camiones cisternas y hasta tres días de espera para cargar, pues algunos edificios residenciales requieren de por lo menos 20 para llenar sus tanques.

Empresa sin técnicos

La empresa Hidrocapital informó el mismo día de la protesta en Miraflores que por la sequía uno de los embalses -el más pequeño- que surten a Caracas las restricciones aumentarían. Pero desde cada tubo roto, los trabajadores de la empresa señalan que hay falta de equipos para atender las averías, que los sistemas que bombean el líquido están fallando, y que tienen que hacer maniobras hidráulicas para darle suministro a una zona quitándoselo a otra. Este viernes una nueva falla eléctrica afectó el sistema que surte a la mayor parte de Caracas y más de la mitad de la ciudad está sin agua. Además, un enorme tubo matriz de agua se rompió, generó una avalancha de lodo que arrasó con algunas viviendas en otro sector de Caracas, lo que trae más complicaciones.

“El acueducto de Caracas es uno de los más complejos del mundo y uno de los mejores diseñados, porque se necesita enviar mucha cantidad de agua desde muy lejos a una ciudad que está a 1.000 metros de altura sobre el nivel del mar. Pero por impericia, por falta de mantenimiento y de inversión, por tener a militares donde debería haber ingenieros, es que todo está fallando. Este es el costo de la desprofesionalización del país. Ahora los dos principales sistemas de suministro funcionan a 50% de su capacidad, por lo que estamos enviando menos agua, y también nos estamos enfrentando a una multiplicación de las averías y en muchos casos a una coincidencia de ellas”, explica el ingeniero José María de Viana, quien fue presidente de la hidrológica en los años noventa y actualmente es profesor en la Universidad Católica Andrés Bello.

Los días que vienen en capital del país sudameticano se parecen a los que describió el Nobel de Literatura colombiano Gabriel García Márquez en su crónica Caracas sin agua, escrita durante la temporada que vivió en Venezuela en los años cincuenta, y en la que un personaje decide comprar un jugo de durazno para poder afeitarse en medio de una sequía extrema que vació los embalses. Solo que ahora los jugos y los alimentos también escasean.

LLUEVEN LAS PROTESTAS
A una avería eléctrica o en el servicio de agua, a una falla en el suministro de gas para cocinar, a la falta de medicamentos, sigue una protesta, que complica aún más la cotidianidad de los venezolanos. Calles cerradas y basura regada y quemada se ha convertido en parte de un rito del descontento por el deterioro de la calidad de vida en el país.

Si bien no han vuelto a repetirse las movilizaciones multitudinarias convocadas por la oposición en 2017 -desencadenadas por el asalto a las funciones del Parlamento por parte del Poder Judicial secuestrado por el gobierno, y cuya represión dejó más de 100 muertos- en muchas localidades de Venezuela ocurren pequeñas protestas a diario. El Observatorio Venezolano de la Conflictividad Social reportó en el primer trimestre de 2018 un total de 2.414, a un promedio de 26 diarias, un incremento de 94% con respecto al mismo periodo en 2017.

“Lo que se desprende de los datos obtenidos durante este primer trimestre del año es que Venezuela ha entrado en una etapa de colapso de los servicios públicos, de la alimentación, de la salud y han crecido los conflictos laborales. Adicionalmente observamos con preocupación que los saqueos e intentos de saqueo aumentan y se uniformizan en todo el territorio nacional”, refiere el informe del observatorio presentado hace unas semanas. Del total de manifestaciones, 734 fueron motivadas por la precariedad de los servicios. La organización da cuenta de otro dato alarmante sobre la creciente conflictividad: en 2018 han sido asesinadas 10 personas que protestaban; en 9 de los casos por civiles armados y en uno por el impacto de una piedra.

A %d blogueros les gusta esto: