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Punto de encuentro de Venezolanos votantes en Bilbao

País inédito por Elías Pino Iturrieta – ProDaVinci – 19 de Junio 2017

Elías_Pino_Iturrieta.jpgLa sociedad actual no se parece a las anteriores por una razón obvia: el calendario no se mueve en vano. Las respuestas de los venezolanos de nuestros días ante las solitudes del entorno forman un conjunto de conductas que, aparecidas en una sola temporalidad, expuestas en una sola época, no habían actuado en términos colectivos.

Basta sentir que la historia jamás se repite para llegar a tal conclusión, pero conviene identificar los elementos a través de los cuales se puede anunciar la existencia de un movimiento de los hombres del que no se tenían evidencias cabales, o que apenas se había abocetado en el pasado. Cuando se advierten, podemos tener conciencia de nuestra peculiaridad y actuar con propiedad partiendo de ella. Tras ese objeto se extienden los comentarios que se ofrecen en adelante, sin pretensiones de exhaustividad.

La redondez extraordinaria de la dictadura puede encabezar el catálogo de las novedades. En un país que ha sufrido regímenes enloquecidos como el de Cipriano Castro, o tan brutales como el de Juan Vicente Gómez, la afirmación puede parecer exagerada. Sin embargo, los excesos de la represión que el régimen de Maduro ejerce contra las manifestaciones populares, remiten a la existencia de un desenfreno de poder que apenas se perfiló en el pasado, aunque ya se había asomado al postigo durante el mandato de Chávez.

La persecución masiva de la oposición contrasta con las pinzas usadas por las tiranías anteriores para el control de los perseguidos. El madurismo ha pasado de los hostigamientos selectivos a los acosos generalizados. El deseo de mostrar los colmillos todos los días contrasta con las exhibiciones por cuotas de los mandones antiguos. Nada oculta el afán de dominación: la colonización de los poderes públicos, con excepción de la AN, se ofrece con ostentación; la ubicua presencia de las fuerzas armadas en la toma de decisiones, y en su ejecución, hace ver a las militaradas viejas como una trivialidad; lo mismo sucede con la corrupción y con el despilfarro, si queremos machacar ahora las analogías; la divulgación cotidiana de patrañas es la médula de un plan invariable, a pesar de su inconsistencia; el menosprecio de la propiedad privada, esto es, de lo más encarecido por los ciudadanos, domina con creces las intenciones de la cúpula; la asfixia de la libertad de expresión, mediante el ataque de los medios independientes o a través de la compra o la clausura de voceros que antes destacaban por su autonomía, apenas tuvo tímidos prefacios en la primera mitad del siglo XX.

El desprecio de la ciudanía, manifestado en los anteriores rasgos, ni siquiera se observó en las bullas de un individuo fatuo y posesivo como Guzmán Blanco. Hablamos de una reunión de lacras, de una acumulación de elementos destructivos sobre las cuales no se puede tener memoria. ¿Por qué? La trayectoria antecedente de la república les negó posibilidades de agrupación.

Las luchas masivas de la sociedad también se encuentran en el centro de la escena, pero en el rol de debutantes, hasta el punto de determinarla con su peso. El régimen ha provocado una repulsa en todos los rincones del mapa, debido a la cual se ha producido una conmoción de la que tampoco se encuentra registro en el inventario de las pugnas políticas ocurridas hasta la fecha. Los sucesos del siglo XIX, cuando los negocios públicos dependían de intereses caudillistas y de las milicias campesinas que podían reclutarse a duras penas, no se le parecen ni una pizca. La inexistencia de partidos de masas, como los que dirigieron la cohabitación durante el período de la democracia representativa y antes, en el octubrismo adeco, vuelve más notorio el fenómeno. Una manifestación sin banderías organizadas en la vanguardia, pero tampoco en el rabo, anima un desfile insólito del todo, sin motivaciones ideológicas precisas ni símbolos específicos que lo dirijan. Con una brújula mínima, o vacilante, la gente ha tomado las ciudades y aún los campos, para ocupar un lugar gigantesco que no había habitado y en cuyo cobijo no se nota incómoda. Pudiera hablarse de movimientos venidos de la nada, si no topáramos con el lodazal en cuyo fondo fueron alimentados por la dictadura. De un limbo edificado por los escombros de los partidos tradicionales se pasó, sin solución de continuidad, a un infierno rojo-rojito de cuyas candelas quieren escapar los venezolanos tratando de apagarlas a como dé lugar, aún por las malas, sin que nadie les informe de veras sobre el método para hacerlo. Si se ha de buscar un dato relevante para la identificación de un proceso marcado por las espinas y los enigmas, por los rudimentos y las inauguraciones, la sociedad devenida animal de mil cabezas sin domadores en la plaza es necesariamente uno de ellos.

Los líderes de nuevo cuño forman parte del acertijo, desde luego, en especial una generación que, por razones cronológicas, no formó parte del pasado más cercano. Debido a su temprana edad, muchos de sus integrantes apenas tuvieron papeles secundarios en las postrimerías de la democracia representativa, y los otros comenzaron a formarse en la vida cuando el chavismo se hizo hegemónico. La suerte de nacer y crecer en hora oportuna, es decir, de tener apenas nexos precarios con un tiempo desgastado y descascarado, o que se ha juzgado con desdén, los convierte en las piezas más atractivas en el mostrador rodeado de compradores y mirones. No hay generaciones químicamente puras, esto es, libres de la influencia de los hechos que las preceden y del mandato de sus difuntos metidos en el sepulcro, pero comunican tal sensación, independientemente de que posean cualidades que los han llevado a la cúspide de un proceso histórico porque han acertado en su traducción. Sea como fuere, estamos ante una juventud que parece incontaminada, tras la cual marcha una sociedad sin otro bastón fuerte a mano. Pocas veces se ha visto en el pasado una sensación de esta guisa, un contorno tan influido por los desconocidos de la víspera. O, para meter otro ingrediente en el ancho caldero, por la participación de protagonistas que habían participado en política por la tangente y ahora se ubican en lugar céntrico. Es el caso de la Conferencia Episcopal Venezolana, alejada de las cosas de este mundo desde el siglo XIX, o apenas metida a ratos en ellas cuando las circunstancias la obligaban. Si recordamos el silencio de la jerarquía católica frente al gomecismo, o su colaboración con la dictadura de Pérez Jiménez, nadie puede negar que los obispos de nuestros días le han dado la vuelta a la tortilla y a la cocina en la que se hacía.

Una descomunal crisis de la economía, capaz de tocar a todos los sectores de la sociedad, aún a los pudientes, domina el panorama. Se pudiera afirmar que no estamos frente a una calamidad singular, debido a que la preceden muchas anteriores, pero hay elementos muy abultados que le conceden singularidad. El derrumbe de la actividad de la cual depende la producción y la distribución de la riqueza no ha obedecido a causas como otras anteriores, porque se ha provocado sin la presencia de una hostilidad generalizada entre los miembros de la colectividad, sin los motivos de las guerras civiles, y sin que las catástrofes naturales hayan aportado su cuota de destrucción. Puede atribuirse, sin temor a exagerar, solamente a la incompetencia del régimen y al predominio de la corrupción en los negocios dependientes del sector público.

Sin batallas campales, sin gamonales en armas, sin terremotos ni inundaciones, sin que la naturaleza haya metido la mano, la mengua de la actividades materiales cubre a la ciudadanía con su lóbrego manto, hasta conducir a una estrechez que quizá solo se sintiera antes de la explotación comercial del petróleo. Es un asunto que deben dilucidar los economistas, pero, de momento, cuando se siente el impacto de un menoscabo panorámico en los campos de la alimentación y los medicamentos, y la aparición de un fenómeno jamás visto entre nosotros, la emigración masiva de los venezolanos, ¿cómo dudar en torno al tránsito de un país relativamente hospitalario a la vergüenza de una comarca miserable, de un itinerario que no se hacía, por ejemplo, desde los tiempos de Joaquín Crespo?

Los hechos descritos están entrelazados, forman parte de un solo paquete de derrumbe. Se deben jerarquizar, si tal posibilidad cabe, para saber si fue primero el huevo o fue la gallina. También se deben ubicar en un compartimento elástico, en un archivo que debe crecer, porque apenas se ha mirado hacia los que parecen protuberantes. La intención del texto ha sido, sin llegar a conclusiones definitivas, intentar una presentación de los elementos del país que experimenta una encrucijada jamás padecida por sus criaturas. Cuando la consideremos como lo que de veras es, una desgracia excepcional, quizá podamos soldar las piezas del rompecabezas.

 

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