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El chavismo se hace con el control de los municipios, con más del 70% de abstención por Francesco Manetto – El País – 10 de Diciembre 2018

El régimen se queda solo, sin contrapoder, al frente de todas las instituciones de Venezuela tras las elecciones locales de este domingo

Uno de los colegios electorales durante la jornada FOTO: EFE I VIDEO: REUTERS

El chavismo se hizo este domingo con el control de los municipios venezolanos en unas elecciones locales celebradas sin oposición y en medio del desinterés general de la población. La abstención, con el 92,3% de las actas transmitidas al Consejo Nacional Electoral (CNE), supera el 72% del censo. Esta es la traducción de la devastadora crisis económica y el deterioro democrático del país.  El régimen se ha quedado solo al frente de todas las instituciones, prácticamente sin contrapoder, con la excepción de la Asamblea Nacional de mayoría opositora despojada de facto de sus funciones en 2017. Ahora también se ha hecho con el dominio casi absoluto de las corporaciones municipales, conformadas por más de 2.400 concejales.

La deriva del Gobierno de Nicolás Maduro ha dejado en los últimos años dos herencias a los venezolanos. En primer lugar, una fractura social profunda, aparentemente insanable. En segundo lugar, un imparable desapego encarnado tanto por los sectores populares que auparon al presidente Hugo Chávez, más preocupados por abastecerse, como por los simpatizantes de la oposición, ahora menguantes por un éxodo multitudinario, que viven de espaldas a las autoridades. Los principales partidos críticos con el chavismo, en su mayoría inhabilitados, rechazaron además estos comicios por carecer de garantías.

Así lo hicieron también en las presidenciales de mayo, provocando una abstención histórica de casi el 54%. En los comicios municipales de 2013 la participación alcanzó el 58%, más del doble que la de este domingo, aunque en esa ocasión también se eligieron los alcaldes. Y hace justo un año, en la elección de regidores, acudió más del 47% de los venezolanos. El número dos del chavismo, Diosdado Cabello, dejó claro además que este domingo se cerraba un ciclo. “El panorama electoral queda despejado. No tenemos más elecciones hasta dentro de tres años”, recordó, mientras los líderes opositores hablaron de “farsa”.

La rutina instalada en el país ofrece, al menos en Caracas, una fotografía de dos grandes bloques sociales. De un lado se encuentran las bases del régimen, que a pesar de las constantes quejas por una crisis económica sin precedentes y una hiperinflación sin freno, siguen manifestando su apoyo al gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), que con toda probabilidad superará en estos comicios el 90% de los votos.

Al cierre de la campaña oficialista en Petare, uno de los barrios populares más extensos y poblados de América Latina, apenas acudieron unos cientos de simpatizantes. Gladys Arboleda, candidata en repetidas ocasiones, aseguraba que estos comicios “representan la paz para el país”. Tiene 50 años y lleva 20 en política. Es decir, desde que el expresidente Hugo Chávez logró su primera victoria, el 6 de diciembre de 1998. Admite los golpes que sufre la población, pero solo los achaca a la presión internacional y a la llamada “guerra económica”, uno de los mantras del Gobierno. “No podrán con nosotros”, proclamó, confiada de que los resultados fortalezcan a Maduro.

Esos datos, de hecho, no iban a ser ninguna sorpresa, debido a que fuerzas políticas como Voluntad Popular o Primero Justicia, las formaciones de Leopoldo López y Henrique Capriles, se niegan a aceptar una confrontación electoral con unas reglas del juego fijadas por el régimen. Precisamente, en ese espectro se encuentra otro gran bloque social, el de los opositores que ya no creen en la participación electoral y en muchos casos ni siquiera en la posibilidad de entablar un diálogo, después de varios intentos frustrados.

En ambos casos, la apatía o el rechazo de amplios sectores de la sociedad empañaron la enésima victoria del chavismo. Con ella Maduro pretende preparar el terreno para su toma de posesión del próximo 10 de enero. Ese día se iniciará un nuevo mandato después de ganar unas presidenciales rechazadas por la inmensa mayoría de la comunidad internacional.

Sin embargo, un recorrido por distintos municipios y sectores de Caracas, de Altamira a Petare, del municipio de Chacao, histórico bastión opositor, a Sucre, demostraba este domingo que los caraqueños estaban más pendientes de otros asuntos que de elegir a sus concejales. Al menos siete colegios electorales, del Andrés Bello al Jesús Arocha, lucían semivacíos, con raquíticas colas de votantes.

A eso se añade la circunstancia de que se trataba de unas elecciones cuestionadas una vez más por las principales instancias internacionales, de Washington a Bruselas. Con todo, Maduro y Cabello no mostraron ninguna preocupación. “Venezuela demuestra, nuevamente ante el mundo, su vocación democrática”, destacó el mandatario. El presidente de la Asamblea Nacional Constituyente despreció, en cambio, que la Unión Europea emita nuevas sanciones. “En verdad nos resbala, no nos importa absolutamente nada de lo que diga la UE”, dijo al ser preguntado al respecto.

Maduro y los fundamentalistas del voto por Ibsen Martínez – El País – 3 de Diciembre 2018

El fundamentalista del voto no es exactamente un protagonista de la clase política sino una figura ancilar de la misma

El presidente Nicolás Maduro en Maracay.
El presidente Nicolás Maduro en Maracay. REUTERS

Descuella en ese fandango de locos que es la Venezuela de Maduro la figura del fundamentalista del voto.

El fundamentalista del voto mete la mano cada tanto en su muestrario de lecturas de ciencia política para repartirlas al paso, como si fuesen octavillas, entre aquellos a quienes busca persuadir de que, a pesar de que los esbirros de Maduro puedan secuestrar funcionarios electos y luego de torturarlos, asesinarlos arrojándolos desde un décimo piso, los venezolanos amantes de la libertad no tienen más opción que votar en cuanta elección disponga la dictadura, así esté amañada según sus propios despóticos términos, desde hoy hasta la consumación de los siglos.

El fundamentalista del voto, ya lo dijimos, no es exactamente un protagonista de la clase política sino una figura ancilar de la misma. Esto es así porque las cabezas visibles de los pocos acorralados partidos de oposición no prodigan ya ideas, y mucho menos, libros: eso es cosa del siglo pasado, algo que solo podría ocurrírsele a un Rómulo Betancourt o a un Teodoro Petkoff. Para airear ideas sobre lo que conviene hacer para poner fin a la dictadura está el fundamentalista del voto.

El fundamentalista del voto suele ser un profesional de la demoscopia o un politólogo, o ambas cosas a la vez, y tiene acceso como articulista a los contados espacios de opinión que el régimen tolera. Lo esencial de su argumento es la denuncia del abstencionismo y, puesto a ello, es capaz de hacer del sofisma un deporte extremo.

Uno de ellos achaca el empantanamiento de la acción opositora al hecho de que, según el fundamentalista del voto, la política de oposición ha estado últimamente en manos de aficionados, de gente ingenua e impaciente, imbuida de un inconducente misticismo moral. Otro gallo cantaría, se nos dice, si los oficiantes fuesen políticos profesionales, curtida gente del gremio, gente dueña de los fríos saberes propios del oficio. No entenderlo así no es más que antipolítica.

Este argumento es groseramente fullero pues basta leer la prensa de atrás hacia adelante para constatar —sin hurgar mucho en la herida— que, desde al menos 2005, han sido veteranos políticos partidistas los jefes de la oposición.

Los despropósitos, los vaivenes, los tejemanejes electoreros, los diálogos en la trastienda, las metas incumplidas, los fracasos y en suma, la perpetuación de Nicolás Maduro en el poder, son achacables únicamente a ellos. El electorado, o por decir mejor, la gente moliente y sufriente, estuvo todo ese tiempo siempre atenta, no solo a votar, sino también a hacerse matar en la calle cuantas veces lo exigieron los profesionales del difícil arte de la política tan sacralizado por el fundamentalista del voto. Algún día la decepción universal tenía que manifestarse y así lo hizo en mayo pasado.

En esto del abstencionismo se ha llegado al extremo de afirmar que de haber elegido en mayo pasado —acudiendo en masa a unas elecciones claramente fraudulentas—, a Henri Falcón, ese sosías de Chávez, alguien que remeda al Comandante no solo al hablar, sino hasta en el tono de las corbatas, ya a estas alturas estaríamos viendo los frutos de un gobierno de reconciliación y concordia nacionales, un gobierno restaurador de la economía de mercado y la democracia liberal. ¿Quién se interpuso? ¿Quién nos robó ese rutilante desenlace de nuestra tragedia? Nada menos que el 54% del padrón electoral que se abstuvo de votar.

El fundamentalismo atribuye esas cifras a protervos trolls y bots alentados por el gran Partido Abstencionista de la Burguesía Apátrida y Proyanqui que expresa a la facción plutócrata de la oposición liderada por María Corina Machado. El fundamentalismo niega que el electorado se haya abstenido soberanamente: fueron anónimos tuiteros quienes lo engatusaron.

El fundamentalismo finge creer que votar en las elecciones municipales, pautadas por la dictadura para el venidero 9 de diciembre, es el primer paso en la recuperación de nuestra democracia.

El fundamentalismo del voto es la zarza ardiente desde la que Nicolás Maduro habla y nos pide el voto.

La secta extremista por Fernando Mires – Blog Polis – 18 de Noviembre 2018

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“A esa secta (extremista) la vamos a combatir, porque los que estamos en el centro combatimos a los extremos” (Henrique Capriles)

Pocas veces Henrique Capriles había sido tan duro para calificar a esa fracción de la oposición opuesta a todo diálogo y alternativa electoral, partidaria de salidas golpistas e invasionistas. Fue, el suyo –no puede ser entendido de otro modo- un abierto llamado al deslinde en aras de la reconstrucción de una política de centro, una ruptura que busca una alternativa contra dos extremos: la secta que ocupa el estado y la otra apegada parasitariamente a la oposición democrática. El término secta no pudo ser mejor elegido.

  Una secta, política o no, es un grupo cerrado, unido por una convicción que no acepta réplica, fanatizado alrededor de algunas figuras estelares, sin programa de acción definido, cuya tendencia predominante es la realización de prácticas simbólicas ausentes de toda vinculación social donde predominan alocuciones épicas en desmedro de los problemas concretos que signan la vida de una nación. 

Secta: mucho más apropiado que el calificativo de ultraderecha usado hasta ahora por una gran parte de sus adversarios. Por un lado el término derecha se entiende como alternativa frente a una izquierda en el marco de un debate parlamentario, algo que evidentemente no existe en Venezuela. Por otro, en Venezuela tampoco existe una fuerte derecha histórica como en Argentina, Colombia, o Uruguay. Ni una “aristocracia” de origen agrario, defensora de la tradición, la religión, la patria y la familia, como en Ecuador, Perú o Bolivia. Ni una fuerte derecha empresarial, como en Chile, Brasil o México.

“En este país no hay derecha”, es frase socorrida entre los comentaristas políticos venezolanos. Y no se equivocan. Ellos tienen ante su propia vista un espectro político correspondiente al auge petrolero, al crecimiento de las universidades y otros institutos de educación superior y, por cierto, a la proliferación de sectores intermedios orientados más al consumo que a la producción de bienes. Desde ese espectro ha surgido la mayoría de las iniciativas destinadas a ganar el apoyo de los sectores subalternos de la sociedad.

Traducido a la terminología política, los partidos venezolanos no se han constituido en base al principio de representación, sino de acuerdo al seguimiento a caudillos carismáticos e ideologías macro-históricas. Venezuela es efectivamente uno de los pocos países del mundo donde sus intelectuales siguen discutiendo en términos hiper-ideológicos, como si la guerra fría hubiera continuado y el muro de Berlín nunca hubiera caído. En otras palabras, en Venezuela se dan todas las condiciones para que los partidos tiendan a su autonomización y por lo mismo a regirse por dinámicas que no obedecen a otra lógica que no sea la de su autoreproducción.

Sin embargo, hay que tener en cuenta que la formación de sectas extremistas es consustancial a todas las luchas anti-dictatoriales. Así ocurrió en la Sudáfrica de Mandela, cuando grupos extremistas negaron su apoyo al diálogo que sacaría al país del Apartheid, lo que no arredró al recordado Madiba, aún al precio de perder por algunos momentos su gran popularidad. Así ocurrió en Polonia cuando fracciones integristas católicas se opusieron con saña al diálogo establecido entre Walesa y el general Jaruzelski. Así ocurrió en Chile, cuando el extremismo de izquierda se opuso al plebiscito, llamando a la abstención, bajo el argumento de que participar significaba legitimar a la dictadura.

En Venezuela, el extremismo en la oposición tiene, además, una larga data. De hecho ha sido copartícipe de la historia del chavismo desde sus propios orígenes. En todas las derrotas de la oposición el extremismo ha impuesto su iniciativa. Así ha sido desde el paro petrolero del 2002, del abstencionismo del 2005, pasando por la “salida” del 2014, hasta llegar al ominoso 20-M. En cambio, todas las victorias de la oposición, desde el plebiscito del 2007, la conquista de muchas alcaldías y gobernaciones, hasta culminar el 6-D, han ocurrido cuando la oposición ha sabido deslindarse del extremismo, caminando decididamente por la ruta electoral. Su única ruta.

¿Por qué Capriles propuso ahora y no antes deslindar a la oposición democrática de la por él muy bien llamada secta extremista? Las razones parecen ser obvias. Desde que Julio Borges diera por fracasado el diálogo en la República Dominicana, es decir, desde que la oposición debido a su incapacidad para levantar una candidatura decidiera regalar a Maduro el gobierno usando como pretexto la existencia de una comunidad internacional que no existía, esa oposición comenzaría a disolverse en el magma de la nada. El 20 M será recordado como uno de los más grandes errores, quizás el más aberrante cometido por alguna oposición política en toda la historia de América Latina.

Pero no volvamos a repetir el relato de esa historia tan tristemente conocida. Lo cierto es que al haber renunciado la oposición a ser oposición en el único terreno donde podía serlo, abrió todos los espacios para que sobre el vacío de política por ella misma generado, comenzaran a hacer acto de presencia los profetas de la nada, vale decir, la secta extremista señalizada por Capriles.

  Puede que el llamado de Capriles a deslindar posiciones ya sea algo tardío. Desde que la oposición renunció a oponerse, e incluso desde que parlamentarios elegidos por sufragio popular optaran por convertir a la propia AN en un escenario circense de espectáculos sin significado político, la secta se siente como en su casa. La señora MCM realiza giras presidenciales sin elecciones a la vista, con el manifiesto propósito de mostrarse como única líder en el caso hipotético de un golpe o invasión. Cada una de sus presentaciones lleva el signo de los empresarios que la fomentan. Como toda secta, la de los extremistas, vive de sus propias -muy bien financiadas- fantasías.

La política es considerada por los financistas de la secta en su pura expresión mercantil. De lo que se trata es lanzar al mercado el mismo producto, pero con distinto nombre. El slogan -puede ser “Maduro renuncia”, “Vete ya”, “faltan pocos días”, “el quiebre ya llegó”, y otros más- debe ser siempre renovado. Aunque todo ese palabreo vacío no obedezca a ninguna estrategia política, sirve a la secta para mantener la atención del público sobre la novedad del producto. Lo importante -y aquí hay una notable coincidencia entre la secta y Maduro- es sabotear cualquiera iniciativa electoral. Al fin y al cabo, las dos sectas, la del poder y la de los extremistas, saben que, aún en elecciones no libres, es decir, aún “con ese CNE”, ninguna tendría una chance real como tampoco la tuvieron el 6-D. Más aún, para ambas sectas las elecciones podrían llegar a ser un campo de movilizaciones sociales que terminarían por arrebatar a ellos, no la hegemonía (nunca la han tenido) pero sí el protagonismo mediático del que hoy disfrutan.

  El llamado de Capriles a combatir a la secta es loable pero -hay que decirlo-  insuficiente. Y lo será mientras nadie diga cómo hacer ese combate. ¿Con lucha ideológica, polémicas o debates públicos? Imposible. Sabido es que las sectas no discuten: solo dictaminan, difaman o insultan. Solo queda entonces una posibilidad para volver a ocupar el centro de la política: Recuperar la ruta electoral echada tan irresponsablemente por la borda y enfrentar al régimen en el terreno donde es ahora más débil que nunca. Eso debió haberlo dicho Capriles. Habría sido el corolario lógico de su llamado a combatir a la secta. ¿Por qué no lo dijo? Es un  misterio.

El problema es que los partidos de la oposición, en otro de sus actos de autocriminalidad, han renunciado, esta vez tácitamente, a apoyar a candidaturas en las municipales del 9-D. Da la impresión de que ya las han dado por perdidas. Pues no enfrentar esas elecciones tan decisivas para la gente que habita en comunas, es un acto que solo puede ser interpretado con una sola palabra: rendición.

  Sin participación activa en las lides electorales nunca habrá centro político. Y sin centro político solo hay cabida para las dos sectas. ¿O está esperando esa oposición, siguiendo la locura de la secta, el eclipse solar del 10-01? ¿El día en el que Maduro será derribado porque la “Comunidad Internacional” no reconocerá esa elección que ganó limpiamente gracias a una oposición suicida?

Si es así, la oposición venezolana asistirá ese día a sus propios funerales. Y la secta extremista (Capriles dixit) seguirá bailando sobre la cubierta del Titanic mientras el que fuera el gran barco de la oposición terminará por hundirse hasta llegar a las últimas profundidades de su propio océano.

Unidad y deslinde por Enrique Ochoa Antich – TalCual – 10 de Julio 2018

Unknown.jpegNo cabe duda: la separación de AD de la MUD abre una nueva etapa en la conformación de la oposición venezolana. Hasta hace pocos días, juntos, el colectivo al cual pertenezco, pensaba sugerir que la Concertación le propusiese a la MUD una coordinación semanal, y así, más allá de las diferencias, poder acordarnos en puntos como alianzas electorales y protestas de calle. Pero ahora no sé si una propuesta como ésa tiene sentido o viabilidad. Una constatación: la MUD está pagando el costo de haberse separado de la ruta democrática al proponer la abstención para el 20M. Fue un error grave que no podía pasar impune.

Se está produciendo, tal vez más cruentamente de lo esperado, el deslinde que algunos propusimos en 2014. Ese año, luego de las criminales guarimbas impuestas como hecho cumplido por Voluntad Popular, María Corina Machado y ABP/Ledezma, varios voceros de la MUD recomendamos, incluso por escrito, que AD, PJ y UNT conformaran una nueva alianza en todo comprometida con la ruta democrática: pacífica, civil, electoral, constitucional, dialoguista y ajena a todo tutelaje extranjero. Pero el unitarismo, es decir, esa atrofia de convertir a la unidad en un fin en sí mismo, terminó por imponerse tratando de conciliar lo irreconciliable: voto y abstención, paz y violencia, diálogo y golpe militar, sanciones y soberanía. Hoy puedo decir sin temor a equivocarme que, como lo alertamos entonces, el costo de ese deslinde habría sido mucho menor en 2014 de lo que ha sido ahora.

La candidatura de Falcón y la articulación de la Concertación por el Cambio, plenamente comprometida con la ruta democrática, y el llamado a la abstención de la MUD y ahora la separación de AD, son expresiones de ese deslinde tardío pero necesario. Claro, la unidad es importante, sin embargo no puede ser convertida en un tótem. La unidad es algo deseable pero no asegura por sí misma el éxito: todos unidos, tomados de la mano, por el camino incorrecto, nunca llegaremos a la meta: lo fundamental es la estrategia que escojamos, no sólo la unidad. En política a veces las sumas restan y las divisiones multiplican porque, como decía Mitterrand, la política y la aritmética no son hermanas gemelas.

Echemos una ojeada a la conformación actual de la oposición. En ella coexisten tres modos diferentes de hacer oposición:

Una oposición es la extremista, la que, como propone Machado, busca “salir por la fuerza” del gobierno: se trata de una oposición que es siempre abstencionista, que nunca participaría de ningún diálogo, que acepta la protesta violenta, que propicia un golpe militar y/o una intervención militar extranjera: eso sí, su virtud es la coherencia: María Corina, por ejemplo, dice lo que piensa y hace lo que dice.

Otra es la democrática, que también es coherente, representada hoy por la Concertación por el Cambio, que siempre defenderá el voto como un instrumento principalísimo de lucha popular, siempre estará disponible para el diálogo y la negociación, que propicia la protesta social de calle pero pacífica, y que nunca favorecerá ni golpes ni invasiones extranjeras.

Y hay una tercera, la que representa la MUD, que me gusta llamar con las debidas disculpas “oposición merengue”: un pasito para allá y otro para acá, que hoy se abstiene pero mañana participa, que va al diálogo pero se levanta intempestivamente de la mesa de negociaciones, que dice creer en la ruta electoral pero no le incomoda una salida militar nacional o extranjera: es como si hubiese ingerido el memorable bebedizo del Dr. Jekyll y del fondo sombrío de su alma le surgiese por períodos cada vez más prolongados algún terrible Mr. Hyde: su principal defecto, como perciben los ciudadanos, es la incoherencia, esa trágica y perpetua contradicción consigo misma.

Si queremos pensar en un nuevo modelo unitario, debemos aceptar, aunque resulte paradójico, que ahora la unidad debe construirse a partir del reconocimiento de este deslinde entre extremistas y demócratas, participacionista y abstencionistas, pacifistas y violentos, dialoguistas y no dialoguistas, soberanistas e intervencionistas. Cada partido y organización debe escoger de qué lado está, y, comprometiéndose todos a coexistir dentro del respeto y sin descalificaciones, dejar que el pueblo decida cuál de estas visiones determinará el rumbo de la oposición y del cambio político. Quizá en este escenario ya la MUD no tenga razón de ser.

Podríamos desanimarnos ante este espectáculo. Pero la oposición ha probado en el pasado una enorme capacidad de recuperación:

Luego de que el extremismo se apoderara de ella de 2002 a 2005 (intentona golpista, paro, abstención), la candidatura de Teodoro removió las aguas estancadas y luego el pacto Petkoff-Rosales-Borges dio paso a la ruta democrática que de inmediato, en 2007, obtuvo una importante victoria durante el referendo constitucional y contra el más poderoso, popular y adinerado Chávez.

Luego de las derrotas de 2012 y 2013 (elecciones presidenciales, elecciones municipales) y de que el extremismo hiciese de nuevo de las suyas en 2014 (protestas de calle violentas con saldo lamentable de vidas humanas, por cierto, causadas mitad/mitad por lado y lado), la oposición ganó la AN y haciendo uso del sistema electoral mayoritario ideado por el chavismo, conquistó sus dos terceras partes.

Así que ya lo hemos hecho. Estoy cierto de toda certeza de que lo volveremos a hacer. Lo que vivimos hoy son los dolores de un parto largamente esperado. Una nueva oposición está naciendo

La nueva vieja oposición por Ibsen Martínez – El País – 25 de Junio 2018

Las tribulaciones del venezolano común no dejan ánimo ni tiempo para discernir si el fin de sus padecimientos y penurias pasa o no por la abstención o el voto
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La oposición venezolana se ha enzarzado en un torneo de diatribas entre dos bandos. Cada bando se ha tornado irrelevante a los ojos de sus compatriotas. Las tribulaciones del ciudadano común no dejan ánimo ni tiempo para discernir si el fin de sus padecimientos y penurias pasa o no por la abstención o el voto.

Ocupados en sobrevivir a una descomunal tragedia humanitaria, los venezolanos libran batallas de antemano perdidas contra la hambruna y las enfermedades. Lo hacen en medio de la total disfunción de un Estado asesino, inepto y en quiebra. Con sus líderes más caracterizados vagando en el exilio, o bien encarcelados o acosados día y noche, la postrada oposición venezolana vive su hora más tenebrosa.

Pese a todo, ella registra una reciente florescencia partidaria de votar en cuanta elección convoque fraudulentamente el usurpador Maduro de ahora en adelante hasta la consumación de los siglos.
La tendencia, autodenominada “Concertación por el Cambio”, surge encabezada por Henri Falcón, exmilitar, chavista de la primera hora y como tal elegido gobernador del Estado Lara hace una década, antes de hacerse opositor al régimen. Finalmente, se desprendió de la MUD (Mesa de Unidad Democrática) para participar en la farsa electoral del pasado 20 de mayo.

Las promesas electorales de Falcón eran derrotar a Maduro y conducir luego una ordenada transición hacia un Gobierno plural, de concordia nacional, animado por un espíritu de diálogo y reconciliación. Un Gobierno dispuesto a liberar a todos los presos políticos, abrir un canal humanitario internacional, dolarizar la economía y entablar trato con el Fondo Monetario Internacional.

Todas las encuestas a la mano indicaban unánimemente que más del 80% de la población aborrece a Maduro y está hasta los epiplones del socialismo del siglo XXI. Ante la posibilidad de votar por un candidato único que adversase a Maduro, el voto mayoritario en favor de Falcón estaba asegurado y la maquinaria del fraude no tendría margen alguno. Así, al menos, veían las cosas en su comando de campaña hace poco más de un mes.

Maduro ganó sus elecciones con una ventaja inverosímil y una abstención electoral cercana al 70%. Aunque luego ha impugnado los resultados, Falcón se apresuró a reconocer la derrota y culpar de ella a una perversa campaña abstencionista alentada mezquinamente por la MUD.

La justificada desafección de los venezolanos hacia la MUD, ¡y hacia Falcón, en tanto que vástago de la misma!, ha sido condenada por Falcón y los suyos como suicida frivolidad antipolítica. El falconismo no entiende la abstención de mayo como expresión de un sentimiento colectivo en el que se mezclan a partes iguales el reproche a toda la dirigencia opositora por sus trapisondistas diálogos con la dictadura y el repudio a la farsa electoral orquestada por Maduro.

Hay que decir que en el curso de los 36 meses que han seguido al triunfo electoral que otorgó a la MUD el control de la Asamblea Legislativa, los partidos que la integran han obrado con oportunista desparpajo, equiparable en todo al de Falcón, a la hora de participar en elecciones carentes de toda garantía.

El grito de guerra del falconismo fue “se gana con votos, no con condiciones”, en socarrona alusión a la exigencia de condiciones electorales creíbles que la comunidad internacional viene exigiendo.

La MUD ya lo había hecho suyo cuando acudió en 2017 a unas elecciones regionales convocadas por la Constituyente fraudulenta, prescindiendo de las consignas con que aquel mismo año había invitado a tomar las calles donde murieron centenares de manifestantes en aras del derecho a votar libremente en elecciones transparentes.

Hay veces en que, para mal de todos, a la antipolítica le sobran razones.

 

Venezuela luego del proceso electoral por Luis Vicente León – ProDaVinci – 27 de Mayo 2018

lvl-300x359Habiamos escrito en este espacio sobre los posibles escenarios electorales para Venezuela, las incertidumbres críticas que los definian, así como sus predeterminados. Ocurrió en fecha, la variable definitoria fue la participación y el escenario al que dimos mayor probabilidad de ocurrencia se cumplió: Maduro retuvo el poder, empujado por una fuerte abstención y por el control institucional del Estado, en medio de una elección llena de vicios, miedo y ventajismo.

Aún sí, el resultado anunciado por el CNE para Maduro es muy pobre en términos de la participación de su propia base de soporte. Ni siquiera el chavismo, con toda su maquinaria, los recursos del Estado y la presión social fue capaz de mover una cantidad de electores chavistas similar a los eventos electorales previos. Se vanagloria de obtener 68% de los votos, en una elección que presenta la más alta tasa de abstención de un evento presidencial en Venezuela y en el que obtiene menos de un tercio de los votos potenciales del país. Esta elección adelantada no logró el objetivo de legitimación que buscaba. Todo lo contrario, se multiplican y refuerzan las denuncias de fraude y abuso de poder, se reunifica puntualmente la oposición, al menos en el aspecto de desconocimiento electoral y de legitimidad de origen, y la comunidad internacional reacciona en negativo, como era de esperar, agudizando sanciones y restringiendo, incluso en el caso de países de América Latina, las relaciones diplomáticas con Venezuela.

Las probabilidades de que el gobierno logre salir de la crisis de legitimidad por medio de una negociación política que distienda la situación interna son muy bajas y los escenarios que se plantean para el futuro cercano son negativos. Más sanciones, más crisis económica, más tensión interna e internacional y más represión del gobierno para evitar los riesgos inherentes a un país en crisis. El discurso de Maduro hacia el sector privado es amenazante, por lo que la posibilidad de un acuerdo por esa vía, se ve limitada. Y las amenazas y la represión, tampoco servirán -nunca han servido- para controlar el desborde cambiario y de precios, que hace la situación económica del país insostenible. La hiperinflación, por otra parte, hará lo que siempre ha hecho: incrementar sus costos exponencialmente y obligar a cambiar el modelo, quieran o no.

Las sanciones internacionales económicas, financieras y petroleras que se disparan contra la economía en general afectarán a todos los actores internos, no sólo al gobierno. Este último probablemente intentará construir un nuevo mapa de relaciones económicas internacionales, una estrategia clásica en países bajo sanciones. Aliados económicos no convencionales, pagos por compensación de deudas (para evitar transferencias) , reorientación de clientes y proveedores, y primitivizacion de la economía. Pero algo parece claro. La situación interna del chavismo es compleja. El triunfo de Maduro es débil y los propios chavistas tienen que ver su futuro y el de sus familias en riesgo severo frente a un mundo que los tiene en la mira.

El riesgo de fractura sigue presente y Maduro intenta controlarlo, por lo que la persecución interna en el chavismo clásico y el sector militar continuará y se agudizará, generando quizás miedo, pero también riesgos de implosión. Mientras tanto, la oposición sigue teniendo el reto gigante de abandonar la retórica política y todo aquello que los debilite y divida y convertir su símbolo de ilegitimidad del gobierno en acción para provocar los cambios antes de que se la coma la desesperanza y la frustración, como ocurrió antes en países con gobiernos ilegítimos y sancionados como Cuba, Corea, Zimbabue y Siria.

Post Mortem de la farsa por Ramón Peña – La Patilla – 28 de Mayo 2018

Casi intrascendente el reciente sainete electoral. Los comicios presidenciales más grises que se recuerden. Lánguidas todas las figuras en competencia. Pero sobre todo un clima inédito de desgano y apatía política. Era difícil esperar algo distinto de una sociedad ahogada en el escepticismo y agobiada por una fatigosa e improductiva rutina cotidiana. La del diario esfuerzo por conciliar medios de pago con los precios anarquizados de los alimentos, insolarse para acceder a los cajeros automáticos por unos pocos billetes, o huir presurosos de las calles antes de la conjeturada caída de la noche. Unas elecciones convocadas con la expresa intención de que no habría nada distinto que esperar, salvo la prórroga en el poder del terrible estado de cosas. Una balandronada desde su origen, como lo anunció uno de los matones de la banda cuando advirtió: “Si nos aplican sanciones, haremos elecciones”. Efectivamente, las elecciones, bajo este régimen, en lugar de una oportunidad, son una amenaza para las mayorías.

El hecho notable del evento: la abstención superior a 60%, un acto de desobediencia, insinuante de la potencialidad unitaria de la oposición. Una voluntad apenas ensombrecida por la disensión de las dos candidaturas sobrevenidas. Aunque fue una acción inacabada, sirve de preámbulo para necesarias movilizaciones de masas, que aguardan por un liderazgo político con ruta estratégica y unitaria de resistencia.

En cuanto al “triunfador” de la farsa: el más gris entre los grises, un paria impopular dentro y fuera del país. Líder de un régimen sostenido por las bayonetas que todavía le son fieles y unidos sus capitostes por el espanto de verse expuestos a la justicia nacional y planetaria. Depredadores de lo que resta de una economía arruinada y sin crédito, que presagia una inminente catástrofe.

Demostrada una vez más la fuerza de la mayoría, es tiempo para comenzar a hacer algo distinto que sentarnos a esperar el desenlace.

How Electoral Frauds are Made in Venezuela by Carlos Alberto Montaner – Latin American Herald Tribune –

 

CarlosAlbertoMontaner headshot.jpgLatin American genius Carlos Alberto Montaner on how the Venezuela Regime will never let the Opposition win a peaceful electoral route to power

Venezuela’s opposition made the right move when it decided not to vote in the presidential election on May 20.

Allowing the government to drag the opposition again to the slaughterhouse would have been foolish. With that National Electoral Council (or CNE, its acronym in Spanish), with that electoral register and without guarantees of fair play, it was impossible to participate. The opposition could not engage with that filth not even for one more minute.

President Nicolás Maduro says that more than six million Venezuelans voted for him, although the streets and polling stations were almost empty. According to the most trustworthy estimates, only 3.5 million citizens voted, and Maduro must have received a little more than 2.4 million votes. The CNE claims that 46% of the electors went to vote. Actually, only around 17.5% showed up.

The official percentage tried to approach the mythical 50% and, in any case, the 48% who voted in the Chilean elections. If that presence at the polls made Sebastián Piñera’s victory legitimate, why wouldn’t it be the same with Maduro? With 17.5%, the results could be arguable. But with 46%, the triumph was undeniable.

The first time that Hugo Chávez committed a huge electoral fraud was in the recall election of 2004. He was losing 60-40 at 6 o’clock in the afternoon, when the polling stations were supposed to close.

Dr. Jorge Rodriguez — then President of the supposedly impartial CNE and now the regime’s Minister of Information — suspiciously announced that he was going to sleep, admitting with his body language that he knew what would happen: in the early morning, when the nation dreamed of a better destiny, he announced that Chávez had won 59-41. Magically the results had been reversed. Jimmy Carter endorsed the fraud. I don’t know if he did it because he was naive, because they deceived him, out of interest or to avoid an armed confrontation.

How did they do it this time? As they have been doing it since then, when they find it necessary. I used to think it was a complex operation involving the hairy Cuban hand from a sinister computer center installed on the island, but the matter was simpler and closer to home, with good Venezuelan technicians in charge of the dirty business.

Once the voting was officially completed, the Smartmatic company, the electronic organizer of the elections, financed by the Chávez regime, obtained the real sum and calculated the size of the fraud necessary to “win”. At that time virtual votes were made, dispersed along the electoral geography and added to the final account. If the opposition demanded a manual recount, it was indefinitely postponed or denied, as happened to Henrique Capriles in 2013.

This was known with total certainty in August 2017, when Antonio Mugica, president of Smartmatic, today a serious company based in London, with hundreds of employees and multiple clients, that tries to move away from its compromising Chavista past, revealed that the elections for choosing the illegal National Constitutional Assembly had been fueled by a million false virtual votes. On May 20, they simply multiplied the fraud by three.

From a moral viewpoint, the trick does not mean anything to the Chavistas. It is only a revolutionary mean. If in 1992 they tried to topple the government through a military coup, why would they refrain from altering a ridiculous “bourgeois” election that is just a procedure to stay in power? Jorge Rodríguez, Tibisay Lucena — that lady with the face of a kind and harmless grandmother — and the entire CNE, can sleep soundly. They only give the results. The votes are there, tangible and ready, placed by the electronic arm of the Chavista revolution.

But probably this time the fraud was useless. Eighty percent of the truly democratic nations will not recognize Maduro’s government and are demanding free elections, supervised by a neutral entity. U.S. Vice President Mike Pence and Senator Marco Rubio promise that their country will apply a financial harassment against Maduro’s dictatorship and a systematic persecution against the legion of corrupt Chavistas.

The United States is the only nation on the planet that can financially destroy any enemy country. It can punish China, Russia and Iran for helping Maduro’s government. It can threaten Cuba with the elimination of the exiles’ remittances to their relatives on the island or with the full application of the Helms-Burton Law, instead of suspending certain parts of the law every six months, which means that no foreign company could operate in the U.S. or with the U.S. if Cuba keeps its control over the Venezuelan armed forces.

The United States, of course, has the stick. But we don’t know if it’s able to use it.

Carlos Alberto Montaner is a journalist and writer. Born in 1943 in Cuba and exiled, Montaner is known for his more than 25 books and thousands of articles. PODER magazine estimates that more than six million readers have access to his weekly columns throughout Latin America. He is also a political analyst for CNN en Espanol. In 2012, Foreign Policy magazine named Montaner as one of the fifty most influential intellectuals in the Ibero-American world. His latest novel is A Time for Scoundrels. His latest essay is “The President: A Handbook for Voters and the Elected.” His latest book is a review of Las raíces torcidas de América Latina (The Twisted Roots of Latin America), published by Planeta and available in Amazon, in printed or digital version.

Carta abierta del Dr. José Mendoza Angulo, ex rector de la ULA – 27 de Mayo 2018

Doctor
Eduardo Fernández
Caracas.
Apreciado amigo:
Ayer, temprano, tuve la oportunidad de abrir tu correo con el artículo para la prensa titulado “¡Ganaron!” y desde entonces sentí la necesidad de expresarte el estupor que me ha causado su lectura. Para ir al meollo del asunto de una vez, siento obligante expresarte que antes que ver derramada tu bilis política en el texto que comento, yo al menos hubiera esperado de una persona con tu formación profesional y religiosa, con tu cultura, con tu nivel y con tu larga experiencia en la vida pública venezolana, el sesudo análisis sociopolítico, sereno y frío, del hecho político dominante sucedido el pasado 20 de mayo. Fue el ensordecedor silencio producido por los venezolanos llamados a participar en la “votación presidencial” convocada por la asamblea nacional constituyente y montada por el CNE. Conforme a tu opinión, ese ensordecedor silencio puede ser técnicamente considerado como una abstención electoral, pero, sin la menor duda, políticamente fue otra cosa y el liderazgo nacional del cual tu formas parte tiene la obligación de entenderlo y explicarlo.

Caro amigo, tú también fuiste víctima de lo que he llamado la ilusión electoral. El 20 mayo llamé ilusión electoral a la creencia de aquellos venezolanos que, sin fundamento en la realidad, se imaginaron o fueron persuadidos de que, si se votaba en la consulta electoral de más alto rango convocada por este régimen, Venezuela tendría otro Presidente de la República, así no se supiera en que momento asumiría el cargo y con la sola certeza de que su juramentación no sería ante la Asamblea Nacional, único organismo establecido por la Constitución para presidir y validar tan relevante ceremonia. La ilusión electoral tiene su base en una confusión conceptual sobre la identificación y ubicación política de lo electoral. En términos políticos, lo electoral, en tanto que conjunto de procedimientos para consultar libremente la voluntad de la colectividad sobre los asuntos del poder y para hacer depender de esa consulta la formación de los órganos directivos de las instituciones del Estado, es parte natural y esencial de los sistemas democráticos. Por el contrario, porque lo que se denomina voluntad colectiva no se articula de la misma manera que en las democracias ni los órganos del Estado nacen de la voluntad directa de la sociedad, lo electoral no forma parte de la esencia de los regímenes dictatoriales cualquiera sea la forma que estos adopten.

Voy a decirlo de otra manera. El pasado 20 de mayo el régimen le puso término definitivamente a la ilusión electoral con la que convivió la oposición interna después de 1998 y también, en buena medida, la opinión internacional. La verdadera historia comenzó cuando la Corte Suprema de Justicia de Venezuela, y no la abstención, como tú dices, le dio la mano al recién encargado Presidente Chávez, mediante una discutible y discutida decisión judicial, que lo autorizó a Convocar una Asamblea Constituyente y fijar las bases comiciales de la misma y le permitió conseguir un número abusivo de constituyentes sin correspondencia con los votos obtenidos. Se había alterado el principio democrático de la representación proporcional de las fuerzas contendientes. Desde entonces el gobierno bolivariano pudo andar, aquí adentro, en el país, y en el mundo, a caballo de la media verdad de que en Venezuela existía una democracia y de que el poder obtenido descansaba en una legitimidad democrática lograda en base a votos. Esta media verdad que en realidad ha sido, con perdón de la Ciencia Política, una media democracia, fue hasta diciembre de 2015, un juego no pactado entre un gobierno con claridad de sus objetivos políticos y una oposición venida a menos, errática y fragmentada que identificó, y sigue identificando, pura y simplemente la parte con el todo, vale decir, el acto de votar, a secas, con la democracia.

Las cosas ocurrieron de la siguiente manera. Mientras los logros electorales de la oposición no representaron un peligro inminente para la supervivencia del régimen o tuvieran lugar en escenarios diferentes de los centros neurálgicos de la política oficial, se toleraron. Con la ayuda de una permisividad excesiva de la oposición y mediante la manipulación de la ley por organismos del Estado como el CNE así como de decisiones judiciales dictadas a conveniencia por el más alto tribunal de la República, no hubo necesidad de violar sin escrúpulos la soberanía popular. Hasta que a raíz de la última elección de la Asamblea Nacional el régimen no tuvo más alternativa que desconocerla sin posibilidad de reversión. Se dejó sin representación popular a uno de los estados de la Federación; se desconoció luego el derecho constitucional de los ciudadanos de pedir, mediante referendo, la revocatoria del mandato presidencial; se violó más adelante descaradamente el artículo 347 de la Constitución que pauta que “el pueblo venezolano es el depositario del poder constituyente originario” y se eligió una asamblea constituyente sin consultar al pueblo; se desconoció la soberanía del pueblo del estado Zulia al declararse la vacancia del gobernador recién electo por no juramentarse ante la asamblea constituyente; se usurpó la voluntad del pueblo del estado Bolívar al consumarse fraude contra el candidato que ganó las elecciones; la presidenta de la asamblea constituyente afirmó impúdicamente que no se entregaría más nunca el poder conquistado, y se procedió a montar el tinglado de la votación presidencial. Si con la sucesión de estos hechos ocurridos entre 2015 y 2018 no éramos capaces de darnos cuenta que se había traspasado la línea roja de una cierta convivencia con el régimen, bien merecedores nos hicimos de la histórica lección dada por el pueblo venezolano al darle la espalda al gobierno y a la oposición.

Como venezolano que no voté el 20 de mayo pero que no fui un abstencionista en el sentido político del término, debo rechazar por desobligante el ofensivo silogismo con que comienzas tu artículo y que copio a mi pesar para que no se diga que estoy malinterpretando las cosas. Son tus palabras las siguientes: “En efecto, ganó la abstención. Por tanto, se queda Maduro. En principio se queda por un nuevo período constitucional que dura seis años. Junto con él se queda la hiperinflación, el alto costo de la vida, la pobreza creciente, las condiciones miserables de vida, el hambre, el desabastecimiento, la falta de medicinas, el deterioro de los servicio públicos, la corrupción, la inseguridad, los presos políticos y el desconocimiento al estado de derecho”. Si otros sentimientos no te impidieran comprender las cosas te podrías dar cuenta que el pueblo venezolano, el 20 de mayo, dio una categórica manifestación contra todo eso.

Un cordial saludo, José Mendoza Angulo

 

Resultados de las elecciones del 20M según el rector del CNE Luis Emilio Rondón – (sin confirmar)

Resultados Reales de las elecciones:

20-05-18 (REP): 20.750.809
Votos Validos: 3.590.040 = 17,3%
Nicolas Maduro: 1.811.220 = 8,73%
Henri Falcón: 1.436.861 = 6,4%
Bertucci: 327.749 = 1,58%
Reinaldo Quijada: 14.210 = 0,0%
Abstención: 82,70%

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