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La crisis de la oposición venezolana por Fernando Mires – Blog Polis – 4 de Noviembre 2017

UnknownNo se sabe si es ironía o paradoja. El premio Sajárov fue otorgado a la oposición venezolana justo en uno de los peores momentos de su historia: una crisis política de enorme magnitud. Crisis aparentemente derivada de los resultados de las fraudulentas elecciones del 15-O pero agravada por la decisión de uno de sus partidos más tradicionales, AD, al hacer juramentar a sus cuatro gobernadores elegidos frente a una constituyente inconstitucional.

Pero seamos claros: la juramentación no produjo a la crisis. Solo fue su detonante.
La crisis venía gestándose antes de las regionales. Para ser más precisos, fue evidente cuando desde la MUD se desprendió una organización autodenominada SoyVenezuela cuyo objetivo, concordante con el de Maduro, era dinamitar las elecciones, llamando abiertamente a la abstención. Pero aún antes de esa evidencia, la crisis, como si fuera un virus que aguarda el instante para aparecer en la piel, comenzó a tomar formas en las postrimerías de las grandes protestas comenzadas en abril, convocadas para defender a la AN y a la Constitución. Ese fue el momento cuando las festivas manifestaciones comenzaron a ser sustituidas por jóvenes que ya no exigían la restitución de las libertades constitucionales sino simplemente la caída de la dictadura sin que nadie les dijera como iba a ser posible realizar tamaña empresa. Ante esa espectativa, la participción en las elecciones regionales -una de las exigencias primarias de la oposición- fue presentada por los más extremistas como traición a una supuesta resistencia. Con ese estigma, del cual la oposición democrática no supo liberarse, era difícil ganar cualquiera elección. Menos frente a una dictadura, por definición tramposa.

No vamos a hablar aquí de las CLAP, del carné de la patria, de las firmas chimbas, de los votos asistidos, de los traslados de centro de votación y de los resultados alterados. Todo eso se sabía con anticipación y con eso había que contar.

El hecho inobjetable es que el resultado anunciado por el CNE tuvo el efecto de desmoralizar a la ciudadanía democrática. ¿Cómo podía ser posible que un régimen cuyas propias encuestas no le daban más del 20 % de popularidad haya arrasado en casi todas las gobernaciones? A través de una primera mirada parecía que con esa “máquina de manipular elecciones” (Héctor Briceño) nadie podía competir. Pocos fueron los que pensaron en que competir con las propias fuerzas divididas es imposible vencer a una dictadura. El 15-O hubo mega-fraude, claro que sí, pero también hubo una mega-derrota.
Al marchar hacia las elecciones arrastrando una profunda división endógena, la oposición debió bregar con dos enemigos: el régimen y los abstencionistas, cuyo débil poder numérico es inversamente proporcional a su fuerte poder agitativo. Ello llevó a su paralización interna, hecho que condujo, a su vez, a la incapacidad para levantar una alternativa unitaria en el camino hacia las regionales. Esa alternativa unitaria, ya inscrita durante las grandes protestas, no podía ser sino la defensa de la Constitución en contra de la falsa constituyente.

Precisamente, al no haber sabido delimitar la contradicción fundamental (Constitución vs. constituyente) los cuatro candidatos adecos creyeron que su deber era asegurar las gobernaciones y para lograrlo no solo se sentaron sobre la Constitución sino, además, hicieron sus necesidades básicas sobre ella.

Al igual que para una fracción de los abstencionistas cuyo objetivo es facilitar la aparición de generales golpistas, la de los constituyentistas adecos fue poner sus propias gobernaciones por sobre la Constitución. No se dieron cuenta de que sin esa Constitución la oposición no es nada. Sin Constitución, en efecto, no habría nada que defender, y sin nada que defender, no puede haber oposición. Tampoco se dieron cuenta de que la política no solo se deja regir por los criterios de la pura razón práctica.

La acción política comporta una enorme fuerza simbólica. Si los cinco gobernadores hubieran planteado un decidido “no” a la juramentación, habrían reactivado la ruta constitucionalista de la que cuatro de ellos se apartaron. El problema, por lo tanto, no fue humillarse o no humillarse. El problema fue romper con la línea política que se había dado la oposición: electoral, pacífica, democrática y constitucional. Cuatro puntos cardinales complementarios e interdependientes. Pues así como lo constitucional no puede prescindir de lo electoral, lo electoral, tampoco – y mucho menos- puede prescindir de lo constitucional.

¿Ir a las elecciones y luego no juramentarse ante la falsa constituyente? Exacto, de eso se trata: no renunciar ni a la legitimidad del voto ni a la legitimidad de la Constitución. O en otras palabras: unir la opción política-electoral con la desobediencia civil parece ser la única salida a la profunda crisis que vive la oposición venezolana.

Pero no nos engañemos: la crisis de la oposición había existido siempre en estado latente. El secreto a voces era que en su interior coexistían tendencias que se repelen entre sí. Esas tendencias son tres, dicho en líneas gruesas. Ellas son la tendencia anti-electoral, la tendencia conciliadora y la tendencia constitucionalista.

La tendencia antielectoral puede ser también definida como insurreccional. Parte de la base de que toda elección legitima al régimen. Cultiva visiones apocalípticas y apoteósicas. Al llamado de sus líderes, imaginan que el pueblo avanzará triunfante sobre las ruinas de la dictadura. Las FANB se partirán en dos y la comunidad democrática reconocerá de inmediato al nuevo gobierno. Son los de la Salida, los del Maduro Vete Ya, los de la Marcha sin Retorno, los de la Hora Cero, los del Gobierno Paralelo, los de la Unidad Superior, y otras aberraciones.

Curiosa ironía: a pesar de que los adalides del anti-electoralismo militante se declaran anticomunistas y anticastristas, su visión de la política es similar a la de los comunistas y castristas de los años sesenta del pasado siglo (Tupamaros, MIR, Montoneros, ERP, entre otros.) Al igual que ellos, los abstencionistas creen en un pueblo irredento, en el poder de la voluntad, en el líder iluminado y en el derribamiento de dictaduras mediante vías no electorales. Corina Machado, Diego Arria y hasta Luis Almagro podrían sorprenderse con esta afirmación. Pero para quienes hemos dedicado tiempo al estudio de la moderna historia latinoamericana, el discurso que ellos representan no nos es desconocido. En gran medida refleja, bajo nuevas formas, la quinta esencia del ultrismo jacobino de los años sesenta.

La segunda tendencia, la conciliadora, se autodefine como pragmática. Sus visiones apuntan a lograr acuerdos parciales con la dictadura, a sobrevalorar el diálogo –aún sin materias concretas a dialogar- y sobre todo, el de la negociación, aunque tengan poco o nada que ofrecer. Las movilizaciones de masa y las acciones callejeras les parecen absolutamente inútiles. Sienten predilección por reuniones a puertas cerradas, casi clandestinas, ojalá lo más lejos posible de las manifestaciones políticas (bajo las palmeras de la República Dominicana, por ejemplo.) En general, son políticos de viejo cuño, adaptables a las normas de un régimen liberal, pero sin vitalidad para enfrentar a una dictadura. Mucho menos a una dictadura tipo Maduro, nuevo especímen histórico que combina formas arcaicas de dominación con los más diabólicos métodos de las tiranías post-modernas.

La dictadura, con ese instinto animal que la caracteriza, ha sabido manejar las diferencias de la oposición. Por ejemplo, durante el curso de la campaña hacia las regionales, Maduro no se cansó de afirmar que paralelamente mantenía un diálogo con representantes de la oposición. El ultrismo abstencionista le creía a pies juntillas –necesitaba creérle- y llamaba a no votar por los “cohabitadores” de la MUD. Siguiendo el juego, el madurismo inundaba las redes e incluso las murallas citadinas con letreros llamando a “no votar.”

La prescripción anticonstitucional que obliga a los gobernadores elegidos a jurar frente a una constituyente cubana fue, sin duda, una muestra de astucia criminal y sadismo político. Algún día la dictadura de Maduro será juzgada por sus crímenes materiales a la nación. No hay, desgraciadamente, leyes que castiguen los crímenes morales perpetrados contra un pueblo: la siembra de desconfianza en el voto, y no por último, la humillación permanente a que son sometidos dirigentes y candidatos de la oposición. Hechos que no encuentran parangón en la historia del siglo XXl. La supresión de la inmunidad parlamentaria a Freddy Guevara, destacado dirigente de la oposición democrática, es el nuevo acto delictivo cometido por ese grupo de mercenarios llamado TSJ, nombrados a dedo: gente sin pueblo y sin ley.

El problema adicional, quizás el más grave de todos, fue que entre la dictadura, los divisionistas y los conciliadores, terminaron por afectar al nervio central de la oposición. Nos referimos a su tercera tendencia.

La tercera tendencia, la de los constitucionalistas, combinando manifestaciones de masas y línea constitucional, logró durante largo tiempo mantener su hegemonía sobre el bloque unitario. Aliándose con uno u otro sector, supo manejar las crisis con cierta solvencia. Pero, cuando después de las juramentaciones sus principales dirigentes se desataron en descalificaciones personales, peor aún, sin defender la línea política que había dado continuidad a la oposición, la crisis dejó de ser circunstancial y se convirtió en una crisis de identidad política. Algunos, llevados por la emoción, abjuraron de la línea electoral sin especificar cual iba a ser la otra línea. Al “craso error” (Trino Márquez) de no participar en las elecciones municipales, argumentando de que estaban viciadas por la existencia de “ese CNE”, agregaron la inconsecuencia de participar en las presidenciales con “ese CNE”.

Sacar el cuerpo a las municipales no fue una retirada táctica. Fue una desordenada fuga. Una estampida cuyo resultado no puede ser otro que abandonar a su suerte a la pobre gente que vive en los municipios. Peor todavía: esa decisión rompió con la línea opositora sin ofrecer otra.

¿Terminará imponiéndose en la oposición la retórica hueca del abstencionismo militante? ¿Llamarán también a una “unidad superior” que nadie sabe con qué se come? ¿O acudirán a tribunales de justicia aposentados en la OEA? ¿O formarán gobiernos en el exilio (al estilo Puigdemont)? ¿O exigirán a Maduro que forme otro CNE amenazándolo con no votar? (precisamente, lo que más desea la dictadura) ¿O simplemente llamarán a los jóvenes a enfrentar otra vez a un ejército dirigido por asesinos profesionales?
En tres sentidos, aun perdiéndose, las municipales son importantes. Primero: tienen lugar en comunidades donde todos se conocen y en donde es posible realizar una agitación sin recurrencia a grandes medios de comunicación. Segundo: permiten mantener la continuidad de la lucha por la Constitución, en contra de la constituyente. Tercero: tienen lugar en el espacio donde comienza toda ciudadanía: en la vecindad, allí donde todos padecen los mismos problemas. Quien no entiende los problemas de su comunidad nunca va a entender los del mundo.

La razón por la cual los principales partidos de la oposición –excepción sea hecha a UNT y AD- no concurren a las municipales, aunque no explicitada, parece ser la siguiente: concurrir significaría romper la unidad de la MUD. Si ese fue el argumento, fue otro error. Por una parte, la unidad de la MUD ya está rota, se quiera o no. Por otra, la unidad política no es un fin en sí sino un medio para alcanzar un objetivo común. Y no por último, las municipales habrían permitido clarificar frente a problemas concretos y reales, y de una vez por todas, las diferentes líneas que dividen al conjunto opositor.
Luego de saltarse las municipales, los destacamentos opositores (incluyendo a los abstencionistas) planifican concurrir a las presidenciales. Tal vez las primarias –si es que tienen lugar- permitirán percibir las diversas políticas que los separan, aunque sea al precio de aceptar divisiones insoslayables. Puede ser también que las presidenciales sean el catalizador que requiere la oposición para marchar, si no unida, por lo menos de un modo relativamente convergente. Hay dudas de que que eso sea así. Pero ojalá sea así. Porque si no es así, más vale la pena rezar.

 

 

La abstención: error centralista por Trino Márquez – La Patilla – 1 de Noviembre 2017

ThumbnailTrinoMarquezMe cuento entre quienes respetan y admiran el trabajo de muchos dirigentes que integran la Mesa de la Unidad Democrática. Mi opinión la he sostenido a través de distintos medios. Entre sus logros destaco el haber proyectado en el plano internacional la incansable lucha de los demócratas venezolanos por impedir que en Venezuela se consolide el proyecto hegemónico totalitario puesto en marcha en 1999, cuando Hugo Chávez llega a Miraflores. Luego de numerosos tumbos y errores de la dirigencia, la MUD recobra el camino electoral y le da sentido y coherencia al enfrentamiento contra la poderosa e inescrupulosa casta adueñada del poder. Me siento, por lo tanto, con autoridad para señalar errores y exigir cambios. Me anima el propósito de promover rectificaciones que nos permitan superar el enorme abismo en que la oposición cayó luego de las elecciones del 15 de octubre.

Es necesario que retorne la sindéresis y se restablezca la sensatez y la coherencia. No es cierto que la ruta electoral haya quedado cancelada después de la consulta de octubre. Lo que tiene que quedar proscrita es la ingenuidad y la improvisación de nuestros conductores. Debe asumirse que el régimen aprendió las lecciones derivadas de la derrota comicial de 2015. Maduro lo dijo con la claridad y desmaño que lo caracterizan: no volveremos a acudir a elecciones que vayamos a perder. El cuadro internacional y la Constitución lo obligan a convocar, cada cierto tiempo, votaciones para que el pueblo les dé legitimidad de origen a las autoridades de los poderes públicos. Ahora bien, esas elecciones no ocurrirán en un espacio imparcial y transparente, sino en un ambiente cargado de amenazas y chantajes. El Psuv y el gobierno fueron convertidas en frías máquinas que operan, para el caso de las personas que dependen del gobierno, con el fin de destruir el libre albedrío e imponer el voto compulsivo; y, en el caso de los demás ciudadanos, para disuadirlos o desestimularlos con la finalidad de que no se pronuncien por la opción democrática. Para enfrentar esas dos tenazas hay que prepararse con disciplina espartana. Tenemos que entrenarnos para combatir en lugares hostiles, conocer muy bien los ardides del enemigo. Debemos estar conscientes de que los rojos desprecian la democracia y utilizan el voto con la única intención de darle un cierto maquillaje a la autocracia sovietizante que con tanto tesón han construido durante casi dos décadas.

 

Se puede y se debe luchar por conseguir condiciones más equilibradas, pero lo único que asegura el triunfo es movilizar los sectores democráticos de forma compacta en cada cita comicial y cuidar todos los detalles de la elección, desde garantizar los testigos de mesa y poseer la lista de votantes por centro electoral, hasta contar con testigos en el momento de los escrutinios y la elaboración de las actas. Incluso teniendo un ejército disciplinado de voluntarios resulta difícil obtener la victoria porque el esquema está diseñado para favorecer al oficialismo. Bolívar y Zulia son un ejemplo de lo que digo. El abuso y el atropello son rasgos fundamentales de los regímenes electorales autoritarios, ampliamente estudiados por Andreas Schdler, con los cuales Maduro mantiene estrecha relación. De Rusia, Bielorrusia y Nicaragua recibe asesoría. Cuba lo ayuda en otros planos. En ese no porque durante seis décadas los isleños nunca han sabido lo que es elegir.
En este tipo de modelos dictatoriales no conviene dejar de participar en los procesos electorales que convocan. Hay que disputarles los espacios. La desacertada valoración que hicieron los partidos de la MUD los condujo a cometer el error de llamar a la abstención para los comicios de alcaldes. Tratándose de unas elecciones locales, tenían la posibilidad de que fuesen los organismos municipales –comités de base y asociaciones de vecinos- quienes se pronunciasen acerca de si participar o no. En el país existen 335 alcaldías. Muchos municipios dentro de un mismo estado difieren entre sí, pues poseen condiciones políticas diferentes. Las direcciones nacionales, presionadas por los guerrilleros del teclado, tomaron una decisión que no les correspondía. La descentralización representa una política que debe regir tanto en el ámbito del Gobierno y del Estado, como de los partidos políticos. Eran las direcciones nacionales de las organizaciones partidistas las que tenían que someterse a las decisiones de las bases municipales. No al revés. Los partidos incurrieron en el pecado del centralismo, de allí que estemos viendo ese espectáculo variopinto y lamentable de dirigentes locales que se sienten con el derecho a aspirar a ser alcaldes, desprendidos de las organizaciones en las cuales algunos de ellos han militado durante largo tiempo. Para agravar el cuadro, la respuesta de algunos líderes luce deplorable. “Quedarán autoexcluidos”. “Serán expulsados”, son las voces que se levantan para condenar a quienes, en ejercicio de la democracia y la descentralización, decidieron optar por un cargo de representación popular.
El centralismo y el personalismo causan estragos, cualquiera sea el empaque en el que vengan envueltos. Llamar a la abstención en las municipales y, simultáneamente, proponer elegir al candidato que competirá con Maduro en las elecciones presidenciales de 2018, resulta una incongruencia sorprendente. Piensen solo en este problema: ¿podrá ese eventual candidato realizar actos de campaña en estados y municipios totalmente controlados por autoridades rojas? Además del CNE, el Plan República y 18 gobernadores, ahora la MUD va a entregarles a los rojos 335 alcaldías. Craso error.

«Una larga y triste derrota por Alberto Barrera Tyszka – ProDaVinci – 22 de Octubre 2017

150px-Alberto_Barrera_Tyszka_2011Porque, en realidad, el domingo pasado nadie ganó.

Ni siquiera el oficialismo, con sus 18 gobernaciones y el espejismo de un mapa teñido de rojo. Su victoria es una fantasía, una fiesta hueca. Por eso ni siquiera hubo grandes celebraciones. Fue la victoria electoral más escuálida de todos estos años. La alegría parecía un artificio. El domingo pasado fue un día cabrujiano, y perdónenme el adjetivo. Es un pequeño homenaje a quien nos ayudó a entender el fracaso de nuestros simulacros. El domingo 15 de octubre perdimos todos. Se acabó el hechizo electoral. Votar dejó definitivamente de ser un acto independiente y soberano. En este país, al menos, votar dejó de ser un verbo.

El proyecto de fraude global que inició el oficialismo en diciembre del 2015, con la designación de nuevos miembros y suplentes en el TSJ, alcanzó fatalmente su clímax en los comicios del pasado domingo. Ha sido un proceso que cada vez ha ido perdiendo más sus maquillajes y dejando en evidencia su naturaleza delictiva. Las recientes elecciones regionales fueron ya el destape final. El ventajismo institucional, los procedimientos y acciones al margen de la ley, el robo descarado de votos, la violencia en contra de los representantes de la oposición en las mesas… logró el insólito milagro de ganar 18 gobernaciones teniendo un 20% de aprobación. El oficialismo ha terminado estrujando y desechando la última y frágil instancia de legitimidad institucional que tenía: el voto popular.

De esta manera, ganar las elecciones significó perder uno de sus principales argumentos a nivel internacional. Si antes había alguna duda, ya las elecciones en Venezuela no ofrecen ninguna garantía. Pero tampoco a lo interno el triunfo del oficialismo representa una gran victoria. De cara a la crisis y en el contexto de un Estado fallido, de cara a sus propios seguidores y a las expectativas populares, el horizonte chavista parece un precipicio. El oficialismo decidió deliberadamente trivializar la política. Sus candidatos se apartaron de Miraflores como si Maduro fuera un apestado. Sustituyeron el socorrido debate ideológico por una carrucha y un burro, por unos guantes de boxeo. Eligieron esconder a Chávez y frivolizar la revolución. Es la confirmación de la derrota final del proyecto. La izquierda convertida en una payasada. Para llegar al socialismo bolivariano solo hay que bailar la burriquita.

Del otro lado, el liderazgo de la oposición repitió una característica que ya empieza a resultar genéticamente trágica: la falta de previsión, la ausencia de plan B. La realidad siempre los sorprende. Siempre los agarra movidos entre tercera y home. Siempre terminan desbordados por lo que finalmente ocurre. Y entran entonces en un breve espasmo de congelamiento que produce aun más confusión y desconcierto. Tanto que, en algún momento, Andrés Velásquez parecía un huérfano en el estado Bolívar, un valiente pero solitario David enfrentado a ese Goliat de cuatro cabezas que es el CNE.

Todos sabemos que no es fácil ser político de oposición. Que en este trance, además, el liderazgo estaba condenado a pelear electoralmente, que no podía cedérsele así sin más todos los espacios de poder regional al oficialismo. Pero eso no salva a la dirigencia de sus debilidades y errores. Las divisiones, los intereses particulares, la falta de un proyecto común más allá de la salida inmediata de Maduro, las maniobras pre electorales de algunos partidos, la alianzas ocultas con el poder… al final, terminan favoreciendo al oficialismo. Todavía, después de tanto, hay quienes siguen sin entender que conspirar contra la unidad política es una forma de suicidio colectivo.

Los abstencionistas tampoco han obtenido un triunfo. En términos reales, muchos de ellos han perdido territorialmente, ahora estarán bajo el gobierno regional del PSUV. Un “se los dije” puede dar una fugaz gratificación personal pero obviamente no es una victoria política. Los radicales siguen estando igual. En rigor no pueden hacer otra cosa. No tienen hacia dónde moverse. La abstención es su propio techo. Lo otro es tomar las armas e ir a las montañas de Villanueva, en el pie de monte entre Lara y Trujillo, a comenzar desde ahí la rebelión. Porque no se puede convocar a una rebelión desde una oficina en Caracas y luego dar una entrevista a CNN. Los radicales perdieron su discurso. De aquí en adelante, ya solo pueden repetirse. La abstención no es un proyecto. Es una resignación, un sin remedio.

Pero también el CNE salió totalmente derrotado. La jugada de la reubicación de electores a última hora los ha dejado ya sin posibilidad de disfraz. Es imposible mantener una leve duda. Ya no se puede ni siquiera hablar de parcialidad. Hasta en la última galaxia, ya es evidente que las rectoras del CNE son simples y prescindibles fichitas del oficialismo. El disimulo de la institucionalidad quedó arruinado. Son segundonas. Están ahí para hacer el trabajo sucio. Y las preguntas también salpican a Luis Emilio Rondón: ¿Qué hace ahí? ¿Qué hizo mientras todo esto ocurría? ¿Qué papel jugó? ¿A quién realmente representa?… El CNE es un chiste doloroso. Perdió cualquier posibilidad de representar algo. Perdió incluso su futuro. Ya no hay chance de que haya en Venezuela unas elecciones –reconocidas y aceptadas, nacional e internacionalmente– mientras el árbitro siga siendo el mismo.

El domingo pasado se selló una larga y triste derrota. Fue un duro golpe contra la verdad, contra la confianza colectiva, contra el voto, esa experiencia que nos hacía comunes, que nos hacía país. Poco importa ya que los nuevos gobernadores se juramenten o no ante la ANC. Ya no hay adornos. Todo es chantaje. El delito es la nueva forma de la política. La democracia ya ni siquiera sirve como espectáculo.»

¡Vuelvan caras! por Ramón Peña – La Patilla – 22 de Octubre 2017

La banda gobernante ya abandonó cualquier prurito de vergüenza que le diese apariencia de legalidad a sus actos. Con impudicia desplegó la suma de obstáculos, maniobras, engañifas y abusos que sustanciaron el fraude electoral del pasado 15 de Octubre. Ya es su estilo, es el mismo descaro con el que cometen sus fechorías administrativas. Para su despecho, esta sumatoria de ardides no le alcanzó para tapar la grotesca mentira de los ocho millones de votos en la elección de la comparsa constituyente. Ahora es mayor la percepción de ilegalidad y abuso del régimen ante las instituciones y gobiernos democráticos del mundo.

Ciertamente, la abstención fue un factor concomitante; es lamentable que la campaña contra el voto terminara haciendo causa común con la fullería oficialista. De nuevo, brilló la postura de quienes se consideran reservados solo para grandes batallas épicas, aunque nunca bosquejan cómo emprenderlas. Nada loable o útil agitar ahora su bandera del “yo se los dije”.

Este régimen es un ente deleznable sin otra promesa para su invocado pueblo que la de asfixiante inflación. De líder de la llamada ALBA se ha convertido en la mayor mentira de esa coalición fundada por Chávez. Basta comparar su indigente desempeño que ha encogido el tamaño de nuestra economía en más de 30% en los ultimos tres años, mientras Bolivia y Nicaragua, crecen a tasas sostenidas superiores a 4% anual e inflaciones anuales inferiores a 5%.

Frente a esta banda sembradora de pobreza, pero con notable habilidad para maniobrar desde el poder, la lucha continuará sin vacilación. Pero es imperativo hacer un alto para la autocrítica y corrección del rumbo de la oposición; para cuestionar la ingenuidad y el legalismo empleados hasta hoy; para reconstituir una fueza gravemente fragmentada, para una dirección ampliada, más representativa, para revisar críticamente el modo de comunicarse con la gente, para menos corto-plazo y más estrategia…

 

¿Quién ganó? ¿Quién perdió? por Armando Durán – RunRunes – 18 de Octubre 2017

1007_20130602Izu4GCLo he repetido muchas veces: votar o abstenerse era un falso dilema, porque estos resultados ya estaban previstos desde hace meses. Tan previstos como lo han estado los resultados electorales que hemos sufrido a manos del chavismo desde la Constituyente de 1999. Por eso, el pasado 23 de mayo, Julio Borges, en su condición de presidente de la Asamblea Nacional, lo advirtió tajantemente: “No volveremos a caer en la trampa de las elecciones regionales”.

¿Qué ocurrió para que a pesar de esa declaración y, sobre todo, del mandato popular del 16 de julio, Borges, su partido Primero Justicia, Acción Democrática, Un Nuevo Tiempo y para sorpresa de todo el país Leopoldo López y Voluntad Popular, en solo 15 días, olvidaran la decisión de esos millones de ciudadanos que desde el 2 de abril habían respondido en las calles de todo el país al llamado de una MUD que entonces invocaba los artículos 330 y 350 de la Constitución y llamaba a los venezolanos a rebelarse contra un régimen que al fin era caracterizado de dictadura?

Lo ocurrido el domingo 15 de octubre fue en efecto un fraude. Eso nadie lo pone en duda. Un fraude, además, de proporciones inconmensurables. La cesión al “adversario” de unas pocas gobernaciones también estaba prevista, como recurso calculado por los estrategas nacionales y extranjeros del régimen para darle un cierto aire de verosimilitud a unos resultados imposibles. No cabe, pues, explicación alguna que aclare las primeras reacciones de la MUD, la de promover un optimismo absurdo (¿recuerdan la afirmación de Henry Ramos Allup de que la MUD ganaría las 23 gobernaciones del país?), ni las razones del patético lamento final puesto en boca de un Gerardo Blyde de expresión desfallecida, declarando que “lo intentamos”, pero es que “este sistema electoral no es confiable”. Como si hasta este punto crucial del penoso proceso político venezolano este sistema electoral sí lo hubiera sido.

La más cabal demostración de esta indescifrable confianza en el triunfo la protagonizó Ángel Oropeza en su columna publicada el lunes en este mismo espacio, pero escrita días antes de la jornada electoral del domingo con suicida anticipación de principiante, en la que el responsable político de la MUD presupone una tajante victoria opositora, tras la cual, sostiene: “Es necesario insertar lo ocurrido este domingo 15 de octubre en el marco del heroico proceso histórico por la nueva independencia nacional y conectarlo con las nuevas batallas que se avecinan”. Antes de la 9:00 de la mañana de ayer, a toda carrera para que el bochorno fuera menos ostensible, sustituyeron en la página web del diario esa clamorosa sarta de lugares comunes por un artículo de Jorge Castañeda. El daño ocasionado por el disparate de Oropeza, sin embargo, ya estaba hecho. A no ser que la MUD haya sido capaz de recoger todos los ejemplares impresos del periódico.

Esta catástrofe total nos obliga a hacer la más angustiosa de las preguntas: y ahora, ¿qué hacer? Una opción insinuada por algunas voces opositoras igual de desconectadas de la realidad ha sido impugnar esos resultados, proposición desmantelada de inmediato por un escueto y demoledor tuit de Ramón Piñango: “Impugnar, ¿ante quién?”. Otras voces, como la del propio Blyde, reiteraron la ciega perseverancia de la dirigencia dialogante de la MUD en el error de irrespetar sistemáticamente la inteligencia de los ciudadanos: “Hacemos un llamado para que nos sentemos todos a planificar juntos una nueva fórmula y estrategia”. ¿Acaso hasta el pasado 31 de julio no había estado toda la oposición unida por primera vez en una sola y ganadora estrategia, la calle, cuya conmovedora contundencia había hecho posible que el país civil y democrático se manifestara como lo hizo aquel 16 de julio?

Habrá que esperar a ver qué ocurre en los próximos días. Por ahora sí quedan dos certezas. Una, que el domingo ganó el pueblo que, con o sin pañuelo en la nariz, de nuevo demostró su resuelta disposición a hacerlo todo con tal de producir un cambio político profundo. Y dos, perdieron, al alimón, Nicolás Maduro, que este domingo se despojó del último velo que a duras penas cubría las desnudeces del régimen, y perdieron los actuales dirigentes de la MUD, que tal vez, a partir de ahora, no hay mal que por bien no venga, se vean forzados a desaparecer en la niebla del olvido para siempre.

15-O: Un balance anticipado por Simón García – Blog Polis – 13 de Octubre 2017

Se despejará la incertidumbre. El gobierno perderá a pesar de su arsenal de tramposerías. La reubicación fue una. El garrote vil del régimen en materia electoral, las matronas del CNE, hará de todo para voltear los resultados en unos siete Estados donde la ventaja opositora resultaba pequeña.
La abstención es el arma secreta del régimen para ganar en lugares de clase media. La inducirán con nuevas provocaciones, amplificarán la voz de los opositores a la MUD y multiplicará mitos, como el de dictadura no sale con votos, que lo presentan como invencible.
Pero hasta el menos avisado sabe que esta elección constituía la gran oportunidad para castigar el uso destructivo y abusivo de poder, quitarle las gobernaciones y decirle no a los responsables de arruinar millones de vidas. ¿Por qué no darles con el voto?
La oposición saldrá confirmada como mayoría y las victorias de sus candidatos reanimará la esperanza. Pero no es suficiente: la rebeldía electoral de los ciudadanos debe ser contundente. Evidenciar que el régimen no tiene gente
El primer logro será haber llegado a una elección que el gobierno no quería. La fuerza de calle y la presión internacional, lo obligaron a retomar el camino electoral. Un hecho bueno para todos porque desbloquea las elecciones de Alcaldes, concejales, legisladores y la del presidente, mal de todos los males.
El segundo será deslegitimar a la ANC, ya herida por el “al menos un millón de votos” de Smarmatic. Moralizará a la oposición. Reforzará las acciones de naciones amigas involucradas en devolverle al país el derecho a seguir resolviendo por los votos el rumbo que desea la mayoría y para decidir, entre venezolanos, en manos de quienes colocar su conducción. Mas que nunca necesitamos importar futuro, frente a un siglo XXI que nos está pasando de largo.
No deja de tener significación, por el aliento que factores de poder le da, la patética demostración de inutilidad del pensamiento extremista. En esa minúscula fracción de gladiadores de la antipolítica se rascan sus fantasías viejos conservadores, jóvenes con natural impaciencia, resentidos con la MUD, actores que quieren influir sobre un nuevo gobierno y los que no admiten que los partidos sean componentes de la democracia. Los reúne la prédica por la abstención, la mejor ayuda que este rincón de la oposición le da al gobierno, cada vez que hay una elección.
Las cifras ratifican que la sociedad quiere salir del régimen y de las crisis por medios constitucionales, electorales, democráticos y pacíficos. Son un duro golpe a las mafias que pugnan por imponer una dictadura y un aliciente para los que se sienten incómodos, en el seno del gobierno y en el campo oficialista, con el plan totalitario. Pero aún les da miedo hablar. También ayudarán a los gobiernos amigos que se oponen a la violación de los derechos humanos y las vulneraciones a la Constitución.
Los números reflejarán la victoria del voto castigo. A menos que a la macolla de tráficos y negociados, les de por apagar la lámpara, el domingo 16 seremos más libres y estaremos más cerca del país que todos necesitamos. El fraude podrá maquillar la derrota de la cúpula, pero resultará inútil para mantenerla a la fuerza.

Chávez, abstencionista por Ibsen Martínez – El País – 11 de Octubre 2017

1507681671_472307_1507681719_miniatura_normal.jpgHacer a un lado su abstencionismo allanó a Hugo Chávez el camino a Miraflores

¿Dónde habría terminado la carrera de Hugo Chávez de haber perseverado en llamar a la abstención electoral? Recordemos: Hugo Chávez también hizo flamear la bandera abstencionista cuando le dio por recorrer Venezuela de punta a punta, luego de salir de la cárcel de Yare. Infatuado por la idea que se hacía de sí mismo, acaso pudo gozarse durante un tiempo en andar por ahí, derrotado, incomprendido y hablando solo, como Bolívar en Pativilca. Es sabido que el Comandante Eterno creía en la reencarnación y que, cada vez que la vida le obligaba a volar bajo, se consolaba pensando que era Bolívar, el “hombre de las dificultades”, segunda parte.

Muy pronto, sin embargo, Chávez se persuadió de que eso de andar por los pueblos exhortando al populacho mulatón y desdentado a no acudir a las urnas porque las elecciones son una farsa burguesa en la que el pueblo nunca puede ganar puesto que el sistema electoral está calculadamente concebido por la oligarquía y el imperialismo yanqui para etcétera, etcétera, era una inconducente pendejada.

Ciertamente, él no había hecho la fuerte inversión de encabezar un alzamiento militar y purgar pena de prisión para terminar de invitado crónico dominical de los programas de opinión radiales de San Rafael de Ejido, Estado de Mérida o Temblador en Monagas. Pero para aquel Chávez abstencionista, apóstol del voto nulo militante, acudir a elecciones era convertirse en auxiliar de uno de los más sofisticados dispositivos de dominación que los ricos hayan urdido nunca para joder a los pobres del mundo: las elecciones.

La leyenda de su vida quiere que sea en esa sazón cuando Luis Miquilena, un antiguo organizador sindical que ya en 1936 integraba el all star de los comunistas venezolanos, le muestre, a comienzos de 1997, una encuesta de “intención de voto” en la que Chávez le saca ventaja de 900.707 cuerpos a la Gran Esperanza Blanca del ya agotado bipartidismo de Acción Democrática y Copei: Irene Sáez, exreina de belleza, ex relacionista pública de un ya olvidado banquero fraudulento, antigua alcaldesa del municipio de Chacao, la más rubia de las tontas entre las rubias tontas.

Fue Miquilena quien le hizo ver a Chávez que, de lanzar su candidatura en aquel momento, ganarle la presidencia de Venezuela a la reina tonta sería pelea de burro contra tigre, como suele decirse.

Miquilena le habló también de un episodio de nuestro siglo XX en el que la insurgencia se impuso justamente porque no se abstuvo de acudir a una elección.

La composición sectaria de un colegio electoral obsecuente y presto al fraude no fue entonces motivo suficiente para que una coalición democrática tirase la toalla en 1956. En efecto, fue durante lo más intraficable de una dictadura militar cuando se impuso entre los partidos opositores la decisión de ir a unas elecciones convocadas por aquella y descrito por los abstencionistas de entonces como un matadero.

Sabemos lo que pasó: juntos derrotaron al dictador Pérez Jiménez, desencadenando la crisis política terminal de aquel régimen odioso.

Traigo a colación las elecciones de 1952 porque, admitido y dicho por el propio Chávez, escuchar a Miquilena alegar vehementemente contra el abstencionismo fue decisivo en su carrera hacia el poder. Hacer a un lado su abstencionismo de muchacho malcriado allanó a Hugo Chávez, al fin, el camino a Miraflores.

Sí, sí; ya sé que hay que tomar con pinzas las comparaciones entre momentos históricos distintos. Sin embargo, he invitado al diabólico Luis Miquilena a mi columna, a solo cuatro días de las elecciones regionales del 15 de octubre, porque este cuento de Chávez aún puede tener cierto valor didáctico para los indecisos.

 

 

Dilo con tu voto por Gustavo Tarre Briceño – RunRunes – 9 de Octubre 2017

Unknown.jpegEl viejo Karl Schmidt, soporte intelectual del autoritarismo del siglo XX, definió la política como el enfrentamiento entre amigos y enemigos. Hugo Chávez posiblemente nunca leyó a Schmidt, pero lo intuyó: el socialismo del siglo XXI no tiene adversarios, como ocurre en las democracias, sino enemigos. Producto de su mentalidad fascista y de su formación militar, se trazó un objetivo: Destruir a los que se atrevieran a pensar distinto. Plomo, gas del bueno, insultos, calumnias, trampas, cárcel, torturas, exilio, intolerancia y descalificación.

A la oposición, a los demócratas, no nos está permitido responder con las mismas armas. Tenemos una limitación ética y no queremos parecernos a ellos: no podemos asesinar, ni torturar, ni calumniar, ni descalificar. Nuestras armas son la verdad y la ley. Pero eso no significa que debamos disminuir la contundencia y radicalidad de nuestra respuesta. Debemos tomar todas las iniciativas que conduzcan a la derrota de quienes nos consideran “enemigos” y quieren destruirnos.

Frente a las elecciones regionales cabían dos posibilidades, diría Perogrullo: participar o no participar.

Por un cúmulo de razones que en su momento traté de explicar con la mayor claridad, propuse no participar en estos comicios. No voy a repetir mis argumentos. El hecho es que la mayoría del liderazgo político venezolano decidió de manera distinta y a mí y a muchos como yo nos quedaban también dos posturas: la primera, mantenernos en nuestra posición y dejar que aquellos amigos que decidieron ir a votar dieran su pelea solos. Hablo de amigos porque muchos de ellos efectivamente lo son, pero lo fundamental es que “todos los enemigos de mi enemigo son mis amigos”.

Hoy en día mis amigos van desde Leopoldo López, por quien siento no solo cariño, comprensión y admiración, sino que también incluyo a Luisa Ortega Díaz que fue instrumento principal de mi salida del país. Y entre esos dos extremos están todos los venezolanos que piensan que la prioridad única es salir de Maduro y de su pandilla de ladrones y criminales. Todos son mis amigos, cualquiera que sea el camino que escojan para librar la batalla.

Por eso pongo mi granito de arena y pido a los venezolanos que vayan a votar, que se coloquen del lado de los amigos, así estos se hayan equivocado. No se trata de “preservar” unos espacios que sigo creyendo que no existen, sino de derrotar de manera aplastante al enemigo de todos: Nicolás Maduro.

Sabemos muy bien que los gobernadores electos serán perseguidos, acosados, encarcelados, privados de presupuesto y de sus competencias constitucionales. Pero eso no es lo que importa. Lo que realmente debemos buscar es la expresión masiva del rechazo popular al payaso que pretende gobernarnos. Y un mensaje a Raúl Castro, el dueño del circo…

¿Qué quiere el gobierno? Ganar “limpiamente” estas elecciones. Por ello, no votar es votar por el PSUV.

No caben medias tintas, no basta con “no llamar a la abstención”. Se trata de movilizar, de revivir un entusiasmo que ha venido mermando, de respaldar a quienes están en la calle, arriesgando mucho, pidiendo el voto.

Por eso llamo a mis grandes amigos María Corina Machado y Antonio Ledezma a dar un paso más y ser los primeros en ir, en la madrugada del 15 de octubre, a su centro de votación (si es que a Antonio se lo permiten) y que lo anuncien desde ya.

No se trata de aplicar aquel viejo dicho: “A los amigos, con la razón o sin ella”, porque a quienes decidieron participar en estas elecciones le pudieran faltar “razones” pero les sobre la “razón”. Puedo no compartir ni la táctica, ni la estrategia; me disgusta muchísimo la forma de tomar las decisiones y la pobre manera de comunicarla, pero están tratando, a pesar de todos los desaciertos, de reconquistar la democracia. No son los medios que yo hubiera deseado, no son los tiempos que a mí me gustarían, muchas veces no me agrada el discurso y carecen de una buena narrativa, pero entre los dos bandos que se enfrentan el 15 de octubre, sé muy bien cuál quiero yo que pierda.

Son pocos los medios que están a nuestro alcance para expresar nuestra opinión en la Venezuela de hoy, pero todos tenemos derecho de expresarla, todos tenemos mucho que decir, que exigir, que reclamar, que responder. “DILO CON TU VOTO

La abstención en política por Eddie A. Ramírez S. – Noticiero Digital – 10 de Octubre 2017

 

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La abstención es una herramienta. Como tal, no es ni buena, ni mala. Todo depende del ambiente en que será utilizada, del trabajo a realizar y de la destreza de quien la maneje. En tiempos de democracia algunos no acuden a votar porque los candidatos no los convencen, pero ningún político hace campaña directa o indirectamente por la abstención. Bajo regímenes dictatoriales, líderes de partidos y opinadores suelen debatir sobre la conveniencia o no de votar.

En una dictadura se justifica la abstención como herramienta para derrocar al régimen: 1- Si existe un ambiente de rebelión popular, con gente masivamente dispuesta al sacrificio supremo, a permanecer indefinidamente en la calle o a participar en una huelga general contundente y de larga duración. 2- Si el ejército no está dispuesto a reprimir la protesta.

¿Están dados estos requisitos? Evidentemente no. Hemos presenciado grandes marchas, pero solo por unas horas; la huelga general no ha tenido gran acogida debido a la represión del régimen y la retaliación por parte de los paramilitares rojos, y la guardia nacional ha asesinado y atacado con saña a los manifestantes, con el visto bueno de los otros componentes de la Fuerza Armada.

En las parlamentarias del 2005 los partidos políticos llamaron a la abstención para intentar presionar cambios en el tramposo CNE, pero conscientes de que esa abstención no les causaría mayor daño político ya que, según sus cálculos, no podían obtener más de una docena de diputados. Es una falacia seguir insistiendo en que en esa oportunidad entregamos la Asamblea Nacional. Éramos minoría. Aunque esa abstención se justificó, tampoco logramos el objetivo.

Hoy somos mayoría, tenemos a favor la Asamblea Nacional y la opinión internacional. Abstenerse porque el CNE está parcializado, porque el régimen es ventajista e intentará hacer trampa para que ganen algunos de sus candidatos, porque inhabilitará a nuestros candidatos, le quitará funciones a los electos o los pondrá presos son motivos para seguir protestando, pero no para abstenerse ya que el voto es una herramienta de disconformidad.

Abstenerse porque votando estamos renunciando al mandato del 16 de octubre es no entender que en dictadura ese mandato era imposible de cumplir. Políticamente era conveniente esa consulta, como lo evidenció la opinión internacional, pero era una herramienta inapropiada para salir del régimen. ¿Nos engañaron sus proponentes? No! El objetivo era movilizar gente, reforzar la condena a la dictadura de Maduro por parte de países democráticos que ya estaban sensibilizados por la violenta represión en contra
de nuestros héroes de la calle y evidenciar que somos mayoría.

Algunos critican que varios de nuestros dirigentes siembran esperanzas sin contar con la semilla adecuada, pero cualquiera que haya estado preso, exiliado o en malas condiciones se acuesta pensando que al día siguiente se resolverá su situación. La esperanza es lo último que se pierde y la herramienta de que disponemos para seguir en la agonía por la vida. Es decir, en la lucha diaria.

Es cierto que el régimen ha hecho trampas y ha puesto al servicio de sus candidatos todos los recursos del Estado, pero cuando hemos sido mayoría y contado con testigos no ha podido arrebatarnos el triunfo. Esto quedó demostrado en las parlamentarias del 2015 ¿o acaso alguien puede pensar que nos regalaron 212 diputados para aparentar que estamos en democracia?

En el referendo del 2007 sostuve, hasta pocos días antes, que no deberíamos someter a votación derechos que nos otorgaba la Constitución. Para ello esgrimí principios y valores. Sin embargo, ante el llamado de los obispos a ejercer nuestro voto para rechazar la infame propuesta roja, recapacité y declaré a favor del voto. Acaté el llamado porque consideré que era absurdo pensar que tenía más principios y valores que los integrantes de la Conferencia Episcopal. Ese referendo lo ganamos los demócratas.

Hoy, nuestros obispos y todos los partidos de oposición, salvo dos, instan a votar. Ojalá Vente Venezuela y Alianza Bravo Pueblo se sumen al llamado. Somos inmensa mayoría y las circunstancias indican que solo contamos con la herramienta del voto. Cabe recordar a quienes no votan por ser indiferentes lo dicho por el gran líder judío Elie Wiesel “la indiferencia es siempre el amigo del enemigo, ya que beneficia al agresor, nunca a la víctima, cuya pena se magnifica cuando se siente olvidada”. Si no votamos por indiferencia estaremos dando un mensaje desalentador a nuestros presos, exiliados y perseguidos. Alterando lo dicho sobre el asesinato del duque de Enghien, podría decirse que no votar sería un crimen y un error. Gustavo Tarre lo expresó muy bien:”Entre los dos bandos, sé muy bien cuál quiero yo que pierda”.

Como (había) en botica: La independencia de Cataluña sería un anacronismo. Felicitamos al ingeniero Diego González por su incorporación a la Academia de la Ingeniería y el Hábitat. Su trabajo de incorporación debe formar parte de la propuesta para un nuevo gobierno¡No más prisioneros políticos, ni exiliados!

¿Una nación de suicidas? por Tulio Hernández – El Nacional – 1 de Octubre 2017

1480238570963.jpgNo es monopolio de los gobernantes. Cuando una sociedad está enferma, la mayoría de sus integrantes también lo está. La cúpula es siempre la más enajenada. Pero las víctimas suelen ser también presas de patologías extremas.

Perturbado, por ejemplo, estaba el pueblo mejor educado de Europa, el alemán. Terminó seducido, como una adolescente ilusa, por Adolfo Hitler. Un sargento neurótico con derecho de exterminar con el apoyo popular a humanos considerados pecaminosos. Judíos. Comunistas. Homosexuales.

Perturbadas también estaban sus víctimas. Las del Holocausto. Que como lo cuenta Primo Levi en Si esto es un hombre, llegaban a situaciones de confusión mental, desesperación irracional o pérdida de la dignidad con tal de sobrevivir en medio de tanta privación.

II

Eso, intuyo, nos está ocurriendo a buena parte de los venezolanos en medio de la debacle terminal que padecemos desde hace por lo menos 24 años. Desde que Rafael Caldera, en su rol de Saturno devorando a sus hijos, llegó al poder asesinando al partido que fundó. El disparo en el pecho a la democracia bipartidista. Es mi hipótesis delirante: “La tentación del suicidio político se ha convertido en Venezuela en una tradición moderna”.

Suicidas fueron los liderazgos de AD y Copei negándose a emprender los cambios urgentes que las alarmas encendidas –Caracazo, golpes militares, estudios académicos– reclamaban. Aprendices de suicidas fueron los protagonistas del Carbonazo, que convirtieron una rebelión popular de masas en onanista opereta bufa. Atornillaron en el poder a Hugo Chávez. Le dieron el oxígeno que la realidad política le negaba.

Suicida la dirigencia política opositora que, en 2005, ordenando abstención, le regaló a la tiranía roja bananera el poder absoluto en la Asamblea Nacional. Y suicida, más suicida pero con más suerte que los anteriores, la terquedad de la dirigencia chavista empeñada en seguir las fórmulas de un modelo, los estatismos comunistas, fracasado en todos los lugares donde triunfó.

Cada cierto tempo algún venezolano actualiza aquella frase cruel: “Estábamos al borde del abismo, pero hoy hemos dado un paso al frente”.

III

Ahora nos enfrentamos a un nuevo círculo suicida: la obsesiva élite parapolítica que, desde su templo mayor en Miami, predica la abstención para las próximas elecciones de gobernadores.

¿Quiénes son? Lo podemos inferir por sus rostros más visibles. Como el de Diego Arria. Una claque de políticos menores, eternos derrotados, que nunca ha obtenido un cargo importante de elección popular. Un club de corazones solitarios.

¿Qué argumentan? Que ir a elecciones es legitimar el poder de lo chavomaduristas y traicionar las luchas de calle que tantos muertos dejaron

¿En qué se equivocan? En que el chavomadurismo no necesita legitimarse porque ejerce su poder al margen de la ley y la Constitución. Es un gobierno de fuerza. Así convoque a elecciones, luego de las sanciones de Estados Unidos y Canadá, en el escenario internacional, es un Estado forajido. Pero si se les deja, si logran, gracias a la abstención, hacerse de todas las gobernaciones en elecciones democráticas, les estaremos regalando otra bombona de oxígeno.

¿Y los muertos? ¿Los estamos traicionando? Por supuesto que no. Lamentablemente toda lucha contra un gobierno de terror se lleva, siempre, muchas vidas. 30.000 se cargaron los gobiernos militares de la Argentina. Y, al final, hubo que negociar una salida. Porque, entre otros que manejan el sentido común, Sun Tzu nos ha enseñado que una de las artes mayores de la guerra es saber cuándo replegarse. No vale la pena seguir llevando muertos, que honramos, al molino de los rojos si sabemos que no podemos derrotarlos con palos y piedras. Dos pasos adelante, uno atrás, decían en Vietnam. Y derrotaron a los gringos.

IV

Entonces solo nos queda la lucha política. Que los abstencionistas de Miami, allá ellos, aguarden pacientemente la llegada de los Marines vía Los Roques. Que se bronceen a la espera de que los militares rebeldes salgan del clóset. O que terminen de armar el Frente de Liberación Nacional Comandante Urdaneta. Mientras tanto a nosotros, a los mortales, a los de a pie, solo nos queda ir a elecciones porque en democracia menguada quien abandona un espacio de lucha no tiene perdón de Dios.

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