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La inmigración: una ventana para el cambio personal por Maximo Peña – Actualy.es – 25 de Enero 2018

LIMA, 26 DE MARZO DEL 2009 CONCIERTO DE LA BANDA DE METAL BRITANICA IRON MAIDEN EN EL ESTADIO NACIONAL. FOTO: ROBERTO CACERES / PERU 21
Irse del país de origen es salir de uno mismo. Se cambia de territorio, pero el territorio lo cambia a uno. Y no se trata de renunciar a lo que somos: se trata de hacerlo más complejo. La clave, quizás, esté en el concepto de learning agility: la capacidad de desaprender lo que antes nos servía, y de reutilizar lo que sabemos, dándole un nuevo significado

La inmigración, cuando es forzada, es una experiencia susceptible de ser vivida desde el victimismo y la queja. Pero la inmigración también puede convertirse en un escenario privilegiado para el desarrollo personal y la reinvención de uno mismo.

Aunque nunca seremos una persona por completo distinta a la que solíamos ser, antes de abandonar el lugar de origen, el cambio personal es posible e, incluso, inevitable. Uno cambia de territorio, pero el territorio lo cambia a uno.

SER Y NO SER LA MISMA PERSONA
Salí de Venezuela, por voluntad propia, a principios de 1999, quince días antes de que Hugo Chávez asumiera la presidencia. Partí rumbo a Londres, con el objetivo formal de estudiar inglés. Al año siguiente (2000), elegí quedarme a vivir en Madrid. Soy y no soy la misma persona.

De periodista a psicólogo: 18 años separan una tarjeta de otra. Ahora comprendo, por mi propia experiencia, que somos inexplicables sin el contexto que nos rodea (y moldea). Si ese contexto cambia, nosotros cambiamos con él. Irse del país de origen es salir de uno mismo. Pero no se trata de renunciar a lo que somos: se trata de hacerlo más complejo. Para mudar la piel no es necesario cambiar los huesos.

Conozco a una periodista que, a causa de la inmigración, ahora utiliza las manos –en vez de teclear– para ayudar a sanar con la práctica de Reiki; a una filósofa que, en lugar de razonamientos, cuece panes; y a un médico que repara válvulas de motores de motocicletas, en vez de corazones. Y ninguno, que yo sepa, se siente fracasado. Todo lo contrario, piensan que su nueva vida los ha enriquecido como personas.

LA BUROCRACIA COMO METÁFORA DEL CAMBIO PERSONAL
Con la inmigración la identidad personal se resquebraja, salen fisuras en el autoconcepto, se producen transformaciones esenciales en tu ser que, sin embargo, no se reflejan en el pasaporte.

De hecho, los asuntos burocráticos funcionan como una metáfora del cambio personal. Los documentos de toda la vida dejan de servir.

Conozco a una pareja de venezolanos que inmigraron a España, sin haber inscrito el matrimonio en el consulado de Caracas (ella tiene la nacionalidad española). Creían que en Madrid sería más rápido. Sin embargo, el trámite demoró dieciocho meses. Durante ese tiempo el marido estuvo ilegal, sin permiso de residencia y trabajo.

Como escribió el filósofo Alejandro Rossi, a propósito de la burocracia: “Es metafísicamente escandaloso que causas insignificantes tengan tanta importancia en nuestras vidas”.

INMIGRACIÓN Y LEARNING AGILITY
Aventurarse en otra cultura conlleva una serie de experiencias de aprendizaje, las cuales implican modificaciones en la estructura y funcionamiento del cerebro. El desarrollo de comportamientos adaptativos y la formación de nuevas memorias ponen a prueba la plasticidad cerebral.

El paso de lo conocido a lo desconocido siempre constituye un reto para la inteligencia y demás recursos personales. Y, además, da miedo.

A esto se suma el duelo ocasionado por la pérdida de algo tan significativo como el país de origen, el llamado duelo-país. La clave, quizás, esté en el concepto de learning agility (agilidad de aprendizaje): la capacidad de desaprender lo que antes nos servía (pero que ya no nos sirve), y de reutilizar lo que sabemos, dándole un nuevo significado.

Esta agilidad en el aprendizaje que nos reclama la inmigración (y cualquier situación de cambio) se complementa con el reconocimiento de las limitaciones y oportunidades que se derivan del nuevo contexto social y cultural en el que nos insertamos.

Contexto, territorio, hábitat, espacio vital, medio, paisaje, entorno: el ambiente es una variable fundamental a la hora de estudiar cualquier fenómeno. ¿Cómo podemos explicarnos a nosotros mismos sin aludir al espacio que nos rodea?

EL ÉXITO DE LA INMIGRACIÓN: SENTIRSE EN CASA
El proceso de adaptarse al nuevo país se facilita si el inmigrante es curioso y sensible, y se deja envolver por los paisajes urbanos y espacios naturales que encontrará a su paso.

Al igual que se tenía un vínculo emocional con ciertas geografías de la tierra de origen, la inmigración conlleva la formación de nuevos lazos vivenciales con paisajes y territorios. Quien decía Margarita o Mérida, ahora dice Mallorca o Galicia.

El éxito del que se va, más allá de lo profesional o económico, que incluso, valga la paradoja, puede empeorar, consiste en lograr insertarse en la nueva sociedad, es decir, en sentirse a gusto, como en casa.

Se producen reajustes en las expectativas y en las nociones de bienestar y calidad de vida. Para un venezolano, por ejemplo, caminar con tranquilad, sintiéndose seguro, por las calles de su nuevo lugar de residencia adquiere un valor supremo.

RECONSTRUIR EL PUZZLE QUE SOMOS
En el proceso de cambio personal vamos construyendo el relato de por qué nos fuimos del país. Si tal narración concuerda más o menos con la realidad, poco importa: todo recuerdo es construcción.

Lo importante es ser capaces de dar forma a un relato que permita encajar las principales piezas del puzzle que constituye nuestra identidad personal, y que, debido al cambio de contexto, puede romperse o desordenarse.

La inmigración es una gran oportunidad para comprobar de primera mano que la identidad personal, aquello que nos define como personas únicas y distintas de las demás, no es algo sólido, inamovible, sino que se trata de una construcción. Cambiar de país, de contexto, por necesidad, nos cambia.

Aceptarlo es una buena manera de comenzar. Porque la reconstrucción personal no es tarea fácil. Pero vale la pena el intento. Y no tenemos más remedio.

Publicado en www.psicologiaparatodos.org

Máximo Peña reside en Madrid. Es periodista, además psicólogo, especialista en Intervención Psicoterapéutica

 

 

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