El 23 de enero tomó juramento ante el pueblo venezolano el presidente encargado Juan Guaidó y se casó con el 1, 2 y 3 del mantra conocido. Se convirtió así en el mandato de la soberanía popular. Esto ocurrió –y ocurre aún– en el contexto de una corporación criminal cometiendo delitos de lesa humanidad e incrementándose el éxodo más grande que haya sufrido la región. Transcurridos 10 meses la situación se mantiene con el usurpador en el poder.

El pueblo rechaza de plano la claudicación del G4, al permitir la incorporación de diputados que dejaron de serlo, cuando violaron  la inmunidad parlamentaria de sus colegas actuando desde la esperpéntica ANC cubana y designaron un fiscal espurio al margen de la Constitución, que enseguida inició proceso contra los diputados legítimos. Un tercio de ellos están en el destierro. No se entiende que la  AN otorgue ahora un salvoconducto a quienes ya no lo son y regresen para implosionarla desde adentro.

Resulta una capitulación inconcebible aprobar los términos de Oslo, no consultados al pueblo, y desconocer la ruta del 333 de la Constitución, contraviniendo de paso el Estatuto de la Transición.

Se habla de realizar elecciones con Maduro y Guaidó de candidatos, bajo un Consejo de Estado paritario: régimen-G4. Maduro ha repetido hasta el cansancio que no concurrirá a elecciones si no tiene garantizado el triunfo.

La sociedad democrática se niega a esa capitulación y exige como punto primero la salida del usurpador –los verdaderos aliados no aprueban tales negociaciones– se aspira a la libertad plena, lo cual es incompatible con un diálogo que debilita y confunde a la población.

El mecanismo del TIAR es incompatible con el mecanismo del diálogo. Por encima de la justicia no puede estar nada. La libertad y la justicia no se negocian. Solo así se consigue la libertad, sin el acuerdo político soterrado de una capitulación por parte del G4. No hay acuerdo sostenible que viole la justicia y la dignidad. El único diálogo que cabe es la salida del usurpador.

El objetivo democrático es la liberación de Venezuela y romper con el pasado. Se sabe qué hacer: centrarnos en la toma del poder, desplazando al usurpador. Comandar la libertad de Venezuela y desafiar al régimen. Enfocarse en neutralizar el componente armado forajido, actuando con acopio de tecnología, estrategia, logística y sobre todo voluntad firme y coherente en la ruta.

No será aceptado un cogobierno con las mafias. La gente no se cala más engaños. Lo que sí está planteado es una ruptura real e histórica dejando afuera los cálculos pequeños que solo miran los intereses grupales.

Con pasión y convicciones se desea avanzar, de verdad, en la construcción de un país en el que todos podamos vivir y se alcance la reunificación de las familias.