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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

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Unidad y deslinde por Enrique Ochoa Antich – TalCual – 10 de Julio 2018

Unknown.jpegNo cabe duda: la separación de AD de la MUD abre una nueva etapa en la conformación de la oposición venezolana. Hasta hace pocos días, juntos, el colectivo al cual pertenezco, pensaba sugerir que la Concertación le propusiese a la MUD una coordinación semanal, y así, más allá de las diferencias, poder acordarnos en puntos como alianzas electorales y protestas de calle. Pero ahora no sé si una propuesta como ésa tiene sentido o viabilidad. Una constatación: la MUD está pagando el costo de haberse separado de la ruta democrática al proponer la abstención para el 20M. Fue un error grave que no podía pasar impune.

Se está produciendo, tal vez más cruentamente de lo esperado, el deslinde que algunos propusimos en 2014. Ese año, luego de las criminales guarimbas impuestas como hecho cumplido por Voluntad Popular, María Corina Machado y ABP/Ledezma, varios voceros de la MUD recomendamos, incluso por escrito, que AD, PJ y UNT conformaran una nueva alianza en todo comprometida con la ruta democrática: pacífica, civil, electoral, constitucional, dialoguista y ajena a todo tutelaje extranjero. Pero el unitarismo, es decir, esa atrofia de convertir a la unidad en un fin en sí mismo, terminó por imponerse tratando de conciliar lo irreconciliable: voto y abstención, paz y violencia, diálogo y golpe militar, sanciones y soberanía. Hoy puedo decir sin temor a equivocarme que, como lo alertamos entonces, el costo de ese deslinde habría sido mucho menor en 2014 de lo que ha sido ahora.

La candidatura de Falcón y la articulación de la Concertación por el Cambio, plenamente comprometida con la ruta democrática, y el llamado a la abstención de la MUD y ahora la separación de AD, son expresiones de ese deslinde tardío pero necesario. Claro, la unidad es importante, sin embargo no puede ser convertida en un tótem. La unidad es algo deseable pero no asegura por sí misma el éxito: todos unidos, tomados de la mano, por el camino incorrecto, nunca llegaremos a la meta: lo fundamental es la estrategia que escojamos, no sólo la unidad. En política a veces las sumas restan y las divisiones multiplican porque, como decía Mitterrand, la política y la aritmética no son hermanas gemelas.

Echemos una ojeada a la conformación actual de la oposición. En ella coexisten tres modos diferentes de hacer oposición:

Una oposición es la extremista, la que, como propone Machado, busca “salir por la fuerza” del gobierno: se trata de una oposición que es siempre abstencionista, que nunca participaría de ningún diálogo, que acepta la protesta violenta, que propicia un golpe militar y/o una intervención militar extranjera: eso sí, su virtud es la coherencia: María Corina, por ejemplo, dice lo que piensa y hace lo que dice.

Otra es la democrática, que también es coherente, representada hoy por la Concertación por el Cambio, que siempre defenderá el voto como un instrumento principalísimo de lucha popular, siempre estará disponible para el diálogo y la negociación, que propicia la protesta social de calle pero pacífica, y que nunca favorecerá ni golpes ni invasiones extranjeras.

Y hay una tercera, la que representa la MUD, que me gusta llamar con las debidas disculpas “oposición merengue”: un pasito para allá y otro para acá, que hoy se abstiene pero mañana participa, que va al diálogo pero se levanta intempestivamente de la mesa de negociaciones, que dice creer en la ruta electoral pero no le incomoda una salida militar nacional o extranjera: es como si hubiese ingerido el memorable bebedizo del Dr. Jekyll y del fondo sombrío de su alma le surgiese por períodos cada vez más prolongados algún terrible Mr. Hyde: su principal defecto, como perciben los ciudadanos, es la incoherencia, esa trágica y perpetua contradicción consigo misma.

Si queremos pensar en un nuevo modelo unitario, debemos aceptar, aunque resulte paradójico, que ahora la unidad debe construirse a partir del reconocimiento de este deslinde entre extremistas y demócratas, participacionista y abstencionistas, pacifistas y violentos, dialoguistas y no dialoguistas, soberanistas e intervencionistas. Cada partido y organización debe escoger de qué lado está, y, comprometiéndose todos a coexistir dentro del respeto y sin descalificaciones, dejar que el pueblo decida cuál de estas visiones determinará el rumbo de la oposición y del cambio político. Quizá en este escenario ya la MUD no tenga razón de ser.

Podríamos desanimarnos ante este espectáculo. Pero la oposición ha probado en el pasado una enorme capacidad de recuperación:

Luego de que el extremismo se apoderara de ella de 2002 a 2005 (intentona golpista, paro, abstención), la candidatura de Teodoro removió las aguas estancadas y luego el pacto Petkoff-Rosales-Borges dio paso a la ruta democrática que de inmediato, en 2007, obtuvo una importante victoria durante el referendo constitucional y contra el más poderoso, popular y adinerado Chávez.

Luego de las derrotas de 2012 y 2013 (elecciones presidenciales, elecciones municipales) y de que el extremismo hiciese de nuevo de las suyas en 2014 (protestas de calle violentas con saldo lamentable de vidas humanas, por cierto, causadas mitad/mitad por lado y lado), la oposición ganó la AN y haciendo uso del sistema electoral mayoritario ideado por el chavismo, conquistó sus dos terceras partes.

Así que ya lo hemos hecho. Estoy cierto de toda certeza de que lo volveremos a hacer. Lo que vivimos hoy son los dolores de un parto largamente esperado. Una nueva oposición está naciendo

La nueva vieja oposición por Ibsen Martínez – El País – 25 de Junio 2018

Las tribulaciones del venezolano común no dejan ánimo ni tiempo para discernir si el fin de sus padecimientos y penurias pasa o no por la abstención o el voto
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La oposición venezolana se ha enzarzado en un torneo de diatribas entre dos bandos. Cada bando se ha tornado irrelevante a los ojos de sus compatriotas. Las tribulaciones del ciudadano común no dejan ánimo ni tiempo para discernir si el fin de sus padecimientos y penurias pasa o no por la abstención o el voto.

Ocupados en sobrevivir a una descomunal tragedia humanitaria, los venezolanos libran batallas de antemano perdidas contra la hambruna y las enfermedades. Lo hacen en medio de la total disfunción de un Estado asesino, inepto y en quiebra. Con sus líderes más caracterizados vagando en el exilio, o bien encarcelados o acosados día y noche, la postrada oposición venezolana vive su hora más tenebrosa.

Pese a todo, ella registra una reciente florescencia partidaria de votar en cuanta elección convoque fraudulentamente el usurpador Maduro de ahora en adelante hasta la consumación de los siglos.
La tendencia, autodenominada “Concertación por el Cambio”, surge encabezada por Henri Falcón, exmilitar, chavista de la primera hora y como tal elegido gobernador del Estado Lara hace una década, antes de hacerse opositor al régimen. Finalmente, se desprendió de la MUD (Mesa de Unidad Democrática) para participar en la farsa electoral del pasado 20 de mayo.

Las promesas electorales de Falcón eran derrotar a Maduro y conducir luego una ordenada transición hacia un Gobierno plural, de concordia nacional, animado por un espíritu de diálogo y reconciliación. Un Gobierno dispuesto a liberar a todos los presos políticos, abrir un canal humanitario internacional, dolarizar la economía y entablar trato con el Fondo Monetario Internacional.

Todas las encuestas a la mano indicaban unánimemente que más del 80% de la población aborrece a Maduro y está hasta los epiplones del socialismo del siglo XXI. Ante la posibilidad de votar por un candidato único que adversase a Maduro, el voto mayoritario en favor de Falcón estaba asegurado y la maquinaria del fraude no tendría margen alguno. Así, al menos, veían las cosas en su comando de campaña hace poco más de un mes.

Maduro ganó sus elecciones con una ventaja inverosímil y una abstención electoral cercana al 70%. Aunque luego ha impugnado los resultados, Falcón se apresuró a reconocer la derrota y culpar de ella a una perversa campaña abstencionista alentada mezquinamente por la MUD.

La justificada desafección de los venezolanos hacia la MUD, ¡y hacia Falcón, en tanto que vástago de la misma!, ha sido condenada por Falcón y los suyos como suicida frivolidad antipolítica. El falconismo no entiende la abstención de mayo como expresión de un sentimiento colectivo en el que se mezclan a partes iguales el reproche a toda la dirigencia opositora por sus trapisondistas diálogos con la dictadura y el repudio a la farsa electoral orquestada por Maduro.

Hay que decir que en el curso de los 36 meses que han seguido al triunfo electoral que otorgó a la MUD el control de la Asamblea Legislativa, los partidos que la integran han obrado con oportunista desparpajo, equiparable en todo al de Falcón, a la hora de participar en elecciones carentes de toda garantía.

El grito de guerra del falconismo fue “se gana con votos, no con condiciones”, en socarrona alusión a la exigencia de condiciones electorales creíbles que la comunidad internacional viene exigiendo.

La MUD ya lo había hecho suyo cuando acudió en 2017 a unas elecciones regionales convocadas por la Constituyente fraudulenta, prescindiendo de las consignas con que aquel mismo año había invitado a tomar las calles donde murieron centenares de manifestantes en aras del derecho a votar libremente en elecciones transparentes.

Hay veces en que, para mal de todos, a la antipolítica le sobran razones.

 

Venezuela luego del proceso electoral por Luis Vicente León – ProDaVinci – 27 de Mayo 2018

lvl-300x359Habiamos escrito en este espacio sobre los posibles escenarios electorales para Venezuela, las incertidumbres críticas que los definian, así como sus predeterminados. Ocurrió en fecha, la variable definitoria fue la participación y el escenario al que dimos mayor probabilidad de ocurrencia se cumplió: Maduro retuvo el poder, empujado por una fuerte abstención y por el control institucional del Estado, en medio de una elección llena de vicios, miedo y ventajismo.

Aún sí, el resultado anunciado por el CNE para Maduro es muy pobre en términos de la participación de su propia base de soporte. Ni siquiera el chavismo, con toda su maquinaria, los recursos del Estado y la presión social fue capaz de mover una cantidad de electores chavistas similar a los eventos electorales previos. Se vanagloria de obtener 68% de los votos, en una elección que presenta la más alta tasa de abstención de un evento presidencial en Venezuela y en el que obtiene menos de un tercio de los votos potenciales del país. Esta elección adelantada no logró el objetivo de legitimación que buscaba. Todo lo contrario, se multiplican y refuerzan las denuncias de fraude y abuso de poder, se reunifica puntualmente la oposición, al menos en el aspecto de desconocimiento electoral y de legitimidad de origen, y la comunidad internacional reacciona en negativo, como era de esperar, agudizando sanciones y restringiendo, incluso en el caso de países de América Latina, las relaciones diplomáticas con Venezuela.

Las probabilidades de que el gobierno logre salir de la crisis de legitimidad por medio de una negociación política que distienda la situación interna son muy bajas y los escenarios que se plantean para el futuro cercano son negativos. Más sanciones, más crisis económica, más tensión interna e internacional y más represión del gobierno para evitar los riesgos inherentes a un país en crisis. El discurso de Maduro hacia el sector privado es amenazante, por lo que la posibilidad de un acuerdo por esa vía, se ve limitada. Y las amenazas y la represión, tampoco servirán -nunca han servido- para controlar el desborde cambiario y de precios, que hace la situación económica del país insostenible. La hiperinflación, por otra parte, hará lo que siempre ha hecho: incrementar sus costos exponencialmente y obligar a cambiar el modelo, quieran o no.

Las sanciones internacionales económicas, financieras y petroleras que se disparan contra la economía en general afectarán a todos los actores internos, no sólo al gobierno. Este último probablemente intentará construir un nuevo mapa de relaciones económicas internacionales, una estrategia clásica en países bajo sanciones. Aliados económicos no convencionales, pagos por compensación de deudas (para evitar transferencias) , reorientación de clientes y proveedores, y primitivizacion de la economía. Pero algo parece claro. La situación interna del chavismo es compleja. El triunfo de Maduro es débil y los propios chavistas tienen que ver su futuro y el de sus familias en riesgo severo frente a un mundo que los tiene en la mira.

El riesgo de fractura sigue presente y Maduro intenta controlarlo, por lo que la persecución interna en el chavismo clásico y el sector militar continuará y se agudizará, generando quizás miedo, pero también riesgos de implosión. Mientras tanto, la oposición sigue teniendo el reto gigante de abandonar la retórica política y todo aquello que los debilite y divida y convertir su símbolo de ilegitimidad del gobierno en acción para provocar los cambios antes de que se la coma la desesperanza y la frustración, como ocurrió antes en países con gobiernos ilegítimos y sancionados como Cuba, Corea, Zimbabue y Siria.

Post Mortem de la farsa por Ramón Peña – La Patilla – 28 de Mayo 2018

Casi intrascendente el reciente sainete electoral. Los comicios presidenciales más grises que se recuerden. Lánguidas todas las figuras en competencia. Pero sobre todo un clima inédito de desgano y apatía política. Era difícil esperar algo distinto de una sociedad ahogada en el escepticismo y agobiada por una fatigosa e improductiva rutina cotidiana. La del diario esfuerzo por conciliar medios de pago con los precios anarquizados de los alimentos, insolarse para acceder a los cajeros automáticos por unos pocos billetes, o huir presurosos de las calles antes de la conjeturada caída de la noche. Unas elecciones convocadas con la expresa intención de que no habría nada distinto que esperar, salvo la prórroga en el poder del terrible estado de cosas. Una balandronada desde su origen, como lo anunció uno de los matones de la banda cuando advirtió: “Si nos aplican sanciones, haremos elecciones”. Efectivamente, las elecciones, bajo este régimen, en lugar de una oportunidad, son una amenaza para las mayorías.

El hecho notable del evento: la abstención superior a 60%, un acto de desobediencia, insinuante de la potencialidad unitaria de la oposición. Una voluntad apenas ensombrecida por la disensión de las dos candidaturas sobrevenidas. Aunque fue una acción inacabada, sirve de preámbulo para necesarias movilizaciones de masas, que aguardan por un liderazgo político con ruta estratégica y unitaria de resistencia.

En cuanto al “triunfador” de la farsa: el más gris entre los grises, un paria impopular dentro y fuera del país. Líder de un régimen sostenido por las bayonetas que todavía le son fieles y unidos sus capitostes por el espanto de verse expuestos a la justicia nacional y planetaria. Depredadores de lo que resta de una economía arruinada y sin crédito, que presagia una inminente catástrofe.

Demostrada una vez más la fuerza de la mayoría, es tiempo para comenzar a hacer algo distinto que sentarnos a esperar el desenlace.

How Electoral Frauds are Made in Venezuela by Carlos Alberto Montaner – Latin American Herald Tribune –

 

CarlosAlbertoMontaner headshot.jpgLatin American genius Carlos Alberto Montaner on how the Venezuela Regime will never let the Opposition win a peaceful electoral route to power

Venezuela’s opposition made the right move when it decided not to vote in the presidential election on May 20.

Allowing the government to drag the opposition again to the slaughterhouse would have been foolish. With that National Electoral Council (or CNE, its acronym in Spanish), with that electoral register and without guarantees of fair play, it was impossible to participate. The opposition could not engage with that filth not even for one more minute.

President Nicolás Maduro says that more than six million Venezuelans voted for him, although the streets and polling stations were almost empty. According to the most trustworthy estimates, only 3.5 million citizens voted, and Maduro must have received a little more than 2.4 million votes. The CNE claims that 46% of the electors went to vote. Actually, only around 17.5% showed up.

The official percentage tried to approach the mythical 50% and, in any case, the 48% who voted in the Chilean elections. If that presence at the polls made Sebastián Piñera’s victory legitimate, why wouldn’t it be the same with Maduro? With 17.5%, the results could be arguable. But with 46%, the triumph was undeniable.

The first time that Hugo Chávez committed a huge electoral fraud was in the recall election of 2004. He was losing 60-40 at 6 o’clock in the afternoon, when the polling stations were supposed to close.

Dr. Jorge Rodriguez — then President of the supposedly impartial CNE and now the regime’s Minister of Information — suspiciously announced that he was going to sleep, admitting with his body language that he knew what would happen: in the early morning, when the nation dreamed of a better destiny, he announced that Chávez had won 59-41. Magically the results had been reversed. Jimmy Carter endorsed the fraud. I don’t know if he did it because he was naive, because they deceived him, out of interest or to avoid an armed confrontation.

How did they do it this time? As they have been doing it since then, when they find it necessary. I used to think it was a complex operation involving the hairy Cuban hand from a sinister computer center installed on the island, but the matter was simpler and closer to home, with good Venezuelan technicians in charge of the dirty business.

Once the voting was officially completed, the Smartmatic company, the electronic organizer of the elections, financed by the Chávez regime, obtained the real sum and calculated the size of the fraud necessary to “win”. At that time virtual votes were made, dispersed along the electoral geography and added to the final account. If the opposition demanded a manual recount, it was indefinitely postponed or denied, as happened to Henrique Capriles in 2013.

This was known with total certainty in August 2017, when Antonio Mugica, president of Smartmatic, today a serious company based in London, with hundreds of employees and multiple clients, that tries to move away from its compromising Chavista past, revealed that the elections for choosing the illegal National Constitutional Assembly had been fueled by a million false virtual votes. On May 20, they simply multiplied the fraud by three.

From a moral viewpoint, the trick does not mean anything to the Chavistas. It is only a revolutionary mean. If in 1992 they tried to topple the government through a military coup, why would they refrain from altering a ridiculous “bourgeois” election that is just a procedure to stay in power? Jorge Rodríguez, Tibisay Lucena — that lady with the face of a kind and harmless grandmother — and the entire CNE, can sleep soundly. They only give the results. The votes are there, tangible and ready, placed by the electronic arm of the Chavista revolution.

But probably this time the fraud was useless. Eighty percent of the truly democratic nations will not recognize Maduro’s government and are demanding free elections, supervised by a neutral entity. U.S. Vice President Mike Pence and Senator Marco Rubio promise that their country will apply a financial harassment against Maduro’s dictatorship and a systematic persecution against the legion of corrupt Chavistas.

The United States is the only nation on the planet that can financially destroy any enemy country. It can punish China, Russia and Iran for helping Maduro’s government. It can threaten Cuba with the elimination of the exiles’ remittances to their relatives on the island or with the full application of the Helms-Burton Law, instead of suspending certain parts of the law every six months, which means that no foreign company could operate in the U.S. or with the U.S. if Cuba keeps its control over the Venezuelan armed forces.

The United States, of course, has the stick. But we don’t know if it’s able to use it.

Carlos Alberto Montaner is a journalist and writer. Born in 1943 in Cuba and exiled, Montaner is known for his more than 25 books and thousands of articles. PODER magazine estimates that more than six million readers have access to his weekly columns throughout Latin America. He is also a political analyst for CNN en Espanol. In 2012, Foreign Policy magazine named Montaner as one of the fifty most influential intellectuals in the Ibero-American world. His latest novel is A Time for Scoundrels. His latest essay is “The President: A Handbook for Voters and the Elected.” His latest book is a review of Las raíces torcidas de América Latina (The Twisted Roots of Latin America), published by Planeta and available in Amazon, in printed or digital version.

Carta abierta del Dr. José Mendoza Angulo, ex rector de la ULA – 27 de Mayo 2018

Doctor
Eduardo Fernández
Caracas.
Apreciado amigo:
Ayer, temprano, tuve la oportunidad de abrir tu correo con el artículo para la prensa titulado “¡Ganaron!” y desde entonces sentí la necesidad de expresarte el estupor que me ha causado su lectura. Para ir al meollo del asunto de una vez, siento obligante expresarte que antes que ver derramada tu bilis política en el texto que comento, yo al menos hubiera esperado de una persona con tu formación profesional y religiosa, con tu cultura, con tu nivel y con tu larga experiencia en la vida pública venezolana, el sesudo análisis sociopolítico, sereno y frío, del hecho político dominante sucedido el pasado 20 de mayo. Fue el ensordecedor silencio producido por los venezolanos llamados a participar en la “votación presidencial” convocada por la asamblea nacional constituyente y montada por el CNE. Conforme a tu opinión, ese ensordecedor silencio puede ser técnicamente considerado como una abstención electoral, pero, sin la menor duda, políticamente fue otra cosa y el liderazgo nacional del cual tu formas parte tiene la obligación de entenderlo y explicarlo.

Caro amigo, tú también fuiste víctima de lo que he llamado la ilusión electoral. El 20 mayo llamé ilusión electoral a la creencia de aquellos venezolanos que, sin fundamento en la realidad, se imaginaron o fueron persuadidos de que, si se votaba en la consulta electoral de más alto rango convocada por este régimen, Venezuela tendría otro Presidente de la República, así no se supiera en que momento asumiría el cargo y con la sola certeza de que su juramentación no sería ante la Asamblea Nacional, único organismo establecido por la Constitución para presidir y validar tan relevante ceremonia. La ilusión electoral tiene su base en una confusión conceptual sobre la identificación y ubicación política de lo electoral. En términos políticos, lo electoral, en tanto que conjunto de procedimientos para consultar libremente la voluntad de la colectividad sobre los asuntos del poder y para hacer depender de esa consulta la formación de los órganos directivos de las instituciones del Estado, es parte natural y esencial de los sistemas democráticos. Por el contrario, porque lo que se denomina voluntad colectiva no se articula de la misma manera que en las democracias ni los órganos del Estado nacen de la voluntad directa de la sociedad, lo electoral no forma parte de la esencia de los regímenes dictatoriales cualquiera sea la forma que estos adopten.

Voy a decirlo de otra manera. El pasado 20 de mayo el régimen le puso término definitivamente a la ilusión electoral con la que convivió la oposición interna después de 1998 y también, en buena medida, la opinión internacional. La verdadera historia comenzó cuando la Corte Suprema de Justicia de Venezuela, y no la abstención, como tú dices, le dio la mano al recién encargado Presidente Chávez, mediante una discutible y discutida decisión judicial, que lo autorizó a Convocar una Asamblea Constituyente y fijar las bases comiciales de la misma y le permitió conseguir un número abusivo de constituyentes sin correspondencia con los votos obtenidos. Se había alterado el principio democrático de la representación proporcional de las fuerzas contendientes. Desde entonces el gobierno bolivariano pudo andar, aquí adentro, en el país, y en el mundo, a caballo de la media verdad de que en Venezuela existía una democracia y de que el poder obtenido descansaba en una legitimidad democrática lograda en base a votos. Esta media verdad que en realidad ha sido, con perdón de la Ciencia Política, una media democracia, fue hasta diciembre de 2015, un juego no pactado entre un gobierno con claridad de sus objetivos políticos y una oposición venida a menos, errática y fragmentada que identificó, y sigue identificando, pura y simplemente la parte con el todo, vale decir, el acto de votar, a secas, con la democracia.

Las cosas ocurrieron de la siguiente manera. Mientras los logros electorales de la oposición no representaron un peligro inminente para la supervivencia del régimen o tuvieran lugar en escenarios diferentes de los centros neurálgicos de la política oficial, se toleraron. Con la ayuda de una permisividad excesiva de la oposición y mediante la manipulación de la ley por organismos del Estado como el CNE así como de decisiones judiciales dictadas a conveniencia por el más alto tribunal de la República, no hubo necesidad de violar sin escrúpulos la soberanía popular. Hasta que a raíz de la última elección de la Asamblea Nacional el régimen no tuvo más alternativa que desconocerla sin posibilidad de reversión. Se dejó sin representación popular a uno de los estados de la Federación; se desconoció luego el derecho constitucional de los ciudadanos de pedir, mediante referendo, la revocatoria del mandato presidencial; se violó más adelante descaradamente el artículo 347 de la Constitución que pauta que “el pueblo venezolano es el depositario del poder constituyente originario” y se eligió una asamblea constituyente sin consultar al pueblo; se desconoció la soberanía del pueblo del estado Zulia al declararse la vacancia del gobernador recién electo por no juramentarse ante la asamblea constituyente; se usurpó la voluntad del pueblo del estado Bolívar al consumarse fraude contra el candidato que ganó las elecciones; la presidenta de la asamblea constituyente afirmó impúdicamente que no se entregaría más nunca el poder conquistado, y se procedió a montar el tinglado de la votación presidencial. Si con la sucesión de estos hechos ocurridos entre 2015 y 2018 no éramos capaces de darnos cuenta que se había traspasado la línea roja de una cierta convivencia con el régimen, bien merecedores nos hicimos de la histórica lección dada por el pueblo venezolano al darle la espalda al gobierno y a la oposición.

Como venezolano que no voté el 20 de mayo pero que no fui un abstencionista en el sentido político del término, debo rechazar por desobligante el ofensivo silogismo con que comienzas tu artículo y que copio a mi pesar para que no se diga que estoy malinterpretando las cosas. Son tus palabras las siguientes: “En efecto, ganó la abstención. Por tanto, se queda Maduro. En principio se queda por un nuevo período constitucional que dura seis años. Junto con él se queda la hiperinflación, el alto costo de la vida, la pobreza creciente, las condiciones miserables de vida, el hambre, el desabastecimiento, la falta de medicinas, el deterioro de los servicio públicos, la corrupción, la inseguridad, los presos políticos y el desconocimiento al estado de derecho”. Si otros sentimientos no te impidieran comprender las cosas te podrías dar cuenta que el pueblo venezolano, el 20 de mayo, dio una categórica manifestación contra todo eso.

Un cordial saludo, José Mendoza Angulo

 

Resultados de las elecciones del 20M según el rector del CNE Luis Emilio Rondón – (sin confirmar)

Resultados Reales de las elecciones:

20-05-18 (REP): 20.750.809
Votos Validos: 3.590.040 = 17,3%
Nicolas Maduro: 1.811.220 = 8,73%
Henri Falcón: 1.436.861 = 6,4%
Bertucci: 327.749 = 1,58%
Reinaldo Quijada: 14.210 = 0,0%
Abstención: 82,70%

Venezuela: la frontera final de la utopía por Carmen Beatriz Fernández – Estudios Política Exterior – 24 de Mayo 2018

Unknown-1.jpegEl día 19 de mayo, en vísperas de las elecciones presidenciales convocadas por la Asamblea Constituyente de Nicolás Maduro, un tópico se hizo tendencia en Venezuela en las redes sociales durante todo el sábado: #RoyalWedding. Ello por sí solo es indicador de lo poco interesantes que eran las votaciones a las que estaban convocados los venezolanos al día siguiente, que en cifras oficiales arrojaron un 52% de abstención.

La coletilla “oficial” en el dato de participación es relevante, porque las cifras no oficiales reportadas por Reuters a las 6 de la tarde (hora formal del cierre de las mesas) eran del 32%. Unas horas después, cuando se anunció el primer parte, el dato subió hasta el 48%. Aún dándolo por bueno, un 52% de abstención es marca récord en la que fue la democracia más antigua de la región. En 1958 se estrenó la democracia venezolana con apenas un 6,6% de abstención. Y fue creciendo en procesos subsiguientes: en 1963 al 7,8%; en 1968, 3,3%; en 1973, 3,5%; en 1978, 12,5%; en 1983, 12,3%; en 1988, 18,1%; en 1993, 39,9%; en 1998, la primera victoria de Hugo Chávez tuvo un 36,5% de abstención; en 2000, 43,4%; en 2006, 25,3%; en 2012, la de Henrique Capriles contra Chávez, alcanzó un 19,5%; y en 2013, cuando Maduro fue anunciado ganador, el 21,4 %.

La abstención es la expresión de apatía y descontento de la mayoría del electorado a una convocatoria írrita en otro intento de Maduro por “huir hacia adelante”. Convocó a unas presidenciales adelantadas mientras se negociaban las condiciones electorales en República Dominicana y a espaldas de estas, como ardid que buscaba atropellar el proceso de diálogo. El llamado a las urnas fue hecho por la Asamblea Nacional Constituyente, que a su vez había sido otra huida hacia adelante madurista para escapar del referéndum revocatorio.

Los partidos de la Mesa de la Unidad Democrática, con los ahora ilegalizados Primero Justicia y Voluntad Popular a la cabeza, así como la Iglesia y un amplio conglomerado de fuerzas sociales agrupadas bajo la denominación común de Frente Amplio, decidieron no participar electoralmente. Han clamado fraude de la convocatoria, del proceso y de las propias elecciones. No están solos: 44 países han hecho lo mismo, incluidos los multilaterales G7 y Grupo de Lima.

Pero cantar fraude suele ser común entre quienes pierden elecciones. ¿Qué es lo que lo hace diferente esta vez? Bien sabemos que no hay elecciones totalmente perfectas. No las hubo en la democracia venezolana, y desde 1998 se han ido haciendo progresivamente más imperfectas. Todos los políticos se aferran al mando y son las instituciones las que le ponen freno a las desmedidas apetencias del poder, naturales en el ethos del político. Podríamos decir que “los políticos son chavistas por natura”, parafraseando al politólogo polaco Adam Przeworki. Pese a su retórica utópica, o más bien por ella misma, desde la llegada de Chávez a la presidencia su mayor empeño estuvo en la destrucción del andamiaje institucional.

El símil de la cancha inclinada que tanto se usa para definir sistemas electorales desequilibrados es muy bueno: la cancha se ha ido progresivamente inclinando hasta hacerle prácticamente imposible al jugador opositor meter goles. Pero ahora se ha ido más lejos en tres sentidos muy perversos. En primer lugar, el gobierno se abrogó la potestad de escoger a su contendor. Cualquier opositor con estatura suficiente como para poder retarle en una contienda presidencial está preso, exiliado, inhabilitado o muerto. Segundo, esta vez los electores están incompletos. Se calcula que unos cuatro millones de venezolanos, o hasta el 20% del padrón electoral, han salido de las fronteras nacionales. En teoría tendrían derecho a voto, pero solo 100.000 están registrados para hacerlo, pues las trabas administrativas para hacerlo son muchas y variadas. Tercero, la hiperinflación impide cualquier rastro de normalidad electoral. Es un proceso que lleva a millones de personas a no aspirar diariamente a ir más allá de la mera subsistencia. En este contexto, el gobierno instaló un sistema de electoral que es en realidad un aparato de dominación social basado en el hambre. La hiperinflación venezolana es un monstruo de proporciones apocalípticas que genera muerte, destrucción y éxodo a su paso ¿Cómo puede el responsable de ese monstruo haber sido reelecto? Solo con un fraude de similar tamaño.

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Fuente: The Washington Post

Pocos países del mundo han reconocido al mandatario “re-electo”. Rusia, China, Cuba, Turquía, Siria, Irán, Bielorrusia, Nicaragua y Bolivia son algunas excepciones. El listado parece el de miembros de un sórdido club de autoritarismos, pero un esfuerzo por detener la catástrofe venezolana deberá incluir a alguno de estos países, probablemente a la propia Cuba, como actor clave.

El futuro no luce prometedor en el corto plazo. La presión poselectoral seguirá, vendrán más sanciones, la asfixia financiera se consolidará, habrá más episodios de enajenación de activos petroleros y se profundizará el éxodo de venezolanos por tierra, con fuertes presiones demográficas a otras naciones de la subregión. Cada “huida hacia delante” de Maduro ha conducido al país, y a sí mismo, a un abismo más profundo. Finalmente, se impondrá el equilibrio tras un costoso proceso, que nadie puede prever en detalle pero que ya se asoma en las presiones internacionales, los movimientos institucionales de la Asamblea Nacional y la profunda inquietud en el sector castrense.

Quedará una certeza: Chávez soñó la utopía y Maduro hizo realidad la distopía.

 

Abstenerse es elegir por Ibsen Martínez – El País – 22 de Mayo 2018

Maduro ha llevado al límite la estrategia de Chávez: convocar elecciones donde el voto es irrelevante

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Una venezolana se manifiesta este lunes contra la Comisión Electoral en Venezuela. EFE
No hubo, en el curso de toda su carrera pública ocasión electoral en la que Hugo Chávez no desconociese la voluntad del electorado cuando ésta le fue adversa. La provisión constitucional del referéndum revocatorio, que como candidato Chávez promovió con ardor, fue la primera de sus víctimas. Con el referéndum revocatorio convocado en su contra en 2004, comenzó Chávez la serie de fraudes que prolongó hasta su muerte.

En aquel momento, Chávez hizo públicas ilegalmente los millones de firmas que solicitaban se convocase el revocatorio, violando no solo el secreto del voto sino haciendo ulteriormente uso de esa lista para coaccionar el voto de millones de empleados públicos, instaurando de paso un totalitario apartheid político que sigue en vigor hasta hoy. Los firmantes de 2004 pagaron muy caro su pacífica intención de ejercer un derecho constitucional al quedar para siempre estigmatizados como ciudadanos de segunda.

Se hizo desde entonces rutinario que al concursar, por ejemplo, ante un organismo público para la obtención de un contrato, tu nombre sea primero buscado en la infame lista. “El problema es que tú firmaste”, puede ser la inapelable respuesta. De este modo, “la lista Tascón”, como se conoce el infame instrumento, le ha negado durante tres lustros a millones de venezolanos la administración de una justicia oportuna en las instancias penal, civil y mercantil.

La afirmación, frecuente en labios de simpatizantes europeos y estadounidenses, de que Chávez ganaba elecciones libres, una y otra vez, no resiste, ya a estas alturas, el más superficial análisis. Es una muy abonada gran mentira. La oposición venezolana lo sabe bien porque pudo ganarle a Chávez en su propio juego de autócrata competitivo que condesciende a medirse en elecciones. Solo que cuando perdía, antes que conceder Chávez prefirió siempre desconocer los resultados.

Otra cosa ocurrió en 2007, cuando Chávez fue derrotado por poco margen en un referéndum convocado por él mismo para hacer aprobar una reforma constitucional. Lo esencial de la misma era hacer de Venezuela un estado socialista modificando la constitución promovida por el mismo Chávez menos de diez años atrás. En un primer momento, Chávez tascó el freno pero luego reaccionó diciendo que la victoria opositora era una “victoria de mierda”. Más tarde se las apañaría para hacer que su mayoría parlamentaria aprobase, entre gallos y media noche, todas las modificaciones que ordenó el llamado comandante eterno.

En las elecciones de 2008, convocadas para elegir gobernadores estatales, Chávez recibió un verdadero varapalo: junto con la Alcadía Mayor de Caracas, perdió los cinco estados más populosos y económicamente activos, entidades éstas que albergan la mitad de la población del país. Ante ese revés, Chávez abrogó manu militari las potestades de la Alcaldía Mayor, negándole recursos presupuestarios. Luego nombró protectores para cada gobernación opositora, una dudosa figura política y administrativa impuesta, arbitrariamente y a la carrera, al gobernador de oposición.

Por el lado de la oferta, para usar la expresión de los economistas, Chávez instauró la práctica de encarcelar, inhabilitar políticamente u obligar a exilarse a sus adversarios electorales. Nicolás Maduro no ha hecho más que llevar al límite los alcances de una estrategia que ha sobrevivido a Chávez: convocar elecciones cuidando bien de hacer del todo irrelevante el voto.

A propósito de todo lo anterior suele hacerse una distinción entre Chávez y su sucesor que, benévolamente, atribuye a aquel una disposición, una templanza y una contención democráticas de las que Nicolás Maduro carecería. Si bien se miran las cosas, la popular locución “Maduro no es Chávez” resulta al cabo cierta porque Maduro ha resultado mucho más avieso que Chávez a la hora de extremar los medios de llevar adelante su perversa estrategia de mellar los votos. La contumacia de Maduro ha causado en los últimos tres años y medio centenares de muertes y privado de libertad a miles de ciudadanos.

La violencia que aún desangra a Venezuela en medio de una crisis humanitaria, agravada por la caída libre de la producción petrolera, tuvo su origen en la renuencia de Maduro a medirse electoralmente en las condiciones pautadas en la Constitución. Los resultados del domingo pasado, sin embargo, dejan ver que la estrategia chavista de esterilizar el voto opositor, con haberse sostenido durante más de tres lustros, no ha logrado derrotar el propósito mayoritario de los venezolanos de hacer valer el voto como única legítima arma política.

Cuando no se puede elegir, abstenerse no equivale a encogerse de hombros, sino la respuesta más gallarda que ha podido darse al designio de Nicolás Maduro de esterilizar el voto.

Abstenerse masivamente de acudir a una elección espuria, fullera y farsesca como la del domingo pasado no fue, a mi parecer, renunciar a la vía electoral sino, al contrario, un modo inequívoco, tácitamente acordado por millones de electores, de mostrar compromiso con ella, de dar a entender cuánto valoran aún los venezolanos el voto cuando es consignado libremente, sin coerción ni chantaje, sin canjear votos por cajas de alimentos en mal estado, sin presos políticos sometidos a tortura.

En Venezuela se juega al béisbol con tal fervor que sus saberes suelen guiarnos mejor que cualquier escolástica. Allí todo el mundo, incluso Nicolás Maduro, sabe el significado profundo de la frase que un gran pelotero-filósofo, Yogi Berra, legó en uno de sus célebres juegos de palabras parónimas: “El juego no se acaba hasta que se termina”.

 

Un presidente sin mandato por Michael Penfold – ProDaVinci – 22 de Mayo 2018

Unknown-1.jpegVenezuela entró en una etapa política que pareciera no tener retorno. El resultado de las elecciones del domingo se puede resumir en una sola frase: un presidente sin un claro mandato constitucional.

Tanto la comunidad internacional, como los actores políticos nacionales relevantes, incluyendo a quien decidió participar como el principal contrincante del gobierno, han desconocido los resultados presentados por el Consejo Nacional Electoral, resultados que tal como fueron presentados guardan para el análisis una referencia cualitativa más que cuantitativa.

La profunda crisis de gobernabilidad que enfrenta Venezuela se ha terminado de acelerar de una forma definitiva con unos resultados que carecen de legalidad, sobre todo a partir de la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente y la usurpación de los poderes constitucionales de la Asamblea Nacional. La pregunta ya no es si existen las condiciones objetivas que pudiesen derivar en un potencial quiebre de la coalición oficialista, sino cuál puede ser la contingencia sobrevenida que dé inicio a un cambio político para Venezuela.

Es el comienzo del fin del madurismo.

Es indudable que el gobierno deseaba utilizar el 20 de mayo (o 20M) para materializar múltiples objetivos, pero ninguno de ellos pudo concretarse. Primero, ante la presión internacional, el gobierno quería compensar su falta de reconocimiento externo a través de un acto de votación que lo legitimara domésticamente. Segundo, deseaba desplazar a una oposición que le resultaba cada vez más incómoda por otra hecha a su medida. Tercero, el gobierno buscaba sustituir las estructuras chavistas tradicionales para terminar de personalizar el poder exclusivamente en la figura presidencial. Finalmente, quería aprovechar los resultados del 20 de mayo para abrir un nuevo proceso de negociación que estuviese centrado exclusivamente en los temas económicos y sociales sin tener que poner sobre la mesa el tema electoral e institucional.

Todos estos objetivos se evaporaron. El deslave abstencionista hizo ver la debilidad de la figura de Nicolás Maduro frente a una maquinaria chavista que decidió sublevarse sigilosamente. La hiperinflación pulverizó el carnet de la patria y los puntos rojos. Maduro redujo su votación en prácticamente 2 millones de votos, comparado con su cuestionado triunfo en 2013 y un nivel de participación que ha sido el más bajo comparado con cualquiera de las contiendas presidenciales de las últimas décadas. Si el objetivo era, frente a la presión internacional, ganar legitimidad en el plano nacional producto de una votación masiva, esta posibilidad quedó totalmente abortada frente a los resultados de las votaciones. La idea de una oposición leal también fue pulverizada ante la decisión correcta de Henri Falcón de desconocer los escrutinios, como consecuencia de la violación flagrante de los acuerdos electorales a los que había llegado con el gobierno. Con ello, la esperanza oficialista de una oposición dividida con la que se pudiese negociar fue definitivamente derrotada.

El chavismo también se sublevó frente a la posibilidad de personalizar el poder completamente en la Presidencia. Somos Venezuela, la plataforma electoral alternativa que Maduro diseñó para ese propósito, no obtuvo ni 5% del total de la votación del chavismo. La dependencia de Maduro de la estructura partidista del PSUV sigue siendo una realidad política, así como también lo es su mayor dependencia del sector castrense. Esta es quizás una de las mayores frustraciones para el madurismo derivada del 20M: va a tener que seguir compartiendo el poder, sin estar en una posición claramente dominante. Y una potencial negociación, con Zapatero nuevamente como un mediador poco confiable, centrada en la reconstrucción económica y social, quedó en el tintero ante el agravamiento de la crisis político-institucional y la ausencia de un interlocutor más light para el gobierno en el mundo opositor. Esa negociación, tal como ha insistido la comunidad internacional, tendrá ahora que pasar inevitablemente por un nuevo proceso electoral con garantías políticas, así como por el restablecimiento del Estado de Derecho.

En teoría, el chavismo tiene siete meses antes de la culminación del mandato constitucional de Maduro en enero de 2019 para barajar sus opciones: negociar un cambio o radicalizarse. Es imposible descartar que Maduro logre permanecer en el poder más allá de esa fecha, pero si esto ocurre, incluso para los mismos actores que lo rodean, será más una situación de facto que de jure. Es evidente que el chavismo también tiene ese periodo de tiempo para ver cómo aborda la realidad política ante la profundización de una crisis, tanto nacional como internacional, de un presidente que no posee un claro mandato para su reelección y que mientras permanezca en el poder será un obstáculo para enfrentar la hiperinflación, el colapso de la producción petrolera, la remoción de las sanciones internacionales, la emergencia social y la reactivación productiva. Las contradicciones que esta situación va a generar, y los riesgos de implosión, no son menores. Aunque es muy difícil predecir el futuro venezolano, es un hecho cierto que hemos entrado en un periodo de alta incertidumbre e inestabilidad.

 

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