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Un coronel de apellido Lugo por Francisco Suniaga – ProDaVinci – 29 de Junio 2017

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Los venezolanos vimos con estupor e indignación el episodio protagonizado en el Palacio Federal Legislativo por un coronel de la Guardia Nacional. Un cruce de palabras con Julio Borges que terminó cuando, como guapo de calle que parece ser, empujó a Borges y, literalmente, lo echó del salón de la escena. Un suceso de esos que la historia no ignora y que retrata la oscura época que nos toca vivir.

Julio Borges no solo es un ciudadano —de lo más respetable por ese solo hecho—, es diputado y está además investido de la mayor autoridad civil posible por ser el presidente de la Asamblea Nacional. En otras palabras, Julio Borges representa a todos y cada uno de los venezolanos. En términos reales, él es la encarnación de la República. Siendo así, el acto del militar fue una afrenta para todos los venezolanos.

El coronel de apellido Lugo —cognomento que uso porque es lo único que sé y quiero saber de él—, supone uno, habrá pasado por la Efofac y probablemente haya sido asistente de los cursos de estado mayor que organizan los militares. A lo mejor fue a una universidad y quizás fue lo suficientemente persistente para obtener alguna licenciatura —de haber sido así, lo lamento por quienes comparten con él la correspondiente Alma Mater—.

Julio Borges fue a reclamar al coronel Lugo la agresión de la que fueron objeto los diputados que abortaron un intento de fraude de los que acostumbra realizar el régimen de Nicolás Maduro. El coronel Lugo, con viveza cuartelaria, tenía preparado el escenario de su actuación y hasta contaba con una cámara para grabar el episodio (a los pocos minutos el video estaba en las redes). Quizás piense que le valdrá para su ascenso a general, o por lo menos para ganar una felicitación auguradora de su jefe.

Si algún error cometió Julio Borges fue actuar con la candidez de quien sabe que tiene la razón y, además, supone en los otros los mismos valores republicanos, la misma corrección política y la misma conducta no violenta que él ha sido capaz de demostrar ante el país de manera reiterada. (Ante estos malandros, diputado Borges, hay que ser cauteloso y malpensado, sobre todo lo último, ellos se lo merecen).

De esa manera, el 27 de julio ocurrió algo nunca visto en la historia republicana: un coronel de la Guardia Nacional insultó y empujó al presidente del poder legislativo en el propio Palacio Federal. Desde la antigua Roma, a los fines de que pudieran cumplir con su ministerio, los representantes de los ciudadanos gozaban de inmunidad y su persona era sacramentalmente inviolable. Si a alguien se le hubiera ocurrido siquiera tocarlo, por lo menos las manos le hubieran cortado. En tiempos de la democracia, a un coronel ni se le hubiera ocurrido. Pero en estos tiempos, marcados por una administración con funcionarios involucrados en actividades criminales, ni siquiera un llamado de atención de sus superiores recibirá el infractor por su conducta tan violenta como anti-republicana, ni por haber humillado a todos los venezolanos de buena voluntad con su gesto.

El hecho es revelador de lo que ahora ocurre. Si un oficial se atreve a esa increíble violación de la ley y moral republicanas, qué puede esperarse de sus subordinados, de un guardia nacional puro y simple. Ese infausto acto explica de manera clara por qué se acercan a la centena los jóvenes muertos en las calles por manifestar su opinión. Revela de manera indiscutible por qué un guardia nacional siente que cumple con su deber cuando le dispara su pistola a quemarropa a un muchacho desarmado. Ese mismo día, Nicolás Maduro afirmaba que lo que no han podido alcanzar por los votos (la mayoría de la AN, por ejemplo), lo harían con las armas. Por lo visto en eso andan el coronel Lugo, sus superiores y sus subordinados.

Hay quienes afirman que al ser empujado por Lugo, Julio Borges debió devolver la grosería al coronel. Llegan incluso a considerar que su comportamiento fue blando. No estoy de acuerdo. Hay en Venezuela una larga tradición, desde Carujo hasta nuestros días, que confunde la valentía con el abuso y, sobre todo, el ventajismo. Tradición larga y, por supuesto, equivocada. Lo de Lugo no fue valentía sino un gesto cobarde y bárbaro. Valentía fue la de Julio Borges, quien entró solo a reclamar los derechos vulnerados de los diputados y tuvo luego la suficiente serenidad para no responder a la agresión con una acción que lo igualaba con el huno. Valentía que, dicho sea paso, Borges, ha demostrado de manera consistente a lo largo de estos años.

 

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