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La generalización del caos, la aceptación casi resignada de un estado de cosas inaceptable, la falta de acción -y también la de reacción-, el imperio de la impunidad, el todo da igual, aplicado especialmente a los intereses colectivos, hacen pensar en el contagio de una actitud desmoralizante solo explicable por el deterioro de un valor fundamental: el de la responsabilidad.

La vida social no sería concebible sin responsabilidad: con uno mismo, con la familia, el equipo, el grupo, la sociedad en su conjunto. Ser responsable, se ha dicho, es medir las consecuencias de los actos y asumirlas, cumplir con los propios deberes y compromisos, respetar el principio según el cual no hay derechos sin obligaciones. Nada menos parecido a esto que la tendencia perniciosa a dejar hacer y dejar de hacer, a evadir la toma de decisiones o hacerlo sin medir las consecuencias, a incumplir los compromisos, mirar hacia otro lado, diluir la propia responsabilidad en la colectiva.

Visto desde la condición del dirigente, tampoco se compadecen con el sentido de responsabilidad la irreflexión, la inacción por el temor a las consecuencias, el acomodo para no hacer lo que se debe, la toma de decisiones o su abandono en atención a la conveniencia personal o al interés momentáneo, la postura fácil que apela a que lo arregle el que viene detrás. No es menor la irresponsabilidad de quien promete lo imposible, la del dirigente sin voz ni criterio propio, atento más a la popularidad que al verdadero beneficio colectivo, esclavo de la presión y de los intereses. Tampoco la de los falsos líderes que apuestan a la protesta por la protesta, incluso cuando no se tienen claros los objetivos, como no sea la creación del caos mismo.

Solo a modo de ejemplo puede uno preguntarse cuánta irresponsabilidad entrañan medidas alentadas o permitidas por quienes desde el poder tienen la obligación de procurar el bien colectivo y que, sin embargo, solo contribuyen al caos y a la destrucción. ¿No es un gesto de irresponsabilidad, para citar solo un caso, dejar correr –por conveniencia, no por convicción- una dolarización de facto que agrava la situación de las mayorías, sin acceso a la divisa americana, y hacerlo sin atender las causas profundas de la inflación, de la pérdida de valor de la moneda, de la paralización de la economía, del crecimiento desmedido de la deuda? ¿No refleja la irresponsabilidad oficial el estado de una economía que, dicho también solo a modo de ejemplo, si antes exportaba petróleo hoy exporta chatarra y si antes exportaba arroz de primera calidad hoy importa arroz con cáscara?

La deformación que desvincula los derechos de las obligaciones ha venido alimentando actitudes personales y colectivas que socavan el valor de la responsabilidad, que la vuelven acomodaticia o irrelevante, que sirven para el reclamo cuando se trata de la responsabilidad del otro pero en olvido o desconocimiento cuando se trata de la propia. Así se entiende la negativa conducta de quienes atribuyen toda la responsabilidad a la autoridad o a las instituciones o la de quienes negocian descargo de responsabilidades por dependencia. Repartida a conveniencia, la responsabilidad no solo se diluye, sino que su apelación sirve más para evadir la propia que para ejercerla.

No es un descubrimiento señalar que todo estaría mejor si cada quien asumiese su responsabilidad en el espacio y en la magnitud que le corresponde. La del líder es una responsabilidad con la verdad, con el bien colectivo, con los valores y principios, con la condición de guía, con el deber de escuchar, de inspirar, de promover. No haberlo entendido de esta manera explica las deformaciones de un liderazgo ejercido sin la conciencia de esa especial responsabilidad, tanto en la política como en la economía, en el ámbito empresarial como en el de las ideas.

La responsabilidad que reclama la sociedad genera seguridad, confianza, optimismo. Su negación desarrolla, al contrario, la desconfianza, el caos, la impunidad, el sálvese quien pueda y la dependencia.